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05-02-2010
Genealogía del islam reaccionario
Islam y movimiento altermundista
Abdennur Prado
Rebelión

La necesidad de una teología islámica de la liberación aparece para muchos como una conclusión
lógica del resultado de las vicisitudes sufridas por las comunidades musulmanas en el último siglo
y la situación geopolítica internacional a principios del siglo XXI. Para comprender esta necesidad,
hay que remontarse a la época de la Guerra Fría, cuando las potencias occidentales se aliaron con
las corrientes más conservadoras del mundo islámico para evitar el encuentro entre los
movimientos islamistas y la izquierda internacional. Una alianza que todavía ejerce un poder
asfixiante sobre las poblaciones musulmanas.

Todo nos remite al tema clave de la globalización corporativa, y al papel que juegan en ella los
países de la OPEP. Asistimos a la colaboración que los sectores reaccionarios del mundo islámico
con la globalización corporativa, hasta el punto de que hoy en día constituyen uno de los pilares
de la misma. Tariq Ramadan se ha referido a esta alianza del siguiente modo:

"El conjunto del mundo islámico está bajo la tutela de la economía del mercado. Los países más
aparentemente islámicos desde el punto de vista de las leyes y el gobierno, a ejemplo de Arabia
Saudi o de las petromonarquías, son los más integrados económicamente al sistema neoliberal
fundado sobre la especulación y sumergido en las transacciones con intereses (en referencia a la
usura)." [1]

Ya hace dos décadas, la economista Susan George puso de manifiesto el papel que la OPEP ha
jugado desde los años 70 del siglo pasado en el aumento de las desigualdades Norte/Sur. Susan
George comenta:

"Los países productores de petróleo se comportaron como verdaderos capitalistas, esperando


hacer mucho dinero confiando en profesionales de Nueva York o de Londres. De este modo,
perdieron una ocasión histórica y abrieron la puerta al formidable golpe minuciosamente elaborado
por países que ya eran ricos. La deuda, generada por los gobiernos occidentales, los bancos y sus
agentes, tal como el FMI, ha debilitado aún más los países del sur (comprendiendo a los países
miembros de la OPEP); les ha puesto en una situación mas desfavorable que antes de la gran
época de los préstamos, y ha abierto la puerta a una verdadera recolonización". [2]
Algunos países tienen una cuantiosa deuda externa, incluidos algunos de los autoproclamados
como "Estados islámicos", pretendidamente regidos por la Sharia. Arabia Saudí (47.390 2006
millones US$), Pakistán (42.380 2006), Sudán (29.690 2006 est.), o Irán (14,800 2006 est.).
Alguien debería recordar a sus ulama, grandes mufties y otros sabios gubernamentales que la
usura está prohibida en el islam... ¿Por qué Arabia Saudí, uno de los grandes productores de
petróleo, tiene deuda externa, cuando miles de miembros de la familia Saud tienen asignada una
cantidad mensual vitalicia solo por ser de la familia? Casi toda esta deuda ha sido gastada en
armas, compradas a sus amos. No nos engañemos: estos países son solo "islámicos" en aquellos
aspectos que interesen al Estado, especialmente en todo lo referente al control social.

La obsesión por la religión entendida como una moral extrema, un puritanismo sofocante
obsesionado con el honor y la sexualidad, es un medio para alienar a las poblaciones musulmanas,
actúa como un velo que impide analizar las causas reales de las injusticias sociales que padecen, y
presenta a los culpables de estas injusticias como garantes de la identidad y del honor nacional.
Asistimos a una forma extrema de oscurantismo, de mano de los ulemas reaccionarios, que
ocupan lugares prominentes por su significación en la historia del islam, como son la Universidad
de al-Azhar o las Mezquitas de Meka y de Medina. Una visión oscurantista del islam que coarta

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cualquier posibilidad de pensamiento crítico entre los creyentes, condenando a sus sociedades a
permanecer en el atraso y la ignorancia. Si la religión se redujese a esto, sin duda podríamos
suscribir la frase de Marx, según el cual la religión es el opio del pueblo. Por suerte, la religión es
mucho más que esto, o es más bien otra cosa, un potencial que puede ser puesto al servicio de la
liberación del ser humano, insha Al-lâh.

En este punto hay que situar el discurso anticomunista promovido por determinadas instituciones
musulmanas, desde el mundo árabe hasta el sudeste asiático. Nos situamos en la época de guerra
fría, cuando el comunismo es el mal absoluto que ahora representa el islamismo. Un buen ejemplo
de la vinculación entre islam, anticomunismo, dictaduras laicas e intereses occidentales se
produce en el momento de la llamada infitah (apertura), promovida en Egipto por Sadat en los
años 70 del siglo pasado, con el objeto de liberalizar la economía (tras la etapa del "socialismo
árabe", declarada superada). Sindicatos y asociaciones de izquierdas se oponen a las políticas de
privatización y de apertura a inversiones extranjeras, pero éstas reciben el apoyo de los ulemas de
al-Azhar y de los Hermanos Musulmanes. Sadat apoya las yamaat (asambleas) islámicas en las
universidades, para debilitar las organizaciones estudiantiles de izquierdas, uno de los focos
principales de la oposición. Es en este contexto donde debemos situar la aparición del
anticomunismo de los ulemas oficiales. Retorno a la religiosidad y liberalismo van unidos. Los
sucesivos Sheijs de al-Azhar emiten fatuas anticomunistas. El Sheij Muhammad Fahham lanza una
diatriba contra los estudiantes que se manifiestan en contra del gobierno, los llama impíos y les
conmina a comportarse religiosamente. El Sheij Abel Halim Mahmud afirma que "el sionismo es la
madre del comunismo". El imam Shaltut, afirma que "el comunismo es kufur. El comunista que
desgrana su rosario no dice ‘Al-lâhu Akbar’ sino ‘Marx es grande’." Hasanayan Muhammad
Majluf, mufti de la República, propone que los comunistas sean considerados como apóstatas del
islam, en una época en la cual esto podía acarrear graves prejuicios[3].

En Indonesia, las dos organizaciones islámicas más grandes del país (el Nahdlatul Ulama y la
Muhammadiya, con varios millones de militantes) se implican de manera decidida en la lucha
anticomunista. Durante los años 1965-1966, Suharto desatará una oleada de matanzas que
acabarán con la vida de más de un millón de comunistas. Según ha relatado Noam Chomsky,
agentes norteamericanos entregaban listas de comunistas o de simpatizantes a las autoridades
locales, que realizaban una caza humana despiadada, con el apoyo de las organizaciones
islámicas. La Muhammadiya declarará el yihad en contra del Gestapu (el Partido Comunista de
Indonesia). Resulta triste constatar la implicación de las dos organizaciones islámicas más
importantes del país en uno de los sucesos más trágicos del siglo XX, que llevó a la muerte de más
de un millón de personas por el mero hecho de ser militantes comunistas.

Pero esta alianza no es cosa del pasado. Actualmente, algunos países de población musulmana
están en los primeros puestos en cuanto a renta per cápita en el mundo: Qatar, Emiratos Árabes
Unidos, Kuwait, Brunei, Bahrein, Omán y Arabia Saudita, países que desarrollan sus economías
bajo la protección militar norteamericana. Pero esta posición privilegiada no se manifiesta apenas
en forma de cooperación al desarrollo respecto a otros países musulmanes. Hay que recordar las
numerosas situaciones en las cuales los musulmanes viven en una situación dramática. Cientos de
miles de ellos hacinados en campos de refugiados: saharauis en el desierto argelino, sudaneses en
Darfur, rohingya en Bangla Desh y en Tailandia. Otras situaciones no son menos dramáticas, como
las de Chechenia, de Etiopía o de Somalia. Estas situaciones de extrema pobreza coexisten con el
despilfarro. Como contraste, cabe mencionar los proyectos faraónicos (en el sentido coránico del
término) llevados a cabo por las dinastías petromillonarias del Golfo Pérsico, como los proyectos
de construcción en Dubai de grandes hoteles ultra lujosos ganando terreno al mar, en las cuales se
pueden encontrar incluso pistas de esquí.

No existe (que nosotros sepamos) una verdadera ayuda al desarrollo organizada desde países
musulmanes ricos hacia el tercer mundo. Existe ayuda humanitaria a gran escala, y centenares de
organizaciones que se dedican a paliar necesidades inmediatas, pero no un proyecto global que
ayude a las comunidades necesitadas a generar sus propios mecanismos de supervivencia en el

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futuro. En este punto hay que lamentar la forma en la que Arabia Saudí malgasta el dinero del
petróleo, financiando grandes universidades y centenares de madrasas a través de las cuales se
adoctrina a poblaciones foráneas, creando una fractura en todos los países musulmanes entre el
islam tradicional y el wahabismo. La única preocupación de Arabia Saudí en todas las tragedias
humanas mencionadas es la de utilizarlas para infiltrarse e imponer su concepción rigorista del
islam aniquilando las tradiciones locales, siempre en nombre de la pureza religiosa, siempre al
servicio del imperialismo. Arabia Saudí se ha ganado a pulso en odio de la inmensa mayoría de
musulmanes del planeta, tanto por su política de difusión del wahabismo, como por su apoyo a la
dominación norteamericana y por el desprecio mostrado hacia el sufrimiento de los musulmanes a
lo largo del planeta.

El wahabismo no es una interpretación ortodoxa del islam sino un movimiento reformista, nacido
en la Arabia del siglo XVII d.C. Más adelante, la palabra reformista ha tomado el sentido de
abandono de una concepción orgánica de la comunidad en función de estructuras de poder
nacidas con la industrialización. Un estado como el de Arabia Saudí representa el abandono de la
tradición por intereses económicos, y fue escogido por los británicos porque se ajustaba a los
planes de explotación de los recursos naturales diseñado para Oriente Medio. Su aspecto exterior
les da una apariencia islámica, mientras que su carácter modernista les facilita la labor de
gobernar a gusto de sus amos. Mediante la llamada "apertura de la puerta del iÿtihâd" (esfuerzo
interpretativo en jurisprudencia), los ulemas al servicio del Estado se permiten lanzar fetuas para
justificar todo aquello que al gobierno le interesa: la presencia de bases norteamericanas en
Arabia, o la licitud del asesinato político, el tráfico de drogas. En el plano de la política
internacional, el wahabismo trata de hacer pasar el islam como una pieza de la economía de
mercado, colaborando en todo con el Fondo Monetario Internacional.

Arabia Saudí: un país que comercia en armamento pero se llama a si mismo islámico porque corta
la mano al niño que roba una manzana, donde los gobernantes viven rodeados de un lujo
extravagante mientras la deuda externa alcanza cifras astronómicas... Pero el Profeta Muhammad
(saws.) dijo: "Aquel que trasiega con lo que tiene, a ése es a quien Al-lâh provee; y aquel que
acapara bienes y los acumula, a ése es a quien Al-lâh maldice y aparta de su lado". Lo que han
hecho en las ciudades de Meka y Medina no deja lugar a dudas. Donde hace unos años estaban las
tumbas de los compañeros del Profeta (saws) ahora se agolpan concesionarios de la Mercedes o la
Chrysler. En lugares asociados a la misión profética de Muhámmad (saws) ahora hay hoteles de
cinco estrellas regentados por compañías extranjeras. La destrucción del patrimonio, de la
memoria colectiva de los musulmanes, forma parte de la política de los Bani Saud desde sus
comienzos. Es el mismo desarraigo que se está produciendo a gran escala, operado desde dentro
del islam, desde su mismo centro geográfico.

Esta es la entrada del islam en la sociedad del espectáculo: el wahabismo representa la


occidentalización del islam, el abandono de la tradición para hallar su semejanza con esa cultura
de la representación y de la imagen. Cultura de la imagen: la aceptación de las imágenes de las
diferentes tradiciones, pero no sus contenidos. Estamos en un mundo donde la idea de tradición
quiere ser reducida a la de folclore. Esto es lo que ofrece el wahabismo: no el islam sino solo su
apariencia, no la verdad sino una imagen estereotipada. En esta cultura de la imagen están
empeñados los "representantes de Dios en la tierra" de todas las religiones, como los publicitarios,
los economistas del Nuevo Orden Mundial, los fabricantes de noticias. Arabia Saudí, como cuna del
islam, juega el papel perfecto para la política de los poderes de Occidente, una política que no
puede sino acabar con el sacrificio de la imagen que ellos mismos han creado. La definición
concisa de Tariq Ramadan refleja una opinión mayoritaria:

"Arabia Saudí: la encrucijada de todas las mentiras y todas las hipocresías. Primero, de Occidente,
cuyos gobiernos, aunque saben del horror de la dictadura, del esclavismo reaccionario y de la
corrupción, se callan por razones económicas. Después, de Oriente y de demasiados musulmanes,
que, a causa del maná financiero, responden con el silencio a la traición más manifiesta y más

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odiosa a los principios del islam".[4]
Actualmente asistimos a nuevos episodios de esta colaboración, nunca revocada. La
contrarreforma agraria llevada a cabo en 1999 por Mubarak, que implicó la recuperación de los
arrendamientos agrícolas por el capital, recibió el apoyo de la Yamaat Islámica y los Hermanos
Musulmanes en nombre de la sharia y del derecho a la propiedad. Todavía se puede encontrar en
la web del también egipcio Yusuf Qaradawi una fetua en la cual afirma que es incompatible ser
comunista y musulmán (la fetua responde a una mujer que le pregunta si se puede casar "con un
musulmán comunista": la respuesta es negativa, es haram casarse con un comunista, pues los
comunistas son poco menos que diabólicos que no creen en nada... a pesar de que en su pregunta
la mujer deja bien claro que el hombre en cuestión es musulmán). El propio Qaradawi que se
sienta a la derecha del Emir de Qatar mientras las tropas norteamericanas se preparan para
invadir Iraq, desde inmensas bases cedidas por el emirato, un país en el cual los inmigrantes
egipcios (entre otros) viven en situación de semiesclavitud... Todo esto justifica sin duda el rechazo
de las izquierdas a la hora de colaborar con los movimientos islamistas, y pone en evidencia las
estrechas relaciones entre fundamentalismo religioso y neoliberalismo. Citamos a Samir Amin:

"En el terreno de las cuestiones sociales de verdad, el islam político se alinea en el campo del
capitalismo dependiente y el imperialismo dominante. Defiende el principio del carácter sagrado
de la propiedad y legitima la desigualdad y los requisitos de la reproducción capitalista. El apoyo
prestado por los Hermanos Musulmanes en el Parlamento egipcio a las recientes leyes
reaccionarias que refuerzan los derechos de los propietarios en detrimento de los arrendatarios
rurales (la mayoría del pequeño campesinado) no es más que un caso entre cientos. No hay
ejemplo siquiera de una sola ley reaccionaria promovida en cualquier Estado musulmán a la que
los movimientos islamistas se hayan opuesto... Es fácil entender, por tanto, que el islam político
haya contado siempre en sus filas con la clase dominante de Arabia Saudí y Pakistán. Las
burguesías compradoras locales, los nuevos ricos, beneficiarios de la actual globalización
imperialista, apoyan generosamente al islam político. Y éste ha renunciado a una perspectiva
antiimperialista y la ha reemplazado por una postura 'antioccidental' (casi 'anticristiana') que
evidentemente sólo lleva a las sociedades afectadas a un callejón sin salida y no constituye por
tanto un obstáculo al despliegue del control imperialista sobre el sistema mundial. La historia de
los Hermanos Musulmanes es bien conocida. La Hermandad la crearon los británicos y la
monarquía en la década de 1920 a fin de cerrar el paso al Wafd, secular y democrático. Su regreso
en masa de su refugio saudí tras la muerte de Nasser, organizado por la CIA y Sadat, es también
bien conocido. Todos estamos familiarizados con la historia de los talibán, formados por la CIA en
Pakistán para luchar contra los 'comunistas' que habían abierto escuelas para todos, chicos y
chicas. También es de sobra sabido que Israel apoyó a Hamás en un principio como forma de
debilitar las corrientes seculares y democráticas de la resistencia palestina. El islam político habría
tenido muchas más dificultades para moverse fuera de las fronteras de Arabia Saudí y Pakistán sin
el potente apoyo continuado y resuelto de los Estados Unidos. La sociedad de Arabia Saudí no
había comenzado siquiera a moverse más allá de sus límites tradicionales cuando se descubrió
petróleo bajo su suelo. Se concluyó entre las dos partes una alianza entre el imperialismo y la clase
dominante tradicional, sellada de inmediato, que dio un nuevo arriendo de vida al islam político
wahabí... Resulta fácil, por tanto, comprender la iniciativa tomada por los Estados Unidos para
romper el frente unido de los estados asiáticos y africanos establecido en Bandung (1955), creando
una 'Conferencia Islámica' inmediatamente promovida (desde 1957) por Arabia Saudí y Pakistán.
El islam político penetró en la región por estos medios. La mínima conclusión que puede extraerse
es que el islam político no es el resultado espontáneo de la afirmación de las auténticas
convicciones religiosas por parte de los pueblos afectados. El islam político lo erigió la acción
sistemática del imperialismo, apoyada, por supuesto, por fuerzas obscurantistas reaccionarias y las
clases compradoras subordinadas". [5]

En definitiva, el islam está siendo utilizado desde el poder, en muchos casos para justificar
privilegios y opresiones, y combatir a las izquierdas. Esta utilización por parte del Estado suele
estar vinculada a la imposición de una visión reaccionaria del islam, centrada en las formas y en la
imposición de una moral de rebaño. Globalización corporativa y fundamentalismo religioso se

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alimentan uno a otro, son las dos caras del mismo fenómeno. Las medidas estructurales
promovidas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial crean las condiciones
necesarias que hacen posible (incluso inevitable) el resurgir del fundamentalismo, y al final, este
fundamentalismo justifica la intervención de los Estados occidentales. Todo esto explica el apoyo
occidental a la visión más reaccionaria del islam.

Pero debemos decir que el análisis de Samir Amin es en exceso maximalista: si bien es indudable
que el islam político dominante (especialmente la corriente wahabi/salafi promovida desde Arabi
Saudí) aparece como un aliado del imperialismo, de ello no se puede deducir que todo el islam
político deba ser encajonado en dicha categoría. Existe una creciente conciencia de esta
problemática dentro de los movimientos musulmanes, un problema cuya resolución pasa por
construir una nueva alianza con la izquierda global y el movimiento altermundista, tal y como
defenderemos en breve. No queda otro remedio que trabajar en esta dirección. Sería un error
garrafal por parte de los movimientos anticapitalistas en los países musulmanes el plantear su
lucha al margen del islam, siendo el islam el eje alrededor del cual gira la vida en dichas
sociedades. Combatir el islam y el capitalismo al mismo tiempo no parece razonable, y menos si
nos damos cuenta de que el islam constituye hoy en día una de las pocas alternativas vivas a la
globalización neoliberal.

Teología islámica de la liberación

En este punto se comprende la importancia que puede cobrar la teología islámica de la liberación
(TIL) en el contexto de la lucha de los pueblos contra la globalización corporativa y el nuevo
imperialismo, así como contra la hegemonía de las formas alienantes de entender el islam que
aparecen vinculadas a ellas. Es decir: para contrarrestar la alianza existente entre la globalización
corporativa y el fundamentalismo religioso.

Entendemos por TIL un discurso y una práctica social que pone en primer plano el mandato
coránico de construir una sociedad justa e igualitaria, en la cual la dimensión espiritual del ser
humano sea tenida en cuenta, en oposición tanto a las concepciones reaccionarias del islam como
al neoliberalismo. Frente a la deriva de los movimientos islamistas hacia posturas
ultraconservadoras en lo político y en lo moral, la TIL surge de la recuperación del mensaje
revolucionario lanzado por el Profeta Muhammad hace catorce siglos, contra las oligarquías de su
tiempo.

La TIL cobra nueva fuerza en el contexto post 11-S, con las invasiones de Iraq y Afganistán, la
situación de los musulmanes en Birmania y la continuación del genocidio palestino. Pero, sobre
todo, la TIL surge como toma de conciencia del impacto social de la globalización corporativa. El
auge del neoliberalismo y de la filosofía de libre mercado plantea una amenaza a la igualdad y a la
justicia social, puesto que ambos conciben a la sociedad como un mercado que reduce al ser
humano a la dimensión de productor-consumidor. Una economía de mercado liberalizada, que no
tiene consideración alguna por los asuntos sociales, ni por las culturas autóctonas ni por las
preocupaciones medioambientales, no puede promover el bienestar económico y social global, ni
asegurar un desarrollo sostenible. El neoliberalismo amenaza cada vez más los derechos civiles,
particularmente, el derecho a la educación, al empleo remunerado y a la salud.

Frente a esta situación, la TIL propone una reforma radical de la sharia, que sirva a los
desfavorecidos. Propone la reforma de los códigos de familia musulmana, de cara a lograr la plena
igualdad de las mujeres y los hombres. Propone también incorporar la cuestión de la justicia
económica en los discursos contemporáneos basados en la sharia, y centrarse en sus aspectos
horizontales, las mu’amalat o transacciones sociales, antes que en los aspectos de la ‘ibada o
actos de adoración. Esta reforma se inspira en la noción de la Soberanía de Al-lâh, según la cual
sólo Al-lâh es nuestro Señor, y por tanto nadie puede ser amo o señor de sus semejantes. Esta
comprensión del islam conduce a cuestionar las comprensiones ritualistas y/o alienantes de la
religión. Para la aplicación de estos principios, se hace necesaria la creación de sindicatos

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inspirados en la TIL, capaces de reivindicar los derechos de los trabajadores en contextos donde el
islam es la religión de Estado, y donde todo gira en torno al islam.

La TIL defiende la implicación del islam en la política. Si se eliminasen todos los componentes
éticos (religiosos) de la política, la medicina, la economía... ¿qué nos quedaría? La postcivilización
occidental: un sistema de depredación generalizada del planeta tierra, que no responde a ningún
criterio ético ni racional... En los países occidentales este sistema recibe el contrapeso de la
sociedad civil, gracias sobre todo a la lucha de los marxistas y de los anarquistas de los siglos XIX y
XX, y al movimiento pro derechos civiles surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Pero este
contrapeso no tiene suficiente fuerza hoy a escala planetaria, y aún menos en el llamado tercer
mundo, donde las grandes corporaciones se lanzan a una política de depredación de los recursos
naturales, expoliando a los pueblos y aniquilando sus culturas, entronando a dictadores sumisos a
sus intereses y financiando guerras en aquellos lugares en los cuales las sociedades se unen para
hacerles frente. La TIL se presenta por tanto como un desafío al llamado "islam liberal", que aboga
por una separación estricta entre la religión y la política, un discurso complaciente con las nuevas
necesidades del establishment. Existe una política de infiltración por parte de think thanks
occidentales, que promueven un discurso islámico antifundamentalista y de defensa de la
compatibilidad entre islam y democracia, derechos humanos, etc., pero que no es crítico con las
políticas promovidas por el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio y
el banco Mundial. Es el llamado "islam moderado", promovido por los gobiernos británico y
norteamericano, como una ofensiva paralela a las invasiones de Irak y Afganistán.

La TIL tiene un destacado representante en el sudanés Mahmud Taha, quien en su famosa obra El
segundo mensaje del Corán identificó la sociedad ideal propuesta por el Profeta Muhammad con un
"socialismo democrático" (aunque el término apropiado para definir sus propuestas sería más bien
comunismo). Según Taha, la consecución de este ideal de comunidad es necesaria para la
realización del ser humano. En una sociedad regida por el egoísmo y la exacerbación de las
pasiones, el ser humano no puede activar plenamente sus capacidades ni vivir como criatura
capaz de Al-lâh. Al mismo tiempo, cree que el socialismo no puede realizarse sin tener en cuenta
la dimensión espiritual del ser humano. De ahí el fracaso del materialismo histórico y del régimen
soviético, cuya concepción materialista del ser humano no se diferenciaba en el fondo de la
propuesta por la sociedad capitalista. Taha incluye la perspectiva democrática, la igualdad de
género, valores ecológicos...

La TIL no reniega de sus vínculos con el reformismo musulmán e incluso con los movimientos
islamistas, y puede citar a Sayed Qutb o a Ali Shariarti para apoyar sus posiciones. Entronca con el
reformismo antes de que este movimiento fuera fagocitado por Arabia Saudí, y fuese puesto al
servicio de los intereses de la globalización corporativa y de las políticas conservadoras. Esta
vuelta a los orígenes revolucionarios de los movimientos islamistas es la propuesta de Shabbir
Akhtar, en The Final Imperative: An Islamic Theology of Liberation. Se trata de un intelectual
británico que se reconoce discípulo de Sayed Qutb. La TIL podría enlazar con un islamismo que
haya reconocido los excesos totalitarios cometidos y promueva una apertura a la igualdad de
género, los valores ecológicos y democráticos. El pensador suizo de origen egipcio Tariq Ramadan
se presenta como una figura puente, lo cual explica la violencia mediática con la cual es tratado
en Occidente.

Una obra a tener en cuenta es Islamic Liberation Theology: Resisting the Empire, del iraní Hamid
Dabashi. Las críticas a la República Islámica de Irán no lo conducen a abrazar la modernidad
occidental como una panacea, sino todo lo contrario. Dabashi considera que la ideología islámica
ha dejado de ser el factor principal de la resistencia contra "la modernidad colonial". El islamismo
militante surgió de unas determinadas condiciones y permanece preso de ellas. No es capaz de
responder a las necesidades del presente ni a los retos de la globalización corporativa. Para
renovar las aspiraciones de los musulmanes es necesario revisar el propio concepto de "ideología
islámica", en el sentido de ofrecer una respuesta local y por tanto limitada a lo que se nos presenta
como un reto global. Ninguna ideología de la alteridad logrará despertar las energías y crear las

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sinergias necesarias para enfrentarse a la depredación planetaria operada desde los centros de la
globalización corporativa. Ni esta globalización es "Occidente", ni Bin Laden "el Islam". Muy
especialmente, deben superarse las visiones legalistas del islam, que conducen a una múltiple
fractura entre islam y occidente, islam y derechos humanos, islam y feminismo... Una serie de
fracturas que son explotadas por el imperio para socavar y deslegitimar las resistencias
musulmanas.

El único modo de salvar estas fracturas es pensar una ideología islámica de la liberación en
convergencia con otros movimientos similares a lo largo del planeta. Los musulmanes no están
solos en la lucha. No pueden seguir pensando su lucha de espaldas al resto del planeta, ni en
términos de supremacismo islámico. Una ideología que divide el mundo entre el Islam y Occidente
o entre creyentes y no creyentes no tiene nada positivo que aportar. La situación contemporánea
nos aboca al sincretismo y a la aceptación de valores universales. Cree que el islam tendrá que
rearticularse en relación al capital globalizado. Como resultado del proceso de globalización, las
masivas migraciones de trabajadores han desmantelado la dicotomía "centro-periferia" u
"islam-occidente", que pudieron tener su razón de ser durante la época colonial. Dabashi defiende
el multiculturalismo y explora las similitudes y las diferencias respecto a la teología cristiana de la
liberación, llamado a un entendimiento. Las potencialidades revolucionarias del islam deben ser
puestas al servicio de la humanidad, y no al servicio de la causa del islam. Hay que pensar en
términos de diversidad y sincretismo, y no en términos supremacistas.

Más que de una teología, deberíamos hablar de una teodicea, teología natural y racional de corte
universalista, que busca su fundamento en el interior del ser humano. Dabashi define esta
teodicea como "una forma de teología de la liberación que no sólo da cuenta de la existencia de
sus sombras morales y normativos, sino, de hecho, los abraza"[6]. En la visión de Dabashi, esta
teodicea logrará liberar al propio islam de sus fantasmas, de sus atavismos y de las formas de
idolatría generadas a lo largo de los siglos. No se trata tan sólo de volver a pensar el islam en
términos liberadores, sino de pensar desde un islam liberado de si mismo.

Islam y movimiento altermundista

El enunciado "teología de la liberación" nos remite inmediatamente a las luchas de los cristianos
en América del Sur y el Tercer Mundo, por superar la visión alienante del cristianismo y recuperarlo
como mensaje de liberación individual y colectiva... Así pues, al hablar de una "teología islámica
de la liberación" estamos poniendo desde el primer momento en juego fuerzas convergentes a
escala planetaria, moviéndonos hacia una respuesta conjunta de las diversas religiones a los retos
de la globalización.

Pero esta alianza no es únicamente entre religiones. Afirmamos que la lucha de los musulmanes
por la justicia social se sitúa en consonancia con el movimiento altermundista, en contra de la
alianza del fundamentalismo religioso (que nada tiene en realidad de islámico) y la globalización
corporativa. No es posible separar nuestro análisis sobre la situación actual del islam de la
situación del mundo en la era global. La dominación planetaria de las corporaciones financieras
conduce a la desestructuración de los países y al hambre de millones de personas. El efecto de la
prohibición de la usura u otros principios de la economía islámica en los países musulmanes no
lograría cambiar el nuevo orden mundial. Las grandes compañías financieras occidentales
encontrarían fácilmente vías de penetración. Esto quiere decir que, en el contexto de la
globalización, no existe la más mínima posibilidad de lograr una sociedad islámica a nivel local.
Todo apunta hacia la participación creciente de los musulmanes en el movimiento altermundista,
como una de las claves del futuro.

Nos hallamos en el inicio de la construcción de una sociedad civil planetaria, una sociedad civil
que ya no encuentra su vía de participación política a través del marco de los Estados-nación, sino
a través de una nueva ética global emergente, fundada en la solidaridad y el amor a la pluralidad,
en la lucha de los pueblos por su supervivencia. Nos situamos en el terreno de los valores globales:

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democracia, libertad religiosa y de conciencia, valores ecológicos, justicia distributiva e igualdad
de género. Al mismo tiempo, implica una resistencia al capitalismo salvaje que amenaza a
poblaciones enteras con el hambre y el desarraigo de sus culturas y cosmovisiones ancestrales.
Esta lucha debe realizarse desde la defensa de la diversidad y frente al paradigma eurocéntrico,
tan vinculado al racismo y al colonialismo.

Mientras haya hambre en el mundo, todo lo demás es secundario. A principios del siglo XXI, 950
millones de personas que viven en situaciones de hambre crónica, 30 millones de personas
mueren cada año a causa de la mala distribución de los alimentos, 11 millones de ellos niños
menores de 5 años. Unas cifras que nos sobrepasan y nos abochornan, que nos sumen en la
desesperación y nos obligan a replantearnos nuestro modo de estar en el mundo. No podemos
seguir pensando de espaldas a esta realidad que nos acusa, que muestra el rostro más oscuro de
la modernidad. En este campo, toda actuación debe venir precedida por un estudio serio sobre las
causas reales del hambre.

Las causas nos remiten a ámbitos económicos, políticos, sociales globales. Lo local no puede ser
pensado sin referencia a lo global, y viceversa. El mundo es uno, el ser humano es uno. No
podemos pensar disgregando, jerarquizando, como si la riqueza de occidente fuese independiente
de la pobreza del tercer mundo, como si la tierra no fuera una, como si los campos de Indonesia no
produjesen pienso para alimentar al ganado en Canadá, comos si los precios de las semillas que ha
de plantar un agricultor en Corea no se decidiesen en Chicago, como si los medicamentos que
pueden salvar a los niños de una aldea de Zambia, pero que estos no tienen dinero para comprar,
no estuviesen patentados en Lausana.

Desde la conciencia de que todos somos uno, debemos decir bien claro que el hambre no es una
casualidad o un accidente de la naturaleza. Existen situaciones concretas de catástrofes naturales
que provocan hambrunas, pero el hambre crónica de poblaciones enteras del que estamos
hablando no es un accidente, sino el resultado de estructuras económicas determinadas, de
relaciones internacionales establecidas con criterios criminales. Estamos gobernados por
criminales, por asesinos en masa que visten corbatas de seda y sonríen en los medios a las masas.
Sabemos que la producción de alimentos actual podría alimentar dos veces a la población mundial,
que el aumento demográfico no es una causa directa del hambre, y que muchos de los países que
han sufrido terribles hambrunas son en realidad exportadores de alimentos. Sabemos que en
Europa y Norteamérica cada año se desperdician o se tiran toneladas de alimentos con el fin de
mantener los precios establecidos por grandes compañías, precios inasequibles para los menos
desfavorecidos. Hemos visto a países enteros pasar de situaciones de bonanza a situaciones de
pobreza en pocos años, a causa de políticas económicas impulsadas desde la Organización Mundial
del Comercio. Hemos visto como los servicios sociales se deterioraban en países ricos en materias
primas. Hemos visto como la deuda contraída por gobiernos dictatoriales para comprar armas
ahogaba la vida de los campesinos, dobles víctimas de una política económica internacional
irracional, que ha perdido todo criterio ético o humanitario.

Se trata de un sistema basado no en la satisfacción de las necesidades básicas del individuo y la


búsqueda del equilibrio, sino en la exacerbación de las pasiones y la creación de necesidades
artificiales que esclavizan al individuo, manteniéndolo en un estado de insatisfacción constante.
Desde un punto de vista islámico, está claro que este sistema es rechazable, y que debe ser
combatido. No pretendo caer en una retórica anticapitalista hueca y trasnochada. El islam está del
lado del comercio. La capacidad creación de riqueza y el desarrollo tecnológico son instrumentos
imprescindibles para la erradicación de la pobreza, un logro de la humanidad. Por primera vez en
la historia nos encontramos en una situación de sobreproducción, en la cual el ser humano es
capaz de producir alimentos para satisfacer con creces las necesidades básicas de la población
mundial. A partir de este conocimiento, es necesario realizar una crítica lúcida sobre los fines de
esta creación de riqueza y de este desarrollo de la producción, que no puede ser el de la mera
acumulación de capital al margen de las necesidades de la gente.

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Todos los que han estudiado el problema del hambre en el mundo saben de las dificultades a las
que estos intentos se enfrentan. Desde las instituciones la situación parece bloqueada. Las
instituciones internacionales encargadas de la lucha contra la pobreza están muy influidas por los
propios interesados en perpetuar las desigualdades. Departamentos de Naciones Unidas son tanto
el Fondo Monetario internacional como la FAO. La contradicción entre las medidas que uno y otro
organismo promueven no puede ser más desconcertante.

Frente a esta situación, la sociedad civil del planeta debe ponerse en movimiento, y los
musulmanes no pueden estar al margen de esta búsqueda de soluciones globales a problemáticas
globales. Hace ya unos años asistimos al surgimiento de un movimiento social transnacional que
pretende hacer frente a los retos de la globalización, que se ha dado cita en torno al Foro Social
Mundial. Los movimientos sociales se sitúan en la vanguardia, y esto implica mirar hacia delante,
más allá de la coyuntura política presente. Esto implica situarse contra del sistema económico y
político dominante. En este ámbito, existen muchas acciones ya iniciadas a las cuales los
musulmanes podríamos (deberíamos) sumarnos:

• Sumarnos a las iniciativas y campañas que promueven la reforma de las Naciones Unidas, hacia
una democracia participativa que posibilite la consecución de sus objetivos fundacionales.

• Colaborar con el Foro Social Mundial.

• Apoyar aquellas campañas que promuevan la condonación de la deuda externa.

• Apoyar aquellas campañas tendentes a garantizar el acceso al agua potable de todo ser
humano.

• Apoyar la campaña para la aplicación de la Tasa Tobin.

• Denunciar el negocio de la guerra, y a exigir a nuestros representantes políticos que combatan


el comercio de armamento.

• Denunciar aquellas situaciones de connivencia de las religiones con el poder económico y


político tendentes a perpetuar situaciones de injusticia

• Moderar nuestras necesidades y a realizar esfuerzos para erradicar el consumismo.

• Velar por que las inversiones que hagamos sean éticas, y que no entren en contradicción con
una cultura de la paz.

• Velar por que las empresas se doten de códigos éticos, que respeten los criterios del comercio
justo.

• Sumarnos a las campañas que promueven la erradicación de los paraísos fiscales.

• Trabajar en favor de la reducción de las energías contaminantes y en favorecer el uso de


energías alternativas.

Sin embargo, la participación de los musulmanes en el movimiento altermundista se enfrenta hoy


en día a importantes dificultades. Una de ellas es la islamofobia y los estereotipos, así como la
tradicional militancia antirreligiosa de determinada izquierda occidental, incapaz de superar el
eurocentrismo en el cual los occidentales somos adoctrinados. La colaboración de las tradiciones
religiosas con los movimientos sociales se hace difícil en un momento en el cual trata de
imponerse como un dogma de fe la idea de la separación entre la religión y la política. Se trata de
relegar la religión a una extraña "esfera privada", negándonos el derecho de reclamar justicia
desde nuestras convicciones. Por ello, desde las tradiciones religiosas debemos aclarar cuál es

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nuestra motivación en el proyecto de construcción de una sociedad civil planetaria. Debemos
desterrar toda sombra de duda que planea sobre nuestras tradiciones, disipar las dudas que esta
colaboración suscita. Por suerte, ya no estamos en la época del marxismo-leninismo dogmático y
antirreligioso. Por el contrario, existen muchos elementos de espiritualidad dentro de los
movimientos sociales.

El otro impedimento es interno al islam: las dificultades de muchos musulmanes renunciar a la


idea de un Estado basado en la supremacía del islam. El islam, en el momento en el cual es
reducido a una identidad política, traza una frontera con los no musulmanes, impidiendo su
participación en el movimiento altermundista. El islam tiene mucho que aportar en la lucha contra
la injusticia global, siempre que seamos capaces de superar una visión supremacista y/o
excluyente de nuestra religión. Hay que derribar las barreras conceptuales que separan al islam de
otras tradiciones o propuestas y trabajar en base a objetivos compartidos. La lucha contra la
desigualdad, contra la opresión y contra el hambre, es la lucha por la dignidad de todo ser
humano, y es del todo inviable pensar esta lucha sin tener en cuenta la religión como el vehículo
que dota de sentido a la mayoría de los habitantes de la tierra, insha Al-lâh.

Notas

[1] Globalisation. Muslim Resistances (ed. Tawhid 2002), incluye traducción al castellano.

[2] Jusqu’au cou, enquête sur la dette du tiers monde (ed. La Découverte, 1988, pp. 68-71)

[3] Tomamos estas referencias de Malika Zeghal, Guardianes del islam (ed. Bellaterra),
pp.140-144

[4] El islam minoritario (ed. Bellaterra), p.333

[5] Samir Amin, El islam político, al servicio del imperialismo.

[6] Islamic liberation theology: resisting the Empire (Routledge 2008), p. 18.

http://abdennurprado.wordpress.com/2010/02/04/islam-y-movimiento-altermundista/

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para
publicarlo en otras fuentes.

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