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“Cuando los pinos crecen” de Olga Lucía Ocampo.

“Cuando los pinos crecen”

Estoy furiosa y muy preocupada. Patricia, mi hermana menor,


me mira fijamente mientras balancea sus piernas a través de
las rejas de la ventana donde nos encontramos sentadas. Esta
atenta a mis movimientos y a mis palabras. Una pareja de
mujeres se ha acercado y nos pregunta - donde está Julia?
-Donde el diablo pegó el último grito, respondo. No comprendo
porque mis palabras les ha hecho gracia, si eso fue lo que nos
dijo nuestra madre al salir.

Donde quiera que el diablo pegó el último grito, tuvo que ser
muy lejos, porque mi madre tardaba y yo tenía hambre. Miro
hacia dentro de la habitación desde mi puesto de vigilancia y
observo a María, mi hermana mayor, correr tras Jesús, quien no
quiere permitir que le coloquen el pañal. Al fondo de la
habitación, sentado en la orilla de la cama, Juanito se balancea
de adelante hacia atrás mientras sacude las palmas de la mano
en forma rotatoria. Mira sin ver, porque en sus ojos no hay
pupilas, todo es blanco. He intentado buscárselas levantándole
los párpados, pero no se los encontré. No habla, no llora, solo
emite chillidos de vez en cuando. Dicen que es autista, no sé
qué significa eso, pero jugamos con él, aunque él no pueda
jugar con nosotros.

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“Cuando los pinos crecen” de Olga Lucía Ocampo.

Miro nuevamente hacia la calle, y veo venir a mamá. Camina


rápido. Es pequeñita y con el pelo corto. Dicen que es bonita,
pero yo la veo fea, porque siempre está enfadada y castigando
todas nuestras travesuras. Trae algo en las manos. Patricia y yo,
saltamos desde la ventana a la cama que hay al pié de ella.
Hay tres camas en la habitación, en una duerme mi madre con
Jesús, en la otra María con Juanito, y yo en la última con
Patricia. En un rincón del cuarto hay una pequeña mesa de
madera, sobre la cual descansa una estufa de petróleo, la cual
rara vez se enciende, porque rara vez hay que comer. Solo en
las mañanas nunca nos falta una taza de chocolate caliente. Al
otro extremo de la habitación hay un cuarto de baño con aseo.
La ropa, salimos a lavarla a lavaderos comunitarios.

Al entrar mi madre, todos nos hemos sentado al lado de


Juanito. María tiene a Jesús sentado en sus piernas. María es
muy bonita. Siempre que viene una visita, le alaban a mamá lo
bonita que es María y Patricia. Yo me paseo alrededor por si
me cae alguna flor, pero nadie percibe mis atributos, cansada
de esperar un halago, regreso siempre a mis juegos.

Mamá nos mira a todos, buscando en cuál de nuestros rostros


encuentra culpabilidad de alguna recién travesura, pero hemos
sido buenos, el hambre no nos ha permitido maquinar ninguna
travesura. Abre la bolsa que trae en sus manos, y saca de ella
una pequeña olla de la que se desprende un delicioso olor a
comida caliente. Se acerca a la mesa y de un cajón de la ella ,
saca una cuchara, se acerca a nosotros , introduce la cuchara
en la olla, y a uno por uno, nos va dando un bocado. Yo, abro
la boca lo mas que puedo, porque creo que si la abro mucho
como mas, pero ella, a todos nos da igual. Luego, regresa a la
mesa, deja la olla sobre ella, y se tumba en la cama mirando
hacia la pared. La miro, y veo que se estremece, creo que
llora, pero no pregunto, pienso que lo hace porque no comió.

Sobre la cabecera de su cama hay un cuadro de una virgen


rodeada de ángeles a sus pies, y en la parte de abajo se ve
hombres y mujeres semi desnudos que están siendo consumidos
por el fuego y levantan las manos hacia la virgen como
implorando. Mamá dice que ahí es donde van todos los
pecadores, que es el purgatorio, y si somos malos ahí nos
chamuscaremos primero antes de ir al cielo. No me gusta esa
virgen que lo deja a uno chamuscar.

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“Cuando los pinos crecen” de Olga Lucía Ocampo.

En la pared del centro de la habitación, hay un cuadro donde


está el sagrado corazón de Jesús, mamá dice que ese nos
vigila todo el tiempo y que no podemos escondernos de él para
hacer pecados, porque nunca dejará de mirarnos y tiene razón.
Yo rodeo toda la habitación mirando fijamente el cuadro
buscando donde puedo escapar de su vista, pero donde voy el
tiene la mirada fija en mi. Bajo su almohada, tiene un libro con
muchas figuritas bonitas, pero también tiene al diablo en
muchos dibujos, rojo y con cuernos, y nos lo enseña para que
lo conozcamos, y nos dice que nunca le abramos a nadie la
puerta porque todos los hombres tienen un diablo de esos
dentro de su corazón, y que debemos cuidarnos. En las noches
nos hace sentar a todos en la cama y rezamos, bueno, ella
reza, nosotros repetimos como loros no sé cuántas aves marías,
y padre nuestros. Dice qué es para pedir el milagro de vivir
mejor.

Yo no comprendo que milagro quiere, que nos hace rezar tanto,


si ya vivíamos mejor. No entiendo porqué estamos viviendo
encerrados, y porqué casi no comemos, yo reniego y ella me
hace callar enseñándome una correa que sabia utilizar muy bien
cuando hacía falta. Al final, cansada de bostezar entre aves
maría y ave maría, y con el estómago crujiendo me acuesto a
dormir, pero me cubro muy bien la cara y los pies, no sea que
la virgen de ese cuadro baje y me suba a ese infierno que
tiene ahí. Nunca entendía porque lo asustan a una con tanto
diablos e infiernos, yo quería un cuento bonito, pero hasta a
los cuentos que se inventaba para contarnos, traía a mención al
diablo y sus infiernos de aceite hirviendo, así que en vez de
soñar con príncipes y hadas, pasaba en mis sueños entre el
cielo y el infierno.

Patricia se ha quedado dormida en medio del rezo. Escucho en


la obscuridad a mi madre llamar a un señor, y no sé a
cuántas vírgenes más. Señor, señor, ven en mi ayuda, dice ella
en voz alta. Con un poco de temor, escudriño en las tinieblas
buscando al señor que ella llama, pero ahí no hay nadie más
que nosotros.

Cierro mis ojos, y busco en mis recuerdos los últimos momentos


en que éramos felices. En pocos instantes ya no siento miedo a
la obscuridad, porque ya no estoy ahí. Veo a mi madre
sonriendo, y muchos niños llegan con paquetes envueltos en
papel o plástico y se lo entregan a mamá. Dentro de ellos hay

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frutas, en algunos carne, en otros legumbres o pan. Son las


ofrendas que envían los padres a los maestros con sus hijos.
Ella les agradece acariciando sus cabellos, y los hace pasar a
un inmenso salón donde hay muchos pupitres, y cada uno toma
asiento en uno de ellos. Yo también tengo uno. Me siento y
observo sus caras. Algunos vienen despeinados, pero todos
lucen sus caras sonrosadas y los labios rojos. Es una región
donde el frío quema la piel .Muchos vienen descalzos, pero en
todos ellos se adivina su alegría por estar ahí. Mamá me
entrega una pequeña pizarra y un trozo de tiza para que dibuje
bolitas y palios, con la promesa de que me portaré bien. Ella
es la maestra de la vereda, y la gran mayoría de niños que
ahí se encontraban, llegaban a la escuela después de haber
recorrido unos cuántos kilómetros andando. Alrededor de la
escuela hay mucha vegetación, árboles frutales, cafetales, se
pueden ver las inmensas montañas llenas de verde, y escuchar
el agua de los ríos más cercanos.

Mi madre enseña en la misma clase, de primer grado hasta


cuarto de primaria. Los más pequeños utilizamos pizarra, y a
aquellos que ya saben leer y escribir les da cuadernos y
lápices. Estamos divididos por filas, según el curso, y ella se
pasea por entre todas ellas mientras dicta su clase. María está
en casa cuidando de mis hermanos. Ella recibe las clases en
casa y algunas veces asiste a clase en el salón Es muy
inteligente y absorbe rápidamente lo que aprende, mientras yo
al contrario, nunca estaba donde estaba porque siempre estaba
soñando. No sé porqué mi nombre era el que más repetía mi
madre en el transcurso del día. –Olga, gritaba más que
llamarme, pero mi mente estaba en esas verdes praderas o en
cualquier sitio que había creado en mi imaginación, y solo me
percataba de su voz, cuando sentía que se llevaba un pedacito
de mi piel entre sus uñas. Era su forma de hacerme regresar,
un buen pescozón.

Los niños traen su merienda y almuerzo, y reciben clases hasta


las cuatro de la tarde, para que puedan regresar a casa antes
de que caiga la noche. Mamá, aprovecha la hora del recreo
para entrar en casa. Esta es inmensa y fresca. Hay un fogón de
leña que siempre permanece encendido y una olla con deliciosa
comida, que permanece caliente al calor de las brasa. Mamá
busca a Jesús, a quien escucha llorar pero no puede
encontrarlo. Patricia está echada en la cama de Jesús, y bajo
ella encuentra mamá a mi hermano. Patricia está enfadada, este

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“Cuando los pinos crecen” de Olga Lucía Ocampo.

nuevo hermanito le ha quitado privilegios, y cuando puede lo


arrastra de la cama al suelo y lo esconde de la vista. De
mamá. Mi madre prepara el tetero de leche para ambos, y
mientras estos se lo beben, se acerca a Juanito, quien no se ha
movido de donde lo ha dejado. Le prepara su taza de desayuno
y se lo da poco a poco, luego regresa a clase.

Mi madre era apreciada y respetada en aquella vereda. Para el


maestro había un tributo de respeto absoluto, y se les estimaba
como una autoridad mas dentro de la sociedad, pues eran los
contribuyentes en la educación de ésta. No solo debían enseñar
a leer, escribir, conocimiento, lengua, matemáticas , también era
obligación impartir clases de urbanidad. Los maestros y los
padres, eran los seres más venerados por los niños. Ella
siempre decía, la inteligencia y la soberbia no son compatibles.
Cuando más conocimientos, más humildad.

Algo muy raro está pasando. Mamá corre por toda la casa
buscando cosas. Grita, habla sola, nos hace correr detrás de ella
recogiendo ropa, y la va introduciendo en unas bolsas de tela.
Luego, se ata una gran bolsa en las espaldas, y toma en sus
brazos a Juanito. María toma a Jesús, y yo recibo otra gran
bolsa llena de ropa. Patricia siempre está a mi lado o al de mi
madre.

La bolsa es más grande que yo. Solo tengo tres años, y


aunque la abrazo con todas mis fuerzas, ésta se cae al suelo.
Termino arrastrándola por el suelo, mientras intento alcanzar a
mamá y a María. Salimos casi corriendo y no puedo alcanzar los
pasos de mamá llevando tanto peso, - Donde está la bolsa
Olga?, me pregunta mi madre al mirar hacia atrás y ver que
llevo las manos vacías,. -la niña está muy
cansada, la niña no quiere cargar nada, le respondo.
La he dejado atrás, ellas caminan muy rápido y no quiero
quedarme sola porque tengo miedo.

– porqué corremos mamá?, porqué caminamos tanto?, - le


pregunto a ella.

-Tu papá nos ha abandonado, estoy sola y la guerrilla está


matando a mucha gente. Tengo miedo por nosotros.

Se está oscureciendo y aún seguimos caminando. Llegamos a


una orilla de carretera, y ahí nos sentamos sobre unas piedras
a esperar no se qué. Hace mucho frío, se escuchan los grillos,

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“Cuando los pinos crecen” de Olga Lucía Ocampo.

en el silencio y el croar de las ranas. Estamos en una zona


montañosa, hemos salido de la vereda, y no se distingue casi
nada en la oscuridad. Al final, vencida por el cansancio, me
quedo dormida. Esa sería la última vez que vería esa hermosa
tierra donde fui tan feliz.

Me despiertan los alaridos de Patricia, está histérica y pronto


me uno a ella. Estamos en un jeep de color amarillo. Un
hombre de color negro y los dientes muy blancos le ayuda a
bajarse a mamá. Nunca habíamos visto un hombre negro y
estamos asustadas. –Satanás, Satanás, grito yo. Ha llegado
mucha gente alertada por nuestros gritos, y no comprendemos
porque se ríen si el demonio está al frente, pero quien más
reía era el mismo demonio.

El llanto de mamá me saca de mis recuerdos. Aún no se ha


dormido. Creo que estaba esperando que nos durmiéramos para
poder llorar a gusto. Porqué llorará?.. pensando en cuál sería la
causa, me quedo finalmente dormida.

Todos nacimos en Manizales capital del departamento de Caldas,


en Colombia. Mi madre era la tercera de tres hermanos. A su
nacimiento falleció su madre quedando huérfana de ella
acabando de nacer. Queda al amparo de su padre Víctor y
María, hermana de él, Al igual que sus hermanos, Rosalba y
Víctor. Pero pronto fallece su madre adoptiva y su padre, y es
enviada a un orfanato al igual que sus hermanos. Allí, al
cuidado de monjas es educada para el magisterio y también
para el noviciado. Pronto conoce al que sería nuestro padre, y
abandona los hábitos para casarse con él. El magisterio era
válido en su región, pero al trasladarse a otra, no podía
ejercerlo. Y ahora se encontraba en una muy distinta a donde
habíamos nacido.

Había abandonado su tierra, su trabajo, huyendo del abandono


de nuestro padre y de la violencia de la guerrilla. Fue recibida
por una hermana de su madre, que vivía en una ciudad de otro
departamento de Colombia. Siendo cinco niños, era muy difícil
permanecer mucho tiempo en un lugar, éramos una carga muy
grande para cualquiera , por muy buen corazón que estos
tuvieran. Localizó a otra de sus tías maternas, y fuimos
invitados a vivir con ella. Fue regresar al cielo. Vivía en una
vereda llamada El Placer. Su casa era una ramada inmensa con
el suelo de tierra. Estaba rodeada de árboles de limón, de
café, de naranja, de mangos, de infinidad de frutas. Para llegar

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“Cuando los pinos crecen” de Olga Lucía Ocampo.

a la casa había construido un caminito de piedras blancas, y a


los lados del camino, habían estanques de flores de agua, y
entre ellas saltaban pequeñas ranitas. Toda su casa olía a
limpio. Predominaba el color blanco en todo. No había una
sábana, colcha, funda, mantel o servilleta, que no estuviera
bordado. Fue como encontrar al hada de pinocho, solo que ésta
no tenía el cabello rubio, sino plateado, y su piel ya estaba un
poco arrugada. Sé que mi madre me quería, pero ella, Anita,
fue la primera persona que me lo demostró. Fui su predilecta
hasta el final de sus días.

Por alguna razón que nunca comprendí, teníamos que irnos. Los
mayores nunca nos explican a los niños porque razón cambian
nuestras vidas rápidamente, ellos deciden, y nosotros les
seguimos. Mi madre necesitaba trabajar en lo que ella había
estudiado, necesitaba ejercer su profesión, pero el camino
estaba muy difícil para ella.

En una ocasión, nos llevó a todos a Palmira, la ciudad más


cercana a la vereda donde vivíamos, para ir a escuchar la misa
. Tras ella, una mujer alta y un poco gorda la observaba.
Juanito está sentado y Jesús, pero María, patricia y yo tenemos
que estar de pie. El cura habla mucho y nos hace parar y
sentarnos cada instante. Yo quiero sentarme pero mamá de un
pescozón me hace parar. De pronto mi madre rompe a llorar. La
mujer gorda que nos observaba se acerca y habla con ella, y
momentos después mi madre está feliz. Salimos de la iglesia
con la mujer, y nos lleva al que luego sería nuestro hogar.
Una inmensa habitación con puerta a la calle y una gran
ventana. Y en un rincón, un pequeño cuarto de baño y ducha.
La mujer le explica a mamá que ella es la dueña y fundadora
de un conjunto de apartamentos en un conjunto cerrado. La
habitación y algunos apartamentos más, dan hacia la calle, pero
hay una inmensa puerta por donde uno entra y se encuentra
en medio de un patio rodeado de mas apartamentos. Al fondo
otro patio rodeado de mas apartamentos. Y al final, una escuela
para los niños de esa institución. Ésta institución se lama “ La
casa de la viuda” y está administrada por monjas.

Adiós vereda, adiós Anita, y bienvenidos a nuestra jaula.


Rápidamente fuimos matriculados en la escuela de la institución.
Juanito, Jesús y patricia llevados a una guardería. Pronto mi
madre se hizo muchas amistades, y a través de ella encontraba
trabajo en casas de familia, dando clases particulares de

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“Cuando los pinos crecen” de Olga Lucía Ocampo.

mecanografía, taquigrafía y matemáticas. También se ofrecía a


ayudar en la cocina, y como recompensa la cocinera la
obsequiaba una ollita con comida caliente para que nos trajera
a nosotros.

Poco a poco, fue siendo reconocida su labor como educadora y


alguien la ayudo para entrar a enseñar en un colegio privado,
impartiendo clases de mecanografía y taquigrafía. Eran pocas
horas, pero mi madre estaba feliz. Ahora ya comíamos mejor.
Aunque la leche, la carne y algunos otros alimentos, no los
volvimos a ver ni en fotografías. Pero no nos faltaba las
lentejas, el frijol, los guisantes, el arroz y el chocolate de beber
en el desayuno.

MI madre trabajaba, pero en las noches junto a ella aprendí a


leer y a escribir, y como recompensa me regaló un libro
inmenso de cuentos y leyendas españolas y otro de las mil y
una noches. Yo le leía a mis hermanos menores quienes se
extasiaban escuchándome.

Pronto mamá recibió el nombramiento como profesora oficial, y


empezó a enseñar en una escuela pública. También la directora
de “La casa de la viuda” nos dio un apartamento en la parte
de afuera de la institución. Tenía dos habitaciones, lavadero,
cocina, y un patio de donde veíamos el sol. Nos acostábamos
en el suelo, mirando las formas de las nubes, mientras
hacíamos planes sobre lo primero que compraríamos cuando
trabajáramos. Yo lo tenía claro, un barril de leche fresca. Todos
queríamos lo mismo.

Frente a la nueva vivienda había un asilo, se llamaba la “ casa


del mendigo”, mamá se hizo amiga de las secretarias de ahí, y
pasaba algunos ratos a charlar con ellas. Desde nuestra
ventana la alcanzábamos a ver como reía mientras hablaba. Una
o dos veces por semana llegaba un camión con comida para el
asilo. Yo estaba pendiente, y cuando los hombres entraban las
cargas de comida, rápidamente yo salía y cogía lo primero que
pillaba. En una ocasión agarré un muslo de ternera, era más
grande que yo, como pude lo agarré y lo introduje en la casa.
Muchos años después me enteraría que todos mis robos fueron
vistos desde ahí y permitidos. Mi madre me castigaba duramente
por mis actos, pero luego nos hacia una deliciosas sopas con el
producto de mis robos.

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María hacía el almuerzo y lo dejaba preparado antes de ir a


estudiar. Al cumplir los seis años mi madre me enseño como
hacer sopas de ajos, de papas, a secar arroz, ha preparar el
desayuno y a freír en manteca. Muchas veces tuvo que regresar
de su trabajo y encontrarme con mi cuerpo quemado. Algunas
veces el estómago, otras las piernas, otras nuevamente el
estómago. El mesón era muy alto para mi, y solía resbalarme
en el momento de bajar la olla del fuego y terminaba
echándomela encima.

Un médico famoso se interesó por Juanito, y le prometió


operarlo y ayudarlo a recuperar la vista. La ceguera de
nacimiento es algo difícil de curar, pero a mi mamá todo se
le convertía en milagros. Juanito fue operado y estrenó un par
de ojos muy grandes. Ya no los tenía blancos, solo que eran un
poco bizcos pero podía ver algo. La noticia salió en los mejores
periódicos del país. Casi a los siete años empezó a hablar. Ya
nos veía y podíamos jugar con él.

Ahora ya no somos pobres. Mamá ha traído una mesa de


madera pequeña con cinco banquetas, es nuestro comedor. Se
acabó comer en el suelo. También ha traído un radio amarillo,
y ella escucha canciones que cuentan historias de amor, y
pronto la escuchamos cantar. Tiene una voz muy bonita, y ya
no la veo tan fea. María le gusta escuchar una música que me
hace doler el estómago, es fúnebre, dice que ese es un tal
Beethoven, pero yo no lo escucho cantar, y me recuerda a las
marchas fúnebres de la misa que dan en el cementerio para
los muertos. Pronto descubrimos las radionovelas y no hay niños
más felices que nosotros. El radio y los libros que mamá solía
traernos, se convierten en nuestros tesoros más preciados.

María, patricia y yo, hemos desarrollado una facilidad para


dibujar. María tiene muy mal genio, casi no jugamos con ella,
nos acusa con nuestra madre y ella luego nos da madera, o
sea palos . Empezamos a dibujar chicas muy bonitas, las
coloreamos y luego las recortamos para jugar con ellas. A Jesús
le dibujamos súper héroes de los que vienen en las tiras
cómicas del periódico, para que salve a nuestras chicas y se
enamore de ellas. Tenemos un cuaderno donde pegamos
recortes de fotos o dibujos de diferentes comidas, que vienen
en las cajas de los alimentos que mamá compra. Nos gusta
verlo e imaginar sus sabores.

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“Cuando los pinos crecen” de Olga Lucía Ocampo.

Hoy es el día en que los pinos crecen, dice mi madre. - Que


pasa cuando los pinos crecen mamá?, pregunto. Que hay
madera, responde ella. Eso significaba que ella haría revisión de
todo y castigos. Todos teníamos que lavar la ropa, incluso
Juanito. Teníamos unas tablas de madera sobre la que
apoyábamos la ropa para poder estregarla con un cepillo, y a
cada uno nos daba un pedazo de jabón y un cubo con agua
para remojar. Y Mientras nosotros estamos en el suelo
estregando, ella va jugando la ropa que le vamos pasando ya
estregada.

Alguien le ha dicho que tenemos lombrices en la barriga y le


aconseja que licué muchos ajos en aguardiente y nos dé un
chupito en ayunas. Mi madre, prepara el mejunje y nos va
dando a uno por uno el chupito. Todos fuimos cayendo en la
cama casi desmayados. Nos bajo la presión. Ella sale como loca
gritando a la calle que ha matado a sus hijos. Ese día fue uno
de los que mejor comimos. De la casa del mendigo nos
trajeron sopa caliente, pan, mantequilla, no recuerdo, pero si sé
que me empaché a gusto. El ajo, decía mi madre, era para
limpiar los parásitos y abrir el apetito. Lo que no entendía era
porque quería abrirnos el apetito si luego no teníamos con que
calmarlo. Lo que nos urgía, era algo con que cerrarlo.

Seguimos yendo los fines de semana a la vereda de Anita. Es


el día más bonito de la semana. Bañamos en el río, comemos
mucha fruta, y ella nos prepara unas comidas deliciosas y nos
mira con mucho amor mientras comemos.

Ahora mamá, ya tiene un buen trabajo. Ha estudiado los fines


de semana para alcanzar otro escalafón en el magisterio y
puede ganar más dinero. Ya tenemos bonitas Navidades con
regalos, buena comida y muchos dulces. Sus amigas de la
escuela le regalan ropa y juguetes para nosotros. Hace un
belén muy precioso y rezamos y cantamos villancicos. Siempre
nos hace escribir una carta para el niño Dios, y luego las junta
todas y las quema con incienso, que así legan directo al cielo
y El las lee. Yo pido juguetes, y unos zapatos de charol, que
brillen como los de las niñas que van a la iglesia. Pero el niño
Dios es muy despistado, siempre se equivoca y me trae
zapatos plásticos, y para que brillen tengo que limpiarlos con
aceite.

Mamá tiene que entregar la casa donde vivimos. Ya ella tiene


un buen trabajo, y hemos crecido. Consideran que ella ya

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“Cuando los pinos crecen” de Olga Lucía Ocampo.

puede salir adelante, y necesitan la casa para otra madre que


tiene grandes problemas.

Empezamos un peregrinaje de casa en casa, pero en todas


ellas vivimos felices. No conocíamos médico, ella nos curaba
todo con yerbas y ungüentos. Ella seguía estudiando y
trabajando. Y cuando más estudiaba, mejor era su calidad de
trabajo, y su sueldo. Ya teníamos una nevera y cada uno
teníamos nuestra propia cama. Hacía helados de fruta en las
noches, y al día siguiente se lo llevábamos a la escuela donde
ella enseñaba, para que los vendiera en el recreo. También
aprendió hacer caramelos, bombones de chocolate y muchas
cosas más, las cuales vendía todas.

Nunca entró un hombre a nuestra casa, solo al paso de los


años, lo harían nuestros primeros pretendientes, y eso con
mucho trabajo. Tampoco faltó una noche en casa. Nunca nos
abandonó, curó y veló nuestras enfermedades. Nos inculco la fe
y la esperanza. Nos enseñó a ser educados y humildes. A
amar la lectura, la pintura, la música. Nos enseño a luchar en
medio de lo adverso, y sobre todo nos enseño a creer en
nosotros mismos y en nuestras capacidades.

Entró a hacer un curso de pintura al oleo, luego uno de


modistería, otro de lencería, otro de cerámica, otro de
restauración de cuadros, de repostería, panadería, laboratorio y
no sé cuántos más. Solo sé que ahora tiene setenta y cuatro
años y aún sigue estudiando. Ha recibido hace poco su diploma
en informática, está feliz porque ya puede comunicarse con sus
hijos que estamos lejos de ella a través del ordenador. Y aún
sigue estudiando.

Esta no es mi historia ni la de mis hermanos, es la suya


resumida según mis propios recuerdos.

No, yo no quiero llevarle hermosos ramos de flores a su tumba


y llorarla cuando haya muerto. Yo quiero regalarle este
homenaje ahora que está viva. Quiero pedirle perdón por mi
ignorancia cuando no supe comprenderla. Pedirle perdón por no
haber valorado todo aquello que nos dio. Pedirle perdón por las
lágrimas que derramó por culpa nuestra, Pedirle perdón por las
tantas veces que le hicimos daño, conscientes de que ella
sufría por ello. Pedirle perdón por haberla juzgado como madre,
cuando ella misma nunca conoció a la suya. Pedirle perdón por
no haber sido mi vida lo que ella hubiera deseado para mi.

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“Cuando los pinos crecen” de Olga Lucía Ocampo.

Quiero agradecerle todos los valores que nos inculcó, y que


gracias a ellos hemos ido abriendo puertas difíciles en nuestro
destino. Quiero agradecerle su vida, y agradecerle la nuestra.

Quiero traérmela a mi lado antes de que Dios se la lleve al


suyo. Quiero hacerla feliz ahora en el ocaso de su vida. Quiero
que cuando le llegue el momento de partir, entre al cielo
sonriendo!.

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