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CON CRITERIO

Arquitectura y Urbanismo, Vol. XXIII, No. 2/2002

HISTORIA DE LA ARQUITECTURA

SOMBRAS Y LUZ EN LA CIUDAD VIEJA LA VIVIENDA COLONIAL CUBANA

Un sucinto panorama de la

evolución cubana en la etapa colonial, a partir de su devenir tipológico, su repercusión posterior y notable relevancia en la memoria colectiva y en la cultura nacional, en tanto expresión y base de una forma propia de concebir la Arquitectura y la ciudad que perduró hasta entrado

el siglo XX

Palabras clave: casa cubana colonial, evolución tipológica

A succinct panorama of the

Cuba housing evolution in the colonial stage, coming from its typological outcome, its later repercussion and remarkable relevance in the collective memory and national culture, as well as a way of expression, a base in a characteristic vision concerning Architecture, and the city that lasted right up to the 20th century

Key words: cuban colonial housing, typological evolution

LUIS LÁPIDUS MANDEL. Profesor Titular de la Facultad de Arquitectura del ISPJAE. Ocupó, hasta su deceso en 1995, el cargo de Subdirector del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología.

Luis Lápidus

de Conservación, Restauración y Museología. Luis Lápidus Galería alta del Palacio del Segundo Cabo. Siglo XVIII.

Galería alta del Palacio del Segundo Cabo. Siglo XVIII. Habana Vieja.

Mucho del misterio y del asombro que emana de las áreas urbanas tradicionales s debe a la cambiante acción del claroscuro, a la sorpresa visual y espacial, al juego de texturas y colores, de sólidos y vacíos, de espacios abiertos y cerrados. Estas cualida des, que se gestan en la urdimbre compacta e intrincada de los núcleos originales

trasciende y reaparece en el caso de Cuba en los crecimientos ulteriores y se convierten

a través de la definición de códigos propios, en una forma propia de concebir la arquitec

tura y la ciudad que perduró hasta bien entrado el siglo XX. Esta evolución se relaciona con una actitud pragmática en el cambio y el desarrollo característica de la historia urbana insular, en la que, junto a decisivos factores económicos, influyen las preexistencias culturales metropolitanas, el clima de la colonia y la idiosincrasia que va adquiriendo su población, las particularidades de las relaciones comunitarias en cada etapa y el papel del artesano en la construcción arquitectónica.

Un panorama de esta evolución, a partir de sus efectos en el devenir tipológico de la casa cubana colonial, evidencia su repercusión y notable relevancia en la memoria colectiva y en la cultura nacional. Las tradiciones romanas, medievales y árabes que nutrían la experiencia constructiva española en el momento de la conquista, no ejercieron de inmediato su influencia en una colonia cuya escasez de metales preciosos no favoreció un rápido poblamiento. La

primera respuesta edilicia de los españoles asumió las formas precarias de los aborígenes

a partir de los materiales naturales de más fácil y directa obtención. El oficio hispano en

obras de cantería y de madera tardó en aparecer en la pobre colonia. Solo avanzado el siglo XVI se constató la principal fuente de desarrollo poblacional económico de la isla, en su estratégica ubicación geográfica, que le permitió servir de punto de reparación y avituallamiento periódico de las flotas que trasladaban las riquezas coloniales hasta la metrópoli. Esta coyuntura, a su vez, estimuló por una parte el surgi

miento de una producción agrícola y ganadera estable y la explotación de otras fuentes de riqueza, como la ex-

plotación maderera y la fabricación de navíos. Por otra, la construcción de ortificaciones cada vez más importan-

e determinó el adiestramiento de la

mano de obra para una futura arquitec-

ura civil de envergadura. El campesino aislado pobre conti-

nuó viviendo en el primitivo bohío de origen indio que solo en los últimos años ha tendido a desaparecer. En los asentamientos urbanos comenzaron

a construirse viviendas generalmente

de una planta, de paredes de tierra apisonada, reforzadas con horcones

de madera o con hiladas de ladrillo, y

provistas de techos de madera cubier- os de tejas. La referencia inmediata es la vivienda popular del sur de Es- paña y sus componentes mudéjares. Una urbanización compacta, com- puesta por la sucesión de lotes rec- angulares con el lado más estrecho

hacia la vía, aún constituye un freno a

a futura extroversión de la casa. El

concepto de la privacidad, transmiti- do por a herencia hispano-árabe

determina el vuelco de la vida hacia el nterior. Un elemento espacial protagónico, el patio, ausente en la vivienda aborigen, hace su aparición y

se convierte en leit motiv de la vida

doméstica aunando la tradición del enclaustramiento de la mujer con las posibilidades que brinda el clima.

A diferencia de la metrópoli, donde

el patio está reservado a las casas de

os niveles más pudientes, en Cuba ecurre en todos los sectores socia- es, variando solo en dimensión y tra- amiento. La entrada y el zaguán se

ubican a un lado, para no permitir vi- suales indiscretas desde la calle, aun- que las ventanas enrejadas perforen

a fachada cada vez con mayor insis-

encia. Las plantas se estructuraban en torno al patio en forma de L ó C,

con las áreas de recibo al frente, las habitaciones a lo largo y los servicios

al fondo, que generaron posteriormente

otro patio menor o traspatio. La salas de estar se separaban del patio por arcos a menudo mixtilíneos, según la radición árabe. Los dormitorios se

ventilaban solo desde el patio, excep-

to en las casas esquineras, lo que,

en las nuevas circunstancias del tró- pico, ajenas al seco clima andaluz, tendía a concentrar la humedad. Hay escasos ejemplos remanentes de esta etapa inicial; más bien lo que se conserva son exponentes de la supervivencia de estas formas en el siglo XVII. La casa de la Parra, en La Habana Vieja es típica de la forma de

asumir un carácter biplanta en la es- quina, con comercio en el piso inferior

y

una privilegiada habitación arriba, a

la

manera de un mirador. Otro ejemplar

habanero es la calle Obispo 117-119,

que, muy alterada posteriormente, es señalada por diversos autores como portadora de detalles de gran antigüe- dad, tales como lo bajo de los techos

y la sobriedad de la fachada, en cuya

tensa piel protuberan nítidamente los

balcones de la planta alta y las tres hiladas de tejas que actúan como remate. En otras antiguas ciudades, como Trinidad, Sancti Spíritus, Camagüey o Santiago de Cuba, es posible hallar casas de períodos posteriores, pero que conservan parte de estos rasgos

primigenios, si bien el rectángulo de

la planta tiende a brindar su lado mayor

a la fachada, para beneficio de la

ventilación y de la tendencia a la extroversión.

El mayor virtuosismo estético y constructivo lo presentan estas casas

en la labor del maestro carpintero en las torneadas rejas y barandas y, so- bre todo, en las armaduras de par y nudillo de los techos, verdadera de- mostración de oficio, emparentada con

el dominio adquirido en la fabricación

de barcos. Estos techos, de fuerte

en la fabricación de barcos. Estos techos, de fuerte Casa en Obispo 117-119. ascendencia morisca, abundan

Casa en Obispo 117-119.

ascendencia morisca, abundan aún hoy con diversos niveles de compleji- dad en buen número de centros his- tóricos de la isla. Un siguiente capítulo dentro de esta etapa originaria lo da el crecimiento de la familia y su servidumbre esclava, que, junto al enriquecimiento económico y a la nueva capacidad de construir, va traduciéndose en casas de mayor rango y dimensión, de dos plantas, sobre todo en La Habana. Un buen ejemplo es la casa esquinera de Tacón 4, en La Habana, en cuyo patio se alternan las arcadas de raíz romana con los muy esbeltos pies derechos de madera rematando en la zapata morisca tallada en forma de pico de loro. Los techos de la planta alta son armaduras octogonales muy tra- bajadas; son la cubierta del piano no- bile, destinado a la vida interna de la familia.

Es necesario, por su repercusión posterior, hacer mención de la cons- trucción religiosa del período. Si bien las iglesias tuvieron comparativamen- te menos envergadura que en otras colonias, al no existir una población aborigen que evangelizar, algunos te- mas sociales eran abordados sola- mente por el clero. Surgieron algunos conventos como respuesta a exigen- cias educacionales, de salud y otras. Estas edificaciones llevaron el expe- diente del patio a una dimensión mo- numental y a su expresión definitiva- mente claustral, rodeando de sopor- tales los cuatro lados.

La espléndida geometría de patios claustrales religiosos hallarían en etapas subsiguientes contrapartidas cada vez más definidas en las vivien- das ya palaciegas y, como derivación trascendental, en la escala urbana. Hacia fines del siglo XVII, las ricas fa- milias habaneras que habitaban el contorno de las plazas principales solicitan y obtienen el permiso de ex- tenderse con portales hacia el espa- cio público, convirtiendo paulatinamen- te la plaza en un claustro, y estable- ciendo una tipología que marcaría por siglos a la arquitectura cubana.

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La casa con portal hacia la plaza representa un triunfo de la actitud pa- triarcal con respecto a la sociedad, y de una nueva forma criolla de ser ex- trovertida y orgullosa del prestigio ad-

quirido, definitivamente diferenciada de sus antecesoras moriscas. Acercán- dose al modelo romano clásico, el zaguán se dispone axialmente y per- mite una visual sin tropiezos, a través del frecuentemente abierto portón, hacia el patio y las galerías. También

a la manera romana, estas casas del

siglo XVIII dedicarán los locales de planta baja a funciones comerciales. En los entresuelos de muy bajo pun-

tal habita la servidumbre. En la planta alta, la gran sala, donde se desarrolla una intensa vida social, da a la plaza

a través de los corridos balcones que

ofrecen un punto ventajoso para el dis- frute de la vida exterior. Más adelante, en el siglo XIX, las barandas de madera se trocarán en diseños en hierro forjado, y las arca- das de la planta alta se cerrarán con persianas y lucetas de colores para completar el conjunto de elementos que más recurrentemente se han iden- tificado con la idea de cubanía en ar- quitectura. La casa ha adquirido gran- diosidad en todos sus aspectos, la construcción en piedra se ha perfec- cionado, y ha evolucionado una parti- cularidad que desde el inicio aportó la casa cubana de sus blancas prede- cesoras andaluzas, que es el uso de patrones intensos de color. En este período se extiende con amplitud la aplicación no solo de cenefas decora- das, sino de tratamientos murales en fachadas y paños interiores enteros. Estas pinturas, después sepultadas bajo capas sucesivas, constituyen hoy sorpresa, angustia y obsesión de los investigadores y restauradores. La Casa de los Condes de Jaruco, erigida en la primera mitad del siglo XVIII, es uno de los ejemplos más evo- lucionados del llamado estilo de la Pla- za Vieja, sitio urbano que sirviera de escenario al origen del proceso descri- to. Ya se ha accedido al pleno período del barroco habanero y una elaborada guarnición rodea la monumental puer- ta, que permite entrever desde el portal corrido los planos de perspectiva suce-

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Arquitectura

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Urbanismo

los planos de perspectiva suce- 10 Arquitectura y Urbanismo Palacio del Marqués de Arcos en la

Palacio del Marqués de Arcos en la Plaza de la Catedral, Habana Vieja, caracterizado por su portal y los mediopuntos con vitrales.

sivos conformados por el acceso a la galería y las arcadas de frente y fondo. Esta estupenda arquitectura es el sím- bolo residencial de una época y una sociedad emergente. Las casas de la Plaza de la Cate- dral, émulo de las anteriores, no llega- ron a conformar íntegramente el claus- tro; algunos vecinos con menos recur- sos no lograron extender sus portales. Así, la Plaza, presidida por la barroca Catedral, brinda una imagen congela- da del proceso de tránsito y conforma- ción que tuvo lugar en el siglo XVIII. Los vecinos de las calles interiores, menos afortunados, carecían de posi- bilidades de aportalar sus casas, pero en algunos casos lograron sin embar- go una arquitectura de gran impacto.

lograron sin embar- go una arquitectura de gran impacto. La casa de la Obrapía. Portada. Patio.

La casa de la Obrapía. Portada.

sin embar- go una arquitectura de gran impacto. La casa de la Obrapía. Portada. Patio. Casa

Patio. Casa de la Condesa de la Reunión.

L. LÁPIDUS

La casa de la Obrapía, por ejemplo, generada en el siglo

XVII

y enriquecida en el siglo XVIII, gana en señorío al exterior

con

una guanición barroca fabricada en España que extiende

su caligrafía hacia arriba para encerrar también la ventana superior y alcanzar toda la altura del edificio. La posición esquinera permitió acceder al interior mediante dos zagua-

nes. Los interiores, junto al patio claustral, presentan una

serie de componentes de cualificación estética, como la

solución de la escalera o el surtido formal en los arcos.

Otro ejemplo notable en La Habana Vieja, entre muchos,

es el de la Casa de la Condesa de la Reunión, más peque-

ña y enclavada en un estrecho lote medianero, resuelve el

patio sacrificando las galerías laterales, sustituidas por el

balcón volado que gira con hábiles curvas barrocas.

Un hecho histórico singular clausura prematuramente el

siglo XVIII en Cuba. La toma y ocupación temporal de La

Habana por los ingleses en 1762, catalizó una nueva óptica

en el tratamiento conferido por España a la colonia, y en la ncipiente conciencia nacional del criollo. A fines del siglo

XVIII se erigen en la habanera Plaza de Armas dos poten-

es edificios de gobierno que resumen los códigos basados en la interacción espacial plaza-portales-patio y establecen

a transición del barroco al neoclasicismo que prevalecerá

en el entrante siglo XIX. Con la restauración de que fueran

objeto en la década de 1930, estos palacios fueron despo- ados de revoque y color para hacer aflorar el excelente rabajo de sillería que hoy forma ya parte esencial de su

definición estética. Los grandes portones reciben comple- as guaniciones y admiten la visual hacia patios claustrales

con arcadas de clásica concepción en dos plantas. Estos

edificios marcarían la pauta para el desarrollo de una ciu-

dad que ya había desbordado el límite de sus murallas.

Con la definitiva adopción de los códigos neoclásicos en

el siglo XIX, las familias criollas notables se desvincularon

de la tradición mudéjar y se inspiraron en estilos italianos o ranceses. Los nuevos palacios también se organizaron en

o ranceses. Los nuevos palacios también se organizaron en L a P l a z a

La Plaza de Armas. A la izquierda, el Palacio del Segundo Cabo.

torno a patios claustrales rodeados de arquerías, pero la composición era ya de neta trascendencia italiana y los techos eran planos con cielorrasos de yeso ornamentado, como lo prefiguraran los palacios de la Plaza de Armas. Las rejas de madera se sustituyeron por otras de hierro, material que se comenzó a usar también en columnas, es- caleras y mobiliarios de exteriores. Los habituales pisos de losas de barro pasaron a construirse en mármol. Como se señaló antes, las plantas altas de las etapas anteriores recibieron un cierre de persianas y lucetas coloreadas. Este último elemento se resolvió con bellotes de madera y dise- ños de progresiva complejidad, que, en el siglo XX, con la introducción de la técnica del emplomado incrementaron la tendencia al detalle y a la figuración. Las villas suburbanas ajardinadas que iniciaran este movimiento, con su elevada columnata toscana al frente, fueron constituyendo al multiplicarse un continuum de por- tales a lo largo de las amplias avenidas extramuros. En los terrenos resultantes de la demolición de las murallas sur- gieron prestigiosos palacios neoclásicos que comenzarían a definir una frontera jerarquizada entre el repleto núcleo original y el crecimiento hacia el hinterland. La tónica del portal exterior corrido continuó primando como concepción ya indisolublemente vinculada al modo de vida urbano, ex- tendiéndose indefinidamente para alcanzar grandes secto- res de la ciudad capital y repercutir sensiblemente en los asentamientos del resto del país. Si bien en ciertas ciudades antiguas el neoclasicismo tuvo un impacto más discreto y los patrones mudéjares lograron perdurar en las grandes residencias, otras se definieron y desarrollaron a partir de la estricta cuadrícula urbana que los nuevos gustos imponían. La configuración urbana a escala territorial se pespuntea con ciudades que, como Matanzas, Cárdenas, Cienfuegos, seguirán un trazado de rigurosa geometría neoclásica, diferenciada de la espontaneidad de las antiguas fundaciones de reminiscencia medieval, sobre

de las antiguas fundaciones de reminiscencia medieval, sobre Los códigos neoclásicos impactaron significativamente en

Los códigos neoclásicos impactaron significativamente en muchas ciudades cubanas.

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CON CRITERIO/HISTORIA DE LA ARQUITECTURA En Trinidad y en el Valle de los Ingenios se destacan

En Trinidad y en el Valle de los Ingenios se destacan las casas-haciendas de inicios del siglo XIX. Palacio Cantero. Trinidad.

las que las leyes de Indias lograron escasa influencia. Patrones similares se observaron en los nuevos desarrollados emergentes de los núcleos originales. La arquitectura de estas áreas obedeció a esquemas clásicos contenidos, a menudo acompañados por el portal corrido hacia la calle.

En algunas ciudades, las antiguas casas se transforman y convierten en verdaderos palacios neoclásicos de gran porte, bajo el estímulo de un auge económico derivado de una condición geográfica favorable o de una región productiva circundante. El caso de Trinidad resulta arquetípico. En el centro de la costa sur de la Isla, Trinidad, una de las siete villas primigenias, había alcanzado una discreta prosperidad con el contrabando y el corso. En el siglo XIX se produce un vertiginoso desarrollo azucarero en el vecino Valle de San Luis que, en las pocas décadas que logró perdurar, indujo la multiplicación de señoriales mansiones en la ciudad. Este progreso arquitectónico, junto a las casas de menos rango y el conjunto remanente del siglo anterior, dotan hoy a Trinidad de un inapreciable valor didáctico para la comprensión de la evolución tipológica de la vivienda tradicional cubana.

Pero en pocos sitios puede apreciarse tanta afición por las formas clásicas como en las casas-hacienda de los ingenios que abarrotaron el Valle aledaño. Plasmados en numerosos grabados de la época, aquellos conjuntos agroindustriales dejaban un sitio jerarquizado a la casa-re- sidencia del terrateniente, con respecto a las torres-vigía para el control, las fábricas que iban introduciendo moder- nas tecnologías norteamericanas, los barracones de escla- vos y las instalaciones administrativas.

Sin dudas, escenarios como el Valle de los Ingenios pro- piciaban una eventual confluencia cultural de nuevo corte. En las casas-hacienda se proponía la nueva cultura criolla de raíz hispana, pero en las festividades permitidas llegaba del batey el inquietante eco de los ritmos tribales, y la at- mósfera de leyenda permeaba a los propios dueños que, en sus incursiones nocturnas, iniciaban el mestizaje que ca- racterizaría posteriormente buena parte de la población del país. Hoy los restos de aquellos bateyes se aprecian como memorias de un orden desaparecido. El proceso de concen-

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Urbanismo

tración industrial liquidaría aquella proliferación indiscriminada de unidades productivas, y las tierras exhaustas disminuye ron su rendimiento. El visitante que penetra en algunas de estas antiguas mansiones, invadidos por la vegetación tropi cal, pudiera evocar el concepto de lo real maravilloso latino americano descrito por novelistas como Alejo Carpentier Gabriel García Márquez, una arquitectura otrora poderosa iner me ante el inclemente acoso del medio natural.

Entre los ejemplos más notables se encuentran la cas del ingenio Buena Vista, considerada entre las más elegan tes de la Isla en su tiempo, o la del ingenio Guáimaro, cuy austero volumen de casona colonial encierra murales pinta dos por artistas italianos. Las casas-hacienda vinculadas a la creciente producción azucarera o cafetalera, constituye una variedad edilicia que florece en el siglo XIX. En los cafetales, la vida permanent en el sitio que el cuidado de ese cultivo exigía propició la atención a la vivienda y su ambiente exterior. Al sur de La Habana surgió una región cafetalera, cuyos dueños adopta ron refinados patrones de vida. Aún se conservan restos de cafetal Angerona, del cual el viajero Abiel Abbot menciona sus 750 000 cafetos y 450 esclavos, mientras Cirilo Villaverde, el principal novelista cubano del siglo XIX, cant la belleza de la casa principal, que, a su juicio, “parecía un templo griego”. Poseía de hecho portales con arcadas so bre columnas dóricas por ambas fachadas y pórticos late rales que se abrían mediante un arco monumental. La cultura del café revela sus fuertes influencias francesas sobre todo en las montañas del extremo oriental, en zonas cercanas a ciudades como Santiago de Cuba y Guantánamo donde fueron a asentarse los colonos obligados a emigrar po la revolución haitiana. Sus haciendas reflejan la depurada técnica de cultivo y las casas claman su ascendencia rura europea, vocablos franceses se mezclaron con el habla regional y elementos de esa cultura penetraron el folklore incluso parte de la arquitectura de las ciudades. Se afirma que las persianas, que en ese siglo se unieron a los patios y portales para conformar la tríada caracterizadora de la arquitectura cubana, había llegado a Cuba siguiendo la ruta Francia-Lousiana-Haití, de donde pasaron a las áreas cafetaleras cubanas y, posteriormente, a las ciudades. De nominadas persianas francesas, sustituyeron a los toldos que protegían los interiores del radiante sol. Las vidrieras coloreadas, que Alejo Carpentier calificara como un inteli gente brise-soleil creado por los alarifes coloniales, añadie ron su fuerte acento plástico y ayudaron a mitigar los em bates de la luz.

La historia de la vivienda cubana de patios y portales, tan coherentemente discurrida a lo largo de tres siglos, quedaría trunca si no se hace referencia a su devenir una vez liberada la Isla del dominio colonial español. Con la naciente repúbli ca tendría lugar un nuevo giro en los gustos arquitectóni cos, afiliados a un eclecticismo a menudo espectacular que reflejaba el impetuoso ascenso de los estratos superiores de la sociedad. Las grandes mansiones de los barrios periféricos rompieron con la imagen urbana precedente asumieron el lenguaje Beaux Arts. La continuidad compac

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a de portales se quebró en estos casos para dar lugar al

volumen residencial diferenciado, rodeado de jardines y rejas

y cualificado con elementos ornamentales importados de

os grandes centros culturales europeos. Sin embargo, otras áreas de la capital, y de numerosas

ciudades del interior, mantuvieron su adhesión a los patro- nes heredados, cuya efectividad ambiental y estética ya estaba comprobada. En las avenidas gestadas en el siglo anterior, las nuevas expresiones se insertaron armoniosa- mente; el respeto a la secuencia urbana logró la fusión de

a exuberancia ecléctica y la contención neoclásica con los conceptos urbanos acumulados.

En la capital las columnatas y soportales corridos siguie- on extendiéndose. Su sello caracterizó no solo las áreas de

a centralidad, donde se concentraba con mayor intensidad la

vida social, sino que se desbordó hacia las zonas más alejadas

y llegó a ramificarse por toda una urbe de ya considerable

magnitud con los prolongados recorridos a la sombra que una arquitectura generosa donaba a la vía pública. Un atenuado eclecticismo marcó estilísticamente la enor- me masa edilicia levantada por sectores de medianos re- cursos sobre la base de la producción de componentes por pequeños talleres semiartesanales. Las aspiraciones ex- presivas se moderaron según las restricciones económicas sin renunciar a la fantasía y a imaginativas variaciones so- bre un tema básico. Volvió a primar el lote estrecho y pro- undo, dada la capacidad económica de los propietarios, cuya exteriorización de prestigio se obtenía más a través del conjunto arquitectónico que de la célula individual. El patio tendió a desarrollarse en forma tubular, con la suce- sión de habitaciones a uno de los costados. En cierto sen- ido se volvía a los orígenes, pero la luceta decimonónica iltraba la luz proveniente del patio y el exterior aportalado, confería dignidad, calidad de vida y un sitio indiscutible en la conformación general de la ciudad. Esta concepción trascen- dió a muchos pueblos y ciudades en todo el territorio insular, que crecían al calor de las nuevas inversiones económicas. La arquitectura de las plantaciones tomó en cambio otro sesgo. En áreas rurales y costeras se multiplicaron las cons- rucciones de madera, que ya en el siglo XIX imponían su presencia en campos y ciudades, incluso en edificaciones de notable envergadura. En la nueva etapa los grandes cen- rales azucareros norteamericanos aportaron modelos rigu- osamente racionalistas de urbanización y la tipología del cottage y el balloon-frame. Por otra parte, los balnearios y villas playeras introdujeron románticas casonas de intenso poder evocativo.

El proceso paulatino de cristalización del Movimiento Moderno, a través de diferentes estilos transicionales ten- dió en general a reducir los componentes de aquella valiosa radición, decantada en siglos de cultura arquitectónica, de perfeccionamiento de la experiencia previa, a la condición de trasunto debilitados o de esquema epidérmico para apli- car sobre todo en la arquitectura del turismo. Unos pocos arquitectos reconocieron profundamente su lección, man- uvieron vivo su espíritu y persiguieron la incorporación de su esencia al nuevo léxico contemporáneo en algunas me- itorias edificaciones de las décadas de los años cuarenta

y cincuenta, dignas de justipreciación y continuidad en la obra del presente y del futuro.

y continuidad en la obra del presente y del futuro. En el centro de La Habana

En el centro de La Habana predomina el eclecticismo.

futuro. En el centro de La Habana predomina el eclecticismo. En la capital las columnatas y

En la capital las columnatas y soportales corridos siguieron extendiéndose durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX.

durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX. Algunos arquitectos mantuvieron vivas algunas de

Algunos arquitectos mantuvieron vivas algunas de las lecciones fundamentales de la arquitectura tradicional cubana. Arquitecto Mario Romañach.

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