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UNAM. FFyL. Colegio de Historia. Teoría de la Historia. Elí Gutiérrez Briseño Akhenatón, el faraón hereje, y la revolución de Tell el-Amarna El descubrimiento de una ciudad Hoy en día el-Amarna es uno de los yacimientos más antiguos y célebres del mundo. Arqueológicamente, porque es uno de los pocos emplazamientos egipcios a gran escala que se han conservado desde tiempos dinásticos. Históricamente, porque sirvió como escenario para el desarrollo del drama del faraón hereje Akhenatón y su bella esposa, Nefertiti. Además fue, quizás, también el lugar de nacimiento de un famoso príncipe egipcio, Tutankhatón, o mejor conocido actualmente como Tutankhamón. Uno de los primeros indicios sobre la existencia de esta ciudad fue gracias a un viajero jesuita llamado Claude Sicard. Él fue el primero en observar en 1714 un lugar conocido como Tuna el-Gebel, una de las enormes estelas fronterizas que había sido cortada para marcar los límites mayores de el-Amarna. Los primeros occidentales que se encontraron con la propia ciudad fueron los franceses miembros de la expedición de Napoleón Bonaparte de 1798-199, quienes se sorprendieron de que una ciudad así no apareciera en los mapas. John Gardner Wilkinson, egiptólogo inglés, fue uno de los primeros que visitó las ruinas en dos ocasiones, en 1824 y en 1826. Sus investigaciones fueron publicadas en su famoso Manners and Customs of the Ancient Egyptians. Gracias al desciframiento de la escritura egipcia por Jean Francois Champollion, pronto quedaría claro que la identidad del misterioso rey de el-Amarna era la de Akhenatón, el nombre de su mujer Nefertiti, y que ambos habían vivido a mediados de la dinastía XVIII. Sin embargo, lo que resultaba particularmente extraño era que Atón, dios del disco solar, era la única divinidad representada en el-Amarna. Después de Wilkinson, cuyas investigaciones abrieron el camino a la erudición, no fue sino hasta la cuarta década del siglo XIX cuando se volvieron a efectuar investigaciones serias, por el rey prusiano Federico Guillarmo IV. Se recogió una gran cantidad de datos por la expedición prusiana a cargo de Karl Richard Lepsius entre 1843-1845. Lepsius, uno de los grandes egiptólogos de la época, logró desentrañar la base histórica del yacimiento a partir de sus hallazgos. Afirmó que Amenofis IV había realizado una revolución en las instituciones seculares y espirituales, fundado una nueva capital e introducido el culto a un solo dios, el dios Atón, por el cual había cambiado su nombre a Akhenatón. También observó Lepsius que las imágenes de la pareja real habían sido sistemáticamente eliminadas por aquellos que habían venido después. No se intentó ninguna otra expedición durante algunas décadas hasta el trabajo de una misión francesa en la década de 1880. A finales de esa misma década un grupo de habitantes de el-Amarna descubrieron un inmenso sepulcro, el cual saquearon y mantuvieron en secreto. En 1891-92 el sepulcro fue despejado bajo la supervisión teórica de Alessandro Barsanti, cuyo trabajo fue muy pobre, pues incluso se perdió valiosa información arqueológica. A principios de la década de 1890 se inicio una nueva expedición bajo las órdenes del británico Flinders Petrie, considerado padre de la arqueología egipcia, en la cual también estuvo presente el famoso Howard Carter. Tras haber trazado mapas del yacimiento y haber proporcionado un marco sólido y basado en hechos del reinado de Akhenatón, su informe Tell el-Amarna preparó el terreno para todos los trabajos arqueológicos futuros sobre la ciudad y su período. En la primera década del siglo XX otro inglés se sintió atraído por la ciudad abandonada de Akhenatón, Norman de Garris Davies, alumno de Petrie y uno de los mejores dibujantes arqueológicos de su generación. La expedición fue patrocinada por la Egypt Exploration Fund (más tarde Egypt Exploration Society), para la cual hizo seis volúmenes entre 1903 y 1908 titulados The Rock Tombs of El Amarna. Poco después, en 1907 se iniciaron excavaciones sistemáticas y detalladas bajo la dirección de Ludwig Borchardt y la Sociedad Alemana de Estudios Orientales (DOG, por sus siglas en alemán). Estas excavaciones sacaron a la luz una excepcional colección de retratos reales y privados, entre los que resalta el descubrimiento en 1912 del magnífico busto de Nefertiti que resalta por su belleza y conservación. El estallido de la I Guerra Mundial acabó con el trabajo de la DOG en el-Amarna. En 1920 la Egypt Exploration Society se hizo con la concesión de la excavación. La EES excavó exhaustivamente entre 1921 y 1936. Estas excavaciones fueron dirigidas por una sucesión de eruditos reconocidos, entre los que destacan Thomas Eric Peet y John Pendlebury. El principal logro de estas campañas fue la acumulación de una amplia gama de hechos y pistas arqueológicas e inscripciones parcialmente publicados en tres volúmenes titulados The City of Akhenaten. Durante la segunda mitad del siglo XX aumentó el interés por los estudios sobre el-Amarna basados en el conocimiento de los libros. En 1974 el arqueólogo británico Geoffrey T. Martin publicó, el primer volumen de su rescate documental y arqueológico de las excavaciones llevadas a cabo por Pendlebury y otros en la tumba real de elAmarna. El trabajo arqueológico en la propia ciudad se reanudó en 1977, bajo la dirección de Barry J. Kemp, de la Universidad de Cambridge, en nombre de la EES. La dinastía XVIII Amenofis IV, después llamado Akhenatón, fue un faraón de la dinastía XVIII, primera del período llamado Imperio Nuevo en la división cronológica tradicional de la historia del Egipto antiguo. Para entender qué lo llevó a realizar una revolución, como se le ha llamado, es necesario remontarnos a los inicios de este Imperio Nuevo. Para ello haré un breve recorrido histórico que permita poner en su justo contexto la revolución de Tell elamarna. El Imperio Nuevo (1550-1070 a.C. aprox.) sigue al periodo conocido cómo Primer Periodo Intermedio, el cual se caracteriza por la dominación de los hicsos (nombre genérico para un grupo de pueblos semitas provenientes del noreste) en la región del delta del Nilo, y justamente termina con la expulsión de estos del territorio norte de Egipto. Amosis, rey de Tebas, fue reconocido como el expulsor definitivo de los hicsos y fundador de la siguiente dinastía, la XVIII. Así se abrió una nueva época conocida como el Imperio Nuevo. Amenofis I sucedió a su padre Amosis, pero se tienen pocas noticias de su reinado. Sin embargo se sabe que se dedicaría a reforzar el poder interior que había conseguido su padre. A Amenofis I sucedió Tutmosis I quien, se cree, no era de familia real. Este, durante una serie de campañas militares logró expandir las fronteras de Egipto de manera extraordinaria, da manera que en su tiempo Egipto logró la mayor extensión de toda su historia. Le sucedería su hijo Tutmosis II, quien murió prematuramente dejando el cetro a su hijo Tutmosis III que por su edad no pudo gobernar, sino que gobernaría su madrastra y esposa principal de Tutmosis II, Hatshepsut. Era natural, por la edad de Tutmosis III, que Hatshepsut tomara las riendas del poder, sin embargo ella anhelaba el poder y adoptó los nombres y vestiduras faraónicas formales. Es evidente que para que Hatshepsut alcanzara esa extraordinaria elevación de poder debió contar con un apoyo poderoso. Se cree que este apoyo vendría principalmente del Templo de Karnak y el sacerdocio de Amón, que cooperó para mantener a Hatshepsut en el poder. Así, se dio una relación de interdependencia entre la reina y el sumo sacerdote Hapuseneb, y por otro lado, el influyente administrador del templo de Amón y supuesto amante de Hatshepsut, Senenmut. A la muerte de Hatshepsut, Tutmosis III finalmente pudo afianzar su poder. Se dedicó a una larga serie de campañas militares que reafirmarían el poder de Egipto en el extranjero: Palestina, Siria y Nubia. Con seguridad podemos afirmar que lo que empujó a Tutmosis III como a su antecesor Tutmosis I a emprender conquistas en el exterior no fue el mero saqueo sino el deseo de recuperar el terreno perdido después de la disminución del poder real bajo Hatshepsut, mediante una reafirmación del poder faraónico y del prestigio real. Cerca del final de su reinado y antes de su muerte, Tutmosis III nombra a su hijo corregente y legítimo heredero. Entonces, con la sucesión asegurada, el viejo rey se dio a la tarea de borrar la memoria de su odiada madrastra. De esta manera Tutmosis III y sus sucesores se preocuparían por mantener a raya el poder de las mujeres, habiendo aprendido del ejemplo de Hatshepsut. Al mismo tiempo, también se comenzó una lucha entre el poder real y el sacerdocio de Amón, el cual había apoyado a la reina. Amenofis II se dedicaría exitosamente a mantener el poder militar que su padre había afianzado en el extranjero. Su sucesor fue Tutmosis IV, con quien se hizo evidente que los días de conquista habían terminado, y que la estabilidad se garantizaría mediante ocasionales incursiones militares de carácter limitado y medios diplomáticos. A pesar de la paz del Imperio en esta época, dentro del gobierno egipcio seguía existiendo una lucha entre el sacerdocio de Amón y los herederos de Tutmosis III, que no habían perdonado el apoyo que aquellos habían dado a la reina Hatshepsut. Por otro lado, tenemos que mencionar la importancia de la divinidad solar Ra, un dios del norte cuya preeminencia se remontaba hasta el Reino Antiguo y era tan importante que durante el Reino Nuevo y la supremacía tebana se le había asociado con el dios patrono de Tebas, una ciudad del sur: Amón, para crear una deidad compuesta Amón-Ra. Esta unión tuvo que ver, por un lado con el enorme poder de la deidad Ra y el intento de asociar a Tebas ese poder, así como las pretensiones de unir al Egipto alto con el bajo. Sin embargo en la dinastía XVII, después del apoyo de Amón a Hatshepsut, y con la ascensión de Tutmosis IV, un faraón del norte, las tensiones existentes entre los soberanos egipcios y el dios Amón se iban a acentuar. El ascenso de Tutmosis IV estuvo respaldado por el sacerdocio de Heliópolis, lo cual hace evidente que este sacerdocio estaba en franco ascenso, mientras que el tebano Amón y su sacerdocio estaban en retirada. Dentro del sacerdocio heliopolitano había un deseo de volver a colocar a la monarquía sobre una base teológica más sólida, con el carácter divino del rey y la figura de Ra como el principal poder en cielo. Se puso énfasis en una manifestación solar antigua y nueva a la vez, el Atón, que no era en sí un dios, sino un aspecto de Ra, un cuerpo visible como energía luminosa del dios del sol. La divinidad oficial del imperio egipcio siguió siendo Amón-Ra pero su primacía comenzó a desvanecerse ante el empuje del renacimiento heliopolitano. Tanto Amón como Ra eran manifestaciones de la divinidad puramente egipcias, y en aquellos nuevos tiempos internacionalistas el terreno estaba dispuesto para una deidad más universal. Sumado a ello estaba la creciente popularidad del culto solar, un símbolo universal que se contempla desde cualquier parte del mundo, de esta manera promocionar a Atón como el dios del imperio era promocionar las propias pretensiones de la monarquía. Amenofis III fue el sucesor de Tutmosis IV, quien le había asegurado a su sucesor un reino estable, bien administrado, y grande. En su reinado se haría mayor hincapié en el nexo sobrehumano del faraón con los dioses, y cada vez más su identificación con el creador supremo, la divinidad solar Ra. Aunque aun se le reconoció como hijo de Amón pues tanto el rey como el sacerdocio de Amón veían un beneficio en asociar el prestigio del rey con el discurso religioso. Cuando Tutmosis IV murió el joven Amenofis III era aun muy pequeño para gobernar, por lo que el gobierno quedo en manos ajenas, muy probablemente las de Yuya y Tjuyu, padres de la que sería esposa del faraón, Tiye. Yuya fue un personaje importante en los aspectos militares del imperio, y se cree que el consiguiente favor que mostró el faraón hacia el sector militar contribuyó a la exitosa disminución del poder del sacerdocio. Aunque la familia de Tiye no era de sangre real, e incluso se cree que provenían de un país extranjero, era de suma importancia en el imperio egipcio. La reina Tiye tuvo durante todo el reinado de su marido e incluso en los primeros años del de su hijo Amenofis IV, una posición incontestable y poderosa. Quizá esta posición tuvo que ver, sobre todo, con la influencia de Yuya y su familia, pues la tendencia anterior, desde Hatshepsut, era limitar el poder de las esposas del rey. Incluso hay una teoría que asocia a Yuya y el José del Génesis como la misma persona. El hijo mayor y heredero fue llamado Tutmosis, pero murió prematuramente y quedó su hermano Amenofis, quien había sido enseñado en la teología heliopolitanta, como sucesor al trono. El periodo de Amenofis III fue básicamente pacífico y estable. Los contactos externos se intensificaron, llegaron a Babilonia, Mitanni, Hatti y las ciudades de Siria. También se convirtió el imperio egipcio en uno rico y poderoso, beneficiando a las ciudades principales con construcciones grandiosas, principalmente en Tebas. Al mando de estas obras arquitectónicas estaba Amenhotep hijo de Hapu, cuya presencia en la corte durante la formación del príncipe Amenofis iba a ser fundamental en el futuro del reino. El reinado de Amenofis IV La corregencia se hacía para asegurar la transición pacífica de un faraón a su heredero, su hijo elegido. En el caso de Amenofis III- Amenofis IV no se han puesto de acuerdo los especialistas si fue una corregencia corta o larga. Sin embargo vamos a preferir la postura que afirma una corregencia breve. Amenofis IV ascendió al trono siendo aun un adolescente y aunque sus actos de aquel tiempo mostraron destellos de gran inteligencia, pronto fue conocido más por su juvenil arrogancia. El origen de su famosa esposa, Nefertiti continua siendo un misterio. Lo más probable es que haya sido egipcia de nacimiento y de crianza. También se cree que fue hija de Ay, hijo de Yuya y hermano de Tiye, y un personaje que tomaría suma importancia en el desenvolvimiento del gobierno de Amenofis IV. Los orígenes de la revolución religiosa que va a emprender Amenofis III son oscuros. Quizá haya influido su tío, hermano de Tiye, Aanen, sacerdote de Heliópolis, aunque en realidad no se sabe mucho de él. Durante el reinado de Amenofis III la creencia en la divinidad del rey alcanzó un gran énfasis, de forma lenta y deliberada con un claro propósito: restablecer la autoridad del rey. Su sucesor, Amenofis IV, compartiría esta aspiración también, pero lucharía por alcanzarla con más fuerza y más prisa. Amenofis IV se creía con la misión de restablecer el maat, una divinidad que representaba un orden establecido. Una manifestación evidente de su confianza juvenil es el enorme programa constructivo que emprendió en Tebas. De hecho Amenofis IV construyó edificaciones en el gran complejo de Karnak, en honor del dios Atón, sin embargo fueron desmantelados en tiempo de sus sucesores. En el diseño solar de su arquitectura como en muchos otros aspectos, la religión atonista era deudora del culto heliopolitano. Los templos a Atón eran construcciones a cielo abierto, brillantes y ventiladas, en contraste con los dedicados a Amón. No había necesidad de una imagen de culto, y el sacerdocio era más reducido. Los sacerdotes presentaban ofrendas diarias, eran los servidores del dios, y de los cuales el faraón era el primero. Curiosamente Amenofis IV celebró un festival-sed en los primeros años de su reinado, cuando la tradición marcaba que se comenzaban a celebrar estos festivales hasta el trigésimo año de reinado. Es posible que lo haya hecho en honor de su padre, pero lo interesante del asunto es que en las representaciones de este festival sólo aparecen menciones a un dios, Atón. En las representaciones tempranas de Amenofis IV aun en tiempos de la corregencia aparece en el estilo tradicional y sobrio, estilizado y despersonalizado. Así mismo se representa a Atón como su dios personal a la par de los demás dioses. Luego ocurrió un cambio en la manera conservadora de representación artística por una visión relajada y naturista, el cual tuvo que ver seguramente con la muerte de su padre Amenofis III. Con la celebración del jubileo en la ciudad de Karnak tuvo lugar un cambio importante en la manera en que se representaba a Atón, y también significó la divinización de Amenofis III como dios solar. Desapareció el antiguo dios antropomórfico con cabeza de halcón (antigua representación de Atón), y fue reemplazado con una nueva forma jeroglífica. Se le representa como el disco solar irradiando rayos de vida, y también como un rey. Así, el culto a Atón se asocio fuertemente a la propia monarquía y con esto se dio la culminación del proceso de reasunción del poder monárquico que se había perdido bajo el sacerdocio de Amón un siglo antes en tiempos de Hatshepsut. La adopción de la nueva iconografía vino acompañada de una serie de cambios revolucionarios que traerían una enorme transformación en todos los aspectos de la vida egipcia, la religión, el lenguaje, las formas de vestir, etc. Como reflejo de esta nueva realidad y el papel para el que había sido llamado como jefe de los videntes de Atón y sumo sacerdote, el faraón cambió su nombre, ya no sería Amenofis (el dios Amón está satisfecho), ahora sería Akhenatón (aquel que es eficaz en nombre de Atón). La ciudad de Akhetatón A los pocos años de la muerte de su padre, Akhenatón decidió abandonar tanto Menfis, la capital administrativa de Egipto, como Tebas, su corazón religioso, al poder de sus funcionarios y sacerdotes. El dominio del faraón se ejercería desde una nueva ciudad dedicada exclusivamente a la nueva deidad, Akhetatón (horizonte del Atón). Iba a ser construida en una zona desértica al este del Nilo en la frontera del Egipto Medio, donde las dunas de arena colindaban con una zona rocosa. Justo a mitad de camino entre Menfis y Tebas. En el moderno el-Amarna el Atón y su sumo sacerdote gobernaría sin la rivalidad de ningún otro dios. El motivo para tomar una decisión tan radical como era la de trasladar toda una capital a una tierra inhóspita a cientos de kilómetros son inciertos. Evidentemente está el factor religioso, pero también se sugieren factores políticos. Los conflictos entre el faraón y el sacerdocio de Amón hacían necesario trasladar el poder lejos del sacerdocio de Amón para poder mantener el poder recuperado por el rey. En el discurso Akhenatón había escogido el lugar para la nueva ciudad, Akhetatón, por órdenes de “su padre” el dios Atón. Naturalmente, los proyectos de Akhenatón trajeron la resistencia del sacerdocio de Amón. Sin embargo también debió de contar con apoyo, el cual parece haber venido de dos sectores. El primero fue el sector militar, la clase a la que había pertenecido Yuya y en la que ahora probablemente su hijo Ay ejercía influencia. Había desde generaciones anteriores una buena relación entre el faraón y el ejército, fruto de las conquistas militares. Y el segundo sector era el de una generación de funcionarios jóvenes que apoyaban a Akhenatón y sus reformas. Jóvenes que habían ascendido gracias a Akhenatón, a quien debían obediencia y respeto, además de considerarlo un héroe con ideas nuevas y frescas en contraste con el conservadurismo de Tebas. La elección del lugar para la nueva ciudad tenía que ver con sus características topográficas. Sería al este de un acantilado que recordaba el jeroglífico para akhet (horizonte), por donde se veía nacer al sol. Además estaba a medio camino entre la capital administrativa del reino, Menfis, y la capital religiosa, Tebas. Esto para controlar los dos poderes. Esto también nos habla de la falta de interés de Akhenatón por el imperio exterior, pues su idea de centralismo sólo incluía del delta del Nilo en el norte a las fronteras con Nubia en el sur. A pesar de la universalidad del culto de Atón y de ciertas incursiones en el extranjero, parece que para Akhenatón la concepción del orden establecido, maat, que pretendía restablecer, se limitaba a la tierra tradicional de Egipto. Tres o cuatro años de trabajo de construcción por parte de militares y esclavos egipcios y extranjeros, y la ciudad estaba lista para la instalación del rey. Estudiosos que han analizado el proyecto constructivo de la ciudad afirman que Akhenatón tenía el objeto de sustituir simbólicamente los dos principales santuarios de Egipto, a Ra y a Karnak, así como unir los dos centros cultuales en un solo ámbito. Además las dimensiones del principal templo a Atón guardan una proporcionan con el plano de la ciudad, lo que refleja la concepción de la ciudad como un templo. Y por último la posición de las estelas fronterizas en relación con los principales puntos de la ciudad se proyectan hacia un solo foco, la tumba real. Esto nos habla de un punto fundamental en toda la revolución de Amarna, la propia monarquía. Se calcula que la ciudad llegó a albergar a más de cincuenta mil personas. Las representaciones nos muestran una ciudad rica y verde, lleva de agua pozos y vegetación, nada que ver con la tierra árida y seca que contemplamos hoy. Esta ciudad fue un asentamiento dispuesto desde el principio de acuerdo a un meditado esquema geométrico. La revolución de el-Amarna El culto atonista ha sido identificado de muchas maneras, como inspirado por la religión, la intelectualidad o la política. Probablemente lo fue por las tres, aunque las porciones exactas de la mezcla están abiertas a interpretaciones. El propósito de la revolución de Akhenatón es claro, regresar a los primeros principios, al orden establecido, el maat, purificar una forma de vida que se había apartado de su verdadero curso. Esta purificación se traducía en hechos reales, como el arte de el-Amarna, la modernización del lenguaje, la arquitectura, el abandono de ciertos dioses etc. Con la muerte de Amenofis III Atón había sido elevado a la posición de dios principal de la nación. Sin embargo el sacerdocio de Amón seguía funcionando y el culto a los dioses tradicionales del panteón egipcio era tolerado, aunque no estimulado oficialmente. Pero ahora estando en la nueva ciudad parece que Akhenatón estaba seguro de dar un golpe definitivo al sacerdocio de Amón si se seguía oponiendo a la nueva realidad. Aunque la segunda parte del reinado de Akhenatón aun es oscura, se sabe que entre el año 8 y 10 de su reinado, poco después de haber ocupado la nueva ciudad, el rey emprendió una persecución dirigida principalmente contra Amón y su consorte divina Mut, aunque también se persiguió a todos los dioses. Ahora sólo se reconocería una divinidad: Atón. Para el propio pueblo la belleza intelectual del espíritu creativo de Akhenatón tenía poco significado. Para un pueblo acostumbrado a constantes celebraciones de lo divino sería difícil aceptar la nueva religión. Aunque se sabe que se acogieron con cierta aceptación las nuevas ideas esto no debió ser con mucha convicción. En la misma ciudad en el-Amarna se han encontrado imágenes prohibidas de los dioses antiguos. Akhenatón afirmaba que los ídolos eran obras humanas, aunque producidas de acuerdo a antiguos patrones, pero la realidad era que iban y venían sin importar su material, lo único eterno era su creador, el dios primordial Atum, inmanente en el disco solar Atón. El énfasis de la religión de Akhenatón era el aquí y el ahora. En contraste con el tradicional énfasis osiriaco de miedo a la muerte el énfasis del culto atonista era “disfrutar el momento”. Uno de los elementos más famosos de la revolución religiosa de Akhenatón el Gran Himno al Atón del que se le atribuye autoría a Akhenatón. Algunas de las figuras e imágenes que se plasman en este texto son préstamos de poemas o textos egipcios más antiguos. Retrata a un dios más bien frío y mecánico que compasivo y amoroso. Y en las frases finales del himno se puede capturar la esencia del objetivo que le dio vida, la idea del rey y la reina como los únicos que tienen contacto con la divinidad. En la religión egipcia antigua eran comunes ya las asociaciones de dioses en tríadas, generalmente también como familias divinas. También fue el caso del culto Atón, en el que se promovió la tríada de Atón, Akhenatón, Nefertiti. Esto como un intento de explicar el nuevo sistema recurriendo a patrones establecidos. Esta nueva familia real dominó todos los aspectos de la vida egipcia, sin embargo evidentemente fue un culto impuesto y superficial, lo cual se hace evidente con su rápida declinación después de la muerte de Akhenatón. La forma en que se representaba la imagen real en el-Amarna era más bien relajada e informal. Lo cual tiene que ver más bien con la imagen que el propio faraón quería dar que con la realidad. El deseo de Akhenatón era ser percibido como un rey bondadoso, en paz con Dios y con su familia, tratando de alejarse de la realidad dictatorial lo más que fuera posible. En las representaciones reales de el-Amarna hay también un cambio en las proporciones tradicionales, se abandonan las imágenes estilizadas y se adopta un estilo realista y naturalista. Por el reflejo de la realidad en las imágenes de el-Amarna se ha sugerido con frecuencia la posibilidad de que Akhenatón tuviera alguna enfermedad, por ciertos rasgos físicos que se ven enfatizados en las imágenes. Una de las posibilidades más aceptadas es que el faraón y algunos de sus descendientes hayan sufrido el síndrome de Marfan, el cual probablemente fue introducido en la familia real por Yuya, padre de Tiye, madre de Akhenatón. Por otro lado, el período de el-Amarna no fue una época de crecimiento para el Imperio egipcio. Aunque el sistema imperial estaba aun en funcionamiento, las cosas iban a cambiar, sobre todo en el norte. En el sur, en la región de Nubia se mantuvo la estabilidad, quizá por la importancia de las minas de oro para emprender las obras del rey. Desde el principio de su reinado, como hemos visto, Akhenatón mostró su poca preocupación por los asuntos que tuvieran que ver con los territorios más allá del valle del Nilo. Incluso buscó reducir el comercio exterior impulsando la producción interna. Este desinterés tuvo negativas repercusiones sobre el prestigio egipcio en el extranjero. Se perdió el control sobre muchas de las ciudades del norte en Siria-Palestina, sin embargo, aquello pareció no importar al rey. La construcción de Akhetatón supuso una enorme carga financiera para el Reino, además la combinación del desinterés del faraón por el extranjero y las propias condiciones entre los países vecinos habían hecho que los ingresos por tributos comenzara a escasear. Pero con la revolución religiosa vino la excusa perfecta para echar mano de los recursos financieros de los dioses antiguos. Esto, sin embargo, sólo aplazó un problema económico real, y de hecho lo hizo peor, pues no era posible hacer con éxito un cambio tan drástico en la administración de las finanzas de los templos. La familia real De los artistas de el-Amarna el más famoso es sin duda Thutmose, en cuyo taller se encontró el famoso bulto policromado de Nefertiti, la esposa favorita de Akhenatón. Aunque también se encontraron esculturas diversas, por ejemplo de una esposa amada de Akhenatón, Kiya. Hay una teoría que asocia a este Thutmose con Tutmosis el hermano mayor de Akhenatón quien aparentemente desapareció de la corte antes de la muerte de su padre. Esta teoría asocia a este Thutmose el Moisés de la Biblia, quien guió el Éxodo de todos los que continuaran el culto a Atón después de que este fue perseguido. Se cree que Kiya podría haber sido una princesa de origen mitannio, quizá Tadukhepa, hija de Tushratta, rey de Mitanni. El favor que gozó Kiya ante Akhenatón debió suponer sin duda una clara amenaza que Nefertiti no pudo ignorar. Sin embargo se cree que Kiya, presente en Akhetatón desde antes de la época de persecución religiosa, falleció hacia el año 12 del reinado de su esposo. Con la desaparición de Kiya, Nefertiti se abrió paso hacia la posición de la gran esposa real. Akhenatón fue un rey con un fuerte apetito sexual, tuvo muchas esposas y engendró muchos hijos. Con su esposa principal, Nefertiti, mujer de enorme belleza, Akhenatón tuvo seis hijas mujeres. Las primeras tres incluso aparecen en documentos oficiales: Meritatón, Meketatón y Ankhesenpaatón. Luego Akhenatón siguió teniendo más hijos, quizá buscando un heredero. Se cree que finalmente lo consiguió con Kiya, quien probablemente dio a luz a Tutankhatón. Incluso hay una teoría que dice que Akhenatón tuvo relaciones incestuosas con sus hijas e incluso con su madre. Basado en los nombres de otras dos hijas de Akhenatón, Meritatón-tasherit y Ankhesenpaatón-tasherit, se afirma que fueron hijas respectivamente de la primera y tercera hijas de Akhenatón con Nefertiti. Aunque en un principio se creía que eran hijas de Kiya, el elemento “tasherit” significa “la menor”. Un posible precedente de relaciones incestuosas es el de Amenofis III con la princesa Sitamón, quien recibió la función ritual de la gran esposa del rey, su padre. Aunque hay que destacar que, aunque eran comunes las relaciones entre hermanos, sobre todo en la realeza, las relaciones entre padre e hija era algo fuera de la común en Egipto, ni siquiera entre los dioses existían esas relaciones. Por lo cual, si existió, aquello debió ser inquietante para el pueblo. Nefertiti disfrutó de un elevado estatus como la gran esposa real, incluso ampliando el alto perfil iniciado por la esposa de Amenofis III, Tiye. Con la revolución de su esposo ella también se cambió el nombre a Nefernefruatón. Como ya mencionamos, las tríadas de las antiguas familias divinas fueron remplazadas por la del dios Atón y la pareja real, que asemejaba a la tríada de Atum (Atón), el dios creador, su hijo Shu (Akhenatón) y su hermana gemela Tefnut (Nefernefruatón). E incluso se sabe que en algún momento del reinado de Akhenatón, Nefertiti fue elevada al cargo de corregente. Se cree que Nefertiti había caído en desgracia y había sido desechada por Akhenatón. Algunos estudiosos afirman que la esposa desechada fue más bien Kiya, y que la desaparición del nombre de Nefertiti se debe no a su muerte ni caída en desgracia sino a que subió de rango a corregente. Durante su corregencia Nefertiti adoptó varios nombres, entre ellos el de Ankhkheprura-Nefernefruatón, y entonces el cargo de gran esposa real recayó sobre Meritatón. Sin embargo otros estudiosos tienden a afirmar que Nefertitide hecho cayó en desgracia y que Akhenatón tuvo un corregente con el cual mantenía una relación homosexual. Aunque la ecuación de corregente y sucesor era algo dado cuando se trataba de dos personajes masculinos, resulta diferente cuando se trata de una corregente mujer. Es por ello que generalmente se tiende a admitir que el sucesor de Akhenatón, Ankhkheprura-Smenkhkara fue un joven varón cercano anatómicamente a Tutankhamón, quizá hermano mayor de este. Sin embargo esta cuestión aun está en discusión por múltiples factores que aun no se han resuelto. Durante los últimos años de su reinado, se sabe poco de Akhenatón. Se cree que estaba muy desgastado física y mentalmente y que era incapaz de ejercer el gobierno totalmente. Muere hacia el año 17 de su reinado, y se sabe muy poco de las circunstancias de su muerte ¿se le paró el corazón, un final inevitable del síndrome de Marfan? O ¿fue asesinado? En realidad no lo sabemos. Pero con la desaparición de su carismática figura no tardaría mucho en desmoronarse el sueño de el-Amarna. Existe una teoría que afirma que Nefertiti, después de la muerte de Akhenatón, pidió al rey hitita que le enviara uno de sus hijo para hacerlo su esposo y rey de Egipto, pero que fue una conspiración fallida. Con respecto a su muerte no existen muchas certezas, pero se cree que nada tuvieron que ver las causas naturales. Por último, el sepelio de Nefertiti tuvo un carácter completamente osiriano, lo cual nos habla del rápido derrumbamiento del Atón después de la muerte de Akhenatón. El olvido del faraón hereje El verdadero heredero de Akhenatón era Tutankhatón, un pequeño que no excedía los 10 años. En los primero años de su reinado debió estar bajo el gobierno de NefertitiSmenkhkara. En su tercer o cuarto año de reinado adoptó el nombre de Tutankhamón (imagen viviente de Amón). El nombre de su hermana y esposa, como un intento por reconciliar las facciones dentro de la familia real, fue cambiado de Ankhesenpaatón por Ankhesenamón. Esto marcó el regreso de la monarquía a la influencia del sacerdocio de Amón. Sin embargo no podemos decir que hubo un rechazo total por las ideas de su padre, pues aun encontramos a Tutankhamón ofreciendo ofrendas a Atón quien es representado varias veces, e incluso lo vemos adoptar por igual su otro nombre Tutankhatón. El-Amarna y su divinidad continuaron su función. Smenkhkara, Tutankhamón y Ay mantuvieron viva la llama herética del dios Atón durante sus reinados, la cual no se apagaría hasta la llegada de Horemheb y sus sucesores. De cualquier manera, Tutankhamón decretó la restauración del culto a los dioses tradicionales, aunque no prohibió el culto a Atón. El mismo Ay pretendió la coexistencia de Atón y Amón, pero los odios sembrados iban a dar fruto y la coexistencia no iba a ser posible, además sin la figura del rey, la religión atonista no tenía sostén. Hubo un regreso a la normalidad, se reinstaló el culto en los templos tradicionales, se volvieron a emprender construcciones en las ciudades de Tebas y Menfis y el general Horemheb emprendió campañas militares en el norte. Aunque el sacerdocio de Amón había recuperado su poder, dentro del círculo cercano al faraón y al gobierno aun había personajes sobrevivientes de los tiempos de Akhenatón. El más destacado fue Ay, hermano de Tiye y posible tío abuelo de Tutankhamón. Ay, como consejero real tenía gran influencia en el poder. De hecho fue él quien tomó el poder tras la inesperada muerte de Tutankhamón, y sería el último en la sucesión de la dinastía XVIII. Sobre la muerte de Tutankhamón también ha habido muchas especulaciones. Es posible que haya sido víctima de un asesinato. En ese caso se puede pensar en Ay como culpable, pues él fue el mayor beneficiado, pues ostentaría el poder. Con respecto a las motivaciones que pudo tener, quizá temía que el hijo de Akhenatón pudiera cometer los mismos excesos que su padre cuando adquiriera mayor edad. Ay asumió el poder y se caso con la viuda de Tutankhamón. Sin embargo era ya viejo y su reinado duró poco tiempo. Aunque había dispuesto a un hijo suyo para que le sucediera a su muerte, el general de Tutankhamón, Horemheb, ganó la batalla y se quedó con el poder. Se cree que escogió como esposa real a una hermana de Nefertiti, hija de Ay, para afianzar su poder en el trono. Con su reinada hubo un completo regreso a los días de antaño. Nuevamente Amón obtendría su lugar de primacía entre los dioses y el culto de Atón quedó en el olvido, aunque siguió existiendo hasta la época de Seti I. Los monumentos de Akhetatón fueron desmantelados. Los nombres de Akhenatón, Smenkhkara, Tutankhamón y Ay fueron borrados de los archivos y en más de una ocasión sus monumentos fueron usurpados. La ciudad de Akhetatón y su revolución desapareció tan rápido como había surgido. Bibliografía Dulitzky, Jorge. Akenatón. El faraón olvidado. Buenos Aires. Biblos. 2004. 200 págs. Reeves, Nicholas. Akhenatón. Falso profeta de Egipto. Madrid. Oberón. 2002. 285 págs