Está en la página 1de 111

Desaparición y muerte de Manuel Ferrero

Carlos Maza Gómez

© Carlos Maza Gómez, 2016 Todos los derechos reservados

Índice

Un molino en Pozuelo ……………………

5

Días en Madrid …………………

………

13

Pesquisas sin resultado …………………….

25

El hotel de la calle Lanuza ………………

35

Negociante y picapleitos …………………

49

El caso de Quintín ………………………… 61

Federico Saiz ………………………………

77

La locura de Nilo Aurelio ………………….

89

3

Un molino en Pozuelo

Pozuelo de Tábara es un pequeño pueblo de la provincia de Zamora, a 36 km. de la capital. Con apenas 25 km 2 de extensión, debía tener en 1916 unos 225 habitantes que hoy se han reducido a la mitad, dentro del proceso continuado de despoblamiento de las tierras castellanas. Cuenta con una bonita iglesia, bastante antigua, y está atravesado por una carretera moderna, más reciente. Resulta conocido en Zamora por celebrarse en sus calles el 26 de diciembre la fiesta del ―Tafarrón‖, personaje engalanado que representa al diablo. Hace un siglo, como también actualmente, su riqueza fundamental era la agricultura por lo que la propiedad de un molino de cereal representaba la prosperidad frente a aquellos que solo disponían de un campo pequeño. Los vecinos que aspiraban a engrandecer su patrimonio y situarse por encima de los demás deseaban hacerse con un molino existente a toda costa, si éste se encontraba a la venta. En 1916 sucedía tal cosa. El molino en cuestión era propiedad del Sindicato Nacional de

5

Maquinaria Agrícola. Sociedad constituida a nivel nacional el 5 de mayo de 1908 con un capital de un millón de pesetas, tenía como objetivo la modernización de la agricultura con la introducción de maquinaria autóctona (trilladoras, lo comóviles, etc.) que permitiera hacer el negocio en España en vez de tener que recurrir como hasta entonces a inventos del extranjero, particularmente de Inglaterra. La iniciativa había surgido de grandes terratenientes para los cuales la maquinaria era rentable dentro de los latifundios de los que eran propietarios. Así, entre sus accionistas principales se contaban los marqueses de Urquijo, el duque de Veragua, el conde de Romanones o el vizconde de Eza, entre otros. Una de las propiedades donde habían introducido una maquinaria moderna de molienda era precisamente aquel molino de Pozuelo de Tábara. El resultado no fue tan fructífero como imaginaban cuando adquirieron el edificio y la pequeña finca que lo circundaba. Andrés Garrido, director gerente del Sindicato radicado en Madrid, pensó en primer lugar en venderlo a algún vecino del pueblo. Sacado a

6

subasta pujó por el conjunto (molino y finca) Manuel Silva, ofreciendo la cantidad de veinte mil pesetas pagaderas en sucesivos plazos. El negocio se complicó cuando Silva dejó de pagar muy pronto los plazos estipulados. Un representante del Sindicato quiso entrevistarse con el deudor pero las cosas no fueron bien. Silva se tornó amenazante, juró impedir la venta a cualquier otro vecino, dijo que mataría a quien se atreviera a hacerse con ―su‖ molino. El representante tuvo que huir por pies del pueblo y comunicó al Sr. Garrido que el deudor no iba a pagar. Éste consideró entonces que procedía el embargo judicial de la finca, el molino y la moderna maquinaria que el Sindicato había instalado en él. Garrido sabía que un agente de negocios al que habían recurrido en alguna ocasión trabajaba en la zona de Zamora. Se llamaba Nilo Aurelio Saiz, era un hombre no muy mayor, de luenga barba, con despacho y hogar en la calle Preciados número 52. Tenía experiencia como agente y almacenista de abonos en la misma Zamora donde hacía negocios habitualmente. Parecía la persona ideal para que representara al Sindicato en aquel pueblo donde las cosas se empezaban a complicar.

7

En efecto, D. Nilo Aurelio sabía ser eficaz en situaciones complejas, no en vano había hecho negocios de abono con agricultores y se sabía todas las mañas de los lugareños, además de conocer los recursos jurídicos a su alcance. De manera que se dirigió al Juzgado de la capital obteniendo el embargo de la finca, el molino y su maquinaria. Todo volvía a manos del Sindicato. Pero el Sr. Garrido le había encarecido dos cosas: conseguir otro comprador, si fuera posible, y en caso de que no, poner a la venta la moderna maquinaria del molino. Silva vivía con su familia, que incluía a dos hermanos, en otra finca de su propiedad. Conociendo sus ánimos levantiscos, Nilo Aurelio consiguió que el Juzgado le destinara una pareja de guardias civiles para que le acompañara en todos los trámites de embargo y nueva venta de las propiedades de Pozuelo. Efectivamente, solo su presencia impidió que Manuel Silva pasara a mayores. En la visita que Nilo efectuó al pueblo no dio cuartos al pregonero. Prefirió dirigirse a la taberna, preguntar por aquí y por allá, deslizar una sugerencia, alguna posibilidad en torno a la

8

propiedad en juego. Al poco de su visita apareció en

la fonda donde se alojaba un vecino de la localidad:

Manuel Ferrero Gallego, de 72 años, comerciante más que agricultor. Hombre de buena fama en el pueblo, formal, de fuertes creencias religiosas, parecía un sujeto fiable para cualquier transacción.

Ferrero le dijo estar interesado en la finca y el molino, pero no para hacerlo producir. Le contó una historia algo peregrina. Manuel Silva tenía una finca casi improductiva lindante con las tierras de Ferrero

y desde ella entraban numerosos conejos que

acababan con los modestos productos de su huerta.

Harto de la situación había pensado comprar la finca

y el molino en venta y ofrecérsela luego a Silva a cambio de las tierras colindantes con las suyas. Ferrero, como se verá a lo largo de esta

historia, no sólo era discreto en sus negociaciones sino que no tenía reparo alguno en mentir y desorientar para esconder sus pretensiones reales. Su excusa respecto de los Silva no es coherente con sus relaciones previas con ellos. De hecho, una cuñada

de Manuel Silva había sido condenada a un período

de destierro por calumnias contra los Ferrero a instancias de estos y todo el pueblo sabía que ello había originado constantes resentimientos entre los

9

cabezas de familia. De manera que difícilmente el mayor de los Silva iba a perdonar esta nueva ofensa de sustraerle la finca que deseaba ni avenirse a trato alguno con su vecino. Toda aquella historia de los conejos debía ser una pura invención. A D. Nilo Aurelio eso le daba igual con tal de hacer la venta y llevarse la comisión correspondiente. A partir de la oferta de Ferrero, la única que recibió aquellos días, tuvo claro que la maquinaria debería venderse por separado de la propia finca y el edificio del molino. Dicho y hecho, fue encontrando compradores dentro de la provincia para esa moderna maquinaria y comunicó al gerente Sr. Garrido el fruto de sus gestiones. Éste, viendo el asunto camino de resolverse, envió al ingeniero Ambrosio Tejedor y al mecánico Benito Rodrí guez, desde la ciudad de Zamora donde solían trabajar, hasta Pozuelo con el objetivo de desmontar la maquinaria y llevársela para efectuar la venta acordada por Nilo Aurelio. El encargo fue problemático porque Manuel Silva pretendió oponerse violentamente, viéndose los trabajadores obligados a llamar repetidamente a la guardia civil. A instancias de Nilo se pusieron en contacto con Manuel Ferrero pero de una manera

10

sumamente discreta puesto que éste no quería que se supiera de su interés en modo alguno, por temor a Silva en primer lugar y por si acaso surgía otra

oferta que le obligara a soltar más billetes de los que quería ofrecer al Sindicato. El ingeniero Tejedor comunicó por carta al gerente Andrés Garrido que el Sr. Ferrero ofrecía 1.100 pesetas por la finca y el molino. Al director del Sindicato le pareció una cantidad irrisoria y contestó inicialmente con una negativa, esperando que el interesado aumentara la cuantía. Por el contrario, Tejedor volvió a escribir para alertar de que habían tenido que recurrir a la guardia civil para hacer el desmontaje, que Silva amenazaba de muerte

a todo aquel que se hiciera con la propiedad de esa

finca y, dado su carácter levantisco, era imposible que surgiera una nueva oferta distinta de la realizada por Ferrero. En vista de la situación, Garrido se conformó

y dio su aprobación al negocio, invitando a Manuel Ferrero para que acudiera al Pasaje de la Alhambra número 1 de Madrid, sede del Sindicato, a fin de firmar la cesión por aquellas tierras y el molino vacío que incluía.

11

En vista de ello, Ferrero hizo el equipaje, dijo en el pueblo que iba a una boda en Ciudad Rodrigo, y viajó con los dos trabajadores hasta Zamora donde se despidió de ellos. Marchaba así a Madrid para culminar el negocio guardando dentro de la maleta una crecida cantidad de dinero. Dada su general desconfianza, es de imaginar que miraría para todas partes por si veía a algún conocido de Silva o por si alguien con las manos largas le quería sustraer la cantidad que permitiría hacer la compra. Salieron de Pozuelo de Tábara el día 3 de junio de aquel año de 1916 y se despidieron en la capital provincial. D. Manuel Ferrero iniciaba así su viaje a Madrid ignorando que en realidad marchaba hacia ninguna parte y que aquel trayecto era de ida, no de vuelta para él.

12

Días en Madrid

Un ―hombre laborioso, siempre trabajando‖ se decía de él, ―serio, cabal, incapaz de una informalidad‖. ―Enemigo de toda inmoralidad‖ afirmaban sus amistades, ―de creencias cristianas muy arraigadas desde su juventud‖. ―Nunca dio origen a ninguna enemistad‖ sostenían en el pueblo, ―merecedor de toda la consideración y el respeto‖. Sin dudar de estas apreciaciones los hechos muestran a un Manuel Ferrero astuto, deseoso de aprovechar la oportunidad de hacer un buen negocio, ampliar sus tierras y propiedades al menor coste posible utilizando para ello todos sus recursos. Uno de esos pueblerinos cachazudos, aparentemente serio y formal, pero capaz de engañar y jugar sus bazas para obtener la ventaja que desean. Pues bien, el primer protagonista de nuestra historia se despidió en Zamora del ingeniero y el mecánico del Sindicato, que viajarían con el mismo destino al día siguiente, y marchó hasta la estación de tren para tomar el expreso a Madrid. Era el domingo día 4 de junio. Allí se encontró con

13

Antonio Romero, con el que le unía una amistad desde dos años atrás. Este último, con domicilio habitual en Benavente, también en la provincia de Zamora, había pasado hacía ese tiempo con su señora por Pozuelo de Tábara. Su mujer padeció un mareo y encontraron la ayuda de Manuel Ferrero y su mujer, que les acogieron en su casa hasta que pasó la indisposición y pudieron proseguir su camino. Desde entonces, la ob ligada cortesía y una mutua confianza habían anudado lazos entre ellos. De manera que hicieron el viaje juntos hasta la Corte. Romero le dijo que, como otras veces, se alojaría con su hijo Enrique en su casa de la plaza del Progreso, mientras hacía unas gestiones que detalló. Ferrero estuvo más ambiguo, afirmando que marchaba a Madrid para tratar un asunto con una agencia de negocios de la calle Preciados. Pero no quiso decir nada más y tampoco a su amigo le importaba demasiado. En ese tiempo, cualquier gestión legal de cierta importancia, un negocio, un trámite, era obligado hacerlo en la administración madrileña. Siendo comerciantes ambos, no eran extraños los viajes a la capital del reino.

14

Se despidieron concertando una cita posterior en el domicilio de la plaza del Progreso y Manuel Ferrero se encaminó, con una maleta y unas alforjas, en dirección a la casa de su sobrino Ambrosio González, que regentaba una portería en la calle Mesón de Paredes nº 15. Su propósito es que éste lo alojara durante los pocos días en que esperaba cerrar su negocio en Madrid. Sin embargo, al llegar a la portería encontró que Ambrosio estaba desolado. Su mujer, que era quien llevaba la portería, acababa de morir hacía unos días y el servicio lo estaba llevando cada día una vecina, que ocupaba el piso aquellas horas hasta que Ambrosio regresaba de noche de su trabajo habitual. Las condiciones no parecían nada idóneas y el Sr. Ferrero se resignó a buscar otro alojamiento. Mientras se tomaba un vino en la taberna con su sobrino éste le indicó que podía dirigirse a la posada ―León de Oro‖, en el nº 12 de la Cava Baja. Preguntado por el motivo de su viaje a Madrid, el de Pozuelo empezó a divagar afirmando que venía a visitar a una antigua parroquiana. Como había trabajado en Madrid hacía bastantes años comprando y vendiendo telas, el sobrino se imaginó que sería una vieja conocida de aquella época. Luego Ferrero

15

preguntó cómo se iba a la iglesia del Perpetuo Socorro pero sin decir para qué quería ir allí. Ambrosio volvió a imaginar q ue la citada parroquiana viviría por esa zona. Realmente, su tío era hombre cabal y formal pero no daba más información de sus propósitos. Una hora después llegó Ferrero a la posada que su sobrino le había recomendado. Como otras veces, máxime siendo domingo, su propietario Luis Montero no se encontraba en el establecimiento. Le atendió el mozo Estanislao García que se encontró a un caballero anciano, bien arreglado y vistiendo un traje con americana y chaleco, portador de una maleta y unas alforjas que el mozo llevó hasta la habitación número seis, donde quedaría alojado finalmente. Aunque era media tarde el huésped prefirió salir a dar un paseo, quizá dirigiéndose al Perpetuo Socorro, aunque allí nadie recordaba su visita ni si habló con sacerdote alguno. Tal vez se dedicara solo a dar un paseo por la capital, que debía lucir bonita aquel domingo, con las muchachas de servicio paseando junto a los soldados que las requebraban invitándolas a un helado o lo que fuese necesario, con la clase más encumbrada c ruzándose igualmente

16

con otras familias de su rango por el paseo del Prado. El lunes día 5 Ferrero salió pronto de la posada, sobre las nueve de la mañana, afirmó el mozo. No volvería hasta la noche. ¿Qué hizo en ese tiempo? se preguntaría la policía tiempo después. Por la mañana se supo que había acudido de visita a la plaza del Progreso pero Enrique Romero, el hijo de su amigo, le dijo que su padre había tenido que salir. Ferrero comentó que no tenía mayor importancia. Como disponía de todo el día, volvería por la tarde probablemente. Tras el almuerzo, a las tres y media acudió a las oficinas del Sindicato Nacional de Maquinaria Agrícola (Pasaje de la Alhambra nº 1), donde fue recibido por su director gerente Andrés Garrido. Era el objetivo principal de su viaje. Este último había aceptado finalmente la propuesta de compra del campo y el molino que le había hecho Ferrero tasando la operación en 1.100 pesetas. Le parecía que aquello valía bastante más pero todo indicaba que no había más compradores a la vista debido a las amenazas de los Silva, por lo que el gerente aceptó las condiciones transmitidas por carta por el mecánico Benito Rodríguez. Sin embargo, tras

17

saludar al futuro comprador, habría de llevarse una gran sorpresa.

- Sepa usted le dijo Ferrero - que no puedo ofrecerle por el campo y el molino más allá de 400 pesetas.

- ¡Pero hombre de Dios! no pudo menos que exclamar Garrido- ¿No habíamos acordado que eran 1.100 pesetas? Ya es una cantidad muy baja ¿cómo se hace usted un viaje tan largo para decirme esto?

- Ha de saber usted que si yo quiero comprar el molino contestó cachazudo el de Pozuelo- es para ofrecérselo a Manuel Silva, cuya casa está frontera con la mía. Deseo que me ceda esta finca a cambio de la del molino, pues Silva tiene tal cantidad de conejos en su corral que me está destrozando la pared medianera de mi casa, y temo que ésta se venga cualquier día al suelo. Usted comprenderá que no puedo pagar más de 400 pesetas, mucho más sabiendo que esta compra me ha de producir algún serio disgusto, pues Manuel Silva y su familia han jurado matar a quien compre el molino.

18

¿Era cierta la repetida historia de los conejos? La jugada del comprador resultaba más que arriesgada, como ya he comentado, por cuanto sus relaciones con los Silva estaban empozoñadas desde hacía tiempo, como por otra parte no era inusual teniendo en cuenta su vecindad y las molestias que pudieran causarse. Primero era un enfrentamiento de palabra por cualquier motivo, como la presencia de tantos conejos en el corral, las mujeres se insultaban, había una denuncia por calumnias, el Juzgado condenab a a la cuñada de Silva al alejamiento temporal, los enconos crecían… y en esas condiciones ¿iban a poder hacer un canje de terrenos? Parece dudoso pero tampoco imposible. El Sr. Garrido no comprendía tal rebaja en la oferta. Ferrero le quiso meter prisa en la negociación para que no se lo pensase demasiado y dijo que necesitaba la respuesta ese mismo día porque tenía ya un billete de vuelta para Zamora aquella noche. El gerente le despidió, entre la decepción y la perplejidad. En la misma puerta del Sindicato Ferrero se tropezó con el mecánico Benito Rodríguez. Tras saludarse el anciano le comentó brevemente la conversación habida con su jefe,

19

encareciéndole que si tenían una respuesta fuese a la posada a transmitírsela. Benito así se lo prometió. ―Estaré allí hasta mañana‖ puntualizó, contra lo que había afirmado ante el gerente. La táctica negociadora de Ferrero parecía poco flexible y algo desconcertante. Garrido, en el último momento, le había propuesto dejar el negocio en mil pesetas justas ―pero ni una menos‖ afirmó tajante, sintiéndose en parte engañado por aquel viejo pueblerino que permanecía inmutable frente a él. Lo de la fecha de regreso era simplemente una argucia. Lo que es difícil de comprender es que, según su señora, única conocedora del objeto del viaje, llevaba en la cartera al marchar de Pozuelo entre 1.500 y 2.000 pesetas contantes y sonantes. A pesar de disponer sobradamente de la cantidad acordada, por tanto, estaba negociando muy a la baja por aquel campo, tratando de sacar la mayor ventaja posible. Debía contar con que el gerente se pusiera en contacto con él de nuevo o le citara al día siguiente, tal vez aquella misma tarde, pero se arriesgaba a perder el negocio deseado. Tras salir de la sede del Sindicato marchó a la plaza del Progreso, donde pasó un rato con su amigo

20

Antonio Romero, quedando con él en la posada al día siguiente a las 10 de la mañana. Para seguir presionando en la dirección deseada se dirigió aquella misma tarde al domicilio del agente de negocios, Nilo Aurelio, probablemente para que hablara con el Sr. Garrido al objeto de que aceptara la oferta del anciano o al menos una inferior de las mil pesetas ofrecidas en el último momento. Pero, según manifestaría este agente cuando la policía indagara, Ferrero no le encontró en casa a él sino a su hijo Federico, que le informó que su padre tardaría en volver. Ferrero afirmó que él también regresaría en otro momento, quizá al día siguiente. Nunca lo hizo. Parece que el propósito del comprador era permanecer en Madrid los días que hicieran falta dejando que el vendedor diera vueltas al asunto hasta ceder en sus pretensiones. Mientras tanto, las casi dos mil pesetas seguían en su cartera, lo que revela que estaba decidido a hacerse con ese campo y el molino pero que trataría por todos los medios de hacer la compra cuanto más rentable mejor. El martes día 6, afirmó el mozo Estanislao, salió de la posada a las 9 de la mañana, como el día anterior. Hacia las diez llegó un hombre bien

21

trajeado, el Sr. Romero, preguntando por él. Se quedó sorprendido de que no estuviera, dado que le había citado a las diez. Esperó en una salita durante una hora, sin que su amigo Ferrero diera señales de vida, lo que le extrañó mucho porque le consideraba un hombre formal y cumplidor en sus horarios. Lo que ignoraba es que Manuel Ferrero no volvería a ser visto con vida y su paso por Madrid desaparecería como si no hubiera estado nunca. Tres días después Luis Montero, el propietario de la posada, se acercó a la comisaría de policía para denunciar que su huésped no había sido visto desde el martes y sus pertenencias continuaban en la habitación número seis. Deseaba saber si las recogía

o qué debía hacer con ellas. Le dijeron,

simplemente, que las guardase y no hicieron ninguna

averiguación más. Como dijeron, eran frecuentes los casos en que alguien marchaba de sus familias para

no volver, sobre todo en el caso de muchachas

jóvenes, también ancianos. Cuando la desaparición de Manuel Ferrero llegara a la prensa, dos meses después, su caso coincidió, por ejemplo, con el de otro hombre de 63 años, Vicente Bernardo. Fue atendido en la Casa de Socorro del Hospicio pero, dada su gravedad, se

22

decidió trasladarlo al hospital de la Princesa. Cuando los camilleros llegaron se encontraron con la sorpresa de que el Sr. Bernardo había desaparecido y de él no se tenía el menor rastro. El mismo día, una linda muchacha de dieciséis años, Rosalía Crespo, rubia, guapa, desapareció de su domicilio en el distrito de Chamberí. Su padre denunció el hecho aquella misma noche, lleno de angustia ante la convicción de que solo podía ser un secuestro. Cuatro días después, tras recibir la información privada de que había sido vista, se fue la madre a la cabecera d el Rastro para encontrar a su hija junto a una vieja alcahueta, esperando algún cliente en el quicio de un portal. El escándalo fue mayúsculo y las críticas a la policía considerables, por ser incapaz de hallar a quien la madre sí podía encontrar. Refiriéndose a la denuncia del Imparcial, que sacó a la luz el caso de Manuel Ferrero dos meses después de su desaparición, otro diario republicano afirmaba en un editorial:

―La Policía no debe estar muy al tanto de lo que ocurre en ello, por cuanto hace dos mes es mantiene el secreto de la denuncia

23

con el cuidado más escrupuloso. Es corriente este proceder de la Policía. Necesita ser espoliada para ponerse en movimiento, pero le enoja que no la dejen tranquila… Veremos cómo acaba este suceso, pero de momento se ha conseguido que la Policía cumpla con su deber. Ya es un éxito. Todo se puede tolerar menos que vivan en plena siesta‖ (El País, 11.8.1916, p. 1).

24

Pesquisas sin resultado

El caso, hubo de reconocer la policía posteriormente, no era un simple ejemplo de desaparición voluntaria: el protagonista no estaba demente ni había peleado con su familia, no existía motivo alguno para su alejamiento de su hogar. El caso, terció el Imparcial cuando trajo a su primera página la desaparición de Ferrero el 10 de agosto, era altamente sospechoso y de carácter criminal. Aún estaba reciente, apenas tres años antes, el resonante crimen del capitán Sánchez en la persona de Rodrigo Gª Jalón, cuando el cadáver había sido ocultado aparentando ser una desaparición voluntaria. Para entonces el asunto de Manuel Ferrero ya había interesado a la policía y lo había hecho, no por sacarlo a la luz un periódico, sino por una llamada de atención de un diputado a Cortes. En efecto, Josefa Casado, la mujer de Ferrero, una mujer de 75 años, había visto pasar los días sin noticias de su marido y con honda preocupación, compartida por algunos familiares. Enterada de que el viajero había coincidido con su amigo Antonio Romero en la

25

estación de Zamora (última ocasión en que fue visto en aquellas tierras), le escribió a Madrid varios días después de la desaparición pidiéndole que indagara sobre su paradero. La respuesta, ese no acudir a la cita del día 6 en la posada, fue particularmente inquietante. Josefa mandó recado entonces a Andrés Ferrero, el hermano menor de su marido, hombre de 61 años, y a su hermano José Casado, de 65 años, residentes en pueblos cercanos, para que le ayudaran en sus gestiones. Tras breve conciliábulo familiar, se decidió escribir al duque de Sotomayor, diputado por el distrito de Alcañices. Éste respondió al cabo de los días que había iniciado gestiones ante la policía madrileña para que se interesara particularmente por dicho caso. El telegrama del diputado llegó al despacho del comisario jefe Ramón Fernández Luna el 28 de junio y éste, finalmente, decidió emprender una investigación que aclarara las causas de dicha desaparición. Es cierto que hasta entonces ignoraba todos los pormenores, el negocio que se deseaba emprender por el de Pozuelo, el que llevara encima una crecida cantidad de dinero.

26

Al día siguiente el agente de brigada Hermenegildo Martínez se presentó en el ―León de Oro‖. Como el propietario no estaba se dirigió a su señora y al mozo d e la posada. Examinó la maleta que tenían apartada desde un mes antes. Contenía ropa y mudas para algunos días, y las alforjas que, además de un paraguas y una bufanda, mostraban en su interior unos paquetes de embutidos que, como luego se sabría, estaban destinados a una antigua amiga de la familia, Dolores Garrido, probablemente la parroquiana a la que se refirió hablando con su sobrino. Sin embargo, los embutidos nunca fueron entregados y Dolores manifestó no haber sabido nada de la posible visita de Ferrero. El agente dijo que quería inspeccionar el sótano. Bajó observándolo todo, golpeando paredes. Cuando lo supo, el propietario de la posada se indignó y así lo hizo saber a los reporteros cuando el caso salió a la luz: ¿Qué pensaba la policía que iba a encontrar en su sótano? Por él, que derribaran paredes y levantaran suelos. No tenía nada que ocultar, su posada era honrada y allí no se asesinaba a nadie. A partir de ese mes de julio se iniciaron algunos interrogatorios preliminares sin que el caso

27

llegara aún al Juzgado. Fue entonces cuando empezó a reconstruirse, siquiera parcialmente, el transcurso de aquellos días en la vida de Manuel Ferrero tal como se ha reflejado en el capítulo anterior. Se llegó así a la conclusión de que lo que le hubiera sucedido transcurrió entre las nueve de la mañana de aquel d ía 6 de junio en que salió de la posada y las diez en que se había citado con su amigo Romero en el mismo lugar. Pero dónde fue, con quién y qué le había sucedido, era algo que se ignoraba por completo. El 3 de agosto llegó hasta la Dirección General de S eguridad la familia Ferrero al objeto de indagar noticias sobre las pesquisas policiales. Poco podían contestar a las angustiadas preguntas de Josefa Casado. Expresándose ―en términos de desolación y amargura‖ se lamentó ante el comisario de que su marido debía haber sido objeto de alguna celada criminal, dado que hacía dos meses que nadie sabía nada de él. Entre otras cosas, entregó al Sr. Fernández Luna varias cartas recibidas por su marido en ese tiempo de ausencia. Una de ellas llamó la atención de la prensa, cuando se supo su contenido. La remitía el agente de negocios D. Nilo Aurelio el 1 de junio, dos días antes de que Ferrero iniciara su viaje a Madrid. Sin

28

embargo, la carta tardó un tiempo y llegó al domicilio de Pozuelo cuando el titular ya había marchado para la capital. En ella se le inv itaba a ir a Madrid e incluso iniciar un negocio de compra de abono para lo que se le requería discreción, dado que si se hacían públicos los trámites el negocio podía venirse abajo.

―Además, hay aquí ocho vagones de abono mineral que suponen un gran negocio. A su propietario le urge venderlos en seguida porque se ve muy precisado de dinero. Usted puede sacar de esto una buena ganancia‖ (El Imparcial, 28.8.1916, p. 1).

El diario se preguntaba: ¿era éste el negoc io para el que Ferrero llevaba una gran cantidad de dinero encima? Resultaba extraño imaginarlo dado que la carta llegó después de su marcha, pero cabía la posibilidad de que hubiera sabido de él previamente y la carta del agente solo confirmara la oportunidad de hacer la compra. Porque ese viaje, al decir del periódico, resultaba extraño. No era un traslado barato por entonces, además de resultar

29

cansado. Si había acordado la compra de la finca y el molino en poco más de mil pesetas ¿qué sentido tenía ofrecer tan solo 400? Era un regateo exagerado, incluida la premura con que se estableció la negociación, dando unas pocas horas al gerente del Sindicato para que aceptara la oferta. ¿Tal vez el dinero estaba destinado al negocio del abono más que a la compra del molino? ¿Cabía que hubiera engañado al pueblo diciendo que iba a una boda en Ciudad Rodrigo e incluso engañara a su mujer afirmando ir a la compra del molino y la finca cuando en realidad marchaba a Madrid a comprar abono? Las cosas se iban complicando, las hipótesis crecían al compás de nuevos rumores. Durante un par de días se afirmó que la policía había encontrado huesos enterrados en el sótano de la posada. El hecho, desmentido enérgicamente por el posadero, fue ratificado en el mismo sentido por la policía. No había rastro alguno en la posada, salvo el equipaje del Sr. Ferrero. Preguntado el agente de negocios, Nilo Aurelio afirmó que Ferrero se había acercado por su casa el día anterior a su desaparición pero, al no encontrarlo, prometió volver aunque no lo hizo. ¿Deseaba que Nilo mediara ante el gerente del

30

Sindicato para que aceptara la oferta? ¿Deseaba concretar la compra del abono? Seguían los misterios sobre sus verdaderas intenciones y el porqué de su desaparición. Cuando los periodistas se enteraron de estas cuestiones acudieron a la calle Preciados pero en el despacho del Sr. Nilo Aurelio sólo estaba su señora. Dijo que a principios de agosto el agente y uno de sus hijos habían marchado a Miranda de Ebro para uno de sus negocios pero que habría de volver en breve porque otras gestiones le esperaban en Madrid. Poco después el Juzgado de Hospicio dirigido por el juez Sr. Oppelt también se interesó pero se le dio la misma respuesta: Nilo Aurelio debía ignorar el interés del caso y no se sabía cuándo volvería para declarar. De manera que se envió exhorto para que el Juzgado de Benavente tomara declaración formal a los familiares de Ferrero y se procediera a investigar a Manuel Silva y su familia, que aparecían en cabeza de la lista de sospechosos. Resultó que nadie en el pueblo sabía del interés de Manuel Ferrero en la compra de aquel malhadado molino, incluida toda la familia Silva, que se vio muy sorprendida por la noticia. Sí era cierta la aparente sintonía y amistad del

31

desaparecido con el agente de negocios que llevaba el caso pero parecía un acercamiento personal y no algo relacionado con los asuntos llevados por D. Nilo Aurelio. Para mayor precisión, interrogados Manuel Silva y algunos de los vecinos que le trataban, se supo que en aquellos días en que Ferrero andaba por Madrid, no había salido del pueblo salvo días después, cuando se fue con otros por breves horas a una fiesta en un pueblo cercano. A falta de nuevos datos el Imparcial, que deseaba mantener el interés en el caso, fue a interrogar a ―la parroquiana‖ que Ferrero había mencionado a su sobrino. Dolores Garrido era una amiga de la familia, según afirmó, desde 23 años atrás nada menos, hasta el extremo de que Josefa Casado, cuando llegó a Madrid a principios de agosto para preguntar a la policía por su marido, se había alojado en su casa. Para Dolores eran también los embutidos encontrados en las alforjas del vecino de Pozuelo, prueba de que no se habían llegado a entregar. La señora confirmó que no supo nada de la posible visita de Manuel Ferrero a la capital ni que le fuese a traer nada. En el mes de julio un policía vino a preguntarle lo mismo enseñándole incluso

32

una fotografía del anciano que ella enseguida reconoció, pero no supo más sobre lo que sucedía hasta la llegada de su amiga Josefa. Entonces deslizó ante los reporteros un comentario inquietante. Sin saber que Ferrero estaba en Madrid, varios días después de su supuesta desaparición, dijo haberle encontrado paseando.

―Días después del día 6, o sea la fecha en que ocurrió la desaparición, asegura dicha señora que se encontró en la calle de Mesón de Paredes a un individuo, a quien reconoció en seguida. Se acercó a saludarle jubilosa, y le dijo:

¡Buenas tardes, señor Ferrero! El hombre aquel la contestó desabridamente, diciéndola:

Yo no soy ese señor. Quedóse ella entonces parada, y por fin se alejó diciéndose:

Usted perdone; me habré equivocado Después de advertida la desaparición del Sr. Ferrero, y cuando la Policía volvió a preguntar a doña Dolores detalles sobre dicho encuentro, ésta afirmó nuevamente

33

que ella hubiera jurado que el caballero que se encontró era el Sr. Ferrero. Prueba de elloafirmóes que yo ni siquiera sabía que estaba en Madrid, y a pesar de ello me acerqué a saludarle ‖ (La Correspondencia de España, 15.8.1916, p. 5).

Aquel posible encuentro era desconcertante. ¿Vivía el protagonista de esta historia días después de su desaparición? Ya se sabía que no había boda en Ciudad Rodrigo, se empezaba a dudar de que hubiese ido a Madrid a comprar el molino y la finca ¿Es posible que tampoco fuese el negocio del abono su objetivo? ¿Por qué había negado ser Manuel Ferrero ante una conocida de toda la vida? ¿Había circunstancias ignoradas en aquel viaje o es que realmente no era él a quien interpeló Dolores Garrido?

34

El hotel de la calle Lanuza

Federico García Gómez era un muchacho con vocación de policía. Ya se sabía que a ese cuerpo ingresaban recomendados sobre todo, al menos en los grados más bajos del escalafón. Si algún político, banquero, industrial o negociante con dinero e influencia tenía algún sobrino tarambana o abúlico, incapaz de estudiar una carrera ni de llevar un negocio, se le buscaba un puesto en la policía. Eso provocaba, entre otras cosas, una acumulación de gente poco dotada y una escasa renovación de los mandos policiales. García Gómez no disfrutaba de tales influencias pero era vocacional. A falta de otra cosa cinco años antes se había presentado voluntariamente como agente de la brigada de barrios, un puesto que le obligaba a vigilar si algunas personas sospechosas de mal vivir pernoctaban en casas y hoteles de Madrid. Entiéndase que ―hotel‖ se refería a una casa unifamiliar por lo general, muchas veces con un jardincito aledaño. Estos hotelitos pululaban por distintos lugares de la capital, en ocasiones de forma

35

aislada hasta que se integraban en algún barrio en formación y disponían entonces de acceso regular, alumbrado, etc. Pues bien, cuando el caso de Manuel Ferrero salió a la luz alertando a todos los madrileños, el agente de barrio tomó un tranvía cierta mañana. Estando en él escuchó ociosamente una conversación entre dos mujeres. Una le iba diciendo a la otra que desde primeros de junio sabía que habían alquilado uno de estos hotelitos y que sospechaba que algo turbio implicaba porque los inquilinos habían estado unos días y luego se habían esfumado. ―Aquí hay gato encerrado‖ se dijo García Gómez. Muchacho eminentemente discreto, no tenía autoridad alguna para interrogar a las señoras ni ejercer prerrogativa alguna. Su cargo le obligaba a pasar desapercibido e informar en todo caso a sus superiores. Pero resultaba un hombre de recursos y arrojo. Por ello se dirigió a la biblioteca y desenterró los periódicos desde el 1 de junio, anotando aquellos anuncios en que se alquilara una vivienda. Encontró nada menos que cuarenta casos repartidos en la Guindalera, Ciudad Lineal, Cuatro Caminos, Tetuán. Esforzado como pocos policías podían llegar a ser

36

fue recorriéndolos uno a uno haciéndose pasar por un mecánico que buscaba un piso para alquilar. Cuando llegó a la calle Lanuza nº 8, casi en el extrarradio, cerca hasta cierto punto de la plaza de toros, ya había recorrido unos cuantos hoteles alquilados normalmente, desde luego ninguno donde se pudiera pensar en algún negocio ilícito, como un garito clandestino o un lugar donde se falsificara moneda. Según reconoció posteriormente, ésas eran las posibilidades que barajaba en aquella ocasión. En la citada calle Lanuza le recibió el propietario, Cristóbal Romero, un hombre joven y abierto a dar todo tipo de explicaciones a ese mecánico que preguntaba todo tipo de detalles. El número 8 constaba de dos hoteles en realidad: en uno vivía el propietario con su familia, el otro es el que alquilaba. Todo parecía coincidir con los datos ambiguos extraídos de la conversación en el tranvía:

había anunciado su alquiler el 1 de junio en el Liberal, ciertamente, y pocos días después lo tenía alquilado a dos señores, uno mayor de unos cuarenta a cincuenta años, otro joven de unos dieciocho, que pasaba por ser su hijo. Ignoraba cuáles eran sus intenciones porque les había perdido de vista desde el día 11 de junio, cuando terminaron unos arreglos

37

que precisaron en el hotel. Sin embargo, no lo había puesto en alquiler de nuevo porque recientemente recibió un giro de 140 pesetas correspondiente al alquiler de julio y agosto. El agente de brigada, como un sabueso, no iba

a

soltar su presa. Charlando con el propietario, con

el

que estaba haciendo buenas migas (se notaba que

le gustaba hablar), dijo q ue estaba interesado en la

vivienda si acaso los que lo alquilaban dejaban de

hacerlo en septiembre. Tras pedírselo, el Sr. Romero no tuvo inconveniente en enseñarle el hotel, ya que

la pareja aquella no daba señales de vida.

Entraron pues, y el propietario se mostró algo sorprendido porque aquello se mostraba casi vacío de muebles. En la habitación principal tan solo había

una mesa de comedor y seis sillas que él mismo había visto cómo las traían al día siguiente de alquilar el piso. El resto estaba casi vacío excepto por diversos utensilios: un pico, una azada, un hacha, una caja de sidras , restos de lo que parecía grandes masas de algodón, una bombona vacía. Con todos los sentidos alerta García Gómez preguntó cuál era el nombre de quien s e lo había alquilado. ―Miguel Saiz‖ respondió el propietario. ―Eso dijo que se llamaba porque lo cierto es que le

38

pedí la cédula personal y me dijo que se la había dejado en Bilbao tras un reciente viaje. Quedó en traérmela pero aún no lo ha hecho‖. El agente se despid ió presurosamente. Estaba conmocionado. Acudió enseguida al jefe de la brigada de barrios, Patricio Gil. Le dijo lo que había encontrado y señaló: ―Es posible que ahí mataran a Manuel Ferrero y sé el nombre de su asesino‖. El Sr. Gil tampoco tenía autoridad suficiente así que, convencido tras el pormenorizado relato de su ayudante, recordando además que García Gómez ya acumulaba varias menciones honoríficas por su celo en la vigilancia, se dirigió al inspector general del que dependía: Carlos Blanco. Los tres, junto a varios números de la policía, se presentaron el día 25 de agosto en la calle Lanuza. Cristóbal Romero estaba desconcertado al ver a la policía en su casa pero cuando el propio García Gómez le deslizó su verdadera identidad y las sospechas que tenía, colaboró activamente en facilitarles el acceso. Las autoridades revisaron el piso con mayor detalle. Una de las sillas estaba manchada de sangre, lo mismo que un pequeño trozo de pared junto a suelo d e la cocina. Lo más llamativo era que el hacha mostraba en su filo restos

39

de sangre y pelos. Allí, concluyeron, se había cometido un crimen. La bombona vacía, tras su detenido examen, resultó haber contenido ácido sulfúrico, sustancia muy adecuada para hacer desaparecer manchas de sangre y restos humanos, pese a lo cual los asesinos se habían dejado algunos en los lugares señalados, lugares que pasaban desapercibidos a simple vista. En vista de la gravedad de las pistas, el inspector se dirigió al Juzgado de Hospicio para trasladar al titular Sr. Oppelt la necesidad de un examen riguroso ante la posibilidad de que los asesinos hubieran enterrado allí el cadáver del Sr. Ferrero. El 26 de agosto se encontraban allí de nuevo. La noticia se había extendido por toda la barriada y empezó a afluir gente curiosa que discutía entre sí todo lo observado en las idas y venidas de los guardias. El propietario dijo que había visto al hijo del que alquiló la casa excavando con la azada junto a un árbol del jardín. Los guardias pasaron entonces la tarde abriendo la tierr a en esa zona y otras sin encontrar nada de interés. Mientras tanto, se había hecho de noche y el juez decidió postergar un nuevo

40

examen del interior de la casa para la mañana del día siguiente. Mientras tanto, interrogó exhaustivamente a Cristóbal Romero, que se prestó gustosamente a dar todo tipo de respuestas, algo que no era demasiado usual en la vecindad de Madrid. Con todo ello, el Sr. Oppelt pudo reconstruir fácilmente la historia y deducir dónde habrían de buscar. Efectivamente, el día 1 de junio apareció el anuncio de alquiler en un periódico madrileño. El día 4 se presentó primero un muchacho y luego un señor ―de unos cuarenta o cincuenta años. Era cojo aunque disimulaba su defecto. Tenía barba poblada y aspecto aburguesado. Dijo llamarse Miguel Saiz‖. Expresó su interés por alquilar el hotelito para descansar ―de los ambientes de cafés de la capital‖. Acordaron el precio en 70 pesetas mensuales más otro tanto de fianza a entregar en el momento en que firmaran el contrato. Al día siguiente, 5 de junio, mientras el Sr. Ferrero paseaba por Madrid y visitaba al gerente del Sindicato sin llegar a acuerdo alguno sobre el precio del campo y el molino, el tal Miguel Sa iz había regresado a la calle Lanuza junto a su hijo de unos

41

dieciocho años, que según comentó estudiaba Derecho. Firmaron el contrato y pudo acceder finalmente a la vivienda cerrando a continuación la puerta de acceso entre ambas viviendas. Tras inspeccionar lo todo Miguel Sa iz volvió a hablar con Cristóbal Romero haciéndole una determinada propuesta. No le gustaba mucho el suelo enmaderado de la vivienda, particularmente en el comedor. Según él estaba viejo y presentaba grietas e irregularidades. Estaba dispuesto a costear el arreglo colocando un suelo nuevo con unos baldosines que habría de traer desde un pueblo, donde los tenía almacenados y sin uso. El propietario, si el hombre se encargaba y no le iba a costar nada, dio su consentimiento. Incluso le dio el nombre de Manuel Montes, un maestro de obras que ya había trabajado para él en otras ocasiones . El otro respondió que ya le avisaría porque los baldosines tardarían algunos días en llegar.

Cuando fue llamado y acudió para examinar qué trabajo había que hacer, el maestro de obras, según declararía después ante el juez, observó que parte de la labor ya estaba hecha. Según le explicó

42

aquel Miguel Sa iz, tanto él como su hijo habían levantado la tarima de madera por completo, echado una capa de arena a continuación, prensándola a conciencia después. De hecho, el suelo estaba perfectamente preparado para colocar los baldosines sin hacer nada más. El material estaba a punto de llegar, así como el cemento Portland para asegurarlo en el suelo de forma que ninguna baldosa bailara y se sellara completamente la habitación. Por ello, acudieron a su llamada el día 10 de junio tanto él como un ayudante trabajando en aquella obra hasta el día siguiente, completándola a satisfacción de quien se lo había encargado. Ni el señor ni su hijo se ausentaron en momento alguno del comedor a lo largo de los dos días, observando en todo momento la actuación de los dos operarios. El Sr. Oppelt, que ya había sido alertado por la policía de que el enlosado parecía nuevo, colocado recientemente, no lo dudó y mandó que lo levantaran por completo. El día 28 de agosto se procedió en tal dirección hasta acumular todas las baldosas enteras o rotas en el jardín. Debajo se veía, efectivamente, la capa de arena bien prensada. Empezaron a excavar. Uno de los guardias, sudoroso y provisto de un pico, se detuvo poco

43

después. Todos los presentes se acumularon alrededor de lo descubierto. ―Es una bota‖, concluyó el juez, ―sigan pero despacio, muy despacio‖. Lentamente, fue emergiendo un cadáver. Estaba boca abajo, en una fosa de metro y medio de longitud, con las piernas torcidas porque el cuerpo era de estatura más elevada. La cabeza se encontraba

a 90 cm. de profundidad, prácticamente en los

cimientos, mientras las piernas no llegaban a 50 cm,

de manera que su posición era, en cierta forma, grotesca: boca abajo y en un amplio desnivel. Mostraba la cabeza cubierta con un saco de

arpillera, probablemente para detener la hemorragia.

El pecho y el vientre mostraban signos de humedad

pero no se sabía si era sangre o fruto de la descomposición del cuerpo. El olor era nauseabundo. Hubo que abrir todas las ventanas mientras se extraía el cuerpo de aquella fosa, se colocaba en una escalera y se llevaba hasta el jardín, antes de su traslado al Depósito judicial. ¿Era Manuel Ferrero? Pronto se pudo apreciar que la tela de su traje era igual a la muestra que su viuda había depositado en la comisaría de policía. Los rasgos, aunque deformados, eran aún reconocibles y coincidían con los de las fotos de que

44

se disponía. Todos coincidieron en que debía ser Ferrero. La noticia se extendió como la pólvora entre los vecinos que se arremolinaban intentando ver con más detalle el traslado del cadáver allí encontrado. ¿Cómo le habían asesinado? Tampoco quedó duda poco después. Al realizar el forense su examen encontró una profunda herida en su región occipital realizada con un arma de poderoso filo, con seguridad el hacha donde se habían encontrado restos de sangre y pelos. Tal parecía que la víctima se había sentado en una de las sillas, quizá examinando algunos papeles que su asesino dejó para su estudio. Era muy probable que se le hubiera planteado un negocio ventajoso y el criminal le dijera que iba a la cocina para sacar dos sidras con las que brindar por el acuerdo alcanzado. Sin embargo, volvió con el hacha en la mano para descargar un tremendo golpe contra el anciano desprevenido que no supo qué sucedía, que no llegó a enterarse de nada. El golpe era mortal de manera instantánea. Luego, por las manchas encontradas, el asesino había arrastrado el cadáver hasta la carbonera escondiéndolo allí mientras se dedicaba a limpiar con el mayor detalle posible la sangre derramada, las salpicaduras provocadas por su

45

agresión. Para ello se había servido, seguramente con la ayuda del muchacho que pasaba por ser su hijo, de la bombona de ácido sulfúrico. ¿Quién fue el asesino? ¿Por qué el agente de la brigada de barrios, c uando oyó el nombre de Miguel Saiz, supo quién era en realidad? Recordó que aquel agente de negocios amigo del finado, el que le envió una carta el mismo 1 de junio prometiéndole una compra de abonos que había de dejarle un buen beneficio, el que se había encargado de las gestiones en torno al campo y el molino por encargo del Sindicato, se llamaba Nilo Aurelio Sa iz de Miguel. Sin duda, debió pensar el juez, el criminal contaba con que nadie levantara ese suelo, con que la desaparición del anciano fuera un suceso misterioso al que no se le diera mucha importancia. No podía suponer que un agente de brigada concienzudo husmeara una pista tan remota teniendo en cuenta que, una vez descubierto el cadáver, todo apuntaba hacia él. Nilo Aurelio contaba con poco más de cincuenta años, mostraba una luenga barba y cojeaba levemente de un pie. Además, los baldosines que dijo traer de un pueblo para evitar que el maestro de obras viniera antes de tiempo, los había

46

adquirido en la Carrera de San Jerónimo, según constaba en un recibo que había dejado tirado en la cocina. Poco después se averiguó que la bombona de ácido sulfúrico se compró en una droguería de la calle Goya. Sus propietarios reconocieron la fotografía de su hijo Federico. El propio Cristóbal Romero no tuvo dudas cuando se le enseñó otra imagen del agente de negocios: Miguel Saiz, el que le había alquilado el hotelito, era en realidad Nilo Aurelio. Ahora faltaba averiguar dónde se escondía tanto él como su hijo, llevarle a Madrid detenido, juzgarlo y condenarlo. En ese momento, con todas las pruebas incriminándolos, el proceso parecía entrar en la rutina de tantos crímenes que había por entonces. Sin embargo, la historia de aquel asesino se abriría a posibilidades insospechadas, pasados ignorados por entonces, con un final que nadie podía imaginar en aquel momento.

47

Negociante y picapleitos

Se sabía por su mujer, Tomasa Andrés, que Nilo Aurelio había viajado hasta el balneario de Arnedillo (La Rioja), para visitar a su hijo mayor Restituto, un abogado de 25 años, que se encontraba enfermo. Aprovecharía esa visita para revisar algunos negocios que tenía en la zona y visitar a viejos amigos de cuando inició en Logroño su andadura comercial. El juez supo también que desde allí había enviado alguna carta a amigos suyos en Madrid para que le fueran informando de las investigaciones en torno a la muerte de Manuel Ferrero. No parece que estuviera huyendo, a pesar de que había marchado a los pocos días de hacerse público el caso en los periódicos madrileños, sino más bien que deseaba quitarse de en medio para no ser interrogado repetidamente por el juez, entrar en contradicciones, de forma que cuando declarase sabría a qué atenerse, según las informaciones que le fueran llegando. Aunque visitó a su hijo Restituto durante un par de días, éste estaba tomando las aguas en el

49

balneario pero sin padecer enfermedad alguna. Desde ahí marchó a Miranda de Ebro junto al amigo de su hijo, el maestro Pedro Aragón, que también le acompañó hasta Logroño, donde al fin fue localizado y detenido. Del mismo modo, lo fue su hijo Federico, que había ido con su padre hasta Miranda y por añadidura el propio Restituto aunque, como en el caso de Pedro Aragón, sería puesto en libertad tras ser interrogado en Madrid y manifestar su completa ignorancia de los hechos acaecidos. Los periódicos se llenaron de noticias algo confusas y fragmentadas sobre la vida de Nilo Aurelio Saiz. Reuniendo todas podemos adentrarnos en ella trazando un primer perfil de su carácter y sus andanzas a lo largo de su tiempo. Nilo era natural de un pueblo de Burgos. Como tantos otros jóvenes, deseaba hacer fortuna sin dedicarse al pobre terruño familiar, por lo que su padre consiguió que un pariente suyo, propietario en Logroño de una fábrica de conservas y hojalatas, le albergase y hasta le proporcionase un trabajo en su empresa. Así lo hizo hacia 1885, cuando contaba poco más de veinte años. En Logroño prosperó, en primer lugar asentando una buena posición social: se casó

50

con su prima Tomasa, la hija del fabricante de conservas. Con ello su suegro le prohijó suponiendo que él sería su heredero como propietario de la empresa. El caso es que el buen hombre murió pronto y Nilo se vio con una buena propiedad que realmente no le interesaba: él no quería ser hojalatero como su suegro. Por entonces ya había obtenido el título de procurador que le capacitaba para defender causas en los tribunales. Además, se interesaba por los negocios pero no por la producción, de manera que vendió la empresa familiar con buenos beneficios y fue invirtiéndolos en la adquisición de mineral para abono y maquinaria del extranjero. Se podía obtener una buena rentabilidad, según observó, adquiriendo vagones de abono y llevándolos hasta diversos lugares del campo castellano, donde era muy demandado. Del mismo modo, estaba dispuesto a adquirir maquinaria, fundamentalmente agrícola, para revenderla a su vez y embolsarse la diferencia. Naturalmente, estos negocios eran más inciertos que la producción de una empresa, pero se consideraba con capacidad personal para realizarlos. Todo el mundo afirmó más tarde que su aspecto era tranquilizador, bonachón, con esa barba larga y

51

canosa que mostraba en torno a los cincuenta años. Simpático, amigo de bromas y conversación, dispuesto a tomarse unos vasos de vino con los que sellar un negocio. Algunos, sin embargo, mencionaban que podía tornarse amenazante si el negocio iba mal, si le debían dinero o incluso cuando era él quien lo debía p ero no tenía con qué pagar.

Gustoso de llevar un buen tren de vida, inculcó a sus dos ayudantes en 1909, Manolo y Rafael, la misma afición por la francachela y el gasto ostentoso. En aquel año se sabe que los envió a Salamanca desde Miranda de Ebro, donde había llegado Nilo a establecerse desde Logroño, dicen que huyendo de la acusación de violación sobre una muchacha. Pues bien, los dos ayudantes fueron hasta la ciudad salmantina para concertar la venta de dos vagones de abono que Nilo había depositado en Frechilla (Palencia). Tras encontrar comprador se corrieron más de una juerga incluyendo a Nilo, que llegó días después. Cuando la familia de uno de ellos, encabezada por el padre que era guardia civil, supo que su hijo se había comprometido en matrimonio con una mujer de mal vivir,

52

intervinieron teniendo que tapar el asunto dando por concluida la aventura filial. El hecho no preocupó a Nilo que siguió haciendo ostentación de dinero y gustos caros, frecuentando espectáculos y ofreciéndose a hacer negocios con las personas que encontraba, campesinos enriquecidos y burgueses. Fue más tarde cuando el comprador de los vagones de abono fue a examinar el contenido de los mismos encontrando que aquello era tierra sin valor alguno. Buen conocedor de los tribunales, Nilo Aurelio pudo eludir una condena, como en el caso de Logroño, mediante un acuerdo indemnizatorio, no sin pasar tres días en el calabozo de Salamanca. Otras maniobras fraudulentas empezaron a darle mala fama en Miranda de Ebro. Así, se encontró en cierta ocasión con una maquinaria que había encargado llegándole defectuosa. Se dio cuenta entonces que había cometido el error de no asegurar la carga contra deterioro en tránsito. De manera que reenvió la maquinaria varias veces a distintas empresas, algunas de las cuales se la devolvían hasta que una de ellas cometió el mismo error que él: no asegurar el contenido contra el deterioro causado por el viaje.

53

Ni corto ni perezoso demandó a esa empresa por los desperfectos. Dirimida la cuestión en los tribunales, escuchado el alegato de la empresa por cuanto la maquinaria le había venido deteriorada en origen, demostrada la mala fe de Nilo Aurelio, fue condenado a pagar una gruesa indemnización. No obstante, otras demandas le salieron bien. Era frecuente su visita a distintos pueblos castellanos ofreciendo suministro de abono que los labriegos adquirían para comprobar después su mala calidad. ―Era tierra y de la mala‖ decían muchos. Eso provocaba que Nilo Aurelio les demandara por calumnias obteniendo no pocas veces de los juzgados la indemnización buscada. Aventuras de este tipo y alguna otra que mencionaremos al final de este capítulo, le aconsejaron marchar a Madrid para seguir haciendo sus negocios. En la capital se movía mucho dinero, había numerosas empresas allí radicadas, como el Sindicato Nacional de Maquinaria Agrícola, para el cual había trabajado puntualmente desde Miranda. Lo primero que hizo fue adquirir el piso de la calle Preciados 52 como lugar de residencia familiar y despacho al que pretendía vincular a Federico, el tercer hijo, estudiante de Derecho de 18 años.

54

Restituto se había quedado en Logroño para terminar la misma carrera alojándose en casa de su maestro Pedro Aragón, que lo acogió con agrado. El tercer hijo, Miguel, estudiaba para médico mientras aún tenía dos hijas más de 19 y 14 años en el momento de los hechos. La casa se colocó prudentemente a nombre de su suegra, de forma que cualquier pleito o deuda futuras no implicase la pérdida del domicilio familiar. Puede decirse que Nilo Aurelio encontró en la ciudad su lugar ideal para vivir como él quería hacerlo. Hacía negocios en el campo castellano, como lo demuestra su presencia habitual en Zamora, lugar donde era muy conocido por representar a diversos demandantes, establecer negocios de venta de abonos y pleitear fuertemente contra todo deudor que no le pagase las cantidades debidas. Al mismo tiempo, frecuentaba el café de las Salesas charlando con miembros de los Juzgados donde era figura conocida. Allí se interesaba, según dijeron más tarde, por todo tipo de crímenes como el famoso del capitán Sánchez, del que llegó a decir que era un asesino torpe que había dejado demasiadas pistas. Tal vez por eso él cometiera a la postre un crimen

55

semejante creyendo que saldría bien librado de su acción. Además de este café frecuentaba también otros, a cual más elegante, hasta codearse con la gente adinerada de la braisserie del hotel Palace. Dinero, lujo, buenos beneficios, algunos bordeando lo ilegal, negocios no del todo claros, deudas que asumía sin reparo alguno al objeto de tapar otras deudas. Nilo Aurelio debía creerse invulnerable por entonces, capaz de cualquier acción arriesgada, confiando siempre en salir con bien de las situaciones en que se embarcaba. Su crédito, su simpatía y carisma, entendía que le sustraían de cualquier consecuencia indeseada. Hasta se atrevió a escribir un libro en 1913: ―La defensa del comercio‖, donde relacionaba sabios consejos sobre cómo pleitear y reclamar en los negocios, incluyendo entre sus páginas un formulario para las demandas contra el servicio de ferrocarriles, terreno que frecuentaba en sus pleitos desde Miranda de Ebro.

En el momento del crimen se supo que debía 5.000 pesetas al procurador González Rivero por un pleito en el que había salido perdedor. El caso es que el bueno de Nilo Aurelio, que gustaba de sacar billetes sin cuento para invitar allá donde fuera, los

56

cafés donde surgían así amigos y conocidos, no tenía dinero para pagar esa deuda. Cuando sucedía eso ¿qué había hecho con anterioridad? Buscar un incauto con el que hacer un negocio que le reportase una buena ganancia. Escogió a su amigo Manuel Ferrero, un campesino viejo y algo desconfiado pero que tenía buenos ahorros y al que ya había convencido de que haría un buen negocio comprando el campo y el molino que ambicionaba Manuel Silva. En aquel asunto pudo darse cuenta de la avaricia del vecino de Pozuelo de Tábara. Era trabajador, formal, serio, pero deseaba sobre todo enriquecerse y aquel agente de negocios parecía saber cómo hacerlo. Por eso, cuando fue a verle el día 5 tras entrevistarse vanamente con el gerente del Sindicato, sí le encontró en casa. Fue entonces cuando quedaron al día siguiente en la nueva sede de la empresa que iba a montar para la venta de abono, la que estaría radicada en la calle Lanuza. Ferrero sería el socio capitalista, el que disponía del dinero, mientras que Nilo le auguraba gran éxito en los negocios en cuanto se pusiese en sus manos. ¿Nilo pretendía asesinarlo desde el día 1? Fue en esa fecha cuando le escribió una carta

57

hablándole del negocio que podían hacer juntos con los abonos, invitándole a ir a Madrid a entrevistarse, al tiempo que buscaba en los periódicos algún hotelito que pudiera servir para mostrar al futuro estafado la existencia de una sede empresarial con su mesa y sus sillas ¿para qué más? Pero Ferrero no había recibido esa carta. Su intención aún era la de hacer un buen negocio comprando a la baja el campo y el molino, por ello había llevado cerca de dos mil pesetas pero no la gruesa cantidad que Nilo le iba a pedir para constituir la sociedad. El día 5, cuando se entrevistaron, comprobó que los planes no salían como él había previsto, la estafa no iba a dar el resultado deseado. Aún así concertó la cita al día siguiente. En la calle Lan uza, sentado con el vecino de Pozuelo en la mesa de la sala comedor, tal vez porfiara por conseguir la implicación de Ferrero en esa compra de abono y en la necesidad de una inversión inicial importante. Pero éste, desconfiado y receloso, se negaba, no veía claro el beneficio y sí observaba de manera diáfana que habría de prescindir de una parte importante de sus ahorros. No estaba por la labor,

58

según pudo comprobar Nilo. El mirlo blanco no había caído en la red. ¿Fue entonces cuando concibió su crimen? Puede ser que no lo planeara con tanta antelación como se supuso, quizá fuera el impulso de un

momento ante la contrariedad de no poder hacerse con el dinero del viejo, que tan perentoriamente necesitaba. Entonces presentó a Ferrero los papeles que llevaba p reparados para constituir la sociedad, le dijo que los estudiara y éste lo hizo casi más por cortesía que por verdadero interés. No sintió nada, más que el movimiento del agente de negocios que regresaba desde la cocina. Ni siquiera le dio tiempo a darse la vuelta. Sintió una explosión cegadora y se hizo de noche para Manuel Ferrero. ¿Fue eso lo que sucedió? ¿A Nilo le acompañaba su hijo en aquel momento? ¿Le ayudó a enterrar el cadáver al menos, fue el cómplice necesario en el crimen? Ésas eran las preguntas a las que se enfrentaba

el juez Oppelt, pero antes de ello otra historia había

de resurgir del olvido. Cuando los periodistas fueron

a Miranda de Ebro para averiguar el pasado del

agente de negocios, algunos vecinos les hablaron de

Quintín, un sobrino que ayudaba a Nilo Aurelio

59

cuando vivió allí. Dijeron que había hecho un seguro de vida, a instancias de su tio y siendo éste el beneficiario. Afirmaron que Quintín había muerto repentinamente, ―de forma misteriosa‖ y que a resultas de ello Nilo se había embolsado la bonita suma de 10.000 pesetas. ¿Había sido en realidad un crimen? La impunidad, el negocio redondo que le supuso la muerte inesperada de su sobrino ¿había animado a Nilo Aurelio a realizar un crimen más violento pero igualmente necesario? Tal vez, con sus críticas al capitán Sánchez enterrando de mala manera a su víctima, se creyese capaz de no cometer los errores del asesino de Jalón. Lo mismo que daba lecciones de negocios en su libro ¿no creería ser un maestro de crímenes nunca descubiertos como tales?

60

El caso de Quintín

A finales de 1910 llegó Nilo Aurelio a Medina del Campo, importante ciudad de Valladolid, de la que dista 54 km. Vino a establecerse una temporada adquiriendo un almacén en las afueras donde almacenar el abono químico con el que pensaba hacer sus negocios y alojándose en la llamada casa ―La Victoria‖, donde se le habilitó una pulcra habitación. Con él vino un mozo de unos 32 años, Quintín Andrés, primo de su mujer. Dijo a los conocidos que empezó a hacer entre los campesinos que le había recogido por caridad, al encontrarlo transportando maletas en la estación de tren de Logroño, donde vivía. Le traía como ayudante, para que aprendiera el oficio y le sirviera en las faenas más duras relacionadas con la descarga y e l almacenaje del abono que encargaba y luego vendía en los alrededores. Quintín, muchacho bajo pero fuerte, manifestó desde el principio un carácter alegre y simpático, muy abierto a hacer amigos y compartir con ellos el juego de frontón, al que era muy aficionado, unas

61

botellas de vino en las fiestas y algunas tardes en la taberna, donde había encontrado un alojamiento más humilde que el de su tío. Para sus faenas un hombre no bastaba, aunque fuera trabajador y cumplidor como Quintín. Por ello Nilo contrató a tres hermanos: Julio, Zoilo y Basilio Olivares, que en el pueblo llamaban ―Los Berretes‖. Los cuatro llevaban adelante la parte más física del negocio, tanto de día como por la noche, cuando había que trabajar el abono con arena para darle la textura adecuada. Preguntados luego por los periodistas no desearon entrar en mayores detalles por cuanto era posible que su trabajo tuviera que ver con aumentar artificialmente el peso del abono mezclándolo con tierra del cercano pinar, fuente de las posteriores reclamaciones de los campesinos ante la entrega del material encargado a Nilo Aurelio. Preguntados también por qué su jefe no había contratado a más personal y prefería trabajar en sesiones tan prolongadas e inusuales por la noche, se encogieron de hombros y dijeron que ellos estaban a las órdenes del tío de Quintín, que éste se fiaba de su tío del que decía siempre cosas buenas: que le cuidaba, que le pagaba con generosidad… No cabía duda de que los tres hermanos recibían también

62

buenos emolumentos que no debían compartir con más trabajadores y por ello estaban conformes con las sesiones nocturnas de trabajo. El detalle más extraño y sospechoso del tiempo que precedió a la sorprendente muerte del sobrino data del 10 de febrero de 1911, unos dos meses después de comenzar la vida de ambos en Medina. Ese día se presentaron en Valladolid que, como decimos, dista 54 km del pueblo, para acudir a las oficinas de la compañía de seguros ―La Unión y el Fénix español‖. Un dato más raro sobre la propia rareza de hacer un seguro de vida a Quintín, reside en el hecho de que dicha compañía de seguros tenía un delegado en el propio Medina del Campo. ¿Por qué abrir la póliza del seguro de vida a tanta distancia? ¿Se pretendía evitar rumores maliciosos? ¿Mantener el seguro de vida en secreto para la población de Medina? Es más que probable. De hecho Quintín, de natural extrovertido, nunca mencionó a sus amigos la existencia de esta póliza, probablemente por mandato expreso de su tío, al que estaba sometido por completo. Se supo luego también que el 26 de febrero Nilo Aurelio abonó la primera mensualidad del seguro y aún habría de hacerlo con una más hasta el

63

fallecimiento de Quintín el 25 de abril. Vayamos entonces a las circunstancias concretas que fue descubriendo en su indagatoria, cinco años después, el juez de instrucción en Medina Félix Gazo. Desde el primer pago de la póliza el tío fue deslizando comentarios sobre la salud de su sobrino en la taberna. Quintín, penoso era decirlo, resultaba ser alcohólico. Lo dicho extrañaba sobremanera porque sí es cierto que bebía pero del mismo modo que los demás jóvenes a los que frecuentaba. En Medina se empinaba el codo, era cierto, pero generalmente no había alborotos ni disputas, los jóvenes eran de natural pacífico y solo buscaban divertirse en sus horas de asueto, lo que era visto con indulgencia por sus mayores que habían vivido algo parecido en su juventud. Que ―el Riojano‖, como se le llamaba, resultara alcohólico era poco creíble tomándose por una crítica propia de un hombre mayor que lo tenía a su cargo. Pero entre tanta queja sobre la forma de beber venían otros comentarios sobre dolores que decía padecer en el vientre motivados por la ingesta descontrolada de vino. Los jóvenes que escuchaban aquello no se lo tomaban muy en serio p orque si algo parecía Quintín era rebosante de salud.

64

En cierta ocasión Nilo, muy nervioso, llegó a la taberna para interpelar al médico Julio Blanco, con el que tenía amistad, afirmando que Quintín bebía sin medida y si había alguna medicina que curase aquello. El doctor, que le había hecho la revisión médica exigida por la compañía de seguros, afirmó que no tenía motivos para preocuparse, que todos los jóvenes bebían de más pero que eso no les afectaba demasiado si dormían bien la mona. ¿Qué otra cosa iba a decir cuando todo el mundo le veía sudando mientras jugaba incansable al frontón y transportaba incansable a paletadas el abono hasta llevarlo al camión que esperaba su traslado? Llegamos entonces al día anterior a su muerte. Por la mañana, en un rato de ocio, estuvo jugando al frontón con Julio Olivares, que no apreció cansancio alguno en él, como declararía más tarde, ni escuchó que se quejara de dolores. Al llegar la noche Quintín solía cenar en la cantina con alguno o varios de los hermanos. Les dijo a las once que estaba haciendo tiempo para marchar en el rápido hasta Arévalo, donde su tío le había encargado que visitara a un cliente para cobrar cierta deuda. El encargo extrañó a todos porque aquellas no eran horas para realizar lo demandado por Nilo Aurelio. De hecho, como

65

supieron más tarde, había vuelto a las cinco de la mañana sin haber logrado su propósito porque ni siquiera había localizado al señor que le había mencionado su tío en el domicilio que le dijo. ―Ya he vuelto‖ comentó a las ocho de la mañana, cuando volvió a encontrar a los Olivares, ―por cierto que el viaje no ha dado ningún resultado porque no he podido encontrar al cliente, ni nadie lo conoce en Arévalo‖. Debía haber un error en el encargo que no acertaba a explicarse. Posteriormente se preguntaría el juez: ¿Quiso alejarlo del almacén y de Medina con algún propósito? ¿Tal vez había deslizado algún tipo de veneno en su organismo que deseaba le hiciera efecto lejos del pueblo, para no verse incriminado? Como luego veremos, los rumores sobre su posible envenenamiento fueron los más frecuentes a partir del día siguiente. En la estación quiso tomarse algo con sus amigos pero estos pretextaron que tenían mucho trabajo. ―Pues entonces me voy a dormir un rato porque esta tarde voy a ir a Rovilana, que hay función de teatro‖ contestó. Aún tuvieron tiempo de gastar una broma entre ellos, teniendo en cuenta que Quintín conversaba a menudo con la hija del

66

sacristán en ese pueblo. Incluso le había robado un rosario en un descuido para tener una excusa de ir hasta el pueblo de ella a devolvérselo. Un rosario que encontraron en el bolsillo de su chaqueta cuando ya era cadáver, por cierto. Según parece, Quintín murió a las 11 de la mañana tendido en un camastro del almacén, que no era el lugar habitual para que durmiese. Hasta las doce no llegó allí un amigo de Nilo al que había citado a esa hora. Se lo encontró como lo halló Julio Olivares un rato después, al acudir presuroso sabiendo la extraña noticia: Nilo salió a la puerta y dijo con aire indiferente: ―Parece que se ha muerto el Quintín‖. El amigo, entre alarmado y consternado, se precipitó a buscar al médico Julio Blanco. Éste llegó con su maletín y, según el amigo que fue testigo, se limitó a abrirle el chaleco y escuchar por el estetoscopio para asegurarse de la muerte. Mientras tanto, Nilo Aurelio le envolvía en palabras. Como sabía que el médico no creía en la Iglesia empezó a decir que su pobre sobrino era librepensador y que no deseaba para él sino un entierro civil, ―con todos los gastos que sean necesarios‖ añadió, ―incluso una banda de música‖. El hecho de que nadie conociera

67

sus tendencias e incluso se ennoviara con la hija de un sacristán y llevara su rosario en el bolsillo, no resultaba contradictorio para su tío. Pasaron al despacho para seguir charlando y extender el certificado de defunción donde constaba el fallecimiento por ―una afección gripal de forma cerebral‖. Cuando más tarde llegaron unos afligidos e incrédulos hermanos Olivares, observaron que sobre la mesa, junto al cadáver de su amigo, había una botella medio llena. Nilo, al observar que la miraban, la cogió exclamando indignado: ―¡Esto es lo que tiene la culpa de la muerte de Quintín!‖. Luego la arrojó al suelo donde se hizo trizas, derramándose un contenido que hubiera sido interesante examinar, según se comentó después. Tras ese arrebato Nilo recuperó la compostura y empezó a hacer todas las diligencias del entierro para el que no pidió ayuda a nadie. Al día siguiente, en la inhumación, hubo ciertamente una banda interpretando música de funeral. Había alguien que sí sabía lo del seguro de vida: el médico Julio Blanco. El doctor, que moriría tres años más tarde de lo que estamos narrando y por tanto no pudo testificar ante el juez Gazo, comentó que ahora Nilo Aurelio cobraría una jugosa cantidad.

68

No sabemos si lo dijo conscientemente, arrepentido de haber certificado esa muerte fulminante con tanta facilidad, o de manera inconsciente, sin suponer los comentarios a que daría lugar. Su papel es constante en torno a la salud de Quintín y, aunque mediado por su amistad con alguien tan formal como aparentaba ser Nilo Aurelio, no deja de ser contradictorio. Las c ríticas y sospechas sobre la misteriosa muerte de un joven fornido y con buena salud hasta ese momento, los beneficios tan oportunamente extraídos apenas dos meses después de formalizar un seguro de vida, dispararon la indignación de los lugareños. Algunos hablaron de ir al Juzgado a denunciar los hechos pero siempre se tropezaban con aquel certificado médico que les dejaba sin razones jurídicas. Dos días después del entierro, Nilo Aurelio marchó a Valladolid para hacerse cargo del seguro de vida de su sobrino. Hay que tener en cuenta que él no aparecía como beneficiario sino su suegra, abuela del fallecido. No obstante él, como procurador y familiar, tenía delegados poderes de aquella señora, entre otras cosas para hacerse con la cantidad estipulada de 15.000 pesetas a que ascendía la póliza.

69

¿Qué sucedió entonces? Pues que pasaron unos días más y, tras otro viaje a la ciudad, Nilo se conformó con recibir 7.500 pesetas, exactamente la mitad de lo que debía de pagar la compañía de seguros. Preguntado por el juez un representante de la Unión y el Fénix español cinco años después se limitó a entregar copia autorizada de la póliza de seguro y manifestar que la compañía, sospechando una irregularidad, había mandado a dos investigadores a Medina del Campo. Salvo por los rumores no pudieron constatar prueba alguna que avalara la hipótesis de una muerte violenta. De nuevo el certificado médico resultaba una barrera inexpugnable. Desde la distancia uno no puede por menos de sentir extrañeza por la actitud de Nilo Aurelio. ¿El que pleiteaba por unos cientos de pesetas, por cualquier pequeña deuda, se contentaba con la mitad de aquello a que tenía derecho? ¿Aquel que había protagonizado de un modo u otro en Miranda de Ebro hasta 150 pleitos, al que huían muchas empresas por sus continuas reclamaciones ante los juzgados, renunciando a 7.500 pesetas nada menos? Es evidente que hubo un arreglo de conveniencia entre la compañía y él. ―Podemos seguir

70

investigando, don Nilo, podemos incluso pedir la exhumación del cadáver, los rumores de irregularidad en la muerte de su sobrino circulan por todo el pueblo. ¿Lo hacemos así o se contenta con recibir la mitad de lo adeudado en la póliza?‖. Un ceño fruncido, un temblor en la barba y Nilo Aurelio que contesta: ―Acepto su propuesta‖. No hay mayor señal de culpabilidad, dado su historial como picapleitos. De manera que el tío del fallecido cobró la cantidad, firmó donde tenía que firmar renunciando

a cualquier otra reclamación, y se esfumó

materialmente. En el pueblo se extrañaron sobremanera de que desapareciera a los pocos días

de la muerte de su sobrino, dejando empantanados

algunos encargos, deteniendo súbitamente su actividad comercial. "¿Es que ha montado todo ese negocio solo para favorecer y dar trabajo a su sobrino?‖, decía alguno burlón. ―A lo mejor es que está muy afectado‖ respondía otro parroquiano de la taberna entre las sonrisas amargas de los que le escuchaban. Cuando se hizo claro a finales de agosto de 1916 la culpabilidad de Nilo Aurelio por la muerte de Manuel Ferrero, todos en el pueblo recordaron el

71

caso de Quintín. Alguno incluso se puso en contacto con los periódicos de la capital cuando algún reportero cayó por allí. De la prensa llegó a la policía, desde ella a los juzgados hasta que tomó las riendas de la investigación el juez Félix Gazo. Ante los rumores insistentes en torno al envenenamiento de Quintín Andrés, lo primero que se procedió fue a examinar el almacén que yacía casi abandonado. Por allí había pasado con el tiempo Nilo Aurelio para hacer un negocio puntual y salir pronto del pueblo, donde ya no era bien recibido pero donde aún disfrutaba de algunos contactos que preferían descartar los rumores maliciosos. Si había alguna prueba incriminatoria, pensaba el juez, había tenido tiempo para hacerla desaparecer, del mismo modo que rompió aquella botella que a saber qué podría contener, seguramente la última bebida del fallecido. Aún así, el examen del almacén condujo, entre restos de abono, sacos y alguna maquinaria en mal estado, hasta dos frascos: uno contenía un líquido rojizo mientras en la superficie aparecían dos tibias cruzadas; otro estaba medio lleno de un líquido verdoso claro mostrando en la superficie una

72

etiqueta que anunciaba explícitamente contener veneno. La noticia corrió por todo el pueblo mientras muchos meneaban la cabeza y murmuraban: ―Ya lo decía yo‖. De todos modos, afirmaba el forense, sería extraño que, en caso de utilizarse un veneno, éste fuera de naturaleza mineral, algo que permanecería en los restos del cadáver por muchos años. En cambio, sostenía, un veneno orgánico de origen animal se descompondría en poco tiempo sin que quedara rastro de ello. En este último caso, no habría pruebas suficientes para inculpar a Nilo Aurelio de un supuesto asesinato. El 12 de septiembre se procedió a la inhumación del cuerpo en el cementerio civil. La expectación fue enorme, con racimos de personas subidas a las tapias para contemplar el espectáculo mientras varios guardias intentaban mantener alejados a los curiosos. Se procedió allí mismo a extraer las vísceras que quedaban y depositarlas en frascos lacrados que se enviarían a un laboratorio en Madrid, al objeto de encontrar rastros de veneno. El resto del cuerpo quedó en manos del forense de Medina, doctor Juan Velasco.

73

Con el tiempo se sabría que el análisis efectuado en Madrid no había arrojado resultado positivo alguno. Eso no quería dec ir que no se hubiera empleado veneno, como decimos antes, sino que éste podía ser orgánico e indetectable cinco años después del fallecimiento. ¿Eso significaba que Nilo Aurelio quedaba libre de un nuevo procesamiento? La sorpresa provino del examen del propio cuerpo por el forense de Medina. En su informe sostenía, tras cuatro días de trabajo:

Pudimos observar con relativa facilidad que el asta mayor del hueso hioides del lado derecho estaba fracturada por la unión del tercio medio con el posterior. Si analizamos con sentido crítico la forma en que dicha fractura se ha producido, teniendo en cuenta la posición en que el que cometió un acto criminal se coloca para realizarle, hemos de suponer que la agresión al desgraciado Quintín fue hecha por el criminal por el lado derecho. Es decir, la mano derecha del agresor avanzó hacia el cuello de la víctima en forma de tenaza, poniendo al lado derecho

74

del cuello el dedo pulgar, y al izquierdo los restantes. El dedo pulgar, de mucha más potencia que los otros, atenazóse y se hundió en el cuello de la víctima, produciendo la fractura del asta mayor del hueso hioides por la parte posterior, puesto que dicho hueso, al sentir la presión del dedo pulgar, tuvo que formar una especie de comba hacia el interior, sobreviniendo acto continuo la fractura. Tenemos que asegurar también que, dada la hora en que los hermanos «Berretes» estuvieron con el Quintín en la estación, o sea, tres horas antes de aparecer muerto, no hay veneno conocido que en tan poco espacio de tiempo pueda producir una muerte‖ (La Acción, 23.9.1916, p. 3).

De repente, las evidencias señalaban indefectiblemente que la muerte de Quintín Andrés era un asesinato y que la causa directa del fallecimiento fue la estrangulación. No había constancias de veneno, lo que no quiere decir que no existiera un bebedizo (disuelto en la botella de vino, por ejemplo) que dejara sin apenas conocimiento a

75

la víctima. De otro modo sería difícil imaginar que un joven fuerte se dejara dominar hasta la muerte por un hombre más de diez años mayor como era Nilo Aurelio. En todo caso, eran pruebas que lo señalaban como el asesino de su sobrino. Tal vez aquel crimen aparentemente impune le animara a realizar el cometido sobre Manuel Ferrero pensando que él no era como el capitán Sánchez, que no cometía errores. Incluso, podría imaginar, era más seguro hacer desaparecer a la víctima para siempre que dejarlo a la vista de todos, teniendo que conseguir un certificado médico y ser pábulo de todo tipo de sospechas. Debió ser desconcertante para él resultar atrapado por un crimen que creía más perfecto que el anterior. El 22 de octubre de 1911 el juez Félix Gazo dio por cerrado el sumario remitiéndolo al Juzgado que habría de procesar a Nilo Aurelio Saiz por la muerte de su sobrino Quintín Andrés. Para entonces, la vida del acusado había experimentado un giro dramático.

76

Federico Saiz

¿Qué haces cuando te consideras casi invulnerable y, de repente, te ves atrapado? En primer lugar, negarlo todo. Las autoridades están equivocadas, la detención es un error que ha de aclararse en breve plazo. En el fondo piensas: Esto no está sucediendo. Ésa fue la reacción de Nilo Aurelio cuando los policías se presentaron en la fonda ―La Española‖ donde estaba pernoctando junto a su amigo Pedro Aragón. Es de imaginar la desorientación de éste, pero al menos su detención no fue prolongada. Pronto se averiguó que era ajeno a las circunstancias del crimen que se le imputaba a su compañero. El caso de Restituto fue más allá porque se le llevó hasta Madrid y allí tuvo que responder a las preguntas del juez, sospechando que había estado encubriendo a su padre. Desde luego, nunca se pensó que estuviera involucrado en el crimen directamente y al final, consiguió salir libre de sospechas. Su condición de abogado además le permitió estar al tanto del procedimiento que se seguía contra él, muy endeble en cuanto a pruebas, y

77

demostrar que se carecía de certeza sobre dicho encubrimiento. El sospechoso principal, aquel hombre cincuentón de largas barbas que cojeaba por su reúma, fue trasladado en tren hasta Madrid. En cuanto se corría la noticia de tal detención, los reporteros más avisados se montaban en el mismo tren y trataban de acceder al arrestado. Le vieron abrumado en un rincón del apartamento donde viajaba custodiado por unos guardias civiles. Estuvo amarrado antes de subir al vagón y a su llegada a la estación madrileña del Norte, pero le soltaron las ligaduras a lo largo del trayecto. Los periodistas no pudieron entrevistarle a su gusto pero sí se asomaron a la puerta del apartamento donde viajaba para preguntarle si era el autor de semejante crimen. Él lo negó. Elevó la voz para proclamar su inocencia, diciendo que nada sabía de todo aquello. Uno de los reporteros le espetó: ―¿Y su hijo Federico, está implicado en el crimen?‖. La reacción áspera y enérgica de Nilo fue inmediata: ―¡Mi hijo no, contra mi hijo no hay nada!‖. Repitió esa exclamación como un mantra hasta que los guardias expulsaron a todos los reporteros del vagón del mismo modo que cerraban

78

las ventanillas al llegar a las estaciones, donde una multitud de curiosos intentaba atisbar a aquel hombre que, hundido en su asiento, aún murmuraba ―¡Mi hijo no!‖. Aquello hizo vibrar una nota disonante en el interior de Nilo Aurelio. Si su hijo era acusado, si aquel muchacho de apenas 18 años podía ser incluso llevado hasta el garrote, él reconocería toda su culpa pero sin implicarlo en lo más mínimo. Si hubo o no tal implicación del joven sería un tema que se extendería a lo largo de dos años, hasta el juicio . En todo caso, Nilo no era un novato en las lides jurídicas, como es sabido. Aunque no casos penales, cargaba en su historial decenas de pleitos. No es descartable que, si Federico estaba implicado en el crimen, hubieran construido previamente una línea de defensa pero resulta dudoso porque Nilo no pensaba siquiera ser detenido. Si tuvo que improvisar una versión que exculpara a su hijo hay que reconocer que la construyó bien, tal vez en aquel mismo viaje en tren. Cuando fue conducido custodiado y en medio de la expectación del público, por el andén de la estación en Madrid, iba cabizbajo, envejecido. Ya no era el Nilo Aurelio que habían mostrado los

79

periódicos, ese hombre simpático y de aspecto enérgico, con una larga barba negra que imponía respeto. Los periódicos comentaban con un poco de sorpresa: ―No tiene aspecto de criminal‖, como si el asesinato marcara el aspecto de un hombre. Aún se pensaba que estaba asociado a un mal vivir, a un aspecto de abandono y de vida ruin. El Nilo Aurelio que caminaba por aquella estación rodeado de policías y curiosos, con la mirada baja, la barba canosa y descuidada, parecía un viejo indefenso. Le habían caído diez años encima tal vez en aquel viaje ferroviario. Cuando llegó ya sabía, abrumado, alarmado, que confesarí a ante el juez. Cualquier cosa menos que condenaran a su hijo Federico. Al día siguiente, 2 de septiembre, fue interrogado por el juez D. José Oppelt. Los periodistas ya le habían gritado en el tren que habían encontrado el cadáver de Manuel Ferrero en la calle Lanuza. Comentaron después la cara de consternación que observaron en él. Nadie le había dicho nada hasta ese momento, tal vez pensara que todo era un error y que le llevaban detenido en la creencia de que escapaba a su obligación de declarar nada más. Pero si habían encontrado el cuerpo

80

también sabía el juez que aquel hotel lo había alquilado él junto a su hijo Federico. Fue entonces cuando empezó a gritar la inocencia de su hijo. Ante el juez construyó una defensa para sí, una explicación donde su hijo no interviniera en los dos momentos que podrían inculparlo: el acto criminal en sí y las obras posteriores para enterrar el cadáver. Ni asesino ni cómplice, de aquello quería que exculparan a su hijo. En la Cárcel Modelo aún no había coincidido con él, al que detendrían un día después en Miranda de Ebro. Un muchacho adolescente aún, de mirada huidiza y acobardada, de aspecto inocente, que habría de compartir el tren que le llevaba a Madrid con la propia familia de Manuel Ferrero, que lo tomó en Zamora llamados por el juez para declarar. Cuando llegara a la Modelo su padre ya había declarado su culpabilidad. Seguramente, si no lo habían hecho antes tendrían ocasión en ese momento de hablar de manera que, para salvarse según le dijo su padre, debía ado ptar la versión que había dado en el Juzgado. ¿Cuál fue esta confesión? Una harto inverosímil: lo mató en defensa propia. Los hechos, según Nilo Aurelio, sucedieron del siguiente modo.

81

El Sr. Ferrero había acudido a su despacho el día 5 de junio, a la salida de su conversación con el gerente del Sindicato. Al no encontrarlo en casa le dejó recado de que quería hablar con él. Repitió su visita el día 6 con el mismo resultado: el agente de negocios no estaba y volvió a insistir en la necesidad que tenía Ferrero en hablar con él para llevar adelante la transacción con el Sindicato. No fue hasta el día 8 cuando se encontraron por casualidad en la Puerta del Sol. Charlaron del negocio que se traían entre manos, tomaron el tranvía para llegar hasta el hotelito d e la calle Lanuza, donde Nilo dijo que hablarían más tranquilos y podrían tomar una sidra que tenía allí almacenada. Entraron por el jardín, por lo cual nadie los vio en su llegada. Se sentaron ante la mesa, único mueble de la vivienda, y continuaron su c harla que, según Nilo, fue encrespándose por momentos. Ferrero le recriminó que le hubiera estado rehuyendo desde que llegó a Madrid, que no respondiera a sus recados dejados en la calle Preciados. Le preguntó a qué estaba jugando con él. Nilo Aurelio lo negó todo pero la actitud de Ferrero fue haciéndose más violenta cada vez, le agarró de las solapas, le

82

zarandeó a pesar de su avanzada edad. Finalmente, llegaron a las manos y pelearon. Debido a su cojera, Nilo cayó y el de Pozuelo se fue tras él cerrando sus manos en torno a su cuello. Cuando se sentía asfixiar Nilo tanteó con las manos hasta agarrar el pico que casualmente estaba muy cerca. Con él propinó un golpe en la cabeza a Manuel Ferrero que dejó de moverse. Estaba muerto. Muy alarmado por lo suced ido, temiendo que se pensara que él lo había matado a propósito, lo arrastró hasta la carbonera para esconderlo allí. Pensando en cómo deshacerse del cadáver, muy alterado, salió del hotel para irse a tomar un vino a una taberna cercana. Allí se le acercó casualmente un ―golfo‖ que le pidió limos na porque no tenía trabajo. ―¿Tú quieres trabajo?‖ le preguntó Nilo. ―Pues vente conmigo que me vas a ayudar a levantar un piso‖. Dicho y hecho, acompañado por el golfoencontrado tan oportunamente, volvió al hotel y entre ambos levantaron toda la tarima de madera. A continuación le dijo: ―Ahora vamos a excavar en el suelo porque estoy pensando en construir una bodega y quiero saber si se puede‖. De manera que ahí tenemos al golfo, como fue repetidamente

83

descrito, dándole al pico con todas sus fuerzas para abrir una fosa de metro y medio de largo y de profundidad irregular hasta llegar a los 90 cm. Después de aquello Nilo le pagó y le despidió. Eso fue todo lo que tenía que contar. Agarró por los pies el cadáver y lo llevó desde la carbonera para arrojarlo en la fosa. A continuación le echó tierra encima procedente de la excavación y apisonó todo el suelo de la sala comedor. La versión de la defensa propia no se sostenía en modo alguno. El informe de los médicos forenses era taxativo: el violento golpe que acabó con la vida de Manuel Ferrero se le propinó por detrás y cuando la víctima estaba sentada y el asesino de pie tras él. La dirección del hachazo era inequívoca, no cabía que fuera un golpe casual durante un forcejeo en el suelo.

Las fechas tampoco concordaban en absoluto. El anciano había desaparecido el día 6 a las nueve de la mañana. ¿Dónde se supone que podría haber estado hasta el día 8 nada menos? Aquello no se sostenía. El remate era la historia del ―golfo‖, un pordiosero inidentificado, un comodín imposible de localizar en la historia que se había inventado el acusado con el propósito fundamental de exculpar a

84

su hijo. Porque parecía evidente, si las fechas concordaban con los testimonios, que el piso de madera se había levantado con una rapidez que excluía el trabajo de un hombre mayor, solitario y con cojera. El testimonio de Nilo Aurelio era incierto pero ¿cuánto de falso había en él? La verdad era que sembraba la duda sobre el papel de Federico que, a fin de cuentas, en la versión de su padre no era necesario. Para alterar más el ánimo de la opinión pública varios meses después, en abril de 1917, un detenido en Córdoba por delitos menores sostuvo ante el juez que él era ese ―golfo‖ que había ayudado a Nilo Aurelio en la obra del hotelito. Pronto se reveló falsa esa identificación. Aquel tunante solo pretendía que le trasladaran gratuitamente a Madrid, donde seguir ejerciendo su oficio de ladrón, más lucrativo en la Corte que en la ciudad andaluza. Pero mientras tanto, ya habían aparecido titulares de que el ―golfo‖ buscado existía. La rectificación al día siguiente quedó relegada a una página interior de los mismos diarios. Hasta junio de 1918 no tuvo lugar el juicio contra Federico Saiz. El acusado, ya de 20 años, acudió esposado, con un traje oscuro y una camisa

85

blanca que combinaba la palidez de su rostro con un apunte de inocencia. Los comentarios periodísticos sobre su apariencia lo veían con conmiseración. Se decía de él que era un chico asustado, de buen natural al decir de todos los que lo conocían, incapaz de hacer daño a nadie. La opinión pública ya le había juzgado inocente antes de que empezara su interrogatorio. Su línea de defensa fue simple cuando se sentó en el banquillo de la Casa de Canónigos para responder a las preguntas del fiscal. No había sabido nada de Ferrero, del mismo modo que conocía que su padre se dedicaba a los negocios pero no cuál fuera su naturaleza. Él se dedicaba a estudiar el primer curso de la carrera de Derecho y obedecer a su padre sin cuestionar sus razones ni su autoridad. Era cierto que intervino en el alquiler del hotel (Cristóbal Romero ya le había identificado y era imposible de negar). Fue él quien se presentó a preguntar inicialmente por encargo de su padre y quien volvió al día siguiente para saber la respuesta definitiva del casero. También había comprado la bombona de ácido sulfúrico (el vendedor también le había identificado, así como el proveedor del material restante). Su padre le había dicho que

86

quería hacer obra en el jardín y deseaba matar las hormigas, de ahí la bombona, el pico, la pala y demás herramientas. Preguntado por el hacha, que formaba parte de su compra, respondió que lo había entendido como parte del equipo de jardinería, nada más.

Al negar haber conocido a Ferrero se descartaba como coautor del crimen. En efecto, no había sabido nada de él, no lo conocía ni lo vio. La primera vez que supo de la víctima fue al ser detenido. Su implicación ayudando a su padre originó algunos momentos de tensión ante el tribunal pero a la insistencia del fiscal repuso casi sin alterarse que él no había participado en levantar el suelo ni abrir la fosa. Es cierto que fue en una ocasión y vio a un pordiosero arreglando el jardín pero no prestó atención. Su padre le dijo que lo había contratado para limpiar y no preguntó más. Dado que el maestro de obras y su ayudante también le habían identificado admitió que estuvo presente el día en que se colocó el baldosín, que entraba y salía vigilando que los trabajadores cumplieran su cometido y eso era todo.

87

La cuestión para el tribunal era si se admitía como posible la existencia de aquel ―golfo‖ o no. El fiscal lo descartó como una leyenda, un invento, pero la declaración de Nilo, leída en la segunda sesión d el juicio, dejó en el aire esa posibilidad, lo que en términos actuales se conoce como una duda razonable. El 15 de junio de 1918 los tres miembros del tribunal dictaminaron la inocencia del procesado Federico Saiz y decretaron su libertad. En esas condiciones, uno se pregunta: ¿dónde estaba su padre? ¿por qué no declaró en el juicio? Más aún, ¿por qué no era él el principal acusado? La respuesta a estas preguntas forma parte de aquello que hizo más famoso y controvertido, si cabe, el caso de la desaparición y muerte de Manuel Ferrero.

88

La locura de Nilo Aurelio

El caso de la muerte de Manuel Ferrero habría pasado sin más a los anales del crimen, al igual que el del capitán Sánchez, ocurrido tres años antes, y con el que se comparó repetidamente por aquel entonces. Sin embargo, también pasaría a la historia de la medicina forense debido a la evolución de Nilo Aurelio hacia la demencia y el importante informe del médico y socialista Jaime Vera, referencia fundamental en la psiquiatría judicial desde su publicación. Vayamos explicando paulatinamente ese proceso hacia la locura del principal acusado del crimen de la calle Lanuza. Ya dijimos que, al llegar a la estación del Norte después del que sería para él un interminable viaje en tren, Nilo Aurelio apareció ante los fotógrafos y curiosos como un hombre abatido, de mirada baja y aspecto descuidado y envejecido. Cuando le apresaron entendió que le habían estado buscando para declarar simplemente y por ello protestó su inocencia y el hecho de que le amarraran para subirlo al vagón que le llevaría a Madrid.

89

Ya en el tren se enteró de algún modo de dos hechos que le trastornarían: Se había encontrado el cadáver de Manuel Ferrero y se implicaba a su hijo Federico en la comisión del crimen o al menos en su complicidad y encubrimiento. En aquel momento, la ficción que Nilo se había construido como inocente de toda acusación se derrumbó con estrépito pasando a decir que, sobre todo, su hijo era inocente. Desde entonces todo su empeño, ya que no podía negar el enorme conjunto de evidencias que se acumulaba sobre él, fue construirse una coartada en torno a la defensa propia y sobre todo, exculpar a Federico. Mientras lo primero resultaba inverosímil respecto a lo segundo tuvo claro en qué podía inculparse su hijo y construyó una historia que otorgaría la duda razonable que le absolvería en el juicio. De ahí la supuesta existencia de un ―golfo‖ que nunca se encontró. Inmediatamente después de que su ficción como hombre inocente se derrumbara, Nilo Aurelio se cons ideró satisfecho con la nueva ficción que había construido: él solo había repelido la agresión de la víctima y el ―golfo‖ le había ayudado a hacer la tarea en que, muy probablemente, intervino su hijo. Desde el momento en que realizó la confesión ante

90

el juez explicando todos los extremos de su versión su actitud cambió radicalmente. Del abatimiento pasó a la euforia, del silencio a la verborrea incontenible. A todos los que se le ponían por delante, compañeros de prisión en la Modelo, carceleros, abogados, reporteros, contaba dicha versión y lo hacía sin variaciones una y otra vez, como si se regodeara con ella, en una necesidad apremiante de ser creído, como si el repetirla constantemente hiciera más real la ficción. Es el momento en que empieza a escribir cartas. Estaba tan alejado de la realidad jurídica que lo aguardaba que se permitió mandar una misiva alarmante a Cristóbal Romero, el propietario del hotelito alquilado en la calle Lanuza. En ella le reclamaba la devolución de una mensualidad de alquiler por no haber ocupado la vivienda todo el tiempo que había pagado, y exigía que vendiera los escasos muebles que contenía remitiéndole también el dinero de la venta. En ambas instrucciones se denota el Nilo Aurelio acostumbrado a sacar dinero de debajo de las piedras a base de reclamaciones. Para culminar lo dicho, pasaba a un tono amenazante: Planteaba que declarara ante el juez

91

haber visto trabajar al ―golfo‖ de marras si no quería que le acusara de complicidad en el crimen. Romero, alarmado, se dirigió a un abogado que le aconsejó llevar la carta ante el juez Oppelt, como así hizo. Éste la incluyó en el sumario como prueba incriminatoria y por si constituía elemento en un futuro proceso por amenazas. Preguntado por el contenido de su carta, Nilo se rio diciendo que aquello era una de sus ―genialidades‖ y que no podía acusar a nadie de complicidad porque él y solo él era culpable de la muerte de Ferrero. Poco después dirigió otra carta y esta vez al mismo juez de instrucción que preparaba el sumario e interrogaba a los testigos. Ya sabía que las pruebas se acumulaban porque todos ellos (Cristóbal Romero, Manuel Montes y demás) le identificaban sin dudarlo, pero su obsesión era su hijo. Le decía en la carta al juez que un espíritu le había dicho que Federico había sido asesinado en su celda, que él mismo había visto el cadáver. Entramos en la fase alucinatoria de su crisis. Como luego destacaría el informe psiquiátrico, Nilo Aurelio empezó a simular estar loco. Gritaba en medio de la noche que se le aparecía el espíritu de Quintín diciéndole: ―No

92

tengas cuidado, Nilo; tú eres inocente y quedará demostrado ante la sociedad‖. No obstante, seguía gritando que veía un patíbulo y clamaba ante los carceleros: ―¡No lleven a mi hijo, que es inocente. Solo yo soy culpable!‖. Dejó de comer, gritaba a todas horas, formaba escándalo tras escándalo por las noches, apenas dormía. El director de la cárcel Modelo, ante la persistencia en su actitud delirante, le envió a la enfermería de la prisión para aislarlo y observar lo. La consecuencia de este hecho es que dejó de ver a su hijo, con el que había paseado alguna vez por el patio, a sus familiares e incluso a su abogado. La normativa de la cárcel prohibía el acceso a otras personas mientras se encontrara en la enfermería. De todos modos, el director pasó aviso al juez de instrucción que empezó a barajar la posibilidad de que una comisión de médicos frenópatas examinara al acusado. Por el momento, el sumario, que estaba a punto de concluirse y remitirse a la Audiencia para abrir el correspondiente juicio oral, se detuvo a la espera de saber si habría de incluirse ese informe médico. Según las interpretaciones médicas muy posteriores Nilo Aurelio, satisfecho y hasta eufórico

93

con su nueva versión, una ficción más que le permitía enfrentarse a su vida, ya que no a su realidad, empezó a simular la locura con la que algunos reos de máxima pena pretendían salvar la vida. Había pasado ya en algunos (muy pocos) casos que habían pasado a la historia de la medicina forense. La aparición del patíbulo no era una alucinación gratuita, realmente sentía miedo de ser ajusticiado, algo que parecía casi inevitable. La adición del caso Quintín, que pretendía olvidado, un crimen perfecto del que nadie había sabido nada, terminó de espantarlo. De manera que es muy posible que simulara para evitar la última acción de la justicia pero también que empezaba a sentir pavor ante la última pena. Mientras se constituía el tribunal médico Nilo empezó a pintar desmañadamente las paredes de la enfermería: ―Federico, te vengaré‖, ―Vale por (ilegible) pesetas. Quintín‖. Restituto Sáiz, su hijo y abogado, comentaba a los reporteros que su padre siempre había sido de carácter exaltado, que tenía arrebatos, sus ―genialidades‖ como llamaba, que podían atemorizar a la familia. Por otra parte, se decía que el preso mostraba un aspecto demacrado, abatido, con un grave reúma en el lado derecho,

94

quejándose de dolores de cabeza. Junto a esa situación, también conocía puntuales momentos de exaltación cercanos a la locura. La oportunidad de estos arrebatos, cuando iba a ser juzgado y contando con que se pediría la muerte en el garrote, hacía que muchos creyeran sin dudarlo en su fingimiento.

―¿Es una nueva estratagema para eludir el juicio de los hombres o es que su conciencia acusadora dio al traste con su razón al ponerle delante, en sus ratos de insomnio, las figuras dolientes de las que fueron sus víctimas?‖ (El Liberal, 22.9.1916, p. 2).

La pregunta era razonable pero no parecía ser exactamente el caso. Manuel Ferrero nunca se le apareció en sus alucinaciones sino que lo hacía una de sus víctimas ciertamente (Quintín, su sobrino político) y su hijo Federico, al que veía muerto. En suma, expresaba lo más profundo de sus miedos más que la contrición por sus crímenes y la visión de sus víctimas (su conciencia) acusándole.

95

Finalmente, el equipo médico se constituyó a instancias del juez. Estaba formado por tres médicos, ninguno de los cuales era una eminencia en enfermedades mentales: Leoncio Temes, Joaquín Segarra y Eduardo Méndez. La clave del asunto era determinar si el acusado de aquellos crímenes mentía y estaba fingiendo locura o no. La simulación, al decir de los médicos, era más difícil de lo que parecía. Exigía, en primer lugar, una resistencia física notable para forzarse a paroxismos nerviosos constantemente, así como un conocimiento técnico de la sintomatología nerviosa que no era habitual en el simple acusado de un crimen. No era extraño entonces que se exageraran los síntomas o estos fuesen contradictorios. Por otro lado, había técnicas para determinar si el sujeto simulaba o no. La más traumática y que se empezaba a descartar era someter al paciente a prolongadas duchas heladas o amenazarle con una intervención quirúrgica cerebral que permitiría solucionar sus problemas. Muchos confesaban entonces estar saludables. Pero había métodos más sutiles. Introducido en un auténtico manicomio, el simulador tendía a imitar las actitudes y gestos de sus nuevos compañeros, incluso entrando en

96

contradicción con los sínto mas que le habían llevado hasta allí. Por último, existían argucias de los médicos: Comentar entre ellos y delante del paciente, la inexistencia de algún síntoma fundamental, observando que al poco tiempo el paciente empezaba a mostrar ese síntoma que, en realidad, solo respondía a la fantasía de los propios médicos y ejercía de testigo inexorable del fingimiento. Mientras se desarrollaba el análisis médico de los tres forenses y se paralizaba el sumario a la espera del resultado, pasaron más cosas. Así, se constituyó en la enfermería el 27 de octubre el Juzgado de instrucción de la Inclusa, con el juez Félix Ruz a la cabeza, para responder al exhorto que a tal efecto había cursado el juez de Medina del Campo. Interrogado por las circunstancias de la muerte de Quintín, Nilo afirmó no haberlo conocido ni saber nada de él, además de aseverar que él no había estado nunca en dicha población. En suma, no sabía nada sobre la cuestión que se le preguntaba. Su actitud era confusa, vacilante, aunque en ocasiones parecía recuperarse y contestar con normalidad aunque sin recordar nada de aquella fase de su vida.

97

Para entonces, el abatimiento, la inapetencia y el insomnio habían dado paso a un decaimiento general que se prolongaba casi indefinidamente. Cada vez hablaba menos, aunque comía y dormía nuevamente con normalidad. Eso dio paso a comentarios maliciosos de algunos periódicos en torno al hecho de que, paralizado el sumario como deseaba, Nilo había recuperado el hambre, las ganas de dormir y, en suma, una completa normalidad. Era cierto que tenía arrebatos en que tiraba su ropa y hasta la tapadera del retrete al patio pero luego se tranquilizaba, sobre todo si no se le hacía mucho caso. En diciembre, tras dos meses de observación, el Imparcial se preguntaba hasta cuándo se iba a prolongar esa situación, con un acusado menos exaltado, con un comportamiento casi normal, y sin la posibilidad de ser juzgado por sus crímenes. Finalmente, el 20 de enero de 1917, los médicos emitieron su informe. El diagnóstico exacto fue que el paciente padecía una "confusión mental aguda de forma asténica‖ que se manifestaba en una pérdida de memoria. Entendían que el padecimiento podía agudizarse y hacerse crónico si no se le internaba en algún centro adecuado al propósito de mejorar su situación mental. Los médicos,

98

prudentes, no llegaban a manifestar si estaba loco o no a efectos jurídicos, es decir, si distinguía el bien del mal y si disfrutaba de libertad suficiente para elegir el camino de su actuación. Sin embargo, al juez Oppelt, que se sentía muy presionado por la opinión pública, le bastó para incluirlo en el sumario y darlo por cerrado. Si no se decía que estaba loco y era un irresponsable, es que podía ser juzgado. Además, según todos los testigos que le conocieron, cuando cometió sus crímenes mostraba un adecuado equilibrio mental y no mostraba signo alguno de locura. De manera que el 30 de enero lo remitió a la Audiencia para dejar paso al juicio oral. El caso, de todos modos, habría de dar más vueltas. Nilo Aurelio estaba en boca de abogados y jueces, de periodistas y gacetilleros. ¿Estaba loco o no lo estaba? El jefe de la Audiencia, tras examinar los más de mil folios del sumario, revocó su cierre remitiéndolo de nuevo al juez Oppelt para que se emitiera un informe médico más concluyente sobre la posible irresponsabilidad jurídica del acusado. Cuando el juez Oppelt encontró de nuevo el sumario sobre su mesa el 14 de marzo de 1917 supo que la Audiencia le había tirado de las orejas por lo

99

que pidió informes sobre aquellos médicos que fueran autoridades indiscutibles sobre la cuestión. Supo entonces que debía dirigirse en Madrid al departamento de Electroterapia del Hospital Provincial donde trabajaba como profesor de enfermedades mentales el doctor Jaime Vera López, de 58 años por entonces. Vera había sido cofundador del partido socialista junto a Pablo Iglesias y llevaba adelante una constante actividad política, pero su talla como médico era incluso superior. Se le considera merecidamente el fundador de la psiquiatría moderna en España, creador del departamento del que era profesor, pionero en el tratamiento humanitario de los enfermos mentales. Habría de morir el 19 de agosto de 1918 ante la consternación de sus compañeros socialistas y la clase médica más avanzada del país, pero antes sería el autor principal de un informe sobre Nilo Aurelio que sentaría las bases de futuros trabajos forenses y psiquiátricos. El juez Oppelt se puso en sus manos. Vera exigió a su equipo en el Hospital Provincial, incluyendo los tres médicos que fueron autores del primer informe sobre el acusado. También planteó que éste fuera conducido hasta la sección

100

correspondiente del mismo hospital donde podría ser observado todo el día en su comportamiento, además de sometérsele a las pruebas médicas correspondientes. Exigió también un largo tiempo, algo más problemático, pero a lo que finalmente cedería el juez. Su informe se haría público tras siete meses de trabajo, el 23 de noviembre de 1917. Ni siquiera pudo presentarlo su titular, enfermo por entonces, y habría de hacerlo su ayudante José María Serrano. En el preámbulo del mismo Vera agradecía el tiempo inusual para mejorar el diagnóstico y, sobre todo, para observar la evolución en la demencia de Nilo Aurelio. Luego había cinco partes escritas rigurosamente pero en un lenguaje alejado de tecnicismos. En primer lugar, se trataba del estado del procesado en ese momento. Nilo Aurelio era físicamente casi un inválido, dado el avanzado estado de su reúma que prácticamente le dejaba paralizados los miembros inferiores, particularmente en su lado derecho. Sin embargo, era más llamativa su postración psíquica, ―vegeta pero no vive‖ según se afirmaba, de manera que, si bien hacía sus funciones fisiológicas con normalidad (incluyendo

101

comer y dormir) su actividad anímica superior, pensamientos, ideas, etc. estaba anulada o era inapreciable. Eso producía una continua actitud de impasibilidad ante cualquier estímulo externo haciendo característica su inmovilidad (acentuada por el malestar físico), su silencio y lo que se describía como un ―paladeo ruidoso‖, un ruido formado por la lengua en el paladar que emitía de manera inconsciente y continua, tal vez como un recuerdo, afirmaba Vera, de un habla interior. Hoy en día se sabe que un síntoma como éste es propio de una regresión neurológica muy habitual en cuadros demenciales. En cuanto al proceso patológico más general, el primer diagnóstico era el de una enajenación por agotamiento emocional. El sujeto había vivido de manera patológica una sucesión de continuos fraudes engañando a otros y engañándose a sí mismo. La necesidad era continua y no revelaba una gran inteligencia por su absurdo comportamiento. Así, de haber querido ganar dinero y triunfar en su profesión habría vendido abono en buenas condiciones y ganado el beneficio correspondiente, acrecentando su fama de buen negociante. Sin

102

embargo, necesitaba engañar mediante distintas técnicas, vendiendo tierra normal como si fuera abono, de manera usual. Ese tipo de actitudes, esa necesidad de crear ficciones viviendo del engaño continuo, había pasado factura en el momento de crisis que empezó a vivir con su detención, cuando la realidad le había caído encima con un peso inesperado (las dos muertes, la evidencia, la acusación al hijo) para el que no estaba preparado. Ya no le quedaban más ficciones, no era capaz de engañar de nuevo. Todo eso había generado un agotamiento emocional extremo que le conducía a la demencia. Otro apartado se preguntaba si Nilo Aurelio, tal como decían muchos, era o no un simulador. La respuesta de Jaime Vera resultaba especialmente novedosa en aquel tiempo, cuando se consideraba la cuestión como blanco o negro, había simulación o no la había. El médico estimaba que el acusado sí había empezado simulando los síntomas de una enajenación. Pero observaba que todos los locos lo hacían, engañaban, mostraban síntomas a su capricho, simulaban sin recato para confundir a los médicos, por placer propio o para obtener alguna

103

ventaja. Que Nilo Aurelio hubiera simulado al principio de su reclusión se daba por hecho. Consideremos las supuestas alucinaciones. Decía ver a Quintín, la muerte de su hijo, el patíbulo. Por supuesto, todo ello estaba construido sobre sus miedos pero muy posiblemente fueran en un primer momento propio de un engaño. Sin embargo, escuchándole en ese momento hablar (cuando lo hacía) de un hombre con bigote negro al que quería clavarle un clavo en la cabeza, daba la impresión de que ya no simulaba nada. Como bien decía Vera, el paciente quería mostrar voluntariamente los síntomas de una lo cura y para ello empleaba precisamente los que le eran más fáciles de utilizar, las incoherencias que en él eran más naturales, en suma, queriendo simular unos síntomas de demencia empleaba precisamente los síntomas que le eran más propios de su propia naturaleza enferma. En otras palabras, la simulación de alucinaciones y otros síntomas podía ser primero voluntaria y luego convertirse en una actuación automática que agudiza y se suma a una perturbación previa. Además, la simulación constante y forzada de sus comienzos aumentó el agotamiento psíquico que se ha comentado hasta

104

conducir, como era caso de Nilo, a una completa demencia.

―Puede el que simula la locura fingir fenómenos frenopáticos aislados o más o menos lógicamente coordinados. Lo que no puede fingir es el total proceso de una enfermedad mental, ni de este proceso todos los hechos somáticos o de orden intelectual y moral, que son automáticos y que la inteligencia más o menos adoctrinada y la voluntad más poderosa y el más poderoso dominio de sí mismo no pueden ocultar, si existen; ni fingir, si faltan‖ (El Imparcial, 23.11.1917, p. 3).

Tras una larga argumentación en este sentido, Jaime Vera pasaba a relacionar pruebas médicas objetivas en torno a la impasibilidad y anulación emocional de Nilo Aurelio. Así, consideraba la medida de la respiración y el latido cardíaco cuando el paciente era sometido a un choque emocional. Para ello se midieron dichas variables con la llegada, después de meses de alejamiento, de su hijo Restituto. Según observaron los médicos, su latido

105

cardíaco, que era de 78 pulsaciones por minuto se mantuvo imperturbable frente a él. Del mismo modo, la respiración no se alteró lo más mínimo. La conexión emocional con la realidad aparecía rota y sin relación. Con todo ello se emitía un diagnóstico como conclusión de todo el informe: ―Don Aurelio Nilo Sainz es actualmente un enajenado de forma demencial‖. Mientras se concluía el sumario por segunda vez y se remitía a la Audiencia, Nilo Aurelio se mantuvo en la enfermería de la Cárcel Modelo. En abril de 1918, dos años después de su crimen sobre Ferrero, había progresado la parálisis de sus piernas, apenas se movía y, al decir del carcelero que le vigilaba constantemente, estaba sumido en un estado de idiotez. El 9 de junio de aquel año, cuando aún rugían los cañones de guerra en el escenario europeo, Nilo Aurelio fue trasladado finalmente al manicomio de Valladolid donde habría de fallecer tiempo después. No supo probablemente que su hijo Federico había sido finalmente absuelto, ignoró qué fue de unos y otros, sumido en un estado de demencia del que no conseguiría salir jamás.

106

Este libro fue distribuido por cortesía de:

Este libro fue distribuido por cortesía de: Para obtener tu propio acceso a lecturas y libros

Para obtener tu propio acceso a lecturas y libros electrónicos ilimitados GRATIS hoy mismo, visita:

Comparte este libro con todos y cada uno de tus amigos de forma automática, mediante la selección de cualquiera de las opciones de abajo:

la selección de cualquiera de las opciones de abajo: Para mostrar tu agradecimiento al autor y
la selección de cualquiera de las opciones de abajo: Para mostrar tu agradecimiento al autor y
la selección de cualquiera de las opciones de abajo: Para mostrar tu agradecimiento al autor y

Para mostrar tu agradecimiento al autor y ayudar a otros para tener agradables experiencias de lectura y encontrar información valiosa, estaremos muy agradecidos si "publicas un comentario para este libro aquí".

"publicas un comentario para este libro aquí" . INFORMACIÓN DE LOS DERECHOS DEL AUTOR Free-eBooks.net
"publicas un comentario para este libro aquí" . INFORMACIÓN DE LOS DERECHOS DEL AUTOR Free-eBooks.net

INFORMACIÓN DE LOS DERECHOS DEL AUTOR

Free-eBooks.net respeta la propiedad intelectual de otros. Cuando los propietarios de los derechos de un libro envían su trabajo a Free-eBooks.net, nos están dando permiso para distribuir dicho material. A menos que se indique lo contrario en este libro, este permiso no se transmite a los demás. Por lo tanto, la redistribución de este libro sín el permiso del propietario de los derechos, puede constituir una infracción a las leyes de propiedad intelectual. Si usted cree que su trabajo se ha utilizado de una manera que constituya una violación a los derechos de autor, por favor, siga nuestras Recomendaciones y Procedimiento de Reclamos de Violación a Derechos de Autor como se ve en nuestras Condiciones de Servicio aquí: