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TEORÍA Y CLÍNICA PSICOANALÍTICA

ISIDORO VEGH

ESTRUCTURA

Y TRANSFERENCIA

EN LA SERIE DE LAS

NEUROSIS

Isidoro Vegh

Estructura y transferencia en la serie dfe las neurosis

Vegh, Isidoro Estructura y transferencia en la serie de las neurosis - 1° ed. - Buenos Aires : Letra Viva, 2008. 157 p. ; 23 x 16 cm.

ISBN 978-950-649-1 75-8

1. Psicoánalisis. I. Título CDD 150.195

© 2008, Letra Viva, Librería y Editorial Av. Coronel Díaz 1837, Buenos Aires, Argentina email: letraviva@elsigma.com

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"Estructura y transferencia en la serie de las neurosis" dice, desde su título, una propuesta: aceptamos la tripartición freudiana en psicosis, per- versión y neurosis. También que éstas, las neurosis, hacen serie por una estructura que excede las formas ,en que se manifiesta. Así, Lacan pudo llamarse, a sí mismo, histérico perfecto, es decil~sin síntomas. Serie de las neurosis, también nos lleva a otra afirmación: con las co- ordenadas con que hasta hoy escribimos el espacio de nuestra disciplina, el psicoanálisis, ellas son tres, ni más ni menos. Lejos estamos de la reducción :a "trastornos" que desde su nombre di- cen de una perspectiva supresora que desconoce la verdad que guarda el síntoma o el anuncio que ofrece la angustia a quien sepa escucharla. La castración, que no es del órgano, sino del Otro instituyente, orde- na el campo en tres tiempos, de antecedencia al corte, de acentuación del corte, del tiempo que lo sucede. Así, son tres las neurosis que acordes a su lógica nombramos, en tradición que valoramos, neurosis obsesiva, neurosis fóbica, neurosis histérica. La topología, así como los historiales freudianos, se aunaron a nues- tra práctica para el estímulo de estas páginas, que fueron seminario en su inicio y hoy prosiguen la serie ele su publicación 1 Agradezco a Carlos Ruiz y su talento para exponer y ayudarnos con las escrituras matemáticas a las que la enseñanza de Lacan nos invita- ra, así como la intervención de Clara Cruglak en las páginas consagra- das a la topología. También a cada uno de los que asistieron al seminario, y a Batía Schwartz por la presentación de un caso que :nos pareció ejemplar.

A Nilda Prados y a J ohanna Sole r, mi reconocimiento por su dedicación

para la versión que hoy se ofrece como texto.

ISIDORO VEGH

Si la experiencia no es lo vivido, sino la reflexión que de lo vivido hace letra, una nosografía acorde a la estructura ofrecerá al analista más opor- tunidades de ubicarse en la humildad que lo real le r ecl ama. Será condi- ción de una cura, a cuya dirección no renunciamos.

l. V.

CAPÍTULO 1

Nuestro horizonte

Desde su título, Estructura y transferencia en la serie de las neurosis, el

se minari o de este año anticipa c~l desarrollo de una propuesta. Comienzo

por situ ar los ámbitos diferentes de los cuales surgió lo que me impulsa a abordarla; uno, definido por mi lectura de los textos de Freud y de Lacan, así como de las tradiciones derivadas de ambos; el otro, una interrogación suscitada en mi práctica y que formularía en estos términos: recorriendo la obra de Lacan podemos soste~ner que constituye, tal como él mismo la situara, un retorno a la obra de l:<'reud. El planteo no es por cierto sencillo, esa vuelta al fundador del psicoanálisis no se da bajo el modo de la iden- tidad; por el contrario, es un trabajo de desgaj amiento, recortes, puntua- ciones h echo por Lacan que impllica contradicciones, diferencias, acentua-

ciones, subrayados y de su estudio se desprende como efecto -lo he vivido, también otros- que descubrimos por primera vez a Freud. Hasta aquí estaríamos en terreno acordado o al menos compartido por un gran número de analistas; la cuestión surgió con respecto a la nosogra- fía que se desprende de esa enseñanza; considerando distintos momentos en la obra de Lacan, encontré que no había allí una innovación en cuanto

a

lo explicitado por Freud como una tripartición: neurosis, psicosis y per- versión, y en lo que hace a mi inquietud específica, a l menos este afio: la tripartición que ordena el campo de las neurosis en histeria, neurosis ob- sesiva y fobia.

. Se podría objetar que en los primeros tiempos, Freud habla también de neurastenia y neurosis de angustia, ambas incluidas en las neurosis ac- tuales; pero dentro de lo que él llatmapsiConeurosis, aquéllas donde se pone en juego su teorización del aparato psíquico, la tripartición que mantiene

ISIDORO VEGH

y acentúa -lo hace incluso de un modo ejemplar y ahora diré por qué- es

la que vengo de consignar. Encuentro que lo hace de un modo ejemplar porque ubico en la serie de

los grandes historiales freudianos -y mi intención es volver a recorrerlos en este trabajo- una estrategia puesta en acto que rubrica la -nosografía propuesta. No podemos atribuir a la casualidad c~lhecho que haya publi- cado un historial para dar cuenta de cada estructura: el Caso Dora para

la histeria, Juanito para la fobia, el Hombre de las Ratas para la neurosis

obsesiva, Schreber para la psicosis y el Caso de homosexualidad femeni-

na para las perversiones. En cuanto al Hombre d'e los Lobos, como el pro- pio Freud lo explicita en su polémica con Jung, constituye -ya el título lo anuncia- una circunstancia especial, en relación con el anhelo freudiano de reafirmar la eficacia de la neurosis infantil.

Si acudimos a Lacan, nos encontramos con la misma nosografía. Esto es, a diferencia de los post-freudianos, deja de lado las referencias a la per- sonalidad "como si", la personalidad infantil, no h:abla de "psicopatías". De modo que podemos decir que hay, también desde: este punto de vista, un retorno a la nosografía freudiana y si bien se pueden situar titubeos al respecto, no llegan a cobrar el valor de impugnaciones; así, Lacan no cri- tica la fobia como estructura; en ciertos momentos la omite -como lo hace

el propio Freud- pero luego, cuando habla de la diversa posición del su-

jeto frente al deseo, la retoma y conserva las tres estructuras: fobia, ob- sesión, histeria. La cuestión que se me planteó y que los invito a trabajar este año hace a la razón de este retorno. ¿Se trata simplemente de un retorno de hecho? Fundado entonces en "las cosas son nsí porque son así'', daría por resulta- do lo que llamaríamos una colección. ¿Responde a una táctica? En la me- dida en que "no se puede hacer con éxito la guerra en dos frentes al mismo tiempo" -los dos frentes serían, en este caso, la teoría y la nosografía- La- can se habría consagrado sólo a uno de ellos. ¿Queda así establecida una lógica que no llega a ser sin embargo explicitada? De ser así, corresponde- ría formular una acotación que la limita. Tal como Lacan lo subrayó varias veces, es en el marco teórico, en las coordenadas de nuestro horizonte, que producimo:s el pensamiento actual. Esto es, en el campo de la ciencia -y el psicoanálisis, sin ser una ciencia, tiene algo que ver con la cientificidad-, es en el campo del Otro donde el sujeto encuentra aquello que lo representa. Entonces, considerando ese desarrollo teórico actual del psicoanálisis, ¿acaso no es la lógica impues- ta en ese campo la que decide esa doble tripartici·ón: psicosis /perversión neurosis y, dentro de esta última, histeria/ neurosis obsesiva/ fobia?

Decía que desde el título, Estructura y transferencia en la serie de las

neurosis, anticipo cuál es mi posición. Pienso que no se trata de una colee-

Q

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

ción, sino que hay una lógica subyacente en juego; mi apuesta -ambicio- sa- es la de articularla. Evocando algún chiste, diría que intento explici- tar aquello que Freud y Lacan no explicitaron. Tiene su relevancia hacer- lo, no sólo para nuestra futura reflexión teórica, sino para nuestra prácti- ca cotidiana como analistas. Inscribo este trabajo en la continuidad del que realicé en los últimos años, desde el seminario Paso a pase con Lacan. En los tiempos que son los nuestros, subsiguientes a la muerte de Lacan -tiempos que probable- mente se prolonguen- me sigu1e pareciendo válido acordar nuestro paso a la prudencia. Así, me propongo situar algunos instrumentos teóricos que nos serán de utilidad. Están referidos a E:ste campo al cual me voy a consagrar, el de las neurosis; la primera cuestión que se plantea hace a la definición, considerando que los psicoanaliistas guardamos habitualmente una cier- ta ambigüedad al respecto. Una vez admitido que el sujeto recurre al análisis por su neurosis, cabe preguntarse si hay acaso alguien que sin ser psicótico ni perverso, tam- poco sea neurótico; esta alternativa, pensable, implicaría la existencia de una cuarta categoría, la de normales. Recurro a un ejemplo para despejar mejor de qué se trata. Para un gastroenterólogo, hay estómagos que fun- cionan bien y otros que tienen problemas; su nosografía no incluye como patología el modo según el cuall funciona el órgano. El psicoanálisis, por · el contrario, incluye, en la nosografía con la que trabaja, a toda la pobla-

ción a 1a que se dedica. Desde su perspectiva, la neurosis es la estructu- ra, no así la perversión ni la psicosis; de ahí la distancia con la nosografía médica y sus consecuencias,prácticas. Freud habló en su momento del malestar en la cultura; formuló la te- sis según la cual la neurosis irá .aumentando a medida que crezca ese ma- lestar; Lacan, por su parte, cons.idera que como psicoanalistas podríamos establecer una equivalencia entre cultura y lenguaje. En el cruce de esas dos formulaciones, mi respuesta acerca de qué es la neurosis -resm!es- .ta que es a!a vez una toma de 11osición Y., como tal excluy~_ogas-:

ue

q.ue

laneur.asis

po del lengu~.

esJ.a

manifes.tación.del

J>ropo­

mal-estar del sujeto en el cam-

más de lo que podría aportar si di-

el camino al bienestar; conside-

rarlo así no supone afiliarse a una perspectiva pesimista, como en ocasio-

nes se acusa a los lacanianos; que

j~ asus analizantea

Ahora bien, un aualista

p.mn:letería

qutle.uaJLabrir

no

haya bien~starno quiere decir gue

no exista el goce. La acotación vale también para la diferencia con la prª-c-

ticE: la medicina y los enfoques de algunas psicologfa~.

Decir que el malestar del sujeto se sitúa en el campo del leuguaje, su- pone que la causa está en algo que no acuerda entre el lenguaje y el sexo;

de

ISIDORO VEGH

hfil' allí algo que clama y en función de lo cual F'reud escribe, refiriéndo- se a los síntomas: saxa loquuntur, las piedras hablan, fos síntomas comQ piedras hablan.

*

*

*

Para comenzar este trabajo, me gustaría decirlo de un modo más diver- tido: se me ocurrió evocar algún pasaje del texto de un físico-matemáti- co, especialista en informática, hijo de un premio Nobel; el autor, Douglas Hofstadter, recibió el premio Pulitzer por el texto al que voy a referirme, titulado "Gredel, Escher, Bach" 1 , desde el que nos anuncia el rigor de sus planteos y el tono informal al que recurre para avanzarlos, al presentar- nos haciendo conjunto esas tres figuras tan disp1ares como importantes:

Gredel, uno de los grandes teóricos que ha revolucionado la fundamenta- ción lógica de la matemática; Escher, genial pintor y Bach, el músico, cuya obra es, sin más, toda una presentación. Voy a hacer mi relato de uno .de los capítulos dE~esta curiosa novela; los protagonistas principales son Aquiles y la Tortug;a. Aquiles decide ir a visitar a su amiga, la Tortuga. Cuando llega y ésta lo recibe amablemente en su casa, Aquiles le dice::

- ¡Qué hermosa colección de boomerangs que tiene! -¡Oh, bah! -responde la Tortuga-; no es distinta de la que puede te- ner cualquier otra Tortuga. ¡Venga, venga! Pasemos al living así charla- mos mejor. - ¡Oh! -agrega Aquiles-; veo que también tiene una buena colección de discos. -Sí -dice la Tortuga-; es mi nuevo entretenimiento. Tengo incluso un disco especial, es éste. Aquiles lee la etiqueta: "Disco Nº 1 para rom 1per tocadiscos" y se sor- prende:

-¡Qué disco más raro! Me imagino que será eficaz. ¿Anda en eso? -Sí -responde la Tortuga-, ando en eso. -¡Hmm! La imagen que me viene es la de alguien golpeando con un martillo un tocadiscos, al mismo tiempo que escucha música de Beetho- ven con aire militar. -No, nada de eso -aclara la Tortuga-; verá usted, la historia es otra. Hace poco me encontré con mi amigo el Cangrejo. ¿Lo conoce?

l. Hofstadter, Douglas: "Godel Escher Bach, les Brins d'un.e Guirlande Etemelle", Inte- rEditions, París, 1985.

· ESTRUCTURA YTRANSFE:RENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

-No -responde Aquiles. -Bueno, tendrían que conocierse; se podrían entender bien. Pronto lo vamos a arreglar, nos encontraremos un -De acuerdo -acepta Aquiles-; pero cuénteme esto del disco, que me tiene en ascuas. -Mi amigo el Cangrejo -cuenta la Tortuga-, se empezó a entusiasmar con los tocadiscos; compró uno y me vino a contar que el vendedor le ha- bía asegurado que era perfecto, capaz de reproducir todos los sonidos. Yo le dije que eso era imposible, pero mi amigo me respondió que de ningún modo; él confiaba en lo afirmado por el vendedor. Pues bien, como la discusión era inútil, porque mi amigo el Cangrejo es muy empecinado, no insistí; al 1cabo de unos días, volví a su casa lleván- dole de regalo una copia de este: disco que usted ve, con este título "Disco Nº 1 para romper tocadiscos"; sce lo di para que lo ponga en su tocadiscos y apenas lo hizo, el aparato comenzó a vibrar, a estremecerse hasta que estalló en pedazos. Mi amigo el Cangrejo no lo podía creer. Yo le dije: "Claro, no lo puedies creer porque tú confías en esos vende- dores mentirosos". Pero mi amigo insistía: "Esto no puede ser". Por mi parte, seguí diciéndole que ahí tenía la prueba de lo contrario, que su tocadiscos no era perfecto puesto que el disco que yo había traído no lo había podido pasar. Mi amigo el Cangrejo, empecinado, decidió conseguir uno de calidad superior y se fue al negocio de tocadiscos, donde compró un aparato doble- mente mejorado. Volví a visitarlo varios días después con otro regalo; se trataba esta vez del "Disco Nº 2 para romper tocadiscos". Una vez más, al intentar pasar este otro disco el aparato se estremeció, vibró y finalmen- te estalló en pedazos. A todo esto, mi amigo le había contado al vendedor lo que pasaba y éste le había prometido que si el nwevo aparato llegaba a romperse, le devol- vería el doble del dinero invertido, de manera que pudiese comprar otro, doblemente mejorado., Todo esto-aclara la Tortuga·- duró varios rounds. -Me imagino -agrega Aquilces- que ese disco lo debe haber grabado usted. -¡Oh, qué astuto, mi querido Watson! -responde la Tortuga-; efectiva- mente, fui a la casa donde mi amigo había comprado su tocadiscos, averi- güé cuál era la marca y escribí al fabricante pidiéndole el diagrama. So- bre esa base construí el disco que sería imposible hacer pasar en ese apa- rato y eso fue lo que repetí varias veces. -Me imagino entonces -comcmta Aquiles- que en definitiva, el empe- cinado Cangrejo se habrá rendido.

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-Pues mire usted -continúa la Tortuga-; nada de eso; la última vez, cuando fui a llevarle nuevamente un "Disco Nº n paira romper tocadiscos", me encontré con algo di sti nto. Mi amigo se había 4enterado de lo que yo venía haciendo y le escribió al fabricante para que produzca un aparato distinto. Este nuevo aparato analiza el disco antes de pasarlo, lee los sur- cos y si detecta, por medio de una calculadora, algo que podría destruirlo, cambia la disposición de los grandes bloques que lo componen y evita que los surcos grabados puedan afectarlo. -¡Ah!, entonces usted se dio por vencida -observa Aquiles. -¡Pst! ¡Se ve que usted no conoce el Teorema de! Incompletud de Gce- del! El relato continúa y finalmente Aquiles saluda antes de irse:

Tengo para usted una copa

de vidrio. -¡A ver, a ver! - exclama la Tortuga mientras abre el paquete-; fíjese que es mi último entretenimiento, mi última pasión, la de buscar una copa perfecta. ¿Pero ésta tiene algo escrito? -Sí -aclara Aquiles- ; esta copa perteneció ni más ni menos que a su autor favorito, Juan Sebastián Bach. -¿Pero qué más tiene grabado?-sigue averiguando la Tortuga. -Algunas notas del último contrapunto de la última fuga de Bach. -¡Increíble! -exclama la Tortuga. ¿Así que descubrió que era eso? ¡Toqué-

moslo ya mismo! ¡Se puede tocar igual del derecho o del revés! Las notas en alemán se correlacionan con letras y los últimos cuatro acordes, aquí, corresponden a b-a-c-h, Bach. ¡Toquémoslo ya! ¡Toquémoslo ya! La Tortuga trae el violín y apenas ejecutadas las cuatro notas, se escu- cha un ruido estremecedor. La copa acaba de estallar.

-Bueno, me voy. ¡Ah! Pero antes de irme

Boomerang.

Este relato es la modalidad elegida por Douglas Hofstadter para pre- sentarnos el Teorema de Incompletud de Gredel, según el cual toda serie de elementos discretos impone una opción. En este caso, si el tocadiscos quiere pasar todos los sonidos, queda destruido; si :soporta que haya uno que no puede pasar, es incompleto. Pensemos ahora que ese tocadiscos somos nosotr<0s y que, como él, emi- timos sonidos. Si queremos decirlo todo, somos afect:!.dos a la vez por la efi- c~w quiebra-podríamos decir que se trata de cierta uni- da<iimaginaria- y la de algo que se estremece y tiene valor de goce. La opción se soporta en un silencio, en una palabra que no se dice. En el caso del tocadiscos, de allí derivaría un goce extra, el otorgado por la música. Aun así, cabe la tramp a a la que recurrió E~l Cangrejo y a la que recurrimos todos nosotros; sin ella no hay posibilidad de mantener la ilu-

filg9_guese

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ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

sión de un tocadiscos perfecto. Hablo de ilusión porque es fácil darse cuen- ta que todos y cada uno de ellos e:s imperfecto; si salva la falla, si presen- ta una aparente completud y puede pasar incluso el disco regalado por la Tortuga, es gracias a la calculado·ra agregada que reformula su esquema de funcionamiento, valiéndose de un engaño. Anticipo entonces algo que retomaremos: esa calculadora es el objeto a. En psicoanálisis, aquello donde se sostienela.opcifuu:lela_que_sej;¡:ata,

ese disco que no pasa tiene

y el de esa palabra que no funcio1:ia como las demás es falo Para decirlo

con una fórmula levemente obsceua, como para que la recordemos: fil

es lo que la lengga

gga se aparta cuando se p re.ata

un. nombre:

u

t

a

c;;tr_ac~

fulQ

ierde cuanilll.habla. E sto e§ aguello de lo cuaUaJen-

a.la

fun cióA.deJa.palahxa

Propongo un breve recorrido: por momentos de clivaje en la reflexión de Freud y Lacan, que consideramos como referencia. A mi entender, son tres los hitios que muestran en Freud los titubeos, las dificultades, aún los errores y que, por eso mismo, me animan a correr el riesgo de interrogarlos. En el inventor del psicoanálisis, esos tres hi- tos tienen que ver con tres tiempos. Uno se ubica en el año 1895, otro en ·

¿Cómo piensa Freud en 1895 esta cuestión que ilustra la historia en- tre Aquiles y la Tortuga? El texto al que me remito es "Etiología de la histeria" 2 Freud considera: "En la base de todo caso de histeria se encuentran una o varias vivencias, reproducibles por el trabajo analítico, no obstante que el intervalo pueda alcanzar decenios, una o varias vivencias de experien- cia sexual prematura y pertenecientes a la tempranísima niñez. Me incli- no a suponer que sin seducción previa los niños no podrían hallar el ca- mino hacia unos actos de agresión sexual. Según eso, el fundamento para la neurosis sería establecido en la infancia siempre por adultos.

1906 y el tercero en 1931.

(

) Los síntomas histéricos so.n retoños de unos recuerdos de eficien-

cia inconsciente(

.)".

Freud agrega:

"( .)Es que de hecho no estamo.s habituados a que de una imagen mné- mica partan fuerzas que faltaron a la impresión real. Han de ver ustedes aquí, por otra parte, con cuánta consecuencia se cumple en la histeria la tesis de que unos síntomas sólo de recuerdos pue- den proceder".

Formulemos en un esquema el modo según el cual construye un pen- sador como Freud, para considerarlo luego en Lacan:

2. Freud, Sigmund: Obras Completas, Tomo III, "Etiología de la histeria", pág. 202, Amo·· rrortu Edit.ores, Buenos Aires, 1981.

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ISIDORO VEGH

ESQUE MA 1

/

Síntomas

Inconsciente: recuerdos

1momento en que nos ubicamos, para F:reud todo comi_e.nza por la

seducción lla es laque deja en elniño recuer.do$Jnconscientes que retor- nan como síntomas, a la manera de esas piedras que hablan. En ese pa- norama, es fácil deducir cuál es la tarea de un analista. Se trata de em- prender el camino inverso y avanzar desde los síntomas hacia los recuer- dos inconscientes, que le permiten al sujeto reencontrarse con sus viven- cias tr.aumáticas. El texto del que nos estamos ocupando es el de una conferencia pronun- ciada por Freud ante sus colegas médicos, a quiEmes se dirige, como resul- ta notorio, en un tono urticante, polémico; en él afirma su tesis de manera rotunda, anticipando que no van a aceptar nada de lo que proponga.

Para abordar el segundo momento elegí un texto de 1906

filulado

"Mi

tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las neurosis" 3 Po- "

me pareció más explícita acerca de la cuestión_qge nos ocu2a. esto es, aQ.!!e-

llo que n_o

dría haber optado por la Carta Nº

69, fechada en 1907, pero esta

"Tesis

hace bu~ pareja, que no anda bien entre el sexoieUengµa-

J~En este trabajo, Freud avanza:

"Opino que el mejor modo de apreciar mi teoría sobre la importancia etio- lógica del factor sexual para la neurosis, es segufr su desarrollo. En efec- to, de ningún modo me empeñaré en desmentir qu.e ha tenido un desarro- llo y se ha modificado en su curso".

Freud nos muestra, de paso, cómo se avanza e:n un planteo científico. Si aceptamos que el investigador que pretende hacerlo también puede propo- ner delirios, su especificidad reside en que acepta ponerlos a prueba. Continúa Freud:

3. Freud, Sigmund: Obras Completas, Tomo VII, "Mis tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiolo~a de l as neurosis", p ág. 263, 265 y 266, Amorrortu Edit.ores, Buenos Aires, 1978.

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

"El material todavía limitado de entonces me había aportado por azar un número desproporcionadarruuite grande de casos en que la seducción por adultos u otros niños mayores desempeñaba el papel principal en la his- toria infantil. Sobreestimé la frecuencia de estos sucesos, los cuales, por otra parte, no pueden ponerse en duda, tanto más cuanto que a la sazón yo no sabía distinguir con c.erteza entre los espejismos mnémicos de los histéricos acerca de su infancia y las huellas de los hechos reales. Desde entonces he aprendido, en cambio, a resolver muchas fantasías de seduc- ción, considerándolas como unos intentos por defenderse del recuerdo de la propia práctica sexual (masturbación infantil}".

Y agrega acerca de los síntomas:

como retoños directos de los recu~dosreprimidos

de vivencias sexuales infantiles, si~ntre los síntomas y las impresio- nes infantiles se intercalaban las fantasías (invenciones de recuerdos) de

los enfermos casi siempre n.roducidas en los años de la RUbertad".

"(

)Ya

no

ap,ar,edan_más

E SQUEMA II

Pulsión

,

,,"'"'

)o-

•'

,

~

Inconsciente

Fantasía

--+ Síntoma

t?Len el Es uema 1 l a sedm ~ci.6.n p_or nru:t~dEUin adulto, vivida eie.~ti­

v-ªmente, se ubica en el lugar_de lo rea l, en este Esquema 11, corres pon- diente al planteo_freudiano de 1906 y en consecuencia posterior a los "Tres

kY.S!l ya

avanzó una teoría- la que viene a quedar allí situada. La pulsión determina en Etl_suieto la fantasía como defensa - más tar-

de Freud sustituirá el término "defensa" por el de "rem:esión"-; estas dos

líneas .Q_unteadas incluidas en el Esqyerna

Rleja relación.qu

de relieve la ambigüedad propia de la fantasía, afectada P-Or su ubicación entre consciente e inconscient.e, entre pulsión y síntoma. Entiendo que

pulsión_y fantasía, ponen

ensayos para una teoría sobre la sexualidad", es la ~Í~e la

Il,

además

cle~ubrayarla com-

e_guardan

el Inconsciente

4 Conservamos en estas páginas el Wrmino fantasía como Freud lo propusiera. En la teo- ría lacaniana hablamos de fantasma.

ISIDORO VEGH

Lacan apunta a esto mismo cuando en "La lógica del fantasma" afirma de modo taxativo que "el Ello no es el Inconsciente". Evidentemente hubo un cambio entre 1895 y 1906 en el planteo freu- diano y ese cambio dejó un tema pendiente que retorna. En un primer momento, plantea la cuestión de una manera simple, en una perspectiva darwiniana según la cual aquello que le pasa al hijo remite al padre, de éste al abuelo y así sucesivamente, porque cada niño tendría algún adul- to por el que fue seducido. Eero si stá la~ la pregunta

pasa a ser de dónde procede ella. Este camino lG' lleva a Fz:e.w:l, en ese mis-

la fuent e de

mo texto, ahablaule.la constitució11 sexual, planteando que

donde procede son ''pulsiones parciales, normales o perversas de la sexua-

lidad". Recuerda entonces lo avanzado en sus "'I'res ensayos

tido de

Remitir la pulsión a una determinada consti1J;ución sexual implica, a su vez, otras consecuencias y no deja de plantear un enigma. En efecto, ¿aca- s~calidad de perversa polimorfa responde a un hecho piológico? Por momentos Freud lo piensa en esos términos, como cuando afirma "la ver- dad de la sexualidad se encontr ará en la química". Pero este planteo no lo satisface; él mismo ironiza al respecto y avanza otra hipótesis.

Así formulada, la cuestión no se resuelve y reaparece en 1931, en el

consignar uno

trabajo acerca de "La sexualidad femenina" 6 Me limito a de los párrafos que estimo atinente al tema que nos ocupa:

en.-elo.rigmJ.~

", en el sen-

situar la sexualidad infantil_i:om~rsa polimorfa 5

"Entre las mociones pasivas de la fase fálica se destaca que por regla ge- neral la niña inculpa a la madre como seductora, ya que por fuerza de- bió registrar las primeras sensaciones genitales, o al menos las más in- tensas, a raíz de los manejos de la limpieza y el cuidado del cuerpo, rea- lizados por la madre o la persona encargada de la crianza que la subro- gue. A la niña le gustan esas sensaciones y pide a.la madre que las refuer- ce mediante repetido contacto y frote, según me lo han comunicado a me- nudo las madres como observación de sus hijitas de dos o tres años. A mi juicio, el hecho de que de ese modo la madre inevitablemente despierta en su hija la fase fálica, es el responsable de que en la fantasía de los años posteriores el padre aparezca tan regularmente como el seductor sexual, al tiempo que se cumple el extrañamiento respec;to de la madre, se refiere al padre la introducción en la vida sexual".

En este planteo el adulto seductor retorna entonces, pero no ya bajo la forma contingente del abuelito perverso, sino bajo aquella, infalible, de la

5. Freud, Sigmund: Obras Completas, Tomo VII, "Tres ensayos de teoría sexual",Amorror- tu Editores, Buenos Aires, 1978.

6. Freud, Sigmund: Obras Completas, TomoXXI, "La sexualidad femenina", pág. 239,Amo- rrortu Editores, Buenos Aires, 1979.

ESTRUCTURA Y TRA NSFE"RENCIA EN LA SERI E DE LAS NEUROSIS

madre o subrogado que tiene a su cargo los cuidados del infantil sujeto. En función de esto, propongo un tercer esquema.

8

i

Pulsión

ESQUEMA III

Fantasía

/ /•

:

1

-

-

-

-

~

Inconsciente

/

Síntoma

En el Esquema II ubicamos l:a pulsión donde había estado la seducción en el Esquema I; quedaba entonces pendiente la cuestión de saber dónde se gestaba la pulsión, si respondía a la química sexual, a una herencia de conductas como postula el lamarckismo o!1 alguna otra causa. Así, a la se- ducción contingente le sucede la pulsión que oscila entre una referencia y otra; ahora, en ese lugar y consignándolo con el término de Otro ubicamos, en términos freudianos, el lazo con ese Otro primordial que es la madre. Decimos que es all_! dond~L_gesta la J!Ulsión, apuntando al Incon_s- ciente laiantasía. Mantengo las líneas punteadas en el esquema para no escamotear la dificultad propia de lo que estamos abordando, aquella de la relación del Inconsciente tanto con la fantasía como con la pulsión. ~or su parte, la fantasía y su dt3terminación inconsciente guarda s u.z:e-

lación con el (fntomfti es ella quien le da origen cuaruio

f~nsaante la pulsióp.; esto es, la modificación aportada conserva algo que estuvo desde el comienzo.

Recuerdo imaginario de la seducción, la fantasía y el sintOJna que ella

genera limitan eJJ

con el Otr.Q.primonjial, ese Otro

introductor del sujeto al sexo. g_e modo que no sólo nos diferenciamos del 8Jl.Í.lllitl pm:que hablamo-ª' sino t ª1l}bién en función de la manera en que despierta la sexualidad en el cqerpo y que, en_nuestro cas_Q, requiere la

demanda del Otro. En cuanto a la seducción, que: supone un Otro real, retorna en esta úl- tima etapa ya no bajo el modo contingente planteado en un comienzo, sino que, situada por Freud en términos de cuidados, se reporta a lo necesa- rio. Por supuesto, se trata de algo que va mucho más allá del terreno es- trictamente pediátrico, del cumplimiento de las reglas de la puericultura; los cuidados sufil)nen un Otro q·!:!_e los proporciona acudiend9 con su de- s~ con su goce,

jJJ,eg_a

como

de-

suretorno1ª_relación

ISIDORO VEGH

Para marcar la relevancia de este aspecto, vale recordar el problema formulado por el hereje al religioso: "Si a Dios nada le falta, ¿por qué le preocupa si uno le reza o no?". Si en lugar de Dios nombramos al Otro, éste acude desde su falta. Es la que gesta la pregunta del sujeto: "que me quiere?". Conviene tener en cuenta desde dónde se lee el planteo, si desde el niño o desde el Otro, algo que cabe examinar con atención y sobre lo que vol- veremos, porque a veces la escritura lacaniana se presta a confusión y co- rresponde afinar su abordaje. Así también, Fmud dice que en el incons-

ciente no hay afecto y aún subraya:"cuando quiero ser riguroso, aclaro que · en el inconsciente sólo hay representaciones: el afecto se suprime, la repre-

sentación se reprime"; que si a veces, de un modo descriptivo, puede ha- blar de represión del afecto, este planteo no es c:orrecto desde un punto de vista metapsicológico. Sin embargo, unas veintie páginas más adelante 7 y pese a esta aclaración, él mismo habla de afecto reprimido. Estas afirma- ciones que se sitúan en distintos sentidos, tanto en Freud como en Lacan, nos indican que el Otro como lugar de completud, es inexistente; lo cual no quita que, para el neurótico, tenga su eficaciia. Vamos ahora a indagar en Lacan las referencias que nos permi- tan desple ar los instrumentos de los que nos serviremos. Propongo considerar dos tiempos. e n primer luga,_r_ el del grafo _2ituable~ e lEs años 1957 y 1960, según las formulaciones que aparecen plantea- dfill e.!l "La subv~ ióndelSüjeto y la dialéctica del deseo" y@ el S~­ minario "Las forgi~ion~s.Qel Inconsciente" / en segundo lugar, el de los_cambios introducidos cuando Lacan trabaja con el nudo -lo abor- dé hace unos años y así quedó consignado en las Notas de la E .F.B.A. Nº 4, pág. 185-; reservo para el final destaca1r la diferencia que media entre uno y otro 8 En el primer tiempo se gesta la estructura del grafo, junto con un cier- to número de propuestas. Me voy a consagrar aquí al último de los grafos que figura en el texto de los "Escritos'', "La subversión del sujeto y la dia- léctica del deseo" 9 ; resulta del'encuentro de do:s vectores: el del sexo y el de la palabra. En una ficción, el del sexo podría corresponder, como vector intencional, a la sexualidad animal, aquella de un instinto situado como fuerza que sabe cuál es el objeto que le conviene. Si consideramos el ejem- plo del hambre, la vaca come el pasto que tiene a su disposición, no pide el menú; cualquiera de nosotros, en cambio, podríat dejarse matar de hambre

7. Freud, Sigmund: Obras Completas, Tomo XIX, "El problema económico del masoquis- mo", pág. 161, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1979.

8. Notas de la Escuela Freudiana Nº 4, publicación de la E:scuela Freudiana de Buenos Ai- res, 1984.

9. Lacan, J acques: Écrits, "Subversión du sujet et dialectique du désir dans l'inconscient freudien", page 793, Éditions du Seuil, París, 1966.

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

antes de comer todos los días lo mismo y aun cuando la dieta así estable- cida sea adecuada desde el punto de vista nutritivo. En este último grafo, Lacan no parte de la ficción de un puro suieto de ~esidad. sino que ubica en el inicio un sujeto dividido por la palabra

(S) línea wtlsignificaote; ésta . a su yez,-re Sülta du"Rfi-

jnterceptad.o

par

la

iar op.e.i:~ismes lógicas.

cada

pru:a.d.~

Esas estructuras y los lugares correspondientes quedan así definidos:

i(a)

I(A)

ual "En el comienzo está el

Verbo" todo empieza fil} el lugar del Otro A donde Lacan sitúa el Su-

p~ryo y el objeto que lo_ presen1 ifica, la v_Qz. Recorj. emos, a _p artir de allí,

a _qué reenvía cada uno de 19.§ matemas_que

Recordamos la fórmula bíblica se ún la

fi

gyra11_e.!.Ltlgi;afo.

En (SO D) encontramos al sujeto barra~ esto es, dividido EQ! lapa- l.ah~ entre lo que dice y lo que sabe, en su relación con la demanda; su- jeto dividido po r la demanda e!&_Ot~ , en función de l a cual despierta a

la sexualidad. Así, en el tan conocido decir de las madres "El nene no me ", está en juego una demanda de ser comida; cuando esa pulsión oral cierra su ciclo ocurre que la madre se está ofreciendo para ser comi- da, algo que también subyace e:n la invitación que solemos hacer para que alguien venga a casa; "Me come" o "No me come", he ahí el goce de recibir al otro con una buena cena. Este lugar de la pulsión, precisa Lacan, n~ en la biología sino en la slemanda del Otro.

come

-~

ISIDORO VEGH

se escribe una falta, inscrip-

ció;; que lo dist ingue de ese Otro (A) al que nos referimos en primer tér- mino. Esa falta es la que da acceso a un goce. El deseo (d) se sitúa según la dirección de la fllecha que va de la castra- ción al goce, en tanto que la fórmula (SO a), sujieto dividido respecto del

objeto a, da cuenta del fantasma. El mensaje llega.alsuJeto desde el Otro en s (A); allí situamos lo que el sujeto dice; como lugar del mensaje, es el lugar del síntoma. El circuito imaginario está compuesto por i ( a ) y m ( moi ). Para cada uno de estos lugares podemos encontrar su referencia en los últimos planteos freudianos: el de la Demanda del Otro correspon- de a la pulsión y el circuito del inconsciente se: completa con fantasma y síntoma. No es casual que Lacan insista en la. polémica que Freud ha- bía sostenido en esos años respecto de la castración; a mi entender, ese es su punto de partida. Introducirá sin embargo allí alguna variante. Para abordarla retomo algo que ya propuse añtos atrás, intentando de- rivar del grafo hasta el nudo, ya veremos después el por qué de ese pa- saje lacaniano. . Recurro a los colores y a las líneas punteadas para poner en eviden- cia ese pasaje.

En S (.A), significante d~l_O_t!'

9barrago,

-

- -

-

-

- -

Azul

---- Verde

---- Rojo

s (A)

.S(J.)

SOD

,

,'

;

; , -+--.:

a

··,,

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)

{~

/\

1

1

'

\ \ \

\

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'

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-

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;

,

I

I

1

A

1 (A)

ESTRUCTURA Y TRAN SFEREN CIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

La ventl':\ja que presenta hacer figurar así el pasaje del grafo al nudo borromeo, es poner en evidencia el modo según el cual el fantasma se en- trecruza con lo imaginario; si us:tedes hacen la prueba, van a verificar que esto no reenvía simplemente a un delirio. En este nudo derivado, el obje- to a se ubica en el mismo lugar ique en el nudo borromeo clásico y si lo de- forman, obtienen este mismo nudo:

R

s

Me importó abordar esta cueBtión para situar de qué manera y por qué Lacan pasa del grafo al nudo borromeo y de este nudo de tres anillos al de cuatro. Entiendo que estos pas~jes obedecen a su intento de ocuparse de lo que había dejado pendiente cuando lo expulsaron de la I.P.A.; se trata de un tema que retorna en su obra, el del Nombre del Padre y de aquello que funciona como límite respec:to de ese Nombre. Este tiempo del nudo borromeo de tres componentes escribe lo real, lo imaginario recubriéndolo y lo simbólico, según la fórmula "por arriba del

que está arriba; por debajo del que está abajo". Indicación importante, por-

que de no cumplirse el anillo afectado queda libre; si se trata del regis-

tro de lo imaginario, por ejemplo, estamos en la psicosis, donde además lo

simbólico penetraría en lo real.

Cuando se ocupa del texto de Joyce, Lacan pasa de este nudo de tres a uno de cuatro; el cuarto anillo tiene valor de recurso, viene a remediar una falla anudando lo que de ot1ro modo quedaría suelto.

ISIOORO VEGH

R

,,,,.---,

l

,

,

',

'

'

I

\, ~i.-- -- falla

. ·, ('--/

,--

~

Lacan ya no asignará entonces a este cuarto anillo el nombre de sínto- ma (en francés, symptome~ n l de sinthome, recurriendo a una grafía . antigua del té r min o. Efil&~~ me viene a remediar una falla de la fun- ción del padre, a lgo gue nos indica la preocupación de Lacan en ese mo- mento por los límites de la función paterna. - De situar este planteo en la perspectiva histórica de la enseñanza de

Lacan, encontramos que en el Seminario III, "Las psicosis", el origen vie-

ne a quedar situado en el Deseo de la Madre

o~upa el lugar de la X,~el del falo imªginario . Por efecto de esa 02eración

que situamos

dre queda reprimido -lo ubicamos entonces b ~jo la barra- p or la eficacia

dgJ 2 que

na Metáfora Paterna.

(DM);

ante el cual, el hijo

en

té.rminos

dtLRIQhilü.cióJl

del ipcesto, el deseo de la ma-

llamamos Nombre del Padre (NP), operación que Lfil!Iln_desig-

q

-/--

NP

DM

DM

X

~oza_y

del Nombre del Padre,

Pero a partir de la formulación de este cuarto anillo, Lacan nos dice

que l~ ficaci~de esa metáfora ya no depende sólo

y.a fil,Lgoce interfiere en su función. Aquí reside la importancia que planteaba por mi parte de llegar, aun- que más no sea de una manera elemental, a esta cuestión. No podemos leer las estructuras ni retomar ninguno de los historiales, sin tener en cuen-

ta que eo

si_@J;a~ .~gún el término mismo al gue recurre Lacan de la pere-

eal

uei:sion, las:ersión del rull!r.e

el

d.espertar

de 1ª pulsión no se trat:a sólo del Otro primordial,

Esta

y

ersión

incluye, además del padre r

')')

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

como ~gent~de la castración,,j~l rna; ese goce siempre implica una d~stanciacon el nombre que el padre tiene que sostener, diferente en el registro de las neurosis y en el de las psicosis. Teniendo en cuenta las coordenadas planteadas, nie consagraré a abor- dar la cuestión prometida: la serie de las neurosis.

;Md.~

CAPÍTULO 11

En las co 1 ordenadas de la histeria

Me propongo retomar el título del seminario de este año, ya que además

de

dar cuenta de una pregunta surgida en mi práctica y en el recorrido de

mi

lectura de los textos de Freud y Lacan, plantea una respuesta. En el campo específico de las neurosis, encontraba una misma nosogra-

fía

en uno y otro autor; me refiero a la tripartición en histeria, neurosis ob-

sesiva y fobia, con las mismas _hesitaciones en ambos respecto de esta úl-

tima, sin llegar a cuestionarla abie:rtamente como neurosis, a veces pare- ce omitida. Esa tripartición, se rei1tera en cuanto a la nosografía amplia-

da, que se distribuye en psicosis, neurosis y perversión.

Me preguntaba si esta insistencia obedecía a una falta de interés, por parte de Lacan, para dedicarle tiempo a una eventual revisión de ese plan-

teo, si en definitiva lo acepta como un hecho o bien - y allí reside esa ter- cera posición que viene a quedar formulada en el título- si esa nosografía tripartita da cuenta del alcance qULe tienen, al día de hoy, los instrumen-

tos conceptuales del psicoanálisis.

El título elegido afirma que esa nosografía reiterada en Freud y La- can obedece a una lógica puesta en acto. El trabajo emprendido procura rescatarla y explicitarla, partiendo del supuesto que el beneficio de esa tarea se hará sentir no sólo en nuestra reflexión teórica, sino también en nuestra práctica como analistas. Para llevarlo a cabo, desplegué algunos instrumentos que estimo necesarios en esta perspectiva de abordaje; se refieren, por una parte, a distintos momentos de la reflexión freudiana y por otra, a aquellos aspectos de la obra de Lacan donde se definen entre- cruzamientos específicos de esa lóg:ica. Vimos así, en cuanto alparletre, que en su condición de neurótico pone en evidencia su mal-estar en el campo del lenguaje. Algunas intervencio-

ISIDORO VEGH

nes al respecto me ~ermitieron avanzar un poco más; quedó planteado entonces que e,pe Gi lestiWdel sujeto daba cuenta de que algo no andaba bien,_e.ntre el lenguaje f el sexo.

el.ririente gue sujª°

a la palabra, sufre, de su.cqgrpq. la separación g.el goce. Introducción de la

pal abra_entre c.ueIJW_y_gru;.e,,_ID!.gone_determina:das operaciones lógic-ªs.

el intento de pensar el cuerpQ tal como

aparece en la palabra de sus pacientes, en su mayoría histéricas, se topa casi desde el comienzo con el hecho que ese cue,rpo se distingue del abor- dado por la ciencia de su época, su referente inicial; no es el cuerpo de Du- bois Reymond, de Helmholtz, de los grandes maestros de la fisiología vie-

esta perspectiva de distan-

ciamiento se inscribe, incluso, la amistad tan pstrticular que mantuvo con

nesa, sino un cuerpJLqJ1e lo reenvía al sexa

Desde esta llfllApeci;Ua.d.e_cimos que.elµarleti::e

Ya señalamos que en

Freud,

e.s

En

Fliess, cuyo delirio estaba precisamente centrado en el cuerpo y el sexo. Recorrimos las gistinta~ formulaciones que Freud avanza para dar

cuenta de ese cuer o sexuado. La .R_rimera de e'llas corresponde a la teo- e la ducción donde plante.ª-.Que_la sexualidad se inscribe de un modo traumático y contingente a la vez, según el perfil del accidente. Al-

guien despierta en el niño o niña su relación con el sexo; la eficacia

ir.w pci ón y_ ducción de

su clínica,_F) eud se ve llevado en bre-

v~ descartar -aqnque no por completo- estª-primfil:§l teoría; toma dis-

ta.ncia de_ella~t imerJ.ugar,_g.¡.ando verific::l , de~ gciQ.ilfillQ,_que el re-

lato de al@nos de sus :gacientes no re.sult_a co11fi~ pj)r los miembros de su entorno. Elabora entonces, el concepto dieVantas~~ ®N man- teada la incógnita acerca de dónde se gesta la pulsión sex al. DesdeJ.ill;

"Tres ensa;xos

sin abandonar por ello una_suer~ de último fi.;~ndamento químico-bioló- gico de la sexualidad , que por l o demás no de.ifil~por completo de lado ni siguiera hacia el finaLde su ob.r.a, en un texto como "Análisis terminable

e interminable" . De modo que s™ ntiene.J1¡y~ g_~ t~~cerca de có.mo

an.to sexuado; esto es, en la

a apunta irremediablemente al.J>bjeto ~ sariopara su satisfacción, ¿~l 1(§,.41 factor gue decide. en ese ser sexuado, el ~ 1cuentro con_dicho objeto? Es en el texto "Sobre la sexualidad femenin:[ ' -que pertenece a la úl-

me

osteriori en la pi:g-

ruLe.s.a

rulo de v iolencia se darW~ íntomas.

irulicios q,u_e le

aporta

Con las

"

había esbozado la diferencia entre1nstin /rt:.t. Trieb

J!.fil O

ru:

onstitu e en el ser humano ese cuer o en

i

a en

n mstm o s1tua É ie en Í~rmmos de una fuerza ~

tima etapa~ obra-donde Freud retoma, con sus paradojas, la cues-

tión de ~e Otro ajni.ciatiY.a de _quien _pe_® s~ rta en fil. sujeto e l fuego de

goc~.despertar que ya no v-iene a ser situado ahora,

la sexua.fu!LY del

en el registro de la contingencia. Así, refiriéndose a la niña, habla del re-

sultado inevitable que en ella produce su relación con la madre o subro-

ESTRUCTURA Y T_RANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

gado materno a cargo de su cuidado; y:a no se trata de la seducción acci-

gue es cuestión

qel Otro primordial, eLOtro ffi!!t está

Punto de partida de la fQrmylación lacaniana, buscaavam_ar_en.,el sen- tido de dar cuenta de la eficacia del lenguaje en cuanto a la separación de cuerpo y goce. E!_n "La subversi<!n del sujeto y 1 d·aléctic~l deseo", !ID

e.LP

parte

a_guél que corresponde a la

dental PlfilJ.teada en el primer nnomento su teotia

Qe

s.iw>

jnfaliblemente allí.

:rimer

grafo, enw

tra1¡9s Qlanteada l'ª-.9.istjnción entre

el que atañe al~

ala!~

Q os

campos:

RQr otra

-tal como ocurrirá en los grafos subsiguientes-, Lacan ubica.el enti:ecru- ·~miento de la curva qu ~ epre §:enta la fuerza intenciona l{ 4-, S )-la efila- c~ lcu~:rPO-y !a de aquélla que se refiere a la Ralalll:a,_LS_SJ:

s

lo que atañe la palabra

/

S'

i~ueatañe al cuerpo

L1

A lo largo de los últimos año,s de la enseñanza de Lacan, insiste una

preocupación que trabaja por avances y retrocesos, no desprovistos de ti- tubeos, algo que por otra parte siempre ocurre cuando está en juego una dosis de creatividad. Por entonces deja de atenerse estrictamente a los principales planteos clásicos del psicoanálisis, ya se trate del Inconscien- te, la realidad freudiana entendida en términos de realidad psíquica o bien el padre agente de la castración por cuanto introduce la prohibición del incesto. Esa preocupación lo llevará a nuevos conceptos, que ya apa- recen en "R.S.I." y habrán de insistir en los seminarios "El Sinthome" y

así como en el texto formulado en el momento de la disolución,

donde habla del pere-severe. Como ya tuve ocasión al comienzo de plantearlo rápidamente, se jue- ga a partir de entonces un nuevo problema en el abordaje lacaniano; en

"L 'insu

",

ISIDORO VEGH

efecto, ya no bastará situar la función }2ªterna en ~rminos de metáfo@,

1 De hecho,

esto venía anunciándose desde mucho antes; así, en el momento en que fue expulsado de la Internacional, Lacan suspe:ndió el seminario que dic- taba por entonces y cambió el título asignado en un comienzo, "El nombre

del padre", por el de "Los nombr~PJJfke".I~aindicación allí presente

tal como se da~jg_mplg

en.eJ.tex.to

ac~~&§_psicosis

se acentuará años desruJ_éa

en

els-.e.tninario

".

Lacan nos reenvía al texto freudiano "Moisé.s_y

eLmonoteísmo",

nueva

versión del mito de "Totem y tabú", ambos referidos a la cuestión del pa- dre. En el primero de estos trabajos, la tesis expuesta sostiene que Moi- sés, el líder, el padre espiritual del pueblo judío, era egipcio, esto es, venía "del más allá" -un buen sitio para ubicar la procedencia del padre-; pero además, siempre según Freud, habría dos Moisés: aquél muerto en ma- nos de los mismos judíos. y otro,fil.!iti cordarqp un lugar privilegiado en función de la culpa y el amor, en recuerª-o del que habían asesinado. Para el I!Sicoan-"'ªlis is es el!. la muerte del padre donde se funda la ~ y, aq l!,_él ! a primo.r.dial de la m.ohibición del incesto. De considerarlos a título de relatos históric0ts o de planteos antropoló- gicos, ambos textos resultan fácilmente impugnables, insostenibles desde esas perspectivas; debemos pensarlos en la categoría que les es propia, la

de producciones donde un psicoanalista genial ·como Freud, vuelca elabo-

raciones que su práctica le dicta. En este sentido, podemos situar. en la

dimensión fantasmática, la aceI?1_ación P

P.arte de los Q!jos, de l a ley gue

los aparta de un goce, aquél que los fijaría al Ot:ro primordial~.tl_IllQ4Q_s~­ gún el cual la ley se hace pacto en la fiesta CU).'.Qeje es la comida totémi- ca, donde son incorporados los restos del padre.

Q!

La advertencia de Lacan: no le corresponde :aJos psicoanalistas elabo-

rar una nueva religión, la del pad.r.e., donde elJillj o quedaría encad™ do

enJos último,.s

añQs, Qri e ntada en el sentido de cu~stionar q l!,!EL_ese Radre freudiano sea

sostén de la ley. Va trabajando esta afirmación fuerte en los tex-

tos que cité, hasta llegar, en el seminario consagrado a "El sinthome", al

planteo de un cuarto anillo; le asigna ese nombre, adoptando una grafía antigua del término en francés síntoma. Sin detenerme por el momento en la cuestióin que ya abordaremos en

lfil

P<lf amor filial. Asoma allí la pers~a de_su

nuro

ens.eñanza

detalle, diré que gracias a ese cyarto anillo, en las neurosis los otros tres f~a~ on él u n nudo borromeo ¡ en las psicosis,~ cambio, donde no lleg~

ª- CQ!!Stituir ese nudo, remedia un fracaso de los otros tre

r .egist ro de lo imaginario tienda ~perderse. D~ !'!!QdO que este cuarto ani-

llo por un lado, determina lo específico del nudo borromeo en la est~-

§, causa de que ~l

l. Lacan, J acques: É~rits,"D'une question préliminaire a tout traitement posible de la psychose", page 531, Editions du Seuil, París, 1966.

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

tu: a neu_róti~a y: por otro, ~egllialo ilustra Lacan con el ei~~J,Qyce, evita una I?.§.!_cos1s productiva ciompensando la p,ere-version. Leyendo el grafo destacamos, esquemáticamente, que en la línea del cuerpo se despliega el Otro primordial; es en ese campo donde se constitu- ye la pulsión; en la del lenguaje, en cambio, queda indicada esa dimensión de eficacia propia de la metáfora paterna, de la función del padre. También Freud se refería a ella bajo una forma metafórica, cuando postulaba la di- ferencia entr~.las sociedades que responden a una filiación matrilineal y aquel~aspatnlmeales, en su relación con lo simbólico y la palabra; mientras las primeras aceptan algo que s:e da de hecho, acordar un lugar al hijo, en las segundas requiere la intervemción de la palabra. Cuando Lacan insiste en cuestionar la eficacia de la m1~táforapaterna, reformula esta incidencia· allí reside su principal preocupación en ese tramo de su enseñanza. ' Hasta aquí los instrumentoB que había desplegado; con ellos me pro- pongo interrogar las distintas estructuras neuróticas, en búsqueda de la lógica que las articula. Comencemos por aclarar la cuestión: en las neurosis, ¿es válido hablar de serie o se trata simplemente de una colección? En los últimos poemas de Borges-por ejemplo, la suma de textos que forman "Los conjurados",- abun- da la figura retórica de la enumeración, que cobra allí la forma del sinsen- tido y la colección implica esto mismo, el sin-sentido de lo real; a diferencia de ella, una serie supone una ley que la ordena, una lógica que determina el número que ella presenta. Seguramente no resultaré oiriginal si comienzo por la histeria -lugar donde se inaugura nuestra disciplina- y específicamente por un historial; alternativa que tiene a mi ente,nder su importancia, cuando se trata de abordar algo cuyos efectos se hacen sentir en nuestra práctica como psi- coanalistas. Como ya me tocó exponer la cuestión en varias ocasiones, se fueron hil- vanando progresivamente distintos aspectos y su diverso grado de dificul- tad, entre ellos aquél referido a la opción por un historial extraído de mi propia práctica o bien de la clínica psicoanalítica, accesible a todos en la bibliograña. Finalmente me indiné por esto último, en la medida en que la exposición misma del historiatl supone complicaciones específicas y me importaba privilegiarla como p1unto de partida de un trabajo en común para la transmisión que propone este recorrido. Como toda opción, supo- ne un precio; en esta oportunidad quedará probablemente representado por el hecho que, tratándose del "Caso Dora'', aflorará en muchos la de-

cepción: "¡Otra vez

Precisamente, por ser terreno conocido tiene para mí la ventaja de no requerir una exposición detallad!a, a un tiempo que guarda toda la impor- tancia de ser uno de los grandes historiales freudianos. Asumo el desafío

.!".

ISIDORO VEGH

-a la manera en que ya lo hizo Lacan- de recorrerlo de una manera tal que mi aporte suscite el entusiasmo. En la clase del 14-12-76 del seminario "L 'Insu", encontramos la tesis . de Lacan según la cual en suma, la histérica: está sostenida en su forma de trique por una armadura. Esta armadura es distinta de su consciente;

esta armadura es su amor por su padre. El término francés trique significagarrote; por mi parte propongo traducir- lo como palo, de inodo que podamos valernos luego de un juego al respecto. En topología, trique es el modo según el cual se transforma el toro -aquella superficie topológica que habitualmente evocamos remitiéndo- nos al neumático de los automóviles-, si a tiravés de un pequeño aguje-

ro practicado en ella, la damos vuelta como una media; vale la compara- ción para quienes se propongan hacer la prueba; bastará que recurran al tipo de medias tubulares, las cosan a la manera de un toro y procedan a su transformación.

El resultado de esa operación es un cambici de forma, pero si bien toma la apariencia de un palo, sigue representando la misma estructura. Lacan dedica clases enteras al tema en su seminario "L'Insu", de modo que lo ire- mos viendo progresivamente; anticipo que se trata de resolver una cues- ·

tión lógica.

Si nos dirigimos nuevamente al Grafo de "La subversión del sujeto y la dialéctica del deseo", otro de los lugares situados en él es el de I (A), el

ESTR UCTURA YTRANSIFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

trazo de la identificación, fundamento del ideal, que en el planteo freudia- no remite a la identificación primaria al padre y en un primer momento parece_incomprensible. Para acordarle un fundamento, Freud apela al la- marck1sm,o, pero ~o por -~llo dee~a resuelto el enigma. Me limito a consig- ~arloaqui, ~onla mtenc1on de ir desplegándolo en el curso de este traba- JO, pero me importa señalar desde el comienzo que abordar esta cuestión supone resolver otras muy complejas, como aquélla que plantea la rela- ción entre ese concepto freudiano y lo designado por Lacan como padre

real, que no se

iguala a lo Real! del padre.

Facilita el recorrido que me propongo hacer el hecho que ya en el año '70, Lacan deja de hablar de la: histérica para referirse a Dora. Cuando la aborda en la clase del 18-02-70 del seminario "L 'envers

"

dice: "Es implicar en la palabra "padre" alguna cosa siempre en potencia

en un hecho de creación y es en relación con esto, en ese campo simbólico,

donde es necesario remarcar qu:e el padre, en

tanto juega este rol de pivote,

este rol mayor, este rol maestro (o amo) -ma!tre- en el discurso de la his- térica, es aquél que se encuentra precisamente bajo este ángulo de lapo- tencia de creación; pues bien, ocurre que sostiene su posición respecto de la mujer, a un tiempo que se encuentra fuera de estado".

En el registro donde debe sostener como padre el lugar de la potencia -y esto es lo que ocurre con el padre de Dora- algo lo presenta impoten- te. La especificidad de la relación con el padre en la hist eria se funda allí Yesto es lo que designamos en términos de padre idealizado. "

líneas más adelante Lacan agrega: "El sueño del alhajero, el prim~rode ~st~sdos sueños, lo testimonia. La envoltura del precioso órgano, esto es lo uni~o de lo cual goza y sabe muy bien hacerlo por sí misma, como nos lo testimonia la importancia decisiva en ella de la masturbación infantil". Más conocida aún es la referencia que hace a Dora en el seminario de 1957, "Las relaciones de objeto"', así como el texto de los "Escritos" que lo precede: "Intervención sobre la transferencia", fechado en 1953. En "Las relaciones de objeto'~afirma: "Esto que Dora busca en la seño- ra K es una respuesta a su pregunta, "¿Qué es una mujer?" o, más precisa--

mente, "¿De qué manera aceptarse como objeto del deseo del hombre?". Y agrega la famosa fórmula: Dora puede admitir que su padre ame en ella y

En esa misma clase de "L'envers

y siempre respecto de Dora unas

ISIDORO VEGH

más allá de ella a la señora K. , pero a condición de que el señor K ocupe una función exactamente inversa y equilibirante, qz:e Dora sea amad~,por él más allá de su mujer, lo que implica que su mu1er sea algo para él .

Ciertas frases insisten, aquí las que dicen del amor al padre Y del a_lha- jero como lugar del goce; señalan que ~~oretorna en el plante~lac'.lm.ano acerca de los diferentes cuadros neuroticos -en este caso l'.l histena-, tal el fundamento de mi opción para trabajarlo en este recorndo.

Vamo s a cons id erar un lugar que nos permita entrever ~l valor de la cuestión, en la perspectiva de destrabar al sujeto de su destmo.

. En 1957, alguien señala que veinticuatro años después de fina~izado el tratamiento de Dora conducido por Freud, tuvo lugar un hecho -sm qu_e él lo supiera- por el cual el caso dejó de ser anónimo. Quien así se ~am­ fiesta sabía de la muerte de Dora en Nuieva York por una necrológica de Jones'. Por su parte, Freud indica haber sabido que Dora h~b_íaconsult~­ do a otro colega, pero sin revelar su nombre. Se tr~tade Febx Deutsch , quien encuentra a Dora en el otoño de 1~922y consigna alguna~r~,feren- cias de ella hasta el momento de su muerte; entre otras cosas dice haber

sido consultado en J922 por un otorrino-.laringólogo acerca de una _de sus pacientes, una mujer casada, de cu~rentay ~osaños de edad, quien. de- bía guardar cama desde hacía un tiempo debi~~~la _ace~tu~damanif;s- tación del síndrome de Meniere -ruidos y audicwn disminuida en el oido derecho, mareos e insomnio ocasionados por ese mismo

En el transcurso de esa entrevista, la paciente relata ciertas histonas q ue el médico cree reconocer, hasta que por fin ella dice, no sin orgullo: "Yo

soy el caso Dora. ¿Usted lo conoce a

Fr

d

'l"

.

eu

.

.

.

Félix Deutsch da a entender que la paciente, advirtiendo en su mterlocu- tor a un analista, aprovechó para dar cuenta de ciertos aspectos que p_or lo común no son fáciles de presentarle a unmédi~o,si bien e:~más,hab1tu~~ hacerlo en otros tiempos, con los llamados médicos de fam1ha.As1,se quejo agriam~ntede su infortunada vida marital, de la indiferencia de su esposo para con sus padecimientos, a los que se había sumado ahora ~l hecho que

"el único hijo del matrimonio también hab•ía comenzado a ~escui~a:~a;a me- nudo volvía muy tarde a la casa y la paciente se manten~aen vzgili~hasta su llegada, sospechando que estaba interesado en las mu;~res.Esta circuns- tancia la preocupaba porque podía apartarlo de los estu_dws y ella espe~~ba que siguiera el mismo camino del tío mrnterno, su admirado hermano.

Sumó a este relato la referencia a su propia vida sexual frustrada, "su

frigidez y la imposibilidad de considerar siquiera un segundo embarazo,

dado que no podía resistir Los dolores del parto". , "

,

Siempre según Deutsch, cuando él se aventuro a conectar el szndrome

ESTRUCTURA Y TRANSFIERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

de Meni~rey el cari~que había tomado la relación con el hijo, la vigilia mantenida para registrar el momento en que él volvía de sus excursiones nocturnas, la paciente pareció aceptar su interpretación y le solicitó otra consulta. Cuando se presentó en ese segundo encuentro, manifestó que los ataques habían cesado y ya no guardaba cama".

Sólo que al

mismo_ ti~mpo,ca~eregistr~hasta qué punto persiste en Dora un a~io resentimiento hacia el mando y hacia todos los hombres; lo indican así, por un lado, el retorno de los síntomas cuando un hombre -ahora su hijo-- se arriesga a ir con mujeres y por otro, la imposibilidad de un segundo embarazo, el temor a l parto. Se trata de elementos de los que ya el histo- rial freudiano daba cuenta.

Félix Deutsch abunda en este sentido cuando señala que su paciente

"denunció a los hombres en general, por egoístas, pedigüeños y tacaños - te-

nemos aquí una versión particuilar de "Todos los hombres son iguales"-, a

la vez que recordó, con gran sentimiento, la cercanía en la que siempre ha - bía vivido respecto de su hermano, ahora líder de un partido político; este hermano todavía la visitaba en toda ocasión en que ella manifestaba ne- cesitarlo, a diferencia de su padre, infiel aun a su esposa, la madre de am- bos. Reprochó asimismo a su padre haber tenido en una ocasión un víncu- lo con una joven mujer casada, aquella misma con quien la paciente ha- bía trabado amistad y cuyos hijos había cuidado cuando era adolescente. El marido de esta amiga le había hecho entonces proposiciones sexuales, que ella había rechazado. Después habló de la salud declinante de su padre y del temor a menu- do suscitado ahora en ella de que estuviese loco -efecto quizá de los sín-

tomas tardíos de la sífilis que ¡padecía. En cuanto a su madre, fallecida

desde hacía poco tiempo, había pasado sus últimos meses en un sanatorio donde había ingresado para tratar la tuberculosis de la que sufría y que no le había impedido, sin embargo, seguir fumando mucho, como también lo hacía ese hermano tan querido".

Con estos datos, la historia no podía dejar de resultarle algo conocida a Deutsch. Para nosotros, resultan evidentes los elementos que insisten en ella hasta el límite de lo siniestro: la fijación con el hermano, la cuestión del humo, los dolores premenstruale:s; respecto de estos últimos podemos arries- gar algunas hipótesis, aunque más no sea generales, partiendo de las pa- labras mismas de Dora: "Cuando viene la menstruación, me vuelvo loca de dolor". Si el flujo vaginal, del que también se queja cuando habla con este médico, admite ser remitido a "una vagina que llora", esos dolores, sumados al asco que le inspira la vida ma1rital, son los del parto que no se produjo; la menstruación presentifica entonces el lugar donde el padre no acudió. En la actualidad se conocen otros datos de la vida de Dora· así además

Semejante eficacia puede suscitar nuestra admiración

'

'

ISIOORO VEGH

de su verdadero nombre y el de su herma.no, se sabe de él que fue un gran dirigente socialista, a quien en el momento de su muerte se le rindieron grandes honores en Francia. Entiendo que en nuestra condición de ana- listas, debemos seguir resguardando los nombres; si Dora ya murió, nada impide que sus nietos vivan y se trata de datos que, además de compro- meter al sujeto, no son imprescindibles para trabajar lo que desde nues- tra perspectiva resulta importante. Me importa llegar al final de esta hi:storia, suscitando el interés por volver a ella y reconsiderar una neurosis de la que -como de otras tan-

tas- muchos viven

Cuando los nazis entraron en Viena, Dora y su familia tuvieron que es- capar; se instalaron en Francia y más tarde, gracias a su hijo -quien ha-

bía adquirido gran renombre como músico-, Dora fue a vivir a los Esta- dos Unidos y le dirige entonces los mismos reproches que en un primer momento había formulado a su esposo. Acerca de la muerte del marido y sobre la base del testimonio de un in-

formante que estima fiable, Deutsch nos dice que "falleció víctima de una enfermedad coronaria, desdeñado por Dora y torturado por su conducta casi pararwica. Siempre en palabras de este tercero, de un modo bastan- te extraño, el esposo había preferido morfr a divorciarse. Sin lugar a du-

das -agrega Deutsch-, sólo un hombre de este tipo pudo haber sido elegi-

do por Dora como marido". Podemos acotar que eligió bien. Deutsch lo reafirma consignando lo di- cho por la paciente, muy clara al respecto según su criterio:"Los hombres son tan detestables que preferiría no casarme, esa es mi venganza". De allí desprende su propia conclusión, según la cual el casamiento de Dora "sólo sirvió para cubrir su aversión a los hombres".

Tal como la presenta F. Deu tsch, el marido de Dora podría ser un ejem- plo de lo que un discípulo de Lacan en E·strasburgo dio en llamar "vícti- ma de la histeria", lugar al que se destinan algunos hombres -sería quizá

cuestión de investigar cómo y cuáles

veremos, en ocasión de abordar

otros historiales, cuáles son los elementos de este perfil que retornan. En cuanto a Dora, una vez muerto el padre en la década del '30, su- frió de palpitaciones, atribuidas a sus excesos como fumadora, pero que respondían además, probablemente, a un.a identificación con los síntomas cardíacos del padre. Si la madre había muerto de tuberculosis, Dora de- bió pasar -y esto me parece más importante- por varias intervenciones ginecológicas menores, buscando curarse del flujo vaginal. Entiendo que admiten ser situadas -de ahí su importaLncia- en términos de los cortes que se imponen en lo real del cuerpo cuando no han tenido lugar allí don- de tendrían que haber operado. En tal sentido cabría también considerar la proliferación actual de la cirugía estétiica.

y también mueren. Voy a ese final.

-;

ESTRUCTURA Y TRANSFEHENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSI S

Siguiendo con los síntomas de malestar expresados por el disfuncio- namiento del cuerpo, sabemos por Deutsch que "la dificultad para lim- piar los intestirws", la constipación, fue en Dora -así como en su madre- un problema hasta el fin de su vi:da; de hecho murió víctima de un cáncer de colon, diagnosticado muy tara'-<! para ser operado con éxito. Pareció una bendición a todos quienes estaban cerca de ella".

El testimonio de Deutsch concluye con una frase que me resultó tris- te, en especial porque su informante le acuerda el valor de epitafio, una

suerte de resumen del trayecto vital: "Dora había sido una de las histéri- cas más repulsivas que había conocido".

El retr ato resulta diferente d1el que nos presenta Freud, donde el per- sonaje puede, por momentos, despertar simpatías. Podemos pensar que esto obedece al hecho que Freud no sólo escribió el historial de Dora por- que necesitaba uno de esa neurosis, sino además para superar el obstácu- lo que representó para él la bofetada que le administró Dora en el momen- to de interrumpir su análisis. Lograrlo era un requisito para seguir escu- chando a otros pacientes que pn~sentaran ese mismo perfil y de ahí que haya modificado su posición, como él mismo lo señala cuando da cuenta de la visita que le hizo Dora un año después. No sólo no necesita creerle, entonces, la promesa que le hace de volver, sino que su tono es amable y hasta puede reírse del episodio d1~la neuralgia, todos indicios de ese cam- bio de posición operado.

Para despertar el interés por 1reabordar el legajo de Dora, anticipo:

eseo insatisfec}lQ,,porque cualquier

goce que pudiese encontrar~avanzando según su dew, siempre se

situaría erwnenos ~ .siel goce absoluto gue ella~usca;

• la.histérica se sustrae como objeto del deseo y del goce del Otro y

• la histérica se mantiene en un

e.yita así

eu.contrarse

cpn lat castraciónJa xerdader¡;L J.a

d,el

Otro.

Todo lo cual deja pendiente, sin embargo, la pregunta acerca del por qué. ¿Acaso Dora nació repulsiva? Siguiendo a Lacan, conviene evitar la precipitación: "La prisa lógica es una cosa, apresurarse es un error". No es necesario, entonces, ni adherilr al epitafio que consigné, ni desenten- derse de la cuestión exclamando '''¡Bah ! Es una histérica!" Pero tampo- co asumir su defensa. En todo caso, podemos pensar, al margen de la des- cripción fenoménica que nos pres·entan F. Deutsch y s u informante, dón- de reside lo "repulsivo" de la histeria, qué señala ese término. De no inte- rrogarlo, entiendo que nos cerramos a la escucha de los pacientes histéri- cos, sean hombres o mujeres -ya que a partir de Freud no podemos pen- sar esta neurosis en términos de género o salvar la diferencia plantean-

ISIDORO VIEGH

do cuando se trata de "ellos", que encarnan el síntoma por que tienen algo

'

de "ellas"-. Más allá de los distintos factores quie pueden venir a perturbar la con- vivencia con la histeria, el mal carácter o los gritos señalados por la des-

cripción fenoménica o bien -como lo in dicara Lucien Israel en una opor-

tunidad- la doble vertiente, gentil y pe~rversa,que suele poner en escena,

la rnestión ,centraJ

ell~e_despi:ende,ent:i;.e otras cosas, la .Q.l!.e1ª, en esnecial aquella referida

~todo ~uanto pue d a rem i t i r al don, re,gistro en fil que viene_a_que~r in- cluida Ja sexualidad. Conviene recordar que en alguna ocasión Lacan, refiriéndose a sí mismo, comentó que era un histérico perfecto; a la pregunta acerca de por qué se consideraba perfecto, respondió que era un histérico sin síntomas. Situa- mos allí una diferencia con Dora, quien va a consultar a Freud -y por lo vi sto también a F. D eutsch- en un momento de fervor sintomático. Cu es- t ión del momento de la producción de síntomas, nos interroga.

a.cons ider.a:r,.es.Ja.~nsatisfficho; de

CAPÍT ULO 111

Dora, el allhajero y el mito

Prometí que el recorrido po•r el texto freudiano iba a intentar proveerse de la gracia suficiente como para sortear ese primer obstáculo del "¡Otra vez el. caso Dor~!'',que se apuntó al emprenderlo y quizá vuelva a surgir en quienes se dispongan a acompañarme. Pese a esa dificultad, me sigue resultando práctico abordar la estru c- tura histérica desde ese luga1r; como ya lo señalé, encuentro que son va- rias las ventajas. La primera es la de ahorrarnos el esfuer zo de acudir a otro texto, cuando puedo tomalr como base éste, seguramente ya leído por ustedes más de una vez. Contamos, además, con referencias importantes sobre el caso; entre otras, el relato de Félix Deutsch que nos aportó da- tos acerca de la vida de Dora 1en los últimos años, hasta poco antes de su muerte -en cierto modo, comenzamos por el final-; se suman a ellos las reflexiones hechas tanto por Fi'reud como por Lacan en distintos momen- tos de su obra. Me pregunto cuál sería el aporte distinto que podría hacer por este caso tan transitado. Me sentiría contento si al cabo de este trabajo que hemos iniciado, llegamos a plantear una lógica mínima de la serie de las neuro- sis. Intentaremos avanzar en •esta perspectiva que hemos elegido, en pri- mer término entre ellas, la histeria. Freud elaboró el historial a comienzos del siglo XX, momento que algu- nos han situado como el de una ruptura epistemológica en su obra, aqué- lla que corresponde a "La interpretación de los sueños", la Traumdeutung. Sabemos que inicialmente pensó darle por título "Sueños e histeria", para decidirse luego por el que conocemos, donde queda acentuada la especifi- cidad de la histeria, aunque aquella primera marca persiste en un relato donde el análisis de dos sueñns funciona como eje. . Para comenzar voy a volver al primero de ellos, porque entiendo que tiene su peso en la articulación de lo que nos importa; una vez más, en-

ISJDORO VEGH

tonces, toca hacer el esfuerzo de leerlo, ahora incitados por situar allí el punto culminante del relato. Dice el texto de Freud, restituyendo Jlas palabras de Dora: "En la casa hay un incendio. En una llamada, queda consignada la reserva: Nunca hubo un incendio en nuestra casa. Y continúa: Mi padre está frente a mi cama y me despierta. Me visto con rapidez. Mamá pretende todavía sal- var su alhajero, pero papá dice: "No quiero que yo y mis dos hijos nos que- memos por causa de tu alhajero". Descendemos de prisa por las escaleras y una vez abajo, me despierto".

Desde nuestra perspectiva, nos importa aquello puesto de relieve, no como vivencia, Erlebnis, sino como repetición. Eso que insiste, ya lo habrán situado, es el alhajero; constituye el cen- tro de ese relato donde se anuncia una amenaza inminente: el sueño dice que si alguien -específicamente una madre- persiste en ponerlo a buen resguardo, hay peligro de que un padre y sus dos hijos ardan. Evoca otro sueño citado por Freud, aq¡uél donde un padre sueña que su hijo le dice: "Padre, ¿no ves que estoy airdiendo?". En el de Dora, hay un padre que invita a ótro camino, abre a otro juego procurando salvarse él y sus dos hijos. Anticipando el desarrollo que me propongo hacer, ya podría- mos cernir algo de esa lógica elemental de una estructura histérica. Subrayado el alhajero como punto culminante del relato, propongo que exploremos la verdad que él guarda. "Alhajero", en alemán, reenvía a una típica palabra compuesta, Schmuk kastchen, donde Schmuk significa "al- haja", "joya" y Kiitschen, "caja"; en cuanto a Freud, se refiere a esta caja como box o bien valiéndose del término griego, pixis. Entre las asociacio- nes aportadas al relato del sueño, Dora menciona que el Sr. K. le había regalado un alhajero; por su parte, Freuid relaciona la caja con lo narrado por otra paciente, quien jugaba con una cartera bivalva; en su momento y sobre la base de lo aportado por la experiencia analítica, situó esa repeti- ción como acto sintomático y lo interpretó remitiéndolo al juego mastur- batorio inconsciente con los propios geniitales. Estimulado por esta cuestión de la caja, más que busqué, encontré un texto que me atrapó de inmediato. Uno de sus autores, Erwin Panofsky, es un crítico de arte muy riguroso, mencionado por Lacan cuando desple- gó la articulación simbólica de la perspeictiva, en textos donde trabaja la mirada. El texto al que por mi parte me refiero lleva por título "La caja de Pandera - Aspectos cambiantes de un símbolo mítico"; Panofsky lo es- cribió con su mujer, quien por esas cosas del inconsciente se llama Dora 1 . Propongo hacer un cierto recorrido por este mito que, entiendo, resulta pertinente en el trabajo abordado.

l. - Panofsky, Erwin y Dora: "La caja de Pandora1. Aspectos cambiantes de un símbolo mí- tico". Barral Editores. Barcelona, 1975.

ESTRUCTURA Y TRANSFIERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

Por lo que hace a la "Caja d 1 e Pandora" como tal, se trata de un enun- ciado ya instalado en la lengua, de modo que aún sin conocer las fuentes del mito, alguna vez, habrán oído mencionarlo.

Panofsky considera que "Ningún mito nos es más familiar que el de Pandara, pero quizá ninguno ha sido tan mal comprendido. Pandara es la primera mujer, la maldad hermosa -en griego, mal hermoso se escribe:

rcaA.c o xaxóu. Abre la caja prohibida de la que surgen todos los males de los que la carne es depositaria. Bólo queda la esperanza. La Caja de Pan- dara es proverbial y esto es lo rnás significativo, desde el momento en que jamás tuvo caja alguna".

Esta afirmación me intrigó. Según lo consigna nuestro autor, provie- ne de Jane Harrison, quien la escribió a principios del siglo XX y Panofs- ky se pregunta - entiendo que su planteo puede ayudarnos a avanzar en el nuestro-: ¿Por qué Pandora se hizo famosa gracias a un atributo que ·

además de no ser una caja, no era suyo? Antes de abordarla, vamos a detenernos en la forma establecida del mito, tal como se presenta en nuestra tradición greco-occidental. La en- contramos en dos textos de Hesíodo: "Los trabajos y los días" y "La teo- ·

El relato consigna estas palabras en boca del dios Zeus, enojado porque Prometeo robó el fuego y lo entregó a los mortales: "Y yo daré a los hom- bres, en sustitución del fuego, un mal que acogerán contentos, abrazando su propia desgracia. Hesíodo pr.ecisa luego: Así habló el padre de los dio- ses y de los hombres y se echó a reír. Luego ordenó al ilustre Hefaistos que mezclara al punto tierra y agua .Y formase con la pasta una hermosa don - cella, semejante a las diosas inmortales, a la que daría naturaleza humana en su carne y su voz. Y mandó también a Atenea que le enseñara las tareas femeninas y el tejido de lienzos y demás. Y a la dorada Afrodita que ungie- ~a su. frente con la gracia y le comunicara la vehemencia del deseo y de la inquietud que fatiga los miembros. Mandó también a Hermes el Mensaje- ro, vencedor de Argos, que la dotara de impudicia y falsedad. Así habló, y todos obedecieron al soberano Zeus, hijo de Cronos. El famoso dios lisiado, conf~rmelo ordenado, modeló al punto la imagen de una casta virgen; y a continuación Atenea, la diosa de ojos claros, la vistió y le ciñó el cinto; las Gracias divinas y Pitia, la venerable, le colgaron al cuello collares de oro; las Horas de hermosas cabelleras prepararon, para la que acababa de ser

creada, guirnaldas de flores primaverales

gonía".

)".

Una vez enumerada la serie de dones -como su nombre lo indica Pan-

dera es quien los posee todos- Hesíodo agrega: "Y finalmente el H;raldo de los dioses la dotó de palabra, llamando Pandara a tal mujer, pues to- dos los Olímpicos habíanle hecho un don a fin de hacerla fatídica, para que fuera el azote de los mortales".

ISIDORO VEGH

Bajo esta forma de trampa y conducitda por Hermes, Pandora es envia- da como regalo al hermano de Prometeo; pese a que éste le había indicado que no acepte ningún obsequio, advirtiéndole que no siempre son prueba de amor, Epimeteo lo aceptó -podemos preguntarnos quién habría resisti-

do a semejante don

Y Hesíodo precisa: "Antes de que él aceptase ese rega-

lo, la raza de los hombres vivía en la Tierra libre de todo mal, de la pesada fatiga y de las dolorosas enfermedades que traen la muerte a los hombres"

-la llegada de la primera mujer coincide con la llegada de la maldad y de

la muerte. El texto concluye: "Pero la mujer Pandora, al levantar con sus propias manos la gran tapa de la vasija que las contenía, soltó y derramó sobre los hombres las mayores miserias. Sólo quedó en el interior del in- franqueable recinto la Esperanza, sin salir de la vasija, pues Pandara ha- bía vuelto a poner la tapa, haci.endo la voluntad de Zeus". Así, según ~steprimer relato, cuando Pandora viene a la tierra no está provista de caja alguna; encuentra en casa de Epimeteo una gran vasija, le- vanta la tapa y se cumple entonces la maldición del padre de los dioses. Panofsky señala: "Esta vasija es inva riablemente designada como un pi- thos ("dolium" en latín), amplio recipiente de barro utilizado para el vino, el aceite u otras provisiones, con frecuencia provista de sufici.ente capacidad como para servir de receptáculo a los m,uertos o de albergue a los vivos".

Podemos preguntarnos ahora qué factores incidieron para que ésta no sea la versión que nos llegó; qué fue lo sucedido en la historia de la hu- manidad -o al menos en la tradición q[ue nos concierne- para que el re- lato transmitido sea aquél donde, pese a los vaivenes, se cristalizó la fi- gura de Pandora provista de una caja. Panofsky no se ocupa de la posi- ble causa que condujo a este resultado, pero sí consigna los rastros his- tóricos que a su entender dan cuenta del cambio introducido en el mito. El autor tampoco se interroga acerca del por qué de las distintas varian- tes del relato mítico, limitándose a situar las diferencias entre ellas en la historia del arte; se trata de un aspecto que como analistas nos interesa, más aún cuando consideramos un relato que ha perdurado a lo largo de unos dos mil años. Uno de los cambios, fundamental, es aquél ya señalado: el de la vasi- ja (.pithos o dolium), portadora de vivo:s o muertos, por la caja (.pixis) que Pandora habría portado. Tenemos así:

caja

Vs.

vasija

pixis

Vs.

pithos - dolium

portada

Vs.

portadora de vivos y muertos

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

l

Según Panofsky, este cambio tiene diversos antecedentes pero se

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·

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cris-

ta iza, que a sancionado a comienzos del s. XVI, por obra y arte de un gran

pensador renacentista conocido por nosotros, Erasmo de Rotterdam _

tor en 1508 de un libro titulado '~dagiorumchiliades tre s". El aut 'a u_

ta

nos de los dioses griegos: "Júpiter, irritado con Prometeo por el fuego

i sigm~nte versión del mito, donde figuran los nombres lati-

.

ores

éste había hurt~al_cie~o~entregado a los mortales, deseando ven::r~ con alguna artimana similm; ordenó a Vu lcano formar con arcilla con

la ma~o~habilidad de que fuera capaz, la figura de una doncella. Hecho esto, pidió a todos los dioses que cada uno otorgase un don a esta figura. '

H asta aquí, la historia coincide con la versión que nos legara Hesíodo. Pero Erasmo la continúa de este modo: "La doncella, así dotada de todos l~sdones de la belleza, la elegancia, la inteligencia y la elocuencia, fue en- viada a Prome~eo con una caj<:' --ya encontramos aquí un cambio, según el cual Pandora VIene a ser provista de una caja-, también de la mayor belle- za, per~~uecontenía calamidades de toda índole. Éste, rechazando el regalo, aconse10 a su hermano que no acepte ningún regalo enviado en su ausencia. Pandara re~resóy, conver:ciendo a Epimeteo, le ofreció la caja. Apenas él (o el~a)_la abrió y una vez liberados los males, comprendió que los regalos de

Jupiter no eran tales y se hizo juicioso, aunque

Encontramos aquí otro camhio; en efecto, si en la versión de Hesíodo es Pandora quien abre _la ~~ja(o levanta la tapa de la vasija), aquí es Epime- t~o,un hombre. Var1acion subrayada por Panofsky, quien pone así de re-

se

entonces, parece ser, se la llamó Pandara".

demasiado tarde. ''2

h~ve con s~ ~rudición el cambio introducido en la historia hasta nuestros d~as La ed1c1ón que citamos, tiene el interés de ilustrar este cambio con d1bu3os Yreproducciones donde puede ser apreciado. Por su parte, Grethe -entre otros poetas- presenta la Caja de Pandora como un receptáculo de todas las virtudes. Entre las figuraciones más divulgadas de la versión se encuentra un cuadro realizado por Rosso Fiorentino, pintor del s. XVÍ, contemporáneo de Erasmo, aunque esta producción corresponda a los años 1530-1540 esto es, unas dos décadas más tarde de lo afirmado por el filósofo que no;

o~~pa. Como neto r epresentante del arte d e s u tiemp o, integra la colec- ci~ndel Museo de Bellas Artes die París; Pandora figura allí ofreciendo una c~a de donde salen los males y los vicios, que una vez sumada la tradi- c~~ncristiana aluden a los siete pecados capitales. Si bien reitera la ver-

s1on

'

e mito, pres:enta el interés de ser un cuadro prepata-

tono de un gr~panel titulado La ignorancia echada, expulsada, donde aparece Franc1so I expulsando l os vicios.

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mas conoc1 a

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2 ·

Si dej~mosde lado las resistencias airnparadas en la erudición, nos parece que el texto no autonza la duda del gran pensador irenacentista: es Epimeteo quien abre el obsequio.

ISIDORO VEG'H

Esta evocación de los vicios expulsados por el saber tiene su interés cuando la relacionamos con el segundo sueño de Dora; el contenido mani- fiesto la ubica, sobre el final, leyendo un libro. Pues bien, con ese querer saber ella se vuelca a la tradición socrática, donde el vicio es producto de la ignorancia; perspectiva diferente de la judeo-,cristiana, ya sea que con- sideremos el mito religioso en su origen, con el Arbol del Bien y del Mal y los Siete Pecados Capitales o bien la inc:idencia del pecado como algo in- herente al sujeto, por el hecho mismo de haber nacido. En este marco, pe- cado y sabiduría, saber y vicio se mantienen en una oposición respecto de

la cual Mantegna dice: Virtutis semper mdversatur ignorantia.

Si seguimos rastreando variantes müs tardías del mito griego, encon- tramos un retrato grabado de Cristina de Suecia, fechado en 1649 -unos ciento cincuenta años después de la vemión de Erasmo-, donde se lee:

"¿Cómo habré de llamarte, virgen a quie.n tanta belleza, ingenio, elocuencia, doctrina, poder y virtud compiten por adornar? Podfas tener por nombre Pandara?

)"

Otro cuadro del s. XVII, Creación y descanso de Pandora, de Jacques Callot, pone en evidencia que ha quedado muy atrás el dolium del comien- zo del mito; allí no sólo el personaje está provisto de una caja, sino que además el atributo se sitúa en el lugar del genital femenino. Por su par- te, un cuadro de James Barry muestra la misma estructura, aunque hay un retorno a la primera posición, ya que se trata nuevamente de la urna funeraria. En este despliegue que está Jlejos de ser unívoco, aunque pre- · domina siempre la versión que ha llegado hasta nosotros, sorprenden no tanto las variantes en cuanto a la caja como tal - enseguida vamos a ver otra-, como el hecho que en ninguna quedó resabio, al parecer, de ese do- lium de los comienzos. En una serie del pintor J ohn Flaxman, la apariencia de la caja evoca la forma del útero, y algo similar ocurre en el cuadro de un artista cercano a nosotros, Paul Klee, donde se hace evidente que representa al genital de la mujer. Para considerarlo, no necesitamos recurrir a un simbolismo como el de Jones -a menos que lo situemos de:sde otra perspectiva. Moustapha Safouan, por ejemplo, sin dejar de lado el planteo de Lacan, ubica la dife- rencia entre simbolismo y metáfora en los sueños diciendo que mientras esta última permite deslizamientos metonímicos y asociaciones, el sim- bolismo no. Nos podemos preguntar si aquello que Jones situara en tér- minos de simbolismo, no es acaso un recubrimiento imaginario de lo real, coincidente en ese sentido con la "mostración" a la que se refiere Lacan en los últimos años de trabajo con el nudo. El simbolismo allí valorado da cuenta del significante vuelto signo del t0bjeto de goce.

l .")

ESTRUCTURA Y TRANSFEl~ENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

Uno de los comentarios de Panofsky acerca de estas variantes, apro- piado a mi entender, señala el p1eso que cobra el relato de Erasmo y cómo ancla en la historia de la pintura. Dice: "Pronto no obstante el idioma iba a vencer a la teología". El dolium de Hesíodo resultó olvidado porque la caja encontró su lugar escrito en la lengua y bajo esa forma de caja se cris- talizó para los artistas.

Consignado el planteo de Panofsky, retomo la cuestión del alhajero en Dora; lo hago teniendo en cuenta la oscilación gracias a la cual el mito nos ayuda a entender algo de la posición del sujeto, en tanto el historial clíni- co nos aporta alguna respuesta acerca de las variaciones del mito; lo hace apelando a la articulación entre un mito socialmente consagrado y la ver- sion singular del mito, aquélla d1~lmito individual del neurótico. En uno y otro, como vimos, el término caja (pixis) insiste en un punto central. Vayamos al relato del segundo sueño; Dora dice:"Voy paseando por una

ciudad que no conozco, veo calles :Y plazas que me son extrañas (agregó des-

pués, como lo aclara Freud en una nota, un detalle importante, en una de

las plazas veía un monumento). Después llego a una casa donde yo vivo; voy a mi habitación y encuentro una carta de mi mamá tirada allí. Escribe que, puesto que yo me he ido de c:asa sin conocimiento de mis padres, ella no había querido contarme que papá había enfermado". Y agrega: "Aho-

ra ha muerto y si quieres - según lo consignado más tarde por Freud, esta última palabra habría figurndo entre signos de pregunta: "¿quieres?"-

puedes venir. Entonces me encamino hacia la estación ferroviaria (Bahn-

hof) y pregunto unas cien veces: '"¿Dónde está la estación?". Todas las ve-

minutos". Veo frente a mí un bosque den-

so; penetro en él y ahí pregunto a un hombre a quien encuentro. Me dice:

"Todavía dos horas y media". Freud agrega también aquí una nota, don- de señala que en ocasión de relatar el sueño una segunda vez, Dora ha-

bla de "dos horas". Continúa el :relato: "Me pide que lo deje acompañar- me. Lo rechazo y marcho sola. Véo frente a mí la estación y no puedo lle- gar a ella. Ahí me sobreviene el sentimiento de angustia algo usual cuan- do en el sueño un movimiento resulta impedido. Después yo estoy en casa;

Me llego a la

portería y pregunto al portero por nuestra vivienda. La muchacha de ser- vicio me abre y responde: "La ma:má y los otros ya están en el cementerio (Friedhof)". En la sesión siguiente, Dora precisa: "Con particular nitidez, me veo subir la escalera y tras su respuesta me voy, y ahí leo un gran libro que yace sobre mi escritorio".

Si procuramos ubicar el eje en el cual vienen a situarse los dos sueños, encontramos que en el primero - ·según el subrayado que hicimos de él-, se trata de un alhajero que el Otro primordial pone fuera de juego; en el

ces recibo esta respuesta: "Cinco

entretanto tengo que haber viajado, pero no sé nada de eso

ISIDORO l/EGH

segundo, Dora plantea con insistencia una pregunta y en sus asociaciones aclara a quién: a su madre, a quien le· pide una llave para abrir un cofre -encontramos el elemento caja que insiste-, sin encontrar respuesta; el alhajero de Dora, entonces, queda cerrado. Ese Otro que no responde, es uno de los aspectos a considerar en la estructura de la histeria. En cuanto a la madre de Dora y en función del lugar específico de ese Otro en la histeria, me limito a recordar que encontramos algunos datos entre los antecedentes del primer sueño. Sabemos, así, que llegada la hora de dormir - y contrariando el parecer de su marido-, tenía la costumbre de encerrar a su hijo en la habitación; en la constelación familiar, encar- naba el perfil de lo que Freud sitúa como "psicosis del ama de casa", de- dicada por entero a la limpieza del ho.gar, consumiendo allí su goce. Dora pregunta con insistencia a ese Otro dónde se encuentra la esta- ción y Freud asocia por homofonía parcial tres palabras: Bahnhof (esta-

ción); Friedhof(cementerio) y Vorhof(vestíbulo); una de las acepciones de

este último término en alemán remite al terreno de la ginecología y si- guiendo la vía asociativa con "ninfas", como se designan los labios meno- res de la vulva, se puede llegar a una rconclusión respecto de la naturale- za del Vorhof en juego. Así, Dora inve:stiga la caja, el alhajero acerca del cual el Otro no responde y Freud se refiere a él de una manera un poco brutal, cuando dice que tiene por su parte una manera fácil de hacer el diagnóstico de la histeria: "Cuando un caballero abraza a una dama, ella siente el bulto y en vez de excitarse, sale corriendo". Podemos pensar que simplifica en exceso, ya que eventualmente po-

dría ocurrir que a la dama en cuestión no le guste el caballero

tratándose de Freud digamos que vale la pena detenerse a considerar el planteo y pensar que quizás ese salir cor.riendo indica también algo más, la estructura que está en juego; Freud procura despejarla subrayando ese elemento del sueño que insiste: cuando la histérica siente la joya, no pue- de ofrecer su alhajero.

De enunciarlo así, desagraviamos nuevamente a la histeria y al comen- tario final del texto de Félix Deutsch: ella no responde porque no puede. Pero ese no poder -así como la ausenc:ia de respuesta por parte del Otro en el sueño- se relaciona más con una mostración que con un saber. De otra época y en otro contexto, traigo un breve relato que lo pone en evidencia. Se trata de una mamá que avezada en la educación actual de los niños, donde la influencia de la psicología cobra un peso importante, recurre a su marido para que se ocupe de hablar del sexo con su hijo va- rón. Le dice:

"-Querido, me parece que ya es momento de hablar con el chico, de explicarle un poco cómo son las cosas del sexo -¿Te parece?

En fin,

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

-Sí, creo que es mejor que te ocupes vos.

-Bueno, bueno. Pero

¿C6mo te parece que lo haga?.

-Vos sabés cómo se hace ahora. Le explicás, cómo hacen los animali- tos, en fin, cómo ocurre con un perrito y una perrita, lo de la semillita -De acuerdo. El papá llama entonces al hijo. -Ricardito, quiero hablar con vos, a solas. -Sí, papá.

-Escuchame, ¿te acordás que hace un tiempo había muerto ese señor '

vecino de la otra cuadra? -Sí, sí, papá.

-¿Te acordás que fuimos juntos a saludar a la viuda y a la hija? -Sí, sí, papá. -¿Te acordás que yo me aciosté con la viuda y vos con la hija?

- Sí, sí, papá.

-Bueno, así hacen los perriitos con las perritas, los gatitos con las ga- titas".

· Con su vertiente cómica, este breve diálogo pone en evidencia que, así como en el sueño del que nos estamos ocupando, no se trata de saber. En lo que hace al sueño de Dora, la indicación de que la madre no res- ponde remite a varias escenas, independientes también ellas de un saber o no saber. Por ejemplo, encontJramos consignado en el historial que al re- cibir de su marido una joya, l at madre de Dora se desprende de ella con enojo. No obstante debemos ser justos: esto no sucede sólo por cuestiones que hacen a su historia personal, también incide algo ocurrido en la rela- ción con su consorte: es su marido quien no le da la joya que ella quiere, las gotas de perlas, sino otra que las sustituye. Recordemos, en efecto, que después de haber pasado por varias enfer- medades, el padre de Dora sufría de impotencia; podemos estimar que en el contexto de la época, no debía ser fácil para una dama tener relaciones con un marido convaleciente de~ sífilis, para colmo contraída antes de ca- sarse y ocultada cuidadosamente. La hija lee allí, en el rechazo materno, en esa dificultad, que el Otro materno no responde. Entre los antecedentes del Bueño, encontramos también que el padre se enoja porque la madre encierra al hermano de Dora en el dormitorio -decimos que guarda en su alhajero a su preciado hijo. En la reversión del fantasma de esta madre, ella misma aparece encerrada como objeto en la casa, a la que se consagra en el ritual de la limpieza. Así, un lugar que se le ofrece a Dora, por cierto, viene a quedar situado junto a su madre y Provisto del atributo de la escoba. Pero a ella no le sirve, como no sea bajo la forma de la regresión que marca sus últimos años. Sustraído un objeto, una respuesta que no llega, algo se constituye para

ISIOORO VEGH

la joven como síntoma y me voy a permitir abordarlo disintiendo con los planteos de Freud y Lacan. Sabemos que Dora padece por momentos de afonía; Freud descubre, gracias a su sagacidad habitual, que c:oinciden con los períodos durante los cuales el señor K. está de viaje y Dora acostumbra dormir con la se- ñora K Dos son las cuestiones que en el planteo freudiano dan cuenta de esta afonía; la primera de ellas es la del amor inconsciente de Dora por el señor K., hipótesis en la que Freud insiste y que en este caso se enuncia- ría así: "Si mi amado no está, ¿para qué voy a hablar? Mejor escribo". La segunda, se refiere a la identificación c:on una práctica sexual, la fellatio. Lacan critica esta última interpretación y considera que también puede reenviar al cunnilinguis, ya que Dora viene a quedar arrinconada con un sustituto del Otro primordial, la señora K Ahora bien, Dora no tiene sensaciones ni alucinaciones cinestésicas en el borde de los labios, parálisis en la lengua ni síntoma alguno que afec- te el enclave de los dientes; sufre en cambio de afonía, la voz se hace pre- sente bajo el modo de su ausencia. Sí podemos apuntar que su madre -el Otro primordial- no responde y preguntarnos por qué el síntoma de la afonía aparece en Dora cuando el señor K. no está. Hagamos un breve desvío para considerar ese balanceo entre presen- cia y ausencia. ¿Cuándo se le hace presiente al niño el deseo del Otro? Pre- cisamente en su ausencia, cuando el Otro se aleja. También en ese pun- to se le hace presente a Dora su imposibilidad, allí ella no responde. Uno de los sustitutos de esa respuesta que no puede dar es la sonora bofeta- da que le administra al señor K al borde del lago. Decimos entonces que Dora puede sostenerse en equilibrio en ese cuadrilátero compuesto por su padre, el señor y la señora K. y ella misma, pero no responder al reclamo de un hombre ofreciendo el alhajero. Si volvemos al mito, podemos consid.erar que está representando la es- pecificidad de un tiempo primero, aquél del dolium, recipiente que con- tiene a los vivos y a los muertos y donde está albergado el sujeto. Freud plantea que en una mujer corresponde:a la prehistoria, a la relación con el Otro primordial; en un tiempo subsi~~ientedeja de ser ella quien habi- ta el cántaro del Otro, para ser en cambio portadora del recipiente, alha- jero que podría recibir la joya. Pero el acceso a ese segundo momento su- pone que el Otro primordial muestre su propio alhajero y aquello que con- tiene de más sagrado, como diría Heidegger: su vacío. Es precisamente lo que la madre de Dora no hace. Su alhajero está ocu- pado y no por Dora. Subrayo este aspecto porque entiendo que constituye una diferencia esencial en cuanto a esta lógica mínima de las estructuras neuróticas. En efecto, es en la medida que un objeto queda así sustraído -el Otro no responde-, que Dora se precipita hacia otro lugar, aquél que

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en su caso la estructura le permite. En otras circunstancias, podría muy bien haber derivado, por ejemplo, hacia un cuadro melancólico. Decimos que ella se instaló en una forma de equilibrio que, durante años, fue su posición histérica. Pudo hacerlo en la medida que cerrado el alhajero del Otro primordial, desde otra instancia de la estructura, le es acordada la chance de ubicarse sosteniendo al padre impotente y recibir a cambio su sostén, por la vía del amor que le ofrece. En el relato del segundo sueño, Dora indica haber visto un monumen- to. Ese monumento la representa, como ocurre también con la madon- na, esa virgen admirada en ocasión de su visita al museo en Dresde. La estructura del monumento donde se sostiene esa identificación corres- ponde a la equivalencia Méidclwn = phallus (muchacha =falo). Al mis- mo tiempo , esa estructura es la 1causa de su endeblez imaginaria, que la deja expuesta a un posible quiebre, siguiendo las líneas de fragmenta- ción de su cuerpo, del que da cuemta la conversión histérica. Mientras la estructura se mantiene, a mane:ra de armazón, compensa esa alternati- va; así lo considera Lacan en su. último planteo, según el ·cual la arma- dura de la histeria se sostiene por el amor del padre. Podemos decir que en Dora, mientras su padre pon¡ga en juego el deseo apuntando al alha-

jero de la señora K., ella puede a su vez persistir, más allá de la señora K., sostenida en su amor al padre. Se trata de un equilibrio que a la vez la sostiene y la cristaliza. En otro texto freudiano encontramos, desplazada, una variación del tema de lo que no se ofrece; nos :resulta t ambién muy conocido, más aún después del subrayado que de él hizo Lacan: se trata del relato del sueño de la Bella Carnicera. De Dora, decíamos que ella no puede abrir su al- hajero, del mismo modo que el Otro primordial no abre el suyo propio. En su sueño, la Bella Carnicera no puede ofrecer la cena porque le falta una rebanada de salmón. ¿Acaso no será que la sustracción del objeto al goce hace del deseo histérico un "deseo insatisfecho"? Es algo que se modifica según las variaciones de la moral de cada épo- ca; así, en nuestros días y en·ciertos ambientes, sabemos que difícilmente

la histeria adopte los ropajes y maneras de Dora; es probable que concurra

a algunas citas, pero de todos modos hacemos la hipótesis que una reba-

nada de salmón la guardará para ella. ¿Porque no quiere? De formularlo así, caeríamos en la vertiente equivocada de lo avanzado por F. Deutsch. Más acertadamente, corresponde plantear que no puede y este no poder reenvía al modo según el cual el Otro se situó en sus orígenes, a un punto

donde el Otro no respondió, no mostró el vacío necesario. Resumiendo lo avanzado, de la urna a la caja, el recorrido histórico d~l mito, la variación de sus mitemas, la alternancia de sus versiones, dan cuenta del movimiento de una posición. En cuanto a la estructura de la

ISIDORO VEGH

responde a la ausencia

padre. Lo_fil!§ente

no es una palabra_ articulada -:no ha~e r_q~u bra el sexo-, sino una

mostración que.acer.que

la urna encierra al sujeto histérico como a los muertos, bajo la forma de un ser cristalizado, y en consecuencia lo expone a los riesgos propios del

cristal, los quiebres de la fragilidad imaginaria.

histex:ia -ya se trate de_una

m.itj.e.r_<l UILh_QIDbre-,

real.

fill

de respuesta

glamo.rQOr_el

en.cl

Q.t~soatiene

ala

En esta perspectiva, podemos decir que

Lazespuesta.ausente del s~mt :e en.e l o,bjeto qu e1ª,.h isteria 110

su de-

seo como <leseo insatisfecho, producto del objeto que guaufa. En el relato

del sueño de la Bella Carnicera, ''NQ

brindª-.Yla deja en suspenso en su inte,rrQgaciQn.por el de-

seo deLOtro

priYado

bién podríamos decir que la a-guarda- en función de un trámite incumpli-

do. ELcofre

recibir, revelaría lo sagrado, el vacío. Situamos allí.la.presencia de lo real, el.encuentro con_lo real del Otro y la ense:ñanza de la inexistencia de ese Otro que de allí podría derivar. Dios vaciado de Dios, pureza del no ser que la habría estremecido en el goce alado que justifica la existencia.

lo mejor. La joya a

queJa agua.tda - tam-

~ru>.U.l amor a.l padre, cristalizado en la ecua-

ción niña-=-fal.o.,-viene a quedru:

cavjai:.es el reverso del

ofrece, esa.r:ebanada.que

Qko

no

otorga. La privació.n

!illU;m!g~

de.un.gQc.a

exp_o.ne

q~no

au

aalJnón

sfil',

daun.goce

qua.elOtw

cuida, no abrió_su. tapay

ocultó

Le pedí a Carlos Ruiz que a partir de estos planteos avance algunas formulaciones que resultarán imprescindibles para hacer un mínimo re-

corrido por los tres tipos de identificación al Otro, apelando a ciertas es- tructuras desarrolladas en los últimos añ,os por Lacan. Me refiero a la re- presentación del sujeto y del Otro según las figuras topológicas de dos to- ros articulados, de modo que podamos detenernos a pensar desde allí lo afirmado por Lacan cuando considera quie la estructura_de la hls.ifil:ia se

sostiene en ese armazóo

Antes de abordar ese aspecto de un modo llevadero, accesible, aún para quienes no hayan hecho un mínimo recorrido por la topología, plan- teo una pregunta que puede resultar provocativa: ¿hay histéricos o sólo histéricas?

que_e_s

e.Lamor R.Qt

elpadre.

Pr egunta : C@siderando~ se sostén,~ a_armadura del amor p~ pa­

dte, aposentada_en una versión imagina.ria del padre, donde la castra-

ción en el Otro materno o no se ha inscripto o no está reconocida, ¿cómo

podría ser pens

histérica o del histérico por el otro sexo --tratándose de un varón, qué es una mujer-, ¿qué es lo que sostiene el deseo del hombre histérico, cómo

se perfila su dificultad en el mecanismo del encuentro con su deseo res- pecto de una mujer?

en un varón? Esto es., en cuanto a la pregunta de la

ada

/,R

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

Isidoro Vegh: Pienso en el relato freudiano publicado bajo el título de La ~radi.ua,considerándolo como un caso, un historial; allí Freud, en s u d1scus1ón con los s upuestos psiquiatras de su tiempo, dice encontrar- se frente a un delirio histérico y su protagonista es un caballero. Abordé esta cuestión en un trabajo titulado "En el borde de la neurosis" inclui- do en el Nº 10111 de Cuadernos Sigmund Freud 3 Pretendía as/salir al cruce de cierto retorno a una pos:ición post-freudiana que nos lleva a ve- ces a hablar con ligereza de "las histéricas" y "los obsesivos". El obstáculo en ese punto reside, según entiendo, en que estamos frente a estructuras neur?~icas;no se trata, en efecto, ni de psicosis ni de perversión y allí, la elecc10n heterosexual de objeto tiende a cubrir, opera a modo de pantalla respecto de las estructuras inconscientes en vigor. Por eso Lacan, divirtiéndose, se definió a sí mismo como histérico per- fecto; a veces también , cuando halblaba de los histéricos, se mofaba dicien- do que son también un poco "ellas". Las dos condiciones planteadas por Freud en cuanto a la castración 4 , tienen vigencia para los niños de uno y otro sexo; la pregunta acerca de qué sucede con el alhajero de la mamá, ·

resulta eficaz para ambos.

P:egunta: Cuando hablabas del sostén de esa armadura,.en algunas ocas10nes dijiste "amor al padre" y en otras "amor del padre". ¿Podrías di- ferenciar uno del otro?

Isidoro Vegh: Es válido el subrayado. En realidad, la fórmula "amor del padre" abarcaría las dos variantes: tanto la del amor del padre hacia la hija, como aquella de la hija h:acia el padre. Lacan juega con ese "de" el genitivo objetivo y el subjetivo; hablar de "amor del padre" implica es~ doble vertiente.

Pregunta: Una de las cuestiones que tuve presente cuando leía el caso Dora fue la de intentar dilucidar qué pasaba con su padre. Ubicándome a veces en el lugar de Dora, me preguntaba con qué tenía que ver esta cuestión de la impotencia del padre. Ahora, mientras te escuchaba, se me ocurrieron algunas cosas que fui anotando y me gustaría escuchar tu parecer. P~nsabaque estas ideas de Dora en cuanto a la impotencia del padre, refendas en el abordaje freudiano al perfil de ese hombre carente de re- cursos, quizá no tuviesen que ver con la cuestión de la sífilis sino con lo se- ñalado del alhajero cerrado; desde: esta perspectiva, es la impotencia ante la madre o para la madre la que olbtura la respuesta. En cuanto al alhaje-

3. También se encuentra en el libro "Matices del Psicoanálisis", de mi autoría, pág. 13, Edi- torial Agalma, Buenos Aires, 1991.

4. La amenaza y la mostración de la falta.

/ O

ISIDOROVEGH

ro de la señora K, se trataría para Dora de encontrar una respuesta pre- cisamente allí donde el Otro no responde. Pedirle al padre y a la señora K. que admitan su relación, la cuestión de la relación de la joya con el alhajero, si acaso el planteo iba en el sen- tido de qtie la relación del padre de Dora y con la señora K., es en alguna medida lo que le saca a Dora la encrucijada de la escoba.

Isidoro Vegh: Para ir anticipando -porque me gusta ir bajando l~scar- tas de a poquito-, piensen en Dora y Juanito y en aquello que lo~d1fer~n­ cia en cuanto a la respectiva posición del sujeto ante el Otro pnmordial, como lugar donde se sostiene el Nombre del Padre. Así Dora se encuentra con un lugar ocupado en el Otro, ya sea por el hijo ~l hermano de Dora-, o por la madre encerrada como objeto ~n ese ámbito de la limpieza; tiene entonces pocas chances de que el alhaJero se abra, pero encuentra un lugar para situarse entre la impot_:~cia y ~l.deseo del padre. El primer sueño, a su modo, da cuenta de esa logica m1mma. A diferencia de esto, Juanito está encerrado con su madre. Se trata de la madre que lo dej a entrar cuando ella está 1 en el baño y que le dice, cuando está en la cama, "Yo tengo cosita", esto es, "Vos sos mi cosita". La ~osición del sujeto es aquí diferente, pasa a ubicarse en el centro del alhaJero. En . cuanto al padre, ¿recuerdan el intercambio, el negocio que le ofrece?.

Respuesta: Escribirle al profesor.

Isidoro Vegh: Eso hubiese sido lo mejor, pero la propuesta de Juani-

to al padre es: "Vos quedate con tu madre y yo me quedo con la mía". El padre lleva a su hijo a visitar a su propia madre; se trata de un caballe-

como diría Lacan ironizando, un caballero que oficia el culto de la mu- jer fálica.

ro

'

Pregunta: Decías que te ibas a permitir una pequeña disidencia con Lacan con respecto al tema de la afonía. Por mi parte, recordaba la men- ción hecha por Lacan en el sentido de que allí se podría haber leído algo del llamado de la pulsión oral. Según tu planteo, la voz se hace presente bajo el modo de la ausencia del Otro, en tanto presentifica su deseo. Mi pregunta sería cómo pensar allí la voz.

Isidoro Vegh: Esta disidencia la sitúo en el hecho que para mí Dora no presenta ningún síntoma donde esté en juego la boca, ninguna sensación cenestésica, por ejemplo, que la comprometa; el problema es la voz: sufre de a-fonía, de ahí mi planteo. En un primer momento, establecí una rela- ción entre el Otro que no responde y Dora que no puede responder; de cual-

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quier modo, dejo abierta la cuestión, a la que iremos agregando otros ele- mentos, por ejemplo, el hecho de que esa voz desaparezca cuando el hom- bre que la corteja está a distancia. Creo que está en juego algo distinto a la pulsión oral. En ese sentido, estamos trabajando desde una perspectiva que toma distancia de cierta orientación, iniciada en la historia del psicoanálisis con Abraham, donde se impone la idea de una cronología de los tiempos pulsionales. Si acudimos a Lacan, en el seminario "La angustia" presenta los tiem- pos pulsionales según el esquema de esta curva:

oral

fálico

voz

Tomando como punto de partida el oral, ubica el tiempo anal y el fáli- co, pero la curva vuelve a descender y en el mismo nivel de lo anal sitúa la mirada, la pulsión escópica, y en el de lo oral la voz, la pulsión invo- cante. Procura establecer una ruptura con una evolución cronológica.

Pregunta: Mi pregunta está centrada en el mito de Pandora, específica- mente en el mitema referido a la apertura de la caja.A partir de lo que de- cías, creo haber entendido que en la versión de Hesíodo la esperanza que- da preservada en la caja; me preguntaba entonces cómo podríamos pen- sar esta función de la esperanza, en cuanto a la apertura de la caja. ¿Es- peranza en qué, de quién, para qué? Pensé en primer lugar en su posible relación con el clásico "Esta noche no, querido; me duele la cabeza", por ejemplo.

Isidoro Vegh: Lacan solía deci;r que la esperanza es el mejor camino al suicidio. Por mi parte, entendía qiue la espera de la concesión por parte del Otro, es lo contrario de la decisión del sujeto por su acto.

ISIDORO VEGH

No obstante, esta pregunta me r ecor dé> la diferencia entre el hecho qu_e la caja resulte abierta por Epimeteo o bien por la misma Pandera. La pri- mera alternativa nos está diciendo que el problema no se resume en el planteo según el cual la mamá era mala y el padre la gran figura, tal co~o podría deducirse del equilibrio imaginario alcan~~do por Dora, cuyo e3e es el padre idealizado. Más exactamente, la cuest10n alre~e~orde ese -~1- hajero viene a quedar planteada alrededor de la necesaria mtervenc1on

de Epimeteo para abrirlo.

Dado que estamos en una estructura, no podemos pensar la_ pos1c~on del sujeto sólo en función de los avatan~s respecto del Otro primordial, sino que para definirla es preciso incluir su articulación con los Nombres del Padre. Partiendo del nudo borromeo, Lacan plantea el esquema del pseudo- agujero atravesado por una recta al infinito. En la medida que esa recta al infinito también se cierra como un anillo, ese pseudo-agujero se con- vierte en un agujero y se hace presente así el lugar del vacío. Queda figu- rado de esta manera:

.

.

,

Pregunta: En cuanto a la afonía, me parecía muy interesante el ~ecor­ te del objeto voz. Pensaba al respecto cómo queda ligado el Otro primor- dial. Podría ser tanto por el lado del Sujperyo maternal arcaico, como en función del objeto del fantasma, del objeto de la pulsión. De ser así, dado que en el síntoma de la afonía se trata del objeto voz, me importaba saber cuál es el estatuto que dabas allí a ese objeto.

Isidoro Vegh: Es una pregunta nodal. Para esbozar una respuesta que iremos trabajando juntos a medida que avancemos en el historial -por- que es allí donde cuento fundar los planteos-, diré que el segundo sueño es muy explícito al respecto. Así, en el primer sueño la madre guarda el alhajero pero en el segundo no responde:. Por mi parte me pregunto lo siguient1e: ¿por qué Lacan nunca habló de un Otro materno y un Otro paterno? A veces la lectura de sus textos sus-

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cita la cuestión de saber de cuá1l de los dos está hablando. Hablar del Otro es puntuar la modalidad según la cual el sujeto se sitúa ante el goce, mo- dalidad que tanto puede estar determinada en función de aquello que lla- mamos el Otro primordial, como del padre real. No necesitamos, enton- ces, plantear que sé trata del Otro materno o bien del Otro paterno, ya que implica un modo de relaóón con el goce, esto es, con el objeto a fun- cionando como aquello que constituye al Otro, a esa falacia lógica que lla- mamos Otro, como completud. La cuestión se tqrna más complicada, decía -y esto es lo que intenta- remos desarrollar- cuando se considera que allí donde el Nombre del Pa- dre funciona como pere-uersion, lo hace en el sentido de facilitar o de obs- taculizar la caída de este objeto. Es decir que el modo según el cual se de- fine en el sujeto aquello que p1ermanece como lugar de fijación, depende no sólo del Otro primordial sino también de las implicaciones de la pere- uersion. La resultante de esa d,oble articulación es el objeto del fantasma y en esa dirección avanza el trabajo que les propongo.

CAPÍTULO IV

Las tres id1entificaciones, al padre, al rasgo y la histér ica. Topología

CAHLos Rurz

A pedido de Isidoro Vegh, voy a abordar algunas cuestiones de la topo- logía del toro que en el Seminari10 XXIV, "L'insu que sait Lacan invita a relacionar con los tres tipos de identificación. Me propongo desarrollar algunas cuestiones generales de la topología del toro, que ya muchos conocen, para trabajar luego las transformaciones introducidas por Lacan. Se trata de un programa que resulta más senci- llo enunciar que cumplir; en efecto, la exposición del tema en los diversos textos presenta varios huecos que toca rellenar; se agrega a ese inconve- niente el de ciertas transformaciones no explicitadas, pero cuya inclusión supone justificar por qué resultan excluidas otras. Un trabajo de Bouquier, "Retournement de Tores et Identification" 1 re- toma lo desarrollado al respecto por Lacan. Según lo convenido, me pro- pongo trabajar una articulación ingeniosa avanzada por este autor, así como un tema que aparece más atdelante en el seminario de Lacan al que me estoy refiriendo, introducido en esa ocasión por P. Soury; se trata de la conexión entre las inversiones. del toro y las distintas clases de cortes. Aunque en el contexto de ese trabajo el tema no cobra mayor relevancia y hasta confunde, creo que por sí mismo merece ser investigado. Le dedica- ría entonces la tercera clase a ésta y otras cuestiones abiertas. Comienzo por formular algo que un inglés llamaría un disclaimer. Si bien voy a referirme a la presentación de las inversiones del toro plantea-

",

ISIOORO VEGH

das por Bouquier, esto no implica que suscriba sus afirmaciones teóricas,

a discutir en otro momento, como tampoco sus conexiones con otras ra-

mas de la matemática. Todo perjuicio ca usado por la lectura de este tex-

. No sé cómo voy a resolver la cuestión planteada por los d1ferentes m- veles de formación topológica entre quienes asisten al seminario. Intenta- ré ir muy despacio, de modo que la única opción para quienes están más adelantados será la de escuchar. El toro es una de las superficies elementales. La manera más simple que tenemos d e introducirla es la de tomar como punto de partida un r ec- tángulo; en el espacio lo r epresentaremos, por lo general, como una cá- mara de auto. El rectángulo tiene la ventaja de ser un objeto conocido; sin decir nada acerca de su topología, lo supuesto acerca de él resulta ser corre~to, no hay nada raro. Sin embargo, conviene s1eñalar que además de la estruc- tura topológica heredada del plano y en la medida que se recorta de él, el rectángulo tiene marcados cuatro puntos, los vértices, que introducen una estructura combinatoria; en ella nos apoyamos para definir las su- perficies elementales. Cuando se trata de obtener el toro a partir del rectángulo, pegamos los lados opuestos (L y L), buscando hacer coincidir las flechas consignadas allí (Figura 1). Si bien no hay en absoluto un orden en los sucesivos pegados

to, será responsabilidad del lector.

.

a los que iré refiriéndome, no h ay privilegios entre ellos, por lo que hace a la imaginación ayuda describirlos así. A partir de ese primer pegado obte- nemos un tubo o una cinta, la llamada banda cilíndrica. Pegados los dos bordes de esta banda, obtenemos una cámara de auto (Figura 2).

V

V

Figura 1

Figura2

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERI E DE LAS NEUROSIS

Rotul é l as l í neas inferio r y superior del rectángulo con l a letr a V, tam- bién indicada en la Figura 2, ya que convenimos representar con ella la que resulta de pegar las líneas V de la Figura 1; otro tanto vale para las líneas indicadas por la letra L. Esta es mi representación standard. Me propongo seguir una costum- bre establecida; la sutileza en ella reside en considerar que cuando uno no quiere entrar en detalles acerca de la relación eventualmente establecida entre una cuestión estructural y la manera de representarla, se corre el riesgo de caer en un dogmatismo extremo respecto de esta última y deter- minar que es la única posible. Así, yo no recurro a otras forma s de repre- sentar el toro y siempre digo que estas dos líneas que privilegié arbitra- riamente en la Figura 2 son las que forman el borde del rectángulo. Desde el punto de vista de la estructura topológica -vaya a modo de plus para evitar el aburrimiento de quienes estudiaron topología-, se tra- ta de dos líneas, no deformables una en la otra -en términos técnicos de- cimos "no isotópicas"-, que se cortan exactamente en un punto. En la re- presentación que establecí, en ese punto se pegarán los cuatro vértices del rectángulo. Como en el desarroHo que vamos a ir haciendo esas líneas van

a te ner s u importancia, paso a E!xplicar de qu é manera se usan. Ustedes tendrán presente, aunque más no sea como recuerdos escola- res, las coordenadas cartesianas. Se trata de elegir arbitrariamente dos lí- neas que se corten en un punto, los ejes de las coordenadas, que por lo ge- neral forman un ángulo recto, aumque no se trata de una condición necesa- ria. A partir de aquí, todo punto del plano queda determinado por sus co- ordenadas y cualquier recta viene a quedar definida, por ejemplo, en fun- ción de sus intersecciones con aquellos ejes. De una manera similar, voy

a usar las líneas que marqué sobre el toro como si se tratase de esos ejes de coordenadas. Siguiendo a Lacan, llamaremos llenas las líneas de tipo L y vacías las líneas como V. Entrando en tema, la primera pregunta que uno hace cuando estudia una superficie se refiere a la clase de líneas que se pueden trazar. Pues bien, alrededor de cua1quier punto, de cualquier superficie, es posible trazar lo que llamamos una perforación; se trata de una línea ce- rrada que divide la superficie en dos regiones, una de las cuales equiva- le a un disco y contiene al punto. Esto vale para cualquier punto que no sea de borde. Así, una perforación divide a la superficie en dos regiones, una de las cuales es un disco. En cuanto a la otra región, según la naturaleza de la

superficie de partida, será otro disco en el caso de la esfera, o bien, en el

caso del toro, a lgo que

En la Figura 3, las dos líneas:, Pl y P2, trazadas sobre el toro son per- foraciones. A diferencia de ellas, las trazadas en la Figura 2 no son perfo-

llamamos: toro perforado.

ISIDORO VEGIH

raciones, puesto que el resultado de introducir un corte siguiendo su tra- zado sería una banda cilíndrica.

Figura 3

Figura 4

¿Qué criterio usamos para decidir si dos líneas son de la misma cla- se o no?. Hay muchas maneras de hacerlo, pero nos limitaremos a las dos prin- cipales. Decimos que dos líneas están igu:almente situadas o que son de la misma clase desde el punto de vista de la situación, si del corte introdu- cido siguiendo el trazado de una u otra, resultan superficies equivalentes desde el punto de vista topológico. Así, ni la línea V ni la línea L de la Fi- gura 2 están situadas de igual modo desde el punto de vista de una per- foración, ya que una banda cilíndrica no equivale a un disco más un toro perforado. En cambio, esas mismas líneas están igualmente situadas en la medida que ambas producen bandas cilíndricas. Las Figuras 2 y 3 ilus- tran las dos únicas clases de líneas, desde el punto de vista de la situa- ción, que se pueden trazar sobre el toro. Por otra parte, cuando trazamos la h:nea L de la Figura 2, no fuimos tan precisos como para tener que optar entre Ll y L2 de la Figura 4, por ejemplo. Con una de ellas y V se podría formar un sistema de coordena- das, mientras que no puede hacerse otro tanto con Ll y L2. ¿Qué tienen en común Ll y L2 por oposición a V? Ya adelantamos algo al comienzo: Ll es isotópica respecto de L2, es decir, Ll puede deformarse en L2 sobre la superficie del toro, manteniéndose siempre la equivalencia topológica; en cambio, ni Ll ni L2 son isotópicas respecto de V. De modo que la isotopía determina una segunda manera de clasificar las líneas. ¿Cómo se relaciona con aquéllla que procede a hacerlo por si- tuación? En primer lugar, dos líneas iso1Wpicas están siempre igualmen- te situadas, en tanto la recíproca no es verdadera: dos líneas pueden es-

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

tar igu~lmente situadas sin ser isotópicas, por ejemplo, las líneas V y L de la Figura 2.

, El toro_ es ~a _más. simple de las superficies donde pu eden encontrarse

lmeas no isotop1cas igualmente situadas; ésta es una de las razones don- de se funda su importancia. En realidad, el toro es la más simple de las superficies sin borde y de dos caras, donde hay cortes que no son perfora- ciones. El interés que esto presenta se reporta a un problema de situacióll' abordé el tema en una de las charlas que di en este mismo seminario el año pasado 2 y ahora, dando por sentado ese interés, me importa seüalar ~ueeste planteo, en apariencia simple, remite sin embargo a una comple- Jidad muy grande en lo que hace a la clasificación por isotopía.

Desde ~l punto de vista de lai i sotopía, las líneas que no corresponden a perforaciones, se dividen en infinitas clases. Las consecuencias que a mi entender se desprenden de allí, fambién las podrán encontrar desarrolla- das en esa presentación del afio pasado a la que me referí, en varias con- ferencias que di por entonces y, en especial, en el trabajo que leí en Pun- ta del Este, donde queda consignada, además, la bibliografía completa al respecto. 3

. Surge ent~nc~s,de_sde el punto de vista abstracto, el problema topoló-

gico de estudiar mfimtas clases de líneas que no se deforman una sobre otra, pero que no se pueden distinguir por el efecto de un corte. Lo enca- ram?s, como ~ijimos al comienzo, fijando las coordenadas. Digamos que el~gimos las lmeas V y L de la Figura 2. En nuestra representación, la primera es una línea llena y la segunda una línea vacía, pero intrínseca- mente, sin relación con el espacio. ¿En qué se diferencian? Sólo en que una es una Y otra es otra. Sin embargo, para situar el toro en el espacio, estoy obligado a elegir una de ellas como llena y en este caso, la otra no podrá serlo también. De haber procedido a la inversa, hubiese obtenido un toro como el de la Figura 2, pero con las letras V y L permutadas. Como quie- ra que sea, se impone una elecci·ón.

. Si suponemos que las dos líneas se permutan, manteniendo sus respec- tivas longitudes, el toro tendrá una forma de bastón, como veremos más adelante; pero esto no cambia suis propiedades topológicas. Este juego entre simetría y disimetría en el toro es una de las cuestio- nes que van a estar siempre presentes. Con frecuencia ocurre que en los seminarios encontramos, por un lado, la afirmación terminante según la cual el toro es simétrico y por el otro, unos pocos párrafos más adelante, la referencia a un resultado de la disimetría del toro. Trataremos de ver a qué responde esto que se presenta como contradictorio.

2. Vegh, Isidoro: "Paso a pase con Lacan", Clase XIV 01.11.86.

3. Ruiz, C. A, "Topología en la relación entre estructura y teoría". Reunión Lacanoameri- cana de Psicoanálisis - Punta del Este, Nueva Visión, 1986.

ISIDORO VEGH

Algunos ejemplos de líneas las encontrallltos representados a continuación. Así, en la Figura 5 se trata de (1, 2), es decir, una línea que da una vuelta lle- na, en tanto da dos vacías, ¿cuál es el resultado del corte que sigue el trazado de una de ellas? En un curso de topología, se produce aquí un momento de

suspenso; uno repite la pregunta, otro hace apuestas

zo. Si ya habíamos adelantado que en todos los casos se producen bandas ci- líndricas, el resultado de un corte por la línea (1,2) es una banda de cuatro dobleces, como la obtenida cuando se corta una banda de Mrebius por su lí- nea media. En efecto, cortar siguiendo ertrazado de una bobina, produce una banda cilíndrica con dos dobleces por cada vuelta llena de la bobina. Para los casos más complicados, remito a la bibliografia que ya indiqué.

Por mi parte, avan-

Figura 5

Figura 6

Agrego algunos comentarios respecto dE~las líneas sobre el toro. En pri- mer lugar, no todas las combinaciones de vueltas son posibles. Una pri- mera regla de exclusión se enuncia diciendo que si hay más de una vuel- ta llena, debe haber por lo menos una vuelta vacía, y viceversa. Esto apa-

rece en el Seminario IX, "La identificación", topologizando "la vuelta per-

(1,2) es un "ocho interiior 1 ', primera topologización de

esta estructura en el Seminario, es decir, su primera inscripción en una

superficie producida por ella en tanto corte. La segunda regla de exclusión determina que los números de vueltas llenas y vacías no pueden tener un divisor común mayor que l. Esta regla

partir del Seminar io XIV, "La lógica del fantas-

ma", cuando el número de vueltas vacías quede fijado en dos. Tenemos hasta aquí un resumen de las propiedades básicas de las lí- neas sobre el toro; lo encontrarán ampliado en mi trabajo publicado en los Cuadernos Sigmund Freud 4 Seguiremos valiéndonos de ellas para tra-

cobrará su importancia a

dida ". Así, la línea

4. Ruiz, C.~ "Bandas y toros, introducción a las rehaciones entre estructura y teoría". Cua- dernos S1gmund Freud Nº 10 / 11. Escuela Freudiana de Buenos Aires, 1987.

ESTRUCTURA Y TRANSFER EINCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

tar el problema de las inversione:s del toro y el de la estructura del toro perforado, relacionado con él.

·

Comentarios

Pregunta: ¿La bobina podría ser como el juego de rotación y traslación de la tierra?

C. Ruiz: No, no pienso la línea rnpresentando un movimiento, sino como un conjunto de puntos, subconjunto del toro. Una analogía con la tierra podría ser aquella que considere las líneas llenas y vacías, en tanto co- ordenadas sobre el toro, como los meridianos y paralelos del globo terrá- queo. Pero aun así, hay varias diferencias. En primer lugar, desde el pun- to de vista de la métrica, los mericilianos son círculos máximos, los parale- los no; son equivalentes, en cambio, desde el punto de vist a topológico, en la medida que respecto de la esfera todas las líneas cerradas son perfora- ciones. El sistema de coordenadas terrestre hace un uso esencial de una propiedad que no es topológica nii geométrica: la del eje de rotación que marca los polos como puntos.distinguidos. A diferencia de esto, las líneas llenas se distinguen de las vacías por su situación; una vez decidido cuál es cuál, si asumimos la métrica us.ual el eje de rotación queda determina- do por las propiedades geométricas.

Comentario: Me sentí obligada a tomar la palabra porque invitamos a la gente del seminario ."Fundamentos de la Práctica Analítica", para pun- tuar lo siguiente: las líneas llenas tienen que ver con las vueltas de la de- ~anday las vacías con las del deseo, así, brevemente, señalo una correla- ción para situar por qué, en principio, nos interesa este objeto.

Comentario: De todas maneras, el comentario tiene su interés porque se trata de la vuelta respecto de la cual Carlos Ruiz dijo que se da sin que- rer, ya que a través de todas las vuieltas de la bobina no nos damos cuenta P~ro se s uma otra, la que se llama vuelta vacía y se da sin querer. Viene bien para señalar el lugar del sujeto, porque justamente las vueltas alre- dedor de la bobina son las trabajadas por Lacan en el Seminario "La iden- tificación" como aquellas de la demanda, en tanto la que se da sin querer, que se termina haciendo porque rno hay más remedio, es la del deseo.

C. Ruiz: Creo que hay un problema interesante. Lo dije y también lo escribí muy rápido (siempre tendemos un poco a esto: explicamos con mu- cho detalle al comienzo y pasamos rápido hacia el final), pero esquemáti-

ISIDORO VE GH

camente la idea es la siguiente: "la vuelta perdida" se escribe en el enun- ciado "Si se da más de una vuelta llena :se da al menos una vuelta vacía". La pregunta matemática sería: ¿qué pas.a si hay más de una vuelta vacía? Desde la teoría, en cambio, nos interrogamos acerca de por qué se trata exactamente de dos vueltas vacías. Lo que propongo en mi trabajo es co- nectarlas a través del plano proyectivo.

En todo caso, si hasta aquí repasamos las propiedades topológicas del toro, se trataría ahora de estudiar dos problemas muy relacionados entre sí. El primero es la estructura topológica del toro perforado y el segundo, la relación del toro con el espacio. Al hablar de los cortes, opusimos laB propiedades del toro a las de la esfera; ahora también nos resultará útil comparar estas dos situaciones respecto de su situación en el espacio. El toro y la esfera comparten ciertas: propiedades básicas. Ambas son superficies de dos caras sin borde y sumergidas en el espacio, una y otra

lo dividen en dos regiones, algo que nos podemos figurar fácilmente si pen-

samos en una pelota de fútbol y una cámara de auto. En los dos casos la "superficie" de goma encierra en su interior una región con aire sometido

a alta presión, en tanto queda por fueraL otra, que llamamos exterior, con aire a presión normal. Generalmente asumimos sin explicitarlas ciertas condiciones de regu- laridad, de finitud de la definición; otro tanto ocurrirá en el despliegue al que voy a proceder. Enunciados estos mínimos recaudos, diré que la es- fera se sitúa en el espacio exclusivamente de una manera, esto es, como

borde de una bola, con un exterior det•erminado en sus propiedades to- pológicas sólo por este hecho; el toro, en cambio, lo hace de muchas ma- neras. No obstante, hay para el toro una situación privilegiada, aquella del toro no anudado, que imaginarizamos reenviándola a una cámara de auto; esta es la situación que vamos a Buponer para trabajar la relación adentro/afuera. En las figuras que siguen intenté difierenciar todo lo posible los distin- tos elementos, entre los cuales elegimos en el momento de consagrarnos

a la representación espacial. Lo único que queda afuera es la posibilidad

de anudamiento del toro. La Figura 7 repite la Figura 1; representa el rectángulo cuyos lados opuestos pegaremos para fabricar el toro. La textura corresponde a la cara que vemos y convenimos en que del otro lado es liso, como si se tratara de una hoja de papel. Una primera opción interviene en cuanto al modo se- gún el cual puedo pegar los dos lados ho1rizontales; una alternativa dejará la cara blanca hacia adentro, la otra la dejará hacia fuera (Figura 8).

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

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Figura 7

Figura 8

La segunda opción intervendrá una vez armado el tubo. Junto los dos bordes para obtener el toro, siguiendo la secuencia de la Figura 9, que es la más habitual, o bien según la Figura 10. La Figura 11 muestra otro movimiento en el espacio, por el cual viene a quedar construido "el mis- mo" toro a todos los efectos.

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V

V

V

Figura 9

ISIDORO VEGH

Figura 10

Figura 11

El orden según el cual pego los lados del rectángulo es indiferente; así, aunque tenemos la costumbre de pegar en primer término l~sque .van a .determinar una línea vacía, ya hemos visto que eso no es obhgatono. Por otra parte, dadas las proporciones que deliberadamente estable- para el rectángulo, el toro de la Figura 1O tiene una forll1a que t,al ve.z dificulte reconocerlo como toro. Lo llamamos toro bastón (en frances, tri- que) y desde ya, la forma que adopta no tiente ninguna significad~~topo- lógica; por otra parte, si hacemos intervenir una simple deformac10n, lle- gamos a la Figura 9. Se trata de relaciones. que tienen su peso en el de- sarrollo subsiguiente.

Pregunto ahora: ¿cómo puedo pasar del toro de la Figura 9 al de la Fi- gura 1O? Un método que lo permite supone volver a la Figura 8, cortando por una línea llena. Una vez obtenido el cilindro, se lo puede pegar, como hicimos para obtener la Figura 10. Es decir, pasamos de un toro al otro por medio de un corte y un pegado; en este c:aso, un corte que sigue el tra-

ESTRUCTURA Y TRANSFE RENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

zado de una línea llena. También pudo haber seguido el de una línea va- cía, aunque estemos menos habituados a verlo. Estos cortes no son perforaciones. ¿Se puede hacer lo mismo por me- dio de una perforación? Se trata del método que preferimos y la Figura 12 muestra el resultado; se trata de recortar un disco y reponerlo al ter- minar la operación.

Figura 12

En esta última figura aparece, entonces, el toro dado vuelta, armado con forma de bastón; en él, las líneas llenas se han transformado en va- cías, el adentro y el afuera han intercambiado recíprocamente sus lugares Yla cara interna se ha convertido en externa. Es decir, luego de la opera- ción, todos estos pares quedan permutados.

Pregunta: ¿Se trata de una opernción de permutación?

Carlos Ruiz: Digo p ermutación i;obre todo respecto del par adentro/ afuera. Si lo que estaba adentro va a parar afuera, al mismo tiempo lo que estaba afuera va a parar adentro. Otro tanto podría decirse de las líneas llenas y vacías, en la medida que en la misma operación unas se convier- ten en otras, por eso hablo de "permutación". Soury recurre con frecuencia a la teoría de los pares o cuplas; incluso habla de ella en algún seminario, aunque no recuerdo que Lacan la roen-

ISIDORO VEG H

cione. En esta operación de dar vuelta iun toro a partir de una perfora- ción, todos los pares quedan ligados: la pE!rmutación afecta tanto aquél del adentro-afuera como el de línea llena-vacía, etc. En cambio, si cortamos un toro por una línea que no sea una perfora- ción, obtenemos una banda cilíndrica; a partir de ahí, como vimos al co- mienzo, son posibles muchas combinaciones. En particular, me interesa el modo según el cual se desliga el par adentro-afuera del llena-vacía, algo que cobrará importancia cuando discutamos cuáles son las operaciones que corresponden a los tres tipos de identificación.

Pregunta: Según entendí, la perforación es el método privilegiado para dar vuelta un toro. ¿Es el único que permite permutar todos los pares? ¿Con los otros métodos no se consigue?

Carlos Ruiz: Estoy planteando que por el otro método puedo hacer cual- quier cosa, ya que consiste en partir de una estructura tórica, pulverizar- la y a partir de ahí, hacer lo que uno quiere.

Pregunta: O sea que los otros procedimientos son una ficción, porque lo podemos hacer con el objeto topológico toro, pero no con el cuerpo.

Carlos Ruiz: Probablemente. No tiene gracia una serie de operaciones del tipo: "Tome una estructura, redúzcala a sus elementos básicos y úse- los como materia prima para hacer otra cosa". Sería algo así como si un arquitecto, para arreglar una casa, dijera: "Échela abajo y use los ladrillos para construir otra". En general, no es lo que uno quiere. De plantearle la pregunta a un matemático, a mí por ejemplo, acerca de si un toro perforado sigue siendo un toro, la respuesta será negativa. Un toro que ha sufrido una perforación, ya no es un toro; esto es, dogmáticamente, hacer intervenir un corte, por lo menos en este contexto, siempre cambia la estruc- tura. Pero una modalidad de nuestro trabajo supone que una vez convencido nuestro interlocutor de que su pregunta carece de sentido, nos corresponde entonces escucharlo y preguntarnos acerca de la cuestión que formuló. Evidentemente, el planteo según el cual un cierto corte anula la estruc- tura tórica quiere decir algo, pero de allí nio se desprende que sea fácil des- cribirlo, y desde el punto de vista técnico no está correctamente expresa- do. En este caso, es plausible que lo indicado, aunque no quede claro, sea que en el caso de una perforación permanecen ligados algunos pares, que resultan desligados cuando se trata de los otros cortes. Todo lo cual nos lleva a razonar de la siguient e manera: si se pasa de un toro a un toro obtenido por perforación, lo que está jugando en el mo- mento intermedio es la estructura del to1ro perforado. Otro tanto ocurre

ESTRUCTURA Y TRANSFEflENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

en el caso de las otras líneas; lo que interesa es la estructura de la banda cilíndrica. Ninguna de las dos es la del otro, pero la primera conserva li- gados más pares. Con esto intento explicar el interés de Soury por los pa- res o cuplas, aunque a mi entender él no los aborda así. Así queda situado el atravesamiento geométrico. Podemos dejar como pregunta para la próxima la cuestión de saber si en ~lgún m~mento del pasaje de un toro a otro, se obtiene una botella de Klem. También queda- ría pendiente estudiar algo de la estructura de los cortes en el toro perfo- rado (la banda cilíndrica no ofrec:e dificultades) y finalmente, ver qué pasa cuando se trata de dar vuelta dos toros. Me limito por hoy a insistir en el toro perforado, para remarcar que pese

a su parecido con un toro, la forma no es lo que nos interesa. Si la perfo- ración es pequeña, colabora en el engaño; pero en el caso de una perfora- ción grande, por ejemplo la presentada en la Figura 13, el toro que resul- ta es el de la Figura 14. Visto así, se justifica el nombre asignado de cruce

o encrucijada de dos bandas (en francés, carrefour de bandes). En los dos

casos la estructura es, por supm~sto, la misma, aunque en el primero re- sulte más difícil darse cuenta. Por eso digo que esta estructura nos inte- resa, aunque la estudiemos poco·.

L[e

V

p

V

Figura 13

J1 L

Figura 14

Acerca del encadenamiento de toros, tal como aparece planteado en el Seminario IX, "La identificación", cabe plantear que apelar a la estructura más de lo imprescindible, supomi un precio a pagar en algún momento. Ahora nos ocupamos de un tema formulado en el Seminario XXN. Allí podemos detectar que hay una eBtructura invariante en esa inversión del toro, aquella que consiste en un toro perforado o cruce de ban~as. ~s un tema abierto, no estudiado todavía, pero en el marco de un semmano nos permitimos hablar no sólo de lo que creemos saber, sino también de aque- llo que está en elaboración. Des1pués se verá si a partir de esto se pue~e decir algo respecto de la serie de las neurosis, pero al menos tenemos ais- lado un elemento de estructura. Este elemento muestra, retro:activamente, que la estructura de los dos toros entrelazados es sobreabundante. Lo expresamos diciendo que se tra-

ta del mismo toro en dos representaciones diferentes; esto es, lo designado

ISIOORO VEGH

con ligereza en términos de toro del sujeto y toro del Otro, serían el mis- mo toro según dos perspectivas distintas. Una de las dos regiones que de- termina este toro en el espacio se llamar.á afuera o adentro, según dón- de esté situado el que lo mire; esta transformación permuta líneas llenas por líneas vacías. ¿De qué manera se da c{ienta de ella? No es mucho lo consignado en el Seminario IX al respecto, pero el método descrito es inequívocamente el de la perforación. Ahora lo describiría (m estos términos: se convierte el toro en un cruce de bandas más un disco, se dan vuelta uno y otro y se los vuelve a pegar. Se puede pensar que la estructura del disco es trivial, desde todo punto de vista, de modo que el ·eje de la operación reside en el cruce de bandas. Una vez que intervino la perforación, ya no se distinguen las líneas llenas de las vacías; se trata de un hecho de estructura y cabe pensarlo como el requisito mínimo para pcider dar vuelta el toro. Por otra parte, decir que se trata de dos toros, de modo que pinto so- bre uno y después lo hago girar sobre el otro como un sello, resulta ser una muy buena imagen - una descripción genial, diría, no sé cómo se po- dría decir esto mismo con menos recursos técnicos-, para indicar el modo según el cual pueden pensarse dos toros como si se tratase de uno, según dos representaciones, por medio de una equivalencia topológica en la cual vienen a resultar permutadas líneas llenas y vacías. Diría que dejando de lado ciertos refinamientos expositivos, acabamos de dar cuenta de aquel mismo planteo avanzado en el Seminario IX: dar vuelta un toro para mostrarlo del otro lado y pensarlo corno calcado so- bre el otro. Un detalle más es el de considerar qué hacemos con dos toros cuando basta con uno. J ustamente, parecería que en esta reducción que hago, dos toros a uno, algo se escapa, algo no incluido en el abordaje específico de la cuestión en el Seminario IX. En definitiva, se trata de dos toros, sólo que en el uso que se hizo de esta estructura en ese marco, no llegó a utilizarse toda su potencia y su riqueza. Si bien había dos toros, por un lado se re- curría a ellos como si se tratara de uno y, plDr el otro, por cuanto se decía que eran dos, se taponaba el camino para escribir algo más. Abordaremos más adelante dónde reside ese algo más.

Comentario: No es lo mismo dar vuelta un toro recurriendo al corte y pe- gado que hacerlo revirtiéndolo, como si se tratara de calcarlo sobre otro, a la manera de un sello. Te pediría alguna espe1cificación acerca de cuáles son las operaciones y los efectos de estas operaciones sobre las superficies. Carlos Ruiz: Describirlo como lo estamos: haciendo permite ver mejor, más cuidadosamente, qué operaciones y qué propiedades de esta estruc- tura se están usando, despejándolas una a una. La otra modalidad resul-

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

ta más ilustrativa; el modo bajo el cual se presenta, facilita considerar la cuestión de dos toros equivalentes desde el punto de vista topológico ante quienes no la abordaron nunca; esa equivalencia se realiza por medio de una correspondencia que permuta las vueltas llenas con las vacías. Dicho de otra manera, muestra que esa calidad de llenas y vacías no es un in- variante topológico.

Si pasamos ahora a considerar la Figura 15, nos encontrarnos allí con dos toros enganchados. Las proporciones son tales que el agujero interior de uno encaja exactamente en el agujero central del otro, algo que plan- tea sus dificultades para entender la figura. Por eso en la Figura 16 dibu- jé los toros más delgados, de modo que allí se distingue mejor que se tra- ta de una cadena de toros.

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Figura 15

Figura 16

la cara interna

es punteada- y hacemos intervenir una perforación, se convertirá en un toro bastón; su cara interna pasará a ser externa, sus líneas llenas serán líneas vacías y su afuera pasará a ser su adentro; en consecuencia, el toro blanco, sin sufrir ninguna modificación, irá a parar el interior del otro, que en la Figura 17 aparece punteado.

Si ahora damos vuelta el toro gris -s upongamos que

ISIDORO VEGH

Figura .17

En el Seminario xxrv, Lacan plantea que lo mismo podría hacerse por medio de un corte siguiendo el trazado de una línea llena. No es del todo así; se trata de un tema no abordado eri 1el seminario y cuando posterior- mente se lo menciona, no se sitúa exactamente en este contexto. Si se hace un corte siguiendo una línea que no sea una perforación, los pares se independizan y el toro puede dairse vuelta, sin que por eso el otro toro deba quedar en su interior. Incluso, si la línea es llena, se rompe la cadena y su recomposición es optativa. Que el segundo toro vaya a parar o no al interior, es una cuestión im- portante, ya que ahora, después de haber privilegiado la superficie, apa- rece en primer plano el tema del interior/exterior, que había sido aparta- do metódicamente -subrayo esta perspectiva. ¿Cuál es la relación que nos importa aquí? La de pensar qué tiene que ver que algo sea un cuerpo con el hecho que tenga un interior. Después de cierto entrenamiento, diría que resulta bastante obvio que la manera de abordarla a partir de las superficies, es preguntarse si ex- terior e interior se pueden iiltercambiar. La cuestión es complicada, pero en el caso del toro la respuesta es: si y no. No podremos discutir aquí las razones del no; daremos por resuelto que interior y exterior son equiva- ·lentes. Planteo entonces el problema de intercambiar interior y exterior en un toro. De recurrir a la perforación para hacerlo, lo específico es que todos los pares quedan ligados, esto es, permutar adentro/afuera obliga a permutar otros pares. En el caso de los otros cortes, los pares se desligan y lo hacen a un punto tal que dejan de presentar iillterés para nosotros.

ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

Figura 18

La Figura 18 nos muestra un toro en el interior de otro; se distinguen entre sí en función de las líneas ll enas y las vacías, como en la Figura 15. Si cortamos siguiendo el trazado de una línea llena, los pares se desligan sin que los toros se desenganchen. Puedo entonces retornar el toro de afue- ra - en mis términos, darlo vuelta- mandando el otro al exterior y decidir cuál de las caras del toro retornado pasará a ser la externa. Tenemos así, en el caso de dos toros, dos retornamientos posibles: por perforación y por línea llena. La1s relaciones entre ellos no son simples; di- gamos por el momento que uno permite más juego que el otro. Tales son las dos primeras formas de retornamiento descritas por La- can en el seminario, al menos según mi lectura. Bouquier, por su parte, no establece una distinción entre las dos; entiende que la primera consiste en dar vuelta un solo toro, en tanto la segunda es la que acabamos de ver. En cuanto a los términos retornamiento, retornar -referidos a las opera- ciones con el toro-, es Clara Cruglak quien a partir del trabajo de Bouquier, traduce retournement como retornamiento. A mi entender, se trata de un neologismo. Por lo menos en principio, es bienvenida una palabra nue- va en este campo, porque a diforencia de lo que ocurre en francés, donde abundan, en castellano escasean. Clara tuvo la amabilidad de comentar su traducción con Ilda Levin y conmigo; llegamos entonces a la conclusión de que era oportuno dejar el texto ,disponible, como documento de trabajo, en el estado de elaboración en el que se encuentra. Nuestra decisión se fun- dó en un doble argumento: por un lado, es ahora cuando lo necesitamos y Por otro, una traducción definitiva tendría que ser encarada, si es que se decide que vale la pena, luego de haber trabajado el texto.

ISIDORO VEGH

Queda por describir una tercera forma. de retornamiento, aquélla que supone dar vuelta los dos toros, situados c:omo cámara de auto y dispues- tos uno dentro del otro. Espontáneamente: pensamos estas cosas siguien- .do una secuencia temporal - primero esto, después lo otro- , pero convie- ne decir que ese orden responde a la decisión que tomemos, no lo deter- mina la topología; después cabría pregunitarnos si nos interesa o no con- siderarlo. Esta tercera forma de retornamiento, supuestamente en corresponden- cia con alguno de los dos tipos de identificación, la describimos entonces como una secuencia según la cual primero damos vuelta un toro, después el otro. Habrá que ponerse de acuerdo respecto de si en primer lugar re- tornamos el de adentro, el de afuera o si el orden es indiferente. Partien- do de lo que vimos hasta ahora, no hay di:ficultades técnicas. De este re- tornamiento de los dos toros, donde el que estaba afuera viene a quedar ubicado adentro, resulta un bastón. Esto es así suponiendo que se retorna por perforación. Si se procede por los otros éortes, la complicación reside en que hay que distinguir cui- dadosamente si una operación termina o no antes de comenzar la otra. Además, de considerar lo planteado por Bouquier -según su propia for- mulación-, en el sentido que dos toros encajados deben pensarse como el revestimiento de un toro, algo bastante sensato, se aplican aquí los mis- mos argumentos que avancé para fundamentar la preferencia por la per- foración para el retornamiento de un toro.

Pregunta: Cuando en este procedimiento das vuelta el blanco, ¿cuando das vuelta el gris se daría el recubrimiento de la botella de Klein?.

Carlos R uiz: Lo que queda no es estrictamente el revestimiento de la botella, ya que éste supone un toro y no dos, y además no queda en esta situación. Sería un tema para trabajar en otra ocasión, porque ahora no tendremos tiempo suficiente.

Pregunta: Hasta ahora una perforación era una operación trivial. A partir del retornamiento de toros, creo que ya no es así. Una pregunta se- ría si en esta estructura la perforación si¡gue siendo un corte trivial. La segunda, que se desprende de ella, si un corte trivial produce consecuen- ·

cias no .triviales.

Carlos Ruiz: Situaría la diferencia en lo que entienden por trivial un matemático y un psicoanalista. Fue un pecado de juventud llamar trivial a una perforación que, en la medida que pm~deintervenir respecto de cual- quier superficie, no dice nada de su estructura; pero eso no quiere decir

ESTRUCTURA Y TRANSF ERENCIA EN LA

SERIE DE LAS NEUROSIS

que no interese o que sus efect 1 os no sean importantes, por ejemplo, en el plano proyectivo. En ese sentido coincido con tu planteo, lo que llamamos corte trivial no trivializa la estructura.

Completo ahora lo que vení:a diciendo respecto de la tercera forma de retornamiento. Como en algún momento los dos toros están uno fuera del otro, hay que operar por perforación para evitar que todo se deshaga. Se establece así una discordancia, en función de lo cual me parece muy difí- cil que se pueda describir esta tercera forma como las otras dos, hechas sucesivamente. En resumen, propongo como dos formas de retornamiento a partir de dos toros, las dos maneras de dar vuelta uno de ellos que describí antes, en tanto la tercera -siempre re:specto de dos toros- intervendría necesa- riamente por perforación. En este caso, adentro se convierte en afuera lle- nas en vacías, etc. -no hago la lista de las transformaciones-, pero c~mo quiera que sea y a partir de lo que dijimos, en las tres clases se trata de cambios por completo automátilcos. Esto es lo que quería presentar; insistí mucho en la mecánica elemen- tal de ciertas operaciones complicadas, indicando cómo se combinan o se encadenan; lo que sigue es cuestión de combinatoria. Me quedan otros temas para proponer, pero prefiero dar lugar a las preguntas.

Pregunta: ¿Se puede plantear una continuidad entre la topología de superficies y la de nudos?

Carlos Ruiz: Se trata de una vieja pregunta y responderla supone des- pejar qué se entiende por continuidad. En un nivel se puede estimar que la hay, parecería que se está trabajando con nudos hechos toros. Si lo que importa es la estructura de nudo, se puede considerar que llegado el caso Yde una manera elemental, la topología de superficies puede ser incluida en la teoría que da cuenta de ella, sin que se produzcan interferencias.

Pregunta: Siempre considerando esta articulación entre superficie Ynudo, teniendo en cuenta que deseo y demanda se reportan a la es- tructura tórica ¿ cuál sería el lugar, en la teoría de nudos, de la posi- ción del sujeto tal como Lacan la aborda en el Seminario ''La Identi- ficación"?

Carlos Ruiz: Ubicaría la discontinuidad, esencialmente, respecto del tema de la escritura, esto es, qué relación guardan con la escritura las su- perficies y los nudos. Diría entonces que cuando en la teoría de los nu-

ISIOORO VEGH

dos uno recurre a los toros, lo hace de otra manera que cuando uno tra- baja nudos. Para consignar algo de bibliografía al respecto, diré que en las clases siguientes a las que venimos de considerar en este Seminario XXIV, se trabaja efectivamente con toros encadena1dos y la relación adentro/afue- ra en el toro se aborda sin interferir en el encadenamiento. Donde apa- rece una interrelación más fuerte, mediante el recurso a una distinción entre retornamiento por línea llena y por línea vacía, es en el Seminario XXV, "Momento de concluir". En los diez minutos restantes, invitaría a Eva Karp y Clara Cruglak a discutir ahora el tema que había quedado pendiente, el del revestimien- to de la botella de Klein.

Clara Cruglak: Leyendo el texto me encuentro con una de las figuras, la Nº 10 y una cita de Lacan: "Una topología se funda siempre sobre un toro, incluso si ese toro es en la ocasión una botella de Klein -una botella de Klein es un toro que se atraviesa a sí mismo" (Seminario XXIV, "L'insu

que sait

Para pensar o aceptar que en la Figura 10, según la presenta Bouquier, se trata de una botella de Klein, sería conveniente hacer al- guna distinción entre dar vuelta, tornar sobre sí y torsión, así como en- tre perforación y corte. Las preguntas ac13rca de cómo se efectúan, cómo intervienen respecto del toro y qué efectos producen estas operaciones, así como la precisión en cuanto al momento en el que estamos operan- do en la misma estructura tórica o nos vemos enfrentados a un cam- bio de estructura para el cual el toro prestó su apariencia, giran en tor- no de la palabra "ocasión'', utilizada por Lacan en la cita que vengo de mencionar y que supongo se relaciona con la distinción entre estructu- ra y forma. Intentaré seguir los desarrollos avanzaidos por J. Bouquier. Para el pri- mer modo de retornamiento, designado por él como Rl, parte de un solo toro y procede por corte o agujereado. Cuando corta, da vuelta la superfi- cie "como se da vuelta una manga"; cuando agujerea, enhebra el toro ha- ciéndolo pasar por el agujereado. En ambos casos, obtiene un toro bastón, donde la diferencia será la marca de cienre en uno y otro. Para el segundo modo de retornamiento, R2, parte de dos toros enlaza- dos, cada uno pasando por el eje del otro. Nuevamente opera en un caso por corte y en otro por agujereado. El resu:ttado es, según su planteo, idén- tico; esta vez no advierte la diferencia en la marca de cierre. ¿Acaso en esta oportunidad no tiene ninguna importancia? Lo que obtiene cuando parte de la estructura de dos toros enlazados, es un toro bastón, en cuyo "interior absoluto", el alma, se encuentra el otro

",

sesión del 16.11.76).

ESTRUCTURA Y TRANSFIE RENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

toro que no ha sufrido transformación alguna. Al respecto plantea que se trata de una "estructura diferente".

· En cuanto a J. Bouquier me detengo aquí, porque en este punto insis- te la cuestión de la estructura :y la forma. Es precisamente entre el primer modo de retornamiento, Rl, y el se- gundo, R2, que aparece el planteo según el cual la Figura 10 es "un toro que se atraviesa a sí mismo o sea, una botella de Klein". La pregunta sería entonces: ¿por qué aparece formulado así, en térmi- nos de "se atraviesa", en un tex:to donde se trata de retornamiento? ¿Qué quiere decir "retornamiento"? Según Lacan, que "desde ahora, su interior pasa al exterior" 5 Dar vuelta una superficie tórica sobre sí misma o sobre otra, envol- viéndola, es hacer pasar afuera lo que estaba adentro. ¿Sería el caso de la Figura 10? Posiblemente no se trate ni de uno ni de dos enlaza- dos, como tampoco de un toro dentro de otro. Porque tratándose de la botella de Klein, "en la ocasi,ón" toma la apariencia del toro, que se- ría así el ropaje imaginario de la botella. Ahora bien, en su condición de superficie unilátera, no orientable, es imposible que el toro aparez- ca en el espacio de tres dimensiones, como no sea a través de su re- cubrimiento. Pero entonces, ¿cómo es que el toro se atraviesa a sí mismo para lo- grar este aspecto, esta apariencia de toro atravesado, soporte imaginario de la botella de Klein? Estos pasajes, los respectivos movimientos de envolver, dar vuelta por corte o agujereado, no serían suficientes para dar cuenta de las operacio- nes que producirían la Figura 10. Sería menester otra operación sobre la superficie tórica, además del corte; habría que hacer intervenir una per- foración gracias a la cual -y a modo de pasaje- el toro vendría a atrave- sarse. Entonces sí, se podrían pegar los bordes y en el momento de hacer- lo, se operaría la torsión; al hacerlo, habría que prestar atención al senti- do (en cuanto a los vectores), ya que se trataría de una torsión en el retor- no, a la manera de la banda de Mcebius. De modo que para que este atra- vesamiento se realice, sería necesario el corte previo a todo retornamien- to, la perforación por donde el toro vendría a atravesarse y la torsión pre- via al pegado. H asta aquí, una descripción acerca de cómo habría que operar sobre una superficie tórica, para que resulte atravesada en "la ocasión" de ser una botella de Klein. El toro así situado en el espacio sería la circunstancia oportuna, que bajo este aspecto de atravesamiento presta su forma a una estructura uni-

5. Lacan, Jacques: "L' insu que sait de !'une bévue s'aile a mourre'', Ornicar? Nº 12, pág. 8, París, 1977.

ISIDORO VEGH

látera; al intentar manipularla, nos muestra una continuidad entre inte- rior y exterior, adentro y afuera, contenido y continente. La razón por la cual la botella de Klein es presentada en el texto que

se ocupa de retornamientos e identificación, cuyo objetivo era poner en co- rrespondencia los tres modos de retornamiento con los tres tipos identi- ficatorios distinguidos por Lacan en Freud, no parecería tener suficiente justificación. Tal vez este punto se encuentre 'entre los interrogantes que J. Lacan formula al comienzo de la sesión a la qiue me refer ía, la del 16.11.76,

Qué relación hay entre e:sto que es necesario admitir,

que tenemos un interior, que uno llama como puede, por ejemplo psiquis- mo -se ve precisa,mente a Freud escribir endo-psiquismo, y esto no se im-

pone de por sí, que la psyche sea endo, ni que sea necesario endosar este endo. ¿Qué relación hay entre este interior y eso que llamamos corriente-

donde plantea: "(

)

mente identificación? (

)" 6

.Carlos Ruiz: Aunque resulte difícil seguiirlo así, en general estoy de acuerdo. Algo que me llamó especialmente l:a·atención, son las dos men-

ciones a la apariencia del toro consignadas. Creo que se marca allí una diferencia importante, que podría servirnos para volver a la discusión en

". Como plan-

tea Clara Cruglak, una cosa es decir que el toro le presta su apariencia a una botella de Klein porque ésta "parece" un toro que se atraviesa y otra, fundamental, decir que le presta la apariencia porque nunca accedemos a una botella de Klein en el espacio, ni aun al precio de un autocruce, sino sólo a su revestimiento, que es un toro. La teoría del toro perforado queda para otra ocasión.

torno a lo formulado en el Seminario "Problemas cruciales

6. ! bid, pág. 5.

CAPÍTULO V

"La histérica se sostiene "

en su forma de trique

Los desarrollos que ofreció Carlos Ruiz en respuesta amable a mi pedi- do los consideraba imprescindibles para ir despejando según el modo en el cual me importa presentar las neurosis, no como una colección sino como una serie, de lo que se desprenden consecuencias -mínimas pero crucia- les- en la dirección de la cura. Una vez explorada la estructura, articula- da una lógica, se introducen cambios en el modo según el que abordamos el objeto al que ella a lude. Todo lo cual no impide que en este intervalo me haya preguntado si acaso mi promesa de construir una lógica de las neu- rosis no había sido excesiva. Propongo una frase, ya anunciada, que fundamenta el por qué del r e-

curso a la topología:"La histérica s:e sostiene en su forma de trique por una

armadura: su amor por

Si bien el término francés triqz.~epodría traducirse por garrote, corres- ponde tener en cuenta el valor que cobra en su juego con torique (tórico), palabra esta última de la que llegamos con sólo suprimir una "o". Es a partir de este enunciado de Lacan que le pedí a Carlos Ruiz su aporte que hace a consideraciones que aparecen en ese mismo seminario, referidas a los tres tipos de identificación trabajados no sólo con el toro, sino además con dos toros encadenados. Se puede decir que el planteo de Lacan se atiene a la clasificación freudiana, según la cual se distinguen tres identificaciones: la identificación primaria al padre, la identificación

al rasgo y una tercera, la histérica, que nos interesa especialmente. Siguiendo lo planteado por Carlos Ruiz, dado que el toro es una s uper- ficie topológica, prescindimos de lais consideraciones métricas. Nos impor- ta rescatar la lógica que gobierna. la construcción de esa superficie y de los diferentes tipos de líneas y cortes t raz ados en ella.

su padre" 1

l. Lacan, J acques: "L'insu que sait de l'une-bévue s'aile Amourre", Seminario 1976!17, Clase del 14.12.76.

;;

ISIOORO VEGH

Como habíamos visto, si bien la representación de un toro puede ho- inologarse a una cámara de auto, se trata de una analogía ya que no es cuestión de considerar espesor alguno en ella, sino un conjunto de puntos que según cómo vengan a quedar dispu1estos, constituyen tal o cual su- perficie topológica. Retomar desde allí las tres identificaciones propuestas por Lacan, nos permitirá a la vez abordar esa afirmaciáin que cité al comienzo, referida a la histeria, así como una manera posible de pensar un tiempo específi- co en la cura. Voy a ubicar las tres identificaciones según se presentan en tres estructu- ras, a fin de que podamos considerar una c:omparación entre ellas. El punto de partida será un toro, cuya representación en el plano toma esta forma:

Figura 1

alma

Si consideramos la analogía con la cámara de auto, sería cuestión de situarla de perfil para ubicar el agujero y las paredes. Lacan trabaja en su seminario la operación de retorno (retoumement) del toro, también traducida como retorna~miento, en tanto - según el dic- cionario- corresponde a reversión; nos vamos a servir de esta última pala- bra, aunque no sé exactamente qué alcance tienen en topología estas va- riaciones en el vocabulario. Con la autorización de Carlos Ruiz, entonces, vamos a hablar de tres modos de reversión del toro Para producirlas, Lacan hace intervenir dos operatorias distintas en los tres, planteadas por él como homólogaB, en tanto Carlos Ruiz considera que no lo son; nos tocará pensar los fundamentos de una y otra posición. Al cortar el toro obtengo un cilindro:

Figura 2

ESTRUCTURA Y TRANSFERE NCIA EN LA SERI E DE LAS NEUROSIS

A partir de aquí, puedo producir una reversión del toro. El planteo de Carlos Ruiz señala que una vez introducido ese corte, ya no hay más toro, pasamos a otra estructura. Para conservar aquélla de la que parti- mos, no habría que trabajar la reversión según esta línea de corte, sino vía la perforación; esto es, int1roducir un agujero en el toro y darlo vuel- ta por allí, como una media.

Figura 3

Podemos estar de acuerdo con el argumento avanzado por Carlos Ruiz para fundamentar su preferencia por el trouage, la perforación, cuando nos dice que de recurrir al corte nos alejamos demasiado de la estructu- ra inicial, en la medida que se abre así la alternativa de pasar a otra es- tructura; pero podemos entender que Lacan no haya considerado esta di- ferencia -aún sin quitarle validez- , ya que aborda el corte y la perfora- ción nada más que como un tiempo, al final del recorrido vuelve a sutu- rar a la manera de un cirujano el lugar del corte o a coser el retazo que sacó en el lugar de la perforación. De modo que la aparente contradicción entre un planteo y otro, respon- de al hecho que en un caso se tJrata de la perspectiva de la topología, donde viene a quedar subrayada la diferencia propia del trazado de cada línea, Y en otro el tiempo del corte, en función del retorno a la estructura primitiva. Es la razón por la cual Lacan, después de practicado el corte, sigue conside- rando la figura como un toro; a1ún cuando Carlos Ruiz tenga razón en cues- tionar este enfoque, se trata del modo según el cual Lacan nos anticipa que seguirá siempre abordando la cuestión desde la misma estructura tórica. La primera reversión, entonces, permitirá presentar la identificación primaria. Para hacerla, seguiré la línea del corte y no la del agujero, sim- plemente porque su puesta en el plano permite visualizar .me~or de q~é se trata. Es cuestión, así, de dar vuelta el toro por donde hice mtervemr el corte, de donde resultará lo representado en el siguiente dibujo:

ISIDORO VE1SH

Figura .4

El lado d e a dentro, punte ado en el dibuj o, comienza a pasar afuera, indicado en el dibujo con rayas, para distinguirlo. El tiempo siguiente es fácil de deducir; así, una vez finalizada la reversión, cuando todo lo que

estaba adentro quede afuera, la superficie punteada resultará el exterior y viceversa. La figura resultante es un g;arrote (trique). Si en el toro tene- mos que considerar dos agujeros, uno central -el eje que nos permitiría pasar a través de él, como si se tratara de una a rgolla- y otro, paralelo a la superficie, que corresponde al alma, ahora, en el trique, el eje pasa a consti tuir el a lma y a la inversa el espacio del agujero central como aquél que corresponde a l exterior, uno en continuidad con el otro, pasan a cons-

tituir el alma de

este nuevo tor o, según lo presenta

la siguiente figura:

Figura 5

Se trata del mismo toro inicial, sólo que han cambiado sus dimensio- nes. Digamos que de ser un toro petisito, se convirtió en un toro alto, con forma de garrote. En cuanto al lugar final del corte, tengamos en cuenta que si bien lo damos vuelta íntegramente, de modo que el adentro pasa a ser afuera, la sutura vendrá a situarse de manera distinta según que el toro haya sido cortado o perforado para hacer intervenir la reversión. Más adelante veremos de qué manera nos servimos de esta primera forma de reversión para abordar la identificación primaria. Vayamos aho- ra a la segunda que Lacan nos propone; se vale en est e caso de dos toros anudados, encadenados, según el planteo que ya había avanzado en el se-

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ESTRUCTURA Y TRANSFERENCIA EN LA SERIE DE LAS NEUROSIS

minario prev.io, La identificación. Si nos dirigimos a la Figura 6, cada toro pasa por el eJe del otro; por lo tanto, se da la coincidencia del alma de uno con el eje del otro, y su recíproca. También en este caso pode!mos producir la reversión de las dos mane- ras, por corte o por perforación; el resultado es el mismo, excepción hecha del lugar final de la sutura. Si recurro de preferencia a la primera, como en el caso anterior, es porque resulta más fácil apreciarla cuando la re- presentamos en el plano.

Figura 6

¿Para qué utiliza Laca n es:tos dos anillos? Para representar al sujeto

y al Otro. En el seminario La identificación, se vale de ellos para articu- lar la demanda del Otro con e l deseo del sujeto y la demanda del suj eto con el deseo del Otro. ¿Cómo situamos el carácter recíproco de la articulación? Según lo plan- teara Carlos Ruiz, llamamos Unea llena a todas las que pasan por el eje y las hacemos corresponder a laL demanda; línea vacía, en cambio es lapa- ralela al alma del toro; no atraviesa el agujero central y reenvía al deseo. Así, las líneas de la demanda ide un toro implican las líneas del deseo del Otro. Este anudamiento de dos toros le sirve a Lacan para articular, en una posición de alternancia, demanda y deseo entre el sujeto y el Otro. Su planteo comporta la ruptura con la idea de un inconsciente interior;

el inconsciente se instituye en la relación del sujeto con el Otro. También

aquí, como en el caso anterior, podemos hacer una reversión por perfora- ción, en cuyo caso y tal como lo muestra la Figura 7, obtenemos el mismo resultado que si hubiésemos operado por corte.

01

ISIDORO VEGH

Figura l

De hacer intervenir el corte para intentar la reversión, en un primer momento obtenemos un cilindro enganchado a un toro, tal como apare- ce en la Figura 8.