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ÉLMERMENDOZA
(México)

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Soñé a mi amigo enfermo. Soñé que mi amiga era secuestrada por
una parvada de gansos salvajes. Me levanté, tomé agua, fui al cuarto de la tele para no despertar a mi mujer. Juan Gabriel fue detenido unas horas por no pagar impuestos, al salir del aeropuerto
internacional de Ciudad Juárez. Me limpié los mocos. Los Indios
volvieron a perder: No me digan. No lo vas a creer, dijo la chica,
cerraron el Kentucky, la policía echó a mi padre y a sus amigos.
"Qué bonito el contrabando, se gana mucho dinero". Preparo
café. Tocan: es la muchacha muerta, ¿me invitas? Reconozco su
vestido, Leonor lo compró el mes pasado y se lo ha puesto tres
veces, es rojo, ajustado, a la moda. Ese talle de espiga que me encanta. Vengo a devolvérselo, le sirvo, ¿Azúcar? ¿Para qué? Siéntate.
No tengo mucho tiempo pero bueno, un minuto no es nada
cuando estás muerta. Algo está pasando en la ciudad, diría que la
estamos perdiendo. Lo sé, hasta allá se oyen los disparos, pero
nosotras no podemos hacer nada, no es mucha gente la que nos
extraña, se puso de pie. Que te cuente Leonor para que me prestó
el vestido. Debes haber ido a un baile al infierno. Estás zafado.
Plop, desapareció. Mi mujer bajaba la escalera en ese momento,
traía ese libro de Vasili Grossman que no suelta últimamente,
¿Con quién hablabas? Te dejaron esto, señalé el vestido sobre el
sofá. Ah, ¿hiciste café? Sólo le pondré un sobre, no creo que debas
tomar tanto splenda. Cogió el vestido, le sacudió una mota de
polvo y se sentó. No sabía que prestaras tu ropa. Es inevitable, de
vez en cuando necesitan vestirse adecuadamente y allá no hay
tiendas. Dio un sorbo. Dijo que me contaras para qué se lo habías
prestado. Cosas de mujeres. Son tantas. Son todas, sonrió. Bebimos. ¿Cómo es que la conoces? La raptaron, la violaron, la mataron y la dejaron en el desierto; una chica así no tiene misterios.
Cuando escuchas eso no sabes qué hacer con tus manos. Anoche
soñé a un amigo enfermo. Debe ser la balacera: salíamos del cine
al anochecer, buscábamos nuestro carro en el estacionamiento,
conversando, una y una, de las cosas por las que vale la pena vivir:
Las vacaciones. Una copa de vino. Caminar sin prisa. La música

de Los Tigres. La de Sabina. U na pizza delgada de carne con aceitunas negras y queso de cabra. Un solomillo poco hecho. Un atardecer en el desierto. Una soprano fabulosa. Un tenor. Un poema
de Roberto Juarroz. Las tangas negras. Y las roj.
Nos tirábamos al piso o entre la maleza cuando éramos niños.
Nos tiramos en el 68, en el 72, en 1910 y en 1810. En el 48 y
1521. Ahora estábamos allí en medio de un feroz tiroteo. No escuchábamos imprecaciones ni ayes de dolor, no vimos que colocaran narcomensajes o algún degüello; sólo cientos de tiros destruyendo cristales, astillando el aire, abriendo las compuertas de la
sangre.
Que alguien explique cómo pasa el tiempo.
Escuchamos camionetas que se iban a toda velocidad. Poco a
poco nos pusimos de pie. Ella tenía los labios blancos y el cuerpo
laxo, seguramente me encontraba igual. Pálidos. A doce metros se
quejaban siete cuerpos sangrantes. Tres no habían soltado sus AK47. Temblábamos. Escuchamos una sirena y decidimos salir de
allí. Después de una experiencia como esta careces de valor cívico
y si nos acusaban del atentado pues diríamos que sí, que somos de
la banda número uno y que nuestro enemiga mortal era la número
tres.
Ya saben lo que pesa a veces ser decente.
¿Salió algo en la tele? No lo vi, sólo de Juanga, que debe a Hacienda unos cuantos millones y que lo detuvieron para que los
pague. Me aterró la posibilidad de que quisieras verla. ¿Después de
vivirla? No lo creo; a qué cosas de mujeres te refieres. Le falta dulce a mi café; una fiesta, un chico, una intención, es de las que
toma la iniciativa. ¿Hay flirteo en el más allá? Lo quería para el
más acá. No me digas. Como nadie hace nada, como jamás se
atrapa a un culpable, las chicas están tomando la justicia en sus
manos, y cada que se ofrece les presto vestidos, pantalones o lo
que necesiten para que las inviten a bailar, a dar la vuelta o a estar
un rato juntos. Silencio. ¿Tiene que ver con la balacera de ayer?
No sé, como te digo, sólo les facilito las prendas. Fue a la cocina y
puso otro sobre en su taza. ¿Viste alguien de rojo? Me pareció, fue
cuando dijiste lo de las tangas. ¿Qué padecía tu amigo? Tristeza y
mi amiga era conducida al desierto en indeseables condiciones.
Volvimos a callar. No creo que le queden tus vestidos, es un poco
gordita. No te preocupes, me contó la chica que todas ganan en

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Juárez, Juaritos

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esbeltez; pero no te alarmes, sólo lo soñaste. En Juárez, Juaritos,
no puedes soñar violencia porque sucede. Tal vez nadie sueñe otra
cosa y aún así sería demasiado, estoy segura que a tu amiga nada le
ha ocurrido. Nimodo de llamarla, aún no amanece. Debe estar
durmiendo tranquila y creo que deberíamos hacer lo mismo, vamos. Nos volvimos a la puerta de entrada: tocaban con suma ansiedad. Abrí. Era mi amigo. Nos paralizamos. Necesito que me
prestes un traje, expresó con voz gelatinosa, y entró flotando.

MAXPARRA
(México)
Universidad de California, San Diego.

De El Paso a J uárez.
Crónica de un cruce fronterizo.

Perdida en el desierto en una época ya remota, la otrora Paso del
Norte se ubica en un vasto territorio cortado por un río, el Grande, según los lugareños, el Bravo, nos dicen los libros de historia
nacional. Las mutaciones geopolíticas han hecho de este dilatado
espacio dos ciudades, una menor y otra mayor, pero el calor y la
topografía las sigue uniendo. Cuando la hermana menor mira al
otro lado, el río es apenas una burda línea que se pierde, sumergida en el horizonte.
Al norte una ciudad modesta y terrosa, El Paso, con su mirada
fija en el río, como si toda la fuerza y energía de la ciudad se encaminara inexorablemente al lado mexicano. El Paso, con sus
montañas Franklin de fondo y su bien apertrechado Fort Bliss,
donde los soldados norteamericanos aguardan acuartelados la
orden, ya esperada, ya imprevista, para desplazarse al Medio
Oriente ... o a México, si se diera el caso. Al sur, informe y duradera, vive Ciudad Juárez, el paradero mayor de la región, lugar de
cruce, de interminables esperas y de asentamientos humanos transitoriamente permanentes. Ciudad de paso, acogedora y terrible,
henchida de historia; memoriosa ciudad.
Del lado norte del río, en la calle Oregon, existe todavía un edificio de dos pisos, hecho de ladrillo. En la entrada se advierte una
placa conmemorativa: allí terminó de escribir Mariano Azuela su
novela Los de abajo; allí se publicó, en la imprenta "El Paso del
Norte" de Fernando Gamiochipi, en el inefable año de 1915. Que
un texto clásico de la literatura mexicana se publicara en El Paso
no es de sorprenderse, dada la cantidad de imprentas que había del
lado americano en esos años. Lo curioso es lo poco que sabemos
de dichas publicaciones, tan importantes para conocer no sólo la
historia de la región, sino la historia cultural de México. La distancia que media entre este edificio y el puente fronterizo de Santa Fe

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