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Colección

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CLAVES CRISTIANAS/Serie Minor

Somos Iglesia. Antonio María Calero
Bioética. Una apuesta por la vida. Eugenio Alburquerque
Vivir como Dios. Indicadores de la identidad cristiana. Antonio González
Contar a Jesús. Lectura orante de 24 textos del Evangelio. Dolores Aleixandre
Introducción a la lectura del Antiguo Testamento. Gianfranco Barbieri
Dichosa tú, que has creído. Juan José Bartolomé
Ética de la familia. Eugenio Alburquerque
Rejuvenecer la Iglesia. Riccardo Tonelli
María en la Sagrada Escritura. María Dolores Ruiz
Asumir nuestras fragilidades. Bernard Ugeux
Palabras «escandalosas» de Jesús. Domingo J. Montero
La senda de la fe. Juan Antonio Paredes Muñoz
Para madurar la fe. Luciano Manicardi
Recibiréis la fuerza del Espíritu. Juan Antonio Paredes Muñoz
Las bienaventuranzas del educador. Pier Giordano Cabra

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Tercera edición: abril 2014.

Página web de EDITORIAL CCS: www.editorialccs.com

© 2006. Juan José Bartolomé
© 2006. EDITORIAL CCS, Alcalá, 166 / 28028 MADRID
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pú bli ca o transformación de esta obra
solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a
CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográ fi cos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear
algún fragmento de esta obra.
Diseño de portada: Olga R. Gambarte
Ilustración de portada: Anunciación de la Capilla «Redemptoris Mater», de M. Ivan Rupnik
ISBN (pdf): 978-84-9842-391-4
Fotocomposición: M&A, Becerril de la Sierra (Madrid)

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Dedicatoria
A Raquel, con cariño.
«Dios se acordó de Raquel,
y la escuchó.» (Gen 30,22)

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Introducción
«Quiero hacer referencia, sobre todo, a
aquella peregrinación de la fe
en la que la Santísima Virgen avanzó»
(JUAN PABLO II, Madre del Redentor 15)

María, la bien aventurada
La memoria de María que nuestra generación debería hacer tendría que emular la que
hizo la generación apostólica y ha quedado fijada en la tradición evangélica. El valor
ejemplar de María no estriba tanto en su experiencia personal de Dios, una vivencia
única e intransferible, remota e irrepetible, llegar a ser, permaneciendo virgen, madre...
¡de Dios! La relevancia de esta proeza de María no está en la excepcionalidad del hecho,
sino en su ejemplaridad: María nos sigue mostrando lo que Dios exige a quien, como ella,
se adentra en sus planes confiada, y, sierva, se declara dispuesta a hacer lo que Él quiera.
Aventurarse por el mismo destino es la oportunidad de cualquier creyente.

1. Una buena razón —¡divina!— para entusiasmarse
con María
No estaría de más que nos preguntáramos si las razones que tenemos para
entusiasmarnos con María son las mismas que Dios tuvo cuando se quedó prendado de
la virgen de Nazaret. Las mil buenas razones que podamos tener, ¿coinciden con la razón
que convenció a Dios para elegirla como madre? ¿Representa para nosotros María lo
mismo que significó para Dios? ¿Nos atrevemos a contemplarla con los ojos de su Dios,
con el corazón de su Hijo? ¿Cómo queremos a María, cómo nos la imaginamos nosotros
o como encantó a nuestro Dios?
Porque de bien poco valdría una devoción mariana, por arraigada y sincera que fuese,
que no estuviera fundada en el querer de Dios. Deríamos caer en la cuenta de que fue
Dios quien optó por María mucho antes de que a nosotros se nos ocurriera pensar en
ella; primero la eligió Él por madre y después gozamos nosotros de su maternidad divina;
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fue antes, mucho antes, sierva de Dios que señora nuestra.
María puede maravillarnos, ciertamente; pero no por cuanto ella hizo por Dios, ni —
mucho menos— por cuanto pudiera hacer por nosotros, sino por todo lo que Dios hizo
en ella. María está llena de gracia porque Dios se la concedió gratuitamente, y no porque
nosotros, por generosos que nos mostremos, se la atribuyamos.

1.1. Contemplar a María con los ojos de Dios
Bien mirado, la única forma de ver y de venerar a María que le hace justicia es el que
refleja el modo como Dios la contempló y la amó. La mirada a María que más la respeta,
la piedad que mejor la venera, el culto que se le debe, el amor que más le conviene, son
aquellos que más se acerquen a la mirada entusiasmada de Dios por María y mejor la
reflejen. La devoción que María se merece es la que copia la devoción que Dios siente
por ella. Si en María descubriéramos lo que encontró nuestro Dios, nuestro amor por
María sería, ¡evidentemente!, más divino y nuestra devoción mariana sería, sin lugar a
dudas, más evangélica. Que no es poco.
El Evangelio es, ante todo, desvelación de Dios, también en los episodios en los que
María está presente y adquiere cierto protagonismo. Cuanto la tradición evangélica
recuerda como suceso mariano sirve siempre a la manifestación divina: es palabra de
Dios, revelación y promesa; más que contarnos cómo fue María, nos explica cómo es
Dios y que está empeñado en serlo así con nosotros.

1.2. Contemplar a Dios en la vida de María
La biografía evangélica de María, reconstruible apenas, puede parecernos escasa de
noticias importantes y parca en situaciones portentosas. Y, en verdad, lo es. Si la imagen
evangélica de María es palabra de Dios para nosotros, haríamos bien en concentrarnos
en lo que Dios nos dice sobre Él hablando de María, en vez de dolernos por la escasez
de noticias biográficas que sobre ella nos transmiten los evangelios o en lugar de
soprendernos por su mitigado entusiasmo ante la persona histórica.
Mejor que inventar lo innecesario, alimentando la curiosidad por lo anecdótico, será
escuchar lo fundamental1, es decir, cuanto sobre María Dios nos dice o, formulado con
mayor precisión, descubrir en cuanto sobre ella nos dice lo que de nosotros espera Dios.
La historia evangélica de María vale no por cuanto nos cuenta sobre ella, sino por lo que
nos revela de Dios; en la versión evangélica de María se refleja el rostro auténtico del
Dios vivo. La María del Evangelio es, y en este sentido, icono de nuestro Dios: lo que
Dios fue para María sigue queriéndolo ser para cada uno de nosotros.
María merece de nosotros, pues, algo más que simple devoción. María se merece
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mayores atenciones de las que le dedicamos; no la veneramos por cuanto nos haya de
conceder; no son los favores que pueda hacernos –las gracias que, en nuestro favor, sepa
arrancar de Dios–, las razones que nos deben llevar a honrarla. Nunca serían demasiado
buenas tales razones, por más necesarios que nos fuesen sus favores. Motivos sobrados
de admirar a María tendrá quien contemple las maravillas que en ella ha hecho Dios.

2. María en el Nuevo Testamento
El hecho es obvio, pero no siempre se repara en él: el Nuevo Testamento presta escasa
atención a María, la virgen de Nazaret (Lc 1,26-27), la madre de Jesús (Jn 2,1). Resulta
notorio el desequilibrio que existe entre la veneración entusiasmada que la iglesia tributa a
la madre de Dios y el tratamiento esporádico que su figura histórica ha recibido en la
tradición evangélica. El dato, si advertido, da ciertamente que pensar.

2.1. Lo que el Nuevo Testamento dice sobre María
Mal que nos pese, la presencia de María en el Nuevo Testamento es escasa. Un simple
inventario de pasajes y citas que a ella se refieren lo demuestra sobradamente.

2.1.1. Sólo dos textos no evangélicos
Fuera de los evangelios (y Hechos), sólo se han encontrado dos textos que podrían hacer
referencia a María: Gal 4,4, donde Pablo confiesa que Dios ha enviado a su hijo, nacido
de mujer; y Ap 12,1,-18, donde aparece la mujer vestida de sol que da a luz al mesías.
Ambos pasajes son, con todo, más mariológicos que marianos: no se centran en la
persona concreta de María, la virgen de Nazaret; le atribuyen, a lo sumo, valor
simbólico.
El texto paulino afirma la condición humana, frágil (cf. Jb 14,1), del hijo de Dios; nada
dice sobre el modo de hacerse hombre; ni la ausencia de varón evoca la concepción
virginal de Jesús ni la mención de «mujer» obliga a negarla. Pablo, que no menciona a
María en sus cartas, guarda silencio sobre la concepción virginal de Jesús.
Por lo que se refiere al otro texto, el del Apocalipsis, el descubrimiento de la biblioteca
de Qumran ha contribuido a entenderlo mejor. La mujer es figura de un resto fiel de
Israel, del que se esperaba diera a luz al mesías (cf. Is 54,60; Os 2,21-25; 1 QH 3,7-12);
el autor del Apocalipsis ve cumplido ese nacimiento el día de Pascua; la mujer es símbolo
de una comunidad más celeste que terrestre. Aunque así sea propuesta por la exégesis
patrístrica, celebrada en la tradición litúrgica y popular en la iconografía religiosa, la
identificación directa con la madre de Jesús sólo es pensable en una lectura acomodaticia
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del texto.

2.1.2. Sólo dos de los cuatro evangelios
Excepción hecha de los textos de Lc (1,26-38.39-45.46-56; 2,1-10.21-40.41-52; 11,2728; Hch 1,14) y Jn (2,1-12; 19,25-27), María apenas es recordada en la tradición
evangélica. Y siempre que lo logra, lo es de forma tangencial.
• Marcos
El relato sobre la verdadera familia de Jesús (Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21), un
relato de cuya historicidad básica no cabe duda (cf. Jn 7,5), señala un distanciamiento
real entre Jesús y los suyos (cf. Mc 3,20-21).
En el episodio, ni María ni sus hermanos son citados por su nombre, pero es evidente
que para Marcos (y Mateo) la familia de Jesús no se encontraba entre quienes le
escuchaban y hacían la voluntad de Dios. Lucas, el evangelista que más ha retocado la
anécdota, deja entrever el esfuerzo por acercar los hechos a la imagen de María que le es
propia (cf. Lc 11,27-28).
Otras referencias a los padres de Jesús y/o hermanos (Mc 6,3; Mt 13,55; Lc 4,22; Jn
1,45; 6,42) son menos concluyentes. La gente que oye a Jesús se pregunta por su
familia, a la que da por conocida, lo que constituye una fuerte objección para creer en él.
Mientras Mt 13,55/Lc 4,22 designan a Jesús como hijo del carpintero o hijo de José, Mc
6,3 lo identifica como carpintero, hijo de María; tanto Mateo como Lucas, que han
mencionando explícitamente la concepción virginal de Jesús (Mt 1,18.20-23; Lc 1,3035),
desean insistir en la falta de fe de sus paisanos, en tanto que Marcos podría aludir aquí a
la concepción virginal.
• Mateo
Tampoco Mateo se interesa demasiado en María, la madre de Jesús (Mt 2,11). En el
llamado relato de la infancia de Jesús (Mt 1,18-2,23), su personaje es José; él es quien
recibe el anuncio (Mt 1,18-24) y las visiones, que marcarán el destino del niño (Mt 2,1315.19-23). Al igual que Lucas, afirma la maternidad virginal de María (Mt 1,18); el
término virgen ha de ser entendido en el sentido de doncella (cf. Is 7,14), que excluiría
relaciones sexuales. El motivo de la maternidad virginal es una variante del tema del
nacimiento imposible (Gen 18,13-14; Lc 1,34): más que pronunciarse sobre el estado de
la madre, el texto afirma la naturaleza del hijo, su origen divino; una intervención divina
suple la incapacidad para generar, debido a esterilidad o virginidad: el niño que ha de
desempeñar una misión salvífica en nombre de Dios es querido sólo por Él y por Él
donado a su pueblo.

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2.2. La imagen lucana de María
Nadie dentro del Nuevo Testamento, evangelista o no, ha concedido a María una
atención comparable a la que Lucas le ha dedicado en su obra. Hay que reconocer, con
todo, que en la obra lucana María nunca es tema central, ni siquiera frecuente; ello no
obstante, llama la atención la estrecha vinculación con el misterio de Cristo que le
atribuye.
El interés de Lucas por María cuadra bien con su tendencia a resaltar las personas (Lc
7,36-50; 10,38-42; 19,1-10; 23,39-43), mujeres incluidas (Lc 8,2-3), que acompañaron a
Jesús durante su ministerio público y la vida de la primitiva comunidad (Hch 16,1415.50; 18,26). Es pensable, además, que en el entorno de Lucas la figura de María
gozara de cierta veneración (Lc 1,48; cf. 11,27). El motivo básico hay que buscarlo, no
obstante, en la misma imagen que de María ofrece el evangelista, la de creyente
ejemplar, imagen que corresponde con su interés más amplio en exhortar a sus lectores a
una fe sin fisuras (Lc 7,50; 8,12-13.48; 17,5-6.19; 18,8; 23,32).
La imagen lucana de María subraya, además, una dimensión profundamente humana:
una virgen ya desposada, que acepta una maternidad que no entraba en sus planes por
simple confianza en su Dios; su pronta disponibilidad a atender a su prójimo, con la que
estrena maternidad divina; la maternidad en Belén, en circunstancias penosas; la pérdida
y recuperación de su hijo durante un viaje a Jerusalén; el progresivo distanciamiento de
su hijo, durante su ministerio público; la ausencia de la madre en el relato de la pasión.
Una verdadera devoción mariana debería saber repetir el acierto lucano, no desuniendo
su ejemplar disposición a la obediencia a Dios con la normalidad de una vida cotidiana y,
en su mayor parte, insignificante.
Lucas es el autor del Nuevo Testamento que más ha influido en la veneración eclesial
de María. Ello no significa que su peculiar visión de la figura de la madre de Jesús haya
sido asumida con fidelidad. Dos son sus rasgos básicos: María es bienaventurada por
haberle creído a Dios y mantenerse siempre en Él creyente. Los escasos episodios que la
tradición lucana nos recuerda son hitos de su aventura de fe; desde que escucha el plan
que Dios tiene para su pueblo hasta que, en los orígenes del nuevo pueblo de Dios,
comparte esperanzas y oración con los apóstoles, María es presentada como la oyente de
Dios y su mejor sierva: hace lo que escucha, vive de la obediencia (Lc 1,38); y como tal,
es imagen profética de la nueva comunidad (Lc 11,28).

2.3. La imagen juánica de María
Aunque Juan emplea el nombre de María unas quince veces para hablar de tres personas
diferentes (Jn 11,1-2.19-20,28.31-32.45; 12,3;19,25; 20,1.11: María, la de Betania;
María de Magdala; María, esposa de Cleofás), jamás lo utiliza para designar a María de
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Nazaret; para él es siempre, y sólo, la madre de Jesús (Jn 2,1.3.5.12; 19,25.27).
Parecería que quiso identificar a María por su relación con Jesús más que por sí misma:
la maternidad la definiría mejor que cualquier otro rasgo o suceso personal.
La presencia de la madre de Jesús en el cuarto evangelio, aunque escasa, es
significativa. A diferencia de Lucas, Juan no parece conocer la concepción virginal de
Jesús, quien tanto en boca de antagonistas (Jn 6,42) como de discípulos (Jn 1,45) es
llamado hijo de José. Juan no tiene necesidad de recurrir a ella para afirmar que Jesús
procede de Dios (Jn 1,1-18).
Los dos episodios que el cuarto evangelio recuerda son desconocidos en la tradición
evangélica; pero no es su rareza el elemento más característico. Juan entiende ambos
relatos en relación con la hora de Jesús y la fe/fidelidad del discípulo; el primero señala el
inicio de la hora de Jesús (Jn 2,11); el segundo, su cumplimiento (Jn 19,30). En ambos,
Jesús se dirige a su madre llamándola, simple e insólitamente, mujer (Jn 2,4; 19,26); pero
su presencia, activa en la aceptación de lo que Jesús diga, posibilitará una nueva relación
de Jesús con sus discípulos (Jn 2,11; 19,27). No es María en ninguno de los dos
episodios el personaje principal (Jesús), ni siquiera secundario (los discípulos); pero es
imprescindible para que entre ambos surja o se mantenga una relación de fe (Jn 2,11) y
de fidelidad (Jn 19,27). ¿Qué más se podría decir?

2.4. Una primera valoración
No son pocos los que quedan sorprendidos, si es que no defraudados, al percatarse de la
escasa atención que el Nuevo Testamento presta a María. Pasan por alto dos hechos,
que —más que explicar tal desinterés— ayudan a centrar la devoción por la madre de
Jesús en el corazón mismo del Evangelio.
No puede ser casual que hayan sido los evangelios los únicos libros del Nuevo
Testamento que nos recuerdan a María y su aventura de fe. No podía haber quedado la
evocación canónica de María mejor colocada; allí donde los primeros testigos recogieron
cuanto sabían sobre "todas las cosas que Jesús desde un principio hizo y enseñó" (Hch
1,1), no pudo faltar María. La memoria apostólica de Jesús ha rescatado —¡y para
siempre!— del olvido a María.
Por sobria que se nos antoje su presencia en la tradición apostólica, o poco relevante el
papel que allí se le asigna, el hecho es que ello mismo obliga a mantener cercano al Cristo
del Evangelio a quienes deseen acercarse a la virgen de Nazaret. Es decir, el creyente ha
de ser más evangélico si quiere ser, de verdad, mariano.
No es fruto del azar, tampoco, el que hayan sido Lucas y Juan los dos evangelistas
más recientes, los más próximos a nosotros —es un decir— y más alejados de los hechos
que narran, quienes nos han transmitido, más que un relato biográfico de su persona, el
esbozo de su aventura de fe. Cuanto más débil se estaba haciendo la memoria apostólica,
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más nítida aparece en ella la figura de María; cuanto más probada la fidelidad de las
comunidades cristianas, más modélica la peregrinación creyente de María (Lucas) y más
eficaz su acompañamiento en la vida de fe de los discípulos de su Hijo (Juan). Las
primeras generaciones cristianas que descubrieron a María como creyente ejemplar y
madre de discípulos fieles, vivían acosadas en su fe y tentadas por el aparente abandono
de su Señor. Su devoción por María no fue pasatiempo inútil ni juego de sentimientos;
fue, y debería seguir siéndolo hoy, ocupación para tiempos difíciles.
Una última, pero no indiferente, observación. La presencia de María en la tradición
evangélica está siempre ligada a Jesús; sólo en Hch 1,14, el único texto no evangélico del
Nuevo Testamento que la menciona —¡ya es casualidad!—, María aparece sin Jesús,
pero está, en oración, junto a sus representantes y discípulos; la excepción confirma la
regla. Para entender, pues, a María no habrá que pasar por alto tal vinculación: no es
casualidad que la denominación de María que substituye al nombre propio sea, en Juan,
la de madre de Jesús.
El creyente hoy, como los pastores en Belén un día, se topará con María siempre, y
cuando, ande buscando al niño y haga camino hacia él (Lc 2,12.16). Del camino hacia
Dios, que consigue hacernos encontradizos con María, habla este libro.
Característico de la imagen evangélica de María es el haber quedado colocada siempre
en relación con Dios, a Él subordinada. Pero mejor la define aún el hecho de que esta
estrecha relación no permaneciese indiferenciada a lo largo de su vida. Fue,
evidentemente, más estrecha en los inicios, antes y después del nacimiento de Jesús, se
hizo menos familiar durante la época del ministerio público, y apenas si hubo algún
contacto en los momentos finales, durante la semana de su pasión y resurrección.
Advertirlo ha de resultar iluminador a quien quiera establecer, y mantener, una sana
relación con el Dios de María. El creyente que aspira a tener experiencia de Dios tendrá
que aprender a recorrer un camino en el que es Dios quien siempre tome la iniciativa, fije
las metas e imponga los medios. Una experiencia de Dios sin sobresaltos, que se
convierta en rutina, que se viva sin vacíos o silencios de Dios, no tiene la garantía de
repetir el modelo mariano.

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PRIMERA ETAPA

Nazaret (Lc 1,26-38)
La VOCACIÓN,
una llamada a lo imposible
Nazaret es el punto de partida de la aventura de fe de María: allí vivía, virgen
prometida ya de José, y allí fue Dios a proponerle su plan y a pedirle su
consentimiento. María supo que Dios pensaba en salvar a su pueblo en el mismo
momento en que conoció que Dios estaba contando con ella: el anuncio del nacimiento
de Jesús coincidió, pues, con la invitación a ser madre de Dios; la salvación del
pueblo de Dios concurría con la vocación de María.
Ser llamada por Dios fue el inicio de la aventura de fe que María recorrió; la
asunción de la propia vocación, su punto de partida. María entró en contacto con Dios
y sus planes cuando le concedió audiencia y los asumió como propios. Dios la llamó a
lo imposible: ser madre permaneciendo virgen, dar a luz a su primogénito, el
unigénito de Dios.
Queremos contemplar nuestra experiencia vocacional a la luz de la vocación de
María; así podremos asumirla e interpretarla como ella, acogiendo a Dios en nosotros
apropiándonos su plan sobre nosotros.
Para María,
❑ la vocación fue una llamada gratuita: ser invocado por Dios es siempre gracia.
En el origen de toda vocación está sólo Dios, quien permanece su exclusiva razón
de ser. Y si algo traiciona el hecho de ser llamado por Dios es la confianza que pone
en quien llama. De ahí que el llamado quede en deuda permanente de confianza:
fiarse es la única respuesta válida. Pues como María, quien es llamado «ha
hallado gracia ante Dios» (Lc 1,30).
❑ La vocación de María comienza y se realiza como diálogo, consiste básicamente
en una conversación y termina cuando —y si— no se continúa conversando. Todos
los relatos bíblicos de vocación se presentan —mediata o inmediatamente— como
diálogo con Dios, quien elige la persona a la que llama y la misión que le
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encomienda, quien se compromete personalmente con el llamado y le facilita
incluso la respuesta que de él pide. Responder a ese diálogo posibilita acceder a
Dios Padre, tener a Dios como Hijo y poseer a Dios como Espíritu. Ni más ni
menos: vivir responsablemente la propia vocación es camino de experiencia
trinitaria.

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AL INICIO, SIEMPRE,
UN DIOS SALVADOR QUE LLAMA
(Lc 1,26-38)

I. EL RELATO
Interrumpiendo la narración, ya iniciada, de la concepción de Juan (Lc 1,8-25.57-80),
Lucas presenta la escena de la anunciación del nacimiento de Jesús (Lc 1,26-38). Ambas
concepciones, efecto de una intervención divina extraordinaria, tienen un mismo
intermediario, Gabriel (Lc 1,19.26). La superioridad del segundo anuncio se hace
evidente en el origen más milagroso del nacimiento (Lc 1,15.35), en la reacción más
perfecta del elegido (Lc 1,18.20.34.38), en la dignidad personal del anunciado (Lc
1,15.32). Hay que advertir dos diferencias entre ambos relatos. El segundo anuncio, el
dirigido a María, no está precedido por la descripción de una situación desgraciada de los
padres (Lc 1,7); Dios no interviene en la vida de María por misericordia. En el anuncio a
María no se alaba su justicia personal, sólo la gracia divina (Lc 1,6.28): la benevolencia
de Dios no tiene aquí motivo previo alguno; la invitación a ser madre virgen es pura
gracia.
El episodio de Nazaret es una unidad literaria y teológica. La estructura formal del
relato es clara: presentación de los personajes (Lc 1,26-27), aparición del ángel y
reacción de la virgen al saludo (Lc 1,28-29), mensaje angélico y pregunta de María (Lc
1,30-34), respuesta del ángel y asentimiento de María (Lc 1,35-38a). La entrada del
ángel (Lc 1,26a) y su salida de escena (Lc 1,38b) cierran un episodio donde él ha tenido
siempre la iniciativa y María ha reaccionado en progresión, con la contemplación
silenciosa (Lc 1,29), la pregunta abierta (Lc 1,34) y el más completo asentimiento (Lc
1,38). Tres veces el enviado le descubre a María el proyecto divino y otras tantas ella
responde: a una mayor profundización en la oferta hay un mayor acercamiento en la
respuesta.
26En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea, llamada
Nazaret, 27a una joven prometida a un hombre, llamado José, de la casa de David, y el nombre de la
joven era María.
28Y habiendo entrado a ella, dijo:
«Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo».
29Ella se turbó por esas palabras y se preguntaba qué podría significar tal saludo.
30Y le dijo el ángel:

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«No temas María, pues hallaste gracia a los ojos de Dios. 31He aquí que concebirás en tu vientre
y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. 32Él será grande y será llamado hijo del
Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David su padre, 33 y reinará sobre la casa de Jacob
para siempre y su reinado no tendrá fin».
34Y dijo María al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?»
35Y respondiendo el ángel le dijo:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual el
que va a nacer será llamado santo, hijo de Dios. 36Y mira, tu pariente Isabel, también ella ha
concebido un hijo en su vejez, y éste es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril, 37porque
nada habrá imposible para Dios».
38Y dijo María:
«He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel la dejó.

1. La entrada de Dios en la vida de una virgen
Crónica de una misión divina, más que simple narración de una aparición angélica, el
episodio se inicia abundando en sus circunstancias, entre las que privilegia un dato: el
anuncio a María no es el primero, dista seis meses del acontecido a Zacarías (Lc 1,8-20).

1.1. Los personajes (Lc 1,26-27)
El primer personaje que se asoma en el relato es Gabriel, el mensajero (cf. Lc 1,11); es
Dios quien está en el origen de la embajada, su punto de partida (cf. Lc 1,19). El
destinatario de la misión angélica es una doncella de Nazaret; antes el ángel se había
dirigido a un sacerdote justo mientras realizaba su ministerio en el Templo, ahora tiene
como interlocutor una joven prometida, que vive en una aldea remota (Lc 2,4.39; Mt
2,23), de no muy buena reputación (cf. Jn 1,46). Y, sin embargo, es allí, a ella, donde ha
de dirigirse el enviado de Dios. Semejante elección choca con lo que podría esperarse un
piadoso judío: es pura gracia.

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Antes de identificarla por su nombre, el narrador describe su estado; muchacha en
edad núbil, María está prometida —concedida ya su mano (Lc 2,5; Mt 1,18)— a un
varón del linaje de David (Lc 2,4). Desde el mero inicio del relato, María queda
identificada como joven mujer que tiene como proyecto de vida el matrimonio (Lc 2,5)1;
la virginidad a la que se aludirá más tarde (Lc 1,34) no será óbice, sino, más bien, el
requisito (cf. Mt 1,18-24) del proyecto divino. Dios le va a proponer planes para los que
no estaba preparada.
José, su prometido, viene mencionado en el Nuevo Testamento siempre en relación
con el origen de Jesús (Lc 1,27; 2,4.16; 3,23; 4,22; Mt 1,16-24; 2,13.19; Jn 1,45; 6,42).
El linaje davídico del esposo legitima, anticipadamente, el origen de hijo (Mt 9,27; 12,23;
15,22; 20,30.31; 21,9.15; Mc 10,47-48/Lc 18,38-39): sólo la línea paterna garantizaba la
procedencia, real aquí, de la familia (Lc 1,32; cf. 3,23; 4,22; Mt 22,42-45). Al asegurar
al hijo de María la ascendencia davídica, José da sólida base a la reivindicación cristiana
del mesianismo para Jesús.

1.2. El saludo angélico (Lc 1,28)
Introduciéndose en su presencia, el ángel no duda en saludar a la joven. El saludo a una
mujer no era praxis obvia entre judíos; el que recibe la doncella no tiene parangón en el
Antiguo Testamento (cf. Gen 16,8; Jdt 13,3).
La costumbre en Palestina era desearse la paz (Lc 10,5; 24,36; Jn 19,3; 20,19.26); el
ángel utiliza la formulación griega, común en Palestina (Hch 15,23; 23,26; Sant 1,1), que
permite un juego de palabras: salud a ti, que has experimentado la salvación. Pero más
que deseo el saludo es exhortación a la alegría: alégrate (Lc 1,14; 2,10); antes de que se
le anuncie a ella el hijo y la salvación al pueblo, se le impone la dicha; su implicación
personal comienza con el gozo impuesto. La alegría es el sentimiento adecuado para
quien va a saberse elegida de Dios.
Llena de gracia, aunque repite un modelo de saludo bíblico (cf. Dn 9,23), afirma
mucho más. Participio perfecto pasivo en el original (cf. Ef 1,6), indica tanto la actuación
benévola de Dios como el estado de gracia resultante; designa un estado de plenitud del
favor divino (Hch 6,8), que es consecuencia de la elección divina, como se va a
concretizar a continuación (Lc 1,30-37): ha sido favorecida por Dios. El apelativo —no
habitual en relatos de anuncio (cf. Gen 16,8; Mt 1,20)—, funciona como título, que
caracteriza a quien lo recibe; define a la doncella como quien ha recibido la gracia, pero
no por lo que ya es, sino por lo que Dios piensa para ella (cf. Jdt 6,12). La virgen goza
de una situación incomparable, que surge de la relación benevolente de Dios con ella y
que está finalizado en lo que Dios espera de ella.
La vocación a la maternidad es efecto del amor bene-volente de Dios. No es éste el
momento de la concepción virginal, que lo sería si el saludo fuera ya palabra eficaz y no
18

exigiera, previamente, obediencia (Lc 1,38); la posesión de gracia que ahora se proclama
tiene, pues, que ver con la obediencia de María, la previene y prepara; la intervención
gratuita de Dios llena la vida de la virgen. Ya que cuenta con la benevolencia de Dios, es
hora de que Dios cuente con su confianza.
El tercer elemento del saludo, el Señor está contigo, es habitual (Jue 6,12; Rut 2,4).
Aquí es una declaración, no un augurio; más que deseo levanta acta del hecho. La
fórmula expresa la asistencia activa de Dios a personas que van a actuar en su nombre y
son así sostenidas en el empeño (cf. Ex 3,12; Jue 6,12.15-17); el Dios que piensa en
encarnarse entre los hombres está con la virgen. Dios anuncia su presencia presentando
su plan y, a través de él, presentándose a sí mismo, a María: vocación personal y
revelación de Dios coinciden.
El saludo angélico es tan insólito como la misión que va a introducir. Pero eso si: antes
de decirle a la doncella lo que Dios quiere de ella le ha expresado cuánto la ha querido;
previo a darle la encomienda, le ha descubierto la elección. Gabriel habla de la gracia de
Dios, no de los méritos de María. Se inicia, pues, la historia de la vocación de María (cf.
Jue 6,12-24), asegurándole Dios su asistencia antes de identificarle la tarea. El servicio
que ha de prestar María se inicia con alegría. Y es que su misión, el hijo, será la alegría
del pueblo (Lc 2,10).

1.3. La reacción de María (Lc 1,29)
Las palabras del ángel, que no la visión (cf. Lc 1,12), perturban a María. Su reacción es
compleja, emotiva (se turba) y racional (se pregunta) al mismo tiempo. La conmoción es
profunda; no es temor ante lo divino, aunque la palabra de Gabriel lo suponga (Lc 1,30);
ni mucho menos, recelo por la presencia del ángel. Simplemente, María se inquieta por
cuanto se le acaba de decir. La benevolencia divina, inesperada, le da que pensar; un
Dios tan gratificante le extraña también a ella. Semejante reacción podría indicar que
intuyera, al menos inicialmente, lo que el saludo implicaba; y es que, de otro modo, no se
entiende bien tanta turbación ante unas palabras tan positivas (cf. Mt 2,2-3).
Prueba de madurez humana es su reacción mantenida, un hecho sin paralelo en los
relatos de anunciación (cf. Jue 6,13). Se pone a buscar el sentido de lo escuchado,
afronta la nueva situación con mayor reflexión, pondera las circunstancias en búsqueda
de una conclusión (cf. Lc 3,15). No hay angustia, desazón o incredulidad; si no entiende
bien lo que se le ha dicho, se lo toma en serio.

1.4. El hijo de Dios como propuesta (Lc 1,30-33)
19

A la pregunta de María responde el ángel con una nueva revelación, con la que intenta
animarla manifestándole cuánto la quiere Dios: no temas, porque has hallado gracia.
Si el temor es reacción natural en quien presiente a Dios cercano, aquí viene prohibido
porque no hay razón para tenerlo: María cuenta con el beneplácito de Dios. Al no
aludirse aún actuación alguna de María, la gratuidad de la elección es más evidente. Dios
está por iniciar un diálogo con María que ella no había pedido, ni imaginado siquiera.
Al intuir algo sobre lo que se le va a pedir —y esa es la gracia que Dios le ha hecho2
—, María ha comenzado a preocuparse (cf. Gen 15,1; 26,24; 28,30). La gracia
alcanzada es razón suficiente para librarla de la preocupación: antes de conocer lo que
Dios dispone, María conoce que dispone de su benevolencia; sabe que cuenta con Dios
previo a saber para qué cuenta Dios con ella. La gracia no se agota en la misión, alcanza
a la persona; porque es agraciada, tendrá una gracia de la que disfrutar, una tarea que
cumplir.
Tras la confirmación de su estado de gracia, se le anuncia el motivo, recurriendo a
modelos antiguotestamentarios (Gen 16,11; Jue 13,3.5; Is 7,14): una maternidad por
venir. Para que no quepa duda se mencionan los tres actos fundamentales, concepción,
alumbramiento e imposición de nombre. La virgen concebirá el hijo, que no es fruto de
vida matrimonial (Lc 1,35); ella, no el padre (cf. Gen 30,1.21; Jue 13,24), ha de dar al
niño el nombre que Dios ha escogido; aquí no se da explicación del nombre elegido (cf.
Mt 1,21), pero el mismo hecho de que sea Dios quien lo imponga señala la relación
especial que se reserva con el niño. María es agraciada antes de llegar a ser madre; el hijo
está ya pensado por Dios, antes de poder ser deseado por su madre.
El mensaje angélico se centra ahora en el hijo por nacer de María. Dios lo tenía ya
concebido, antes de que lo conciba la virgen. Las afirmaciones, auténtico centro
neurálgico del relato, son cristológicas; el ángel confiesa la fe de la comunidad cristiana,
que aquí insiste en el mesianismo davídico de Jesús (cf. 2 Sam 7,12-16; Sal 2,7; 89,2730); con títulos no muy corrientes, pero derivados del Antiguo Testamento, se indican las
cualidades personales del niño y la misión.
Grande, usado en absoluto (cf. Lc 1,15), es calificativo divino (Sal 47,1; 76,14; 95,4;
134,5; 144,3); el niño anunciado será grande como Dios, cuando sea hijo de María. Hijo
del Altísimo3 es una variación lucana de hijo de Dios (Lc 1,35.76; 6,35; Hch 7,48;
16,17), título mesiánico; será reconocido mesías por el mismo Dios: es su hijo y así será
aclamado por el Altísimo. Aquí, y a diferencia de la profecía de Natán (2 Sam 7,12-16),
se menciona antes la filiación divina que el trono davídico, símbolo de la soberanía; se
pone en la filiación divina, no en la supremacía que le compete, la razón del mesianismo
de Jesús; por ello supera a cualquier otro mesías.
El hijo de María será del linaje de David (Lc 1,27) y, por tanto, legítimo pretendiente
mesiánico; pero su consagración es decisión única del Padre. Jesús cumple con las
expectativas religiosas reinando sobre el pueblo de Israel, pero su legitimación no
20

proviene de su linaje davídico, sino de su origen divino. Y que su reinado no conozca
límite temporal (Lc 1,33), no asegura, como hacía la profecía, un futuro a la dinastía;
más bien, anuncia el fin de la dinastía mesiánica al conceder a uno de los descendientes
un poderío sin final. Toda aspiración política en Israel queda así superada aquí; si es
verdad que ningún reinado prevalecerá al de David, no es menos cierto que le
corresponde el señorío eterno a uno solo de sus descendientes, al mesías Jesús.

2. La certeza que da un Dios omnipotente
Al desvelamiento de la dignidad del niño, María reacciona sobriamente, sin entusiasmo ni
dudas; tan sólo pregunta sobre la posibilidad misma de su concepción (cf. Jdt 6,15). No
es que no se crea lo que iba a ser el hijo anunciado, es que no comprende bien cómo
podría nacerle un hijo; mientras permanezca virgen, no ve cómo lo prometido se hará
realidad; en la situación personal en que se encuentra, entiende que no es posible la
anunciada maternidad. Con su pregunta, pues, María no cuestiona el mensaje recibido;
reflejando su incapacidad de comprender la viabilidad del proyecto divino, hace necesaria
una ulterior explicación angélica.

2.1. Tratando de entender a Dios (Lc 1,34)
La pregunta de María, que pertenece irrenunciablemente al relato (cf. Gen 15,8; Ex
6,12), confirma su estado de virginidad y apunta, indirectamente, a una extraordinaria
intervención de Dios. María no publica su intención de permanecer virgen; la fórmula no
expresa propósito para el futuro, más bien levanta acta del estado actual4. Su pregunta
subraya el contraste entre lo que le ha sido anunciado y lo que ella es y puede; se le ha
anunciado una maternidad que no ve factible. Toma en serio el anuncio, tanto como para
cuestionar su posibilidad; su postura refleja su total apertura al mensaje, es consecuencia
de su atenta escucha.
La cuestión mariana es, probablemente, un recurso literario que encuentra paralelos en
los relatos de anunciaciones; en la narración lucana se hace eco de la supuesta pregunta
de los oyentes y los prepara a la revelación siguiente (Lc 1,35); ni hay, pues, voto de
virginidad perpetua ni previsión de maternidades futuras (cf. Mc 6,3). Se reafirma la
imposible maternidad de una virgen como medio para concentrar la atención en el modo
admirable como será concebido el niño anunciado.
El elegido no puede, mientras sea lo que es, un simple llamado, responder de aquello
para lo que ha sido llamado. Si Dios no entra en su vida, no cumplirá con su misión.
María no ha pedido una señal para poder creer; se ha deseado una ulterior revelación,
que, concedida, le exigirá aún mayor fe. Cuanto más le desvele Dios sus planes, más
21

necesario le será a María confiarse en Él.

2.2. Nacido de María, hijo de Dios (Lc 1,35-36)
La respuesta del ángel va más allá de lo requerido, pues aclara el modo de la concepción
del hijo de María declarándolo hijo de Dios (Lc 1,35). Confirma, además, lo
extraordinario del nacimiento, aportando como prueba la maternidad de Isabel (Lc 1,36),
que ratifica el poder omnímodo de Dios (Lc 1,37).
La primera afirmación angélica tiene dos partes; dice con imágenes cómo se logrará la
concepción en un paralelismo sinonímico (descenso del Espíritu, encubrimiento por la
sombra del Poder) y de ello concluye la naturaleza del hijo engendrado de tal modo.
Aunque la declaración se refiere al hijo de Dios, el agente es Dios Padre; se define al
nacido de María por su vinculación con Dios: es Dios el único que ha pensado y ha
querido al hijo de María.
En lugar de por procreación natural, el hijo de María será posible por singular
creación, por insólita que sea (cf. Lc 1,18), merced a una intervención del Espíritu (Gen
1,2; Sal 33,6; Ez 37,14). La generación de Jesús es pura creación; la presencia del
Espíritu en el seno virginal crea la misma posibilidad de vida nueva. El modo de la
generación es, pues, espiritual, efecto de una venida del Espíritu (Hch 1,7)5.
La consecuencia es obvia; lo que el niño es, lo debe a su origen. Quien ha sido así
concebido, será reconocido, una vez nacido, santo, globalmente perteneciente a la esfera
de lo divino (Ex 13,12; Num 23,2.37; Is 4,3; 35,8; 62,12), y, de forma más personal,
hijo de Dios. Generada por el Espíritu, la existencia de Jesús está anclada en Dios
Espíritu, es su obra y propiedad y, como hijo, pertenece a Dios aun antes de nacer6.

2.3. El prójimo en necesidad, prueba de la omnipotencia
de Dios (Lc 1,37)
La pregunta de María no pedía señal alguna; no demandaba apoyo para creer en el
mensaje. No obstante, Dios no le pide fe ciega; y el ángel concede un signo que ratifica el
mensaje: proclama el estado de buena esperanza de Isabel.
Por vez primera se menciona el parentesco que une a las dos mujeres (cf. Ex 6,23;
15,20). Emparentadas también por su incapacidad para la procreación (fue estéril y es
anciana Isabel, mientras sea virgen María), la maternidad de Isabel prueba, ahora que es
visible, la posibilidad de la concepción virginal, pero nada más; para que se realice, basta
la omnipotencia divina. La precisa datación de la maternidad de Isabel hace evidente el
milagro; al ser su gravidez pública, la conclusión es inevitable; nada, ni la esterilidad más
inveterada, es óbice a un Dios que está por venir (Gen 18,14; Zac 8,6); su palabra es, si
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creída, creadora.
La palabra del ángel concluye el mensaje. Con ella el narrador desea evitar en sus
lectores la discusión sobre la posibilidad misma de la maternidad virginal; ponerla en duda
equivaldría a cuestionar la potencia de Dios.

3. Madre porque sierva
El consentimiento de María cierra el diálogo, haciendo innecesario al enviado de Dios,
que deja la escena. A diferencia de Zacarías (Lc 1,18), María no tiene que ver la prueba,
para dar confianza a lo que se le anunció. Pero a ella le correspondió la última palabra.
La desposada con un varón se confiesa sierva de su Señor.

3.1. Consentir a Dios (Lc 1,38)
María es el único personaje bíblico que acepta su vocación con la fórmula: he aquí la
sierva. Pasa de depender del hombre de su vida a estar al servicio de su Dios, que en ella
se hace hombre. La virgen asiente a cuanto ha escuchado y deja que Dios, haciendo su
querer, sea el Señor; la única razón para obtener el consentimiento de una sierva es la
voluntad de su dueño. La fórmula con la que asiente (Gen 30,34; Jos 2,21; Jue 11,10;
Dn 14,9) expresa acuerdo. El proyecto divino se verifica en el momento en que
encuentra consentimiento en el elegido; después, será ya reconocida como madre (Lc
1,43).
María ha superado la (primera) prueba, al poner su vida, y sus proyectos, en manos de
su Dios. Dios es engendrado en el vientre de una virgen obediente. Con todo, y hay que
notarlo, el relato no menciona siquiera la concepción del hijo, termina declarando la
disponibilidad de una virgen a ser madre. Eso es con lo que Dios no contaba todavía;
cuando obtuvo su consentimiento, inició su plan. Jesús no fue, como cualquier otro
hombre, fruto de un encuentro de amor humano, sino de la confianza en Dios de una
virgen (cf. Lc 1,24) y de la obediencia de una sierva a su Señor.

3.2. Segundos, fuera
Y presente ya Dios en el seno de María, sale de su presencia el mensajero de Dios (cf.
Lc 1,28). Más que una aparición (Lc 1,11), se ha tratado de una visita (Gen 18,1-16).
Cuando Dios encuentra siervos, le sobran los enviados; la esclava no necesita de
intermediario, le basta con conocer la voluntad de su Señor. El encuentro entre Dios y
María es directo e inmediato, porque existe obediencia. Cuando el proyecto divino
23

encuentra acogida, lo imposible se realiza: la virgen empieza a ser madre.

II. LA VOCACIÓN, DESVELACIÓN DE UN DIOS
QUE CONFÍA EN SALVAR A SU PUEBLO
Nazaret fue el lugar adonde Dios fue a encontrar a María y donde María se encontró con
una impensable vocación. Allí experiencia de Dios y llamada personal coincidieron en el
tiempo y en una persona: María supo de Dios cuando conoció su voluntad; oyendo de un
Dios que quería salvar a los suyos escuchó por vez primera su nombre y su destino. Y
porque creyó a Dios, aunque le propusiera lo imposible, hizo realidad el proyecto de
Dios. La razón de la bienaventuranza mariana (Lc 1,45) no está en la maternidad divina,
sino en su capacidad de acoger a Dios: no fue darlo a luz su proeza, sino asumir su
incomprensible querer. Para quedarse con Dios hay que acogerle: fe es la forma de hacer
propia la vocación a la que hemos sido llamados. Y en ello radica la felicidad.
Reconocer como nuestro al Dios de María ha de animar a vivir nuestra vida cristiana
como una invitación de Dios a que le ayudemos a hacerse presente entre nosotros. Esa
fue la vocación de María, y puede ser hoy nuestra oportunidad; respondiéndole
afirmativamente, Dios tendrá un puesto donde hacerse accesible a los demás y nosotros
lograríamos asemejarnos a la madre de Dios. ¡Que no es poco! Y de eso, precisamente,
se trata: más que admirar embelesados a María, imitar su forma de hacerse con Dios y
darlo al mundo.

1. Llamada personal y salvación de Dios
El Dios que eligió a María virgen para dar al mundo un Salvador sigue pensando en
salvar, y sigue necesitando de personas en quienes encarnar su voluntad. El relato de la
vocación de María, además de mostrarnos dónde reside la causa de la grandeza de
María, puede desvelarnos rasgos esenciales de nuestra propia vocación cristiana; revela,
en efecto, el comportamiento de Dios que, cuando nos propone un quehacer especial,
está programando salvar a su pueblo; por tener un proyecto de salvación, lo confía a
quien quiere. Repasando hoy la vocación de María, podríamos sentirnos todos invitados
por ese mismo Dios a echarle una mano, facilitándole de nuevo su entrada en el mundo.
(¿O es que no necesita nuestro mundo a Dios?)

1.1. La vocación, un asunto de confianza
Toda vocación auténtica nace de un exceso de confianza de Dios en su llamado; y así fue
24

en el caso de María. Invitar a una virgen a ser su madre fue, antes que nada, un colosal
acto de confianza por parte de Dios: la iniciativa divina, sorprendente también para María
porque totalmente imprevista, está en el inicio de toda vocación. El sentimiento de
indignidad, el reconocimiento de la imposibilidad que despierta en el llamado su
descubrimiento de que Dios cuenta con él, confirman que la llamada es pura gracia.
También en el caso de María.
Dios corre siempre un riesgo mayor apostando libre-mente por alguien que permanece
sorprendido por cuanto se le anuncia y vive desconfiando que pueda ser posible. En su
origen toda vocación señala, pues, una opción de Dios a favor del elegido, inexplicable e
inmerecida. Pero quien siente esa llamada, no ha de sentirse solo e impotente frente a las
responsabilidades que deberá asumir; Dios, al llamarle por su nombre, lo ha hecho objeto
de su fe y de su confianza. Jamás puede sentirse nadie abandonado a sí mismo, si no
olvida que antes de buscar fue encontrado, antes de llamar fue llamado, antes de querer
fue querido por todo un Dios.

1.2. La vocación, motivo de confianza
Si Dios cuenta con uno, es que, al menos para Él, contamos mucho. La conciencia de la
vocación personal es la mayor razón que tener podamos para confiar en nosotros
mismos; porque, si Dios pudo confiarse en nosotros, nos ha de estar probihida la
desconfianza; en vez de preocuparnos por lo que nos ha de costar seguir nuestra
vocación, emplearíamos mejor nuestro tiempo si, maravillados porque Dios cuente con
nosotros, nos pusiéramos completamente a su disposición.
No otra cosa hizo María; sea para lo que sea, independientemente de cuanto Dios
haya pensado en concreto para cada uno de nosotros, es motivo más que de sobra para
quedarse encantados con ese Dios saber que tanto nos valora como para habernos
contado su plan y contar con nosotros. Y por eso, el que ha sido invitado por Dios a
ayudarle en la salvación de los demás, nada tiene que temer, ni a nadie, y mucho tiene
que ganar: a todo llamado por Dios, como a María misma, le está prohibido el miedo:
«no temas, María», le dijo el enviado de Dios; saberse confidentes de Dios —y, como
María, lo somos cuando conocemos sus planes de salvación— debe hacernos confiados.

2. Fiarse de Dios es hacerse con Él
Sólo hay una respuesta válida a la confianza que Dios pone en quien llama: la fe, que es,
como nos enseña María en Nazaret, consentimiento pleno. Cuando Dios cuenta con uno,
quiere que se le dé crédito, por más descabellado que parezca cuanto propone; a María
—no lo olvidemos— le propuso ser madre sin dejar de ser virgen; hasta ella misma se
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preguntó cómo iba a ser posible. Y no obstante, aquí radica el milagro: quien le da a Dios
fe termina por darle cobijo; quien le concede su consentimiento, llega a prestarle vida y
entraña. La virgen se convirtió en madre de Dios porque se fió de Él y el mundo obtuvo
a su Salvador, cuando Dios tuvo quien le creyera. La confidente de Dios lo concibió en
su seno.
¿Por qué nos cuesta tanto a nosotros, en cambio, creer a Dios? No nos damos cuenta
de que Dios exige fe, tras habernos dado pruebas de la confianza que tiene en nosotros;
no nos percatamos de que, si algo nos pide, es porque mucho confía en nosotros: no
saberse confidentes de Dios, sus íntimos, nos hace más penosa nuestra vida de
obediencia; por sentirnos sólo mandados, no queridos, exigidos y no reconocidos, no
logramos serle obedientes: Dios no encuentra espacio en nuestras vidas para hacerse
presente, ni el mundo encuentra en nosotros nada de Dios.

2.1. Un Dios a la búsqueda de creyentes
Y sin embargo, como en los días de María, Dios sigue buscando quien le preste fe y
entrañas; no tiene el Dios de María otro modo de salvar al mundo que encarnándose.
Ayer como hoy. Si lo percibimos ausente de nuestro mundo, lejos de nuestra realidad,
desinteresado de nuestros problemas, no debemos culparle; es que no encuentra hoy
entre nosotros lo que encontró en Nazaret un día: una mujer obediente, una virgen que
se comprometió a ser su sierva. Lucas nos recuerda que la bienaventuranza de María
comenzó cuando dio crédito a su Dios; nos privamos de la dicha de María negándole a
Dios obediencia. No tendría que resultarnos tan difícil: no necesitó María ser totalmente
de Dios para concebirle en su entraña; siendo virgen, no precisó de ayuda de hombre
para ayudar a su Dios a entrar en el mundo de los hombres.
El creyente, como María, no necesita para hacerse con su Dios, para hacer de Dios
vida propia, más que de fe: para darle carne y hogar, para, haciéndolo humano, darlo a
luz y darlo al mundo, no es preciso milagro mayor que nuestra fe. Sólo poniéndonos
totalmente a su servicio, lo haremos nuestro familiar: con el Dios de María, el siervo es el
amo, el criado el señor, la esclava la madre.

2.2. Un Dios necesitado de acogida
Dios sigue empeñado hoy en salvar y anda buscando creyentes que, como María, le
permitan entrar en sus vidas. ¿Cómo va a volver a ser Él el Dios de María, siempre
entrañable, si no encuentra hoy quien le preste entrañas y corazón? Él está dispuesto a
repetir en cada uno de nosotros las mismas maravillas que operó en su madre: bastaría
que encontrara la misma disposición y entrega. No logramos sabernos confidentes de
Dios porque no le prestamos obediencia; y no concediéndole fe, tampoco le damos vida.
Perdemos demasiado, porque, a diferencia de María, a quien tanto decimos amar, no nos
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confiamos a Él ni le confiamos nuestra vida. Por no tenerle fe, no lo tenemos en nuestra
vida ni entre nuestras manos.
Si no logramos imitar la fe de María virgen, ¿para qué nos sirve nuestra devoción? Si
no consigue ponernos al servicio de Dios, ¿cómo va a ponerse Él a salvar a nuestro
mundo? Nos perdemos a Dios, y lo pierde nuestro mundo, sólo porque no le prestamos a
Dios suficiente fe y entraña, vida y obediencia. Demos a Dios lo que nos pida.

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• La aventura de fe de María comenzó haciéndole Dios saber qué es lo que esperaba de ella. ¿Se puede decir
que toda experiencia de Dios se inicia con el descubrimiento de la propia vocación? ¿Ha sido ese nuestro
caso? Más decisivo aún, ¿es cualquier vocación un encuentro con Dios y su plan sobre nosotros? En qué
sentido.
• ¿Qué puede decirme el que Dios iniciara su relación personal con María llamándola a ser madre virgen de su
hijo? ¿Qué debería admirar más la necesidad de Dios por encontrar una persona que le fíe o la aceptación
inmediata que hizo María del plan de Dios?
• Antes de saberse llamada por Dios, María se supo agraciada; previo a que ella optara por Dios, tuvo que
aceptar que Dios había optado por ella. ¿Llama Dios porque nos quiere o nos llama para querernos? Si la
gracia precede a la tarea, ello significa que toda vocación auténtica reconoce que el querer divino precede a
sus exigencias? ¿Es, pues, legítimo el temor? ¿Dónde surgen y se alimentan nuestros temores en nuestra vida
vocacional? ¿Por qué no logra entusiasmarnos que Dios haya contado con nosotros y que contemos tanto
para Él?
• Dios propuso a María un plan que ni cuadraba con sus intenciones ni estaba entre sus posibilidades: ser
madre virgen. El hijo que le fue anunciado no iba a ser, en realidad, de ella (hijo del Altísimo) ni para ella
(mesías de Israel). El primer extrañado por los planes de Dios es quien primero los escucha. ¿Puede un
llamado vivir su vocación sin que Dios lo extrañe y llame la atención mínimamente?
• ¿Qué significa para mi vocación que ésta sea un asunto de confianza? ¿Quién arriesga más, el que inicia la
relación eligiendo al candidato o quien se sabe elegido e iniciado? ¿Vivo habitualmente mi llamada con
miedo o temor? ¿Cuáles pueden ser los motivos? ¿Puedo considerarlos válidos?
• Quien se sabe confidente de Dios, por haber sido llamado, ¿tiene derecho a desconfiar de sí? ¿Dónde surgen
y se alimentan nuestros temores en nuestra vida vocacional? ¿Por qué no logra entusiasmarnos que Dios haya
contado con nosotros y que contemos tanto para Él?

MOTIVOS DE ORACIÓN
• Maravillémonos de que Dios, buscando salvar a su pueblo, nos haya invitado a prestarle vida y fe.
Agradezcamos su inmensa confianza, tanto más gratuita cuanto menos merecida y peor respondida. Con
María sorprendámonos de Dios y su plan, en el que tenemos un puesto.
Te agradezco, Señor, que hayas ligado la salvación de tu pueblo a mi vocación personal. Y me aterra, al mismo
tiempo. Te arriesgaste con María y te dio buen resultado. Te sigues arriesgando conmigo…; y mucho me
temo que no te esté dejando satisfecho. Pero, precisamente por ello, más me admiras y me entusiasmas.
• Agradecemos que la confianza que Dios ha depositado en nosotros sea la base de nuestra confianza: si tanto
valemos para Él, ¡no hay razón para menospreciarnos!; sólo Dios —¿para qué necesitamos más?— es el
motivo de nuestra confianza.

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Reconozco que me tienes confianza, tanto más gratuita cuanto menos merecida y peor respondida. ¿Sabes
bien de quién te fías? Que te fíes tanto de mí, me da confianza en Ti y, ¿no es maravilloso?, también en mí.
Porque sigues pensando en salvar a tu pueblo, me sigues invitando a prestarte vida y fe. No te desilusionen
mis excusas ni mis miedos; no pierdas ilusión en salvar a otros, porque así queda a salvo tu confianza en mí;
mientras tengas necesidad de mí para tu proyecto de salvación, tendré asegurado yo un puesto en él y una
misión.
• Admiremos que Dios se dé a quien le presta fe. Pidámosle que nos conceda la obediencia que espera ver en
nosotros, para que podamos verle en nosotros, como María. Agradezcamos que piense en nosotros, como en
María, para hacerse encontradizo con nuestro mundo. Roguémosle que nos proporcione la capacidad de
acogida que Él encontró en ella.
Junto a María, compañera de confidencias divinas, te doy gracias por la confianza que me tienes y porque la
mantienes. Te admiro, Dios de María, porque te das todo entero a quien te presta fe. Y te ruego que me
concedas la obediencia que esperas ver en mí, para que pueda verte en mí, como logró María. No sé cómo
agradecerte que hayas pensado en mí, como en María; para no malograr tanta confianza, dame la capacidad
de acogida que encontraste en ella.

III. LA VOCACIÓN, EXPERIENCIA DE DIOS TRINO
Como con cualquier llamado, Dios entró en la vida de María dialogando con ella: la
invitación que Dios le cursó para que aceptara ser madre del hijo, sin dejar de ser la
virgen que se quería, nos ha llegado dramatizada como un coloquio con su enviado,
Gabriel (Lc 1,26-38).
Ello no es casual. La experiencia mariana de la maternidad fue la lógica consecuencia
de su aceptación de un proyecto de vida que no era el suyo; para presentárselo Dios tuvo
que entrar en la vida de María y, rogándole audiencia, lograr su consentimiento. Todo
ello se realizó mediante una conversación, en la que, si la iniciativa era toda de Dios,
María conservaba la capacidad de cuestionarla. Precisamente por eso, su obediencia fue
fruto de libre obediencia y no ineludible necesidad: la oferta de Dios, el Dios que se le
ofrecía como hijo, no fue imposición. Dios no la obligó: tuvo que desvelarle su plan y
pedirle su asentimiento.
Pues bien, aunque María fuese el interlocutor único de Dios en su conversación con su
mensajero, no fue, en realidad, el primer beneficiario del proyecto que se le desveló en
su vocación. Lo que pretendía Dios era darle un salvador a su pueblo (Lc 1,32-33); bien
mirado, y aunque desconcierte, en realidad más que en María virgen Dios estaba
interesado en el pueblo de María; para darle al pueblo un salvador, eligió para su Hijo
una madre.
Ello implica que la vocación de María estaba, en la mente de Dios, finalizada en la
salvación del pueblo de Dios (que era el de María). Los demás, los que no participan en
esa experiencia única e intransferible que es la propia vocación, no son lo de menos, ni
para el llamado ni, mucho menos, para Quien llama: constituyen el fin, el objetivo, de la
llamada, el motivo del diálogo; los destinatarios son la razón de toda vocación auténtica,
su motivo central y su mejor —más aún, su única— garantía.
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Saber a Dios interesado en la propia vida llevó a María a descubrir a Dios interesado
en la vida de su gente. En su propia vocación María se descubrió agraciada porque Dios
quería agraciar a su pueblo con la salvación definitiva; la benevolencia que Dios muestra
a su llamado es prueba de la bondad que tiene para con su pueblo. Vivir la propia
vocación al modo mariano supone toparse con un Dios que cuenta con uno para que el
pueblo cuente con todo un Dios salvador.
Por eso, no hay respuesta positiva al Dios de María que no incluya la aceptación del
pueblo como destino de la llamada: el llamado sirve a Dios sirviendo a sus destinatarios,
aquellos cuyos nombres escuchó y cuyos rostros entrevió por vez primera, cuando sintió
decir su propio nombre y se vio a sí mismo ante Dios. Toda auténtica llamada, como la
de María, es doblemente gracia, pues lo es, y en primer lugar, para el pueblo, a cuya
salvación está destinada, y para el elegido, que tanto cuenta para su Dios como para
haber contado con él para salvar al pueblo de ambos.

1. Con un Dios Trinidad como aliado
Toda vocación es, en el fondo, una invitación a vivir en alianza personal con Dios y a
mediar en la alianza de Dios con los suyos: ser únicamente de Dios (= consagración) y
facilitar que de Él lo sea su pueblo (= misión) son sus componentes básicos de la
llamada.
Así pues, como María tuvo que aprender, la vocación asentida inaugura un trato
diferenciado con el Dios que llama, tanto que, para satisfacerlo, hay que establecer con
Él una triple relación personal: el Dios de María es un Dios con un único proyecto de
salvación, pero que tuvo que multiplicarse por tres para llevarlo a efecto. Uno es el Dios
que se propone salvar y precisa de una madre, el que engendró el plan antes que María
engendrara un hijo, el Dios Padre. Otro es el Dios que se presta a ejecutar el plan
previsto y que será parte de la vida (¡y, antes, del vientre!) de María, el Dios que será
engendrado por quien le prestó carne de madre y obediencia de sierva; ese es el Dios
Hijo. Y el Dios que hace posible el proyecto y acompaña su gestación, el que sana de
raíz la incapacidad de la virgen sierva para concebir al hijo de Dios, es el Dios Espíritu.
El Dios que llamó a María es un Dios que, por triplicarse con tal de salvar, obliga a su
elegida a relacionarse con Él de forma triple, como sierva virgen, como virgen madre y
como esposa virgen.

1.1. PADRE, un Dios con ganas de salvar
El Dios que programa salvaciones anda siempre en búsqueda de siervos; lo tuvo que
aprender María cuando conoció la sorprendente propuesta que Dios le hacía: darle un
29

hijo para dotar de salvación a su pueblo (Lc 1,30-33). Ser madre no entraba entonces en
los planes de la virgen de Nazaret; pero se dio cuenta de que su virginidad, no siendo
obstáculo para Dios, tampoco podía ser para ella una buena excusa (Lc 1,34); no
pudiendo escudarse en ella, no supo negarle a Dios su vida: y asintió a planes que no
eran suyos (Lc 1,38) y aceptó un hijo que nunca sería suyo del todo (cf. Lc 2,41-50;
8,19-21); y por declararse sierva de ese Dios, en ese mismo momento, empezó a ser su
madre; gestó al Dios a quien había creído; comenzó a engendrarlo cuando apenas había
acabado de obedecerle.
Pero antes de que encontrara una madre para su Hijo, Dios había confiado a una
virgen sus planes; contó con María y le adelantó su proyecto, antes de que María supiera
qué se le iba a pedir y a quiénes iba a beneficiar; supo cuánto le importaba a Dios el
asunto, sin apenas barruntar qué le iba a importar a ella. Si María se sintió llamada es
porque Dios se confió en ella; pudo llegar a ser su esclava puesto que había sido
previamente su confidente: a la obediencia de María precedió la confianza de su Dios. Y
es que el Dios de María confía sus proyectos a sus llamados, es íntimo antes que señor,
amigo que comparte secretos y no dueño que imparte órdenes; y la prueba fehaciente de
que el llamado goza de la intimidad de Dios es que se sabe destinado por Él para una
misión salvífica: un enviado de Dios no tiene derecho para desconfiar de Él.
Lo más original, lo que está en el origen, de cualquier vocación es, pues, la capacidad
de confianza que Dios ha depositado en su elegido: la iniciativa divina, sorprendente
porque imprevista, gratuita ya que inmerecida, es el inicio de toda llamada. Dios corre
siempre un riesgo mayor apostando libremente por alguien que será el primer incrédulo
en su propia vocación y su peor enemigo: María lo expresó cuando objetaba que
mientras fuera virgen, mal podía ser madre, como se le decía (Lc 1,34). Puesto que no
se ha merecido tamaña confianza, Dios siempre resultará un tanto extraño a su elegido; y
puesto que le propone una vida que le desviará de su proyecto personal, Dios terminará
siempre por extrañarlo. Pero quien siente la llamada, y consiente, no podrá sentirse solo
jamás y se sabrá siempre un consentido de Dios: el Dios que le ha llamado le ha hecho
confidente antes que siervo; el Dios de María intima con sus fieles, trata antes como
amigos a los que va exigir obediencia.
De ahí que no puede dudar de contar con la confianza de su Dios, quien ha sido
llamado por su nombre; quien no duda de su vocación, acepta que Dios cuente con él: se
le ha robado su vida, sus proyectos de vida, como a María cuando se le ofreció ser
madre siendo virgen, para dar vida al proyecto de Dios; se le prohíbe que conciba otros
planes diversos de los que Dios ya ha concebido para él; dispone de la confianza de Dios,
cuando, y siempre que, se ponga al servicio del plan que se le ha confiado.

1.2. HIJO, un Dios que encarna la salvación
María dio fe a un Dios que le contó su plan, permitiéndole que entrase en su vida; se
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prestó a que hiciera su voluntad en ella, y Él se le convirtió en parte de su vida, en carne
de su vientre e hijo de su entraña.
La creyente se hizo madre, permaneciendo virgen, por su obediencia: sin que le
importara esa su incapacidad para procrear, Dios se le confió como hijo, porque ella se le
había confiado como sierva. El poder del obediente sobre Dios es, como experimentó
María, incalculable; puede concebir a Dios quien le sirve, lo hace a su imagen y en su
vientre quien le obedece: hacer a Dios fruto de la propia entraña, convertirle en un Dios
entrañable, es hazaña de siervos obedientes. Para gestar a Dios no necesita el creyente
más —¡ni menos!— que la fe de María: para hacernos con nuestro Dios, convirtiéndole
en nuestro hijo, para darlo a luz en nuestro mundo y con nuestras manos, no se precisa
más que prestarle obediencia servil.
Si el Dios de María, que se hace hijo de sus siervos, permanece ausente de nuestro
mundo, es porque no encuentra creyentes en los que confiar su salvación, siervos que se
pongan a su entera disposición; no pudiendo estar en la vida de los suyos, no puede
dejarse ver en la vida del mundo. El Dios que no encuentra cobijo en el corazón de sus
creyentes, es un Dios para el que el mundo se torna inhóspito. La encarnación de Dios
en María virgen es la única forma que ha encontrado Dios de entrar, y de una vez por
todas, en este mundo: si no lo logra hoy, no será porque le falten ganas. ¿Dudaremos de
que ya no quiere seguir siendo hombre entre los hombres?; ¿o no es más lógico pensar
en que le están hoy faltando creyentes que le sirven de verdad y se ponen al servicio de
sus planes? No escasea el Dios de María de voluntad de sernos hijo: le estamos faltando
nosotros, los llamados a encarnarlo en el mundo de hoy.
María, que logró concebir a Dios, no consiguió del todo entenderlo; su relación, por
íntima y extraordinaria que fuera, no constituyó un ventaja; la familiaridad mayor no le
ahorró las mayores incomprensiones. Contar con Dios como uno de la propia familia (Lc
2,16-19), tenerlo a diario en el propio hogar (Lc 2,48-50), no le hizo más fácil la
convivencia ni menos oscura la vida junto a Él. María no logró nunca que el hijo, que
había sido suyo por gracia, fuera del todo suyo, por más total que fuera su dedicación a
él; se tuvo que conformar con que se le fuera haciendo más de Dios cuanto más hombre
se le hacía (Lc 2,49). Y la tradición evangélica, con tanta discreción como honestidad, no
disimula el hecho de que las relaciones de María con Jesús, durante su ministerio público,
fueron tensas y distantes (Mc 3,10-21.31-35 par; Lc 11,27-28; cf. Jn 7,1-13).
Y es que, por más vida que le demos, Dios siempre es más grande que nuestro
corazón; ni nos va a caber en la cabeza ni ha quedado al alcance de nuestras manos;
nunca será posesión nuestra, aunque le hayamos tenido en nuestra entraña; jamás lo
pondremos a nuestro servicio, por más servicios que le hayamos prestado. Ya que, a
imagen de María, será sirviéndole como lo apadrinaremos, no será dejando el servicio
como mantendremos la familiaridad con Él: con Dios, como María experimentó, el siervo
es el amo; una esclava, la madre.
¡Un Dios extraño este Dios de María, que exige total obediencia siempre para poder
31

sentirse ahijado nuestro! Nosotros, para nuestra desgracia y la de nuestro mundo, no
logramos tener la experiencia de Dios que protagonizó María (hacerlo entraña nuestra),
porque no nos arriesgamos, como ella, a tenerle confianza y prestarle obediencia.
Perdemos demasiado, por no serle siervos: lo perdemos a Él y se lo pierden quienes los
jóvenes que nos tienen como sus enviados.

1.3. ESPÍRITU, un Dios hacedor del imposible
Cuando María objeta al plan de Dios mencionando su virginidad (Lc 1,34), el ángel le
asegura la asistencia del Espíritu de Dios (Lc 1,35): le promete su presencia y una
actuación creadora; y porque está llena de su Espíritu, la virgen concebirá a Dios. De ahí
que quien desee saber qué significa ser poseedor del Espíritu, ha de contemplar a María.
El «primer» Pentecostés no sucedió, pues, en Jerusalén, cuando, a los cincuenta días
de la resurrección de Jesús, Dios envió su Espíritu a los testigos elegidos y creó la Iglesia
(Hch 2,1-21); ocurrió en Nazaret, cuando una mujer se declaró dispuesta a cumplir un
plan que creía imposible (Lc 1,35). Ante la objeción de María, Gabriel, el enviado del
Dios que tenía el proyecto de salvar a su pueblo, reaccionó con rapidez: no se puso a
discutir con María ni trató de convencerla sobre la posibilidad de una maternidad virginal;
prometió el Espíritu a la virgen que se iba a comprometer a obedecerle. Y es que nada se
le puede resistir al Espíritu de Dios (Lc 1,36) que hizo todo de la nada (cf. Gen 1,2-3).
Tal es la promesa de Dios para cuantos quiere a su servicio: por incapaces que se sientan,
los siervos de Dios obtienen de Él su mismo Espíritu; Dios se da, espiritualmente, a quien
le concede escucha y asentimiento.
El Espíritu de Dios, cuya alentadora presencia precedió la primera creación (Gen 1,23), pertenece a los que Dios llama, siempre que le resulten obedientes. Nada es imposible
para quien, sabiendo cuanto Dios quiere de él —y por ello, cuánto Dios lo quiere—, deja
que sea Dios quien gobierne su existencia: de la propia incapacidad puede brotar lo
insospechado, como de la virginidad pudo surgir un hijo y de una mujer Dios..., si lo
posibilita el Espíritu; y Éste se hace presente dondequiera queDios encuentre siervos.
Por dejar que Dios fuera su señor, el Espíritu pudo hacer a María su madre sin que su
virginidad sufriera menoscabo; el hijo que concibió, que no había aún querido ni se lo
había siquiera imaginado, fue Hijo de Dios. En María el Espíritu unió virginidad y
maternidad, sin menoscabo de ninguna de ambas, naturaleza humana y naturaleza divina;
Él fue origen, causa y sustento de la encarnación de Dios en María.
No hay que engañarse: sin obediencia total a Dios, no viviremos nuestro pentecostés
particular. Dios no pone a disposición su Espíritu más que de quien ha puesto la vida a su
disposición: es la obediencia de la fe la que nos hará hombres espirituales. La incapacidad
que padecemos los testigos de Dios hoy para alumbrar a Dios en nuestro mundo no
depende de nuestra virginidad, que tanto — ¿tanto?— nos esforzamos por mantener; la
produce nuestro estado de desobediencia a Dios, nuestra indisposición a hacer nuestros
32

sus planes. Podemos ser vírgenes, y no ser hombres del Espíritu, mediadores de
encarnación; sólo el servicio a Dios, en exclusiva y sin excepciones, nos consigue su
Espíritu y trae a Dios al mundo. La interioridad apostólica, esa capacidad de dar a Dios
totalmente sin perderse uno en el intento, es hazaña de hombres de Espíritu, de vírgenes
obedientes: lo imposible para el hombre ha quedado siempre al alcance del siervo de
Dios.

2. La maternidad de Dios, una grandiosa posibilidad
del creyente
Si lo que sucedió a la virgen de Nazaret ha merecido, al ser recogida en la tradición
evangélica, ser memoria normativa de nuestros orígenes, no lo es tanto porque sea mérito
suyo haber concebido a Dios cuanto para que podamos igualar nosotros tamaña suerte.
Haciéndonos llegar la crónica de la vocación de María en el relato de Lucas, Dios no nos
ha querido desvelar qué es lo que hizo María cuando Él la llamó a su servicio; nos ha
dejado dicho, más bien, qué está dispuesto a hacer Él por nosotros, si nos encontrara tan
dispuestos como María: Dios ha dejado al alcance de sus siervos concebirle e invita a
cuantos quiere a que se arriesguen y lo intenten.
Es cierto: la maternidad virginal de María es una actuación del Espíritu, que adviene
cuando en una mujer obediente el hombre y Dios se hacen uno. Pero lo realmente
nuevo, lo verdaderamente bueno, es que no muy diferente de la experiencia mariana es la
misión de todo llamado: hacer en la propia vida, en el propio vientre, encontradizos —y a
pesar de los costes, que en María fueron altísimos— Dios y el hombre, el Espíritu y la
carne, el instante y la eternidad, la historia y la salvación. Llevar Dios al hombre y llevar
el hombre a Dios es tarea típicamente mariana, de siervos obedientes, de madres
vírgenes.
El hecho histórico tiene aquí rango de ley salvífica: el Espíritu está dispuesto a superar
nuestra radical incapacidad para alumbrar a Dios; transformará nuestra imposibilidad para
generar algo divino en nosotros mismos, siempre que nos encuentre dispuestos a darle
paso, a permitirle la entrada —no ya en nuestra vida sino— en nuestro cuerpo virgen, en
nuestras estériles entrañas. El reconocimiento de nuestra incompetencia, como la protesta
de virginidad que hizo María, no es óbice suficiente para un Dios con voluntad de
encarnarse en nosotros y, a través nuestro, en nuestro mundo: tan sólo dejará de contar
con nosotros, cuando nos falte obediencia. Anda escaso nuestro mundo de Dios,
concreto y entrañable, porque anda escaso nuestro Dios de llamados que le sirvan de
verdad, según el método mariano.
Lo que significa que ni siquiera nuestra manifiesta incapacidad para llevar a efecto lo
que Dios piensa hacer con nosotros puede alimentar nuestra resistencia al plan divino.
33

Para el llamado, como para María, incluso su reconocida esterilidad personal consigue
rendir a Dios. Y si no cuenta para Dios la propia incompetencia, para el escogido ha de
volvérsele gracia inapreciable su probada incapacidad: como la virgen desposada
encontró gracia en el hecho de ser llamada a dar cuerpo a su Dios, así el llamado por
Dios descubrirá que su incapacidad para hacer la voluntad de Dios es, en concreto, una
grandiosa posibilidad, motivo de insospechada gracia. Todo puede convertírsele en
benevolencia al llamado, si hasta su imposible destino lo ha sido; y lo ha sido, porque, de
no haber sido por Dios, nadie, ni él mismo, hubiera pensado en semejante tarea: dar
cobijo y entraña a todo un Dios.
A pesar de que María pensó que su virginidad era un obstáculo evidente para la
maternidad anunciada, la tradición ha celebrado a María siempre virgen. Y no le falta
razón: siendo virgen, incapaz de generar vida humana, María dio vida a su Dios, por
haber sido obediente; no dejará de ser virgen, por ser madre.., siempre que siga
obedeciendo a su Dios. Es la vida de obediencia lo que hizo el milagro. De nadie todavía
(sin esposo), sin nadie aún (sin hijos), la sierva se hace toda de Dios y sólo de Él: la
soledad afectiva y la esterilidad física, consecuencias de su virginidad, fueron superadas
en la maternidad de Jesús. Pero no dejó de ser virgen, porque se había declarado antes
sierva: la obediencia a Dios la liberó de su incapacidad, sin librarla totalmente de ella; se
hizo madre sin dejar de ser virgen.
Para que cuanto logró, encarnar a Dios en su seno, no pudiera atribuírselo como
merecimiento, María tuvo que reconocer que para ella resultaba imposible el plan de
Dios, mientras permaneciera virgen (Lc 1,34). Y para que tuviera que aceptar que el hijo
de sus entrañas era hijo de Dios y no fruto de sus posibilidades, María permaneció
virgen. Ese fue el precio a pagar por la doncella desposada con un hombre llamado José
(Lc 1,27). Y es que María, como todo llamado, fue consciente de la imposibilidad del
proyecto que Dios se hizo de ella desde el momento mismo en que se le desveló: y
tendrá que vivir toda su existencia soportando su incapacidad, en cuanto virgen, y la
gracia de Dios, como su madre.
Un Dios que está dispuesto a no tener en cuenta nuestras resistencias y a hacer
fecunda nuestra incapacidad, por más obvia y permanente que la pensemos, es un Dios
que merece nuestra vida y nuestras penas. Y ese es el Dios de María, un Dios que, como
ella proclamó, es sencillamente maravilloso.

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• Antes de reflexionar sobre la propia vocación, intentando comprender, habría que sobrecogerse, sabiéndose
«comprendido» en un plan de Dios. Y adorar esa decisión divina a favor del pueblo que es mi propia
vocación. Y sorprenderse por cuánto valemos ante Dios y para Él.
• Lejos de sorprendernos por la triple «presencia» de Dios en nuestra vocación, deberíamos apresurarnos a
entablar una relación con Él triplemente diferenciada: gozar de la confianza en nosotros depositada, darle
espacio en nuestra vida y carne, llenarnos de su poder. Sólo una de estas tareas bastaría para hacer de nuestra

34

llamada una experiencia divina.
• El llamado descubre su incapacidad para llevar a efecto el querer de Dios en el momento de ser llamado:
echar en olvido nuestra incompetencia o no hablarle de ella, no es la mejor manera de responder a Dios. De
nosotros Dios sólo espera fe, que es asunción cordial de su plan. Deberíamos preguntarnos por qué olvidamos
tan fácilmente nuestra incapacidad: ¿no será que así nos libramos de tener que darle, como María, fe a
Dios?
• «¿Nos atreveremos a llamarnos madres de Cristo?» —se preguntaba Agustín ante sus fieles; y se respondía:
—«Ciertamente que nos atrevemos»7. Relee el texto y, superada la sorpresa primera, pregúntate qué puede
significar para un creyente poder llegar a ser madre de Cristo. ¿No será, más bien, una exageración
irreverente? ¿O te atreves a pensar, ¡sinceramente!, que es una oportunidad a tu alcance? ¿Por qué, entonces,
no intentarlo? Para conseguirlo no habrá más que rehacer el camino de María ¿No merece la pena
proponérselo, si se trata de imitar a María?

MOTIVOS DE ORACIÓN
• Roguemos a María que nos enseñe a vivir nuestra llamada como contemplación del plan que Dios se hizo de
nosotros, del plan que quiere hacer con nosotros, cuando nos sorprendió contando con nosotros para salvar a
los jóvenes. Agradecemos a Dios su confianza y nos ponemos a su entera disposición.
• Hacemos un ejercicio de diálogo con Dios Trino, diversificando nuestra oración según la actuación personal
de Dios en nosotros. Y terminamos bendiciendo a Dios por su intervención en María: ¡bendito seas, Señor, por
las maravillas que obraste en María virgen! Al tiempo que soñamos y nos deseamos su intervención en
nosotros: ¡Y bendito también porque estarías dispuesto a repetirlas con nosotros, si en nosotros encontraras
siervos como María! Sé con nosotros tan grande como fuiste con ella, para que podamos bendecirte como ella
y, como ella, ser benditos por siempre. Amén.
Te bendigo, Padre, porque en María, la virgen sierva, me has mostrado el modo de hacerte mío; te consigue
quien se pone a tu disposición; quien hace tu voluntad se hace con
tu querer. ¡Eres simplemente maravilloso! Para que tu Hijo pueda seguir encarnándose entre los hombres,
sigue comunicándonos tus planes y la obediencia precisa para llevarlos a término.
Te agradezco, Señor Jesús, que me invites a serte familiar e íntimo; que no te hayas contentado con tener
como madre a María; que pienses que puedo yo emularla en su fe y familiarizarme con tu amor; que puedo yo
darte cabida en mí, que te puedo hacer más humano, representándote entre mi pueblo. Dime, como a María,
cuál es el plan que sobre mí tiene Dios; hazme saber el proyecto que me hará agraciado y que asegura su
presencia en mi vida. Por imposible que me parezca, por incapacitado que me sienta, te sentiré junto a mí y
sabré que tu Espíritu me guarda. Déjame conocer lo que quieres de mí: te seré dócil y tú me serás familiar; te
convertiré en mi Señor y tu serás uno de los míos.
Te espero, Espíritu, para hacer realidad en mí lo que sobre mí ha proyectado el Padre. Conozco mi
incapacidad para realizarlo con mis fuerzas, a pesar de mi mejor voluntad. Desciende sobre mí: cubierto con
tu poder, a la sombra de tu omnipotencia me será posible llegar a ser aquel que Dios me propone: contigo, ni
mi pobreza es óbice; conmigo, tu poder será eficaz.

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SEGUNDA ETAPA

Ain Karem (Lc 1,39-56)
La MISIÓN,
respuesta de la sierva
bienaventurada

La segunda etapa del viaje de fe que María protagonizó se localiza en Ain Karem, un
pueblecito «en la región montañosa de Judá» (Lc 1,39). Ya madre de Dios por
obediencia, «María se levantó y fue de prisa a una ciudad de Judá, entró en casa de
Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39-40). El ángel no le había dicho que fuera a ayudar a
Isabel; si había mencionado su nombre y su estado, fue como prueba de la omnipotencia
divina. María, al aceptar su vocación, encontró «enseguida» una misión.
La sierva del Señor se puso inmediatamente en camino para quedarse «tres meses»
al servicio de una anciana en estado: con la misma fe con la que había dado espacio a
Dios en su vida, creaba espacio en su vida para una mujer necesitada de ayuda.
Acoger a Dios es abrir la propia existencia a la del prójimo en necesidad. El
necesitado se vuelve objeto de misión para el llamado por Dios.
Su presencia aporta salvación: a través de su sierva, actúa la palabra; llena de gozo
al niño por nacer y del Espíritu a su madre (Lc 1,41:.44); y es por ello que María es
proclamada bienaventurada, ella y su hijo (Lc 1,42), madre del Señor (Lc 1,43) y
creyente feliz (Lc 1,45)1: para la imagen lucana de María, su fe es decisiva; por ella es
madre virgen y por ella es dichosa.
Con el relato de la visita de María a su prima Isabel (Lc 1,39-56), Lucas logra que
la actuación de Dios en María se haga pública. Después de la intervención de Dios en
ella, María interviene en la vida de los demás: la creyente se hace sierva. Su pariente
la recibirá como «la madre de mi Señor» (Lc 1,43) y María no podrá por menos que
sentirse reconocida con un Dios tan maravilloso (Lc 1,46-56).
Las prisas por servir llevaron a María a casa de Isabel y allí «se quedó como tres
36

meses» (Lc 1,56). Saludada —reconocida públicamente por vez primera— como «la
madre de mi Señor» (Lc 1,43), bendecida «por haber creído lo que se te ha dicho de
parte del Señor» (Lc 1,45), se pondrá a rezar, en ese preciso momento, María. Asumida
la llamada personal y actuando su vocación de servicio, María encontró palabras, y
razones, para orar enalteciendo a Dios. Empezar a cumplir la misión llena de motivos
para bendecir a Dios.

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EL SERVICIO COMO MISIÓN
(Lc 1,39-45)
María conoció el nombre del prójimo a quien servir mientras oía su propio nombre y su
destino; supo de la necesidad de su familiar, mientras dialogaba con el mensajero de
Dios. No pidió prueba alguna para creer; Dios le dio, no obstante, una indicación: en su
vejez, «su pariente había concebido un niño, pues nada es imposible para Dios» (Lc
1,39-40). Dios no le había dicho nada más; María entendió cómo debía comenzar a ser
madre de Dios, sirviendo a su pariente. La virgen de Nazaret estrenó maternidad divina
sirviendo a su prima Isabel.

I. EL RELATO
La visita de María a Isabel sirve para vincular las dos anunciaciones relatadas por
separado, la de Juan y la de Jesús, y posibilita el encuentro entre el profeta y su Señor
antes incluso de nacer ambos. Anunciando la concepción de unos niños, un ángel ha
dejado al descubierto el plan salvífico de Dios; lo impensable lo ha hecho posible Dios.
Ahora se deja hablar a sus madres, quienes, sin haberlo buscado, se han convertido en
beneficiarios y testigos de esa salvación.
El encuentro está narrativamente motivado tanto en la señal recibida durante el diálogo
vocacional (Lc 1,36: «tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez») como en
la disposición mariana de realizar inmediatamente (Lc 1,39: «con rapidez»), lo que sea
palabra de Dios (Lc 1,38): María es, ahora, el personaje central; pero no por lo que ella
haga, sino por cuanto en ella se ha realizado.
La escena se abre y se cierra con ella (Lc 1,39.56). la intervención de Isabel (Lc 1,41),
motivada por la llegada de María (Lc 1,40), no tiene otro interés que el de descubrir la
acción de Dios en ella (Lc 1,42-45) y provocar la alabanza de María, que publica por vez
primera, y en oración prolongada, su reacción personal a la maternidad virginal (Lc 1,4656). Bien unido literariamente, el episodio tiene, pues, dos momentos; el diálogo entre las
madres, primero, y la oración mariana, después; ambos se esclarecen mutuamente;
aunque aquí se traten por separado, no se olvida que son un único relato.
Con el relato de la visita de María a su prima Isabel (Lc 1,39-56) Lucas consigue
hacer pública la actuación de Dios en María. Isabel la recibirá como la madre de mi
Señor (Lc 1,43) y María no podrá por menos que sentirse reconocida con un Dios tan
maravilloso (Lc 1,46-56). Después de la intervención de Dios en ella, María interviene en
la vida de los demás; pero no como lo que ya es, madre de Dios, sino como lo que
siempre ha sido, su sierva. La creyente en Dios se convierte en criada de su pariente.

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39Y en aquellos días, levantándose María marchó con premura a una región montañosa, a una
ciudad de Judea, 40y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
41Y sucedió que, al oír Isabel el saludo de María, se removió el niño en el vientre, y fue llena del
Espíritu Santo, y 42gritó con gran voz y dijo:
«Bendita tu entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.
43¿De dónde a mí que venga la madre de mi Señor?
44Pues, mira, cuando la voz de tu saludo llegó a mis oídos, se removió de gozo el niño en mi
seno».
45Y dichosa tú, que has creído que se cumplirá lo que se te dijo de parte del Señor.

Las dos mujeres eran parientes; han sido emparentadas por una misión personal, la de
ser madres contra toda esperanza; y acabarán hermanándose en la alabanza a Dios.
Isabel, que se ha convertido para María en prueba de la omnipotencia divina, proclama,
bendiciéndola, la fe de María. Si Isabel es el signo viviente para María de su maternidad
posibilitada por Dios (Lc 1,36), María será para Isabel la madre del Dios (Lc 1,43) que le
ha dado un hijo en su vejez y que se lo va a santificar antes de su nacimiento; las madres
prolongan, personalizándolo, el contraste que vivirán después los hijos. Isabel deja de ser
prueba (Lc 1,36) para ser testigo de la gracia de María (Lc 1,42.45); su hijo dará, aun
antes de nacer, testimonio en favor del hijo de María.

1. Prisas por servir a Dios
Tras declararse sierva de Dios, María emprende viaje, inmediatamente2. El cronista
localiza con imprecisión el destino, una ciudad en la región montañosa de Judea3.
Las prisas de María no pueden tener más motivo que el anuncio del ángel (Lc 1,36),
pero no como comprobación de una señal que ni pidió ni necesitó para creer; es fruto de
su escucha y expresión concreta de su obediencia (cf. Lc 2,15-16). Tampoco se
explicarían esas prisas por un parentesco, que —por otra parte— jamás se define con
precisión. A lo sumo puede sospecharse entusiasmo religioso ante la gracia concedida a
su pariente y simpatía para con ella; saberla encinta, puso a María en camino; de hecho,
se quedará con ella hasta tanto dé a luz Isabel (Lc 1,58).
Merced a las prisas, no bien explicadas, de María, Dios, aun en el seno de la virgen, se
39

acerca con presteza a los hombres; apenas concebido, no resiste dilaciones en su
voluntad de salvación. Lucas se centra así en lo esencial. Zacarías, antes receptor del
anuncio del ángel (Lc 1,11-17), no es ahora el interlocutor buscado por María; pero es en
su casa donde se encuentran las futuras madres. Nada se dice sobre cómo sucedió el
encuentro. Tampoco se narra un viaje que habría durado tres o cuatro días (cf. Lc 9,51);
lo que importa al narrador es su personaje, María, y sus prisas por servir a Dios.

2. La presencia de María y la plenitud del Espíritu
El saludo de María produce en Isabel un inesperado efecto. La madre, antes de
responder, es sobresaltada por el hijo aún por nacer, un motivo bíblico conocido (Gen
25,22-23). Juan, que aun en el vientre de su madre ya posee el Espíritu (Lc 1,15),
reconoce a su modo a la madre del Mesías; no es que sea precursor de Dios (Lc 1,17),
es, sobre todo, testigo y mensajero de Cristo (Lc 3,16; Jn 1,8.15.23.26.27); antes de
nacer, ha empezado a cumplir su misión.
Pero Isabel reconoce a María no tanto por el movimiento del hijo en su seno; no es un
impulso visceral, lógico en su estado, sino la potencia del Espíritu lo que la conducirá al
testimonio público. Para Isabel la visita de María coincide con la plenitud del Espíritu;
tener en casa a María, sobre la que ha descendido el Espíritu, convierte a Isabel en
profeta y en madre de profeta (Lc 1,15).

2.1. Benditos, madre e hijo (Lc 1,42)
Con gran voz hace público lo que el lector ya sabe, pero el narrador no había dicho aún.
Isabel atribuye la maternidad de Dios a María y, sobre todo, el mesianismo davídico a su
hijo. Y lo hace en forma de bendición para ambos; su exclamación, más que una
bienaventuranza (Lc 1,45), es una eulogía, que es la forma de pedir a Dios la bendición
para alguien (cf. Dt 28,3-4) o de agradecérsela en su nombre (cf. Lc 1,68). El fruto del
vientre de María, efecto de su fe (Lc 1,45), es la razón de su buena fortuna.
La presencia de María lleva la alegría de la salvación a quien aún no la ha conseguido;
en el saludo de Isabel resuena el saludo del ángel (cf. Lc 1,28.31). Pero lo que antes era
anuncio y promesa es ahora patente realidad; no es simple deseo, sino constatación de un
hecho. Bendita entre las mujeres expresa, en formulación semítica (Jdt 13,18-19; Jue
5,24), un estado de supremacía absoluta: es la más bendita de las mujeres. Bendecida
por su maternidad, como cualquier mujer en Israel, es la más bendita por haber logrado
ser madre del Mesías; el hijo es el motivo de la superioridad de María madre (cf. Lc
11,27).

40

2.2. La dicha de tener a la madre de Dios en casa (Lc 1,4344)
Isabel se pregunta con énfasis no disimulado, llevada por la admiración, sobre el motivo
de tan inesperada visita. Formula así la pregunta que puede mantener aún el lector: ¿qué
ha hecho ella para merecer a María? Y, aún más decisivo, define a María no por su
relación de mutuo parentesco, sino por la relación de Dios con ella; es la madre de su
Señor. De ahí que, antes ya que Juan con respecto a Jesús (cf. Jn 3,29-30), Isabel se
subordina a María, aceptando el mesianismo del hijo4.
Es ahora cuando, como motivo, Isabel alude al movimiento del niño en su seno,
contemporáneo (Lc 1,41) al saludo de María. Proféticamente, lo intuye como alegría del
aún no nacido ante su no nacido Señor. Al saludo de María madre ha contestado el
saludo del hijo de Isabel, que ha presentido lo que la llegada del Mesías debía
desencadenar, el gozo mesiánico (cf. Mal 3,20). Visitando a su familiar, María ha llevado
a una familia, hasta el seno de una madre, la dicha definitiva, aquella que es
consecuencia de la esperada salvación. Ya antes de nacer, Juan ha experimentado la
dicha de tener a Jesús Mesías; por eso, ya adulto, sabrá hablar de Jesús y el gozo que le
produce su presencia (cf. Jn 3,29).

2.3. Bienaventurada por creyente (Lc 1,45)
La primera bienaventuranza del Nuevo Testamento tiene como destinataria a la primera
creyente. Y es la fe el motivo de esa felicidad.
Como es habitual, la bienaventuranza está formulada en tercera persona; es claro que
Isabel se refiere a María; su fe en lo que se le ha dicho es el motivo de su dicha; creerle a
Dios, su buena ventura. Pronunciada bajo el dominio del Espíritu, define a María por su
confianza en lo que se le ha comunicado de parte de Dios (cf. Jdt 13,18-19), una fianza
tanto más admirable cuanto que aún no se ha realizado lo prometido. La fe de María se
ha basado en la fiabilidad que le merece Dios, no en lo maravilloso de su programa; la
palabra de Dios es siempre promesa mantenida; una vez comprometido, Dios no puede
desdecirse. Quien conoce la palabra de Dios no puede por menos que fiarse de Él; los
confidentes de Dios le son fieles.
El consentimiento, que María ya ha dado (Lc 1,38), provoca la admirada felicitación
de Isabel, en la que la comunidad cristiana se reconoce fácilmente; es madre feliz del
Señor, porque antes ha sido sólo su sierva (Lc 2,19.51; 8,15; 11,27-28). Que sea la
mujer de Zacarías quien formule la bienaventuranza hace más obvio el contraste con su
marido (Lc 1,18.20) y más lógica la alabanza de María. No hay que preguntarse cómo
conoce Isabel el anuncio de la maternidad divina ni la respuesta positiva de María al
anuncio; la alegría de su hijo y el Espíritu se lo han indicado. La fe en Dios hace posible
41

maternidades impensables; esa fe es detectada por quien posee el Espíritu.
Hoy como ayer, el devoto de María debería atreverse a bendecir a la madre de Dios
siempre —y sólo— que estuviera lleno del Espíritu de Dios. ¿No habría que ser más
espirituales para descubrir en María cuanto Dios ha hecho en ella?

II. SERVIR A DIOS SIRVIENDO AL PRÓJIMO QUE
NOS NECESITA
Cuando María pregunta sobre la viabilidad del plan que Gabriel le propone, no le está
poniendo resistencia a Dios; deja ver, eso sí, su incredulidad ante el proyecto divino, que
no ve posible; y es que está segura de su virginidad, obstáculo evidente para llegar a ser
madre: antes de dar su consentimiento (Lc 1,38), hace público su reparo (Lc 1,34). Y el
enviado de Dios la convence con un argumento que no puede rebatir: Isabel, la pariente
estéril, ha concebido en su vejez (Lc 1,36-37); no es la milagrosa concepción de Juan
Bautista, sino la voluntad irresistible de Dios, lo que convence a María: ante el empeño
divino de darle un hijo ni su virginidad es impedimento.
Así pues, María no acoge la noticia como si fuera la prueba deseada para superar sus
dudas; reconoce que Dios, más que una confirmación donde apoyar su fe, le está
señalando el primer destino de su obediencia: antes de declararse sierva (Lc 1,38), habrá
conocido dónde Dios quiere que inicie su servicio (Lc 1,34): responde a Dios como
sierva, respondiendo de su prójimo como madre de Dios.

1. El servicio al prójimo, tarea para los familiares de
Dios
Aunque María —a diferencia de otros grandes elegidos— no pidió señal que garantizase
el origen divino de su llamada, Dios se empeñó en dársela: la maternidad de su pariente,
anciana y estéril, probaba que nada le resultaba imposible; hacía meses que en Isabel,
Dios había superado un obstáculo, la esterilidad, mayor que el que le presentaba la virgen
María (Lc 1,36-37).
Y María advierte que Dios, en vez de un signo no pedido, le está indicando un destino
insospechado: en medio del diálogo personal que con ella mantenía Dios le hizo sentir el
nombre y la necesidad de su pariente y comprendió que debía empezar a ser madre de
Dios poniéndose a servir a su prima, que estaba por ser madre. Entendió que, hablándole
de la maternidad de su prima, Dios la quería a su servicio y le estaba indicando dónde y
cómo quería ser servido.

42

1.1. Servir a Dios sirviendo al prójimo
María, ya familiar de Dios, corrió a auxiliar a su familiar: comenzó a ser madre virgen
sirviendo a una madre anciana; iniciaba su gestación de Dios mientras ayudaba a que una
estéril fuera madre.
Y es que el servicio de Dios se realiza en el servicio al prójimo: el Dios de María es
alcanzable allí donde está alguien que nos necesite; en la necesidad del prójimo, en las
urgencias que nos resultan familiares, está esperándonos el Dios que nos llamó a su
servicio exclusivo. Tener que cuidarse del Dios que ya gestaba no fue impedimento para
ponerse a cuidar de Isabel, su pariente, convertida en prójimo por la gracia de una
maternidad milagrosa y por su consiguiente necesidad.
A los llamados no nos debería resultar, pues, difícil ni penoso dar con el destino de
nuestra obediencia a Dios: como con María, se ha encargado Él de señalarnos, en el
momento mismo de llamarnos, los destinatarios para los que nos ha elegido; quien sabe
de su llamada, conoce también su destino. Descubrir que un Dios cuenta con nosotros
nos desvela, asimismo, el rostro de las personas que realmente contaban para Dios
mientras hablaba con nosotros: Dios llamó a María no sólo para hacerla madre suya,
sino, sobre todo, para darle un salvador al pueblo (Lc 1,31-33); la maternidad virginal fue
el medio, el pueblo que salvar era el auténtico propósito de Dios. Por eso hace entrar de
lleno, y aunque no se desee, el nombre del destinatario, su rostro y su urgente necesidad,
en el diálogo vocacional: María no oyó a Dios sin escuchar la necesidad de su prójimo.

1.2. El prójimo por servir, prueba de la propia llamada
La maternidad de una estéril no era el signo que María hubiera deseado, pero fue la
prueba que le fue concedida: el prójimo que nos necesita es, siempre que se quiera vivir
la propia vocación como María, la verificación de nuestra voluntad de obediencia a Dios.
El Dios de María, cuando llama, propone un plan e impone sus beneficiarios: desea
nuestra obediencia, pero no permite que se elija dónde va a ser servido. Como María,
todo llamado recibe una ratificación, la señal que le exigirá ponerse en movimiento y
empezar a realizar lo que ha prometido: cuando Dios habla a un persona, le habla de
otras personas para descubrirle sus necesidades; las del llamado, ya las ha tomado Él en
cuenta. La vocación mariana tiene su origen en un Dios que se nos confía; pero la meta
está en el prójimo que nos ha sido confiado: hacerse esclavo de Dios obliga a correr al
servicio de quien Dios nos habló.
Y María, antes de ser reconocida mujer bendita entre las mujeres (Lc 1,42), antes de
proclamarse bienaventurada para siempre (Lc 1,48), tendrá que ser sierva de Dios (Lc
1,38) sirviendo a su prima Isabel (Lc 1,56). La madre del Señor (Lc 1,43) había sido
antes su sierva (Lc 1,38), y criada de su prima (Lc 1,43). ¡Cierto que es maravilloso un
43

Dios que impone al que nos necesita como motivo y meta de una obediencia que ha
exigido en exclusiva! El Señor único nos obliga a servir a aquel con quien nos ha
hermanado mediante una misma necesidad: una maternidad imposible en apariencia.
Nadie que rehuya el servicio al prójimo y haya sido llamado por Dios podrá
reconocerse jamás agraciado. La gracia que nos ha hecho Dios llamándonos, nunca es
barata, pues se experimenta en el cultivo de la misión encomendada. Y es allí donde
seremos reconocidos públicamente como bienaventurados: los que nos reciban como
portadores de Dios conocerán la dicha de tener a Dios de su lado y la buena ventura de
tenernos a nosotros entre ellos (Lc 1,42-43).
Ahí puede estar la raíz de nuestra desgracia: no en que Dios no nos quiera lo
suficiente, sino en que no estemos sirviendo lo bastante al prójimo del que nos ha
hablado, cuando nos llamó. Separar el servicio a Dios del servicio al hermano necesitado
no nos hará más dichosos ni, mucho menos, nos conseguirá sentirnos amados por Dios.

1.3. Un criterio mariano para identificar a nuestros
destinatarios
Hablándonos de quien nos necesita, Dios nos ha hecho inexcusable su servicio: si la
objeción de María no fue óbice al plan de un Dios omnipotente, la identificación de
quien, por su estado de buena esperanza, le era próxima, le señaló a María el lugar del
servicio a Dios: quien desea rendirle culto, tendrá que cultivar la fraternidad con el
necesitado. Y para impedir que se retrase la obediencia debida, Dios nos habla de quienes
pasan nuestra misma necesidad y gozan de la misma benevolencia que nosotros.
Individuar, pues, el lugar donde Dios quiere ser servido, no puede resultar difícil para
quien se siente llamado: el Dios a cuyo servicio estamos nos espera entre cuantos sienten
nuestra misma escasez o padezcan idéntica esterilidad. El Dios de María nos hace siervos
de nuestros familiares, nos manda a quienes comparten nuestra necesidad de Él: Dios
confió a una virgen que empezaba a ser madre el cuidado de una madre que dejaba de
ser estéril.
Ello significa que —curiosa medida pero no menos eficaz— si conociéramos mejor
nuestras faltas, sabríamos dónde le estamos faltando al prójimo al que Dios nos ha
destinado. Así de fácil nos lo ha puesto el Dios de María; no es necesario un esfuerzo
añadido de discernimiento. Y ello tiene como consecuencia que no nos hará falta ser
mejores, pasar menos necesidad que nuestros destinatarios; nos bastará con querer
servirle y buscar a quien pase la misma penuria espiritual: nuestra necesidad nos hace
prójimos de quien nos necesita. Poniéndonos de su lado y a su servicio, servimos al Dios
que se está haciéndose «nuestro» en nuestra vida. No fue otro el modo como lo logró
María.
María pasó el período de gestación de Dios sirviendo a una parturienta: no hay otro
44

modo mariano de hacerse con Dios. María no se escudó en su Dios para deshacerse de
su prójimo; por atender a su hijo, no dejó desatendida a su prima. Y porque le sirvió
mientras era preciso, llevó a Dios a esa familia. Habría que preguntarse por qué hoy,
cuando tantos devotos cuenta María entre nosotros, anda tan escaso de siervos nuestro
Dios. Resulta sospechoso que quien desee intimar con Dios deje abandonado a quien le
necesita; las prisas por servir a Dios le llevaron a María a casa de su pariente.

2. El servicio al prójimo, contexto de oración mariana
María —no conviene pasarlo por alto— no rezó el magnificat en el templo ni en la
intimidad de su hogar; alabó a su Dios en casa ajena, mientras estaba por iniciar su etapa
de servicio. La oración mariana surgió, pues, ante el prójimo a quien servía por designio
de Dios: la sierva de Dios se convirtió en orante, cuando cumplía con su tarea; reconoció
públicamente la gracia que Dios le hizo en presencia del prójimo a quien se sabía
enviada: las palabras de Isabel alabando a la madre del Señor provocaron la plegaria de
María. Puede que sea casual el hecho, pero no es insignificante: el llamado necesita de
sus destinatarios para dirigirse a Dios; sólo quien, como María, llega al destino que Dios
le ha encomendado puede reconocer la gracia que le ha sido hecha y sabrá agradecérselo.
Es aquí donde nos pueden estar naciendo todas las dificultades que encontramos en
nuestra vida de oración: bien mirado, no es que nos falten métodos para orar ni temas,
nos falta ese ejercicio de obediencia a Dios que se cumple en el servicio al prójimo. La
pobreza de nuestra vida de servicio al prójimo es la causa de la pobreza de nuestra vida
de oración; el trabajo, la preocupación por los demás, convertiría a Dios en nuestra
primera ocupación y en nuestro principal interlocutor: el trabajo logra ser oración, cuando
la oración precede, acompaña y concluye el trabajo; no viceversa: para que Dios esté en
lo que hacen nuestras manos, lo tenemos que llevar en el corazón.
Pero si aquí radica el problema, también aquí puede hallarse la solución: una vida que
no sea de servicio al prójimo difícilmente puede alimentar una auténtica vida de oración;
mal puede responder a Dios quien no responde de su hermano (cf. Gen 3,9; 4,9-10);
quien encuentra tiempo, ganas y las palabras que dirigir a su prójimo, se encontrará
alabando a su Dios sin tener desatendido a su prójimo: cuidarse del prójimo nunca deja
descuidado a Dios.
El magnificat no fue, seguramente, la única oración que rezó María; pero es la única
que conocemos. No deja de ser significativo que, cuando esté ayudando a su prima,
María rece magnificando a Dios: el reconocimiento de la grandeza de Dios, las maravillas
de su bondad, ha quedado al alcance de sus siervos. Mejor saben apreciar lo que Dios
quiere —y cuánto los quiere Dios—, quienes más le obedecen: los buenos amantes son
siempre los mejores admiradores.

45

Si la oración de María ha de sernos útil, si María orante ha de enseñarnos algo, una
conclusión se impone: más que palabras que recitar, su magisterio reside en identificarnos
el lugar desde donde orar; más que un texto para rezar, María nos indica el contexto en el
que situarse, la actitud con la que prepararse al diálogo con Dios. Si deseamos tener a
María orante como maestra de espiritualidad, tendremos que acudir a nuestra misión,
para acudir a su escuela: volver al servicio misionero nos situaría en el mismo lugar, y
tendríamos los mismos motivos, que guiaron a María en su plegaria. Servir al prójimo
que Dios quiere es el camino, sencillo pero eficaz, de oración mariana.
Y es que el servicio de Dios se realiza en el servicio al prójimo: el Dios de María es
alcanzable allí donde está alguien que nos necesite; Dios precisa de siervos allí donde
alguien precisa de ayuda; en la necesidad del prójimo, en las necesidades que nos son
próximas y resulten familiares, está esperándonos Dios, ese mismo Dios que nos quiere a
su servicio y que desea hacerse nuestro familiar. Tener que cuidarse del Dios que ya
gestaba en su seno, no fue impedimento para ponerse a cuidar de Isabel, su anciana
prima. Como bien reconoció Isabel, nada más llegar a su casa, era la madre de su Señor
(Lc 1,43); pero ello no lo consideró María como privilegio que mantener; la maternidad
divina fue fruto de su obediencia era y debía mantenerla en la obediencia; así, le bastó
saber de la ayuda que necesitaba su prima, para ponerse a servir a Dios en su casa.
Olvidamos que María fue reconocida en público dichosa por vez primera, y madre de
Dios, cuando había ido como sierva; y ella misma se proclamó bienaventurada, al
ponerse al servicio de su prima. Y sin embargo, sería tan fácil sentir la dicha de saberse
preferidos por Dios. Porque, hablándonos de quien nos necesita, Dios nos ha hecho
inexcusable su servicio: quien desea rendir culto al Dios de María, tendrá que cultivar la
fraternidad con el necesitado.

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• En la propia vocación Dios nos ha señalado el lugar del servicio que nos pide: olvidarse de para quiénes
hemos sido llamados equivaldría a desconocer por Quién fuimos elegidos. Nuestra relación con Dios depende,
ni más ni menos, que de nuestras relaciones con nuestros destinatarios: si ante ellos, y entre ellos, somos
enviados de Dios, nos sentiremos queridos por Él y ellos se sentirán queridos por Dios. ¡Demasiado se juega
Dios, y nuestro pueblo, con nosotros, como para no ser conscientes de quiénes somos y para qué estamos!
• En la reacción de Isabel, visitada inopinadamente por María, Lucas ha dibujado de forma ejemplar la
postura que quisiera ver en su Iglesia de frente a María, madre de Dios por su fe. ¿Por qué no remueve nada
en nuestras vidas la presencia, tan evidente a veces, de María? ¿Por qué tener a María a nuestra disposición
no nos llena del Espíritu de Dios? Recibir a María en casa, ¿no tendría que convertirnos en profetas de su
hijo?
• Bendecir a María y al fruto de su vientre fue efecto de la actuación del Espíritu en Isabel. Siempre que
alabamos a María, siempre que alabamos a Dios por ella, ¿lo hacemos llevados por el Espíritu? ¿Nos está
haciendo más espirituales la devoción que sentimos por María? ¿Será auténtica una veneración de María que
no nos llene del Espíritu de Dios?
• María fue declarada bienaventurada por haber creído a su Dios, no por serle su madre. ¿No está a nuestro

46

alcance semejante dicha? ¿Qué es lo que deberíamos aceptar de Dios, qué es lo que tenemos que consentir,
para ser benditos y bienaventurados?
• Las ganas de rezar en público se las provocó Isabel a María, al reconocerla madre de su Señor: María alaba
a Dios, mientras sirve a su pariente. Dejar desasistidos al prójimo, ¿no nos estará privando de ganas y de
temas que decir a Dios? Una vida de oración que no nazca del servicio al prójimo no tiene futuro: ¿de qué
estamos alimentando la nuestra?
• Deberíamos, pues, examinarnos sobre cómo estamos sirviendo a Dios: preguntarnos si no nos servimos de Él
para no ponernos al servicio del prójimo y reconocer cómo el servir al prójimo que Dios no pensó para
nosotros nos está alejando del servicio de Dios. Cultivar otros planes y otros destinatarios de los que Dios nos
dio, es sólo un excelente cultivo para nuestra desobediencia. María no precisó que la mandaran a servir a su
prima Isabel: le bastó saber la necesidad que tenía de ayuda.
• Porque servía al prójimo, María alabó a Dios: la capacidad de contemplar a Dios maravilloso la tiene quien
pone su vida al servicio del prójimo. ¿Por qué nos dedicamos tan poco, en la vida de oración, sencillamente
a quedarnos prendados de Dios? ¿Por qué razones el Dios de María nos entusiasma tan poco?
• La alabanza de María nacía de la contemplación de Dios; para perpetuar esta oración hay que permanecer
en contemplación: ver a Dios junto a nosotros, suceda lo que suceda, es la recompensa de quien vive
buscando su presencia.

MOTIVOS DE ORACIÓN
Demos gracias a Dios por habernos concedido en aquellos a quienes nos ha enviado el lugar de su presencia y
un motivo inmejorable para quedarnos encantados con Él. Pidamos a María que nos enseñe a contemplar los
lugares de misión como lugares de oración y nuestra vida diaria como objeto de contemplación de Dios.
• ¿Qué podría hacer, Señor, para tener a María, huésped en casa? ¿Por qué no le hablas de mí? ¿O es que es
me-nor, menos probada, mi esterilidad que la de Isabel? ¿No podría ser yo también prueba de tu
omnipotencia, si te empeñaras un poco más en mí, si contemplaras más de cerca mi incapacidad? No temería
que su presencia removiera mis entrañas estériles, sacudiera mi vida íntima, cuestionara mis seguridades, si,
como fue el caso de Isabel, me consiguiera tu Espíritu. ¡Que venga ya María a mí y que te sienta por fin a Ti!
Volvamos a repasar, en la presencia del Dios que nos llamó, los lugares (destinatarios que nos necesitaban)
donde Él nos esperó, a veces en valde. Roguémosle que, dado que cuenta con nosotros, nos gane de nuevo
para la tarea donde hemos de servirle y que nos diga cómo le gustaría que respondiéramos.
• Estaría dispuesto, Señor, a reconocerla como tu madre y a bendecirla por su fe; alabaría tu intervención en
ella y proclamaría su dicha y tu obra. Háblale de mí, para que viniendo en auxilio de mi necesidad llene mi
vida de tu Espíritu, mi corazón de tu alegría, mis labios de tu alabanza. ¿Cómo podré tenerte a Ti, si ella no
te trae hasta mí?

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EVANGELIZAR ORANDO, MISIÓN MARIANA
(Lc 1,46-56)
Como reacción al saludo de Isabel, María alaba a Dios (Lc 1,46b-55). Inspirado en
modelos antiguotestamentarios (1 Sam 2,1-10), el himno, puesto en boca de María (Lc
1,46a), se convierte en expresión privilegiada de su fe y de sus vivencias íntimas (cf. Lc
1,47.44; 1,48a.38; 1,48b.45; 1,49a.37): es una meditación sobre cuanto ha ocurrido en
ella y lo que va a acontecer a su pueblo; no pudo expresarse María sin expresar la
experiencia espiritual de su pueblo.
María, rezando, no habla a Dios, habla sobre Él respondiendo a su prima; no se dirige
directamente a Él, interpreta su actuación ante Isabel: engrandeciendo a su Dios,
evangeliza a su prima. Parca en palabras en toda la tradición evangélica, María irrumpe
en larga oración; a las alabanzas recibidas (Lc 1,42-45) responde engrandeciendo a Dios
(Lc 1,46-55).

I. EL RELATO
El cántico se divide, temática y formalmente, en dos secciones, que se cierran aludiendo
ambas a la misericordia divina (Lc 1,50.54-55). En boca de María el himno es la prueba
fehaciente de su fe; puesto que no alberga duda sobre las intenciones de Dios, María
puede ya dar por realizado lo que le ha sido anunciado, la salvación de su pueblo.
En la primera sección (Lc 1,46-50), María hace una lectura fuertemente teológica de
su experiencia personal: Dios ha convertido en madre a quien era virgen; lo grande de
Dios resplandece mejor en su pequeñez; es bienaventurada ahora (Lc 1,42) y siempre
(Lc 1,48); su alma engrandece a su Señor (Lc 1,46), porque ha hecho cosas grandes en
ella (Lc 1,49); el gozo que siente su espíritu (Lc 1,47) se debe a la mirada de su Dios y
Salvador (Lc 1,48): la insignificancia de una sierva ha cautivado a su Dios. Con su
alabanza la esclava magnifica a su Dios, reconociendo lo grande que ha estado con ella el
todopoderoso.
46Y María dijo:
«Engrandece mi alma al Señor; 47y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador,
48porque ha mirado la bajeza de su sierva.
He aquí, pues, desde ahora me tendrán por bienaventurada todas las generaciones,

48

49porque el Poderoso ha hecho grandes cosas conmigo. Su nombre es santo,
50y su misericordia es de generación en generación, para con los que le temen».

En la segunda sección (Lc 1,51-55) María relee la relación de Dios con su pueblo con
el mismo patrón que ha empleado para leer su propia experiencia; eleva a ley del
comportamiento divino lo que ella ha experimentado. El Dios de Israel es uno que
invierte las normas y los valores en uso; convertida en portavoz de los más pobres, pero
menos desesperados porque aún se atreven a confiar en su Dios, la María orante de
Lucas proclama el corazón mismo del Evangelio; revela que Dios siente debilidad con los
débiles, es grande con los pequeños. El Dios que María alaba no es neutral ni indiferente
con los que menos pueden; y es por ello que lo alaba:

51«Hizo proezas con su brazo;
esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
52Quitó a los poderosos de sus tronos y levantó a los humildes.
53A los hambrientos sació de bienes y a los ricos los despidió vacíos.
54Ayudó a Israel su siervo, para acordarse de la misericordia,
55tal como habló a nuestros padres; a Abraham y a su descendencia para siempre».
56Y María se quedó con ella como tres meses, y regresó a su casa.

El hijo que lleva en su vientre —salvación ya probada— convierte en pasado
(intervino, desbarató, derribó, exaltó, colmó, despidió, auxilió) la suerte prometida de su
pueblo; tan segura está de la salvación que viene, que puede darla por actuada. Cuando
se cree en la fidelidad de Dios puede contarse como realizado lo que aún no ha
acontecido. Y da que pensar que sea María, y en oración de alabanza, la que mejor
describa en el Evangelio el comportamiento desestabilizador, de normas sociales y de
esquemas lógicos, de Dios. Lucas ha convertido a María orante en profeta, mejor, en la
primera evangelizadora.

49

1. María contempla a Dios en su historia personal
No está al alcance del creyente engrandecer a Dios; más que deseo imposible, María
afirma su voluntad de reconocimiento; haber experimentado una salvación tan grande la
lleva a descubrir la grandeza de quien la inventó, Dios, su salvador. María se desdobla,
en alma y espíritu, para alabar a Dios; reconocer lo grande que ha estado Dios es puro
gozo para su sierva.

1.1. Contemplar a Dios para saberse de Él contemplada
Razón de su dicha es saberse contemplada por Dios; la mirada de su Salvador se ha
fijado en la insignificancia de la sierva. La mirada de Dios es expresión de su ternura y
amor (1 Sam 1,11; 9,16). La humillación no puede referirse a la infertilidad, como sería
el caso de Isabel (Lc 1,25; cf. Gen 29,32), sino al sometimiento total a Dios que da la fe,
su absoluta disponibilidad; sierva, el título que María se ha dado (Lc 1,38), expresa su
actitud frente a la decisión divina. María pertenece así al grupo de pobres e indefensos a
quienes se ha prometido salvación (Jdt 9,11; Sal 9,19; Is 57,15) y felicidad (Lc 6,20);
habla en su nombre; su dicha es tanto mayor cuanto que nadie, ni siquiera ella misma,
que bien conoce su irrelevancia, podría esperar la elección divina; ante Dios nada tiene
de qué presumir ni en qué apoyarse; la maternidad es pura, y sólo, gracia divina.

1.2. Dichosa para siempre
Consecuencia del favor divino es la perpetua bienaventuranza. María acepta mucho más
de cuanto le había reconocido Isabel (Lc 1,45), a saber, que todas las generaciones,
sobre las que el fruto de su vientre reinará (Lc 1,33), la declararán dichosa. Aunque la
afirmación recuerda la bienaventuranza que las madres palestinas reciben al dar a luz a su
hijo (cf. Gen 29,32; 30,13), ésta sólo se entiende en boca de la madre del Mesías.
María aporta un nuevo motivo de su oración; porque Dios hizo grandes cosas en su
favor puede ella engrandecer a Dios. La alabanza supone la gracia, es su efecto natural.
El Poderoso es un epíteto divino (Sal 45,5.6; 120,4; Sof 3,17); sus hazañas son
salvación consumada (Dt 10,21; Sal 126,2); aquí, las mirabilia Dei sólo pueden referirse
a la concepción virginal del salvador de Israel en su seno.
Los temerosos de Dios son los piadosos, los humildes, los infortunados, los pequeños
(Sal 25,14; 33,18; 34,8.10; 103,11.13.17; 119,35; 145,19), cuantos esperan más de la
misericordia divina que de sus propias posibilidades, por indudables que sean sus méritos.
Dios queda, pues, definido por la potencia de un nombre santo y la permanencia de su
indulgencia; santo, no pertenece al mundo del hombre ni queda a su altura; compasivo,
50

no queda indiferente y padece junto al hombre. Su omnipotencia le hace ser totalmente
otro, diferente de todos, y totalmente a favor de los otros, misericordioso con todos.

2. María contempla a Dios en la historia de su pueblo
La actuación histórica de Dios en favor de su pueblo es la prueba fehaciente de su
misericordia perpetua, el lado visible de su entrañable compasión. La actuación con
María es signo y base de la actuación con Israel. La narración da por realizadas las
hazañas divinas; ello mismo posibilita esperarlas de nuevo. Es la forma habitual de obrar
Dios; el pasado lo demuestra; el porvenir lo probará. La orientación escatológica está
implícita en la crónica salvífica. No es que lo que ya se vio, esté por verse; es, más bien,
que puesto que está por verse, puede darse por visto. Y María que lo proclama es la
evidencia misma; en ella Dios ha iniciado el porvenir.
Dios ha empleado fuerza con su brazo, como corresponde a guerrero valeroso (1 Sam
2,5-10; Is 40,10; 51,5.9; 53,1; Ez 20,33-34). El poder de su misericordia queda de
manifiesto en la inversión radical del orden imperante; ha dispersado a quien se exalta sin
razón; se esperaría humillar, en lugar de dispersar, que es lo que hace Dios con sus
enemigos (Sal 88,11 LXX); probablemente se esté definiendo al exaltado como el peor
enemigo de Dios (Rom 1,30; 2 Tim 3,2; Sant 4,6; 1 Pe 5,5). Cuando salva, Dios
congrega; dispersando, confunde a quien pretende vivir a salvo sólo con sus propias
fuerzas.

2.1. La salvación, radical inversión de la realidad
Y lo primero que se canta de Dios —habrá que advertirlo— es su capacidad de
subversión de los poderosos; el suyo es un poderío que ejerce personalmente, él sólo
gana las batallas. Ello recoge las expectativas de los más humildes entre los piadosos de
Israel (Is 57,15; 61,1-11). Pero, más importante, define a Dios por su enemistad con los
poderosos (Sal 147,6; Ez 21,26.31; 1 Sam 2,7-8; Job 5,11; 12,19), que utilizan su
potestad como alimento de su soberbia.
La sierva de Dios, que ahora proclama la revolución de Dios, adelanta con su
aceptación el verdadero sentido de sus palabras; como se aprecia en su misma aventura
personal, Dios avala al desvalido, es su valedor. Con una antítesis perfecta da María por
hecha la total subversión de la realidad social. No se trata de que haya cambiado de
manos radicalmente la propiedad, expropiándose a los explotadores; se ratifica la
promesa escatológica a los más desfavorecidos (Lc 6,20-21; 11,13) y, de paso, se
advierte a los más ricos, un motivo preferido de Lucas (Lc 6,24-25; 12,21).
Evidentemente, hay en ello un juicio severo sobre las condiciones sociales imperantes;
51

pero no está en ellas el interés de la oración mariana, sino en el interés de Dios por
cambiar radicalmente las diferencias injustas. Dios está tan en contra de la desigualdad,
que ya se la puede cantar como cambiada.

2.2. Dios termina —siempre— por cumplir su palabra
La fe de María, que vive del futuro de Dios, puede dar por acabada la salvación que se
espera. En su oración ha cuestionado, desde su esperanza, la realidad social. No ruega
contra nadie, alaba a Dios por lo que Él quiere; más que amenaza, su plegaria es
expresión de admiración ante ese Dios tan distinto, e invitación a la conversión para
cuantos son distintos de Dios. Que Dios cambie radicalmente los valores vigentes no
significa que los destruya; pero saberlo da esperanza a quien no se beneficie de la
situación actual, ni abrigue siquiera esperanza de lograrlo. El Dios de María no lo ha
abandonado; tan comprometido está con su futuro que se puede ya cantar como dado. El
himno mariano no predica la conversión al oyente (Lc 6,20-21.24-25; 12,13-21), alaba a
un Dios convertido hacia el pequeño. Por eso es tan maravilloso el Dios contemplado por
María.

2.2.1. Dios misericordioso porque guarda memoria
Con ello Dios no hace más que avivar su misericordia. Acoger a su Pueblo como al
siervo (Is 41,8-9) que siempre le ha sido es para Dios simple ejercicio de memoria de sí,
Padre de Israel; basta que Dios se acuerde de sus compromisos para que puedan darse
por cumplidos. La memoria de Dios no es la finalidad sino el motivo de su misericordiosa
acogida; no hay que recordarle a Dios sus compromisos para saberse a salvo de los
enemigos; pero siempre que salve, se estará recordando de su palabra dada.
Todo ello ya estaba hablado; semejante praxis corresponde a la promesa tantas veces
repetida. Dios se había comprometido para siempre con Abrahán (Gen 12,2-3; 15,4-5) y
su descendencia (20,28; Hch 3,25; 7,5-6; 13,23) y, en él, con todos los pueblos (Gen
17,7; Miq 7,20; 2 Sam 22,51). No podía acabar con mejor final la contemplación del
plan de Dios; los padres anteriores y los siglos venideros han quedado unidos por la
palabra empeñada de Dios; es fiel a la palabra dada, no escrita ni pactada, a Abrahán, su
amigo (Is 41,8).

2.2.2. Dios valedor del pobre
Anotando el tiempo de la estancia de María en casa de Isabel, tres meses, se cierra la
plegaria y el relato del encuentro. Es lógico pensar que María permaneciera allí hasta el
nacimiento de Juan, pero en su crónica ya no estará presente (Lc 1,57-79). María
desaparece del relato hasta que nazca el hijo de Isabel. El relato del encuentro se ha
centrado en la actuación de Dios, presente en la vida de las dos mujeres, patente en su
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capacidad de generar vida. La anciana profetiza, la virgen alaba; Isabel discierne la
proximidad de Dios, María la canta. La alegría que reina es, como el don del Espíritu,
escatológica. Los pobres de siempre, como ellas mismas, tienen a Dios por valedor; para
quien se sabe humilde siervo ante Dios, Dios se le presenta maravilloso Señor.

II. ALABAR A DIOS, MODO MARIANO DE
EVANGELIZAR
Parca en palabras siempre, María irrumpe en larga oración; a las alabanzas recibidas (Lc
1,42-45) responde engrandeciendo a Dios (Lc 1,46-55); su comportamiento contrasta
con el de Zacarías: y, de hecho, a la crónica de la concepción del Bautista le falta algo
parecido (cf. Lc 1,5-25). Al recibirla como madre de su Señor, Isabel provoca en María
el deseo de publicar cuanto Dios ha obrado en ella en forma de plegaria; la que, en
diálogo directo con Dios, sólo acertó a expresar su consentimiento (Lc 1,38), en
respuesta al saludo de su prima se prolonga su oración de alabanza.
Se puso al servicio de su pariente, cuando se declaró sierva de Dios (Lc 1,39-40); se
pone a rezar, nada más ser reconocida feliz por haberle creído a Dios (Lc 1,45-46). El
reconocimiento público de su dignidad como madre de Dios la llenó de reconocimiento
hacia el Dios que la había convertido en madre virgen: la alabanza a Dios la salvó de la
vanagloria.

1. La alabanza, la oración que engrandece a Dios
Surge la alabanza de quien pensando en Dios se maravilla, en quien lo contempla
estupendo, de quien sabe descubrir en su vida diaria las maravillas que Dios realiza: esa
es la única oración que engrandece a Dios. Y no porque el orante le pueda dar cuanto
aún no tiene, y por eso pide, sino porque agradece lo que ya le ha sido concedido. La
petición nace, en cambio, de quien sólo logra verse necesitado, de quien se contempla
escaso de recursos y de fe (Mt 6,7), de quien no sabe que Dios, como Padre que es, bien
conoce lo que le falta (Mt 6,8).
La alabanza se centra en Dios y en sus maravillas; la petición se nutre de uno mismo,
o —mejor dicho— de la propia pobreza; con una se agranda Dios ante el orante y con la
otra se achica el orante ante Dios; con el agradecimiento quien reza aumenta su
experiencia de la gracia obtenida, con la petición ahonda en su escasez; la alabanza
alimenta la confianza en Dios y la seguridad en sí mismo; la petición aumenta la
conciencia de la propia necesidad.
Y así, cuantas más cosas pedimos a Dios —la mayor de las veces, ¡y para colmo!,
53

cosas innecesarias—, tanto más nos empequeñecemos en su presencia y tanto más
menudo hacemos a nuestro Dios. Pidiéndole lo que echamos en falta o cuanto
quisiéramos obtener, le impedimos que haga en nosotros lo que Él quisiera y que nos dé
cuanto le gustaría concedernos. Tantas veces Dios no nos oye, porque no merecen su
atención nuestras pequeñas intenciones. No pierde el tiempo Dios en quienes no se
atreven a pedirle algo que ponga a prueba su potencia: no es buen orante quien no pide, o
espera, lo imposible de Dios; quien no sabe reconocer lo grande que Dios es, y lo grande
que estaría dispuesto a mostrarse con quien ponen a prueba su omnipotencia, no puede
ser un buen orante, como María: habría que empezar, pues, por pedir menos a Dios y
emplearse en pedirle mejor. Basta con estar completamente a su servicio y prestar
nuestros servicios al prójimo.
Y la mejor forma de rogarle bienes que no tenemos es darle las gracias por los que ya
obtuvimos. Al Dios de María se le engrandece por su bondad, cuando con Él se dialoga:
¿es mera casualidad que, a diferencia de María, nuestra vida de oración ande tan escasa
de acción de gracias?; ¡seguimos viviendo en su presencia sin lograr sentirnos llenos de
su gracia, a pesar de que estamos haciendo lo que Él nos mandó! ¿O no será que, en
realidad, no estamos haciendo lo que nos mandó por lo que nos sentimos tan
desgraciados entre nuestros destinatarios? Y es que, como María orante nos enseña, no
hace falta sentirse grandes o tenerse por dichosos para alabar al Dios de María.

2. El motivo de la alabanza, la propia insignificancia
María enaltece a un Dios que se ha fijado en su pequeñez: que Dios contemple a su
sierva es la única razón que alimenta la oración mariana (Lc 1,48). Como sierva que es,
no le ha pedido nada a su Señor; se ha ofrecido a hacer su querer (Lc 1,38); como
orante, reconocerá que Dios se ha quedado con ella.
No le hizo falta a María para alabar a Dios haber obtenido algo que hubiera pedido o
se hubiera deseado; lo tenía a Él, mirándola. No nos obliga Dios a sentirnos más pobres,
menos afortunados, cuando le rezamos, ni la oración nos ha de convertir en unos
pedigüeños; nos da la posibilidad de sentirnos objeto de sus cuidados, convertidos en
centro de sus atenciones, sin otro motivo que nuestra pobreza. El Dios de María orante,
el Dios que maravilló a María, se fija en sus siervos, mira a quien lo admira; si no nos
fijáramos en lo que conseguimos de Dios, lograríamos que Él se fijara más en nosotros.
No ha de resultar penoso iniciarse en una vida de oración que, como punto de partida,
no nos exige más que pobreza e insignificancia. Un Dios que ama al pequeño, valedor de
desvalidos, no nos ha hecho difícil mantenernos en comunicación con Él. Serán sus
dones y no nuestros deseos, su gracia y no nuestra escasez, los que pondrá a flote
nuestra pobreza: cuanto de Él recibimos, nos descubre lo que tanto nos faltaba. El regalo
es bueno, si es inesperado y llena un vacío que no habíamos aún descubierto; los dones
54

que nos hace, sean cuales fueran, son buenos —¡divinos!—, no sólo porque de Él
provienen sino, sobre todo, porque sólo Él nos los consigue. Mirarse ante un Dios así no
empequeñece; no puede humillar, por miserables que nos sepamos, saberse en los ojos
de Dios: vivir desde su gracia, nos haría, como a María, afortunados de generación en
generación (Lc 1,48).
Si no nos pide nada más que nuestra insignificancia, poco nos reclama Dios para
hacernos felices. Esperando de Dios algo que no nos ha prometido o más de lo que esté
dispuesto a darnos, nos hacemos desgraciados y desagradecidos: no sólo no sabremos
por qué alabarle, es que no nos sentiremos dichosos. En la misma oración que cantó las
maravillas de Dios, María proclamaba su pequeñez; y ello no le robó la alegría, más bien
se la confirmó; la dicha de María orante no se la posibilitó su prima Isabel cuando la
reconoció madre de su Señor y bienaventurada (Lc 1,42-43); se la produjo el Dios que
había puesto sus ojos en su humilde sierva (Lc 1,48).

3. El método mariano: contemplar a Dios en la propia
historia
Cuando María confiesa a su prima que el Todopoderoso ha hecho en ella maravillas (Lc
1,49), se está refiriendo a su concepción virginal del Hijo de Dios (Lc 1,38; 2,5). Pero lo
que ella estima como una actuación divina iba a complicar enormemente su vida; la
gracia de Dios no la salvó de la incomprensión de los demás ni de la suya propia siquiera;
no es ninguna maravilla que la intervención de Dios enturbiara, por lo menos en un
principio, la relación con su prometido, José (Mt 1,18-25); pero sí que lo es el que,
superada la prueba, María dé a luz a su hijo sin entender muy bien lo que sucede a su
alrededor (Lc 2,1-19) y, mucho más inexplicable, que lo acompañe en su crecimiento sin
comprenderle del todo (Lc 2,41-50).
María, bendita mujer que había logrado tener en su vientre a Dios, madre
bienaventurada por haberle creído, tendrá que convertirse en silencioso testigo y atenta
oyente cuando tuvo ante sí, de carne y hueso, al Dios que ella había concebido; el
contacto diario con el Dios a quien había dado vida hizo de ella, sin duda alguna, una
experta en Dios: la obligó a contemplarlo en la vida diaria.

3.1. La alabanza, ejercicio de contemplación
A diferencia de Zacarías, el otro orante que alaba a Dios tras el nacimiento milagroso de
su hijo (Lc 1,68-69), María reza antes de ver el fruto de su vientre; engrandece al Dios
que está generando en sus entrañas; su alabanza —nunca mejor dicho— nace de su vida
interior; el magnificat es la expresión privilegiada de su fe y de sus vivencias íntimas (cf.
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Lc 1,47.44; 1,48a.38; 1,48b.45; 1,49a.37): es una meditación sobre cuanto ha ocurrido
en ella y va a ocurrir en su pueblo; y parece que no pudo expresarse ella sin expresar la
experiencia espiritual de su pueblo; y de hecho, tomará prestado de la tradición orante de
su pueblo temas de su oración (1 Sam 2,1-10). No necesita ella del Espíritu para rezar
(Lc 1,67), y es que lo posee en propiedad por haberse hecho su sierva (Lc 1,35).
La primera parte de la oración mariana gira, pues, en torno a la actuación de Dios en
su propia vida (Lc 1,46-50). Con su plegaria, María hace una «relectura» de cuanto le ha
sucedido; viendo, para su sorpresa, que todo es fruto del querer divino, no puede por
menos que expresar su admiración. Queda maravillada por lo que ella misma está
viviendo porque lo contempla, no ya desde su propio proyecto personal, sino desde el
proyecto de Dios.
Ver lo vivido con la perspectiva de Dios lo convierte en divino; ¿podría ser de otro
modo? Mirarse y admirar a Dios nos dejaría encantados, prendados de Dios, sin tener
que sentirnos satisfechos con nosotros mismos. Ese es el poder de la contemplación
mariana, el secreto de su alabanza: María se supo agraciada, porque supo verse a la luz
de Dios y bajo su querer; Dios fue el origen, el contenido y la causa de su
agradecimiento, porque de Dios procedía su maternidad.
La alabanza surge de quien, por verse como Dios lo ve, por quererse como Dios lo
quiere, se siente por Él contemplado y de Él querido. Contemplar a Dios en la propia
vida no tendría que resultar difícil para quien, como ella, quiere ser su siervo: le bastaría
que viese su vida como servicio a su Dios y Señor. «Saber leer una vida normal —la
nuestra, sin ir más lejos— como una maravillosa experiencia de la salvación que Dios ha
pensado y efectuado, nos hará creyentes maduros y nos acercará un poco más a la
experiencia de Dios que tuvo María» 5.

3.2. La alabanza, ejercicio de profecía
Pero hay más; la segunda parte del cántico mariano alaba la actuación de Dios en favor
de su pueblo (Lc 1,52-55). María relee la relación de Dios con su pueblo con el mismo
patrón: eleva a ley del comportamiento divino lo que ella ha experimentado; el Dios de
Israel es uno que invierte las normas y los valores en uso, salva de forma revolucionaria;
convertida en portavoz de los más pobres, María revela que su Dios tiene debilidad por
los débiles: alaba a su Dios por haber tomado partido.
Da que pensar que sea María, y en oración de alabanza, la que mejor describa en el
Evangelio el comportamiento desestabilizador, de normas sociales y de esquemas lógicos,
de Dios. Ella, que sabe que su hijo ha sido querido como salvación del pueblo, no puede
disociar su fortuna de la de su nación. Experta en descubrir a Dios en su vida, no tarda
en releer la historia de su pueblo como una historia de actuaciones sorprendentes de
Dios.
56

Y, lo que es aún mejor, descubre, —¡orando!, ¿o es que tal invención podría hacerse
de otro modo?—, un Dios nuevo e insospechado; la experiencia que ha hecho de Dios la
lleva a comprender de forma totalmente nueva, revolucionaria, la crónica de su pueblo.
Dios subvierte el mundo que aún no es su reino y ya está a favor de quien no tiene ni
presente ni porvenir: María proclama un Dios que rompe los esquemas e incumple las
expectativas de los hombres biempensantes, un Dios que sacia al hambriento y despide
sin nada al rico, que derriba al poderoso y ensalza al humilde; los pobres e indigentes
cuentan con el Dios de María como valedor supremo y con María como profetisa de ese
Dios. María puede proclamar las preferencias de Dios y anunciar a Israel el cumplimiento
de las promesas, porque presiente en su vientre, antes de ver ante sus ojos, la salvación
de Dios.
Le están faltando al pueblo de Dios expertos en Dios, creyentes que ya lo presientan
allí donde sólo se le alcanza a echar en falta, siervos que le obedezcan sin haber medido
bien las consecuencias. El pueblo sigue necesitando de contemplativos, gente que
conozca el comportamiento de Dios porque lo llevan dentro de sí, personas que sepan
adivinar las normas, la lógica, que rigen la actuación divina porque se han sometido
previamente a ellas. Y el pueblo de Dios necesita de profetas que hablen de ese Dios,
como María, rezando a Dios y no denunciando al mundo, que anuncien la salvación a su
pueblo alabando a su Dios. Para rezar como María, para intuir la presencia de Dios en
cuanto llevamos entre manos y descubrir su rastro en la historia de nuestro pueblo, hay
que tener el don que Dios concede a sus siervos, su Espíritu: antes de hacernos orantes,
el Espíritu nos convertirá en portadores de Dios a quienes nos haya enviado.
Y no conviene pasar por alto que María, rezando, no habla a Dios, habla sobre Él (cf.
Lc 10,21); no se dirige directamente a Él, desvela su actuación ante Isabel. Por eso, el
magnificat, además de oración, es modelo de evangelización: el único discurso de María
en todo el Evangelio es una oración y ésta es predicación de Dios. Orando, Lucas ha
convertido a María en profeta, mejor, en la primera evangelizadora. María evangeliza
porque reza; sabe hablar de Dios entrañablemente, porque lo tiene en sus entrañas:
cuando reza, alaba a Dios y lo da a conocer. ¿Habrá alguna forma de hablar mejor sobre
Dios que hablar bien de Él?
En casa de Isabel, María evangelizó mientras rezaba: dijo sobre Dios cuanto sobre Él
sentía. Y se lo dijo, no lo olvidemos, a su pariente, a quien Dios le había indicado como
lugar de su servicio.

MOTIVOS DE ORACIÓN
• Habría que examinar las razones que nos llevan a orar y el fruto que cosechamos de nuestra vida de oración.
Una vida de oración que se centra en cuanto nos falta y se ceba en nuestras necesidades alimenta sólo nuestra
frustración: ¿valoramos suficientemente cuanto ya tenemos en Dios, sin intentar valorarlo por cuanto nos
sirve? ¿Qué puesto tiene en nuestra vida la acción de gracias y la alabanza a Dios?
• María alabó a Dios, cuando fue reconocida como madre del Señor; le hizo saber a Isabel que su valía se la

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debía a Dios, quien contempla más a quienes mejor le obedecen. Nuestra falta de oración, ¿no dependerá de
que no nos sentimos suficientemente atendidos por Dios, objeto de sus cuidados? ¿No nos resultaría más fácil
alabar a un Dios que se queda con nosotros? ¿Quién descuida a quién, quién falta a quién? Si a Dios le falta
nuestra obediencia, ¿por qué se iba a fijar en nosotros?, ¿por qué quejarnos de desatenciones?
• Y si basta la propia incapacidad para convertir nuestra vida, y la vida de nuestro pueblo, en contemplación
de Dios, ¿por qué dejamos desaprovechada la ocasión?; ¿o es que no tenemos suficiente conciencia de
nuestra incapacidad? No hace falta que Dios haga grandes cosas en nosotros o por nosotros a los demás;
bastará con contemplarlo en nosotros y en los demás para no acabar de engrandecerlo.
• La oración de María fue ejercicio de evangelización: ¿hay alguna manera mejor de hablar de Dios que la
pública alabanza? No somos buenos orantes, porque apenas tenemos algo —nuevo y bueno— que decir de
Dios; y poco tenemos que decir, por nada percibimos de Él en nosotros y entre nuestros destinatarios. ¡Qué
abismo nos separa de María!

MOTIVOS DE ORACIÓN
• Roguemos a María que nos enseñe a contemplar a Dios a su manera y con sus motivos: maravilloso siempre,
porque se fija en la insignificancia de sus siervos. Repasemos su oración, rehaciéndola de nuevo, como medio
de recuperar a María para nuestra vivencia cristiana. Oremos como ella, para tenerla como compañera y
maestra de oración.
María, enséñame a repasar mi vida contemplando a Dios en ella, para rehacer tu oración y mi vida; así lograré
descubrir a Dios en mi vida y tenerte a ti como maestra de oración. Convierte, Señor, mi escasez y debilidad
en motivo de admiración y acción de gracias. Si mucho me falta aún en la vida de oración, más tengo ya
conseguido, teniéndote a ti como oyente y a María como maestra. Haz de mi vida motivo y lugar de tu
contemplación y alimente yo de ella la alabanza. Que aprenda a discernir tu comportamiento divino, que sepa
rastrear tus maravillas en la historia de mi pueblo.
• Y aprendiendo a discernir los comportamientos de Dios en nuestra propia historia, rastreamos las maravillas
de Dios en la historia de los nuestros.
Que no olvide, mi Dios, que, para convertir nuestra oración en evangelio, proclamando ante el prójimo mi
alabanza, tengo que llevarte en mi vida; te ruego, pues, que te hagas un lugar en mí, que habites en mi vida,
para que mi oración sea testimonio de ti.

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TERCERA ETAPA

Belén-Jerusalén (Lc 2,1-20.21-40)
La CONTEMPLACIÓN,
ver el corazón de las cosas
con los ojos del corazón

La tercera etapa en el camino de fe de María es, me atrevo a decir, la más frecuentada,
la más permanente. Contemplar a Dios en la propia vida, indagar su Palabra en lo
que le acontecía, fue más que simple ejercicio de oración una constante ocupación, la
forma habitual de responder confiadamente a Dios.
El peregrinaje de fe, iniciado por María tras la aceptación de su vocación, no
acabó, como hubiera sido de esperar, dando a luz al hijo de Dios: prestado su
consentimiento a Dios —y su vida— una vez, la sierva de Dios no logró verse jamás
libre del Dios consentido. María, que se había declarado dispuesta sólo a gestar a
Dios, irá descubriendo poco a poco, y sin muchas luces, nuevas misiones. Es lo que
nos cuenta Lucas a partir de ahora: nacimiento, infancia y adolescencia y ministerio
público de Jesús señalan los hitos de proceso de conversión de su madre en creyente.
Puede parecer inverosímil, pero de hecho ocurrió: cuanto más cercana estaba María
de Dios, tanto menos logró entenderlo, tanto más tuvo que admirarlo y contemplarlo.
Había llegado a ser madre por fe: la sierva de Dios (Lc 1,38) logró concebir a su
Señor (Lc 1,43); una vez madre, María no comprendió enteramente al hijo (Lc
2,19.51). Su maternidad había sido un privilegio inesperado, una gracia impensable; por
más íntima que fuera, no constituyó ventaja alguna, más bien lo contrario. Tener a Dios
como miembro de su familia, tenerlo en casa todo el día, no le hizo más fácil la
convivencia, y ello sin dudar de su amor y mutua dedicación. María tuvo que aceptar
una serie de acontecimientos, que ni planeó ni quiso, que ni siquiera pudo imaginar,
mientras su hijo crecía como hijo de Dios al tiempo que se hacía más hombre (Lc
2,52).
La tradición evangélica, discretamente pero con honestidad, no oculta el hecho: la
59

relación de María con Jesús, ya desde su infancia pero, sobre todo, durante su
ministerio público, fueron tensas y distantes, una situación que María mal podía
entender y que no le dejó otra salida que «guardar todo en su corazón» (Lc 2,51).
María tuvo que pasar malos ratos: un ángel habló con ella, antes de ser madre de Dios
(Lc 1,26); cuando dio a luz a Jesús, vio en silencio cómo unos pastores alababan a
Dios y cómo esos desconocidos, para su sorpresa, daban sentido a lo que ella había
protagonizado (Lc 2,17), mientras ella «meditaba en su corazón» (Lc 2,19). De nuevo,
mientras ella presentaba su hijo a Dios, en el Templo, tuvo que escuchar de un anciano
que «una espada traspasaría su alma» (Lc 2,35); María ofrecía a Dios el hijo de su fe
y un desconocido le anunciaba un porvenir de penas. La madre de Dios tuvo que vivir
toda su vida profundamente herida; su proximidad a Dios no la libró de quedar
íntimamente dividida. ¿Es tan sorprendente que ella no lograra entender?
Si queremos de verdad estar cercanos a Dios, mientras vivimos según su llamada y
realizamos la misión encomendada, no bastará con serle obediente y servir a los que
nos necesiten, rezar alabando a Dios y evangelizar a los demás con nuestra oración.
Tenemos que estar dispuestos a no entender a Dios, sus órdenes, sus preferencias, sus
sugerencias, sus silencios, el modo como nos trata a veces y las veces que nos sentimos
por él abandonados. Sin contemplación no es posible mantener la fe, ni tendrá
porvenir nuestra obediencia. Sólo la capacidad para «ver el corazón de las cosas con
los ojos del corazón» (san Agustín) nos salvará hoy como creyentes.

60

CONTEMPLAR A DIOS,
OFICIO DE MADRE
(Lc 2,1-20)
En Lc 2, donde el protagonismo de María es mayor que en Lc 1, los sucesos recordados
son también menos portentosos, más cercanos a la realidad cotidiana, situados dentro de
la historia mundial (Lc 2,1-5). Parece, y ello es más significativo, que el relato es
independiente de Lc 1: de hecho, desaparece en él la figura del Bautista y, sobre todo,
poco de lo narrado en Lc 1 se da por supuesto en Lc 2 (Lc 2,4, cf. 1,27; Lc 2,5, cf.
1,27; Lc 2,27.33.41.43.48, cf. 1,34-35.38). Haya o no tenido a su disposición fuentes
diversas, el caso es que Lucas ha modificado la orientación de su relato: insiste más en la
normalidad de los orígenes humanos de Jesús y, como consecuencia, la figura de José
emerge con mayor intensidad (Lc 2,4.16.22.27.33.39.41-51).
Con todo, Lucas sigue suponiendo en sus lectores la concepción virginal de Jesús; en
Lc 2,5 se presenta a María todavía sólo como prometida, y ya grávida (cf. Mt 1,27). El
nacimiento de Jesús, que fundamenta el papel de María en la historia de salvación, es
narrado con tanta brevedad como realismo (Lc 2,4-7). Más que al hecho, la narración da
más relieve a sus circunstancias: fue en Belén, ciudad davídica, donde había de nacer,
por más que no encontrara lugar en ella. El marco cronológico (Lc 2,1-5) levanta serias
reservas, pero es clara la intención: situar el hecho dentro de la historia de la humanidad.
La elección divina de los pastores (Lc 2,8-14) y la aceptación pronta del evangelio
angélico (Lc 2,15-18) se corresponde bien con la predilección lucana por la gente
sencilla; los pastores no van a ver al niño ni a la madre, sino a contemplar lo anunciado
(Lc 2,15). La palabra de Dios, aceptada, se hizo hijo en María (Lc 1,38) y, creída por
pastores, se convierte en Salvador (Lc 2,11.17). Oída y vista con los propios ojos, los
pastores se convierten en testigos (Lc 2,18).
En comparación con Mateo, Lucas destaca en el nacimiento de Jesús su dimensión
familiar, humana; el elemento mariológico más importante del relato está en la reacción
de María: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su
corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51): algunos han visto aquí prueba evidente de que tras el relato
estaría el testimonio directo de María. Más probable es que responda a la intención
parenética del evangelista: con su esfuerzo por asumir cuanto no llega a comprender, en
su búsqueda de Dios en cuanto le acontece, María vive ejemplarmente la actitud del
creyente; su fe la ha convertido en contemplativa: la madre de Dios tiene que dejarse
evangelizar por unos pastores.

I. EL RELATO
61

Tras el relato del nacimiento de Juan (Lc 1,57-66) viene el de Jesús (Lc 2,1-20). El
nacimiento de Jesús, que fundamenta el papel de María en la historia de salvación, es
narrado con tanta brevedad como realismo (Lc 2,4-7). Más que al hecho, la narración da
relieve a sus circunstancias. Lo que no deja de ser curioso; quizá piense el redactor que
los hechos no merecen mayor atención; son inevitables cuando un Dios empeñado en
traer salvación se encuentra con siervos que se lo consienten.
La estructura de la narración es sencilla. Al nacimiento en Belén (Lc 2,1-7) sigue la
proclamación angélica a los pastores (Lc 2,8-14), que constatan lo sucedido y
testimonian su alcance (Lc 2,15-20). El signo que se les da (Lc 2,12) sirve de enlace (Lc
2,7.16); el Mesías, por Dios identificado, resulta inimaginable. En el centro del relato
está, de nuevo, un mensaje angélico (Lc 2,10-12), el tercero dentro del relato lucano de
la infancia de Jesús (cf. Lc 1,11-20.28-37); da sentido, junto con la doxología (Lc 2,14),
a cuanto le antecede y sigue. Los pastores, evangelizados por ángeles, son, a su vez,
evangelizadores de la familia de Jesús.
1Aconteció en aquellos días que salió un edicto de parte de César Augusto, para hacer un censo de
todo el mundo. 2Este primer censo se realizó mientras Cirenio era gobernador de Siria.
3Todos iban para inscribirse en el censo, cada uno a su ciudad. 4Entonces José también subió desde
Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, porque él era de la
casa y de la familia de David, 5para inscribirse con María, su esposa, quien estaba encinta.
6Aconteció que, mientras ellos estaban allí, se cumplieron los días de su alumbramiento, 7y dio a luz
a su hijo primogénito. Le envolvió en pañales, y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para
ellos en el mesón.
8Había pastores en aquella región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
9Y un ángel del Señor se presentó ante ellos, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y temieron
con gran temor. 10Pero el ángel les dijo:
«No temáis, porque he aquí os doy buenas nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:
11que hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor. 12Y esto os
servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
13De repente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y
decían:
14«¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de buena voluntad!».
15Aconteció que, cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se decían unos a otros:
«Pasemos ahora mismo hasta Belén y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha dado a
conocer».
16Fueron de prisa y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. 17Al verle, dieron a

62

conocer lo que les había sido dicho acerca de este niño. 18Todos los que oyeron se maravillaron de lo
que los pastores les dijeron; 19pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
20Los pastores se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal
como les había sido dicho.

1. Un nacimiento muy normal
Fijando el nacimiento de Jesús dentro de la historia universal, Lucas, en contraste con
Mateo (cf. Mt 2,5-6), pone una decisión política, a los hombres, no el anuncio profético,
a Dios, como desencadenante de los hechos. Para lograrlo el relator une, no sin
ambigüedades y error, tres datos históricos, a saber, un censo universal en el imperio (Lc
2,1-2), un censo local en Judea, el registro de sus habitantes en el lugar de origen de la
tribu (Lc 2,3).

1.1. En el corazón de la historia (Lc 2,1-5)
El episodio queda situado en los días de Herodes (cf. Lc 1,5). Un censo impuesto,
decisión humana, facilitará el cumplimiento de la promesa de Dios; la obediencia a un
soberano extraño facilita la venida del señor esperado. Dios va conduciendo los
acontecimientos, aunque parezca que son otros los que los imponen. Vecino de Nazaret
como María (Lc 1,26-27), sube José a la ciudad de David (Miq 5,1; Mt 2,5-6; cf. 1 Sam
16,1; 17,12; Jn 7,42), ya que a ella pertenece su familia y su parentela1. Queda
subrayada la procedencia davídica de José, que será base de afirmaciones cristológicas, y
su obediencia a autoridades extranjeras, una actuación que tendría que resultar poco
comprensible en círculos nacionalistas (cf. Hch 5,37). La fidelidad de Dios a sus
promesas rige la historia y prevalece sobre los proyectos humanos; Lucas sitúa en el
tiempo humano la salvación de Dios.
A José le acompaña María, presentada aún como prometida (Lc 1,27) y ya grávida.
No se da motivo alguno de por qué hizo el viaje estando encinta; aunque su registro fuera
necesario, no lo era su presencia; quizá el estado avanzado de gravidez lo recomendara.
Lo que le importa al narrador es unir la ciudad de Belén con el nacimiento de Jesús. Y
nada más llegar allí, se le cumple el tiempo a María. Implícitamente se advierte que la
estancia en Belén fue ocasional; Jesús será considerado nazareno (Lc 4,16.34; 18,37;
24,19).

1.2. En la mayor pobreza (Lc 2,6-7)
63

María da a luz a su hijo primogénito. El título no significa necesariamente que sea el
mayor de otros hijos, mucho menos lo excluye (Lc 7,12; 8,42; cf. Mc 6,3; Jn 7,35; Hch
1,14). Es el hijo que ha de ser consagrado a Dios (Lc 2,23; cf. Ex 13,12; 34,19). El
relato es sobrio y realista; no hay el más mínimo apoyo en él para pensar en un parto
milagroso; como cualquier recién nacido, el niño es arropado y acomodado (cf. Sab 7,4;
Ez 16,4).
Tal será el signo dado a los pastores, que subraya la normalidad del nacimiento (Lc
2,12); el Salvador ha de ser reconocido como niño recién nacido; si se le deja reposar en
un pesebre, sea sobre el suelo sea en una cuadra —algo insólito en ambos casos—, fue
porque no encontraron sus padres aposento ni en la posada. La presencia de animales,
parte importante de la imaginería popular, se apoya en Is 1,3; por lógica que sea, no está
narrada y debería ser silenciada. Es posible que el lugar donde nació Jesús no fuera más
que una cueva, un refugio para caravanas; de ella nos han llegado noticias2. Las
promesas de Dios (Miq 5,1; Is 9,5-6) comienzan a realizarse de modo inesperado, por
trivial; el hijo de Dios empieza a vivir donde sólo hay lugar para animales. No se anota
reacción alguna en María; narrando lo sucedido con cierta distancia, el evangelista
transmite la impresión de normalidad.

2. El «primer evangelio»
La segunda escena pierde realismo; domina lo sobrenatural. Antes, los anuncios angélicos
se dirigieron a quienes recibían la misión divina; ahora, el mensaje es para todo el pueblo;
los receptores, unos pobres hombres, son sus representantes. La elección divina de los
pastores (Lc 2,814) y la aceptación pronta del evangelio angélico (Lc 2,15-18) se
corresponden bien con la predilección lucana por la gente sencilla (Lc 1,48.52; 6,20;
10,21); unos pastores son escogidos para recibir y llevar el Evangelio.

2.1. Los primeros evangelizados, unos pobres pastores (Lc
2,8-11)
Llama la atención que se privilegie a unos hombres que, por su profesión, eran mal
considerados en la sociedad (Lc 1,46-55); tenidos por ladrones y embusteros (San 3,3),
tan despreciados eran (Bill II 113-114) que su testimonio carecía de validez en un juicio;
con todo, el oficio era tan arriesgado y sacrificado (Lc 15,3-6; Jn 10,11-12) que sólo
hombres de confianza obtenían la encomienda. Ellos eran los que se encontraban de
vigilia en el lugar donde nació Jesús.
Un ángel, ahora sin nombre (Lc 1,11.26), interrumpe la vela de los pastores; el
enviado de Dios los introduce en el mundo de Dios, que se muestra resplandeciente (Gen
64

1,3; 1 Tim 6,16); la aparición siembra el temor en ellos. La gloria de Dios, su
esplendorosa presencia (Ex 16,10; 24,17; Num 14,10), precede a su mensaje; los
pastores son iluminados por ambos. Pero no es la visión sino el mensaje angélico, su
evangelio (Lc 1,19; 3,18; 4,18.43), lo importante. El ángel anuncia la salvación y prohíbe
el miedo (Lc 1,19); el contenido del anuncio es la causa del enorme gozo. Aunque es a
los pastores a quienes se les anuncia por vez primera, la noticia tiene a todo el pueblo
como destinatario.

2.2. Un bebé, Evangelio de Dios (Lc 2,12)
Un nacimiento, recién ocurrido en Belén, es el motivo de la alegría (Lc 1,14), el
contenido del Evangelio. Al niño se le atribuyen tres títulos; con ellos, quizá, Lucas haya
querido explicar a su audiencia el significado del mesianismo de Jesús. Salvador, un
calificativo que se refiere a dioses lo mismo que a hombres (1 Sam 10,1), define al
nacido; se evitan malentendidos ligándolo a la ciudad de David. El salvador es calificado
como Señor y Mesías: el ángel adelanta lo que los testigos sabrán tras la resurrección
(Hch 2,36). Aunque termine por ser nombre alternativo de Jesús (Rom 5,6; 1 Pe 2,21),
Cristo designa la función salvífica que el ungido de Dios ha de llevar a cabo (Lc 3,13;
4,41; 24,26.46); Señor es epíteto divino (Lc 1,6.9.11.16); hecho dueño de los creyentes
por su resurrección (1 Cor 16,22; Col 1,3; Ef 4,5), Jesús es Señor por delegación divina
(Hch 10,36; Flp 2,11).
La concesión de un signo ratifica la validez del mensaje (Ex 3,12; 1 Sam 2,34; Is
37,30). La prueba que reciben los pastores no es un signo imponente (cf. Lc 1,20.36),
sino un hecho cotidiano; un niño recién nacido, que está en un pesebre (Lc 2,6-7). Las
promesas de Dios se cumplen de forma tan ordinaria que pueden pasar desapercibidas.
La paradoja es evidente; el Salvador, Mesías y Señor, es un recién nacido, colocado en el
pesebre. Las esperanzas mesiánicas se han cumplido, pero las expectativas que las
acompañaban han quedado contrariadas. Pero el signo tiene una validez que sobrepasa la
anécdota: como en el caso de David (1 Sam 16,1-13), Dios identifica a su elegido con el
más insignificante; el desvalido es el preferido.

2.3. El cielo celebra la salvación de los hombres (Lc 2,13-14)
Al anuncio del ángel se une la aclamación de los coros celestiales; inesperadamente, toda
la corte divina (Hch 7,42) rodea al mensajero alabando juntos a Dios. No podría
desearse mejor garantía el testigo.
El canto angélico, más que alabanza a Dios, es desvelación de la historia; los ángeles
afirman, no desean, lo que el nacimiento de Jesús aporta, gloria y paz. A Dios le
corresponde la gloria, que es la manifestación visible de su divinidad, porque en ese niño
ha quedado al descubierto, se ha aparecido; no es la alabanza lo que glorifica a Dios, sino
65

su propia intervención, la misión del Mesías. Entre los hombres, sobre la tierra, está la
paz, epítome de la salvación escatológica y cima de todas las expectativas humanas. Y
Dios, quien la posibilita con su beneplácito. La aprobación divina concede la paz a sus
fieles; no es quien mucho y bien quiere, sino quien ha sido querido mucho por su Dios
quien alcanza la paz. Y la obtiene por tener un niño en el pesebre.

3. La madre de Dios, evangelizada por unos extraños
Tras el anuncio, los pastores dejan de ser simples oyentes. Sin dudar sobre lo escuchado,
se animan unos a otros para comprobar lo sucedido. Como María, descubren en la
revelación una tarea inmediata; y mientras los ángeles vuelven a su mundo (Lc 1,38),
ellos parten para Belén (Lc 2,15). Los pastores quieren ver lo que se les ha proclamado;
la visión del recién nacido no será la causa, ha sido el efecto de su obediencia. Sin
dilación, como se ha de seguir las indicaciones de Dios (Lc 1,39; 19,5.6; Hch 20,16;
22,18), marchan al encuentro de lo anunciado; no hay búsqueda de algo desconocido,
sino seguimiento de una indicación precisa (cf. Mt 2,10-11). Pero no se toparon sólo con
lo que se les predijo (Lc 2,12; cf. 1 Sam 10,1-2); al recién nacido le rodea una familia
(Lc 2,16), en la que se destaca, contra toda lógica, a María (Lc 2,7.19.34-35.48.51).
Comprobada la veracidad de lo anunciado (Lc 2,17), se convierten en anunciadores; la
familia de Dios es evangelizada por unos pastores (Lc 2,18). Quienes fueron iluminados
por la gloria de Dios llevan esa luz a donde mora la familia de Dios. El anuncio angélico
se humaniza y prolonga con el testimonio de los pastores. La reacción general es de
sorpresa: todos, beneficiarios de lo sucedido, se maravillan (Lc 1,63; 2.33; 8,25; 9,43).
El relato se centra en María, señalando su reacción (Lc 2,19); conserva lo acontecido
meditándolo en el corazón; no rechaza lo que no comprende, soporta lo que no alcanza a
entender, intenta ponerlo en orden, encontrar una lógica. En lugar de quedarse
simplemente admirada, sorprendida por su Dios, busca entrar en el misterio, activa la
inteligencia del corazón.
Sigue siendo la suya una postura de fe (Lc 1,45) y, sin duda, ahora mayor que la
primera vez; tiene que dejarse decir por unos extraños el sentido del acontecimiento que
está protagonizando. Antes de la concepción, tuvo a un enviado de Dios; tras el
alumbramiento, cumplida la misión, se le envían unos hombres; la evangelizada por Dios
para ser madre, es evangelizada por unos pastores tras serlo. A mayor familiaridad con
Dios, menor cercanía de Él experimenta.
Los pastores regresan a sus labores alabando a Dios; lo anunciado y visto les ha
convertido a la adoración y al testimonio (Lc 2,20); son ya como ángeles para Dios (Lc
2,13). Fueron evangelizados, por medio de la escucha y la visión; se les impuso un
esfuerzo de obediencia, que les lleva ahora a la glorificación de su Dios obedecido,
porque cumple lo que anuncia y deja ver la salvación a quien le cree. Vuelven los
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pastores al anonimato y a la noche, a la vigilia y al trabajo; pero su experiencia y su
testimonio no se han perdido. Vive en el corazón de María y vivirá en el seno de la
comunidad cristiana por siempre; a ella le corresponde la vigilia, primero, y la
evangelización, después.

4. La fe de la madre, búsqueda de sentido
Curiosamente, no es la madre de Jesús la protagonista en la crónica del alumbramiento.
María aparece sólo al principio (Lc 2,5-7) y al final (Lc 2,16-19).
Al quedar situado el nacimiento dentro de un obligado viaje a Belén, María tiene que
dar a luz en la más completa soledad, lejos de la familia y ajena a la alegría que causa ese
acontecimiento (cf. Lc 1,57-58). Más aún, la madre de Dios tiene que dejarse
evangelizar por unos pastores. María no es ahora receptora del mensaje angélico, ni lo
entiende cuando se le transmite. Pero, a diferencia de todos, que se maravillan (Lc 2,18),
ella mantiene una actitud de permanente búsqueda de sentido (Lc 2,19); más que meditar
o recoger cosas dispersas, interpreta, indaga, trata de aclarar lo sucedido y lo que se
cuenta. Es un paso más: en Lc 1,29 se preguntaba, en Lc 1,34 interrogó, aquí penetra el
hecho, en 2,51 lo guardará en la memoria.
La fe mariana es búsqueda, no posesión; siempre queda abierta a una ulterior
revelación, nueva no porque haya de ser siempre renovada, sino porque es siempre
profundizada. María no dice nada, ni expresa su satisfacción ni su sufrimiento; cumple
con su vocación; hace lo que se espera de una madre y cuanto se espera de una
creyente. En ello reside su grandeza; su fe, que la convirtió en madre de Dios, le obliga a
contemplarlo a diario. Parece como si, dando a luz a Dios, María tuviera que hacerle de
madre sin muchas luces...

II. CONTEMPLAR A DIOS, QUEHACER
PERMANENTE
Bien podría María haberse imaginado que su camino de fe iba a quedar culminado tras el
nacimiento de Jesús: sólo eso le fue anunciado, únicamente para ello se había declarado
dispuesta (Lc 1,38). Pero no fue así: alumbrar a Jesús entenebreció su vida (Lc 2,19). La
contemplación de Dios, aunque no nos hayan quedado más rastros de ella que en el
magnificat, tuvo que ser más frecuente y más profunda, más constante y dolorosa. El
magnificat señala un momento importante en la vida creyente de María, pero no fue el
único ni fue, podemos imaginarlo, el más decisivo o crucial (cf. Lc 2,49-51; Mc 3,31-35;
Jn 19,26-27).

67

Cuando María confiesa a Isabel que el Todopoderoso ha hecho en ella maravillas (Lc
1,49), se está refiriendo a su concepción virginal del Hijo de Dios (Lc 1,38; 2,5). Pero lo
que ella estimaba como una actuación divina iba a complicar enormemente su vida; la
gracia de Dios no la salvó de la incomprensión de los demás ni de la suya propia siquiera.
La sierva del Señor, que había consentido en que Dios se le introdujera en su vida, no
logró verse ya libre de ese Dios intruso: y es que la entrada de Dios en la vida del
creyente en modo alguno la simplifica; la vida del hijo, fruto de su fe tanto como de sus
entrañas, se le convirtió en un continuo quehacer; tuvo que esforzarse por encontrar
sentido a cuanto ocurría a su lado y en su entorno. Como cualquier creyente, María hubo
de pasar por el corazón cuanto veía y vivía junto a su hijo, el Hijo de Dios (Lc 2,19.51).

1. Obligada a contemplar al Dios con el que convivía
No causa maravilla, pues, comprobar que la intervención de Dios enturbió, por lo menos
en un principio, la relación de María con su prometido, José (Mt 1,18-25); pero sí que
sorprende el que, superada la prueba, María dé a luz a su hijo sin entender muy bien lo
que sucede a su alrededor (Lc 2,1-19) y, mucho más inexplicable, que lo acompañe en su
crecimiento sin comprenderle del todo (Lc 2,41-50). María, bendita mujer que había
logrado tener en su vientre a Dios (Lc 1,42), madre bienaventurada por haberle creído
(Lc 1,45), tendrá que convertirse en silencioso testigo y atenta oyente cuando tuvo ante
sí, de carne y hueso, al Dios que ella había concebido; el contacto diario con el Dios a
quien había dado vida hizo de ella, sin duda alguna, una experta en Dios: la obligó a
contemplarlo en la vida diaria.
No había apenas acostado en el pesebre al hijo recién parido, cuando tiene que oír de
boca de unos extraños el Evangelio (Lc 2,7.10-12); y mientras los pastores retornan a sus
casas glorificando a Dios, María se queda, admirada ante lo ocurrido, meditándolo en su
corazón (Lc 2,19-20). Cumplidos los días de la purificación, lleva a su hijo al Templo
para presentárselo a Dios; y le sorprenderá cuanto sobre él ya se dice (Lc 2,33) y, sobre
todo, cuanto sobre ella misma se predice (Lc 2,35). Al inicio del ministerio público de
Jesús, acompañada de sus familiares, la madre va a su encuentro, preocupada por tanta
loca actividad (Mc 3,20-21); y tendrá que soportar, públicamente, el rechazo: su hijo
tiene ya otra familia (Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21). En Caná, en un raro
momento de armonía familiar, van juntos a una fiesta; allí, y antes de ser atendida,
deberá sentirse reprochar, ante los siervos de la casa, su intromisión en su vida y en el
proyecto de Dios (Jn 2,4). Y cuando Jesús esté muriéndosele en la cruz, deberá aceptar,
sin rechistar, como hijo al discípulo que Jesús amaba: tendrá que hacerse madre del
amigo del hijo que pierde (Jn 19,26-27). Como a todo creyente, a María tuvo que
resultarle más fácil concebir a su Dios que convivir con Él durante su vida. Y lo
consiguió porque supo contemplarse desde Dios.

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2. Evangelizada por unos pastores
Pero volvamos de nuevo al relato del nacimiento de Jesús. A quien se sabía madre del
Señor tenía que resultar chocante, por lo menos, que el nacimiento de Dios pasara tan
desapercibido; si la concepción de Dios le resultó una enorme sorpresa (Lc 1,34), su
natividad, inesperada en el mundo, tuvo que ocasionarle una gran decepción: sólo unos
pastores del entorno, que estaban de vigilia aquella noche, conocieron la gran alegría (Lc
2,10-11); gente poco recomendable, fue la escogida para recibir el Evangelio, mientras el
pueblo dormía. Y es que el primer evangelizado es, siempre, quien se sabe pobre ante
Dios y en el mundo, sin recursos ni valedor, viviendo a la intemperie, sin más asistencia
que la que le puede ofrecer Dios.
Sólo los pobres pueden reconocer en la pobreza de un pesebre y en la soledad de unos
padres sin hogar la presencia de Dios en la tierra (Lc 2,13): inventar a Dios,
descubriéndolo en un niño recién nacido, es hazaña de vírgenes madres y de pastores
vigilantes, es decir, de quien, conociendo su incapacidad y pobreza, no se escandalizan
de un Dios tan pequeño e insignificante; hace falta, en efecto, mucha fe para no
avergonzarse de un Dios niño en un pesebre. ¿La tenemos nosotros, esa fe mariana, que,
cuando nada entiende de cuanto ve, lo mantiene en su corazón? ¿Tenemos algo nosotros
de esa credulidad de pobres pastores, que han de velar por si Dios nace otra vez mientras
los demás duermen?
Tendría que maravillarnos, como a María, que los oyentes primeros y los primeros
testigos del nacimiento de Jesús fueran unos pastores: Dios escoge como portavoces de
su alegría y para descubridores de su Hijo a personas que encontró vigilando en la noche.
A ellos les confió su mensaje y la tarea de identificar a Dios; fueron ellos quienes oyeron
a los ángeles y su canto: la gloria de Dios en el cielo y la paz entre los hombres estaba
asegurada en ese recién nacido. Y los pobres, que poco tienen y nada que perder,
pudieron apostarlo todo por ese increíble Dios: vayamos hasta Belén, se dijeron, y
veamos lo que ha sucedido (Lc 2,15). Y no se arrepintieron: encontraron a María y al
niño (Lc 2,16).
Como a los pastores, es la obediencia a Dios lo que nos hará encontradizos con Jesús
y con María, su madre: al obediente no le escandaliza ver en un pesebre a su Dios; un
Dios tan pobre, tan indefenso, le resulta familiar al pobre. El Dios que alumbró María, el
que está donde se encuentre María, es un Dios pequeño; la gran alegría del que se fía de
Dios es encontrarse a María y, con ella, a un Dios a su altura.
Los pastores dieron a conocer lo que se les había dicho (Lc 2,17): evangelizados, se
convirtieron en evangelizadores; proclamaron lo que habían oído y cuantos les
escuchaban, no salían de su asombro y glorificaban a Dios. Del temor pasaron a la fe, de
la escucha del mensaje angélico a su testimonio; y su proclamación les llevó a la oración.
Aquí tenemos, recorrido, todo un camino de fe: ¡ojalá lo tomáramos como quehacer, en
69

la meta nos encontraríamos, como los pastores, con Dios, hecho accesible a nuestra
pequeñez, y con María, su madre! Y es que el auténtico creyente, precisamente por ser
pobre, es obediente; y por hacer cuanto se le dice, fácilmente alaba a su Señor (Lc 2,20).
Quien haya encontrado a Dios en el regazo de María, aunque sea una sola vez, se
convierte en orante agradecido siempre y encantado de tener un Dios niño.

3. Guardar en el corazón lo que de Dios no se entiende
Y mientras tanto, no lo olvidemos, la madre guardaba todo meditándolo en su corazón
(Lc 2,19). Ante el misterio de Dios, un Dios que nace en la pobreza, un Dios al alcance
de los más sencillos, un Dios que se encuentra donde se encuentra María, no cabe más
remedio que adoptar la postura de su madre: mirarlo todo con cariño y guardarlo con
atención: callarse, rendidos antes la grandeza de un Dios tan pequeño, y dejar que hable
sólo el corazón.
Si presenciáramos cuanto acontece en nuestra vida, a nuestro alrededor, por nimio e
insignificante, con la actitud de María, no tardaríamos en descubrir a Dios y a ella, como
hicieron los pastores. No podemos, como María, dar vida y sangre a Dios; pero, al
menos, podemos atrevernos a mirarlo y adorarlo con el corazón: es así como
conseguiremos llevarlo en nuestro interior, en nuestra vida.

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• María pudo sentirse un tanto incómoda con su Dios; tan sólo se le había propuesto engendrar al hijo de Dios
y únicamente asintió a ello. Por eso, bien podía esperar que volvería a su antiguo proyecto de vida una vez
realizado el de Dios. No fue así. Y tendrá que iniciar una aventura con Dios allí mismo donde creyó haberla
cumplido. Dios no suelta con facilidad a sus mejores siervos: quien le promete obediencia, está «perdido»...
• El nuevo camino de fe se abre cuando María tiene que oír de boca de unos pastores el significado del
nacimiento de su hijo: ¿no es penoso que los extraños tengan que comunicar al familiar el sentido profundo
de lo ocurrido? Los pastores, gente sencilla y marginada, son los elegidos por Dios para recibir el Evangelio y
para evangelizar a la familia de Dios. Sólo los sencillos pueden identificar a Dios en el niño que reposa en un
pesebre sin perder su fe: por no escandalizarse de un Dios tan insignificante se vuelven evangelizadores de
María.
• Y la madre de Dios reacciona dejándose evangelizar por los que Dios eligió, pero sin dejar de indagar
personal-mente cuanto Dios le está diciendo en lo que acontece. Se empeña en ver las cosas con el corazón:
guarda lo que le sucede, y no comprende, allí donde nadie puede entrar sino sólo Dios. No fue por entender
con la mente sino por guardar en el corazón como María se convierte en maestra de contemplación.
• El Dios que no se entiende puede resultar insignificante e inservible, siempre que no se tenga el coraje de
mantenerlo como objeto de contemplación: mirarlo todo con cariño y guardarlo con atención es el método
mariano de quedarse con el Dios que, por hacérsenos algo pequeño o demasiado normal, no logramos
comprender. No podremos, quizá, como María dar cuerpo a Dios; pero, al menos, podríamos atrevernos a
mirarlo y adorarlo con el corazón: un Dios tan entrañable cabe únicamente en el corazón.

70

MOTIVOS DE ORACIÓN
• Constatemos agradecidos, repasando nuestra historia personal, que Dios se portó con nosotros como con su
madre: cuando nos llamó y pidió nuestro consentimiento, no nos descubrió cuanto de nosotros pretendía; tan
sólo nos dijo el principio; todo lo demás es sorpresa y porvenir. Repasemos las exigencias que poco a poco ha
ido descubriéndonos y démosle gracias por —divina pedagogía— no habernos abrumado con todo lo que de
nosotros deseaba y sigue hoy deseando.
Más que admirar, Señor, cómo trataste a tu madre, me sorprende que te empeñes en portarte conmigo de
forma semejante. No me dijiste todo lo que querías de mí, quizá para poder contar conmigo; y no dejas de
pedir más, apenas he cumplido tu anterior deseo. No sé si sentirme engañado o muy querido. Me encanta tu
pedagogía y tu capacidad a dosificar mi obediencia para hacerla menos pesada. Y me encanta que uses
conmigo el método que utilizaste con María. ¡Ojalá pudiera responderte de igual modo!
• Maravillémonos, primero, y agradezcamos, a continuación, el que Dios siga evangelizándonos por medio de
los pobres y sencillos. Roguémosle que nos dé la capacidad de acogida para con los pequeños que vienen a
nosotros y la voluntad de contemplación de Dios que tenía María.
¿Sigues hablándome en cuanto me sucede? ¿Continuas evangelizándome a través de personas extrañas, de
cosas que me extrañan? ¿Tendré algún día, Señor, la capacidad para aceptar los signos de tu presencia sin
tener que entenderlos? ¿Seré tan pobre como para no escandalizarme de un Dios tan pobre como te empeñas
en ser? Dame la capacidad de acoger lo que pobres y sencillos tengan a bien decirme y verte en ellos sin
avergonzarme de mí ni, mucho menos, de Ti.
• Pidamos a María que se nos convierta en maestra de vida: que veamos con los ojos del corazón cuanto no
atinamos a alcanzar con la vista o la razón; que lleguemos al corazón de las cosas, allí donde se esconde
Dios Padre, mirándolas, siguiendo su magisterio, con el corazón.
Convierte, Señor, a María, tu madre, en mi maestra de vida y de contemplación; que vea con los ojos del
corazón cuanto no atino a alcanzar con la vista o la razón, que llegue al corazón de las cosas, allí donde te
escondes, mi Dios, porque, como María, las miro con el corazón.

71

UNA ESPADA EN EL ALMA,
SALARIO DEL SERVICIO CUMPLIDO
(Lc 2,21-40)
De la infancia de Jesús, propiamente dicha, Lucas elige sólo tres acontecimientos
significativos: la circuncisión (Lc 2,21), la presentación en el Templo (Lc 2,22-40) y su
pérdida y hallazgo (Lc 2,41-50), cuya crónica remata con un sumario que vuelve a
insistir en la actitud contemplativa de María, al acompañar el crecimiento de Jesús (Lc
2,51-52).
La narración, sin paralelo en el relato de la infancia del Bautista (Lc 1,67-79), sirve de
puente entre el nacimiento y el ministerio público de Jesús. Es la primera vez que Jesús
entra en el Templo; aunque la motivación concreta sea poco verosímil, la imagen de
Jesús que resulta es la de quien, nacido de mujer, vive sometido a la ley (Gál 4,4).

I. EL RELATO
El relato lucano subraya, sobre todo, la vida de obediencia a Dios y el estricto
cumplimiento de su ley de los padres de Jesús. En el día preciso, el octavo, Jesús es
circuncidado y recibe el nombre de Jesús (Lc 2,21), tal y como le había sido mandado a
María (Lc 1,31): sin darle más importancia, pero relatando el cumplimiento de lo
anunciado, Lucas muestra cómo Dios va haciendo realidad su proyecto, siempre que
encuentra hombres obedientes.
La purificación de la madre y el rescate del primogénito (Lc 2,22-40) estaban previstas
por la ley mosaica (Ex 13,1.11-16). La familia de Jesús sigue sujeta, en su vida ordinaria,
al imperio de la ley; todo sucede según estaba establecido por Dios; María y Jesús
cumplen con toda justicia (Lc 2,22-243).
El episodio tiene tres escenas, encuadradas por una introducción (Lc 2,21; cf. 1,59) y
una conclusión narrativa (Lc 2,39-40; cf. 1,80); ambos extremos se refieren a la vida del
niño, y la presentan como del todo normal. Lo que se narra entre ellos descubre el plan
de Dios, que sólo captan ojos de quien esperan ver la salvación de Dios y corazón de
quien tiene su Espíritu. La primera escena (Lc 2,22-24) sitúa la acción en el Templo y
justifica la presencia de la familia de Jesús en él, preparando el encuentro con los dos
ancianos. La segunda (Lc 2,25-35) presenta a Simeón y su oración profética, en realidad
un himno a Dios (Lc 2,29-32) y una profecía para María (Lc 2,34-35). En la tercera (Lc
2,36-38), Ana aparece como testigo mudo; su presencia en ese momento, y lo que con
ella se cumple, es lo que importa.

72

21Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, llamaron su nombre Jesús, nombre
que le fue puesto por el ángel antes que él fuese concebido en el vientre.
22Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos conforme a la ley de Moisés, llevaron al
niño a Jerusalén para presentarle al Señor; 23así como está escrito en la ley del Señor: Todo varón
que abre la matriz será llamado santo al Señor; 24y para dar la ofrenda conforme a lo dicho en la ley
del Señor: un par de tórtolas o dos pichones de paloma.
25Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, justo y piadoso; esperaba la consolación de Israel,
y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26A él le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la
muerte antes que viera al Cristo del Señor. 27Movido por el Espíritu, entró en el templo; y cuando los
padres trajeron al niño Jesús para hacer con él conforme a la costumbre de la ley, 28Simeón le tomó
en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:
29«Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz conforme a tu palabra; 30porque mis ojos han visto
tu salvación, 31que has preparado en presencia de todos los pueblos: 32luz para revelación de las
naciones y gloria de tu pueblo Israel».
33Su padre y su madre se maravillaban de las cosas que se decían de él.
34Y Simeón los bendijo y dijo a María su madre:
«He aquí, este es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel y como señal de
contradicción, 35para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones. Y una espada
traspasará tu misma alma».
36También estaba allí la profetisa Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad avanzada,
pues había vivido con su marido siete años desde su matrimonio; 37y había quedado como viuda
hasta ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, sirviendo con ayunos y oraciones de noche y
de día. 38En la misma hora acudió al Templo y daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los
que esperaban la redención en Jerusalén.
39Cuando cumplieron con todos los requisitos de la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de
Nazaret. 40El niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

1. Jesús, el nombre que Dios impuso
Lucas no se detiene demasiado en narrar la circuncisión de Jesús (Lc 2,21); no es lo que
le importa. El primer derramamiento de sangre identifica a Jesús como hombre (Heb
2,14-18) y le agrega al pueblo; se da un paso más en el camino de la encarnación (Gal
4,4).
El paralelo con el Bautista es evidente (Lc 1,59). En ambos casos, se subraya la
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imposición del nombre; aquí, el niño recibe el nombre anunciado por el ángel (Lc 1,31),
Jesús, un nombre común en la época. Lucas entiende la concesión del nombre como acto
de obediencia a Dios (Lc 2,21; cf. Mt 1,21, donde se añade una explicación teológica).
Aunque todo se desarrolla normalmente, no es casual; se sigue un preciso plan. Los
padres, que saben el origen del hijo, se pliegan a la voluntad de Dios, su Padre; si dando
un nombre al niño, lo reconocen como propio, aceptando el nombre que les fue
impuesto, reconocen la paternidad de Dios; nadie mejor para reconocerlo que quienes se
sabían no ser los auténticos padres.

2. El hijo que Dios quiso
La subida a Jerusalén está motivada en el cumplimiento de la ley referente al nacimiento
de primogénitos. Lucas no insiste sobre ello; le importa, empero, dejar constancia de la
sujeción de María a la ley de Dios (Lc 2,21.23.24.27.39; cf. Gal 4,4); el futuro Mesías
cumplió desde su nacimiento con la ley4; sus padres se encargaron de ello. Aunque in
necesaria su presencia, también el niño participa en la ceremonia. La purificación no va a
tener ulterior relieve en el relato; es, tan sólo, ocasión de la presencia de María en el
Templo.
Jesús es conducido allí para ser presentado a Dios, como primogénito que era. En
realidad, no hubiera sido necesario. Si todo primogénito varón era pertenencia divina (Ex
13,2.3-16), la normativa cayó en desuso cuando Dios tuvo a su servicio la tribu de Leví
(Num 18,15-16). El rito lo debía realizar el padre ante un sacerdote, sin que fuera preciso
acudir al templo para pagar el rescate (Ex 13,13-14; Num 18,16). Lucas, que insiste en la
familiaridad de los padres de Jesús con el Templo de Jerusalén, da a entender que, tras la
inexactitud, se esconde un sentido más profundo; Jesús no es rescatado, es ofrecido a
Dios; quienes no lo habían generado mostraban el niño a su verdadero Padre, el que le
había dado vida y nombre. Así se cumplió en el caso de Jesús, si no la letra, sí la
intención de la ley.
La presentación del niño queda ligada al rito de purificación de la madre. La ofrenda, a
realizar en el patio de las mujeres, muestra la pobreza de la joven pareja; dos pájaros —
uno para el sacrificio de expiación, otro para el del holocausto—, que no un cordero es la
ofrenda del pobre (Lv 12,6.8; 5,7-10). En el dato queda reflejada la preferencia lucana
por presentar la pobreza como ideal de vida creyente.

3. Lo que Dios quiere de hijo y madre
La entrada de Simeón en la historia inicia otra escena. El relato se demora en describirlo
74

(Lc 2,25): es de la ciudad, justo y piadoso; cumple con la ley y tiene temor de Dios; vive
esperando la consolación de su pueblo, la llegada de la era mesiánica (Lc 2,38; 23,5051), y tiene el espíritu de Dios; todo cuanto Dios ha prometido al pueblo y queda por
verse es la razón de su vida; hombre sobre el que el Espíritu reposa, sigue siendo Simeón
miembro de un pueblo que espera la salvación (Hch 2,17); no se ocupa en adelantar
como sea la venida de Dios, vive del porvenir prometido. El Espíritu se había
comprometido con él a no dejarle ver la muerte sin contemplar antes al Mesías (Sal
89,49; Jn 8,51); Simeón sabe, pues, que sus mejores sueños se cumplirán un día; el
Mesías por venir es la consolación del pueblo; Dios tiene ya preparada su salvación.
Y es el Espíritu quien lo lleva al Templo el mismo día que la obediencia a la ley había
conducido allí a los padres de Jesús. No hay, pues, fortuna ni azar, sino gobierno divino
de la historia humana (Lc 4,1.14-18). La esperanza de salvación que los hombres de
Dios experimentan se hace encontradiza con una familia que obedece la ley de Dios; a
uno el Espíritu lo convertirá en profeta; a otros el cumplimiento de la ley les desvelará el
porvenir. Tras lo que aparecería como una actuación debida, el relato descubre la
existencia de un cuidadoso programa; al Templo va el profeta a ver al Mesías; los padres
van a cumplir con Dios.

3.1. Quien sabe esperar convierte su oración en profecía
(Lc 2,28-32)
Con un gesto que es de bendición del niño, Simeón bendice a Dios (cf. Lc 1,64.67-68).
Teniendo a Jesús en los brazos no resulta difícil alabar a un Dios que le ha dado más
consolación de cuanta le había prometido; más que ver, palpa, acariciándola, la salvación.
Guiado por el Espíritu, no necesita signos. El profeta, hombre del Antiguo Testamento,
que vive de promesas, logra tocar el Nuevo Testamento, la salvación encarnada; puede
considerarse dichoso (Lc 10,23) y ora.
La realización de lo prometido por Dios alimenta la plegaria de Simeón, que se vuelve
profeta mientras reza; alaba a Dios y descubre la importancia del niño. El himno está
formado por tres dobles frases, interrumpidas por una breve narración, que da paso a un
final poco feliz, desde el punto de vista tanto de la forma como del contenido.
Simeón se dirige a Dios de la forma más humilde; lo reconoce como señor que tiene
todo derecho (cf. Hch 4,24; 6,10) y se reconoce como esclavo y pertenencia. Hacer lo
que mande es simple obligación; desearse otra cosa, pura gracia. Y le ruega que le libere
de la vida (Lc 2,26; Hch 15,32), ya que le ha cumplido la promesa; puede ir Dios
pensando en dejarle morir en paz (Gen 15,2; 46,30), pues no tiene él más que hacer en
la vida. Salvado su pueblo, y la prueba es el niño abrazado, no tiene otra salida su vida
que la paz definitiva, un estado al que puede aspirar precisamente porque tiene entre sus
brazos la salvación de Dios. La petición no es suicida; ya no tiene otra razón de vivir,
puesto que no le queda esperanza que alimentar; cuanto hizo soportable la fe a Israel, es
75

ahora realidad ante sus ojos.
Se le ha dejado ver más de cuanto se le prometió; en el niño Mesías, Dios ha
preparado la salvación ante todos los pueblos, no ya sólo la consolación de su pueblo (cf.
Is 45,5; 52,10). La salvación vista es mayor que la solo entrevista, la ofrecida mejor que
la esperada; los pueblos no son espectadores sino beneficiarios. La salvación es descrita
como luz y como gloria. Luz es el Mesías, porque lleva la luz a los pueblos (Is 42,6;
49,6); toda tiniebla y quienes las habiten quedarán iluminados (Lc 1,78-79; Jn 8,12;
12,46); no tendrá atardecer ni fronteras su actuación salvadora. Y gloria de Israel, que se
convierte en el lugar desde donde Dios ilumina a todas las gentes (Lc 3,5; Hch 28,28; cf.
Is 60,1-3). La oración se ha vuelto profecía; sabe realizado lo que aún anuncia. Y así lo
proclama. Sólo quien envejece esperando de Dios la realización de sus promesas podrá
gozarse al verlas y orar recitándolas.

3.2. La salvación, ya presente, no garantiza un buen
futuro (Lc 2,33-35)
Los padres se quedan preguntándose lo que se dice sobre su hijo (Lc 2,33; cf. 2,18-19).
No habían ido al templo para que se les hablara de su futuro y, mucho menos, de un
porvenir que abarca a todo el mundo. El anuncio, que no ha supuesto una revelación
angélica (Lc 1,31-35) ni siquiera el testimonio de los pastores (Lc 2,10-12.14.17),
predice mucho más (Lc 1,32-33; 1,54-55; 2,19-20). A medida que se acumulan los
pronósticos sobre el niño, se les hace a los padres menos comprensible su destino. Con
esta observación el relato desliza la atención del niño a la madre.
Tras haber bendecido a Dios, Simeón bendice a su familia. Y tiene, ahora sí, una
palabra (dramática, pues anticipa la tragedia) para la madre, que introduce con
solemnidad. Que sea María la única destinataria, cuando por vez primera se acaba de
identificar al padre, es significativo; la única profecía que pronuncia este hombre del
Espíritu incluye el destino del niño y el de la madre; ésta será víctima de la división que
él produzca. Da por supuesto que Jesús se ha de convertir en tropiezo y contradicción en
Israel; no va a ser posible la neutralidad o la indiferencia; en él se decidirá quién cae y
quién queda en pie, quién es rechazado y quién aceptado (Is 8,14-15; 28,16). Ya no es
tiempo de dilaciones y excusas, de expectativas e ilusiones; es inevitable la elección;
quien no se conforme con lo que le es dado o consigue, no se salva.
No es tiempo de andar a la búsqueda de signos; el signo es el Salvador en persona (Lc
11,30). La salvación, identificada en el niño mesías, es —y en ello reside la novedad del
anuncio profético— un acontecimiento trágico; necesariamente importará división y
escándalo (Lc 4,16-30). No es esto lo que esperaba Israel, ni lo que se le indicó a María
con anterioridad. Pero es ahora a ella a quien se lo comunica el hombre que vivió
esperando la consolación de su pueblo. La definición del niño como prueba y
contradicción tiene un motivo preciso, obligar a los hombres a que se decidan, a que
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desvelen lo que llevan en su corazón (6,8; 9,47; Jn 3,19-21; 6,44-45; 18,37). La
decantación es, pues, impuesta, porque ha sido prevista; la decisión que ante él se tome,
define la realidad más íntima de los hombres. La salvación desvela al hombre, lo deja sin
disfraz ni recursos.
Una frase, la que descubre a María su vía crucis personal, ha sido introducida con
escasa destreza en la profecía sobre Jesús. El destino de María es vivir traspasada; la
imagen de la espada que divide el alma (Job 26,25) alude a un constante e íntimo dolor;
y es que el desgarro se produce en el alma misma. Y la causa es el destino controvertido
de su hijo; su sino es para María como palabra que traspasa (Heb 4,12). Para que el
hombre se pronuncie, Jesús es contradicción; su madre, toda ella una pena. No se
pueden desligar de esta profecía los momentos en que María, dentro del relato lucano,
aparecerá alejada de su hijo y de su misión (Lc 8,21; 11,27-28).

4. Una anciana como testigo
Sin preparación, es introducida en la escena Ana (= agraciada); profetisa, hija de Fanuel
(= rostro de Dios), de la tribu de Aser (= felicidad). Junto a Simeón representa el modelo
judío de piedad. Viuda joven, ha envejecido sin otra ocupación que Dios. Su ascetismo,
signo de la dedicación exclusiva al servicio divino, queda evidente en las cifras que se
aportan; su tiempo de celibato duró doce veces el tiempo de su matrimonio. Es profetisa,
un rasgo raro en el judaísmo, pero común en los inicios de la Iglesia; con el nacimiento
de Cristo renace la profecía universal (Hch 2,17). Ana lo preanuncia.
Toda su vida ha sido un ejercicio admirable de piedad, orando y ayunando (cf. Mt
6,16-18), en la presencia de Dios, sin interrupción. La anciana es dibujada según el ideal
antiguotestamentario del fiel; en ella tienen un precedente las viudas cristianas (1 Tim
5,9.10). Aunque presentada como profetisa, no pronuncia oráculo alguno; es, más bien,
el segundo testigo (Dt 19,15; Mt 18,16). La confesión de fe en Dios y el testimonio
público ante quienes esperaban la salvación de Israel señalan su reacción; la alabanza y la
divulgación une a quien espera con cuantos esperan la intervención de Dios (Lc 1,68;
24,21).

5. Crece el hijo, crece Dios
Satisfecha la ley por entero, vuelve la familia de Jesús a su ciudad, en Galilea (Lc 2,39).
Con el anuncio de futuras dificultades se dispensa el autor de narrar persecuciones
tempranas (cf. Mt 2,13-23). El regreso a Nazaret cierra el episodio y prepara el siguiente.
Como en el caso del Bautista (Lc 1,80), Jesús en familia no deja de crecer como
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hombre y ante Dios. A diferencia de él, la maduración se realiza en la casa paterna, no en
el desierto. Madurez humana progresiva en el hogar y totalidad de gracia se hacen
compatibles; cuando hable, por vez primera, Jesús dará testimonio de ambas (Jn 2,41-52;
cf. 4,22). Hombre de Dios, Jesús no es un profeta que habla en nombre de Otro, sabe de
lo que habla, conoce aquello que dice (cf. Mc 6,2). En la posesión de la gracia de Dios se
va pareciendo a su madre (Lc 1,28.30) por mucho que crezca.
Al lado de José (Lc 2,22,27.33.39), María ha cumplido con la ley (Lc
2,22.23.24.27.39). Pero Dios pide más de ella; al lado de Jesús, queda implicada en su
destino. A María, esposa y madre, se le exige continuar siendo creyente; la prueba que su
hijo provoca en medio de Israel pasará por el medio de su alma. Al ser oscura la
predicción se hace más evidente la exigencia de fe. Si hasta ahora tanto el ángel como los
pastores le predijeron un futuro maravilloso, ahora se le anuncia un doloroso vía crucis;
el camino de fe se torna búsqueda incómoda, sufrida, de sentido. Unos ancianos, que
habían envejecido esperando al Salvador, le adelantaron su porvenir, no sólo el de su
hijo; el destino del hijo de Dios entenebrecerá la vida de su madre. Y es que la
familiaridad con Dios exige como precio la propia vida; nadie que dé vida a Dios, sale
incólume de la aventura.

II. CONTRADICCIÓN Y DOLOR COMO PORVENIR
Ser madre de Dios no fue para María un privilegio, aunque había sido una gracia
extraordinaria: la madre de Jesús tuvo que cumplir con la ley, que exigía la purificación
de madre y la presentación del primogénito a Dios, a los ocho días del nacimiento (Lc
2,22). Estas normas tenían por objetivo recuperar para la vida diaria a la madre y
recuperar para la vida familiar al recién nacido. Pero a María se le hizo saber en
Jerusalén que, aunque hubiere presentado a Dios el hijo de su obediencia, no lograría
librarse de vivir bajo obediencia a Dios ni librar a su hijo de un violento destino.
El sentido que Lucas da al acontecimiento se deja ver en su presentación de los dos
ancianos, Simeón y Ana (Lc 2,25-40) y, más concretamente, en la acción de gracias de
Simeón (Lc 2,29-32): la presentación de Jesús en el Templo señala el día esperado por el
Israel fiel, que ha envejecido dedicado a Dios sin perder la esperanza de ver su salvación,
una salvación pensada para todos los pueblos, luz que los ilumina y gloria de Israel.
Para la imagen lucana de María es decisiva, por su novedad y por el influjo en la
historia de la piedad mariana, el anuncio de Simeón: «¡y a ti misma una espada
atravesará el alma!» (Lc 2,35); el símil no es claro, no así su sentido global: María va a
participar del destino trágico de su hijo (Lc 2,34: «Este está puesto para caída y
elevación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción»); el rechazo que va a
sufrir partirá su alma; la madre de Dios vivirá su existencia profundamente herida, su
familiaridad con Dios no le ahorrará una vida desgarrada.
Confiarse a Dios no exime de la deuda de obediencia que con Él hemos contraído: la
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invitación personal que María recibió no la libró del seguimiento de la normativa habitual.
El servicio a Dios, en exclusiva, no libera del cumplimiento de la ley común.

1. La obediencia a Dios de la familia de Dios
Los padres de Jesús se tuvieron que someter a la legislación que regulaba toda paternidad
en Israel: tras todo nacido está el Dios de la vida; María y José aceptaron que Dios
interviniera de forma más personal en el nacimiento de Jesús, su hijo. Y llevándolo al
Templo, lo reconocían. Creían que, ofreciendo el sacrificio requerido, lo iban a rescatar
para sí: no sabían que, una vez que hubieron permitido a Dios que entrase en sus vidas,
no lograrían ya deshacerse de Él.
Cumpliendo la ley, los padres de Jesús presentaron al hijo, reconociendo públicamente
que Dios era el auténtico Padre: Él era quien lo había querido y quien lo había hecho
posible. María y José bien sabían que la ley obligaba sólo a los padres normales, pero,
queriendo ser una familia normal, se sometieron a la norma universal: Jesús no había sido
fruto de sus posibilidades ni de su amor matrimonial, sino don de Dios y responsabilidad
compartida. Con todo, no se libraron de cumplir con lo prescrito a los que estrenaban
paternidad: la familia de Dios se sometió a las leyes de Dios; la encomienda, realizada
con éxito, no les situó sobre la normativa social: haber sido padres por obediencia no les
iba a librar de la ley que regulaba la paternidad; no les fue penoso seguir una norma a
quienes habían cumplido la voluntad de Dios: la obediencia a Dios, cuya mejor prueba
era el hijo que le presentaban, no fundaba privilegio alguno ni ante Él ni entre su pueblo.
La familiaridad con Dios no libera de la obligación de cumplir con su voluntad: la
madre, que lo fue por declararse sierva, se mantendrá madre continuando su
servidumbre; como ella, quien haya sido invitado a prestar un servicio a Dios, no logrará
desembarazarse de Él, a pesar de que pueda aducir su servicio prestado. Una forma
segura de buscar la voluntad de Dios, que no siempre se logra oír con la claridad
deseable, está en cumplir los deseos conocidos de Dios: su ley escrita es la norma de vida
de quien le es próximo; quien se ha familiarizado con su viva voz no pondrá objeciones a
reconocer su palabra escrita.
Aunque Dios no hable más o mientras calle, el siervo cuenta siempre con una
posibilidad de mantener el diálogo y la obediencia: si se ocupa en cumplir lo que ya sabe,
la ley conocida, estará oyendo ya la voz que echaba de menos. La obediencia a lo más
obvio, a lo más fácil, prepara para la escucha de lo más exigente y menos evidente.

2. La recompensa por servicios prestados
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Yendo al Templo, los padres de Jesús creerían haber cumplido su misión específica, la
que Dios les había encomendado: dar vida y una familia a su Hijo. Presentándolo a Dios,
no sólo le reconocían a Él como auténtico padre, sino que podían ilusionarse con
liberarse de Dios. No debieron salir de su asombro cuando tienen que oír, ¡y de boca de
extraños!, anunciado un porvenir no muy halagüeño; la misión de su hijo va a tener
consecuencias no previstas: el destino del hijo de Dios entenebrecerá sus vidas. Y es que
quien se deja deslumbrar por Dios una vez, no va a poder ver nunca más con sus propios
ojos; a pesar del anuncio, seguirán sin entender del todo a su hijo y a su Dios; pero
habrán comprendido que su futuro ha quedado comprometido de por vida.
El relato de la presentación de Jesús en el Templo (Lc 2,22-40) revela que toda
invitación que Dios cursa a un creyente, si es aceptada una sola vez, se convierte en
destino de por vida; puesto que elige para proponer planes de salvación, mientras exista
el proyecto, Dios necesitará de quien se haya declarado de acuerdo. En Jerusalén, María
presentó a Dios el hijo de su obediencia, la prueba de su servicio cumplido: a nada más
se había comprometido María en Nazaret; bien podía —y pudo así pensarlo— retirarse a
su vida privada y a sus proyectos personales. Lo que recibió, a cambio, no fue un premio
por buena conducta o un despido definitivo sino el anuncio de nuevos servicios; y más
dolorosos, por cierto. Y esta vez, no le pidieron su consentimiento: Dios ya contaba con
él; tan sólo tuvo la delicadeza de prevenirla.
Una espada es la recompensa que recibe la madre sierva; la familiaridad con Dios
exige la propia vida como precio. El Dios de María no se deja acercar sin ser temido: su
proximidad quema y su cercanía aproxima la muerte. Ello tiene también su ventaja: quien
lo sabe podrá considerar, incluso, su propia muerte como el paso definitivo hacia Dios.
Pero hay que contar también con el inconveniente de que seguirá esperando mayores,
mejores, servicios de quien ya le prestó el único que se le pidió. ¿No será el miedo a
encontrarse con este Dios, lo que nos está haciendo tan fácil el perderlo?
Preocupados como estamos porque no nos hiera, ni disturbe siquiera, su presencia, no
le damos oportunidad para que siga contando con nosotros en sus nuevos proyectos,
para que nos cuente entre los suyos de nuevo. Aceptar la cruz como destino de la vida
nos autentificará como familia de Jesús: ese fue el «anuncio» que se le hizo a la madre.
Y sigue siendo palabra de Dios, su compromiso, para todo aquel que anhele pertenecer a
su familia.

3. Envejecer esperando para reconocer al Salvador
Un dato hay que subrayar en este episodio: fueron unos ancianos quienes conocían y
profetizaron el destino de Jesús y preanunciaron el destino a María. Los extraños saben
más que el familiar. Porque esperaban desde antiguo: la espera del Mesías, perseverante
y excluyente de otras ilusiones, era su ocupación inveterada y la salvación del pueblo su
80

única preocupación. Reconocieron en el niño al salvador esperado, porque habían
envejecido sin desesperar de ver al Señor y su día. Saber esperar es permanecer fiel y
conservar los ojos y el corazón despiertos, tanto como para descubrir el perfil y el rostro
del Dios esperado.
Es consolador para quien todavía no lo ha encontrado y no desespera, saber que si
envejece esperando lo descubrirá un día y podrá entonces marchar en paz. Si la nostalgia
del Dios ausente nos llenara de esperanza; si echándole de menos, le esperásemos más,
nuestra vida alimentaría nuestra espera: el día de mañana, la persona nueva que
encontramos, el suceso imprevisto que acontece, podría convertírsenos en el día soñado,
el Señor reconocido, el reencuentro que esperábamos.
Tenemos, eso sí, una pista para no malograr nuestro esfuerzo: donde esté María, allí
estará nuestra esperanza cumplida; identificar al Dios esperado no resulta imposible a
quien conoce a María. Si estamos allí donde ella va, cumpliendo la voluntad de Dios, nos
toparemos con Jesús y este encuentro será el premio de nuestra espera: la consolación de
tener ante sí a Dios, la obtiene quien consigue encontrarse con María en el cumplimiento
de la voluntad de Dios.

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• Da que pensar el hecho de que María no haya considerado como ventaja su maternidad; como todo israelita
que estrene paternidad, rescatará a su hijo, que bien sabía se lo debía a Dios, sin lograr que le pertenezca del
todo. ¿No nos dice nada que la madre de Dios no buscara excepciones a la ley de Dios, que quien fuera
madre por la fe no exigiera privilegios ante una norma que obligaba a todo el mundo? ¿Por qué empeñarse,
entonces, en hacer de una vida de obediencia a Dios motivo de prebendas o excepciones a la regla que obliga
a todos?
• Presentando a Jesús en el Templo, María pudo dar por cumplida la misión que había aceptado. Tuvo que
aprender que difícilmente se escapa de Dios quien le dio un día crédito. En el Templo le esperaban quienes,
en nombre de Dios, le desvelarían el futuro de su hijo y el suyo propio. Dios no se deja abandonar, una vez
que se le ha concedido entrar en la propia vida. Y lo que es peor, nunca dice todo lo que quiere de uno de una
vez, lo va manifestando paso a paso; presenta nuevas exigencias, después de que se hayan cumplido las
antiguas; así, pedagógicamente, sin abrumar con tareas acumuladas favorece que el creyente se mantenga en
estado de continua obediencia. Bien es verdad que no todos soportan el ritmo de Dios. Y en ello estriba la
diferencia; María, aunque madre, siempre se mantuvo sierva de su Dios. ¿Estaremos dispuestos a seguir el
ritmo de Dios?
• Y ha de causar sorpresa, cuando no incomprensión, que Dios vuelva a dar a conocer a María su porvenir por
medio de dos personas desconocidas. Que habría de dar vida al hijo de Dios se lo anunció un ángel; pero que
su vida estaría transida de dolor se lo dijeron unos extraños. ¡Extraño comportamiento el de Dios! Se
equivoca quien piensa que puede acostumbrarse a Dios, sólo por haberse habituado a obedecerle; María nos
recuerda que Dios puede siempre pedirnos más de cuanto le dimos ya; el deber cumplido no libera de la
obediencia por venir. Ser madre de Dios no la hizo más dichosa, pero sí que la mantuvo más cerca de su hijo;
él será motivo de tropiezo y ella, madre dolorosa.

MOTIVOS DE ORACIÓN
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• Hacemos oración de nuestros deseos de liberarnos de Dios sólo porque ya le obedecimos alguna vez;
platicamos con Dios sobre nuestra sorpresa porque siga imponiéndonos nuevas tareas cuando nos presentamos
ante Él tras haber realizado las que nos mandó: ¿por qué no reconocerá nuestros esfuerzos y, en vez de
felicitaciones, recibimos nuevas exigencias?
¡Cuántas veces, Señor, he querido liberarme de Ti obedeciendo tu ley! Puede parecer paradójico; pero así de
incomprensible es mi comportamiento contigo; haberte obedecido un día, y con gran esfuerzo, me da razones
para desobedecerte toda una vida. No es lo que hizo María. Y me avergüenza. Pero no me resulta tampoco
muy comprensible, aunque sea de tu parte inteligente, el que sigas imponiéndome nuevas tareas cuando vengo
de cumplir las antiguas; que no te des pausa en disponer de mí, me fatiga. ¿Por qué no reconoces mi esfuerzo
y en vez de felicitaciones recibo de Ti órdenes nuevas y más gravosas?
• Pidamos al Señor que nos mande personas que nos adelanten lo que quiere hacer de nosotros, profetas que
nos indiquen el porvenir que Dios nos prepara. Que María los encontrara en el Templo explica, seguramente,
por qué no los encontramos nosotros en nuestra vida: vivir en la presencia de Dios facilitaría encontrarnos
con quienes nos hablen en su nombre. Roguemos a Dios que nos conduzca allí donde nos quiere y que haga el
favor de adelantarnos lo que de nosotros quiere. Le prometemos cumplir con su voluntad, la que ya
conocemos, mientras nos hace saber lo que aún desea de nosotros.
Te ruego, mi Señor, que mandes profetas que me anticipen lo que piensas hacer conmigo, creyentes que nos
señalen el camino, y las metas, que nos tienes preparado. Seguro que, si viviera en tu presencia, me toparía
con quien me hablase de Ti. Guíame, a través de tu ley conocida, allí donde tú quieres llevarme y concédeme
conocer lo que tú quieras darme a saber. Sea lo que sea, si ello me hace asemejarme a María, no será nunca
demasiado.
• El dolor y la prueba acompañaron la vida de quien vida había dado a su Dios; no parece una recompensa
justa ni resulta muy lógico el proceder. Pero es divino. Hacemos nuestra incomprensión tema de oración a
Dios y motivo de alabanza de María. Y, si nos sentimos con fuerza, nos declaramos dispuestos a afrontar lo
que Él quiera mandarnos con tal de que nos mantenga, fieles cueste lo que cueste, como María y junto a ella.
Que el dolor, íntimo y desgarrador, sea tu salario a una vida de fe, no me parece muy justo, es terrible. No veo
lógico tal proceder, pero —¡qué duda cabe!— es muy propio de Ti, tan divino... Mientras bendigo a María por
haberte aceptado, Dios incomprensible, te ruego que mi incapacidad para entenderte no sea óbice para
obedecerte. Dame la fuerza para afrontar cuanto quieras mandarme, con tal de que te quedes siempre
conmigo; crezca yo en fe, mientras crece en mí tu fidelidad.

82

CUARTA ETAPA

Jerusalén (Lc 2,41-52)Galilea (Lc 8,9-11; 11,27-28)
Perder a DIOS
para reencontrarlo (de) nuevo

María se ha de enfrentar a una nueva etapa, la cuarta, en su aventura personal de fe,
apenas Jesús comienza la mayoría de edad: al hacerse hombre, Jesús asume
públicamente que se debe a otro Padre y a sus cosas y progresivamente vivirá más
para Dios y su reino que para su familia y en el hogar. Desde un punto de vista
histórico, hay que presumir que esta etapa fue la más duradera, y la más dura, de la
vida de María: su hijo le pertenecía menos cuanto más pasaba el tiempo con ella. No
deja de ser significativo que, en la tradición evangélica, la madre de Jesús cada vez
aparezca menos en la narración (Lc 2,41-52; 8,9-11; 11,27;38; Jn 2,1-11) y, si
aparece, apenas tenga algo que decir (Jn 19,26-27; cf. Hch 1,114).
María tuvo que pasar por esa experiencia, tan típica del creyente, de saber estar
perdiendo de vista a ese Dios al que se había acostumbrado a contemplar, familiar, en
casa. Como cualquier otro creyente, María necesitó tiempo para asumir la nueva
situación: por más que ella supiera que su hijo lo era de Dios (Lc 1,31-32), tuvo que
aceptar, no sin sorpresas ni indoloramente, que también su hijo lo supiera y así se
quisiera (Lc 2,49). Más aún, tuvo que recordar que, puesto que sólo por obediencia
ella se convirtió en madre de Dios (Lc 1,38.43), sólo por obediencia a Dios
permanecería madre (Lc 8,21; 11,72-28).
En la vida espiritual perder a Dios no es, necesariamente, una desgracia: puede
convertírsenos en el camino de recuperarlo de nuevo, y totalmente nuevo. Entre Dios y
el creyente pueden darse —¡como en las mejores familias!— razones para el
desacuerdo, grandes incomprensiones, expectativas insatisfechas, heridas que curar,
faltas que confesar, una relación rota o poco cuidada. Pertenece a la experiencia
auténtica de fe el realizar, un buen día y sin previo aviso, que no se cuenta ya más con
83

Dios, que no está allí donde se le dejó, que no se logra «tocarle», ni siquiera sentirlo,
que se le ha perdido de vista. María pasó por esa experiencia, y no sólo una vez: la
primera, en el Templo, delante de los doctores de la ley; la segunda, en público,
delante de una muchedumbre.
No merece la pena lamentar que alguna vez, sin darnos cuenta o con plena
conciencia, hemos perdido a Dios, si su ausencia sentida —reconocida y dolida— nos
lanza en su búsqueda. Perder a Dios no es vergonzoso, si señala el inicio de su
recuperación. Si ya es suficientemente malo dejar que se nos extravíe, vivir lejos de
Dios, es bastante peor no darse cuenta o no querer darse cuenta y conformarse.
Siempre que perdemos a Dios hay —al menos— una razón: lo perdemos por culpa
nuestra, por nuestras culpas, o se nos pierde por descuido nuestro, por nuestras
desatenciones. El primer motivo no es el peor, puesto que nace y se alimenta de
nuestra debilidad; el segundo es el más pernicioso, porque se origina en ese maltrato
no advertido, en una indiferencia tolerada, en un menosprecio no combatido; un Dios
«des-atendido» es un Dios poco apreciado; un Dios que podemos perder es un Dios
que hay que cuidar. Y cuida a Dios quien se cuida de vivir de fe. Como María tuvo que
aprender.

84

PERDER EL HIJO
Y ENCONTRARSE CON DIOS
(Lc 2,41-52)
El episodio de la pérdida y el hallazgo de Jesús en el Templo de Jerusalén (Lc 2,41-52)
cierra el relato de su infancia. Lucas es el único evangelista que recuerda este hecho de la
adolescencia de Jesús.
Lo acontecido en Jerusalén, más que un hecho de juventud, es para el evangelista
preámbulo de la misión de Jesús. El suceso podría haber pasado desapercibido, por
normal; pero tras la anécdota de un extravío casual se cierne la amenaza de su definitiva
pérdida; públicamente Jesús deja de ser hijo de María y José para declararse hijo de
Dios. No se le escapaba a María el origen divino de su hijo. Pero no logró entender del
todo su comportamiento, que se hubiera quedado en Jerusalén sin previo aviso, ni,
mucho menos, su reacción, negarles el derecho a estar preocupados por él; y es que en
María crecía la incomprensión a medida que su hijo crecía; el hijo se le iba volviendo un
extraño. Mucho más que a cualquier madre.
El relato del extravío de Jesús describe particularmente bien la capacidad de
contemplación que tenía María. No sólo sufrió el extravío del hijo, quiso saber por qué y
buscó una respuesta, delante de los doctores, que, dada, le incrementaría la desazón
interior y la incomprensión. No reprendió a Jesús, quería comprender su dolor, hacerlo
razonable: se quedó con el dolor y sin una buena razón (Lc 2,48).
Como a María, también a nosotros nos pilla por sorpresa el comportamiento de Jesús,
ilógico a veces, inconsiderado otras. Parece empeñado en hacérsenos más lejano, más
extraño, cuanto más esfuerzos hemos hecho por acercarnos a él; menos comprensible,
cuando más le queremos comprender. María nos enseña cómo hay que perderlo para
encontrarlo de nuevo y a nueva luz, con nuevo rostro, menos nuestro, más él mismo.

I. EL RELATO
En el relato lucano del Bautista falta un episodio semejante; mientras Juan conocerá su
vocación siendo adulto (Lc 1,80; 3,2-3), Jesús proclama su identidad el día que empiece
a serlo (Lc 2,49). Con ello llega a su final natural un relato que comenzó con un infante
en brazos de María (Lc 2,12.16): el recién nacido (Lc 2,17.27-40), el hijo de María (Lc
2,43) termina por ser hijo de Dios (Lc 2,49).
Como en el episodio anterior (Lc 2,21-39), el Templo es el lugar central de la
desvelación del misterio personal de Jesús. Se presenta estructurado siguiendo el mismo
modelo: subida a Jerusalén (Lc 2,42; cf. 2,22), revelación de Jesús (Lc 2,46-47; cf. 2,3085

31), comentario sobre la madre (Lc 2,48; cf. 2,39), regreso a Nazaret (Lc 2,51; cf.
2,39). El centro del relato está en la doble pregunta de Jesús a su madre (Lc 2,48), que
no puede comprender (Lc 2,50); en ella desemboca cuanto sobre el niño se ha ido
diciendo, con la diferencia de que ahora es él quien así se define.
41Iban sus padres todos los años a Jerusalén, para la fiesta de la Pascua. 42Cuando cumplió doce
años, subieron ellos a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta. 43Una vez acabados los días de
la fiesta, mientras ellos volvían, el niño Jesús se quedó en Jerusalén; y sus padres no lo supieron.
44Suponiendo que él estaba en la caravana, fueron un día de camino y le buscaban entre los parientes
y los conocidos. 45Como no le encontraron, volvieron a Jerusalén buscándole. 46Aconteció que
después de tres días, le encontraron en el Templo, sentado en medio de los maestros, escuchándoles y
haciéndoles preguntas. 47Todos los que le oían se asombraban de su entendimiento y de sus
respuestas. 48Cuando le vieron, se maravillaron, y su madre le dijo:
«Hijo, ¿por qué has hecho así con nosotros? He aquí, tu padre y yo te buscábamos con angustia».
49Entonces él les dijo:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los asuntos de mi Padre me es necesario estar?».
50Pero ellos no entendieron el dicho que les habló.
51Descendió con ellos y fue a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas
en su corazón. 52Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres.

Dentro del relato de la infancia (Lc 1-2), el episodio señala el fin de ese período.
Aunque se le presente como aprendiz, Jesús habla por vez primera, apenas rozada la
mayoría de edad, como hijo de Dios, con plena conciencia de su misión. Lo que anunció
el ángel (Lc 2,1-20) y vio Simeón (Lc 2,21-22), es ratificado finalmente por el mismo
Jesús (Lc 2,41-51). Su sabiduría humana puede ir creciendo aún (Lc 2,52), pero ya sabe
lo fundamental, que Dios es su Padre (Lc 2,48). No es indiferente que sea el Templo el
lugar de la proclamación; antes de quedar sujeto a la ley de Dios, Jesús se sabe su hijo y
se ocupa de sus cosas. En su hogar, la casa de su Padre.

1. Perder al propio hijo
Como judíos piadosos, los padres de Jesús solían ir a Jerusalén por Pascua. El año
previo a la mayoría de edad era costumbre llevar a los adolescentes a Jerusalén por
Pascua, para habituar a los jóvenes al cumplimiento de la ley. Así se prepara Jesús para
sus responsabilidades ante Dios y ante los hombres1.
86

La ausencia de Jesús durante el regreso pasa, en un primer momento, desapercibida.
No se aduce ahora la razón de la permanencia de Jesús en el Templo, aunque sea,
después, deducible de su respuesta (Lc 2,49b). Viajar en grupo era lo habitual,
garantizaba una mayor seguridad durante el trayecto. Ello hace comprensible que los
padres no advirtieran la falta de Jesús; no echaron de menos al hijo porque lo creían
entre conocidos y amigos. Un detalle éste no insignificante; Jesús cuenta con más
familiares (cf. Mc 3,21). Pero no pasa la primera jornada sin que sus padres se percaten
de su ausencia. Al no dar con él, regresan en su búsqueda. La dificultad del rencuentro es
obvia en una ciudad que, por esos días, duplicaba sus habitantes.

2. Encontrarse con el hijo de Dios
Tres días de angustiada búsqueda (Lc 2,48) logran dar con él. El Templo —sentado entre
doctores— no es el lugar más apropiado para alguien que apenas ha dejado de ser niño;
pero es el sitio adecuado para la instrucción teológica (cf. Lc 19,47; 20,1; 21,37-38). La
descripción no hace a Jesús maestro entre entendidos, más bien su oyente e interlocutor
(Hch 22,3); no enseña, pues, aprende, como era el método usual, escuchando y
preguntando. No es extraordinario lo que hace; lo es por qué lo hace.

2.1. Perdido..., ¡en el Templo!
Con todo, la sorpresa es general (cf. Lc 4,22) por la capacidad de comprensión y de
interrogación que posee Jesús. La sabiduría que le llenaba se hace ahora evidente (Lc
2,40): se muestra familiarizado con la ley de su pueblo y con sus tradiciones. No hay
rastro alguno de menosprecio hacia la enseñanza de los letrados; muy al contrario,
aunque de forma velada, se la considera en forma positiva, pues de lo que se trata es de
admirar la inaudita sabiduría de Jesús.
Tal es la situación, para ellos insospechada, en la que lo encuentran los padres. Les
abruma no la alegría de reencontrarlo, sino la maravilla por lo que está haciendo; pueden
bien imaginarse que se les haya perdido, pero no tanto encontrarlo en el templo admirado
por su saber. Es María la que expresa su sorpresa, y un cierto reproche, ante una
actuación que ha llenado de dolor a ella y a su padre. Sus palabras han sido elegidas con
cuidado; se dirige a él como a hijo querido y le habla de su angustiado padre. ¡Bien poco
ha tardado la profecía de Simeón en empezar a cumplirse! No fue María quien perdió a
su hijo; resultó ser el hijo quien se había alejado conscientemente de ella.

2.2. Una respuesta insólita, un tanto insolente
87

La respuesta de Jesús es aún menos comprensible que su comportamiento.
Enfáticamente, con dos preguntas, cuestiona la postura de la madre; le da a entender
preguntando, no se opone afirmando; más que defenderse, Jesús replica. Ni la búsqueda,
ni la angustia, están justificadas, porque ni se había extraviado..., ni les pertenecía; no lo
habían perdido, porque no era de ellos. No fue casualidad, sino deber lo que le separó de
ellos; no hizo lo que quiso, sino aquello que de él se quería.
Si la postura de María se apoya en la piedad debida a los padres, según mandamiento
de la ley de Dios, la actuación de Jesús nace de su piedad para con Dios. Su vida,
confiesa, no la domina la familia, sino el Padre; la madre tiene un hijo, que no es suyo.
Y, lo que es aún menos excusable, ellos deberían saberlo. Jesús se debe a Dios Padre; y
no se pierde cuando de sus cosas se ocupa.
Por vez primera aparece en boca de Jesús la afirmación de su necesidad de servir a
Dios sobre todo y antes que a nadie. Cuando el Jesús adulto habla en este evangelio
como tal, se manifiesta la conciencia de su filiación divina: misión y filiación van unidas
por la obediencia debida al Padre. Lo que se le prometió a María (Lc 1,32) es ya realidad
consumada. Saberse hijo, sin otra ocupación fuera del Padre, es la razón de su sabiduría,
y la causa de que perdiera, momentáneamente, a sus padres.

2.3. Unos padres incomprendidos, que no aciertan a
comprender
Los padres de Jesús actúan siempre de consenso (Lc 2,41.43), lo mismo cuando
practican la ley (Lc 2,41.42) que cuando buscan a Jesús (Lc 2,44-47), aunque sea María
la que reacciona (Lc 2,48). Se comportan como padres normales. Lo que no ha sido
normal es el comportamiento de Jesús. Y no tanto por el extravío, que no lo fue, sino por
la contestación, que la hubo.
Nada de extraordinario, pues, que ellos no entiendan palabra de cuanto les dice (Lc
2,48). Lo cual es menos explicable, si se recuerda que sólo ellos conocían el verdadero
origen de Jesús (Lc 1,30-34). El caso es que ni la vocación a la maternidad virginal, ni la
estrecha convivencia diaria, hizo a María más fácil el misterio de su hijo; no le ayudó a
imaginarse cuál era su destino. No por estarle más próximo se le comprende mejor; los
más cercanos a él no lo lograron entender (Lc 9,45; 18,34).
Deberse al Padre y a sus intereses, libera a Jesús de la patria potestad de su familia (Lc
2,49). Ni la búsqueda, ni la angustia, están justificadas, porque ni se había extraviado ni
les pertenecía; con todo, tener como Padre a Dios y tener que ocuparse de sus asuntos
no lo liberará de la obediencia a su familia (Lc 2,51).

3. Con el Hijo de Dios en casa
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Si la respuesta de Jesús a su madre es poco comprensible, menos que su comportamiento
anterior, más ilógico aún es que retorne a casa con sus padres. La filiación divina,
reivindicada tan temprano por Jesús, no le libera de la patria potestad; vuelve con sus
padres a Nazaret y a la obediencia sin excepciones. Tal regreso, tras una expresión tan
rotunda de su identidad, hace más extraordinario lo ordinario, el sometimiento a unos
padres, que no son en realidad los suyos. Su desconcierto va aumentando a medida en
que aumenta su tiempo de convivencia con el hijo que se debe al Padre.
A María no le pasa desapercibido lo ocurrido. Y aunque no lo entiende, tampoco lo
olvida; en el corazón guarda lo sucedido (Lc 2,51b). Convivir con Dios sin entenderlo es
la forma mariana de no perderlo (Lc 2,19; 8,19-21; 11,27-28); así se mantiene cerca del
que no logra comprender. Mientras tanto, Jesús sigue progresando en sabiduría (Lc 2,52;
cf. 1,80), madurez y gracia ante Dios y los hombres. Querido de todos, madura como
hombre (cf. 1 Sam 2,21.26).
Crece ante ella el hijo; y debe crecer su fe en Dios. La incomprensión de María es más
que comprensible; se le pierde un hijo, que resulta saber que se debe a otro padre; y una
vez declarada su filiación divina, continúa la vida familiar que ha cuestionado. Jesús
vuelve a la patria potestad como hijo de Dios. María se ve obligada a desistir de ejercer
como madre para hacerse creyente.

II. EXTRAVIAR AL PROPIO HIJO Y
RECUPERARLO HIJO DE DIOS
Una peregrinación al Templo, cuando Jesús estrena mayoría de edad legal, concluye de
forma lógica el relato de su infancia (Lc 2,41-50). El relator vuelve a presentar a los
padres de Jesús como una familia piadosa y observante de la ley; pero el episodio no se
centra ni en el viaje de ida a Jerusalén ni en la celebración de la Pascua, sino en cuanto
sucede a continuación: la pérdida de Jesús en el Templo.
Tras la anécdota de su extravío casual se cierne la amenaza de su definitiva pérdida:
hallarán al hijo buscado entre los doctores admirados, pero no lo recuperarán sino como
hijo de Dios. A la sorpresa de la madre (Lc 2,48: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?
Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando») responde Jesús no menos
sorprendentemente (Lc 2,49: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía
estar en la casa de mi Padre?»). Si al lector de Lucas ha de extrañar el comportamiento
de Jesús, más le debía asombrar que su madre ignorara el verdadero origen de su hijo
(cf. Lc 1,32-35; 2,11.17.19), una ignorancia que Lucas se encarga de subrayar (Lc 2,50:
«ellos no comprendieron la respuesta que les dijo»).
Con todo, la incomprensión de María es más que comprensible: se le pierde un hijo
(Lc 2,48), que resulta saber que se debe a otro padre (Lc 2,49); y una vez declarada su
filiación divina y su independencia personal, continúa una vida familiar que ha
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cuestionado (Lc 2,51). No es que sea muy lógico el comportamiento de Jesús. La
reacción de María vuelve a ser la única posible en una creyente: acompaña el crecimiento
de su hijo con el crecimiento de su fe.
El episodio, en efecto, define particularmente bien la capacidad de contemplación de
que hace gala María: su búsqueda de una razón para entender cuanto le ocurría se hace
dramática experiencia cuando pregunta a su hijo, perdido entre los doctores del Templo,
por el motivo de su comportamiento; no reprocha a Jesús su extravío, desea una
justificación que haga razonable su sufrimiento (Lc 2,48).

1. Perder a Jesús, una experiencia muy familiar
De no haber sucedido, parecería impensable; ¡a María también se le perdió un día Jesús!
Ella pasó por esa experiencia, tan normal en nuestra vida cristiana, de echar de menos a
Dios y no saber muy bien dónde ha ido a parar; como nosotros tantas veces, María, en
una ocasión, perdió a su hijo y no sabía dónde encontrarlo. El recuerdo de María, a la
búsqueda de su hijo perdido, ha de resultarnos consolador: nos es tan cercana, tan
conocida, la angustia de esa madre que echa de menos a su hijo, la desorientación de una
creyente que no sabe dónde se le ha podido ir su Dios.
Así pues, María pasó por ese trago, tan habitual en nuestra vida, de echar de menos
—un «mal» día— a su Dios y no saber muy bien dónde encontrarlo. Y si el recuerdo de
María, a la búsqueda angustiada de su hijo, ha de resultarnos consolador, más
estimulante será su ejemplo y menos penoso el copiarlo: quien busca a Jesús, quien
rastrea sus huellas e indaga sus caminos, puede encontrarse, en el camino de ida hacia
Jesús, a María, que comparte su falta y su angustia.

1.1. Un Dios que puede perderse necesita más cuidados
De María podríamos aprender cuantos, por vivir a nuestras anchas, perdemos de vista a
Dios, que la relación con Él nunca hay que darla por supuesta ni, mucho menos, creerla
asegurada: un Dios al que podemos perder, y ¡en el Templo!, es un Dios de mucho
cuidado; como el hijo que se puede extraviar mientras va con su madre, exige mayores
atenciones.
Ilusionarse con conocer ya suficientemente a Dios, creerse que lo podemos encontrar
en cuanto lo echemos en falta, imaginarse que sabremos dónde se nos ha ido siempre
que nos deje, es ya una forma de perderle: fiarse de la propia familiaridad, para no
buscarle; buscarle sólo donde lo dejamos o entre conocidos (Lc 2,44) hará más penosa la
búsqueda. Un Dios que se nos puede extraviar, aun yendo con nosotros, es un Dios al
que no nos podemos acostumbrar, que siempre nos puede sorprender, que no podemos
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dejar de contemplar. Darlo por conocido, saberse familiar, es la mejor manera de
perderlo.
María nos demuestra que lo peor en nuestra vida no es perder de vista a Dios sino
seguir viviendo sin intentar recuperarlo: quien no ve ya a Dios, puede aún buscarlo;
repasando los lugares por donde juntos transitamos, preguntando por Él a cuantos
conviven con nosotros, rastreando sus huellas y oteando el horizonte, quizá vuelva a
nosotros. Habría que tomar en serio si Dios no se nos extravía tan a menudo para que
nos ocupemos más de Él mientras convive con nosotros y para que nos lancemos en su
búsqueda nada más echarle de menos. En ambos casos, un Dios que podemos perder de
vista, que no queda al alcance de nuestros ojos, es un Dios al que respetar más y al que
contemplar mejor. Dios puede estar ensayando con nosotros la misma pedagogía que
utilizó con su madre: la lástima sería que no estuviéramos nosotros a su altura.

1.2. Acostumbrarse a Dios es una forma de perderlo
Como María, con frecuencia, somos los primeros en sorprendernos ante un Jesús que
parece extrañarnos con su comportamiento, cuanto más nos esforzamos por entenderlo;
que parece alejarse siempre más, por más que intentemos acercarnos a él; creemos que,
por haberle aceptado un día, lo conocemos suficientemente; pensamos que somos ya
familiares, por habernos familiarizado un poco con su voluntad. De María deberíamos
aprender que la relación con Dios en una aventura siempre nueva, que siempre nos
puede dar alguna sorpresa, que nunca sabemos qué nos puede pedir o si se va a quedar
siempre con nosotros: un Dios que se nos puede perder, en el Templo lo perdió su
madre!, es un Dios de mucho cuidado; el Dios que nos puede dejar en cualquier
momento, es un Dios que hay que mimar más; dejarlo sin miramiento alguno, podría
conducirnos a perderlo de vista para siempre.
Y es que ilusionarse con conocer bien a Jesús, creerse que sabemos bien dónde pueda
esconderse, imaginarse dónde ha de estar, dar por supuesto que nos espera, sólo porque
lo queremos de verdad y le somos familiares, es ya una forma de perderlo: fiarse
demasiado de la propia familiaridad con Jesús le puede llevar a no reconocernos como
familia suya. Corremos graves riesgos, cuando damos por supuesta la permanencia de
Jesús entre nosotros; cuando no cuidamos su cercanía y no le llenamos de nuestras
atenciones, estamos invitándole a que nos deje solos; dejándole desatendido, no tardará
en dejarnos sin sus atenciones; ¿por qué iba a mostrar él mucho interés en nosotros, si no
lo tenemos para con él?

2. Buscar a Jesús, oficio de familiares

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Pero María también nos enseña que perder a Jesús no tiene por qué sernos una
experiencia traumática: ella perdió a su hijo y se encontró con el hijo de Dios (Lc 2,49).
El caso es que ella no paró hasta recuperarlo y se atrevió a pedirle una explicación a su
comportamiento. No basta, pues, con consolarse recordando que María pasó el mismo
trago que nosotros; habrá que imitarla, pues, en su ansiosa búsqueda. La solidaridad de
María con nosotros puede servirnos de apoyo; pero, sobre todo, ha de sernos ejemplar
su reacción; cierto que podemos sentirnos compañeros de María en la búsqueda de Dios;
y ello tendría que convertir nuestra pérdida en algo menos humillante y nuestra búsqueda
en algo mucho más esperanzador. Pero más decisivo aún es que quien busca a Jesús,
podrá sentirse comprendido y acompañado en el camino de María, compartiendo fatigas
y angustia, la falta de Jesús y su anhelo por reencontrarlo.

2.1. El método mariano de búsqueda
María, en efecto, nos enseña cómo hay que buscarlo y dónde podemos encontrarlo.
Quien, como ella, conoce la angustia de la pérdida, tendrá que lanzarse en su búsqueda.
Sólo entonces, tras sufrir su ausencia y dudar de encontrarlo, podremos, cuando lo
tengamos a la vista, pedirle una explicación. Cuando nos ha dolido su ausencia, cuando
nos ha hecho ponernos en camino de regreso, cuando hemos indagado todo posible lugar
de estancia de Jesús, cuando su ausencia nos ha llenado de nostalgia de él, sólo entonces
podemos ir a su encuentro con preguntas: quien no ama, no tiene derecho a pedir
razones; únicamente sufre una pérdida, quien ama de verdad lo extraviado.
Nuestras objeciones al comportamiento que Dios tiene con nosotros, son explicables,
si antes han ido precedidas por el ansia de encontrarlo y el dolor de haberlo dado por
perdido. ¿Por qué, en cambio, nosotros sufrimos tan ligeramente, por qué no somos más
corajudos con el Dios al que perdemos tan a menudo? ¿No será que, a diferencia de
María, no nos duele apenas su alejamiento ni su ausencia? Se puede perder sólo lo que
se tiene; echamos en falta únicamente cuanto estimamos; quien no lo echa de menos,
difícilmente se pondrá a buscarlo en serio; si no nos angustiamos por haberlo perdido, no
nos cuidaremos de atenderle; si no nos duele su ausencia, no nos alegrará su
contemplación. Y un Dios no admirado, un Dios apenas cuidado, un Dios que no nos
merece contemplaciones, es un Dios ya perdido.

2.2. El más feliz de los hallazgos: su hijo, Hijo de Dios
La pérdida de Jesús no tiene, lo enseña María, que sernos una experiencia traumática y,
mucho menos, insuperable. Y, sobre todo, no debemos considerarla definitiva. Habrá que
aprender de María a no darse por vencido hasta que volvamos a encontrar a Dios. Ella
había perdido el hijo, y se encontró con el Hijo de Dios. Porque se atrevió a preguntarle
por el motivo de su comportamiento, volvió a casa con Jesús, Hijo proclamado de Dios.
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Que Dios se nos extravíe puede ser un camino para descubrirnos a nosotros mismos
cuánto en verdad nos interesa, qué riesgos estamos dispuestos a correr con tal de
recuperarlo, qué nuevos caminos iniciar hasta volver a tenerlo y qué hacer para evitar
que nos deje otra vez. Y es que no basta con dolerse por haberlo perdido, si nuestro
encuentro con él no nos llena de felicidad, si vivimos insensibles su recuperación, de bien
poco nos ha servido la distancia y su ocultamiento. Quizá no comprendamos bien por
qué lo hizo, pero debemos vivir con mayor gozo todo reencuentro, para que sepa cuánto
lo hemos deseado y cuánto nos ha dolido haberle perdido.
No deja de ser curioso que los padres de Jesús dejaran al niño en el Templo, sin
haberlo advertido: le habían llevado allí, aún menor de edad, para irle habituando a la
observancia de la ley. Y no cayeron en la cuenta de que allí era donde iban a perderlo
para siempre: sabían que su hijo no les pertenecía del todo (Lc 1,34), por más sujeto que
hubiera estado hasta entonces; pero no contaban con que renunciaría, y públicamente, a
ellos (Lc 2,49).
En realidad, y como María tuvo que aceptar al final, Jesús no se le había perdido: él
sabía muy bien dónde estaba y la razón; fueron sus padres quienes perdieron al hijo;
renunciando a considerarlos como su auténtica familia, Jesús proclamaba padre sólo a
Dios. La paternidad sacrificada, la renuncia a la patria potestad, les fue impuesta a José y
a María por un hijo que no los reconoció como padre y madre, porque quería ser sólo
hijo de Dios. No es extraño que María no comprendiera nada de lo que estaba
sucediendo: ni supo por qué se les quedó en Jerusalén ni entendió la razón que les dio
cuando lo encontraron en el Templo.

3. La fe, aceptación de opciones inexplicables
La respuesta que Jesús dio a su madre no aclaró su comportamiento: la paternidad de
Dios no había sido obstáculo para su maternidad; no lo pudo entender muy bien María,
pero tuvo que convivir con Jesús. Y hubo de irse acostumbrando a no comprender a
quien había dado a luz. Se puede amar a Dios, y cuidarse de Él, como María hizo con
Jesús, sin llegar a entender sus razones; pero sin dejar de custodiarlo, mientras vivamos
en su compañía. Y de hecho, a medida que crecía Jesús, crecía ante su madre como Hijo
de Dios.
La única forma de comprender a Dios, la que estuvo al alcance de María quien lo
había llevado en las entrañas, fue la de conservar cuanto con él vivía entrañablemente,
en el corazón: guardar en silencio cuanto veía, y guardarse de preguntar mientras con él
convivía; respetando a su hijo, logró mantenerlo más tiempo a su lado. Es la forma de
conservar a Dios, respetando sus decisiones y aceptando sus opciones, por extrañas que
nos parezcan. Así consiguió María traerse a casa al Hijo de Dios y verlo crecer en su
hogar.
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El misterio de Dios no cupo en la mente de María, pero tuvo cabida en su corazón. Es
la única manera garantizada que existe de no perder a Dios. Para cuantos no podemos
concebir a Dios, no nos queda otra vía que hacernos familia suya: comprenderlo, como
María, con el corazón; esto es, guardar cada instante que con Él vivimos en nuestra
memoria, aprovechar toda ocasión, mientras esté con nosotros, para atenderlo, y
renunciar a entenderlo con la mente para comprenderlo con el corazón.

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• María pasó por esa experiencia tan típicamente materna de tener que renunciar al hijo a medida que se le
hacía adulto. Pero en el caso de María se daba un elemento nuevo: bien sabía que debía su hijo a Dios; y
tuvo que pasar por la experiencia de perder al hijo para recuperarlo como hijo de Dios. La convivencia con
Jesús se le iba haciendo cada vez más penosa, menos tranquila... ¿Quién ha dicho que la familiaridad con
Dios ha de resultar placentera y sin sobresaltos?
• Es consolador que María, bien que sin culpa suya, haya pasado por esa experiencia, tan habitual en nosotros,
de perder a Dios. Un Dios que puede extraviársenos, ¿no merecerá mayores cuidados? Un Dios que podemos
perder, y en el Templo, ¿no nos obligará a atenderlo mejor? Pasar por la experiencia de su pérdida no debe
ser una vivencia negativa ni, mucho menos, traumática, si caemos en la cuenta de que fue una experiencia
mariana. ¿O es que acaso no consuela saberse compañero de la madre de Dios en esos momentos en los que
nos sabemos dónde ha ido a parar Dios?
• Pero si mucho nos consuela saber que María perdió también a Jesús un día, debería inspirarnos más aún su
febril búsqueda hasta dar con él. No se contentó con echarlo en falta y lamentar su ausencia; ni se excusó al
saber que no era responsable ella; se puso inmediatamente a buscarlo entre familiares y amigos y lo encontró
—¿podría ser de otro modo?— en el Templo, hablando de Dios. ¿Somos así de industriosos nosotros, cuando
perdemos a Dios? ¿Soportamos su ausencia de nuestras vidas, sólo porque nos parece que no debería
habernos abandonado o que no está siendo demasiado justo escondiéndose de nosotros? ¿Dónde lo
buscamos?
• El hallazgo de Jesús no fue un final feliz para María. La respuesta de Jesús a la queja de su madre fue, por
lo menos, desconsiderada. María no vio respetado su dolor ni apreciada su angustia. Y no entendió al hijo.
Pero lo aceptó como él quería ser, el hijo de Dios. Acompañó el crecimiento de su hijo con el crecimiento de
su fe personal. ¿Es que hay otro método de acompañar a Dios en vida? ¿Se puede tener a Dios en casa sin fe
total?

MOTIVOS DE ORACIÓN
• Agradecemos a Dios que hiciera pasar a María por la experiencia de haberlo perdido una vez. Nos quedamos
admirados ante la pedagogía divina que nos hace apreciar mejor lo que de Él tenemos tras haberlo
extraviado. Reconocemos con gratitud que el Dios de María es un Dios que precisa de cuidados, dado que
puede perdérsenos en cualquier momento y lugar. Y dialogamos con Dios sobre lo que nos lleva a perderlo de
vista en nuestra vida o sobre lo que le lleva a escondérsenos de nuestra vista y huir de nuestra vida.
Jesús, te agradezco que me hayas hecho conocer la experiencia de perderte, y así me ofrezcas la posibilidad
de sentirme compañero de María en la búsqueda. Sé que ello no justifica las veces que te he perdido, pero ya
no me encuentro tan solo, tan perdido cuando te me pierdes, ni tan angustiado cuando te busco. En el ansia
por volver a tenerte puedo sentirme compañero de aventura de tu madre. No es un gran premio, pero es un
buen consuelo. Admiro, Señor, tu pedagogía y la acepto; nos haces apreciar mejor lo que vales, dejándonos

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sin ti; sintiéndonos perdidos, cuanto te perdemos, podemos lanzarnos en tu búsqueda y cuidarte mejor cuando
te recuperamos. Si te nos puedes perder en cualquier tiempo y lugar, necesitas más de nuestra atención y
cuidados. Conozco bien dónde te suelo perder; dime tú en dónde te podré encontrar. Aunque no te merezca,
no te escondas de mí.
• Nos descubrimos compañeros de María en la búsqueda afanosa de Dios y en la angustia por haberlo perdido.
Es una sorpresa agradable, y como tal la sentimos. Revivimos las experiencias más penosas o graves en las
que sentimos haber perdido a Dios y comparamos nuestra reacción con la actuación de María. Agradecemos a
María el haber pasado por esa situación y ser para nosotros maestra en la búsqueda y hallazgo de Dios.
Quien te pierde una vez y, como María, te recupera, no te recupera idéntico; vuelves a mi vida ordinaria,
menos ordinario, más divino. Bien valieron la penas de pasados extravíos y la angustia de haberte perdido, si,
tras toparme de nuevo contigo, regresas conmigo más como en realidad eres, menos como yo te conocía.
Aunque no siempre me parecen apropiados tus métodos, poco comprensibles por dolorosos en exceso, te
agradezco que los uses conmigo. ¡Y es que eres, Señor —y nunca mejor dicho— estupendo.
• Caemos en la cuenta de que quien pierde a Dios no lo recupera idéntico a como lo tenía antes. Damos gracias
a Dios por ello: bien valió la pena su extravío si, tras encontrarlo, lo recuperamos más divino. Nos quedamos
admirados de los métodos de Dios, no siempre comprensibles, pero siempre estupendos.

III. CRECER COMO CREYENTES PARA NO PERDER
A DIOS
(Lc 8,9-11;11,27-28)
En comparación con Lc 1-2 sorprende la escasa atención que el resto del evangelio (Lc
3-24) dedica a María. Su nombre no sale en la genealogía de Jesús (Lc 3,23, cf. Mt
1,16); como hijo de José es conocido por sus paisanos, noticia ésta que, a lo sumo,
apunta a su vida matrimonial en Nazaret (Lc 4,22; 1,26-27). Ni una sola vez aparece
citada personalmente durante el relato del ministerio público de Jesús.
Que María no haya sido recordada asociada a Jesús, mientras éste predicaba el reino
por Galilea, corresponde, con toda probabilidad, a la realidad. Pasar por alto esta
separación de miras, y de vida, resulta fácil a quien, alimentando su imaginación, se
resista a aceptar la imagen evangélica de María; supondría, además, no querer respetar
los hechos.
El distanciamiento, efectivo y, sobre todo afectivo, que hubo entre ellos nos resulta
incomprensible, cuando no escandaloso, si es que es advertido. Damos por supuesto que
no le pudo costar mucho a la madre de Dios vivir con su hijo y convivir con su
programa; olvidamos que cuanto más tiempo estaba con él, más se le volvía Dios; menos
comprensible, a su vera María tenía que hacerse más creyente. María nos enseña que
para no perder a Dios hay que crecer como creyentes.
Testigo principal de esa «desaparición» de María durante el tiempo del ministerio
público de Jesús es Lucas, quien en dos breves escenas confirma la distancia que separó
la madre del hijo, mientras misionaba Galilea. La primera, situada en los inicios de la
actuación de Jesús, narra el encuentro frustrado con su madre y familia (Lc 8,19-21); la
segunda escena, mediado ya el ministerio, Jesús es alabado mientras predica, y su madre
95

bendecida in absentia (Lc 11,27-28); el primer episodio es recordado también por otros
evangelistas (Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; cf. Jn 7,2-5); el segundo es típico de Lucas. Las
dos escenas, y ello es muy relevante para la imagen lucana de María, presentan a Jesús
predicando y siendo escuchado por el pueblo y sus discípulos, no por María y la familia
de Jesús.

1. La familia de Jesús (Lc 8,9-11)
Lucas ha copiado de su fuente el incidente de Jesús con sus familiares, aunque abrevia el
episodio, lo sitúa en un contexto más neutro y rebaja su carga negativa2.
La familia de Jesús interrumpe su diálogo con los discípulos, que se está desarrollando
campo abierto. En Lucas, Jesús es un predicador siempre en camino (Lc 8,9-10), que ha
renunciado a su hogar (Lc 18,29). Sólo quien le sigue, consigue vivir en su compañía;
convive con él quien comparte su proyecto —¡y su forma!— de vida. Desde el inicio de
la escena los suyos no están con él.

1.1. El relato
En Lc 8,19-21, y a diferencia de Marcos en el que domina la polémica, el evangelista ha
colocado la visita de la familia de Jesús a continuación de la enseñanza sobre la escucha
de la palabra. A la parábola del sembrador (Lc 8,48) y su interpretación (Lc 8,11-15), ha
añadido una breve conclusión: la predicación de Jesús pudo ser acallada por la
incredulidad, no así la predicación cristiana; lo oculto ya no es secreto (Lc 8,16-18). Es
aquí donde se sitúa el conflicto con los suyos.
Los intereses de Lucas son, evidentemente, diversos; por ello ha separado el conflicto de Jesús con su familia
(cf. Mc 3,20-22.31-35) de la polémica sobre Belzebú (Lc 11,14-23/Mt 12,24-30; cf. Mc 3,22-30). Tras haber
explicado a sus discípulos la parábola e insistido en la necesidad de acoger la Palabra en sus vidas (Lc 8,4-18), y
antes de narrar los milagros del lago (Lc 8,22-56; cf. Mc 4,35-5,43), Lucas presenta el incidente como ejemplo
eficaz de la vinculación que media entre Palabra y vida de fe (Lc 8,8.10.11.12.13.14.15.18); ello explica bien la
presentación que hace, menos dura, más estimulante. Más que advertir, exhorta. Los discípulos, a quienes se les
desvela el secreto del reino, deben hacerlo vida y testimoniarlo (Lc 8,8.11.15.21).
19Vinieron hacia él su madre y sus hermanos, pero no podían llegar a él a causa de la multitud.
20Entonces se le avisó:
«Tu madre y tus hermanos están fuera, deseando verte».
21Pero él respondiendo les dijo:

96

«Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la hacen».

La presentación de la familia omite la figura del padre (Jn 2,12). Su llegada, aunque
inesperada, no está mal vista ni es enjuiciada peyorativamente (Mc 3,33; 6,1-6 cf. Lc
4,16-30). Sus familiares no expresan juicio alguno des-favorable sobre Jesús (Mc 3,21) o
su actividad (Jn 7,3.5). Lo único que anota Lucas es que vienen de fuera; la familia, aquí
madre y hermanos únicamente (cf. Mc 3,32.35), no se encontraba entre sus discípulos.
Tampoco puede acceder a él, debido a la gente que lo rodea (Lc 8,4; Mc 3,32a). Y es
que Jesús no se deja separar de quien vive oyéndole.
No pudiendo llegar directamente, son anunciados. Jesús, enfrascado en su enseñanza,
no se ha percatado, al parecer, de su presencia. Del aviso que recibe Jesús se deduce que
estaban fuera del alcance de su vista y que querían verlo. La intención que les guía es
normal. Y más neutral que en los paralelos (Mc 3,32: «te buscan»; Mt 12,47: «quieren
hablar contigo»). Pero sigue denotando cierta pretensión de su parte; por el hecho de ir
a verlo, piensan ser recibidos; se creen con derechos sobre quien no tiene otra ocupación
que Dios y su reino. Esa es su equivocación.
Jesús, sin dirigirse a quien le avisó, habla para todos los que están oyéndole; es a ellos
a quienes está atendiendo; es con ellos con quienes se compromete. A pesar de que la
imagen lucana de María no permite una reacción tan dura como la reflejada en Marcos
(Mc 3,33-34), la postura de Jesús no deja de ser sorprendente, inesperada tanto para
quienes le están oyendo como para la familia que quería verle. Omite una dura pregunta
(Mc 3,34/Mt 12,48) y una ruda antítesis (Mc 3,35/Mt 12,49); no habla contra nadie,
opta por algunos. Define quiénes son los suyos y por qué motivos. De hecho, no se
refiere a su familia, sino a todo aquel que quiera pertenecer a ella; no alude, como
Marcos (Mc 3,24) a los que le están oyendo, sino a todo el que oiga a Dios.
Jesús se confiesa hijo y hermano de quien oye y hace la palabra de Dios (Lc 8,21),
cualquiera que sea, con tal de que le esté oyendo. Más que una desautorización pública
de su familia late en su declaración una grave advertencia para todo su auditorio; si ni
siquiera a sus más allegados reconocerá como familiares, mucho menos considerará
como tales a desconocidos, a no ser que estén familiarizados con el querer de Dios. Los
que quieren lo que Dios quiere obtienen el querer de Jesús.
Bien mirado, las palabras de Jesús, generalizando la relación que mantiene con los
recién llegados y apelando en plural a todo el que le oiga, pone a prueba esa proclamada
relación: familiar suyo no es quien lo es por naturaleza, por generación carnal, sino por
voluntad de escucha y familiaridad con el querer de Dios. No reconoce como familia más
que a quien oye la palabra de Dios y la hace. La fórmula ha aparecido ya antes (Lc 8,15;
cf. Mc 3,34) y responde a una preocupación lucana; para hacer la voluntad de Dios hay
que conocer su palabra (Lc 4,21; 6,47; 11,28). Jesús reconoce como madre y hermanos
a quienes ve hermanados en su programa personal de vida.
97

1.2. Una oportunidad simplemente maravillosa
Una nueva relación, abierta a todo el que haga lo que Jesús dice, es la promesa que la
comunidad cristiana asume. El discípulo de Jesús puede convertírsele en familiar; y no
por mucho que el discípulo lo anhelara, sino porque a ello se ha comprometido su Señor.
Y para hacer más significativa la promesa, menos cuestionable, la realiza en público y
ante su propia familia. Todo dependerá no de los buenos sentimientos que hacia él
alberguen quienes le siguen, sino de la obediencia que puedan demostrar a Dios. No hay
más prioridad en su corazón que la que concede una vida de obediencia al Padre.
El episodio, donde la madre de Jesús estuvo presente —no hay que olvidarlo—, se
centra en la palabra de Jesús no en su madre; y sirve como exhortación a la escucha de la
Palabra. Un incidente así difícilmente podría haber sido inventado; de no haber ocurrido,
no se hubiera contado; máxime, sabiendo Lucas, cuando lo narra, que María terminará
por convivir con los discípulos de su hijo resucitado (Hch 1,14). Pero más importante
que asegurar su historicidad, es apropiarse de su mensaje.
Directamente, María, aunque espectadora, no queda implicada; no va contra ella, pero
le avisa a ella y a todo el que se crea con derechos que exigir o deudas por saldar. Con
todo, la posición de Jesús, por más aminorada que esté, la alcanza de lleno; María ha
sido madre porque ha escuchado la palabra (Lc 1,38). En ella se ha cumplido ya la
palabra de Dios. Puede, no obstante, no ser la única que obtiene su cariño filial; el mismo
privilegio obtendrá quien tenga su misma osadía.

1.3. Mi madre y mis hermanos
Ante su familia, madre y hermanos, que han ido a verle (Lc 8,20), pero no pueden
acercarse a él a causa de la muchedumbre (Lc 8,19; cf. Mc 3,31), Jesús se confiesa hijo
y hermano de quien oye y hace la palabra de Dios (Lc 8,21).
Al menos en la mente del narrador, la posición de Jesús no deja ver una
desautorización pública de su familia, más bien es enseñanza dirigida a todo el que le está
oyendo: todos, familia que viene y auditorio que le rodea, deben saber a quién considera
madre y hermano Jesús.

1.3.1. El creciente distanciamiento entre Jesús y los suyos
María no acompañó (Mc 3,31), ni comprendió (cf. Jn 7,3-4), la misión de Jesús por
Galilea. El episodio evangélico que expresa, quizá, con mayor realismo este hecho es el
que nos narra un encuentro, insólito e inesperado, de los familiares de Jesús con él,
mientras éste estaba predicando el reino y sus leyes. Lo recuerdan los tres sinópticos (Mc
3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21): en los inicios de la etapa galilea de su ministerio,
98

Jesús estaba hablando a la gente; su madre y sus hermanos vinieron a verle. Un discípulo
se apercibe de su presencia y se lo comunica a Jesús: «Tu familia está ahí y quiere
verte». Y Jesús: «Estos son mi familia, los que aquí están oyendo la Palabra y cumplen
cuanto escuchan».
Por mucho que nos desconcierte o, incluso, escandalice, no se puede pasar por alto el
desplante, ¡y público!, que María y los familiares de Jesús tuvieron que encajar ese día.
Para Jesús la escucha de Dios es la única ocupación que merece la pena; tanto como
para convertirse en amigo y familiar de quien tenga la Palabra como causa de su vida y
su cumplimiento como tarea de por vida. Jesús encuentra su familia allí donde Dios tenga
hacedores de su voluntad; los sentimientos de fraternidad le nacen a Jesús siempre que se
confraternice con él en la atenta escucha de su Padre; intiman con Jesús quienes conocen
y viven la Palabra de Dios: se hace con su querer quien hace el querer de Dios.
El Dios de Jesús encuentra sus hijos entre quienes buscan su voluntad; es Jesús mismo
quien ha considerado hermano, y madre y padre, a quien se le hermana en el esfuerzo
por dar con el querer de Dios y por ponerlo por obra.

1.3.2. La mejor alabanza (implícita) de María
Sin dejar de insistir en la desautorización de cualquier privilegio previo, por natural que se
antoje, como lo es la maternidad física o la familiaridad natural, y por tanto en la afrenta
o menosprecio de su madre carnal, en la postura de Jesús va implícito el mejor elogio de
María: ella se hizo madre por acoger en su seno la Palabra (Lc 1,38) y siguió siendo
obediente teniendo, después, que renunciar a la patria potestad, a que sus sentimientos
maternales fueran una prerrogativa (Lc 2,48-52): la familiaridad con Jesús tuvo que ser
alimentada como había nacido, a base de obediencia al Dios Padre; en la escucha y en la
obediencia fueron de nuevo y para siempre hermanos la madre y el hijo. La familia de
Dios se construye, hoy como ayer, a base de obediencia; no se hace hijo más que el
siervo; tal es el caso de Jesús (cf. Heb 5,7-8) y tal fue el de su madre (Lc 1,38).
Precisamente porque depende de nuestra voluntad de escucha a Dios y de nuestra
voluntad de obediencia, la maternidad de Jesús está a nuestro alcance. Intima con Dios
quien le escucha; el siervo convierte a Dios en su familiar. Así de estupendo es el Dios de
María, el Dios que María supo cantar cuando rezó y al que encontró cuando creía haber
perdido al hijo. Basta ya de acudir a María para no tener que afrontar nuestras propias
responsabilidades frente a Dios; alimentar devoción a María nos puede estar alejando de
Dios; si no seguimos su recorrido, si no escuchamos a Dios, lo mismo cuando nos
entusiasma con sus promesas que cuando nos defrauda por el retraso en cumplirlas,
cuando nos visita y cuando nos deja, cuando se nos hace presente con su gracia o con
sus exigencias, no le seremos jamás hijos, hermanos de Jesús y familiares de María. En
la familia de Jesús entran sólo los que quieren a Dios tanto como para hacerse sus
siervos. Como María3.

99

Ese podría ser, sin duda, nuestro porvenir si nos decidiéramos a hacer nuestra su
aventura de fe. Entrar en la intimidad de Dios, serle hijo, bien merece el esfuerzo y un
intento serio. María podría sernos guía y compañera en esta aventura.

2. Una dicha mayor que la Maternidad Divina (Lc 11,27-28)
La segunda vez que Lucas recuerda a la madre de Jesús, dentro de su relato del
ministerio de Jesús, lo hace de forma más genérica aún que al principio (Lc 8,19-21).
María no está siquiera presente; y si se menciona, es para alabar a Jesús. Dichosa tiene
que sentirse la madre de tal hijo.
Dos veces en Lucas, María es aclamada como bienaventurada; las dos veces, la
bendicen dos mujeres. Isabel recibe en casa a la sierva de Dios (Lc 1,38) como madre de
su Señor (Lc 1,45); Jesús había sido apenas concebido; María reaccionó alabando a
Dios. Mucho más tarde, una mujer, entusiasmada mientras oye a Jesús, lo alaba
bendiciendo a la mujer que lo llevó en su seno y lo amamantó (Lc 11,28); Jesús
reacciona situando la dicha de su madre en la obediencia a Dios.

2.1. El relato
Lc 11,27-28 forma parte del discurso polémico (Lc 11,14-36) que, en torno a los signos
que hace, Jesús dirige a la muchedumbre. Un exorcismo (Lc 11,14/Mt 12,22) ha
motivado la discusión; se le acusa de estar endemoniado (Lc 11,15/Mt 12,24/Mc 3,22) y
se le exige un signo (Lc 11,16). Jesús responde a ambas pretensiones (Lc 11,17-22/Mt
12,25-29/Mc 3,23/27; 11,29-32/Mt 12,39-42) y concluye cada una de las respuestas con
una exhortación a pronunciarse en su favor o en contra (Lc 11,23-26.27-28/Mt 12,30.4350; 11,33-36). No hay tiempo para excusas; la opción es inevitable.
Así pues, el episodio busca definir la actitud del discípulo auténtico, aquél que marcha
con Jesús (Lc 11,23) y persevera en su conversión (Lc 11,24-26). Está formada,
básicamente, por dos bienventuranzas levemente contrastadas.
27Mientras él decía estas cosas, aconteció que una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo:
«¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que mamaste!».
28Y él dijo:
«Más bien, bienaventurados son los que oyen la palabra de Dios y la guardan».

100

Lucas es el único evangelista que transmite el hecho; quiere presentar la actuación de
la Palabra como modo de salvarse del maligno; la obediencia al Dios atendido es el mejor
exorcismo (Lc 11,24-26); nada salvaguarda mejor de la familiaridad con el demonio que
familiarizarse con Dios y su querer (cf. Mc 3,20-35/Lc 8,19-21). Pero, bien entendido, la
dicha de pertenecerle no es privativa de sus familiares; hay otro modo, el único, de serle
íntimo.

2.2. Entusiasmarse con María, oyendo a Jesús
El episodio busca definir la actitud del discípulo auténtico, aquel que marcha con Jesús
(Lc 11,23) y persevera en su conversión (Lc 11,24-26). Está formada, básicamente, por
dos bienventuranzas, en leve contraste.
Jesús es interrumpido ahora por una mujer de entre los que le escuchaban. Nada se
nos dice de ella más que la admiración que siente por la madre de Jesús; es su única
caracterización. La escena, a pesar de su brevedad, es verosímil y resulta hasta
simpática.
Aunque recuerda al episodio de la verdadera familia de Jesús (Lc 8,19-21), no tiene
como allí un alcance tan claramente comunitario. La relación familiar no se extiende a
otros, es asunto de madre e hijo; se centra, pues, en la relación personal más estrecha
posible que se puede tener con Jesús y, más importante todavía, el modo cómo
obtenerla. Que Lucas haya entendido el modo de ser bienaventurado es medio eficaz
para evitar ser esclavo de potencias demoníacas, hace menos romántica la escena. Y es
que el sentimentalismo queda desvelado aquí como posible causa de increencia o, por lo
menos, como motivo de incierta felicidad.
Con un grito, una mujer de entre el gentío que le escuchaba bendice a su madre. Jesús
estaba hablando del peligro que ponen los espíritus inmundos. Es común en la cultura
semita evitar bendecir o maldecir directamente; la fortuna de una madre se cifra en el
destino de sus hijos (Lc 1,7); el éxito de un hombre hace feliz a su madre (Lc 1,5-25).
La expresión es plástica; se nombran las partes del cuerpo más maternales (Bill II 187);
el destinatario es aquel que de ellas se benefició. En realidad, y ello no es indiferente, fue
una voz de entre el pueblo, un oyente de Jesús, una mujer, quien lo proclamaba a él, por
vez primera, bienaventurado.

2.3. Dichosa, no por madre, sino por sierva
Sorprendentemente Jesús responde con otra bienaventuranza. Podría verse aquí un
intercambio de alabanzas muy al uso de la cortesía oriental. Pero tras la respuesta se
esconde mucho más. Jesús no discute la afirmación anterior, aunque, es evidente,
prefiera la suya; confirma la primera, incluyendo no repudiándola; sin negarle valor, la
101

corrige, sobrepasándola.
Y es significativo que Jesús no refiera su bienaventuranza a su madre, la única persona
que tuvo ese privilegio, la única que acababa de ser bendecida por ello. La dirige a todos
los que escuchen y guarden la palabra de Dios. No es haberlo tenido y mantenido, sino
oír la palabra y custodiar la raíz de la dicha. Hay algo más gozoso que haberle dado la
vida, tener la Palabra como ocupación de por vida.
Aunque no vincule directamente bienaventuranza con su madre, tampoco se la niega;
no ha querido Jesús excluirla de esa felicidad; ni mucho menos. Más bien, abre la misma
posibilidad a otros muchos; vivir en la escucha de Dios es gozo seguro. La felicidad de
María no estriba en la maternidad de Jesús, cuanto en la obediencia a Dios (Lc 1,38.48).
Que en María se cumpla la norma, la hace de obligado cumplimiento para todos los que
no tuvieron a Jesús en el seno ni entre los brazos; no se contemplan excepciones. Quien
es siervo de Dios llega a ser de su familia.
María cumple este requisito, y con creces (Lc 1,38; 2,19.51; 8,15). Así como la
alabanza de la mujer no está a ella dirigida y, ni mucho menos, supone cierto culto a su
persona, tampoco la bienaventuranza de Jesús la excluye. En realidad, es en ella en la
que mejor se cumple. Ella es la bienaventurada porque ha creído cuanto se le dijo (Lc
1,45). Lo que Isabel supo reconocer como ventura de María está al alcance de cualquier
buen creyente. Quien lo asegura no es otro que su propio hijo, el hijo bienaventurado de
la fe de María. Nadie, excepción hecha de María, puede ser feliz por dar a luz a Dios,
pero a todo creyente le es posible dar asentimiento a su Palabra, que es lo que hizo a
María dichosa madre de Dios y creyente feliz.

2.4. La auténtica «devoción» por María
Sin que se pueda asegurar el origen de la tradición, Lucas ha trabajado seriamente el
relato. Con él desautoriza cualquier privilegio ante Dios que se base en la carne, en lo
dado, en lo lógico: un creyente puede ser más feliz que la madre física de Dios. Mejor, la
fe es más fecunda que la fecundidad maternal; de hecho, fue la fe lo que hizo materna
una virginidad. Quien fue madre bienaventurada (Lc 1,45) había sido antes sierva
incondicional (Lc 1,36). El texto —¡sentencia de Jesús!— no permite ningún culto a la
persona, ni de Jesús, a quien va dirigida en realidad la alabanza, ni de María, que es
bienaventurada, pero por lo mismo que puede ser todo creyente.
Y no tendría que pasar desapercibido que la mujer que quedó encantada con Jesús y
creyó dichosa a su madre, le estaba escuchando hablar del reino. El lugar apropiado para
hacer memoria de la bienaventurada María es la convivencia con su hijo y la escucha de
su palabra. La mujer llegó a pensar en la madre, porque se encontraba oyendo a su hijo;
supo que María tenía que ser dichosa, porque estaba maravillada ante Jesús. Mucho
ganaría nuestra devoción por María, si naciera y se alimentara de la escucha de su Hijo.
102

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• El insólito episodio de Jesús con su familia recuerda el creciente distanciamiento que existió entre ellos, al
menos durante una época, la última, de su vida. Para Jesús la escucha de Dios era la única preocupación que
merece la pena y toda una vida; tanto como para convertirse en amigo y familiar de quien tenga la Palabra
como causa de su vida y su cumplimiento como tarea de por vida. Íntimos de Jesús son quienes conocen y
viven la Palabra de Dios. Se hace con su querer quien hace el querer de Dios. Habría que preguntarse en qué
ciframos nosotros la intimidad con Cristo: ¿qué precio estamos dispuesto a pagar por ser familia suya? Ser
queridos por Jesús, ¿significa obedecerle o que nos obedezca?
• Si intima con Dios quien le escucha, y el siervo convierte a Dios en su familiar, nada hay que temer por la
María que Lucas nos recuerda y mucho podemos ganar si tomamos en serio el incidente. María se convirtió en
madre de Dios, cuando lo atendió; y vivió atendiéndole, más que a Jesús su hijo, a cuanto Dios quería de
ella. Basta ya de acudir a María para no tener que afrontar nuestras propias responsabilidades frente a Dios;
alimentar devoción a María nos puede estar alejando de Dios; buscar el afecto de la madre puede estar
privándonos de vivir como hijos de Dios. Si no seguimos su recorrido, si no escuchamos a Dios, lo mismo
cuando nos entusiasma con sus promesas que cuando nos defrauda por el retraso en cumplirlas, cuando lo
sabemos familiar o cuando se nos antoja alejado, cuando se nos hace presente con su gracia o con sus
exigencias, no le seremos jamás hijos, hermanos de Jesús y familiares de María. ¿Es extraordinario el precio a
pagar? ¿Y no lo son los resultados?

MOTIVOS DE ORACIÓN
Señor Jesús, te agradezco que me hayas querido recordar cómo te fue ajena tu madre, mientras te dedicabas
al acercar el reino de tu Padre a los hombres. No me lo hubiera imaginado. Tan lleno de Dios estabas, que
nada —ni lo más sagrado— cabía en tu mente; nada mejor ocupaba tus manos. Me siento algo aliviado. Si ni
tu propia familia te acompañó, no te pillará de sorpresa que no lo haya hecho a menudo tampoco yo.
Todavía no entiendo bien cómo pudiste desautorizar públicamente a cuantos más amabas, sólo porque no
amaban como tú a Dios, tu Padre. Que tu hogar no esté más que donde Dios es atendido y su querer realizado
me pone más difícil hacerme con tu cariño. Pero he de agradecerte, al menos, que me lo hayas advertido; si
trataste sin muchos miramientos a los tuyos, no sé por qué ha de ser diferente conmigo, que no soy de tu
familia ni me he familiarizado aún con la voluntad de tu Padre.
No me puedo creer que quieras tratarme como a madre y hermano tuyo. Quizá no estoy dispuesto a pagar el
precio que has puesto a tu intimidad. Pero permíteme ilusionarme con ella, permíteme no dudarlo. Así podré
encontrar el coraje para ponerme a la escucha de Dios y encontraré mi ocupación en hacer vida su querer.
Como tú quieres. Como María hizo.

3. La dicha de María, a nuestro alcance
Haber sido su madre físicamente pudo haber hecho dichosa a María (Lc 1,42-43); pero
mayor gozo obtendrán todos los que escuchan y guardan la palabra de Dios: Lc 11,28,
más que negar la afirmación anterior (Lc 11,27), sirve para aclarar la preferencia de
Jesús. La dicha de ser madre de Jesús la supera quien vive obedeciendo a Dios. María es
bienaventurada por haber dado a luz y leche a Jesús (cf. Lc 1,42), pero más aún lo ha
103

sido por haberse declarado sierva de Dios (cf. Lc 1,45).

3.1. Origen evangélico del fervor mariano
¿A quién no le resulta fácil entusiasmarse con María? En cualquier cristiano, y aunque no
sea demasiado bueno, hay un buen devoto de la madre de Dios. No sabemos si admirar
más su fe, como hizo Isabel (Lc 1,45), o si, como reconoció María misma, proclamar lo
maravilloso que estuvo con ella Dios (Lc 1,46). Pero que amar a María no sea difícil no
siempre es ventaja; puede convertirse en un serio peligro; y de hecho, no es raro que
entre los que más veneran a María estén los que menos obedecen a Dios; quienes se
distinguen por su piedad mariana no siempre son los que mejor sirven a su Dios. Y ello
es una pena y, sobre todo, un gran error.
Que el fervor sólo, por sincero y justificado que sea, no baste, nos lo enseña Jesús: no
esperaba él, con su predicación y su actuación, despertar la admiración por su madre;
siempre buscó, más bien, inducir a la obediencia a su Padre a cuantos le escuchaban y
presenciaban sus milagros; y, de hecho, cuando en medio de un discurso a la multitud fue
interrumpido por una oyente que bendijo a su madre, Jesús replicó inmediatamente que
más dicha tiene quien se dedica a escuchar a Dios y pone en práctica su voluntad que
quien lo llevó en el seno y lo amamantó. La razón de la dicha de María no estuvo,
principalmente, en haber sido madre de su Dios, sino en haberse mantenido siempre en
su escucha y a su servicio.
Nos cae simpática esa mujer que, escuchando a Jesús, no pudo reprimir su admiración
y bendijo a María; es verdad que no quiso tanto ensalzar a la madre, a quien no conocía,
cuanto piropear al hijo, a quien estaba oyendo; bendijo con gracejo popular, y con un
realismo que podría resultarnos hoy irreverente, a la mujer, su vientre y sus pechos; pero
no eran ellos el motivo de la alabanza; no era la madre que le había dado a luz y la leche,
sino el hijo que tan bien hablaba de Dios y su reino lo que llenó de entusiasmo a la mujer.
Deberíamos, como aquella mujer sin nombre, aprender a envidiar a María y su dicha,
tras escuchar cuanto tiene que decirnos su hijo sobre Dios; quedó admirada por la madre
quien estaba mirando al hijo; pensó en la madre desconocida mientras estaba conociendo
a su vástago; proclamó bienaventurada a María quien oía cómo Jesús proclamaba a Dios.

3.2. Conocer más a Jesús para amar mejor a María
Este, no otro, es el camino evangélico hacia una auténtica devoción mariana. Quien oye a
Jesús y mejor lo conoce, quien ha presenciado los portentos que hace y hace norma de
vida cuanto dice, quien permanece a la escucha de su palabra e intenta ponerla en
práctica, no podrá dejar de alabar a la mujer que lo llevó en su seno y cuyos pechos lo
criaron. Es el conocimiento profundo, logrado en la convivencia con Jesús, el que nos
descubre la grandeza de María y sus causas: la maternidad nos interesa, por haber dado a
104

luz a quien se interesó por nosotros. Sustentar una vida cristiana sobre la base de una
devoción mariana es invertir los términos y equivocarse de plano. A María se llega, como
la mujer entusiasmada en vida de Jesús, por haber oído a Jesús; el saber sobre el hijo
conduce al descubrimiento de la madre; un persona tan estupenda tiene que tener una
estupenda madre.
Con ser comprensible —¡tan humano!— que una mujer piense en la madre, al
quedarse embelesada ante lo bien que habla el hijo, éste no deja pasar la ocasión y
corrige semejante entusiasmo. No es decisivo haberle procreado un día, sino quedarse
escuchándole siempre: dar la vida no es comparable con acoger la Palabra. María, que
asintió a la Palabra que escuchó y la hizo carne propia en su vientre, no es
bienaventurada tanto por ello; es dichosa por seguir siendo obediente a Dios, aun después
de haber sido su madre. Ella, que llegó a ser madre, por haberse declarado su sierva, no
pudo dejar de ser esclava del Señor, a pesar de ser ya su madre. La felicidad de María no
radica, pues —y quien lo afirma es Jesús, el hijo de su entraña, la Palabra misma de Dios
—, en su maternidad virginal, algo que no estuvo nunca a su alcance; la dicha de María
nació de la escucha de Dios y se alimentó en su obediencia.
La maternidad de Dios fue para María gracia inesperada: sorprendida por un Dios que
quiso darle un hijo y en él la salvación a su pueblo, no supo negarse; por ser sierva se
convirtió en madre: hizo de su Señor su creatura, su Dios se le convirtió en hijo de sus
entrañas. Y todo ello, por haber acogido la Palabra en su seno y haberla conservado en
su corazón. La maternidad divina es —¡cómo no iba a serlo!— una dicha enorme, y un
grave riesgo: el que corre quien permite que sea Dios el señor de su vida; sólo porque
María concedió vida y entraña a su Dios, pudo hacerlo suyo, tanto que lo procreó. El
entusiasmo que pueda despertarnos María sería un poco más motivado, algo más
reflexivo, si barruntásemos lo que le costó ser madre de Dios.

3.3. Una dicha a nuestro alcance
Pues bien, si María es dichosa, que lo es —¡qué duda cabe!—, no ha llegado a serlo por
haber criado a Dios, cuanto por haber creído en Él, haciéndose su oyente y guardando su
querer, lo ha hecho carne y lo ha llevado en su seno. Su dicha está, pues, al alcance de
todos nosotros; mejor, estará a disposición de todo aquel que se dedique a escuchar a
Dios y conserve su Palabra. El entusiasmo, la devoción, el amor que sentimos por María,
la madre de Dios, no se nos puede convertir en antídoto que nos libere de la obligación
más fundamental que tiene todo creyente: la de ser siervo de su Dios.
Sólo porque María puso a Dios en el centro de su vida y de su corazón, lo pudo llevar
en sus entrañas; únicamente los siervos de Dios llegan a concebirlo; dan vida a Dios
quienes le entregan sus vidas. El Dios de María hizo madre a su esclava; y está dispuesto
a continuar descubriendo sus íntimos entre sus siervos. La dicha de María puede ser
nuestra: no porque podamos gestar y dar a luz a Dios, sino porque podemos, ¡y
105

debemos!, hacer de su Palabra nuestra vida.
La piedad mariana ni es un salvoconducto para librarnos de la voluntad de Dios; e
intentamos que lo sea, cuando acudimos a María para escapar del querer de Dios. Ni es
el apoyo que buscamos para lograr que Dios sea nuestro siervo; que es lo que
pretendemos, cuando pretendemos que María nos consiga lo que no conseguimos de su
Hijo. Caer en la cuenta de que la dicha de María puede ser nuestra, nos llevaría a asumir
el querer de su Hijo como nuestro: tan seguro como es que no podremos hacerle de
madre a Dios, es cierto que esa dicha está al alcance de quien oye su voluntad y la pone
en práctica. Dios será nuestro familiar cuando nosotros seamos, sólo pero totalmente, sus
siervos: esa fue la dicha de María y puede ser mañana nuestra.
No es una exageración irreverente pensar que podríamos igualar a la bienaventurada
virgen María, si en vez de tanto sentimentalismo y entusiasmo repentino, la igualáramos
en su obediencia radical a Dios: quien pudo acoger la Palabra de Dios, concibió y tuvo
que amamantar al Hijo de Dios. Y es que Dios no deja en manos de cualquiera a su Hijo:
se lo confió una vez a María, porque se había fiado totalmente de Él. Antes de dar cobijo
al mismo Dios en uno mismo, habrá que dar acogida a su voz: el obediente es capaz,
como María, de engendrar al mismo Dios, haciéndolo propia entraña. ¿Puede haber
mayor felicidad? Esa fue la dicha de María y podría ser nuestra: bastaría con creer en
Dios, como ella; y como ella, querer lo que Dios quiere, sea lo que sea.

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• Entender el mensaje del relato de Lc 11,27-28 es decisivo para evangelizar la devoción mariana. Esa mujer
del pueblo que interrumpe a Jesús para alabar a su madre nos cae simpática; seguramente todos nosotros
hubiéramos hecho lo mismo. ¡Tanto nos entusiasma María! Bien mirado, nuestro fervor no es ni siquiera tan
motivado como el de esa mujer; ella, al menos, se encontraba contemplando al hijo, no viendo a la madre;
conocía a Jesús y se imaginaba a María. ¡Ya quisiéramos para nosotros tener como origen y causa de nuestro
entusiasmo mariano el que motivó a la mujer! ¿O no es verdad que nuestro fervor por María no suele surgir
de la atenta escucha de su hijo? De poco vale nuestro fervor mariano, si no nos lleva a enfervorizarnos por
Dios y su Palabra.
• La respuesta de Jesús rectifica el entusiasmo de su oyente. En realidad, Jesús no niega que su madre sea
dichosa, afirma que no lo es por cuanto dice la mujer entusiasmada. No lo es por haber sido madre suya; si lo
es, lo será por obediente. No cabe mejor elogio de María que el que va implícito en la respuesta de su hijo.
La familiaridad cotidiana con Jesús, la intimidad física, no cuenta; la dicha de la madre reside en haber sido
atenta oyente de Dios y hábil cumplidora de su querer.
• Pues bien, en el elogio de Jesús está el Evangelio para nosotros: no sólo sabemos cuál es el origen de la
bienaventuranza de María, es que, sobre todo, esta dicha está a nuestro alcance. No hace falta amamantar al
hijo de Dios para ser feliz, basta con escuchar su Palabra y ponerla por obra. El obediente a Dios consigue
la dicha que experimentó su madre. De hecho, madre de Dios lo fue María por su obediencia. ¿Cabe esperar
mayor dicha? ¿Puede anhelarse mejor recompensa para la obediencia?

MOTIVOS DE ORACIÓN
106

• Repasemos ante Dios los motivos verdaderos de nuestra devoción mariana y examinemos con cuidado si son
los que tuvo la mujer del Evangelio. ¿Podemos decir que nos entusiasma María porque nos encanta escuchar
a Jesús? ¿Por qué no hacer, para evangelizar nuestro amor a María, de la escucha de Dios el camino para
descubrir a María y su felicidad? Pidamos perdón a Dios porque utilizamos el fervor mariano como excusa o
pasatiempo que nos aleja de Él y de su querer.
• Agradezcamos a Dios muy sinceramente la oportunidad que nos da de ser para Él lo que María fue para su
Hijo. Pidamos encarecidamente que nos dé algo de lo que sobreabundó María: escucha y obediencia.
Prometámosle a Dios que, en vez de dedicarnos a entusiasmarnos por su madre y olvidarnos de sus exigencias,
nos vamos a concentrar en atenderle a Él.
Me siendo algo avergonzado, Señor, ante el comportamiento de esa mujer; no sé si me hubiera yo atrevido a
interrumpirte, emocionado, para bendecirte por lo que dices. Seguro que, de estar oyéndote, hubiera guardado
la compostura; seguro que de haberte alabado, lo hubiera hecho con más tacto. ¿Por qué no me llena tu
evangelio de entusiasmo por ti y admiración por la madre que te parió? Hazme más asiduo oyente tuyo, para
que no pueda aguantarme por más tiempo las ganas de bendecirte y bendecir a tu madre. Para que no separe
nunca el amor por ti de la devoción por tu madre, concédeme vivir atendiendo tu voluntad. Hoy quisiera
pedirte perdón por haber utilizado el fervor mariano como excusa para no ponerme a tu disposición
completamente, como pasatiempo para no tener tiempo que dedicarte.
• Propongámonos alimentar nuestra vida creyente de obediencia para conseguir de Dios que nos quiera como a
su madre. Y comprometámonos a dejarnos, así, evangelizar el amor por María y a ser evangelizadores de esa
devoción por ella que pone a disposición del creyente su dicha y la maternidad divina.
Te agradezco muy sinceramente la oportunidad que me das de ser para ti lo que María fue. Que no me hayas
excluido de la intimidad que mantuviste con tu madre, que pueda aspirar a su misma dicha, es algo que no
hubiera podido siquiera soñar. Y te ruego, para hacer mía esa felicidad, que me des algo de lo que sobreabundó
María, escucha y obediencia. Mientras me lo concedes, me comprometo a que, en lugar de dedicarme a
alimentar entusiasmos pasajeros por tu madre para mejor olvidarme de tus exigencias, me concentraré en
atenderte y seguirte. Para conseguir que me quieras como quisiste a tu madre, dame su obediencia.

107

QUINTA ETAPA

Caná (Jn 2,1-11)-Calvario (Jn 19,26-27)
FE y FIDELIDAD,
posibles junto a María

La presencia de la madre de Jesús en el cuarto evangelio, aunque escasa, es
significativa: Juan recuerda dos episodios desconocidos en la tradición evangélica en
los que queda vinculada la «hora» de Jesús, el tiempo de su manifestación definitiva,
con la fe/fidelidad del discípulo. En ambos casos, y ello no es indiferente, la madre de
Jesús viene identificada por el hijo como mujer (Jn 2,4; 19,26), cuya presencia, activa
en la aceptación de lo que Jesús diga, posibilita una nueva relación de Jesús con sus
discípulos. No es María el personaje principal, sino Jesús, ni siquiera secundario, lo
son los discípulos; pero es imprescindible para ambos. ¿Qué más se podría decir sobre
la presencia de María en la vida de fe del discípulo?
La contemplación de la «María joánica» nos abre a una nueva etapa de su camino
de fe, que, bien mirado, sirve como criterio de verificación del recorrido realizado.
Plantea, en efecto, la cuestión básica del discipulado: en toda aventura personal la fe
viene probada alguna vez por el rechazo de Cristo o junto a su cruz; Dios prueba a los
suyos, es parte de su pedagogía paterna (Heb 12, 5-8; cf. 1 Tes 2,4; Sant 1,3.12; 1 Pe
1,7; 4,12). María nos puede enseñar cómo la fe en su hijo ha de resistir sus aparentes
desplantes con tal de ganar para Él discípulos y cómo la fidelidad ha de ser probada en la
cruz, si queremos tener a María como madre y sentirnos discípulos amados. Mantener
una vida de fe nos ha de llevar a asumir sus costes (un ocasional «maltrato» por parte de
Jesús) y a gozar de su salario (la madre de Jesús como madre propia en casa).
Hoy, con todo, no se puede dar por descontado sin más que el discípulo de Jesús
viva de esa «fe que actúa por medio del amor» (Gál 5,6) y vive vendiendo mensajes —
la mayoría estupendos—, pero presta poca atención —da poco de su vida— al
testimonio personal. La evangelización más urgente en la Iglesia hoy es la que tiene
como destinatarios a los propios evangelizadores: los apóstoles de hoy necesitan dejar
que Dios esté antes en su corazón, que en sus labios o en sus manos. Y para ello, para
108

poder creer y para arriesgarse a ser fieles, necesitan de María, la madre de Jesús.
Y es que no está dicho que, por ser seguidor de Jesús, uno ya cree en él. El discípulo
que desee fiarse de Jesús y mantenerse fiel ha de contar con María; fe y fidelidad no
son posibles sin tener a María en casa. Convendrá tenerlo presente. Si queremos
organizar nuestra vida para «buscar y encontrar el querer de Dios» (Ignacio de
Loyola), traigamos a María a casa, hagamos de ella una de nuestras posesiones: no
pierde su fe en Cristo, ni siquiera ante la cruz, quien viva con María al lado.

109

CON MARÍA, Y EN UN BANQUETE,
ES MÁS FÁCIL SER CREYENTE
(Jn 2,1-11)
Rara vez se le ve a Jesús acompañado de sus familiares durante su ministerio público.
Ello hace más relevante que María estuviera presente allí donde Jesús dejara ver, por vez
primera, su gloria y sus discípulos se convirtieran de simples curiosos en creyentes
compañeros (Jn 2,11-12). Donde María está, Jesús no tarda en salir del anonimato y sus
discípulos de la increencia. Lo sucedido en Caná supera con creces, pues, la anécdota de
unos recién casados poco previsores. Mal que nos pese, el hecho no tiene en María su
centro; el interés se centra en Jesús, en su hora; es él quien toma la decisión que llevará a
sus seguidores a creer. Con todo, no es menos cierto que sin la presencia activa y
detallista de su madre, sin su tenacidad y confianza, la fiesta hubiera sido imposible tanto
como la fe de los discípulos. Por algo será.

1. El relato
El episodio es, dentro del cuarto evangelio, algo insólito; se presenta aislado (Jn 1,51;
2,13; cf. Jn 4,46), no es explotado teológicamente y está narrado libre de características
formales y de estilo propios del evangelista. Tras la primera manifestación de Jesús,
donde se proclama ante sus discípulos como lugar de Dios (Jn 1,51), su participación en
una boda rural resulta un tanto inesperada (Jn 2,1). No obstante, el pasaje termina con
cierta solemnidad; es el comienzo de una serie de signos (Jn 2,11; 4,54), abre una nueva
historia.
Entre la introducción que sitúa la acción (Jn 2,1-3a) y la conclusión que aporta su
sentido teológico (Jn 2,11), el episodio se presenta dividido en tres escenas: el diálogo de
María con Jesús (Jn 2,3b-5), el diálogo de Jesús con los siervos (Jn 2,6-8) y el diálogo
del encargado de la fiesta con el novio (Jn 2,9-10).
La crónica, simple en apariencia, se centra en un hecho trivial, pero está cargada de
simbolismo expresado en terminología típicamente joánica. De hecho, finaliza afirmando
que los discípulos supieron captar en este primer signo la manifestación externa de Dios,
su gloria, su presencia aferrable sólo en la fe (Jn 2,11). Además, todo el relato está
transido de una fina ironía, característica de Juan: no deja bien parado a los anfitriones
decir que en una fiesta nupcial faltó el vino (Jn 2,3) o que se suela guardar para el final el
peor de los vinos (Jn 2,10). El suceso y la fe de los discípulos ocurren el séptimo día del
ministerio de Jesús, exactamente, como señala el evangelista, tres días después (Jn 2,1).

110

1Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. 2También fue
invitado Jesús con sus discípulos.
3Y como viniese a faltar el vino, dijo a Jesús su madre:
«No tienen vino».
4Le respondió Jesús:
«Mujer, a ti y a mí, ¿qué? No ha llegado aún mi hora».
5Dijo su madre a los servidores:
«Haced lo que él os diga».
6Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos; en cada una de ellas cabían dos
o tres metretas. 7Les dijo Jesús:
«Llenad las tinajas de agua».
Las llenaron hasta el borde. 8Les dijo Jesús:
«Sacad ahora y llevadlo al maestresala».
Hiciéronlo así.
9Y cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como él no sabía de dónde era, pero lo
sabían los criados, que habían sacado el agua, llamó al novio 10y le dijo:
«Todos sirven primero el vino bueno, y cuando están los convidados ya bebidos, el peor; pero tú
has guardado hasta ahora el vino mejor».
11Este fue el primer signo que hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria y creyeron en él
sus discípulos. 12Después, bajó a Cafarnaún él con su madre, sus hermanos y sus discípulos; y
permanecieron allí algunos días.

En Caná, al inicio de su misión, Jesús fue a una boda con sus seguidores. María estaba
ya allí. Y con María los acompañantes de su hijo salieron de la fiesta creyentes en él.
Donde esté María, Jesús anticipa su revelación y permite la fe de los suyos. Donde está
María comienza el discípulo su camino de fe y aprende a descubrir a Jesús divino.

2. ¡Bonita forma de comenzar!
111

Para unos discípulos del Bautista, como eran los que se decidieron a acompañar por un
tiempo a Jesús (Jn 1,35-39), su gesto tendría que resultar desconcertante. Juan era un
asceta que ni comía ni bebía (Mt 11,18); Jesús, en cambio, lo primero que hace es llevar
a sus seguidores a un banquete de bodas (Mt 11,19).
El símbolo de banquete es característico en la representación de los tiempos
mesiánicos, en el judaísmo lo mismo que en el primer cristianismo. Inaugurando el
seguimiento de Jesús con la participación en un banquete nupcial, a los discípulos, que
habían ido a Jesús buscando en él al mesías de Israel, se les tuvo que facilitar mucho su
primer acto de fe (Jn 2,11).
Y la señal, que no el motivo, fue el cambio de abundante agua en vino mejor. Las
aguas acumuladas para las purificaciones de los judíos (Jn 2,6; cf. Lv 11,16) se
convirtieron, gracias a Jesús, en vino bueno. El don del cambio, como todo don
mesiánico, fue sobreabundante; los invitados podrán gozar de unos 600 litros del mejor
vino, «que alegra el corazón del hombre» (Sal 104,15; Ecl 10,19). Esta cantidad
impresionante, y la alegría que asegura, dirige la atención hacia Jesús que, al asegurar
vino y prolongar la fiesta, ha ocupado el papel del esposo; tal era su responsabilidad (cf.
Mt 15,1-13). La calidad del vino y su abundancia evocan la fiesta mesiánica (Am 9,13; Jl
4,18; Os 14,8). Y todo ocurrió en un tercer día (Jn 2,1), un tiempo que el relato data a
partir de la primera manifestación de Jesús (Jn 1,43.51).

3. Una sorprendente respuesta de Jesús
La madre de Jesús estaba ya en la boda; no fue con Jesús. Jesús y sus discípulos no van
a Caná porque esté ella, sino por haber sido invitados (Jn 2,2). Pero el caso es que ella
estaba allí, que les había antecedido en la fiesta (Jn 2,1). Más revelador resulta que sea la
madre de Jesús quien advierta la escasez del vino; se trata de una constatación
desagradable, un incidente inesperado, que hace peligrar la alegría común. Sin que pueda
verse una petición expresa de milagro, María señala a Jesús la amenaza que pende sobre
la fiesta y sus protagonistas; le bastan pocas palabras (Jn 2,3).
Si se quisiera ver un alcance simbólico, se apreciaría que no se han dado aún todas las
condiciones para la realización de los tiempos mesiánicos; la alegría compartida (cf. Cant
1,2; 5,1; 7,10; 8,2) está amenazada (cf. Is 25,6; 62,5-9; Os 2,21-24). No empieza bien
una vida común, la de los jóvenes esposos, que no es capaz de asegurar la alegría de sus
convidados. María lo advierte y se lo advierte a Jesús.

3.1. Reacción, en extremo, dura
La respuesta de Jesús es central para entender el sentido último del episodio, aunque
112

resulta oscura. El apelativo mujer (Jn 4,21; 8,10; 19,26; 20,13) en boca de Jesús,
utilizado para quien el mismo relato había identificado como su madre, causa extrañeza,
e indica eso mismo, distancia, extrañamiento: sin llegar a ser Jesús irrespetuoso ni, mucho
menos, ofensivo, señala una relación diferente de la que un hijo suele mantener con su
madre.
El giro a ti y a mí, ¿qué? (cf. Jue 11,12; 2 Sam 16,10; 19,23; 1 Re 17,18; 2 Re 3,13;
Os 4,17; 2 Cro 35,21), tiene un alcance más negativo aún; expresa distanciamiento
objetivo, por divergencia de miras, de intenciones. Si hubiera mediado petición,
introduciría neto rechazo. Descarta, pues, una estrecha relación entre Jesús y su madre
(cf. Mc 1,24; 5,7; Mt 8,29); si no prueba hostilidad, sí, por lo menos, una profunda
diferencia de proyectos; la «mujer» se mueve en el nivel de lo que está aconteciendo, de
la boda, un nivel que no interesa mucho a Jesús, a quien le preocupa lo que aún debe
acontecer, su «hora».

3.2. El distanciamiento entre madre e hijo
La respuesta no es, pues, negativa; es cierto que, respondiendo así, Jesús se separa de
los vínculos terrenos que le pueden impedir su obediencia al Padre (cf. Lc 2,48-51). Es,
pues, la hora de Jesús (Jn 2,4; 19,27), la que no ha llegado todavía, el momento de su
plena manifestación, la de su muerte y su glorificación (Jn 7,30; 8,20; 12,23.27; 12,24;
13,1; 17,1), lo que interesa a Jesús. En esa hora, no hay que olvidarlo, también estará
presente su madre (Jn 19,25.34).
Con su ruego María se quedaba al nivel de la fiesta aldeana, de la alegría de una
familia; quería, bien intencionada, salvar sólo el matrimonio del ridículo y la fiesta de un
inesperado final. En su respuesta Jesús coloca la petición de su madre dentro del plan de
Dios; la invita a entrar en su designio, sin adelantar aún cuál será en concreto. Y por
tanto, y aunque no lo mencione explícitamente, pide fe.
Sin concederle lo que sugiere María, Jesús provoca en su madre una reacción
inesperada: recurre a los siervos, quienes no hacen más que lo que se les dice, para que
hagan lo que Jesús quiera (Jn 2,5).

4. La confianza de María, origen de una nueva familia
María no se lamenta por la respuesta de Jesús, se sobrepone a ella ensayando una mayor
confianza; ya que no ha logrado la intervención del hijo, invita a los siervos (criados, que
no esclavos, cf. Jn 15,14) a que hagan lo que les diga (Jn 2,5). Semejante
comportamiento hace que Jesús acepte anticipar la alegría mesiánica, prefigurándola con
su gesto. Mientras el responsable de la fiesta ignora lo sucedido, los siervos conocen la
113

procedencia del vino mejor (Jn 2,9). El reproche al novio sirve de constatación del
milagro, al mismo tiempo que da a entender que quien ha procurado el vino es el
auténtico novio (Jn 2,10). Es Jesús quien ha salvado la fiesta; donde él está, aunque no
exista vino, está asegurada la alegría. Y en ese signo los discípulos verán su gloria (Jn
2,11). Como en el último signo, la resurrección de Lázaro, todo gesto simbólico de Jesús
está orientado hacia la desvelación de su gloria (Jn 11,4-40).
Esta gloria se ha iniciado, anticipado más bien, en la intimidad de una fiesta de familia,
entre amigos y familia-res, en una oscura aldea galilea, entre personas modestas, con
sirvientes que obedecen sin conocer a Jesús y una madre que descubre la falta de vino y
la necesidad de Jesús. Así de sencillos fueron los orígenes del pueblo creyente en Cristo.
Pudo allí faltar el vino, pudo peligrar la fiesta; pero no faltó la madre de Jesús ni le faltó
confianza en su hijo.
De Caná sale Jesús rodeado de su madre y sus discípulos (Jn 2,12). La fe es el origen
de la nueva familia (cf. Mc 3,31-35). Aunque la presencia de María no sea central en la
narración, tampoco es decorativo su papel; estaba allí, donde se celebraba una fiesta y
para advertir la escasez del vino; estuvo allí descubriendo a Jesús la situación y
ordenando a los siervos que le obedecieran; y se fue con Jesús, su familia y los discípulos
ya creyentes. El episodio se cierra con los discípulos convertidos en creyentes; María
estaba donde nació la fe del discípulo, donde nacen para la vida los discípulos (cf. Jn
20,31).

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• Cuantos han sido invitados a seguir a Jesús por un tiempo, le acompañan a un acontecimiento familiar. ¿No
nos dice nada que la fe de los discípulos nazca en un ambiente de bodas, en medio de un banquete nupcial?
¿Puede una fe que allí surge ser extraña, mucho menos contraria, a las alegrías de la vida familiar?
• María fue, al parecer, el único invitado que advirtió la falta de vino. Con María por casa quedan al
descubierto las privaciones menos evidentes, las más secretas: ¿será por ello por lo que no la invitamos más a
menudo? No debería avergonzarnos nuestra imprevisión si es María quien la descubre; pediría a Jesús que nos
auxiliara, aun sin que nosotros lo hubiéramos siquiera deseado. ¿No lo habrá hecho ya más de una vez? ¿Por
qué, entonces, ocultarle nuestras faltas?
• A pesar de la respuesta, dura, injusta incluso, de Jesús, su madre acude a quien en la casa no tiene más oficio
que el servir a todos; los criados harán todo lo que se les diga. Y cuando Jesús encuentra siervos, no se resiste
a hacer lo que negó a su madre. No es, pues, la familiaridad lo que fuerza a Jesús a obrar antes de tiempo,
sino la obediencia servil. ¿No le estarán faltando a Dios siervos que, simplemente por hacer lo que se les
manda, le faciliten su trabajo?
• El mantenimiento de la fiesta en familia, la multiplicación del vino mejor, la liberación del ridículo a los
nuevos esposos y la fe primera de los discípulos fue posibilitada por la tenacidad de la madre de Dios y la
obediencia de unos siervos. ¿Seguirá siendo una buena opción evangelizadora el prescindir de María? ¿Cuál
es la aportación de la madre de Jesús en el nacimiento de la fe de los discípulos? ¿Queda asegurada
suficientemente la vida de familia, la alegría de vivir, la fe en Cristo, allí donde esté ausente María? ¿Por
qué no invitarla a nuestro hogar?

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MOTIVOS DE ORACIÓN
Te agradezco, Señor Jesús, que, a instancias de tu madre, adelantaras tu manifestación pública; y te
agradezco aún más que María te indujera a iniciar la revelación de tu gloria en medio de una fiesta familiar.
Que los discípulos nacieran donde nacía una familia y se festejaba la alegría de vivir no me puede resultar
indiferente. Reconozco con gratitud que seguimiento de Jesús y vida de familia, lejos de estar reñidos, se
requieren; por faltos que estemos de cosas, por escasos de alegría que vivamos, si tengo a tu madre y te tengo
a ti, nada tengo que temer.
Te rogaría, Señora, que me acompañes siempre en la vida de discípulo. Estoy dispuesto a asegurarte que no
me importará si descubres mis faltas, también las que me permanecen ocultas, las que desconozco, con tal de
que acudas, en mi lugar y a mi favor, a Jesús para que me auxilie. Te agradezco, de antemano ya, seguro
como es-toy de que estás dispuesta a hacerlo, porque sabrás resistir el desaire de tu hijo con tal de salvar a
este tu hijo de sus penurias.
Me comprometo, Señor, a hacer lo que me digas, con tal de que adelantes tu hora y me muestres tu gloria,
salvándome de mi pobreza. Como en Caná. Si me dejaras entrever siquiera tu rostro y presentir tu potencia,
creería en ti. Como tus primeros discípulos. No sería peor que ellos, si fueras tú tan bueno conmigo. Llévame
contigo adonde esté tu madre, que sea mi vida una fiesta porque ella me espera allí donde me conduzcas.
Junto a ella mi pobreza alimentará mi fidelidad a ti.

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EL PRECIO QUE PAGAR
PARA TENER A MARÍA COMO MADRE
(Jn 19,26-27)
La escena de María ante la cruz del hijo (Jn 19,25-27) no recuerda un episodio de piedad
filial ni es siquiera el desenlace dramático en el seno de una familia. Se está relatando el
desarrollo histórico de un plan de salvación anunciado en la Escritura. Dentro de él se
narra la presencia de María ante la cruz con suma brevedad, sin resaltarse; no está sola,
acompaña al discípulo amado; y hay que advertir que no dice nada, recibe en silencio el
testamento de su hijo.
La muerte de Jesús en la cruz tuvo que sepultar todas las expectativas que sus
discípulos se hicieron, mientras con él convivían recorriendo las aldeas de Galilea y
subiendo a Jerusalén; aniquiló la admiración que por él tenían y mató la fe que les había
merecido. Su muerte fue la piedra de escándalo donde tropezaron hasta los más
decididos. Los sinópticos no conocen este episodio, en el que sólo la madre de Jesús y su
discípulo amado soportaron el escándalo personal, la huida de todos y la traición de
algunos. Tenemos que agradecer a Juan que nos haya recordado que Jesús dio como
madre a María sólo a quien le fue fiel hasta el extremo.

1. El relato
La narración de la muerte de Jesús constituye la tercera sección del relato de la Pasión
(Jn 19,16b-42); la descripción no es tan cuidada como en la sección anterior, pero aquí
gana en simbolismo teológico; se relata el acontecimiento ofreciendo su sentido salvífico.
Tras una breve introducción que narra escuetamente la crucifixión de Jesús (Jn
19,16b-18), un primer episodio se centra en la discusión de Pilato y su negativa a retirar
el título de rey sobre la cruz de Jesús (Jn 19,19-22). La segunda escena cuenta la
repartición de la ropa de Jesús entre los soldados y la suerte de la túnica (Jn 19,23-24).
En el centro del relato se sitúa la madre de Jesús y el discípulo quienes, por voluntad
extrema de Jesús, quedan unidos por un destino común (Jn 19,25-27). El episodio cuarto
(Jn 19,28-30), que narra la sed del moribundo y su muerte, hace relación al ofrecimiento
del vinagre por parte de los soldados. El quinto (Jn 19,31-37) cuenta cómo Pilato a
requerimiento de las autoridades judías, concede el que se abrevie el suplicio. Como
epílogo (Jn 19,38-42) se relata rápidamente la sepultura de Jesús.
La cruz domina toda esta escena, que se abre subiendo Jesús a ella (Jn 19,16b-18) y
se cerrará siendo bajado de ella (Jn 19,38-42). El primer episodio está enmarcado por el
116

escrito de Pilato; la mención a los soldados distingue al segundo; la idea de cumplimiento
abre y cierra el cuarto episodio; y entre el quinto y la conclusión se da unidad de acción y
de tiempo.
Destaca, en comparación con los sinópticos (cf. Mc 15,20.22.25-27; Mt 27,31.33-38;
Lc 23,33-38), la falta de detalles humillantes (por ejemplo, insultos del pueblo y burla de
las autoridades, el grito de Jesús en la cruz) o fuera de lo ordinario (por ejemplo, el
oscurecimiento del cielo y la ruptura del edificio del Templo); el relato, parco en detalles,
transmite una sensación de serenidad ante lo inevitable. A Jesús no le arrebatan la vida, la
entrega; no es sacrificado, es glorificado.
25Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María la de Cleofás y María
Magdalena. 26Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a la madre:
«Mujer, he aquí a tu hijo».
27Luego dijo al discípulo:
«He ahí a tu madre».
Y desde aquella hora el discípulo la recibió en casa.

Al final de su ministerio, cuando Jesús moría crucificado, María estuvo a su lado junto
al discípulo amado. La muerte de Jesús fue la prueba última, la definitiva, de la
fe/fidelidad de sus seguidores; nadie, excepto la madre y el discípulo que se sabía amado,
le fueron fieles hasta el final. Con María, uno se siente más fácilmente amado por Jesús;
con ella, la cruz no es escándalo, sino revelación —«hora»— de su amor extremo.
Muriendo en cruz, Jesús compensó a su madre con un discípulo como hijo que adoptar y
recompensó a su discípulo con su propia madre que cuidar. Del amor de Jesús y de la
fidelidad del discípulo nació una nueva familia.

2. La muerte de Jesús, inicio de vida en común
Si se acepta la estructura propuesta, habría que interpretar la escena de María y el
discípulo amado no tanto como narración del final de Jesús, sino como relato de un
nuevo comienzo para quienes les fueron fieles en su hora; la muerte de Jesús reúne en
una casa cuanto dejaba atrás Jesús; el discípulo se convierte en hijo y la madre de Jesús
es madre de los que crean.

2.1. De nuevo, María y el discípulo
117

Como en el relato sinóptico, hubo mujeres galileas en la crucifixión; pero mientras en Mc
15,40-41 eran testigos lejanos, Juan prefiere colocarlas junto a la cruz. No es posible
compaginar los nombres y el número de las mujeres que el relato juánico cita con la
tradición sinóptica (Jn 19,25; Mc 15,40; cf. Mt 27,56). Tampoco ha de importar mucho;
la escena está centrada no en ellas, sino en la presencia de María y del discípulo amado
(Jn 19,25-27). En sí misma, y concedida su historicidad, la presencia de María descubre
un último acto de piedad filial por parte de Jesús; pero no tiene el texto interés en resaltar
el estado de ánimo o los sufrimientos del crucificado.
Se logra entender lo que Juan pretende si se tiene en cuenta los paralelos que esta
narración guarda con el relato de la boda de Caná (Jn 2,1-11), únicas escenas donde
interviene la madre de Jesús en el cuarto evangelio. En ambas Jesús llama a su madre
con el término mujer (Jn 2,4; 19,26); en ambas, Jesús y su actuación dominan
soberanamente; por último, en ambas se menciona la hora, término típico de la teología
juánica (Jn 2,4; 19,27), pero con una diferencia; el papel que se le negaba a María
durante el ministerio de Jesús, se le concederá en el momento de su pasión y muerte: el
ser la madre, procreadora, del pueblo creyente. En Caná algo aportó; tomando la
iniciativa, logró que Jesús se inmiscuyera; no había llegado la hora. Cuando llegó, en el
Calvario, apenas hará otra cosa que estar presente y asentir.

2.2. El testamento de Jesús
Con todo, el relato no se centra ni en la madre de Jesús ni en el discípulo amado (Jn
19,26); asisten al monólogo de Jesús en silencio (Jn 19,26.27) y en silencio aceptan una
decisión que les concierne (Jn 19,27). El discípulo queda definido por el amor que Jesús
le tiene (cf. Jn 15,16) y que se muestra en poner por obra el querer de Jesús (cf. Jn
15,10); sentirse querido por Jesús le capacita para cumplir con su querer; sólo resiste la
cruz el discípulo que allí se sabe amado.
La fórmula acogerla entre sus cosas, en rigor, describe la reacción, activa, del
discípulo; acogió a la madre de Jesús en su casa, entre sus pertenencias, entre aquellas
cosas que le pertenecen en cuanto amado discípulo (cf. Jn 1,11; 10,4.13); la recibió
como madre por testamento de su señor. La intervención de Jesús busca establecer y
asegurar un futuro común para quienes creen en él y le han sido fiel en su hora; de esta
forma, Jesús completa su entrega amando hasta el fin a los suyos y posibilitando el amor
familiar entre su madre y el discípulo.

3. María, patrimonio de discípulos amados
Moribundo, Jesús expresa su voluntad postrera; lo que aún le queda, no puede quedar
118

abandonado a su suerte. La madre que pierde a su hijo tiene un hijo que adoptar; el
discípulo que se queda sin maestro obtiene su mejor herencia, la madre del amado señor.
Una nueva familia nace ante la cruz; Jesús confía su madre a quien resiste, sin flaquear
en su fidelidad, el escándalo de su muerte en cruz. La madre seguirá teniendo en el
discípulo amado una razón para vivir y volver a ser madre; el discípulo tendrá que suplir
en el corazón de la madre al hijo perdido en la cruz y obtendrá un hogar en el que María
es una de sus pertenencias.
Si, con Jesús en Caná, María no provocó el surgimiento de la fe de los discípulos pero
asistió a él (Jn 2,11), sin la presencia física de Jesús, María está en el origen de la
comunidad cristiana, porque fue fiel hasta el final. La madre de Jesús pertenece al hogar
del discípulo que, por saberse amado de Jesús, le permanece fiel ante la cruz. La
fidelidad del discípulo amado tiene como recompensa y encomienda a la madre del Señor
como madre propia.

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• El testamento es querer definitivo, última voluntad a respetar. Que Jesús en cruz entregue su madre a su mejor
discípulo y que imponga a María el oficio de madre de su discípulo amado no es de libre opción sino de
obligado cumplimiento; María ha de adoptar al discípulo como hijo y éste acogerla como madre en casa.
Jesús no les pregunta su parecer ni les pide consentimiento. Más que recompensa por la fidelidad es prueba de
obediencia continuada.
• Quien le ha amado tanto como su madre, ha de continuar siendo madre de quienes él ha amado; quienes se
saben amados por su señor y pueden soportar su crucifixión sin negarle fidelidad, obtienen como tarea
hacerse hijos de su madre. María y el discípulo se encontraron como compañeros de pasión y serán familiares
a partir de la muerte: la fidelidad extrema, demostrada con la presencia ante la cruz, es cuna de la nueva
familia cristiana. ¿Qué pensar de esos cristianos que piensan tener a María como madre sin haberla
acompañado ante la cruz? ¿Cómo ilusionarse con ser hijo de María si no se ha sido antes discípulo
preferido? Sería vana ilusión presentarse como hijo de María, si no se ha tenido el coraje de acompañarla
ante la cruz de su hijo.
• Siempre que haya un discípulo dispuesto a seguir a su Señor hasta la muerte, habrá una madre, la madre de
Dios, con la que compartir el dolor de la separación, el escándalo de la cruz..., y una vida en común por
iniciar. La custodia de María está, pues, al alcance de quien se sabe alcanzado por el amor de su hijo: el
discípulo que no se achique ante la cruz tendrá como encomienda de por vida ser hijo para María y gozarla
como madre; ocupará en el corazón de la madre el puesto del único hijo. No habría que olvidarlo: María no
está al alcance de cualquiera; es patrimonio de discípulos que se saben tan queridos de su señor como para
permanecerle fieles ante una cruz. María tiene la obligación contraída con su hijo de considerar como otro
Jesús a quien le sea fiel hasta el extremo. ¿Por qué iba Jesús a entregar a su madre a los infieles?

MOTIVOS DE ORACIÓN
• Me impresiona siempre, Señor, la escena: tú, perdiendo la vida, y María y el discípulo al que amabas,
perdiéndote a ti, su vida. Y me hace pensar que sólo quisieras estar acompañado en esa hora por quienes más
amabas. ¿Es señal del escaso amor que sientes por mí que rehuya de forma tan permanente verte en cruz?
¿Cómo voy a estar seguro de tu amor si no me encuentro entre tus amados, si no resisto el escándalo de tu

119

muerte? ¿Te puedo pedir, con todo, que, cuando llegue mi cruz, me sienta tan querido que sepa que María nos
es compañera de dolor. Si tú me asegurases que María comparte mi pasión, yo te aseguro que podré compartir
la tuya. Dame a tu madre como tarea de mi vida, como quehacer de por vida, aunque nos pida la cruz.
• Te ruego perdones mi inconsciencia: tantas veces creí que María me pertenece, que tenía derechos sobre ella,
sin haberte antes mostrado fidelidad hasta la muerte. He querido suplantarte en el corazón de María, sin estar
dispuesto a afrontar su cruz y las mías. Me comprometo a tratar como madre a María de por vida y a
comportarme como hijo suyo, ocupando tu lugar en su vida, si me la dejas como quehacer, en casa.

120

ÚLTIMA ETAPA

Cenáculo (Hch 1,14)
MARÍA,
finalmente, ¡en comunidad!

La última «imagen» que de María nos transmite el Nuevo Testamento, la definitiva, es
la de quien vive entre apóstoles que rezan y esperan el Espíritu prometido. La aventura
de fe que María protagonizó acabó no cuando encontró a su hijo resucitado, sino
cuando se encontró entre los discípulos testigos de que Jesús estaba vivo. La presencia
de María en la comunidad de creyentes es tanto más sorprendente —y significativa—
cuanto que Lucas no nos la ha recordado junto a Jesús mientras éste, rodeado de sus
discípulos, predicaba el reino. Este silencio nos obliga a imaginar que María llegó a
creer vivo a su hijo, pues compartió vida con el primer núcleo de apóstoles. Sin saber
vivo a Jesús no le hubiera sido posible la vida en común. El camino iniciado en
Nazaret, a solas con el ángel, condujo a María a la comunidad apostólica en el
cenáculo de Jerusalén.
Ello significa que, estando al testimonio del Nuevo Testamento, la meta del camino
personal de fe de María fue vivir esa fe en común. No podía ser de otro modo. La
María «cristiana» es la María que vive entre apóstoles y comparte su oración. No hay
camino de fe que no conduzca a la vida común, entre apóstoles que ya saben dónde ir,
al mundo, con qué, el evangelio; pero que aún aguardan, mientras llenan su tiempo
rezando juntos, al Espíritu prometido.

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MARÍA, ENTRE APÓSTOLES QUE REZAN
(Hch 1,14)
La única mención de María en la época cristiana se la debemos a Lucas. Con suma
brevedad, casi sin resaltarla, anota la presencia de la madre de Jesús y sus hermanos en
medio del grupo apostólico reunido en el cenáculo (Hch 1,12-14). Dejándola entre los
apóstoles, ocupados en orar, el evangelista se ha despedido de ella.
Lucas no había señalado la presencia de María ni en su crónica de la pasión, donde sí
cita a un grupo de mujeres (Lc 23,49.55; cf. Jn 19,25-27), ni, más llamativo aún, en el
relato de la resurrección (Lc 24,10); en realidad, no hay texto alguno en todo el Nuevo
Testamento que mencione a María entre los testigos directos de la resurrección de Jesús.
Por eso sorprende un tanto verla compartir oración y espera con los apóstoles en el
cenáculo (Hch 1,14), tras haber sido presentada distante de su hijo durante el tiempo del
ministerio público.
En la última aparición de María en el Nuevo Testamento, Lucas nos ofrece una
instantánea del núcleo más primitivo de la iglesia; nada se nos dice sobre el papel que la
madre de Jesús jugó en el nacimiento de la comunidad primitiva. Pero no se puede negar
que allí estuvo: María pertenece, desde el inicio, a la vida de la Iglesia; comparte vida y la
espera del Espíritu con los discípulos que van a ser enviados al mundo.

1. El relato
Esta última aparición de María en la obra lucana podría estimarse insignificante; pero es
revelador que la familia de Jesús quede situada compartiendo orfandad de Jesús (Hch
1,9-11) y oración con unos apóstoles, que han recibido ya la misión universal como tarea
de sus vidas (Hch 1,8) y esperan la venida del Espíritu (Hch 1,7; 2,1-4). La presencia de
María en medio de ellos llevará a los apóstoles a descubrir una de sus carencias
fundamentales: les falta quien substituya al traidor para ser el grupo querido por Jesús
(Hch 1,15-26). Tras recuperar a María para la convivencia común, se rehacen como
comunidad apostólica.
12Cuando regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén,
13en llegando, subieron a la habitación de arriba, donde estaban viviendo Pedro y Juan, Santiago y
Andres, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago Alfeo, Simón el celota y Judas de Santiago.
14Perseveraban todos unidos en la oración con las mujeres, y María la madre de Jesús y sus
hermanos.

122

2. Una breve —pero excelente— noticia
Hch 1,14 es la conclusión del prólogo de Hch, que relata la ascensión de Jesús. El relato
es rápido y los hechos se dan por pasados (Hch 1,4-13); pero en Hch 1,14 se detiene un
tanto la crónica, prolongándose la acción. Hch 1,15 inicia una escena nueva, con
personajes nuevos y una nueva cronología (Lc 1,39; 6,12; Hch 6,1; 11,27). El versículo,
que sitúa a María en la prehistoria misma de la Iglesia, se presenta como obra del
redactor; refleja, pues, la imagen de la madre de Jesús que desea permanezca en la
memoria cristiana.
Ahora bien, el hecho de que la noticia no haya sido explotada teológicamente avala su
origen tradicional. Lucas no ha inventado lo que cuenta; María estuvo, desde el primer
momento, metida de lleno en la comunidad apostólica. Decisivo en esta noticia es lo que
dice, ni más ni menos; no hace falta imaginarse lo que calla: que María estuvo allí donde
se esperaba el Espíritu y entre cuantos esperaban que naciera la Iglesia; en ambas
infancias (de Jesús y de su comunidad) estuvo ella presente (cf. Jn 2,112; 19,25-27).

3. Antes de que naciera la Iglesia
La noticia cierra el relato de la ascensión de Jesús, final para Lucas del tiempo de Jesús
(Lc 24,51; Hch 1,1-2.21-22). Parece como si quisiera darnos a entender que en los
primeros días del cristianismo la ausencia del hijo se palió un tanto con la presencia de la
madre (cf. Jn 19,20); de hecho, María aparece por última vez, cuando Jesús había
desaparecido definitivamente.
Puesto que Lucas no se extiende demasiado en esta presentación de la escena donde
María es ya cristiana, lo poco que dice es muy importante. Los testigos legítimos de lo
sucedido (Hch 1,22) y apóstoles recuperados para la misión (Hch 1,8) comparten vida y
oración con María, la madre de Jesús y sus hermanos, junto a otras mujeres. María
pertenece, pues, a la vida de la Iglesia desde sus inicios; acompaña a los discípulos de su
hijo quienes, esperando el Espíritu prometido, se preparan para la misión encomendada
con la oración común.
La última aparición de María en la obra lucana podría estimarse insignificante, por el
escaso protagonismo que se le atribuye. Pero es revelador que la familia de Jesús quede
situada compartiendo orfandad de Jesús (Hch 1,9-11) y oración con unos apóstoles, que
han recibido ya la misión universal como tarea de sus vidas (Hch 1,8) y esperan la venida
del Espíritu (Hch 1,7; 2,1-4). La presencia de María en medio de ellos llevará a los
apóstoles a descubrir una de sus carencias fundamentales; se percatarán que les falta
quien substituya al traidor para ser el grupo querido por Jesús (Hch 1,15-26). Así, tras
123

recuperar a María para la convivencia común, se rehacen como comunidad apostólica.

4. Convivir con María mientras se espera al Espíritu
Retornando del monte donde Jesús les ha dejado finalmente, los discípulos vuelven a la
oración; se reagrupan en torno a los once (Hch 1,13), junto a unas mujeres (cf. Lc 8,2-3;
23,49.55; 24,10), la madre de Jesús y sus hermanos (cf. Lc 8,19-21). Su actividad,
perservar juntos, está descrita como Lucas suele hacer cuando habla de la oración; una
plegaria mantenida mantiene la vida común, una vida que la desaparición del Resucitado
hacía peligrar. No teniendo oportunidad de verle de nuevo y dejarse enseñar por Él,
conviven entre sí mientras rezan. El tiempo de la ausencia de Jesús se llena de plegaria;
la vida de los huérfanos del Resucitado se llena con María.
La plegaria se realiza en una habitación común, donde acontece la vida diaria, la
convivencia cotidiana. Es una oración previa a la venida del Espíritu y al nacimiento de la
misión, pero segura de ellas porque ha sido prometida (Lc 24,19; Hch 1,8). El Espíritu
que vino sobre ella (Lc 1,35) está por venir sobre los apóstoles reunidos con ella (Hch
1,8). La presencia de María no está resaltada; sirve sólo de marco; no habla, ni siquiera
reza sola; su plegaria es la del grupo apostólico. Pero la suya es la presencia de una
experta en el Espíritu (Lc 1,35), de una creyente que tiene la misión cumplida (Lc 1,38);
de hecho, ni se la nombrará cuando se narre a continuación el descenso del Espíritu el
día de Pentecostés, ni tendrá otra misión especial que cumplir. María permanece siendo
creyente, ahora —por fin— junto a los creyentes.
Su presencia garantiza el cumplimiento de las promesas del Resucitado y su misión
cumplida sirve a los apóstoles que van a serlo de ejemplo y anticipo; con idéntica fe y el
mismo Espíritu lograrán ellos dar vida al Evangelio de Dios. La tarea maternal que
cumplió María queda ahora en manos de la comunidad apostólica; es la Iglesia la
encargada de dar hijos a Dios en esta tierra. Puede María desaparecer del relato, porque
no la necesita más el Evangelio.
La mención última de María es breve pero preciosa; y por ser la definitiva, ha de ser la
que más influya en la conciencia cristiana. No sabemos qué rezaban; sabemos cuándo lo
hicieron. María pertenece a una comunidad que se sabe huérfana de Cristo, que sabe
deberse al mundo pero sigue presa de sus miedos, que vive a la espera del Espíritu que
se le prometió y aún no tiene, que soporta su situación compartiendo vida y oración. Una
de esas vivencias, cualquiera, nos la daría como compañera.

PISTAS PARA LA REFLEXIÓN
• El único recuerdo cristiano de María que tenemos la sitúa entre apóstoles que aún no han superado el trauma

124

de la desaparición del Resucitado y que no han encontrado todavía el camino, y las ganas, de la
evangelización del mundo. En el cenáculo, lugar privilegiado de la vida común, María participa del miedo y
la esperanza, la plegaria y la convivencia con los discípulos de su hijo; por vez primera, la madre de Jesús
está entre cristianos. ¿Es casual que la última mención de María en el Nuevo Testamento la deje entre
apóstoles en oración? ¿Qué puede ello significar para nosotros hoy?
• Los apóstoles ya habían recibido el mandato de Jesús de ir al mundo a predicar el Evangelio (Hch 1,8); pero
no habían obtenido aún el viático para ese viaje, el Espíritu de Jesús. Y María, experta en su espera y en su
acogida, acompaña este tiempo de esperanza previo a la irrupción del Espíritu de Dios. Apóstoles con misión
pero sin aliento, ¿qué no deberíamos hacer para conseguir que María comparta nuestra espera? Procurarse a
María para que acompañe nuestra vida de oración, ¿no nos aseguraría estar, aun en los momentos más
estériles, en vísperas siempre de un nuevo Pentecostés?
• Los discípulos que rezaban junto con María estaban desolados por la ausencia de su señor; saberle vivo
hacía, si cabe, más penosa su desaparición. Compartir vida y oración con la familia de Jesús debía
restaurarles un tanto de su dolor. ¿Por qué no utilizar nuestra sensación de abandono para dedicarnos a la
oración con la seguridad de que María se nos hará presente y aliviará nuestra soledad? ¿Qué mejor
ocupación para apóstoles sin aliento, discípulos poco espirituales, que la oración común en la que María
participa?

MOTIVOS DE ORACIÓN
• Señor, te agradezco que, cuando nos dejaste en este mundo, nos dejaras a María en la comunidad cristiana,
compartiendo vida y tareas, oración y esperanzas. Tenerla ahí da una buena razón para no dejar tu Iglesia; y
me devuelve a ella, si la hubiera abandonado. Te agradezco que hayas hecho así menos insoportable la
ausencia de Ti y más atrayente la vida común en tu Iglesia; hasta que vuelvas, María queda donde quedaron
tus discípulos. Por dejárnosla, no dejaré la comunidad que, rezando, se prepara para recibir tu Espíritu y
lanzarse al mundo como misión.
• Y te lo agradezco porque, siendo María experta en esperar y acoger tu Espíritu, se me hace más fácil vivir sin
Ti sin desesperar de conseguirte un día; si ella me enseña, aprenderé vida en común, aunque esa vida no
posea aún tu Espíritu ni esté del todo rehecha. Ya que te empeñas en que te esperemos, danos hoy, como a los
primeros un día, a tu madre por compañera de vida y de oración. Aunque te retrases, mientras urja la misión
de darte a conocer por el mundo, no desesperaremos si María comparte nuestra espera.

125

CONCLUSIÓN
UN CAMINO, BIENAVENTURADO, DE FE

«Experto credite!»
(San BERNARDO)

El camino de fe de María pasó, pues, por diversas fases que dependieron más de la vida
de Jesús y sus urgencias que de las necesidades de María o de sus expectativas; cada
paso que María daba en su peregrinación como creyente estaba determinado por las
exigencias de su Dios, por sus ganas de encontrarla o su empeño en dejarla. Todos los
pasos que María dio tuvieron un lugar de realización; la experiencia mariana de Dios fue
siempre una experiencia situada en un espacio de su tierra, en un momento de su vida:
hacer a Dios propia carne no la obligó a hacerlo fuera de sí o lejos de los suyos; hacerlo
hijo de su entraña no le impuso vivir exiliada de la vida diaria.
El Dios de María es siempre un Dios compatriota, porque comparte vida y patria,
salvación y casa. Lejos de la propia tierra y de la existencia propia, no se contacta con un
Dios que lo es junto a nosotros, allí donde estemos: Emmanuel, Dios-con-nosotros, fue
el nombre del hijo de María, del hijo de Dios (Mt 1,23).

1. Estaciones de una peregrinación de fe
Asociada como está a la vida de Jesús, la vida de fe de María puede resumirse siguiendo
el modelo de la predicación cristiana: origen e infancia, ministerio público y muerte y
resurrección de Jesús. Dios se manifiesta diver-so en cada etapa de la vida de Jesús y
exige de María una respuesta continua y diferenciada, un verdadero camino de fe.
Para exponer con mayor objetividad las etapas de la peregrinación mariana de fe (cf.
LG 58) he seguido el orden narrativo de los episodios en los que María aparece en la
tradición evangélica. He evitado inventar lo no dicho, respetando los silencios de Dios
para mejor concentrarme en su Palabra. Sólo me he permitido una licencia, y tiene sus
riesgos. He integrado en la secuencia lógica del relato biografiado por el tercer evangelio
los episodios que recoge la tradición juánica; colocar los dos pasajes de Juan dentro del
esquema narrativo de Lucas atenta contra el proyecto editorial de cada evangelista y
distorsiona un tanto la imagen que de María se hicieron cada uno de ellos; pero el retrato
esbozado gana —y esa es la excusa— en ejemplaridad y realismo: una María a la que
más se le escondía Dios cuanto más le crecía su hijo es una mujer cercana a nuestras
126

desventuras. Que el lector, ya avisado del atrevimiento, juzgue sobre su acierto.

1.1. En los orígenes de Jesús
El protagonismo de María es, en esta primera etapa, de excepción. Aunque sea el único
evangelista, Lucas insiste lo suficiente como para dejarlo en evidencia. Para actuar su
proyecto de salvación Dios precisa de creyentes que concedan audiencia a su Palabra y
entrañas a su Hijo. Lo que no sabía María es que, una vez introducido Dios en su vida y
hecho carne su hijo en la entraña, no se librará de ambos; ni cuando dé a luz al hijo de
Dios ni cuando se vaya haciendo un hombre su primogénito.
■ NAZARET (LC 1,26-38): ser llamada, inicio de una aventura de fe
Es un error muy común considerar la maternidad divina como meta final de la
experiencia que María hizo de Dios. Nazaret no es el culmen del camino mariano de fe,
sino su punto de partida (Lev 1,26). La bienaventuranza de María no estuvo en lograr
ser madre de su Dios sino en haber creído en Él (Lc 1,45; 11,27-28); la maternidad
divina fue consecuencia de su fe: quien cree a Dios, lo cree de modo entrañable (Lc
1,38).
Cuando Dios, a través de emisario personal, confió a María su plan de salvación, la
virgen de Nazaret se hallaba ya comprometida con otro proyecto, y con un hombre,
llamado José (Lc 1,26-27). Que a Dios no le importara el obstáculo de su virginidad, la
privó de excusas en las que apoyar su resistencia: la ignorancia sobre el cómo de la
anunciada maternidad hizo ciega su obediencia en la omnipotencia divina (Lc 1,34-37).
María no pidió pruebas para hacerse sierva de Quien tanto le prometía; pero se le dio una
pista —el nombre de un familiar necesitado (Lc 1,36)— donde empezar a servir: el Dios
creído es un Dios bien servido, todo un Señor (Lc 1,38).
Si no se le presta fe, Dios no llega a ser uno más entre los suyos. La entrada de Dios
puede que suponga la interrupción del proyecto querido, iniciado incluso, como en el
caso de María; dará, ciertamente, una fertilidad insospechada a la vida de quienes a Él se
sometan.
■ UNA CIUDAD DE JUDÁ (LC 1,39-56): sentirse enviada, servicio al prójimo y alabanza
de Dios
Recién inaugurada la maternidad divina, María se pone al servicio de una anciana
parturienta (Lc 1,39). Y para ello, tiene que ponerse —apenas creyente (Lc 1,36)—
rápido en camino. Tener a Dios en la entraña no la aleja del prójimo en necesidad. Si la
fe abre espacio a Dios en la propia vida, la acogida de Dios abre la vida a las necesidades
del prójimo. Por ser sierva de Dios se convirtió en su madre y en criada de una pariente
lejana (Lc 1,43). La presencia de Dios en la vida del creyente no lo aleja del prójimo
necesitado; servir al que lo precise es, más bien, la garantía de estar allí donde Dios
quiere ser servido.
127

Una ciudad de Judea, no el templo de Jerusalén, fue el lugar de la oración de María
(Lc 1,46-55). Pudo orar, largo y tendido, allí adonde había ido a servir. María se puso a
rezar, cuando fue descubierta como madre de Dios (Lc 1,43.46). Sólo una oración que
nace del servicio al prójimo es una magnífica oración. El Magnificat de María estuvo
precedido de obediencia a Dios y prontitud en el servicio al necesitado: quien sirve a Dios
sin demora ni excusas no tarda en, admirado, contemplar a un Dios engrandecido.
La oración del que sirve, la plegaria que sirve, es la de quien se inspira en la tradición
orante de su pueblo. María reza de forma nueva, no porque invente su oración (cf. 1
Sam 2,1-10), sino porque, desde el servicio al prójimo, hace plegaria diciendo su
experiencia personal de Dios; le causa maravilla un Dios que se ha fijado en ella, un Dios
que cumple sus promesas; tan segura estaba de ese Dios que pudo anunciar como pasado
lo que aún hoy es por venir (Lc 1,51-55). La oración mariana se nutre de fe y la
sostiene. Por fe ahijó a su Dios; por tener como Señor a Dios, lo tuvo como hijo. Por
serle esclava, llevó salvación a quien servía; y por servir a quien la necesitaba, se
convirtió en orante estupenda.
■ BELÉN (LC 2,1-21): tener que guardarse lo que acontece, oficio de madre
Alumbrando en Belén al hijo de Dios, María bien pudo sentirse libre de su promesa a
Dios (Lc 2,1-20). Nada más le había pedido el ángel en Nazaret; y ella no se había
declarado dispuesta a ninguna otra cosa (Lc 1,31.38). Su camino de fe podría darse por
concluido, y de forma sobresaliente. No fue así: madre por creyente, tendrá que seguir
creyendo para seguir siendo madre.
En Belén nada se realiza de cuanto le fue prometido; recién parido, su hijo no
encuentra hogar; no es acogido, no ya como el rey anunciado (Lc 1,32-33), ni siquiera
como niño bien nacido (Lc 2,7). María tiene que oír el evangelio (Lc 2,17) de unos
pastores que pasaban la noche de vigilia; cuando puede ufanarse de tener cumplida la
misión, no oye voces de ángeles, recibe información de hombres. ¿Puede extrañar que
tenga que guardar en el corazón, para allí escudriñarlo, cuanto sucede ante sus ojos (Lc
2,19)?
Peregrina por fe, avanza María poco a poco en el misterio: el Dios a quien dio a luz la
iba hundiendo en la tiniebla. Una aventura que se ha iniciado con fe no se salda
perdiéndola; pero su continuación exige mayor fianza. Un Dios bien servido impone
mayores servidumbres con menores apoyos. ¿O es que podía ser de otro modo?
■ JERUSALÉN (LC 2,22-39.40-52): una espada en el alma, pago a la misión cumplida
Cumplir con la ley de Moisés lleva a María a Jerusalén, dos veces; la primera, siendo
Jesús infante de días (Lc 2,39); la segunda, poco antes de inaugurar su mayoría de edad
(Lc 2,41-42). Esas dos subidas a Jerusalén encuadran infancia y adolescencia de Jesús;
crece el hijo de Dios (Lc 2,40), mientras su madre acata la ley de Dios. La obediencia al
querer de Dios no exime a María del seguimiento diario de su voluntad escrita; guía bien
hacia Dios quien mejor cumple su ley; madre obediente, María educa a su hijo en la
128

obediencia. Oficio es de obedientes servir a Dios y promover su servicio entre los suyos.
A los cuarenta días del alumbramiento, la madre debía purificarse y el niño ser
consagrado a Dios (Lc 2,22-24). En el templo de Jerusalén les esperaba, de nuevo, el
buen Dios y noticias no muy buenas. Un creyente justo, que ha envejecido sin perder la
esperanza, es el portavoz: la salvación, ahora entrevista (Lc 2,29-32), poco tiene que ver
con la anunciada por el ángel, en Nazaret (Lc 1,30-33), o por los pastores en Belén (Lc
2,10-14). Las previsiones sobre el niño empeoran (Lc 2,34), al igual que las que atañen a
su madre (Lc 2,35); no se libera la madre del hijo ni de su negro porvenir, ser
contradicción y escándalo para el pueblo. ¡Una espada en el corazón es el salario del
servicio a Dios bien cumplido! María se pierde como mujer, por no perderse, como
madre, al hijo, ni, como creyente, a Dios.
■ JERUSALÉN (LC 2,22-39.40-52): perder al hijo para ganar a Dios
Años más tarde, también en Jerusalén, perderá —esta vez sí, aunque unos días
solamente— al hijo para toparse con el Hijo de Dios (Lc 2,41-50). Como cualquier
creyente, María pasó por la anécdota, no por común menos dolorosa, de que se le
extraviara Jesús; y después de tres días de angustiosa búsqueda, creyó haberlo
recuperado..., para tener que aceptar, a renglón seguido, haberlo perdido, esta vez sí,
definitivamente (Lc 2,48-49). No fue lo peor que tuviera que ver en su hijo al Hijo de
Dios, mucho peor tuvo que ser convivir durante años con un hijo que se sabía, y así se
quería, de Dios (Lc 2,49.51). La cercanía con Dios privó a María de las luces que da la
maternidad (Lc 2,50): mayor proximidad exige siempre más fe.

1.2. Durante el ministerio público en Galilea
Llama la atención que en el relato evangélico del ministerio de Jesús escaseen tanto las
noticias sobre María. Y es que casi toda la información que la tradición apostólica nos ha
legado sobre Jesús de Nazaret pertenece a este período. El silenciamiento de la persona
de María no pudo ser creación de los evangelistas; su práctica desaparición en el relato
refleja un hecho histórico: mientras Jesús se dedicaba por entero a predicar el reino de
Dios, no contó con la compañía, quizá ni siquiera con la comprensión, de los suyos (Mc
3,20-21; Jn 7,1-5).
La evidencia no puede ser más explícita: durante el ministerio público de Jesús los
evangelistas no recogieron más que tres episodios que mencionan a la madre de Jesús; en
ningún caso ha sido identificada por su nombre, María; lo ha sido por su función de
madre (Jn 2,1; Lc 8,19). Su intervención en la crónica del hacer de Jesús se va diluyendo
poco a poco; si en el primer incidente, en Caná de Galilea, María tiene un cierto
protagonismo (Jn 2,33), en el último ni siquiera aparece en escena (Lc 11,27-28).
Estos tres momentos en los que se habla de la madre de Jesús tienen una temática
común: la fe es el camino para llegar a ser familia de Jesús. Si algo añaden a la imagen
129

evangélica de la María creyente es el señalar que hubo un tiempo de separación e,
incluso, de incomprensiones mutuas: mientras Jesús andaba predicando el reino, sin
tiempo siquiera para comer (Mc 3,20), los suyos pensaban que no estaba en sus cabales
(Mc 3,21); nada extraño que no lograsen creer en él (Jn 7,5).
■ P OR LOS CAMINOS DE GALILEA (LC 8,19-21; 11,27-28): perderse como madre, para
llegar a ser creyente
La distancia entre Jesús y su familia, madre y hermanos, se agranda en un público
incidente con ellos (Lc 8,19-21). Jesús, quien anunciando el reino en parábolas andaba
explicando sus leyes (Lc 8,4-18), opta por considerar familia propia a quien tiene la
escucha de Dios y la práctica de su voluntad como tarea de por vida. Aunque Lucas
aminore la dureza del reproche (Mc 3,20-22.31-35; Mt 12,46-50), no puede obviarse la
sorpresa que crea el comportamiento de Jesús. Si no se acepta que María no compartía
proyecto de vida con su hijo, mientras éste recorría Galilea predicando el reino, no se
encuentra explicación alguna al hecho. Y ello lleva a concluir que, maduro ya Jesús y
entregado a la evangelización, debía madurar aún más en la fe su madre; al menos,
entonces, María no estuvo donde estaba su hijo, ni hacía lo que hacían los discípulos.
No es otra la enseñanza del breve incidente, recordado únicamente por Lucas, en el
que una mujer, entusiasmada de oír hablar a Jesús, bendice a su madre; Jesús corrige
inmediatamente la exageración, sin negar la bienaventuranza (Lc 11,27-28). Si su madre
es bienaventurada, no lo debe a su maternidad física sino a la escucha de la Palabra.
Aunque casual, no deja de ser significativo que la única sentencia que tenemos de Jesús
adulto sobre su madre no elogie su maternidad física, por virginal que fuera, algo que le
fue concedido como gracia (Lc 1,30-31.34-35), sino que la bendiga por su sometimiento
a la voluntad divina (Lc 11,28; 1,36). Vivir oyendo a Dios y guardando su querer es la
única razón válida que admite Jesús para entusiasmarse con María.
■ CANÁ DE GALILEA (JN 2,1-11): la fe de la madre en el inicio de la fe de los
discípulos
Lo sucedido en Caná, en lo que al peregrinaje de fe de María se refiere, delata,
precisamente, esa diversidad de intereses entre madre e hijo. La madre se ocupa en
ayudar a una familia novel en apuros; el hijo está preocupado por la hora de su
manifestación pública: la ruptura, marcada por Jesús y superada por la reacción de
confianza de María (Jn 2,5), no puede ser más neta (Jn 2,4). Es verdad que el signo que
adelantó la hora y la fe de los discípulos se debió a la intervención de Jesús (Jn 2,11);
pero no es menos cierto que la madre estuvo allí donde surgió la fe, y los discípulos se
convirtieron, de acompañantes curiosos (Jn 1,38), en creyentes y familiares (Jn 2,11-12).

1.3. En la muerte y tras la resurrección
Si durante el ministerio público la figura de María se desvanecía lentamente, mientras
130

ocurrieron los sucesos claves de fe cristiana, a saber, pasión, muerte y resurrección de
Jesús, estuvo prácticamente ausente. No deja de ser llamativo.
La tradición evangélica sólo la recuerda en una breve escena al pie de la cruz (Jn
19,25-27); y fuera de ella, Lucas nos ha dejado noticia de su presencia en medio de la
comunidad de creyentes (Hch 1,14). En ambos episodios, María, que no tiene
protagonismo alguno digno de mención durante los hechos pascuales, aparece como
mero convidado de piedra: nada tiene que decir, sólo se anota su presencia ante la cruz,
compartiendo dolor y obediencia con el discípulo, en el cenáculo, participando en la
oración de los apóstoles. Su largo peregrinaje de fe ha llegado a la meta: vivirá cuidada
por un discípulo (Jn 19,27) y entre apóstoles que rezan a la espera del Espíritu (Hch
1,14).

2. María, experta creyente
No es sano método inventar hoy lo que la tradición quiso callar, aunque haya dejado algo
desdibujada la imagen bíblica de María. Cuanto más respeto nos merezca la versión
apostólica del peregrinaje mariano de fe, tanto mejor resulta su enseñanza y tanto mayor
podrá ser nuestra cercanía a su aventura real. De poco sirve dejar hablar al corazón, por
piadoso y bienintencionado que esté, cuando sobre María ya ha hablado Dios, y
definitivamente.
La María del Nuevo Testamento, es decir, la virgen de Nazaret, fue mujer de fe. Es la
creyente que, evangelizada antes de que naciera el Evangelio de Dios, lleva la salvación a
quien se pone a servir tras declararse sierva sólo de Dios. En el servicio al prójimo
encuentra la ocasión de su oración, que publica su propia experiencia de Dios; experta en
el Dios al que ha dado cobijo en su se-no, se convierte, orando, en profeta. En el
momento de alumbrar al hijo que fue posible por su fe, lo que de él se decía la sume en
la incomprensión; cuanto más se le anuncia el porvenir de su hijo, menos coincide con
cuanto se le había predicho para lograr su consentimiento primero. Tendrá que iniciar un
camino durante el cual crece Dios en su hijo y la oscuridad en su corazón. La pérdida de
Jesús niño en el Templo es signo premonitorio de una vía aún más dolorosa: tendrá que
convivir en casa con un hijo que se sabe de Dios, pero que le está sujeto por un tiempo.
El distanciamiento —efectivo y afectivo— se hará palpable, cuando Jesús deje el hogar
para tener el reino como tarea de por vida; Jesús elige como familia propia a los oyentes
de Dios..., ¡en presencia de su madre y sus hermanos! Y antes de morir, y sin pedirles su
consentimiento y sí obediencia, dejará a la madre al cuidado del discípulo más amado.
En su última aparición dentro del Nuevo Testamento, María se queda compartiendo
esperas y oración con los apóstoles; la comunidad apostólica en oración es la meta de su
peregrinar: lo que se inició en Nazaret, en medio de un diálogo a solas con un ángel,
termina en Jerusalén en medio de apóstoles orantes y expectantes.
131

Semejante aventura personal de fe hace a la María del Nuevo Testamento la mejor
pedagoga para infancias, la de Jesús, la de la fe de los discípulos, la de la comunidad
cristiana. María pertenece allí donde haya de nacer el Salvador, o donde se precise cuidar
sus primeros pasos viéndolo crecer. Habría que recuperar, pues, a María, la del Nuevo
Testamento, allí donde se quiere anunciar hoy la salvación y vivir del Evangelio. María
pertenece allí donde haya de nacer la fe en el corazón de los discípulos, aunque sea a
costa de anticipar el día del Señor y su gloria.
«Experto credite», atended a quien lo ha experimentado, exhortaba san Bernardo.
Aprendamos de quien tiene experiencia, caminemos con quien viene junto a nosotros tras
haber hecho el camino. Quienes hoy seguimos a Jesús necesitamos tener a María como
compañera de vida si queremos, curándonos de inútil curiosidad, convertirnos en
creyentes fieles. María pertenece allí donde nace la iglesia, llena de miedos y de
esperanzas, en oración y entre apóstoles. Huérfana de María, no podría una comunidad
que se sabe enviada al mundo soportar la espera del Espíritu sin perder la esperanza.

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Índice
Introducción
María, la bienaventurada
1. Una buena razón —¡divina!— para entusiasmarse con María
1.1. Contemplar a María con los ojos de Dios
1.2. Contemplar a Dios en la vida de Marí
2. María en el Nuevo Testamento
2.1. Lo que el Nuevo Testamento dice sobre María
2.1.1. Sólo dos textos no evangélicos
2.1.2. Sólo dos de los cuatro evangelios
2.2. La imagen lucana de María
2.3. La imagen juánica de María
2.4. Una primera valoración
PRIMERA ETAPA: NAZARET (Lc 1,26-38)
La vocación, una llamada a lo imposible
Al inicio, siempre, un Dios salvador que llama (Lc 1,26-38)
I. EL RELATO

1. La entrada de Dios en la vida de una virgen
1.1. Los personajes (Lc 1,26-27)
1.2. El saludo angélico (Lc 1,28)
1.3. La reacción de María (Lc 1,29)
1.4. El hijo de Dios como propuesta (Lc 1,30-33)
2. La certeza que da un Dios omnipotente
2.1. Tratando de entender a Dios (Lc 1,34)
2.2. Nacido de María, hijo de Dios (Lc 1,35-36)
2.3. El prójimo en necesidad, prueba de la omnipotencia de Dios (Lc 1,37)
3. Madre porque sierva
3.1. Consentir a Dios (Lc 1,38)
3.2. Segundos, fuera
II. LA VOCACIÓN, DESVELACIÓN DE UN DIOS QUE CONFÍA EN SALVAR A SU PUEBLO

1. Llamada personal y salvación de Dios
1.1. La vocación, un asunto de confianza
1.2. La vocación, motivo de confianza
2. Fiarse de Dios es hacerse con Él
2.1. Un Dios a la búsqueda de creyentes
2.2. Un Dios necesitado de acogida
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Pistas para la reflexión
Motivos de oración
III. LA VOCACIÓN, EXPERIENCIA DE DIOS TRINO

1. Con un Dios Trinidad como aliado
1.1. PADRE, un Dios con ganas de salvar
1.2. HIJO, un Dios que encarna la salvación
1.3. ESPÍRITU, un Dios hacedor del imposible
2. La maternidad de Dios, una grandiosa posibilidad del creyente
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
SEGUNDA ETAPA: AIN KAREM (Lc 1,39-56)
La misión, repuesta de la sierva bienaventurada
El servicio como misión (Lc 1,39-45)
I. EL RELATO

1. Prisas por servir a Dios
2. La presencia de María y la plenitud del Espíritu.
2.1. Benditos, madre e hijo (Lc 1,42)
2.2. La dicha de tener a la madre de Dios en casa (Lc 1,43-44)
2.3. Bienaventurada por creyente (Lc 1,45)
II. SERVIR A DIOS SIRVIENDO AL PRÓJIMO QUE NOS NECESITA

1. El servicio al prójimo, tarea para los familiares de Dios
1.1. Servir a Dios sirviendo al prójimo
1.2. El prójimo por servir, prueba de la propia llamada
1.3. Un criterio mariano para identificar a nuestros destinatarios
2. El servicio al prójimo, contexto de oración mariana
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
Evangelizar orando, misión mariana (Lc 1,46-56)
I. EL RELATO

1. María contempla a Dios en su historia personal.
1.1. Contemplar a Dios para saberse de Él contemplada
1.2. Dichosa para siempre
2. María contempla a Dios en la historia de su pueblo
2.1. La salvación, radical inversión de la realidad
2.2. Dios termina —siempre— por cumplir su palabra
2.2.1. Dios misericordioso porque guarda memoria
2.2.2. Dios valedor del pobre
134

II. ALABAR A DIOS, MODO MARIANO DE EVANGELIZAR

1. La alabanza, la oración que engrandece a Dios.
2. El motivo de la alabanza, la propia insignificancia
3. El método mariano: contemplar a Dios en la propia historia
3.1. La alabanza, ejercicio de contemplación
3.2. La alabanza, ejercicio de profecía
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
TERCERA ETAPA: BELÉN-JERUSALÉN
(Lc 2,1-20.21-40). La contemplación, ver el corazón de las cosas con los ojos del
corazón
Contemplar a Dios, oficio de madre (Lc 2,1-20)
I. EL RELATO

1. Un nacimiento muy normal
1.1. En el corazón de la historia (Lc 2,1-5)
1.2. En la mayor pobreza (Lc 2,6-7)
2. El «primer evangelio»
2.1. Los primeros evangelizados, unos pobres pastores (Lc 2,8-11)
2.2. Un bebé, Evangelio de Dios (Lc 2,12)
2.3. El cielo celebra la salvación de los hombres (Lc 2,13-14)
3. La madre de Dios, evangelizada por unos extraños
4. La fe de la madre, búsqueda de sentido
II. CONTEMPLAR A DIOS, QUEHACER PERMANENTE

1. Obligada a contemplar al Dios con el que convivía
2. Evangelizada por unos pastores
3. Guardar en el corazón lo que de Dios no se entiende
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
Una espada en el alma, salario del servicio cumplido (Lc 2,21-40)
I. EL RELATO

1. Jesús, el nombre que Dios impuso
2. El hijo que Dios quiso
3. Lo que Dios quiere de hijo y madre
3.1. Quien sabe esperar convierte su oración en profecía (Lc 2,28-32)
3.2. La salvación, ya presente, no garantiza un buen futuro (Lc 2,33-35)
4. Una anciana como testigo
5. Crece el hijo, crece Dios
II. CONTRADICCIÓN Y DOLOR COMO PORVENIR

135

1. La obediencia a Dios de la familia de Dios
2. La recompensa por servicios prestados
3. Envejecer esperando para reconocer al Salvador
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
CUARTA ETAPA: JERUSALÉN (Lc 2,41-52)
GALILEA (Lc 8,9-11; 11,27-38)
Perder a Dios para reencontrarlo (de) nuevo
Perder el hijo y encontrarse con Dios (Lc 2,41-52)
I. EL RELATO

1. Perder al propio hijo
2. Encontrarse con el hijo de Dios
2.1. Perdido..., ¡en el Templo!
2.2. Una respuesta insólita, un tanto insolente
2.3. Unos padres incomprendidos, que no aciertan a comprender
3. Con el Hijo de Dios en casa
II. EXTRAVIAR AL PROPIO HIJO Y RECUPERARLO HIJO DE DIOS

1. Perder a Jesús, una experiencia muy familiar
1.1. Un Dios que puede perderse necesita más cuidados
1.2. Acostumbrarse a Dios es una forma de perderlo
2. Buscar a Jesús, oficio de familiares
2.1. El método mariano de búsqueda
2.2. El más feliz de los hallazgos: su hijo, Hijo de Dios
3. La fe, aceptación de opciones inexplicable
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
III. CRECER COMO CREYENTES PARA NO PERDER A DIOS (Lc 8,9-11; 11,27-28)

1. La familia de Jesús (Lc 8,9-11)
1.1. El relato
1.2. Una oportunidad simplemente maravillosa
1.3. Mi madre y mis hermanos
1.3.1. El creciente distanciamiento entre Jesús y los suyos
1.3.2. La mejor alabanza (implícita) de María
2. Una dicha mayor que la Maternidad Divina (Lc 11,27-28)
2.1. El relato
2.2. Entusiasmarse por María, oyendo a Jesús
2.3. Dichosa, no por madre, sino por sierva
2.4. La auténtica «devoción» por María
Pistas para la reflexión
136

Motivos de oración
3. La dicha de María, a nuestro alcance
3.1. Origen evangélico del fervor mariano
3.2. Conocer más a Jesús para amar mejor a María
3.3. Una dicha a nuestro alcance
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
QUINTA ETAPA: CANÁ (Jn 2,1-11)-CALVARIO
(Jn 19,26-27) Fe y fidelidad, posibles junto a María
Con María, y en un banquete, es más fácil ser creyente (Jn 2,1-11)
1. El relato
2. ¡Bonita forma de comenzar!
3. Una sorprendente respuesta de Jesús
3.1. Reacción, en extremo, dura
3.2. El distanciamiento entre madre e hijo
4. La confianza de María, origen de una nueva familia
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
El precio que pagar para tener a María como madre (Jn 19,26-27)
1. El relato
2. La muerte de Jesús, inicio de vida en común
2.1. De nuevo, María y EL discípulo
2.2. El testamento de Jesús
3. María, patrimonio de discípulos amados
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
ÚLTIMA ETAPA: CENÁCULO (Hch 1,14)
María, finalmente, ¡en comunidad!
María, entre apóstoles que rezan (Hch 1,14)
1. El relato
2. Una breve —pero excelente— noticia
3. Antes de que naciera la Iglesia
4. Convivir con María mientras se espera al Espíritu
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
CONCLUSIÓN
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Un camino, bienaventurado, de fe
1. Estaciones de una peregrinación de fe
1.1. En los orígenes de Jesús
Nazaret (Lc 1,26-38)
Una ciudad de Judá (Lc 1,39-56)
Belén (Lc 2,1-21)
Jerusalén (Lc 2,22-39.40-52)
1.2. Durante el ministerio público en Galilea
Por los caminos de Galilea (Lc 8,19-21; 11,27-28)
Caná de Galilea (Jn 2,1-11)
1.3. En la muerte y tras la resurrección
2. María, experta creyente

138

INTRODUCCIÓN
1 igo el deseo —todavía no respetado suficientemente— de una santa: «Todos los sermones que he oído sobre
la Santísima Virgen me han dejado fría. ¡Cuánto hubiera querido yo ser sacerdote para predicar sobre la Virgen
María... Ante todo, yo hubiera mostrado hasta qué punto es desconocida la vida de la Virgen.. No habría que
decir de ella cosas inverosímiles o que no se saben... Para que un sermón sobre la Santísima Virgen produzca
fruto, es menester que muestre su vida real, tal como el Evangelio nos la deja entrever, y no su vida supuesta, y
se adivina muy bien que su vida real, en Nazaret, y más tarde, hubo de ser completamente ordinaria.... Se nos
muestra a la Santísima Virgen inaccesible...; habría que decir que ella vivía de fe como nosotros y aportar las
pruebas sacadas del evangelio, donde leemos: “No comprendieron lo que les decía” (Lc 2,50) y también: 'Su
padre y su madre estaban asombrados de las cosas que se decían sobre él' (Lc 2,33)» (Teresa de Lisieux,
Novissima Verba [Lisieux 1926] 154).

AL INICIO, SIEMPRE, UN DIOS SALVADOR QUE LLAMA
1 egún la costumbre judía, se accedía a la vida conyugal al año de haberse comprometido; los prometidos,
aunque habitaran separadamente, eran considerados esposos; la muerte de uno enviudaba al otro; con la
ceremonia de introducción de la novia en casa del novio se consumaba el matrimonio (Mt 1,20.24).
2 Haber encontrado gracia (cf. Gen 6,5-8; Éx 33,12.13.16.17; 34,9; Num 11,11,15) es, originariamente, una
expresión cortesana, y, por analogía, cultual (Gen 18,3; 19,19); sólo en episodios vinculados a Noé y Moisés la
fórmula aparece en boca de Dios (Gen 6,8; Éx 33,12); en ambos casos, la vinculación con Dios está relacionada
con una tarea por hacer.
3 En plural, el título es atribuido a personas que, por su comportamiento o cualidades, se asemejan a Dios (Lc
6,35-36; 20,36; Mt 5,9.45; Rom 8,14.19; 9,26; Gal 3,26; 1 Jn 3,1).
4 Ni la virginidad era una ideal de vida para una mujer judía, ni es lógico suponer que María, que estaba ya
desposada (Lc 1,28), lo habría adoptado. Más inverosímil aún, por no tener apoyo alguno en los datos bíblicos a
disposición, sería suponer que antes del anuncio se hubiera puesto de acuerdo la joven pareja (cf. Mt 1,18.20).
5 Tanto el descenso del Espíritu sobre la virgen (Gen 1,2; Hch 1,8; 2,1-13) como su encubrimiento bajo la
sombra (Éx 40,35; Num 10,34LXX; Sal 90,4; 139,8) del poderío del Altísimo hacen relación a la actuación
creadora de Dios en el seno de María (Lc 1,31). Si la primera imagen evoca una generación de la nada, la
segunda alude a esa eficaz presencia, benéfica, de Dios en medio de su pueblo; nada hay que tenga que ver, ni de
lejos, con una relación sexual.
6 Aquí la confesión de la filiación divina de Jesús, nacida en la experiencia pascual (cf. Rom 1,4; Heb 1,5), se
ha retrotraído hasta el momento de su concepción histórica; la fe que se tiene, al tener que hacerse narración, se
ha vuelto crónica.
7 AGUSTÍN, Sermón 25, 8: PL 46, 939.

SEGUNDA ETAPA
1 A notar que la primera bienaventuranza evangélica tiene a María y al fruto de su vientre como destinatarios;
bendita, en Lc 1,42, formula el deseo de alabar a María, mientras que dichosa, en Lc 1,45, le reconoce un estado
de dicha dada; si la primera responde a un anhelo y a la admiración de Isabel, la segunda reconoce el estado de
vida, la situación agraciada de María. La fe, que no la maternidad, es el motivo: María es definida como la que
creyó.

139

EL SERVICIO COMO MISIÓN
2 En aquellos días, una fórmula lucana, genérica pero habitual (Lc 2,1; 4,2; 5,17.35; 6,12; 7,11; 8,1.22; 23,7;
24,18; Hch 1,15), tiene sentido aquí de pocos días después; de hecho, la anunciación a María ocurrió a los seis
meses de la de Isabel (Lc 1,26.36) y la estancia de María se prolongará tres meses hasta el nacimiento de Juan
(Lc 1,56).
3 La clase sacerdotal solía vivir en los alrededores de Jerusalén (cf. Lc 10,31); en la región montañosa de
Judea, un espacio amplio, la tradición, a partir del siglo VI, ha identificado Ain Karem, una aldea a 6 km al oeste
de Jerusalén como residencia de Zacarías y, en consecuencia, como lugar de la visita a Isabel.
4 Señor, como título cristológico, es característico de Lucas (Lc 1,76; 2,11; 7,13.19; 10,1.39.41; 11,39;
12,42; 13,15; 17,5-6; 18,6; 19,8.31.34; 20,42.44; 22,61; 24,3.34). Aunque pudiera verse una alusión a 2 Sam
6,211, con la que Lucas presentaría a María como lugar de la alianza, el interés de su afirmación está centrado en
el hijo, que es identificado como el Señor de Isabel. La pregunta es, pues, una confesión cristológica (Hch 2,36)
y, sólo por ello, expresión de veneración mariana; Isabel se expresa como creyente cristiana y, en cuanto tal,
recibe a María.

EVANGELIZAR ORANDO, MISIÓN MARIANA
5 Juan J. Bartolomé, Experiencia de Dios y Misión salesiana (Madrid 1981) 169.

CONTEMPLAR A DIOS, OFICIO DE MADRE
1 En la primera escena se unen dos tradiciones sobre Jesús; una afirma su origen galileo, con Nazaret como
hogar (Lc 1,26; 4,16; Mc 1,9; Mt 2,23; 21,22; Jn 1,45; 7,42-43); la otra, su ascendencia davídica (Lc 1,27.32;
18,38-39; Rom 1,3), con Belén como patria de la familia (Lc 2,4; Mt 2,1-6; cf. Miq 5,1-3).
2 JERÓNIMO, Epist 58.

UNA ESPADA EN EL ALMA, SALARIO DEL SERVICIO CUMPLIDO
3 De la designación de Jesús como el primogénito (Lc 2,7) o de la cita bíblica «todo varón primogénito» (Lc
2,23; cf. Éx 13,2.12.13), nada puede deducirse ni sobre la maternidad virginal de María (virginitas in partu) ni
sobre su virginidad perpetua (virginitas post partum).
4 El rito de purificación era norma legal (Lv 12,2-4); tras el parto la madre era considerada impura, durante
siete días, en caso de hijo varón o 14, si era hembra; además, permanecía incapacitada para el culto, 33 días para
hijo varón y 66 para hembra. Pasada la cuarentena, tenía que presentarse ante un sacerdote y ofrecer un
holocausto (Lv 12,6); el sacrificio señalaba el final de su impureza.

PERDER EL HIJO Y ENCONTRARSE CON DIOS
1 La norma obligaba a los hombres a visitar el Templo tres veces al año (Ex 23,14-17; Dt 16,16-17), no a
mujeres y niños, aunque solían acompañarlos. El punto de partida, pues, es el cumplimento habitual de la ley por

140

parte de los padres de Jesús. Nazaret dista de Jerusalén unos 100 km, que se solían hacer en tres días de viaje.
2 En Marcos, que resalta más el alejamiento de la familia y el rechazo de Jesús (Mc 3,31-35), este incidente
preparaba el discurso sobre el reino y sus leyes (Mc 4,10-25); es una advertencia severa.
3 «Ciertamente, cumplió santa María con toda perfección, la voluntad del Padre, y por esto es más importante
su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por
ser madre de Cristo... Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois
miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor de manera equivalente, cuando dice: «Estos son mi
madre y mis hermanos». ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y el que hace la voluntad de mi Padre
celestial es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Agustín, Sermón 25, 7-8: <I>PL </I>46, 937-938).

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Index
Title Page
Copyright
Índice
Introducción
María, la bienaventurada
1. Una buena razón —¡divina!— para entusiasmarse con María
1.1. Contemplar a María con los ojos de Dios
1.2. Contemplar a Dios en la vida de Marí
2. María en el Nuevo Testamento
2.1. Lo que el Nuevo Testamento dice sobre María
2.1.1. Sólo dos textos no evangélicos
2.1.2. Sólo dos de los cuatro evangelios
2.2. La imagen lucana de María
2.3. La imagen juánica de María
2.4. Una primera valoración
PRIMERA ETAPA: NAZARET (Lc 1,26-38) La vocación, una
llamada a lo imposible
Al inicio, siempre, un Dios salvador que llama (Lc 1,26-38)
I. EL RELATO
1. La entrada de Dios en la vida de una virgen
1.1. Los personajes (Lc 1,26-27)
1.2. El saludo angélico (Lc 1,28)
1.3. La reacción de María (Lc 1,29)
1.4. El hijo de Dios como propuesta (Lc 1,30-33)
2. La certeza que da un Dios omnipotente
2.1. Tratando de entender a Dios (Lc 1,34)
2.2. Nacido de María, hijo de Dios (Lc 1,35-36)
2.3. El prójimo en necesidad, prueba de la omnipotencia de Dios
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3. Madre porque sierva
3.1. Consentir a Dios (Lc 1,38)
3.2. Segundos, fuera
II. LA VOCACIÓN, DESVELACIÓN DE UN DIOS QUE CONFÍA
EN SALVAR A SU PUEBLO
1. Llamada personal y salvación de Dios
1.1. La vocación, un asunto de confianza
1.2. La vocación, motivo de confianza
2. Fiarse de Dios es hacerse con Él
2.1. Un Dios a la búsqueda de creyentes
2.2. Un Dios necesitado de acogida
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
III. LA VOCACIÓN, EXPERIENCIA DE DIOS TRINO
1. Con un Dios Trinidad como aliado
1.1. PADRE, un Dios con ganas de salvar
1.2. HIJO, un Dios que encarna la salvación
1.3. ESPÍRITU, un Dios hacedor del imposible
2. La maternidad de Dios, una grandiosa posibilidad del creyente
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
SEGUNDA ETAPA: AIN KAREM (Lc 1,39-56) La misión,
repuesta de la sierva bienaventurada
El servicio como misión (Lc 1,39-45)
I. EL RELATO
1. Prisas por servir a Dios
2. La presencia de María y la plenitud del Espíritu.
2.1. Benditos, madre e hijo (Lc 1,42)
2.2. La dicha de tener a la madre de Dios en casa (Lc 1,43-44)

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2.3. Bienaventurada por creyente (Lc 1,45)
II. SERVIR A DIOS SIRVIENDO AL PRÓJIMO QUE NOS
NECESITA
1. El servicio al prójimo, tarea para los familiares de Dios
1.1. Servir a Dios sirviendo al prójimo
1.2. El prójimo por servir, prueba de la propia llamada
1.3. Un criterio mariano para identificar a nuestros destinatarios
2. El servicio al prójimo, contexto de oración mariana
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
Evangelizar orando, misión mariana (Lc 1,46-56)
I. EL RELATO
1. María contempla a Dios en su historia personal.
1.1. Contemplar a Dios para saberse de Él contemplada
1.2. Dichosa para siempre
2. María contempla a Dios en la historia de su pueblo
2.1. La salvación, radical inversión de la realidad
2.2. Dios termina —siempre— por cumplir su palabra
2.2.1. Dios misericordioso porque guarda memoria
2.2.2. Dios valedor del pobre
II. ALABAR A DIOS, MODO MARIANO DE EVANGELIZAR
1. La alabanza, la oración que engrandece a Dios.
2. El motivo de la alabanza, la propia insignificancia
3. El método mariano: contemplar a Dios en la propia historia
3.1. La alabanza, ejercicio de contemplación
3.2. La alabanza, ejercicio de profecía
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
TERCERA ETAPA: BELÉN-JERUSALÉN (Lc 2,1-20.21-40). La
contemplación, ver el corazón de las cosas con los ojos del corazón
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contemplación, ver el corazón de las cosas con los ojos del corazón 59
Contemplar a Dios, oficio de madre (Lc 2,1-20)
I. EL RELATO
1. Un nacimiento muy normal
1.1. En el corazón de la historia (Lc 2,1-5)
1.2. En la mayor pobreza (Lc 2,6-7)
2. El «primer evangelio»
2.1. Los primeros evangelizados, unos pobres pastores (Lc 2,8-11)
2.2. Un bebé, Evangelio de Dios (Lc 2,12)
2.3. El cielo celebra la salvación de los hombres (Lc 2,13-14)
3. La madre de Dios, evangelizada por unos extraños
4. La fe de la madre, búsqueda de sentido
II. CONTEMPLAR A DIOS, QUEHACER PERMANENTE
1. Obligada a contemplar al Dios con el que convivía
2. Evangelizada por unos pastores
3. Guardar en el corazón lo que de Dios no se entiende
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
Una espada en el alma, salario del servicio cumplido (Lc 2,21-40)
I. EL RELATO
1. Jesús, el nombre que Dios impuso
2. El hijo que Dios quiso
3. Lo que Dios quiere de hijo y madre
3.1. Quien sabe esperar convierte su oración en profecía (Lc 2,2832)
3.2. La salvación, ya presente, no garantiza un buen futuro (Lc 2,3335)
4. Una anciana como testigo
5. Crece el hijo, crece Dios
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1. La obediencia a Dios de la familia de Dios
2. La recompensa por servicios prestados
3. Envejecer esperando para reconocer al Salvador
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
CUARTA ETAPA: JERUSALÉN (Lc 2,41-52) GALILEA (Lc 8,911; 11,27-38) Perder a Dios para reencontrarlo (de) nuevo
Perder el hijo y encontrarse con Dios (Lc 2,41-52)
I. EL RELATO
1. Perder al propio hijo
2. Encontrarse con el hijo de Dios
2.1. Perdido..., ¡en el Templo!
2.2. Una respuesta insólita, un tanto insolente
2.3. Unos padres incomprendidos, que no aciertan a comprender
3. Con el Hijo de Dios en casa
II. EXTRAVIAR AL PROPIO HIJO Y RECUPERARLO HIJO DE
DIOS
1. Perder a Jesús, una experiencia muy familiar
1.1. Un Dios que puede perderse necesita más cuidados
1.2. Acostumbrarse a Dios es una forma de perderlo
2. Buscar a Jesús, oficio de familiares
2.1. El método mariano de búsqueda
2.2. El más feliz de los hallazgos: su hijo, Hijo de Dios
3. La fe, aceptación de opciones inexplicable
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
III. CRECER COMO CREYENTES PARA NO PERDER A DIOS
(Lc 8,9-11; 11,27-28)
1. La familia de Jesús (Lc 8,9-11)
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1.2. Una oportunidad simplemente maravillosa
1.3. Mi madre y mis hermanos
1.3.1. El creciente distanciamiento entre Jesús y los suyos
1.3.2. La mejor alabanza (implícita) de María
2. Una dicha mayor que la Maternidad Divina (Lc 11,27-28)
2.1. El relato
2.2. Entusiasmarse por María, oyendo a Jesús
2.3. Dichosa, no por madre, sino por sierva
2.4. La auténtica «devoción» por María
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
3. La dicha de María, a nuestro alcance
3.1. Origen evangélico del fervor mariano
3.2. Conocer más a Jesús para amar mejor a María
3.3. Una dicha a nuestro alcance
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
QUINTA ETAPA: CANÁ (Jn 2,1-11)-CALVARIO (Jn 19,26-27) Fe
y fidelidad, posibles junto a María
Con María, y en un banquete, es más fácil ser creyente (Jn 2,1-11)
1. El relato
2. ¡Bonita forma de comenzar!
3. Una sorprendente respuesta de Jesús
3.1. Reacción, en extremo, dura
3.2. El distanciamiento entre madre e hijo
4. La confianza de María, origen de una nueva familia
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
El precio que pagar para tener a María como madre (Jn 19,26-27)
1. El relato
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El precio que pagar para tener a María como madre (Jn 19,26-27)
1. El relato
2. La muerte de Jesús, inicio de vida en común
2.1. De nuevo, María y EL discípulo
2.2. El testamento de Jesús
3. María, patrimonio de discípulos amados
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
ÚLTIMA ETAPA: CENÁCULO (Hch 1,14) María, finalmente, ¡en
comunidad!
María, entre apóstoles que rezan (Hch 1,14)
1. El relato
2. Una breve —pero excelente— noticia
3. Antes de que naciera la Iglesia
4. Convivir con María mientras se espera al Espíritu
Pistas para la reflexión
Motivos de oración
CONCLUSIÓN Un camino, bienaventurado, de fe
1. Estaciones de una peregrinación de fe
1.1. En los orígenes de Jesús
Nazaret (Lc 1,26-38)
Una ciudad de Judá (Lc 1,39-56)
Belén (Lc 2,1-21)
Jerusalén (Lc 2,22-39.40-52)
1.2. Durante el ministerio público en Galilea
Por los caminos de Galilea (Lc 8,19-21; 11,27-28)
Caná de Galilea (Jn 2,1-11)
1.3. En la muerte y tras la resurrección
2. María, experta creyente

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