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La Estrella Solitaria
Por Marco Carlos Avalos

Hace casi un año estaba en Lisboa, mirando los techos de la ciudad desde el Elevador de Santa Justa, pensando cómo iba a regresar a Europa. Tres semanas después, estaba en México haciendo la fila para conseguir una visa en el consulado de Estados Unidos en Monterrey. Siete meses después llegaba al aeropuerto de Dallas. En ese tiempo no quería reconocerlo, pero yo quería regresar al viejo continente porque estaba enamorado y el hecho de alejarme de ella me causaba una angustia muy grande. Pero además ¿qué iba a hacer en México? Sin trabajo, sin expectativas. Por eso, en lugar de quedarme en Madrid como un ilegal más de los que abundan ahí, decidí venirme a Estados Unidos, como un ilegal más de los que abundan aquí, para reunir el dinero y regresar a Europa, con ella, con mis papeles en orden, volver con expectativas y la certeza de un futuro mejor. Por eso me vine aquí. Hoy, es de noche y frente a mí está el rostro de Audrey Tatou, que me mira sonriente en la portada del disco de la película francesa Amélie. Al lado, bajo una lámpara y sobre una silla hay un reproductor de discos compactos que está tocando el disco. Estoy acostado sobre un catre “Hecho en México” que compré en la “Target Store”. Estoy feliz porque ya no debo dormir sobre unas sillas como venía haciéndolo hacía dos meses, y aprovecho el tiempo para escribirte. Al principio dormía sobre el piso, hasta que comencé a sentir un dolor fuerte en la espalda que coincidió con mi entrada al primer trabajo que tuve: cocinero en un restaurante. Vivo en un lugar sucio y oscuro. Es un edificio viejo que funciona como iglesia. La alfombra está podrida y hay cajas por todos lados. También hay insectos. Duermo en el sótano. Afuera se escucha el estéreo a todo volumen de unos “hermanos”1 que pasan en su automóvil escuchando rap. Aquí, Orlando, un amigo, me deja dormir. Su papá es el predicador. Cuando compré el catre y la grabadora me puse muy contento… compré una tarjeta para llamar a mi familia en México, a ella en Europa, unos timbres… camisetas, y una bicicleta de segunda mano. Es increíble cómo adquieren valor las cosas más simples cuando ya no las tienes o cuando es difícil conseguirlas. En Texas, comprar un sándwich y un refresco puede llegar a ser imposible si no se tiene un carro.

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Los “hermanos” son los afro americanos. Ellos se llaman de esa manera entre ellos. A veces siento que se llaman “hermanos” como una forma de reafirmar que están ahí, entre mexicanos, norteamericanos blancos, chinos, de Europa del este, pero que existe una imposibilidad de convertirse, de convertirnos a todos en “nosotros”. Y es curioso, muchos de los mexicanos suelen referirse a los afro americanos como “morenos”.

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http://marcocar.blogspot.com Tengo un “ID”2 para dejar de ser anónimo. Aquí te necesitan y te persiguen al mismo tiempo. Orlando me ha ayudado mucho y por eso no he sufrido lo que otros. No crucé la frontera por el desierto. Y aunque esta iglesia es un lugar oscuro y deprimente, no debo vivir entre otras seis o siete personas en un departamento de un solo cuarto. También he comenzado a conocer personas. Soy tímido, pero aquí uno, sin quererlo, se comienza a transformar. En mi caso fue porque me sentía solo. Y por eso conocí a Bleu, una muchacha norteamericana que trabaja en la biblioteca. A ella le llamaba la atención que fuera casi a diario al lugar. Comenzamos a platicar cosas sin importancia, sobre el clima y cosas así. Ahora trabajo con ella, como voluntario, traduciendo al español documentos de la biblioteca. Parece que le agrado. Uno se vuelve extraño cuando está en un lugar ajeno. No reconoce como propias ciertas cosas que uno se ve obligado a hacer. Por ejemplo, en México, yo habría considerado a Bleu una amiga, pero aquí yo solo pienso en que es bueno conocerla porque me puede ayudar en algo. Conseguir un trabajo, una emergencia… Aquí, uno ve en los otros inmigrantes y en los norteamericanos “legales” dos cosas al mismo tiempo: riesgo o ayuda. Riesgo porque no puedes ser sincero con nadie y porque pocos pueden ser sinceros contigo, mucho menos cuando se trata de latinos o de inmigrantes de otros países. Cuando hablas con ellos y te cuentan el por qué están aquí, uno sonríe mentalmente porque la mayoría son historias increíbles y absurdas, las cuales, sin embargo, yo mismo también he tenido que inventar. Para empezar, nadie reconoce que es ilegal. No en un principio. Por ejemplo, muchos te dicen que están casados con una mexicana de origen americano, o que ellos mismos nacieron ahí pero se fueron a México y regresaron. También suelen decir que se casaron con una americana y se divorciaron. Esta última mentira es la más usada durante las entrevistas de trabajo. Nadie quiere revelar quién es realmente. Y no sólo para evitar mostrar una debilidad (“estoy aquí para pagar la atención médica de mi madre”, “estoy porque lo perdí todo en México y mi familia tenía hambre”, “estoy aquí porque la amo, no tenía dinero ni trabajo en México y quiero encontrarme con ella que me espera en Europa”) sino también para evitar que alguien más les robe, nos robe nuestra identidad. Algunos mexicanos utilizan nombres falsos o usan el nombre verdadero de otro que ha regresado a México y a sus costillas se endeudan de diversas formas. Yo conocí el caso de uno que, usando un nombre falso, compró en el mercado negro un ID y un número de seguro social3 y que contrató varios servicios bajo ese nombre y se endeudó con todo lo que pudo. Tan sólo en llamadas de celular adquirió una deuda de 2 mil dólares. Durante los primeros meses, mi mejor amiga fue la bicicleta. Las ciudades de Texas están hechas para automóviles y por eso la gente y los policías que viajaban en sus coches me miraban con curiosidad cuando pasaban a mi lado. La bicicleta representaba para mí la posibilidad de poder trabajar en aquel restaurante y también la posibilidad de ir al “Super

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ID (pronunciado ai di en inglés) es la tarjeta que lo identifica a una. Es esencial para poder ser contratado o para contratar ciertos servicios. 3 El Social Security Number es el documento más indispensable en Estados Unidos. Sin éste, nadie podría tener un trabajo.

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http://marcocar.blogspot.com One Foods4” que estaba en la avenida Marshall para comprar algo de comer. Era tal mi dependencia hacia ella que a veces, en el trabajo, me descubría a mi mismo pensando en comprarle tal o cual accesorio. Una luz para andar en la noche, una canasta para poder cargar bolsas con despensa. Cuando salía del trabajo en bici, a eso de las 11 de la noche, siempre ocurría que debía detenerme a esperar el paso del tren que me impedía cruzar la calle Boring hacía Mobberly, desde donde puedo llegar a la iglesia, que se encuentra cerca de la estación de ferrocarriles en la Cotton Street. Una noche había luna llena y todo estaba solitario y mientras cruzaban los vagones frente a mí y yo esperaba sobre la bici escurriendo de sudor, comenzaron a pasar una serie de vagones en los que se leía, a la luz débil de la luna, “Ferrocarriles Nacionales de México”. Primero me dio risa. México pasaba frente a mis ojos. Pero después me entró la nostalgia. Era tomar conciencia de que México era algo lejano ya, algo que cruzaba por mi mente como ese tren, pero que no se detenía para llevarme. El tren de las 11 le bauticé. Y muchas de las veces que dicho tren me detuvo fue en medio de una tormenta. Y cuando eso ocurría lo maldecía. Pero otras veces, el tren de las 11 bloqueaba mi paso durante una noche clara y tranquila y la luz de la luna salpicaba de blanco el piso y algunos árboles. En esos momentos la recordaba a ella que me esperaba en Europa y entonces veía al tren con simpatía. “Un día – me decía a mi mismo – viajaré en un tren de las 11 para encontrarme con ella”. Esta frase se repetía en mi mente cada vez que las cosas se ponían difíciles para mí. Esta frase y la esperanza de que un día, sin duda, retornara a México transformado en una persona mejor. En la calle Elektra siempre hay borrachos y drogadictos. Ya se han acostumbrado a mí y algunos me saludan (“How you doing man?” me dicen, como si nos conociéramos de hace mucho tiempo). Hay de todo en esa calle: hermanos, bolillos5 e hispanos. De cualquier forma, Mr. Lobo (de verdad que así se llama) el dueño del edificio donde está la iglesia, me ha dicho que no me fíe. En un principio, evitaba salir por la noche para comprar refrescos o café a la gasolinera. Sobre todo después de un incidente que tuve con unos “hermanos” que me salieron al paso exigiéndome cinco dólares. Pero ahora, aunque trato de evitarlo, he llegado a un punto que no me interesa toparme con alguno de ellos. Aquí uno tiene que arriesgar. Pero no sólo los hermanos han intentado sacar provecho de mi condición solitaria. También ocurrió en el trabajo. Los otros mexicanos que había ahí me hicieron la vida imposible en un principio. No sólo era difícil para mí poder partir por la mitad 10 kilos de pechugas en 10 minutos, sino también tener que aguantar el exceso de trabajo que los otros me endilgaban porque sabían que era nuevo y no muy hábil para hacer veinte cosas a la vez. El trabajo de cocinero en Estados Unidos es muy extenuante. No importa si es un lugar
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La Super One es la competencia de Wall-Mart en el este de Texas. Este supermercado tiene una característica: cada vez se enfoca más al mercado hispano. En particular al mexicano. En Tyler, una vez entré a un Super One que vendía casi exclusivamente cosas mexicanas y cuyos empleados, muchos de ellos, eran mexicanos. 5 Muchos mexicanos llaman bolillos a los norteamericanos blancos, haciendo referencia a lo pálido del pan.

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elegante o un fast food como McDonalds. Debes aprender a hacer 20 cosas a la vez, a ejercitar la memoria y la vista al máximo y a correr durante la hora de la comida (que aquí es de 11:30 a las13:30) y a la hora de la cena (entre 5 y 7 de la tarde). Los restaurantes funcionan como una fábrica y uno, en realidad, es un obrero. Pese a ello, mi primer trabajo me ayudó a conocer cómo es que funcionan muchas cosas aquí. También a entender el rol del latinoamericano en Estados Unidos, el rol de los norteamericanos de la clase baja (que aunque parezca increíble para algunos, son muchos, incluso hay personas sufriendo de hambre), el rol de la adicción a las drogas y la forma como “atrapa” la sociedad norteamericana a las personas. También el rol de la religión, que es tan o más importante que en México. Los mexicanos, y los inmigrantes en general, deben soportar un constante abuso y violaciones a las leyes laborales. Por ejemplo, hay quienes no cuentan con día de descanso, ni con otras prestaciones esenciales para el ser humano. Esto permite que ciertas industrias se desarrollen con mucha velocidad. Por ejemplo, Longview no tenía ningún restaurante chino hace diez años. Esto me lo contó Joe, un señor norteamericano que se volvió mi amigo. Decía que era extraño ver un mexicano, o un chino. Ahora, en la biblioteca uno puede ver mujeres con burka. Y hay muchos restaurantes chinos, mexicanos y hasta vietnamitas. La industria de la comida es una de las que presenta más abusos y que más se beneficia de los inmigrantes. Por ejemplo, un restaurante chino en el sur de Longview funciona como una especie de pequeño feudo. Lo sé porque fue uno de los primeros lugares en los que pedí trabajo. El dueño es un señor chino que siempre parece estar molesto. Cuando acudí a la entrevista de trabajo el que me entrevistó fue un mexicano que era el cocinero principal. Me explicó que, para trabajar ahí, debía alquilarle un departamento al mismo dueño del restaurante. Los departamentos estaban frente al mismo local. Todos los empleados eran mexicanos, salvo una o dos meseras de origen oriental que no hablaban ni inglés ni español y que también vivían en esos departamentos. Otra industria que se beneficia de los inmigrantes es la de la limpieza. Las grandes tiendas subcontratan empresas para que hagan la limpieza por las noches. Esto es una forma de evitar que se les acuse de contratar inmigrantes ilegales. Yo viví en carne propia la forma como se abusa de los inmigrantes en estos sitios, pues trabajé durante 6 meses sin un día de descanso en una de estas tiendas. Mis compañeros ahí eran una muchacha y un muchacho de Puebla. Él tenía 19 años y ella 18. Trabajaban en la tienda desde hacía dos años y no habían tenido un día de descanso, salvo la Navidad. También hay empleadores que llegan, por ejemplo, a la esquina de una plaza comercial donde otros inmigrantes se reúnen para ser contratados. Los trabajos que se ofrecen carecen de todo tipo de protección laboral y física. Por ejemplo, una vez trabajé fumigando unos bosques que estaban en propiedades privadas. En el equipo había otros 14 inmigrantes. Desde unas señoras con mucho sobrepeso que además trabajaban en el turno nocturno de fábricas o restaurantes, hasta adolescentes y personas ya mayores. El contenedor del químico para fumigar decía claramente, en inglés, que éste debía usarse con protección en el cuerpo ya que, bajo ciertas condiciones podía resultar peligroso. Sin

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embargo, a nosotros nos llenaban los tanques fumigadores y así con nuestra propia ropa, sin guantes ni nada debíamos recorrer grandes extensiones de bosque echando ese líquido rosa que servía para evitar que crecieran arbustos y plantas que hicieran ver mal al lugar, pues en los alrededores estaban las mansiones de descanso de gente de dinero. Un inmigrante que no habla el inglés no sabe a lo que está expuesto. Ni le importa. Yo sabía que ese químico era peligroso porque lo había leído en la etiqueta, pero no me importó. Tenía hambre, estaba desesperado por dinero y además me impulsaba el amor. Al inmigrante lo impulsa el amor y a veces también la desesperación. Cuando trabajé fumigando, recuerdo que llegué a un promontorio desde el que se dominaba una casa de madera muy bonita y me senté a verla. Ahí, en el porche, ajena a mi presencia, había una ancianita que cantaba algo muy dulce, sentada en una mecedora. Y yo también me senté y escuché como cantaba y pensé en mi papá. ¿Qué tenía que ver mi papá en eso? No sé. Pensaba si él sería feliz. Si estaba bien. Pensaba si habría amor entre mis padres aún. Si se podía vivir sin amor. Y entonces sentí una tristeza en el pecho y comencé a llorar como un niño mientras me veía las manos pintadas de rosa. Un ancianita cantando en un hermoso día texano. Y yo robándome una canción que no era para mí, mientras el sol me observaba escondido detrás de una nube… Días después, me caería y producto de ese accidente me fracturaría una costilla y no podría seguir trabajando como fumigador. Pero las manchas rosas en mis manos, mis piernas y pies permanecerían por varias semanas. Esos días fueron difíciles porque no tenía dinero para las medicinas y porque no podía hablar a México, ni hablar a Europa. Desaparecí un tiempo. En las noches pensaba en mi familia y en mi amor. Y en el día tenía sueños extraños. Uno en el que llegaba a la ciudad donde vive ella y que bajando del tren la buscaba pero nadie me podía decir donde encontrarla y que entonces, una ola enorme se dejaba venir por el fondo de la calle y un señor me indicaba la puerta de un cine para salvarme y que, al entrar ahí, veía congregadas muchas personas que me miraban en silencio. Y que un hombre, parecido a Jesús salía por un costado, justo frente a mí preguntándome si quería confesarme para poder entrar al paraíso. Y en la noche constantemente pensaba que solamente amar algo o comprometerse con algo puede hacer que uno lo trate todo. Ese señor que hacía las salsas y las tortillas fritas en el restaurante mexicano llevaba cuatro años sin ver a sus hijos, y la señora que limpiaba los baños siempre hablaba del día que retornaría a México. Y Orlando soñaba con lo mismo. Y todos, los inmigrantes, los norteamericanos legales, todos tenemos siempre una esperanza que no concuerda con la realidad que nos impone el mundo en que nos ha tocado vivir. Pero nos negamos a aceptarlo. Y cada uno hace lo que puede… lo que debe para ser feliz. Y no importa a veces padecer penurias o injusticias. En mi primer trabajo lo aprendí muy bien, pues además de obtener algunas quemaduras en los brazos, tuve otra un poco más fuerte en el pie, que hizo que no pudiera trabajar por varias semanas. Ello provocó una crisis económica para mí, que convirtió a unas galletas y un refresco en un auténtico manjar. Después de eso, podría soportar cualquier cosa. Y lo mismo pasa con los

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inmigrantes que sufren de penurias económicas o pobreza en su país y que se ven obligados a cruzar el desierto y arriesgar la vida, y que soportan ser tratados como animales por la policía migratoria de México y los coyotes. Adquirimos una capa dura, que convierte la injusticia de un trabajo nocturno de 10 horas, mal pagado y sin día de descanso, en algo atractivo, algo que anhelar. Y ese es el rol primario del inmigrante. Soportarlo todo. La avaricia de otros y las esperanzas propias. Y en el caso de los norteamericanos pobres no es muy distinto, porque la pobreza es terrible, no importa el país en que se esté. Y no solamente se refleja en el hambre. Se refleja en la aceptación de condiciones injustas y en lo frágil que se vuelve la vida debido a la ignorancia sobre el mundo, la carencia de ciertas habilidades para encontrar un mejor trabajo y la falta de oportunidades. Estados Unidos es la isla más grande del mundo. El norteamericano medio no tiene información y es ignorante, incluso, de muchas cosas de su propio entorno. Lo curioso radica en que algunos norteamericanos con los que he trabajado como cargador, como intendente, etc. lo saben. Saben que son ignorantes pero están orgullosos de ello. “Im proud to be a redneck” es una frase común entre los norteamericanos pobres. Un “redneck” (cuello rojo) es una persona “simple”, sobre todo de los pueblos pequeños, que no tiene mucha educación (quizás llegó a la preparatoria), que trabaja en un restaurante, en una oficina metiendo datos en una computadora o en una fábrica, pero que es feliz porque disfruta el hecho de poder adquirir un automóvil a crédito. Pero a veces sienten curiosidad. Una vez, Mike, mi jefe en la bodega donde descargaba camiones en la noche me llamó a su mesa durante el descanso. Quería saber qué idioma se hablaba en Colombia. Y luego otro que estaba ahí me preguntó si además del “mexicano” se hablaba otro idioma en México. Estados Unidos está ensimismado. Pese a ser un país que es muchos países, se ha vuelto una isla, la isla más grande del mundo. Los demás, los otros, casi no cuentan o no existen. En este entorno, sobre todo en el este de Texas, el posicionamiento político de la sociedad es limitado. Esto se refleja, por ejemplo, en el hecho de que el número uno de la lista de éxitos country era, hasta las semanas pasadas, una canción llamada “ Red, White, and Blue”6. En ella, el cantante, una estrella famosa del country, literalmente, amenaza al
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"And the Statue of Liberty started shaking her fist. And the eagle will fly, And there's gonna be Hell, When you hear Mother Freedom start ringing her bell! It's gonna feel like the whole wide world is raining down on you... Brought to you courtesy of the Red, White and Blue! Oh, Justice will be served and the battle will rage. This big dog will fight when you rattle his cage You'll be sorry that you messed with the US of A 'Cuz we'll put a boot in your ass It's the American way."

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http://marcocar.blogspot.com mundo: “¡Será un infierno cuando escuches a la Madre Libertad hacer sonar su campana!” decía la canción haciendo referencia a la guerra con Irak. Pero quizás el hecho más dramático es el que presentan los niños norteamericanos, que conviven a diario en un clima de violencia. Cuando aún se desarrollaba la invasión a Irak, los niños de escuelas primarias enviaron cartas a los marines desplazados en Irak agradeciéndoles su sacrificio por la libertad. Embebidos en ese discurso, los norteamericanos hacen de la vista gorda o ignoran sobre los intereses de las industrias norteamericanas en el petróleo de Irak. Norman Mailer escribió ya que Bill Clinton había sido el último presidente de Estados Unidos. En el futuro, las grandes corporaciones norteamericanas no necesitarían de los políticos. Hoy, la profecía de Mailer se ha vuelto realidad. Las consecuencias de esta impunidad son múltiples, y todas ellas graves en lo humano: miles de inocentes sacrificados en Irak. Pero también en el pueblo de Estados Unidos. Los marines son, por lo general, gente pobre, o inmigrantes que aspiran a ser “ciudadanos”, gente que quiere cambiar sus expectativas de vida. Jessica Lynch, la niña de 19 años que fue enviada a pelear a Irak, y que ha sido convertida por los medios norteamericanos en una “heroína americana”, dijo que había ido a Irak porque quería estudiar en la universidad. Y también están los inmigrantes mexicanos y guatemaltecos a los que se les concedió la ciudadanía “post mortem”después de haber caído en combate en la guerra. Y es que el concepto norteamericano de libertad está ligado al consumo. Nadie que se desconozca a sí mismo y a su entorno puede ser libre. Aunque quizás ignorar es lo que puede hacernos felices. Pero además la ignorancia tiene sus consecuencias. Hace unas semanas, en Shreveaport, Lousiana, un tipo entró a una escuela durante un juego de baloncesto y descargó las balas de una pistola a un adolescente que murió al instante. También hirió a unas muchachas porristas y a otros estudiantes. Había sido contratado por compañeros de la joven víctima. “Fue una venganza” dijo la policía.

“Y la Estatua de la Libertad comenzó a sacudir su puño. Y el águila volará, Y será un infierno ¡Cuando tu escuches a la Madre Libertad comenzar a sonar su campana! ¡Se sentirá como si el mundo entero estuviera cayendo sobre ti…! ¡Llevado por cortesía del rojo, el banco y el azul…! Oh, la Justicia será servida y la batalla rugirá. El gran perro peleará cuando tu sacudas su jaula Te lamentarás de haberte metido con Nosotros de A (América) Porque pondremos una bota en tu trasero Es el Estilo Americano… - Toby Keith, cantante de música country

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En Estados Unidos existen por lo menos unas 70 revistas dedicadas al negocio de las armas. En las tiendas uno puede ver a los adolescentes hojeándolas y señalando las virtudes de cada pistola o escopeta que ven. En lo más dramático de la matanza de civiles en Irak por parte del ejército de Estados Unidos, en la radio, uno de los locutores más famosos del este de Texas contó una de las cientos de bromas “de profundo sentido del humor americano” que se hicieron por todas partes: “Why Bagdad is a holly city” – pregunta el locutor, para responderse él mismo después de un silencio dramático que “It´s a holly city because there’ s a hole, here, there and everywere.7..”. Pero quizás, una de las consecuencias más graves de esta ignorancia es la soledad en que está envuelto Estados Unidos. Iglesias por doquier que justifican la matanza en Irak mediante citas bíblicas expuestas en sus marquesinas; anuncios en los McDonalds apoyando al presidente y a los marines, editoriales en los diarios que proclaman que Francia y “los países viejos de Europa” son en realidad competidores y no amigos. El libro más vendido, por ejemplo, es “The Savage Nation” de Michael Savage, un periodista de la radio norteamericana que aboga porque Estados Unidos ataque Siria, Irán y Corea del Norte, que son naciones del diablo y que afirmaba que la guerra contra Irak era, en realidad, una guerra contra Babilonia, contra el mal. Es la soledad, cuando el Dallas Morning News maneja como una de sus principales noticias el proyecto de construcción del nuevo estadio de los Vaqueros de Dallas, que costará muchos millones de dólares, mientras en los periódicos de todo el mundo se describe la emergencia humanitaria en Irak. Y así, el mismo día que los marines tomaron Bagdad, mientras unos afro americanos me salen al paso en la calle Mobberly pidiéndome un dólar, Estados Unidos se aletarga en un sueño confuso, el sueño americano de libertad, una libertad que aquí se ha perdido irremediablemente, como la música blues de aquel viejito espectral sentado en el porche de su casa, un atardecer de hace diez días sobre la calle Cotton, mientras al fondo, en la marquesina de un McDonalds un letrero anunciaba “Now, God is in control”8. Un día, cuando aún estaba en mi primer trabajo, meseras y cocineros tocamos el tema de la guerra de Irak ahí en la cocina. Todos dijeron algo, la mayoría comentarios sobre los lujosos palacios de Saddam que se habían descubierto. Cuando tocó mi turno, yo dije, apartando mi vista de unas pechugas que se asaban en la parrilla, que George Bush y la camarilla que lo manipulaba en su gabinete de gobierno eran un peligro para la humanidad. Lo dije en un inglés claro y en un español más claro todavía. Se hizo un silencio mientras todos me miraban. Jenny, una mesera, dijo algo entre dientes y se fue. Parecía que, por un momento, había olvidado en qué país me encontraba y el hecho contundente de que Bush es texano. Más tarde, en una pequeña pausa, expliqué a los otros compañeros por qué pensaba de esa forma de la guerra. Trate de explicarles todo con razones claras, que estaban a la vista, como el hecho de que hubiera ex funcionarios petroleros en el gobierno y de que no se hubieran encontrado armas de destrucción masiva en aquel país. Algunos, desde ahí, me consideraron “raro”, otros en cambio a veces sentían curiosidad y comentaban conmigo
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“¿Por qué Bagdad es una ciudad sagrada? Porque hay un hoyo aquí, allá y en todas partes…” “Dios está al mando”

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sobre cosas de México y de Estados Unidos. Y a una mesera, Wendy, le ayudé con su español. La religión siempre está presente en Texas. El papá de mi amigo, que es predicador, quiere convertirme al “verdadero cristianismo” para que pueda “salvarme”. Cada vez que debo escuchar su predica, cada vez que leo la Biblia (él lo llama estudio) y cada vez que me pasa películas sobre Cristo, creo menos y me convenzo más de que Dios no existe, al menos no ese Dios que él me plantea. Desde luego, no puedo decírselo. Sé que suena cínico, pero aquí también he aprendido a simular y a ser un hipócrita. Y es que la religión es una forma de conseguir cosas en Texas. Por ejemplo, un día necesitaba ir al banco a cambiar un cheque9 para enviar dinero a México a mi mamá. Fui con mister Lobo a que me lo cambiara. Dijo que no tenía efectivo pero que él iba a ir al banco. Ofreció llevarme con él. Yo sabía lo que eso significaba: mister Lobo había fundado una iglesia luego que Jesús, en un sueño, “habló”con él. En el trayecto y durante una hora en el estacionamiento del banco tuve que escuchar esta historia. Desde luego, me invitó a que aceptara a Jesucristo como mi salvador y a los servicios religiosos que él llevaba a cabo todos los domingos por la mañana. Yo solamente permanecí callado, pues lo único que quería era cambiar mi cheque. El mundo religioso en el que me desenvuelvo aquí en Texas es bizarro e incongruente. Hay iglesias de todo tipo. Hay mucho “Jesus” (yisus como se pronuncia en inglés) en todos lados, pero también, además de soledad, hay violencia. Hace dos semanas apareció la estadística del crimen y la violencia en Estados Unidos. Según datos de un instituto gubernamental publicados por el New York Times, Dallas era una de las ciudades más violenta de Estados Unidos, y de Texas también aparecían Houston y San Antonio. De acuerdo al artículo, incluso Los Ángeles, Chicago y Nueva York tienen menos crímenes que las urbes texanas. Orlando, el amigo que me ha ayudado aquí, ha sufrido en carne propia esta situación: a una amiga de él, una norteamericana muy bella y amable que se llamaba Lori, la mató el esposo a balazos. Este caso apareció en la primera plana del periódico local y fue muy comentado, por la saña con la cual el asesino terminó con la vida de la víctima: cinco tiros de una 9 milímetros en el rostro. Y no es un caso aislado, pues según asociaciones de defensa de la mujer contra la violencia, en lo que va del año, tan solo en el este de Texas se han presentado más de 200 asesinatos de mujeres a manos de sus maridos, amantes o novios. La contradicción es inherente a la mayoría de los seres humanos. Y las contradicciones que existen entre las personas religiosas son, quizás, las más notables, sobre todo si se trata del cristianismo. Aquí, lo que he aprendido de la conducta del cristiano es que éste se asume a sí mismo como “diferente” a los demás. Solamente el cristiano se va a salvar cuando llegue

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En Estados Unidos, muchas empresas pagan con un cheque que uno puede cambiar en establecimiento dedicados a ello. El cobro por el pago del cheque es del 1%, pero aún así resulta curioso que el sueldo de uno sirva para generar otra forma de industria, pues esos establecimientos que le pagan a uno el cheque también se dedican al pago de las cuentas de teléfono, luz, etc. por las cuales también cobran un porcentaje. A diferencia de México, en Texas las compañías de servicios no reciben el pago directamente, sino a través de terceros.

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http://marcocar.blogspot.com el “juicio final” (cada denominación piensa así de sí misma) todas las otras iglesias están equivocadas y no se diga las otras religiones.

Cuando estaba en curso la guerra de Irak, sorprendía el silencio de los cristianos texanos. Pero sorprendía más su apoyo a la guerra. Además de las muestras de simpatía por parte restaurantes y tiendas, había en algunos coches y casas calcomanías y cartelones con citas bíblicas que justificaban la intervención británico-norteamericana como algo divino contra aquellos que adoraban a Alá y desconocían a Cristo como su salvador. Esta contradicción se la hice notar a Orlando, mi amigo, el que me deja dormir en la iglesia. Orlando es tolerante y aunque es profundamente cristiano (al grado que ha rechazado trabajos, pese a estar necesitado de dinero, porque estos requerían trabajar en domingo que es el día dedicado a adorar al señor) discute conmigo de estos temas sin problema. De hecho, él asume como cierta y peligrosa ésa contradicción. Sin embargo, cuando comentaba sobre fenómeno con mi amigo, un predicador escuchó lo que yo decía y a la hora del “servicio religioso” durante su sermón se refirió al asunto de la siguiente manera: “No existe contradicción aquí en lo relacionado con la guerra. En un pasaje de la Biblia, Dios ordenó a Saúl que aniquilara a cierto pueblo porque éste era una vergüenza para la creación, por las prácticas sanguinarias a que recurrían. Por esta razón, debemos orar por los gobernantes pues en ellos recaen decisiones muy importantes. Bush no es el único culpable en todo esto que ha pasado en la guerra, también los de los otros países (musulmanes) son culpables. No hay contradicción en ser cristiano y aceptar la guerra. No la hay. Nadie puede saber las razones de Dios.” Recuerdo que a una mesera del trabajo – que también quiso “salvarme”-le pregunté de manera directa por qué, si todo mundo era muy religioso en Estados Unidos, toleraban una invasión criminal a otro país y el asesinato de personas inocentes. Su respuesta fue simple y contundente: “los árabes no creen en Jesús, adoran a Alá y vinieron a explotar edificios en Estados Unidos”. Y todavía más. Algunos norteamericanos que conocí consideraban que Estados Unidos era una superpotencia económica porque la gente ama a Jesús y cree en Dios. Es decir, son un pueblo elegido, al igual que Israel. Son dos pueblos elegidos por Dios, acaso junto a Inglaterra. De ahí en fuera, los demás países, son países que ellos deben “ayudar” porque están alejados de Jesús, de Dios. Sin duda, para muchos la idea de Dios, la fe en Dios da consuelo y esperanza. Puede aligerar el peso diario de la vida de las personas. El problema radica en la adoración. Dios, como una autoridad, puede motivarnos a adquirir una ética de vida que fomente el respeto a los demás, la tolerancia. Sin embargo, en muchas ocasiones, adorar a Dios, o seguirlo de acuerdo al método de una religión en específico, puede provocar un efecto contrario. Si alguien es protestante, por definición todas las demás iglesias y denominaciones cristianas están equivocadas.

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Y es peor si alguien es musulmán, judío o budista. Y a ello debe agregarse las motivaciones de cada religión. En la cristiana, la motivación es la vida eterna en un paraíso, utilizando el chantaje como método: “Cristo murió por ti” y la amenaza como arma: “un juicio final y el infierno donde pagarán los pecadores”. Y todo basado en la interpretación (arbitraria) que cada denominación cristiana (bautista, cristiana, metodista, mormona, etc., etc.) le de a un libro que aseguran fue inspirado por el mismo Dios. Y en el medio de todo esto, nuestro mundo real. Dios te bendiga hermano, mientras yo te destrozo. Yo envío ayuda a un país en desgracia después de haberlo destruido. Y una motivación real y egoísta: seguir los mandatos de Cristo para obtener la salvación y entrar al paraíso. Un mañana de abril, circulando por McAnnan Road, agradecí a Orlando (que me llevaba a una entrevista de trabajo) toda su ayuda y el apoyo que me había brindado aquí en los Estados Unidos. De verdad ha sido un gran amigo. Él, sin quitar los ojos del camino, contestó algo que me dejo frío: “La verdad, lo hago por egoísmo. Quiero ser salvo e ir al paraíso, debo ser un cristiano de verdad”. Llegamos al Freeway 281. Había tráfico y aunque estaba nublado hacía un calor insoportable. Ahí, detenidos en medio de los otros automóviles, se hizo un silencio entre los dos. Muchas veces, la naturaleza de nuestros motivos dice tanto o más que nuestros actos. Son ideas. Tengo 34 años de edad y estoy mudo aquí, en Texas. Tengo algo de convivencia con otras personas a través de las palabras escritas y aunque las palabras ya no valen mucho, son constancia de que hay algo vivo en quien las dice. Eso y quizás algo de imaginación. Además, cada vez tengo menos cosas que decir y por lo tanto menos posibilidades de comunicar con las personas. Soy un caso, pero todavía tengo la capacidad de conmoverme. A continuación narro episodios que me han impactado durante mi estancia en Longview, Texas. Desde luego, como a la mayoría de las personas, me han conmovido, si, pero yo he permanecido distante. Lo he visto todo desde lo lejos, cómodamente, porque cada vez hay menos posibilidades de acercamiento con las personas.

La señora extraviada El otro día vino una señora a la iglesia. Creía que yo era el pastor. Traía un niño entre brazos y estaba llorando. Le dije que yo no era el pastor, pero no escuchó, se veía de verdad muy triste. La dejé entrar, la invité a sentarse y me puse a escucharla. Afuera, se había desatado una tormenta. Hacía cinco años – explicó entre sollozos la señora – se incendió su casa y en el incendio se murió su pequeña hija de dos años. Y aunque Dios la bendijo después con su hijo - el que traía entre brazos y que nos miraba a los dos sin comprender- ella aún sentía dolor por su hija, porque no la había salvado y aunque estaba consciente de que el accidente había sido un designio de Dios y que Dios tenía a su bebita en el cielo, ella aún sentía una pena muy grande que nunca, nunca se le iba a quitar.

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El bebito miraba asombrado a su madre que deslizaba gruesas lágrimas por unos pómulos hinchados y rojos. Yo no sabía qué hacer o qué decir. Nada que pudiera mencionar yo iba a darle consuelo a esa pobre mujer. Pero sí me conmovió, la verdad. Y quise aliviar algo de su sufrimiento de alguna forma. Pero solamente la escuché llorar y le acaricié el cabello una sola vez. Al final, le dije que tenía un bebé precioso y que Dios la había compensado con ese bebito que traía en brazos y que cada vez que éste sonreía, era porque su niñita le sonreía allá en el cielo. Luego de un rato ella se calmó, continuamos hablando de otras cosas y cuando escampó un poco se despidió, salió, se subió a su automóvil y se alejó por la calle Cotton bajo algunas gotas dispersas de lluvia. Yo me quedé mirando cómo se alejaba, tratando de entender por qué Dios podría tener un designio como el que había tenido para la hija de aquella pobre mujer.

Jenny la mesera Estaba tratando de limpiar una bandeja sucia con agua hirviente, cuando trabajaba en aquel restaurante. El vapor envolvía mi rostro. Al fondo, detrás de la ventana de la oficina del "manager" se alcanzaba a ver el rostro de Jenny, la mesera, suplicando. Necesitaba trabajar porque necesitaba drogas, las drogas de ese día, de cada día, las que la hacían bailar y sonreír cuando llevaba comida a los clientes. A través del cristal, empañado de grasa, de sudor, de vacío, sus ojos azules comenzaron a inundarse y mientras balbuceaba algo, rogaba al "manager" que le diera otra oportunidad, que no la suspendiera y ella prometería que no volvería a llegar tan drogada la próxima vez. Por un momento muy breve, un segundo quizás, ella me miró a través del cristal de la ventana. Hablaba una niña por ella, porque en realidad, Jenny hacía mucho que se había ido. Mis manos estaban ardiendo, mientras mis ojos observaban aquella escena, mientras yo imaginaba que acariciaba su mejilla y la tranquilizaba. Soñaba con ser el "manager" para "perdonarla" y dejar que trabajara por sus drogas otra vez. Mis manos estaban ardiendo bajo el agua, y el vapor estaba raspando mi cara, pero el aire en mis pulmones estaba frío. El manager no la perdonó.

La niña con polio de la calle Mobberly En la calle Mobberly hay una adolescente con polio que se prostituye. Ahora tiene un ojo morado. Pero sonríe mientras juega con su cabello rubio. Hacía días que no la veía. Solía estar sentada en una banca detrás de la gasolinera donde compro café (un café horrible) y refrescos. A veces, cuando no estaba drogada me sonreía y me saludaba agitando la mano efusivamente. Una vez hasta dijo, en español, "hola, amigo". Un día le di un "quarter" para que completara para su cerveza y otro día que estaba sentada en la banca, adormilada y boquiabierta, mirando al piso, me acerqué para recargarla en el respaldo y levantar su gorra que se le había caído.

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Ella, en medio de la penumbra mental provocada por la droga, el alcohol o lo que fuera, me alcanzó a mirar con sus dos ojos azules. Parecía que no era ella la que me miraba, sino una niñita, la niña que fue. Y parecía que me decía "thank you" o eso quise creer. Luego levanté su bastón y lo puse entre sus manos que eran incapaces de sostenerlo. "Leave her alone!" escuché detrás de mí. Eran tres tipos, dos “hermanos” y un “bolillo”. El que había hablado era uno de los "hermanos" y era enorme. Me miraba fijamente. Los otros dos estaban drogados o algo así y tenían la mirada pérdida. Yo los había visto antes con la muchachita. Me levanté, pero antes la miré a ella que parecía hacer esfuerzos por tener sus ojos abiertos. "I was trying to help her", dije pasando a un lado de ellos. No hubo respuesta. Entré en la tienda de la gasolinera, seguido de la mirada de aquel tipo. Cuando salí, la muchacha iba trepada en un coche negro (que conducía alguien que no se distinguía en la oscuridad) con la cara pegada a la ventanilla. Me miraba desde atrás del vidrio, empañado por su aliento. En la banca los tres tipos aquellos bebían cerveza y hablaban. Al fondo, se alcanzaba a ver la iglesia donde me quedo a dormir. Aunque son las diez de la noche, hace un calor insoportable. Es otra noche de verano, una noche cualquiera en Texas. Y todas estas palabras las he ido pensando todo este tiempo. Mientras empujaba en las madrugadas aquella maquina pulidora sobre el piso de una enorme tienda, mientras descargaba camiones con un ex marine que no dejaba de cantar canciones de Elvis Presley, mientras esperaba el Tren de las 11 que me llevaría de regreso a México, para comprobar que mi papá está bien y que mi mamá está bien. Y que tienen amor… esperando todos los días por ese tren que pasa a diario en las noches de Texas, en el cual puse mi esperanza de irme a Europa y alcanzar el sueño americano y ser mejor. La oportunidad de verla a ella sonreír recostada a mi lado. Pero el tren nunca llegó o yo no estuve a tiempo para tomarlo. Aunque prefiero pensar que no ha llegado aún- Es mejor así. Aspirar a algo es lo único que me puede permitir vivir, aunque ella, hoy, ya no esté esperando por mí en Europa. Y a veces pienso en la niña de la calle Mobberly, en Orlando añorando México y en todos esos inmigrantes con sus sueños. Con un amor dejado en algún lado. Y no tiene sentido. De nada sirve conmoverse. No puedo hacer nada por los demás, porque tampoco he hecho nada por mí. ¿Cómo puede ser de ayuda para un naufrago alguien que se está ahogando? Y por eso, enciendes la video casetera, te dices que eres muy feliz, ves el juego de fútbol, rezas a quien le rezas, bebes, festejas, esperas. Tratas de no pensar y olvidar que estás lejos de lo que quieres, que no tienes amor, o que lo tienes pero está lejos, pero sobre todo, tratas de olvidar que tuviste amor, de cualquier tipo, y que lo perdiste en algún momento de tu vida. Y por eso tratas de callar al niño que hay en ti, porque los niños son los únicos que se niegan a vivir sin amor. Y todo eso casi siempre funciona. Y el mundo sigue girando y uno, extraviado en palabras que no se van a pronunciar…

marcocarlosavalos@gmail.com

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