La barra espaciadora se había vuelto a atascar.

Lanzando un
reniego, se levantó de su silla y miró la máquina de escribir desde arriba
para ver cuál era el problema. «Que esta Underwood es casi tan vieja
como tú, ese es el problema», se dijo en silencio mientras la observaba.
Era la segunda o tercera vez que le pasaba lo mismo ese mes. El mes
anterior había tenido que reemplazar la tecla «L», y el anterior a ese, el
rodillo. Cada vez acumulaba más óxido en sus piezas metálicas, y
necesitaba limpiezas más frecuentes. Con un suspiro de fastidio, se
agachó para sacar de debajo del escritorio una pequeña caja de
herramientas, donde guardaba una nada despreciable colección de útiles,
piezas de repuesto, teclas y cintas entintadas que había ido consiguiendo
a lo largo de los años en subastas o tiendas de antigüedades. Tras
conseguir reparar el atasco, accionó la tecla varias veces para comprobar
que todo funcionara correctamente, colocó una nueva hoja de papel en
blanco y volvió a sentarse al escritorio. Tosió, bebió algo de agua para

aclararse la garganta y puso los dedos sobre las letras, dispuesto a
dejarse llevar de nuevo por la inspiración.
«¿Dónde lo dejé?», se preguntó con fastidio, al ver que el flujo de
palabras parecía haberse detenido. Echó un vistazo a lo último que había
escrito antes de que se produjera el atasco. Gwendolyn acababa de
alcanzar el rellano que llevaba hasta el desván, y armándose de valor
comenzaba a subir los escalones con la única compañía de una antorcha.
¿Una antorcha? ¿No sería mejor un quinqué?
Antonio frunció el ceño. Era mejor un quinqué, razonó. Más cómodo,
más a mano, y, además, ¿de dónde podría sacar Gwendolyn una antorcha
en una mansión victoriana? No tenía sentido. Y sin embargo, la imagen de
su virginal protagonista subiendo los húmedos escalones de piedra, con el
cuerpo tembloroso bajo su leve camisón de seda e iluminando su camino
con una antorcha, se le antojaba muy sugerente.
Dejando para después la decisión de primar la ambientación sobre
el realismo, o viceversa, dejó que las palabras fluyeran a la vez que
visualizaba cómo su trémula protagonista ascendía los últimos escalones.
Se encontraba ante una pesada puerta de madera, y levantaba la
antorcha (¿o el quinqué?) para observar su superficie. La puerta parecía
muy antigua, y estaba inflada por la humedad, hasta el punto de que el
hedor a moho le hacía arrugar su delicada nariz. De entre los pliegues de
su camisón, extraía una pesada llave y la introducía en la herrumbrosa
cerradura, que cedía dificultosamente. Luego, ponía su blanca mano sobre
el picaporte y, sintiendo el rápido aleteo de su corazón, abría la puerta
para ver, presa del más absoluto horror, que al otro lado…
—Tony —Gabriel irrumpió en su habitación sin molestarse en tocar a
la puerta—. Voy a salir ya. ¿Necesitas algo antes de que me vaya?
Mortificado por la nueva interrupción, cerró los ojos brevemente e
inspiró. Luego, con toda la mala leche que fue capaz de reunir, replicó:
—Te he dicho mil veces que no me interrumpas cuando estoy
trabajando.
Oyó un suspiro a su espalda. Luego, la contestación, dicha con voz
lenta y contenida:

—Te he dejado algo de cena en la nevera. Para cuando termines de
trabajar.
—Vale —dijo, sin molestarse siquiera en separar su mirada de la
hoja mecanografiada. Dando la conversación por terminada, quiso
reanudar su escritura donde la había dejado, pero por alguna razón, la
irritación que sentía en ese momento le impidió volver a concentrarse.
¿Había percibido cierta ironía en su voz? Despegó los dedos del teclado y
se giró en su silla para mirar directamente a su interlocutor, que parecía
esperar algo. Ahí estaba: esa eterna expresión compasiva en su rostro,
mezclada con algo de culpa y mucha condescendencia. Sintió que se
inflamaba de indignación—. Sé que a ti no te lo parece, pero lo que hago
es importante —afirmó.
Por un momento, pensó que Gabriel se lo discutiría, o que se
burlaría de él. Por el contrario, este se limitó a encogerse levemente de
hombros.
—Más importante es que comas. Que te cuides un poquito. Así
podrás trabajar mejor.
Entrecerró los ojos.
—No me trates como si fuera un niño.
—Pues entonces, no te comportes como tal.
Estaba a punto de lanzar una frase mordaz, cuando un violento
acceso de tos se lo impidió.
—Joder, Antonio —pudo oír más allá de su dificultosa respiración,
mientras notaba que Gabriel intentaba ayudarle.
Braceó para impedírselo a la vez que intentaba, sin mucho éxito,
reprimir la tos, que se hacía más intensa y dolorosa. Gabriel le ayudó a
incorporarse y le sostuvo hasta que se le pasó. Luego le tendió un vaso de
agua.
—Anda, te ayudaré a tenderte.
—No necesito acostarme —contestó con la voz ronca, apartando de
sí los brazos de su amigo. Bebió otro pequeño sorbo de agua y luego
intentó dar una profunda inspiración. Sus pulmones le ardían, y volvió a

toser. Deseaba con todas sus fuerzas que Gabriel le dejara solo, que
dejara de mirarle, pero no se apartaba de su lado.
—¿Estás seguro? ¿Quieres que…?
—Que me dejes en paz, joder —dijo. No consiguió levantar la voz, y
aunque el énfasis que había intentado darle solo hizo que sonara
estrangulada, Gabriel pudo percibir su mal tono.
—Como quieras. —Rendido, su amigo se apartó de él y levantó las
manos, evidenciando su derrota. Se giró para salir de la habitación, pero
cuando estaba a punto de hacerlo, volvió a mirarle—. Solo intentaba
ayudarte.
—Guárdate tu ayuda donde te quepa —espetó.
—Está bien. —La expresión dolida de Gabriel no se le pasó
desapercibida—. Que tengas buena noche.
Gabriel salió del dormitorio, dejándolo solo. Antonio se sentó en su
cama, rebuscó en su mesita de noche y sacó un inhalador, para aliviar su
estentórea respiración. Se sentía mareado, y respirar le resultaba
tremendamente doloroso, pero tras usar el medicamento una segunda vez
empezó, poco a poco, a sentirse mejor. Luego se frotó el pecho y los
costados, para aliviar la tensión en sus músculos respiratorios.
Su máquina de escribir le esperaba en el escritorio. Antonio la miró,
como disculpándose con ella por no ser capaz de darle uso en aquel
momento. Puede que estuviera vieja y destartalada, pero solo con un
mínimo mantenimiento cumplía con sus funciones perfectamente a pesar
de su decadencia. Igual que él mismo, aunque en aquel preciso momento
se sintiera demasiado débil para hacer nada. Se tumbó en la cama con los
ojos arrasados en lágrimas a causa del dolor y la frustración. Gwendolyn
tendría que esperar.
*
A pesar de que los focos que iluminaban su rostro le dificultaban la
visión del resto del local, Lilith podía adivinar que aquella noche estaba
especialmente concurrido. A ella le gustaba imaginar que todo el mundo

la miraba mientras desgranaba sus canciones, que cuando su voz,
amplificada por la potencia eléctrica del micrófono, se alzaba en medio
del gentío, contaba con la atención de todos los asistentes. Pero sabía que
no era así. La mayoría de las veces se tenía que conformar con ser parte
del ruido de fondo, en el que sus canciones, cuyas letras reflejaban sus
más profundas inquietudes, temores y emociones, se perdían como una
gota de agua dulce en medio del océano. Aun así, seguía cantando dos o
tres veces por semana, como si eso fuera una válvula de escape que le
permitía aguantar la serie de pequeñas insatisfacciones que era su vida
últimamente.
—Toma, guapa.
Raúl se acercó al escenario en una pausa entre canciones para
llevarle una botella de agua. Le sonrió como agradecimiento mientras la
cogía, y el joven se alejó, perdiéndose de nuevo entre el gentío con su
bandeja en alto. Mientras bebía un rápido sorbo para aclarar su garganta,
pensó en que al menos él sí que la miraba. Siempre que podía, pasaba
cerca del escenario para observarla, vigilaba que no se le acabara el
agua, y alababa su voz tras cada actuación.
Cogió su guitarra, la apoyó en su regazo y, con un rápido rasgueo de
las cuerdas, comenzó una nueva canción. Siempre había querido saber si
Gabriel también la miraba al actuar, si, al igual que hacía su empleado,
escamoteaba algunos segundos de su atareado trabajo para elevar la
vista hacia ella y observarla. Solía fantasear con ello: Gabriel tras la barra,
dejando a algún cliente desatendido durante unos instantes para poder
mirarla, completamente embelesado. Perdería la noción del tiempo al
deleitarse en su belleza, hasta que una inoportuna erección le hiciera
volver a la vida real.
Era divertido imaginarlo desviando azorado la mirada del escenario
para evitar que sus inflamadas pasiones interrumpieran sus tareas, pero
la verdad era que Lilith nunca podría saber si eso podía ser verdad o no…
A menos que lo preguntase, claro está. Desde el escenario, iluminado
furiosamente, era imposible alcanzar a vislumbrar la barra, que estaba en
la pared más alejada del local, por lo que desde allí nunca podía ver a

Gabriel. Le sería relativamente fácil averiguarlo, preguntarle con picardía
y voz susurrante si le había gustado su actuación, si le parecía sexy verla
sujetando su guitarra, si le excitaba que sobre el escenario luciera tan
sonrojada y sudorosa como cuando acababa de hacer el amor, pero la
verdad era que prefería no hacerlo. Una parte de sí misma creía
firmemente que él no perdía el tiempo en mirarla de esa forma, y ella
prefería no obtener una respuesta que acabara tan cruelmente con sus
fantasías.
Estaba desgranando la que había de ser su última canción, cuando
empezó a sentirlo: el efecto de una observación detenida, tan aguda que
parecía penetrar sus sentidos, que la desnudaba más profundamente de
lo que ya lo hacían las letras de sus intimistas canciones. Su voz se
quebró cuando, presa de un intenso escalofrío, sus cuerdas vocales se
negaran a obedecerla durante una fracción de segundo. Consiguiendo
retomar el control de su voz, siguió cantando a la vez que escaneaba sus
alrededores.
Justo a los pies del escenario había un hombre, y no un hombre
cualquiera. Su extraña belleza le golpeó al posar sus ojos en él: parecía
muy joven, pero carecía de la lozanía que suele asociarse a la escasez de
edad. Casi parecía el reflejo de un retrato decimonónico, en el que la
pintura ha envejecido, resquebrajándose y oscureciéndose, pero sin restar
un ápice de la belleza original, sino más bien al contrario. Su piel lucía
muy pálida bajo las intensas luces que le iluminaban cenitalmente y que
acentuaban sus afiladas facciones. Sus cabellos negros caían sobre unos
hombros estrechos, que presagiaban una figura esbelta y delgada. Pero lo
que más impacto le produjo fueron sus ojos: enormes, turbios, clavados
en ella con la intensidad que solo el deseo confiere, y Lilith quedó
atrapada en aquella mirada mientras acababa mecánicamente su
canción, de manera que ni siquiera escuchó los aplausos que arrancó a los
pocos clientes que realmente prestaban atención a su actuación. Aún
mientras lo contemplaba, una mujer se acercó a él, se abrazó a su
espalda y apoyó su delicada barbilla en su hombro. Los ojos de Lilith se
encontraron con los de ella: extraños, ambarinos, curiosos como los de un

niño. Casi al mismo tiempo, el joven giró su rostro, para hablar con la
mujer que tenía detrás, y solo entonces Lilith sintió que el influjo que la
había tenido atrapada desaparecía bruscamente, para encontrarse
todavía sentada en su taburete y sujetando estúpidamente la guitarra por
el mástil. Se puso de pie de un salto, recogió sus cosas y bajó del
escenario. Por más que miró a su alrededor mientras lo hacía, ya no pudo
volver a verlos.
—¿Estás bien? —Raúl la paró, agarrándola por el brazo cuando
pasaba a su lado. Sobre su hombro derecho cargaba una bandeja de
plástico donde iba recogiendo de las mesas los vasos y botellas ya
usados.
—Sí, sí —dijo ella, desembarazándose de él y sintiéndose por alguna
razón extrañamente abochornada.
—Has estado genial, como siempre. —El chico le guiñó un ojo con
coquetería y siguió su camino.
Lilith sorteó a la muchedumbre hasta llegar a la barra, que rodeó
para adentrarse en el despacho de Gabriel. Tras depositar su guitarra
cuidadosamente junto al escritorio, pasó al baño privado para asearse. El
espejo le devolvió un reflejo distorsionado por la suciedad y el vaho, pero
aun así pudo ver cómo el rubor teñía su piel, desde el nacimiento de su
cabello hasta debajo de los pómulos. Se mojó los brazos y la nuca, y tras
pasar un paño húmedo por su cutis, procedió a retocarse el maquillaje,
hasta volver a conseguir esa estudiada imagen de seductora mujer de tez
perfecta, ojos intensamente marcados y labios borgoña que le gustaba
emanar, y sin la cual sentía que su confianza flaqueaba. Tras ajustarse su
ceñido vestido rojo y atusarse el cabello hasta que volvió a lucir
aceptable, salió del despacho.
Gabriel seguía tras la barra, sirviendo copas casi sin descanso, pero
al verla pasar le dedicó una interrogante mirada, como si quisiera
preguntarle sin palabras por su pequeño desliz ante el micrófono. Por
primera vez, Lilith deseó que Gabriel no hubiese visto su actuación. Con
suerte, solo habría oído el quiebre de su voz.

Aprovechando que un taburete acababa de quedarse libre, Lilith se
deslizó como una culebra hacia él y se apostó frente a la barra. Antes de
que le diera tiempo a captar su atención, Gabriel ya estaba ante ella,
dejando una copa en su mano. Por un momento pensó que él le
preguntaría por la causa de su breve falta de atención en el escenario,
pero no solo no lo hizo, sino que, sin apenas mirarla, volvió a alejarse para
atender a nuevos clientes. Dio un sorbo a su copa y sonrió. De alguna
manera, él siempre sabía qué debía ponerle sin que tuviera que pedirlo,
como si fuese capaz de leer en sus estados de ánimo qué sabor
necesitaba en cada momento. Aquella noche le había servido un cava
rosado y dulce, con un toque afrutado y muy espumoso, como si supera
que ella tenía un regusto amargo en el fondo de su garganta. Durante un
rato, se contentó con observarle mientras trabajaba a la vez que sorbía la
bebida. Gabriel era de naturaleza seria y taciturna, pero en el trabajo
intentaba disimularlo y fingía ser más sociable y simpático de lo que
realmente era. Y lo hacía bastante mal. A Lilith le hacía gracia ver cómo
intentaba seguir las bromas de los clientes y lidiaba con mayor o menor
tacto con las chicas que se acercaban a él. Recordaba cómo no mucho
atrás había sido una de ellas: una chiquilla, con ínfulas de cantante, que
se había hecho un hueco en la cartelera de actuaciones de un bar que
tenía fama de estar regentado por un vampiro. No había tardado mucho
en intentar acercarse a él, consumida por el morbo en un principio,
encandilada por su atractivo después, solo para encontrarse con un
hombre hosco al que parecían no gustarle ni el ligoteo ni las
conversaciones banales. Había tardado semanas en conseguir mantener
una charla con él, y casi dos meses en arrancarle una sonrisa. Después de
aquello, todo vino rodado, y poco después de eso ya eran novios. O
amantes, como a él le gustaba decir, alegando que eso de ser «novios»
era otra cosa muy diferente.
Quizás esa era una de esas cosas que más le gustaban de él. A
diferencia de muchos otros que iban de vampiros, él no cogía el camino
fácil: nada de colmillos falsos, capas o maquillaje para parecer más pálido;
nada de mordiscos o frases del Drácula de Bram Stoker recitadas de

memoria. Gabriel era más sutil y, quizás por eso, más creíble que ningún
otro. A pesar de que por su aspecto debía haber nacido en los ochenta,
estaba más bien chapado a la antigua. Su lenguaje no era rebuscado o
arcaico, sin embargo siempre encontraba la palabra correcta, y su
esmerada caligrafía le recordaba a la de un abuelo. Su piel era
naturalmente muy pálida, de seguro solo porque trabajaba de noche y
veía poco la luz del sol. De hecho, otra de las buenas cualidades de
Gabriel era que mantenía su papel de vampiro constantemente, y no solo
cuando estaban en la cama. Lilith no le había visto comer o beber nada
más que unas pocas gotas de su sangre, nunca se encontraban entre el
amanecer y la puesta del sol, como si ambos se deleitaran en la ficción de
que si él salía a la calle en pleno día moriría abrasado sin remedio, y si
alguna vez salía el tema de su familia y orígenes, Gabriel desviaba la
conversación para no tener que contestar. Incluso la única vez que Lilith le
había oído decir algo sobre su infancia, un comentario aparentemente
involuntario acerca de su gusto de niño por determinados juguetes de
madera que habían visto en la tienda de un anticuario, había sido para
hacerla creer que tenía mucha más edad de la que aparentaba. Él se
había quedado muy azorado tras aquello, y no quiso volver a comentar
nada al respecto, pero ella, con cierta sorna, le había pinchado por ser tan
ladino como para intentar convencerla de que se había criado en los
albores del siglo XX. Gabriel se enfadó tanto con ella por sus burlas al
respecto que Lilith quedó convencida también de que tenía grandes dotes
de actor.
El único aspecto en el que su cuidada máscara de vampirismo se
agrietaba era en su negativa a morderla. Quizás a ella eso le molestaba
porque el deseo de que lo hiciera había sido su motivación inicial para
acercarse a él. El anhelo por sentir el sublime dolor de unos colmillos
horadando la piel de su cuello, como presagio del sensual acto del
intercambio de sangre, no la había abandonado desde que, muy de
pequeña, había visto la imagen de un oscuro Bela Lugosi poseyendo de
esa manera a una desvalida Frances Dade. Aquel breve instante, hasta
que su madre, horrorizada por que la niña estuviera viendo una película

de terror, había apagado el televisor, constituyó su primer coqueteo con el
erotismo, y la idea de un malvado vampiro entrando en su habitación por
las noches para morderla la había aterrorizado y excitado a partes iguales
desde entonces. Ya en sus primeras experiencias sexuales solía pedir a
sus parejas que la mordieran en el cuello justo en el momento del
orgasmo, permitiéndole revivir la fantasía que había albergado desde
niña, pero ninguno de ellos había ido tan lejos como para herirla. Ahora
Gabriel, a pesar de beber su sangre, también se negaba a hacerlo. A Lilith
no le importaba pincharse las yemas de los dedos para que él las pudiera
chupar durante el sexo, o llevarse unas pocas gotas en un tubo de
analítica, pero hubiera preferido una versión del vampirismo que le
resultase más erótica que esa.
Aun así, pensó con placer mientras volvía a mirarle, tener como
amante a un vampiro, incluso a uno como aquel que ni siquiera la mordía,
estaba resultando ser una experiencia de lo más placentera, y cuando
Gabriel se permitió un segundo de asueto entre cliente y cliente para
dedicarle una sonrisa, Lilith pensó que no cambiaría lo que tenía con él ni
por todos los colmillos del mundo.
—Creo que te debo una disculpa.
La voz le hizo dar un respingo en su asiento, y se giro rápidamente
en la dirección de la que provenía. Justo a su lado estaba el joven cuya
presencia le había desconcertado pocos minutos atrás. Se había acercado
sin que ella lo notara y ahora la miraba intensamente otra vez, tanto que
Lilith sintió que de nuevo el rubor le cubría el rostro.
—¿Cómo dices?
El joven sonrió y bajó el rostro un momento. Cuando volvió a
elevarlo lo hizo sin mirarla a los ojos, como si fuera consciente del efecto
que debía producir en ella.
—No era mi intención desconcentrarte en el escenario. Por favor,
discúlpame.
—No pasa nada. —Meneó la cabeza para dar a entender que no
había nada que perdonar.
—Tienes una voz muy hermosa. Es difícil no pararse a admirarte.

Lilith quiso agradecerle el cumplido, pero su corazón había
empezado a latir furiosamente en sus oídos, y sintió que si hablaba su voz
volvería a fallarle como había hecho la primera vez que sus ojos se habían
encontrado, así que se limitó a asentir. Visto más de cerca, no le
extrañaba que ese hombre pudiera quitarle el aliento a cualquiera. Era tan
guapo que casi parecía irreal, y sin embargo estaba tan cerca que si
alargaba la mano podría tocarle. Dándose cuenta de que estaba
mirándole fijamente como una tonta, intentó dar un sorbo a su cava, solo
para darse cuenta de que su copa estaba ya vacía.
—Por favor, déjame invitarte a otra copa.
—No es necesario.
—Insisto.
Lilith quiso decir que sí, aunque solo fuera para tener una excusa
que le permitiera seguir hablando con él, pero una alarma en su mente se
encendió y supo que lo más correcto sería negarse.
—En realidad, estoy acompañada —dijo, desviando sus ojos hacia
Gabriel.
El joven siguió su mirada y la detuvo un momento en aquel, antes
de esbozar un leve gesto de apreciación. Luego, se volvió hacia ella.
—Discúlpame, me he expresado mal. A mi esposa y a mí nos
encantaría invitarte a una copa, para felicitarte por tu estupenda
actuación. —Mientras hablaba, señaló hacia una mesa cercana, en la que
Lilith pudo ver a la mujer que antes le había acompañado.
—Bueno, si es así…
Al parecer, el hombre no necesitaba más respuesta que esa.
Atrayendo la atención de Raúl, pidió bebidas para los tres, y pagó una
generosa propina para que el chico se las sirviera en la mesa. Luego le
ofreció a Lilith gentilmente su brazo. Sintiéndose muy halagada, ella lo
aceptó, y de repente se vio más cerca de él de lo que antes había estado.
—Muchas gracias —dijo torpemente—, no estoy acostumbrada a
este tipo de atenciones.
—Eso es algo que me cuesta creer.

Dicho comentario no fue hecho con galantería, pero aun así Lilith no
pudo evitar pensar que estaba siendo cortejada en cierta manera.
—Pero qué maleducado soy —rio él—, ni siquiera me he presentado.
—Y mientras la guiaba, dijo—: Mi nombre es Xander. Y esta belleza —
añadió a la vez que llegaban hasta la mesa, señalando a la mujer que la
ocupaba— es mi esposa, Tina.
Esta se levantó de su asiento para recibirlos; cuando la miró con sus
extraños ojos ambarinos, Lilith no pudo sino aceptar mentalmente que
Xander tenía razón: aun a pesar de su excéntrico aspecto, de sus
infantiles y redondeados rasgos y de la ausente expresión de su rostro,
Tina poseía una belleza deslumbrante. Empezaba a pensar que parecía un
hada, o un ángel, hasta que vio que tras su aparentemente inocente
sonrisa asomaba el brillo de dos largos y afilados colmillos. Reprimiendo el
impulso de hacer un comentario sobre ellos, decidió presentarse:
—Mi nombre es…
—Lilith —acabó Tina la frase por ella.
La miró boquiabierta, pero antes de que pudiera reaccionar, Xander
intervino:
—Vimos tu nombre en el cartel.
—Claro —convino, sintiéndose estúpida—. ¿Y tú, te llamas Xander?
¿Como el de Buffy?
—¿Quién? —preguntó él, enarcando las cejas.
—Nada, nada. —No creyó ni por un instante que un flipado de los
vampiros como aparentaba ser él no supiera de quién le estaba hablando,
pero decidió no insistir hasta averiguar algo más sobre ellos.
—Siéntate, por favor —la invitaron.
Una vez que tomó asiento se encontró junto a Tina, que con la
delicada barbilla apoyada en un puño la miraba con fijeza.
—Lo que no sé es cuál es tu verdadero nombre —le dijo.
—¿Qué te hace pensar que Lilith no lo es? —La otra mujer le lanzó
una elocuente mirada, como si la respuesta fuera obvia—. Bueno —
repuso, no queriendo confirmar su suposición pero tampoco estando en
posición de negarla—, en todo caso, a mí me gusta que me llamen así.

—Pues yo creo que prefiero llamarte Caperucita Roja.
—¿Caperucita Roja? —Esbozó una sonrisa de puro divertimento—.
¿Lo dices por el color de mi pelo y mi vestido?
—Tal vez, o quizás porque puedo ver cómo un lobo te está
acechando para devorarte —respondió con total seriedad.
A Lilith se le congeló la sonrisa en el rostro.
—Tina… —pareció advertirla su acompañante—. Sé buena.
Justo entonces, Raúl se acercó a la mesa para dejar las bebidas ante
ellos. Durante esos breves segundos, se formó un incómodo silencio.
—Parece que pasó un ángel —bromeó el camarero—. Sigan
hablando, por favor, como si yo no estuviera aquí.
Ante su comentario, Lilith le dedicó una tensa sonrisa. Con un guiño,
Raúl se alejó, dejándola de nuevo a solas con la extraña pareja.
—Debes disculpar a Tina. A veces es un poco intensa.
—Está bien —sonrió conciliadora. Aquellos dos no eran los primeros
raritos que Lilith conocía en el Noctivagus, pero quizás sí los más
interesantes. Decidida a aprovechar al máximo ese encuentro, se giró
hacia Tina y añadió—: Solo con la condición de que me digas quién es tu
protésico dental.
—¿Perdona? —la joven miró en dirección a su esposo, como si
esperara que este le explicara algo.
—Me temo que nuestra nueva amiga piensa que tus preciosos
colmillitos son postizos.
—¿En serio? —Tina sonrió ampliamente, como si quisiera lucirlos a
placer—. ¿Y por qué iba a pensar algo así?
—Porque la gente normal no los suele tener así de largos, cariño.
—Ah, claro. Pero si no los tuviera, ¿cómo se supone que iba a
morderte?
—No airees nuestras intimidades en público —le pidió. Luego Xander
se volvió hacia Lilith, como si quisiera hacerle una confidencia—. Tengo
que recordarle cosas como esas continuamente.

Lilith, que había asistido a aquel delicioso diálogo en completo
silencio, le sonrió, con la imagen de su desnudo y sangrante cuerpo
bailándole en algún punto de su mente.
—Por mí no se corten. Pueden desvelarme todas las intimidades que
quieran —a pesar de que no era su intención, no pudo evitar que su voz
sonara como una invitación, ganándose así otra larga y anhelante mirada
de Xander.
—Sabes guardar un secreto, ¿verdad? —preguntó Tina.
Ella asintió vehementemente. Xander se acercó mucho a ella, tanto
que su piel se erizó al sentir el dulce contacto de su aliento.
—¿Qué es lo que quieres saber sobre nosotros? —le susurró.
La respuesta parecía obvia.
—Todo.
*
La conversación se prolongó durante varias horas. Lilith llegaría a
perder la noción del tiempo mientras que, entre copa y copa, Xander y
Tina le narraban la que ellos afirmaban que era la historia de su amor:
cómo se habían conocido y enamorado a principios del siglo XX, cómo, en
aras de ese amor, habían tenido que huir de la isla poco después,
acompañados de una tercera persona, para casarse a bordo del barco que
los alejaría de las costas canarias. Cómo ese misterioso acompañante, del
que apenas dieron detalle alguno, había pasado de protegerlos a querer
controlarlos con el correr de los años, y cómo recientemente habían
decidido huir de él para iniciar una nueva vida juntos y solos. Mientras
escuchaba el relato, plagado de lagunas e inexactitudes, Lilith se mantuvo
alerta en busca de referencias literarias y cinematográficas en las que la
pareja podía haber basado su, evidentemente, falsa historia, y no pudo
sino establecer un paralelismo entre ellos y los célebres Louis y Claudia de
los libros de Anne Rice. Fan acérrima como era de dicha autora, se
convenció de que ellos también debían serlo, sobre todo Tina, cuya
actitud, entre infantil y sensual, le recordó vivamente a la niña vampiro.

Aunque no creyó una sola palabra de lo que dijeron, Lilith creyó
aprender varias verdades sobre ellos mientras los escuchaba: que
llevaban mucho tiempo juntos, a juzgar por la complicidad que
mostraban; que, de alguna manera, ambos parecían creer con la misma
intensidad en la historia que contaban; y que seguramente tenían una
vida sexual de lo más imaginativa. A pesar de admirar la autenticidad con
la que ambos vivían su excéntrico estilo de vida, cuando terminaron su
relato Lilith no pudo evitar lanzarles una pulla:
—Pues para ser vampiros, beben un montón de vino, ¿no?
Xander la miró, deteniendo a mitad de camino el acto de llevarse la
copa

a

los

labios

y

Lilith

sonrió,

satisfecha

consigo

misma

y

sorprendiéndose a la vez de que ninguno de los dos fuera aparentemente
consciente de que habían estado todo el rato haciendo algo que
contradecía su elaborada historia.
—Creía que los vampiros no comían ni bebían más que sangre —
observó con cierta malicia. Para su desconcierto, ambos se rieron y la
miraron con condescendencia.
—Vamos… —dijo Xander—, no me digas que crees en esos
estúpidos mitos.
—O sea, que ustedes dos comen y beben lo que desean. —Ambos
asintieron—. ¿Y para qué necesita un muerto comida o bebida?
—¿Y para qué necesita un muerto la sangre…, o cualquier otra cosa,
ya que estamos?
—Para ser inmortal…
—Pues si se es inmortal, no se puede estar muerto —concluyó él su
argumentación.
—A ver si me entero —dijo, mirándolos de hito en hito—, que según
ustedes los vampiros no son no-muertos…
—Todo lo que está vivo es un no-muerto. Un árbol verde está nomuerto, un pez en el mar es un no-muerto, y tú y yo, aquí, juntos,
charlando y bebiendo somos, definitivamente, no-muertos. —Mientras
hablaba, Xander había cogido la mano de Lilith y la había llevado a su
rostro—. ¿Crees que estaría tan cálido si estuviese muerto?

Por un momento, Lilith sintió que todas sus terminaciones nerviosas
empezaban y acababan en la palma de su mano. Notó con increíble
nitidez el tacto de aquella piel contra la suya: la suavidad de sus labios, la
humedad de su aliento, la casi imperceptible rugosidad de las mejillas,
recién afeitadas, y negó con la cabeza.
—Tina y yo estamos muy vivos —continuó hablando—, y estamos
dispuestos a demostrártelo cuando tú quieras. Además —dijo, apartando
la mano de ella de su rostro y posándola de nuevo, suavemente, sobre la
mesa—, estás dando por sentado que yo soy un vampiro. A lo mejor no lo
soy.
—¿Ah, no? —preguntó juguetona, elevando una ceja—. ¿Hago mal
también en suponer que tú sí que lo eres? —añadió en dirección a Tina,
con cierta sorna en su voz. La mujer negó con la cabeza—. Está bien —
dijo, rindiéndose ante su desbordante imaginación y decidiendo no seguir
indagando en los fallos que había en su historia—. Ustedes ganan. —
Sonrió y se levantó de su asiento—. Será mejor que me vaya ya. Hace
mucho que tengo solo a mi novio y se aburre sin mí —bromeó—. Espero
volver a verlos por aquí.
—Nosotros también lo esperamos.
—Hasta luego.
Se levantó y se dirigió de vuelta a la barra, no sin antes lanzar una
última mirada por encima del hombro. Xander la observó mientras se
alejaba, deleitándose, al parecer, en la suave ondulación de sus anchas
caderas. Su compañera sonrió con conocimiento.
—No creas que no sé por qué te gusta Caperucita Roja —comentó
como si nada.
Él apartó su mirada de la joven pelirroja con cierta renuencia.
—¿Qué quieres decir?
Tina se encogió levemente de hombros.
—Que no soy tonta, ¿sabes?
—Nunca he pensando que lo seas —fue la respuesta.
—Entonces, ¿qué ha sido eso?

—¿Qué hay de malo? —Se acercó a la joven hasta hundir la nariz en
su cuello—. Pensaba que a ti también te había gustado —añadió.
—Y así es —confesó ella con cierta simpleza mientras aceptaba con
ecuanimidad las carantoñas que su compañero le estaba haciendo—, pero
por razones completamente distintas a las tuyas. —Apoyó la palma de su
mano en el pecho de él y lo apartó de sí con firmeza—. Pero no es para
eso para lo que estamos aquí —le recordó.
Xander pareció disgustarse.
—Tú misma me dijiste que debíamos buscar la manera de llegar
hasta él —respondió con sequedad.
—Y así es —aseguró—, pero no creo que esta sea la forma más
adecuada.
—No deberíamos cerrarnos a ninguna posibilidad.
—Pero no es esta la primera que deberíamos explorar. Acordamos
otra cosa. Acordamos que te acercarías a él. —Mientras lo decía, asió la
cara del hombre entre sus manos y unió su frente a la de él—. Dijiste que
podías hacerlo…
Xander bajó la mirada y frunció el ceño.
—Precisamente, eso es lo que me preocupa —dijo con voz queda.
Ella se apartó un poco de él y lo miró atentamente, escrutando la
expresión de su rostro en busca de algo. Hasta que al final pareció
encontrarlo.
—Mmmhhh —gimió al final, poniendo pucheros—. Me encanta
cuando me enseñas tu lado blandito.
Él la miro, aún con el ceño fruncido, para luego, muy a su pesar,
esbozar una sonrisa preñada de ternura.
—Anda —dijo levantándose de su silla y ofreciéndole su brazo—,
vámonos a casa.
—¿Vas a volver a enseñarme tu lado blandito? —ronroneó ella,
apretando su cuerpo contra el suyo.
—No era eso lo que tenía en mente —sonrió.
Ella correspondió a su sonrisa, dejando entrever su húmeda lengua
y sus afilados colmillos.

—Blanditas o duritas, esta noche te morderé todas las partes que
me enseñes.
Xander la dirigió hacia la salida del local.
—Eso me temía —dijo, mientras se perdían entre la multitud.
*
Como era habitual en ella, Lilith le esperó hasta la hora de cierre.
Ahora, mientras Raúl le ayudaba a recoger el local, ella se entretenía en
tomarse una última copa. Gabriel la miraba de reojo a la vez que hacía la
caja. La muchacha parecía contenta, risueña, muy satisfecha consigo
misma, y no dejaba de preguntarse si eso tendría algo que ver con el
encuentro que había tenido esa noche. No era aquella la primera vez que
alguien flirteaba con ella, ni siquiera la primera que respondía con cierta
coquetería femenina a dicho flirteo. Al fin y al cabo, ella era una mujer lo
suficientemente atractiva como para que aquella fuera una situación
habitual, y él se sentía lo suficientemente seguro en su relación como
para que eso no le resultase molesto, pero la verdad era que, desde el
momento en el que había visto a aquel joven moreno acercarse a ella e
invitarle a una copa, algo le había escamado, y ahora no conseguía
deshacerse de esa incómoda sensación.
Ciertamente, no había nada sospechoso en la manera en la que
aquel hombre había invitado a Lilith a unirse a él y a su acompañante a
una mesa, ni nada en la actitud de los tres mientras mantenían una larga
conversación, durante la cual los había estado observando desde una
prudente distancia, que le indicara otra cosa aparte de un amistoso
encuentro, pero algo le decía a Gabriel que dicho encuentro no había sido
casual. Aquella extraña pareja había estado frecuentando el local durante
los últimos días, y aunque no había tenido más contacto con ellos desde
la primera noche que aparecieron, no podía quitarse de encima la
impresión de que ambos estaban allí por él. Que ahora se acercaran a
Lilith no hacía sino acrecentar sus sospechas.

A lo mejor, razonó, sólo pensaba eso porque se sentía amenazado
por la presencia de la muchacha. Durante sus algo menos de cien años de
vida nocturna, Gabriel no había tenido que lidiar con otros noctívagos,
aparte de Antonio y su propio pater, y de repente aparecía esta chica,
como salida de ninguna parte, que parecía rondarle. Sin embargo, siendo
sincero consigo mismo y contra todo pronóstico, lo que sentía con
respecto a ella no era amenaza, sino curiosidad, quizás la misma
curiosidad que le había prevenido de hablar acerca de ella con nadie, ni
siquiera con su pater, a pesar de tener la sensación de que era su
obligación, como abnegado prognatus, hacerlo.
Percatándose de que había perdido la cuenta, volvió a amontonar
los billetes ante sí, para volver a contarlos, pero antes de hacerlo miró de
nuevo a Lilith. Charlaba animadamente con Raúl, quien rellenaba unos
servilleteros justo al lado de donde se encontraba, seguramente para
tener una excusa que le permitiera flirtear con ella. Justo entonces, el
muchacho dejó lo que estaba haciendo para coger la mano derecha de
Lilith y decirle alguna tontería sobre su línea del amor.
—¡Eh, tú, donjuán! —le llamó.
El joven levantó la cabeza con la premura del que ha sido pillado in
fraganti.
—¿Sí?
—Vete dentro a poner los lavavajillas, anda.
—Pero jefe, los servilleteros...
—Tira —le espetó, haciéndole un gesto con la cabeza en dirección a
la trastienda.
Algo en su seco tono de voz pareció advertir al muchacho que era
mejor cumplir sus órdenes y, tras soltar la mano de Lilith, hizo un rápido
mutis por el foro.
—No te pongas así con él... —Lilith abandonó su asiento para tomar
otro, más cerca de donde él estaba—, sabes que es inofensivo.
—¿Inofensivo? —resopló, a la vez que reiniciaba el recuento de
billetes—. Si le hubieras visto encadenar ligues como le he visto yo...
—¿Estás celoso?

—No —dijo, antes de darse cuenta de que debido a su actitud de
aquella noche, sin duda debía parecerlo. Luego pensó que quizás esa
podía ser la coartada perfecta para obtener cierta información—. Al
menos, no lo estoy de Raúl —añadió como si nada.
Lilith sonrió.
—¿Lo dices por el chico de antes? Era muy guapo, ¿eh?
—Ah, ¿crees que era guapo? —Soltando lo que tenía entre manos,
apoyó los codos sobre la barra, acercándose a ella—. ¿Por eso estuviste
tanto rato hablando con él?
—Con ellos —puntualizó la joven—. Y no tienes nada de qué
preocuparte, que están casados. O eso dicen…
—¿No me digas? Menudo alivio —ironizó. Intentó, por tercera vez,
reanudar la cuenta, y a pesar de que sabía que se sentía demasiado
desconcentrado para ello, al menos el movimiento le sirvió para volver a
su actitud reservada y fingir cierto desinterés—. Casado o no, no te
quitaba ojo de encima.
—Sí que estás celoso, ¿eh? —Lilith parecía estar encantada por la
perspectiva. Ante el mutismo de su amante, continuó—: ¿Los habías visto
alguna por aquí? Me dio la impresión de que habían venido antes.
—Sí —confesó—. Esta última semana han pasado mucho tiempo en
el local.
—O sea, que ya te habías fijado en ellos —le hizo notar—. O en ella.
También es muy guapa, ¿eh? —observó ladina—. ¿Debo ser yo quien se
ponga celosa ahora?
Gabriel recordó entonces su primer encuentro con aquella joven de
hipnóticos ojos ambarinos y las extrañas palabras que le dijo.
—No —sentenció—, demasiado rara para mi gusto.
—También te has dado cuenta, ¿verdad? Me da que además los dos
son unos frikis de Anne Rice.
—Como alguien que yo me sé —la interrumpió, sarcástico.
Ella le miró mal encarada antes de continuar:
—Al principio pensé que el chico ese iba en plan Louis, así todo de
negro y con cara de pena, pero luego de hablar con él creo que es más del

tipo Lestat. Ella tiene complejo de Claudia, y no sé si es rarita de verdad o
solo se lo hace. Vaya par... —suspiró, y por un momento Gabriel no supo si
era por desdén o fascinación.
—¿Y crees que tus nuevos amigos piensan seguir viniendo por aquí?
—inquirió como si nada.
—No,

no

me

lo

dijeron,

pero

eso

espero.

Me

resultaron

absolutamente fascinantes. —Apoyó la cara contra la palma de la mano y
elevó la mirada, en actitud soñadora—. Creo que tienes mucho que
aprender de ellos.
—¿A qué te refieres? —preguntó, enarcando una ceja.
—A que están supermetidos en su papel. Son tremendamente
imaginativos. Además, ¿te has fijado en los colmillos que lleva la chica?
Por lo visto le muerde y todo. Deberías oír las historias que cuentan...
Definitivamente, era fascinación. Decidiendo no darse por aludido,
Gabriel preguntó:
—¿Qué historias?
—Acerca de cómo y cuándo se conocieron. Dicen que se casaron en
1914. Lucen muy bien conservados para tener ciento y pico años, ¿eh? —
rio ella.
—Muy bien conservados —observó, pensativo. Quizás fuera mera
casualidad, pero 1914 había sido también la fecha de su iniciación. Dando
su tarea por imposible aquella noche, cerró la caja registradora—. ¿Nos
vamos? —preguntó.
Como respuesta, Lilith se bajó de un salto del alto taburete que
había estado ocupando y esperó a que él saliera de detrás de la barra
para colgarse de su brazo.
Al salir, el aire frío y húmedo del mar los golpeó. Lilith se apretó
contra él y se arrebujó dentro de su abrigo mientras avanzaban por las
solitarias calles, alejándose cada vez más de la avenida de la playa.
Gabriel la rodeó con su brazo, notando las cálidas formas de su cuerpo a
través de la tela. Sintiendo el avance de la excitación, la sorprendió
empujándola contra un portal cercano, para subyugarla con un profundo
beso.

—Cojamos un taxi —le pidió—. Ardo en deseos de llegar a tu casa.
—¿Ah, sí? —tonteó ella, metiéndole las manos en los bolsillos
traseros de los pantalones y atrayéndole hacia sí—. ¿Y para qué tienes
tanta prisa?
—Para devorarte —fue la respuesta.
Gabriel se inclinó sobre ella para besarla nuevamente, pero ella
reculó.
—Qué casualidad... ¿Sabes lo que me dijo la chica aquella tan rarita?
Que soy como Caperucita Roja —relató con una sonrisa—. Porque hay un
lobo que me quiere devorar. Pero aquí, el único que me quiere devorar
eres tú...
Lilith se puso de puntillas para besarle, y él hizo lo posible por
corresponder, a pesar de que sentía cómo en sus venas se le había helado
la sangre.

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