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¿QUÉ ES LA ESPIRITUALIDAD?

David Herrerías Guerra

Un cuento

La palabra espiritualidad es uno de esos términos de fácil pronunciación pero extraordinariamente


complejos cuando se les trata de definir, de establecerles fronteras concretas. A veces los cuentos,
las parábolas o la poesía sirven más para acercarnos a ellas. Empecemos entonces con un cuento,
para hablar de espiritualidad1:
“Era el país de los pozos. Cualquier visitante extraño que llegara a aquel país no vería más que
pozos: grandes, pequeños, feos, hermosos, ricos, pobres... Alrededor de los pozos apenas se
veía vegetación; la tierra estaba reseca.
Los pozos hablaban entre sí, pero a distancia; siempre había tierra de por medio. En realidad, lo
único que hablaba era el brocal: lo que se ve a ras de tierra. Y daba la impresión de que, al
hablar, sonaba a hueco. Porque claro, procedía de lugares huecos.
Como el brocal estaba hueco, en los pozos se producía una sensación de vacío, vértigo,
ansiedad y cada uno tendía a llenarlo como podía: con cosas, ruidos, sensaciones raras, y hasta
con libros y sabiduría.
Entre los pozos los había con un gran brocal en el que cabían muchas cosas. Otros tenían un
brocal pequeñito, pero también cabían cosas. Las cosas pasaban de moda: entonces los pozos
las cambiaban, y continuamente estaban llenando el brocal de cosas nuevas, diferentes. Y
quien más tenía era más respetado y admirado. Pero, en el fondo, no estaban nunca a gusto
con lo que tenían. El brocal estaba siempre reseco y sediento.
¿He dicho “en el fondo”?
Bueno, sí: la mayoría, a través de los entresijos que dejaban las cosas, percibían en su interior
algo misterioso, sus dedos rozaban en ocasiones el agua en el fondo. Ante aquella sensación
tan rara, unos sintieron miedo y procuraron no volver a sentirla. Otros, encontraban tanta
dificultad a causa de las cosas que abarrotaban el brocal, que se rindieron pronto, y optaron
por olvidar aquello que había “en el fondo”.
También se hablaba – en la superficie – de aquellas “experiencias profundas” que muchos
sentían, pero la mayoría se reía y decían que todo eso eran ilusiones, que no había más
realidad que el brocal y las cosas que entraban en el hueco.
Pero hubo alguno que empezó a mirar hacia dentro y entusiasmado con aquella sensación que
experimentaba en su profundidad, trató de calar más. Como las cosas que había ido
acumulando le molestaban, prefirió librarse de ellas y las arrojó fuera de sí. Y fue eliminando el
ruido, hasta quedarse en silencio. Entonces, en el silencio del brocal, oyó burbujear el agua allá
abajo y sintió una paz enorme, una paz viva, que venía de la profundidad. Y ya no eran sólo las
manos, sino los brazos, y todo el pozo, el que se refrescaba y saciaba su sed en el agua.
Entonces el pozo experimentó que “aquello” justamente era su razón de ser; allí en el fondo, se
sentía él mismo. Hasta entonces había creído que el ser pozo era el tener un gran brocal, muy
rico y adornado, bien lleno de cosas. Y así, mientras otros pozos trataban de agrandar su
brocal, para que el hueco fuese mayor y cupieran más cosas, éste, buceando en su interior,
descubría que lo mejor de sí mismo estaba en la profundidad, y que era “más pozo” cuanto más
profundidad tenía.

1
Este cuento ha circulado mucho en cursos y en la web. No estamos seguros sobre su autoría, pero la fuente
del texto que presentamos es http://www.solidaridad.net/noticias.php?not=1968
Feliz por su descubrimiento, intentó comunicarlo, y comenzó a sacar agua de su interior, y el
agua, al salir fuera, refrescaba la tierra reseca y la hacía fértil y pronto brotaron las flores
alrededor del pozo. La noticia cundió enseguida. Las reacciones fueron muy variadas: unos se
mostraron escépticos ante el descubrimiento; otros sintieron la nostalgia de algo que, en el
fondo, también ellos percibían. Otros despreciaron aquel “alarde de poesía”, como lo llamaron.
Hubo a quien le pareció una pérdida de tiempo aquel trabajo de sacar agua de su interior. La
mayoría optó por no hacer caso, pues la verdad es que estaban muy ocupados rellenando de
cosas el brocal, y se habían acostumbrado a la satisfacción que el tener les producía. Se sentían
a gusto en el ruido, y estaban contentos con las sensaciones que experimentaban desde fuera.
Sin embargo, algunos intentaron la experiencia, y, tras liberarse de las cosas que les
rellenaban, encontraron también el agua de su interior. A partir de entonces las sorpresas para
éstos fueron en aumento: comprobaron que, por más agua que sacaban de su interior para
esparcirla en torno suyo, no se vaciaban, sino que se sentían más frescos, renovados. Y al
seguir profundizando en su interior, descubrieron que todos los pozos estaban unidos por
aquello mismo que era su razón de ser: el agua.
Así comenzó una comunicación “a fondo” entre ellos, porque las paredes del pozo dejaron de
ser límites infranqueables. Se comunicaban “en profundidad”, sin importarles como era el brocal
de uno o de otro, ya que eso era superficial y no influía en lo que había en el fondo. Eso sí: en
cada pozo el agua adquiría un sabor, incluso unas propiedades distintas: era lo característico
del pozo.
Pero el descubrimiento más sensacional vino después, cuando los pozos que ya vivían en su
profundidad llegaron a la conclusión de que el agua que les daba la vida no nacía allí mismo, en
cada uno, sino que venía para todos de un mismo lugar y bucearon siguiendo la corriente del
agua…
¡Y descubrieron el manantial!
El manantial estaba allá lejos: en la gran Montaña que dominaba el País de los Pozos, que
apenas nadie percibía su presencia, pero que estaba allí, majestuosa, serena, pacífica... y con el
secreto de la vida en su interior.
La montaña había estado siempre allí: unas veces apenas visible, entre brumas; otras veces
radiante, siempre vigilante y dándose cuenta de todo lo que ocurría en torno suyo, pero los
pozos habían estado muy ocupados en adornar su brocal, y apenas se habían molestado en
mirar a la montaña. Ella también había estado en la profundidad de cada pozo, porque su
manantial llegaba hasta ellos haciendo que fueran pozos.
Desde entonces, los pozos que habían descubierto su ser, se esforzaban en agrandar su interior
y aumentar su profundidad, para que el manantial pudiera llegar con facilidad hasta ellos y el
agua que sacaban de sí mismos hacía que la tierra fuera embelleciendo, y transformaban el
paisaje.
Mientras, allá fuera, en la superficie la mayoría seguían ocupados en ampliar su brocal y en
tener cada vez más cosas.

Interioridad, espíritu, espiritualidad

El cuento nos sirve muy bien para hablar de lo que entendemos por espiritualidad e interioridad. Es
fácil descubrir que los pozos somos nosotros, que frecuentemente nos relacionamos con los demás
sólo desde nuestra exterioridad, pero alcanzamos a percibir algo profundo y misterioso ahí adentro.
Nos sentimos habitados por algo, o como si se tratara de un cuento al estilo de Lewis Caroll,
intuimos un mundo misterioso, algo a través del espejo, que es más que nuestro propio reflejo. El
misterio es a la vez atrayente y atemorizante; nos causa fascinación pero a veces un poco de
temor; siempre inquietante. Generalmente se expresa como una sensación de vacío y frente a eso,
la reacción más común es tratar de llenarlo de cosas, consumir o buscar experiencias cada vez más
excitantes. Paliativos pasajeros que vuelven a dejar el vacío y a veces una sensación creciente de
insatisfacción. Sólo cuando nos atrevemos a buscar en nuestro interior, quitando las cosas que nos
impiden llegar ahí, encontramos la fuente de agua que nos alimenta. Estamos ante nuestra propia
interioridad.
La interioridad, nos dice Josep F. Mària i Serrano SJ, citando a Mollá es: “por una parte, la
capacidad de conectar con el mundo interior de la propia persona: la capacidad de observar
los movimientos interiores, de escuchar palabras y ruidos internos, de discernir o separar
sentimientos y juicios, de sentir correctamente los deseos y su fuerza, etc. Pero también, por
otra parte, (…) la capacidad de relacionarse con lo exterior desde dentro de uno mismo, no
meramente desde las capas más superficiales de la persona; y ahí se incluyen cosas como la
capacidad de conectar íntimamente, de captar signos, de interpretar gestos, etc.”2. Es
escuchar el gorgojeo de nuestro manantial, y comunicarnos con los otros desde adentro, no
desde el brocal.
El espíritu no es algo separado de las personas, concepción dominante en las culturas
occidentales desde la Grecia antigua, sino lo que significa en hebreo, según nos dicen Vigil y
Casaldáliga: “la palabra espíritu, ruah, significa viento, aliento, hálito. El espíritu es como el viento
ligero, potente, arrollador, impredecible. Es como el aliento, el viento corporal que hace que la
persona respire y se oxigene, que pueda seguir viviendo. Es como el hábito de la respiración: quien
respira está vivo, quien no respira está muerto”3.
Cuando somos capaces de viajar hacia nuestro interior nos encontramos con nuestro espíritu, con
lo que nos da vida. Entonces podemos hablar de espiritualidad. Usando un ejemplo de Casaldáliga:
el espíritu es como el amigo, la espiritualidad es la amistad, en abstracto.
¿Cómo sabemos que estamos realmente encontrándonos con nuestro interior, viviendo nuestra
espiritualidad? El cuento nos da algunas pistas:
- El pozo se vacía de cosas innecesarias, existe un desprendimiento de lo accesorio, de los
apegos. No nos lleva a un mayor consumo, no establece más dependencias (sociales,
económicas, religiosas) sino que nos libera.
- Nos damos cuenta de que el agua que brota no se agota, sino que nos invita a un mayor
desprendimiento y a vivir cada vez más nuestra interioridad.
- El agua que brota del pozo hace que generemos vida a nuestro alrededor. Dicho de otra
forma: si vivimos nuestra espiritualidad generamos vida alrededor de nosotros.
- El agua nos conecta en otro nivel con los demás: no nos volvemos anacoretas, sino que
nos conectamos con los demás de otra forma, en lo profundo.
Leonardo Boff4 enfatiza la necesaria conexión entre espiritualidad y cambio en su libro
Espiritualidad:
¿Qué es la espiritualidad? En cierta ocasión le hicieron al Dalai Lama esta pregunta, el cual dio
una respuesta extremadamente sencilla: “La espiritualidad es aquello que produce en el ser
humano una transformación interior”.
Alguien que no había entendido la respuesta hizo otra pregunta:
Pero si yo practico la religión y observo las tradiciones, ¿no es eso espiritualidad?
Y el Dalai Lama respondió:

2
D. MOLLÀ, Cristianos en intemperie. Barcelona, CiJ, 2006, pág. 12-13, EIDES, 47., citado por Josep F.
Mària i Serrano, sj., en El Joven Gurú y el Pájaro, Ed. Cristianisme I Justicia, Barcelona, 2009.
3
CASALDÁLIGA, Pedro; VIGIL, José María. Espiritualidad de la Liberación . Sal Terrae, España, 1993.
4
BOFF, Leonardo, Espiritualidad, un camino de transformación, Sal Terrae, Santander, 2002, 2ª. Ed.
- Puede que sea espiritualidad; pero si no produce en usted una transformación, entonces no es
espiritualidad.
Otra distinción necesaria se tiene que hacer entre religión y espiritualidad. El fin de cualquier
religión es que podamos vivir nuestra espiritualidad. El sentido de todos los símbolos y ritos de las
religiones es acercarnos a esa experiencia profunda. Sin embargo, no hay que confundir la práctica
de esos signos con la espiritualidad misma, porque muchas veces estos ritos se vacían y dejan de
servir para lo que fueron creados. Se puede vivir la espiritualidad sin religión, aunque ésta sea una
herramienta poderosa, pero la religión sin espiritualidad se vuelve alienante, falsa y vacía. El Dalai
Lama, según nos narra Boff en el mismo libro que citamos arriba, respondió a la pregunta sobre
cuál es la mejor religión: “La que te hace mejor persona”. Siguiendo el hilo de su visión de la
espiritualidad, diremos que, si una religión de verdad está llevándote a vivir tu espiritualidad,
necesariamente te hará mejor persona.

Espiritualidad Cristiano Ignaciana

Hasta aquí lo que podríamos llamar interioridad y espiritualidad en un sentido universal. Esta
espiritualidad no es propia nada más de las personas religiosas, mucho menos es exclusiva de los
cristianos. Todos tenemos espíritu y podemos vivir nuestra espiritualidad. Pero, ¿qué distingue a
una espiritualidad cristiana? El cuento de los pozos con el que iniciamos este escrito continúa: para
una espiritualidad creyente, existe esa montaña, de la que brotan todas las espiritualidades. Al final
todos los pozos estamos abrevando de ese manantial original, que nos hermana y nos une a la
montaña. Para los cristianos, todos estamos ligados a esa fuente. Es más, aunque un no creyente
no lo sepa, bebe de ese manantial. Tenemos la certeza de que Dios es la fuente de todos los
manantiales que dan sentido a la existencia de los pozos.
Para los cristianos, una forma de conocer y entender lo que es esa montaña es la persona de
Jesús. La espiritualidad cristiana está marcada por la forma en que Él se relacionó con su abbá,
papá bueno, cercano y acogedor, y por la forma en qué Él mismo actuó en el mundo, encarnado
verdaderamente en la realidad que le tocó vivir y preocupado por anunciar un reino diferente en el
que todos podremos vivir felices. Es por lo tanto una espiritualidad confiada en el Padre y situada
en la realidad concreta. La espiritualidad cristiana tiene entonces un sello, pero sobre todo, una
gran ayuda – la revelación – que te lleva a conocer más fácilmente esa gran montaña.
Dentro de la gran corriente de la espiritualidad cristiana, diferentes personas han puesto el énfasis
o han descubierto caminos diferentes para vivirla. San Ignacio descubre un modo particular, que se
condensa en sus Ejercicios Espirituales. De ellos se desprenden algunas líneas que podríamos
llamar distintivas de la espiritualidad cristiana al estilo ignaciano.
Cristocéntrica: Ignacio nos invita y así lo vivió él, a un acercamiento a Jesús como compañero,
como amigo cercano al que se puede tener confianza. Y al mismo tiempo una certeza de tener a
Cristo, como centro. Tener fe en Jesús supone creer que lo que él dijo y anunció es nuestra tarea.
Por eso el seguimiento de Jesús supone un verdadero deseo de imitarlo en desprendimiento y
humildad.
Jesús el consolador: Ignacio también nos presenta un recorrido en el que invita, primero, a
reconocer nuestras heridas, nuestras fallas, dolores, pero no para quedar en ellas sino para
terminar siempre consolados, redimidos. La imagen recurrente de Jesús en los evangelios es la de
un hombre preocupado por consolar a los que sufren y a eso están invitados los que quieran
seguirle, a ser consolados y a consolar. Quien sigue la espiritualidad Ignaciana se debe distinguir
por el servicio a los hermanos y hermanas.
Libertad y discernimiento: Ignacio tiene la certeza de la confianza indefectible de Dios en el ser
humano, que lo lleva a respetar su libertad y por ende, su posibilidad de discernir para actuar por
su propia cuenta. Discernir significa separar, desmenuzar las opciones que se presentan ante mi
para tomar la mejor decisión. En este proceso Ignacio nos capacita para sentir la presencia del
Espíritu de Dios y sus manifestaciones en nuestro interior, que nos ayudan a optar. Esta fe en la
libertad del ser humano es un sello distintivo de la espiritualidad ignaciana que ha marcado la
actuación de la Compañía de Jesús a lo largo de su historia.
Construcción del Reino de Dios: El discernimiento nos lleva a descubrir que tenemos una tarea
en el mundo, que es la construcción del Reino, un mundo regido por el amor y la justicia. Esta
construcción se hará desde mi vocación personal, pero entendiendo que los proyectos son siempre
medios frente a esta misión central.
Contemplativos en la acción: Los Ejercicios Espirituales no son solamente un proceso intimista
de meditación que terminan en la búsqueda de una paz interior, sino que nos lanzan otra vez al
mundo. Se trata, como en el cuento con el que iniciamos, de sacar agua de nuestro pozo para
regar hacia fuera de nosotros y hacer que florezcan las flores y las hierbas a nuestro alrededor. Una
espiritualidad encarnada, que se expresa necesariamente en la construcción del Reino.
Sentir y gustar internamente: Ignacio también nos invita a conocer de otra manera: “No el
mucho saber harta y satisface el ánima sino el sentir y gustar las cosas internamente”. Es una
invitación a la vez a sentir con todo nuestro ser y a profundizar, a saborear, a gustar. Y no es
mediante el conocimiento que nos conectaremos con nuestro interior, sino mediante mi
sensibilidad. Dios no nos habla, en un sentido estricto, sino que se expresa mediante nuestras
mismas sensaciones o mociones. Por eso, Ignacio invita constantemente en los ejercicios a
escudriñar en lo que sentimos.
Amorosos con la creación: La capacidad de sentir y de contemplar la creación y en ella la
manifestación del amor de Dios, nos lleva necesariamente a tener una actitud cuidadosa y
respetuosa de la naturaleza.
Como podemos notar en esta apretada síntesis, la Espiritualidad Ignaciana es una propuesta de
relación con Dios, amorosa y liberadora, pero que nos exige también un compromiso en la realidad
concreta desde nuestra vocación personal.