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La era de la Revolución Cáp.

4 (Eric Hobsbawm)

Desde 1792 a 1815 Europa vivió un período continuo de guerras (con breves armisticios) entre Francia y sus
territorios fronterizos contra las potencias coaligadas. Dos clases muy distintas se enfrentaron a lo largo de
aquellos años: poderes y sistemas. Francia como Estado, con sus intereses y aspiraciones, se enfrentaba (o se
aliaba) con otros estados de la misma clase, pero, por otra parte, Francia como revolución convocaba a los
pueblos del mundo para derribar la tiranía y abrazar la libertad, a lo que se oponían fuerzas conservadoras y
reaccionarias. Con el tiempo lo que al principio fue una guerra de defensa de la Revolución paso luego a
“reclamar las fronteras naturales de Francia” y por último paso a ser una guerra entre imperios. Sin embargo, la
doble naturaleza de las guerras como conflictos entre estados y entre sistemas sociales permanecía intacta.
Socialmente sólo EEUU simpatizaba con Francia aunque durante la guerra permaneció neutral. Más que
países Francia tuvo como aliados a algunos partidos y corrientes de opinión dentro de otros estados. En
Inglaterra el jacobinismo hubiera sido sin duda un fenómeno de la mayor importancia política, incluso después
del Terror, si no hubiera chocado con el tradicional prejuicio antifrancés del nacionalismo británico. Así, en
Polonia, la RF causó una profunda impresión. Francia había sido la principal potencia en la que Polonia
esperaba encontrar sostén contra la codicia de Prusia, Rusia y Austria. En Irlanda, el descontento nacional y
agrario daba al jacobinismo una fuerza política muy superior al efectivo apoyo prestado a la ideología
masónica y librepensadora de los jefes de la United Irishmen, sin embargo Inglaterra siempre dominó el mar y
Francia no pudo prestarle un apoyo efectivo a Irlanda que preocupara a Inglaterra.
No obstante ni Polonia ni Irlanda fueron casos típicos de filo jacobinismo, pues el verdadero programa de la
RF era poco atractivo para una y otra. En cambio si lo era para los países que tenían problemas políticos y
sociales parecidos a los de Francia. Estos países se dividían en dos grupos: aquellos en que el jacobinismo
nacional tenía posibilidades de prosperar por su propia fuerza, y países en los que sólo su conquista por Francia
podría hacerlo adelantar. Los Países Bajos, parte de Suiza y quizá uno o dos estados italianos pertenecían al
primer grupo, la mayor parte de la Alemania occidental y de Italia. Por todo ello, en términos generales se puede
decir que el valor militar del filo jacobinismo extranjero fue más que nada el de un auxiliar para la conquista
francesa, y una fuente de administradores, políticamente seguros, para los territorios conquistados. Pero, en
realidad, la tendencia era convertir a las zonas con fuerza jacobina local, en repúblicas satélites que, más tarde,
cuando conviniera, se anexionarían a Francia. Por lo general la importancia del jacobinismo extranjero fue
secundaria. A su vez hubo movimientos populares (Rusia, España, norte de Italia) antifranceses importantes que
afectaron bastante el curso de la guerra.
En términos de las anticuadas relaciones de las potencias, la cuestión era más compleja. Aquí el
conflicto fundamental era el que mediaba entre Francia y Gran Bretaña que había dominado las relaciones
internacionales europeas durante gran parte de un siglo. Desde el punto de vista británico, ese conflicto era casi
exclusivamente económico. Los ingleses deseaban eliminar a su principal competidor a fin de conseguir el total
predominio de su comercio en los mercados europeos, el absoluto control de los mercados coloniales y
ultramarinos. Gran Bretaña se conformaba con un equilibrio continental y el dominio del mar por parte de ella.
Por su parte Austria cuyos lazos de familia con borbones se reforzaron por la directa amenaza francesa a sus
posesiones y zonas de influencia en Italia y a su predominante posición en Alemania, era la más antifrancesa,
por lo que tomo parte en todas las coaliciones. Rusia fue antifrancesa intermitente, entrando en guerra 1795-
1800, 1805-1807 y 1813. Los demás países eran oportunistas y se cambiaban de bando según su conveniencia.
Prusia se encontraba indecisa por sus simpatías en el bando antirrevolucionario, su desconfianza de Austria y
sus ambiciones en Polonia y Alemania, a las que favorecía la iniciativa francesa.
Por otro lado, la ambición de la burguesía francesa para convertirse en la potencia dominante de Europa
chocaba directamente con los intereses británicos y suponía su destrucción. Ambas consideraciones dieron a la
pugna Anglo-francesa una persistencia y una tenacidad sin precedentes. Los más seguros aliados de Francia
eran los principados alemanes del Rhin que debido a la constante amenaza de Austria y Prusia que deseaban
anexar estos territorios.
Entre 1794 y 1812 los triunfos siempre fueron franceses, la razón de estos triunfos reside en la RF. Dicha
revolución transformó las normas bélicas haciéndolas inconmensurablemente superiores a las de los ejércitos
del antiguo régimen. Técnicamente, los antiguos ejércitos estaban mejor instruidos y disciplinados, por lo que
en donde esas cualidades eran decisivas, como en la guerra naval, los franceses fueron netamente inferiores.
Posteriormente el bloqueo continental de Francia contra Inglaterra fracasó. En 1815 tras la derrota de Waterloo,
Napoleón es exiliado definitivamente a la isla de Santa Helena.
Una de las consecuencias más importantes de las guerras napoleónicas fue la racionalización general del mapa
político europeo, especialmente en Italia y Alemania. La RF terminó la Edad Media europea. El característico
Estado moderno, que se venía desarrollando desde varios siglos antes, es una zona territorial coherente e
indivisa, con fronteras bien definidas, gobernada por una sola autoridad soberana conforme a un solo sistema
fundamental de administración y ley. Fuera de Europa, los cambios territoriales de las guerras fueron las
consecuencias de la amplísima anexión llevada a cabo por Inglaterra de las colonias de otros países, y de los
movimientos liberación colonial, inspirados por la RF (como en Santo Domingo), posibilitados o impuestos por
la separación temporal de las colonias de sus metrópolis (como en la América española y portuguesa). El
dominio británico de los mares garantizaba que la mayor parte de esos cambios serían irrevocables, tanto si se
habían producido a expensas de los franceses como, más menudo de los antifranceses.
También fueron importantes los cambios institucionales que se produjeron durante por las conquistas
francesas. En todos estos territorios que fueron ocupados por Francia (quizá con la excepción del Gran ducado
de Varsovia), las instituciones de la RF y el Imperio napoleónico eran automáticamente aplicadas o servían de
modelo para la administración local: el feudalismo había sido abolido, regían los códigos legales franceses, etc.
Estos cambios serían más duraderos que las alteraciones de las fronteras. Así, el código civil de Napoleón se
convirtió en el cimiento de las leyes locales de Bélgica, Renania (incluso después de su reincorporación a
Prusia) e Italia. El feudalismo, una vez abolido oficialmente, no volvió a restablecerse.
Como para los inteligentes adversarios de Francia era evidente que su derrota se debía a la superioridad de un
nuevo sistema político, o en todo caso a su error al no establecer reformas equivalentes, las guerras produjeron
cambios no sólo a través de las conquistas francesas, sino como reacción contra ellas.
Pero los cambios en las fronteras, leyes e instituciones gubernamentales fueron nada comparados con un
tercer efecto de aquellas décadas de guerra revolucionaria: la profunda transformación de la atmósfera política.
Ahora se sabía que la revolución en un único país podía ser un fenómeno europeo; que sus doctrinas podían
difundirse más allá de sus fronteras, y sus ejércitos, convertidos en cruzados de la causa revolucionaria barrer
los sistemas políticos del continente. Ahora se sabía que la revolución social era posible; que las naciones
existían como algo independiente de los estados, los pueblos como algo independiente de sus gobernantes, e
incluso que los pobres existían como algo independiente de las clases dirigentes.
Las pérdidas ocasionadas por la guerra fueron graves, aunque no excesivas en comparación con las de las
guerras contemporáneas; pero curiosamente, pocas de ellas causadas por el enemigo. Las exigencias
económicas de la guerra tendrían mayor alcance. Para el criterio del siglo XVIII, las guerras revolucionarias y
napoleónicas eran de un costo sin precedentes; pero más que el costo en vidas era el costo en dinero. El método
tradicional para costear la guerra había sido una combinación de inflación monetaria, empréstitos y un mínimo
de impuestos especiales, ya que estos generaban descontento en la gente.
En primer lugar familiarizaron al mundo con el inconvertible papel moneda. En el continente, la facilidad con
que se imprimían las piezas de papel para pagar las obligaciones del gobierno se manifestó irresistible. Los
ingleses evitaron esta forma particular de costear la guerra y estaban lo bastante acostumbrados a los billetes de
banco, como para asustarse de ellos, pero incluso el Banco de Inglaterra no resistiría la doble presión de las
peticiones del gobierno (para conceder empréstitos y subsidios al extranjero), las operaciones privadas sobre su
metálico y la tensión especial de un año de hambre. En 1797 quedaron en suspenso los pagos en oro a los
clientes privados y el inconvertible billete de banco se convirtió de facto en moneda efectiva. La otra alternativa
frente a los impuestos eran los empréstitos, pero el vertiginoso incremento de la deuda pública, producida por el
inesperado aumento de los gastos de guerra y la prolongación de ésta, asustaron incluso a los países más
prósperos, fuertes y saludables financieramente. Después de cinco años de financiar la guerra mediante
empréstitos, el gobierno británico se vio obligado a dar el paso extraordinario de costear la guerra a través del
impuesto a la renta. La rápida y creciente prosperidad del país lo hizo perfectamente factible, y en adelante el
coste de la guerra se sufragó con la renta general. Los empréstitos al extranjero se concedían principalmente
(del lado antifrancés) por el gobierno británico. La época de esplendor de aquellos financieros internacionales
fue después de las guerras, cuando financiaron con grandes empréstitos destinados a ayudar a los antiguos
regímenes a recobrarse de la guerra y a los nuevos a estabilizarse.
Por otra parte las consecuencias sociales de tal adeudo fueron grandes, pues actuaba como un gran embudo
para verter cantidades mayores de los tributos pagados por la población en general en los bolsillos de la pequeña
clase de rentistas, contra los cuales los portavoces de los pobres y los modestos granjeros y comerciantes,
lanzaban sus críticas desde los periódicos.
Sin embargo es erróneo atribuir al esfuerzo de guerra resultados totalmente perjudiciales para la economía
civil. La industria de guerra, aunque de momento prive de hombres y materiales al mercado civil, puede a la
larga estimular ciertos aspectos que las consideraciones de provecho corrientes en los tiempos paz hubiesen
desdeñado. Tal fue el caso de las industrias del hierro y del acero. Por eso podemos considerar en parte la
desviación de recursos del capital de los fines pacíficos como inversión a largo plazo para nuevas industrias
importantes y para mejoras técnicas.
La quiebra de la economía francesa se debió a la década de revolución, guerra civil y caos que, por ejemplo,
redujo la producción de las manufacturas del Sena inferior y el número de sus operarios. A esto hay que añadir
la pérdida del comercio de ultramar debido al dominio de los mares de la flota británica. La carga que hubo de
soportar Inglaterra era debida al costo no sólo del sostenimiento de su propia guerra, sino también, mediante las
tradicionales subvenciones a sus aliados continentales, del sostenimiento de la de otros estados. Pero incluso en
las guerras, francamente económicas, sostenidas por los ingleses en los siglos XVII y XVIII no supusieron un
desarrollo económico por ellas mismas o por estimular la economía, sino por la victoria, que les permitió
eliminar competidores y abrir nuevos mercados. Su “costo” en cuanto a negocios truncados, desviación de
recursos, etc., fue compensado por sus “provechos” manifiestos en la relativa posición de los competidores
beligerantes después de la guerra. El resultado final fue clarísimo, Gran Bretaña paso a ser la potencia
dominante hasta la I Guerra Mundial.