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La princesa de la luz

La esclava de la
Puerta
Jean-Michel Thibaux
Traducción de Andrea Solsona

Rocaeditorial

Título original: La Princesse de lumière. L'esclave de la Porte
© Editions Anne Carrière, 2002
Primera edición: noviembre de 2006
© de la traducción: Andrea Solsona
© de esta edición: Roca Editorial de Libros, S.L.
Marques de l'Argentera, 17. Pral. 1ª
08003 Barcelona.
www.rocaeditorial.com
Impreso por Brosmac, S.L.
Carretera Villaviciosa - Móstoles, km 1
Villaviciosa de Odón (Madrid)
ISBN 10: 84-96544-68-0
ISBN 13: 978-84-96544-68-0
Depósito legal: M. 37.162-2006

Jean-Michel Thibaux

La esclava de La Puerta

Capítulo 1

La noche invadía el canal de aguas verdosas y nauseabundas. Aquel
atardecer del 16 de julio de 1535, el cielo no acababa de morir. Salpicaba de
sangre las grandes fachadas de Santa María de la Caridad, y las del palacio
Contarini dei Scrigni. Como de costumbre, el barrio de Dorsoduro se disponía a
adormilarse lejos de los fracasos y de los vicios del Rialto.
Flora dio las gracias a san Pedro, su protector favorito, por haberla guiado
diez años antes hasta aquella parte de Venecia. Sin duda, el palacio en el que la
habían contratado no podía equipararse a los del Gran Canal. Aunque era un
modesto edificio de dos pisos, seguía siendo imponente. Desde lo alto de los
miradores góticos adornados con rosetones de mármol, podía vislumbrarse a la
pequeña muchedumbre que, tan pronto como amanecía, invadía las orillas del
canal de San Bernabé. A Flora le gustaba observar a los necesitados, a los
«miserables», como ella solía llamarlos, que rondaban siempre cerca de las
mansiones nobles para intentar conseguir algunos soldi de cobre de la manera
que fuera.
Flora esbozó un mohín, y dirigió una mirada de desgana a las barcas
inmóviles, antes de fijarla en la góndola. Había reparado en ella un mes antes.
No era un esquife ordinario, sino que llevaba un habitáculo repujado con placas
de plata, con aberturas ocultas tras cortinas. Flora no había visto cómo la habían
amarrado: un día, sin más, estaba allí; cada noche desaparecía, y reaparecía por
la mañana. Se preguntaba a quién podía pertenecer.
Había otros pequeños palacios alrededor, a cuyos habitantes y barcos Flora
conocía a la perfección. Aquella góndola no pertenecía a la flotilla del
Dorsoduro. Se parecía a las que utilizaban las personalidades de Venecia. Esa
constatación la hizo estremecerse. Pensó en los miembros del Consejo de los
Diez, en los elegidos por el Gran Consejo. Éstos tenían espías por todas partes y
no dudaban en transformar las sospechas en condenas judiciales. Las prisiones
lúgubres y húmedas de la ciudad estaban llenas de inocentes.

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decía a los que le preguntaban. Ella no comprendía la atracción que ejercían esas imágenes diabólicas sobre su señor. Todavía se detuvo durante un instante más tras la ventana de forma ojival. Flora evitaba aquella estancia. tenía la forma de una «L». y que le habían servido para obtener numerosas primas y suplementos de 6 . como nada turbaba la tranquilidad del canal. Le guardaba un terrible rencor a Dios por eso. Ningún hombre la había pretendido. y difusor de libros prohibidos. Su mayor temor era encontrar allí un día a su protegida. había trabajado para una familia florentina antes de traspasar la laguna. recomendada por el cardenal Pisan. Podía accederse a los pisos superiores por varias escaleras. provista de unos dientes de caballo. y grande. inventor de la octavilla y de la letra itálica. si es que podía llamarse así. oriunda de Génova. alta de talle. Alessandro Venier Baffo. muchos grabados licenciosos tapizaban las paredes. sino que. se apresuró a hacer su vuelta de supervisión habitual. todas las artes que ella cultivaba a las mil maravillas desde hacía años. con el cuello alargado y los ojos clavados en el cristal. la emboscada. El palacio. el espionaje. Su drama era no haber nacido noble. hecha toda ella de piedras cinceladas que se apoyaban sobre finas columnatas. Sacudió la puerta de la biblioteca y suspiró aliviada: estaba cerrada. entre las que se encontraban una gran sala flanqueada por dos chimeneas monumentales y una biblioteca que era el orgullo del dueño. La más bonita. rodeaba un patio pavimentado en el que se recibía habitualmente a los visitantes y a los mercaderes. no obstante. y sentía unos celos enfermizos cuando se cruzaba con las grandes damas en misa. «Soy de Florencia». Estaba rodeado de honorables moradas y poseía un adorable jardín al abrigo de las miradas. de aspecto repelente y piel amarilla. Esos túneles llenos de ratas servían para sus propósitos: la sorpresa. mirando de reojo la góndola. que era. De modo que doblaba la vigilancia y verificaba que las puertas que conducían a los lugares en los que la adolescente podía pervertirse estuvieran cerradas. por lo que escondía su pequeño defecto con una gran mentira. Cecilia. que desafiaba todas las prohibiciones. ¡Una genovesa! Eso la convertía casi en una enemiga para aquellas personas. su virginidad había sido la garantía de su honestidad y su rectitud. No era más que una dueña. Lo componían unas treinta estancias. amigo de Aldo Manuce.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Flora recordó que no era veneciana. un ferviente católico. y de una voz aguda y gangosa. después. unas características que le habían abierto puertas y que le habían dado una cierta autoridad entre las personas a las que servía con cierto fanatismo. Flora evitó este camino más elegante y prefirió subir por los estrechos y angostos pasadizos reservados a los criados.

como un gato. poseía una fortuna que ascendía a los trescientos treinta y dos ducados: el resultado de cuarenta años de ahorro. perdería la felicidad que obtenía al hundir las manos en su tesoro escondido. se quitó los zapatos y. antes de las oraciones. las partes doradas relucían. Flora se hizo más ligera. ya que ella misma en persona velaba por su mantenimiento y le exigía al portero que se engrasaran cada dos semanas. Al llegar al piso. Convertirse en propietaria era un sueño que acariciaba desde hacía tiempo. se acercó y aguzó el oído. Los goznes no rechinaron. lo que provocaba la sensación de que la casa destilaba riqueza. 7 . pero. tendió sus antenas hacia una puerta. después giró el pesado pomo de cobre con forma de animal fantástico y empujó la puerta. El pasillo tenía un recodo. si llegaba a realizarse. se desplazó a lo largo de una pared revestida y pintada.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta su sueldo. En la actualidad. Era una cantidad suficiente para pagar una casa en el barrio de Cannaregio y alquilarla a unos obreros. Como una mariposa nocturna de alas negras. A la luz de las lámparas de aceite que colgaban. Sus talones golpeaban el suelo de una manera casi militar. Tras pasar ese ángulo. Realizaba ese ritual de avaro todas las tardes.

Percibieron el roce de los pies descalzos sobre las baldosas. Era cierto que ella había tenido que soportar la vara de sauce en la planta de los pies. Cecilia le pidió a su madre poder dormir en la 8 . Ésta se inclinó sobre sus rostros. Cecilia se volvió hacia su prima. La misma mañana de la llegada de Kalè. que era un verdadero escondrijo bajo el tejado ardiente. Las dos adolescentes habían aguardado ese momento desde el final del responso. Cecilia y Kalè respiraban apaciblemente. Flora les había ordenado que se acostaran. Sobre todo. las dos primas se llevaban bien y se estimaban. había que esperar todavía tres minutos más. Cecilia guardó silencio durante mucho más tiempo de lo habitual. sumergidas en un sueño imperturbable. Alessandro Venier Baffo. donde se alojaban los criados. Kalè rara vez tomaba la iniciativa. Castigar a aquellas doncellas por albergar pensamientos pecaminosos habría sido un placer dulce. padre de Cecilia. susurró: —Todo está bien. Flora se quedaba siempre durante unos instantes al otro lado de la puerta para espiar los ruidos. con una voz seca de mando.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 2 Cuando la puerta se abrió. atravesaría el estrecho pasillo hasta la habitación cerrada con candado. cuando. Llevaba nueve meses en Venecia. y otras interminables penitencias de rodillas ante el altar de la casa. el muy rico barón griego Kastano. después. Cecilia y Kalè cerraron inmediatamente los ojos. no tenía ningunas ganas de probar la vara de sauce que la «vieja lechuza» utilizaba para castigar a las desvergonzadas. Reconocieron el olor a viejo pergamino que desprendía la dueña. a la que ellas llamaban «la torre negra» o «la vieja lechuza». Aunque tenía un año más. su padre. Se imaginó el camino recorrido por la dueña: primero. no debían moverse. Finalmente. y el ruido del pestillo. podemos ir. —¿Estás segura? —dijo Kalè inquieta. Por suerte. a casa de un tío lejano de oscuro linaje. la había enviado para completar su educación en la Serenísima. subiría al segundo piso. como para intentar abrirse paso a través de sus sueños de jovencitas.

—¡Vamos! —Tengo miedo. ella y Cecilia habían sido lo suficientemente temerarias como para ir hasta el segundo piso. lo que provocaba que las malas lenguas dijeran que era un poco simple de espíritu. durante las comidas oficiales. Cecilia. que tardaba en salir de la cama. todo un festín de carnes rosadas y de cartílagos. las cruzadas y todo eso. Jeanne Venier Baffo dio su consentimiento. Jeanne se preocupaba poco de la educación de su hija. tener miedo no era lo más adecuado en aquel momento. al gran pasillo en el que las ratas las observaron con descaro desde lo alto de los grandes muebles extravagantes y sombríos. Tuvo la sensación de que estaba ardiendo. A pesar de la vehemente oposición de Flora. —¡Tienes la misma sangre que yo! Es imposible que conozcas lo que es el miedo. jamás habría podido conseguir un duplicado de la llave de la biblioteca. se había ganado la confianza y la complicidad de la criada de su madre con un ducado. Sin esa alianza. Asimismo. como para deleitarse por anticipado en las narices que roerían. pero ahórrame toda la historia de nuestros ancestros. las dos adolescentes iban a correr grandes riesgos. y se habían echado a reír cuando ella se había puesto a roncar. las fiestas religiosas. llevaban dos meses preparando su golpe. Fue a animar a Kalè. Kalè asintió. Ese día. la responsable de la operación. ya te sigo. En el castillo de sus padres en Grecia. vale. hasta el refugio de Flora. La preciosa llave había estado escondida desde la víspera bajo un montón de enaguas.. allí bullían.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta misma cama. No obstante. en definitiva. como si fueran fantasmas. paseaban sus ojillos inteligentes por las personas. Kalè había tenido miedo de que 9 . los largos retiros espirituales. Había podido escuchar a la dueña rezar en voz alta y contar después sus ducados. En varias ocasiones.. sin embargo. Prefería las procesiones. como si ese objeto pesado y labrado lo hubiera forjado un demonio. mantenía una actitud de beata. le había dicho ella a la dueña. Kalè detestaba a aquellos roedores. Cecilia se apoderó de ella. no había tantas. y en las orejas que se comerían. Cecilia le enseñó la llave y tomó una vela que encendió en el pasillo con la llama temblorosa de una lámpara de aceite. —Vale. «Así las vigilará con más facilidad». —La vieja lechuza es como el reloj de mi padre. todo aquello que pudiera asegurarle una vida eterna entre los ángeles y los santos. Nuestros ancestros. lo sabes a la perfección — dijo Cecilia mientras apartaba las sábanas. Las dos primas subieron por la misma escalera que Flora y llegaron. y todavía menos de la de su prima Kalè.

lo racional se oponía al milagro. un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Los autores griegos ocupaban la mayor parte de los estantes. —¡Al fin estamos aquí! —dijo Cecilia. Su miedo aumentó. Hizo funcionar con delicadeza el mecanismo. Su prima no avanzó demasiado. Nunca había querido admitir que Kalè tenía los mismos ojos y cabellos que ella. Aquella constatación llegó en un momento inesperado. y no en medio de sus escritos. y se podían leer sus nombres en letras de oro en los lomos. más libre. entre las ruinas de los antiguos templos y los fantasmas gentiles de Aristóteles o Pericles. Sus hombros se hundieron cuando Cecilia la rodeó para cerrar la puerta. el filósofo se enfrentaba al santo. Les disputaban el territorio a los religiosos. El ruido al hacerlo volvió a perturbar el silencio del lugar.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta aquellas bestias la desfiguraran durante la noche. como grandes rocas que caerían a la primera ocasión. Tenía a su réplica ante ella y comprendía cada vez menos su falta de valor. y el disparador no fue más ruidoso que sus pies desnudos sobre las baldosas. había libros. y.. en aquel momento. sentía una opresión en el pecho y le costaba respirar un aire cargado de olores de cuero. En el último momento. creyó que Cecilia no introduciría la llave en la cerradura. A un lado. se olvidó de su miedo a los señores de las cloacas. Tal vez el labio inferior de su prima era un poco más gordo. o su nariz no tan recta como la suya. y con la cabeza pegada al costado de Cecilia. sus ojos asustados y muy abiertos escrutaban las sombras que la tenue llama de la vela no conseguía apartar. Aquellas dos obras reflejaban a la 10 . la Biblia Mazarina de Gutenberg compartía el sitio con la Medea de Eurípides. pero la joven veneciana no dudó. Sin embargo. pensó Cecilia. Kalè habría preferido estar en una de las islas blancas de sus padres.. de ahí que durmiera tapada con las sábanas. Con el entrecejo fruncido. al otro. tinta y cera. Era demasiado real y peligroso. Cuando vio relucir la llave de bronce en la mano de Cecilia. tuvo la impresión de estar en el fondo de un foso del que no se podía escapar y sintió que todo tipo de peligros pendían sobre su cabeza. en el centro de la estancia. pero que las chicas tenían prohibido leer a menos que relataran la vida de Jesús o los martirios de los santos. Se sintió enseguida más fuerte. Cecilia respiró profundamente y franqueó con una gran zancada aquella última frontera establecida por su padre. Kalè dio un paso. y en los oídos de la joven griega sonó como una detonación. de color negro brillante. «¡Cómo se me parece!». al llegar a la biblioteca. más mujer. Tras la gruesa puerta. los bienes más preciados sobre la tierra. obligó a Kalè a transgredir la prohibición.

se pasaba a los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola. Cuando el pensamiento de Platón se revelaba inútil. saltó hacia las vigas del techo. Alessandro tenía también algunos pequeños defectos. ¡Y pretendían negarle todo ese saber! Habría podido llorar. Pintada al óleo. todo en ella sugería el abandono al placer. Cecilia y Kalè contenían la respiración. y se paseó por las estanterías. destacaba una mujer desnuda y acostada. Tras desplazar el escabel. Dirigió la vela hacia la pared donde estaban las obras. fue desplazando los volúmenes. Metódica. Ellas. parecía dormir en medio de un paisaje idílico. Con unos cuantos ducados. pero lo escuché todo. que sólo había que rezar y honrar a los santos. se preocupaba por hacer fortuna. —¿Cómo puedes estar tan segura? —Algunos secretos se filtran por las paredes y los labios. 11 . cuando le pidió a su padre ver los esbozos y dibujos de Vittore Carpaccio y de Ugo da Carpi. humanista ilustrado en otros. Cecilia fue la primera que abandonó esta contemplación. Alessandro Baffo era de hecho un oportunista que. o al menos eso le pareció a ella. en primer lugar. mi madre le susurró algunas palabras a su confesor en el jardín. y descubría los títulos escondidos detrás de las filas. el asunto se arregló: el famoso libro no mancillaría el honor de la familia. con una mano púdicamente colocada en la parte superior de los muslos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta perfección el doble talante del padre de Cecilia: ferviente cristiano en determinados momentos. Algunos estantes eran inaccesibles. Después. En el lugar de las castas representaciones sobre papel azulado. —¿Buscar el qué? —Ya lo sabes: el libro prohibido. que no osaban ni siquiera mirar su propio cuerpo en el espejo. incluso que el sacerdote le dijo a mi madre que no era muy grave. Cecilia había intentado entrar en la biblioteca. —¡Virgen santa! —dijo Kalè. y que se adaptaba a las circunstancias. Allí había. No tenía nada que ver con la Virgen. Sólo una vez lo había conseguido. —¿Y si no existe? —Existe. estaban fascinadas por las formas plenas y doradas de la desconocida. todo lo que la humanidad había escrito desde Homero. Yo estaba bordando. previsto para este uso. Se quedó extasiada. —Tendremos que buscar —dijo Cecilia. Hace un año. el genial español que acababa de pronunciar sus votos de castidad y pobreza en la capilla de Saint-Denis en Montmartre. Siempre encontraba soluciones.

ahora. Apartó los dos primeros y descubrió a Aristófanes. Siguió buscando y se vio recompensada. Nunca había oído hablar de ese autor griego y se asombró de que hubiera quedado relegado tan lejos de sus compatriotas. Allí estaba. 1 La versión original. Cecilia descubrió una xilografía obscena. cuya edición limitada de cincuenta ejemplares se había vendido a cinco ducados cada libro. igual de impresionante: un hombre con una erección estaba ante una mujer a cuatro patas que se le ofrecía. Sin embargo. Su alma tenía pecados suficientes para los próximos diez años como mínimo. versión mejorada del original. 12 . explotaba en letras de oro ante sus ojos. Cuando lo abrió al azar. pero no cerró los ojos.1 Notaba que el libro estaba caliente entre sus dedos. ya licenciosa para la época. La lectura podía empezar. Ella y Kalè cerraron los ojos mientras la sangre les subía a las mejillas. —Lo tengo —dijo ella. Ignoraba que iba a tener para treinta años más al abrir el Polifilo soñador. no era a él a quien buscaba. la imagen todavía estaba allí. Kalè se santiguó. el título que apenas había retenido y que. precio prohibitivo que no impidió que se convirtiera en uno de los libros más vendidos de su época. —Hypnerotomachia Polifili —balbució. Cuando volvieron a abrirlos. Todavía estaba mirando a la Venus lánguida sobre los ropajes de terciopelo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Una vida de santos en veinte volúmenes recibió la caricia de sus manos. estaba a la venta por un ducado. Kalè se sobresaltó. Era el título que había oído pronunciar a su madre.

iluminando con sus riquezas los continentes. Tenía unos pequeños soles labrados con el escudo de Venecia. en el conducto de la chimenea. seguía allí. ¡Es una vida superior. se había empezado a agitar tan pronto como había amanecido y ponía en marcha su maquinaria para hacer negocios. Las rutas seguidas por sus flotas eran parecidas a los hilos de una tela de araña que iba a la caza de los artículos de lujo de las regiones exóticas y los productos manufacturados de los países industriales. pero no la convertía en menos frágil. pensó Flora. se había levantado de un bote para precipitarse hasta el escondite de su tesoro. Tras abrir repentinamente los ojos. a merced de cualquier brusca subida de las aguas y de los mosquitos. Sentía una felicidad que los ruidos lejanos no podían perturbar. Había soñado con ella esa noche. o que volvía de una de las veladas alocadas organizadas al lado del Rialto? Flora se desperezaba. el sueño se había vuelto una pesadilla: unos hombres de negro querían su oro. La góndola ribeteada de plata ya no estaba. después. Numerosas dueñas habían visto su carrera arruinada por ceder a sus instintos. y con que un príncipe iba a buscarla. Venecia salía de su letargo. la verdadera vida!». con su capellán y tres criadas santurronas. La señora de la casa se había acuartelado. la ciudad era el centro del universo. tras dejar abandonada a su querida hija a merced de los efluvios y las tentaciones de Venecia. 13 . Y aquella frágil ciudad que se erguía sobre sus pilotes.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 3 Lo primero que hizo Flora al despertarse fue mirar de soslayo al lado del canal. Se anunciaban días difíciles por venir. Su posición en el seno de aquel palacio la hacía sentirse feliz. «Y yo estoy en el centro de esta tela. cerca de Bolzano. porque en ella habían nacido el comercio y los bancos que habían conquistado el mundo como una plaga. Para muchos occidentales. ¿Tal vez era el señor que fornicaba con una sirvienta. en un frío valle alpino. La cajita estaba perfectamente colocada en su sitio.

Y también estaba Flora. agarró su libro de oraciones y bajó al piso inferior. A Cecilia y Kalè todavía les zumbaba la cabeza. cuya mirada brillante y dominadora enfriaba a los más ardientes. pero no se trataba de nada de eso. Nadie intentaba siquiera acercárseles para venderles fruta. Cecilia y Kalè estaban desprotegidas ante sus encantos. pero adivinó lo que se cocía. Era el momento de purificar a las dos primas. bajó los ojos al suelo. Fijó la vista en un punto determinado. La línea oblicua trazada por su mente llegó hasta la cama de las adolescentes. que sentía latir la falta bajo la piel lisa de las chicas. ninguna mecha rebelde suavizaba la simetría de sus cabellos recogidos en un moño sobre la nuca. Las descaradas habían pecado. La vieja lechuza lo ignoraba todo. sólo actuaba por instinto. escondido en la niebla. No tenía el poder de ver a través de las paredes. vociferar. Estaba por todos sitios en aquella ciudad. Tan pronto como entraban en el campo de Santa Margherita. un círculo invisible cuyo centro era la dueña que caminaba un paso por detrás de las jovencitas. Era uno de los pocos medios que tenían de abandonar el confinamiento del palacio. El huracán había soplado fuerte. Por un momento. reír. Cecilia y Kalè no estaban menos contentas. Los campesinos que habían llegado en barca de Mestre y de los pueblos de la costa habían 14 . a la búsqueda de sus presas. Pero ¿quién iba a reparar en ellas. de vislumbrar a personas diferentes.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta A la vez que se enredaba unos rizos en el dedo. con sus pesados vestidos de terciopelo adamascado y de cuello alto? Ninguna joya adornaba su triste atuendo. Confesión y misa: les encantaba hacerlo. Flora notó que se le erizaba el vello. «¡Confesaos y a misa!». atónitas por la multitud. de oír jurar. Sus ojos escrutaban cada esquina. cantar. Una barrera natural. evitaba cualquier acercamiento. moviéndose por el cieno. se prendió un broche de oro sobre el pecho. estaba segura de ello. Se puso su vestido negro de anciana. No obstante. Sus gritos y amenazas habían adquirido un tono de inquisidor y se habían perdido en las miradas voluntariamente infantiles de las dos cómplices. sus pupilas se dilataban. de no respirar el aire cargado de salitre y de moho. Flora había irrumpido en su habitación lanzando anatemas. Una hora antes. El diablo estaba cerca. ni para mendigar. Enseguida. escondió sus cabellos bajo un bonete de puntilla. y de cruzar su mirada con otros jóvenes. había gritado la dueña. creyeron que su escapada de la víspera se había descubierto. Flora se apresuró.

A sus pies. no tuvo más que una idea y una finalidad: forzar a aquellas inconscientes a arrodillarse bajo la cruz de Cristo. alejar ese deseo intolerable de actividades sexuales que agitaban los sentidos de aquellas descerebradas. Perladas de rocío y frescas. pimienta. Creía en las virtudes de los castigos corporales. Flora había reparado en las miradas curiosas de las primas. incluso mentalmente. Sintió una carencia y un miedo profundo. a la vez que intentaba esquivar a los vagabundos y a los mendigos inmóviles en 15 . bajo la puerta de San Marcos guardada por una Virgen entre dos ángeles. Una muchedumbre cambiante y ruidosa pasaba a través del filtro de los mercaderes ambulantes. escondida en la pequeña iglesia. Habría querido darles con la vara sobre la punta de los dedos. azafrán. Alessandro Venier Baffo no toleraba ningún despiste: su hija Cecilia era la garante de un futuro pacto comercial y de un incremento de su poder.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta tomado al asalto los accesos de la gran plaza. bañados por el día que empezaba y que estallaba en colores como un cuadro vivo. pensó la vieja Flora. «Soy responsable de su pureza». Los frescos olores de los frutos de la tierra se mezclaban con los efluvios marinos del pescado. A partir de ese momento. Las aletas de su nariz palpitaban. Flora aceleró el paso. curry. Cecilia y Kalè aspiraban esas fragancias. Cecilia debía permanecer virgen. sus pechos se levantaban. anís. no se podían resistir a su mirada compasiva. —¡Iréis al infierno! La voz de la dueña llegó hasta la estatua policroma de San Pantaleón. El edificio franciscano abrumaba con su masa de ladrillos y de mármol las casas vecinas. las lechugas y escarolas rodeaban de verde las zanahorias y las montañas de coles cuya blancura recordaba a las nieves lejanas de las Dolomitas y del Glockner. había cierto bullicio. pimentón y otros condimentos raros reposaban sobre cajas alineadas sobre los bancos de minúsculos tenderetes que bordeaban una callecita. El hijo de Dios sabría purificar las almas de las doncellas. Sus puestos. Los melones. Corrieron el riesgo de mirar furtivamente a los marinos y a los barqueros de los canales en cuanto llegaron a la placeta de San Pantaleón. Ese mercado a cielo abierto desprendía una viva sensualidad. El olor de las especias invadía la nariz de las dos primas: canela. e hinchó el pecho tan pronto como vio la masa imponente de la iglesia dei Frari. Se jugaba su futuro en aquella ciudad. olidos y acariciados. sus cabezas se llenaban de imágenes exóticas y de viajes extraordinarios. tan lisos como las balas fundidas en el arsenal. Incluso resultaba imponente al cielo de donde extraía su gloria. estaban abarrotados de la gente de los barrios populares y los criados de la nobleza. contaba con casarla con el hijo del banquero Pisani. eran palpados. pero no podía castigarlas en público. sopesados.

Era un mal cristiano. —¡Lo han hecho bien. que los asemejaban a los venecianos que desfilaban en la plaza de San Marcos los días de fiesta. Incluso había tenido la desvergüenza de pintar una ofrenda a Venus. A Flora jamás le había seducido aquella representación. Cecilia no bajó la mirada. —¿Sí. la empujó hacia la fila de la gente que iba confesarse. Se notaba una tensión. Flora parpadeó. El espesor del terciopelo de su vestido tenía algo bueno. —Tú. Flora no pudo evitar solazarse ante la clarividencia de los jueces divinos. 16 . señorita? —preguntó Cecilia. unos sargentos y militares con cascos de hierro estaban de pie junto al canal de los Frari. Había notado que sus interlocutores no podían sostenérsela. Se sentía sucia y habría dado. y no era raro que unos y otros se pelearan. en la que se veían a los angelotes debatirse en medio de una especie de orgía a los pies de la diosa pagana. ven aquí y quédate en la fila —gruñó la dueña. y le gustaba imponerse mediante el brillo que desprendía. Aquél ya estaba muerto. después. las tres mujeres ante ella soportaban la misma molestia. Al lado de esta marea humana. pues los dedos de su guardiana no le habían hecho ningún daño. Vestía a sus modelos con ropajes fútiles y pesados. El sudor le resbalaba a lo largo de su espalda. pero un santo comparado a ese diablo de Giorgione que había llegado a mostrar a unas mujeres lascivas y desnudas. Cecilia. Cecilia esbozó una sonrisa. que había notado la ironía en la pregunta de su protegida. y seguro que se quemaba en el infierno: un justo castigo. rebosante de góndolas decoradas con riquezas. —¡Pequeña desvergonzada! —murmuró a la vez que le pellizcaba el brazo con rabia. sólo ha recibido lo que se merecía! —dijo con una voz audible. Entraron en la gran nave y oyeron enseguida la larga procesión de los fieles que subían hacia los tirantes de madera sostenidos por pilotes enormes en los que se escindían las oleadas de fieles atraídos por la luminosa tela de Tiziano que estaba suspendida entre las altas vidrieras del coro. entre los pezones de su pecho naciente. lo que no quitaba el calor que sufría. sobre todo cuando tenía frente a ella a la vieja lechuza. Consideraba las pinturas de Tiziano decadentes. Kalè y Flora ignoraron las manos tendidas de los pobres diablos. sobre sus nalgas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta las esquinas de sombra. dos ducados por bañarse desnuda en la laguna. al menos. No era la única que tenía calor.

Cuando volvió la mirada al confesionario. Cecilia no había visto a ninguno entrar al confesionario.. la boca delicada. era muy raro que lo hubiera. siguió un rayo de sol. de manejar un arma. aquello bastaba para inflamar su imaginación. de hacer negocios. Podría creerse que los hombres no tenían nada que reprocharse. un resplandor dorado llamó su atención. y su vestido debía de valer una fortuna. Ni se volvió para ver las caras que ponían Kalè y Flora. Algunas veces había oído retales de conversaciones entre los servidores de palacio. De hecho. son más débiles y menos inteligentes que los chicos. no sabía nada de las aventureras casquivanas que se ganaban la vida en las tabernas. le costaba aceptar esa idea. pero nada llegó desde las alturas. igual que aquellas que intentaban inculcarle desde que tenía uso de razón: las chicas nacen marcadas por el pecado. aunque fuera pequeña! Alzó los ojos al cielo. que resaltaban más por el escote recto y estrecho que los comprimía. ¡Si al menos Dios le diera una pequeña parcela de poder. El pesado collar de oro que llevaba en el cuello parecía captar la luz del exterior y la de los innumerables cirios de la iglesia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 4 No había hombre esperando para que lo confesaran. colgado en una cadena. pero nada demasiado subido de tono. la mirada azul y límpida. Tenía un porte noble. Un toro de oro con los ojos de rubí. pensó tras un momento de observación. No obstante. Una joven mujer de una belleza sorprendente acababa de salir de la sombra de un ábside. Le habría encantado cambiar el orden de las cosas. era verde. ¿Era una de las mujeres de mala vida que frecuentaban los alrededores del Rialto? Cecilia estaba estupefacta. reposaba sobre los generosos pechos. de hecho. A decir verdad. Aquella mujer no pertenecía al gremio de las prostitutas. y acababa de 17 . «No es una de las habituales del Rialto».. de seda muaré bordada con hilos de oro. una. El rostro de Cecilia se oscureció. son incapaces de ejercer un oficio artístico.

su boca se abrió dejando al descubierto unos dientes relucientes. Yo. no podía pasarle nada. En ellas. No se hablaba con desconocidos. sin dama de compañía. Cecilia sintió que se hacía muy pequeña. El manual de buenas maneras que le habían metido a la fuerza en la cabeza no decía nada sobre las conversaciones privadas en las iglesias. extrañamente puntiagudos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta salir de los talleres de costura de los samitèri: una maravilla cuyo precio Cecilia no conseguía calcular. Su residencia. Estaba completamente desorientada. era una joya colocada a la orilla del Gran Canal. Era demasiado. Cecilia no sabía qué actitud tomar. eran conocidos por todos los grandes de Europa y de Oriente. —Vuestro vestido.. pero la vieja lechuza no se manifestó.. y al sudor perlar la frente de aquella extraña clientela. Esperaba una intervención de la dueña. Los Contarini habían dado varios dux a Venecia. Comprendió por qué la dueña no había intervenido: Flora debía de estar temblando. desde que me casé. Soy una Cornaro. sin acompañante. Lo más sorprendente era que estaba aparentemente sola. —¿Se te ha comido la lengua el gato? —Es que. Le parecía que. Bastante tienen con su conciencia y su colecta como para preocuparse de nosotras.. nada. te lo aseguro. de manera que ofrecía sus joyas y su piel desnuda a la codicia del populacho. junto a aquella noble dama. Y aquella bella mujer sonriente había unido a su apellido familiar el de la familia de los Cornaro. Cecilia se sentía segura. sin guardia. —Me llamo Cecilia Venier Baffo —dijo la chica con la boca pequeña. El nombre de Contarini sonaba a gloria en la cabeza de Cecilia. cada uno recitaba sus pecados y se granjeaba la gracia de los habitantes de los cielos.. el palacio Dándolo. de vuestro esposo.. —¿Tan fascinante te resulto? La aparición rubia acababa de hacerle una pregunta. llevo el nombre de Contarini: Beatrice Cornaro Contarini. para servirte.. —¿Tu dueña te va a sermonear? ¿Eso piensas? No dirá nada. —Pero. Beatrice estuvo a punto de echarse a reír. —Ignóralos —dijo Beatrice Cornaro Contarini—. Podía verse que las ofrendas subían desde el fondo del pecho. se rezaba con las manos unidas y los ojos cerrados.. Nada se resistía a su poder. Aquella 18 .. Yo me preguntaba si necesitabais una autorización especial. los monjes inmóviles ofrecían su alma a los santos. Los Cornaro eran una de las familias más poderosas de la Serenísima.

Y además. parecido a la blancura cetrina de los cirios. y las palabras que siguieron la llenaron de estupor. Había perdido su protección. Cecilia había oído a su padre quejarse a sus socios: «Los hijos de Venecia ya no corren por los mares. hay que romper la amarra que sujeta a los condottieri a las faldas de las mujeres».. que se consiguió cuando nuestros abuelos se lanzaron a la competición de dotes. ¿Qué habrían podido contarse? Habría podido jurar que la Cornaro conocía a la pequeña. un cuchicheo en el que podía sentir el peligro. porque Beatrice volvió al confesionario. con lo que el esposo. se veía forzado a aceptar una cierta sumisión. 19 . más se someten nuestros maridos. os lo aseguro.. pero era imposible. Esas últimas palabras las había casi susurrado. —Hago lo que quiero en lo que respecta a mi apariencia. —No creo que mi padre me dé una dote rica —respondió Cecilia. Otras preguntas se planteaban. para ser el beneficiario. Ella era la propietaria y podía gastarla a su voluntad en la viudez. pase lo que pase. tenía todo el derecho de legarla en su testamento a la persona de su elección. lo había leído en sus ojos. se plegará a la regla común.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta sonrisa carnicera impresionó a la joven. hasta la votación de una ley en 1505 que limitaba la cantidad a tres mil ducados. La dote pertenecía a la esposa. el Senado intentaba vencer este fenómeno social que tomaba relevancia y amenazaba el equilibrio de la República. Ese cara a cara con la todopoderosa Beatrice Cornaro Contarini le confería un aura sagrada. no por ello estaba menos lejos de las altas esferas de influencia. Dos pequeñas llamas se encendieron en su mirada. Flora no sabía cómo reprender a su alumna. Alessandro Baffo no había tenido nunca negocios con los Cornaro. La Serenísima lo había intentado todo para poner fin a la inflación de las dotes. Cuanta más riqueza aportamos al matrimonio. sino tras las dotes. Cecilia no las pudo hacer. lo veo en tus ojos. Una idea atravesó el espíritu de Cecilia. La dueña volvía a respirar. sintiendo que su porvenir se oscurecía. te ayudaré. Todavía en la actualidad. Te dará una buena dote por orgullo. Han perdido el gusto por la aventura. si queremos recuperar el poder de antaño. amigos míos. Es una ventaja de las mujeres modernas. ¿de qué te preocupas? No eres una chica que utilice un poder tan mezquino. sabrás imponerte por tu voluntad. aunque pertenecía al Gran Consejo formado por dos mil miembros. y se oyó un silbido. —Lo hará. Mientras estuviera vivo el marido. Mi esposo no tiene nada que decir sobre la manera como me visto. tenía el rostro pálido. y. La adolescente se volvió.

20 . cuando llegó su turno. Cecilia habría querido seguirla. convertirse en su amiga.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Una sensación de despecho la recorrió. debía de haber comprado al confesor. tuvo que entrar obligada y a la fuerza en la «jaula de los pecados». a todas luces. seguir cerca de aquella sonrisa. ayudada por la penumbra que reinaba en la iglesia. La joven ni siquiera se había tomado la molestia de arrodillarse para hacer penitencia. Beatrice esbozó una sonrisa dedicada a Cecilia y desapareció. y dejó su interrogatorio inquisidor para más tarde. prefería desahogarse con un desconocido que con el confesor de su madre. no obstante. De nuevo. que era como ella llamaba al confesionario. Sin embargo. Odiaba confesarse. un capellán seboso y soberbio cuya naturaleza concupiscente podía adivinarse. sintió una opresión en el pecho: la Cornaro salía del confesionario. La estancia había sido breve.

«Es capaz de inventarse más de la cuenta para hacerse la interesante».. Nadie la miraba. Durante algunos segundos. Nada iba como ella quería desde la última luna llena. que se apresuraba a descargar su corazón del peso del pecado cometido la víspera. No obstante. no se sintió más segura. Estas prisas sorprendieron a Kalè. por eso prefiero permanecer en la ignorancia. Supón que se ve algo nefasto. sentía punzadas en los riñones. Así que ¡protégeme!». Así. con los ojos húmedos clavados en las cruces y los santos. que no vigilaba suficiente a las dos primas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 5 Flora calculó mentalmente el tiempo transcurrido. Buscó una excusa que encontró al ver el rostro triste de una efigie de San Juan de madera pintada. y lo hacía contando los padrenuestros sin dejar de mirar de reojo el confesionario. las mismas siluetas humildes y estropeadas estaban arrodilladas sobre las baldosas. no quiero estar segura. Su prima la abordó de inmediato. La pequeña tenía mucho que explicar. Flora miró a su alrededor. Él lo sabría. estaba segura de ello. ni siquiera su cuerpo. dolor de cabeza. se dijo condenándola interiormente. y las piernas le temblaban. no quiero conocer mi destino. después cambió de idea: la consulta era cara. La dueña se preguntó sobre la naturaleza de los pecados que pesaban en el corazón de Cecilia.. no quiero saberlo. san Juan. se dijo que iría a visitarlo. murmuró: «San Juan. —Pero. Soy tu humilde servidora. —¡Sobre todo no digas nada de ayer por la noche! Jamás has visto ese libro.. algo iba a pasar y a poner patas arribas su tranquila vida. Había un viejo astrólogo cerca del canal de la Misericordia. Cecilia salió del confesionario. Es un pecado querer adivinar el futuro. podré tener siempre la esperanza. En ese momento. La dueña le dio las gracias a san Juan y entró en el confesionario precipitadamente. tardaba mucho en salir.. Tras tragar saliva. 21 . Alguna cosa se avecinaba. Nada. lo sabes. Iba a decirse que no cumplía con sus funciones. Tenía dolores de estómago. Si debo sufrir.

Cecilia sólo tenía ojos para la Virgen. y al niño Jesús que levantaba el velo de su madre con un brazo regordete. Me ha hecho preguntas extrañas sobre mis gustos. Le parecía que podía percibir mejor los seres y las cosas. con el rostro ovalado y los ojos negros. Finalmente. se dijo Kalè con los ojos abiertos de par en par. aquella mujer habría podido ser su hermana mayor. me ha dejado ir sin darme ninguna penitencia. de pie.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Nada de peros. se sintió bajo el hechizo de todos esos personajes vestidos suntuosamente. sobre mis deseos secretos y mi visión de la República y del mundo en general. y del olor del cuero de los soldados. mirando temerosa la bóveda de la iglesia. sobre mi padre y mi madre. sobre ti y nuestra familia. Prosiguió su camino sin preocuparse de los fieles. la vio desaparecer tras uno de los pilares. parecerse a Beatrice Cornaro Contarini: era una sensación maravillosa. «Van a castigarla». estaba deslumbrante en su trono. La Virgen de la familia Pesaro. Con un nudo en la garganta. Respiró hondo. se dijo Cecilia. no estoy segura de que sea un hombre de Iglesia. se llenó los pulmones de las fragancias del incienso y la mirra. 22 . Liberarse. pues tenía la misma tez luminosa. y acababa de dar más de treinta. «Se parece a mí». se corrigió a sí misma a la vez que suplicaba a la Virgen María que se acordara de la inconsciente. La morena María. pero ésta se fue hacia el coro. a un monje en éxtasis. Tan pronto como se acercó a él. aunque no he tenido ni tiempo de mentir ni de inventarme pecados! Kalè se quedó estupefacta. Los escalofríos y el calor se disputaban su cuerpo. —Tendremos que soportar un castigo —dijo Kalè. «Nos van a castigar». Era su lienzo preferido. Cecilia no tenía el derecho de alejarse más de diez pasos de la dueña. de los perfumes dulzones que desprendían las pieles de las mujeres. No se parecía a otras vírgenes pálidas y fatigadas que los pintores colocaban inmóviles bajo una aureola. Podía ver a un turco bajo el estandarte rojo de Venecia. Es cierto que cometía una osadía al compararse a la Virgen de Tiziano. ¿Qué clase de confesor se escondía en la penumbra de su cubículo? Le habría gustado hacer otras preguntas a su prima. El rubor le subió a las mejillas. presto a sacrificarse para alcanzar la nube sobre la que jugueteaban dos angelotes. la atraía irresistiblemente. arrodillados y fervorosos. pero el parecido era incontestable. ¡Me ha bendecido y purificado. Ya no notaba la mirada de Flora que la mantenía encadenada a las normas del decoro. pintada por Tiziano quince años atrás. —Te he dicho que no desveles nada: el confesor es raro. A decir verdad. aunque sólo lo había visto tres veces.

Pietro Da Narni. de ahí que no oyera acercarse a dos jóvenes curiosos que la habían visto entrar en el coro unos momentos antes. —No tenga miedo —dijo el hombre de los ojos verdes. —Se parece a usted —dijo su vecino de la derecha. ¿Qué podía hacer? Por primera vez en su vida. Cecilia hizo un ligero movimiento de cabeza y descubrió al encantador muchacho que le sonreía. Era demasiado. Levantó los ojos hacía la Virgen de Tiziano. unos desconocidos la abordaban.. la misma nariz recta y la misma mirada brillante bajo las cejas espesas. Uno de ellos carraspeó. —Y yo. Sus blusones escotados y bordados dejaban ver los pelos nacientes de su pecho. que latía como un tambor antes de la batalla. —¿Los Pesaro son de vuestra familia? —preguntó el otro a la vez que estudiaba el cuadro que representaba a los miembros de aquella poderosa familia.. ella no los vio ni siquiera cuando la rodearon sin dejar de mirarla fijamente. Esperaba que la calma le llegara de las alturas. y anillos de sultán en los dedos. se moría. por el contrario. Seguía estando muy sonrojada. La habían inmortalizado como madre de Cristo antes de morir en una epidemia. Las espadas con pomos cincelados indicaban que pertenecían a la nobleza. se dio la vuelta y se encontró con la mirada verde del segundo. De nuevo. iba a desmayarse. Si Flora aparecía en ese momento. Cecilia había observado todos esos detalles. Sus cabellos castaños y rizados caían sobre sus hombros. —No. Si bien el nombre de Prioli no le dijo nada. —Me llamo Marco Prioli.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta los mismos labios ligeramente doblados. Y eran guapos. Cecilia estaba fascinada. sus piernas parecían de plomo y no le permitían huir. tenían la piel tostada. y no sabía cómo calmar a su corazón. Ruborizada. la sangre le subió a las mejillas. ¿No entendían ellos que la estaban poniendo en un compromiso y que iban a hacer que la castigaran? Flora aparecería de un momento a otro y rompería el ensueño. Se quedó paralizada. Sus ojos se cruzaron por encima de los cabellos flexibles y sedosos que les habría gustado acariciar. Se había escuchado decir que no. el de Da Narni le recordó la epopeya del célebre condottiere Erasmo Da Narni. Un instante había bastado para que grabara para siempre a aquellos temerarios en su memoria. llevaban aretes de oro en las orejas. La Virgen no era otra que la hija primogénita del patriarca. 23 . Era demasiado para ella.

en efecto. ¿quién es usted? En su cabeza. La dueña propondría llevar a la práctica aquel encierro con el que las habían amenazado a menudo. —¿Qué haces tú aquí? La voz de la dueña atronó en el coro. —Tendrás que dar explicaciones ante tu padre. Vuestro padre es un temible batallador de los negocios. pues no quería mostrarse débil ante los dos arcabuceros. Los dos jóvenes se volvieron con la mano presta a coger su espada. —Mi padre se llama Alessandro Venier Baffo. las dejarían a pan y agua. Tenéis un bonito nombre. Y usted. e insistiría 24 . todo daba vueltas. Aquel muchacho acababa de perder su crédito.. La joven griega sentía ya sobre su piel la vara. consiguió arrancar unas palabras del fondo de su garganta. por el contrario. Un bárbaro que se abalanzara sobre el puente de su nave durante un abordaje los habría agitado menos. Cecilia se mantuvo calmada. plantando cara a Pietro. Ha pujado muy alto en las últimas subastas en las galeras del arsenal. —¡Aléjense ustedes! Ellos obedecieron. —Se dice que santa Cecilia utilizaba su voz como un instrumento de música. —¡Venier Baffo! El comerciante de talco y bórax —dijo Marco asombrado—. Iban a encerrarlas en el cubículo reservado para los criados que hacían algo mal. Su prima Kalè. lloraba. Tuvo tiempo suficiente como para percibir llamas maliciosas en el agua verde de su mirada. —Tengo uno. señorita. perturbando a los sacerdotes y a los penitentes. Aquella negra aparición había resultado espantosa para los cristianos. Intentó poner en orden sus ideas y hacer acopio de sus fuerzas y. y lo tengo en alta estima porque lo llevó mi abuela. y tan cerca del canal y de los desperdicios que oirían nadar a las ratas. señorita Baffo. una a una. y se habría podido pensar que las pupilas negras de su mirada asesina iban a traspasarlos. Lo miró fijamente mientras se daba la vuelta. Los fulminaba con su mirada. Flora agarró a Cecilia por el brazo y la empujó delante de ella. y hacía muecas de manera que mostraba sus dientes amarillos y torcidos. —¿Puede ser que tenga un nombre? —susurró Pietro en un tono de voz algo burlón.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Ambos somos arcabuceros en la nave Salamandra.. Por mucho Da Narni y arcabucero que fuera. no la impresionaba. su compañero fue más diplomático. Es el de la patrona de los músicos que supo morir como mártir en el reinado del emperador Severo Alejandro —replicó ella. Flora estaba colérica.

Los dos jóvenes arcabuceros acababan de entrar en su campo de visión y. 25 . No se puede aprisionar el viento. estaba dispuesta a perder algunas gotas de sangre bajo los golpes.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta en hacerlo para preservar el honor de la familia. Sin embargo. un hombre vestido con terciopelo negro acariciaba un puñal espléndido que llevaba en su cintura. pero se topó con la voluntad indomable y la fiereza de Cecilia. ya evaluaban la dote y los placeres venideros. se podía exigir la independencia. Kalè buscó consuelo en los ojos de su prima. —¡Pagarás muy caro tu desvergüenza! Cecilia no temía nada. la bruja se agitaba. A su lado. —Creo que hemos elegido bien —dijo Beatrice. —¡Quédate cerca de mí! La dueña hablaba al vacío. No tuvo necesidad de darse la vuelta. Cecilia se sentía libre bajo la nítida luz del sol. Esperemos que esa dueña no nos arruine los planes. con un puñal de plata. gritaba. sobre todo cuando unos jóvenes te siguen por la calle. al ver cómo devoraban con los ojos a la bella Baffo. —Esa bruja ya ha agotado su tiempo —afirmó Beatrice con una sonrisa cruel antes de fruncir el ceño. Con la cabeza erguida. y a soportar el calabozo húmedo y las ratas. se liberó del puño de la dueña en el pórtico y la desafió adelantándose unos cuantos pasos. comprendió por qué Flora parecía furiosa. Beatrice Cornaro Contarini la observaba. pues su instinto no se equivocaba: Marco y Pietro seguían sus pasos. A los catorce años y tres meses. —Ya lo veremos —respondió el hombre—. En la sombra de un pórtico. se había convertido en su sombra. al contrario. pero todo era en vano. y no tenía ninguna duda de que su tío Alessandro aceptaría. no notaban la muerte que los rondaba: un hombre de negro. Ante la iglesia dei Frari. intentaba mantenerse cerca de Cecilia.

Sólo su corazón era sólido. Las galeras. Suspiró. de su angustia. «Canea. pero no por preocuparse por sus prójimos. Hacía veinte años que había hecho un viaje hasta allí para comprar un almacén.. y a menudo se despertaba gritando tras haber visto en sueños cómo sus barcos naufragaban en el mar de Sicilia. añadió él al pensar en los pasados acuerdos con los corsarios y en las numerosas tasas que los venecianos pagaban a los turcos. La ciudad era segura. sus dos galeras debían fondear allí para protegerse de la flota del corsario Barbarroja y de aquellos malditos turcos que soñaban con transformar las iglesias de Creta en mezquitas. pero también muy codiciada. pues significaba el triunfo de la sultana Hürrem.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 6 Alessandro Venier Baffo había perdido su pelo hacía tiempo. Dos empleados se afanaban por alinear unas cifras. observó las costas de Creta hasta Canea. Durante algunos minutos. y de las úlceras que destrozaban su estómago. de su cráneo desnudo. Aquella mujer iba a empujar a su esposo a declarar la guerra a la Serenísima. Y todo por el tremendo miedo que tenía de perderlas. Pasaba las noches entre Escila y Caribdis. reinaba a partir de ese momento sin oposición alguna en el Imperio otomano y en el corazón de Solimán. acababa de ser estrangulado por orden de Solimán el Magnífico. que. No obstante. latía regular y lentamente como un martillo de pedrero en su escuálido pecho de sedentario. y Alessandro tomó conciencia de 26 . el bajá Ibrahim. dijo en voz baja como para intentar recordar la forma y profundidad del puerto. Canea». de modo que dirigió una plegaria muda al gran Cristo que se alzaba sobre el pequeño altar de mármol erigido en su gran despacho rodeado de pergaminos y de libros de cuentas. El gran visir de los turcos. Había sido una mala experiencia. en el seno del harén. marcada con un punto rojo en el mapa desplegado ante él. no se quedó tranquilo. «Imposible». Ese día.. Aquella pérdida no podía anunciar nada bueno. eran responsables del eterno invierno en el que él vivía. porque detestaba navegar. Miró por segunda vez el calendario. No se podía dar nada por seguro en esos tiempos turbulentos. sus queridas galeras.

oro. en los últimos tiempos. ¿cuándo dejará de importunarme?». plasmaba su poder en letras de cambio. patriotismo. en las minas de las Indias. —¿Qué quiere? —Tengo que informarle de cosas graves —respondió ella. en los océanos cabalgados por pesados navíos y por frágiles galeras. o lo peor. y más oro: eso era lo que contaba. Pensó que. 27 . en lo más recóndito de las bodegas llenas de ratas hambrientas. que la guerra acababa de estallar. eran como dos insectos jorobados envueltos en negro. el dulce ruido de las plumas. en los pueblos remotos de China.. mujeres y niños de todas las razas daban todo su esfuerzo y su sudor para que él. en las plantaciones. a la vez que miraba de reojo a los dos empleados. ni venderse. orden moral. sólo por el arte y la rima. en los muelles. sino que se escribía para amasar una fortuna. ni siquiera eran cuantificables.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta repente de su presencia: habían acabado por confundirse con la decoración. Ese ruido ligero y crujiente lo apaciguó. pudo tragar saliva. no tenía la conciencia tranquila. a pesar de que tenía la impresión de que aquel trabajo de chupatintas no requería ningún esfuerzo especial: contar para otro no debía de ser más que un ejercicio aburrido y repetitivo. enmugrecían la mecánica del negocio.. en los desiertos calurosos y en las montañas nevadas. la tinta y la cera impregnaban su piel. que la peste y el cólera estaban a las puertas de Egipto. Alessandro se sobresaltó cuando llamaron a la puerta. en los mercados. tal vez vinieran a arrestarlo. oro. Eso era lo que aquel sonido ininterrumpido sobre el papel significaba para él. Cuando vio a Flora. No esperaba a nadie antes del anochecer y. en ese mismo momento. pensó en lo peor. en formularios de encargos y en peticiones. y lo único que delataba su presencia era el sonido de la pluma al rascar el papel. bajo los vientos furiosos y las brisas ligeras. ¡Ah!. en los caminos polvorosos de Persia. en medio de los ciclones y las trombas de agua. religión. afirmara su poder en Venecia. ni podían medirse. Perdido en sus ensoñaciones y en sus cálculos. Tal vez fueran a anunciarle que sus galeras habían naufragado. culto a los ancestros. se dijo dejando que el mal humor lo invadiera. Ella los detestaba porque tenían mejores sueldos que el suyo. Los dos trabajadores habían levantado la cabeza para mirarla. Allí no se escribía sin motivos. amor a los suyos: hacía tiempo que Alessandro había ahogado aquellas cosas en el Gran Canal. Antes de gritar que entraran. Alessandro Venier Baffo. «Otra vez ella. ¿Para qué servían los sentimientos? Para nada. hombres.

subiría a bordo a fin de recabar pistas. —¿Qué le pasa esta vez a mi hija? —preguntó él con enojo.. La dueña dobló la esquina. pero. Uno podía llegar a ser muy rico en Venecia gracias al arte del chantaje. y. —Ya veo. 28 . por lo que pido autorización para castigarla. Temblando de vergüenza y miedo. Tan pronto como anocheciera. para gran decepción de Flora. ni en Cecilia. —Cecilia ha hablado con unos soldados. Una hora más tarde. los dos individuos retomaron su trabajo. —dijo a la vez que soltaba un soplido. le bastó con dirigirles una mirada bastante severa. me ocuparé personalmente de ello. Cecilia y Kalè tienen un gran valor.. Ya no volvió a pensar en la cólera de su señor. No les hizo ningún gesto a los secretarios. —Habéis cometido una falta grave. en la barca de algún pescador.. ¡teníais pecados que confesar! —No. Después se apostaría no muy lejos. algo se tramaba. subió a su habitación y consiguió contener sus lágrimas contando su oro. iba a averiguar a quién pertenecía la embarcación. esta vez... —¡Volved a vuestra habitación y quedaos allí! El asunto de mi hija y mi sobrina se arreglará enseguida. Tal vez incluso podría ganar algo de oro. —¿Cómo ha sido posible? —Se ha escapado mientras me confesaba. cuando levantó la cabeza para mirar al canal. ni en Kalè. —Ha hablado con unos desconocidos en la iglesia dei Frari. pero. —¿Habéis dejado a Cecilia y Kalè sin vigilancia? —Es que.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¿Graves? —¡Se trata de su hija! —Ah. si es que había alguna. Volvió a sentir una amenaza. estaba segura de ello. para ver a su propietario. su corazón dio un vuelco: la misteriosa góndola adornada con plata estaba en el muelle. Alessandro estaba furioso..

Cecilia soltó una risa franca y sonora. Kalè se unió a ella. queso de los Apeninos: engulleron todas aquellas vituallas en unos cuantos bocados. —¡Por san Marcos! —dijo la sirvienta al tiempo que se santiguaba. pero por ella no asomó Flora con su vara de sauce y el Evangelio entre sus manos. dos. jamón. y se pusieron a bailar en camisón. sonreíd! Han enviado a vuestra dueña a su habitación. En Venecia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 7 Una. Se tomó su tiempo para aumentar la curiosidad de las chicas y mejoró lo verdaderamente sucedido para hacerlo más interesante. Era mejor no plantar cara a la señorita. señoritas. Toda su angustia desapareció. habría sido condottiere o caballero de Malta: tenía un guerrero en su interior. Cecilia y Kalè esperaban su castigo. pan con confites. había que ser un extranjero o un bandido para jurar por el protector de la ciudad cuyas reliquias se conservaban. seis horas pasaron sin que la dueña apareciera. Apretaron los dientes cuando la puerta se abrió. Aquello no parecía propio de su padre. Cuando la puerta se cerró. La mujer volvió a coger su cesto. Se quedaron estupefactas. ya que nunca había oído a Alessandro levantar la voz. —¿Mi tío ha jurado? —dijo Kalè asombrada. Ni siquiera los judíos del gueto se atrevían a jurar por el santo. 29 . después se echaron a reír. se protegían y se adoraban desde el año 815. sin poder preguntar nada. pidieron a la criada que les contara lo sucedido. Cecilia se quedó callada. —Vuestro padre ha agarrado a Flora y la ha echado a la vez que lanzaba todo tipo de juramentos. —Déjanos. Después. melón. —¡Sonreíd. y un apetito feroz les hizo lanzarse sobre el cesto que traía la criada. Ésta había obtenido la información de uno de los secretarios del señor. porque si no hubiera nacido mujer. La criada mentía.

querida Kalè. de un salto. Los alrededores inmediatos de la casa estaban tranquilos. En el habitáculo. somos libres para ir y venir a nuestro antojo —gritó Kalè a la vez que arrancaba algunos cabellos de crin a la muñeca. antes de continuar diciendo—: ¿Sabes lo que vamos a hacer? —No. a la Virgen y a los santos de su lado. normalmente. Esperaremos hasta que la luna esté alta. Cuando las invadió el cansancio. Vamos. Conozco sus hábitos: el jueves se va de juerga al Rialto. *** Flora había rezado para aligerar su conciencia y pedir ayuda. —¡Bien hecho! —¡Somos libres! —Sí. después. que era más tonta que una oca y más malvada que una rata! —¡Estás castigada! —gritó Cecilia. el del palacio la hizo estremecerse. cerrado por dos pesadas cortinas de terciopelo 30 . servía para calcular el tiempo de las oraciones. Mi madre y su capellán están a kilómetros de Venecia. La góndola la atraía irremediablemente. No había riesgo de que alguien la viera. Después de todo eso. Podemos ir y regresar. Después de echar una mirada alrededor. donde brillaban las antorchas. Esta noche. Había puesto a los ángeles. le dio la vuelta a un reloj de arena que Flora le había dado y que.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Tú puedes quedarte con Pietro. tenemos el palacio para nosotras solas. Sus cabellos sueltos volaban. —¡Nos pillarán! —¿Quién? Flora no se atreverá a salir de su habitación. y tiene un precio. subió a bordo. con Marco —dijo Cecilia. ¡Al demonio la dueña. Franquear el umbral de su habitación y. se abalanzaron sobre el cofre que contenía las muñecas de madera y los trapitos de Cecilia. ten confianza. —¡Eso no! —¡Sí! La libertad hay que merecerla. —Vamos a volver a la biblioteca para continuar con nuestra lectura. Mi querido padre no dormirá aquí esta noche. Toda la actividad del barrio se concentraba en el campo de San Bernabé. se sentía fuerte. Tras pronunciar estas palabras. y yo. Sus pies repicaban sobre el mosaico del suelo. y ella se acercó como un pájaro nocturno silencioso. que había dedicado un buen rato a describir a los dos arcabuceros a su prima. con las faldas remangadas. —¿Y sabes lo que eso implica? —preguntó Cecilia al mismo tiempo que tomaba entre sus manos el rostro de su prima.

No había duda de que olía a hombre. cabían cuatro personas. no habría podido soportar el matrimonio. Flora examinó durante un buen rato las fachadas agrietadas y los basamentos corroídos por el agua salada. Se maldecía al turco y se criticaba la política del Consejo de los Diez sin dejar lo que se estuviera haciendo. Tras aquellos muros. Estaba todo demasiado oscuro. En medio de la multitud. los hombres bebían o reparaban cuchillos. Flora se dispuso a volver al muelle. Al inspeccionarlo. sólo había fantasmas. Pasó las manos bajo los bancos. Un ligero tufo a orina le arrancó una mueca de asco. Decididamente. ningún poder que ejercer. Las mujeres reparaban la paja de las sillas o bordaban. Los hombres eran todos unos cerdos. No había ni la más mínima luz. y su conocimiento de la heráldica y de los símbolos era tan pobre que ni siquiera habría podido identificar los estandartes de las principales cinco familias de Venecia. Con los labios apretados. con lo que tal vez podría averiguar algo más sobre el misterioso barco. Allí había personas bien vivas y sin pelos en la lengua. Sentía horror al ver todos aquellos rostros con los que se cruzaba. y el dueño de aquella góndola no escapaba a la regla. Los bancos estaban cubiertos con cojines bordados con blasones cuyas armas no pudo reconocer. Había dos puertas cocheras con los batientes resquebrajados y las cerraduras oxidadas a igual distancia de la góndola. En el centro del campo. Los edificios que preservaban no habían pertenecido a nadie desde la peste de 1480. caminó hacia la luz de las antorchas. «En esta ciudad.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta carmesí. a un hombre viejo. Dios había querido que fuera dueña. acercó su nariz. Siempre la había horrorizado el ambiente de aquella ciudad por la noche. el ansia de todo que los hacía capaces de los actos más viles. frente a la iglesia de San Bernabé. no había nada que buscar en aquel barco. Aquel barco no pertenecía a una mujer. y que se volvían todos iguales por un mismo sentimiento: el ansia. 31 . Y ella misma se había convertido en uno de ellos. había un pozo de mármol al que todas las mujeres iban por el día para sacar agua. todos nacen y mueren con el alma negra». la sobrecogió el olor a cuero y canela que desprendía el lugar. los malditos condenados a errar hasta el fin de los días para expiar sus pecados. ninguna orden que dar. Dios la había obsequiado al ahorrarle la vida en común con un pretendiente. a menos que fuera el dux. Aquél era el lugar por el que circulaban los chismes del barrio y del puerto. revolvió los cojines. concretamente. no le gustaba sentir la impotencia de su odio por no tener ningún blanco al que dar: no había niñas que castigar. el ansia de estar con otros. Dubitativa. se dijo cuando decidió encaminarse al campo. Ella suspiró. La recompensa llegaría tras la muerte.

Le daba pánico la idea de que pudieran imaginar que era rica. los venecianos se quejaban. Y tú. Resistía bien el dolor. Aquello no la salvó de su suspicacia. y la Serenísima. Marta.. Venecia había perdido su monopolio. lo que le hacía adquirir un aire de leona a pesar de su constitución débil. se había visto obligada a ir a buscarla a Larnaca. en el lejano Chipre. Todas las caras coloradas se volvieron en dirección a la dueña. tenía unas greñas rubias que reflejaban el fuego de las antorchas. Yo no tengo nada. de hecho. señalando con el mentón a Flora. —La señorita Flora viene a espiarnos por orden de su señor —dijo la mujer en un tono brusco. El acero atravesó la tela negra y después la piel. que había construido su poder militar vendiendo esta materia prima. plantando cara a la bordadora. La cólera brillaba en sus ojos. Importa talco y pimienta —respondió ella. Allí había una bordadora a la que de vez en cuando le compraba pañuelos. —Eso no quita que se enriquezca a nuestra costa y amontone ducados.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta En el momento en que Flora llegó al lugar iluminado por las antorchas y las lámparas de aceite.. ya que siempre se quedaba sola en el palacio durante los fastos de la República. Desde el bloqueo de la navegación en el Po. mientras que nosotros jamás tenemos ni diez sueldos al final de la estación. aliada de los papas. 32 . —¡Mentirosa! —dijo la bordadora tras pincharle con su aguja en el hombro. nada de nada —objetó Flora. —¡Los militares no han sabido defendernos de ese maldito Papa! —¡Y los mercaderes no dejan de enriquecerse! —¡Son ellos los que se encargan de traer la sal y de fijar los precios! —¿Qué se le ha perdido aquí a una extranjera? —dijo. no obstante. las flotas rivales llevaban la sal desde Ibiza hasta el puerto de Ancona. Eran capaces de jugarle una mala pasada durante las fiestas en el Gran Canal. incluso el de los demás. una violenta discusión acababa de estallar sobre el tema de la sal. ¿cuántos ducados tienes escondidos debajo de tu cama? —preguntó la pequeña leona a la vez que se ponía de pie. Flora lanzó un grito de sorpresa. —Yo. Un impuesto impopular nunca había originado una revuelta. impuesto por la ciudad de Ferrara. Allí había menos sal y la gabela era mayor. sobre todo el de los demás. —Mi señor no tiene nada que ver con la sal. No era bienvenida. —¿Cómo se supone que vamos a salar nuestros pescados? —gritaba un hombre alto a un clérigo algo pálido que defendía la República. En la actualidad.

El horrible hombre se burló tapándose la nariz con sus dedos y eructó antes de continuar hablando. pero imaginaba que los pobres y los desheredados daban rienda suelta a todo tipo de tropelías. la pequeña leona se desplomó lentamente sobre el suelo. La pelirroja se desmayó y cayó al suelo. la atrapó. 33 . todavía era rápida y fuerte. Nadie osó socorrerla. A pesar de su avanzada edad. Había salido a recabar información sobre una góndola. Al sentir su presencia. El espectáculo le había gustado. Cuando consideró que los daños infligidos eran castigo suficiente por el pinchazo de la aguja.. Flora soltó un soplido para demostrar claramente el interés que sentía por aquel miserable vestido con un jubón grisáceo y astroso. entre la chusma de los obreros. y no a aguantar a un borracho. así que siguió a la dueña que acababa de irse. dejó a su presa. que empezaba a perder la paciencia. Por el olor que despedía. Ante el público anonadado. pensó la dueña. —¿Qué queréis de mí? —Felicitaros. —Noble dama. «Tú sí que estás hecho un patán». le golpeó donde más duele. noble dama. Éste se puso a aplaudir. El lóbulo se desgarró. y la sangre se derramó por los dedos huesudos. lo empujaría al canal. así que. lo que provocó la admiración de un único hombre: el clérigo pálido. cerca de los almacenes de madera y de los hornos de ladrillos. en los senos y en la nariz. Ese hombre de barba rala debía de ganar menos que un fabricante de velas. En unos instantes. En un instante. sin preocuparse de las quejas de la muchedumbre. Flora se dio la vuelta. ella sospechó que vivía al este del Cannaregio. Jamás había ido allí. y fue un espectáculo curioso el ver a la dueña limpiarse la sangre en el delantal de su vestido antes de ordenar sus cabellos bajo la especie de bonete austero que le cubría la coronilla.. pero Flora no se detuvo ahí.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cogió con fuerza uno de los pendientes de su adversaria y tiró de él violentamente. tras agarrar a la bordadora por los cabellos. recuperó su impecable aspecto y su altivez. les habéis dado su merecido a esos patanes. Una idea se le ocurrió de pronto: si continuaba importunándola. Lo más vil y despreciable de Venecia se concentraba allá abajo.

Si aquel patán de vestimenta raída vivía bajo el puente. ¡Dios maldiga a esos miserables y a sus esclavos! «Y al imbécil de tu padre». las de las conmemoraciones de milagros. todavía había otra razón para su desinterés: San Bernabé era un discípulo de los apóstoles reconocido por Milán. noble dama. me ha tocado acarrear con los errores de mi padre. ella no lo había visto nunca. Tal vez incluso empezaba a sentir cierto placer. Aunque también era verdad que ella nunca iba a aquella iglesia que frecuentaban los artesanos y los tenderos. Tres pliegues se hicieron en su frente. ¡Bajo el puente! ¡Había dicho que vivía bajo el puente! Era imposible. ciudad aliada del Papa maldito. Su mirada carbonosa y brillante desapareció casi bajo sus cejas. Únicamente los clérigos pobres y los mendigos podían vivir bajo su protección. Me consideran peor que un perro desde que vivo bajo el puente de la iglesia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 8 La noche no era propicia. Sin embargo. y Flora intentó sonreír. Una dueña no podía mezclarse con esa clase inferior. y Dios le estaría agradecido si enviaba a aquella chusma al infierno. Era un santo sin poder verdadero cuyos escritos no se habían admitido en los libros canónicos. —No sé si sabéis que las gentes de San Bernabé no me aprecian. Sus ganas de ahogar a ese miserable desaparecieron bruscamente. pensó Flora antes de preguntar de sopetón: —¿Os gustaría ganar cinco sueldos? —¿A quién hay que matar? 34 . La luna llena se reflejaba en las aguas negruzcas y recortaba las siluetas de las casas y los puentes. tenía que haber visto pasar la góndola de los pasajeros fantasmas. señor. ni siquiera durante las procesiones del once de junio. que se arruinó al invertir sus ahorros en la importación del azúcar en el momento en que los portugueses dominaban ese mercado. Flora estaba decidida a actuar. con lo que. no se le pasaría por alto nada referente al tránsito marítimo. —Cómo os compadezco. —No lo hagáis. No obstante. obligatoriamente.

que se puso a caminar hacia ella.. —¿Qué? ¡Habla! —En fin. Se fijó en la construcción medieval que la luna iluminaba. podía reportarle unas bonitas piezas de oro. Si queréis mi opinión. Volvió a mirar al clérigo. todos los judíos que se quedaban más de dos semanas en Venecia tenían que coser una «O» amarilla en su espalda. ¿Quién iba a entrar? Esa casa asusta a la gente. son conspiradores. pero una vez pude entrever su sombrero amarillo por entre las cortinas cuando la nave pasó por delante de mí. Aquélla era una información muy valiosa. —La puerta no está cerrada —añadió el clérigo. Desde 1516. —¿Del judío? —exclamó ella. lo sacó y se lo mostró a su informador. Su corazón se puso a latir más rápido. —El clérigo quiso arrebatárselo. —Tal vez no sea suya. y que no tenía nada más que temer de los vivos. Tenéis que entenderme —balbució el hombre a la vez que frotaba el dedo pulgar sobre el índice y el corazón bajo la nariz de Flora. —Como queráis. No está solo. —Ya veo —dijo ella tras soltar un suspiro. —¿Y adónde se dirige esta bella gente? —Es que. e incluso un turbante del mismo color si se ponían un abrigo.. el más vetusto y siniestro. —Son para ti. El edificio parecía una tumba destruida por la edad. oculto en un minúsculo bolsillo cosido en el interior de su falda bajo la cintura. Con un gesto increíblemente rápido. que abandona el gueto y que desafía las órdenes. sino que lo acompañan dos personas con capa. Más aún. Un judío. noble dama. 35 . pero los dedos huesudos de la dueña se cerraron. —Sólo quiero una información. ¿Veis aquella gran góndola con los ornamentos de plata? —Sí. —¿Cómo es eso? —La cerradura está rota. —A mí no —respondió Flora..Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Flora soltó una risita.. unos conspiradores. un judío que sale por la noche. la góndola del judío. o llevar un sombrero amarillo. Siempre llevaba algo de dinero encima. y no hay nada que robar en su interior. Él le señaló uno de los dos inmuebles abandonados. —¡Es allí! Flora se lo había figurado.. —Primero la información. noble dama..

Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Se sentía valiente. La perspectiva de ganar algo al denunciar al capitán la presencia de un judío fuera del gueto en plena noche la hacía fuerte. El clérigo la vio desaparecer en el vientre de la horrorosa casa y. volvió sobre sus pasos. 36 . atenazado por el miedo. Y Dios le dio el coraje de empujar la puerta que oponía resistencia. Ése también era el deber de una cristiana. se encaminó hacia las luces y hacia la taberna. presa de una repentina especie de curiosidad malsana. después.

Mientras se esforzara. La primera vez. La confianza de Cecilia le hacía sentirse segura. Era la segunda vez que se apresuraba a abrir la puerta de la biblioteca. a Cipariso llorar la muerte de su ciervo. a Nereo surgir de las aguas. Si otras mujeres lo habían conseguido. pues su miedo. ella también tendría éxito. Sería libre.. rechazaba ver adónde se dirigían las adolescentes. Kalè ya no gimoteaba. esa cita daba una idea del carácter del señor de esos lugares. Se sentía capaz de desafiar al Papa y al rey de España. incluso salir. ni su horrible dueña. y se veía a Diana tensar su arco. ni la Inquisición. Se habría podido decir que. Tal y como había predicho Cecilia. 37 . Ella sería libre. Cubiertas por sus largos y blancos camisones. no se habían dado cuenta de que había unas frases esculpidas en la madera de las columnas que se leían como anuncios. unas antiguas estatuas griegas y romanas parecían tomar vida. Su luminosidad ya no conseguía iluminar el palacio a través de las altas ventanas en ojiva. Cecilia y Kalè iluminaban con sus velas los rincones sombríos. Su fe era simple. ni las pesadas leyes de la República. —Una salus victis. ni el egoísmo loco de su padre. a caballo. no había nadie.. ante la ausencia del peligro. se había desvanecido. La puerta se abrió y dejó vía libre al templo del saber y de las prohibiciones.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 9 La niebla había tapado la luna. «La única salvación de los vencidos es no esperar ninguna salvación». nullam sperare salutem —leyó Kalè. sentiría el viento de la carrera. aprendería a desafiar las prohibiciones. a César y a Antonio pensar en Cleopatra. Su mano se mostró segura. podían ir y venir. ese momento en que ella tendría capacidad de elección. sólo debía aferrarse a esa idea. Reveladas por las llamas temblorosas. nada más importaría. En el mundo. Las dos primas vieron la biblioteca con una mirada diferente. o el soplo de la tempestad en una orilla desconocida. Aparte de esos seres de mármol. en su pudor. La gran llave giró casi sin hacer ruido. dominadas por la impresión. ya no contaba nada aparte de aquel lejano momento en que.

La inquietud se apoderó de ella cuando oyó los crujidos. olvidaron que estaban en Venecia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Esa frase de allí les cuadra a los venecianos y a mi padre —dijo Cecilia. Flora seguía aguzando su oído. Intranquila. no obstante. con la única orientación irregular de la misteriosa luminosidad velada de la noche que penetraba por las aberturas. aunque sólo los produjera la madera de las vigas y del suelo. no se habían presentado. el centenar de ellos o. así que. Flora se mantuvo en guardia durante los primeros pasos que dio por la casa abandonada. pero sólo oía los extraños crujidos del esqueleto del edificio. incluso. el diablo y los judíos se reunían para celebrar el sabbat. pero el ansia de riquezas era demasiado fuerte. y estaba representado con tanta viveza que Flora creyó que iba a cobrar vida y a agarrarla por la garganta. Sólo estaba abierta una de las cuatro puertas del vestíbulo. nadie me domará — añadió mientras se dirigía al estante en el que se encontraba el Hypnerotomachia Polifili. Abrieron el libro a toda prisa para atiborrarse de imágenes malsanas y. 38 . La planta baja estaba llena de desperdicios. Para ello. franqueó el umbral dejando de lado sus temores. le permitiría abandonar la laguna y retirarse a una de las grandes ciudades del sur donde se disfrutaba de una gran vida. Podría haber detenido su camino y quedarse allí. Por el momento. vio un fragmento de un fresco sobre una pared de cemento. con toda seguridad. le parecían una gran fortuna que. Aquella casa estaba realmente maldita. «proteger a los que se someten y domar a los soberbios». los tres centenares. cuando sus sentidos se despertaron y su pecho se humedeció. en un enorme vestíbulo. Por el único sitio por el que se podía pasar era por la gran escalera que conducía al piso superior y cuyos escalones estaban rotos. pero a mí. añadida a sus ahorros. lo que impedía cualquier inspección de las habitaciones. avanzaba a ciegas. En el primer piso. señalando un verso de Virgilio—: parcere subjectis et debellare superbos. Su suposición cobró más fuerza cuando notó el tufo a polvo y podredumbre que allí se respiraba. Sólo le quedaba poner nombres a aquellos que se reunían clandestinamente. le bastó pensar en lo pesado que era un ducado de oro y en que veinte eran suficientes para que un obrero del arsenal pudiera mantener a su familia durante un año. era el brazo blanco de una virgen que colgaba al borde de un estanque.

—No del todo —respondió con franqueza Cecilia. y ése era un sitio que. después. Cecilia fue a apoyar su oreja contra el batiente. —Vamos. Cada una pensaba en sus preocupaciones. Llegaron hasta ellas unas voces ahogadas que no venían de los muelles. Las dos primas se quedaron inmersas en sus ensoñaciones. en fin. En Grecia. Unas criadas se habían engordado tras disfrutar de ciertas diversiones en los rincones del palacio. en la que participó su padre. Inmóviles y con los ojos fijos sobre un pasaje de los Jueces. conocer los detalles de esas diversiones ya era distinto. de hecho. —Sí. le mostró su sorpresa a Kalè: las voces no llegaban del pasillo. ni siquiera estaba muy segura de ello. y su familia debía pagar tributos a Solimán el Magnífico. Sólo los animales procedían de ese modo. durante la enésima invasión otomana. ya que pensó que el castigo sería más leve si alguien las sorprendía inclinadas sobre las Santas Escrituras. Ella había obtenido esa información de su madre. escuchando las voces difusas. Se contaban muchas cosas en la cocina. Tal vez los venecianos fueran diferentes. y. Lamentó no poder aclarar ese misterio. de manera que el silencio que reinaba les permitía escuchar los ruidos lejanos de la ciudad. —¿Tú crees que. Actualmente.. a ella. Siguieron sin moverse durante un momento. tras el desastre húngaro en la batalla de Mochas. Extraño era el término adecuado. dentro de una mujer? —Es indispensable para tener niños. es muy extraño. cuyos conocimientos se limitaban a su capacidad de observación.. Parecía que había alguien tras la puerta. que es posible un hombre. Sólo son imágenes.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Kalè estaba tan roja que Cecilia creyó que iba a desmayarse. estaba dispuesta a aceptar que el libro que había apoyado sobre sus rodillas reproducía esas diversiones. De todos modos. Cecilia y Kalè notaron que su piel se erizaba. —¿Oyes eso? —preguntó Cecilia. Cecilia cerró enseguida el libro y lo volvió a poner en su lugar.. a continuación. Kalè se quedó estupefacta. ya no aguantaron más. le gustaba frecuentar ya que se aprendían las reglas de la vida y los secretos de las mujeres. —¿Estás segura? —preguntó Kalè. 39 . y de Tlemcen a Aden. ya que su madre había muerto ocho años antes.. Sin embargo. esperaban ver entrar a Flora con un cuchillo. pero. Justamente por esas razones su padre la había enviado a Venecia. reponte. los turcos gobernaban un imperio que se extendía desde Buda a Basora. Tuvo la presencia de ánimo necesaria como para tomar una Biblia. los niños nacían cuando un hombre y una mujer se besaban.

Pero ¿de qué pueblo hablaba? ¿Y quién era ese maestro cuyo nombre no pertenecía a ninguna de las grandes familias de la Serenísima? «Lo habéis aislado en el gueto». concluyó la voz afeminada. Siguió a Cecilia con la mirada. debía de tratarse entonces de resucitados o de ángeles. En el espacio habilitado por Cecilia. Acababa de descubrir algo. Otra voz repuso: «Es una vieja historia. Kalè se acercó a su prima. maestro Levy. Así era como su padre salía del palacio sin levantar sospechas. acogimos a su pueblo. «Señores. Si no había nadie. Después. —Escucha. se hacía notar más: «¡Todavía debemos soportar las nefastas consecuencias de la derrota de Agnadel! ¡Que Dios castigue a Bartolomeo d'Alviano y al conde di Pitigliano!». apartó los libros y pegó su cabeza al interior de las estanterías. comprendió enseguida que había un pasaje secreto. Pero ¿quién estaba con él? Las otras voces le resultaban desconocidas. «Y Venecia fue excomulgada por Julio II». A Kalè se le salieron los ojos de sus órbitas. podía verse el fondo pulido del mueble. En su rostro esbozó una sonrisa astuta. que había hecho el mismo razonamiento. «Por eso. no estamos aquí para enmendar la ley. Esa parte de la biblioteca no era más que un engaño. Acababa de reconocer la voz de su tío. entre dos tratados de matemáticas y las Confesiones de san Agustín.. 40 .. apoyó su oreja sobre las repisas de madera.» Ése había sido su padre. se paró. rectificó Levy.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —No hay nadie. seres invisibles que se les iban a aparecer para castigarlas. Cecilia. cada uno de nosotros debe hacer sacrificios y ceñirse al plan de nuestro bienamado dux». A su pesar. había una pared maestra que se apoyaba sobre la de una horrible casa abandonada. Su temeraria cómplice caminó a lo largo de las estanterías. sino para retomar la iniciativa contra los turcos. Kalè se concentró y no pudo evitar soltar un pequeño grito. añadió una tercera voz. Una de ellas. ¿Qué extraño fenómeno le permitía oírlo? Detrás del armazón de madera. después. —Viene de allí —susurró. que era algo afeminada. reconquistamos Padua y establecimos alianzas».

Los conspiradores se volvieron locos intentando atraparla. no. Ese hombre tenía el poder de encerrarla para siempre en un convento.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 10 Dux: ése título resonó como un cañonazo en los oídos de Flora. —¡Qué demonios es eso! —gritó uno de los hombres en la habitación contigua. Temblorosa. se estremecía ante cada una de sus afirmaciones. no conseguía valorar la magnitud de las revelaciones. Pero. Habían hablado de cambios de alianzas. Sintió un cosquilleo en la punta de los dedos. a la vez que espiaba lo que decían en aquel consejo oculto.. pero les llevaba ventaja suficiente como para escapar. Si actuaban en secreto en nombre del dux. pero Flora. Francia era el país más rico de Occidente. Desde que había encontrado el lugar en el que se reunían los conspiradores (en una estancia apartada. al que había desobedecido. El calor y el olor a rancio que desprendía se propagaron y atrajeron a los habitantes del lugar. Sus escudos eran bonitos y hacían un sonido bonito. Un oído ejercitado habría podido oír los leves chirridos en el aire. la mordió en la pantorrilla. sin puerta alguna a la vista). Oyó claramente que sacaban las espadas de los forros y que la perseguían lanzando juramentos. de traicionar a los Habsburgo. su temido patrón. Además. Lo más perturbador y atractivo era que acababan de pronunciarse en el transcurso de la conversación los nombres de Cecilia y Kalè. Seguía calculando mentalmente los tesoros. estaba el mismo Alessandro Baffo. La mención del dux la hizo retroceder en la oscuridad que la rodeaba.. ella no podía denunciarlos a las autoridades judiciales de Venecia. más temeraria que sus comadres. y que le subía la temperatura. al embajador de Francia. entre ellos. En el 41 . No sintió que unas cosas se movían bajo su vestido. sí. y sólo gritó cuando una rata. y los imperceptibles ruidos en los desechos. de provocar revueltas en Grecia. y en todos los mercados de Italia los aceptaban. —¿Quién anda ahí? Flora se lanzó como una flecha fuera de la sombra y se precipitó hacia las profundidades de la casa. a España y a Francia. de adueñarse de Raguse y de Durazzo.

Esa horda pasó por delante de la puerta de su habitación y continuó su marcha hacia al piso superior. Unas puertas crujieron. cofres. hubo un gran estruendo en alguna parte del palacio.. —No quiero —se quejó Kalè. lo que resultó fácil. subió hasta su habitación. El silencio reinaba allí. y por la jugarreta que iba a gastarle a ese perro de Alessandro Venier Baffo. y por puentes y muelles. volvió a encontrar el camino hacia el palacio. Kalè sujetaba con fuerza la mano de su prima. sólo un poco de tiempo. Ya en su habitación. Poco tiempo después. mentalmente. dadme un poco de tiempo y cubriré vuestro altares de flores hasta mi último aliento. y ella no lo perturbó. al de los Carmini. debía refugiarse en casa del embajador de Francia. batía como para huir del magro pecho de la adolescente. amueblada con trípodes de bronces. nadie nos ha visto salir de la biblioteca..» Tenía un duplicado de las llaves del jardín. y unos ruidos de metal subieron hasta el tejado. Y no se envía a un ejército para castigar a unas niñas. esperaban que llegara la tempestad. pero esa vez la puerta de la habitación se abrió. Con paso ligero. y con dos estatuas de María Magdalena que habían traído de Marsella cuatro años antes. añadió unos cuantos escudos a los ducados de su fortuna. Unos soldados corrían. «El señor ha debido de reconocerme. Ahora. el pobre galopaba. apelotonadas la una contra la otra en la gran cama con baldaquín que abría sus cortinas sobre la gran y sombría habitación. unas pisadas resonaron en la monumental escalera. perderse en el laberíntico Dorsoduro era la mejor manera de desorientar a sus perseguidores. Los sonidos no engañaban. volvieron a oírlos. Cecilia y Kalè habían corrido hasta perder el aliento.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta muelle. Tras una larga vuelta que la llevó desde el campo de San Margherita. chirriaban sobre las baldosas y las ensuciaban con sus pisadas. Animada por su éxito. tan fuerte que Cecilia sentía el latido de su corazón. Sus picas y espadas repicaban.. seguro que me ha reconocido.. Dios mío. al que. Recuperar su oro y volver a hacer el trayecto en sentido inverso no le llevó más que una exhalación. consiguió borrar sus huellas. cubría de escupitajos y porquerías. Unos gritos y juramentos habían resonado en el momento en que iban a enterarse de por qué sus nombres estaban mezclados con aquellas extrañas negociaciones. 42 . Mientras su inquietud las hacía temblar.. que utilizó para entrar en la mansión de los Baffo. —Cállate. Tras pasar por calles y callejones. Le transmitía miedos que ella no tenía. y del río San Sebastiano a la calle Lunga. se puso a correr hacia la calle Terra Canal.

Así que obtendría sus cuatro mil ducados y facilidades comerciales. Alessandro comprendió. Abroncó a los soldados que esperaban en el umbral. 43 . alguien quiere hablar con usted. Abrió su bolsa y puso dos dinares sobre la palma de la mano. mi señor. —Amigo. paternal. —Iréis a donde mande el deber para con la República. perdía a su hija y a su sobrina. Con esta enigmática respuesta. El rostro de Alessandro se ablandó. que mantuvo abierta bajo los ojos del patán. y tenía los ojos inyectados en sangre. —¿Dónde está ella? —No la hemos visto desde la tarde. preparad vuestras cosas. ¡Ofrezco veinte ducados al que la encuentre! En cuanto a vosotras. —¿A qué esperáis? Buscad por toda la ciudad. Alessandro suspiró exasperado y consintió con un leve asentimiento de cabeza. Cecilia no lo había visto nunca en un estado semejante. Cuando vio al miserable que lo esperaba en el confinamiento de la galería donde. En la planta baja. ¡os envía la providencia! —No. —¿Vamos a reunimos con mi madre? —susurró Cecilia. —¡No es el momento! —Tiene importantes revelaciones que haceros. No la había creído capaz de un doble juego semejante. fraternal. Una gracia enviada por un ángel habría tenido el mismo efecto. —Es sobre la dueña —dijo el vil personaje que apestaba a vino adulterado. Como contrapartida. —¿Dónde está vuestra dueña? —¡Padre! —gritó Cecilia a la vez que abría los ojos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Las dos primas cerraron los ojos y se entrelazaron hasta no formar más que un solo cuerpo. la vieja trabajaba para una de las grandes familias que se oponían a los Gritti. esa traición había tenido el mérito de poner fin a las discusiones con los enviados del dux. Al menos. —¡La muy zorra! ¡Voy a hacer que la descuarticen! —gritó Alessandro. Adoptó un aire amistoso. es la necesidad. se fue cerrando la puerta tras de sí. y la mirada y la sonrisa del joven sacerdote que quiere velar por el prójimo. el portero lo abordó: —Señor. vendrán a buscaros al amanecer —dijo a las niñas. lo que no significaba nada ya que tenía el corazón seco y ningún sentido de la familia. La antorcha que sostenía ante él le enrojecía el rostro. colgaban las llaves del palacio y un Cristo de madera de olivo. Había reconocido a Flora cuando huía. Seguramente. sobre un jergón. Estaba rabioso. estuvo a punto de golpear al portero. Oyeron el paso pesado de un soldado armado.

44 . —Os voy a decir dónde está.. se había hecho un silencio sepulcral. El negocio de mi padre en el comercio del azúcar quebró. temían el amanecer. El clérigo no osó insistir. Ahora. *** En la habitación.. Otros dos dinares se unieron a los anteriores. Tomó con delicadeza las monedas y las guardó en su abrigo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Yo soy un pobre clérigo. ya que sentía latir la rabia bajo la tranquila fachada de Baffo. Cecilia y Kalè todavía no se atrevían a moverse. Se repetían las palabras de Alessandro y alimentaban su angustia.

la había recibido. Jesús las miró con bondad. el aspecto repugnante de aquel pequeño reptil viscoso hizo que apartara la mirada con disgusto». para hacer más dolorosa la agonía del Salvador en la cruz. Flora se preguntaba en ese momento si había hecho una buena elección al ir a ver al embajador de Francia. que decía ser el primer secretario. Si se reflexionaba sobre ello. pobremente iluminada por cuatro lámparas de aceite. o al Nuevo Mundo. pero también eran más avaros. pero cuando le llegó el turno a la salamandra. envarado en un jubón de seda roja rebosante de bordados. No sabía nada de ese maldito secretario del embajador desde que el reloj había dado las doce en el enorme reloj de muelles decorado con una salamandra dorada. El hombrecillo delgaducho de pelo bermejo y mirada torva. Ese rey barbudo de nariz larga y mentón hendido con un hoyuelo no le inspiraba demasiada confianza. la humedad dejaba sus huellas por todas partes y hacía que saltara el enlucido del techo. que las telas se 45 . Las ventanas eran apenas más grandes que las troneras de una fortaleza. y aquel palacio situado a la orilla del río San Felice la oprimía. Flora había rehecho su proyecto de fuga cien veces: ¿se dirigiría al sur de Italia o al sur de Francia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 11 Un Francisco I la miraba con sus ojos de mármol desde que la habían llevado a aquella gran habitación de tapicería recargada y con grandes muebles con columnatas. Habían pasado cinco horas desde la desaparición del pequeño secretario. pero ella se había escudado en la importancia de sus revelaciones para no querer hablar más que en presencia del embajador. a uno de los estados principescos de Alemania. ¿Por qué la hacían esperar? Había afirmado alto y fuerte que tenía información importante que concernía al porvenir del reino de Francia. a Malta o a Amsterdam? Sólo sentía una total incertidumbre. los españoles y los ingleses podían ser mejores compañeros. Ese animal detestable le recordaba una historia que los marinos bretones que hacían escala en Venecia contaban: «Los judíos. hicieron pasar bajo sus ojos a las bestias más inmundas y a las más asquerosas.

el clérigo se excusó y quiso esquivarlo. con la tasca ya cerrada. Su rostro alargado con los ojos juntos lo asustó. vagabundeaba por las calles y los puentes silenciosos de la ciudad. —Regístralo y volvamos al palacio a por las órdenes. No pudo huir. 46 . antes del amanecer. a la vez que le inmovilizaba los brazos. circulaban treinta y dos monedas extranjeras. seco como el tronco de la viña. A cambio del dinero.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta estropearan y que los cueros se llenaran de moho. y llevaba un bonete de cuero. Finalmente. Avanzaba con paso inseguro por estar desorientado. Aturdido. —Ha tenido su merecido —dijo el que lo sujetaba. Empezaba a preguntarse si estaba en el lado bueno del Gran Canal. se dirigió hacia San Bernabé. Vio el largo cuchillo en la mano del de la viruela. Asustado. pero un segundo hombre. Por las calles calurosas de Venecia. y sus dedos habían explorado su intimidad. Después de vender a la dueña al señor Alessandro Venier Baffo. rondaban por las cajas de varios comerciantes y acababan un día u otro en las arcas del Estado. los aventureros y los truhanes acostumbraban a compartir sus bromas a lo largo de interminables borracheras. En ese momento. se precipitó enseguida a una de las tascas cercanas al Rialto. Pudo leer en él su cercana muerte. erraba por la ciudad inmóvil y dormida. allá donde los mercaderes. El olor a salitre le hacía cosquillas en la nariz. Su grito se ahogó cuando la hoja le cortó el cuello. no estaba en un buen sitio. pero ese gesto de nuevo rico apenas había impresionado a la gorda y bigotuda tabernera que guiñaba el ojo derecho mecánicamente. pasaban por las manos de los traficantes. A esas horas. y la iglesia era invisible. Dejó caer brutalmente su denario sobre el mostrador del Caballero Ardiente. El hombre lo cogió por la cintura. le había lamido los pechos rosáceos a la chica. no había nadie. le había servido un gran cántaro de vino y le había llevado una esclava prostituta despechugada. la niebla ocultaba las figuras. Un denario de plata había bastado para hacer feliz al clérigo. Entre dos sorbos de vino. Perdió el rumbo al llegar a la plaza de San Polo. cuando un hombre de negro apareció a través de la niebla. lo agarró. lo que la había hecho reír. su rostro estaba marcado por la viruela. No. El vino había borrado el mapa de la ciudad que tenía grabado en su memoria. mientras que su cómplice preparaba la sangría. también vestido de negro.

47 .Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Registraron al clérigo. le quitaron sus tres denarios y lo abandonaron a merced de las ratas a las que atraía el olor a sangre. Él tampoco estaba en el lugar adecuado.

veamos qué podemos proponerle a esta dama. 48 . ¿qué cosa tan importante es la que desconozco? Venecia está llena de rumores traídos por el viento del Adriático. la había calado desde el primer momento. —Mi querido Arnaud. olía a jazmín. —Y bien. Era más bien un hombre guapo y refinado. señor conde. que veía finalmente que su horizonte se aclaraba. como la de un bebé. Su piel rosada. el pequeño delgaducho se mostraba agitado. y llevaba unos pendientes de perla en las orejas. El noble francés no perdió más tiempo. y tenía la más franca de las sonrisas cuando se inclinó ante él. —Espero que podréis embarcarme en uno de vuestros barcos —dijo Flora. Detrás del importante personaje. —¡Escudos! —¿Debo entender que queréis iros a nuestra preciosa Francia? —preguntó el embajador. haciendo gala de la más bella de sus sonrisas. Se podía leer la maquinación en su mirada.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 12 Cuando apareció el embajador acompañado por el primer secretario. el dinero de los infieles. señora. El protocolo duró menos de un minuto. —La señora Flora Terrasso Facchi tiene importantes revelaciones que comunicaros. que no tienen más consistencia que las historias de marinos ebrios. —Las he obtenido de una persona próxima al dux y del señor Alessandro Venier Baffo —dijo ella en un tono más alto. Sus cejas se arquearon y se volvió hacia su secretario. a una buena cristiana como ella. y empezó a hablar con voz de falsete. —¿Queréis ducados. Tenía ojos rasgados. Flora respondió sin dudar. denarios. escudos o piastras? ¡Qué falta de pudor! Ofrecer piastras. pero que no deja nada sin compensación. Flora recuperó la confianza. Ella había vuelto a retomar su aire duro y frío de mujer que lo sabe todo. un fino bigote sobre la boca en forma de corazón.

las ratas que se contaban por miles. Sus habladurías le habían reportado trescientos escudos. La espadilla removió el cieno.. Otros silbidos rompían el silencio a estribor. por supuesto. los mercaderes autorizados a robar a los ciudadanos. No estaba solo. Los silbidos se acercaban. 49 . Los recuerdos de esos espectáculos se presentarían en su mente cuando echara de menos su empleo de dueña. Este último silbaba de vez en cuando... Le parecía que todo había sido fácil. Flora todavía no se lo creía. Lanzabas tres notas ascendentes que debían de oírse a cientos de metros a la redonda.. El pequeño delgaducho la condujo a una góndola. se dijo cuando se encontró en el exterior. Flora bendijo a esa aliada. Ninguno de ellos suponía un peligro.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Por supuesto. Vamos a ir contando su oro. A esa hora. o al menos eso creía Flora. —Os voy a llevar a bordo del San Eustaquio. Olvidaría las bellezas de la ciudad y sólo conservaría en la memoria a los mendigos que mostraban sin dignidad alguna los muñones de sus brazos ante las iglesias. Explicó con exageraciones lo que sabía y mezcló el nombre del almirante Andrea Doria en la conspiración. Subió a la embarcación negra. señora. se oían en el agua. Esa manera de asegurar la navegación en la laguna molestó a Flora: en ese momento. Veamos ahora cuánto valen sus palabras. Flora tuvo incluso la impresión de que el gondolero estaba haciendo maniobras para encontrarse con una barca invisible cuyos remos. después. Muy pronto. pero es evidente que lo tendréis cuando hayáis hablado. así como a las prostitutas viciosas. El barco levará anclas por la tarde. no quería llamar la atención de los aduaneros. agarrando contra su pecho el saco de cuero que contenía su tesoro. La niebla espesa se tragaba las casas y el canal. Ella lo siguió con una seguridad pasmosa. los únicos espectadores que había eran los pescadores que volvían de la laguna y los transportistas de verduras. La gran mancha pálida de la isla San Michele fue visible durante un instante. El momento había llegado al fin. «No habrá lamentaciones». Venecia no sería más que un recuerdo lejano. Iban a rodear el arsenal. en ese momento. que se preguntaba cómo se orientaba el gondolero. la gangrena judía del gueto. y la góndola puso rumbo al canal de la Misericordia. El capitán es alguien próximo al conde. la niebla retomó su lenta conquista. El gondolero era un mocetón curtido al que ella ignoró. señora. Las fachadas fantasmagóricas desaparecieron.

—Unos amigos que la van a conducir a nuestro barco —respondió el primer secretario. Los dos hombres avanzaron hacia ella. Extrajo de su saco una daga española con incrustaciones de marfil que había robado de la sala de armas del palacio cuatro meses atrás. La viruela había marcado las mejillas de uno. ¡Nadie le quitaría su fortuna! Había previsto ya esa eventualidad. se dio cuenta de que algo no iba bien. Sus compañeros dudaron.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Una proa llena de algas y de mejillones se abrió paso a través de la opaca cortina de niebla. Su primer pensamiento fue que querían su dinero. Cuando la dueña cayó al fondo de la barca. que se tambaleó y a punto estuvo de caer. sino que utilizaron sus herramientas como morteros con un movimiento mecánico. —¡Diablos! —gritó el hombre de la viruela a la vez que reculaba. Los dos hombres de negro le hicieron una señal con la cabeza al primer secretario. Los marinos estaban vengando a su compañero. Este último no hizo nada por evitar el abordaje con suavidad. Sólo tras recuperar el equilibrio. así que reaccionó de inmediato. Flora se quedó extremadamente pálida. no se pararon. Dos hombres de negro estaban de pie en la popa. aunque se agarró al mástil. Dado que no había viento. querida. y el otro tenía la cara hundida a causa de una delgadez cadavérica. 50 . ¡Atrapadla! Un marino intentó agarrarla por las piernas. Otro palo alcanzó sus riñones. nada malo —dijo el de la viruela a la vez que mostraba un cuchillo curvo. donde un marino manejaba el timón. Ella no necesitaba ninguna ayuda para subir a bordo del nuevo bote. para su sorpresa. —¿Quiénes son estas personas? —preguntó Flora con el ceño fruncido. No tenían cara de buenos católicos bajo sus bonetes de cuero. Lo notó hundirse en alguna parte de su vientre. Pertenecía a una torpe embarcación con una vela caída. el dolor no la asaltó. —Esta perra se la está ganando —dijo el timonel—. Un escalofrío la recorrió. cayó hacia delante y se encontró con el cuchillo del hombre de la viruela. seis remeros se afanaban con todos sus músculos por hacerla avanzar. Flora no pudo evitar el golpe del palo sobre su espalda. y le tendió la mano para ayudarla a subir a la recién llegada embarcación. y después otro más. y la hundió en su rostro tan violentamente que la hoja desgarró con un golpe seco desde el ojo hasta el final de la mejilla. —¿Qué pretendéis hacerme? —Nada malo. Flora esgrimió su arma por encima de su cabeza. y después a uno de ellos se le ocurrió utilizar su pesado remo. El hombre gritó. aunque.

los hombres cesaron de golpear. Con una mirada tétrica. Flora expiró. cincuenta para el patrón de la barca. pero. Tal vez gritara al ver que el hombre de la viruela le había arrancado su saco. Después. después de haberla despojado de sus joyas y de haberle cortado un dedo con un anillo. siguieron los preparativos que estaban llevando a cabo para echar al agua el cadáver. Rodearon el cuerpo de la dueña con una cadena pesada. Venecia tenía muchos enemigos. asintió con la cabeza: habría sido una buena asesina a sueldo. el secretario dio la orden de que pararan. En ningún momento había gritado. y el resto para ellos. Otras misiones los esperaban. 51 . Flora iba a servir de comida para los peces. Atontados pero resarcidos. Admirado. en todo caso. Entonces. lentamente. su grito sólo se oyó en el otro mundo. El de la viruela los apartó. Los dos hombres de negro obedecieron y restituyeron el pago del embajador al secretario. con un golpe mortal y limpio. se inclinó sobre el cuerpo inerte y lo palpó con mano de cirujano.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Sólo se oyeron los impactos secos sobre el montón de carnes muertas y de huesos rotos. donde sabía que encontraría el riñón. la giró y. Todavía había vida en el viejo pellejo. Repartieron diez para cada uno de los marinos. ellos no manifestaron su alegría. Al revés que los marinos. deslizó su hoja por debajo de las costillas. balancearon el cuerpo por encima de la borda. Había un poco más de cuatrocientos. avalada por el patrón de la barca. —¡En el nombre de Dios! ¡Cuánto oro! —exclamó el hombre de la viruela. Después de un momento interminable. después se repartieron los ducados. —Los escudos pertenecen al reino de Francia —dijo el secretario.

—¿Habéis visto a la vieja lechuza? —preguntó Cecilia a las mujeres que se afanaban en torno a los cofres y a las maletas. ¿Y si su padre las enviaba a un convento? ¡Antes la muerte! Miró a su alrededor. pero ni siquiera su espíritu podía escapar: estaba condenada. El sonido de las campanas se debilitó. Debían de servir a un noble de renombre porque sus vestidos eran de un lujo casi ostentoso. pero el sol ya brillaba por encima de las olas y los tejados. fue hacia la ventana y buscó una forma de huir. Vuestro padre no tardará. Sonaron las campanas que llamaban a los fieles a la misa de las diez. otros habían llegado al alba. Esos sonidos le recordaron a la iglesia dei Frari. a los dos arcabuceros. Las habían preparado como a los animales que servían de víctimas en los sacrificios de la Antigüedad. ni siquiera durante el laborioso arreglo de su peinado adornado con largas horquillas de plata. Las criadas prepararon y vistieron con el corazón en un puño a las dos primas. Cecilia intercambió una mirada de inquietud con Kalè. y las criadas se apresuraron para salir lo antes posible. la puerta de la habitación se abrió. Ninguna de ellas abrió la boca. pero no pertenecían al ejército. igual que sus espadas con piedras semipreciosas. Sus collares de la comunión y sus cruces lanzaban destellos de oro sobre el terciopelo de color vino de los vestidos idénticos que ellas solían llevar los días de fiesta. Ambas se habían puesto sus mejores galas a petición de Alessandro. Tenéis que estar listas para el viaje. En ese momento.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 13 La dueña no había vuelto a aparecer por la habitación. 52 . el señor apareció. —No sabemos nada de nada —respondió una de ellas—. Numerosas amenazas se cernían sobre el palacio. ¿Cuál sería el destino? Si ella debía ceñirse a lo que había dicho su padre. deberían haber salido tan pronto como hubiera amanecido. a las emociones nacientes y a las ansias de libertad. Unos soldados lo habían registrado la víspera y habían sembrado el miedo y la sospecha. Cecilia se quedó pensativa.

. 53 . —¡Pero si tiene toda la autoridad sobre mí! ¿Quién podría acabar con eso aparte de Dios. hemos rezado por nuestra pobre dueña que os ha disgustado. Alessandro miró a su hija torvamente. Iba a sacar provecho con una dote. A estas horas navega hacia Francia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Alessandro no las vio huir. Podían devolverle a Cecilia y Kalè. participar de la herencia de Kalè y ganar prestigio. Cecilia apretó los dientes y los puños. —Sí —mintió Cecilia—. Otras jovencitas habían sido seleccionadas. Los que van a cubrir vuestras necesidades y a ocuparse de vuestra educación son infinitamente más ricos que yo. y. Vosotras no iréis tan lejos —repuso él. Jeanne Venier Baffo tenía los bronquios delicados y. Con un poco de suerte o una ayuda del Cielo. Dios sabría mostrarse generoso. —¡A Francia! —Fue su elección. —¿Lo habéis hecho? —insistió él. ya que sólo tenía ojos para su hija y su sobrina.. Los que iban a tomar en sus manos los destinos de esas dos obstinadas podían renunciar a su empresa. Una idea indigna y repugnante atravesó su espíritu: las enviaría a reunirse con la dueña. ¿Acaso se reía esa mocosa de él? No descubrió en su rostro segundas intenciones. Había una decena de conventos cercanos. La pregunta sorprendió a Cecilia. su mujer moriría de alguna enfermedad pulmonar. Sus labios se habían redondeado. —¿Habéis rezado? —preguntó a las niñas. y eso los había vuelto sensuales y atractivos. añadió: —Sabed que tomo la decisión de separarme de vosotras con todo conocimiento de causa.. «Se está haciendo mujer». algún día. La sangre volvió a afluirle al rostro. ¡Nadie iba a encerrarla! ¿Cuáles eran los objetivos que perseguía su padre? Si al menos hubiera podido oír algo más la víspera.. escupía sangre. —Vuestra dueña tiene un nuevo destino. en cuanto llegaba el otoño con los primeros fríos.. como si se hubieran llenado del jugo de un fruto rojo. Tal vez. La vida era magnífica. Aquella muerte lo haría un hombre todavía más rico. Osó plantear una última pregunta: —¿Volveré a ver a mi madre? —Eso no dependerá de mí. la Inquisición o el dux? —Ya basta. Las dos bellezas valían su peso en oro. como para justificarse ante los ojos de Dios que lee los pensamientos. En ese caso. Alessandro estaba pálido. pensó mientras la observaba. Temía las próximas semanas. No tan lejos.. Una sonrisa iluminó su rostro marcado por la fatiga.

os ruego que os pleguéis a la voluntad de vuestros nuevos tutores. hasta que ese día lejano llegue. pero. ¡Ahora.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta deba arrodillarme o postrarme en vuestra presencia. vamos. os esperan! 54 .

de Sicilia y de Calabria. Cecilia y Kalè no pudieron evitar fijar sus miradas en los pabellones de esas naves. se afanaban por llegar a las orillas públicas donde los esperaban los severos oficiales de aduanas. unos barriles de vino se alzaban como barricadas infranqueables. Con todo este flujo de productos y personas que llegaba del mar. Los más numerosos eran los mercaderes de San Polo y de San Marcos. llaves. ¿Iban a entregarlas a uno de los capitanes de las poderosas galeras españolas. bajo cestos de frutas y sacos de legumbres que iban pasando por la balanza pública antes de depositarlos en el mercado. sino que se dirigió al puerto. el vasto fondaccio de aceite rebosaba de toneles provenientes de famosos molinos de Creta. Había unos hombres que se doblaban bajo el peso de lingotes de hierro y de cobre. cruces. Ni uno solo de estos obreros escapaba a la vigilancia de los oficiales de aduanas y de los magistrados de la sal. Un mar de velas se extendía desde la punta de la Salute a Sant' Elena. que asediaban los mercados con sus pedidos. La vía principal de Venecia. zigzagueando por los canales para acortar distancia. se mezclaban los numerosos representantes de las corporaciones que buscaban hacer un buen negocio. Los ocho espadachines con ropas de advenedizos subieron a las otras dos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 14 Cecilia. A pesar de la distancia. Cecilia y Kalè los oían desgañitarse y pelearse por los precios. En la zona del Rialto. cargadas hasta los topes. a un comandante de esos enormes navíos genoveses. a cualquier hora del día. estaba embotellada con tres filas de barcas que. Kalè y Alessandro ocuparon su sitio en una de las tres góndolas situadas ante el palacio. Pusieron rumbo al Gran Canal. unas pirámides de sacos de harina se elevaban a ojos vista. Pero la embarcación de las adolescentes no tomó el camino hacia el Rialto. Después de una gran revuelta. o bien a uno de esos aventureros franceses o portugueses que trataban con los turcos? ¿Las embarcarían en una galera equipada y armada para la navegación en alta mar? ¿Acabarían en manos de algún mercader holandés? Leones. el canal se abría al puerto. cálices y dragones adornaban las grandes 55 . ocultando las islas de la Giudecca y de San Giorgio Maggiore.

les sonreían. Con esos sonidos. Abordaban a los hombres. Cecilia se fijó en la rigidez de su padre. hacían gestos con la boca y los labios. «A España no». la represión de aquellas actividades habría aniquilado uno de los comercios más lucrativos de la ciudad. Su espíritu se había perdido entre aquellos muslos que se les ofrecían. No quería viajar al país de las hogueras y de los descuartizamientos. se apelotonaban en las aguas asquerosas y formaban verdaderos pontones. Su comportamiento le hizo olvidar el fin de aquella salida. todo a la vez y revuelto. tras dejar atrás la plaza de San Marcos y los dos canales que seguían. Los botes eran todavía más numerosos en esa orilla. trompetas. se mezclaban las voces burlonas de las prostitutas y las de los vendedores ambulantes de medallas. El ruido ambiente cubría el sonido de las trompetas de San Marcos. ¿Había salido el dux? Cecilia observaba cómo llenaban el casco de un buque español cuya roda amenazadora se movía al ritmo lento del mar en alerta. pensó con fuerza. y parecía que chupaban y lamían. al igual que los demás. Cargaban y descargaban hombres. Se dirigieron hacia la orilla. Nunca se había acercado tanto. Sonidos de fiesta llegaron hasta sus oídos: violines. Tras unos breves momentos para negociar y acercarse. conducían a bastantes viajeros a los hostales y albergues que se alzaban entre los graneros y almacenes que llegaban hasta el arsenal. unos junto a los otros. Alessandro se había quedado hipnotizado ante la visión de aquellas carnes. donde ella vivía. ya que. Aquéllos preferían lucrarse a partir de los alquileres y de las comisiones. Asombradas. o al menos no eran tan agresivas. Aquello conmovió la imaginación de las primas. flautas. y sintió que la sombra de la Inquisición planeaba bajo las vergas de aquella nave. no había. bajo la mirada cómplice de los oficiales enviados allí por los procuradores.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta oriflamas de esos cientos de navíos. se formaban parejas que desaparecían por los callejones o dentro de los almacenes. sin orden aparente. ¡A España no! Las góndolas se desviaron de la trayectoria fatal. Por el contrario. y los botes. Estaban muy cerca de la ribera. Las góndolas fueron rodeadas por una armada de barcos que iban y venían por los espacios libres de aquella flota inmóvil. se restregaban contra ellos. Cecilia 56 . bombos y tambores se unían para dar la bienvenida a los recién llegados. las adolescentes vieron que iban hacia el río dei Greci. bestias y mercancías. y con las piernas y los senos al aire. Cecilia vio sólo un momento a aquellas mujeres vestidas con lencería barata.

—¡Sólo unos ducados! —Y se te devolverá a tu hija. salió del pecho de Alessandro. —¡A mí! —gritó él. En siete saltos. desenvainó su larga espada para las grandes ocasiones y la blandió en el aire. Aquéllas provocaron el repliegue y gritos de cólera. Ante la iglesia de San Zacarías. —¡Imbéciles! —gritaba Alessandro sin dejar de maldecir por haber provocado aquel caos.. pasar entre las putas y los músicos. Gentes de todo tipo echaron a correr en todos los sentidos a la vez que gritaban por las estrechas callecitas. Flores malvadas y venenosas que giraban. se arremolinaban en torno a él. Los soldados. agarraron a cuatro a pesar de los gritos de sus madres. es tiempo de pagar. demasiado estupefactos como para reaccionar. atropellando a un holandés que se desplomó sobre un puesto de pescado antes de caer al agua. de modo que se precipitaban sobre todas las que iban bien vestidas. la callecita se 57 .Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta escuchó su instinto. Un brazo pasó bajo el suyo. Su carta maestra había huido llevándose su gloria con ella. La rabia se apoderó de él. con todas esas caras sarnosas. Odiaba a esa gente. pertenecientes a la escolta de los nobles. —Buen hombre. se levantó bruscamente y fue saltando de una embarcación a otra. Se formó un batallón de granujas. como una bala. virgen. una mano huesuda lo cogió por el brazo. Otras hojas aparecieron. alcanzó el muelle. —¡Atrapadla! El grito. Tres jaurías de mendigos. No sabían qué aspecto tenía la chica. un ramillete marchito y pestilente.. todas de la misma clase. —Mi hija acaba de escaparse por miedo al convento. y cuando las lanzaban ante los pies de Alessandro. de monjes que habían colgado los hábitos y de marinos olvidaron el perfume de las mujeres. lloraban. Su padre estaba demasiado embobado como para gritar. Ofrezco treinta ducados al que la traiga. Se estremeció como una bestia herida y mostró rabioso una bolsa al populacho indiferente. Con un aparatoso movimiento de todo su cuerpo. La magia del oro obró su efecto enseguida. con bocas negras y desdentadas. En unos instantes. La vieron colarse por entre los cestos y los bultos. con los ojos inyectados en sangre y con greñas llenas de piojo. La hoja cortó sus rostros. que se precipitó bastante antes que sus esbirros. De repente. Aquel demonio de niña había desaparecido.

después se dirigió a la calle de la Chiesa.. Rezad para que la pequeña no pierda su virginidad por el camino. —¿Sabe nadar? —No. Kalè todavía estaba a bordo de la góndola. desde el gueto al canal del arsenal. ¡Vosotros. Tras estas palabras. con él y con sus hombres. la encontraremos tarde o temprano. y también la más bella de las descarriadas. se tomaron los puentes y se escuchó la desbandada de la chusma. pequeña! ¿Dónde vas tan deprisa? 58 . que no tiene el mismo sentido del honor que yo. señor Baffo. sirvo a los intereses del Consejo de los Diez. que sólo era un mercader de segundo orden que soñaba con un blasón y con títulos.. pero irrealizable. Un bello sueño. cosa que no pudo evitar vuestra dueña Flora. —No quiero perderla. estén controlados! Tenéis suerte. en la actualidad. se dio cuenta de que ya no dominaba los acontecimientos. Rezad por no encontraros jamás con él. Venecia es la más bella de las prisiones. y él va a ser el encargado de la seguridad de vuestra hija. Podrían haberle enviado al Marsellés. pero no sacó nada en claro. Alessandro todavía temblaba cuando todo acabó. y deberá disculparse. suerte. —¿Es posible que tenga algún cómplice? —¡De ninguna manera! —Entonces. para serviros. Debía entregarla. se llama Antoine Gaufredi. y algo oriental e implacable en su rostro. He sido teniente en la armada del gran Doria y. de que su hija ya no le pertenecía. olisqueó el aire como para buscar a su presa. —¡Eh. Volvió al muelle. Alessandro lo vio marcharse. ¿Por qué los habéis llamado? Alessandro se repuso.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta vació. —¿Perderla? El hombre soltó una risita burlona. La «fugitiva» había pasado por allí. —Ya no nos molestarán más —dijo uno de los hombres mientras enfundaba su espada—. vamos! Alertad a nuestros agentes. sin saber cómo retomar las riendas de aquella situación. ¿Quién era ese desvergonzado? Lo miró de arriba abajo. El otro tenía una mirada ardiente. sí. Entonces. ¡Quiero que todos los puentes. ¡y a los de quien ya sabéis! Encontraré a vuestra palomita. —¡Desvergonzado! —Michele Mousmar.

Memorizaba cada piedra. y después todavía más calles. se echó a correr. 59 . cada puente. cada vez más populosas. sacrificar una de sus medallas de oro y llegar hasta Mestre.. del que ella no sabía nada. e intentó calcular el tiempo y la distancia que la separaban de un punto que no conocía.. Pero antes estaba el barrio del Cannaregio. cada calle. sonreía.. la Giuffa. con una expresión dura en el rostro. Después. Existía la posibilidad de reunirse con su madre. de modo que salir de ella iba a ser difícil. —¡Eh. pequeña! ¡Te estoy hablando! Esta vez. estaría ante un camino desconocido. ni siquiera la posición en aquel inmenso laberinto. Podía llegar hasta el Cannaregio y sobornar a un pescador.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cecilia no prestó atención al que acababa de llamarla.. Sabía que Venecia era una isla. Había dejado atrás la calle de la Chiesa. o más bien enseñaba sus dientes retorcidos. había atravesado el campo de Santa María Formosa. Tenía que encontrar una solución para librarse de aquel pretendiente deshonesto. Apresuró la marcha. Era un animal: vestía un andrajo asqueroso y tenía los ojos legañosos y de mirada viciosa. un escalofrío la recorrió. Cuando llegó al puente que cruzaba el río Della Fava. se había detenido un momento a lanzar una ojeada al que la estaba importunando. había tomado una calle grande.

opulentas prostitutas y perversos alcahuetes se disputaban el comercio carnal. en lo más profundo de los callejones asquerosos. Una lágrima resbaló por su rostro.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 15 A pesar de que el corazón parecía que se le iba a salir del pecho. Tarde o temprano. de la sajona blanca a la india de piel cobriza: todo se vendía y se compraba. ¿Dónde estaba? ¡Seguramente demasiado cerca del Rialto! Ni siquiera había patrullas de procuradores para defenderla. —¿Cuánto pides? —¿Qué quiere decir? —Pobre desgraciada. Éste último se la devolvió y prosiguió su cacería. tan sólo corría para dejar atrás a Flora en los pasillos del palacio. Cecilia seguía corriendo. Poco a poco se iba hundiendo en un mundo donde no podía encontrar remedio a su angustia. tan sólo el miedo la empujaba a continuar. y se reían de ella. ¡y no faltaban los clientes! 60 . hasta en los más pequeños rincones. apártate de mi camino. Desde una chiquilla inocente a un bello efebo. ¡ayúdeme! —rogó al toparse con un hombre vestido de terciopelo carmesí que llevaba una pesada cadena de plata como la de un mercader de Pisa. desde la salvaje africana a la curtida mongola. No estaba acostumbrada a un esfuerzo tan grande. Se tomaba su tiempo ya que no quería asaltarla en medio de todos aquellos aventureros de alcoba. La empujó brutalmente y miró de reojo al bellaco que la perseguía. habitualmente. ya que ninguna ley de la Serenísima se aplicaba en aquellos antros de perdición. una bella niña con vestidos lujosos perdida. —Señor. se perdería en aquellas callejuelas desiertas si continuaba subiendo hacia el norte de la ciudad. —¡Vas a ahogarte si continúas así! —le gritó el bellaco. Un diablo la perseguía. ¿Qué otro lugar si no el infierno podía ser aquél? A su alrededor.

y la carne. obreros. Recuperó la esperanza al descubrir el largo canal de la Misericordia donde las naves descargaban cantidades prodigiosas de verduras y frutas frescas. antiguos religiosos. rufianes y honrados padres de familia que se paseaban por delante de las tabernas o asaltaban los tugurios de mala fama. —¡No se la puede tocar! ¡Es mía! —dijo mientras Cecilia huía—. penetró todavía más en la Venecia de los peligros y ya no sintió escalofríos.. Lo más bajo y lo más elevado de la ciudad se mezclaban allí entre las doscientas iglesias y los quinientos palacios de la Serenísima. Cecilia la mordió.. y el oro que colgaba de sus orejas y pesaba sobre sus dedos decía bastante de su posición social. Con un golpe seco de mandíbulas. El vestido de seda amarillo marmóreo que llevaba le daba aspecto de cortesana. ni las voces perniciosas que le hacían proposiciones asquerosas. y blasfemar entre los muslos abiertos. repasó con la mirada a las putas y a su clientela. se topó con el pecho de una mujer con los labios pintados de azul. princesa? —dijo la cortesana intentando agarrarla por el mentón. pensó Cecilia con disgusto y desdén.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Había centenares de soldados. pero la repugnancia que sentía a someterse la sacó de sus dudas. Estaba tan guapa con su vestido de fiesta. siguió corriendo. una línea entrecortada de casas en ruinas o 61 . La mujer soltó una maldición e intentó atraparla por los cabellos. El vino era su único dios. De repente. Más allá. Tras recorrer unos cuantos metros y franquear dos puentes. y la chica había desaparecido. que encendía el deseo. ni siquiera las manos ávida que la tocaban. monjes. tal vez incluso demasiados. pudo ver correr el dinero y sacar los cuchillos por un pedazo de piel. se sintió tentada a volver sobre sus pasos y pedir perdón a su padre. Aquel tiempo que había perdido imponiéndose le había hecho perder de vista a su presa. —¿Quieres ganarte un dinero. La libertad entrañaba riesgos. En medio de aquella algarabía. No obstante. A Cecilia le parecía que los oía gemir en los antros pulgosos. ni la concupiscencia de las miradas. y resultaba tan deseable en su estado agitado. Por un momento. ni los alientos cálidos. ¡mía! Tras afirmar su derecho. su pasión. el juego. su placer. Desaparecido. También notó sobre ella el peso de miradas hambrientas. Cecilia ya no esperaba ninguna ayuda. Cecilia se había alejado de los bajos fondos. artesanos. «Es el tipo de mujer que le gusta a mi padre». pero el canalla de su perseguidor le agarró el brazo.

Durante dos horas. Allá vio su salvación. Dio un paso. se dijo al parar ante un inmueble que había perdido su techo y sus ventanas. Cecilia lo pudo distinguir con total claridad. espiando. Cecilia esperaba la caída de la noche. Una puerta cimbrada sin batiente lo llamaba irresistiblemente. y con un peso en el vientre. hermosa mía —dijo el hombre con voz ronca. El bellaco no estaba lejos. 62 . Bajo la protección de las piedras de un viejo cuchitril cuyo tejado y cuyo tercer piso ya habían tirado abajo. en el secreto de los huecos. La oscuridad se disipó ante la oscuridad. Unas ratas la habían olisqueado. en medio de los pobres y los truhanes. respirando lenta y pausadamente. por tanto. peligrosa. su mirada se posaba sobre los restos de vigas y de grabados. había escuchado disminuir los ruidos de picos de un equipo de obreros que trabajaban en una capilla vecina. pensó él. Se comportaba como un felino ante su presa.. —Ven. pero. saltar sobre las ruinas. buscándola. Lo oía vagar por entre los escombros. La oscuridad se tragaba el vacío que los separaba.. un gran estremecimiento y una nueva sacudida le arrancaron una especie de gemido. y después otro. Estaba como una piedra más entre todas las otras. ¿Dónde estaba? ¿Sabría que se había refugiado en aquel barrio de la Misericordia?. Estaba segura de que no había desistido. sus pulsiones le pedían carne y lo devolvían al estado salvaje. viviendo de pequeños trapicheos. Se estaba acercando. Pálida como la cera. delatando. Había nacido allí. La ciudad era una prolongación de sí mismo. y había pasado toda su vida robando. Irremediablemente. con la boca fruncida. sin dejar de escudriñar poco a poco las tinieblas que su mirada atravesaba. Sus ojos se cruzaron. Su intención era tal que incluso la materia se le hacía permeable. Podía ir a esconderse hasta que anocheciera en una de las obras. a cada paso. una vieja cómplice que no le negaba nada. a la espera de una mejor ocasión. se habían alejado. rapiñando. «Aquí es». sobre los peldaños de escaleras que no conducían a ninguna parte. se deslizaba silenciosamente entre los restos de muros y paredes. Cecilia intentó dominar su terror.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta en construcción se extendía de la laguna al río de Santa Fosca. Cecilia no apartaba la mirada de la puerta por la que había entrado. «No puede escapar de mí». se acercaba a la frágil niña que debía esconderse en un sitio u otro. Tenía la certeza de un cazador sabedor de todas las tretas. aguardaba a su enemigo. al considerarla demasiado viva y capaz de defenderse. y. Volvió a respirar entrecortadamente y volvió a notar el olor asqueroso a pescado y a rancio. sirviendo a causas malvadas. El hombre acababa de descubrirla acurrucada cerca de un gran montón de morrillos.

No había la menor posibilidad de que alguien fuera a ayudarla. No pertenecía a su misma clase. gritó. cuando sus rostros estuvieron próximos. se decía a la vez que la horquilla se elevaba hacia su cara con la velocidad de un dardo disparado por un arquero. Con un poco de atención. Unos edificios muy altos rodeaban una plaza vacía. No volvió a meterse por las callejuelas. especialmente sus gritos. se escapaban cantos. sus dedos húmedos se acercaron a la parte superior del vestido. Volvió a gritar socorro. El dolor era tan fuerte que ni siquiera pudo gritar. extendió sus miembros que parecían de plomo y buscó con la mano por su pelo revuelto. Se regodeaba: la chica estaba a su merced. Con toda la fuerza que le quedaba en sus piernas. Cuando se encontró con gente. se lanzó de nuevo a una huida desesperada. Ya no albergaba ilusiones. en su cabeza. ya estaba desnuda. Con la cabeza baja. Cecilia escapó de entre sus manos impotentes. dos de las horquillas de plata todavía sujetaban algunos mechones. Todo en la actitud de esa adolescente prometía placer y goce. La joven dejó atrás el barrio de la Misericordia. «Es mía». además. flotaban. A unos veinte pasos de ella. El bellaco iba a querer vengarse. le iba a pertenecer. Podía ver las siluetas que se recortaban en los rectángulos de luz. Era una especie de cuartel triste. El guardia del puesto debía de estar pasando la borrachera en alguna parte. del que. el grito juvenil. no obstante. y que no había rastro alguno de sumisión. La horquilla se clavó en su ojo izquierdo. violarla y matarla. Aquella docilidad inesperada no despertó en él ninguna sospecha. se acercaba a él. la alquilaría a viejos viciosos con dinero. haría lo que quisiera. virgen sin ninguna duda. y sus manos temblorosas palparon el objeto de plata. el bellaco gruñía de satisfacción. Cogió una con el pulgar y el índice fuerte y dejó caer su brazo a lo largo de su cuerpo. los de 63 . Levantó la mirada hacia las sobrias fachadas salpicadas de una multitud de estrechas ventanas. Se lamió los labios. Imaginó su primer empujón. habría podido ver que de los ojos de la bella salían destellos de furia. la sangre caliente en su miembro. ya que sus pulmones y su garganta estaban bloqueados. ya no pidió ayuda. después de haber pasado un puente y una especie de arco flanqueado por un puesto de guardia vacío. el hombre la vio en el momento en que ella llegaba a un lugar extraño. y unas risas infantiles acompañaban el estrépito de útiles de metal. Otro mundo brillaba tras aquellas ventanas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta La adolescente tragó saliva. olores desconocidos de cocina. El hombre no se dio cuenta de nada. pero nada parecía poder alcanzarlos. ni siquiera a las familias que tomaban el fresco delante de las casas. frágil.

—¡No! —gritó ella. ¿eh?». con una espuma rosa en los labios. Nadie fue a abrirle. una única ansiedad lo obsesionaba: poseer y degradar esa carne blanca y perfumada. Aprovechad el poco tiempo que os queda para disfrutar de este mundo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta aquí no tenían el derecho de mostrarse tras caer la noche. Fue directa hacia una gran puerta con estrellas grabadas. En medio de todas aquellas notas estridentes y metálicas. Entonces. Debería haberla matado inmediatamente. En aquel instante. Cecilia no intentó llegar a una de las negras callejuelas que salían del lado opuesto de la plaza. Suspiró. no la había penetrado. y. él murmuró: «Ahora eres menos fiera. sus dedos rozaron las carnes secretas de Cecilia. Derrumbándose.. Se puso a golpearla para perder de vista aquella mirada dura e implacable. tragó saliva. pero no se movía. Habrías podido hacer un mejor negocio. sería la muerte. ni la sangre que le resbalaba por el rostro hasta su boca y que él saboreaba con la lengua. Tras los gruesos muros. continuó hasta que ella cayó desvanecida. ya no sentía el dolor. Con una mano dubitativa. porque tampoco viviréis mucho más tiempo. El bellaco respiró hondo antes de la última carrera. —Ja. y el ruido de los martillos y los punzones cubría su voz impotente. entre jadeos. Desde el inicio. Le tocó los cabellos. un peso inerte. Gritó de nuevo. ¡pero ahora me tendrás que pagar con intereses! —¡Matadme! —respondió Cecilia a la vez que se daba la vuelta violentamente—.. pretendió forzarla de un solo golpe. —¡A mí! ¡A mí!—gritó. Como ya no aguantaba más. echó hacia atrás la cabeza 64 . Sintió un gran peso sobre ella. —¡Vas a pagar! —dijo él. deshizo la cuerda que sujetaba sus pantalones y se lanzó sobre ella. tan sólo tenía ojos para aquel animalillo asustado que no iba a tardar en hundirse de impotencia. y corrió hasta el sexo a la vez que desnudaba los muslos. ja. El hombre estaba sobre ella. seguían cantando en una lengua misteriosa. No se atrevió ya a plantar cara al peligro. percibió los pasos del bellaco en el pavimento. era lo único en lo que pensaba. Buena la has hecho —dijo el hombre con tono burlón—. No lo sentía dentro de su vientre. lo que significaba que si él la tomaba. Entre sus piernas abiertas. y después su mano se deslizó bajo la ropa. ella abrió los ojos. pero el deseo de violarla estaba demasiado presente en sus venas. El hombre se paró a su lado. Tomad mi vida. Cecilia deseó que su corazón dejara de latir. golpeó la madera rugosa. Los ojos de Cecilia destilaban odio.

y vio a los hombres que estaban detrás. —Llevadla a mi oficina. en el umbral. Tras ella.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta inerte del bellaco. la puerta se había abierto. Uno de ellos sujetaba un pesado garrote. la levantaron y se la llevaron hacia la luz. 65 . y de nuevo perdió el conocimiento. y. Rodearon a Cecilia. un hombre imponente con larga barba hizo una señal a los otros. y encerrad a ese impío en la reserva de los metales.

Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 16 Cecilia estaba en una nube. —No tienes nada que temer. Venecia se extendía. no confiaba en aquel hombre. y mostraba orgulloso una daga austríaca cuyo mango tenía incrustados granates amarillos: eso era lo que ella entendía por un verdadero médico.. anillos en sus dedos. con las manos ávidas por cogerla. de no tener ya cuerpo. inspiraba respeto y temor. de su madre precisamente. La caída terminó en una cama de paja donde ella abrió los ojos. unas joyas brillantes en el cuello. Veía en ellos el misterio y los reflejos. Se le habrían podido adjudicar cien años o treinta.. Etienne Levy. Llevaba un jubón de seda y lana hecho en Holanda. para servirte. y el lugar olía a azufre. con vetas grises. Bajo ella. Tenía largos cabellos negros y rizados. la barba le caía sobre el pecho. iba vestido como un mercader rudo con un traje negro con mangas largas y un ridículo gorro. rodeada de azul y cubierta de púrpura y oro. —Ya se ha acabado. Ya no debía de pertenecer al mundo. Cuando la nube desapareció y cayó hacia la ciudad. en cambio. —Soy un médico judío —precisó él—. Su rostro tenía numerosas arrugas. No corres ningún riesgo. soy médico. volvió a gritar. Ese hombre. era de un refinamiento extremado y hablaba puro latín. El médico de la familia. y la miraba con unos ojos de un azul parecido al de los corindones de la India. Tenía la impresión de estar con los ángeles. El hombre que se sentaba en la cabecera de la cama se parecía a un patriarca de la Biblia. —Has vuelto con nosotros —dijo el desconocido a la vez que le tomaba la mano. ¡Un judío! ¡Uno de esos malditos marranos que habían huido de Mestre durante la guerra contra la liga de Cambrai para venir a robar a los venecianos! 66 . así como las bocas que se abrían para morderla mejor. Los ojos de Cecilia se abrieron asombrados. y Cecilia vio los horribles rostros que se elevaban hacia ella. Cecilia se la quitó. ¿Médico? Cecilia frunció el ceño.

La habitación en la que acababa de despertarse tenía un techo bajo. llevaba un vaso de estaño de las armerías de Huy que contenía un líquido amarillento y nauseabundo. estaba llena de rincones y de una multitud de objetos de todo tipo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta El médico sonrió y. ¡Dame tu mano! ¡Y contén tu lengua! Cecilia obedeció las órdenes del médico de mala gana. A estas horas. Cecilia se preguntó si aquélla sería una máquina de feria con la que se podían ganar lotes de regalos haciendo apuestas con fichas. Muchos de nosotros seguimos los principios del Talmud babilónico Rav Hunna. no vive entregada a la lujuria y no practica la usura. ya que el médico volvió junto a ella. ningún tipo de fiebre. tesoros polvorientos esparcidos por el suelo esperaban a que alguien los leyera. En una alcoba amueblada con una mesa. Entre sus manos. 67 . Un movimiento breve de cabeza sirvió para mostrar su satisfacción. sólo el fuego de la juventud. al menos oficialmente. pero tienes que saber que debía conocerte mañana. pero te falta fuerza. —Tu padre es el más avaro y el más codicioso de los mercaderes de Venecia. Había unos armarios sin puertas que contenían pergaminos enrollados y amontonados. veintidós en total. sobre la superficie de cuero. dos escritorios y un gran cofre con bisagras de bronce. Centenares de frascos y tarros abarrotaban los grandes estantes colocados entre los morrillos. Tenía el pulso ligeramente débil. —Tienes una salud perfecta. Habían pintado de color negro unos extraños signos. había una rueda de madera apoyada en la pared. —¿Conoce a mi padre? —¿Quién no conoce a Alessandro Venier Baffo? El que blanquea su alma importando talco. Tu huida ha precipitado las cosas. la lengua rosa y los ojos vivos. Sé lo que necesitas para recuperarte —dijo a la vez que se alejaba de la cama. como si leyera los pensamientos de Cecilia. cien monjes y cien oficiales te están buscando. No tuvo tiempo para preguntarse sobre la utilidad de aquel objeto. —¿Y cómo sabe que soy su hija? —Es demasiado pronto para responder a esta pregunta. y de algunos se había caído el exceso de libros y papeles. Un poco por todas partes. —Mi padre dice que habéis venido a esquilmar a la República. más de cien soldados. que desaprueba a los que se aprovechan. basta de discusiones. añadió: —Mi comunidad no crucificó a Cristo. —Bebe lentamente —le dijo él. Cecilia lo escuchó con mirada sospechosa. Notó que tenía una mano muy suave cuando él rozó su piel al apoyar su pulgar sobre la abultada vena azulada. Así que ahora.

y me he debido contentar con grabar tus curvas en mi memoria. y reparó en que unos granos flotaban en la superficie del líquido que se resistía a probar. una memoria de médico —precisó él con una gran sonrisa. te diré que has tomado semillas de jaramago y una infusión de hojas y raíces de diente de león. en ese momento. Lanzó una mirada furtiva al médico de expresión maliciosa. podría ser nuestra hija. no puedes quedarte en el gueto. No obstante. mucho antes que nosotros. con un poco más de pecho y de caderas. ¿Palacio? Tenía muchas ganas de hablar. Debes ir al palacio. de repente. Ellas charlaban y reían hablando en una lengua que era una mezcla de hebreo. nuestras mujeres te han preparado un baño. y le habría gustado plantear muchas preguntas. pero él se fue y la dejó a solas con su cólera. algo rellenas y desprendían un aire maternal. Amo demasiado la vida. Cepillos y esponjas la frotaron de la cabeza a los pies. yo no tengo el talento de los grandes pintores venecianos. —Eres un buen ejemplo de temeridad. que.. El médico reparó en su rubor: —Tienes un cuerpo muy bonito. Eran cuatro. El sabor de aquel mejunje no era desagradable. Cuando alguien estaba 68 . Y ya conocerás todos los secretos sobre los venenos cuando haya llegado el momento oportuno. se maravillaron ante su belleza morena y ante la expresión de su mirada. Como plantándole cara. Unas mujeres entraron en la habitación-laboratorio y rodearon su cama. Bebe y te sentirás más fuerte que un espadachín español. Ovidio. supieron calmarla con su alegría de vivir. Marcial y Teofrasto ya la utilizaban. La habían desvestido para ponerle aquella grosera camisola de color crudo y con grandes manchas. —Ven con nosotras —dijo una de ellas a la vez que le acariciaba la mejilla. Por desgracia. Conocemos esta receta desde tiempos inmemoriales y.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¿Quiere envenenarme? —¡Ja. de unos cuarenta años. español e italiano. Le tocaron los cabellos. se dio cuenta de que iba en camisón. Cecilia enrojeció violentamente. ja ¡¿Envenenarte? Eso sería condenarme a que me descuartizaran en la plaza de San Marcos. Posó sus labios en el borde del vaso. Etienne Levy se burlaba de ella.. y Cecilia las aceptó sobre su piel llena de jabón cuando la condujeron a la gran bañera llena de agua caliente. —Se parece a nosotras —añadió otra—. habrías podido servir de inspiración para un Giorgione. ella engulló de un trago el brebaje y masticó los granos. le habría gustado abalanzarse sobre Etienne y arrancarle los ojos.. Llegó hasta su nariz un olor a hierba. reflejaba su rebeldía. Como no quiero esconderte nada. Ahora tengo que dejarte. Sus dulces manos la habían apaciguado. pero.

de abrir su corazón al hombre de su elección. una veneciana debía obedecer a sus padres. y. ningún cerco la forzaba a estar encerrada. La conversación se agitó. Miraron de otra manera a aquella chica veneciana de buena familia. Las mujeres temían las grandes fiestas cristianas. Sus lenguas silbaban.. Se pusieron a hablar en hebreo. ¡Jamás! Cada uno de sus días pertenecía a su padre. En veinte años. durante las fiestas cristianas eran intransigentes y castigaban con fuertes multas a los judíos que contravenían la ley y se arriesgaban a salir del gueto. Durante un largo rato. cuando tenían la obligación de encerrarse del jueves santo al domingo. Esta respuesta entristeció a las mujeres. Aquella joven cristiana debía de menospreciarlas y considerarlas animales o parias. ya que. ella no era una refugiada judía. —Tú. la disposición se había ablandado. o sin sus ropas marcadas con el mismo color. —¡Vendido! El griterío fue general. 69 . —Pertenezco a una vieja familia de mercaderes de Venecia. al menos. eres libre —dijo la que le frotaba la espalda. El decreto formulado por el consejo de los Pregardi en 1516 era muy claro: «Los judíos vivirán todos agrupados en el conjunto de casas situadas en el Gueto. Ni siquiera tenía el derecho de amar. En cambio. sirvieron de escudo para su cuerpo. obedecer en todo para no entorpecer en nada la marcha de los negocios. al otro lado del puente. sobre todo las de Pascua. bajaron la cabeza. de la misma manera. cerca de San Girolamo. una de ellas tuvo el coraje de levantarla. a la Iglesia. y. Jamás había sido libre. pero fue una débil defensa. a la República. Habrían estado encantadas de cambiar su vida por la de ella. se coloquen dos puertas que abrirán al amanecer y cerrarán a medianoche cuatro guardianes enviados con esta misión y pagados por los mismos judíos al precio que nuestro colegio juzgue conveniente». le preguntaron si era una nueva marrana. la envidiaban en secreto. Aquella chiquilla era libre para ir y venir. cuando el médico reapareció. para que no circulen en toda la noche. oficiales de policía responsables de los bienes públicos. que eran fáciles de comprar. Sin embargo. ¿Acaso era eso libertad? —Mi padre me ha vendido. decretamos que junto al Viejo Gueto en el que se halla un pequeño puente. Por eso me escapé. cerraban a menudo los ojos cuando alguien de la comunidad era sorprendido fuera del gueto sin su gorro amarillo. a su esposo. Únicamente dos guardianes. Cecilia las miró con incredulidad. y cuando las procesiones ruidosas y odiosas rodeaban el gueto. cuando los jesuitas y los predicadores enardecían a la muchedumbre..Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta echando un agua perfumada sobre sus hombros. Desde su nacimiento. los cattaveri. Cecilia negó con la cabeza. guardaban las puertas.

Habría podido reprender duramente a esa mujer descerebrada que se dejaba llevar demasiado por el corazón. debemos devolverla a la Serenísima. —¿No podría quedarse con nosotros? —¿Quieres poner en peligro a la comunidad? Debo recordarte que tenemos permiso para quedarnos durante diez años. —¡Estás de su parte. pero prefirió lanzar una orden: —Vestidla y conducidla a la sinagoga. Esta niña es más importante que todos nosotros juntos. 70 . y que pagamos un impuesto anual de cinco mil ducados que podría elevarse por el menor error. Etienne! ¡Nos has traicionado! El médico apretó los labios.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¿Qué pretendes hacer con esta niña? —Debe seguir el curso de su destino.

Eran veinte vestidos de negro y de terciopelo carmesí. abrió su boca desdentada para amenazar a la compañía con una botella. como todas las mañanas desde hacía más de seis siglos.) 71 . que hablaban fuerte. Venecia. un poco de vino y un trozo de pan. El puente de Anconetta que iban a franquear se vio invadido de repente por marinos marselleses. y se dispersaba en grupos que se ponían a murmurar ante los tenderetes de los puestos y los muretes de los canales. ávidas de carne muerta. estaba atestada de hombres y mujeres que se apresuraban para ganar tres sueldos. con las manos sobre el mango de sus espadas y de sus puñales. se empujaban y comentaban sus correrías grotescas de la noche anterior. Su 2 Texto en provenzal en el original: «Marino borracho raramente llega a buen puerto».Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 17 El viento del Adriático soplaba y levantaba las capas de los espadachines. —¡Dejad pasar a la élite de Marsella. (N. La mirada del marino se posó sobre este «último argumento». al ver pasar a los veinte enviados del diablo. dos kilos de harina. aquélla no era una mañana ordinaria. después volvió a subir hacia la cara alargada enmarcada por un fino hilillo de barba. y. El que parecía su cabecilla. o dadnos cien monedas y seremos vuestra guardia de honor! —Marin nourri de vin. raramen fa bouno fin 2 —respondió uno de los espadachines a la vez que descubría la hoja de una larga espada toledana sobre la que habían grabado dos palabras en latín: ultima ratio. vigilaban los movimientos de la multitud. Como aves funestas llegadas de las marismas. No obstante. No se les había quitado la borrachera y algunos todavía llevaban botellas de las que bebían de vez en cuando. al ver a los espadachines. Los veinte sabían exactamente adonde se dirigían. de manera que. Ante ellos. un pelirrojo barbilampiño. la gente se santiguaba. les entraron ganas de desenfundar sus armas. de la T. el populacho retrocedía.

Nosotros sólo hemos venido para recuperar a esa chica. —¡Fuego y agua bendita! Eso es lo que deberíamos haber traído con nosotros —dijo uno de ellos. —¿Quién quiere más? —preguntó en provenzal el bravucón. a la vez que paseaba la punta de su arma a su alrededor. Todos los marinos renunciaron a responder. ¡Maldita sea esa furcia que nos ha hecho cometer semejante pecado! Volvió a escupir y se santiguó para levantar una barrera defensiva invisible antes de penetrar en el antro del pecado. La hoja cortó el aire dos veces. pero podría enviarte al infierno si no cedes el paso a los enviados de la República. y la botella se rompió en pedazos. Una herida se abrió bajo la nariz del marsellés. aceptaba dinero a cambio de dejar la 72 . tranquila. A los cincuenta años. y la sangre se extendió formado una flor roja sobre su boca y su mentón. —El gueto —murmuró el jefe de los espadachines antes de escupir en el suelo. por la noche. sólo tenían cuchillos y botellas para plantar cara a esas temibles hojas. su ardor guerrero había menguado. ya que sus adversarios habían sacado las espadas de sus vainas. retrocedieron. finalmente. —¿Eres de nuestra casa? —preguntó el marino a la vez que calculaba las posibilidades que tenía de alcanzar aquella cabeza con su botella. en cambio. Al verlos llegar. El marsellés hizo que se deslizara su botella para poder agarrarla por el cuello y utilizarla como un garrote. y el del Ghetto Nuovo apareció pocos metros más adelante. Los veinte franquearon el puente de Alconetta. Se llevó la mano al cuello. Se volvió hacia sus hombres. Así que. parecida a la de los inquisidores que torturaban sin emoción. —¿Cuándo acabaremos de una vez para siempre con todos los judíos sarnosos? —¡Callaos! —ordenó el jefe—. Tenía como misión vigilar y proteger a los judíos. y las callejuelas estaban tapiadas con muros de piedra. y ellos. El barrio de los judíos era una fortaleza. El único que puede purgar la ciudad de estas ratas es el Consejo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta cara no transmitía ningún sentimiento: era fría. el guardia del gueto se asustó. —No soy de ninguna parte. y los vigilaba mal. Todas las ventanas que daban al canal estaban cegadas. bajo el espeso terciopelo de su jubón y la puntilla de su camisa llevaba escondido un talismán que lo protegía del mal.

él representaba a los oficiales del gobierno. ni una alabarda demasiado pesada para sus cansados brazos. como ya no podía oponerse a la entrada de aquellos pájaros de mal augurio. Ellas levantaron la cabeza y vieron a la tropa sombría. Sin embargo. sin poder evitar estremecerse. y tampoco en grupos de más de tres personas! El jefe de los espadachines no le respondió. alineadas en diez filas dobles. que eran iguales que pequeños puñales musulmanes. el secretario del dux y el comandante de las fuerzas de la República. la encarnación del orden en aquel minúsculo punto del territorio. Escrito en mayúsculas góticas. se decía que de ninguna manera debía entorpecerse la misión del portador de esa orden. Su nombramiento dependía de una medida irrevocable votada por las cinco sextas partes del Senado. su canto se paró. sus dedos encallecidos tiraban de los hilos y empujaban las agujas curvadas. ya que creyeron que su último día había llegado. cosían velas de galeras y de naves. 73 . Las cantantes. El guardia de la puerta Norte era la Ley. Un canto alegre sorprendió a los espadachines. y lo desenrolló ante los ojos del viejo soldado. los cattaveri. Salía de los pechos de un centenar de mujeres que estaban sentadas sobre unas esteras. Los veinte entraron en el gueto. Pensó en todas las cosas que lo convertían en el brazo armado de la República. —¡No podéis entrar con armas. y eso le dio coraje suficiente para interponerse barrando el paso con su alabarda.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta puerta abierta e irse a su casa. Se limitó a sacar de su jubón un pergamino con cintas y con sellos de cera. volvió a echarse la alabarda a la espalda y se apartó. ni una espada oxidada detendrían a aquellos hombres de rostros patibularios. responsables de los bienes públicos y de los reglamentos que se ocupaban de los extranjeros. ese documento estaba avalado por los cattaveri. además. Ni un arcabuz. El campo estaba rodeado de casas altas y grises. El guardia.

sí. Todos los poderes de la vida se abalanzaban sobre ella.. Si se aguzaba el oído. batiendo las alas. el miedo. el maestro Etienne Levy. miró hacia la puerta con el rostro pálido y compungido. 74 . pero no salió sonido alguno de su boca. algunas estrellas. se podía oír resonar en el gueto el ruido de los martillos. Él rezaba. Sin embargo. Observó al médico. maestros herreros. y Cecilia no dudó de la fe de su extraño protector. pasaban de un inmueble al otro.. porque los hombres. Ella lo ayudó planteándole la pregunta que se le trababa en la lengua: —¿Qué pasa? —Ya vienen.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 18 Cecilia esperaba en medio de la oscuridad en una habitación estrecha y alargada que el médico le había presentado como una sinagoga. pudo leer en su rostro el desasosiego y el miedo. Cuando se acercó a ella. El calor y los escalofríos se propagaron por todo su cuerpo. y perseguían a las palomas que. Oía también los gritos alegres de los niños. que parecía desempeñar un papel mayúsculo en el seno de su pueblo.. ¿Qué le decía a Dios? ¿Qué significaban aquellos murmullos roncos? Le habría gustado comprender aquella lengua cuyos ecos le llegaban como un cántico.. Movió los labios. volaban hasta los tejados. que se perseguían por el exiguo espacio del islote. incitaba al recogimiento.. una especie de tabernáculo enmarcado por dos candelabros de cuero con siete brazos. Empezaba a plantearse de nuevo una huida cuando se hizo el silencio. la hacía parecer vaporosa como una estatua al fondo de un túnel. La penumbra se tragaba su alta silueta. y textos grabados en hebreo sobre pedazos de madera llenaban el vacío como podían. Cecilia los hacía suyos de manera que le permitían saborear la libertad. Las mujeres que había visto al llegar a la sinagoga gozaban plenamente de su situación mientras cosían las inmensas velas de los futuros trirremes. forjaban y moldeaban unas hojas de cobre en recipientes de todo tipo. Etienne había dejado de rezar. El lugar estaba pobremente decorado.

no me gustaría que estos lugares fueran profanados. olía a muerte y destrucción. Ella no bajó los ojos. un verdadero enemigo. Habría sido necesario todo el poder de la cábala para vencer a los veinte. Aquella necesidad cuyo significado u origen desconocía la mantenía al borde del pánico. y el maestro Levy no tenía más que la fuerza de sus oraciones y su ciencia para oponerse a ellos. en el momento en que 75 . —Sí. —¿Me va a abandonar? —¡No. no sin desafiar él también a aquel guerrero que parecía venir del infierno. Toda la violencia de sus miradas se concentró en Cecilia y Etienne. El jefe de los espadachines caminó hacia la pareja. pensó. —Me llamo Antoine Gaufredi de Folcaquier. y te enseñaré a conservar la tuya. y soy el encargado de escoltarla hasta su nueva residencia —dijo el hombre a la vez que estudiaba el rostro de Cecilia. que se había vaciado. Aquel francés era terrible. Una nueva figura se formó como en una parada militar: se colocaron formando una amenazadora doble fila frente a la sinagoga. no! ¡Siempre estaré a tu lado! —¿Cómo va a poder estar un judío a mi lado en un palacio? —soltó ella con malicia.. ¿Profanados? ¿Por los hombres que venían? ¿Qué tipo de seres había provocado aquel silencio? La respuesta llegó cuando Etienne empujó el batiente de la puerta. «Mi enemigo. y dónde está mi padre? —No estoy autorizado a decirlo. Ahora ven. ni que desearan ensartar a algunos judíos en las espadas cuyos mangos mantenían agarrados. de una estatura muy superior a la de Flora». Instintivamente. No te pasará nada. el círculo se disgregó. La hora de rendir cuentas llegaría tarde o temprano. El horror que ella podía adivinar y el peso que le oprimía el pecho no eran más fuertes que la furiosa necesidad de desafiar a aquel nuevo adversario. Los veinte habían formado un círculo en el centro del palacio. El médico se plegó a ella. sino que soy el que le salvó la vida al dux. —No soy cualquier judío. Algunos se limpiaban la suciedad de sus botas con la tela de las velas. Para eso me han contratado. y usted también.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¿Quiénes? —Los hombres que deben acompañarte al palacio. —¿Es ella? —le preguntó al médico. Tan pronto como Cecilia y el médico aparecieron. no ocultaban su odio y su disgusto. ¡Sígame. maestro Levy! La orden era imperiosa.. —¿Puedo saber quién le manda.

y ambos estuvieron seguros de que sus destinos estarían ligados para siempre. —Y yo la suya —respondió ella. 76 . su mirada se cruzó con la de Cecilia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta abandonaron el gueto. —Yo soy tu aliado —dijo él en voz baja.

estaba el puente del Rialto. Pero la compañía no se dejó engullir por aquellas mareas de hombres y mujeres. —¡Abrid! Ella descubrió la entrada baja de un edificio sin ventana. La voz ronca de Antonio Gaufredi la sacó de sus pensamientos. subiendo por los altos peldaños desiguales de una escalera de caracol. la más grande de las cuales. en el centro de uno de los dos. llevaba un turbante y un caftán de lino blanco con botones nacarados azules. marchaba con paso militar y atravesaba las plazas. aquellos desperfectos se hacían más raros. era una heroína que corría hacia su perdición. Avanzaron en fila india. era un europeo de ojos claros y piel rosa: un puro representante del norte de Europa. de modo que dedujo que aquel lugar estaba bañado por el agua de un canal. Eso era lo que ella se imaginaba. Al final de alguna callejuela. conforme iban subiendo. La humedad resbalaba por las paredes y el salitre blanqueaba las grietas. cuyo acento permitía adivinar su origen holandés: —Les ruego que me sigan. Cecilia había recobrado sus fuerzas y su capacidad de análisis. en el centro de la otra. se erguía la basílica de San Marcos. Sin embargo. Había que torcer el cuello para poder vislumbrar un pequeño trozo de cielo recortado por las cornisas. 77 . la de Sant'Angelo. y las lilas de los rododendros. en algún canal estrecho. o en cualquier otra parte la esperaba un puñal. la sangre de los claveles púrpuras. No obstante. estaba ocupada por el mercado de las flores.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 19 La multitud se desplazaba en dos grandes corrientes opuestas que la conducían antes o después a dos remolinos. Un criado vestido al estilo turco les abrió. Cecilia ni siquiera los vio. y desaparecieron tras franquear una puerta todavía más baja que la precedente. Olvidaron enseguida los frágiles delphiniums. No sabía dónde estaba. Ahora vivía en una aventura que habría podido escribir algún poeta trágico griego.

y miró de reojo a sus dos compañeros. Se juró ayudar a Cecilia en la medida que pudiera. La procesión de la plaza de San Marcos. Los representantes del pueblo se relajaron al comprobar que habían hallado a la pequeña. un inmenso fresco de Gentile Bellini. los terciopelos de alta y baja liza. el cristal. Todas las riquezas de Oriente y Occidente estaban allí presentes. ocupaba toda una pared. la madera de rosa. su cara delgada transmitió una gran satisfacción. estaban acostumbrados a semejante tipo de intrusiones. no obstante.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta «El Gran Canal». también vestidos de turcos. Él mismo sentía cierta repulsión por lo que estaba a punto de llevar a cabo. tampoco habría llegado a hacer peligrar el futuro de Venecia. continuaron con sus ocupaciones. repisas. jarras. La habitación en la que entraron era de un lujo suntuoso. Sin desviarse de su camino. el oro. que consistían en llevar platos de cuero. el mercader se sintió incómodo. pero Cecilia no se dejó cautivar por ese derroche. 78 . El criado que los había conducido hasta allí desapareció tras empujar una puerta pintada con extraordinarios pájaros de multitud de colores. y en limpiar las estatuas de dioses y diosas que decoraban aquel vasto espacio que separaba las alas del palacio. iban y venían otros criados. «carne de cañón» como la habría llamado un soldado. se dijo Cecilia al descubrir la majestuosa vista a través de altas ventanas góticas. eso evitaría que el dux montara en cólera como era habitual en él ante ese tipo de contratiempos. tapices y relojes. De repente. De hecho. vasos. ya que sus ojos se posaron inmediatamente sobre su padre. el bronce. La desaparición de la señorita Venier Baffo. obligaciones impuestas por Venecia. No se preocuparon por los recién llegados. pero los caprichos y los planes insensatos del dux no debían contrariarse. sin alzar las cejas. ya que Cecilia sólo era una más entre la otra decena de elegidas. Uno no sabía dónde mirar. Cuando vio a su hija. el sonido de un gong lejano llegó hasta sus oídos. pensó Cecilia sin ocultar su desprecio y disgusto. Tenía obligaciones con su pueblo. el marfil. recamados y pegados. «Ya no eres mi padre. ya que. los cuadros de Tiziano y de Bellini unían sus colores a los de los tapices de Anatolia y de Persia. aparentemente. y aquella operación era una de ellas. ya no eres nada para mí». sin echar una mirada. Entonces. aquel pensamiento fue tan fuerte que alcanzó al propio Alessandro. pero ya no podía dar marcha atrás. Aquel sentimiento de incomodidad se acentuó cuando se cruzó con la mirada feroz de Etienne Levy: el médico no ocultaba su aversión. Alessandro estaba acompañado por dos diputados de bastante edad. En el gran pasillo que la compañía ocupó para volver a formar en torno a la señorita y el médico. eran un elemento más de la composición formada por muebles.

mostró modestia. tenía una confianza absoluta en él. —Bien. Conocía bien a aquel hombre de trágico pasado. cuyo color azul se ajustaba bien con los adornos del vestido de satén que ella llevaba. Cecilia. Entonces. su cabeza estaba hecha un lío. 79 . y caían por sus hombros hasta su pecho. qué tristes son los hombres». —Es usted Beatrice Cornaro Contarini —se oyó decir Cecilia. Era su médico y su vínculo con el vasto mundo. Se inclinó. que acababa de sacrificar a su hija. pero una sorprendente blenda amarillenta y mal tallada colgaba de su cuello. «Desde luego. Si es así. llegó el momento en que se dirigió a Cecilia: —Buenos días. muy bien. Se contrajo. y se hizo la luz. Cecilia se quedó boquiabierta. Beatrice avanzó y sintió que la atención. la admiración y el deseo de todas las personas de la sala se volcaban en ella. te acuerdas. Incluso el tenebroso Antoine Gaufredi de Folcaquier se sintió deslumbrado. se dijo mientras retomaba su lento avance hacia los varones que iban a acercarse a ella para rendir homenaje a una poderosa y rica noble veneciana. Sus hombres arquearon el torso. Beatrice detestaba a aquel pequeño mercader. Pero ¿qué hacía ella allí? ¿Qué azar sorprendente la llevaba a cruzarse en su camino? Beatrice le lanzó una sonrisa radiante a Cecilia.. sujetaban su cabellera. y le habría gustado gritar.. ávido de ganancias. Alessandro hizo el primer acto de sumisión. como tocado por una llama. a la vez que sentía que su rostro enrojecía. al final de una cadena de hierro. armados. Incluso parecía haber rejuvenecido desde su primer encuentro en la iglesia dei Frari. con la raya hecha. Miraba a todos aquellos hombres violentos. —Has vuelto a quedarte muda. La joven esposa liberada era todavía mucho más bella de lo que recordaba. La joven se quedó quieta. me he debido de equivocar al juzgarte. o tal vez te falla la memoria. Beatrice Cornaro Contarini en persona acababa de hacer su entrada. pero no obtuvo más que la frialdad de su mirada. Un poco de dulzura suavizó la dureza voluntaria de sus rasgos cuando Etienne la saludó. sus ojos brillaban de malicia y delectación. Otras piedras preciosas brillaban en sus muñecas y en sus dedos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Una puerta se abrió. Después. ¡en otros tiempos habría vendido hasta al mismo Jesús! Tampoco mostró mucho más entusiasmo con los dos diputados que eran los garantes de aquel mercadeo miserable. Dos pasadores con turmalinas. y la mantenía apartada de los bordes de su cara maquillada con arte. vestidos de negro como si llevaran un luto perpetuo. rubios con un brillo cobrizo. Llevaba los cabellos sueltos.

y eso impregnaba a sus hombres y oprimía a todas las personas de la habitación. 80 .Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cecilia se acordaba incluso de las últimas palabras que la todopoderosa Contarini había pronunciado ante la iglesia dei Frari: «Tú sabrás imponer tu voluntad. Sólo temía al dux y a los miembros del Consejo de los Diez. Un soplo de aire pasó como un suspiro. Había algo en él implacable y cruel. cuando su poderosa anfitriona los invitó a pasar a la gran sala de celebraciones. que lo que ella había considerado una feliz casualidad. Le habría gustado que su padre también se hubiera ido.. y Cecilia notó el vago olor a cuero y a hierro que desprendía el grupo. —¿Todavía necesita nuestros servicios? La voz de Antoine Gaufredi interrumpió la conversación. llevándose con él a los espadachines. formaba parte de un plan retorcido. sin embargo. Cuando desapareció el último de los soldados. o vicios que satisfacer. o una suerte funesta. debía de tener otras misiones que cumplir.. Beatrice no se dejó ganar por aquella peste. Se daba cuenta ahora de que todo había estado organizado. —Mi espada queda a su servicio —respondió él a la vez que se inclinaba. Beatrice se volvió hacia el francés. supo que tendría que aguantarlo unas horas más. Aquel lobo se impacientaba. —Idos. Retrocedió y después se volvió con ligereza. ¡Pase lo que pase! Y yo te ayudaré». respiró un poco mejor.

sus naves. señora. Instintivamente. el color dorado de un denario a la noche de sus ojos magníficos? Si usted la conociera. ambos parecían mirar a Cecilia. Había tenido arrebatos. no estamos aquí para pelearnos.. Sus muros cubiertos de terciopelo púrpura hacían resaltar dos estatuas que parecían desafiarse la una a la otra en una mesa de mármol con vetas azules. ¿Eres una de ellas? Se sintió acalorada y se ruborizó. a Artemis sólo le interesan los niños pequeños —dijo Beatrice—. tres flechas de oro entre sus dedos de piedra.. había sentido la necesidad de descubrirse. Beatrice miró de reojo al que la importunaba. Créame. ya no era tan pura como antes. —¿Puede garantizar algo de alguien a quien no conoce? —replicó Beatrice. de tocarse y de frotarse.. ¡Claro que era virgen! Respecto a lo de casta. de eso ya no estaba segura. Tenía el aspecto gris y poderoso de los personajes históricos y secundarios que se representaban en los 81 . —Venga. mi querido Baffo. uno llevaba la maza al hombro.. —¿Y por eso ya la conoce? —insistió Beatrice—. deseos los últimos meses. los miles de cequíes. por año? ¿Acaso no está usted más al corriente de los precios del mercado que de las angustias de su hija? ¿No se siente más cercano al alma de los marinos que conducen sus galeras.. ¿Cuántas horas le ha dedicado.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 20 La sala era grande y cuadrada. y la otra. su pudor salvaje sólo puede soportar que se le acerquen jóvenes vírgenes perfectamente castas y puras. —No deberías acercarte demasiado. —Ella es de mi sangre. —Yo puedo garantizar la virtud de mi hija —dijo Alessandro. Representaban al centauro Dexameno y a Artemis Chryselakatos. un poco humillado por las alusiones de la Cornaro Contarini. acaba de perder un tesoro que no tiene precio. De hecho. ¡Debo recordarle que todos servimos a los intereses de la República! —dijo uno de los diputados. la joven se colocó bajo la protección de la cazadora. que a su corazón? ¿Acaso no prefiere los montones de ducados. no la habría sacrificado en el altar de la República y en el templo del deseo.

creyeron que el suelo se iba a abrir y que un demonio a las órdenes del judío mostraría su horrible hocico verduzco. Lamentaréis vuestros negocios. y estaban cosidas con hilos y decoradas con cruces ganadas sin heroísmo. sino que se le atribuían conocimientos extraordinarios. sus dientes afilados y sus garras. es necesario que repongas tus fuerzas. y no lo ignoran. pero. ¡Porque no tengáis ninguna duda de que un día seré más poderosa que Beatrice Cornaro Contarini! —Eso es exactamente lo que queremos —dijo Beatrice sonriendo—. Sus ropas eran pesadas. por un momento. ¡Ahora está bajo mi protección. Consagraré mis horas a altas lizas. el que se jacta del título de padre. vuestras intenciones. No podréis jamás encerrarme. poderes sobrehumanos y el dominio del arte de la cábala. Todo el mundo se quedó silencioso hasta el momento en que una voz clara rompió el silencio: —No sé qué valor me atribuís. obligarme. —¡Y también está bajo la mía! La voz de Etienne había sonado atronadora.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta cuadros españoles. De ningún otro modo podía explicarse que entrara en el palacio del dux. pero juro ante Dios que conseguiré ser libre. unos cobardes que se encorvaban y perdían algunos centímetros en presencia de un Gritti. y se sentaron en torno a la monumental mesa en la que habían dispuesto platos de porcelana china y cubiertos de oro. Voy a luchar hasta arrebataros la victoria. señor. señaló los asientos que debía ocupar cada uno. Ya no es usted nada para mí. Eran unos miserables. Tras estas palabras. venderme y revenderme. y si no os borro de mi memoria. es para rendirle cuentas cuando llegue el momento. Se decía que el maestro Etienne Levy no era sólo un famoso médico. —He aceptado tomar a Cecilia a mi cargo por obligación. Había puesto toda la fuerza de de una invocación mágica. Y usted el primero. que. sin duda alguna. ignoro cuáles son vuestros planes. semejantes a gruesas capas. y no permitiré a ninguno de ustedes que la considere como una mercancía! —lanzó Beatrice a la vez que cogía de la mano a Cecilia. Haré míos mis días y mis noches. Impresionó a todos los presentes. si quieres luchar. 82 . vuestros pactos y alianzas. Su compañero se le parecía.

su padre la había vendido. no había apartado la mirada de aquel impresionante grabado que representaba la Batalla de los dioses del mar. Neptuno. Aquellos inmortales nacidos de la espuma del mar. Estaba pintado sobre la pared que estaba a la izquierda de la cama con baldaquín en la que Cecilia estaba acurrucada. se asombraba de tener algún valor. Sus torsos poderosos parecían cobrar vida gracias a las luces en movimiento de las embarcaciones que se cruzaban en el Gran Canal. de las barcas y de las embarcaciones auxiliares se reflejaban en el agua agitada por los remos. Parecían querer decirle que ya no era nada. Las antorchas de las góndolas. Parecía que estaban vivos. este grabado pertenece al duque de Devonshire. Minerva Tritónida y todas las divinidades salidas del fondo del abismo se entregaban a feroces combates. Desde que la habían encerrado en aquella habitación. de las miradas de los dioses. y sirviendo así como entretenimiento para la inquietud de la joven prisionera. representados diestramente por el artista. 3 A lomos de monstruos marinos y de caballos nadadores. 3 En la actualidad. la miraban sin complacencia. pero de una cosa sí estaba segura: su cuerpo pertenecía por entero a la Serenísima. una mercancía valiosa que se podía intercambiar como un puñado de cequíes o un barril de sal. extendían su dominio sobre la noche. pedir ayuda. Se afanaba por acordarse de los detalles de los días precedentes para comprender algo. pero nadie la habría ayudado: los venecianos hacían oídos sordos a los gritos y a los lamentos que provenían de los palacios góticos que habitaban sus señores. de los armarios. un peón. Pese a todo. Habría podido gritar desde lo alto de una de las tres ventanas que daban al Gran Canal. cubriendo la fachada de brillos rojizos antes de apoderarse de las vigas del techo. de los baúles. Ella ya no existía. 83 . dispuestos a mezclarse en aquella enorme habitación húmeda para traspasar con sus tridentes a la jovencita temblorosa.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 21 El fresco tenía ocho metros de ancho y tres de alto.

Aquellas veladas de tortura terminaban en borracheras durante las cuales las prostitutas estaban autorizadas a abandonar la casa pública. que. el Castelletto. a menudo daban latigazos a aquellos que infringían las leyes de la República.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Para escapar del peso de las miradas enojadas. de estafadores. En las noches de verano. Venecia era cruel e inhumana. estaban trabajando. Las prisiones estaban llenas de bandidos. No obstante. ahogarla contra su vientre colosal y comérsela en tres bocados. Todavía llevaba sus ropas de princesa. que respondía al extraño nombre de Nefer y farfullaba amenazas en una lengua desconocida. Algunos que habían sido condenados a muerte debían soportar también la tortura de las tenazas y los cuchillos del verdugo antes de subir junto a las horcas que se instalaban en el Rialto. Semejantes a rodajas de hígado recién cortadas. relucían en la parte inferior de una cara de luna llena de cráteres y de quistes. conducidos ante el tribunal de la magistratura. invocar a san Marcos tampoco serviría de nada porque el protector de la ciudad se mostraba más sensible ante el oro de los mercaderes que ante la rectitud de una joven anónima. La voz aflautada que salía de ella no conseguía otra cosa que acentuar la repulsión que sentía Cecilia. Era una caverna llena de dientes puntiagudos. Cecilia había visto ya esos trozos de carne podrida que los cormoranes desgarraban a picotazos y que las ratas iban desmenuzando poco a poco. criminales. se había negado a que la desvistiera la sirvienta negra. se levantó de la cama. y no necesitaban preocuparse de las multas y reprimendas de los oficiales públicos. ni tampoco matarse porque le gustaba demasiado la vida. salían de él en cualquier momento del día durante todo el año. La adolescente deseaba no volver a ver a aquel monstruo. Aquella horrible giganta habría podido hacerla pedazos entre sus enormes manos. Pero ¿cómo iba a poder evitar ahora sus apariciones? No podía tirarse al canal porque no sabía nadar. sufrían su castigo en la escalera del puente. rodeada por labios gruesos cuyas comisuras estaban cubiertas por erupciones con costra. ofreciendo su vientre o su boca por 84 . pues los compraban con tres lengüetazos y dos empujones. Cecilia seguía las embarcaciones de las que salían risas y cantos. Aquella cara grotesca se había creado para inspirar el disgusto y el miedo. casi todas iban rumbo al Rialto. Con una mirada aguda. y ella sabía por qué: se dirigían al lugar de los suplicios. En aquel mismo momento. Cecilia nunca había visto una boca tan grande. que las albergaba hasta la llegada de la mañana.

Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta algunas monedas. Su corazón latía mucho más rápidamente que los segundos que marcaba el antiguo reloj de su habitación. sino que iba a combatirla. y la puerta se abrió sin ruido. cuando su mano ejerció una presión sobre el pesado manillar de hierro que permitía abrir la puerta. De hecho. No se encontraba demasiado bien. Apoyó su frente contra la fría piedra de la balaustrada. Movida por el instinto. que menospreciaba a las mujeres. cubierto de cadenas y candados. El manillar crujió al abrirse la puerta. las envidió. a otras escaleras. en aquel espacio sin ventana que conducía a otras habitaciones. Cecilia sintió espasmos en el vientre. llena del sabor de las especias. y la sangre le latía con fuerza en las sienes. La tentación de explorar el palacio le resultó demasiado fuerte. y un olor a cieno y podredumbre apestaba toda la ciudad. Beatrice no era la amiga que fingía ser. El jambaje de espesos bloques recordaba al de las puertas de una prisión. sintió la necesidad de actuar. tiró hacia ella. pero se negaba a beber el agua de la jarra de cristal que la horrible sirvienta negra le había puesto en un recipiente. se sorprendió tremendamente al constatar que no estaba cerrada con llave. ¿Qué le habrían hecho comer unas horas antes? Apenas había tocado los extraños platos preparados por un sabio cocinero búlgaro que los dos diputados habían contratado para preparar aquella interminable comida. Sentía que la boca le quemaba. A Cecilia se le había metido en la cabeza que iban a intentar drogarla. ya bastante apesadumbrado por los angustiosos pensamientos. su padre. se alejó de la ventana y se acercó a la puerta cimbrada y reforzada por grandes clavos cuadrados. a otros pasillos. un verdadero laberinto hecho de 85 . El aire llegaba cargado de los miasmas de la laguna. Le pareció oír los rumores de aquella sórdida fiesta. Cecilia retrocedió ya que esperaba ver aparecer a Nefer. Ante ella. Cecilia. y sólo se lo podía imaginar cerrado. Sin embargo. Volvió a apoyar la mano en el pomo. pero estaba demasiado oscuro a ese lado. aguzó el oído afanándose por escuchar el ruido de una vieja clepsidra de andares cansados. que no sabía gran cosa sobre el infame comercio de la carne. Cecilia se dijo que podía volver a encontrar el camino que conducía a la calle. De repente. había oído decir que existían polvos que sometían la voluntad de las personas. en definitiva. y no quería estar a merced de una persona como Beatrice Cornaro Contarini. de la misma manera que lo estaban todos los hombres que se habían pasado el día halagándola y atentos al menor parpadeo de la bella veneciana. con lo que oprimía su cráneo. pero Nefer no apareció. así que Cecilia no estaba dispuesta a fiarse de ella. la garganta seca. se había comportado como el más vil de los lacayos.

Jean-Michel Thibaux

La esclava de La Puerta

esquinas, de recovecos y de giros donde se ocultaban amenazas, de manera que
se quedó durante un rato escuchando atentamente los ruidos que salían de la
nada.

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Jean-Michel Thibaux

La esclava de La Puerta

Capítulo 22

Cecilia venció por fin su miedo. Poco a poco, sus ojos se habituaron a
aquella noche profunda, de modo que pudieron localizar entre las sombras
unas formas fantasmagóricas petrificadas. Eran bustos antiguos de hombres
célebres; el palacio estaba lleno de ellos. Todos aquellos que habían contribuido
a la gloria del Imperio romano y al triunfo del pensamiento griego disfrutaban
en el presente de su rostro reproducido en mármol y cubierto de polvo.
Dio un paso, después dos, y pudo tocar con los dedos la corona de laurel de
un Septimio Severo o de un Aureliano antes de expulsar con una respiración
profunda la angustia que comprimía su pecho. Había tal silencio que tenía la
impresión de estar en un mausoleo. Lanzó un grito cuando la sombra se
abalanzó sobre ella, pero enseguida fue acallado por una mano, que no era la
gruesa pata de Nefer, sino la garra de un animal. Pensó en Antoine Gaufredi, y
un escalofrío la recorrió.
—No quiero hacerle ningún daño —dijo en voz baja una voz masculina que
no conocía.
Intentó liberarse con una patada.
—¿Quiere que llame a Nefer? —continuó el desconocido—. Le encantará
castigarla.
La voz de su agresor era irónica, joven y segura, pero no amenazadora.
—Voy a soltarla. Prométame que no gritará.
Cecilia aceptó. Enseguida el desconocido apartó sus manos, pero no se alejó
de ella, sino que, al contrario, sintió su aliento en su mejilla.
—¿Es usted la señorita Cecilia Venier Baffo?
—Sí... Y usted, ¿quién es?
—En este momento, tengo por nombre Joao Micos y sirvo a los intereses de
mis tíos lejanos. Conoce a uno de ellos, el maestro Etienne Levy. Enseguida
conocerá al otro, Andrea Gritti.
Aquello era imposible: aquel joven no podía ser a la vez el sobrino del líder
de la comunidad judía de Venecia, y el del dux. Debía de estar mintiendo para

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La esclava de La Puerta

impresionarla. Ella giró el rostro y adivinó el blanco de sus ojos. Seguía
sintiendo su aliento en los labios, así como su olor a cuero, a tinta y a especias.
¿Acaso era un soldado?, ¿un secretario?, ¿un negociante? ¿Qué podía hacer allí
en plena noche?
—Beatrice me ha dicho que era usted de una gran belleza. Y es verdad,
puedo darme cuenta, y eso me obligará a esforzarme.
—¿Qué quiere decir?
No se explicó; en cambio, tuvo la audacia de tocarle los cabellos; más que
un contacto, fue una ligera caricia como la que se hace posando los dedos sobre
preciosas telas, o sobre el manto de yeso de una estatua de la Virgen. Ya no
aguantó más cuando se acercó un mechón a la nariz. Aquello fue demasiado
para Cecilia.
—¡No se lo permito, señor!
Un momento después, sintió que la acariciaban con un beso y que sus
labios le quemaban. Lo abofeteó.
—Aprenderá a amar —dijo él con el mismo tono irónico—. ¡Sígame!
—¡Jamás!
—¡Obedezca!
Aquella orden sonó como la que daría un capitán. Debía de ser, por tanto,
un soldado. Todavía bajo los efectos de la sorpresa, se dejó conducir sin oponer
resistencia. Joao la había agarrado por el puño, andaba rápido, sin dudar. O
conocía perfectamente el lugar o tenía el don de ver en la oscuridad. No la llevó
demasiado lejos; subieron un piso y recorrieron un pasillo.
—Aquí nos separamos —dijo él a la vez que empujaba una puerta
monumental.
—Pero...
Ya no la escuchaba; él estaba ya en medio de una inmensa habitación que
recordaba a una capilla flanqueada por pilares con capiteles góticos. Cecilia lo
vio alejarse gracias a la claridad de varias decenas de cirios colocados en gradas.
Joao era delgado, bien proporcionado, con cabellos y ropas negras. Era igual
que la noche que él parecía disfrutar.
Los ojos de Cecilia se hicieron más grandes. Más allá de las luces, había una
cama como ella nunca había visto. Se parecía a las barcas especiales en la que
los nobles venecianos iban al encuentro de los principales barcos principescos
que deseaban fondear ante la orilla de los Eslavos. Sus flancos bajos se realzaban
en una proa torneada que coronaba una cabeza de pájaro acuático de cuyo pico
curvado colgaban dos velas increíblemente transparentes.
Aquellos foques, agitados por las corrientes de aire, se perdían en el techo
donde estaban pintadas en relieve Nete, Mese e Hipate, las musas desnudas que

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La esclava de La Puerta

personificaban las tres cuerdas de las liras que ellas pellizcaban con los dedos.
Esas encantadoras soplaban besos invisibles sobre el puente del lecho que
dominaban.
Cecilia estaba fascinada por lo que acababa de descubrir. El pájaro de la
proa tenía dos granates como ojos. Su plumaje de oro cubría en parte la mitad
del huevo de plata que estaba colocado sobre un empedrado cuyas volutas
recordaban a un remolino de olas de un día de tempestad. Alguien reposaba en
aquel nido digno de una emperatriz romana, una persona que no era otra que la
propia Beatrice. Parecía tan blanca entre las sábanas blancas que Cecilia no
había reparado inmediatamente en ella a la luz de las velas.
La joven se puso la mano sobre la boca para ahogar un grito de sorpresa.
Notó que la sangre le subía al rostro y que, después, una ola de calor le recorría
todo el cuerpo.
La bella veneciana no llevaba nada de ropa. ¡Nada! ¿Cómo podía ser eso
posible? ¿Podía una mujer presentarse así ante la mirada de un desconocido que
acababa de meterse en su habitación? ¿Y él, Joao, qué hacía?
Otras sensaciones ardientes recorrieron sus venas. Él se estaba desvistiendo,
o, más bien, se estaba arrancando sus ropas, y las lanzaba a los pies de aquel
nido de los placeres. No debía de tener más de veinte años y no se parecía en
nada a los semidioses que se representaban en las pinturas alegóricas. Tenía el
cuerpo de un hombre curtido en los oficios del mar, el de un ágil marino que
saltaba por los mástiles: unos muslos largos, unos músculos finos, una espalda
arqueada, y un sexo...
Cecilia bajó la cabeza, porque pensaba que no debía ver aquello;
simplemente, no podía. Al menos, eso fue así hasta que oyó las palabras de
amor de Beatrice con las que llamaba a su amante. Le abrió los brazos, lo
recibió, lo acarició, lo besó. Él, con la piel de gallina, se tendió, y rozó con su
pecho los senos lechosos. Hubo más roces, y después se abrazaron.
Los dos amantes se acariciaban el uno al otro y se atrevían a hacer cosas
inimaginables para la adolescente cuya experiencia era únicamente la que
proporcionaban los libros. Lo que ellos estaban haciendo estaba descrito y
dibujado en la Hypnerotomachia Polifili que ella había osado mirar en compañía
de Kalè; pero la comparación se acababa ahí.
Ellos gemían, se movían, cabalgaban; se devoraban a besos, se arañaban.
Aquello era demasiado, Cecilia ya no pudo soportar la visión de aquel placer
revelado. Pudo romper el embrujo y, tras una carrera desenfrenada, volvió a su
habitación y a su fría cama. Entonces se echó a llorar.

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La esclava de La Puerta

Capítulo 23

Sintió un escalofrío en el umbral de su conciencia. Algo ligero se
desplazaba cerca de sus cabellos. Podían ser los dedos de Joao, con el que
Cecilia había soñado durante la noche. El joven hombre le hablaba y le decía
que se despertara. Abrió los ojos y gritó. Nefer estaba inclinada sobre ella y le
acariciaba el cabello. Al sonreír, mostraba todos sus puntiagudos dientes y le
echaba encima un aliento de ajo y pimienta. Con el mentón le señaló una fuente.
—Tengo frutas para ti —le dijo ella con una voz aflautada que se rasgaba en
cuanto subía una octava.
Cecilia dio una vuelta sobre sí misma y se deslizó fuera de la cama.
—¿Tanto miedo doy? —dijo Nefer sin dejar de sonreír.
Sin embargo, a Cecilia aquella sonrisa le parecía más bien una forma de
mostrar la ferocidad de sus apetitos.
—Dar miedo siempre ha sido mi función; en otro tiempo me formaron para
eso —añadió ella con un tono de lamento.
La sirvienta se irguió. Un brillo salvaje asomó en sus ojos perdidos bajo los
pliegues de grasa. Estaban vivos y penetraron en Cecilia.
—¡Veo que no has bebido! Pobre tonta. ¿Crees que mi señora desea
envenenarte? Estás bajo su protección. Sólo el dux podría matarte, pero dudo de
que él se decidiera a hacerlo porque tú eres una prolongación de su propio ser.
Tras esta extraña revelación, Nefer recogió la jarra y el recipiente de estaño
que estaban colocados sobre el velador. Se sirvió agua y se la bebió ante los ojos
de Cecilia.
—Te enseñaré a reconocer los venenos. El maestro Levy te enseñará sus
secretos.
—¿Para qué me servirá? —preguntó Cecilia intrigada.
—Para salvar tu vida cuando llegue el día, querida.
—¿Qué día?
—¡Eso sólo Alá lo sabe!

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la de un corderito. —Sólo tu voracidad puede igualar a tu imprudencia. el turco es tan interesante como el latín y el árabe. rebuscó en el 4 Una forma poética en verso corta. sino que también era una infiel. melocotones y una sandía que ya habían limpiado las encargadas de la cocina.4 que debe presentar al oído una eufonía sin estridencias. Nefer no la tomó en serio. vamos a empezar con tu primera lección de turco. Te aconsejo que te alimentes porque tus días van a ser particularmente agotadores. Ya que tu disposición es buena. Tu sangre y tu alma no tienen nada que temer. se la podía imaginar dispensando buenos consejos y gentilezas.) 91 . —¿De verdad lo crees? A Cecilia le pareció estúpida esa pregunta. ¿Cómo podía oponerse aquella chiquilla? Con la fuerza de una oveja. Tendré que enseñarte a examinar los alimentos antes de comértelos. Si se cerraban los ojos. Se dice en el sura octogésimo quinto: «Ellos no creen ni se postran cuando se recita el Corán». Con una mano. Créeme. Nefer soltó una carcajada de hiena. Toda la ironía y la crueldad de su ser se concentraron en sus pupilas empequeñecidas por los párpados casi cerrados. de la T. Cecilia rodeó la cama y agarró un melocotón que mordió a la vez que lanzaba una mirada desafiante a la criada. Cecilia se quedó rígida. Es la pureza absoluta tan querida por el corazón de los sultanes. Pero Cecilia tenía los ojos totalmente abiertos y sólo podía forjarse otra opinión sobre aquella morisca que encarnaba el pecado. —Estos frutos son inofensivos —continuó Nefer—. de forma rigurosa y reservada al lirismo personal. desafiaban a Flora. pero éste no es el tema. —Nunca aprenderé esa lengua del demonio. —Tendrás que acostumbrarte a esa idea: soy musulmana y domino la ciencia coránica. agobiadas de trabajo. (N. habría sido una institutriz extraordinaria. la lengua de Solimán. o más bien. y a olerlos también. Le mostró la fuente de frutas. No sólo aquella mujer era una abominación de la naturaleza. la lengua de la poesía cuyo más bello ejemplo es el ghazel. Nefer no era una criada ordinaria. Respondió encogiéndose de hombros y después puso las manos en jarra como había visto que hacían en la casa de su familia cuando las costureras. Parecía poseer un saber inmenso y una sensibilidad pareja. Había naranjas. que esperaban a que las devoraran.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Ante el nombre de Alá. —¡Turco! —Sí.

Jean-Michel Thibaux

La esclava de La Puerta

pliegue del amplio vestido de tela roja que, por su corte, imitaba la duma
oriental. Sacó una larga tira de cuero estrecha, trenzada y reluciente, que
chasqueó con un pequeño movimiento del brazo.
—Ves, tengo también para ti una piel de anguila, una vieja herramienta
pedagógica, que es muy eficaz. En la actualidad, las páginas del serrallo de
Solimán conocen sus mordeduras. No tienes la piel delicada de una rubia, pero
eso no quiere decir nada, pues hay morenas que enrojecen mucho más si se sabe
hacer.
La amenaza iba tomando forma. Sin embargo, Cecilia mantenía su
confianza y no bajaba los brazos. Le sería fácil evitar a aquel hipopótamo. Nefer
se abalanzó; la grasa de su vientre se agitó como el mar revuelto; sus curvas
temblaron; cada una de las partes de su cuerpo cobraba vida con cada paso
pesado que la acercaba a la adolescente rebelde.
Cecilia se quedó inmóvil. En aquel momento, por el más puro azar, la
Marangona del campanario de San Marcos se puso a sonar. La muy oficial
campana de la República anunciaba el inicio de la jornada de trabajo. Nefer
parecía estar esperando aquella llamada. Su látigo cortó el aire. Con un giro,
tocó el cuello de Cecilia antes de enrollarse.
El golpe fue hábil, imparable e inesperado. Aquello sorprendió a la joven,
que, de repente, sintió que la tiraban hacia delante. Nefer utilizaba su látigo
como un lazo. Cuando la desvergonzada estuvo contra ella, la echó boca abajo
en la cama, le quitó la ropa, puso sus muslos al aire, sin dejar de mantenerla
inmovilizada, y la golpeó.

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La esclava de La Puerta

Capítulo 24

Cecilia no se quejó ni una sola vez, ni siquiera había intentado escapar
mientras recibía el correctivo y se aguantaba las ganas de llorar. Y cuando Nefer
empezó por el abecé del turco, Cecilia repitió tras ella sin rechistar.
—La e se pronuncia e, la i sin punto es una vocal intermedia entre i y e, ö se
pronuncia eu, u se pronuncia u, la g siempre es una oclusiva sonora, la s es
siempre sonora...
Durante dos horas, se estuvo familiarizando con las letras y las pastas
orientales que un criado había llevado en cuanto hubo acabado el castigo.
—No haremos de ti un gran poeta como Revanî, que supo celebrar los
placeres de la vida en verso y a quien tuve la suerte de oír antes de que muriera,
pero tienes dotes —dijo Nefer—; tu voz fascina, transmite sensaciones y resulta
agradable de oír. No hay duda de que, cuando seas la mujer en la que te vas a
convertir, hechizarás a los hombres que te oigan.
—¡Bienaventurados los sordos! —exclamó Beatrice, que acababa de entrar.
Nefer se levantó y se inclinó ante ella. De repente, dejó de existir, como si la
deslumbrante aparición de la noble veneciana la redujera a la nada. Beatrice
llevaba un vestido cruzado por bandas de oro. Su cabellera rubia estaba
enrollada en un recogido complejo con perlas entremezcladas que reaparecían
en una doble fila sobre su frente. Una sola piedra, un zafiro, brillaba en su
cuello. Sus aguas eran parecidas a las de la mirada que Beatrice lanzaba a
Cecilia, de un azul luminoso, peligroso y avasallador.
—Tus ropas están arrugadas —constató Beatrice.
—Ha dormido con ellas —dijo Nefer.
—Ya veo. De ahora en adelante, le confiscarás sus vestidos durante la
noche. Tendrá que aprender a dormir desnuda, aunque, eso te lo concedo,
Cecilia, esta habitación es húmeda; pero le pondremos remedio: haré que te
enciendan un fuego al anochecer.
Cecilia no supo qué replicar a la ironía que desprendían aquellas
afirmaciones. Encender un fuego en pleno verano en la gran chimenea era

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Jean-Michel Thibaux

La esclava de La Puerta

condenarla a un suplicio. Aparentemente, intentaba someterla; pero se
equivocaban, ya que ella jamás pertenecería a la clase de los criados o los
porteadores.
Venecia sabía cómo quebrar la voluntad de las personas; para eso, tenía
galeras para los hombres, y conventos para las mujeres; y para Cecilia Venier
Baffo, cuyo estatus se había degradado en los últimos tiempos, tenía reservado
aquel castillo. Había hechos que caían por su propio peso. Aunque hubiera sido
de alto linaje, descendiente de un dux, por ejemplo, su suerte no habría sido
muy diferente; ser mujer no daba ningún derecho: las niñas no heredaban nada,
también les estaban vedados los cargos oficiales, así como el derecho a legislar y
gobernar. Había sido así desde hacía siglos. Y sin herencia, no había porvenir
alguno. Las cláusulas testamentarias establecían que los inmuebles y las tierras
se transmitían de varón a varón, de manera que, como Cecilia no tenía ningún
hermano, los bienes familiares irían a parar a manos de un primo cuando
Alessandro muriera.
Beatrice tampoco escapaba a la regla. No era propietaria de nada, aparte de
su dote. Conseguía su poder de su nombre, de su inteligencia y de su belleza.
«Sabré igualarte», se dijo Cecilia.
—Hoy recibirás la visita de mi sastre florentino —continuó Beatrice ya sin
ironía—. No repararemos en gastos para embellecerte, y Nefer tendrá una
asignación de la que podrás disponer a voluntad, además de los diez ducados
que te dará mensualmente la República.
—¿Qué debo dar a cambio?
—Un poco de tu tiempo.
«Y mucho de mi alma», pensó Cecilia con la mirada fija en Nefer.
La morisca permanecía impasible a las órdenes de Beatrice. Más que
respeto, lo que sentía ante su señora era miedo, de manera que podía pensarse
que con un solo dedo esta última podía hacer que el corazón de la criada dejara
de latir. Saltaba a la vista su absoluta anulación, y su fidelidad hasta la muerte.
—Puedes retirarte, Nefer —ordenó Beatrice.
La criada se volvió a inclinar y caminó hacia atrás con pasos cortos para
marcar su sumisión.
—No quiero volver a verla —dijo Cecilia cuando Nefer desapareció en las
profundidades del palacio.
—Te acostumbrarás, él no es tan malo como parece.
Aquel «él» provocó el estupor de Cecilia. ¿Cómo que «él»? La lengua de la
dama Cornaro Contarini debía de haberse equivocado.

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La esclava de La Puerta

—No hay razón alguna para ser severa contigo si te muestras razonable. Él
te enseñará el turco, el árabe, el persa y algunas pequeñas astucias
indispensables para tu supervivencia en este zafio mundo.
Seguía refiriéndose a Nefer como «él», y eso la sumía en una total
confusión. Cecilia quería saber más.
—¿De quién habla?
—¿Tú qué crees? De Nefer, por supuesto.
—Ella... Él... ¿es un hombre?
—Evidentemente.
Se ruborizó y cerró los ojos. La había desnudado y flagelado un hombre
disfrazado de mujer, un horroroso negro pervertido. Habían querido humillarla
antes de que se diera cuenta de su situación.
—¡La odio! —gritó ella.
—No tienes motivo.
—Ese hombre ha visto mis piernas y mis nalgas.
—Dudo mucho de que tu culo lo haya excitado.
Beatrice podía hablar de forma muy cruda. Cecilia lo sabía, porque, la
víspera, en los brazos de Joao, había gritado palabras que había tomado
prestadas de los burdeles del Rialto.
—¿Qué sabe usted? —respondió Cecilia sin ceder.
—Sé lo bastante sobre Nefer como para decirte que no es del todo un
hombre, ni tampoco del todo una mujer.
El ánimo de Cecilia se oscureció. ¿En qué engaño intentaba hacerla caer
aquella mujer? Tuvo unas ganas repentinas de golpearla y arrancarle las perlas
cuya pureza no armonizaba con su frente hipócrita.
—Es un eunuco —repuso Beatrice.
—¿Un eunuco?
—¿Nunca has oído hablar de los eunucos?
—¡No!
—Son hombres castrados.
—¿Como los gatos?
—Sí, como los gatos, los caballos y los capones. A Nefer lo castraron cuando
entró a trabajar en el harén de Selim I en Estambul. ¿Sabes lo que es un harén?
—No.
—Es un sitio extraño en el que los musulmanes encierran a sus esposas.
Selim tenía más de cien, y Solimán, otras tantas, aunque, desde el año pasado,
sólo concede sus favores a una: Roxelane, a la que los turcos llaman Hürrem.
Los que las vigilan son eunucos, a quienes les han cortado los testículos; unos
negros que, por su fealdad, disgustan y asquean a las mujeres con las que

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conviven día y noche. Cuando Selim murió, Nefer pudo escaparse del viejo
serrallo; lo ayudó también el dux Gritti, a quien había servido como
intermediario desde dentro del serrallo.
Gritti, el nombre del más importante e inquietante personaje de Venecia,
sonó como una amenaza en los oídos de Cecilia. Sabía mucho más sobre los
Gritti que sobre los eunucos. Su padre y su madre, como muchos venecianos
celosos del éxito de aquella familia, hablaban mal de ella. Los Gritti fueron en
otro tiempo ricos mercaderes de semillas instalados en Constantinopla; cuando
la ciudad cayó en manos de los turcos, comenzaron a comerciar con ellos. Su
padre solía decir que Andrea era el más dotado de todos, porque había sido el
único que había sabido congraciarse con el gran visir Ahmed Pachá. «Ese perro
ha recibido numerosos arrendamientos y dotaciones de las manos mismas de
los infieles. ¡Que Dios lo maldiga!», solía acabar diciendo Alessandro.
Sin duda, era un maldito: había tenido una concubina turca y tres hijos;
había traicionado a Venecia, después a Estambul, antes de partir a la conquista
del título que lo convertía en el señor absoluto de la República. No había nada
que se le resistiera. Y aquel hombre, por razones oscuras, acababa de extender
su dominio sobre ella y sobre Kalè. Cecilia se sintió de pronto impotente; casi no
podía oír la voz de Beatrice:
—... Nefer significa «ser sin importancia». Gritti me lo dio por los servicios
prestados al Estado —precisó ella—. A partir de ahora, va a estar a tu
disposición. Su memoria es preciosa, y sus consejos, juiciosos. Todo lo que te
enseñe aumentará tus probabilidades de sobrevivir en el futuro.
«Sobrevivir», aquella palabra volvió a su conciencia; era la segunda vez que
la oía en poco tiempo. Estaba cargada de significado; se aplicaba a los
naufragios, a los soldados tras las derrotas de Modon y Agnadel que habían
puesto en peligro a Venecia. Suponía unas condiciones de existencia extremas.
Los prisioneros sobrevivían en los pozos húmedos del palacio ducal; los
leprosos sobrevivían en el islote de San Francesco del Deserto; las prostitutas
enfermas, en los hospicios. Cecilia habría podido continuar con los casos en los
que se sobrevivía, e inquietarse. Pero la idea de sobrevivir no le desagradaba.
¿Acaso no había soñado siempre con vivir aventuras, o con ser un condottiere, un
explorador o un mercenario? Ella deseaba convertirse en un Marco Polo, al que
el gran kan recibía como un héroe tras haber atravesado desiertos y pasos muy
difíciles para descubrir Cambaluco, la capital de invierno de China, donde cada
día entraban más de mil carros cargados de oro y seda por unas puertas
custodiadas por dragones.
¿Podían convertirla en un muchacho mediante alguna operación contraria a
la castración? ¿La medicina podía, con la ayuda de la magia, conseguir un

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Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta resultado tan extraordinario? ¿O simplemente querían hacer de ella una criatura a imagen y semejanza de Beatrice Cornaro Contarini? Intentó averiguar las intenciones de la bella veneciana. 97 . —¿Qué esperan de mí exactamente? —No estoy autorizada a decírtelo. —¿Y quién puede desvelar mi destino? —El dux Andrea Gritti.

«Tengo malas noticias que provienen de la Sublime Puerta —decía Nefer—. Podría creerse que ellos eran los responsables de los asuntos exteriores de la Serenísima. Nefastos presagios se acumulan sobre la Sublime Puerta». Nefer utilizaba un vocabulario que evocaba su antigua vida. libraba una guerra sin tregua con la sultana Gülbehar. y la hacían partícipe de preocupaciones que a ella le resultaban sorprendentes. el fundador de la escuela del Rialto. se había enterado de que Kalè residía en otro palacio del Gran Canal.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 25 Habían transcurrido algunas semanas desde el día en que habían conducido a la fuerza a Cecilia al palacio de Beatrice Cornaro Contarini. confesaba el maestro Etienne Levy. Alternativamente. así era como ellos llamaban al Imperio turco. acababa de conseguir la cabeza del gran visir Ibrahim. y Cecilia se preguntaba por qué les quitaban el sueño. todas las escuelas de la República estaban reservadas a los muchachos que aprendían filosofía y teología en el Rialto. oficialmente la segunda mujer de Solimán. el griego y el latín en San Marcos. Fuera como fuese. Aquellas historias del confín del mundo no le resultaban en absoluto interesantes. La pobre Kalè debía soportar también lecciones de maestros con métodos poco ortodoxos. a la que los turcos llamaban Hürrem. la primera esposa del harén. La fuente de sus preocupaciones tenía un nombre: Roxelane. ya que ella misma estaba sometida a un régimen de estudio que estaba en las antípodas de la pedagogía humanista de Tommaso Talenti. cuyo célebre ancestro Enrico había saqueado Constantinopla en 1204. Etienne era más prosaico 98 . Por las calculadas indiscreciones de su anfitriona. En la actualidad. y secretariado en la Cancillería. Cecilia se instruía en otras materias. Su prima estaba bajo la tutela de los Dándolo. «Sublime Puerta». Su inquietud provenía de acontecimientos que a ella le parecían insignificantes. o al menos eso era lo que Cecilia suponía. Aquella mujer. el de Barbarigo. Nefer y Etienne la iniciaban en los arcanos y en los misterios de las lenguas orientales y de la medicina.

Gaufredi parecía nervioso. había más afluencia que normalmente en los canales y en los puentes. de acuerdos. a veces incluso de decretos comerciales promulgados por el diván. prestamistas. la nariz y los ojos. el médico no se limitaba a esas clases teóricas y prácticas sobre las ciencias ocultas. sino que también le revelaba los mecanismos de las finanzas. judío y musulmán. sospechosas y peligrosas para el alma. Sin embargo. pudo notar el cambio. una especie de consejo de ministros presidido por el gran visir. podía respirar el aire de Venecia. el miércoles y el viernes eran días consagrados al estudio de los «venenos. Los dos profesores insistían. en los barrios de Bahtche Kapi. Sus informaciones las obtenía de compatriotas que vivían a las orillas del Cuerno de Oro. pociones y sus efectos sobre el cuerpo humano». De ese modo. impresores e intérpretes estaban en el origen de una multitud de transacciones. servían como intermediarios financieros entre las corporaciones de Estambul y las comunidades extranjeras. El lunes. Aquellos tres días a la semana la ponían contenta. escuchar ese bullicio de vida que le llegaba hasta lo más hondo y que la llenaba de ansias de libertad. compañeros privilegiados de los turcos. Balik Pazari. así como la existencia de personajes cuyos nombres y cuyas funciones ella debía aprenderse de memoria. según la propia definición del maestro Etienne Levy. Aquel viernes de octubre de 1535 no se parecía en nada a los anteriores. Cecilia no perdía detalle de la información que le entraba por los oídos. pues eran su oportunidad de salir del aislamiento del palacio Contarini y de escapar a la pesada presencia de Nefer. Y. se unía para hacerle olvidar que había nacido cristiana.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta porque no había ido a Estambul desde hacía treinta años. Oun Kapani y Balat. que atravesaban grandes hordas de pedigüeños y mendigos. la atiborraban de cosas difíciles de comprobar. 99 . Cecilia tenía la cabeza llena de referencias y de nombres complicados. contemplar las agujas de los relojes de las iglesias. cuando se iba al gueto bajo la vigilancia de Antoine Gaufredi y de cuatro de sus esbirros. Recorrer los canales era una delicia para los sentidos. pero abroncar a esos patanes no servía de nada. Aquellos judíos sefardíes. precisamente en este estado de concentración particular. Banqueros. y que parecían de lo más natural a aquellos eruditos cuyo pensamiento. del comercio y de la política. había amenazado varias veces a los encargados de la espadilla y a los timoneles de las chalanas que se acercaban demasiado a su góndola.

Tampoco era particularmente creyente. que conducía a aquel islote rodeado de agua. esa peste a raíces y champiñones. Cuando llegaba al antro en el que aquel maldito hijo de Moisés trabajaba. Le habría gustado exigir que Cecilia no sonriera en presencia del judío. los odiaba cada vez más. por los cantos de las herramientas y de los hombres. —¡Dos horas. era su manera de rezar. —Te la confío durante dos horas —dijo él cuando Cecilia se alejó de los hombres que la rodeaban. nunca bajaba la guardia. Ahora bien. Aquella misión repetitiva que lo obligaba a frecuentar a los judíos no le gustaba. Aquella complicidad entre la adolescente y el médico le resultaba insoportable. no dejaban de trabajar para la mayor gloria de la República. El maestro Levy también le sonreía. Tan pronto como franqueó la puerta Farnese. puestos que saquear y corazones caritativos fáciles de convencer en aquel día de fiesta. tarros. ya lo sé! —respondió con sequedad Etienne a la vez que giraba un gran sable. el gueto vivía encerrado en sí mismo. según el reglamento en vigor que prohibía a los judíos mostrarse los días de fiesta. Gaufredi murmuró sus injurias habituales.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta En honor del enviado del rey de Bohemia y Rumanía. esos tratados de cirugía y los rollos talmúdicos aumentaban sus aprensiones y lo hacían pensar en un mundo de magia que se esforzaba en ignorar desde que su madre murió por una fiebre infecciosa. podía medirse su extraordinario rendimiento. la góndola avanzó sin dificultad. a Etienne sobre todo. La calma reinaba en aquella parte de Venecia. por tanto. aquellas letras hebraicas. Fernando. se preparaba una fiesta en la plaza de San Marcos. ya que estaba seguro de que aquel médico tenía tratos con el demonio. habría numerosas bolsas que robar. Los raros barqueros que daban la vuelta evitaban acercarse a la orilla envuelta por un aura maléfica. de metalurgia y de costura no reducían su actividad y. Cerrado. —Ten cuidado de no pervertirla con tu Talmud ni con todas las juderías que contienen estos libros —le gritó Gaufredi al tiempo que sacaba a medias su daga del forro. de hecho. Todos aquellos alambiques. ni supersticioso. 100 . Por el río de la Misericordia. sin fuerza sobre los sentimientos de la joven veneciana. en el gueto era diferente. pero su poder era limitado. los talleres de cuero. pero tenía la sensación de que aquel lugar no estaba demasiado alejado del infierno. Sin embargo. que controlaba el acceso.

tenían el derecho de expresarse y de reírse. y se daba la vuelta siempre tras pronunciar lo que él consideraba unas frases mordaces. y lo contempló a la luz del día que se filtraba por un respiradero. —¿En la plaza de San Marcos? —Van a presentarte al dux. Cecilia preguntó por qué sólo podía quedarse dos horas. —Te esperan en la plaza de San Marcos a las once. 101 . Dos eran azules. Las soltaba todas las veces. —Me la llevarás al puente de la calle Farnese. —Elige. Él creía que aquellas palabras herían al judío y complacían a Dios. sólo variaba el color de los líquidos que contenían. —Lo tengo presente.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Sus afirmaciones y amenazas eran prácticamente iguales en cada visita e. —¿Qué es? —Bebe y lo sabrás. niños y ancianos. mientras que lo habitual era que pasara cinco en compañía de aquel a quien ella consideraba su único apoyo en aquella ciudad. Cecilia cogió este último. Es inútil que mis hombres y yo echemos a perder nuestras almas quedándonos aquí. y con quien solía compartir la comida de mediodía y la alegría de las mesas en las que mujeres. Levantó el tapón de cristal y se llevó el frasquito a los labios. Era dulce y amargo a la vez. Los frasquitos eran del mismo tamaño. —Nunca había probado algo parecido —dijo tras haber bebido un trago del líquido. Una vez Gaufredi se hubo ido. a quien no le preocupaban en absoluto los insultos de aquel mercenario. de ahí que no viera jamás la mirada de regodeo de Etienne. invariablemente. sin distinción ni de clase ni de edad. y el tercero era de un bello color malva. El gran día había llegado por fin: podría averiguar por qué su padre la había vendido. El corazón de Cecilia se puso a latir muy deprisa. —De manera que tenemos poco tiempo para prepararte —dijo Etienne con un tono enigmático. La hizo sentarse y le señaló unos frasquitos colocados sobre una mesa cubierta de pergaminos. Etienne le respondía con un tono burlón. —Bébelo.

tras acordarse de que contenía un jugo que actuaba contra el veneno. se volvió hacia Etienne. Gaufredi tiene sus razones. Etienne condujo a Cecilia al puente Farnese. de pomadas. no te habías bebido el «espejo del tiempo». Si creía en lo que le había dicho. a Dioscórides y a Plinio. No hubo ninguna otra lección aquella mañana. después se puso a preparar las pociones bajo la mirada atenta de Etienne. En cuanto se bebió la primera mezcla. en realidad.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Extracto concentrado de Analgatis arvensis —dijo simplemente Etienne a la vez que se cruzaba de brazos—. espero que haya más. Es muy bueno para el reumatismo. Las encontró enseguida y repasó con la mirada los otros recipientes. si no se equivocaba en las proporciones. no iba a tardar en desangrarse a través de sus intestinos y en delirar. —¡Y usted se llama mi amigo! ¡Es usted peor que Gaufredi! —Acabas de demostrar que tienes bastante sangre fría como para salvar tu vida. Eso es lo único que importa. Cuando acabó. de raíces. era un veneno mortal. A la hora acordada. El «espejo del tiempo». un peligroso purgante que. Sin dejar de maldecirlo. y una mezcla que había preparado en el último momento. —¿Voy a morir? —No. nunca estaré muy lejos de ti. Somos los garantes de tu nueva existencia. —Sabes cómo evitar lo peor. se dirigió hacia los estantes y a los nichos en los que había centenares de polvos. limpiaría su estómago. 102 . te di la receta del antídoto. de semillas y de aceites esenciales. Etienne se lo había explicado una semana antes y había citado a Teofrasto. Necesitaba hojas de agrimonia y raíces de uva del demonio. Antes de dejarla. Ten confianza: te vas a convertir en una estrella resplandeciente. o vayas donde vayas. ya que. Ésta es tu primera prueba. sino extracto de Ajuga iva mezclado con miel. Después se bebió el jugo de Eupatorium. lavaba y purgaba la sangre. Acabas de tragarte el «espejo del tiempo». colocados en un orden muy preciso. Tus preparaciones habrían sido eficaces contra el veneno. Se apoderó de todo lo que purificaba. devolvió el pastel y las pasas de su desayuno. Cecilia palideció. llamado así porque sus hojas tenían la propiedad de prever el tiempo al arrugarse o al quedarse extendidas. y yo tengo las mías. le susurró: —Pase lo que pase. Dudó sólo un momento al coger un frasco sobre el que estaba escrito Eupatorium cannabibum.

hijas de armadores. esposas de ricos hombres de negocios. condesas y princesas. en el deber sagrado de morir por la República en todo momento. esclavas. Aquel juramento silencioso cobró vida. de cadenas de oro. mientras se dejaba acunar por los movimientos de la góndola que se deslizaba hacia la orilla de los Eslavos. envueltas en seda.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 26 Los hombres de Venecia pensaban en su deber. los hombres parecían invisibles. ya que parecía la hija de un tendero. o en tierra firme. Cecilia se encontró rodeada por todas partes. las estrellas resplandecientes se contaban por decenas. iguales que banderas gloriosas. El centro de la plaza de San Marcos estaba plagado de ellas. no habría atraído las miradas de la nobleza. las palabras tomaron forma en su mente. Daba la impresión de que una tempestad atronaba bajo el campanario. Lamentó no haberse llevado a más hombres con él. aun arriesgando sus vidas. unas palabras que. ¿Cuántas personas se habían reunido allí? ¿Cinco mil. aventureras italianas. setecientos cincuenta años antes. Cecilia se prometió parecerse a ellos y. en el agua. diez mil. se pavoneaban bajo las fachadas del palacio ducal. de perlas. Una capa de lana la cubría por entero. parecían infantiles y sinceras. Eso era así desde que. las reliquias de San Marcos. Ningún 103 . Ya no tenía miedo por ser una chica ni por su corta edad. Mujeres de la vieja nobleza. Llevaba un sencillo vestido amarillo con ribetes grises. Allí. cargadas de joyas pesadas. Cecilia se sintió insulsa e insignificante. se hizo el juramento de ser digna de los fundadores de la ciudad. Pero aquel impulso perdió un poco de fuerza cuando alcanzaron el muelle de San Marcos. Aunque se la hubiera quitado. incluso en los países de los infieles. señoras de senadores: todas las féminas. coronadas con diademas. pronunciadas por ella. Buono de Malmocco y Rustico de Torcello habían traído desde Alejandría. más todavía? Gaufredi fue el primero que se lanzó en medio de aquella multitud para asegurar el desembarco de su protegida. A su lado. A la vista de aquella magnificencia y de aquel lujo. Apenas puso un pie en tierra.

104 . demasiado rica. donde estaban unos personajes vestidos de carmesí y púrpura. que los signos de aquiescencia de las cabezas barbudas bastaban para apaciguar al pueblo. se hundió en las filas del pueblo que bordeaban el oeste de la plaza y la plaza de delante del campanario. Así. les recordaba que los precios de la sal estaban demasiado altos y que el Estado debía reducir su tren de vida. De repente. Aquellos miembros del Consejo de los Diez. a los Cavalli. nadie se atrevió a plantarles cara. y ella lo recordaba en ese momento. La sal no era más que el pretexto para la querella secular que oponía los grupos de los barrios a la casta de los nobles. El sistema era demasiado perfecto. eran iguales a los que manejaban las marionetas tirando de hilos invisibles. Todavía no percibía todas las sutilezas de los mecanismos políticos que equilibraban las fuerzas presentes y constató. que no era fácil de atravesar a codazos. Cuando pensó en que tendría que hacer una aparición en el palacio. a los Dario y a los Farretti ante quienes todos se inclinaban. Apartar a los niños era un arte. Etienne se lo había enseñado a Cecilia. y la ciudad. como afirmaba su padre. comprendió que los venecianos jamás se rebelarían abiertamente. un poco sorprendida. pero estaba demasiado lejos como para reconocer a los Balbi. Los dirigentes hacían así saber al pueblo que el precio de la sal del Adriático utilizada para el consumo diario iba a disminuir unos cuantos sueldos. Cecilia levantó la cabeza hacia la parte superior del palacio.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta anillo ni collar enriquecían el humilde aspecto que tenía cuando iba al gueto. Cecilia lanzó una larga mirada suspicaz hacia los señores del palacio ducal. de la Señoría y del Colegio de Sabios parecían conseguir su gloria de las columnas de San Marcos y de San Teodoro. se sintió avergonzada. y de los estandartes de seda roja y oro que flotaban en la punta de tres mástiles que se levantaban en las festividades. como daban la impresión de pertenecer a una de las poderosas familias que se colocaban bajo los arcos del palacio ducal. —¡Por Lucifer! No acabaremos jamás con esta chusma —farfulló Gaufredi. Ni él ni sus hombres se retuvieron y. con sus gruñidos y abucheos. No obstante. Gaufredi tomó la iniciativa de rodear aquella multitud centelleante rodeada de soldados y de guardias. no se impresionaban por la multitud que. a los Crotta. El populacho del Cannaregio y de la Giudecca no merecía que lo trataran de otra manera que no fuera con golpes y con insultos. la más rica del universo. Cecilia veía silbar a aquellos hombres y mostrar su puño sin preocuparse de los oficiales de justicia y de sus escuadras armadas con picas que mantenían un espacio rectangular libre en torno a las columnas y a los mástiles.

El pequeño grupo de Gaufredi no pudo resistir una nueva oleada de recién llegados. Los seis barrios de Venecia se debían de haber vaciado. giraron hacia la «puerta del papel». así. Gaufredi. y con las piedras de Istria. de carpinteros. rodeado por una marabunta humana. pues su instinto lo alertaba de un peligro. Provenientes de más de setenta parroquias. estaban a disposición del público bajo los relieves del elegante edificio adornado con los mármoles de Verona. un pasillo en medio de la multitud. leones y cálices con frases en latín. personas de San Salvatore. de pescadores y todas las demás clases de obreros y de artesanos acompañados de sus mujeres y de niños ruidosos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Era casi imposible avanzar. ése era su trabajo. de Carrara. continuaban redactando las peticiones. Allí. Insensibles al griterío de los solicitantes. de calafates. los escribas. Aquel grupo de gritones y borrachos esgrimía insignias y pendones en los que estaban bordados santos. y la oyó chocar contra otra hoja. aquellos individuos. continuaban escribiendo. laneros y fabricantes de velas. Pudo ver cómo el arma se dirigía hacia su costado. de curtidores. deletreaban los nombres que su pluma de oca escribía en los pergaminos. para gran sorpresa de Cecilia. Cecilia y los cuatro mercenarios habían recorrido unas decenas de metros en dirección a la torre del Reloj. con bonetes de fieltro. en este caso. Durante todo el año. A pesar de los empujones. La joven muchacha se quedó paralizada. aparecían oleadas indisciplinadas de tenderos. casi esencialmente venecianos de origen alemán. fuertemente agarrados a sus pupitres transportables. —¡Abrid paso a San Salvatore! —gritaban en primera fila los delegados de las corporaciones. Los utilizaban para apartar a la gente y abrir. las llaves de san Pedro. se lanzó sobre Cecilia blandiendo una daga. De repente. 105 . de alfareros. Gaufredi pensó en utilizar su espada.

lo que provocó que los cartílagos crujieran y le empezara a salir sangre. pues el hombre parecía insensible al dolor. Uno de los dos pertenecía a un hombre que no era veneciano. Nadie se daba cuenta de lo que estaba sucediendo en el reducido espacio en el que los dos hombres y la adolescente se jugaban la vida. más oscuro. Su puño izquierdo salió despedido hacia el rostro del levantino. esa vez sí. había sido forjado en Antioquía. se retaban. Tenía la tez grisácea. Ambos contendientes vibraban. veía aquella cruz mortal acercarse hacia ella. levantó la rodilla hasta la entrepierna del sicario. acorralada entre las barrigas y las espaldas de los hombres que hacían notar su presencia al dux y al enviado de Fernando. El espectáculo estaba en otra parte. —¡Maldito perro! —dijo Gaufredi. de las emboscadas. Bruscamente. los niños se subían a hombros de sus padres. que no conseguía alejar la sombría hoja de la ingle de Cecilia. Gaufredi era un combatiente temible. Volvió a golpearlo. Sus dedos llenos de anillos impactaron contra su nariz. tenía la experiencia de la calle. Cecilia. vivían. se resintió del dolor y se dobló. pero todo era en vano. y que lanzaban una mirada llena de locura y muerte. Tenía dos aceros por brazos. Se arriesgó a romper el equilibrio. los más temerarios escalaban los monumentos para poder ver el cortejo que las trompetas anunciaban. de manera que no oyeron que los llamaba. El levantino estaba perdido. temblaron. los ojos negros con las pupilas dilatadas. —¡Hijo de Satán! —le gritó como si pudiera exorcizar a su adversario. 106 .Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 27 Dos hierros se cruzaron a la altura de su vientre. o utilizaba las manos de los demás para elevarse. de los abordajes en el mar. que. la gente se ponía de puntillas. —¡A mí! —gritó Gaufredi. Uno de ellos llevaba las brillantes marcas de los armeros de Toledo. que no conseguía dominar la situación. dos brazos. el otro. equilibrados por la fuerza de la tensión que los oponía. Los alemanes gritaban mucho más fuerte que él. Poseía el vicio y el sentido del deshonor. Sus hombres habían sido arrastrados por la marea.

el mal encarnado. en alguna parte de aquella ciudad. que. Tras una ristra de injurias. conducidlo a la isla de San Michele para interrogarlo. y avisad al maestro Etienne. Volvía a proferir juramentos y mezclaba nombres de santos en sus invectivas. formado por tres miembros nombrados por el Consejo de los Diez. —Usted representa un peligro. Marco y Le Torve. ¿Y si Gaufredi pertenecía verdaderamente a la Santa Inquisición? No pudo evitar estremecerse cuando la tomó con fuerza de la 107 . Miraban de reojo a Gaufredi. En aquel instante. Sin embargo. ¡Los demás. pero el haber visto quemar a los condenados en las hogueras era ya suficiente información. ¿Qué quedaba del bello juramento que había hecho en la góndola? Ya no deseaba ser digna de los fundadores de Venecia. —Ha intentado matarme —balbució Cecilia. Su rostro terrible y marcado por la viruela. gritó: —¡Servidores de la Inquisición! ¡Abrid paso! Ante esas palabras temibles. y con barba descuidada. el miedo se apoderó de los allí reunidos. Se miraban los unos a los otros como si estuvieran manchados por el pecado. quiero que este gusano viva el mayor tiempo posible. Seguían sin dejarlo avanzar. Su sueño era ahora volver a ser una niña pequeña. —Sólo está herido —dijo Gaufredi tras haberlo desarmado—. a Cecilia le daban lo mismo el cortejo y la fiesta. conmigo! Limpió la hoja de su daga en el dorso de su mano y se dirigió a Cecilia. Venga. El cortejo llega. alguien afilaba sus cuchillos para matarla. Ya no podía salir de aquella pesadilla. y no les cabían dudas. de apostasía y de brujería. pero las palabras de Gaufredi no la sacaron de dudas. que estaba temblando. Se imaginaba que habría otra ocasión. —Supongo que ahora comprende por qué debe soportar mi presencia. o en otro sitio. Gaufredi era la prueba viviente. No se sabía gran cosa del tribunal secreto de la Inquisición. Le habría gustado que le proporcionaran una explicación. notó que la levantaban y que los hombres del provenzal la llevaban hacia atrás. Las gentes de San Salvatore estaban apiñadas y formaban un muro infranqueable. tenía el aspecto de un mandatario de la jurisdicción eclesiástica en posesión de los medios para hacerle confesar a cualquiera que era culpable de herejía. debemos apresurarnos. Todo era muy real. Otro temor se apoderó de Cecilia y casi le hizo olvidar el que había surgido unos minutos antes.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cecilia no gritó cuando la daga de Gaufredi se abatió sobre la espalda de su adversario. y él ya lo sabe. volver a ver a su madre indiferente y a escuchar las amenazas de Flora. estaba a dos dedos del suyo.

y la curiosidad ocupó su lugar.. 108 . Extrañamente. —Entre dos peligros.. Sus miedos la abandonaron. aquella presión y aquellas palabras tuvieron efecto sobre Cecilia. Y yo también lo creo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta mano para hacer que franqueara la corta distancia que los separaba de la entrada del palacio ducal. —No soy de la Inquisición —susurró Gaufredi a su protegida para tranquilizarla. ¡El menor! ¿Qué podía ser más amenazador que las sentencias de los terribles jueces? Ella no podía parar de temblar y de lamentarse por llevar el nombre de Venier Baffo. nos ha puesto a todos en peligro. Le agarró la mano hasta hacerle daño. Estaba entrando en el patio donde se decidiría su destino. —¡Le estoy diciendo que se reponga! Ellos creen que es usted fuerte. —¡Repóngase! —le ordenó él. —Utilizar el nombre de la Santa Inquisición es un crimen. Aquel hombre era tan sombrío e inhumano como los obispos fanáticos españoles con los que se había cruzado una vez en la iglesia dei Frari. hay que elegir el menor.

La voz de Gaufredi la sacó de su experiencia mística. Memorizó los rostros de los oficiales que llevaban el anillo de oro. donde un dux y su hijo habían sido asesinados por el pueblo antes de ser descuartizados en las carnicerías del Rialto. y alabardas adornadas con borlas con los colores de la ciudad. estaba especialmente perspicaz. Observó que los jefes de los ejércitos medievales. Cecilia. la espada y la daga de damasquino. —De él puede depender su supervivencia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 28 El patio del palacio estaba invadido por soldados vestidos de gala: cascos de hierro con el borde levantado. Creyó que se les iban a echar encima. a la vez que rechazaba agarrar el mango nacarado y en forma de luna. corazas abrillantadas sobre un jubón de terciopelo naranja. y sus ojos cayeron sobre el arma que el hombre sujetaba por la hoja. Los Cristos crucificados le ofrecían su compasión. —No lo ha pensado bien —dijo ella. y los ángeles con aureola que los rodeaban la llamaban a través de los cielos de gloria. Se contaban muchas cosas sobre aquel sitio que en otro tiempo había ardido hasta los cimientos. y los de todos los hombres y mujeres que subían los escalones con la expresión hierática propia de los poderosos. y donde se tramaban conspiraciones. Estaban formando una fila que llegaba hasta lo alto de la monumental escalera que Cecilia subía por primera vez. —¡Coja este puñal! Cecilia se paró. la reconocían como a uno de los suyos y la ponían en guardia. pero los capitanes no se inmutaron. representados en los grandes tapices que recubrían los muros del primer piso. Las piedras le hablaban. que había recuperado su seguridad. 109 . y cada una de sus percepciones era más aguda que la anterior. Se sintió transportada por todas las fuerzas invisibles que se manifestaban. Le pareció oír el viento de la desesperanza soplar a través de todos esos seres y de todas las otras cosas aunque no emanaban de ellos. Aquel palacio estaba vivo.

y de nobles. En las salas y los pasillos que atravesaban. 110 . reconocibles por sus medallones y su aire soberbio. Recuerde. Cecilia pudo comprobarlo: las acciones de aquel hombre. —¡Qué importancia tiene eso! Y nadie le pedirá que se quite la capa. al menos hasta cierto punto. tenían cierto límite. señorita Baffo. —¿Sabe usted que hay ochenta mil hombres armados en este Estado y que ninguna ley prohíbe llevar encima un cuchillo. sin fe ni ley. que la señorita Baffo está al servicio de la República. y parecía que pensaban que dependía de ellos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta «Supervivencia» de nuevo. Y uno de aquellos límites se materializaba en la persona de un sexagenario. El maldito parecía estar en su casa. —Un puñal. Gaufredi se inclinó ante él. abundaban los cuchicheos y susurros. pero era inútil discutir con alguien como Antoine Gaufredi. Aquel personaje enfermizo habló sin entusiasmo con una voz lánguida. Iba a responderle que jamás había utilizado un atizador. —Es una locura. Únicamente Gaufredi y sus hombres perturbaban el ambiente con el ruido de sus botas de hierro.. —La señorita Cecilia Venier Baffo no puede estar al servicio del primer secretario del Consejo de los Diez. Cecilia empezaba a poder valorar el poder del provenzal que actuaba bajo el nombre de uno de los señores de la ciudad. —No quiero llevarlo. un viejo enclenque con una perillita. Que no respetasen la etiqueta no asombraba a nadie. Conforme se adentraban en el palacio. todos hablaban de su supervivencia. crecía el número de soldados. Utilícelo como un atizador y golpee siempre el vientre. —¡Puede hacerlo! Abrió su capa y se colocó el cuchillo en el fino cinturón de cuero que le ceñía la cintura. un puñal turco. Gaufredi. —Está a su servicio —respondió él de una manera servil que sorprendió a Cecilia.. de criados. —Aquí está la sexta maravilla de Occidente. ni siquiera en el interior de este palacio? —Soy una chica. al que Cecilia habría tomado por un criado si no hubiera llevado la toga roja que lo situaba entre la alta jerarquía de la administración veneciana. —No sé utilizar un cuchillo. Probablemente eran arcabuceros sin dinero que no estaban autorizados a presentarse ante el dux.

con la mayor discreción posible.. La administración es mi ámbito. de la seguridad de los ciudadanos y de la higiene. y usted es una de las expresiones de esta voluntad. vamos. Me ocupo de la promulgación y la aplicación de las leyes. no soy más que el ejecutor de la voluntad republicana. pero. se retiró. Me llamo Giacomo Zaccaria. de casi nada. señorita Baffo. El viejo lo olvidó enseguida para centrar su interés en la joven muchacha. —No tiene el honor de conocerme —dijo con la misma voz lánguida—. Él tampoco podía codearse con los grandes. Sígame. 111 . igual que yo —rectificó Gaufredi. de la regulación de las treinta y dos monedas en curso de nuestros Estados. tras un gesto de la mano del primer secretario.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Lo está. Se os explicará que detento un enorme poder. quien.. va usted a hacer su entrada en política. en realidad.

Su rostro demacrado. con barba blanca alisada y peinado. Zaccaria la condujo al interior de la gran sala del Consejo en la que la luz del exterior entraba a oleadas por unos soportales. Era mucho más que un simple ejecutor. quien escuchaba sus soliloquios y sus críticas a unos y a otros. —El dux Andrea Gritti —dijo Zaccaria con una voz tan respetuosa que podría haberse pensado que hablaba de Dios. se dijo ella. los Cuarenta y el Senado. Todas las miradas convergían en un punto central. demasiadas incluso. Etienne y Nefer tampoco se quedaban atrás. Se lo consideraba próximo a Andrea Gritti. pues actuaba como nexo de unión entre el Consejo de los Diez. cuya visión del mundo y cuyos puntos de vista compartía. ellos también revelaban secretos a su manera. tenía una nariz muy larga que descendía hasta una boca sensual. Y estuvo luchando hasta que Zaccaria murmuró: 112 . Le volvían a la memoria todas las palabras de su padre. La milicia secreta del palacio estaba a su cargo. Feltre. la pagaba en ducados contantes y sonantes que sacaba de las gabelas de Rovereto.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 29 Cecilia sabía perfectamente quién era Giacomo Zaccaria. ¿De qué podía todavía enterarse en aquellos lugares cuya puerta de entrada estaba abierta pero oculta por unos tapices y guardada por dos gigantes rubios? Aguantó la respiración. invadida. que se sintió de repente inspeccionada. pequeñas ciudades vinculadas a Venecia en las que era muy sencillo amañar las cuentas. Tenía la cabeza cubierta por la célebre y única cofia: el corno. Cecilia había reparado inmediatamente en él. con hilos de oro con rubíes y esmeraldas engastados. Su mirada se cruzó con la de Cecilia. «No voy a bajar la mirada». de modo que tenía acceso a todos los asuntos. ya que su padre hablaba a menudo de él ante su madre. el dux. Alessandro Baffo sabía muchas cosas. no transmitía indulgencia. evaluada como una mercancía de un tenderete. Era muy extraño. Udine. una túnica dorada cubría en parte un largo vestido púrpura.

No olvide esto jamás. ¿piensa que mi humilde persona está lista para enfrentarse con los asesinos que residen en esta ciudad? —La ironía es el patrimonio de los grandes. Justo tras el dux. con casullas de oro. Obsérvela bien.. La mano del secretario la sujetó cuando iba a ponerse a correr hacia ella. señorita Baffo. que no es poco. se levantó de su sillón esculpido con las armas de Venecia y se llevó consigo a su pálido invitado. Zaccaria. Cuando usted lo sea. Imítela. contra la opinión del maestro Etienne. A continuación iban los consejeros. pero se trata de la dama de compañía de la mayor de los Dándolo. aquí no. Mientras usted viva en Venecia. y después las mujeres. y que no sólo se encargaban de mantener y embellecer las iglesias. se quedó en la cola con Cecilia. Beatrice y las mujeres de la alta nobleza. Se dirigieron a la logia del palacio de suelo de mármol reformado y abrillantado con aceite de linaza. que vela por la seguridad de los ciudadanos. los miembros de los Cuarenta. que no se preocupaba por ser visto en una compañía tan prestigiosa. y de satisfacer las necesidades de los capellanes. Emilia Crotta Dándolo. A pesar de que la ha visto. Llegó a Venecia hace unos días. Esta decisión se ha tomado esta mañana. tendrá el derecho de utilizarla ante mí. sino que también gestionaban los bienes testamentarios y se ocupaban de los mineros y de los enfermos mentales. Cecilia sintió de repente una conmoción en todo su ser: Kalè estaba entre ellas. —Y usted. Un séquito prestigioso se puso enseguida en movimiento. oficialmente usted es la dama de compañía de la dama Beatrice Cornaro Contarini. se fueron los procuradores de San Marcos. les siguieron los pasos. sudorosos bajo las dalmáticas adamascadas. —¡Pero es Kalè! ¡Mi prima! —Allí está una Kalè Kastano. le pedimos que sea discreta y obediente. los nobles. Ella se puso roja. vestidos de rojo y negro. ya se encontraban allí. rodeadas de admiradores. que considera que usted no está lista para enfrentarse al mundo. el conde Landorf. ¿acaso ha manifestado alguna emoción? ¿Parece que la conozca? Ha recibido órdenes y las está respetando. Los obispos. de acuerdo con una etiqueta muy precisa.. —¿Debo entender que pronto abandonaré la ciudad? 113 . —Me alegro de enterarme. Como si el dux sólo hubiera estado esperando la llegada de Cecilia. —Teníamos dudas sobre si hacerla venir al palacio. —La única persona a la que usted conoce se llama Beatrice Cornaro Contarini. los senadores.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —No será usted presentada al dux.

Cecilia se encontró entonces en primera línea del grupo de las mujeres y siguió intentando atraer la atención de Kalè. El cortejo. y no me gustaría ser el que caiga bajo sus garras. me expone en público como jamás mi padre se había atrevido a hacer. se enrollaban alrededor de las piernas de los músicos. permanecía ajena a todo. Un sonido ahogado salía de los instrumentos. y pudo verse a las madres que ponían su mano sobre la boca de su bebé por miedo a llamar la atención. pero también podría decirle que es una manera de exponerla al peligro y. La muchedumbre se estremeció. cállese! Cecilia se mordió la lengua. cuya piel y cuyos lados estaban recubiertos de telas negras que. —Usted me pide discreción y. 114 . Los venecianos se callaron unos tras otros. vigilada de cerca por una mujer gruesa cubierta de piedras preciosas provenientes de los antiguos pillajes de Bizancio. que ése no será un veneciano —dijo Beatrice en voz baja—. —Podría responderle que no se busca lo que se saca a la luz. Por primera vez. —¿No es encantadora? —lanzó la bella veneciana. Zaccaria volvió la cabeza hacia ella.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Zaccaria no respondió. A la cabeza. ¿Por qué corre ese riesgo? —siguió insistiendo ella. —Tiene el encanto de una joven loba. La mirada de Cecilia recorrió aquella marea humana que se perdía entre los graneros de trigo cuyas gruesas y pesadas estructuras de madera se elevaban al este de la orilla de los Eslavos. cuyo vestido oscuro y bordado con brillantes era una copia del firmamento. El sonar de las trompetas anunció la aparición del dux. Basta de cháchara. te va a divertir. —Sabemos muy bien. —Le traigo a su protegida —dijo Zaccaria tras inclinarse ante Beatrice. Aquellos redobles lúgubres iban cubriendo poco a poco los rumores y se propagaban en ondas amenazantes por toda la plaza. con la mirada fija en las columnas de San Marcos y San Teodoro. pero la pequeña princesa griega. Las picas de los soldados se elevaron hacia el cielo. ¡Ahora. al mismo tiempo que bandadas de palomas volaban por encima de sus hojas sin parar. que sólo esperaba a los heraldos y la presencia del primer magistrado de Venecia. usted y yo. Cecilia. Acababa de experimentar el peligro y lo ignoraba todo del enemigo que había intentado matarla. levantadas por el viento del Adriático. retomó su lento caminar entre la doble fila de soldados. obligar a nuestros enemigos a revelarse. de ese modo. estaban los tambores. Cecilia vio una sonrisa enfermiza que no se debía a los felices excesos. ven conmigo para gozar del espectáculo. Se limitó a acercarse a Beatrice. sin embargo.

La aprensión provocada por esas sordas melopeas iba haciendo mella. y conmovía incluso a los obispos consagrados a los fastos de la corte. —El último de la fila —precisó Beatrice. y tú conoces. Cecilia descubrió entonces a los prisioneros. las mujeres. ahora era una sombra de lo que fue. retazos en latín. se deslomaban con el peso de los relicarios y las estatuas de santos protectores cuyo oro brillaba bajo el sol triunfante. acongojaba los pechos de los más valientes. Cecilia escuchó las advertencias como si todas tuvieran que ver con ella. Cecilia observó al prisionero que tenía dificultad para caminar. peticiones de perdón y deseos de redención salían de entre sus labios estrechos. Unas pinzas y unos hierros al rojo. Sintió rabia y un escalofrío: sin duda. de los condottieri y de los capitanes. cuya mirada no podía apartarse del grupo de los condenados—. —Va a pagar por su crimen —añadió Beatrice sin complacencia y sin placer. —¡Pero si no lo he visto nunca! —Oh. las palomas enloquecidas no dejaban de dar vueltas en el cielo. y la multitud se despertó para apresurarse a unir su voz a la de los sacerdotes y monjes. garfios y barrenas habían atacado sus carnes y sus huesos. siete en total. y muy de cerca. El canto del Salve Regina resonó y se perdió a lo lejos en el canal de San Marcos. 115 . Sin embargo. tenemos en tan alta estima y que te confiere tanto valor a los ojos de algunos? Un velo se desgarró en el espíritu de Cecilia. No creía conocer a ningún enemigo de la República. —Son los enemigos de la República —le dijo Beatrice a Cecilia. ¿No es el que te persiguió hasta el gueto cuando te escapaste el día que tu padre te traía a mi casa? Recuerda: ¿no es ése el monstruo que intentó arrebatarte esa flor que nosotras. bestias temblorosas con los ojos fijos en las cadenas que se entrelazaban con sus tobillos. Cargados con cruces.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Los tambores daban el tono de aquella fiesta que giraba en torno a la muerte. sin contar a los numerosos ayudantes que los proveedores de la ciudad habían convocado a ese gran festín de cabezas. al mismo tiempo que contemplaba fríamente a aquel hombre. Una larga camisa blanca manchada recubría su cuerpo maltratado por los interrogadores. era él. Volvió a su mente la imagen del hombre que había intentado violarla algunas semanas antes. Se dio la vuelta hacia su protectora. al menos. Rezaban con fervor. sí que lo has visto. que le señaló a un hombre. no esperaba vivir más. Unos monjes tenebrosos y encapuchados seguían la banda de tambores de luto. Cecilia se sorprendió. Anunciaba la entrada en escena de los verdugos. a uno de ellos.

Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta El dux hizo un movimiento imperceptible con la mano. La sangre podía correr. 116 .

y perlas de sangre las cubrían. los verdugos oficiales procedieron a las ejecuciones. ¡Te están observando! La adolescente sintió las uñas de la Contarini a través de la tela de su vestido. empezaba a sentir una especie de placer al ver cómo se retorcían los hombres amordazados. —Es un regalo que te hace el dux —dijo Beatrice. no pestañeaban ante la visión de la sangre. Buscó con la mirada a Zaccaria. soplaban a la cara de los condenados. Aquello era demasiado para Cecilia. soportó sin desfallecer hasta el último instante de esa carnicería. que era su cabeza la que rodaba dentro del cesto. Cecilia se sobresaltaba cada vez que el hacha volvía a caer. Le parecía que el hierro mordía su propio cuello. Cuando los látigos cesaron de golpear y los cuatro últimos hombres fueron desatados de las columnas. 117 . ¡Limítate a estar serena! Las uñas se incrustaron en su brazo. los tambores se volvieron a poner a sonar. una lluvia de bendiciones cayó sobre las cabezas colocadas en los cepos. tras haber atado de dos en dos a los condenados a las columnas. El pueblo no emitía ni un solo ruido ya que. igual que los tocones calcinados. Apretó los dientes. En aquel instante. las cruces se levantaron. —No intentes poner un nombre a los que te vigilan. a los miembros del Consejo y al dux. Los sacerdotes y los monjes no eran avaros en esos momentos. hasta que la cabeza del hombre que la había agredido rodó. las pieles se rajaban. les dieron un latigazo. Los ejecutores públicos se afanaban por marcar metódicamente las espaldas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 30 El Salve Regina terminó con un lamento y fue reemplazado por un murmullo de plegarias que los monjes arrodillados. Cecilia desvió la mirada cuando. a pesar de la angustia. Se estremecían ante cada golpe del látigo. —Te ordeno que contemples el espectáculo —le dijo Beatrice—. purificaban las almas y las hachas. y Cecilia se plegó a la voluntad de Beatrice.

Sintió de repente el poder de Venecia. no le gustaba que se dieran a entender sus pequeños pecados. la extraordinaria capacidad que tenía esa ciudad de regenerarse por medio de la sangre. también es mi dama de compañía.. Querían convertirla en un ser sin piedad. que se había puesto a acariciar con el pulgar y el meñique. estoy seguro. —Monseñor. Cecilia la imitó lo mejor que pudo. me la han confiado. —Así es. esbozando una reverencia. y estaba adornada con un cáliz de brillos esmeraldas colocado en el centro de un follaje florido. una mujer digna de los mejores partidos de Venecia. unas puertas celestes. continuó con el mismo tono afable. No habrá mejor partido de Lisboa a Estambul. un paraíso hecho a la medida de la riqueza del personaje. Monseñor.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cecilia sintió náuseas. El que se dirigía hacia ella no era otro que el poderoso obispo de Padua. Sintió enseguida una mano blanda y mojada que le levantaba el mentón. se alimentaba de ellos.. querida Contarini. Alguien venía. evocaban unas cerraduras complicadas. ¿comparte usted ese deseo. —Del mundo. de hecho. Unas llaves de plata aparecían bordadas en sus hombros. —¡Qué ambición! Y usted. Era de terciopelo. —Hará de ella. por ese mundo de hombres? ¿Todos los jóvenes nobles y herederos de buena familia debían soportar ese tipo de iniciación? Posiblemente. por su bondad y preocupados por su educación. Cecilia tuvo la impresión de que aquella conversación escondía otra. cuya magnificencia sobrepasaba la del dux. de manera que tenía que saber exactamente quién era ella y por qué estaba allí. El obispo no parecía tonto. mis respetos —dijo Beatrice. unos palacios de nubes y de cristal. He oído decir que esta bella niña es vuestra sobrina —dijo el obispo con voz azucarada y taimada. con gran pompa. Es bella. Cecilia tuvo el derecho de volver su mirada hacia la plaza para observar discretamente a los cortesanos. —Dejemos las cortesías de lado. y conozco su agrado por las bellezas núbiles. se lo pido. volviendo su cara barrosa y brillante por el sudor hacia Cecilia. La República era insensible a las desgracias y a los sufrimientos de los hombres. Sin inmutarse. en efecto. que ya había soltado a su presa. ¿Era ése el mundo por el que ella debía sacrificarse. mi niña? —dijo el obispo. Su casulla habría hecho palidecer de envidia a las del papa Sixto IV. tejida sobre un fondo de oro. Sus padres. —Vienen a hablar contigo —dijo Beatrice. El obispo retiró enseguida la mano. en efecto. sin dejar de sujetar el mentón de Cecilia. Monseñor. 118 .

¡Ni la República ni la Iglesia tendrán poder sobre mí! El obispo frunció el ceño. incapaz de negarse. pero no fue para pronunciar una sentencia. incluso. Cecilia se esperaba una reprimenda. orgullosa de ella. y sus oídos no querían comprender lo que acababa de afirmar aquella pequeña rebelde. tenía influencia en la Santa Inquisición. había escuchado sin reaccionar a su protegida. Sólo la dama Cornaro Contarini. Vaya en paz. lo hará en nombre de la Santa Iglesia y de la Serenísima. le aseguro. a arder eternamente en el infierno. pero la dama Cornaro Contarini también iba por el camino de la condenación. mi niña. 119 . al que ella no sabía dónde colocar en el tablero de su nueva existencia. parecía. testigo de la réplica. El diácono que lo acompañaba adelantó su cabeza de pollo con el cuello lacio como para captar una orden de su superior ultrajado. el diácono se giró en todos los sentidos como hacen los pollos cuando buscan granos. como todas las mujeres. Desconcertado. si creía en lo que decía su madre. cambió el tono. y se sentirá perdida. El obispo. incluso un severo rapapolvo de parte del poderoso religioso. A Cecilia le resultaba asqueroso. pero este último lo apartó con la mano.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Se habría dicho que era un animal enfermizo acostumbrado a las cloacas. Pero no llegó ninguna riña. me hago garante de la absolución de sus pecados venideros. Sus fieles lo habían habituado a actitudes serviles. pues no se esperaba una respuesta semejante. bueno y malo. En el nombre de Dios todopoderoso. y condenada. Por suerte. a las cuevas y a los pasillos oscuros llenos de humedad. pero que nadie se equivoque: al final. seré yo quien escoja. —La someterán a deseos que no puede ni imaginar. quien. Hacía mucho tiempo que el diácono estaba convencido de ello. que su alma no estará jamás en falta ya que todo lo que lleve a cabo. Sin embargo. y le respondió con sequedad: —Tengo los deseos que se tienen a bien imponerme. al aceptarlos. nadie había escuchado las afirmaciones de aquella desvergonzada criatura que parecía que iba a tomar uno de los caminos que llevan al infierno.

Después. eso sí. pozos sin fondo. Beatrice se lo recordó. una fuerza subterránea. Por tanto. El dux alabó al enviado del Emperador. almas que aliviar. ¿Era posible pecar con toda impunidad? El obispo lo había dicho claramente. Beatrice.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 31 El obispo tenía ya otras preocupaciones. como de costumbre. ella no podía poner en duda sus palabras. Se inclinó ante uno de los miembros del Consejo de los Diez antes de echarse encima del rico camafeo formado por sus semejantes con mitra. Cecilia comprendió entonces que la joven debía de beneficiarse de aquel favor divino que la absolvía hiciera lo que hiciese. Cecilia. al verlo desaparecer en medio de las casullas. personajes más importantes que ella que seducir. se ocupó de la gangrena que progresaba inexorablemente en los medios políticos: —Votaremos enseguida y. a condición de obedecer. Todo el mundo lo sabe. antes de hacer un resumen de las ganancias y las pérdidas. La bella veneciana habría podido servir de modelo a un Bartolomeo Vivarini para pintar una madona. a los ingenieros del arsenal. Buscó en vano una respuesta en el rostro de Beatrice. Valoró las ventajas e inconvenientes de aquella prerrogativa que le abría perspectivas infinitas y. es evidente que nadie podrá obtener un puesto de alguna importancia si no hay detrás algún grupo de gentileshombres empobrecidos a los que haya dado dinero antes de su candidatura y después de su elección. Nos iremos tras su discurso. se preguntó cómo podía uno garantizarse su absolución sin confesarse. Cecilia. aceptó las consecuencias diciéndose que podía permitírselo todo. a las congregaciones religiosas. Que Dios ayude a esta pobre República antes de que se cumpla la profecía: «Una ciudad venal perecerá muy rápido». existía un medio legal de cometer faltas graves sin soportar el castigo eterno. tras un momento de vértigo. pactos que cerrar. todos se quedaron inmóviles cuando Andrea Gritti se puso a hablar con voz fuerte y cavernosa. 120 . estos votos se comprarán a cambio de dinero. Aquella voz evocaba abismos. —Ya te ha visto bastante.

pues no tienen otra salida. contra los que compran los honores de esta manera. en particular. Cecilia se sintió decepcionada. todavía tenemos mil cosas que hacer. desde el gran visir hasta el último de los esclavos. si no. No contendremos durante mucho más tiempo a nuestro poderoso vecino turco en los márgenes de nuestras posesiones. le había dicho Nefer al médico. conocía bien los secretos antiguos y actuales. el representante de Dios en la tierra. Él no había podido salvarlo. Es el último califa que desciende de los abasíes. y su juicio no admite discusión. cada vez que estaban en su presencia. —Esperemos —dijo ella— que su juicio te sea favorable. Sabían que el dux era superior a ellos y. pero el sultán lo es todavía más —dijo él a la vez que la miraba fijamente con esa mirada asombrosa. que salían. sus jefes le habían administrado un veneno. Vio a Kalè alejarse conducida por Emilia Crotta Dándolo y se fijó en la presencia de otras cuatro chicas de su edad. Los grandes de Venecia sólo eran sujetos momentáneamente incapaces de actuar y de desvivirse con el único fin de llegar a poder. Casi todas las cabezas se inclinaron en un signo de aceptación. 121 . Es hora de irnos. Tiene derecho a decidir sobre la vida y la muerte de todo el mundo. había creído ingenuamente que el dux iba a recibirla en audiencia privada. el amo de todas las cosas y el Señor de la vida. el Comandante de los Creyentes. preveo grandes desgracias. que lo dirige todo. Cecilia había sabido de boca del mismo Etienne que el levantino que había intentado apuñalarla había muerto algunas horas después de su llegada a la isla de San Michele. Habían pasado varios días desde la fiesta en el palacio ducal. Beatrice pertenecía al círculo restringido de los que no inclinaron la cabeza. Nefer sabía muchas cosas. asimismo pediría al Consejo de los Diez que vele por el honor de la República. «Rüstem está detrás de todo esto». Aquella tarde. Esperemos que Dios. lo consiga. El único que conocía su destino era Andrea Gritti. que había asentido sin desvelar a Cecilia quién se escondía tras ese extraño nombre. se creían condenados a volver a caer en una existencia aburrida y ociosa. perdida en medio de los pliegues de grasa. pero se limitaba a las consideraciones de orden general en cada entrevista que tenía con Cecilia. ni a nuestros ambiciosos rivales de Italia. que Cecilia empezaba a descifrar—. Eso la perturbó más.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Los que tienen el poder deben comprometerse a tomar medidas contra estas prácticas y. ya que antes de cometer su crimen. no se salió de la regla. ya que a los pobres se les puede perdonar. —El dux es poderoso.

Jean-Michel Thibaux

La esclava de La Puerta

Nefer tenía un aire místico al hablar de Dios. Veía a Cecilia, pero su mirada
traspasaba a la adolescente sentada en el banco pequeño que el eunuco colocaba
siempre en el centro del gabinete de estudio en cuanto la lección empezaba.
Sentía admiración por su antiguo señor, pero también miedo, ya que algunos
ligeros movimientos nerviosos de la boca hacían temblar sus mejillas rollizas.
Estambul estaba lejos. Habían pasado muchos años desde su marcha del
serrallo, pero tenía la sensación de que la perturbadora seguridad de aquel
pasado lo estaba volviendo a atrapar.
Cecilia era la causante. Su presencia abría una grieta en la pared detrás de
la cual se protegía desde hacía años. Analizó el miedo que eso le inspiraba, y el
que inspiraba él mismo. Se acordó de los tiempos en los que tenía un poder
inmenso sobre las mujeres que controlaba, espiaba, pegaba, adulaba; un tiempo
de confabulaciones y envenenamientos, cuando él daba órdenes a las cariyes, las
esclavas femeninas a las que aterrorizaba, y a las görücüs, las alcahuetas a las
que mantenía a cuenta del kizlar aghasi, el jefe de los eunucos, el gobernante
temible en el seno del harén.
Nefer tomó conciencia de repente de la manera en que la observaba Cecilia;
su alumna intentaba averiguar sus secretos. Tenía la mirada penetrante que
tienen los médicos judíos y los imanes cuando auscultan el cuerpo o el alma.
—¿Por qué me miras así?
Cecilia no respondió, parecía molesta por la pregunta, e intentó eludirla
abriendo el gran libro coloreado que Nefer llevaba a todos sus encuentros. Era
un Corán único, un manuscrito del siglo XII en tres lenguas: latín, árabe y persa.
Nefer no le dejó durante mucho tiempo interesarse en las letras góticas y
caligrafiadas que compartían las páginas. Su mano áspera cayó sobre el libro.
—Te he hecho una pregunta. ¿Qué intentas averiguar?
—Es que...
—Sé más precisa.
—Me gustaría saber cómo vivías antes.
—¿Antes de convertirme en eunuco?
Cecilia asintió en silencio. Tras volver a acomodarse en el puf que le servía
de asiento, Nefer buscó el hilo que la devolvía a la infancia. Pudo ver el Nilo
azul, a mujeres de negro lavar la ropa entre las cañas, a cocodrilos dormidos
sobre bancos de arena, a garzas cenicientas y flamencos rosas. Se entretuvo en
un pueblo de ladrillos y paja, escuchando a las cabras y a los camellos irascibles
bajo las palmeras datileras. A lo lejos, entre las dunas donde el desierto acababa,
nubes de polvo se elevaban de un matojo espejo de matorrales. Era el lugar de
su nacimiento, en alguna parte de Nubia.

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La esclava de La Puerta

Para complacer el deseo de Cecilia, describió lo mejor que pudo lo que
volvía a descubrir, y que él había hundido en lo más profundo de su memoria;
volvía a ver a su madre, cuyos brazaletes de plata escuchaba tintinear, vio a su
padre remendar las redes de pesca, a sus numerosos hermanos y hermanas,
cuyos nombres ya no recordaba, a toda una tribu orgullosa reunida en torno a
los cuentistas.
—... Ellos vinieron un día con sus rostros sombríos. Llegaban del Norte
sobre caballos rápidos y rechonchos. Sus cimitarras y las puntas de sus lanzas
relucían y ardían al sol... Vi morir a mi padre y a mi madre, después a uno de
mis padres, atravesado por una lanza. Éramos libres, pero nos convertimos en
esclavos, atados los unos a los otros; nos empujaban a golpes de látigo a lo largo
de las pistas, después nos amontonaron en unos faluchos en Asuán.
Nefer habló durante mucho rato, retrasando el momento en el que
desvelaría cómo se había convertido en aquella caricatura de hombre, en ese ser
mutilado tal y como exigía su cargo en el seno del harén. Le explicó su llegada a
El Cairo, pero no tuvo el valor de explicárselo todo, aunque debería haberlo
hecho. Ella debía saberlo todo sobre el mundo al que estaba destinada. Se
guardó para sí la terrible escena de la castración y tembló al revivirla.
Le habían hecho beber una poción de opio y hierbas que lo habían hecho
insensible al dolor. A una hora en la que la noche pertenecía a los ladrones, lo
habían llevado a una habitación sin ventana y, bajo la claridad púrpura de las
antorchas, le habían cortado el sexo y los testículos con una fina cuerdecilla.
Entonces, llegó la sangre, ese dolor brutal que le había pinchado el corazón;
después, el silencio, turbado solamente por sus lloros, cuyos ecos sonaban sin
fuerza, había enterrado su pasado.
Ya no era un chico, pero tampoco una chica. Se había convertido en un
eunoukhos: el que guarda el lecho de las mujeres.
Cecilia respetó su silencio. Nefer se tomó su tiempo para volver de aquellos
lugares en los que pesadas alfombras amortiguaban las pisadas, donde la
sangre de las víctimas teñía las fuentes, donde los músicos ciegos tocaban para
complacer a las mujeres encerradas. Reaccionó vivamente cuando volvió a
Venecia, y golpeó su palo de sauce contra el borde del banco sobre el que estaba
sentada Cecilia.
—Ya que has abierto el libro santo antes de que te lo ordenara, vas a
aprenderte de memoria en latín y en árabe los cinco primeros versículos del
sexto sura. Te dispenso del persa ya que tienes una verdadera aversión por él.
Cecilia abrió los ojos como platos. Muy frecuentemente, había recibido
golpes del palo en el brazo por su mala pronunciación. En árabe, algunas
consonantes aspiradas, sibilantes, sordas, guturales hacían casi imposible la

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lectura en voz alta. Además, la escritura, llena de curvas, lacerías y comas, era
de una complejidad inaudita para una mentalidad occidental.
Nefer se había empeñado en hacerle reproducir decenas de veces los signos
simples en los pergaminos a fin de familiarizar sus manos a las circunvalaciones
del árabe. Solía acabar haciéndole daño la mano. Él le explicaba, a continuación,
el significado de las palabras dibujadas así. Generalmente, leía él en primer
lugar, y ella se contentaba con repetirlo diez, veinte o cien veces hasta que
asimilaba por aburrimiento las indigestas palabras coránicas.
Cecilia fue volviendo lentamente las páginas hasta el sexto sura y empezó
su ejercicio en latín: «En el nombre de Dios, todo misericordia, el
Misericordioso. Alabado sea Dios, que ha creado los cielos y la tierra, que ha
separado las tinieblas y la luz, después de lo cual los infieles atribuyen a su
Señor las mismas cosas. ¡Es Él quien os ha creado con arcilla, después decretó
un término, ya que todo término está fijado en Él, después de lo cual vosotros
dudáis!».
Era difícil, incomprensible a veces, quedaba muy lejos de la Biblia. ¿Por qué
debía ella sacrificar todo su tiempo estudiando el Corán? «Para impregnarte del
espíritu musulmán», le repetía Nefer. «Para impregnarme del espíritu del mal,
más bien», le había corregido ella una vez, y aquellas palabras le habían valido
veinte golpes de vara en los hombros. Después, y ya que el obispo de Padua la
había descargado de todos los pecados venideros, ya no contradijo más al
eunuco.
Se aprendió, entonces, el inicio de aquel sexto sura, y después, los días
siguientes, los ciento sesenta y cinco versos que la componían. Poco a poco su
espíritu se fue transformando. Comprendió mejor a Nefer e hizo suyas las
imágenes y tradiciones de Estambul, de Konya y de El Cairo que él solía evocar.
Aquellas ciudades bulliciosas no le parecían tan maléficas como antes. A veces,
respondía en turco al gordo tentemozo, y en hebreo a Etienne. Juguetear con las
palabras de aquellas lenguas se convirtió en un placer. Estaba muy dotada; un
día sobrepasaría a sus maestros.

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Capítulo 32

El año 1537 había empezado mal. La República estaba amenazada en sus
territorios. Los peligros apuntaban al oriente de Venecia, y se habían cortado las
rutas marítimas. El frío no arreglaba la situación; nevó y heló. Todo el norte de
Italia fue atravesado por bandas de pordioseros que, acosados por el hambre, se
acercaban a las ciudades. Decenas de ellos, hostigados por el frío, murieron a la
orilla de la laguna.
Al abrigo de las rapiñas, la ciudad se convirtió entonces en un inmenso
caldero que escupía sus humaredas por las miles de altas chimeneas que
coronaban los tejados de los palacios y de los inmuebles. Todos los días,
centenares de barcas recorrían la distancia entre el puerto de Mestre y los
canales para descargar la madera que los mercaderes iban a buscar cada vez
más lejos, a los bosques alpinos. Los precios subían vertiginosamente.
El frío no disminuía. En la chimenea se quemaba madera verde que
desprendía una humareda verde que no conseguía escaparse por el conducto
del hogar con el gigantesco capitel, y se extendía formando una niebla ocre en la
habitación.
Mientras dormía, Cecilia temblaba y tosía. Había sobrevolado vastas
extensiones de agua de donde emergían blancas islas de roca y arena; después,
por un golpe de magia propio de los sueños, se había encontrado en un
Estambul mucho más ahumado que Venecia. Escuchaba a los almuecines llamar
desde lo alto de los minaretes colocados sobre un lago de grisalla. Las voces
gangosas de los que llamaban a la oración rondaban por su espíritu,
despertando otros sonidos, retazos de palabras turcas, relinchos de caballos. A
orillas del Cuerno de Oro, irisado de hielo, los camellos bramaban mientras que,
al galope, los vientos de Anatolia hacían vibrar los puentes y las vergas heladas
de las galeras y de las naves privadas de navegadores durante largas semanas.
Cecilia se estremeció de nuevo e intentó enrollarse en las mantas. Dormía
desnuda como le exigía Nefer, y desnuda intentaba escapar a las miradas de los
hombres de sus sueños. Eran muy numerosos y nacían en el seno de esos

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nubarrones que vomitaban las casas bajas colocadas en las colinas. Bajo los
turbantes, sus párpados se fruncían y sus miradas vehementes se volvían
cuchillas mientras intentaban cogerla. Cecilia gritó hasta ponerse ronca, corrió
por entre calles tortuosas y concurridas por turcos, armenios y judíos. Seguía
gritando ante las mezquitas por nada, en el vacío, ante aquellos extranjeros que
la codiciaban, pero que no conseguían detenerla, y se hundía en las callejuelas
de aquella ciudad que no dejaba de crecer y de engendrar nuevos barrios.

El hombre no pertenecía al sueño. Pasó como un fantasma ante las altas
ventanas góticas con esculturas cargadas de nieve. En el Gran Canal, el tráfico
habitual de naves con faroles rojizos no evocaba para él más que un
desplazamiento de sombras errantes. No le gustaba Venecia. Aquella ciudad era
una cloaca poblada por ratas, donde las bestias y los hombres se confundían. Su
olfato, particularmente desarrollado, le permitía identificar los olores marinos y
los de las alcantarillas, los de los muros blanqueados por la cal, y los de los
tapices enmohecidos. Reconocía el sudor ácido de los humanos, reparaba en los
perfumes de las mujeres, en el cuero de los soldados, la tinta de los impresores,
el incienso de los religiosos, la mugre de los pobres.
Su madre lo había criado y educado como a un salvaje para que no fuera
devorado por su padre; además, se comportaba como un depredador para
sobrevivir, ya que eran muchos en su entorno los que no le perdonaban ser el
mayor bastardo de entre ellos al ser el fruto de una relación culpable entre una
judía de Praga y un hombre temido en todos los continentes. Aunque habría
podido estar orgulloso de su padre, lo odiaba profundamente. Aquel poderoso
no lo había reconocido jamás, y de hecho, era peor todavía: había abandonado a
su madre para vivir con una turca a quien le había dado tres hijos, antes de
terminar casándose con una veneciana.
Olisqueó el aire, mostró sus dientes, imitando a un animal peligroso que
tomaba posesión de un territorio. Conocía aquel palacio como la palma de su
mano. Puertas secretas, pasajes subterráneos, aguas verdosas en las que uno se
hundía hasta la rodilla, nada le resultaba extraño. En un año, Beatrice se lo
había enseñado todo acerca de la geografía de los lugares, de la complejidad de
la ciudad y de los hombres que la habitaban. Había sido la mejor guía posible...,
la mejor. Con su trato, había tomado conciencia de sus ambiciones. La Cornaro
Contarini había revelado en él las cualidades y los apetitos del padre, y ella
pensaba que llegaría más lejos y más alto que este último. Le había abierto
perspectivas, de manera que ahora él hilvanaba proyectos grandiosos; no podía
esperar para recorrer ese viejo planeta y despertar a los antiguos dioses de las

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como cuando se apresuraba a atacar al enemigo. Cecilia cambió bruscamente de decorado y pasó de las calles bulliciosas y superpobladas de Estambul a la dulzura de una habitación cubierta por ligeros velos. Otras tres veces ya la había estado observando así. La joven estuvo de pronto ante sus ojos. Un 127 . Su agitación le hizo dudar. es una de sus joyas. Cecilia poseía ambas cosas. ¿Estaba en aquel harén descrito miles de veces por Nefer? Estaba sentada sobre un banco cubierto de cojines de seda. El corazón le hacía un ruido considerable. después el entrecejo y. la frente. El sueño dio un giro extraño. el resplandor blanco de un muslo. con la espada en la mano. Beatrice se lo había hecho entender: «Cecilia pertenece a la República. no estaba a la vista nada de eso. y aquellas sombras que los gruesos mechones de cabellos negros mezclados trazaban sobre el resplandeciente rostro dormido. que hacía de ella un ser excepcionalmente raro en aquella ciudad donde casi todas las mujeres estaban sometidas a la autoridad de la Iglesia o de sus esposos. que él acabó empujando. Temía dos cosas: la muerte y el amor. Ella lo había dicho alto y claro porque lo conocía bien: él era sensible a la belleza y a la inteligencia de las mujeres. robándole parcelas de piel de sus senos. se acercó al lecho al que la incandescencia de las llamas de la chimenea daba vida. aquella boca ya plena y prometedora. más abajo. la comisura de los labios. Beatrice le sería útil para realizar sus deseos. Durante algunos segundos. sólo su cara. —Eres bella —murmuró él. la hondonada de su vientre. Su tensión iba subiendo conforme se acercaba a la habitación de la joven muchacha a la que no valía la pena encerrar desde que Nefer confiscaba sus ropas al acostarse. Una oleada de humo se coló entre sus piernas y se extendió por el exterior. aquellas grandes pestañas en los delicados párpados que se alargaban hacia las sienes. apoyó su frente en la puerta y no escuchó más que el rumor del viento que azotaba el palacio. y ambas esperaban tras aquella puerta. sensible hasta el punto de correr riesgos. Sentía la imperiosa necesidad de convertirse en el líder de una guerra para hacer realidad sus proyectos de conquistas. e incluso encontraba otro aliciente en su sed de libertad. pero le gustaba demasiado transgredir las prohibiciones.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta civilizaciones muertas. Todavía vacilaba. Se reuniría con ella más tarde. al hombre que intentara seducirla lo echarían al calabozo». En ese momento. No podía apartarse y pensaba: «Esto no es más que un sueño imposible». Nada le impedía contemplar a placer aquel delgado cuello cobrizo por los reflejos del fuego. Tuvo la audacia de rozarle con los labios los cabellos.

Se repitió mentalmente aquel nombre que le parecía muy bonito y encontró su sonido encantador. Posó sus ojos negros y ávidos sobre el rostro de la joven muchacha. —Jamás he denunciado a nadie —murmuró ella. el amante de Beatrice.. —¡Déjame! Como él no obedeció. La imagen de Beatrice en los brazos de Joao se impuso de repente.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta hombre. —La amo —soltó él. Eran gigantes y el amor se apoderaba de ella. le sujetaba las manos que ella acababa de lanzarle a la cara. enojada pero bajo su encanto. el sobrino del maestro Etienne y de Gritti. —¡Vuelva con su señora! —Ahora iba —respondió él. que se elevaba y crecía en todos los sentidos. la transportaba de una manera que le hacía olvidar que era prisionera de la Serenísima. ¿Había escuchado un trueno? ¿O era su pecho que explotaba? Aquellas palabras demasiado fuertes eran misteriosas. que las montañas. Era más de lo que podía soportar. —¡Usted! —exclamó Cecilia al reconocer a Joao Micos. 128 .. hasta las estrellas. ya no sentía el frío atenazar sus miembros entumecidos y. se puso violenta y le apartó las manos a la fuerza. la invadía. Cecilia cerró los ojos al imaginarlo clavado. Ella lo rechazó y envió aquel sueño a los albores de su conciencia. Cecilia gritó. que él seguía sujetando a su merced. Dejó sus manos. Un hombre. Una increíble fuerza emanaba de él. lleno de virtudes mágicas ya que lo vinculaba a los acontecimientos futuros y a países lejanos. como una flor roja. como el fuego se extinguía y la noche los iba rodeando poco a poco. Aquel estado no duró. a merced de los cuervos y de la venganza popular. el aliento. verdaderamente. me crucificarán en el Rialto. —No quiero hacerle daño —dijo él. Se acordó de la forma en que le había hecho el amor a la bella veneciana en aquella cama convertida en nido sobre las olas de la noche. Era de esas personas a las que no se olvida nunca. y aquello le resultó insoportable. estaba inclinado sobre ella e intentaba besarla. y cuanto más tiempo pasaba. sintió que su cuerpo se hacía inmenso. cuyos rasgos no conseguía ver. y rompía la muralla del pudor que ella intentaba mantener. un lenguaje desconocido que sólo su corazón entendió. mayores eran las ganas de quedarse así. —Si me denuncia. Todo era tan real: la sensación de que la tocaban. Vio su sangre derramarse a través de una herida. cogiéndola desprevenida. Joao se elevaba con ella más alto que los campanarios.

gritó: «¡Asqueroso desgraciado!». Sin dejar de lado su soberbia y su aura tenebrosa. lo habría hecho. la saludó con elegancia. y si hubiera podido lanzar un sortilegio para que no consiguiera sus objetivos entre los muslos de Beatrice.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cecilia había creído que intentaría justificarse como lo hacían todos los hombres en la misma situación. el busto ligeramente inclinado y la mano sobre el corazón. con una pierna adelantada. Cecilia jamás había jurado como un soldado cualquiera. los criados hacían lo mismo con las compañeras a las que engañaban. pero él no. De repente. y después abandonó la habitación. 129 . Se sentía humillada y enamorada como nunca antes lo había estado. Su padre actuaba siempre así.

La piedra de un azul profundo. sentado en su trono en el suntuoso navío Bucentauro. Aquel anillo estaba cargado de una fuerza poderosa y maléfica. 130 . se dio cuenta de lo pesado que era. pero Beatrice se lo impidió. Ella jamás sería la esclava de Andrea Gritti. brillaba entre las patas de dos leones de oro con cabezas que rugían. ¡Ese maldito dux! Visualizó a aquel hombre terrible. —¿Te has vuelto loca? ¿Cómo vas a rechazar el regalo del dux? ¿Quieres ser nuestra perdición? —¡Me niego a que me desposen como al mar! —¿Qué dices? —Todos saben lo que significa este símbolo. voy a enviar a mi doncella para ayudarla a que se ponga el mejor de sus vestidos. coge esto —dijo a la vez que le tendía un anillo con un gran zafiro engarzado. en señal de verdadera y perpetua dominación». El dux quería marcarla con su huella como lo hacía cada año con el mar con el que se casaba tras lanzar un anillo de oro entre las olas a la vez que pronunciaba estas palabras orgullosas: «Nosotros te desposamos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 33 Cecilia no volvió a ver a Joao Micos hasta el día en que. Jamás había tenido anillos. y aquél era magnífico. con un fervor y una emoción que nunca había visto antes en ella. ¡al suyo!. Era una joya de hombre que el orfebre había adaptado al dedo de una mujer. rodeado de nobles en sus barcas ricamente decoradas con tapicerías. Toma. mar. —Es una joya que te regala el dux. tan grande como una oliva. Beatrice interrumpió la lección que Nefer le impartía. Cecilia tuvo de repente la impresión de que un círculo de fuego le quemaba el dedo. Cuando abrió la mano para recibirlo en la palma. al anular izquierdo exactamente. telas y flores. Cecilia dudó al cogerlo. así que intentó quitarse el anillo. —Prepárala.

Nefer abrió los ojos como platos y sacudió la cabeza como para recuperar su calma. Y justamente en una de las islas bajo el dominio de aquélla. el gran tesorero de la Puerta. Gülbehar. Retrocedió atónito. Cecilia se quedó sin respiración. Ante la perspectiva de aquel peligroso viaje. Cecilia debe perfeccionar su educación. ya que no podía oponerse a los intereses de la Serenísima y de la Sublime Puerta. ¿Qué terribles arreglos justificaban aquellas afirmaciones? Se le había encargado que le enseñara a Cecilia todo lo que sabía a propósito de las prácticas turcas. y grandes compromisos te esperan más allá del mar que el dux toma como esposa cada año. ¿Su alumna libre? Lo dudaba mucho. Hablaba como si Cecilia no estuviera todavía en la misma habitación que ellos. Algunos nombres le quemaban en la lengua: Rüstem.. Lo que acababa de escuchar la precipitaba en un porvenir de incertidumbres y de nuevos peligros.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¡Sí! Significa que vas a conseguir tu independencia y nos vas a dejar. Sin embargo. De repente. casi podía poner la mano en el fuego. En el lado oriental. el ambicioso ulema. El partido favorable al gran almirante del sultán Solimán siente deseos de conquistas y de saqueos. ¿Quién se escondía tras aquella maquinación que implicaba a Cecilia y a otras chicas? El dux y algunos miembros del Consejo. Corfú era el punto de no retorno. igual que tú. —Venecia está amenazada. La respuesta de Beatrice le heló la sangre. árabes y persas. El eunuco recibió estas últimas palabras como un golpe fuerte en el pecho. —Los acontecimientos han dado un giro que no habíamos previsto. Estaba desarmado frente a la implacable realidad impuesta por Venecia. Estamos seguros de que el próximo ataque se dirigirá contra Corfú. Su inteligencia y su astucia no habían servido para nada. donde uno acababa con 131 . tembló de miedo. el umbral que no se podía traspasar sin perder las libertades. —¡No está lista! —gritó él. no conseguía adivinar cuál de todos aquellos personajes trataba con las autoridades de Venecia. Tu tiempo en Venecia se acaba. el jeque Mustafá Efendi. de aquella prisión dorada en la que se trataba a los viejos esclavos como a perros sarnosos. se dio cuenta de que sólo había empezado a enseñarle el Corán y de que le quedaban por explicar numerosos secretos sobre el serrallo a la joven muchacha. todo eran tinieblas. la esposa de Solimán. Aquel asunto lo sobrepasaba. la favorita Hürrem. y seguramente no era para casarla con un veneciano. el preludio del harén. Nefer.. las autoridades religiosas y tal vez incluso la Santa Inquisición formaban el bando occidental. la comunidad judía. Tropas otomanas han desembarcado en la Puglia.

ni por los soldados y marineros. pero ¿el qué? Evitó mirar a Beatrice. Cecilia era la única que sabía que el país estaba amenazado aquella tarde de otoño. emitió un ligero suspiro de alivio. pero de otra manera.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta la boca llena de espuma. se habría dicho que le costaba apartar la pez gris que se pegaba a su casco. pensó ella. absurda y triste. los pobres placeres de una infancia confinada en lo más hondo de un palacio húmedo. Sin embargo. Tal vez le ofrecieran otra cosa. con los ojos saltones y coronados por serpientes. Esta última. Cecilia creyó verlo en varias ocasiones abriéndose paso a través de la niebla que cubría la laguna. endurecida por su altanería y su 132 . La pesada barca en la que iba sentada se desplazaba lentamente. las pesadas obligaciones familiares y religiosas. le habría gustado que ella hubiera estado allí y que la hubiera protegido con sus brazos. Sin embargo. La figura horriblemente deformada de Gritti. A fuerza de pensar en él. Volvió a pensar en su madre. e investida con los poderes ducales condujo a Cecilia a la isla San Michele. pero era de hielo. El dux era el poder encarnado en un demonio. Cecilia. La noble veneciana no ignoraba cuál iba a ser el destino de su protegida. intoxicado por un veneno o estrangulado al borde de una fuente de aguas cristalinas en las que bellas odaliscas mojaban sus largos cabellos. Se agarró al banco y después. se mordía los labios repetidamente. Cecilia se acurrucó bajo la manta de marta cibelina que le había dado Beatrice. con todos los sentidos en alerta desde que habían dejado atrás el canal de la Misericordia. coronada por unas bodas arregladas para acabar viviendo en otro palacio enmohecido. aquella nostalgia duró poco. al relajar todos sus músculos. de confundirlo con el sultán de los turcos y con todas las criaturas diabólicas que los sacerdotes y Flora habían evocado durante su juventud. El dux estaba escondido en alguna parte detrás de aquella pantalla fugitiva. apareció de repente ante la embarcación. pálida y altiva. Tras reflexionar. Jamás había dedicado un momento a pensar en su madre. Las nubes espesas y heladas que se deslizaban de Mestre hacia el Adriático eran portadoras de mensajes de muerte. «Madre. ¿por qué me has abandonado?». una cabeza enorme. se dio cuenta de que también le esperaba una vida sin esperanza. No era más que la cabeza verde de una Gorgona en la proa de una inmensa galera que fondeaba al abrigo de las dársenas del arsenal. no parecía afectada por el entorno hostil. echaba de menos los pequeños gestos. ¡Era imposible escapar a su destino! Beatrice hablaba en nombre del dux.

El lugar hacia el que se dirigían dependía de mandos muy superiores al suyo. 133 . Cuatro espadachines esperaban sus órdenes. El más cercano de esos peligros estaba de pie en la parte delantera de la barca. donde Antoine Gaufredi intentaba penetrar los misterios de la niebla que lo rodeaba todo. Cecilia no tenía nada que esperar de aquella protectora que esencialmente buscaba elevarse y parecerse a una emperatriz romana. pero no tenía ninguna para dar.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta poder. Ella debería luchar sola. porque el mundo hacia el que la guiaban estaba lleno de peligros y de incertidumbres.

Gritti estaba de pie en la sombra del ábside. las ganas de rebelarse y el miedo a la muerte le perforaban el vientre y el espíritu. estaban al acecho. la curiosidad. En cuanto Beatrice puso un pie en tierra. pues le gustaba la oscuridad. Unos esquifes y una carraca cargada con grandes maderos que estaban amarradas allí se pusieron a balancearse suavemente sobre las olas que levantaba la barca a su paso. Los hombres al servicio de Dios se mostraban a menudo temibles. más que nunca. Su presencia no tranquilizó en absoluto a Cecilia. que limitaban por todas partes la visión. Gaufredi y sus hombres cerraban la marcha. se abrieron lentamente. y parecían salir de las tumbas. sobre todo cuando utilizaban el hierro y el fuego para purificar el mundo en nombre de la Santa Inquisición. las aprensiones de su amor propio y de su ambición. La parte superior de sus rostros estaba oculta bajo las capuchas. las secas resinosas y la iglesia aparecieron al fin en medio de un pequeño cementerio rodeado por lúgubres cipreses. estaba desbordada por sentimientos contradictorios. Estaba a la vez emocionada y asustada. Un malecón carcomido estaba plantado en el cieno. No escuchó a los monjes cuando le prohibieron que caminara por delante de Gaufredi y de sus espadachines. Cuando Cecilia entró en los pórticos invadidos por las malas hierbas. se inclinaron y formaron un cuadrado en torno a la gran dama y a la joven noble. Las cañas. los juncos. Había aprendido cuando era joven a acechar a sus presas en los tenebrosos 134 . sus deberes de ciudadana. Las cortinas de algodón gris. El enfrentamiento con el señor de Venecia. inmóviles en el centro del camino que llevaba a la iglesia. Unos monjes esperaban a los recién llegados. Sólo el ruido de los pasos sobre los guijarros del camino perturbaba el silencio de aquel lugar. La iglesia parecía la más alta y grande de las tumbas de la isla.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 34 La isla se fue descubriendo poco a poco.

ya que la iglesia no estaba reservada a las letanías. Centenares de hombres y mujeres habían caído en sus redes invisibles. La claridad que caía de las ventanas ojivales no bastaba para iluminar la nave y las capillas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta palacios de Estambul y había perfeccionado ese arte en la penumbra de las calles de Venecia tras decidirse a acceder al poder supremo. Cuando Cecilia apareció bajo aquellos fuegos. Sin embargo. a quien sus consejeros secretos le habían augurado un gran porvenir. ya que todavía creía en la protección de los cielos. ni a los largos susurros de los fieles. Debía soportar a su manipulador escondido no lejos de ella. Aquellas afirmaciones le habrían costado la vida. ya que le gustaba decir a sus amigos íntimos que él pertenecía a esa raza de héroes creada por Zeus que. ni al roce de las rodillas sobre las baldosas. pero que. Beatrice había hecho gala de su discreción al retirarse cerca de un nicho en el que un Sebastián de rostro dolorido y con el cuerpo atravesado por flechas de bronce esperaba la liberación. en aquel lugar consagrado. tras ser interrogados lejos de los oídos indiscretos. Servía a los intereses de la República. pudo ver lo bella y orgullosa que era. pero nadie les rezaba. no estaba seguro de que la señorita Venier Baffo fuera a comportarse así. ante el que todos bajaban la cabeza y temblaban. estaba empeñado en mantenerse. los monjes habían desaparecido. Sin que se hubiera dado cuenta. Cualquier deseo de acción que hubiera sentido había desaparecido tras menos de tres minutos de espera. y los había utilizado para conseguir sus objetivos. Cecilia se sintió amenazada. Había otros santos de madera y yeso que enarbolaban los símbolos de su fe. pero él era el gran Andrea Gritti. una manifestación de aquel que deseaba entrevistarse con ella. se quedó inmóvil intentando no alejarse del resplandor de las antorchas. Incluso allí. No deseaba luchar contra esa impresión nefasta. mucho más que su prima Kalè. 135 . Dos antorchas estaban colocadas encima de la pila de agua bendita. ni a las confesiones. ¿Acaso no era más prudente pensar que el peligro la acechaba en todas partes? Después de haber mojado su mano en la pila y de haber esbozado la señal de la cruz. Aquel silencio la reducía a la condición de víctima designada. En ese momento. se quedó esperando una palabra. a su muerte. Aquella chica de mirada furiosa que no mostraba temor llegaría lejos si conseguía salir airosa de la primera prueba que él no podía perdonar ni controlar. llevaban allí a los enemigos que no debían ser juzgados oficialmente. eran limpiamente eliminados lanzándolos a unas aguas pestilentes tras atarlos a una piedra. se iban a la isla de los Bienaventurados. en prolongar su condición de semidiós. ni a los perdones. una señal. de manera que no podía ver más allá de la luz de las antorchas.

Mi título y mi poder no me pusieron al abrigo de los hierros que algunos esperaban hundir en mi cuerpo.. Tenía una voz terrible. Este superhombre ante el que todos se postran. Se inclinó. ella siguió sus movimientos. Tenía también un arma forjada en Oriente. y son los que te harán engrandecer. Su mano buscó entre los pliegues de su abrigo y sacó el puñal que Gaufredi le había dado a la fuerza el día de las ejecuciones públicas. de un 136 . Le habría gustado ver en él a un animal. pensó el dux. pero sólo tenía su instinto. te condenarías hasta el final de los tiempos —dijo el dux. —Que Cristo te evite tener que matar. —No tenía ningún enemigo antes de que Su Señoría se dignara a reparar en mi existencia. y Cecilia sintió su fuerte aliento mezclado con el olor del extracto de almizcle que emanaba de su jubón negro trenzado con eslabones ocres. —Hace diecisiete años —continuó con su terrible voz que llegaba hasta los oídos de Beatrice— subió al trono del Imperio otomano un príncipe llamado Solimán. no esperaba menos de ti». lo que la alarmó.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta incluso llegaba a adivinar su presencia. Sus pasos eran tan silenciosos que se habría dicho que caminaba sobre terciopelo o que no tocaba el suelo.. En el instante en que contemplaba la cruz de madera de olivo que se elevaba por encima del tabernáculo. que por fin se dejó ver. dotado de una inteligencia fuera de lo común. y su rostro se quedó frente al de ella. Gritti seguía siendo ante todo un maquinador. —Ahora los tienes. olisqueándola como un lobo hambriento. —Si derramaras mi sangre en la casa de Dios. «Bien. tomas la iniciativa. El dux la rodeó. Cecilia vio una sombra que se movía. cuya hoja golpeó contra el mármol del altar. Gritti soltó una risita. —Tú y yo tenemos enemigos. ya que entonces te sería más difícil ser tan deslumbrante como lo eres ahora —repuso el dux. —Tal vez sería un acto de fe —replicó Cecilia. ¿No eres de ésas que tienen la ambición de rivalizar con los hombres. el legislador. cavernosa. Aquella impresión creciente le hizo sentirse débil. Pero aquélla no era más que una falsa impresión de su imaginación. Enseguida estuvo a sólo unos centímetros de ella. Se armó de valor y se precipitó en dirección al altar. Por el rabillo del ojo. como Beatrice Cornaro Contarini? Cecilia hizo acopio de sus fuerzas. poderosos. un ser frío y peligroso. grave. Este magnífico sultán ha sido designado por su pueblo como el «Kánüni». mientras rodeaba el altar mayor. Su barba la rozó cuando él alabó su belleza. bien.

Ella es tu principal enemigo.. —. está. te he escogido a través de un intermediario. Gülbehar nos es favorable. —Necesitarás más que un puñal para alcanzar a esa mujer. 137 . instruido y religioso. Necesitamos nuevas aliadas en el seno de ese harén y. —¿Qué espera exactamente de mí? Siguió impenetrable. —¿Mi enemigo? La voz clara de Cecilia resonó bajo la bóveda como un instrumento de cristal con virtudes purificadoras. iniciativas por el bien de la República y de la cristiandad. Mustafá. estaba rindiendo cuentas a Dios o al diablo. Lamento no conocerte mejor. primer heredero al título. de la misma manera que sueña ya con matarte. que quiere decir la bienaventurada. Sueña con casarse con Solimán y apartar a la primera kadina. ni de sus ojos de ágata oscura. al que ella ya no puede controlar desde que residen en Amasya y en Manisa como lo manda la tradición cuando un príncipe alcanza la edad adulta. —Que lleves a cabo iniciativas en el lugar de los hechos. en realidad.5 Gülbehar.. y la persona en cuyo camino debes interponerte. sé poco de ti. Está haciendo lo posible para conseguirlo.. Ella cerró sus dedos alrededor del mango del arma que no había dejado. Ella se llama Roxelane y. de Estambul y del Imperio turco. Es la señora del harén y también de lo que hay más allá de los muros infranqueables del serrallo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta gran poder moral. más.. En ese momento. pero su tarea es difícil. se la llama Hürrem. Para conseguirlo. sometido desde hace mucho tiempo a una esclava tártara que le ha dado tres hijos. Consiguió mirar a los ojos al poderoso personaje para imponer mejor su voluntad. Quiere reinar en el mundo y destruir nuestra República. Te acordarás de mí cuando llegue el momento. pero. de hecho. Que el Señor nos ayude —acabó diciendo el dux entre suspiros. El dux ya no la impresionaba. debe casarse con el sultán y poner a uno de sus hijos en el trono. ya que están Gülbehar y el hijo mayor de ésta. la esposa oficial del sultán. ahora le parecía un ser de carne y hueso lleno de incertidumbre y debilitado por la edad. me ha permitido 5 Esposa que ha tenido un hijo con el sultán. Cecilia quería saber más. incluso. cerrado a cualquier escrutinio. He estudiado las informaciones sobre ti. en la lengua de los osmanlíes. que un ejército —dijo el dux—. pero ya no está en el harén y no comparte el lecho de su esposo. si ése momento llega un día. Este encuentro era necesario. Poseía el arte del engaño. Nada se escapaba de su rostro huesudo con un grueso mentón disimulado a medias por la barba gris. Andrea Gritti levantó los ojos hacia la cruz de olivo.

Cecilia. Gritti seguía sonriendo. La vida de Cecilia iba a deslizarse hacia la oscuridad. ¿también es única? —En cierto sentido. tú. Cecilia no estaba muy curtida en la dialéctica como para entender todas las sutilezas de ese lenguaje político. Barbarroja. Cada una tendrá su función. pero una sola. Además.. Lo criaron con leche persa y con miel de Judea. Joao y Andrea. sólo digo la verdad. Eres única. cumplirá su objetivo.. Carlos V y. pensó sorprendida por esta aparición irreal. no parecía en absoluto inquieto. Acordaron en algunas frases la suerte de la adolescente. Joao? —Me halaga usted. Necesitamos enemigos fuera de lo común para existir y elevarnos. ¿Qué sería de nuestra República sin Solimán. que compartían la misma sangre. —Mi futuro enemigo —dijo Andrea—. y un escalofrío le hizo sacar su puñal.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta comprender que el lugar que ocupas tú hoy no puede ocuparlo nadie más el día de mañana. tío. dirigiéndose a Cecilia. Me gusta saber que Venecia también ha participado en esta creación. Cecilia lo reconoció incluso antes de que su larga silueta con rasgos finos y su noble figura endurecida por las salpicaduras de las olas y los vientos fueran dibujadas por la débil luminosidad de las antorchas. Hizo una señal con la mano. —Y mi prima Kalè Kastano. —¿Debo entender que serán sacrificadas? —Es tu punto de vista. desde siempre. De repente. y muy cerca. «Joao Micos». pero con ese intercambio violento creció la tensión. —No. como lo son otras chicas elegidas por nuestro consejo secreto.. y. ¿Su tío? Cecilia se sintió cazada y perdida. las mismas ambiciones.. —La galera está preparada —dijo Joao. ambos juntos ante el altar. Lo que le había revelado a medias se confirmaba. Conozco mi destino y el tuyo. siempre se puede tener razón. de hecho. El joven guerrero intercambió una breve mirada con el dux. lo comprendió. seguramente. su atención se había desviado hacia un nuevo elemento perturbador. Había alguien más en la iglesia. Él no lo sabe todavía. Gritti se esforzó en sonreír para disipar la desconfianza que sus respuestas con doble sentido hacía nacer en su interlocutora. —Jamás volverás a ver Venecia —dijo el dux. las mismas mujeres.. la contemplaban sin complacencia. y un hombre apareció. pero su corazón ya está en Oriente. —¿Y no es verdad? —Depende de cómo se mire. —¿Nunca más? 138 .

—Tenéis mi bendición —murmuró él al ver alejarse a la joven pareja. Andrea se sintió de repente muy viejo. Le habría gustado apoyar a aquel brillante joven al que consideraba como su hijo legítimo y que habría podido llegar a convertirse en el mejor dux de todos los tiempos. Cuida de ella. Los magistrados del Avogaria Camun en una reunión reciente lo habían declarado indeseable en los archivos y. Desde allí. Se abrazaron durante un buen rato. Era judío. —¡No me toques! —exclamó Cecilia a la vez que se soltaba con brusquedad. le era imposible. serás conducida a tu nueva residencia. Me habría gustado que hubieras tenido otro destino. donde se te preparará para el gran cambio. —No le pasará nada. El dux dijo que no con la cabeza.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cecilia sintió un nudo en la garganta. tío. donde continuamente se llevaban a cabo procesos para apartar a todos los hombres de nacimiento dudoso. La mano de Joao se apoyó en su brazo. Joao no sería jamás escogido el día de la Santa Barba para sentarse en el Gran Consejo. —Adiós. pero incluso el dux debe plegarse a las leyes y tener en cuenta los resentimientos de la nobleza. 139 . —Ahora tienes que seguirme. ¿Qué iba a ser de ellos ahora? El destino los esperaba en las orillas del Cuerno de Oro. Sentía pena y cólera. ¡Lo juro ante Dios! —No jures —dijo el dux—. por tanto. figurar en la lista oficial de la nobleza puesta rigurosamente al día desde 1414. pero Joao Micos no podía ser registrado en la Balla d'Oro. conozco tu espíritu caballeresco. —Joao te va a llevar hasta Corfú. Tú también vas a abandonar para siempre la República. a partir de entonces. cristiano y musulmán: demasiadas sangres diferentes corrían por sus venas.

que son los más indulgentes. Era igual que el de Judas. cuya tarea había ya acabado. Los galeotti. al comito que se encargaba de la carga de popa y al patron iurato que dirigía la proa. el escriba. señorita. Los pequeños nobles reclutados para la travesía no le escondían su animadversión. donde el ministro de Marina me envía para reforzar la flota. Le pareció que todo estaba en orden y se dispuso a hacer distribuir los quinientos gramos de galletas reglamentarios. Un capitán adusto llamado Moldovi. Le pido. Alrededor de ellos. Compartirás el camarote del capellán y del escriba. No obstante. tienes que saber que muchos de los jóvenes nobles que sirven en el cuerpo de arcabuceros no te tienen demasiado afecto. —Mi misión es conduciros a Corfú. Joao no se apartaba de ella ni un segundo. Unos oficiales deambulaban entre todos aquellos hombres lanzando miradas suspicaces. el medio litro de vino y el tazón de sopa con judías en cuanto su galera alcanzara alta mar. el calafate. dio otras cuatro vueltas por el navío antes de dirigirse a Cecilia y a Joao. todo el mundo se agitaba. a los primeros oficiales de la cubierta. Sentía todavía una sensación de frío en la frente. En cuanto a ti. y además. y después habló con firmeza con el médico. Intentó no tenerlo en cuenta. hombres libres pagados por el arsenal. lamentaba casi la ausencia de Gaufredi. En ese momento. se agarraban a los enormes remos. que no abandone jamás la popa. y se procedía a los últimos preparativos antes de levar el ancla.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 35 Cecilia había recibido el beso de Beatrice. Sé humilde 140 . unos marinos se subían encima del puente para largar las pesadas velas amarillentas conforme iban embarcando. el capellán y el cañonero. había provocación y menosprecio en las miradas que le lanzaban. dio consignas al jefe de navegación. Sus cascos relucían en medio del resplandor vacilante de los fuegos raquíticos encendidos en la proa y en la popa. se pasaba revista a los arcabuceros y los ballesteros por enésima vez. con una mejilla quemada a causa de una batalla naval. el carpintero. estaba en aquella enorme galera que fondeaba en la isla fantasmal. Joao Micos.

soltó un grito de alegría. Me tranquilizaría más que tuvieras el apoyo de un vendedor de crema de Askaray. te voy a conducir a tu camarote. —Van a vendernos a los turcos. —Nadie nos venderá. volviendo a dirigirse a Cecilia—. Aquella puerta conducía a un minúsculo pasillo que conducía a los camarotes reservados a los oficiales y a los pasajeros notables. puertos estratégicos que dependían del poder veneciano. —¿Mi criado? —El castrado. Pasaba sus días observándola sin acercarse a ella. ya que se sentía responsable de la joven muchacha. Moldovi mostró a Cecilia aquel en el que iba a estar encerrada durante varios días. jamás lo había estado. —¡Nefer! —Me han traído como a un vulgar esclavo —se lamentó el eunuco mientras la recibía en sus brazos. Cuando ella entró. te lo prometo. No estaba en un buen barco. a dos sacerdotes misioneros que se dirigían a Jerusalén y a un tratante de piedras preciosas que tenía un comercio en Damasco. El dux me ha asegurado su apoyo. 141 . Nefer había tenido la tentación de huir. En cada una de aquellas escalas. y cada vez que sus miradas se cruzaban. le daba un vuelco el corazón.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta y todo irá bien. Cecilia sintió aversión hacia aquel capitán al que ella juzgaba ávido de ganancias y cruel. de hecho. —¡Que Alá te oiga! *** Habían abordado Raguse y Durazzo. Joao también había jurado dar su vida por Cecilia y no la perdía de vista. —Por aquí —dijo él a la vez que le señalaba una puerta oscura y baja. estaba dispuesto a servirle y defenderla hasta la muerte. Después de la salida de Durazzo. —Es evidente que no conoces el poder de la Sublime Puerta. Los ojos de Nefer se llenaron de lágrimas. —Obtendremos el apoyo de todos los vendedores de crema de Estambul. la idea germinó en él. Tú no tienes nada que temer —dijo. donde te espera tu criado. Tal vez había un medio de escapar al destino impuesto por Andrea Gritti y sus aliados del serrallo. Habían embarcado víveres frescos.. Era la primera vez que se manifestaban abiertamente el cariño mutuo que sentían.. El poder del dux muere con las olas de las aguas del Bósforo. pero la presencia de Cecilia se lo había impedido.

sólo crecía un único deseo: conseguir que renunciara a Beatrice definitivamente. Nefer. pero Cecilia no tenía tiempo para aburrirse. estaba habitado por un recuerdo obsesivo y la acosaba hasta en sus sueños. Las aguas ya no eran seguras. Allí abajo. Tras estas palabras. le ponía el rostro de Joao a la silueta de uno de aquellos ardientes caballeros que avanzaba por los senderos de sus pensamientos. lo presiento. y caballeros en busca de amor y de lo absoluto? A veces. el eunuco se alejó de la joven despechada. mientras todas las estaciones pasadas en Venecia acababan de escaparse. después se había convertido en una necesidad. —¡Hace ocho días que rechazas unirte a la mesa del capitán y de los oficiales. desde donde dos cañones apuntaban por encima de los remolinos de la estela. al final de aquel extraño viaje. Aquellos malditos venecianos lo devolvían al infierno. bajo los arabescos de una jaula habitada por ruiseñores. hasta el alba. No cuentes conmigo para interceder en tu favor. de la sucesión de pueblos en el fondo de calas rodeadas por grandes pinos. pareció más viejo. de castillos suspendidos sobre acantilados rocosos. Entonces. Era como si el tiempo se precipitara. Sentía que debía ser amada sin concesiones. Se dirigió a la popa. había un verdugo 142 . Ese hombre no nos traerá más que desgracias. de los murmullos de los vientos eolios. Su cuerpo. Su imaginación se inflamaba ante la visión de la costa albanesa. de repente. que no cesaba de hacer pasar las cuentas de su rosario a la vez que recitaba en voz baja los suras.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta No había nada que hacer en aquel barco. ¿Acaso no había en aquellas comarcas salvajes princesas a la espera de que las liberaran. por todas partes. Cada vez se alejaban más de Occidente. En su interior. y ahora deseas invitar a ese aventurero a tu habitación! Sería hacer una gran afrenta al comandante de esta nave preferir a ese bellaco protegido por el dux. —¿Podrías hacerme un favor? —preguntó Cecilia a Nefer. igual que un torrente furioso de Anatolia tras una tempestad de otoño. de torres de vigilancia donde estaban encerradas compañías de mercenarios bajo el manto del frío oscuro que bajaba de las montañas dálmatas. Aquella idea había germinado en medio del ruido repetido y lento de los remos de la galera. en el momento presente. se ponía a buscar al joven entre los remeros. los marineros y en las vergas. que había podido contemplar en los brazos de su rival. primero como un capricho de una niña pequeña celosa. —¿Qué puedo hacer por ti? —Me gustaría que le pidieras a Joao que compartiera nuestra comida de la tarde.

Le pidió también a Alá que protegiera a Cecilia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta que lo esperaba mientras alisaba su soga. Incluso disminuido y herido en el alma. el Todopoderoso. tú nos dirás: Habéis agotado vuestras buenas cosas durante vuestra vida aquí abajo. Como para probar que era un buen musulmán y que su fe no había sido enturbiada en absoluto por los cristianos. el mordisco de la soga en su cuello. por haber sido soberbios en la tierra. continuó dirigiéndose a Dios con fervor. pero no debería haber osado hacerlo. Dios no tenía la intención de modificar la implacable trayectoria de su destino. El Islam no le perdonaría jamás haber servido a los infieles durante todos esos años. habéis disfrutado de ellas a placer. amaba demasiado la vida como para perderla tan injustamente. Nefer temía el momento de su muerte anunciada. y el día en que sea expuesto al fuego con todos los infieles. por haber vivido en la maldad». interpretando a su manera los versículos del sura cuadragésimo sexto: «A cada uno su grado en las acciones cometidas: tú. me harás saldar las mías sin la menor injusticia. Y bien. 143 . hoy os veis recompensados con el vergonzoso castigo.

. Los poderosos nos gobiernan y si. con lo que molestó a Nefer. y no es un hombre. un contingente irrisorio atrincherado en un castillo mal acondicionado. —Nos ocuparemos más tarde. ¿Qué peligro puede representar? —Es un eunuco. que seguía rezando. después bizantino. tiene la traición en la sangre. dependía en la actualidad de Venecia. que cruzaba entre la Morea y Epiro. —Aquí estamos en la puerta de tu casa —dijo él. —¡El mundo es mi casa! —Una vasta prisión a la medida de tus ambiciones. Pero ¿durante cuánto tiempo? Además. por desgracia. —Soy un hombre libre. Los dos confabuladores se separaron en el momento en que la galera viró a babor. Donde quiera que estés. Mil hombres armados. ¿Así es como mantienes la esperanza de Cecilia? ¿No crees que es el momento de plantear otras posibilidades en lo que respecta a ella? —¿Qué quieres decir? 144 . que conocía los rumores que corrían sobre los orígenes de Joao. La gran isla..Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 36 —Tendremos que deshacernos de él —dijo el hombre a su interlocutor.. —¡Cefalonia! —gritó el vigía. siempre habrá un Solimán o un Andrea Gritti para encadenarte. —¿No es también la tuya? Se dice que tu madre era de Salónica —dijo Nefer. se recolectaba sal para completar las exportaciones de Creta. esperaban el asalto de una de las inmensas flotas de Solimán. Joao se dejó deslizar a lo largo de un cabo y se plantó en el balaustre de la popa. —Nadie lo es. debemos ceñirnos al plan de partida. —Puede sernos útil. tu vida no será entonces más que lucha y renuncia.. te conviertes en uno de ellos. —¡Jamás!. que en otro tiempo había pertenecido a la liga de Corinto y se había entregado al rey Pirro antes de perder sus libertades bajo el Imperio romano.

que se perfilaba sobre el relieve de la costa. se lanzó por encima del puente. Viví allí durante toda una primavera y un verano. había artillería preparada. honrar la memoria de los padres. —Una de las sucursales más avanzadas de la República. a Portugal o a Inglaterra. lo que probaba que el peligro de ver aparecer a los turcos no era sólo fruto de la imaginación de Nefer. seis cañones de gran calibre dirigían sus bocas hacia el horizonte. Convencerla de huir no sería algo difícil. Ese lugar caerá el día y a la hora que escojan los turcos. Cecilia no era de su misma opinión. a quien cada día consideraba más como su hija. Los mercaderes hace tiempo que lo enviaron todo a Famagusta y Larnaca. escuchar el canto de los pájaros. los diferentes invasores habían erigido diques mil veces reconstruidos. te llevaríamos con nosotros. Nefer lo vio caer en medio de los arcabuceros que preparaban su alineación. Y estos buenos guerreros no serán capaces de detenerlos —añadió el eunuco con la mirada fija sobre el contingente que aseguraba la defensa de la galera. servir a Cecilia. Piensa en mi propuesta. Había tantas cosas simples y agradables en la tierra: amar. Al final de un rompeolas. —¡Estás loco! —Tal vez. El puerto estaba entre dos bloques de rocas apiladas. para robarle algunos metros al mar. hacerla embarcar en un navío mercante holandés y llegar a España. pero no tiene verdadera importancia. colgándose. Las olas rompían sobre estos salientes llenos de gente. El entusiasmo del joven le devolvió el coraje. Desde tiempos inmemoriales. Ya no necesitaba más suras. en los que se estacionaban las naves y las barcas. —¿Me estás dando a entender que los utilizarás para salvar a Cecilia? —Podemos llevarla a Grecia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Tengo amigos en Cefalonia. Así que volvió cerca de ella. —¿Qué sitio es éste? —preguntó ella a la vez que se comía con los ojos a Joao. —¿Amigos? —Judíos. así como a los oficiales con los torsos ataviados con bandas y con dagas y espadas colgadas en la cintura. 145 . no sabía nada de las cosas militares. con su camisa blanca hinchada por el viento. Nefer. donde bajo la espuma de las nubes se escondía el enemigo. Joao desató una cuerda de vela latina que golpeaba la parte trasera de la nave en plena maniobra de acercamiento y. en medio de los cuales se hallaban unas casas blancas. ¡Es esta noche o nunca! Evidentemente. pero le parecía que no se podía derrotar a las filas rutilantes de hombres con corazas y cascos. pero no quiero verla encerrada en uno de los harenes del imperio.

Todos los habitantes se precipitaron hacia ella. Joao fue el primero en saltar a tierra firme. La gran embarcación necesitó más de media hora para entrar en el puerto con ayuda de los pilotos. a España. ¿Cuándo llegaría la flota de apoyo? ¿Y los regimientos? ¿Se tenía la seguridad de que España fuera a declarar la guerra a la Sublime Puerta? 146 . Ahora había que abandonar aquella galera sin levantar las sospechas del terrible capitán Moldovi. empujando a los escuadrones de soldados que rodeaban a las autoridades de la isla. gente de su pueblo. y otros muros más altos todavía. hizo un ruido de galopada. Pero todavía había una oportunidad. en ciertas circunstancias excepcionales. de allí. Nefer. Cuando tocó los maderos que rodeaban el muelle. hay uno que podrías correr por tu propia voluntad. se alzó desde los diques. —¿Acaso has caído bajo su encanto? —Tiene amigos en Cefalonia. Enviaba a uno de sus mejores barcos de su flota: una galera de combate cargada de soldados. que sonaba como un toque de trompeta. Se oyeron gritos. que pueden hacernos llegar a Grecia y. El harén conlleva la pérdida de uno mismo. el harén es el infierno. Altos muros rodeaban sus jardines. —Acepto —dijo ella. en medio de manos que hacían señales dirigidas a la tripulación. —Mi opinión sobre ellos no se ha modificado. construidos allí para prevenir las fugas y las indiscreciones. pero. estaremos condenados a entrar en el harén y a tener que soportar la suerte de los esclavos. —¿Por mi voluntad? —Si consientes en aceptar la ayuda de Joao.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —No corremos ningún riesgo —dijo Cecilia al ver las bocas de fuego. la gran prisión dorada de las mujeres del sultán. ¡El harén! Cecilia sabía un poco lo que era ese sitio. hay que confiar. —¿Y tú me hablas así de Joao? ¿Tú. La población expresaba su alegría porque Venecia no hubiera olvidado a los habitantes de Cefalonia. Si no aprovechamos esta oportunidad. que hasta ahora detestabas a ese aventurero? —Me he equivocado. Una aclamación. —Los riesgos llegarán más tarde. Lo rodearon enseguida y lo acribillaron con preguntas. cortaban la mitad del cielo de Estambul. —Creía que no confiabas en los judíos. Nefer suspiró.

Tras volver la calma. El rostro del eunuco se descompuso. —¿Quién eres? —le espetó una mujer mayor detrás de quien se alineaba un grupo de costureras. se opuso a los furiosos. consiguió cortar la frente de un calafate que gritaba su odio contra el Islam. En ese momento hubo un nuevo intento. fue como una aparición. ¡Lo tomaban por un tchavuch. a fuerza de agitarla. —Soy la garantía de vuestra independencia. Su lámina silbó. Joao fue el primero en reaccionar. no pudo tranquilizar a todo el mundo. y rozó ligeramente las caras. Alguien había señalado a Nefer con el dedo a la vez que gritaba: «¡Hay un tchavuch a bordo!». le suplicaron que cogiera a sus niños y los llevara a Italia. parecía desligada de todo elemento humano. como tampoco el capitán. Perdonadlo. presas del encanto de aquella chica que no se parecía a ninguna otra. un mensajero especial del sultán! Estaba perdido. Ya que. Habría bastado con una orden del capitán para acribillar con plomo a aquella muchedumbre incontrolable. y este hombre al que confundís por error con un enviado de Estambul es mi criado. con la cara congestionada y las manos juntas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta El joven. Hombres y mujeres. Una daga apareció en el ángulo izquierdo de su visión. y después de una carrera por el puente. la mano que la blandía no era la de un soldado. la vio inclinarse hacia el muelle y arañar el casco del barco con su daga que brillaba por la luz del sol. una fuerza cuyos objetivos todavía seguían siendo desconocidos. y había estado a punto de darla al ver a su bien más preciado en peligro de muerte. me necesitas! —replicó ella. pero. con la melena al viento. —¡Somos dos. ni la del eunuco. —¡Ponte a cubierto! —gritó él. El hombre retrocedió hacia atrás y cayó al muelle. con la espada en la mano. y sólo podía pensarse que parecía inmortal. pero después la multitud se calmó. mencionaron vagos preparativos llevados a cabo por el almirante Andrea Doria y la presencia de un enorme ejército en Suez a las órdenes de Hadim Süleymân Pachá. sino que pertenecía a Cecilia. los arcabuceros estaban preparados para disparar. Ella no sabía todavía utilizar un arma. Todas las miradas se elevaron hacia ella. Después. y yo os 147 . se alzaron los puños. Reinó el estupor cuando el capitán afirmó que Venecia ya no controlaba ni el Mediterráneo ni las rutas marítimas que llevaban a Chipre. Petrificado de miedo. La muchedumbre se precipitó entre las picas y subió al navío cuyo empalletado no era lo suficientemente alto como para detenerla. En el puente de la galera. Vio que la fila de los soldados se rompía. Ningún arañazo debía dañar la piel de la señorita Baffo y empañar el valor inestimable que representaba. De un bote.

no sabía exactamente cuál era su destino. a su memoria llegaron imágenes de antiguas diosas cuyas estatuas había admirado en Italia y en Grecia. y éste creyó leer las mismas palabras que acababa de pronunciar en los labios cortados por el aire salino. Consagraría su vida al bien de la humanidad. La comunidad judía los ayudaría a realizar sus ideales. Joao estaba en proa como bajo un encantamiento. Cecilia era Diana. el cielo que se oscurecía a lo lejos sobre las montañas del Epiro. y me está prohibido desvelaros los planes de la República. debía escapar de ese navío y labrarse un nombre luchando junto a Joao. Hera. a las caricias de la seda y al olor de los perfumes llegados de Oriente. 148 . volved ahora a vuestra casa. —Nos iremos esta noche —dijo ella. que. el mar que se extendía como una inmensa y vivaz tela. y a los hombres. —Te amo —murmuró él. esta noche. igual que los actores de una tragedia. —¿De qué país eres reina? —preguntó la vieja visiblemente impresionada por Cecilia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta perdonaré un día los destrozos de los ejércitos que asedian Grecia y los Balcanes. Le habría resultado imposible describir lo que sentía al escuchar a Cecilia. y dominaba aquella isla. Cecilia volvió su mirada hacia él. Le habría gustado probarlos y sentir la caricia ardiente. —Sí. pero estaba segura de que debía cumplir un papel importante en esa tierra. Iba diciendo lo que pensaba sobre la marcha. Quedaos tranquilos. Para conseguirlo. —Está en manos de Dios colocarme un día en un trono. se lamentaban en la tierra atormentada por los vientos de la desgracia. Afrodita. Su vida no se reduciría a las mezquinas argucias de los palacios de Venecia. Hablaba intuitivamente.

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La esclava de La Puerta

Capítulo 37

Joao estaba inquieto. No había previsto lo que había pasado. En
consecuencia, el capitán había prohibido a los pasajeros y a la tripulación
desembarcar. Tras ásperas discusiones y tras alcanzar acuerdos con las
autoridades, les habían llevado víveres y toneles de agua y vino los portadores
de la ciudad cuyas tabernas llenas de humo y cuyos jardines olorosos no
conocerían jamás. La noche llegó. Cefalonia se durmió. Cecilia cerró los ojos.
Nefer se echó atravesado frente a la puerta del minúsculo camarote. Había que
conseguir engañar a los tripulantes, y hacer creer a todo el mundo que se
dormían.
Joao se apoyó en el tabique que lo separaba de su amor. Se bebió la luz de
las estrellas y se impregnó de aquellos soles lejanos que velaban por su destino.
Sólo disponía de su retina para descifrar los secretos de aquella criptografía en
movimiento; no sabía nada de astrología, pero sentía el peso de aquellas fuerzas
que desde lo alto del firmamento trabajaban a favor o en contra de él. No se
podía detener a los astros que huían y se perdían en los confines del horizonte.
Todo estaba escrito, y todo iba a desleírse al alba. Era tiempo de actuar. Se
desplazó por el puente, ligero, seguro de sí mismo. Dos marineros hacían
guardia en el portalón. Charlaban tranquilamente y no lo vieron deslizarse por
el casco, ni después dentro del agua, en el lado opuesto de donde ellos estaban.
Nadó en dirección a las numerosas naves amarradas en el muelle del puerto de
mercancías. No lo oyeron tampoco cinglar cuando regresó a bordo de una barca
ligera, ni cuando volvió a subir a bordo.
No era más que una sombra que sólo otras sombras podían percibir. Éstas
cayeron sobre él cuando empujaba delicadamente la puerta que conducía a los
camarotes. Unas manos lo agarraron, un cuchillo se posó en su garganta y una
voz que enseguida reconoció le susurró que no se moviera.
—Sabía que podías jugarnos una mala pasada —exclamó el capitán
Moldovi—. Atadlo al mástil.

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La esclava de La Puerta

Como intentaba soltarse a pesar del arma afilada en su cuello, lo golpearon
con un garrote corto y después lo condujeron al puente y lo ataron con fuerza al
mástil.
En el interior del camarote, lo habían oído todo. Se oyó el ruido de una
cabalgata. Los oficiales se precipitaron al exterior. Cecilia se mordió el puño,
después quiso volar a ayudar al joven. Nefer la retuvo. Joao estaba perdido.
Todo estaba perdido, la libertad, el amor...

Joao pestañeó. ¿Se había dormido? Qué noche tan extraña. Le pareció que
alguien había ido y había pretendido matarlo, que había sentido el roce de una
cuchilla. Aquella persona le había echado el aliento en los ojos antes de
desaparecer. Pensó en Nefer, pero aquella idea era estúpida. Su cráneo dolorido
lo había sacado de la inconsciencia, pero no pudo desperezarse con el aire
fresco de la mañana ni saludar al sol, que salía por un lado. Estaba fuertemente
atado al mástil, bajo las miradas burlonas de los hidalgüelos de Venecia, a
merced de Moldovi, el único señor a bordo además de Dios.
De repente, el corazón se le puso a latir muy fuerte en el pecho. Cecilia
apareció, pero los ballesteros le impedían que se reuniera con él; después,
maltrataron a Nefer, que había salido en defensa de la joven. Joao intentó estirar
sus manos, se retorció para deshacer lo nudos que se le clavaban en la carne. El
patrón de los galeotti le dio un puñetazo en la cara.
—¡Cálmate, asqueroso judío!
Joao estuvo a punto de escupirle en la cara, pero se contuvo. Provocarlo más
sólo habría servido para que fuera más cruel en el momento del castigo. El
patrón de los galeotti ejecutaba la sentencia en la galera, y no se conocía a
ningún patrón que no fuera hábil en el manejo del látigo. Joao cerró los ojos. No
quería ver el rostro de dolor de Cecilia, a la que se llevaban al camarote.

Las órdenes del capitán llevadas a cabo por los segundos animaron a la
tripulación. En unos minutos, después de distribuir vino y pan para calmar a
los hombres, la galera se alejó del muelle y sus remos se desplegaron. Los
remeros no tenían que esforzarse: el viento era favorable, soplaba del mar
Tirreno hacia Sicilia tan veloz como un caballo a galope. Liberadas, las velas se
hincharon, y los mástiles crujieron por el impulso. Aquel viento era un don de
Dios que tranquilizó a los marineros y a los soldados. Volvieron a subir los
remos. Cada uno mostró su alegría a su manera; unos cantaron, los otros
jugaron a las cartas; el mercader y sus empleados ofrecieron a todos pasteles

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orientales y vino cocido con canela. Incluso obligaron a beber al eunuco y al
judío.
Al notar cómo se deslizaba el brebaje por su garganta, Joao y Nefer no
pudieron evitar rememorar algunos recuerdos, y su cabeza se llenó con
imágenes de Estambul. Joao se volvió a ver en el barrio judío, luchando contra la
infantería turca; Nefer sintió la mano seca del sultán Selim levantarle el mentón,
y todavía podía oír la voz del terrible conquistador, jamás había podido
olvidarla: «Serás un buen eunuco». Se acordaron de los peligros que
dormitaban bajo el inextricable entramado de tejados, callejuelas, callejones,
mezquitas y palacios. El sol no entraba casi nunca en el corazón de los barrios
populares; el viento de Mármara no conseguía insinuarse en todos los huecos
oscuros ceñidos por los alminares y las murallas infranqueables. Se habían
escapado de milagro de aquella ciudad laberíntica, pero volvía a llamarlos hacia
ella. Y, a pesar de la distancia considerable, ya notaban su resplandor. Sin
embargo, Joao no estaba seguro de volver a verla. Moldavi le lanzaba miradas
asesinas.
Hubo una segunda ronda de vino cocido. No se olvidó a nadie, ni siquiera
al capellán de a bordo, que tenía una reputación de hombre sobrio y pertenecía
a la orden de la Santa Inquisición, ni tampoco a los dos sacerdotes misioneros,
que bebían a la vez que se santiguaban. El negociante libanés que invitaba
confesó que lo había mandado el duque de Carintia para adquirir unas
esmeraldas de gran valor encontradas en las minas del país de los afganos.
Esa transacción iba a hacerlo rico, muy rico. Y al verlo frotarse las manos y
sonreír ante aquella perspectiva con su barba negra y tupida, se comprendía
mejor su generosidad.

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Jean-Michel Thibaux

La esclava de La Puerta

Capítulo 38

La pesadilla la perseguía. Se había interrumpido en el momento de zarpar
la galera, pero volvió cuando, mecida por un suave balanceo, cerró de nuevo los
ojos. Veía el cadáver del joven flotar en el mar. Las noches precedentes, había
tenido unos sueños maravillosos de los que se acordaba al despertarse. El
último la había vuelto definitivamente amorosa.
Cenaba con Joao en una casa de madera. Alrededor de ellos, por una
profusión de aberturas lanceloadas, unos pájaros multicolores iban a posarse en
los dorados arbustos. Sus cantos maravillosos sólo tenían igual en el de los
ángeles en el paraíso, y observaban intensamente a la pareja que encantaban.
Ellos se sonreían al mirarse, se cogían las manos a través de la mesa cargada de
los más delicados manjares, de botellas sopladas en Murano y llenas de vinos
exquisitos que recordaban los rubíes y granates de las coronas imperiales.
Estaban los dos poseídos por una alegría infantil, y nada en el paisaje, que se
extendía hasta las cumbres nevadas de altas montañas cuyos pies eran bañados
por lagos, le recordaba Italia. Todo era más dulce, pacífico, puro. Por aquí jamás
había golpeado la guerra. Sólo el amor reinaba. De repente, los pájaros
levantaron el vuelo en medio de un ruido formidable de alas, y Joao se fue
después de haber depositado un beso en su frente. Se hizo el silencio, un
silencio tal que nada parecía estar vivo.
Ahora, el cadáver del amado flotaba, y Cecilia no deseaba otra cosa que la
muerte, hundirse en el silencio y olvidar.
El silencio...
Cecilia se despertó temblando. La pesadilla la atormentaba. El silencio era
muy real. Los únicos ruidos que oía eran los de las cuadernas y el casco
golpeados por los elementos. La luz del día le llegaba por las rendijas de las
tablas. Alguna abertura iluminaba la rústica cabina amueblada con un catre de
tijera, un pupitre y un gran cofre personal que ocupaba buena parte del espacio.
La aprensión la invadió mientras se ponía un resistente vestido de terciopelo.
¿Por qué los remos no golpeaban el mar?

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La esclava de La Puerta

—¡Nefer! —llamó.
El eunuco se mantenía siempre cerca de la puerta. No se movía de allí salvo
cuando sabía que estaba lista para mostrarse. No respondió. Volvió junto al
catre, asió la daga disimulada bajo el jergón, después se concentró. La galera en
movimiento, crujiendo a cada ola hendida por el estrave, parecía una tumba.
Por entre el suelo, no oía nada de las peleas, los cantos, gritos de ánimo, los
ronquidos y las toses de los remeros que, sin descanso desde el principio de la
travesía, la tranquilizaban.
—¡Nefer!
Había alzado la voz en vano. Nadie respondió. Entonces, entreabrió el
batiente y se vio sobrecogida de pavor. En su estrecho campo de visión, había
unos cuerpos tendidos. Tuvo que usar todas sus fuerzas para abrir la puerta:
Nefer, tirado en el suelo, la bloqueaba. Se coló por el resquicio y se inclinó
enseguida sobre el eunuco. Roncaba, no tenía heridas visibles. Lo sacudió. No
tuvo ninguna reacción. Cuando levantó la cabeza, el corazón le dio un vuelco.
Joao permanecía como muerto en el mástil al que su cuerpo estaba atado. Tenía
las rodillas dobladas. Su cabeza colgaba ladeada. Se precipitó hacia él. Estaba en
el mismo estado que el eunuco, insensible a su voz, a sus manos. Cortó las
cuerdas que lo aprisionaban y lo tendió delicadamente en el puente, besándole
la frente.
—Yo te salvaré —susurró.
Encontraría un modo de abandonar la nave. ¿Podría tener la fuerza
necesaria como para pilotarla y arrojarla contra la costa? Miró la caña del timón,
a cuyos pies el navegante acurrucado se bañaba en sus propios vómitos. Tenía
que intentarlo. No se imaginaba en la piel de un timonel; avanzó
prudentemente hacia la rueda abandonada a sí misma. ¿Qué suerte había sido
echada sobre aquel navío? ¿Estaban cerca de la isla de la maga Circe, quien
mediante sus encantamientos había transformado al rey Pico en pájaro
carpintero, a Escila en monstruo marino y a los compañeros de Ulises en
puercos? ¿O era Morfeo, venido del fabuloso país de los cimerios, el responsable
de aquel azote?
Todos los hombres estaban en la misma situación. Confusamente, los
remeros derribados en sus bancos esperaban ser librados del encantamiento que
la maga o el dios del sueño había enviado sobre la nave. Los arcabuceros
estaban a merced de los picos de las atrevidas gaviotas que habían tomado
posesión de la proa y se repartían los restos esparcidos de alimento. Al llegar al
centro de la galera, se paró cerca del timón abandonado; poseída por un miedo
creciente, necesitaba averiguar qué había pasado. Puso sus manos en la rueda e

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—Por Alá —gritó. Abandonó el timón. El hombre de ojos brillantes acariciaba el extremo de su barba. sin saber qué hacer. Se volvió bruscamente hacia el que acababa de hablar. Iba descalzo. Tardó en reconocerlo: era uno de los tres empleados del mercader libanés. —¡Capturadla! Los falsos dependientes avanzaron sin preocuparse de la daga que ella sujetaba firmemente. Cecilia no había sido consciente de su gesto. mientras que siempre lo había visto con una especie de hopalanda informe y parda. Cayó de lo alto de las vergas a diez pasos de ella. Soy el mouzhir agha de Esmirna. Me llamo Adna y debo detener a tu preciosa persona. acordándose del asesino enviado a Venecia para quitarle la vida. participado en el asalto de fortalezas. marchado bajo el fuego cruzado de las culebrinas y de los arcabuces. Silbó de nuevo. La sorpresa fue total. pisó los cuerpos inertes de la chusma dormida. cuando alguien silbó. Sus dos colegas surgieron de los bancos de remo donde estaban agazapados. Se dio cuenta de que llevaba un caftán verde bordado de oro. Ella no sabía nada de semejante título que permitía a este Adna estar al mando de una compañía de jenízaros y de actuar en nombre del gran visir. El trío resultaba ominoso de algún modo. Estaba a la expectativa. Saltó a uno de los dos espacios reservados a los remeros. No tuvo que buscar al que así se manifestaba. No aminoraron el paso. No era más que una débil jovencita. tocado con un pequeño gorro rojo. El más rápido recibió diez centímetros de acero en el vientre. Habían combatido en Moldavia y Persia. —Una gran fatiga la ha alcanzado —respondió una voz a su espalda. Aquellos cuatro de allí pertenecían con toda probabilidad a la misma facción. brincó de banco en banco hasta la escalera que llevaba a la cubierta de proa. Tenía la intención de escalar el mascarón y dejarse 154 . —¡Usted no es mercader! —Bien visto. La incredulidad se pintó en la cara de aquellos hombres habituados a la pasividad y al servilismo de las mujeres. había actuado de manera refleja.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta intentó cambiar el rumbo del barco. No era otro que el negociante libanés. Este atavío la puso en guardia. —¿Qué le ha ocurrido a la tripulación? —espetó al grupo que se movía hacia ella. y ellos. como lo habría querido Gaufredi. bella tórtola. pero tuvo que rendirse a la evidencia: el esfuerzo requerido era demasiado grande. unos guerreros reclutados para esta misión altamente delicada. y el segundo temerario probó el ardor de la hoja enrojecida por la sangre de su compañero.

Los pabellones verdes del Islam flotaban en lo más alto de todos aquellos mástiles de infladas velas. no había que echar a perder la mercancía. Alentaban a los marineros en la maniobra. Cuando llegó al extremo del navío. 155 . Cecilia ya no se resistió. Moldovi tenía el paso y la mirada firmes y no parecía estar preocupado por la presencia de las naves de la Sublime Puerta. —¡Dios es muy grande! Adna acababa de cogerla por las muñecas.. ¿Para qué? Cientos de turcos se disponían al abordaje. Llegaron a la altura de la nave veneciana abandonada a merced del viento. las embarcaciones ligeras se adelantaron a los otros barcos. Fue como si una puerta del infierno se hubiera abierto en el mar. los látigos restallaban sobre la espalda de los esclavos encadenados. pero. Jamás había calculado realmente su alcance. El arma cayó. estas palabras tomaban toda su dimensión. dirigiéndose al mouzhir agha—. La droga vertida en tu arrope es eficaz. manojos de armas se desplegaban en forma de dardos. Nefer la había pronunciado centenares de veces. su profeta»). Espero que mis hombres se despierten antes de que mi navío alcance los rompientes cretenses. apareció el capitán veneciano. La flotilla se aproximaba a gran velocidad. Pero su espanto creció cuando pensó en Joao y Nefer. ¿Qué iba a ocurrirles a ellos? La respuesta no se hizo esperar. lo admito. Cecilia oyó los gritos de guerra y de alegría de los demonios embarcados. y Mahoma. los remos levantaban golpes de mar. los capitanes y sus segundos saboreaban la victoria fácil. cinco galeras y una decena de galeazas. Después de que una de las galeras turcas tocara el casco. empujaban a los jefes de boga a aumentar la cadencia. nada inclinados a un amable recibimiento.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta deslizar a lo largo de la arboladura en la que se enroscaba el foque. —En dos horas volverán en sí —respondió este último—. Cecilia conocía esta invocación muy bien. —Todo ha ido a las mil maravillas —dijo. En los puentes y en los castillos de popa y de proa. Iba a ser arrastrada al infierno. había una flotilla compuesta de dos galeones. Hubiera preferido una batalla campal. En estos instantes trágicos. Bajo las erizadas formaciones de picas y lanzas.» («Dios es grande. Una indiferencia precedida de un pavor irreprimible le hizo perder todas sus facultades cuando con una misma voz los turcos entonaron: «La illaha ilallaha Muhammada rasul allah. y los tambores que marcaban el ritmo aceleraban.. que creía dormido con los suyos. A quinientos o seiscientos metros del estrave. flechas y saetas. se detuvo. le retorció la que sostenía la daga.

te aconsejo que seas dócil si no quieres conocer el bastón de los siervos que tendrán la tarea de educarte. En adelante era un bien del Imperio otomano. Tu eunuco te seguirá. Adna tendrá también su parte. A él le está reservado el reino de los peces. la levantaron y la llevaron al barco enemigo. la tomó bajo su protección antes de encerrarla con Nefer en un cuchitril donde se amontonaban cajas de balas y cestas de estopa. Cecilia se encolerizó de nuevo. su dueña. No tuvo oportunidad para expresar su dolor. Hasta ella llegaban los gemidos. réplica musulmana de Moldovi. que todavía tiene un poco de poder. oyó redoblar el tambor del jefe de la chusma y restallar los látigos. 156 . Por ahora. donde el capitán. fue hecha prisionera después de una batalla en la isla de Paros. El «no» que quiso gritar murió en sus labios. Un marinero les tiró dos mantas y medio kilo de pan mohoso.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Herida por la traición del capitán y la ironía de Adna. un argelino quemado en el cuello y en los brazos por fuego griego. lo promoverá a jefe de una ciudad de Anatolia donde podrá ejercer su talento como prefecto. Unas manos se apoderaron de ella. En cuanto a aquel que suspira por ti. le rendiré cuentas de esta misión y me nombrará jefe de la guardia ducal.6 6 Según otras fuentes. soldados por la desesperanza. ¿Que suspiraba por ella? No comprendió inmediatamente de quién hablaba. chiquilla —dijo el capitán—.. En cuanto volvió a cerrarse la puerta.. Las lágrimas le vinieron a los ojos cuando vio a unos turcos apoderarse del cuerpo de Joao y balancearlo por encima de la borda. incluso almirante. Forcejeó y gritó: —¡Rendiréis cuentas al dux! ¡Espero que haga que os corten la cabeza en la plaza de San Marcos! —No temas.

y no podía protegerla. mantener la esperanza. batió las piernas. y midió el calibre de esta prueba cuando oyó al enemigo proclamar su fe: «La illaha ilallaha Muhammada rasul allah. pero ahora debía preservarla. pero ahora tenía a su joven dueña.. Joao volvió brutalmente en sí en el momento en el que el agua entraba en sus pulmones. Después comprendió que este esfuerzo podía costarle la vida. el harén. en otras circunstancias. no podía consolarla. La mujer a la que amaba estaba en peligro. escupiendo y tosiendo. Esta idea. tenía que ganar la costa y pedir ayuda a la comunidad judía. A menudo sentía la mano de Cecilia deslizarse en la suya. arrastrado por el peso de sus férreas botas. Largo y difícil sería el camino que lo devolvería junto a la elegida de su corazón. Entre las olas que lo bamboleaban. arriba. guiarla. una inmensa tumba construida en medio de Estambul. que había recobrado el conocimiento y comprendido que estaba a bordo de un barco de guerra turco. Nefer. Movido por la fuerza de la desesperación. Por ahora. Quedó estremecido. de su cinturón reforzado de bronce. la superficie brillaba como un escudo de plata en el que flotaban los cascos almendrados. Cuando emergió. Un nombre le martilleaba el espíritu: Eski Saraya. Abrió los ojos. lo hubiera conducido al suicidio. Volvería a ser esclavo en el nuevo harén construido en Topkapi. había crecido como un esclavo entre las favoritas que se libraban a una guerra sin cuartel. A pesar de sus intentos irrisorios para abstraerse e intentar resistirse a la desesperación. Desabrochó su cinturón lastrado por las armas e intentó alcanzar la nave. el Palacio de las Lágrimas. ascendió hacia los navíos que se desplazaban. Se deslizaba en un universo sin color. Su deber era protegerla.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 39 El frío se metió en él. bajo él estaba el abismo hacia el que se hundía. Pronunció el nombre de Cecilia. las galeras se encontraban ya a unos ochenta metros.». Era su hermana. pudo ver la flota turca a babor. el único ser que todavía le hacía amar la vida. con la 157 .. y más lejos la costa griega. Cecilia se veía asediada sin tregua por la imagen del cuerpo de Joao lanzado al mar. su hija. Había sido criado en este lugar donde la muerte acechaba en cualquier parte. La adoraba.

ocultos bajo los matices delicados de la lengua. sobre todo.8 ofrecían sus cuerpos a los vapores ardientes o a las manos rudas de los géditchis. Era obligado esta vez no hacer demasiado caso de la opinión de la multitud de fariseos que invadían 7 Favoritas que se habían acostado con el sultán. —Haré de ti una favorita —dijo él en voz tan baja que Cecilia creyó que rezaba. tras esta realidad tangible. jardines hormigueando de esclavos engalanados con los colores del sol y de la luna. buscaba ser reconfortada. 9 Siervos negros que ejercían de masajistas. fuentes de jade y de lapislázuli. comenzó a odiar el mundo musulmán y a los que la esperaban al final de aquel viaje.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta mirada perdida en sus pensamientos que volaban hacia aquel Topkapi que no conocía pero que debía de ser una maravilla deseada por el arquitecto Sinan. Su sensibilidad y su inteligencia desvelarían un día los secretos. Después de todo.9 bajo la vigilancia de eunucos presentes pero invisibles se alimentaban los miedos y los placeres de cada una. 158 . las odaliscas. en esos instantes trágicos en los que acababa de perder su libertad y su amor. estaban los hombres que Dios y el sultán habían elegido por su competencia. Nefer imaginaba habitaciones suntuosas. apoyando su cabeza sobre el ancho y blando pecho. se creía lleno de cualidades cuando Solimán o Hürrem. En el principio de todo y por encima de todas las cosas. Sin embargo. con la cabeza zumbándole de suras del Corán. —¿Qué dices? —Que forjaré las armas que te permitirán eliminar a tus rivales. ¡Que Dios nos ayude! Cecilia pensó en aquel Dios ante el cual iba a tener que someterse. se arrellanaban en los bancos de mármol del hararet. Desde ahora hablaremos en turco y en persa. aunque le parecía que en Estambul todo el mundo no le encontraba más que defectos. la favorita. 8 Pieza principal del hammam. no había más que dos seres que contaran. el tesorero mayor del Imperio. y. las iqbals7 y las kadinas que se acostaban sobre las alfombras persas. —Te necesito —dijo. Rüstem. lo felicitaban. pero. cantos de pájaros que rivalizaban con los instrumentos de músicos ciegos. porque sólo ellos podían elevar a cualquiera hasta los honores supremos. La mano de Cecilia se cerró aún un poco más. era uno de aquéllos. Nefer respondió con una presión que reanimó el corazón de la joven.

el acontecimiento no era tan antiguo... tan cruel. Dos años o más. Jamás tendría un mausoleo que conmemorara su gloria. canciller cuya cabeza no se mantendría mucho tiempo sobre sus hombros. Sus pensamientos tomaron pronto un giro más agradable. responsable del tesoro del sultán.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta cada día los bazares y los muelles del Cuerno de Oro. los griegos. estaría en mejor situación para enfrentarse a Hürrem.. Esto no se había hecho sin verter algo de sangre y de veneno. Se recostó en la banqueta de la sala donde recibía a los recaudadores y a los tchoukadars. tesorero en jefe del Estado. Era hijo de un boyero. Y Rüstem todavía oía las últimas palabras que había 159 . los jeques. el registrador. Había pensado «en otro tiempo». ejecutado por orden del sultán. dos ojos celosos. los inspectores encargados de la policía fiscal. Simplemente. Sin embargo. «Yo. y vivir según el propio criterio en el respeto al Corán y bajo la sumisión al Señor de señores. haciendo sonar sus pesados brazaletes de oro realzados con rubíes. sí». la servidumbre. condenado a muerte por Hürrem. el koubbè vézirlèri. pero estaba seguro de que todos aquellos hipócritas lo eran tanto como él. y compraría también los favores de la favorita. tan diferente de las otras mujeres del harén. ¿No era estupendamente hábil? Era hábil hasta el punto de tener su propio palacio. El soberbio Ibrahim había sido arrojado como un perro en una fosa anónima. A todos los compraba. se dijo Rüstem. Su mirada de hurón se deslizó por las maravillosas cerámicas vidriadas multicolores que había encargado a los maestros de Tabriz. Diana y Apolo que pertenecieron en otro tiempo al gran visir Ibrahim. dos brazos. Era tan poderosa. él mismo lo había sido antes de trepar por el escalafón de la administración y de convertirse en el defterdar. Los otros ministros. los jefes de los gremios de la ciudad.. o el hazinédar bashi. en realidad. según su criterio. él era más hábil. los judíos. Esta mujer le obsesionaba. pero se había apropiado de las estatuas en bronce dorado de Hércules.. en aquel año 7046 desde la creación del mundo. si alcanzaba a amasar millones de aspros desfalcando una buena parte de las tasas de arriendos y aduanas. y después en el bash defterdar. viendo en él al futuro gran visir de la Puerta. dos orejas indiscretas y una lengua malévola lo encontraban codicioso y cruel. Incluso el primer visir de la cúpula. Tenía los medios. Incluso había llegado (cosa increíble) a encontrarse con él con la bendición del sultán.. Por prudencia no había querido los azulejos de Iznik tan apreciados por Solimán. Era un hombre feliz y razonable.. le rendía visita. a veces a otros «grandes» como el nishandji. no lejos de la mezquita de Mohamed II. los esclavos y todos aquellos que tenían dos piernas. Era extraño lo rápido que uno olvidaba. Se hartó de la profusión de palmitas y grandes hojas lanceoladas que atiborraban los muros.

Hizo tintinear otra vez sus brazaletes. Tenía una buena noticia para esta futura Corona de cabezas veladas que era Hürrem: tres de las ocho señoritas venecianas que algunos esperaban ver en el lecho del sultán no tardarían en poner el pie en las tierras de los osmanlíes. ¡Se atrevía a hablar como un doctor de la fe! Se decía que tenía un conocimiento perfecto del Corán y que practicaba la oración y la purificación como el más celoso de los musulmanes. a la tercera se la esperaba en Esmirna. Un ojo implacable se posó sobre el cadáver del emisario que le había llevado los mensajes de las palomas mensajeras. Se preguntó si las gargantas de las muchachas de la Serenísima eran blancas y tiernas y lamentó no estar cerca de ellas para constatarlo. 160 . Todo esto no eran más que falsas apariencias para engañar a Solimán y forzarlo a tomarla por esposa.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta soltado con altivez en un tono jocoso: «¿Para qué le sirve a un hombre como tú ganar el mundo si pierde su alma?». la segunda dormía en Sofía. pues el sonido del oro le encantaba. El hombre tenía la garganta cortada. La primera desembarcaría mañana en Salónica.

había elegido la torre norte como domicilio desde hacía dos semanas. y doscientos esclavos serbios y algunos otros raptados por la fuerza en Occidente. vestido con una larga camisa blanca bordada. No tenía. no presentaba señales de heridas. 11 Soldados turcos. Era rubia. Los infantes estaban tanto más inquietos cuanto que el juez del ejército de los Balcanes. 161 . La víspera había habido que reforzar la guardia. que habían invadido el estrecho patio del fuerte. temerosos de los búlgaros que tendían emboscadas en las inmediaciones de Sofía. Una caravana transportaba tres mil libras de plata extraída de las minas de Fojnica y de Srebrenica. delicada. apenas estaba formada. el aspecto de una ahogada. dio orden a sus funcionarios de usar sus bastones. donde el cuerpo de piyâdes11 se recogía a la caída de la noche. no lejos de los arrabales de Salónica. pero eran soldados mediocres que jamás habían percibido el olor de la pólvora o el aliento ardiente del fuego griego.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 40 Una joven había sido encontrada muerta en la playa. el kazasker Hodja. 10 Jefe de policía. El monte Vitocha estaba cubierto de una espesa niebla blanca que volvía lechosas las torres del antiguo fuerte de Sardina. Los golpes en la cabeza volvieron amnésicos a los curiosos. Su cuerpo. el soubashi10 enviado a la playa dio por toda respuesta que un barco de peregrinos cristianos había naufragado. Un puñado de rebeldes decididos los habían hecho huir hasta Egipto. ejerciendo su poder. y cuando se quiso averiguar sobre su origen y el porqué de su muerte. Unos tercos griegos así se lo indicaron al soubashi. Cien yayas12 y tres oficiales los escoltaban. 12 Soldados inexpertos. sin embargo. Todos olvidaron a esta ninfa que se devolvió a los peces en un saco lastrado con piedras. Por eso.

. Pero no es del todo la verdad. ¿Y cuánto vale este kavuk de shehir émini?13 —¡No es un turbante de prefecto! Es un djaïze. ¿quién sabe? —Lo he comprado a un mercader judío. si los había tenido. Los kazaskers siempre lo saben todo. —Podríamos dar un buen escarmiento —barbotó el comandante del fuerte. Todo en él hacía pensar en esa ave rapaz que se regodeaba en la carroña. Tan cara y tan rara que sólo los ministros y el sultán pueden consumirla. —¿Un djaïze? Un regalo verdaderamente imperial. —Eso es lo que nos abona el tesorero-pagador. eso está mejor. Sabemos de dónde viene ese turbante.. te comportaste bien aquella vez en la batalla de Mohacs. que hubiera provocado la envidia de un alto funcionario de Estambul—. o. Hodja no tenía amigos. ¿Cuántos aspros cobra un comandante de plaza fuerte? — preguntó de repente— . Su rostro se volvió brillante por el sudor. tienes razón. sus huesos blanqueaban en sus tumbas. El kazasker anduvo los dos pasos que los separaban. métodos de dardabasí. la más exquisita y la más cara. que llevaba un turbante blanco rematado por dos plumas rojas y sujeto por un cabujón rosa rodeado de perlas. mirando con atención el sombrero. —Es poco y mucho a la vez cuando se vive en Sofía. No tenía más que mirar fijamente a un culpable para hacerle bajar la 13 Gobernador. su tono cambió y pasó al de la confidencia: —Sin embargo. 162 . tú eres un buen oficial. has tenido tu parte de gloria en la invasión de Hungría. Veinte mil si no me equivoco. ¡Su amigo! ¡Acababa de llamarlo su amigo! Esta repentina cordialidad lo aterrorizó. O de Persia. —Sí. actitudes de dardabasí. amigo mío. observándolos por la aspillera que cortaba el espeso muro de la torre. ¿Acaso nos traicionas en favor de los austríacos?. Uno se pregunta de qué arriendo obtienes la plata que te permite tener un guardarropa de príncipe y también miel de Malkara. Hodja no obtenía ningún placer. Sí. un buen escarmiento —respondió el juez. había visto ya a muchos hombres morir de miedo... El juez tenía cabeza de dardabasí. Lo has adquirido en Edirne por treinta shéréfis de oro. El comandante sentía que un sudor frío perlaba su frente..Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Merecerían el látigo —dijo el kazasker. —Bien.. en Tracia. Tengo la lista de todas las cosas buenas y de los bienes preciosos que has acaparado con la plata del Estado — dijo el kazasker Hodja mientras se tocaba el pecho.

después Novi Pazar. lo sabía bien. Desde hacía tres semanas. donde una columna 163 . —Ni siquiera tendrás que salir del fuerte. Se había dispuesto todo. Un puñado de bandidos bosnios había sido suficiente para poner en fuga a la soberbia tropa de soldados venecianos que la escoltaba. Un catre de tijera cubierto con dos pieles de cordero. Mostar. En ningún momento los soldados habían descargado sus arcabuces sobre los asaltantes. ¿querrías que fuera destruida? —Sería mi más preciado deseo. Este «pedimos» inquietó al comandante. Una vez dado el golpe. El comandante no comprendía. Sostenía algo impalpable y ligero que fue obligado a tomar: una fina cuerdecilla de seda. —¿Quieres mantener este puesto en Sofía? —prosiguió mientras contemplaba la piel picada del rostro que chorreaba.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta vista o hacerlo caer de rodillas. La habían arrebatado en Split mientras estaba en camino para reunirse con sus primos griegos en Creta a fin de repartir la herencia de su familia desmantelada y en sus tres cuartas partes aniquilada desde la invasión otomana. Hizo un amago de alejarse cuando la mano de Hodja. Cuanto más lo pensaba. que había hecho cortar más de mil cabezas. Ocultaba otros nombres. menos creíble le resultaba la historia de la herencia. había aprendido a vivir con el miedo en el cuerpo. —No te pedimos nada que te lleve tan lejos. El kazasker obedecía a alguien más poderoso. —Sí. —Esto es lo que debes hacer en el nombre de Alá. —¿Cuál? ¡Pídeme lo que quieras! Si es preciso. —Quizá haya un medio de conseguirlo. una lámpara de aceite y un jarro de agua componían toda la decoración de este lugar lúgubre donde susurraba el viento de la noche. —Y esta lista. No había habido heridos. No se lo quería en el ejército. una mano fría de espectro. iré hasta Roma a pegar fuego al Vaticano. otros títulos. los bosnios ganaron la frontera próxima y. Le parecía estar en el antro de una hechicera a la que los turcos de la guarnición obedecían. se posó en la suya. pero nadie se atrevía a tener como enemigo al kazasker Hodja. La estancia donde la habían encerrado estaba agujereada por troneras. La fortaleza era un bloque de hielo. *** Kalè temblaba de frío. desde allí.

Ascendía hacia la joven cautiva que pertenecía a la «Puerta». Esta puerta simbolizaba la del palacio de Topkapi y el poder soberano del sultán.. no los castigará cuando menos lo esperen?». o morir bajo los dardos de fuego de un arcángel. El comandante del fuerte. El kazasker Hodja le inspiraba más miedo que los cielos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta de esclavos y de numerosas mulas cargadas de bloques de plata. marchaba al lado del teniente de la tropa. Y sin embargo. también él. esperaba ver que el suelo se abría a sus pies o que los sillares se estrellaban sobre su cabeza. Incluso se le había dado ropa para cambiarse requisada de oficio en las casas burguesas de las ciudades por las que pasaban. de asechanzas. en la cabeza tenía un solo versículo del decimosexto sura: «¿Pueden los autores de negras estratagemas estar seguros de que Dios no los hundirá en la tierra. Los turcos la respetaban. La ciudad era una inmensa tenería que vaciaba sus efluentes ácidos en los cursos de agua y los canales que la cruzaban. Sabía qué era la «Puerta». se lo habían enseñado en Venecia. distinción que la situaba muy por encima de ellos. El aire húmedo pesaba sobre las casas ennegrecidas por el humo de las chimeneas. Estaba condenada a franquearla y a no volver jamás al aire libre. Sofía estaba todavía en el trabajo. De sus calles palpitantes por el fuego de las antorchas. obedecía. Al final de cada etapa. Unas luces temblaban en el valle. No se la había mezclado con los pobres diablos encordados que sufrían continuas vejaciones. A cada paso que daba.. Era un hecho. bebía sin restricciones el agua de los odres. se la alojaba en casa de algún notable o en algún castillo con los colores verdes del Islam. compartía el cordero hervido y las judías con los soldados. custodiados por unos yayas armados de arcos y picas. Exhalaba su miseria alrededor de las iglesias. Y ya no estaría cerca de la valerosa Cecilia para desbaratarlas.. Se beneficiaba de un trato distinto. ascendía un olor espantoso. ¿Qué la esperaba allí? ¿Qué cómplice de Venecia estaría allí empleado que supiera guiarla? El camino que se abría ante ella estaba lleno de incertidumbres. o. Se desplazaba como un 164 . Había muchas maneras de ser aniquilado.. había rezado. se puso a rezar.. retomaban fuerzas. donde numerosos mendigos sacaban unos aspros a los escasos fieles que iban a mendigar a su vez los favores de los santos. Había creído entender que ella era «propiedad de la Puerta».. Instintivamente. y tenía en ocasiones el privilegio de montar a caballo cuando su fatiga era demasiado grande. Kalè se cubrió los hombros con una de las dos pieles de cordero y apoyó su cabeza contra la piedra en saledizo de una aspillera.

y registraba a fondo su memoria para intentar descubrir las razones de su villanía. como si uno fuera un extraño. «Por Alá . Y el cielo lo golpeó. poseído por un genio maligno. frunció el ceño molesto. Se adelantó. se sintió atravesado por unos disparos y cayó de espaldas. Fue un alivio para él. —¿Hay alguien? —preguntó. de sus orígenes campesinos. Todos los creyentes conocían el castigo escrito en el quincuagésimo octavo sura. ya no era dueño de sus gestos. este último la contempló con horror. intentando resistir a la conminación del kazasker. Kalè no resistió mucho. Cuando examinó al comandante. Avanzaba. El comandante le pareció vacilante y enfermo. *** Kalè alzó las cejas. la sangre se escapaba de sus labios delicados y sus cabellos esparcidos encendían de negro el suelo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta sonámbulo. pestilencia como recompensa apropiada. procuraba acordarse de su condición social.. exánime. La puerta había crujido ligeramente al ser empujada. —Hemos llegado demasiado tarde —dijo el kazasker Hodja. Estaba bien muerta. una joya destinada al Señor de señores. de su profesión de soldado. El hombre respiraba todavía. ninguna posibilidad de huir. digno lugar para el criminal en que se había convertido. Nadie respondió. Gritó cuando el batiente se abrió brutalmente. Su vida se escapó tan rápido que el sufrimiento fue breve. Un aliento entrecortado la alcanzó. No tuvo tiempo de pedir socorro. No había ningún medio de protegerse. aguzó el oído. La maciza puerta apareció de repente ante él. Acababa de quitar la vida a una inocente. apartando a los tres arcabuceros que acababan de abatir al comandante y que se acuclillaban sobre el cuerpo de la joven griega. ¿qué he hecho?» Estaba seguro de que Alá iba a castigarlo justamente. no probaría más agua fresca sino hirviente.. Un espantoso ruido de trueno le rompió los oídos. Cuando. que lo esperaba la gehena. Esto era fastidioso. La miró con una especie de pasmo. Hodja lo guiaba a distancia con la facilidad de un marionetista e ilusionista de la escuela de Praga. La muerta lo miraba con sus grandes ojos negros constelados de esmeralda deslucida. 165 . Era difícil de hacer esta clase de examen de uno mismo. Un peso le paralizó la nuca. Bajo tierra. quedó a los pies de su asesino. saltó sobre ella y anudó la cuerdecilla alrededor de su cuello.

Estos dudaron. Ordenó enterrar los cuerpos en el corazón de un bosque del monte Vitocha y reunió su tropa para la partida. tendría que haber hecho venir con urgencia al médico de la guarnición y salvar al perro para enseguida trasladarlo ante la justicia militar. Todo se había ejecutado a las mil maravillas. Recuperó el turbante. Hodja meneó la cabeza.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Lógicamente. se abalanzaron sobre el moribundo y lo cosieron a cuchilladas. —¡Abreviad sus sufrimientos! —intimó a los soldados. quince días y cinco mil kilómetros lo separaban de su próxima víctima. 166 . Cuando dirigió su terrible mirada hacia ellos. Este trofeo iría a engrosar la panoplia de los objetos que habían pertenecido a aquellos que habían tenido la desgracia de cruzarse en su camino. Actualmente.

El eunuco se había preparado para este retorno al país de sus angustias.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 41 Una semana más tarde. sino que las escondía en vastos edificios administrativos semejantes a fortalezas de piedra gris y en el laberinto del bazar de Basmahane. No proclamaba sus riquezas mediante cúpulas o en las fachadas. había hecho de ella la presa codiciada por turno por Solimán. en suma. El rais y Adna torcieron el gesto cuando los vieron titubear al aire libre. Cüneyt Bey. que otros llamaban Esmirna. la travesía había sido agotadora. La ciudad absorbía las riquezas de Anatolia y de Siria. Cecilia miró aquella tierra. Bajo las colinas. se desplegaba en una corriente de casas blancas dominadas por una poderosa fortaleza y un monumento muy antiguo flanqueado por pórticos.. —Debes llevar esto —dijo Adna. Izmir. tan clara. los genoveses. los caballeros de Rodas. a ayudarse mutuamente. Estas fueron las primeras palabras de Nefer cuando vio los pabellones verdes hondear en la costa. Aun así no quedó menos abatido. Había reemplazado a la mítica Mileto y a Éfeso la fabulosa. Los dos se habían dedicado a la caza de parásitos. No se les dio la ocasión de lavarse. Mohamed I. Había pocas mezquitas y muchos edificios comerciales. a más de cinco mil kilómetros de Sofía.. a espulgarse. el rais y el mouzhir agha fueron en persona a sacar a Cecilia y a Nefer de la estrecha prisión que no habían tenido derecho a abandonar desde el abordaje de la galera. 167 . Tamerlán. —Estamos en Turquía. Y esta posición privilegiada sobre las rutas de la seda y de las especies. tan vibrante de sol. Andrónico I. Cecilia había compartido con Nefer un cubo de madera para hacer sus necesidades y los magros víveres dispensados en una escudilla por sus guardianes. con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos. de la sal y del hierro. En este encierro. de las ratas. El hedor que exhalaban provocó desagrado. los sultanes de Aydin.

Cecilia contempló lo que el jenízaro le tendía. Te permitirá disimular tu rostro. —Calla —suplicó Nefer al ver al rais apretar los puños y enderezarse en toda su estatura. En este contexto. la primera esposa de Solimán. Deploraría abreviar la vida de un verdadero mahometano que ha rendido tan grandes servicios a nuestro bienamado sultán. —Es propiedad de la kadina Gülbehar —susurró Adna mientras ejercía una ligera presión con la temible hoja—. entre sus amigos estaba el gran tesorero del Estado: el bajá Rüstem. —Tómala —murmuró Nefer—.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Desdeñosa. un defensor del Islam y de las reglas que lo hacían fuerte. partía como perdedora. Tratémosla como a una perra ya que así lo quiere. Se odiaban. Y lo primero era suavizar el carácter de su pupila. Es más. la enemiga jurada de la favorita Hürrem. pero este título sólo podían conseguirlo tras el acceso al trono de uno de sus hijos. El eunuco asimiló aquellas noticias dadas que despertaban el recuerdo de todos sus terrores. Tú. llamada también Roxelane. El metal frío de un kandjar tocó su garganta. 168 . de ahí las repetidas intrigas en el seno del serrallo para eliminar su descendencia recíproca y a cualquier ser vivo que pudiera poner en peligro su glorioso porvenir. El rais estuvo conforme. Dejó caer estas palabras sacadas del Corán: —Las mujeres deben ser devotas y preservar humildemente lo que Dios salvaguarda. tendrían que aprender a sobrevivir. aprenderás a amar a nuestro Dios. el rais tuvo el maligno reflejo de querer servirse del sable curvo pasado por su cintura de seda. serás corregida y. Nefer había dejado de respirar. La posición de Cecilia en el tablero político era frágil: al depender de Gülbehar. —¡Jamás! Herido por este rechazo. pero no nos atañe mandarla con Satán. El rais era un verdadero creyente.. Ninguna indulgencia se traslucía en aquel rostro maltratado por el mar y los combates. Era una amplia tela azul noche.. Acababa de oír pronunciar el nombre de Gülbehar. era bastante más artera que su rival y reinaba en el corazón del sultán. así lo quiere la ley. porque Hürrem. Una y otra habían dado hijos al sultán. La partida estaba perdida de antemano. una vez conducida a la obediencia. que es misericordioso y todo perdón. soñando con convertirse en valideh. la insumisa. —¿Tan fea soy que debo ocultar mi rostro a los ojos de tu pueblo? La pregunta iba dirigida directamente a Adna. Vas a cubrirte el cabello y la cara para no ofender nuestra dignidad de hombre.

En Turquía todo estaba jerarquizado. rodeadas por diques de tierra reforzados con peñascos y ruinas arrancadas a monumentos olvidados. —Nos quedaremos como esclavos para siempre si no me muestro diferente a las otras mujeres de este país. Los otros navíos se pegaron también al pontón que corría a lo largo del frente marítimo en una longitud de dos mil pasos. Una multitud salió de las profundidades de las galeazas y de los galeones. que ya no era un hombre. 169 . regulado sabiamente. aquellas pequeñas piezas de plata que circulaban en todos los bazares y mercados. Más de un centenar de naves fondeaban allí. no había sólo barcos turcos. donde eran atados y acorralados entre los almacenes. permitían abrir tiendas. Su retina estaba impregnada de un horror innombrable. los golpeaban y denostaban para que corrieran a tierra. Los rais hicieron abrir las calas. Los ghédik. La ligera galera abordó con una hábil maniobra uno de los gruesos pontones cubiertos de casuchas de madera. Fue acogida por los gritos de alegría de los porteadores reunidos bajo el bastón de mando de su jefe. hubiera querido batirse como un caballero para liberar a aquellos niños. A Cecilia se le hizo un nudo en la garganta. Y él. El eunuco se había quedado como petrificado. que no eran otra cosa que privilegios transmitidos de padres a hijos. Y el ghédik de aquellos hombres achaparrados y fornidos que manifestaban su alegría consistía en vaciar las calas de la flotilla a cambio de algunos miles de aspros. sufriré entonces a tu lado si no nos separan. El puerto se acercaba. Los pabellones franceses y genoveses ondeaban en la cima de los mástiles de gruesos galeones de redondas panzas y de carracas acorazadas con cañones. Su boca estaba deformada por un gesto amargo. que distribuía las tareas. el ousta. armar aquel grito que retenía entre sus labios sin poder gritarlo. —¡Los niños! Los empujaban. Cecilia se volvió hacia Nefer.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —No viviremos mucho tiempo si te creas enemigos antes de desembarcar —dijo a Cecilia mientras que el rais y el mouzhir agha parecían abandonarlos a su suerte para consagrarse al triunfo de su arribada a Esmirna. —¿Qué harán con estos pobres niños? —inquirió Cecilia. Occidente no estaba todavía preparado para unirse contra los otomanos. montar talleres. —Has elegido la vía dolorosa. El llanto y los gemidos cubrieron los ruidos de la actividad portuaria. En aquella ensenada artificial. cerrada en grito de revuelta. Había demasiados intereses en juego como para romper los tratados comerciales con la Sublime Puerta. comerciar.

unos soldados agarraron brutalmente a Cecilia. y dudaba incluso de alcanzar el paraíso de los creyentes. Solimán y sus antecesores preferían los esclavos a los turcos. moldavos. estaban plagados de parásitos. planificado en un tratado del Gobierno inspirado en los «Espejos de los príncipes» que enseñaban las ventajas de la diversidad de los hombres y mujeres sometidos a la esclavitud. magiares. no pudo defenderla. lo que es una manera de reducir el número de futuros rebeldes. entrarán a formar parte de los jenízaros. bajo las órdenes del mouzhir agha. consignado. redactor de peticiones. Aquellos malditos turcos rieron burlonamente al verlo desaparecer bajo la superficie cenagosa. tener hijos y nietos criados en la tradición coránica y el amor al prójimo. por siempre traidores a su patria a mayor gloria del sultán. unos esclavos de la Puerta. Fue igualmente dominado y se le ataron las manos detrás de la espalda. Traduce esta palabra por «recogida». se ahogó ante la mirada aterrorizada de Cecilia. Se los arrebata a sus familias. Habría podido casarse. y nadie intentó salvarlo. eran hechos prisioneros durante las razias y las tomas de las ciudades. Tocó a Nefer. Los golpes que llovían sobre sus espaldas y sus cabezas no conseguían arrancarles ya ningún grito de protesta. Han sido víctimas del devchirme anual. que respondió: —Unos kapi kulu. Uno de ellos la tomó con Cecilia. Arrastrados por la fuerza al pontón. Un viejo con el jubón desgarrado cayó al agua. ni amigos los servían más fielmente. estaba condenado a pasear su cuerpo deforme bajo las miradas de burla. no eran ya conscientes de los insultos. La mayoría provienen de los Balcanes y son cristianos. Una lágrima rodó por la mejilla de Nefer. desgarrados entre el poder turco y el austríaco. sedientos y despavoridos. La nada rozaba los límites de su existencia. Agotado. ni parientes. ni casa. los exhortaban con la punta de las cimitarras a marchar derechos. reducido a la nada. Todo había sido escrito. rusos y toda suerte de naturales de pueblos que. cuando se percataron de que la pérdida se estimaba en cincuenta o sesenta aspros. se convertirán en burócratas. Servirán en palacio. se unieron a los otros adultos que los marineros extraían de los vientres de las naves. porque encontraban que los cristianos conversos que no tenían hogar. después. quizá habría llegado a ser un arzouhaldji.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Su pregunta era como una queja que le salía del alma. —¡Perra cristiana! ¡Baja tu mirada! 170 . Cecilia lo supo más tarde. Todos aquellos desgraciados. o un alto dignatario civil. Había allí bosnios. Cuando. lanzaron invectivas contra aquellos cuyas corvas flaqueaban. Si hubiera sido blanco. Ahora.

el cortejo se puso en movimiento. Todo el camino era en subida. Hordas de niños escupían sobre la multitud de infieles mientras que desde lo alto de las terrazas ocupadas por mujeres arracimadas caían desperdicios. Y. Era de noche cuando la columna alcanzó su objetivo. un buena parte de la cual sería vendida a partir del alba en el mercado. los aterrorizaba. Todos los varones jóvenes y vigorosos fueron encadenados de dos en dos. se les ataron las manos como se había hecho con Nefer. los niños en cabeza. rebotando en los adoquines desiguales. verlos sufrir era un agradable espectáculo. tintineando en los escalones que penetraban en angostos pasos entre las chabolas. bajo el frente almenado de Babus-Selam. Sentía las miradas. Era intocable. — ¡Pertenece a la Puerta! La Puerta. donde se exponían las cabezas cortadas de los que habían ofendido al sultán. Mientras la tarde caía sobre Esmirna. alcanzaba toda su dimensión en la boca de un jenízaro. que paseaba su desprecio por el populacho y más aún por los hombres con la espalda encorvada y marcada por el látigo. era. pero no podía interpretar el sentido. Se le atribuía un valor comercial en la escala de los placeres. A lo largo de aquel penoso avance por las estrechas y tortuosas calles de la ciudad. tronchos y burlas. Ante ella estaba el mouzhir agha.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Una vez más. La fortaleza seguía la configuración del terreno. los guardias armados de picas y antorchas en los lados. Hicieron falta dos horas antes de organizar la columna de los esclavos. En sentido propio. la población alborotada por la llegada de aquella carne de matadero. tuvo que amenazar con furia. la información corrió de boca en boca: «la esclava veneciana» estaba destinada al serrallo. expresó su odio y se mofó a la vista de los lisiados con las caras bañadas en lágrimas.14 soberbio con su vestido tornasolado y su sombrero con plumas de pavo real. Adna. veía brillar los ojos. para la multitud que los acompañó hasta los límites de la ciudad. Cecilia tuvo derecho a aquellos exámenes y estimaciones. 171 . Estaba poderosamente defendida por piezas de artillería. que se abría en el primer patio del palacio de Topkapi. Como un reguero de pólvora. En las miradas de los hombres se encendieron llamaradas cuando una joven que no había podido ocultar sus pantorrillas ni cubrir sus hombros desnudos pasó bajo la luz de las antorchas. aquella palabra mágica. Las cadenas resonaban. Su peso recargaba los tobillos de los prisioneros. que no abandonaba su preciosa mercancía. la Puerta de la Salvación. los viejos a la cola. coronada de torres cuyas cimas estaban llenas de soldados con 14 Jefe de los jenízaros.

Sin duda. ¿Dónde estaba Dios? ¿De dónde vendría la salvación? Sabía que esta introspección la llevaba a otras preguntas. —¿Para qué? —Para obtener un precio mejor. De pronto fue consciente de que alguien la observaba. Amplios cobertizos habían sido construidos a lo largo de los muros. —Quieren mantenernos intactos —dijo a Cecilia. después sus ojos se abrieron del todo cuando vio los calderos humeantes y las cestas llenas de tortas de pan que unos esclavos depositaron delante de los prisioneros.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta turbante que agitaban antorchas y armas. y su mirada se cruzó con la de Adna. la fe de sus antepasados. había arrastrado su corpachón por muchos lugares. Dejó escapar un suspiro de alivio cuando un guardián le desató las manos. Se dejó ir más allá de sus pensamientos y escrutó un punto que imaginaba cercano a su alma. ¿A quién y a qué la destinarían? 172 . las que concernían al fundamento de su fe. No tenía ya un porvenir y. El eunuco sufría de las piernas y articulaciones. parecía tan sombrío que prefería poner fin a su vida. Las papilas de Nefer se despertaron. Gruesas puertas claveteadas y reforzadas con bronce se abrieron de par en par para tragar a los recién llegados. aquella fe cristiana que el islam quería borrar. Sin ninguna duda. si lo tenía. Iban a alimentarlos. Levantó la cabeza. Un olor a cordero hervido llegaba de los recipientes. El mouzhir agha conversaba con unos personajes con aspecto de oficiales. Cecilia se encogió sobre sí misma. No se había separado de Nefer. Cecilia se derrumbó en la paja extendida en el suelo. ella era el objeto de la discusión. Sirvieron para encerrar el rebaño humano.

No podían hacerse a la idea de que aquel ser hinchado como un odre. Este signo recordaba a todos los habitantes del palacio que eran los esclavos del Gran Señor para la eternidad. la jaula de los príncipes herederos donde se sucedían los preceptores y los profesores de la fe. Reventaban de risa viendo trotar al príncipe. cuando corría. Jamás osaban acudir solos al tercer y cuarto patios. y aquellas decoraciones maqueadas con colores luminosos y atrevidos 173 . llevaban trenzas. Selim hizo como si no los oyera. Los dos muchachitos. que él menospreciaba. Estos retoños pasaban la jornada en la kafes. Prefería cometer las faltas. Era rosa y redondo y. Mohamed y Bayaceto. A los doce años ya parecía un eunuco blanco. y cuyas cabezas cubría una cofia bordada en oro. Casi todos los muros estaban recubiertos de azulejos. una hora. Lo que le había valido ejemplares castigos corporales ante testigos. Y no pasaba un día. espéranos! —gritaron. donde los pajes y los eunucos se lavaban. en este caso sus hermanos. En aquel mismo momento.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 42 El grueso muchacho resoplaba. ¡No los esperaría! Había ya largamente esperado junto a la sala del abdest. — ¡Selim. Aquella ablución del cuerpo entero era obligatoria. cobarde y artero sería un día el «Gran Señor». arrastrando detrás de él a los dos pajes destinados a su ilustre persona. Él mismo consagraba a ello tiempo para borrar todos los pecados que cometía. corría en el inmenso palacio donde era tan fácil perderse. sin que se rindiera a este vicio. Había muchas cosas que descubrir en esta ciudad reservada al sultán. la principal. cuyas rollizas nalgas se meneaban bajo la ropa de seda adornada con motivos persas. La gula era una de ellas. se lo creería de gelatina de tanto como temblaba su piel con las sacudidas. incluso durante el ramadán. pero detestaba ésa y todas aquellas oraciones que lo aburrían. vestidos de paño gris y calzados con botas amarillas.

En el jaleo. de servidores pagados para revelar los hechos y los gestos de principitos. —Sí. ¡Para ellos está bien hecho! Los adjémi oghlan eran los futuros pajes. El jefe de los eunucos blancos no apreciaba a Selim. sin carisma y holgazán mejorara. —¡Ahí está! —exclamó. Cada día. cortaba los cuellos de las aves. Lejos de mejorar. la favorita de Solimán. donde en los inmensos hogares se calentaban los calderos y giraban los espetones. Pero nada era seguro ni lógico en aquel mundo regido por el veneno y el puñal. El maldito palacio de Topkapi bullía de espías. Vio desaparecer al grueso muchacho y a los dos pajes. Selim apretó las nalgas. incluso a aquellos dos que tenían tres años más que él. La vara del preceptor las había dejado bien escocidas alguna vez. No era éste el momento de hacerse notar por los profesores. Ochocientos veinticuatro cocineros y sus ayudantes oficiaban en las diez salas cubiertas de cúpulas. Su madre los había elegido para que le hicieran compañía. los oigo. es decir. parecía que el río de animales 174 . un ejército de jiferos destripaba terneros y corderos. esperando que en contacto con ellos ese hijo ingrato. pajes. y esperaba lógicamente verlo subir un día al trono. escritores. Estaban a punto de golpearlos con vigor por haberse distraído o porque ponían mala cara al aprender las reglas de la gramática. relamiéndose los labios. Había calculado mal. y sólo cuatro hijos varones habían nacido. atravesó el tercer patio bajo la mirada enfurecida del kapi agha. el hijo de Gülbehar. Era un verdadero enjambre. halconeros. Sudando y sin aliento. los suelos y los plafones. músicos. fontaneros. Era incomprensible. Sus dos compañeros eran ya unos itch-oghlan confirmados y muy instruidos para su edad. Éstos no se privarían de denunciarlo al preceptor en jefe o al doctor de la fe. Había motivo para desesperarse. Selim pervertía a todos su compañeros. futuros oficiales de palacio. El corredor que comunicaba las cocinas y la despensa se extendía ante ellos. —Oyes a los adjémi oghlan —dijo uno de sus compañeros de escapada. Despertaban en Selim un apetito feroz. chapoteaba en medio de la sangre y las vísceras humeantes. perseguía ocas enloquecidas. unos llorones que soñaban con llegar a ser «caballerizo mayor» o «aghas del estribo imperial» sin esfuerzo. Dos alumnos gritaban. Ciento sesenta y dos mujeres componían el harén del Gran Señor.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta hacían pensar en enormes golosinas azucaradas adheridas a las columnas. la esposa oficial del sultán. Era adicto a Mustafá. pollos evadidos. jardineros. primogénito de Hürrem. Selim disminuyó el paso al pasar ante la escuela de pajes que resonaba con las voces delicadas de los alumnos de tercer y cuarto año que aprendían a coro las lecciones.

azuleaban. treinta mil pollos. hundió su dedo en uno de aquellos pasteles a base de leche. calabacines que se deshacían. Selim salivaba tanto que unos hilillos de baba resbalaban por su doble mentón. Allí. Pasó a la segunda sala. las canicas marrones de sus ojos se pusieron a rodar. como bronce en ebullición. montañas de harina eran engullidos por esta máquina de cortar. paralizadas en su ganga de azúcar. rebaños y funcionarios de intendencia. hervir. Cosas suculentas se cocían en vastos recipientes de cobre. unos pedazos de fruta confitada acribillaban aquellos hábiles tinglados que ocultaban otros platos a su vista. los membrillos cocidos y regados con miel. con la mirada ya clavada en los cuadrados de arroz. aferrándose un instante a sus pupilas. de puntas de ajo y de cilantro. amarilleaban aquellos badem esmezi. freír. asar y sazonar. Adivinaba las burbujas en las tostadas salsas. manchadas de sirope. Pero no era con aquellos manjares con los que quería llenarlo. cubiertas de hilos endurecidos de caramelo semejantes a coladas de lava. a devorar lo que descubrían en las mesas. No oía ya al brouhaha. Eso fue más fuerte que él. moler. Sus ojos fueron hacia los hogares. Selim adoraba aquel sitio. cestas. Como un reguero de ácido. los pasteles chorreantes de miel. Centenares de golosinas. carretas. un vapor aceitoso se pegaba a los rostros y a los torsos de los oficiantes armados de cuchillos y cucharas. No había allí ninguno. lo que bastaba para hacer rugir su vientre. que se estrecharon. la mitad sería engullida por aquellos eunucos glotones. los celos subieron por sus venas. con untuosos trozos de carne. Cada año. Buscó cómplices entre los aprendices y los jefes de bajo rango especializados. una muralla azucarada había sido levantada por unos dedos expertos para tentarlo. barriles. Quedó inmóvil. Era una variedad de loukoums que esperaban a fundirse en la lengua. a la fuente de su gula. A los guardias del primer patio les resultaba difícil canalizar la llegada de mercancías que embotellaban la Puerta de la Salvación y la entrada principal de las cocinas. veintitrés mil corderos. dando a su mirada un cierto aire de 175 . después a la tercera. se escapaba un olor de cebollas y de especies. Selim dio una vuelta a la inmensa mesa para descubrir los muhalebe en su tazón de porcelana. Unos colores delicados de flores sonrosaban.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta sacrificados aumentaba. unas uvas de Corinto coronaban aquellas trampas para moscas. En la primera sala en la que se deslizó. tiernas berenjenas. a brillar. en un enmarañamiento inextricable de jaulas. miles de carretadas de legumbres y de fruta. Una fila de pastas de almendra. catorce mil terneros. habían sido preparadas para las mujeres del harén y los privilegiados del serrallo. los rollos de crema fresca. Estaba frente a unos platos de plata.

Los fustigó con la mirada. un aliento de forja que hacía temblar las dilatadas aletas de su nariz. Odiaba a aquella géditchi siria de piel arrugada y cenicienta. Corría hacia los oídos de los eunucos blancos. por el segundo y tercer patio. Bajo este nombre que olía a primavera se ocultaba uno de los seres más maléficos del palacio. Él era el príncipe. Era el jefe absoluto de aquellos lugares. un griego que respondía con su vida de la pureza de los manjares que salían de sus hornos y calderos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta reptil mientras se chupaba el dedo. estropeados por los vapores de especias y la acritud de las humaredas. empleando toda clase de estratagemas para eliminar a las rivales que hubieran podido complacer a Solimán. pasaba a las de los negros confinados en el harén. el ashdji bashi. Lo imitaron. Servía y protegía a su madre desde hacía diecisiete años. Tenía un pecho ancho. tragó de un bocado la pasta de membrillo que masticaba. prontas a ser puestas en ejecución. Selim tuvo la visión de la géditchi dirigiéndose a su madre. ¡Su madre no! Habría dado su cajita llena de sherefis de oro y de escudos con el león de Holanda para que el ashdji se callara. una promesa de futuro y ascensión social. En alguna ocasión ocurría que una odalisca vomitaba sangre negra. Selim se incorporó bruscamente. En menos de un minuto. Pero otros están facultados para hacerlo. lagrimeaban continuamente. destruyeron dos pirámides y un bloque de golosinas. Entonces se murmuraba el nombre de la géditchi de la favorita: Yasmina. semejantes a pequeños ladrillos relucientes apilados unos sobre otros. El enorme cucharón que sostenía en su mano se liberó como la palanca de una catapulta y pegó a uno de los pajes en la cabeza antes de golpear en la nariz del segundo. Ahora estaban cargados de amenazas. A Selim le dio un vuelco el corazón. ante los ojos de los aprendices sumisos. Pero ya el rumor de su falta se extendía por las cocinas. —¡Creía haberte dicho que no merodearas más por mis cocinas! —continuó el hombre. el hijo amado de Hürrem. Los muchachos dudaron. —No me está permitido castigarte —dijo a Selim—. Con la imaginación inflamada por el miedo. —¡Aprovechaos! —dijo a los pajes. Aquel sentimiento le hizo lanzarse sobre los membrillos. y sus ojos. Tu madre sabrá elegir a aquel que hará enrojecer tu piel de bebé. 176 . El miedo cortó su placer de golpe. —¿Quién os ha permitido tocar estos ekmek kadaif kaymakli? —tronó una voz.

Hürrem «la feliz» había anclado su camino. El corazón de Solimán sangraba por esta hermosa tártara que había entrado un día en el Palacio de las Lágrimas. pasó como una sombra por la sala donde cantaban los ruiseñores para el placer de su ama. las infamadas. es cierto. he sabido que has entrado desde que los ruiseñores han dejado de cantar. Desde entonces. permaneció en silencio y pensó en unos granos envenenados esparcidos en la jaula de oro. Todo lo adivinaba. las mujeres repudiadas. 177 . penetraba todos los secretos. aquellas que ya no debían aparecer ante los ojos del señor bajo pena de ser asfixiadas entre dos colchones o arrojadas al Bósforo. Su dueña era diabólica. las enfermas. Pronto los pájaros se callaron. No quitaron sus pequeños y vivaces ojos de la siria. vivirán tanto como Dios lo permita. al principio por la «Corona de las cabezas veladas». lo que la ponía a la cabeza de toda la servidumbre. y los corazones también. Yasmina. Un buen trigo mojado en extracto de euforbio verrugoso cerraría para siempre los picos de aquellos inmundos volátiles tan queridos por los débiles. Y aquella elección se había hecho en detrimento de la esposa legítima. vestida de negro de la cabeza a los pies. que no era otra que la madre del sultán. en el antiguo harén en el centro de Estambul donde se cansaban de esperar las viudas. ayudada. cuyos largos cabellos oscuros de rojizos reflejos caían a un lado y otro de un pupitre. Gülbehar. Yasmina se mordió los labios.. Esta poderosa sultana había usado toda su influencia para que Solimán la eligiese una noche. que tenía también el título de kiaya. —Es inútil que retengas el aliento. La géditchi. Se parecía a una flor sombría y ajada que exhalaba olores de botica. Poseían ese sentido que avisa del peligro. —También es inútil tener malos pensamientos. Se inclinó hacia la favorita. estos pájaros son un regalo del Rey de reyes.. la iqbal Hürrem.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 43 Jasmina. la guerra causaba estragos en el seno del serrallo.

Tiene el apoyo de Venecia.. Otras dos están en el infierno. el mouzhir agha Adna la acompaña. Su pensamiento apuntó hacia Amasia. Se sabe que Rüstem te es adicto y que actúa en tu nombre. —Rüstem es un hombre de palabra. está ya en Esmirna. pero no es más que el tercer personaje del Estado y su codicia lo ciega. un gran título para una minúscula aldea de veinte mil habitantes. La primera esposa había organizado su defensa en la antigua fortaleza levantada por encima del río verde y de la pequeña ciudad con las casas de madera bautizada la Bagdad de Rum. Mustafá y su madre estaban a la cabeza de un feudo ruin sobrevolado por los buitres. Todavía no tenía los medios para hacerlos asesinar. —No tengo el poder de impedir esto.. Conoces su plan: apartar al Gran Señor de tu corazón con el fin de terminar con tu poder en la Puerta.. Ha hecho comprar esclavas bellísimas con la esperanza de que ellas lleguen a ser un día iqbals. no compartiría nunca mi poder con otra. Manisa dependía también de su influencia. fijando su mirada verde en los insondables ojos negros de la sirviente. está convencida de que Mustafá subirá al trono —susurró Yasmina. Yasmina. —¡Jamás! —Conspira.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¿Qué noticias hay? —preguntó Hürrem. Ya conoces el valor de este jenízaro. tal como querías. señora. —Estas rivales tienen que llegar dentro de poco a palacio.. pero esta última ciudad era menos segura. —balbució Yasmina—. No tengo ningún poder sobre la política exterior. ¿estás celosa? ¿Quién sino el gran tesorero Rüstem podría ayudarme a abatir a mis enemigos en el exterior de estos muros? —Nadie... 178 . Será más difícil cortarle el paso a la de Esmirna. —El camino es largo entre Esmirna y Estambul. la veneciana elegida por el dux. Una cosa más. —Llegan de Amasia y de Esmirna. Cerrando los ojos. —No es lo que se dice en el bazar. ¿Quién se fijará en una tumba anónima en el camino que lleva a la Puerta? El mouzhir agha Adna la enterrará con sus propias manos. —Gülbehar espera su momento. Rüstem me ha asegurado que ningún pretendiente al himeneo con el Gran Señor llegará hasta aquí. —Y si esto fuera verdad. Una de ellas. Ésta retrocedió. Y no se trata más que de una esclava sin rostro. —Dime. Mustafá. y de Salónica y Sofía. donde se escondían sus enemigos: Gülbehar y su hijo. Hürrem se evadió del serrallo.

había contraído préstamos enormes con los banqueros judíos. No había sobrevivido más que para volver a encontrarla y amarla. en un estado de agotamiento extremo. Una luz caía encima de las mesas. rompía contra los flancos del palacio. Joao era consciente de todo esto y temblaba ante la idea de saber a Cecilia expuesta a esa violencia. Las manos se abatieron sobre sus hombros. glauca y desfalleciente en los vapores del hararet. Se lo debía a la comunidad judía. martirizaron sus huesos. El valí de Atenas llevaba un gran tren de vida. Concentraba su fuerza prodigiosa en la punta de sus dedos aceitosos. despertaron los fluidos vitales de los nervios. La encontraría porque la suerte estaba de su lado desde que había alcanzado la costa griega. donde se decidía el porvenir del mundo. El masajista era un coloso que brillaba en la lucha y al que complacía romper los huesos de los siervos que desagradaban a su señor.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¿Qué? —Han sorprendido a Selim a punto de birlar unas golosinas en las cocinas de palacio. título que confería a su poseedor unos poderes excepcionales en la provincia de Atenas. No quería perder prestigio ante el vali Murtadâ. Otro coloso de ébano trabajaba su piel arrugada. el entrechocar de las armas y el retumbar de los cañones despertaban las más feroces pasiones. ¿Dormía? Era imposible saberlo. fuera de allí. Pero ahora dame un masaje. Sólo se oían los chasqueos de las manos y la ronca respiración de los dos hércules. los Cohen de Patras. 179 . los pisoteos de ejércitos en marcha hacían temblar la tierra. los Jabès de Alejandría y los Levy de Andrinópolis. cuya influencia se extendía hasta la sala del diván. Tenía el aspecto de un animalito raquítico sobre la tabla de un carnicero. Sin embargo. El valí. estaba estirado sobre la mesa de mármol vecina. y no tengas miramientos. la multitud innombrable de hombres y mujeres se agitaba. con quien compartía el honor de un masaje en el hammam del antiguo palacio de los cruzados catalanes de Atenas. En las fronteras de reinos e imperios. alimentaba más de cien esclavos y poseía todavía más caballos. Todavía no acababa de creerse que estuviera bajo la protección del poderoso gobernador Murtadâ. mantenía cinco esposas y veintitrés concubinas. El mundo bramaba. Joao tuvo la impresión de que el hombre iba a atravesarlo de parte a parte y reprimió sus gemidos. buscaron los músculos. —Le enseñaremos a alimentarse correctamente —gruñó Hürrem—.

pero que era demasiado joven como para pesar en el tablero del imperio. Esta ciudad me pertenece. Para beneficiarse de tales apoyos. —Te estoy muy agradecido —continuó el valí—. y mandar una compañía de yayas estaría más acorde con mi naturaleza. —Pero puede ocurrir que se vuelva a cerrar sobre sus cadáveres. La voz del valí era fina y débil. No puedo por menos que ofrecértelo pues los tuyos me han hecho lo que soy: el nuevo señor del pritaneo. intentaba parecerse a Zeus Olímpico. El valí sonrió. —Pues bien. Indicó a los masajistas que abandonaran la habitación y se incorporó sobre un codo para volver su rostro de comadreja con bigotillo hacia Joao. seres y cosas. Le gustaban los temerarios. Joao apreciaba la cultura griega del gobernador. quien. El valí se preguntaba por qué los judíos daban tanto valor a su correligionario. no me veo como intendente de los mercados. —Puedo darte un cargo de ihtisab aghasi. Tu poder me lleva a pensar que puedes nombrar a los hombres para los puestos destacados. Joao no estaba habituado a oír su nuevo nombre. quien. está a tu disposición. ahí lo tienes. ciertamente. y yo soy uno de aquellos que aspira a servir a la Puerta.. y porque sus acreedores le habían pedido que ayudara a aquel joven. —Esta oferta me halaga. gozaba de una buena educación y al que no faltaba carisma. valí Murtadâ. Pero él no quería ser mantenido y vivir en la ociosidad. de la Acrópolis al Areópago. —Es el riesgo que quiero correr. 180 . —Sin querer ofenderte.. servir a la Puerta? —La Puerta se abre a veces a los ambiciosos. Le habría sorprendido saber que los activos de su invitado sobrepasaban los de un ministro de la Puerta. —¿Tú. a su modo. —¿Qué dirías de ser capitán de una galera ligera? —Diría que es inesperado. que el rabino de Patras le había impuesto después de que lo hubieron recogido. del Pnyx al Cerámico. Soy un hombre de acción. reconocido y aseado. y todo lo que ella contiene. la mitad de sus deudas había sido cancelada. Jean Míguez.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Como por un encantamiento. El antiguo pritaneo de Atenas era el lugar donde se mantenía a expensas del Estado a los ciudadanos que se quería recompensar. este Jean Míguez debía de pertenecer a una familia rica. —Mi querido Jean Míguez. acabas de ser nombrado rais para reemplazar a un hombre que murió de cólera en Alejandría. pero prefiero ganarme yo mismo mi derecho a los placeres y dulzuras de la vida. pero lo sorprendió.

La Puerta se abría. y actuaría de modo que no se volviera a cerrar sobre su cadáver y el de Cecilia. 181 .Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Joao cerró los ojos.

Hürrem estaba recostada en un sofá. seguía siendo la favorita. pero el arte del maquillaje y las decocciones de hierbas no bastaban para fijar aquella estación en sus rasgos. —Uno tiene obligaciones cuando se está en el enderun —soltó de repente. 182 . ¿Quién se lo hubiera figurado cuando se encontraron por primera vez? Era tan pequeña y delicada. Todavía debía sufrir el enderun durante dos años. y lo envidió. hasta que. Selim se enfurruñó. acariciando la mejilla de su hijo. —¡Eres el mayor de mis príncipes! ¡Tienes responsabilidades hacia tus hermanos y hacia mí! 15 Literalmente. Sus dos cómplices miraban un punto entre sus pies. Picoteaba granos de uva mientras una esclava circasiana le masajeaba los pies. abandonara el serrallo de Topkapi para asumir sus funciones de gobernador de la ciudad de Konya. Los tres estaban frente a Hürrem y a la mirada de los dos monstruos: el kizlar aghasi Abas. Pensó en su hermanastro. Mustafá. continuando con el trabajo de Yasmina. Pero nada se traslucía en sus rasgos sumergidos en la grasa. nadie más le hacía frente. jefe de los eunucos negros y primer personaje del harén. reconocido en sus funciones masculinas. Todo estaba ejecutado por las criadas para que la primavera no abandonara jamás su rostro. Estaban a las órdenes de la favorita. sin embargo. a la que temían y admiraban. A sus treinta y siete años. llevaba un caftán de terciopelo malva pespunteado con motivos que recordaban las flores de nenúfar y adornado con botones de plata. Entre los dos pesaban trescientos kilos. el eunuco de los hijos del sultán. la única favorita y eterna gozdé. eran de una fealdad y una crueldad sin parangón. que tenía desde ahora sus propias tierras en Manisa y Amasia. y el sehzadehler aghasi. Unos afeites ocultaban las finas arrugas en torno a sus ojos y sus labios. aquella que ha golpeado en el ojo del sultán. Un pesado diamante encajado en una doble corona de perlas brillaba en su frente. en edad de procrear y de batirse.15 Nadie más que ella conocía los deseos de Solimán.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 44 Selim metió la cabeza entre los hombros.

Estuvo a punto de pronunciar el nombre de Mustafá. —Una de las claves de tu porvenir y de tu seguridad. su pecho de nodriza se alzó. satisfacer a más de cien mujeres. que tenía a su cargo las mujeres. —Lo sabes. Refugio de todos los pueblos del mundo. Los numerosos collares con medallones que lo protegían del mal de ojo tintinearon. galopar de una punta a otra de Turquía le parecían tareas insalvables. Llevar a cabo guerras. Calibró a aquel maldito hijo adorado en quien los celos crecían. Te recuerdo que tienes otros hijos —respondió Abas prudentemente. Habría querido confesarle que la perspectiva de estar a la cabeza del imperio lo fatigaba. dictar leyes. sombra del Todopoderoso que trae la paz a la tierra. Abas. Prometió por lo bajo una cuerda para Abas. puedes decírmelo? El cuerpo del eunuco negro fue recorrido por temblores. responsable de los niños en el seno del harén. Los anillos grasientos de su vientre se movieron bajo la tela de su camisa blanca. y lo invadió un irrefrenable pánico cuando su madre dijo: —¡Llevadlos con el houkiar hhodgiahsy! 183 . jamás pensaba en Mohamed y Bayaceto. hacer fracasar conspiraciones. pero no aceptas las reglas más elementales para tu salvaguarda. ¿Eres consciente de ello? Todos estos títulos le zumbaban en los oídos al gordo muchacho. ¿Qué tengo ante mí. cubrir de oro a los jenízaros e imponerles su voluntad. Habría reventado la panza del kizlar aghasi. Pero evocar la existencia de los hijos de su rival era injuriar a su madre. No quería seguir el ejemplo de su padre. uno estaba afectado por una deformidad. Hürrem se sorprendió. madre. de un loukoum más inclinado a arrancar las alas de las moscas y de las mariposas que capturaba que a aprender a manejar el arco y a montar a caballo. No olvides que un día serás el lugarteniente de Alá en la tierra. enturbiando el mármol negro y reluciente de sus rasgos esculpidos para inspirar el miedo. Aquella pregunta habría debido dirigirse al sehzadhler aghasi.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Lo sé. Dueño del cuello de los hombres. rey de los creyentes y de los infieles. y no a él. y el otro parecía una niña. Lo apostaba todo a la carta de Selim. emperador de Oriente y de Occidente. nombrar visires. El jefe de los eunucos negros no habría debido recordar la existencia de Bayaceto y Mohamed a su madre. —Tengo la impresión de hablar a las paredes —dijo Hürrem—. hacer frente a los mullahs. Sus dos hermanos no eran más que cachorros obedientes que habría que estrangular un día. heredero a título legítimo en quien naturalmente debían recaer los superlativos del poder supremo. Eran demasiado jóvenes. Una ola pasó sobre su cara. Pero no quería una llave de azúcar. el Señor de señores.

Aquel día. dirigidas por judíos. En el serrallo. el kizlar aghasi del harén. Su larga barba acariciaba un pergamino sobre el cual estaban reproducidas ruedas y piñones dentados. Abas. Sus oficinas. Los 184 . objetos que él amaba particularmente. se beneficiaba de un presupuesto considerable otorgado por el gran tesorero Rüstem. Su primera mirada fue para el puñal que llevaba en el cinturón el eunuco. próxima a la habitación de circuncisión de los príncipes. debía de ser bastante largo como para desangrar a un hombre. fascinado por los fenómenos de oscilación. Sin embargo. los sahhaf. El nombre de Hürrem hacía sonar todas las alarmas bajo el cráneo calvo tocado con un pequeño turbante blanco que lo clasificaba entre los sabios. los tratados de astronomía. las muestras geológicas y los relojes. los aparatos de medida. era el jefe de todos los maestros del palacio y enseñaba literatura y ciencias a Solimán en persona. Este maná le permitía comprar todos los libros editados en Occidente y los instrumentos necesarios para seguir con sus investigaciones científicas. con algunos rápidos trazos de pluma. Se incorporó. y ajustó unas cifras y fracciones. En todo el serrallo y el Imperio. Conscientes de su influencia benéfica para su corporación. Era un puñal de gala engastado de rubíes y amatistas. El sultán estaba ávido de cultura y respetaba el inmenso saber del houkiar hhodgiahsy. le hacían la corte desenfrenadamente. no había diez hombres que tuvieran su crédito. corrigió su dibujo. tenía una sala reservada. y podía jactarse de hacer trabajar a una buena parte de los ochocientos poetas y escribanos de la ciudad y a todos los sabios judíos y griegos establecidos a la sombra del palacio. estudiaba el mecanismo de un reloj. Su pensión era de trescientos mil aspros anuales. —¡Ah! Este «ah» precedió un levantamiento de todas sus defensas. donde apilaba los manuscritos. No es un acto que se ejecute en pleno día. Además. Preceptor imperial. lo molestó en el momento en el que llegaba a un resultado en sus cálculos. Un ejército de hombres libres y de esclavos recogía informaciones sobre todas las personas susceptibles de hacer progresar sus experiencias y sus investigaciones literarias. se encontraban cerca de la mezquita del sultán Bayaceto. éste tenía una gran libertad de acción.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta El houkiar hhodgiahsy era un viejo seco con una larga barba blanca. libreros de padres a hijos. —No quiero tu garganta. Se disgustó. houkiar —dijo Abas sonriendo—. En consecuencia. —¿Qué quieres tú ahora? —Vengo de parte de la iqbal Hürrem. donde se concentraban la mayor parte de las librerías. —Lejos de mí ese pensamiento —replicó el preceptor.

No lo vio.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta ulemas llevaban el mismo tocado. 185 . era su deseo más querido.. —¿Qué quiere de mí tu señora? —Desea un justo castigo para el primero de sus hijos y sus pajes de compañía. Selim paseó su mirada despavorida por los estantes atiborrados de manuscritos y de libros. La voz metálica del houkiar hhodgiahsy lo aterrorizaba. depende de sus rayos fecundantes. hay límites para todo. temblorosos. Todos conocemos tu amor por las golosinas que tan bien saben en las papilas. ¿Con qué rayos calentarás el corazón de tus súbditos si te ocurriera que subes al trono? Tu padre se bate en estos momentos en las fronteras del imperio e intenta volver a tomar Corfú a los venecianos. Pero ¿cuál es el lugar de tu vida en el universo? ¿Qué lugar ocupa en esta tierra? ¿Cuál es su valor intrínseco desde el punto de vista general? ¿Puedes decírmelo? Selim sentía flaquear sus piernas. Abas desplazó su enorme masa. No es la primera vez que pecas por gula.. Refugiarse en aquel fuego ardiente. Los tres muchachos aparecieron. Sin embargo. como la mía. y basta mirarte para concluir que ese amor no tiene límites. y ¿qué imagen das de ti?.. por las mesas cubiertas de relojes y de instrumentos de medida bruñidos. Selim. Mientras hablaba. habitada por las invisibles legiones de Alá. bajo aquella superficie agitada por las olas de una eterna tempestad. —¡Respóndeme! —No lo sé. Buscaba el bastón. Veamos dónde se sitúan los tuyos. y todavía más su cara seca y huesuda de cadáver. Pero el houkiar no era ni sabio ni santo.. Abas no ignoraba ninguno de aquellos defectos. —¡Eres el hijo del lugarteniente de Alá en la tierra y no lo sabes! ¡Tu padre es el sol de este mundo y no lo sabes! Tú estás hecho para brillar. Además. El jefe de los preceptores lo miró de hito en hito sin complacencia alguna. Estaban pálidos. Los han sorprendido en las cocinas exteriores. no entendía nada de las alambicadas frases que el hombre le dirigía. En una de ellas. y Hürrem tampoco. Pero ¿cómo habría podido ascender a los cielos y alcanzar el astro mientras que no se atreviera ni siquiera a escalar los árboles con sus hermanos? El viejo se acercó a él y le lanzó su aliento con olor a ajo. el sol lanzaba sus rayos en dirección a los planetas con sus trayectorias materializadas por unos círculos. Selim evitó aquel examen absorbiéndose en la contemplación de cartas celestes suspendidas encima de un pupitre. porque tu vida. Amaba el dinero y los placeres de la carne. —Saluda en el sol al padre y al gobernador de los mundos. La de un ser animado por bajos instintos. y tú te introduces como un ladrón en sus cocinas.

Ciertamente.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 45 Selim. de aquella imposibilidad de ajustar a ello los engranajes. de la anarquía que de ello resultaba. con los ojos en blanco. Samatya y Eyoub como una mujer gorda e impotente. apretaba los labios. Lo usaba como palanca mientras que un compadre atiborraba la cavidad bucal de miel. Se parecía demasiado a aquella Estambul de la que había tomado las formas y los excesos. un reflejo del paraíso en la tierra. y cuando. y arrastraba por sus calles no pavimentadas la más disparatada e indisciplinada de las poblaciones. frente a la ciudad adornada con los colores de diferentes pueblos. —¡Traga! —le intimó el preceptor. Serían necesarias varias generaciones de sultanes brillantes para conseguir aquel resultado. Con todas sus fuerzas. Un violento bastonazo le hizo gritar. Se extendía entre Sirkedji. Un útil de hierro fue introducido en la boca que acababa de entreabrir. Intentaba no abrir la boca. pero los esfuerzos de una vida no bastarían para hacer de ella una ciudad ideal. se sintió encantado y confuso a la vez. y la capital que contemplaba era todo lo contrario. Selim nunca había sufrido el asco ni la desgana. pasado el cuarto de hora. no había adivinado que se lo castigaría de este modo. El esclavo libio que lo manejaba experimentaba un verdadero placer en martirizar al principito. unas bandejas 186 . cinco servidores aparecieron entre los setos del jardín. Apoyadas sobre las barrigas. Y no se podía contar con Selim. Selim tragó y creyó que su vientre iba a reventar. Durante cerca de un cuarto de hora. el houkiar le había hablado del paso del tiempo. Cuando se lo había separado de los pajes y conducido a un quiosco del cuarto patio. no abrirla más. mantenía su boca bajo candado. Solimán y el arquitecto Sinan habían obrado prodigios para sanearla y adornarla con monumentos magníficos. El houkiar amaba el orden y la perfección. Pero quizá se estaba a tiempo de corregirlo sirviéndose del asco.

Pero éste tenía la actitud de aquellos que se compadecen de la felicidad de los príncipes. se lanzó sobre los sorbetes. veinte recipientes diferentes desbordaban de mieles recogidas en las cuatro esquinas del Imperio. sin pararse a apreciar el sabor de fresa o limón. —Esto son unas sorpresas. la cuarta armonizaba las sémolas y los arroces bañados en untuosos jugos perfumados con canela. agarró la cuchara de oro puesta en una servilleta de seda y se puso a palear en los conos y las bolas que comenzaban a licuarse bajo la acción del calor. en la última. Nunca le habían autorizado a engullir de aquel modo y. con todos aquellos bocados que pronto le enfriaron la garganta y el estómago. de la sutil mezcla de sabores no quedó nada. Llenó con avidez su gaznate y. había confitura de fresas semejante a una veta de rubíes. —¿Sorpresas? —No son unos muhalebe ordinarios. Bajo la primera capa de arroz. Había para diez golosos. de mora o de melón. Selim no quiso oír más. levantaba la cabeza hacia el houkiar. —¿Todo es para mí? —Todo. donde. semillas de adormidera puestas en un envoltorio de azúcar cande crujieron bajo sus dientes. pronto. de vez en cuando. se había dispuesto un lecho de miel de violetas. Incluso lo animó a quemar etapas mostrándole los arroces y las sémolas. Bajo la segunda. Tragó a una velocidad loca. de nuevo. incluso con algo de inquietud.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta cargadas de postres de todas las clases le abrieron unos ojos como platos. Selim mostró su estupefacción cuando el preceptor imperial dijo: —Ahí tienes con qué satisfacer tu apetito. Bajo la tercera. la tercera se hundía bajo una montaña de pastas en las que estaban engastadas frutas confitadas semejantes a piedras preciosas. En cuanto los servidores se inclinaron y depositaron sus trofeos fundentes a sus pies. El primero de los muhalebe no fue más que una efímera sensación en el fondo de su paladar. iba a desaparecer el contenido de un segundo tazón ofrecido por el houkiar en persona. 187 . la segunda ofrecía una variedad de pastas de almendra en forma de animales. La primera contenía sorbetes de tonos pastel coronados de hojas de menta y de granulados de azúcar de vivos colores. Deseaba descubrir por él mismo lo que se ocultaba bajo la palabra «sorpresa» y atacó uno de los tazones de porcelana china que un servidor afanoso acababa de ponerle bajo la nariz. Se le pusieron unos ojos más redondos que la panza de un elefante. que han sido especialmente preparadas para ti.

y designó al dellaklar que debía desnudar a Selim. Lanzó una mirada de loco hacia el enorme recipiente en el que un kilo y medio de una miel tan líquida como el aceite de oliva le estaba destinado. lloriqueando. algo que emanaba de los muros y sobrecogía el ánimo de Selim. el jefe del baño. todas las combinaciones de confituras.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta A Selim se le desorbitaban los ojos. de cremas y de miel se mezclaban en un lenguaje que no habrían podido descifrar los más finos gastrónomos del Imperio. Informaré a tu padre de lo que ha pasado. un esclavo libio vertió un cubo de agua sobre su cabeza. donde cantaba una fuente de mármol veteado de azul. habitualmente alegres. tenían el semblante lloroso de quien ha derramado todas las lágrimas que podía verter. Enseguida. se incorporó. completamente embadurnado de miel. hipando. 188 . Era vinagre. Selim salió titubeando. Todo el mundo se apartaba ante ellos. El hammambdgi bashi. Algo gravitaba sobre el palacio. comenzó a vomitar. Cada muhalebe era diferente. allí te mandaré al ayuda de cámara. —No eres digno de llevar la corona —dijo el houkiar—. Bajo el arroz. La náusea se adueñó de él. Lo vio en la palidez de los servidores sentados en las alfombras en el interior del hammam. Aquellos con los que se cruzaba tenían la cabeza baja y la mirada huidiza. de frutos confitados. actitud que revelaba el temor. un saka. Tomó el camino que llevaba al pilón central. y cuando hayas recobrado el aspecto que corresponde a tu rango. Sin embargo. Se sorprendió de la falta de intensidad de los ruidos y de la vida que agitaban los millares de encargados del serrallo. te presentarás de nuevo a tu madre. Recibió a Selim sin las formalidades habituales ni las palabras elogiosas que halagaban el orgullo de los príncipes. pero la volvió a escupir enseguida. con la garganta ardiendo por los ácidos del vómito. Ahora vuelve donde el hammambdgi bashi. Acababa de tragar un decilitro de aquella horrible sustancia empalagosa. uno de aquellos ínfimos esclavos que ejercían de aguadores en el serrallo. El eunuco lo siguió. que restregaban a los pajes en los baños y les rapaban la cabeza. hubo un momento en el que la gula cedió el paso al hartazgo. liberado por el eunuco. se presentó. Pidió piedad. Cuando. El príncipe deseaba aquella agua. El eunuco continuaba sujetando firmemente a Selim. tampoco estaba mejor. Así fue como se encontró con la cabeza atrapada entre los poderosos brazos del eunuco de los hijos imperiales mientras que el esclavo libio forzaba su boca con útiles de herrero. Estos. —Dale de beber —dijo el preceptor. El houkiar dio por fin muestras de compasión y dio una palmada.

era como una herida en la negrura de su cara. Dos nubes de perfume de jazmín habían bastado para ahuyentar las imágenes de sus pequeños camaradas ahogados en el pilón. verificaron que Selim podía presentarse en los apartamentos de su madre. vio las cabezas blancas de los dos pajes que habían cometido la falta junto a él. Volvió al harén para sufrir el enderun. Se le removieron las tripas. Le pusieron un turbante gris en la cabeza. Él era el hijo mayor de la gran Hürrem y llevaba el nombre de su abuelo. Pero. La suerte de los pajes ya no importaba. cortado en una vieja tela rosa realzada con floridos bordados. descubriendo su rojas encías.. se puso a vomitar. Abas lo esperaba.. en la superficie del agua del pilón semejante a una piel satinada y temblorosa bajo el chorro de la fuente. Acaba de cobrar conciencia de que quizá un día se convertiría en sultán. Y aquello también le pareció anormal. El jefe de los eunucos negros desprendía un olor a madera de sándalo y a esencia de geranio. responsable de la limpieza del vestido.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Algunos pensamientos trataban de abrirse camino a través de la pantalla de sensaciones angustiosas que agobiaban a Selim. Se sobresaltó. ¿Qué pasaba aquí? ¿Por qué tenían todos aquellas caras de condenados? Pero no les prestó demasiada atención. y del jefe de los baños. el jefe de los baños y el odah bashi. Entonces tendría la piel del eunuco Abas y del preceptor imperial. Alguien gritó: «Helvet!». La frontera que separaba el harén del resto del serrallo le pareció una monstruosidad. A esa señal. Sus ojos amarillos no sonreían. Con su traje orlado con una franja gris. conquistador de la mitad de Occidente. incapaz de moverse. Selim quedó aterrorizado. se parecía a una caja de bombones pintada por un artista persa. 189 . e iban a recaer en la sombra cuando. Eran fríos como su voz aflautada: —¡Limpiadlo! El jefe de los baños movió la cabeza. El terrible grito se lanzaba cada vez que las mujeres podían estar en presencia de hombres normales. el dellaklar se apresuró a quitar la ropa tornasolada del pequeño príncipe mientras que otros dos se aprestaron a quitarle la mugre con jabones de Alepo y con corteza de abedul. La sonrisa del eunuco sehzadehler aghasi. Después las puertas volvieron a abrirse a un muchacho de nuevo despreocupado. quienes debían evitarlas bajo pena de ser decapitados en el acto. Cuando aquello hubo acabado y se lo hubo vestido. y un deseo desesperado de huir lo embargó.. Estaba magnífico.. y de todos aquellos ante los que había sido humillado. Vivir en la compañía casi exclusiva de mujeres y de eunucos era una situación a la que no podía acostumbrarse. A Selim le dio asco. como aquellos que la vigilaban.

la géditchi Yasmina. siguiendo un impulso de sumisión y afecto. Que Alá lo bendiga. sino sobre todo porque sabía que todos aquellos sentimientos. retomando su lectura. cuya mirada perdida expresaba disgusto. Su madre le había perdonado hasta el punto de ofrecerle dos nuevos compañeros en lugar de aquellos dos imbéciles ahora hinchados de agua. pensó el príncipe.. con más intensidad. Vienen de Sofía y nos los ha enviado el muy honorable juez de los ejércitos. Él estuvo contrito por sus actos durante muy poco tiempo. Su cara se iluminó. Yasmina. el kazasker Hodja. Tenía prisa por probar la fidelidad de sus nuevas acémilas. Extraño envío.. puedes traer a los nuevos elegidos. No sólo porque una inteligencia turbada por la ansiedad no es de gran ayuda. —Entonces olvidemos esta historia de cocinas —dijo Hürrem—. El kazasker Hodja tenía una reputación terrible. 190 . La géditchi salió. —Aquí está tu príncipe preferido —dijo a Hürrem. a buscar a aquellos elegidos. Han sido educados para no sufrir las influencias perversas del serrallo. —Puedes irte —dijo Hürrem. La siria buscaba alguna debilidad. pero no cuentes con apartarlos de sus funciones. cuando vio con asombro a dos pajes detrás de los velos negros de la siria. no olvidó darle un beso en la frente.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Unos carpinteros reparan el techo del lavadero de las odaliscas —dijo el kizlar aghasi—. —¿Has aprendido la lección? —Sí. Selim se dirigió a los maravillosos jardines donde las mujeres reposaban entre los naranjos y los macizos de rosas y encontró a su madre. Levantó la cabeza prisionera de un velo bordado de perlas azuladas y miró de arriba abajo a aquel hijo suyo. Casi se lo habría agradecido a Yasmina. arte en el que comenzaba a sobresalir. Selim comprendía la importancia de mantener la calma. a él y a su familia —dijo Hürrem. como una flor venenosa a lo largo de una rosaleda. y su destino era consagrarse en cuerpo y alma al sultán y a sus hijos. Tu madre está en el jardín. Selim. todos sus pensamientos serían desnudados por aquellas dos mujeres. Selim se preguntaba de qué iría aquella sorpresa que presentía malévola. pero ella permaneció deliberadamente insensible. Estaba decidida a hacer de él un hombre cuanto antes. flanqueada por su sombra maléfica. madre. y también Yasmina. —Karim y Farid te servirán desde ahora. que leía un tratado de poesía. Ella continuó observándolo. ¿Por qué no utilizar pajes de Topkapi? Más de trescientos muchachitos y adolescentes eran educados en el serrallo.

todo lo que se refería a la ciudad le fascinaba. como quería su madre. unos ruidos con la garganta. el árabe. y huirán como conejos —les propuso sonriendo. los dos pajes no entendían nada. podemos asustar a los kalfas. acordándose de que había carpinteros trabajando en el lavadero. Habían sido formados para resistir las tentaciones. 191 . Selim estaba ávido de saber. quizá. uno de aquellos conventos donde los pobres se entregaban a Dios? —¡No tengo nada que hacer con dos imanes! ¿Esperáis ser mis hatib?16 Aparentemente. Todavía peor. Quizá habría allí algo que sacar de aquellos hombres venidos del exterior. Los llevó lejos de las mujeres. —Vamos a interrogar al ousta de esos kalfas de la madera. ¡Nada! No había ninguna chispa en sus miradas. 16 Favoritos. Entonces Selim comprendió: eran mudos. —Si queréis. no debían de estar completamente en sus cabales. emitieron una especie de borborigmos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¡Seguidme! —gritó. De pronto. Le dolió imaginar sus tímpanos reventados con agujas al rojo. ni siquiera le devolvieron la sonrisa. Sus rostros reflejaban la incredulidad y la necedad.. Contempló a los dos seres incompletos ofrecidos por el kazasker Hodja y se hizo el propósito de no elevar jamás al rango de ministro al terrible juez de los ejércitos del Norte.. de un zaviyé. Así. Parecían aterrorizados por las proposiciones del príncipe. su madre se lo había dicho bien: aquellos muchachos búlgaros convertidos al Islam habían recibido una educación especial. Consintieron. ¿Saldrían. Se les había cortado la lengua. se dio cuenta de que no oían nada. Realmente. Quizá nunca habían visto un ousta en su país de origen e ignoraban completamente las funciones de un jefe de gremio cuando dirigía un taller. Probó con el persa. Había dejado de vivir en las ilusiones de la infancia. Gritamos: «Helvet!». ¿Qué os parece? Los dos pajes no respondieron. Su corazón debía endurecerse y ser empujado hacia la indiferencia suprema ante la desgracia del prójimo. no son más que obreros temblorosos. Selim creyó comprender de repente: no hablaban la lengua de los osmanlíes. No se apiadó durante mucho tiempo. que se excitaba en vano. un día podría llegar a ser sultán. No osaban decir que sí o rehusar.

cuya punta de lanza estaba compuesta por cinco odjak17 de jenízaros. El lugar se prestaba a los grandes ideales.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 46 La magra silueta del kazasker Hodja apareció entre las dos oriflamas verdes del islam en las cuales unas caligrafías negras rezaban: «Dios es comprensivo. planeaba en el paisaje vuelto a la serenidad desde hacía más de un siglo y medio. el primero en todas partes. 18 Caballeros. decidió volver sobre sus pasos. como se puso a cantar un cuclillo. esa paz del día antes de que el sol y los hombres se levantaran. Encontró apaciguamiento en la extraordinaria inmovilidad de todo lo que lo rodeaba. el primero que vería a Dios a solas. los askers secretarios y juristas dormían todavía. y la sombra del conquistador Osmán. 17 Regimientos. destacamentos que representaban en total ciento ochenta y cuatro hombres que reforzaban un cuerpo de sipahis18 y dos regimientos de yayas. El hadjdj le limpiaría de todos sus pecados. Había bajado la colina ocupada por el ejército de reserva del bey Muhammad. Un viento de poniente agitaba estos símbolos del poder divino y los ropajes azul oscuro del juez de los ejércitos que sostenía en sus manos el Corán. Debía ser el primero en la tarea. La antigua capital Bursa estaba a una hora de caballo. Hodja pensó en Alá. «Dios es todo indulgencia y misericordia». 192 . añadiendo un encanto que él no estaba en condiciones de apreciar. sabio». Después. los suyos y los de aquellos desgraciados que rendían el alma por su voluntad. En la desmesura de su orgullo se veía como el justiciero del Todopoderoso. La víspera había hecho el voto de dirigirse a La Meca. El alba se levantaba cuando llegó a la orilla del río. fundador del Imperio otomano. Había salido muy temprano de la tienda de fieltro bajo la que sus ayudantes.

disfrazado de campesino. cambiarían el agua en sangre a causa de las masacres. hubiera sido reemplazada. Todos los condenados giraban según el capricho de los vientos. Hodja tuvo una leve punzada en el corazón. Había sido utilizada tres veces sin romperse y no estaba desgastada. como si él mismo hubiera sentido el dolor petrificante de la cuerda rompiendo las vértebras cervicales. cuerpo al que él mismo pertenecía. Vio todo aquello. después en alquitrán extendido con esencia de terebinto. Enseguida el verdugo golpeó la grupa del caballo. El juez Hodja había decidido hacerle viajar de otro modo. Imaginaba una expresión que quería ser superior e indiferente. a fin de embarcar para Odessa. pero no les estaba permitido alimentarse con esas sensaciones. una buena cuerda aceitada con los hilos perfectamente torcidos sobre ellos mismos por las manos expertas de los artesanos de Vefa en Estambul. rodeados de fuego. con las manos atadas a la espalda. El verdugo agregado a la persona del kazasker le había pasado la cuerda alrededor del cuello. y aquel movimiento tenía algo de atrayente. El condenado giraba en ese momento sobre sí mismo. cuando se aprestaba a ganar la ciudad costera del norte del país. Bajo la escuadra de madera. Akçakoca. Los vientos llevaban nombres de Dios. Se le habían abierto caminos que conducían a otras formas de violencia. alcanzarían Moldavia. Si lo hubiera estado. Lo habían encontrado en los arrabales de Bursa. Todo un lote de esos instrumentos necesarios para la ejecución de sentencias se había guardado en un cofre tras haber sido sumergido en una solución de jabón al cinco por ciento. y el agua viva de las montañas se volvería amarga por todos los cadáveres arrojados en los cauces. del sultán y de los ejércitos. que no experimentaba ninguna piedad por el condenado: había robado una parte de la soldada de los sipahis. hacia un destino en el que las llamas consumirían todo ser y toda cosa. Levantó los ojos hacia la horca levantada en medio de los viñedos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Las oriflamas ondeaban. un hombre con el torso desnudo que había sufrido una tanda de bastonazos estaba a caballo. E iba a cometer actos de violencia en nombre de Alá. 193 . Dentro de algunos días. Cerró un instante los ojos por miedo a hartarse con las visiones que le inspiraban sus guerreros: incendios que velaban el sol durante las batallas donde los hombres. No salía ni el más mínimo ruido de la tropa. El kazasker posó su mirada en los soldados reunidos alrededor del bey con la coraza rutilante. pero sus rasgos petrificados y duros se crisparon de otra manera. A los soldados les costó apartar los ojos de ese espectáculo angustioso. Levantó el Corán al que apelaba. no aspiraban más que a huir o a morir. Y estaba precisamente bien pagado para recorrerlos. torciendo y retorciendo la cuerda.

pero no me preguntes más. Incluso encerrados en su cráneo. Iré hasta el final de mi labor. el responsable de Rumelia. el juez y los asesores. 194 . El asker hizo como que no oía. Después recobró el dominio de sí mismo. Nunca había sufrido el efecto de una lluvia de flechas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Todos estaban a merced del kazasker Hodja. Oyó el murmullo de Hodja: «Alá. poniendo buena cara a aquel anatolio. —¿Tienes pensado seguir nuestra ruta hasta Izmit —preguntó el bey algo incómodo— y subir hacia los Balcanes? —De allí vengo y ya me ha sido confiada otra misión. El bey pertenecía a aquella raza de nuevos generales que preparaban la guerra en el agua tibia de su hammam y acudían a ella con su guardarropa. estás obligado a mantenerte lejos de los ejércitos del Norte por un tezkeré19 del gran visir que te autoriza a dictar justicia en el territorio del kazasker de Anatolia? —La Puerta me ha otorgado poderes excepcionales. pero ¿quién más puede decir que sabe algo? Los hombres llegan a ser más bestias que las mismas bestias. se dijo Hodja. allá donde los impíos siembran el desorden y corrompen la humanidad. cuya coraza reflejaba los rayos del sol naciente. ya que albergaba la sospecha de que el juez Hodja podía leerlos. yugulando aquellos pensamientos. Aquella coraza era demasiado lisa. pensó que su kazasker se había vuelto loco. la estocada de una espada. más perros que los propios perros. la carga de una lanza. te serviré en el resplandor de tu gloria». le parecieron peligrosos. unido hasta el alma que hubiera querido expulsar de este mundo. El asker a su lado garabateó unas notas destinadas al informe que rubricarían el bey. si es que lo quieres saber. en los ojos del bey. Debo llevar la espada de la justicia al sur del país. pero su mirada permanecía clavada. de la cuerda y del hacha. —¿Debo entender que tú. como las dos puntas de una horca. 19 Decreto. La justa proporción de las penas le era desconocida. —Ya estamos de acuerdo con nuestra conciencia y con el reglamento militar —dijo Hodja en honor del bey Muhammad. Y me has dado la vida para arrebatarla a estos impíos. sus perfumistas y sus cocineros. «El imperio está gangrenado por una chusma dorada de parásitos que no tiene otra preocupación que la de recibir regalos y obtener beneficios a costa del pueblo». El juez de los ejércitos del Norte no era famoso por su clemencia. No te creo digno de ese honor. tú eres sabio. Tu cabeza podría adornar uno de los pilares de mármol blanco del primer patio del palacio.

de su rebelión. Nefer rogaba por lo bajo para que ella aceptara. de sus deseos de volar en ayuda de las desgraciadas reunidas en el centro de un círculo de compradores y compradoras. después salió pisándole los talones a la veneciana. —Es inútil que me presentes ese trapo —respondió.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Ve a combatir a los infieles y elige una muerte digna en el campo de batalla. El demonio Hodja no quedó resentido por ello. A menudo se revelaban más duras que los hombres en los negocios y sabían valorar los defectos de la mercancía para hacer bajar los precios. —¿Qué venta? —La ciudad de Esmirna ha reclamado su cuota de hombres y mujeres para reemplazar a los esclavos muertos y enfermos. No tendremos más que un puñado de mujeres para proponerles. 20 El ocque alcanza los 1. Se llevaron una veintena de mujeres y niñas a las que se había aseado. 195 . presentándole de nuevo la tela azul. El mouzhir agha Adna vino a buscar a la joven veneciana. porque no estaba prohibido a las mujeres adquirir esclavas. Tenía que comprender que ya no estaba en Occidente y que su vida pendía de un hilo. Cecilia intentaba no mostrar nada de sus sentimientos. que su estatuto no sobrepasaba el del cordero que se pone a la venta a cinco aspros el ocque20 en los mercados. Estaba impaciente por poner mil versículos entre él y aquel demonio. responsable de la mala educación de la joven. Vio el desdén del que hacía alarde y se dijo que los días difíciles estaban por llegar.280 kg. mandó a sus oficiales levantar el campo. Este envío está destinado a la capital. El mouzhir agha lanzó una mirada malévola hacia el eunuco. y entonces sabré que me he equivocado sobre tu valor. —¿Y para qué debería asistir a ese espectáculo horrible? —Para que tomes conciencia de lo que te va a suceder si no llevas el velo — respondió el jefe de los jenízaros. Con un movimiento de rabia. Estaba ya lejos. Hubo una venta de esclavos ante la fortaleza antes de la partida de Cecilia. tomando ella misma el camino de la salida. El bey no pudo hacer otra cosa más que tragar. Con dificultad. de su pena. sobre la pista de una joven veneciana que asimilaba al mal absoluto. —Vas a asistir a una venta —le dijo.

196 . Tiene veinticuatro horas para retractarse. Ahorraron la saliva con las de más edad. Si una de las vírgenes ronca. y Adna le aseguró que las tres vírgenes del lote se venderían por más de cien ducados. que fueron rápidamente tomadas por un puñado de ducados.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cecilia fue colocada detrás de los yayas que aseguraban la vigilancia. —No podemos pasarnos sin ellos. Los compradores se complacieron en escupir en los rostros de las primeras que se les presentaron. —Dudo que tus conocimientos me aporten nada. Yo mismo soy uno de ellos. —¿Un esclavo? Estaba estupefacta. las italianas. Adna se mantenía cerca de ella. las portuguesas y las españolas tenían menos valor. hasta en el alma. su orgullo y sus insultos sin chistar. Hablaba de la esclavitud como de una necesidad económica. Forman una quinta parte de la población del Imperio. había sido elegida por Gülbehar y el partido opuesto a la favorita y al gran tesorero Rüstem. las orejas. Cuando los turcos comenzaron a tantear a las pobres mujeres que bajaban púdicamente la cabeza y lloraban silenciosamente. seguidas por las polacas. Eso fue de pronto evidente para Cecilia. El negocio se concluyó en tres cientos ocho ducados. Cecilia se sintió mal en todo su cuerpo. las francesas. Su color rubio y su piel lechosa habían hecho aumentar las pujas. sea lo que sea. Esta noche ha de estar al acecho. El mouzhir agha Adna no se había equivocado. Aquel soberbio guerrero ante el que todos se inclinaban no podía estar encadenado a un amo. con el fin de comprobar que no llevaban maquillaje. —Tienes cosas que aprender —le sopló al oído—. Añadió: —No hay nada definitivo. Acabaron en manos de una kayseriana famosa por colocar jovencitas en los harenes. Las inglesas. Se las consideraban blandas e indisciplinadas. La remesa que tenía delante era un buen arreglo. El cinismo del jenízaro era horrible. los ojos. paseando sus manos por los pechos y sus dedos por las partes íntimas. Tenía que soportar su altivez. Mira lo que puede llegar a pasarte si disgustas a tu nueva ama. las abazas del Cáucaso y las rusas. Pero se demoraron largo tiempo con las tres vírgenes. Le explicó entretanto lo que era una venta. examinando los dientes. Ella era tabú. Pero ¿era de verdad cinismo? Parecía explicar cosas de una banalidad fastidiosa. Adna contuvo su deseo de darle un bastonazo. y ella aprendió con disgusto e interés que el Estado deducía una tasa de cuatro ducados de oro por cabeza vendida y que las circasianas eran las más apreciadas en el mercado. la compradora podría todavía devolverla contra el reembolso del precio pagado.

Bastante después.. Sus padres derraman lágrimas. Cecilia asimiló todo lo que acababa de desvelarle y lo miró con otros ojos. no hay nada de vergonzoso en ser esclavo. Y a veces es el medio más seguro de subir los escalones sociales. así es como se dice. Tenía sensibilidad y no merecía ser despreciado. tres veces maldito. una madre y una hija se abrazaron resistiéndose a las manos de sus nuevos amos. dudó de la suerte de los esclavos cuando los compradores tomaron posesión de sus bienes. por el mal que haces y por el que hiciste! Capturas y encadenas al viejo y al arcipreste para tener a los niños como jenízaros. a los ocho años y llevado con otros como yo a Estambul para ser circuncidado antes de ser enviado a la escuela del palacio. Créeme. Cecilia supo que aquel estatuto. también sus hermanos y hermanas. y se levantaron los bastones cuando. emperador. Todavía recuerdo la canción que cantaban los padres cristianos viendo a sus hijos recogidos: ¡Maldito seas. Se empujó a las mujeres como si fueran ganado. »Yo no me quejé. y yo lloro hasta sentirme mal. fuera de Topkapi y de los palacios de los grandes dignatarios.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Todos los jenízaros son kapi kulu. lloraré tanto como viva porque el año pasado fue mi hijo y este año es mi hermano. Golpearon a una vieja. Fui recogido.. los «esclavos de la puerta». Los esclavos del país de los otomanos estaban mejor tratados que la mayoría de los siervos en Occidente. A condición de hacer algunos pequeños sacrificios como aceptar llevar el velo. en el desgarro de la separación. no era tan terrible. Sin embargo. 197 .

llegó el momento en el que sus rodillas flaquearon. Todo el mundo trotaba. —Voy a pedir al mouzhir agha que se te autorice a subir a bordo de uno de los carros —dijo. —¡Qué Alá me ahorre deber algo a este hombre maldito! 198 . caballos y esclavos. aparecían signos que no engañaban: los buitres y los cuervos volaban cada vez más bajo. El eunuco no había sido preparado para una prueba tan dura. levantaba nubes de polvo que el viento empujaba en las alturas desoladas de un paisaje atravesado por gargantas y torrentes. el cadáver de un hombre estaba expuesto a sus picos en la encrucijada de un camino. Desde hacía más de cinco horas. Tuvo varias veces la tentación de dejarse caer bajo las ruedas de un carro cargado de trigo. oro y diamantes a los corderos. pisoteaba. Había pasado toda su vida sobre almohadones. arrastrando por sus rodadas las caravanas de Samarcanda y los convoyes venidos de Líbano y de Persia. Atravesaba Anatolia de este a oeste. ahora tieso por la suciedad. a menudo lejos de la luz del sol que ahora le hería los ojos. plomo. —No puedo ir más lejos. uniendo sus cargas de sal. Y. en el que sus pies martirizados en sus botines reventados rehusaron avanzar. Llevaba las marcas de los grilletes en los tobillos. señalando los pesados vehículos tirados por bueyes. Cecilia sostenía a Nefer. Sin embargo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 47 La ruta de Amasia era una de las más frecuentadas del imperio. en el cielo limpio de toda nube. pero la mano firme de Cecilia estaba allí para recordarle que un hombre no tenía derecho a disponer de su propia vida. Filas de carros y de mulos se extendían a lo largo de distancias considerables. Los cautivos encadenados sufrían a pesar de las numerosas paradas y los repartos de agua y pan. cabras. Su hermoso vestido ahuecado y coloreado. la tropa del mouzhir agha Adna se había mezclado con un gigantesco convoy de cereales destinado a los molinos de Estambul. en habitaciones cerradas. Se fatigaba y tosía. se deshilachaba y perdía sus brillantes de pacotilla.

Miró desdeñoso a la joven desde la altura de su montura. —¿Un favor?. Acababa de tener una premonición: Nefer debía vivir para que ella no fuera asesinada en las horas que iban a venir. no debía su supervivencia más que a la presencia de la preciosa cautiva cuyos bellos ojos negros no se desviaron cuando volvió su atención sobre ella. que lo distinguía de otros caballeros. ja. y te necesito. ja! Si acaso. Aquel medio hombre no valía nada. ¡Aceptaba llevar el velo! Hizo girar a su caballo. es preciso. Se han acabado mis días. —Los míos no. galopó hasta los animales con albarda de la compañía y volvió con el bashlik azul oscuro en el puño... sino de Nefer. Adna se quedó boquiabierto.. ¿Estás cansada? —No se trata de mí. podría aceptar este requerimiento de un cadí. —¿Y qué puedo hacer yo? —Tú tienes el poder para requisar carros para toda esta pobre gente que llevas hasta sus crueles amos. —¿Qué puedes ofrecerme que no posea? —Lo que me pides desde mi llegada a Turquía.. Sólo tú puedes evitar que me corten el cuello —dijo Cecilia con viveza. como un estandarte arrebatado al 199 .Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —No lo juzgues mal. También él lleva la marca de la esclavitud en los ojos y en el corazón.. para mí no es más que el zumbido de una mosca en mis oídos. acordándose del vocabulario de la lengua de los osmanlíes que Nefer se había empeñado en hacerle entrar en la cabeza—.. —Sin embargo. —Nada más cierto. Adna echó un vistazo al eunuco sin ninguna indulgencia. —Tu siervo no llegará jamás a Amasia —dijo. llevar el bashlik. El velo. y no tenía intención alguna de inquietarse con una pesada carga como aquélla. —Tengo un favor que pedirte —le dijo sin desistir de su orgullo natural. no tengo el poder de un juez —respondió. —¡Cómo! ¿Querrías que hiciese montar a estos esclavos en los carros? —¡Sí! —¡Ja. Pero tengo algo que ofrecer a cambio de este servicio. pero viniendo de ti. te cortaría el cuello! Déjame. Fue hasta el mouzhir que iba montado a caballo.. Lo sabía al límite de sus fuerzas. Adna se había puesto un peto de cuero claveteado y llevaba un turbante con plumas negras realzado con trozos de ámbar. Nada en la actitud de la joven veneciana le había hasta ahora predispuesto a mostrarse condescendiente. —¡Si se le diera la orden.

Se recolocó en su montura y llamó a los suboficiales. tejido en una trama apretada ligeramente brillante. le dijo: —En realidad no perteneces a la Puerta. y Cecilia vio cómo temblaban.. Cubrió primero sus hombros. Le pareció pesado entre sus dedos. No entendían muy bien qué quería. un funcionario de Ankara un poco obtuso que 200 . —Lo sé —respondió. El velo resbalaba. inclinando ligeramente la cabeza como haría ante una iqbal. después intentó varias veces ocultar la parte baja de su rostro. una negación que había arrancado de sus entrañas. La deseaba desde que la había visto batirse en el puente de la galera. Rozó sus mejillas y cerró los ojos el tiempo de un respiro. Usó las botas con los recalcitrantes. pareció de su edad.. durante su fuga hacia el gueto cuando la bestia la perseguía. como su sonrisa era sincera y su mirada estaba desprovista de todo cálculo y superioridad. Cecilia cogió el velo. conteniendo la violencia que esta posesión oficial hacía nacer en él. bajo el aliento de Joao. Por primera vez. Aceptar significaba alejarse un poco más de sus raíces. aquello era inesperado. contrario a la costumbre. que vio dirigirse a aquel diablo de jenízaro hacia su protegida. Puso sus manos sobre el bashlik.. —Voy a ayudarte —dijo Adna. Ya había conocido este tipo de experiencia en diferentes grados: en Venecia. flotaba por encima de las cabezas de los infantes y los cautivos. las mejillas y los labios de la joven. y en el palacio de Beatriz. —Toma —le dijo. —¿Hay alguna diferencia? ¿Y eso te autoriza a. revelando el misterio de una mirada por la cual (él ya no lo dudaba) muchos hombres iban a dar su vida. La deseaba. Consiguió por fin enmascarar la nariz... Adna estaba transformado. Sintió una punzada de temor entre su garganta y su pecho. Simplemente parecía feliz. para calmar un corazón que ya no controlaba.. No se vanagloriaba. Bajó del caballo y presentó el bashlik a Cecilia. Le trajeron al responsable del convoy de trigo. Aquel «no» era un chirrido. perder su identidad.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta enemigo. Cecilia notó la turbación del mouzhir agha. Era parecido al plomo azulado y líquido. Las órdenes llovieron. Rozó el turbante de Nefer. En una confusión de la razón y el espíritu. No llegaba a los treinta y cinco años y ocultaba esta relativa juventud detrás de su barba de ulema y su título de mouzhir agha. dar el paso definitivo. —Yo pertenezco a la Puerta —murmuró. a tener sentimientos hacia mí? —No. sino a la kadina Gülbehar.

Un hombre fue a arrodillarse ante ella. Nefer sintió admiración y temor. Alá los protegía. Miró el recipiente de hierro. y dijo: —Si Dios aún me da fuerzas. cuyos dedos apretaban los mangos de los kandjars sujetos en sus cinturones. Cecilia lanzó entonces duras palabras en turco a aquellos soldadotes que usaban las astas de sus lanzas para apiñar al rebaño humano. Sólo hubo dos hombres que. Algunos dirigieron una silenciosa plegaria a Dios. muy inferior al del mouzhir agha. Los encadenados no encontraron palabras para expresar su reconocimiento a Cecilia. después contempló a los dos hombres. Soñó que era un hombre..Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta rehusaba aceptar a los impuros en sus vehículos. Le besó los bajos del vestido antes de ser brutalmente arrojado sobre los sacos de trigo. Pero nadie se atrevió a alzar la voz. que había cogido sitio sobre un lecho de cereales. Entonces la joven volvió cerca de Nefer. en un susurro. Habían bebido leche de adormidera y de rodo y el jugo de la «hierba de la orina roja». vació en el suelo lo que todavía contenía de líquido. Cecilia llevaba el velo y la cruz como Hürrem y Gülbehar los habían llevado antes que ella. mucho tiempo antes su madre lo había cuidado de la misma manera.. «No soy un hombre violento». Con una punta de su velo enjugó la sangre que manaba de sus pies. Cuando Cecilia le desató los botines. cumplid su voluntad —les dijo. iba a cambiar el mundo. El resplandeciente mouzhir agha tenía una mano en la empuñadura de su sable y con la otra blandía un venablo con el que se le sabía capaz de atravesar una sandía a treinta pasos de distancia. 201 . —El paraíso está ganado para vosotros. Diez bastonazos en los hombros y la espalda le recordaron su nivel jerárquico. se dijo el kazasker Hodja. Sí. Mucho. Aquellas imprecaciones en su propia lengua los sorprendieron tanto que cesaron en su violencia. Se dijo que no viviría lo suficiente como para asistir a la lucha de su protegida. Era de su temple. Nefer no supo si ella se refería al Padre de los cristianos o al Todopoderoso del islam. Otros que tendían sus manos hacia ella fueron insultados y maltratados. dijeron que la veneciana lo había hechizado. no hizo nada por detenerla. y unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Él cerró los ojos. al que asociaron con la imagen de aquella joven virgen de la que ignoraban el nombre. cambiaré el mundo. señalando un camino. Sacaría su fuerza del santo Grial y de la sharia.

Es un hombre rico y refinado que vive de la crianza y venta de caballos. Adna levantó los ojos al cielo. Sólo él sentía las virtudes. la dulzura de la piel. llevaba su existencia de juez de los ejércitos habituado a la rudeza de los campos. ya que los cristianos encadenados a los muros de la minúscula mezquita la sufrían igualmente. no le faltes al respeto. El próximo sacrificio de la virgen lo confortó en su fe. desesperación. Habría querido socorrerlos como había hecho por Nefer. después consintió. después se dirigieron hacia el fondo del valle. la humedad de los besos de aquellas que él consideraba como una ralea del demonio. rostros macilentos. Los prisioneros sufrían. aquella sed inextinguible de éxito y de su ascensión en las dos vías estrechas que llevaban a las puertas de Topkapi y del cielo. Hodja volvió a su campamento. había hecho levantar la cabeza a los niños que retozaban en las aguas perezosas del río verde. experimentaba la magia de aquella voz. No existía nada más que la consecución de su misión. Quería servir al sultán y a Dios. Es el primero entre los ihtiyarlar de la región. Cecilia no podía abandonarse como él al irresistible poder del verbo ni llenar su alma de imágenes apaciguadoras enviadas desde el cielo. pero el mouzhir agha le había prohibido acercarse a ellos. No había ninguna razón para que el eunuco no acompañara a la veneciana. doblado la espalda de los hombres. 202 . jamás había desposado a una mujer. El jenízaro vino a buscarla después de la plegaria. bajado los ojos de las mujeres en las sombrías recocinas. Estaba impaciente por rezar y escribir a Rüstem. Alrededor de ella todo eran estertores. Sobre todo. Al oírla. Y los campesinos educados en la tradición coránica no eran los únicos en escuchar aquella voz fascinante. La voz del muecín había resonado por encima del pueblo. Aquel único objetivo levantaba todo su ser. Su situación le autorizaba a estar en compañía de mujeres. Nefer se sometió al rito de la plegaria y se volvió hacia La Meca. Había olvidado el calor de los abrazos. —El jefe del pueblo va a recibirte en su casa.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Los hombres se inclinaron. —Consiento en ir a casa de este hombre si Nefer viene conmigo. a la soledad. A los cincuenta años.

un comienzo de indisposición que no llegaba a disiparse desde el mediodía. Unos turcos indolentes estaban en el paso de las puertas de las tienduchas y de las casas y. traidores a sueldo de cadíes ambiciosos que jugaban en todos los tableros. ¿Tenía razones para creer que sus hombres podían rebelarse? ¿Habían entrado en una región poco segura? Amasia. sin comprender nada.. Le había devuelto su daga sin explicación alguna. Por todas partes había agentes de la favorita Hürrem. pero las tropas que controlaban la llegada de las caravanas no eran todas favorables a la kadina abandonada que reinaba en Amasia. miraban de hito en hito a aquella mujer velada. al eunuco y al soberbio jenízaro flanqueado de ocho piqueros. la almáciga de lentisco de Quíos que desprendía un perfume anisado. No se sentía realmente en peligro. estaba a dos jornadas a caballo.. —Es un maestro.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 48 —¿Qué es un ihtiyarlar? —preguntó en voz baja Cecilia mientras ayudaba a caminar a Nefer. pero experimentaba una sensación de calor. Nefer reencontró sensaciones perdidas: la carne que se pudría en los ganchos de los puestos de los carniceros. la ciudad residencia de Gülbehar. Se habían reforzado todos los puntos de control en los puentes y en la entrada de los pueblos. Subieron una calle piojosa. Adna era un poco responsable de ello. Te respetará. un sabio que asiste a los religiosos y a los laicos. como si fuera inconcebible para ellos estar tan próximos a semejantes personajes. que lo 203 . Sus vestiduras se impregnaron del olor de la fritura de los beurek y del olor de los guisantes secos reducidos a puré. cuando había deseado con todas sus fuerzas que Nefer sobreviviera. el lugarteniente. Por todas partes había cuchillos y oportunistas para utilizarlos. Se le ha debido informar que perteneces a un gran harén. Cecilia aprobó la precisión de las palabras de Nefer. Entonces se le da el título de kethüda. Generalmente es elegido entre los más ricos y los más ancianos de la comunidad. espías del bajá Rüstem.

Cecilia se asombró al descubrir en semejante lugar una gran mansión burguesa de piedras blancas. Habían llegado frente a la casa del ihtiyarlar. sus hijos y sus sobrinos detrás de él. Se oyeron algunas voces. Entrecerró los ojos. con sus hermanos. Reflejaba el poder del personaje. no podía responder a todos los estímulos del vasto mundo. Al menos. Su cara estaba surcada de arrugas. 21 Habitación principal de los hombres. no había podido pagarse el lujo de la libertad. Los que comentaban la llegada del mouzhir agha y de sus prisioneros estaban en los balcones cerrados por persianas caladas. entre el selamlik21 y el harén. —Es un konak —dijo sin ocultar su sorpresa. Y el poderoso estaba allí. ¿Poseía algo? En los tiempos de su esplendor en el Palacio de las Lágrimas. El ihtiyarlar tenía al menos ochenta años. Estaban enlazadas entre ellas por una obra de madera con las ventanas enrejadas. Sólo los poderosos utilizaban aquel banco para subir a caballo o para desmontar. Dos alas rodeadas de un muro la constituían. pero sentía que tenía que ser algo distinto a su larga estancia en Venecia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta ataban más firmemente al imperio que las cadenas forjadas en los talleres de Galata. Estaba más cerca de ser un konak que una de las chozas de ladrillo y adobe que surgían como champiñones en la cuesta que acababan de subir. saludándola con una inclinación de cabeza. salpicada de manchas pardas. 204 . prueba de que el señor del lugar apenas temía a los ladrones. Aquel corredor suspendido era el lazo entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. iba a poder afeitarse y estirarse en una alfombra. Muy alto. a medias disimulada bajo una espesa barba amarillenta que le llegaba muy abajo de su pecho. Es cierto que ignoraba lo que significaba realmente la libertad. pero no hubo modo de saber a quién pertenecían. Como no era un hombre. pero todavía podía explicar su sentido a Cecilia. Tanto la puerta de entrada del konak como la del recinto estaban abiertas de par en par. Un magnífico banco de piedra en mármol blanco sostenido por dos delfines estaba situado bajo el amplio porche. se mantenía erguido en su largo dolmán de satén beis con botones de marfil y escrutaba a Cecilia con sus vivaces ojos. la mano plana en el pecho. Ni siquiera tenía dinero para comprársela. que debía de ser muy rico. Había cambiado una de las prisiones doradas de Estambul por una jaula de plata en Venecia. —Sé bienvenida en mi casa —dijo.

Un hombre todavía más viejo que el ihtiyarlar los esperaba en el extremo de aquella pasarela iluminada por lámparas de aceite dispuestas en trípodes de bronce. La mirada de la cautiva era la de una reina. Cecilia se convirtió entonces en un peligro para sus vidas. y ya no tuvieron ningún deseo de sentir su aliento en el rostro. Era el responsable de la llave de los apartamentos de las mujeres y no se separaba de ella más que para devolvérsela a su señor.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Todos los hombres lo imitaron. Se la tendió.. Como prueba de su privilegio de hombre y de jefe. —Por eso te he elegido en su nombre para que alojes a esta virgen reservada al Dueño del cuello de los hombres —respondió Adna. Debo pedirte que me esperes —añadió en honor de Adna. mirando de arriba abajo a todos aquellos varones que no tenían ojos más que para Cecilia. 205 . Que me siga también. *** Habían dejado detrás de ellos las cocinas. la sala de las visitas en el primer piso con sus alfombras preciosas y su diván cubierto de cojines. ¡No más deseos! —Voy a conducirla a mi harén y ordenaré que se pongan a su disposición las vestiduras más bellas de mis mujeres —dijo el viejo sabio. Cecilia contempló el objeto que abría la puerta de un mundo que Nefer le había descrito decenas de veces. que tomó sus disposiciones y apostó dos guardias en el primer patio. —A él también —dijo Adana a la vez que señalaba a Nefer. sintieron sobre ellos el peso de la justicia expeditiva del sultán. —¡A él! —¿Un eunuco puede ofender? El ihtiyarlar miró a Nefer con una sonrisa irónica. el nombre del ihtiyarlar estaba grabado en el ojo. La puerta se abrió ante una gruesa mujer con el rostro enrojecido.. Sus pasos resonaron en el suelo del corredor suspendido por encima de un jardín. —La Puerta hace siempre las mejores elecciones —dijo el ihtiyarlar con un cierto tono picante. El velo no bastaba para ocultar la belleza del rostro. de abrazar sus caderas y de acariciar su pecho menudo. —No. De repente. Estaba cincelada completamente. El mensaje era claro. Dejó de respirar cuando el pestillo empujó los mecanismos bien aceitados. y todos serían condenados por un solo beso de aquella odalisca. para atravesar el espacio que separaba el selamlik del harén. las habitaciones de los esclavos y de los criados domésticos.

Aquello le costaba bastante caro en regalos de todo tipo. Nefer los impresionó. pero leyó en la mirada cruel de su viejo esposo que su deber era obedecer sin demora. darle placer e hijos varones. Les dio unas órdenes. Entre ella y Cecilia la atracción fue inmediata. Consideraba que debían obedecerlo en cualquier circunstancia. incluso tuvo derecho a una caricia. Tenía el aspecto de un gigantesco templo de carne con las columnas plantadas en sus babuchas negras. La mayor no debía de tener treinta y cinco años. la más joven estaría sobre los diecisiete y ya había llevado una hija en su vientre.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Shulé. Acababa de ser elegida para la noche venidera. la tomó de la mano y la condujo a su propia habitación completamente cubierta de alfombras. En cuanto el ihtiyarlar abandonó el harén. Entró en el harén con Cecilia y Nefer y se dirigió hacia la mayor de las habitaciones. de una fealdad espantosa. El olor empalagoso de sus perfumes pareció absorber bruscamente todo el aire del corredor. mujer! La imponente madre del primer hijo varón tenía ciertos derechos sobre su territorio. La más joven. con un ruido de telas arrugadas. de respiraciones jadeantes. Eran tres. Un brasero dominaba el ambiente sobre unos pies de bronce en forma de 206 . después pidió a las otras esposas que lo escucharan. no expresaba otra cosa que odio. —No quiero que duerman aquí —dijo la primera esposa a la vez que bloqueaba de improviso el acceso a la pieza. Unos armarios pintados con motivos florales contenían colchones y mantas de pelo de cabra. mediante gestos de desagrado. ¡Apártate. que se abría y cerraba a cada palabra. y todas sumisas. las otras esposas y los sirvientes aparecieron. pero el ihtiyarlar nunca tenía en cuenta la opinión de sus mujeres. que se llamaba Khâzine. Sus ojos desmesuradamente agrandados por el khôl se posaron con intensidad en la joven y parpadearon al descubrir al eunuco. —¡Soy yo quien decide en esta casa! —dijo el amo del konak—. Shulé. —Tiene el mal de ojo —añadió. mi primera esposa —dijo el anfitrión. En ese momento. conteniendo a una prole de niños y niñas en los pliegues de sus camisas de tafetán o de algodón bordado. hizo comprender a su esposo que aquel monstruo debía permanecer en el umbral del harén y compartir la estera del responsable de la llave. «Tesoro» en turco. Abandonó su posición y se retiró detrás de las esclavas de su séquito. Lo encontraron repulsivo. Su figura. No emitieron protesta alguna cuando su marido exigió que mostraran sus más bellos vestidos a la «invitada». que temblaba con las sacudidas de su boca. que habían acudido a una señal del amo. El gesto era inequívoco.

no pudo evitar tocarlos conforme Khâzine los sacaba para extenderlos en la alfombra. si no se ve —dijo la joven esposa mientras abría el segundo cofre. segura de sus derechos como nodriza de los niños. que abrió para el placer de la vista de la veneciana. habían debido de costarle una fortuna al señor. Cecilia se asomaba a la cuna. —Nunca podría llevar ésta —dijo Cecilia. que. Cecilia sintió la rebeldía subirle por dentro. La camisa roja. verde oliva. Khâzine tomó una de aquellas camisas ligeras y la desplegó ante el cuerpo de Cecilia. Podía servirse de él para abrirse un camino hasta las cuadras. Holanda y Francia. todavía lo serán más —dijo Khâzine suspirando. Tres cofres grandes. El bebé se puso a llorar. multiplicaban los bordados y los motivos de manera que uno no dejaba de seguir los detalles con la punta de los dedos. Como estaba en el rincón más sombrío. vestidos femeninos para llevar por encima que otros llamaban caftanes. —Te va más grande que a mí —dijo. era transparente. Nefer. no lo había notado al entrar en la habitación. —Una gran desgracia se abatirá sobre tu hija —dijo la mujer. —Por qué no. La tristeza se pintó en el rostro de Cecilia. —¡No la toques! —Yo le doy el derecho de hacerlo —conminó Khâzine a la vez que tomaba el bebé en brazos para dejárselo a Cecilia—. Aquellas vestimentas magníficas habían sido concebidas para unas diosas aprisionadas. —Allí donde vas. donde se apoderaría de un caballo. 207 . oro viejo y azul esmeralda. El acceso de violencia duró poco. En el primero estaban apilados camisas y pantaloncitos de todos los colores. lleno de férédjés. La mujer apartó a la joven lanzando una especie de rugido. —¿No te gustan? —Jamás he visto nada tan bello —respondió. la llevaría con ella. guardaban sus vestidos. Era una simple caja de madera con los bordes redondeados. que era sensible al lujo. Una mujer de gran corpulencia con los cabellos largos y rizados apareció en el momento en que. Estos férédjés. forzándose a sonreír. Toma. De color escarlata. atraída por el niño. cógela.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta serpiente. Tenía su puñal oculto bajo los pliegues de su ropa de terciopelo desgarrado. Venía de una cuna puesta cerca de un diván. Un grito de bebé la devolvió a la cordura. se llama Shirâne. buscando sus palabras en la lengua de los osmanlíes. puso su brazo entre la niña y el pecho de Cecilia. a rayas de color azafrán. Y si Khâzine lo deseaba. Habían sido cortados con telas de Inglaterra.

no podía sostener la mirada admirativa de Khâzine. yo. —Creo que ha llegado la hora de acostumbrarla a la leche animal. recobrando la voz y el tono que tanto impresionaban a las mujeres del harén. —¿Qué quieres decir con eso? —Que el señor que te elija hará de ti una kadina muy rica y envidiada. Dos armenias le frotaban la espalda y el pecho. ofrecía su cuerpo a los cuidados de otra criada que vertía un aceite perfumado en el hueco de sus lomos. Ésta. procuraban caricias que entrecortaban el aliento de la bella cautiva. no querían poner fin a aquella coacción. Cecilia estaba desnuda en el pilón de mármol donde cantaba una fuente. —¿Cómo puedes aceptar ser la cuarta? —El Corán autoriza a tener cuatro mujeres a un hombre.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Aquel gesto provocó la irritación de Nefer. —¿Qué edad tiene tu hija? —preguntó Nefer a Khâzine. Las armenias. no conseguía aceptar la naturalidad de este ritual reservado a las favoritas y a las esposas de las ricas mansiones otomanas. Semejantes a los suaves rizos de un agua acariciada por la brisa. —Yo no seré jamás la primera esposa de una lista. Cecilia descubrió sensaciones que juzgaba culpables. El eunuco rechazó a la ninè. unos estremecimientos recorrían sus miembros. echada en una mesa recubierta de lozas de color azul y verde. Nunca compartiré el amor de un hombre con otras mujeres. —¿Acaso vas a alimentarla con tu leche? —ironizó la ninè. a condición de que pueda mantenerlas. se perdían bajo el vello naciente que sombreaba ligeramente la parte baja de su vientre. —¿Como tú? —Oh. siempre había tenido relaciones conflictivas con las nodrizas. alisando su piel enjabonada con sus hábiles dedos. Hicieron más precisos sus gestos y. 208 . —Cinco meses. Todavía peor. Y prefiero ser la última esposa de esta casa que la primera odalisca de un palacio de Estambul. que notaban su turbación. Desde los tiempos en los que ejercía su cargo en el Palacio de las Lágrimas. yo no soy más que la cuarta esposa de un mercader de caballos. —Llegarás muy lejos —dijo Khâzine. por medio de golpecitos y cosquillas. su pecho. Ruborizada y molesta. que veía de qué carne estaba hecha la joven en su despertar a la sensualidad. —¡Vuelve a tu estera! —dijo.

ya lastimado por un embarazo. untando con aceite los labios ocultos que pedían ser abiertos. Ella no deseaba ya ser la cómplice de aquel sistema que rebajaba a las mujeres al rango de los animales domésticos. Aprenderás a ahogar tus sentimientos y a disfrutar del placer. No podía hacerse a la idea de que aquel cuerpo apenas salido de la adolescencia. Con estas palabras. Cecilia contempló a la joven esposa que se preparaba para la noche. mientras que una sierva se atrevía con una caricia más precisa.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Hay que saber compartir sin amar. Rechazó a las armenias que procuraban atraer sus favores y unos besos. iba a ser ofrecido a aquel tiránico vejestorio que vendía caballos. dejó caer de nuevo su cabeza entre sus brazos. ¡Era preferible la muerte! 209 .

El pueblo y su mezquita. un pastor que habría podido tomarse por un niño. opalescentes bajo los rayos de una media luna que acababa de salir por encima de la montaña. —Es la noche del destino —dijo a los recién llegados. Todos sus sentidos y su espíritu estaban orientados hacia el objetivo a alcanzar. Los dos hombres lo siguieron. El kazasker tenía espías por todas partes. un niño lloró. Eran los «Justos» armados por el kazasker Hodja a mayor gloria de Dios. Tenían la certeza de actuar a favor del bien. Los dos enviados del kazasker Hodja dejaban navegar su esquife a merced de la corriente. La sangre que derramaban los purificaba.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 49 La muerte se deslizaba en el río verde. embargado de un súbito temor. Habrían podido cerrar los ojos. tomaban por las joyas de Alá. de tan pequeña como era su estatura. les facilitaría el acceso al paraíso. Todo el mundo dormía en la pequeña aglomeración. Sabían exactamente adónde se dirigían. Le habían 210 . pertenecían a un mundo que no conocían. No esperó respuesta. En alguna parte. un gato maulló. y muchos otros que ya habían llevado a cabo con anterioridad. Eran semejantes a predadores nocturnos. Se les habían prometido mil recompensas. escuchar latir su corazón. sentir el olor acre que se desprendía de él. Mostró un camino que se hundía entre dos setos de moreras salvajes. Aquel acto. un perro ladró. Enseguida su guía. Percibían con una agudeza extraordinaria los movimientos de los pequeños animales en las orillas. esperó a que el silencio retomara posesión de las casuchas y de los jardines. Allí. justamente donde se elevaba una antigua capilla bizantina arruinada por las guerras de los primeros conquistadores seléucidas. No había nada que añadir. apareció entre los muros derrumbados. Atracaron cerca del pueblo. Las constelaciones les parecían rosarios resplandecientes que sus ojos. El pastor avanzó hasta la mezquita. y no perder su rastro. aproximándose a una presa que no podía escapárseles. unos sonidos tranquilizadores. agrandados por las drogas. Aquellas palabras venían de la misma boca del juez Hodja.

Un ruido diferente a los otros llamó su atención. Reculó. Había hablado en sueños. apenas humanos. casi enferma. el mentón y la redondez de un seno de la joven antes de sentir el frío contacto del kandjar en su cuello. bultos inmóviles. No podía ser otro que el señor en busca de placer con la joven Khâzine. Cecilia no dormía. De las formas aureoladas por la luz imperceptible que pasaba a través de las celosías. Con la punta de sus dedos huesudos. Temblaba. Shulé liberaba su aliento de fragua. unas imprecaciones habían escapado de sus labios antes de ser barridas por unos gruñidos. A tres pasos del colchón sobre el que estaba echada. hubiera necesitado un año para ahorrar una suma semejante. La pieza principal del harén estaba ocupada por las sirvientes estiradas sobre sus esteras. pero el peso del oro. la primera esposa roncaba. Cecilia contempló al horrible viejo que se introducía en la habitación de Khâzine. pesó más todavía. Su aversión por el señor del konak era tal que 211 . que vivía de cambiar leche de cabra y pieles de animales. —¿Tienes prisa en morir? —preguntó Cecilia. Cecilia percibía los chirridos. turbada un instante por el miedo. Eran unas siluetas sombrías. Cecilia oyó la melodía alegre de la fuente del hararet cercano. y ruego al Señor que se haga dolorosamente —dijo alejándose. Por encima de ella. Todo deseo desapareció de su mirada. Movida por una fuerza incontrolable y deseos no confesados. resbaló del rostro al pecho. Él.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta pagado dos piastras de oro para guiar a aquellos inquietantes servidores del kazasker. Vio moverse al ihtiyarlar. Él comprendió que no dudaría en utilizar el arma repentinamente aparecida. Su mano siguió a sus ojos. Y retomó el camino hacia el konak del jefe del pueblo. La proximidad de la casa de Dios pesó en su conciencia. Su mirada sorprendentemente brillante se posó en ella. no distinguía más que la de Nefer envuelto en la manta y el cuerpo redondeado de Shulé en el diván. Aquel fantasma vestido con una camisa larga y blanca que ocultaba la magra delgadez de su cuerpo se le acercó. abandonó su colchón y salió de la habitación. las respiraciones. Alguien acababa de pasar el cerrojo del harén. La noche había vuelto a cerrarse sobre ella. Era breve y metálico. la estructura de madera crujía. El konak bullía. después el deslizarse de unos pasos. —Un día experimentarás qué es un hombre. casi insignificante en el bolsillo cosido a su camisa. se permitió tocar la mejilla.

Alcanzar los escarpes de las montañas y desaparecer durante algún tiempo con sus cabras. porque apenas salido de la habitación. el camino de aquellos que has premiado.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta tuvo que contenerse para no dirigirse a la habitación de la cuarta esposa y plantar su puñal en la espalda de aquel hombre... todo misericordia. se subió la camisa. La cuarta esposa había sido tomada con tanta brevedad que se preguntaba en qué consistía el acto amoroso perpetrado por el vejestorio. se sintió terriblemente en peligro. eso era lo que le quedaba por hacer. Miró alrededor de él. el Misericordioso. loado sea Dios. Pertenecían a soldados del ejército del sultán. A Ti es a quien adoro. Allá donde. No habían visto venir a las sombras. estaban los dos asesinos. lo que había hecho entre las piernas de su joven esposa debía de atormentarlo. lavó sus partes íntimas y cayó con la frente besando el suelo y repitiendo: En el nombre de Dios. Aquello era un crimen. Huir. el rey del Día del consuelo. *** Cecilia no se había movido. Guíame por el camino de la rectitud. Recuperó sus piernas de corredor de las cumbres y fue más rápido que una pantera de las nieves. Los piqueros del mouzhir agha yacían bañados en su propia sangre. Señor del universo. Sin embargo. Era evidente que el ihtiyarlar no conocía las caricias condenadas por la Iglesia. algunos instantes antes. el Misericordioso. De repente. todo misericordia. Las afiladas hojas habían cortado sus cuellos tan fácilmente como los de los corderos al fin del Ramadán. a Ti de quien la ayuda imploro.. 212 . Un jadeo breve seguido de un grito tenue le había llegado de la habitación de Khâzine. de las historias prohibidas leídas en la biblioteca de su padre. sin notar la presencia de Cecilia. El pastor miró los cuerpos tirados. En menos tiempo del que hace falta para recitar el primer sura. se dirigió a la fuente del hararet. Se acordó de los abrazos de Beatrice y Joao. atrapado entre la crueldad del kazasker y la venganza del jenízaro Adna. querido por el juez de los ejércitos. Su misión había terminado. no había más que un temblor de hojas agitadas por una corriente de aire.. escaló hasta la linde del bosque y desapareció.

Alá había adormecido la confianza de los descreídos que vivían en aquel konak. los amos habitaban el primer piso. Había pasado quince años de su vida acechando la llegada de la dueña. hubo aquel choque sordo contra la puerta del harén. Había acariciado el peligro más de una vez en el Palacio de las Lágrimas. Estaba calmado. Olvidados ya los deseos que había experimentado por Cecilia y el que le había hecho perder su semen en el vientre de Khâzine. Pero aquello que había oído no era ni duro. quedó tirado en la puerta que nunca había tenido derecho a franquear. Todos los konak se parecían. La tristeza se apoderó de él. no el de aquellos que se extravían. rompió su inmovilidad y. Su cabeza tropezó con ella. de la que esperaba la ternura. se hicieron ligeros en los peldaños de la escalera de madera. Era la muerte. No se conocería el robo en aquellos pagos. Miró de soslayo hacia Shulé. La gruesa esposa emitía un zumbido. Cuando el guardia de las llaves los vio llegar por el corredor suspendido que unía el selamlik con el harén. y de la servidumbre de piernas ligeras. también unas mujeres habían intentado envenenarlo. No tuvo tiempo de sentir dolor y murió sin poder defender a su señor. de su madre. Ninguna puerta se había cerrado con cerrojo. y los servidores. permaneció un momento para escuchar el canto de la fuente. Había visto eunucos estrangulados a su lado por no haber sabido complacer al Gran Señor. la planta baja. —Estamos en peligro —murmuró. El agua se escurría como las horas de la vida. —¿En peligro? Nefer se incorporó brutalmente y vio que ella tenía el puñal. Palideciendo. las habitaciones. cansado. Tenía la certeza de ello. ¿Acaso había vivido demasiado? ¿Qué hacía el ihtiyarlar en el hararet? Cecilia se quedó escuchando.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta no el de los réprobos. El camino de la rectitud: los dos enviados del kazasker Hodja no conocerían otro. Algo anormal acababa de producirse. asestando varias estocadas con sus cuchillos. 213 . herido en el corazón y el vientre. ni tierno. El ihtiyarlar había purificado su corazón y su cuerpo. echaron a correr. Al fin. reencontró los viejos reflejos. a la que temía. Se había habituado a reconocer los ruidos en el palacio de su padre. alcanzando la habitación de la primera esposa. El guardia que esperaba al ihtiyarlar. Después. ni ligero. Pasaron delante de las cocinas. y nadie se habría arriesgado a entrar en la casa de un jefe. invisibles al atravesar los apartamentos familiares en los que dormía el clan. la despensa. despertó a Nefer.

No montaba su caballo favorito desde hacía mucho tiempo. Llevaba a su hija bajo el brazo. Nefer necesitaba ayuda. Cecilia dudó. ni los gritos de las esclavas que se habían despertado. los músculos no resistieron a aquella flecha empujada por los ciento cuarenta kilos de la masa del eunuco. se precipitaban sobre el cuerpo de su esposo. Los enviados del kazasker Hodja surgieron de improviso ante él. Nada parecía poder pararlos. —¡Huye! —gritó a Cecilia. Cecilia había ya encarado el peligro en la galera veneciana y todavía sabía manejar su puñal. El amo se sentía cansado. — ¡Vienen a buscarte a ti. el cómplice del herido lo atacaba por detrás. pero. Alguien la empujó. —¡Ven! No pudieron franquear el umbral de la habitación. supieron que estaban perdidas. ni el nombre de Dios inscrito en el último pensamiento del moribundo que se derrumbaba. Todo se le escapaba. la tomó por la mano y la arrastró. cuando vieron surgir otros hombres armados. Otra hoja se hundió en su espalda. Sin embargo. y no experimentaba nada más que despecho. El sombrío corredor se extendía ante Cecilia y Khâzine. 214 . Adelantando a la joven madre asustada. Las ropas. Poco a poco los años borraban los placeres de la vida. Pronto no podría ya honrar a sus mujeres. movido por una fuerza diabólica. muévete! ¡Hay que salir de aquí! Era Khâzine. fue hacia los recién llegados. Su atizador dio con el vientre de uno de los asesinos. Se arrastró hacia el brasero colocado en un trípode de bronce y se apoderó del atizador. blandiendo sus cuchillos enrojecidos por la sangre de las víctimas. Nefer sólo había escuchado a su amor por Cecilia y había saltado sobre los dos demonios. una bestia feroz y aulladora surgida de una de las habitaciones se lanzó sobre ellos. se le agarró y comenzó a acuchillarlo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta haciendo temblar su corpachón. al que daban todas las habitaciones del harén. Caminaba a pasos cortos como lo hacen los ancianos que no tienen un uso perfecto de sus piernas. El ihtiyarlar estaba en el salón de las mujeres. la piel. dando alaridos. Cecilia se dejó llevar mientras que las otras esposas. pero éste. Intentó desembarazarse del hombre que acababa de atravesar de parte a parte. Lo golpearon con la rapidez de la cobra que salta como un resorte para clavar sus colmillos. Después alargó su mano a Cecilia.

¡Adna! El mouzhir agha encabezaba a una decena de yayas. que entró de nuevo en aquel harén cuyos días estaban contados.. —¡Llévame contigo! —No tengo el poder para ello —respondió Adna. el jenízaro saltó. Shulé. vio a las dos esposas desconsoladas que iban a ser relegadas y a la primera. De repente. Pero no por ello fue abatido. ya tan frío.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¡Guarda tu arma! —gritó una voz que reconoció al instante. Se llevó aquella gota de vida a un más allá donde se convertiría en un hombre. lo juró mojando los dedos en la sangre de aquel muerto al que no había amado bastante. La droga lo empujaba todavía a cumplir el acto santo para el cual había sido elegido. que no vería nunca más el alba levantarse en este mundo. Khâzine. Comprendió que su vida iba a convertirse en un infierno porque nadie querría nada de ella ahora. El sicario de Hodja se disponía a golpear a Cecilia. había sido herido en tantos sitios que sus vestiduras parecían teñidas de púrpura. Provisionalmente. 215 . El sable de Adna se clavó entre sus ojos. se arrodilló ante el mouzhir agha. Una lágrima se desprendió de las pestañas de Cecilia y cayó sobre su frente. su pequeña veneciana a la que abandonaba demasiado pronto. a la que la muerte del ihtiyarlar promovía a la condición de madre del nuevo jefe de la comunidad. La mano de la joven apretó la suya. —¿Y quién lo tiene? —preguntó Cecilia. Así se mataba a los lobos y a los jabalíes solitarios. —¿Quién quiere mi muerte? —Muchos son los que quieren tu muerte —respondió el jenízaro—. donde se lamentaban las mujeres y la servidumbre. su niña querida. la notó ardiente. perdiendo la vida por todas las heridas de su pecho y su vientre. Matar a la impura. Cecilia apretó los dientes.. Después dirigió una terrible mirada vengadora a Adna. Vio al eunuco derribado sobre el segundo asesino. él. —Aquella en cuya casa vas a aprender a convertirte en una odalisca: Gülbehar. Él también se alejaba de la vida. Después entró en el harén. Ella estaba allí. Manteniendo a su bebé en sus brazos. Nefer sentía que partía. ni los ojos negros de Cecilia abrirse a la mañana radiante. Adna lo empujó con el pie mientras permanecía de rodillas. Las picas lo consiguieron.. Aquellos que habían financiado aquel crimen serían castigados. su hijo de treinta años. una hoja pasó entre las dos mujeres. pero son nombres que no se pueden pronunciar sin exponerse uno mismo a la muerte. Dentro de dos días estarás a salvo. inclinada sobre él..

Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Yo te salvaré. —dijo Cecilia a la vez que apretaba a la joven mamá y a su hijo contra ella—.. Yo te salvaré.. 216 .

todas aquellas menudencias debidas al desgaste anunciaban su declive. Aquella perspectiva le helaba la sangre. y recobró su buen humor. —No tienes fiebre —dijo suspirando. los rasgos aflojados de su rostro. —¡Todavía soy la primera kadina! —gritó. donde un cuchillo estaba listo para ella. —¡Señora!.. Si Dios llamaba a Gülbehar. Se acercó a la kadina y le tocó la frente. Unas finas arrugas en las puntas de los ojos almendrados.. —Podrías. iría a la calle. Rehusó dejar resbalar su mirada por su cuerpo que se había redondeado. que le devolvió la imagen de una flor marchita. había sido consciente de que ya no despertaba el deseo de Solimán. ¿qué le quedaba de ese nombre que significaba «Rosa de primavera»? Se miró en el espejo. 217 . otras en las comisuras de los labios. Sólo ella podía permitirse un gesto semejante. —Sin embargo. Zora. tan fuerte que la kiaya de la servidumbre acudió. Había tenido que dejar su sitio a Hürrem. como en los tiempos de gloria en el Palacio de las Lágrimas. pero de una belleza otoñal. por su pecho caído. su joven y ambiciosa rival.. Cuatro años antes. ¿Te encuentras mal? Gülbehar se volvió hacia la vieja kiaya.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 50 Gülbehar. Sí. todavía bella. tengo fuego en el cuerpo —respondió Gülbehar. —Tranquilízate. no estoy a punto de morir. por sus piernas que habían llegado a ser demasiado pesadas. tutora de las siervas y esclavas agregada a una esposa imperial.. La kiaya no estaba tan segura de ello. el abotargamiento del mentón. que acababa de darle el título de «señora». No se veía a sí misma como una mendiga en las calles de Amasia y todavía menos en las de Estambul. ella. Zora. Debía aquel privilegio a veinticinco años de leales servicios y a un indefectible cariño a la que la había elevado al rango de kiaya.

Solimán se las había ofrecido después de su primera noche. Zora no se cansaba nunca de contemplarlas. Aquellas piedras habían sido arrancadas del corazón de las rocas de Kandahar. Las tentaciones evocadas por Zora la deprimían.. Más de una vez había intentado. era impensable. sólo el temor de perder para siempre la batalla contra Hürrem la retenía aún. Se decía que no pasaba una semana sin que aquella perra. talladas en Islamabad.. o por los artistas elegidos entre los mejores de Estambul. como se decía que jamás conocería ya el placer entre los brazos del hombre al que amaba. El contenido de aquel cofre hubiera podido servir para formar un ejército. las joyas de la kadina captaron el fuego de su mirada. vueltas a labrar en Alejandría. hechos de esmeraldas tan gruesas como dos higas pequeñas. A veces adornaba sus muñecas. La kiaya había abierto un cofrecito placado de marfil y hojas de plata. hacerle tomar un amante. su cuello y sus dedos con aquellas maravillas ejecutadas por los mejores orfebres de India y de Italia. Era hace mucho tiempo. En el fondo. hija de un sacerdote ortodoxo. pero era ayer. A veces llegaba a exasperarse por el deseo de un hombre. que se jactaba de ser tártara pero que en realidad no era más que una miserable polaca de Lvov. recibiera regalos magníficos enviados por el Dueño del cuello de los hombres. 218 .. —Ponte guapa —dijo Zora. Aquí. Sin embargo. estaban lejos del harén de Topkapi. Los hombres se habían matado entre ellos por su posesión. No despertaron más que la amargura en el corazón de Gülbehar.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¡No! ¡Mil veces no! Pertenezco al sultán. con riesgo de su vida. Y.. privilegio de su abandono. estaba tentada de violar su palabra de mujer fiel. al no estar ya retenida por el respeto que le inspiraban el Corán y el Estado. Gülbehar permaneció ensimismada. No había eunucos para vigilar a las mujeres y. las mujeres se sometían a todas las bajezas para poder llevarlas. Zora se calló. Gülbehar estaba dolida. Traicionar a Solimán. En un centelleo de oro y de piedras preciosas. que hacía la guerra en los confines del imperio. a cambio de su virginidad y del título de iqbal. en esta fortaleza perdida. en lo más profundo de ella misma. La kiaya retiró un par de pendientes. Hürrem estaba en posesión de un tesoro mucho mayor. Hoy. tuvo un pensamiento muy intenso para aquella desconocida que llegaría a arrebatar a Hürrem el corazón del sultán. la kadina tenía en ocasiones que recibir a mensajeros y al mouzhir agha Adna en los aposentos dispuestos en el ala oeste de este edificio militar.

Desenrolló la carta y leyó: Yo. a nosotras. la mirada de la sultana se iluminó. hijo del sultán Bayaceto. asistiría a la muerte lenta de Hürrem. de Anatolia. del Kurdistán. El estuche contenía un pergamino enrollado y sellado con el nombre del Señor de los señores. el Sultán y Padichah del mar Blanco. de La Meca. Era su única razón de vivir. hijo del sultán Selim. Zora? —Para complacernos. a los labios y al frente y evitando mirarla. se vengaría. Distribuidor de las coronas a los monarcas del globo. la cota de mallas y el pantalón ahuecado azul y marrón. Llevaba el casco cónico de los caballeros. de Rum. el sultán Solimán Kan. —Entrégame tu mensaje —dijo la kadina. Entonces.. de Dulkadir. No esperaba gran cosa de este mensaje. de Azerbayán. El mensajero entró. y a tu hijo. de Medina. de Persia. de Diyarbekir. Sé (Dios bendiga a los amigos del Islam que me abren los ojos) que mantienes correspondencia con el dux de Venecia y que buscas hacer entrar unas jóvenes cristianas en nuestras tierras 219 . A la mención del hijo. Soberano de los soberanos. como lo haría un gran visir en la sala del trono. te ordeno cesar toda actividad tendiente a perjudicar los intereses de la Puerta. Se inclinó haciendo el temennah. Este título haría de ella la más poderosa de las mujeres de la Puerta. Mustafá era el único ante el que quería parecer una emperatriz. de Jerusalén. del mar Negro. Era su fuerza.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Apartó la mano de la kiaya. de El Cairo. no esperaba ya nada de su esposo. llevando la mano derecha al corazón. de toda Arabia. de Alepo. la Sombra de Dios en la tierra. de Damas. Una sierva vino a advertir de la llegada de un mensajero. De allí sacó un tubo de madera que remitió a Gülbehar. Zora le colocó un velo. las sirvientas. su espada. Zora volvió a la carga con un collar de perlas blancas y negras que había pertenecido a una princesa persa. que le ofrecía los pendientes. —¿Para qué. El corazón de Gülbehar se sobresaltó.. de Karamán. arregló los cojines del sofá y se situó a su derecha. que va a volver pronto de su inspección. Una bolsa de cuero colgaba en su cadera.. aquel que lavaría todas las afrentas infligidas por Hürrem. Era un sipahi. derramó perfume. del Yemen y de los otros países que mi nobles antepasados (¡Dios haga resplandecer su tumba!) han conquistado y que mi augusta majestad ha igualmente conquistado con mi espada flameante. el heredero por el cual ella se convertiría en la «Corona de las cabezas veladas». Sultán de sultanes. el primer hijo varón de Solimán. de Rumelia.

nunca recibiré poemas —dijo Gülbehar. Endurecer el corazón y el cuerpo de aquella joven cristiana no era más que una cuestión de doma. prefería escuchar el sonido brillante de las espadas de los jenízaros en la instrucción. el cañón que saludaba la llegada de una galera almiranta. después crepitar la madera seca del tubo en el brasero. la volvió a meter en el tubo. enrolló la carta. Puedes disponer —añadió para el hombre que contemplaba el mosaico amarillo por el sol—.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta para no sé qué conspiración. Se oyó sonar su cota de mallas y sus botas guarnecidas de hierro. Aquel que es el Dueño del cuello de los hombres te saluda. haciendo alarde de la más irónica de las sonrisas—. sí. no habrá respuesta. Ya no se acordaba de la carta. los llantos de los esclavos que sufrían el látigo. que tres batallas han puesto de rodillas. Gülbehar se retuvo. Fue a encerrarse en su gabinete de trabajo para llorar en silencio. —¡Tuya es! Zora cerró los ojos para ocultar su inmensa satisfacción. Ella. La géditchi Yasmina detestaba la poesía que ablandaba el espíritu. descendiente de una estirpe que había combatido a los cruzados. el choque sordo del yatagán abatido por el verdugo. me verás ante los muros de Amasia.. ¿Qué podía haber escrito el sultán para qué la kadina se encontrara en aquel estado? —¿Ya se ha preparado la habitación de la joven esclava de la que he sabido que está cerca? —preguntó Gülbehar. El sipahi reculó repitiendo la temennah. encontraban placer en hacer cantar las palabras. domar a las niñas. educados en la tradición nómada y guerrera. —Decididamente. se levantó y se dirigió hacia el brasero. cuya curiosidad se había despertado. No entendía por qué los turcos. Cuando haya acabado de someter Moldavia. se sintió despechada al ver a su señora poner el tubo sobre los carbones ardientes. Zora. —Dámela como esclava y la elevaré al rango de iqbal. Gülbehar. —Está todo listo. Y a la kiaya le gustaba eso. Pueda Dios preservar a mi hijo de tus maquinaciones subterráneas y evitarme aplicar la sharia contigo. siria de pura cepa. Dividida entre la cólera y la tristeza. —Quiero que hagas de ella una odalisca excepcional. La kiaya no conseguía apartar sus ojos del humo que se elevaba con los secretos del mensaje.. Solimán nunca le enviaría un poema. 220 .

Observaba. mi Imperio romano. Un sabio maquillaje engañaba al ojo más experto. las visitas del exterior y el jefe de los eunucos negros. debía simular que apreciaba el canto poético. que no habían conocido el amor que ellas se dispensaban en el hammam o en el dormitorio común. no se perdía nada de lo que se decía. Ésta había exigido que todas las siervas de su séquito. El eunuco ocupaba seis pufs. ¿Tendrían la oportunidad de experimentar por el tiempo de una noche el abrazo del Gran Señor?. si muero tú me matas. implacable infiel. Kipack. Tenía treinta y siete años y parecía que tuviera veinte. tú. Un enorme diamante cerraba el cuello de aquel vestido que había necesitado semanas de trabajo en los talleres especializados en los hil'at. envidiaron a la favorita. las odaliscas que había elegido como confidentes. que no inquieta nada en el mundo. 221 .22 Tenía una tez de melocotón. mis Badakhchan. se parecía a las mujeres pintadas en las preciosas miniaturas de Isfahán. de la respiración misma de todas aquellas mujeres de las que él habría querido controlar los pensamientos más secretos. Hubo suspiros de pasmo cuando acabó la lectura. Hürrem resplandecía. hizo como si se interesase por las poéticas palabras de su señora. mi señor de Egipto. la soberana del reino de mi corazón. Karamán. el kizlar aghasi Abas. sobre todo cuando había sido compuesto por Solimán o Hürrem. oh mi amor de negros cabellos. mi José. con los arcos de tus cejas. mi amor. Estaba al acecho. los sueños. mi todo. leía con pasión los escritos del Señor de la Puerta: El verde de mi jardín.. ¿Y las 22 Ropa de gala.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Sin embargo. La siria conocía bien al kizlar. mi Estambul. Bagdad y Khorassán. Yasmina sólo tuvo una mirada para el personaje que más temía en aquella pequeña corte perfumada y empolvada: Abas. estuvieran presentes para compartir su felicidad. Vio brillar sus pupilas detrás de las pestañas. mi tesoro.. Las odaliscas. A Yasmina no le gustaba ser el objeto de una atención semejante. Parecía dormir. tus ojos lánguidos y pérfidos. Para escapar a aquel examen. En su caftán marfil recamado con piedras rosas que dibujaban unos ibis. incluso el de Abas o el de Yasmina. mi azúcar. Con su voz. que podía modular hasta el infinito.

—Encuentra a Mihrimah y tráela aquí. Era un acontecimiento. Cuando Abas la trajo consigo al cabo de una media hora. Una estudiada lasitud modificó de repente la expresión perfecta de su rostro de emperatriz. se moría de curiosas enfermedades y se desaparecía de forma extraña. Con mano ligera. Dio unas palmadas para echar a las jovencitas enamoradas. respondía a su querido esposo. Yasmina y Abas eran sus protegidos. Yasmina conocía perfectamente los deseos de la kadina. Hürrem no lo permitiría. Encuentra a mi hija y tráela de las orejas si hace falta. has oído bien. ni siquiera a su padre. Hürrem. Todas se volvieron a poner sus zapatos de madera de rosa y fueron a inclinarse ante Hürrem antes de dispersarse en el laberinto que era el harén. o el tesoro. Hürrem deseaba ver a su hija. que prefería a sus hijos. Pasaban cosas extrañas en el harén. Ella dirigía el mundo. Yasmina estaba tan sorprendida como el eunuco en jefe. las llaves de su destino. ya había conocido todos los placeres que se pueden dar entre mujeres. Se había criado sola. mi querido Abas. A los trece años.. Mihrimah era un animalito salvaje y caprichoso. incluso habían encontrado a una de ellas colgada en la despensa del harén. —¿Abas? La voz de Hürrem lo detuvo. No temía a nadie. usando las géditchis a su servicio. ya no tenía enemigos de su talla. con el escritorio sobre las rodillas. —Sí. 222 .. ¿Y la fuerza que las convertiría en mujeres y madres? No había nada menos seguro. Abas exhibió su sorpresa. La favorita no era (como decía el poema compuesto por el Gran Señor) el azúcar. se tragaría de un bocado a Gülbehar. y eran precisos más de dos eunucos para proteger una virginidad que había jurado perder un día de gran cólera durante el ramadán. volviendo locas a sus preceptoras. Su boca se redondeó descubriendo sus dientes que limaba en punta a fin de parecer más cruel cuando sonreía a las mujeres castigadas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta palabras tiernas que precedían al amor?. Ahora. era como si nunca hubiera estado en el vientre de su madre. Ella había vencido al bajá Ibrahim. Abas fue el último en ponerse en movimiento. que no se preocupaba de nada en el mundo. sumisas hasta el empalago. Hürrem no quería ya ver a aquellas vírgenes y a aquellas esclavas que le eran adictas en cuerpo y alma. el Señor de los señores que poseía los cuellos de los hombres. Mihrimah tenía muy poco sitio en el corazón de la favorita.

como los secretarios y los contables. que se mantenía cerca de la jaula de los ruiseñores. No levantó la cabeza ante la ruidosa llegada de su hija. con el rostro tirante. pero no se castigaría a la hija de Solimán como se castigaba a sus hijos. escribía de rodillas)... «prueba». Mihrimah observaba a su madre con el rabillo del ojo. Mihrimah avanzó hacia ella preparándose para la respuesta. Había transcurrido mucho tiempo desde la salida de Yasmina y Abas. era su más caro deseo. El eunuco sudaba. la acabaría sin la ayuda del encargado imperial de los escribientes.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta trazaba los caracteres persas con la pluma mojada en tinta negra de China. Por dos veces había recomenzado aquella carta. Llegada a la altura del hombro maternal (Hürrem. —Deberías haberlo hecho. mi padichah. Mihrimah contempló desconfiada a Hürrem. «trampa». Hürrem levantó la cabeza. ¡me hace daño! —Yo le he dado ese derecho —respondió Hürrem mientras continuaba con su tarea. ella me ha vuelto a la vida. Le resultaba molesto dejar así unas palabras que amaba. Reventar los ojos de aquella pequeña peste. —Ya veo. que no abandonaba su calma y continuaba escribiendo. se puso a leer la carta destinada a su padre: La noticia de tu victoria ha llegado. Y tú ¿por qué me miras así? —dijo Mihrimah. el mundo entero está inundado por la luz de la misericordia divina. mi sultán. 223 . —No. Un millar de millares de gracias al Todopoderoso. dirigiéndose a la siria. —Ven a mi lado. contenía su furor. para después atravesarla con agujas. Abas. Puedes soltarla. eso significaba «peligro».. Hürrem estaba completamente ensimismada.. Dios sabe que. —¿Tienes urgencia en acabar ese adorno? —preguntó al fin la jovencita con prudencia. pero tenía que abandonar aquel placer por una ocupación digna de ser plenamente saboreada: el porvenir de su incontrolable hija. —¿Has terminado de bordar el pañuelo como te había pedido? La voz dulce de su madre la desorientó. dile que me suelte. Si su madre la llamaba «querida mía». —Madre. Cuando la he oído. La adolescente se agitaba en el extremo de su gruesa mano bien cerrada sobre su brazo cubierto de organza. Dejadme a solas con ella. si estaba muerta. Yasmina. querida mía. Todo el universo ha emergido de sus tinieblas.

el gran tesorero y bajá Rüstem. hacen llorar y gemir a tu servidor e hijo Mir Mehmed y a tu esclava e hija Mihrimah.. tu hijo Mir Mehmed y tu hija Mihrimah. Rüstem es un hombre admirable y considerablemente rico. —¿Qué tiene que ver ese pañuelo con mi virginidad? —Vamos a ofrecerlo a tu futuro esposo. —No es más que una cuestión sobre el pañuelo bordado. Mi sultán. Mihrimah lloraba. 224 .. ahí tienes. pichoncita mía. por compasión. tomes reinos y conquistes los siete países. —¿Cómo podría yo llorar si tú nunca me lees las cartas de mi padre? —A veces hay que inventar unas lágrimas para endulzar la existencia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Espero que hagas la guerra. —¡Madre! —Hace dos meses que has dejado de ser una niña. Ahora eres una houri. porque tú les faltas. Aquella historia de la virginidad era el arma con la que provocaba a las instituciones del harén y aterrorizaba a los eunucos que habían confiscado todos los objetos de forma fálica que circulaban en su entorno. ahora lloras. así como Selim Kan y Abdullah. Mihrimah puso cara de extrañeza. y todas las lágrimas acumuladas desde hacía años se derramaron por su rostro de cierva morena de grandes ojos de terciopelo. aplastes a tus enemigos. —¡Es un viejo! —No tiene más que cuarenta años y una sola esposa. Es como si estuviéramos de duelo. Ah. hija mía. Sus defensas habían cedido. te suplico que reconsideres tu decisión: —Mide tus palabras y no vuelvas a pronunciar en mi presencia el nombre de ese animal despreciado por Alá. Una hija que tiene sus primeras menstruaciones está en edad de casarse. te envían mil saludos y frotan sus rostros en el polvo de tus pies. Estoy encantada. Cuando se leen tus nobles cartas. aprendes rápido. no se llamaba Bayaceto. al que. Sus lágrimas me vuelven loca. ¿Cómo podía su madre escribir mentiras tan gordas? Ninguno de sus hijos lloraba. —No quiero ser sacerdote —balbució. salvo quizá aquel idiota deforme de Abdullah. —¡Hace mucho que no he llorado! —Hay que aprender. —¡Pero con ese cerdo gordo! Madre. ¿Sigues teniendo ganas de perder tu virginidad? Mihrimah quedó estupefacta.

Mihrimah era una justa recompensa. 225 . Hacer de él su yerno formaba parte de un plan elaborado desde hacía mucho tiempo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Hürrem deseaba aquel matrimonio. y éste se haría. Después de haber hecho eliminar a todas las vírgenes enviadas por Venecia. Rüstem merecía desflorar a la más codiciada del imperio. Debía atraerse definitivamente a Rüstem.

pero su avanzada edad y sus rostros de abuelos desmentían enseguida su actitud marcial. el frío la sobrecogió. Desde que entró en la fortaleza de Amasia. En el espacio de algunos minutos. se reuniría con Joao y Nefer. presentando su muerte como la única salida posible. Doce hombres eran necesarios para manejarlos. y se estremeció. Ella tenía que ser calva.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 51 Los enormes batientes reforzados de bronce chirriaron. la muerte esperaba para abatir a aquellos antepasados en armas. 226 . Aquellos fantasmas de uniformes apagados apenas la percibían. la humedad se concentraba allí en gruesas gotas que caían de las bóvedas. formada por bloques mal cortados que se encastraban los unos en los otros hasta las cimas de las torres. estaba constatado. cientos de pensamientos y de imágenes invadieron a la joven. —Ladrones —comentó Adna. Cecilia experimentó piedad a la vista de aquellos hombres de barba blanca. Aquella Gülbehar hacia quien el mouzhir agha la conducía debía de ser a imagen y semejanza de aquellos guerreros de cementerio. en salitre en los rincones sombríos. se ponían firmes por un viejo reflejo militar. la sultana más vieja del mundo. Al paso del jenízaro. Los graznidos de los pájaros que se disputaban los restos podridos eran horribles de oír. Imaginó a la esposa imperial como una mujer muy vieja. Así. Alrededor de ella. Aquel lugar era una tumba. Dos ahorcados colgados de unas vigas eran presa de los cuervos. La lúgubre fortaleza se elevaba por encima de aquella puerta titánica. en las intersecciones de los corredores. Unos soldados se relevaban en los puestos de vigilancia. donde ya se debía de sentir el viento frío de Anatolia. en charcos en unos suelos ennegrecidos por el moho. y los anillos demasiado pesados resbalarían de sus dedos enflaquecidos y quebradizos como el vidrio. Cecilia levantó la cabeza hacia las alturas engalanadas con cañones y estandartes.

Casi enseguida un ojo se mostró en la mirilla. —Entonces deberemos enfrentarnos a Hodja solos. —¿Así que ésta es la maravilla veneciana? —dijo. —El príncipe ha partido a la cabeza de tropas frescas para atrapar a los bandidos que causan estragos en las montañas. Sólo unos jenízaros intercambiaban tales muestras de afecto. 227 .Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Al llegar ante una nueva puerta con herrajes negros que se entrecruzaban con escurriduras de herrumbre. Apareció una sirvienta viejísima con la piel muy oscura y agrietada. —Eso no me sorprende nada.. el hijo mayor de Solimán. Orkas. con sus manos apretadas en sus hombros. —Yo también. su mirada azul y dura y su larga espada cruzada sobre su vientre creaban una cierta ilusión. también él había pasado la cincuentena. Hodja. Ya nada podría alcanzarla. —¡Que ese bebedor de sangre venga ante nuestros muros! ¡Lo recibiremos a cañonazos! —Mi espada bastará —respondió Adna a la vez que golpeaba la puerta con el puño. el azote del ejército de Rumelia y el brazo armado del gran tesorero Rüstem. no he recibido ningún mensaje desde mi partida de Izmir. —¿Has recibido mi mensaje? —preguntó el jenízaro rubio. Los cerrojos sonaron. Cecilia vio que su amistad era sincera. Cecilia estaba convencida de que iba a ser puesta en presencia de una terrible hechicera. Te advertía de la presencia del kazasker Hodja en nuestra provincia. Adna —dijo. La muerte en marcha. En adelante su cautiva ya no arriesgaba nada. Tenía un aspecto terrible. pero su bella prestancia. Un gigante rubio estaba de guardia. iba a pasar a estar bajo la protección de la primera kadina. —Estoy feliz de volver a verte vivo. —¿El príncipe Mustafá sabe del juez? —preguntó Adna. —No. Se dieron un abrazo. Estará de vuelta antes de las primeras nieves... sonriendo amigablemente al mouzhir. El rostro de Adna perdió el color. Agradeció a Dios por haber podido mantener a Cecilia sana y salva hasta aquella puerta. Aquello explicaba muchas cosas. volviendo la cabeza hacia Adna. Y.. La mirada suspicaz y escrutadora que dirigió a Cecilia impresionó a ésta. Había fiereza en aquella ventana carbonosa abierta a un alma atormentada. Una mirilla señalada por tres lunas de cobre la confirmó en esta idea. madre de Mustafá Kan.

y tendremos indulgencia. —La señora de Amasia. a qué raza pertenecía aquella reina que. La kiaya pensó enseguida en el bastón reservado a las siervas recalcitrantes. Unos pilares de mármol sostenían unas arcadas finamente esculpidas con signos que cantaban la gloria del islam.. Y no conviene a una futura odalisca tomarse por una emperatriz.. ¿De qué mundo. Se volvió hacia Cecilia y añadió—: Soy la kiaya Zora. adornaban la casaquilla malva que recubría su torso y realzaban con su resplandor su aspecto mágico. vívidas bajo las llamas de las antorchas. Era demasiado pronto. El kazasker Hodja de Rumelia está sobre su pista. Adna había ya sufrido el fuego. pero te habita el orgullo. de Manisa y de las tierras que van de Balikesir a las aguas fecundas del Beysehir Gólü te espera. Cecilia no estaba preparada para un encuentro semejante. Cecilia no respondió. Llevando al agha y a la cautiva detrás de ella. Te enseñaremos a mostrarte humilde. Se forzó a permanecer impasible cuando los dedos ganchudos de uñas largas y negras de la kiaya desprendieron el velo que enmascaraba la parte baja de su cara. cuyos cabellos con reflejos de cobre aureolaban una cara de madona. como una aparición del cielo. Sus piernas lechosas se adivinaban bajo el pantalón ahuecado y transparente 228 . El bashlik cayó. y su rostro arisco se aclaró con una ligera sonrisa ante la idea de doblegar las costillas de aquella perla del Adriático. y Zora examinó los rasgos delicados y orgullosos de Cecilia. —Eres realmente. algo que iba más allá de la voluntad y de la tenacidad. y ella no sabía cuál era la posición de la kiaya en aquella fortaleza. era extraño ver cómo sus espléndidas y negras pupilas brillaban de odio y desprecio. Cecilia no pudo impedir lanzar un grito de sorpresa y de maravilla.. Todo emanaba de aquella mujer. Que tu frente toque la alfombra donde sus pies se posen. —Lo sé —dijo resoplando la vieja. Un poder emanaba de aquel rostro surcado por los años. En el centro de aquella decoración mágica que una profusión de antorchas colgadas de unas cadenitas de plata iluminaba. ni cuáles eran sus funciones junto a la primera kadina. una mujer la contemplaba desde lo alto de un sofá al que se accedía por cinco peldaños recubiertos de azulejos verdes y amarillos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Rogaremos a Dios para que ella nos ilumine mucho tiempo con su belleza —respondió el mouzhir agha—. acariciaba con su mirada verde su rostro. Cecilia miró de arriba abajo a la kiaya. marchó con paso renqueante por el corredor que llevaba a una sala fuertemente iluminada. con una dulzura tan irreal? Unas piedras preciosas. Mientras permanezcas a mi sombra. excepcionalmente bella. Cecilia no dudó de ello. nada podrá alcanzarte. pero no Zora.

—¿Quién te ha enseñado la lengua de los osmanlíes? —preguntó la kadina. —¡Arrodíllate! —ordenó Zora a la vez que apoyaba todo el peso de su mano en el hombro de Cecilia.. ¿Se trata del eunuco que se fugó en otro tiempo del Palacio de las Lágrimas. sabía todo lo que le había pasado a la joven cautiva y había conocido la muerte de Nefer bastante antes de la llegada de la tropa de Adna a las gargantas de Amasia. que siempre había detestado a aquella casta. sus pies iban calzados con pashmaks de ante recubiertos con pétalos de oro. Ésta se escapó de la coerción dando un paso a un lado. —¡Basta! Un silbido de serpiente colérica le habría hecho el mismo efecto. que se dijo que era el momento de poner a aquel guerrero en el lecho de su señora. Zora miró a su señora con una especie de incomprensión.. Un rictus había maltratado los 229 . Ella ejercía sobre él una poderosa atracción.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta con ribetes recamados de rubíes. envites más importantes la preocupaban. Tenía que hacer de aquella cautiva la primera mujer del imperio. Emanaba una increíble fuerza de aquella pequeña veneciana que habría debido estar destrozada por el peligroso viaje que acababa de realizar. —Un amigo muy querido que ha sacrificado su vida por mí. sí. La joven que tenía ante ella poseía todas las cualidades físicas de las célebres odaliscas cuyas sombras frecuentaban todavía las memorias de los habitantes de los harenes. Ésta ocultaba su confusión bajo el hieratismo de su actitud. —Ah. Cecilia nunca había visto botines como aquéllos. sorprendida por los conocimientos de Cecilia. Y pensó en los fabulosos relatos que corrían sobre los harenes. —Un eunuco no puede ser un amigo —intervino la kiaya.. en las odaliscas promovidas al lecho imperial.. Nada de lo que él experimentaba escapó a Zora. por ahora. Conozco un poco tu historia. Pero. Gülbehar se hizo la sorprendida. si no me equivoco? —preguntó la kadina. Sin embargo. sin duda en razón del obstáculo que su estatus oponía a sus deseos. en todas las elegidas del sultán. si complacía a Gülbehar. ¿No ves que no está hecha para besar alfombras? —¡Es una esclava! —¡Yo no soy una esclava! —gritó Cecilia. —Se llamaba Nefer —añadió tristemente Cecilia. Zora quiso atraparla por los cabellos. —Déjala —dijo Gülbehar—. El mouzhir agha no había tenido jamás la ocasión de contemplar a la kadina en sus trajes de luces.

Cecilia Venier Baffo. —Sígueme —dijo Zora. ya que desde ahora es tu guardiana y tu iniciadora. había violencia. Gülbehar fijó su mirada en la de la cautiva. y no conocemos más que un medio para solucionarlo. Bajando los ojos. Dos pliegues severos rompían la armonía de la frente entre las dos cejas depiladas y redibujadas con trazo satinado y negro. el primogénito varón del sultán.. Un demonio va pisándote los talones. Y si por milagro llego a ser esa luz. Tu cabeza cortada vale mucho más que las veinte mil piastras de oro ofrecidas por la captura de un príncipe del Sacro Imperio romano germánico. Mi vida se ha vuelto dolor y hastío desde que la polaca me ha reemplazado en su corazón. al parecer. ¿no temes permanecer para siempre en la noche? —Es un riesgo que corro. Obedécela en todo. abre. agradeció a Dios por haber protegido a aquella pequeña veneciana que se revelaba tan fuerte y tan llena de futuro. De aquel duelo silencioso. Dios que es todo justicia ha querido que sea yo la madre de Mustafá. Zora te enseñará ese secreto. Solimán. cuando mi hijo suba al trono. no he estado en condiciones de retener a mi esposo. en su infinita misericordia. Bajo los afeites. salió derrotada. Aquella mujer se batiría con quienquiera que pusiera en duda su autoridad. —Tal como me ves —continuó Gülbehar mientras endulzaba de nuevo su mirada—. Desde ahora tu nombre será Nurbanu. para ayudarme a expulsar a esa aventurera que se llama Hürrem. Un día. las puertas del paraíso.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta rasgos perfectos de Gülbehar. 230 . hay que beber para no morir. Puedes retirarte. Tú estás aquí. y ya no hay ni alegría ni dulzura en mí. y mi amor para él es como el agua más amarga que. sin embargo. pero para que eso ocurra. seré la «Corona de la cabezas veladas». No se sorprendió al oír de repente la voz de aquella combatiente: —Me atribuyes poderes que no tengo —dijo valerosamente Cecilia—.. nos veremos después de la plegaria. se ocultaba un temible animal dispuesto a morder. Cecilia sintió de repente todo el poder de la kadina caída. El maquillaje blanqueador de la piel se resquebrajó con una arruguita justo encima de la comisura izquierda de sus labios orlados de rojo cereza. ¡Pues debo permanecer con vida! Dios. ¡Pero todavía no estamos en esa situación! Vamos a tener que educarte y protegerte. Y veo brillar en ti bastante luz como para empañar todas las del harén de Topkapi. exactamente como aquel que había librado con su rival Hürrem. hace falta todavía que la polaca no embruje más al Señor de señores. bajo los artificios.

Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cecilia tuvo una mirada para Adna. pero el mouzhir agha. no tenía más que un solo poder. 231 . el de dejar latir rápido y fuerte su corazón. Había una llamada de socorro en el azabache de aquellos ojos. frente a la kadina.

porque su rostro de cuero agrietado permanecía siempre cerrado. encontraba que la géditchi en jefe era peor que la dueña. un sexto sentido. y no era saludable encontrarse cerca de una culpable porque se sufriría entonces la misma pena. con las manos en los riñones. y ni una sonrisa alegraba los rasgos que decenas de años de encierro habían desecado. Castigaba sin ningún discernimiento. en la proximidad de los apartamentos de la kadina Gülbehar. Se decía que se entrevistaba con los demonios que volaban de un extremo al otro del Imperio turco. Zora vivía en lo alto de aquella torre. Se aplicaban y cepillaban con vigor la mugre inmemorial que formaba relieves en los gastados peldaños. De sus dos compañeras de infortunio. El riesgo era grande.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 52 Tres esclavas lustraban la escalera de caracol que llevaba a la cima de la torre de los Doce Vientos. pero no podía despegarlas de la piedra dura y fría. que se acordaba de Flora. De hecho. No parecía encontrar placer en ello. Era una moldava de una treintena de años que no había sabido ascender en la jerarquía del ministerio de la servidumbre. Zora dominaba su mundo con la ayuda de una especie de látigo con tres finas correas que recordaba al instrumento con que los flagelantes italianos se golpeaban el cuerpo para expiar sus pecados. Invocó a la Virgen antes de volverse hacia Cecilia: —Nuestras desgracias se multiplican desde que estás entre nosotras. Cecilia. que tenía el don de la ubicuidad. y se quejó en su lengua materna. incluso cuando diez espesos muros y cinco puertas cerradas con candado la separaban de las treinta y nueve esclavas de las que era responsable. Cecilia sufría en la tarea. Una de las dos esclavas que precedían a Cecilia se levantó. Sus rodillas magulladas no soportaban ya el peso de su cuerpo. castigadas como ella por Zora. dando en las partes sensibles que el espesor de las camisas y los pantalones no bastaba a proteger. la kiaya podía aparecer y caer sobre ella como una furia. no veía más que las pantorrillas enrojecidas por los latigazos. 232 . Lo utilizaba con precisión. nada escapaba a su vigilancia. porque de un instante a otro.

—Bien podría pudrirse allí un día esa hechicera.. no se hacía a ese nombre que significaba «princesa de la luz». Su compañera. Su mirada lacrimosa por la fiebre se dirigió hacia las tenebrosas alturas. El desplome de sus rasgos y de su cuerpo era el reflejo de su total sumisión a la Sublime Puerta y de su pérdida de identidad.. si se quiere hacer de ti una fregona? —preguntó con una voz débil. Se había encontrado por azar en la línea de mira de Zora cuando ésta había fustigado a la veneciana. La vieja esclava mostró de repente su miedo. Existía realmente. —Lo ignoro —respondió Cecilia. se enderezó para retomar aliento. Un jugo pardusco se escurría todavía de sus nudillos cuando apartó torpemente las mechas grises que caían sobre su frente. Había sido excavado en la roca sobre la que se elevaban las poderosas e impenetrables murallas. De las tres. Enjugó sus manos manchadas de jabón de Alepo. —¿Por qué se te ha puesto de nombre Nurbanu. sino que expresaban una gran lasitud. era la más concienzuda y la más sumisa. Zora estaba a la escucha. originaria del Báltico. —Cállate. La géditchi querría tener los mismos y seducir al jenízaro Adna. En alguna parte. Aquel calabozo no era producto de la imaginación de las mujeres de la fortaleza. ¡Es por sus ojos! Brillan como diamantes negros. 233 . Y la moldava había hablado fuerte. Sin encanto. jamás había sido elegida por los diferentes señores a los que había servido humildemente. dotada de un rostro que se olvidaba enseguida.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Aquellas palabras no habían sido pronunciadas con agresividad. en el décimo sexto día de su cautividad en la fortaleza del río Verde. Ellos nos valen todas estas vejaciones. te haría encerrar en el calabozo de las recalcitrantes. y virgen era y así permanecería en el séquito de la kadina caída. La luz del día no penetraba en ese lugar. —Yo lo sé —dijo la moldava—. Cecilia leyó el desamparo en la mirada de la moldava. —¡Cállate! Vas a atraernos la desgracia. que. y sólo las ratas temerarias se metían allí para roer los cartílagos de las prisioneras que Zora hacía encadenar a un mojón de bronce que databa del Imperio bizantino. A su vez. Su pasividad se remontaba tan atrás en el tiempo que ya no se acordaba del día en que había sido vendida a una proveedora del harén. Como la esclava moldava. que había rehusado fregar las escudillas de los lebreles del príncipe Mustafá. Nada se le escapaba. se acercaba a la cincuentena. había sido castigada por la falta de Cecilia. cuyos cabellos de estopa estaban recogidos en una trenza amarilla y sin brillo. Era uno de los raros sentimientos que no había podido ahogar durante el interminable encierro. Si te oyera.

había sentido esta impresión de ser apuñalada por unos ojos. tiró el cubo de agua de la esclava nórdica mientras que con un silbido las correas golpeaban el cuello de la pobre mujer.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta De pronto oyeron unos tableteos en las piedras.. no se podía esperar ya nada bueno. Levantó su látigo para cruzar la cara de la joven cautiva. Iba a repetir su gesto con las otras dos cuando gritó de dolor. Entonces la joven cautiva la liberó. Zora apareció de repente por encima de las tres mujeres paralizadas por el estupor. —¡Por nuestra dignidad! ¿Dignidad? ¿Qué significaba esa palabra? ¿Acaso la habían oído pronunciar una sola vez desde que servían de rodillas a los amos de la Sublime Puerta? No 234 . En adelante. Después vino aquel olor de moho. sus dedos se abrieron y dejó caer el látigo. sujetaba todavía el trozo de jabón con el que acababa de golpear a la géditchi entre los dos ojos. —¡Mira cómo trabajan las esclavas! Voy a enseñaros a serviros de vuestras lenguas de otro modo que para contaros historias. ¡Vais a lamer el jabón derramado en estas piedras! De pie. Era duro como una piedra. Se las encerraría en un saco lastrado con piedras y se las lanzaría al río. Aterrorizadas. empujó las pastillas de jabón. —Te has atrevido. pero la mano de Cecilia sujetó su muñeca. Alelada. ni siquiera en la mirada de la terrible Hürrem que había afrontado un día en el Palacio de las Lágrimas... las otras dos cautivas la vieron bajar repentinamente los peldaños y la oyeron aullar su venganza en los bajos de la torre.. Su bashlik de seda negra parecía animado de una vida propia. No tuvo bastante fuerza como para resistir la presión ejercida por la mano de Cecilia y. característicos del ruido que hacían los zapatos de madera de rosa cuando se bajaba una escalera. Cecilia se había incorporado. poco a poco. Su muerte estaba inscrita en los negros espejos que le devolvían su espanto. y su arista había imprimido un trazo rojizo en la piel de Zora. ésta se tomó tiempo antes de recobrarse y de canalizar su cólera. Nunca. revoloteaba por encima de sus hombros delgados mientras que su brazo armado del látigo con las tres correas giraba delante de su pecho recubierto con un mandil de cuero como el que llevaban los herreros. —¿Por qué has hecho eso? —se lamentó la moldava. Te has atrevido a golpearme. Zora iría a pedir sus cabezas a Gülbehar. El ahogamiento era la suerte reservada a aquellas que se rebelaban contra la autoridad establecida. de plantas y de polvos que precedía siempre al habitante de la torre de los Doce Vientos.

El grito que había arrancado de su garganta todavía le dolía. acompañada de dos guardias. Pero ¿para qué medir el tiempo cuando la vida no tenía ningún sentido? Le quedaban sus recuerdos. Olvidaba su olor y el de los excrementos que sembraban la circunferencia del círculo que podía trazar con su cadena cuando. sus jabones y se pusieron a frotar enérgicamente los peldaños. En aquel límite corrían las ratas. porque se le llevaba regularmente una torta rancia y un cántaro de agua. los cantos de los bateleros y el amor siempre renovado en su corazón lastimado. Kalè. se agachaba como una bestia en su antro. Cuando se internaron bajo tierra. los mercados flotantes. Lo que franqueaba aquellos muros oscuros y aquellos espesos bloques sin duda no eran más que cabalgadas y ejercicios de tiro. Desde entonces. la kiaya volvió. y una música nacía con la memoria de dulces recuerdos que su imaginación embellecía. ¿Desde hacía cuántas horas. Después. bajo la mirada asqueada de Cecilia. ¿Qué hacer? Se miraron unas a otras. Poco tiempo después. los fastos del dux. Desgraciadamente. El mouzhir agha Adna no iba a abandonarla en aquel agujero pestilente. Se había despertado sobresaltada cuando agitaba sus pequeñas garras en su mejilla.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta despertó ningún eco en su espíritu amedrentado. El choque sordo de una detonación bastaba para comunicarle algunas esperanzas. las iglesias de Venecia. Una de ellas había ya intentado morderle una punta de la oreja. Aquellas melodías y aquellas imágenes le ocupaban la mente hasta el punto en que olvidaba a veces la naturaleza terrorífica de su nueva existencia. el palacio iluminado de los Contarini. Ruidos lejanos llegaban a veces hasta aquel calabozo. La asieron por los sobacos y la arrastraron fuera de la torre. no había otra explicación. Zora las ignoró y señaló a Cecilia a los dos hombres. movidas por el mismo arrepentimiento. acechaba a los horribles roedores en su ronda y se envolvía la cara con un doble espesor del velo cuando notaba aparecer la fatiga. cuántos días y noches llevaba encerrada en aquel agujero húmedo? Cecilia habría podido calcular aproximadamente el tiempo que pasaba encadenada al mojón de bronce. 235 . aquellos ecos eran raros. pero toda la fortaleza estaba trastornada. retomaron sus cepillos. Esperaban a que se adormeciera. Apoyaba su cabeza en el mojón. donde unos personajes de bronce con los contornos borrosos llevaban coronas de flores. Tenía a Joao. Se renovaba también el aceite de una lámpara puesta en un nicho excavado en la roca. empujada por sus necesidades. hundieron sus caras en la espuma y pidieron perdón. Cecilia supo que la llevaban al calabozo de las recalcitrantes. Las dos esclavas. La joven veneciana estaba loca.

. Y ha jurado sobre el Corán ofrecer tus ojos a Hürrem. se adivinaba que aquélla había sido una prueba extraordinaria. —¡No sabía que la géditchi te había condenado al calabozo! Desde que lo he sabido. Te echaré de menos. Fue bastante para que ella diera nombres a las ratas más interesantes y para que el carcelero. que sentía latir el corazón del jenízaro mientras éste la llevaba al aire libre. 236 . el tiempo de tu prisión se acaba. Por el modo en que hablaba. una especie de horror indescriptible causado por la fatiga y las noches en blanco. conteniendo un furor y una alegría inmensos. abrió la boca: —Te voy a quitar la cadena. Cecilia fue presa del pánico. hasta la cama de la primera esposa de Solimán. En el momento en el que retiraba la correa de hierro que le martirizaba la muñeca. pero le traía cada día más alimento. —Gracias —murmuró Cecilia. Un día. Había tenido que tomarlo veinticuatro horas antes para defender la causa de la joven cautiva a la que amaba. Adna la llevó hasta los apartamentos de Gülbehar. y he obtenido tu liberación. ante quien todos temblaban.. No le dirigía la palabra. Ante la evocación del kazasker Hodja. vio entrar a Adna.. La muerte merodea alrededor de la fortaleza y quizá llegue a lamentar haberte sacado de aquel agujero. un anatolio de una edad considerable. porque estás hecha para la luz. —No te regocijes —dijo Adna—. El jenízaro se precipitó para levantarla y sostenerla. El juez de los ejércitos Hodja acampa a menos de una jornada a caballo de Amasia. sentimiento que experimentaba en medio de una pesadilla. tomara afecto por aquella huésped tan poco ordinaria.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta El tiempo pasó así. fruta e incluso pasteles secos que su esposa preparaba especialmente para la kadina. Nurbanu. Todo su cuerpo temblaba. Se desvaneció. pero prefiero saberte a la luz. Conocía el camino. he pedido audiencia a la kadina..

La kadina tenía unos senos gruesos veteados de azul. a quien le parecieron irreales. Nurbanu —dijo Gülbehar. la obligó a sentarse. deshicieron sus ropas. sin los afeites artísticamente aplicados sobre sus rasgos ligeramente hinchados. Cecilia la descubrió en la plena morbidez de sus carnes liberadas. sus manos le quitaron el velo. Sin sus vestidos preciosos. la despojaron de las babuchas de cuero. —Quitadle esos vestidos y lanzadlos al fuego —dijo Gülbehar a las sirvientes medio desnudas que dormitaban al calor del hammam. Unos vapores nimbaban su cuerpo de acusadas redondeces. —Ven conmigo. que no eran todavía houries. Ni siquiera hubiera sido presentada como una esclava de primera elección en los estrados de las subastas del viejo bazar de Estambul. Enseguida unas esclavas nubias. Más ligeras que alas de mariposa. los cabellos sueltos que caían muy abajo en sus caderas. Se detuvo. Su perfume de clavel y violeta fue más fuerte que el olor animal del cuerpo desnudo de Cecilia. hicieron saltar los botones de cuerno de la camisa. Mantuvo los brazos cruzados sobre su pecho hasta que Gülbehar. Dos de ellas se desenlazaron y emergieron de los vapores. empezaron a limpiar a la que se llamaría desde ahora Nurbanu. le bajaron el pantalón de algodón a lo largo de sus piernas. sus collares y sus brazaletes. bajo las miradas de todas las mujeres que descansaban cómodamente y sin pudor en los brocales y los bancos lustrados por las caricias de su piel. que había asistido a aquel deshojamiento envidiando lo que desvelaba.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 53 Gülbehar estaba en el baño. como algas en rocas cobrizas y lisas. La temperatura elevada le hizo estremecerse. 237 . Sonrieron a Cecilia. tomándola por las muñecas. se convertía en una mujer ordinaria. Su vientre caía en dos pliegues desde lo alto de las piernas que se mojaban en el agua humeante. como una virgen intimidada. Perlados de gotas de agua. Cecilia descendió al pilón hexagonal en cuyo centro un tritón de mármol arrojaba el agua calentada en las calderas.

pero Gülbehar no dijo nada más. Y no era el afecto inesperado de Gülbehar lo que iba a reconciliarla con la vida. Lloraba por su juventud.. De todos los placeres del harén. no podían llamarla de otro modo. alabado. cantado. Según su mentalidad. y había tenido la prueba más dura.. parecía feliz. Alteza imperial. kadina. se puso a llorar. —Eres muy fuerte —prosiguió Gülbehar—. Pero no en el sentido que crees —respondió Gülbehar. Debemos endurecerte y prepararte para mayores pruebas todavía. madre del primer hijo de Solimán. Ni siquiera te has quejado. —Mi luz. Aquel gesto no tenía nada de impropio. muy lejos de las preocupaciones que la acaparaban en sus encuentros precedentes. Y yo. no soy más que el instrumento de tu venganza. sultana... puedo confesarte que tú has cambiado la mía. ¿Podía sucederle algo peor que aquello? Lloraba por una felicidad que en realidad nunca había conocido. por la traición de su padre y la hipocresía del dux. Aquel enjambre piante y risueño se ocupó del cuerpo de Nurbanu. Unas esclavas vinieron a reunírseles. iqbal. 238 . Los ojos de la primera esposa brillaron. —Estoy de acuerdo en que Zora te ha infligido una penosa prueba.. Estaban provistas de jabones perfumados de rosas y de tilo. —Todo va a arreglarse... Mi padre. la visión de Joao lanzado al mar. éste es uno de los mayores. Cecilia sintió de repente la mano de la kadina en su hombro. —¿Eso habría cambiado algo de mi suerte? —Quizá. enigmática—. quería ser amistoso. Otras en tu lugar habrían puesto fin a sus días. y puesto que aquel nombre había sido elegido por la todopoderosa kadina.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Déjate hacer —dijo la kadina—. Nurbanu fue cuchicheado. mírame.. Cecilia estaba confiada. Había sencillez y calidez en aquella mujer que se había visto forzada a convertirse en odalisca.. pero era una necesidad.. de esponjas y de cortezas de abedul. ¡Pero qué podría iluminar en este país de tinieblas! Yo no soy una luz. Tu luz iluminará un día el Cuerno de Oro. relajada. Nefer.. De pronto. Sin embargo. La embargaban demasiadas emociones. el dux y ahora ese kazasker me han probado más de lo razonable. Habían matado al hombre al que amaba. que siempre se habían desarrollado en presencia de Zora. lloraba por lo que nunca sería: una mujer libre.. —He tenido mi ración de grandes pruebas durante los dos años que acaban de pasar. Cecilia esperaba confidencias. rimado mientras que bajo sus expertos dedos la piel de Cecilia se purificaba. por la mala vida de Nefer. primera dama de la Sublime Puerta. Nurbanu.

Y esta bruja hablaba de él como de un cómplice. que se quebraba los dientes en aquel acero veneciano. En unos instantes. Saben mezclarse con el lodo de los albañales y no salen de allí más que para abatir mejor a su presa. El maestro Etienne Levy ha sido el primero en hablarme del pueblo de las ratas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¡Cuánta arrogancia muestras aún! La voz había restallado. han adoptado su comportamiento desde su cautividad en Egipto. estaba considerado como el más grande de los médicos de 239 . preocupado por el respeto de las leyes republicanas. Nurbanu era del temple de Hürrem y esperaba con impaciencia ponerlas en presencia la una de la otra. que sus músculos se tensaban como los de un luchador presto a lanzarse contra su adversario.. toda alegría desapareció. Ninguna mujer quería cruzar su mirada suspicaz. y se dijo que envejecía. La de Cecilia se desecó de un golpe para recuperar el destello del odio.. Y nada desde entonces ha sabido destruirlos. la otra por su resplandor. revivió el tiempo pasado con el médico judío entre los suyos en el gueto. Suplicaron en silencio a la joven que no levantara la voz pensando que iban a ser castigadas con ella. Observó a la kiaya. Aquel enfrentamiento instructivo la encantaba. esencialmente. trabajando para el bien. Etienne era la misma bondad. Había incluso admiración en los malvados centelleos de sus pupilas. Lo confirmó mediante unas palabras que abrumaron a la joven. Las he observado largamente en mi torre y he sacado lecciones de ello. Zora estaba allí. Las sirvientas que la frotaban sintieron que se ponía rígida. La Parca musulmana las ignoró totalmente. Las cabezas se bajaron. el respeto a la jerarquía. Se te parecen. Acurrucada bajo su velo. volvió a ver a aquel sabio dispensando cuidados a los niños. Aquellas esclavas no tenían más consistencia que las volutas de vapor que las vestían. ¿Zora y el maestro Etienne Levy se conocían? Aquello sobrepasaba su capacidad de comprensión. —He aprendido mucho sobre las ratas —respondió Cecilia—. Gülbehar y Nurbanu. reconfortando a los ancianos. Sólo Gülbehar estaba a su gusto. Me lo figuraba. la una porque era la primera kadina. Ésos son animales de gran inteligencia. Las sirvientas suspendieron sus gestos y se hicieron pequeñas. Una de ellas dejó escapar el jabón y ahogó un sollozo. —Me halagas —susurró Zora—. Zora encarnaba el mal. En la escuela de Top-Hané donde yo iba dos veces por semana. —El calabozo no te ha suavizado —dijo—. curvando la espalda. —Es el mejor de los nuestros. tienen el sentido de la organización. eso es cierto. ocultando lo mejor posible su rostro. Los judíos. borraban la existencia de las otras. paseaba el terror por el hammam. Entonces no habrás aprendido nada más sobre ti misma. Cecilia quedó estupefacta.

sin embargo. Sígueme. 240 . Había respondido muy rápido. Zora oyó sin pestañear aquellas palabras. —He prometido a una joven ayudarla. De su enseñanza y de la mía dependerá tu longevidad en el corazón de Topkapi. queriendo parecer dura. a su autoridad. para ser iniciada en el arte de los contravenenos porque yo era en aquella época la primera géditchi sanitaria del Palacio de las Lágrimas. —Haré honor a esta deuda —respondió Cecilia a la vez que se inclinaba. Aquel ascenso no la sustraía. Esta afirmación sorprendió a las dos mujeres.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Estambul. En cuanto a mí. a su imagen y semejanza. —¿Quieres una esclava? —Sí —respondió sin dudar Cecilia. Era la cuarta esposa del ihtiyarlar que ha sido asesinado en la casa donde me encontraba. —Me siento honrada por ello —respondió Cecilia constatando que las dos mujeres estaban de acuerdo sin ambigüedades sobre su nombramiento—.. —De acuerdo —dijo Gülbehar—. seguiré tus enseñanzas.. Se llama Kâzhine. y se reservaba el derecho de castigarla al menor descarrío. —Serán cien piastras más. Sin embargo. ¿Puedo pedirte un favor? —Te escucho. Después se volvió hacia Zora—: Ahora. todo había sido convenido antes de la liberación de la joven. —¡Si es para arrastrarme a tus pies. Desde entonces no hemos dejado de escribirnos e intercambiar nuestras recetas. a descontar de tu futura pensión. Compraremos a esa mujer a su familia. no tenía más que veinticinco años. jefe de la cancillería. prefiero volver al calabozo! —exclamó Cecilia. por una orden de la Corona de las cabezas veladas confirmada por el nishandji. de Hipócrates y de Avicena salía de su boca cuando explicaba a los novicios venidos de las cuatro esquinas del imperio cómo combatir las fiebres. reducir las fracturas y tratar las enfermedades de las que unos y otros no habían oído hablar. Toda la ciencia de Galeno. ni siquiera ante mi hijo. —Ya no te arrastrarás a los pies de nadie en este castillo. No detectaron su emoción. Querría tenerla a mi servicio. Se me había enviado de oficio. El maestro Etienne Levy me ha enseñado todo. —Tiene una hija —añadió Cecilia. el kan —dijo Gülbehar—. era ignorante de aquellas cosas de la sangre y los nervios. Considérate como la géditchi de mi guardarropa.

Etienne en Estambul. Su estancia en el calabozo la había agotado. Sonrió cuando vio brillar la mirada de Nurbanu.. los vientos y los temblores de tierra. había rejuvenecido treinta años. Inclinada por encima de ella.. Ya no cojeaba. En los agujeros así liberados. se abrieron camino hasta su memoria. que la llevó hasta una pequeña banqueta. mil olores la asaltaron. Cerró un instante los ojos para prolongar su emoción. A veces. —Primera lección.. pero otros. —Háblame de Etienne. Desde que Cecilia penetró en la gran sala circular. —Pero ¿cómo es posible? —Allí hay con qué luchar contra las marcas del tiempo. Sus piedras llevaban las marcas de los asaltos que había sufrido en los tiempos de las guerras contra el Imperio bizantino. 241 . le recordaron los del laboratorio del maestro Levy y los de las cocinas del palacio de su padre. Nurbanu —dijo con una voz clara que ya no se cascaba en los graves ni se quebraba en las notas agudas—. Zora. alcoholizadas y unos tufos ácidos le hicieron ver que en aquel lugar podían elaborarse medicamentos milagrosos y venenos mortales. Los aromas del tomillo y del hinojo le cosquillearon primero en las aletas de la nariz.. se desencajaba y caía en el precipicio donde blanqueaban los huesos de los guerreros de antaño. ¿Sabe que estoy aquí? —Sí. sino espesos y de un moreno con reflejos azulados..Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta La Torre de los Doce Vientos se perdía en las brumas frías de diciembre. había sido fabricada para resistir los efectos de la herrumbre y los maleficios. Unas fragancias salpimentadas. desgastado por las lluvias. y sus ojos parpadearon. azucaradas. donde prepara tu llegada. que la precedía. que no tenía en desorden y sucios como todo el mundo pensaba.. que separaba dos mundos. El maestro Levy sabe más referente a esto. maquillar las caras. no fiarse nunca de las apariencias. Cuando volvió su rostro hacia la joven. Sus piernas ya no la sostenían. Zora sostenía un frasco y permanecía atenta. anidaban cornejas y cuervos que se libraban a perpetuos combates por la posesión de los cadáveres expuestos en patíbulos. Se encontró en los brazos de Zora. El mismo está en Estambul. uno de aquellos bloques. engañar a la muerte. más sutiles. Sus gritos horribles cesaron como por encantamiento cuando Zora accionó las cerraduras de la puerta de hierro con la ayuda de tres gruesas llaves. y aquella revelación acabó el trabajo de zapa comenzado varios días antes. Un líquido con el sabor muy fuerte le quemó el gaznate y le hizo recobrar el sentido. A Cecilia la cabeza le daba vueltas. pareció transformarse. Enderezó su espalda e hizo algo que pareció inverosímil a los ojos de Cecilia: retiró su velo negro y desnudó sus cabellos. La puerta.

y se estremeció. que cayó sobre el suelo con sonido mate. Zora. mostrando el contenido del primer recipiente a Cecilia. —Polvo de fritilaria. Después abrió el batiente de uno de los cinco armarios que se adaptaban a la curvatura de la torre y retiró de él unos botes que abrió uno a uno. que lucían como estrellas en un cielo blanco. Después sacó otros polvos a la vez que revelaba sus propiedades. extremadamente peligroso si se administra a los enfermos —dijo. que sentía cómo la invadían las fuerzas y se agudizaba su mente. y los dispuso sobre una de las mesas de mármol donde un alambique unido a un tubo de plomo esperaba a ser calentado. de las flores y de las raíces —dijo. —Voy a unir mi alma a la tuya con un secreto mortal —dijo Zora mientras tomaba una manzana de un cesto lleno de frutos de colores maravillosos. surcadas por cicatrices y consteladas de manchas. los limones y un melón blanco estriado de verde. Después de haber dosificado las cantidades de todos aquellos venenos. mejorarás mis secretos y comprenderás sin esfuerzo el lenguaje de las plantas. Cecilia soltó el fruto. El hebreo se codeaba con los arabescos osmanlíes. no olvidarás nada de lo que te desvelaré. sin voz. —Un compuesto que va a hacer de ti un ser aparte y liberarte de todos tus miedos. bajo las naranjas. mostrando el chiribitil de donde ella sacaba su poder. el persa y el latín. En unas mesas de mármol esmaltado de berilo. Vas a aprender más rápido. Pero no tengo la intención de acabar con el kazasker Hodja con una manzana. el día de su tercer cumpleaños. que no esperaba respuesta. —Con la compota de este fruto envié al segundo hijo de Hürrem al infierno. El monstruo le sonreía. Le tomó la mano y depositó allí la manzana. unas letras y cifras garabateadas a toda prisa sobre unos pergaminos daban las proporciones de las sabias mezclas.. Cecilia estaba todavía en estado de choque. se puso los guantes y abrió una pequeña 242 . Zora cogió una pizca que dejó caer en el alambique. y había algo similar al candor en aquella sonrisa.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —¿Qué me has hecho beber? —preguntó ésta. —Está sano —dijo Zora mientras se agachaba para recogerlo—. cuyo horror agrandaba sus ojos. Con un poco de suerte hubiera podido eliminar también al mayor.. tomó un puñado de almendras y nueces del fondo del cesto. ¿Qué me dirías de una nuez o una almendra? Se dice que el juez es muy aficionado a estos frutos difíciles de corromper.

—Están frescas —dijo Zora—. que comprometía su destino. primero te entraría hipo. Después. hará el mayor bien al juez Hodja. Son sabinas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta canastilla de mimbre. Haremos macerar estas almendras y nueces e iremos a vendérselas al juez. Un olor fuerte y desagradable se desprendió de unas extrañas hojas ramificadas que ésta contenía. pero estaba bajo el dominio de la voluntad de Zora. Había dicho iremos. mezclado con los otros polvos. morirías en menos de dos días.. Con todas sus fuerzas. tendrías cólicos.. después vomitarías bilis. Cecilia rehusaba ser cómplice de aquel crimen anunciado. debes de conocer los bosquecillos donde crecen. 243 . sangrarías por las vías de abajo antes de que te dominara una fiebre que te volvería completamente insensible a los acontecimientos exteriores y a tu propio dolor. Si te diera de comer estas hojas. porque hay muchos de esa clase en tu país. Iremos. Voy a hacer una reducción hirviéndolas y sacaré de ella un extracto que.

y yo soy su Justicia. y él. estaban los robles despojados y sus trofeos visibles entre las bandas de niebla. desde el mes de septiembre. Aquellos descreídos iban a pudrirse en el sitio. Todo estaba silencioso en aquella hora en la que el día y la noche se repartían las brumas del río Verde. como un trozo de 244 . sobre todo en aquel mes de diciembre en el que se colgaba a los culpables de las ramas desnudas. Hodja dejó la tienda de fieltro que compartía con su secretario y dos esclavos fieles. Reclamaría también a la esclava porque no había ningún medio de alcanzarla allí donde se encontraba. Al extremo de la tierra removida por el pisotear de hombres y caballos. que unas fuerzas que la mente tenía dificultades en concebir se le convertían de repente en perceptibles gracias a acontecimientos que las aclaraban. parecían más pesados en las horcas que los sostenían. Hodja respiró el aire húmedo a plenos pulmones. Le sucedía a veces. tenía que soportar el peso al levantarse cada día. en el curso de circunstancias excepcionales. deambuló entre las tiendas del pequeño destacamento que conducía de ejecución en ejecución. en aquella impenetrable fortaleza habitada por la kadina Gülbehar. cuyas cabezas se habían hinchado. Lo lograría porque tenía fe. primer hijo del sultán Solimán. Y en este comienzo del invierno. ¡Es la voluntad de Alá! Es su Voluntad. Aquellos muertos que dispersaba por el camino. No obstante. Envuelto en una pelliza y con la cabeza protegida por un grueso turbante. retomó confianza y miró a la cara a los cadáveres. reclamaría el dinero de las cuerdas de la justicia al gobernador. no pesaban más que algunas horas en su conciencia. como el viento de Anatolia o de los Cárpatos en las gargantas desoladas. cuando. A la vista de los siete colgados. entumecido y transido por el frío. «Tienen lo que se merecen —pensó con la fuerza que le garantizaba el derecho—. no llegaba a endurecerse.» Estas afirmaciones reafirmaron sus convicciones.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 54 Para el kazasker Hodja. que no era otro que el kan Mustafá. el juez de los ejércitos. el alba era un momento fúnebre. su corazón se encogió y el miedo se precipitó en su alma con silbidos.

Tenía el corazón ligero y el humor agradable. La vieja tenía el mal de ojo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta cristal hace converger los rayos del sol y los vuelve visibles a todos. —¡Y tú vienes a importunarme para decirme que dos miserables criaturas han puesto el campo patas arriba! —Perdóneme. Hombres y mujeres. Partió con paso rápido a la vez que recitaba la basmala23 como lo hace todo buen musulmán antes de emprender una tarea. bien por las amenazas. la purificación que llevaba adelante con el filo de su espada le conduciría a la derecha de Alá. La destrucción de los enemigos del islam era uno de esos acontecimientos. Por él. infieles. —¿Dos mujeres? —Sí. Había que utilizar a aquella vieja. la joven llevaba una feroz 23 Alabanza a Dios. Se desencarnaría en la luz del Todopoderoso y llegaría a ser él mismo luz para iluminar a los verdaderos creyentes. Se dirigían al bedesten de Amasia para intercambiar su cosecha. quizá era el instrumento de su triunfo. «¡Por mí! ¡Soy el kazasker de Dios!» Cuando concebía así una misión. Bandidos. gran kazasker. humanidad y amor vehiculados por los principios sagrados del Corán. desvalijaban el futuro asilo de los desheredados. las mujeres sobre todo. 245 . aquella veneciana que se le escapaba desde hacía un lunación. —Hemos sorprendido a dos mujeres que rondaban cerca del campamento. pero la vieja ha dicho que estaba bajo la protección de la kadina Gülbehar cuando nos hemos aproximado a ella. —Serás recompensado —dijo al soldado. una vieja y su sobrina. Todas aquellas gentes debían ser borradas de la superficie del globo. Loado fuera Dios. perjuros se levantaban contra todos los principios de caridad. Allí. que había palidecido. Los yayas se mantenían a distancia de las dos campesinas. bien por el oro. El destino sonreía al juez Hodja. donde se había llevado a las dos mujeres. Casi alcanzaba el éxtasis y permaneció inmóvil unas horas durante el fresco de la mañana hasta que uno de sus hombres vino a sacarlo de sus visiones celestiales. de los humildes. No tenían nada que ganar con su contacto. condenando a millones de almas al horror del infierno. Sin embargo. Con el tiempo. Mataría con sus propias manos a aquella enviada de Satán. bajo aquellos ahorcados. Son dos campesinas. los límites desaparecían y todo llegaba a ser posible. podía observar el mal que desgarraba la tierra desde el día de su creación. compuso un gesto serio al llegar ante su tienda.

el kazasker ocupaba todo el espacio de sus sentidos. —Pero. estaba irreconocible. —Uno de mis hombres me ha dicho que estás bajo la protección de la kadina. nervios avivados por una fe mística.. El juez Hodja no tuvo tantos prejuicios.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta cicatriz en la cara. y sus bellos ojos no bastaban para compensar la repulsión que les inspiraba. Habló con una voz comedida y superior que parecía salir de la boca de un obispo. «Es necesario que veas a tu enemigo cara a cara». —¿Y qué lleváis en los sacos? —Nueces y almendras que íbamos a vender o cambiar en el mercado de Amasia. malditas. 246 . Si no habían mentido. Patituertas. debía hacerlas sus cómplices. vestida como una piojosa del campo. con las venas llevando ahora los venenos de Zora. y desprendía un fuerte olor a ajo y cebolla. apestadas. Sondeó a la más vieja con su mirada y apenas se interesó por la más joven. —continuó Zora a la vez que le mostraba dos frutos con las cortezas hinchadas. —Estoy seguro de que son de mi gusto —dijo el juez mientras las cogía para romperlas entre sus palmas. habrían encontrado de todos modos gracia a sus ojos.. gran Señor. señor. Cecilia se sentía mal. Se desvanecía ante aquel hombre de músculos secos. Y esto desde que se la echó del palacio de nuestro venerado señor.. cuyo rostro expresaba una total incomprensión. Cierto. Que Dios preserve a nuestro sultán.. el mundo se cerraba. —Os doy diez piastras —dijo Hodja.. Solimán. grande e imponente en su pelliza. El enemigo estaba allí. Ya no distinguía las formas fantasmagóricas de los soldados.. Al verte.. —Yo le llevo cada semana hierbas para aclarar su tez y raíces para sanar su reumatismo. Estaba a un paso de ella. Cuando mordió las carnes un poco amargas. Alrededor de la joven. Aquellas dos campesinas no eran peligrosas. Las vibraciones de sus alas eran tan rápidas como los latidos del corazón de Cecilia. Pero había sentido la hoja fría de un cuchillo cuando el kazasker le había rozado con sus ojos crueles y fanáticos.. es demasiado —dijo con una voz temblorosa Zora. —No son más que nueces ordinarias. le había dicho Zora. contrahechas.. —Tendréis otras diez si me venís a volver a verme dentro de dos días. quien había reencontrado su vejez y sus piernas torcidas. descendía por la nariz y se perdía bajo el velo que ocultaba el resto de aquella marca infame. unas palomas echaron a volar.. afeada por una cicatriz que partía de la frente. eso me sorprendería.

Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Dejadme estos sacos —dijo Hodja. lanzando una bolsa que contenía más de diez piastras— y volved sin falta pasado mañana. Ya no reconocía al funcionario que le servía desde hacía más de diez años. No se sorprendió al ver a la vieja atrapar la bolsa al vuelo. Este shéhir había servido en otro tiempo a sus órdenes y se había enriquecido a costa de los condenados. —Ayúdame —dijo Hodja. el oído sensible a los menores ruidos. y los yayas parecían estatuas grotescas. aterrorizado. tuvo de nuevo hipo. sino una robusta campesina curtida en el ejercicio físico y en los peligros de la montaña. Titubeando. Sus piernas se pusieron a temblar. se secó la boca. ya no era una vieja ablandada por los años en el harén. Todo le parecía envuelto en una bruma luminosa. pero ahora hasta que le lloraron los ojos. Cecilia también se sentía ligera desde que había comido aquella pasta con pimienta con la kiaya. rodeado de hombres de ciencia y hechiceros. Llevó al kazasker bajo la tienda mientras que oficiales y soldados se amontonaban alrededor de ellos. el ojo acerado. El hipo le entró cuando el mensajero se llevó el pliegue sellado. alguno que no tuviera escrúpulos en elaborar un perfume mortal. que vivía en un sombrío palacio fortificado. Ya no estaba completamente lúcido. y debió apoyarse en el hombro de su secretario arrodillado. Hodja bebió largamente del gollete de pico. cuando el eco de un galope 247 . ni de verla salir a escape sostenida por la desfigurada. Algo no iba bien. No era consciente de que una bestia le estaba devorando las entrañas. Volvió con un odre. No notaba fatiga ni falta de aire. —¿No te sientes bien? —Sí. Salió de la tienda sin poder detener aquel hipo que le revolvía el estómago. El hombre. Y. sí —mintió—. Los árboles tenían el aspecto de rastrillos que desgarraban la parte baja del cielo. La misiva iba destinada al shéhir émini de la ciudad de Balikesir. Tenía el pie firme. Le pedía que le mandara sin demora al mejor de sus boticarios. Zora corría por el sendero de cabras que serpenteaba por encima de las gargantas del río Verde. fue a sentarse en una silla. Volvió al interior de la tienda para dictar un mensaje a su secretario. El juez se agarró al brazo de su secretario con una expresión alelada. —¡Encontrad a aquellas dos mujeres! —dijo Hodja con un gemido. El secretario lo había seguido inquieto. sentía los dedos encorvados a través de sus vestiduras de lana. El agua le producía borborigmos y subió en un chorro que cayó a los pies del secretario ya por entonces enloquecido. tengo un poco de sed. Enseguida el celoso servidor se encargó de satisfacerle.

Todos iban hacia él. 248 . El kazasker se retorcía y escupía veneno. Aquellos ejércitos mandaban a los meteoros. a los dragones. ahogar. pero distinguía claramente las legiones de Satán bajo un cielo de fuego.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta subió hasta ella. hacer volver a aquellas mujeres era una cuestión de vida o muerte. Pensaban en el tribunal del kazasker. Un olor de putrefacción se elevaba del charco en el que chapoteaban impotentes el secretario y dos tenientes. pecadores! ¡Mal haya en este día quien desmienta! Vieron una amenaza en la mirada enloquecida del juez y se creyeron condenados. Sin ponerse de acuerdo siquiera. tres apariciones igualmente horribles. y para ellos. Retrocedieron aún más cuando. Los caballeros no vieron a las mujeres que ascendían. Se vaciaba también por las tripas. Reconoció a aquellos que él había condenado. Quizá él mismo era un demonio. Pero eran conscientes de que un demonio habitaba a Hodja. No había tiempo que perder. Hodja los vio separarse de las cohortes demoníacas que poblaban su cerebro en ebullición. El juez Hodja debe de estar en el camino que lo llevará al tribunal de Dios. ganchos y espinas. El secretario y los dos oficiales retrocedieron varios pasos cuando se puso a gritar: —¿No los hemos matado desde el primero al último? Así haremos con los pecadores. colgar. en su delirio. se acercaron a aquel monstruo. Hodja nunca se volvía atrás en sus decisiones. Ya no veía a sus hombres. a unos seres abominables provistos de pinzas. decapitar. los haría arrestar y los acusaría de complicidad con las dos criminales. esparciendo por su cama una sangre más negra todavía. Cuando recuperase la razón. dirigió un dedo hacia ellos: —¡Comed y disfrutad por poco tiempo. al fondo de las gargantas. ¡Mal haya en este día quien desmienta! Los tres testigos estaban horrorizados. ¡Mal haya en este día quien desmienta! ¿No os hemos creado de un humilde líquido que colocamos en un lugar apropiado para un tiempo determinado medido por nosotros? ¡Maravilla de tener el poder de ello! ¡Mal haya en este día quien desmienta! ¿No hemos hecho de la tierra una unión para los muertos y para los vivos? Y allí hemos lanzado un anclaje gigantesco. vio. devorar por los perros de presa. citando los suras del Corán. El juez hablaba como si fuera Dios en persona. —Nos buscan —dijo Zora—. a los que había hecho torturar. a unos caballeros que forzaban el paso en la ruta de Amasia a Afyon.. y os hacemos beber agua dulce.. como si vomitara todos los horrores perpetrados durante su mandato. Hodja vomitaba sangre. en ese momento.

El primero. Un alma aullaba. el secretario. El dolor era más fuerte en el otro mundo. se agitó. Escuchaba con los párpados cerrados. le faltó el aire. con la carne apenas contenida bajo sus caparazones. ¿Le quedaría bastante tiempo para redimirla? Se volvió hacia Nurbanu.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta jorobadas. La embargó la angustia. Tragó su propia sangre.. Hodja se debatió. Lo que oía no era perceptible para un humano ordinario. más crímenes. se arqueó. ¿Había sobre la tierra un alma que encubriera más pecados capitales.. Unas garras asieron su alma por todas partes. Hodja se iba con la tormenta. 249 . apretó un cojín contra la cara babosa y sangrante del demente. más horrores? Pensó en la suya. iba a consagrarse a preservar aquella Luz. Desde ahora. Sus dos cómplices se lanzaron sobre el cuerpo y lo mantuvieron en el lecho. Zora se detuvo de pronto. las costillas aguzadas como otras tantas defensas de jabalí bajo pieles de reptil.

a la que no reconocía. la había presentado a Gülbehar. ella había encontrado a su hija ahogada en el estanque del hammam. En ese momento. Parecía que no había nada que pudiera devolverle la vida. Estaba aprendiendo a bordar en los pañuelos y telas que Gülbehar regalaba a los pobres de la provincia. la guarnición de la fortaleza creyó que Zora había invocado unas fuerzas incontrolables. se reconstituía lentamente junto a su amiga y junto a la géditchi que velaba por su destino común. La torre vibró por las resonancias y. no era más que una sombra. durante los cuales. Las montañas nevadas y la ciudad recubierta de negras humaredas eran abstracciones con las que no tenían ningún contacto. con la ayuda de Nurbanu. sino en alguna estrella lejana. De los antiguos libros salvados de la destrucción de la biblioteca de Antioquía. Khâzine había sonreído a Cecilia tras reconocerla. A lo largo de dieciséis días. Shulé. en mitad de lo más crudo de una tempestad de nieve. Aquel crimen marcaba la ascensión al poder de la primera esposa. había reavivado aquel cuerpo que se perdía. había extraído encantamientos propicios para convocar a los espíritus benevolentes. Se había convertido en maga. Al alba del decimoséptimo día. pero en el corazón de la fortaleza de Amasya. la había mantenido encerrada en la torre de los Doce Vientos. Khâzine había perdido la razón. Aterrorizada y muda. madre del primer hijo varón. y creyeron vivir no en una isla. cuando ella llegó a principios de enero. Algunas semanas después del asesinato de su viejo esposo. Nurbanu y Khâzine olvidaron las murallas gigantescas que se alzaban en torno a ellas. Había utilizado toda su sabiduría. Después. De los secretos que le habían confiado Etienne Levy y los doctores de la cábala. Gülbehar había hecho pagar ciento treinta piastras al hijo mayor del ihtiyarlar para conseguir a Khâzine. Pero. la calma volvió. había sacado elixires. Zora se había ocupado de ella. 250 . Cecilia.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 55 Pisar el suelo de una isla desierta te hace volver a sentirte unido al mundo.

de violetas. Y la elegida no deberá hacerle sombra. Desde la muerte del kazasker Hodja. eran pétalos de rosas. —Hablas de ella como si fuera peligrosa. Zora no era la misma. resplandecían pesados collares de piedras y de perlas. Él había terminado de aniquilar las bandas de piratas que saqueaban los mercados de su provincia. En sus cuellos. rubias o caobas. ahora. berberiscas con la tez oscura. que jamás había conocido el amor. negras como el ébano. todas las mujeres del séquito de la kadina se habían reunido para escuchar a los músicos que habían hecho ir de Estambul. e iba a llegar de un momento a otro. Cecilia sujetaba la mano de Khâzine. e incluso se la había visto rezar tras la llamada del almuédano. en las aguas profundas en las que Joao había desaparecido. que marcaba el final del ramadán. lo puede ser. embarazado y la había tratado como a los camellos cuyas jorobas acariciaba antes de montarlos. ya que las melodías rítmicas de los tambores les evocaban historias de amor. que todavía no había escogido a su iqbal entre todas aquellas bellezas. Desde este cambio incomprensible. Hürrem. calzadas con terlik24 con piedras preciosas ensartadas. que marcaba el inicio del mes de Sheval y la aparición de la luna creciente. el shekèr bayrami. de alhelíes. hacían brillar los ojos de las mujeres. Ella escogerá a la que su hijo designe como iqbal. vestidas con ropas humildes y de diseño grosero. de flores de lis. —Es lo que se cuenta —respondió Cecilia. —Se dice también que jamás ha tomado una mujer. la alegría había vuelto poco a poco. Sus cabelleras se mezclaban. Formaban un ramillete de flores raras: circasianas con la piel lechosa. Ya no había sido desagradable con las criadas. —La vieja kadina. de trinitarias. Había nerviosismo en el ambiente. con una aureola de gloria. se presentara. Las cuerdas que los músicos pellizcaban. Cecilia se quedó pensativa. y de la austera fortaleza subían a menudo cantos de mujeres. ocultos detrás de un biombo chino. no utilizaba sus látigos de tres colas. Habían pasado la «Noche de duda». ya ha embelesado a su marido. —Se dice que el príncipe es muy bello —murmuró Khâzine. 24 Babuchas preciosas. —Lo puede ser.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Aquel día de la «Fiesta de los dulces». pelirrojas. 251 . Khâzine miró a Nurbanu con asombro. Si se revelara como una rival. vestidas con seda. Esperaban que el joven kan Mustafá. esculturales etiópicas y frágiles hindúes. tendría problemas con Zora. el oro y la plata repiqueteaban en sus manos y tobillos. cuyo corazón estaba en otra parte. Su viejo marido la había desflorado.

¿No son más agradables que el ruido de la batalla? Mira a todas estas mujeres. dejó el sofá y se precipitó hacia la estrecha ventana enmascarada por celosías. Durante una emboscada en las montañas.. Su presentimiento no era equivocado.. —Estás sano y salvo. Se puso de pie. —Túmbate. Abajo. volvía triunfante. Cubierto de polvo. Mustafá. Mustafá.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Gülbehar pidió silencio. hijo mío.. en el camino que rodeaba la vieja ciudad imperial. nada podía poner su vida en peligro. podía mostrarse poderosa o estirarse para formar la más tierna de las sonrisas. al ser el hijo mayor de Solimán. reconocible por los tatuajes en sánscrito del dorso de sus manos. bien proporcionado. Un temor se apoderó de ella. ¿no son de tu agrado? He rezado por ti. La emoción de las mujeres del harén era comprensible. después echó agua 252 . unas jóvenes fueron a quitarle las botas y la casaca de cuero adornada con lunas crecientes. Su adorado hijo había vuelto. —No todos. Después la apretó entre sus brazos con fuerza. y la espada forjada del más puro de los aceros. —Y tú estás más bella que el día que me fui. cerca de mí. Una hija de las montañas Azules del centro de la India. le presentó un aguamanil y una palangana de plata. Mustafá se calló. he rezado para que no caigas en una trampa que te tiendan tus enemigos.. una columna de caballeros que enarbolaban los estandartes del profeta y las oriflamas del kan se acercaba a la fortaleza. Mustafá no debía saber que había cometido la debilidad de escuchar a Zora y de recibir al mouzhir agha Adna en su cama. Sí. Rüstem o por algún fanático aliado del rey de los persas. dulcificado por una mirada verde muy claro. Mustafá era grande. Gülbehar tuvo la impresión de que Solimán la abrazaba o. como la de Solimán. El kan destinó esa sonrisa a su madre. se oía el mugir largo y grave de una trompa. en su caballo enjaezado con oro. ya que consideraba que. tenía un rostro viril con un fino hilo de barba castaña. Sin que Zora diera la orden. No creía en el complot fomentado por Hürrem. Mustafá. —¡Es él! —gritó la kadina. —Mis enemigos están todos bajo tierra. había sentido el aliento de la muerte: la punta de una flecha se había roto contra su fabuloso casco con penacho. dejó su espada a los pies de la kadina y recibió su beso en la frente. no todos... Su boca. Escucha los laúdes. Siempre había demostrado ingenuidad al respecto. con el casco torneado por los maestros fundidores de Galata.

la otra llevaba un cáliz que contenía hidromiel. Eran diferentes de las demás. Estaba inmerso en su relato cuando dos bellas jóvenes se inclinaron ante él. Dos inglesas capturadas por los bárbaros se arrodillaron para ofrecerle pasteles de miel. Aquella Nurbanu no buscaba una presa. No las había visto jamás. Sus ojos ardientes se fijaban primero en sus labios y. A la vez que devoraba los kadayifs y los rahat-loukoums.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta pura sobre sus pies. Algunas habrían querido desgarrarle el corazón con una flecha de amor. un brebaje hecho con una mezcla de sirope de miel y de lúpulo. Las preciosas mujeres que le ofrecían dulces que ellas mismas habían amasado y modelado con sus dedos delicados intentaban que se fijara en su belleza y su perfume. habían impuesto el velo. Como se había callado. Su verbo expresivo. sabía resguardarlo. y ella tampoco era una. Los doctores de la fe no consentían que se quebrantara la obligación de sumisión que debían respetar las mujeres. Una de ellas sostenía una copa llena de pétalos de rosa confitados. y habló sobre las lluvias heladas. había podido pacificar. Lo comprendió cuando su madre dijo: —Nurbanu es la géditchi de mi guardarropa y la suplente de Zora. mientras que una judía española le servía té perfumado en un cubilete de porcelana que había pertenecido a un príncipe manchú. En presencia de un ulema. como un escudo de bronce. La destinamos al servicio de tu padre. se puso a explicar su periplo. los pastores salvajes a los que ningún general. las mujeres siempre llevan el velo. la habría castigado. Aquellas esclavas ataviadas como princesas le lanzaban dardos más precisos que los de los bandidos.. desde Alejandro Magno. las imágenes que describía. el realismo del combate. Únicas: esta palabra se impuso en su espíritu y le hizo olvidar sus cabalgadas y persecuciones. No intentaba rehuir su mirada. los bosques inextricables. a continuación. pero no tenían bastante encanto como para conmoverlo. Gülbehar dijo: —Nurbanu y Khâzine acaban de entrar a mi servicio. Pero la kadina. sino como alguien que los concede. Era un ser aparte. en su mirada llena de recuerdos. Su madre bastaba para hacerlo feliz. 253 .. ¿Qué tiene eso de sorprendente? Los bandidos de los grandes caminos se ocultan el rostro cuando buscan su presa». Él no veía a ninguna. lo que no les impedía proclamar: «En el exterior. Nurbanu tenía una actitud sorprendente. No actuaba como una criada que busca sus favores. Les contó de una emboscada que había costado la vida a diez de sus valerosos guerreros. todo lo que evocaba con pasión conmovía el corazón de las mujeres. Eran únicas. Unos siglos antes.

ya que tardaban en bajarse. no obstante. conocía el lenguaje de las flores. teatro de puñaladas feroces que se daban las favoritas en medio del silencio de los grandes harenes. ya que. Entonces. sobre todo en presencia de la kadina. —Venga. Un día. Era una joven viuda que. Mustafá quería oír más. pretendía hacer notar a las otras mujeres de su séquito que había hecho su elección. Khâzine miró a Gülbehar sin entender nada. podía revelarse a largo término como una terrible adversaria. más dulces. entonces. más conformes al espíritu del islam y. Por todas esas razones la autorizó a contestar. en presencia de su padre. Mustafá había oído a los poetas debatir sobre las cuestiones del amor y los códigos inventados por los amantes. Ésta sintió compasión por la joven viuda: ella apreciaba su presencia. Ambas se enfrentarían y. Así que por eso aquella esclava le parecía diferentes a las otras: ya había conocido hombre. Solimán. por su frialdad. su belleza y la inteligencia de su rostro. y que la joven viuda sería la primera que iniciaría a Mustafá en los placeres: —Puedes responder —dijo ella con voz dulce y maternal. bastante temerarios. La comparó a Hürrem. con ese gesto. aquellas palabras ligeras se posaron en el corazón del kan. asimismo. bajó la cabeza y susurró: —Quiere decir: ¿puedes amarme? Aquel susurro. Otros ojos. que sí puedes —insistió la kadina.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta El rostro de Mustafá no dejó ver ningún lamento. su kouss había sido destruido. —¿Y partir en dos el capullo de una rosa? 254 . pues se parecía a los árabes con los que se habían encontrado durante su viaje a La Meca. Se había quedado con lo esencial. No le estaba permitido pronunciar palabras de amor durante el luto. le dedicó estas palabras perturbadoras: —Khâzine es viuda desde hace poco. a aquellas chicas astutas y curiosas que soñaban frente a los espejismos en las extensiones de arena. de manera que no sería jamás una rival. Khâzine vio también la sonrisa alentadora de Cecilia. Debía de ser una descendiente de los pueblos del desierto. —Si tengo un junquillo —preguntó a Khâzine—. Pertenecían a Khâzine. que lo observaba.. agradecida y que atendía todos sus deseos. él prefería estar lejos de Estambul. ¿qué significa? Khâzine se ruborizó. lo atrajeron. Gülbehar. Aquella experiencia le daba cierta ventaja. Borda a la perfección y conoce el lenguaje de las flores. sabía que era devota. además.. No quería nada de aquella joven.

esperaba a que Gülbehar oficiara la ceremonia. La vio amasar una pasta obtenida de machacar raíces mezcladas con cal. 255 . Era cierto. Era el digno heredero de Solimán. —¿Morirías por mí? —Si tuviera una violeta. «te amo hasta la locura». le cortaría la corola —murmuró él. ella nunca había sido la deseada. Gülbehar contempló a su hijo guerrero. abrió la tapa de una caja de marfil repujada con figuras de diosas asiáticas que se abrazaban para darse un beso. Gülbehar se encargó de esa lección en particular. Ella no era más que una esclava. Cada gesto de la kadina era una enseñanza. para hacer alusión a la rima: ikimize bir yastik. que después extendió sobre el vello púbico de la joven. Con una cáscara de mejillón. y espolvoreó los senos desnudos con una especie de talco oscuro. «compartamos la almohada». él era un príncipe de sangre real. porque lo que acababa de decir significaba: «Metería mi cabeza en la soga sin una sola queja». dominó lo mejor que pudo su emoción y soltó una frase que hizo estremecerse a todas las criadas y odaliscas de la habitación. —¿No lo sabes? —repuso Mustafá. y no conocía absolutamente nada del ritual de las favoritas de los harenes de la capital. colocada sobre una mesa recubierta con un mantel. y totalmente desnuda. ¡Desde luego que lo sabía! Tragó saliva. había límites que no se podían traspasar sin correr peligro. su hijo acabaría ofreciéndole un pistacho a la joven mujer ruborizada. refiriéndose a Khâzine—. En cuanto a ti —dijo. Retrasa el placer del hombre que lo respira y aumenta. y que no te puede amar un príncipe sin pasar por el ritual de las favoritas. Tras acabar la operación. Muy cerca de ella. en consecuencia. Ella valía menos que los diamantes que él llevaba en las orejas. a la que Nurbanu asistió. le estaba pidiendo lo imposible. rasuró el triángulo rosado y delicado. Con las piernas separadas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Era demasiado. Gülbehar era diestra. recuerda que jamás habías sido elegida. le habían hecho la manicura y la habían peinado. No actuaba como exigían las reglas y utilizaba a su propia madre como testigo. el nuestro. dispuesto a perderse por amor. —Zora y las criadas mongolas te van a preparar el baño —dijo Gülbehar a Mustafá—. —Es hachís —explicó ella—. y después lo perfumó con almizcle. estaba Cecilia muy atenta. o bien sacaría un hilo de seda del cojín para dárselo: seni seviyorum pek. es decir. Era una declaración pública. Si no retomaba las riendas de la situación. A Khâzine la habían bañado.

Deslizó sus pies en unas babuchas con diamantes. vivían a través de la joven mujer e intentaban conocer por procuración el éxtasis de la joven pareja. Otros murmullos llegaron hasta sus oídos. 256 . llegaría a conocer ese desgarro que temía. murmuró Cecilia.». nacían placeres que se mezclaban con los de los amantes. su cuerpo era una tumba. No lejos de Cecilia. En un momento de la noche.. Cecilia se hizo un ovillo en su colchón. Pensaban en Khâzine. «Joao. Poco importaba ahora cómo los dos tórtolos se dieran placer. Cuando Mustafá las vio arrodilladas para la ofrenda de acostarse. Estaba lista y. bajo sus dedos y lenguas. Los seres a los que amaba tenían en él su lugar. con las piernas impúdicamente abiertas. a la hora en que el príncipe debía retirarse a su habitación tras haber sido saludado por todas las esclavas. Apretó su mano entre las piernas y cerró los ojos. Nefer. y un chaleco bordado con rubíes minúsculos con diferentes brillos que evocaban unas llamas ardientes.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Khâzine pudo finalmente ponerse un gömlek25 transparente. Se había respetado la tradición. Una noche. desde varios colchones que habían juntado salían gemidos y palabras de amor que decían las criadas. con filigranas de oro. se encontró en compañía de las más bellas. pero no se podía abrazar a los muertos. y todavía menos el frío del corazón. Las dos cubiertas y el fuego que ardía en la chimenea cónica no bastaban para alejar el frío. 25 Blusa preciosa. Se sentía helada. y recibió de manos de la propia kadina unas hojas de áloe que se puso bajo la lengua para perfumar su aliento. tomó su pañuelo y lo colocó sobre el hombro de Khâzine para gran satisfacción de Gülbehar. Había en alguna parte un hombre que le estaba destinado.. Salían de los labios de aquellas que se abrazaban realmente. Todos los sentidos de aquellas mujeres intentaban captar y reproducir lo que su imaginación exacerbada hacía nacer. Y. Cecilia sintió que asomaba el estremecimiento que precedía a la lenta subida del deseo.

26 de los konaks y de los serrallos cuya mayor parte de tejados no pasaban de los doce ziras27 de alto. Barqueros privados. los quemaba. Se pegaba a las velas lacias de las embarcaciones ligeras y de las naves. Barqueros del Estado. La nube ocre que ningún viento conseguía alejar en dirección al Bósforo se extendía cada día más. En aquella inmensa prisión al sol. En aquel lugar. establecidos por ley. no resaltaban más que el gris reservado a las habitaciones griegas y armenias. ni que el negro de las moradas de los miembros de la corte. Daba la impresión de que las llevaban las espesas humaredas que se elevaban por toda la ciudad. se confundían cada invierno. giraron alrededor de los alminares de Tcharshamba y pusieron rumbo hacia las cúpulas del Gran Bazar. se estrangulaba a los débiles. se cortaban las cabezas de los rebeldes. perforaba los pulmones de los péramèdjis28 de los kayikjis29 de los sandaldjis30 y de todos los barqueros que trabajaban en los embarcaderos de Bahtché Kapi en Yemish.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 56 Las palomas se elevaron por el aire húmedo que subía desde el Cuerno de Oro. caer enfermo significaba la muerte. todo era negro y gris. recubierta de enormes bloques de mármol que impedían todo intento de cavar un túnel para huir. Los colores de los edificios. 257 . Estambul se tragaba bosques enteros. 26 27 28 29 30 Casas ordinarias. A veces. Allí. Ninguno de aquellos condenados levantó la cabeza para ver pasar a los pájaros que intentaban escapar de la nube. se gozaba con los más jóvenes. asfixiaba a los habitantes de los èv. llamado Kassim Pachá. treinta y cinco mil hombres sufrían el látigo de los jefes de equipo y el menosprecio de los ingenieros mercenarios. Nueve metros. mataba a esclavos moscovitas y tártaros que estaban encadenados en los pilones del arsenal de Galata. Marineros. manchadas de hollín. el amarillo de las casas judías y el rojo de las casuchas turcas. Bajo las alas de las palomas.

No vio nada bueno. Todo el mundo lo consideraba invencible. que reposaba en el colchón. ya no practicaba más el nobet geçesi. Bajo sus vientres alisados por el viento de una carrera sin fin. tras escapar de los fastos de la corte y de las reverencias repetidas mil veces de los funcionarios a los que él había colocado en puestos de privilegio. sin arquearse cuando ella le arañaba sus caderas. Asimismo. y los cañones con la boca cargada de pólvora negra habían saludado al sultán. Bajo la gruesa cortina de sus pestañas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Las palomas continuaron su alocada carrera y tomaron altitud. Le parecieron moscas negras que buscaban un cadáver. y con él el oro de los saqueos y la carne de las esclavas. desde que se había relegado a Gülbehar a la lejana provincia gobernada por su hijo Mustafá. sólo la armada manifestaba su presencia con el sonido de los tambores y de las marchas de entrenamiento. Durante siete días y siete noches. Era un hombre cansado por el poder y la guerra. no tenía interés alguno en su belleza. tanto como las cabezas cortadas de los enemigos que estaban expuestas en la entrada de Topkapi. contrariamente a los que decían las previsiones 258 . También se mostraba atenta. sin hablarle como hacía habitualmente. estaba satisfecha. Aunque muchas mujeres esperaban ser escogidas en los grandes dormitorios comunes vigilados por los eunucos. Hürrem. Aquellos ecos guerreros tranquilizaban a la población. El palacio había estado de fiesta durante siete días y siete noches. Sin embargo. no había luchado más que con campesinos con armas y con los restos de la armada austríaca. Se había derramado sin responder a sus gritos de placer. Solimán se levantó de la cama y lanzó una mirada de admiración a la kadina. se habían encendido los fuegos de la dicha. cansado de ser el Comandante de los creyentes y el Señor de los señores. que se alzaban sobre las mezquitas. El Gran Señor había vuelto. ni se preocupaba por mantenerse derecho en su presencia. se había dejado amar sin concesiones. Aquella campaña moldava lo había agotado y lo había vuelto vulnerable. Estaba dedicado por entero a Hürrem. Jamás. Topkapi resonaba por el ruido de las armas movidas durante los desfiles diarios de los jenízaros. había vuelto a encontrar su simplicidad junto a Hürrem. observaba la lenta evolución de Solimán. «la vuelta nocturna» obligatoria una vez a la semana con las ladinas. Entre sus muros con almenas y sus torres. lánguida. cuya espalda estaba encorvada. No la había llevado muy lejos en el placer y se había contentado con tomarla durante un buen rato. Ahora. observó el vuelo de las palomas. Ya no tenía la prestancia de antaño. provocando de nuevo la cólera de los doctores de la fe. que le reprochaban la exclusividad de su amor. Él la había amado. Tras acercarse a la ventana de vidrios engastados en un damero de plata.

escoger a cuatro ladinas. cuatro chicos y una chica. al que había tenido con Gülbehar? ¿Y si todos acababan muriendo? ¿Acaso no era su deber. Todo el destino del imperio había estado. Pero no podía decidirse a engañar a la dueña de su corazón. Uno de ellos ya había sucumbido al veneno. Se volvió hacia ella. —El tiempo de las conquistas en el oeste se acaba. multiplicar los herederos. llegaría a tomar Viena. aunque olvidara el Corán y las leyes de la sharia. mil veces fundido y forjado. Ella le había sugerido. del diamante más duro.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta de sus generales. en cada reencuentro. ¿Qué les pasaría a los otros? ¿Y a Mustafá. estaba y estaría en juego entre las piernas de las mujeres. Un profundo suspiro le hizo cerrar los ojos: había hecho ejecutar al único hombre que habría podido llevar a buen puerto las conquistas a su lado. y ahora presentía que de nuevo iba a pedirle algo. multiplicarse hasta el infinito para asegurar la estabilidad del imperio. Todo en ella era maquinación. ¿Por qué? ¿Por qué debía matar a los seres que le resultaban queridos? Conocía bien la respuesta: para satisfacer el orgullo de su favorita. como lo proclamaban los doctores de la fe. astucia y crueldad. Jamás seremos lo bastante fuertes como para tomar Viena —dijo él tras volver a tenderse en el lecho.. adoraba a aquella mujer porque le devolvía su propia imagen. se había visto obligado a satisfacerla. que matara a Ibrahim. y después suplicado. Con el siguiente movimiento que hizo. tan menuda. vio su carne abierta.. Sabía bien de qué estaba hecha: del más duro acero. procrear siempre más? Habría debido tomar a todas las odaliscas. aunque ése fuera un pensamiento cristiano. mi Señor? 259 . ni marcharía por Roma para plantar el estandarte del islam en la basílica de San Pedro. —Terminar esta tarea que empezó hace quinientos años estará en manos de mis descendientes —observó él. Y sin embargo. Aquélla le había dado cinco herederos. Se sometería de buena gana a su doble. de donde se derramaba su semilla. tan inacabada con su cuerpo de eterna adolescente. tan frágil en apariencia. al gran visir Ibrahim. tallado para cortar hasta lo más profundo los corazones. —¿De qué descendencia hablas. —Tu espíritu no está en paz —señaló ella a la vez que se estiraba como una gata. cuya sangre derramada por la tercera corte debía servir de advertencia para aquellos que ambicionaran el poder absoluto. con cada beso que intercambiaran. a su único amigo. —Nada puede resistirse al gran Solimán —murmuró Hürrem a la vez que acariciaba su cabeza apoyada entre sus muslos.

Hürrem tenía las manos suaves. 260 . e hijos que no pueden engendrar más que a débiles —dijo ella en voz baja. se levantó el tallo de carne que ella hizo que se abriera en una flor roja. desaparecieron de la frente de Hürrem. podía volver a perder su semilla. y había llegado a rechazar la oferta excepcional de mil piastras por la compra de la joven. No le gustaba que mencionara a las odaliscas. estaba a merced de aquella pequeña mujer cuyos largos y sueltos cabellos negros formaban un velo en torno al fino rostro que se inclinaba sobre él. con el índice y el pulgar formando un círculo. Cada día. lo endureció todavía más. Solimán se tumbó. debía soportar la presión de Hürrem. Ahora. —Hay sangre corrompida. el hijo de Gülbehar era el primero del linaje que había mencionado. Bajo sus dedos. ella iba a imitar el placer. Ni siquiera el nombre de Gülbehar provocó la retirada de su sangre.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Él se calló. Poseía un don. en los que él se perdía con placer. Ese día. Veía brillar sus ojos. que le reprochaba su debilidad. El calor se transmitió a sus palmas. Gülbehar se había negado a separarse de la «princesa de la luz». Hürrem había ganado y le dio lo que esperaba. —La compraremos. Al contrario. —El mejor de mis hijos subirá al trono —murmuró Solimán. Ella continuó con el mismo tono: —Me gustaría tener a esa esclava a mi servicio. —Hay una mujer —dijo ella— que podría procurarte los mismos placeres. Hürrem lo tenía a su merced. Entre sus manos. —¿Y si Gülbehar se niega a venderla? —Se la confiscaremos por ley. había dado las órdenes oportunas y había convocado al gran visir y al canciller del Estado. Las finas arrugas. Había tomado una decisión. —¿Se dice? —logró articular él. que se habían deslizado por el vientre de Solimán. hizo que el miembro la penetrara. No había más que una respuesta posible: Mustafá. —Se dice que es una veneciana a quien Gülbehar ha dado el nombre de Nurbanu. Solimán estaba harto. fruto del paso del tiempo. el espíritu de Solimán se apaciguaba. Pero el tiempo de vacilar se había acabado. Hürrem lo agarró muy fuerte para que la sangre subiera a los trazos de venas inextricables. el mandato que ordenaba la confiscación de la esclava Nurbanu iba a ser entregado a un oficial. Gracias a un lento movimiento que hacía. Pasaron seis meses. Tras colocarse encima de él.

Una banqueta baja estaba a lo largo de las paredes recubiertas de tapices persas. Con una señal del sultán. Una larga cola se extendía a través de los jardines del segundo patio. primo del kazasker Hodja. los ricos caravaneros. empezaba tras la plegaria de la mañana. Aquellos que se habían querellado por el robo de un par de babuchas esperaban tranquilamente a que los recibieran los altos funcionarios. preparada para cortar cabezas. ejecutaba sobre la marcha a aquellos que molestaran al Señor de los señores. Ante él. al enviado de Dios en la tierra. El calor agobiaba ya a los solicitantes. los jefes de las corporaciones. y su cabeza le importaba mucho. y acogía a los miembros más ilustres del Estado. la sala del diván en la que se disponía el destino del imperio. el nishandi Djelâlzâde Mustafá Kodja. sin embargo. El gran visir. recientemente nombrado. asistido por tres visires de la cúpula. Algunos. llevaba una pesada espada. de las que tenía cuatro a la semana. bendijeron la sombra que proyectaba sobre sus nucas y temblaron cuando pasó el bostandji31 que lo acompañaba. expresamente convocados por el canciller. que era sordo y mudo. que colgaba sobre su vientre. La audiencia. los derviches expoliados por un gobernador. Joseph Nazi estaba entre los privilegiados. El bostandji. los ulemas. en el que había dispuesto una pequeña habitación desde donde podía seguir las sesiones del consejo de ministros sin ser visto. los joyeros y los embajadores. Parecían exactamente lo que eran: un grupo sometido a la justicia de la Sublime Puerta. Solimán se dirigió hacia la torre de vigilancia en el segundo patio. los califatos. y tenía un trozo de soga oculta entre los pliegues de su cinturón escarlata. codo a codo con los mensajeros extranjeros. el juez de los ejércitos de Anatolia y el de Rumelia. tras haber enviado al sastre de vuelta a sus caftanes. fueron autorizados a entrar en la sala del diván. los criados cayeron sobre sus rodillas. Siguió los pasillos que conducían al kubbealti. a quienes se les había comido la lengua el gato. pero no se consideraba como tal. algunas de las cuales pertenecían a personajes más poderosos que él. Le sorprendió lo pequeño que era el kubbealti. los médicos que buscaban autorización para ejercer.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Solimán abandonó sus habitaciones llenas de pajes. los 31 Verdugo. Había visto las cabezas que se podrían de una parte a la otra de la primera puerta del palacio. a los que ningún orden de precedencia jerarquizaba. 261 . No se hablaba en el recinto de Topkapi. al Dueño del cuello de los hombres.

Además.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta ministros. que concernía directamente al soubashi que dirigía la policía. escuchaba. —¿Acaso no les entregaste la cantidad requerida? —Pesaron mi trigo dos veces en las escaleras del Oun Kapani. se oyó que los eslabones. sobre el cuero de sus botines con puntas onduladas. Algunos no conseguían cerrar sus dedos cubiertos de anillos enormes. Sólo con un movimiento brusco que hizo con el brazo derecho. el canciller y el jefe de los secretarios. Aquélla era una acusación grave. —Siempre se puede comprar a los oficiales de policía —farfulló Rüstem. Acababa de cruzar su mirada con la de su nuevo señor: el gran almirante que había llevado a cabo numerosas proezas. Con las joyas que llevaban los dirigentes del Estado. 32 Oficiales de policía. ya que. construir una flota y arrebatarles a los españoles y a los portugueses las Américas. los lamentos de un mercader de grano a quien los funcionarios no le habían pagado a tiempo. que en adelante podía construir hasta ciento cuarenta grandes navíos al año. La discusión continuó. del Papa y de España que estaba bajo las órdenes de Andrea Doria. 262 . Había conquistado Túnez. había vencido en Preveza a la flota conjunta de Venecia. junto con cuatro kâtib encargados de las actas referentes al tesoro. se habían cosido dos placas de metales preciosos. Los collares que les colgaban del cuello habrían podido convertirse en armas temibles entre las manos de un guerrero que los habría utilizado como un mayal. Joseph perdió el hilo. y había reorganizado el arsenal. El oro parecía nacer del tejido de sus ropas carmesíes y derramarse para cubrirle los pies. Todas las miradas se volvieron hacia la gorda mano que tenía un dedo acusador levantado con un anillo con una piedra tan grande como el huevo de una paloma. los anillos y los círculos de veinte brazaletes con colgantes de raros zafiros tallados rodaban y caían. Mihrimah. era él mismo un tesoro ambulante: podía desplomarse por el peso de las piedras. Rüstem. Joseph habría podido levantar un ejército. Sus turbantes pesados por la pedrería eran iguales que grandes calabazas de seda y satén sobre las que brillaban miles de vías lácteas. sabes perfectamente que es imposible engañar al «peso de la harina». pero nadie se atrevió a contradecir al gran tesorero que acababa de casarse oficialmente con la hija de Solimán. y que los asès bashi32 vigilan todas las operaciones. el gran tesorero. el kapudan pacha Khayreddîn Barbarroja.

263 . y se quedó sin aliento. la esclava favorita de Gülbehar. que se llamaba Joseph Nazi. Joseph Nazi se preguntaba por qué había sido el elegido para esa misión sin gloria. no levantara los ojos hacia la «ventana peligrosa». Joseph Nazi supo que el Dueño del cuello de los hombres estaba allí. El joven desvergonzado. y lo descubrió cuando el kapudan pacha Khayreddîn Barbarroja habló. Inmediatamente. y descubrió con un escalofrío la ventana enrejada que estaba oculta tras una cortina de tafetán negro.. no levantar los ojos. sobre todo. sintió que su fuerza y su poder lo penetraban. Aquél era el héroe que debía traer a Nurbanu. Solimán estaba atento a lo que pasaba en la sala del diván cuando vio al desvergonzado joven levantar la mirada hacia él. aquel joven le devolvía las fuerzas. Ignoraba todos los acuerdos secretos a los que habían llegado el gran tesorero y el kapudan pacha. también de inmediato. el documento imperial que le daba todos los poderes. ya que la tela de tafetán que estaba detrás de las rejas de madera impedía verlo. y los peligros a los que se exponía. En un estilo muy estudiado y conforme a la legislación.. no levantar los ojos. él agrandó el suyo cuarenta y cinco grados. De repente.. Aquella «ventana peligrosa» no era otra que aquella detrás de la cual se apostaba Solimán para seguir los debates del consejo. Sobre todo. Barbarroja le había dicho que se mantuviera neutral.. Mientras todos se esforzaban por no aumentar su ángulo de visión. lo amó. supo que éste pertenecía a la raza de los conquistadores y. Sobre todo. El acta oficial se había preparado antes de la sesión. El canciller Kodja le dio el tughra. Nunca se sabía si el sultán estaba presente o no. la perspectiva de conquistar Viena en vida dejó de parecerle improbable. no levantar los ojos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Antes de la sesión del consejo. acababa de adueñarse de dos navíos cargados de especias frente al estrecho de Gibraltar y había hundido tres galeras papales cerca de las costas de Malta. el comandante de una tropa de mil soldados de infantería y de doscientos caballeros. alias Joao Micos. hacía de Joseph Nazi. Se preguntó qué estaba haciendo entre los oficiales. Sin embargo. que no dijera nada que pudiera atraer la atención sobre él y que.» Los ojos de Joseph Nazi se desviaron irresistiblemente. «Sobre todo.

Había razones para reír y para desesperarse al ver aquel pequeño ejército enviado desde la capital para reclamar una esclava a la persona a quien se responsabilizaba de la muerte del kazasker Hodja. Sus velos liberados por el viento flotaban en el azul del cielo. más de mil hombres. seguramente el comienzo de la decadencia del imperio. Su actitud era desafiante. 264 .Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 57 El mouzhir agha Adna y el capitán de los guardias Orkas lanzaron una mirada de súplica al joven kan. —Las mujeres nos dan ejemplo —dijo Adna. Gülbehar. reunidos bajo las banderas de Estambul y de Alá. No. esperaban una orden para abrir las puertas de bronce de la fortaleza. El kan se sometía al sultán. que rechazaba toda relación con las otras mujeres del harén y aceptaba los consejos de una favorita que gobernaba en lugar del gran visir? ¿Qué papel tenía Nurbanu en aquella guerra que enfrentaba a Hürrem y a Gülbehar? Mustafá volvió su mirada en dirección a la torre de los Doce Vientos. El hijo veneraba al padre. Aquello sería un sacrilegio y una novedad en la larga historia de los osmanlíes. —Pero el Corán nos dice que no sigamos nunca ese ejemplo —respondió Mustafá—. Voy a recibir al comandante que nos envía la Sublime Puerta. ya que ése era el motivo oficial del último requerimiento de la Sublime Puerta. Nurbanu. No iba a aniquilar a una tropa que no se mostraba belicosa. sino para mostrar a su madre que era inútil intentar resistirse a Hürrem. Más abajo. ¿Adónde quería llegar la kadina Hürrem? ¿Por medio de qué encantamiento retenía a su padre. Mustafá intentaba entenderlo. No para que él se plegara a la voluntad del Señor de los señores. Pero Mustafá ignoró a los dos jenízaros que servían fielmente a su madre. no haría disparar un cañón contra una tropa enviada por su padre. Khâzine y algunas mujeres más estaban a la vista. Se mantenían derechas entre las almenas. Zora. respetaba al comandante de los creyentes. Mustafá sabía por qué un número tan elevado de soldados estaba allí.

Negro era también su casco. y se hizo el silencio. Estaban allí por ella. seguido por los del sipahi y el kadi. Las puertas de bronce giraron sobre sus goznes. El caballo del caballero negro resopló y se puso a trotar.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cecilia no quería mostrar el miedo que le inspiraban aquel regimiento de soldados y las dos compañías de sipahis. gran kan. Él sentía inmediatamente ese tipo de cosas. El texto era muy claro. No conozco a esa Nurbanu a la que debo conducir a Topkapi. tras tener en cuenta que soy un hombre neutral que no ha tomado parte. a su derecha. apareció en la base de la pequeña escalera que llevaba al camino de ronda. la enemiga del Estado. —La Sublime Puerta me ha elegido con su discernimiento. La mayoría de ellos había pasado de los cuarenta. ninguno estaba dispuesto a pelear hasta la muerte. cuando habían franqueado la frontera de la provincia como conquistadores. A su izquierda. Mustafá no lo consideró una alabanza. —Traigo un tughra del gran visir. —¿Lo eres? —Tanto como lo puede ser un oficial bajo las órdenes del kapudan pacha Barbarroja. Los tres hombres echaron pie a tierra cuando el kan. y blandían armas de otra época. con los arcabuces apuntando hacia los guardias de Amasya. seguido de una escuadra de jenízaros. coronado por un penacho púrpura. shazade. con las picas levantadas hacia la fortaleza. —Esta misión debería haberse confiado al mouzhir agina de los jenízaros — afirmó Mustafá al descubrir el nombre y el título del comandante. Joseph Nazi sabía arreglárselas. leyó el contenido. un sipahi había plantado un estandarte verde con tres lunas crecientes y. Joseph Nazi los caló de un solo vistazo. Le habría gustado tenerlo como capitán. Mustafá evaluó brevemente al hombre que le presentaba el acta remitida por el canciller y lo consideró digno de respeto. que parece tener algún interés en este asunto. ¿Quién habría osado entorpecer el camino de una tropa protegida con un tughra imperial? El comandante que los conducía iba vestido de negro. Los dedos de Cecilia se agarrotaron. un kadi sujetaba entre sus manos el tughra enrollado con cintas rojas. ya que llamarlo shazade significaba reconocerlo como heredero al trono. Créame. actúo y obedezco por el bien del Estado. Los tres hombres no retuvieron a sus caballos cuando penetraron en la fortaleza. y tampoco sirvo al bajá Rüstem. Se había anunciado su llegada tres días antes. El estrecho patio estaba lleno de guardias. tanto como lo puede ser el viento preso en la velas de un navío. Tras desenrollar el pergamino. sino 265 .

le habría gustado precipitarse hacia Cecilia. y Joao la reconoció a su vez. ya que Nurbanu soltó un grito y se desplomó. ya que Zora también lo vio. —¿Conoces a esta houri? —preguntó en voz baja Mustafá. Los soldados bajaron la cabeza. Aquel comandante que estaba a cuatro pasos y el judío al que habían lanzado al mar un año antes eran como dos gotas de agua. Había vuelto de entre los muertos. Había un hombre más blanco que el enviado de Estambul: el mouzhir agha Adna. —Pero ¿quién eres? 266 . para hacer creer al shazade que su emoción se debía a la grave transgresión de las costumbres. su velo se desprendió. Cecilia había reconocido a Joao. —¡Madre! —gritó Mustafá. Gülbehar no tuvo tiempo de responder a su hijo. palideció. era una abominable aparición. recibía los cuidados de una vieja criada. —No es el rostro de mi madre lo que te perturba. No fue el único que se dio cuenta de la turbación del joven. parecía imposible. se tambaleó. pero se conocían. y lo peor era que no llevaba el velo que habitualmente ocultaba la parte inferior de su rostro. en ese momento. Intentaba contener su emoción. que. En su caída. Ver a la kadina en todo su esplendor era condenarse a una muerte segura. A Adna. Este último hizo como los demás: cerró los ojos. Aquellos dos se conocían. perdió la conciencia y se desvaneció. sus labios temblaban. Joseph Nazi no se había fijado en el mouzhir agha. un demonio. —Conocí a esta chica en Venecia. Mustafá comprendió entonces que algo pasaba en la cabeza del comandante.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta una muestra de fidelidad. La imagen del aventurero embarcado en la galera veneciana se le había presentado brutalmente cuando intentaba recordar dónde había visto a ese oficial de marina. o en su corazón. La kadina había roto un tabú al forzar las puertas del harén. como a muchos otros. Fue como si recibiera una descarga de plomo en medio del pecho. Con la impresión. se volvieron de espaldas y se refugiaron en las caballerizas. parpadeó y agarró el mango de su espada. Un kadi de Estambul estaba presente. Los dos hombres estaban evaluando y armonizando su personalidad cuando las mujeres conducidas por Gülbehar provocaron un pánico general. —La kadina no lleva velo —respondió Joao con una voz rota. No me mientas. El jenízaro estaba atónito. lo había borrado de su memoria cuando lo habían lanzado al abismo.

—Madre. 34 Encargado de la recitación del Corán. Y aquella mujer. de cuyos ojos saltaban chispas—. El sultán le consultaba sobre cuestiones de derecho islámico. —El oro de Rüstem y de Hürrem está corrompido. El kadi contempló a la vieja que avanzaba hacia ellos. El cheik ül-islam era la más alta autoridad religiosa del imperio. Tras reponerse de la impresión. —Estas mujeres deben regresar inmediatamente al harén. que estaba pálida como un muerto. —No recibimos órdenes de un simple juez —dijo Gülbehar. el cheik ül-islam de Estambul era venerado por decenas de miles de kadis. como podía serlo el papa de los cristianos. convertida por obligación. —¡Que ese oro sirva para comprarme! —exclamó una voz.33 de imanes. vendida al precio de una becerra. en nombre de Dios. representante de la ley islámica. y para todos los actos fundamentales que tenían que ver con el Estado. Necesitaba sacar de lo más hondo de su desconcierto la imagen de un hombre inconsciente y sin 33 Directores de una madraza (escuela coránica). Todas las miradas se giraron hacia aquella que acababa de levantar la voz. no pudo utilizar la amenaza de la sharia para hacer callar a esa insolente ya que ella lo aterrorizó con una mirada. ¿Vas a ser tú el cheik ül-islam al que mis criadas y yo no obedecemos? —¡Sacrilegio! —gritó el kadi. nacida del vientre de una cristiana. de müderris. Aunque no era en sentido propio el jefe de una administración jerarquizada. que reclutaba a sus miembros en las dieciséis mil mezquitas y en los seis mil seiscientos conventos de la capital. insultaba al hombre que Alá llevaba en su corazón. —No te quitaremos a esta esclava sin compensarte —dijo el kadi a la vez que abría el saco que llevaba en el ijar del caballo—. 267 . Mil altouns representaban diez mil piastras de oro que el kadi depositó a los pies de la kadina. el kadi. de hafiz. tomó la iniciativa. de ulemas. Pero ella rechazó esa fortuna con desprecio. Zora sostenía a Nurbanu. te pido que vuelvas a tus habitaciones con tu séquito y que nos envíes a Nurbanu. No puede servir para comprar la pureza de Nurbanu.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Joao no respondió. sobre sus matrimonios. Su posición en el seno de la Sublime Puerta le confería un poder inmenso. 35 Piezas de oro. hecha de carnes corrompidas.34 de hatib y de almuédanos que constituían el ejército espiritual y temporal del imperio. portadora del pecado original. No conseguía darse cuenta de que Joao estaba vivo. Aquí tienes mil altouns35 para compensar esta pérdida.

dirigiéndose a la kadina—. ceñido y armado. —Perdóneme —continuó Zora. Déjeme partir y cumplir mi destino.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta fuerzas al que los turcos lanzaban al agua. Nurbanu reinará en el mundo. —Zora. pero me voy con Nurbanu. estás escogiendo un camino que te llevará a la muerte —dijo Gülbehar—. 268 . Todavía se acuerdan de ti en Estambul. era muy real. —¡Que sea la voluntad de Alá! Toma este oro. Como si fuera testigo de una aparición milagrosa. estaba soberbio vestido con sus ropas de guerra. la contemplaba con adoración sin preocuparse de la presencia del kan. Soy la sombra que debe ocultar la luz. Sin embargo. os será útil en Topkapi. Cuando yo desaparezca. mi pobre Zora. —Y todavía me temen. de cuero negro y malla de hierro.

siempre por la noche. El palacio de los sultanes guardaba en sus esquinas miles de vidas y terribles secretos. una colina que dominaba la ciudad de Usküdar. el Cuerno de Oro y el mar de Mármara. la reina del mundo. 269 . En primer plano. En las tres lenguas de mar que formaban el Bósforo. no lo había reconocido en ningún momento. Topkapi se extendía torpemente. había 36 Rebeldes. Él no había revelado la identidad del comandante. Joao y Cecilia contemplaban la capital con angustia. le había encargado escoltar en su nombre y en el de la kadina a la preciosa esclava hasta las puertas del serrallo. miles de naves se cruzaban y. palacios fortificados. El mouzhir agha Adna no se inmutó ante aquel pasaje y aquellos ruidos. se escuchaba el batir de los remos y los tambores de numerosas galeras. En aquella tierra que había aparecido de repente. ¿Qué identidad? ¿De dónde salía ese aventurero? ¿Era una de las criaturas de la kadina Hürrem y de Rüstem. torres. Nurbanu y Joseph Nazi estaban a algunos pasos de él. desplegaba su poder bajo los rayos ardientes del sol. No se había alejado de ellos desde que el kan. Sólo tenía ojos para dos seres y sólo estaba atento a las palabras que ellos intercambiaban. ante la tienda de Nurbanu. de los derviches bektashis que reclutaban a individuos promotores de disturbios o mélamis36 que llevaban a cabo actividades contrarias a los intereses de la Sublime Puerta? Cuatro veces se había enfrentado a él verbalmente. ¿Era un espía de la Serenísima? ¿Actuaba por cuenta de una comunidad extranjera.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 58 El Occidente surgió inopinadamente por el horizonte en cuanto hubieron rodeado la Tchamlidja. sin embargo. Estambul. el gran tesorero? Eso habría explicado su presencia en la galera veneciana. a petición suya. destellos metálicos inquietantes reflejaban a su alrededor los rayos de sol. En las cimas de sus murallas. un amontonamiento de casas coloreadas. a pesar de la distancia. se levantaban cúpulas de oro. que ambos querían vigilar.

Eran simples. ¿quieres huir conmigo? —¿Qué vamos a conseguir huyendo? ¿Adónde vamos a ir? Acabarían atrapándonos. a los agentes de aduanas y a los caravaneros. —Y el tuyo también —añadió Zora. —Mi galera está anclada en Top-Hané. A la primera ocasión. pero sus visiones materiales tenían la complejidad de los grandes lienzos pintados por los pintores de Occidente. Miles de caballos.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta tesoros guardados y reliquias veneradas. Joao la miró y supo que tenía razón. a los na'ibs encargados del orden. Las escaramuzas surgían aquí y allá cuando los bakchichs llegaban demasiado alto. Dos horas me bastarán para reunirlos. —Te lo pido por última vez —dijo en voz baja Joao—. Joao no podía concebir su porvenir sin Cecilia. Los quince mil transportadores y pasadores no bastaban para reabsorber aquella masa de viajeros y de avituallamiento que se acumulaba ocupando superficies considerables. Toda Asia iba a parar a aquella gran ruta que llevaba a la orilla oriental. A su grupo le llevaría horas recorrer las dos leguas que lo separaban de los embarcaderos de Saladjak. Las palabras llegaban de otro lugar. Era igual que la pitia de Delfos cuyos oráculos debían cumplirse. Deseaba que ya se hubiera forjado la flecha que tuviera que traspasarlo. Aquella vieja loca deliraba. en la que vivían generaciones de mujeres que predecían el porvenir y exorcizaban el pasado. —Su destino está allí.. de una tierra de leyenda. Cecilia y Joao ardían en su interior. 270 . No había visto llegar a Zora. les habría gustado tocarse de arriba abajo.. las más bellas mujeres del mundo se cansaban de esperar. y podía verse pelear a los barqueros. La géditchi se deslizó entre sus dos monturas y acarició a las bestias. de un don heredado de sus ancestros. que resoplaban. Pero el kadi vigilaba. —¿El mío? —En el Cuerno de Oro conseguirás la gloria. y Joao aparecía en ellas como un príncipe portador de la espada de oro de los kapudan pachas en medio de batallas. Zora parecía ausente. de animales y de vehículos de todas clases convergían en el Bósforo. de camellos. Zora los espiaba y Adna aparecía cada vez que se acercaban. Recorrió con la mirada el camino que lo separaba de su desesperación. se expondría en el abordaje de un navío enemigo. y mi tripulación descansa en el arsenal.

ni siquiera un juramento. No pudo contener el odio que lo embargó. El mouzhir agha Adna los siguió con sus hombres. se produjo el incidente. según creía. El mouzhir. Deseaba la muerte de aquel que. —La envidia te ciega —dijo Joao mientras esperaba a Adna. y que quería llevarse a Nurbanu. que pisotearon a una anciana antes de caer al agua y de hundir una barca en la que unos peregrinos volvían de La Meca y recitaban alabanzas a Dios. Un boyero no pudo controlar a sus bueyes. y Joao se volvió a ver en el puente de la galera antes de caer en la inconsciencia. el que había vendido a Cecilia a Gülbehar. reunió un escuadrón de sipahis y ordenó el descenso hacia Usküdar. donde los judíos de Estambul hacían sus negocios. El mouzhir y el mercader sirio eran una sola persona. dio un golpe con la bota a un marinero. No hubo nadie que se opusiera al jenízaro que había desenvainado su sable corto. El arma de acero azulado se la había regalado el maestro Etienne Levy durante su reencuentro en Oun Kapani. La hoja se hundió en el cuello del caballo. paraban con rabia y se 271 . era él. fulminante. se igualó a Adna. ya que había conseguido saltar y trepar por los fardos. Ningún caballero tuvo el reflejo de lanzar su jabalina. Una ventana se abrió en su espíritu. y el ataque. lo ignoró. Sus ojos ardían cuando sus hierros chocaron. derribó a una pareja de campesinos que intentaban subir a una de las numerosas embarcaciones. Aquella carga furiosa provocó un desorden inmediato en el malecón de tablas. y la espada que sacó lentamente de la vaina describió un círculo y reflejó la luz del sol. Aquel movimiento debido al pavor salvó al joven comandante. Dos estrellas de Salomón que contenían caracteres hebraicos decoraban y protegían el alma de aquel objeto consagrado por los rabinos de Praga. amenazó durante un instante al kadi que usaba la ley para requisar una mahonne. gritó e hizo un gesto en vano para detener a Adna. pues. —Debería haberte degollado antes de tirarte al agua —le soltó el jenízaro. Flanqueado por el kadi. Aquel maldito lo esperaba encaramado sobre un montón de mercancías.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Joao quería acabar rápidamente. el mercader. servía a Hürrem y a Rüstem. Los golpes que se daban retumbaban como los golpes de un herrero en su yunque. No intentaban ocultar o pensar sus ataques. Adna soltó un grito de guerra y lanzó su caballo contra el de Joao. Cuando llegaron al embarcadero. La sorpresa era total. furioso por ver a Joao escapar. Golpeaban salvajemente. Los ojos de Joao se agrandaron. En unos segundos. La montura de Joao se encabritó en el momento en que el mouzhir lo atacaba con su sable. Cecilia vio caer al animal.

Os decís: «Allí donde va. Los dos hombres no lo escucharon. sabréis protegerme mejor. aprenderéis a conoceros a través de los recuerdos que guardaréis de mí. todo misericordia. Aquel breve contacto les quemó. La cólera la convertía en una diosa y magnificaba su belleza. Haceos grandes. —¡En nombre de Dios. ni volver a verla». bajo su encanto. que vuestros nombres se asocien a la Sublime Puerta. Demasiada sangre bombeada por sus corazones tempestuosos cegaba sus sentidos. Surgió una luz que se extendió en una onda mágica sobre ellos y los hombres reunidos en el malecón. ni lo seréis jamás porque os amo a cada uno a mi manera y porque. no podremos defenderla jamás. Haced que la multitud se incline a vuestro paso. se agarraron. En un momento. Entonces sabréis descifrar los secretos de Topkapi. a partir de ahora.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta rechazaban... El mismo kadi. el Misericordioso. —¿Habéis perdido la razón? —dijo la joven. os conjuro a que ceséis de pelearos! —atronó la voz del juez. Allá llegaban todos los productos frescos del imperio que miles de campesinos. —¿Sois tan diferentes el uno del otro? —preguntó ella con voz suave y dulce— ¿Por qué pretendéis destruiros? ¿Me he convertido en un motivo para matar? Conozco los sentimientos que tenéis por mí. Topkapi os parece mi tumba. Zora y Nefer me han enseñado muchas cosas sobre ese mundo cerrado. Sus hojas chocaron. Bajaron sus espadas y se dieron la mano. pero hay numerosos medios de escapar del serrallo al que voy a entrar. pero ya no se volvieron a encontrar. Topkapi había desaparecido de su vista. cayeron y rodaron hasta los pies del kadi que blandía el Corán. La bella cautiva hizo que se reunieran. El bashlik de Cecilia se deslizó entre ellos y los dejó inmóviles con una actitud semejante a la de los guerreros pintados en los libros persas. Joao y Adna la vieron avanzar y tender las manos. sé que sacrificaríais vuestras vidas por la miserable esclava en la que me he convertido. cuyo rostro aparecía en pleno día. Sí. Vosotros no sois enemigos. se separaron. Sé lo que pensáis. que se conocía como la escalera de Asia Menor. Haceos grandes y os acercaréis a mí. Cecilia se situó en el centro de una adoración colectiva. llevaban. no mencionó la sharia. 272 . Vivos y aliados. Los mahonnes requisados por el kadi los habían dejado en Emineunü. de la orilla de las Aguas Dulces al bosque de Belgrado y a las orillas del Bósforo.

Por todas partes. el ikindi. Había llegado el momento de compensar las faltas del pasado. Su larga barba negra y blanca llegaba hasta su jubón malva cosido con grandes hilos de plata. Una vía se abrió en medio de todas aquellas personas cargadas de paquetes. Había preparado a su joven alumna para ese momento de la verdad. Aquellos delatores vigilaban los lugares públicos y daban cada tarde su informe al tchoukadar al que los habitantes maldecían. Cecilia tuvo el impulso de ir hacia él. había agentes disfrazados con el salma bash tchoukadar entre la multitud que volvía a levantarse tras la plegaria. El maestro Levy le dirigió una sonrisa e hizo una señal con la cabeza con la que parecía decirle: «Estoy a tu lado. Era una mujer convertida en esclava. Durante un instante. 273 . Cecilia se contuvo. Ella no estaba autorizada a cabalgar en la capital. lo que quería decir que era menos que un perro. genoveses. Todos los musulmanes se habían girado hacia La Meca y rezaban en medio de la polvareda rojiza que no caía jamás. no necesitaba ni levantar la voz. Zora se pegó a Nurbanu.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta El bashlik cubría de nuevo los cabellos y la parte inferior del rostro de Cecilia. No se preocupaban de aquellos turcos que rezaban y continuaban contando cequíes. Sabía lo que tenía que hacer. Joao la cogió del brazo y le susurró: «Hablar con él sería perderlo». franceses. En medio de un grupo de judíos reconocibles por sus sombreros y turbantes amarillos. Los hombres que permanecían de pie eran judíos. una poderosa droga que había absorbido de la mahonne corría por sus venas. piastras y ducados. Tan pronto como se dio cuenta de su presencia. dobladas bajo cargas considerables. la joven se quedó aturdida. Joao la soltó y volvió a subir al caballo. el kadi. precedido por dos sipahis y por el portaestandarte. griegos y armenios. bajo el sol abrasador de la plegaria de la tarde. Se hundieron en una de las tortuosas y hediondas calles que conducían al barrio de los funcionarios de Sirkèdji. consumida por la angustia y oprimida por el alboroto de las personas y las bestias. que compartían los ricos y los pobres en el mismo lugar de trabajo o allá donde se encontraran. rubricando documentos o intercambiando cartas en los puestos que salpicaban el muelle. Era imposible no fijarse en él. Entonces. puedes contar conmigo». estaba de pie un hombre de buen porte. El miedo la había abandonado hacía tiempo.

la sala del 37 Guardias imperiales. era más poderoso que nunca. Por otra parte. rodeado de árboles y de flores. prisionera de los turcos. enseguida sin apoyo alguno. no era la única que se iba inclinando conforme subían al palacio. ¿Era posible? Abandonada por los cristianos. desde que habían atravesado el Bósforo. totalmente encorvada y cojeando ligeramente. Todos aquellos que entraban en el serrallo pasaban por la criba de sus miradas entrenadas para discernir a los promotores de disturbios y a los agitadores. En una esquina de aquel pequeño espacio vigilado por fieros jenízaros magníficamente vestidos y armados. No se oía más que el paso de los caballos. Cecilia buscó una cruz. Vieron a dos mujeres escoltadas por los sipahis. Aquel patio donde cantaban las fuentes estaba lleno del olor de las cocinas. Ahora que se acercaban a Topkapi. llegaba hasta la puerta Orta Kapi. que permitía acceder al segundo patio con caminos pavimentados de mármol. El primer patio. y el ruido de las conversaciones disminuía. Veía confusamente a todos aquellos hombres con turbante y aquellas mujeres con velo.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Capítulo 59 Con la mirada levantada hacia la cúpula de Santa Sofía. Las espaldas se encorvaban unas tras otras cerca del recinto fortificado. 38 Oficiales de la Puerta. un emblema que le diera fuerzas. El pequeño grupo de Joao dejó atrás las filas de visitantes que los oficiales armados con un garrote controlaban. ya no había abierto la boca. encerrada para siempre jamás. El islam estaba presente en todas partes en aquella ciudad llena de soldados y derviches. Ciento cincuenta kapidjis37 dirigidos por seis kapidji-bashis38 la vigilaban. Caminaba delante de Cecilia sin intentar luchar con el peso de los años. sin los brazos armados de Joao y de Adna. La Puerta imperial admitía y volvía a expulsar oleadas de personas silenciosas. Desapareció en cuanto franquearon el Bab-iHumayoun. el vuelo de las palomas y el ronroneo de las tórtolas. Dudaba del poder de Zora. 274 . pero no había más que medias lunas en los edificios que veía. Ya no creía en la influencia de sus amigos. La vieja géditchi parecía haber perdido las fuerzas y.

Se examinó pausadamente a Cecilia y Zora. el nishandji Kodja y el gobernador del serrallo. El nishandji asintió. pero no hizo ningún comentario. y ningún decreto te podrá hacer salir sana y salva si nuestra venerada kadina no lo decide así. brillaban. jefe de los eunucos negros del harén. Ante él. y su kadi. el bostandjibashi. detentor del porvenir de las odaliscas. El kapi agha era el jefe de los eunucos blancos de la Puerta. —Soy el kapi agha —le dijo a Cecilia—. Era mi primo. Te espera al otro lado del muro. Muéstrate fuerte. Soltaron un resplandor mortal al reconocer a Zora. Habría acabado por perdernos a todos. que. Era un hombre malvado. se parecía a un enano. Cecilia y Zora se encontraron cara a cara con otra abominación de la naturaleza: el kizlar aghasi Abas. estaba junto al despacho de la cancillería. que volvía a desempeñar su papel de guardiana desde que habían franqueado la Puerta imperial—. no las tocaron. vas a entrar en el harén del Gran Señor. Era mucho más imponente que Nefer. Quitaos los velos. El kapi alzó las cejas al reconocer a Zora. hacia el que se dirigieron Joseph Nazi. comandante de la galera. el bostandji-bashi. Este último mandaba sobre los dos mil quinientos «jardineros» que vigilaban por la seguridad del palacio. Volvieron a salir acompañados por el canciller. Su voz era aflautada. el nexo entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. El bostandji bashi te conducirá hasta la entrada del tercer patio. que estaban desesperados. Cecilia recordó las lecciones de Nefer. Cecilia sintió que su corazón se desgarraba. y les dio bruscamente la espalda para ocultar su tristeza.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta diván. No había humanidad alguna en sus ojos. calculaban y evaluaban. La veneciana merecía su reputación. se sintió atado a su mirada. —No es el momento de llorar —dijo Zora. 275 . coronada por dos bulbos. Lanzó una última mirada a Joao y a Adna. Ahora. Hürrem siempre se ha sentido seducida por aquellas que le plantaban cara. Un ser inmenso y enorme estaba de pie cerca de la puerta del harén. pero su poder acababa donde empezaba el del kizlar aghasi. —Así que eres tú quien ha causado la pérdida del kazasker Hodja —dijo con voz obsequiosa—. el jefe de la seguridad. Sin embargo. Cuando la minúscula puerta encajada en uno de los pesados batientes que separaban los apartamentos de las mujeres del mundo exterior se abrió. Ellas se quitaron los velos. no más grandes que unas cabezas de alfiler. y te agradezco que lo enviaras ante el tribunal de Alá.

si conseguía sobrevivir en el seno del harén. ante las que eunucos viejos y fofos agitaban espantamoscas. se encontraron todo tipo de especulaciones. Los insectos. cascadas bordadas con oro caían a lo largo de sus cabelleras perfumadas. —Soy la géditchi de Nurbanu —respondió Zora. Su gran cuerpo hizo temblar las baldosas de mármol blanco del camino bordeado por sombras reducidas. Le quitó el puñal que escondía bajo la camisa y lo examinó antes de colgárselo en su propio cinturón. que no tuvo tiempo de reaccionar. pero esa vez se topó con algo puro y duro que encontraba a veces en la mente de Hürrem. sabría utilizarlo en su provecho. molestos por estas suaves flagelaciones. zumbaban alrededor de esas masas sudorosas que se asombraron y estremecieron al ver a la maldita Zora. Habitualmente. ella ya está corrompida —dijo el eunuco a la vez que tanteaba a Nurbanu. Unas djariyès39 y unas odaliscas curiosas se acercaron en cuanto el trío entró en una gran sala con lozas multicolores. Aquella cautiva pertenecería a la clase de las futuras iqbals. 39 Cortesanas. Todas ellas llevaban vestidos y joyas de un precio considerable. Las de más edad se estremecieron al balbucear el nombre de Zora. Piedras preciosas brillaban bajo las transparencias rosas. Pareció sorprendido al no descubrir nada. su enemiga mortal. En boca de todas aquellas que habían conocido la época en la que las ladinas se libraron a una guerra sin merced en el Palacio de las Lágrimas. Nadie daba mucho por la vida de la antigua géditchi de Gülbehar. la única digna de interés al ser una posible rival. chorros de estrellas. la gorda pata se echó encima del vientre de Cecilia. —Voy a conduciros ante la «bienaventurada» —dijo él a la vez que se ponía en movimiento. Tenía que estar loca para presentarse ante Hürrem. —Entonces. desvelaba los pensamientos más secretos de las esclavas. Piaron. azuladas o amarillas de sus camisas tejidas por artesanos de la lejana China. Aquel regreso era un acontecimiento considerable y la promesa de nuevos enfrentamientos. ni por la de la joven cautiva que había causado la muerte del kazasker Hodja. En ningún momento perdió su calma. se asombraron y jugaron a las recién llegadas. De repente. se lanzaron a hacer comentarios sobre la belleza de la más joven.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —Así que has vuelto —le dijo él. La excitación provocó movimientos incontrolables. 276 . al fin pasaba algo extraordinario en aquel harén. Guirnaldas de perlas.

277 . ¡Qué extraño! No había ni rastro de astucia en aquel óvalo perfecto.. Nurbanu —dijo Hürrem—. esperó a que la joven levantara la cabeza antes de hablar. y tenía los muslos de un joven muchacho. «Esta mujer no puede ser el monstruo que todos me han pintado». el juez de los ejércitos? ¡Oh! Ya sé que nada se ha probado y que no se probará jamás. Eso era lo que la hacía fuerte. mereces tu nombre. Le habían descrito a la favorita. Cecilia dio los tres pasos que la separaban de la kadina. haciendo ver que acababa de descubrir a la vieja géditchi—. Los fuertes olores de aceites y de esencias mezclados en el aire caliente levantaron el ánimo de Cecilia. Respetuoso. mi adorado hijo. A pesar de todo. Cuántas veces he pedido a Dios que se diera prisa en juzgarte como se dice en el decimocuarto sura. —susurró Hürrem. —Zora. le habían dicho que mantenía el aspecto de su juventud a pesar de sus cinco embarazos. Se dejó tocar los cabellos y la piel. la mirada franca no se desviaba. Cecilia se sorprendió por el aspecto de Hürrem: su pecho apenas estaba formado. Abas se acercó a una mesa donde una negra colosal trituraba sin miramientos los hombros de una adolescente. a los soplos de los labios a los abrazos y a los arañazos tenían una cierta languidez. —¿Es posible que seas tú quien ha envenenado a Hodja. se volvió más tierna y atractiva. tú que has matado a Abdullah. He odiado tanto ese nombre.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Las mujeres seguían los pasos del eunuco y de las dos esclavas. —¡Yo soy la única responsable de ese acto justo! —dijo Zora. Aquí estás ante mí.. Los cuerpos que se ofrecían a las caricias de las manos. Las revelaciones de los espías tienen poco valor frente a las negativas de la kadina Gülbehar.. —Desde luego. Y tú haces alarde de actos justos.. Y cuando se plegaron las pocas arrugas que tenía en las comisuras de sus labios y alrededor de los ojos. Su rostro se iluminó con una bella sonrisa. unas chicas impúdicas se entregaban a todo tipo de caricias bajo las miradas insensibles de los eunucos. y el fuego del infierno no devora tu cara. se dijo Cecilia. Varias houris se daban masajes. pero aquella emoción no se traslucía en el rostro que estaba examinando. Acércate. y ya eran más de doscientas cuando Abas entró en el hammam. Zora. no temas. —Aquellas a las que esperas están aquí. La kadina de ojos de gato tenía realmente un aspecto inmaduro e ingenuo. estaba llena de una fuerza que inspiraba respeto. Hürrem notó los latidos precipitados del corazón de la veneciana bajo sus dedos. En la penumbra.

Tu vida me pertenece. que había sabido seducir a Hürrem. —Te esperaba desde hace tiempo —dijo la siria—.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta —He venido a ofrecer mi vida. Cecilia se puso tensa. Yo también soy una discípula del maestro Levy. sin embargo. —¿Sabes lo que queda por hacer? —Lo sé todo respecto a Zora. Cuando se compartían los placeres del baño con la favorita de Solimán y cuando se quería llegar a ser iqbal. Otros sufrimientos me esperan.. Alejó a las mujeres con la piel mojada y huyó a través del hammam para refugiarse en el vestidor y llorar al fin. La kiaya negra había asistido a toda la escena sin manifestarse. Conmigo tu formación acabará. 40 Favorita. Las odaliscas le dedicaron miradas amables. enviaban a hacerlo a la tal Nurbanu. quiero creerte: Nurbanu seguramente no destiló el veneno que mató a nuestro fiel Hodja. había que ser inteligente. donde las mujeres se desvestían. cojo lo que quiero. —Soy la primera hasseki40 de este palacio. Abas. Entonces alguien se acercó a ella. En ese momento. Debería bastar para colmar tu sed de venganza. vieron que una sombra se movía. Desapareció por la estrecha puerta que llevaba al camekan. Trata con indulgencia a Nurbanu. No me hagas preguntas. Yo soy la cuarta y la última.. Las más atrevidas rodearon a Nurbanu y la desvistieron mientras Abas se llevaba a Zora. 278 . es todo lo que te pido a cambio. pero las manos que la desvestían la retuvieron. Era peligroso servir a la kiaya negra.. sin embargo. Todo estaba escrito. pero estoy en paz: he vivido sólo para que brille tu luz. y sígueme. pero sólo el ojo ejercitado de Abas supo que pertenecía a la feroz Yasmina. son de tu talla. Cecilia quiso abrazar a la géditchi. Toma estas ropas. Una mano negra con un anillo de ámbar le levantó el mentón. De repente una circasiana la besó. —Mi tiempo en esta tierra se ha acabado —dijo esta última a Cecilia—. Yasmina estaba de pie frente a ella. ¿lo has oído? —Lo he oído todo. y va a extinguirse enseguida tras la oración de yatsi.. —¿Nurbanu?. Sintió un dedo acercarse y entrar en ella. limar asperezas y alabar a la nueva. y a cambio de nada. ¡No tengo la intención de ser tierna contigo! Esta noche entenderás lo que es Topkapi. Pues le reservamos la más dulce de las suertes: servirá a mi kiaya Yasmina y se encargará de la habitación de las sedas. pero ignoro cuál es la suerte de la veneciana.

y un bashlik negro. flanqueado por el kizlar aghasi Abas. Todas estaban escuchando. El harén estaba silencioso. 279 . 41 Alfombra. Había desenrollado la sejjadè41 y había dirigido el mihrab hacia La Meca. ni tosía. que apareció en medio de la luz. ni gritaba de placer por sus caricias. como lo estaba casi siempre que Solimán abandonaba el palacio. En las esquinas. La oración se acabó. —Nos esperan en el jardín —dijo a la vez que le daba un vestido amplio y oscuro. Yasmina enrolló la alfombra y la colocó en el armario. en compañía de los Giray Kan. según el modo como la agitaba. De rodillas sobre la alfombra. una u otra esclava se ponía a su disposición. Un olor a rosa y jazmín flotaba en el jardín. Era la hora del yatsi. que vigilaba a los eunucos. Unas criadas habían ido para informarla. Esa mujer sin edad que hablaba con Dios no le había dirigido la palabra desde que la había conducido a aquella estrecha habitación amueblada con un solo armario. Vivían y dormían en un dormitorio común junto a la habitación. Sus respiraciones contenidas no eran perceptibles a los oídos entrenados de los eunucos. pronunciaba las plegarias consagradas.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Yasmina había oído la llamada lanzada por el almuédano desde el balcón del alminar. La kiaya utilizaba una campanita y. —Están reservados a aquellas que cometen crímenes —dijo Hürrem. como el que llevaban los hombres del pueblo. Dos muros del recinto lo rodeaban. ni soñaba en voz alta. En cuanto salieron de los apartamentos de la kadina Hürrem. llegaban a ocupar hasta el menor espacio que no estaba reservado al protocolo. Una lámpara de aceite la separaba de Cecilia. unas antorchas sujetadas por eunucos iluminaban con una luz cobriza un objeto voluminoso colocado sobre el suelo. al que llegaron tras muchas vueltas por el serrallo. Pero aquel silencio era diferente. a los placeres y a la familia imperial. no lejos de la capital. cuyos derechos al trono habría reconocido si la dinastía otomana se hubiera extinguido. que la escuchaba y luchaba contra el disgusto que le inspiraban aquellos lugares. La noche había acabado. y ni una roncaba. Había que rendirse a la evidencia: había centenares de esclavas durmiendo amontonadas en los dormitorios. Se sabía que estaba cazando en Tchataldja. dos eunucos les siguieron los pasos. detrás de las filas de naranjos y de limoneros. tenía una veintena de houris a su servicio. descendientes de Gengis Kan. quienes intentaban apresurarse. a otras las había llamado para tareas más precisas.

Nurbanu. Una estrella apareció por encima de los techos de Topkapi. El jefe de los eunucos blancos tenía la llave. Instalaron el ataúd en la parte delantera de una larga barca. A aquel que ponga con Dios a otro dios. Después. Fue él. Ya no vieron nada más que las aguas negras con crestas plateadas y a los eunucos que pensaban: «Lanzad al infierno a todo pecador obstinado que se ensañe. Abas y sus eunucos empujaron el ataúd. se lo cargaron a los hombros y traspasaron la única poterna del harén que daba al exterior. Hürrem le mostró el banco sobre el que debía sentarse a su lado. —Tú me gustas. habéis actuado bien. dañe a otros. Habían lanzado a Zora como a muchas otras. Los esperaba al otro lado del muro. Después los remos se levantaron. le preguntó en voz baja a Cecilia: —¿Intentarás matarme tú también? —Sí. propague la duda. Una vez hubieron acabado la operación. 280 . Cecilia tenía ganas de vomitar. había visto el rostro impasible de Zora. de desgarrar el rostro de la kadina oculto bajo el bashlik y de arrancarle el corazón. La kadina a la que servían los sacó de dudas. lanzadlo al más doloroso de los tormentos». que no hizo más ruido que las olas que rompen contra el casco al tocar la superficie del agua. la nave alcanzó el mar de Mármara. No pertenecería jamás a las tinieblas. —Dios está satisfecho. Los eunucos ajustaron la tapa y la clavaron a golpes con un mazo de madera. La pequeña veneciana que se había convertido en esclava tuvo entonces la seguridad de que llegaría a reinar en Estambul. Te convertiremos en una sultana de las tinieblas. y Yasmina tuvo que empujarla hacia delante para que obedeciera. quien condujo a la macabra procesión a través de un lado de la colina hasta un embarcadero de madera.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta Cecilia retrocedió por un momento y contempló con horror el ataúd de plomo que estaban cerrando. Ella era Nurbanu. Aquélla era una señal del destino. En poco tiempo. se vuelva un obstáculo para el bien. la princesa de la luz. y no Abas. Cecilia se quedó en silencio.

EN LOS TALLERES DE BROSMAC. CARRETERA VLLLAVICIOSA . HERMANN ZAPF DISEÑÓ EL TIPO ALDUS PARA LA IMPRENTA STEMPEL EN 1954.Jean-Michel Thibaux La esclava de La Puerta ESTE LIBRO UTILIZA EL TIPO ALDUS. ALDUS MANUTIUS. LA ESCLAVA DE LA PUERTA SE ACABÓ DE IMPRIMIR EN UN DÍA DE OTOÑO DE 2000. KM 1 VLLLAVICIOSA DE ODÓN ( MADRID ) 281 .MÓSTOLES. QUE TOMA su NOMBRE DEL VANGUARDISTA IMPRESOR DEL RENACIMIENTO ITALIANO. COMO UNA RÉPLICA MÁS LIGERA Y ELEGANTE DEL POPULAR TIPO PALATINO LA PRINCESA DE LA LUZ.

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