Capítulo 3

La tarde caía sobre la ciudad cuando Gabriel despertó, boqueando en
busca de aire. Se incorporó bruscamente en su cama mientras daba un
par de profundas respiraciones, dándose cuenta de que todo parecía ir
bien, a pesar de que lo que le había despertado había sido una súbita
sensación de asfixia. Su garganta no parecía estar colapsada, su
respiración no era dificultosa, pero su corazón latía furiosamente dentro
de su pecho. Lo más probable era que solo había sido un sueño.
Volvió a tumbarse y cerró los ojos. Le escocían terriblemente, dándole
a entender que no había tenido todo el descanso que necesitaba, y por un
momento creyó que volvería a quedarse dormido, pero el irracional miedo
de morir asfixiado si lo hacía se lo impidió. Dio otra profunda bocanada de
aire, intentando convencerse a sí mismo de que solo sufría el miedo

residual dejado por un mal sueño, pero la ansiedad hizo presa de él, y se
dio por vencido en el intento de seguir descansando.
Quizás esa pesadilla era solo un síntoma de la tensión que soportaba
últimamente, la misma tensión que le hacía rechinar los dientes al dormir.
Ese día debía haberlo hecho también, pues sentía dolor en la articulación
de la mandíbula. Se quitó la placa de descarga, para disminuir la presión
sobre sus encías, y metiendo sus dedos tras los labios, las frotó en un
intento de calmar el dolor.
Los ecos de un sueño anterior acudieron a su mente. Frunció el ceño en
un intento de recordar mejor, pero solo consiguió retener vagas
sensaciones: la fuerza de sus miembros al correr sobre la pinocha seca, el
olor a tierra húmeda, a lombrices, la caza de una presa que corría en
medio de la noche, la imperiosa sensación de estar en el lugar al que
pertenecía. A pesar de apenas recordarlo, ese sueño se le antojó familiar,
placentero, retazos de una vida onírica que cada mañana acudía a él para
abandonarle por las tardes, cuando despertaba.
Por alguna razón, la evocación de aquel sueño le hizo sentirse agitado.
Su respiración se aceleró y sus encías pulsaron de nuevo, dolorosamente.
En algún lugar bajo sus sábanas, su cuerpo también empezaba a
despertar.
Aún tumbado, se giró en la cama y se abrazó a su almohada para luego
morderla, en un intento de calmar la presión que sentía en las encías. Tras
sus ojos cerrados, se sucedían imágenes del mismo sueño, una y otra vez,
que se mezclaron con recuerdos, fantasías y deseos. Se vio a sí mismo
corriendo

por

un

bosque,

persiguiendo

a

una

pálida

figura

que

aterrorizada, corría ante él. Solo al acercarse, se percataba de que la
figura no era otra que Lilith, pero en vez de calmarle, ese descubrimiento
le espoleaba aún más. Llegó hasta ella y la asió, estrujando entre sus
dedos la blanda piel de sus pechos. Sintiendo una terrible tensión en las
ingles, Gabriel apretó sus caderas contra la almohada a la vez que con sus
dientes, conseguía desgarrar la tela.

Bruscamente, se giró hasta quedar boca arriba. Tapándose el rostro con
el antebrazo, hizo un esfuerzo por calmar su respiración y reprimir sus
desbocados pensamientos. Ese tipo de deseos no le depararían nada
bueno, y haría mejor en intentar apartarlos de su mente. A pesar de que
su cuerpo aullaba en busca de alivio, decidió no dárselo, y se concentró
todo lo que pudo en respirar lenta y profundamente, esforzándose por
ignorar a conciencia la pulsante erección que había bajo sus sábanas. Su
placer no debía conseguirse a toda costa, se recordó con severidad. Sin
embargo, parecía ser incapaz de aplacar su inflamado deseo.
Se sentó en la cama, abrió el cajón de su mesita de noche y extrajo de
él una pequeña cajita de madera. En su interior había una hojilla de metal,
de esas que se venden en los supermercados como reemplazo para los
rascavidrios. La cogió con su mano derecha, y sin darse tiempo a pensar
en lo que hacía, se cortó de un tajo la piel de su muslo derecho.
Rápidamente, puso sus manos sobre la herida para impedir que el
sangrado manchara las sábanas, y se mordió el labio inferior ante el
escozor que ello le causaba. Sintió nauseas, pero las encías ya no le dolían
y su erección había cedido.
El sonido gutural de una garganta no humana le hizo elevar la mirada.
Le pareció vislumbrar, difuminándose con las sombras de la relativa
oscuridad, una silueta animal que, agazapada, parecía mirarle con
intensidad.
—No te voy a dar lo que quieres —afirmó.
Desvió la mirada de nuevo hacia su muslo. La sangre, que aún manaba
de la herida, se escapaba de entre sus dedos, y vio cómo un hilillo
goteaba hasta el suelo. Aumentó la presión sobre la herida para detener la
hemorragia, a la vez que con la otra mano prendía la luz. Cuando volvió a
elevar la vista, la figura ya no estaba.
Rebuscó en el cajón hasta dar con un paquete de gasas y unas vendas.
Ignorando las cicatrices que poblaban sus muslos, se vendó la herida y

siguió presionando hasta que notó que el sangrado paraba por completo.
Con otra de las gasas, limpió la hojilla y la volvió a guardar. Luego se
levantó de la cama, se vistió y salió al pasillo. Una vez allí, se tomó unos
segundos para escuchar. La casa estaba en silencio, y no se oía el
incesante teclear de Antonio, lo que parecía indicar que, en algún
momento del día, habría caído rendido, y ahora estaría durmiendo.
Procurando no hacer ruido, salió de casa.
Con toda la tarde que perder por delante, y necesitado de cierta paz de
espíritu, Gabriel dirigió sus pasos hacia la Iglesia de Santa María del Pino.
No era el templo que más cerca le quedaba, y para llegar allí debía
caminar casi media hora, pero en los últimos años se había convertido en
su favorita, y no solo porque ir allí le permitía disfrutar de un largo paseo
por una de las zonas más bulliciosas de la ciudad. La que fuera una
espigada construcción en medio de un desolado arenal hacia finales de la
Guerra

Civil,

había

ido

quedando

rodeada

de

altos

edificios

de

apartamentos y grandes almacenes, pero eso solo la hacía destacar más
si cabía. Con su fachada roja y la majestuosa torre de su campanario, le
parecía un símbolo del crecimiento de la ciudad, que había observado
durante más de cien años, a la vez que su interior le reconfortaba y le
trasladaba al pasado.
Había llegado un poco antes de la misa de las siete, y aunque no tenía
especial interés en asistir al servicio religioso, se sentó en una de las
últimas filas de bancos a esperar. El templo estaba casi vacío. Unas
cuantas personas, mujeres ancianas en su mayoría, esperaban sentados
como él en los bancos, o se arrodillaban para rezar. Un monaguillo,
vestido de blanco, encendía las velas en el altar.
Impulsado por la fuerza de la costumbre, se arrodilló frente al banco,
puso las manos en actitud de orar y cerró los ojos. Le gustaba el ambiente
que reinaba allí: las voces susurrantes, el resonar de los pasos sobre el
suelo de mármol, el crujir de los bancos de madera bajo los cuerpos de los
fieles. Olía a cera quemada, a piedra húmeda. Se vio a sí mismo con once

o doce años, las rodillas hincadas en el suelo, el rostro hundido entre las
manos, rezando por la bondad de su alma.
En cierto sentido, Gabriel pensaba que era aún seguía siendo ese
mismo niño. Él no creía, como creía su pater, que la inmortalidad
eliminara la necesidad de trascendencia. Para Gabriel, la religión seguía
teniendo un significado, un valor. A pesar de sentirse más allá de toda
condena, para él la palabra pecado tenía un significado, así como la
palabra maldad. No importaba que él fuera una encarnación de ambos
conceptos, no por eso debía dejar de repudiarlos.
Sintió la necesidad de elevar sus plegarias a alguien, pero desconocía
si habría algún dios dispuesto a escuchar a una criatura como él. Sin
embargo, rezó, aunque fuera solo como una forma de ordenar sus
pensamientos, de encontrarse a sí mismo, o de alcanzar el ilusorio alivio
que proporcionaba el poder confiar el propio destino a un ser superior.
Rezó por las mujeres a las que había amado, y por las que había pagado;
rezó por la intensidad con la que su cuerpo reaccionaba ante la promesa
de placer, de depravación. Rezó por Lilith, y por que el juego en el que la
había involucrado, sin enseñarle las verdaderas reglas del mismo, no
tuviera para ella fatales consecuencias. Rezó por su sueño de aquella
mañana, por su intensa ansia, con el deseo de limpiarse de todo eso.
Abrió los ojos y miró hacia el altar, desde donde la imagen de un Cristo
doliente y atormentado le devolvía una suplicante mirada. La misa ya
había dado comienzo, pero Gabriel la ignoró, absorto en la contemplación
de aquel rostro ensangrentado y lleno de amor. Algo bueno debía haber
en aquel lugar, algún poder más allá de su comprensión, para devolverle
cierto tipo de paz. Recordó lo que le habían enseñado de niño: que Jesús
había pagado con su sangre por los pecados de todos, incluso por los
suyos. Quizás era por eso que tan solo por estar ante Él se sentía más
ligero, solo, como si en su presencia fuera el único dueño y habitante de
su alma. Intentando no hacer ruido para no perturbar el curso del servicio
religioso, Gabriel se levantó y salió de la iglesia.

+
Desandó sus pasos hasta internarse de nuevo en La Isleta, caminando
a largos trancos, con las manos en los bolsillos y la vista fija en el suelo. Al
pasar cerca de su edificio, pensó en subir a casa para ver cómo estaba
Antonio, pero cambió de opinión y siguió de largo. Unos pocos minutos
después llegó a la avenida de Las Canteras. Más allá de ella se extendía la
playa del mismo nombre, que con sus casi tres kilómetros de costa era
una de las mayores playas urbanas del mundo. Estando en la costa
opuesta del istmo de Guanarteme que la playa de Las Alcaravaneras,
daba a poniente, por lo que Gabriel tomó asiento en una de las muchas
terrazas que poblaban la avenida y se preparó para presenciar el
atardecer. El sol estaba muy bajo ya, tanto que el mar parecía a punto de
tragarlo, y su luz refulgía sobre su superficie. La marea estaba muy baja
aquella tarde, y a apenas unos cien metros de la orilla podía verse la
silueta de La Barra, la estructura de piedras y coral que hacía de cortaolas
natural para la playa y a la que, en días de marea tan baja como aquel,
casi se podía llegar a pie.
Pidió una cerveza y algo de comer y se quedó allí hasta que anocheció
del todo. Una vez terminó de cenar, abandonó la avenida en dirección a
un callejón aledaño, donde había varios comercios y locales de ocio. Se
paró ante una puerta metálica pintada de blanco sobre la que había un
cartel que rezaba el nombre del local que guardaba, «Noctivagus», en
grandes letras barrocas. Cerrando la puerta tras de sí, bajó las escaleras
que descendían ante él, llevándolo directamente al subsuelo. Una vez que
alcanzó el rellano, pulsó el interruptor que había a su derecha para
encender las luces.
Los fluorescentes del techo se encendieron tras un parpadeo inicial,
inundando el local con una luz azulada. La intensidad de la iluminación le
hizo fruncir el ceño levemente y lanzar un reniego. Luego, una vez que
sus pupilas se acostumbraron a la luz, miró a su alrededor para ver que
todo estaba en orden.

El local estaba silencioso y vacío, y todo estaba como él lo había
dejado la madrugada anterior: la barra reluciente, con las botellas
colocadas pulcramente en las estanterías de cristal que había tras ella, las
mesas y las sillas apiladas sobre las mesas, el suelo perfectamente limpio.
Era un lugar pequeño, lo que se exacerbaba por el color negro de sus
paredes y lo recargado de su decoración gótica, y cuando estaba al
máximo de su aforo resultaba un poco agobiante. No por primera vez,
Gabriel pensó que debería mudarse a un local más amplio, pero este le
gustaba demasiado como para sacrificarlo en pro de aumentar el negocio.
En todo caso, el público objetivo de un bar para vampiros no era tan
grande como para llenar un local mucho mayor.
Entrando en la trastienda tras la barra, abrió las puertas de los
lavavajillas que había dejado en marcha justo antes de irse, para
comprobar que los ciclos de lavado se habían hecho sin incidencias, y
revisó que las neveras estuvieran encendidas y funcionantes. Estaba a
punto de ponerse a rellenar servilleteros cuando escuchó un ruido
metálico proveniente del almacén. Apresurándose a abrir la puerta, se
adentró en él para encontrarse a una pareja montándoselo contra una de
las estanterías en las que apilaban las bebidas.
—No me lo puedo creer —dijo con hastío, antes de volver a cerrarla.
Caminó en dirección a la barra, pero antes de que la hubiera
alcanzado, la puerta del almacén volvió a abrirse y un joven enteramente
vestido de negro salió apresuradamente de él.
—Jefe, por favor no me eche —rogó, acercándose a donde Gabriel se
encontraba. Le faltaba el aliento, tenía el pelo revuelto y la bragueta a
medio abrochar—. Por favor no me eche —repitió—. Sé que me dijo que
me echaría si me volvía a pillar, pero por favor no me eche.
Mientras soltaba su perorata, no dejaba de seguir a Gabriel a lo largo
de la barra, revoloteando a su alrededor para captar su mirada.
Finalmente, Gabriel se detuvo y le miró.

—Joder, Raúl —le dijo—, hemos tenido esta conversación un montón de
veces.
—Ya lo sé, ¡ya lo sé! —gimió, como si sus actos fueran una catástrofe
inevitable—, pero no me eche. No me volverá a pillar, ¡lo juro! No lo haré
más, pero necesito este curro.
—Pues no lo parece. —Bajó la voz antes de añadir—: ¿De verdad no
tienes otro sitio al que llevarlas?
—Es que tengo el coche en el taller. La correa de distribución otra vez.
Me va a salir una pasta. Necesito este curro, jefe. Pero le juro que la
próxima vez que se me joda el coche las meto a escondidas en casa de mi
abuela o algo, pero nunca más en el almacén… Ni en ninguna otra parte
del local —se apresuró a aclarar al ver que Gabriel estaba a punto de
protestar.
—Mira, Raúl…
La puerta del almacén volvió a abrirse y la joven salió tímidamente. Se
había tomado su tiempo en arreglarse, de manera que apenas se notaba
lo que había estado haciendo. Fingiendo que no la había visto, Raúl se
irguió y empezó a hablar con voz pedante.
—Treinta cajas de Coca-Cola, veinte de Seven-Up, y definitivamente
cuarenta de tónica, con toda esta moda de los Gin-tonics, y… Ah, hola
encanto —dijo girándose hacia la chica, como si se acabara de percatar de
su presencia—. ¿Ya te vas? —La chica miró a Gabriel con cierta reserva
antes de asentir casi imperceptiblemente—. Genial, pues mañana te llamo
y…
—Pero si no te he dado mi número de teléfono.
—Emmm, sí que me lo diste, ¿no te acuerdas? —dijo, acercándose a
ella y cogiéndola por el brazo gentil pero firmemente, guiándola escaleras

arriba—. Además, estoy súper ocupado ahora mismo. Tengo que ayudar a
mi jefe a hacer el pedido. Estaría perdido sin mí. Otro día nos vemos, ¿sí?
—Pero, es que…
—Lo que tú digas. ¡Adiós! —se despidió cerrando la puerta del local
entre ambos y dejando a la joven en la calle.
Gabriel que había observado aquella escena en completo silencio,
avanzó hasta los pies de la escalera para esperar a su empleado, que las
volvía a bajar y de nuevo había recuperado su expresión compungida. El
verlo componer cuidadosamente su cara de cachorro apaleado le hizo
esbozar la primera sonrisa del día.
—Jefe, por favor —dijo en cuanto vio que Gabriel le esperaba—, no me
ech…
—¡Pero qué pesado te pones! —rio.
—¿Entonces no me echa? —Bajó los escalones que le restaban de dos
en dos, con expresión esperanzada.
—Hoy te toca recoger los lavavajillas. Y rellenar los servilleteros. Y los
cubiteros. Y comprobar el grifo de cerveza. Y ya que estás, vete
adelantando el pedido de la semana que viene. Y nada de chicas en el
almacén.
—Gracias, gracias, jefe, muchas gracias —dijo Raúl, ajeno al pequeño
castigo con el que su jefe se cobraba la indiscreción de aquel día—. No se
arrepentirá.
Gabriel se sentó bajo uno de los taburetes de la barra y se sentó como
si fuera un cliente.
—Y ponme una caña, anda.
—¡Voy! —Raúl, que ya tenía un servilletero en la mano, lo soltó
rápidamente para ir a cumplir la última orden, que por la expresión de su

jefe parecía la más urgente. Antes de tirar la cerveza, comprobó que el
grifo no estuviera vacío. Luego puso el vaso delante de Gabriel con una
florido movimiento de la mano. Un poco de espuma se escurrió por la
superficie exterior del vaso al hacerlo—. Hoy está muy serio.
Gabriel cogió el vaso y dio un largo sorbo. Raúl volvió a coger el
servilletero, pero no le quitaba ojo de encima.
—No he dormido muy bien.
—¿Vendrá Lilith esta noche? —preguntó como si tal cosa, mientras se
entretenía en rellenar los servilleteros.
—¿Está en la cartelera? —preguntó a su vez Gabriel, con suspicacia.
—No.
—Pues entonces, no. No me preguntes cosas que ya sabes —dijo a
modo de reprimenda a la vez que se levantaba del taburete—. Me voy al
despacho. Tengo papeleo del que encargarme.
—Vale, jefe —contestó Raúl, poniendo su mejor cara de no haber roto
un plato en su vida, expresión que fue rápidamente sustituida por una de
hastío en cuanto Gabriel se perdió de su vista—. Pero qué mal follado está
este hombre —resopló.
Luego, como si nada de lo ocurrido le pesara en la mente, se apresuró
a terminar sus tareas y tener el bar listo para la hora de apertura.
+
Los papeles se amontonaban en su mesa: recibos, albaranes, extractos
de cuentas bancarias… Pero Gabriel no les prestaba la menor atención.
Sentado al escritorio, reclinado sobre su asiento y con la mirada perdida
en las manchas de humedad que corroían la pared que tenía en frente,
dejó pasar el tiempo. Fue levemente consciente de que el silencio del
despacho daba lugar a la música que, cada vez más alta, reverberaba en

el suelo; en el sonido de conversaciones y risas, de entrechocar de
botellas, el tintinear del hielo en los vasos. Sabiendo de antemano que no
iba a ser capaz de adelantar ningún papeleo, decidió salir para ayudar en
el bar.
Raúl atendía la barra, y aunque otra de las camareras había entrado ya
en su turno, el joven parecía desbordado. Remangándose las mangas de
la camisa se puso junto a él.
—Joder jefe, ya era hora —masculló, resoplando, mientras volvía a
colocar una botella de ron en su sitio.
Gabriel aceptó el reproche con ecuanimidad, sabiendo que lo merecía.
Luego, se entregó al mecánico acto de servir copas. Su clientela se
componía en su mayor parte de góticos, rockeros o jugadores de rol, entre
los que siempre aparecía algún turista, como Raúl llamaba a la gente
«normal» que acudía al bar atraídos por su peculiar ambientación, en
busca de una experiencia diferente. Llevaba ya un buen rato atendiendo a
la barra y fingiendo sonrisas cuando le acometió una sensación de
apremio y, algo alarmado por ella, levantó la mirada para ver de qué se
trataba.
Ante él tenía a una mujer que parecía ser muy joven. Su cabello color
miel caía en sedosas ondas sobre su hombro derecho y enmarcaba un
exquisito rostro en forma de corazón, dominado por unos enormes ojos
ambarinos. A pesar de que iba vestida como muchas de sus clientas, de
oscuro y con prendas neorrománticas, en ella ese estilo parecía diferente,
más auténtico. A pesar de su belleza, había algo inquietante en ella,
quizás acentuado por los afilados y largos caninos que asomaban tras sus
finísimos labios, aunque para un observador casual nada de todo ello la
diferenciaría de muchas otras de las mujeres que frecuentaban el local.
Pero

Gabriel

no

era

un

observador

casual,

y

la

sensación

de

reconocimiento se intensificó al darse cuenta de que el aspecto de aquella
mujer no era ningún disfraz. Intento percibir algún tipo de amenaza
proveniente de ella, pero no la había. De hecho, y a pesar de estar seguro

de que ella también le había reconocido como un igual, no parecía en
absoluto alarmada. Clavaba su mirada en él con curiosidad, como si no
hubiera encontrado exactamente lo que buscaba pero aún no hubiese
perdido la esperanza de encontrarlo.
—Hola, Gabriel —le dijo, con voz infantil y susurrante. Ladeaba la
cabeza, casi como si esperara que él la reconociera de alguna forma.
—¿Nos conocemos? —Preguntó receloso, aunque sabía de antemano
que no era así.
Ella sonrió levemente.
—Supongo que si fuera así, te acordarías de mí.
—Entonces, ¿cómo sabes mi…?
—Así te ha llamado tu sirviente —repuso señalando a Raúl, sin darle la
oportunidad de terminar su pregunta.
La sencilla explicación no le convenció en absoluto.
—¿Qué quieres?
Ella volvió a sonreír. Quizás su intención era conciliadora, pero Gabriel
pudo adivinar, por la expresión de su rostro, que sabía mucho más de él
de lo que estaba dispuesta a confesar.
—Que el joven príncipe se prende de mí, y así conseguirlo a él y a mi
alma inmortal —recitó en actitud soñadora.
—¿Qué?
La chica meneó la cabeza, como si se diera cuenta de que sus palabras
estaban fuera de lugar.
—Vino tinto. Dos copas —pidió a continuación.

—Claro. —Gabriel se obligó a servir el pedido, sintiéndose aún
alarmantemente expuesto. Cuando le sirvió las copas, ella las asió con
unas pequeñas manos, enfundadas en mitones de rejilla.
—¿Cuánto he de pagarte?
—Invita la casa —respondió con sequedad.
Ella se lo agradeció con una leve inclinación de cabeza y se alejó de la
barra en dirección a una mesa en la que le esperaba un joven. Aparentaba
tener más o menos la misma edad que ella, e iba enteramente vestido de
oscuro, con ropas pesadas y de inspiración antigua. Llevaba el negro
cabello lo suficientemente largo como para que sus mechones acariciaran
sus hombros y oscurecieran parcialmente sus facciones, pero pudo
entrever un rostro alargado y aristocrático, con una recta y elegante nariz,
y unos carnosos labios.
—Jefe, espabila, coño —le siseó Raúl, al ver que en vez de atender a
nuevos clientes, miraba hacia una de las mesas.
Sacudió la cabeza en un intento de volver a la ajetreada realidad de su
negocio, pero tras cada copa servida miraba de hito en hito a la pareja,
que charlaba con las cabezas muy juntas. En algún momento de la
madrugada, abandonaron el local sin que Gabriel lo advirtiera, pero no se
sintió realmente tranquilo hasta la hora de cierre.
—Deje, que ya me encargo yo —le dijo Raúl al ver que empezaba a
cargar los lavavajillas—. Váyase a casa, jefe.
Estuvo a punto de desestimar su ayuda y mandarlo a casa, pero al
notar que el chico seguía intentando enmendar su error de aquella tarde,
asintió levemente y salió del local.
El aire frío proveniente del mar le golpeó en cuanto salió a la calle, y le
obligó a arrebujarse en su chaqueta y a apretar el paso para abandonar lo
más rápidamente posible las calles aledañas a la playa de Las Canteras.

Se dirigió hacia el este, haciendo a la inversa el camino que había
recorrido aquella mañana, hasta atravesar de costa a costa el Istmo de
Guanarteme, de apenas un kilómetro de ancho. No se detuvo hasta estar
frente al alto y feo edificio de color amarillo del que había salido la
mañana

anterior. Se acercó al portal, tocó el timbre, y esperó

pacientemente.
—¿Eres tú, Bill? —oyó que le respondía la sensual voz de Lilith.
No pudo reprimir una sonrisa.
—Anda, abre. —El zumbido metálico le indicó que ella había accionado
la apertura del portal, y se apresuró a internarse en el edificio. No se
molestó en esperar al ascensor, sino que subió rápidamente las escaleras
hasta llegar al cuarto piso. Ella le esperaba en la puerta, y nada más
verla, Gabriel se abalanzó sobre sus labios, habiendo olvidado ya todo lo
relacionado con aquella misteriosa chica—. Ya te he dicho que prefiero
que me llames Drácula —dijo riendo, mientras cerraba la puerta tras de sí.

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