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' i | | SERIE FILOSOFIA La suric Filosofia de Editorial Zero pretende servir de pla- taforma para el tratamiento abierto de las lineas de pensamien- to, sin exclusivismos. En tal sentido, su proposito es el de contribuir a la amplia difusion popular del pensamiento contemporaneo, v sus limites son exclusivamente los de la propia calidad tedrica. Tntentamos que la filosofia, caja de resonancia de una reaii- dad, reincida sobre su origen generador ultimo: el pueblo v su empresa iransformadora del mundo. Porque no es posible hacer tilosofia si solamente hacemos filosofia, va que toda pureza es, cn ultima iastancia, esterilidad v todo abstencionismo es ilu- sorio. La Editorial Zero no subrayva ni defiende todas las ideas de cada une de los autores. Dirigen ta coleccién Carlos Diaz y Gabriel Albiac mt E. Mounier REVOLUCION PERSONALISTA Y COMUNITARIA Biblioteca «Promocién del Pueblo» Serie P. Nam. 82 Coleccion: «Biblioteca Premecion éel Edita: ZERO. S. 4. Maximo Aguirre, Distribuidor exclusive: ZYX, S. A. Lerida, Madrid, abril de 1975. © Reservados tedos les derechos. Portada de José Antonio Garcia. Printed in Spain. Imprese en Espafia. IS.B.N.: 84-317-03148. Depssito legal: M. 12249/1978 Imprime: Graficas Color. Maria Zavas, . Serie P. Num. 80. Madrid-20. ran PROLGGO Cuando Mounier publica Revolucién personalista y comuni- taria tiene treinta atios. Para un hombre de accidn, para un hombre piublico, para un director de revista, es el comienzo. También para un pensador, Eso queda mity patente en el libro que ahora prologamos. En él se agavillan articulos publicados en Esprit del 932 al 1935. Es obra de un infante. Pero desgra- ciado del maduro cuya infancia (infancia no es chiquillada) avergiienza, porque la infancia es la buena ventura. Junto al temblor de las primeras grandilocuencias, la hermosura de las insptraciones generosas. En muchos hombres la madurez es el acorchamiento y la basura. No sélo Mounier era joven cuando éi era joven. En esta época el Partido Comunista Francés tiene apenas quince afios, mas llenos de fobias que de filias a causa de su muv cerrado dogmatismo (cela a bien changé depuis, diria mds tarde Mou- nier). En determinados organismos. la infancia ha de ser or- todoxa. Mucho mds viejo cronoldégicamente, pero mds gracil, era el socialismo francés. Muchos jévenes socialistas de la edad de Mounier no se sentian en modo aiguno atraidos por el comu- nismo, sino por la ancha y profunda tradicién republicano-socia- lista del pais generador de la Revolucién de 1789: «Sefialo en especial —dice Mounier— una direccion determinada, la de los discipulos de Proudhon, presente sobre todo en Ordre Nouveau, movimiento mui proximo a Esprit que buscaba en la tradicion de un personalismo proudhoniano algo andlogo» (Les cing éta- pes d’'Esprit, Bulletin des Amis d’E. Mounier, marzo de 1967), Si Mounier en su etapa 1932-1935 atiora a Praudhon eso no se debe exciusivamente a su predominio o su reverdecimiento en la Es- pata de preguerra, sino tambien a stu reviviscencia en Francia por la misma época. No es solamente Esprit. A su iado estan, ademds de Ordre Nouveau, la Troisitme Force, Réaction. Revue Francaise, Lati- ww nité, Cahiers d’'Occident, Communaute, Jeune République, Jeu- neusses ouvriéres, ere. Todos ellos buscaban un socialismo no comunista o, dicho mds positivamente, un socialisimo autoges- tionario. La especificidad de Esprit respecto a esos movimien- tos la expresa Mounier: «Nuestra novedad, en el fondo, era la de ser una revista vy un movintiento de inspiracién espiritual, v especialmente cristiana, que se afirmaba revolucionario. Estas cosas son ahora banales...», pero en la década francesa de 1930 no eran tan banales. De 1932 a 1935 vive Esprit dos periodos: el doctrinario (1932-1934) v el engagé. Del priimero recordard Mounier: «De VHumanité, cuando fue fundada por Jaurés, se decia que era el periddico de los catedrdticos. Habia cuarenta, Pero contando con nuestros colaboradores de provincias, nosotros superdba- mos la cifra de Jaurés. Eramos demasiados catedrdticos.» Asi, tan lisa y sumariamente, sintetiza Mounier el primer periodo de Esprit. Pero Revolucion personalista y comunitaria estd @ caballo entre el primero v el segundo periodo, el engasé (1934- 1935). Es este ultimo un periodo mds empirico, cuya travecto- ria era partir de los acontecimientos para llegar a las ideas, v no a la inversa, coino hasta entonces. Va de suvo que cualquier toinia brusca esta excluida. Si en 1934 acaba un periodo v en esé mismo ano entpieza otro, eso significa que uno no se ha muerto del todo cuando el otro estaé naciendo, v, por tanto, hay un tmontento en que el periodo doctrinario v el de coniprontiso son un mismo periodo. Hav que entender de cromosomas v de ambientes para expli- car las conductas desencadenadas por los hombres. Por ello también hay que tener viva capacidad noética para coniprender rupturas interiores no siempre fdciles: «Nuestra postura revo- lucionaria no nos venia de nuestra vida. No éramos una banda de muertos de hambre que padeciera desde generaciones la opresion sobre nuestras espaldas, No podiamos ser revolucio- narios a la inanera del proletario. Lo éramos por wna especie de rebelién de la inteligencia, de la sensibilidad, de la espiritua- lidad. ¥ ello es un inodo de ser revolucionario que entratia cier- tas insuficiencias.» Luego vendria la guerra, la cdrcel, la clandestinidad v la tempranera pero irrevocable parca. En este ultimo e intenso periodo 1944-1950 siguid vivo en Mounier el ancestro del socia- lismo autogestionario, si bien la presencia del socialisino comu- nista hizo su entrada con todas las de la ley. Hay entre imarxis- 6 wd mo vy anarguismo uta estrecha dialéctica que Mounier sintid con su carne no con el diletantisimo del profesor pequetoburgués abstencionista v cicatero, sino con la trdgica lucidez de una tan imposible como necesaria sintesis. ¥Y ello ahora desde un persa- nalismo ebrero que ha dejado atrds el personalismo doctoral. Ese personalisiio obrero que se ha probado en el bauitisino de fuego de una guerra v una postguerra, que se ha ensuciado para lavarse, que ha descendido para ascender, ese persoialis- mo no es el de Revolucion personalista y comunitaria. En esta obra se pone mids fuerza en el acento de lo personal-comiunita- rio que en el veconocimiento de la revolucidn. «Ce ne sont pas ceux qui disent: Esprit, Esprit.» Mounier, que remeimora con esta frase la alegoria del fariseo y el publicano, no era del todo consciente al escribirla (1933) de que tamtpoco Esprit como re- vista era todo el esprit, todo el espiritu. Afios nids tarde, en st autocritica Las cinco etapas de Esprit, reconocerd que hay de- masiado espiritualismo abstracto en esta Revolucion personalis- ta y comunitaria, pese a que, incluso a sus veintiocho afios, para Mounier lo espiritual no tenia derecho ni defensa sino entendido coina primacia de los valores vitales. No quisiéramos cerrar este breve prologo sin recordar los valores positivos que contiene el libro respecto a otros. Sobre todo, su jugosidad, su infancia. Pero también su musculatura, su trapio: es el primer impulso de un bravo espiritu que arreme- te por vez primera iras el encierro infantil. Frente a la irrefle- xton y la tosquedad de algunos escritos de ultima hora, este no esta concebido a vuelapluma. Sobre él sopla el espirttt mds escabroso y el mds rudo: el de la profecia y la mistica pasando por la utopia (jcuidado con el vocablo, tainbién aqui!). Parame- tros de este profundo tratado todos ellos, no dudamos en que Revolucion personalista y comunitaria estdé concebida para adic- tos a la vida interior, para gourmets del buen caldo de cultivo donde el espiritu arraiga. Con los peligros de la embriaguez de una borrachera de pureza. Pero sin la intpostacién de la borra- chera de estrategias vy tdcticas. Si sabemos rebajar la tasa de inflacién de ambos extremes, estaremos mids cerca de la euforia que de la droga. CaRLos Diaz. at at PREFACIO ALEGATO EN FAVOR DE LA INFANCIA DE UN SIGLO Yo quisiera que las paginas que siguen fuesen, en la amistad del lector, inseparables del movimiento Esprit que las ha hecho nacer dia a dia desde hace tres afios. Yo mismo no sabria dis- tinguir entre lo que dichas paginas han aportado al lector y lo que han recibido de él. La firma aislada de un autor es siempre, hasta cierto punto, engafiosa, pues toda una parte de mi gene- racién esta a su alrededor. Generacién sin maestros, se ha dicho. ¢Es esto una desgracia tan grande? Formados sin etapas reglamentadas, no seremos sabios, ni nuestro tiempo clasico. Seguiremos siendo imperfec- tos, principiantes. Acumularemos errores, ingenuidades, falsos puntos de partida. Dentro de cien afios, cuando la historia, ya pasada, parezca l6gicamente muy simple, quienes hayan supe- rade nuestros problemas (pues la resolucién de los suyos es cosa distinta) nos miraran de soslavo. Pero en la suficiencia de su éxito no comprenderdn nuestra alegria: la alegria ingravida y alada de ser los infantes de un siglo, seguros de no recolec- tar, seguros incluso de no saber, seguros de no estar nunca ins- talados —ni siquiera en la obra entre manos—, salvados. Este libre esta hecho a nuestra imagen. Nacido al hilo de nuestras primeras investigaciones, lleva en si las debilidades, las deliberaciones, las ineptitudes v las rigideces teéricas, inclu- so tal vez aca v alla las contradicciones de una edad en marcha. Las fechas que hemos puesto al pie de cada capitulo indican que es preciso considerarle como una historia tanto o mas que como una suma (1). No es esto una excusa, ni ficticia esta humil- dad: es sdlo ef agudo sentido de nuestra situacidn y de la enor- midad de nuestro papel. Los doctrinarios, ya sean dogmaticos {1} Por eso también se reproducen casi intactos —al menos los ya publicados—. cual aparecieron en la revista oO eriticos, no deberian ohvidarlo: todo lo perentorio es hov mas que nunca enganoso. En los principios mismos en que mas se- guros nos sentimos experimentamos la necesidad de ser modes- tos; no son mas que elocuencia sagrada, v para rehacerlos con- tamos con cuerpo vy alma. Asi somos nosotros: embarcados a los veinte, a Jos treinta afios, lanzados a decir y hacer en la edad en que se deberia aprender a vivir. Es nuestra debilidad, tal vez también nuestra suerte. No estoy abogando aqui en favor de nuestra juventud, sino de la juventud; no de la determinada por la edad corporal, sino ia que triunfa de Ja muerte de los habitos, v a la que se Hega lentamente, con los afios. Es ella la que da valor a la otra ju- ventud vy justifica, de un tiempo a otro, su irrupcién un poco violenta en las filas quietas de los adultos. La juventud es lo que es. Injusta, brutal, ingenua, rebelde en cuanto puede a referencias y deferencias. No pretendo hacer de estas virtudes dacidas la ultima palabra de la espiritualidad, pero si ellas no fuesen constantemente capaces de perforar las capas protectoras del adulto, ¢cuanto frescor quedaria en el mundo? Estamos en Ja edad en que se da el impulso capaz de franquear o no el umbral del amortiguamiento, de las sabidu- rias de los treinta afios, de las laxitudes de la cuarentena, de la decadencia de los cincuenta. Si a esta edad el hombre naciente no niega con todas sus fuerzas, si no se indigna con todas sus fuerzas, si se preocupa de notas criticas y un poco demasiado de armonias intelectuales antes de haber soportado el mundo en si mismo, de haber Negado incluso al grito, entonces es un pobre ser, alma bella que ya siente Ja muerte. Esta bien que el joven ponga algtin romanticismo en la pro- testa de sus descubrimientos: ;por qué atender solo a las apa- riencias? ;Pensais, en el instante en que una mujer Ilora, en que su rostro es ridiculo v feo? ¢Por qué ver sdlo la hinchazoén, si no es por un deseo inconfesado de desacreditar lo que hay detras que incomoda? Lo auténtico y lo falso presentan para vosotros Ja misma semblanza. Sea: saber leer es cosa vuestra. Pero no encontréis anormal que un ardor un poco profundo trastorne los buenos modales. Que esta juventud desconcierte aun por su ingratitud y olvi- do, por su ligereza incluso, es no menos seguro. Ligera, pero no —como vosotros— lena de acciones a justificar, de camara- derias intocables, de amistades matacables, de situaciones irre- nunciables, de prestigios inevitables, de desilusiones irrecognos- 10 cibles, de personajes no despojables. Juventud no encumbrada con magnos habitos y rigidas formulas, con estatutos de vida y pensamiento definitivos, esa juventud puede proferir palabras ‘violentas sin descabalar un confort interior ni un tinglado de relaciones exteriores. Esa juventud descubre las grandes super- ficies vacias del mundo y del alma sin la sobrecarga de floritu- ras que la parasitan: la cortesia, la indulgencia y el] insipido ‘bazar de los lugares comunes. He ahi su fuerza. Permitid por algun tiempo su ingenuidad de experiencia, su violencia de asombro y la grandeza de esta primera medida. Y no le deis lecciones de historia o genealogia. ¢Que descubre la luna? ;Bue- no, porque vosotros no Ja veis! Feliz quien cada tarde descubre el didlogo de la luna con Jos techos de los hombres v no ta olvida entre las candilejas de la ciudad. ¢Se equivoca la juven- tud? ¢Cudndo nos reconoceran los doctores e] derecho a equi- vocarnos, es decir, a batirnos en primera linea por la verdad, en lugar de parasitarla en Jas oficinas confortables de la reta- guardia? Dicho de otro modo: ¢cuando aceptaran que la grandeza del hombre consiste en no romper con la infancia, con Ja aventura, la fragilidad, las indignaciones totales, las ingenuidades y el don sin calculo de la eterna infancia? Las chiquilladas tienen un tiempo. La infancia, no. A medida que los afios pasan, y si queremos conservarla, es preciso re- conquistarla pese a la hostilidad de la edad. Infancia madura, infancia licida, infancia grave, infancia dolorosa: en ningun caso renuncia a si misma abandonando su rostro pueril. Dicese que el pueblo ruso ha saltado por encima de la edad burguesa sin darle carta de naturaleza. Nuestra juventud se siente Nama- da a renovar este milagro a lo largo de una vida. Algunos pier- den pie ya. Queda por ver si, al menos algunos de nosotros, sa- bemos o no evitar la invasién del alma burguesa. Pedimos, a fin de cuentas, juicio sobre ello. Reconozcamoslo. La juventud de los afios treinta esta par- ticularmente mal ensefiada, De hecho, se ha Negado a hablar de ella no como la gracia de una época —tomo la palabra «gracia» en parte en su sentido amable v en parte en el religioso—, sino como una especie de clase social nueva desgajada del] resto y reivindicadora de sus intereses. Cuando estamos en presencia de una clase, o sea de un grupo de hombres replegado sobre su egoismo de grupo, es preciso 11 preguntarse siempre si se ha colocado deliberadamente en esta situacion excéntrica o si ha sido Hevada a ella por otros, si se ha separado o la han separado. De la juventud de hoy es justo reconocer que se ha encontrado mucho mas aislada por los estragos de guerra de cuanto deseara en sus momentos de mas fiera independencia. No hubiera sido tan grave encontrarse casi solos, nifios con viejos. Pero quienes tenian los puestos de poder e inteligencia no eran siquiera viejos, sino envejecidos, finiseculares, vetustos desde su lejana juventud. Estaban viejos v lo estan hoy, veinte afios después. Una parte de los de la guerra han sido reunidos para vivir su confort, la otra vive ahora con nosotros su juven- tud retrasada. La ruptura no aparecié hasta los afos treinta. La edad de la «inquietud» pudo engafiar a los mas avisados, pero la inquie- tud, para los partidarios del confort, era un lujo del alma. Los mejores (mas silenciosos) buscaban aparte, bajo simulacro de valor espiritual florido con todas las gracias literarias, un pre- texto de conciencia para frenar en el camino de las exigencias penosas y refugiar en languidecientes jardines el urgente deber de construir un mundo nuevo. La autoridad volvia fatigada de los combates. Podia, pues, tomar vacaciones y juguetear entre si. Jugueteé, en verdad, hasta la locura. Mientras jugaba, la maquina daba vueltas, y tan mal que lieg6 el dia en que se rompid. Entre tales infantes mal prepa- rados, el desconcierto generé el panico, luego el silencio. Los fantasmas han desaparecido: ;dénde estan los que ocupaban la rampa hace diez afios? ¢Qué hacen en una época que pide hom- bres para comprometerse mas que exhibicionistas de feria? Una nueva juventud ha nacido, un poco tensa, un poco simplificada tal vez en sus gestos atin inadaptados, pero ha visto la miseria y su vida ha sido transformada por ella. La prosperidad permite el juego y enmascara la injusticia. La miseria cifie al hombre a sus problemas esenciales y descu- bre en grandes tramos los pecados de un régimen. La experien- cia o la proximidad de la miseria, he ahi nuestro bautismo de fuego. E! cuerpo completamente herido del proletariado, como un Cristo en la cruz, los fariseos a su alrededor, la alegria de los mercaderes, la huida de los apdostoles y nuestra indiferencia como la noche abandonada sobre el Calvario; y, en medio de eso, nosotros mismos, que tratamos de remontar la pendiente portande nuestra miseria, la miseria de estar atin privilegiados 12 y consentir en estarlo. De este modo, cada campanario, en la humildad de cada iglesia, Janza hacia el cielo el gallo del reniego. Nueva victoria de la infancia, que nos ha descubierto des- guarnecidos y débiles. Una continuidad, sin embargo, nos une a aquellos de nues- tros mayores que en los afios veinte, bajo la moda de las pala- bras, perseguian una ardiente btisqueda de la sinceridad y el orden. Su deseo de sinceridad pudo desviarse hacia ensofiaciones mas preciosistas, demasiado exentas de un deseo real de com- promiso en las vias reconocidas. Pero, en conjunto, no era para ellos lo menos importante un deseo de pureza v un aprendizaje, mds o menos consciente, de la Pobreza. El siglo xIx es la his- toria de las conquistas de la riqueza. Desde el principio se forja su instrumento técnico, la gran industria, y su instrumento po- litico, una revolucién no popular, sino burguesa. La riqueza, con sus valores, se extiende de clase en clase. Guizot lanza el ultimo llamamiento sin volverse hacia quienes no le siguen. El pro- ducto espiritual de esta plétora es un ocioso fin de siglo que oculta el vacio de su alma bajo profusién de decorados. Viene la guerra, que barre de los corazones toda esa pacotilla. Y cuan- do el desmontaje hubo terminado y algunos lanzaron un Nama- miento a la desmovilizacién de los espiritus, otros —impacien- tes por reencontrar las mentirosas dulzuras de preguerra— desearon desmovilizar hacia alli sus almas. Algunos hubo que no Jlegaron a hacerlo: por su vida, estaban movilizados al des- pojo. Sinceridad, ingenuidad, pureza: no se trataba de trayecto- rias solitarias. Era un primer gesto contra un mundo de osten- tacion, reverente sdlo con el ornamento visible. Los artistas y literatos de postguerra que sintieron que la verdadera riqueza se contiene bajo apariencias simples y superficies desnudas to- caban en el corazén ya el desorden que nosotros combatimos. Se hablaba también mucho, en aquellos diez afios de postgue- rra, de la biisqueda de orden. Yo veo claramente que algunos no buscaban mas que las repeticiones cémodas o la restaura- cién de érdenes muertos. Otros buscaban unicamente la conso- lidacion de los privilegios adquiridos. Pero volvamos a los me- nos ruidosos. Mirad los pequefios jovenes discoios y audaces de Pierre Bost, la ardiente aspiracién callada de la obra de Arland. Pasad de alli a las explosiones de anarquia surrealista. Y decid- me si unos y otros no estén unidos por una misma apasionada 13 necesidad de un orden que sea mas orden que los 6rdenes com- batidos, de un orden nuevo y vivo; decidme si sus destruccio- nes no son tanto mas iracundas cuanto mas traicionan un deseo frustrado: la rabia de la nada es a veces la oracion mas desnuda. En cuanto a nosotros, no hacemos sino Mevar mas lejos, a sus consecuencias extremas, el mismo proceso de la riqueza, la misma prosecucion del orden y de la vocacién de este siglo. Ha habido, ciertamente, que rendirse a la evidencia: la inquietud no vivia solo en las sensibilidades mas preciosas, emanaba de un mal profundo. Minada por él, la maquina institucional se ha dislocado. Hemos sido lanzados de este modo sobre nosotros mismos, sobre nuestras faltas, nuestras carencias, y también fuera de nosotros mismos, hacia la turbamulta de instituciones ¥ paises. Sucediendo a una generacién embriagada de suetios, de evasiones sensibles, de complacencias picolégicas, henos aqui bruscamente consagrados, a la vez y en un mismo movimiento, a la meditacién y a la accién: cuanto mas recogidos, tanto mas comprometidos, La miseria, con su cortejo de grandezas, ha pasado ante nos- otros. Esa es la clave. Quien, ya de entrada, no sienta Ja miseria como una quemadura en su carne nos pondra objeciones vanas y polemizara en falso. Hemos proclamado, e incluso confesado antes de ser acusados, todos los errores y desvios en que podria- mos incidir. Pero hay decisiones de las que siempre estaremos seguros e indubitados. Se enuncian pronto, y cuanto sigue se deduce de ellas: Hemos descubierto el juego y tos resortes profundos —mas profundos que una crisis econémica— de lo que hemos Iama- do, para no injuriar al orden, desorden establecido. No cesare- mos de denunciarle en las instituciones vy en los hombres, alre- dedor de nosotros. Hemos tenido que levantar acta del compromiso frente a este desorden que, para su provecho y frecuentemente con su complicidad, se sirve de los valores espirituales que son nues- tra vida. Toda decision parte de un desgarro. Este fue el nues- tro. No solamente los hombres sirven a la vez abiertamente a Dios y a Mammon. Se puede frenar un peligro descarado, pero las palabras mismas que creemos puras ocultan la mentira y la duplicidad a fuerza de vivir entre hombres dobles. Nosotros romperemos con estos hombres, quebraremos estas palabras y trabajaremos para purificar esos valores a los que sus enemigos 14 son mas de una vez profundamente fieles en el malentendido actual, En fin, fuera de toda otra consideracién moral, vemos un mundo joven v vivo ocultarse bajo ropajes centenarios. Este desterrar formas muertas que oprimen en cada momento el desarrollo mismo de los valores eternos y les impide seguir siendo ellos mismos, aprisionandoles en lo efimero, ¢quién lo levara a efecto sino aquellos que buscan la juventud de es- piritu? Andamos por un camino en que sabemos que jamas estare- mos ociosos ni desesperados: nuestra obra esta allende las es- peranzas. Ahi tenéis Le mariage ivstique de sainte Catherine, de Bruges. El acontecimiento se realiza en alguna parte del cuadro: el nifio-Dios pone el anillo en el dedo de la santa. To- dos los personajes vuelven mientras la cabeza y, precisamente gracias a esta distraccién, nos imponen una alucinante impre- sion de presencia. A aquellos que no nos encuentran inmedia- tamente bastante «prdacticos» no tenemos mejor apdlogo que haceries. PRIMERA PARTE LINEAS DE PARTIDA CapituLo I REHACER EL RENACIMIENTO «La revolucién serd moral o no sera» (PEcuy). I. PoR ENCIMA DE LA CRISIS Nosotros decimos: primacia de lo espiritual; y a renglén se- guido la gente se calma. El espiritu sigue siendo ese viejo que- rido obstaculo, tan confortable, tan familiar. Por tanto, propio de gente-bien. ¢Quién dijo que el mundo carece de buenas in- tenciones? ;Primacia de lo espiritual! Algarada de gritos, de rumores catastrofistas: he aqui, en fin, una de esas palabras serenas que conllevan la paz. La tierra vuelve a ser lugar segu- ro. Todo esta resuelto, como en ese momento de nuestras penas infantiles en que el ultimo sollozo se fundia en la dulzura de nuestros brazos y de nuestra vida. No. Sera el grito lo que escucharéis, puesto que la palabra no desgarra ya los cielos y los corazones. El grito es impuro, lo sé bien; pero los corazones también, y el dardo de la pureza no penetra ya los corazones impuros. Escuchad esas mil voces de- rrotadas. Su ilamada al espiritu, que podria ser un movimiento regular de las almas, es mas aspera que la angustia. Sale del hambre y de la sed, de la colera de la sangre, del infortunio del corazon: he aqui la calma que os traemos. Situacion de alarma y revolucion. ¢Por tanto zafarrancho, desafio atropellado de peligros y miedos, unidén sagrada alre- dedor de una entidad impersonal en donde cada cual deshon- rara4 lo mas precioso de si mismo para proteger su vida contra las razones de vivir? No. Yo custodio la revolucion porque sur- ge de las profundidades y ella sola sera lo bastante fuerte para superar la universal indiferencia. Pero temo enmascararla con 19 las cdleras del panico: la indignacién no es una reaccion vital. ;, No pensemos en nuestro infortunio, Seriamos dos veces infieles * al espiritu. No emprendemos una obra de salvacién biologica. Se nos dice: una nueva crisis, una nueva guerra..., civilizacién..., géne- ro humano. Pero lo que tenemos que salvar es infinitamente mas que una civilizacidén o el mantenimiento de la especie no- ble. jQué importa la vida en la iniquidad, v el martirio del que resucita la Justicia! Nada de tumulto alrededor de nuestros bie- nes amenazados. No aceptamos la complicidad del miedo, del hombre que concentra, agitando los brazos hacia el cielo, sus instintos v su tranquilidad espantada, y que recurre al espiritu ante el peligro, del mismo modo que se consulta al ensalmador cuando Ia sabiduria va no basta. Sabemos que nuestras vidas seran aventuradas v comprometidas. Nada nos asusta, ni la po- breza, ni el aislamiento. Venimos a dar testimonio de otros bienes distintos de nuestras propiedades, Por otra parte, es groseramente antiespiritual el plantear el problema espiritual en funcion de una crisis sensible. El hdbito de la vida y las duras condiciones del trabajo no llevan a los hombres a pensar. La mayoria no tiene ordinariamente ni el tiempo, ni los medios, ni el deseo. Es preciso que el destino les afecte el vientre o jes lleve a una tempestad. Entonces la mo- notonia de los dias esta rota y, en su vida rasgada, inmensos haces de luz se abren sobre los problemas desconocidos, Algu- nas caidas repentinas revelan la debilidad de los equilibrios inestables; pero la inercia les habia retenido durante tanto tiem- po en su pendiente, que se habia acabado por identificarles con la ley y el orden. No se puede contar mucho con las épocas sa- tisfechas, sdélo las crisis conducen en su mayoria a la medita- cion. Sin embargo, ¢seremos perpetuamente tan inertes? éNe- cesitaremos siempre sacudidas sensibles que nos afecten a flor de piel o de emocién para comprender que en estas villas, de- tras de estos fuertes, entre estos hombres silenciosos, que no intercambian palabras entre si, se realiza, de cien modos, el tu- multo de un drama ininterrumpido? ¢La crisis? Pero icomo no sentirnos en estado de crisis continua en un mundo que cruje a cada minuto de su esfuerzo hacia lo mejor! El espiritu esta hecho para adivinar los valores que ningun fulgor sefala: bajo las palabras unidas, el relieve de los pen- samientos, los paisaies que no estan en las guias, los hombres que no entran en la historia, los desérdenes que revisten la 20 apariencia de orden. Hay mas estados violentos que aconteci- mientos violentos. Un viejo habito de tranquilidad burguesa nos hace creer en el orden cada vez que la calma se establece. La cuestién es saber si el mundo no esta va hecho de tal manera que la calma sea siempre un desorden. No quiero jugar con las palabras, ni comprender concepios con emociones morales: co- nocemos inmovilidades tensas y fervientes. Pero la autentica calma es una eternidad que resplandece. Todo lo demas son caidas, comprometidas con nosotros en una materia cuva ley intima es una ley de descenso y degradacion. Este desorden ae los periodos carniceros, el mas pernicioso por inaparente, ¢ mas odioso por enmascarado, he aqui el enemigo hereditario. Cuando ya no se plantean, entonces es bueno plantear los pro- blemas. Y desenmascarar a los hombres de orden como perpe- tuadores del desorden cuando la aparente violencia de las revo- luciones frecuentemente lleva razon de antemano. Oilvidemos, pues, las crisis, olvidemos la inguietud. No son ellas mas que una ilustracién, mas viva, mas movil, de nuestro mal. Los verdaderos problemas pueden empuijarnos hacia alli: estan mas alla. La emocidn les deja intactos. Il. DISOCIAR LO ESPIRITUAL DE LO REACCIONARIO En Francia es fuerte la tentacidn de plantear estos proble- mas en términos politicos. La puerta es todavia demasiado es- trecha. Pero como se nos empuja hacia ella, detengamonos un nto antes de seguir. : eo perecha, vquierda, habra que escribir la historia de esta contabilidad universal y mostrar con las obras una opinién di fusa que constrifie poco a poco en esta doble columna a toi os los valores espirituales. Hay virtudes de derechas: el honor, Ja mesura, la prudencia, y virtudes de izquierda, como la auddacta y la paz. La caridad esta a la derecha, con Ja Academia, la re gidn, el ministro de la guerra, el alma, el senior Bourget. e latin, la economia liberal, los notarios y las familias. iO jus: ticia esta a la izquierda con Picasso, los funcionarios, e senior Homais, la higiene social, el feminismo, la libertad y 1a psico- logia experimental. La lista es abierta, compleja, para fica, pues si bien es publica la relacion del senor Bourget con i Academia, menos evidente es la de los notarios con la cari lad, o de! alma con la guerra, o del sefior Homais con fas delica- 21 dezas de la psicologia. Para escapar a estas dificultades intimas, la misma opiniédn comin prefiere resumirse en una visién sufi- cientemente imprecisa y sumaria para adoptar el aire de una ley historica. Esta lev, sdlida atin entre tantas ruinas, es la iden- tificacién de lo espirtual y lo reaccionario. El reaccionario es demasiado feliz con este favor y con admitir reciprocamente que todo cuanto nace a la izquierda nace contra el espiritu. Una y otra parte han puesto una idéntica buena voluntad para mantener esta espesura de confusiones. En la derecha se ingeniaban por soldar el bloque propiedad- familia-patria-religidn. Daos cuenta, propiedad capitalista, egois- mo familiar, nacionalismo y fariseismo piadoso para ratificar el todo. Y como se unja a la propiedad andrquica el sentido de la dignidad personal, a la familia-ciudadela Ja blanca teoria de las fidelidades y virtudes, al furor nacional la ternura de la tierra y del pasado, el heroismo y casi el vocabulario sagrado del mar- tirio y del sacrificio, a la hipocresia religiosa el peso de Dios en los corazones, empleabase asi poco a poco toda la riqueza de Jos hombres para enmascarar la més corta, la mas egoista, la mas bobamente interesada de las metafisicas. Apoyados So- bre un tesoro inestimable de virtudes privadas, acd puras y decididas, alla un poco timoratas pero sélidas, fieles, emocionan- tes, los jefes de este materialismo reclutan y mantienen por un abominable malentendido a la masa de sus tropas. ;Quién no ha conocido esas fierezas ardientes alimentadas de alardes e ideas simples, quién no ha encontrado, en algin lugar de pro- vincia, ese foco donde permanecen en vigilia la dulzura de vivir, una generosidad a la menor invitacidén de los acontecimientos presta al herofsmo, una soltura en la vida espiritual innata como una larga habitud de raza, quién no ha previsto, teme- roso, el momento de ir a recitar las formulas bastardas del Echo de Paris como la expresién eterna de sus riquezas? Por la izquierda pasaban, por el contrario, la mayor parte de las fuerzas nuevas, todo el progreso social, mds o menos todo el acrecentamiento de las cosas nuevas en arte y en lite- ratura y, lo que es atin mas que todo eso, el inmenso flujo del deseo de justicia, conservado sin compromisos, casi sin elo- cuencia, en el corazén de las masas trabajadoras. Pero por un complejo de razones histéricas y psicoldgicas, la menor de las cuales no era la traicién permanente de los hijos del espiritu, largamente explotada por la malicia de algunos, se emperra- ban desde este lado cr confundir lo espiritual con la reaccién, 22 y en combatir heredades y continuidades. O bien se les tras- plantaba sobre las generosidades de Jos materiales que habia que torturar para integrarles, espiritualismos voluntariamente insipidos para no ser confundidos con los de enfrente, todo un embotellamiento de metafisicas raquiticas que embarazaban co- razones dignos de mejor alimento. Asi, en las tres cuartas partes de su vida, el espiritu se do- miciliaba en la derecha y residia en la izquierda. Y los bravos que residen en todos los lugares precipitabanse a su domicilio, convencidos como todo bravo de que un domicilio es un lugar en que se encuentra al domiciliado. Pero jlos otros! Tenian, de este lado, la placa, la razén social y las visitas, tenian el dinero. Pero Ja aventura, las confidencias, los mafanas de esperanza, los dolores, las iluminaciones, los dias siguientes, todo eso se colaba entre sus manos avaras. Tal es atin la situacién media. Nosotros quedariamos bas- tante bien definidos, politicamente hablando, como aquellos que han sentido su instinto esencial desgarrado por esta particién y este malentendido. Todo el esfuerzo de nuestra psicologia po- litica debe ser empleado para hacer afiicos esto, para restable- cer el espiritu por encima de las mentiras de los unos y los prejuicios de los otros, en su verdadera gravedad. Yo afiadiria a continuaciédn que el punto de vista politico es un punto de vista segundo. Lo abordo en primer lugar, e in- sisto sobre la mds grosera aproximaci6n, porque pesa en todos los debates y no sera tal vez ante nosotros el obstaculo mas pe- sado. La confusién de lo politico v lo espiritual se transmite y consolida hoy con una facilidad grosera. gDe dénde viene? Se ha establecido, sin duda, entre los mejores porque la poli- tica satisface a la vez el gusto de la accién directa sobre la ma- teria de los acontecimientos y de los hombres junto con el de Jos principios, asi como el de Ja vida que ellos contienen en Ja palabra. Tal vez el mito religioso de la soberania popular incli- naba también a buscar habitualmente en los movimientos del pueblo toda revelacién y a entronizar la psicologia politica como ciencia primera en el lugar real de la teologia. Pero el malenten- dido se ha agravado en Jas costumbres y en los corazones a medida que Ja pasion de las clases desgarraba la tunica sin cos- tura para cubrir sus vergiienzas. Este nuestro primer papel es, por tanto, claro: disociar Io espiritual de lo politico, v mas especialmente —en modo alguno debido a los prejuicios, sino porque de hecho las «fuerzas mo- 23 rales» han pecado sobre todo de ese lado— de cierta irrealidad provisoria a la que se denomina derecha. Papel ingrato, odioso como todo papel negativo. Hace falta decir esto, y que esto acabe, que podamos apartar de alli a los hombres disolviendo el prejuicio en el olvido. jCuanto tiempo perderemos en repe- tirlo! Conservemos a! menos el sentido de las verdaderas pers- pectivas. No hay ninguna medida comun entre la obra que nos solicita y este pequefio trabajo de limpieza previa: no tendre- mos la ingenuidad de agotar en él nuestras fuerzas, ni, por reacci6n y desconfianza, de crear un contrabloque con todo lo que se ha estampillado a la izquierda. Vamos mas lejos. No hay ninguna proporcién entre la tota- lidad de nuestra obra y sus coordenadas propiamente politicas. Lo politico puede ser urgente, pero esta subordinado. El ultimo “puente que pretendemos no es la felicidad, el confort, la pros- peridad de la ciudad, sino el expansionamiento espiritual del -hombre. Si perseguimos el bien politico no es la ilusién de que va a asegurar a esa expansién una vida sin riesgos, sin sufri- mientos ni sed. El desorden nos choca menos que la injusticia. Lo que combatimos no es una ciudad inconfortable, es una ciu- dad malvada. Sin embargo, todo pecado viene del espiritu; todo mal, de la libertad. Nuestra acci6n politica es, por tanto, el organo de nuestra accion espiritual, vy no a la inversa. Sabemos que hasta un cierto grado de miseria y de servidumbre el hom- bre no puede alimentar pensamientos de lo inmortal. Pensa- mos que una cierta densidad de egoismo, de injusticia v de mentira necesita ser gritada si no puede vencérsela, y que se le opone el precio de un don total. Que ante tales condiciones impuestas al hombre el espiritu deba tomar la iniciativa de la protesta y la direccién del desorden, hacerse obrero para re- construir su casa. Pero este obrero de manos de luz tiene pri- macia sobre los otros. Es conocida la formula saintsimoniana: sustituir el gobier- no de las cosas por el gobierno de los hombres. Si se trata sim- plemente de afirmar que un cierto rigor en la dificultad debe estar presente desde las relaciones entre los hombres hasta la reglamentacion de la economia, estamos de acuerdo. Lo esta- mos incluso cuando se denuncia de este modo esa mezcla de apriorismo verbal y de truhaneria enmascarada que constituye la 6ptica parlamentaria y en que se dirige la atencién sobre esta realidad mds profunda que el parloteo politico (pero tam- bigén menos profunda que las tendencias espirituales confusas 24 que frecuentemente encubre): la vida econémica. Pero no esta- mos completamente de acuerdo si se quiere significar, cual se entiende corrientemente en la escucla saintsimoniana, que el gobierno de las cosas pueda ser conducido independientemente de toda referencia al hombre que las utiliza. No hay una técnica de las necesidades v, por encima, inoperante, una religién invi- sible del espiritu. Lo espirtiual manda sobre lo politico y lo economico. El espiritu debe mantener la iniciativa v la maes- tria de sus fines, que van hacia el! hombre por encima del hom- bre y no al bienestar. III. LaS CARAS DE JUDAS El desquiciamiento que esta cn nosotros €s preciso, pues, buscarle mas profundo que nuestros infortunios, mas profundo aun que nuestro equilibrio en la ciudad. Es la toma de con- ciencia de un desorden espiritual. Poco importa ja historia, para cada uno de nosotros, de esta revelacion interior. En este hom- bre, llevada sin resistencia por el ardor de un temperamento. En ese otro, desgarradora como un alumbramiento, pues es ne- cesario partir solo y renunciar a las dulzuras de la complacen- cia, a esa amistad ligera y espontanea de los hombres que no se enturbia. Lo que pedimos es que dicha historia suba hasta las luces de ia doctrina, hasta las regiones arquitecturales en que se dibujan perspectivas y se encadenan causalidades. No por un amor enfermizo a la arquitectura, sino porque sabemos cuan répidamente ceden a los humores, a la pureza o a la fir- meza de los primeros impulsos {a sola violencia interior no di- rigida, o la vaga efusion hacia una justicia media que anima a los corazones muy duices. Los principios solos son bastante duros v bastante generosos. Nos topamos aqui frontalmente con el marxismo. ¢Para qué la conciencia, si la conciencia no es mas que el reflejo de las servidumbres economicas, si toda conciencia que no €s la con- ciencia popular es una mentira interesada de clase? Cuando la ortodoxia viene al mundo con los pensamientos proletarios, sc produce una rectificacion del espiritu. Pero de antemano y ha- cia afuera toda actividad espiritual es una actividad subjetiva, sin mordedura en lo real; ni siquiera una poesia, sino un con- junto de mitos bioldgicos que se traducen en una justificacion 25 coherente de los instintos que se ocultan. E] pensamiento no es un medio de hacer fuerza sobre el mundo: «Los obreros que trabajan en los talleres de Manchester no creen que Hegaran a suprimir mediante el razonamiento y el pensamiento puro a sus senores y a su propia degradaci6n.» Este sentimiento es difuso, fuera del mMarxismo, en numero- SOS espiritus, que no creen mas que en las influencias en que sienten, al minuto, la vibracién de hombre a hombre. El] pen- samiento, con sus largos alcances, les parece una actividad de compensacion donde el tedrico, a falta de poder entrar en lo real, se libera de las revoluciones del hombre mediante toda una violencia dialéctica, atropellando conceptos. Ven mejor la realidad del mundo en el corazén de los hombres que en la evolucion de Jas mdquinas; para ellos también, la realidad si- gue siendo extrafia a esos juegos intelectuales. ‘ Nos declaramos culpables. El pensamiento no tiene, en la mayoria de los hombres, billete reservado. Avanza mezclado con la turbamulta de los instintos, de los intereses, de los prejui- cios colectivos, de las testarudeces individuales, y cuando no tiene la fuerza para arrastrarlas, entonces le desbordan, le arrastran y le hacen confesar. Su manera de rendir homenaje al espiritu es esclavizar su prestigio y recortarle para su pro- vecho. Libido mas ardiente y mas tortuosa que Ja otra en sus enganifas. No hay virtud que no haya padecido la injuria. Del orden, que es viviente finalidad hacia el bien, inversion perma- nente de la inercia siempre naciente, han hecho la consigna de los inmoviles y satisfechos. En un extremo se invoca la pruden- Cla, esa audaz paciencia tendida hacia la organizacién del futu- ro, para encubrir las timideces y los miedos. En el otro extre- mo se le opone el vigor y la fuerza, pero se ve pronto que para estos singulares partisanos defender lo espiritual es sacudir so- bre sus hermanos los humores de su espiritu. Caridad, recinto nobilario de los ocios de una clase. Libertad, iniciativa aban- donada a los poderosos para que dirijan e] juego. Una prensa comprada utiliza cuidadosamente esta pantalla de vocabulario para seducir las intenciones ingenuas de los hombres. El mun- do moderno por entero respira esta mentira y esta simonia. Las palabras os aguardan en la esquina, como los ladrones. Ante esto, los mas delicados se evaden del mundo, donde cada contacto les recuerda la presencia odiosa de dicha traicion. 26 Pero su propia traicidn no es menos grave. Del espiritu, que es vida, se hacen un refugio. Los unos lo ven claro y toman partido; pero viven su aven- tura entre conceptos, sin asidero temporal, v se satisfacen con ordenarles en arquitecturas cuya simetria adopta la apariencia de solucién. Se forjan la misma ilusién dando a los problemas irresueltos f6rmulas completamente hechas (asi hacen algunos uso de los datos de su fe) que les dispensan de pensar dando- les Ja ilusidn de explicar. Frecuentemente, cuando Hegan mas lejos de una simple virtuosidad, se les ve mostrar una gran audacia en la doctrina, y atemorizarse desde el momento en que sus conclusiones intemporales se trasponen en cosas de hoy. Otros, por una delicadeza que acaba rapidamente en coque- teria, se dan a las actividades espirituales como un lujo, uno de cuyos precios es el de separar; el sentido espiritual es para ellos un gusto, una distincién, desprecian el trabajo del hom- bre, los esfuerzos de la ciudad, todo aquello en que toma parte el nimero, con sus simplicidades, sus furores, sus familiarida- des y una cierta manera de plantear los problemas. Sienten se- bre ellos la gracia de una eleccién: buscan el raro defecto de poder hospitalizar la grandeza. Otros aborrecen la dulzura, las visiones devotas o ruidosa- mente optimistas sobre los hombres. Herida vital, conviccion metafisica o amargura de los hombres, estan desesperados cel mundo. Se liberan de él por cdleras, lamentos y apocalipsis. A veces, marcados por la terrible palabra de Péguy, «creen amar a Dios porque no aman a nadie». ;Ah, que no se les re- chace con palabras florecidas! Feliz duracién, en un siglo inca- paz de indignacion. Pero el error de aquellos es el de no haber Iegado hasta el punto de la extrema severidad en que ésta en- cuentra la ternura, como Ja inteligencia encuentra el ser en el limite de la extrema negacién. Entre las blandas indulgencias y el itinerario jansenista, no han sabido lograr el pasaje real reservado a los simples. Otros, en este encuentro, recogen su generosidad sobre la expansion de la vida interior y miran al mundo como ai inte- rior de un alma amiga, proyectando alli utopias de paraisos terrestres, nacidos de su ardiente meditacion, sublimadoes sor su exigencia de pureza, ineficaces por sobrehumanos. A conti- nuacién, son los primeros, ante la impotencia de sus acciones puras, en abandonar la triste realidad a las soluciones mas mez- 27 quinas, que no Ilegan a revolucionar su generosidad porque ta- les soluciones dan un alimento a su ternura, De la materia respecto al espiritu hay, pues, una victoria parcial: una parte del espiritu esta esclavizada, la otra se evade en derrota y, lejos de los trabajos de la tierra, lleva una vida artificial de exilada. La ley que desde ahora denuncia el materialismo marxista no es la ley de la marcha hacia adelante y del desarrollo de la historia, sino la de su involucidn. Ella es la verdad de los perio- dos de esclerosis, la verdad del pensamiento que se abandona. No olvidemos nunca esta contesién de Marx: «Es el lado malo de la historia ef que hace la historia» (2). Una degradacion in- interrumpida vacia a las creaciones espirituales de su sustan- cia y de su densidad; el habito dirige hacia alli sus garfios; esas creaciones mueren en nosotros a causa de nuestra apropia- cién, de nuestra cortesia, de nuestra indiferencia. Esta inercia, a la larga, origina un cierto mimero de automatismos que adoptan la figura de leyes, y entonces estamos totalmente en- tregados, atados de pies ¥ manos a tales causalidades materia- les. De hecho, éstas no crean nada, no inventan nada, pero en- torpecen, desvian, afectan, desfiguran la vida, entretienen ¥ endurecen determinismos alli donde se movian las organiza- ciones. No expresan el orden, sino los obstdculos y los limites del orden. El espiritu sdlo es causa de todo orden y de todo Gesorden, por su iniciativa 0 su abandono. Verdad es que bajo el empuje industrial y capitalista, con- certado con el empobrecimiento del pensamiento moderno, la parte de la causalidad material en la iniciativa de la historia ha Ilegado a ser considerable. Pero un accidente, por enorme que fuere, una segunda naturaleza, por voraz que fuere, no son la ley profunda de las cosas. Aunque fuésemos impotentes para modificarlas, nosotros las Juzgariamos incluso en nombre de la ley que coartan. No hay etapas necesarias: las revolucio- nes mas marxistas han demostrado que ellas mismas sabian dejar de ser. La situacién en el tiempo puede ser una excusa moral, no una coartada metafisica. Nosotros, si, creemos en las (2) Basta con conocer, aunque sea poco, a los «espiritualistas» que Marx tuvo a la vista, la suficiencia universitaria de los jovenes hegelianos sus camaradas de juventud, la odiosa hipocresia de los industriales de Manchester, para comprender la pasidn con que reacciona. Sobre este punto se leerA con provecho A. CoRXu: Les Années d'apprentissage de K. Marx, Alcan, 1934. 28 verdades eternas. Estamos atentos pata no confundirias con jie] ADI somos sensibles al paisa] 1 nuestros viejos habitos, y minty conde y 3 ; Pero creemos en ese hili cada época las presenta. ‘ vnatizado de luz tendido por encima del tiempo y los nusares Es él quien esclarece en cada momento el plan de la rstoria. Bajo su reflexion, la primacia de lo material se pes parece como lo que es: un desorden metafisico y mor al. nas re " isi e tra falta. a no ser la fisica de nues ‘ no es nada para nosotros, a ni ues ae preciso llevar a él una filosofia de nuestra contricion. Nos di caremos a ella. valéctica Hay, pues, muy notoriamente, en el mundo una ciate revolucionaria. Pero no es, 0 no es unicamente, una atalia® ¥ zontal entre dos fuerzas materiales, oprimidos y opr vores: 18 opresion esta en el tejido de nuestros corazones. Es om esgarr vertical en el seno de la vida espiritual de fa human 2 es ie i iri cayendo sobr del esfuerzo espiritual re sn eee una pes nh flojara nunca su presicn. j afia que no afloy bajo una pesantez extr , ; Mean erdades 1 método marxista nos He Traspuesto a esta luz, e 1 / es que él mismo desnaturaliza o atrofia: nos habra salvado tal v de la elocuencia y de la indiferencia. TV. ACTO DE FE mos woncesion alguna Ta “oie Te conduc hast en 3 cuando decimos el espiritu es el pi in 1 que "todavia se nos hblara det ran niimero, Se os, mostrar este gran es conducido por logicas ‘ nt _misere a S 5 ‘ni im ulsos de generosidad y por 29 a la expresion, de la expresion a la ensenanza, de la ensefianza a la vulgarizacion, alcanza por una via menos fulgurante el co- razon de las masas. Llega un dia en que éstas ya no compren- den el mundo o no desean el mundo; y esas ideas largo tiempo vacias cristalizan sibitamente en un caos de aspiraciones que no habrian conseguido la existencia sin la excitacion, la estruc- tura, la plenitud Iuminosa que ellas le aportan. Es necesario atreverse a creer en primer lugar que la ver- dad acttia por su misma presencia, que la meditacién de uno solo o el sufrimiento de un pueblo pueden quebrantar mds eficazmente a la humanidad que lo hacen arquitecturas de re- formas. Esta conviccién sera nuestra fuerza y nuestra pacien- cia. No justifica la pereza para trabajar en el mundo, para em- pujar la verdad contra los obstaculos, pero cada perfeccién que aportaremos a esta verdad nos asegurard que, sin nosotros, el mundo recibe ya el beneficio de ella. Los trabajos de arte son necesarios para establecer las vias de la verdad; no olvidemos, sin embargo, que esas vias son el objetivo y el establecimiento de! mayor trafico posible. No exis- te una verdad para la élite y otra verdad para la propaganda. Hay verdades rigurosas Y su transposicién en férmulas esta- bles. Dos tareas a Separar: pensar profundamente y pensar pt- blicamente. Si queremos establecr doctrinas que sean a la vez rigurosas y accesibles haremos un mal trabajo como filésofos y un mal trabajo como hombres de accién. La preocupacién por la facilidad habra esterilizado nuestra busqueda, y la trans- posicion que sacaremos en consecuencia sera fabricada, sin vida ¥ sin eficacia, extrafia a la verdad inteligible tanto como a la realidad humana: con el pretexto de modelar lo real, lo asfixia- mos con realidades; 0 por el deseo todavia deliberado, poco inte- ligente, de decidir como él, nos delectamos con simplismos, fa- ciles vencedores de los demas y de nosotros mismos porque dan a la facilidad, por su caracter tajante, la ilusion de querer, ¥ por su claridad Ia ilusién de pensar. Ahora es necesario mantener las Ordenes, asegurarnos la ac- cién permanente. La verdad no es sencilla, y es por eso por lo que las formulas sumarias que la accién deduce de ella para sus necesidades no pueden sino volver sobre su busqueda, ponerle obstaculos, inclinarla, empobrecerla. Pero las necesidades espi- rituales de los hombres representan vastas necesidades. Ricas de contenidos en el anilisis, son grandes formas simples para la mirada espiritual, que poco a poco se ha acostumbrado a las 30 luces esenciales. Una doctrina penetrante debe alcanzar esas l- neas magistrales en que la amplitud de sus formulas se unira a la simplicidad de los corazones. La fuerza del marxismo es la de haber reencontrado por una dialéctica contestable a ca- mino de algunas de entre ellas. La multitud no piensa as ideas que quiere: ella no lo desea, siempre a la busqueda de hom bres a respetar, de doctrinas a acoger. Pero ella rumia este Pe miento oscuro que esta antes que el lenguaje. Los pensadores combinan las frases que escribirdn su historia. Si desean escri- birla en acontecimientos, es necesario que se sumerjan entre las sombras de las fuerzas que han sacado de la luz: entonces, uniendo con un trazo el cielo y la tierra, encontraran en la co- munién las palabras simples donde ios pequeiios descubriran una formula para sus suefios. ; a / Si nos deja4semos llevar a describir los paisajes, seria nece sario que recorddsemos aqui que las fuerzas morales no so autématas; tendriamos que hablar del misterio que la presencia de los hombres afiaden a las ideas. Se diria que es por e on o por la capacidad de acogida de cada uno por lo que se putre su coraje, y que aquéllos no saben caminar comunmen e 1 que una amistad los empuje o una amistad los espere. Conoce mos como experiencia diaria esos avances, esos retrocesos, esas violencias y sus pudores alternados con su accién en nosotros y a partir de nosotros. Trazar con un trazo sobre toda la expe” riencia concreta la curva de una causalidad economica es des- cribir toda la riqueza del hombre. V. La EXIGENCIA REVOLUCIONARIA Be ES: { vo® *"Tehemos en contra nuestra que muchos estan cansados de i i ice é verdade- doctrina. Mirad —nos dicen—, ¢son los corazones mas de ros que las inteligencias? Hay mucha mas mediocridad que ve daderas pasiones en los vicios del mundo moderno, y es nece- sario restaurar el amor en que debemos emplear hoy la genero- rosidad de los hombres. 8 ., Ahora bien: gcudndo nace la indiferencia sino cuando un alimento sin sabor se ofrece al amor? La luz de la verdad dee nuda, la presencia concreta y exigente del espiritu se ha reti- rado ‘poco a poco de nuestro mundo. Sobre este espesor de pa- labras descarnadas y de costumbres extrafias, ¢donde penetra, ran nuestras miradas y las tentativas de nuestros corazones? 31 Vueltos sobre ellos mismos en la noche, ¢donde podran volver a reencontrarse? Somos aquellos que no poseen ni siquiera sus materiales porque el plan se ha descarriado Y porque no es po- sible cortar las piedras sin el plan. Rehacer nuestro amor al mundo con las palabras, con los gestos, con las costumbres que nos rodean, es tanto como combinar opacidades para crear !a luz. No confiemos en un poco de buena voluntad y de dulzuia de espiritu para conectar el todo. No es posible reconstruir la verdad con trozos de mentira y con una absolucidn. Se refunde por medio del fuego lo que ha sido penetrado por la mentira. Una transfiguracién en la masa de todos nuestros valores debe preceder a su reintegracién universal, Esto significa ser revoiu- cionario. Hay palabras que no se piensan sino con temor. Se quiere que Ja revolucidn sea el deslumbramiento rojo y en llamas; no, la revolucién es un tumulto mucho mas profundo. Metancete, cambiad el corazon de vuestro corazon y, en el mundo, todo lo que ha contaminado. Vosotros que habéis sido revolucionarios contra el espiritu, que habécis matado el amor, ahogado la libertad, el intercambio honrado de los corazones, la sinceridad de las palabras, el es- fuerzo de vivir, no creais que es suficiente hoy con una limosna a la justicia para cerrarle la boca y borrar vuestra traicién. Sélo habria una revolucion legitima, la vuestra, que no es vio- lenta porque se adapta a la facilidad de los instintos, pero ¢por ello nosotros no tendriamos acaso el derecho de reivindicar infatigablemente toda la justicia, como habéis reclamado infati- gablemente todos los placeres? Radicales, revolucionarios, équé nos importan esas hermosas palabras usadas, y el bullicio, y Ja moda? No lo somos en nombre de la envidia que siembra el odio, la pretension de bienestar, que es secundaria. No lo sa- mos en nombre de las aventuras de Ja dialéctica, pues hay para nosotros valores que el tiempo no gasta. No lo somos en nom- bre de la violencia interior; si ella no es el entusiasmo y !a decision de la verdad en nuestros corazones, incluso confusa- mente adivinados en la emocion de una revuelta, yo no veo en ella otra cosa que la vivacidad de los humores; cierta brutali- dad del espiritu no es oira cosa que vocacién militar sublimada y no esta solida estructura, este heroismo imperioso por el que se quiere traducir. Somos revolucionarios doblemente, pero en nombre del espiritu. Una primera vez, ¥ tanto como dure !a humanidad, porque la vida del espiritu es una conquista sobre 32 muestras perezas, que a cada paso debemos sacudir contra el sopor, adaptarnos a la revelacion nueva, receptivos al paisale que se amplia. Una segunda vez, en los afios 1930, porque a cosecha del mundo moderno esta tan avanzada, es tan esencial, que un desmoronamiento de toda su masa blancuzca es necesa- ria para el crecimiento de Jas nuevas cosechas. Antes de puestre Renacimiento, ya se ha dicho, necesitamos una nueva a Media. No es la fuerza quien hace las revoluciones, es la luz. El es- piritu es el soberano de la vida. A 4 corresponde la decision, a él corresponde decidir y dar la orden de partida. Pero a con- dicién de que rompa con todas las habilidades, él, al que vemos, avergonzados de su gloria, gritar a la imprudencia cada vez que un audaz intenta robarle su flama, y esconderse detras de los éxitos andénimos, o bendecir, con un retraso suficiente para que no haya error, los éxitos en que no ha tenido parte. Oue em piece por retirarse, por interrumpir sus relaciones mun a as, por limar todas Jas timideces por medio de las cuales . le paralizado bajo pretexto de pudorcs, por separarse de los me diocres que han ganado su complacencia, y que solamente, en tonces proclame las palabras puras y marche detras ee as. Que proceda a barrer todo ese bazar de teatro, la tesis y a hipotesis, la teoria y la practica y esa gran paquinaria qui atrae al estupido: Ja complejidad inagotable de los problemas, que no significa en ciertas manos respeto por la verdad, sino el] no comprometerse con ella en el presente. Como si la expan- sion no fuese la materia, como si la grandeza de espiritu no consistiese en juzgar y en instaurar. Puede que no se quebrante sino con la necesidad,; pero ‘an pronto como se lance, observad qué velocidad adquieren las cosas. La necesidad resuelve los obstaculos uno por uno, a me- dida que toman contacto con ella, salvando, en cada ocasion, como un avaro, lo mejor de un mundo del que no conoce sino Ja servidumbre. E] espiritu, que prevé, se instala en el absolu- to, salta por encima de los obstaculos, se plantea en primer lugar los objetivos o enfoca hacia ellos su deseo. Prevé de a temano Ilo que debe ser y trata al mismo tiempo de que Ile- ae existe en su inquietud algo de la instantaneidad de Ia luz, sabe que no es posible encaminarse hacia el absoluto si no es insertandolo a través de las resistencias de la materia por los 33 medios que proscriben las técnicas y la atencién actual a las condiciones de cada hora. Nunca confunde la audacia con la presteza, la nitidez, lo pintoresco o Ja extrapolacién Idgica de las ideas. Pero jamds tampoco mostrard una indecisién o una estrechez de vista invocando las dificultades de la realizacién. Detesta la dulzura relamida que alude el reencuentro, las formu- las dichosas que disipan el ser de los problemas. Sabiduria justo medio. Hay una sabiduria que tiene razén, pero solamen- te la locura fue capaz de Negar a tal razon. El justo medio, cuando es justo, es en principio y unicamente justo; pero a pos- teriori, sobre el papel, se encuentra ocupando un lugar légico porque ciertos energimenos han erigido mitos en los ‘dos extre- mos del horizonte. Pero a flor de labios en los hombres de buen sentido, observad esa mezcla de estrechez, de mediocridad y de infamia disimulada que es la caricatura de la sabiduria. | Se nos reprocharan nuestras audacias y nuestra juventud como una injuria, se pondrd el grito en el cielo respecto a las luchas. Que todos cobren confianza, no falitan en el mundo calcu- ladores dispuestos a tomar precauciones, interesados en infa- marlos. Son la masa, son la gravedad, son la Historia: es nece- sario, pues, darles el término fuerte, que es el término verdadero de sus acusaciones. En cuanto a la confusion, es una facilidad, y no puede prolongar un vigor que es resistencia a las facilida- des: En este mundo inerte, indiferente, inquebrantable, la san- tidad es la unica politica valida y la inteligencia, para acompa- narla, debe preservar la pureza de la luz. 7. VI. La TRAICION DE LOS ACTIVOS Revision de los valores: algunos amigos intrépidos objetan que no sienten inquietudes por los grados del ser cuando los hombres sufren hambre, cuando los aviones de la civilizacion bombardean los pueblos en Indochina. La cuestion esta en saber si el reconocimiento de los grados del ser no habria evitado esas desgracias. De cualquier ‘modo ante las emisiones del pensamiento, seamos sensibles al acento de esta protesta. Se cita a Marx. Aristételes va escribia: si es preterible filosofar que ganar dinero, para el que esta necesi- tado lo mejor es ganar dinero. Es propio de nuestra época que los problemas temporales se planteen en ella con la maxima urgencia. Acaso existen tiempos para una contemplacién mas 34 ligera. La pesadez de la nuestra es tal que el espiritu ya no tiene libertad propia. Es como el viajero que debe poner la mano en la rueda y en el engrase de la misma. El mundo esta averiado; sdlo el espiritu puede poner de nuevo en marcha la maquina, y se traiciona si se desentiende del problema. He aqui por qué nuestra voluntad se extiende hasta la accién. He aqui por qué pedimos a los fildsofos de nuestro entorno, a aquellos que tienen necesidad de retroceso y soledad, que se- pan descender ampliamente entre los hombres, acostumbrarse a ellos, desclasarse. Salvados de la complacencia por el vigor de la doctrina, evitardn la evasion por medio de su presencia en el drama universal. Hoy mas que nunca debemos aceptar esta situacion. Todavia aqui, en la accién, no podemos estar como si no de- pendiéramos del espiritu. La accién es el espesor de nuestro pensamiento. Actuar no es quebrantar los nervios, erguir los torsos, hacer encuadramientos. Actuar es gobernar y crear. Inhumana es la accién gratuita que para no sentir gravitar ni el pasado ni el porvenir se entrega a la fantasia pasajera de las necesidades inconfesadas. Igualmente inhumana es la accién ti- ranica que hiela en inerte formula toda decision de la voluntad y la doblega bajo el determinismo de sus propias obras. La una es desviacién de una exigencia de libertad, la otra de una exi- gencia de fidelidad. La primera nos ha ofrecido la brusca pléya- de, esos jévenes dioses vagabundos que, en una reciente anti- giiedad recorren la vida como un saldn en busca de juegos fugi- tivos de colores y de luces. La segunda puede ser para nosotros, que nos comprometemos, lo mas inmediato. Nos entregamos, pero tenemos temperamento. Pronto ocurre la invasion astuta: humor, turbulencia, autoridad, proceso de formulas repetidas y ese sentimiento propio rebelde que nos hace insensiblemente preferir al éxito de la verdad el orgullo de ser agente de la misma, a la calidad de nuestros amigos las cifras que ellos aportan a nuestro cuadro. El yo, ese yo ante el cual deberia- mos tener un insuperable poder al pronunciarlo cuando mane- jamos esas grandes causas, es quien les asesta el primer golpe. Con nuestro instinto de propietarios introducimos Ja mentira: ya no sabemos reconocer la injusticia en el interior de la secta ni la justicia fuera de su marco. De testigos nos convertimos en partisanos, una mediocridad se insinta en nosotros, un ma- tiz grosero con los hombres y con las ideas, » como, por inercia of | . e . - © ambicion, no hemos abandonado la causa, unimos ese escan- dalo a nuestro vehiculo. Es necesario terminar con las traiciones de la accion como con las traiciones del pensamiento. Y que estemos desde Ja par- tida resueltos a dos principios: El! primero, que actuaremos por lo que somos tanto o mas que por lo que haremos y diremos. Mas que cualquier otro, el que acttta debe revisar constantemente su pensamiento, no para cantar sus glorias, sino para localizar sus debilidades. Colocar- nos en el centro de la luz, pero sentir la opacidad de ese cuerpo y la pesadez de esas manos que interfieren la luz. El pensa- miento es sensible a muchas resonancias. No se piensa con el corazon, pero sin una atmésfera ligera de virtudes permanece- riamos aislados a ciertas inclinaciones y a ciertas claridades. Es la calidad de nuestro silencio interior el que hard resplan- decer nuestra actividad exterior, la acci6n debe nacer de Ja so- breabundancia del silencio. Tal es el tnico medio de liberarla sin que su fidelidad quede a cargo de su generosidad o compro- metida por ella. Siempre abierta, siempre nueva, la fuente es inagotable. Y, sin embargo, esos momentos ya no pesan sobre mi; ya no hieren mis tejidos actos duros, desligados, extrafios los unos para los otros, violentos, sino que Jos hinchan con una actividad de fuente, prieta y libre, tejida de voluntades particu- lares unidas como en un canto. Hagamonos entender bien sobre el segundo principio. Nues- tra accién no esté esencialmente dirigida al éxito, sino al testi- monio. Bien entendido, las ideas no nos aportan alivio si no tu- viéramos la fe, si no tuviéramos el amor, si no desedramos con el mayor fervor su realizacion. Esta no la deseamnos por nos- otros mismos ni necesariamente para nosotros, sino para ellas y para los miles de hombres que todavia no han desesperado. Pero aunque estuviéramos seguros del fracaso, nos pondriamos en marcha de igual modo, porque el silencio se ha convertido en intolerable. Nuestro optimismo no consiste en calafatear el porvenir con nuestros suenos: ¢quién conoce la geografia de los poderes del bien y del mal, de sus promesas, de sus posibilidades? No, nues- tro optimismo no esta vuelto hacia el porvenir como hacia una salida. El éxito es por ahadidura. El reino del espiritu esta en- tre nosotros, esta desde este instante, si yo quiero, a la manera de una aureola alrededor de mi, La esperanza es esto, una virtud 36 presente, una sonrisa en medio de las lagrimas, una pausa en la angustia. La esperanza es la confianza de la fe, no la espera mérbida de compensaciones imaginarias a las decepciones ac- tuales. ; En el otro extremo, y todavia porque somos _testigos, la amargura nos parece tan extrafia como la utopia. Posee cierta grandeza en antecesores de los que renegamos. Pero en defini- tiva la amargura no es una actitud espiritual, es un odio, una retirada, incluso un cauce para la huida. Establece una satis- faccién de la soledad al lado de los satisfechos por la abun- dancia. Estamos en contra de todos los satisfechos. ; Cada accidn tiene un caracter: cuando hayamos conseguido despertar el heroismo en los amargados y el jubilo en los me- diocres, habremos conseguido esbozar el nuestro. Hay suficiente mai en el mundo para mantener nuestro heroismo, el éxito con- tra nuestras debilidades; basta de transfiguraciones ofrecidas a nuestro amor para nutrir nuestra alegria sin conectarlo con el porvenir: el servidor del espiritu es un hombre que tiene siempre una tarea a la mano, un hombre rico al que ninguna ruina agotara jamas. En primera linea se hallan los problemas del pombre. Des bordados por la maquina, en division consigo mismo, exila oO de las patrias que en otro tiempo lo sostenian. Disminuido inte- riormente, amenazado en lo exterior. Por consiguiente, es nece- sario hablar del hombre. ; oo Ningun espiritu esta mas relacionado ni mas diversamente que el suyo: a la materia, a sus vecinos, a todo un universo ma conocido de realidades espirituales. Su vocaci6n no es una vo- cacién solitaria. Es una devociédn permanentemente unida a esas tres sociedades: debajo de él, la sociedad de la materia a la que debe llevar la chispa divina; al lado de él, la sociedad de los hombres, que su amor debe atravesar para unirse a su destino: por encima de él, la totalidad de su espiritu que se ofrece a é y le empuja mas alla de sus limites. En ese sentido real, que cubre toda la amplitud de su vida, es en verdad un ser social por esencia, hecho para la amistad, la amistad del maestro y del acompafiante sostenidas por a amistad del testigo, que es i iempo el servidor y el fiel. " Consitierames materialismo todas las iniciativas del hombre para renunciar a una de sus tres misiones como ser espiritual Desagradable plural que golpeard a algunos falsos amigos de 37 Espiritu. Nuestro Itimanismo se opone en esto a ciertas formas del humanismo contemporaneo, se abre mas o menos am lia- mente, de acuerdo con la metafisica de cada uno de nosotros sobre lo que esta exterior y por encima del hombre: esta abier. to para todos. El hombre esta inserto, dominado: sélo es una parte, un elegido de la realidad espiritual; no aprisiona el espi- ritu, es la abnegacion del espiritu. ® VII. REHABILITACION DEL MUNDO SOLIDO El desconocimiento de la materia es la primera forma de materialismo. El hombre de la Antigiiedad no consiguid nunca llegar a establecer una amistad confiada con la naturaleza. Esta desempetia a su lado su juego de atomos y de elementos ‘sobre el muro de una necesidad inhumana y hostil. Acaso nunca la cosa, en el sentido que repugna a nuestros espiritus modernos lo absolutamente extrafio, fue tan agudamente percibida como por la opinion comun de entonces. Habia, lo sé bien, ese sueno poblado que corria por las fuentes y los bosques pero que es un bastardo de la poesia y del negocio. Ninguna ‘fe se vincula a él, y mucho menos todavia ninguna comunién;: los dioses mis- mos favorables son complices y espias en una tierra extranjera El cristianismo, interesando al mundo entero en la historia del Verbo y la Cruz, ha establecido una amistad entre el hom- bre y la naturaleza y nos cuenta sobre un vasto fresco la histo- ria de una realidad que nuestros oidos no pueden entender di- rectamente. Tapiceria para el poeta, prueba para el santo, via real para el filésofo, es el cauce real por donde pasa la comu- nicacién del espiritu. Existe en él efectivamente una pesadez una resistencia masiva, un impulso al desorden. Pero que el hombre use de é] espiritualmente, para un dominio esclarecido y el obstaculo se convertira en instrumento, educador del es i. ritu por las dificultades mismas que le oponen, m Mage pecesetie acusar a Descartes del divorcio? Tal vez, como warx, Descartes expreso solo en filosofia Ja falta que una civi- lizacién estaria cometiendo ante sus ojos. Se sabe cémo ha se- Paraclo la materia del espiritu, cémo ha barrido de ella todas » lamadas y todos los ecos que la unian al hombre, cémo ese universO que respondia a nuestra voz, que tocabamos con la mano, lo ha entregado, vaciado, al poder de las matematicas Del tejido del mundo las matematicas no han guardado otra 38 | | 1] q il cosa que la superficie mensurable y los juegos cifrados: palida ciudad sin nombres bajo un paisaje sin fondo, sin patina, sin historia, sin alma. E] mundo las tomaba como una pureza y una firmeza desconocidas. Pero el hombre estaba ausente de ellas y no encontraba otra cosa que la ausencia. El universo estaba desdoblado vy el espiritu flotaba, desamparado, sobre ese caos mecanico: abajo, un mundo-maquina, que deriva exclusivamen- te de la técnica; por encima, una superestructura espiritual, tan radicalmente extranjera a él que no tardara en aparecer ineficaz y superflua. Sin embargo, sin el peso de su ser, el espiritu tenia todavia acceso a la nueva ciudad por medio del calculo. Pronto consi- guid hacer maravillas. Se le habia obligado por espacio de siglos a Ja transfiguracién lenta de un universo opaco. Y he aqui que el dardo de su fresca luz rebrincaba a través de un mundo de transparencias. Desencadenaba fuerzas dormidas, el universo de la maquina habia nacido. Los fabricantes de formas suma- rias se han angustiado por el advenimiento del grosero mate rialismo. Pero es necesario que observen esa materia sutil, aler- ta, mas agil que dedos. El hombre tiene demasiado espiritu para no ceder gran parte del mismo cuando hace dadivas. Lo que era mundo opaco adquiere cada dia mas gracia y habilidad. ¢Nuestras ideas siguen siendo todavia tan agiles, tan rapidas, tan precisas? Entonces, he aqui que cobramos confianza debido al disfraz. Ya no creemos en la materia desde que ésta deslum- bra a lo que nos queda de espiritu. No vemos, en esta nueva confusion, que ella se vierta en nosotros mucho mas profunda- mente de lo que nosotros hemos influido en ella. Empieza por afectarnos en nuestra vida cotidiana y exte- rior. El] mundo se hace cada dia mas dificil de comprender, pero cada vez mas facil de manejar. Avanza precipitadamente hacia el confort universal. ¢Es la materia un obstaculo estimu- jante? En algun sitio, en los laboratorios. Practicamente la que fue uno de los refugios del respeto, la gran creadora de hadas y de dioses, hela aqui, conrertida en sirviente perfecta, sin digni- dad propia ni refleja, juguete de nuestros deseos. El mal no esta en la complicacién de la vida material: equé significan algunas mAaquinas en una casa? ¢No tiene mecanis- mos mas complejos que dominar el que dirige una fabrica 0 una nacién? Ni siquiera esta en el amor por el lujo, el cual representa en e! deseo algo similar a la generosidad, un cierto 39 sentido innato de !a grandeza y de la sobreabundancia. No. El mal esta en que el espiritu avanza con paso desigual. Puede apoyarse en ese acrecimiento de fuerzas que le es conferido para saltar mas lejos o consumarlo para incrementar sus delei- tes. Prefiere la solucién facil y refugiarse en el confort. En otro tiempo era necesario conquistar la diversién misma: caza, arte, aventura; en nuestros dias la diversidn se ofrece ella misma: radio, discos, espectaculos deportivos, el hombre que se distrae es un hombre sentado que mira. Sin embargo, aguzado su apetito, se siente interiormente roido por la envidia de cuanto le supera a su alrededor. Las facilidades de la materia nos fabrican un doble rebaiio: de adiposos siquicos dispuestos a comprometer la paz en el paci- fismo de los tranquilos, v de coléricos que la envidia ha lanzado al habito permanente de la discordia, preparados para todas las guerras. Aquéllas llegan atin mas lejos en su seduccién, has- ta la vida intima del espiritu, donde introducen sus costum- bres. El positivismo ha querido que no haya sino ciencia de lo cuantitativo, de lo sensible y utilizable; nada ya de ciencia arqui- tecténica de un universo, sino un andlisis breve y enjuto de las estructuras mecanicas, tendidas hacia una maestria industrial. Como el hombre se nutre de sus conocimientos, toda su alma se ha encogido hasta esa visién mezquina del mundo. Ya no hay conspiraciones mds que para aquello que resulta men- surable. La grandeza es un cierto ntimero de ceros a la derecha, renta, tirada, subastas. El tiempo, que es la paciencia y la espe- ranza del mundo, lo funde en esa perspectiva para la apologia de esa velocidad. Se muestra avido de récords, no por lo que representa como esfuerzo de tensién humana, de duracién ple- na, sino por una especie de embriaguez cada vez mayor en un corazon matematico, como el que hace erguirse a todo un pue- blo alrededor de las estadisticas del Piatiletka. ¢Una materia que ya nada tiene que decir al espiritu, si no es para pedirle sacudidas cada vez mas violentas, al objeto de mantener des- pierta una agitacién que pretende conocer mejor que la inteli- gencia? El cinema, especie de pan espiritual de las multitudes, cuando no vacia el espiritu habitia la imaginacioén a fuertes presencias visuales, las deteriora y la deja impotente ante una vida que no ofrece ni planes trascendentales, ni efectos, ni esas insistentes explicaciones visuales de las almas. La compiicacion mecanica que golpea sensiblemente es la unica revelacion de la complejidad para el gran numero de los que no tocan, por otra 40 parte, el pensamiento sino a través de media docena de formu- las aprendidas. Algo de misterio se desprende de aquélla, se im- pone, pues es necesario constatar aqui, Si se abren los ojos, la existencia de muchos elementos: asimismo creen de buen grado que ella posee el secreto de cualquier misterio. . Al lado de ese galope de estadisticas y de ese vertigo de virtuosidades, los valores duraderos aburren, porque exigen una mirada inmaterial, una conversacién paciente, una busqueda oscura. Salid de ese tumulto de grandezas sensibles, de ese ner- viosismo que origina ilusiones sobre la densidad espiritual de una época y sed capaces de apreciar an matiz de gusto, una virtud humilde, un heroismo con apariencia de vida cotidiana. He ahi que sois incapaces de percibir el sabor del mundo fuera de lo sensacional, de lo pintoresco, de la falsa novedad; satis- fechos de insipideces, con tal que un estimulo nervioso os sacu- da con intermitencias. ; En fin, como la materia no es ya otra cosa que un instru- mento servil de ia industria, todas sus bellezas propias, que constituven el espeso tejido de nuestra poesia y nuestra vida, se funden y borran ante una admiracion tinica: da admiracién de la potencia mecanica; al mas inutil, por el facil Secreto ‘ algunos pulsadores, aportan la ilusion, de un dominio de cua no hubiera sido capaz en un mundo sin palancas; al mas habil ella le confiere el prestigio de un Dios. ; ; Ese mundo descarnado significa buscar un lenguaje. Necesi- taba un signo suficientemente mensurable v sensible, capaz a la vez de distribuir el poder y el bienestar. Lo ha encontrado: el dinero. Toda la vida de la materia ha refluido, para luego disolverse en ella. El usurpador se ha instalado en el lugar de las cosas y las ha aterrorizado con su deseo o su terror. Como intentaban aquéllas escapar de él por medio de esa trasparen- cia inteligible que las inclinaba hacia el espiritu, se ha hecho Dios y ha impuesto su culto. Metafisica y decadencia social, materialismo y venalidad se reunen y entrecruzan en él. Partes anénimas, que ninguna finalidad conecta a ninglin conjunto ni a ningun valor, se convierten en nttmeros intercambiables; por consiguiente, comprables. Los cuerpos y el amor, el arte, la in- dustria: ei dinero ha devorado toda materia. Inaprehensible e impersonal, sostén de sociedades anonimas, proveedor ciego de municiones de una guerra permanente, ha conseguido lo que no habian Nevado a cabo ni el poder ni la aventura: instalar en el corazon del hombre el vieio suefio divino de la bestia, la » 41 posicién salvaje, irresistible e impune de una materia esclava e indefiniblemente extensible bajo el deseo. Es necesario que la materia reconozca su lugar y su alma para que podamos reencontrar el camino. Es el espiritu quien da solidez a las cosas. Que renueve ante todo con él esa domes- ticidad que la devoivera su vida interior, su transparencia, la paz ardiente y organica de sus partes. Para cualquier uso que no sea la ciencia analitica o la explotacién industrial, borremos entre ella y nosotros esos sustitutos abstractos: el dinero, el nombre, el esquema visual. Aprendamos de nuevo el sentido carnal del mundo y el compafierismo con las cosas; al hacerlo nos acercaremos a una poesia, y ello significaraé ya una primera eclosion en las nuevas floraciones de este alma moderna empo- brecida de colores y endurecida con banalidades. Pero deberemos esperar algo mas que una poesia. El espiri- tu esta asqueado de su exilio entre los sabios y los charlatanes. Esté avido de presencias, y este furor carnal en el que algunos se precipitan es un signo gesticulante de renovacién espiritual. Si permanecen dormidos, es que aprisionan en la materia un ardor que esta hecho sélo para horadarla. La complacencia, incluso en esas regiones primitivas, que ilumina va un rayo de amor, no es un primer impulso mistico, sino Ja aceptacién de una facilidad: quien se detiene en ella en lugar de apoyar su pulso en la misma para afirmar su vigor, se incrusta en ella y queda mediatizado. No hay ningun movimiento espiritual que tenga su fin en una contemplacion unitaria de la materia. Y, sin embargo, estamos todos implicados en ella. La mas inmediata, la mas familiar, es la que nos habla de todo y la que nos habla antes que nada. Ella teje el camino de la verdad y el rostro de los hombres. Escribe nuestras vicisitudes. Ella, esa contemplacion, es la compafiera de todo el drama. Sobre todo, restaurada en su papel, lejos de arrastrarnos a las facilidades, es el mas grande consejo de nuestra vida, el que nos revela la debilidad v nos llama ai esfuerzo. Esta incertidumbre y el peso que dafia mi vida vuelvo a encontrarlo en su corazon. Pendiente insensible de degradacién, arruga de envejecimiento sobre toda madurez, muerte interior de toda historia. Todo lo que es huma- no queda localizado, lastrado, atado por ella, agravado por sus inquietudes y sus fatalidades. He ahi por qué el sentido espiritual de Ia materia no es apetito salvaje ni cierta embriaguez espléndida, sino ante todo 42 una ternura. Cuando ha conseguido imprimir en nosotros esa huella no debemos temer sus consecuencias. ¢Es que serlamos tan mezquinos como para asignar limites al cuerpo del hombre o a los secretos de la naturaleza? Quien gime en la zahurda ¥ en el cabriolé porque necesita de cualquier modo vivir con el tren del mundo, pierde en remover lamentaciones el tiempo para crear un alma y una poesia a ese mundo inevitable. Se ha hablado, y mucho, de las tentaciones de la maquina: las hemos presentado como mas graves para nuestros espiritus que para nuestras vidas. Seran inofensivas si rechazamos Ja facil genero- sidad y el deleite de la materia y no la aceptamos sino como un Hamamiento a nuestro esfuerzo y a la manera de promesa de un nuevo trabajo. Sin la materia, nuestro impulso espiritual se perderia en el suefio o en Ja angustia. Ella lo doblega y lo obs- taculiza, pero le debe su lozania y su capacidad de accién. Basta con abordarla con espiritu exigente. VIII. REHABILITACION DE LA COMUNIDAD Sdélo hay sociedad entre miembros distintos. Las dos here- jias de toda sociedad posible son la confusion y la separacion. El hombre que se evade de la materia se €.¢ 1 hombre que sé Asi sucede en la sociedad que los hom- bres constituyen entre ellos. Cada uno crece en ella vertical- mente, hacia su libertad, su personalidad, su propio dominio; pero es asimismo Hamado a un intercambio horizontal de abne- gaciones. . . La historia parece haber querido disociar el descubrimiento de esta doble vocacién. Tras dos tentativas para armonizarla, la antigua y la cristiana (me limito a Occidente), un primer humanismo abstracto se constituyé a partir del Renacimiento, dominado por la mistica del individuo; un segundo humanismo tan abstracto y no menos inhumano se constituye hoy en la URSS, dominado por la mistica de lo colectivo; la lucna gigan- tesca que se libra bajo nuestros Ojos no se centra alrededor de cierto tipo de paz o de ciertas formulas de bienestar. Hace fren- te al primer Renacimiento, se desmorona, y al segundo que se prepara. Lo tragico del combate es que el hombre se halla en los dos campos; si uno aplasta al otro, pierde una mitad inalie- nable de si mismo. 43 Es necesario situar al individualismo en toda su amplitud. No se trata solamente de una moral. Es la metafisica de la so- ledad integral, la unica que nos queda cuando hemos perdido la verdad, el mundo y Ja comunidad de los hombres. Soledad frente a la verdad: yo no pienso como los otros en formas y bajo una luz comunes, sino separadamente, los que- brantamientos de la emocién y las notas concretas que hacen mi conocimiento unico e incomunicable. Soledad frente al mun- do: he aqui bien encerrado en la volubilidad de mis sensacio- nes o en la aventura inmanente de mi razon; ya no se trata, para darme a mi mismo ante mi tribunal cierto valor, de ser consciente, sincero y total; la preocupacién de la sicologia, y pronto de la psicologia pintoresca llamada psicopatologia, reem- plaza en mi la preocupacién metafisica: slo estimo en mi lo que me diferencia, aunque la diferencia se derive del gesto amargo o del mal. Soledad frente a los hombres, «puedo yo llamar yo a este individuo abstracto, buen salvaje y paseanie solitario, sin pa- sado, sin porvenir, sin relaciones, sin carne, sobre el que ha descendido el fuego de un Pentecostés que no une nada: su li- bertad soberana? El mundo moderno le ha querido suficiente como un Dios, libre de todo lazo y viviendo del precioso des- arrolo de su espontaneidad. Se ha imaginado la abnegacion, la comunion, el don, bajo la imagen groseramente espacial de la exteriorizacioén, y se ha persuadido, uniéndose a su egoismo esencial por medio de una habil delicadeza moral, de que toda relacién con el otro es una odiosa limitacién. En el mundo de los pensadores y de moralistas se denosta todavia a las filo- sofias que introducen una exteriorizacién en su visién del mun- do y un intercambio de realidades, convertidas en sutilezas hasta el punto de no significar ya intercambio. Se quiere al individuo tan ingravido e interior a si mismo que sus propias decisiones le importunan. Siente incluso su propio peso, su vo- luntad le molesta y con ella toda fidelidad que tenga un espesor de tiempo: la apologia del acto gratuito rompe esta ultima ca- dena que le mantenia en conversacion, en eleccié6n con si mis- mo, y recreaba la sociedad en el seno de la célera. Los egoismos sutiles podran argumentar sutilmente: en ese punto de rechazo ya no queda otro valor mas que la afirmacion brutal de si mismo; afirmacion de conquista, puesto que ese coraz6n del hombre, al perder el gusto de acoger, ha perdido el deseo de dar. E! hombre medio occidental ha sido configu- 44 rado por el individualismo renaciente, y Jo ha sido durante cua- tro siglos alrededor de una metafisica, de una moral, de una practica de la reivindicacién. La persona ya no es un servicio dentro de un conjunto, un centro de fecundidad y de don, sino un hogar de resentimiento. ¢Humanismo? Este humanismo rei- vindicador no es mas que un disfraz civilizado del instinto de poder, el producto sobriamente impuro que podia dar en un pais templado bajo la vigilancia dominante del pensamiento analitico y de] juridicismo romanos. No acusemos de ello ni al pensamiento analitico, que no es- taba destinado al atomismo, ni a la nocién de derecho, mucho menos sumaria y unilateral que la de reivindicacién. Pero su desviacién inmediata por el instinto las empujaba a ese declive del dia donde perdian, por su pureza, el control. Hay todo un psicoanalisis a hacer en este individualismo, cuyo lenguaje su- blimado en términos de libertad, de autonomia, de tolerancia, ha cubierto el reino brutal de las concurrencias, de los actos de fuerza. El instinto subyacente se ha cubierto con todas las dignidades de la persona: la prudencia sobre la avaricia, la in- dependencia sobre el egoismo, e] dominio de la accion sobre pequefios sentimientos de propietario. Hemos dibujado con tra- zos tan duros, hoy, alrededor de nuestro sentido propio, esta linea de defensa y de susceptibilidad, la hemos considerado también y sensibilizado ademas por medio de toda una instru- mentacidn de intereses y de emociones, nos hemos acostumbra- do tanto a tomar todo esto por virtudes, que sera necesaria toda una revelacién nueva para hacer saltar el cerco: ese asom- bro delante de nuestra propia vida puede ser el Oriente que nos traera un dia. _ Y no solamente tendra que quebrantar a individuos rebel- des, pues éstos han conseguido vaciar y encerrar toda realidad colectiva de acuerdo con su propia imagen. El universo huma- no, bajo su esfuerzo desordenado, se ha distendido en una pol- vareda de mundos cerrados: profesiones, clases, naciones, inte- reses econdémicos. Las fronteras ya no introducen contactos; todas las fuerzas se repliegan sobre ellas mismas, con espacios infinitos en medio. De este modo nos engahamos sobre el valor de humanidad de esos magmas sociales. No hieren al individuo por encima de ellos mismos, sino que le hacen enmohecer en otro ellos mismos, mas implacable, galvanizado por la concien- cia del numero y las amplificaciones de la mitologia coiectiva. No contribuyen a desarmar e] egoismo, lo consolidan en su sufi- ‘ 45 ciencia, auroleandole con un nimbo sagrado, como si lo justo y lo injusto cambiase con la escala. Tales son las sociedades creadas por el liberalismo y por las unicas potencias auténticas liberadas por él. Todo lo demas es construccién de juristas, precios desbordados por las fuerzas que no lo quieren reconocer. Creen haber hallado una soldadu- ra, entre esos seres desmembrados, en el intercambio de sus voluntades libres. Desde hace cien afios contemplamos en Fran- cia como el legislador corre detras de la realidad con sus pe- quefias soluciones debajo del brazo. Quiza es necesario, suficien- te, para establecer un derecho. Necesario, suficiente, he aqui con qué liviano corazén voy a poder demostrar a ese huelguista una seguridad bien confortadora, una armonia embellecedora; que es debido al contrato libre de trabajo por lo que se ha comprometido a dar de comer con ocho francos por dia a la pequefia familia que un afortunado destino le ha dado; a ese soldado japonés, que es por el libre contrato de sociabilidad por lo que acepta cazar chinos; y a los habitanies de esa son- riente prisién de Ginebra, un dia visitada por Rousseau, que sus cadenas son la mas asombrosa creacién de su propia liber- tad. Libertades que se equilibran, pero ¢dénde esta el equili- brio, dénde esta el debate entre el usurero y el comerciante, entre el trust y el emprendedor aisiado, entre el vencedor y el vencido, entre las compaitias y yo, cliente del ferrocarril, del teléfono, de la seguridad? Dejad hacer, dejad pasar al mas fuer- te. En ese régimen sin alma ni control, la libertad es el robo. Cuando se nos dice que la organizacion de la justicia constituye la utopia, yo veo aparecer la oreja de quien me habla, y si quien lo hace es sincero, entonces es que vive en la utopia de creer que, abandonados a ellos mismos, no son capaces de orga- nizar espontaneamente hecatombes humanas. Si se rechaza toda coerciédn es necesario ir hasta el final: ¢para qué obedecer a ese gendarme, a mi voluntad de ayer, a mi palabra dada, si mi libertad de hoy protesta contra esos compromisos? Asistimos desde hace algunos afios a la agrada- ble paradoja de que los profesionales de la libre accién son los mas implacables, a pesar del tiempo que pasa y cambia las si- tuaciones de los hombres, en proclamar la eternidad de las adhesiones acordadas. Un contrato. Un contrato cuyo valor es puramente formal v se hace posible sdlo por la coincidencia instantanea de dos voluntades es, cuando se prolonga, el ins- trumento mas seguro de tirania sobre el porvenir y contra la 46 justicia; sorda y solemne referencia que quiere escribir la his- toria. Hemos inventado los legistas, sepamos recordar asimismo que, entre nosotros, ha sido inventado también San Luis, que devolvia al enemigo las tierras injustamente conquistadas. Para salvar Occidente rechacemos los pecados de Occidente. Rom- pamos con el formalismo de una vez: la libertad no hace la justicia, la sirve. La grandeza de los colectivismos esta en la lucha confusa que lleva a cabo desde hace un siglo para encontrar de nuevo la universalidad perdida. Comte, Durkheim, tentativas agotadas que no arrastran la maquina. Se busca la union alrededor de ideales formales, proyectados desde la escuela hacia la vida. Mas organica es la obra que se ha insinuado en las costumbres por la cooperacién y la asociacién. Construida a escala de las horas v de los hombres, mantiene atin, como en Fourier, en Proudhon e incluso en Saint-Simon, esa preocupacién de Hamar a la persona a la edificacién del lazo colectivo y de salvaguar- darle su propia vida en la nueva ciudadela. Marx romperia las Ultimas ataduras que la inclinaban sobre si misma para disol- verla en Ja realidad social. Se trata de una curvatura que des- aparece en ei universo en esa gran capa indiferenciada de la clase, en el que cada miembro es una pieza viajera e mter- cambiable en la devocién por el bloque. Mistica de la fusion total en el dios inmanente, que ha arrebatado todas las predis- posiciones religiosas del alma rusa. Pero una renuncia no eleva al hombre si no penetra profundamente en su corazon, y ese vasto conformismo econémico donde la pasién de clase y la embriaguez de las relaciones de fabrica intentan acaparar el pesado destino de los corazones no es sino una universalidad muy préxima a la materia, por muy poderosa que sea su energia. No nos hacemos ilusiones respecto a la calidad de las fuer- zas que luchan hoy contra el comunismo. Quitad el miedo, la vulgaridad, los intereses del dinero, el odio de clases, los mi- llares de pequefias contrariedades, prevaricaciones y comodida- des del individuo que se erizan y podréis sopesar lo que queda de indignacién pura. Debido a que intentaremos comprender, y porque nos situaremos en un centro de oposicion que no tendra ninguna relacién con egoismos amenazados; debido a que nos dispondremos a sacudir sin miramientos esos egois- mos, es por lo que esperamos su hostilidad. Sabemos perfecta- mente lo que molestamos, incluso en los menos afectados, y conocemos los vieios anquilosamientos que crujen. Pero si se AT quiere rendir justicia a lo que es humano y triunfar sobre lo inhumano, sera necesario que se nos siga a esos centros donde el interés ya no tiene voz. Si hace falta una oposicién para defender y salvar a la per- sona, nosotros somos de esa oposicién. Pero nos negamos, al combatir por la persona, a combatir en favor de esa realidad agresiva y avara que se oculta tras ella. Una persona no es un haz de reivindicaciones vueltas hacia dentro en el interior de una frontera arbitraria y de cierto desconocido e inquieto deseo de afirmacion. Se trata de un estilo reductor de las influencias, pero ampliamente abierto a ellas, un poder orientado de espera y de acogida. Se trata de una fuerza nerviosa de creacion y de dominio, pero en el seno de una comunién humana donde toda creaci6n es un resplandor, todo dominio un servicio. Es una libertad de iniciativa, es decir, un hogar de acciones que se inician, una primera inclinacién hacia el mundo, una promesa de amistades multiples, un ofrecimiento de nosotros mismos. Solamente nos encontramos al perdernos; sdlo se posee aquello que se ama. Vayamos mas lejos, hasta el limite de la verdad que nos salvara: sdélo se posee lo que se da. Ni reivindicacién ni dimisién: rechazamos el mal de Oriente y el mal de Occiden- te. Creemos en un movimiento penetrado por la interiorizacién y el don. Hallar de nuevo esta estructura ambigua, depurar el reco- gimiento de la persona sobre si misma de toda contaminacién con los pecados de la propiedad y arrojarla al mismo tiempo en la direccién de esa gran Pascua del don, de Ja resurreccién de la universalidad en el corazén de los hombres, que es, a tra- vés de las formas mas sumarias, la gran noticia de este tiempo, he aqui la tarea de la filosofia y de la humanidad de manana. Seria utopia esperarlo de la espontaneidad de las costumbres: he ahi por qué queremos rodearlos de una red de organismos directores. Pero es una utopia similar el perseguirla por una sutura exterior de los hombres bajo la férula de los técnicos y la coercién usurpada de una clase; el espiritu corroe como una enfermedad las empresas que no llega a animar como un principio. Hemos visto nacer en Jos ultimos tiempos un poco por do- quier esa preocupacién de volver a hallar el movimiento inte- rior del hombre concreto. Pero una vez que la intencién se expresa, jcudntos desfallecimientos de perspectivas! Se esta unido por el vago sentimiento de que hay algo que buscar; 48 que no sélo el cuerpo del hombre se ha hecho demasiado gran- de para su alma, como denuncia Bergson, sino que en lugar de disefar dentro de formas nuevas una intencién mas perfecta del espiritu, ha crecido como un cancer, tejido enfermo y mal- formacién; que a mitad de camino entre el hombre interior y el hombre social se ha fabricado para cada uno de nosotros un alma artificial y derrotada, una red de abstracciones sin inti- midad con nuestros amores. El hombre artificial, el hombre del individualismo (3), soporte sin contenido de una libertad sin orientacién. El hombre artificial, el ciudadano sin poder que elige al lado de los poderes a los hombres que venderan el po- der. Es artificial el hombre econémico del capitalismo, sus ma- nos y su mandibula aparecen como en Picasso. El hombre artificial, el] hombre de una clase, es decir, de un conjunto de costumbres, de conveniencias y de expresiones soldadas por la ignorancia y el desprecio. Pero artifices vivientes, tiranicos, ser- vidos por la facilidad y la inercia. Sélo los comprendemos ha- Nando de nuevo, muy por debajo del nivel en que aquéllas actuan, el destino organico y global del hombre. Pero volvamos al centro: el hombre concreto es el hombre que se entrega. Y como no hay generosidad mas que en el es- piritu por la via del mundo y del trabajo, el hombre concreto es el hombre contemplativo y trabajador. EstA ante todo hecho para indagar la verdad en el mundo; no estan hechos, él y sus facultades, para domefar a la materia © consiruirse un confori. Detras de las reivindicaciones y las impaciencias del trabajo hay siempre esa nostalgia y esa espe- ranza de la contemplacién. Compromiso en una materia, el des- tine del trabajo no consiste en espiritualizarla. Segunda vo- cacién del hombre: no es sino una forma contingente de la pri- mera forma. He ahi por qué, si implica siempre algunas dificul- tades porque es una lucha con resistencias, mas pesadas por la existencia de un mundo mal hecho, debe ser, sin embargo, una actividad libre y alegre, a nivel de la mas elevada, porque extiende en e] mundo la fecundacién del espiritu. La contem- placién progresiva del hombre, por otra parte, es también un trabajo sobre una materia, y sin éste se desliza hacia la facili- dad. En todo trabajo recae una dignidad nueva. Porque la labor es la ley del espiritu encarnado del mismo modo que es la ley de su carne, fa labor, en la naturaleza, no puede ser ya con- (3) Preferimos decir artificial mas bien que abstracto. Como se vera luego, Jos peores malentendidos encubren este segundo término 49 cebida, como pensaba Descartes, como una tiranfa material: es a la vez una conversacién y una conquista moral. Esta profundizacion de si hasta los principios que nos hacen hombres, cada uno io lleva a cabo por su cuenta sobre esos dos caminos, con frecuencia entrelazados, de la contemplacién y del trabajo. Sociedad impura e inhumana que prohibe a unos los placeres de la vida interior y endurece a los otros con el menosprecio de la profesidn. Pero debido a que los hombres son hombres, a pesar de la adversidad, siempre se abren camino a través de esa doble his- toria. A través de los paisajes amados o detestados, es como el agua solitaria donde el mundo entero se refleja para ellos. Los problemas aislados que se distribuyen los investigadores llegan a conocerlos en ese espejo movil. Es por esta razén por lo que nos inclinamos con tal ternura sobre sus vidas privadas: con- templamos vivas en ellas nuestras mds preciadas preocupa- ciones. También ellos deben aprender a contemplarlos. Parece que tengamos temor por partida doble de nuestras diferencias indi- viduales, principio de nuestras soledades, y de las exigencias de nuestra humanidad, principio de nuestra inquietud. Por pereza o frivolidad, para escapar a unas y otras nos olvidamos a nos- otros mismos dentro de personajes calcados en los uniformes que se transmiten las generaciones o sobre esas tradiciones en extension que hacen proliferar las modas. Una novela significa abrir, un boquete en ese desfile. Una vida profunda significa dispersarla a medida que se reconstituye con medios mas raros. Es escapar ante todo a las banalidades superficiales, a las ma- neras sumarias de sentir y de pensar a que nos compromete una ciencia primaria y los faciles modelos de la opinion comin, del periddico, del cinema comercial. Es necesario luchar con- tra toda mi vida, pues inevitablemente yo mismo engendro lo banal: apenas rozo Ja impresidn o la idea, alguna cosa se agosta solo por el contacto; cierto fracaso, nacido de mi aprension, se apodera de ella, y luego no hara sino extenderse y endurecerse a medida que el tiempo afianzara en ella mi presencia. cEs, pues, a esto a lo que me lanzais? gA esta decoloracion de todas las cosas bajo mi propiedad, a esa sinonimia de todos mis bienes? No se trata de la noche oscura que es necesario superar siempre por medio cde nuevas profundidades. No inten- temos aturdirnos ante las facetas de nuestra alma ni liberarnos del caracter gris del mundo por la busqueda de lo raro. Nada So escapa a la degradacién lenta, y por la avaricia de nuestras sen- saciones no obtendremos alivio, sino por Jo barroco y lo sofis- ticado. Ahora bien: cambiemos el sentido de nuestras relacio- nes con el universo, arrojemos nuestras riquezas descoloridas a la luz que solo ilumina en un sentido, aquel en el que ella se da. La indiferencia es el camino mas ordinario de la dureza: es arrojandonos fuera de nosotros como escaparemos a las in- diferencias. La vida colectiva, a condicion de que enraice a su- ficiente profundidad, no significa esa regimentacién del alma que se nos describe. Sdlo se posee, decimos nosotros, aquello que se da. Hemos podido hacer de esta verdad de nuestra na- turaleza una metafisica de la persona; es en si misma la metafi- sica no contradictoria del colectivismo al que aspira nuestro tiempo, al que debemos ayudar y rectificar con todas nuestras fuerzas indicandole su direccién humana: ésta significa enton- ces que el amor diversifica lo que une, y por éste sdlo el mundo adquiere algun color. El amor infunde seguridad, el colectivismo inquietud. Esto ocurre siempre porque no se ven las exigencias del primero y porque se han falseado las del segundo. Bajo un nombre u otro, siempre tendremos que hacer el aprendizaje de aquello. Porque nos morimos en nuestros individuos, porque el mundo nos em- puja a ello con violencia, y mucho mas aun porque el amor es una ley eterna, y es ya excesivo el tiempo durante el cual ha sido disminuido sistematicamente. Habra que expulsar los vie- jos males de todas partes. Aprendamos el sentimiento de lo extrafio. No contra todo vinculo: un ambiente amado realiza en nosotros la unidad de los efectos por un tono que aporta a nuestra vida interior; sa- tisface hasta en nuestra soledad una necesidad de presencia y de comunioén. Pero todo afecto tiende a replegarse sobre si mis- mo, toda unidén a soldarse en egoismo. Por muy acogedores que seamos, avancemos hasta los bordes: hay siempre exilados en nuestro corazon. Rechazar, establecer un orden de preferencias, de acuerdo; pero también desviarnos de la perezosa ignoran- cia, salir de nuestro cobijo, de la casa, del sillén, de la degra- dacién de las cosas de cada dia. Nuestras propias intimidades, liberadas de sus egoismos, se hardn asi mas firmes, mas vigo- rosas, y resonaran con todas las presencias que habran recono- cido en sus fronteras Amemos lo que es joven y prédigo. No se trata de dinamis- mo, ese lugar comtin de los fildsofos verbosos. Se trata de una 1 un cebida, como pensaba Descartes, como una tirania material: es a la vez una conversacién y una conquista moral. Esta profundizacion de si hasta los principios que nos hacen hombres, cada uno lo lleva a cabo por su cuenta sobre esos dos caminos, con frecuencia entrelazados, de la contemplacién y del trabajo. Sociedad impura e inhumana que prohibe a unos los placeres de la vida interior y endurece a los otros con el menosprecio de la profesién. Pero debido a que los hombres son hombres, a pesar de {a adversidad, siempre se abren camino a través de esa doble his- toria. A través de los paisajes amados o detestados, es como el agua solitaria donde el mundo entero se refleja para ellos. Los problemas aislados que se distribuyen los investigadores llegan a conocerlos en ese espejo movil. Es por esta razon por lo que nos inclinamos con tal ternura sobre sus vidas privadas: con- templamos vivas en ellas nuestras mas preciadas preocupa- ciones. También ellos deben aprender a contemplarlos. Parece que tengamos temor por partida doble de nuestras diferencias indi- viduales, principio de nuestras soledades, y de las exigencias de nuestra humanidad, principio de nuestra inquietud. Por pereza o frivolidad, para escapar a unas y otras nos olvidamos a nos- otros mismos dentro de personajes calcados en los uniformes que se transmiten las generaciones o sobre esas tradiciones en extension que hacen proliferar las modas. Una novela significa abrir. un boquete en ese desfile. Una vida profunda significa dispersarla a medida que se reconstituye con medios mas raros. Es escapar ante todo a las banalidades superficiales, a las ma- neras sumarias de sentir y de pensar a que nos compromete una Ciencia primaria y los faciles modelos de la opinién comun, del periddico, del cinema comercial. Es necesario luchar con- tra toda mi vida, pues inevitablemente yo mismo engendro lo banal: apenas rozo la impresion o la idea, alguna cosa se agosta sdlo por el contacto; cierto fracaso, nacido de mi aprension, se apodera de ella, y luego no hard sino extenderse y endurecerse a medida que el tiempo afianzard en ella mi presencia. cEs, pues, a esto a lo que me lanzdis? ¢A esta decoloracién de todas las cosas bajo mi propiedad, a esa sinonimia de todos mis bienes? No se trata de la noche oscura que es necesario superar siempre por medio de nuevas profundidades. No inten- temos aturdirnos ante las facetas de nuestra alma ni liberarnos del caracter gris del mundo por la busqueda de lo raro. Nada 6 mn escapa a la degradaciodn lenta, y por la avaricia de nuestras sen- saciones no obtendremos alivio, sino por lo barroco y lo sofis- ticado. Ahora bien: cambiemos el! sentido de nuestras relacio- nes con el universo, arrojemos nuestras riquezas descoloridas a la luz que sélo ilumina en un sentido, aquel en el que ella se da. La indiferencia es el camino mas ordinario de la dureza: es arrojandonos fuera de nosotros como escaparemos a las in- diferencias. La vida colectiva, a condicion de que enraice a su- ficiente profundidad, no significa esa regimentacién del alma que se nos describe. Sélo se posee, decimos nosotros, aquello que se da. Hemos podido hacer de esta verdad de nuestra na- turaleza una metafisica de la persona; es en si misma la metafi- sica no contradictoria del colectivismo al que aspira nuestro tiempo, al que debemos ayudar y rectificar con todas nuestras fuerzas indicandole su direccién humana: ésta significa enton- ces que el amor diversifica lo que une, y por éste sdlo el mundo adquiere algiin color. El amor infunde seguridad, el colectivismo inquietud. Esto ocurre siempre porque no se ven las exigencias del primero y porque se han falseado las del segundo. Bajo un nombre u otro, siempre tendremos que hacer el aprendizaje de aquello. Porque nos morimos en nuestros individuos, porque el mundo nos em- puja a ello con violencia, y mucho mas atin porque el amor es una ley eterna, y es ya excesivo el tiempo durante el cual ha sido disminuido sistematicamente. Habra que expulsar los vie- jos males de todas partes. - Aprendamos el sentimiento de lo extrafio. No contra todo vinculo: un ambiente amado realiza en nosotros la unidad de los efectos por un tono que aporta a nuestra vida interior; sa- tisface hasta en nuestra soledad una necesidad de presencia y de comunion. Pero todo afecto tiende a replegarse sobre si mis- mo, toda unidén a soldarse en egoismo. Por muy acogedores que seamos, avancemos hasta los bordes: hay siempre exilados en nuestro corazén. Rechazar, establecer un orden de preferencias, de acuerdo; pero también desviarnos de la perezosa ignoran- cia, salir de nuestro cobijo, de la casa, del sillon, de la degra- dacion de las cosas de cada dia. Nuestras propias intimidades, liberadas de sus egoismos, se haran asi mas firmes, mas vigo- rosas, y resonaran con todas las presencias que habran recono- cido en sus fronteras Amemos lo que es joven y prédigo. No se trata de dinamis- mo, ese lugar comtin de los fildsofos verbosos. Se trata de una 31 dolorosa experiencia. Cada dia vemos gente, que defienden co- mtnmente el espiritu, confundir lo eterno con lo rancio y con- ferir un odio perverso, agresivo, diabélico, un odio de viejo a todo cuanto nace y porta la promesa del mafiana. Es que la juventud, como lo exirafio, nos empuja fuera de las atmésferas calidas v de los lugares comunes. Su virtud no consiste en cam- biar ef mundo: el cambio puede ser retroceso, y lo novedoso no es siempre nuevo. Su virtud consiste en ser la juventud, es decir, esa pureza interior, esa buena disposicién, la frescura y la abundancia que vemos mas particularmente en las cosas que acaban de nacer. Debemos ser j6venes y nuevos, no porque el ser sea movimiento, sino porque la duracién material momifica y s6lo hay un medio de permanecer puros, bien dispuesios, fres- cos y prédigos: el de renacer siempre. Paradojas del mundo: del mismo modo que el abandono consolida a la persona, es la perpetua renovacion lo que salvaguarda las riquezas eternas. Una direccion, un contorno, he ahi la verdad; pero en el inte- rior de un viaje inagotable. Cultivemos, en fin, esa pobreza del espiritu que lo recondu- cira al habito de lo universal, como la pobreza de bienes, toca- via algunas veces en nuestro mundo endurecido por el dinero, ensefia el amor a los hombres. Detestemos la busqueda deca- dente de todas las rarezas, las que obstaculizan el designio de los individuos y las que nos paralizan en lo pintoresco de las diferencias regionales o nacionales. Amemos el lujo que deriva del conjunto, v no aquel que sdélo se incrusta en los detalles. Despojémonos de todas esas riquezas que se exhiben como una ensefia o una alhaja vistosa; a fuerza de esa simplicidad con- quistadora, volveremos a encontrar la unicidad de todas las cosas y de toda persona en la revuelta del amor universal. An- tes, nuestros amores particulares sdlo seran idolatria. Después, se hallaran tanto mas nutridos y enraizados cuanto mas envol- ventes y separados. La actividad propiamente intelectual, que nos arroja fuera de las realidades universales, es uno de los mejores caminos hacia el reino del amor. Por medio de todas esas vias hemos de llegar a crear un hadbito nuevo de Ja persona, el habito de ver todos los proble- mas humanos desde el punto de vista del bien de la comunidad humana vy no de los caprichos del individuo. La comunidad no es todo, pero una persona humana aislada no seria nada. El comunismo es una filosofia de la tercera persona, impersonal. Pero hay dos filosofias de la primera persona, dos maneras de 52 piconet iter nlite rim ae pensar y de pronunciar la primera persona: estamos en contra de la filosofia del vo y en favor de la del nosotros. IX. REALISMO ESPIRITUAL Si estuviésemos atentos, sentiriamos que los hombres no son nuestros unicos semejantes. Al lado de cllos y de la mate- ria conocemos un tercer vinculo de sociedad, todavia mas inti- mo, el que nos ata a la realidad espiritual. Es un dominio solo en la medida en que se aplica al gobierno de nosotros mismos, sélo un compafierismo después de los méritos de una dilatada familiaridad. Por encima de todo esto es espera v acogida. ¢Existe una respuesta a esta espera? ¥ luego, gel movimien- to que esta en nosotros tiene su fin fuera de nosotros? Una larga tradicidn idealista encierra el espiritu —puesto que se le encierra, pese al campo que se le concede— en un poder indefinido de crearse a si mismo creando la realidad del mundo. Para ella, cuando hablamos de un objetivo real, nos engafiamos con una ilusién: proyectamos delante de nosotros nuestra conciencia futura, que imaginamos realizada en un mundo inmovil, semejante al de nuestro conocimiento actual, pero consolidado en un ideal o en un Dios. Es una especie de rito magico por el que pensamos asegurarnos contra la nada, lo desconocido, la inquietud. Una compensacion que damos a la molestia de un pensamiento movil e insatifecho. Lo que lla- mamos objeto no es, pues, una realidad que nos Hama y nos enriquece, sino una proyeccién de nuestro miedo y de nuestro deseo de confort, una satisfaccién que nos ofrecemos; final- mente, un obstaculo a la vida aventurera y libre del espiritu. El pensamiento es por si mismo su propio objeto, no encuentra nada, se termina en sus limites provisionales, es inmanencia pura. Por tanto, no hay verdades ni grandes elecciones absolu- tas: al espirita le basta con funcionar bien, siguiendo ciertas reglas constitutivas, y, por otra parte, maleables, v con ponerse de acuerdo consigo mismo. Le quedan abiertas otras tres vias: o el autoandalisis, v la psicologia descriptiva reemplaza a la pre- ocupacién de juzgar; o la busqueda utilitaria, que, falta de pe- netrar la realidad de los seres, les exige pequefios servicios; o, en el caso de almas mas exigentes. una especie de metafisica de la aventura intelectual donde la filosofia, en fin, adquiere una 53 grandeza, pero se degrada o se entrega a las fuerzas vecinas, hastiada de su propio alimento. Mas egoismo, a pesar de la apariencia; egoismo menos visi- ble, porque en lugar de separar a seres de carne, se relaciona con realidades que no se encuentran tan pronto. Sin embargo, la experiencia intelectual nos aporta resistencias, misterios y presencias. El idealismo ha podido atenuar su significacién pre- sentandolas como obra nuestra. jSingular manera de cerrarse! Cuando la inteligencia, en su propia andadura, no llega a perci- bir otra revelacién que la suya misma, podemos preguntarnos si el defecto no es algo mas general, si no habria que buscar la razon primera de esta impotencia en salir de si mismos en una ignorancia mas radical de la presencia y del amor del mundo de los hombres. La salvacion viene de arriba. Abrir el hombre a la presencia del espiritu mas alla de si mismo es un medio mas puro que los morales para hacerle salir fuera de si. Entonces solamente se habra procedido a crear el gran cauce que debe permitirle avanzar. Hay que establecer muchos habitos en un mundo me- nos racionalista que bloqueado por una marea tibia de palabras sin vida. Sera necesario ensefiar de nuevo el camino a los hom- bres, gradualmente, como una esperanza que progresa. Esboce- mos algunas etapas. Con frecuencia, es en primer lugar a modo de una resisten- cia u hostilidad que asume el espiritu para revelarse, como ocurre a veces con las amistades humanas: elementos irracio- nales en la busqueda, irreductibles y multiplicados a medida que aquélla avanza, bruscos rechazos de los acontecimientos, opacidades, cdleras invisibles. Pero aqui sélo se trata de una manera completamente artificial de ver, supervivencia del per- juicio idealista que, encerrandonos en la ciudadela, sdio puede interpretar como obstaculos las presencias que encuentra. En- cuentro: he ahi algo mas que el choque; sdlo existe en ella. Percibir no es nunca una obra solitaria: percibir es conocer al otro. Prosigamos. Este encuentro no es contacto puntual: en este caso el idealismo seria todavia sélido, pues no podria ha- cer en aquél sino un desdoblamierto epidérmico de yo mismo, y como afirma el mas humorista de sus paladines, mister Brun- schving, una picadura que me hago yo mismo. Todo encuentro repercute en profundidad, va cargado de una presencia. La per- cepcion de lo que yo lamaré la presencia real del ser y de los seres, de esta presencia que es el misterio mas emectivo de la 54 vida, todo el destino del humanismo, y de la humanidad con él, se jugara alrededor de su restauracién o de su rechazo de- finitive. Lo mas precioso de nuestros bienes espirituales el empiris- mo lo ha reducido a una sensacién de contacto, la mas brutal y grosera de las sensaciones. Sensacion de la periferia, toda en la superficie, y miserablemente ciega de cuanto no es su reve- lacién local. Qué impureza espiritual; ¢cémo se pretenderia en- seflar de nuevo a esos hombres, confiriendo a la palabra una envergadura césmica, el sentido del pudor? Incluso en la sen- sacién fisica existe una distancia radical entre ese contacto mezquino y el sentido multiple, carnal, de la materia al que nos referiamos hace un momento. No existe arte del contacto; las artes que aparentemente halaga mas tocar son las artes de Jos movimientos y de las formas, y el contacto directo y limi- tado no percibe nunca por si mismo los movimientos y las formas. Pero elevémonos a lo espiritual. Definamos e] materialismo por la separacion, el espiritu por la unién. Ahora bien: no im- porta cual sea su objeto, materia, amistad humana, realidad espiritual, nuestro espiritu s6lo puede unirse a distancia. Re- chacemos a la imaginacion, siempre acuciada y obstaculizado- ra, que evoca aqui una distancia en el espacio. Una distancia puramente material, que no seria apercibida, colmada por un espiritu creador o espectador, seria la extrafieza absoluta de dos seres, un fallo de Ja nada insinuado en el ser. Pero un mundo a tal punto extenuado, deshecho, impotente, vaciado de si mismo, resulta tan ininteligible como que sus partes, para conocerse, tuviesen que entrar en contacto; vacio movil en el que cada ser seria sdlo un lugar de paso de esa gran muche- dumbre. El mundo espiritual es otra cosa: una red de distan- cias que entran en acuerdo v en desacuerdo, seres que se inter- cambian y a veces entrechocan amores y esclarecimientos. La imagen del contacto no es sino un empequefiecimiento del mar- gen de las distancias, vy ese grosero cambio de escala en nuestra representacion espacial, de esos cambios inmateriales, no me explica en absoluto lo que sigue siendo el milagro: que vo salte la linea de contacto v perciba una presencia real. El contacto material no solamente no une, sino que ni siquiera posibilita un encuentro. Por consiguiente, sGlo hav union en las distan- cias, y no hay verdadera distancia que no sea espiritual. Esta separacion espiritual entre los seres, penetrada por la 55 luz del espiritu en el cual todas las cosas se intercambian so- bre modos diversos, es la doble condicién de la soledad en la que cada uno se eleva verticalmente, del mismo modo que un arbol crece hacia la parte superior de si mismo, y de la unién sin confusién que une a todos los participantes del espiritu en un cuerpo universal. Acaso sea nuestra imagen central del mun- do, y en ella podriamos hallar facilmente anélisis ya conclui- dos: es cuando esas distancias se distienden cuando el espiritu no puede ya obrar sobre él vy cuando la materia conduce des- ordenadamente a ese mundo relajado; son cllas quienes man- tienen la realidad de las personas en la realidad de la comunién universal. Toda una politica y toda una moral se condensan en esta metafisica. Esta vez comprobamos en nuestra propia carne la pobreza del idealismo. Su presuncién carece de grandeza, como los hu- millados del empirismo. No puede haber aventura mas magni- fica que esta realidad inagotable del espiritu en los corazones de los hombres y por encima de sus cabezas, la cual solo po- demos abordar por medio de simbolos, lenguajes, contactos, sondeos, paciencias y esclarecimientos. No tienen fe en ella; una presencia que no se toca o que no se hace, una presencia distante, digo, carecen de grandeza de corazon y de inteligencia para mantener la creencia en ella. He ahi la verdad humana. El empirismo quiere conocer por un contacto sensual. El idealis- mo, consciente de Ja ilusidn de ese contacto que no suprime la distancia, Heva la exigencia hasta el final y no se satisface sino cuando hace tocar al hombre el mundo entero en el interior de si mismo: jla hermosa aventura cuyos hilos tenemos en la mano! Todo se desvanece. Mi vida, mi accién, mi pensamiento, toda espontaneidad en mi no crean jamds una presencia. Yo no estoy presente en el mundo si no me doy al mundo. He aqui el drama. Sdlo se posee lo que se da: ahora que ya no to- camos solamente de manera superficial los movimientos de los corazones, sino que aprehendemos a los espiritus en pleno de- bate con el ser, hay que afiadir: sdlo se posee aquello a lo que nos damos, sdlo nos poseemos si nos damos. Recordemos el testimonio de Riviere, riguroso como una observacién médica: al querer comprender en su aislamiento, sin incluso la molestia de mirar, el flujo de la vida interior, se experimenta una amar- ga sensaci6n de vacio. La patologia mental tendria mucho que decir sobre esas luchas normales: el sentimiento de vacio, que 56 planea sobre toda vida replegada en si, no es otra cosa que la conciencia de su separacién, de su herejia espiritual. Hay muchas escalas de espiritualidad. Podrian graduarse de acuerdo con la intensidad y la calidad de ese sentido de las presencias reales. La perfeccion propia de la inteligencia es la forma mas elevada e implica el mds puro amor. No hablare- mos de ella aqui. Pero si lo haremos respecto al largo apren: dizaje que debe hacer la mayoria, y que solo haran bien bajo Ja doble disciplina de la inteligencia y de !a Caridad para llegar, a través del buen sentido que abariota nuestras calles, a las primeras costumbres del espiritu. En el nivel mds bajo —pero ya nos encontramos elevados en la esfera humana— habria que colocar un sentido del mis- terio, que yo llamaré el sentido de la profundidad o de lo infe- rior de las cosas. Algo parecido a un espiritu vago del volumen espiritual antes que la mirada de Ja inteligencia sea capaz de contornear su figura. Guardémonos de las falsificaciones. No se trata en modo alguno de ese amor difuso y lirico de lo miste- rioso que empuja hoy a todas las formas de ciencia, de filosofia y de poesias ocultas. Instinto impuro, penetrado de orgullo y vulgaridad, hecho de un deseo de separarse de lo comin, de una impotencia intelectual radical y de un horror por la firme- za cuyo gusto por lo maravilloso no es sino una expresion pue- ril y sensual. No hallamos mayor calidad espiritual en Ja sor- presa que provoca la complicacion de las cosas mecanicas: ellas son la facilidad misma junto a las complejidades de la vida o de las ideas. El sentido del misterio no es en modo alguno el amor por el misterio. Incluso ni el gusto de las doctrinas endsticas y de las sociedades secretas con las cosas. El miste- rio es tan banal y universal como la poesia: cesta en cualquier luz o en cualquier gesto. Lo que no cs banal es reconocerlo. El misterio es la simplicidad, y la simplicidad, desde la mirada del nifio hasta un campo de trigo, es. la forma mas emocionante de la grandeza. No es ignorancia solidificada, miedo proyectado sobre el camino, es la profundidad del universo. Tener el sentido del misterio es comprender que toda faci- lidad, tanto en el conocimiento como en la accién, es materia (mejor: la materia desde un punto de vista se define por la fa- cilidad, como desde otro por la separacion, ¥ Ja una crea a la otra). El momento en que llego a la idea clara no es el mo- mento en que explico las cosas en su ser, sobre el plano del 57 espiritu. Es el momento en que lo resumo materialmente, para mii uso 0 para un reposo antes de saltar de nuevo. No prescri- bamos la idea clara: sigue siendo la mejor seguridad contra el andar vacilante y el falso misticismo, ademas de que rinde muchos servicios al sabio y al ingeniero. No digamos que es la idea superficial. En gran nttmero de casos es asi, indudable- mente. Y puede ser localizada a cierta profundidad, vy es fre- cuente a todos los niveles: su claridad se resume siempre en simplificacion, vidtico provisorio entre dos ignorancias. Circuns- cribir un pensamiento no es agotarlo: demasiados defensores de lo espiritual se esterilizan por esa facilidad. Explicar lo com- plejo por lo simple es casi siempre explicar de acuerdo con la imaginacion, mecanicamente, por piezas fabricadas y separadas. La explicacion espiritua] es para nosotros, por el contrario, una explicaci6n de lo simple por lo complejo, una explicacién de lo simple en complejo; por consiguiente, siempre una explicacién de lo mas oscuro, de lo mas dificil. El acto mismo de satisfac- cién del espiritu la explicacién lo arroja a la insatisfaccién. La distancia, que es Ia ley del mundo espiritual, en el ejercicio mismo del conocimiento hace de él un mundo moral, en que el sujeto es la regla y el perfeccionamiento necesario para igua- larle cada vez mas profundamente a un objeto que Je arrastra cada vez mas lejos. Es la condena del confort espiritual. He ahi en cuanto al positivismo. El misterio no vale por su oscuridad, como se cree corrien- temente, sino porque es el signo difuso de una realidad mas rica que las claridades demasiado inmediatas. Su dignidad esta plenamente en ese cardcter positivo difuso, en la presencia que anuncia. No es suficientemente duro para no poder ser afectado por riesgos. Prefiramos conversaciones mas precisas con el ser. Suceden con frecuencia cosas: e] misterio proyecta accion. Los acontecimientos, segunda sociedad después de Ja sociedad de los hombres, que penetran con intercambios més sdlidos nuestra primera emocién ante el ser. A veces, durante largo tiempo, resbalan sin despertar la accién, en fila monotona, a la manera de un suefo sin relieve. Otros dias los mas enjutos aparecen henchidos de luz y nos procuran con nada jornadas de gozo. Tres o cuatro en nuestra vida equivalen a caballeros solemnes de nuestro destino: sdlo después de su partida Iega- mos a conocer su grandeza excepcional. Hav los que nos asal- tan en un giro del camino, los que nos atacan a la manera de 58 mosca pegajosa; luego, esas barreras obstinadas, esos angeles frios que descienden con el rayo y vuelven a marchar dejando el silencio sobre ruinas. ¢Cuantos permanecen atentos a ese tumulto del universo, incluso solamente a su propio torbellino entre nosotros? Si lo hicieran contemplarian esos fantasmas que hacen derivar de aque] tumulto y que parecen armonizar tan bien con su naturaleza solamente porque es ella quien los provoca. Pero se encontrarian sobre todo, y esto es lo realmen- ie importante, el acontecimiento verdadero, lo extrafio que apa- rece en medio de camino. Todos esos hombres para quienes literalmente nada sucede. Se les cree dulces porque nada les conmueve, porque su sensibilidad es escasa, indiferentes por- que no se dan a nada. Falto de curiosidad o rigidez, indiferen- cia o prejuicios sobre Ja vida: tanto uno como otro son resba- ladizos. Otros atin se aferran a todo, nada es capaz de penetrar en ellos; son esos mismos quienes, apenas un acontecimiento verdadero penetra en sus vidas, se derrumban desconcertados y a la manera de las virgenes Jocas correm por los caminos pro- clamando su derrota. Existen también aquellos que explotan el acontecimiento como un bien: consiguen algunos éxitos faciles para descuidar el esfuerzo, 0 cuando acaecen algunas decepcic- nes se creen malditos por el universo y abandonan la accin, este peligroso negocio. Existen ademas los timoratos, cuya ti midez acelera el acontecimiento, y huyen de ¢l como nos hur- tamos a la piedra que vemos avanzar amenazadora hacia nos: otros, dura y rapida. Todo el mundo los deja disminuidos, vacios y atormentados por remordimientos. Hay que contar también los inhdbiles. Todos lo somos respecto a los aconteci- mientos: a éste que es insignificante le acordamos una vida excesiva y una nocividad por una susceptibilidad ridicula; a otro, que era la clave preciosa de todo el porvenir, no somes capaz de acordarle su verdadera talla y cerramos la mano de- masiado tarde para sujetarle. Paseamos a grandes cuerpos in- habiles por entre esos seres sensibles. Ahora bien: el acontecimiento, si consigo definirlo, es preci- samente la revelacion de todo lo extraio, de la naturaleza y ce los hombres, y en algunos casos, de algo mas que del hombre. Esboza el reencuentro del universo con mi universo: indicacion de todo to que en mi ha chocado con el mundo, advertencia | de mis rigideces y de mis egoismos, Nega en ocasiones hasta a for- 59 mar frases extraftas. Es propiamente lo que yo no poseo, lo E , que yo no creo, la catdstrofe, la llamada para salir. bi Seria todavia necesario hablar del sentimiento del intercam- i rae ; aor Ho