El contenido de esta obra es ficción.

Aunque contenga referencias
a hechos históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y
situaciones son ficticios. Cualquier semejanza con personas reales,
vivas o muertas, empresas existentes, eventos o locales, es coincidencia
y fruto de la imaginación del autor.
©2016, Eraide. La guerra sin nombre (libro 2)
©2016, Javier Bolado
©2016, Ilustraciones: Javier Bolado
Colección Andarta, nº 4
Ediciones Babylon
Calle Martínez Valls, 56
46870 Ontinyent (Valencia-España)
e-mail: publicaciones@edicionesbabylon.es
http://www.EdicionesBabylon.es/
ISBN: 978-84-16318-88-9
Depósito legal: V-2049-2016
Printed in Spain
Imprime: ByPrint Percom, S.L.
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No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de
la obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico,
mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los
derechos.

Dedicado a quienes nunca han dejado de soñar,
pues a quienes hoy se les dice que imaginar es inútil,
el día de mañana se los llamará pioneros

Parte 2 - La guerra sin nombre

Capítulo 1
-Niebla, cenizas y nadaLa niebla devoraba el paisaje bajo la luz mortecina del mediodía que
tímidamente conseguía atravesarla. Las figuras recortadas de los árboles, retorcidos y sin hojas debido al rigor del invierno, emergían de los
neveros, creando fantasmagóricas siluetas que encogían los corazones
de los soldados con su frío abrazo.
¿Dónde acababa el cielo? ¿Dónde empezaba la tierra? No se podía
aventurar. Solo las pisadas de los infantes y los caballos sobre el terreno
enfangado daban un ápice de vida a aquel infierno helado de las montañas altas de Noraik Ard.
Tras sus pasos quedaban jornadas atravesando cumbres nevadas y
las penurias de marcha a través de aquella tundra, donde, en nombre de
la Confederación de Tribus de Kresaar, habían desprovisto a las pequeñas aldeas por donde pasaban de víveres, telas y animales. Difícilmente
podrían sobrevivir a lo que quedaba de invierno aquellas gentes, pero
todo era en nombre de la seguridad de las tierras frente al imperial invasor. La ironía de la guerra.
Y así, tras tres años de similares ironías, la contienda había agotado a
los hombres, insuflados de fuerza en los albores del conflicto por sencillas proclamas de patriotismo, fe e ideales que, como si de una infusión
barata se tratase, pronto había perdido el sabor. Aquellos que vestían las
insignias de cada bando comenzaban a anhelar el fin de aquella cruenta contienda, en la que la vida perdida de amigos y familiares se había
transformado en un odio hacia el enemigo que superaba a los cantos de
sirena de los gobiernos y sus líderes. Aquella contienda, como todas las
anteriores, había dejado de tener sentido. Ya no se buscaba evitar que
el adversario destruyera la nación, sino sencillamente aniquilarlo para
vengar tantas vidas perdidas. Una guerra más, mil nombres se le podría
dar como a las anteriores, pero poco importaría. No era más que otra
mancha sobre la historia de Eidem.
Celeck avanzaba lentamente siguiendo a su unidad. El joven doalfar ya no recordaba cuánto tiempo llevaba allí. Tras graduarse como
shamán no tuvo tiempo de hacer planes junto a Alpeia, su amada, por
la cual había decidido renunciar a su vocación y formar una familia. El
ejército llamó a las armas a todos los jóvenes, y al ser miembro de un
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linaje noble menor, no tuvo la posibilidad de pagar la gran suma de
dinero que generosamente se aportaba al gobierno para conseguir la
exención. Reclutado a la fuerza por los gobernadores de la provincia,
maldijo su suerte de aquel momento, pero más aún cuando meses más
tarde el ejército imperial ocupó sus tierras y ya no pudo saber nada de
su familia ni de Alpeia. Había pensado varias veces en desertar aun a
riesgo de ser ajusticiado, pero le aterraba la idea de que tal vez ya no
tuviera un hogar que al que regresar. Así pues, allí no había otro camino
más que andar hacia delante, un paso tras otro, cada día más lejos de su
tierra natal, consciente de que no iba a volver.
Lo más parecido a una familia lo había vuelto a encontrar en su propia unidad. Su única esperanza era que no fuese la última, pese a que ya
había perdido a varios compañeros, y que tras la guerra pudiera construir de nuevo un hogar. Pero antes tenía que sobrevivir a cuantas batallas quedaban por delante. Si es que Alma se lo permitía.
Por su estatus de shaman, estaba al cargo de una unidad de fusileros,
compuesta apenas por cinco soldados. No era más hábil que cualquiera
de sus hombres; pese a que sus conocimientos de magia habían sido decisivos en más de una ocasión, todos ellos podrían comandar sin problemas. Portaban sus armas descendiendo, cautelosos, a través de uno de
los pasos que daban al gran valle que dividía aquellas montañas. Según
varias unidades de exploradores, iban al encuentro de la decimotercera
legión imperial, que estaba avanzando imparable hacia el oeste tras la
caída de la marca de Odevia, después de varios meses de intenso acoso. Decían que los odevienses habían luchado con arrojo, y no solo los
soldados, pero al final, sin refuerzos en el norte, sucumbieron al acoso
imperial.
Se ajustó la raída chaquetilla abotonada del uniforme que en su día
tuvo un color beige, pero cuyo tono ahora era difícil de adivinar entre
roturas y manchas. Desgastado, en su pecho y bajo sus galones de cabo
de primera, el escudo bordado de Kresaar. Un acuartelado que representaba a cada una de las provincias y en el centro una flor, enmarcado
por la silueta de un dragón que, con sus alas, abrazaba todo el conjunto.
Trató de ceñirse en una coletilla su pelo rubio, sucio y ajado por las semanas sin poder lavarse. Atrás habían quedado sus tiempos de noble;
si pudiera verse en un espejo, tenía por seguro que no se reconocería.
Las batallas libradas le habían dejado varias cicatrices, los largos días de
marcha y hambre consumieron su cuerpo, y ahora su piel lucía grisácea
y enfermiza. Ya no recordaba la última vez que sonrió.
Casi en silencio se detuvo cada uno en su posición, cubriendo la salida al valle, tratando de buscar una buena cobertura pese a que con

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la niebla sería difícil juzgar de dónde podrían venir los disparos. Tras
ellos, otras dos unidades de infantería, en el máximo sigilo, se desplegaban por las laderas de hierba alta y piedras mientras varios tiradores se
apostaban en lo alto tratando de buscar un buen punto donde emboscar
al enemigo. Durante aquel conflicto todo había cambiado: mejores fusiles, artillería de alcances otrora imposibles, aesirs capaces de transportar tropas... La todopoderosa magia iba sucumbiendo a una tecnología
rápida, capaz de ser utilizada por cualquiera sin años de estudio. Ya no
era el mundo en el que se crio, sino uno en el que un shaman como él
resultaba cada vez más insignificante. Pero había algo que en la guerra
permanecía inalterable: los generales sobre sus monturas cerrando filas, bien escoltados, mientras observaban el despliegue en la seguridad
de la retaguardia.
—Parece que el general se ha debido de equivocar —comentó en voz
baja Denal, apoyando la espalda sobre una piedra mientras examinaba
el fusil—. Aquí no se ve ni a un solo imperial, y ni mucho menos a un
ejército.
—Deberías reservarte esas opiniones, si nos escucha un superior estaremos en un buen lío —contestó—. No tengo ganas de volver a pasar
unos días en un calabozo por tu culpa.
—Bah, no te quejes. El capullo del teniente se lo merecía y así al menos dejaríamos de andar unos días. Apenas hemos comido, así que en
eso no habría diferencia.
Celeck fue a mandarle callar cuando empezó a intuirse un ruido metálico, acompañado de algunos chirridos entre la espesa niebla. La leve
corriente de aire que se levantó, acompañada de una llovizna de aguanieve, despejó poco a poco las vistas.
Ante ellos, en el centro del valle y paralelo a un gran río perfectamente visible desde su privilegiada posición, se hallaba una improvisada vía
férrea que se extendía varios kilómetros hacia el oeste. Aquellos ruidos
provenían de la gente que estaba descargando las traviesas de un extraño tren. Era difícil intuir dónde se hallaba la locomotora, pues tanto ella
como varios vagones estaban completamente revestidos de blindaje.
Sobre algunos sobresalían pequeñas torretas de artillería. A su alrededor, soldados imperiales, con sus casacas negras, custodiaban aquella
monstruosidad acorazada y a los compañeros que trabajaban a destajo.
A golpe de vista eran algunos hombres menos que ellos. Pero aunque
se tratase de una gran columna de rivales, enzarzados en gritos de formación, fervor, órdenes y amenazas al enemigo, cualquier otra opción
hubiera resultado menos inquietante que aquel monstruo sobre raíles
que sus ojos nunca antes habían contemplado. ¿Acaso pretendían llegar

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con dicha arma hasta el corazón del territorio de Kresaar? La antigua
frontera, donde terminaba la línea férrea, estaba a más de cien kilómetros al este y las últimas noticias que tuvieron sobre aquella zona, hacía
apenas medio año, no informaban al respecto.
Su hilo de pensamientos se cortó cuando Groha, un mawler de las
tribus del norte, de pelo grisáceo y ataviado con distintas pieles y cuero
sobre el uniforme, le llamó la atención mientras examinaba su cuchillo.
—Me gustaría que nos retirásemos para evaluar la amenaza, pero
no va a pasar, así que será mejor prepararse para la lucha. —Envainó
el arma con un movimiento seco y en su cara se dibujó una sonrisa,
tal vez nerviosa, ante la perspectiva de lo que se avecinaba—. ¿Dónde
nos vamos a replegar? Ya le hemos robado todo a los pueblos vecinos,
y solo para ver que el cuento de la serpiente de metal de la que hablan
los aldeanos es real. —Dejó escapar una risa—. Qué gracia, al final sus
maldiciones van a ser verdades.
—Tal vez esperen a que lleguen refuerzos.
—No hay más refuerzos que nosotros. Bien lo sabes, estamos… —
Parecía no encontrar el vocablo adecuado con su torpe conocimiento
del idioma doalí—. ¿Mal? Espera, creo que hay una palabra mejor. —
Escupió a un lado, claramente con frustración—. Bah, da igual. Tú me
entiendes.
—¿Cuántos crees que son? —le preguntó a Groha.
El mawler entornó la mirada.
—Yo diría que algunos más que nosotros. Porque no puedo contar
a los artilleros o los que pueden estar durmiendo dentro de esa bestia.
Denal fue incapaz de ocultar su gesto de amargura.
—Nosotros llevamos caballería y poco más. Esa máquina… No la había visto en la vida.
—Una batalla no es solo cuestión de número —comentó Celeck. Aunque eso no quería decir que no importara, pensó para sí.
—Celeck tiene razón —apuntó Groha—. Además, hay que contar con
que son en mayor parte humanos, débiles y cobardes. Si podemos acercarnos más del alcance de los cañones que tiene esa cosa, quizás tendríamos una oportunidad... Pero es difícil —se rascó la incipiente barba—.
No es la primera vez que los veo huir porque hemos roto sus máquinas.
Solo saben de números y… tornillos, pero fallan, cuando la rabia en la
batalla es lo más importante, ellos se… Ellos no… Ellos pierden. Ahí es
donde tenemos mejor posibilidad.
—Quieres decir improvisando —puntualizó—. No suena muy halagüeño.
—Así es.
Las palabras de Groha sin duda ayudaron a animar a más de uno
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de los que tenía alrededor, pero Celeck no dejaba de sentirse inquieto.
Tal vez en los otros combates contra unidades imperiales habían conseguido salir victoriosos, pero aquello era algo totalmente diferente, y no
era solo por dicho tren. Desconocía el motivo en concreto, pero un mal
presentimiento amargaba su corazón.
Cerró los ojos y respiró hondo, buscando templar su ánimo, tratando
de alejar su mente por un momento de aquel lugar. Sin razón aparente
le vino a la memoria el día en que lo enviaron al combate tras la instrucción, en el que el sol bañaba su rostro y las puertas del palacio de la
ciudad refulgían con sus detalles en oro. Ahora no le parecía más que un
sueño, una escena irreal, pero que se había cristalizado en su recuerdo
a la perfección.

No sabía cuánto tiempo llevaba ahí de pie, formando, pero podía
reconocer el contorno de los adoquines que se dibujaban bajo la suela
de sus botas a la perfección. Los mandos de la región se dirigían al fin
hasta el púlpito, sin dejar de mirar a las tropas que allí los aguardaban. Su general, Vonloss, portaba una armadura ricamente decorada
con motivos vegetales engarzados en plata y oro. Vestigios de una época pasada, poco práctica actualmente en la batalla, pero la tradición
seguía siendo muy importante para ellos. Su porte sereno y decidido,
además de las marcas que a veces iluminaban su piel pálidamente,
como si una extraña energía recorriera su cuerpo, lo identificaban de
forma inequívoca como a un dragón.
A ambos lados, custodiándole, dos caballeros drogan doalfar.
Cuando se tenía el honor de servir en persona a un miembro de la familia draconiana y ser su aprendiz, se dotaba al afortunado de dicho
título simbólico, y este adquiría un estatus por encima de cualquier ser
de la nación, a excepción, por supuesto, de los propios dragones. Sus
armaduras, al completo labradas con motivos de escamas, los delataban como tal.
El general era uno de los dragones de la familia menor de Estash y
se le había otorgado la regencia de aquellas comarcas de Baja Solánica. Alzó la voz para hacerse oír ante la tropa que permanecía marcialmente a la espera.
—Hermanos kresáicos, vuestra búsqueda de gloria acaba de empezar. Alma os ha guiado ante este momento decisivo en la historia de
Eidem. —Se detuvo un momento para recrearse en la expectación de
los soldados y prosiguió—: Sé que algunos sentiréis temor por lo que
ha de venir. No os voy a mentir, sufriréis el cansancio, jornadas duras

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donde pondréis a prueba vuestra resistencia y vuestro valor. Pero oídme bien: quiero que recojáis ese temor, esas dudas en vuestro corazón
y las transforméis en coraje, en rabia, en honor. Deberéis hacer pagar
a nuestro enemigo cada una de vuestras penurias, pues por su culpa
habéis tenido que abandonar vuestros hogares para defender vuestra
patria. ¡Yo os digo que ese Imperio, prepotente y desalmado, tiene pies
de barro! ¡Nuestro coraje derruirá los cimientos de quien ha osado
despreciarnos, de quien quiere dominarnos! Os digo que vendrán días
de gloria para la decimosexta unidad de Kresaar.
Vonloss hizo una pausa que acrecentó el poder de su discurso y prosiguió:
—Veo el brillo en la mirada de aquellos que volverán a su tierra, a
nuestro hogar. Muchos encontraréis la gloria y seréis llamados héroes
por la nación. ¡Con la ayuda de Alma, saldremos victoriosos! ¡Viva la
Confederación! ¡Larga vida a los hombres que defienden la patria! —Y
en un grito casi transformado en alarido, concluyó—: ¡Kresaaaaaaar!
Los hombres respondieron gritando al unísono. La batalla los llevaría a la gloria o a la muerte, y, por un breve instante, Celeck lo creyó
firmemente.
Cada uno de ellos sintió que era un momento único e irrepetible.
Pero en aquellos tres años de contienda había aprendido que la historia de Eidem ya había firmado muchos capítulos similares de su libro
con el mismo desenlace. Puede que no fuera más que otro de los Ecos
que se repetían una y otra vez, cuyo resultado nada cambiaba.
Para aquellas vidas el destino carecía de interés, pero Alma nunca
dejaba nada al azar.

El capitán retornó a su posición dando órdenes a los tenientes de
cada unidad, que a su vez movían a los soldados. Cada uno tomó su lugar preparándose para el asalto. Groha había acertado: no se esperaban
refuerzos, habría batalla.
Los fusileros pusieron a punto sus armas esperando la orden para
avanzar hasta que el enemigo estuviera a su alcance. Tenía que ser una
maniobra de aproximación rápida. Con suerte, a los imperiales no les
daría tiempo a cargar la artillería. Celeck sabía que una vez los descubrieran, usarían el tren como defensa, así que tendrían que envolverlos
lo más rápido posible. Si no, aquel muro sobre raíles se podía convertir
en una fortaleza infranqueable.
Fueron moviéndose aprovechando que la niebla no había terminado
de alzarse, tratando de irse aproximando, cubriéndose de la visión del

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enemigo tomando ventaja de lo abrupto del terreno. Varias unidades,
incluida la suya, tenían el dudoso honor de acercarse por la vanguardia
mientras otros dos grupos daban un rodeo hasta el otro lado del valle.
Una vez llegaron a su posición, se parapetaron a la espera de la orden
para atacar. Estaban aún a suficiente distancia, teóricamente a salvo de
la artillería.
Groha se asomó arrastrándose por el suelo, para ver si la situación
imperial había cambiado, mientras los demás revisaban su munición
sin atreverse a hablar. Celeck limpió el barro que cubría la culata del
fusil y examinaba que estuviera en perfecto funcionamiento. Cargó el
arma y comprobó que el pasador se resistía, probablemente por la humedad. Le dio un par de golpes y pareció que se desbloqueaba. Tendría
que aguantar un poco más.
El mawler retrocedió con gesto de preocupación.
—He visto un brillo… Creo que era un catalejo.
—Serán prismáticos. ¡¿Nos han visto?!
—No lo sé… Creo que no.
—Por Alma que no sea así. Necesitamos más tiempo hasta que el
resto esté en su posición. Si no…
El silbido de un proyectil y su impacto sonó más cerca de lo que ninguno hubiera deseado.
—¡Nos han descubierto! —gritó el teniente—. ¡A las armas! ¡Afianzaremos la posición hasta que nuestros camaradas estén listos!
El siguiente impacto fue lo suficientemente cercano como para que
trozos de tierra cayeran sobre sus cabezas. Habían calculado mal el alcance, pero ya no había retirada. Celeck armó el fusil y se movió raudo
entre las rocas para buscar ángulo de tiro.
Se apostó y se preparó para disparar. Tan solo tenían que aguantar.
Solo eso…, sobrevivir un día más.
No tardó en haber cruce de fuego tanto a ese lado como por la otra
ladera. El caos se apoderó de aquel lugar en el que aún persistía una fina
niebla. Si conseguían resistir el envite, cargarían contra ellos en bloque
y no podrían hacer nada. Pero en ese momento un cañonazo atronador
le sorprendió a su espalda y parte de los soldados que le acompañaban
fueron alcanzados por una terrible detonación.
Lo recordó como un crescendo, como si de una ópera se tratase, que
ganaba en intensidad hasta que tras una explosión de coros no hubo
nada más que el silencio.

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Ya no quedaba rastro de la niebla matinal. De entre las nubes altas,
rasgando el cielo mientras algunos copos de nieve flotaban lentamente,
el frío sol de invierno iluminaba el desolador campo de batalla. Celeck
miró a un lado y vio el cuerpo inerte de Denal, con el yelmo destrozado
por la metralla de una granada. Al fondo, el reguero de cadáveres teñía
la nieve de carmín hasta donde su vista podía alcanzar, mientras algunos malheridos trataban de abandonar aquel yermo de muerte.
Quiso gritar para que le ayudasen, pero ningún sonido salía de su
garganta. No sentía nada, ni dolor ni frío ni las heridas que recorrían
su cuerpo. ¿Aquel era su fin? ¿Tanta lucha, tanto sufrimiento sólo para
morir sobre un barrizal? Su vista se iba nublando lentamente cuando
una figura se acercó hasta él. Se agachó y le escrutó con la mirada.
Pero aquel humano no se estaba fijando en su cara. Se percató de que
en su pecho estaba apareciendo una extraña flor fantasmagórica que
poco a poco perdía su brillo. ¿Qué demonios era aquello?
Le costaba cada vez más ver, y notaba cómo la vida se le escapaba
a la vez que aquella flor iba apagándose. Pero cuanto más borrosa era
su vista, más cosas extrañas era capaz de distinguir. Ante él apareció
un pequeño ser, una mujer cuyos brazos eran alas y sus pies garras,
y vinieron a su memoria algunas de las lecciones recibidas durante su
formación como shaman… Una spiritaa, una mensajera de la muerte
que Alma enviaba para recoger a los caídos. Era la señal inequívoca de
que iba a morir.
La spiritaa, que apenas alzaba veinte centímetros, se posó sobre su
pecho. Observó la flor y, mostrando unos pequeños dientes afilados
como agujas, comenzó a devorarla con ansia.
En contra de lo que siempre pensó, Celeck no sintió paz ni tranquilidad, sino terror. Notaba cómo aquel ser estaba devorando su alma y
destruyendo sin compasión todo aquello que una vez fue.
El hombre le miró por primera vez a los ojos como si supiera que aún
podía verle y le dijo con voz tranquilizadora:
—Tranquilo, no voy a permitir que te haga daño.
Dicho esto agarró a la spiritaa por las alas, con cuidado para que
no le mordiera, cuando esta comenzó a retorcerse rabiosa. Ningún ser
mortal podía interferir con Alma; sin embargo, ese hombre sostenía a la
criatura con total naturalidad. Tomó la flor con la otra mano por el tallo
y unas trazas de energía comenzaron a recorrer su brazo. Con cierto
esfuerzo la arrancó hasta que las raíces se desprendieron de su pecho
por completo y, esta vez sí, sintió paz. Ya nunca más tendría miedo ni
dolor… Nunca.

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Adriem se levantó y soltó la spiritaa, que se alejó molesta, mientras
el alma del doalfar se deshojaba desapareciendo en pétalos de luz que se
desvanecían en el aire.
—Descansa en paz.
Se giró hacia la niña que a cierta distancia le aguardaba. Aquel fantasma envuelto en un manto que dejaba en sombras su cara, de la que
destacaban unos ojos azules como el cielo. Hermosos, pero llenos de
rencor y tristeza y que, cada vez que le miraba, le recordaban sus faltas
y pecados de los últimos tres años.
—Si sigues haciendo eso, tu vida se acortará aún más.
Adriem cerró los ojos de Celeck, cuya expresión reflejaba una paz
infinita, y comenzó a caminar entre los cadáveres de nuevo. Sus ropas
estaban sucias y desgastadas, y su mirada había perdido el brillo que
una vez tuvo.
—Eso no debería importarte lo más mínimo. Nadie estará para enterrarme cuando todo termine.
—Ya sabes lo que te espera cuando mueras. ¿Por qué sigues esforzándote? ¿Qué pretendes conseguir, estúpido?
Siguió andando, cansado de aquella conversación mil veces repetida
entre ambos. Echó una última mirada al soldado kresáico.
—Lo que él tiene ahora. Paz.
—Ya, algo que nunca tendrás. A ti sólo te espera la nada.

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No te quedes con la intriga y
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