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UN CAMBIO DE RUMBO

María Lago Núñez

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La tarde caía lentamente al ritmo del latido de sus dedos contra el teclado del

ordenador. A penas quedaba nadie en la oficina. El silencio del vacío se había

llenado a ratos, con el ir y el venir del carrito de la limpieza, por el pasillo. Como

todas las tardes, Nadia, con timidez, saludaba con un correcto acento rumano, y

pidiendo permiso, pasaba con su carrito para hacer lo que mejor se le daba: Dejar

las mesas totalmente vacías de papeles. Nunca se sabía dónde estaba lo que cada uno

hacía el día anterior, pero sí se sabía que en el turno de tarde había estado limpiando

Nadia. Aquel día, Ángela había trabajado hasta muy tarde. Por eso y tras la pantalla

del ordenador, no podía contener la risa cuando vio cómo limpiaba. Pudo escenificar

las caras de Eva, Juan y Pedro cuando llegaran por la mañana y no encontraran sus

papeles encima de la mesa.

Tras un largo rato miró el reloj que recientemente le había regalado su marido,

por el día de la madre. Sus hijos eran todavía muy pequeños para comprar nada.

Detrás de ella tenía pegados en la pared de la oficina, las hojas con corazones que

sus mellizos , Marina y Jesús, le habían rellenado con macarrones, arroz y …cariño.

Era el segundo año de madre y aquel regalo le había llegado muy adentro. Estas

sensaciones le nacieron de nuevo, erizando su piel, mientras miraba la hora de su

reloj.

Se puso en pie para apagar el trabajo de la pantalla luminosa y coger con prisa

su bolso. Era tan tarde, que hasta Nadia, que siempre se iba la última, ya no estaba.

Salió de la oficina y sólo quedaban las luces de emergencia encendidas, pues el de

mantenimiento lo había ido apagando todo. Pulsó el botón de llamada del ascensor.

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-- Pero, ¿cómo estarán ahora los mellizos? -- pensó.

A penas habían pasado dos horas desde la última vez que escuchó, por teléfono,

sus voces y seis desde que les dejó en casa de su madre…y por ello ¡qué ganas tenía

de verlos!.

De un salto, se abrió la puerta gris del elevador. No había luz.

--¡Vaya con los de mantenimiento! –-pensó -- ¡qué prisa tienen las criaturas!.

Bajó los cuatro pisos iluminando con su móvil la estancia cerrada. Con un poco

de desasosiego, empujó la puerta. Todo seguía oscuro. El móvil apagaba su luz y ella

lo pulsaba de nuevo, como el que tiene una cerilla que se extingue y enciende otra.

Temía que ni la pequeña luz ya le iluminara porque le quedaba muy poquita batería.

El ascensor dio un pequeño golpe al pararse y ella se sobresaltó cuando

descubrió, al salir de éste, que seguía sin verse nada. El móvil también se apagó, así

que ahora debería de echarle valor y seguir adelante. Pensó en la última persona que

se había ido, dejándole sola. Si era el de mantenimiento seguro que no era Paco, él sí

que le conocía y además de darle mucha charla, no le hubiera dejado sola. Pero ese

día no parecía que él hubiera venido a trabajar.

Cruzó la penúltima puerta de cristal antes de la salida, que se cerró tras ella

con un sonoro ruido. ¡Qué sorpresa cuando comprobó que la salida estaba

totalmente cerrada y que no podía retroceder hacia donde había venido!.

Sin móvil, sin acceso al exterior ni al interior del edificio, su respiración

comenzó a galopar y el corazón parecía le golpeaba más fuerte. Se sentó en el suelo y

entrelazó sus dedos en el pelo, queriendo calmarse. Como bien sabía la ansiedad es

una respuesta ancestral y en nuestra sociedad, donde bien abunda, solo produce

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infartos. Se tranquilizaba, incluso intentaba verlo con humor. ¡Qué pensarían su

marido o su madre cuando se enteraran! .

-- Me he quedado encerrada – susurró --. Me he quedado encerrada – repetía

--. ¡Me he quedado encerrada! -- gritó. Y le salió una carcajada. Otra vez se quedó en

silencio y sonreía. ¡Cómo podía reírse en esta situación!.

-- ¿Imaginaba cuales eran los pasos que seguían ahora? -– se preguntó para

sus adentros . No, no podía imaginarlos porque no se podía hacer nada. Fuera sí

podía imaginar lo que pasaría, y eso le angustiaba más que estar allí dentro. Sabía de

la preocupación de sus seres más queridos, Carlos y su madre la llamarían a su

teléfono, ahora apagado, insistentemente. Al no contestar, esperarían con

impaciencia. Sus niños le nombrarían, sobre todo Jesús que a la hora del baño

siempre le gustaba que le hiciera el tobogán con la esponja, ese truco que ella inventó

para que se dejara lavar la cabeza. Y su niña seguro preguntaría por ella, a la hora

de la cena, pues ella y , sólo ella , sabía bien qué cuento leerle mientras comía.

¡Cuántas cosas cotidianas dejaría esa noche sin hacer!. Pero antes también

¿cuántas cosas cotidianas se estaba perdiendo por estar trabajando?.Tantas veces se

quejaba de esa cotidianidad y, sin embargo, ¡cómo lo echaba de menos ahora! --

pensó.

Cogió de nuevo fuerzas y se puso en pie. Intentó aporrear la puerta, por si el

ruido alertaba a alguien. Gritó y gritó hasta quedarse afónica, pero el silencio que le

acompañaba parecía un eco de su insistencia. Se sentó de nuevo y lloró. Había

pasado media hora y le parecía un siglo. Se fue tranquilizando poco a poco porque

sus pensamientos los dejó posar, como palomas que al finalizar el día se refugian en

los aleros de las casas. Cerró los ojos y se acarició los brazos. Menos mal que era

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junio y no hacía frío pero, por si acaso, rebuscó dentro de su gran bolso y sacó un

fular que llevaba siempre en verano, por el frío de la refrigeración, para echárselo

sobre los hombros. Se acurrucó, cerró los ojos y voló con la imaginación.

Se acordó del día de su boda, esa gran fiesta que celebraron en aquel pueblecito

de los abuelos de Carlos en una aldea del norte. Aquel día tan especial, rodeada de

románico y de muy poquitos invitados, tan especial que hasta llovió y cayó una gran

tormenta. Siempre lo había deseado y así se cumplió. Una boda con tormenta es más

que una boda. En ese momento no pensaba en lo que la vida le habría de cambiar.

No vinieron muy pronto los hijos, pero una vez que lo hicieron, el trabajo en vez de

aminorarse se incrementó. Ya le hubiera gustado quedarse más con ellos, pero la

necesidad le hizo que tuviera que dejarlos muy pronto en la guardería. Pagar el piso,

el coche, los pañales y tantas cosas provocó que trabajara más y más, para poder

llegar a fin de mes. Su trabajo no era justamente para echar cohetes (expresión que

decía mucho su amiga Eva), pero en esos momentos en que mucha gente pasaba

dificultades, no podía pedir menos. A ella le gustaba el arte y sobre todo escribir. De

ahí lo de elegir una pequeña iglesia románica para su boda. Recordó a su amigo José

Luís, que terminó siendo un reconocido historiador del arte y daba clases en la

universidad donde habían estudiado. Si ella hubiese seguido estudiando quizás

hubiera conseguido un trabajo interesante. Pero su amigo no tenía hijos y desde que

ella los tuvo sabía que no hay trabajo más gratificante como el de ser madre. Pero,

¿por qué siempre terminaba pensando en ellos?.

Su vida se limitaba hace mucho tiempo, a ir de casa al trabajo , del trabajo a la

guardería , de la guardería al trabajo y , finalmente, del trabajo a su querida casa.

Menos este fatídico día, que estaba destinado a ser distinto a los demás.

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Apenas se tamizaba la luz de emergencia, dando un tono ceniciento a las cosas.

Habían pasado casi tres horas y ella entrecortaba recuerdos agradables para

sobrellevar la situación. Se acordaba de su primer día de colegio, entre sus

compañeras, compañeras que hacía poco había visto en una reunión de aniversario.

Recordaba cuando la “señorita” escribía en la pizarra, copiando de un libro que

sujetaba con una mano. Esa sensación le envolvía de niña como una hipnosis, que le

producía una especial sensación de placer. Quizás las palabras comenzaron a nacer

en esa niña y a dibujarse en su piel, como en la pizarra. También los olores a tiza,

goma y lápiz quedaron en su cuerpo grabados a fuego para siempre.

Seguía sentada, pero al notar que se le dormía una pierna cambió de postura.

Ya no quería intentar salir. Había perdido casi la voz. Parecía que el mundo se había

quedado mudo, menos ella que no paraba de dialogar con sus recuerdos. Se acomodó

ahora ya tumbada, dejando el bolso como almohada. Ahora le venían recuerdos de

cuando faltaba a alguna clase en la universidad y se iba directamente al verde. Los

rayos de sol resbalando por su cara. Las gotas de agua salpicando su cuerpo. Cerró

los ojos y se sintió de nuevo en esa escena, cuando no había preocupaciones o ,

probablemente, sí las había pero distintas.

Notó que su cuerpo pesaba más, como si la tierra fuera una madre con los

brazos abiertos que le cobijaba y le dormía. Estaba flotando…cuando sonó la voz de

una radio cercana, que le iba arrancando de ese abrazo a pesar de que su consciencia

se encontraba todavía inconsciente. Los hilos de una nube se iban abriendo dejando

paso a una luz.

-- ¡Una luz!, ¿dónde estaba la luz?. ¿De dónde viene? -- pensó con sorpresa.

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Carlos posó su mano en el hombro de Ángela que se había incorporado

sentándose en la cama.

-- Cariño, menuda noche llevas -- dijo Carlos --, no has parado de moverte y

de hablar. Entre los niños y tu no he pegado ojo. Pero ¿se puede saber qué estabas

soñando? -- preguntó.

Ángela se encontraba muy aturdida, pues al principio no se podía creer lo que

veía. Estaba en su casa , recién levantada y no atrapada en el trabajo como, parece

ser había soñado. Abrazó a su marido y le contó rápidamente el sueño, antes de que

se desvaneciera, como otras veces. ¡Tantas veces había olvidado los sueños!. Pero

ahora no quería que le pasara lo mismo. Así que se levantó y cogió su libreta que

tenía en la mesita de noche, por si le venía la inspiración antes de dormir. Escribió su

pequeña aventura entre sábanas y, cerrándola, la guardó.

-- ¿Qué te ha parecido , Jesús? -- preguntó Ángela mientras cerraba una

vieja libreta.

Jesús asintió sonriente.

-- Yo escribía como tú, desde siempre –- continuó su madre --. Esto último

era el relato de un sueño que tuve cuando erais pequeños tú y tu hermana. Todo lo

que yo escribía lo guardé en este cajón. Y ahora me han vuelto todas las

sensaciones de este sueño. ¿Sabes que después de ese día me marché de mi

trabajo?-- sonrió –- Me di cuenta que vosotros erais más importantes y de que si

no trabajaba no pagaría tampoco guardería. La guardería seríamos yo y vuestro

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padre. Compartiríamos las tardes con vosotros. Desde entonces cogisteis menos

resfriados y yo me dediqué a lo que de verdad me gustaba, escribir y estar con

vosotros. Este fue el primer día del resto de mi vida. El resto de una vida que

quería vivir haciendo lo que de verdad me gustaba, vosotros y la literatura.

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