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EL HOMBRE SIN CABEZA

Déjeme decirle a usted, personaje que me mira con sorna y hasta con desprecio, que no tiene por qué creerme. A fin de cuentas, lo que voy a contarle pertenece a ese raro país de los sueños. Aunque lo he vivido con más certidumbre que el momento de mayor lucidez que me haya tocado en suerte en mi farragosa y onírica existencia. Una vez intervine en la promoción de un hombre sin cabeza. El individuo en cuestión no se avergonzaba de ello, pues para sentir vergüenza tiene uno que tener un rostro: si no, no es posible ruborizarse. ¿Y cómo podría hacerlo alguien que pertenece al país de la bruma y del invierno? Si nos paramos a pensarlo, en aquel individuo el no tener azotea no era una desventaja, ni muchísimo menos. Incluso cabe afirmar que ofrecía toda una pléyade de ventajas a cual más singular. Por ejemplo, este caballero (¿puedo llamarlo así? ¿o no pertenecía a esa especie de individuo de clase media que es bien recibido en los ambientes respetables, y sólo por el hecho de carecer de esa parte tan especial de nuestra anatomía?), este caballero -digo- no tenía que llevar sombrero. Ni falta que le hacía en aquellas condiciones. Lejos de

él el enfadoso dilema de colocarse un sombrero gris o uno color caqui, un bombín o un tirolés, uno de copa o un hongo. Vistas así las cosas, ésta no era la única ni la principal ventaja con la que contaba. Piense, sin ir más lejos, que no necesitaba incurrir en la enfadosa costumbre de afeitarse o de cortarse el cabello, hábitos que, por lo demás, tampoco tientan al que ostenta barba o al robinsón que vive en su isla desierta. Si se me apura un poco, poseía una ventaja suplementaria, ésa sí que podía pensarse que fuera una extraordinaria ventaja: que, por no tenerla, no podía perder la cabeza. No sólo en un sentido físico, sino también figurado. Quiero decir simple y llanamente que no podía trascordarse, no más de lo que podría hacerlo un difunto, que se visto clavado en su instante, detenido en una foto fija que lo plasma ya así para su eternidad. Pero no hablemos de la muerte, que es como mentar la soga en casa del ahorcado. Sopesemos otros aspectos no menos trascendentales: hagamos hincapié muy especialmente en el hecho (que le envidiaríamos el resto de los mortales) de no tener que exhibir una ideología. ¡Qué enfadoso es el poseer ideologías a los humanos! Es algo que no nos trae más que

problemas. Si se coincide en el ascensor con el vecino y éste ha averiguado que votamos al partido contrario, entonces nos mirará con cara de pocos amigos. Y si decimos que no poseemos ideología alguna, eso también lo consideran una ideología y nos pueden odiar por ello, con tanta inquina como el Dios del antiguo testamento, que a veces asomaba en las palabras de Jesucristo cuando decía que no había venido a traer la paz sino la espada y que en el libro del Apocalipsis dejaba caer como el que no quiere la cosa que a los tibios los vomitaría de su boca con asco, ¡ahí es nada! Pero si no se posee cabeza no se piensa, ¡lejos de nosotros tan enfadosa diversión! Quizás los budas vivientes de los monasterios tibetanos se entreguen a un silencio mental absoluto. Nosotros pensamos, y por ende al pensar nos complicamos la vida más de lo que desearíamos. Pero este hombre, este bendito de Dios, ¡no se ve constreñido a esa rueda de noria que es el pensamiento, no tiene preocupaciones de ninguna clase! Si dijéramos de él que era un bienaventurado nos quedaríamos cortos. Como no piensa (no al menos en un sentido estricto), no puede pecar ni tomar decisiones erróneas. Tiene de antemano ganado el paraíso. Quiero decir que es un paraíso adecuado a los de su especie, que está bien

lejos de la chatarrería de la esquina. No son pequeñas las utilidades que se derivan de su condición acéfala. El hecho de no sentir vergüenza, pues no tiene que “dar la cara”, ya que carece de rostro alguno que mostrar y en el que ser juzgado en el tribunal de la opinión ajena, le da carta blanca para desinhibirse y hacer todo tipo de actos que de otro modo no hubiera hecho. Debo admitir que, incluso a nuestros ojos, que lo hemos elevado al empíreo, tiene defectos. Y no me refiero al hecho de que cuando lo canonicen tras su puesta fuera de servicio no tendrá, en las estatuas que colocaran en los templos de la tecnología, un soporte físico en el que sustentar su aureola. Porque dicen que los santos son la cortesía personificada, mientras que nuestro personaje tiene la fea habilidad de reventar un concierto o una representación teatral expeliendo una sonora y pintoresca ventosidad. ¡Aquello no tiene parangón! Resulta a todas luces escandaloso y de una grosería rayana en la mayor de las chabacanerías. Al menos no acompaña sus despiadadas gracietas con sonoras carcajadas, como hacen algunos grullos de ínfima extracción social. ¡Menos mal que no le ha dado por convertirse en un psicópata americano! No tiene razones, pues normalmente la persona que no

tiene cabeza no suele almacenar en su interior demasiados complejos, casi podría decirse que puede prescindir no sólo del psicoanalista, sino también de los engorrosos dentistas que nos torturan con sus trompos y demás instrumentos inquisitoriales y a los que finalmente tenemos que acabar sonriendo después de sentirnos como aves desplumadas tras abonar la voluminosa factura de un empaste. Tampoco tiene que dejarse atracar por un óptico que por un par de gafas le lleva un ojo de la cara, pues puede prescindir de las lentes, de las lentillas y de otras lentejas semejantes. -Pero bueno, ¿es que está peleado con toda la especie humana?-estará usted pensando a estas alturas. ¿Es que esos profesionales no rinden un servicio que merece ser reconocido? No me negará que una cierta envidia le está entrando por el puente levadizo del alma cuando se para a pensar en la condición exenta e irresponsable del sujeto en cuestión. -¿Envidia? Se nota que no ha pensado en los inconvenientes. -¡Esto si que es grande! ¿Quién le ha dado a usted permiso para intervenir sin que sea yo el que ponga las palabras que crea atribuirle en su boca? ¿Qué desafuero es éste? ¿Desde cuándo un lector se

atreve a tanto? -A eso y a más. Mire usted, un ser humano sin cabeza es como un jardín sin flores. ¿Cómo va a comunicarse si no tiene el don de la palabra? -Pues está clarísimo. Mediante el lenguaje de signos. -¿Cómo va a utilizar el lenguaje de signos si no tiene ojos para ver lo que hace con sus manos y lo que el otro le responde? -Es cierto que así es. Pero, parémonos a pensar. ¿Tan importante es el don de la palabra? ¿Acaso no puede suplirse con otros dones que nos ha dado la madre naturaleza? Y si no basta la naturaleza, siempre nos quedará París, es decir, el arte o el artificio. Además, el don de la palabra en ocasiones se torna bien enfadoso. Piense, por ejemplo en una visita que no para de hablar y no hay forma de que coja el portante de una puñetera vez y le deje irse a la cama. -No me ponga esos ejemplos extremos. Está intentando marear la perdiz. Dígame usted cuáles dones superferolíticos y chirripitifláuticos pueden suplir al don de la palabra, porque yo no acierto a verlos. -He dicho que no tiene cabeza, no que no posea necesariamente el sentido del tacto o algún otro

sistema de sensores equivalente, por ejemplo. -¿Cómo podría comunicarse con el sentido del tacto si no tiene un cerebro para procesar los datos que reciba, para poder interpretar los mensajes? Es obvio que lo que me está diciendo carece de sentido. -Usted aplica la lógica de los hombres con cabeza, pero un hombre sin cabeza tendría una lógica bien distinta, entiéndame: es lo que yo llamo la lógica de los descabezados. -Querrá usted decir la de los descerebrados. Llamemos a las cosas por su nombre. No más logomaquias ni más pirotecnias verbales. Al pan pan y al vino vino. -No sea tan negativo. El alma no está en el cerebro, como afirma un tal Punset. Si el alma es un principio vital, algunos gusanos que carecen de cerebro, poseen alma, pues tienen vida. Ánima es lo que posee todo ser animado. Las plantas también poseen alma, un alma puramente vegetativa. Y si no, vea lo que ha crecido mi jazmín este verano con el calor y la abundante agua con que lo riego -No nos enzarcemos en discusiones propias de sofistas. Tanta palabrería no conduce a nada. Ese personaje que me está usted sugiriendo que ha existido es poco menos que un imposible

metafísico. No existe ningún ser humano que pueda vivir sin cabeza. -No estoy sugiriendo que haya existido, sino que aún existe. Por desgracia hay muchos que no tienen cabeza y ahí están, vivitos y coleando, y dando más lata que ochenta, y discutiendo como los primeros, como si no hubiera cosas mejores que hacer.

-Pero usted está usando ahí la expresión “sin cabeza” en un sentido puramente metafórico. No dé esos saltos a una dimensión tan abstracta, porque eso son juegos de prestidigitador verbal que no engañan ni a los niños de pecho. -Es la función la que crea el órgano y no a la inversa.

-Mire, no nos vamos a poner a discutir ahora si fue primero el huevo o la gallina. Por la misma razón que no pienso entrar a definir la inmortalidad del cangrejo o a polemizar sobre el sexo de los ángeles. Dejémonos de discusiones bizantinas sobre asuntos absurdos. Y llévese usted a su “mágico” individuo a un catálogo de pintura surrealista.

-No crea que estoy aquí para hacer de abogado de pobres. Mi “representado” no tiene ninguna necesidad de que usted crea en él para que

tenga existencia. Yo lo respaldo, he intervenido en su aparición en el mundo de alguna manera. -Guárdese su fauna vanguardista donde le quepa. Y hablemos de cosas serias. De la crisis económica, por ejemplo. -Si no hacemos otra cosa que hablar de ella todo el día. Ya va siendo hora de apartar ese asunto tan cargante y dejar paso a otras

, Que no sólo de pan vive el hombre. -Mire, déjese de frasecitas de predicador decimonónico y vamos al fondo de la cuestión. ¿Conoce usted el relato “La pata de mono”? Pues bien, ahí uno de los protagonistas pierde físicamente su cabeza y, ¿adónde cree usted que va? ¿a pasear con su novia al tontódromo de su pueblo?

-No nos pongamos melodramáticos, tratemos los temas con mesura. A lo largo de la historia han existido personajes que han perdido su cabeza, como San Pablo, Carlos I de Inglaterra, magnífica y elegantemente retratado por el flamencoVan Dyck, Luis XVI y Maria Antonieta , entre otros muchos. ¿No está de acuerdo en que todos esos personajes, pese a desaparecer del mundo de los vivos tiene una vida propia, han

cuestiones

para mi gusto no menos relevantes.

pasado a una dimensión inmortal? -¿Con qué truco me viene ahora? ¿No le he dicho que no estoy dispuesto a que haga esos malabarismos y se salga del marco de la discusión? No estamos hablando de la “vida de la fama” de que tratara Jorge Manrique en sus coplas ni de ninguna entelequia prerrenacentista. Estamos refiriéndonos a la simple vida física del cuerpo que tenemos en común con criaturas tan simples como los protozoos y las bacterias. -¿No se lo cree? Ahora verá como llevo razón. El ser al que estoy invocando es mucho más poderoso de lo que pudiera creer. ¡Ven, Acéfalo y desmiente tu pertenencia a la casta de los marineros de agua dulce, de los charlatanes sin voz, de los vagabundos y de los fantasmas! [Aparece en escena un hombre sin cabeza, entre otras cosas porque lleva la cabeza debajo del brazo, una cabeza que parece estar momificada y jibarizada]

-Muy bien ahora escucha, pequeño hombrecito. Debes demostrar a este señor que te las bandeas muy bien para ir sobreviviendo. -¿Cómo puede escuchar si carece de orejas ni de nada que se le parezca? -Que no tenga orejas no significa que

no tenga otros órganos perceptivos? ¿Acaso desconoce que a los ciegos se les agudiza el sentido del oído y el del tacto para compensar el sentido que les falta? La naturaleza es sabia. Lo que quita por un lado te lo da por otro. Y este amigo mío tiene detrás a una legión de valedores muy solventes.

-¿Qué organos ni que niño muerto? La cabeza es el presupuesto básico para poder utilizar los órganos? A este personaje tuyo le falta el procesador, el cerebro, y sin procesador no es posible no ya la percepción sino ni tan siquiera la posibilidad mínima de interpretar la información recibida a través de los órganos de los sentidos (que no tiene y no volverá a tener, por muchos adelantes técnicos que se saquen de la manga los hombres de ciencia). [El aparecido sin cabeza empieza a hacerle al “lector” el gesto de la higa, como sugiriéndole que se vaya a tomar por retambufa] -¿Lo ves? (Eufórico) ¿¿Lo ves?? ¿Entonces cómo te explicas que te haya mandado literalmente a la mierda? ¿Esto que es? ¿Ciencia infusa? ¿La asistencia de un ángel de la guarda? ¿Transmisión inalámbrica de la información? -No puedo creérmelo. Tú lo has adiestrado de

algún modo. Pero, ¿cómo puedes adiestrarlo si no posee computador para aprender? -¿Que no posee computador? ¡Qué iluso! Mira. [Le abre una placa metálica que tiene en el pecho y aparecen unas luces de un ordenador central] Esto de aquí son los micrófonos receptores del sonido y [señalando a otra parte del artilugio] aquí está la batería. ¿No sabías que he estudiado la carrera de ingeniería industrial y me he especializado en robótica? Y soy muy bueno en mi rama. ¿Qué te crees? Este hombre biónico tiene todos los requisitos para comprender un mensaje, aunque carezca de cabeza. -Me lo podías haber dicho. Aquí no hay misterio ninguno. Un juguetito para el señor ingeniero. Menuda tomadura de pelo.

© Juan Francisco Cañones Castelló