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yPor qué repetimos siempre los mismos errores? Biblioteca de PSICOLOGIA PROFUNDA Ultimos titulos publicados Directora de coleccién: Eva Tabakian 259, I. Berenstein, Del ser al hacer 260. A. Flester, E/ nizto en andlisis y el lugar de los padres 261. J. Bleger, Psicologia de la con- ducta 262.J. Bleger, Pstcobigiene psicologia institucional 263. J.-D. Nasio, Mi cuerpo y sus imdgenes 264. M. Tort, Fin del dogma paterno 265. S. Vassallo, Escribir ef maso- uismo 266. S. Pain, En sentido figurado 267. A. Dagtal, Entre Paris y Bue- nos Aires 268. P. Bayard, jSe puede aplicar la literatura al psicoandlists? 269. S. Schlemenson, La clinica en el tratamiento psicopedagogtco 270. G. Guillerault, Delto/HWinni- cott. El bebé en el pswcoandlisis 271. R. Rodulfo, Trabajos de la lectura, lecturas de la violencia 272. S. Ons, Violencia/s 273. S. Bleichmar, Inteligencia y simbolizacién 274, G. Musachi, El otra cuerpo del amor 275. N. Fejerman (comp.), Tras- torno del desarrollo en nitios y adolescentes 276. I. Vegh, Yo, Ego, Si-mtismo 277. 8. Cohen Imach, Infancia mal- tratada en la posmnodernidad 278. L.N. Kaufmann, Soledades. Las raites intersubjetivas del autismo 279. §. Azar de Sporn, Terapia sis- témica de la resiliencia 280. D. Farberman, El psicdlogo en el hospital pedidtrico 281. J. / PB Mollo, Psicoandtisi criminologia J 282. J.-B. Pontalis, 4/ las noches 283. D. Valdez y V. Ruggieri, 4y. tis7no 284. M. A. Spivacow, La pareja en conflicto 285. C, Melman, Problemas plant- eados al psicoandlisis 286. Ortiz, La mente en desarrollo 287. S. Bleichmar, La construccién del sujeto ético 288. J. Ulnik, El psicoandlisis y la piel 289. R. Iacub, Identidad y envejec- imiento 290. A. Flesler, El nifio en andlisis y Jas imtervenciones del analista 291. L. Gusmdn, La pregunta freudiana 292. J.-D. Nasio, 3Cér0 actuar con un adolescente dificil? 293. R. Rodolfo, Padres e bijos en tiempos de la retirada de las oposiciones 294. S. Ons, Comunismo sexual 295. I, Greiser, Pricoandlisis sin divan 296. G. Pommier, ;Qué significa “hacer” el amor? 297, S. Freud, Cartas a sus hijos 298. I. Meler, Recomenzar: amor y poder después del divorcio 299. C. G. Motta, Las pelicilas que Lacan vio y aplicé al psicoandlssis 300. I. Vegh, Senderos del andlisis 301. C. Bollas, La pregunta infinita 302. R. Rodulfo, Andarrios del psi- coandtisis . 303. J.-D. Nasio, sPor qué repett- mos siempre los mismos errores? margen de J.-D. Nasio iPor qué repetimos siempre los mismos errores? Traduccidén de Alcira Bixio p PAIDOS Buenos Aires Barcelona México so de cubierta: Gustavo Macri David Nasio eee ‘Porque repetimos siempre los mismo errores? -1* ed.- Ciudad Autonoma de Buenos Aires: Paidés, 2013. 144 pp,; 22x14 cm. Traducido por: Alcira Bixio ISBN 978-950-12-4303-1 1, Psicologia. |. Titulo. 1 edicién, octubre de 2013 Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorizacién escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproduccién parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografia y el tratamiento informatico. © 2013, Juan David Nasio © 2013, Alcira Bixio (por la traduccién) © 2013, de todas las ediciones en castellano: Editorial Paidés SAICF Publicado bajo su sello Paidés® Independencia 1682/1686, Buenos Aires — Argentina E-mail: difusion@areapaidos.com.ar www. paidosargentina.com.ar Queda hecho el depésito que previene la Ley 11.723 Impreso en la Argentina — Printed in Argentina Impreso en Primera Clase, California 1231, Ciudad Auténoma de Buenos Aires, en septiembre de 2013, Tieada: 3.500 ejemplares ISBN 978-950-12-4303-1 . Nada de lo que ha sucedido, sea justo o injusto, sera anulado. Ni siquiera el tiempo, ese padre universal, podria impedir nunca que baya sucedido ni que renazca... Pindaro (Tebas, 438 a. C.) Una instantdnea clinica en la que se ve al psicoanalista escuchar a@ stu paciente teniendo presente en su mente el concepto de repeticion * La doble empatia: atributo exclusivo del psicoanalista * Definicién general de la repeticion * Los efectos benéficos de la repeticién sana: conservacién de si, plenitud personal y formacién de la identidad * Los tres retornos de nuestro pasado: en la conciencia, en nuestros actos sanos y en nuestros actos patolégicos La repeticién patologica es el retorno compulsivo de un pasado trauméatico que estalla en el presente con un sintoma o una accion impulsiva * Un ejemplo clinico del goce compulsivo: el pene-mano * Dos modalidades de la repeticién patolégica: la repeticion temporal y la repeticion tépica (Figura I y Figura 2) * La pulsin es la fuerza compulsiva del goce La teoria lacaniana de la repeticion: el inconsciente esté estructurado como un automatismo de repeticion ‘6 J-D. NASIO * La repeticion segun Lacan (Figura 3) * Un ejemplo de repeticién patologica: Bernard 0 la ne. cesidad irreprimible y repetitiva de ser humillady * Tratamiento psicoanalitico de la repeticién patolégica por medio de la reviviscencia * Cuadro de recapitulacién (Figura 4) ° La repeticién sana * La repeticién patologica * La reviviscencia terapéutica * Extractos de las obras de S. Freud y de F. Lacan sobre la repeticion, precedidos de nuestros comentarios * Seleccion bibliogréfica sobre la repeticion seguida de nuestros comentarios En este libro, me gustaria mostrarles c6mo mi expe- riencia de psicoanalista me ha llevado a la conclusién de que el inconsciente es la repeticién. Habitualmen- te, solemos decir que se manifiesta a través de nuestros lapsus, de nuestros actos fallidos o de nuestros suefios. Es verdad. Pero el inconsciente nos es mucho mas vital e intimo. ¢Qué es el inconsciente? Sin negar que sea una estructura organizada como un lenguaje, prefiero considerarlo aqui como una pulsién, como una fuerza propulsora. El inconsciente es la fuerza soberana que nos empuja a elegir a la mujer o al hombre con quien compartimos nuestra vida. Contrariamente a la opi- nién general, la eleccién de nuestra pareja no es tanto el resultado de una decisién razonada como la crista- lizacién de un compromiso amoroso cuya causa igno- ramos. Pero el inconsciente es también la fuerza que nos empuja a elegir la profesién que ejercemos y que nos confiere una identidad social, incluso aquello que nos lleva a elegir la ciudad o Ia casa en la que vivimos. ‘Todas estas elecciones, que creemos deliberadas 0 for- tuitas, se imponen empero a nosotros sin que sepamos verdaderamente por qué. No obstante, mds alld de esta constatacién, la experiencia clinica me ha ensefiado que existe otro poder del inconsciente, mucho mas irresis- tible y misterioso, al que quisiera dedicar este libro: es J-D. NASIO el poder de obligarnos a repetir. Nuestra Vida late 4 ritmo de Ja repeticién que el inconsciente impulsa, Mig que ninguna otra cosa, e] inconsciente es la fuerys que nos impulsa a reproducir activamente, desde la Prime. ra infancia, el mismo tipo de apego amoroso y el mismo tipo de separacién dolorosa que jalonan inevitablemen. te nuestra vida afectiva; en este caso la repeticién es una repetici6n sana y el inconsciente, una pulsidn de vida, Pero el inconsciente es también la fuerza que nos em- puja a reproducir compulsivamente los mismos fraca- sos, los mismos traumatismos y las mismas conductas enfermas; en ese caso, la repeticién es una repeticion patoldgica y el inconsciente, una pulsiédn de muerte. Pero, independientemente de que el inconsciente sea una pulsién de vida o de muerte, de que sea la causa de nuestras conductas repetitivas sanas o enfermas, lo Unico cierto es que es la instancia que rige la aparicién y la reaparicidn de los acontecimientos destacados que construyen nuestra existencia. Ahora bien, ¢qué es la repeticion? Quisiera introducit el concepto de repeticién mostréndolo concretamente €n una instantdnea clinica en la que los lectores podrén ver en qué medida se halla presente en la génesis del sufrimiento de aquel que se queja y cémo estd también presente en el espiritu del profesional cuando este quiere comprender la significacién de los sintomas de su P ciente. Luego del ejemplo clinico les propondré mi de- POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 13 finicién general de la repeticién y distinguiré dos cate- g y gu gorias psicoanaliticas: la repeticién sana y Ja repeticién patoldgica, en la que me detendré muy especialmente. Una instantdnea clinica en la que se ve al psicoanalista escuchar a su paciente teniendo presente en su mente el concepto de repeticién Hace un tiempo, recibi por primera vez a una joven abogada llamada Rachel. Rachel vive sola y sufre perié- dicamente inexplicables accesos de una tristeza inconso~ lable. Ella no sabe lo que la entristece. Poco a poco, a lo largo de Ia entrevista, Rachel evoca sus crisis de l4grimas inmotivadas, su impotencia para superarlas y el miedo a que su malestar se instale de manera definitiva. Mientras Rachel me habla, tengo dos ideas en mi mente. Aqui debo decir que, cuando un analista escucha a su paciente, tiene que tener ideas en su mente. No estoy de acuerdo con la afirmacién de que el analista debe escuchar a sus pacien- tes desprovisto de toda idea a priori. ;No! Es necesario gue, durante la entrevista, el terapeuta esté mentalmente desdoblado: mientras escucha lo que el paciente le dice, él tiene en mente interrogantes, hipdtesis y suposiciones, es decir, guarda en su espiritu un conjunto de precon- cepciones titiles surgidas de su formacién y de su prac- tica, preconcepciones que yo llamo “fecundas”. Todo lo i J-D. NASIO que emana del paciente, su expresiOn verbal y no verbal, atraviesa el filtro del saber tedrico y del saber hacer del profesional, criba necesaria para extraer ya las grandes |j- neas de la problematica clinica de quien consulta. Asi, al escuchar a Rachel, tengo presente dos ideas relativas a la repeticién. En primer lugar, debo llegar a reconocer el momento y el contexto en los que aparecié la primera cri- sis a la edad adulta y, mejor todavia, la primerisima ma- nifestacién de tristeza en la més lejana infancia. Siempre hay una primera vez en la que el sintoma se presenta con absoluta claridad y esta aparicién inicial es decisiva para comprender la causa del sufrimiento. Todo se decide en el primer minuto porque ese es el instante en que su impac- to es mas penetrante e imborrable que nunca. Es como si la eclosin del sintoma fuera ms reveladora de su causa que las reapariciones ulteriores. A menudo ocurre que el profesional no presta la debida atencion a la localizacién de la primera irrupcién del trastorno, cuando en realidad este dato le es indispensable para comprender la causa de la enfermedad. Por ejemplo, no comprenderemos nunca una neurosis de adulto si no descubrimos la neurosis in- fantil que aquella reproduce. Toda neurosis de adulto re- pite una neurosis de nifio, El psicoanalista deberia, pues, desarrollar el habito de buscar, durante las entrevistas pre- liminares, la primera aparicién del trastorno. Solamente asi podré el profesional establecer la serie repetitiva que se extiende desde la Primera manifestacién del trastorno hasta la mds actual. Una vez seguro de haber reconstitui- do el collar de las sucesivas apariciones sintomaticas, y@ estara en condiciones de atrib uir una significacién a ese trastorno. En este sentido, recordemos uno de los princi- {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 17 pios mayores del psicoanilisis: el trastorno que no tiene significacién en la mente del paciente retorna siem- pre en sus actos; ¢ inversamente, el trastorno que ha hallado su significacién deja de retornar. Pero ;qué quiere decir para un terapeuta “atribuir una significacién al trastorno”? La significacion de un trastorno no es otra cosa que la respuesta a una pregunta: ¢Por qué este tras- torno ha sido necesario? ¢Cual ha sido la concatenacién de acontecimientos psiquicos que lo hizo necesario? :A qué problema da solucién el trastorno? Aca deberiamos agregar: una mala solucién. Si el psicoanalista consigue responder a estas preguntas, daré ya un paso importante en la biisqueda de la causa de la enfermedad y, mas alld, un paso hacia la cura del paciente. Dicho esto, retomemos nuestro hilo. La primera idea que tengo, en presencia de Rachel, es que debo averiguar cudndo aparecié por primera vez su tristeza y cudndo reapareci6 las veces siguientes. Si establezco esta configuracion repetitiva del sintoma, podré entrever la significacién de dicho sintoma, descubrir el origen de la enfermedad, presumir el tipo clinico al que pertenece mi paciente y decidir finalmente en qué direccién orien- tar la cura. En relacién con la importancia que acuerdo al sintoma, afiadiré que puedo trabajar con un paciente durante meses y meses interesindome més en la historia de su sintoma que en su historia familiar. La verdad de un sujeto, quiero decir lo que lo define intimamente, es mas su sintoma recurrente que su novela familiar. Hay més inconsciente en un sintoma que en el recuerdo de un acontecimiento familiar significativo. ¢Qué quiero decir con esto? Que el sintoma es la verdad del sujeto, J-D. NASI la manifestacién involuntaria que lo individualiza y lo significa tal como es en lo mas hondo de sf mismo. Pero volvamos a Rachel. La otra idea que anima mi es. cucha es la de conocer los mas pequefios detalles, todos los detalles, de sus accesos de tristeza: ¢En qué ocasién? En qué momento del dia? gEn el trabajo o en la casa? Y si es en la casa, cen qué lugar de la casa? ¢Estando sola, en presencia de alguien o pensando en alguien? ¢Queé actiud corporal adopta cuando se siente triste? Y otras muchas particularidades aparentemente insignificantes cuyo cono- cimiento me permitira, como dice Freud, “observar el in- consciente” de mi paciente. Estoy convencido de que estos pequefios indicios acabardn por revelarme el inconsciente de Rachel. ;De qué manera? E] conocimiento de los de- talles de la escena del sintoma me permitird proyectarme mental, imaginariamnente, en el mundo interior de Rachel cuando se siente invadida por la tristeza. Es muy importan- te que quede claro qué significa “proyectarme mentalmen- te”. Procuro conocer los detalles de la escena del sintoma no tanto para informarme como para impregnarme de la manera en que mi paciente vive fisica y emocionalmente su sufrimiento. Solo entonces, inmerso en la escena del sinto- ma, podré ponerme en su lugar, sentir lo que ella siente y pensar lo que ella piensa. Sin embargo, me gustaria ir més lejos. Me gustaria identificarme no solo con la persona real y actual de la Rachel triste, sino ir ms allé © identificaene si ello fuera posible, con otra Rachel, una Rachel vivenal, imaginaria, — una cal nifia 0 incluso bebé, recreada en mi mente de analista Se nado y desamparado. En otros elisaines em shando- sentir lo que Rachel siente conscienterren oa... nte y, si fuera {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 19 posible -ya sea en las entrevistas preliminares, ya sea mas adelante en la cura~, sentir también la supuesta emocién que sentiria la pequefia Rachel fantasmatica que me repre- sento y de la que la Rachel adulta no tiene conciencia. Formulémoslo de otra manera. Nuestra Rachel adulta habria sentido, de nifia, una emoci6n hoy inconsciente que yo, analista, querria experimentar. La doble empatia: atributo exclusivo del psicoanalista Al sentir lo que siente el paciente cuando sufre, el psicoanalista es hermano en emocién, hermano en emocion consciente, primero, y, luego, hermano en emocién inconsciente. J-D.N. Abreviando, al focalizarme en Jos detalles del sintoma -mi segunda idea- me he identificado con Ia Rachel adul- ta abrumada de tristeza y, a partir de ahi, me he identifica- do con una hipotética Rachel nifia o bebé, victima de un traumatismo de abandono. Digo “hipotética” porque no sé lo que la pequefia Rachel ha vivido realmente. Nadie lo sabe, ni siquiera nuestra Rachel de hoy, a pesar de que Meva en lo més hondo de su ser el dolor mudo del aban- dono. Yo imaginé solo una pequefia Rachel desamparada € intenté sentir lo que este ser imaginario habria sentido. 20 J.-D. NASIO Esta tentativa de sentir en mi la vivencia consciente q la paciente cuando se siente presa de su sintoma ~prime. ra empatia-, y luego su vivencia inconsciente -segun. da empatia-, esta tentativa, decia, implica un cambio de piso: de la planta baja, nivel del sintoma, bajo al sotano, nivel del inconsciente, donde se representa una escena de teatro a la que llamo “fantasia inconsciente”. Como sj yo descendiera de la escena del sintoma donde la Rachel adulta sabe lo que experimenta, a la escena de la fantasia inconsciente donde la Rachel pequefia experimenta una emocién que la Rachel adulta ignora. De mi percepcién de la tristeza de Rachel cuando sufre su sintoma, paso a la percepcidn de una emocién de la que Rachel no es consciente y que, sin embargo, domina su fantasfa. Una fantasia —insisto— que la paciente no ve ni se representa, dominada por una emocién que la paciente no reconoce. Volveremos mas adelante sobre la nocién de fantasia inconsciente. Digamos, por el momento, que una fanta- sia es una escena difusa, de contornos casi borrados, di- fuminados, que quedé estampada en el inconsciente del nifio en el momento de un traumatismo; esta escena es indefectiblemente el soporte oculto del sintoma. Detrds de un sintoma se oculta siempre una fantasia. Definamos de manera provisoria la fantasia: la fantasia es el recuer- do inconsciente, la huella dejada en el inconsciente por un psicotraumatismo infantil. Pero Ja fantasia no es una memoria pasiva; es una herida abierta y sangrienta que no cicatriza y hace estragos durante afios —desde la infancia hasta Ja edad adulta- como un foco infeecioso que contamina todo el ser. Asi, considero la fantasia como la causa inconsciente de la depresién actual de Rachel. Aho- {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? ai ra bien, esa fantasia es precisamente lo que se me aparece en la mente. Quisiera ser claro: percibo en mi, analista, la fantasia inconsciente de mi paciente. Dicho esto, cuando hablamos de sintoma consciente y de fantasia inconscien- te, ¢dénde situamos la repeticién? Pues bien, la repeticion se encuentra en el nivel de la emocién. La emocién vivida conscientemente por la paciente cuando sufre su sintoma repite la emocién dominante de la fantasia de la que la paciente no tiene conciencia. La emocién actual cons- ciente repite una emocidén infantil inconsciente. En el caso de Rachel, la emocién infantil inconsciente se me aparecié en forma nitida cuando, en el curso de las entre- vistas preliminares, la paciente me confié que, por haber nacido prematuramente, estuvo en una incubadora duran- te un largo mes sin que su madre, enferma y en cama, se acercara a verla, tocarla y tomarla en sus brazos. Pensando en esta separacién desgarradora, compren- di que la inexplicable tristeza de la mujer de hoy era, de hecho, la repeticidn patolégica del desamparo del bebé de ayer. Asi, ese arcaico desamparo de abandono, no sentido conscientemente por la Rachel de hoy ni tampoco por la Rachel bebé —pues era demasiado violento para que su pequefia conciencia inmadura pudiera registrarlo-, no es otro que el desamparo primordial, inconsciente, que yo, analista, he intentado experimentar. Asi, he conseguido explicar el dolor de hoy como el retorno del desgarra- miento de ayer y proponer a la paciente una significacién de su sintoma esperando poder aliviarla. Una tiltima palabra para cerrar este paréntesis sobre el trabajo mental del psicoanalista y mostrar cémo la efectua- n J-D. NASIO cidn de dos empatias diferencia el psicoandlisis de las otras técnicas psicoterapéuticas. E! psicoandlisis no se define por la existencia de un divan en el cual se recuesta el paciente y de un sill6n donde se instala el que escucha. De ninguna manera. El psicoandlisis no se define por la disposicién de los muebles, ni siquiera por el enunciado inaugural de Ja regla fundamental de la asociacién libre. El psicoanilisis se define por la intensidad de la relacién inconsciente en- tre el terapeuta y el analizando. Tal relaci6n depende pre- cisamente de la aptitud del terapeuta para percibir en su inconsciente la fantasia inconsciente del paciente y operar asi una doble empatia: una empatfa en superficie con el paciente consciente y otra, en profundidad, con el paciente inconsciente. Por supuesto, esta experiencia perceptiva del psicoanalista no se da todo el tiempo ni con todos los pa- cientes, ni en todas Jas sesiones. No, estos son momentos privilegiados, relativamente poco frecuentes y, sobre todo, terapéuticos porque, si esta experiencia se produce y re- produce, el estado del paciente podra mejorar. Son estos momentos precisamente los que definen la relacién tera- péutica como una relacién especfficamente analitica. En resumen, la primera idea que guio mi escucha de Rachel! es una idea clinica; esta idea tiene que ver con la 1. Agrego que, actualmente, al cabo de cuatro afios de trata- miento, Rachel ha terminado su anilisis. Sus sintomas se atenuaron sensiblemente después de que examinéramos muchisimas veces SU 2 J-D. NASIO cién de dos empatias diferencia el psicoanilisis de las otrag técnicas psicoterapéuticas. El psicoanilisis no se define por la existencia de un divin en el cual se recuesta el paciente y de un sill6n donde se instala el que escucha. De ninguna manera. El psicoanilisis no se define por la disposicién de los muebles, ni siquiera por el enunciado inaugural de la regla fundamental de Ia asociacién libre. El psicoanilisis se define por la intensidad de la relacién inconsciente en- tre el terapeuta y el analizando. Tal relacién depende pre- cisamente de la aptitud del terapeuta para percibir en su inconsciente la fantasia inconsciente del paciente y operar asi una doble empatia: una empatia en superficie con el paciente consciente y otra, en profundidad, con el paciente inconsciente. Por supuesto, esta experiencia perceptiva del psicoanalista no se da todo el tiempo ni con todos los pa- cientes, ni en todas las sesiones. No, estos son momentos privilegiados, relativamente poco frecuentes y, sobre todo, terapéuticos porque, si esta experiencia se produce y re- produce, el estado del paciente podrd mejorar. Son estos momentos precisamente los que definen la relacién tera- péutica como una relacién especfficamente analitica. En resumen, la primera idea que guio mi escucha de Rachel! es una idea clinica; esta idea tiene que ver con la . 1. Agrego que, actualmente, al cabo de cuatro afios de tata- miento, Rachel ha terminado su anilisis. Sus sintomas se atenuaron sensiblemente después de que examindramos muchisimas veces SY JPOR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MEMOS ERE YAESE 4 repeticién del sintoma en el tiempo, el miniero de veces que se ha manifestado desde su primera aparicién, el mi- mero de accesos que Rachel ha tenido. L's lo que yo llamo la repeticién temporal del sintoma. La segunda idea es una idea metapsicolégica y estuvo relacionada con la busqueda de los detalles de la escena del sintoma, detalles gracias a los cuales lagré identificarme con la emocién consciente y luego con la emocion inconsciente de la pa- ciente. Esta es una idea que concierne a la repeticién espacial o tdépica de la fantasia: la cmocidén consciente del sintoma repite la emocién inconsciente de ta fantasia; la tristeza de 1a Rachel adulta repite el desamparo de la Rachel bebé. Asi, la repeticién espacial se produce en el seno del espacio psiquico: un elemento perteneciente al espacio de lo consciente ~el sintoma- repite un elemen- to perteneciente al espacio del inconsciente —la fantasia-. Tenemos, entonces, por una parte, la repeticién tempo- ral del sintoma, que también podemos calificar de repe- ticién horizontal porquc las sucesivas manifestaciones se extienden en la linea del tiempo, del tiempo concebido como una sucesi6n. Y, por otra parte, la repeticién espa- cial o tépica de la fantasia, que también podemos deno- minar repeticién vertical porque en clla se superponen dos manifestaciones, una en profundidad —ta fantasia— y la otra en fa superficie -el sintoma-. El sintoma consciente repite perpendicularmente la fantasia inconsciente. Mas tarde, volveremos sobre las repeticiones temporal y es- —_—_——_—. traumatismo infantil de abandona y de haberla conducido a revivir €n sesién, también en numerosas ocasiones, la soledad cruel de un recién nacido prematuro. J-D, NASIO pacial, ilustrindolas mediante dos esquemas (la figural de la pag. 65 y la figura 2 de la pag. 66). En suma, desde el punto de vista de la repetici6n, la mi- rada del psicoanalista es doble. Por una parte, mira hacia atras, hacia el pasado, para reconocer los jalones de una historia, la historia del trastorno que afecta al paciente. Y, por otra parte, mira hacia delante en busca de todos los sig- nos que emanan de la persona que le habla, para recrear, en el teatro de su imaginario, la escena del sintoma y, si fuera posible, la escena de la fantasia. En un caso, el psicoanalista es un clinico que localiza y enumera; en el otro, es un me- tapsicdlogo que supone, deduce, imagina y siente. Definicién general de la repeticién Con frecuencia tengo un suefio extrano y penetrante De una mujer desconocida a la que amo y que me ama, una mujer que, cada ver, no es verdaderamente la misma ni verdaderamente otra, y me ama y me comprende. Paul Verlaine Abandonemos por un momento el consultorio del Psicoanalista Y consideremos ahora la repeticién € sentido amplio del término, éQué es la repeticion? La repeticién designa un movimiento universal, un lati¢? ae ee POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 25 que rige el orden biolégico, psiquico, social y hasta cés- mico. Desde hace miles y miles de afios, la Tierra repite, invariablemente, la misma érbita eliptica alrededor del sol, Del mismo modo, la historia de la humanidad re- pite constantemente [os mismos conflictos y las mismas soluciones precarias. Y mas cerca de nosotros, nuestro cuerpo repite incansablemente, desde el nacimiento has- ta la muerte, los mismos gestos vitales: respirar, comer, evacuar; dormir, etc. Nuestro cuerpo repite, y gracias a la tepeticidn se consolida como cuerpo. También nuestro psiquismo experimenta a lo largo de la vida los mismos sentimientos, pensainientos y actos de los que voy a ha- blar precisamente. Pero déjenme primero dar una defi- nicion general de la repeticién. Les propongo, entonces, la siguiente definicion: Ja repeticién es una secuencia de, por lo menos, dos ocurrencias en la que un objeto apa- rece —primera ocurrencta-, lesapatece y reaparece —se- gunda ocurrencia~, cada vez ligcramente diferente aunque reconocible como el mismo objeto. La repeticién es con seguridad repeticién de lo Mismo, de la misma cosa que reaparece ~jpero atencién!-, nunca idéntica a ella mis- ma, siempre algo modificada cada vez que resurge. Cada vez que la Tierra gira alrededor del sol se produce un cambio infinitesimal. La Tierra es, cada vuelta, siempre la misma pero nunca absolutamente idéntica porque la usura del tiempo le impide mantenerse intacta. Esto es muy importante. Yo mismo, cuando comencé a trabajar el tema de la repeticién, no habfa comprendido la expre- sién “repeticion de lo Mismo”. Hace diez afios que lo estoy trabajando en profundidad y, sin embargo, cada vez aprendo algo nuevo. Por ejemplo, la frase “la repeticion J-D. NASIO es la repeticién de la misma cosa que reaparece, pero nunca idéntica a ella misma aunque reconocible como siendo siempre el mismo objeto”. |Me cost6 aiios eseri. bir esta simple frase! ¢Por qué? Porque no entendig que la repeticién es siempre repeticion de algo que jamds se verifica como idéntico. Esta es la primera de las tres leyes que presiden todo proceso repetitivo, la ley de Io Mismo y de lo Diferente, Lo Mismo nunca se repite idéntico a si mismo; por cierto, siempre ser reconocible, pero tendr4 aspectos sensiblemente diferentes. Vale de- cir, la repeticidn es el trayecto de un objeto identificable por un observador que lo vera aparecer, desaparecer y reaparecer, ligeramente diferente cada vez, en momentos y en contextos variables. No obstante, para afirmar que algo se repite en el tiempo, no basta con observar que sigue siendo lo mis- mo aunque levemente modificado; ademds hay que constatar que ese algo se ausenta entre dos presencias. Por ello decimos que la ldgica de la repeticién se rige no solo por Ja ley de lo Mismo y de lo Diferente, sino también por una segunda ley, la de la alternancia de la Presencia y la Ausencia. Agreguemos ahora la tercera condicién, esencial para que exista un movimiento repe- titivo: la intervencién de un observador que enumere la repeticion. Por ser algo evidente, solemos olvidarlo: isin observador, no hay repetici6n! éPor qué? Porque la repeticion es en realidad el resultado de una conduct reflexiva, No hay repeticién sin ustedes que ine leeM sin su cabeza contable, sin el censista consciente cuenta: uno, dos, tres.. - Para que haya repeticién, hace falta un agente human ‘0, hace falta una conciencia qu DOR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 2? primera, identfique un acontecimiento, lo extraiga del flujo incesante de la vida y cuente todas las veces que tal evento vuelve a salir a la superficie. Dicho de otro modo, nuestro pensamiento aisla un hecho saliente, lo nombra y registra la cantidad de veces que se repro- duce. Asi es como transformamos un simple hecho en significante, término central en la obra de Lacan. ¢Qué es un significante? Algunos creen que los significantes son los fonemas o las palabras. No. Un significante es el acontecimiento que nos sorprende, cuenta para noso- tros y nos modifica como sujetos. En sintesis, un signi- ficante es todo acontecimiento, todo ser o toda cosa que formalizo en una entidad susceptible de ser contada. Si bien es justa, esta definicién sigue siendo demasiado ge~ neral. Hablando psicoanaliticamente, yo deberia decir: “Un significante es toda manifestacién involuntaria de un sujeto, susceptible de ser contada por el sujeto mismo © por alguna otra persona”. Cuando, por ejemplo, hago el recuento de las crisis sucesivas de Rachel, transfor- mo las crisis en significantes. Cada crisis representa el inconsciente de Rachel en el seno de la constelacion de las crisis pasadas y futuras. Como lo expres Lacan: “Un significante representa al sujeto para otros significantes”, ¥, parafrasedndolo, yo dirfa: una crisis representa el in- consciente de Rachel para las otras crisis pasadas y por venir. Aqui habria que retomar muchas otras considera- Ciones sobre la nocidn lacaniana de significante, pero la mds importante para nuestros propésitas cs recordar en qué medida un significante constituye un eslabén en una serie repetitiva de significantes semejantes. Lo pr opio de un significance es estar en medio de otros significantes 4 J-D NASIO que se le parecen. No hay significante aislado o, Mejor atin, no hay significante sin repeticion. Digamos una cosa mas respecto del agente humang que enumera las apariciones de la repeticién. Si bien es verdad que no hay repeticién sino porque existe un cen- sista hicido que enumera las sucesivas apariciones, ese censista es ignorante de la repeticién que lo atraviesa, iQué quiero decir con esto? Que tenemos dos posiciones ante !a repeticién: o bien somos exteriores a la serie re- petitiva que enumeramos ~y en ese caso permanecemos conscientes~, o bien somos el juguete inocente de una imperceptible repeticion del mismo acontecimiento feliz o desgraciado —en ese caso, somos inconscientes-,’ o bien contamos y permanecemos fuera de lo que censamos, 0 bien estamos ciegos y nos dejarnos arrastrar por el flujo irresistible de la repeticion. Sin embargo, Lacan va atin mis lejos. No se contenta con comprobar que un suje- to puede estar atravesado por una repeticién que ignora; entiende ademés que ese individuo esta constituido por tal repetici6n, es decir, que esa repeticién moldea profur- damente su deseo, su vida y su destino. Veamos un pasa? elocuente de los Ecrits (pag. 46) en el que Lacan, identifi cando la repeticién con el orden simbdlico, propane 2. Es una situacién en la que somos cl actor pero ae de fa espectador de una repeticién que nos transports. Ese fenomen® reviviscencia. Luego, al concluir el libro, evocaremos al etic? de la reviviscencia terapéutica, figura sublime de In rep aii ® alli veremnos que el analizando, en ef momento nijsine SF eau? . emocién traumtica, es al misrno tiempo quien revive & ten se ve a si mismo revivir el trauma. (POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES! » el hombre es su producto: “Siendo la repeticién una te- eticién simbélica, resulta que el orden del simbolo ya no puede concebirse como constituido por el hombre, sino como constituyéndolo a este”. Los efectos benéficos de la repeticién sana: conservacion de si, plenitud personal y formacidn de la identidad Hay un fildsofo que, a mi entender, es quien més cla- ramente ha revelado hasta qué punto la repeticién es inmanente a la vida. En su libro mayor, Etica, Spinoza intenta resumir toda vida a una sola tendencia funda- mental, Ja tendencia de todo ser a “perseverar en el ser”. Siempre me ha maravillado esa frase tan potente que, en cuatro palabras, dice lo que es la vida. Muchos fildsofos y hombres de ciencia han intentado definir Ia vida. Algu- nos han declarado, por ejemplo, que es “el conjunto de las funciones que resisten a la muerte”, otros han dicho que la vida es “lo que no se puede abolir” e incluso se ha dicho que es “lo que se consume y produce desechos”, todas definiciones que en tltima instancia subrayan la naturaleza perecedera de la vida. Spinoza, por su parte, adopta la posicién opuesta. Destaca sobre todo Ja fuerza expansiva de la vida, el impulso que se mantiene sin des- fallecer y triunfa sobre todos los obstdculos. Como pro” pone Spinoza, “la vida es la fuerza que hace perseve 30 }D. NASIOD las cosas en su ser”. ‘Lodo ser, por el solo hecho de existir tiende a continuar existiendo y se esforzaré por todos joa medios posibles para perseverar en su scr. Al escribir cste libro, gqué hago sino perseverar en mi scr? Nuestra exis, tencia es en cada instante un plebiscito de nuestro dese de vivir. Cada dia, al levantarnos y hacer lo que tenemog que hacer, estamos diciendo implicitamente “sf” a Ja vida, Sin embargo, ignoro hasta cudndo renovaré mi afirma. cién cotidiana de vivir. Mi cuerpo sera quicn Jo decidg y, detrds de él, mi inconsciente. Por cl momento, ante mis dos amos -mi cuerpo y mi inconsciente~ agacho humil- demente la cabeza y me contento con perseverar en ¢ ser. Hoy escribo estas pdginas, mafiana escribiré otras ys mientras mis amos me sostengan, perseveraré en mi ser, proseguiré mi marcha. Pero ¢qué significa “perseverar en su ser” sino repetir- se y, repitiéndose, conservar su unidad de individuo, flo- recer ~es decir, existir lo mas posihle~ y afirmar la propia identidad a lo largo del tiempo? Me repito y, al repetir- me, conservo mi pasado porque cada VCs que me rec cuentro con él, me apropio mas de Gl; mejoro porque con cada repeticién, instruida por la experiencia, acreciento mis conocimientos, aprendo a relativizar; y finalmente consolido mi identidad porque, a fuerza de repetit, co firmo que soy el mismo ayer y hoy. En pocas palabras repito, luego existo. ¢Cudl es entonces cl objctivo dela repeticién? En realidad, la repeticidn no tiene un obje- tivo exterior a sf mismo al que aspirarfa. La repeticl? es esencialmente una tendencia irreducible que 1” ach otra finalidad mas que seguir siendo siempre una va que nos lleva a ser cada vez mas nosotros mismos {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES) 3 repeticion produce en nosotros tres efectos eminentes: preservar nuestra unidad de individuos, desarrollar al maximo nuestras potencialidades y consolidar el senti- miento de que somos los mismos ayer y hoy. Ademis, la repeticién produce un triple efecto benéfico: la conser- vacién de si, la plenitud personal y la formacién de la identidad. Repetir nos estructura, nos da seguridad y nos hace bien. Al escribir esta tiltima frase, imagino que algtin lector podria objetarme: “Pero a mi me aterra la rutina; solo aspiro a cambiar, a poder cambiar y reno- varme. Me encanta la novedad; en cambio la repeticién me cansa”. En ese caso, yo le responderia: “Ciertamente, a todos nos gustan la sorpresa, la frescura de lo nuevo, las sensaciones inéditas y los nacimientos de todo orden. jNo hay nada mas agradable! A todos nos gusta quedas- nos asombrados y hasta desconcertados por algo”. Mu- chas veces le he dicho a un paciente: “En este momento, Jo que usted necesita es que lo sorprendan. ;Hasta ese punto le pesa su aburrimiento!”. Es indiscutible que Ja idea de lo nuevo nos excita y, sin embargo, pido a los lectores que reflexionen un instante sobre la eleccion entre el placer de lo nuevo y la comodidad de Io viejo. Evidentemente, es una alternativa forzada sobre la que nunca vamos a tener que decidir, pues lo viejo siempre est disimulado bajo la mascara de lo nuevo. Nada pue- de ser enteramente nuevo ni enteramente no nuevo. En realidad, no existe lo nuevo puro. Desafio a quien diga lo contrario a encontrar algo nuevo desprovisto por com- pleto de toda huella de lo viejo. Ademas, en la carrera en- tre lo viejo y lo nuevo, invariablemente termina ganando lo viejo. eQué quiero decir con esto? Que por mas que 2 JD. NASIO hayamos cambiado y envejecido, en nuestro fiery ua no nos sentimos siempre los mismos, mAs alla de |, chi que tengamos. Esta mismidad que esta en nosotros rt coraz6n intemporal de nuestro ser. Ahi tenemos fy Vieg que triunfa mas alla de las alteraciones del tiempo, Suy esencialmente el mismo a los 6 meses, a los 2 afius, 4 lag 40 y a los 60, a pesar de los innumerables cambing (ue me han modificado, Cambio pero, repitiéndome, sigo siendo siempre el mismo. Decididamente, esta certerg de la mismidad me tranquiliza y me hace bien. Deeia antes: repito, /zego extsto, ahora debo modificar |g formula y postular: “Soy lo gue repito”. Esto no es un juc- go de palabras banal sino una manera de completar nues- tra comprension del rol de la repeticién en la afirmacién de nuestra identidad. Yo habia propuesto que al repetir- me consolidaba mi sentimiento intima de ser yo mismo. Ahora me gustaria mostrar que mi identidad no solo es un sentimiento sino que ademas es una entidad exterior ami, un ser, una cosa 0 un ideal abstracto. Mi identidad esté cn mi y fuera de mi. Lo explicaré. Al imaginar, por cjemplo, que soy una mujer, yo diria: “Me doy cuenta de que el hombre que amo hoy se parece extrafiamente al hombre que amé hace veinte afjios y cada uno de esos hambres tiene algo que me recuerda a la madre de mis seis afios”. Acabo de escribir “la madre” y no “el padre”, como podta esperarse. La experiencia me ha ensefiado que, cn la elec cién amorosa que una mujer hace de un hombre, fa madre ¢s mucho mas determinante que el padre. Es lo contrari0 de fa idea recibida segiin la cual la eleccién de una muy S€ opera siempre siguiendo el modelo de amor edipice por el padre. |Esto con frecuencia es falso! Insisto. I" POR QUE PEPE TIMOS SIEMPRE LOS MISHOS ERROMI 4? 2 eleccién de su compafiero masculino, la mujer se sien- ic impulsada a repetir el amor preedipico por su madre antes que ¢l amor edipico por el padre. Cuando la mujer ha elugido a su hombre, generalmente encontramos a la madre como la causa profunda de su eleccién y el padre aparece como la causa superficial de la misma. La mujer clige a su compajfiero primeramente bajo la influencia de Ja relaci6n inconsciente, irrazonada, con la madre y luego, hajo ta influencia de la relacién mas superficial de seduc- cién con su padre. Por esta razén, el compafiero puede presentar tal o cual aspecto fisico que reproduce los ras- gos del padre, pero lo esencial del apego afectivo que une ala mujer a ese hombre reproduce el apego inconsciente a su propia madre. Y aun en el caso en que la mujer hu- biera elegido a su marido siguiendo el modelo de su padre o de su hermano, en algvin momento de célera, durante alguna pelea de la pareja, por ejemplo, ella desplazaré ha- cia el marido Jas sentimientos odiosos que experimentaba por su madre a Ja edad del Fdipo o de la adolescencia. Hago la siguiente proposicién a las lectoras: piensen en el hombre con quien comparten su vida y preguntense si - visecralmente, en lo m4s profundo de su amor y de sus decepcioncs— la relacién que las une a él no esta pa- rad6jicamente marcada por el amor mas carnal y por los utés amargos reproches que las vinculan pulsionalmente asu madre. En resumen, la mujer repite con su marido el vinculo conflictivo apasionado establecido con su madre durante la infancia o la adolescencia. Quiero aclarar de inmediato que cuando utilizo el vocablo “madre” no me reficto a la persona real de la madre de esa MUjen nla Ja idea que ella se forjé de su madre. Su madre no €5 34 J-DNASIO persona real que conocemos como su madr ®, sino la ma. dre que estd en el interior de esta mujer. Si consideramos por ejemplo, el caso de hermanas gemelas, sabemos que cada una desarrolla una visién completamente distinta de la misma madre que comparten. Inevitablemente, cada uno de nosotros se forja una idea de la madre o del pa- dre diferente de quienes son esas personas realmente, y lo que en diltima instancia decidira la eleccién de la pareja es la proyeccién de esa imagen inventada sobre un hom- bre. Cuando yo escribfa al comienzo de este libro que el inconsciente es una fuerza que nos impulsa a elegir al hombre o a la mujer que comparte nuestra vida, lo hacia pensando justamente en la poderosa influencia que ejerce la fantasia que proyectamos en el otro, en el momento de tomar decisiones cruciales para nuestra existencia. De modo que mj identidad debe entenderse de dos maneras distintas y complementarias. Primero, es el sen- timiento de ser yo mismo que se consolida con cada repe- tici6n. Pero mi identidad est4 también fuera de mi, en el hombre o la mujer con guien vivo. Mi identidad también es él o ella y, en consecuencia, mi inconsciente se encarna en él o en ella. Mi inconsciente esta también fuera de mi, en el otro de quien yo dependo afectivamente. Aqui debo hacer una observacién importante referente @ la identidad exterior a uno. Acabo de escribir que mi iden- tidad se encuentra en el hombre o la mujer que comparté mi vida, pero tengo que ir un poco més adelante para & plicar que mi identidad no esta solo en la persona globa de mi cényuge actual, sino en un rasgo que lo/la caracte- nza. Ahora bien, ese rasgo que singulariza al hombre 0? la inujer que aino también estuvo presente en todos fos {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 35 seres que he amado desde mi nacimiento. Amamos sin sa- ber que nuestro amado de hoy tiene un rasgo comin con nuestro amado de ayer y que nuestras parejas sucesivas, empezando por nuestro padre o nuestra madre, también han tenido ese rasgo comun. Efectivamente, cuando uno eomienza una nueva relacion amorosa, a menudo se sor- prende al descubrir que su eleccién lleva [a marca de la persons amada y deseada anteriormente. Esta marca, una sonrisa singular, por ejemplo, que persiste y se repite en el primero, en el segundo y en todos los otros seres amados sucesivos de una historia, esa marca, esa sonrisa, es un ras- go, y ese rasgo, en el fondo, no es sino nosotros mismos. Si, somos el rasgo comin a todos los objetos amados y perdidos en el transcurso de nuestra vida. Ademis, te amo no por lo que tt eres, sino por esa parte de mi que levas en ti. {Quién soy yo entonces? Soy esa sonrisa que ilumi- na tu cara. Mi identidad no se reduce al sentimiento de ser yo mismo; también se materializa en esta parte de mi que brilla en el hombre o fa mujer que comparte mi vida. Allf esté mi identidad y, en consecuencia, alli es donde se encarna también mi inconsciente. Para cerrar nuestras consideraciones sobre la identi- dad y la repeticién, no puedo resistirme a Ja tentacién de compartir con mis lectores una asombrosa confidencia de Descartes en la cual este confirma nuestra tesis sobre el apego inconsciente a un rasgo: amamos a la persona amada, no por lo que es, sino porque es portadora de un tasgo que la hace deseable a nuestros ojos. Ahora, escu- chemos a nuestro fildsofo confiarnos su secreto: “Cuan~ do €ra nifio, estaba enamorado de una nifia de mi edad que bizqueaba. Cuando le miraba esos ojitos extraviados JD NASIO sentia elevarse en mi la pasién del amor. Mucho tiempo después, al encontrarme con personas bizeas, ME sentia mas inclinado a amarlas que a amar a otras, tinicamente porque tenfan ese defecto; y sin embargo, yono me daba cuenta de que era por esa raz6n. Ast, cuando nos senti- mos impulsados a amar a alguien sin saber por qué, com. prendemos ahora que eso viene de que hay algo €n esa persona semejante a lo que habia en otro objeto que habiamos amado antes, aunque no sepamos qué es” (Carta a Chanut del 6 de junto de 1647). Cuando descubri este pasaje, me senti enormemente impresionado por la actualidad de un pensamiento que nos precede por bas- tante mds de tres siglos, pero también, inversamente por la antigiiedad de nuestra reflexién psicoanalitica de hoy. Como si el pensamiento se desplegara y se repiticra fuera del tiempo. Pero, ya sea Descartes, ya sea un psicoanalis- ta del siglo XXI quien se interroga sobre los engranajes del amor, no olvidemos que la naturaleza de la emocién amorosa y la eleccién del companiero o la compaiiera se- guirén siendo siempre un misterio impenetrable. Me gustarfa terminar este capitulo recordando las dos formulas que definen [a identidad Producida por Ia repe- ticién: “Repito, Juega existo” y “Soy lo que repito”. En un ne 8 ‘dentidad “ el sentimiento de ser yo mismo, consolidada por todas la: ici : vida; en el segundo i identidad cot’ ale Opero en mi ser, la cosa o el ideal que, a lo largo de los afios, perdura y 8 afirma o parte de mi mismo. omo una (POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 7 Los tres retornos de nuestro pasado: en la conciencia, en nuestros actos sanos y en nuestros actos patolégicos Acabamos de definir la repeticién, de establecer sus efectos benéficos y, después de habernos demorado lar- gamente sobre la diada identidad-repeticién, hemos concluido con una doble definicién de la identidad, en cuanto sentimiento intimo de si y en cuanto extensién del yo en el mundo exterior. Ahora, me gustaria respon- der a la cuestién de saber qué se repite en nosotros, cudl es el objeto de la repeticién. Digamos, de entrada, que lo que se repite en mi es aquello que ya ha tenido lugar: mi pasado, un pasado que retorna sin cesar en el presen- te adoptando tres formas. Distinguimos, en efecto, tres modos de resurgimiento del pasado en el presente: en la conciencia, en los actos sanos y en los actos patolégi- cos. Incluimos e] retorno del pasado en nuestra concien- cia y el retorno del pasado en nuestros actos sanos bajo la calificaci6n de repeticién sana. En cambio, reservamos el término repeticion patolégica para designar el retor- no compulsivo de un pasado trauméatico que estalla en comportamientos irreprimibles, repetitivos, liberadores de tensién, algunas veces violentos y siempre enfermizos. El primer retorno del pasado, el mds corriente, es el que llamamos “retorno consciente del pasado”. Fs el Caso del recuerdo que reproduce una experiencia de otra €poca, Con mayor frecuencia, los recuerdos son imdage- nes visuales, pero también pueden ser impresiones s0- horas, tictiles, olfativas e incluso gustativas como la de a9 J-D. NASIO la célebre magdalena que reinstala a Proust en el dulce recuerdo de su infancia. Ese retorno del pasado a la con. ciencia es, pues, la rememoraci6n. Pero, antes de abo. . dar la otra gran forma del retorno del pasado, el retorno en nuestros actos sanos, me gustaria interrogarme sobre la calidad del pasado que reencontramos en forma de re- cuerdos. {Nuestro pasado real es el que efectivamente ya hemos vivido? Ciertamente no. La memoria siempre es caprichosa e infiel. El pasado que nos vuelve al plano de la conciencia es solo el reflejo lejano de una realidad perdida para siempre, una realidad que, inevitablemen- te captamos deformada a través del filtro de nuestra percepcién actual. Por ello decimos que el recuerdo de nuestro pasado no es mas que el fruto de una reconstruc- cidn ilusoria. Cuando pensamos, por ejemplo, en la casa de nuestra infancia, indefectiblemente nos la imagina- mos inmensa y, si volyemos a visitarla, nos decepciona encontrarla tan pequefia. La casa que dejé aquel nifio ya no es la misma a los ojos del hombre maduro. Asi, el presente opera como una lente deformante del pasado. Por consiguiente, todo recuerdo es necesariamente ¢l resultado de la reinterpretacion subjetiva de una realidad antigua y su evocacién nunca es fiel. No existe ningin pasado que no haya sido remodelado y recreado a la luz de nuestra percepcidn presente, Es por esto que decimos que el recuerdo no es el pasado sino un acto del present™ una creacién del presente Veamos ahora els to del pasado. En e forma de recuerdo sail egundo gran modo de resurg! ws yanoe St tora: € caso, el pasado re ’ ‘veri » Sino con la forma de una {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 9 de un comportamiento o de una decisién crucial que el gujeto toma sin saber que lo que lo conduce a tomar tal decisién © a realizar tal acto es su pasado que busca re- petirse. De modo tal que ya no evocamos nuestro pasado en un recuerdo consciente, sino que ese pasado se preci- pita en los actos esenciales de nuestra vida, actos que, en el momento, consideramos deliberados o fortuitos, pero que en realidad son la repeticién de un pasado urgido por reaparecer. Si, nuestros actos esenciales, como elegir a nuestro cOnyuge 0 el oficio que ejercemos 0 incluso el lugar donde vivimos, son elecciones decisivas que, sin que nos demos cuenta, actualizan un pasado ya vivido. Decia, entonces, que los actos esenciales de nuestra vida son una repeticién del pasado. Pero, ¢cudles son esos actos? Finalmente, son de dos tipos. Los actos que nos atan al ser amado, a la cosa 0 al ideal amado, y los actos que nos separan del ser amado, de la cosa o del ideal amado. Si ustedes me preguntan qué es lo que se repite en nuestra vida desde ef punto de vista psiquico, les responderia que lo que se repite es nuestra manera de amar, nuestro compromiso afectivo con un ser ama- do, con una cosa amada como una casa, una ciudad o un pais, o incluso con un ideal amado. Nosotros repeti- mos una manera de amar pero también una manera de separarnos, de hacer el duelo de Ja pérdida del ser que amamos, Lo que repetimos son siempre Jos actos liga- dos al amor o ligados a la separacién. Asi, cada retor- no en acto de un pasado feliz en el que hemos amado, 0 de un pasado doloroso en el que hemos sufrido una Pérdida, es un acto esencial que acrecienta nuestro ser. Cada prueba dificil que atravesamos 0, al revés, cada 40 J-D. NasiO momento feliz que vivimos es una nueva capa que se afiade a nuestro yo y se funde con las antiguas Capas que constituyen la base de nuestra personalidad, ¢Qué somos en realidad? gQué es nuestro yo de hoy sino la sedimentacidén de todos los retornos en acto de un pasado afectivamente intenso, ya sea feliz 0 doloroso? No caben dudas de que nuestro pasado, en su totalidad, nos sigue permanentemente: lo que hemos sentido, pensado, querido, desde nuestro primer despertar y aun antes, est4 allf, obrando en el presente. Nosotros somos nuestro pasado en acto. Si, el ser que somos es, en este minuto mismo que se nos escurre, la ultima repeticidn de nuestro pasado. Yo mismo, al dirigirme a los lectores, Soy en este instante el resultado de todo lo que fui, de todas las prue- bas felices o dificiles por las que he pasado. ¥ diré, como en la cancién de Edith Piaf: “;No, ada, nada de nada, no me arrepiento de nada!”, puesto que todo Jo que me precede me ha llevado a ser el que soy hoy ante ustedes, lectores, y ante mf mismo. En una palabra, somos nuestro pasado actualizado; pero ¢qué digo? Somos nuestro in- consciente actualizado, un inconsciente que no esti de- tras de nosotros sino en nosotros, condensado en el aqui y el ahora del acto destacable que acabamos de sefialar. Cuando Piaf canta “No, nada de nada, no, no me arrepien- to de nada!”, no es una neurética que se lamenta porque querria rehacer su pasado. Por el contrario, es un sujeto orgulloso de su pasado aunque este haya sido a veces tor mentoso, un sujeto que estd de acuerdo consigo mismo ys para decirlo sin vueltas, un sujeto que esté en paz con SU Propio inconsciente, Mientras el sujeto que estd en paz consigo mismo acepta e incluso ama al inconsciente ¥° (POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 4t lo hace ser tal cual es hoy, el neurético en crisis, ator- mentado por su historia, lucha consigo mismo, contra su propio inconsciente que lo horroriza porque las decisio- nes que toma © las acciones que emprende desembocan siempre en los mismos fracasos y en los mismos errores. Tenemos asi el retorno en un acto sano de un pasado afectivamente intenso y reprimido, y el retorno en un acto patolégico de un pasado traumatico. Completo esta idea diciendo que el pasado traumatico est4 forclui- do y reprimido. En el capitulo siguiente, justificaré el uso del término “forcluido” en este contexto. Por el momento, digamos que la primera forma de repeticién en un acto sano es la de un inconsciente que asimilamos a las pulsio- nes de vida que apuntan a extender el ser. La otra forma de repeticién en un acto enfermo es el retorno de un pasado traumitico. Es la actualizacién violenta de un inconsciente que asimilamos a [as pulsiones de muerte, que, en oposi- cidn a las pulsiones de vida, reducen el ser al nticleo de un trauma. Las pulsiones de vida unen, integran y amplfan el ser, mientras que las pulsiones de muerte separan, aislan y reducen el ser a su estado més crispado y doloroso. Cuan- do el que remonta a la superficie es el inconsciente-fuerza de vida, el pasado que se impone se inserta naturalmente en la acci6n presente, se incorpora a la vida y se manifiesta a menudo a través de actos creativos. Cuando, en cambio, el que se precipita en una accidn salvaje y compulsiva es el inconsciente-fuerza de muerte, el pasado que se impo- ne hace tambalear el presente y nos desestabiliza. En el caso del inconsciente-fuerza de vida, se trata de un pasado relativamente intenso y perturbado y, por lo tanto, repri- mido, aunque a la espera de retornar para integrarse en el 2 J-D. NASIO presente cuando las circunstancias del momento lo exijan, En el caso del inconsciente-fuerza de muerte, se trata de un pasado traumitico y, por lo tanto, forcluido antes de ser reprimido. Es un pasado que solo ansia exteriorizarse repetitivamente perforando de manera brutal la corteza del yo para tomar en él la forma de un sintoma o de un paso al acto. Anticipo lo que diré en el proximo capitu- lo afirmando que, una vez vivido, forcluido y reprimido, el trauma ~sindénimo de emocién traumatica— solo aspira impacientemente a ser revivido, una y otra y otra vez. El trauma es paradéjicamente una droga y el traumatizado, un adicto a esa droga. El trauma llama al trauma. En suma, los tres retornos de nuestro pasado se pue- den distinguir del siguiente modo: Los tres retornos de nuestro pasado: > La |repeticin] sana o [rememoracion] es el retorno ala conciencia de un pasado olvidado. > La|repeticion comportamient: reprimido. sana es el retorno en nuestros Os sanos de un pasado intenso y » La [repeticién] patolégica es el retorno compulsivo €n nuestros sintomas y comportamientos enfermos de un pasado traumitico, forcluido y luego reprimido. Ahora hablaremos precisamente de la repeticiOn p?- tolégica y compulsiva que lleva a numerosos pacientes 4 hacer consultas, | } t jPOR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 3 La repeticién patoldgica es el retorno compulsivo de un pasado traumatico que estalla en el presente con un sintoma o una accién impulsiva Las emociones inconscientes no quit Ser remem: sino que aspiran a reproducirse. El enferma quiere actuar sus pasiones. Sigmund Freud Vayamos ahora al tema mds importante de este libro. Me refiero a la repeticién patolégica y compulsiva que conduce a muchos pacientes a consultarnos. La repeti- cién patolégica caracteriza numerosos cuadros clinicos psicopatolégicos tales como: - la repeticion inexplicable de fracasos graves; - lamultiplicacién de rupturas amorosas incompren- sibles; - los trastornos obsesivo-compulsivos; - y finalmente, toda la gama de las conductas adic- tivas como la toxicomania, la perversidn sexual, la dependencia del juego, la delincuencia y también la bulimia o la anorexia. éQué es, pues, la repeticién patolégica? Respondo de éntrada modificando la definicion general de la repet- 44 J-D. NASIO cién que propuse antes: la repeticion patolégica €suna sucesién de al menos tres ocurrencias -Y no dos, pues es insistente y compulsiva-, en Ja cual una emocién traumatica vivida por un nifio, violenta, forcluida y reprimida aparece, desaparece, reaparece y reap. rece aun algunos afios mas tarde, en Ia edad adulta, adquiriendo la forma de una manifestacion psicopa- tolégica irreprimible cuyos paradigmas son el sinto- ma y el paso al acto. Pero gcudl es ese pasado traumé- tico que retorna sin cesar, siempre semejante? ;De qué naturaleza es esta emoci6n infantil que se precipita en el presente y hace sufrir? Digd4moslo claramente: el “es- pectro” de la repeticién patolégica, el Mismo que ator- menta al sujeto es una emecion aguda y violenta vivida durante la infancia o la pubertad, durante un episodio traumdatico a medias real, a medias imaginario, de cardc- ter sexual o agresivo o triste, en el cual el sujeto se sintié en el centro del acontecimiento, ya sea como victima, ya sea como agente, ya sea como testigo. Semejante emo- cién, que abate al nifio o al preadolescente antes de que este pueda reprimirla, no es una emocién pura. Uno no puede abreviarla diciendo que “el nifio sufrié un episo- dio de abuso sexual”, ni siquiera que “el nifio fue maltra- tado”, ni que “el nifio fue abandonado”. No. Todas ests formulas son ciertas pero no dicen Io que experimenté verdaderamente ese nifio o esa nifia, no describen cual fue la conmoci6n que sufrieron en el momento del in- cidente. La emocién infantil fulminante es en realidad uA compuesto de emociones extremas y contradictorias, tna mezcla de espanto, de asco y algunas veces de place! jPOR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? vivido por el nifio o la nifia abusados sexualmente;3 una mezcla de espanto, de dolor, de odio y, en algunos casos, de placer, igualmente extremados, yividos por el nifio o la nifia maltratado/a y, por ultimo, una mezcla de espanto, de tristeza y hasta de odio, vivido por el nifio o la nifia abandonado/a, Ahora bien, yo designo estas mezclas de emociones exacerbadas con el término laca- niano “goce”. ¢Qué es el goce? En el contexto de este escrito sobre la repeticién, yo lo definiria del siguiente modo: El goce es una concrecién de emociones agudas, violentas y contradictorias experimentadas por el nifio que sufre un traumatismo. Son emociones experimen- tadas pero no registradas por una conciencia inmadura y oscurecida por el espanto. El goce es, pues, una mezcla de emociones vividas pero no representadas consciente- mente, confusamente sentidas y no asimiladas por el yo traumatizado. “No puedo decir —declaraba un analizan- do al recordar una agresién sexual— qué sensaciones y qué emociones tuve entonces. No entendia nada, estaba paralizado, tembloroso, palpitante”. Este fenomeno extrafio de vivir una emocién desbordante sin tener conciencia de vivir- la, sin poder identificarla, sin poder darle un nombre, 3, Me produce dolor escribir que un nifio, que ha sufrido una agresion sexual, pueda probar el placer, aun cuando sea un placer horroroso, inasimilable para un yo inmaduro. Y sin embargo, ¢s una realidad comprobada por todos los clinicos y en particular por Freud Cuando escribe “los incidentes sexuales no necesariamente producen displacer; fa mayorfa son placenteros. Consecuentemente su Tepro- duccién viene por lo general acompafiada de placer. Un placer ie ¢ste género constituye una compulsién”. Carta 52 en Los origencs del psicoandlisis, Buenos Aires, Amorrortu, 1978-1985, vol. I 6 J-D. NASIO en una palabra, sin poder simbolizar la, lo calificg con g término lacaniano de “Forclusién’ ©; Mejor atin, eon la expresién que les propango de “ictus forclusivo, emoci6n es tan fuerte que estoy COMO cilego, sin eo, ciencia de que la vivo. EJ término médico de “ictus me parecio el mas apropiado para designar €S€ Momenty sibito de ceguera psiquica. En efecto, el nifio, conmoy}. do por el traumatismo, forcluye el goce: lo siente en su cuerpo pero no se lo representa en su cabeza. Estg com atacado de agnosia emocional, es decir que no fecono. ce las emociones que sin embargo percibe; las Percibe sin representarselas en la mente. Precisamente esta ex. clusion del goce de] mundo de las representaciones, del mundo simbédlico, es la que lo hace mas virulento y mas determinado que nunca a resurgir una y mil veces ul cual, idéntico a si mismo. El goce del nifio, agudo y vio- lento, inadmisible por el mundo simbélico deviene una emoci6n incoercible que quiere cargar el cuerpo ahora adulto con su tensién ardiente. Hace un momento, es- ccibj: “El trauma Hama al trauma”; ahora lo traduzco: El goce Ifama al goce. Lacan definia la forclusin dicien- do: “Lo que esté excluido de lo simbélico reaparece en !o real”. Hoy diria: el goce excluido de lo simbélico ena niftez reaparece en lo real de una accion compulsiva en la edad adulta. Propongamos ahora la misma idea pero formulada diferentemente: el goce ha nacido gace en un Cuerpo joven y quiere renacer goce en un cuerpo adulto. Me gustaria volver a plantear ahora la cuestion del cardcter compulsivo del goce y responderla de ma- nera sintética: {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? i Por qué un sujeto adulto tiende a repetir -sin darse cuenta- una experiencia tan penosa como el traumatismo infantil que sufrid, cuando el buen sentido nos Ilevaria a pensar que convendria, mas bien, olvidarlo? ;Por qué el goce quiere resurgir compulsivamente? Tenemos cuatro respuestas posibles y complementa- rias: la simbélica, la econémica, la clinica y la genética. > Primero, la respuesta simbélica que acabamos de bosquejar. La causa de la repeticién compulsiva del goce se resume en tres palabras: falta de simboliza- cién. “Lo que ha sido excluido de lo simbélico —for- mulaba Lacan- reaparece en lo real’, Parafrasedndolo, yo enuncio: el goce excluido de lo simbdélico reaparece compulsivamente en lo real de una acci6n descontro- lada. Si, en el origen de ese encarnizamiento del goce por reaparecer esta la no simbolizacién de ese goce, €s decir, su forclusién, su falta de representaci6n cons- ciente y, en consecuencia, su no integracion en el yo del nifio. ;Por qué? Porque toda emocidn fuerte, no anclada en la conciencia mediante una representacion, una vez relegada en el inconsciente, queda aislada, es decir, cortada de la red de todas las demas representa- ciones inconscientes que se comunican entre si. Este aislamiento, esta segregacién, es lo que encierra al goce en si mismo y le impide distribuir su sobrecarga de tensién entre las demés representaciones. De pron- to, el goce erra en el inconsciente como una bola de 48 J-D. NASIO fuego enloquecida en busca de la menor ocasién parg elevarse a la superficie y abrasar el cuerpo nuevamen. te. Nacié goce en un cuerpo joven y quiere renacey goce en un cuerpo de adulto. > No obstante, proponemos otra respuesta simb6- lica. Puesto que el goce no ha estado atado a una representacién, podemos suponer que su tendencia compulsiva a reaparecer es en realidad una busqueda de la representacién que le falta. En efecto, el sin- toma recurrente o el comportamiento imprevisible en los cuales el goce procura exteriorizarse pueden considerarse una provocacién, una Ilamada dirigida a alguien susceptible de nombrarlo y de encontrarle asi la representacién que podria por fin calmarlo. En efecto, la simbolizacién apacigua el goce pues permi- te “socializarlo” integrandolo en el conjunto de las emociones corrientes. » Pasemos ahora a la respuesta econdmica. El goce traumatico infantil, aislado y sobrecargado de tensién, quiere ser revivido en una manifestacién impulsiva que opera como una valvula de liberacién de energia. El goce inicial se repite y se repetiré hasta tanto no se evacue su sobretension. » La respuesta clinica se concentra en la a: ngustia. En efecto, durante el episodio traumitico, la agresion st- bita y desmesurada de la que fue victima el nifio no le ha dejado tiempo para angustiarse y, por lo tanto, de {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 8 buir del peligro y protegerse. En suma, le ha faltado la angustia que le habria permitido temer el peligro y prepararse para afrontarlo. Pues bien, el sujeto adulto que sufrié un traumatismo infantil trata de encontrar, particularmente en sus pesadillas, una situacién seme- jante de peligro y de revivir la misma prueba, pero esta vez sintiendo la angustia correspondiente. Asimismo, el sujeto trata de transformar lo espantoso en angus- tiante. > La ultima respuesta es una respuesta de orden gené- tico. Desde sus primeros trabajos, Freud considera que el sujeto traumatizado queda fijado a la experiencia malsana de satisfaceién que ha significado su trauma- tismo. Como si el nifio o la nifia agredido/a hubiese impreso en su inconsciente un prototipo degenerado de respuesta a las excitaciones masivas. Por lo demas, el sujeto adulto no conocerfa ningiin otro modo de sa- tisfaccién que este, brutal, experimentado en el trans- curso del traumatismo. Asi es como vemos hombres y mujeres que llegan a la consulta porque no pueden detener su busqueda irrefrenable del mismo placer mezclado con dolor -el goce- que vivieron durante el traumatismo experimentado en su infancia. Por lo tanto, podemos explicar la causa de la repeticién pato- légica como Ia atraccién irresistible ejercida por un modelo excluyente y malsano de satisfaccién. > En suma, gpor qué el goce quiere resurgir compulsi- vamente? Para que la angustia lo nombre, para que lo | }-D. NASIO 50 descargue, para que lo complete y, sobre todo... tie que, en verdad, su naturaleza es seguir siendo Boce. Fy el fondo, que el goce aspire a ser nombrado, descarg,. do o incluso atemperado por la angustia son todas in- tenciones que nosotros le atribuimos. En realidad, el goce no pide nada, no quiere cambiar nada. Quiere continuar obstinadamente su movimiento y permane. cer tal cual es, idéntico a si mismo. Aqui debo hacer una precisién importante. El nifio traumatizado que no ha logrado forjarse una represen- tacién simbédlica de lo que experimenta consigue, al menos en su inconsciente, moldear el goce en una re- presentacién en imagen més elemental de lo que ha- bria sido una representacion lograda mediante la idea- cién consciente. A falta de una representaci6n conscien- te, el goce se enquista en una representacién escénica inconsciente que Freud habria identificado como una “representacion de cosa”. El goce reprimido resulta, pues, enquistado en una escena cuya accion ha quedado congelada y que llamamos “escena fantaseada”. Es una escena apenas esbozada, de contornos borrosos, sobre- none deere a ie are el inconsciente, impa- cuadro muy impreciso = aa jes en accién 0, a weve on ons saceearees peso primer plano, ei el que se Cie de los personajes cee do panes eaeepoien najes ¢ ndo una parte del cuerpo de otro. He aqui un ejemplo breve tomado del de Ber- nard a quien fos lectores conocer ir eo er in en el ultimo capitulo. REPETIMOS SIEMPI jPOR Que S SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 5 De nifio, Bernard fue testigo de una discusidn violenta y hasta sangrienta entre sus padres, y sintié confusamente e| estupor ante lo que veia, el espanto y el dolor de yer a su madre herida, molida a golpes, la ira contra ese padre brutal y la impotencia de no poder interponerse. Aquel nifio no conservé en su inconsciente otra cosa que la imagen congelada del cuello grécil de la madre apre- tado por las manos crispadas del padre que aullaba su odio. Tomemos otro ejemplo, el de una nifia impuber, victima de toqueteos indecentes, cuyo inconsciente con- servard la impresién fugitiva de la escena cargada de una mezcla emocional de espanto, de asco, pero también de la voluptuosidad provocada por el roce sobre su pierna del sexo turgente de su hermano mayor. En ese caso, la escena que flotard en el inconsciente de la nifia, de la adolescente y de la mujer adulta luego serd de predomi- nancia tactil. Digo bien “que flotard en el inconsciente” y no “que aparecera en la conciencia”. Para que seme- jante imagen tactil, cargada de asco y de placer, se vuelva consciente, har4 falta todo el trabajo de un anilisis, la instauracion de una relacién transferencial de confianza con la paciente para que ella reviva en varias ocasiones el goce traumitico y asf consiga disiparlo. Mis adelante, profundizaremos en detalle de qué modo revivid Ber- nard su emocién traumatica en el transcurso de la cura. Aun cuando nos cueste admitirlo, la escena visual, audi- tiva, tactil u olfativa que fija y teatraliza el goce erra en el inconsciente sin que el sujeto consiga representarsela conscientemente. El nifio traumatizado, a lo largo de toda su vida, estari parasitado, més que parasitado, mpregnado, por una escena nociva que no llega a J-D. NASIO 52 ver y que, sin embargo, le dicta sus acciones Y sus elecciones compulsivas. Yo llamo precisamente “escena fantaseada* incons. ciente” a esta representacién escénica del goce, esa pan- tomima emocional que considero el objeto incoercible que, sin cesar, tiende a exteriorizarse, vale decir, a mani. festarse mediante un sintoma o una accién no conside- rada. Decia yo antes que lo Mismo que se repite es el goce; ahora completo la idea: si, es el goce, pero puesto en escena y enquistado en una fantasia. En consecuencia, cuando enuncio que el objeto que se repite es “lo Mis- mo”, “el goce” o “la fantasia inconsciente”, estoy usando expresiones perfectamente equivalentes. Sin embargo, pensando en Ia clinica, la formulacién més lograda que podemos proponer es la siguiente: lo Mismo que se repi- te, que no cesa de aparecer, que desaparece y reaparece compulsivamente como un trastorno psicopatoldgico, es una fantasia que erra en el inconsciente. Entendémonos. No confundamos el pasado traumético que se repite en 4. Debo matizar y decit aqui que muchos nifios traumatizados han sabido encontrar a lo largo de su vida los recursos necesarios para debilitar la escena nociva y encauzar la repeticién. Una escent fantaseada es la huella dejada por un psicotrauma en el inconscient de un/a nifio/a o Preadolescente que ha sido victima 0 que imagin® haber sido victima de una agresién sexual, de maltrato o de aba" dono o, también, que haya sufrido regularmente microtrauma aoe oes un periodo de su vida, durante la etapa del re eapejo De ee unoide los padre sha att? la pila : ‘Oticas de su nifio. Asi es que 4 ent Fgulenite formula: la escena fantaseada es el recuerdo incons” de un Psicotraumatismo infantil, {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 53 el presente con el pasado cumplido, el de los aconteci- mientos lejanos felices o desdichados de los que el sujeto puede conservar 0 no un recuerdo. No. El pasado que nos interesa es el pasado perturbado y reprimido, en el caso de la repeticién sana y, sobre todo, el pasado trau- mitico, en el caso de la repeticién patolégica. No obs- tante, en el curso de nuestra prdctica cotidiana de analis- tas, con frecuencia nos encontramos con pacientes que, sin ser neurdticos graves, atraviesan sin embargo perio- dos de crisis debido a Ja marea creciente de un pasado puntualmente traumatico. Recordemos aqui que olvi- dado no es sindénimo de reprimido. Puedo rememorar un pasado olvidado, mientras que actéo mi pasado repri- mido (Ja repeticién sana) o mi pasado traumatico (la re- peticién patoldégica). Este ultimo es un pasado que es- conde una fantasfa inconsciente sobreexcitado, impa- ciente por exteriorizarse, que brota repetitivamente a la superficie del yo adoptando la forma de una manifesta- cién compulsiva. De modo que lo hemos comprendido. El objeto de la repeticién patolégica es una fantasfa inconsciente. Sea. Pero zcémo se repite? Se trata de una doble repeticién: en el tiempo y en el espacio intrapsiquico. En el tiempo, vemos un sintoma recurrente que se repite y, en el es- pacio intrapsiquico, vemos el mismo sintoma repetr la fantasia inconsciente de la cual es reflejo en la superficie del yo (véanse infra nuestras figura 1 y figura 2). Esta ¢s la razon por la cual yo afirmaba al principio que, cuando un analista se encuentra ante un trastorno psicopatoldgi- co, debe identificar automdticamente cudntas veces s° ha 54 J-D. NASIO repetido en el tiempo ese trastorno y suponer que detras del trastorno hay una escena fantaseada inconsciente, una escena que, en primer lugar, habra que reconstruir intelectualmente y, luego, percibir intuitivamente, antes de Ilevar al paciente a que la concientice y reviva emo- cionalmente. Luego, con el ejemplo clinico de Bernard, retomaremos esta cuesti6n con mis detalle. GENESIS DEL GOCE COMPULSIVO Quisiera ahora esquematizar la secuencia de las dife- rentes etapas de la génesis del goce compulsivo. Cada vez que ustedes se encuentren ante un paciente que presen- ta un comportamiento compulsivo y repetitivo, podran guiarse por la siguiente secuencia: 1. Psicotraumatismo en el nifio, es decir aflujo masi- vo y subito de una excitaci6n en un yo infantil demasiado débil para amortiguarla. Si mientras estamos aca, Dios no lo quiera, se nos cae el techo, eso seria traumatico, porque no tenemos la capacidad de asimilar una excita- cidn tan brutal e imprevisible como esa. “Traumatismo” es un vocablo que se puede resumir en una simple ecua- cién: mucha excitaci6n para un Yo que no puede con- tenerla. No olvidemos que el psicotraumatismo puede ser una efraccién tnica 0 una serie de microefracciones frecuentes y repetidas. A menudo, el psicoanalista busca descubrir en la historia de su paciente un tinico aconte- cimiento traumatico que explicarfa los comportamientos IPOR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? enfermos y compulsivos. Pero la causa de esos compor- tamientos a veces puede ser una sucesién de microtrau- matismos que se acumulan progresivamente durante dos o tres afios. De todos modos, cada microtraumatismo es siempre provocado por el intolerable impacto de un exceso de excitaciédn en un Yo demasiado débil para asi- milarlo. Un exceso de excitacién que puede ser no solo de dolor sino también de placer, e incluso exceso de pre- sencia o exceso de ausencia del adulto del cual depen- de el nifio, en general la madre. Cuando digo “exceso de ausencia”, pienso por ejemplo en el caso de un bebé abandonado, tal como Rachel; y cuando digo “exceso de presencia”, pienso en el comportamiento malsano de una madre que ahoga a su nifio con un exceso cotidiano de ternura sensual, ansiosa y posesiva. Es por ello que po- demos considerar el Complejo de Edipo no solo como un pasaje obligado en la evolucién normal del nifio, sino también un periodo eminentemente traumdatico, causa de numerosos trastornos neurdticos de la edad adulta. Retomemos ahora nuestra secuencia. Luego del psi- cotraumatismo tenemos: 2. Irrupcién violenta en el nifio de un magma emocio- nal que Ilamamos “goce”. 3. Forclusion del goce o falta de simbolizacién. Podria haber dicho “Forclusién del significante del Nombre- del-padre”, pero prefiero no centrarme en el significante y formular directamente forclusién del goce. Efectiva- mente, cuando Lacan habla de forclusién es siempre for- clusién de un significante, forclusién del significante del Nombre-del-padre, porque considera que la falla princi- pal reside justamente en la ausencia del significante que 56 J.D. NASIO debiera representar al goce. Un significante tendria gy, haber venido y no vino, tendria que haber ocupade 4 lugar de Nombre-del-padre y no pudo. Sin embargo, ¢| desarrollo de mi propio trabajo me Ilevé a pensar Gis lo importante no es tanto la falta de fijacién de la ama- rra significante como la deriva del goce no amarrado, Lo esencial para mi es la materia emocional que, desprovista de su atadura significante, se transforma en una bola de fuego desenfrenada en el inconsciente. 4. Pero antes de que el goce no sea reprimido y se convierta en esta bola de fuego enloquecida, hay que sa- ber que, en el momento mismo del traumatismo, el goce se envuelve —por asi decirlo— en una imagen escénica, en un velo en el que esté impresa una escena que llamamos fantasia, fantasia inconsciente. ;Por qué “inconscien- te”? Porque apenas formada la fantasia es ya reprimida, relegada en el inconsciente. Como ven, he preferido si- tuar la forclusién antes que la represién. Se trata de dos mecanismos de defensa del Yo complementarios. Primero Forclusién del goce porque no es simbolizado e inmediatamente Represién de la fantasia que contiene el goce, porque la fantasia y el goce son relegados en el inconsciente. 5. Relegado entonces en el inconsciente, el goce; siempre enfundado en la fantasia, queda reprimido du- rante muchos ajios, desde el traumatismo infantil hasta la edad adulta. 6. Durante este periodo de incubacién, el goce -for cluido, reprimido en tanto que fantasia, aislado y erran- te- fermenta, se agita y aspira solamente a una cosa: PO der perforar la superficie del Yo y surgir de repente en un (POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 57 cuerpo devenido en adulto. Es precisamente este estado febril de un goce confinado en el inconsciente lo que me inspir6 la metdfora de la virulenta bola de fuego. 7. A la edad adulta, el goce estalla periddicamente en actos compulsivos, irreprimibles y repetitivos. UN EJEMPLO CLINICO DEL GOCE COMPULSIVO: EL PENE-MANO Pienso ahora en un paciente que recibi antes de ve- nir aqui, un hombre de 34 afios, muy bien posicionado econdémicamente, en pareja hace mas de dos afios, con el proyecto de casarse pronto. Este paciente me dice: “Vengo porque tengo un problema: mi compafiera —que est4 aqui en la sala de espera~ descubrid que muy se- guido entro a escondidas en Internet para masturbarme con imagenes pornogréficas. Ella quisiera -y yo tam- bién— que esto se termine; no podemos casarnos mien- tras esas ganas se repitan”. Como les dije al principio, cuando escuchamos una declaraci6n como esta pensa- mos inmediatamente en la repeticin temporal del sin- toma. Es un pensamiento automatico que me conduce a preguntarle, por ejemplo, cudnto tiempo hace que se masturba de esta manera. Me responde que hace mucho tiempo, desde muy joven. Operé entonces lo que llamo la rectificacién subjetiva, es decir, la rectificaci6n del sentido que el sujeto otorga a su sintoma. “Operar una rectificacién subjetiva” significa modificar en el paciente el angulo, la perspectiva bajo la cual él vive e interpre- ta su sintoma. En el caso de Alberto —Ilamémoslo asi-, 58 J-D. NASIO el problema no era su inclinacion por la Masturbacign secreta; el problema no era que él engafiaba a sy Comp;. fiera con una imagen sexual. Poco a poco, a medida gue avanzaba la entrevista, descubro que Alberto sufre de tal adiccién masturbatoria que le es imposible eyacular gj no es con su mano. Es decir que él podfa Penetrar a jy mujer, pero para eyacular debia retirarse y masturbarse, “cY eso le ocurre ahora con Emilia o bien es un hibj- to que ya ocurrié con otras mujeres?”, le pregunté, “Yy me pasé con mi primera pareja, relacién que duré ocho afios, sin lograr nunca eyacular en el interior de su sexo. De hecho, yo no he eyaculado jamds en el interior del cuerpo de una mujer”. Es ahi que me acerco, le tomo la mano derecha con total naturalidad —sin que él se mani- fieste sorprendido- y, golpeteando la palma, le explico: “El problema es que su sexo, quiero decir su pene, est como pegado aqui, en la palma de su mano. Para poder eyacular, su pene tiene la imperiosa necesidad de sentir la piel de su palma y sentirse sacudido con un ritmo qué solo usted conoce”. “Nunca habja pensado en eso”, me dice. “Lo que nosotros tenemos que lograr, usted y Y% es despegar el pene de su mano”. He aqui la rectificacion subjetiva: un paciente ™ consulta por su dependencia de la imagen pornogrifi ca y yo desplazo el problema hablindole de la depende™ cia de su S€xo respecto de su mano. De una dependenc# ‘a cant dependencia tactil. La dificultad ie sino logramos rom ae eee Cameyacnlaion)? mano pene del aa esta antigua adiccion jos sal vo Si recurre a wana amano, no tendra nunc asisti® Procreaci6n médicamente yPOR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 59 Otros pacientes ya han estado obligados a solicitar una procreacion médicamente asistida por trastornos muy parecidos a los de mi paciente actual. Recuerdo haber recibido a un hombre de unos 40 afios, que sufria de una impotencia radical. No podfa penetrar el cuerpo de su mujer porque vivia bajo el imperio de una fantasia en la que el sexo femenino estaba tan herméticamente cerrado que él temia aplastar su pene contra una supuesta puerta metalica que cerraba la vagina. Para volver al caso de Alberto, espero que en los préxi- mos meses podamos desinvestir la mano y desconectar la pareja mano-pene. En todo caso, estoy seguro de que nuestra teorfa de la forclusién del goce puede ayudar- nos a encontrar en la juventud de Alberto un incidente o una serie de microincidentes en el curso de los cuales fue engendrado el goce. Un goce que incubé durante va- rios afios hasta exteriorizarse en la adolescencia bajo la forma de una masturbacién febril ¢ invasora. Cada vez que Alberto necesita masturbarse, cada vez que obedece a la exigencia pulsional indomable de empufiar su sexo y sacudirlo ritmicamente, estemos seguros de que se trata de una resurgencia del goce compulsivo. Esta es la hi- Pétesis que les pido que piensen cuando estén frente a un paciente como Alberto: el acto compulsivo de hoy se explica por la aparicion brutal de un goce generado en la €poca de la infancia o de la pubertad. : Una palabra mds a propésito de mi gesto de analis- ta de tomarle la mano al paciente, mostrarle la palma y Sefialarle que su pene esta pegado a ella. Si lo hice, fue en total y plena conciencia del profesional que soy. Fue un gesto simple, natural, yo dirfa desafectado, recibi- J-D. NASIO do por el paciente con la misma naturalidad, Pero viy do como una revelacién impactante. Debo agregar a cuando ensefiamos y damos cuenta de nuestras Propin intervenciones en sesién, no somos nada indiferentes al efecto que nuestra palabra puede tener en los alumnos més jévenes. Soy consciente de que corro el Tiesgo de ver a algunos de nuestros lectores practicos Teproducir mecdnicamente, como por mimetismo, nuestra mane. ra de trabajar con el paciente. Es el problema de todg psicoanalista que ensefia. Cuando les relato que toco |; mano del paciente, debo precisar que jamés lo hubier, hecho en mis treinta afios de oficio. jLo estoy haciendo solamente ahora a los 48 afios de oficio! Dirigiéndome a los jévenes analistas, les pido entonces por favor: ;no toquen la mano del paciente sentado delante de ustedes! La intuici6n de un buen clinico, deberia decir, el incons- ciente instrumental de un buen clinico, es el fruto de una larga maduracién en el correr de una larga practicay de una constante reflexion te6rica. Dos modalidades de la repeticién patolégica: la repeticién temporal y repeticién tépica La repeticion temporal es una sucesién de repeticion? tépicas que se suceden en la linea del temp jD® {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 61 Ha Ilegado el momento de profundizar en Jas dos modalidades de la repeticién patoldgica, la temporal y la topica. La repetici6n temporal del sintoma es una repeticion identificable y contable: el paciente la sobre- lleva, la cuenta y la comparte con el terapeuta. Isabelle, por ejemplo, ya en la primera sesidn declina con absoluta inocencia los momentos de su adiccién al sexo: “Mantu- ve relaciones sexuales con mi hermano mayor durante muchos afios, entre los 10 y los 14; luego, cuando tenia 25, conocf a un hombre que me inicié en las practicas sadomasoquistas y ahora, quince afios después, cuando crefa haber dado vuelta la pagina definitivamente, recai- go en lo mismo. Hace poco conoci a un hombre del que me he enamorado locamente, un hombre mucho mayor con quien he retomado las relaciones sadomasoquistas. Tengo miedo de perderlo todo, mis hijos, mi marido, mi carrera y, al mismo tiempo estoy como embrujada, no puedo privarme de estar con él. Me siento perdida. No sé qué debo hacer”. Aqui tenemos una percepcidn de la manera en que un paciente relata espontaneamente la re- peticién temporal de su sintoma. Por otra parte, no pue- do evitar sefialar hasta qué punto el relato de Isabelle que acabo de exponer ilustra elocuentemente la génesis del goce y su retorno compulsivo. Podemos pensar que du- rante los cuatro afios de relacién incestuosa con su her- mano mayor la joven fue victima, no de un traumatismo brutal y tinico, sino de una serie de microtraumatismos Tegulares, En efecto, el psicotraumatismo no necesaria- Mente se presenta como una efraccién stibita y violenta; te pecrroccirse progresiva y sutilmente a lo largo de todo bastante prolongado. Pero, mas alld de que -D. NASIO 0 hD el traumatismo sea una efracci6n brutal o una Sucesis lenta e insidiosa de microtraumatismos, siempre se ie ne de acuerdo con una ecuaci6n esencial: demasiada ¢, citacién en un sujeto demasiado débil para amortigua, Quiero precisar que independientemente de que ¢| tray. matismo haya sido instanténeo o progresivo, en todos los casos conlleva una falta de simbolizacién, una forclusign del goce experimentado por el sujeto inmaduro (endl ejemplo de Isabelle, una preadolescente). Ya sea que la ausencia de simbolizacién adopte la forma de un ictus forclusivo -en el caso del traumatismo sibito-, ya sea que se presente como lo que yo Ilamaria una inhibicién forclusiva —en el caso del traumatismo prolongado (los microtraumatismos regulares)-, siempre se opera una forclusién del goce y su correlato, el desencadenamien- to del movimiento compulsivo. Ademis, en el ejemplo de Isabelle, el antiguo goce incestuoso reaparece com- pulsivamente en ocasién de sus dos aventuras sadoma- soquistas. La adiccion de Isabelle a las prcticas sexuales Perversas no es otra cosa que su sed insaciable de volver a encontrar las mismas sensaciones y emociones de cruel voluptuosidad que desperto en ella su hermano. Pero, retomemos el hilo subrayando que, a diferen” cia de la repeticién temporal, la repeticién espacial no puede ser reconocida directamente por el paciente Y & al terapeuta quien debe deducirla. Se trata de una repe™ on interna, intrapsiquica, que también Ilamamos repe eion topica. ¢Por qué tépica? Tépico viene de “top? ’ que significa “lugar” y es el mismo vocablo al que f°” rrié Freud para designar los dos enfoques sucesivos ° {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 8 aparato psiquico. La primera t6pica era, pues, la triada Inconsciente, Preconsciente y Consciente; la segunda, el Ello, el Yo y el Supery6. Justamente, yo llamo “tépica” a la repeticién que se produce entre estos dos estadios que son el Inconsciente y el Consciente. Un sintoma o un paso al acto vivido conscientemente por nuestro pacien- te repite, redobla, la escena fantaseada encerrada en su Inconsciente. Agrego a esto que la repeticién tépica tam- bién puede encararse como una repeticién causal puesto que el sintoma del que sufrimos es el efecto del poder nocivo de la escena inconsciente. Por tiltimo, sé que al proponer el concepto de repeticién inconsciente topica estoy instalando a los lectores en el dominio abstracto de la metapsicologia, pero me importa mucho mostrar c6mo especulamos mientras estamos atentos al inconsciente de nuestro paciente. Afiadamos que la repeticiOn tépica rige el mecanismo esencial de lo simbélico: algo que perte- nece a un dominio sustituye a otra cosa que pertenece a otro dominio. Lo propio del simbolo es ser un sustituto. “Beber un vaso”, por ejemplo, sustituye el acto de beber alcohol. El vaso simboliza al alcohol, repite en el plano del lenguaje el alcohol que aparece en el plano real. Ahora me gustaria esquematizar esos dos movimien- tos de la repeticién por medio de un dibujo. Remitamo- Nos pues a Ja figura 1. En ella vemos Jos dos movimientos inherentes a la operacion repetitiva: el trayecto de una Tepeticién horizontal en el que el sintoma recurrente aparece, desaparece, reaparece sucesivamente, y el tra- yecto de una repeticién vertical en el que la fantasia ie te emerge y se exterioriza de manera compul- quiriendo la forma de un sintoma o de un paso J.D. NASIO cad al acto. Representamos = movimiento horizon diante un eje orientado de izquierda a derecha si cal aparece ls diferentes orasiones en queen se repite Si’, SP. Si, es decir to as has Ocasione, que la fantasia inconsciente se exterioriza, Cortelat, mente, el movimiento vertical aparece representa, por dos ejes orientados desde abajo hacia arriba que si. bolizan el ascenso compulsivo de la escena fantasead, inconsciente y su manifestacion sintomitica. Asimismo, la escena fantaseada se desdobla en su versién latente su version manifiesta: la latente esta reprimida; la manj. fiesta adquiere la forma del trastorno del que se queja el paciente. Cuando hablo de repeticién tépica, quiero dar a entender que en la fantasia reprimida y en el sinto. ma que la expresa esta presente el mismo goce, la misma emocién, salvo que en la fantasia el goce es inconsciente y no sentido, mientras que en el sintoma es conscientey tiene sentido. Ese niicleo de goce comin a la fantasia y al sintoma aparece anotado en la figura 2 con la letra@. Como puede verse, la figura 2 completa la figura ! al mostrar no solo que la fantasia y el sintoma encierran un goce comtin @), sino ilustrando también que una nic fantasia inconsciente emerge a la superficie de la cox Ciencia adoptando la forma de los globos Si!, Si?,... que simbolizan las sucesivas apariciones de un sintom El sintoma no Se repite nunca idéntico a si mismo. Pot ello he dibujado varias veces el mismo globo adornado de Pequefos signos distintivos para indicar que, si bien €n cada aparici6n el sintoma es siem | mismo, se P* senta afectady wes siempre elm “CO por una ligera diferencia. Me, Obte “Si”: Sintoma consciente Si} vez Si2 veces Si3 veces Sim veces Repeticién }| temporal ‘épica ~ g x € Repe en una escena fantaseada inconsciente Figura 1. Dos categorias de la repeticién patoldgica: temporal y tépica. 0 En la repeticién horizontal temporal, el sintoma se repite muchas veces sobre la linea del tiempo: Si, Si,... Si. C En la repeticién vertical tépica, el sintoma consciente, por ejemplo S?, repite (exterioriza) la fantasia inconsciente. Consciente Repeticién temporal del sintoma fantaseada inconsciente (aqui el padre @ le pega a la madre) hy Goce enquistado @ en una escena Figura 2. Los globos Si!, Si” simbolizan las veces en que el sintoma se repite ligeramente modificado. Cada globo es ademas la manifestacién consciente de una escena fantaseada inconsciente. La letra @) designa el goce incons- Gente enquistado en la fantasia y el mismo goce, consciente esta vez, inherente al sintoma. {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOs MI f ISMOS ERRORES? 67 Distingo, pues, dos repeticiones: la temporal, que es un salto horizontal en el tiempo que transcurre, y la tépica, que es un salto vertical en el espacio intrapsiquico. Pero, si bien la primera es un rebote en la linea del tiempo y Ja segunda un ascenso a la superficie de la conciencia, las dos, desencadenadas por la alta tensién que reina en el inconsciente traumatico, son impetuosas y violentas. La repeticion patoldgica no solo es dolorosa en su manifes- facién; ademas es compulsiva en su irrupcion. “Compul- siva” quiere decir incontrolable, un fendmeno que nada detiene. La repeticién es compulsiva porque resulta de un doble impulso irresistible de la fantasia inconscien- te: un impulso hacia lo alto para exteriorizarse y un im- pulso hacia delante para recomenzar. Toda compulsién implica, pues, ese doble movimiento hacia arriba y hacia delante. Dicho de otro modo, todo lo que es traumitico, es decir, infantil, no simbolizado, forcluido, reprimido, aislado y sobreactivado, quiere imperiosamente actuali- zarse; y toda actualizacion de lo traumatico quiere repro- ducirse de inmediato. Por lo tanto, generalizo y afirmo: toda emergencia del inconsciente traumiatico es una irrupcién compulsiva que estalla en la superficie del yo y se reproduce en el tiempo. Antes de proseguir, me gustaria resumir mi vision dela Tepeticién patolégica. La repeticidn es la exteriorizacion Compulsiva de lo forcluido y de lo reprimido que adquiere la forma de un trastorno, en general doloroso, vivido por Un sujeto que, sin saberlo, actiia su pasado en lugar de re Cordarlo. Cuando los lectores vean la palabra “repeticion €n un texto de Freud, deben pensar que con la mayor fre- Suencia condensa tres ideas: que el objeto repetido es una J-D. NASIO 68 irreducible emoci6n inconsciente —el GOCE enquistad, & una fantasia, que este goce fantaseado tiende irresistible. mente a manifestarse y a manifestarse Sin Cesar, y que, ta vez que logré exteriorizarse, se cristaliza en una necesidag imperiosa de volver a experimentar la vivencia traumiticg en un sintoma recurrente, en un comportamiento de fra. caso repetitivo, en un trastorno obsesivo-compulsivo, en un comportamiento adictivo, en un paso al acto Peligroso o, también, en una perversién sexual. Yo retino todas ¢. tas manifestaciones y las denomino patologias de la re. peticién. Repetir es siempre repetir el goce y repetirlo compulsivamente es un trastorno de la personalidad o del comportamiento. No obstante, como ya vimos (cuadro de la pg. 42), la repeticién no siempre es repeticién patolé- gica de un pasado traumiatico y doloroso; también existen retornos actuados de un pasado que, aunque perturbado, fuertemente excitante y afectivamente intenso, es sano, ya sea en la creaci6n de un lazo, ya sea en su pérdida. La pulsion es la fuerza compulsiva del goce Hasta ahora hemos respondido a las preguntas sulentes: ¢Cudl es el ob Tepite? ZY c6 : jet bie epic ePor ved objeto a in S¢ repite? Asi, hemos establecido a ae €' B0ce 0 Ia escena fantaseada que lo ilust™ 4 causa de la repeticién compulsiva era la falta « {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? Po simbolizacion de dicho goce y sus consecuencias, su ais- Jamiento en el inconsciente y su furia compulsiva; y des- pués, que sus dos modos de repeticién eran el temporal y el topico. Ahora, debemos responder a una nueva y muy importante interrogacién: como definir la fuerza im- petuosa del goce, esa misma fuerza que nutre la fantasia inconsciente y la impulsa a exteriorizarse? Aqui es donde debemos introducir el concepto de pulsién, entendién- dola también como una fuerza, la fuerza que impulsa a la fantasfa a estallar compulsiva y repetitivamente en la superficie del yo. Pero entonces uno puede preguntarse por qué habrfa que distinguir el goce de la pulsién puesto que, en ambos casos, se trata de fuerzas en accién. En realidad, nos hallamos ante un mismo fenémeno energé- tico, pero encarado desde dos puntos de vista diferentes. Hablamos de goce cuando pensamos en las emociones que abaten al sujeto infantil traumatizado, en las emocio- nes dramatizadas por los personajes de la fantasia y en las emociones que perturban al sujeto adulto que presenta patologias de la repeticién. En suma, el goce es e] nombre que damos a la energfa psiquica cuando esta adquiere el rostro de una emoci6n. En cambio, hablamos de pulsién cuando pensamos en el trayecto que recorre esa misma energia psiquica cuando se enciende con todos sus ardo- Tes para manifestarse; y, sobre todo, cuando pensamos en la fuente corporal de donde brota, quiero decir, en la zona erogena ~orificios, piel o mtsculos— que Je dan nacimien- to, Ademis, “pulsién” es el nombre que damos a la ener- cme duica cuando adquiere el rostro de una fuerza a i pia la carne y se lanza. Digdmoslo de otra manera: On es una fuerza que nace en una zona excitada del J-0. NASIO nmediato a la cabeza, encuentra ung es. cena fantaseada que inviste y que la representa (represen. tacion de una cosa), y solo aspira a descargar su tensign lo mas pronto posible desencadenando la accién motriz susceptible de calmar la excitacion que la hizo nacer, No puedo extenderme aqui mas tiempo sobre la def- nicién de la pulsién en general y prefiero concentrarme en nuestro problema de la compulsion a la repeticién, Recordemos que, al comienzo de su obra, Freud concebja Ja repeticion compulsiva del trauma como un efecto de la fijacién del sujeto en su traumatismo. Permanecer fijado a una experiencia traumatica si gnifica, pues, no querer se- pararse de ella y querer reencontrar la misma experiencia afios mas tarde. Recién en 1920, Freud llega a explicar el fendmeno de la compulsién a la repeticion y a afirmar que es la principal propiedad de las pulsiones. En efecto, el gran descubrimiento de Freud, que marcé un giro decisi- vo en su teoria, fue comprobar que el objetivo primero de una pulsién no es tanto tratar de satisfacerse, de obtener placer, sino retornar a un estado antiguo perturbador —un estado traumatico o bien un estado sano, pero de intensa excitaci6n., traerlo al presente y restablecerlo. Justamen- te esta idea inédita es la que desarrolla Freud en “Mas alla del principio de placer”. Como si con ese texto esencial el fundador del psicoandlisis nos declarara: “Hasta ahor teeter ive ds pens : » entendido este como la ausencia de tensiO™ Pet gad car ue a nes infantiles Sota 4 Sujeto a vivir y a revivir Se olor {Como podenes trhadoras, mezcla de placer y de Oe S explicar, pues, que haya personas 4" cuerpo, sube de i {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 7 en lugar de buscar el placer, se lancen una y otra vez a situaciones desdichadas que ya sabian que podrfan haber evitado? ¢Coémo podemos comprender que alguien que sabe perfectamente que tal comportamiento le ha resulta- do nefasto trate, sin embargo, de reproducirlo, de volver alo que le hace mal? éCual es esta fuerza de atraccién? No, la pulsi6n no busca exclusivamente descargar su ten- sién y obtener placer, sino retornar al pasado, por negro que este haya sido, y repetirlo. Por lo tanto -proseguiria nuestro Freud-, debo rever mi teorfa inicial y decirme que el objetivo de las pulsiones no seria inicamente la obtencién de placer sino, por encima de todo, retornar hacia atras y volver hacia delante; retornar en busca del pasado inquietante para traerlo al presente y repetirlo indefinidamente”. En efecto, si tuviéramos que imaginar el trayecto de una pulsién, dibujarfamos una flecha que se lanza hacia delante, luego vuelve hacia atrds, se hunde en el pasado traumitico, ase el goce y, asi cargada, retoma su progresion hacia delante. Y esto lo hace muchas, muchas veces... Las pulsiones estan, pues, animadas por una im- pulsién superior que yo Ilamo principio de repeticién. iUna pulsion prefiere repetirse a obtener placer! Prefiere dar vuelta en un bucle que apuntar a un objetivo que lees exterior y alcanzarlo. Ademés, el principio de repeticién se traduce en un trayecto en espiral de la pulsién y cada una de las volutas que se sumergen en el inconsciente busca asir ese pasado intenso —traumiatico 0 no-, precipi- tarlo en el presente y revivirlo. Habra que admitir, pues, que en la vida psiquica existe una fuerza mas dominante que nuestra tendencia a bus- car el placer y a evitar el displacer. Esta fuerza se llama “i J-D. NASIO compulsién a repetir. Sentirse obligado a exteriog: el pasado reprimido y a hacerlo en muchas es un empuje mds irresistible que la tendencia a] Placer Qué seria, entonces, lo que esté més alld del Principig de placer sino el principio de repeticién? Freud también podrfa haber titulado su articulo: “Mas allé del Principig de placer o el principio de repeticién”. ‘Tenemos, Pues, dos principios que acttian concertadamente, aun cuando el primero es mas potente que el segundo: el principio de repeticion, que rige las pulsiones en el pasadizo del tiempo, y el principio de placer, que regula sus ardores, Esta manera de presentar las cosas tiene esencialmen- te el objetivo de dirigir un mensaje: el motor de nuestras repeticiones, la causa que nos impulsa a elegir siempre un ser amado semejante, que nos conduce a repetir la misma manera de amar y de sufrir con el amor, la causa que nos lleva a retornar incansablemente al mismo tipo de apego afectivo; esa causa es el retorno en el presente de una experiencia precoz, altamente excitante y emo- cionalmente intensa. Me gustaria, antes de abordar la teorfa lacaniana de a repeticion, destacar dos preguntas que son fundament- les para comprender la compulsidn de repeticién y apo™ tardn alguna luz, al tema: OCasione, _ repeticién. patologica es compulsiva. 4 Tepeticion sana no es compulsiva. > Prime i pa | "} Pregunta: cel cardcter compulsivo €$ | Propiedad de todas las pulsiones 0 solamente de ¥) POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 2B eT parte de ellas? Mi respuesta es clara. La influencia que ha ejercido en mi mi trabajo con los pacientes me dice que hay que reservar el caracter compulsivo de una pulsion solamente a las pulsiones de muerte y hace que me atenga a la idea, desarrollada a lo largo de estas paginas, de que lo propio de la repeticién pa- tolégica -a diferencia de la repeticién sana— es ser compulsiva. Sabemos que, para el clinico, el rasgo compulsivo especifica la mayor parte de los trastornos psicopatoldgicos. > Segunda pregunta directamente asociada a la pri- mera: “El estado perturbado del pasado” que las pul- siones tienden a restablecer, ges exclusivamente un estado traumético que quiebra el yo o puede ser un estado no traumatico, aunque inquietante, que deja el yo intacto? Siempre hemos sostenido que el estado antiguo perturbado, el pasado infantil perturbado, podia ser traumatico o no traumiatico. Si es trau- mitico, su retorno en acto en la vida del adulto sera compulsivo y patolégico; si es no traumitico, sera no compulsivo y no patolégico, hasta agradable. Sin embargo, conviene decir algunas palabras para dar Sus matices a estas dos afirmaciones. No quiero que el tono tajante de nuestras formulas induzca a creer que todo estd decidido de antemano y que un sujeto Joven afectado por un psicotraumatismo estar obliga- toriamente enfermo en la edad adulta. Es conocida la Capacidad que tienen algunas personas de regenerarse “spués de un shock traumitico. J-D. NASIO Fd > Prefiero entonces distinguir la repeticion operada] por las pulsiones de vida (pulsiones de autoconservaciin y pulsiones sexuales) y la operada por las pulsiones de | muerte (pulsiones de agresion y de autoagresién). Esta | distincién corresponde a nuestras dos categorias de la repeticion, la repeticién sana y la repeticidn patolégi- ca. Las pulsiones de vida traen al presente un pasado ciertamente intenso pero no traumatico. Fieles a su tendencia a conectar y unir elementos dispersos, las pulsiones de vida integran armoniosamente el pasado, aunque haya sido olvidado o haya sido reprimido, en la realidad actual del sujeto adulto. Las pulsiones de muerte, en cambio, traen al presente un pasado, mis que intenso, traumatico. Fieles a su tendencia a se- parar y disociar elementos coherentes, las pulsiones de muerte imponen con violencia, en la realidad ac- tual del sujeto, el goce traumatico forcluido y repri- mido, y desestabilizan al sujeto adulto. Esta irrupcion incontrolada de un goce que quiere continuar siendo idéntico a si mismo a menudo adquiere la forma de un trastorno de personalidad o del comportamiento. > Diremos ademés que el pasado intenso per? a dable se reproduce en el presente en un CY frien feliz, mientras que el pasado traumition oloroso se vive en el presente a través de un “_ tamiento desdichado, * EI pasado intenso pero agradable es u" pasado que puede ser olvidad, fue simple" 0 o reprimido. Si (POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 75 mente olvidado, podra ser rememorado y, si, al ser intensamente excitante, fue reprimido, podré actua- lizarse a través de una decisi6n arriesgada, de un com- portamiento audaz o de una iniciativa ambiciosa, actos ciertamente sobrecogedores pero encerrados natural- mente en el flujo normal de la existencia del sujeto. >El pasado traumitico y doloroso es un pasado for- cluido y luego reprimido. En consecuencia, solo pue- de actualizarse tomando la forma de un sintoma o de un paso al acto. Para concluir, expongamos las dos teorias cardi- nales que resumen nuestra teoria de la repeticion sana y la patolégica: 0 Pasado no traumdtico >» Pulsiones de vida > Repe- ticién sana y no compulsiva O Pasado traumdtico > Pulsiones de muerte > Re- peticion patolégica y compulsiva 76 J-D. NASIO La teoria lacaniana de la Fepeticisy, el inconsciente esta estructurad, como un automatismo de repeticién Pero cual es ese pasado originario que las Pulsig. nes recogen, vehiculizan y actualizan? De lo que hemo, dicho hasta aqui, se desprenderia que es la fantasia in. consciente -en el caso de la repeticién Patolégica- y una experiencia intensamente excitante y afectivamente profunda -en el caso de la repeticién sana-. Sin em. bargo, para abordar la teoria lacaniana de la repeticién, prefiero circunscribirme a la fantasia y a su repeticién patolégica. En realidad, hablando rigurosamente, una fantasia no puede ser el estado primero, originario, que las pulsiones traen al presente, porque aquella fue pre- cedida por otra fantasia, por otra fantasia. Una fantasia siempre surge de la interpretaci6n de un hecho real visto a través de la lente deformante de una fan- tasia atin mas antigua. Recordemos el caso del nifio traumatizado por la escena de violencia protagonizada por sus padres. Yo habia considerado que la discusién era un hecho real percibido y registrado inconsciente- mente por el nifio como una escena fantaseada en la que uno ve las manos del padre apretando el cuello de la madre. No obstante, yo deberia completar ahora Y precisar que el nifio ha interpretado ese hecho real a través de una fantasia que existia ya en él. En efecto, la madre y el padre que él ve pelear fueron percibides in ae oe a esde su nacimiento y ciertamente {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? n el Edipo. Otro ejemplo es el de los gemelos homoci- goticos que no viviran de la misma manera el mismo hecho conmovedor porque cada uno lo interpretard de acuerdo con su propia percepcién fantasmética. Dicho de otro modo, todo acontecimiento excitante y sentido intensamente ser4 indefectiblemente percibido, regis- trado e interpretado a través del filtro deformante de una fantasia preexistente. Ademas, todo lo que cuen- ta afectivamente para nosotros nunca es real sino fantaseado. En resumidas cuentas, diremos que toda fantasia esta siempre precedida de otra fantasia y que la historia de nuestra vida afectiva es una estratificaci6n de fantasfas significativas. No, decididamente, una fantasia no puede estar pri- mero; no hay primera fantasfa. Lo antiguo que las pul- siones recogen, vehiculizan y actualizan no puede ser una fantasfa inaugural porque una fantasia remite siem- pre a otra que a su vez supone otra y esta a su vez, otra... y asf hasta el infinito. El origen es un punto en el infinito del pasado. Es por ello que lo inicial que procuramos identificar, el acontecimiento antiguo que las pulsiones Tecogen, es una realidad inmemorial perdida para siem- Pre, una realidad de multiples caras que designamos in- diferentemente con los nombres traumatismo, goce 0 hasta real. Por Io tanto, propondré la f6rmula siguien- te: detras de un sintoma que se repite, hay una fantasia que se exterioriza y, detrds de esa fantasia, esta... lo real. Lo real es el enigma del comienzo, pero también es el ‘nigma del final. En efecto, lo real no es solamente el me mas remoto que esté en el origen de un sintoma; » ademés, su futuro mis incierto. Abordado desde una 78 j-D, NASIO perspectiva temporal, lo real es, pues, el doble enigma del pasado y del futuro, del origen y del destino. De ahj que, si tuviéramos que responder a la pregunta “:Dénde debemos situar lo real?”, responderiamos: “Lo real es lo desconocido que enmarca la repeticién en el orden del tiempo. Es el pasado desconocido y el futuro desco- nocido. Es lo infinito del pasado y lo infinito por venir, Pero, esto no es todo. Lo real es también el hilo rojo que une las diversas perlas de la serie repetitiva”. Lo explico. Para Lacan, lo real es “lo que siempre retorna al mismo lugar”, y agrega que el acento debe ponerse en el “re- torna”. Pero precisamente, a qué lugar retorna lo real si no es al de lo Mismo que se repite en el proceso repe- titivo? Recordemos la ley de lo Mismo y lo Diferente. Yo habja dicho que lo Mismo nunca se repetia idéntico a si mismo, sino que siempre era ligeramente diferente, aunque identificable como el mismo objeto que retorna. En realidad, el objeto de la repeticidn contiene dos as- pectos: un nticleo que permanece absolutamente inalte- rado lo Mismo- y un envoltorio que cambia con cada repeticién —lo Diferente-. Ahora bien, lo real designa precisamente el niicleo inalterado del objeto repetitivo que nos permite, a pesar de los diferentes envoltorios, teconocerlo como el mismo ayer y hoy. Este es el hilo Tojo que enhebra las perlas de la serie repetitiva: el nt- cleo permanente e intemporal de lo Mismo. Nosotros cambiamos, pero lo real en nosotros no cambia. Est? Shai ai dad on wo corresponde a ota tn anaes ane ecialar ne r comin a la fantasj ries que ya conocemos: ©” 6} ‘a y al sintoma, mds exactamente © {POR QUE REPETIMOS SIEMPRE LOS MISMOS ERRORES? 79 sustrato del goce. ¢Por qué el sustrato? Porque lo real es el niicleo més intimo y, en el fondo indefinible, de toda emocién que pueda darse. Ese nticleo, que hemos designado @), situado en el interior de cada globo y en el interior de la escena fantaseada (véase la figura 2 de la pag. 66). Si ahora traducimos nuestras observaciones a la ter- minologia lacaniana, diremos que lo real es lo descono- cido doblemente posicionado: en la repeticién temporal yen la repeticién tépica. En la repeticién temporal, lo real esté antes, después y en el corazén de la repeticién, mientras que el nicleo de lo Mismo permanece siempre inalterado. En la repeticién tépica, lo real es el sustrato del goce que yace en la fantasia y en el sintoma. Aun cuando demos el nombre de real a lo Mismo de la repe- ticién, daremos el nombre de significante a cada apari- cidn repetitiva. Qué es un significante? Ya hemos tra- tado esta pregunta, pero acd me gustaria responderla de otro modo: un significante es una de las manifestaciones repetitivas, y el conjunto de significantes es la serie de Mmanifestaciones repetitivas que forman una cadena sig- nificante. Asi, si volvemos a la figura 2, cada globo to- mado aisladamente representa un significante, y el con- junto de los globos materializa la cadena significante. Ahora, hay que comprender bien que cada significante Semejante a los otros ocupa el lugar de lo real. En otras Palabras, cada globo, cada aparicién del mismo sintoma, hace las veces de escena fantaseada. Asi, cuando Lacan ice que lo real retorna siempre al mismo lugar, noso- ‘tos agregamos que lo real retorna siempre al mismo lugar pero adoptando la forma de un significante que 80 J-D. NASIO lo representa; el goce retorna siempre al mismo lugar con la forma de un sintoma que lo representa. En suma, lo real o el goce es lo Mismo que aparece, desaparece y reaparece cada vez con la forma de un sintoma que se repite ligeramente diferente. _ ; En su impulso inexorable, la repeticion nos atravie- sa y nos modifica. Pero zcémo podemos nombrar a ese “nosotros” que se modifica en cada acontecimiento re- petitivo?