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UN HOMBRE ENAMORADO

Por Diego Alarcn Donayre


El amor est en baja, haba decretado Ortega y
Gasset, en sus Estudios sobre el Amor, all en 1926.
No se equivocaba. Aquella figura premoderna con la
que Jane Austen y Edith Warton haban edulcorado ros
de tinta, y que, por otra parte, le sirviera a Byron
de llave para la promiscuidad, desapareca.
De esta manera, un romntico, en tiempos de
postmodernidad, se alza inexorablemente a la
categora de hroe ucrnico, hidalgo crdulo, pobre
tipo. En efecto, una proclama romntica representa,
en estos das, una declaratoria de guerra al
stablishment sentimental, al libertinaje amoroso y el
encuentro casual. Conviene tener en claro ese axioma
antes de juzgar al Ministro Gonzales. El Ministro se
ha enamorado, ha dicho en seal abierta, y con ello
ha marcado distancia de la informalidad amorosa,
digamos, se ha puesto en las antpodas de Mario Hart.
Hay que reconocerle el coraje.
El amor, sin embargo, es una justificacin peligrosa.
Mejor dicho: Intil. Amar, al final del da, deviene
siempre en alegato vaco, tomadura de pelo, excusa
avisada. Recordemos, si no, el destino de Ana
Hermoso, ex Alcaldesa de Bormujos. A veces el amor
sale muy caro, le dijo al jurado, el mismo que, ms
tarde, la condenara por recibir un bolso Loewe de
parte de un empresario en agradecimiento a su apoyo
en la aprobacin de una censura. Segn ella, haba
sido un regalo amoroso, seguido de un te quiero. Mala
coartada.
Quizs, en el fondo, los culpables somos nosotros
mismos, tan agnsticos a los designios de cupido que,
cuando los vemos, nos refugiamos en el escepticismo.
No sera, claramente, una reaccin injustificada.
Sometidos al devenir del rechazo artero y la traicin
gratuita, una coraza de incredulidad parece una
decisin correcta.
En cualquier caso, el Ministro ha pagado los pasivos
de sus sentimientos, el resultado de la contradiccin
entre sus pulsiones y sus deberes funcionariales.
Esperemos, de todo corazn, que el futuro le
recompense. Por el momento, no hay argumento que
valga (o que acepte) un hombre enamorado. Ya lo haba
dicho Cela: El amor es un estado de idiotez
agradable.

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