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Didáctica de la enseñanza de la lengua y literatura

Marco Romero

¿Porqué leer los clásicos?

Cátedra: Didáctica de la enseñanza de la lengua y literatura Profesora: Arrollo, Liliana – Villaoz, Jimena Alumno: Romero Torrez, Marco Antonio

Año: 2016

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Didáctica de la enseñanza de la lengua y literatura

Marco Romero

¿Porqué enseñar los clásicos?

Dentro de todas las cosas que entraña diseñar un currículum educativo, justificar el porqué se enseña lo que se enseña, debe ser una de las más difíciles. Poder plasmar todos los alcances que la educación puede tener hoy día es sumamente complejo. Dada la complejidad del mundo cambiante de hoy en día, los enfoques contemporáneos del desarrollo curricular exceden por lejos la comprensión tradicional de los currículos como meros planes de estudio o listados con contenidos preescritos. De hecho, comúnmente se acepta la idea de que, para fomentar el aprendizaje de manera efectiva, el contenido, las estructuras y los métodos educativos necesitan ser permanentemente ajustados a los cambios que se generan en la ciencia, tecnología, cultura, economía y vida social. Y todo esto sin atender a las particularidades y emergencias que emergen dentro de la sociedad de nuestro país, donde las instituciones de todo orden (aún aquellas encargadas de la justicia y bienestar social) están al borde de la crisis. Dentro de este marco surgen una gran cantidad de preguntas más que de respuestas.

Michel de Certeau, hace un recorrido por las diferentes dimensiones que se le ha dado a la actividad de lectura a través del tiempo. Hace notar que durante mucho tiempo esta actividad no era más que un volcar de conocimientos que solo se adquirían sin cuestionar, casi de un modo “catequista” (De Certeau, 2000). De manera que me resulta ineludible preguntarme ¿qué pretendo lograr al enseñar los clásicos?; y a la vez me surgen dudas más acuciantes cómo ¿de qué le sirven estos textos a un estudiantes que vive realidades sociales de “emergencia”? Es claro que el grupo al que uno pretende enseñar jamás será de carácter homogéneo, por lo que hace un tanto más difícil encontrar una justificación razonable que abarque distintas realidades y situaciones. Tampoco, y mucho menos por ellos se podría dejar de enseñar algo, solo

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porque un alumno tiene o vive un situación diferente ya que, sospecho que así, en el fondo se le causaría un mal mayor. Pero teniendo en cuenta esto ¿cuál de los contenidos impartidos hoy en el curriculum escolar podría ser ponderado como “indispensable” para estudiantes que viven situaciones de emergencia? Sería un error por mi parte contestar este planteo con pretensión de certeza. Sin embargo, quizás y tan solo quizás, la importancia de estas enseñanzas no está dada por sí mismas particularmente, sino por el efecto que se persigue con todas ellas en su conjunto, del cual espero y, quiero creer, que es el desarrollar un pensamiento crítico de la realidad en la que se vive y, a su vez, permita transformarla. Y atendiendo a esto “la lectura” no es un actividad aislada: encuentra –o deja de encontrar- su lugar en un conjunto de actividades dotadas de sentido” (Petit, 2005).

Ahora bien, volviendo a las obras clásicas de la literatura, ¿cuál es su aporte a este desarrollo del pensamiento? Italo Calvino en Porqué leer los Clásicos, enuncia unos cuantos puntos por los que los llamados textos clásicos encierran una gran riqueza, y de los cuales me gustaría resaltar algunos:

Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).

Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.

Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.

Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

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Sin embargo, no solo estamos hablando de lectura, sino también, de enseñanza. Y aunque no puede obviarse la enorme distancia lingüística, conceptual y cultural que media entre la mayoría de los lectores contemporáneos y ciertos clásicos, creo que vale la pena intentar leerlos. A pesar de las dificultades iniciales, a pesar de la necesidad de ciertos datos para entender el léxico de las obras, su ideología, su estructura o los contextos en que surgen, creo que justamente por su riqueza significativa vale la pena sumergirse de lleno en su mundo, y hacerlo a cualquier edad que seamos lectores competentes. Quizá aquí está el problema de base que atenaza a muchos jóvenes y no tan jóvenes, porque la competencia lectora plena no se alcanza en muchos casos siquiera con la edad adulta. Pero si un adolescente puede y quiere, ¿por qué no invitarle a leer el Quijote por ejemplo? Eso sí, sin traumas ni requisitorias amenazantes, como pura obra de arte del lenguaje, como obra maestra de la ironía y el humor, para reírse primero y pensar un poco después. Pensar. Pensar vuelve a ser la fortaleza que dará todos un poco más de libertad frente a cualquier poder que ose arrebatárnosla. Dentro de su desarrollo, Petit explica que en más de una ocasión hay una clara “voluntad de empobrecer el lenguaje, de comprimirlo” (Petit, 2005). Siempre se podrá objetar que, no importa lo que se lea mientras se lea y, no está mal desde algún punto de vista. Pero estos libros, que resultan casi fundantes de la identidad cultural de un país, de un grupo (y esto ¿es realmente importante?), ¿dónde serán leídos sino en el marco de una educación formal?

Como punto final a abordar, y conciente que no puedo abarcar el tema en plenitud, está la interioridad. Anteriormente, en uno de los puntos expuestos por Calvino, aparece lo siguiente: tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.

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El desarrollo de esta interioridad y singularidad es la que me parece tan valiosa y rescatable. “La lectura puede ayudar a construirse, pero tal vez presupone que se esté ya los suficientemente construido y que se soporte la soledad, la confrontación consigo mismo.” (Petit, 2005). Es aquí donde me gustaría hacer hincapié. Donde la figura del docente puede ser crucial para dotar a los estudiantes de la mínima autonomía y que esto les permita crecer. Es innegable que los textos clásicos pueden dejar una marca. Pensando en esto último, fueron los sofistas quienes más influencia han tenido sobre la educación moderna. La palabra sofista significa literalmente el que hace sabios a otros. Su mayor empeño estaba en enseñar el arte de persuadir con las palabras. A ellos se remonta la introducción del currículum educativo de las disciplinas que más adelante se denominarán las siete “artes liberales”, divididas en el trivio (gramática, dialéctica y retórica) y el cuadrivio (aritmética, geometría, astronomía y música). Los sofistas no daban a su enseñanza un carácter puramente profesional, es decir, no formaban abogados o doctores; sino que buscaban formar ciudadanos completos, que no es ni más ni menos, el objetivo que me gustaría perseguir como docente.

Ahora bien ¿en cuánto ayudan los clásicos a componer una sociedad nueva, más justa, solidaria y fraterna, y no a formar parte de una maquinaria que reproduce la cultura occidental de la peor manera?

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Bibliografía

Marco Romero

DE CERTEAU, M. (2000) “Leer: una cacería furtiva.” La invención de lo cotidiano I. Artes de hacer. Universidad Iberoamericana, México. PETIT, M. (2000) Elogio del encuentro. Congreso Mundial de IBBY. Cartagena de Indias, 18-22 de septiembre de 2000. PETIT, M. (2005) “Tercera jornada. El miedo al libro.” Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura. Fondo de Cultura Económica, México. CALVINO, I. (1992) “Porque leer los clásicos.” Tusquest Editores, México.

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