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Proceso de paz en La Habana, una oportunidad irrepetible

Por el dominio de la tierra se han presentado y se presentarán los más graves conflictos sociales en América. (…) El conflicto comenzó desde que los invasores europeos empezaron a disponer del territorio de los indígenas y no terminará hasta que la tierra sea apropiada por los que realmente la trabajan.”

Álvaro Tirado Mejía.

El génesis de las FARC, el inicio de la última etapa del conflicto.

Movimientos comunistas y de campesinos que tomaron las armas en resistencia a

la violencia desatada por el gobierno Conservador – en momentos de agitación

social en el país por cuenta de la carestía y la pérdida de capacidad adquisitiva por parte de las mayorías asalariadas -, ante el asedio de grupos criminales y las milicias del estado, establecieron comunidades en territorios rurales de la periferia con formas de gobierno autónomas denominadas ‘zonas liberadas’.

A la conformación del Frente Nacional -alianza liberal-conservadora constituida

con el fin de terminar la violencia política- sucedió la necesidad por recobrar para

el Estado el control del territorio a lo largo y ancho del país. En 1962, Álvaro

Gómez Hurtado, entonces Senador, advirtió de las ‘Repúblicas Independientes’, extensiones de tierra controladas por campesinos, donde no podía ingresar oficial alguno del ejercito.

A partir de las declaraciones de Gómez en el seno del legislativo se inició la

‘Operación Marquetalia’ que tenía como objetivo la toma de la comunidad homónima ubicada al sur de departamento del Tolima. Marquetalia se había configurado en refugio de campesinos afiliados al Partido Liberal o a grupos revolucionarios enfrentados al establecimiento. El Ejercito Nacional cercó y

masacró a quienes mantuvieron la región al margen de la autoridad del Estado por casi diez años.

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejercito del Pueblo.

Algunos que lograron escapar de la repartición de muerte organizada por el Frente Nacional, con ayuda de los Estados Unidos, dos años más tarde se internaron en la selva para conformar el ‘Bloque sur’, la primera guerrilla influenciada por el Partido Comunista.

Su argumento para mantenerse al margen del debate democrático y sostener la declaración de guerra contra el estado, es la concentración de la tierra –acentuada por el desplazamiento de campesinos a las urbes durante los años de la violencia– y los medios de producción en manos de una minoría, unida los obligados votos de pobreza y hambre que tomaba la mayoría de población.

Las FARC son el producto natural de los conflictos que surgen en el marco de las distancias entre las clases sociales y la ausencia de oportunidades de superación para los individuos que nacieron en condiciones de carencia. Su origen es perfectamente comprensible a la luz de los análisis sociológicos sobre las desigualdades.

La Alianza por el Progreso motivo un importante acercamiento a la solución del problema de la distribución de la tierra al condicionar la cooperación de los Estados Unidos a la realización de una Reforma Agraría ya que, como lo expresara el Senador Norteamericano Hubert Humphrey, “Los Estados Unidos no desean contribuir a favor de unos pocos adinerados con préstamos para la industrialización si no hay una reforma agraria que permita el aumento de la capacidad domestica de consumo”.

Los resultados evidenciados en la década de los 70’s son desastrosos, pues la reforma agraria proyectada no limitaba la propiedad latifundista ni generaba

presiones para el reparto. Solamente se concentró en el establecimiento de distritos de riego y otras mejoras para la producción agropecuaria que beneficiaban más al terrateniente que al campesino.

La ausencia de voluntad de las élites empotradas en el gobierno del estado es la razón de existencia de la guerrilla, situación que ha dado lugar a la manutención del conflicto. La solución que se vislumbra en la década es el cambio del gobierno, a como dé lugar. La experiencia cubana, junto con los aportes bolcheviques alivian las presiones de la lucha.

Pero la defensa del pueblo pobre tiene que financiarse y el pueblo no tiene con qué. La producción y tráfico de drogas, encarecidos por su ilegalidad, se convierte en un negocio rentable que irriga de forma eficiente todos los sectores de la sociedad, desde la industria hasta el arte, desde el más pobre hasta los más afortunados terratenientes. A las FARC llegó por cuenta del llamado ‘gramaje’, una especie de impuesto de guerra que cobra en zonas productoras donde tienen presencia y control.

Con la adhesión de la extorsión y el secuestro a sus formas de financiarse, se granjearon la enemistad de todos los sectores de la sociedad, legales e ilegales, pero sobre todo de la mayoría de colombianos que se sienten consternados ante la magnificación de sus acciones por parte de los medios. Los 80´s y 90´s fueron dos décadas donde la violencia alcanzó sus máximas expresiones, desde la insurgencia, las milicias privadas y el Estado, siendo protagonista la segunda y cómplice la tercera, de las acciones más temibles en la historia.

Hoy, con un poder económico innegable, un número de efectivos que le garantizan presencia, influencia y, en dados casos, control sobre ciertas regiones del país, las FARC ha ganado el título de ser la guerrilla más antigua del mundo con casi 50 años de existencia. Pero, la extensión del conflicto, en el cual las FARC solo representan una parte en el maremágnum de violencia, ha menguado la capacidad de acción. La manipulación de los medios de comunicación oculta ante

el público las acciones violentas de los agentes del Estado y de los grupos paramilitares, amplificando las de grupos subversivos. La misma guerra ha servido como argumento del Estado frente a la desastroza situación social y económica, centrando sus acciones en el control militar, negando las causas originales del conflicto. La vinculación de las FARC con negocios de grueso calibre como el narcotráfico complejiza la situación actual, requiriendo medidas económicas de alto impacto para sustituir la dependencia de esta organización, y del país, del negocio de la droga.

Tres intentos para dar fin a la guerra.

Si la guerra es ley, la paz es revolución.

Colombia tiene clara la necesidad de terminar con 50 años de violencia precedidos por otros 50 años de violencia. El debate se ha centrado en el camino para cumplir con tal objetivo, en la definición de si la paz se logra con la reivindicación a toda costa de la autoridad del estado y por tanto la derrota militar o la rendición. Otros sectores consideramos la idea de que la paz es una construcción social que pasa por acordar condiciones con la subversión.

La guerra sin cuartel ha demostrado ser profundamente ineficiente. Es así que el gobierno de Belisario Betancourt inició negociaciones a través de la comisión de paz encabezada por el profesor Jhon Agudelo Rios, la cual concluyó con los Acuerdos de la Uribe (1984), que dieron lugar a la formación de la Unión Patriótica – UP –, organización política sobre la cual aterrizaría las FARC su aspiración de obtener el poder por las vías democráticas. Sin embargo, organizaciones del narcotráfico en connivencia con agentes del estado se propusieron su exterminio, llevando al rompimiento de los acuerdos en los 90.

En los 90’s, que iniciaron con la desmovilización de la guerrilla M-19, entre otras, y la promulgación de una nueva constitución política que afirmó a Colombia como un Estado Social de Derecho, se instalaron nuevamente diálogos entre el gobierno

en cabeza del Presidente liberal Cesar Gaviria y la guerrilla de las FARC junto a otras organizaciones guerrilleras asociadas en la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar. Los diálogos se rompen tras el secuestro del ex Senador Argelino Duran en el municipio de Ocaña, Norte de Santander, por parte del EPL.

Seis años más tarde, el gobierno de Andrés Pastrana instauró una mesa de negociación. Durante los diálogos, que desmilitarizaron 40 mil kilómetros cuadrados del territorio nacional a favor de las FARC. El pésimo manejo del gobierno y los abusos de la guerrilla contra la población, así como el rechazo al establecimiento de una comisión que investigue acciones denunciadas por los habitantes del lugar, unido a la continuidad de las acciones violentas por parte de la insurgencia, llevaron a terminar con los diálogos en febrero de 2002.

El cambio de gobierno trajo consigo la reforma de la política frente a las FARC. Con la teoría de que nuestro país no padecía un conflicto armado interno sino “amenaza terrorista”, el entrante gobierno de Alvaro Uribe Velez inició una guerra sin tregua que golpeó duramente la organización, fortaleciendo el poder militar del estado en zonas rurales, donde habría perdido control a favor de las organizaciones al margen de la ley. Hasta 2010, la ascensión de Juan Manuel Santos a la cabeza del gobierno del Estado significó un cambio de tono que permitió la instalación de los nuevos diálogos en La Habana, Cuba.

Los diálogos de La Habana, una oportunidad para iniciar el camino hacia la paz.

Es innegable que la disposición de gobierno Santos genera esperanza en los colombianos que consideran el dialogo como la herramienta más eficiente para terminar con el conflicto y alcanzar la tan anhelada paz. Sin embargo, es claro que las condiciones económicas de los hogares, la falta de educación y los altos índices de inseguridad y criminalidad ligados a la ausencia de oportunidades para la superación de la pobreza, han orientado al país por una senda de

incomprensión, de tal manera que, dicen las encuestas, cerca de la mitad del país no están de acuerdo con el proceso.

Si bien las actuaciones de este gobierno han sido más inteligentes que las del

gobierno de Andrés Pastrana, los diálogos tienen lugar fuera del territorio Nacional

y no hay despeje ni garantías de tipo militar para los insurgentes. El interés

político-electoral que evidencian las circunstancias es un riesgo para el avance del proceso: Por una parte, la relación del gobierno con la derecha paramilitar se ha tornado antagónica, puesto que esta se opone al proceso de paz con las FARC por considerar que dará demasiadas concesiones a la guerrilla. La posición expresada por el Uribe Centro Democrático es inconsecuente con el actuar del ex Presidente Uribe quien en su administración organizó un proceso de desmovilización con organizaciones de autodefensas, concediendo garantías de reinserción para quienes dejaron las armas. Por otra parte, si bien es un acierto monumental el iniciar las negociaciones, el gobierno nacional no ha logrado hacer entender a la población a importancia de esta acción y su política económica no es diferente a la que causó el conflicto.

Si bien la terminación del conflicto no depende únicamente de la disposición de las

partes para acordar los términos sobre los cuales las FARC buscaran reinsertarse en la sociedad sin renunciar a sus objetivos políticos, también depende de la

disposición de la sociedad civil para recibirlos, así como de la posibilidad de reunir

a la población alrededor de un acuerdo para otorgar el perdón a quienes osaron

alzar las armas por defender los intereses de su clase y de la urgencia de solucionar la extrema desigualdad evidente en la cotidianidad de la vida social y económica de Colombia.

Considerando que el establecimiento de un marco especial para la desmovilización de las FARC aporta garantías al proceso de juzgamiento de los cabecillas de la organización guerrillera y los acuerdos a los que lleguen son de importancia, no puede dejarse de lado la orientación de la política económica,

causante de la tragedia. La Ley de Victimas y Restitución de Tierras abrió una discusión de suma importancia, pero pasó de ser una empresa ambiciosa para reparar a las víctimas del conflicto, a ser la herramienta de legalización de la propiedad en el campo, exponiendo beneficios marginales (una que otra restitución) como logros inmensos. La extensión del fuero militar y los proyectos radicados en las últimas semanas por el Ministerio de Defensa ante el Congreso son elementos que siembran dudas sobre el verdadero compromiso del ejecutivo y evidencian la ambivalencia del gobierno Santos frente a las negociaciones.

Conclusiones

Para el éxito de las negociaciones, es de vital importancia que el gobierno asuma una posición vertical contra las expresiones que, al interior de su gobierno, generan dudas sobre sus intensiones en las negociaciones con las FARC. Así mismo, es necesario que reactiven los espacios concertados, como el Foro para la Paz encabezado por académicos de la Universidad Nacional y genere espacios de debate en los medios masivos a fin de que sirvan como herramienta de información para las comunidades, para quienes también deben crearse espacios de participación en la construcción de la paz.

El Gobierno Nacional debe disponer la formulación de mecanismos que blinden el proceso ante la incursión de instancias internacionales, cuyo obrar es legítimo ante la normalización de la impunidad, pero que puede poner en riesgo el proyecto de reconciliación nacional. La Justicia Transicional debe esmerarse por surtirse de teorías del derecho aterrizadas a la realidad, que simplifiquen su aplicación en el proceso de la posguerra, brinden garantías a las guerrillas y posibilidades de reparación a las víctimas del conflicto.

Considerando que, en función de la guerra interna, el Estado se ha dotado de fuerza militar sin precedentes en la historia del país, es necesario observar el papel del ejército y la fuerza pública en la construcción de paz pues, al no existir una guerrilla de tal organización y capacidad de guerra, se hace innecesario el

inmenso aparto militar. Con la propuesta del Alcalde de Bogotá sobre la profesionalización de los efectivos de la policía podría darse un paso importante, así mismo, el Ejército Nacional y las instituciones de guerra que conforman las Fuerzas Militares debe buscar un norte diferente para la institución.

La contracción en el presupuesto de defensa significa mayor disponibilidad presupuestal del Estado para atender las causas de los conflictos. La reconfiguración del sistema educativo y sus objetivos, la solución de la crisis de la salud, una necesaria reforma agraria que desconcentre la posesión de la tierra en el campo y un Gobierno popular cuyo objetivo sea encaminar a la nación por la senda del desarrollo sería, a mi juicio, el ideal para poner fin al constante estado de violencia en que se encuentra sumida la nación desde el desembarco de los europeos en nuestra América y concretar la aspiración de las revoluciones liberales y anticoloniales: la sociedad en función de la búsqueda de la felicidad de las personas.

Bibliografía

BBC

Mundo.

Cronología

del

proceso

de

paz.

2002.

Betancur, Juan Sebastian. El conflicto armado en Colombia: evolución,

desmovilización y reinserción. Una visión empresarial. Conferencia. Proantioquia.

2008.

Fundación Ideas para la Paz. Acuerdos de La Uribe.

Tirado Mejía, Alvaro. Introducción a la Historia Económica de Colombia. 1971.

Vargas, Alejo. Conflicto Armado, su superación y modernización en la sociedad Colombiana. 2009. http://www.derecho.unal.edu.co/unijus/pj26/6Conflicto.pdf.