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Teoría de la Carga Dinámica de la Prueba

Regla de distribución de la carga de la prueba:

"Se considera regla de distribución de la carga de la prueba, el


colocar la carga respectiva en cabeza de la parte que se encuentre en
mejores condiciones de producirla. Así v.gr. establecida la separación
de hecho sin voluntad de unirse, se encuentra en mejores condiciones
(por conocer las intimidades de la pareja) de probar su inocencia (o la
culpabilidad del otro cónyuge) en orden a conservar su vocación
hereditaria, el cónyuge supérstite que los causahabientes del
cónyuge fallecido"

Tradicionalmente se entendía que la carga de la prueba pesaba sobre


la parte que afirmaba la existencia de algún hecho controvertido. El otro
litigante dejaba satisfecha su posición la sola negativa expresa. Regía el
principio "actor incumbit probatio" (al actor le incumbe la prueba).

Esta teoría, “carga dinámica de la prueba”, se funda en el deber de


colaboración, y solidaridad que deben tener las partes para con el tribunal, y
poner el peso de ella, sobre las espaldas de quién mejor puede hacerlo;
supone la repartición de las cargas probatorias entre la administración y los
justiciables, en cada caso en particular y no supone establecer reglas
inamovibles que van en contra de las partes.

Así tenemos tres elementos importantes dentro de la teoría de la carga


dinámica:

*La carga de la prueba recae sobre la parte que se encuentre en


mejores condiciones técnicas y económicas para producir la prueba.

*La distribución se realiza en cada caso en particular.

*No establece presunciones en contra de las partes.


Dentro de ésta teoría, el rol del juez es fundamental ya que ante la falta
de prueba, es importante que el Juez valore las circunstancias particulares de
cada caso, apreciando quien se encontraba en mejores condiciones para
acreditar el hecho controvertido, así como las razones por las cuales quien
tenía la carga de la prueba no la produjo, a fin de dar primacía a la verdad
jurídica objetiva, de modo que su esclarecimiento no se vea perturbado por un
excesivo rigor formal.

Las bases que pretenden sostener esta posición, podemos resumirlas en las
siguientes:

1.- Cambio de actitud en el juzgador, quién debe tomar ya, un rol directivo, y no
de simple espectador en el procesal.-

2.- Cambio en la conducta procesal de las partes, las cuales deben ir


encaminadas a los principios de buena fé, y lealtad procesal, teniendo como fin
último, el arribo a la realidad fáctica.-

3.- Por último, que la sentencia debe, innecesariamente, ser la solución “justa”
al caso concreto.-

Asimismo tenemos el caso de la aplicación de ésta teoría dentro del área


procesal civil en las legislaciones de argentina y Colombia, en las cuales se
aplica en materia de responsabilidad civil del médico, es el jurista Rosarino,
Jorge Peyrano, uno de los procesalistas Argentinos que, en el orden nacional,
ha impulsado la aplicación de la “carga dinámica de la prueba” en materia de
responsabilidad civil del médico.
Esta corriente de pensamiento, que tuvo acogida en algunos tribunales
del País, y del extranjero, -excepcionalmente en España-, concretamente,
sostiene que:
“En toda causa que este cuestionada la responsabilidad médica –lease
obligación de medios-, debe probar quién se encuentra en mejores condiciones
para ello; es decir el médico...”.
En dicha relación, pacíficamente, definida como contractual, la parte
débil, la desprotegida, la generalmente carente de medios probatorios, es la
acreedora; el paciente.
Por el contrario, quién está en mejor posición probatoria, la parte fuerte
de la relación contractual, es la deudora, el médico; quién tiene, sin lugar a
dudas, a su alcance todos los elementos y conocimientos necesarios para
demostrar que actúo dentro de los lineamientos que la “lex artis” imponen.
“...Esta nueva doctrina, trató de flexibilizar la rigidez en que habían caído
las reglas sobre la carga probatoria, y determinó la aplicabilidad de las mismas
para supuestos excepcionales caracterizados por ser de difficilioris probationes,
estableciendo dos reglas básicas por las cuales se rebalanceaba la carga
procesal...”.
También se ha dado en llamar a esta teoría como “solidarista del
proceso y de la prueba”, o teoría, o doctrina de la “carga de la prueba
compartida”, entre otras denominaciones.

Con frecuencia, advertimos quienes ejercemos el derecho desde la


profesión libre, que se presentan situaciones donde la parte que niega la
pretensión jurídica invocada en su contra, tiene a su alcance la prueba, y la
oculta, generalmente, de mala fe, ante la certidumbre que pesará en su contra
a la hora de resolver. Esta es la situación que, con frecuencia, se da en los
casos de “mala praxis”, donde el profesional médico es reticente en colaborar
con el material probatorio. De allí la denominada “prueba diabólica”, o el
“secreto de quirófano”,.-.

El tema referido a “la carga probatoria” de la culpa médica, y los criterios


para su valoración, es, sin lugar a dudas, unos de los campos jurídicos
referidos a la responsabilidad Civil del Médico, que más dividen y preocupan a
la doctrina y jurisprudencia.
La preocupación pasa por llegar a la solución justa del caso concreto; en
el campo de la prueba de la culpa médica, generalmente la obtención de los
elementos fácticos para el paciente, es de difícil producción; otras tantas
imposible.
Llegar a la prueba concreta, firme, determinante e irrefutable de la
negligencia profesional, es una situación procesal que, en el común de los
casos, no acontece.
El Juez al fallar, para condenar al profesional médico, se apoya en
pericias, o dictámenes médicos que –aunque no obligan al juzgador –
evidencian la negligencia incurrida; muchas otras tantas veces no afirman, ni
niegan la negligencia médica.
Será el Juez quién, a la luz del principio de la sana crítica, y de la
aplicación de alguna, o varias de las teorías reseñadas, intente encontrar la
solución al litigio.
Es este el punto en el cual los juristas centran la cuestión, para lograr
una adecuada valoración probatoria de la conducta médica; si se ha incurrido o
no, en una negligencia; su alcance y extensión.-
A falta de pruebas que acrediten la diligencia profesional del médico, es
cuando las teorías reseñadas cobrarán fuerza y viabilidad a la hora de
sentenciar.
El médico, a cargo la atención clínica o quirúrgica de su paciente, tiene
el pleno conocimiento de lo ocurrido, y cuenta todos los elementos probatorios
que la ciencia médica le provee para demostrar su obrar probo, diligente,
prudente, del buen médico. Cuenta con el testimonio de sus colaboradores de
quirófano, o interconsulta, con el respaldo de la historia clínica, (que deberá
estar llevada en debida forma); con el consentimiento informado,( debidamente
celebrado con el paciente o familiares directos); con el aporte testimonial;
pericial e informativo, del resto de sus colegas, que deberán acreditar la
conducta diligente que ha tenido el profesional accionado.
Sí el accionado no recurre a ninguno de estos medios de prueba, no
debemos hablar de una inversión de la carga probatoria; simplemente, no se
habrá probado, siquiera mínimamente, su obrar diligente; de allí la importancia
de las presunciones legales.
El valor, a la hora de sentenciar, de las “presunciones legales” y de la
aplicación residual del principio de la “carga dinámica de la prueba” cobrarán
relevante importancia.-
La culpa, en principio, debe ser probada por el paciente. Sin perjuicio
de ello nos parece bien “repartir”, justa y equitativamente, la carga probatoria,
el paciente deberá probar lo suyo, y el médico, también: Ello, en el decir de
Jorge Mosset Iturraspe, “...satisface imperativos de justicia y se inscribe en la
búsqueda de la verdad real, como quehacer compartido por las partes de una
controversia. Cada uno trata de convencer al juez sobre la verdad de lo que co-
noce, aprehendiendo también lo relativo a la facilidad o a la dificultad de las
pruebas...” .
También comparto, y hago propia, la idea de pensamiento de Alberto
Bueres, en el sentido que al sentenciar, para individualizar la culpa en que
incurrió el médico, una vez analizada la conducta del deudor "en concreto", el
juez, debe imaginar un tipo "abstracto" de comparación: del profesional
diligente, prudente, cuidadoso, medio, esto es, de la categoría o clase en que
pueda encasillarse la conducta del deudor. De allí que sea de relevante
importancia: 1) El análisis de las presunciones legales. 2) La conducta procesal
y desgaste probatorio de las partes. 3) Por último, la aplicación de la “carga
dinámica de la prueba”, cuya aplicación debe ser residual.-
A mayor abundamiento en el tema bajo estudio, tenemos la sentencia
del Juzgado Superior en lo Civil y Contencioso Administrativo de la Región
Centro Occidental, de fecha doce (12) de Abril de 2004, la cual señala
importantes criterios jurisprudenciales que en esta materia ha realizado el
Magistrado Jesús Eduardo Cabrera Romero, señalando lo siguiente:

“mediante una interpretación teleología de los artículos 1.354 del Código


Civil y articulo 506 del Código de Procedimiento Civil, para que no se
haga cierta la aseveración del hoy magistrado, JESUS EDUARDO
CABRERA ROMERO, cuando estatuyó, que en materia probatoria y,
específicamente de carga de la prueba, el Código de Procedimiento Civil
nació viejo, lo que impone al interprete, su adecuación a las tesis
modernas del derecho probatorio, dando aquí por reproducido lo
establecido en diversas sentencias de este tribunal sobre el tema en
especial, en el expediente 5468 en el cual se estableció lo siguiente:
“En materia de pruebas, este juzgador ha venido aplicando la Teoría
Dinámica de la misma, sobre la base de lo establecido por la Sala Social
en esta materia, así este Tribunal tiene decidido que la carga de la prueba
es un capítulo dentro de la teoría general de la prueba y una especie en
relación a las cargas procesales en general, por ello para comenzar se
hace necesario aclarar esos conceptos previos.
El proceso, como serie concatenada de actos procesales, cumplidos por
los sujetos que en él intervienen, entendiendo a estos como juez y partes,
les impone durante su desarrollo una serie de conductas, que les
conviene cumplir, y cuya inobservancia acarrea respecto del sujeto que la
omite, consecuencias adversas, poniéndolo en situación desventajosa
frente a su contraparte, que se traduce en pérdida de oportunidades para
su defensa y puede llegar a determinar su derrota en el proceso.
Y si bien esta actividad procesal impuesta a las partes vive y se manifiesta con
más fuerza en los procesos dispositivos (como el civil), no pierde importancia
en aquellos inquisitivos, toda vez que el juez no podrá suplir -a pesar de sus
mayores facultades- la negligencia o la desidia en la que pueden caer actor y
demandado si dejan de acercar, oportunamente, la prueba de los hechos que
afirman como sustento de sus pretensiones o excepciones; o si no impugnan
-en su momento- las providencias que los perjudique.
De esto se deduce que las partes están facultadas por la ley del proceso para
ejecutar ciertos actos, adoptar determinadas conductas, afirmar hechos y hacer
peticiones, todo dentro de los límites de tiempo y lugar que la ley señale, para
obtener éxito y evitar perjuicios como resultado del proceso. No obstante, la
parte no está obligada a ejercitar estos actos de los que venimos hablando,
pero sólo haciéndolo se evita ese resultado adverso, y se coloca en una
posición ventajosa frente a su contraparte. Es decir, la parte elige, ejecuta el
acto y obtiene el resultado útil que del mismo resulta, o no lo cumple aceptando
el riesgo de un perjuicio por dicha conducta omisiva.
En definitiva, abstrayéndonos de los conceptos fundamentales de las distintas
posturas que hay al respecto, se puede intentar dar un concepto un tanto más
específico, y decir que la carga procesal es un poder, que consiste en la
posibilidad que tiene el sujeto conforme a la norma que la consagra, de
ejecutar libremente el acto objeto de ella, para su propio beneficio. Vemos que
el sujeto se encuentra en absoluta libertad para cumplir o no el acto que la
norma contiene, no obstante que su inobservancia puede acarrearle
consecuencias desfavorables; y ninguna persona –ni el juez- puede exigirle su
cumplimiento, de lo que se desprende que la omisión de esa carga es
perfectamente lícito, por estar autorizada en la ley.
Esta conducta que pretende la carga procesal es siempre activa, porque se
refiere a la ejecución de actos y no a la prohibición de ejecutarlos. Además son
reglas objetivas consagradas en la ley.
La carga se distingue de los deberes; que se cumplen en interés del Estado y,
de las obligaciones que se ejecutan en favor de un acreedor. Se trata de un
poder que interesa principalmente a quien le esta reconocido. Es un poder y no
un deber o una obligación, por ello, por lo general, la norma que consagra la
carga es permisiva, aunque a veces este redactada como una orden; por
ejemplo el auto para que la parte comparezca a reconocer como auténtico un
documento.
Dentro de las cargas procesales está, entonces, entre otras, la carga de la
prueba y hablar de ella impone la necesidad de responder aunque mas no sea
en forma sucinta a las preguntas clásicas de la teoría general de la prueba.
Establecer ¿Qué es la prueba? es el punto de partida de la teoría y su
respuesta es que la prueba es verificación y no averiguación, esta última
actividad corresponde a las partes y no al juzgador, quien puede clarificar
o aclarar algún aspecto de lo que ya esta discutido, pero nunca ir en
busca de esa verdad que han debido procurarle las partes.
No es raro y hasta es corriente que se diga que se prueban hechos, pero
en realidad los hechos no se prueban, los hechos existen; lo que se
prueba son afirmaciones. Las partes formulan afirmaciones, no vienen a
traerle sus dudas al juez sino su seguridad sobre lo que saben, para que
el juez verifique la realidad de las afirmaciones formuladas.
Y la respuesta a la pregunta ¿Cómo se prueba?, viene dada por el hecho
que se prueba a través de fuentes de prueba que las partes llevan al
proceso por determinados medios. Las fuentes son los elementos que
existen antes del proceso y con independencia de él, y corresponden a
las partes litigantes, en tanto, que los medios de prueba le corresponden
al juez y los podemos definir como las actuaciones judiciales con las
cuales las fuentes se incorporan al proceso. Son fuentes de prueba los
testigos y medio de prueba de esa fuente sus declaraciones.
Se prueba para el proceso, una prueba no es de una parte ni para una
parte, ni tampoco para el juzgador. La prueba se adquiere para el proceso.
La pregunta, sobre quien prueba, se contesta usando dos palabras bien
específicas cargas y facultades. Entonces la respuesta es que la carga de
probar es para las partes, porque no es función del juez buscar fuentes de
prueba, ello le incumbe a las partes. Pero, el juez, siempre tiene
facultades y ellas se refieren a los medios de prueba. La primera
respuesta a esta pregunta es entonces que ha de probar la parte y no el
juez, pero enseguida advertimos que la cuestión no termina ahí puesto
que hay que determinar cuál de las partes es la que ha de probar.
Nos es indispensable centrar nuestra atención ahora en una de las cargas
de mayor trascendencia dentro del proceso, que es la de la prueba,
porque la formación del material de conocimiento en el proceso
constituye una carga para las partes y condiciona la actuación del juez,
desde que en la sentencia no puede referirse a otros hechos que a los
alegados por aquellas, que también deben probar cuando no fueren
reconocidos o no se trate de hechos notorios.
Por eso decimos que la prueba es nada más que una condición para la
admisión de las pretensiones hechas valer por los litigantes, pero no
constituye una obligación; ellas pueden no solo omitirlas sino renunciar a
la que tuviesen ofrecida. Hay que tener también en cuenta que es principio
reconocido que nadie puede ser compelido a suministrar prueba en su contra,
para beneficiar al adversario, salvo excepciones como la obligación de absolver
posiciones, la de presentar documentos que hagan al derecho de la otra parte,
o la de exhibir los libros de comercio.
Entonces la respuesta a la pregunta sobre cual de las partes ha de probar
es, en principio y como regla, que ha de probar quien afirma un hecho ya
sea en la demanda, en la contestación de la misma o al formular
excepciones, de manera que la carga de la prueba no se identifica con la
calidad de demandado o de actor de la parte, sino con las afirmaciones
que ellos hacen. Ello no equivale a decir que aquel que niega no debe
probar, porque si bien la prueba de un hecho que no ocurrió puede llegar
a ser diabólica, la negativa de un hecho encierra siempre una afirmación;
la de que ese hecho no ocurrió, y si bien no va a ser objeto de prueba lo
no acontecido, porque es materialmente imposible, la prueba va a versar
sobre la existencia de un hecho que demuestre que el afirmado no
ocurrió, es decir, se trataría de una prueba indirecta o de la prueba
afirmativa contraria, si la negativa no es absoluta.
En el proceso, ante los hechos afirmados por el actor, en su demanda el
accionado, puede asumir distintas posturas:
a) Los admite expresamente como verdaderos, lo cual ya de por sí determina
su exclusión como objeto de prueba.
b) Los ignora totalmente, dejándolos sin respuesta al no comparecer a
contestar la demanda, en cuyo caso su silencio "debe" ser considerado por el
juzgador como una presunción de la verdad de los hechos expuestos al
demandar, salvo prueba en contrario.
c) Los contesta guardando silencio o pronunciándose en forma evasiva o
ambigua en lugar de hacerlo reconociéndolos o negándolos en forma
categórica.
d) Los contesta, negándolos particularizadamente, en forma expresa y
categórica.

En el primer supuesto (a), la admisión expresa por parte del demandado de los
hechos aducidos por el actor al accionar, al no existir "hechos controvertidos",
la cuestión se torna de puro derecho y pasan los autos a sentencia.
En el segundo supuesto (b), la falta de contestación de la demanda sólo crea
una presunción de veracidad de los hechos afirmados por el actor, salvo
prueba en contrario que debe aportar el demandado.
En el tercer supuesto (c), el silencio o la respuesta evasiva o ambigua no es
admisible, ya que la ley no permite, por parte del accionado, conductas
irresolutas en su contestación de demanda.
En el cuarto supuesto (d), en el que el demandado contesta la acción negando
los hechos afirmados por el actor al demandar en forma particularizada,
expresa y categórica, las respuestas negativas pueden adoptar dos
modalidades: 1) respuesta negativa simple, donde el demandado se limita a
negar en forma expresa que el hecho en que el actor sustenta su demanda sea
cierto. En tales circunstancias, queda a cargo del accionante acreditar los
hechos controvertidos en que funda su demanda. 2) Respuesta negativa
calificada: Aquí el demandado no se limita a negar el hecho afirmado por el
actor, sino que da una nueva versión sobre el mismo hecho.
"El hecho no ocurrió como dice el actor, sino de esta otra manera", lo que trae
como consecuencia que asuma la carga de probar su respectiva afirmación.
Otras teorías clasifican a los hechos en constitutivos, impeditivos o extintivos
de un derecho a los fines de la distribución de la carga de la prueba e imponen,
en principio al actor la prueba del hecho constitutivo de su derecho, en tanto
que le correspondería al demandado acreditar el hecho impeditivo, modificativo
y extintivo, pero esta regla no es absoluta porque a veces un hecho impeditivo,
modificativo o extintivo puede ser el fundamento de una demanda o a la
inversa.
Una adecuada distribución de la carga de la prueba, entonces, implica
que cada una de las partes debe probar los presupuestos de hecho de la
norma que invoca como fundamento de su pretensión, defensa o
excepción, sean esos presupuestos constitutivos, extintivos o
modificativos. Y por ello no debe olvidarse que la demanda y la
contestación, tienen la misma naturaleza jurídica, como bien afirma
Rocco, en el, sentido de que la demanda consiste en la solicitud hecha al
órgano jurisdiccional para que declare la certeza de una determinada
pretensión y la contestación, consiste en lo inverso, es decir en una
pretensión declarativa negativa de certeza, que se solicita al mismo
órgano jurisdiccional.
Devis Echandía señala dos aspectos de la carga de la prueba, como regla del
juicio y como regla para las partes. El primer aspecto, excede el punto aquí
tratado porque esta relacionado con la valoración de la prueba, se refiere al
supuesto en el que no hay prueba suficiente por lo que él hace valer esa
consecuencia adversa que el ordenamiento jurídico prevé para quien no probó
y evita la posibilidad de no pronunciarse por no estar la cuestión
suficientemente acreditada. El segundo aspecto se refiere a la carga de la
prueba como regla de distribución de la misma que le indica a las partes a
quien le conviene que un hecho se pruebe.
DESPLAZAMIENTO EN LA CARGA PROBATORIA
La inversión de la carga de la prueba es una excepción a la regla de que
quien afirma prueba, y por tratarse de una excepción es siempre legal, se
ha considerado siempre que su interpretación es restrictiva.
No obstante la interpretación teleológica es posible, visto sobretodo, el
planteamiento Constitucional de constituirnos en un Estado social, de derecho
y de justicia, cual se estableció supra.
Ello así, a pesar de que nuestra ley adjetiva, no recepta la inversión de la carga
probatoria, sin embargo, por estar el empleador en mejores condiciones
técnicas y económicas debe probar afirmaciones que el no realizo, rompiendo
con la clásica regla de Derecho Procesal que dice " Prueba quien afirma."
La inversión opera, cuando: el trabajador—público o privado— reclame el
cumplimiento de obligaciones impuestas por ley o las convenciones de
trabajo o laudo con fuerza de tales.
Es esta la hipótesis más común, mas generalizada. Se pide por ejemplo el
pago de salarios, vacaciones, prestaciones sociales o complemento de
estas y en tanto el empleador haya conformado la premisa de hecho, esto
es, que haya aceptado que el trabajador, su empleado, laboró durante los
días, quincenas, meses, etcétera, cuyo pago se reclama, deberá aportar la
prueba idónea del cumplimiento de esas obligaciones. Esta postura es la
aceptada por la Sala Social del Tribunal Supremo de Justicia, que este
tribunal comparte plenamente.
Y ello porque la inversión de la prueba, se da en tanto y en cuanto las
hipótesis previstas ocurren normalmente en la vida del trabajo. Las
disposiciones que obligan a la empresa a documentar hechos en libros o
planillas, se refieren a hechos normales de acaecer cotidiano. En efecto,
las horas extras son el producto de un trabajo extraordinario, ese tipo de
acontecimiento debe, obligatoriamente, reflejarse en las planillas y libros,
que al efecto deben ser utilizadas para remitir información a las
Inspectorías del Trabajo, máxime en la empresa pública, donde es
necesario, además, para justificar los pagos por ese concepto. No
obstante, debe recordarse que en esta materia de Horas Extras, se debe
llevar un libro destinado a tal fin, que es de uso obligatorio, tanto para el
empleo público como privado y en consecuencia la prueba en forma
detallada corresponderá a aquella persona obligada a llevar tales
registros o libros.
Es de resaltar que la inversión opera aún cuando se trate de
documentación que no es de obligatoria cumplimiento para el empleador.
Aquí la doctrina es pacífica en cuanto considera, que se está refiriendo a los
supuestos en que se cuestiona el monto de las retribuciones y/o prestaciones
y, se extiende a las obligaciones fijadas por la ley o convención colectiva de
trabajo, y a las pactadas por las partes, pero dejando bien en claro que, si se
alega un haber convenido superior al establecido por la ley o convención
colectiva, deberá el trabajador aportar la prueba de sus afirmaciones
controvertidas.
Diferencia de carga de la prueba y presunción:
La presunción implica un razonamiento que parte de un hecho determinado, y
de conformidad con la experiencia referente al orden normal de las cosas,
permite afirmar la existencia del hecho que se desea probar o inferir.
Las presunciones pueden ser legales u hominis. En las presunciones legales
es el legislador quien sustituye al juez, efectuando un razonamiento,
determinando que verificado tal hecho se tiene por probadas ciertas
afirmaciones. A su vez las presunciones legales pueden ser, relativas o
absolutas, según se admita o no, prueba en contrario. En cambio, las
presunciones hominis, aparecen como establecidas directamente por el juez,
libradas a su criterio, de acuerdo con los principios de la sana crítica y
concordadas con los demás elementos de convicción que surjan de autos, de
allí que los doctrinantes opinen que "Las presunciones judiciales hacen prueba
solamente cuando por su gravedad, número y conexión con el hecho que trate
de averiguarse, sean capaces de producir el convencimiento sobre su
existencia."
Si se trata de establecer la diferencia entre presunciones e inversión de la
carga de la prueba, podemos decir que en las primeras hay un aligeramiento
de la tarea probatoria a favor de quien esta establecida esa presunción y por
ello la otra parte debe destruir esa presunción de veracidad del hecho afirmado,
probando lo contrario.
Debemos tener en cuenta que la inversión de la carga de la prueba opera
por imperio de la ley y sin necesidad de una presunción previa, y por ello
para que funcione basta con que el trabajador aporte una clara afirmación
de las circunstancias de su pretensión y el demandado no haga alegato ni
prueba contraria de los mismos.
La distribución de la carga de la prueba, es un problema estrechamente
vinculado con las características del proceso de que se trate y con el
derecho de fondo que se realiza en ese proceso.
Sabemos que el proceso laboral y por ende el funcionarial, donde se
reclaman conceptos laborales, es un proceso de oficio, donde las partes
no necesitan instar los actos procesales para que estos se cumplan y ello
como consecuencia de las características del derecho de fondo que se ha
de realizar en ese proceso, en el que esta interesado el orden público.
Además se trata de un derecho que tiene su fundamento en la
discriminación inversa que se hace a favor del trabajador y/o funcionario,
para superar las desigualdades de las relaciones del trabajo,
desigualdades que se corrigen no solo en el derecho de fondo, sino
también a en el derecho procesal laboral y/o funcionarial.
En el proceso civil, donde prima la igualdad entre las partes, parece ser lo
justo y equitativo, que corresponda probar a quien afirma. Pero en el
proceso laboral corresponderán mayores cargas a quien dispone de
mayores posibilidades en orden a la posesión de los medios idóneos de
pruebas y a ello se refiere la inversión de la carga de la prueba aquí
tratada.
Dentro de las nuevas corrientes del derecho procesal, la teoría de la carga
dinámica de la prueba establece que debe probar quien esta en mejores
condiciones de hacerlo, pero esta teoría no determina que esa
distribución de la carga de la prueba, de acuerdo a quien se encuentra en
mejores condiciones de suministrarla, sino que es el propio juzgador
quien la va a distribuir en el proceso. Se trata de una teoría que se inicia
en el campo del derecho procesal civil y que en materia procesal laboral
ha sido receptada, pero que no podemos aplicar indiscriminadamente a
otros supuestos que no sean los de los débiles jurídicos, porque como
opina la doctrina, la inversión debería ser siempre legal no excluyendo la
interpretación teleológica.
Las cargas procesales son una manifestación mas de la libertad de la que
gozan los justiciables en el litigio, la que en combinación con la diligencia
que observen a lo largo del proceso, coadyuvan a obtener los resultados
al que cada sujeto aspira en la culminación del mismo.
Las hipótesis de inversión de carga de la prueba y su realización durante
el proceso surgen no sólo de la ley, y su interpretación, no debe ser
considerada peligrosa, toda vez que se trata de una interpretación
teleológica que no puede provocar la desnaturalización del instituto”.