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Erídano

suplemento nº 16 de alfa eridiani

Imago Futura: doce imágenes de la ciencia


ficción chilena
Eridano Nº 16
Imago Futura:

Doce imágenes de la ciencia ficción chilena

Editor: José Joaquín Ramos de Francisco

Coeditor: Luis Saavedra Vargas

Maquetador: Sergio Alejandro Amira

Ilustrador de Portada: Sergio Alejandro Amira

Resto de las Ilustraciones: Alfredo Orellana, Soledad Véliz, Roberto Barros, Bob Layton, Sebastián Gúmera, Ray

Harryhousen y Sergio Alejandro Amira

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Los contenidos del presente suplemento, sea cual sea su naturaleza,

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su legítimo propietario.

© Autor desconocido
Eridano Nº 16

ÍNDICE:
PRÓLOGO........................................................................................................................01

EL CANTO DE LA BALLENA
por Carlos Raúl Sepúlveda...............................................................................................02

ZIMBABWE
por Omar Vega.................................................................................................................10

POR EL RABILLO DEL OJO


por Teobaldo Mercado......................................................................................................23

BIG BANG BRAVO


por Raúl Zenén Martínez.................................................................................................45

SEMILLEROS
por Daniel Guajardo.........................................................................................................58

CITA EN TARSIS
por Armando Rosselot.....................................................................................................71

LOS DOS SOLES DEL OCASO


por Gabriel Mérida...........................................................................................................88

LA SEMILLA
por Soledad Véliz.............................................................................................................97

OVERFLOW
por Carlos Gaona............................................................................................................111

LA CONQUISTA MÁGICA DE AMÉRICA


por Jorge Baradit...........................................................................................................117

EL HOMBRE DE PUTNEY HILL


por Sergio Alejandro Amira............................................................................................126

EN CAZA DE ÁNGELES
por Sebastián Gúmera....................................................................................................134

ÚLTIMAS PALABRAS
por Luis Saavedra..........................................................................................................145
Eridano Nº 16
PRÓLOGO
por José Joaquín Ramos

stimado lector:
Alfa Eridiani continúa su proyecto de publicar monografías dedicadas a la ciencia-
ficción latinoamericana. Hoy le toca a Chile, un país que pese a lo desconocida y escasa
que es su ciencia-ficción, tiene unos cultores de gran calidad. La prueba está ante tus ojos.
Son doce relatos que van desde thriller psicológico hasta la space ópera, pasando por el
cuento de hadas, el relato apocalíptico y la ucronía.
Luis Saavedra introducirá mucho mejor que yo cada uno de los cuentos. Yo me limitaré
a dejar mi humilde impresión de cada uno de ellos en estas líneas. A veces será larga, a veces
será corta y a veces desvelará la trama. Quedan avisados.
El canto de la ballena de Carlos Raúl Sepúlveda es un homenaje a la libertad. ZIMBABWE
de Omar Vega nos habla de un hombre en busca de su sitio en el orbe. También nos habla de
Xenofobia y de las veleidades en las apariencias. POR EL RABILLO DEL OJO de Teobaldo
Mercado es un Thriller psicológico en el que se nos plantea la ética de la clonación.
BIG BANG BRAVO de Raúl Zenén Martínez es la space opera del paquete y como tal hay
un bueno, una chica, un villano y una aventura. SEMILLEROS de Daniel Guajardo es el moderno
cuento de hadas con sus ratas cantarinas, hombrecillos verdes y unos seres primitivos que
parecen trolls. CITA EN TARSIS de Armando Rosselot es un viaje iniciático cuyo final es
surrealista.
LOS DOS SOLES DEL OCASO de Gabriel Mérida narra el Apocalipsis en clave de ciencia-
ficción. Bueno no crean que hay una gran batalla que nos lleva a la destrucción. Una simple
bomba nuclear anuncia la llegada del día del juicio final. LA SEMILLA de Soledad Veliz relata
la historia de fulíginos y seraphins.
La prostitución es una de las grandes lacras de nuestra sociedad. Lástima que no se pueda
encontrar una venganza para los proxenetas como la de OVERFLOW, de Carlos Gaona. En LA
CONQUISTA MÁGICA DE AMÉRICA de Jorge Baradit es la cábala y no España quién conquista
América. EL HOMBRE DE PUTNEY HIL de Sergio Alejandro Amira es un homenaje a H.G.
Wells que refleja muy bien la época victoriana y los elementos que utilizó el autor homenajeado.
En tanto que Sebastián Gúmera con su relato EN CAZA DE ÁNGELES planea una venganza
contra la humanidad en clave de animé.

© José Joaquín Ramos

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Eridano Nº 16
EL CANTO DE LA BALLENA
por Carlos Raúl Sepúlveda

Carlos fue presidente de la SOCHIF, Sociedad Chilena de Fantasía y Ciencia Ficción, en la última
época de su vida. Eso quiere decir que invirtió casi veinte años en una institución que no tenía
dinero ni influencia, en una sociedad en la que se trabaja como promedio casi diez horas diarias.
Durante su mandato, si no mal recuerdo, se organizaron al menos tres convenciones de ciencia
ficción (incluida la primera de todas) y muchas más actividades relacionadas, se imprimieron cerca
de veinte números de boletines y fanzines, y nucleó el antiguo fandom chileno bajo una sola
organización. Ante todo, inauguró la edad actual de la ciencia ficción en Chile. Carlos pasó a mejor
vida hace poco.
exxSiempre me gustó más el cuentista y poeta que el novelista. Sus obras más largas se pierden
en las ramas de su propia arboladura y el ritmo se resiente mucho, se desvigorizan hasta quedar
exánimes. En cambio, le he leído poemas que tienen esa sonoridad que se agarran a la memoria
y siguen sonando mucho tiempo después; otros que están escritos por el satírico y burlesco tipo
que conocí. En cuánto a sus cuentos, todos beben de la misma fuente vernácula de la literatura
latinoamericanista; por eso, aunque estén situados en lejanos futuros, comparten una misma raíz
con Macondo.
exxEL CANTO DE LA BALLENA, su cuento que más me gusta, me remite a una conversación que
tuvimos y que recordé en un escrito, que se incluye en el homenaje que el ezine Puerto de Escape
le preparó.
“Lo de las ballenas fue cuando me preguntaste si había visto alguna vez una en vivo.
Respondí que no. Entonces me contaste cuando fuiste mar adentro en unas de esas barcazas que
sorprendentemente podrían navegar hasta Marte. Que siempre pertenecen a hombres llenos de
costras y que cuando se embarcan se olvidan de todo, hasta de la madre tierra. El bamboleo ya
no te afectaba, tampoco el cielo de nieve sucia. El mar a veces parecía una pátina de aceite entre
grisáceo y azul profundo, y otras un campo de penachos blancos dinámico y ensordecedor. El
viento y las gaviotas siempre como compañía. No sé si viste delfines en tu viaje por alta mar, pero
te encontraste con algo un poco más grande. Una rueda inmensa violentando las aguas, de una
superficie irregular y gastada como la cara más antigua del mundo, llena de pequeños crustáceos
y arañones que salían y volvían a entrar al mar. Apuesto a que te hubiera parecido un molino
antediluviano que mantenía las corrientes marítimas circulando, colocado allí por los gigantes
bíblicos de El Retorno de los Brujos. Y no terminaba nunca de dar vueltas hasta que la ilusión se
rompió cuando la cola de la ballena se alzó destilando agua, componiendo microarcoiris que
duraron un segundo. Esa vez, mientras me lo contabas, ilustrabas tus palabras haciendo periplos
en el aire con un brazo y la imagen fue tan vívida que también puedo decir ahora que he visto
ballenas en la mar abierta.”
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Eridano Nº 16 El canto de la ballena

Sig dio un puntapié a la lata haciéndola rodar por el declive hasta la espuma.
El basurero aparecía contenido por una banda de arena señalada con las fluctuaciones
de la marea.
Más allá de sus orillas el mar se movía como un animal verde.
Sigmund solía caminar durante horas por la playa, con los ojos en el horizonte para no
ver la línea de camiones volquetes dejando su carga y moviéndose hacia la carretera junto al
mar.
Le gustaba encontrar maderos blanquecinos de sal, esqueletos de peces, oscuros manojos
de algas, conchuelas y, muy raramente, pájaros.
Cada vez había menos aves.
Sig podía recordar todavía a las gaviotas, los petreles de las tormentas y a los pollitos de
mar escribiendo con sus huellas en la arena mojada una caligrafía destinada exclusivamente
para él.
Ahora, aún cuando le parecía verles, nunca estaba seguro de que las lejanas sombras
blancas no fuesen sólo espumas en las crestas de las olas.
Si llegaba a encontrar una gaviota muerta, ya disecada por el sol, Sigmund experimentaba
una sensación de identidad, como si entre la chatarra y el caos del basural, aquellos despojos
de plumaje arremolinado por la brisa y él mismo, fuesen lo único reconocible sobre la Tierra.
Cerca de la granja corría el gran canal llevando el océano tierra adentro para subdividirse
al llegar a las construcciones en una
red azul que desaparecía bajo los
cimientos y el promontorio de
las esclusas.
En Salinas 36, donde
Sig trabajaba, había 114
canales, doce silos, una
empacadora poligonal y
cuatro torres de sangre
distribuidas en perfectas
hileras.
Él era el humano de
la granja.
Lo cierto es que tal
calidad no constituía
ninguna distinción, Sigmund
no siempre funcionaba bien,
requería de mayor
mantenimiento y su C.I. era
inferior a muchos de los cíbers
que funcionaban junto a él.
Tropezó con un riel

03
Eridano Nº 16 El canto de la ballena

magnético y estuvo a milímetros de caer bajo las palas de un volquete Morón III, quien levantó
en respuesta sus pinzas articuladas.
–¡Salga, salga! –tosió el altavoz–. ¡Peligro! ¡Salga!
Sig se desvió de mala gana.
Toda esa semana había estado experimentando un creciente desasosiego, una inquietud
cuyo origen no podía precisar y que le hacía ser más torpe de lo usual.
Tan torpe como un Morón III.
Aquellos estúpidos carros de basura trabajaban junto a la playa hasta donde su vista
podía alcanzar y aún más lejos, hurgando entre elementos reciclados, clasificando, empacando
o depositando materiales como una laboriosa colonia de cangrejos metálicos.
También, al igual que esos vehículos, él era un retrasado.
Nunca se lo habían dicho pero Sigmund lo sabía.
–Un poco más lento. –Había determinado la máquina educadora, y finalmente–. Necesita
una programación diferencial.
La especie de las ballenas azules, modificada para su cría en cautiverio, poseía una enzima
adicional añadida genéticamente lo que permitía alimentarla con forraje como cualquier otro
herbívoro.
Sig terminó su trabajo después de acariciar la última cabeza.
Aquellas bestias necesitaban del hombre no sólo en lo relativo a la cadena trófica en la
cual se les había insertado, sino también de su amor, del calor que venía de sus manos con
una temperatura semejante a la de la sangre que bombeaban los corazones de las criaturas
marinas.
Sig regresó junto a Namú, su reproductora de largo embarazo anual, manipulada por
máquinas inseminadoras, alimentada y cuidada por brazos mecánicos que emergían suavemente
de sus émbolos.
Namú que gemía con profunda voz de órgano en respuesta a las caricias de Sig. Una
ballena azul, el animal más grande en la Tierra, con su lomo gris pizarra y el vientre jaspeado
en pliegues verticales como el fuelle de un acordeón.
Un vientre que este año había dejado de ser fértil.
Al fin Sigmund supo qué era lo diferente, lo que le había inquietado todo el tiempo. De
pie, junto a la cabeza de su amiga, permaneció tratando de imaginar lo que sucedería, ajeno
al enorme y desbordante canto que las ballenas entonaban para él.
Namú, finalmente, sopló y de sus espiráculos brotó un geiser de blanca niebla, el aire
caliente de sus pulmones que en contacto con el frío se condensó en gotas de agua que fueron
a repiquetear sobre la chaqueta de hule.
Por un instante la ballena permaneció así, cantando, soplando y aspirando para luego
sumergirse silenciosamente, en arco el inmenso dorso, semejante a una rueda cuyo giro parecía
no concluir jamás.
Más allá de las puertas traseras del establo el canal central se orientaba, bajo un largo
pasadizo, hacia la torre de sangre.
Por allí llevarían a Namú con los ballenatos añojos y las reses que hubieran concluido,

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Eridano Nº 16 El canto de la ballena

al igual que ella, su período fértil.


Sig caminó junto al canal. No había rieles ni patín transportador pero tampoco estaba
previsto que alguien entrase en la sección.
Namú…
–Tal vez pueda seguir viéndola, aunque sea muy de tarde en tarde, o quizás algún día
pueda volver –se dijo.
El agua del canal se movió en una fronda oscura que delataba el paso de un grupo de
ballenas.
Era una docena de cetáceos que, acicateada por arpones que emergían desde las paredes
del canal, pasó flotando como un manojo de globos desinflados a medias.
Al fondo, Sig pudo ver cómo se abrían las puertas franqueando el paso hacia la torre de
sangre y las exclusas corrían sobre sus rodamientos dejando escapar una cruda luz blanca.
El idiota trotó, temeroso de que las planchas de acero volvieran a cerrarse antes de que
él pudiese ingresar al recinto.
Diez, quince años habían transcurridos desde su incorporación al sistema de Salinas 36.
Sigmund no tenía una noción clara del transcurso del tiempo pero jamás había salido del lugar
que ocupaba como engranaje humano, una pieza más, ajena a los propósitos de la estructura
productiva.
Pudo ver ahora, con incredulidad, cómo el espacio en que terminaba el canal subía como
un ascensor haciendo que el reflejo del agua retornase por sobre el dique cerrado.
Los demás niños habían sido transportados hacia lejanos planetas, a deslumbrantes
laboratorios, a ocupaciones inimaginables, pero Sig había permanecido hasta llegar a ser un
granjero.
Pensaban que él no sabía, pero estaban equivocados. No podían oír esa vocecita que
hablaba en su interior todo el tiempo.
Alguien que le decía: ¡Sig, corre!
Y él echaba a correr con el viento en la cara, sobre la arena húmeda, dientes apretados
y ceño fruncido, corriendo, corriendo junto a la ola verde que se desplomaba como un cristal
turbio. Corriendo hasta que el corazón quería escapársele por la boca y el aire que entraba en
su nariz ya no bastaba para llenar sus pulmones y las rodillas le comenzaban a temblar y, no
sabía por qué, al dejarse caer por el suelo sentía que todo había sido inútil.
El timer en su muñeca comenzó a parpadear frente a los establos dando a la máquina
una palmada de reconocimiento.
Al otro lado del puente, en la caseta de acceso, calzó las botas de caucho que le llegaban
a los muslos y vistió su ropa de hule.
La nave central del establo mediría aproximadamente dos kilómetros. Desde su techo
resplandecían millares de luces y enormes grúas y brazos mecánicos se desplazaban sobre
rieles, comandados por un cerebro principal, levantando exclusas, moviendo fardos, subiendo
y bajando con la escueta perfección de un acto programado en su óptima eficacia.
Sigmund oía el chapotear inquieto mientras el heno descendía hasta los comedores
subacuáticos.

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Eridano Nº 16 El canto de la ballena

Aunque no se había detenido a pensar en ello Sig sabía que aquella agitación se debía a
él.
Los animales le aguardaban.
–Vamos –ordenó subiendo al patín.
La máquina inició el circuito.
No había en todo Salinas 36 un cíber que pudiera reemplazarle en ese instante.
El patín avanzó unos treinta metros junto a la mole azulina que afloraba en el canal y
Sigmund se inclinó hacia ella por un par de veces rozándola con la mano.
Un sonido profundo, semejante a un gran fuelle que soplara o el piafar de un caballo,
respondió a su contacto.
Sig detuvo el vehículo y se agachó para observar mejor.
Un ojo redondo, vivo, de color castaño con reflejos azules, asomó en el enorme costado.
La pupila era brillante como un trozo de cristal, dulce y despierta, plena de conciencia.
Allá lejos, la aleta caudal dio una palmada sobre el agua y miles de litros se escurrieron
por los bordes del canal.
Namú le saludaba.
Aquella ballena era la favorita de Sig. Tenía exactamente treinta y dos metros desde la
alta proa de la cabeza hasta la doble aleta horizontal que remataba su extremo posterior.
En el piso, agitándose desdichadamente, quedaron las reses escogidas, aplastadas por
la gravedad terrestre.
Desde el techo del cilindro que formaba la torre de sangre, como una monstruosa araña
que moviese coordinadamente sus patas, bajó una estructura cuyas agujas articuladas se
insertaron con precisión en la base del cráneo de los animales.
Al introducirse las jeringas, los cetáceos trazaron un arco en que casi se juntaban las
cabezas con las colas para luego azotar con violencia contra el piso metálico.
Las convulsiones no habían concluido cuando entraron en función unas largas cuchillas
retorcidas, aceros destazadores que rebanaban a las víctimas casi al nivel del suelo poniendo
al descubierto la nívea blancura de la grasa.
El metal rasgaba como si trabajase sobre papel con un sonido seco similar al de una tela
que se rompe.
Un olor nauseabundo impregnó su olfato; estanques de sangre y linfas estomacales, las
lenguas gelatinosas, manojos de intestinos humeantes derramándose en racimos azules,
amarillos y rojos.
Sig, con los ojos llenos de lágrimas, se apoyó en el muro y volvió el estómago.
Todavía se estremecía con secas arcadas cuando una cuchilla, atraída por el movimiento
trazó sobre su pecho un largo surco rojizo.
Los tubos gorgotearon recibiendo la sangre de los sacrificados. Grandes rastrillos
comenzaron a moverse.
Las paredes se abrieron como encías desdentadas y en sus huecos se comenzó a depositar
los bloques de grasa.
En el mundo incendiado el humo se extendía como una niebla caliente y pegajosa mientras

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Eridano Nº El canto de la ballena

la grasa líquida se escurría hacia los tambores arrastrados por bandas transportadoras.
En el centro del recinto podía verse un grupo de jaulas de marfil desnudo que Sig no
lograba relacionar con las ballenas.
El retrasado permanecía inmóvil, apretado contra el muro, atento a los aceros que
buscaban, tajaban y rastrillaban el lugar de la masacre.
Un crujido le arrancó de su marasmo.
La araña carnicera había sido elevada replegando patas, cuchillas y jeringas de succión
y desde las alturas, semejante a la cabeza de un martillo, descendía una tapa del diámetro
interior de la torre triturando la población de huesos.
Los largos collares de las vértebras, las costillas dispuestas como el armazón de un navío,
los cráneos simulando tapas de piano, restallaban como madera que se parte y los tubos e las
compresoras succionaban médulas y arenillas de oseína y fosfato tricálcico.
Sig, ya de rodillas en el piso, vio descender la prensa y comprendió que nada podría
detener a aquel aparato digestivo e impedir que le aplastara como uva, sumándolo a las proteínas
ya cosechadas.
Un sollozo de pánico le subió a la garganta.
Inútil, todo era inútil, su piel cedería finalmente y su pulpa, mezclada en sangrientos
aserrines, pasaría por los ductos hasta asépticos envases.
Rodó hasta la pared por puro instinto y sin vacilar se escurrió en una de las parrillas
destiladoras de grasa que comenzaban a cerrar sus compuertas.
Sobre el lecho de los residuos ardientes se agitó mientras la piel se le fundía con las ropas
de hule.
Aulló descontrolado al sentir cómo chirriaba su carne al contacto de la parrilla.
Agonía, asfixia; el aire no bastaba para llenar sus pulmones.
En el exterior, con un estallido de arena mordida, las superficies de la prensa se juntaron.
A Sigmund le pareció que el par de segundos se prolongaba en una eternidad. Con los
ojos nublados vio las tapas de la parrilla levantándose mientras la muela ascendía y las
compuertas daban acceso al agua que eliminaría los residuos hasta las bocas de drenaje.
La rejilla giró expulsándole revuelto junto a los despojos humeantes.
A tientas, Sig corrió tratando de huir de la torre de sangre y de las ideas que seguían
quemándole la frente.
Namú se balanceaba dulcemente, como una niña sonámbula, en su corral y Sigmund
sintió que el mundo regresaba a lo real emergiendo desde una pesadilla.
Arrastrado por el pensamiento más allá del dolor permaneció por unos instantes paralizado
por la comprensión de su papel en el engranaje productivo, por la imagen total de su vida
anterior y rompió en lágrimas abrumado por aquella horrenda conciencia nueva.
Namú, Namú y su canto y los cuchillos.
Namú y el fuego y la sangre corriendo por cloacas intestinales, el coro de las ballenas
arrebujándole en su amor.
–Puerta 25 –dijo.
El patín rodó obediente.

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Eridano Nº 16 El canto de la ballena

Junto a la puerta 25 estaba el cíber cerebro secundario que controlaba las exclusas, el
que franquearía el paso de Namú hacia la torre de sangre.
Parecía un hongo creciendo allí, saliente en su funda protectora. Las mejillas de Sig dolían
como si el llanto fuese ácido abriendo surcos en su carne abrasada.
–Abre –dijo–, abre.
Pero el cíber no poseía un codificador para aceptar órdenes verbales. Sus instrucciones
llegaban por los cables que extendidos en las paredes del establo interconectaban el sistema.
¿Qué significaba una luz verde?
Tal vez las puertas se abriesen en secuencia y las reses…
Miró a Namú.
Suave y firme, una reja emergente desde el fondo del corral iba expulsando al cetáceo
junto a otros hacia el canal central. ¡Y Sig sabía por qué!
–¡Para, para! –Repitió reciamente.
–¡Para! –Era un grito.
Pero inexorables las fuerzas hidráulicas desatadas bajo la superficie impulsaron al grupo
de misticétidos hacia las puertas de la torre.
–¡Para!
La boca le dolía al mover los labios partidos.
Su pie golpeó contra la caja que resguardaba los delicados circuitos y el material,
resquebrajado, dejó escapar un chisporroteo.
–¡Para, para, para!
En algún lado una alarma acústica comenzó a sonar activando sensores y desencadenando
respuestas programadas con anterioridad.
Sig pegó una y otra vez hasta que vio brotar por entre los pedazos partidos de la cubierta
las llamaradas azules de los cortocircuitos. Las exclusas, como dedos de una mano cortada,
comenzaron a abrirse.
Tres carros venían rodando apresuradamente hacia la puerta 25.
Cerebros clase 3.
Sig pudo incluso identificar al Cíber-med de su mantenimiento personal por la roja cruz
de malta y el espéculo que giraba como un ojo con su lamparilla encendida.
El Control clase 1 que hacía funcionar Salinas 36 había identificado a Sigmund como la
causa del problema.
–Namú –llamó Sig–. ¡Namú!
Como un cuerpo de ballet sincronizado cronométricamente, los cetáceos avanzaron hacia
él en una ola gigante.
–¡Ven!
No estaba seguro de ser obedecido pero echó a correr junto al cauce eludiendo al cíber-
med. A su zaga, como montañas azules o enormes dioses marinos, a flor de agua, nadaban las
ballenas.
–¡Al mar!
Venían tras su voz conteniendo la poderosa marcha semejantes a niños obedientes.

08
Eridano Nº 16 El canto de la ballena

Ya llegaban al océano.
Quedaba aún la última compuerta pero Sig sabía qué hacer. Sin detenerse pateó los
controles hasta que el sistema se suspendió.
Las alarmas acústicas no sonaron pero él supo que los datos eran evaluados por Control
en ese mismo instante.
Las olas restallaban violentas sobre la bocatoma y las ballenas parecieron vacilar.
–¡Al mar! ¡Váyanse al mar! –repitió Sig.
El ojo de Namú, como un espejo convexo, reflejó la figura humana por última vez antes
de sumergirse seguida de la manada.
Sigmund aún pudo verlas emerger ciento cincuenta o doscientos metros más allá y volver
a hundirse levantando en el aire sus colas poderosas.
Con un sollozo de alivio se desplomó sobre la arena como una marioneta abandonada.
Aún estaba así cuando el cíber-med llegó hasta él, le depositó en la camilla de su carrocería
y transfirió un sedante a su sistema circulatorio.
Ocho millas más lejos Namú se zambulló en el maravilloso universo frío y verde al cual
tenía acceso por primera vez.
La ballena giró su cuerpo ingrávido y sintió que cada célula cantaba un formidable coro
de libertad.
Sólo que no había logrado encontrar el forraje.
No podía encontrarlo.
No podía.
No crecía heno en el mar.

© Carlos Raúl Sepúlveda

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Eridano Nº 16
ZIMBABWE
por Omar Vega

Omar Vega es un hombre de pelo blanco y corto, algo nervioso, que se preocupa de dar una buena
primera imagen. Es ingeniero en informática con un grado académico en ciencias de la computación.
Se declara felizmente casado y uno de sus tres hijos es ciudadano de Canadá, país en
donde su familia pasó cinco años.
exxVega vive en el futuro y le asombra que la mayoría de la gente no esté allí. Dedica mucha de
su afición en establecer relaciones entre la extrapolación técnica y científica de novelas de ciencia
ficción y el presente, y se esmera en convertir sus propios relatos en ventanas de “lo-que-puede-
venir”. La primera vez que me lo encontré, almorzamos en un autoservicio del centro de Santiago
de Chile y me dejó en claro su admiración por los escritores del género que habían acertado en
sus predicciones. Pienso que íntimamente cree que hay que tener una glándula, de la que carecemos
la mayoría, que secreta alguna hormona futurista.
Quizás una de las claves para esto se encuentre en un artículo que escribió para un ezine.
“El día en que dejemos de soñar con un futuro mejor para nuestro continente ya no tendrá sentido
vivir aquí. Mejor sería entonces desaparecer de este mundo, o hacer un paquete con nuestras
pertenencias y buscar un mejor destino en otras tierras.” La extrapolación certera es una
responsabilidad del escritor de ciencia ficción, es una obligación el brindar pistas para que
Latinoamérica deje de ser un polo de pobreza y se transforme en eso brillante e idealista que es
el futuro.
Por la misma obsesión, le gustan los techno-thrillers y los devora con avidez religiosa. Aunque
no es su única dieta, por supuesto. Se declara un consumidor masivo del humanismo y las ciencias,
con especial predilección por la física, la genética y la historia. Alguna vez me habló con mucho
entusiasmo de LAS CASAS ENCANTADAS, de Camille Flammarion, y podría hacerlo sobre un
millar de otros libros que no tienen nada que ver con la cf. Otra de sus vetas es la investigación
y preservación del género, siguiendo la misma senda que alguna vez pisó Moisés Hassón, en los
80’s. Su estudio sobre la ciencia ficción chilena del siglo XX anda por allí recorriendo varios sitios
web, y es el impulsor de la sección sobre el género en el proyecto digital Memoria Chilena de la
Biblioteca Nacional.
Su más anhelado deseo es convertirse alguna vez en escritor profesional, y agrega
misteriosamente: “ojalá durante esta vida”. Él mismo reconoce que primero debe convencer a un
editor, y aunque eso en Chile es algo más que difícil sólo ha servido para darle coraje y continuar
adelante. Por lo tanto busca nuevos horizontes. Es el único de los escritores chilenos que escribe
ficción fluidamente en inglés y ha colocado tres novelas cortas en el ezine Bewildering Stories: The
Coke Maker, A Distant Island y The Hand of God. Vega no va a dejar de vivir en el futuro, en
castellano o inglés.

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Eridano Nº 16 Zimbabwe

Soy John Smith, el último negro que existe en el mundo. No bromeo. Nadie lo hace cuando está
a punto de morir, y yo tampoco pienso hacerlo en mi testamento. Sólo pensar que una raza
antigua como la mía haya desaparecido, me llena de tristeza y rabia. ¿Por qué tuvo que extinguirse
el noble pueblo que levantó el Gran Zimbabwe, que fundió los bronces de Ife y forjó en hierro
las lanzas de los fieros Zulúes? ¿Quién fue el culpable de nuestra extinción?
Nadie nos echó de menos. Ni siquiera notaron nuestra ausencia. Nadie derramó una
lágrima por mi gente.
Era como si les molestásemos. Bastaba sólo con vernos para que dieran vuelta sus rostros,
esquivaran la mirada, o hicieran un gesto de disgusto. Siglos y siglos de desprecios. De frases
a medio terminar. De gestos a medio expresar. De pensamientos entrecortados, pero que se
entendían de todas maneras. Dondequiera hubo alguien diferente nos miró en menos, como
si portáramos en nosotros la lepra.
¡Oh, Dios! ¡Cuanta humillación!
En el fondo de su corazón, los blancos nos odiaban y se alegraron de nuestra desaparición.
No en vano les llamamos demonios, pues su carencia de color nos recordaba los espectros, pero
también por su falta de sentimientos humanos y la mirada despectiva y altanera que siempre
tenían para con nosotros.
No es extraño entonces que el miedo me
embargue. Estoy en un mundo de demonios
blancos y voy a morir por mi propia voluntad.
Acaso no vuelva a abrir los ojos. Quizás no
exista la resurrección después de la muerte,
a pesar de haber pasado ya por algo parecido.
¿Cómo saberlo? Realmente no lo sé. No tengo
certeza. Sólo sé que no podría seguir viviendo
en un mundo como éste, teniendo la
oportunidad de conocer Zimbabwe. Allá iré,
mas sólo si Dios lo quiere, pero vale la pena
el riesgo para estar con los míos.
¡Ya basta de quejarme!
Pronto vendrán por mí para que pueda
morir. No he cometido ningún delito, no. Es
sólo mi deseo de dejar este mundo con la
esperanza de llegar a otro mucho mejor.
Todo comenzó hace un año ya. Desde
mi punto de vista, por supuesto, pues siendo
objetivo ya han transcurrido milenios para mí.
Era un hombre joven y agraciado, fuerte y
temerario, como la mayoría de quienes tienen
mi edad. Me gustaban los deportes riesgosos
y luchaba por destacar en todos ellos. Siendo © Roberto Barros

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Eridano Nº 16 Zimbabwe

sincero, me movía un profundo complejo de inferioridad ante esos arriesgados hombres blancos
que fueron mis amigos. Si ellos podían hacerlo, pues yo también podía, y mucho mejor.
En verdad, no necesitaba demostrar mucho pues era un hombre rico. Mi padre fue un
básquetbolista famoso que ganó decenas de millones y mi madre una cantante popular. Entre
ambos lograron forjarse una situación económica envidiable que les ubicó en los mejores círculos
sociales de la nación. Asistí a los mejores colegios y conduje los autos deportivos más costosos.
Jamás me faltó nada. Pero seguía siendo un negro, y eso lo superaba demostrando que era más
valiente que todo el resto. Gritándole al mundo en su rostro que era el mejor.
Practiqué los deportes y actividades más peligrosos que se puedan imaginar. Escalamiento
de montañas y edificios a mano desnuda, saltos mortales en motocicletas sobre barrancos de
cientos de metros de profundidad, captura de serpientes venenosas, clavados de cincuenta
metros en el rocoso Acapulco, trapecio sin red.
Hoy me parecen increíbles los riesgos que tomé sólo para demostrar mi valor. Para
probarles a todos que un negro podía ser tan valiente como cualquiera, dejando en evidencia
lo obvio: que nosotros también somos seres humanos.
Y tenía miedo. Sí, señor, y no me da vergüenza reconocerlo. El valiente es quien supera
sus temores. Quien no siente miedo no es un valiente sino un idiota. Y sentí miedo cuando
ocurrió. Por alguna razón que no puedo explicar, presentí que ese día cambiaría mi vida
radicalmente. Estuve a punto de arrepentirme y dejar el desafío para otra oportunidad, pero
no lo hice. No quise pasar por cobarde, ni que las mujeres que me observaban pensaran que
me había convertido en un gallina. Así que superé mi temor y me lancé al vacío.
Ese día no tenía nada de especial. Se trataba de otro salto en paracaídas desde un edificio
de no más de ochenta metros de altura. Nada más que una aburrida rutina que ya había
realizado muchas veces. Mike, Peter, James y otros de mis rubios amigos habían saltado y me
esperaban en el suelo, haciendo gestos de burla, típicos de los valientes. Me ajusté el paracaídas
y me subí a la cornisa del edificio. Sujeté con firmeza la manilla y me apresté a saltar. Desde
ahí podía ver toda la ciudad y cómo los curiosos dirigían sus miradas hacia mí desde la calle.
Tendría sólo una oportunidad de abrirlo a tiempo. No podía tener vacilación alguna, pues entre
mí y el suelo no habría segunda vez, ni paracaídas de emergencia. Como siempre, si quería
sobrevivir, el salto debía ser perfecto.
Pero no lo fue.
Inmediatamente después de saltar entré en pánico, pues al tirar la manilla me quedé con
ella en la mano. ¿Qué pasó? No lo sé, pero lo imagino. Una imperfección en la tela, costuras
mal selladas, un remache suelto. Nunca supe exactamente que falló, pero ya no importa. Sólo
sé que el paracaídas se abrió, lo suficiente para alargar mi agonía, y me precipité a tierra, directo
a la muerte.
Los instantes pasaron lentos. Por mi mente desfiló toda mi vida y la angustia me sumergió
en la inacción más absoluta. Sabía que moriría en un momento. Que la vida se me escaparía
en cuanto tocase ese suelo que se acercaba veloz. Era la propia muerte quien me venía a buscar.
Mis seres queridos me contemplaban compasivos desde mi imaginación.
No sentí dolor al impactar el suelo. Sólo recuerdo el crujido de mi columna vertebral al

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Eridano Nº 16 Zimbabwe

quebrarse, cortando nervios y dejándome paralítico. Ya no podría mover otra vez los pies ni las
manos, no podría hacer el amor, no podría orinar o defecar por mí mismo. Ni siquiera podría
respirar solo. La sombra de la inconsciencia me cubrió y alivió mi angustia. Solo esperé que
el siguiente despertar me develara que todo esto no era más que un mal sueño. Una pesadilla
que se esfumaría al levantar el sol.
Pero la pesadilla persistió.
Ni siquiera salí del coma. Al menos eso pensaron los doctores y mis propios padres que
me visitaron varias veces, mientras vegetaba en la sala de cuidados intensivos. Pero sin saberlo
ellos, me enteré de todo. A pesar que no podía mover un músculo y estar más cerca de la muerte
que de la vida, les oía hablar.
Escuché el llanto de mi madre y cómo me acariciaban los cabellos rogando a Dios que
me recuperara. Escuché a mi padre pidiéndome perdón por haber sido rudo conmigo cuando
niño. Oí a los doctores comentar que mi caso estaba perdido, que ya nada se podría hacer y
que moriría en las próximas horas.
–¡Madre! ¡Padre! –Intenté gritar–. ¡Qué no se dan cuenta que estoy aquí! ¿No ven que estoy
vivo? ¡Les escucho!
Pero no salió sonido de mi boca. Fue como si mi cuerpo perteneciera a otra persona,
tendido en la camilla del hospital, lleno de cables y sensores, inservible. El terror se apoderó
de mí unas horas más tarde, cuando el doctor me revisó por última vez.
–Está muerto –dijo–. El paciente ha fallecido. Ya no hay nada qué hacer.
Grité cuán fuerte pude, pero no me salió el habla. Traté de mover un brazo, un dedo, un
párpado. De hacer un gesto que revelara que estaba ahí, vivo. Pero los doctores no detectaban
signo vital alguno y los monitores sólo mostraban las rectas verdes de un cadáver.
Un pensamiento atroz cruzó por mi mente: me iban a enterrar vivo.
Luego que los doctores me desconectaran de las máquinas, escuché a mis padres llorar
amargamente y discutir:
–Lo enterraremos en la cripta familiar que mandé a construir –dijo Papá–. Será un funeral
precioso.
–¡No puedes pensar en eso, George! –gritó Mamá, desesperada–. Era nuestro único hijo.
Tenemos que darle otra oportunidad.
–¿A qué te refieres, mujer? ¿A congelarlo? ¿Vas a volver a pensar en esas patrañas?
–¡Sí, me refiero a eso! ¡A congelarlo! Debemos darle una segunda oportunidad a nuestro
hijo.
–Pero, mujer. Tú sabes que la criogenización no es más que un cuento de charlatanes
para estrujar a los ricos y explotar su dolor. ¿Quién ha vuelto de la muerte? ¿Conoces acaso
a alguien que haya resucitado después de ser congelado?
–Debemos intentarlo, George. La clínica del doctor Patterson lanzó un nuevo procedimiento
en el que reemplazan la sangre por un preservador sintético. De acuerdo a los científicos, con
esa técnica es posible que un cuerpo pueda sobrevivir por cien años, hasta que exista la
tecnología para reanimarlo. ¡Eso quiero para mi hijo! ¡Que tenga una segunda oportunidad de
vivir!

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–¿Y cuánto costará el experimento?


–¿Te preocupa el dinero cuando es la vida de nuestro hijo la que está en juego?
–¡El está muerto, Betty! ¡Entiéndelo! ¡Nuestro hijo está muerto y ya no hay nada por hacer!
–¡Te equivocas! Sí hay algo por hacer y se hará. Salvaré a mi hijo, aunque sea lo último
que haga.
Escuché toda la discusión. En mi interior luchaba con la disyuntiva de resucitar del hielo
o de esperar que mi consciencia se apagara lentamente, sin auxilio alguno, en la soledad de
una estrecha y obscura prisión de madera.
Pero entonces no supe más. Repentinamente mi consciencia se apagó y ya nada importaba.
De acuerdo a todos los parámetros, y a todo lo que el hombre conoce, ya había fallecido. Fue
como un sueño infinito. Quedé sumido en la oscuridad total sin ver, sin escuchar, sin sentir,
sin siquiera seguir mis propios pensamientos. Era la nada absoluta. Estaba rodeado de la
sombra eterna. Había muerto.
***
Un instante después, sin previo aviso, sentí millones de agujas que herían mi cuerpo.
Comencé a sentir voces. Mi conciencia volvía en olas que iban y venían, sin consistencia ni
secuencia. De pronto tuve la certeza que me hallaba en otro lugar, en otro mundo. Había llegado
al Paraíso o quizás estaba quemándome en el Infierno. No tenía certeza, pues mis ojos aún no
se abrían. Sólo sentí la agitación de seres que corrían de aquí para allá, quizás preocupados
por mi estado. Me envolvió una pena profunda. Pensé que quizás todo no era más que un sueño
y que mi conciencia retornaría a esa fría cama de hospital, para pasar veinte o cuarenta años
de mi vida sufriendo el calvario de una invalidez sin pausa ni final. Pero estaba equivocado.
Al final pude abrir los ojos en las penumbras de una habitación, extraña y a media luz. Un
hombre se acercó y dijo pausadamente.
–No te apresures en levantarte. Estás bien, así que tómalo con calma. Te has recuperado.
Lo peor ya ha pasado. Bienvenido a casa –y sonrió.
Pero no estaba en casa.
Me desperté, aturdido, en un lugar extraño como ninguno, irreconocible, con un estilo,
colores, materiales y arte que bien pudieron ser propios de extraterrestres. Más quienes me
atendían eran humanos, si bien un poco distintos. Eran personas blancas de un aspecto un
tanto diferente del de los sajones que me tocó conocer en vida. Tenían la cara redondeada,
cabellos anaranjados, ojos casi asiáticos y uniformemente verdes.
–¿Me puedo sentar? –pregunté, realmente sorprendido, no por el hecho de estar vivo sino
por sentir y tener otra vez control sobre mi cuerpo.
–Sí, está bien, hágalo –contestó el doctor.
Me quedé mudo un instante, tratando de captar el extraño ambiente de la habitación en
que me encontraba, rodeado de texturas y objetos que no tenían sentido. A mi derecha había
una claraboya desde donde se veía un planeta verdoso rotando. Pensé que era la Tierra, pero
lucía diferente.
–¿Dónde estoy?
–Muy lejos de casa, John –contestó el doctor–. Nos encontramos en Barnard City, una

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ciudad espacial en torno a la estrella Barnard. Estamos a seis años luz de la Tierra. Estás en
tu futuro, a tres mil años de tu época. La humanidad ya ha colonizado las estrellas cercanas
al sol.
–¿Cómo llegué aquí?
–¿No recuerdas el accidente?
–Sí, lo recuerdo, y también la sensación de morir
–Pues, estabas muerto, John. Lo estuviste por tres mil años hasta que el Consejo Colonial
decidió revivirte.
–Pero, ¿por qué estoy aquí, tan lejos de casa?
–Es una larga historia, John. ¿Oíste alguna vez hablar del proceso del Dr. Patterson?
John recordó entonces que ese nombre fue mencionado por su madre después de su
muerte clínica.
–Creo que sí. ¿No es acaso aquel que desarrolló un proceso de criogenización?
–¡Exacto! El fue quien desarrolló el primer método realmente práctico. Antes de eso,
quienes se congelaron jamás volvieron a la vida.
Me estremecí al pensar en los miles de hombres y mujeres que murieron con la esperanza
en una resurrección, desde el hielo, que jamás llegó.
–¿Y que pasó con ellos y conmigo? –pregunté, angustiado.
–La criogenización médica fue prohibida hace miles de años atrás. Se hizo cuando se
comprobó que los muertos podrían ser devueltos a la vida si se quisiera hacerlo. Para entonces
había cinco millones de personas congeladas esperando para renacer, pero no había familia ni
recursos para aprobarlo. Gran parte de ellos, los irrecuperables, fueron desconectados por
resolución de las Naciones Unidas en el año 2342 y simultáneamente se prohibió la técnica de
preservación. Una pequeña parte, casi 20.000, fueron resucitados en ese momento y tuvieron
una vida plena hasta que la segunda muerte les llamó. Pero una pequeña parte, quizás 100,
quedaron olvidados en museos.
–¿En museos?
–Si. La gente quería saber como eran sus antepasados. Eran como momias egipcias que
atraían la atención del público.
–¿Qué pasó después?
–Con el tiempo se desarrolló un tráfico de cuerpos. En la alta sociedad estaba de moda
poseer un cuerpo criogenizado. Y aún cuando la práctica fue prohibida, algunas familias
mantuvieron sus momias de hielo durante siglos, hasta que la situación cambió.
–¿Y qué pasó conmigo? ¿Es qué acaso estuve en exhibición?
–Me temo que sí. Fuiste parte de la colección de momias del Barón Von Sertima, un
empresario muy acaudalado, descendiente de un escritor que se enriqueció vendiendo libros
pseudos-científicos. Su familia pasó tu cadáver de generación en generación por más de mil
años, hasta que uno de sus descendientes, Ivan Van Sertima IV, te trajo clandestinamente a
la estrella Barnard junto con la primera ola de colonizadores. El fue uno de los fundadores y
principales accionistas de la Compañía Barnard, así que nadie puso reparos a que te trajera
consigo. De eso hace ya casi cuatrocientos años.

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–¿Y por qué me despertaron ahora?


–Pues hace tres años falleció el último descendiente directo de la familia Von Sertima y
sus posesiones pasaron al estado de Barnard City. Y entre esos bienes estaba tu cadáver.
–¡Qué atroz!
–Si, y no sólo para ti. El consejo no sabía qué hacer con tu cadáver. Algunos pensaban
que debías ser desconectado e incinerado. Otros creyeron que debía dársete una oportunidad
de vivir. En esa discusión pasaron dos años. Es increíble lo que demoran los políticos en tomar
decisiones, y a pesar de los avances técnicos, siguen siendo tan ineficientes como siempre lo
han sido. Al final, los últimos ganaron la partida, pero no iba a ser fácil despertarte. Se requirió
más de un mes y el uso de la más avanzada tecnología para reconstruir tu cuerpo y tu sistema
neurológico. Afortunadamente, ni tu memoria ni tus circuitos de consciencia sufrieron daños
graves con la criogenización. Así pues, te recuperamos y aquí estás.
–Gracias, Doctor –atiné a decir, y me quedé en silencio. ¿Qué otro comentario podía hacer
en una situación tan fuera de lo normal?
***
Durante los siguientes meses comencé poco a poco a habituarme a mi nueva realidad.
Barnard City está compuesta por siete anillos O’Neill rotatorios donde viven 300.000 personas,
y tiene todas las comodidades imaginables para llevar una vida sana y plena, incluyendo
gravedad artificial, luz natural, lagos y nubes. Cada anillo provee seicientos km2 de superficie
para viviendas y áreas de esparcimiento, más una superficie similar en el nivel externo de los
cilindros, la que cobija los servicios, el comercio y la manufactura.
Me asignaron una casa de doscientos mt2 en una zona residencial del cuarto anillo de
la ciudad, ubicada en un barrio conocido como Nueva Australia. Era una zona para gente
común, sin grandes lujos, pero muy avanzado para mi época. A pesar de haber sido rico, advertí
que está gente tenía un nivel de vida mucho mayor del que tuve en la Tierra.
Desde mi nueva casa podía ver verde y agua en derredor. Otras casas similares a la mía
salpicaban los prados y arboledas de una zona que parecía prístina, cruzada por riachuelos y
pequeñas lagunas. La vista era espectacular, con un extraño horizonte que se curvaba hacia
arriba, recordándome que a pesar de la sensación natural del ambiente, de la luz clara y de
las nubes que flotaban unos kilómetros por sobre mi cabeza, vivía en un vasto hábitat artificial
en medio del vacío del espacio.
La gente era agradable y cortés, siempre preocupados de mis necesidades. Se ofrecían
voluntariamente para programar la limpieza robótica y el sintetizador de alimentos, y a conducir
mi vehículo espacial personal por el interior de las carreteras del anillo, y en el vacío para
trasladarme a otros anillos. Me llevaron por todos los sitios de interés de la ciudad: el palacio
de gobierno, el senado, la biblioteca, el museo de arte, el museo histórico, el teatro y la ópera,
sin olvidar las maravillas naturales de los anillos de Barnard: playas, mares, lagunas, bosques
y praderas, plenas de animales salvajes, seleccionados por su mansedumbre.
Me llevaba bien con todos y podría decir que hice amigos. No me discriminaron por mi aspecto
ni por provenir de un lugar tan lejano en el tiempo y en el espacio. Si alguien marcaba la
diferencia, debo confesarlo, era yo mismo con mis prejuicios tan duramente aprendidos en mi

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Eridano Nº 16 Zimbabwe

vida anterior. Sin embargo, mi salud mental se resintió. El cambió fue demasiado duro para
asimilarlo. Estaba en un mundo extraño sin posibilidad de retorno; exiliado en un país distante
para nunca más volver a mi tierra natal.
Caminaba por las calles viendo fantasmas. A mi alrededor pasaban demonios pálidos que
me analizaban hasta el último detalle. Les llamaba la atención mi color de piel, mis rasgos
fuertes y acaso exagerados. Mas eran discretos, y jamás se les escapó un comentario indebido.
No había tampoco en sus ojos la mirada de odio que percibía en los demonios blancos de mi
tiempo. Y sin embargo, sospechaba que algo pasaba por sus cabezas. No podía ser de otra
manera pues eran todos tan diferentes a mí: tan blancos.
Comencé a sentirme solo. Abandonado en un lugar distante. En una isla lejana, como
Robinson Crusoe, sin un Viernes de compañía.
En las noches me sumergía en los programas holográficos. La gran mayoría se producía
en el propio Barnard y no eran más que melodramas de tramas muy repetidas, películas con
actores sintéticos y dramas históricos, principalmente sobre la fundación de la colonia y los
heroicos mineros de los asteroides, más los eternos programas de concursos y aburridas noticias
de Barnard, un lugar donde nada pasaba. Otros tantos provenían de la Tierra, que todavía
existía, pero que ahora contaba con no más de cien millones de personas y una cultura en
plena decadencia. También había cientos de documentales y clásicos envasados, producidos
durante los tres mil años que permanecí dormido. Sin embargo, había algo más.
Una noche, aburrido de la programación, busqué nuevos canales en un cluster que no
había explorado anteriormente: programas de otras colonias. Había al menos ochenta canales
provenientes de unas cuarenta estrellas lejanas. Al verlos, fue curioso constatar la diversidad
humana de ésta época, con gentes tan distintas física y culturalmente. Gentes que emitían sus
programas desde la estrella Próxima Centauro, Ross y Proción. También me impresionaba que
esas señales tardaran décadas en ser recibidas y que lo que veía era, literalmente, producto
del pasado. Sus aspectos físicos variaban muchísimo, desde rubios furiosos, pasando por los
que parecían italianos a otros que tenían aspecto asiático. Más no veía negros.
Y fue así como mientras más conocía sobre mi nuevo mundo, más me sumía en la angustia
y la desesperación. La soledad me abrumaba. Me sentía como un ser prehistórico, embalsamado
y rescatado del olvido en un museo.
Un día cualquiera caminaba por uno de los tantos parques de mi barrio y me detuve a
contemplar los cisnes que nadaban en una laguna cercana, al borde del sendero. Apoyé mis
manos en el barandal y me puse a contemplarlos, sin prisa. A metros de distancia una pareja
paseaba con su pequeño niño de tres años. Les sonreí. El niño pequeño era muy inquieto y
movía la cabeza para todos lados. Al verme gesticular el niño gritó:
–¡Mamá! ¡Ese hombre es negro! ¡Ayúdame, mamá! –y se puso a llorar.
La mujer tomo al niño en sus brazos y me miró roja de vergüenza. Luego agachó su
cabeza. Su marido me esquivó la vista. Los padres se retiraron con la cabeza gacha, sin decir
palabra, mientras el pequeño todavía lloraba en sus brazos, y seguía repitiendo esa frase hiriente.
Al llegar a casa sentí rabia, ira y una pena profunda. Ya mi vida no tenía sentido alguno
y lo sabía. Me sentía sólo, absolutamente sólo, sin sueños ni destino, condenado a vivir una

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vida que no había escogido. Los míos estaban ya muertos hace miles de años, quizás lo mejor
fuese unirme a ellos.
Tomé mi cinturón y lo amarré a una de las barras del closet. Traje un piso y me subí a
él, y el otro extremo del cinturón lo amarré a mi cuello y me solté. Mientras me desvanecía
rogué que al fin llegara mi elusiva muerte. Sentí un crujido. En segundos perdí la consciencia.
Sin embargo, no morí. Una vez más. Desperté en la sala del hospital, rodeado de angustiados
ciudadanos de Barnard.
–¿Por qué lo hiciste, John? ¡Todos te queremos! –dijo una mujer angustiada, que reconocí
como una vecina.
–No lo intentes de nuevo, John –dijo mi doctor, con cara compungida–. Piensa en nosotros,
también. Te queremos vivo.
Me di vuelta, tratando de ocultar mi rostro. Sentía una fuerte opresión en el pecho, que
interpreté como angustia, y de pronto se me nubló la vista.
Pasaron los días, pero las cosas habían cambiado. Desde mi intento de suicidio, tenía
personas a mí alrededor todos los días. No me dejaban solo. Además, escaneaban mi cerebro
con regularidad y me veía forzado a asistir continuamente a sesiones de terapia. Una de ellas
abrió mis ojos a una nueva realidad.
–Tienes que ser sincero, John, y contarme cuál es la razón de tu angustia –me preguntó
la doctora con cara seria, pero una mirada cargada de preocupación.
–Es la soledad, doctora –contesté–. Mi mundo ha desaparecido. Mi gente ya no existe.
Soy un exiliado en un mundo extraño. No tengo razón para vivir.
–Siempre hay por qué vivir, John. Tienes que entender que la vida es un don precioso y
que todos aquí queremos aprender de ti.
–¿En serio? ¿Qué quieren saber de mí? –pregunté curioso.
–Queremos que nos cuentes de tu mundo; de tu gente. Queremos saber como fue la vida
en la Tierra de nuestros antepasados. Tú eres el único testigo de un mundo remoto que todos
amamos.
–¡Ya veo! Sólo les sirvo como pieza arqueológica. Como un documento histórico parlante
–contesté indignado–. Pues bien doctora, yo también quiero saber algo. ¿Qué pasó con mi gente?
¿Qué le hicieron a la raza negra?
La doctora me miró sorprendida, no sabiendo que contestar.
–¿A qué te refieres? –preguntó finalmente.
–Ya entendió mi pregunta. ¿Por qué desapareció la gente de piel obscura, como yo? ¿Quién
lo hizo?
–Nadie lo hizo. Fue un proceso natural –prosiguió–. Pensé que lo habías averiguado ya.
Está en nuestras enciclopedias.
–¡Explíquese!
–Todo comenzó a mediados del siglo XXI, un poco después de tu muerte. En esa época
el control de la población estaba casi completo, y cada vez más la gente recurría a la reproducción
asistida para tener bebés sanos. La ingeniería genética se simplificó y abarató, quedando a
disposición de todo el mundo. Todo comenzó muy lentamente, y nadie se dio cuenta de ello.

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Eridano Nº 16 Zimbabwe

Al principio la genética sólo se usaba para prevenir que los bebés nacieran con enfermedades
hereditarias graves, pero poco a poco la gente comenzó a requerir una eugenesia descarada.
Querían que sus hijos fueran más fuertes, que tuvieran una personalidad más firme y atractiva.
Finalmente, comenzaron a seleccionar los rasgos estéticos en sus niños.
–No entiendo.
–¿Recuerdas que en tu época las mujeres se teñían el cabello?
–Sí pero, ¿que tiene que ver?
–Las asiáticas se operaban los ojos para parecer occidentales, las africanas usaban cremas
para decolorar la piel y las europeas se rellenaban senos y traseros para hacerlos más atractivos.
La liposucción y la cirugía estética eran la norma.
–Sí, lo recuerdo, pero…
–Pues bien. Esas mismas mujeres quisieron que tan deseadas características vinieran
de nacimiento en sus hijos. De pronto, en todo el mundo, los bebés comenzaron a nacer con
ojos de colores, cabellos claros y narices perfiladas.
–Ya veo. Pero en mí época, los africanos se reproducían sin control. Se esperaba que en
un futuro no muy lejano una buena parte de la humanidad fuera negra. ¿Qué pasó con ellos?
–Y lo fue, John. A fines del siglo XXI la población negra alcanzó su cima, pero entonces
se estabilizó. Después de eso, la ingeniería genética comenzó lentamente a cambiarlos, como
había ocurrido en todo el resto del mundo.
–¿Entonces, fue un suicidio?
–No, John, fue sólo una cuestión de modas. La ingeniería genética le dio a la gente la
posibilidad de elegir cómo quería que fuesen sus bebés, y ésta lo hizo. En cuanto al aspecto
físico, se privilegiaron los caracteres más atractivos de todas las razas que había en esa época.
Fue eso y nada más: selección artificial dirigida por las leyes del mercado. Cada pareja decidía
como quería que fueran sus hijos. Es todo.
–Ya veo –contesté, y ya no supe nada qué decir. Me sentía irritado por lo que me había
contado.
¡Oh Dios! ¡Como odié a esos malditos negros que traicionaron a su raza! ¡A su propia
gente!
Entonces miré a la doctora con detenimiento. Tenía razón. Si bien era blanca, no se
parecía mucho a las personas germánicas que conocí en mi vida anterior. Era distinta. Tenía
una piel tersa y lozana como japonesa, facciones europeas pero fuertes y bien proporcionadas,
labios medianamente gruesos y un cuerpo perfecto, del tipo que sólo las atletas africanas
tuvieron un día. Sólo la coloración era similar a la de los blancos que conocí. No me había
percatado antes, pero era una mujer extraordinariamente bella, como todas las personas de
Barnard.
¿Qué podía hacer? ¿A quién podía culpar? Sólo atiné ha hacer un tonto comentario,
desilusionado como estaba.
–¿Es qué ya no queda nadie como yo en este mundo?
La doctora me miró y se le iluminaron los ojos. Una sonrisa cálida se dibujó en sus labios.
–¿Has visto el media 2715?

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–Se refiere al canal holográfico…


–Sí. Cuando llegues a casa, velo. Quizás eso te alegre un poco. Estoy segura de eso. No
lo olvides: 2715. Nos vemos el próximo lunes.
–Chao, doctora y muchas gracias –le dije, dándole un beso en la mejilla. Y me fui a casa.
Realmente no me acuerdo qué trayecto hice. Sólo sé que llegué corriendo a mi casa con
la sola intención de ver aquel canal holográfico. Traté de hacer memoria, pero jamás lo había
visto. No era extraño, sin embargo, perder un canal importante entre tantos.
Me senté y le ordené al receptor que sintonizara el canal y de pronto apareció en pantalla
un lugar que desconocía. Todas las personas que veía eran negras, como yo. Bueno, no eran
exactamente igual a mi, pues los ojos azules y los cabellos lisos y blancos abundaban, pero las
facciones y el color de piel eran, indudablemente, Africanos.
Pedí referencias y el receptor me informó que se trataba de la emisora Zimbabwe Media.
–¿De dónde transmite? –pregunte al IA de la sala.
–De Zimbabwe, ciudad espacial de la estrella WX Osa Mayor, ubicada a dieciocho años
luz de Barnard.
Mi corazón se llenó de alegría.
Desde ese momento no pude dormir durante tres días, hasta que caí rendido de cansancio.
Busqué en las bibliotecas electrónicas de Barnard toda la información que pude conseguir sobre
Zimbabwe, y era muchísima. Se trataba de una sociedad de personas negras, como yo, que
tenían un estado de desarrollo fuera de lo común. Eran muy conocidos entre los artistas de la
red por su producción de música neoclásica de alta complejidad técnica, que superaba todo
lo previamente conocido por la humanidad. Era tanta la pasión de esa sociedad por la música
que su anillo principal llevaba por nombre Ciudad Bach.
¡Quedé encantado! Entre más veía, más deseaba conocerlos. Quería llegar a ella de algún
modo. Visitar sus museos que preservaban maravillas de África y de los pueblos negros del
mundo, sin discriminar a otros humanos. Por sobre todo, quería ver la reproducción del Gran
Zimbabwe en Ciudad Bach.
Con anterioridad había escuchado la música maravillosa que transmitían canales
especializados. No era música popular en absoluto, sino composiciones tan complejas y de
precisión matemática, armónica y rítmica tal que hacían parecer simples tonadas a las
composiciones de los clásicos. Zimbabwe tenía una fama asombrosa entre el selecto grupo de
consumidores de música compleja. ¿Quiénes eran los creadores de tan extraordinarias
composiciones abstractas? ¿Qué tipo de cultura les servía de base?
Debía que conocerlos: ese sería el objeto de mi vida.
Fue tanta mi pasión que caí en otra crisis nerviosa y fui tratado nuevamente en el hospital.
Ahí fui interrogado por varios doctores, quienes me preguntaron que podían hacer para aliviar
mis penas.
–Quiero ir a Zimbabwe –contesté–. Lo único que quiero en mi vida es vivir ahí.
Se miraron sorprendidos, incrédulos, pero comprendieron. Poco a poco se esparció la
noticia de mi deseo de viajar a Zimbabwe, y toda la comunidad me dio su apoyo.
–Debes comprender que puedes morir en el viaje –me dijo la doctora–. Un viaje a Zimbabwe

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Eridano Nº 16 Zimbabwe

durará cien años. Tendrás que volver a ser criogenizado y eso supone un riesgo.
–Sí, lo sé. Pero lo quiero intentar de todas formas. En efecto, es lo único que deseo hacer
en mi vida.
–Ya veo.
–Sabe, doctora, me quise matar. Había perdido las ganas de vivir. No tenía sueños,
proyectos ni objetivos. Desde que conocí Zimbabwe, todo eso ha cambiado. Sólo quiero llegar
hasta allá. Es lo único que deseo.
–Te echaremos de menos, John –dijo la doctora, con voz temblorosa. Una lágrima rodó
por su mejilla. No entendí el por qué de esa reacción emocional. O quizás no quise entenderlo
entonces.

Muy esporádicamente se enviaban transportes interestelares a colonias lejanas, era muy


difícil justificar los costos. Pero a veces era necesario emprender esa travesía. Los principales
despachos eran algún complejo prototipo tecnológico, una obra de arte especial o un linaje de
planta único. Cuando se decidía enviar una nave, era pilotada por computadoras y ningún
humano viajaba a bordo, porque los viajes eran penosamente lentos. Llegar a WX me tomaría
nada menos que ochenta años.
Tuve una suerte extraordinaria. Por extraña coincidencia, sólo un mes después de
manifestar mi intención de viajar, estaba programado el envío de una carga de manuscritos
originales de Haendel, que Zimbabwe había requerido encarecidamente. Barnard accedió a
entregarlos a cambio de una reproducción precisa y completa de la colección de bronces africanos
de Ife.
Mi navío tenía cien metros de largo solamente y escaso espacio en el compartimiento de
carga. A duras penas cabría ahí el ataúd de hibernación y las placas protectoras de radiación
cósmica. Sin embargo, los ingenieros resolvieron con celeridad los problemas técnicos y dejaron
todo listo para el viaje en tres semanas.
Anoche me despidieron. Me emocioné muchísimo cuando cientos de miles de personas,
quizás todo Barnard, se reunió en el parque central de la ciudad para hacerme un homenaje
y despedida masiva. Les vi sinceros. En sus rostros percibí pena por perderme y comprensión
por lo que estaba haciendo. Sentí que realmente me querían, como yo también les quiero. Mi
pobre doctora fue la que peor lo pasó. Lloraba como una chiquilla. Nada pude hacer por ella
pues, aún cuando también la amaba, tenía que cumplir con mi destino. La besé sólo una vez
y le dije adiós.
Ya sólo faltan minutos para morir. Por los ventanales del puerto de embarque puedo ver
las inmensas velas extendidas del navío Centauro que me llevará a Zimbabwe, donde podré
escuchar la mejor música jamás compuesta y podré reencontrarme con mi gente. La nave
surcará el espacio vacío, propulsada a la distancia por satélites láser. En su vientre, llevará
mi cadáver rumbo a la resurrección junto a mi pueblo. Ya no seré más un hombre distinto.
Nadie me apuntará con el dedo. Sólo seré uno más entre mis hermanos.
Ha llegado el momento de cumplir con mi destino. Debo perder la conciencia nuevamente
con la esperanza de la resurrección en una vida mejor. Me aterra pensar que de nuevo moriré

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Eridano Nº 16 Zimbabwe

y que enfrentaré solo mis temores. Sin embargo no hay otra manera. Y no soy un cobarde.
Antes de cerrar este diario, quiero dejar testimonio de que mi corazón ya no aloja odio,
rencor ni penas. Sólo siente amor por los humanos de Bernard que me dieron ésta oportunidad,
y por mis hermanos de Zimbabwe que esperarán por mi llegada, ansiosos.

© Omar Vega

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POR EL RABILLO DEL OJO
por Teobaldo Mercado

Teobaldo Mercado parece haber emergido hace poco, pero es una ilusión óptica, por supuesto.
Decidió no afiliarse a ninguna institución porque su fuerte sentido de lobo estepario le indicaba
que tenía que hacer su propio camino. Aunque no es tan así y en su génesis como escritor se puede
ver la mano de Carlos Raúl Sepúlveda, presidente de SOCHIF (Sociedad Chilena de Fantasía y
Ciencia Ficción), recientemente fallecido. Ya ha publicado tres libros de cuentos y ronda el cuarto,
mientras que una novela espera a ver la luz. Él es el escritor chileno de ciencia ficción más prolífico
de la historia y parece que su ritmo de escritura no va a decaer en el futuro inmediato.
exxEs moreno, algo desgarbado y con un aire de hombre de negocios. Usa anteojos que a veces
creo que le sirven para establecer una clara frontera entre el “yo” y el resto de nosotros; a veces
su mirada es huidiza. Pero su voluntad es bien firme. Teobaldo tiene una disciplina que lo hace
escribir en todo momento, aunque fuera en una posición incómoda. Él mismo se lo dice al oído todo
el tiempo y sus anotaciones desbordan su PDA. Disciplina para él es la clave de todo, y también
la confianza.
exxLa primera vez que me lo encontré tuve la fuerte impresión de un entusiasmo muy marcado
por lo que hacía y una identificación con lo que él cree que es la Ciencia Ficción: aquel género
maldito, vilipendiado, al que se le ofrece un apoyo incondicional en contra de la maquinaria de
la estandarización.
exxEn cuánto a su material de ficción, suele usar el futuro de lo que uno llamaría “lo clásico”. Los
escenarios de los cuentos del primer Aldiss se filtran a través del tiempo y la mano de Teobaldo
a las palabras. Futuros tecnológicos bien definidos con personajes que piensan en soluciones
lógicas a retos alienantes, que nacen precisamente de la mirada humana basada en la racionalidad
de la ciencia. Y sin embargo, creo que el mejor cuento que le he leído es uno en donde la solución
lógica es inexistente, donde casi no hay pregunta sino un vagabundeo de personajes que no saben
muy bien qué hacen. Hay una nave alienígena estrellada en Santiago, pero es un artefacto casi
místico que ofrece una resistencia monolítica al conocimiento humano. En ello está precisamente
el germen de Solaris, aunque este cuento se llama Aullidos y se puede encontrar en la fundamental
antología de Marcelo Novoa sobre la ciencia ficción chilena, Años-Luz.
exxTeobaldo es una clara referencia a todos esos cultores del género en Chile que nacen bajo
piedras y se crían en el borde de la literatura con una dieta de autoediciones. Aprendió todo el
proceso desde abajo –lo que a estas alturas le da una autonomía envidiable– y se prepara para
hacer el salto cualitativo que todos esperamos hacer algún día: la edición en España. Mientras
tanto, sigue escribiendo a un ritmo que se parece a una locomotora que va por rieles medio solitarios,
comiéndose los kilómetros y segura de que llegará al andén.

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

George se desperezó lentamente, saboreando cada instante del despertar. Todavía su mente
se deslizaba entre los últimos estertores del sueño, imbuida de sus extrañas emanaciones. Miró
la cercana ventana y se incorporó a medias para oprimir el control remoto de las persianas.
Al hacerlo, la luz del sol que despuntaba alumbró su habitación, haciéndole ver una cama
solitaria y de sábanas revueltas.
–¿Ludmira? –preguntó con inquietud.
Se acomodó mejor sobre el almohadón, recordando que la mujer solía levantarse temprano
para ir a su trabajo en las afueras de la ciudad. Y –como siempre– no se despidió con la excusa
de que no quería despertarlo.
–Maldita puta –dijo en voz baja, pero sin un rencor verdadero pues su relación libre se
prestaba para esa clase de juegos.
Pensó en la hermana de Ludmira, Faviana, y en el fabuloso dúo sexual que conformaban
cuando la pasión las encendía. Eran una verdadera máquina de placer que lo dejaba al borde
del agotamiento. Bueno, cada una por su cuenta ya lo era, sino
su pecho no tendría esas marcas de arañazos
y las sábanas no estarían manchadas con
su sangre. Esperó que la próxima vez que
ambas trajeran algo de droga para
amenizar todavía más el ambiente.
Pero ahora bastaba de recuerdos y
deseos, tenía que levantarse para empezar
el día. Su jefa no era de las que perdonaba
los retrasos y él no le proporcionaría la
excusa para amonestarlo. Por ello, saltó
de la cama y se dirigió a la ducha.
Poco antes de entrar al baño creyó
distinguir una silueta en el borde
de la visión; miró con mayor
detenimiento y no pudo ver
nada. Ignoró el percance
achacándolo a la falta de
sueño y se metió bajo el chorro
de agua.
Una hora más
tarde entró al
edificio en que
trabajaba. Acercó
su ojo derecho a
la diminuta
cámara de
identificación © Alfredo Orellana

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

y la computadora de la empresa verificó la identidad. Luego, la puerta se abrió para dejarlo


entrar. Caminó hasta su escritorio, notando que pocos estaban en sus puestos de trabajo a esa
temprana hora.
–Hey, George, buenos días –saludó un hombre de estatura mediana desde la máquina de
café.
–Buenos días, Silvio –saludó a su vez–. ¿Cómo está la familia?
–Bien, pero... el pequeño sigue con sus problemas respiratorios. Los médicos dicen que
probablemente es incurable, pero todavía quedan exámenes por hacer.
–Espero que todo salga bien, sino... Bueno, tienes que intentarlo de nuevo.
Silvio sonrió con suavidad y comentó:
–Sí, por intentos no nos quedamos; ya es el tercero y no veo por qué no puede haber un
cuarto.
George no comentó nada y siguió su camino, pensando en cómo se sentiría él de haber
perdido a dos hijos y estar a punto de perder un tercero. Cierto, las pérdidas no eran completas,
pero aún así era un tema delicado. Esto le hizo recordar a su abuelo en aquel asilo, apartado
de toda la familia y sin deseos de querer...
–A las nueve y media hay reunión –interrumpió una mujer de aproximadamente cincuenta
años, contextura mediana y eternas bolsas bajo los ojos.
–Sí, señora Ann-Marie, le avisaré a los demás –aseguró el hombre con un velado desprecio
por su jefa. Pensó en lo placentero que sería amarrarla y practicar una violación sadomasoquista
frente a todos los demás.
–Y es importante, tenemos un grave problema de seguridad –añadió la mujer con algo de
preocupación en el rostro, tras lo cual se perdió rumbo a su oficina.
–Bruja de mierda –murmuró George y se imaginó la violación con lujo de detalles.
–Hola –saludó una mujer joven y delgada antes de tomar asiento en el cubículo de al lado.
–Hola, Rosa. Cuidado, tenemos reunión a las nueve y media.
–¿Cuál es el motivo?
–Sólo dijo que era por un problema de seguridad.
–Ah, bueno... Oye, no pongas esa cara, te vas a hacer viejo y amargado antes de tiempo.
–No voy a llegar a eso, pienso resucitar antes de los cincuenta.
–Y algunos dicen que yo soy exagerada.
–¿Qué sucede? –inquirió un individuo gordo y medio calvo que se sentaba al otro lado de
George.
–Hola, Samuel –dijo la mujer–. Hay reunión a las nueve y media.
–Ay, no, otra vez –se quejó y arrojó las llaves de su automóvil sobre el escritorio–. ¿Qué
será ahora, los cultivos de células, el empaquetado de embriones, las copias...?
–No lo sabemos –interrumpió George al tiempo que apoyaba las manos sobre la delgada
plancha metálica que había frente al computador.
La pantalla cobró vida al instante mientras sus huellas digitales eran cotejadas, dándole
acceso al sistema de la empresa. El logo de ManOver fue el telón de fondo para los menús que
se desplegaron. George se desplazó por ellos con suaves movimientos de sus manos, que parecían

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

acariciar la lámina metálica dando las instrucciones precisas. Verificó sus correos y respondió
algunos, empleando para ello la parte inferior de la lámina en donde un teclado se proyectó en
cuanto dio la orden para ello. Cuando terminó, hizo desaparecer el teclado para continuar
maniobrando con las manos. Estaba en eso cuando vio el mensaje de “Conexión neural por
motivos de seguridad”.
–Joder con la maquinita –murmuró y cogió el delgado cintillo que pronto rodeó su cabeza.
Inhaló con resignación, relajándose para recibir el torrente de datos en los pequeños
implantes de su lóbulo frontal. Este método, casi mente a mente, era de una seguridad a toda
prueba, pues nadie podía repetir los patrones cerebrales de otro con facilidad. Así, los datos
fluyeron en su cerebro y se enteró del delicado problema de abastecimiento en la costa. Si seguía
así, tendría que ir en persona a corregir el conflicto.
–Vamos, la reunión –dijo Samuel, remeciéndolo con suavidad para no interrumpir el
delicado contacto.
George maldijo la excesiva concentración en lo que hacía, pues la media hora se le había
pasado volando. Cortó el enlace y se dirigió a la sala de conferencias.
–Tenemos graves problemas –dijo Ann-Marie en cuanto se hizo presente y, accionando
su interfaz implantado en la muñeca, empezó a dirigir el contenido de la enorme pantalla mural.
Otra vez, el logotipo ManOver fue el telón de fondo de las imágenes.
–Ella y sus implantes caros –susurró Rosa en medio de la avalancha de imágenes, ante
lo cual George se aguantó las ganas de sonreír.
Se notaba en las caras de los presentes que la reunión los incomodaba. Pocos miraban
la pantalla con genuino interés por ser una rutina habitual y sin mayores incentivos, una suerte
de ritual corporativo en que primaban los gráficos y evaluaciones. Era el mundo de los negocios
y tenían que resignarse a soportarlo, pese a que su especialidad no estaba directamente
relacionada con ello.
–Anoche se perdió una sección entera de respaldos en nuestra sucursal de París –prosiguió
Ann-Marie y todos le prestaron atención de inmediato.
–¡Cómo! –exclamó uno de los jefes de sección.
–Hubo una falla sin identificar en el tendido eléctrico cerca del sistema de enfriamiento
–explicó la mujer–, lo cual causó un cortocircuito que dio origen a un pequeño incendio. El
fuego pudo ser controlado por los extintores automáticos, aunque duró lo suficiente para dañar
la información almacenada. Por fortuna todos los involucrados pudieron ser contactados para
que efectuasen nuevos respaldos, pero si la falla vuelve a repetirse tendremos serios problemas.
Y antes de que pregunten, les informo que se revisó el cableado sin encontrar problemas. En
estos instantes se procede a un chequeo del software neuronal de las computadoras.
Calló y todos guardaron silencio por la gravedad del hecho. ManOver era responsable de
casi el 20% de los respaldos a nivel mundial, por lo tanto, cualquier error de ellos traería graves
repercusiones. De hecho, muchos de sus empleados solían usarla para efectuar sus respaldos
personales; esa era una función vital en aquella época de gran tecnología.
–Por nuestra parte, la directiva de la compañía ha ordenado una revisión total de los
sistemas que tenemos a cargo, así que todo lo demás quedará pendiente hasta completarlo. La

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

división de tareas ya ha sido descargada en sus terminales.


Salieron de la reunión con la preocupación pintada en los rostros.
–Yo no respaldo desde el mes pasado –dijo un hombre–. Podría perderlo todo.
–Calma, calma, encontraremos el problema –dijo George, pero internamente no sentía
esa tranquilidad.
Pasó el resto del día revisando y rastreando la porción asignada de software neuronal,
indagando en cada línea de código en busca del más mínimo error. Revisó una y otra vez los
modelos de datos de las computadoras cuánticas, las únicas capaces de almacenar y manejar
tal volumen de información, pero sin resultados.
Esa noche se acostó sin echar de menos la compañía de la veleidosa Ludmira. Antes de
dormirse, recordó a Favianna y se deleitó pensando en su siguiente sesión de placer con ella,
pues era fanática de ser amarrada en ropa interior para después simular una violación.
Después de todo, la vida no era tan mala, se dijo.
***
Las noticias de la mañana eran mostradas en la pantalla del living mientras George se
servía el desayuno. No prestó mucha atención a las novedades de los preparativos de la colonia
europea en Marte, un proyecto que llevaba más de cuatro décadas en carpeta. Observó con frío
interés las estadísticas del aumento en la tasa de enfermedades mentales. Se rió con un rápido
reportaje acerca de apariciones de fantasmas en Río de Janeiro.
–Y recuerde, no olvide hacer sus respaldos a tiempo –decía el locutor cuando salió del
apartamento.
–Como si no lo supiera –replicó irónicamente.
Se dirigió a la estación del Maglev más cercana, caminando sin prisas por la calle. Al
atravesar un callejón vio por el rabillo del ojo alguien que emergía del mismo y, por una razón
desconocida, se detuvo unos metros más adelante. Giró el rostro y le pareció ver una figura
borrosa, pero antes de enfocar la vista se había desvanecido. Prosiguió su camino con una gran
inquietud, pues no solía imaginarse cosas. Se dijo que lo primero que haría al finalizar el trabajo
sería una revisión de la vista.
Cuando estaba por abordar el tren, un sujeto salió del vagón con prisa y cara de
desesperación.
–¡Me pisaste, imbécil! –protestó una mujer de edad.
–Me persiguen –se disculpó el hombre mirando sobre su hombro y señaló hacia atrás–.
¡Hace días que me acosa! –añadió con pánico en la voz.
El desconocido se perdió rumbo a las escaleras. George se encogió de hombros frente a
la interrogadora mirada de la mujer. Abordó el carro mientras pensaba en el trabajo que le
aguardaba.
A la hora de almorzar Rosa le comentó:
–Hace días que no veo a Richard, mi novio, ¿qué le habrá pasado? No contesta mis
llamados ni mensajes.
–Anda a verlo personalmente –sugirió Samuel–. Y si quieres probar algo nuevo y apasionado,
aquí me tienes.

27
Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

Los tres rieron por la broma y George añadió:


–Quizás fue a NanoWorld a seguir sus tratamientos.
–Qué va –replicó la joven con desdén–. Yo lo amenacé con no verlo más si lo hacía.
NanoWorld era la competencia de ManOver, quienes proclamaban que con sus
nanomáquinas harían inoperantes a los respaldos y sus derivados. Habían recorrido un largo
camino, de más de dos décadas, hasta obtener los permisos legales para vender sus terapias
a la gente. Ofrecían implantes neuronales más baratos y autosustentables, tratando de llegar
a la gran mayoría de las personas que no podían costearse los servicios de ManOver y similares
(más de los tres cuartos de la población mundial). Pero esta, como toda lucha comercial, estaba
en constante desarrollo.
Durante el resto de la semana se mantuvo conectado con el cintillo, hurgueteando y
revisando punto por punto la sección asignada. Nuevamente seguía sin encontrar errores. En
medio del torrente de datos que invadía su mente, un destello luminoso llamó su atención: era
el teléfono que estaba sobre el escritorio. El número de la llamada era de Ludmira, así que
contestó y la mujer le preguntó:
–¿George?
–Sí, linda, soy yo –afirmó, frenando su rastreo de datos para dedicarle una mayor atención
al rostro que se dibujaba en la pequeña pantalla–. ¿Cuándo nos...?
–No sé, no sé –interrumpió ella y se percató de que estaba nerviosa–. No puedo por ahora,
yo... –Miró a su alrededor como buscando a alguien–. Lo siento, tengo que arreglar algo y mi
vecina... Te llamo otro día.
La llamada se cortó de improviso sin darle tiempo a responder. Permaneció callado por
cerca de un minuto, perplejo por la inesperada actitud de la mujer. Marcó el número de ella y
nadie contestó.
–Mujeres –murmuró y volvió al trabajo.
***
El Maglev se veía un poco menos lleno de gente cuando lo abordó para volver a su hogar.
Miró el discurrir de la ciudad alrededor del vagón, pudo apreciar con nitidez las nubes perezosas
que derivaban por el cielo. Luego, observó a los demás pasajeros y se percató de algunos
rostros... ¿cómo definirlos?... nerviosos, sí, ése era el término. Un hombre enjuto miraba
alrededor, como escudriñando en busca de alguien. Entonces recordó una noticia que daba
cuenta del aumento en las enfermedades mentales. ¿Sería esto la demostración práctica de
aquello? ¿Era así como una sociedad demostraba sus tumores?
“Esto es estúpido”, pensó, aunque las dudas no lo abandonaron hasta bajar del tren. Iba
bajando por las escaleras en dirección a la calle cuando, de improviso, un escalofrío lo recorrió
y tuvo la sensación de que alguien lo empujaba por detrás. Se aferró del pasamanos y volteó,
creyendo que se trataba de un asaltante, pero no había nadie. Escaleras arriba, y demasiado
lejos como para tocarlo, un niño descendía en compañía de sus padres.
–Idiota –murmuró con desprecio hacia él mismo por sufrir un mareo tan repentino.
Reanudó la marcha pensando en ir a ver al doctor al día siguiente, mas el incidente lo
inquietó de una extraña manera. Ese escalofrío lo había calado hasta el corazón y no atinaba

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

a entender la razón de ello. Se encontraba pensando en eso, cuando recordó que la mirada del
hombre en el vagón había sido parecida a la de su amante. Era ridículo, se dijo, pero... ¿lo era
en verdad? ¿Habría una conexión entre ambos que demostrase la misma inestabilidad psicológica?
Al llegar a su departamento se sirvió un largo trago de ron, cuya áspera sensación bajó
confortablemente por su garganta. Al finalizar, la pantalla del living destelló con el indicativo
de una llamada de Favianna. Contestó de inmediato y dijo:
–Hola, mi linda.
–Hola, guapo –saludó la mujer mientras cepillaba su pelo que caía sobre los desnudos
pechos en un sencillo y sensual gesto que excitó a George–. ¿Me aguantarías el fin de semana
en tu casa?
–Por supuesto que sí –respondió–. Estoy listo para lo que sea.
Ella sonrió y le guiñó un ojo antes de decir:
–Si llama mi hermana, dile que no se olvide de mis películas. –Paró el cepillado–. Estoy
un poco preocupado por ella, ¿sabes? Hace días que conversó con su vecina, la vieja de mierda
esa que se cree medium, y desde entonces la noto un tanto esquiva.
–Me hizo en la tarde una llamada muy rara –contó el hombre, dejando de lado sus
pensamientos eróticos por un momento–. Actuó extraño y cortó de improviso. Le devolví la
llamada y no respondió.
–Qué raro. Cuando traté de ubicarla, antes de salir de mi trabajo, me dijeron que había
salido de pronto sin decir nada. –Ambos se miraron con preocupación–. Su pulsera tampoco
me contesta y parece que está apagada.
–Este... –vaciló y la idea de la enfermedad mental pareció más plausible que antes–. ¿Has
pasado por su departamento?
–No desde la semana pasada. –Miró su reloj–. Por la hora me queda muy lejos...
–Iré yo –interrumpió el hombre y buscó la chaqueta que había arrojado despreocupadamente
al entrar–. En mi auto no tardaré más de quince minutos. Te llamaré desde allí.
–Vale, gracias.
–No hay de qué, es lo menos que puedo hacer por mis chicas favoritas.
Bajó con premura hasta los estacionamientos subterráneos. Al salir del ascensor por el
rabillo del ojo vio que alguien ingresaba al de al lado, pero al pasar frente a este se percató de
que estaba cerrado. Se detuvo en seco. Estaba seguro de que... No, no podía ser, tenía que ser
culpa de los nervios, la preocupación por Ludmira. Miró en todas direcciones sin ver a nadie
por los alrededores. Inhaló y exhaló con fuerza unos instantes para contener su ansiedad.
Silencio.
A lo lejos se oía el chirriar de unos neumáticos. La iluminación del techo arrancaba pálidos
reflejos a las terminaciones metálicas del corredor. Todo se veía limpio y pulcro, sin el menor
defecto de fabricación, como si quisiese demostrarse con ello la higiene del edificio, como si la
construcción fuese el epítome de la albañilería.
Reanudó su andar con una sensación similar a la del incidente en la escalinata del Maglev.
El eco de sus pasos rebotaba en las paredes. Empezó a sentirse inquieto, perturbado por el
silencio y la pulcritud de lo que lo rodeaba. Apuró el tranco y pronto abría su automóvil, entrando

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

en él como si de un refugio se tratase. Al cerrar la puerta, cierta sensación de seguridad recorrió


su ser. Estaba dentro de su burbuja, su universo propio y nada podía tocarlo ahí.
–Cálmate, cretino –dijo en voz alta y colocó la palma de su mano derecha sobre el tablero
de instrumentos, el cual se activó de inmediato al ser reconocido por el sensor biométrico.
Emergió del estacionamiento como una exhalación. Moderó la marcha al enfilar por la calle,
pues no deseaba que alguna cámara de control de tráfico lo multase. Una vez en la autopista,
luego de ingresar el punto de destino, dejó el control en manos de la computadora. Trató de
relajarse durante los pocos minutos de viaje automático; lo logró en parte, al menos. Se sentía
un idiota por haberle temido a un corredor desocupado.
La calle poco transitada, y un tanto alejada de la autopista, se veía casi desierta cuando
se detuvo frente al edificio de Ludmira. Algunos niños jugaban en la acera y George se dirigió
a la entrada del bloque de apartamentos. Abrió la puerta y entró, moviendo negativamente la
cabeza porque el lugar no tenía vigilancia ni un servicio de identificación electrónico; a la mujer
le gustaban esos espacios “a la antigua”, como solía llamarles. Subió las escaleras hasta el
segundo piso, pues no deseaba aguardar al elevador. Una vez frente al 206 oprimió el botón
del timbre. No obtuvo respuesta y lo intentó nuevamente sin éxito. Llamó varias veces más
hasta convencerse de que no había nadie o de que sencillamente no le abrirían. En un impulso
irracional golpeó la puerta con los nudillos.
–Genial, fabuloso –dijo en voz baja, resignado a tener que volver con las manos vacías.
Empezó a retroceder cuando la puerta del departamento de al lado se entreabrió un poco,
dejando ver un mechón de pelo crespo y unos ojos escrutadores.
–Disculpe –dijo George acercándose a la puerta–, ¿sabe si Ludmira está?
La hoja de madera terminó de abrirse y se dio con una mujer de aparentes sesenta años
o más, vestida con una larga falda gris y suéter azul. Los ojos parecían ver más allá del hombre
y una voz ronca le indicó:
–Volvió después de las tres para luego marcharse. –Lo miró de pies a cabeza–. Usted
también.
–¿Yo también? –inquirió, preocupado por la mirada de la mujer–. ¿A qué se refiere?
–También se marchará, ellos le persiguen.
Ella lo miró fijamente a los ojos y luego cerró la puerta.
–Vieja de mierda –dijo y se retiró.
De vuelta en la carretera le contó a Favianna lo acontecido. Ninguno podía hacer nada
más, no tenían forma de contactar con Ludmira si ella no respondía las llamadas. Optaron por
aguardar al otro día y preguntar en la oficina si se presentaba a trabajar.
Al acostarse, George meditó en lo extraño del asunto. ¿Cómo era posible que la mujer
hubiese cambiado su actitud en forma tan drástica? La había visto en diversos estados de
ánimo, tanto buenos como malos, pero jamás había roto su comportamiento de esa forma. Era
completamente insólito y se dijo que haría todo lo posible por llevarla al psicólogo.
Esa noche tuvo horrendas pesadillas que apenas lo dejaron dormir.
***
–¿Te traigo un café? –preguntó Rosa al ver la cara de cansancio de George.

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

–Ya tomé, gracias.


La joven lo miró unos instantes en silencio, ante lo cual preguntó:
–¿Tan mal me veo?
–No, no es eso –negó y pareció avergonzarse al añadir–: Es otra cosa.
Se marchó sin darle tiempo a seguir la conversación. Ésa era otra actitud extraña, aunque
no tanto como la de Ludmira, que llevaba tres días desaparecida. La policía ya estaba sobre
aviso, pero las indagaciones habían sido infructuosas: nadie la había visto en ninguno de los
lugares que frecuentaba y su teléfono seguía desconectado. Esta preocupación le hacía imposible
invitar a Favianna por la noche, pues la mujer estaba mucho más preocupada que él.
Era casi la hora de almorzar cuando recibió un correo del exterior. Vio el remitente y descubrió
que era de Ludmira. Dejó todo de lado para abrirlo. La mujer le decía:
Todo se fue a la mierda, no creo que resista más, no puedo con las pesadillas y los otros
ataques. Vaya donde vaya me atraparán, tarde o temprano. No debimos crear los respaldos,
la anciana me lo dijo, pero nadie previó las consecuencias y lo pagaremos caro.
Casi me atrapan en el Metro cerca del parque, escapé de milagro, estoy viviendo horas
prestadas y no tengo escapatoria, ninguno de nosotros la tiene.
¡No somos nada! Es lo que más me duele, que nunca llegaremos a ser lo que nos condena.
Ellos al menos pueden trascender, pero nosotros estamos condenados a desaparecer y la
humanidad no nos llorará.
Fue bueno todo lo que disfrutamos juntos y espero que no te persigan todavía, pues
ninguna policía ni ejército del mundo puede protegerte. Espero en mi próxima vida, si es que
la tenemos, poder disfrutar más junto a ti.
Mira las dos fotos que tomé anoche. Estaba aterrada, pero igual pude hacerlas y espero
que te sirvan de algo.
George abrió las imágenes casi con desesperación, deseoso de encontrar en ellas alguna
respuesta a las afiebradas palabras de la mujer. La primera era una vista del puerto desde un
paseo, pero estaba desfigurada por una mancha que ocupaba el extremo derecho. La otra, en
cambio, mostraba una borrosa figura de contornos humanos junto a unos asientos de madera.
Eso era todo.
Permaneció perplejo y preocupado por el asunto. Ludmira, obviamente, había perdido la
chaveta, y Favianna se deprimiría todavía más al leer el correo. Dudó durante largos segundos
antes de llamarla y contarle, mas al final debió hacerlo.
El resto del día no fue capaz de dejar de darle vueltas en la mente a las palabras de la
mujer. ¿Qué tenían que ver los respaldos con ese asunto? Eran confiables y seguros, una
muestra más del avance de la tecnología que ya invadía todos los quehaceres del ser humano.
Eso en modo alguno provocaba locura. Seguramente la relación sólo estaba dentro de sus
delirios, aunque las causas de ellos eran desconocidas.
Dos días más tarde Favianna le comunicó el descubrimiento del cadáver de Ludmira en
un callejón a la salida del parque. Quedó impactado y apenas pudo balbucear unas palabras
de consuelo.
Al salir del trabajo partió a la morgue a juntarse con la mujer.

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

–Lo siento tanto –dijo con lágrimas en los ojos y ambos se abrazaron–. Nunca creí que
llegase a pasar esto.
Lloraron en silencio casi un minuto y después se sentaron en la sala de espera.
–La policía dijo que se había roto el cuello al caer por una escalera –contó Favianna, ya
más relajada–. Parece que se tropezó y partió el cuello al rodar escalones abajo. No fue un robo,
porque tiene todas sus pertenencias; tampoco la violaron, no hay indicios de ello. Una testigo
dijo que la vio pasar el día anterior y parecía huir de alguien..., pero no había nadie más en el
lugar y la señora siguió en sus asuntos.
–¿Nadie vio nada?
–Aparte de ella, casi todo el mundo estaba trabajando o estudiando. –Se acunó en su
regazo–. Murió ahí, sola, sin ninguno de nosotros a su alrededor. Sé que no debemos preocuparnos
tanto, pero aún así... ¿Y si sucede otra vez?
–No pienses así, ahora lo que tienes que hacer es...
–¿El señor George White? –preguntó un policía, ante lo cual el hombre asintió–. Lo siento,
señor, pero quisiera hacerle unas preguntas.
–Sí, sí, por supuesto.
Las preguntas fueron pocas, refiriéndose a su relación con la difunta, cuándo habían
hablado por última vez y todas esas cosas que tenían que ver con la fallecida mujer. Al finalizar,
acompañó a Favianna a firmar la autorización de autopsia y cremación del cuerpo, tras lo cual
se retiraron al departamento de la mujer.
–¿Deseas algo más? –preguntó luego de acomodarla en el sofá; ella negó con la cabeza–.
Ánimo, linda, cualquier día de estos Ludmira va a entrar por esa puerta como si nada... y vas
a ver la bronca que te va a dar por estar sufriendo de esa forma.
–Sí, ella... era así.
–Es así, no lo dudes –replicó–. ¿Me puedo ir tranquilo, entonces?
–No, no te vayas, quédate conmigo. No, no lo digo para eso, sino para tener compañía,
¿quieres?
–Sí, te entiendo. Bueno, me quedo.
Ella se acostó primero luego de una frugal cena.
George miró un rato por la ventana del departamento, tratando de calmar su inquietud
por lo acontecido. Las cosas parecían en cierta forma irreales; todavía le costaba aceptar el
hecho de que la carne perecedera de Ludmira se había convertido en cenizas, de que aquel
cuerpo con el que rió y gozó ya no estaba ahí. Grande es la indiferencia de unos ante la muerte,
se dijo, recordando su accidente de automóvil de años atrás –toda una vida atrás–. Pero no,
esto era diferente, quizás angustiante porque no era el mero hecho de la muerte, sino las causas
que derivaron en ella. ¿Locura? ¿Qué tan lejana era esa palabra para una persona común y
corriente como Ludmira, que vivía como cualquier otra? ¿En qué punto su mente se quebró y
comenzó a caer en esa espiral de psicosis, que la hizo correr a tontas y locas hasta caer y
romperse el cuello? Y más encima las fotos que no mostraban más que unos manchones
borrosos, sin sentido...
Apagó su cigarrillo y se dirigió al dormitorio, cansado del día más horrible de las últimas

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

décadas.
***
Cuando George abandonó el departamento, Favianna le obsequió un largo y apasionado
beso, prometiéndole “mucho más” para la semana siguiente. Se marchó con una leve sonrisa
en los labios. Fue a su hogar para cambiarse de ropa y al entrar la sonrisa se le borró de los
labios.
–¿Qué demonios pasó acá? –preguntó en voz alta.
Los muebles estaban volteados, los estantes con las estatuillas que le gustaba coleccionar
desparramados por el suelo, la pantalla mural destrozada por una silla. Daba la impresión del
paso de un tornado por el inmueble. Revisó las habitaciones, el baño y el estudio, constatando
que los daños habían sido menores.
–No tengo la menor idea, cabo –le decía media hora más tarde al policía que le tomó la
declaración–. Todo estaba así cuando llegué. No se robaron nada tampoco.
–¿Sabe de alguien que estuviese interesado en causarle daño?
–Nadie, que sepa. Yo trabajo en ManOver, soy programador neuronal de los equipos de
respaldo. –El policía arqueó una ceja; seguramente sus respaldos de información estaban en
manos de la compañía mencionada–. No me encuentro metido en política ni nada ilegal, si es
lo que está pensando.
–Le aseguro que no pensaba en eso –replicó al tiempo que miraba la pantalla destrozada.
El agente de la ley parecía inquieto por lo que veía. Otro policía escudriñaba el lugar en
compañía de un par de peritos en criminalística. Tomaron fotos y aplicaron diversos instrumentos
en los accesos del departamento.
–¿Hay algo? –preguntó a uno de los peritos.
–Nada –contestó el hombre–. Las puertas no muestran señal de haber sido forzadas,
tampoco las ventanas; las cámaras de seguridad del edificio no indican a ningún sospechoso
entrando en las horas previas.
–¿Cómo entró o entraron, entonces? –preguntó George.
–Lo siento, pero no tengo respuesta a eso –se excusó el hombre.
–¡Pero ustedes son los jodidos expertos, no pueden decir que todo fue hecho por arte de
magia!
–Tranquilo, señor White –le calmó el policía–. Buscaremos entre nuestras bases de datos
los criminales que actúen en forma similar y preguntaremos a nuestros informantes si saben
algo; la calle es, todavía, la mejor de nuestras fuentes. Por ahora, le sugiero que se calme y siga
con su vida normal. Nosotros le avisaremos si tenemos novedades.
–De acuerdo, de acuerdo, lo siento –dijo George, sentándose en el recién parado sillón y
hundiendo el rostro entre las manos. No pudo evitar que la angustia y desesperación se reflejasen
en su rostro al proseguir–: Ayer murió mi amiga y ahora pasa esto. Todo se ha vuelto un caos
los últimos días y no sé... Ay, mierda, voy a llegar tarde al trabajo.
–No se preocupe, la comandancia de la zona contactará a su compañía para dar el aviso
legal. Vamos, tiene que seguir adelante.
Fue a su habitación y se cambió de ropa. Al salir encontró a los peritos que abandonaban

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

el departamento. Alcanzó a escuchar las últimas palabras de uno de ellos:


–...como en la otra casa, era igual que acá.
La frase tardó varios segundos en ser asimilada por su cerebro. Cuando le encontró
sentido salió disparado del departamento y, al ver que el ascensor ya había partido, se lanzó
escaleras abajo. Alcanzó a los policías cuando abordaban el coche patrulla en la calle.
–¡Espere! –pidió y llegó hasta la ventanilla; los otros aguardaron– ¿Conocen otro caso
similar?
Los uniformados intercambiaron una rápida mirada con los peritos antes de que el cabo
respondiese:
–En verdad, el suyo es el segundo caso en la semana. El otro fue cerca del aeropuerto y
tenía el mismo patrón: todo revolcado y sin que nadie hubiese forzado los accesos... pero...
–¿Pero qué?
–Nada, mejor...
–¡Dígamelo!, ¡quiero saberlo! –explotó.
Durante unos segundos nada sucedió y se arrepintió por el duro tono de sus palabras.
Temió haberlos enfadado. Sin embargo, el cabo dijo:
–Al dueño de casa le habían aplastado el cráneo con una silla. Como ve, usted tuvo suerte
de no estar acá la noche pasada. Y ahora, si tiene la bondad de soltar la puerta, podemos ir a
investigar el asunto.
George se dio cuenta entonces de que sostenía con fuerza el marco de la ventana y retiró
sus manos.
–¿No me van a brindar protección al menos?
–Si hubiera algo tangible que los uniese, sí, pero no tienen nada en común, ni siquiera
dejaron huellas digitales. Lo siento, así es la ley.
El automóvil policial partió con lentitud mientras sus ocupantes le daban miradas de
preocupación.
El hombre quedó solo en la acera hecho un mar de dudas. Los policías habían aumentado
sus temores en vez de confortarlo. ¿Quién podía hacer algo semejante y, peor aún, sin dejar
huellas de ninguna clase? Otra persona fue asesinada, pero ¿con qué fin? ¿Estaba esto
relacionado de algún modo con lo sucedido a Ludmira?
–¿Qué está sucediendo? –preguntó en voz alta y una mujer lo miró mientras pasaba a
su lado.
Minutos más tarde abordó el Maglev con angustia, dudando de contarle a Favianna lo
acontecido. No, eso no, porque ella debía superar lo de su hermana y no sería bueno estarle
añadiendo más preocupaciones.
Llegó a su oficina y Ann-Marie lo atajó en el pasillo. Por unos momentos pareció que iba
a reprenderlo, pero su rostro reflejaba pesar cuando dijo:
–Lo siento, George, la policía nos contó todo. Puedes tomarte el resto del día libre, si
quieres.
–Gracias, pero prefiero trabajar; quizás me sirva para olvidar lo sucedido.
Ella lo palmeó afectuosamente en el hombro y se retiró a su oficina.

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

Sus compañeros le dieron las condolencias por lo sucedido con Ludmira y lo del
departamento.
–Ánimo –dijo Rosa, pero su mirada parecía un tanto perdida.
–Gracias a todos. –Miró a Rosa–. ¿Apareció el susodicho?
–Sí, todo está bien –respondió y volvió a su puesto de trabajo.
Al momento de irse a almorzar, Samuel señaló un escritorio vacío de la sección adyacente
y comentó:
–El loco de los fletes no llegó ni se excusó, ¿sabes algo de él?
–Nada, apenas me sé su nombre de pila.
–Vamos de mal en peor en esta compañía –se quejó otro compañero–. La jefa de bodega
no aparece desde el jueves pasado y nadie la ha visto por ninguna parte.
–La gente no es como antes –afirmó Rosa y le dio una enigmática mirada a George durante
una fracción de segundo.
***
El viento soplaba con fuerza, arrastrando cualquier objeto liviano que hubiese en la calle.
George caminaba con el cuello del abrigo subido hasta el mentón para protegerse del vendaval.
Parecía que una tormenta se dejaría caer pronto y el aeropuerto había cancelado los vuelos
comerciales. Vio a unos indigentes arrimarse a un callejón para cubrirse con unos recipientes
de basura. Una motocicleta pasó a su lado y su conductor casi perdió el control en la esquina,
pero siguió adelante tras una corta vacilación.
–Viento de mierda –murmuró, deseando haber ido en su automóvil al trabajo.
Caminaba con algo de enfado por no haber encontrado nada malo en su revisión de
sistemas. El problema de pérdida de información simplemente no tenía explicación ni precedentes.
No existía la menor falla de equipamiento o programación, y la media docena de inteligencias
artificiales a las que tenía acceso la compañía no atinaron a descubrir la causa. Era, pues, un
total misterio. Algunos decían que era sabotaje, algo intencional y adrede, aunque no había
mano humana involucrada por ninguna parte.
Para rematar su mal humor el doctor le había dicho que su visión era normal, lo cual
dejaba a su mente como única responsable de sus extrañas visiones, seguramente por el exceso
de trabajo. Le había recetado unas pastillas y recomendado pasear al aire libre.
La jefa de bodega no había aparecido más, y se rumoraba que había sido comprada por
una oferta de NanoWorld y cambiado su identidad para trabajar en alguna otra parte del mundo.
Esa práctica no era tan inusual, pues ya se había aceptado como parte del juego mercantil que
movía al mundo; era pacífico y sin mayores complicaciones, excepto para la parte perdedora
que debía buscar un reemplazo.
El golpe lo cogió desprevenido y estuvo a un paso de ser arrollado por un camión; se salvó
gracias a una señalización de tránsito a la cual se aferró con un manotazo desesperado. El
vehículo de carga pasó a escasos centímetros de él, sintiendo claramente el roce de aquel mortal
conjunto de toneladas de metal que lo hubiesen aplastado en un instante. Fue el momento más
aterrador de su vida y sólo atinó a permanecer sujeto a la señalización.
–Casi, casi –murmuró y se apartó.

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

Tiritaba de miedo, pero el temor no le impidió mirar en todas direcciones buscando al


culpable. No vio a nadie a menos de 50 metros, ni siquiera una puerta o ventana desde la cual
pudiesen haberlo atacado. Se arrimó a la pared, tratando de serenarse, intentando encontrar
la calma que necesitaba para seguir caminando. Estaba en eso cuando recordó que el golpe
había sido similar al recibido en la escalera del Maglev. ¿Sería la misma... persona?
Una nueva ráfaga de viento lo azotó, empero esta vez sintió un escalofrío que traspasaba
la gruesa vestimenta. Se le erizaron los cabellos de la nuca y, sin poder precisar por qué, se
largó al trote en dirección a su departamento, como huyendo de alguien. Le pareció que el viento
helado lo perseguía, doblando con él en la esquina, acechándolo en su acercamiento al edificio.
La sensación desapareció cuando abordó el elevador. Se apoyó en la pared del transporte vertical
y recién entonces pudo empezar a relajarse. Poco a poco la respiración se le normalizó.
–¿Se siente mal, señor?
La voz lo sobresaltó. La niña, de unos diez años, estaba a su lado y no la había visto al
entrar.
–Yo... Sí, pero...
Las puertas se abrieron en su piso y salió del elevador sin decir más palabras. Entró en
su departamento y cerró la puerta de golpe.
–Calma, tiene que haber una explicación lógica a esto –dijo en voz alta.
Arrojó el abrigo sobre el sofá y se miró en el espejo; casi no se reconoció, pues el rostro
angustiado y desesperado que vio en poco se parecía al propio –por eso llamó la atención de
la niña–. Esa mirada le trajo a la mente aquella del tipo que salía del Maglev como si lo
persiguiesen. En verdad, se había sentido perseguido todo el trayecto desde que recibiese el
golpe, una persecución ilógica, de locura, que lo acosó hasta poco antes de su hogar. La sensación
de angustia tardó en desaparecer, mas no dio paso a una de bienestar, sino a una de inquietud.
Sus pensamientos se revolvían como peces en un acuario, entremezclándose y efectuando
caprichosas combinaciones que una mente normal no haría.
–No estoy loco, no –dijo en un susurro, aunque no se sentía muy convencido de ello.
Para distraer la mente se sacó la camisa y revisó su hombro izquierdo, el lugar de la agresión,
y descubrió un gran moretón. El golpe, al menos, había sido real, lo demás...
Se metió en la cama, desnudo, arropándose con suavidad. Pensó en llamar a la policía,
pero ¿qué les diría? ¿Que alguien que no había visto lo golpeó para que lo arrollase un camión?
¿Que alguien invisible lo había perseguido luego varias cuadras? La única prueba tangible era
el moretón, el cual podía ser atribuido a cualquier causa. Además, nadie estuvo en las cercanías
para atestiguar lo acontecido. No, debía callar y tratar de encontrar una respuesta por su cuenta.
***
Desde el tercer piso de ManOver George aprovechaba de mirar el ajetreo de la ciudad
distrayéndose del trabajo. Tenía un vaso de café en las manos que bebía de a sorbos. Estaba
en eso cuando Rosa pasó a su lado, dándole una fugaz mirada. Estuvo tentado de atajarla para
preguntarle a qué se debía ese ligero cambio en su actitud. La mujer se veía un tanto distante,
menos dicharachera y alegre que lo habitual. Pocos días atrás Richard, su novio, la había pasado
a buscar y el hombre, antes conversador, se había limitado a unas pocas palabras antes de que

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

ambos se retirasen.
–¡No puedo hacerlo, eso es todo! –vociferaba Samuel por el teléfono–. Mira, cretino, si
crees que eres capaz de hacerlo mejor que yo, entonces adelante y no molestes más.
Colgó el auricular con furia.
–Hey, tranquilo –pidió George.
La mirada de Samuel era extraña, con unos ojos un tanto desorbitados y grandes ojeras,
señal de haber dormido poco.
–No puedo calmarme, todo está saliendo mal –se quejó–. Las nuevas matrices de respaldo
no estarán terminadas a tiempo y el entuerto que hay en la bodega todavía no se soluciona.
Más encima, está lo de los respaldos de Noruega...
–¿Qué sucede en Noruega?
–¿No te has enterado aún? Bueno, en realidad me lo contaron los del segundo piso: hubo
una falla similar a la de París, pero esta vez se fundieron los servidores de los respaldos estatales.
El gobierno noruego ha iniciado una investigación secreta y nuestros jefes están de cabeza.
George comprendió entonces que la situación era mucho más complicada que la anterior.
Los servicios de respaldos públicos eran una cosa, pero los estatales otra muy distinta. Como
en todo gobierno, el resguardo de la información era fundamental; sólo las empresas de prestigio
accedían a los millonarios contratos que ofrecían ingresos fijos y confiables de las arcas fiscales.
Era tanto o más delicado que los contratos de armamento.
–La mierda nos sigue lloviendo –añadió Samuel con pesimismo.
–Pero... Pero debe ser sabotaje, entonces –dijo George–. Esta clase de accidentes no pueden
suceder. La policía informática...
–Las agencias de inteligencia de Europa están trabajando en ello –interrumpió Ann-Marie,
apareciendo de improviso–. Acaban de anunciarlo por las noticias y me temo que el problema
va para largo.
Los dos hombres miraron a la mujer, quien había perdido la seguridad y serenidad
habituales. George pensó que ahora se veía algo más humana, siempre seria y severa en su
trato con los demás.
–Habrá una reunión a las quince horas, los gerentes...
Un fuerte golpe seguido de una serie de otros similares acalló a la mujer. El ruido había
provenido de la calle y se dirigieron a la ventana para mirar lo acontecido. A casi dos cuadras
había un revoltijo de vehículos que obstaculizaba el tránsito; varias personas salían de sus
automóviles o trataban de hacerlo en medio de una gran confusión.
–¡Qué desastre! –exclamó Rosa con preocupación.
Todos se agolparon en las ventanas para observar la catástrofe. Pronto los coches policiales,
de bomberos y las ambulancias se hicieron presentes; la prensa apareció pisándoles los talones.
–Un conductor imprudente –dijo alguien.
–Tal vez iba ebrio –supuso otro.
George se alejó de la vista del desastre. Volvió a su puesto de trabajo y reanudó lo que
tenía pendiente. Sus compañeros tardaron algo más en imitarlo. Curiosamente, Ann-Marie no
se lo reprochó a nadie. Al parecer, cosas raras estaban aconteciendo y eso ya le parecía una

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

verdad innegable.
Los días siguientes hubo fuertes rumores acerca de una mano extraña en los accidentes
informáticos. No pocos hablaban de que NanoWorld estaba detrás de esos actos, aunque no
existía ninguna prueba en concreto. Los noticieros dieron amplia cobertura al suceso, entrevistando
a gente de diversos ámbitos. Se pedía la colaboración de la ciudadanía, ofreciendo millonarias
recompensas por información que diese con los responsables. Algunos lo definieron como el
Nuevo Terrorismo, pues el atentar contra los respaldos era un ataque directo a la sociedad, ya
que se perdía el valioso caudal de información que conformaba la vida diaria de las personas.
Sin embargo, y pese a todos los esfuerzos, las investigaciones seguían sin arrojar resultados.
***
–Te veo en media hora –dijo Favianna por su móvil.
–Te espero –afirmó George mientras subía al Maglev.
Se suponía que la visita de la mujer tendría que causarle una gran excitación, pero no
era así. Las preocupaciones e inquietudes no lo dejaban en paz pese a todos los tranquilizantes
que tomaba. Más encima, en otra ocasión se había sentido nuevamente perseguido por algo
invisible. Había corrido, no se avergonzaba de ello, y casi tropezó con unos delincuentes que
atracaban a un anciano; la sorpresa del encuentro les había impedido reaccionar a tiempo y,
así, pudo seguir de largo sin ser perjudicado.
–...y me iré esta noche –decía una mujer a su acompañante, un hombre calvo y con
anteojos que la miraba con cierta desconfianza–. Si quieres quedarte es cosa tuya, pero no digas
que no te lo advertí.
El tren se detuvo en la estación y George bajó apresuradamente para llegar luego a su
departamento. Había algo extraño en el ambiente, una cierta tensión que afectaba a las personas.
Las miradas eran más asustadizas, los pasos más presurosos y los recelos más destacados. En
la calle se sucedían los accidentes sin otra causa más que la imprudencia de los conductores,
motivo por el cual evitaba usar su automóvil.
Entró al edificio y se encontró con un cartel en el elevador que decía “Fuera de servicio”.
Se resignó a subir los cuatro pisos a pie. Emprendió el camino a las escaleras y la iluminación
del techo empezó a parpadear. Estuvo a punto de maldecir en voz alta cuando, por el rabillo
del ojo, notó algo a su derecha. Giró el rostro y vio una silueta borrosa sobreimpuesta al suelo.
Era semi transparente, encogiéndose y alargándose al ritmo de una suerte de palpitación. La
ráfaga de viento helado que tan bien conocía lo azotó y el pánico lo invadió, pues esa cosa se
acercaba a él. No dudó ni un instante y corrió por las escaleras, subiendo los peldaños de dos
en dos y hasta de tres en tres, desesperado por dejar atrás a la horrenda visión. Pero el frío
seguía acechando su espalda, lo acosaba en una persecución sin tregua que le hacía sentirse
al filo de la destrucción. La percepción del tiempo cambió y lo que veía parecía discurrir más
despacio, pausado, emulando a una película en cámara lenta. Creyó tardar una eternidad en
alcanzar el quinto piso, e inclusive estaba tan aterrado que, de no ser por el cartel con el número
pintado, hubiese seguido de largo hasta la azotea. Llegó a su departamento y entró hecho una
exhalación, cerrando la puerta con inusitada violencia y deseando que la hoja pudiese mantener
a raya a lo que fuese que lo perseguía. Se escudó tras el sofá como un niño temeroso, temblando

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

de pánico y sin dejar de mirar la puerta, sabedor de que al otro lado acechaba lo innombrable.
Permaneció largos minutos en esa posición; sus pensamientos eran cualquier cosa menos
racionales y dudó seriamente por su cordura. No, había sido real, se dijo, eso –fuese lo que
fuese– realmente se había manifestado frente a sus ojos, verdaderamente lo persiguió hasta
convertirlo en un manojo de nervios que apenas razonaba.
El sonido del timbre lo sobresaltó con la violencia de un puñetazo. Permaneció quieto,
dejando que el eco del sonido rebotase en las paredes y alimentase sus temores. Un chispazo
de cordura le hizo ver que aquello no tocaría el timbre. Pocos segundos más tarde el sonido se
repetía. Con pasos cautos, y sin dejar de mirar la puerta, se dirigió al cercano monitor de
seguridad que mostraba lo que había frente a la entrada de su hogar.
–Favianna –murmuró con alivio y accionó la apertura de la puerta. En ese instante se
alegró de haberle dado un acceso de seguridad secundario, el cual le permitía abrir la puerta
del edificio sin tener que llamarlo.
La mujer entró y dijo:
–Ya creí que no estabas... ¿Y esa cara?
–Yo... Ven, ten-tenemos que ha-hablar –dijo el hombre.
–¡Estás pálido! –exclamó con asombro– ¿Qué sucedió?
Con palabras entrecortadas y los nervios descontrolados le narró lo sucedido, empezando
por el golpe que casi logra arrojarlo a la calle. Al finalizar se sirvió una taza de café y encendió
un cigarrillo. Se quedó recostado en el sofá mientras ella le acariciaba una mano.
–No sé qué decir –comentó al fin Favianna–. Te conozco y sé que no andas inventando
historias, nunca te había visto así.
–Eso fue lo que… lo que enloqueció a Ludmira –dedujo George, empezando a pensar con
más claridad; ahora los sucesos parecían encajar mejor en su mente–. Ella debió ver algo similar,
o quizás lo mismo, y la acosaron hasta matarla; a mí casi lo logran en la calle. –Bebió un largo
sorbo de la negra infusión para luego decir con la mirada perdida en el líquido–: Y eso puede
ser lo que le pasó a otros en la oficina… ¡Por supuesto! La gente ha estado faltando o desapareciendo
sin razones aparentes.
–¿Lo crees así? –preguntó Favianna, empezando a comprender la lógica del hombre–. O
sea, el último mensaje de mi hermana indica que estos… atentados en contra de los respaldos
con obra de… son obra de… Espera, espera, eso no sería un tanto… ¿paranoico?
–Si vieras lo que me persiguió… –Calló y su rostro se cubrió de seriedad–. Esas fotos que
me envió Ludmira eran de algo similar, o sea, estoy en lo correcto: eso la persiguió a ella también.
–¿Y por qué? ¿Qué tiene eso que ver con los respaldos?
–Y el sujeto del Maglev que salió casi corriendo también –dijo George como si no la hubiese
escuchado. Ante la mirada de interrogación de la mujer se vio forzado a contarle el incidente.
–¿Me dices que ese sujeto…? Oh, no, esto es peor de lo que pensaba. Yo… tengo una
compañera de trabajo que también actuó semejante; ayer no se presentó en la empresa y… y…
Ambos callaron. El puzzle, poco a poco, empezaba a tomar forma. Los hechos se relacionaban
de una manera evidente, el patrón del conflicto se repetía, cual modus operandi de un delincuente.
–¿Qué vamos a hacer? –preguntó la mujer.

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

–Decirle a la policía, no. ¿Tu hermana no te dijo nada antes de…?


–Nada.
–¿Absolutamente nada, ni siquiera un indicio, una pista?
–Yo… –Hizo memoria, rebuscando entre muchos detalles de esos que suelen pasarse por
alto–. Una vez me habló de una vecina, una señora de edad que… bueno, que sabía algunas
cosas extrañas…
–La vieja que vive al lado, sí, la conocí cuando fui a su departamento; me dijo que ellos
también me perseguían. ¿Cómo lo sabía?
–No sé, era algo así como una espiritista, según dijo Ludmira. –Miró a la ventana con
pesar–. Y yo que creí que esas eran… patrañas.
Guardaron silencio por la forma en que sus vidas se habían transformado. Lo que hasta
entonces habían sido historias de susto para niños, ahora eran una realidad innegable. Lo
extraño, lo fantástico, se había abierto paso en su existencia y lo hicieron de manera violenta.
–Todavía no entiendo por qué sucede esto –insistió Favianna–. ¿No se supone que los
fantasmas habitan en casas embrujadas? ¿O cuando alguien ha tenido una muerte violenta?
¿O cuando los invocan?
–Tenemos que hablar con la vieja –dijo George, tomando una determinación–. Ella tiene
que saber lo que sucede y tal vez como detenerlo. Anda, vamos para allá.
Cogió un abrigo del armario, un par de guantes y se asomaron con precaución al pasillo.
Estaba vacío. Salieron con temor rumbo a las escaleras. Una vez en ellas, empezaron a descender
y no se toparon con nada inusitado. El estacionamiento subterráneo estaba solitario y no parecía
un lugar muy acogedor a la luz de los acontecimientos.
–Con calma –dijo Favianna, notando la turbación del hombre.
El lugar atrajo sus temores, lo oprimió con la certeza de una realidad oculta que estaba
pronta a caerle encima. No se trataba solamente de ir hasta el coche, sino de poder evadir lo
que acechaba en nombre de lo desconocido.
–Relájate, estás tenso –pidió la mujer cuando faltaban pocos metros para el vehículo, pero
ella misma daba nerviosas miradas alrededor.
Entraron al automóvil y George lo puso en marcha. Salió del estacionamiento con cierta
prisa y casi golpea a una camioneta estacionada. Cuando llegó a la carretera y puso el control
automático se echó para atrás; las manos le sudaban y se las secó en el abrigo.
–¿Qué haremos si la vieja no tiene respuestas? –preguntó Favianna.
–Cómo no las va a tener.
–Confiemos en que así sea.
Al salir de la carretera debieron coger una calle alternativa, pues un incendio destrozaba
los pisos superiores de un edificio de diez plantas. Luego de un pequeño rodeo, llegaron al fin
a su destino.
–Me parece que la calle está más vacía que de costumbre –notó Favianna y miró en busca
de niños que no encontró. Peor aún, algunas tiendas tenían los escaparates tapados; no era
extraño ver edificios con sus puertas cerradas.
–¿Qué sucede aquí? –preguntó George– Parece que se preparasen para la guerra. Este

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

barrio no es tan peligroso.


–Vamos adentro, tengo miedo –pidió la mujer.
Entraron apresuradamente. Al llegar al departamento de la vecina de Ludmira vacilaron
unos instantes antes de tocar el timbre. Nada sucedió y tocaron nuevamente. Luego de otro
intento sin respuesta golpearon la puerta dos veces seguidas, sin obtener resultados; la de
enfrente, en cambio, se abrió y un anciano les dijo:
–La vidente no está, salió ayer fuera de la ciudad.
–¿Sabe cuándo volverá? –preguntó Favianna.
–Dijo que se iba por un largo tiempo. Se fue donde un sobrino, al campo, pero no sé más.
Parecía tener prisa por algo.
–¿No habló de nada más? –inquirió George.
–Este... Sí, me dijo algo curioso: “A ti no te harán nada”.
–¿Le contó a usted lo que estaba pasando? –insistió Favianna.
–¿Pasando? ¿Qué está pasando?
–Nada, olvídelo –contestó la mujer.
La pareja se miró con la decepción pintada en el rostro. Murmuraron un desabrido “adiós”
y se retiraron.
–Estamos donde mismo –se quejó George cuando entraron al automóvil.
A lo lejos se escucharon las sirenas de la policía. Una pareja de muchachas atravesó
corriendo la esquina para perderse en un callejón. Poco después, un helicóptero sobrevolaba
la zona mientras el humo del incendio empezaba a declinar por la acción de los bomberos.
–Parece que no somos los únicos con problemas –comentó Favianna.
–El asunto se agudiza. Tenemos que irnos, pero... tengo miedo de volver a mi departamento.
–Pasemos la noche en un motel –sugirió la mujer–. Así mañana me dejas en mi trabajo
y de ahí sigues al tuyo.
–Sí, buena idea –reconoció con vergüenza ante su temor, temor que era justificado.
El automóvil dejó atrás el edificio de Ludmira al tiempo que una fina lluvia empapaba la
calle.
***
Conducir hasta la entrada al estacionamiento de ManOver fue toda una odisea para
George. Por el camino debió esquivar dos vehículos accidentados y el incendio de un restaurant,
además de algunos peatones que se cruzaban intempestivamente. La radio daba alarmantes
noticias acerca de la locura que parecía apropiarse de las personas, haciendo un llamado a la
calma y la prudencia; pero todo parecía una batalla perdida a la vista de los acontecimientos.
–¡Me voy ahora mismo! –chillaba un hombre que salía corriendo por la puerta, antecediendo
a un trío que corría para alcanzarlo.
–¡Acá estás! –exclamó Samuel al verlo llegar.
–Casi no llego, esto es una locura, amigo. –Miró en derredor y notó que eran casi los
unicos–. ¿Y los demás?
–No tengo idea, nadie la tiene –contestó, jadeando y bebiendo de un vaso de café–. Ann-
Marie no aparece todavía y todas las operaciones normales se han interrumpido. Anoche vi...

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

–Agachó la cabeza con vergüenza–. Creo que esta locura es contagiosa.


–Yo también lo vi –afirmó y el rostro del otro se compuso–. Eso fue lo que destrozó mi
departamento y mató a Ludmira.
–¿Qué...?
–No lo sé –interrumpió–. Llámalo fantasma, espectro o como quieras, pero da igual. Uno
me persiguió al entrar a mi edificio.
Samuel arrojó entonces el vaso a medio llenar contra su terminal.
–Siempre quise hacer eso –explicó–. Ahora sólo quiero proteger a mi esposa e hija, pero
no sé cómo. Ellas están en la casa y creo que mejor me vuelvo para allá.
Escucharon una detonación a lo lejos. Más sirenas y gritos se dejaron oír, aumentando
el caos.
–Márchate pronto –dijo George y le estrechó la mano–. Buena suerte, espero que podamos
vernos de nuevo.
–Adiós, amigo y, si puedes, dale una patada en el culo a la amargada de mierda de Ann-
Marie.
El hombre recogió su maletín y partió a toda prisa. George, entonces, quedó solo en su
sección. Caminó hasta la oficina de al lado, en donde dos mujeres trataban de hablar con un
anciano por una pantalla; el hombre tenia que repetir constantemente lo dicho porque las
interferencias impedían la comprensión. Siguió de largo y las luces del corredor pestañearon,
tras lo cual una se apagó definitivamente. Casi de inmediato empezó a sentir esa helada sensación
que le calaba hasta los huesos. No lo pensó dos veces y echó a correr. Tropezó con otro hombre
que estaba junto a unos archivos y siguió de largo hasta llegar a las escaleras. Arribó al primer
piso casi justo cuando un camión entraba a toda velocidad por la puerta principal. Alcanzó a
refugiarse tras un pilar y la mole atravesó la recepción, llevándose consigo a dos personas y
finalizando su carrera al incrustarse en el corto pasillo que daba a los ascensores. Luego, una
explosión proveniente del depósito de combustible lo arrojó a varios metros de distancia. El
golpe contra el suelo fue doloroso. Trató de incorporarse y se encontró con que la pierna izquierda
había sido atravesada por un fragmento de muro. Chilló al ponerse de pie y vio que de su brazo
derecho escurría un hilillo de sangre.
–No, mierda, no –se quejó.
Se arrastró hacia la salida, todavía podía sentir el aire gélido a sus espaldas. Cojeando
llegó a la calle y descubrió que el caos era mayor antes: por todas partes las personas corrían
enloquecidas sin rumbo fijo.
–Muévete, muévete –dijo en voz baja.
El dolor de la herida no le impidió alejarse del edificio, en verdad, era mínimo comparado
con lo que lo acosaba. Dejó pasar a un hombre gordo que gritaba incoherencias antes de cruzar
la calle. Derivó sin rumbo fijo hasta que perdió el equilibrio y se dio de bruces contra el pavimento.
Trató de incorporarse y descubrió con horror que no podía hacerlo. Se arrastró trabajosamente
hasta un poste de publicidad y empezó a levantarse apoyándose en él. Cuando lo consiguió,
miró alrededor y descubrió una pareja que lo miraba fijamente.
–¡Rosa! –reconoció a la mujer, acompañada de su novio– Ayúdame, necesito huir de aquí.

42
Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

Sin embargo, los amantes permanecieron apartados sin hacer el menor gesto de acercarse.
–¿Qué esperan? ¡Ayúdenme!
–No lo haremos, lo siento –dijo Rosa con el semblante serio.
–¿Pero qué les pasa? –preguntó, sintiéndose desesperado– ¡Esa cosa me va a matar!
–¿Y tú sabes lo que es esa cosa? –inquirió Richard.
–Un... Un fantasma, espíritu o como sea que se llame.
–Es cierto –reconoció Rosa–. Pero, ¿sabes de quién es el fantasma? –George la miraba con
absoluta incredulidad por lo absurdo de la conversación–. ¿No? Pues te lo diré: Es el fantasma
de George White.
–Pero... ¡yo estoy vivo! –protestó.
–No –afirmó la mujer–. Tú eres solamente el clon con los recuerdos obtenidos del respaldo
de George. El auténtico George, el original, murió hace cuarenta y dos años en un accidente
de automóvil; un par de meses más tarde, un cuerpo fue sacado de un tanque y le implantaron
el respaldo de personalidad que había almacenado ManOver. Pero este nuevo cuerpo tuvo la
mala ocurrencia de consumir drogas en exceso y también murió, con lo cual apareciste tú.
–¿Y eso qué tiene de especial? ¡Todo el mundo lo hace, es la finalidad de los respaldos
que manejamos!
–No lo hace todo el mundo, sólo los pudientes que tienen acceso a esa tecnología –replicó
Richard–. Y el problema es que los nuevos cuerpos tienen un espíritu en gestación, que es
separado del mismo cuando les cargan los recuerdos. Así, ustedes, las copias, no tienen espíritu,
son meros duplicados que hablan y se comportan como el original, pero sin serlo de verdad.
–No tienen alma –intervino la mujer–. Aunque sean descargados una y mil veces, cuando
mueran no tendrán otra vida. Esto que han conseguido no es la inmortalidad, sino un eterno
repetir de lo mismo sin posibilidades de trascender.
“NanoWorld, en cambio, propone la prolongación de la vida humana gracias a la
nanotecnología, proveyendo al cuerpo con los pequeños ayudantes que lo mantendrán sano y
vigoroso durante mucho tiempo. Es más que una estrategia comercial, es una filosofía de vida”.
–Nosotros nunca hemos usado nuestros respaldos –dijo Richard–. Los hicimos una vez,
pero ahora no nos interesan. Ah, por cierto, todos esos espíritus inconclusos ahora vagan por
el limbo y han producido un desequilibrio en el plano espiritual; es por eso que las almas de
los muertos están apareciendo en nuestro mundo: para tratar de arreglar este caos. Fueron
ellos los que atentaron contra los respaldos, pues no existen medios físicos para detenerlos y
son conscientes de la necesidad de acabar con esa aberración tecnológica que hemos creado.
George permanecía atónito por las palabras de la pareja.
–Él viene por ti –dijo Rosa y junto a su pareja comenzaron a retirarse.
–¡Esperen, no pueden dejarme aquí, ayúdenme! –suplicó pese a sospechar que no lo
harían.
Los otros se marcharon sin mirar atrás. A su alrededor solamente se sentía el caos producido
por la invasión espiritual que estaba en marcha. Más gritos, explosiones y sirenas atronaban
en el ambiente.
–¡Hijos de perra, muéranse! –gritó a todo pulmón contra los que se iban.

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Eridano Nº 16 Por el rabillo del ojo

Hizo un gran esfuerzo por apoyarse en la pierna herida y lo logró pese al dolor. Cojeando
lastimeramente llegó hasta la esquina, en donde torció hacia la derecha para dirigirse a la
entrada posterior de ManOver; de ahí podría llegar hasta el estacionamiento y abordar su
automóvil. Cada paso era una tortura, un dolor lacerante que lo recorría entero. Se detuvo en
la entrada con lágrimas en los ojos de tanto sufrimiento.
Sorteó el cuerpo sin vida de un hombre que aferraba un maletín. Se dirigió a la escalera
de servicio y, por el rabillo del ojo, le pareció ver una silueta. Antes de que sintiese el frío
aterrador ya trotaba escaleras abajo, aullando con cada paso dado.
–No me cogerás –dijo–. ¡Nunca me atraparás!
Dio de bruces contra el suelo antes de llegar a la puerta. El frío y una sensación de
angustia empezaron a apoderarse de él. Se apoyó en la manilla y, usándola como soporte, logró
levantarse al tiempo que abría la puerta. El aire a su alrededor se hacía cada vez más helado.
–No, ¡no! –gritó con la fuerza de quien se sabe ya condenado.
El pavimento del estacionamiento no le pareció tan duro al momento de estrellarse. Avanzó
a gatas en dirección a la hilera de vehículos estacionados. El frío estaba casi encima de él,
acosador, envolvente y omnipotente. Una mano invisible luchaba por aplastarlo contra el suelo,
por detener su escape. Las fuerzas comenzaron a abandonarlo pese a todos sus esfuerzos.
Estaba siendo retenido por algo muy superior y comprendió que no llegaría a destino. El frío
era total a su alrededor y ni las manos ni los pies se movían ya, salvo ligeros estertores que
pretendían hacer funcionar los músculos.
–Jó... dete –murmuró con las últimas fuerzas que le restaban.
Giró el rostro y vio la borrosa imagen del espíritu flotar por encima, furiosa, destructora,
irradiando ira y desprecio por su existencia. Sintió unas manos invisibles oprimir su garganta
hasta que el cuello se partió con un crujido.
Lo último que vio antes de sumirse en la nada fueron las luces del techo.

© Teobaldo Mercado

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Eridano Nº 16
BIG BANG BRAVO
por Raúl Zenén Martínez

Cuando alguien dice aventura, cuando dicen que no se puede volver a tener doce años, entonces
les presento una de las novelas de Raúl Zenén Martínez. Les cuento, por ejemplo, de la escena
en la que el protagonista y una sensual robot huyen de centinelas voladores por pasarelas que
corren a más de cien kilómetros. O ésa en que atravesamos un portal hacia un universo sensorial
donde todo está vivo, y tenemos que huir rápidamente “nadando” en el vacío del espacio. No me
olvido tampoco que al final todo es una sorpresa tras otra, la culpa de otro que lo ha imaginado.
exxCreo que ese efecto tan agradable de irse por un tobogán hacia la aventura, suspendiendo tu
sentido de la credibilidad, es algo tan en desuso hoy en día que se convierte en nuevo. Creo que,
el que me devuelvan el sentido de la maravilla y la diversión en una lectura, genera toda mi
gratitud.
exxZenén es un nombre poco usual y me imaginaba que pertenecía a esa clase de hombres con
casaca y pantalones cortos, botas de explorador y una tupida barba, pero en realidad solo
fantaseaba. Zenén, el verdadero, es un hombre muy sencillo, de pocas palabras y maneras
amables, que va por sus setenta. Trabajó durante treinta años en una institución bancaria, y no
sé muy bien lo que significa eso, pero luego comenzó a desempolvar sus anotaciones y mandó lo
que primero fue Naufragar en Flora, al concurso de cuentos de la revista Fobos, con el que obtuvo
una mención honrosa. No es muy prolífico en cuentos porque ha elegido la novela para desarrollarse
-aunque me gustaría verle más ficción corta- y ahora debe andar dándole los últimos toques a una
tercera obra. No le gusta hablar de sí mismo, apenas me entero en qué proyecto anda, pero una
vez me contó que fue de los primeros en hacer historieta de ciencia ficción en Chile, y mi respeto
hacia él creció unos puntos más. Zenén vive con su atenta esposa en una envidiable tranquilidad
zen.
exxSobre este cuento, lo que puedo decir es que me encanta. Porque está escrito hace medio siglo,
porque conserva una frescura que creía se había olvidado en un cajón de sastre, porque tiene una
imaginería extravagante y llenas de hipérbolas como en un cómic y personajes que uno no sabe
si son malos, buenos o todo lo contrario. Hay monstruos, un héroe heroísimo, damiselas. ¿Qué
otra cosa podría pedir mi afiebrada mente de quinceañero? Ah, un gran título: “Big Bang Bravo”
es tan musical y épico que me hace correr adrenalina.
exx¿Algo más qué destacar? Zenén tiene una respetable biblioteca en donde sentirse bien
acompañado de todos sus autores.
exxLa última vez divisé una colección completa de las aventuras de James Bond, desde que entra
al servicio de Su Majestad hasta que, aburrido y temeroso de todo, se retira para estar al lado
de su hija. Algún día entraré haciéndome el gracioso a su casa y maniataré a todo el mundo para
llevarme a Bond completo.

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

¿Quién manda en el mundo? No fue sino hasta aquel día en que todo el firmamento con sus
millones de estrellas comenzó a acercarse peligrosamente a la Tierra, que Bravo se hizo la
pregunta.
–Pues, el Mengue: ¿quién si no? –respondió la chica.
Bravo, el famoso Big Bang Bravo del fútbol, ídolo de la población humana de los Nidos
–estaba también la población robótica– que era como se llamaba a las ciudades del siglo
Veintitrés, no estaba sosteniendo una conversación meramente académica con su compañera,
la joven y atractiva Mina Star. La cuestión de quien mandaba en el mundo se había hecho de
vital importancia. Era necesario para Big Bravo, el único hombre despierto en una población
de sonámbulos, llegar hasta el Mengue –“el demonio”- y preguntarle por qué no hacía nada
cuando un millón de estrellas viajaban hacia el sistema solar y fatalmente, pasarían a través
de él y tal vez, lo arrasarían.
–¡Vive Dios!, si queremos llegar hasta el Mengue, ¿porqué nos ocultamos?
Bravo se revolvió en el mullido asiento de su aeronave, que se suspendía como un mosquito,
inmóvil en el aire y contempló a través de la cúpula transparente las verdes y repolludas copas
de los árboles que un kilómetro más abajo, se extendían interminablemente por la
Reserva Amazónica. Se habían detenido en aquel lugar, en pleno Matto Grosso,

© Bob Leyton

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

luego de haber sobrevolado medio hemisferio a la inimaginable velocidad de un ovni, pensando


que hasta allí no llegaría la omnipresencia del Mengue. Sin embargo, no estaban seguros de
ello.
–El poder del Mengue es mental, ¿no es cierto? –saltó la chica.
–Se dice que controla nuestras mentes. Nada de lo que pensamos y hacemos es por
nuestra propia voluntad. Sin embargo, nadie ha podido probarlo, ni nadie ha visto al Mengue.
Bravo comprendió que el tema había sido agotado y puso en movimiento la aeronave. Era
difícil hablar del Mengue, la mente extraterrestre que dominaba la Tierra desde hacía siete años.
La gente tendía a olvidarlo, a poco que hablaba de él.
–Hablaremos de esto mismo en una mesa del Exim’s.
Bravo se refería a un famoso casino de Neón, el barrio del juego y la diversión, que era
el corazón de la Metaciti, la ciudad mundial, que era en verdad, la ciudad virtual cuyo centro
estaba en cualquier punto del globo.
–Ya que no podemos llegar hasta “'c9l” por nuestros propios medios. “'c9l” sabrá como
encontrarnos, aprobó Mina.
Y así fue.
***
Algunos astrónomos habían observado el fenómeno. Luego lo habían comentado con esa
extraña indiferencia de los terrícolas por todo lo que afectara su destino. Así es como el fenómeno
había llegado a oídos de Bravo. Una corriente de astros, virtualmente un río de cuerpos celestes
se aproximaba al sistema solar. Era fácil darse cuenta de cual sería la enorme fuerza gravitacional
de la mencionada corriente espacial. Ella podría arrastrar y llevarse consigo a la Tierra o al
mismo sol y todo su sistema. Algunos opinaban que así ocurriría y mientras lo decían, saboreaban
flemáticamente un cóctel en el casino de su Universidad. Otros eran aún más desaprensivos
y pensaban que la corriente planetaria pasaría a través del sistema solar sin afectarlo. No en
vano las distancias entre los cuerpos celestes se miden en millones de kilómetros y en años
luz.
–No tanto así –había comentando el Mengue a su vicario Cabezas–. ¿Qué tal si a uno de
esos millones de cuerpos celestes, que son sólo como gotas de agua de un río espacial, pasa
entre la Tierra y la Luna o choca con una de ellas? La probabilidad existe.
–Luego, el Mengue que es mejor astrónomo que cualquier humano –relató Cabezas,
luciendo como una araña, enfundado como estaba en una malla negra–, me habló de un planeta
de ese río espacial, al que llamó Flora. Flora pasará muy cerca de la Tierra provocando grandes
cataclismos y tal vez, chocará con ella. El Mengue no quiso darme más detalles –murmuró
reverentemente–. El hecho es que para acallar las protestas del “hombrecito”, dijo envidiosamente
refiriéndose a Bravo, el Mengue me ordenó “invitarlo” a participar en la misión que me ha
encomendado.
Un brillo mesiánico apareció en los ojos del muchacho a quien todos conocían por el
Vicario.
–Saldremos al encuentro de la corriente espacial y pondremos una bomba nuclear en el
pequeño planeta Flora, que lo desintegrará, antes de que se acerque demasiado a la Tierra.

47
Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

–El brillo de sus ojos se hizo malvado.


–Bravo no debe conocer el total de la verdad. Le diremos que la bomba está destinada a
desviar el planeta de su curso porque, al parecer, Flora está habitado.
Los paneles de instrumentos guiñaron sus luces multicolores en las paredes y se reflejaron
en las caparazones de las grandes cucarachas robots que cuidaban el reducto de Cabezas. Un
estridente trino surgió de las bocas rectilíneas de los engendros. Era su grito de guerra y el
único sonido que podía emitir y estaba traduciendo su gozo ante la expectativa de acción.
–¡Cómo se ve que me entienden, queridas! –exultó Cabezas.
***
Varios kilómetros cuadrados de carpas con penachos y gallardetes multicolores, de
carruseles de mágicos caballitos de colores girando al compás de una música embriagante, de
ruedas gigantes, de sillas voladoras, de toboganes, de montañas rusas, trenes fantasmas, ventas
de helados y palomitas de maíz tostado y luego los circos de varias pistas con sus trapecios,
payasos y fieras, culminando con los casinos, mesas de ruleta, máquinas tragamonedas y vídeo-
juegos con sus pantallas multicolores. Todo ello envuelto en una noche eterna iluminada por
el artificio de ríos de neón, guirnaldas de luces y avisos luminosos. Era la Feria de Neón.
Al bajar del coche Cabezas soltó a sus parásitos cibernéticos que corrieron a ocultarse
en las grietas de la calle y caminó solo hasta el grill del Exim’s. No deseaba provocar el miedo
y la repulsión en la muchedumbre que llenaba las mesas y la barra del bar. Sin embargo, su
sola presencia causó un silencio expectante y temeroso en el público. Big Bang Bravo invitó
con un gesto al muchacho a ocupar un lugar en la mesa junto a Mina y a él mismo. La
concurrencia exhaló un suspiro de alivio, sintiéndose protegida, al ver a Bravo junto al peligroso
Vicario.
–¡Vaya, qué pronto supiste que deseaba hablar con el Mengue! –comentó Big Bang
haciendo un guiño a Mina, mientras Cabezas se acomodaba en su asiento.
–Nada escapa al conocimiento del Mengue –dijo el muchacho beatamente–. Iré al grano
–agregó rechazando la copa que un mozo le alcanzaba.
Fuera del bar, en la noche de Neón, los ojos de las ciber cucarachas ocultas en las cloacas
brillaron como brasas verdes. Mientras en el espacio circunterrestre, allí donde la atmósfera
se enrarecía hasta desaparecer, la mente que gobernaba al mundo se estremeció con expectación.
***
La comitiva que abordó la nave espacial parecía ser el centro de un abigarrado ballet. Los
maniquíes-robots del Mengue habían rodeado silenciosamente el Casino Exim’s y allí permanecieron
con sus fijos ojos pintados, instando a la joven pareja a abordar la nave que se había posado
silenciosamente en el gran estacionamiento. Tras los maniquíes habían salido de las cuatro
esquinas de la noche, los soldados de la Barra Armada de Bravo, con sus cascos y sus uniformes
de grandes hombreras, que recordaban aquellos de los futbolistas americanos. En sus manos
portaban metralletas y habían formado un círculo en torno a los robots. Un tenso silencio
dominaba la, a la sazón, solitaria noche de Neón. La muchedumbre que momentos antes llenaba
la Feria se había esfumado discretamente. Nadie deseaba estar allí donde convergían los robots
del Mengue y los futbolistas-soldados de Bravo.

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

El trío estrella del pseudo “ballet” abordó la nave. Un minuto después, la astronave
despegó y se perdió en el cielo negro. Barristas y robots se retiraron en direcciones opuestas,
como si jamás se hubieran visto. El pavimento enjoyado de reflejos se transformó en un escenario
vacío. La ciudad suspiró con alivio. Ahora, la acción se trasladaba al espacio exterior.
Cuando el azar o el destino junta en un aposento cerrado a varias personas, que no
tienen que decirse nada, ya sea que se conozcan o no, conviven allí dos mundos: uno superficial
e incómodo en el que las miradas viajan, sin asidero de un objeto a otro y un segundo mundo
subyacente, lleno a veces de las más fuertes pasiones, prejuicios y desconfianzas. Mucho de
ambos mundos hubo en las largas horas de espera de los pasajeros de la nave del Mengue antes
de avistar Flora. Big Bravo, con rostro pétreo e impasible, llenaba su butaca con arrogancia.
En la butaca vecina Mina Star buscaba la protección de su brazo mientras observaba con
indisimulada desconfianza a Cabezas. Este se solazaba observando con descaro e insolencia
a sus compañeros de viaje. De pronto, el sonido de la alarma los sacó de su marasmo. Se
estaban acercando a un cuerpo celeste. Todos se precipitaron hacia las pantallas que reflejaban
la escena exterior. Por fin, Bravo pudo ver Flora.
Había realmente un nuevo planeta en el plano de la eclíptica, más allá de la órbita de
Plutón, pero no era lo único nuevo: más lejos, pero muy visible, ardía cegador un nuevo sol,
menor que el terrestre, pero tan próximo a este como ninguna otra estrella había estado jamás.
Flora viajaba por el espacio en compañía de su fuente de calor y energía. Flora era el satélite
de un sol errante, pero eso no era todo. Detrás venían otros cuerpos celestes. Una mirada al
fondo negro del firmamento, mientras cotejaba un mapa estelar en la cabina de mando, confirmó
las aprensiones de Bravo: Una multitud de nuevos puntos luminosos, se extendía por el
firmamento formando un río de claridad lechosa, allí donde en el mapa no había nada.
–¡Vive Dios, conque era cierto!
–Es una constelación en forma de serpiente.
La astronave estaba siendo conducida por control remoto por el Mengue. Bravo esperó
el tirón gravitacional de Flora, pero el tirón llegó de otro lado. Estaban viajando en paralela con
Flora. ¡La nave y el planeta eran dos cuerpos arrastrados por la misma fuerza! La astronave
robot luchó contra la corriente de energía cósmica, como un nadador que atraviesa con dificultad
la corriente de un río. La atracción de Flora empezó a ser mayor que la de la corriente espacial.
Finalmente, la nave quedó en órbita.
La sexy intelectual formuló una teoría: el río estelar venía arrastrando al planeta Flora
y su sol desde la lejanía de la galaxia. La corriente sólo rozaría el sistema solar y eso explicaba
la tranquilidad del Mengue. Aparentemente, el sol terrestre tenía un planeta más, pero en
realidad Flora estaba sólo de paso y pronto se perdería en el infinito. Para Mina Star esto
revelaba los propósitos del Mengue. Big Bravo sospechaba también una trampa. ¿No pretendía
el Mengue hacerlo naufragar en Flora para así deshacerse de él?
Big observó la esfera de Flora mientras ponía la nave en órbita. El planeta era verde y
nuboso lo que indicaba la existencia de abundante vegetación. “Una jungla sofocante y poblada
de bestias feroces”, reflexionó Bravo. Después de varias vueltas en torno al planeta que sólo
mostraron selva y pantanos extensos como océanos, Cabezas señaló un claro en medio del

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

bosque que despedía reflejos cristalinos. Llamaba la atención la falta de transición entre la
vegetación y el claro. Era el único lugar despejado.
–Parece un domo climatizado. Deberemos descender allí –opinó Bravo.
–La astronave no se posará en el planeta –dijo Cabezas–, pero Mina y tú deberán bajar,
en el módulo explorador. El Mengue ha decidido que te quedes con ella en este nuevo Paraíso.
Bravo comprendió que para rebelarse debería vérselas con el Mengue que conducía la
nave por control remoto. Estaba empezando a vislumbrar el destino que les esperaba.
–¿Quieres decir que la nave disparará sobre el planeta desde aquí, para alterar su curso?
–Puede que no os afecte–, dijo Cabezas hipócritamente compungido.
Pero aún el Mengue estaba sujeto a los avatares del destino.
–Lamento comunicarle, Vicario Cabezas, que tenemos compañía –dijo la sexy chica,
señalando por la ventanilla.
Un satélite artificial se estaba acercando a la nave. Cabezas tradujo su mensaje.
–Nos ordena evacuar la nave pues esta será destruida. Es un satélite defensivo de una
civilización floriana y ha detectado los proyectiles nucleares de la nave.
–¿Qué opina de eso “nuestra” nave robot?
–Debemos obedecer, el satélite ha anulado los sistemas de la nave.
El módulo de exploración con los viajeros se separó de la nave e inició su descenso hacia
Flora. Apenas se habían alejado lo suficiente, la nave robot del Mengue estalló y fue envuelta
por una nube de fuego. Los náufragos contemplaron enmudecidos, deshacerse lentamente la
bola ígnea que había sido su nave. Habían quedado sin medios para regresar a la Tierra.
***
Buscaron un lugar para descender. Bravo despejó un trozo de jungla con varios disparos
de los cañones de rayos y posó el transbordador sobre las cenizas humeantes. Hicieron un vuelo
de reconocimiento, pero no volvieron a encontrar la cúpula cristalina que vislumbraran desde
la astronave. El vuelo les reveló que la selva estaba plagada de alimañas gigantescas. Predominaban
los insectos de un tamaño varias veces superior al de un hombre y los reptiles prehistóricos.
Allí la vida de un hombre descuidado valía poco. La vegetación era también gigantesca y muy
hermosa. Las flores alcanzaban un tamaño proporcional al de los insectos y un aroma mareador
llenaba el ambiente. Bravo temió hubieran plantas carnívoras. Flora parecía ser el enmarañado
jardín de un gigante. ¿Sería tal vez, un centro de experimentos genéticos o un planeta de
gigantes? De improviso fueron atacados por una nube de mosquitos gigantes que revoloteaban
describiendo súbitos ángulos rectos y produciendo un zumbido ensordecedor. Temió que los
insectos se estrellaran contra la cúpula transparente de la nave y la rompieran, pero los
seudópodos electrificados de la Medusa –a los que la nave debía su nombre–, la protegieron
clavando sus espinas eléctricas en los mosquitos que se acercaron. Bravo posó la Medusa en
el claro recién despejado y decidió que pasarían allí la noche, al amparo de la nave.
Cabezas rumiaba tristemente el brusco cambio de su suerte. El poder del Mengue no
había sido suficiente para salvar su nave del satélite defensivo de Flora y ahora se preguntaba
si el Mengue no sabía lo que iba a pasar. Al igual que Mina Star, al observar los instrumentos
de la nave, cuando abordaron la corriente estelar, se había dado cuenta que ésta sólo rozaría

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

el sistema solar. ¿Estaba el Mengue condenándolo al mismo destino que a Mina y Big Bang?
Bravo fue el primero en acercarse y dijo tendiéndole la mano.
–Estamos en un feo aprieto, Vicario y debemos ayudarnos. Hagamos una tregua y unamos
nuestros esfuerzos para sobrevivir. Después, tenemos que pensar en lo que nos depara el
futuro.
La Medusa era el único vehículo que les quedaba, luego que el satélite defensivo destruyera
la astronave. Para desgracia de ellos, la Medusa no les servía para volver a la Tierra. Esta era
sólo un aeroplano, aunque dotado de algunos maravillosos adelantos. Era imperativo para ellos
encontrar una astronave que les permitiera escapar de Flora antes que la corriente espacial
los llevara más allá del sistema solar.
–Buscaremos el gran claro brillante que vimos desde arriba –dijo Bravo–. Es la única
parte del planeta que no está cubierta de selva y donde parece existir una civilización... humana,
espero. Son evidentemente, los dueños del satélite y si tienen satélites, deben tener astronaves.
–Es nuestra única esperanza de salir de aquí –concordó Cabezas.
Volaron en la Medusa sobre la jungla interminable. Ni siquiera los grandes ríos, que
necesariamente debían existir, eran visibles. Los cubría el alto follaje. En Flora todo era
desmesurado: una rosa era tan grande como una encina y una encina... bueno, aún no habían
visto ninguna. Las arañas tenían el tamaño de un dinosaurio y las hormigas, el tamaño de un
hombre. Curiosamente, junto a esta flora y fauna de insectos gigantes, convivían mamíferos y
reptiles prehistóricos, originarios de medios diferentes. Flora parecía ser el vivero zoológico y
forestal de una galaxia.
–¡Miren allá abajo, una mantis religiosa! –exclamó Mina.
Su índice señalaba la verde espesura que se extendía bajo ellos, abarcando el horizonte.
–Se confunde con el color del follaje.
Cabezas esforzó la vista y de pronto, lo vio. El insecto se había alzado sobre sus patas
traseras.
–¡Arggh, es tan grande como una casa!
Atraído por la curiosidad, Bravo describió varios círculos sobre la bestia. Era un Predicador
o Mantis religiosa, así llamado por la actitud de devota oración que asume al recoger sus pinzas
que en realidad, se aprestan hipócritamente a matar su presa.
–¡Hay un hombre allí, la Mantis va a atacar a un hombre! –gritó Mina.
En efecto, casi a los pies de la Mantis se alcanzaba a ver la pequeña figura de un hombre.
Estaba parado sobre una especie de disco plano. El insecto iba a caer sobre él y el hombre no
se movía.
–¡Sálvalo, Big! –imploró Eva.
–Sí, me acercaré a la Mantis para dispararle.
La Medusa descendió sobre el insecto. A su lado, tenía el tamaño relativo de una mosca.
La Mantis se volvió contra ellos.
¡CHAS!, bajo el gran sol de Flora chasqueó el descomunal tijeretazo del insecto. Las pinzas
se cerraron sobre la nave que fue atrapada en el aire. La Medusa clavó sus mil agujas eléctricas
al tiempo que Bravo la revolvía en redondo. El golpe de corriente empujó hacia atrás al monstruo

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

que quedó balanceándose a la expectativa, con sus garfios en suspenso y los ojos vidriosos fijos
en aquella navecilla.
–¡Me condenara, casi nos hace viruta! –explotó Cabezas.
–Ya lo sabes, eso es una Mantis. Mejor dicho...
¡TSSS! El dedo rígido del láser de la Medusa tocó al Predicador en medio de los ocelos,
lo hizo brillar por un segundo, como nunca lo hiciera en un sermón y lo dejó convertido en una
masa ígnea que comenzó a deshacerse lentamente.
–...mejor dicho, era una Mantis –terminó Big Bang.
–Aterricemos ahora, para rescatar al hombre.
Pero el hombre estaba levantando el vuelo, parado sobre su disco, sin esperarlos. A la
distancia se podía apreciar que estaba vestido con un traje ajustado y multicolor y su rostro
parecía tatuado.
–¡Vaya, se va sin dar las gracias!
–Y tiene una alfombra mágica.
–Debemos seguirlo, ni siquiera el Mengue tiene algo así.
–Es seguro que nos guiará a un lugar civilizado.
–Donde nos pueden prestar una astronave.
–Que es lo que necesitamos.
***
Tenía la soledad de una fábrica, totalmente automatizada y sin obreros. No estaba
habitada ni por un grano de polvo. Aséptica, sola y en perpetuo movimiento. Tenía la pulcritud
de los cementerios de soldados americanos. En los prados sin mácula, regados y podados por
máquinas silenciosas reinaban las gárgolas, fealdades de piedra en montura verde. En un
vasto prado hallaron por fin el disco. El hombre no estaba.
Habían llegado hasta la ciudad siguiendo al disco plano con el hombre sobre él. La selva
terminaba abruptamente allí donde se extendía, hasta perderse en el horizonte, una fila de altas
torres coronadas por cúpulas cristalinas que emitían una suave luz. Evidentemente las torres
eran la causa de la brusca desaparición de la vegetación. Ni las semillas llevadas por el viento
podían atravesar aquella barrera de mortal radiación. La aguja del contador Geiger de la nave
osciló violentamente al acercarse a la barrera. El suelo sembrado de los esqueletos de las
alimañas de la selva, atestiguaba la efectividad de la barrera. El disco con el hombre se elevó
verticalmente al llegar allí.
–Va a pasar sobre el límite de las radiaciones.
Pasaron por lo alto sin inconvenientes, pero habían perdido de vista al disco con el hombre.
–Es una muy buena alfombra mágica la suya –comentó agriamente Bravo.
Durante varias horas deambularon por la ciudad hasta que renunciaron a encontrar sus
límites caminando. Las radiaciones que emitían las torres, que al parecer la rodeaban,
conformaban el domo que habían creído ver desde el espacio. Estaba vacía de vida, así como
llena de movimiento automático. ¿ Dónde se había ido la gente? Una extraña opresión les decía
que la ciudad estaba abandonada hacía siglos. Era como si las voces de miles de muertos
hablaran a sus mentes. Cabezas sintió erizarse sus cabellos, pero no dijo nada. Una y otra vez

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

recorrieron calles desiertas y una y otra vez, vacíos vehículos de transporte se detuvieron a su
lado en muda espera. No se decidieron a abordarlos y resolvieron no separarse.
–¡Caray, esta es una ciudad repelente! Tiene toda la “alegría” de los cementerios.
Como invocado por sus pensamientos, el hombre del disco volador cruzó el aire a cierta
distancia de ellos.
–¡Allí está de nuevo, sigámoslo!
Siguiendo al hombre, la Medusa sobrevoló una amplia avenida flanqueada por edificios
en forma de cruz, la típica construcción de la ciudad, que le daba un aire fúnebre a los ojos
de los terrícolas. Era poco probable que la cruz tuviera para los que construyeron esos edificios,
el mismo significado que tenía para los terráqueos. En medio de la pista se erguía una delgada
y alta columna que sostenía un gran aro. Nada más. Parecía, por su forma, una inmensa lupa
plantada en medio de la ancha pista o carretera, pero carecía de lente. Era simplemente un
anillo por el que fácilmente podría pasar una formación de naves como la Medusa de a cinco
en fondo. El hombre del disco lo atravesó y desapareció.
Los viajeros miraron sin comprender. A través del aro, más allá de este y por sus costados
podían ver la prolongación de la planicie y de los edificios, hasta donde se perdía la vista y sin
embargo, el hombre ya no estaba. Parecía habérselo tragado el aire... o el aro.
–Ese hombre era nuestra última esperanza –maldijo Bravo–. Nada tenemos ya que perder.
¡Vamos allá nosotros también!
Bravo lanzó la Medusa directamente contra la abierta boca del aro. ¿Era tal vez, la boca
de otra dimensión?, se preguntó Mina en el último instante. Cruzaron el aro y todo era igual,
pero... ¡la ciudad estaba llena de gente!
Como si una mano gigantesca hubiera girado la llave de un interruptor, iluminando lo
que antes no se podía ver, los viajeros contemplaron una ciudad pululante de gente atareada
en sus menesteres y que no parecía reparar en su pequeña nave. El ruido de la ciudad llenaba
ahora sus oídos. ¡Pero antes también había luz y no veían, ni oían a nadie!
–¡Esto es evidentemente imposible! –exclamó Cabezas.
–¡Bah!, ¿no ves acaso la gente? –le contradijo Bravo.
–¿Qué me dicen ustedes de la quinta dimensión? -preguntó Mina Star, con aire entendido.
Antes de que la sensual científica alcanzara a explicar su teoría, se vieron rodeados por
una formación de hombres en plataformas volantes que les señalaron expresivamente un camino.
–Observen las piernas de los hombres –dijo Bravo.
–¡No tienen pies! –De unos orificios de las plataformas volantes, salían unas emanaciones,
aparentemente gaseosas, que formaban las piernas y el cuerpo de los hombres–. Son una
procesión de fantasmas. ¿O seres inmateriales o de una substancia intermedia entre la materia
y el espíritu?
Cabezas rechazó esta última explicación.
–¿Para qué querrían una ciudad material unos seres inmateriales?
Los poltergeist los guiaron hasta la entrada de uno de los edificios en forma de cruz. Se
apearon renunciando a la precaria protección de la Medusa.
–Debemos arriesgarnos, recuerda que queremos conseguir una astronave –animó Bravo

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

a Cabezas, que se mostraba renuente.


Los “espíritus”, como los llamó Mina Star, eran mudos testigos del paso de los viajeros
y no se les acercaban.
–Hay algo que me molesta, indicó Bravo, ¿se han dado cuenta que esta situación es un
cliché? Está sucediendo lo que se supone que debería suceder en casos como éste.
–Entiendo lo que quieres decir -dijo Cabezas-, ahora corresponde que nos conduzcan ante
el mandamás de este lugar.
Estaban entrando a una gran estancia, cuyo aspecto correspondía a la fórmula enunciada
por Cabezas. Era la típica “sala del trono”, llena de cortesanos. Los terrestres fueron conducidos
ante el trono. El soberano era un hombre alto y erguido, de rostro aguileño y enjuto. Como
todos los demás, tenía la cara tatuada, ¿o eran así? Hizo seña a los viajeros de que hablaran
por la bocina de una caja que había al pie del trono.
–Debe ser una máquina traductora –comentó Bravo.
En el techo abovedado había un gran mapa estelar. Bravo observó con sorpresa en la
región del Unicornio la representación del río estelar que arrastraba a Flora, insinuando su
curso hacia las regiones donde estaba la Tierra, ¡a miles de años luz de distancia!
–Creo que estamos hablando a fantasmas. Hace miles de años que la corriente espacial
arrebató este planeta de su sistema, según ese mapa estelar –dijo Bravo con desaliento,
sosteniendo el micrófono–. Bueno, allá voy: somos de la Tierra y venimos para desviar a Flora
de su curso de choque con la Tierra. Bueno, veníamos... y yo estoy hablando con una máquina
–agregó con desaliento, dejando el micrófono sobre la caja traductora.
Algunas luces cambiaron en la caja traductora y el soberano empezó a hablar ¡en castellano!
“Soy Lord, príncipe de Imperiax, sistema solar de veintiún planetas. El mismo río espacial
que amenaza a vuestra Tierra, sacó a Flora de Imperiax. Yo y todos los cortesanos que aquí
veis, estábamos en Flora entonces...
En Flora estaba uno de los palacios de verano de la familia imperial y sus terrenos de
caza. Cuando el río espacial arrastró a Flora, el príncipe heredero, el joven Lord, estaba en el
planeta con su corte. Flora era además, un planeta destinado a la investigación y experimentación
científica. Salvo aquel en que estaban ahora, no había centros poblados en Flora.
“La flota imperial ha acudido a rescatarnos –continuó Lord–. Ahora, cuando hacemos esta
filmación que ustedes pueden ver nos hallamos a punto de abandonar Flora. Dejaremos una
nave para aquellos náufragos que lleguen a Flora en el futuro. La ciudad quedará viva, cuidada
por los robots.” Dicho esto las gigantescas figuras de Lord y sus cortesanos se desvanecieron.
Se hizo un silencio espectral. Mina Star se llevó una mano a los labios para contener un grito.
La sala del trono estaba vacía.
–De esto hace ya más de mil años –musitó Bravo para sí–. ¿Estará todavía la nave de los
gigantes?
–¿Oyeron ustedes eso? –cacareó Cabezas–. ¡Somos los únicos seres vivos en este lugar!
Pero no lo eran. En esos mismos momentos, un inmenso tigre dientes de sable había olido
sangre dentro del palacio y se acercaba silenciosamente a los hombres que la llevaban en sus
venas. Hacía muchos años que sólo se alimentaba de las presas vivas o muertas que las máquinas

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

colectoras de alimentos seguían trayendo de las granjas y criaderos automáticos, cuando


detectaban vida dentro de la ciudad. Siendo el tigre un cachorro, había trepado llevado por la
curiosidad a una de las plataformas volantes que patrullaban, como salvavidas, más allá de
la barrera. Estas “alfombras mágicas”, como las había llamado Bravo, salían una vez al día de
la ciudad, se posaban durante una hora dentro de un radio de cien kilómetros y luego regresaban.
Aquella plataforma volvió con el cachorro y este no pudo volver a salir. Se alimentaba de la
comida que le traían los robots y probablemente terminaría sus días en la ciudad abandonada.
Pero he aquí que un día habían aparecido en las silenciosas estancias de pisos relucientes,
recorridos sólo por máquinas que tragaban imaginarios granos de polvo, aquellos hombres,
aquellos seres vivos. Eran intrusos que invadían su morada. Su instinto sanguinario le impelía
a matarlos.
El sultán de aquel reino del silencio se deslizó por los pasillos alfombrados en busca de
sus presas.
–El “espíritu” dijo que había aquí una astronave para escapar. ¡Busquémosla! –resolvió
Bravo.
–Tengo la sensación de que nos observan –dijo Eva.
–¡Bah, son sólo fantasmas! –se burló Cabezas.
Al cabo de un rato encontraron la nave. Era una gran esfera y estaba en el fondo de un
foso cilíndrico. Cabezas se apresuró y, sin esperarlos, descendió por un ascensor hasta la
astronave. Big Bravo se inclinó sobre una barandilla para mirar el redondo casco, siete pisos
más abajo. Allí se afanaban una especie de cucarachas de redondas caparazones. Eran la
tripulación de la nave.
–¡Tengo unas amigas, parientes de ustedes! –comentó Cabezas, mientras calculaba cómo
entenderse con los robots.
Un suave zumbido subió hasta Bravo adormeciendo sus sentidos. Mientras, un par de
ojos felinos se fijaron en su yugular. El tigre se recogió para saltar.
Bravo calculó el porqué del foso de lanzamiento. “Es más fácil hacer despegar una
astronave de un lugar abierto”, reflexionó.
–Esto es igual a un cañón –dijo volviéndose–, el foso dispara la esfera como una bala...
¡AARGGGHH!
Un rugido paralizante acompañó la trayectoria del tigre que saltó sobre Bravo. Había
salido de una puerta tras ellos, sin que ninguno de los aventureros, absortos en la contemplación
de la nave, se percatara de su presencia. El tigre dientes de sable debe matar de una dentellada.
El no muerde, sino que apuñala a sus víctimas con sus grandes colmillos. Los colmillos de este
medían casi veinte centímetros, suficiente para matar a un paquidermo y con mayor razón, a
un hombre, pero lo que distinguía a Big Bang Bravo de un hombre común era la rapidez y
seguridad de sus reflejos que eran más rápidos que su pensamiento. Eran tan certeros como
los de un robot y fue gracias a eso que el tigre falló su dentellada. “ Estaba diciendo que el foso
dispara la esfera como una bala... disparar... un tigre. El tigre se dispara como una bala y tú
debes esquivar las balas así, arrojándote al suelo.” Antes de haber pensado Bravo todo esto,
ya estaba en el piso. Casi en el mismo instante, sus piernas lo estaban alzando, como resortes,

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

mientras el tigre se estrellaba contra la baranda. Bravo se montó sobre su lomo y le aplicó
una llave en el cuello, tratando de quebrárselo. Las garras del tigre arañaron el aire. Bravo
aumentó la presión. El enorme animal dio un salto desesperado, arqueando el lomo y enterrando
la cabeza entre sus patas delanteras. Bravo fue despedido limpiamente y golpeó contra el suelo
donde quedó inconsciente. El tigre se volvió para rematarlo.
Mina Star gatilló su pistola, pero esta sólo produjo un clík. Estaba descargada.
Instintivamente, la joven arrojó el arma contra el cráneo del animal. La pistola rebotó en este
sin dañarlo. El tigre se volvió hacia la joven. Bravo seguía aturdido y Cabezas estaba en el
fondo del foso. Mina se cubrió la cabeza con los brazos esperando el fin.
Una vibración in crescendo sacudió el edificio que rodeaba el foso. El suelo se movió
mientras un sordo rugido subterráneo iba en aumento. La fiera rugió espantada y empezó a
correr.
–¿Qué diab...?, ¡un terremoto! –exclamó Bravo incorporándose de un salto.
Pero no era un terremoto. Una esfera brillante surgió del pozo arrojando fuego por sus toberas.
–¡La astronave se va, Cabezas nos ha traicionado!
Pero no ocurrió eso. La astronave había sido elevada por una plataforma que se detuvo en la
boca del pozo y esperó. Evidentemente, ese era el verdadero sitio de despegue del artefacto.
–¡Chitas! Llegué a dudar del enano Cabezas. Espero que ahora nos saque pronto de aquí,
antes de que el tigre ataque de nuevo.
Efectivamente, una compuerta se abrió en el casco de la nave y una escalerilla descendió
de ella.
***
Estaban a salvo dentro de la nave.
–¿Podremos manejar la nave, Vicario?
–Los robots semiesféricos lo harán todo –replicó el muchacho señalando a las pequeñas
“cucarachas” metálicas que se deslizaban por el interior de la nave–. Sólo tuve que indicar el
punto de destino en el mapa estelar y ellas empezaron a trabajar.
Corroborando sus palabras la astro-esfera vibró y empezó a elevarse.
–¡Eh, amigos, el tigre! –Bravo señaló las pantallas que mostraban el exterior.
Vieron la astroesfera iniciando su despegue y sobre ella el tigre dientes de sable aferrándose
del casco con sus garras y colmillos y resbalando sobre este. Parecía un minúsculo gato tratando
de atrapar un gran ovillo y si la vida es sueño, eso sería precisamente lo que estaba ocurriendo.
La astronave aceleró con rapidez inusitada. Durante una fracción de segundo tuvieron
una fugaz visión del fin del drama que les había tocado vivir en Flora. Junto al foso de lanzamiento,
yacía el cadáver del último habitante de la super civilizada Lordópolis: el cavernario tigre de
los dientes de cuchillo. Pronto la ciudad fue, en la lejanía, sólo un lunar plateado en la verde
selva floriana y después la selva misma se convirtió en una mancha de color en la curvatura
del planeta. Una nueva fuerza comenzó a arrastrarlos.
–¡La corriente estelar!
Flora corría junto a ellos como un globo arrastrado por la fuerza gravitacional de la
corriente. Un reloj dio chasquido en un panel de instrumentos y se encendió un motor

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Eridano Nº 16 Big Bang Bravo

suplementario. ¡La nave resistió a la corriente! Vieron alejarse a Flora como un balón despedido
por un puntapié. La astroesfera enfiló resueltamente hacia la ribera de la corriente gravitacional
y saltó fuera de ella como un pez.
Estaban camino a casa.

© Raúl Zenén Martínez

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Eridano Nº 16
SEMILLEROS
por Daniel Guajardo

Las abejas son su especialidad. Es apicultor, pero también periodista, diseñador de páginas web,
educador, escritor, dibujante y tocaba en una banda de rock. Pero las abejas son lo primero que
se me viene a la mente al verle. Superpongo la imagen del Bumble Bee Man, el personaje de Los
Simpsons. Cuando Daniel Guajardo me conversa, no puedo evitar dibujarle unas antenas imaginarias
y estrías alternativamente amarillas y negras.
exxEntre sus logros está la primera mención honrosa en el concurso Púlsares, edición de 2003,
por este cuento. Obtuvo otra por el relato Los matices del negro en el primer concurso de literatura
Andrés Bello, Chile, en 2001. Como es un hombre generoso, se sumó a los miles que creen que
toda literatura es patrimonio de la humanidad y adoptó la licencia Creative Commons para su
obra. Ahora permite que cualquiera pueda leerla en su sitio web Literadura. En tanto que su afición
a la música, la lleva por el lado de Panchajana, una banda de corta pero intensa duración, de rock
independiente, a veces melódica, a veces con un sonido crudo, cercano al Garage. Me gusta su
demo del 2006: Lágrimas de Fuego, y parece que ahora piensan reunirse otra vez. Daniel se ocupa
del bajo.
exxSus relatos van y vienen de un estilo muy particular de realismo mágico. Una buena muesta
es Artemio Salinas, sobre un viejito, en un pueblo perdido y pastoral, que decide investigar un
crimen porque le trae resonancias que no puede fijar en su memoria. Desenfadado, con pintas de
ciencia ficción, planea sobre toda su narrativa un humor inocente que no deja de ser también negro
o satírico. Pero también es cierto que no es muy prolífico, lo que acarrea problemas. Como el tener
que amenazarlo con el infierno para darse la real gana de escribir. No creo que esté pensando en
amaestrar sus abejas para ponerlas delante de un teclado, aunque sería algo muy beneficioso
para el resto de nosotros que no somos muy prolíficos.
exxEste cuento de Daniel es un acercamiento de cuento de hadas a la ciencia ficción. Porque en
él subyace todo un ciclo biológico, pero contado desde un punto de vista prosaico. Porque es mucho
más factible que una comunidad vea su entorno de una manera más pedestre que un grupo de
científicos, y una forma de vida “baile” delante de sus narices y se parezca a una “señora ratón”,
que otorgarle nombres latinizados. El ser humano nunca deja de ser animista, a pesar de toda
su tecnología, y llevará su antropomorfismo a las colonias en otros planetas.

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Eridano Nº 16 Semilleros

Colonización
Cuando llegamos al planeta, pensamos que sería fácil rehacer la vida que habíamos dejado en
la Tierra devastada. Pero éramos pocos y faltaban al menos quince años para que arribara la
segunda oleada de colonos. No sabíamos a qué atenernos y fuimos arriesgados. En realidad,
fuimos estúpidos.
El planeta era la copia fiel de la Tierra en sus mejores años. Había bosques y animales
que saltaban por sus ramas, aves, insectos y todo lo que recordábamos, sólo que distinto.
Yo tenía veinte años cuando descendió el primer grupo de exploradores a hacer los análisis
de compatibilidad. Desde la nave seguí con expectación los movimientos de los afortunados que
habían bajado, atento a cualquier noticia. Vimos una pradera amplia junto a un río de aguas
cristalinas y un cerro cubierto por árboles verdes que se mecían suavemente con la brisa
matutina. Vimos a los exploradores sin sus máscaras, bebiendo del río y corriendo por la
pradera, poseídos por la ansiedad de quienes han viajado diez años en una lata de conserva.
Enloquecimos de júbilo, celebramos e iniciamos los preparativos para descender lo antes posible.
Nos deshicimos de nuestro pasado, olvidamos el dolor y el terror de la muerte, destruimos
nuestros nombres y nos volvimos un poco anarquistas. Pero bastaron unos pocos días para
que recordáramos, que por motivos igualmente egoístas, nuestro planeta había quedado reducido
a escombros radiactivos.
Nos bautizamos con nombres nuevos. Algunos se nombraron como animales olvidados
de La Tierra, como objetos o mitos. Otros inventaron palabras que sonaban bonitas y las
repartieron para quien las quisiera. Yo me bauticé Getzal, oí esa palabra o alguna muy parecida
cuando era pequeño y me quedó grabada en la memoria. Mamá se llamó Orión y papá, Santiago.
El planeta se llamó Hogar, porque nos sentíamos como en casa. Levantamos un refugio
provisorio junto al río para los doscientos colonos, cazamos animales salvajes y nos dimos un
festín. Tomamos agua del río, comimos los frutos
dulces de los árboles y fuimos las personas más
felices del Universo.
En cosa de tres meses levantamos un pueblo
completo. Estábamos todos instalados en nuestras
casas, nos dedicábamos a cultivar en los patios y a cazar
en los bosques, cuando aparecieron los primeros síntomas.
Alguien se quejó de polillas el estómago. Nos reímos
y dejamos pasar el tiempo. Pero un mes después
el pueblo entero estaba enfermo. Los cosquilleos
no nos dejaban dormir. Nos daba miedo comer.
Intentamos todos los remedios que conocíamos
para eliminar parásitos, sin éxito. Los médicos también
© Anónimo
estaban afectados. Todos nos sentíamos oprimidos por la
impotencia, algo nos carcomía desde adentro y no sabíamos
cómo detenerlo.
Pasaron los meses y no morimos. La causa de los

59
Eridano Nº 16 Semilleros

malestares era un pequeño parásito con tentáculos largos y orificios como bocas en su cuerpo.
Estaba adherido a la pared del estómago y se alimentaba de lo que comíamos. Muchos se dieron
con una roca en la cabeza al recordar que habían visto algo parecido en los estómagos de los
animales que faenaban en el matadero junto al río.
No servía eliminarlos, porque pronto aparecería otro y el parásito inquilino se encarga
de mantener el resto del estómago libre de otros parásitos. Hemos vívido con ellos desde entonces.
Los niños los adquieren apenas consumen su primer alimento sólido.
Los pulpos viven un año, a veces más y cuando mueren, aparecen varios al mismo tiempo.
Sólo entonces se complica el cuadro, porque los tentáculos salen incluso por la boca y ni se
puede comer, pero en dos o tres días el más fuerte elimina al resto y la vida sigue igual que
siempre.

El Señor Ratón
El planeta permanecía eternamente en primavera. Los días duraban veinticinco horas,
amanecía a las siete y oscurecía a las diecinueve. Mamá cocinaba lo que cazaba papá y yo
cultivaba en el patio. Después de comer nos dedicábamos a recorrer los alrededores del pueblo
y a anotar todo lo que descubríamos, porque al terminar el mes cada familia elaboraba un
informe y lo presentaba al resto de las familias en el refugio.
La reunión se convertía en una fiesta. Nadie creía lo que decía el resto. Muchos no se
creían ni a sí mismos. Mamá reía como loca y papá se iba temprano, enfermo por semejante
falta de seriedad. Yo me quedaba a escucharlo todo, anotaba las historias que se repetían y
volvía a casa a dormir.
Una mañana nos despertó la risa de Mamá. Fui a la cocina y la encontré sentada mirando
por la ventana. Me dijo que esperara callado. De pronto algo saltó adentro. Era peludo, como
un gato, aunque más parecía una rata flaca. Tenía cuatro patas y dos manos con las que
sostenía un plato vacío.
Me puse a la defensiva, buscando algo con qué matar al bicho, pero mamá sonreía y el
animal también, con dientes afilados y ojos brillantes. La criatura dejó el plato en el piso, hizo
algunos gestos complicados con sus manos y se puso a cantar. Su voz era preciosa y cantaba
moviendo la cabeza y las manos, concentrado y feliz.
Cuando terminó de cantar se dio media vuelta y saltó por la ventana. Según Mamá era
la segunda vez que venía. El día anterior lo vio parado la ventana y le arrojó un plato a la cabeza.
El animal se fue y regresó al día siguiente con el plato entre las manos. Pidió de comer haciendo
gestos. Por eso Mamá rió tan fuerte. Le dio verduras y carne en el plato y el animal se fue a
comer a otra parte.
Esa tarde almorzamos y Mamá guardó los restos, para el “Señor Ratón”. Reímos mucho
y yo salí a preguntar si alguien había visto a un animal similar entrando a sus casas para pedir
comida.
De las cinco casas que visité, en tres vieron animales peludos como ratas que pedían
comida. Nadie les daba, chillaban enojados y se iban dejando un pedo desagradable en el aire.
Al día siguiente el Señor Ratón volvió. Sonrió a Papá y a mí, Mamá le dio un plato con

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Eridano Nº 16 Semilleros

las sobras y éste saltó por la ventana. Cinco minutos después entró por donde mismo con el
plato vacío y cantó. Lo mismo ocurrió dos semanas seguidas, hasta que un día no apareció.
Nos preocupamos. El Señor Ratón está enfermo. El señor Ratón está muerto. Pero al día
siguiente volvió, sonriente como siempre, acompañado de cinco pequeños animalitos de ojos
grandes. Imaginamos que debían ser sus hijos y Mamá se preocupó porque no tenía suficientes
bocados para todos. Pero el Señor Ratón no aceptó la comida que se le ofrecía, hizo algunas
piruetas y sus crías cantaron al unísono. ¡Era hermoso! Y mientras cantaban, Señor Ratón
bailaba sobre sus cuatro patas, moviendo la cabeza y las manos, orgulloso.
Cuando acabaron de cantar, sonrieron, dieron media vuelta, se marcharon saltando como
conejos. Mamá nos miró con un brillo de comprensión en los ojos. "Señora Ratón" corrigió y
se fue a ordenar la mesa para el desayuno.
Cuando finalizó el mes, Mamá hizo su exposición en el refugio. Mientras hablaba, mucha
gente se levantaba y decía "tiene razón, yo también lo vi" o, "ellos son los dueños del planeta".
Papá se fue temprano, como siempre, pero con el pecho inflado de orgullo. Mamá recibió aplausos
y yo me quedé hasta el final para oír el resto de los informes. Todos decían lo mismo.
La Señora Ratón u otra que se le parecía mucho, volvió tres meses después. Durante las
semanas que duraron sus visitas, unas cuantas casas del pueblo se llenaron con gente que
quería oírlas cantar. Tuvieron sus crías y ese día se armó una fiesta.
Pero no tardó en aparecer la duda. Estos ratones pedían la comida para sus crías y se
comportaban de modo inteligente, tenían gestos y actitudes que se asemejaban a las nuestras.
Pero ese comportamiento no podía ser reciente. Cuando no estábamos nosotros, ¿a quién le
pedían la comida?

La Peste
Pasaron cinco años desde nuestra llegada y en ese tiempo se habían establecido alrededor
de setenta familias. Los márgenes del pueblo se ampliaron y todas las tierras en veinte kilómetros
a la redonda habían sido exploradas sin encontrar nada extraño, excepto un animal aracnoide
que atacaba cualquier cosa que se moviera y que estrangulaba su presa hasta dejarla sin aire.
Tres personas murieron durante los primeros avistamientos y nadie tuvo reparos en salir de
sus casas para matar al bastardo. Cuando llegué con mi rifle ya lo habían reducido a una masa
de carne y plomo.
Por esa época me enamoré. Ella tenía veintitrés años y se llamaba Liara. Era hermosa.
Bailaba cada atardecer en los campos cubiertos por burbujas y pájaros. Paseábamos por la
orilla del río en las mañanas, recogiendo esponjas y pescando gusanillos para el desayuno.
Nos conocíamos de antes, cuando corríamos por los pasillos de la nave antes de llegar a
Hogar. A menudo proyectábamos nuestras vidas hacia el futuro, planeábamos viajes y la
colonización del resto del planeta. Revisábamos mis anotaciones de las reuniones en el refugio
y especulábamos sobre cada extraño fenómeno, creando mitos que después difundíamos en
pueblo.
Nos íbamos a casar. Estaba todo listo. Pero vino la Peste.
Comenzó como un resfrío. Un día después, todo el pueblo cayó enfermo con fiebre

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Eridano Nº 16 Semilleros

y hemorragias. Los parásitos estomacales morían y el cabello se caía de todo el cuerpo. Nadie
sabía cómo se transmitía ni de dónde había salido. Nadie esperaba enfermarse jamás.
Los virus presentes en otros animales y que no eran compatibles con nosotros, habían
mutado a lo largo de los años adaptándose a nuestro metabolismo y bastó con que una persona
enfermara para que el pueblo quedara desprotegido. Los médicos no sabían qué hacer. Ellos
mismos enfermaban y quedaban postrados en sus casas. Dos días después del primer caso la
mitad del pueblo había sido diezmada. Mamá y papá no sobrevivieron. Tampoco Liara.
Los médicos sobrevivientes no pudieron hacer nada. Tenían las mejores máquinas para
encontrar una cura y cuando lo hicieron ya era demasiado tarde. Los que sobrevivimos creamos
defensas contra el virus. Luego vinieron otras enfermedades, pero ninguna fue tan terrible como
la primera.
Tomamos precauciones. Separamos las casas nuevas para lograr cuarentenas más
efectivas, redujimos la producción de desechos y establecimos reglas sanitarias básicas en lo
que respectaba al tratamiento de los alimentos. Debimos hacerlo desde el principio.
Los pulpos regresaron a hacer sus cosquillas y esa fue la señal de que volvíamos a la
normalidad. Algunos decidimos alejarnos lo más posible del resto de la gente. Lo único que
lográbamos era amargarlos con nuestras caras largas y miradas perdidas.
Yo crucé el río, subí a las montañas y construí una cabaña junto a un riachuelo. Allí me
quedé, como ermitaño, a descansar mis penas y cultivar algunas flores.

Pequeños Hombrecillos Verdes


Bajaba una vez al mes para asistir a las reuniones en el refugio, a enterarme de todo en
un par de horas. El evento ya no me divertía como antes, pero de algún modo me mantenía
conectado con la realidad. Y como siempre anotaba los relatos que coincidían y volvía a mi
hogar para meditar sobre ellos.
De todas las historias, una se repetía con insistencia: pequeños hombrecillos verdes
aparecían dando saltos entre las malezas, realizaban algún rito o brujería y desaparecían sin
dejar rastro. Pensé que podía ser otra burla inventada por algún ocioso, o que se trataba de
alucinaciones provocadas por algún hongo en los cereales o qué sé yo. En realidad, no me
importaba tanto. Tal vez en el futuro escribiera un libro a partir de todos los disparates que
he oído en esas reuniones.
Una mañana salí de casa a revisar mis flores cuando vi uno. Sentí escalofríos. El hombrecillo
tenía la cabeza redonda, el estómago abultado, las extremidades delgadas, dos ojos saltones y
la boca como una pequeña línea bajo los ojos. Era de color verde, no más grande que mi puño
y sonreía paseándose entre las flores, tocándolas, mirándolas de cerca y sintiendo su aroma.
De pronto me miró asustado. Me congelé junto a la puerta y él comenzó a bailar, girando
sobre un pie y dando pequeños saltos con destreza. Me acerqué lo más que pude sin asustarlo,
esperé sentado en el pasto y allí me quedé, contemplándolo totalmente absorto por su belleza.
No había nada sobrenatural en él, de eso estaba seguro.
Se me acercó dando pequeños pasos, le sonreí, estiró sus brazos y bailó con más energía
aún. Parecía feliz y me alegraban sus piruetas. De pronto se detuvo y su pecho subía y bajaba

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Eridano Nº 16 Semilleros

sin cesar. Me acerqué más, lo levanté con delicadeza y lo llevé dentro de la casa, donde le serví
un vaso con agua para que bebiera, pero en vez de beberla se sumergió en ella y allí se quedó
varias horas con una expresión de placer en su pequeño rostro.
Lo observé con detenimiento. Su piel era como la superficie de una hoja, su boca servía
sólo para respirar y lo que parecía un ombligo era su verdadera boca. Nos miramos y él comenzó
a hacer gestos con sus manos. Era tan divertido que no pude parar de reír y eso parecía animarlo
a seguir con las payasadas.
Estuvimos así conversando varias horas. Deduje que era un vegetal animado, aunque no
podía estar seguro de que lo fuera. Tal vez era un animal de esos que se camuflan entre las
plantas. Y era inteligente a su modo, como lo era la Señora Ratón, como un niño, un duende
inofensivo, alegre e inocente
Cuando el sol se ocultaba, lo dejé ir. Se despidió con una reverencia alegre y desapareció
dando saltos entre los arbustos que crecían junto al riachuelo.
Al día siguiente volvió acompañado por cinco más como él. Bailaron todos juntos e hicieron
una coreografía de saltos y piruetas. Reí con sus caídas y bufonadas. De pronto todos se
quedaron quietos, exagerando su cansancio, con miradas traviesas y representaciones dramáticas.
Los dejé entrar a la cabaña y los puse a todos en una olla con agua fresca. Allí chapotearon
toda la tarde hasta la caída del sol.
Como no sabía de qué se alimentaban, les dí a probar trozos de frutas. Los sopesaron y
se los introdujeron por el ombligo. Aplaudieron, sonrieron y pidieron más. Los atiborré con fruta
y hojas de lechuga, hasta que se marcharon.
Al día siguiente regresaron acompañados por diez más. Armamos un despelote en la casa,
comieron frutas y chapotearon en las ollas, bailaron y aplaudieron. Apenas se fueron pensé
que pronto la casa se haría pequeña para todos los que estaban por venir y que no tenía
suficientes ollas para que chapotearan y se divirtieran.
Comencé de inmediato a trabajar en un lugar especial para ellos. Construí un cuarto
pequeño con tres pisos de veinte centímetros cada uno. Puse escaleras, barandas para que no
se cayeran, una pileta con agua y macetas con tierra para plantar flores.
Al día siguiente volvieron. Eran treinta. Entraron al cuarto, observaron asombrados, se
bañaron, comieron y descansaron. Cuando caía la noche no se marcharon. En cambio, se
enterraron en las macetas y allí durmieron con las cabezas afuera, roncando suavemente.
Durante tres meses no volví al pueblo. Cada día había más hombrecillos y tuve que
ampliar el cuarto. Ellos dormían en sus macetas y yo les daba frutas para que comieran.
Entonces, una tarde vino un médico del pueblo, Tuzo. Muchos de los pobladores se habían
preocupado al no verme en las reuniones del refugio. Dí una disculpa torpe y le pedí que se
marchara.
Él se fue mirando de reojo el cuarto ampliado en la parte trasera de la casa.
Esa misma tarde fui donde los verdecitos y los conté, para asegurarme que no me habían
robado ninguno. Les puse cintas con un número en los brazos y anoté cien de ellos. Desde que
no llegó ninguno más, la puerta de entrada quedó cerrada, así que no podían aumentar en
número. Pero al día siguiente, habían dos sin su cinta. Pensé que se las habían quitado, así

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Eridano Nº 16 Semilleros

que los conté a todos uno por uno y descubrí que estos eran nuevos.
Una semana después, habían tres más. No pude localizar por dónde entraban y deduje
que se multiplicaban de algún modo. Los observé detenidamente esa semana y descubrí a uno
que se enterraba más temprano. Lo observé toda la noche y al día siguiente se desenterró como
todos y siguió la misma rutina de bailes y chapoteos. Revisé su maceta con detenimiento y
encontré una semilla negra, o un huevo. Lo planté en otro lugar y me quedé todo ese día y el
siguiente esperando que algo ocurriera.
Estaba claro que debajo de la tierra algo crecía, porque la maceta parecía estar cada vez
más llena. Entretanto en el cuarto de los verdecitos se había armado un gran alboroto. Un
grupo de hombrecillos parecía discutir en torno a la maceta maltratada. Los animé a que me
siguieran y, les mostré la otra maceta. De inmediato comenzaron a bailar y a festejar. Para ellos
no había disgusto que durara más de un minuto.
El hombrecillo emergió de la tierra esa tarde. Me miró con curiosidad y yo lo conduje con
sus hermanos. Nuevamente se armó una fiesta. Les repartí frutas y verduras frescas, llené las
piletas con agua cristalina del río y me preparé para ir al pueblo.
Todos en la reunión parecían alegres de verme. El médico les había hablado de mi extraño
comportamiento y supusieron que tramaba algo y que no quería compartir la información. A
fin de cuentas, era un pueblo chico y hasta con la caída de un árbol se armaba alboroto. Pero
al menos la vida privada seguía siendo privada.
Subí al podio y me quedé allí mirando las caras expectantes. Abrí mi chaqueta y de un
bolsillo interior saqué a un hombrecillo. El pobre estaba asfixiándose, así que lo sumergí en
un vaso con agua y le dí fruta. Entretanto todo el pueblo me rodeó para ver de cerca a esa
extraña criatura. Los niños querían tomarla, pero no los dejé. Pensé que había hecho una
estupidez al llevarlo hasta allí. Ya no estarían seguros, alguien podría cazarlos o convertirlos
en mascotas.
Dije que eran peligrosos si se los molestaba. Confiaban en mí y por eso no me hacían
nada. Vi rostros aterrados que se alejaban del circulo. Mucha gente los había visto antes y
pensaron en atraparlos para hacerse famosos. Se esparció la tonta idea de que eran una
civilización avanzada que vivía bajo tierra.
Me preguntaron cómo se llamaban y como no se me ocurría nada pomposo ni aterrador,
dije Semilleros. Comen fruta, atrapan un animal y ponen mil semillas en su cuerpo. Cuando
nacen el animal muere atormentado por terribles dolores.
Al final de la noche sólo los médicos permanecían cerca de nosotros. Tuzo que permanecía
más cerca que el resto, sabía que mentía. Lo noté por su mirada y de algún modo también
comprendí que guardaría el secreto.
El hombrecillo sonrió y bailó alegre de ver otros rostros sonrientes. Conseguí una maceta
con tierra y dejé que se enterrara para pasar la noche.
Pasaron más meses y nadie se atrevió jamás a acercarse a mi casa, excepto Tuzo. Yo
tenía treinta y dos años cuando comenzaron a crecerles raíces. Había doscientos veinte semilleros
en toda la casa y desde hacía semanas que no nacía ninguno.
Se despertaban más tarde y se enterraban más temprano. Tenían hilitos frágiles que les

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Eridano Nº 16 Semilleros

salían de todo el cuerpo y ya no podían bailar. Estaban tristes. Yo bailaba para ellos pero no
tenía sentido. Un día se enterraron en sus macetas y no volvieron a salir. De la tierra emergieron
tallos con hojas y flores azules.
Los regaba cada mañana y los ponía al sol. Con el médico formulamos algunas teorías,
como que eran semillas de una planta más grande y compleja, o que estaban en un proceso
de metamorfosis, o que habían comenzado su hibernación.
Con el tiempo descubrimos que las últimas dos teorías eran ciertas. Los Semilleros no
volvieron a salir de las macetas, convertidos en una pequeña raíz en la que no se distinguía
ningún indicio de lo que habían sido.
Las Señoras Ratón no volvieron a aparecer. Los años eran cada vez más helados y a la
llegada de la segunda oleada de colonos, el pueblo era un campo yermo cubierto de hielo.

Segunda Colonización
Los días eran insoportables. Amanecía más tarde y oscurecía más temprano. Los nuevos
colonos pensaron en mudarse a un lugar más cálido. Aún no les habíamos informado sobre los
pulpos, los ratones cantores, las arañas estranguladoras ni los Semilleros.
En realidad, no queríamos alarmarlos. Recibieron las vacunas que hablamos fabricado
para las distintas enfermedades que nos habían diezmado y permanecieron en el refugio mientras
se construían sus nuevas casas en los alrededores del cerro.
Decidimos quedarnos y afrontar este invierno como fuera necesario. Teníamos animales
domesticados en los criaderos temperados e invernaderos repletos de frutales y verduras.
Podríamos sobrevivir sin problemas incluso en un ambiente de cero absoluto.
Equipamos las casas para soportar el frío y mientras se terminaban los nuevos hogares,
aquellos que vivimos solos tuvimos que compartir nuestro hogar con una familia de colonos.
Yo acepté deseoso, algo aburrido y triste sin mis duendes vedes.
Mis invitados fueron una pareja joven que había contraído matrimonio apenas llegaron
al planeta, Claudio y Helena. El primer día quisieron que les hablara del lugar. Hice lo que pude
por no inventar nada ni parecer exagerado. Les narré nuestra llegada, la felicidad de encontrarnos
como en casa, la aparición de la Señora Ratón y de la plaga. Exageré un poco sobre lo último.
Ellos lloraron y se acostaron sin cenar.
Yo me levantaba temprano a regar mis plantas en el cuarto extraño con repisas y piletas
llenas de agua. Ellos me miraban con curiosidad, sin preguntar nada. Imaginé que les habían
ido con algún chisme antes de venir así que esa tarde les conté la historia oficial sobre los
Semilleros.
Desde entonces me miraron con otros ojos, más respetuosos. Yo había domado una
potencial amenaza para todos y ahora podía deshacerme de ellos cuando quisiera. Vi el peligro
de esa idea e inventé una historia sobre sus "hermanos mayores" y no agregué nada más,
alegando que había prometido no hablar de ello. Era un secreto.
Un día almorzábamos cuando la joven comenzó a sentir cosquillas en el estómago. Les
hablé de los parásitos y se pusieron a llorar, atormentados por otras historias que hablan sido
inventadas durante el viaje acerca animales microscópicos que te comen desde adentro. Les

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Eridano Nº 16 Semilleros

hablé de los parásitos y se pusieron a llorar, atormentados por otras historias que hablan sido
inventadas durante el viaje acerca animales microscópicos que te comen desde adentro. Les
dije que yo llevaba quince años conviviendo con uno en el estómago y que eso me habla ayudado
a sobrevivir a otras enfermedades parasitarias producto de beber agua sin hervir. Ambos
palidecieron y pude notar su temor y resignación.
Reconozco que disfrutaba con su ignorancia. En una semana se habían convertido en
dos sombras aterradas. No querían quedarse solos ni un momento y yo comenzaba a sentir
remordimientos por mi crueldad.
El día que partieron a su nueva casa no los dejé ir sin que antes escucharan un sermón.
Después de todo, yo llevaba quince años viviendo en ese planeta y tenía la experiencia que ellos
necesitaban.
Les hablé de lo básico. No vayan solos a un lugar que no haya sido explorado o que esté
marcado como peligroso, ya que todavía quedan arañas estranguladoras por ahí. Si se sienten
mal, no duden de ir de inmediato donde un médico. No coman nada que no conozcan y siempre
lleven puestas sus botas largas cuando salgan a pasear por las praderas y el campo, porque
los Semilleros atacan las pantorrillas. No corten ningún vegetal que se mueva cuando no hay
viento y sean felices a la fuerza, porque no encontrarán un lugar mejor en al menos treinta
años luz a la redonda.
Eso pareció tranquilizarlos un poco. Cuando se reunieron con el resto de sus amigos
colonos difundieron todo lo que habían aprendido de mí y pronto me convertí en una especie
de gurú. Eso me irritaba de una manera indescriptible. Nadie que mintiera tanto podía ser un
héroe, por hombres así nuestro mundo había quedado convertido en una roca sin vida.
Los colonos antiguos continuaron pensando que yo ocultaba algo demasiado importante
y enviaron a una delegación de líderes, reconocidos en el pueblo por su labia e intelectualidad,
para que me convencieran de hablar.
Ese día mentí tanto que me dolió la cabeza. Intenté quedar como un mentiroso patológico
para enmendar mis otras mentiras. Pero ocurrió lo contrario. Les hablé de unos hombres verdes
de dos metros de altura que me habían visitado dos años antes. Del respeto que debíamos tener
por los vegetales, ya que muchos de ellos eran de verdad inteligentes. Hablé del duro invierno
que vendría y de la invasión de unas criaturas feroces que viven en lo alto de las montañas,
donde siempre hace frío.
Un mes después el pueblo entero estaba rodeado por un muro de adobe de tres metros
de altura y de una zanja repleta con escombros. Fue una tremenda obra de ingeniería y trabajo
en equipo. Había dos puertas de troncos de árboles que se habían caído por sí solos. Nadie
entraba o salía después del anochecer.
Decidí no hablar nunca más. Tal vez algún día se acabara toda esta paranoia.

Los Pueblos del Norte


Un año después el frío se volvió extremo. Ya era tarde para movilizar a la población a un
lugar más cálido y nadie quería temperar sus casas usando la chimenea, y los sistemas de
calefacción central ayudaban apenas para impedir que los hogares llegaran al punto de

66
Eridano Nº 16 Semilleros

congelación. Las cañerías estaban congeladas y los pozos eran bloques de hielo. Las tormentas
de nieve se hicieron más comunes y hubo que reforzar las techumbres.
Yo estaba completamente aislado. Vivía abrigado con pieles y en las noches encendía la
chimenea cuando nadie se daba cuenta. Tenía algunos libros para entretenerme, libros viejos
traídos de la Tierra y algunas producciones locales que hablaban de la nostalgia de un mundo
perdido y la aventura de descubrir uno totalmente nuevo.
Una tarde llegó a mi puerta un hombre vestido con harapos y una capucha que ocultaba
su rostro. Lo hice entrar antes de que se congelara afuera y le serví un tazón con zumo de frutas
caliente. Cuál habrá sido mi sorpresa cuando lo recibió con una mano verde y bebió el zumo
por el ombligo.
Me quedé allí observándolo largo rato, completamente aterrado por mis propias historias.
Mientras él no se moviera yo no iba a hacer nada. De pronto se puso en pie de un salto y
atravesó la puerta que daba al cuarto de los semilleros. Lo seguí preocupado, manteniendo una
distancia prudente y me dí cuenta de que reía y lloraba al mismo tiempo mientras acariciaba
los pequeños árboles en sus macetas. Inesperadamente se me abalanzó encima y no tuve tiempo
de escapar.
Me apretó tan fuerte que creí que moriría asfixiado. En realidad me estaba abrazando,
dándome las gracias por algo que había hecho. Descubrió su rostro y vi que era un semillero,
sólo que en versión gigante, con los rasgos más duros y la piel más áspera.
Fue hasta la sala de un salto, sacó un carbón de la chimenea y dibujó algo en el piso
mientras canturreaba en su idioma.
Hizo a un pequeño semillero junto a una planta, a un semillero mediano junto a otra
planta y un semillero grande junto a un arbusto con frutos. Unió los dibujos con una línea,
desde el semillero más pequeño al más grande, me miró con esperanza y trazó una gruesa línea
que iba desde el arbusto con frutos hasta los pequeños semilleros.
Sólo entonces comprendí. Ellos formaban parte de una cadena. Los pequeños se convertían
en los medianos y ellos, a su vez, en los grandes. Él era uno de los grandes. En algún momento
se enterraría, de su cuerpo crecería un arbusto y de sus frutos nacerían los pequeños hombrecillos
verdes.
De pronto saltó por encima de mí y comenzó a bailar. Llegué a creer que era un rasgo
común de su raza. Me miró, borró los dibujos con una mano y dibujó otras cosas, su historia
o la de su pueblo.
Antes habían sido numerosos, vivían en ciudades rústicas y cultivaban su propia comida.
Tras varios inviernos consecutivos una nueva raza había prosperado en las montañas, obligándolos
a escapar hacia zonas más cálidas. Su gente fue masacrada y los sobrevivientes se asentaron
no muy lejos de aquí, río abajo.
El invierno se les había venido encima. Perdieron a sus retoños, que partieron a otro lugar
sin dejar rastro. Los más ancianos entraron en estado de hibernación y él debió cortar sus
propias raíces para cuidarlos, porque era su deber. Pero los montañeses talaron los arbustos
y él no pudo defenderlos. Los semilleros eran pacíficos, indefensos cuando están bajo tierra. Y
el otro pueblo era agresivo, posesivo y egoísta. Me recordó a los humanos en su época más

67
Eridano Nº 16 Semilleros

salvaje.
Entonces tuve una epifanía. Muchas de las mentiras que yo había dicho eran verdad, y
entendía claramente todo lo que me comunicaba este semillero adulto. ¿Por qué? No lo había
notado hasta ese momento. ¿Era yo acaso alguna especie de psíquico que podía predecir el
futuro? Pues no. Los semilleros se comunicaban con algo más que simples gestos y dibujos con
carbón.
Eran telépatas.
Estuvimos todo ese día comunicándonos. Me agradecía haber cuidado a sus pequeños,
pero al rato se angustiaba porque sabía que el otro pueblo llegaría hasta mi casa algún día y
destruirían todo.
Le di frutas para que se alimentara, agua para que bebiera y lo dejé enterrarse en el
cuarto de los semilleros. Silbaba mientras dormía con una gran sonrisa en el rostro, que no
se le borró en mucho tiempo.
Al día siguiente fuimos juntos al pueblo. Él llevaba troncos para arreglar uno de mis
enredos. Nos detuvimos frente al portón que da al río y esperamos pacientemente a que se
decidieran a abrirnos.
Cuando entramos nadie se nos acercó excepto Tuzo, que conocía nuestro secreto. El
semillero alto lo saludó con una reverencia, como le enseñé antes de salir de la cabaña. La
gente de a poco se asomó a las ventanas y salió a los antejardines. En unos minutos estábamos
rodeados.
Entregamos los troncos al médico y éste comprendió de qué se trataba. Anunció que no
había problemas de cortar árboles para calefaccionar las casas, pero que no por eso podíamos
arrasar con los bosques. Hubo gritos de júbilo entre algunos ancianos cuyas articulaciones no
soportaban tanto frío.
El semillero alto bailó frente a los ojos atónitos de los pobladores. Hice que se calmara,
para no empeorar las cosas. Pedí la atención de todos con un grito y convoqué una reunión
inmediata en el refugio.
Una vez en el podio di la voz de alarma. Algunos colonos recién llegados me miraban con
adoración en sus ojos. Sonreí para los que no me conocían y conté la historia tal como la había
entendido, saltándome lo de los semilleros indefensos. Me fui sin responder ninguna pregunta
y, acompañado por mi amigo verde, nos reunimos en privado con el médico cómplice.
Pedí su ayuda. Necesitaba que cuidara algunos de los semilleros que descansaban en las
macetas hasta que acabara el invierno, porque en mi casa no estaban seguros. Si al menos
lograba sobrevivir uno, no se extinguirían.
Salimos del pueblo con dificultad, algunos de los pobladores que habían salido a recolectar
leña desaparecieron en el sector norte del río, cerca de mi casa. El semillero alto entendió lo
qué ocurría y me hizo algunas señas que reconocí. Grité a todo el mundo que no volvieran a
abrir las puertas porque los montañeses estaban cerca.
Nos fuimos corriendo hasta mi cabaña. Seguía intacta, pero el semillero alto olía algo.
Transportamos todas las macetas al interior de la casa, trabamos las puertas y tapiamos las
ventanas. Si nos prendían fuego, estábamos perdidos.

68
Eridano Nº 16 Semilleros

Esa noche no dormimos. Yo tenía un rifle y algunas balas. Estaba preparado para cualquier
cosa.
Al día siguiente mi amigo verde me anunció que el peligro había pasado, por el momento.
Los invasores no nos habían notado y siguieron de largo hacia el pueblo, de donde salían
columnas de humo de las numerosas chimeneas.
El Semillero me ayudó a cubrir los muros de la cabaña con barro y agua que pronto se
congeló. Cavamos un túnel por debajo del piso para entrar o salir, camuflamos el lugar con
matorrales y ramas y allí nos quedamos durante la siguiente semana. Teníamos que proteger
a los retoños de cualquier modo.
Oíamos disparos provenientes del pueblo, todos los días, hasta que no oímos nada más.
Pensé lo peor.
El día después escuchamos los gritos de Tuzo que se acercaba corriendo. Habían ahuyentado
a los invasores y un grupo de hombres armados los estaba persiguiendo hasta su guarida.
Salimos de la cabaña aliviados.
De acuerdo a las descripciones del médico, los Montañeses eran visiblemente más fuertes
que los Semilleros, pero en comparación con ellos eran primates estúpidos y se asustaban
fácilmente.
Agradecimos las buenas noticias, mi amigo verde bailó alrededor nuestro y Tuzo se llevó
cinco macetas. Le explique los detalles sobre sus cuidados y, una vez conforme, se marchó.
Aún así no nos fiamos del todo y permanecimos atrincherados, hasta estar seguros que
la amenaza había desaparecido. Entretanto el Semillero había aprendido algunas palabras de
mi idioma y se esmeraba en aprender más, pero yo le pedía que no aprendiera nada. No quería
envenenar su cultura con la mía.
Pronto recibimos noticias del pueblo. Habían capturado una docena de montañeses y los
mantenían sedados para que no se hiciera daño. Los médicos habían decidido utilizar drogas
y disfraces para asustarlos terriblemente. Les hicieron creer que éramos gigantes y poderosos,
capaces de romper una roca con dos dedos. Éramos dioses venidos del cielo. Éramos su perdición
si volvían a bajar al valle.
Los soltaron del otro lado del río, les dieron algunos golpes eléctricos e hicieron estallar
algunos fuegos artificiales. Los pobres animales se fueron tropezando. Desde entonces no los
volvimos a ver.
Quizá con una correcta guía a través de algunos siglos, podrían convertirse en criaturas
más sociables. En el pueblo se formó de inmediato un comité para ello, y llamaron a su proyecto
“Neanderthal 2”.
Preferí no pronunciarme al respecto. Allá ellos.

El Fin del Invierno


Ya había cumplido los cincuenta años cuando volvió a aumentar la temperatura y a
deshielarse el valle. Mi amigo verde estaba viejo y desgastado. Yo también, pero no iba a dejar
que la edad me desligara de mis obligaciones. Tuvimos que cambiar a los semilleros a macetas
más grandes, porque crecían. Yo me casé con una joven de treinta años, Vita, y tuvimos tres

69
Eridano Nº 16 Semilleros

hijos en cinco años. El tío verde los entretenía con sus bailes y canturreos, cuando no estaba
muy cansado.
El médico me devolvió los retoños que cuidaba en su casa, porque estaban prontos a
nacer. La pareja que había vivido en mi casa se mudó cerca mío con sus hijos. Luego vinieron
otras familias y armamos un pequeño pueblo de este lado del río, que bautizamos "La Granja".
Construimos un muro al rededor nuestro, por si acaso.
Por entonces ya se había derrumbado el mito de los semilleros antropófagos y todos
conocían al tío verde. Nadie temía a las plantas que pronto serían hombrecillos bailarines y
alegres.
El tío verde me confesó que en esa etapa de sus vidas son muy voraces y molestos. Preferí
guardar el secreto.
Ese día mi amigo ya no pudo moverse de su asiento. Con ayuda de Vita y mis hijos lo
llevé hasta un hoyo en el patio y lo enterré para que siguiera su ciclo vital. Fue como un funeral,
ya que no lo veríamos nunca más, pero tenía la certeza que luego de volverse raíz seguiría con
nosotros por un largo tiempo.
Semanas después creció un arbusto espinoso que movía sus ramas al ritmo de un
canturreo subterráneo. El día que apareció el primer fruto organicé una fiesta.
Bailamos toda la noche en honor al tío verde. Dormimos a la intemperie, porque el calor
era agobiante. Y cuando despertamos a la mañana siguiente, quedamos atónitos mirando a los
semilleros medianos que bailaban al rededor de las macetas en la plaza del pueblo.
Uno de ellos, que estaba sentado en su maceta, sonreía y balanceaba sus pies mientras
cantaba con voz aguda y melodiosa. Aún tenían algunas raíces saliendo de sus hombros y
espalda, y en su cabeza una fina cabellera de hojas.
Ésa fue la señal de que la primavera había comenzado.

© Daniel Guajardo

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Eridano Nº 16
CITA EN TARSIS
por Armando Rosselot

Armando Rosselot es un duende inquieto que se dio cuenta que se queda calvo. No es que no lo
estuviera ya, pero recién hace un par de años tuvo una especie de comezón del séptimo año y
volvió a escribir. Abrió el freezer y descongeló un par de poemas, y luego un cuento; se aseguró
que le gustaran y los envió a un par de ezines. Fue rechazado de inmediato, pero eso no lo
descorazonó. Así que escribió un par de cosas más, las revisó a conciencia y las envió. Fue
rechazado de inmediato. Volvió a la carga con otro relato y esta vez le puso una dedicatoria, las
vio salir por la bandeja del correo electrónico. Fue rechazado de inmediato. Exaltado como solo
él puede estarlo (“¡¡güeón, estoy mono!!”), envió una carta de protesta exigiendo una explicación.
Fue rechazada de inmediato. En el mensaje adjunto, el editor le solicitaba urgentemente tomar
clases de manejo en procesadores de texto: “Por favor. No hemos podido leer ningún documento
por usted enviado, están tan terriblemente formateados que ninguna de nuestras impresoras ha
sobrevivido antes de terminar su impresión.”
Obviamente lo de arriba es una caricaturización de Armando, una licencia que me tomé para
presentarlo como un personaje simpaticón y querible, pero es cierto que sólo recientemente ha
retomado su antigua pasión por escribir ciencia ficción. Quizás fue necesario que pasara todo ese
tiempo para que se juntaran las ideas y burbujearan en la marmita a fuego lento que tiene por
cabeza, nada es en vano. El resultado es que este año estrenó su primer libro de poesía (Huesos
de pollo bicéfalo, Mago Editores) y encontraremos varios relatos suyos en distintas publicaciones
en papel y electrónicas. Además, es miembro del Grupo Poliedro, en cuyo primer volumen colocó
tres historias, y ahora se hace cargo del segundo libro. Desde entonces, Armando ha seguido
escribiendo a un ritmo creciente y contando interminables tramas a quien quiera escucharle,
sobretodo si se acompaña de una buena cerveza.
Las historias que definitivamente adoro en Rosselot son las que salen de su veta absurda,
surrealista. Porque están tan llenas de humor y viveza que a veces quiero convertirme en uno de
sus personajes. Como en LA FIESTA DE LA PELIRROJA, una orgía que se las trae con ensoñaciones
varias y hasta muertos que no lo están tanto, y se van río abajo llorando. Pero no dejo de pensar
en otro cuento, completamente de ciencia ficción, descorazonador a su manera, que se llama POR
LA TARDE LOS NIÑOS SE ABURREN, y en la escasez de padres que se avecina.
La humanidad de Armando está dedicada por completo a sus dos hijos y destila una
vitalidad que exhibe una sonrisa ancha y bien dispuesta. Es esa misma condición que utiliza para
ponerse a escribir en la noche, luego de sortear un largo día en la empresa donde es su propio
jefe y recadero. Lo último que puedo decir de Armando es que pronto podré leer el futuro en su
brillante cabeza, cuando el último pelo pierda la batalla.

71
Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

Jonás 4.2: Oh, Señor ¿No era esto lo que decía cuando todavía estaba en tierra? Por eso me
anticipé a huir a Tarsis, pues bien, sabía que tú eres un Dios bondadoso y compasivo, lento para
la ira, lleno de amor que cambia de parecer y no destruyes.

Eclesiastés 3.11: Él hizo todas las cosas apropiadas a su tiempo, pero también puso en el corazón
del hombre el sentido del tiempo pasado y futuro, sin que el hombre pueda descubrir la obra que
hace Dios desde el principio hasta el fin. / 3.15: Lo que es, ya fue antes, lo que ha de ser, ya
existió, y Dios va en busca de lo que es fugaz.
1
Despertó. Pasaron algunos minutos y su boca ya no estaba seca, comenzaba a sentir los labios
con algo de saliva, y sus dedos eran alambres duros a punto de quebrarse. Abrió los ojos, un
danzar de luces y sombras lo rodeó, demoró algunos segundos en reconocer los rincones de
la sala de hibernación. La espera para la primera jornada había terminado. Sintió el terrible
miedo de tener que enfrentarse a lo desconocido una vez más.
Sonaron varias alarmas de aviso y una ráfaga de aire cálido, junto con la sensación de
calidez en el estómago, hizo que Zandal-21 comenzara a levantarse
gracias a la ayuda de las Doble M.
Edra-39, uno de los navegantes se acercó a saludarlo
calurosamente, lo mismo hicieron Sammy-95 y Bernard Weisten,
su guía, mentor y miembro del “Décimo Istmo de Marte y
Tierra”, en la misión de la Nido hacia una formación
relativamente nueva y extraña en la galaxia de
Andrómeda, la llamada Nube de Tarsis, en un viaje
de miles de años por entre los “pasadizos” del universo.
Luego del examen físico, Zandal-21 fue hacia
una de las ventanas panorámicas de la nave donde
se encontraba Bernard Weisten con
un rectángulo alargado entre sus
manos.
–¿Y eso, doctor?
–Son las cartas protocolares y
obsequios para entregárselas al
ir a

contacto cuando lleguemos.


Am

–¿El niño ha despertado?


A.

–preguntó Zandal-21. –Aún el CC no


io

rg
desea despertarlo hasta que se estabilice Se
©
nuestro metabolismo. Toma –le entregó
una hoja con lecturas del control de
hibernación–, me las llevé hace algunos
minutos de CC, muestran la actividad
cerebral del niño. Son muestras que no

72
Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

tienen más de un año estándar.


–Estoy viendo bien, ¿o eso muestra actividad en vigilia, no estado de hibernación?
–Así es –afirmó Bernard–. Ésa es la razón por la que CC no desea despertar al Puente.
Zandal-21 nuevamente sintió temor. Más allá de lo que le pudiese ocurrir a él, le preocupaba
enormemente la seguridad del niño Puente, Quiami, que los contactos con aquella inteligencia
alienígena no lo dañaran ni causaran algo que lo pudiese herir físicamente.
Todo había comenzado en casa, Io, hace dos años estándar. El Istmo había requerido su
presencia en forma urgente, sacándolo abruptamente de su tranquila vida universitaria; luego
de aquel maldito accidente en que había perdido a su Dana para siempre. Así, fue internando
en los blancos y luminosos pasillos del Istmo en La Tierra, con la misión de investigar un
probable contacto de segundo orden, posiblemente vía percepción síquica. Su sorpresa fue
mayúscula al conocer que el “Puente” a analizar era nada menos que un niño de seis años. Sus
padres, unos simples obreros de tres y cuatro números que no daban cabida a las razones que
les entregó el todo poderoso Istmo para arrebatarles a su querido hijo, llamado Quiam-111,
renombrado por él como Quiami.
Hubo química inmediatamente y el niño no presentó ningún tipo de oposición al trabajo
que Zandal-21 le exigía. A las pocas semanas, luego de cientos de pruebas, se concluyó que el
Puente (cuanto odiaba que lo llamaran así) estaba en conexión con un ente no terrestre, de
inteligencia lógica y al parecer, según las tablas de Dromell, no hostil.
Cuán milagroso resultó ese informe. El hombre, cansado de recorrer la galaxia en busca
de “alguien con quien hablar”, había casi desecho la idea de vida inteligente en el cosmos y
había perdido todo deseo de aventurarse y descubrir nuevos horizontes, sólo había encontrado
vida en forma de bacterias y hongos, lo más cercano a un hombre que se halló fue un animal
semejante a una medusa en Tripor-3, hace mil años atrás. La noticia del niño Puente causó
revuelo en todo el sistema de Tierra. Se preparó y acondicionó un crucero tipo Dossant de ocho
reactores cabalísticos e hiper-enlace nodal, el más veloz hecho alguna vez por el hombre, capaz
de albergar a los cinco tripulantes por casi la eternidad, en un viaje sin escalas a la fuente del
contacto.
Y aquí estaba él y su niño. Ahora su única familia, ya que nunca quiso tener algún tipo
de relación con nadie luego de la muerte de Dana-44, su gran razón de ser por muchos años.
Muy difícil para un hombre nacido de hombre, más aún para él, un ser humano “creado” en
el frío y perfeccionista centro embrionario de Europa.
Le preocupaba que Cerebro Central no diera la autorización para despertar a Quiami de
su primera “gran siesta” e intentar nivelar el curso de Nido hacia su misterioso destino. Sólo
cabía esperar.
***
–Quiami, ¿cómo te encuentras?
–Creo que bien, Señor –contestó el niño, un poco confundido por los efectos de la larga
hibernación.
–¿Tuviste algún sueño que recuerdes? No importa si demoras en recordarlo, tómate tu
tiempo “Q” –El niño asintió con la cabeza.

73
Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

Zandal-21 acarició la cabellera del pequeño al momento que le daba a beber un vaso con
líquido a base de nutrientes.
–Señor...
–¿Sí, Q?
–No tuve un sueño, ahora que recuerdo. Si no que –el niño lo miró confundido–, ¿ya
habíamos despertado antes, ¿o no?
–No, Q, es la primera vez que salimos de hibernación.
Hubo un silencio. Por la entrada a la sala de hibernación del niño estaba observando el
doctor Bernard, se dio media vuelta y fue a hablar con los navegantes. Era preciso hacer un
escaneo minucioso a CC, no era bueno tener un psíquico de tales poderes suelto en la nave
aunque fuera un niño. Esta vez había mucho en juego.
Zandal-21 siguió con la mirada al doctor Weisten, mientras Quiami era levantado por las
Doble M. Se vio al espejo lateral de la sala y se preguntó cómo un hombre como él, un simple
aspirante a psíquico de cuarta categoría oriundo de una de las lunas mas pobres del sistema
Tierra, estaba ahí, en ese viaje de locura desesperada para su especie, hacia los confines más
lejanos a los cuales se haya ido luego el fin de la Expansión.
–Zandal.
–¿Sí, doctor? –Sonrió al escucharlo por el comunicador, sólo al oír su nombre sin los
valores de posición social.
–¿Ha establecido algún contacto el Puente?, ya han pasado cuatro días y tú sabes que
nos quedan sólo otros cuatro días más para entrar en fase P, y seguir con el trayecto.
–No, doctor. He tratado de hacer que Quiami se enlace, pero él me repite que no es el
momento. Creo que debemos esperar, aún queda tiempo antes del salto y estoy tan consciente
como usted de la importancia de esto para rectificar el curso.
–Lo que más tenemos es tiempo Zandal, ¿Y si no contacta?
–No lo sé, creo que eso debería saberlo usted doctor y los navegantes. Usted supervisa
la misión –titubeó un momento y decidió quitarle tensión a sus palabras–, usted ha sido mi
guía por muchos años doctor y confío, como siempre, en su criterio.
–Infórmame cada tres horas, estoy en la sala de CC. Y gracias por lo del “criterio”.
–Sí doctor. Lo haré.
Había algo que no calzaba en toda esta locura y Zandal-21 se sentía ya casi como un
objeto de segunda categoría en todo esto. Bernard, sin la ayuda de nadie, podría haber efectuado
todas las labores que necesitaba Quiami en la misión. Entonces, ¿qué hacía él ahí? Realmente
no lo comprendía, pero sentía un gran apego a ese niño y era lo único que importaba por ahora.
Él nunca había tenido padres y sabía lo que era crecer solo, hasta que había llegado esa belleza
de uno de los mundos de la Expansión. Dana, su Dana, para siempre; aunque fuese solamente
un bulto de emociones en sus recuerdos, era todo lo que necesitaba. Quiami en alguna manera
representaba lo que él nunca pudo ser. Ahora, no deseaba ver a ese pequeño niño solo a merced
de los caprichos del Istmo. No; no dejaría que nadie le hiciera daño al niño jamás, nadie.
***
No hubo contacto. Quiami entró en trance al sexto día inducido por Zandal-21.

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Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

La rectificación del curso se hizo por hipnosis, tratando los datos que Quiami le entregó
a Zandal-21 de su supuesto despertar solitario, el cual nadie, ni CC, pudo comprobar física o
electrónicamente.
Zandal-21 entró a la cámara con más temor que la primera vez. Hubo elementos en la
hipnosis que le parecieron extraños, aparte de la extrapolación del niño (como lo había llamado
el doctor Weisten), que ni el mismo doctor captó. El miedo, sutil e inocente, el mismo temor
que estaba siendo absorbido por su mente durante el viaje. Pasarían los pársec como hojas en
el viento terrestre y esa pequeña muerte, hacía que algo en su interior deseara la gran y definitiva
muerte de una vez por todas. Pero estaba el niño, y el miedo.

2
–Quiami, ¿cómo te encuentras? –era la voz del doctor Weisten–, veo que te recuperas
mejor que la primera vez.
–¿Zandal?
–Está en recuperación, hijo. Lo verás apenas esté bien, ahora deja que las Mangas
Maternas te ayuden a reincorporarte.
Bernard Weisten se quedó en la sala del niño, nunca había tratado con él, pero era mejor
comenzar a acercarse a él si es que Zandal sufría algún tipo de problema mayor al suscitado
esta vez.
Estaban casi todos sentados en la mesa para comer, menos Zandal-21, que había tenido
dificultades para recuperarse en su segundo despertar. Quiami pidió permiso para ir a la
ventana panorámica principal, situada en la parte delantera de Nido. El navegante Sammy-95
lo acompañó, ya que Gandal debía someterse a algunos exámenes durante la jornada.
No pasaron ni diez minutos frente a la ventana panorámica cuando el niño entró en
trance y experimentó un nuevo contacto.
–Quiami, ¿me oyes? –la voz del ser, el cual se hacía llamar Schayrererai. Chacha, para
Quiami; hizo que el niño conectara su psique con la de él.
–Sí, te siento. Ha pasado mucho tiempo.
–Más del que tu mente puede comprender, y también menos Quiami. Desde aquí siento
la fuerza de tu ser y los que te acompañan. Nosotros estamos ansiosos de que lleguéis al
encuentro, lo esperamos con gran ansiedad y alegría.
–También nosotros, Chacha, sobre todo el doctor. Ahora ellos necesitan algunas coordenadas
para ratificar para el próximo salto.
Así le fueron entregadas las nuevas coordenadas a Quiami. Cuando el niño abrió los ojos
lo primero que vio fue el gran abismo del espacio profundo, acompañado por la gran sonrisa
del doctor y la compañía de los navegantes del Nido. Al parecer casi todo había vuelto a los
protocolos establecidos.
Zandal-21 aún no sentía sus miembros. En un momento pensó que la verdadera muerte
sí había llegado de una vez para rescatarlo de esta aventura sin cabeza a la que se había
encaminado junto a los otros corderos... corderos; sólo pensar en esa palabra le hizo recordar
realmente lo que lo mantenía tendido aún en su cápsula de hibernación. Quiami había hablado

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Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

encaminado junto a los otros corderos... corderos; sólo pensar en esa palabra le hizo recordar
realmente lo que lo mantenía tendido aún en su cápsula de hibernación. Quiami había hablado
con él en sueños durante el segundo salto y viaje. Cerró nuevamente los ojos y usando todo
el entrenamiento y las pocas fuerzas de su cuerpo, mientras era alimentado por sondas llenas
de fluidos orgánicos y sintéticos, recordó:
–Zandal, ¿me escuchas bien?
–Sí, Q, ¿terminó el salto?
–No, Zandal, falta mucho para que eso suceda. –Era extraño, nunca lo llamaba por su
nombre, siempre le decía: Señor.
–¿Sucede algo malo, Quiami? Las luces de la sala de hibernación estaban en nivel 2. Por
algún motivo la nave no se encontraba en estado P, y no se movía. Las cámaras de CC seguían
sistemáticamente los movimientos de ellos dos, como siempre, y las luces de los monitores
parpadeaban rítmicamente semejando un gran carnaval en el silencio y la penumbra.
–Le traje su ropa, Zandal. –El hombre la recibió con una nerviosa sonrisa.
–¿Hay algo que desees decirme Q?
–Sí, lo espero en la sala de control de navegación. –Recién en ese momento Zandal-21
se percató que el niño Puente estaba vestido de vivos colores, como si hubiese estado despierto
hace ya varias horas.
Se levantó y arropó sin la ayuda de las doble M, que se encontraban desactivadas. Su
cuerpo estaba cansado, pero no tanto, quizás sólo hayan transcurrido sólo algunos pocos siglos
de tiempo estándar desde que entraron a la fase de hibernación, pensó. Su mirada la fijó
detalladamente en la semi-oscuridad a su alrededor y vio los cuerpos del doctor y los dos
navegantes sumidos en su sueño “casi eterno”.
La sala de navegación era pequeña, una cúpula transparente en lo alto de la nave con
dos asientos y millares de botones y pequeñas pantallas Cud repletas de números y figuras
geométricas danzantes; y ahí estaba el niño sonriendo, mientras observaba el gran vacío
salpicado por gotas de leche y silencio.
–Hola, Q, estoy aquí listo para oír lo que me quieres contar.
–Sí, Zandal. –El niño no paraba de sonreír y observar el infinito vacío, el que estaba a
sólo 10 cm. de hiper fibra transparente–. ¿Recuerda cuando en Tierra me contó una vez sobre
la serpiente que se va comiendo su propia cola?
–Si, Quiami, lo recuerdo.
–Ven, Zandal... Señor, tome mi mano. –Zandal tomó la mano del niño, era suave y cálida
a diferencia de la de él.
–¿Esto es un sueño, Quiami, o estamos despiertos?
–Usted debe saberlo tan bien como yo, use su mente, Zandal... es entre ambos, Zandal.
Viajaremos.
–¿Estamos muertos?
–Entre. Ahora quiero mostrarle algo que Chacha me enseñó en otra ocasión a raíz de la
pregunta que le hice, cierre los ojos.
Zandal-21 vio cómo soles, planetas, nubes de polvo cósmico y materia oscura pasaban

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bajo sus pies y sobre su cabeza. También civilizaciones no terrestres que nacían y morían en
segundos, vio planetas enteros que estallaban y grandes cruceros estelares que surcaban entre
mundos y galaxias.
–¿Qué es esto? –preguntó Zandal-21.
–Uno de los procesos de la vida tal como usted me ha enseñado, Zandal. Si observa con
mayor atención, verá el eterno conflicto de ésta, y según lo que he aprendido de Chacha, es lo
que nos hace luchar, subsistir y tener esperanza en lo que viene. Ahora mire. –El niño pareció
transformarse en una luz violeta y todo lo que pasó alrededor de Zandal-21 no fue más que
una masa brumosa y brillante.
Zandal-21 estaba casi en éxtasis, maravillado observó cómo “a su lado” pasaban las naves
H, las primeras naves tripuladas que surcaron el sistema Tierra hace miles de años, luego las
de centro atómico y las hiper lumínicas, la Expansión. El hombre atónito observaba en pocos
segundos, como espectador en una sala de cine, la obra del Homo Sapiens y sus ansias de
conquista y triunfo, hasta que poco a poco todo fue diezmado en un largo y monótono tedio
de un pársec de distancia. La serpiente se encuentra a sí misma.
–Cada vez que la Expansión avanzaba –comenzó a hablar Quiami–, los mundos limítrofes
estaban limpios y llenos de esperanza. A diferencia del centro de la sociedad humana en sistema
Tierra, que cada vez estaba más carcomido por el odio, la envidia, la desesperanza y las
desgracias; y ese virus poco a poco fue avanzando hacia los límites de la Expansión atacando
los nuevos mundos.
–¿Por qué me muestras esto, Schayrererai desea que lo vea? –preguntó Zandal-21.
–Dijo que es para que tengamos nuestras propias conclusiones. Y evitemos lo de las otras
“veces”.
–¿Y los otros qué: el doctor, los navegantes?
No hubo respuesta.
–¿El virus nos alcanzará, o ya nos espera como un lobo asechando a los corderos?, Quiami
responde, ¿qué te dijo, es él un lobo?
Nuevamente no hubo respuesta hasta que un mundo azul y verde se les vino encima y
el aroma a la tierra y un cálido viento tocó cada uno de los sentidos de Zandal-21.
–Observa y sígueme –le ordenó el niño dulcemente.
Zandal-21 no daba crédito a lo que estaba experimentando, esto era sin duda mucho
más que una simple auto hipnosis.
–¿Dónde estamos? –preguntó ya con la respiración agitada. Era una atmósfera natural
y supeditada a una gravedad mayor a la acostumbrada en IO y Tierra.
–Éste es un mundo limítrofe olvidado por todos, Santo Domingo es su nombre. Ven quiero
que veas algo y a alguien. –Zandal-21 siguió al niño por un sendero rodeado de altos árboles,
con la luz cristalina de un verde sol colándose por entre las hojas. No había miedo.
Llegaron a una construcción gruesa y rectangular, de unos cincuenta metros de largo
por veinte de ancho, con una torre alta, la que tenía grabada en su base ocho números: 05012977
y que cobijaba una brillante campana dorada. Esta comenzó a sonar cuando las personas que
se encontraban a la entrada de la estructura vieron a Quiami y Zandal-21. Todo el mundo

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saludó amistosamente a los dos huéspedes, todo era tan natural para Zandal-21 que comenzó
a sentir cómo la dicha empezaba a llenar su cuerpo, pensamientos, y por qué no, alma.
–Ellos esperan por ti, Zandal, pero hay alguien que te necesita mucho más al fondo del
pasillo, ella, ha estado esperando por tu cuerpo de hombre también hace mucho.
Al fondo del pasillo repleto de sonrientes personas estaba Dana, vestida de blanco frente
a un altar, su Dana. Quiso una explicación de Quiami, pero el niño sólo le dijo lo que lo sacó
de su casi muerte en las cámaras de hibernación de Nido en otro tiempo... “después tendrás
tu respuesta”.
–Ve Zandal, Señor. Sé feliz ahora, ten una vida, una vida que te mereces, la cual la
enfermedad te ha quitado de las manos y pronto verás perdida. Recuerda, el que hizo todo es
bondadoso y quiere tanto al lobo como al cordero. Ve y vive, cuando mueras sólo será una
pequeña muerte, como en las cámaras. El tiempo es como el agua en el tiesto, es sólo una
sensación de la cual el hombre ya casi no es prisionero.
–Eres Chacha, ¿no?
–No, Zandal-21, casi... Ya te lo dije: estoy entre tú y él. Tú sólo tienes la respuesta final.
–Todo se puso confuso y antes de que Quiami se retirara completamente de él, escuchó las
últimas palabras del niño: “recuerda siempre los números de la torre Zandal, algún día salvarás
todo.” Sintió que caía por un abismo sin fin hasta que los labios de Dana tocaron los suyos y
la gente comenzó a vitorear.
No había preguntas ni temor.

3
He muerto. ¿Tuve una vida? He muerto y estoy aquí de vuelta como si nada hubiese
sucedido. El pensamiento lo hizo tambalearse mientras las Doble M lo asistían. Trató de apurar
el proceso de recuperación para ir a ver al niño. Era imperioso hablar con él, no era común
tener un paréntesis de ese tipo en la existencia de nadie, y Dana, la imagen de su rostro en
ese templo y ocho extraños números era lo único que alcanzaba a recordar, sabía que había
más, muchísimo más; pero una gran muralla evitaba poder recordar. Su cansancio le impedía
moverse con mayor rapidez y cómo no, si nadie podía estar descansado y en buen estado luego
de toda una vida y hasta con muerte incluida. Algo estaba mal, muy mal.
Encontró al doctor Weisten en el comedor junto a Quiami. El niño sonrió al verlo y corrió
a abrazarlo. Zandal-21 hizo caso omiso de los cariños de Quiami y le habló al doctor:
–Deseo hablar a solas con usted doctor, es importante, necesito que al niño lo aíslen en
la cámara segura. –Miró al niño–. Lo siento, Quiami, luego conversaremos nosotros.
–Señor –contestó Quiami–, lo suyo ya lo sabe el doctor, sabe lo de la hipnosis y de mi
despertar en la sala de hibernación.
Zandal-21 no podía creer lo que estaba escuchando, ¿acaso estaban todos locos?, él sabía
muy bien que eso NO había sido una hipnosis y un contacto con una especie de esa capacidad
era absolutamente peligrosa para el éxito de la misión y la seguridad de la raza humana.
–Quiami –contestó en un tono consolador, a la vez que el doctor Bernard lo observaba
detenidamente–, los dones que todos poseemos, que tanto tú, yo y, por sobre todo, el hombre

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que fue mi maestro, el doctor, son dones que necesitan muchos años de entrenamiento. Tú
fuiste elegido por quizás qué razón por este ente alienígena.
–Chacha –interrumpió Quiami.
–Sí, ese mismo –continuó Zandal-21–, pero, ¿no has sentido algo extraño en los contactos
que has...
–¡Detente, Zandal! –interrumpió Bernard Weisten–, no sigas con esto, ven. Sí, realmente
necesitamos hablar.
Apretó un botón sobre un costado de la mesa y un Ubot de ayuda apareció tras Zandal
y se dirigió hacia el niño para llevarlo a la sala segura.

***
Faltaban algunas horas para la preparación hacia el tercer salto y Zandal-21 estaba
decidido a abortar la misión. Encontró el apoyo de la navegante Edra-39 y el doctor Weisten
por su parte tenía el apoyo de la navegante Sammy-95 y también, muy a pesar de Zandal-21,
el de Quiami. Había pedido a todos que se juntaran en la sala común para dar las razones de
su temor a continuar con el viaje hacia la Nube de Tarsis.
–Hermanos –dijo, no sin antes mirar a los ojos tanto a Quiami como a Bernard–. Hemos
avanzado mucho más de lo que nuestros antepasados previeron, ya sea como la alicaída
Expansión o como una simple exploración. Muy a pesar de todos los hombres, se llegó hace
algunos siglos a la conclusión que el Universo estaba ahí para ser poblado por el Hombre y
coparlo hasta el fin de los tiempos, ya que estábamos completamente solos en este gran océano
infinito. Ahora sabemos a ciencia cierta que ello no es así, gracias a Quiami y a todos los que
hemos trabajado en esto. Pero ahora, todo esto está mal, se está acelerando un proceso de miles
de años en sólo un viaje, no tenemos el conocimiento, ni la tecnología para toparnos cara a cara
con quizás que ente –observó a Quiami–, que a diferencia de lo que el niño dice, sí tiene poderes
increíblemente superiores a los nuestros, si con sólo ver que es capaz de comunicarse con
nosotros a través de distancias extremadamente grandes y para él el tiempo es casi un lápiz
con una hoja de papel, y no como nosotros que necesitamos hibernar para no llegar convertidos
en polvo a su presencia. Y la gran pregunta: ¿por qué tenemos que ir nosotros a él y no él a
nosotros?
–¡Eso ya fue debatido por el Istmo! –respondió encolerizado el doctor Weisten.
–Sí, lo sé –contestó Zandal-21–, ¡pero quién sabe si el Consejo no estuvo manipulado por
este ente casi todopoderoso! Hermanos, esto huele mal, quién sabe si en nuestro destino sólo
encontramos a la bestia, la desgracia, a la cola de la serpiente. –Quiami soltó un grito desgarrador
y corrió hacia la ventana panorámica haciendo que Zandal-21 corriera en su auxilio (nadie
dañaría al niño jamás), a un par de metros de llegar a él la navegante Sammy-95 súbitamente
le inyectó tres miligramos de fluido Omega para navegantes, Zandal-21 cayó al piso casi
instantáneamente.
–Debido a este suceso, queridos compañeros –comenzó a hablar el doctor Bernard–, con
toda la autorización que se me entregó para esta misión, he debido tomar medidas extremas;
así que, señores navegantes, pueden comenzar su preparación mientras CC ajusta todo los

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instrumentos.
Quiami observaba la escena colmado de lágrimas y temor, un pensamiento muy fuerte
recorrió su joven y poderosa mente: La bestia ataca tras la puerta, por la espalda.

4
Nuevamente el zumbido acompañado por ese entumecimiento fantasmal, las luces, las
doble M y Zandal-21 trataba de despertar una vez más de la fuerza que lo llamaba a las tinieblas.
Logró abrir sus ojos completamente luego de una hora y se encontró con la mirada de Sammy-
95 que lo observaba. Él la miró detenidamente: pelo rapado, ojos verdes, labios delgados y las
conexiones tras las orejas para la inducción de los fluidos para navegantes en hibernación. Pero
ahora algo extraño asomaba en su mirada y movimientos, ella estaba diferente, lo percibió en
todo su ser. Con esto él sabía que necesitaba ver al niño lo más pronto posible y asistirlo en
el próximo contacto con el ente. Debía protegerlo a como diera lugar.
En la sala común el ambiente estaba extraño, tomó asiento al lado de la otra navegante,
también notó diferencias en sus movimientos y forma de mirarlo; podía deberse a los efectos
de los procesos de hibernación, pero su “otro sentido” decía otra cosa. Además, nuevamente
se le vino a su cabeza la pregunta que lo atormentaba: ¿por qué demonios estaba él aquí?
Quiami sólo le sonrió. Estaba sentado junto al doctor frente a él en la mesa, lo notó
demasiado distante; por las paredes de la nave sólo rompía el silencio una suave melodía de
cuerdas y oboe, con seguridad alguna grabación de las cámaras marcianas.
–¿Cuándo crees que recibirás un nuevo contacto de Schayrererai, Quiami? –Quiso romper
de una vez el silencio, pero sólo el doctor levantó la cabeza mientras el niño comía cabeza gacha
sus alimentos.
–El puente ya no será más usado como puente, Zandal-21. Schayrererai está contactando
directamente a Cerebro Central, desde antes del salto anterior. Pero creo que no lo recuerdas,
¿no?
–La verdad que no, no recuerdo bien qué sucedió antes de irnos a la sala, doctor, sólo
sé que debemos terminar de una vez con esta locura, pregunte a Quiami qué ha percibido del
ente. Al momento que terminaba de hablar, por debajo de la mesa sintió la mano de Edra-39
que le entregaba un papel doblado, lo tomó sin que se percataran los demás.

–No es asunto de discutir lo que ya acordamos Zandal-21, ¿o acaso deseas ver las
grabaciones de CC de cuando aseguraste seguir con la misión antes del último salto?
–No, no creo que sea necesario –contestó Zandal-21 usando todo lo aprendido para no
denotar temor ante el doctor y el niño, y apretando fuertemente en su mano izquierda el papel
que le había entregado hace unos instantes la navegante.
Pidió permiso para retirarse y el hombre entró sin apuro aparente a la sala de baño
común, rápidamente desdobló el papel y comenzó a leerlo:
Datos de CC. borrados en un 20%.
Estoy usando fluido Alfa de navegante de reserva, el actualmente en uso en la cabina de
mando está contaminado. Móvil: controlar la misión.

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Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

Comportamiento de Sammy-95, errático en hibernación, fue sustituida varias veces por


ente ajeno.
No tengo mucho más tiempo, me queda poco fluido pronto seré contaminada.
Comportamiento de representante del Istmo muy extraño.
Usted fue drogado y nunca llegó a ningún acuerdo.
El niño no es el niño.
Botó el papel al incinerador, no sin antes romperlo y salió del baño para ir a su habitación.
Ahora debería comenzar a juntar fuerzas para enfrentarse con el doctor y lo que fuese que
estuviese usurpando el cuerpo del niño. Necesitaba antes hacerle algunas pruebas para estar
completamente seguro de lo que la navegante decía y para ello debía estar preparado. Muy
preparado. Sintió un gran escalofrío, ya que gracias a sus fluidos sintéticos los navegantes
podían ver cosas más allá de lo que alcanzaban a ver sus ojos, quizás más que él y su arcaico
don mental.
Muy preparado y sin temor.
Horas después Zandal-21 salió de su habitación. Extrañamente el doctor no lo llamó en
ningún momento y el niño no fue a verlo como en las otras ocasiones, eso confirmaba en alguna
manera lo aseverado por Edra-39, ahora la pregunta que se hacía era: ¿por que él no?, ¿cual
era la razón para querer interferir en todos y él no? También cabía la posibilidad de que luego
del último salto, el que estaba pronto a realizarse, fuese usurpado o eliminado. Tal vez la
navegante estaba influenciada y hacía todo esto para tenderle una trampa, tomó su cabeza con
ambas manos, estaba demasiado confundido y solo en todo esto. Frente a él los ojos de CC lo
seguían silenciosamente.
Quiami no había puesto ninguna dificultad para ir con Zandal-21 a la sala de exámenes
de la nave, el doctor Bernard tampoco y Sammy-95 se encontraba con Edra-39, ajustando los
instrumentos junto a CC para el próximo salto.
–Q, ¿te molesta que los contactos los haga Chacha directamente con el Cerebro Central
del Nido? –Zandal-21 no quiso ir al grano sin antes tantear el terreno.
–No, es lo mejor para todos –contestó el niño amablemente–, ¿no opina lo mismo usted?...
¿Señor?
–Por supuesto que sí, Q. Ahora dime, ¿has tenido dolores de cabeza en el último tiempo?,
¿has recibido cierta interferencia psíquica que te perturbe de alguna manera?
–No, ¿por qué cree que debería? –Mientras hablaba, el niño jugaba con una pequeña
pelota de goma.
–Por nada, Q –contestó Zandal-21, preparándose para hacer la pregunta con la cual
podría demostrar tanto que el niño que estaba frente a él no era Quiami y él mismo estaba
siendo de alguna forma “protegido”. –Ahora dime, ¿por qué crees que me autoinduje la hipnosis
cuando tú viniste a mí, durante la hibernación, y me hablaste sobre la serpiente?
–Quizás sólo por curiosidad, o tal vez, Chacha quiso darte una eternidad antes que nos
encontremos con nuestro destino. ¿No lo cree así, Zandal?
Definitivamente no era Quiami o el ente lo manejaba, nunca le había contestado de esa
manera; ¿dónde se encontraba esa maravillosa criatura a la cual juró proteger? Sólo sonrió y

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Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

fue donde Bernard para decirle que estaba todo bien para el próximo salto. Esperaba ser un
buen actor de cuerpo y mente.
Camino a su habitación Zandal-21 pareció de una vez por todas entender lo que estaba
sucediendo; algo había allá junto al ente protegiéndolo, o bien, el ente se había comunicado
con él para protegerlo de otro ente igual o más poderoso que había tomado el control de CC,
el niño y la nave. Todo se resolvería en unos “días” más en la Nube de Tarsis.
Edra-39 ya había comenzado a actuar de froma extraña y el doctor se había empecinado
en mantener bajo llave el rectángulo con los presentes para Schayrererai. Al entrar en la cápsula
de hibernación, a Zandal-21 no le importó la posibilidad de morir. Sus sentidos le entregaron
toda la tranquilidad que necesitaba para la jornada que se aproximaba a eones de años más
adelante. El frío llegó repentinamente y calmo, como el suave cariño sobre los pechos de Dana.
Ya no había temor.

5
El día -10 la nave Nido entró en la Nube de Tarsis, desacelerando tras el salto. Al día -8
se encontraba a seiscientos millones de kilómetros del punto de encuentro, un sistema binario
con dos gigantes rojas repleto de nubes de polvo y gas junto a dos enormes planetas gaseosos.
En la órbita de uno de ellos, el con los anillos más pequeños, había un satélite rojizo, casi entero
cubierto de hielo salvo por el Ecuador; hacia ese lugar la nave comenzó su trayecto, al momento
que se desactivaban los controles de hibernación y sus tripulantes resucitaban por las tinieblas
de la pequeña muerte.
Zandal-21 despertó nuevamente con gran dificultad, su recuperación luego de la más
larga hibernación del titánico viaje fue bastante lenta, al igual que los demás.
Horas después cuando todos se encontraron lo suficientemente repuestos para pensar
con claridad, se reunieron en la sala común para alimentarse y recibir las instrucciones que
el Istmo había implantado en CC, las cuales sólo se darían a conocer al momento de llegar al
punto de encuentro.
El doctor Bernard parecía ausente y Zandal-21 lo miraba atentamente como esperando
que dijera algo, pero a su vez los ojos del calvo doctor Weisten estaban detenidos en los del
supuesto niño puente.
La entrega de información se inició a las 35 horas con la mítica melodía de la alicaída
Expansión del Décimo Istmo, una suerte de marcha con melodías barrocas plagada de acordes
largos e instrumentos de viento y sintetizados. Zandal-21 rió para sus adentros. “El Hombre
no deja la supuesta importancia ceremonial para ninguna ocasión”, pensó. La voz del primer
consejero– “ahora ni cenizas”, según Zandal-21– llenó la sala:
–Estimada tripulación del Nido, los saludo en el nombre de todo el Décimo Istmo y la
humanidad repartida en más de mil trescientos sistemas y las avanzadas. –Zandal-21 se estaba
realmente divirtiendo con la expresión de los otros: incredulidad, asombro, extrañeza. Sin duda
estaban todos intervenidos o no eran lo que parecían ser, pero él extrañamente se sentía
tranquilo como nunca. Prosiguió la voz baja y solemne del Consejero: –Ustedes ahora se
encuentran a un paso del acontecimiento más grande de la humanidad, desde los oscuros

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Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

rincones del pasado; les deseamos toda la suerte y paz en este gran momento–. “¿Paz?”, se
preguntó Zandal-21. –Doctor Bernard Weisten –prosiguió la grabación–, la voz del viento no
será la voz que ahogue tu súplica.
En ese preciso momento el doctor cambió el aspecto de su rostro, fue como que realmente
despertase de un largo estado de hipnosis, puso la caja rectangular con los supuestos regalos
protocolares sobre la mesa, que pareció absorber el cuerpo del doctor. La caja comenzó a unirse
al cuerpo del doctor, varios tentáculos surgieron del traje dorado con el escudo del Décimo
Istmo en el pecho, atrapando a los dos navegantes y al niño.
–¡Hazte a un lado, Zandal! –ordenó ahora el doctor, poseedor de un traje de muerte.
Zandal-21 se lanzó a un lado y las descargas desintegraron a los dos navegantes.
–¿Qué hace doctor? –preguntó aterrorizado Zandal-21 mientras el niño comenzaba a reír
y se desvanecía a los ojos de los dos hombres.
–Salvarte –contestó el doctor, dirigiéndose a uno de los módulos de aterrizaje. –Hay que
pulverizar a ese hijo de puta. –Y cerró la compuerta.
–¡Doctor no, hay dos!.. No es lo que cree, no... –Bernard Weisten no miró hacia atrás, iba
en su blanco corcel y dorada armadura para luchar con el gran dragón que asolaba a la especie
humana.
Zandal-21, sin pensarlo, corrió hacia la sala de preparación para colocarse un traje de
ajuste vital e ir tras el doctor en otro módulo, había mucho en juego. Demoró menos de dos
minutos en ajustarse el traje y cuando presionó los códigos para entrar en un módulo la voz
de Cerebro Central por primera vez se dirigía a él.
–Maestro Zandal-21, no intente seguir al doctor Bernard. La misión para la cual fue
entrenado ha llegado a su punto de acción definitivo.
–¿Entrenado? –Preguntó Zandal-21–, ¿pero qué demoni…?
–Señor Zandal-21–interrumpió CC–, es necesario que vuelva a la sala de hibernación para
volver a sistema Tierra. Usted es el único testigo y debe regresar para dar testimonio de lo
ocurrido tal como acordó el Istmo antes del lanzamiento. Los datos serán entregados a su
cerebro durante la hibernación.
Zandal-21 no daba crédito a lo que oía.
–Antes que nada necesito saber algo para ir a hibernación, CC.
–Pregunte Señor, estoy a su entera disposición tal como lo ordena el manifiesto.
–¿Lo que sucedió durante la hibernación del segundo salto, fue obra de algún programa
dado por el Istmo o era de su propia base de programas?
–Señor, ¿qué sucedió durante el segundo salto? Mis datos no muestran nada anormal.
Suficiente. Realmente deben estar borrados. Los datos daban como resultado todo lo
intuido por él, Zandal-21 volvió a presionar los códigos de acceso a los módulos de descenso,
esta vez junto al código de emergencia.
–Es inútil, Señor. –La voz de CC no se notaba tan amigable como hace un momento. –
Señor, le aconsejo que se dirija a la sala de hibernación para asistirlo o me veré obligado a
utilizar los Ubots.
Zandal-21 quiso gritar, abalanzarse contra los ojos visores de CC. ¿Qué haría ahora? El

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Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

niño a quien juró proteger estaba quizás donde, ¿qué había sucedido realmente con los navegantes
y qué sucedería con él? Todo era una locura y parecía dirigirse predestinadamente hacia un
final de tortuosa agonía y desolación. Quiso llorar, pero sólo alcanzó a lanzar una plegaria y
al finalizar, su mente recordó. Ocho números llenaron su mente, números grabados en una
hermosa torre en ese extraño y vívido sueño que su ser ya había olvidado en esa nave.
Pulsó los números en el panel: 05012977 y la puerta se abrió.

6
Al descender, el módulo se agitó fuertemente al entrar en la atmósfera del gélido mundo.
Zandal-21 que no tenía gran entrenamiento en el manejo de naves de corto alcance, dejó que
el piloto automático del módulo lo dirigiera hacia donde había aterrizado el doctor Bernard.
Mientras descendía por entre las nubes de colores violetas, rojizas y blancas, Zandal-21
pareció recordar toda su vida. Se mezclaron escenas de su solitaria niñez sin padres en Europa,
de su vida en las “criaderas”, la universidad de Io, a la cual pudo optar casi por un milagro y
donde conoció al único amor de su existencia: Dana-44, hermosa mujer de cabello oscuro y
piel tan morena como la de él, muerta por un accidente sin sentido en un trasbordador de
pasajeros rumbo a Marte... Pero pronto recordó algo más, un lugar de verdes bosques y risas
de niños junto a mares azules y deseos junto a Dana y al hijo que le había dado. Otra vida, su
verdadera vida. Soltó el piloto automático y apuró el descenso, esto que estaba viviendo ahora
era sólo un regalo, y no era por el sólo capricho de las probabilidades. Tenía una misión. Una
vuelta de mano.
Bernard Weisten bajó ágilmente del módulo y las armas se sintetizaron en sus manos,
disparó hacia un montículo con algo de nieve a su izquierda, haciéndolo desaparecer entre una
nube de incandescente luz producto de las micro explosiones nucleares de la Hiro-G. Subió a
dos niveles más la potencia del arma y se dirigió hacia su destino, una gran montaña nacida
casi de la nada en esa plana superficie, el punto de la supuesta reunión. El ente se encontraría
ahí junto al niño puente, quiso corroborar la posición y contactó a CC. Las noticias no fueron
buenas.
–Doctor Bernard, el nexo Zandal-21 ha logrado escapar del Nido hace algunos segundos.
Se dirige hacia usted.
–Desconecta la energía del módulo –respondió el doctor mientras observaba el cielo y a
sus espaldas.
–Imposible. El nexo introdujo un código de anulación total, sólo puedo establecer
comunicación, desconozco procedimiento de desactivación y cómo logró conocerlo. Protocolos
de la misión no pueden, no activan, no funcionan, no. –Bernard Weisten canceló la comunicación.
Al pasar una formación de rocas y bajar por una ladera en 45º el doctor Bernard sintió
cierta pesadez en la frente a pesar de los protectores psíquicos del traje y una pequeña sudoración
en las manos. Era lo mínimo que esperaba al acercarse a tan poderoso ser. Se estremeció al
pensar en el niño y su supuesto destino, el nunca había sido un matón, y menos de seres
inocentes. Pero el futuro del Hombre en el “recientemente” redescubierto y muy hostil universo
estaba en peligro y nada podía cruzarse en su sagrada misión. Nada.

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Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

La voz pareció surgir de todo el planeta:


–Saludos, doctor Bernard Weisten, me da mucha tristeza la situación en que se encuentra.
Lamento no haber podido entablar contacto con usted antes, pero debemos suponer que usted
no lo quiso. El niño, Quiami ha sido de gran utilidad para establecer esto, al igual que su
pensador artificial de vuestro vehículo.
Hizo una pausa mientras el doctor preparaba cada músculo de su cuerpo para la acción
y dejaba su mente fría como el hielo que casi todo rodeaba.
–Creo que no fue necesario destruir a los otros.
–No comparto la misma opinión. Deseo, en nombre de la humanidad que me entregue
al verdadero niño.
–Está lleno de temor y duda, Bernard. Al igual que su especie.
–No dejaremos que el círculo se cierre. No hay más que decir.
–Debería haber escuchado al otro puente, Bernard. Además, el círculo siempre ha estado
cerrado.
–¡Basta! –gritó el doctor Weisten–. Sal de tu capullo infernal, Schayrererai, sale para verte
los ojos criatura del demonio. Por que sé que tú eres la antítesis de nuestro mundo y deseas
destruir todo, desde mí hasta el centro de nuestra civilización para volver a tu universo de
cabeza.
Un trozo de la ladera de la roja montaña pareció desaparecer, de ese hueco salieron cinco
figuras dentro de una esfera transparente.
Por la pantalla Cud, Zandal-21 logró visualizar rápidamente el lugar donde había aterrizado
el módulo del doctor. Al encontrarse a una distancia de mil kilómetros observó una explosión
a menos de tres mil metros de la ubicación de Bernard. “Ese idiota, ya empezó a disparar y no
sabe lo que está haciendo”, pensó. La mejor decisión era aterrizar no muy cerca de aquel loco.
Bajó. El casco del traje se ajustó suave y rápidamente a su cabeza, respiró hondo y tomó
un maletín de supervivencia junto a un arma al salir del módulo. Se sintió liviano, la gravedad
de aquel lugar era bastante similar a la de Io, con lo cual se sintió mejor que en la Tierra o en
la Nave.
El radar del traje le dio la posición del doctor Bernard, cinco kilómetros rumbo noreste
a 30 grados de su ubicación, trataría de mantener una distancia de unos doscientos metros,
activó el campo de fuerza.
Bernard apuntó sus armas contra las siluetas. Cuando se encontraban a poco menos de
veinte metros reconoció la figura de un hombre delgado, nariz aguileña y de calvicie incipiente
y también con un traje de combate. Era una copia exacta de él, casi como mirarse a un espejo.
Al lado de aquel ser, estaban las copias de Zandal-21, Sammy-95 y Edra-39, tal como los había
visto la última vez en el Nido; más atrás, como observando todo, el niño.
–¡Quiami, no te muevas, traigo un equipo de supervivencia para ti. Ellos no son nosotros!
–Gritó Zandal-21, que venía tras el doctor Bernard, y éste al percatarse de la presencia de su
pupilo lo obligó a detenerse.
–Quédate quieto Zandal, tengo las armas y las voy a usar. Tú no sabes lo que sucede
aquí, te repito, quédate en tú lugar o regresa a la nave con el niño.

85
Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

–No iré a ninguna parte, doctor, aunque pudiese –contestó Quiami secamente. Usted es
realmente quien no tiene idea de lo que aquí tiene lugar.
–De hecho, lo sabe muy bien, Quiami, –contestó Chacha, desde los labios del otro Bernard
–. El asunto es que sólo sigue órdenes y no conoce el alcance de todo esto, al igual que el
profesor Zandal. El Nexo, como le llaman sus iguales, mitad, como le llamaría yo.
–¿Nexo, mitad? –preguntó Quiami, mirando los sorprendidos ojos de su protector dentro
del casco.
–No le escuches, Zandal –interrumpió el doctor Bernard que sentía que la desesperación
lo estaba reventando.
Zandal-21 por su parte observaba con la boca abierta toda la escena. Todo estaba muy
claro ahora. De pronto, tuvo la fuerte convicción de que toda la situación que estaba viviendo
parecía tratarse de una obra teatral representada ya por innumerables veces. Al pensarlo una
sensación de Déjà-vu enorme comenzó a invadirlo, todos parecían casi estatuas cuando varias
voces provenientes de Schayrererai, incluida la de Quiami, llenaron su mente.
> Ve señor/profesor> ya sé/sabe el significado del Uroboros/yo/serpiente >trate de que
el hombre enviado por la bestia/doctor Bernard no mate a Chacha/mi persona > soy/somos/es
también más que un par<<<<
“El que me protege”, pensó Zandal-21.
> No >usted mismo se ha protegido siempre y a mi/él > es por ello que los de Istmo lo
llaman Nexo > usted es/será/fue tanto la cola como la cabeza > sólo seremos/ fuimos/ somos
un reflejo en el espejo/agua<<<<<
Bernard Weisten apuntó nuevamente a la esfera transparente con los entes y el niño en
su interior. Zandal-21 quiso desviar el arma pero no pudo. La fuerza de la detonación hizo que
ambos hombres fueran expulsados varios metros atrás.
–¡Imbécil!, ¿qué has hecho? –Zandal-21 tomó a Bernard por los hombros y lo remeció
varias veces, el hombre estaba paralizado de miedo–. ¡Mataste al único niño, a Quiami!, yo que
juré protegerlo, cuidarlo. –Los dos cascos se toparon–. ¿Te das cuenta?, aquí no se iba a cerrar
nada, ¿crees que estamos en Andrómeda? Pues no, la nube era el portal para hacernos llegar
al borde del universo, donde ahora estamos. Ellos sólo eran nuestros reflejos, nosotros mismos.
El Istmo sólo deseaba nuestra muerte, la de Quiami, la mía, la de los navegantes y la suya
doctor. ¿Acaso cree que CC nos iba a proteger?–Lágrimas comenzaron a salir de los ojos del
doctor Bernard.
Bernard Weisten había sido el peón de la bestia, el último obrero de la oscuridad en su
desesperada busca por el caos y las tinieblas. Lanzó la primera piedra para que comenzara la
destrucción del todo. “Quiami, mi niño, mi hijo; quisiera que nunca hubieses muerto, eras lo
único que tenía…” Aquello fue lo último que pensó Zandal-21 como tal. La destrucción había
llegado y las tinieblas comenzaban a invadir todo.
Fue todo vendaval y caos; Zandal vio como el cielo parecía torcerse sobre si mismo. En
ese ínfimo instante lo supo, ya que no sentía temor y su ser, único y mortal se transformó en
lo que siempre había sido.
El niño nunca fue Puente, solamente cumplió la tarea de llamarlo y amplificar a su otro

86
Eridano Nº 16 Cita en Tarsis

“yo” en el borde de la creación. Pero ahora la serpiente estaba cortada en dos, el espejo roto y
él no era un cordero más, ni menos el lobo que había enviado a Bernard a destruir, si no
solamente la coda del viento para un fin sin fin. El nexo entre el antes y el después, “entre”
como le dijeron Quiami y Schayrererai. Quiami, quien ahora tomaba la mano de Zandal luego
de ser muerto y vuelto a la vida por el sólo deseo de querer su vida; y ya no era más Zandal,
de hecho, ese nombre había sido uno de tantos de los que Schayrererai poseía, era y sería
conocido. Y él formaba parte del todo.
Todo era parte de él.
Estaba ahí y esa siempre fue su tarea, y la sería de nuevo dentro de eones de eones. La
eternidad.
–¿Qué sucederá ahora Señor? –preguntó Quiami que se encontraba desnudo frente a él
y brillaba en la oscuridad del caos.
–No lo sé. Es difícil saber quién se es así de rápido. Aun estoy cambiando y muchas voces
vienen a mí, de mí y para mí. Soy…
–Eres la llave y también la cerradura. Lo que mantiene todo unido. –Observó al indescriptible
ser que estaba frente a él con millares de “aristas” creciéndole y alargándose hacia la infinita
oscuridad que los rodeaba. –¿Dios?
–No lo recuerdo pero así parece, o por lo menos una parte... y me espera muchísimo
trabajo ahora, Q.
–¿Qué será de mi, Señor, y los otros?
–Los demás están bien, Quiami. Yo deseo que se encuentren bien y así será. Y a ti te daré
una buena vida como te mereces al igual que al hombre que me cobijó. Estarás junto a tus
padres en ese hermoso lugar que se llamará Santo Domingo y educarán a los otros en la luz y
la vida. –Scharererai observó a su alrededor. –¿No lo crees así, hijo?
El niño asintió y rió. Scharererai también. Y todo fue luz, otra vez.

EPILOGO
Quiami estaba vestido de vivos colores y despertó a una persona que era más que un
amigo de su frío sueño en la pequeña muerte. Todo estaba dispuesto para llevarlo a un lugar
el cual ese hombre aun no conocía.
–Zandal, ¿me escuchas bien?
–Sí, Q, ¿terminó el salto?
–No, Zandal, falta mucho para que eso suceda. Se lo aseguro, Señor.
Y Zandal-21 llegó a su paraíso, ya nunca más con ese nombre, y encontró su dicha, a
Dana y algo por lo que realmente valía la pena vivir.
Una vez más.

© Armando Rosselot

87
Eridano Nº 16
LOS DOS SOLES DEL OCASO
por Gabriel Mérida

Tiene la mejor prosa de toda su generación y el talento para usarlo. Lo creí desde el principio, lo
sigo creyendo ahora. La primera vez que me lo encontré fue para darle su premio en metálico por
haber obtenido el segundo lugar en el concurso Púlsares 2002. Le invité a almorzar a un tugurio.
Era un curioso adolescente narcisista que daba vueltas con el tenedor el dudoso pedazo de carne
en su plato. Hablaba dubitativamente de la ciencia ficción, tratando de ir por el camino de lo
seguro. Aún hoy tiene esa manía de no querer equivocarse, de no ser el escarnio de nadie. Pero
debido a ello ha logrado esa elegancia estilística tan envidiable.
exxGabriel Mérida es periodista recién egresado y trabaja para el diario chileno Las Últimas
Noticias. Sin querer, ahora es el encargado de una sección no declarada, la de las noticias
inusuales, extrañas; vamos, frikerío en estado puro. No sé muy bien cuándo comenzó a escribir,
pero a estas alturas se le incluye en la antología Fabricantes de Sueños, que es una especie de
best of en lengua castellana. Tiene un par de laboratorios de juegos en donde estrena palabras
y frases, los llama blogs y los colma de las hormigas cuneiformes, las observa y a veces abre la
puerta del insectario para que aparezcan en otras publicaciones. Mérida se asemeja a un palo de
rosa vestido de negro, teniendo la figura de un adolescente eterno.
exxParadojalmente no es prolífico en obras. Sus pocos cuentos fantásticos están repartidos en e-
zines como TauZero, Axxón, Fobos y ahora Alfa Eridiani. Es un asunto que se subsanará con el
tiempo. Por ahora, se dedica a escribir y reescribir novelas y párrafos, que luego pasan a formar
parte de sus laboratorios. La potencia de su prosa radica en cómo se deslizan las frases al interior
de la imaginación de cada lector. En cómo todas ellas forman una estructura redonda y de superficie
pulida. Sin embargo, todavía está en el proceso de buscar las cosas que desea contar, qué temáticas
dejar afuera y qué otras elegir como columna vertebral de sus obras. O quizás esté equivocado y
sólo divago; en una conversación nocturna hablaba sobre ver más de cerca a las personas, sus
arrugas y cicatrices, obtener más empatía y compartir. Me recuerda al Dick de ¿Sueñan los
androides con ovejas eléctricas?, definiendo temas de ese calado, preocupado de encontrar la
clave humana y el regreso a la emocionalidad.
exxHay tantos esbozos suyos en este relato seminal. La lucha contra la autoridad, el anti-
paternalismo que late furioso y golpea duro. El racionalismo a regañadientes que reconoce el estado
real de las cosas. La revolución definitiva y suicida que usa como lema una estrofa new wave.
El demonio que se reconoce hombre en un espejo. La identificación de unos pocos y transversales,
que terminan convirtiéndose en una hermandad cercana y cálida. La alegoría posmoderna y
arrojada a los pies de la gente como un gato sangrante. Pero lean, saquen sus propias conclusiones.

88
Eridano Nº 16 Los dos soles del ocaso

Two suns in the sunset


could be the human race is run.
Roger Waters

1
Y los hombres se dieron cuenta de que las leyendas eran ciertas: hubo un inicio y habrá un
fin.
En una noche futura.
Siempre todo transcurría en el pasado o en el futuro, hasta que la noche prometida por
fin llegó.

2
En algún lugar del Asia menor, a la hora
en que el sol comenzaba a descender en el
poniente, en el oriente del cielo apareció una estrella
nueva, igual que hacía veintiún siglos.
Los hombres y mujeres creyeron que era la
señal de otro salvador, o que habría otro pacto.
Cuando la estrella comenzó a caer, sólo algunos
pudieron comprender que se trataba de un nuevo
pacto. El pacto final.
No hubo serpientes en el cielo, no hubo mujer,
y ya todo el mundo era Babilonia. No sonaron las trompetas

© Sergio A. Am
ni se derramaron las copas en el océano.
Sólo la estrella cayendo. Brillante contra el firmamento
azul oscuro, aún cuando el sol no terminaba
de ponerse en el occidente. Y la estrella
creció y creció, y la vieron descender

ira
en el mismo sitio donde había estado
el Jardín del Edén.
Cuando la estrella llegó a la tierra,
todos supieron que la estrella era Dios. Apareció como
una explosión nuclear que quemó todo en kilómetros a la
redonda, secando los árboles y destruyendo toda vida.
Inmensa en su propia magnificencia, amarilla y brillante,
dolorosa y plena, la explosión nuclear estalló y se mantuvo
sin decrecer.
Los hombres no tuvieron necesidad de
consultar a los libros y a los sacerdotes. Con Dios
llegó la claridad y el conocimiento absoluto. Y llegó
el llamado.

89
Eridano Nº 16 Los dos soles del ocaso

Todos comenzaron a caminar hacia el Jardín del Edén.


Porque Dios les estaba explicando a todos en sus cabezas el propósito de su llegada y el
fin de la historia humana.
Una vez hubo un inicio. Antes de eso, el huevo atómico original, donde no existía espacio
ni tiempo, donde nada ocurría, donde todo era homogeneidad. Hasta que el huevo explotó y
comenzó la historia.
Comenzó la complejidad. Nació la vida y con ella la muerte, entremezcladas de formas
infinitamente variadas, y a eso se le llamó historia y existencia, se le llamó literatura y amor,
se le llamó religión y guerras, se le llamó humanidad y conocimiento. Se le llamó realidad, y
era un error.
Ahora por fin Dios había vuelto a la Tierra, decidido a terminar con todo. A todos los
seres, hombres, animales, plantas y piedras, los estaba llamando para que se fundieran con
él en su luz eterna, para que olvidaran su nombre y su complejidad y volvieran con él. A ser
átomos de hidrógeno primero, pura energía finalmente.
Y los hombres escucharon. Y los hombres comprendieron que nada más tenía importancia.
Que toda la existencia no era sino un breve suspiro antes del sueño de Dios.
Y acataron la orden de Dios y volaron hacia su gigantesco hongo nuclear situado en el
desierto del Edén.

3
Pero estaban los otros. En medio de todas las multitudes que sonrientes o llorosas, pero
siempre resignadas, caminaban hacia el hongo atómico de Dios, había quienes caminaban hacia
el otro lado.
Caminaban o se quedaban quietos. Desoían a Dios y seguían cuidando flores que se
marchitaban entre sus dedos, construyendo casas que eran disueltas por el viento divino,
llorando y abrazando a personas que comenzaban a caminar hacia Dios.
En medio de los dos soles estaban. En medio del amoroso sol atómico de Dios que llamaba
a todos de regreso al hogar, y del sol rojizo que se moría en el océano. Y hacia ese último sol
moribundo y orgulloso orientaron sus caras, y dijeron: no nos moverán.
Fue por ellos que aparecieron los ángeles de Dios a cumplir las órdenes.
Como veloces destellos, o como agudas notas casi inaudibles, los ángeles de Dios
aparecieron para librar la batalla contra la diferencia y contra los que no querían partir,
perseverando en su error y en su existencia.
Los veloces destellos se repartieron por el mundo llevando sus espadas de fuego, destruyendo
todos los centros poblados a su paso.
Transformaban la piedra en polvo, y el polvo se disgregaba en el viento que volaba hacia
el hongo atómico de Dios.
Mataron al tigre de garras negras, al deforme elefante, a los delfines que hablaban en su
lengua superior. Botaron los gigantescos árboles retorcidos, quemaron los manchones de pasto
y hierba y bosques que quedaban en medio del vacío dejado por aquellos que se habían entregado
a Dios al primer llamado. Y ante cada hombre que dudaba, tomaron su espada, y diciendo: no

90
Eridano Nº 16 Los dos soles del ocaso

tengas miedo, partieron su cuerpo y su alma a lo largo de la columna vertebral, entregando las
dos mitades al sagrado viento de los últimos días.
Avanzaban con ferocidad divina, enfrentando toda oposición.

4
Pero a mil kilómetros de distancia del hongo nuclear que era la manifestación de Dios,
un grupo de personas esperaba.
Alrededor de ellos, las familias corrían a incinerarse en el fuego de Dios.
Eran los últimos que quedaban de los hombres y mujeres que se habían rebelado contra
Dios. Eran quienes lo odiaban. Odiaban el universo imperfecto que había creado y que ahora
quería destruir. Odiaban a alguien en el universo porque lo amaban demasiado, y ese alguien
había ya emigrado hacia el alma de Dios, o había dejado de existir hace tiempo, o seguía vivo
en el campamento de los últimos hombres rebeldes.
Alrededor de ellos la noche era casi como día, con explosiones en el aire que iluminaban
todo alrededor, y con el lejano clamor de las ciudades incendiadas.
Los hombres tenían sus espadas, sus largas armas, sus escudos contra la radiación y
sus propias bombas para luchar contra los ángeles. Tenían sus símbolos sagrados inventados
por ellos, o por sus abuelos, o por sus antepasados, o por hombres muertos y desconocidos
de lejanas culturas extintas en el tiempo. Y tenían su dolor.
Los ángeles, a lo largo de la noche, atacaron el campamento de los últimos sobrevivientes
y mataron a la mitad en sus continuos avances. Los hombres, sin saber cómo, descubrieron
que incluso con sus armas más primitivas podían matar a los ángeles, pero la lucha era atroz
e injusta. Los ángeles eran más numerosos y más veloces, mortalmente bellos con su luz blanca
que acababa con la vida de los rebeldes haciéndoles sonreír antes de fallecer.
Por cada mujer u hombre que caía, un hombre y una mujer se estremecía ante su sonrisa
de muerte. Si derramaba una lágrima y apretaba los dientes, podía gritar y destrozar a un ángel
con un golpe de espada, con un disparo de su arma, con una bomba electrónica. Si se quedaba
pensando en la sonrisa y aceptaba que el caído estaba por fin feliz, entonces su propio cuerpo
desaparecía al instante, y otra explosión resonaba cerca de la hoguera de Dios.
El sol de occidente se había puesto hacía tiempo, pero de alguna forma aún perseveraba
su brillo rojo en el lejano horizonte. Del otro lado estaba el hongo de Dios, de luminosidad
maravillosa. Como una noche relampagueante, con su negra oscuridad sin estrellas interrumpida
por periódicos fulgores radioactivos, así era el ambiente alrededor de los últimos rebeldes,
refugiados detrás de una montaña que ofrecía refugio ante el viento divino y la visión de Dios
en su hoguera, que era el último refugio al que no querían llegar.
De pronto, las explosiones cesaron, y el clamor de las ciudades acabó. Todos escucharon
el silencio, hasta que el líder de ellos, un hombre fuerte y encorvado, dijo:
–Somos los últimos.
Y con esas palabras, un destello apareció a cien pasos al norte del campamento. Otro
destello apareció cien pasos al sur, y luego otro y otro y mil más aparecieron, rodeándolos en
un círculo de blanca luz.

91
Eridano Nº 16 Los dos soles del ocaso

Eran los ángeles asesinos de Dios.


Los hombres y mujeres temblaron y gimieron, pero su líder tomó la espada y se adelantó
hacia el sur. Era la hora de la medianoche. El líder levantó su espada y gritó, y he aquí que
frente a ellos se materializó un témpano de hielo brillante y fluctuante, luminoso como el hongo
de Dios.Era el Arcángel Gabriel.

5
El Arcángel Gabriel habló así, con una voz que no tenía sonido:
–De todas las criaturas del universo, son estas mujeres y estos hombres y estas plantas
y estas piedras que aquí sobreviven los más apegados al error. Lo que ustedes llaman amor no
es sino la perduración del error de la existencia. Un error exquisito y hermosamente complejo,
pero que ya ha acabado. El hidrógeno del que sus cuerpos están hechos les llama a la fuente,
para volver a ser energía pura y terminar de una vez con todos los pesares.
En el campamento los hombres y las mujeres y los niños escucharon. Una mujer levantó
la voz y respondió:
–Si sumisión es lo que quiere Dios, no la tendrá. Mataremos combatiendo por nuestros
ideales.
El Arcángel Gabriel se transformó en una hermosa flor blanca y gigantesca, de pétalos
gruesos y suaves como la lana de un cordero inmaculado, y habló de nuevo:
–Sus ideales son lo contrario a un ideal. Sois como niños que creen saber mejor que su
Padre lo que es mejor para ustedes. Sus ideales han sido escogidos arbitrariamente, y nadie
en este lugar comparte su ideal con alguien más.
Los hombres y las mujeres y los niños escucharon. Un niño levantó la voz y respondió:
–Dios nos hizo erróneos, fruto de su propio error. No somos nosotros los que lo perdonaremos,
porque grande es nuestro rencor.
El Arcángel Gabriel se transformó en una gigantesca estatua de mármol con la figura de
un ángel, tal como lo pintaban las imaginaciones humanas del último siglo, con cuerpo de
hombre, rostro asexuado y alas blancas de cisne. Y dijo:
–Dios no necesita su perdón. A Dios no le importa su rebelión. Esta conversación es la
última prueba del amor de Dios, y ya está escrito que ustedes resistirán y nosotros los llevaremos
a la fuente. Cuando sol se eleve sobre el horizonte, la labor de nosotros estará terminada y todo
pertenecerá de nuevo a Dios. Ahora yo comenzaré la última masacre sagrada.
Y fue nuevamente un destello y alzó su espada volcánica para descargarla sobre los
últimos hombres, y todos vieron que su espada apuntaba directamente a las gargantas de cada
uno de ellos, y abrieron la boca para decir el nombre de la última persona que habían amado,
y que no era Dios.
Pero detrás del campamento de los hombres se oyó un temblor de tierra, y del suelo
emergió una figura roja y alada que llevaba una espada negra en su mano. La figura se lanzó
gritando contra el Arcángel Gabriel y de un solo golpe lo destrozó. Lejos, en el hongo nuclear,
las explosiones se multiplicaron.
La figura roja y alada los enfrentó. Alas de murciélago tenía, y cola terminada en punta,

92
Eridano Nº 16 Los dos soles del ocaso

y cuernos y pezuñas, y en su rostro una feroz majestad. El líder de los rebeldes lo reconoció
primero, y luego lo reconocieron todos los demás.
Era Lucifer, tal como lo pintaban las imaginaciones del último milenio.

6
–Dios ha otorgado una tregua –dijo Lucifer a los hombres reunidos en torno a él, sentado
con su enorme espalda apoyada contra la gran piedra que los separaba del hongo de Dios–. Nos
quedan pocas horas de noche para vivirlas atados a este mundo antes de que la mañana
despunte y al hongo nuclear se extienda por toda la tierra.
–¿Y no es posible ningún tipo de resistencia contra Dios? –preguntó un niño, mientras
el líder fuerte y encorvado miraba a Lucifer y guardaba silencio.
–Es posible, y ha sido posible durante miles de años. Pero todo eso se acaba hoy –respondió
el diablo con una voz que a todos les pareció humanamente cansada.
–¿Cómo es posible que te sientas tan derrotado? –preguntó un hombre–. Has podido
vencer al comandante de las huestes celestiales, el ser más poderoso después de Dios. Yo sé
que tú caíste por rebelarte contra Dios. ¿No lo harás ahora, en el momento más importante?
–Es cierto que mi nombre alguna vez fue Luzbel –dijo el diablo–, y que era superior a
Gabriel en el ejército de Dios. Pero ahora que he vencido a mi enemigo los límites de mi poder
están claros. Ya no queda nada que hacer contra las sentencias de Dios.
–Dicen que Dios promete vida eterna –dijo otro niño–, y que tras la muerte viene un
mundo de felicidad y bienestar, donde no hay problemas ni dolores. ¿Ese mundo es la hoguera
hacia donde nos está llamando?
–Eso es –respondió Lucifer–. Allí dejaremos de sufrir y las heridas se nos sanarán. Por
supuesto, nosotros somos los que no queremos esa paz, y estamos atados a nuestro dolor y
nuestra rebeldía.
–Pareces un predicador –dijo el niño con desprecio–. Se nota que alguna vez fuiste un
ángel. Sin embargo –reflexionó–, he decidido hacerte caso. No quiero sufrir más. Iré a reunirme
con mis padres y mi hermana.
Y el niño caminó lentamente hacia el desierto, contemplado por todos, y cuando dejó el
refugio de la piedra y fue iluminado por el hongo atómico y azotado por el viento de Dios, levantó
los brazos y se difuminó en al aire.

7
Toda la larga noche los hombres aguardaron. No rieron ni lloraron, sino que se contaron
sus historias, sus nombres y sus razones. Enamorados viudos habían muchos, científicos
incrédulos también, algunas monjas y curas. Estaba un teólogo cristiano que había demostrado
que el infierno y los ángeles no eran más que metáforas, y estaba un monje budista al que el
armageddón había interrumpido su camino hacia la santidad. Estaba la mujer científica que
había trabajado en el equipo que logró la primera clonación humana, pocos meses antes, y
estaba el astronauta que pensaba partir hacia la luna en búsqueda de una divinidad cualquiera
que permitiera a los hombres ser felices de nuevos. Estaban los niños huérfanos, los golpeados

93
Eridano Nº 16 Los dos soles del ocaso

por sus padres en nombre de Dios, y las niñas violadas en nombre de Dios, y los sobrevivientes
cojos y mancos de las guerras religiosas. Y todos contaron sus historias, y algunos maldijeron
a Dios y otros no lo hicieron, pero todos sujetaron con fuerza en sus bolsillos un objeto banal,
un símbolo o una fotografía o unas palabras en un papel, sabedores de que en esa última noche
todo era banal.
Sólo el líder de los rebeldes, que tenía una historia como la de cualquier otro, y que era
un hombre común llevado a ser el líder por las circunstancias, fue a hablar con Lucifer, casi
en las afueras del campamento. Lo vio cansado, debilitado, y en su rostro satánico notó ciertos
rasgos no del todo inhumanos.
–Tu nombre fue Luzbel una vez –dijo–. Pero creo que puedo decir que también tuviste
otro nombre.
El diablo contestó:
–Mi nombre una vez fue William, cuando aún era humano y no conocía ni a Dios ni al
Diablo. Vi al anterior Lucifer caer desfalleciente a mis pies, vencido por los ángeles, tras escapar
durante varios días de sus espadas. Murió a mis pies y no lo volví a ver más. Su rostro era el
de un salvaje niño francés. Fue poco tiempo después de eso que comencé a recordarlo todo:
el fulgor de la creación, los vuelos sobre el jardín, el canto a nuestro padre en las gargantas,
la orden que no acaté, las espadas cruzadas en la batalla del cielo y la larga caída hasta el
abismo de fuego.
–Serás el último Lucifer, entonces, pues esta es la última noche –dijo el líder, apuntando
con su brazo al círculo de luz que los rodeaba–. La madrugada acaba ya, y ellos se preparan
para vencerte. ¿Quién será tu asesino?
–Serán Miguel y Rafael. Mis hermanos llegarán a cobrarme por eones de muertes y
maldiciones, de huidas y de libertinajes. Ellos me vencerán, y volveré por fin al hogar.
–¿Por qué? ¿Por qué te has vencido? ¿Ha pasado demasiado tiempo?
–Me he dejado vencer porque así estaba escrito.
–Pero tú no obedeciste lo que estaba escrito.
–Aún así no dejó de estar escrito. Míralos, ahí vienen.
Los hombres quedaron en silencio. El hongo atómico de Dios estaba retraído. Sobre ellos,
el cielo era más oscuro que nunca. Todos pudieron ver cómo del círculo de luces se destacaban
y acercaban dos llamas de luz blanca.
–Miguel, Rafael –dijo Lucifer de frente a ellos–. Hermanos míos.

8
–Ya sale el último sol por el oriente –dijo la llama que era Miguel.
–Saldrá por última vez para iluminar la última batalla de los hombres –dijo Rafael.
–La batalla contra los ángeles, porque no podrán luchar contra Dios.
–Nadie tiene el porte para luchar contra Dios.
–Sería tragado por su luz amorosa antes de poder avanzar.
–Todo pertenece a Dios.
Detrás de Lucifer, el líder de los rebeldes dijo:

94
Eridano Nº 16 Los dos soles del ocaso

–Si por un último día el sol se eleva sobre nosotros, entonces ese día es nuestro.
Respondieron los ángeles:
–El sol no se elevará.
–Sientan la arena elevándose en el viento. Este es el último lugar.
–Todo está confluyendo hacia la hoguera de Dios.
–El sol está asomándose en el oriente, y ahora se arrastrará por el desierto hacia la
hoguera.
–El sol estará contento de volver a casa, y así estarán ustedes.
–Hermano Lucifer, ¿estás listo?
–Listo estoy –respondió él.
Ambos arcángeles levantaron sus espadas y, ante el grito de los hombres, destrozaron
a Lucifer. Su cuerpo estalló en un polvo rojizo que se elevó sobre ellos, subió hasta el viento,
y se mezcló con el polvo de la montaña que ya se deshacía en el viento de Dios. La multitud
tembló porque creyó escuchar el lamento de felicidad de Lucifer.
–Los mares y los desiertos se han vaciado. La última piedra de la última montaña comienza
a morir.
–Sólo cien de ustedes quedan en este lugar.
La multitud volvió a estremecerse, y el círculo de ángeles comenzó a estrecharse en torno
a ellos. Vieron los rostros andróginos, vieron las espadas levantadas, oyeron como la gran piedra
negra, su última defensa, se deshacía a sus espaldas, evaporándose de a poco por el calor de
la hoguera de Dios.
–El señor es vuestro pastor –dijo Rafael.
–No deberéis temer –dijo Miguel.
Los ángeles se adelantaron y el primero de ellos levantó la espada por sobre su cabeza
para cortar la cabeza de un niño llamado Isaac. Pero justo entonces se sintió un largo grito en
medio de la multitud. Los hombres y mujeres se apartaron y vieron en medio de ellos a su líder,
caído de rodillas y la cabeza entre sus agarrotadas manos. Gemía de dolor, y su transpiración
se evaporaba sobre él. Temblaba, y algo extraño había en su piel.
De su espalda saltó la sangre.

9
De un omóplato primero, y luego del otro, surgieron dos pequeñas puntas de acero, que
fueron extendiéndose hacia arriba, mostrando una intrincada estructura de metal, cables y
luces que creció hasta duplicar el tamaño de su cuerpo. Cuando terminaron de brotar de su
espalda, todos pudieron ver que eran dos gigantescas alas de rojizo metal.
Ante los hombres, mujeres, niños y ángeles inmóviles, el líder dejó de temblar y se levantó.
Llevaba en su frente un diamante artificial de color azul y dos cuernos del más fino polímero,
sus pies tenían el fuego de los trajes de los astronautas, su piel estaba cubierta de circuitos
verdes, azules y rojos, y llevaba en la mano una espada hecha de pura luz.
Apuntó la espada hacia el ángel que tenía la suya levantada, y disparó un destello que
lo destruyó en el aire.

95
Eridano Nº 16 Los dos soles del ocaso

–Has vuelto, hermano, ahora que todo es vano –dijo Miguel.


–No podrás hacer nada contra Dios –dijo Rafael–. ¿Por qué luchas?
–Porque yo lo elijo –dijo el nuevo Lucifer, y descargó los rayos de su espada contra los
dos arcángeles, que desaparecieron atenuándose como nubes que se deshacen.
La multitud lo contempló asombrada, pero pronto surgió el primer disparo contra los
ángeles del círculo, y luego una mujer atacó con su espada, y un niño lanzó una bomba. Los
ángeles se defendieron, pero poco pudieron hacer contra el nuevo Lucifer de velocidad electrónica,
contra los niños de las guerras que devolvían en cada bomba el horror que los había criado, y
contra los hombres y mujeres enamorados y viudos que combatían con un nombre en los labios
mientras sus lágrimas se evaporaban por el creciente calor del hongo atómico.
Finalmente la lucha terminó, y sólo quedaron cincuenta hombres junto al nuevo Lucifer,
de pie en el espacio que antes ocupaba la montaña que los había defendido de la luz de la
hoguera del armageddón. Se dieron vuelta y contemplaron, en el oriente, el ahora gigantesco
hongo atómico de Dios, donde estaban los átomos de todas las calles, todos los planetas, todas
las cartas devueltas por sus remitentes, todas las estatuas y todos los libros prohibidos y los
venerados, todos los árboles donde había jugado un niño, todos las naves espaciales listas para
partir hacia estrellas muertas, todas las guitarras eléctricas, todos los puñales que habían
asesinado a los amantes infieles, todos los autos destrozados contra una pared, todas las
películas de Hollywood, todos los trajes de fiesta, todas las cárceles y todas las catedrales. Y
detrás de le enorme fogata se arrastraba el último sol, rojo y moribundo y empequeñecido a
medida que se arrastraba y se acercaba a su final en el hongo de Dios.
–Sólo nos queda una cosa por hacer –dijo Lucifer.
Los niños y los hombres y las mujeres del último día lo entendieron; levantaron sus
espadas y bombas y pistolas, y comenzaron a correr hacia Dios gritando cincuenta maldiciones
en cincuenta idiomas distintos, y cada maldición era una canción de amor, y era un grito de
parto, y era un recuerdo que se iba. Al frente iba Lucifer, y mientras corría volvió la voz de Dios,
que había hablado al principio del Armageddón. La voz les prometió que hallarían el bienestar
y se acabaría el dolor una vez que estuvieran todos reunidos en su seno, y les agradeció por
correr hacia él. Pero Lucifer le respondió:
–¡Corremos hacia el otro sol!
Y levantó su espada mientras gritaba y se deshacía en las emanaciones radioactivas del
sagrado hongo de Dios, corriendo junto con la multitud hacia el final de la historia humana.

© Gabriel Mérida

96
Eridano Nº 16
LA SEMILLA
por Soledad Véliz

Había una vez una niña, no hace mucho, que escuchaba a Silvio Rodríguez. No sabía dibujar,
pensaban que era demasiado callada. Un día, la llevaron a un taller para que aprendiese nuevas
formas de expresarse. Una profesora le enseñó con paciencia a usar los colores y darles forma,
y sus ojos negros lo absorbieron rápidamente. Desde entonces, el río desde la fuente creadora es
un torrente interminable.
exxSoledad es licenciada en sicología y tiene por hobby practicar karate, acariciar a sus dos
conejos y saltar de cine en cine devorando películas. Pero lo que la mueve, son las formas y los
colores que construye en un país imaginario que se parece a un vórtice. Ilustra con hermosa
intensidad y personalidad, explorando todas las fases de este país para ofrecerlos en sus sitios
web HermanaOjo y la comunidad DeviantArt. La sensación se asemeja a deslizarte por un tobogán
hasta una paleta en donde todos los colores son primarios. Allí, las cosas tienen la textura de algo
pintado a mano alzada, y existen inmensos conejos negros y lustrosos que tratan de escapar de
ti. Claro que todo es un juego, un juego teñido de humor, ternura, madera-metal y algo desbarajustado
que reside en su cabeza. Es una firma inconfundible de ella.
exxEn cuánto a la literatura, uno no puede extrañarse al comprobar que se repite el mismo método.
Es que en realidad, no es el método sino la sensibilidad. Sus relatos están llenos de imágenes
descargadas directamente de la Internet del subconsciente. Nadie puede describirla mejor que
Pilar Barba, de NGC3660: “(…) he de destacar el modo que tiene esta mujer de expresarse, y cómo
no, esa imaginación suya tan desbordante.” Relatos como La Carta de Telaraña, Maniquí y Señuelo
tienen un denso tejido que embriaga y hasta asusta, y traslucen pasión con influencias del animé,
el manga y, ahora último, la ciencia ficción clásica. A estas alturas es una figura consolidada en
el panteón chileno del género fantástico, con una trayectoria que incluye publicaciones en los
ezines Axxón y Fobos, y libros como Años-Luz y Poliedro 1. Prueba de su calidad y manejo de
diferentes formatos es la obtención de una mención en el concurso de cuentos de la revista Macondo,
con Respira al Otro, que no tiene nada de fantasía.
exxSoledad es una mujer siempre intensamente ocupada. Lo explora todo desde el cómic hasta
la astronomía, desde el misticismo hasta el diseño web. Claro, con predilección por todo aquello
que sea visual. Y forma parte de diversos colectivos de creadores como el Grupo Poliedro, a cuyo
primer volumen pertenece el siguiente cuento. La Semilla ya es parte de algo más grande que
puede que se convierta en una novela, todo dependiendo de su disposición. Por mientras, aquí
está el germen, en donde una inmensa máquina-ciudad horada las entrañas de un tiempo y
personajes inciertos. Luego, tendremos otro relato suyo en Poliedro 2, este mismo año. Ah, y no
pierdan la oportunidad de visitar su planeta de colores en la Internet.

97
Eridano Nº 16 La semilla

© Soledad Velíz I
La Semilla disminuye la velocidad.
Los poros en su piel de metal se
estremecen y abren, monitoreando
el ambiente. Toda la estructura
cruje cuando entra en contacto
con un cuerpo extraño. Los poros
recrean una figura que se convierte
en impulso eléctrico que recorre
el enhebrado de cables y fluidos
hasta el vientre del procesador de
emergencia. Ahí se reúne con un
grito de alta frecuencia que lo
empuja hasta la sala de control
donde se esparce por lo paneles,
transformándose en los fríos ojos
de los seres que habitan la Semilla.
La alarma inunda la habitación.
***
El Atamán recibe la alarma con
una sonrisa. Las “orexas”,
pequeñas biotas que cubren su
rostro, se habían adelantado unos
segundos a su señal. A su
alrededor, en la sala retorcida y oscura, los fulíginos manipulan los paneles con suavidad
amatoria. Operadores araña se descuelgan de todos los rincones de la habitación, atraídos por
la sustancia transparente que comienza a exudar del mesón de contacto, en el centro de la sala.
Con manos ávidas la destrozan y moldean, tejiendo con ella una imagen a escala de la información
susurrada por los poros de la Semilla. Una vez terminada, sus creadores la depositan sobre el
sensor principal y se dispersan alrededor en actitud adoratoria. El Atamán se levanta de su
sitial y mueve con dificultad su enorme cuerpo por la habitación. Las orexas atraviesan su
rostro sin ojos, susurrándole todo lo que no puede ver. Al llegar ante la palpitante maqueta lee
detenidamente los códigos en los paneles y marca a tres de ellos con sus gruesos dedos.
–Estamos bajo ataque –sentencia. La maqueta cobra vida y una figura aberrante,
representante de la amenaza externa, comienza a avanzar hacia la simulación de la Semilla.
Sus brazos se agitan como los de un molino rabioso y los sensores indican altos niveles de
inestabilidad espacio temporal.
–El obstáculo es un demonio limítrofe, aún un infante. Su longitud estimada es de un
cuarto de la Semilla –sentencia uno de los operadores, calificado para leer códigos de ataque.
–Comienza el proceso de aislamiento y destrucción del obstáculo –susurra un fulígino a
su izquierda, antes de sumergirse en los símbolos palpitantes de los paneles. Los monitores

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Eridano Nº 16 La semilla

parecen dormirse, reservando su energía para alimentar los sistemas de ataque y simulación.
Los operadores araña regresan a sus oscuros nichos, en el techo de la sala de control. La
atmósfera se satura con el murmullo obsceno de los fulíginos y pequeños transistores.
El demonio, materializado por la maqueta, es veloz y arrogante. Embiste ciegamente un
costado de la Semilla y la vibración traspasa la sala, levantando una leve polvareda. Las orexas,
diseñadas para acceder a todos los sistemas de la Semilla, establecen interfaz con la defensa
y el Atamán toma el control de los arponeros neumáticos. Los arpones son liberados desde las
torretas interiores y muerden rabiosamente la coraza del demonio, provocando que se debata
hasta reventar las líneas eléctricas que lo atenazan. Los sensores indican que su inestabilidad
espacio temporal se intensifica y la segunda línea de arpones desaparece en un vórtice energético
que palpita en el lugar donde estaba la bestia. Una brutal embestida le indica al Atamán que
el demonio se ha desdoblado; su cuerpo físico los ataca desde un costado mientras el perenne
avance de la Semilla los dirige hacia la rabiosa boca astral del enemigo. Ordena el despliegue
de los espejos portales, delgadas láminas que cubren el frente y parte posterior de la Semilla.
Estos no tienen efecto en la boca astral pero el cuerpo físico del demonio se detiene al verse
reflejado en la superficie que ataca.
–Nos encontramos a 8,0 de la boca astral –señala uno de los operadores. El silencio cae,
denso, sobre la sala de control–. 7 y 5. 7 y 2. ¡Siete! La boca astral embiste ciegamente contra
el espejo, guiada por el pulso eléctrico que desprende. Este responde con un destello que la
transporta hacia el otro espejo, desplegado en la parte posterior de la Semilla. El demonio
alcanza a ver su propia alma surgir enfurecida del reflejo y arrancarle parte del pecho, donde
posteriormente anida. El reencuentro genera una falla en su vulnerable sistema y la maqueta
grafica la caída del monstruo y la desaparición progresiva de sus signos vitales. La Semilla
disminuye su avance y comienza a girar en busca del cuerpo del demonio. En la habitación
nadie dice una palabra hasta que la sentencia:
–La línea de obstáculos ha sido allanada en forma exitosa –exige una oración de
agradecimiento. El Atamán se sorprende imaginando la posibilidad de que la maqueta mienta,
y uno de los enormes brazos el demonio irrumpa en la sala de control destrozando las sorprendidas
cabezas de los fulíginos. Sólo el persistente silencio lo devuelve a la realidad.
–Gracias a las Crisálidas por este banquete que nos han brindado y por la guía que me
han prestado en la batalla. –Recita con voz pomposa–. Gracias al demonio limítrofe que alimentará
nuestro festival de Renovación. Gracias a la Semilla por llevarnos en su vientre y protegernos,
una vez más.
Las palabras rituales penden en el aire y se apagan. Los fulíginos esbozan una retorcida
sonrisa de satisfacción y tocan el hombro del Atamán con reverencia antes de abandonar la
sala. Este soporta la ceremonia con la mirada clavada en el mesón central, donde la única
evidencia del mundo exterior se descompone en una sustancia blanda y gris. La Semilla se
asemeja a un inmenso caracol avanzando sobre los restos del demonio. El Atamán se deja caer
con cuidado en su sitial, el único capaz de soportar su peso, y libera a las orexas de su flujo
mental. Su rostro sin ojos se infesta de las pequeñas prótesis, diseño exclusivo de la minoritaria
clase social de los atamanes, que les permite acceder a toda la información de la Semilla. Las

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Eridano Nº 16 La semilla

orexas se encumbran y amplifican sus sentidos recogiendo los estímulos que susurran a lo
lejos. Le dibujan la imagen de la sala de control desde afuera, un gusano grueso como un
intestino, moldeada por una mano cuidadosa y obsesiva. Desde ahí, la estructura ósea de La
Semilla se abre en decenas de enmarañadas calles, donde gases densos y eternos respiran junto
a las cientos de existencias que se desenvuelven a lo largo y ancho. Sobre todas ellas, palpita
el suave fulgor de las Crisálidas, las gentiles diosas que todo lo observan, impulsando con la
energía que emiten sus cuerpos el avance de la Semilla. El Atamán desvía con pesar su atención
a una gran masa de fulíginos reunidos alrededor de la sala de control, esperándolo. Las orexas
se detienen a saborear la excitación y el miedo que se mezclan con el ambiente festivo y percibe
comentarios aislados sobre la amenaza que acaba de ser aplastada. Pero lo que enciende los
ojos de los fulíginos no es la reciente victoria sobre el demonio. La cercanía del festival de
Renovación hunde cualquier referencia al universo exterior en las tinieblas de la indiferencia
y el golpeteo rítmico que generan de sus pies refleja la impaciencia con que esperan que el
Atamán dé inicio a la celebración. Las orexas siguen el temblor a los pisos inferiores donde los
retorcidos túneles palpitan con el arribo de la carne del joven demonio. El Atamán huele el
aliento ácido de los fulíginos al recibirlo y adivina las ceremonias que seguirán para consagrar
y purificar los restos, convirtiéndolos en alimento y otros bienes. De pronto, las orexas se
proyectan hacia el corazón hueco de la Semilla, atraídas como moscas por el olor de Alígino,
espeso como la miel. Una de ellas se posa sobre su delicada piel y al Atamán lo recorre un
escalofrío. El niño suelta un gemido que rebota en las paredes y, justo cuando sus miradas van
a cruzarse, es devuelto violentamente a la sala de control. Tres operadores araña lo observan
desde las sombras de sus nichos. El Atamán se pasa una mano por la cara y su expresión se
endurece. Sale lentamente de la habitación.
Afuera, lo recibe la multitud rugiente de fulíginos. Hay representantes de todos los niveles;
colgando en las pasarelas retorcidas, infestando las calles mal iluminadas. Los otros atamanes
también lo esperan, en silencio. Sus rostros, infestados de orexas de menor rango, establecen
interfaz para informarle su apoyo y, otros pocos, sólo su presencia. Cuando los fulíginos lo ven
emerger de la sala de control alzan las manos hacia el cielo cerrado de la Semilla y rompen en
aullidos de alegría. El Atamán siente que su corazón da un vuelco, pero confía en que las orexas
alcancen a procesar la cantidad de estímulos que las invaden. El clamor se ahoga lentamente
a sí mismo. El enorme hombre avanza por el pasillo escoltado por los atamanes que se abren
tras él al llegar a un pequeño saliente, a modo de balcón. Deja que las orexas vaguen libres
recolectando la tensión presente en el aire y la sonrisa que ha reservado para ese momento
aflora violenta y febril en su rostro. Levanta la cabeza hacia el cielo y, sabiendo que todos los
habitantes de su mundo lo escuchan, comienza a hablar.
Mientras habla, una de las orexas camina por la piel de Alígino. El niño recoge gotitas
de sudor frío que corren por sus brazos e intenta darle de beber a la orexa atrapada en su piel.
Pronto esta se resbala y camina de manera torpe por el mesón ceremonial antes de levantar
el vuelo. Alígino no se atreve a moverse y observa triste cómo se pierde en la oscuridad que lo
rodea. Instintivamente ahoga un gemido y cierra los brazos alrededor de sus piernas, balanceándose
con suavidad sobre el altar ceremonial. No hay nadie más en el inmenso salón. Tras él, el oscuro

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Eridano Nº 16 La semilla

cilindro del reactor central se eleva hasta perderse en el cielo cerrado. De pronto, alguien lo
llama. El niño mira hacia arriba pero sólo escucha el suave balanceo de las Crisálidas sobre
él, rodeadas por el zumbido del reactor. Cierra los ojos. Todo a su alrededor desaparece. La
neblina que protege sus recuerdos comienza a disiparse y se entrega a las imágenes que lo
transportan al único lugar que siente como su hogar.

II
Sofoca un pequeño grito. El pesado aliento del Atamán le roza la nuca y distingue, a su
alrededor, la arquitectura deforme de la habitación. El complicado sistema de luces artificiales
genera sombras enfermizas que recorren las paredes, introduciéndose en los nichos improvisados
en la superficie donde su padre esconde insectos y larvas luminosas para que juegue. Se
encuentran de vuelta en el Ataúd. Ahoga un suspiro y se da vuelta para observar a su padre,
el Atamán, agazapado como un enorme sapo en uno de los pocos lunares de sombras de la
habitación. Las orexas se pasean lentamente por su rostro, aún aturdidas por la desconexión.
Corre a encaramarse en sus blancos y enormes brazos, esbozando una sonrisa que demora
horas en borrarse.
–Esa desconexión fue pésima. Siento habernos sacado tan rápido. ¿Estás bien? –le
pregunta el hombre. Él no contesta pero las orexas leen los ojos del niño y el Atamán imita su
sonrisa. Comienza a ordenar los nódulos de información desparramados por el piso como piezas
de go.
Era la segunda vez en el día que se conectaban a los centros de información y tenía los
dedos llenos de arena. Su padre había terminado de insertar los nódulos en un pequeño
procesador de datos y revisaba lo que habían grabado. Alígino se sentía especialmente contento
y se pone de pie, ansioso por mostrarle a su padre los pequeños tesoros que ha recogido en los
centros. Luego de perseguirlos por toda la habitación se acerca a él con los brazos cubiertos
de escarabajos. Pero la expresión del Atamán congela su sonrisa.
–Sólo nos falta el corazón de la madre-susurra. La profecía está completa. Ven, escucha.
–Y el niño adivina que una carcajada maníaca juguetea en sus labios. Asiente en silencio y los
escarabajos huyen entre sus pies, dejando huellas de arena que no tardan en desaparecer.
Desde que Alígino tiene memoria ha guiado a su padre en los viajes a los centros de
información. Considerados la base inconsciente de la Semilla, toda la historia de su raza
descansa ahí bajo la forma de paisajes imposibles. Desde abismos insondables a praderas
enfermas de verde, existen tantos mundos como temas se han introducido en el sistema de
datos. La mayoría de ellos se encuentran encriptados, ocultos bajo códigos agonizantes, mudos,
ciegos, imposibilitados de comunicarle a las orexas de los atamanes sus secretos. Para Alígino,
es la única realidad verdadera. La fría existencia en el Ataúd, donde ha vivido desde que nació,
no es más que una larga pesadilla que se desvanece al entrar en contacto con los centros. Ahí,
los atamanes y sus descendientes acceden a los paisajes ya descifrados de los centros, en forma
de existencias virtuales. Las historias y profecías escritas en los vientres blancos de las playas
fueron sus cuentos para dormir y los encuentros ocasionales con otros atamanes y sus hijos
la sorpresa ante la existencia de otros seres. Había aprendido a comportarse como su padre y

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Eridano Nº 16 La semilla

despreciado invitaciones que ardía en deseos por aceptar, reprimido los impulsos brutales de
tocar y oler a otros niños, retorciendo su frágil y transparente cuerpo para adaptarse al papel
del hijo del líder de la Semilla. Su debilidad le impedía contener a las orexas y establecer interfaz
con los centros por sí solo, dependiendo siempre de su padre para volver a los centros, obligado
siempre a regresar al Ataúd.
Cada mañana recordaba la hazaña del Gran Atamán, el primero de todos ellos y creador
de la Semilla, que había ocultado en los centros la verdadera razón del eterno viaje y de sus
existencias. Los atamanes que pululaban por los centros no sólo soñaban con un mundo distinto
al que los recibía sino que buscaban desentrañar los códigos dejados por el Gran Atamán,
tratando de alcanzar el mar desconocido, la esencia de los centros. Por eso la mañana en que
él y su padre lograron romper la milenaria barrera y asomarse al aberrante mundo del “mare
incognitum” su padre lo había apretado contra su pecho con terror desmesurado.
–Tú lograste esto –le había susurrado con la respiración estrangulada. Los códigos de
seguridad, grabados en bestias marinas enormes como planetas, se acercaban a comer de su
mano, rumiando mansamente. A través de estrechas zambullidas el Atamán había logrado
rescatar las profecías ocultas de la Semilla y recomponer la totalidad de su historia permitiéndole
vislumbrar, por primera vez, el futuro que les aguardaba.
–“La madre es la Semilla. Nos lleva en su vientre hace generaciones y bajo su cuidado
nos hemos multiplicado y convertido en los líderes de los fulíginos. La historia narra que la
madre fue creada por el Gran Atamán, que es infinita y se despliega en el tiempo gracias a los
centros de información. Los códigos nos dicen que la madre está próxima a morir. Cuando lo
haga se detendrá y moriremos lentamente en la tumba metálica que es su vientre. Ella no
tendrá la fuerza como para expulsarnos al mundo que nos espera. Hay que romper el vientre
de la madre”.
–“Pero nuestras manos no alcanzan su piel metálica. Nuestros cuerpos sólo quieren
ahogarse con ella. Necesitamos deshacernos de nuestras manos y de nuestros cuerpos. Nos
convertiremos en Seraphims”.
El Atamán está observando la pantalla. Esta parpadea con la figura de un ser alado, un
dibujo antiguo e incompleto arrancado del corazón de la Semilla. Alígino siente olor a sangre
y se tapa la boca, incomprensiblemente avergonzado. Su padre no se da cuenta y lo sienta en
sus rodillas. Juntos observan la imagen. El Atamán le señala la cabeza que el extraño ser
sostiene en sus manos:
–Eso es el corazón de la madre. En él se esconde el último código, aquél que nos permitirá
abrir el vientre de la Semilla. No moriremos en el exterior porque nos vamos a transformar. A
través de la ceremonia del festival de Renovación evolucionaremos en Seraphim. –La cabeza
tenía la boca abierta y Alígino no podía apartar la vista de ella. Su padre lo abrazó fuertemente–.
Ése es el destino de nuestra raza. El final del viaje. Nos costó mucho tiempo entender que la
Semilla no tiene un destino, sino que espera a que estemos lo suficientemente maduros como
para romper su vientre. –Las orexas zumban suavemente–. Tú eres nuestro líder. En el festival
de Renovación, serás el primero en nacer de nuevo, el primer Seraphim, y guiarás a todos los
demás. Seremos verdaderos dioses, no como las Crisálidas, puestas en altares por ser hongos

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Eridano Nº 16 La semilla

generadores de energía.
En el recuerdo, asiente sin mirarlo. Esa vez y muchas otras su padre le había dicho que
no tuviera miedo, que él iba a encargarse de todo. Lo había abrazado en varias ocasiones pero
sólo esa tarde, justo antes de que los fulíginos fueran a buscarlo, Alígino devolvió el abrazo.
Fue un abrazo extraño y frío que el Atamán había roto despegándose dulcemente de sus dedos
transparentes. Por primera vez dejaría el Ataúd, preparándose para la ceremonia que lo había
mantenido cautivo toda su vida. No dejó de mirarlo mientras los fulíginos lo llevaban con extremo
cuidado, como si fuera a desvanecerse en el aire, al ceremonial en el reactor.
Alígino abre los ojos y sacude los brazos entumecidos por la posición. Ahora, sus recuerdos
parecen huecos y débiles, como si su existencia solo fuera posible al interior de los centros.
Siente que ha comenzado a desintegrarse desde que dejó el Ataúd. Ya no siente frío, ni temor.
Sobre él, se acercan las pisadas de cientos de fulíginos y reconoce la figura de su padre, junto
a otros atamanes, que se perfila contra la entrada al salón del reactor.

III
Los gritos de alabanza se desvanecen al adentrarse en el corazón de la Semilla. Había
disfrutado de la pequeña caminata hasta el ceremonial del reactor; las tibias corrientes de aire
se elevaban para chocar con la cúpula como cometas, empujando suavemente a las Crisálidas
que poblaban el cielo. Una sonrisa de satisfacción resurge al recordar el discurso. Aunque las
profecías no revelaran nada sobre la suerte que correrían los fulíginos en el Festival de Renovación
toda su gente, incluso los fulíginos más refractarios, habían apoyado sus palabras. El festival
contaba con el apoyo de toda la comunidad, condición necesaria para efectuar los rituales
descritos en las profecías.
Había intentado establecer contacto telepático con Sino pero la interferencia convirtió la
conversación en chillidos de cerdo. Recuerda cuando la llevaron ante él un grupo de fulíginos
supersticiosos, convencidos que había caído de las Crisálidas. Su piel estaba cubierta de cráteres
y olía a locura y muerte. Recuerda haberla considerado una especie de juguete hasta que Alígino
le contó que la había visto en un sueño. En él, Sino corría con ellos por las playas negras de
uno de los centros de información. Los pies de Sino no dejaban huellas en la arena y, al cabo
de un rato, se internaba sola en el mar mientras ellos la observaban desde la orilla. La habían
esperado días y meses, hasta que ven su figura acercarse a lo lejos. Llevaba algo en sus brazos.
El Atamán había interpretado el sueño de Alígino como una señal y comenzó los preparativos
para llevar a Sino a los centros de información. Como siempre, se guiaba solo por intuiciones.
En este caso sólo sería necesario crear el puente entre los centros y Sino y el resto de los eventos
ocurrirían por sí solos. El primer obstáculo era la ausencia de orexas. Éstas hacían posible el
primer contacto con los centros, a menos que se hiciera a través de un tercero. De este modo,
el Atamán había diseñado e insertó un pequeño portal artificial en su columna vertebral, a
través del cual Sino podía ingresar a los centros en cuerpo y alma, disfrazada por las orexas.
En la primera comunicación que establecierón Sino le confesó que no había sido atacada por
los anticuerpos de los centros, aquellos que eliminaban a todo aquel que no fuera un atamán.
Desde entonces habían hablado un par de veces pero hace dos días que no escuchaba nada

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Eridano Nº 16 La semilla

de ella. Aún así, la sonrisa tímida y dulce que Sino le había dirigido antes de partir le indicaban
que podía confiar en ella.
Antes de llegar a reactor las orexas adivinan la presencia de Alígino. El niño parece
espantosamente pequeño sobre el mesón ceremonial. El leve fulgor de su piel hiere a los guardias,
que prefieren darle la espalda. Recuerda cómo lo había enloquecido ese brillo la primera vez
que lo vio, retozando en las sábanas ensangrentadas junto al cuerpo de su madre. Se había
demorado en convencerse de que estaba ante una señal, descrita hace años, para indicar el
fin de los ciclos vitales de la Semilla. Desde entonces, se había dedicado pacientemente a
construir a su alrededor un aura sagrada; manteniéndolo oculto en el Ataúd, alimentando su
extraño brillo con cierto tipo de alimentos y atribuyéndose sus mensajes e interpretaciones.
Todas las dudas sobre la verdadera naturaleza de su hijo eran desechadas cuando llegaba el
momento de dormir. Desde que el niño había nacido el Atamán soñaba. Por las noches lo
estremecía la experiencia de volar sobre campos abiertos como manos. Otras veces se tocaba
el rostro desnudo de orexas pero aún así podía sentir la luz que invadía todo su cuerpo, en una
sensación nueva y maravillosa. Mientras el padre soñaba con no poseer peso alguno Alígino
se retorcía en pesadillas compuestas de dientes afilados, aplastado por el aliento del azul infinito
sobre él. Muchas veces el Atamán se obligaba a volver a la realidad gris de la Semilla por el
llanto ahogado de su hijo y ambos se despertaban con la sensación de estar compartiendo el
mismo sueño desde extremos opuestos de la conciencia. La fina trama que el Atamán había
armado con tanto cuidado alrededor de su hijo había sido reforzada, finalmente, con la llegada
de Sino, la segunda señal, que traería ante todos los habitantes de la Semilla el código final,
consagrando a Alígino y a él como los líderes mesiánicos de la gran transformación.
El Atamán saluda a su hijo desde lejos, dirigiéndole una sonrisa a la que el niño responde
levantando tímidamente la mano. Piensa en dirigirse a él cuando siente que su espina dorsal
se abre en dos.
–¿Está bien Atamán? –le pregunta uno de los jóvenes, dirigiéndole su rostro, carcomido
por orexas en gestación.
–Sino ya está en camino, preparen su llegada –ordena el Atamán. Uno de los jóvenes lo
ayuda a llegar hasta el centro del salón. A su alrededor se eleva, chirriante, una cámara circular,
semejante a un nicho de espejos empañados. A pesar del dolor recorriéndole la espalda se da
un momento para admirar la cantidad de fulíginos que observan expectantes desde las pasarelas
en caracol sobre su cabeza, cientos y cientos de seres que parecen indicar el camino hacia las
Crisálidas y la boca cerrada de la Semilla.
–No por mucho tiempo –piensa el Atamán, mientras la cámara se cierra con un crujido
a su alrededor, dejándolo solo con sus pensamientos.
Alcanza a felicitarse por la idea de la cámara mientras libera nerviosamente el seguro
artesanal que se ha anudado en el centro del esternón. Sus dientes crujen con la brusquedad
de la presión y siente que su cuerpo es auto-absorbido por el agujero negro que se abre en su
espalda. Las orexas zumban como abejas, informándole que Sino ha cruzado el portal con éxito.
El Atamán forcejea unos segundos hasta recolocar el seguro en el centro de su pecho, que se
lo traga con un silbido. La presión a su alrededor cede y siente que la sangre se le escapa de

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Eridano Nº 16 La semilla

la cabeza, evaporando su respiración. Piensa que su imagen de líder podría verse afectada si,
iniciando la ceremonia, lo ven siendo utilizado como portal por alguien como Sino. Reconoce
su aliento entrecortado y, antes de darse vuelta, las orexas le comunican que está armada.
La enfrenta en silencio. Frente a él se yergue un ser con forma femenina, totalmente
desnuda y aún con trozos de la membrana química de protección adheridos a su cuerpo. El
Atamán dirige a las orexas para que le indiquen los posibles miembros que puede utilizar como
armas y es la pierna derecha la elegida. Siempre había logrado manejar los ataques de ira de
Sino pero ésta vez había algo de magnífico en ella que lo obligaba a retroceder. La envolvía un
aura particular, como si su paso por los centros la hubiera imbuido de una misión más
trascendente que aquella para la que fue enviada. No hay mucho espacio donde maniobrar en
la pequeña cabina. Se acerca lentamente, recitando palabras tranquilizadoras que, en otro
tiempo, habrían logrado que ella sonriera y lo recibiera en sus brazos.
–Sino –susurra, y apoya con delicadeza la mano en su pequeña cabeza. La piel es suave
y fría, su cráneo parece una pecera perfecta y frágil, sus ojos dos serpientes huidizas. Recuerda
cuando le sonrío por primera vez. Antes de que pueda cerrar el puño y aplastar su cabeza Sino
se escabulle y atraviesa con su cuerpo elástico el vidrio de la cámara, corriendo hacia Alígino.
El niño se arrastra tratando de escapar pero Sino ya se encuentra sobre el mesón ceremonial
cuando una explosión le vuela parte del hombro, arrancándole un grito de sorpresa y dolor.
Antes de caer al suelo la pierna derecha se despega de su cuerpo y se desliza como una serpiente
hacia el niño, saltando hacia su rostro desencajado por el terror. El Atamán atrapa a la serpiente
en el aire y la estrangula dificultosamente. Ante la mirada expectante de todos, detiene a unos
guardias fulíginos que tratan de llevarse el cuerpo de Sino.
–¡La segunda señal, Sino, ha sido infectada en los centros! –sentencia el Atamán antes
de inclinarse sobre la agonizante mujer. Esta sonríe y le tiende el puño ensangrentado:
–Había olvidado tu capacidad de anticipación. No me imaginaba que pondrías un explosivo
en mi cuerpo- Aún inseguro de sus intenciones el Atamán acerca su mano, ansioso por saber
si ella le ha traído lo que necesita. Sino deposita algo pequeño y tembloroso en su mano. El
Atamán tarda en reconocer al corazón y, antes de tirarlo, las orexas se avalanzan sobre tan
exótico manjar, transformando todos sus sentidos en los sentidos de Sino.
El dolor lo golpea con mil agujas. Las orexas comienzan a procesar los recuerdos almacenados
en el corazón, la memoria de Sino. Ambos se unen a través de un orgasmo electrónico y es
trasladado al interior de los centros de información, que resoplan como un cerebro afiebrado.
Siente que es transportado a un momento primigenio en la vida de Sino, a recuerdos prácticamente
abandonados, cuando habitaba entre las Crisálidas colgadas del cielo de la Semilla, saltando
de vaina en vaina, durmiendo abrazada al lento palpitar de sus cuerpos, despertando atenazada
por el dolor de los parásitos que nacían en su piel y a los cuales dejaba crecer y devoraba
cuando tenían el tamaño suficiente. Se encuentra ante un espejo hecho de ojos que lo observan
desde todas las posiciones al mismo tiempo, en la esquina de una habitación hecha de orexas.
Sino (y él en sus recuerdos) se acuestan sobre un cuerpo que parece cubrir las paredes de la
habitación y son penetrados por el aguijón de la memoria central. De pronto, se encuentra al
borde de un desfiladero. Hacia él caminan tres tortugas por delgados hilos de acero, con

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Eridano Nº 16 La semilla

caparazones de vidrio azul donde duerme un código virgen. Una voz le pregunta si quiere saber
el secreto y él escucha la cristalina risa de Sino salir de su boca aceptándolo todo, sin temer
a nada, porque ha sido enviada por el Atamán. La primera tortuga sonríe y ella había tocado
su cabeza accediendo al contenido del archivo “Festival de Renovación”. El Atamán retiene el
aliento ante la marea de datos que invaden su cabeza hasta que el orden cronológico se asienta
definitivamente. El rostro del Gran Atamán, el creador de la Semilla, toma forma delante de él
y le habla con voz profunda, como si le contara un cuento a un niño asustado. El Atamán no
entiende, en un principio, que se le está revelando la correcta interpretación de las profecías.
Por unos segundos lucha contra la sensación de irrealidad pero pronto comienza a sentirse
cada vez más ridículo, su meticuloso trabajo de interpretación es reducido a niveles infantiles
al escuchar las instrucciones que la grabación le da para llevar a cabo el verdadero propósito
de la Semilla. La razón para la cual ha sido creada.
La Semilla fue creada para ser un arca de salvación para fulíginos y Atamanes que
buscaban la forma de sobrevivir en un mundo sumamente hostil. Una sangrienta guerra había
enfrentado a una raza llamada Seraphim con sus castas inferiores; los Atamanes y fulíginos.
Estos, unidos, habían logrado extinguir a los Seraphim y crearon la Semilla como una nave
capaz de alterar la frecuencia vibratoria de la realidad para acceder a un plano paralelo del
planeta. Al cabo de un tiempo de vagar, comprendieron que el planeta era demasiado peligroso
como para existir sin la protección de los Seraphim. La Semilla se convirtió en su único y posible
hogar. Se ocultó o eliminó toda la información sobre una vida anterior a ésta. Sin embargo, el
Gran Atamán tenía un propósito oculto para la Semilla. Enamorado de la raza de los Seraphim,
lamenta su pérdida y junto a numerosos seguidores se aboca a la tarea de revivir a los Seraphim.
A través de los años plantó cuidadosamente códigos automáticos que se activarían ante órdenes
aparentemente inofensivas y obligatorias. Su verdadera intención nunca fue descubierta pero
fue perseguido por interferir los centros. Se refugió en estos, utilizando su propia cabeza para
sellar el corazón e impedir que cualquiera que no fuera un Seraphim accediera a estos.
El pánico le provoca violentas náuseas. Manotea en forma descontrolada tratando de
interrumpir la conexión pero ésta sigue implacable, apagándose a medida que las orexas
terminan de procesar el corazón de Sino.
El Atamán vuelve a la realidad en el salón ceremonial. A sus pies Sino respira dificultosamente
y él se arrodilla a su lado con el rostro desencajado por la ira.
–¿Por qué me mostraste eso? –le grita, mientras susurros de alarma recorren a los fulíginos.
Algunos atamanes se encuentran a poca distancia, esperando órdenes.
–Pensé en hacerte un último favor y matar al niño por ti, pero ahora es tú responsabilidad.
Ahora lo sabes todo y tienes que decidir, tal como yo. Es una pequeña venganza. Tú, que siempre
me consideraste inferior seguramente no vas a ser capaz de tomar la decisión que yo tomé…
Mata a tu hijo. –El Atamán se sorprende al ver los ojos de Sino refulgir de ira–. Los Seraphim,
mátalo ahora, ¡mátalo! –Sino detiene sus gritos como si le hubieran arrancado el aliento. Un
murmullo de alarma crece a su alrededor y el Atamán mira a su alrededor buscando el origen.
Tropieza con el pequeño cuerpo de Alígino montado como una hiena sobre Sino, escarbando
frenéticamente en su vientre. Había logrado clavar los dedos en uno de los numerosos cráteres

106
Eridano Nº 16 La semilla

y resoplaba intentando abrir la gruesa piel. Ante la mirada del Atamán levanta unos ojos fríos
y desesperados que parecen estar a años de distancia. Por unos segundos, sólo se escucha la
respiración entrecortada del niño pero pronto los fulíginos, desde las alturas, unen sus voces
temblorosas creando una sinfonía pronta a quebrarse por el pánico.
El Atamán ha dejado de escuchar a su alrededor. Lentamente, como si estuviera en la
privacidad del Ataúd, se mira la enorme y regordeta mano. Las líneas de la vida brillan como
si estuvieran inervadas de cables. La ceremonia y el Festival de Renovación son sustituidos
por la verdad que los desacraliza, los convierte en profanos y en extranjeros de su única tierra.
El Atamán siente como su sangre ruge recorriendo sus venas, y ahí, desde el centro mismo su
universo se desmorona. Solo Alígino queda a sus pies y, por un momento, piensa en lo fácil
que sería destrozarlo. Se pone de pie. Tras unos segundos de tensa indecisión, atraviesa el
vientre de Sino con el puño. Arranca la piel de su abdomen que se deshace antes de tocar el
suelo y extrae una cabeza humana de su estómago. Esta grita como un bebé, los ojos porfiadamente
cerrados y el Atamán la exhibe ante toda su gente, que prorrumpe en gritos de alegría. El último
código, el hijo que los centros de información han engendrado con Sino. A sus pies, Alígino
estira los brazos hacia la cabeza, en la actitud de quién pide un dulce.
Silencio.
El Atamán carraspea pero no logra aclarar su voz. Se acerca a su hijo y le susurra:
–Fracasaremos, y la madre nos asfixirá en su vientre. Lidera la renovación por todos
nosotros. Escapa del vientre muerto de la madre…y guía a tu raza. No me olvides. –El niño
alcanza a captar el tono desgarrado de sus palabras pero la cabeza es depositada en su regazo.
Ésta abre los ojos al tocar su piel. Todos los habitantes de la Semilla parecen inclinarse para
ver lo que sucederá.
En cuanto le entrega la cabeza sabe que ha coronado a la nueva raza.
Alígino es arrancado de la plácida conciencia con que ha observado su vida. Sus sentidos
se despiertan como agujas. Respira y reconoce el miedo. Puede diferenciar, sobre él, a cada uno
de los fulíginos que, creyendo que la ceremonia de Renovación ha comenzado, recitan el mantra
de adoración a las Crisálidas. Frente a él, se encuentra un hombre que solía conocer y se aferra
instintivamente a ese mundo de sombras con sus débiles fuerzas. Pero entonces la presencia
de los centros de información golpea su conciencia y sus sentidos se repliegan sobre sí mismos
como patas de araña, arrastrándolo a un nuevo centro que habita bajo él, bajo la fría piedra
del altar, hacia la voz de la energía proveniente de los miles de capullos que cubren el cielo.
Las palabras vírgenes del mantra recitado por los fulíginos recorren cada rincón de la
máquina, convirtiendo la Semilla en una catedral. A lo largo de su estructura despiertan los
códigos que el creador incrustró en su piel, años atrás. La cabeza se da vuelta entre las manos
del niño y la nuca se desprende lentamente del resto, crepitando como si se incendiara. Alígino
observa como el insecto que habita en el cráneo despliega sus largas patas y el sentimiento de
horror despunta con fría lucidez. Aún así, no grita cuando éste se dispara sobre su rostro,
aferrándose a su nuca. El Atamán se lanza sobre el insecto, tratando de separarlo de su hijo.
Algunos guardias corren a detenerlo pero su fuerza ciega los hace retroceder. Entonces, la
cúpula suelta un gemido y las maquinarias invisibles de la Semilla echan a andar el plan

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Eridano Nº 16 La semilla

acordado hace años. Un sonido de baja frecuencia cruza el aire como una saeta y pronto son
diez, veinte, cientos de sonidos a diferentes frecuencias y tonos que comienzan a cruzar el aire,
luchando por palpitar a un tiempo. Las bocas ocultas en toda la Semilla se abren unas a otras,
uniendo las voces en un único y ensordecedor aullido que Alígino intenta replicar. El Atamán
alcanza a su hijo para darse cuenta que el insecto no le cubre la boca. La tensión entre los
tonos disminuye rápidamente, el niño echa la cabeza hacia atrás como atravesado por una
descarga eléctrica y el Atamán apenas puede resistir la fuerza del grito que parte la atmósfera
por la mitad, desintegrando varias orexas. El grito cambia de modulación obedeciendo a los
órganos secretos de Alígino y se eleva hasta la cúpula, hasta las Crisálidas, donde encuentra
miles de ecos que lo repiten. El Atamán apenas escucha la perfecta armonía del mantra, todos
sus sentidos agujereados por la sinfonía. Los capullos suspendidos palpitan a un ritmo cada
vez más encarnizado y feroz y siente que está ante la resurrección de un dios. El grito se
sincroniza con las voces de los fulíginos y la bóveda comienza a resquebrajarse y a ceder, como
una enorme flor de metal abriéndose ante el cielo. En cuanto la luz los toca, los fulíginos
retroceden aterrados, acallando el mantra que continúa, como si tuviera vida propia, a un ritmo
inaudible. El único mundo que han conocido se quiebra sobre sus cabezas y los gritos de
espanto y adoración saturan el ambiente. Algunos se lanzan desde las alturas, tratando de
escapar de la cascada luminosa que penetra a raudales, recuperando el terreno perdido por
más de un siglo. El Atamán escucha varias Crisálidas reventarse contra el suelo y el terror
comienza a agolparse en su pecho. El ojo vacío del cielo, abierto en toda su magnificiencia,
parece tragarse todo. Cree haber gritado pero el azul absorbe todo sonido posible. Sólo atina
a cubrir el cuerpo de su hijo sin quitar la vista de las Crisálidas.
La bóveda se detiene con un chirrido final y, durante unos segundos, reina el más absoluto
silencio. Las orexas del Atamán se han replegado horrorizadas hacia su nuca, entregándole
una visión borrosa de la primera Crisálida en abrirse. Esta se balancea peligrosamente y se
resquebraja. El ser que emerge de su vientre se sujeta de los restos del capullo y emite un
gemido agudo. Como en respuesta, las Crisálidas a su alrededor se abren en un incendio de
espejos y miles de seres alados pueblan el cielo, atropellándose por beber de la luz que mana
de la herida de la bóveda.
–Los Seraphim han regresado –sentencia el Atamán, pronunciando con amargura el
nombre de la raza que han traído a la vida.
Sino era una Seraphim defectuosa que había sobrevivido oculta en las vainas que contenían
los fetos de su raza, comida viva por las crías que infestaban su cuerpo. Cuando el Atamán la
encuentra, años después, infesta a la esposa de éste con sus crías. Las crías logran desarrollarse
en el cuerpo cálido de un humano y tiempo después nace Alígino, un Seraphim híbrido e
incompleto, que sobrevivió gracias a los cuidados del Atamán. Es el primero de su raza en ver
la oscuridad de la Semilla. El niño hablaba a través de los sueños, contándole a su padre el
glorioso pasado de su raza y su pronta resurrección.
Los pensamientos del Atamán se detienen bruscamente. El podría haberse convertido en
un Seraphim. En los sueños que compartían con Alígino, ambos liderarían la resurrección,
convertidos en dioses. Siente el impulso de buscar escamas entre su piel, o un asomo de alas

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Eridano Nº 16 La semilla

en su espalda. Pero el único dios que hay en él tiembla entre sus brazos. Piensa involuntariamente
que creía amar a Alígino, todos estos años, porque les traería la inmortalidad. Pero si así hubiera
sido lo habría matado cuando Sino se lo dijo.
Los cantos de los Seraphim caen como rocío sobre él. Sus hermosos cuerpos brillan con
pequeñas escamas, cubriendo el aire de graciosos revoloteos. De pronto, algunos de ellos
detienen su danza al detectar a los fulíginos arrastrándose entre las pasarelas, ciegos de luz.
Se lanzan en picada hacia sus nuevas presas, riendo de júbilo por estar libres de la oscura
prisión, esperando saciar el hambre antigua y febril que los azota. Los aullidos de los fulíginos
tensan el aire pero el Atamán destroza con repugnancia el caparazón del insecto y se encuentra
con el rostro resplandeciente de su hijo. Lo sujeta entre sus enormes manos y trata de sonreírle.
El niño tiene la mirada atrapada en otro tiempo y murmura como respondiendo a códigos
invisibles.
–Alígino, te conté una mentira. –El Atamán intenta con desesperación que el niño no mire
hacia el cielo- los habitantes de la Semilla somos el alimento de los dioses que hemos incubado
por generaciones. Aquello que le permitirá a una raza extinta espacirse por la tierra nuevamente.
El hombre calla, sabiendo que está hablando solo. La Semilla ha muerto y ellos morirán
en su vientre. La madre aguarda a que sus únicos y verdaderos hijos emprendan el vuelo lejos
de su cadáver. Afuera, sólo existen el inmenso cielo y la tierra arrasada esperando a ser
colonizada. Afuera, ninguno de los que habitan la Semilla puede existir.
–¡Yo los traje a este mundo! –grita a las soberbias figuras que lo observan desde las
alturas–. ¡Han vuelto a nacer porque yo lo he permitido! –Se le escapa una carcajada que se
quiebra. Mira al niño entre sus brazos y sólo ahora se le hace evidente su pertenencia a los
Seraphim, difuminándose los rasgos en los que había conseguido reconocerse. Él ya no pertenece
al mundo muerto de la Semilla. La ira comienza a desvanecerse, dejándole una sensación de
debilidad en el cuerpo. Abre los brazos suavemente y el niño se eleva por sobre él con un vuelo
tímido. Su piel, cubierta de escamas nacaradas, brilla como adornos de fantasía al contacto
con la luz. Dos delgadas alas se desprenden de su espalda y el fulgor asesino de los Seraphim
tiñe su mirada. No pierde su forma humana y, ante los ojos del Atamán, sigue siendo un niño
que lucha por respirar. Sobre ellos, los seres alados presencian el nacimiento de su líder. Alígino
se eleva con las corrientes de aire que invaden el caparazón de la Semilla, estrenando sus
nuevas alas. Un júbilo y una fuerza desconocidos se encienden en su pecho y ríe como nunca
lo había hecho, sintiéndose por primera vez vivo, libre de la nebulosa existencia que ha llevado
hasta entonces. Sobrevuela al hombre que aguarda en el centro del salón. Lo conoce. El Atamán
escucha a los lejos las pisadas temblorosas de los sobrevivientes que se ocultan. Siente el feroz
aliento de Alígino en el cuello y deja que lo aplaste el peso de su hijo. Mira en sus ojos y ya no
encuentra en ellos nada que pueda amar. Siente cómo el cuerpo del niño va recobrando calor,
a medida que él pierde el suyo. El mundo se cierra lentamente a su alrededor y alcanza a ver
a los Seraphim seguir a su nuevo líder y alzar el vuelo, desapareciendo en ese hermoso cielo
desnudo, tan similar a la oscuridad que lo acogía en sus brazos, cuando soñaba con volar.

© Soledad Véliz.

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Eridano Nº 16
OVERFLOW
por Carlos Gaona

El currículo de Carlos Gaona dice que tiene 25 años, que disfruta leyendo a Cortázar y Benedetti,
entre otros. Sabe equilibrar lo poético y la ciencia, o sea J.L. Borges y Alan Turing; y reconocer la
poesía de un hecho científico como los memes de Dawkins. Trabaja en una novela, sobre la que
volveremos al último, y escribe también ucronías. No mucho más, demasiado escueto. Gaona se
me escapa.
exxLa verdad es que tiene un pasado por dilucidar en el hacking y un presente en donde figura
como gerente de productos de Confianze, una pequeña empresa que formaron con dos compañeros
más en 2004, para prestar servicios sobre seguridad informática. Y por otra parte, está metido
en proyectos de software libre como Kolekio, Analize y el capítulo chileno de Gnome. Justamente
las cosas que hace alguien que fue o intentó ser hacker. Su software estrella es un bot que simula
ataques sobre los sistemas organizacionales para encontrar vulnerabilidades. Y en este punto me
imaginé a Carlos cabalgando un caballo de Troya, en una variante de Quemando Cromo, de
Gibson. Pero aún no puedo fijar su imagen.
exx“Hay cosas torcidas, gente torcida, lugares torcidos. Realidades torcidas nunca.” Es una de
las frases que me gustan de sus escritos. Viene de un texto posteado en el blog Ucronía Chile y
tiene muchos más desperdigados en el suyo propio, Significant Bit. Porque pertenece a la generación
del permanecer conectado y público desde el primer minuto, y compartir memes a 1 Tb/s. Pero
también del rasurarse las palabras de la cabeza y componer textos que se metan por debajo del
género fantástico, que la atraviesen y salgan libres y se vuelvan a meter. Gaona puede ser un
espíritu recombinatorio de código abierto, un esquema que rompe el paradigma de las dos culturas
de C.P. Snow.
exxLo más extraño fue encontrar un manual suyo sobre el calentamiento de ojos, basado en el
Yoga. Son seis pasos simples en ciclos de 20: rotar los óculos, mirar arribabajo, izquierderecha,
(des)enfocar. Qué importa el objetivo, pero creo que alguien que puede escribir algo tan wicked
(intraducible al castellano) sobre un órgano humano, debe también describir futuros originales con
una cuota de malicia. Y entonces caigo en la cuenta que Carlos Gaona –como alguien me lo hizo
notar alguna vez– viene a ser el alumno más aventajado del ciberchamanismo. A su manera, por
cierto, pero creo que existe esa combinación clave de tecnología y visceralidad que está presente
en la obra de Jorge Baradit. Como en este relato, en donde lo visceral es la estrella. A su manera,
por cierto.
exxPor último, la novela. Synco es su nombre tentativo y un interesante proyecto sobre un interesante
proyecto. Una ucronía basada en el plan del gobierno de Salvador Allende, en los años 1970´s,
para implementar un vasto sistema informático que manejase los muchos aspectos estadísticos
del Estado chileno. No cuenta mucho más, es como su currículo, pero espero que sea ambiciosa
y gigantesca como los sueños de aquella época.
.

110
Eridano Nº 16 Overflow

Era tarde. La noche, densa y oscura, se comprimía bajo la lluvia, y las gotas precipitaban
violentamente, como pequeños luchadores de sumo en plan suicida
contra la ciudad.
En el tercer hotel más caro de la capital, un salón palpitaba
con basura corporativa. En él, cientos de asistentes se reunían
en una comunión comercial circunstancial y abiertamente cínica.
Portavoces del biosoftware, artesanos genéticos, brokers de
electroplantaciones. Todos, al fin y al cabo, enemigos peligrosamente
armados con marketing. Cristóbal no prestaba atención pues era
un profesional. Entendía que más allá de los rituales tribales, nadie
se tomaba el espectáculo en serio. Pura charlatanería vendedora de
revoluciones, como todas, fallidas. La exhibición, y toda su fauna, no
eran otra cosa que un televisor con dos mil canales: todos sintonizando
estática. Aburrido y algo aturdido, buscó la salida.
Una vez afuera, se acomodó la corbata e intentó ordenar
su cabello. Tiró –apenas pudo– dos bolsas llenas de memorabilia
panfletaria. El ascensor llegó sin siquiera llamarlo, y dentro –con el
abrir de sus puertas metálicas y bruñidas– descubrió un resplandor
azulado muy frío y sensual, contenido en la forma de una serpiente
tatuada. La imagen de inspiración nahuatl descansaba en la espalda
morena de una chica alada.
–Hola –dijo ella–. ¿Tienes fuego?
–No, sorry. No fumo.
–Súper. Yo tampoco. ¿A dónde vas?
–A mi departamento.
–¿Compartamos el taxi? Voy al mismo
lugar.
Segundos más tarde caminaron a través de
la brisa sonora de un electrotango en vivo, que desde
el bar, acariciaba el lobby del hotel. Subieron a un
© Sergio taxi y recorrieron laberintos metropolitanos salpicados
A. Amira
por enormes plasmas y perros vagos. El conductor hizo
algunos comentarios imprudentes sobre las alas.
"Díganme anticuado, pero ninguna de mis hijas se
pondrá de esas, aunque estén de moda". Cristóbal, a
cuadras de llegar, notó que la chica no llevaba ropa
interior; acto seguido, agradeció a Dios.
Abajo del cuatro-ruedas y frente al portal de
mármol y ratán, una torre cubierta de enredaderas
abría sus puertas automáticas. Justo cuando la
pareja de desconocidos entraba, algo se quebró en

111
Eridano Nº 16 Overflow

el cielo y comenzó a llover aún más fuerte. La chica se mantuvo silenciosa y solo emitió un
suspiro de alivio frente al departamento de Cristóbal, justo antes de entrar.
Al fondo del primer piso, enfrentado a la puerta roja de la entrada, pasando unos mandalas
de luminosidad halógena y debajo de tres telares mapuches, había un pequeño edén ciclotrónico
perfumado con sándalo. La chica, a pesar de la tormenta, podía oír el respirar suave y ligero
del pequeño jardín de computadoras. Cada una de ellas descansaba sobre un bastidor de
madera, con sus raíces electrónicas colgando –suspendidas y lamiendo un líquido espeso,
proteico, conductivo.
–¿Son hidropónicas? –preguntó la chica mientras se paseaba coqueta por la terraza.
–Sí, prefiero las computadoras limpias, sin sustrato fijo –respondió Cristóbal–. Con la
tierra podría tentarse mi gato –dijo mientras acariciaba con sus dedos las máquinas floridas.
El huerto parecía nacido desde la manzana final y profética de Turing. Las espinas eran
diodos luminosos; las hojas, delgadas capas de silicio con nervaduras doradas. En algunas –las
más bellas, las cuánticas– florecían hermosos nanocircuitos nacarados.
–Los gatos me recuerdan a Max. Él los odia y teme. Fobia de sociópata –susurró ella con
amargura. Cristóbal no la escuchó.
Luego de un par de segundos incómodos –con silencio y miradas furtivas– la chica fue
a la cocina por un café. Quería un gran tazón de grano egipcio negro y muy frío. Sus ojos
ligeramente altiplánicos lucían sensuales, melancólicos, y pertenecían a una princesa india
testigo de alguna antigua masacre. Cristóbal observó inmóvil su triste y hermosa figura, y
excitado por sus pechos perfectos, pasó de la ternura a la obscenidad del deseo. Los tatuajes
tornasoles que recorrían su espalda semidesnuda, lo hicieron salivar. Entonces alguien golpeó
la puerta con violencia servotaurina.
–¡Es Max! –dijo ella, súbitamente desesperada.
–¿Quién es Max? –preguntó Cristóbal dirigiéndose a la puerta.
–¡No abras! –exclamó la chica. Desde sus ojos se escapaba un horror viejo, conocido y
terrible.
–¿Quién es Max? –volvió a preguntar Cristóbal mientras la puerta parecía ceder.
–Max –respondió apenas a media voz– es mi dueño. Soy Una.
En efecto: era perfecta. Había sido armada para serlo. Era un objeto de placer viviente,
húmedo y artificial. Un cóctel de lo orgánico y electrónico. Era Una –una puta escapada de la
imaginación de Mary Shelley. Un pantano de componentes diseñados, órganos robados por las
noches, tejido cultivado en serie y algún cerebro secuestrado y formateado.
–¿Eres Una? ¿Por que qué mierda no me lo dijiste? –Gritó Cristóbal iracundo.
Simultáneamente era acosado por una imagen sangrienta que involucraba a Max, un machete
y sus testículos.
–¡Porque no quiero ser Una! Quiero ser otra. Quiero... –comenzó a sollozar–. Quiero ser
yo –y estalló en llanto.
El cerrojo cayó al piso junto a parte de la puerta. Max entró al departamento con la bota
derecha por delante. Cristóbal, entre cómico y patético, sólo atinó a decir “hola”. La chica aun
sostenía –entre sudores fríos– la cafeína.

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Eridano Nº 16 Overflow

–¿Y tú quien quién fuck eres, ah? –vociferó el chulo lleno de desprecio gangsteril.
–Nadie... soy nadie. –tartamudeó Cristóbal mientras se alejaba de Max, lenta y
cuidadosamente, como un camión en reversa pero sin señalizar.
–¿Eres nadie o no eres nadie? –volvió a preguntar–. Qué mierda más simpática eres
–añadió con la gracia y humor de una hiena nocturna acechando en medio de la sabana.
–Soy un nadie... nadie. No tengo ningún problema contigo... con usted, señor... porque
claro, no lo conozco, y si no lo conozco, no podemos tener desacuerdos y sin desacuerdos...
–improvisó Cristóbal, mientras tropezaba con los libros tirados en el piso.
–Cállate y siéntate –le ordeno ordenó Max a Cristóbal–. Y tú dame eso que tienes en la
mano –era el turno para obedecer de la chica– y ve al sillón ese. ¡Ahora, perra!
Max se sentía, como siempre, poderoso.
–“¿Café? ¿Cuantas veces te he dicho que no tomes esta mierda, zorra? Los dientes, zorrita.
Los dientes los termino pagando yo”.
La chica temblaba. Cristóbal trataba de recordar si había cancelado la prima del seguro.
–¿Tú le diste este ensucia-dientes a la cochina ésta? –preguntó Max, mientras caminaba
lentamente hacia Cristóbal.
–Eh, creo que ella lo tomó sola, eh... –respondió.
–¿Ah, sí? –le dijo a Cristóbal mientras se agachaba frente a él, con el tazón en su mano–.
Mira tú. La conchita tiene iniciativa. ¿Qué bueno no? – interrogó Max.
–Eh... –Cristóbal no sabía que responder.
–¿Eh? ¡Responde! –gritó Max, con sus pulgares presionando la sien de Cristóbal.
–Digo, digo... digo que sí, supongo que sí, la... la iniciativa es buena... es... –improvisó
de nuevo.
El chulo lo miró en silencio directo a los ojos, sin dejar de presionar con sus manos
masivas el cráneo. Luego miró a la chica, sentada en el sillón rojo que dominaba el piso. Max
volvió su rostro y sin aviso alguno –además de sus enormes pupilas excitadas– golpeó la nariz
de Cristóbal con su cabeza. Sangre al piso, gota a gota. Con fuerza lanzó el café contra el muro.
La chica saltó del susto.
–Conchetumadre. Ella no puede tener iniciativa, porque si la tiene, se creería persona.
Y eso no es bueno para el negocio. Ella es Una. Es algo, no alguien. No tengo idea de cómo la
trajiste hasta aquí, qué trucos usaste, etcétera. Y no quiero saber. No me interesa. ¿Y sabes
por qué? Porque lo único que tengo en la cabeza ahora son los 70.000 dólares que dejé de ganar
porque esta no estaba cogiendo donde debía. Perrita de mierda –dijo, dirigiéndose a la chica–,
¿sabes cuánto semen tendrás que tragar para recuperar la plata que podríamos haber ganado
en la reunión de directorio? Y tú –volviendo sus ojos enfurecidos a Cristóbal– preocúpate por
que la cuenta tiene tu nombre, perro.
Max sacó desde el bolsillo de su chaqueta un arma calibre 45., mango plateado, cañón
transparente. El gatillo estaba enchulado con neón.
–No te preocupes, que no voy a gastar balas contigo, hijoputa. De hecho, nos vamos a
divertir”.
Acto seguido, desde el otro bolsillo, sacó un pequeño estuche de terciopelo púrpura. Lo

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Eridano Nº 16 Overflow

abrió, y desde él apareció un cable sucio, grueso y anudado con intestinos.


–¿Sabes qué es esto? –pregunto preguntó Max mientras sostenía por uno de los extremos
el dispositivo.
–Eh.. es un... uno de esos... eh... –Cristóbal lo reconocía pero no lograba armar una frase
coherente.
–Te apuesto que alguna vez te enchufaste uno –dijo Max, mientras mojaba con su saliva
los contactos.
"¿A dónde va todo esto?", pensó Cristóbal, presa del pánico y la confusión. Claro reconocía
el juguete. Era un empalmador neural. La mejor invención desde el menage-a-trois.
–Mueve tu culo y siéntate al lado de la comevergas. Y tú hacele un espacio a tu novio.
Max, con el arma en una mano y el dispositivo nervioso en la otra, cerró con una patada
la puerta –aún sin cerrojo– y fue hacia el sillón donde la pareja compartía miradas hundidas
en el fango de la vergüenza.
–Aprieta los dientes, maricón –susurró Max, mientras ubicaba un extremo del cable en
la base de la columna de Cristóbal, palpando con inusual cuidado la piel. –Segunda... tercera...
cuarta. Cuarta vértebra, aquí–. Entonces Cristóbal sintió como los conectores entraban en su
piel como una fina vellosidad metálica, hasta sentir una sensación eléctrica indescriptible.
Luego repitió el procedimiento con la chica. Ella... ella estaba acostumbrada.
Sin soltar el cañón, y con extraña habilidad, Max se quitó el cinturón –blanco, lanudo,
de alpaca. Como activada de forma remota e inalámbrica por una pulsión hardcodeada –sin
orden verbal, mirada o seña alguna– la chica cambió de posición, y a vista de Cristóbal, se puso
en cuatro sobre el sillón. El cable del empalmador cedió membranoso como un cartílago
extensible, y pese a la mayor distancia no parecía tensionarse. Max golpeó con energía, a palma-
abierta, los muslos de la chica apenas cubiertos por su falda. Ella hizo un ruido. Cristóbal sintió
una cosquilla sónica. Max sacó su pene, erecto y furioso. La chica no le quitaba los ojos.
Cristóbal cerró los ojos y salivó. Ella movió las caderas y levantó el trasero. Cristóbal no
veía, sólo oía. Max puso dos dedos en la entrepierna de la chica y abrió sus pliegues. Ella,
húmeda, gimió. Cristóbal se aferró a uno de los lados del sillón y soltó un grito inconfundible
de placer. Max, sin penetrarla, se puso detrás de ella.
–¿Te gustó, ah, mierda? –dijo el chulo sin quedar claro a quien se dirigía.
Y es que eran sensorialmente una sola entidad, compartiendo, gracias al empalmador,
texturas y paisajes dérmicos. El dispositivo, llamado también Exonervio de Varela, enlazaba
canales espinales hasta crear un mosaico sexual, copiado y pegado con mielina. Estampidas
de neurotransmisores iban desde la chica a Cristóbal. El sentía como propia la calentura de
la Una, sus pezones duros, ese cuello sensible y descubierto. Deseaba ser penetrado, a través
de ella, por Max. Era asqueroso –lo sabía– y quería más.
–Esto les va a gustar más, putos –y el chulo se hundió en ella.
La Una lo disfrutaba. No tenía alternativa. Su corteza, su hipotálamo, su grilla dérmica,
todo fue configurado para el placer. Para sentir placer, para desear placer, para –a toda costa–
ser objeto de placer. Y, de nuevo, querer más placer. No tenía pudores o dignidad. El sexo con
ella siempre era consentido, aunque en realidad no lo fuera. Ella siempre estaba dispuesta a

114
Eridano Nº 15 Overflow

ser tomada, y desconocía de abusos. No era violada: sólo se divertía –a su pesar– con el sexo
duro. Ella –tristemente– no sabía de límites.
Cristóbal se sentía poseído por un placer sucio e irresistible. Su conciencia se comprimía
al ritmo de la pelvis de Max en un solo punto luminoso y sonoro. Caminaba –con una .45
apuntándole en la cabeza– hacia un gemido femenino y ondicular que no le pertenecía. La chica,
sonrojada, acalorada, comenzó a agitar suavemente sus alas: se acercaba al clímax. Cristóbal
entonces sintió algo fuera de lugar. La marea de placeres culpables transferidos por el empalmador
creció. Más que una onda, sentía una corriente muy caliente que serpenteaba sin dejar de
engrosarse. Intentó abrir los ojos, pero sus párpados se sentían pesados, mielificados. Comenzó
a caer, a zozobrar. Se ahogaba de maneras nuevas y exquisitas. Las alas estaban por abrirse.
De repente el exonervio chistó. Para Cristóbal fue un sopor, como un espacio en blanco
seguido de un sonido agudo, breve. Mientras que para Max fue el sonido de la venganza. Fue
el derrumbe de un nanodique entre dos identidades terminales. El chulo había removido el filtro
intermedio. Ahora el orgasmo en ciernes podría trasladarse integro entre ambas espinas, y freír
el cerebro de Cristóbal en el proceso. El orgasmo de una chica lanzado contra un cerebro
masculino era un arma con efecto vegetativo permanente.
La Una separó sus piernas tan sólo un poco, como ofreciendo su entrepierna rosada, su
carne perfecta. Respiraba brevemente, entre jadeos. Max, que conocía casi de memoria los
tiempos de la chica, desde un bolsillo sacó una píldora. Era un momento perfecto para ello. La
chica acabaría con su cabeza entre los cojines, mojada, mientras Cristóbal, ese hijo de puta,
quedaría estático de por vida. Quería disfrutar ese, y otros placeres más obvios, así que tragó
la droga cronoestimulante.
En unos milisegundos todo comenzó a ir despacio. Muy despacio. El chulo veía la realidad
desde lejos, en cámara lenta. Pensaba casi en terminos de fotogramas y cada movimiento se
extendía indefinidamente. Disfrutó por semanas cada vez que se introducía en la chica. Se burló
durante años de la patética suerte de Cristóbal. Descubrió la suave caricia de cada una de las
fibras de alpaca que rozaban sus talones, por días. Pero de alguna forma, un gato –el de Cristóbal
–lo sorprendió. Atraído por los charcos de café, el felino entró sin anuncio en escena y le recordó
su fobia más primitiva e infantil. Max –por siglos– intentó controlar una ansiedad galopante,
sin darse cuenta como en cuestión de segundos –esos otros segundos– la chica tomó el arma
y disparó. La bala demoró dos mil años en atravesar cada una de las capas corticales, y Max
estuvo allí, sintiendo en detalle el estallido salvaje de su materia gris. Para entonces –es decir
un minuto después– ella se había marchado dejando atrás a dos hombres desechos.
–Me llamo Antawara y seré tu dueña.
El gato respondió con un maullido. El ascensor abrió sus puertas. Primer piso

© Carlos Gaona

115
Eridano Nº 16
LA CONQUISTA MÁGICA DE AMÉRICA
por Jorge Baradit

Si hay alguien que ha superado todas las expectativas de un mercado limitado, ése es Jorge
Baradit. Si hay alguien que ha superado las trampas que se autoimponen los chilenos, ése es él.
No sólo porque haya ganado la última versión del Premio UPC con su novela corta Trinidad o
convertido Ygdrasil en un paradigma de la nueva ciencia ficción latinoamericana, sino por algo
mucho más anterior. Su ilimitada fe en el carácter y el valor propios.
exxJorge es un celoso administrador de su imagen. Casi es corporativo en la manera que maneja
su forma de ser, pero también es cálido y envolvente. Sabe muy bien que nada se consigue siendo
inflexible. Y busca sus objetivos con destreza y precisión, también buscando disfrutarlo. Como un
niño, toma con entusiasmo los desafíos que se le ponen por delante y no se detiene mucho a pensar
en las dificultades, sino que acomete contra ellas. Es la dirección del futuro, la voluntad de ser,
‘the joy of being’.
exxYgdrasil, su opera prima, impactó el mercado chileno con su intensa carga de originalidad y
personalismo que la convirtieron automáticamente en un nuevo clásico. A la pasada es una
aspirante seria al primer lugar de la novela chilena de género fantástico, y pronto –este año– va
a ver la luz en España, en la colección Nova. Ygdrasil se mueve en un campo único entre lo antiguo
y lo viejo, entre lo ultraterreno y el filo acerado de la tecnología, te inunda de un collage de
sensaciones tan fuerte que te obliga a reaccionar, a leerlo como un manual de terrorismo esteticista.
Terrorismo esteticista, una frase compuesta pero que lleva muy fusionada a su piel.
exxVive un trabajo absorbente de diseñador gráfico. Vive una esposa y un hijo, una trinidad que
es refugio. Vive noches escribiendo tarjetas y pegándolas allí donde deben ir en su próxima novela.
Vive cada día con un perfeccionismo tal que desea tener Ctrl-Z para el mundo real. Y lo vive todo
con la intensidad y confianza que alguien es capaz. La prueba está en que continúa su avance
rompiendo las fronteras propias. Cuando fue anunciado el Premio UPC, la mayoría se sorprendió
que un chileno –de un país que no produce ciencia ficción– hubiese obtenido el primer lugar, junto
con el español Miguel Ángel López. Pero estoy seguro que para él no hubo tal sorpresa; secretamente
confiaba en el orden natural.
exxAunque Jorge Baradit no es cuentista, sí ha acometido el desafío de escribir varios relatos en
distintas oportunidades. En la antología de cf chilena, Años-Luz, está presente con Karma Police
y una búsqueda temática dio por fruto el interesante proyecto-blog Ucronía Chile, en donde se
encuentran varios textos más. Esta es una de sus primeras obras, en donde se observa las
temáticas que han construido su estilo. Está la parte telúrica de una América arrasado por conflictos
del Nuevo y el Viejo Mundo. Está la preocupación por el reencantamiento con el inframundo, la
irrupción de lo fantástico dentro del absoluto marco de la realidad.

116
Eridano Nº 16 La conquista mágica de América

Perdido en un sucio y oscuro zaguán entre los laberintos de la ciudad de Sevilla, hundido entre
papeles y pergaminos reblandecidos por el asfixiante calor del verano, un cabalista llora abrazado
a su pequeño escritorio de caoba. Interminables cálculos tan intrincados como la propia ciudad
han desembocado finalmente en una maravillosa solución, que brilla ante él con la luz de todo
un coro de ángeles: la fecha propicia para invadir América esplende ante sus ojos limpia y
perfecta bajo complejas series numéricas borroneadas una y otra vez.
1492…
Es el año 1227, hay un largo camino que recorrer y mucho que preparar.
***
La existencia de este nuevo mundo había sido descubierta sólo un par de siglos antes.
La red de videntes que vigilaban el mundo conocido habían intuido presencias de un nuevo
tipo de consciencia colonizando áreas importantes del plano astral y dieron la alarma. Descubrieron
que mecánicas desconocidas y muy poderosas levantaban estructuras ciclópeas entre los
pliegues de la mente del planeta, como si otro continente emergiera con inusitado ímpetu.
De inmediato un selecto equipo de iluminados fue asesinado y enterrado en una línea
recta apuntando hacia las nuevas señales. Todos eran signo géminis, todos cargaban una roca
de cobre en el estómago. Los mediums comenzaron a recibir las transmisiones de los videntes
asesinados casi de inmediato. Las señales eran difusas y afloraban como débiles imágenes en
blanco y negro, adhiriéndose llenas de estática a las retinas de los mediums
como recuerdos de infancia: un olor
desconocido, el multicolor dibujo en
el manto de una madre, la certeza
en la existencia del Tamoanchán.
Colores y animales extraños, edificios
de piedra, escalinatas
ensangrentadas
brillando a través de
nieblas de incienso,
plumas y piel oscura;
otro zodíaco cosido a

© Sergio A. Amira

117
Eridano Nº 16 La conquista mágica de América

la piel de la noche, cuchillos de obsidiana y brujos poderosos.


***
Echaron mano a todas sus influencias en cortes y callejones. Manipularon, amenazaron
y tiraron de todas las redes y cuerdas invisibles que sostenían los imperios en su afán de
alcanzar las nuevas tierras. Pero lo hicieron delicadamente, pacientemente. Invisibles. Ni siquiera
los reyes supieron de la daga que cruzaba sus cuellos, ni del objetivo secreto que movía sutilmente
sus decisiones como a marionetas en la oscuridad, ni siquiera el genovés.
***
En una de las tres naves viajaba un representante de las logias oscuras. América se
estremeció cuando su planta tocó las arenas del Caribe. Todos los chamanes del continente
giraron los rostros hacia ese punto con el corazón encogido por una repentina angustia, como
si una piedra negra hubiera caído sobre el lago tranquilo de la América astral.
***
Después, vino la expedición definitiva.
***
No era oro lo que buscaban los que venían escondidos tras esa marea de sífilis, que
avanzaba como un huracán a través del Atlántico.
Detrás de los ejércitos y su ferretería, aún detrás de la cruz y la hoguera, venía la verdadera
peste. Magos, cabalistas, guardianes del grial, alquimistas y sus golems se arrastraban escondidos
entre los arcabuces, regurgitando conjuros y venenos que clavaban como alfileres sobre la piel
de la Pachamama.
Ellos no buscaban el oro que rodaba por los ríos, “el oro es paga de espadas e ignorantes”,
su oro no era oro vulgar.
***
La operación de conquista y sus detalles eran antiguos. Se habían previsto todos los
detalles antes de sus nacimientos. Por eso, cuando el Consejo de los pueblos Rojos intentó
reaccionar ya era demasiado tarde, la Conquista Mágica de América estallaba en sus rostros
como una tempestad arrasando el continente, como una coreografía mil veces ensayada y
representada a la perfección.
El nombre de Jehová fue un terremoto abriéndose paso, a través del estómago del
continente, como el cuchillo de un carnicero enloquecido. Nadie alcanzó a invocar protección
porque la daga castellana degollaba en la cuna el grito y cortaba las lenguas de los que sabían
las palabras adecuadas. Quemó los signos de poder, destruyó las máquinas para comunicarse
con los dioses; aisló a los pueblos y les devoró la memoria antes de arrojarlos como rebaños
perdidos al desierto de la amnesia.
***
Cuando se apagaron los incendios y el polvo de las masacres se hubo posado sobre las
piedras, vino la cruz recogiendo el dolor de los huérfanos, encadenando las almas a su rosario
de esqueletos.
***
América yaciendo herida de muerte, expuesta a los escalpelos del que venía detrás, el

118
eridano nº 15 La conquista mágica de América

verdadero depredador mágico que se inclinaba sobre los campos de batalla desolados, hurgando
en las entrañas abiertas de los hijos del Sol, buscando sus augurios y su paga de cuervo.
Buscando señales en los mapas que leía en los intestinos tiernos de la gente roja.
***
Lo que habían descubierto en Europa bien valía cien operaciones de conquista como ésta.
***
Años antes de zarpar, hundieron clavos de cobre a través de los ojos de un vidente eslavo
y luego de muchos intentos consiguieron penetrar en las líneas de comunicaciones de los
chamanes americanos. A través de sus ojos pudieron escudriñar cada centímetro de las
intrincadas construcciones rituales con que modulaban las portentosas fuerzas que emanaban
de los pezones de esa nueva tierra. Asistieron al levantamiento de arquitecturas que continuaban
hacia el plano astral en complejas urbanizaciones mentales. Vieron prodigiosas máquinas
voladoras de piedra planeando a baja altura, operadas con gemas preciosas y mantras bellísimos.
Vieron enormes pirámides de roca girando sobre su eje para calibrar la vibración energética
de ciertos valles. Fueron testigos atónitos de portentos que no podían tener otra explicación
que una inusual fuente de poder radicada en el territorio.
Penetraron sus redes de datos más profundas, comieron los cerebros de cuatro niños no
natos y vieron, a través de los ojos de un sacerdote maya, el códice más santo de todos: el
“Viento naranja”, escrito y primorosamente ilustrado íntegramente en el plano astral por
generaciones y generaciones de brujos iniciados.
Supieron de Ce acatl.
Supieron de Kallfukura.
Supieron como derrotarlos y arrebatarles la fuente de sus maravillas.
Esa noche lloraron abrazados y mataron a todos sus hermanos que no merecían saber
lo que ahora ellos sabían.
***
Reordenaron el calendario europeo y abrieron una ventana de tiempo falsa, oculta a los
ojos de dios, para que Hernán Cortés desembarcara sus tropas en el Anáhuac justo en el año
1519, número 7, con una única palabra murmurada en secreto de boca a oído: serpiente
emplumada.
***
Cuando Cortés desembarcó lo hizo montado en su caballo. Un representante le indicó
el nombre con que debía bautizar el lugar antes de desmontar. Le recomendó nunca desmontar
antes de renombrar los lugares. Cada sitio conquistado era rápidamente bautizado con un
“conjuro–llave”, codificado tras un nombre cristiano, que anulaba la energía opositora y
encarcelaba entre las letras al numen protector del lugar. De esa manera avanzaban con
seguridad por terrenos incapaces de defenderse. El rito de conquista se extendía como una
infección.
Escondidos a la sombra de los ejércitos, los representantes guiaban a los capitanes en
el primer objetivo: bajar a través de la cordillera de los Andes destruyendo uno por uno los
chakras de América para debilitarla y nublar la visión de sus chamanes guerreros, los únicos

119
Eridano Nº 16 La conquista mágica de América

capaces de oponerse al objetivo final, oculto allá en el sur más boscoso.


Uno por uno cayeron los pueblos que resguardaban los puntos de poder de la madre
tierra. Cada templo mayor era desmantelado cuidadosamente para exponer el “punto blando”
y cegarlo con cantos y signos de oscuridad. Siempre se construía una iglesia encima, como llave
ritual obstruyendo la respiración del territorio.
Los restos de las civilizaciones que florecían como hongos en torno a cada punto energético,
servían de carroña para la jauría de la Corona. Mujeres y oro, niños y sangre para sus cálices.
Pero los representantes no buscaban oro vulgar.
***
No todos los representantes sabían cuál era el objetivo real de la operación de conquista.
Sólo los guardianes del grial conocían la verdad y eran los encargados de “mantener secreto el
secreto” hasta el momento indicado.
Ningún representante aparecía en registro alguno, ninguno recibió cargos o haciendas,
nadie tenía derecho a mirarlos o discurrir sobre sus oficios. Los que habían escuchado una sola
palabra de boca de un representante, eran borrados del libro de la vida y sus huesos eran polvo
arrojado a algún desierto.
***
La verdad no es para todos.
***
–La verdad no es para todos– dijo el de la barba color fuego, cerró los ojos y el tercer
congregado de la izquierda se desplomó estrellando su rostro contra el suelo. Una profunda
herida manaba sangre a borbotones desde la zona de la nuca, justo en el centro de un tatuaje
ritual representando al ouroboros.
–La muerte vive a nuestras espaldas todo el tiempo, esperando el momento para sacarnos
a vivir.
–El asiento peligroso– murmuró uno que debía sentarse de costado para no herir su pierna
tullida. Alguien, en las sombras, limpió un cuchillo y tomó el cadáver por las pantorrillas para
arrastrarlo hacia la oscuridad.
–Su camino concluía hoy –continuó el de la barba color fuego –pero el nuestro continúa.
La obra es un bajel que cruza los siglos y hoy somos nosotros los que afirmamos su timón,
aunque somos menos que el polvo entre sus tablas.
Todos asintieron en silencio.
Todos eran sobrehumanos.
–Ahora es el momento para escuchar la verdad –dijo con voz queda, desprovista de toda
solemnidad.
–Lucifer, después de su derrota, fue arrojado hacia la materia con toda la violencia que
la ira divina pudo descargar. Cayó durante eones hasta alcanzar los fondos más profundos del
océano de la eternidad: nuestro Universo. Cayó de cabeza a través de las órbitas celestes como
un proyectil desconsolado. Cayó hacia nuestra Tierra, atravesó la atmósfera y el casco polar
con un estruendo como de muchas aguas en gran disgusto, como muchos ejércitos gritando
el nombre de Yahvé al unísono.

120
Eridano Nº 16 La conquista mágica de América

Ahora yace enterrado, encadenado a los abismos, crucificado de cabeza y lamido por el
magma, aullando su dolor eterno de belleza perdida y poder arrebatado.
Al momento de encallar en nuestro mundo, la hermosa diadema que embellecía su frente
cayó a perderse en el instante mismo en que se abrían las carnes de la madre y “el que trae la
luz” nacía hacia adentro destrozado, hundido de regreso a la matriz.
La piedra azul, venus, la luz–bel. Ese es el secreto más secreto que nos mueve en
peregrinaje hasta estos yermos perdidos de toda misericordia–. Concluyó hundiéndose en el
silencio. El silencio que todo lo rodeaba como incienso consagrando la revelación.
–Maran atha –murmuró emocionado el más joven.
–Mañana morirán dos más –continuó el de la barba color fuego– luego levantaremos el
campamento y nos iremos en silencio. Es menester que este poblado sea destruido por los
naturales, para que la matemática de los eventos nos sea propicia.
***
Talcahuano, Tralka wenu, el trueno del cielo.
***
La piedra azul estaba escondida en el interior del cráneo de una machi que, en su juventud,
se había hecho arrancar los ojos para “poder ver”. Había cosido sus párpados con tendones de
cóndor y huemul, para que su visión corriera veloz entre los bosques de araucaria y volara alta
sobre los lagos y volcanes de la Meli Witran Mapu.
Ngenechén estaba con ella.
***
Una noche, convertida en halcón, había sobrevolado el campamento de esos extraños
hombres de piel blanca como la muerte, los winka. Le había dolido el olfato la hediondez que
emanaba de esos cuerpos fajados en telas inmundas y tuvo que huir. La espantó el olor de sus
barbas manchadas de comida, la deslumbró el brillo de la luna adornando sables y yelmos.
Hace mucho tiempo que los venía sintiendo, la respiración hedionda arrastrando sus
metales sobre la piel de los valles. Había escuchado llorar a la Pincoya y quejarse a los traukos
cada vez que esos brujos, blanquecinos como pollos sin cocer, destruían un poco más el corazón
de la mamita que nos cuida.
***
La machi Alerayén era ya muy anciana, a pesar de ello nunca se había asomado a
semejante negrura como la de aquella noche en que decidió espiar a través de la pupila de un
winka. Casi perdió la razón. Todo su paisaje de ríos, montañas y helechos se hundió en un pozo
espeso, giratorio, repleto de cárceles oscuras, pestes, hogueras, cruces, clavos, espacios cerrados,
ciudades hediondas a mierda y látigos. “Su dios cuelga clavado de un tronco, como un trozo
de carne para asar”, su corazón le gritó en la cara y la machi cayó aturdida, rodando entre los
matorrales.
***
La machi Alerayén tuvo que mantenerse despierta durante siete días y siete noches,
recibiendo las penas de cientos de refugiados indígenas que arribaban cargados de desolación
a la tierra mapuche.

121
Eridano Nº 16 La conquista mágica de América

Todos seguían el último mandato del ya desaparecido Consejo de Ancianos de las razas
rojas: –Cada hijo de la mama tierra que sobreviva a la jauría blanca y pueda cargar una lanza,
deberá encaminar sus pasos hacia el sur para unirse contra la barbarie. El corazón de nuestra
tierra corre peligro.
Guerreros–águila del Anáhuac–México, mocetones quechuas, mujeres cocodrilo del
Amazonas, jóvenes shwar capaces de hacerse invisibles, chamanes jaguar del desierto de
Atacama, soldados maya conocedores del combate en los sueños; hombres de piel roja medio
muertos de hambre, en harapos, desfallecientes.
La machi sentía que el día de las lágrimas se acercaba y pidió consejo a las plantitas que
hacen ver. Quemó hierbas en torno a su rehue de canelo que se elevaba dos metros sobre el
suelo y se hundía 200 bajo tierra para enterrarse en la cabeza de la serpiente que podría
perderlos si no era controlada de ese modo. El chamico (planta alucinógena) habló con ella
sobre los tiempos que vendrían y la machi lloró tanto que todas las vertientes de Tralco se
amargaron para siempre llorando con ella. Gotas gruesas como la miel manaron desde las
cuencas vacías de la última chamana capaz de hablar con las plantas de poder.
El chamico le habló sobre la pérdida de la memoria y la vergüenza, sobre la necesidad
de mantener oculto el corazón de América hasta mejores tiempos, la Kallfukura, la piedra azul.
Le contó en voz baja, mirándola desde adentro, acerca de infinitas cruces que se clavarían en
el continente siguiendo un exacto diagrama de acupuntura negra para debilitar la tierra y
mantenerla adormecida, alimentando al vampiro que se solazará en su leche. Le especificó la
palabra que los mapuche deberán pensar como protección cuando los retraten para el archivo
de almas que usarían los gobernantes para su magia negra. Le rogó que no capitularan en su
defensa de la entrada a la ciudad bajo la cordillera.
La anciana suspiró, cansada y triste bajo su piel gruesa y oscura como corteza de
araucaria.
***
–¡Madre machi! –gritó un joven guerrero que corría entre los árboles.
La anciana dejó de mirar a los ojos al chamico y la construcción cayó hacia arriba como
agua estallando contra el cielo.
Todas las aves dejaron de cantar.
Un escarabajo salió por el oído de la machi y ésta recuperó los colores y la definición de
su imagen.
Giró la cabeza y murmuró –Llegó el momento. No pensé que demorarían tan poco en
encontrarnos.
–Madre machi –dijo el kona cayendo de rodillas, acezando–. El comedor de Sanpedro se
comunicó con la red de vigilancia. El chamán de Curacautín dice que una bandada de tordos
apareció sobre los campos del lonco y las aguas de todas las acequias se enturbiaron como la
sangre. Asegura por su linaje que ésto no es cosa de kalkus o wekufes.
–Lo sé –interrumpió– ayúdame a ponerme de pie y corre a decirle a nuestro lonko que
haremos una rogativa.
–Pero, un nguillatún requiere preparativos demasiado lentos y...

122
Eridano Nº 16 la conquista mágica de américa

–Nadie preguntó tu opinión, impertinente. Tenemos sólo dos días, ¡por eso te digo que
corras!– insistió ásperamente. El kona hizo una grosera mueca de molestia frente a los ojos
vacíos de la vieja y saltó entre la espesura separando enormes helechos y espantando una
infinidad de aves de colores, que volaron hacia los árboles como frutos regresando a sus ganchos.
–No creas que no te vi, Leftraru! –gritó la anciana agitando su bastón en el aire.
***
El nguillatún convocó a todos los loncos de la Meli Witran Mapu. También llegaron brujos
de la cordillera, antiguos pillanes y espíritus de los volcanes, también vinieron célebres guerreros
reencarnados en pumas, árboles o destellos de luz azul.
La machi habló fuerte, tan fuerte que hasta el Sol se detuvo para escucharla. Comenzó
hablando sobre el doloroso llanto de la mama tierra. De cómo la cruz que el europeo clavara
allá en el norte la ancló para siempre al mapa y ya no fue libre nunca más. Advirtió que si la
resistencia fracasaba, vagarían perdidos para siempre, ciegos y sordos tanteando el suelo como
niños buscándose el alma entre las piedras. Insistió en la necesidad de mantener la fe y la
esperanza en el regreso de los verdaderos dioses blancos, que yacen dormidos en la ciudad bajo
la cordillera. Recordó que el pueblo mapuche tiene la dignidad de "Guardianes de la Entrada"
de esta ciudad y que no tienen otra alternativa que combatir hasta el final protegiendo la llave
que abre las montañas. Llorando les confesó que habían pasado ya dos lunas desde que escuchó
hablar por última vez, en susurros incoherentes, a la mama tierra y que desde entonces sólo
un gran vacío llenaba su mente y las montañas ya no le respondían. Les cuenta que teme lo
peor. Los aliados mágicos se desvanecen de pena, las aves sólo cantan y el paisaje comienza
a olvidar quién es.
Informa que ya huele la marea infecta que se acerca por el horizonte, con sus corazones
extraviados y la espada presta. Que no tardarán una noche en estar a la vista, que deberán
avanzar de inmediato para evitar que crucen el río y contaminen el suelo de la Meli Witran
Mapu con sus pies afilados y su violencia sin sentido. Los conmina a retenerlos con buenas y
malas artes porque no son humanos. Les revela que hay un antiguo pacto con la oscuridad
viviendo en sus corazones que los impulsa y los pierde. Ruega que no retrocedan porque la
verdadera batalla es mágica, que hay unas nubes negras arrastrándose detrás de la jauría que
no alcanza a distinguir. Les confiesa que necesitará tiempo, quizás unos cientos de años, pero
que confía en encontrar la manera de despertar a la mamita de nuevo.
***
Luego del rito, cientos de konas avanzaron entre gritos de trueno encabezando los ejércitos.
Más atrás caminaban, cansados pero decididos, los restos de las orgullosas castas guerreras
de toda la América roja, sus emblemas llenos de cicatrices en el cuerpo y en el alma, pero con
la mirada de piedra aún embelleciendo sus semblantes.
Cientos de brujos montados en cóndores obscurecieron el cielo a su paso. Abajo, traukos
e invunches brotaban de la tierra para sumarse a la resistencia. Vino el alerce. Las piedras y
los riachuelos se levantaron hombro con hombro contra el brujo europeo.
***
Una cruz se clavó en Loncoche.

123
Eridano Nº 16 La conquista mágica de

El continente entró en estado de coma.


La machi ruega a viva voz, pero sólo el eco le devuelve la plegaria.

© Jorge Baradit

124
Eridano Nº 16
EL HOMBRE DE PUTNEY HILL
por Sergio Alejandro Amira
“Karma del karma de Jack Vance”. Es una dedicatoria escrita hace algún tiempo en las páginas
de un libro. Dibujada a través de una noche larga que siempre fue interrumpida por las cervezas
y la conversación. Y si es cierto que el karma es la energía potencial que luego puede manifestarse
en el futuro, Sergio Alejandro Amira viene a ser la cristalización del talento que mejor se le conoce
a Vance: la creación de mundos.
xxSergio vive actualmente en Concón, en la costa de la quinta región de Chile, en el piso más
superior de un edificio de departamentos económicos. Tiene una vista hacia un caldero de tendencias
sociales tal que cada vez que caminamos hacia la playa la mixtura sale a flote. Una cuadra parece
pertenecer a un suburbio pudiente en California, y luego viene un tramo de clase media baja.
Tengo la teoría de que las mezclas altamente contradictorias como la realidad actual de Sergio
le han dado una imaginería rica en citas e influencias. Sus primeros años en la última región de
Chile, y luego unos pocos más en Inglaterra, su formación en las artes, su inclinación a absorberlo
todo. Son procesos subterráneos que gatillaron en él la más intensa pasión por crear hasta el
detalle más mínimo de sus mundos originales.
exxSergio es un hombre inquieto y de una forma de ser directa que más de una vez le ha dado
problemas. Se mueve violentamente entre el deseo y el deber, como una balanza a la que se le
pone un peso excesivo. Afortunadamente es tan afortunado. Está rodeado de amigos y familia,
y el cariño de un hijo que lo puede todo contra el vacío. Y también tiene ese talento para viajar
construyendo razas y planetas completos. Su vida está tan llena de vitalidad.
exxSergio ha ganado varios lugares en concursos literarios como Fixxion2000 y Púlsares 2002;
con el tiempo ha ido situando sus relatos en publicaciones en papel, como Visiones 2005, Bordecerro
y Tierras de Acero, y electrónicas, como NGC3660 y Aurora Bitzine. Se ha destacado por ser
editor y colaborador de los más importantes fanzines de su país. Sienta su precedencia en Fobos,
Puerto de Escape y, especialmente, TauZero, en donde fue desde el principio el principal engranaje
de producción. Dentro de los escritores chilenos conforma el eje ABC, junto con Jorge Baradit y
Pablo Castro, y este año fue publicada su primera novela: Identidad suspendida. En ella ha puesto
una enorme cantidad de empeño y fe, su respiración y la luz de su mente. Estoy seguro que
impactará gratamente en los lectores.
exxEl presente relato es el resultado de leer a H.G.Wells en su idioma vernáculo. Lejano y frío,
con personajes que solamente son meros vehículos de los gigantescos engranajes sociales, recoge
un incidente no revelado en la obra original, La Guerra de los Mundos. El tono de la narración
es un ejercicio de mimetismo con el maestro inglés y una forma de entenderlo. No en vano, vivió
varios años en las Islas Británicas.

125
Eridano Nº 16 El hombre de Putney Hill

For neither do men live nor die in vain.


H.G. Wells

Un año desde la caída del primer cilindro. Un año de obstinada resistencia contra el yugo
marciano. Porque contra ellos no se podía luchar, sólo resistir. Claro que no todos tenían la
fuerza necesaria para oponerse al invasor y muchos se dieron por vencidos antes siquiera de
dar la pelea. Yo me contaba entre los sobrevivientes, entre los que día a día luchaba por mi
derecho a la vida. Ocultándome de los marcianos y sus temibles máquinas. ¡Sí sólo pudiese
regresar en el tiempo antes del arribo de los primeros cilindros!, ¡si pudiese advertir a las
autoridades de la futura guerra que el planeta rojo nos tenía deparada! Puede que no dieran
crédito a mis palabras en un principio, puede que ni siquiera mi querida esposa me creyera,
pero habríamos dos de nosotros para convencerles. Pero los marcianos destruyeron esa
posibilidad, junto con nuestros hogares, nuestra dignidad y nuestro futuro.
Te reías de mí, Ogilvy, y fuiste uno de los primeros en caer. “'¿No me digas que pretendes
enfocar tus talentos literarios a la ficción especulativa?”, me dijiste esa noche en el observatorio
cuando te pregunté si sería posible que existiera vida en Marte. “Es una pregunta legítima”,
respondí a tus sarcasmos. “Las probabilidades de algo remotamente parecido al hombre sobre
la superficie marciana son de un millón contra uno”, aseguraste. Y en eso tenías razón Ogilvy,
ya que los marcianos no guardan el más remoto parecido con nuestra el ser humano, ni en
forma ni en espíritu si es que poseen tal cosa.

Esa noche veníamos de escudriñar en las residencias prácticamente intactas del Exhibition
Road, en busca de comida y cualquier objeto que nos fuera útil, cuando cerca de la entrada
del parque junto a un ómnibus
volcado y el esqueleto de un
caballo apareció el trípode
emitiendo ese sonido que helaba
la sangre. Corrimos en la
dirección contraria pero otro
trípode con su horrendo
tripulante nos cortó el paso.
ingenio marciano extendió una
de sus cuerdas de acero
articuladas capturándome en su
opresivo abrazo mientras el otro
trípode incineraba a mis
compañeros con su infernal rayo
calórico.
Me querían vivo, ¿pero por
qué?
Una vez en las afueras de © Ray Harryhousen

126
Eridano Nº 16 El hombre de Putney Hill

Londres, el trípode me depositó en las ruinas ennegrecidas de Albert Terrace. Me di media vuelta
y observé al piloto del trípode quien a su vez me devolvió la mirada con esos grandes ojos
oscuros e inhumanos de tremenda fijeza. La babeante boca en forma de V se abrió y con uno
de sus tentáculos indicó hacia enfrente, como queriendo ordenarme entrar en la abadía. Era
eso o ser incinerado por el rayo calórico, así que penetré en las sombras avanzando en medio
de escombros y bancas hechas astillas en dirección a la negra figura que se alzaba en el altar.
Cuando llegué a unos tres metros de distancia me detuve y el extraño se dio vuelta.
–Llevo tiempo buscándole, profesor –dijo el sujeto vestido con un impecable uniforme
militar, botas negras y una pistola en la funda del cinturón. Lo reconocí enseguida.
–Usted es el artillero –afirmé.
–El mismo, Batería número doce de la Artillería Montada.
–Los rumores sobre colaboracionistas traidores a su raza son ciertos entonces –dije con
dolorosa resignación.
–Lamento confirmárselo –fue la respuesta del artillero mientras encendía un cigarro–. Es
más, está frente al líder ‘colaboracionista’ como nos llaman los suyos.
–¿Y cómo se llaman a ustedes mismos?
–Hombres libres, ¿le gustaría ser un hombre libre, profesor?
–Mientras estemos bajo el yugo marciano no existirá tal cosa como la libertad.
–No sí por libertad nos atenemos a la patética existencia que llevábamos antes de la
invasión, mi estimado amigo. Mientras todos celebraban la caída de los trípodes, el aparente
triunfo de la humanidad sobre los invasores, ¿sabe como me sentía yo? Embaucado, timado,
despojado de un futuro glorioso… –el artillero hizo una pausa, dominándose por no caer en la
grandilocuencia.
–No es casual que nuestros caminos sigan cruzándose –prosiguió–. No creo en tal cosa
como la casualidad y supongo que una persona inteligente como usted, tampoco. ¿Recuerda
nuestro último encuentro, en Putney Hill? Usted venía de Mortlake, donde estuvo sepultado
entre los restos de una casa junto al pozo que los invasores cavaron alrededor de su cilindro.
“No deseo quedarme por aquí”, me dijo, “mi intención es seguir hacia Leatherhead, pues allí
estaba mi esposa.” ¿Localizó a su esposa, viejo amigo?
No le contesté.
–Vamos, profesor, no sea rencoroso –dijo fingiendo una sonrisa–. ¿Desea fumar?
Negué con la cabeza
–Yo nos percibo como las dos caras perceptuales de una misma moneda –continuó–.
Elegimos caminos opuestos pero eso no significa que seamos enemigos.
–¿Está bromeando, verdad? –le pregunté con justa indignación–. Usted no es sólo mi
enemigo, ¡sino de toda la humanidad!
–Su actitud es exagerada. Soy un sobreviviente, al igual que usted, profesor.
–No, usted no es como yo en absoluto. No es más que una rata oportunista.
–¿Rata? –dijo alzando la voz–, ¡las ratas son ustedes! Menos que ratas en realidad,
hormigas. Hormigas comestibles. Los observo todo el tiempo desde las alturas, huyendo de un
sitio a otro, escondiéndose en cloacas, alimentándose de restos. Usted y los suyos han perdido

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Eridano Nº 16 El hombre de Putney Hill

toda dignidad, profesor. ¿Han recurrido ya al canibalismo!


–¡Por Dios!, ¡aún somos gente civilizada y moriremos como tales!
–No tiene por qué morir, profesor. Acepte mi oferta y únase a la elite.
–¡Nunca! –le grité en su cara.
–¿Y si le digo que tengo a su esposa aquí, en alguna celda cercana? –dijo esbozando una
sonrisa del todo diabólica.
–¿Es eso cierto? –pregunté esperanzado.
–La capturamos hace unas semanas en las inmediaciones de Woking, aparentemente
tenía la esperanza de encontrarlo a usted allí.
–¿Cómo está ella, que le han hecho esos monstruos…?
–Esos monstruos, como les llama usted, pueden ser bastante razonables si les proporciona
argumentos que se ajusten a sus intereses. Su esposa esta sana y salva y debe agradecerme
a mí, a nadie más que a mí por ello. Capturarla a ella y a usted ha sido una de mis prioridades
desde que trabajo con los marcianos. ¡Estaba jugándome la vida después de todo! Cuando
encontré a su esposa supe que pronto lo hallaría, profesor. Ya le he dicho que no creo en las
casualidades y por lo demás, un hombre como usted no es desperdiciado por Dios así como así.
–¿Qué es lo que pretende?
–Paciencia, profesor. Ahora mismo estoy deseoso de beber algo de champaña, ¿me
acompañaría usted?
Asentí sentándome en uno de los fríos peldaños de mármol. El artillero extrajo una botella
de una caja junto a la pila baustismal, la descorchó y vertió el líquido espumante en dos tazas
de porcelana, una de las cuales tenía la oreja rota. Me ofreció el recipiente intacto y propuso
un brindis.
–¡Por su adorable esposa! –exclamó mientras chocábamos las tazas para luego dar un
gran sorbo.
–¿Recuerda lo que me dijo cuando nos encontramos en Putney Hill?
Moví la cabeza en gesto de negación.
–“¡Dios mío ¡Es usted todo un hombre!”, eso fue lo que me dijo, impresionado como estaba
ante mi bravura y resolución.
–Sí, debo admitir que me causó asombro su fortaleza moral en medio de la catástrofe,
pero pronto me di cuenta que estaba loco.
–¿Loco? No soy yo quien está en el peldaño más bajo de la escalinata, metafórica y
literalmente, profesor. No permita que eso le desanime, sin embargo. Beba de su champaña,
por favor. Acabemos la botella que hay más…
–¿Cuándo podré ver a mi esposa? –le interrumpí.
–¡Beba, imbécil desdichado! –gritó al tiempo que me propinaba un fuerte guantazo en la
cabeza.
De un solo trago engullí sin ganas el líquido y extendí mi taza al artillero para que la
volviese a llenar. Si quería respuestas no era conveniente seguir contrariándolo.
–Sí, yo tenía grandes planes –dijo con la vista clavada en algún punto indeterminado de
la capilla–, y estaba preparándome para realizarlos cuando nos volvimos a encontrar. Como le

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Eridano Nº 16 El hombre de Putney Hill

dije en aquella ocasión y le repito ahora, yo no estoy hecho para convertirme en una bestia
salvaje. Y tampoco usted. Somos visionarios, somos hombres de acción, somos lo mejor que
la humanidad tiene que ofrecer. No como esos pequeños oficinistas con sus pequeñas y miserables
vidas, desprovistos de ambición y sueños. He cazado a cientos de ellos, ¿sabe? Son los más
fáciles de coger. Carecen de iniciativa como usted o yo, acostumbrados a que les dijeran que
hacer, que decir y que pensar. Temerosos de todo, temerosos de perder sus empleos, temerosos
de salir a la calle, temerosos del infierno, temeroso de los invasores y sus máquinas. Para estos
la guerra ha sido una bendición, ya no tienen de qué preocuparse, ya no tienen que sufrir de
hambre ni frío. Ahora son ganado, alimentados y cuidados como ganado. Pero usted y yo somos
distintos, ¿no profesor? No somos presa, sino depredadores. Al igual que los marcianos.
–En estos momentos no soy otra cosa sino un prisionero –respondí amargamente.
–Un invitado, mi querido profesor. Aunque lo retenga aquí contra su voluntad le considero
un invitado, al igual que su esposa.
–¿Cuándo podré verla?
–Pronto, muy pronto –dijo con aire ausente–. ¿Yo tenía grandes planes, recuerda? –volvió
a decir.
–Sí, lo recuerdo muy bien –respondí fastidiado–. Según usted debíamos idear un nuevo
estilo de vida que permitiese reproducirnos y tener suficiente seguridad para criar a nuestros
hijos. Debíamos vivir bajo tierra, en las cloacas y los desagües de Londres además de los sótanos,
las bóvedas de los bancos y de las tiendas desde donde podríamos abrir pasajes hasta los
caños…
–Y los túneles del ferrocarril y los del tren subterráneo, también –continuó el artillero–.
Tendríamos mujeres sanas y vigorosas y a los débiles y tontos los dejaríamos a su suerte.
Preservar la pureza de la raza humana sería nuestro objetivo. Nos atrincheraríamos en Londres
y hasta podríamos mantener una guardia y andar al descubierto cuando se alejaran los
marcianos. De esta forma salvaríamos la raza y eventualmente, podríamos capturar un trípode
o dos, y aprenderíamos como operarlos y por fin estaríamos en condiciones de combatir a los
marcianos. Imagine mi decepción cuando, tras seguirlo a Londres, escuché aquel ulular
moribundo y vi el primer trípode caído. Las bacterias de la corrupción y de la enfermedad,
contra las cuales los invasores no tenían defensas estaban diezmándolos mejor de lo que el
ejército había conseguido. Me exasperé, con los marcianos moriría mi sueño de una raza mejor,
de una gran limpieza que expurgara a los débiles, cobardes, e impuros. Me acerqué a uno de
los debilitados invasores y obedeciendo un súbito impulso posé mi mano sobre su repugnante
piel. De inmediato lo sentí en mi mente. Los marcianos pueden comunicarse entre ellos a
grandes distancias, poseen una mente colectiva, una mente colmena por decirlo de alguna
forma. Para comunicarse con nosotros en cambio requieren contacto físico que permita la
transmisión de ciertos impulsos electroquímicos.
–¿Y qué le dijo ese marciano? –indagué con genuina curiosidad. Uno no puede dejar de
ser quien es, incluso en los momentos más angustiantes.
–No fue lo que me dijo –fue la respuesta del artillero– sino lo que me mostró. Vi como sus
cilindros caían en Marte hace miles de años, y cómo se apoderaban del planeta rojo convirtiendo

129
Eridano Nº 16 El hombre de Putney Hill

en ganado a las razas nativas inteligentes. Así es, profesor, los invasores no son originarios de
Marte, son colonizadores y conquistadores de mundos, no muy distintos a nuestro glorioso
Imperio Británico a principios del siglo XVII. Vi como esclavizaban sin mayor resistencia a
Hrossa, Séroni y Pfifltriggi por igual. A continuación observé como trazaban sus planes para
invadir nuestro planeta, como nos aplastaban cual insectos y también como tras su aparente
victoria, caían derrotados sin intervención humana alguna. Pero también vi a unos pocos
invasores inmunes a las bacterias terrestres intentando evitar el desastre. “Necesitan aliados
humanos, les dije”, “necesitan de alguien como yo para conquistar este planeta.” Estuvieron
de acuerdo, pero antes que pudiese informarles mis condiciones el marciano expiró.
»Deambulé algunos días por Londres, odiando a cada uno de los que ingenuamente
celebraban la derrota de los invasores. Todo parecía regresar a la normalidad, pero mientras
tanto los marcianos sobrevivientes se reagrupaban. Y entonces vinieron por mí en la gran
máquina de volar con la que habían estado experimentando en nuestra atmósfera.
–Y usted les vendió el mundo a cambio de cumplir su sueño de una raza humana superior.
–Sí, los invasores comprendieron que les era más conveniente trabajar con unos pocos
de nosotros que con ninguno. Entendieron que tal y como señalara Hobbes el hombre es el lobo
del hombre y no existe mejor carcelero que él mismo. El hombre está en una constante
competencia con los demás hombres, lo que conduce a la aparición de la envidia, el odio y la
guerra. Esa es nuestra naturaleza, no podemos evitarlo.
–Se equivoca usted. Es cierto que existen sociedades donde el hombre es inducido por
parte del sistema a ser el lobo de los demás hombres. Pero esa histeria competitiva no es natural
al ser humano, como tampoco lo es el afán de acumulación de objetos. No son más que taras
que el sistema se encarga de inculcarnos desde la infancia.
–Está de acuerdo usted entonces en que la humanidad vivía en una sociedad aberrante
hasta la llegada de los invasores. Hace milenios que vivimos en sistemas de explotación donde
el hombre es el lobo del hombre.
–Sin embargo la experiencia cotidiana demuestra a diario que en nuestras relaciones más
cercanas suelen darse vínculos de afecto que ciertamente no surgen de la iluminación divina
sino de la relación natural del hombre con el hombre en cuanto este siente la necesidad de
encontrar un espacio de interrelación y aceptación en el que pueda desarrollarse y ser aceptado
aún si comete atropellos contra lo racional o convencional.
–Por si no se ha dado cuenta, profesor, lo racional y lo convencional ya no existen salvo
en el Nuevo Orden que me he propuesto imponer. Pero no condeno su idealismo. Me divierte
eso sí. ¿Sabe que me han prometido los invasores una vez haya concluido el conflicto?, los
mejores especimenes humanos para repoblar nuestra gloriosa capital. Viviremos sobre la tierra
y no debajo como ha estado haciendo ilusamente la resistencia liderada por usted a partir de
mis propias ideas. Los marcianos no son más que un instrumento para mí, profesor. Una
herramienta para limpiar el mundo de la basura que lo infecta.
–Ya no sé quién es más alienígena, si los marcianos o usted.
–No me juzgue tan severamente. Soy tan sólo un hombre que quiere construir un mundo
mejor sobre las ruinas del antiguo.

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Eridano Nº 16 El hombre de Putney Hill

–Es un genocida y un traidor a su raza, eso es.


–Usted también ha matado, profesor. ¿O cree que me tragué esa historia que me contó
sobre la muerte ‘accidental’ del cura mientras estuvo sepultado en Mortlake?
–Aún no entiendo que quiere de mí –dije soportando estoicamente el peso de la culpa.
–Usted fue muy amable conmigo y eso nunca lo olvidaré. Me vio agazapado bajo su ventana
luego de la tormenta y me ofreció refugio en su casa e incluso me sirvió una copa llena de
whisky. ¿Cómo podríamos haber imaginado en ese momento, en medio de la incertidumbre que
una amistad como pocas estaba siendo cimentada?
Callé mis comentarios sarcásticos a la espera que el artillero continuara con su discurso.
–Cenamos carne y pan y no encendimos las luces por temor a que nos vieran los marcianos.
Cuando terminamos de comer subimos a su estudio y mientras usted observaba por la ventana
el valle cubierto de cenizas, unos papeles extendidos sobre su escritorio llamaron mi atención.
Parecían los planos de una máquina de algún tipo. Luego, cuando nos reencontramos en Putney
Hill y tras bebernos cuatro botellas de champaña, usted finalmente bajó las barreras y me habló
de su profesión, de su esposa, de su hermano médico y sus proyectos truncados por la invasión
marciana. Me habló de sus investigaciones en la geometría de Cuatro Dimensiones, y de su
Máquina del Tiempo.
“¡Dios mío!”, me dije a mí mismo. “¿En un momento de borrachera le he confesado a este
cretino mi mayor secreto?”
–La Máquina del Tiempo era sólo un proyecto –le expliqué–, los planos fueron destruidos
junto a mi casa.
–Se equivoca, profesor. Como usted ha dicho soy un oportunista y antes de marcharnos
de su casa tomé esos planos.
Un escalofrío recorrió mi espalda ante tal revelación.
–Los marcianos desean ver su Máquina del Tiempo operativa –continuó el artillero–.
Trabaje para ellos y podrá gozar cierto grado de libertad y privilegios.
–¿Y si me niego a colaborar?
–Torturaremos a su esposa frente a sus propios ojos.
–Dudo que tengan a mi esposa.
–No lo sabrá hasta que comprometa su colaboración.
–¿Para qué me necesitan? Ya tienen mis planos.
–Sí, los planos para la construcción de la máquina eran muy específicos y ya está lista
hace meses. Pero tenemos un pequeño problema, un extraño mineral que en sus notas es
denominado como platneritta…
–¡Recapacite, hombre! –dije apelando a la escasa humanidad que pudiese aún estar
escondida en el negro corazón del artillero–. Entregarles mi invento a los marcianos sería una
locura. Podrán viajar por la Cuarta Dimensión y apoderarse mil veces de la Tierra…
–Sí su Máquina funciona, querido profesor, los marcianos me han dicho que se retirarán
a un período de la historia del hombre donde encuentren menos resistencia. ¡Nuestro mundo
quedará libre de invasores y humanos débiles por igual!
–¡Iluso! ¿No entiende que los cambios infringidos al pasado pueden afectar nuestro

131
Eridano Nº 16 El hombre de Putney Hill

presente? ¿Cómo existiremos nosotros si los marcianos exterminan a nuestros ancestros?


–No crea que el viaje a través del tiempo es algo ajeno a las intereses de los invasores,
profesor. Llevan siglos estudiándolo y creen que el aquí y el ahora no serían afectados por un
viaje hacia atrás en el tiempo. Teorizan que nuevas ramas temporales serían creadas, nuevos
universos por decirlo de alguna forma.
–De cualquier forma no lo haré. Puede que la humanidad de nuestra época esté perdida,
pero no puedo condenar a las grandes civilizaciones del pasado a sufrir nuestro destino.
–No tiene otra opción, profesor, tenemos a su esposa y algo más, ¿o debería decir alguien?
–¡Ya basta madito infeliz!, mi esposa murió durante el primer ataque marciano.
–Supongo que su miserable vida se le ha hecho más soportable convenciéndose de ello.
Pero ya basta de mentiras, venga conmigo y verá a su mujer.
Seguí como un autómata al artillero a través de las derrumbadas paredes de la Iglesia y
noté cómo las primeras luces de la madrugada teñían las nubes de color vainilla. Habíamos
estado hablando toda la noche y un pesado agotamiento se apoderó de mí en ese instante.
En el exterior cinco trípodes mantenían vigilancia. El artillero señaló hacia el gigantesco
objeto parecido al canasto de un pescador que las máquinas marcianas tenían detrás del cuerpo
principal y entonces la vi… era ella, mi amada esposa amamantando a un pequeño bebé. Al
reconocerme sacó uno de sus brazos por entre las varillas de la jaula y gritó mi nombre.
Caí de rodillas con lágrimas en el rostro.
–Es ella –murmuré–. Es ella…
–Su familia, profesor, su esposa y su hijo, porque ha de saber que ella tenía dos semanas
de embarazo cuando le perdió la pista.
–¿Mi hijo? –pregunté atónito–, ¿es esa criatura que sostiene en sus brazos mi hijo?
–El pequeño Moses en su canasta –dijo el artillero–. Sano y salvo, por el momento.
La lealtad de un hombre está primero con su familia. Si no puede protegerla a ella ha
fracasado y no tiene nada que ofrecer a la sociedad en su conjunto. La decisión estaba tomada.
Me incorporé sin apartar la vista de mi esposa, del pequeño que sabía era mi hijo, y tal cual
había hecho el artillero antes que yo, le vendí mi alma al diablo.

© 2007, Sergio Alejandro Amira.

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Eridano Nº 16
EN CAZA DE ÁNGELES
por Sebastián Gúmera
Sebastián Gúmera es Alseides. Como la mayoría de nosotros, la esencia propia se encarna en un
nombre de poder que nos define y que luego usamos. Sebastián decidió ser Alseides. Luego volveré
sobre esto.
exxEscribe sobre sí mismo: “Me materialicé aquí el 30 de enero del noventa, y lo único que me han
publicado fue un cuento en TauZero, hace 2 años. Me llevan a escribir, quizás como a todos, las
ganas de concretar ideas sueltas llenas de influencias, pero soy un completo novato en esto. Por
ahora, esas ideas sobreviven en mundos CF, pero quizás en algún momento dejen de hacerlo.
Estudiaré artes al salir de la escuela, y más tarde, espero que cine o algo así.” Yo escribo sobre
él: “No le conozco. Sé que tiene la forma de un adolescente algo encorvado y reticente a encontrar
paz en el mundo que le rodea, sé que es algo tímido y no mucho más. Reconozco más su escritura,
En el país de las pesadillas huye hacia y desde planetas construidos de ensoñaciones sacadas
de libros de cuentos. Supongo que hay allí una clave: los personajes prefieren codificar sus temores
en complejas fantasías en donde buscar respuestas.”
Hay dos definiciones para Alseides, solo él sabe cuál es la correcta y cómo se aplica a su
vida. Zeus, una vez que estaba muy aburrido, le dio por lanzar rayos a la Tierra. Hubiera incendiado
un bosque de amapolas de no ser porque Alseide, ninfa natural como ninguna, lo protegió en su
afán de custodiar las flores, aunque fuera con su vida. Desde ese entonces, en honor de la heroína,
las ninfas de las cañadas y arboledas reciben su nombre. Pero también en La Visión de Escaflowne,
un animé con cercanías clockpunk de finales de los 90’s, se pueden encontrar los guymelef que
son una especie de robots gigantes tripulados. Dentro del mundo de Gaea, se pueden encontrar
los guymelef llamados Alseides, al servicio de los antagonistas de la serie. Se destaca uno
comandado por Dilandu, particularmente sanguinario… En fin, sea cual sea la versión que haya
elegido Sebastián, está bien. Es idea mía, pero pienso en la capacidad eufónica de las palabras
y hay veces que vacío su contenido para llenarlo de uno nuevo y propio.
Quizás eso sea precisamente lo que represente este Alseides: su propio significado.
Como buen hijo de su generación, Gúmera remezcla en su cabeza todas las influencias
visuales como el animé y los códigos de la ciencia ficción para hacer su ficción. En esta ocasión,
los héroes de las viñetas japonesas son insoslayables con su intensa carga de destino. Tanto Paz,
el doctor Kreuss y Alastor son personajes atrapados en arquetipos terribles y, aunque se rebelen,
no tendrán más oportunidad que seguir sus roles hasta el final.

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Eridano Nº 16
La mujer tiembla. No sabe si es frío o miedo, pero su cuerpo se estremece. Frota sus manos y
brazos, siempre sonriendo. Un automóvil negro se estaciona a su lado y las caderas empiezan
a menearse lentamente. El hombre al volante sonríe, sus ojos manosean la contorneada silueta
de la mujer que se agacha hacia la ventanilla, sin hablar, sólo con
una estúpida sonrisa en su pálido rostro. Llueve, pero ella prefiere
usar ese gran escote aunque agarre una neumonía, ya que es el
preferido por todos los sedientos, tristes y desgraciados habitantes
de la ciudad. ¿Qué importa?, morir sería lo mejor
que me podría pasar, pensaba, aunque sabía que
eso no era así.
La extraña y áspera piel roza la suya.
Carne y sudor se frotan, se queman. El invisible
fervor la perturba. No es asco lo que siente al ver
que la mano, aún con la marca de un anillo,
examina su cuello buscando sus senos, sino que
es lástima. Lástima por el hombre q u e t i e n e
bajo sus piernas, lástima por
la cosa oscura que se refleja
en los ojos azules del
hombre. ¿Por qué no
dejarlo?, se preguntaba entre
gemidos. Dejar esto, irme al
campo tal vez. Pero la
respuesta era obvia, no hay salida
alguna cuando se es perseguida por
recuerdos, y cuando miles de imágenes la
golpean al cerrar los ojos. La visión de una
figura moribunda. Una cuerda en cada
mano, sangre cayendo de dos muñecas,
un azote. La figura no grita, la mujer
que cuelga desnuda a la vista de
morbosos espectadores sólo trata de
sonreírle a su criatura que la mira desde
los muros incandescentes sin entender qué
pasa. La escena atormenta a Paz, que ahora,
17 años después, termina de abrochar su blusa
mientras el húmedo individuo la apura antes
de que su esposa llegue.
Ajusta sus botas negras. Sabe que el trabajo no
está hecho, pero no tiene ganas de terminarlo. El hombre © Sebastián Gúmera
no es tan importante y ella tampoco. Ya no es la apreciada

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Eridano Nº 16 En caza de ángeles

agente condicionada para cumplir prolijamente con su trabajo, si no que es la niña atormentada
que sólo es útil para oficios inútiles.
Recibe lo acordado, se lleva su cartera y se va. Tal vez los oficiales la sermoneen, la
amenacen por no cumplir, pero sabe que esas amenazas nunca se llevarán a cabo, sólo lo hacen
para mantenerla cerca. Muerta no serviría, incluso cuando en vida las cosas que hace son
insignificantes para la central. Una descendiente directa de un Wondjina siempre tendrá algo
de valor.
Alguien duerme. Se enciende un recuerdo. Un largo pasillo. Las luces parpadean a los
costados. El vibrante sonido de los tubos fluorescentes enmudece el siseo de la carne humana,
proveniente de la sala recolectora. Dos manos metálicas para cada cuerpo, cada una con nano
censores en sus dedos, perlas microscópicas que rastrean la aún existente energía en cada
átomo de los cuerpos capturados y mutilados. Obtenidos de guerras aparentemente inútiles
en lejanas tierras.
–Ha sido una gran cosecha la de esta semana, doctor –dice un hombre uniformado, con
una insignia diciendo GAEA en su pecho, a su superior. Mira orgulloso las celdas de energía
obtenidas.
El doctor no responde y sigue caminando entre las camillas electrónicas que hacen avanzar
a los torsos de niños muertos que serán utilizados como combustible para las máquinas de la
central.
Un chirrido rompe con la monotonía. Una alarma proveniente de la sala de entrenamiento.
–¿Qué sucede? –pregunta alterado el doctor a un asustado subordinado, que volvía
corriendo a la sala.
–Son dos de los nuevos. Han roto la cápsula contenedora, mataron a los guardias e
instructores y escaparon por alguna parte. Ordené una búsqueda, señor.
–¡Encuéntrenlos! No deben alcanzar la superficie.
El sonido ensordecedor de la luz roja y una caótica mente se mezclan mientras pies
descontrolados corren por un sendero de metal. A lo lejos, la criatura fugitiva puede ver a su
compañera, con sus manos ensangrentadas, tratando de evadir los celadores, tratando de evadir
la realidad que no quiere recordar mientras destripa a los hombres armados. La mente confundida
trata de seguir la imagen borrosa de la mujer desnuda, pero su cuerpo ya no responde. Al
menos no el que antes tenía. Éste es uno nuevo, uno ajeno. Tenía una mente propia, muy
distinta a la suya. Dos identidades luchaban entre sí, dos cerebros incompatibles, y la
desesperación de la dualidad de por medio.
Un grito detiene a la mujer que huye. No quiere mirar atrás, pero un nuevo grito aún más
aterrador la obliga. La otra criatura yace en el suelo, retorciéndose para alcanzar el arma de
uno de los guardias. Escupe palabras extrañas. Un idioma ininteligible que la mujer entiende
a la perfección.
“El habla de aquellos que nos ven desde el cielo”, lo tituló el doctor Kreuss en la conferencia
clandestina del 2079, cuando la organización secreta gubernamental GAEA aún era un sueño
para los rebeldes de aquella época. Sueño que se volvería realidad en los comienzos de la Cuarta
Guerra, en la que el petróleo cambiaría su ambicioso lugar de prioridades por la posesión de

135
Eridano Nº 16 En caza de ángeles

la vida de los seres humanos. El poder sobre sus almas. La primera guerra universal.
Dieciocho años después de aquella conferencia, el doctor abre los ojos y observa a los dos
hombres que traen la mujer esposada.
–¿Qué quieren?
–Lamentamos molestarlo, doctor, pero debemos informarle que esta agente no ha cumplido
con su deber. Van diez ocasiones en que no lo ha hecho.
El doctor se refriega los ojos con gesto cansado, se coloca frente a la mujer y lleva las
manos a su rostro.
–Paz, ¿piensas que de algo sirve que nos desobedezcas? Sabes que matarte no es
conveniente. Ni para ti, ni para nosotros. Así que mejor cumple tus órdenes.
–Dígame, doctor Kreuss, ¿qué quiere realmente con todo esto?, ¿qué esperan conseguir
sus superiores?
–Que la humanidad se independice realmente, niña. Eso quiero yo y todos los funcionarios
de la central.
–Yo no lo deseo y al parecer soy funcionaria.
–Debes hacer lo que nosotros queramos y eso también implica que estés de acuerdo con
nuestras ideas –dijo el doctor algo alterado.
–No puedo pensar como ustedes. No puedo pensar que el negarle la felicidad a la humanidad
esté bien.
–Entonces, estás de acuerdo que el hombre retroceda a un estado infantil sólo por la
patética y abstracta idea que ustedes llaman felicidad. El hombre no es esclavo más que de él
mismo.
–¿Y no del que lo creó?
–No si nuestros creadores no están usando…
–¿Como la central los usa también? –interrumpió Paz, mientras veía cómo el doctor le
daba la espalda apoyado en su bastón.
–No creas que no lo he pensado –continuó Kreuss, más tranquilo—. En todo lo que dices,
niña. Lo he hecho, y mucho, demasiado tal vez y eso demuestra donde estoy ahora. Y donde
está ésta organización.
–¿Bajo tierra, doctor?
Paz rió amargamente. Kreuss ordenó a los guardias que la sacaran de su oficina. Paz
seguía riendo, una risa falsa, llena de contradicciones. Se sentía más vacía aún que los hombres
con los que era obligada a acostarse y a inyectarles energía impura dosificada en diminutos
supositorios, durante los orgasmos.

Era medianoche, la mujer tomó su abrigo de cuero negro y ascendió. Una puerta le dio
la bienvenida al gris y húmedo exterior, en el umbral se leía “GAEA”. Nombre que los griegos
le daban a la fuerza natural del planeta. Ahora era utilizado para representar el poder de la
humanidad, el aparente poder que no es más que soberbia, pensaba Paz. Ellos no son la fuerza
de nuestro planeta, solo son los que la usan en su beneficio. Revolución, ¿y para qué? Usar la
energía de la vida como arma contra los que nos la dieron.

136
Eridano Nº 16 En caza de ángeles

La mujer enciende un cigarrillo y baja por un callejón a su lugar de trabajo. No tiene


deseos de abrir ni su abrigo ni sus piernas, no tiene deseos de crear aquella “desestabilidad
emocional y social” que los de la Central tanto esperan. El método: atacar a las cabecillas de
los gobiernos e instituciones humanas del mundo.
¿Por qué no se pueden conformar con esto?
–El conformismo es letal, Paz. Si nos muestran felicidad no podremos pensar en los males
que nos azotan aunque estén ahí, latentes. No podremos evolucionar. El hombre es dueño de
su destino, el ser humano es el que decide lo que hace y cual será el futuro de su estirpe. El
hombre, no algo ajeno a él que lo maneja según su conveniencia.
–¿Y por eso quieres que los hombres luchen entre ellos?
–Sí. Es un mal necesario, es el único método para una verdadera emancipación.
–No lo entiendo, doctor.
El hombre se acercó a la pequeña Paz, de diez años entonces, le sonrió amablemente y
le dijo:
–Por supuesto que no lo entiendes, niña. Muy pocos lo entienden, pero eso es porque
nada saben. Tú debes estar tranquila, junto a mí, y así podrás saberlo y comprenderlo todo.
–¡Hijo de puta! –dijo Paz entre sollozos, mientras lanzaba los restos de su cigarrillo–.
¿Cómo puede llegar a todo esto? ¿Cómo… dejarme así, de esta forma? Usarme… usarnos. A
todos ellos, gente ingenua que muere engañada.
“Todo tiene una razón”, rebotaba en la mente de Paz. La voz grave y tierna de un hombre
que la entrenó para su servicio. Su servicio… Tal vez se sintió culpable y por eso la crió. Pero
lo duda. ¿Por qué se sentiría culpable de haber matado dos seres que alguna vez fueron
humanos? Cada día envía a borrar otros cientos de vidas. ¿Cuál era la razón por la que este
hombre luchaba?
Era invierno y llovía. Paz tenía 4 años y era la segunda vez que veía a su madre. Tomaba
la mano de un hombre alto y joven. Él parecía triste, la mirada fija en la mujer que colgaba en
el centro de la habitación. Alguien se acercó a la mujer y le inyectó un líquido azul en el brazo
izquierdo. No dijo nada, sólo miraba a los ojos de su hija. Otro tomó un látigo y comenzó a
azotarle la espalda. Paz veía cómo los hombres, iluminados por una luz tenue, se sonreían
porque una barra azul proyectada en la pared se llenaba completamente. “¡Ha funcionado!”,
se decían. Pero la mujer en el centro sangraba, de sus muñecas y espalda, y a Paz le aterraba
que no gritara, que sólo sonriera. Le aterraba que esa sonrisa fuera para ella, que la mano del
hombre sudara tanto. Le aterraba no entender lo que sucedía. Pero lo más atemorizante era
la presión que sentía en su cuerpo. La mujer irradiaba algo que era capturado por los cuatro
pilares que la sostenían. Y ese algo que los adultos llamaban “energía pura” chocaba contra
la pequeña Paz. Ella era la única que podía sentirlo.
Ahora Paz se mira las manos, sudorosas como las de aquel hombre.
¿Por qué él no rió aquella vez como los demás? ¿Es ese pesar el que me ha protegido? Diecisiete
años y jamás me ha dicho que mierda soy para él. ¿Sólo su agente, descendiente de un
experimento fallido?”
El ruido del bastón negro retumba y desaparece como un eco en el solitario pasillo del

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Eridano Nº 16 En caza de ángeles

sector 15 de la central. Una criatura, que con el pasar de cuarenta y dos años ya parece un
anciano decrépito, se detiene frente a la gran puerta “OLIMPO”, prohibida para el personal no
autorizado. Sólo tres personas tienen acceso al corazón de la máquina y hoy se reúnen después
de una década.
–Éste es el nuevo prototipo, señores –dijo el doctor, mientras las puertas de acero se
abrían y daban la bienvenida a un brillo cegador.
Los otros dos hombres se miraron sorprendidos. Uno era calvo y el tercero era joven y
vestía un uniforme. Volvieron a observar la criatura encapsulada que tenían enfrente.
–Déjame decirte, Andrew, que no sé cómo nos podrá ayudar esta cosa. Es decir, aparte
de ser más horrible, no tiene muchas diferencias con los primeros sujetos —dijo el hombre
calvo, mientras caminaba hacia el doctor.
–Los experimentos del 80 casi alcanzan su última etapa, señor presidente. Por eso son
tan similares a estos que han alcanzado la perfección.
–Dentro de su imperfección. –El uniformado rió observando la cosa que flotaba en ese
líquido teñido de sangre corrupta y oscura.
Una criatura de largos brazos, de piel arrugada y unida a los huesos. Ojos pequeños,
ennegrecidos, y con un particular brillo rojo en su centro. Un cráneo levemente alargado, una
protuberante columna que destaca pulidas vértebras desgarrando su pálida superficie. Las
manos despellejadas lucían venas y arterias negras, y huesos de un extraño brillo plateado
terminaban en uñas agudas. Su estómago había sido reemplazado por una esfera de vidrio roja
y prominente. Cientos de pequeños cables salían de ella para unirse a las vértebras metálicas
de su negra espalda. Entre sus piernas sólo hay carne quemada y zurcida y más cables
sobresalientes que se conectan con la brillante esfera abdominal.
–Recuerden que esta forma ha sido creada por la incubadora. Los implantes, el
condicionamiento y la periódica inyección de energía impura también han hecho lo suyo. Cuando
esté libre, no podremos definir su imagen, ya que dependerá de sus víctimas.
–¿Dónde están los otros cuatro, doctor? –pregunta el joven, algo confundido luego de
recoger una carpeta con el título “Ficha Sujeto 05”.
–Pues, no son sólo cinco. Ésta es la muestra de lo que hemos logrado en los últimos 6
años. Los demás ya están en todas partes y también en el campo de batalla, en Oriente.
–¿Cuántos son entonces, Andrew? —pregunta sorprendido el hombre de saco y corbata.
–Entre setecientos y novecientos soldados, señor Presidente, repartidos en Europa y en
el frente de guerra.
–No los llames soldados, son monstruos.
–No, señor –dijo el doctor–. Son algo peor, son Banshees.
***
La ciudad absorbida por el humo es observada desde el edificio más alto por una figura
delgada y triste. Han pasado cinco meses desde que abrió sus nuevos ojos y ya cree recordar
su pasado. Tenía un rifle en mano, esperaba órdenes tras las trincheras. Comenzó a correr
esquivando tiros sin origen definido. Se acercó a un pueblo y vio a un hombre con una pierna
mutilada, gritando por ayuda. Se detuvo y trató de ayudarlo. Era un novato, al que aún le queda

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Eridano Nº 16 En caza de ángeles

alma joven del combatiente. Su corazón explotó y una luz celeste quemó sus neuronas y apagó
la ensordecedora balacera. La luz se fue apagando y un chirrido desquiciante lo despertó.
Ahora ve cómo los ciudadanos se esconden al dar las doce, en una ciudad tan hermosamente
arruinada por el terror de la opresión, que no es de extrañar que las cruces se vean más altas
que los edificios, símbolos de una vaga esperanza. Pero pensar en eso es contraproducente. Si
le dieron la oportunidad de seguir viviendo debe responder con gratitud.
La criatura se coloca su abrigo negro, agujereado como su antiguo cuerpo y descosido
como el alma que aún flota en los desechos de la máquina central de GAEA. El reflejo de la
luna en su traje de látex se asimila con la fulgurante mirada del miedo, que brilla detrás de
mechones de pelo oscuro y sucio. Su sonrisa apagada esconde el sufrimiento de todos los
hombres que ha visto morir desde que se convirtió en un Banshee. Hombres obesos y atragantados
por el poder, conseguido a través de cruces de oro y plata. Aún le da asco recordar cuando colgó
al hombre por su sotana teñida de orina. El hombre que manejaba los hilos tras toda su mierda
religiosa que nunca sirvió a sus ingenuos súbditos.
La criatura mira con odio a los ciudadanos que se ocultan dentro de la fría seguridad de
la luz hogareña. Vivir en guerra no es fácil, lo comprende, y menos cuando el fuego y las armas
químicas son reemplazados por el riesgo de perder lo que llaman “alma”. Pero no puede evitar
que sus dedos quieran aplastar los cerebros diminutos y paleolíticos, cuando creen que su
salvación será celebrada algún día.
Y el odio y el temor, la envidia y el hambre crecen en la criatura, que espera con ansias
el momento para saltar sobre algún hijo de la ciudad. Espera entre las agujas de concreto que
intentan llegar al cielo, hundidas en el vicio y el vapor venenoso proveniente de basureros y
cementerios. Incrustadas en un mundo que se cae a pedazos sobre la boca de una bestia
agonizante, e igual de hambrienta que el banshee. El “sistema”.
La criatura se llamaba Alastor.
Comenzó a caminar por los pasajes humeantes, ocultando parte de su rostro con la
capucha de su abrigo impermeable. El viento frío lo hacía flamear como alas rotas que protegían
su espalda, como alas desplumadas después de cargar una cruz olvidada. Se oían truenos, pero
no llovería. No esa noche, cuando el hielo cubría las botas de Alastor y entorpecía su paso. Una
luz proveniente de una ventana le atrae. Se oyen risas de niños y de adultos. Intenta asomarse,
pero al chocar su mirada con el reflejo del vidrio recuerda cuál es su misión.
Llega adonde debe llegar. Sube por donde debe subir e intenta entrar por donde debería,
sino fuese por la cerradura codificada, entrar. Los cadáveres de los guardias lo miran y él ve
la culpa en sus ojos muertos. El miedo al sentir que es él el que no debería estar ahí, en ese
edificio imponente, en ese cuerpo bestial, incrementa aún más su odio contra la realidad misma,
e intenta expulsarlo por su salida natural. Sus moléculas comienzan a vibrar a altas velocidades.
Rayos de una luz rojiza se inmiscuyen por los poros de su abdomen. El brillo carmesí se expande
y choca con las paredes que acallan el grito de furia vomitado por Alastor, quien atraviesa los
muros y vuela sobre el cuerpo de su víctima, abriéndole los ojos con sus metálicas garras.
—¡Buenas noches, señor Javier! —le dice mostrando sus encías moradas y sus largos y
agudos dientes, mientras su lengua negra cuelga y gotea sobre las sábanas empapadas en

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Eridano Nº 16 En caza de ángeles

sudor y terror.
La habitación se torna rosada. La piel de Alastor comienza a inflarse, a formar venosas
burbujas que deforman su desquiciada sonrisa. El hombre se retuerce bajo las sábanas, grita
al sentir cómo las manos húmedas e hinchadas de la criatura aprietan sus muslos. El ahora
obeso Alastor abre sus piernas, y los cables que cuelgan de su pelvis comienzan a enredarse
y a formar una cilíndrica figura que gotea materias extrañas y multicolores. El hombre transpira
y una sonrisa nerviosa se dibuja sobre sus mejillas enrojecidas. Ve cómo la serpiente eléctrica
que emerge de la entrepierna del monstruo rosa lo penetra. El hombre grita, ríe, pero teme lo
que Alastor pueda hacerle luego.
–No tengas miedo, cariño –escupe la criatura con una voz familiar. El hombre abre los
ojos aterrado y trata de escapar. Escapar de la bestia, de los recuerdos que ahora lo atormentan,
recuerdos que lo condenarían.
Las paredes parecen derretirse entre resplandores rosáceos y amarillos. Las sábanas se deshacen
en lava, el magma destroza la piel del hombre y de Alastor. Todo se funde y es vomitado en un
sudoroso despertar, dando la luna la bienvenida.
–¡Una puta pesadilla!
–Sabes que no lo es, Javier.
Y un estallido despierta a los atemorizados habitantes. Y despierta los sentidos de una mujer
que alcanza el orgasmo en los brazos de un hombre sin nombre. Y despierta sus memorias, y
sabe qué significa ese estallido.
El teléfono es descolgado por el doctor Kreuss. El grito alarmado y asustadizo de sus
oficiales lo alegra. Las cosas están sucediendo como debieran y pronto la guerra terminaría.
Para bien o para mal.

–Siempre lo supiste, ¿verdad? Aparte de sacrificar sus vidas, sacrificaste sus almas –dijo
Paz entrando exaltada a la oficina del doctor.
–Son nuestra arma definitiva.
–Pero, ¿cuál es tu objetivo? ¿Destruir la humanidad para protegerla?
–Suena absurdo, Paz, pero básicamente es así. Estamos extirpando el cáncer con la
misma enfermedad.
El silencio reinó.
–No seguiré ayudándoles.
–No importa, pero sabes cuáles son las consecuencias.
***
La ciudad gris está en llamas. El continente se desarma. Hordas de seres deformados por
el miedo de sus víctimas invaden las vidas que pronto se apagarán. Los banshees absorben la
energía impura y la envían como bombas invisibles a las bases aéreas de los misteriosos seres
extraterrestres llamados Wondjinas. La degeneración de las almas humanas, manifestada en
aquella energía, comienza a aplastar y borrar las otras transparentes existencias que alguna
vez guiaron a la raza humana. Guía que formó la sociedad que ahora las destruye, niega el
regalo de los dioses inexistentes hasta convertirlo en las cenizas que ahora los banshees esparcen

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Eridano Nº 16 En caza de ángeles

por el cosmos.
Alastor escucha el grito de auxilio de la mujer que será castigada y piensa que ya es el
momento que ha estado esperando, sin saber lo que eso significa.
Paz respira a través de tubos que emergen de su nariz y boca. Su respiración es lo único
que se oye en la abandonada central de GAEA. El doctor la ha dejado, no sin antes llamar a
quien será su verdugo y el padre del nuevo mesías. La mujer desnuda cuelga de sus manos y
piernas en el centro de la gran habitación. Las paredes emiten una luz titilante y azulada, llena
de poros que beben la energía evaporizada de la mujer. Su útero ha sido reemplazado por una
esfera similar a la de los banshees, excepto por un color verdoso. Sus muñecas sangran y su
cráneo está abierto, su cerebro se conecta con mil cables a una esfera llena de un líquido
amniótico que cuelga sobre ella, donde flotan gritos y terror, gemidos y sonrisas, recuerdos
abandonados y los restos del alma de Paz.
La compuerta se abre y el humo entra y oscurece aún más la sucia central. Alastor camina
lentamente por el piso metálico, manchándolo con sus botas manchadas de sangre. Sus alas
negras se abren y rasgan, junto a los demás desastrosos ropajes. Ya no necesita restos de
pasados, es ahora cuando morirá de verdad, después de llevar a cabo la venganza que le fue
encomendada.
Los ojos de Paz se abren al oír los pasos del ángel ennegrecido. Se ha resignado, no puede
escapar de esta última misión por más repugnante que sea. Las paredes azules se queman de
oscuridad, la única luz es la de los ojos del monstruo y el vientre de la mujer. Alastor penetra
en la mente descubierta y virgen de Paz. Sus memorias se bañan en la iluminación de las
energías inyectadas en ella. Sus poderes ven el exterior, el poder heredado por un padre igual
de infeliz que los banshees y sus víctimas y una madre que abandonó su naturaleza extraterrestre
y pura, por el retorcido amor humano.
El rostro de la criatura comienza a deformarse, a reflejar el deseo más temido de Paz. Sus
ojos se vuelven azules y con un soplo el hollín se desprende de su pelo, ahora de un color
castaño claro. Sus mejillas, su mentón, todo invade a la mujer de memorias, de ataques eléctricos
a su conciencia y esencia, que le recuerdan a una persona, un momento y un lugar. Kreuss.
Los muros caen. Su mundo desaparece para darle la bienvenida a otro. A uno muerto, putrefacto.
A un zombi que respiraba agonizante en su subconsciente.
–Era otoño y tenía dieciséis –dice Paz, con los ojos desorbitados–. Tú estabas en tu
escritorio, yo te abracé. Te asustaste y me miraste, me tomaste las manos. Tus ojos parecían
esconder algo detrás de esa seriedad sobreactuada. Yo te lo hacía recordar, le temías y me
temías. Tu miedo parecía nacer de lo que podías hacer estando yo ahí, contigo. Desviabas la
mirada, querías escapar, pero no podías ya que me deseabas en forma secreta, prohibida.
Querías acabar con aquello que no te dejaba dormir, con todos tus estúpidos planes de liberación
humana. Me soltaste y te diste la vuelta. Yo te seguía mirando. Te deseaba también y tú lo
sabías. Luego te volviste a sentar, mientras yo veía tus labios nerviosos y tus mejillas rosadas,
tus ojos azules que parecían tan falsos como toda la mierda de GAEA. Y me sentí abandonada,
más que antes.
–¿Qué era lo que querías de mí, Paz?

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Eridano Nº 16 En caza de ángeles

–¡Explicaciones! Que le dieras un sentido a todo lo que sucedía. Lo que me sucedía al


verte, al sentirme sola. Que respondieras a mis preguntas, que me escucharas, que me ayudaras.
Que me dieras a entender por qué no deseaba a la gente y por qué debía odiarlos y hacer lo
que me obligabas a hacer. Que me tocaras, sí, que me miraras. Que te dieras cuenta lo
insignificante que éramos todos.

Alastor se acercó a la mujer. Los labios del falso Kreuss se unieron a los de ella. Pudo
sonreír, aunque sabía de algún modo que todo era tan falso como su patética existencia. Las
manos del doctor se deslizaron por la espalda mutilada de Paz. Sus lenguas danzaban. Flotaban
entre agujas y cables, radiación y la hoguera de almas allá afuera. Por fin todo desaparecía.
Todo, junto con ella, la agonía de una soledad aparentemente eterna se desvanecía, la inmortal
claustrofobia se encerraba en sí misma hasta suicidarse. Sus ojos lloraban y sus muñecas y
espalda sangraban, desgarradas por las uñas metálicas de Alastor. Y mientras, él vertía el elixir
de la vida en su útero de un verdor brillante, como las hojas de un árbol engendrador de la
siguiente especie humana. Árbol retorcido por raíces de rosas espinosas. Árbol que sangra y
hace renacer el reflejo del que vino desde el cielo. Al opuesto, al impuro. Al anti-cristo.
Se escucha un grito a lo lejos y cientos se le suman. El fuego invade la Central, el odio
abrasador de criaturas creadas a imagen y semejanza de sus creadores, y de Dios. Todo se
pierde. Paz abre los ojos y vuelve a reconocer donde está, a entender lo que pasa. Y siente que
todo tiene explicación. Y siente que todo puede terminar.

La antigua ciudad capital del mundo no es más que ruinas. Sólo Kreuss y unos pocos
han podido sobrevivir a la cuarta guerra: la definitiva, la gran masacre universal, al menos en
el continente.
–¿Vamos a comenzar de nuevo, doctor?
–Es demasiado tarde. Ya no queda nada. El resultado de nuestro plan ha resultado ser
tan horrible como lo que queríamos destruir. –El doctor sostenía un bulto indefinible en sus
brazos.
–Pero los Wondjinas han desaparecido casi en su totalidad, señor.
–¡Cállate! Váyanse, hagan lo que quieran. Ya no me necesitan. Estos seis meses desde
la puta destrucción han sido suficientes para que aprendan a vivir sin mí. Ahora déjenme. Yo
me quedaré con esto. Adiós.
El doctor se alejó protegiendo de la nieve el bulto con sus brazos. Su paso era lento y sus
antiguos soldados esperaron hasta que desapareciera con la neblina. La imagen de una mujer
colgando y sangrando de sus muñecas lo hizo llorar. Se arrodilló sobre la nieve, recordando.
–¡¿Qué era lo que buscábamos?!
–¿No era la independencia, hijo mío?
Kreuss mira sorprendido a su madre descendiendo de las nubes, radiante, bañada por
la luz de su pureza.
–Al saber lo que eras tú, lo que era yo, no pude evitarlo, madre. Te odié por ocultarlo y
yo había sido devorado por la ambición de mis investigaciones. Vi la verdad muy joven y no

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Eridano Nº 16 En caza de ángeles

pude negarme a la invitación.


–¿La de destruir a los hombres? –preguntó la mujer con un eco armónico que resonaba
en la soledad de las ruinas.
–La de usar la energía que mantenía vivo a los Wondjinas en su contra y reutilizarla al
servicio de los nuevos seres humanos que serían engendrados. Pero, nunca pude explicártelo,
sólo te odié y te entregué. Y a mi padre, no pude dejarle así, libre. Tenía que correr tu misma
suerte. Y me arrepiento, pero no de lo que les hice a todos ustedes. Sino que…
–¿Tu hermana, hijo?
–Así es.
–Nosotros les dimos la conciencia y la oportunidad de vivir felices, plenos y puros. La
oportunidad de alcanzar el estado que nuestra especie alcanzó alguna vez, después de ser como
ustedes, después de encontrar la pureza y la verdadera felicidad en las almas de nuestra
sociedad. Su opción escogida fue luchar contra la corriente, por más bella que ésta fuera.
–Tú decidiste ser humana también, madre. ¿Era tan real aquella belleza?
La mujer no respondió. Se desvaneció como una brisa helada, llevándose el último suspiro
del doctor. El bulto comenzó a sollozar, un ser que se formaría en el frío hasta que este nuevo
mundo lo viera renacer como un oscuro y nuevo mesías: el hijo de un dios sin idealizar.

© Sebastián Gúmera.

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Eridano Nº 16
ÚLTIMAS PALABRAS
por Luis Saavedra
Hace un tiempo, para este mismo ezine, escribí un extenso artículo sobre la década prodigiosa
de la ciencia ficción chilena. Fue referida a los años 1990’s, cuando se suscitó una de las etapas
con mayor actividad del género alrededor de eventos masivos. Sin embargo, estos no tenían
afinidad con la parte literaria sino con las disciplinas visuales como el cómic y el cine. Revisando
mis sentimientos del período, creo que las letras sólo fueron un agregado sin mucho valor al
conjunto y por eso el pariente pobre de todos.
exxEsta muestra de relatos fantásticos de Chile están todos escritos, con la excepción de los
relatos de Raúl Zenén y Carlos Raúl Sepúlveda (recientemente desaparecido), en estos últimos
años y son resultado de un movimiento que nació en contraposición a la década prodigiosa.
Cuando ella estaba dando sus estertores en el apocalípticamente fracasado evento Misión
Santiago, diversos grupos e individuos discretos escribían a su sombra. Argentina puede jactarse
de una identidad fuerte que cruza a todos sus escritores, signada por la gigantesca, asfixiante,
figura de Borges. Brasil es un mundo fuera de este tiempo con un mercado pleno y dinámico,
desconectado del continente. El resto de Latinoamérica se debate en ciclos de euforia y catalepsia.
Chile siempre ha tenido una tradición de relato fantástico que ha sobrevivido las edades en
forma continuada, sin grandes saltos en su producción, escondida siempre en el mar de la
literatura mainstream sin ninguna etiqueta. Nuestra fortaleza es que no tenemos identidad, sino
que formamos un frente muy amplio de intereses y temáticas que mantiene nuestra diversidad
genética en la mejor forma posible. De hecho, aquí están representados desde el steampunk y
el space opera, el cyberpunk y el science fantasy. Mientras mantengamos esta biodiversidad,
estaremos bien y el género fantástico en Chile seguirá siendo un baobab de tendencias y formas
de escribir.
exxLa historia de la década prodigiosa es mi historia porque la crucé tantas veces que no sé en
dónde empieza una o termina la otra. Sin embargo ese sentimiento de que lo que me importaba,
la literatura, era una imperceptible comparsa de los verdaderos temas que arrastraban a la
gente a las convenciones y muestras, me hacía siempre dudar si en realidad había una nicho
allí para mí. A finales de los 1990’s decidí regresar a los fanzines en donde sí me sentía cómodo.
Desde entonces, en Chile, ha ido creciendo un movimiento basado en los medios escritos antes
que en el fándom, al cual he contribuido en buena medida, y no se ve que vaya a remitir dentro
de poco. Ahora, cuando la década prodigiosa hace tiempo que sólo reverbera en mi memoria y
veo el escenario actual chileno, se me ha ocurrido esto: hay algo de venganza personal contra
el tiempo en mí.
exxY se siente bien.

© Luis Saavedra.

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