Se supone que la cárcel tiene como objetivo promover la recuperación del

delincuente como una persona útil a la sociedad. Ese objetivo, según todos los
indicios, se halla cada día más lejano en el sistema penitenciario vigente en el
Paraguay. Es notorio que los delincuentes, al dejar las cárceles por uno u otro
motivo, se reincorporan inmediatamente a sus actividades al margen de la ley.
Las reincidencias son tan numerosas que, por lo menos desde el punto de vista
estadístico, se puede decir que el régimen penitenciario es un inmenso fracaso
que necesita ser revertido para que la sociedad no esté en permanente peligro
de ser atacada por los inadaptados sociales.

De un tiempo a esta parte, según se constata en la información diaria, las fugas
se multiplican con una celeridad pasmosa. En algunos casos, tal es la debilidad
de los mecanismos de seguridad, que podría pensarse que solo la extrema
torpeza de los detenidos impide que recuperen su libertad por la vía más rápida
y masiva.
Es hasta curioso que alguno de los fugados no haya huido ya de su reclusión
en ocasiones anteriores. Incluso, hay personajes que han ganado una triste
notoriedad por sus fugas y por sus audaces operaciones delictivas. En estos
casos, sus escapadas contribuyen a aumentar una especie de perversa
celebridad, que hasta podría convertirlos en paradigmas de personas con
exigua preparación.
Existe una necesidad impostergable de reformular profundamente la política de
contención criminal. Ello supone una reorganización del sistema de prisiones
para que sirvan efectivamente a la recuperación de seres humanos que, en
principio, parecen irremediablemente condenados a una vida marginal signada
por la violencia.
Solo de este modo esta clase individuos antisociales podría cumplir un papel
nuevo luego de ser remodelados por un sistema que les ofrezca conocimientos
útiles, un nuevo régimen de valores, y sobre todo la posibilidad de que asuman
en toda su plenitud la dignidad de la persona humana.

Este objetivo es imposible pensarlo dentro del contexto del funcionamiento de
los lugares de detención, que son verdaderas fábricas de delincuentes, que
convierten a personas en entes subhumanos, cargados con resentimientos,
frustraciones y supuestas deudas que cobrar a la sociedad.
Se deben tener en cuenta las conclusiones de estudios sobre los dramas de la
vida carcelaria.
Colegios de abogados de muchos países afirman que el motivo central del
desinterés de los gobiernos en este ámbito surge del hecho cierto de que los
ciudadanos encarcelados no votan. Y la política de captación de los electores,
generalmente, se basa más en operaciones aritméticas que en la solución de
problemas que se agravan con el tiempo.
La política criminal debe incluir, además, el tema del hacinamiento de seres
humanos con su correlato de violencias y humillaciones. La convivencia de
rateros con asesinos no resiste el menor análisis, y por ende debe modificarse
imperiosamente.
Es el momento de pensar con una mentalidad audaz e innovadora. Tal vez
todavía estemos a tiempo de enfrentar, con una decidida gestión anticipatoria,
la avalancha de problemas que el futuro inmediato parece empeñado en arrojar
sobre el país en este campo, pilar sólido del flagelo de la violencia desatada.

1.1 Régimen Legal
Con respecto al marco legal tenemos en primer lugar lo que establece
el artículo 20 de la Constitución Nacional, cuando habla del "Objeto
de las penas", señalando que las mismas "...tendrán por objeto la
readaptación de los condenados y la protección de la sociedad..." . Por
su parte, el artículo 21 estatuye que: "Las personas privadas de su
libertad serán recluidas en establecimientos adecuados, evitando la
promiscuidad de sexos. Los menores no serán recluidos con personas
mayores de edad. La reclusión de personas detenidas se hará en
lugares diferentes a los destinados para los que purguen condenas.

Los principios rectores de las condiciones de privación de la libertad
de las personas como ser: trato humano y respeto debido a la
dignidad inherente de los detenidos; separación entre procesados y
condenados, y entre mayores y menores; la reforma y la readaptación
social de los condenados como finalidad del sistema penitenciario,
están establecidas en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos y en la Convención Americana sobre Derechos
Humanos(5).
De la misma manera, se encuentran las Reglas Mínimas para el
Tratamiento de los Reclusos, aprobadas por el Consejo Económico
y Social de la O.N.U. en fecha 31 de julio de 1957 y las Reglas
Mínimas para la protección de los Menores Privados de su
Libertad, aprobadas por la Asamblea General de la O.N.U. mediante
Resolución 45/113 y las Reglas Mínimas de las Naciones Unidas
para la Administración de Justicia de Menores ( Reglas de
Beijing), adoptadas por Resolución Nº 40/33 de la O.N.U.
Finalmente, tenemos la Ley Penitenciaria Nº 210 de 1970, la cual se
encuentra en total inadecuación con respecto a la Constitución
Nacional de 1992, y por consiguiente, con los objetivos que ésta
establece para la reclusión carcelaria
La reforma legislativa no se puede hacer esperar. Un gran paso se ha
dado con la sanción del nuevo Código Penal. Más allá de las críticas
que ha recibido y que no creemos sea este el ámbito para tratarlas,
este hecho entraña una modernización en cuanto a ese vetusto y
desfasado código que aún nos rige. Aguardan en línea, y son de
especial importancia para la materia que nos ocupa, la reforma del
Código Procesal Penal y una Ley de Ejecución de Penas y de
Organización del Sistema Penitenciario. Estos dos cuerpos legales,
deberán iniciar un camino que apunte hacia una verdadera reforma
penitenciaria. En ellas late la judicialización de la estadía carcelaria y
por ende, la posibilidad de poner coto a los maltratos, la violencia y los
castigos desmedidos que sufren los internos e internas que habitan
nuestras cárceles, por parte de los funcionarios penitenciarios.
• Otros aspectos mencionados por el Informe del año 1996 y que
siguen vigentes son entre otros:

1) la necesidad de que la Corte Suprema de Justicia ejerza un
contralor y arbitre las medidas que permitan reducir la morosidad
judicial que abarrota nuestras prisiones a ese respecto; es innecesario
abundar acerca de ese dudoso privilegio que ostenta nuestro país
como campeón de presos sin condena en América Latina;
2) la urgencia de mejorar nuestros calamitosos establecimientos
penitenciarios, que por su suinoso estado, su incapacidad de
satisfacer el número de internos y su inadecuación para la función que
tienen, constituyen una de las formas más aberrantes de violación de
los derechos humanos de los prevenidos y condenados en nuestro
país;
3) se deben tomar medidas radicales en lo que atañe al correccional
de menores "Panchito López", cuya misma existencia debe ser objeto
de seria consideración. En su estado actual, con el personal que
dispone y con los recursos con que cuenta, sólo se constituye en un
antro que viola los derechos humanos más elementales de los niños
ahí detenidos. El hecho de que en la actualidad cuente con más de
300 internos es una aberración total e impermitible.
4) es hora de implementar algo que minimizará los efectos nocivos del
encierro: nos referimos a la ayuda post-penitenciaria. Parece que los
funcionarios encargados del sistema penitenciario ni piensan en lo
impostergable que es colaborar para que la reinserción del interno a la
vida en libertad, no sólo no sea traumática en lo psíquico y en lo
económico, sino que evite la vuelta del ex-interno a la vida delictiva.
• Existen cuestiones mínimas que deberían ser consideradas como de
alta prioridad en tanto se apunte a una reforma radical del sistema
penitenciario en el país. Cualquiera sea el establecimiento
penitenciario y cualquiera sea su tipo, se debe verificar una completa
separación entre menores y mayores, entre sexos y, de la misma
manera, debe haber una separación atendiendo a criterios como
emotividad, salud, estado físico y mental. El trabajo será considerado
como un derecho y como un deber del interno, siendo un elemento
fundamental del encierro; no deberá tener carácter aflictivo, no
atentará contra la dignidad del interno y tendrá un carácter formativo,
creador de hábitos laborales, productivos o terapéuticos. En cada
centro existirá por lo menos un médico general con conocimientos

psiquiátricos, un enfermero, se dispondrá de los servicios de un
médico odontólogo y del personal auxiliar adecuado. Todos los centros
estarán dotados de una enfermería, una dependencia destinada a
observación psiquiátrica y a la atención de toxicómanos y una
dependencia para enfermos contagiosos. Asimismo, en los
establecimientos de mujeres existirá una unidad obstétrica. El régimen
disciplinario se dirigirá a garantizar una convivencia ordenada y las
sanciones serán impuestas siguiendo un procedimiento sancionador
previsto en el reglamento. Deberá ser posible obtener permisos de
salidas ordinarios y extraordinarios. Los internos estarán autorizados
para comunicarse de forma oral y escrita con sus allegados y
representantes. Las habitaciones privadas estarán disponibles para
varones y mujeres en igualdad de condiciones. En cada
establecimiento funcionará una escuela en la que se desarrollará la
instrucción de los internos, especialmente de los analfabetos y de los
jóvenes. Será imprescindible una biblioteca. El Ministerio de Justicia y
Trabajo, a través de sus asistentes sociales prestará a los liberados
condicionales o definitivos y a los familiares de éstos, la asistencia
social necesaria. Antes de iniciar su actividad, los funcionarios
penitenciarios deberán recibir formación específica tanto teórica como
práctica.
Todos estos prerrequisitos mínimos para garantizar un tratamiento que
por lo menos atenúe las vejaciones que trae aparejado el encierro,
redundarán además en beneficio de la sociedad en su conjunto. En
efecto, la marcha del sistema penitenciario es afecta no solamente a
sus operadores y a quienes están detrás de sus paredes padeciendo
toda esa estructura deforme, obsoleta y violatoria de los derechos
humanos más elementales. Por eso es de interes ciudadano empujar
esos cambios que permitan una mínima sustentabilidad a un sistema
que está muy cerca del colapso

La tasa penitenciaria de Paraguay ha pasado de 70 personas presas por cada 100.000 habitantes en 1996 a 140 en 2013, según
el último censo penitenciario, presentado hoy por el Ministerio de Justicia en Asunción.Actualmente hay 9.413 personas
encarceladas, distribuidas en 16 centros de internamiento, pese a que solo tienen capacidad para albergar a unas 5.800, según el
censo.

El hacinamiento de las cárceles de Paraguay es una de las preocupaciones de la ministra de Justicia, Sheila Abed, quien desde su
llegada al Gobierno en agosto de 2013 anunció su intención de hacer una reforma integral del sistema penitenciario.
Según un comunicado del Ministerio de Justicia, el censo pretende suplir "el déficit en materia de planificación e institucionalidad" y la
falta de datos estadísticos concretos que describan la realidad del sistema penitenciario.
Solo tres de los 16 centros del país cuentan con espacio suficiente para albergar a los presos que se les asignan.
El penal de Tacumbú, el más grande de Paraguay con el 42,8 por ciento de la población penitenciaria total, alberga a 4.031 internos,
unos 1.400 más que su capacidad máxima.
Según el informe, el 60 por ciento de los internos, unas 5.500 personas, están en prisión preventiva a la espera de juicio.
"Tenemos que hacer reformas normativas para usar (la prisión preventiva) en casos necesarios, porque estamos adquiriendo un modelo
punitorio en el que encerramos a todo el mundo", explicó Abed en una reciente entrevista con Efe.
Las personas en prisión preventiva están presas un año de media antes de que se celebre su juicio, según los datos revelados en el
Censo Penitenciario Nacional.
Esta situación provoca que algunos internos no tenga ni celdas, ni camas a su disposición y que centenares de ellos tengan que dormir
en el suelo de los patios y pasillos.
El segundo centro más grande del país es el regional de Ciudad del Este, urbe fronteriza con Brasil, donde conviven 1.194 reclusos, el
12,7 por ciento del total del país, en un lugar pensado para unas 300 personas.
Según el censo, elaborado entre noviembre y diciembre de 2013, un 94 por ciento de la población penitenciaria es de sexo masculino y
la edad media de los reclusos es de 32 años en los hombres y 36 en las mujeres.
Un 22 por ciento de los detenidos están procesados por robo agravado, que es la imputación más común, seguido de un 7 por ciento
por robo no agravado y el mismo porcentaje por hurto.
Un 18 por ciento de las mujeres presas en Paraguay están procesadas por tenencia de drogas.
Más de un 70% de los internos asegura que cometió el delito por causas económicas.
En los adultos mayores de 40 años, el abuso y la coacción sexual son los delitos más comunes.
En las cárceles paraguayas hay 180 argentinos, 360 brasileños y 180 personas de otros países como Holanda, Italia, Letonia o España.
Un 47 por ciento de los presos aseguró que no puede comunicarse con su abogado de forma "libre y sin condiciones".
El 16 por ciento no sabe leer y escribir, y el 75 por ciento de no terminó la secundaria, aunque el 79 por ciento de ellos asegura que le
gustaría estudiar y participar en programas educativos que generen mecanismos de reinserción social.
Otro detalle cultural, el 66,8 por ciento de los internos habla guaraní, frente al 45 por ciento que habla español. Un 3,6 por ciento habla
portugués.
En cuanto a la salud, el informe muestra su preocupación por la tuberculosis, enfermedad común en Tacumbú, aunque no da cifras.
El censo revela que el 40 por ciento de los presos mantiene relaciones sexuales dentro de la cárcel y que el 77 por ciento lo hace sin
preservativos.
Se trata de un dato que el Ministerio considera "alarmante", pues está directamente relacionado con la transmisión del VIH y de
enfermedades como la sífilis

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