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~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

LA NOCHE DE LA ESTRELLA
Antología Romántica

Copyright © 2016
Todos los derechos reservados a las autoras de los relatos
Código de registro:

Primera edición digital: Diciembre de 2016

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un
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previo de la titular del copyright. La infracción de las condiciones descritas puede
constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Los personajes, eventos y sucesos presentados en esta obra son ficticios. Cualquier
semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

Para el amor, la familia, la magia, la música y las luces navideñas.
Porque todos tenemos un buen recuerdo de ellos en estas fiestas.
Y para ti que estás leyendo esto: Feliz Navidad y que tu más
preciado deseo te sea cumplido.

¡Jo Jo Jo!
Las autoras

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

La nieve cae y toca el suelo despacio, como si estuviera
haciéndole cosquillas
La nieve cae y todo se viste de blanco.
Las luces inundan el lugar, los niños duermen esperando con
ansias los regalos debajo del árbol,
dejan galletas en una mesita con una nota que pinta: ¡Para
que cojas fuerzas! Gracias, Santa.
La nieve no cae siempre en todos los lugares. A veces el
viento frío abraza a las ciudades
y luego las calienta con un sol resplandeciente.
Cada navidad es distinta, pero tienen los mismos abrazos y
las mismas sonrisas.
La nieve cae y se nos llena el rostro de felicidad
recordándonos nuestra infancia
las mañana en que despertábamos y rompíamos la envoltura
de aquel regalo.
La nieve cae y todo es distinto.
Lleno de alegría.
ABRIL MUJICA

“Tarde Lluviosa”
Mariela Villegas R.
Dedicado a ti, mi secreto mejor guardado, inspiración de esta
historia en aquella tarde de lluvia.

Por razones de puro horror a la soledad en esa época navideña que tanto aborrecía, habíamos quedado
en vernos esa tarde. Por toda la ciudad se escuchaban los villancicos, se respiraba el aroma de los pinos recién
cortados para servir de árboles de navidad y los ornamentos con sus tradicionales brillos enceguecían el
dominio de cualquiera que tuviera ánimo de vivir “la magia”. Yo, amargada y cerrada a toda posibilidad de
una vida alegre y jovial, solo lo tenía a él y por el momento me bastaba. Ambos éramos libres por primera vez
después mucho tiempo de conocernos. Habíamos llevado una relación larga aunque furtiva, puesto que ambos
solíamos estar casados, pero ese tema había quedado cerrado meses atrás para los dos. Le tenía un afecto
especial, un tipo de amor estruendoso y pasional del que no era capaz de desprenderme bajo ninguna
circunstancia, como una maldición o droga que era imposible remover de mi sistema; una lujuria trepidante
me impedía pensar con claridad cada vez que lo tenía cerca, reconociendo la lujuria como una fuente
inagotable de falta de control, llamas ardientes y fragor descarriado, pero al fin y al cabo, amor, fuera como
fuera.
Recuerdo el primer día que lo vi como si fuera ayer. Al principio no me pareció alguien importante,
de hecho, era un perfecto Don Nadie. Sin embargo, algo en su faz me obligó a prestarle atención. No fue su
estatura, que me apetecía bastante imponente a simple vista. Tampoco fue su cuerpo delgado y bien
estructurado que se sellaba por debajo de aquella horrible camisa color caqui; mucho menos sus labios
carnosos y listos para robar el más exquisito beso o sus manos anchas de dedos largos que ofrecían la creencia
de que trabajaba duro, como buen hombre de clase media. No. Se trató de algo más simple. Sus penetrantes
ojos en forma de avellana que se adentraban en mi ser como si pudieran leer lo que había escondido en él. Mis
más oscuros secretos y bajas evocaciones. Esa mirada que me desnudó sin necesidad de tocarme,
escudriñando cada cincelada de mi cuerpo como todo un escultor profesional. Era mi amigo, mi confidente y
la única pieza de mi vida que no había sido destruida por el terremoto de mi carácter errático, así que elegimos
escapar del tintineo de campanillas de la ciudad y esfumarnos a un sitio remoto en el que ambos nos
sintiéramos libres y cómodos.
Pasó a recogerme al minúsculo departamento que había rentado justo después de mi divorcio, en el
centro de la gran ciudad de Mérida, estado de Yucatán, al sur de la república Mexicana. En lo que bajaba las

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

escaleras, uno de los adornos de “Rodolfo el Reno” que mi vecina había colocado a un costado de su puerta,
se trabó con mi zapato y lo pateé hasta romperlo en dos. ¡Malditos renos de mierda!, vociferé en mi interior,
descendiendo rápido antes de destrozar también las lamparillas en forma de trineos de Santa que colgaban en
el arco que marcaba el umbral de la entrada. Él me echó una mirada divertida, percatándose de mis exageradas
reacciones, disimulando su risotada con un conato de tos. Al verlo, todo mal se esfumó de mi corazón y sonreí
en mis adentros, subiendo a su auto emocionada, aunque ocultándolo bajo la sombra de un rostro inescrutable.
El clima no pintaba muy bien. A pesar de ser invierno, Yucatán no solía tener un clima frío, pero en esta
ocasión las nubes amenazaban con dejar caer su llanto de penumbra en la navidad de todos mis coterráneos.
“Gris, como mi alma”, me dije sin tomarle mayor importancia. La leve lluvia se dejó venir sobre mis ropas un
tanto transparentes que cubrían mi traje de baño de dos piezas negro. Una corriente de aire perfumado de
humedad provocó que mis pezones se irguieran y llamaran su atención pobremente disimulada. Me había
dicho que iríamos a la playa, así que me puse cómoda, con un vestido blanco de algodón que me llegaba hasta
la mitad de los muslos, bastante sexi y poco apropiado, algo así como yo. Tomé asiento y respiré profundo su
perfume cítrico Armani. De inmediato me confortó. Me saludó alegre, regalándome un beso en la mejilla,
resiguiendo mi quijada con su dedo índice.
—Estás helada —dijo casual, tomando la palanca de velocidades para meter primera.
—Es mi temperatura normal —.Me encogí de hombros y fruncí los labios—. Solo a ti se te ocurre ir a
la playa con el aguacero que se nos viene encima.
—No hay mejor oportunidad que esta, ¿no crees? ¿O preferirías quedarte en casa de tu hermana Jull
con tus adorables sobrinas Kasandra, Amanda, Marisa, Bea, Grace y Gema, vestidas de elfos, y tus festivos
padres recubiertos con suéteres bordados con imágenes de tiernos y rechonchetes muñecos de nieve,
comiendo un jamón rancio y bebiendo ponche de frutas pasadas, especialidad de tu cuñado Diego? —socarró,
robándome una sonrisa. Había descrito la escena con excelente detalle.
—¡Arranca el auto ya! Mientras más pronto dejemos esto atrás, mejor— .Le guiñé el ojo y partimos.
El dolor que había dejado la huida de mi ex esposo con mi jefa —así es, mi jefa, para la que seguía
trabajando, por cierto, gracias a que mis posibilidades económicas me impedían mandarlo todo al diablo—,
solo él podía mitigarlo; mi joven y experto sanador de heridas, Matías.
Nos dirigimos a Progreso, una playita que se encontraba aproximadamente a 39km de distancia de la
ciudad y que solíamos visitar con nuestros amigos y respectivas parejas desde que estudiábamos en la
universidad. Todo el camino nos dedicamos a platicar de cosas banas, sin ahondar mucho en nuestros
sentimientos. De hecho, éramos expertos en evadir la verdadera profundidad de nuestra entrega porque
hacerla evidente solo nos causaría una tremenda incomodidad. Yo sabía que me quería y eso era suficiente.
—Te noto más delgada —comentó mientras miraba de soslayo mis senos.

—Bajé diez kilos gracias a una dieta especial.
—¿Dieta, tú?
—Claro. Es la dieta del desengaño. Lo único que necesitas es que un cabrón insufrible te ponga los
cuernos con tu jefa, te despedace el corazón hasta el punto en que pierdas toda esperanza de tener una vida
normal, dejes de comer y ¡listo! Tendrás un cuerpo escultural en un abrir y cerrar de ojos— .Levanté ambas
cejas con sarcasmo.
—¿Y quién dice que la infidelidad no es buena para el físico, Mary? —mofó. Le di un codazo en las
costillas y sonrió—. En serio, luces magnífica.
—Gracias, tonto.
Él colocó una de sus manos en mi rodilla y la acarició con ternura. Reconocía mi calvario y, aunque
su situación era muy distinta a la mía porque, en su caso él había abandonado a su esposa, me tenía toda la
consideración que podía desde su punto de vista. Su tacto me erizó la piel y me estremecí sin hacérselo notar.
Para devolverle el favor, le di un beso en la mejilla y continuamos con nuestra charla trivial.
No tardamos mucho en arribar a una casita que se encontraba a la orilla del mar, en una entrada
bastante apartada del malecón principal del puerto. Había sido propiedad de su abuela fallecida hacía un par
de años, pero el banco se la quitó a sus padres por no aparecer como propiedad certificada en el testamento.
Usaríamos la terraza para cubrirnos de la lluvia. Le ayudé a bajar dos sillas plegables de metal y la nevera que
hacía también las veces de mesa. El aguacero no parecía amainar ni un poco, por lo que deberíamos ajustarnos
a aquello sin chistar. Ya estábamos aquí, era momento de disfrutar.
Coloqué mi iPod en las bocinas portátiles recargables y dejé que sonaran las primeras canciones de lo
que sería una larga velada, más larga de lo esperado. Algo de música de los ochentas y noventas anularía todo
rastro de las “Campanas de Belén” en mi cabeza —un villancico tradicional de mi país—. Duran Duran entró
sutil con “Come Undone” para calentarme un poco la sangre. Matías me miró con desaprobación cuando
empecé a moverme al ritmo de la canción que tanto adoraba, aunque sonrió luego de un rato al percatarse de
lo divertida que me encontraba. La brisa soplaba con más fuerza y los poros de mi piel la respiraban, libres.
Me sentía tranquila. No había mucha gente alrededor, más que algunos locos que salían a correr con sus
impermeables y uno que otro pescador cubriendo sus barcazas. Mi amigo sacó dos latas de cerveza y me lanzó
una directo a las manos. La atrapé con singular destreza y la abrí, elevándola para hacer un brindis.
—Por todas las desgracias que nos mantienen unidos —dije ocurrente.
—Por una navidad sin navidad, ¡gracias al cielo! —siguió, chocando su lata con la mía, bebiéndola de
un golpe. Le seguí el paso y no tardamos mucho en abrir otras dos. Nos sentamos y disfrutamos de la hermosa

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vista del cielo que a lo lejos se dividía en dos; una parte muy gris que traía consigo el gran chubasco y otra
más clara, casi azul, que delimitaba un horizonte esperanzador. Prefería la tormenta, siempre.
—Parece que no podremos encender la fogata. La leña está humedecida.
—Piensas en todo “boy scout” —burlé—. ¿Cómo no se te ocurrió traer una lámpara led o algo así?
—Lo pides, lo tienes— .Se dirigió a la parte trasera del auto y sacó una lámpara led de larga
duración—. Dices bien, soy un boy scout.
—¡Bien! Ahora no tenemos de qué preocuparnos, excepto que tendremos que comernos las salchichas
crudas.
Reímos. ¡Como si pensáramos en comer! Era lo último que se nos pasaba por la mente.
Le conté sobre la terrible vida que me daba la zorra de mi jefa en el trabajo, siempre recordándome
que era su subordinada y la dejada del marido, humillándome de forma vil y constante. La verdad no creía que
quedara en mí una parte que estuviera completa, pero con todo y eso seguía. Tenía que hacerlo.
—Deberías renunciar de una vez por todas, Mary. ¿Buscas ser una mártir, acaso? No le veo el punto a
que continúes ahí —.Negó con la cabeza.
—Tengo que comer. Me es imposible tirarlo todo a la basura. No hay muchas opciones para una
Terapeuta de Lenguaje como yo en la ciudad. Dayana se ha encargado de destruir mi reputación en todos los
centros donde pudiera pretender buscar refugio —lamenté.
—Siempre puedes dedicarte a otra cosa. Amas la pintura y eres buena. Estudiaste en Bellas Artes.
Bien podrías darte la oportunidad de expandir tus horizontes.
—Tal vez tengas razón —.Medité un segundo en silencio—. Pero, y a todo esto, señor “soy excelente
para dar consejos y nunca para llevarlos a cabo”, ¿por qué terminaste tu relación con Castalia?
Soltó un largo suspiro y noté que no deseaba hablar al respecto. Sin embargo, me respondió.
—Sabes por qué. Lo nuestro era algo repetitivo, una canción que ha sido cantada demasiadas veces,
algo así como “Come Undone” —bufó.
—Si te sentías mal desde hacía tanto, ¿por qué hasta ahora decidiste soltarla? Pudo haber sido muy
distinto de haberse liberado hace un año, cuando sus familias se opusieron al matrimonio.
—Marisol, hablas de algo que desconoces —recriminó.
—Ilumíname, entonces. Quiero apoyarte y me es imposible si guardas los detalles —retruqué,
traviesa. La mirada se le ensombreció.

—Castalia y yo solo éramos dos heridas muy similares en el alma del otro. El amor no debería ser así,
monótono, un mismo timbre en una melodía de vida, un solo sabor a elegir en una tienda de helados, una
fiesta que se celebra como funeral.
Cerré el pico. Me quedaba claro que no había más qué decir al respecto. Comprendía perfecto su
posición y la compartía. Encendí un cigarrillo y dejé que el aire se llevara nuestras palabras.
—Además, ¿cómo podría estar contigo ahora de no haberme ido? —bromeó al caer en la cuenta de la
tensión en el ambiente.
—Eso nunca nos importó mucho —seguí, lanzándole el humo. Matías se incorporó y me prendió de la
quijada, obligándome a abrir la boca. Hizo un gesto para que le invitara a un toque de mi cigarrillo. Lo
acerqué a sus carnosos labios y él succionó. Una vez que había absorbido el humo tóxico, pegó su boca a la
mía y me pasó el aliento de muerte que saboreé y paladeé con gusto. Se separó y me observó sacarlo de mi
sistema, un poco atontada y sorprendida porque él no fumaba. Me sonrojé involuntariamente y él rio.
—Deberías dejar esa mierda —regañó—. No te traerá nada bueno.
—Acabas de probar lo contrario —refuté.
Matías se apartó y la plática prosiguió sin más. Hablamos de lo que nos deparaba el futuro a solas y
caímos en la cuenta de que ninguno de los dos teníamos planes. Nos dedicábamos a pasar cada día como
viniera y nos daba resultado. Flirteamos a ratos, concentrándonos en las partes que nos gustaban más del otro.
En mi caso eran sus hermosos y fuertes brazos bien definidos, y en el suyo, mis torneadas y largas piernas, y
senos voluminosos. El aire hacía danzar mi vestido y, a pesar de que estaba sentada, no dejaba mucho a la
imaginación. Matías se pasaba la lengua por los labios y su respiración se agitaba, cayendo presa de mi
peculiar y mordaz encanto.
—Vamos a bañarnos. El agua debe estar bastante cálida por la lluvia —sugirió animado, rato
después—. Nos serviría para equilibrar un poco la temperatura por aquí—. Cruzó las piernas para ocultar el
bulto que se le había ensanchado en esa área. Salivé sin querer. Me fascinaba. Recordé su sabor a dulce y sal,
y me encendí. El golpe de una memoria me avasalló y me transportó a aquella noche de nuestro último
encuentro, antes de que me comprometiera con el bastardo de mi ex.
—¿Tan pronto te vas? —preguntó con su habitual timbre ronco y sensual.
—¿Qué opción me das aparte de esta? —interrogué coqueta mientras me acomodaba los jeans y
tomaba mi blusa hecha girones, inclinándome hacia el piso. Matías admiró el inicio de mi trasero, ladeando la
cabeza, saboreando mis cavidades a distancia.
—Podrías quedarte en esa posición un poco más de tiempo para mi deleite —sonrió.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Lo dudo mucho. Tu novia está a punto de llegar y debes acomodar todo para continuar con tu farsa
—socarré intentando en vano unir los retazos de tela que habían constituido mi blusa unos minutos atrás,
exhalando con fuerza.
—Eres incorregible— .Su torneado trasero estaba al aire en la cama del motel que era testigo mudo de
nuestras aventuras. La línea que se formaba entre los músculos de su espalda, mostrando con garbo la
columna y sus vértebras, me dejó atontada por un segundo.
—Era una Dolce y Gabanna— .Le enseñé los vergonzosos restos y él carcajeó. Se puso de pie,
aproximándose hacia mí. Su miembro indecoroso y todavía altivo se clavó en mi cadera en lo que cubría la
totalidad de mi cintura con sus enormes brazos.
—Te la repondré, lo prometo —susurró a mi oído, mordiéndome el lóbulo, erizándome los vellos de
la nuca. Una de sus manos serpenteó por mi vientre, haciendo círculos en mi ombligo para después bajar hasta
el montecillo henchido que era mi clítoris. Lo pellizcó con delicadeza unas tres veces, atrapándome una nalga
con la palma que tenía libre. Introdujo uno de sus dedos en la hendidura de mi entrepierna, obligándome a
soltar un vaho que le mojó. Sin voluntad, jadeó por lo alto y se prendió de mi boca, robándome el aliento en
un beso lleno de fragor. Su lengua humectada se entrelazaba con la mía, masajeándome cada centímetro como
todo un experto. Con él no tenía necesidad de guiar. Nuestra danza pecaminosa se lograba por sí sola en una
cadencia armoniosa y abrasadora.
—De acuerdo, me convenciste. Me quedaré un rato más —gemí para envolverlo con mi anatomía,
empujándolo a la cama de nuevo, soltando por tercera vez el terremoto que éramos juntos, sin
remordimientos, sin culpas.
Su carraspeo me devolvió a la tierra del presente y susurró:
—Bien, ¿te animarás?
Yo accedí con un asentimiento. Bebió el resto de su cerveza y se quitó la camisa, dejando al
descubierto su tórax bien esculpido, pero no exagerado, y yo solo podía pensar en que me penetrara.
Necesitaba su grosor en mí, sus palmas quemándome, sus besos despellejándome el alma. Apreté con
disimulo las manos hasta formar dos puños y volví a tomar aire. Él se dio cuenta del efecto que sus acciones
tenían en mí y guardó la sonrisa en sus labios fruncidos. La idea de posponer lo inevitable hasta el punto
máximo, era bastante atractiva, y a Matías le fascinaba provocarme tanto como pudiera. Enarqué la ceja y
decidí jugar su eterno juego de idas y vueltas. Mi sumisión implícita le excitaba sobremanera y se estiró a
propósito para permitirme observar con todo los rasgos de sus músculos varoniles. Desarraigué mi vestido,
tocándome la piel lateral de mis pechos endurecidos por la brisa que se entremetía en mis terminales
nerviosas. Mi bikini de dos piezas, bastante sugerente, reafirmó sus ganas con ahínco casi absurdo. Abrió
mucho los ojos y se suspiró.

—¡Vaya! Esas piezas de trigonometría son, por mucho, las mejores que he visto en la vida —bromeó.
—¿Cuando vez esto, piensas en trigonometría? —dije señalando mis senos y entrepierna humectada
ante su lascivia—. Amigo, tienes un grave problema —bufé saliendo de la cobertura del techo para permitir
que la lluvia tenue comenzara a mojarme.
—Déjate de juegos y ven, me estoy congelando.
—Y pensamos que en Yucatán no hacía frío en invierno —mascullé temblando.
Todavía éramos bastante jóvenes, aunque nuestra vasta experiencia en relaciones fallidas y otras
barbaridades, nos habían convertido en entes de corazón maduro. Podía notar la forma en la que arremetía en
mis adentros con esa mirada poderosa. ¿Cómo era posible que con los ojos me provocara más humedad que la
que pisaba en la arena cubierta de lluvia? Tenía un poder enorme de atracción y muchas agallas para
conseguir lo que deseaba, como lo había hecho en muchas ocasiones antes. Supe que sería así desde que le
conocí. Lo noté en su piel blanca y sus manos anchas, aquellas de alguien que deja su huella en donde se lo
propone. Mi corazón latía con fuerza brutal y descarrilada. Me olvidé de todo; de las malditas fiestas que otros
celebraban muy lejos de aquí, de mi pesar, del suyo, de lo ridículo de esta situación, de su familia que le
esperaba, de la mía… de todo. Me sentí plena.
Lo observé dirigirse al mar y sumergirse, perdiéndose unos instantes en el tranquilo oleaje del
crepúsculo mortecino mientras la lluvia arreciaba y los relámpagos destellaban en el cielo. Sonreí y corrí,
repitiendo sus movimientos. El agua me envolvió en su salinidad y calidez. Salí para respirar y lo contemplé a
unos pocos metros de distancia. Sonreía cínico. Entonces vi que elevó una pieza de ropa que tenía entre la
mano y la blandió. Eran sus shorts. Me eché el cabello para atrás, acomodándolo con el agua, y plegué los
labios. Hizo una seña para que me acercara hasta donde se hallaba y obedecí al instante.
—Estarías más cómoda si no llevaras nada puesto, ¿no crees? —Levantó ambas cejas, pícaro.
—¿Seguro de que eso es lo que quieres? —inquirí retadora, haciendo descender un poco el tirante de
la parte de arriba de mi bikini. Matías me guiñó el ojo.
—Por supuesto. Desconozco otra forma de natación al aire libre.
No había vuelta atrás. Me removí la pieza lentamente mientras sentía el vaivén de las olas acariciando
mis senos desnudos, meciéndolos, brindándoles cobijo. Era una sensación deliciosa que jamás había
experimentado. Con él, mis instintos más bajos se desataban sin ánimo de frenarse. Me brindaba completa
confianza y me empujaba a querer más, a ser más seductora y salvaje, a olvidarme de la gatita herida en la que
me había convertido con tantos vaivenes en los últimos años. Exhibí ante mí la minúscula pieza negra y la
solté a la deriva, animándolo a hacer lo mismo. Se aproximó silenciosamente, cortando el camino que nos
separaba, lidiando con la marea tenue. No sabía qué me excitaba más, la certeza de que me cogería en unos

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

instantes o el peligro que corríamos al estar en una playa pública. De seguro se trataba más del peligro y la
adrenalina, o una mezcla perfecta de las dos cosas.
—Quieta, chiquilla —susurró a mi oído en lo que sus manos descendían por mis piernas para sacarme
las braguitas del traje de baño, recorriendo mis piernas, sumergiéndose para lograr quitármelas por completo.
Su palma me acarició la vagina y luego su boca, dejándome petrificada. ¿Cómo podía hacer eso bajo el agua?
No me interesaba saberlo. Lo único que deseaba era sentirlo. Una vez frente a mí, me tomó entre sus brazos y
me besó profunda y pasionalmente, abriéndose paso por mi boca y explorándola con la lengua. Enredé mis
dedos en su cabellera negra y uní mi organismo al suyo, sintiendo su creciente erección pegada a mi vientre.
Las gotas de la precipitación seguían estrellándose en nuestras caras, hipnotizándonos. No dijimos nada más.
Nuestras miradas se cruzaron y la coordinación de nuestros pensamientos nos llevó a saber que había llegado
la hora de culminar el deseo.
Me besó los senos flamantes, jugando con mis pezones con los dedos y la lengua, presionándolos
entre sus dientes y jalándolos enérgicamente hacia él. Adoraba ver su rostro pleno de lascivia. Cuando de mí
se trataba, parecía dejarse llevar por el ritmo tácito de los besos, caricias y poca inhibición.
—Cógeme —supliqué en un gemido.
Entrelazó sus dedos en mi larga cabellera, haciéndome soltar un grito ahogado. Besó mi cuello y yo
crucé mis piernas alrededor de su cintura. Llevé una de mis palmas a su falo y lo acaricié de arriba abajo con
energía. Matías enarcó la espalda, pegándose más y más a mí, meneando la cadera para su mayor deleite.
—Este no era mi propósito al venir aquí contigo —dijo cínico, sonriendo en mi boca.
—¡Por supuesto que no! Tampoco el mío— .Degusté su sabor que se combinaba con la sal del mar y
me complacía.
Chapoteamos un rato más entre gritos y jadeos, besos y arañazos, juegos y locuras, percibiendo cada
centímetro de nuestras pieles sucumbiendo a la demencia del momento.
—Mete mi miembro en ti, mi chiquilla. Quiero sentir tu vagina hirviendo mientras me envuelve. Te he
extrañado mucho —murmuró perdiéndose.
—Como gustes, así lo tienes —repetí sus palabras y cogí su pene en mis pequeñas manos para
hincarlo en mi hendidura que le anhelaba con vehemencia. Poco a poco, centímetro a centímetro, fui
hundiéndolo en mis recovecos, dándome cuenta de cómo el agua se abría para darnos libre paso. Me quemaba,
su hombría era un furor que no querría ni podría refrenar en ese punto. Se internó en mí completamente,
empujando sus caderas hasta convertirnos en uno. Adoraba escucharlo plañir, desquiciándose con mi
naturaleza, abandonando sus asperezas en el terciopelo de mis rincones.

—¡Ah! —grité cuando sentí lo ardiente de su erección haciendo fricción contra mí una y otra vez.
Miraba al derredor en estado de alerta para corroborar que nadie nos estuviera espiando, lo que solo podría
avivar el fuego en este momento, pero después de tres tremendas embestidas, ya nada me importó. Continué
besándolo y dejando que el aroma de la lluvia mezclada con su perfume, penetrara mis fosas nasales. Mi
mente se extravió en sus movimientos certeros. Él me apretaba a sí, golpeando mi clítoris henchido que
clamaba un alivio.
—Vamos, chiquilla, regálame tu orgasmo. Báñame de ti para llevarte conmigo esta tarde en la que
nada tiene sentido más que nosotros —dijo en una estocada que ataría más mi corazón al suyo, ambos mártires
de distintos sufrimientos, ambos solos, ambos resquebrajados. El sol se fue metiendo en el horizonte mientras
yo seguía colgada a su espalda ancha, mordiendo sus hombros, viviendo. Como por arte de magia y algo más
poderoso que cualquier calvario por el que hubiéramos atravesado, nos dejamos explotar en un orgasmo
catártico que nos liberó de todo pesar, de toda culpa, convirtiéndonos en un solo ser extático, con el manto de
la noche aplastándonos en una falta de cordura exquisita.
Muy lento, casi sin ganas, nos fuimos soltando hasta que el abismo entre nosotros nos provocó
nostalgia. Me besó una última vez y me tomó entre sus brazos para sacarme del agua. La lluvia por fin había
cesado y ninguno de los dos nos dimos cuenta. Salimos y el frío me caló los huesos. Sin querer, me soltó y
ambos corrimos despavoridos hacia el auto para tomar la otra muda de ropa que habíamos llevado en caso de
emergencia, y dos colchas afelpadas. Extendimos una en la terracita de la casa, encendimos la lámpara led y
nos cubrimos con la otra manta, muy juntos para recuperar el calor. Habíamos dejado encendido el iPod y
Shania Twain comenzó a cantar “You’re Still the One”. Nos dejamos abrigar por la melodía melancólica.
—Deberías actualizar tu lista de reproducción. Tus canciones apestan —burló mientras me asía más a
su persona.
—Cállate, que esa canción te la robé del móvil.
Le volteé a ver y contuvo la risa.
—¿Qué puedo decirte? Shania tiene lo suyo— .Carcajeamos.
Las horas transcurrieron entre bromas y arrumacos cuando nos dimos cuenta de que ya casi eran las
doce de la noche, navidad, oficialmente hablando. Se paró y sacó una botella de champaña que había
escondido entre las cervezas.
—¿No que no querías festejar? Esa fue la razón por la que llegamos hasta aquí en primer lugar —dije
con curiosidad.
—No estoy celebrando la navidad, chiquilla, sino la victoria exitosa de nuestra guerra contra ella.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

La abrió y, a partir de entonces, instituimos esa fecha como la conmemoración de una celebración
única, la de dos almas afines que no tendrían más que perder de ahí en adelante, más que el uno al otro, por lo
que les restara de vida.

“Hasta que salga el alba”
Leticia Vázquez
Porque la música nos trae recuerdos del pasado, viajando en
el tiempo aún cuando nada de esto pasaba. Para mi amada
mamá, que dos años me vistió como muñeco de nieve. Y
porque sin tu idea F, no hubiera sido posible el cuento.

Hay historias que se cuentan cada año y recuerdos que florecen con sonidos. Hay sabores que
se sienten a familia y momentos que cambian con el tiempo…
No siempre es la misma fiesta navideña, durante al año van y vienen las personas. Sí, unos se
van lejos a buscar mejor vida o formar otra familia y quizá haya uno que no comparta más nuestra
mesa. Al igual que para cada uno tiene un significado diferente y un lugar especial.
Se dice que un niño tiene la magia de hacer todo posible, que en su corazón habita la magia
de creerlo todo posible por muy difícil que parezca...

UN 24 DE DICIEMBRE

Leo ha visto que en los comerciales de la tele anuncian a un osito color marrón y un parche
en el ojo, trae consigo una espadita y un escudo en miniatura y otro par más grande para el niño. Es
un guerrero pirata. A Leo le brillan los ojos cuando se pega a la pantalla y sale corriendo por toda la
casa pensando que ya está jugando con el oso. En definitiva quiere ese juguete.
Sonia precisamente no tiene mucho tiempo para él, debe decorar la casa con renos y luces
durante los ratos libres que le da el día o la noche (y esos son escasos teniendo en cuenta el trabajo,
el niño y su marido). Alan apenas llega a dormir por no hablar de juegos con su hijo. Ya se sabe,
hoy en día las personas no pueden disfrutar de las fiestas como antes porque los horarios laborales no

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

se los permiten y las vacaciones no llegan o lo hacen un día antes del veinticuatro, pero eso no
importa si todos se reúnen con el único fin de estar juntos.

La ventisca se deja oír por toda la ciudad aullando como lobo en el bosque, vaya que ha
caído fuerte, tenía tiempo que no pasaba. Durante veintitrés años la nieve no había hecho de las
suyas. No hay ningún rayo de sol que se filtre por las nubes.
La estancia de la sala apenas está tibia, dos personas platican en medio de mantas arropadas
para darse calor. Fuera de casa hay nieve hasta en las uniones de las ventanas, sin duda alguna será
noche de tormenta invernal…
Leo está jugando en un rincón de su habitación, no es un lugar muy grande, en él sólo hay
una cama de colcha azulada decorada con coches, un armario de madera, juguetes sobre un sofá y
una ventana de cortinas blancas.
El niño está sentado en el piso con su pijama, sostiene en su mano un cohete y astronautas.
Leonardo tiene cuatro años recién cumplidos, su cabello es negro y ondulado, tiene pecas en la nariz
y las mejillas.
—Runnnn, ruuuunnnnn. Shhhhhhh...¡Pirataaaaa!
—Hola mi astronauta…oye eso no es carro. Un cohete no hace ese ruido.
—¿No?
—No… y ya es hora de dormir mi amor—. Quien ha dicho esto es Sonia, la mamá de Leo,
que ha entrado al cuarto para arrullar a su hijo.
—Pero quiero ver a Santa.
—Recuerda que para verlo debes estar dormido.
—No quiero. Yo quiero ver a Santa.
—Anda ven, subamos a la cama ¿Qué te parece si te cuento una historia y lo esperamos
juntos?

—Sí.
—¿Me va a traer mi pirata?
Sonia se pone pensativa y sonríe. Como no hacerlo.
—¿Te has portado bien este año Leo? —Leo dice que sí con la cabeza—. ¿No has hecho
travesuras? —ahora niega y se ríe—, entonces yo creo que sí va a traerte tu regalo Santa Claus.

A regañadientes el pequeño obedece y cierra los ojos una vez está en su cama.
Le ha pedido a Santa Claus en una hoja arrugada y llena de garabatos lo que le gustó en la
tele “Ayu: Pirata de los Sueños” y espera verlo mañana bajo el árbol.
Pero aunque las horas pasan el pequeño no puede dormir, le teme a las sombras que forma el
viento sobre su colcha y las paredes, los leves ruidos se escuchan de pronto como estruendos. Y si le
sumas los nervios que todo chiquillo experimenta la noche de Papá Noel, tenemos como resultado el
insomnio.
En la habitación de Alan y Sonia hay una chimenea y ambos están sentados abrazados. Sonia
recuerda que la navidad de su infancia consistía en buscar por toda la casa su regalo…bajo la cama,
sobre un ropero, tras una puerta, era tanta la diversión que sólo quería correr y encontrar el juguete.
Pidió la Barbie doctora, la miracle baby, como dos Bratz vestida de muñeco de nieve con un
mameluco blanco de gruesos botones, una gorra roja y zapatos negros, ella era feliz.
Alan recuerda que al despertar lo primero que hacía era correr con su hermano por ver quién
tenía más regalos, y quién los abría primero. Todos bajo el árbol. Todo era juego y diversión. Risas y
sonrisas. Es lo mismo que quieren para su niño.
Esa noche dos pares de pantuflas bajan a la sala, debajo del gran pino decorado con rojas
esferas depositan una envoltura azul acompañada por otras más, se han llevado un papel arrugado y
con garabatos ilegibles para una futura colección.
La mañana empieza con música, de esa que traen las series y se escucha en todas las casas
especialmente en el árbol. Leo se ha despertado, un poco más despeinado de lo habitual pero ya está
listo para abrir los regalos.
—¡Oso pirata! ¡Ya llegó Santa! ¡Mamiiii!

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Sus pequeños piecitos corren por toda la escalera y al llegar al árbol se inca a abrir los regalos
con su gorrita roja, una sudadera con su súper héroe favorito y un pants igualmente al color.
—¡Papá!¡El pirata! ¡Miraaaa!
A leo no le cabe la sonrisa en la cara. Las mejillas se le han puesto sonrojadas y no es
precisamente por el frío.
Todo ese día el niño no suelta a su nuevo juguete, incluso ya tiene la primera mancha de
chocolate. Leo jala a su osito porque es noche de jugar a los piratas en alta mar, ambos tienen una
espada y un escudito de madera; el pequeño hace rugidos con la boca mientras el osito es su
marioneta, está en su mundo de aventuras y por el momento no existe nada que no sea él y su osito.
Una noche sueña que las densas e intrépidas aguas del océano hacen que el barco donde
ambos van navegando se balance y salpique agua en cubierta peor un trueno saca a Leo de su sueño.
El pequeño se espanta y se tapa aún más con la colcha de su cama, abraza a su osito y cierra
los ojos.
El aire sigue soplando y la lluvia no cesa. La puerta de su habitación se abre pero el pequeño
está lo suficientemente espantado que no se atreve a mirar quién es. Abre un ojito y cuatro brazos lo
arropan, son sus padres que han entrado a darle las buenas noches.
Vuelve a abrazar a su amigo cuando sus padres salen, observa su habitación escondido tras la
cobija, los relámpagos dibujan ramas de luz mal hechas que se expanden por todo el cielo y forman
fugaces siluetas…que no son del todo bonitas.
El pequeño ve un monstruo que lo observa fijamente desde la ventana, lo asecha a lo lejos
entre la noche, no identifica muy bien su cuerpo pero sí sus ojos, de un color café oscuro, grandes.
Leo cierra los párpados porque tiene temor y después de mucho tiempo, logra dormirse.

***
Leo da muchas vueltas en la cama, hace pequeños mohines y aprieta los ojitos. El osito ha
sacado su protector escudo y se encuentra peleando con el monstruo sin forma, la batalla tiene
lugar en la misma habitación del niño pero no aquí ni el otro mundo, sino en un lugar llamado

interior. Las horas pasan, el sol sale y por fin el vencedor es el oso que con tres rasguños ha
levantado su espada. El monstruo se aleja no sin antes amenazar con regresar.
***
La luz en el cielo es casi tan tenue que apenas se ve
El pequeño ya está levantado, brinca sobre el colchón jalando a su oso, rebotan sobre la
almohada y Leo cae de espaldas. Eso lo asusta, se siente demasiado pequeño comparado con la altura
de su clóset. Se lleva a su osito con él y en el transcurso del día no falta el juego.
***
Por la noche cuando Leo va a dormir, en sus pesadillas el monstruo vuelve a parecer de una
forma diferente, con los mimos ojos, pero ahora es alto, robusto y su amigo el osito está listo para
defenderlo, con espada y escudo en mano, se da cuenta al mirar por la ventana que a dos cuadras,
otro compañero de él pelea contra una cucaracha y un poco más allá, una osita está ganando la
batalla contra una araña.
***
Los ojos del monstruo miran directamente a los de su rival de sueños: el oso. Son los mismos
pero en otro cuerpo, Leo despierta con una sonrisa, ya no le teme a aquello que es más grande que él,
ni a lo desconocido que se forma en las noches de lluvia. El pequeño observa a su amigo de peluche
con una copa exacta de los dos pares de ojos anteriores; exactamente, son la misma persona
habitando en su pequeño cuerpecito, nadie tiene más poder que el otro pero como aún es un niño, no
se ha dado cuenta de eso.
***

—Vamos a necesitar más esferas— hago muecas cuando veo que pese a las cuatro cajas que
compramos, el árbol sigue teniendo huecos que no me gustan. Sigo concentrada en contar cuántas
más para calcular el número de cajas, doy vuelta al árbol y en la quinta vez me anoto mentalmente el
número. Frunzo el ceño cuando no escucho respuesta y lo encuentro sumido en sus pensamientos
observando el lugar donde estarán los regalos—. ¿Me estás escuchando Leo?

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—¿He? No, no. Perdona, ¿qué dijiste?
Suspiro.
—Que vamos a necesitar más esferas.
—¿Cómo cuántas? —Pregunta subido en la escalera atorando la serie de focos.
—…Algo así como unas veinte más.
—Tiene que quedar hoy, sí o sí.
—Entonces será mejor ir a comprarlas ya, antes de que cierren la tienda.
Leonardo baja de un salto los últimos tres escalones y toma su cartera mientras yo me voy
adelantando a la puerta. Cierra tras de mí y bajamos del departamento a la cochera por el Ibiza. Al
fin, después de un ratote queriendo el auto se lo pudo comprar, eso sí, estuvimos en abstinencia de
cine por quien sabe cuánto tiempo…bendito seas Netflix. Y no hablemos de la cenas porque ahí se
pone triste la cosa.
—¿No te llevas un suéter? Está fresco.
—Traes tu chaleco. Además el centro no está tan lejos.
—Karla, Karla, Karla…qué voy a hacer contigo…
—Supongo que aguantarme, por algo te casaste conmigo—le guiño un ojo y me río.
—Pues sí— se ríe y me abraza por detrás—, ya qué me queda.
—Anda ya, vamos de una vez que nos cierran la tienda y tengo intenciones de cenar una
hamburguesa ahora que me lo permite el aguinaldo.
Y después de un largo recorrido creo que me enamoro aún más de este hombre, de ver cómo
me cuida, de ver la ilusión con la que cada año espera estas fechas…Simplemente puedo decir que
soy una mujer afortunada así como él lo es por tenerme a mí.
—Hace rato estaba recordando cómo me emocionaba por los regalos cuando era niño.
—¿Qué recordabas? —meto mi mano en la bolsa de la chamarra y él trenza sus dedos con los
míos.

—A mi Ayu. Fue el juguete que más me gustó.
—¿Ayu?
—Era el nombre del osito pirata que tuve…a los cuatro me parece.
—Creo que todos tenemos un juguete que no olvidamos… yo tuve una Nicole, movía sus
piernitas y bracitos. A los tres.
—Y es que no son los juguetes lo que importa en navidad.
—Ni siquiera las luces que adornan los pinos y las casas, o la música de villancicos.
—No. Son los recuerdos que te trae y lo que signifique para ti en cada uno de ellos—. Dice él
muy sonriente dándome un beso en la frente.
—¿Ya viste que estrella más brillante está en el cielo?
Leo la observa fascinado, puedo ver un deje de lo que fue él en su niñez y me encanta.
Por cuestiones de nieve, vuelos y problemas que achacan a los seis meses de embarazo, no
pudimos volar a México, nos hemos quedado aquí en Madrid y supongo que al rato pondremos video
llamada con nuestras respectivas familias.
—Está impresionante el brillo…se puede decir que es la noche de la estrella.
—Oh sí.
Llegamos hasta el Ibiza y nos ponemos en marcha hasta el departamento.
—¿No estás triste por no haber ido a tu casa en este día?
Leo piensa y piensa por un rato y termina sonriendo.
—No Karla, no lo estoy.
—¿Seguro?
—Seguro, estoy en casa ahora ¿no lo ves?, ustedes son mi familia ahora.
Sonrío como boba ¿hay alguna mujer que no lo haga estando en mi lugar?
—¿Sigue siendo Navidad? —pregunta lleno de alegría con esos ojos tan bonitos que tiene.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Y lo seguirá siendo… hasta que salga el alba.
Me carcajeo. No puedo evitar hacerlo.

FIN

“Ese maldito Vestido”
N.S.Luna
Este pequeño (y no tan pequeño) relato, va dedicado a todas
mis lectoras con muchísimo cariño, y deseos de paz y
felicidad para estas fiestas. Espero de corazón que Papá Noel
les traiga todo aquello que anhelen, y además, la compañía
de gente querida con quien compartirlo. A mis lectoras de
siempre, que compran mis libros en Amazon, y quienes me
siguen en todas mis redes sociales. A las nuevas, que
empezaron a leerme este año desde Wattpad, y también a los
grupos de lectura dedicados al apoyo constante de las
autoras que siempre están ahí. A las chicas que propusieron
la antología y a las talentosas escritoras que me acompañan,
¡Muchas gracias! Y especialmente se lo dedico a mis amigas
del grupo “Trilogía de Fuego y Pasión” en WhatsApp, que
fueron las primeras en leer mi relato y en darle el visto
bueno, como a casi todo lo que hago. ¡Las quiero! Besos
especiales a mi familia, que me banca en todas… y a las
chicas de Llámame Foxy, que creen en mi trabajo.
¡Feliz navidad para todas!

N. S. Luna

Capítulo 1
Solo un par de días para navidad… y aquí me encontraba.
Frank Sinatra cantaba de fondo “That’s life” en mi reloj alarma, pero apenas lo escuchaba…
Tirada en mi cama mirando cómo el ventilador de techo giraba y hacía un ruido espantoso,
mientras afuera la temperatura estaba casi llegando a los cuarenta grados centígrados. Bonito, ¿no?
Eso es lo que tienen estas fechas en el hemisferio sur. Se festeja y se come como en invierno,
pero sofocándose en los días más calurosos del año.
Pero yo no estaba así solo por el asfixiante clima en plena ciudad. No.
Lo mío venía de antes. De cuatro meses antes, para ser más precisa.
Cuatro meses desde que había suspendido mi compromiso con Tomás, con todos los
preparativos listos, el salón reservado, las invitaciones enviadas y el primer mes de alquiler pago de
nuestro nuevo departamento.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Si hasta habíamos comprado unos sillones adorables de color blanco que iban perfectos con la
decoración de la sala.
Yo solo tenía que hacerme una prueba más de vestido, y ya estábamos. Era vintage y tan
bonito… recuerdo que fue verlo y quedar absolutamente enamorada del modelo. Blanco con gran
caída y encaje bordado en piedritas brillantes, y otras opacas que parecían perlitas. Por el precio, tal
vez lo fueran.
Tenía un cinturón fino que lo cortaba a la altura de la cintura, y unas manguitas delicadas, que
le daban un aspecto lánguido y fino que era lo que más me gustaba.
Sabía que a Tomás le encantaría.
Tenía un gusto conservador, elegante y clásico, así que no tenía dudas.
Además, tenía la aprobación de mi suegra, que justamente aquel maldito día me había
acompañado a que me lo midieran.
Olga había insistido, y ahora la tenía conmigo en la tienda, emocionada hasta las lágrimas al
verme frente al espejo con tan bonito vestido.
—Sos la novia perfecta para mi hijo—.había dicho y yo sonreí.
Sonreí. ¡Ja!
Me encantaba la idea de ser perfecta para Tomás. Él que siempre había sido tan perfecto en
todo.
Primero en su clase y reciente socio de uno de los estudios de abogados más importantes,
tenía un curriculum ejemplar. El hijo prodigio de la familia, adorado por todos, hasta por mis padres,
que a veces parecían quererlo más que a su propia hija.
Llevábamos siete años de novios, de una relación tan estable, que el matrimonio iba a ser solo
una formalidad.
A los veinticuatro años, me sentía casada ya, y cómoda con la vida que llevábamos.
Pero claro, fiel a su estilo, tenía que seguir con las tradiciones impuestas.
Ya tenía su título, su trabajo, un carro último modelo, su novia de toda la vida, y eso era lo
que faltaba.
La boda, el nuevo apartamento, y los niños. Que no tardarían en llegar. Lo habíamos hablado,
y en nuestros cronometrados planes, estaban agendados para el año próximo. Cuando hubiéramos
tenido tiempo de viajar un poco, trabajar y sentirnos a gusto con nuestra rutina.
Todo iba sobre ruedas.

Yo no podría haber encontrado a un mejor candidato. Lo quería con locura, y había sido mi
primer –y único– hombre. Pero además de eso, era un partidazo.
Dulce, cariñoso, siempre considerado y caballero, me llenaba de detalles bonitos y recordaba
todas nuestras fechas especiales.
Cocinaba, le gustaba hacer la limpieza y aceptaba el hecho de que aun no me hubiera
recibido, y quisiera tener un trabajo de medio tiempo. Era vegetariano, y amante de los animales…
No bebía, no fumaba, y creo que ni se le arrugaba la ropa. Así de especial era.
Pero, claro, había fallado en ver lo más importante. Se me había pasado un detallito… una
cosita de nada.
Una pequeñez. Una… pavadita.

Se estaba acostando con mi mejor amiga desde hacía un año y medio. ¿Cómo lo sé? Oh, esa
es la mejor parte.
Lo sé, porque ese día, después de dejar a mi suegra en su casa, pasé por el departamento que
íbamos a compartir para dejar el par de zapatos que acababa de comprarme, y que por cierto,
combinaban como ningunos con mi vestido, y me los encontré.

Ella sentada encima de él, cabalgándolo como una guarra, gritando a todo pulmón, mientras
Tomás jadeaba extasiado ¡desnudos, encima de mis sillones blancos nuevos!
—¡Hijos de…!—ya se imaginan.

Y ahora, cuatro meses después, recién empezaba a levantar cabeza. Un poco justa de tiempo,
porque la boda estaba planificada justamente para el día después de la navidad, pero es que no había
estado de ánimos para ponerme a hacer cancelaciones.
Solo cuando me puse a hacer cuentas, y ver que mis números estarían al rojo vivo si no me
devolvían aunque sea una parte de todo el dinero que había gastado en la fiesta, tuve que reponerme y
empezar a hacer llamados.
La empresa de catering había sido la más sencilla. Entendieron mi situación, y aunque no
solían hacerlo, se compadecieron y solo me cobraron un porcentaje.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Los del salón se habían reído de mí por teléfono, sin tener al menos la decencia de disimular.
Es más, me pareció que en un momento, me ponían en altavoz, así todos escuchaban mis patéticas
súplicas y se divertían bromeando entre ellos. Mierda.

Yo había corrido con casi todos los gastos, hasta algunos del departamento, pero bueno. De
eso ya tendría que encargarse Tomás, y la muy zorra de Silvina, mi ex mejor amiga, que estarían
disfrutando de nuestra cama King size, mientras se revolcaban juntos en ella. Yo había escogido el
cabecero… era precioso, de madera oscura …y nunca lo llegué a estrenar.
No.
Porque hasta ese punto seguíamos las reglas. Viviríamos cada uno en su casa, hasta la noche
de bodas, cuando estrenaríamos nuestra cama. Romántico, ¿no?
Puse los ojos en blanco, y con las pocas ganas de moverme que me quedaban, me dirigí con
un gruñido hacia la ducha.
Ya con el cabello seco, lo peiné recogido como lo llevaba siempre en una colita tirante y me
puse un vestidito veraniego de color celeste pastel y mis balerinas haciendo juego. Maquillaje
delicado, y mi pequeño reloj de oro blanco, regalo de mis padres al terminar la secundaria.
—Vamos, Paula. Vos podés —. me dije mirándome en el espejo, y ensayé una sonrisa antes
de irme.

En la calle, todo era adornos en rojo y dorado, propio de las fechas, plagado de lucecitas
alegres y gente feliz haciendo las últimas compras para la cena de noche buena. Y yo, no quería tener
nada que ver con todo aquello.
No tenía nada que festejar, no piensen que soy el Grinch, porque tampoco. De niña amaba la
navidad, pero sentía que después de lo que había vivido, este año, podía saltármela y hacer como si
fuera un día más.
Mi familia lo había entendido, así que era un tema menos por el que preocuparme.

Entré a la tienda con mi mejor cara de simpatía y me dirigí a la empleada que me había
atendido la última vez.
—Hola, ¿cómo estás? Soy Paula Durán, y vengo a cancelar mi encargo—.dije como si me lo
creyera. Como si fuera lo más normal del mundo.

—¿Disculpe?—preguntó la otra mirándome raro.
—Que ya no hay boda, por lo tanto, no necesito vestido—.me encogí de hombros,
acomodándome un poco el flequillo—. Entiendo que no puedan reembolsarme la suma completa,
pero estoy dispuesta a llegar a un acuerdo razonable.
—Eh, nosotros no hacemos reembolsos—.contestó parándose nerviosa, lanzando miradas
hacia donde se encontraba la dueña de la tienda— .La prenda está hecha a medida, ya no podemos
ponerla a la venta.
—No entiendo por qué—.dije levantando un poco la voz, porque ya me veía fracasando en mi
misión— .El mío es un talle bastante estándar, podrían venderlo con descuento. Yo no lo quiero.
—Señora Paula, disculpe, pero no estoy autorizada a…—empezó a decir.
—¡Entonces quiero hablar con alguien que lo esté!—la interrumpí mirando hacia el
mostrador. No, por favor. No podía quedarme con otro recuerdo más de mi fallido casi matrimonio.
—Señora—dijo la dueña, apareciendo de repente, con cara de circunstancia. A estas alturas,
todos los que estaban en el local, habían dejado de hacer lo que estaban haciendo, para mirarme. Y a
mí ese segundo “señora”, me sonó a uñas afiladas contra una pizarra —. Comprenda que no podemos
hacer nada. El traje de boda está hecho especialmente para usted.
¿Recuerdan esa escena en Irene yo y mi otro yo, cuando Jim Carrey pierde los papeles en el
supermercado, y despierta a esa parte de su personalidad dormida que lo hace estallar?
Creo que hoy, después de un tiempo, comprendo que fue exactamente eso lo que me ocurrió.
Era una olla de presión echando humo… una bomba cuya mecha se había consumido por
completo y no había vuelta atrás.
Me temblaban las manos, y tenía la mandíbula tan tensa, que podía escucharme rechinar los
dientes.
—¡Soy señorita!—chillé perdiendo el control— .Esa es la cuestión. No estoy casada, ni me
voy a casar… no necesito vestido. ¡Ya no lo quiero! Lo que quiero es mi dinero, así me puedo ir.
El pecho empezaba a apretarme y las lágrimas que había aguantado esos cuatro meses con
tanto estoicismo, ahora se me ahogaban de manera desagradable en la garganta. Iba a vomitar.
—Señorita, le ruego se calme—.dijo otra de las empleadas, acercándome un vaso con agua—
.Si necesita un plan para poder financiar su compra, podemos discutirlo, pero…
—Es que no quiero el maldito vestido—.sollocé, comenzando a tiritar. Iba a tener que
pagarlo. Me lo tendría que llevar conmigo y guardarlo en mi guardarropa… Por Dios, qué horror.
Sería una tortura. Se lo podía dar a mi madre para que ella lo guardara por mí, pero la vergüenza que

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

sentía de solo imaginármelo, me ponía violenta— .¡Y tampoco quiero agua!—volví a gritar,
asustándola… mientras de fondo sonaba “Dos Gardenias” de Buena Vista Social Club. Quería
atravesar alguna pared con la cabeza.
Me acerqué a uno de los salones reservados, en donde estaban atendiendo a otra clienta, y en
donde en una mesita chica había una botella y varias copas de champagne. Era un lugar exclusivo, y
era normal encontrarse con este tipo de atenciones.
—Perdón—.mascullé antes de servirme una copa hasta rebalsar y tomármela de un solo trago.
Volví a cargarla y miré a la novia tan bonita, enfundada en un precioso vestido blanco con escote
palabra de honor— .Felicidades—.agregué levantando mi copa a modo de brindis, y ella asintió
divertida.
A su lado, el que sería el novio, me miraba conteniendo una sonrisa y con un gesto me dio a
entender que podía llevarme lo que quedaba de la botella si quería. Qué atentos—.pensé.
Sonreí con la cara tirante de lágrimas y le agradecí entre dientes.
A simple vista, se los veía bonitos. Tenían algo que los hacía armónicos, pero en cuanto a
aspecto, no podían ser más diferentes. Ella con un cabello rubio lleno de rizos, con un traje clásico
tipo princesa, y él, con gorrito de lana en verano, tatuajes saliendo de su remera mangas cortas, barba
crecida, un piercing arriba del labio y otro en la ceja.
A lo mejor, esa era la fórmula. Que fueran polos opuestos, funcionaba…
Con Tomás éramos dos gotas de agua. Mis amigos bromeaban cuando decían que nos
poníamos de acuerdo hasta en los colores de ropa cuando salíamos.
El mismo estilo al vestir, los mismos gustos musicales… en todo nos parecíamos, y siempre
había creído que eso nos hacía perfectos, pero claramente estaba equivocada.
Ahg. Qué asco de pareja éramos.
Negué con la cabeza.
—No puedo llevarme el vestido—.me volví para seguirle hablando a la empleada— .Pagarlo
en cuotas va a ser como recordarme todos los meses de que todo me sale mal. De que todos mis
planes se fueron por un caño y mi ex futuro marido me engañaba con mi mejor amiga—.me reí con
sarcasmo, entre más lágrimas saladas que me sabían raras mezcladas con el alcohol— .Pero si tengo
que pagarlo lo voy a pagar—.me rendí con un suspiro pesado— .Que me lo sigan descontando de la
tarjeta y a la mierda—.otro trago de champagne, y un pequeño tropezón con mis pies.
Mierda, qué mal sentaba beber con el estómago vacío. Yo nunca bebía, ni una gota. Nada.

—Lo voy a pagar, pero no me lo pienso llevar—.avisé señalándolas— .Se lo pueden quedar y
hacer lo que quieran con él.
—Señora Paula…—empezó a decir la dueña.
—¡Señorita!—corregí con otro grito— .Se lo regalo a usted, o sus vendedoras. ¿Cómo te
llamabas, Ceci, Cecilia?—miré a la que me había ofrecido el agua— .Todo tuyo, Cecilia. Yo no lo
quiero volver a ver en la vida.
Como tampoco quería volver a ver a Tomás. Un sentimiento de ira me subió por el pecho en
forma de nudo, y bajé la cabeza derrotada. Hijo de puta…
—Buenas tardes—. mascullé un poco avergonzada, y me volví a la parejita del champagne—
.Gracias por la botella—.agregué levantándola y me fui de allí sintiéndome la perdedora más
perdedora del planeta.

En veinticuatro años, jamás había dado un espectáculo semejante. Creo, de hecho, que desde
que tenía cinco, no dejaba que nadie me viera llorar. Mucho menos un puñado de desconocidos, que
seguramente ahora debían estar pensando que era una lunática total.
Me tapé el rostro con las dos manos y suspiré.
Estaba tocando fondo. ¿En qué me había convertido?
Maldito Tomás, maldito vestido… maldita boda y maldita navidad, de paso. Desde ahora, se
convertiría en mi época más odiada del año.
Mi auto estaba a una cuadra, pero yo no me sentía capaz de conducir, así que solo me senté en
las escalinatas de uno de los edificios frente a la tienda, y me quedé ahí. Dejando que el aire
hirviendo de las primeras horas de la tarde, me adormecieran lo suficiente como para dejar de llorar,
y cerré los ojos.

—¿Estás bien?—escuché que me decían, y los abrí a regañadientes.
El chico de la parejita diferente, me miraba curioso mientras daba una calada a su cigarrillo.
¿Podía sentir más vergüenza? No, creo que no.
—Fenomenal—.contesté levantando un pulgar, y se rio.
—Sabés… podrías quedarte con el vestido y modificarlo. No sé—.se encogió de hombros—
.Hacerlo un vestido de fiesta.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Si lo veo, me va a agarrar otro ataque como el que tuve ahí adentro—.volví a taparme el
rostro— .Perdón, por cierto, por arruinarles el momento. No suelo ser así de loca.
—Por mí no hay problema—.sonrió— .Fue lo más divertido que me pasó en esa tienda—.dijo
negando con la cabeza.
—¡Ya sé!—dije de repente, teniendo una idea— .¿Por qué no les regalo el vestido a ustedes?
A vos y a tu prometida.
—Mi…—soltó el humo de golpe y se volvió a reír— .Fanny es mi hermana. Y te agradezco,
pero ya tiene elegido su vestido. Sigue probándose otros pidiendo que la acompañemos solo para
torturarnos. A mí, en especial.
—¿Por qué?—lo miré divertida por su gesto contrariado. Ya me parecía a mí que la tienda no
le pegaba nada.
—Porque soy el padrino de la boda, y sus amigas no llegan hasta la próxima semana—.se
quejó sentándose a mi lado y ofreciéndome su cigarrillo, pero yo negué con la cabeza— .Viven lejos,
y se están quedando todos en mi casa—.explicó.
—Qué bonito—.dije mirando la tienda con una sonrisa— .Yo no tengo hermanos… me
hubiera encantado poder contar con alguien que me ayudara así con los preparativos—.me reí con
amargura— .O por lo menos a cancelarlo todo. Una boda es …mucho trabajo.
—Eso parece—.opinó asintiendo— .Y cancelarla no debe ser nada divertido… ¿no?
—No, no lo es—.contesté cansada— .Acá me ves, borracha a las…—miré mi reloj con
dificultad— .tres de la tarde.
—Son las seis—.dijo con una sonrisa torcida que atrapaba el cigarrillo que llevaba ahí ya un
rato apoyado.
Mierda, qué rápido va el tiempo cuando uno hace papelones en público.
—Llego tarde, tenía que ir a buscar la torta—.dije maldiciendo por dentro— .Si no voy hoy,
mañana es feriado y no abren.
—¿La torta de casamiento?—me miró frunciendo el ceño.
—Ah eso—.me reí de mi propia ridiculez— .Es que hoy me hacían la despedida de soltera, y
la torta era… bueno, era para mi fiesta.
—¡Qué divertido! ¿Puedo ir?—dijo poniéndose de pie y apagando el cigarrillo en la suela de
su zapatilla.

—¿A mi fiesta?—¿De qué iba este? Era un chico raro, ya lo había notado. Y no solamente por
su aspecto físico…
—¿Por qué no?—se encogió de hombros.
—Porque no se hace…—dije muy despacio, a ver si resultaba que le costaba entender— .Por
si no te diste cuenta ya, no me caso. No hay despedida.
—Yo hubiera festejado de todas maneras—.se encogió de hombros— .Una fiesta es una
fiesta.
—Bueno, yo no estoy como para festejos—.dije poniéndome de pie y sacudiendo la tierra de
mi precioso vestido veraniego. Esperaba no haberlo manchado… me encantaba su color celeste.
Estaba por seguir mi camino, pero justo al terminar de bajar la escalinata, el piso giró
inesperadamente, y tuve que volver a sentarme del mareo que tenía.
Ah… el champagne.
—Y… ahí donde vas a buscar la torta ¿sirven café?—preguntó el chico agachándose para
mirarme de cerca.
Asentí abochornada, si es que todavía me entraba más humillación en el cuerpo.
—Va a ser mejor que te acompañe—.dijo tendiéndome una mano, y ayudándome a ponerme
de pie.
—No, no—.negué con la cabeza, respirando profundo— .Espero que se me pase, y voy a pie.
Vos estabas ocupado y…
—No te voy a dejar sola así—.me miró contrariado, y después a la tienda— .Y para serte
sincero, me estarías haciendo un favor. Necesito irme un rato.
Me reí por lo bajo y, como ya me daba lo mismo todo, acepté.
Su compañía se me hacía agradable, y después de tantos días sin hablar con nadie, era bueno
poder desahogarse.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Capítulo 2

Todo el trayecto hasta la pastelería, lo hicimos conversando.
Así me enteré que se llamaba Joaquín y era desarrollador y diseñador web, y que actualmente
estaba de vacaciones por la boda de su hermana.
—Yo me llamo Paula—.dije con una sonrisa.
—Señorita Paula—.contestó con una media sonrisa, imitando mi voz en la tienda de novias.
Su piercing brilló un poco sobre su labio con el reflejo del sol.—Cómo olvidarlo.
—Ya, ni me lo recuerdes—.me encogí de vergüenza y suspiré— .Nunca había hecho una cosa
así. Siempre fui más bien contenida, tímida, tranquila. No sé qué me pasó.
—A veces hace bien descargarse. No es para tanto—.le quitó importancia— .Además, con lo
que te pasó, se entiende que estés así.
—De todas maneras, no soy una persona que pierde el control—.le conté— .Siempre me
mido, y soy prudente. Mucho más en público.
Señalé la puerta de la tienda de pasteles y entré con él por detrás, mirándolo todo con
curiosidad.
Me acerqué al mostrador y me apuré a dar mi nombre.
Silvina, mi ex mejor amiga, había sido quien la había encargado, y habíamos quedado en que
yo la recogía antes de ir a la fiesta. Y claro, con las pocas ganas que había tenido de lidiar con estas
cosas estos cuatro meses, casi se me había olvidado por completo y nunca llegué a cancelar su
pedido. Igual no tenía que pagarlo… por suerte la zorra lo había hecho. Una pequeña victoria, entre
tanto bochorno.

—Aquí tiene—.dijo la dependienta con una sonrisa, mientras me entregaba una caja con un
gran moño por encima— .Felicidades.
—Ehm, gracias—.dije sin saber qué otra cosa contestar y abrí la tapa— .¿Qué es esto?—
chillé— .¡Silvina! La voy a matar.
Asustado, Joaquín se acercó para mirar sobre mi hombro.
—¡Wow!—dijo antes de reírse— .Qué pedazo de …torta.
—Es lo que más se vende para las despedidas de solteras—.nos contó la señora que nos
atendía, mientras yo miraba impresionada, tapándome la boca.

Si hasta después de todo, todavía seguía burlándose de mí la muy zorra. Sabía que a mí este
tipo de cosas me parecían desagradables, de mal gusto. Me conocía lo suficiente como para saber que
me horrorizaría como lo estaba haciendo justo ahora.
¿Qué era lo que me había encargado?
Una enorme, y muy realista debo agregar, torta con forma de pene.
—Es… es…—quise decir, pero las palabras se me quedaban en la boca sin poder salir.
—Es perfecta—.completó Joaquín cerrando la tapa, y tomándome de los hombros mientras
me llevaba despacio fuera de la tienda. Sus manos estaban tibias, y todo él olía a un perfume fresco,
que a mezclado con los dulces del lugar, quedaba delicioso— .Gracias. Hasta luego.
Se la venía venir, seguramente. Después del ataque que había tenido un rato antes, tal vez
tenía miedo de que me pusiera a llorar a las pobres reposteras por el pastel pornográfico, y no querría
pasar vergüenza por mi culpa.
—Pe-pero…—balbuceé cuando estuvimos afuera— .No puedo llevarme esta torta, es
espantosa. Vulgar…
—¿Qué importa?—se rio— .No hay fiesta, nadie la tiene que ver. No es para tanto, vamos.
—¿A dónde?—lo miré sin entender, porque ahora cargaba con la caja y caminaba decidido.
—A tu casa—.dijo como si nada— .Íbamos a tomarnos un café, y ahora tenemos torta.
Lo miré seria, pero no se reía. Lo decía de verdad, quería ir a mi casa. Lo pensé, como por tres
segundos más, pero el alcohol que todavía nublaba mi mente lo hacía todo más lento, y me vi
asintiendo.
Si. Volví a aceptar.
Fuimos caminando, porque no me apetecía conducir, y porque el aire me estaba haciendo bien
para despejarme. Ya pasaría por mi auto después.
Cada tanto lo miraba por el rabillo del ojo, pero a él la situación, al parecer, no se le hacía rara
para nada.
Yo estaba loca. Había perdido completamente la cordura.
Y él… era un completo desconocido, y ahora estaba en mi departamento, buscando en la
cocina un cuchillo para cortar el pastel-pene. Arrastrando sus pies tan relajado…

—Entonces, Silvina era tu mejor amiga—.comentó con la boca llena, una vez que nos
sentamos a comer en la mesa. Sus ojos verdes me miraban con atención.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Desde la secundaria—.asentí— .Siempre me había dicho que Tomás, mi ex, le caía mal. Es
que son muy distintos. Ella es, alocada, le gusta salir de fiesta, nunca estudió… Y Tomás, es
exactamente lo contrario—.me reí sin ganas— .Es más, creo que él tampoco me hablaba muy bien de
ella si lo pienso.
—¿Y qué hicieron cuando te enteraste?—preguntó.
—Primero se vistieron—.comenté y él subió las cejas sorprendido. Eran bonitas y expresivas.
Gruesas, con personalidad, igual que su dueño.
—¿Te los encontraste…?—asentí despacio— .Qué mierda.
—Mmm, si—.estuve de acuerdo, mientras saboreaba el pastel, que más allá de su aspecto,
estaba buenísimo— .Y después ella se puso a llorar, a decirme que lo sentía, y yo qué sé cuántas
mentiras. Y Tomás, frío como siempre, me dijo que no dramatizara, que eran cosas que pasaban, y
que podíamos salir adelante, como los adultos que éramos. Muy racional, muy correcto.
—Un imbécil—.opinó levantándose para llevar su plato y taza a la cocina.
—Un imbécil con todas las letras—.dije mirándolo pasearse con soltura por todo el lugar—
.Me lo contaron todo. Toda su historia, y cómo había empezado. Me juraron que ya no volverían a
verse. Y yo…
Me frené en seco, mirando un punto fijo en la pared.
—¿Y vos?—dijo volviendo a la sala.
—Y yo les dije que me iba—.me encogí de hombros— .Ni una sola lágrima, ni nada. Le dije
a Tomás que ya no quería casarme, y me fui como había llegado. Días después, mi mamá fue a
buscar mis cosas del departamento y me las trajo.
—¿No les gritaste? ¿No rompiste nada?—negué con la cabeza— .¿Ni siquiera golpeaste la
puerta al salir?—volví a negar.
—No, es que yo no soy así—.le expliqué— .Lo de la tienda de novias fue… no sé lo que fue,
pero no me había pasado nunca.
Asintió y en vez de sentarse como pensé que haría, se puso a deambular por la sala, mirándolo
todo con curiosidad, hasta que llegó al equipo de música.
—A ver qué estabas escuchando—.dijo antes de poner play y que los acordes de una guitarra
llenaran el ambiente. “Si tú no estás” de Rosana comenzó a sonar y me miró levantando una ceja.
—¿Qué?—pregunté a la defensiva— .Es una linda canción.

—Si querés volarte la cabeza de un corchazo, puede ser—.se rio y sacó la memoria de su
celular del bolsillo, toqueteando todo los botones— .Mucho mejor.
“Is this love” de Bob Marley & The Wailers, y ahora fue mi turno de reír. No puedo decir que
me sorprendiera demasiado su elección.
—No tenés arbolito de navidad—.miró a su alrededor, quitándose el gorrito de lana y
despeinando los mechones rebeldes que se rizaban bajo él— .¿No armaste uno?
Era guapo—.me dije. No era mi tipo, pero era guapo.
—Ehm, si. Armé uno, pero en mi otro departamento. En el que iba a compartir con Tomás—
.comenté— .Y no volví a armarlo, porque no tenía ganas. Ya quiero que las fiestas pasen de una
vez…
—Y qué… ¿Nunca más vas a volver a festejar navidad?—negó con la cabeza y siguió
mirando las fotos que tenía sobre uno de los estantes— .Mi hermana hace una semana que llegó a mi
casa, y me la llenó de adornos. Yo no tenía tiempo de ponerme a armar el pinito, pero tengo que
admitir que queda lindo y todo.
—¿Fanny, la que se casa?—pregunté curiosa.
—Si, es mi hermana menor—.asintió— .Mi mamá está feliz de que al menos uno de sus hijos
quiera casarse—.se rio— .Pobre mi vieja siempre se la hicimos pasar mal—.comentó— .Fanny
quedó embarazada a los dieciocho, madre soltera… dejó de estudiar para ponerse a trabajar, y se fue
de casa a los diecinueve con mi sobrina Clarita.
—¿Y vos?—lo miré con interés.
—Y yo, no seguí medicina como mi viejo, y nunca llevé una chica a casa—.hizo un gesto de
fingida pena.
Oh, nada de chicas… interesante. Ahora que lo pensaba, tal vez hubiera mirado la torta con
una sonrisa traviesa…
—¿Y chicos?—pregunté queriendo parecer desinteresada y casual.
—Chicos tampoco—.contestó sin dar más detalles— .Qué calor que hace…
—Se me rompió el aire acondicionado, y el nuevo está…
—En el departamento en el que ibas a vivir con Tomás—.adivinó y me reí.
—Podemos ir a la terraza—.le ofrecí. No sabía porqué, pero aun no quería que se fuera. Me
gustaba charlar con él, me daba… paz.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Vamos—.pidió, y justo cuando estaba saliendo vio algo que le llamaba la atención—
.¿Tocas?—señaló mi guitarra, que estaba entre las cajas de mudanza, tirada en un rincón.
—Un poco, pero bastante mal—.respondí— .¿Vos?
—Igual—.sonrió y la recogió antes de seguirme por las escaleras que subían al piso superior y
terraza del edificio.

La tarde había terminado de caer, y en el cielo empezaban a aparecer algunas estrellas. La
temperatura había bajado, y el viento en la cara, se sentía genial. Suspiré con fuerza, llenándome los
pulmones con aire fresco.
La terraza, era un espacio pequeño de baldosas coloradas, que apenas si tenía unas macetas
que algunos vecinos habían puesto para adornar, y una baranda que nos separaba del vacío, y que
tenía una vista preciosa de una de las avenidas más transitadas de la ciudad.
A esa hora, cualquier día del año, la calle estaría llena de gente, movimiento, autos,
motocicletas… pero ahora no había mucho.
Las fiestas tenían eso. Tranquilidad. Algo que siempre me había gustado, y que ahora, sin
embargo, me agobiaba. Contaba las horas para volver a la normalidad.
Joaquín se sentó con las piernas hacia afuera, cruzando las barras de la baranda y le dio una
palmadita al suelo para que lo acompañara.
Se había arremangado las mangas de la remera hasta dejar al descubierto sus hombros, y de
paso, unos veinte tatuajes más que todavía no le había visto. ¿Tendría muchos más?
En realidad, parecían todos parte de un solo dibujo. Uno grande que lo cubría todo. Hasta
parte de su cuello… haciendo contraste con esos mechones castaños claros que se ondulaban sin
control.
Desvié la mirada algo avergonzada de la manera en que lo estaba analizando, y miré a la calle.

—¿Hacía mucho que estabas con Tomás?—preguntó mientras encendía otro cigarrillo.
—Siete años de novios, pero nos conocemos desde la escuela—.contesté sintiendo que el
pecho se me volvía a cerrar, y no por el humo precisamente— .Era mi mejor amigo, además de mi
pareja.
—Intenso—.dijo asintiendo y dando una larga calada— .El primer amor nos deja a todos un
poco tocados, supongo que hay que hacer todo lo posible por quedarse con lo bueno…

—Lo bueno—pensé en voz alta— .Lo bueno es que no me casé con Tomás. Que pude
enterarme de todo antes de tiempo, para que no siguieran viéndome la cara de tonta—.dije molesta,
acomodándome el ruedo del vestido, que se volaba un poco con el viento.
Joaquín sonrió apenas, con la mirada perdida en el horizonte y se acomodó la guitarra en el
regazo.
—Eso lo decís ahora porque estás enojada, y es normal—.comentó apenas rozando las
cuerdas— .Pero cuando eso pase, vas a tener los recuerdos. Son muchos años, y son dos personas
importantes en tu vida, no pueden pasar indiferentes, y hacer como si no tenerlas de un día para el
otro, te diera lo mismo. No sos un robot.
—Yo… yo no digo que no me afecte—.sacudí la cabeza porque los ojos me escocían. Sin
saberlo, me había dado justo en donde más ardía. Mis dos mejores amigos— .Pero tampoco puedo
quedarme llorando, y revolcándome en la tristeza mientras ellos…
—Que ellos hagan como puedan… lo digo por vos—.me miró a los ojos y el corazón me
dolió un poquito— .Necesitas curar, sufrir, reír, llorar. Sentir un poquito, desahogarte. Tener mil
ataques como el de la tienda hasta que te lo saques de adentro.
Me reí entre dientes.
—¿Mil ataques?
—Bueno, no mil—.dijo uniéndose a mi risa— .Uno más, por lo menos.
—Debes pensar que estoy loca—.dije cerrando los ojos y pegando la frente a las barras frías
de la baranda— .Ya estoy grande para no saber gestionar mis emociones. Me siento estúpida, y rara,
de estar contándole todo esto a un desconocido—.confesé con sinceridad, con el mentón tembloroso.
—Eso es lo de menos—.dijo en voz baja, pasándome la mano por los hombros, y apretando
uno con cariño. Con consuelo y yo suspiré porque tenía razón. Me hacía falta sentir— .¿Sabes
cantar?—preguntó de repente, cambiando de tema.
—Ehm, no—.sonreí secándome una lágrima del ojo antes de que cayera.
—Yo tampoco, pero es algo que siempre hago cuando todo empieza a superarme—.rasgó otra
vez las cuerdas, pero esta vez con un poco más de intención.
Segundos después, se formó una melodía lenta. Una que aunque un poco melancólica, me
arrancó una sonrisa. Esa letra… ¿Cómo podía haber elegido la canción perfecta? La que necesitaba
escuchar en ese momento… si no nos conocíamos de nada.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

We all have a weakness
But some of ours are easier to identify. Look me in the eye
And ask for forgiveness;
We’ll make a pact to never speak that word again
Yes you are my friend.
We all have something that digs at us,
At least we dig each other

“Dig” de Incubus… Me encantaba esa canción, pero más aun en este contexto.
Joaquín me había mentido. Si que sabía tocar la guitarra, y esa voz… Era grave, algo ronca,
pero perfectamente entonada, y en sus ojos, que a veces se cerraban al final de una oración, lo
hacían…
Lo hacían hermoso.

If I turn into another
Dig me up from under what is covering
The better part of me
Sing this song
Remind me that we’ll always have each other
When everything else is gone.

Mis ojos iban desde sus manos, que se movían seguras entre las cuerdas, con algunos
pequeños tatuajes aquí y allá entre los dedos, hasta su rostro. Lleno de sentimiento, entonando cada
palabra con aquello que de a poco iba tocando cada fibra de mi ser. Cada pequeño y olvidado rincón
de mi corazón.
Era como ponerme de cara a todo lo que había querido ignorar porque dolía, y enfrentármelo
de manera inesperada pero a la vez dulce.
Joaquín tenía algo… y ese algo era lo que me hacía quedarme a su lado.
No sabía nada de él, pero su presencia era como un bálsamo. Era justo lo precisaba en ese día
tan raro.

We all have someone that digs at us,
At least we dig each other
So when sickness turns my ego up
I know you´ll act as a clever medicine.
If I turn into another
Dig me up from under what is covering
The better part of me.
Sing this song
Remind me that we´ll always have each other
When everything else is gone.
Oh each other....
When everything
Else is gone.

La canción llegaba a su fin, y yo aún estaba hipnotizada mirándolo. En un estado de trance en
el que me descubrió, cuando él salió del suyo propio y levantó la mirada.
Sonrió con ganas, haciendo que sus labios se curvaran de manera graciosa, y su piercing diera
un pequeño, casi imperceptible destello. Atractivo, si. Era muy atractivo…
Se rascó la barba crecida y encogiéndose de hombros con modestia, miró de nuevo hacia la
calle.
—Eso fue… muy lindo—.dije sin aliento, y puede que no me estuviera refiriendo solo a su
interpretación de la canción de Incubus.
Asintió con agradecimiento y me ofreció del cigarrillo, que hacía rato estaba olvidado entre
sus dedos, mientras tocaba.
—No, gracias. Ya no fumo—.respondí— .Antes fumaba, cuando era más chica, y tomaba
cuando salía con mis amigos. Antes salía...
—¿Y qué pasó?—levantó una ceja.
—Creo que ya te conté lo que me pasó—.me reí.
—Me contaste de hace cuatro meses hasta ahora. Yo te pregunto qué te pasó en general—
.explicó— .Para que cambies tanto, desde que eras más chica.
Lo miré pensativa sin terminar de entender bien su pregunta.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Supongo que crecí. Maduré—.contesté— .Todo el mundo lo hace, llegada a una edad. Se
toma las cosas más en serio…
—No todo el mundo—.dijo con una sonrisa canalla arqueando las cejas, y tuve que reírme.
No. Definitivamente él no daba el aspecto de alguien que se tomara nada en serio.
—¿Te dolió eso?—pregunté entre risas, señalando las dos bolitas metálicas de su ceja.
—Para nada—.contestó sacando la lengua y mostrándome que ahí también tenía un piercing,
que aún no había visto— .Este tampoco—.levanté las cejas asombrada y sonreí porque me gustaba
como le quedaba. ¿Cómo se sentiría besar con eso puesto ahí? —¿Tenés ganas de hacerte uno?—
preguntó.
—¡¿Yo?! ¡No!—contesté negando con la cabeza de manera frenética— .No es para mí, no es
mi estilo. Mi mamá se moriría, y ¿qué diría la gente?
—No es eso lo que te pregunté—.dijo acercando su cabeza con complicidad— .A vos, ¿te
gustaría hacerte uno?
—¿Y dónde me lo haría?—pregunté mordiendo una sonrisa que no quería dejar salir. ¿Yo?
¿Con piercings? ¡Qué locura!
Me miró con los ojos entornados, analizando mi rostro con concentración, y después resolvió.
—En la nariz—.asintió— .Me gusta tu nariz, un anillito chiquito al borde de la aletilla—.tocó
donde decía y mi sonrisa no pudo seguir ocultándose. Cuando volvió a ofrecerme el cigarrillo, lo
acepté y di una pequeña y tímida primera calada, en años…
—Nunca me animaría. Tal vez si fuera en algún lugar que no se viera tanto, no sé—.me reí—
.Pero, ¿qué estoy diciendo?—sacudí la cabeza— .Este día está siendo el más raro de toda mi vida…
—Y recién empieza—.bromeó con una mirada misteriosa— .Creo que te vendría bien
despeinarte un poco. No es tarde para esa despedida de soltera.
—¡Que no me caso!
—Bah, eso es solo un detalle—.hizo un gesto con la mano, quitándole importancia— .¿Qué
importa? Festeja igual… Te hace falta.
—¿Cómo sabes? No me conoces—.dije con escepticismo.
—Te vi en la tienda de novias. Y esa, era una chica que necesitaba perder un poco los papeles,
y divertirse.
—Pfff…—farfullé poniendo los ojos en blanco— .Lo que necesito es que las fiestas pasen de
una vez, que todo vuelva a la normalidad, y que yo pueda volver a trabajar, para seguir con mi vida.

—Ya va a haber tiempo para eso—.me discutió— .Ahora vamos…—dijo antes de ponerse de
pie, darme la mano y tirar de mí para que lo siguiera.
—¿Vamos? ¿A dónde?—pregunté desconcertada.
—A salir—.contestó sin cambiar su expresión.
—¿Por qué?—me frené para mirarlo a los ojos.
—¿No acabo de decirte?
—No—.le aclaré— .¿Por qué querés que me despeine? ¿Por qué te interesa que pierda los
papeles?
Se quedó mirándome por un instante, y luego sonrió.
—Porque estoy aburrido, y porque no me gusta pensar demasiado las cosas. Las hago y ya—
.respondió— .Vamos.
Y yo me reí, pero adivinen qué.
Lo seguí.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Capítulo 3

—Mmm…—me miró con atención cuando volvimos a entrar a mi departamento para dejar la
guitarra— .Me parece que no vas vestida para la ocasión.
—¿Qué tiene de malo mi vestidito?—pregunté desconcertada. Era uno de mis atuendos
preferidos.
—Es muy… de nena buena—.dijo torciendo la cabeza.
—Es que lo soy—.dije asintiendo.
—Y esas perlitas—.señaló mis pendientes— .Ese peinado… no. Si querés hacer esto, tenés
que hacerlo bien.
—Despeinarme—.recordé y él asintió— .Estoy loca, pero te voy a seguir la corriente… Está
bien. Todo mi guardarropas es más o menos lo mismo. ¿Qué propones?
—Vamos—.repitió, y esta vez, me tomó de la mano, y salimos caminando por la calle unas
cuantas cuadras.
Mis zapatitos, aunque no tenían tacones, tampoco eran el calzado ideal para estar andando
tanto, así que cada tanto, le preguntaba si faltaba mucho, y él solo se reía y ponía los ojos en blanco.

Casi media hora después, estábamos en un portal con aspecto antiguo esperando que una tal
Olivia nos abriera la puerta. Y cuando lo hizo, me quedé con la boca abierta.
Cabello gris y no porque tuviera canas, si no porque así había elegido teñírselo, y la piel llena
de tatuajes de colores. Era monísima.
Joaquín, apenas la vio la cargó en sus brazos de manera juguetona y ella rió como una
chiquilla, encantada con ese tonteo que tenían. Si, ella era la versión femenina de él. Juntos, se veían
perfectos. En pura armonía.
Podía imaginármelos. Él tocaría la guitarra, mientras ella cantaba, los dos mirándose
encantados con el otro, haciendo juego. Como esas parejas que se ven en Pinterest o en Instagram.
Esas que uno imagina que solo son modelos posando…
Atontada como me había quedado, la saludé con una sonrisa y la seguimos a su casa. Un
cuarto de pensión que compartía con otras dos chicas que habían viajado al interior para estar con sus
familias durante la navidad.

—Oli, estamos necesitando un cambio de look para Paula—.dijo Joaquín muy serio sacando
unas botellitas de cerveza de un minibar vintage color rojo— .Vamos a salir a divertirnos, y va
muy…
—Sobria—.opinó Olivia asintiendo. Claro, era de esperarse que alguien como ella, que era
puro color, me viera así. Todo hasta su casa tenía un estilo pin up tan original que uno no podía dejar
de mirarla. Top corto a lunares, escote corazón, short de jean super corto y unos tacones altísimos
con los que caminaba hábilmente.
—¿Tendrás algo más cómodo?—preguntó él, tendiéndome una de las bebidas, y yo, que a
estas alturas debía haber perdido hasta el último rastro de cordura, la acepté para empezar a beberla
sin ceremonias. ¡Y sin vaso ni copa! Si me preguntan, era la primera vez que lo hacía.
—Tengo un poco de ropa de Penélope—.comentó como si nada, haciendo un globito con su
chicle rosado— .Debe ser su talle.
Joaquín asintió y Olivia me tomó del brazo, arrastrándome a una de las recámaras. No le hizo
falta hacer preguntas, ni nada. Iba a ayudar a una completa desconocida y a tratarla con total
confianza como si fuera su amiga de la vida. Era un comportamiento que se me hacía extraño, y no
terminaba de entenderlo, pero me gustaba. Olivia me había caído genial.

O por lo menos hasta hacía cinco minutos...

—Ni loca—.dije mirándome al espejo cuando terminó de jugar a los vestiditos como si fuera
su propia muñeca Barbie.
—Estás preciosa—.dijo haciéndome dar una vueltita— .Si yo tuviera tu culo, nunca me lo
taparía—.sonrió guiñándome un ojo— .¡Joaco!—llamó con un grito— .¿No está impresionante?—
preguntó apenas el aludido entró con su botellita en la mano.
Pude notar que sus ojos se abrían más de la cuenta y una pequeña, pero muy sexi sonrisa se le
ponía en los labios a medida que me recorría con la mirada. Y a mí, a la vez, me recorrió un calor por
todo el cuerpo.
—Impresionante—.repitió él, asintiendo hacia Olivia como felicitándola.

Después de probarme un par de atuendos, finalmente se había decidido por un short de tela de
jean tiro alto, y una remera negra de banda, cuyas mangas habían sido recortadas al parecer a

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

mordiscos, dejando huecos como los que hacen las polillas, y mi corpiño celeste de encaje a la vista
por los lados.
En los pies llevaba unas zapatillas converse de toda la vida como las que me ponía cuando iba
a la escuela, y lo que menos me gustaba de todo, unas medias que me daban más arriba de las rodillas
de color negras a juego con la remera.
Me había soltado el cabello, y lo había encrespado apenas, para que pareciera que acababa de
pelearme con un peine, y en los ojos me había puesto tanto maquillaje negro, que si se corría, me
vería como Marilyn Manson.
Comenzó a sonar “Blue Velvet” de Bobby Vinton, un clásico viejísimo, y Olivia corrió a
atender, porque cómo no, era el ringtone de su celular. No podía ser un tono normal como el que
tenía yo, que solo era un sonido de teléfono. Aburrido. Soso—.pensé un poco contrariada. Joaquín
tenía razón, necesitaba despeinarme un poco…
—No siempre es tan rara…—susurró acercándose para mirarme mejor— .¿Lista para salir?
—¿Así vestida?—dudé. ¿Qué más daba? Asentí con timidez… que intenté ocultar tras
beberme lo que me quedaba de la cerveza de un solo trago. Ahí iba. Coraje líquido, más vale que no
me pusiera enferma, que no era la intención.
—¿Podemos salir con ustedes?—preguntó Olivia, volviendo a donde estábamos— .Thiago,
mi novio—.explicó mirándome y señalando el teléfono en su mano.
Sorprendida, porque pensaba que ella y Joaquín tenían algo, no supe qué contestar, y tuvo que
ser él quien le dijera que si. Que se apurara en venir y que usaríamos su auto ya que estábamos.

A los diez minutos, un chico con cazadora de cuero, lleno de piercings y tatuajes como su
novia y amigo, nos recogía en un deportivo vintage descapotable y una sonrisa amistosa, que dejaba
entrever las ganas de divertirse que tenía.
Todos eran simpáticos, y aunque no me lo habría imaginado nunca, por lo diferentes que eran
a toda la gente que conocía, me sentía a gusto con ellos.
En el estéreo sonaba “Ulysses” de Franz Ferdinand y la conversación era agradable. No
paraban de hacer bromas y de reír, haciéndome reír a carcajadas. Ni siquiera recordaba la última vez
que había reído así.
Si había pensado que Joaquín y Olivia se veían bien juntos, era porque aun no había visto a
Thiago y a Olivia. Eran adorables. Y no solo porque eran atractivos los dos, si no porque se miraban

con tanta ternura, que daba celos estar cerca de ellos. ¿Alguna vez habríamos sido así con Tomás?
Quise reírme.
La respuesta era fácil: NO.
Joaquín, que iba sentado a mi lado, se inclinó para hablarme, distrayéndome de tanto
pensamiento negativo.
—¿Cómo va tu despedida hasta ahora?—preguntó en tono cómplice— .¿Mejor que quedarte
en casa escuchando Rosana?—y lo dijo arrugando el gesto.
—¡Ey!—me quejé— .Esa canción es linda… y si—.tuve que aceptar— .La estoy pasando
mucho mejor acá con ustedes. Gracias.
—Ah…—dijo con una sonrisa socarrona— .No me lo agradezcas ahora, agradecemelo
después—.bajó un poco más la voz, y pude sentir su aliento rozando mi cuello— .Las noches con
estos dos empiezan siempre así, pero nunca se sabe cómo terminan—.señaló a sus amigos.
—Me dejas tranquila—.contesté abriendo mucho los ojos y él echó la cabeza hacia atrás para
reírse.
El tatuaje que tenía dibujado a un costado de su cuello, quedaba más a la vista entre sus venas
en tensión, y como aunque a veces lo parezca, no estoy hecha de madera, me sentí atraída.
Si, ya lo había dicho. Era guapo, y daban ganas de rozar toda esa zona con la nariz, para ver si
el perfume tan delicioso que tenía se intensificaba más ahí… y cómo sería sentir su tacto…
Mmm… debía ser la cerveza…

Unos minutos después, paramos frente a un edificio donde Joaquín se bajó rápido, para volver
enseguida cargando una mochila y cuatro botellas de cerveza más. No quiso decirme que traía, pero
si me dijo que era una sorpresa.
Y todo eso, con un irresistible guiño de ojo, con el que solo pude seguir sonriendo. Eso, y
seguir brindando por mi despedida de soltera, por mi maldito vestido, por la torta en forma de pene,
por mis medias bucaneras… por la noche buena, Papá Noel, y por todos sus renos.
Resultado: iba más alegre que perro con dos colas.

Seguimos camino hasta un predio con grandes cadenas en la puerta que parecía cerrado por
las fechas, y estacionamos en una callecita paralela para bajarnos haciendo mucho ruido. La parte de
atrás, tenía un enrejado bajo que daba al jardín verde e inmenso de un club deportivo.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—¿Dónde estamos?—se me ocurrió preguntar.
—Trabajo en el bar de este polideportivo—.comentó Thiago— .De noche es mucho mejor
que de día cuando está lleno de gente—.se rio y tomó a Olivia de la cintura para …para treparla a la
reja. ¿Qué?
—¿Nos vamos a colar?—chillé alarmada.
—No pasa nada, los guardias se fueron a cenar, y no vienen hasta la una—.dijo Joaquín lo
más tranquilo— .Lo hemos hecho miles de veces. Está todo bien.
—Nos van a descubrir y vamos a terminar todos presos—.negué con la cabeza de manera
mecánica— .¿No podemos ir por ahí a comer, y después no sé, pasear como personas normales?
—¡Bu! Aburridooo—gritó Olivia, sentándose sobre la reja, antes de dar un saltito y aterrizar
grácilmente en el césped del otro lado.
—Vamos, señorita Paula—.susurró seductor Joaquín cerca de mi oído— .Ya estamos acá—
.lo miré con algo de miedo, y luego a la cancha de fútbol que teníamos detrás, totalmente oscura—
.Te prometo que no nos va a pasar nada.
—Yo… yo no sé—.dije paralizada, pero él no pareció escucharme. O le bastaba con mi
pequeño momento de duda.
Sorprendiéndome me tomó por la cintura, y me elevó sin esfuerzo sobre el enrejado, para
dejarme cerca del borde, al que me aferré desesperada y me trepé como si se me fuera la vida en ello.
Agh, qué mierda, total ya estaba loca—.pensé cerrando los ojos, y saltando del otro lado.
—¡Eso, Pau!—me festejó Olivia con un abrazo cariñoso y yo sonreí avergonzada. De más
está decir que no estaba muy acostumbrada a las demostraciones de afecto. Y menos con gente que
conocía desde hacía cinco minutos.

Los chicos nos siguieron entre risas, y nos condujeron hacia la zona más alejada, que parecía
un quincho con escenario en el que se celebrarían picnics, y fiestas.
Las mesas estaban bajo el único farolito que permanecía encendido, y el sonido de las
chicharras y grillos era todo lo que se escuchaba por ahí.
Sacamos las botellas de cerveza, y las abrimos riéndonos que la espuma se desbordaba y se
nos volcaba casi todo el contenido antes de que pudiéramos tomarlo.
Thiago desapareció unos momento en la oscuridad, en dirección al edificio más grande que
tenía un cartel en donde se podían adivinar las letras que ponían “bar”, y cuando regresó, cargaba
algunos sándwiches y paquetes de papas fritas y otros snacks parecidos, a los que nos abalanzamos.

Sonreí entusiasmada porque como a Tomás no le gustaban esas cosas, nunca comprábamos
cuando salíamos… y yo estos meses me la había pasado comiendo sano para entrar en el vestido.
Bueno, que el vestido y Tomás se fueran a la mierda—.pensé llevándome a la boca un puñado
de doritos anaranjados que me hicieron poner los ojos blancos de placer. Si hasta tuve que
reprimirme las ganas de chuparme los dedos.
O esto estaba buenísimo, o estábamos muertos de hambre… pero por unos cuantos segundos,
ninguno habló y nos dispusimos a llenarnos la boca de comida.
Joaquín me miró divertido, limpiándome unas migajas de la mejilla la misma suavidad que le
había visto al tocar mi guitarra.

—¿Tenés todavía toda la casa invadida?—le preguntó Olivia, con la cabeza apoyada en el
hombro de su novio, que le daba besitos cada tanto. A eso me refería con que eran tiernos. Nunca
había visto una pareja que se quisiera tanto en público. En mi círculo de amistades, esto era algo que
no se veía.
—Mmm, si—.asintió Joaquín cuando tragó la cerveza que tenía en la boca— .Y Fanny está
atacada de los nervios. Todavía falta un mes para el casamiento, no sé cómo la voy a aguantar.
—No te hagas el duro, que te pasas todo el año extrañándolas—.se rió su amigo— .A que si
ahora agarro tu celular, de fondo la tenés a tu sobrina Clarita—.Joaquín sonrió sin decir nada, y el
otro lo siguió provocando— .Si tengo razón, te tirás vestido a la piscina de allá.
—¡Yo no dije nada! Esa apuesta no vale—.se quejó, pero escondió su móvil detrás de su
espalda. Tarde, porque Olivia ya se había cruzado con el cuerpo sobre la mesa, arrebatándoselo de un
tirón— .¡Ey!
—Awww…—dijo enternecida después de desbloquear la pantalla y mostrarnos lo que había
en ella.
Una pequeña que tendría unos cinco años, con los ojos verdes más bonitos que había visto.
Sus rizos pequeñitos y rubios la hacían parecer uno de esos angelitos de los cuadros que en los
noventa se usaban tanto para decorar. Era preciosa, y se parecía muchísimo a su mamá, la chica que
había visto en la tienda, y si… también un poco a su tío.
—Si yo me tiro, se tiran todos—.dijo levantando las manos y aceptando su derrota.
—Yo no me voy a tirar—.me apuré en decir y los tres se rieron. Por supuesto que se
esperaban que dijera eso.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Así que después de mirarse entre ellos como comunicándose con las mentes algo, se pusieron
de pie y yo, alerta, salí corriendo.
Me persiguieron por toda la cancha de fútbol, por la de tenis, y finalmente alrededor de la
piscina en donde yo no me dejaba atrapar, al grito de “¡No! ¡Mi pelo, no me quiero mojar!”
Me resistí, todo lo que pude y todo lo que las cervezas que tenía encima me permitieron.
Luché, pataleé, chillé, pero nada de eso importó.
¿Y qué puede haber pasado?

Que me agarraron entre Joaquín y Thiago, y con una cuenta regresiva los tres, nos
zambullimos en la parte honda en un estruendo, muertos de risa.
Olivia nos siguió poco después, tirándose bomba y nadando hacia donde estábamos, todavía
tosiendo agua a las carcajadas.
Thiago la agarró por la cintura y ella en respuesta, enroscó los brazos en el cuello de él para
darle un beso. Un beso lento, casi de película, que aunque no quedaba bien quedarse mirando, no
había podido evitarlo.
Todos vestidos, y completamente mojados, nadábamos hasta una de las orillas salpicándonos,
riéndonos de cómo nos pesaban las prendas y lo complicado que era nadar con zapatillas puestas.
De repente, algo llamó mi atención. Nos conté. Uno, dos, tres. Qué raro. Miré a mi alrededor,
y no había ni rastros de Joaquín. ¿En qué momento había salido?
Estaba pensando eso, cuando un tirón en el tobillo, me obligó a hundirme antes de dar una
gran bocanada de aire. Y entonces lo ví. Ojos abiertos bajo el agua, y una sonrisa enorme, me sacó la
lengua y subió a la superficie dejándome manoteando desesperada por subir también.
—¡Ey!—le chillé cuando pude sacar la cabeza.
Obviamente se estaba partiendo de la risa y ni mis regaños ni mis empujones, ni el litro y
medio de agua que le hice tragar en venganza, hicieron nada para que dejara de hacerlo.
—¿Qué creías, que había tiburones?—se rio, tirándose el cabello hacia atrás con las dos
manos, mientras seguíamos pataleando para hacer pie.
—Si, porque los tiburones son idiotas, y se sujetan a los tobillos para ahogarte—.ladré con
ironía, mientras veía como el reflejo del agua hacía sus ojos de un verde mucho más brillante, y sus
labios húmedos se curvaban en una sonrisa.

—Pulpos entonces—.dijo nadando más cerca hasta quedar frente a mí— .Que te atrapan con
los tentáculos…—subió y bajó las cejas, haciéndome reír.
—¿Se supone que eso tiene que darme miedo o…?—me burlé.
—¿No te da miedo?—preguntó desafiante y yo negué con la cabeza.
Solo cuando me tuvo apresada por la cintura, hundiéndonos a los dos, otra vez a lo profundo,
enroscándonos, yo por liberarme, y él por envolverme con sus brazos, –o supuestos tentáculos–, me
di cuenta de que el tonteo se nos estaba yendo un poquito de las manos.
Y cuando salimos a la superficie jadeando por respirar, acomodándonos la ropa después de
tanto forcejeo, y si, yo aun en su abrazo, me sentí… cómo les explico cómo me sentí.
Tendrían que haberlo visto.
Remera pegada por el agua, y todo el calor de su cuerpo pegándose al mío. Gotitas cayendo
por los cabellos de su nuca, otras en sus pestañas, y otras tantas, atrapadas en sus labios…
Mirándome como me estaba mirando. Uff.
Me sentí, violenta.
El calor del ambiente ya de por si era sofocante, pero ahora, me sentía arder.

—Vamos a salir para tomarnos las cervezas que quedan. ¿vienen?—preguntó Thiago,
interrumpiéndonos y los dos asentimos nadando despacio hasta el borde para salir rápidamente.

Otra locura más para sumarla a la lista que cosas disparatadas que me habían pasado ese día.
Bueno, ya técnicamente el día de ayer y el de hoy, porque pasaban de las doce de la noche.
Sacudí la cabeza para aclarármela.

Todavía con la ropa chorreando, dejamos un charco en la zona de las mesas, y volvimos a
repartirnos bebidas. Se ve que entre las cosas que Joaquín tenía en esa mochila, también había
alcohol. Vodka, Tequila y algo que no sabía qué era, pero olía fatal.
Copa va, copa viene, alguien sacó una guitarra, y Joaquín empezó a tocar mientras todos
charlábamos esperando que se nos secara la ropa.
Otra melodía conocida…

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Y la preciosa voz de Olivia, suave, dulce y aunque un poquito estridente, perfecta para lo que
cantaba. “Amor, amor de mis amores” de Natalia Lafourcade y Devendra Banhart… con Joaquín
como la voz masculina que la acompañaba.
Para el estribillo, ya estábamos todos muertos de risa haciendo coros. Y al final, todos
cantábamos con los ojitos cerrados. Así de potentes habían estado los tragos…
“Amor, de mis amores, tú eres mi cielo…”

Estábamos concentradísimos en la canción, y si, también algo afectados por la bebida, que no
vimos que las luces del club comenzaban a encenderse.
—¿Quién anda ahí?—se escuchó decir desde la entrada, de donde venían luces parecidas a las
de un par de linternas.
—Mierda—.dijo Thiago, guardando las botellas como podía en las mochilas y bolsos que
habían traído— .Ya llegaron los de seguridad.
Todos nos pusimos de pie asustados, mirándonos entre nosotros con cara de puro terror, y
como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, echamos a correr hacia el enrejado por el que habíamos
entrado.
Salir, se nos dio mucho más fácil, y no me pregunten cómo, porque no recuerdo, pero cuando
quisimos darnos cuenta, ya llevábamos corriendo las dos cuadras que nos separaban del auto de
Thiago, a las risotadas.
Llegamos con la lengua afuera, jadeando para recobrar el aliento, pero con la adrenalina tan a
flor de piel, que no podíamos dejar de reír histéricamente. Había estado cerca, si señor.

Y no sé tampoco si habría sido esa misma adrenalina, o la borrachera que tenía, pero el
siguiente destino de la noche, fue una propuesta mía.
Una brillante idea. Sin dudas.

—Esa de ahí. Primer piso—.comenté señalando hacia arriba— .El balcón que tiene los
farolitos. Yo los puse—.expliqué.
—¿Y ahora vive tu ex y tu amiga?—preguntó Olivia con los ojos entrecerrados para ver
mejor.

—No sé si ya viven juntos, pero supongo—.me encogí de hombros— .Igual ahora no hay
nadie, porque Tomás esta noche tenía una cena en la otra punta de la ciudad.
Asintieron y miraron otra vez hacia el balcón.
—Y bueno, ¿entramos?—preguntó Joaquín como si nada.
—¿Qué? Estás loco—.dije, pero no le estaba contando nada nuevo— .Ya no es mi casa, no
puedo entrar así como así.
—Vos estás pagando el alquiler, ¿no?—me pinchó— .Vos sos la que compró los sillones. ¿No
te da curiosidad ver qué hizo con el lugar?
—Mis sillones blancos—.dije con la mandíbula tensa.
—Eso, tus sillones blancos—.sonrió con maldad mientras asentía.
—No traje las llaves—.recordé cerrando los ojos.
—Vamos—.dijo él bajándose del auto, y tendiéndome la mano para que lo siguiera. Olivia y
Thiago nos siguieron divertidos y se pararon en la acera a ver que estaba tramando su amigo—
.Subite a mis hombros—.dijo colocándose justo por debajo del balcón.
—¡¿Qué?!—grité— .¿Cómo me voy a meter por ahí? Ni loca.
—Shhh…—se rio Olivia tambaleándose— .Tus vecinos van a llamar a la policía si hacés
ruido. No tenemos que entrar todos, pueden ir ustedes dos, y nosotros esperamos acá y hacemos de
campana—.propuso tranquila.
—Están locos—.los señalé— .A todos ustedes les faltan un par de tornillos.
—Señorita Paula…—me provocó Joaquín con una caída de ojos. Una que me hizo pensar en
todo lo que había sido capaz de hacer por culpa de esos ojos malévolos en las últimas siete horas.
—Está bien—.dije mordiéndome los labios, aceptando que ya era tarde para echarse atrás, y
yo era débil, muy débil.
Sonrió con ganas y se agachó para que pudiera subirme en él. Me sujetó firme y cuando me
agaché para ver si estaba bien, solo asintió y volvió a sonreírme para infundirme confianza. Un
saltito, y ya estaba en el balcón. Otro saltito, y la ayuda de Thiago que le hacía pie, y Joaquín estaba
conmigo, a mi lado, apretándome una mano en señal de apoyo.
Terminamos de abrir el portal de vidrio y nos adentramos casi en puntillas de pie a la sala, que
a oscuras, parecía estar tal cual la había dejado unos meses atrás.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

No sé decir qué emoción es la que me invadió, pero era poderosa, y me consumía entera.
Cada célula del cuerpo. Millones de recuerdos, millones de proyecto encerrados en esas paredes.
Tanto futuro planeado de a dos, y ahora, todo se había derrumbado.
Todos esos abrazos, todos esos besos… todo ese cariño que pensé que nos teníamos.
Tomás emocionado, de rodillas con un anillo en las manos, pidiéndome emocionado que
pasara el resto de mi vida a su lado. Mi respuesta, y su abrazo.
Antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba haciendo, sentí las manos de Joaquín,
rodeándome la cintura para frenarme, pero o no fue lo suficientemente rápido, o yo si lo fui… y
terminé tumbando todos los portarretratos de la repisa que estaban a la derecha, peleándome con los
almohadones a los tirones para reventarlos y ver como su relleno llovía a mi alrededor, y si.
Pisoteando con las zapatillas sucias toda la superficie de los sillones blancos.
Entre gruñidos catárticos, pisaba, saltaba y restregaba el tapizado con las suelas, sintiendo que
de a poco la calma iba volviendo a mi cuerpo.
Levanté la mirada y me di de frente con un cuadro en blanco y negro que antes no estaba ahí.
¿Qué? Una foto de Tomás y… Tomás y Silvina.
Ahogando un grito, tomé una fuente de cristal, regalo de mi suegra que habíamos decidido
poner en la mesita ratona, y lo arrojé haciendo volar vidrios para todos lados.
El marco estaba roto, pero la foto seguía intacta.
Quise descolgarla, pero no pude llegar a ella.
Ahora sí, las manos de Joaquín se enroscaron a mi cintura, y como lo había hecho en el
enrejado, me cargó sin esfuerzo hasta alejarme del estropicio que había dejado tras mi ataque.
—Shhh…—susurró en mi oído, queriendo calmarme— .Te vas a lastimar.
Asentí aunque todavía temblaba contra su cuerpo y resoplaba entre dientes. Su calidez, y su
respiración pausada, de a poco me calmaron y suspiré. Vaciada completamente de esa bronca que
guardaba en mis entrañas.
Exorcizada por el tacto suave de unas manos que deberían haberme resultado extrañas en mi
cintura. Sedada por el roce de sus dedos, que dejaban una imperceptible caricia.

—Vamos—.dijo después de un rato— .Hay otra cosa que tenemos que hacer.
Tomó mi mano y salimos al balcón para que sus amigos nos ayudaran a bajar.
Sin decir nada, fue hasta su mochila y volvió a la acera con dos latitas.

—Pintura en aerosol—.explicó guiñando un ojo.
—Estás loco—.repetí, pero ahora ya con una sonrisa dibujada en los labios.
—¿Le dejamos un mensaje a Tomás?—se rio.

No. No eran sus caídas de ojos, sus sonrisas, ni el brillo sexi del piercing en su lengua cuando
hablaba. Ni siquiera era él quien me hacía cometer estas locuras. Joaquín solo me estaba dando la
excusa perfecta para hacer todo aquello que en realidad quería, y hasta ese día nunca me había
atrevido.
Asentí muerta de risa y agitamos las latitas, listos para dejar nuestro grafiti.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Capítulo 4

Después de mi segundo ataque de desahogo, como los llamaba ahora, había tenido que
explicarle a Thiago y a Olivia a qué se debía tanta locura.
Sabían lo principal, pero como el camino en auto era largo y agradable, se prestaba para que
diera más detalles.
Mi relación con Tomás, mi relación con Silvina, la mía con mis padres… tantos años de
callar. De aguantar. De medir y restringir cada una de mis emociones pensando en lo que otros
podían decir.
—Paremos por ahí—.dijo Olivia señalando un costado de la ruta— .Y nos vamos a subir a ese
puente. Vamos a hacer que pierdas hasta el último tornillo, Paula—.se rio.
La miré curiosa, pero la seguí animada.

El puente era una estructura metálica llena de escrituras de personas que habían estado allí
antes, y estaban adornadas para las fiestas con algunos farolitos blancos y unas estrellitas bastante
feas de color dorado.
Olivia me llevaba de la mano, mientras Joaquín y Thiago iban por detrás compartiendo un
cigarrillo.
—Lo más normal para descargar el enojo sería ponerse a gritar a todo pulmón, pero no me
gusta mucho eso de gritar—.rebuscó con sus manos en su espalda, y luego jugueteó con los breteles
de… ¿qué hacía esta loca? —Esto es más de mi estilo—.dijo y me guiñó un ojo.
Acto seguido, se paró en medio del puente, mirando los autos que venían, y sacándose el
corpiño por un costado, se levantó el top rápido, dejando a la vista todo y recibiendo, claro, un par de
bocinazos agradecidos.
Thiago, que la estaba mirando, negó con la cabeza con una sonrisa, como si ya estuviera
acostumbrado a sus locuras. Y Joaquín silbó animándola, gritándole alguna barbaridad.

—Vamos, ahora vos—.me dijo la chica llamándome con una seña.
—Yo no voy a mostrar las tetas—.contesté riéndome.
—Ya pasamos por esto—.dijo ella lo más tranquila— .Nos decís que no, que estamos locos,
pero después terminás aceptando.

—P-pero…—atiné a decir.
—No se nos ve la cara, está oscuro—.se encogió de hombros— .Y le alegramos la noche a
alguien. Un regalito de navidad adelantado.
—No sería capaz—.confesé.
—¿Por qué? ¿Porque te preocupa lo que piensen de vos? Son solo tetas—.contestó— .Pensá
en la sensación de libertad que vas a sentir… además del viento fresquito—.bromeó.
—No tiene que hacerlo si no quiere—.dijo por primera vez Joaquín, comprensivo— .El grafiti
en la calle de Tomás, con tantos lindos piropos y ese dibujo obsceno que dejamos, es más que
suficiente.
Si, eso lo había hecho para joder a Tomás… pero mi libertad… Mi libertad era algo mío.
No era una rebelión contra mi ex, contra mis amistades, ni contra mis padres.
Mi libertad es mía—.me dije decidida.
Asentí, terminando mi diálogo interno, y me desabroché el corpiño rápidamente, arrojándolo
hacia un costado. Los agujeros de las mangas eran amplios más atrevidos que cualquier otra cosa que
hubiera usado, y si uno se asomaba un poco, podía verme, pero ya no me importaba.
Me paré al lado de Olivia, y cuando ella me sonrió y contó hasta tres, las dos nos levantamos
las remeras con una carcajada y las volvimos a bajar después de recibir bocinazos de dos autos y un
camión que pasaban por ahí.
Y había tenido razón.
Se había sentido genial.
Thiago aplaudía felicitándome y Joaquín me devolvió la prenda que me había quitado, con
una media sonrisa socarrona, mientras jugueteaba con el piercing de su labio.
Sintiéndome todavía llena de adrenalina por lo que acababa de hacer, le devolví la sonrisa con
un poquito más de coquetería que hasta entonces, y me guardé la prenda de ropa interior hecha un
bollito en un bolsillo del short de jean.
Él levantó una ceja y yo sentí que por segunda vez en la noche, ardía…

El próximo destino, había sido una pizzería a un costado de la carretera. Uno de esos sitios
que eran más comunes en los 80, llenos de videojuegos y otras atracciones por el estilo que hacían
muchísimo ruido.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

No sabría decir que hora era, porque ninguno tenía reloj, y el mío, ese tan bonito de oro
blanco… simplemente no iba con mi atuendo. Lo que pensándolo bien, había sido una suerte, porque
hubiera terminado dándose un chapuzón si me lo dejaba puesto.
De todas formas, podía adivinar que serían cerca de las dos de la mañana… o las tres.
—¿Una grande de Mozzarella?—preguntó Thiago acercándose al mostrador.
—Y dos cervezas de litro—.dijo Olivia acompañando a su novio para hacer el pedido.
—Pero ¿no comimos hace un rato?—pregunté curiosa a Joaquín que se había quedado
conmigo en la mesa.
—Hace como dos horas—.re rio, arqueando las cejas— .¿No te estás muriendo de hambre?
La verdad era que si, pero es que rara vez comía algo entre comidas. Y menos aun a estas
horas de la madrugada.
—Nos va a hacer falta energía para el resto de la noche—.dijo en tono misterioso y me reí
negando con la cabeza. ¿Hasta que hora pensaba seguir con todo esto?
Estaba claro que no me acostaría hasta que el sol saliera…

—Tus amigos son geniales—.sonreí, mirando como Olivia jugaba en la máquina del Pac-Man
mientras Thiago, le tapaba los ojos para desconcentrarla. Ella reía y tiraba patadas para todos lados
para quitárselo de encima.
—Si, lo son—.asintió y me miró entornando los ojos— .Aunque les falte un par, o todos los
tornillos…
Me reí.
—Me alegro de haberlos conocido. A ellos, y a vos—.dije sincera sosteniéndole la mirada y
me pareció que sonreía. Su gesto se había dulcificado.
—No digas así—.dijo contrariado— .Parece que te estuvieras despidiendo ya… y todavía me
quedan cosas por mostrarte. Muchas cosas para hacer—.agregó sacando el celular de un bolsillo de la
mochila— .Hay una fiesta…
—¿Una fiesta?—pregunté curiosa.
—Una fiesta en la playa. ¿Tenés ganas de ir?—se acercó un poco más a mí, y me acomodó el
bretel de la musculosa que al ser tan ancha, se caía. Un estremecimiento me recorrió la espalda
cuando sus dedos quedaron en contacto directo con mi piel y los dejó ahí para seguir mirándome. Sus
ojos verdes, ahora lucían oscuros, y se debatían entre encontrarse con los míos, y mirarme la boca.

Quería besarlo, pero ¿qué pensaría él? ¿Se sentía atraído por mí? Más allá de un par de gestos
y guiños, no había mucho que me dijera que su comportamiento tuviera algo que ver con eso…
No tenía nada de experiencia, solo había estado con un hombre. Con Tomás había sido
clarísimo desde un principio, sobre todo, porque habíamos crecido juntos. Nos conocíamos, pero con
Joaquín era distinto. Esta podía ser solo su manera de mirar y ya. Su manera de humedecerse los
labios… y contener la respiración cuando yo lo veía hacerlo.
Podía no significar nada especial rozarme con esa suavidad la piel del cuello… podía ser para
él, lo más normal del mundo llevarse a una chica de gira nocturna con sus amigos y abrazarla como
lo había hecho conmigo en el departamento de mi ex.
Todo en plan amigos.
Pero ¿qué estaba pensando? Ya había cometido suficientes locuras por esta noche. Por esta
vida, diría mejor. Esto sería, simplemente llevarlo demasiado lejos.

—¿Alguien dijo fiesta en la playa?—aplaudió Olivia que volvía a sentarse con nosotros—
.¿Nosotros también estamos invitados o acabo de meter la pata?—dijo al notar que nos quedábamos
mirándola sin responder.
—Claro, vamos todos—.dije con una sonrisa, rogando que no se me notara cómo acababa de
sonrojarme.
Joaquín suspiró a mi lado y nos leyó las indicaciones para llegar al lugar en donde se
celebraría, que quedaba bastante cerca. Era una fiesta que se difundía por las redes sociales, de
entrada libre y gratuita y que duraría, como decía la invitación… varios días.
Aunque ya se habían despejado bastante, era una suerte no tener que ir en auto. Joaquín,
Thiago y Olivia parecían aliviados ya que ahora podrían disfrutar sin tener que estar pensando en
cual de los dos permanecería sobrio para conducir. Y eso me gustó.
Eran alocados, si. Pero en su justa medida.
Yo aunque quisiera, ya no podía ponerme al volante. No confiaba en mis reflejos, ni en mi
cordura. Esa noche no manejaría.

Terminamos de comer la pizza que estaba riquísima, nos tomamos las cervezas apurados y
salimos en busca de nuestra próxima aventura.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Todavía en la costanera, ya se podía adivinar el sonido de la música y de cientos de personas
que la estaban pasando genial, ahí donde una gran luz anaranjada se alzaba en el horizonte.
Recorrimos llenándonos las zapatillas de arena, un camino flanqueado por farolitos de colores
que llevaban a dos barras y un fogón gigantesco que chisporroteaba salvaje en el centro de donde
todos parecían estar festejando.
La temática parecía ser la navidad porque estaba todo lleno de estrellitas y decoración verde y
roja.
Chicas con poca ropa que usaban vinchas con cuernitos de reno iluminados, entregaban bolsas
llenas de purpurina y copas de… algo que burbujeaba, y también tenía brillo. No estaba segura de
que fuera apto para el consumo o solo decorativo, así que lo deje en un rinconcito cuando pude.
Sonaba “Jingle Bell Rock” de Bobby Helms y una máquina echaba al aire una pelusilla blanca
que supongo simulaba nieve, y uno casi podía olvidar el calor infernal que hacía para sumergirse en
la fantasía.
Era tan bizarro como hermoso, y tuve que sonreír.
—Bueno, feliz navidad—.dijo Olivia tirándonos el contenido de su bolsita en la cara a los tres
que nos quejamos y tosimos para escupir los brillitos que volaban en el aire.
—Muy graciosa—.masculló Joaquín antes de arrojarle con el trago en el cabello. Y ese fue el
detonante para que la batalla comenzara.
Otros que nos habían visto, se inspiraron y arremetieron contra sus amigos, y pronto todo se
convirtió en una nube densa de purpurina, arena y tragos brillantes que pegajosos, hacían de la
mezcla algo terrible.
Joaquín de un momento a otro, apareció con dos botellitas y unos palitos bajo el brazo y me
dijo al oído que nos alejáramos un poco hacia el mar.
Sus amigos, estaban bailando y no se enteraban de nada, así que nos perdimos en la oscuridad,
dejando atrás el ruido y la música, para solo escuchar el romper de las olas.

—¿Y?—preguntó abriendo una botellita y alcanzándola— .¿Cómo estás ahora? ¿Mejor?
Asentí animada.
—Definitivamente—.suspiré y di un pequeño traguito de la cerveza— .A pesar de verme
horrible—.me vi hacía abajo, hecha un pegote de purpurina y manchas de bebida sobre la musculosa
y el cabello oliendo a alcohol.

—Es un look… festivo—.dijo con media sonrisa, dándome un repaso también. Y nos reímos.
No es qué él estuviera impecable, cabe aclarar. También olía a lo mismo que yo, y su remera oscura
con brillitos era insalvable. Iba derecho a la basura.
Pero si me preguntaban, se veía guapísimo.
—Me da gracia pensar que a esta misma hora, si no hubiera pasado… bueno, todo lo que
pasó—dije poniendo los ojos en blanco —estaría en casa de unos amigos de mis suegros. En una
“fiesta de compromiso” y entrega de regalos. Y seguramente…—confesé —Estaría mirando el reloj,
lista para irme a mi casa.
—¿Pensas que con el tiempo… vas a poder perdonar a Tomás?—preguntó mirando el
horizonte.
—No—.dije convencida— .Pero cada vez le voy a guardar menos rencor. A él y a Silvina.
—Eso está bien—.asintió— .Cuando mi hermana quedó embarazada del imbécil de su ex
novio, pensé que iba a ser capaz de matarlo. De un día para el otro, no quiso saber nada de ella, y se
desentendió.
—Idiota—.opiné mirándolo, esperando ver alguna pista de lo que sentía. Bronca, algo. Pero
no había nada… Estaba tranquilo, como siempre.
—Si, estuve enojado con él, era mi amigo—.se encogió de hombros— .Sentía que tenía que
hacerse responsable y todo eso… mi hermana era una nena.
—Dieciocho, ¿no?—recordé y él asintió— .Muy joven. ¿Y qué hiciste?
—Me la pasé enojado una buena temporada hasta que entendí que en realidad, había sido una
suerte que él no respondiera por mi sobrina—.dijo sorprendiéndome— .Mi hermana tuvo el apoyo de
su familia, y con el tiempo pudo encontrar una persona que la quisiera como se merece. Mi amigo no
le convenía ni en ese entonces, ni lo hace ahora.
—Si, supongo—.dije pensativa— .Yo podría verlo así también. Fue al final una suerte no
casarme con Tomás.
—Y es una cadena, porque si te fueras a casar, yo ahora estaría en casa, con mi hermana y el
resto de mi familia, armando centros de mesa de flores y moños—.se rio, buscando algo en sus
bolsillos.
—Es que todavía no entiendo qué haces acá conmigo—.le dije estudiándolo con la mirada y
solo sonrió, enigmático.
—Vamos a pedir deseos de navidad—.contestó sin más, sacándose los palitos que tenía bajo
el brazo y el encendedor.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Eran estrellitas.
¿Cuánto hacía que no veía de estas? ¿Años? Desde que era una niña, seguro.
—¿Deseos de navidad?—pregunté escéptica. A estas alturas nada debía sorprenderme, o
parecerme raro, pero entiéndanme. Seguía luchando contra mi naturaleza sosa, normal y prudente.
Joaquín encendió las dos y me tendió una con cuidado de no quemarnos.
Los destellos se desprendían de la punta hacia todas las direcciones como una fuente de color
dorado y el sonido de la combustión me hacía sonreír. Me conectaba con la Paula de mi infancia…
—Lo que querés que se te cumpla. Me vas a decir que no crees en Papá Noel—.se burló
tomando mi mano, la que tenía la estrellita, para juntarla cerca de la suya y que quemaran juntas.
—Le podría pedir a Papá Noel que pagara el resumen de mi tarjeta los próximos seis meses—
.dije solemne, cerrando los ojos.
—Si, yo también podría pedirle eso—.se rio, mordiendo su labio superior, jugueteando con la
bolita plateada que tenía allí— .Pero voy a pedirte algo a vos, y vos me podés pedir algo a mí.
—Esto se pone interesante—.levanté una ceja y él guiñó un ojo.
Me gustaba por donde estaba yendo esta conversación…
—Te voy a pedir que de ahora en más, ya no me digas a nada que no—.me reí.
—¿A qué te dije que no? Hice todas las locuras que querías—.respondí.
—Y tiene que seguir así—.asintió— .Ahora vos.
—Mmm…—pensé— .Ya sé. Es un favor. Y no sé si vas a poder, porque es una fecha
especial… y seguro quieras pasarla con tu hermana y tu sobrina.
—El favor que quieras—.dijo muy rápido.
—Mañana, hoy en realidad… a la noche tengo una cena. Una fiesta familiar de navidad—.me
miró sin entender— .No quiero ir sola, si tengo que ir sola, no voy. Tenía pensado no ir… va a estar
lleno de mis antiguos amigos. Amigos en común con Tomás y Silvina…
—Y si no vas, ellos ganan—.asentí sintiéndome pequeña. Si, así de simple era— .Te voy a
acompañar—.sonrió.
—Hecho—.dije y lo miré contenta. Sus ojos, brillaban con la estrellita, pero también con algo
más… Otras chispas que empezaban a surgir, y podían sentirse en el ambiente— .Vamos a ir a esa
fiesta, si es que puedo sacarme esto—.bromeé para desviar la atención, levantando un mechón de mi
pelo pegoteado con purpurina y rió.

—Claro que va a salir. Lo que te hace falta es un buen baño—.y fue cómo lo dijo, que me
hizo quedar muy quieta, para luego salir corriendo.
Y otra vez no había servido para nada.
Me tomó por la cintura, y me llevó cargando hasta la orilla, donde de a poco se fue metiendo
al agua, mientras yo gritaba y reía.
Nadando en aguas oscuras, con el chico más raro, pero también más guapo que había visto en
mucho tiempo.
Con sus brazos fuertes ajustándome a su cuerpo, y su respiración agitada de tanto forcejear, su
rostro casi pegado al mío…
Dejé de resistirme.
Me sujeté a sus hombros para no hundirme, y nuestras piernas se entrecruzaron como por
inercia. Las olas apenas nos movían, y el ruido de la fiesta nos llegaba tan apagado, que la sensación
de estar solos, de verdad solos después de tantas horas, era raro, pero a la vez, emocionante. Mi risa
jadeante, mezclada con la de él. Superponiéndose mientras los dos podíamos respirar del aliento del
otro por lo cerca que estábamos.
Sus manos, resbalaron con soltura por la piel de mi cintura hasta arriba, pasando la tela de la
musculosa para recordarme que no llevaba sujetador, y podía sentirlo todo.
—Tomás está loco…—susurró, mirando mi boca y acercándome más a él.
Supe que iba a besarme antes de que sus labios se encontraran con los míos, antes incluso de
que cerrara los ojos…
Lo que nunca podría haber sabido, era lo que iba a sentir cuando lo hiciera.
Ya no podía sentir ni el agua que nos rodeaba…
Nuestras bocas chocaron en un jadeo y se probaron despacio, saboreándose. El piercing de su
labio era frío, suave, y me hacía unas cosquillas deliciosas cuando movíamos la cabeza para hacer el
beso más profundo, pero era el de su lengua, el que me estaba haciendo enloquecer.
Un beso húmedo y perfecto, que casi era como una danza. Nuestras bocas cálidas, nuestras
lenguas tanteándose, jugueteando con la bolita metálica entre los dos, y el sonido de nuestras
respiraciones yendo en aumento.
Acaricié los cabellos de su nuca, que goteaban entre mis dedos, y él sonrió, enroscándose mis
piernas a su cadera.
Mi pecho se pegó al suyo y el sentirme lo hizo gruñir, tomándose de mi trasero con fuerza.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Sin saber bien qué hacía, tomé el ruedo de su camiseta y la levanté, hasta que él sin quejas,
dejó que la quitara.
Todos los tatuajes quedaron a la vista, hipnotizándome. Eran muchos, como me había
imaginado… pero formaban parte de uno solo. Un gran dibujo, en donde se veía una brújula, tal vez
un mapa, un símbolo de infinito… Era imponente. Uno no podía llegar a descubrirlo de una sola
mirada. Hacía falta mucho más.

Una de sus manos se escurrió hacia delante, y mientras su boca devoraba la mía con hambre,
sus dedos comenzaron a jugar con uno de mis pezones, hasta que este se endureció, sensible y me
hizo gemir. La tela de su pantalón era gruesa, pero no lo suficiente como para que no notara el bulto
que crecía en él, a punto de hacerlo estallar.
—Creo que …mmm…—quiso decir, pero le mordí el labio inferior— .Creo que tenemos que
frenar antes de que ya no pueda, y alguien nos vea—.agregó pegando su frente a la mía.
—Tenés razón—.acepté y estiré la mano para devolverle la camiseta, pero esta ya no estaba
enredada en mi puño como hacía tres minutos. Mierda.
Miré a mi alrededor, y entre las olas y la oscuridad del agua, no se veía nada. Ups.
—Perdí tu… mmm… tu remera. Ya no la tengo—.dije con mi sonrisa más inocente.
Miró el agua y la movió, tanteando por debajo, pero era inútil. Había desaparecido y aunque
mi primer instinto fue sentirme avergonzada y pedir disculpas, las risas de él, me descolocaron por
completo, y me terminé contagiando.

Chorreando agua nos alejamos caminando por la arena, y llegamos a la entrada de la fiesta,
donde Olivia y Thiago parecían estar esperándonos.
—Se nos habían perdido—.empezó a decir ella, pero calló, divertida, cuando vio nuestras
pintas.
Los dos completamente empapados, y Joaquín semidesnudo de la cintura para arriba.
—Vamos a ir a tomar algo, para entrar en calor—.se rio Thiago sin poder contenerse— .Creo
que les va a venir bien a ustedes también.
Asentimos y los seguimos hasta la barra.

Por supuesto, yo me había imaginado que eso que estábamos por tomar sería café o té para
volver a subir la temperatura. Porque el viento frío de la noche, en nuestras prendas mojadas, y la
interrupción de eso que estuvo a punto de pasar en el agua, nos habían dejado sí, algo destemplados.
Pero no.
No me enteraba de nada.
Resulta ser, que el tequila era más efectivo, al parecer. Y digo esto, porque después de un
rato, ya no sentía frío.
Ni calor.
Ni mi nariz.

Creo que en el fondo, los dos queríamos que esa tensión que se había formado entre nosotros,
se diluyera en esa solución etílica y relajarnos… antes de volver al mar y terminar con lo que
habíamos empezado.
Y es que yo me hacía la relajada, pero Joaquín no podía dejar de mirarme.
Mmm… y qué bueno que estaba sin camiseta.

Recostados boca arriba en la arena veíamos a las estrellas del cielo dar vueltas y hacer
piruetas para nosotros que no parábamos de encontrarlo graciosísimo.
Thiago hizo gala de todos sus conocimientos de astronomía, y nos explicó con seguridad que
“ese de ahí era Venus” por cómo brillaba, que la constelación “de allá”, parecía un gato enojado y
que estaba lejos, pero si uno veía bien, hasta los bigotes podía encontrar. Esas tres estrellas de arriba
eran los Reyes Magos que estaban llegando… Y esa otra de “más acá”, era igualita a una planta de
marihuana. Corrijo, era igualita a su planta de marihuana.
Como les dije, pura ciencia.

El resto de la noche, es un borrón.
Una mezcla incoherente de recuerdos que como fotos mal enfocadas, se acumulaban,
confundiéndose entre sueños. No sabría decir qué era real y qué no.
Un paseo en auto.
Caminar por las calles, tropezar. Reír. Alguien que me carga cuando ya no puedo seguir.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Entrar a un garito iluminado con luces de neón, …un poquito de dolor, mucha emoción.
Estaba feliz, eufórica, y me sentía enferma.
De hecho creo que llegué a ponerme enferma de verdad, en un arbusto de por ahí.
Alguien apretándome la mano, dándome valor.
Joaquín otra vez sin camiseta, acostado… con alguien trabajando sobre su pecho y zumbido
relajante que todavía podía escuchar.
La Paula tranquila, se había vuelto loca y se había quedado en el departamento de su ex tras
por poco destruirlo, dándole lugar a una nueva persona.
Una mucho más divertida, y que ahora tenía una resaca de mil demonios.
Abrí un ojo todo lo que fui capaz, para encontrarme en mi cama abrazada a él. Aun
semidesnudo, y guapísimo, suspirando por lo bajo mientras se sujetaba a mi cintura.
Oh Dios.
No me acordaba de haber llegado a casa. No me acordaba de nada.
¿Acaso habíamos…?
OH-DIOS.

Capítulo 5

—Feliz día de noche buena—.dijo con la voz muy ronca y los ojos aún cerrados.
Seguramente me había sentido moverme, y se habría dado cuenta de que ya esta despierta.
—Ehm, feliz… feliz día—.dije atolondrada tratando de incorporarme, luchando contra el
mareo terrible que tenía.
Un tirón en medio del abdomen me hizo frenar y me quejé llevándome los dedos a la zona,
que se sentía como si acabaran de darme un mordisco afilado. Auch. ¿Qué era…?
Levanté la sábana espantada y un par de bolitas plateadas, adornaban alegremente mi ombligo
que estaba eso si, algo enrojecido.
—¿Qué es esto?—chillé.
—¿El tatuaje?—preguntó abriendo los párpados, y rascándose la barba confundido.
—¿Qué tatuaje?—dije sin aire y él, señaló mi antebrazo. Auch, también escocía— .¿Qué es
esto? ¡Ay no, me quiero morir!
—Son unos pajaritos, que simbolizan la libertad—.se aclaró la voz y se señaló el hombro y
parte de sus pectorales. Entre manchitas rojas, había pajaritos también. Los mismos que tenía yo,
entremezclados con su tatuaje. Calzando como piezas perfectas en un rompecabezas— .Un recuerdo.
—Un recuerdo—.me reí con un poco de histeria en la voz— .¿No podíamos sacarnos una
foto? ¿Comprarnos una camiseta que dijera “libertad”? Un souvenir como los cuernitos de renos que
tenían las chicas anoche, hubiera sido suficiente—.me señalé el brazo muerta de nervios— .Esto es
para siempre.
Me sentía como en la película “The Hangover”. Me faltaba solo encontrarme un tigre en el
baño, o mirarme en un espejo y darme cuenta de que había perdido un diente. Mierda. Que no me
faltara ninguno—.pensé, repasándome el comedor con la punta de la lengua. Estaban todos, gracias
Dios.

—Ya sé—.se rio— .Tengo un par, sé qué es un tatuaje.
—P-pero yo no… ¡Yo no quería tatuarme ni hacerme agujeros en el cuerpo!—grité— .¿Cómo
me dejaste que hiciera semejante cosa? Estaba borracha—.lo miré llena de reproche.
Me sentía traicionada, y sumamente estúpida por mi comportamiento. Se nos había ido la
mano, muchísimo. Ni siquiera sabía hasta qué punto.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Y esto…—nos señalé y señalé la cama— .¿Qué pasó? ¿Nosotros…?—no podía ni terminar
la frase, y menos cuando él me miraba levantando una ceja— .¿Nosotros hicimos …algo?
—Dormimos abrazados—.levantó sus manos en señal de inocencia— .Nada más—.contuvo
una sonrisa— .Bueno, puede que nos diéramos un par de besos. Pero eso es todo.
Asentí un poco más tranquila, y me llevé las manos al tatuaje que irritaba mi piel. Tenía
relieve.
Era bonito. No lo reconocería en voz alta, pero era de verdad muy bonito. Unos pajaritos
delicados volando… que daban sensación de ser libres. Era precioso.
—Ey…—dijo sentándose a mi lado y levantándome la barbilla para que lo mirara— .Yo no
hubiera dejado que te pasara nada malo, te lo juro. Y es verdad que el piercing fue mi idea, y vos
dijiste que ibas a cumplir en no decirme que no, pero el tatuaje…
—¿El tatuaje que?—pregunté, recordando que había accedido a hacerme un arito en el
ombligo y a todos les había parecido genial.
—El tatuaje fue tu idea—.confesó— .Y creeme, yo quise que lo pensaras mejor. Que
volviéramos en otro momento cuando no estuvieras borracha, pero no quisiste.
—¿Yo quise hacerme este tatuaje?—pregunté con la voz rota.
—Dijiste que esos pájaros tenían las alas que vos misma te habías cortado. Que querías volver
a sentirte así, como anoche, siempre. Y esa tinta en la piel, te lo iba a recordar cada vez que te
olvidaras—.dijo sonriendo, con algo en los ojos que se parecía muchísimo a la admiración. Se me
secó la boca— .Y me gustó tanto, que yo también quise hacerme uno igual—.se señaló. No recordaba
haberlo dicho, pero esas palabras coincidían con como me había sentido. Eran apropiadas, y tenían
sentido para mí. Le creí porque todo en mi gritaba que lo hiciera— .No es para tanto. Tampoco te
tatuaste mi nombre en la frente—.se burló y quise estamparle un almohadonazo en todo el rostro. De
hecho…
—¡Au!—se quejó cuando el primer impacto le dio de lleno en toda la cara. El segundo, llegó
a atajarlo con el brazo, y ya no pudo haber un tercero, porque partiéndose de la risa, tomó mis
muñecas y me tendió bajo su cuerpo para que me estuviera quieta.
Me removí un poco incómoda.
—Me duele la piel de la panza—.dije con una mueca, y él, se levantó para sentarse sobre mis
caderas y mirarme.
—Te tenés que poner crema—.comentó con mi camiseta levantada hasta las costillas, y sus
manos en mi cintura, acariciando suavemente de arriba abajo— .En el tatuaje también.

—Un día más con vos, y termino afeitándome la cabeza—.dije con ironía, y obviando todo lo
que su roce me provocaba.
Joaquín sonrió agachándose hasta donde estaba mi rostro, y dejó un beso dulce y lento en mis
labios. Un gesto tan íntimo, que el corazón me dio un vuelco.
—Me conformo con que vengas conmigo a almorzar—.dijo todavía muy cerca— .Después
tengo que ir a buscar ropa a mi casa, porque esta noche tenemos una fiesta. ¿No?
¡La fiesta! Casi se me había olvidado.
Resoplé pensando en que tal vez no sería buena idea enfrentarme a todos mis antiguos
amigos. Amigos de mi familia, y parte de mi ex familia política.
Habían pasado cuatro largos meses desde que no sabía de ellos, y supongo que no esperaban
verme tampoco esta noche. Pensarían que para evitarme y evitarles un momento incómodo,
inventaría una excusa, y hasta el año que viene. Pero no.
Yo no tenía por qué seguir aislándome del mundo. Yo no había hecho nada malo. ¿Por qué no
se escondía Tomás? Después de todo fue él, el culpable de que dentro de dos días no hubiera boda.
Boda un día después de navidad. ¿A quién se le ocurría?
Bueno, a nosotros, que habíamos pensado que era la ocasión perfecta para que todos
estuvieran presentes y juntos. Que crearía un recuerdo precioso y que sería un motivo más para
festejar. Además, quién sabe, nos habría parecido de lo más romántico.
Tomé aire, olvidándome de todo, y pensando en los pajaritos que me había tatuado horas
antes, sonreí.
—Me encantaría almorzar con vos—.contesté.

Caminando, con el sol brillando sobre nuestras cabezas, fuimos a su casa, pero no entramos.
Joaquín tenía su moto en la cochera, y cuando me invitó a pasar mientras él buscaba ropa para la
fiesta, yo le dije que prefería quedarme afuera.
Díganme mala onda, pero no tenía nada de ganas de encontrarme con toda su familia con
estas pintas.
Las ojeras me llegaban al piso, y si bien me había puesto otra remera y short de algodón, no
me sentía adecuada para ese tipo de presentaciones. Estaba vestida con lo que usaba para dormir, por
dios.
La antigua Paula se había ido, pero quedaban algunas de sus mañas.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Su mochila, una guitarra, cascos, una cajón de manzanas lleno de basura, dos metros de
lucecitas de navidad, él y yo. Todos íbamos a bordo de su moto, haciendo maniobras para llegar en
una pieza. Incómodos, pero muertos de risa, porque la gente tal vez pensaba que estábamos locos.
Se preguntarán para qué eran todas esas cosas.
A Joaquín se le había ocurrido, fabricarme un árbol de navidad durante el día, porque le
parecía demasiado triste que no tuviera uno.
—Papá Noel necesita que tengas uno para poder dejarte los regalos ahí—.dijo queriéndose
hacer el serio.
Con lógicas como esas, es muy difícil discutir.

Compramos por el camino una docena de empanadas para compartir –que de no haber sabido
como él comía, hubiera dicho que era demasiado– y una gaseosa grande, para sentarnos en unas
mesas de picnic que estaban dispuestas cerca de la costanera.
Con algo de comida en el estómago, las cosas habían dejado de dar vueltas, y ya no me
pesaba tanto la cabeza, así que me sentía mejor.
Era un bonito día.
Poca gente en las calles, pocos comercios abiertos, casi ninguno, y el aire que siempre se
respiraba en la víspera de las fiestas.

Joaquín, cada tanto, tomaba su guitarra y rozaba sus cuerdas casi como por costumbre y me
miraba con atención, haciéndome sentir mariposas.
Si, ya sé. Una frase muy manoseada, pero era eso exactamente lo que me sucedía. Sus ojos
verdes me ponían así.
—Pareces un músico bohemio—.dije mirándolo yo también— .No un diseñador web.
—Me gusta tocar, y a veces lo hago en algún bar—.se encogió de hombros— .Pero no puedo
vivir de esto.
—¿No?—me sorprendí— .Sos muy bueno.
—Gracias—.sonrió apenas— .En realidad, no quiero vivir de esto—.lo miré sin entender, y se
rió— .La música me gusta de verdad, y no puedo ponerle la presión de tener que mantenerme.
Prefiero mantenerla yo. Tener un trabajo estable, y poder tocar cuando se me de la gana, porque no
me da de comer. ¿Se entiende o me hice lío?—se rio.

—Si—.sonreí, porque su filosofía me maravillaba. Nunca antes había escuchado a alguien
hablar de algo que lo apasionara hasta ese punto— .Yo estoy estudiando para ser profesora de nivel
primario… pero trabajo medio tiempo como recepcionista en un hotel.
—Profesora de nivel primario, ¿eh?—me miró pensativo y asintió como si tuviera sentido lo
que acababa de decirle— .Probablemente no fue una buena idea el tatuaje—.se rio.
—¿Te parece?—dije con ironía y me reí— .Bueno ya está hecho.
Asintió y se mordió el labio. Algo quería decirme, pensé, y yo también. Desde que había
amanecido, teníamos una conversación pendiente.
—Lo de anoche…—empecé a decir— .Fue una locura, nunca había hecho algo parecido…
Nada de todo eso que hice. Que hicimos—.tuve que aclarar para que me entendiera.
—Supongo que te referís a lo que pasó en el mar—.entornó los ojos, dejando de lado la
guitarra.
—Si, eso—.asentí— .Yo, bueno, te habrás dado cuenta de que no suelo…—me mecí el
cabello, nerviosa.
—Está todo bien—.me frenó— .De verdad, no tenés que justificarte. Los dos teníamos ganas,
sos hermosa, me gustas, y pasó. Listo.
—Listo—.repetí, pensando en que me había encantado que me dijera hermosa y que le
gustaba— .Pasó y listo.
—Mmm…—se movió hacia delante para mirarme de cerca y sonrió con picardía— .pero sí
me gustaría saber qué sentiste. Y qué sentís ahora.
—¿Qué sentí?—no me veía capaz de decirlo en voz alta, y por supuesto, empecé a ponerme
roja como un tomate.
—¿Te gustó?—preguntó aun más cerca.
Asentí.
—Y ahora, que estamos acá…—tomó mi rostro entre sus manos— .¿Te gusta? ¿Querés que
vuelva a besarte?
Asentí también, un poco más tímida. Esta conversación me estaba costando horrores.
—¿Qué sentiste anoche mientras te besaba?—no contesté— .¿Yo te gusto?—probó de nuevo
y yo abrí la boca, pero volví a cerrarla, y él cerró los ojos ensanchando su sonrisa.
Volvió a calzarse la guitarra en su regazo, y tarareó bajito una canción que conocía.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

A tu casa yo fui y no te encontré
En el parque, en la plaza, en el cine yo te busqué
Te tengo atrapada entre mi piel y mi alma
Mas ya no puedo tanto y quiero estar junto a ti
Rayando el sol, desesperación
Es más fácil llegar al sol, que a tu corazón

—No sos una chica como las demás, señorita Paula—.dijo negando con la cabeza.
—Si, ya sé—.dije algo apenada. Yo no podría ser nunca como él, espontáneo, divertido. Nada
de eso. Yo era la chica seria, que no podía decir en voz alta lo que sentía y que se callaba todas sus
emociones.
—Bueno, qué suerte—.dijo entonces— .Yo tampoco soy un chico como los demás.
Y así, sin decir más, acortó la distancia que nos separaba, y me dio un beso rápido y fugaz,
que me hizo suspirar.
Sus labios apenas habían tocado los míos y yo no sabía ni qué cara hacer. Me quedé quieta en
el lugar, incapaz de reaccionar.
Que se entienda que no fue solo el beso, porque ya nos habíamos dado otros, y mucho más
subidos de tono que este… Había sido el contexto. La conversación. La manera en que me estaba
mirando. Eso es lo que lo había vuelto todo tan intenso.

Notándome callada de repente, guardó las cosas, y dijo que mejor fuéramos a mi casa para
poder estar listos a tiempo. Y así, subimos a su moto y en minutos, volvimos.

Joaquín se había puesto en medio de mi sala a separar los tablones del cajón y cortándolos de
diferentes tamaños, los clavó a uno más largo antes de ponerse a dibujar en ellos algo con
marcadores.
En su mochila había traído herramientas y yo que solo me la pasaba mirándolo, cumplía con
alcanzarle todo aquello que me pedía.
De fondo, sonaba Still Falling for You de Ellie Goulding y sonreí porque me parecía muy
adecuada. Por cada cosa que hacía, él me gustaba más y más. Por cada segundo que pasaba, me
parecía más y más especial.

—Bueno, va quedando—.dijo torciendo la cabeza para mirar mejor— .¿Qué te parece?—
preguntó levantando su creación sobre el piso y probando apoyarla en la pared.
—Es—me quedé sin aliento.
—Y esperá a verlo con las luces—.sonrió, desenroscando el cable que contenía las cien luces
blancas pequeñitas que se usaban para los árboles normales y las colocó entre los tablones.
Y hago esta distinción porque este, no era un árbol normal.
A simple vista, eran ocho tablones horizontales colocados de menor a mayor, atravesados de
manera perpendicular por detrás por uno largo que hacía de tronco. Un pinito en toda regla. Pero eso
no era lo que lo hacía único.
Era lo que estaba escrito en él.
Había dejado un mensaje en cada tablón. Palabras hermosas como: “Amor, Paz, Vivir con
Alegría, Disfrutar del momento, Magia” todas con un tipo y tamaño distinto de letra…
—Es genial—.sonreí con ganas— .¡Me encanta!
—Un detalle más—.dijo y buscó en su mochila. Sacó un papel y escribió algo, para dejarlo en
un sobre y pegarlo a un costado. Estuvo un buen rato, así que supongo sería una carta…
Siguió buscando entre sus pertenencias, y sacó una estrella que pegó en la cima.
—¿Qué es eso?—pregunté, curiosa señalando el sobre.
—Es tu regalo, pero no podés abrirlo hasta mañana—.sonrió enigmáticamente y levantó la
ceja de su piercing en un gesto que me hizo sonreír… y remover todo por dentro.

Toqueteó los cables y dio con el enchufe de la pared y corrió a apagar las luces. Un clic, y
toda mi casa se iluminó con el destello de esas pequeñas lucecitas, para dejar visible solo las palabras
en la pared.
Sabía que mis ojos estaban brillando también, y no solo por el reflejo, si no por ilusión. Esa
misma que uno tiene cuando se es niño al ver el árbol armado y perfecto. Era una imagen hermosa, y
él, me la había regalado. Me había hecho ilusionar nuevamente por navidad.
Me acerqué decidida, imitando lo que él había hecho antes, tomé sus mejillas con ambas
manos, me paré en puntas de pie, y le dejé un beso en los labios.
Uno rápido, pero nada suave. Quería darle las gracias, como se merecía.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

El mío había sido con todo ese sentimiento que se atoraba y no sabía expresar. Volqué en ese
beso algo más que mi agradecimiento. Y él, respondió envolviéndome en sus brazos y apretándome
fuerte contra su cuerpo.
Era nueva en esto, pero podía sentirlo porque él no tenía problemas a la hora de expresarse.
Todo lo contrario. Joaquín trasmitía todas sus emociones, y de manera muy bonita además. En forma
de risa, en forma de mirada, en forma de frases en un árbol de navidad, en forma de canción, en
forma de abrazo.
Era algo poderoso.

Un rato después, me había pedido permiso para darse un baño. Faltaban unas horas para la
fiesta, y tenía que cambiarse, así que no le daba tiempo a volver a su casa.
Se me hacía tan extraño, estar en mi departamento, buscando en mi guardarropas qué
ponerme, y escuchar el sonido del agua de la ducha. Después de tantos años con Tomás, nunca
habíamos tenido esa experiencia de vivir juntos, por lo tanto, jamás había sentido ese tipo de
intimidad. A ver, sí habíamos tenido algo de intimidad, yo no era virgen… pero estas cosas
cotidianas, esas eran las cosas que nunca habíamos compartido.
—Estaba pensando que después podemos salir con Thiago y Oli—.dijo Joaquín saliendo del
baño con la toalla envuelta a la cadera, y la otra más pequeña en sus hombros, mientras se secaba el
cabello.
Los ojos se me abrieron como platos. Y no porque se veía impresionante recién bañado,
mojado y cubierto solo por dos pedazos de tela. No.
Si no porque había entrado a mi cuarto descalzo, chorreando agua por todas partes sobre mi
hermoso parquet. Al que yo lustraba y enceraba con tanto mimo.
—¡Me estás mojando todo el piso!—chillé espantada, tratando de empujarlo de vuelta al
baño.
—Son unas gotitas nada más—.puso los ojos en blanco— .Pensé que ya te habías terminado
de despeinar, pero no. Seguís siendo la señorita Paula—.bromeó, retrocediendo a regañadientes.
—No son unas gotitas, me dejaste las huellas de tus pies—.volví a mirar y me sorprendí. ¡Por
dios el tamaño de esas huellas! —¿Cuánto calzas?—pregunté como cosa mía.
—Mucho—.contestó con una sonrisa de lo más canalla, mientras alzaba una ceja.
¿Se había llenado de vapor el departamento, o era yo que estaba a punto de entrar en
ebullición?

Antes de que pudiera decir algo más, se agachó tomándome desde las rodillas y me cargó
sobre su hombro llevándome en dirección al baño.
—¡¿Qué hacés?!—grité. Ya me parecía raro que no tomara mi queja por el agua como un
desafío para hacer algo como esto. ¿Ah, no te gusta un poquito de agua en tu piso? Listo. Te llevo
vestida a la ducha y abro el agua helada, mientras te sujeto para que no te escapes, partiéndome de
risa.—¡Joaquín!—boqueé cuando pude volver a respirar. El agua fría me había dejado sin aire por un
segundo.
Y ahora no solo se mojaba el cuarto, si no, el baño, el pasillo y todo el camino que hice hasta
mi guardarropas mientras maldecía en todos los idiomas cuando por fin logré escapar.
—Después te ayudo a secar—.se rio con ganas— .No te enojes así—.dijo queriendo
abrazarme por la cintura.
—Mi pelo—.dije para que entendiera, pero solo me miró como si le estuviera hablando en
chino— .Voy a estar horas para volver a arreglármelo—.expliqué.
—Si así estás preciosa—.discutió con gesto inocente. De verdad no comprendía.
—Tengo que secarlo, peinarlo y alisarlo—.enumeré desganada— .Además de ponerme el
maquillaje, elegir qué ponerme—.suspiré— .Todavía no sé qué me voy a poner.
—Vos hacés todo eso, y yo ayudo a secar el piso—.resolvió, como si fuera sencillo. Debía de
ser muy agradable no preocuparse nunca por nada. —Y podés ponerte un vestido cortito, de esos que
tenés por ahí—.señaló las perchas— .Este—.eligió.
—Este nunca me lo puse—.me reí— .Lo compré en un arrebato y jamás me animé a usarlo. O
sea, míralo. Lentejuelas doradas. ¿A quién se le ocurre? Lo escondí acá en el fondo, y nunca más lo
volví a mirar.
—Por algo te lo compraste—.comentó— .Algo le viste que te gustó… Animate ahora, que vas
conmigo. Dale, no estás sola.
—Nadie me va a reconocer—.dije acelerada, rozando con los dedos la tela del vestido.
Convencida también de que estaba a punto de cometer otra locura. Claro que lo haría.
Me pondría el vestido más llamativo que tenía, para ir a la fiesta con Joaquín. El chico que
acababa de conocer, y que me gustaba cada vez un poco más…
Era una declaración. Un anuncio en sociedad de que la Paula que conocían, había dejado de
existir. Que había sido un invento en el que estuve demasiado tiempo encerrada, y era tiempo de
volver a reencontrarme con lo que sentía. Y sobre todo, era una proclamación de que lo que ellos o
cualquiera pudiera pensar de mí, no iba a cambiarme. Ya no.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Ya no quiero ser la chica perfecta para Tomás. No me hace falta—.pensé.
Joaquín, que había aprovechado mi silencio para ir a al baño a cambiarse y prenderse un
cigarrillo, se me quedó mirando un rato, y al verme tan seria y perdida en mis reflexiones, me tomó
por la cintura con cautela.
—¿Seguís enojada por lo del agua?—preguntó entornando sus ojos verdes, y soltando el
humo a un costado— .¿Qué puedo hacer para que se te pase?—dijo acomodando mi toalla para
ajustar su agarre y a mí se me ocurrieron un par de ideas.
Ninguna que pudiera decir en voz alta, claro.
Se había puesto una camisa blanca, arremangada hasta los codos, y un pantalón negro algo
ajustado que le quedaba espectacular. Su cabello, todavía húmedo, comenzaba a ondularse en la zona
de su nuca, y olía a jabón. Mmm…
—Vení—.siguió diciendo, tomándome por la mano y entrecruzando sus dedos con los míos,
mientras nos conducía a la sala.
A Tomás, caminar de la mano se le hacía cursi y le parecía incómodo. Siempre tan práctico.
Siempre tan frío. Qué idiota… De lo que se estaba perdiendo…
Sonreí mirando como estábamos unidos y él al darse cuenta, apretó más, antes de dejarme un
besito en los nudillos. El corazón me dio un vuelco.
Se sentó en el sillón dejándome lugar y acomodó la guitarra en su regazo. Oh… si. Sabía
exactamente cómo hacer que se me pasara. Aunque no estaba enojada con él, si estaba muy nerviosa
por la fiesta… pero escucharlo tocar, me hacía olvidarlo todo.
Dio una calada de su cigarrillo y tocó las cuerdas con mimo, mirándome de vez en cuando,
para ver qué se encontraba en mis ojos.
Emocionada, me acurruqué en su costado, y lo abracé por la cintura, apoyando la cabeza en su
hombro, con cariño.
De a poquito, las emociones de la nueva Paula, iban queriendo manifestarse.

Joaquín empezó a cantar, con usa voz que hacía vibrar su cuerpo, y resonaba en el mío,
estremeciéndome. Pocos momentos en mi vida se habían sentido así de mágicos. Lejos de todo.

And I'd give up forever to touch you
'Cause I know that you feel me somehow

You're the closest to heaven that I'll ever be
And I don't want to go home right now
And all I can taste is this moment
And all I can breathe is your life
And sooner or later it's over
I just don't wanna miss you tonight

Al principio no había reconocido la canción, porque hacía años que no la escuchaba, pero
cuando llegó al estribillo no me quedaron dudas. “Iris” de The Goo Goo Dolls.

And I don't want the world to see me
'Cause I don't think that they'd understand
When everything's meant to be broken
I just want you to know who I am
And you can't fight the tears that ain't coming
Or the moment of truth in your lies
When everything feels like the movies
Yeah you bleed just to know you're alive

Hablando de sentir al otro, sin necesidad de tocarse, de saborear el momento y aprovecharlo
antes de que llegara a su final. De sangrar para saber que se está vivo…
Si, supongo que podían buscársele otros significados, pero lo que me gustaba cada vez que lo
escuchaba cantarme, era que nosotros sabíamos imprimirle en nuestro propio. Para nosotros en ese
momento, significaba eso…
Joaquín lo expresaba con canciones, y yo, me derretía a su lado, sintiéndome contenida pero
también muy vulnerable.

—Te voy a decir algo que, por lo poco que ya te conozco, te puede asustar—.dijo
sonriéndome y acariciándome la mejilla, cuando le saqué el cigarrillo de los dedos para fumarlo
también— .Y seguramente te quedes muda como siempre haces…
Lo miré curiosa, mordiéndome los labios.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Esto que estamos viviendo ahora…—siguió diciendo— .Esto que me pasa con vos, no me
había pasado nunca con nadie.
Tragué en seco con las pulsaciones a mil. Sus ojos verdes me miraban con atención, y si ya
me parecía guapo antes, ahora no tenía más palabras para describirlo. Su barba un poco crecida y tan
sexi, dejaba ver la mueca que formaban sus labios. Casi una sonrisa, llena de dobles intenciones,
adornada con ese piercing que lo hacía único. El chico que en veinticuatro horas, me había vuelto
totalmente loca. En más de un sentido.
—Y… ¿qué es, exactamente?—dije, aguantando su mirada todo lo que podía, sin
acobardarme. Aunque la voz me había salido temblorosa y débil.
Rio por lo bajo de mi reacción y volvió a tocar en su guitarra. A esta canción no la conocía…
pero entendía que era su manera de responder a lo que le había preguntado.

Baby
It's been a long day, baby
Things ain't been going my way
And now I need you here
To clear my mind all the time
And baby
The way you move me, it's crazy
It's like you see right through me
And make it easier
Believe me, you don't even have to try
Oh, because
You are the best thing
You are the best thing
You are the best thing
Ever happened to me

Capítulo 6

Llegamos a la fiesta un poco tarde, pero por primera vez en la vida, no ser puntual no me
había importado.
El hotel en el que se festejaba, era uno de los más elegantes de la ciudad, y era conocido por
sus grandes y lujosas celebraciones. Y yo, que trabajaba desde hacía unos años en la industria, sabía
que los empleados a veces eran explotados en estas fechas especiales, haciéndolos trabajar horas
extras, y teniendo que soportar además a invitados de lo más desagradables.
Cuando mis amigos habían sugerido este sitio para el festejo de navidad, había sido la primera
en negarme. No me gustaba para nada la idea, y me había resistido. Pero había terminado ganando la
mayoría. Y aquí estábamos.

Entrando al salón, de la mano con él. Sorprendida de lo cómoda que me encontraba. Me sentía
bien a su lado.
Joaquín, con esa última canción, casi me había declarado que estaba loco por mí, y que era lo
mejor que le había pasado… y yo, tenía que estar de acuerdo, porque para mí, él significaba lo
mismo. Lo mismo y un poco más.

Lo miré sonriente. Estaba guapísimo, y todo el camino hasta aquí no había parado de decirme
lo linda que estaba.
Me había puesto el infame vestido color dorado, y había dejado mi cabello suelto, apenas
secado un poco con el secador. Mi maquillaje era natural, y aunque unos días antes, me hubiera
sentido desnuda con tan poca producción… ahora me sentía preciosa. Relajada.

—¡Pau!—dijo Leticia, una de mis amigas apenas me vio, acercándose hasta donde
estábamos— .Tanto tiempo, linda—.sonrió cambiando su copa de mano— .No te vemos desde…
—Desde la cena de compromiso—.terminé de decir.
—Ah, claro. Desde esa noche—.sonrió incómoda— .No teníamos idea de que ibas a venir
hoy.
Ya, de eso me daba cuenta.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Por supuesto, estarían al tanto de todo lo que había ocurrido, porque si yo había elegido
aislarme, sabía de muy buenas fuentes, que Tomás y Silvina no se habían privado de mostrarse juntos
en todos los eventos sociales de los últimos cuatro meses. Como si nada hubiera ocurrido.
—Te presento a Joaquín—.dije mirando a mi acompañante que fruncía el ceño al mirar a
Leticia.
—Ah, mucho gusto—.dijo ella, mirándolo de arriba abajo con la ceja algo alzada. La
radiografía que acababa de hacerle no se nos pasó desapercibida, como así tampoco su sonrisa de
superioridad. ¿Quién se pensaba que era?
—Igualmente—.sonrió él, muy educado— .Bonito collar—.comentó señalando la enorme
joya que estaba luciendo mi amiga.
—Gracias—.dijo esta encantada, pensando que se trataba de un halago… pero yo había
captado el tono con el que lo había dicho, y seguro pensaba lo mismo que yo. Que el excéntrico
collar en forma de serpiente con incrustaciones de brillantes, era una de las cosas más feas que había
visto— .Y vos estás muy linda, Pau… llamativa. Ese vestido es… tan brillante—.arrugó la nariz sin
dejar de sonreír y a Joaquín se le escapó un poquito la risa.
—Está hermosa, ya le dije—.comentó mirándome, acercándose más, para envolverme por la
cintura— .Aunque no necesita ni este vestido, ni joyas extravagantes para brillar ¿no?
¡Ja! Patada al hígado para Leticia y su horrible ornamento en forma de reptil.
—Claro que no—.contestó con una de sus sonrisas llenas de asco— .Ella es muy mona—
.miró el horizonte, como si acabara de ver a alguien conocido, para luego excusarse y marcharse
diciendo que había sido un gusto… y que ya nos veríamos para tomar el té.
¡Si, claro!—pensé.
—Gracias—.le susurré cuando nos quedamos solos, y él me dio un beso en la mejilla.

Había sido una buena idea venir.
La estábamos pasado genial. Comimos bien, aprovechamos la canilla libre para brindar a
gusto, y cuando se dio, también bailamos un poco.
Joaquín me hacía reír a carcajadas, y aunque estaba muy fuera de su elemento, era Joaquín. Y
Joaquín siempre estaba a gusto y relajado en todas las situaciones.
Todos nos miraban y comentaban a nuestras espaldas, pero nosotros habíamos hecho como si
nada.

Me sentía una chica linda con vestido de lentejuelas, pasando el rato con el chico que me
gustaba, haciéndome girar mientras bailábamos en medio de los demás y que cada tanto, me abrazaba
un poco, o me decía algo lindo al oído.
Mis padres, como pensaba que yo no asistiría, habían aprovechado para tomarse unas
vacaciones. Un crucero, me habían dicho en un mensaje que me habían enviado el día anterior… el
cual había escuchado hacía un rato.
Me alegraba por ellos, se lo merecían.

Mis ex suegros me habían saludado, algo tirantes, claro. Porque aun se encontraban
incómodos con lo que su hijo había hecho, y porque sabía que odiaban a Silvina con todas sus
fuerzas. Y yo, había resistido todo con la mejor sonrisa. A pesar de todo, no les guardaba rencor.

Todo iba bien. Todo iba perfecto.
Hasta que de la nada, y ya pensando que por la hora que era no se presentaría, Tomás,
apareció saludando a todo el mundo con el mejor traje que tenía.
Alto, con su cabello dorado corto, peinado hacia el costado como lo usaba desde la
adolescencia, afeitado e impecable como siempre.
—Tomás ¿no?—preguntó Joaquín a mi lado y yo asentí.

Y como si pudiera notar mi presencia, se volteó hasta quedar de frente a donde yo estaba.
Caminó unos pasos, y me saludó con toda la formalidad que exigía la ocasión. Puros modales
y etiqueta.
Si, puede que cuatro meses atrás, me lo hubiera encontrado follando como un animal con mi
mejor amiga, pero ante todo la educación. ¡Ja! Joaquín, sin soltarme la mano se removía algo
inquieto.
Aquí estaba. Por fin lo veía. ¿Y saben una cosa? No estaba tan enojada como me imaginaba.
Ya no me quedaba tanta bronca en el cuerpo. Y menos si miraba hacia mi derecha y me encontraba
con los ojos verdes del chico que venía conmigo.

—Qué bueno verte—.dijo con una sonrisa tímida— .Te estuve llamando ayer, pero no
contestabas—.dijo.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—No estuve en casa ayer—.contesté sin dar más explicaciones, y él asintió, tal vez
comprendiendo que no estaba en posición de pedírmelas.
Frunció el ceño mirando a Joaquín, pero ni lo saludó ni le dijo nada. Lo ignoraba
completamente y eso aunque podría haberme puesto incómoda, me dio algo de pena.
—¿Pasaste por casa ayer?—preguntó entonces.
—¿Quién? ¿Yo?—dije con mi mejor cara de sorpresa— .No, para nada.
Joaquín se encogió de hombros cuando lo miré y los dos pusimos cara de no haber roto un
plato.
—Debe haber sido Silvina—.masculló en voz baja Tomás, tensando las mandíbulas— .Ya no
estamos juntos y se volvió loca desde que la dejé.

No me lo esperaba, pero tampoco podía decir que me sorprendiera demasiado. Después de
todo, esos dos nunca se habían gustado.
Puede ser, fue un poco inmaduro. Podría haberlo sacado de su error, y decirle que la del
desastre en el departamento no había sido Silvina. Pero no lo hice.
Creo, de hecho, que tampoco tenía mucho sentido.
Conociendo a mi ex amiga, y lo que era capaz de hacer cuando se enojaba por algo, yo solo le
había ganado de mano.

—Me voy a buscar otra copa—.me susurró Joaquín, pero yo me apresuré a tomarlo de la
mano y tirar de él para que no se fuera. No quería quedarme a solas con mi ex… Pero con delicadeza,
se soltó y me guiñó un ojo— .Vos podés—.dijo antes de irse.
Eso, Paula. Vos podés.
Necesitas quedarte y hacerlo sola como nena grande. Tenés que expresarte.
Tomás me miraba con su sonrisa de anuncio y tanta confianza en si mismo, que me dejaba sin
habla.
Buff. Qué difícil.
—Estás muy linda—.dijo seductor, acercándose más a mí, y yo instintivamente retrocedí un
paso— .Está sonando nuestra canción.
“Bachata Rosa” de Juan Luis Guerra y Natalie Cole.
Sacudí la cabeza para aclarármela y lo miré llena de determinación.

—Tomás, creo que lo que me hiciste no estuvo bien—.empecé a decir— .Fue horrible, no
tiene perdón.
—Pero, Paula—.dijo él bajando la voz— .Tantos años, me tenés que perdonar—.se acomodó
las solapas del traje, cada vez más nervioso— .Fue un desliz, todo el mundo los tiene. Podemos
dejarlo atrás, sentar cabeza. Es lo que queríamos.
El mismo discurso patético que me había dado ese día en el departamento, después de que lo
descubriera con Silvina.
—Yo ya no quiero lo mismo que vos—.confesé— .No sé si quiera si alguna vez realmente lo
quise.
—¿Qué?—preguntó desconcertado, mirándome como si me hubieran salido dos cabezas.
—Me traicionaste, si. Pero también me abriste los ojos—.sonreí, liberada— .Tengo
veinticuatro años, no me quiero casar.
Él se puso todavía más incómodo y cambió el peso de una pierna a la otra. Desvió la mirada,
como si quisiera ver quienes estaban escuchándonos, y lo vi sonreír tenso a alguno de los invitados.
—Paula, por favor—musitó de mala manera, tomándome del brazo— .Vamos al balcón para
seguir discutiéndolo, estamos montando un espectáculo.
—¡No! Y no me interesa lo que piensen de mi—.dije soltándome de su agarre— .Quiero
poder decir lo que siento, vivir, reírme, llorar. ¡Dios! Nunca me había dado cuenta de lo aburridas
que son estas fiestas—.dije y alguien ahogó un jadeo de sorpresa.
Tomás, se excusó de mi parte por lo bajo y volvió a mirarme con resentimiento.
—Ya no te quiero—.le dije de todo corazón— .Te perdono, pero no te quiero más. Que tengas
una buena vida.
Dudé antes de hacerlo, pero a último momento, recuerdos de todos esos años que habíamos
vivido, me empujaron, y envolví los brazos a su cintura, apoyando mi cabeza en su pecho. Tomás
también había titubeado, sorprendido por mi demostración de afecto tan rara, pero terminó por ceder.
Un último abrazo, por todos esos que le había dado con amor.

Me alejé de él, sintiéndome más liviana, y salí en busca de Joaquín… con quien de verdad
quería estar ahora.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

No había alcanzado a llegar a la barra, cuando sus brazos me envolvieron en un abrazo de
esos a los que empezaba a acostumbrarme. Con el rostro perdido en mi cuello, y su nariz jugueteando
con mi piel…
Me giré para darme de frente con una sonrisa llena de orgullo, adornada por unos ojos verdes
llenos de todo eso que me decían las canciones que me cantaba.
Estaba segura de que me había visto, y también escuchado. Por fin liberándome de mi pasado,
de Tomás, y de esa antigua Paula que no quería volver a ser.
Una que jamás, y menos frente a toda esa gente, se hubiera abalanzado a los brazos de un
chico como Joaquín con alegría, y entre sonrisas cómplices, chocar las narices antes de darse un beso
de esos que solo se veían en las películas.
Una que nunca antes se hubiera ido de allí sin saludar, para reunirse con amigos más
divertidos, a festejar la navidad como una chica de su edad.
A festejarla de verdad.

—Vamos a festejar como se debe, señorita Paula—.había dicho Joaquín, guiñándome un ojo,
mientras conducía su motocicleta hasta la playa.
Como suponíamos, la fiesta de las chicas con cuernitos de renos, todavía se extendía por toda
la costa, llena de gente que iba llegando a todas horas a celebrar la navidad.
La música variaba desde la más actual, hasta otros temas clásicos y atemporales que no
podían faltar.
Farolitos por todas partes, arena, el fogón… Todo estaba como lo recordaba.
Olivia y Thiago, estaban esperándonos en una de las barras, y después de pasarse un buen rato
bromeando sobre lo bien que íbamos vestidos, nos hicieron lugar y nos ofrecieron unas copas.
Se acercaban las doce de la noche, así que todos habían dejado de bailar para buscar algo para
brindar, y estaban esperando mirando cada tanto en sus relojes.
No podía recordar haber pasado ninguna navidad así.
De niña, la pasaba con mi familia siempre. En esas fiestas multitudinarias a las que a mi
madre le encantaba ser invitada. Por todo lo alto, con amigos del club, con gente que a mí me parecía
ver en todas partes. Siempre el mismo círculo de personas.
Ya cuando fui un poco más grande, en mi adolescencia, empecé a salir con Tomás, y él y sus
amigos, eran solo los hijos de todos ellos, así que no conocía otra cosa.

Nunca se me hubiera ocurrido faltar a uno de esos eventos para salir a bailar. ¡Era una locura!
Silvina, que no pertenecía al club, nos contaba siempre que ella si salía. Que se reunía con sus
amigos del barrio después de las doce, y pasaba la noche buena y el año nuevo también con ellos.
Tomando, fumando… en fin. Y con Tomás, no podíamos ni imaginarnos… lo achacábamos a una
actitud más de rebeldía de esas que la identificaban tanto.
Pero ahora que lo veía desde afuera, quería reírme.
Compartir con la familia es muy importante, pero después de la cena, ¿qué hacíamos? Ver
como los mayores se pasaban con las copas, y como los más pequeños comenzaban a quedarse
dormidos por los rincones. ¡Qué aburrimiento!

Una cuenta regresiva desde los altavoces interrumpió mis pensamientos y los gritos de todos
los presentes me indicaron que ya estábamos a punto de llegar a las doce.

Cuando llegaron a cero, todos gritamos y nos dijimos feliz navidad mientas nuestras copas
chocaban con alegría y la música volvía a subir y lo llenaba todo.
Así es como la gente de mi edad pasaba estas fechas, pensé. Me comparé a mí misma. Horas
antes, encerrada en el salón de esa gala insípida, rodeada de gente que me juzgaba y hablaba de mi a
mis espaldas. Personas que me conocían desde niña, pero que jamás habían tenido un gesto cariñoso
para conmigo.
Verme ahora, junto a mis nuevos amigos, riendo, bailando, abrazándolos… y haciéndonos
fotos en la playa, me hacía sonreír.

Y además estaba Joaquín… haciéndolo todo más mágico. Devolviéndome las ganas de volver
a sentir, después de tanto tiempo. Enseñándome a sacar afuera todo eso que durante años había
mantenido encerrado. El único que había sabido ver en mí, a la Paula que en realidad era. El que me
hacía sentir cosquillas en la panza cada vez que se me acercaba, o me robaba un beso.
Porque sus besos no se parecían a nada. Si hasta su forma de besar era pura expresión.
No un ingrediente más, o un preludio del sexo.
Sus besos eran un fenómeno aparte. Eran eso. Pura magia. Como él.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Por eso es que ahora, que se acercaba a mí sujetándome por la cintura, alejándonos de todos, y
sonreía seductor, mi corazón quería salirse de mi pecho, llenándose de anticipación.

Apenas sus labios habían rozado los míos, y ya estaba perdida.
Perdida en la sensación de su boca, acariciándome con suavidad, de su lengua curiosa, que
siempre salía al encuentro de la mía, de sus piercings que lo hacían todo mil veces más interesante…
No sé si habrán tenido la oportunidad de darle un beso a un chico con un piercing en la lengua, pero
si no lo han hecho, deberían intentarlo aunque sea una vez. Es alucinante…
Como si al ser conscientes de ese pequeño adorno, supieran exactamente cómo moverse, y
como llevarnos de a poco al límite de la cordura.
O tal vez fuera simplemente que Joaquín era muy bueno besando.

—Gracias—.dijo de repente, con el rostro aún pegado al mío— .Cumpliste tu parte del trato.
—¿Trato?—pregunté confundida.
—Los deseos que pedimos para navidad—.se rio— .Y tengo que decirte que me sorprendiste,
porque no creía que ibas a ser capaz.
Le sonreí, con un gesto de suficiencia.
—Y vos también cumpliste—.dije siguiéndole el juego— .Y mirá qué lindo que te queda este
look.
Él se miró, sonriendo divertido, y algo resignado.
—Está bien a veces salirse de la zona de confort. ¿No?—se encogió de hombros— .Probar
cosas nuevas… usar camisas blancas de vestir…—agregó poniendo los ojos en blanco.
—Con este vestido tan… “brillante”—ironicé recordando el comentario de Leticia— .No
puedo criticar el atuendo de nadie.
—Con ese vestido…—empezó a decir mientras me recorría con la mirada las piernas, y luego
el escote— .podes hacer lo que quieras. Es más, podés hacerme hacer lo que quieras. Desde ir a una
cena con tu familia política, hasta, no sé… hacer que me ponga corbata, si quisieras.
—Ah, ¿si?—me mordí el labio— .Qué pena no haberlo sabido antes—.bromeé.
Los dos nos reímos sin dejar de mirarnos a los ojos.

—Tiene sentido que esto termine con un vestido tan especial, entonces—.dije sin saber por
qué. Estaba algo nerviosa por la intensidad de sus ojos, y las palabras solo salían sin sentido— .Así es
como empezó todo ¿no? Con mi vestido de novia.
Joaquín me miró raro y supe que tenía que aclarar.

—Bueno, terminar es una forma de decir. Es que esta noche buena parece el fin de una
aventura—.él asintió todavía desconcertado— .En realidad, nunca terminamos la conversación que
empezamos de lo que estábamos buscando de esto, y…—comencé a tartamudear— .Yo, ...yo acabo
de salir de una relación.
¿Relación? ¿De qué estaba hablando? Tenía que callarme, estaba llegando muy lejos.
Joaquín me miraba con una ceja alzada mientras jugaba con el piercing de su labio, ahora
aparentemente divertido, porque yo estaba balbuceando incoherencias y no paraba de sonrojarme más
y más.
—Lo que quiero decir es que no nos conocemos—.dije tomando aire.
—Después de estos dos días, siento que sí te conozco—.contestó él muy seguro, acercándose
de nuevo a mí, y acariciándome con los nudillos mis mejillas acaloradas.
Sí que me conocía.
Probablemente mejor que mucha gente…

—Fueron solo dos días—.susurré, renuente.
—Dos días—.repitió con la vista fija en mis labios— .Bueno, si esto va a ser el final de la
aventura…—dio un paso más, y me tomó por la cintura— .se me ocurren otras formas para darle un
cierre que esté más a la altura…

Con una seña, me condujo hacia la playa, donde los asistentes de la fiesta comenzaban a
dispersarse, hasta que no quedaba ni uno a la vista.
En la oscuridad de la costa, solo iluminado por un faro a la distancia, había un sitio que
quedaba casi oculto de todo detrás de las rocas y que el mar apenas llegaba a alcanzarlo. El viento se
arremolinaba creando una gruta húmeda en la que suaves y muy delicados murmullos de las olas,
creaban una atmósfera íntima que invitaba a quedarse allí toda la noche, mirando las estrellas en el
cielo.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Sin decirme nada, me tomó del rostro, y como había hecho en otras oportunidades, me besó
con ganas, haciendo que me estremeciera. Sus labios, tentándome de manera tan deliciosa, y los
latidos de su corazón acelerado contra el mío, nublaban mi razón. Lo nublaron todo.
No podría explicar qué fue lo que me pasó en ese momento, pero como había hecho el día
anterior, me enrosqué a él, y comencé a quitarle la camisa con desesperación y ganas de sentirlo. Mis
manos se deslizaron con facilidad por su pecho y el sonrió sobre mi boca, encantado.
Sin que pudiera esperármelo, me giró sobre mi misma, y sin dejar de besarme, ahora por mi
cuello, la nuca, y el comienzo de mi espalda, apuró sus manos hasta el cierre de mi vestido y lo fue
bajando muy lentamente, mientras yo, aun con los ojos cerrados, me dejaba llevar por todas las
sensaciones que me invadían.
Y ahora no era solo la química que había percibido desde nuestro primer beso, o esa inmensa
atracción que crecía cada vez que nos mirábamos, o ese modo que tenía de decirme las cosas siempre
para sacarme una sonrisa, o un sentimiento genuino.
Era más.
Era pura necesidad.

Acarició mis brazos y respiró profundo, hundiendo la nariz entre mis cabellos, abrazándome
con posesión haciendo que cada célula sufriera una descarga eléctrica. Un escalofrío por toda la
columna que terminó de desarmarme.
Si.
Iba a ser el final perfecto para nuestra aventura de dos días.

Me giré, poniendo mis brazos alrededor de su cuello, y él con cuidado, me cargó hacia el
extremo más alejado, donde nuestras ropas iban quedando desparramadas, a medida que nuestros
besos y nuestras respiraciones se agitaban y el deseo nos empujaba a saciarnos del otro, como si no
existiera nada más.
Y por unas horas, no existió nada más.

Fin

Desperté cuando los primeros rayos del sol comenzaban a iluminar el pequeño recodo en la
playa donde nos encontrábamos, y me moví algo incómoda, porque no hace falta que les diga lo
conveniente que era dormir sobre un par de prendas de ropa sobre arena y rocas.
Tenía la cabeza algo pesada a causa de tanto brindis navideño, y el cabello hecho un lío.
Había estado con otro hombre que no era Tomás. Había tenido sexo con otro, y aquí estaba,
amaneciendo a su lado.
No podía creerlo.
Me incorporé trabajosamente y miré a mi costado.
Joaquín descansaba boca abajo, vistiendo solo su ropa interior tan tranquilo, que cualquiera
hubiera pensado que estaba en una cama dos plazas. Pero así era él. Tenía esa habilidad de adaptarse
y estar cómodo en todos los lugares y situaciones.
También tenía el cabello hecho un lío, y seguramente como yo, estaría lleno de arena hasta en
los lugares menos imaginados. Su rostro parecía apacible, y después de solo dos días, se me hacía tan
familiar, que me hacía sentir cosas extrañas.

Me vi sonriéndole sin darme cuenta, y alargando una mano para hacerle una caricia en la
frente con delicadeza para no despertarlo mientras disfrutaba de observarlo ahora que él no podía
verme a mí.
De verdad era muy guapo.
Todo él y sus piercings.

Pero incapaz de imaginarme cómo podía continuar esto después de la hermosa noche que
habíamos pasado, me dije que lo que estaba a punto de hacer, era lo mejor.
Me incliné apenas y posé un beso en sus labios entreabiertos, recreándome en la sensación
que me provocaba esa pequeña bolita metálica que tenía allí en medio, que le quedaba tan sexi, y me
fui vistiendo despacio, para después marcharme de allí.

Una vez en mi departamento, el silencio me sentó tan raro…
La guitarra tirada en un costado, me dio hasta nostalgia.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Pero ¿qué me pasaba? Ni cuando había vuelto a mi casa tras cortar lo mío con Tomás me
había puesto en este plan. Por Dios, solo habían sido dos días.

No sabía nada de él, ni su apellido. Tal vez ya nunca nos veríamos.
Había sido una locura pasajera.
Una aventura de navidad. Eso era todo.

Fui hacia la sala, y encendí el equipo de música. Al estirar el brazo, me vi el tatuaje de los
pajaritos y otra vez quise sonreír.
Si, habían sido dos días, pero los más intensos de toda mi vida. Y Joaquín era…
Bueno, él había sido exactamente lo que necesitaba para abrir los ojos.

En solo cuarenta y ocho horas, me había conocido como nadie nunca antes lo había hecho.
Había conectado con una parte de mí que creía muerta.
Me había devuelto a la Paula que quería ser de ahora en más. Señorita Paula…
Llevé una mano al pecho, de repente algo angustiada y arrepentida.
Tal vez tendría que haberme quedado a su lado hasta que despertara. Tal vez tendría que al
menos haberle pedido su número. Se lo merecía después de haber hecho tanto por mí…

Lo iba a echar de menos, a él y a cada una de sus sonrisas pícaras.

Pero entonces recordé…
Casi corriendo, fui hasta donde él había improvisado el arbolito de navidad más original y
más bonito del mundo. Allí donde había un sobre pegado a la pared con su letra.

—Es tu regalo, pero no podés abrirlo hasta mañana—.había dicho cuando le había
preguntado qué era. Mi regalo de navidad.
Curiosa, sin poder seguir aguantándome, abrí el sobre y desdoblé las hojas que había dentro.
El corazón se me había desbocado, y todas las emociones se me agolpaban en el pecho sin
explicación.

Uno, parecía ser un recibo, al que no le presté mucha atención, porque moría por saber qué
era lo que él tenía para escribirme.

“Señorita Paula,”—empezaba, cómo no, reí.

“Antes de que digas que no podés aceptarlo…”—¿Qué? ¿El qué?
Me volví hacia el recibo y los ojos se me abrieron como platos. Era mi deuda cancelada con la
tienda de novias. ¡Me había pagado el maldito vestido! El mismo día en que nos habíamos conocido,
seguramente después de que yo hiciera esa retirada tan memorable, casi desmoronándome con una
botella de champagne en la mano.
¿Se había vuelto loco? Definitivamente no podía aceptarlo. Era demasiado. ¿Cómo se le
ocurría?

Decidida a devolverle peso por peso de lo que se había gastado, seguí leyendo su carta.

“Antes de que digas que no podés aceptarlo, quiero decirte que no voy a dejar que me lo
devuelvas. Es mi regalo de navidad para vos, y no podés rechazarlo.
Después de conocer a la Paula de la tienda, y a la Paula que en estas últimas horas se dejó
llevar por cada una de las estupideces que se me iban ocurriendo, te puedo decir que mi regalito se
queda corto.
Vos, me hiciste uno mucho mejor. No se me da muy bien esto de escribir, me sentiría más
cómodo con la guitarra en la mano, cantándote alguna canción. Pero supongo que para la mañana
de navidad, después de la fiesta, ya cada uno estará en su casa.
Lo único que puedo decirte es que me encantó conocerte, y que no estoy tan loco como debés
estar pensando. Soy bastante más normal de lo que te imaginas.
Soy un diseñador web que trabaja de lunes a viernes como cualquier persona, que a veces se
junta con sus amigos a tocar la guitarra y que está muy contento de que no te hayas casado porque
sos la chica más bonita que vio.
Te dejo mi teléfono, porque espero de verdad que quieras salir conmigo alguna vez, para que
podamos conocernos…
Y si no, para tener una segunda aventura como la que tuvimos.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Nos queda Año Nuevo, ¿no?

Besos, (que prefiero darte en persona)
Joaquín.”

Más abajo, su número de celular.

Sonreí ahora con más ganas, y por primera vez en la vida, haciendo caso a un impulso
descabellado, me vi discándolo para comunicarme con él.

—Buenos días, hermosa—.contestó al segundo tono— .Me desperté solo y ya estaba
pensando que no iba a volver a saber de vos—.dijo entonces algo apenado.
—¿Me aceptas una invitación a desayunar para pedirte disculpas?—pedí cruzando los dedos,
con el estómago lleno de mariposas.
—Me encantaría, señorita Paula—.dijo y al parecer, también sonreía.

Claramente lo de anoche no iba a ser el final de nuestra aventura.
Mucho mejor, iba a ser solo el comienzo.

Fin

Un poco más:

Lista de Canciones de la historia:
https://open.spotify.com/user/11131840972/playlist/1JM5q4CmmxBLgSHuicIv1O

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N. S. Luna

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~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

“Un milagro en Navidad”
María Martinez
Celia, arrugó su pequeña nariz, el olor de la leña quemándose en la chimenea siempre lo
asociaba a la navidad. Sintió el frío en su cara pero no le importó, quería empaparse de todo lo que
veía. Los belenes que adornaban la tiendas, las luces brillantes en las calles confundidas con las
estrellas, grupos de niños cantando a la próxima nochebuena. Sintió su corazón vivo, pero
apagándose latido tras latido.
Lloró sin que nadie le viera. En su rostro las lágrimas dejaban un reguero de escarcha y
consiguió con esfuerzo, camuflarlas tras los copos de nieve. Su tristeza se mezclaba con la alegría de
aquellos que iban y venían por la acera, mientras ella, estaba allí parada esperando la respuesta de un
milagro.
Miró la mano de su madre, grande, rugosa, llena de callos, testigos mudos de su dura vida de
trabajo. Envolvía con la máxima delicadeza a la suya, blanca, frágil, repleta de heridas, tras la última
vía en sus venas. Las dos con sus esperanzas rumiadas en silencio, una nueva oportunidad para Celia.
Las dos esperando su turno, en una cola eterna.
La madre miró a la hija, conteniendo el dolor tras una sonrisa:
—Cariño, ¿estás cansada? preguntó con suavidad.
—No mami, estoy bien – respondió con una piadosa mentira.
—Sí quieres venimos otro día.
—Tal vez, para mí, ya no allá otro día.
—Pero hija, hace mucho frío.
—No importa mami.
—¿De verdad quieres esperarlos?
—Sí, mami.

—Está bien, aguardaremos —. Sentenció la madre comprensiva.
Y tras horas infinitas de viento gélido, olor a leña quemada en la chimenea, escarcha en el
rostro y copos de nieve ocultando lágrimas, Celia pudo estar con ellos. Primero le habló al del pelo
blanco:
—Melchor, sólo te pido una cosa, sí algo me ocurriera cuando le des la noticia, cuida de ella
—dijo mientas dirigía una mirada de tristeza a su madre.
Después se dirigió al del el cabello castaño:
—Gaspar, si he de emprender el último viaje haz que sea rápido y no me duela.
Por último se dirigió al de los mechones negros y rizados:
—Baltasar, tú siempre has sido mi favorito por eso te pido a ti mi mayor deseo, lo más difícil, un
milagro. Tengo mi corazón enfermo y necesito uno nuevo, los callos de las manos de mi madre no
alcanzan para pagarlo. ¿Dime, vosotros que hacéis realidad los sueños de miles de niños, podríais
conseguir que se cumpla el mío?
Los tres se miraron a unísono, Melchor, Gaspar y Baltasar. En realidad un enfermero, un
anestesista y un cirujano, disfrazados de Reyes Magos escuchando en aquella acera la vocecita de
Celia. Se les rompió el alma ante esa niña para la que no había falsos trajes ni engaños. Consciente de
lo que ellos de verdad eran, pero, que sin embargo, aún creía en la magia del ser humano. Los tres se
miraron al unísono, no había demora y se llevaron de allí a la pequeña…

Ha pasado un año.
Celia, siente el frío en su cara mientras aguarda, está feliz e intenta calmar a su nuevo corazón
que late contento y desbocado. Mira a su madre que sonríe a su vez al contemplarla.
—Estás cansada hija —pregunta con calma.
—No mami —responde sincera.
—Mira cariño, están allí.
—¡Sí, los veo, los ves! —gritó emocionada.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Y tras horas infinitas al fin consigue llegar a ellos.
—Melchor, Gaspar, Baltasar, gracias a vosotros ya estoy curada. Mi mami y yo, queremos
deciros que gracias por traernos nuestro único deseo, mi milagro navideño.
FIN

“Desastre en la Galería”
Ainhoa S. Gómez
Aún recuerdo las navidades pasadas, me juré a mí misma que nunca más volvería a pasar
unas fiestas navideñas con la familia, ya me lo decía Tanya ya, «esto terminará como el rosario de la
aurora». Mi familia tiene tendencia a grandes catástrofes en las reuniones familiares, y esta vez no
podía ser diferente, así que esto fue lo que sucedió: mi padre sufrió una intoxicación de ostras, mi
madre llorando desconsoladamente porque a mi hermano se lo ocurrió dar la noticia en esa misma
cena de que se alistaba al ejército, mi abuela desveló el gran secreto, que había guardado durante
años, para sorpresa de los demás a sus ochenta años reveló que siempre le habían gustado las
mujeres, y por ser la hija del gobernador siempre lo había tenido que mantener en secreto. En serio,
aun no me puedo creer, que yo fuese la única de la familia que ya se había dado cuenta de aquello, y
no le veía ningún problema.
En fin, todo eso, más la caída de una vela que propició un gran incendio, lo que provocó que
terminásemos pasando toda la noche en un hospital, hizo que esa misma noche al acostarme pidiese
un deseo, desee con todas mis fuerzas no estar presente en las siguientes navidades y aquello de la
manera más real se cumplió.

Hoy a día veintitrés de diciembre un año después, voy en un avión rumbo a Londres, no es
que me haya buscado un viaje «no por falta de ganas», solo que soy fotógrafa y mañana día
veinticuatro, voy a exponer mi obra en el Somerset house gallery, así que estas navidades nada podrá
impedir que sean perfectas.
––¿En qué piensas Lucia?–– me recrimina Tanya que está en el asiento del lado.
––En que estas navidades voy a estar lejos de la familia desastre y a salvo, creo que será la
primera navidad que no termine en un hospital o en comisaría.
––Mira que eres boba, tu familia es rara, sí… Vuestras reuniones familiares siempre son un
desastre... también. Pero es tu familia… y no deberías renegar de ella.
––Yo no reniego de ella, solo quiero pasar una nochebuena tranquila, sin tener que
preocuparme de lo que puede pasar o no, mañana será un día perfecto, la exposición será un éxito, y
la noche maravillosa.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

––Confiésalo, ni tan solo les has dicho que vas a exponer tu trabajo en la galería, y quizás sea
el evento más importante de tu vida, ¿me equivoco?
––¡Estás loca!, pues claro que no les he dicho nada… ¿quieres que lo arruinen?, mi familia
junta en una exposición es lo mismo que un gran desastre.
Después de instalarnos en el hotel, por fin llegamos a la galería, ahí nos esperan los
organizadores de la exposición, nos enseñan la sala donde se mostrará mi obra, y no puedo estar más
feliz y orgullosa de mí y además de todo esto a salvo.
Y al fin llega el gran día, todo está perfecto solo espero que mis nervios no se apoderen de mí
en el último momento, cierro los ojos, respiro hondo y me mentalizo a mí misma de que todo va
salir, estoy lejos de la mala suerte así que nada ni nadie lo podrá arruinar.
Estando en la ducha, oigo que llaman a la puerta de la habitación. «Joder, que oportunos»
Pienso en hacerme la loca ... en obviar los golpes, pero luego pienso que puede ser algo importante
referente a la galería, así que decido salir con tan mala suerte que resbalo, caigo y mi mano queda
totalmente doblada debajo de mí. «No es posible». Me levanto como puedo, aturdida aún por el
golpe, me visto con lo primero que encuentro gritando:
––¡Ya voy! ––siguen tocando con más intensidad, y al abrir la puerta no doy crédito con lo
que ven mis ojos.
––¿Mamá, papá que hacéis todos aquí? ––digo mientras veo a la familia mala suerte al
completo.
«Ahora entiendo lo de mi caída.»
––Mofletitos, nos llegó por correo la invitación de la galería... Y pensamos darte una
sorpresa, ya sabes la familia unida jamás será vencida.
––Cielo, qué quieres, tu madre insistió en darte una sorpresa y ya sabes que cualquiera le
lleva la contraria ––me dice mi padre mientras todos van entrando en la habitación y se van sentando
por la cama y el suelo.

Empiezo a notar como el dolor de mi mano empieza a agravar, y eso no es un buen augurio
estando aquí mi familia. Mi madre observa mi cara de dolor, así que terminamos entrando en el
hospital de urgencias, aunque mi negación sea total; no puede ser, tengo que arreglarme e irme a la
exposición, no me puedo creer que esté en la sala de espera.
––No puedo estar aquí, tengo que irme al hotel a vestirme y coger las cosas para la
exposición. ¡Dios ya debería estar allí! –– imploro a mis padres mientras mi madre me mira con cara
de susto.

––Mofletitos, no te preocupes, ya lo harás otro día, los señores de la galería seguro que lo
entienden ––me dice mi madre mientras me agarra del moflete, cosa que provoca que entre en una
terrible ira, y escupa todo lo que llevo aguatando y retenido toda la vida, y lo digo de la peor manera
posible.
––¿Queréis parar de arruinarme la vida?, ¿Por qué siempre hacéis igual?, no podéis parar
nunca. No tendríais que estar aquí, ¿o acaso os pensabais que se había perdido vuestra invitación?
Para nada, fui yo la que intenté evitar que os llegara, pero no, mamá, esta oportunidad solo pasa una
vez en la vida, y al no aparecer me vetarán como una irresponsable, y todo por vuestra culpa. Y por
favor no me llames más «mofletitos».
Mi madre se levanta como un resorte diciendo
––Tú, vete ahora mismo a buscar un médico. Si tienes que sobornar lo haces para que ya
atiendan a tu hija, Antonio vete a la galería y entretenlos, invéntate algo como solo tú sabes hacerlo,
y Sara llama a Tanya y dile que mueva su culo chileno hacia el hospital y traiga el vestido de la
exposición de Lucía, quiero a todo el mundo moviéndose a la de ¡yaaaaaaa! Mi mofletitos, nadie te
va arruinar el día ni siquiera esta familia tan desastre que te ha tocado, pero que te quiere con locura.
––Lo siento, mamá, no fue mi intención decir esas cosas, ni siquiera pienso eso de vosotros. –
–Bueno, vale, lo sé sí que fue lo que pensé, pero fue una opinión del cabreo monumental que tenía,
en realidad les quiero.

La exposición ha salido de maravilla, no sé cómo les ha entretenido mi hermano, pero lo ha
conseguido, me piden que diga unas palabras, y lo único que se me ocurre es
––Quiero dar las gracias a todos los presentes, y ante todo a mi familia, porque sin ellos
jamás hubiese llegado aquí esta noche y no lo digo en sentido literal. Quizás no seamos una familia
corriente, pero somos una familia con nuestros más y nuestros menos, y cuando alguien necesita algo
ahí estamos. –– Y en ese mismo fatídico momento mi madre emocionada da un paso atrás con tan
mala suerte que choca con el carrito de los canapés, le da un golpe al camarero y le tira la bandeja
con las copas de champagne al suelo.
––Aixxxxxx, mofletitos, lo siento, ha sido un accidente ––dice mi madre espatarrada desde el
suelo.
––Como bien he dicho, única y especial, por mi familia ––brindo levantando la copa.

FIN

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

“Mi amor, mi amigo”
María Beatobe
Muchas noches antes de irme a dormir pensaba en él. Estaba locamente enamorada de Álex,
para mí lo tenía todo, guapo, simpático, deportista y encima yo era su mejor amiga. En el instituto
todas las chicas me miraban envidiosas porque él siempre tenía alguna broma para mí, un abrazo o
una sonrisa. Y yo me sentía en una nube.
Le conocí el primer año de instituto, coincidimos en la misma clase y cuando le vi ya me
pareció guapísimo.
Físicamente llamaba la atención entre las chicas porque era alto, moreno y con los ojos
oscuros. Tenía unos rasgos definidos que no parecía que tuviera solo catorce años. Además, después
de conocerle, supe que jugaba al tenis desde los cinco años.
Cuando empezamos el instituto yo me senté junto a Pablo, mi vecino de toda la vida. Era al
único que conocía, y yo que era súper tímida, no me atrevía a hablar con nadie. Me ponía muy
nerviosa dirigirme a alguien que no conocía, pero para eso mi amigo Pablo me ayudaba mucho. El
me presentaba a toda la gente y yo iba detrás de él como un perrito faldero para no quedarme sola
entre clase y clase en los pasillos.
Recuerdo el primer día que hable con Álex. Yo estaba sentada repasando unos apuntes de
historia porque a última hora teníamos examen. Con los apuntes sobre la mesa y concentrada
totalmente en ellos alguien por detrás me dijo:
― Seguro que te lo sabes de sobra, déjalo ya.
Me giré y era Álex, con su sonrisa me observaba sentado sobre la mesa que estaba detrás de
mí. Creo que me puse colorada nada más girarme, es más, creo que él se dio cuenta de que estaba
súper nerviosa. No sabía ni que responderle, se me trabó la lengua y se me secó la garganta.
― ¡Claro que se lo sabe! – respondió Pablo sentándose de un salto con agilidad a mi lado. –
Lo que pasa que hasta que no se sepa todo al dedillo no va a estar contenta.― dijo guiñándome un
ojo.

Me giré a mirar a mi amigo y sonreí.
― Bueno… es que luego en el examen me pongo nerviosa… - respondí tímida.
Sonó el timbre que anunciaba que comenzada la siguiente clase y Álex se bajó de la mesa
para irse a la suya, pero antes me dijo.
- Aprobarás. Seguro.
Esa fue la primera vez que crucé dos palabras con él, no se me quitó la sonrisa de la cara en
todo el día y aprobé, como el vaticinó, y con buena nota.
El curso fue pasando y poco a poco íbamos hablando entre clase y clase, pero siempre con
Pablo presente. Él era nuestro nexo en las conversaciones. Sin él, la mitad de las éstas no hubieran
existido, de eso estoy segura.
Inexplicablemente para mis padres, empecé a ir al instituto cada vez mas arreglada, más
contenta, con más ganas. Y mi madre tonta no era. Pero a ver, con catorce años empezaba a entrar en
la famosa edad del “pavo” en la que queremos ser más mayores de lo que somos, pero sin adquirir las
responsabilidades que suponen crecer.
Deseaba ir al instituto para verle, para intercambiar un par de frases aunque fueran de
geometría. Pero siempre estaban las chicas de turno que se le insinuaban con descaro y él aceptaba
con halago.
Los meses siguieron pasando y nos plantamos casi en final de curso. Me moría solo de pensar
que no le vería en verano. Me daba una angustia pensar en estar tres meses sin verle… Pero pasaba
todo el verano en una escuela de tenis, entrenando duro. Según me contaba mi amigo Pablo, Álex era
bastante bueno jugando y por lo que le había dicho, empezaban a tantearle buenos entrenadores.
Se planteó desde el instituto una fiesta de fin de curso, que se realizaría por la tarde en una
discoteca light de la zona. Imaginaros. Taladré literalmente la cabeza a Pablo para que me ayudara a
elegir que ponerme. Siempre tuvo un punto femenino que me encantaba, porque le contaba mis
paranoias y él me contaba las suyas y nos entendíamos a la perfección. Creo que mi madre pensaba
que era gay, pero por lo que él me decía, le gustaban más las mujeres que una tarta de chocolate.
A él le gustaba mucho Paula, una chica de la clase de al lado, pero la veía un imposible. Era
curioso, con el desparpajo que le caracterizaba y que jamás se hubiera atrevido a lo largo del curso a

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

hablar con ella. Claro, yo no era como él, Pablo hacía de todo para que Álex y yo coincidiéramos,
pero a mí no me unía nada a Paula como para ponerles en contacto. Pero algo se me ocurriría.
La tarde de la fiesta estaba de los nervios, había decidido ponerme una minifalda negra con
una camiseta de tirantes color rosa flúor. Sandalias con algo de plataforma y un poco de maquillaje.
Mi padre me miró con cara de “dónde vas así” pero mi madre me guiñó un ojo y con ese gesto ya
sabía que ella se encargaría de convencer a mi padre.
Quedamos en que Pablo vendría a buscarme a casa y luego volveríamos juntos también. Sus
padres y los míos se conocían de toda la vida. Eran vecinos de siempre y Pablo y yo nos habíamos
criado siempre juntos. De ahí que no es que solo no les extrañara que estuviéramos siempre juntos, si
no que lo agradecían.
―Así la niña no vuelve sola – decía mi madre.
Cuando llegamos a la discoteca había bastante gente en la puerta hablando. Pablo buscaba con
la mirada a Paula pero ni rastro de ella. Entramos y a mí me dio mucha impresión, porque nunca
había entrado en una discoteca, y encontrarme una sala de semejante tamaño, medio a oscuras, con
la música a tope y tanta gente me causo bastante sobresalto.
― ¿Ves a Paula? – me preguntó mi amigo mientras buscaba con la mirada.
―No… ¿Y a Álex?
―Tampoco ― respondió él subiendo los hombros.
Pablo era alto, con el pelo castaño y ojos del mismo color. Era un chico muy atractivo, o eso
decían las chicas, pero yo no le veía más allá que como un amigo. Mi mejor amigo. Estaba muy
delgado, y siempre me decía que cuando pudiera ir a los gimnasios iba a estar todo el día allí para
ponerse “cachas”. Yo le decía que le acompañaría para animarle, pero nada más, porque no me atraía
nada eso de sudar y cansarte por placer.
Nos juntamos con unas chicas y chicos de nuestra clase y nos tomamos un refresco mientras
bailábamos. Miré nerviosa a mí alrededor pero tampoco veía a Álex. ¿Donde se habría metido?
Seguramente estaría conociendo a alguna chica mucho más alta y guapa que yo. Me lo estaba
pasando bien, pero estaba claro que me faltaba algo allí, él.
Se me acercó un chico mayor que yo, que me sonaba de vista del instituto y se puso a bailar
conmigo, me sonrió y me dijo que se llamaba Jorge. Reconozco que me puse nerviosa, ¡había

ligado! Pablo me miró desde el grupo en el que estábamos y me sonrió. Yo subí las cejas como
diciendo:” Ay dios mío, ¿qué hago?” Era totalmente inexperta en eso de los chicos, ¡solo tenía
catorce años! En ese momento vi a Álex que se acercaba al grupo y saludando a Pablo con un choque
de manos se puso a bailar con nosotros. Vi que me miró y dijo algo al oído a Pablo sin dejar de
mirarme. También vi que Pablo negaba con la cabeza como respuesta.
Jorge me propuso irnos a unos asientos un poco retirados de la pista para estar más cómodos,
pero eso en mi idioma era que quería que hiciéramos algo más que bailar. Decliné su ofrecimiento
pero él insistió. Me decía que total, solo seria hablar, nada más. Mientras me hablaba me acariciaba la
espalda y yo empezaba a sentirme un poco incómoda, no me apetecía irme con él, así que muy
educadamente le dije que no, y en mi cara debía de notarse mi incomodidad cuando Álex se acercó
con una sonrisa y cogiéndome de la mano y tirando de mí dijo:
-Me la llevo un rato a tomar algo.
Ese día terminamos hablando de todo un poco en la puerta de la discoteca. Me contó que
había llegado tarde a la fiesta porque tenía que ir a entrenar a diario y no se lo podía saltar.

Pasó el verano y comenzamos de nuevo el curso. No tuvimos ningún tipo de contacto en esos
meses ya que volvió de nuevo a la escuela de tenis. Yo pasé el verano en el pueblo. Mis padres
trabajaban y me quedaba en casa de mis abuelos para que ellos pudieran ir a afanar tranquilamente ya
que yo no tenía clase. Allí tenia amigas y la verdad es que era divertido.
Álex y yo empezamos a coger cada día más confianza, no se forzó, simplemente ocurrió. Se
sentó tras de mí en la clase y siempre estaba mandándome notitas con bromas, dibujitos… Conseguía
que siempre tuviera una sonrisa en la boca.
Pablo empezó el curso con muy buen pie porque pasaron a Paula a nuestra clase, y con ese
desparpajo que le caracterizaba tuvo el valor de presentarse a ella y decirla que si necesitaba algo, allí
estábamos nosotros. Empezamos a estar siempre los cuatro juntos. Paula me cayó muy bien desde el
principio, era una chica tímida también como yo, muy guapa, y muy graciosa una vez cogía
confianza.
Pasamos un curso espectacular, ya teníamos quince años, casi dieciséis y empezábamos a
quedar los fines de semana para sentarnos en un parque y reírnos un poco.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Pablo se desvivía por Paula y yo por Álex, pero no éramos correspondidos. Ese año Álex
empezó a tontear con Eva, una chica un año más mayor que el que no paraba de tontear con él y él se
dejaba querer. Yo quería morirme cuando los veía. Pablo me miraba y me guiñaba en ojo, en plan, no
te preocupes. Pero cuando llegaba a casa, había días que lloraba como una tonta lamentándome
porque no le gustaba.
El curso terminó y volvimos al instituto ya con dieciséis años, en nada tendríamos los
diecisiete y ya empezábamos a entrar en terreno pantanoso.
El primer día que volvimos al instituto en octubre casi me da algo cuando vi a Álex. No sé
que habría comido ese verano, pero estaba más alto, más fuerte y más guapo si cabía. Se había rapado
el pelo por los lados, dejándolo solo un poco más largo por arriba. Le vi de lejos con un polo negro y
unos vaqueros azules desgastados acompañados de unas converse. Muchas mariposillas revolotearon
por mi estomago. Madre mía, como iba a tratar como un amigo a alguien del cual estaba locamente
enamorada.
Vi como saludaba en los pasillos a Paula y a Pablo con un abrazo a cada uno y una sonrisa.
Me temblaba todo. Me moría por abrazarle y mirarle a los ojos después de casi tres meses.
Me había preparado y arreglado a conciencia para que cuando me viera, notara también el
cambio físico que yo había experimentado ese verano. Había perdido algo de peso, no es que hubiera
hecho dietas, ni mucho menos, pero me pase el verano en la calle disfrutando del pueblo. Piscina,
paseos, salir por las noches a tomarnos un helado o empezar a entrar en los pubs sin conocimiento de
mis abuelos. Todo ese movimiento y que la verdad algo había crecido, me había estilizado. También
era más que evidente que mi delantera había aumentado un poco. No una barbaridad, pero el cambio
era notable. Me había cortado el pelo a media melena y lo tenía más un par de tonos más claro por el
sol. Me puse gloss clarito en los labios y me puse mascara de pestañas.
Reconozco que ese verano me había espabilado. Digamos que ya no era tan tímida no tan
reservada. Había conocido a algún chico en el pueblo, pero ninguno me atraía tanto como Álex.
Empecé a conocer lo que es tontear con chicos y que ellos lo hagan contigo. Me pareció divertido,
pero nunca di ningún paso más que unas simples miradas o algún piropo.
Cogí aire y me dirigí al final del pasillo donde estaban Pablo, Paula y Álex. Con paso firme y
un temblor de piernas increíble me acerqué con una sonrisa en los labios. El primero que me vio fue
Pablo, que poniéndose dos dedos en los labios silbó emitiendo el sonido típico de piropo. Sonreí

instantáneamente y vi como Álex se giraba. Reía como yo, pero su gesto cambió. Creo que se dio
cuenta de que ya no era la niña que se despidió de él a finales de Junio.
Un sudor frio me recorrió la espina dorsal. En nada tendría ya diecisiete años y mi manera de
ver la vida me había cambiado ese verano.
Me acerqué a ellos y Pablo fue el primero en acercarse a darme un abrazo.
―Pero ¿a ti que te ha pasado este verano?
―Anda quita, ¡que me da corte! –
― Joder, Pablo tiene razón… te noto…cambiada. – dijo Alex nervioso.
Me acerqué a darle dos besos y casi me derrito. Olía tan bien. Me aproveche del contacto
paseando mis manos por su espalda y brazos, que estaban fuertes y fibrados. Me habría quedado a
vivir entre ellos en ese momento. Antes de separarnos él me susurro al oído:
― Estas preciosa.
Paula me recibió también con alegría y un gran abrazo. Me dijo que en el primer descanso de
clase fuera a hablar con ella al baño que tenía algo muy importante que contarme.
Yo ese verano no solo no tuve contacto con Álex, sino que tampoco lo tuve ni con Pablo ni
con Paula. Entre que no tenia móvil y que había llegado del pueblo justo el día anterior, no había
tenido tiempo de ponerme al día.
Las clases comenzaron y me sentía plena por haber vuelto a ver a mis amigos, en especial a
Álex, para que nos vamos a engañar. Pablo se iba a sentar a mi lado, pero Álex y el empezaron a
hablar por lo bajo y vi como Álex se sentaba a mi lado, y Pablo con Paula.
- ¡Anda! – Dije - ¿Nuevo compañero de mesa?
- ¿Enfadada? – dijo con media sonrisa.
-No. claro que no. En la variedad está el gusto.
No sé de donde saqué esas palabras. Este chico hacia sacar cosas de mi que ni yo conocía.
Estaba tonteando descaradamente con él. Solo me faltaba hacer una apoteósica caída de pestañas para
que fuera un tonteo de libro.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

En el primer cambio de clase, Paula me cogió de la mano, tirando de ella sin darme tiempo a
reaccionar. Me metió en el baño casi en volandas cerrando tras de sí la puerta de un portazo.
― ¡Joder que carreras! – dije agarrándome el pecho agotada.
― Ay es que tengo que contarte algo… ¡estoy de los nervios! – dijo con una sonrisa nerviosa.
― A ver Paula no me asustes, que pasa.
―Nada nada… es que…
― Nada nada no… cuéntame que si después de dislocarme el brazo, no pasa nada te cojo y no
sé lo que te hago – dijo apoyándome en el lavabo.
―Es que me da una vergüenza…
― ¡Vamos! ¡Que al final tenemos que volver a clase!
― Ahí va… creo que me gusta Pablo – dijo tapándose la cara con sus manos después de
decirlo.
― ¡¿Qué?! – dije abriendo los ojos como platos.
―Aysss lo que oyes…
― Pero…. ¡eso esta genial!– respondí dando saltitos con ella. – ¡Que bien!
― No, genial nooooo… ¿y ahora qué? ¡Es mi amigo! ¡No quiero estropear eso! Además… no
creo que yo le guste a él.
― ¡Anda! ¡No digas eso! Ya me encargaré yo de enterarme…
― ¿Si? Ay ¡no sabía cómo pedírtelo! Gracias gracias gracias gracias.- dijo besuqueándome.
―Vale vale…quita… jajaja- dije sin poder parar de reír.
El timbre sonó. Había que volver a clase, pero cuando nos disponíamos a salir del baño, Paula
dijo a mi espalda.
―Y ojito con Álex, que menudas miraditas te echa…
El estomago dio un vuelco, ¿ella había notado eso? Es que yo sentía que miraba pero no
quería pensar que serian ese tipo de miradas.

El curso había empezado bien no, fenomenal. Me fui a mi casa con una sonrisa en la cara que
no se me quito hasta por la noche al dormirme.
Esa semana la recuerdo muy especial. Ese mismo sábado Álex jugaría la semifinal del
campeonato de Madrid Cadete. Era un torneo a nivel nacional y me dijo que porque no iba a verle.
Me puse muy contenta y entre risas le dije que sí. Les comenté a Paula y a Pablo que me
acompañaran y les pareció genial la idea.
No entendía absolutamente nada de tenis, solo sabía que se jugaba en una pista, una red, una
pelota y dos raquetas. No iba mal encaminada creo… me parece que para ir a verle no necesitaba más
información, porque iba a estar todo el partido embelesada mirándole a él.
El viernes por la tarde quedamos los cuatro para tomarnos algo tirados en el césped de un
parque cercano al instituto. Álex estaba nervioso por el torneo del día siguiente, si ganaba este
partido estaría en la final. Le esperamos a que saliera de ducharse y del entrenamiento, en la puerta
del centro donde entrenaba.
Después de estar los cuatro charlando un rato, no mucho porque tampoco nos dejaban
nuestros padres, Pablo me dijo que si no me importaba, acompañaría a casa a Paula, yo le dije que
¡claro que no me importaba! ¡Y que no tenía que pedirme permiso! ¡Es más! Si lo volvía a hacer me
enfadaría con él.
Cuando me levanté del césped para dirigirme a casa, Álex me dijo
― ¿Quieres que te acompañe a casa?
Yo me puse colorada, ¡claro que quería!
―No te preocupes, estoy cerca, estarás cansado.
―Necesito desconectar un poco antes de ir a casa y que mi padre me taladre con consejos
para mañana, Eso de que sea mi padre y mi entrenador a veces dificulta un poco las cosas.
Cuando estábamos llegando al portal, yo estaba de los nervios. Se acercaba la Navidad y
empezaba a hacer frio.
Por el camino fuimos hablando sobre lo sacrificado que era el querer dedicarte
profesionalmente a un deporte. Entrenar mucho, tener que renunciar a salir con amigos cuando
quisieras, controlar la alimentación…

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Al final terminó acompañándome hasta el portal. Nos paramos frente a la puerta y ambos
metimos las manos en los bolsillos.
―Bueno, pues ya hemos llegado – dijo Alex con media sonrisa mientras balanceaba su
cuerpo por el frio.
― Si.
― Mañana vendrás a verme ¿no?
―Claro. Allí estaré ¿Estás nervioso por el partido de mañana?
Resopló, haciendo que de su boca emergiera algo de vaho.
- Si… he entrenado muy duro para este torneo. Espero no cagarla.
- Lo harás muy bien. Ya lo verás.
Mis palabras hicieron que sonriera. Y sin apenas darme cuenta, tenía a Alex dándome un
fuerte abrazo. Le correspondí alzando mis brazos alrededor de su cuello mientras él me rodeaba por
la cintura.
― Gracias por tu apoyo – susurro en mi oído – Aunque no lo creas, hablar contigo me hace
sentir muy bien.
Sus palabras me hicieron perder la noción del todo. De repente no sabía ni donde estaba ni
porque, lo único que tenia clarísimo era que Alex me estaba envolviendo con sus brazos con suma
delicadeza. Ojalá hubiera podido parar el tiempo y seguir disfrutando de la sensación de notar su
aliento en mi nuca.
―Silvia – murmulló de nuevo – No sé si me arrepentiré algún día de lo que voy a decirte
ahora.
Tragué saliva e intente separarme. Pero él con cuidado no me lo permitió.
―No, no te separes de mí. – Continuó - Ahora que he empezado a decirlo no creo que fuera
capaz de terminar de hacerlo mirándote a los ojos.
Mi respiración comenzó a acelerarse por efecto directo de sus palabras. Ahora aunque lo
intentara no podría separarme de él, estaba paralizada.

―Silvia me gustas.
―Pero…
― No digas nada aun, por favor. – Resopló y note calor en mi cuello. – Había pensado mucho
en ti este verano, pero jamás imaginé que cuando volviera a verte sentiría lo que siento.
Ahora sí que empezamos a separarnos despacio. Con una lentitud casi forzada por mi parte,
porque no me atrevía a mirarle a la cara después de lo que me acababa de confesar. Pero al final
nuestras miradas coincidieron y noté como mi cuerpo empezó a experimentar multitud de
sensaciones: calor, frio, nervios, temblor, miedo, alegría…
―Yo…- me atreví a decir.
―Espera… No sé si cuando llegue a casa y rememore todo lo que estoy diciendo ahora
mismo desearé que la tierra me trague, pero ya que te lo he dicho tengo que terminarlo. Me gustaría
que me dieras la oportunidad de demostrarte que me atraes y que me gustaría ser algo más que tu
amigo. Pero antes me gustaría saber si…
― Tú también me gustas Alex. Desde hace más tiempo del que creo recordar.
Sin darme cuenta noté sus labios sobre los míos. Estaban fríos, pero los recibí con agrado para
darles todo el calor que de mi cuerpo emergía en ese momento. Cogió mi rostro con sus manos y
pasó de ser un beso casto para convertirse en algo mucho más sexual. Mi primer beso.
― Entonces… ¿quieres que seamos algo más que amigos?
Sonreí mientras asentía y ese gesto dio carta blanca a Alex para volver a besarme con pasión.
Y no dejo de hacerlo durante mucho tiempo.

FIN

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

“Volviendo a ti en Navidad”
Ailin Skye
©1612190145288
LA PISTA DE HIELO DE SANTA MÓNICA CERRARÁ SUS PUERTAS PARA
SIEMPRE EN LA VISPERA DE NAVIDAD.
Una de las atracciones principales para el centro del nuestro amado pueblo. Lugar de
encuentros e historias con finales felices, nos será arrancado de las manos, en aras del desarrollo
o en otras palabras, para formar parte de una cadena de supermercados a los que no les importan
ni las fechas ni una de las tradiciones de Buenaesperanza.
La pista el día de hoy 24 de diciembre se mantendrá abierta hasta las 4 de la tarde. Únete
en nuestra despedida. Ven y recuerda porque te gusta la Navidad.

El titular estaba ahí, con su convocatoria creando la emoción en la oficina. Minerva no
apartaba sus negros ojos del periódico, ajena al jolgorio que había en ese momento. Cada palabra
dolía tanto que el corazón sangraba herido.
Quince años sin pisar aquel sitio, quince años de sueños rotos y de un amor que jamás pudo
ser. ¿Cómo era posible que aún hoy siguiera anhelando aquello que no tuvo?
Había amado la Navidad. La esperaba con la ilusión adolecente de una chica que tenía sueños,
ambiciones brillantes, que ahora sabía que no se cumplían. Sin embargo, dolía el recuerdo.
¿Alguna vez dejaría de hacerlo? Cerró los ojos y se llevó la mano al pecho, ahí donde el dolor
y cada resquicio de su ser le decía que el ayer no se olvidaba. No cuando todos los sentidos aún hoy
recordaban a la perfección cada olor, cada sabor, cada tacto…
El nudo en la garganta comenzó a formarse, las lágrimas estaban inundando sus ojos y su
corazón latía dolorido, recordándole por qué se encontraba sola. Una razón tan válida, como aquella
que la mantenía alejada de todo lo que le hacía daño y que la hacia la mujer de negocios que ahora
era.

—Mine —llamó su secretaria—, ¿has leído las noticas? —la mujer aún se mantenía en el
umbral de su puerta— ¡No me lo puedo creer! Ahí conocí a mi chico. Mi padre le propuso
matrimonio a mi madre en la pista.
—¿Necesitas algo Verónica? —preguntó mientras tomaba en sus manos el periódico y sin
miramiento lo tiraba en la papelera—, tenemos bastante trabajo y, realmente me gustaría que antes de
que tu turno termine cerremos los pendientes.
Verónica miro a su jefa y amiga. Minerva Roster era una mujer muy dulce, a pesar de esas
hostilidad que se empeñaba en querer fingir. Podía parecer una bruja consumada, pero, para ella que
ya llevaba años trabajando mano a mano con esa mujer, sabía el buen corazón y la bondad que
encerraba. Aún no entendía que podía hacerla fingir algo que no era, pero lo que fuese, tenía que ser
un peso tan grande y doloroso que de forma constante sentía ganas de abrazarla y prometerle que
todo estaría bien.
Analisó a la joven que tenía frente a ella. Era muy bajita y menuda. Su cabello negro siempre
lo tenía peinado en un moño a la nuca, como si con eso pudiera retener a la parte vivaracha que tenía
oculta. Tenía un rostro verdaderamente bonito. Podría decirse que era una muñeca de porcelana por
la blancura de su piel. Si que tenía unos ojos enormes de un negro acerina enmarcados con largas
pestañas y unas cejas delgadas y delineadas, que le daban un aspecto de mujer mística, una que
llamaba la atención. La nariz era pequeñita, siempre le recordaba a un pequeño botón de flor y si a
eso le sumaba su pequeña boca sonrosada el cuadro era perfecto, de no ser por esa nostalgia y tristeza
que siempre la acompañada, podría vestirla con tules y sedas para ponerla en escaparate.
Esta vez no era para menos. Toda ella ese día en especial desprendían una pena que incluso
un corazón insensible no podía evitar sufrir por ella.
Verónica se acercó al escritorio y sonrió, podía hacerlo por ambas. La señaló con el dedo y
como cada día advirtió:
—No me gruñas, jefa. Porque sabes bien que ya tengo todo listo para que lo firmes. No por
algo me he quedado horas extras estos días. —La mirada de suficiencia apareció en su rostro—. Solo
esperaba que atendieras las llamadas en cuanto me digas podemos revisar cualquier cosa que se te
ocurra, eso sí. Después vas a salir a brindar con nosotros.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Minerva se quedó mirando a su secretaria por un minuto. Sabía que esa mujer la conocía
demasiado bien, para su salud mental. Negó con la cabeza, no tenía nada que festejar, no había nada
que la esperase fuera de esa oficina.
—Tengo demasiado trabajo, trae las carpetas de la cuenta Dragonné, vamos a estudiar cada
una de las promociones que tienen.
Verónica suspiró, tenían mucho trabajo pero ella ya encontraría la manera y el tiempo para
convencerla de ir a la pista. Todo el pueblo tendría que ir, era un hecho. Todos tenían parte de su
historia ahí y después de todo era Navidad.

Dante miraba incrédulo el titular y mil emociones pasaron por su mente. La limusina
avanzaba por el pueblo que lo había visto nacer. Volvía una vez más como el hombre de éxito que
era o como el hijo pródigo tras luchar contra la cruda realidad. El tiempo había pasado y pudo
mantener su mente lejos de ahí, de hecho casi podría asegurar que se había olvidado de todo menos
de ella y de aquella estúpida pista de hielo.
—Roy —llamó a su chofer.
—Señor. —el hombre atendió al llamado.
—¿Es verdad lo de la pista de hielo? —preguntó sin apartar sus ojos del periódico.
—Sí, señor. Hay muchos indignados, mi Elvira entre ellos. Es una desgracia que sucedan
estas cosas en Navidad, pero, después de todo son negocios ¿verdad, señor?
El hombre no miró a su empleado aunque odio ese rentintin al final de su frase. Sabía que lo
conocía demasiado bien, no por algo lo había visto crecer, más que otra cosa, había sido su mentor y
amigo. Un ser humano esplendido que le enseño la humildad que su acaudalada familia no había
logrado hacer.
Gracias a el conoció a la única mujer que realmente significó algo y que dejó ir, hiriéndola
estúpidamente y por orgullo no fue capaz de aceptar que la necesitaba y podía perdonar cualquier
falta. ¡Aún hoy La añoraba!
—Dicen que esta tarde irá todo el pueblo para despedirla… —añadió Roy.

—Bueno, pues supongo que lo pasaran muy bien. Gracias —cortó cualquier charla.
Sabía que ella no estaría ahí, cada año había acudido para verla aunque fuese a distancia, pero
jamás regresó y el dolor de su ausencia le hizo no volver a pisar aquel lugar pues su recuerdo era
devastador.
Se pellizcó el puente de la nariz intentando estúpidamente sacarla de su mente. Quince años
de aguardar por algo que jamás iba a suceder. Quince años de remordimientos y de mujeres
equivocadas. Quince años de sabanas sucias y camas vacías. Quince años de ser un capullo y de vivir
en una angustiante soledad.
—Vuestro padre, estará orgulloso del hombre en que se ha convertido. —Roy lo miraba por el
retrovisor, con esa mirada cargada de censura.
—De eso se trata… —contestó furioso con él. De eso iba todo, de darle gusto a un padre que
había estado a punto de morir y que le había exigido hacer lo que un Drake hacía bien. Joder su vida
y olvidarse de todo, incluso de lo que había amado.
—No si no quieres. Ya eres un hombre Dante, lo que pase a partir de ahora es tu culpa no de
nadie más, cada año te lo digo y cada año lo echas en saco roto.
—¿Te recuerdo quién paga tus facturas? —le recordó con prepotencia, porque sabía que tenía
razón.
—Si con eso te sientes bien, hazlo. Si con eso me quieres exigir una vez más que te hable de
usted, lo haré Señor. Pero eso no quita que tengo razón y que está desperdiciando una parte
importante de su vida. El amor.
—Solo avanza Roy, no quiero hablar de nada. Llévame a casa.
Quizá lo mejor sería que no volviese jamás a Buenaesperanza, ahí no había nada que lo
esperase, su padre vivía estupendamente, y en caso de necesitarlo podría llamarle, después de todo
para eso existían los móviles y demás parafernalia moderna.
La limusina por fin llegó a su destino y Dante inspiró profundo antes de volver a mirar aquel
titular que tiraba de él, como si le gritase un mensaje inteligible.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Y esto es lo último que nos queda. —aclaró Verónica guardando en la carpeta por fin todos
los documentos—. ¡Hemos terminado a tiempo para el brindis!
—¿No te rindes? —Minerva se frotaba la nuca.
—Jamás, jefa. —le guiñó un ojo—. Es necesario que te unas al personal, además ¿Cómo
esperas que cotilleemos a tus espaldas si no te presentas?
—Para cotillear a mis espaldas no necesito salir y alternar con nadie, basta con que mi puerta,
como cada año, permanezca cerrada.
La secretaria bufó y esta vez decidió ser franca.
—Tu y yo sabemos que no te gusta estar sola, también sabemos que te mueres por ser parte de
algo, y en esta empresa todos te respetamos. Aunque no lo creas te apreciamos. Solo es una copa, no
te estamos pidiendo que te hagas súper amiga de nadie, de hecho, ni siquiera estas obligada a ser
amable, simplemente sonríe toma una copa y si quieres regresar…
Minerva se levantó de su asiento y se acercó al gran ventanal que le mostraba gran parte del
pueblo. Todo aquel lugar parecía de ensueño con los adornos de Navidad a simple vista. ¿Por qué no?
No era que con eso cambiasen las cosas, ni que el dolor remitiera, mucho menos que la soledad se
alejara y el recuerdo fuera sustituido con el olvido.
—Una copa y me regreso, tengo demasiados pendien…
—Oh lo sabía, vamos princesa de hielo. —Vero tiraba de ella con fuerza hasta sacarla de su
despacho y encontrarse de forma directa con varios pares de ojos que la miraban sorprendidos—.
Chicos, la jefa se une.
Un silencio fue lo primero que se presentó. La joven estaba a punto de girar sobre sus caros
tacones y esconderse tras la puerta, ya había tenido su ración de rechazos hacía mucho tiempo para
volver a sentir una humillación.
—¡Feliz Navidad! —el grito de todos los empleados la sorprendió, mucho más cuando le
pusieron una copa y comenzaron a hablar de forma desenfadada. Mujeres y hombres compartían
alegremente.
Era tímida, siempre lo había sido. Minerva solo sonreía y ofrecía su copa para chocarla con
los que se acercaban. Una de las secretarias llegó hasta ella y le dio un beso en la mejilla con las

lágrimas en los ojos. La recordaba, era la mujer que se había encargado de contratar después de ser
testigo de cómo había sido injustamente despedida en el Café de Shent.
—Usted me dio una oportunidad, siempre le voy a estar agradecida —la mujer le ofreció una
pequeña caja—. Gracias— y con esto le ofreció una bola de nieve con una pareja de patinadores
dentro.
La joven miró a la mujer retirarse, pero no fue la única que se presentó a agradecerle la ayuda
que les había ofrecido. Aquella agencia publicitaria funcionaba bien, gracias al gran trabajo que su
padre había hecho hasta el último día de su vida. Ahora ella era la que había seguido con la tradición.
Abrumada por muestras de afecto que no esperaba, Minerva solo sonreía ante las personas
que ahí se encontraban cantando villancicos, riendo a carcajadas y compartiendo momentos felices.
Escuchó como todos planeaban ir a despedirse de la pista de hielo, y antes de que intentasen llevarla
con ellos, se coló a su habitación. No podía, era lo único que ella jamás haría. Los recuerdos dolían,
el amor dolía. Miró la bola de nieve y negó con lágrimas en los ojos, dejándola dentro del cajón.

—Así que Londres es nuestro ¿eh? —El señor Drake se encontraba sentado en su pequeño
despacho en su mansión. Un vaso de whisky era calentado por su mano mientras miraba a su único
hijo con orgullo—. Sabía que no me equivocaba cuando te dije que te dejaras de tonterías. Eres tan
agudo en los negocios como yo.
Dante apretó los puños. No se sentía orgulloso de esa alabanza. Su madre tampoco se hubiera
sentido orgullosa de eso, tampoco Roy. ¿Acaso era verdad que se había vuelto como él?
—Quiero que me repitas, como intimidaste a esos inútiles de Rinnon hasta hacerlos firmar y
fusionarse con nosotros. —su padre lo miraba con ese brillo en sus ojos. Un brillo que solo lo daban
los billetes y el derrumbe de pequeños negocios absorbidos por la firma familiar.
A sus treinta y cinco años le fue imposible negarse a la orden tácita de su padre. Ese poder
que mantenía sobre todo lo obligaba a obedecer sin quererlo. Explicó como obtuvo una fusión
aunque omitió las ventajas que le dejo a los dueños.
—Estoy orgulloso de ti, y solo por eso te voy a dar un regalo. —De un cajón extrajo un sobre
grande y grueso que dejó caer en el escritorio— Todo tuyo.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

El muchacho elevó una ceja incapaz de imaginarse que cosa le estaría obsequiando su padre,
nada bueno, seguramente. Por lo menos nada que tuviera un significado emocional. Sacó los
documentos y poco a poco comenzó a negar mientras las piernas le flaqueaban.
—¿Tú has comprado la pista de patinaje? —Negó—, pero…
—Supuse que después de tantos años, querrías deshacerte de esa estupidez. Es momento que
este pueblo comience a dejarse de tonterías. Espero que me lo sepas agradecer, pronto habrá algo
productivo que aumentará tú patrimonio.
Lo odió con todas sus fuerzas. De sobra sabía que su padre era un ser frío y sin muchos
principios, sobre todo para obtener dinero. Se había casado con su madre en busca de un heredero y
para consolidar su fortuna, no por amor. Lo sabía de sobra al escuchar a su madre llorando por no ser
correspondida y él lloró por no haber sido amado. ¡Cuánto hubiera dado por tener algo de normalidad
es su acaudalada vida!
—De todas las cosas asquerosas que has hecho… —no lo terminó, simplemente tomó los
documentos y salió en busca de la única persona que lo podría comprender y a ser posible ayudar.
El peso de todos esos años viviendo bajo su yugo, bajo su crueldad y manipulación
comenzaron a ser una loza que lo dejaba incapaz de respirar. Salió de la mansión Drake, y se dirigió a
una casita que parecía saludarle con su cálida luz. Se detuvo un momento al reconocer a un hombre
de su misma edad que se acercaba con decisión a él.
—Dante… —Michael, el hijo del jardinero. Lo recordaba porque había sido un amigo para él
hasta hace quince años. El odio que sintió hacía tantos años burbujeó en su interior.
Decidió ignorarlo, necesitaba hablar con Roy con desesperación, le urgía un consejo y ese
idiota no se pondría en medio. Con lo que no contaba era que el hombre se pondría en su camino y lo
enfrentaría con el mismo valor que hacia tantos años.
—¿Qué haces aquí? ¿Acaso vienes a pedir trabajo? —su voz era casi un ladrido.
—Roy y Elvira me invitaron a tomar un café con ellos… —cortó el otro que miraba hacia la
casita antes de tomar una decisión—Necesitas saberlo. —el hombre se veía arrepentido, casi
desesperado—, son demasiados años callándome esto, quemándome y recomiendo mi conciencia…
Escúchame por la amistad que años atrás nos unió.

Dante estaba a punto de dar un puñetazo y salir de ahí. No necesitaba más mierdas, pero fue
algo en la actitud de su antiguo amigo lo que le hizo asentir y escuchar las palabras que tenían que
decirse.
—El me obligó para que tu creyeras ver lo que viste, me dijo que echaría a mi padre de aquí si
no lo ayudaba. Ella jamás jugó contigo, jamás…
—¿Qué estás diciendo? —preguntó confuso.
—Minerva no era la chica que viste en la pista de hielo por la mañana, en la supuesta cita. No
era ella a la que tenía tumbada y besaba con pasión. Ni siquiera creo que se hubiese enterado de nada
de esto. A la que viste fue a una amiga mía que se le parecía, fue fácil engañarte, sobre todo si tenías
la nota.
—¿Estás diciendo que herí, menosprecié y abandoné a una mujer inocente? —el nudo en la
garganta se hacía más y más grande.
—Lo siento, Dante. Eran mis padres y yo un estúpido que no sabía qué hacer. Era mi
familia…
—¡Eras mi amigo! —Reclamó asqueado—, yo la quería, creía en ella y en ti. Y ahora, quince
años después, cuando no puedo hacer nada me dices esta mierda.
—Yo… fui un cobarde, pero cuando traté de arreglarlo no me dejaste…
El puño lo recibió casi con placer. Michael cayó al suelo sabiendo que merecía eso y mucho
más, de hecho, esperaba que lloviera una docena de golpes sobre él, sin embargó fue una mano la que
se ofrecía para ayudarlo a levantar.
—Te pagó como extra ¿verdad? ¿Ha valido la pena? —la pregunta venía sin el odio que
podría albergar el hombre al que separo de su gran amor.
—Da igual porque los remordimientos siempre me vienen, tú eras como un hermano y yo la
cagué, pero entiende… Era mi familia… era mi familia
—Mi padre no da opciones, jamás las da. —Dante miró hacia la casa del chofer y antes de
despedirse lo miró—, te perdono porque eres una víctima más de los Drake.
Sin decir nada más se alejó y entró hasta encontrarse con el hombre que buscaba con
desesperación. Roy abrió los brazos como un padre esperando por el hijo prodigo.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Sea lo que sea lo solucionaremos, muchacho.

Minerva caminaba por las calles perdida en sus pensamientos, aún sin quererlo lo recordó
como si fuese ayer. Tenía miedo de pronunciar su nombre y aun así lo hizo con voz vacilante, baja.
—Dante… —el vahó salió por su boca en forma de volutas de vapor acompañado por un
sollozo.
—¡Muchacha! —una mujer rellenita y mayor la atrapó antes de poder huir de ella.
—Elvira… —pronunció su nombre al reconocerla. Su sonrisa se hizo enorme al darse cuenta
que no habían pasado los años, seguía siendo la misma que años atrás había horneado galletas de
jengibre para la congregación de la iglesia —¿Y Roy?
—Oh se ha quedado en casa —la mujer sonreía como si tuviera un secreto enorme—¿Vas a la
pista de hielo?
—Oh no, eso ya lo dejé atrás. —desestimó la joven intentando parecer que el encuentro no la
afectaba.
—Es una pena, siendo la última vez que estará abierta… Tengo tan buenos recuerdos…
—Quizá es eso, Elvira. Que yo no guardo ninguno. —su respuesta salió con el dolor que
seguía ahí anidado junto a un recuerdo que era mejor dejar ahí—. De hecho, me alegra que la quiten,
es… lo mejor que puede pasar.
—¿Te sirve engañarte? —la mujer mayor miraba a la joven con pena.
—Me tengo que ir, fue un placer volver a verte. —se ajustó el abrigo.
—Sabes que él no te ha podido olvidar, ¿verdad? —la pregunta llegó con el impacto que
pretendía.
Minerva se detuvo dudosa un minuto y negó.
—No lo sé y no me importa. Tomó su decisión, el… siguió su vida y yo la mía.
—Ay muchacha —la giró para enfrentarla—, espero que mi deseo de Navidad se cumpla y
que todas las barreras que los separaron desaparezcan. Ve a la pista, revive a la joven que fuiste, no

por él sino por ti. No eres tú y no eres feliz, se ve en tu mirada en esas lagrimas que quieren salir y
que sigues conteniendo.
Un sollozo llegó acompañado de un mar de lágrimas. Elvira abrazó a la joven con fuerza.
—Duele tanto, lo echo tanto de menos que no sé cómo he podido sobrevivir tantos años. Solo
hay un hombre por el que he sentido tanto y lo odio porque me echó a perder para siempre. —se
quejaba con todo el pesar que habitaba en su corazón—, ni siquiera fue al entierro de mi padre, pensé
que lo haría. Solo había pasado un año, me merecía que por lo menos me acompañara como un
amigo. ¡Me abandono! Odio la Navidad, odio la soledad y odio echar de menos a los dos hombres
más importantes de mi vida.
—Oh cariño, tantas cosas por aclarar y tantos silencios por llenar —la miró—. Dante no lo
supo, y para cuando se enteró tú ya te habías ido a la universidad. Pensábamos que no volverías.
—Esto es todo lo que tengo, Elvira ¿A dónde iba ir sino? —se limpió las lágrimas.
—Mis dos niños, ambos sois tan infelices por culpa de un hombre sin escrúpulos. —se quejó
la mujer.
—No, Dante decidió su camino y yo fui un estorbo. Un juego por dos años, el trofeo virginal
para mostrar. —negó dolida recordando sus palabras.
—Ah muchacha, hay tanto que tienes que saber.
—Pero no quiero. —Se alejó con todo el dolor que esa distancia le producía. Ni siquiera se
despidió, comenzó a correr como si algo la persiguiera. Un pasado torcido, sueños rotos que jamás
volverían a ser parte de nada.
Llegó a su casa y se encerró como si con ello pudiese evitar que el dolor traspasara la puerta.
Encendió la luz y encontró un lugar frío sin ningún resto de Navidad y de esperanza. Cruzo el salón
hasta llegar a un librero en donde se encontraba colocada una foto donde un hombre mayor la
abrazaba con orgullo.
—Te extraño, papá. Extraño charlar contigo… ¿Sabes que van a quitarla? Tú me enseñaste a
patinar ahí, habría sido la mejor ¿verdad?
La sonrisa de su progenitor parecía brillar, como si le contestase. Por primera vez en años
sintió la necesidad de hacer algo que había abandonado. El brillo de una bola de nieve llamó su

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

atención, la reconoció al instante. Observó a la pareja que patinaba en un lago embelesada. Una
sonrisa se dibujó en sus ojos. Era tarde, lo sabía pero…
Corrió hasta su habitación y abrió su armario reconociendo dos cajas que parecían llamarla.
Pronto las bajó y abrió. Ahí estaban sus patines tan blancos y las navajas tan brillantes como si
estuvieran esperándola. La segunda caja era más pequeña y ahí brillando con un color azul celeste, el
último traje que uso para patinar. No es que fuese a la pista, simplemente quería probárselo, solo eso.

Las once de la noche y la pista se había quedado sola. Dante alcanzó a llegar minutos antes
que la cerraran. Había tomado una decisión y esperaba con todo su corazón que su padre se fuese a la
mierda, que hubiese entendido que ahora su camino lo marcaba el. Era momento de luchar por un
sueño, quizá si lo deseaba con todas sus fuerzas sucediera.
—Por favor… por favor…
Dante por primera vez fue consciente de lo solo que había estado por años. Avanzó entre las
gradas del ausente público. No, no iba a permitir que destrozaran algo que había significado tanto
para él.
Una vez decidido todo era más fácil. Haría el anuncio al día siguiente y mantendría abierta la
pista de manera gratuita hasta reyes. Después se mantendría abierta todo el año, la entrada tendría un
coste bajo y la manutención ya la pagaría con todos los ingresos que había ganado a lo largo de los
años.
Algo llamó su atención en la zona de los casilleros. Se alejó de la pista y encontró una
estrella de navidad que brillaba aguardando ser colocada en un árbol de Navidad lleno de esperanza.
La risa salió de su garganta, esto era irónico pero lo acepto. Después de todo ya casi era
Navidad. Cerró los ojos y fue como si algo en su interior le dijera que su deseo había sido concedido.
La guardo en su abrigo cuando escuchó una puerta cerrarse. Maldita sea, esperaba que hubiesen
entendido que cualquier acto cometido contra la pista, lo pagaría quien fuera.
Una melodía sonó suave y tímida. La canción I Believe in Christmas sonaba a la vez que se
escuchaba la suave navaja cortar el hielo. Dante avanzaba directo hasta el epicentro de todo cuando la
vio.

La imagen de un hada volando por el hielo. Su suave imagen dibujada intrincados dibujos en
la base congelada. Reconoció la figura que por tantos años había imaginado y buscado entre sueños.
Su corazón comenzó a latir al ver los giros que hacía, el aire apenas y llegaba a sus pulmones y sin
pensarlo ni un segundo ya estaba colocándose los patines y dirigiéndose a ella.
Minerva tenía los ojos cerrados, concentrada en la música, en la suavidad con que los patines
volaban al ras del hielo, estaba lista para un salto triple cuando sintió una mano que tiraba de ella
pegándola a un fuerte pecho. No necesito saber quién la tenía atrapada entre sus brazos, porque
reconoció su olor a pesar de haber pasado tantos años.
Avanzaron con pasos precisos y en perfecta sintonía. Con un suave giro ambos quedaron
enfrente del otro. El baile comenzó a hacerse más complejo y como si no hubiese pasado el tiempo,
ambos se adivinaban y reconocían.
Dante era muy alto, ella muy pequeña. Y aun así habían logrado la química perfecta para ser
uno en aquel lugar. El tiempo quedo parado mientras ellos siguieron girando y entre lágrimas y
silencios que las miradas llenaban de perdones y años de abandono.
La melodía terminó y ellos jadeaban sin alejarse.
—Estas aquí —dijeron al mismo tiempo.
—Perdóname. —Fueron las siguientes palabras de Dante que la aferraba incapaz de dejarla
ir—, fui y he sido un capullo. No te merecías que te tratara mal y no importa todo lo que sucedió
porque yo debí creer en ti y no permitir que me manipularan, ni que mi padre… —negó—. No hay
disculpa salvo que era un mocoso estúpido que creía que si hacía las cosas como las quería el Gran
Señor Drake, un día me amaría. Perdóname por no saber luchar por ti, perdóname por ser un gusano
cuando tú eres y seguirás siendo luz. Perdóname…
—Calla… —las lágrimas caían en el rostro de Minerva— calla de una vez.
Y lo besó como anhelaba hacerlo años atrás, como en sus sueños seguía haciéndolo. Lo
abrazó incapaz de soltarlo. No necesitaba ni siquiera que le pidiese perdón, salvo tenerlo ahí,
mirándola como antaño.
—Te amo, te he amado todo este tiempo. No puedo estar lejos de ti. Yo…
—Vamos a casa, Dante. —lo miró con todo el amor que tenía.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Y se fueron juntos hasta llegar al hogar de la joven. Ambos se perdieron en un beso largo, el
abrigo del hombre cayó al suelo y de él salió la estrella que había encontrado en el vestidor.
—¿Y esto? —Minerva la recogió con cariño.
—La encontré… —se encogió de hombros.
—Entonces, busquemos un sitio donde pueda habitar, Dante. —pidió antes de salir corriendo
a la helada noche. Pronto su hombre le dio alcance y se encontraron con una ramita de un árbol que
aún mantenía algunas hojas aferradas al tallo.
Cuando estuvieron dentro lo clavaron en un cubo lleno de arroz y semillas. Dante lo adorno
con su bufanda y Minerva colocó sobre cada rama alguna pulsera o sarcillo y en el pico aquella
estrella que brillaba incluso más.
—Es horrible… —calificó él.
—Es perfecto… —La joven se giró y sonrió—. Feliz Navidad, Dante.
—Feliz Navidad.
Y se besaron de nuevo, perdiéndose en ellos tomándose el tiempo para hablar y confesarse
todo lo que había quedado aguardando, recuperando el sentido a una vida que seguía pugnando por
ser vivida entre dos seres perfectos.

LOS MILAGROS OCURREN EN BUENAESPERANZA.
LA PISTA DE HIELO HA SIDO SALVADA…

Roy sonreía ante aquel titular del día de Navidad, cerró el periódico no necesitaba saber nada
más. Los gritos de los niños y no tan niños se escuchaban en el lugar mientras las risas y los
villancicos sonaban en el recinto entre miles de patinadores. Pero entre todos ellos una pareja lucia
feliz. Minerva y Dante brillaban con magia del amor verdadero, como tenía que ser. Después de todo,
los milagros suceden en Navidad.

“Destinados”
Isa Quintín
“Navidad es unión, es amor, es un buen momento para encontrar.
Para mí la navidad huele a dulce, sabe a hogar
y se siente como un abrazo de aquellos a los que amas”

A mis padres que son motor y fuerza.

P

or alguna razón desconocida para ambos, sus vuelos terminaron desviándose a una pequeña
localidad alejada de Londres, llevarían una hora de vuelo cuando el piloto anunció que
aterrizarían de emergencia porque se avecinaba una tormenta de nieve.

Ella salía del Reino Unido hacia Estados Unidos, él también salió de Londres proveniente de
Escocia con destino a San Francisco.
Y porque el destino y el clima se confabularon acabaron juntos frente al mismo mostrador
pidiendo que les asignaran algún lugar para pasar la noche.
—¿Cómo es posible que no puedan conseguirme un hotel?
—Señor, somos una pista de paso, de recarga de combustible o de emergencia. No salen
vuelos directos.
Luke bufó exasperado.
—¿Un taxi?
La chica negó.
—Hay un bus llevando pasajeros desde hace una hora, puede esperar a que le asigne un cupo,
pero debe esperar fuera. No se permiten tantas personas en la sala.
—¡¿Qué está diciéndome?

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Disculpe —dijo una voz tras él, Luke se corrió de forma caballerosa—. ¿Puede indicarme
cómo llegar a un pueblo, una ruta de taxi o algo parecido?
Luke se burló pero no de ella, sino de ambos.
—¡No hay nada, estamos en medio de la nada y la aerolínea nos ha dejado tirados! —elevó la
voz, disgustado.
—Señor —pidió la chica del punto de información—, baje la voz. Su aerolínea confirmará a
su teléfono la hora en que se reestablecerá su vuelo. Le recomiendo que lo mantenga encendido.
—Tengo que llegar mañana a Chicago —dijo la nueva pasajera con voz afanada—. ¡Casi es
navidad!
—Y yo tengo que estar en San Francisco antes de que sea tarde.
—Lo lamento, pero no depende de mí. Y deben salir, vamos a cerrar.
—¡Vaya coñazo! —Luke agarró la maleta de mano y salió dando madres al que se le
atravesara.
La chica que llegó luego se tomó un segundo para ponerse la mochila en los hombros y
abrigarse el cuello. Lo vio salir enfurruñado y sonrió un poco, daba susto, ese hombre podía medir
cerca de dos metros pero con el enojo que llevaba perfectamente se duplicaba.
Salió y el panorama era terrible, gente haciendo fila, intentando protegerse de la nieve y
llamando sin éxito. Él ya lo había intentado un millón de veces pero no había comunicaciones, todo
estaba colapsado. Como su vida, porque si no llegaba a tiempo perdería al amor de su vida.
—¿Por qué tuve que pensármelo tanto? —gruñó y se acercó a la fila. Le asignaron el puesto
ciento veintidós en un autobús que llevaría a treinta en cada viaje que se tardaba una hora en ir y
volver.
Nada sacaría con enojarse o armar revolución, que no es que le faltaran ganas, resignarse era
lo que le tocaba; pero si no llegaba a San Francisco a tiempo, se daría contra las paredes por imbécil.
Nunca debió decirle a Nick que no pasaba nada y que contaba con su apoyo.
—¡Soy un gilipollas! Pero en mayúsculas. —pateó la nieve frente a él, una señora volteó a
mirarle con gesto reprobatorio.

Lo intentó una vez más con el móvil, pero no había cobertura.
La chica que se acercó al mostrador pasó junto a él, casi la estampa en la pared con el grito
que le dio.
—¡Debe hacer la fila!
Ella juntó las cejas y lo miró de arriba abajo.
—¿Fila para qué?
Eso lo enfureció.
—¿Cómo que para qué? ¡Si es que no estamos esperando por chocolate caliente y croissants!
Ella elevó una ceja.
—Quédate tranquilo, rubiales. No pretendo esperar tres horas.
¿Cómo lo había llamado? ¡Rubiales! ¿Cuándo le dio tanta confianza?
—¿Entonces qué, acampará?
Ella sonrío, se notaba que lo había ofendido y que le devolvía el “golpe” diciendo que era
alguna clase de hippie o nómada.
—Caminaré, chato. No necesito mucho más que seguir el camino.
Luke se burló.
—¿Caminar, a esta hora y con una tormenta de nieve encima? Hay que estar muy pirado.
Ella sonrió, se encogió de hombros y se concentró en revisar un mapa. El mismo que él no
quiso recibir en el puesto de información. La observó, parecía desenvolverse muy bien porque lo
puso contra el muro, miró a los lados y a su reloj. Luego sonrió satisfecha y lo enrolló para dejarlo
dentro de su anorak. La vio alejarse por un camino que estaba iluminado solo al principio.
Está loca.
Fue un murmullo que otros tantos repitieron.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Luke tenía un talento natural para imaginar tragedias, la vio perdida y comida por algún
animal salvaje, que el autobús no la vería y quedaría estampada en el frontal, que resbalaría en la
nieve y se golpearía con una piedra.
No pudo quedarse a imaginarlo, la alcanzó.
—¿Por qué no puede esperar como todos?
—Por lo mismo que usted: impaciencia.
—Estoy aquí para disuadirla. Puede pasarle cualquier cosa y nadie la auxiliaría.
—Sé defenderme.
—Regrese.
Ella encendió una linterna y siguió caminando.
Luke se paró, miró hacia la fila y enseguida a la chica. De nuevo la alcanzó.
—Y, ¿si el camino no está señalizado?
—No lo está —respondió ella como si nada—. Es un atajo que lleva a la vía principal y acorta
la distancia en unos quince minutos.
—¿Cómo lo sabe?
—El mapa lo muestra.
—¿Es cartógrafa?
El comentario le causó gracia. ¿Quién se dedica a eso? Bueno, ella no.
—No. Soy senderista y se me da bien caminar y leer mapas o hallar caminos, agua,
civilización.
—¿Es del ejército?
—Soy senderista, turista de tiempo completo.
—¿Ese es un trabajo remunerado?
Siempre le hacían el mismo interrogatorio.

—No lo es, pero es más interesante decir que soy senderista. En realidad soy médico de
misión, debo aprender a sobrevivir a todo tipo de ambientes.
—¡Vaya! Juré que los médicos misioneros estaban en zonas de guerra.
—Estuve, pero si una bomba me mataba no podría seguir ayudando así que me cambié a la
zonas de pobreza, culturas nativas y demás.
Luke apretó las manos en el bolsillo del abrigo. No estaba vestido apropiadamente para el
clima. Los pies se le enterraban en la nieve y si no fueran de cordones seguramente ya estarían
enterrados.
—¿Qué hace usted?
—Soy Luke —se apresuró a extenderle la mano—. Analista económico.
Ella le estrechó la mano.
—Mariah. Ya sabe lo que hago.
Ambos sonrieron.
Ella paró, bajó la mochila y la abrió.
—¿Qué hace?
—Necesita unos guantes y unas botas. ¿Cómo puede viajar de traje?
—Porque soy una persona normal que toma un vuelo en primera clase esperando que llegue a
destino en el tiempo estipulado. ¿Usted viaja preparada para tormentas o posibles siniestros?
—Si —respondió secamente, le entregó unos guantes un gorro de lana y unas botas.
Luke se limitó a recibirlas.
—Si quiere avanzar, debe cubrirse o terminará como un tempano de hielo. O puede regresar,
no le pedí que viniera.
—Muy buena idea regresar cuando no sé cómo hacerlo —torció la boca, ella lo alumbró.
—Es usted demasiado complicado.
Y avanzó sin esperar a que él se decidiera.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—¡Oiga! —intentó correr y el zapato se atoró en la nieve haciendo que cayera sobre el
trasero, Mariah se carcajeó al verlo.
—Gracias —dijo irónico luego de aceptar su mano para ponerse de pie.
—De nada —y siguió andando.
—¡Vale! Me los pongo, solo espéreme y deme luz.
Mariah regresó, le ayudó con el gorro y las botas, que por supuesto le tallaban y no pudo
anudar.
—¿Cuánto calza? ¡Joder! Perderé los dedos.
—No entiendo cómo no ha perdido la paciencia consigo mismo, es insoportable.
—No me hace gracia.
—Ni a mí, pero ya me ha tocado.
—¿Qué quiere decir? Debería agradecer que vengo con usted.
—Claro, porque si nos perdemos su instinto de supervivencia nos sacaría de aquí en un
santiamén.
—Es muy presumida, quiero ver cómo llegamos antes que el autobús a ninguna parte ville.
—Ahora mismo soy lo mejor que tiene. Cállese y camine o regrese por donde vino.
Bufó para sus adentros y se concentró en seguirla y pisar donde ella para no enterrarse.
—¿No debe consultar el mapa? Llevamos como quince minutos de recorrido.
—Claro y voy a guiarme con los árboles que no se ven, las montañas o el sonido de los
pájaros.
—¡¿Cómo demonios sabe a dónde nos dirigimos?! —Paró en seco— Debí quedarme donde
estaba.
—Las estrellas.
Luke se carcajeó.

—¿Está de broma?
Mariah se detuvo y fue hasta él. Señaló al cielo.
—Polaris o la estrella del oriente si nos vamos a la historia de unos reyes que se guiaron por
ella. Es la estrella más brillante en la constelación de la Ursa Minior.
—Claro, seguimos a una estrella brillante entre un centenar de ellas.
Mariah empezaba a irritarse.
—Es una cuestión de hemisferios y ubicación espacial que imagino que desconoce y no
pienso explicarle. Regrese si no confía en mí.
—Intentaré confiar.
Anduvieron unos quince minutos más y allí estaba la vía principal, había una división, a la
derecha un poblado de trescientos habitantes, a la izquierda un camino sin letrero.
—¿Por qué vamos a la derecha? —preguntó Luke.
—Vaya a la izquierda si lo desea.
—Solo pregunté…
—Siempre voy a la derecha, elijo los asientos de la derecha, escribo con la derecha, doy el
primer paso con la derecha… ¿es claro?
—Lo es.
—Me debe una disculpa. Llegamos a la vía principal.
—No sabemos si el autobús nos llevaría a la derecha o la izquierda.
—¡Oh! ¿Por qué cree que hay marcas de llantas? —y se las señaló con la luz.
Luke se sonrojó, a pesar de que el frío lo estaba matando, notó el calorcillo subirle a las
mejillas.
—Usted gana, lo siento.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Ella sonrío dichosa, ese rubiales era un chico de ciudad no había nada agreste en él, ni un
asomo de poder sobrevivir en la montaña. Aunque era bueno con los números asunto que a ella le
costaba.
—¿Hace cuánto que es médico de misión?
—Cinco años.
—¿Piensa dejarlo alguna vez?
Pegunta personal, respuesta complicada.
—No lo sé, me gusta lo que hago, no me pagan mucho pero es lo de menos.
—¿Qué opina su familia? ¿Tiene esposo e hijos?
Ella se carcajeó.
—Hace cinco años que no veo a mis padres, apenas si puedo llamarles o enviar cartas y
postales. Salgo con alguno de mis compañeros y acaba cuando nos mueven así que no tengo ese tipo
de estabilidad, tampoco puedo permitírmela a distancia. Nadie la soportaría.
—¿Puede vivir sin amor?
Otra pregunta personal.
—En todo lo que hago hay amor. El amor a mi profesión se traduce como vocación. Las
personas que conozco me agradecen lo que hago, me brindan un lugar en su comunidad, techo y
comida; ahí tengo amor. Mi familia me ama porque es la misión de las familias. No vivo sin amor,
Luke. Solo que no he hecho de tener una pareja, una prioridad.
—¿Nunca ha sentido que es momento de sentar la cabeza?
—¿Sentar la cabeza? Si no la tuviese muy sentada no haría lo que hago. Pero a veces me
planteo la idea, me gustan los niños, las casas grandes con jardines eternos y los perros lanosos.
—Y, ¿con quién realizaría esos sueños?
Soltó una risa.

—Es muy soñador, Luke. Yo le llamo planes a futuro, proyectos de vida que tarde o
temprano suceden. Eso de los sueños suena a imposibles convertidos en necesidades que si no se
logran, amargan.
—¿Usted no tiene sueños, Mariah?
—Traduzco los sueños como deseos profundos. Deseé ser médico y lo fui, deseé ir a África,
oriente medio y otro montón de lugares donde pudiera ayudar y lo he hecho.
—Vale, ¿qué desea ahora?
—¿Por qué hablamos solo de mí?
—Porque yo soy un pobre soñador y usted parece de otro mundo.
—Gracias, por lo que me corresponde, supongo.
—Sí es un cumplido.
—Dígame, ¿hace cuánto que es analista económico?
—Hace nueve años.
—¿Piensa dejarlo alguna vez?
Luke rio.
—Preguntas poco originales.
—Puedo plantearlas de otro modo, pero van al mismo fin. Debería ser menos acartonado.
—No me conoce y ya me señala defectos.
—No ha hecho el esfuerzo por mostrarme alguna virtud. ¿Va a responderme?
—No pienso dejarlo pronto, es un trabajo sin riesgo, no físicos, quiero decir. Quizá cuando
llegue a los cincuenta me lo planteé.
—¿Qué va a pasar a los cincuenta que no pueda pasar en cinco o diez?
—Siempre he soñado con viajar en un crucero, hacer turismo histórico, leer biografías e
inventar crucigramas complicados.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—¿Ya no son lo suficientemente complicados?
—No me lo parece, siempre los termino pronto.
—Y era yo la presumida.
—Pero es que es cierto. Preguntan las mismas palabras en latín, las mismas capitales o
periodos de la prehistoria.
—Dichoso usted que recuerda todo eso, a mí me cuesta aun los prefijos y sufijos en los
medicamentos. Menos voy a saber de latinismos o geografía. Ni hablemos de la prehistoria.
—Pues yo no me sé muchas partes del cuerpo humano, así que estamos a mano.
—¿Por qué esperar hasta los cincuenta? Nunca sabremos cuanto viviremos.
—Es cierto, pero cada día despierto pensando en que tengo cuentas por pagar y no me dan
espera. Para permitirme viajar necesito dinero en la cuenta y por ahora apenas si pago una hipoteca.
—Yo debo mi préstamo universitario, mi padre se hace cargo de las cuotas. Algún día se lo
pagaré.
Mariah se encogió de hombros y a él el pareció que tenía una vida envidiable.
—Y ¿si su padre no pudiera pagarlo?
—Estaría en la cárcel, no lo sé. Desconozco casi todas las leyes del país, menos las que tienen
que ver con mi profesión. Y si fuese a juicio le diría al juez que mi delito más grande es irme a
ayudar a los necesitados en lugar de acumular fortuna. Saldría libre y laureada.
Golpe bajo.
—¿Lo tiene todo planeado?
—No podría ser de otro modo, la gente no suele hacer caridad, pero no puede culpar a otros
por hacerla.
—Es algo presuntuoso.
—No me importa, al final del día solo valen las vidas que logré conservar. Puedo tener el
estómago vacío y pegado a las costillas, pero la satisfacción del deber cumplido puede con todo.

Callaron, demasiadas reflexiones que lo hacían quedar como un superficial.
—¿Cuál es su canción favorita? —preguntó Luke, un rato más tarde.
—Parece que no soporta el silencio…
—No en la oscuridad.
Ella sonrió y negó con la cabeza.
—Call me de Blondie.
Fue el turno de Luke para carcajearse.
—Y dice que no piensa en una pareja.
—Me recuerda a un chico, en el instituto. ¿Cuál sería la suya?
—Alguna de Metálica.
Mariah frenó, giró, estuvo a punto de resbalar.
—No venga a decirme que un tío vestido de traje fino escucha Metálica. Falta que me diga
que debajo del traje no se distingue piel por tanto tatuaje.
—¿Por qué mentiría?
—En primer lugar, porque no parecer ser del que rompe las reglas. En segundo, no me dio un
nombre. No creo que se sepa alguna.
—¡Oh! ¿Qué le dicen las estrellas que escucho?
—Bach, Beethoven… esa música para la que debes ponerte camisas almidonadas o no la
disfrutas igual.
—No me hace gracia.
—No lo decía para que se riera.
—Come what may —dijo por lo bajo.
—Parece que es todo un romántico.
—No lo sé, solo… me recuerda a una chica.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Lo es, los hombre no confiesan esas cosas.
—¿Cuánto cree que nos falta?
—Mire al frente, hay luces a unos dos kilómetros.
Volvieron a quedarse en silencio. Hasta que Luke lo soportó.
—¿Cuánto va a quedarse en Chicago?
—¿Le dije que voy para Chicago?
—Lo dijo en el mostrador.
—Uhh… pues, un mes o dos.
—Y ¿luego?
—A Ruanda.
—¡Vaya!
—Ya estuve allí, aunque hay algunas complicaciones con los suministros.
—Si no pudiera volver, ¿qué haría?
—Parece que ha hablado con mis padres.
—Puede que la echen de menos.
—Lo hacen, pero tienen a mis hermanos. Les preocupa mi estabilidad y mi seguridad. Cuando
mis hermanos fueron a Irak fue terrible, mi situación no es la misma pero el riesgo siempre hace parte
de la vida.
—¿Qué hay de trabajar en un hospital?
—Me gustaría tener uno propio, para traer a quienes he conocido y apoyar con tecnología e
instrumental sus patologías. Ese es un sueño, un verdadero imposible.
—Ya veo porque piensa en que es mejor seguir allí…, peor es nada.
—Exacto, no hago mucho pero para la mayoría, poco es suficiente, a veces, demasiado.

Mientras ella se giró hacia Luke para responder, él divisó la luz del autobús. Tuvo que
tomarla por los hombros y tirarla a un lado. Era eso o que se cumpliera una de sus profecías.
—¡Pero, ¿qué hace?!
La luz de los faros los iluminó, Luke estaba sobre ella, aferrándola por los hombros. Tenía
unos ojos grandes y coquetos, una nariz pequeña y la boca impertinente pero con unos labios
mullidos. La detalló demasiado rápido y así mismo se le grabó en la memoria. Una demasiado
prodigiosa.
Mariah lo empujó a un lado. Demasiado azul radiactivo en esos ojos, demasiada piel clara,
demasiado cerca y demasiado extraño para que le pareciera tan atractivo.
—Le salvé la vida.
—No quiero imaginar lo que va a costarme…
Retomó el camino.
—¿Qué cree que soy? ¿Es que sólo los médicos salvan vidas?
—Luke…, gracias.
—¿Ve que era fácil?
Mariah puso los ojos en blanco.
Un par de metros más adelante encontraron las luces. Pero había una reja, estaba cerrado.
Luke se acercó al garito.
—Buenas noches.
—Buenas noches, caballero ¿Qué se le ofrece?
—Venimos del aeropuerto, si se le puede llamar así. Necesitamos un lugar para pasar la
noche, un hotel, posada, hostal… lo que sea.
El hombre lo miró de la cabeza a los pies.
—Este es un pueblo agrícola, solo hay granjas. Puedo indicarle alguna donde les dejarían
quedarse en el establo. La mayoría de personas que han llegado ya ocuparon las casas.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—¡Maravilloso! ¿Qué somos, José y María?
Qué forma de subirle la sangre a la cabeza a este hombre —se dijo Mariah.
Decidió que se haría cargo o esa reja jamás se abriría.
—Buenas noches, buen hombre.
Él respondió con una inclinación de cabeza.
—Dígame cómo llegamos allí, necesitamos algo de calor hemos caminado más de una hora
bajo la tormenta.
—Avancen derecho, la primera desviación a la derecha los lleva a la granja de los Brooke.
Entréguele esto.
Mariah recibió un tronco de madera seco.
—Es muy amable.
La puerta se abrió, Luke asintió al hombre y la siguió.
—¿Sabes qué hora es? —dijo Luke—. Mi móvil se apagó.
Mariah le entregó el tronco y corrió la manga para revisar el reloj.
—Veintiuno treinta.
—¿Le costaba decir nueve y media?
—Perdone, es la costumbre.
Avanzaron, Luke iba enredado con la maleta al hombro y el tronco en las manos. Pero no
podía ponerla a cargar, era un caballero.
Cinco minutos después ya estaban en la entrada a la granja.
—Buenas noches, pasen por favor.
Se oyó la voz lejana de una mujer.

Cruzaron el camino rastrillado y la puerta se abrió, en cuanto entraron el choque térmico los
aturdió un poco, sobre todo a Luke que estaba muy cerca de la hipotermia, temblaba y no lo había
notado.
—¡Oh, es una pareja! —dijo la anciana de mejillas sonrojadas y la piel arrugada.
Luke le extendió el tronco.
—Es para ustedes, en el establo pueden encender una fogata.
—¿Hay alguien más aquí? —peguntó Mariah.
—No, linda. Esta casa es de dos habitaciones, en una están mi hija y su esposo y en la otra
estoy yo. Los enviaron aquí porque no tenemos mucho espacio. Cuando esto sucede, que suele ser
por estas fechas, recibimos a cuantos podemos, pero la verdad es que aquí no tenemos mucho
espacio. Pero allí tienen una cama y mantas.
—No se preocupe, está bien para nosotros ¿verdad Luke?
Luke no respondió.
—¿Luke? —Mariah lo buscó con la mirada y bajo la luz se dio cuenta de que estaba más
pálido de lo que era.
—Jo… —se tapó la boca por respeto a la anciana—. Estos chicos de Wall Street encorbatados
porque es mejor la moda que la comodidad.
—Traeré leche caliente —dijo la mujer.
Mariah se quitó el anorak y fue a ponérselo sobre los hombros.
—¡Hombre! Pide auxilio, no pasa nada si no eres el machote con pinta de leñador.
—Ahora me habla de tu.
—Eres más pesado que el plomo, tío. Pensé que después de hablar de nuestras vidas la cosa
había cambiado. Qué más da, desde mañana no nos volveremos a ver y te quedará una historia para
contar a tus nietos. No me molestaré si dices que tú nos guiaste hasta aquí.
—¡Qué bonita pareja sois! Lo mimas mucho, niña. Eso está bien, no se irá jamás.
—Nosotros… —intentó chistar Luke.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Ya sabe, cosas del corazón que la razón no comprende —cortó Mariah el impulso de Luke.
—Beban, les ayudará a entrar en calor.
Bebieron, comieron unas cuantas galletas y guardaron para llevar.
—Les llevaré para que puedan ponerse cómodos.
Mariah se encargó de ayudar a Luke, el pobre no podía caminar, no sentía las piernas.
El establo estaba a tres pasos de la casita, entraron y la anciana encendió una lámpara, a
ambos lados divisaron un par de vacas y sus crías.
—Genial —gruñó Luke entre dientes, Mariah le puyó en el costado.
—Subiendo la escalera, en la buhardilla.
—Gracias… disculpe ni siquiera sé su nombre.
—Judy.
—Mariah —señaló a Luke—. Luke.
—Un placer. Arriba está la chimenea para que la atices. Y bueno, abrazados lo pasaran mejor.
—Claro.
La anciana salió y como no había manera de cerrar por dentro, pues ella lo hizo por fuera.
—Solo empujen fuerte —exclamó.
Mariah subió, vio a Luke pegarse a la improvisada chimenea.
—Voy a atizarla, quítate esa ropa y ponte algo que no esté mojado.
—No puedo moverme mucho, sabe.
Mariah rio por lo bajo. Era un niño pijo.
—Vale.
Aumentó la intensidad de la llama, el tronco le duraría casi toda la noche, tampoco era una
llama muy fuerte. Luego fue a ayudarle a Luke. Le soltó las botas y retiró los calcetines. La idea de

que no resbalara fue buena, pero estaba al borde de la hipotermia porque la nieve se coló. Le retiró
las medias y sacó de su mochila un par color rosa y bastante lanoso.
—¿No me irá a…?
—¿Quién va a burlarse, las vacas? Deja de ser tan pijo.
Mariah se calentó las manos y cerca de la hoguera se dedicó a masajearle los pies para hacer
que la circulación mejorara y disminuyera el frío concentrado allí.
—Esto es un poco…, inapropiado.
—No se lo menciones a tu novia y no habrá pecado.
—No tengo novia.
—Vale, pues tu novia, amante, folla amiga…
—Estoy soltero.
—Vale, Luke el soltero. No es inapropiado porque en este momento soy tu médico que te
salva los pies. Quítate esa ropa o no mejorarás, estas tiritando.
Luke se retiró los guantes con dificultad, tenía los dedos encogidos.
—¡Joder, niño!
Mariah se levantó y rebuscó en sus cosas, llevaba todo enrollado y ordenado por si de noche
no había luz para poder hallarlo. Luego fue a la de Luke, que no estaba desordenada pero bastante
llena de cosas innecesarias y superfluas.
—¿Un pijama delgado en invierno, Luke? ¿De qué planeta caliente vienes?
—Tenía calefacción cerca de la cama.
Le quitó el abrigo, el saco, la bufanda, desabrochó el chaleco y luego la corbata.
—¿Te iba a recibir el presidente en cuanto bajaras dela avión o que cosa? Pareces uno de esos
regalos con capas y capas de papel.
—En mi trabajo la presentación personal influye bastante, sabe.
Luke el irónico volvía.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Cuando soltó los primeros botones de la camisa se transportó a esa última vez que desvistió a
un hombre con parsimonia. Un puñado de meses sin sexo, que no era que le quedara mucho tiempo
para pensar en ello, pero una vez al año no hace daño, diría una de sus amigas.
Quiso no mirarle el pecho, quiso no desear reposar allí, quiso no detallar que Luke pasaba
algunas horas en el gimnasio. Pero no pudo, pocas veces un médico tiene más masa muscular que
huesos. Menos los que eran como ella. Que si fuera al revés, quizá ella no le resultaría muy atractiva.
Se deleitó un poco con la flexión de sus brazos al bajarle las mangas y también palpó
haciéndose la que revisaba que todo se encontraba en orden.
Lo vistió con la camisa de seda y rombos que era bastante fina y poco abrigadora.
—Acuéstate para que pueda quitarte los pantalones.
—Puedo hacerlo yo…
—¿Seguro?
Se soltó los botones pero no fue capaz de pararse.
—¡Joder, Mariah! Dígame que no perderé la movilidad.
—No, señor tragedia, es normal porque estás retomando el calor.
Le bajó los pantalones empapados, helados y llenos de nieve. Y aunque volvió a intentarlo, no
pudo no mirarle esas piernas eternas a las que se le marcaban los músculos y los tendones. Cuando
las tocó, Luke saltó un poco.
—Lo sentiste —dijo ella, burlona.
—Pues es buena noticia.
Ella las palpó completamente antes de ponerle el pantalón. Volvió a masajearle los pies
llegando casi hasta las rodillas. En un momento quiso mirarlo para asegurarse que estaba bien o se
había dormido, estaba muy callado. Lo encontró mirándola intensamente con esa mirada azul
radioactivo.
Radioactivo igual a peligroso.
—¿Todo en orden? —dijo para distensionar el ambiente.

—Sí, solo pensaba.
—¿En la novia a la que no tienes que darle explicaciones?
—Que no tengo novia.
—Y eso te amarga.
—No me amarga.
—Es lo que parece, no lo dices como un soltero orgulloso sino uno obligado. ¿Te dejó?
—La dejé.
—Y estás arrepentido.
—¿Qué sabes tú de eso?
—¡Bienvenido el tú a tú! Y si, sé porque he dejado muchas más veces de las que he querido.
—Ya, pero es que yo me fui porque sentía que no podía con el compromiso. Acepté un
trabajo muy lejos para poner distancia y pensar mejor si lo mío eran o no las relaciones duraderas.
—Y ¿qué pasó?
—Que mi mejor amigo y ella coincidieron, se enamoraron y van a casarse.
—¡La madre que…! ¿Eres el padrino?
—Si.
Mariah se mordió el labio inferior.
—¿Y tienes afán de llegar a eso?
—No exactamente, la cosa es un poco complicada.
—Pues cuéntamelo que tiempo tenemos y es indefinido, por ahora.
—No sé…
—Soy una extraña, prometo que si cuento tu historia no mencionaré tu nombre. Además,
Luke no es solo uno en el mundo.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

El sonrío un poco, que bocazas era esa morena.
—Hace tres años que me fui a vivir a Escocia, allí me salió el trabajo y pues no me quejo.
Vivíamos juntos, ella trabajaba en un periódico, yo en un banco. Un día me comentó que sería la
dama de una de sus amigas que iba a casarse, terminamos hablando de que también podríamos
casarnos y me entró un terror indescriptible. Porque aunque la quería no creí que fuera suficiente y
me acojoné. Inventé lo de la gran oportunidad y me largué, le terminé por correo un mes después.
—Cabrón.
—Lo sé, llevábamos como cuatro años.
—Doble cabrón.
—El punto es que me concentré en el trabajo, un buen día mi mejor amigo llegó a visitarme y
en medio de rodeos me lo contó. No podía culparlo, es una chica guapa y ya había pasado mucho
tiempo. Ella también me llamó, lo hablamos y todo perfecto. Los apoyaba, sería el padrino y listo.
—¿Por qué siento que hay un pero aquí que va a amargar la fiesta?
Luke bajó la cabeza.
—Recordé muchas cosas, promesas, besos, caricias, lugares, nuestra vida juntos. Con nadie
me sentía como con ella, era mi apoyo, la que me hacía tomar riesgos cuando me parecía que no
debía…
—La compañera perfecta.
—Si.
—¿Qué es lo que vas a hacer?
—La boda es el veintiséis. Quiero hablar con ella, decirle lo que siento, pedirle que se tome
un momento para pensar en todo lo que yo pensé y si es posible, que me dé una oportunidad.
—Eres un amigo horrible.
—Soy lo peor de este mundo, pero no quiero sentir que no lo intente. No quiero que ella
piense que no la quise que no fue importante para mí.
—Es un poco tarde, rubiales—le apretó más fuete y él se quejó—. Vas mejorando.

—A veces hay que atreverte y saltar.
—Mira quien lo dice…
—Lo sé, no debería.
—No debes, eso es lo cuerdo. Pero es tu forma de amar, eres un poco lento para notarlo, sin
ofender.
—Y mis padres estarían orgullosos si no les ensucio la cara, porque al final si ella no acepta,
la vergüenza la pasaran ellos, yo me iré para nunca volver.
—Los que amas no deben determinar cómo amas, Luke.
—Ya vivíamos juntos, nada me costaba comprar el anillo y proponérselo…
—No es una decisión pequeña cuando se trata de la más grande de tu vida. Yo también me
asustaría y correría a mi selva.
—Vamos a ver, tú eres una chica libre y ciudadana del mundo. Yo soy muy complejo, pienso
y pienso mil veces cualquier cosa porque necesito estar seguro.
—Es un mal de tu profesión, los números son exactos e intentas que así te salga la vida.
—Puede ser…
—Entonces, ¿quieres sentar cabeza?
—Es hora ¿no? Tengo más de treinta y me acerco vertiginosamente a los cuarenta.
Mariah sonrió con dulzura, a Luke le pareció una chica única, autentica.
—Déjalo, ya me siento mejor.
—Pasa a la cama.
Mariah se levantó y se quitó las tres piezas de un conjunto que llevaba, debajo tenía un monopijama de felpa.
Luke se carcajeo.
—Ahora entiendo que el frío no te calara.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—La prevención es mi segundo nombre.
—Mariah Prevención suena bien.
Ambos rieron.
Ella se acomodó en el suelo y se puso una cobija encima.
—¿Qué haces? Aquí hay espacio suficiente —dijo Luke mencionando la cama.
—No hace falta, el piso ya no me sienta y no quiero violentar tu espacio vital.
—Acabas de quitarme la ropa. ¿Qué tantos secretos me quedan?
—Que si roncas o das puntapiés mientras duermes es demasiada información para ser solo un
extraño.
El silencio tomó protagonismo, una frase con demasiado implícito.
Pero a Luke el silencio no se le daba bien.
—¿Puedo saber cuántos años tienes?
—Eres un poco cotorra y cotilla.
—Lo sé, perdona.
—Tengo treinta y dos.
—A los treinta y dos aun me emborrachaba como un adolecente.
—Los hombres suelen madurar tarde.
—¿Y es las mujeres nacen con todo aprendido?
—Lastimosamente para ti, sí. Somos la creación perfecta.
Luke se removió en la cama, se puso la manta encima y buscó en su maletín un periódico.
—¿Ahora que te dio? —peguntó ella mientras se incorporaba.
Luke se sentó a su lado.
—Hagamos este crucigrama, no tengo sueño.

—¿Quieres alardear un poco más?
Luke le puyó el costado y Mariah fue a dar al suelo.
—¡Lo lamento! —se apresuró a levantarla.
—Resultaste Sansón —se quejó ella golpeándole el hombro.
—Estas un poco delgada.
—No me digas.
—Perdón, soy un poco…
—Muy, muy lo que sea que fueras a decir. Contigo todo es en superlativos.
Luke torció el gesto.
—¿Me ayudas?
—Si no tengo más remedio…
—Uno horizontal: barbero.
—¿Es sinónimo?
—Si.
—Eh… rapabarbas.
—No.
—Peluquero.
—¡No! Es simple, hasta hay una cancioncita cómica para ellos.
—La cultura general no es lo mío.
—La chica salvaje se da por vencida.
—Idiota.
—Tampoco.
Ambos rieron.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—¡Ya se! Fígaro.
—Correcto.
—Soy lo más.
—Pero si solo llevas una.
—Ya días lo mismo cuando lo acabe.
—Es nivel medio.
—No te mofes o te mando a dormir con las vacas.
—Otro sinónimo: Enfada.
—Cabrea, enoja.
—La segunda.
—Soy la ama del universo.
Luke la puyó de nuevo cuidando ser más delicado esta vez.
—Cocieron directamente en las brasas.
—Asaron. Esto es para dummies.
—El peor amigo del mundo.
—¡Luke!
—Esto es una mierda, está muy fácil.
—Déjame tocar tu rostro, estás muy rojo.
Luke apartó el periódico y Mariah se arrodilló frente a él. Sus miradas chocaron y se
mantuvieron allí por algunos segundos haciéndose preguntas e intercambiando un par de secretos.
Ella fue la primera en parpadear porque se sentía bastante intimidada.
—¿Tengo fiebre?

—Es lo que parece —le palpó la frente, la barbilla, las mejillas y finalmente posó las manos
en sus orejas. Él puso las suyas encima y volvió a mirarla. Volvieron a intercambiar miradas
indescifrables había algo magnético en ella, pensó él. Había algo encantador, pensó ella.
Un móvil sonó.
Ella se movió, era el suyo.
Respondió, no dijo mucho y agradeció.
—¿Todo bien?
—Parece que hay un lugar disponible hasta New York y sale a primera hora.
—Qué suerte tienes.
—No es suerte, a la gente como yo así como a militares y otros nos dan prioridad —torció el
gesto.
—¿No te agrada?
—Claro que sí, pero no voy a tomarlo.
—¿Cómo que no lo harás? No me digas que tu vocación inclina ahora hacia las vacas.
—No Luke, tu tomaras mi lugar.
—¿Yo? Pero ¿por qué?
—Porque si —le indicó que volviera a la cama—. Además, estás enfermo, es mejor que
llegues pronto.
—Gracias.
—No es nada.
Intentó volver a recostarse.
—Vente a la cama.
—Que no.
—No tomo el vuelo.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—No soy yo la que pierde al amor de su vida.
—No hay manera contigo.
—La hay pero no la encuentras aun, ya te lo dije, eres un poco lento para algunas cosas.
El sonido de la madera fundiéndose en el fuego los acompañó por un buen rato. Mariah
deseaba llegar a casa, y se planteaba la idea de hacer misión solo por temporadas. Le apetecía un
poco de normalidad en su vida. Pero podría esperar algunas horas. Al contrario de Luke que estaba
corriendo contra el tiempo.
Gritó cuando se elevó del suelo, Luke la levantó como a un saco de aserrín y la llevó a la
cama.
—¿Qué es lo que te pasa?
—Soy un hombre de impulsos y hace mucho frío.
—No pretenderás que te abrace.
—Puedo hacerlo yo si quieres.
—No soy yo la que se queja del frío.
—No soy yo el que está temblando.
Mariah se cubrió la cara con la manta. Había perdido una y eso la avergonzó.
Luke se acomodó y ella le dio la espalda. Elevó la mano y la acercó despacio a ella, no quería
abusar, pero ambos podrían darse calor.
—Encadena ese brazo allí, puede morir necrótico pero no lo mueves.
—¡No soy un abusivo!
—Eso no lo dice que esté aquí en contra de mi voluntad.
—Terca.
—Pesado.
—Cabezota.

—Patán.
—Salvaje.
—Pijo.
—Engreída —le puyó el costado y Mariah saltó dándose vuelta.
—Engreído —vocalizó despacio.
—Plagiadora.
—Cerebrito.
—Gracias por el halago.
—Modestísimo.
Se rieron,,
Luke que corrió el cabello que tenía sobre el rostro, Mariah cerró los ojos y a él le pareció una
imagen preciosa tenerla así de cerca.
—Qué bueno que te encontré esta noche —confesó con la boquita pequeña.
—Dirás, que bueno que te perseguí esta noche. O sabe Dios dónde estarías.
No perdía una, esa morena. Le daba respuesta a todo. Pero se le antojaba callarla de modo que
no supiera como contraatacar.
—¿Sabes lo que necesitas? —dijo ella como si acabara de tener una revelación.
—¿La calefacción?
—No imbécil, hablo de tu problema. Debiste intentar enamorarte de alguien más antes de esa
ocurrencia de ir a quedarte sin mejor amigo y el recuerdo de una buena chica.
—Las escocesas no son muy atractivas.
—¿Lo intentaste?
—Si follar con algunas sirve como intento, cierto que lo hice.
—¡Guarro!

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—¿Por decir follar? Disculpe mi lady, el eufemismo sería acostarme con ellas.
—No entiendo como intentas este acto de amor si eres tan idiota.
—No lo sé.
—Podría darte un pequeño diagnóstico. Tuve un novio que…
Pero Luke no quería seguir escuchándola decirle todo lo que él ya sabía que era. Tomó
impulso y apretó sus labios contra esa boca. Ahí se detuvo el mundo, ahí sintió la corriente eléctrica
subirle por la columna. Ella quedó con las manos en el aire, como suspendidas.
¿Qué era lo que le pasaba a ese loco?
Luke cerró los labios para apretar los de ella, forcejeó un poco con su cordura porque era
mujer y se hacía del rogar.
Pero no era que ella se hiciera del rogar, era que no entendía los impulsos del señorito
acartonado.
Aun así decidió que lo disfrutaría, que sería un beso con un extraño y abrió un poco la boca,
inhaló de su aliento y posó sus manos en las mejillas de Luke.
Él apretó los ojos, le gustaba su tacto, delicado y cálido.
Se besaron, despacio, se saborearon, recorrieron sus bocas y les gustó. Demasiado. Mucho.
Luke también le apretó las mejillas, metió los dedos entre su pelo. Los dedos le temblaron, el
estómago se le encogió.
La unión perfecta de los opuestos.
Mariah cruzó los pies con los de él, se acercaron, las manos del él le apresaron la cintura y se
sintió diminuta sobre ese pecho fuerte y grande. La piel se le estremeció, uno a uno cada vello, cada
poro y centímetro de su dermis se elevó. No podría gustarle tanto un extraño.
No porque se iría y lo echaría de menos.
Se separaron porque necesitaban aire, ella no quiso mirarlo porque era radioactivo. Contrario
a Luke que necesitaba mirarla para saber que era cierto que un beso le había cambiado de la nada el
plan.

—¿Cómo puede ser que la peor noche de mi vida acabe de convertirse en una de las mejores?
—Es la fiebre —intentó ponerle sarcasmo, restarle toda la importancia que tenía ese beso para
esa noche.
—Quizá en mejor que intentemos dormir, así se me pasa la fiebre.
—Es lo más inteligente que has podido decir desde que te conozco.
El sonrío, le atacaba porque no tenía más armas.
Mariah intentó moverse pero él no la soltó. La apretó contra su pecho y tampoco pudo
negarse. Allí, con los pensamientos confusos y los labios sedientos, se durmieron.
—Luke —Mariah lo movía—. Luke debes irte.
Gruñó un poco y la apretó más.
—El vuelo sale en dos horas.
Abrió un ojo, luego el otro.
—Vale.
Le dio un beso en la mejilla, se levantaron, se vistieron y recogieron. Apagaron la chimenea y
salieron hacia la casa.
—Buenos días —les saludó Judy—. ¿Qué tal noche?
—Estuvo bien —respondió Luke—. ¿Podría prestarnos el baño?
—Por supuesto, al final del pasillo.
Él fue primero, no sabía cómo había soportado tanto sin ir al baño. Luego lo hizo ella y se
esmeró un poco con el pelo. Mujeres.
Bebieron chocolate y salieron, un hombre rastrillaba la nieve y divisaron el bus al que subían
algunas personas. Apresuraron el paso para alcanzarlo.
Tomaron asientos juntos, Luke le tomó la mano, Mariah miraba por la ventana.
—¿Te comió la lengua el gato?

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Casi —dijo ella haciendo mención al beso.
—No voy a discúlpame por eso.
—No lo hagas, sería horrible.
Ambos sonrieron, Mariah recargó la cabeza en su hombro.
—La vida te cambia en un parpadeo.
—No nos ha cambiado la vida, Luke. Un beso no le cambia la vida a nadie.
—No fue un beso el que nos cambió la vida, fue encontrarnos. Por alguna razón pasó todo lo
que pasó ayer.
—No te pongas trascendental.
—¿Miedo señorita agreste?
Terror a las despedidas, se dijo.
—No armes una novela por esto. Tú tienes que ir a impedir una boda y yo tengo una familia
que espero que me reconozca después de tantos años.
No se dijeron más en todo el recorrido. Llegaron al aeropuerto, caminaron juntos y tomados
de la mano hasta el mostrador.
—Es hora de que te vayas. A mí me llevaran de regreso a Londres y tendré una habitación
decente de hotel mientras encuentran un vuelo.
—Mariah —le agarró las mejillas para hacer que lo mirara—. No quiero irme sin ti.
—Ve a luchar por el amor de tu vida, Luke. No pasaste por tanto para arrepentirte al último
momento. La quieres, no hay otra explicación racional para lo que hiciste.
—Si la quisiera tanto no podría encontrarte tan perfecta a ti.
Mariah tragó y apretó los ojos.
—Enloqueciste —sonrío pero estaba lejos de ser un gesto genuino—. Corre que te dejan,
envía el desenlace de la historia al blog de algún periódico, firma como Señorito acartonado y sabré
que fuiste tú.

—¿Quieres que me vaya?
—Es lo que debes hacer.
—No voy a ir a casarme, puede que no acepte ni verme para tomar café.
—Esos riesgos ya lo sopesaste antes.
Buscó de nuevo sus ojos. Le haría una última pregunta, una que le diera dirección porque
estaba confundido e irremediablemente, solo ella podía ayudarle un poco.
—¿Tengo que irme?
Mariah contuvo un suspiro.
—Eso lo sabes tú, no pierdas el impulso por una extraña.
—Ya sé demasiado sobre ti como para que seas una extraña.
Mariah sonrió, levantó la mirada y se atrevió con una confesión:
—Eres el chico perfecto a pesar de lo imperfecto que me resultas. Consígue a esa chica de
nuevo y esta vez no huyas.
Los ojos de él se humedecieron.
—Puedo ser el chico perfecto pero acabo de saber que elegí a la chica equivocada.
—No digas eso.
—¿Cómo es posible que conozcas a alguien que es perfecto para ti y debas irte? No quiero
irme, Mariah.
Sus ojos también se humedecieron.
—No puedo ser tu ancla, mi vida es…
—Tu vida es lo que quieres hacer de ella. Es víspera de navidad, puedes hacerte un regalo
diferente.
—Luke…
No lo aguantó más y la besó. La besó y el nudo en la garganta se hizo más fuerte.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—Ni siquiera sabemos si esto es amor. No puedo dejarlo todo solo por una casualidad.
Un hombre se les acercó.
—Disculpen, el vuelo se ha cancelado. El mal tiempo parece ir hasta mañana. Les llevaran a
Londres por carretera y les ubicaran en los hoteles dispuestos por su aerolínea.
Ambos asintieron y agradecieron.
—¡No me voy Mariah! No me voy porque el destino me da la razón, tú y yo estábamos
destinados.
—¿Dónde quedó el Luke qué pensaba mil veces cada decisión?
—Quedó en un establo a unos kilómetros de aquí.
Mariah esbozó una sonrisa.
—Vamos a Londres, te invito a cenar, caminamos juntos, hacemos un par de compras y
esperamos la nochebuena allí.
—Parece que se confabula el destino a tu favor.
—Al nuestro.
Marian elevó las cejar y tomó su mochila. No quería imaginar nada más allá. No podría
cambiar su vida por esa casualidad de ojos radiactivos.
¿Oh sí?
—Elige una ciudad
—¿Una ciudad? ¿De dónde?
—Por mi currículo puedo hallar trabajo en cualquier hospital, dime una ciudad.
Luke sonrió amplio.
—¿Estás diciendo que sí? ¿Qué apuestas por la casualidad?
—Es navidad y quiero regalarme un novio, pero para que funcione debemos estar cerca.
La llevó contra él y la besó otra vez.

—Responde a una pregunta más que la ciudad será lo de menos.
—¿Cuál pregunta?
Luke se palpó los bolsillos, iba preparado para otra propuesta y otra persona. Pero en ese
momento le servía para sellar el pacto.
Sacó la cajita, se arrodilló frente a ella y le preguntó:
—¿Quieres ser mi novia, señorita agreste?
Ella se cubrió la boca, no era una propuesta de matrimonio, era una de amor.
—Sí, sí quiero. Luke Desconocido.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

“Una navidad distinta”
Silvia Sandoval

How do I live without the ones I love?
Time still turns the pages of the book its burned
Place and time always on my mind
And the light you left remains but it's so hard to stay
When I have so much to say and you're so far away
(So Far Away – Avenged Sevenfold)

24 de diciembre 2016 – 23:50 p.m.

Faltaban diez minutos para brindar, para darle la bienvenida a la tan ansiada navidad, pero, y
pese a ver con mis propios ojos los rostros sonrientes que me rodeaban, aún me costaba creer el
enorme giro que había dado mi vida.

Hace un año a tras salía de prisión, el sol me encandilaba, me dejaba en blanco, y así me sentía.
Totalmente fracasado, desorientado, sin saber a dónde ir. ¿Quién daría una mano a un ex convicto?
¿Quién miraría más allá de los tatuajes, del prontuario, para darle una oportunidad a un hombre que
lo había perdido todo en una noche fatídica?

Que feliz fui al equivocarme, quedé agradecido a la vida la primera vez que puse los ojos en
una mujer tan hermosa, que quitaba el aliento, con un corazón tan grande, tan puro.
En el momento en que me vio, supo instintivamente, que yo necesitaba ayuda, y así, sin más,
me devolvió la fe, las ganas de ser mejor persona, de ser un verdadero hombre, con un propósito en
esta vida.

Mientras recuerdo el pasado, me giro para ver a mi ángel personal, allí está ella, tan etérea, tan
pura. El amor de mi vida, la razón por la que vuelvo a creer.

Nuestras miradas se encuentran, y todo lo demás parece desaparecer. Nos enviamos mensajes
silenciosos, nos hacemos promesas e incluso nos retamos a hacer algo loco el uno por el otro.
Jamás creí encontrar esa complicidad, ese amor tan profundo que hace que la persona a tu lado
sea más que una compañera de vida, sino que se convierte en tu mejor amiga, en tu aventura, en tu
consejera, en tu general, si se te ocurre apoyar el toallón mojado en la cama.

Esta es una navidad distinta, porque mi vida es distinta, ella lo hizo posible. Ella, la razón por
la que vivo plenamente, es el mejor regalo que pude recibir.

Ya no creo en Papá Noel, pero, sin embargo, en esta mágica velada, solo voy a alzar mi copa al
cielo y brindar por la felicidad encontrada, rogar poder mantenerla y desear que todos sean capaces
de conocerla.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Capítulo 1
You should have known
The price of evil
And it hurts to know
That you belong here, yeah
No one to call
Everybody to fear
Your tragic fate is looking so clear, yeah
Ooh, it's your fuckin' nightmare
(Nightmare – Avenged Sevenfold)

05 de enero 2015 – 10:00 a.m.

Las rejas se abrieron, el sol me cegó al darme de lleno en la cara. Di un paso, ese definitivo,
que dejaría tres años de encierro atrás, pero que, a su vez, me conduciría a un futuro incierto.
Cuando sentí el ruido de las verjas cerrarse a mi espalda, tomé una profunda respiración, una
que me llenara completamente los pulmones, de esas que cuando estás encerrado no se puede volver
a tener, porque algo te oprime el pecho, te deja medio vivo, hasta que se vuelve a salir, hasta que se
tiene la libertad otra vez.

Miré mis pies, mis zapatillas de lona negra necesitarían un cambio urgente, pero sin trabajo no
sería posible inmediatamente.

Oí una bocina, miré al frente y un coche estaba estacionado, esperando. Cuando reconocí al
conductor, las lágrimas amenazaron a salir, se me formó un nudo en la garganta y mi corazón
comenzó a bombear más deprisa.

Mi pequeño hermano, Nicolás, estaba ahí, esperando por mí. Caminé hacia él, vacilante en un
principio, pero cuando Nico bajó del auto y corrió a mi encuentro, comencé a correr también.

Nos encontramos a mitad de camino y nos fundimos en un abrazo apretado, llorando por lo
perdido, por los años separados, por las pesadillas compartidas, por nuestras vidas destrozadas de la
manos de quien debería habernos protegido.
Al menos nos teníamos el uno al otro, otra vez.

Nos separamos para reconocernos, y entre lágrimas nos sonreímos como dos idiotas.
—¡Hola hermano! ¡Por fin juntos!
—¿Cómo estás enano? ¿Me extrañabas no?
— Sí, claro. Nadie tiene tu olor a pata.
— Ja, ja, ja. Muy gracioso.
— Vamos, así mientras desayunamos nos ponemos al día. Me pedí el día en el trabajo.
— Sí, dale. Descanso un poco y me pongo a buscar laburo. Quiero sentirme útil.
— Relajate, Marcos. Recién salís. No hay apuro, no nos están por comer las ratas, ni nada por
el estilo.
— ¡Puff, y yo que pensé que con lo desordenado que sos estaríamos infestados de cucarachas!
— ¡Callate! Aparte, en cuanto te saques las zapatillas, cualquier insecto o alimaña que haya en
el departamento, va a salir huyendo por su vida, tus hongos olorosos son mejores que cualquier
fumigación. ¡Y gratis!

Ambos nos empezamos a reír a carcajadas. Como si nunca hubiéramos estado separados, como
si los años de horror vividos no fueran más que más que una mala película de terror.
Entre pullas y charlas sin sentido, nos encaminamos al auto para ponernos en camino hacía mi
nuevo hogar, junto a mi hermano, mi única familia.

Quizás no supiera a qué atenerme en este nuevo comienzo, que se perfilaba extenso y en
blanco, pero al menos no estaba solo.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Capítulo 2

Había pasado una semana desde mi salida de la cárcel, aún me costaba habituarme, aunque,
claro está, que no extrañaba para nada ese lugar.
Quizás por mi contextura robusta, mis tatuajes y mi cara de “No te metas conmigo, no tengo
nada que perder”, me ayudaron a ganarme cierto respeto entre los reos, sí, tuve que meterme en
algunas peleas para cimentar dicho respeto, pero la ira en mí interior me ayudo a salir airoso de cada
una de ellas.
Pase tres años encerrado, extrañando hasta el humo de los colectivos. Ahora era el momento de
ser un tipo duro, ponerme una coraza contra el rechazo y la desconfianza que mi situación generaría
en los demás, en la condena social. Nadie estuvo ahí, no saben nada de lo que me llevó a hacer lo que
hice, pero aun así voy a ser estigmatizado.

Hoy, siendo las 7:30 a.m., salgo a buscar trabajo, así que estoy tratando de crear un escudo
grueso, que impida que la aversión que puedan llegar a mostrar, me resulte menos dolorosa, que me
permita salir con la frente en alta, sin derrumbarme.

Antes de que mi vida se fuera al infierno, había hecho un curso de cocina, y en la cárcel me
pusieron a lavar ollas primero y luego pude hacer algunas cosas más, mi buen comportamiento me
hizo ganar algunos permitidos.
Mientras me dirijo al restaurante, pienso que parece un cliché, un ex convicto buscando empleo
de cocinero, mi mamá se hubiera reído conmigo. Me diría que soy el Al Pacino de Michelle Pfeiffer,
claro que yo no falsifiqué ningún cheque y me faltaba una Michelle.
Pensar en mi madre me llena tristeza, era tan extrovertida, tan llena de vida, la mejor mamá,
siempre con una sonrisa para sus hijos. Nunca voy a entender porque él nos la tuvo que arrancar así,
de esa manera tan cruel.

Perdido en mis pensamientos, llego al lugar. Un lugar bastante grande, con una fachada muy
pintoresca, el cartel dice: “Nouvelle vie”, que, gracias a mis cursos, entendí que significaba Nueva
vida en francés. Sonrío a mi pesar, quizás sea una señal, una de las buenas.

Entro al local, es muy amplio, pero lo mejor es que trasmite una sensación de pertenencia, de
paz, es difícil poder explicarlo con palabras, pero cuando entre, fue como si hubiera llegado al lugar
indicado.

Camino derecho hacia la barra del fondo, había tres personas en el restaurante, dos mozos, lo
deduje por sus uniformes, que estaban organizando todo para la apertura, y una mujer que se
encontraba de espaldas, acomodando las botellas y vasos.

Cuando me acerco, me aclaro la garganta para llamar su atención. Al notar mi presencia, ella se
da vuelta, y yo me quedo sin aliento. Era realmente hermosa, cabello castaño recogido en una cola
alta, ojos almendrados de color miel, piel de color caramelo. Me la quedé viendo fijo como un idiota.
Ella, al darse cuenta que me quede mudo, me sonrió. Listo, puedo morir en paz. Esa sonrisa la
hizo más hermosa, si eso era posible.

Mientras nos mirábamos fijo, ella me preguntó:
—¿Te puedo ayudar en algo?
Saliendo de mi ensimismamiento, me vuelvo a aclarar la garganta y respondo:
—Hola, venía por el puesto de chef. Soy Marcos Aguilar. — y le tiendo mi mano.
Ella vuelve a sonreír, y aceptando mi mano, me da un apretón.
—Mucho gusto, Marcos. Soy María Laura Sotelo. Seguime, tomemos asiento un momento y
me contas un poco de tu experiencia.

Hice una mueca interiormente, cuando le contara mi experiencia me iba a echar a patadas de
ahí. Bueno, a ponerle el pecho a las balas y tratar de sobrellevar el rechazo de este hermoso ángel.
Daria lo que fuera por no ver el desprecio en sus ojos, pensé tristemente.

Tomamos asiento en una de las mesas laterales, uno frente al otro, le entregué el currículum y
esperé mientras ella lo leía.
Cuando terminó, lo dejó sobre la mesa, me miró sin perder la amabilidad en su rostro y me
dijo:
— Bueno, Marcos. Contame un poco de los cursos que hiciste ¿Tenes algún menú preferido?
Abrí los ojos como platos, en mi CV estaba incluido mi periodo de reclusión, además, puse de
mi experiencia en la cocina de la cárcel, lo que debía darle un indicio.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

De manera torpe, logre responderle. Le conté todos los cursos de cocina que había tomado,
incluyendo postres. También le dije que había inventado algunos platos y cuales se me daban mejor.
Ella me escuchaba atentamente y ponía anotaciones en mi CV, mientras yo le relataba lo que
sabía hacer.

Cuando la entrevista termina, me siento más relajado. Ella no fue hostil, ni me miró como si
fuera a robarle, y eso significó el mundo para mí.
Me dijo cuáles serían los horarios de trabajo, me mostró la carta con los platos que servían,
también quería saber si alguno de ellos me resultaría difícil, mi respuesta fue no, porque los conocía
y no tenía ningún problema con la preparación. También le dije que en caso de no conocer alguno,
investigaría la receta y la forma de hacerlo.
Me llevó a hacer un recorrido por la cocina, la cual necesitaba un poco de orden. Pero estaba
impecablemente limpia.
Me presentó a los ayudantes de cocina y al encargado de lavar todo.
Me dijo que me tomaría una prueba de como cocinaba, también observaría, como me
desenvolvía y la forma de trabajar con otros.
Estuve de acuerdo y procedí a hacer mi mejor presentación.
Al finalizar, todos aclamaron mi plato y yo no cabía del gozo que sentía. Si no me llamaban, al
menos la experiencia había valido la pena. Podía esperar algo mejor después de haber pasado por el
infierno.

Cuando salimos de la cocina, me hizo la pregunta que me dejó pasmado:
—¿Cuándo podes empezar?
—¿En serio? ¿Me estás dando el trabajo? ¿Cuándo quieras? Ahora mismo.
Ella me sonrió
— Sí, en serio. Te estoy dando el trabajo. Y, si podes empezar ahora sería ideal. En dos horas
abrimos la cocina y necesitamos un cocinero.
— Sin ningún problema, estoy muy interesado. Muchísimas gracias por esta oportunidad.
No podía creer que tenía el empleo. Si no quedara como un boludo, me habría puesto a saltar
de la felicidad.
Sin embargo, no podía dejar de aclararle las cosas, no quería que pensara que la tomaba por
tonta. Así que respiré profundamente y solté la pregunta.
—¿No te importa que haya estado preso? ¿A ellos, —señalé a los otros empleados— no les va
a importar?

— Marcos, soy bastante consciente que estuviste preso, tu CV era muy elocuente al respecto.
Y la respuesta es, no es que no me importe, simplemente te estoy dando la oportunidad de demostrar
que podes ser una buena persona, pero la verdad es que cocinas bárbaro, así que el motivo también
esconde mi vena egoísta. No quiero que vayas a trabajar para la competencia.
Con respecto a los chicos, se los voy a tener que contar, pero va a depender de vos la imagen
que les des.
Sí, voy a necesitar que me digas que fue lo que te llevó a estar preso, más que nada para un
control y no llevarnos ninguna sorpresa, pero soy buena viendo el interior de las personas, y algo me
dice que, pese a que hiciste algo malo, fue la situación la que te llevó a eso y no tu esencia.
Así que, vamos a mi oficina a llenar los papeles para el trabajo y de paso me contas que fue lo
que pasó.

Seguía sin poder creer que ella no me estuviera viendo como caca en sus zapatos, que me diera
una oportunidad, que me considerara digno de pertenecer a aquel lugar.
Oír sus palabras me revitalizó el alma, porque si bien siempre habría gente que me juzgaría,
ella vio más en mí.

La acompañé con el fin de contarle mi infierno personal, rogando que cuando lo supiera
siguiera mirándome con esos ojos, que aparte de hermosos, eran bondadosos.
¡Dios! Si estás ahí, por favor no dejes que me vea con desagrado, odio y repulsa. Por favor, por
una vez, demostrame que existís, hoy más que nunca te suplico que me tiendas la mano. Rogaba
interiormente.

Capítulo 3
La oficina de María Laura estaba al fondo del local, era bastante espaciosa, había un escritorio
con varias carpetas, una biblioteca llena de libros, una notebook, su sillón y dos sillas al frente al
buró.
Ella procede a sentarse en su lugar y yo ocupo una de las sillas.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Me mira, sin impaciencia, como dándome mi tiempo para que comience a hablar, a relatarle la
horrible noche que cambió mi vida para siempre.
— Bueno, comencé, es difícil hablar de esto. Solo te pido que me escuches hasta el final antes
de juzgarme y condenarme.
Desde ya, estoy muy agradecido de que me ofrecieras el trabajo, pese a mi negro prontuario,
eso me hizo sentir que, a pesar de todo, la gente es buena y es propensa a ayudar al que más lo
necesita.

Ella se quedó en silencio, esperando que continuara. Y las palabras solo salieron de mi boca:
—Yo maté a mi padre.

Seguía mirándome, pero sus facciones no cambiaron como temía, al contrario, estaba
esperando saber el porqué de semejante acto.
—Hace tres años, él vino dispuesto a matarnos a todos. Mi mamá había encontrado valor para
abandonarlo, después de años y años de maltrato, físico y psicológico.
A sus espaldas, mis dos hermanos y yo, habíamos comenzado a juntar todo el dinero que
hacíamos con nuestros trabajos para poder alquilar algo, y así poder sacar a nuestra madre de esa
casa llena de horror.
Dos meses antes de que el infierno se desatara encontramos una casita que podíamos pagar
entre los tres.
Nos escapamos una noche en que él, como de costumbre, se había ido a emborrachar y drogar
por ahí.
Durante dos meses vivimos en paz, solo los cuatro. Era realmente maravilloso llegar después
del trabajo, compartir en la mesa los acontecimientos del día, bromear entre nosotros, hacer renegar a
nuestra mamá, como solo tres hijos varones pueden hacerlo.
Ella era feliz, reía más, ya no había ojos hundidos o con moretones, ya no tenía la mirada triste.
Entre los cuatro habíamos formado un hogar, sin gritos, sin golpes, sin llantos.
Pero no duró mucho la paz tan ansiada que habíamos encontrado, porque el que nos encontró
fue él.
Eran las once de la noche, cuando él llegó armado, dando patadas a la puerta y a los gritos.
Estaba borracho y drogado, con mucha ira. Habíamos logrado burlarlo, pero no lo suficiente. Él
venía dispuesto a todo, a modo de venganza.

Cuando logró abrir la puerta, a las patadas como te mencioné antes, nos apuntó a todos. Nos
dijo que éramos unos hijos de puta, porque eso es lo que nuestra madre era, una puta.
Nos dijo, lo que nos repetía todos y cada uno de los días que vivimos con él. Que éramos unos
inútiles, unos pelotudos, que nunca íbamos a llegar a ningún lado, que sería mejor que estuviéramos
muertos, porque solo malgastábamos aire.
Una vez que terminó con su diatriba apuntó primero a mi mamá que le rogaba que bajara el
arma, pero él solo le dijo: “puta de mierda” y le dio dos disparos en la cabeza. Para estar tan ido,
tenía una bueno puntería.
Cuando Marcelo, mi hermano mayor, si adelantó y quiso quitarle el arma, le disparó en el
medio del pecho.
Luego se giro hacía nosotros, Nico, mi hermano más chico, y yo. Nos habíamos quedado en
shock. Nunca pensamos que estuviera tan loco.
Creo que hasta el día que muera voy a recordar sus ojos inyectados en sangre, con tanto odio y
deseos de sangre. Éramos sus hijos, ¿Cómo fue que solo quisiera matarnos? ¿Acaso los padres no
deben de proteger a los hijos?

Él apuntó a Nico y le disparó, él cayó con sangre en su cabeza y yo creí enloquecer por fin.
Cuando quiso dispararme, solo salté sobre él para evitar que me disparará. Lo desestabilizó mi
movimiento y aflojó la mano, logré quitarle el arma. La tome bien fuerte entre mis manos y lo golpee
en la cara, en la cabeza. No sé cuántos golpes fueron, solo sé que cuando deje de pegarle, él estaba
inconsciente. No se movía.
Yo respiraba con dificultad, miraba los cuerpos sin vida de mis hermanos y de mi mamá,
rogaba que se movieran, que no me dejaran.
Empecé a llorar, suplicándoles que se levantaran, que ahora estaba desmayado, que no nos iba
a hacer nada.
Les grité que dejaran de hacerse los dormidos, que los necesitaba. Empecé a ahogarme por los
sollozos, mientras les pedía una y otra vez que volvieran, que no me abandonaran.
Nada de eso pasó, ellos no se levantaron, seguían allí inmóviles.

En ese momento, escucho la llegada de la policía. Seguramente los vecinos los alertaron,
debido a los gritos y disparos.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Vieron el interior de la casa y llamaron a peritos, forenses, etc., en ese momento, no era muy
consciente de lo que ocurría.
Yo lo único que sabía es que me había quedado completamente solo.

Fui llevado a la comisaría, esposado como un criminal, y tal vez lo era, quizás lo merecía.
Me preguntaron qué fue lo que pasó y yo relaté todo.

El día del juicio supe que iba terminar preso, el juez encargado de la causa era amigo de mi
padre. Me miró con mucho odio, pues había acabado con uno de sus dealers más antiguos.
Las pruebas demostraban que el asesinato fue en defensa propia, pero que me excedí en dicha
defensa y por eso me dieron tres años.

Terminé mi relato y alcé mi mirada para poder ver el rostro de María Laura. Ella tenía
lágrimas, a punto de derramarse, en sus ojos.
— ¿Todos murieron ese día?
— Nico, se salvó. La bala solo le rosó la cabeza. Él fue a buscarme a la cárcel el día que salí.
Ahora vivimos juntos.
— Me alegro de que no este solo.
— Es quiere decir que… ¿Me quedo con el trabajo?
— Marcos, sos un sobreviviente. Perdiste a casi toda tu familia, fuiste encerrado injustamente,
y sin embargo al salir de la prisión, te buscaste un trabajo, en vez de amargarte y resentirte con la
sociedad.
Te doy la bienvenida a “Nouvelle vie”.

Capítulo 4
— ¡Marcos, un lomo a la crema con papas a la española!
— ¡Marchando!

Habían pasado tres meses desde que cruzara esa puerta por primera vez, tres meses en lo que al
fin me sentía realizado, en los que había conocido a las mejores personas.
Todos los miembros del restaurante, me dieron la bienvenida, me apoyaron cuando supieron
por qué había estado en la cárcel. Me tendieron la mano y hasta ahora no me soltaron.

Hoy, era el día. Todos sabían de mi flechazo por María Laura. Así que iba a invitarla a salir.
Sí, ya lo sé, “Donde se come, no se caga” pero realmente no puedo evitar caer cada día más
enamorado de esa mujer.
Es hermosa, bondadosa, cariñosa, ayuda a toda alma que cruza las puertas del local, o esperan
en la parte trasera.
En vez de tirar en bolsas de basura la comida que sobra, ella las pone en bandejas de plástico y
las reparte para aquellos que esperan atrás del restaurante.
Dice que le da mucha tristeza ver a la gente revolviendo los residuos buscando alimentos, así
que ella les da esas bandejas para que las puedan llevar a casa.

Hoy, le voy a preguntar si aceptaría ir a tomar algo conmigo. Todos me están apoyando, y me
amenazaron por partes iguales. Ella es muy querida.

Cuando termina la noche, limpio la cocina, con la ayuda de los muchachos. Nos dirigimos
hacia los vestidores. Yo tomo una ducha rápida, me visto con mi mejor ropa, me pongo perfume, me
acomodo el pelo con manos temblorosas y salgo. Todos me desean suerte.
Voy derecho a la oficina de María Laura, ella estará haciendo las cuentas de esta noche.
Me paro frente a la puerta y golpeo con los nudillos. Ella desde adentro me dice que pase.
Abro la puerta, entro y voy derecho al escritorio.

Ella levanta la vista de los papeles y se me queda mirando.
—¡Hey, Marcos! ¿Ya te vas a tu casa?
— Sí, ya terminé por hoy. En realidad, María Laura, quería preguntarte algo.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

— Soy toda oídos, pregúntame.
—¿Aceptarías salir conmigo a tomar algo?
—¿Cómo una cita? ¿o cómo compañeros de trabajo?
— Sí, digo, como una ci-cita. — Estaba hecho un boludo importante. Me faltaba desmayarme,
con eso me ganaba el premio al tarado del año. En mi defensa diré que los nervios me estaban
matando.
Ella se quedó en silencio un momento, pero volvió a sonreír. Me miró fijamente y me dijo lo
mejor que escuche en mi vida, después de “Te estoy dando el trabajo”, que casualmente salió de esa
hermosa boca.
— Me encantaría salir con vos. ¿Cuándo?
—¿Ahora? Mi hermano trabaja en un bar y guardó una mesa para nosotros. Hoy toca una
banda local, también la gente del público se sube al escenario a cantar.
—¿Ahora? Me vas a tener que dar tiempo para arreglarme.
— Sí, claro. Tomate el tiempo que necesites. El lugar está cerca de acá.

Media hora después nos dirigíamos al bar. Al llegar a la puerta, mi hermano nos estaba
esperando.
Hice las presentaciones y, luego él, nos acompañó a nuestra mesa. Estaba cerca del escenario,
pero lo bastante alejado para poder hablar.
Las horas pasaron entre risas, porque nos pusimos muy críticos con aquellos que subían a
cantar. Algunos habían olvidado su oído musical, por no hablar de su afinación, en sus casas.
Subió a tocar una banda, cantaba baladas de rock, como “The Unforgiven” de Metallica, “So
far away” de Avenger Sevenfold, etc.
Sonaban muy bien.
Cuando ellos terminaron, la gente volvía a subir para cantar. Y nosotros comenzábamos a reír
otra vez. Era muy divertido, aunque nuestros oídos nos odiaran después.

Alrededor de las 5 de la mañana emprendimos la marcha de nuevo al restaurante. María Laura
vivía en el departamento de arriba.
Llegamos a su puerta en seguida, o al menos eso me pareció a mí.
Estábamos frente a frente y no pude resistirme. Toda la noche quise besarla, tocarla. Así que
cuando la tuve tan cerca, mis instintos tomaron el control.

Bajé la cabeza y uní nuestras bocas. Sentí que una corriente me recorrió desde la cabeza hasta
los pies. Jamás había experimentado algo así.
El beso se hizo cada vez más intenso, ella participaba de buen grado y eso me hinchó el pecho
de felicidad.
Que hermoso era tenerla entre mis brazos, que dicha poder abrazarla, besarla. Me sentí
completamente feliz por primera vez en mi vida.
Esa mujer ya me había dado tanto, y ahora volvía a entregarme más, nunca podría agradecerle
todo lo que había hecho, pero, por Dios, que me iba a pasar el resto de mi vida intentándolo.

Nos separamos, jadeando. Ella me regaló una sonrisa amplia, con ojos brillantes, que
expresaban cuanto había disfrutado de nuestro beso.
No me dijo nada, las palabras sobraban, simplemente tomó mi mano y me llevó a su casa. La
puerta se cerró tras nosotros, pero un futuro amplio y lleno de felicidad compartida se había abierto y
era todo nuestro para explorarlo y para vivirlo, juntos.
Y yo, yo no podía pedir más a la vida. Después de tantos golpes, de tantas pérdidas, de los
sinsabores, por fin veía que todo estaba cambiando para bien.

Capítulo 5
I found you here, now please just stay for a while
I can move on with you around
I hand you my mortal life, but will it be forever?
I'd do anything for a smile, holding you 'til our time is done
We both know the day will come,
but I don't want to leave you
(Seize the day – Avenged Sevenfold)

25 de diciembre 00:00
Se hicieron las doce de la noche, al momento se escucharon los fuegos artificiales, todos
alzamos nuestras copas, las chocamos, mientras gritábamos todos juntos:

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

—¡Feliz navidad!
—¡Feliz navidad!
Nos abrazamos, nos reíamos y nos deseamos muchas felicidades.
Abracé a la mujer que amaba más que a nada, la besé con pasión y me puse de rodillas.
A ella se le desorbitaron los ojos y se tapó la boca con las manos, no pudiendo creer el
significado de mi gesto.
— Me diste una navidad distinta, me devolviste las ganas de vivir, de creer que, a pesar de lo
malo, todo puede cambiar y mejorar de manera inimaginable.
Me trajiste luz en mi oscuridad, me enseñaste que hay gente dispuesta a ayudar por el simple
hecho de hacerlo, porque así le nace del corazón.
Me diste tanta felicidad desde el primer momento en que puse mis ojos en vos, y día a día
nuestro amor crece cada vez más.
Quiero pasar mi vida entera con vos, agradeciéndote todo lo que hiciste y seguís haciendo por
mí, quiero ser el mejor hombre, así que te pido, no, te suplico que te cases conmigo.
Metí la mano en mi bolsillo y saqué la cajita con las alianzas. Se las presenté y esperé por su
respuesta.
No se hizo esperar mucho, se me tiró encima gritando su respuesta, mientras me abrazaba
fuerte y me besaba toda la cara
—¡Sí! ¡Si! ¡Si! ¡Claro que quiero pasar el resto de mi vida con vos!
Nos besamos mientras todos a nuestro alrededor aplaudían, brindaban y vitoreaban nuestros
nombres.

Volví mi mirada hacia el cielo, y supe sin lugar a dudas que mi mamá y mi hermano estaban
felices por mí.
Por fin, después de tantos años vivía una navidad distinta, una llena de alegrías y buenas
noticias.

¿Qué más se le puede pedir a la vida?
Absolutamente nada.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

“Dos extraños”
Clara R. Sierra
A todas las personas que me acompañaron en la
despedida y en la entrada de un nuevo año.

El taconeo de una mujer solitaria se hacía eco en un callejón oscuro. Su destino era la entrada a
una discoteca que conoció tiempos mejores. Fue donde se encontraba de joven con sus amigas.
Ahora en plena madurez asistía sola al cotillón de fin de año. No le costó mucho entrar, el portero la
conocía de sobra.
La sala estaba concurrida de gente de todas las edades, clases sociales y tribus urbanas. La
penumbra era rota por focos de colores que le hacían divisar a lo lejos la barra. Al llegar se quitó el
abrigo y lo colocó en el respaldo del taburete con el bolso. Levanto una mano y pidió champagne.
¿Qué otra cosa podía pedir una noche vieja? Cuando terminó la copa se sintió incómoda e hizo
ademán de irse topándose con un atractivo hombre que le obstaculizó el paso.
─ ¿Te vas justo cuando acabo de encontrarte? Si llevo buscando alguien como tú toda la noche
─ le dijo mirándole fijamente a los ojos.
─ ¡Ya! ¿Por qué no me cuentas una de indios y vaqueros? ─ contestó airada.
─ Si quieres te cuento una romántica que no olvidarás jamás… ─. Ahora si retándola, le hizo
un gesto al camarero para que trajese una botella de champagne. Le lleno la copa y chocándola dijo
efusivo. ─Brindo por habernos conocido. ─Y ambos bebieron ─.Te toca ─. Y espero su brindis.
─Brindo por una copa gratis ─ Y rio. Se preguntó a si misma porqué no se había ido y aceptó
la copa.
─No cariño, la botella entera te pertenece, sólo acabamos de empezar ─. Sonrió desnudándola
con la mirada.
─ Brindo por el cara dura que me va a invitar esta noche.
─Cariño, no es lo único que tengo duro ─ dijo acercándose a su oído en un susurró. Ella soltó
una carcajada y se apartó de él. Era noche vieja estaba sola y aquel extraño trataba de seducirla

claramente. ¿Pero ella realmente quería eso? ¿Por qué no? Era atractivo y aunque brusco sabía
guardar las formas.
─Brindo por tener la suerte de estar junto a la mujer más deseable de la faz de la tierra. ─
Bebió y se acercó un poco más, mientras ella no rechazó el contacto. La miró con asombro abriendo
mucho los ojos ─¿Aún no te di el feliz año nuevo? ¡Feliz año nuevo! ─Sujetándola por la nuca le dio
dos besos en ambas mejillas. Ella paseaba su mirada desde sus ojos a sus labios. ─ Que poco cortés
de mi parte, ¿tampoco te di feliz navidad? ─ Esta vez le regaló los roces de sus labios a lo largo de su
cuello. ─¡Que cabeza la mía! Si no te felicité por tu cumpleaños. ─ Esta vez recorrió su rastro a la
inversa terminado mordiendo en su lóbulo. Se sentía hipnotizada por ese hombre que le ofrecía un
juego peligroso, pero divertido ─ ¡Y San Valentín! Ni acordarme de llamarte. ─ Le pasó su otra
mano por la espalda y pudo probar de sus labios el sabor del champagne.
A partir de ese momento ya no era dueña de si misma se dejó arrastrar por aquel extraño. Se
colocó contra la pared atrayéndola hacia si. Sus brazos la rodearon por la cintura lo que la obligó a
poner sus manos en sus pectorales. Los notó fuertes de gimnasio. Realmente aquel seductor la
excitaba. Pasó la punta de su lengua por la comisura de sus labios para adentrarse en ellos.
Encontrándose y reconociéndose como pareja de un baile sensual. Cada vez los roces eran más
apasionados y el abrazo más fuerte. Tanto que ambos cuerpos notaban el deseo en el ajeno,
fundiéndose en solo uno.
─ Vamos al baño ─. Le susurro él. Ella no pudo más que dejarse llevar de su mano. Entraron
en el baño de mujeres. Probó en cada puerta con desesperación hasta encontrar uno libre y entraron.
Dejando atrás la muchedumbre, el champagne y las inhibiciones. Desde fuera se podía oír los
gemidos de ambos y los golpes de las embestidas contra la puerta. Hasta que se hizo el silencio.
Cruzó la discoteca dirigiéndose a la salida con prisa. Esta vez al salir no le esperaba un callejón
oscuro. El extraño dentro de un coche le guiño un ojo y le hizo un ademán con la cabeza para que
entrase. Pasó por delante y entró.
─Le dijimos a la niñera que llegaríamos a las tres y son y media.
─¡Que se joda! ─ dijo encogiéndose de hombros y posando la mano en el muslo de su esposa.
─Pero tú no, tú sólo me jodes a mí. ─ soltó una carcajada, tomando la mano y apretándola.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

“Navidad Prestada”
Freya Asgard
Que esta navidad sea una noche de reflexión, de
hermandad y de mucho amor. Que el mensaje que
trajo el salvador sea el emblema que llevemos el año
que viene para convertir este mundo en un lugar
mejor, donde las diferencias nos hagan interesantes y
no enemigos.
Un abrazo a todos y cada uno de los que lean esta
historia y que el amor reine en sus corazones y sus
vidas.

Dos meses. Dos meses en los que me encuentro total y absolutamente perdido.
No recuerdo quién soy, quien fui, de dónde vengo, cuál era mi ocupación. Nada. Nada hay en
mi mente. Con suerte recuerdo mi idioma que supongo es nativo, aunque no estoy tan seguro.
¡Cómo fui a tener ese accidente!
Dicen que mi auto se cayó a un barranco en la carretera y que salvé de milagro. Milagro es
que pueda recordar como respirar. Todo en mi cerebro se borró como si no existiera pasado en mí.
Lo peor es que nadie me conoce. Según el doctor, puso anuncio en todos los periódicos, redes
sociales, etc., pero nadie ha aparecido, nadie me conoce. ¿Acaso el mundo también se olvidó de mí?
Y esto, hoy, es especialmente triste. No recuerdo nombres, fechas, direcciones o rostros, sin
embargo, sí recuerdo que hoy es Navidad. Me lo recuerda también la enfermera que está muy alegre
hoy, y la cocinera, que preparó un delicioso chocolate caliente y galletas como desayuno.
Agradezco estar en un buen lugar, podría ser peor si estuviera en la calle, solo, sin saber quién
soy. Debo ser honesto en decir que aquí me tratan muy bien, como a todo un caballero, me cuidan
más allá de sus responsabilidades.
Me levanto de la cama y observo a la calle, a la gente que camina apresurada aun cuando no
han dado las diez en el reloj todavía.

¿Tendré familia? ¿Alguien me esperará o sufrirá por no estar conmigo esta noche? Al
parecer, no, pues nadie me ha reclamado.
―Buenos días, mi paciente más paciente ―me saludó, con su habitual sonrisa, Tomás
Méndez, mi médico de cabecera.
Según me ha contado, estamos en una ciudad pequeña, en la que no hay muchos
profesionales de la salud.
―Buenos días, doctor.
―¿Cómo te sientes?
―Bien, igual que siempre.
―Entonces, hoy te daré el alta ―me informó con una gran sonrisa.
La mía se congeló.
―¿Cómo es eso que me voy de alta? ¿A dónde? ¿Justo hoy? No puedo irme así, de repente
―apostillé con miedo a mi futuro.
―No te preocupes de eso, muchacho, te irás conmigo a mi casa. Ya hablé con mi familia y
todos están de acuerdo.
―Pero hoy es Navidad. Yo no puedo... invadir su celebración familiar. ―A veces, me
fallaban las palabras.
―No te preocupes, serás muy bienvenido a nuestra casa, que de ahora en adelante, también
será la tuya. No puedes pasar la Navidad en el hospital si estás sano. Pasarás la Navidad con
nosotros.
―Como una Navidad prestada.
―Algo así ―sonrió el médico.
Yo sonreí aliviado. El doctor Méndez era un hombre de unos cincuenta y pocos años,
delgado, morenos, ojos marrones escrutadores, alegre y conversador. Su familia constaba de su
esposa Magda, de quien seguía profundamente enamorado a pesar de los años; su hijo David, a poco
para ser graduado de medicina como su padre; su hija Marcela, recién egresada de la enseñanza
media, aún no sabía qué estudiar, y por último, Bárbara, el conchito de la casa, de tan solo ocho años.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

David llegó a buscarme a mediodía, trajo ropa con él para salir decente del hospital.
Teníamos casi la misma edad, unos veintisiete años, era apuesto, supuse que tendría muchas
admiradoras, además, se veía buena persona, tanto como su padre, claro que no tan parlanchín como
aquel.
La casa del doctor era grande. Se ubicaba en un fundo cercano, por lo que eran varias
hectáreas de terreno las que poseía. Todo me era muy familiar. Demasiado.
La señora Magda me recibió en la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. Entendí por qué su
esposo seguía tan enamorado. Era una bella mujer. No solo por fuera, que lo era y mucho, sino
también tenía una personalidad dulce y delicada.
―Pase, pase ―me invitó con mucha cortesía―. Mi hijo le enseñará su dormitorio y luego
bajen para almorzar. Barbarita y Marcela ya están por llegar, fueron a comprar.
En eso, entró a la casa una pequeña a la carrera dando trompicones.
―¿Qué pasa? Cuidado ―advirtió la madre.
―¿Ya llegó? ―preguntó mirando a todas partes hasta que dio conmigo.
Se acercó a mí y se quedó a unos pocos pasos.
―Hola ―me saludó y se acercó más―. No te preocupes ―dijo ceremoniosa, como si
temiera asustarme, yo le sonreí y ella tomó mi mano―. Nosotros te cuidaremos ahora. Mi papá dijo
que no tenías nombre, yo le dije que yo quería darte uno.
―¿Y por qué no me lo has dado?
―Porque tenía que ver primero cara de qué tenías ―explicó como si aquello fuera obvio.
―¿Y cara de qué tengo?
―¡Baby! ―le reprendió David.
―Déjala, yo sé que debo tener un nombre, pero mientras no lo tenga, Baby me puede prestar
uno y no será NN.
Me agaché frente a la niña y sondeé sus ojos. Su alma era pura e inocente. Lo pude sentir y,
en el mismo momento en el que posó su mano sobre mi mejilla, una tibieza recorrió mi cuerpo y,

como si fuera una película, la vi durmiendo por las noches y yo velando su sueño, jugando en el
parque, corriendo de un lado a otro en el fundo.
―Ángel. Te llamarás Ángel ―expresó la niña, reventando las imágenes de mi cabeza.
―Ángel, es un lindo nombre. Gracias, Baby, esta noche tendré mi propio nombre. Aunque
sea lo único que tenga ―terminé con tristeza.
―Y una familia. Nosotros somos tu familia ahora.
―Muchas gracias por acogerme tan bien. ―La abracé y miles de imágenes cruzaron mi
mente sin alcanzar a retener ninguna. ¿Por qué sucedía eso? Acaso a esta familia, ¿ya la conocía
desde antes? ―. Si tuviera una hija o una hermanita, querría que fuese como tú ―declaré con
sinceridad.
Ella me dio un beso en la mejilla que me supo a pura dulzura.
―Ahora hay mucho que hacer ―mencionó con su característica solemnidad―. ¡Hoy es
Navidad! ―gritó con alegría pura y contagiosa.
―Barbarita tiene razón. A lavarse las manos ―ordenó la madre de familia― para que
vengan a poner la mesa para el almuerzo.
Me levanté y vi a Marcela, la otra hija. Era... divina.
No existe otra palabra para describirla. Una muchacha de ojos enormes y verdes, nariz
respingada y pequeña y unos dulces labios en forma de corazón. Una verdadera belleza, diferente a la
de su madre. Era diferente a todo. Mi corazón dio un vuelco que no pude comprender.
Al volver del baño, ya se encontraban los dos padres juntos. Me sentía como en casa, como si
aquel siempre hubiera sido mi hogar.
La tarde pasó volando entre los últimos arreglos para la Nochebuena. Magda y Marcela se
dedicaron a cocinar y yo me ofrecí a lavar la loza del almuerzo, de esa forma, podría estar cerca de
Marcela y contemplarla. Me gustaba mucho. Estaba seguro que algo así no había sentido antes.
La cena se sirvió a las nueve en punto con todos juntos a la hermosa mesa, bellamente
decorada. La familia impecable, incluso yo, que recibí una tenida nueva para usar aquella noche.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Los padres se sentaron a una y otra punta de la mesa. Los varones a la derecha del doctor y
las niñas a la izquierda. Yo quedé frente a frente con Marcela y en el instante en que cruzó su mirada
con la mía, sentí que el corazón se me saldría del pecho. Esperaba que los dueños de casa no lo
notaran, de otro modo, pensarían que me estaba aprovechando de su hospitalidad y no era así. Esa
joven conmovió todo mi ser interior y jamás podría hacerle daño o faltarle el respeto. No. Ella era
como una joya a la que había que cuidar y amar, no se podía hacer otra cosa. Marcela me sonrió y
sentí mi cuerpo vibrar como si un cable eléctrico hubiera hecho contacto con todas mis
terminaciones nerviosas.
―Antes de cenar, y como ya es costumbre en nuestra familia ―indicó el doctor Méndez―,
daremos las gracias.
A la hora de almuerzo también dieron gracias, pero la oración con la que bendijo los
alimentos en ese momento...
Una lágrima corrió por mi mejilla, la que apresuré a secar antes que se diera cuenta alguien.
No entiendo qué me ocurrió, de un momento a otro sentí algo tan inexplicable, una paz infinita, un
amor intenso por esa familia que me amparó en un momento tan vulnerable de mi vida.
Sentí de nuevo la corriente eléctrica correr por mi espina dorsal y al abrir los ojos, me
encontré con los de ella. Los de Marcela. Esos ojos verdes que traspasaban el alma y llegaban aún
más profundo. Su expresión era de sorpresa, ¿me vería llorar? Bajé la cara, avergonzado de mi
debilidad. Los hombres no lloran, me dije a mí mismo y, en ese mismo instante, mi otro yo me dijo:
“las personas sin sentimientos ni emociones, no lloran”. Y yo tenía sentimientos, ¡claro que los
tenía!, aunque no tuviera recuerdos.
A las diez, salimos afuera, a la terraza de la casa. Allí llevamos los refrescos, algunos tragos
típicos, panecillos, galletas y, por supuesto, el delicioso chocolate que había preparado Marcela.
Bárbara se sentó a mi lado y acercó sus labios a mi oído.
―¿Sabes qué es lo que más me gusta de la Navidad? ―preguntó en un susurro.
―¿Los regalos? ―atiné a contestar.
―¡No! ―Colocó su mano sobre la mía y, como siempre que me tocaba, las imágenes
aparecieron de inmediato.
―¿Entonces? ¿Qué es lo que más te gusta?

Y en mi mente la vi sentada en las piernas de su papá, escuchando atenta lo que él decía.
También la veía rodeando el arbolito para mirar sus luces y los adornos. O tirada en el suelo,
contemplando los renos que colgaban del techo, como si avanzaran directo al árbol. Y a ella, boca
abajo, esperando el momento de colocar al Niño Jesús en el pesebre junto a María.
―Ahora mi papá nos va a contar la historia del Niño Jesús, cómo nació y por qué es
importante para nosotros. ¿Sabes quién es Jesús? ―Antes que pudiera contestar, continuó―: Tú no
debes saber, porque no te acuerdas de nada.
―La verdad es que no lo sé. Sé que es importante y sé que hoy es una fecha muy especial,
pero así como saber, saber, estar seguro... No.
―¿Lo ves? Ahora vas a saber.
Tomás Méndez extendió sus brazos hacia su hija menor y ésta corrió a sentarse en su regazo.
―Papi, ¿ya nos vas a contar la historia?
―Sí, mi amor.
La familia en pleno se dispuso a oír. Busqué el rostro de Marcela, estaba tan interesada como
su hermana. Se levantó y se sentó a mi lado, en el puesto que antes ocupara Bárbara.
―Aquí estoy más cerca, allá parecía exiliada ―comentó.
―Te quité tu lugar, lo siento ―balbuceé como un tonto.
―No, no, aquí nadie tiene asiento comprado. Nunca nos sentamos igual ―respondió como si
fuera algo sin importancia.
―Hace muchos, muchos años ―comenzó a narrar el padre― vivía en Nazaret, una joven
muy hermosa y muy virtuosa...
―¿Qué es virtuosa, papi? ―lo interrumpió Baby, haciendo sonreír a su papá.
"Cada año la misma pregunta", pensé, pero enseguida lo noté... ¿Cómo lo supe?
―Que tiene muchas y muy buenas cualidades ―explicó una vez más el hombre―. Bien, esta
joven llamada María, estaba comprometida con José, un hombre de la tribu de Judá.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

La historia continuó y su forma de contarla, parecía que uno vivía allí y podía revivir cada
instante de lo vivido por aquella pareja tan particular. Debo confesar que su fe, su amor y su entrega,
hicieron mella en mí, provocando que mi corazón saltara de gozo al escuchar la oración del ángel a
María: Llena eres de gracia. ¿Y cómo no? ¡Llevaba en su vientre al Mesías, al Salvador del mundo!
Si antes no creía, ahora sí.
A las once de la noche, llegó la hora de irse a la cama, al menos para la pequeña que protestó
por lo temprano.
―Papi, yo ya estoy grande y quiero quedarme.
―El Viejito Pascuero no vendrá a dejar regalos si tú estás aquí.
―No me interesan los regalos.
―¿Ah, no?
―No ―confirmó la niña con un puchero.
―Entonces, ¿no te importa no recibir regalos?
―No, papi, a lo mejor hay niños en el mundo que necesitan más un regalo que yo. Yo quiero
quedarme y tomar mucho chocolate y seguir escuchando tus historias.
―¿Para eso quieres quedarte despierta? ¿No para ver al Viejito?
―No. Él... Él trae regalos, es cierto, pero tus historias, papi, son mucho mejores.
―A mí también me gustaba sentarme en las piernas de papá a escuchar sus historias, no solo
en Navidad lo hace, ¿sabes? Siempre que está aquí en las noches, nos cuenta algo. O conversamos.
―¿Crees que la deje quedarse?
―No sé, a nosotros nos dejaron cumplidos los doce y ella tiene diez.
Su codo rozó con el mío y la imagen, al igual que me ocurría con Barbarita, no se hizo
esperar.
―La primera vez que te quedaste despierta, y esperando al Viejito Pascuero, fue a los diez.
Sin permiso de tus padres ―susurré solo para ella.
Su rostro se contrajo notablemente.

―¿Cómo lo sabes?
Entonces me quedé de piedra.
―No... No sé... Solo... lo sé ―respondí más confundido que ella.
―¿Quién eres?
―Ojalá lo supiera. Llevo dos meses en tratamiento y de recuerdos nada. Hasta que llegué
aquí.
―¿Qué quieres decir?
―Vas a pensar que estoy loco, pero cada vez que tu hermana me toca, puedo verla... Verla
desde pequeña, desde que era un bebé. La veo dormida, jugando, diciendo sus primeras palabras,
todo. Y ahora, contigo, recién, mientras nos preguntábamos si tu papá dejaría a Baby quedarse
despierta, tu codo rozó el mío y pude ver esa navidad escondida detrás de la puerta esperando ver al
Viejito Pascuero. Y a quien viste fue a...
Me callé. Me percaté que todos me miraban.
―¿A quién vio mi hermana, Ángel? ―me preguntó Bárbara.
―A tu papá que la mandó de vuelta a la cama.
―Pero tú dijiste que se había quedado despierta toda la noche.
―Sí, pero ya no pudo salir de la cama.
―¿Cómo sabes eso? ―preguntó David interesado. Yo me encogí de hombros―. ¿Y te pasa
eso solo con las mujeres o con los hombres también?
―Con tus hermanas. A tu mamá no la he tocado y a tu papá sí, pero nunca he visto nada.
David se levantó y extendió sus manos para que las tocara. Pero no ocurrió nada y así se lo
hice saber. La señora Magda también quiso probar, tampoco.
―Es solo con ellas dos. Extraño, por decir lo menos ―comentó el doctor.
―Cuando pasó eso esta mañana con Baby, pensé en un momento que yo pertenecía a esta
familia, pero luego pensé que si fuera así, me lo hubieran dicho. ¿Verdad?

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

―Por supuesto, no te tendríamos engañados, al contrario, intentaríamos que recuperaras tu
pasado con todos tus recuerdos ―afirmó Magda muy convencida.
Hubo un tenso silencio. Yo no sabía qué decir. Ahora la familia sabía lo que me ocurría con
sus hijas y esperaba que el padre no se lo tomara a mal. Estaba muy pensativo.
―Hay algo que las dos tienen en común ―meditó el padre asintiendo con la cabeza, como si
él mismo se diera la aprobación.
―¿Las dos son feas? ―bromeó David.
―¡Oye! ―reclamaron las dos al unísono.
―No. Las dos son menores de edad. Las dos siguen siendo niñas ―expuso el padre como si
eso le diera algún sentido a lo que estaba sucediéndome.
Otro tenso silencio en el que me sentía como el bicho raro a quien todos observan. Algunos
con interés, otros con curiosidad y otros más, con ganas de aplastarlo.
Baby se salió de los brazos de su padre y se acercó a mí. Tomó mis manos entres las
pequeñas suyas.
―¿Qué ves? ―preguntó mirándome directo a los ojos, como si hurgara dentro de mí.
―Te veo a ti, en un columpio de madera, con una muñeca rubia en los brazos. Estás llorando.
Pero nadie lo sabe porque ellos creen que tú solo saliste a jugar. Así lo prefieres porque no quieres
darles más problemas.
Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas. ¡Ay, no! La había hecho llorar.
―¿De verdad pasó eso? ―la interrogó el padre con voz calma.
La niña asintió.
―¿Por qué, hija? ¿Por qué no confiaste en nosotros?
―Porque ustedes estaban peleando. Fue después del accidente de Marcos y mi mamá te dijo
que no quería volver a verte ni oírte, que dónde estaba Dios cuando mi hermano se murió.
La voz de la niña se quebró al decir aquello. ¿Tuvieron otro hermano que ya no estaba entre
ellos? No supe qué decir.

Silencio. La madre se cubrió la boca con la mano. El padre empuñó su mano y los hermanos
mayores se miraron sin saber qué hacer.
―¿Hace cuánto ocurrió? ―pregunté sin querer.
―Hace poco menos de un año.
―Se accidentó en febrero ―indicó Tomás.
―Lo siento, no sabía.
No lo había mencionado en la oración, o tal vez sí, pero no con su nombre o con esas
palabras.
―Gracias ―respondió lacónico.
La niña puso su mano en mi mejilla.
―Ya no duele ―me dijo y no entendí―. Cuando me acordaba de eso, lloraba, me daba
mucha tristeza y miedo, pero ya no. Ya no me duele. Gracias.
Vi una imagen de ella durmiendo y yo acariciando su cabello. ¿Cómo era posible?
―¿Qué pasa? ¿Qué viste ahora que pusiste esa cara? ―me interrogó el padre casi con
desesperación.
―No... Yo... Yo la vi a ella durmiendo y yo... yo acariciando su cabello.
―¡Eso es imposible! ―exclamó con los nervios a flor de piel.
―Lo siento, doctor, yo no... Creo que será mejor que me vaya...
―¡No! ―gritó la mamá―. No hasta que se haya dilucidado todo este asunto.
―Claro, señora ―acepté sumiso.
Si yo fuera padre de esas niñas me preocuparía, hay tanto depravado en el mundo que...
―Dime qué ves en mí ―habló ahora Marcela, entregándome sus manos con sus verdes
pupilas clavadas en mí.
―Veo... No. No veo nada ―mentí.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

―No digas eso, no es verdad, no sabes mentir.
―Marcela...
―Dilo, Ángel, quiero saberlo ―ordenó el padre.
―Te veo a ti, sentada frente a tu espejo y repitiendo mil veces que a ti también te aman, que
no dejarán de amarte, que seguirás siendo la princesa... Más tarde... No se cumplieron tus
expectativas.
―¿Hemos hecho diferencia entre las dos? ―sondeó el padre.
Marcela bajó la cabeza sin contestar.
―Sí, papá. Desde que llegó Barbarita, Marcela quedó relegada a un lado. Ni de sus tareas se
ocupaban. Yo tuve que ayudarle muchas veces, porque ustedes estaban todo el tiempo ocupados con
Baby ―explicó el hermano por su hermana que no era capaz de hablar.
―¿La envidias? ―consultó la madre con temor.
―No. No. La amo con todo el corazón, es solo que...
La mujer se levantó de su asiento y se acercó a su hija. La abrazó.
―Perdóname, hija, no me di cuenta que seguías necesitando de mí.
Madre e hija se abrazaron llorando.
Barbarita me miró y volvió a tomar mis manos.
―Me gustaría pedirle a Dios el poder verte como tú a nosotras, así sabríamos de dónde
vienes y quien eres.
―Mejor le hubieras pedido que no hubiera tenido ese accidente ―replicó Marcela un poco
de mal modo y sin pensar, por la cara que puso.
―Si recordara, no tendría esta Navidad prestada ―confesé―. Y creo que no he tenido mejor
Nochebuena que esta.
―Además, no lo conocía, no podría haber pedido eso antes, pero si pudiéramos verlo por
dentro, sabríamos al menos algo de su vida ―refutó Baby con una gota de sarcasmo.

―Es verdad. ¿No has recordado nada? ―me preguntó el doctor.
―He recordado su vida ―me burlé, indicando a las hijas.
Tomás Méndez miró su reloj.
―Faltan cinco minutos para las doce. Creo que ya no te dormiste, hija, si no te llegan regalos,
mañana no te quejes.
―No me importa, estoy bien sin regalos. Aunque ya recibí uno: no llorar por pensar que se
iban a separar. Siempre estaba pensando eso, pero Ángel hizo no sé qué y ya no me da nada recordar.
―Y yo ahora sé que mis papás no me dejaron de querer ―expresó Marcela con un poco de
culpa.
―Ni nos vamos a separar ni los vamos a dejar de querer nunca, pase lo que pase y hagan lo
que hagan ―aseguró el doctor con dulce firmeza.
Seguimos un rato charlando animados. La pequeña de la casa ni cuenta se dio de la hora,
tampoco preguntó por los regalos, los adultos eran los más preocupados.
―San Nicolás ―comienza a relatar el padre otra vez― era un obispo que vivió hace muchos
años. De padres adinerados, fue educado en la fe y desde niño destacó por su carácter piadoso y
generoso.
El doctor continuó la historia en tanto yo pensaba la forma en que los regalos llegaran a
manos de Baby sin que se diera cuenta que el Viejito Pascuero no existía. No por lo menos como se
lo imaginaban los niños.
―Los milagros sí existen ―resonó una profunda voz en mi cabeza.
¿Qué quería decir aquello? ¿Qué clase de persona era que podía ver recuerdos de otras
personas y no tenía ni uno solo de mí mismo? Deseé tener el poder de hacer milagros, de conceder
deseos, pues en ese mismo instante haría que los regalos apareciesen por arte de magia debajo del
arbolito. La magia de la Navidad.
Un fuerte ruido se sintió dentro de la casa. Las mujeres dieron un grito y los hombres nos
miramos interrogantes. Nos levantamos a una y entramos a ver qué ocurría. Ellas, ni cortas ni
perezosas, nos siguieron. Lo que vimos, ninguno lo esperaba. Ahí, debajo del enorme árbol de
Navidad del salón, estaban los regalos.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

―¡Vino! ―gritó Baby―. ¡El Viejito Pascuero vino!
La niña saltó de alegría en torno a todos nosotros y luego, más calmada, corrió hasta el árbol
y se arrodilló ante los regalos.
―¡Hay uno para mí! ¡Sí! ―exclamó llena de felicidad, alargando la palabra―. Papi, ahora sí
puedo quedarme despierta todas las navidades.
―Ya veremos, hija, ya veremos ―contestó el padre complacido y muy, pero muy
sorprendido.
Yo lo estaba más. ¿Coincidencia lo que había pasado? No lo sé.
―Tú lo hiciste, ¿cierto? ―Marcela me habló en voz baja, audible solo para mí.
―No, tú viste, yo estaba afuera con todos ustedes.
―No, tú eres raro.
No supe qué decir. Ella se movió de mi lado y se aprestó a repartir los paquetes a cada uno.
Baby fue la primera, por supuesto, le siguió su hermano, su madre, su padre y... ¿yo? No me
imaginé que recibiría algo, si a fin de cuentas, ya me habían dado mucho más de lo que merecía.
Era ropa, la que agradecí enormemente.
Los regalos no eran ostentosos, al contrario, eran muy sencillos, pero llenos del amor que esa
familia se profesaba.
La noche pasó lenta, como si el tiempo se hubiese detenido para dejarnos charlar a gusto.
Marcela se sentó a mi lado y su cercanía, su aroma, me volvían loco. También sus
conversaciones, era una chica entretenida, simpática, adorable y muy, pero muy inteligente. Cerca de
las seis de la mañana, en plena conversación, apoyó su cabeza en mi hombro. Debo admitir que sentí
un poco de miedo por su papá, mal que mal, me venían recién conociendo.
―Se durmió ―comentó el hombre sin molestia.
―No habrá quién la despierte ―agregó la mamá.
―¿La llevo a su cuarto? ―ofrecí.

―Te lo agradecería ―respondió David―. Si no, voy a tener que llevarla yo.
―No te preocupes, yo la cargo.
La tomé en mis brazos y su mamá se me adelantó para señalarme su dormitorio. Abrió la
cama y yo la deposité allí con cuidado. Ni se enteró. La miré dormir. Quise acariciar su cabello... En
mi mente me vi acariciándola muchas veces. Sacudí la cabeza. No era lo correcto. Salí de allí en
silencio, dejándola con su madre a solas.
Volví afuera.
―¿No estás cansado? Tú aún estás convaleciente ―consultó el profesional.
―La verdad es que no. La noche ha sido maravillosa. Aunque sea prestada, es la mejor
Nochebuena que he podido tener.
―Me alegra que te sientas así, muchacho. Y dime algo, de hombre a hombre, aprovechando
que las mujeres ya se retiraron. ¿Te gusta mi hija?
Menos mal que estaba sentado, de otro modo, me habría caído.
―Puedes decírmelo, quiero saber a qué se está enfrentando ella. Tú le gustas. Y mucho.
―Su hija es un ser maravilloso, señor, es hermosa, dulce, agradable, divertida.
―Y gruñona ―agregó David, risueño.
―Solo un poco ―admití igual de divertido.
―Te gusta, entonces ―señaló.
―Claro que sí. Mucho.
―Espero que no quieras jugar con ella.
―Jamás lo haría. Si quiere que le diga la verdad, en cuanto la vi, algo pasó en mi interior que
creo no haber sentido jamás. Fue una sensación inexplicable.
―Bueno. Solo espero que cuando recuperes la memoria no te olvides de ella.
―Dudo mucho que pueda hacerlo, aun si lo hiciera, creo que al verla, volvería a sentir lo
mismo.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

―Tienes mi permiso para conocerla y enamorarla, no creo que te sea difícil.
Y así, con el consentimiento de su padre, comenzamos a salir cada tarde a caminar. Me llevó
al pueblo, anduvimos a caballo por el fundo, nos bañamos en el río y compartimos mucho, hablamos
de todo, de sus sueños, de sus metas, que no las tenía muy claras, no sabía muy bien lo que quería
hacer ahora que había salido del colegio, por lo que se tomaría un año sabático. Nos tomamos de la
mano en la primera salida y mi mente no dejó de mostrar imágenes de ella en situaciones parecidas,
pero sola, nunca conmigo, pues en algún momento pensé que ellos sí me conocían pero no me lo
decían por mi condición de amnésico, sin embargo, no era así.
El día treinta y uno de diciembre fue especialmente caluroso. Salimos los tres hermanos y yo
al río, temprano en la mañana. Allí, mientras David y Baby se bañaban, me declaré a Marcela y le
pedí ser mi novia. Ella me respondió que no sabía, que lo pensaría. Yo quería darle todo el tiempo
del mundo y así se lo hice saber.
Volvimos a casa y ella se encerró con su padre en el despacho. Aquel día él no tuvo turno y
ya no trabajaría sino hasta el dos de enero.
Esa tarde no volvimos a hablar con Marcela, excepto en grupo, preparando todo para la
noche.
Mi estómago se contraía cada vez que recordaba las doce de la noche. No sé por qué me
producía un escalofrío muy desagradable y una tensión poco habitual en mí. Por lo menos hasta ese
momento.
La cena, al igual que para Navidad, fue amena y más tarde salimos al jardín. Marcela se sentó
a mi lado y cogió mi mano. Mil imágenes pasaron por mi cabeza, como siempre. Ya no molestaban.
Entre conversación y conversación del año viejo y del nuevo ad portas, de planes, metas,
cosas cumplidas, por cumplir, el cierre de ciclos y nuevos horizontes, dieron las once cuarenta y
cinco en el reloj y mi estómago era un nudo que no se desharía muy fácilmente.
―¿Qué te pasa? ―me preguntó Marcela en voz baja.
―Estoy un poco nervioso.
―¿Por qué?
―No sé, he andado todo el día así.

―Quizás este día sea especial para ti.
―Puede ser. No recuerdo.
Ella apretó mi mano y sus ojos se entristecieron. No dije nada, ¿qué decir? Yo no sabía mi
pasado y si esta fecha era o no especial, no lo sabía, pero que algo significaba, algo significaba.
Cinco minuto antes de las doce, entramos a ver la televisión para contar, con uno de los
programas especiales, el descuento de los segundos. Marcela tenía tomada mi mano, David estaba
con Baby y los padres también de la mano.
―Cinco, cuatro, tres, dos, ¡uno!
Marcela me abrazó y me dio un beso en los labios. Quisiera decir que lo disfruté, pero no. Caí
al suelo como un saco de papas.
Todos llegaron a ayudarme y nadie entendía lo que ocurría. ¿Cómo lo sé? Porque yo, Ángel,
como me bautizó Baby, era el Ángel de la Guarda de esa familia y, por esas cosas de la vida, me
enamoré de la hija mayor. Dios me dio la oportunidad de bajar a la tierra y conquistarla, pero cuando
sucede eso hay tres condiciones: la primera, te olvidas de todo; la segunda, solo tienes una semana
para enamorarla desde que la ves, y tercera es que, si no resulta, vuelves a ser ángel, pero de otra
familia, lejos de aquella.
Mi Padre fue benevolente conmigo y me dio una hermosa Navidad prestada para
conquistarla. Pero mi plazo vencía el treinta y uno de diciembre a las cero horas.
No lo conseguí. Fue muy tarde. Ahora, volvería a ser un ángel, pero lejos de ellos, sería
destinado quizás a qué lugar del mundo.
Vi a padre e hijo luchar por mi vida en el suelo. A Marcela llorando abrazada a su madre y a
Baby. Y renegué. Renegué porque desde ese momento en adelante, sus Navidades y Años Nuevos
nunca volverían a ser iguales. Siempre, a pesar del poco tiempo, caería sobre ellos una sombra de
tristeza. Ya habían perdido un hijo y seguían luchando. Me habían prestado su Navidad para estar
con ellos y...
¡No era justo!
―Nadie dijo que la vida era justa, hijo ―oí decir a mi Padre.
―Padre... ―Me avergoncé de mis pensamientos.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

―Esto es parte del proceso, ¿acaso no te lo dije? ―me pareció que bromeaba.
―No.
―Para terminar de convertirte en humano, debe pasar esto. Ellos lo sabrán, sabrán quién eres
y por qué. Respecto a su hijo, diles que él está conmigo, bien, feliz, y que se alegra de verlos tan
bien. Siempre está con ellos y que no teman hablar de él, que no hay nada de malo en sufrir la muerte
de un hijo, por más que no la entiendan y se enojen. Es parte del proceso y yo, mejor que nadie, lo
entiendo bien. Mi hijo también murió, y de una forma muy dolorosa. Ser Dios no me quita el dolor
de haberlo visto sufrir así, por eso puedo entender a los padres. Diles que no teman, que todo está
bien, que no es falta de fe. Su hijo no era feliz en la tierra, ¿sabes? Externamente demostraba que era
una persona libre de prejuicios, alborotada, pero su interior estaba demasiado herido. Nunca hubiese
sido feliz. Jamás.
―¿Por qué tanto dolor, Padre, si su familia es buena?
―Era algo interno de él, situaciones que jamás las contó a nadie que lo tenían muy oprimido.
La forma en que lo dijo, me dio a entender que no me diría lo que era, y no había recuperado
mi memoria de ángel para saberlo.
―Ahora, volverás a la tierra, sabiendo lo que fuiste en el mundo espiritual, pero sin recordar
nada de esta vida. Ellos lo sabrán. Sé feliz, hijo, recuerda que siempre puedes contar conmigo.
―Gracias, Padre.
―Ve.
Una niebla blanca me rodeó. Un dolor lacerante recorrió cada terminación nerviosa de mi
cuerpo, sobre todo en mi columna. Estaba perdiendo mis alas. Quería gritar, pero mi boca estaba
cerrada como a fuego. Fueron momentos muy duros. Al abrir los ojos, ahí estaba la familia en pleno
mirándome asombrada.
―Ángel... ―musitó Baby antes que nadie―. ¡Eras mi Ángel de la Guarda! Por eso... Yo
sabía que te conocía.
―Eras quien más podía recordarme.
―¿Por qué solo podías vernos a nosotras? ―me interrogó Marcela, conmocionada.

―Porque son menores de edad, siguen siendo niñas ―respondí.
―¿Tendré un cuñado mitad ángel, mitad humano? ―bromeó David.
―No. Ahora soy por completo humano. Ya perdí mis alas.
―Muchacho, siempre supe que eras especial, pero no tanto. ¡Qué privilegio el haberte dado
hospedaje y cuidados! ―mencionó el doctor.
―Estoy muy agradecido de eso, doctor.
Magda estaba en un rincón, con lágrimas en los ojos. Me acerqué a ella y tomé sus manos.
―Su hijo está con Dios y mandó a decirles que está muy bien, que es feliz y le alegra verlos
bien. No teman llorar su muerte, vivir su luto, enojarse... Es normal en el proceso.
―¿Y la fe?
―Eso no es falta de fe. Perder a un hijo es el dolor más grande de un ser humano y eso Dios
lo entiende muy bien. Así que tranquila, usted y su familia deben hablar. Su hijo jamás hubiera sido
feliz aquí, según me dijo mi Padre, él tenía muchas heridas, mucho dolor y ya no quería seguir
viviendo. Ahora es feliz.
―Siempre se puede ser feliz.
―Tal vez no, mamita. Sabes que él lo quiso así y la mayor preocupación de ustedes era que
Dios no lo recibiera por eso, pero ahora lo sabes, ahora sabes que está en el cielo y que lo
volveremos a ver algún día ―la consoló el hijo.
La madre lo miró con los ojos llenos de esperanza y se abrazó a él.
―Es verdad, hijo ―dijo riendo―, es verdad, él está con Dios, descansando y feliz,
¿escuchaste, Tomás? El niño está en los brazos de Dios.
―Sí, claro que lo oí y esto confirma una sola cosa, nadie más que Dios sabe a quién recibe en
su Reino, nadie es dueño de una verdad que solo le pertenece a nuestro Creador.
El padre se unió al abrazo de madre e hijo y las chicas también se abrazaron a ellos.
―Ven, muchacho, eres parte de nuestra familia, un hijo más para nosotros ―me invitó
Tomás, obedecí de inmediato―. ¡Feliz año nuevo a todos!

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Y aquel abrazo marcó el inicio de una nueva etapa en nuestras vidas.
Lo que partió como una Navidad prestada, terminó como una vida plena al lado de la mujer
que amo y de la familia que, sin pedir nada a cambio, me acogió como a un hijo más.

FIN

Para mí la Navidad es amor, es entrega, es algo que va más allá de los regalos. La Navidad es
dar el corazón. Y no por una noche. Para mí la Navidad es cada vez que nace un nuevo día. Solo que
este día, la Navidad, es más especial, pues es el día en que hasta las guerras se detienen. Por una
noche, y ojalá algún día sean más, el mundo respira paz.
Eso es Navidad para mí: Paz y Amor.

~LA NOCHE DE LA ESTRELLA~

Por Algunas Autoras:

Mi sentido de la Navidad es un poco contradictorio. Ya me faltan familiares en la mesa, pero en vez de
entristecerme, me alegro que hayan pasado por mi vida. Me encantan las luces, los árboles decorados, el portal de
Belén… Socialmente disfruto del lado frívolo y consumista de la navidad y a solas es cuando pienso en el cierre de
un ciclo y el principio de otro. Puede que el culpable de mi punto de vista, fuese el descubrimiento de los regalos de
Reyes con 5 ó 6 años y el sentimiento de que todos me mentían. No creo en la Navidad en sí, creo y adoro a los que
me acompañan en estas fechas.

Clara R. Sierra.

Si tengo que ser sincera, hoy por hoy no me gusta la Navidad, por la simple razón de que trabajo en comercio y al
estar metida de lunes a domingo doce horas en una tienda no la disfruto. Pero recuerdo lo que era para mí de
pequeña, recuerdo esos días con emoción nervios, yo y mi hermana esos días no juntábamos en lo habitación y
dormíamos en la misma cama, esperando con nervios los regalos para el día siguiente. Recuerdo juntarnos toda la
familia, y en esa época éramos muchísimos. Mi abuela ponía una mesa preciosa con tonos rojos y dorados velas,
reíamos, comíamos, jugábamos y nos daban altas horas de la noche. Era tiempos de estar en familia donde
disfrutábamos unos de la compañía de los otros, y reíamos pensando como serian estos días cuando fuésemos
mayores. Pero personalmente pienso, que la magia de la Navidad se está perdiendo, con tanto consumismo. Hay
mucha gente que deja de reunirse por faltas familiares, y pienso que son costumbres que jamás deberían de perderse,
habiendo niños en la familia o no. Son momentos únicos para reunirnos con los nuestros, momentos que hay que
vivirlos y disfrutarlos porque al año siguiente quizás no estemos los mismos. Creo que la Navidad debería volver a
ser algo mágico para todos.

Ainhoa S. Gómez

“Navidad es unión, es amor, es un buen momento para encontrar.
Para mí la navidad huele a dulce, sabe a hogar
y se siente como un abrazo de aquellos a los que amas”
Isa Quintín

Navidad para mí es un tiempo de nostalgia, donde se respiran recuerdos y amores. Es un tiempo de reflexión
profunda, de aceptación y música para el alma.
Mariela Villegas

Navidad es un momento donde se junta la magia de los recuerdos con el amor de la familia, es una canción, una
comida, un clima, una fotografía, un viaje, un vuelo, una ropa, reflexión y muchas sonrisas.
Leticia Vázquez