El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

El hombre
que se fue
Novela
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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

Luis Eduardo Podestá

El hombre que se
fue
(Novela)

Segunda edición digital

Lima, Perú - junio, 2016

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

Luis Eduardo Podestá / El hombre que se fue

EL HOMBRE QUE SE FUE
Luis Eduardo Podestá

© De esta edición
Luis Eduardo Podestá Núñez
Primera ediciíón impresa, marzo de 1998
Segunda edición digital, julio de 2003
Diseño de portada:
Roxana Podestá Cuadros
Diseño, diagramación y composición
www.podestaprensa.com
Prohibida la reproducción total o parcial de la presente obra,
sin permiso escrito del autor
Portada: Nebulosa de Encaje (Nasa)

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Lima, Perú
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Luis Eduardo Podestá

El hombre que se fue

Índice

Páginas
Dedicatoria ........................................................................... 9
Manifestación ..................................................................... 11
Explicación ......................................................................... 15
Capítulo 1 ............................................................................17
Capítulo 2 ........................................................................... 35
Capítulo 3 ........................................................................... 63
Capítulo 4 ........................................................................... 83
Capítulo 5 ......................................................................... 103
Capítulo 6 ......................................................................... 125
Capítulo 7.......................................................................... 151
Capítulo 8 ......................................................................... 171
Capítulo 9 ......................................................................... 193
Capítulo 10 ....................................................................... 219
Capítulo 11 ....................................................................... 241
Capítulo 12 ....................................................................... 267
Capítulo 13 ....................................................................... 299
Capítulo 14 ....................................................................... 329
Capítulo 15 ....................................................................... 359
Capítulo 16 ....................................................................... 397
Capítulo 17 ....................................................................... 425
Capítulo 18 ....................................................................... 459
Capítulo 19 ....................................................................... 493
Capítulo 20 ....................................................................... 511
Capítulo 21 ....................................................................... 541
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Luis Eduardo Podestá

El hombre que se fue

Dedicatoria

Para mi madre,
quien siempre anheló leer
un libro mío y a quien
la muerte arrebató
tempranamente, y para
mis nietos, Sergio,
Ana Gabriela,
Alejandra Michelle
Podestá Gutarra,
Axel Podestá Ugarte,
Allison Podestá Tume
y Adriana Loli Podestá,
a quienes les toca vivir
en este siglo de singulares
posibilidades en la Tierra
y en el universo infinito

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El hombre que se fue

Manifestación (*)

Esta novela no requiere presentación. Se basta,
realmente, por si misma, por sus propios valores. Nos
parece que se inscribe dentro de lo que se denomina el
“realismo mágico”, aunque no renuncia, en algunos casos, a la ficción pura o a un ajuste estricto a la realidad
cotidiana, todo lo que le otorga variados y singulares
méritos. Lo decimos puestos en el trance de acceder a
una invitación que casi buscamos como copartícipes del
tiempo y las circunstancias en que la obra se desenvuelve. En otro caso, tratándose de la primera novela de Luis
Eduardo Podestá quizás hubiéramos repetido una frase
de José Donoso “un primer libro se debe, creo yo, presentar desnudo ante el público” sin prólogo alguno.
Una primera apreciación nos lleva a manifestar que las venturas y desventuras de Estuardo Pradalli
-que termina siendo el gran personaje de la novela, sin
quererlo el autor que prefería de arranque al alucinado
Abelardo Machuca- se desenvuelven con preciso ajuste
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a la vida de la ciudad de los cincuentas con su impronta de utópica aldea, paisaje de maravilla y al avasallante
romanticismo de sus gentes. Pero también reconociendo
su otra cara, la hórrida, la non sancta, la de alcoholes y
placeres prohibidos.
Concordante con este realismo y dentro de los
dos trances de amor que conforman los pilares centrales de la obra, ella da fe de secuelas terroristas, graves
“metodologías” policiacas y droga, amén de tradiciones
populares y anecdotario auténticamente nativos.
Más aún, dentro de esa actitud fedataria, de
pronto se le imponen al autor personajes reales, con nombres y apellidos que irrumpen en los temas para componer algunos pasajes. Desfilan abogado,. pintores, poetas,
periodistas y hasta un contador salvado milagrosamente
de una bala homicida, todos de carne y hueso “vivos y
coleando”, y más de ese realismo real, valga la tautología, en la significativa recurrencia de todos los personajes
a los yantares, a la comida en todos los casos criollísima,
con madrugadas solemnes en la plazuela de Cayma. Josefas y Palominos. Todo con lujo de detalles.
Pero donde este realismo se torna efectivamente
mágico es cuando Abelardo Machuca, que es, además,
Mestas, Machuca Mestas, resulta captado por un mundo
feliz intergaláctico que el lector se encargará de desentrañar, o cuando surge una Ruth que conoce todas las
yerbas del mundo y cura lo incurable, o cuando, rescatado de la Policía, Abelardo es desnudado, enjabonado y
enjuagado en tina de agua tibia por cinco mujeres agradecidas, o cuando se describen matrimonios con fastos
descomunales, interminables, y un final que tuerce un
hado en la forma y con los resultados que, usted lector,
con sorpresa, podrá conocer en las páginas finales.
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Ellas nos recuerdan, una vez más, que el destino
está escrito y que poco podemos hacer para enmendar
sus pautas.
Pero todo eso es la sustancia que casi cede en
valor a la forma, a la herramienta del lenguaje utilizado.
Llevan las frases y los párrafos inmensos un ritmo acuciante que amarra y casi desbarata al lector. Hay páginas
enteras en que solo las comas dan tregua. Sin embargo,
el fraseo es redondo, las palabras no sólo transmiten el
evento; adquieren peso propio, caen como monedas sobre metal bruñido ordenándose interminablemente, sin
agotarnos.
En fin, una obra extensa alrededor de dos amores, quizás algo convencionales, con algunos personajes
de los que habríamos querido algo más, pero que atrapa
y distrae, de la que no podemos desprendernos a pesar
de que nos lleva a caballo sobre sus algo más de quinientas páginas. Además, nos recuerda vívidamente una Arequipa que se está yendo y nos enfrenta, crudamente, a
ese periplo inescrutable de los amores difíciles y a sus
enigmáticos desenlaces.
SAMUEL LOZADA TAMAYO
Arequipa, enero de 1998

(*) Palabras iniciales de la primera edición, impresa en marzo de 1998, los talleres
del Centro de Artes Gráficas de la Universidad Nacional de San Agustín, Arequipa.

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El hombre que se fue

Explicación

La primera edición de este libro fue impresa en los talleres de
Artes Gráficas de la Universidad de San Agustín en marzo de
1998 y se encuentra agotada y contiene referencias a determinados avances tecnológicos novedosos para esa fecha, que hoy
son de uso común.
Por ello conviene advertir que en el tiempo en que esta novela
fue escrita y cuando se publicó la primera edición, eran desconocidos objetos que allí se describen como obras de tecnología
propia de presuntas avanzadas sociedades del universo, como
el llamado videofono, que hoy podría compararse con el skype de la cibernética actual o con cualquier artefacto de utilidad
doméstica.
Esta novela, por lo demás, fue escrita en la última década del
siglo XX y la ciudad que le sirve de principal escenario es la
de mediados de ese siglo, y no asistía a los fenómenos tecnológicos, sociales y demográficos que hoy le confieren signos de
acelerada transformación.
El autor

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

H

izo publicar un aviso en el periódico en que
pedía un alma gemela y gracias a ese pequeño texto perdido
en un rincón de una página interior de anuncios económicos,
fue localizado, interrogado, perseguido, ahogado en preguntas y, de paso, consiguió lo que buscaba, es decir, una o varias almas gemelas, que ayudaron a confirmar nuestra antigua
convicción de que siempre había andado por un mundo que
no era el suyo, cuya gente convirtió su entorno en un mar, a
mi juicio, de errores, sufrimientos y frustraciones, lo que no le
impidió, sin embargo, hacer lo que hizo ni lo que quiso.
Su propio nacimiento fue una equivocación, decía en
confianza y ante muy contadas personas porque afirmaba que
de las cosas sobre las cuales uno no tiene responsabilidad no
se debe hablar y menos aún de los nacimientos propios o ajenos, porque esa es una contingencia en la cual uno no tiene
ninguna responsabilidad ni injerencia. Debió haber nacido en

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Mollendo, de donde procedían sus padres, pero nació en Camaná, porque su madre, la señora maestra de escuela Dora
Mestas, cuando estaba en casi o los completos nueve meses
de gestación, según ella creía, recibió una invitación para disfrutar de los últimos rescoldos del verano en la playa de La
Punta y hacia allá se fue. Tuvo que ponerse una indumentaria
que no estaba de acuerdo con su belleza, porque su enorme
barriga amenazaba hacer salir el mar, como decía uno que otro
camanejo cada vez que ella, antigua deportista, se lanzaba de
cabeza al encuentro de las olas.
La maestra pensaba volver a Mollendo a fines de marzo, para estar a tiempo del comienzo de sus clases escolares
que se abrían en abril, porque el parto estaba previsto para
mayo, como ella lo quería ardientemente. Pero sea por las agitaciones del verano, los baños de mar en una playa de olas
gigantescas o los jugueteos y paseos junto a sus familiares y
amigos o porque realmente había una equivocación también
en la contabilidad de los días que le quedaban al hijo dentro
de su vientre, el hecho es que el vástago trató de nacer a finales
de marzo, cuando el verano no solo se resistía a morir sino que
aún estaba pleno y concurrido.
La futura madre encargó apresuradamente al padre,
el tranquilo, honrado y eficiente empleado bancario Tulio
Machuca, que fuera a toda prisa a Arequipa para traerle los
pañales, polcos y ropones rosados que había preparado para
quien creyó que iba a ser una mujercita. El percance tuvo dos
efectos, el primero de los cuales fue que la maestra amplió sus
vacaciones veraniegas, luego de solicitar un permiso prenatal,
y segundo que en ese estado no pudo viajar a Arequipa o Mollendo donde su vástago debió nacer, pues era arriesgado que
el alumbramiento se produjera en plena carretera. De modo
que nació en Camaná, varón en lugar de la niña que todos
esperaban, en la segunda quincena de abril. Esto también fue
una equivocación que lo marcó desde el claustro materno. Su
madre quería alumbrar en pleno mayo, y así le parecía haberlo
calculado, porque era un mes que hacía a sus hijos, de acuerdo

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El hombre que se fue

con los horóscopos y los designios del zodiaco, fuertes, sensibles y tiernos, pero igualmente tercos como mulas y quienes
por donde metían la cabeza, decía Dora, tenían que sacar el
cuerpo, y a los cuales no había fuerza capaz en el mundo de
hacer retroceder después de que hubieran adoptado alguna
de sus tardías decisiones. Nacer en mayo, además, le hubiera
dado fama de hombre fuerte como un toro, pero por lo menos
en sus primeros años fue un flacuchento al que había que ponerle piedras en los bolsillos para que no se lo llevara el viento
de agosto según decía su propia madre o, en otro caso, ponerle
una cola de trapos multicolores y lanzarlo al espacio como una
cometa de papel, como anotaban sus amigos, pero más temprano que tarde terminó por ser un hombre realmente fuerte y
grueso debido a su afición a los buenos y abundantes platos de
que habitualmente disfrutaba y a su necesidad de defenderse
a patadas y trompadas de cuantos en el camino de su vida
habrían de equivocarse al tratarlo como un cojudo o, como
entonces se decía, un caído del palto.
Así que por haber nacido en aquel día de abril, casi
pegado al signo Tauro, su madre lo decía para cubrir un poco
su frustración, bien podría disfrutar su unigénito de los dos
signos, lo cual le daría las ventajas con que dicen que nacen
los de abril, es decir, sería incansable en la actividad física, lo
que no significaría necesariamente que dejaría de utilizar el
cerebro y, como estaría regido por el planeta Marte, dios de la
guerra, nunca se dejaría pisar el poncho, tomaría decisiones
inconmovibles aunque no fueran las más acertadas ni oportunas y, como lo comprobaría más adelante en su desarrollo
por la vida, sería mal juzgador del prójimo y la prójima, y con
frecuencia estaría equivocado con respecto a los demás, pero
sería original en su conducta y estaría destinado a realizar hechos extraordinarios y a no seguir la corriente reinante o gobernante, lo cual lo alejaba por supuesto del significado principal de su símbolo, el carnero. Eso por lo menos, era lo que
decía su madre, cada vez que le preguntaba por el destino de
su amado hijo Abelardo, recién nacido y acurrucado entre col-

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chas y frazaditas de color rosado, porque lo intempestivo del
alumbramiento no había dejado tiempo para cambiar el ajuar
por otro de color celeste como correspondía a un varoncito, y
cuando ya había pasado el verano y las playas se encontraban
desiertas en Camaná.
Ella, que debía haber comenzado a dictar sus clases en
una escuela estatal de Mollendo, el primero de abril, tenía, felizmente, permiso pre y postnatal y, por lo tanto, continuaba
disfrutando del mar, porque el tiempo aún era caluroso y no
quería desperdiciar unas vacaciones que se alargaron tanto
que el padre debió renunciar a su empleo en el banco y comprarse en Camaná con sus beneficios sociales y sus ahorros
una casita en el centro y una chacrita arrocera, que con el tiempo, mucho trabajo y no poca buena suerte, se engrandeció y
produjo buenos frutos en dinero y satisfacciones, entre estas,
la de poder comprar otra casita en el barrio de María Isabel de
Arequipa, adonde la familia se trasladó después para vivir en
esa ciudad.
Desde aquí el padre hacía frecuentes viajes a sus chacras, sobre todo en las épocas de las siembras y cosechas, no
pocas veces en compañía de su señora esposa a quien la bonanza familiar le había permitido renunciar a su tarea en la enseñanza y al mísero sueldo del que siempre se quejaba porque
solo le servía para la compra de cosméticos y los vestidos más
bonitos y de última moda, que dicho sea de paso, se ajustaban
magníficamente a su hermoso cuerpo.
La casita de María Isabel, que Abelardo heredó a la
muerte de sus padres, fue vendida más tarde para una industria a tan excelente precio que el dinero fue empleado en comprar una propiedad en Characato que no se sabía para qué
servía ni para qué iba a servir ni qué iría a producir alguna vez
y se hallaba bajo la vigilancia de un campesino, y en ampliar
las chacras de Camaná, aumentar la producción de arroz cuyas utilidades incrementadas sirvieron a su vez para facilitar
la compra a buen precio, de la casa de Yanahuara en un momento en que aún no comenzaba la fiebre de transformación

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El hombre que se fue

del distrito que lo convertiría más tarde en uno de los sectores
más caros y hermosos de Arequipa y donde la élite empresarial e intelectual, junto a no pocos esnobs, artistas y poetas,
quisieron trasladar sus trastos, sus deseos de mejorar su vida
y su inspiración.
Nacer en abril le proporcionó a Abelardo una fama de
hombre cuya simpatía le ganaba la confianza de los demás que
lo hacían prontamente su guía, porque siempre estuvo dispuesto a ayudar y a emprender las acciones más arriesgadas e
impulsivas, y era capaz, decía su madre en sentido figurado,
de dar hasta la camisa para ayudar al prójimo y a escalar las
montañas más abruptas debido a su constancia, generosidad
y buen carácter, todo lo cual lo llenaría de felicidad y sin embargo, todo ello fue desmentido por la vida y el tiempo salvo
que el significado de felicidad fuera otro.
Desde que entró a los primeros grados de la escuela
primaria, porque en el jardín aún ninguno de sus condiscípulos se daba cuenta, la mezcla de sus apellidos comenzó a
jugarle las más espantosas bromas, en las que se complicaban
hasta maestras y maestros que no se atrevían a leerlos completos cuando pasaban lista, para no convertir la clase en una
carpa de circo o en un cuadrilátero de boxeo y solo se atrevían
a decir Abelardo Machuca, con lo cual un poco que protegían
al alumno y conservaban parcialmente la seriedad del salón.
Las dulces maestras que tuvo en la escuelita inicial en
el barrio de María Isabel, donde Dora Mestas lo matriculó al
cumplir seis años, respetaban un tanto su derecho a llamarse
como el amor de sus padres lo había determinado, y solo sonreían entre ellas cuando al final de las clases, la semana o el
mes hacían un balance del aprovechamiento de sus pequeños
estudiantes.
La conducta de las maestras de inicial se prolongó
obligatoriamente hasta la primaria, cuando entró en la afamada 962 o escuela Manuel Muñoz Nájar, ubicada precisamente en el límite de la ciudad y el distrito de Miraflores, lo que
daba oportunidad a los hijos de familias de ambos lugares a

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matricularse en ella. Estaba dirigida por hermanos cristianos
europeos de la orden de San Juan Bautista de La Salle, que a su
acendrado catolicismo unían una férrea disciplina germana,
dentro de cuyo marco, profesores y alumnos difícilmente podían moverse con absoluta libertad, con la siempre pendiente
amenaza de caer bajo las sanciones del hermano Blaste María,
natural de Hamburgo, cuya generosidad, caballerosidad, sentido de la justicia y magnífico carácter no se conciliaban con
las bromas a costa de nadie. Sin embargo, cuentan que cuando
el profesor Gustavo Alatrista, llamado también el flaco por su
espigada figura de quijote con corbata, le explicó con gestos
que parecían obscenos el significado de los dos apellidos del
alumno natural de Camaná, el religioso tuvo que sentarse ante
su escritorio y apoyar en él la delgada cabeza mitad cana y
mitad calva, para llorar estrepitosamente con una risa incontenible, de que no disfrutaba desde hacía muchos años.
El drama a público abierto, si así puede llamarse a la
gigantesca aventura de su vida, comenzó en el glorioso colegio nacional de la Independencia Americana, donde te sacaban hombre para bien o para mal a las buenas o a las malas y
adonde arribaban muchachos de los centros escolares estatales y privados no solo de la ciudad entera, de dentro del casco
urbano y de los extramuros, como solían llamar a las afueras
de Arequipa algunos que gustaban de adornarse en el hablar
para hacer creer en su cultura y la buena crianza que en sus
hogares les habían dispensado, sino de los distritos campesinos y las provincias de la cordillera y de otras ciudades del sur
atraídos por el prestigio del colegio.
Nos tocó el mismo salón, el primero G porque nuestra
estatura no permitió que nos asignaran a letras o secciones anteriores, reservadas a los muchachos que superaban el escaso
metro cincuenta o metro cincuenticinco que nosotros exhibíamos, por lo que nos llamaban los enanos del primero, aunque
eso no fuera muy exacto, pues en ese entonces había en el primer año del colegio nacional hasta una sección K, destinada,
como es de suponer, a chicos realmente petisos, al lado de los

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El hombre que se fue

cuales podíamos considerarnos de elevada estatura.
El primer día de abril, a las ocho de la mañana, después
de cantar el himno nacional, asistir a toda banda de músicos
a la ceremonia semanal de honores a la bandera y escuchar,
porque aún no lo sabíamos, el himno del colegio, se inició su
carrera que lo llevó hasta el pináculo de los enfrentamientos
y de paso, me complicó a mí para toda la eternidad con esa
vida que habría de tocar las puertas de la fama, el misterio de
algunas de sus actividades, la maledicencia, las acusaciones y
la gloria de los astros.
Nuestra aula, como es de suponer, era exactamente
igual a todas las demás, con una pizarra de concreto pulido
pintada de negro en la pared frontal a la derecha de la puerta,
tres filas de carpetas que dejaban dos anchos pasadizos entre
ellas y otros dos muy estrechos junto a las paredes laterales,
por los cuales debíamos entrar y salir durante nuestras actividades estudiantiles en el glorioso colegio.
El cura Sebastián Alarcón, como era habitual en sus
clases de religión, sobre todo al iniciar el año escolar, comenzó
por hablarnos de la forma en que iba a desarrollar el curso durante el año, pero se veía que lo hacía con escaso entusiasmo
y a la media hora, después de pasearse varios minutos enmudecido por la zona delantera del salón decidió pasar lista, algo
que le servía en la semana inicial del período estudiantil, para
conocer a sus alumnos y también para darse tono al proclamar como lo haría un adivino, de dónde procedían el estudiante y sus padres, a partir del origen de sus apellidos, y sin
abandonar su paseo delante de la clase dando taconazos con
sus poderosos zapatos y Juan Álvarez, por ejemplo, tú procedes de la Tomilla, ¿verdad?, sí, padre, no me digas padre,
carajo, soy el doctor Alarcón, graduado en teología, filosofía,
letras y pedagogía y aquí debo ser llamado el doctor Alarcón,
¿entendiste, mierda?, sí, padre, repitió Juan Álvarez Calderón,
un instante antes de que le cayera una trompada en el centro
de la cara, porque como buen lunes que era aquel primero de
abril de 1946, el cura la traía viva según denominábamos a

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Luis Eduardo Podestá

los padecimientos o goces de la resaca después de una noche
de bohemia, como también se decía entonces para calificar las
más estrepitosas borracheras de la gente que se calificaba de
decente por su alcurnia familiar o profesional.
Así nos estrenamos en nuestro primer día de labores
en la secundaria y el cura Alarcón, un tanto calmado por haber
expresado con objetividad la forma en que haría respetar sus
reglas durante los estudios de religión, siguió pasando lista,
Alejandro Bernedo Linares, tú debes ser de Yarabamba, sí, doctor, ¿no ven?, yo los conozco a todos, y quizá haya conocido
personalmente a sus padres, Jorge Calisaya Rodríguez, tú eres
de Chiguata, exacto, doctor, Mariano Linares Paredes, tú o tus
padres son de Quequeña, ¿no?, sí, doctor, Lizandro Lozada,
ajá, tú desciendes de Caravelí, ¿verdad?, sí, doctor, Abelardo
Machuca Mestas, el cura se quedó con los ojos pegados a la
lista que leía y detuvo su paseo, presente, escuchó la respuesta
venir desde el fondo de la sala, donde súbitamente se hizo el
silencio más estremecedor de todos los tiempos, mientras el
cura no creía lo que leían sus ojos, repitió Abelardo Machuca
Mestas y una millonésima de segundo después el mundo estalló, se derrumbaron las murallas de Jericó, repicaron a rebato
todas las campanas de todas las iglesias del mundo, se festejaba el primero de enero del año 2000 con fanfarrias y cohetes,
en fin, la carpa de cualquier circo quedó chica para albergar el
bullicioso auditorio del primero G, cuyos cincuenta alumnos
golpeaban las carpetas con los puños, estremecían el piso de
madera con sus zapateos, amenazaban hacer trizas los cristales de las ventanas con chillidos de risa de alta frecuencia y el
cura Alarcón, como le había ocurrido al imperturbable hermano Blaste María de la escuela primaria, detuvo su paseo por
el salón, arrimó la gorda cabeza de largos y grasosos cabellos
lacios sobre el pupitre y comenzó también a llorar, levantaba
de cuando en cuando la cabeza agitada por epilépticas contorsiones de su torso, en algún momento se dio la vuelta para
mirarnos con los ojos cerrados, hinchó los carrillos para que su
carcajada quedara para sí y no se mezclara con la algarabía es-

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El hombre que se fue

tudiantil, pero al fin, no pudo resistir e hizo explosión con las
más ruidosas risotadas que duraron todo el tiempo del mundo
y cuando hubo recuperado la facultad de erguirse y de hablar,
caminó dos pasos, se puso de espaldas a la clase nuevamente
para pegar el rostro en la pizarra de cemento negro pintada en
la pared, no me digas, decía entre risas, hipos, lagrimones, no
me digas, agitaciones de la cabeza hacia arriba y hacia abajo
como si estuviera bailando mambo, que te llamas así, palmadas en las piernas, zapateos, palmadas en el vientre, no me
digas, no me digas...
Hubo un solo estudiante que no reía y no se necesita
mucha perspicacia para saber de quién se trataba. De pie al
lado de su asiento, dentro del torbellino que lo había convertido en ojo de tormenta durante minutos interminables, miraba
fijamente, o no miraba, la pared negra que le servía de telón
de fondo al cura contorsionista. Con la mano izquierda apoyada en el tablero de su carpeta y la otra que se abría y cerraba
haciendo ejercicios digitales, Abelardo Machuca contraía los
labios y su rostro se enrojecía hasta casi convertirse en violeta,
y al verlo convertido en esa imagen de estatua de sal, en uno
de esos extraños momentos de impulsiva inspiración que para
bien o para mal me lanzaban a la piscina de lo desconocido, no
hay derecho pensé y decidí ahora o nunca.
–¡Silencio, carajo!
Mi voz resonó con tal fuerza que apagó las risas de los
estudiantes, y también la del cura que pasó de su catalepsia
histérica a una suerte de serenidad tensa, en medio de la cual
se dio lentamente la vuelta, nos miró como si disparara una
ametralladora hacia distintos ángulos, recorría uno a uno la
primera hilera de carpetas y el rostro de quienes, sorpresivamente callados y angustiados ante la espera de lo desconocido, muchos aún con los ojos húmedos, violentaban su seriedad solo asistidos por el temor, mientras la mirada recorría
luego la segunda fila y después la tercera, quién fue, preguntó
sin tono en la voz, quién fue, carajo, quién se atrevió, volvía a
repasar todos los rostros con su mirada, si yo soy el único que

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Luis Eduardo Podestá

puede, caminó por un pasillo entre dos filas de carpetas, el
único que debe, volvía el rostro violentamente transformado
en una máscara de rabia y durante un instante que duró toda
la mañana pensé y ahora ¿qué?, y por unos brevísimos segundos me maldije por meterme en lo que no me importaba y no
sé por qué tampoco ni en qué momento se me ocurrió, maldita
sea, me dije y me puse de pie, junto a mi asiento a la mitad de
la tercera fila, yo, padre, dije acentuando las dos palabras, el
padre, doctor en filosofía, letras y pedagogía corrió llevando
su fornido cuerpo mientras se agitaba feroz su sotana negra
desde la parte anterior de la clase, y se metió en el pasadizo
donde yo estaba, entre la segunda y tercera fila de carpetas, y
traía toda la evidente intención de capturarme y sacarme la
mierda a patadas, pero yo no estaba dispuesto a esperar que
eso ocurriera y cuando él entró en el pasillo, me pasé al otro
lado con un salto de gato sobre la carpeta que tenía a mi lado
derecho.
El cura se quedó desconcertado, se detuvo y miró por
encima de las cabezas de los estudiantes, porque los extremos
de las tres filas de carpetas estaban pegados a la pared posterior, de modo que para pasar de un pasillo a otro había que
regresar al principio de cada fila o saltar sobre ellas como yo
lo había hecho. Yo estaba en guardia, ni que fuera un cojudo
para hacerme agarrar, me decía a mí mismo, aunque en el fondo me moría de miedo y sentía la mirada de cólera del cura
Alarcón, ¿qué dijiste, mierda?, interrogó lentamente con los
ojos fijos en mi corta estatura, dije que yo fui, padre, confirmé con la misma firme voz que intentaba ser serena, se mesó
los cabellos, maldita sea mi suerte, elevó los ojos al techo, por
qué me castigas de este modo, Dios mío, blasfemó, y tomando
una decisión apartó a cachetadas a dos estudiantes, pasó por
encima de sus asientos, pero yo ya estaba al principio de la
fila de carpetas, cerca de la pizarra negra, medía la próxima
acción del cura, como quien es perseguido alrededor de una
mesa, el cura golpeó la carpeta más cercana con los puños,
párate ahí, mierda, no te atrevas a moverte ni a correr, porque

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El hombre que se fue

será peor para ti, cerraba los puños y los agitaba delante de
su pecho, ven acá, maldito, desgraciado, hijo de la gramputa,
avanzó unos pasos hacia el principio de la fila yo retrocedí en
sentido contrario, tratando siempre de mantener una distancia apropiada, no te burles de mí, porque te juro que no estoy
para bromas hoy día, y yo también lo sabía, intentó saltar nuevamente por sobre una carpeta pero su sotana se enredó en un
espaldar y cayó al suelo, vergonzosamente, mientras la clase
estallaba nuevamente en carcajadas, dos alumnos ayudaron al
cura a ponerse de pie, yo me acerqué lentamente al escritorio
del cura, avancé hacia la puerta del salón sin dejar de mirar
cómo se ponía trabajosamente de pie, porque calculaba que
debía situarme por las dudas cerca del primer pasadizo y...
en ese momento se escuchó la sirena que marcaba el fin de la
clase y el principio del primer recreo que iba a disfrutar en el
colegio nacional y al que di efusiva bienvenida interna, abrí la
puerta y, seguido por un tropel de muchachos que reían como
si acabaran de dejar el circo, salimos a los jardines, a la pista de
desfiles, al sol, a la libertad.
Abelardo Machuca Mestas y un grupo de estudiantes
me siguieron hasta el campo de deportes del pabellón norte,
porque, como medida de precaución, no habíamos querido
quedarnos en el patio del pabellón sur, cuya utilización nos
correspondía a los años inferiores. Desde allí vimos cómo el
cura Alarcón, caminando a largos trancos, agitando la cabeza
como un toro furioso, se dirigía al pabellón central, frente al
cual tomaban el sol algunos profesores, se sacudía con rabia
a manotazos, las partes de su sotana manchadas con polvo y
buena la hiciste, hermano, me dijo con reconocimiento Abelardo Machuca y los demás se echaron al pasto a reírse y a comentar con voz que trataba de imitar la del cura, las palabras
que pronunció durante el episodio de nuestra primera clase
de religión. No temíamos represalias porque dijimos, como
ocurrió naturalmente, que aún era muy temprano para que
el cura Alarcón nos hubiera identificado, y por lo demás, no
había alcanzado a leer toda la lista. Claro que me había mirado

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Luis Eduardo Podestá

con insistencia, pero Álvarez dijo que a juzgar por la resaca de
su borrachera dominical, algo que calculábamos se produciría
todos los lunes del año, la próxima semana, cuando nos tocara
la segunda clase de religión, quizá habría olvidado el incidente, o en todo caso, haríamos lo que fuera conveniente, es decir,
no entrar a su clase, y dejar que pasaran las semanas. Pero yo
no las tenía todas conmigo mismo y al día siguiente le pedí al
inspector Manuel Zúñiga, encargado de la disciplina en las
secciones G y H del primer año, que me eximiera de las clases
de religión pues no era católico. Zúñiga anotó mi nombre en
su cuaderno y dos días más tarde me dijo no se preocupe, está
exonerado de llevar el curso de religión, algo que, por supuesto, celebramos con grandes abrazos los miembros de aquel
grupo que habíamos comenzado a formar, entre ellos Abelardo Machuca Mestas, cuya amistad se extendería a través de
los años y trascendería los muros del colegio. Pero la exoneración y mis ideas un tanto escépticas en cosas de religión y
política me pondrían por los siglos de los siglos, el cartel de
comunista, ateo, descreído, hereje y todos aquellos calificativos que acompañan en una sociedad como esta a quienes no
piensan igual que los demás.
Para que no se creyera que el camanejo iba a ser la víctima eterna de las burlas en razón de sus apellidos, allí mismo
adoptamos la decisión de ponerle el sobrenombre de AM. Y
muchos años después, cuando ya fuera de los estudios y metidos de lleno en la vida con diferente suerte, nos encontrábamos los testigos y protagonistas de aquel incidente cuya figura
central fue el cura Sebastián Alarcón, nos preguntábamos mutuamente y ¿qué sabes del popular AM?, pero más conocido
era como el camanejo, y a veces la respuesta era simplemente
negativa, nada hermano, no sé nada y algunas otras, de quienes sí estaban enterados, está como la puta madre, se pudre en
plata, sé que estuvo por los Estados Unidos y Europa, adonde
sus padres lo mandaron a un postgrado, pero no he vuelto
a saber de él, o debe estar en Lima, qué mierda va a hacer
aquí con tanta plata que tiene, a pesar de la cara de cojudo

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El hombre que se fue

que se maneja, ¿te acuerdas de él?, cómo no me voy a acordar,
hermano, parece que sus papás murieron en un accidente de
carretera cuando se iban a veranear a Mollendo y le dejaron
no sé cuántas hectáreas de arrozales en Camaná y un poco
más de tierras en el valle de Tambo, ¿te das cuenta? y eso en
términos generales era verdad, pues sus padres a quienes la
fortuna había sonreído en sus últimos años aprovechaban los
veranos para tostarse en las playas, mientras él se encontraba
en Europa dicen que dedicado a sus estudios, y se dirigían a
Mollendo precisamente, cuando el vehículo entró en la cuesta de Guerreros donde había decenas de curvas y se desintegraban tramos enteros de la vía por falta de mantenimiento
y en un momento saltó al abismo de donde solo después de
dos días de ardua labor pudieron rescatar los cadáveres de
treinta personas, entre ellos, al matrimonio Machuca Mestas.
Cuando algunos parientes le dieron la noticia, Abelardo volvió de inmediato, alcanzó a asistir al sepelio de sus padres que
él dispuso se postergara hasta su llegada y los enterró en dos
tumbas gemelas en el cementerio general de Arequipa.
Aparte de sus apellidos, que por inevitables soportaba
estoicamente y, además hizo rodear de respeto con los puños
o con grandes maldiciones y escándalos, le molestaba que por
haber nacido en Camaná, lo que le daba fama de cojudo aunque no lo fuera, le dijeran con sorna y retintín camanejo de
mierda. Trataba de explicar, por ejemplo, en un intento de rebelión o de tratar de querer cambiar las cosas hechas, mientras
fingía una ingenuidad que estaba lejos de ser suya, que a los de
Mollendo les decían mollendinos, aunque no lo merecieran, a
los de Tambo tambeños, a los de Yarabamba yarabambinos y
solo a los que nacieron en Camaná para bien o para mal de sus
culpas les decían camanejos, como si ello fuera un colgandijo
ofensivo y despectivo. Claro que una denominación similar
les caía a los de Ocoña, que rimaba con la de sus vecinos de
Camaná, pero eso era algo que a él no le importaba. Y no le
importaba porque únicamente acerca de los camanejos corrían
tales cantidades de chistes que parecía que ellos hubieran sido

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Luis Eduardo Podestá

especialmente inventados por Dios para hacer reír a la humanidad, lo cual no era justo de ningún modo, porque entre ellos
había también grandes pendejos y luminarias de la enseñanza,
la poesía y los deportes, como les consta a todos los que conocieron a distinguidos profesores, poetas y poetisas nativos
de ese trozo de la costa de Arequipa. Y hay que recordar que
precisamente un camanejo llamado Zenobio Ortiz recorrió
el planeta ganándoles al ajedrez a los más grandes maestros,
incluidos los rusos, ingleses, norteamericanos y cubanos, que
eran los más famosos, hasta lograr su título de maestro internacional, fama y dinero que se gastó en sabe Dios qué, aunque
nunca se despegó de los arrozales de su padre porque, decía,
más dividendos producía, económicamente hablando, una
cosecha de arroz que un campeonato de ajedrez, sobre todo
en un país que solo hablaba de esta disciplina cuando había
grandes triunfos nacionales en torneos de Europa, Japón, Argentina o los Estados Unidos pero nunca aportaba un centavo
para que el campeón o gran maestro como él pudiera comprarse un libro o dedicar sus horas a practicar consigo mismo
la forma de derrotar a sus rivales. Y como a pesar de todo el
abandono en que el estado tenía a Zenobio Ortiz, él pudo inscribir su nombre entre los grandes del ajedrez en el mundo
entero, la leyenda de que ganaba por camanejo se extendió a
los cuatro puntos cardinales. Todos decían que Zenobio Ortiz
derrotaba a los grandes maestros de ajedrez porque les jugaba
como camanejo, es decir, al revés, decían con todo desparpajo,
como sus rivales jamás se imaginaban que alguien en el mundo podía jugar. Era, decían, como si uno fuera a una guerra sin
lanzagranadas, sin fusil y sin casco sino con un gorro de dormir, o como si escogiera para viajar mil kilómetros un burro
en lugar de un autobús y por lo tanto, atacaba y se defendía
sin pies ni cabeza en el tablero, desplazaba sus piezas en la
forma más insólita, lo cual desconcertaba hasta la locura a sus
contrincantes y los confundía de tal modo que los hacía perder
primero la cabeza, luego la compostura y por último la partida
y no pocos torneos.

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El hombre que se fue

Pero Abelardo Machuca Mestas era un camanejo de
distinto género. No faltaron quienes, principalmente entre sus
familiares, le recomendaron cambiarse los apellidos, o por lo
menos uno de ellos y los más malvados de sus amigos opinábamos que debía cambiarse los tres nombres porque comenzando por Abelardo y la cara que mostraba, nadie podría creer
que se tratara de una persona inteligente y menos aún, anotó una vez Bernardino Rodríguez, a nadie puede obligarse a
creer tampoco que se trataba de una persona humana.
Nos reímos pero mandamos a la mierda a Bernardino
porque, le dijimos, no tenía ningún derecho a expresarse así
del camanejo, porque en primer lugar, era nuestro condiscípulo del glorioso colegio nacional de la Independencia Americana y como tal debíamos reclamar un poco de respeto para él,
sobre todo en ausencia, pero aunque ambos habían amarrado
con los años una profunda amistad y camaradería, a Bernardino le gustaba siempre reírse y hacer reír a costa de los camanejos, acerca de los cuales tenía un repertorio de chistes realmente abultado y la gente le obligaba a contar unos cuantos en
todas las reuniones.
No había día o reunión en que, cuando nos encontrábamos en la calle, el camanejo no ocupara parte de nuestras
conversaciones y a veces le colgaban el protagonismo de aventuras inventadas que nos hacían llorar de risa en presencia o
ausencia de él. Bernardino Rodríguez, natural de Mollendo y
ex alumno del colegio nacional Deán Valdivia, no se cansaba
de contar chistes que tenían como personaje a Abelardo Machuca Mestas a quien, relataba como la cosa más natural del
mundo, había encontrado hacía poco no más en una calle de
Lima con un enorme cóndor pegado a los hombros y cuando
le preguntó por qué andaba en esa forma, el camanejo le contó
que se había encontrado una lámpara maravillosa en la playa
y cuando la frotó, apareció, como era previsible, un enorme
genio que le dijo, a diferencia del genio tradicional, solo te
concederé un deseo por lo que piensa bien lo que vas a pedir
y como buen camanejo, Abelardo dijo quiero tener el pájaro

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Luis Eduardo Podestá

más grande y el genio le puso, por supuesto, un cóndor en los
hombros para toda la eternidad.
También Javier Romero, ex empleado bancario y periodista habitualmente circunspecto y amigo de conversaciones edificantes acerca del significado de la moral y los valores
humanos, sobre todo en una época como la nuestra de falta de
respeto por todo, decía que el camanejo le había contado que
un día encontró en la calle un maletín que contenía cheques,
letras, pagarés y facturas y de puro buena gente que era pagó
hasta el último centavo porque, explicó, fue una temporada
en que tenía muchísimo dinero proveniente de la venta de algunos terrenitos aunque no pudo cobrar ni un cheque porque
estaban a nombre de un desconocido. Ayer terminé de pagar
la última factura, le contó.
También contaban que el camanejo se pasó toda una
noche en una fiesta, tratando de convencer a una guapa muchacha y cuando ella aceptó acompañarlo a un hotel, subieron a una habitación y luego de dar una mirada alrededor del
aposento, él exclamó mira, amor, nos han dado una habitación
con dos camas, una para cada uno. Y lo ponían también como
protagonista de un diálogo sostenido con su padrino, un artesano camanejo, de quien se fue a despedir.
–Padrino, vengo a despedirme porque me voy a Lima,
en busca de trabajo.
–Qué lástima que te vayas ahijadito, pero las cosas están tan mal aquí...
–Estoy un poco temeroso, padrino, ¿usted alguna vez
ha estado en Lima?
–Nunca, nunca he querido ir a Lima.
–Tengo un poco de temor. No conozco a nadie allá, no
sé cómo serán los limeños ni cómo se portarán con un recién
llegado...
–¡Uy, ahijadito! Los limeños son buenísima gente.
Apenas te conocen, te invitan a comer, te pagan el transporte,
te llevan al cine, al teatro, te pagan el hotel...
–Y usted, padrino, ¿cómo sabe todo eso si nunca ha ido

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El hombre que se fue

a Lima?
–¡Mi hermana me ha contado!
En fin, circulaban acerca de Abelardo Machuca, quizá
porque era el camanejo más conocido de su época en la ciudad
de Arequipa, todos los cuentos y chascarrillos que podían inventarse pero después de unas cuantas peleas cuando el chiste
era demasiado ofensivo y personal, la gente aprendió a respetarlo y, lo que era aún más extraño y absurdo, según decían
unos, a quererlo. Abelardo se reía también de muy buen grado
cuando el cuento era bueno y felicitaba al autor o narrador
y hubo algunas ocasiones en que él mismo contó chistes de
mis paisanos, afirmaba, y lo hacía con tan buena voluntad que
nadie que lo escuchara hubiera creído que él también era originario de aquella simpática ciudad. También tenía sus venganzas y no se arrepentía de hacer cojudo a cualquiera que se
pusiera a tiro, y recién llegadito de aquel viaje de postgrado a
Europa que dicen que no le sirvió de nada porque se dedicó
a la vagancia y a la dulce vida, encontró a Rodrigo Jiménez,
su paisano, a quien le contó que en Alemania había tantos
avances tecnológicos que los ascensores no subían ni bajaban
cuando uno entraba en ellos, sino al contrario, que bastaba con
ingresar a la caja de metal y presionar el número del piso que
necesitaba, para que el edificio entero bajara o subiera a voluntad del usuario. Es decir, le dijo a Jiménez que escuchaba
con los ojos y la boca muy abiertos, técnicamente ya no deben
llamarse ascensores porque no son ellos los que viajan de arriba abajo sino los edificios, con lo que se ha eliminado esa sensación tan molesta en el estómago que ataca a ciertas personas
cuando comienzan a subir o a bajar, y ya no hay necesidad
tampoco de que los edificios se vean en las calles, porque bien
pueden estar ocultos en la tierra y dejar afuera solo las cajas
de los ascensores y Jiménez se ocupó de difundir el cuento por
toda la Camaná de su juventud y algunos amigos muy modestos y sencillos le creyeron y otros lo mandaron a la mierda y
le dijeron que ya era bastante grandecito para creer todas las
cojudeces que escuchaba y otros le decían que no era más co-

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2

El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

judo solo porque le faltaban varios años para llegar a la edad
adulta y él aseguró que cuando fuera profesional, lo primero
que haría sería trabajar muy duro para comprarse un pasaje
e ir a Alemania y confirmar por sí mismo aquel milagro de la
técnica y así lo hizo, pero según dijo al volver nunca encontró
una calle siquiera donde existieran aquellos edificios que subían y bajaban a pesar de sus indagaciones en Berlín, Munich,
Francfort, Bonn y otras avanzadas ciudades de aquel país.
Abelardo Machuca Mestas se negó rotundamente a siquiera pensar en un cambio de apellidos, algo que en estos
tiempos, le decían, era más fácil que curarse una bronquitis en
los hospitales del seguro social, porque él decía que ellos debían ser conservados hasta el fin de nuestros días porque eran
una herencia de las personas que más queríamos y que más
nos habían querido y nos dijimos que tenía razón, y respetamos su decisión sin molestarlo más sobre todo con el correr
de los años, porque pensamos que a la muerte de sus padres,
el respeto y el cariño que les profesaba había crecido dentro
de su corazón y una forma de demostrarlos era mantener los
nombres y apellidos con que lo bautizaron e inscribieron en el
registro civil.

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P

or el aviso que publicó en busca de un alma
gemela que coincidiera con sus sentimientos, pero que tuviera
la mitad de sus años, ya que no confiaba en las mujeres de su
edad porque creía que serían no solo viejas sino difíciles de
manejar y de amoldarse a sus peculiares hábitos, lo encontré
como lo encontraron varios periodistas que buscaban una noticia de refresco para los diarios y canales de televisión nublados cotidianamente por las informaciones que más parecían
partes de guerra cotidianos de los terroristas que montaban
emboscadas en la selva y la cordillera, mataban por gusto a
cualquier persona, autoridad o no en cualquier pueblo grande
o pequeño o por las informaciones del gobierno que proclamaban triunfos antisubversivos, económicos y sociales cuando
todos estaban convencidos de que la gente no freía las suelas
de sus zapatos solo por falta de aceite o plata para comprarlo.
–¿Cómo y por qué se le ocurrió publicar ese avisito?

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Luis Eduardo Podestá

–le preguntó un periodista.
–Porque estaba solo –dijo y se quedó callado, a la espera de que el periodista continuara su interrogatorio.
–¿Por qué necesariamente una mujer de la mitad de
su edad? –atacó una joven reportera con un micrófono en la
mano.
–Porque no me gustan las viejas... de mi edad –respondió con sencillez y antes de que se notara ante las cámaras su
sonrisa que los trabajadores de la prensa visual comenzaban a
enfocar, añadió me gustan las mujeres jóvenes... como usted,
¿cuántos años tiene?
–Pero yo..., yo..., yo he venido a hacer las preguntas –se
defendió la periodista.
–¿Ha conseguido lo que buscaba... la mujer que buscaba? –interrogó otro periodista.
–Han venido treintisiete.
Un murmullo de admiración recorrió al grupo de periodistas que lo rodeaba ante la puerta de su casa, en una callejuela muy simpática del distrito de Yanahuara, que mostraba paredes de sillar desnudo, de donde pendían macetitas de
hierro forjado que sostenían flores a las cuales había que dar
cuidados extraordinarios porque de lo contrario se marchitaban con el sol inclemente del día o con el frío de las noches.
–¿Y qué ha decidido? ¿Ha escogido ya a alguna... alma
gemela?
–Voy a comenzar a hacer las evaluaciones, después de
todo se trata de un concurso de méritos –respondió con la misma sencillez como si hacer lo que estaba haciendo fuera la cosa
más natural del mundo.
Pero hacer las evaluaciones no le resultó tan fácil.
Me vio entre el grupo de preguntones y me saludó con
un y tú, ¿cómo estás? a lo que contesté bien, gracias, con el
fin de acabar la conversación y despistar a los demás porque
vi que en el fondo de aquel avisito había una historia muy
singular que escribir en un momento en que los asesinatos
terroristas se sucedían con una regularidad que horrorizaba,

36

El hombre que se fue

los informes de corrupción en las esferas del gobierno plagaban las páginas de algunos periódicos y canales de televisión,
la miseria nos daba bofetadas cotidianas y por eso, no quería
perdérmela por nada de la vida.
Así que después de concluir la entrevista en que una
periodista se atrevió a insinuar que no era tan camanejo como
parecía por la cara, por su enorme tamaño de toro erguido y
su rostro colorado a causa de su afición a los buenos platos y
a regarlos con cuanta bebida espirituosa tuviera a la mano, y
cuando ya no quedaba nadie sino yo, ven, me dijo, y regresó
a la sala donde, sentadas, de pie, en cuclillas o arrodilladas
como si esperaran a un santo o un milagro, estaban las treintisiete potenciales almas gemelas que habían llegado atraídas
por el aviso en el periódico como si se tratara de la búsqueda
de un empleo cualquiera. Se habían distribuido en la antesala
del estudio, en el patio contiguo donde se colocaron muebles
y sillas y en una glorieta que seguía a continuación y servía
como límite entre la casa propiamente dicha y la huerta. En
ese soleado ambiente, como si disfrutaran de todo lo que la
vida podía ofrecerles en aquellos instantes, estaban acomodadas varias de las bellezas que exhibían todas las virtudes que
la naturaleza había tenido a bien entregarles.
El camanejo caminó entre ellas que unánimemente lo
miraron arrobadas, como si allí estuviera de paso el arcángel
san Gabriel o algún santo con su aureola rutilante.
Se detuvo entre la antesala del estudio y el patiecito y
con gesto entre cordial y atrevido dijo lo suficientemente alto
como para que se le escuchara hasta la sala:
–Las damas que tengan más de treinticinco años tengan la bondad de formarse a la izquierda, las de treinticinco o
menores a la derecha.
Se formaron dos filas en el patio. A la izquierda se arrimaron catorce y él, sin pestañear les dijo disculpen, a ustedes
no las voy a necesitar.
Una a una se dirigieron al zaguán y salieron de la casa.
Algunas volvieron la cabeza y una se atrevió a decir en voz

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Luis Eduardo Podestá

suficientemente alta como para que la escucharan no solo las
demás almas gemelas sino el propio solicitante, qué se habrá
creído este camanejo de mierda.
Las veintitrés restantes fueron sometidas a una operación similar. Las que pesen más de setenta kilos a la izquierda,
las que pesen menos a la derecha.
Hubo movimientos, sonrisas, ajustarse de vientres,
torcidas de ojos y al final las más gorditas tuvieron que rendirse ante la evidencia que exhibían y nueve formaron en la fila
de la izquierda.
Con la misma sencillez y firmeza con que había eliminado del concurso a las anteriores dijo a ustedes tampoco las
voy a necesitar, muchas gracias por haber concurrido a mi llamado, muchas gracias.
Hubo una que se atrevió a decir y ¿eso es todo? y otra
alzó la voz para proclamar entre un par de carajos perfectamente audibles que esto es una discriminación por la gordura,
que esto no debía producirse en un país libre y democrático
y él con la misma sencillez e indiferencia que rodearon sus
palabras en esa ocasión, dijo este país es una dictadura milicojaponesa y la autora del reclamo solo lanzó un qué hombre tan
odioso y se fue hacia el zaguán que la llevaría a la calle.
Junto a ella salieron las demás eliminadas haciendo
resonar los tacones sobre el embaldosado y una, quizá por
casualidad, aunque alguna de las finalistas que aún esperaba
la próxima etapa del concurso dijo lo hizo por joder, tropezó
con una maceta y una planta de sombra rodó por el piso en
medio de un montón de tierra húmeda que ensució parte de
la sala. Hubo un momento de silencio tras el destrozo, y todas
se miraron unas a otras y miraron también al autor del avisito
durante unos breves instantes, quizá para ver si estallaba en
un acceso de cólera, pero él se limitó a volver la cara hacia
el interior de la casa y llamar señora Josefita, por favor, venga un momentito, apareció una señora viejísima, encorvada,
con largas canas que le enmarcaban un rostro que mostraban
más arrugas que un pellejo de elefante, quien como si hubiera

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El hombre que se fue

adivinado lo ocurrido ya estaba armada de una escoba y un
basurero y se aprestaba a limpiar la tierra y a levantar la planta
caída y los tiestos, todo sin ruido ni movimientos excesivos
que, me imaginé, ella no puede darse el lujo de efectuar sin
el riesgo de quebrarse y en pocos minutos todo quedó limpio
nuevamente, como si nunca hubiera existido allí una planta
ni se hubiera producido ningún incidente en el vestíbulo, es
decir, en el patiecito anterior a lo que el camanejo llamaba su
estudio, una habitación amplia dividida en dos, cuya primera
parte había sido adornada y amueblada como una linda sala
de espera donde había muebles antiguos y modernos mezclados, unas cuantas plantas de sombra en las esquinas que
orientaban sus ramas hacia el sol y la luz que penetraban por
una gran ventana. En la segunda parte, también iluminada
con amplias ventanas abiertas en las paredes de sillar de un
metro de espesor estaba el estudio, un ambiente muy amplio,
amueblado con un escritorio, un juego de grandes y pesados
sillones forrados en cuero negro, una mesita baja de madera
tallada donde ponía revistas y periódicos que arrojaba a la basura cada tres o cuatro días. Y el concurso siguió adelante.
Entre las siguientes catorce había mujeres realmente
bonitas y esculturales. Se esmeraban por mostrarse en toda su
belleza elevando el rostro, moviéndolo con lentitud estudiada
ante la luz de las ventanas, por si el camanejo estuviera apreciando sus diversos ángulos, ponían un pie delante del otro
para mostrar las pantorrillas y trataban de mostrar también
que sus bustos eran proporcionales a sus estaturas y caderas
y si estaban sentadas, cruzaban las piernas para mostrar los
trozos de muslos que sus faldas dejaban al descubierto.
La estatura de ellas, según pude calcular, promediaba
entre el metro sesenta y metro ochenta, pero había una de casi
un metro noventa.
Con ojos de conocedor, Abelardo Machuca Mestas, el
camanejo, las recorrió una a una, mientras ellas, de pie a pedido del calificador, en una hilera como en un concurso de
belleza, procuraban mostrar lo que poseían dentro de los más

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Luis Eduardo Podestá

diferentes pero elegantes vestidos.
Sin embargo, Abelardo, el camanejo, tenía una forma
rara de pensar y de analizar las cosas y fijando los ojos en la
belleza de elevada estatura, de grandes y hermosos ojos sombreados por algún pincel de retoque, cubiertos por pestañas
oscuras y rizadas, cuyos rojos labios finamente delineados con
un lápiz negro sonreían, le dijo con suma sencillez.
–A ti tampoco te voy a necesitar, guapa.
Y no se detuvo a pensar en la reacción que la hermosa
mujer experimentó al fruncir enérgicamente los labios, poner
el rostro enormemente rojo y con la furia dibujada en los bellos ojos, salir murmurando maldiciones irreproducibles.
Yo la miré cuando se iba y dije dentro de mí, qué cojudo, tenía que ser camanejo para soltar esa magnífica presa. Y
parece que el tiempo me dio la razón y demostró una vez más
que Abelardo estaba destinado a cometer los mayores errores en cada acto de su vida. No pasaron seis meses sin que
nos enteráramos de que la hermosa candidata desairada por
el camanejo, había participado en un certamen de belleza y
conquistado, ¡adivinen qué!, nada menos que el cetro de señorita Arequipa primero y luego quedó segunda en el concurso
señorita Perú. Recuerdo que durante una visita a su casa de
Yanahuara, le hice notar la equivocación que tuvo al no elegirla como su alma gemela y me respondió que si la hubiera
escogido ella no habría tenido la oportunidad de convertirse
oficialmente en la chica más linda de la región y en la segunda
más bella del país, lo cual demostraba una vez más que Dios y
el destino llegan a las conclusiones más sabias por los caminos
más torcidos.
Y se negó rotundamente a volver a hablar del asunto.
Prosiguió enfrentando a las damas que quedaban pero
ellas, quizá al recordar la experiencia de la belleza despedida
poco antes, dejaron de hacer demostraciones exageradas y aspavientos con su rostro, caderas, pechos o pantorrillas.
La calificación fue ardua. Las muchachas pasaban una
a una del patiecito si allí estaban, a la antesala y de aquí al

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El hombre que se fue

estudio, donde se efectuaba la entrevista en privado. Gracias
a las llamadas en alta voz que el camanejo formulaba desde
la puerta del estudio cada vez que concluía la entrevista con
alguna de ellas, pude enterarme de que once sobrevivientes
de la primera calificación se llamaban Ina, Violeta, Rubí, Magdalena, Silvia, Ruth, Paloma, Fredesbinda, a quien por ahorro
de letras comenzaron a llamar simplemente Fredes, Eudora,
Carla y Lourdes.
El único miembro del todopoderoso jurado tuvo muchos momentos de vacilación y me imaginaba que en esos minutos en que se encontraba solo, su indecisión llegaba a los
más altos niveles, lo cual originaba compases de espera que
convertían el certamen en un espectáculo sumamente tedioso y aburrido. Todas eran muy hermosas y, aparentemente,
según la primera entrevista personal, llenaban los requisitos
que la mente del camanejo había ideado para adornar a su
alma gemela. Ante la indecisión del calificador, que tampoco
disminuyó el número de las concursantes, las muchachas comenzaron a dar muestras de cansancio, a dos horas y media
de iniciado el acto.
Al concluir la primera ronda de calificación, Abelardo
Machuca Mestas también dio señales de tedio. Abandonó el
estudio y como estaba habituado a comer bien y beber mejor,
alrededor de la una de la tarde les dijo que se pusieran cómodas, si querían podían pasar a la glorieta o la huerta, tomarse
un descanso, mientras iba a comprar algo de comer porque en
la casa no tenía lo suficiente para tantas y hermosas invitadas
y como quien no ordena si no pide un gran favor me miró y
dijo con voz suave ¿me acompañas?
–Eres un grandísimo pendejo con esa cara de cojudo
que la naturaleza te ha obsequiado –le dije en cuanto estuvimos en el pintoresco callejoncito florido a cuya vera se encontraba su casa.
–Je, je –rió sin darse por aludido– vamos a ver qué pasa
un poco más tarde y me invitó a abordar su poderosa camioneta cuatro por cuatro de doble cabina que estaba caliente

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

como un horno ante la puerta de la casa.
Compramos, porque el camanejo no era de ningún
modo avaro ni mezquino, cantidades de pollo dorado, chicharrones de chancho con maíz tostado y ensaladas de cebolla,
lechugas y tomates, camarones fritos a la plancha, escabeche
de cabeza de chancho, una olla de caldo de camarones, rocotos
rellenos, pan suficiente como para alimentar a un colegio entero, cajas de cerveza y gaseosas. Pusimos todo en la camioneta y
luego de declarar desierto el restaurante en el que compramos
los abastecimientos, porque literalmente barrimos con todo lo
que encontramos, enrumbamos con el cargamento a la casa.
Llevamos una mesa del comedor hasta una glorieta
que era como una magnífica portada hacia la extensa huerta
del fondo, rodeada de una barrera de carrizo entretejido estrangulado por enredaderas que le daban luminosos reflejos
verdes en las horas de sol. Las chicas colaboraron llevando sillas, se desvivieron para demostrar que sabían comportarse
como amas de casa u organizadoras de banquetes y cubrieron la mesa con un mantel a cuadros de colores que la señora
Josefita les proporcionó, acomodaron las servilletas a las que
dieron figuras de pavorreales y abanicos en lugares estratégicos, todas sonrientes, haciéndose bromas y ayudándose mutuamente como si se conocieran de mucho tiempo y la concentración de almas gemelas se trasladó en pleno a la glorieta.
Me gustaba este lugar porque me sentía en paz rodeado por esa enredadera que durante las horas de sol estaba
enflorecida con campanillas violetas que se cerraban al atardecer, para volver a abrirse al día siguiente con las primeras
luces en un ciclo que, me repetía incansablemente, ellas mismas habían inventado para prolongar su vida y procurar que
sus semillas maduraran en tanto tiempo como lo permitiera el
sol que la naturaleza les regalaba todos los días.
Pusimos todo sobre la mesa en grandes fuentes, platos
y cubiertos para que todo el mundo se sirviera lo que quisiera,
destapamos botellas de cerveza y gaseosas para que tomaran
a discreción lo que desearan y olvidamos por un rato el con-

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curso.

Desde su posición, con un plato en la mano y un vaso
de cerveza en un taburete muy cercano, Abelardo Machuca
observaba a las almas gemelas y no me equivoqué cuando
pensé que desde esa posición se encontraba dedicado a proseguir una rigurosa calificación de quien habría de ocupar el
primer lugar y convertirse en su alma gemela.
–Lourdes tiene tendencia a la gordura –dijo como experto, en voz baja para que solo yo pudiera escucharlo– y tiene
veintinueve años. Es una magnífica muchacha. Dice que estuvo casada pero que nunca congenió con su marido con quien
se casó solo porque se acostumbró a él ya que eran compañeros de trabajo en una oficina bancaria. Es una lástima, pero no
creo que llene las condiciones subjetivas de la evaluación.
–Eres una mierda. Hubiera sido preferible que la eliminaras en la mañana, después de la entrevista personal. ¿Cómo
le dirás que no la necesitarás después de hacerla quedar hasta
esta tarde? Mírala, parece tan confiada en que será seleccionada.
–Como se lo dije a las otras. Muchas gracias por su
presencia, guapa. Además, a las de este grupo que resulten
eliminadas, las espera un sobre con unos billetes a la salida. La
señora Josefita está encargada de dárselo. Ninguna se sentirá
defraudada. Después de todo, ya han comenzado a realizar
una especie de labor que les ha tomado parte de su tiempo y
es justo que sean compensadas.
Llamó a Lourdes y le dijo salud, mientras le servía un
vaso de cerveza, ¿por qué no comes?, muchas gracias, dijo
Lourdes con una sonrisa angelical de tal confianza en sus propios méritos de mujer que me sentí hecho una mierda, como si
yo fuera cómplice de aquella maldita jugada que el camanejo
iba a hacerle dentro de algunos minutos y me alejé, con el pretexto de buscar comida o bebida en la mesa.
Como tenía que ocurrir, en un momento, el camanejo,
que sostenía una botella y un vaso lleno hasta la mitad, salud,
Lourdes, le dijo y luego mirando hacia la huerta a través de

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Luis Eduardo Podestá

la verja de carrizos cruzados, donde reverdecía la enredadera
tachonada de campanillas violetas, le comenzó a hablar bajito, bajito, como para que ella sola escuchara y la vi inclinar
un poco la cabeza, mirar en la misma dirección que miraba el
camanejo, ponerse en la cara la expresión más triste que hasta
entonces había visto en una mujer, porque esa sí era tristeza y
pensé que en ella no había ahora ningún fingimiento y que se
ponía realmente así, porque la noticia que le daba el camanejo
la estaba golpeando no solo en su hermosura que ella creía la
más perfecta de todo su barrio y de todas las que concurrieron a esta reunión sino en el estómago donde se sienten los
dolores de las desilusiones y las frustraciones, en su orgullo
porque ella se creía sin lugar a dudas la mejor y más bella de
las mujeres del grupo que aún sobrevivían en este singular
concurso de méritos organizado por un camanejo caprichoso.
La vi morderse los labios y mover lentamente la cabeza como
quién dice y ahora qué voy a hacer, Dios mío, como si ganar el
concurso de belleza por sus posibilidades femeninas hubiera
sido una cuestión de vida o muerte y toda su vida, su destino,
su suerte y su futuro dependieran del camanejo convertido
en un dios que a su libre albedrío juzgaba qué cualidades debía tener el alma gemela que buscaba y me sentí una piltrafa,
petrificado en mi lugar al lado de la mesa, como quien no se
decide a elegir ninguna comida, fingiendo no mirar hacia donde tenía clavada la mirada y volví los ojos a otro lado, pero
como si comprendiera mi estado, Lourdes dio unos pasos para
separarse de Abelardo Machuca Mestas y como si estuviera
desempeñando el papel de la víctima más desamparada del
mundo, desorientada, con su lindo rostro a punto de llorar,
se acercó a mí y me dijo, adiós, señor, ustedes han sido muy
buenos, me di la vuelta y la miré silencioso, le di la mano, le
estreché la mano durante largos, cariñosos instantes, acercó su
rostro para que le diera un beso en la mejilla y la besé, soltó la
mano y se dio la vuelta para irse hacia el pasillo que la llevaría
adonde la señora Josefa la esperaba con un sobre y luego al
mundo de fuera, que en ese momento, tres y media o cuatro

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El hombre que se fue

de la tarde, se me antojó como el antro más oscuro y horroroso
a que ella estaba condenada.
Vacilé durante unos minutos, luego bebí de un sorbo
el resto de cerveza que tenía en el vaso y salí detrás de Lourdes, la alcancé en la esquina, donde se detuvo para mirar hacia
arriba y hacia abajo en búsqueda de un ómnibus, taxi o cualquier vehículo que la llevara lejos de allí, le dije Lourdes, tenga
la bondad, no se vaya aún, le ruego, me miró extrañada, como
si nunca hubiera pensado que yo, quien aparecía como el socio
del gran dios que la había juzgado sin méritos para ser su alma
gemela, pudiera descender a la tierra a seguir sus pasos en la
vereda de piedra de aquella calle de Yanahuara, le ruego que
no lo tome tan a mal, me dé su dirección, que me diga si tiene
un teléfono donde llamarla, perdóneme, algunas cosas son injustas, me miró y sonrió levemente, porque se sintió halagada,
me dio la dirección de su casa y un número telefónico que anoté en mi libretita, porque en ese momento tenía la convicción
de que tenía que volver a verla no una sino muchas veces, me
dio nuevamente la mano, adiós, señor, ha sido usted muy bueno, me encantará verlo otra vez, alzó la mano para detener un
ómnibus y se fue con toda la desgracia de su belleza a cuestas.
Pero jamás volví a verla.
Violeta, Magdalena y Silvia salían con su sobre en la
mano, cuando yo regresaba a la casa, desde cuya glorieta ya
se escuchaban rumores de fiesta, risas mezcladas con la música, voces al parecer elevadas por el estímulo de los tragos
o la alegría natural de un grupo de gente joven, cuyo único
problema quizá era buscar un trabajo en esta época en que
era lo más escaso y de lo que se aprovechaba el gobierno para
llevar dádivas a la gente más pobre y conquistar sus votos. Las
tres chicas salían en un grupo sonriente, indiferente, hacían
reverencias a la señora Josefa cuyo rostro de piedra milenaria
se mantenía inconmovible como si lo que pasaba allí hubiera
sido lo más natural del mundo, algo de todos los días por lo
cual no valía la pena interesarse.

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Luis Eduardo Podestá

En el interior, cuando me aproximaba a la glorieta que
brillaba con los reflejos dorados del sol del atardecer de los
cuales creo que nadie se daba cuenta y que le daban una luminosidad que la convertía en un ambiente extrañamente bello
y esplendoroso aunque no habían encendido ninguna luz artificial y solo recibía la que el cielo le obsequiaba, Rubí se me
acercó, sonrió con toda la belleza de su dentadura blanquísima
y a media voz me preguntó y usted, ¿no sabe hasta qué hora
debemos estar aquí?, no, no sé, le respondí también con tono
cómplice, pero te prometo averiguar, mi hijita debe estar que
se muere de hambre, comentó, mira, le dije, voy a preguntarle
al señor Machuca, ¿cree usted que yo seré la elegida?, hice un
gesto de desconcierto, moví la cabeza afirmativamente, debías
serlo si de mí se tratara, la elogié, pero ¿cómo podría saberlo?,
no tengo ninguna injerencia en la elección, lo único que puedo
hacer y esto solo como amigo del señor Machuca, es preguntarle si esta etapa del concurso va a tardar mucho y, en efecto,
me acerqué adonde el camanejo pinchaba un camarón frito a
la plancha y le dije sin preámbulos ¿no sabes hasta qué hora
va a durar esta huevada?, hay gente que desearía saber cuál es
tu decisión.
–¡No! –se sorprendió–, yo creí que todas estaban dispuestas a quedarse sin medir tiempo ni consecuencias, disponibilidad inmediata, ¿sabes?, disponibilidad inmediata decía
el avisito.
Recorrió con la vista a las siete mujeres, algunas de las
cuales acodadas en la baranda de palos de la glorieta admiraban los enormes árboles de la huerta, la parra entre cuyas hojas se disimulaban los racimos de uvas blancas, enormes uvas,
pero dime, ¿hay alguien que no quiere estar aquí?, me preguntó repentinamente, si hay alguien que ya quiera irse puede
hacerlo, no vamos a presionar a nadie para que se quede, dijo
suavemente con la boca llena, y levantando la voz para que
todos lo escucháramos, señoritas, ya casi son las cinco de la
tarde, temo que algunas de ustedes quizá consideren que su

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El hombre que se fue

misión aquí ha concluido, lo miraron con sorpresa, no querían
creer que así como así, el camanejo las iba a despedir, sin haber terminado la selección que comenzó antes del almuerzo,
pero a pesar de su curiosidad, ninguna preguntó nada, quizá
por temor a que alguna palabra suya fuera tomada como una
señal de rebeldía que pudiera costarle el lugar que habían conquistado con paciencia su belleza y sus respuestas al examinador durante la entrevista del mediodía.
Rubí lo miraba y escuchaba con especial interés y su
mirada viajaba entre el camanejo que hablaba y yo que me
mantenía a dos pasos de él al borde de la mesa donde aún
se lucían abundantes alimentos, botellas de cerveza a medio
vaciar, vasos con bebidas diversas, panes, migajas y restos de
comida diseminados, y me dije que quizá ella temía que yo
la hubiera identificado ante el hombre que buscaba su alma
gemela, la verdad es que aún nos queda mucho por hacer,
prosiguió el camanejo, pero si alguna de ustedes, distinguidas damas, desea poner término al día y a la entrevista, en la
puerta la señora Josefita le entregará un sobre cuyo contenido
creo que constituirá una compensación muy aceptable por su
gentileza de haber venido y soportado las actividades del día.
Se miraron entre sí, desconcertadas y Rubí preguntó
un tanto tímidamente si las que se retiraban ahora y recibían
su sobre, podrían volver para completar la prueba y el señor
Abelardo Machuca Mestas replicó sencilla, cruel y firmemente
no, no, señorita, porque esta también es una parte de la prueba.
Rubí se mordió el labio inferior muy graciosamente,
miró alrededor como buscando algo cuya naturaleza desconocía, yo pensé que quería encontrar solidaridad, pero como
nadie dijo nada, se dirigió a una silla y tomó asiento, y como
si con su gesto hubiera invitado a todas las demás a quedarse, una tras otra dijeron yo me quedo, yo también y la última
que pronunció la frase fue Fredes, agitando con coquetería su
cabellera rubia.
Abelardo Machuca Mestas sonrió, se sirvió un vaso de

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Luis Eduardo Podestá

cerveza y salud, dijo a Fredes que se sentó cerca de él, ella sonrió y sin esperar que él le sirviera, tomó una botella de la mesa
y se sirvió medio vaso que bebió sorbo a sorbo.
Poco después, todas ellas estaban sonrosadas por la
cerveza y la animación que reinaba, se pusieron a bailar, venga, bailemos, le dijo Paloma, una belleza de ojos negros como
el infierno, si el infierno es de ese color, y el camanejo sí, claro,
y las demás apartaron la mesa hasta un borde de la glorieta
para dejar espacio en el centro. Ruth, quien lucía una chompa
roja que descubría la turgencia de sus senos, levantó una caja
de cerveza, destapó cuatro botellas y las distribuyó en distintos lugares, si se trata de alegrarnos hay que hacerlo, dijo sonriente y al hacerlo mostró el instantáneo, breve brillo de una
esquinita de oro en el borde izquierdo de uno de sus incisivos
y, no sé por qué, ese brillo le otorgó ante mis ojos, un toque
de ternura, Ruth, dije para mí mismo, Ruth, de qué campo
de trigo has venido para caer aquí en medio de este berenjenal provocado por un extraño llamado Abelardo Machuca
Mestas, pero no tuve tiempo de continuar mis cavilaciones,
porque como si hubiera notado mi mirada instantáneamente
impactada por el brillo de su pequeñísimo trozo de oro, Ruth
avanzaba hacia mí, salud, señor, me dijo y me extendió la botella de cerveza, salud, le respondí, y luego agregué ¿quisiera usted bailar?, no lo hago tan mal, esperó de pie ante mí
que diera un sorbo y dejara el vaso en una maceta y bailamos,
la miré en los ojos, y casi llegué hasta el fondo de su alma,
porque eran claros, de color gris azulado, y nunca, que yo recuerde, había visto un color de ojos así, bajé la mirada hasta
su pecho blanco–rosado que la chompa roja escotada dejaba
parcialmente al descubierto, y quizá al observar que mis ojos
no se apartaban de esa abertura, ¿no sabe usted hasta qué hora
durará esta... entrevista?, preguntó y mis ojos volvieron a sus
ojos no, le respondí, yo soy un invitado como ustedes, aunque
parezca mentira estoy aquí de pura casualidad, ¿no es usted
amigo de don Abelardo?, repreguntó, sí, somos muy amigos,
nos conocemos desde la infancia, desde el colegio, pero hoy

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El hombre que se fue

he venido en cumplimiento de una misión periodística, ¿y no
sabe usted cuál es el fondo del aviso que publicó? se interesó y
abrió aún más los grandes ojos grises, sé, le respondí sonriendo, que busca un alma gemela, no sé para qué, pero yo sí me
imagino, dijo ella sonriendo pícaramente con su bello diente
de reflejo dorado, se acababa la música, gracias, linda, le dije
al dejarla cerca de una silla.
Bailamos indistintamente con una y con otra, y mientras lo hacíamos, nos cruzábamos bromas, reíamos, en cierto
momento formamos una ronda con las siete chicas, luego una
me empujó al centro. Paloma vino y se colocó frente a mí y
se contorsionó frenética, pareces estar bailando la danza de
los siete velos, grité riendo, pero sin velos, respondió también
riendo, luego empujaron a Abelardo y salí del ruedo, palmeando y gritando para marcar el compás, al final esto merece un
buen trago, dijo el camanejo, alineó nueve vasos en la mesa y
los llenó hasta el borde, entregó uno a cada uno de nosotros y
levantando el suyo por esta hermosa reunión, dijo, chocamos
las copas con las de cada una de las chicas, gracias por acompañarme esta tarde, dijo con una voz que quería ser emotiva
y tierna, muchas gracias porque generalmente me siento solo,
qué huevón, pensé, quiere conmoverlas, quiere hacerlas creer
que esta es una fecha especial, salud dijeron ellas, por este hermoso día, intervino Eudora y recién escuché su voz, la miré,
porque el tono con que lo dijo me pareció especialmente dulce
y sus grandes ojos eran el reflejo, me dije, de todo su lindo
cuerpo, colocado esculturalmente en un vestido que le dejaba
veinte generosos centímetros de muslo a la vista del mundo.
Más tarde, serían las seis y media de la tarde, hicimos
un círculo, Ruth trajo algunas botellas y las puso al centro, comenzamos a tomar de un solo vaso y cada cual se servía a su
gusto, y vi que el camanejo se servía generosos vasos cada vez
que le tocaba el turno. Repentinamente Eudora pidió permiso
y se fue al baño, la siguió Fredes, Ina dijo creo que ya está mal,
¿está mal?, preguntó con cara de inocente el dueño de casa,
ha bebido mucho, dijo Carla, no está acostumbrada a beber,

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Luis Eduardo Podestá

intervino Ina, ¿ustedes la conocen?, preguntó el camanejo, no,
dijeron al mismo tiempo, e Ina recién la conocí hoy y Carla yo
también, nos conocimos aquí.
En un momento vi en la mesa un cuaderno de apuntes
y como si no le diera importancia, picando unos camarones
que comía lentamente untados con mayonesa, y mientras el
camanejo fingía interesarse por el estado de cada una de las
bellezas que lo rodeaban, principalmente por Eudora, copié
todos los nombres y direcciones que aparecían en una página.
Demoraron una enormidad y al volver junto a Fredes,
Eudora tenía los ojos enrojecidos, pensé que había llorado o
vomitado, me produjo un sentimiento muy especial ver su
confusión, venga, le dije interceptándola antes de que llegara
a la glorieta y me siguió, le daré algo para que se alivie, llené
medio vaso con agua en el baño al que no se atrevió a entrar
mientras yo estuviera allí y que mantuve con la puerta abierta,
le eché una sal efervescente, que por casualidad llevaba conmigo, esto le hará mucho bien, le dije mientras ella bebía lentamente, gracias, se lo agradezco muchísimo, me dijo con esa
voz tan dulce que había escuchado ya una vez, y mientras bebía me fijé en las líneas de su rostro perfecto, los grandes ojos
de color marrón oscuro que tenían una mirada tan profunda,
sonrió y mostró hoyuelos en las mejillas, pero no dijo nada,
me enternecí, la tomé del brazo, suavemente, como si la protegiera, regresamos, se sentó en su sitio del círculo silenciosa,
seguimos bebiendo, pero ella se servía solo en el fondo del
vaso, solo, pensé, por no dejar de hacerlo y mantenerse dentro
del círculo, una belleza como ella, cómo pudo haber venido a
este concurso sin pies ni cabeza, y luego me dije debe tener sus
necesidades y no soy quién para juzgar sus decisiones, pero
Paloma la descubrió, eso es trampa, protestó, nosotras nos servimos medio vaso ella no toma nada, Eudora cubrió el vaso
con la mano derecha, si estoy tomando, se disculpó, intervino
el camanejo, cada uno se sirve con su mano lo que quiere, sentenció, se levantó, fue a la mesa, trajo un plato con restos de
chicharrones y camarones, pan, deben comer, aconsejó, para

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El hombre que se fue

que no les caiga mal el trago, se sirvieron trocitos de chicharrón y camarones, y cuando le llegó el vaso, el camanejo se lo
sirvió lleno, bebió la mitad, quería decirles algo, muchachas,
comenzó, quiero que me perdonen si las he forzado a algo que
no querían hacer, miró a todas, una por una, todas ustedes
son no solo muy bonitas, muy hermosas, sino muy buenas,
muy agradables, inteligentes, muy finas y simpáticas, y de
hecho pueden considerarse las elegidas, las finalistas de esta
convocatoria, me agrada que se hayan quedado con nosotros
hasta ahora, pero quiero que me perdonen si he hecho algo
que no les ha agradado, si quieren pueden retirarse, tengo sus
direcciones anotadas aquí, señaló el cuaderno, a la salida está
la señora Josefita con un sobre para cada una, no lo tomen
a mal, tengan la bondad de perdonarme, insistió, y permitir
que en algún momento, en los próximos días o semanas, continuemos el examen, yo las llamaré, quizá sea necesario que las
visite y salgamos juntos algunas veces, pero cuando reciban
mi llamada o mi visita no duden en decirme que no pueden
o no deben hacerlo, no me molestaré ni cambiará nada por
eso, la evaluación continuará, pero deben comprender que
necesito un tiempo más largo que un solo día, ellas asentían,
lo miraban, pienso que algunas creerían que las palabras del
camanejo eran una forma muy elegante de decirles que había
concluido la prueba y que ninguna, a pesar de su belleza y
de las cualidades que habían demostrado en el curso del día,
podría aspirar a ser el alma gemela que buscaba.
Una a una se levantaron, se alisaron el cabello, se acariciaron el rostro para comprobar que estaban acaloradas, algunas fueron al cuarto de baño para un breve vistazo de sí
mismas frente al espejo, una a una pasaron delante del camanejo, le dieron un beso en la mejilla, ha sido un bonito día, me
dijo Eudora al despedirse, gracias nuevamente, ha sido usted
muy amable conmigo, me besó en la mejilla, apretó mi mano
de una manera que a mí me pareció muy especial y sonrió y
vi en ella algo que aún no sabía qué podía ser, el camanejo se
quedó mirándola un instante, gracias también, le respondió,

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Luis Eduardo Podestá

y cuando la última, Rubí, se despidió diciéndole espero que
nos busque, que nos haga saber el resultado de la evaluación,
¿lo hará?, el camanejo le dijo sí, con toda sinceridad, es una
promesa que les hago, se les hará saber la decisión cualquiera
que fuera y estaremos otra vez juntos como hoy, si aceptan mi
invitación para dar por concluido el concurso.
Al pasar cerca de mí, Rubí me dio una mirada lánguida, parecía muy cansada, muchas gracias por lo que hizo,
¿creería que yo había influido algo en la decisión del camanejo
de terminar la reunión en vista de que su hijita la esperaba
para que le diera de comer?, me dije que eso pudiera ser cierto si la reunión hubiera terminado un par de horas antes, me
besó en la mejilla, me apretó las manos cariñosa y se fue con
su paso ondulante, mientras el camanejo se despedía de las
demás, y al concluir miró a su alrededor, abrió los brazos, por
favor, hermano, quédate un rato más, nos vemos después de
no sé cuánto tiempo, necesito que me acompañes, por favor,
rogó, me quedaré, le respondí. Y me quedé.
–Vamos a comer –me dijo como a las nueve de la noche, después de que dimos fin a todos los restos de botellas
de cerveza, como si fueran el último líquido que pudiéramos
encontrar sobre la tierra y conversar sobre todos los temas
imaginables.
No me consideraba ebrio. Podría decir que estaba un
poco achispado, porque nunca en esos años me emborraché.
Adquirí una extraordinaria resistencia ante el alcohol, principalmente cuando tomaba cerveza, que podía beber hora tras
hora sin dar muestras de embriaguez. Solo cuando bebía alcoholes fuertes como el pisco, el ron o el whisky, me alegraba
muchísimo pero igualmente podía resistir hora tras hora, hasta que, si me excedía y me sentía realmente ebrio, me retiraba
de donde fuera sin dar aviso a nadie.
Pero esa noche, quizá por el avance de la cerveza bebida
durante toda la tarde y algunas horas de la noche, me encontraba estable, como si caminara sobre una cuerda suspendida
en el aire, me sentía poseído de una extraña paz y tranquilidad

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El hombre que se fue

que me hacían hablar con dulzura, soportarlo todo con ecuanimidad. De modo que cuando Abelardo Machuca Mestas me
dijo vamos a cenar al centro, no le dije no y solo intenté una
leve resistencia al decirle no exageres, después de todo lo que
hemos comido y bebido en la tarde, ¿todavía te atreves a sentir
hambre?, no, no es hambre propiamente dicha, me respondió,
es que no soportaría irme a dormir en estos momentos, no podría dormir toda la noche, me angustiaría, me sentiría mal,
me siento en un estado muy especial, como si este día hubiera
sido algo extraordinario, y ¿no lo fue?, inquirí burlón, no me
hizo caso, por eso te dije que me acompañaras, que no te fueras detrás de alguna de esas muchachas que a esta hora, con
los tragos que llevaba encima, estaría dispuesta a correr una
aventura. Reía, nunca dejarás de ser el gramputa de siempre,
le dije.
Y nos fuimos al centro, donde ordenó dos parrilladas
enteras, solo por joder, me dijo, a ver si terminamos, pero él
mismo, al ver los fogones con una parrilla que sostenía trozos de carne de cerdo, res, cordero, anticuchos de corazón,
choncholíes, riñones y no sé qué otras exquisiteces, mostró su
sorpresa en voz baja, mierda, yo no creía que esto fuera tan
grande, pero adelante, te desafío a terminarla.
Comimos lentamente, al comienzo sistemáticamente,
cosa por cosa pero luego decidimos alternar una carne con
otra, bebiendo vino, para que siempre estemos con hambre,
dijo el camanejo que en un momento se aflojó la correa del
pantalón. Yo hubiera preferido cerveza y así se lo dije, no seas
ordinario, me reprochó, qué diría la gente fina que llega a este
restaurante si te ve tomar cerveza acompañando estos manjares. Callé y ya no dije nada en cuanto a la bebida y lo único que
hice fue beber, comer con grandes pausas, exactamente como
él. Ambos éramos carnívoros y nos enorgullecíamos de nuestros inmensos apetitos cuando de carne se trataba, algo que
fracasaba cuando nos servían pescado o pollo, chancho o pavo
en cualquier forma, no porque no nos agradaran sino que nos
parecía que cualquier plato a base de pescado o aves tenía su

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Luis Eduardo Podestá

límite, en tanto que la carne de res, de ninguna manera. Y se
podía seguir comiendo eternamente carne en los sabrosos caldos, como en frituras o a la parrilla, al horno o simplemente
sancochada y con sal y ají. Para eso, se enorgullecía Abelardo
Machuca Mestas, solo existe un límite... el cielo. Y se reía con
sinceridad.
Hablamos de las muchachas. Se le ocurría que escoger
entre Ina, Rubí, Ruth, Paloma, Fredes, Carla y Eudora era sumamente difícil, pues todas eran realmente muy hermosas y
parecían tener buen corazón y lo único que habría que averiguar, dijo, era si alguna de ellas era el alma gemela que buscaba, el alma con la cual habría de vivir hasta morir, con la cual
habría de comprenderse, con la cual sus propias vibraciones
habrían de sintonizarse en tal forma que apenas estuvieran
juntos se sintieran uno y no dos seres distintos, decía con un
tono mezclado de pena y esperanza, se preguntaba si entre
las siete seleccionadas finalmente estaría la persona que había
buscado durante toda su vida, moví la cabeza, le dije si no
comenzaras por pensar que fulana o zutana como Lourdes,
por ejemplo, tiene tendencia a la gordura y a eliminarlas por
apariencias corporales, creo que podrías avanzar en busca de
alguien que coincidiera sentimentalmente, espiritualmente
contigo, pero, replicó de inmediato, no solo se trata de eso,
se trata también de coincidencias corporales, sexo, comidas,
hábitos, ajjj, respondí, estás pidiendo demasiado, todo o parte
de eso se adquiere con el hábito, con la costumbre de estar
con alguien, ¿sabías, contraatacó, que Eudora es virgen?, me
quedé con la boca abierta, anda, vete a la mierda, le repliqué,
a los veinticinco o veintiséis años que ella debe tener, ya no
existe ninguna virgen, pero él se besó una cruz que hizo con
los dedos, por mi santa madre que está en los cielos, hermano,
ella misma me lo dijo, se ha educado en un colegio religioso y
ha estado en un convento, es semimonja, sí, esa es la palabra,
semimonja, porque no llegó a serlo, estuvo en el convento y
se salió con permiso papal, uy, hermano, es una historia que
ya quisieras escribir en el diario, lo escuché con atención y por

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El hombre que se fue

eso te gusta, porque es virgen, le pregunté con desgano, sí,
puede que sí, ¿te imaginas una mujer de su edad sin experiencia sexual, sin haber conocido un hombre?, solo me quedó
mover la cabeza, con gesto de incredulidad pero en el fondo
yo sabía que el camanejo no mentía y quizá tampoco Eudora,
y entonces creí saber por qué había visto algo especial en ella
cuando la tuve tan brevemente cerca y me pregunté si el interés que mostré por atenderla cuando la vi en problemas por la
bebida no sería un anuncio de mi ternura que había despertado ante una mujer que al fin y al cabo era algo muy especial,
ah, la bella Eudora cuya imagen vi en el fondo de la copa de
vino, de donde emergía con su falda azul marino que le dejaba
veinte centímetros de muslos poderosos a la vista del mundo,
que bailaba con gracia y elegancia todos los sones tropicales y
serranos que nos ofrecieron en la tarde de la glorieta, que golpeteaba sus tacones número siete como calculando que con su
ritmo haría acompasar el balanceo de sus senos turgentes bajo
su blusa rosado pálido, ese cerquillo de cabello castaño que le
caía coqueto sobre la frente pero que siempre se le desviaba
al lado derecho, como si un poder magnético lo atrajera hacia
allí, sus grandes ojos de mirada dulce e ingenua, del color de
sus cabellos, pero no me gustaría vivir con ella, volvió a la carga con la boca llena de medio riñón, quizá si solo deseara estar con ella por curiosidad, para saber cómo es realmente una
mujer que estuvo a punto de casarse con Dios, para preguntarle por qué se salió, por qué se fue del convento si se supone
que para hacerla ingresar sus padres, de quienes no me habló,
debieron haber gastado una fortuna, quizá igual a la fortuna
que deben haber gastado para lograr su liberación. El relato
de Abelardo me conmovió sobremanera. No sabía qué pensar, pero el rostro rosado de Eudora, que parecía descendiente
de alguna familia campesina, sonrosado hasta la exageración
por la cerveza que bebió, danzaba en el tornasolado vino que
apuraba con generosidad, en un vano intento de desviar mi
atención hacia otro recuerdo.
Terminamos de comer como a la medianoche y me dije

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Luis Eduardo Podestá

y se lo dije, nunca he demorado tanto en una comida, seguimos bebiendo vino, hasta cuando me dijo hay que bajar esta
comida, pidió dos vasos dobles de whisky sin agua y cuando
lo probó hizo un gesto de desagrado, me dijo mejor nos hubiéramos ido al carro, allí tengo una botella del más fino y nos
habría hecho más provecho que esta mierda, es lo de menos, le
dije, bebemos esto y nos vamos al carro. Así lo hicimos.
Condujo su coche por la calle Mercaderes, siguió hasta la avenida Goyeneche, lentamente, algo que solo podíamos
hacer a esa hora, cuando no había sino uno que otro vehículo
en las calles, y tuvimos la ventaja de detenernos en los momentos que queríamos hacerlo, bebíamos un trago de la botella misma, dobló por la avenida Mariscal Castilla y avanzamos
luego por la carretera solitaria hasta el balneario de Jesús, debajo de la montaña por sobre la cual salía el sol, estacionó el
auto con la cara hacia la ciudad, cuyas luces palpitaban y se
extendían hacia el norte, nos admiramos de cuánto había crecido y previmos que seguiría creciendo más, recordamos los
tiempos del colegio cuando nos levantábamos a las cuatro de
la mañana para salir en excursión por el campo abierto, subir
y bajar colinas de tierra hoy convertidas en barrios florecientes en Mariano Melgar y Santa Rosa que brillaban a nuestros
pies y en un momento sentimos que nos venía la nostalgia de
aquellos tiempos, en que, adolescentes, veníamos a tomar un
baño de agua termal en este mismo sitio, cuyas puertas a esta
hora estaban cerradas y donde había solo un espacio abierto
desde el cual, al borde de la carretera, ahora, veíamos la ciudad agigantada, tranquila y apacible, silenciosa y clara bajo el
cielo estrellado de esa noche de principios de enero que nos
regalaba toda la belleza de la Vía Láctea y el marco infinito del
lejano universo.
–Bueno –dije en un momento, para esquivar una onda
de tristeza que se me había venido encima– es hora de irnos,
¿no crees?
–¿Sin tomar la otra botella? –dijo chupando ruidosamente el último sorbo que le quedaba en la que tenía en la

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El hombre que se fue

mano. Adiviné en sus palabras y su proposición de seguir bebiendo había claros signos de que la noche, la soledad y el
silencio, las parpadeantes luces de la ciudad ante nosotros,
también habían surtido su efecto en aquel ser humano aparentemente cínico, desvergonzado, a prueba de la exhibición
de sentimientos que pudieran parecerle cursis o síntomas de
ingenuidad o debilidad.
–Está bien. Tú mandas.
Me senté en una piedra mientras él volvía al coche a
sacar la segunda botella, la destapó y luego de decir salud, de
lejos, le escuché gorgotear el trago en la garganta, qué escándalo, carajo, reaccioné, ¿quieres despertar a todo el mundo?,
se rió y se atragantó, tosió, escupió, vino tambaleándose, ojalá puedas manejar de regreso tan bien como has manejado al
venir, le dije, recibí la botella, bebí un largo trago porque el
frío se hacía sentir en la espalda, las piernas y las orejas, qué
belleza de ciudad, dije al entregarle la botella, sin apartar mis
ojos de aquella lejanía iluminada que extendía sus alas de luz
hacia todos los puntos cardinales y que en lo alto del cielo tenía también la custodia permanente de millones de astros que
la miraban con ternura, con latidos tan cercanos que parecían
ser parte de nuestros propios corazones.
Emprendimos el regreso a las dos de la mañana. Vamos a dar una vuelta por Miraflores, dijo y yo sabía perfectamente, porque muchas veces lo habíamos hecho, adónde quería ir. Pero reflexioné que si hubiera habido que hacer alguna
resistencia la oportunidad ya pasó.
En el burdel de la Elba lo recibieron como si hubiera
regresado a su hogar después de un largo viaje o fuera sobreviviente de una guerra. Las prostitutas lo besaron, lo llevaron
a una mesa especial, cerca del mostrador, para que no tengas
que gritar, hijito, le dijo Sara, la rubia pintada que se apoderó de él, para provocar las protestas de las demás, dónde has
estado tanto tiempo, ingrato, tanto tiempo en que nos has dejado abandonadas y desde el mostrador, la gorda que atendía,
no le hagas caso, ahora hay carne nueva que te va a gustar y

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Luis Eduardo Podestá

rió a carcajadas. Pidió cuatro botellas de cerveza, le dijeron
papi, hace mucho frío para tomar cerveza, estoy echando agua
a un barril de whisky, respondió y como prueba de que no iba
a dejarse manejar, he dicho cerveza y cerveza tomaremos, dijo
poniendo cara de malo. Nos sirvieron enormes vasos llenos
y espumantes, pidieron cigarrillos y fumaron hasta enrarecer
todo el salón, reían hasta ensordecer y dominar el sonido de
la sinfonola que chirriaba sus discos, las prostitutas entraban
y salían acompañadas o solas, con sus vestidos cortos y sus
blusas semiabiertas, salud, hermano, me dijo el camanejo, y
no sé cuánto rato estuve en silencio, bebiendo cada vez que me
decía salud, hermano y levantó su vaso coronado de espuma,
me miró, miró hacia la puerta y su rostro borracho, enrojecido,
que iba a continuar con quién sabe qué discurso, enmudeció
mientras abría los ojos y el vaso coronado de espuma se quedaba en el aire y entre el ruido, las risas, las canciones, los
pasos de tacones altos en las baldosas que resonaban en mis
oídos, lo escuché y me dio lástima y me puso una pena enorme en medio del pecho... Volví la cabeza y seguí con los ojos
la mirada entre angustiada y sorprendida del camanejo y yo
también, a pesar de la ebriedad en que estaba sumergido, sentí
un golpe en el pecho.
Abrazadas de dos hombres, riendo y evidentemente
ebrias o disfrutando mucho de la situación, Ina y Paloma ingresaban en el salón nublado por el humo de cigarrillos y el
ruido de gritos, risas y la música que disparaba la sinfonola.
Abelardo Machuca Mestas se puso de pie lentamente
y quizá cuando iba a pronunciar sus palabrotas habituales le
grité casi en el oído cuidado con lo que vas a hacer, cojudo, no
tienes ningún derecho a nada, no tienen ningún compromiso
contigo como tú no lo tienes con ellas, pero, pero, tartamudeó
sin despegar los ojos de la aparición que avanzaba hacia el
centro del salón, además, proseguí hablando apresuradamente para evitar cualquier incidente, es su trabajo, tú no pusiste
condiciones al trabajo de nadie y luego, cuando lo vi calmarse
y volver a tomar asiento, por lo demás quién sabe si una de

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El hombre que se fue

ellas es tu alma gemela, cabrón, has completado la rueda, una
monja y dos perendecas en tu lista, e intenté reír pero la risa
no me salió.
Me miró como si quisiera darme una trompada en la
cara, pero se serenó, nunca me lo hubiera imaginado, susurró
y solo pude adivinar sus palabras por el movimiento de sus
labios, nunca, nunca y, entonces, Paloma, que bailaba como
si estuviera despojándose de la ropa que llevaba, en extremo
ligera para el frío que hacía a esa hora, pasó una mirada por
todo lo que la rodeaba, barrió con los ojos la mesa donde nosotros estábamos mirándola embobados y como si no creyera
en lo que miraba, volvió a fijar sus ojos en el camanejo primero
y luego en mí, abrió la boca como para gritar, estiró el brazo
para tocar el hombro de Ina y le señaló con el dedo a los dos
hombres que, ante una mesa llena de vasos de cerveza, las mirábamos. Paloma se despegó de su acompañante y salió a la
carrera del salón, Ina se quedó paralizada y ya no hizo caso
de la música ni del hombre que frente a ella, ebrio, sin darse
cuenta de nada, hacía contorsiones rítmicas y movía los pies
en una agitada danza tropical.
Poco a poco, Ina se apartó de su pareja y también ganó
la puerta, mientras Abelardo Machuca Mestas, con el regreso
de una sonrisa que más parecía mueca, salud hermano, me decía, después de todo, esto parece una autoeliminación. Terminamos de beber, las mujeres nos adulaban con la esperanza de
llevarnos a su cama y ganarse algún dinero, pero algo se había
roto y ya estábamos hartos de la noche y cuando pregunté tímidamente ¿no crees que es hora de irnos?, el camanejo asintió con la cabeza, regaló un billete grande a cada una de nuestras acompañantes, les dijimos adiós y a pesar de sus ruegos
y caricias que bajaban hasta cierto lugar del pantalón, salimos
al fresco de la madrugada. En el coche, el camanejo arrancó
a reír desaforadamente, nos quedan cinco, nos quedan cinco,
hermano, gritaba, mientras el auto rodaba desde ¬Miraflores,
con el motor apagado, por la amplia doble vía de la avenida
Goyeneche, con nosotros a bordo de regreso a la realidad.

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Luis Eduardo Podestá

Quiso llevarme a su casa de Yanahuara, pero pensé
que si ello ocurría, no resistiríamos a la tentación de seguir
tomando el trago de las buenas noches y en la mañana tampoco desperdiciaríamos la ocasión de meternos un desayuno
alemán, como él llamaba a una enorme cantidad de salchichas,
pan y cerveza, en cualquier lugar de la calle Puente Bolognesi
y ello sería el comienzo de otra juerga, no, gracias, hermano,
le dije, hoy recién es jueves y tengo que trabajar, los jueves son
tu día de descanso, replicó, pero ayer lo tomé por adelantado,
pues, cojudo, le dije, ¿no estuve contigo todo el día?, es verdad, dijo como si no recordara lo que ocurrió el día anterior
y después de discutir mucho, me dejó en la plaza de San Antonio, me metí en la casa, subí las escaleras silenciosamente y
me introduje en mi cuartito, que aunque yo lo llamaba así, era
en realidad una enorme habitación dividida en dos ambientes,
el primero de los cuales había convertido en vestíbulo–salita–estudio, al lado de cuya ventana orientada hacia el parque
había una mesa cubierta por libros, revistas, discos y papeles,
que sostenía además una antigua Underwood negra de macizo metal, un esquinero sobre el cual instalé un radio y un
viejo tocadiscos, una silla que arrimaba cada vez que quería
escribir o leer a la luz de la lámpara y un sofá de pacotilla para
estirar las piernas, cerrar los ojos y soñar mientras me ponía
a escuchar música durante mis largas horas de hombre solo
y a continuación estaba el comedor–dormitorio–sala de estar
separado de la salita por una mampara de madera en medio
de la cual había abierto un arco de dos metros de ancho, sin
puerta y sin cortina a través del cual yo podía ver desde mi
cama, la puerta que daba al pasadizo embaldosado, una segunda ventana de un metro cuadrado me permitía ver desde
aquí cuando lo deseaba el parque de San Antonio y, para completar todo, un pequeño cuarto de baño–cocina–tocador y allí
estaba, frente a la segunda ventana, me quitaba el saco, lo colocaba en una silla y me aflojaba la corbata y cuando miré mi
cama se mezclaron en mi mente todos los episodios de aquel
largo y tibio miércoles de enero que había vivido en compa-

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El hombre que se fue

ñía de mi antiguo condiscípulo de colegio y las bellezas que
concursaban para el puesto de alma gemela y en un momento
solté una risa estrepitosa pero pensé en los vecinos y me callé
prontamente, no vaya a ser que me avienten un carajo desde
cualquiera de las habitaciones vecinas, me dije y cruzado por
mil pensamientos sobre el final de la aventura, me asomé a la
ventana para mirar los árboles del parque con sus copas a contraluz que ocultaban a medias la enorme fachada blanca de
la iglesia y allí vi a Eudora, adorable Eudora virgen en medio
de toda nuestra vorágine moderna donde hacer sexo se había
convertido, con o sin razón, en algo tan vital como respirar o
beber agua, Eudora en medio de nuestra agitada época, intocada cuando la relación humana entre hombre y mujer no
se podía concebir sin el factor esencial del sexo, fuente de la
comprensión matrimonial y de la duración de las parejas, factor de corrupción, violencia, deseo que parecían ser la misma
cosa y se confundían fácilmente con amor y anhelo de ternura y de felicidad, dulce Eudora, estaba en la copa del árbol
más frondoso y luminoso que yo miraba embelesado, sonreía
tiernamente, semiebria por la cerveza que había bebido sin tener costumbre de hacerlo, solo para cumplir los requisitos del
concurso organizado por aquella mierda que era el camanejo
para conseguir una alma gemela y antes de que me entrara la
tristeza que solía sentir cuando bebía y me encontraba solo me
acosté y me dormí sin soñar nada, con un sueño vacío y blanco, como deben ser las vidas de los que no han hecho nada ni
tienen la intención de hacer nada en este mundo.

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3

El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

A

las once estaba en el periódico, afeitado,
limpio, con una camisa blanca, pantalón gris y saco azul marino, qué elegante estás, mierda, me saludó Jorge Hani, y sin
esperar la respuesta, preguntó qué fue del hombre que busca
su alma gemela, aún no la encuentra, le dije, pero entre las
treintisiete mujeres que concurrieron se ha quedado con siete
que son unas reinas de belleza, ¿siete?, ¿qué va a hacer con
siete mujeres?, preguntó Hani, lo que tú no puedes hacer con
una, le respondí, se rió forzadamente y cuándo vas a escribir
la historia, cuando concluya, le respondí, bueno, tienes que
seguirla hoy, a ver si se queda con su harén o con una sola, me
ordenó, no seas pendejo, ¿me mandas otra vez a la boca del
lobo?, tú sabes cómo es ese cojudo, cierra la puerta de su casa y
echa la llave en el fondo de un tonel de trago y nadie sale hasta
que la llave esté completamente seca, mira, me dijo Hani, tú lo
conoces desde hace tiempo, es tu amigo, lo conoces mejor que

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Luis Eduardo Podestá

nadie y entonces mejor que nadie eres el indicado para hacer
la historia y sonriendo por dentro, pero expresando frustración por fuera, no digas que no te advertí, contesté, no digas
que no te gusta, carajo, me dijo cuando ya salía a cumplir la
misión con mi libretita de notas en la mano.
Lo primero que hice, era casi el mediodía, fue irme a la
primera cuadra de Puente Bolognesi en busca de un pan con
salchichas y una cerveza helada, que me cayeron como una
bendición. Al Ñato Gómez, que con su casaquita blanca, limpiecita, se inclinaba servicial mientras destapaba la botella, le
pregunté si no había visto por aquí al camanejo Machuca, no
viene hace cinco días, respondió, no sé en qué anda metido, ha
estado medio misterioso en los últimos días, informó. El Ñato
parecía un cojudo pero era muy observador y conocía muchas
cosas de sus clientes habituales, y olía que el camanejo estaba
pasando por algún acontecimiento digno de saberse y de contarse, pero se guardó muy bien de preguntarme algo concreto,
porque sabía que yo era su amigo y compañero de no pocas
juergas que comenzaban inocentemente con unos panes con
salchichas y cervezas servidas en ese establecimiento.
(Mami, lo he conocido finalmente, estaba, cómo no iba
a estar en ese lugar porque él nunca está ausente de ningún
acontecimiento que pueda resultar una noticia publicable, y
fue muy amable conmigo, pero creo que también fue amable
con todas las demás, son unas chicas muy lindas, todas ellas, y
muy buenas, recién nos conocimos y ya disfrutamos de una
fiesta como si nos hubiéramos conocido desde los tiempos del
colegio, bebimos cerveza, yo que nunca lo hago, él es un buen
bebedor, lo vi tomar vaso tras vaso y estaba perfectamente
tranquilo, sí, me refiero a él, tantos deseos que tenía de conocerlo, tú sabes que me fascina leer lo que él escribe y aunque
no lo haga con su firma puedo identificar las suyas entre todas
las informaciones anónimas, reconozco su forma especial de
escribir, puedo decir esto lo escribió él por ese tono singular

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El hombre que se fue

con que concluye cada párrafo y que no se encuentra en otras
crónicas, no me gusta mucho el dueño de la casa, tiene tanto
dinero que puede comenzar a arrojarlo por la ventana y no
terminaría ni en un siglo, me parece, una de las chicas me dijo
que tenía chacras arroceras en Camaná, sembríos de azúcar en
el valle de Tambo, casas y chacras aquí, se pudre en plata, me
dijo una de las chicas, Paloma creo que se llama, dice que lo
conoce de vista, que lo ha visto algunas veces antes de esta
reunión, pusieron una mesa repleta de manjares, camarones a
la plancha, rocotos rellenos, chicharrones, gaseosas, cerveza,
sirvieron chupe de camarones y él lo acompañó a hacer las
compras, hubiera querido que me invitara a bailar, pero no lo
hizo, creo que no se fijó en mí, sin embargo, en un momento
me puse mal por la cerveza que había tomado y me atendió
muy solícito, me dijo que tomara una sal de frutas, él mismo,
mami, me sirvió medio vaso de agua y yo estaba tan asustada
porque entró al baño para llenar el vaso en el lavabo y pensé
que me iba a pedir que entrara con él, me moría de vergüenza,
pero él fue muy comprensivo, espere un minuto, me dijo y yo
esperé en la puerta, me dio a beber el medio vaso, sentí de inmediato un gran alivio, qué tonta soy, en un momento pensé
que se preocupó especialmente por mí pero creo que me atendió en esa forma tan cordial y cariñosa porque me vio mal y
solo porque esa es su manera de ser, y estoy segura de que si
otra de las chicas hubiera sufrido algún percance también la
hubiera atendido en la misma forma, creo que para él no fui
nada en especial, en fin, no sé qué pensar pero me puse muy
feliz de verlo, de sentir que estaba en el mismo lugar que yo, y
después, cuando regresé a la glorieta donde estábamos reunidos, las chicas querían obligarme a tomar cerveza pero yo disimulaba, quería bailar con él, pero solo pude hacerlo en el
grupo de todas las chicas, nunca con él especialmente, me sentía un poco frustrada, sí, claro, vas a decir que no tenía por qué
ir a tratar de conseguir ese trabajo, que no tengo necesidad de
trabajar, que qué me falta, como dice mi papá, pero necesito
hacer algo, me siento una inútil aquí cuando lo único que hago

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Luis Eduardo Podestá

es esperar la llamada de una amiga o de alguno de los muchachos que conociste para salir un rato, al cine, a una pastelería,
a pasear por el centro, me siento muy inútil y bendigo la oportunidad de haberlo conocido y te das cuenta, parece que Dios
lo puso en mi camino, lo he conocido y solo eso me hace muy
feliz, ahora pienso que era natural que estuviera allí, pero yo
no lo sabía, además es muy amigo del señor Machuca, ¿sabes
cuáles son los apellidos completos del señor Machuca?, pero
no te vas a reír, ¿lo prometes?, sí, te lo diré al oído, ya ves, no
cumples tu promesa, me dijiste que no te ibas a reír pero yo
también me retorcí de risa cuando me dijeron su nombre completo, esta solo ha sido la primera entrevista, espero que la
próxima sea mejor, pero lo que no me explico es si busca una
mujer para que viva con él, para que sea su secretaria o para
terminar casándose con ella, sus preguntas son exigentes, tuve
que decirle que había pasado tres años en un convento, que
nunca había tenido ninguna relación seria con ningún hombre
y que me educaron en la convicción de que todo lo que pueda
pasar entre un hombre y una mujer solo debe ocurrir después
del matrimonio, sonrió brevemente, no dijo nada, la mayoría
tiene entre veintidós y treinta años, según me pareció, es una
apreciación personal, Ruth es una universitaria de formas
exuberantes, muy linda, Carla me parece la menor de todas, es
una chica preciosa y algo ingenua, me preguntó qué harías si
te escoge a ti y parte del trabajo es convertirte en su amante,
me puse roja, me puse a sudar y no supe qué responder, Paloma dijo yo aceptaría, con mucha sencillez, nos reímos, Rubí
me habló de su hijita, no sé, dijo, es una chica muy dulce, creo
que no me aceptará a mí por mi hijita, sea para su secretaria,
su amante o su futura esposa, a ningún hombre le gusta arrastrar con la carga que otro le dejó a una mujer, pero necesito
tanto trabajar, le dije que no mencionara a la niña, por lo menos mientras él no le preguntara concretamente sobre ese aspecto de su vida, tienes razón, Eudora, me dijo, pero tarde o
temprano lo sabrá, yo quisiera realmente que si llega a escoger
a alguien para trabajar con él, me gustaría que fuera Rubí, se

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El hombre que se fue

lo dije, le dije que hasta era posible que hablara con las demás
chicas para hacer un pacto y retirarnos todas a fin de que ella
fuera la única que quedara en el concurso y entonces tendría
que escogerla a ella, me agradeció, eres muy buena, Eudora,
me estrechó las manos, esperemos a ver qué pasa, hay chicas
muy desenvueltas, que parecen haber tenido mucha experiencia en la vida, Paloma e Ina, por ejemplo, Fredes es una linda
rubia, la más alta de todas, tiene aspecto nórdico, es economista o administradora, algo así, no hablé mucho con ella, me parece que congraciamos más con Rubí y Ruth, pero en general
todas son muy buenas, alegres, sencillas, y son muy lindas,
éramos treintisiete al comenzar el día y terminamos siete, y a
todas nos dio un sobre con dinero al final del día, supongo que
es en compensación por el tiempo que pasamos allí, en su
compañía, no lo aceptaré, en la primera oportunidad se lo devolveré, no puedo aceptarlo, ¿no crees?, bueno, estoy tan cansada, creo que nunca tuve un día como hoy, chau, besé a mi
madre en la frente y me vine a mi cuarto, entra frío por la
ventana que da a la avenida Goyeneche, lo veo de pie, con el
reflejo del sol de la calle en el lado derecho de su rostro y sobre
sus canas cerca de su oreja derecha, con su mirada inquieta en
la calle llena de sol el día de la reconciliación y me pregunto
qué mira, quizá el paisaje de la avenida, le gustan los árboles y
las flores, la naturaleza, quizá tanto como a mí, tiene la mirada
perdida en la calle, los jardines, quise invitarlo a que viniera a
mi cama y me hiciera el amor, pero mi madre hacía ruido abajo, y no me sentía tan atrevida como para cerrar la puerta y
desvestirlo, mientras la licuadora funcionaba abajo, en la cocina, me encanta cuando me hace el amor y mis gemidos quieren convertirse en gritos y sollozos en cuanto siento que me
vienen los orgasmos, una y otra vez, y luego los dos quedamos
mirándonos en silencio, le pregunto terminaste y responde sí,
por ahora, dice y sonríe, y nuestra respiración anhelante va
calmándose, estamos detenidos, sin deseos de apartarnos hasta que nuevamente lo siento crecer dentro de mí y eso me excita hasta la locura y volvemos a comenzar en una ronda inter-

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Luis Eduardo Podestá

minable de amor y pienso que todas las parejas del mundo
debieran amarse como nos amamos nosotros, serían tan felices, toda la humanidad aprendería a ser feliz, le digo tú desencadenaste mis ansias de amar, contigo todo es normal, natural,
tienes tanta capacidad de amar, le pregunto si amó a otras mujeres en el pasado y me responde solo a una y ya no es el tiempo de pensar en eso, me siento celosa de aquella desconocida
aunque la haya tenido mil años atrás y ¿sabes?, cuando me
cuentas, hermanita, que tus actos de amor con tu marido no
duran más de dos o tres minutos, me angustia pensar que un
día pueda ocurrir lo mismo conmigo, cuando me cuentas que
tus encuentros con tu esposo en la cama se han convertido en
la rutina más terrible tengo miedo de que lo mismo pueda
ocurrirme un día y preferiría morirme y mañana me caso con
él, y quisiera haberme casado con él hace meses, cuando lo
conocí en la casa de Yanahuara, lo vi comer con hambre, se
servía un plato y se retiraba hacia el extremo de la glorieta, se
arrimaba a los troncos que sostienen la glorieta, lo miraba en
medio del marco que le hacían los árboles de la huerta y quería acercarme a él, hacerle ver que no me era indiferente, pero
soy tan tímida y cuando vino a mi casa aquella tarde no quise
creer que eso fuera posible, que yo le abría la puerta, que él
seguía mis pasos y ese día estaba vestida como para no salir de
la casa, sentía que miraba mis caderas y mi cabello, sentía su
mirada en cada centímetro de mi espalda como si me acariciara con sus dedos y me encantó sentirme deseada por él, por él
que siempre había despertado mi admiración y que cuando el
destino, ¿es el destino?, me he preguntado muchas veces, me
puso frente a él no supe qué hacer, parecía haber bebido pero
su conversación no lo demostraba y oh, Dios, cuando le dije
que había nacido en Majes el piropo que me lanzó, de allí proceden las chicas más bellas del mundo creo que dijo, me sentí
adorada, no sabes lo que sentí en ese momento y me enrojecí
hasta las orejas, tuve que tomar un sorbo de gaseosa que me
pareció eterno para disimular mi confusión y cuando lo acompañé hasta la puerta y me besó en la mejilla quise que me be-

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El hombre que se fue

sara en la boca, y cuando me casé tuve la impresión de que el
matrimonio pudiera enfriar nuestras relaciones, cuando fuimos amantes hablábamos de todo, teníamos la más absoluta
coincidencia sexual, aprendimos a controlar nuestros clímax
para llegar juntos y a intercambiar nuestras caricias en el momento de la más alta euforia, pero nuestro viaje de bodas, salvo aquel incidente de la carretera cuando nos dirigíamos al
Cusco, fue una continuación de nuestra relación anterior, me
hizo sentir más segura y llena de tranquilidad, no tuve que
volver a decirle tienes que ponerme un óvulo, amor, para impedir un embarazo antes de tiempo, ahora no y creo que Dios
y él nos salvaron la vida cuando fueron asesinadas tantas personas, nunca me he horrorizado tanto como esa vez, nunca me
he sentido tan fuera de este mundo, como si hubiera viajado a
un lugar desconocido donde no era yo misma, donde ya me
sentía muerta y tirada en la pampa con el cuerpo destrozado a
balazos como aquellas otras mujeres que se resistieron a la
violación, sentí que podía pasarme lo mismo, pero el jefe lo
miraba con respeto, pudo haberlo matado, nada se lo impedía,
pero allí estábamos apartados de los demás, mientras le ponían dinamita al ómnibus, mientras escuchaba tírense al suelo
compañeros, y nos protegíamos detrás de unos montículos de
tierra coronados por el recio pasto de las punas, y me abrazó,
nunca he sentido tanta ternura en sus manos que me acariciaban el rostro y en el brazo que protegía mis hombros, allí,
echados en medio de la pampa mientras el ómnibus estallaba
en mil pedazos que pasaban por encima de nosotros y luego,
de pie, el compañero periodista y su esposa ya pueden irse
pero estarán siempre vigilados por nosotros, tenemos mil ojos
y oídos en todas las ciudades y en el campo, y nos fuimos caminando por la carretera una hora, dos horas, él me abrazaba,
se había puesto una de nuestras mochilas a la espalda, llevaba
en la mano izquierda la otra y con la derecha me abrazaba,
debemos retirarnos lo más lejos posible, me decía al oído y no
sé por qué no hemos muerto le dije en un momento, yo tampoco pero lo sospecho, me respondió y los demás nos miraban

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Luis Eduardo Podestá

con desconfianza, temor, quizá odio, sin saber por qué nos habían perdonado la vida, hasta que llegó aquel otro ómnibus
que nos recogió y en el que nos apretujamos hasta que llegamos al Cusco y esa noche, cuando nos acostamos como nos
habituamos a hacerlo, desnudos, muy juntos, lo sentí muy
tenso después de haberme contado lo que ocurrió hace tanto
tiempo en el periódico cuando encontró a aquellos campesinos desorientados y hambrientos, le pregunté si no íbamos a
hacer el amor, si nos iba a perseguir la imagen de los asesinatos e iba a interponerse entre nosotros, me abrazó, me besó,
me acarició hasta excitarse y excitarme y volvimos a ser los
mismos desesperados seres ansiosos uno del otro y mañana
cuando le diga que voy a tener un hijo, me lleno de ternura,
siento que él se encuentra dentro de mí como cuando hacemos
el amor y no quiere dejarme como yo no quiero que me deje
para que vuelva a crecer como este hijo que llevo aquí crecerá
y no dejará de crecer durante toda su vida, como nosotros que
cada día crecemos más si ya no corporalmente, sí espiritual y
mentalmente, me dice que cada vez que aprendemos algo
nuevo, nuestro espíritu crece, cada vez que hacemos algo en
beneficio de otro crecemos dentro de los demás y por eso digo
que nuestro hijo no dejará de crecer nunca desde ahora que lo
tengo dentro de mí, desde que él lo depositó en mí para que
vivamos en la posteridad a través de nuestro hijo y me siento
más tierna y más mujer desde que lo sé y no quise decírselo
porque quiero que todo esté rodeado de la solemnidad y de la
intimidad que el anuncio merece, debemos estar en un paseo,
absolutamente a solas, en una mesa comiendo algo que nos
guste a ambos, como un trozo de torta de chocolate, mirando
desde el patiecito de la casa todas las estrellas que el cielo nos
regala cada noche, o sentados en el borde del estanque con
nuestras ropas de baño asoleándonos hasta que vamos, nos
decimos y vamos, nos levantamos y nos lanzamos a nadar y
sería espectacular pienso, decirle allí, en medio del estanque
donde a veces nos detenemos a flotar mirando el cielo, voy a
tener un hijo tuyo, papi, hace dos semanas que no me enfermo

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El hombre que se fue

y reprocharle que ni siquiera se dio cuenta de que no le encargué como todos los comienzos del mes, tienes que comprarme
unas toallas, porque ya no serán necesarias en los próximos
nueve meses, qué feliz se puso, Dios mío, me tocó el vientre
debajo del agua mientras me miraba el rostro, estábamos de
pie sobre el fondo de piedra del estanque, cuídalo mucho, yo
te voy a cuidar a ti, me dijo y quiere que coma más de lo necesario porque debes comer por dos, dice y le reprocho si crece
mucho me pondrá en peligro, recuerda que soy primeriza, un
día lo vamos a anunciar a los cuatro vientos, pero tenemos que
elegir un médico que te controle, le dije que solo necesitaba ir
al seguro social y pedir mi inscripción de esposa y le reproché
estar descuidando esa gestión y esa noche preguntó con timidez si aún podíamos hacer el amor sin que él y yo nos sintiéramos afectados, tontito, le dije y me acerqué a él, voy a ser tu
tentación diaria porque el hecho de que vaya a ser madre no
me quita el que siga siendo mujer, solo cuando esté muy avanzada, nos abstendremos, pero mientras tanto no tenemos por
qué privarnos, le dije, lo convencí, me convertí en su tentación
porque tomé la iniciativa y lo acaricié alocadamente, lo besé
por todas partes y me pregunto si eso se considerará un pecado, pero lo amo y su cuerpo no tiene secretos para mí y ni un
solo centímetro de mi cuerpo se niega a él pero tengo miedo
de que el niño me separe de él y no lo permitiré, cada uno tendrá su lugar en mi corazón, su propio tiempo en mi vida y
amaré a los dos con la misma fuerza que lo amo a él y con la
misma vehemencia e incondicionalidad con que amo el hijo
que me ha puesto en este vientre que ha comenzado a crecer
porque mi hijo nunca dejará de crecer).
La casa de Yanahuara estaba cerrada. Me contestó la
señora Josefa, su fiel ama de llaves que lo cuidaba como al
hijo que nunca tuvo, sin abrir la puerta de madera tallada, no
está, no sé dónde se ha ido, le dije quién era yo y le pregunté
si había salido con el carro y con qué ropa, para saber si se

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Luis Eduardo Podestá

había ido a la chacra o a hacer alguna gestión en el centro y la
vieja me contestó que ella sabía quién era yo pero que no sabía
nada de él desde anoche cuando se fue en el carro conmigo,
¿no ha venido a dormir?, pregunté, no, no sé nada de él, reiteró y eso la preocupaba porque no suele quedarse en la calle y
es muy capaz de seguir tomando hoy día más, no sé dónde le
entra tanto trago, comentó, me pregunté mentalmente dónde
se habrá ido después de dejarme en mi casa el hijo de la gramputa, quizá regresó al burdel para seguir chupando, pero me
despedí y caminé lentamente hasta la esquina para meditar en
la forma en que debía cumplir mi trabajo.
Abrí la libretita y busqué las direcciones de Ina y Paloma y como me imaginaba, ambas vivían en Miraflores, cerca
del burdel de la Elba, y también cerca una de la otra, a esta
hora, pensé, todavía deben estar durmiendo, anoche estaban
borrachas, puedo atraparlas en la cama, pero pensé que podrían haberse quedado a dormir en sus cuartos del burdel y
entonces mi intención de entrevistarlas se frustraría. Pero estaba decidido, vamos a Miraflores, le dije al taxista, me senté a
su lado, miré otras direcciones en la libretita, Eudora también
vivía en Miraflores, en la avenida Goyeneche, puedo matar
tres palomas de un tiro, me dijo el demonio que llevo adentro,
resuelto a averiguar la vida de las tres mujeres más conflictivas y singulares, por lo menos hasta entonces, que habían
respondido al llamado del camanejo.
Ina ocupaba un departamento de tres habitaciones en
un primer piso en Las Palmeras, a unas cuantas cuadras de su
centro de trabajo, me reí de mi ocurrencia, de llamar centro
de trabajo a un burdel, aunque de hecho lo era, claro que sí,
toqué el timbre, a una mujer le pregunté por la señorita Ina,
me señaló una puerta en un pasadizo de dos metros de ancho,
sin techar, el número cinco, dijo y cerró la puerta pero adiviné
que ella creía que yo era quizá uno de los tantos visitantes que
la puta recibía. Toqué la puerta tres veces, cada vez con más
fuerza, hasta que alguien contestó quién es, soy yo, respondí, el amigo del señor Abelardo Machuca, abrió a medias la

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El hombre que se fue

puerta, ah, eres tú, me dijo soñolienta, pasa, no te quedes ahí,
entré, ella dio una mirada al pasillo para comprobar que nadie
me había visto y cerró, cómo estás, preguntó sin darle tono a
su voz, bien, por qué has venido, porque quería verte, saber
de ti, le respondí, se miraba en el espejo colgado en una pared
de la sala, oh, Dios, sacudió la cabeza, que sed tengo, bueno,
ensayé, es muy temprano para beber, ¿temprano?, ya son más
de las doce, dijo, tengo unas cervezas en el refrigerador, ¿me
acompañas?, bueno, le respondí y era verdaderamente linda,
entró al comedor separado de la sala por un arco y una cortina
de tela plástica, volvió con una botella y un vaso, por qué has
venido, adiviné un reproche, quería verte, le dije con sencillez,
salud, dijo, bebió y me entregó el vaso, me serví, ¿te envía el
camanejo?, no, je, je, reí, he venido por mi cuenta, ¿te molesta
que lo haya hecho?, no, de ningún modo, calló, me miraba, a
pesar de su rostro sin maquillaje estaba linda, sin color en los
labios, ¿has venido a acostarte conmigo?, no, no sé, no creo,
estoy trabajando, ¿sí?, se extrañó, ¿cuando trabajas te prohíbes hacer el amor?, hoy sí, entonces, qué quieres, quiero hablar contigo, ¿solo hablar?, solo hablar, linda, es una misión
periodística, ahhh, ¿quieres escribir sobre mi vida?, algo así,
le respondí, nos sentamos, nos miramos, sonreímos, y bueno,
dijo, salud, tengo mucha sed, ¿qué de interesante puede tener
mi vida?, soy una mujer con una hija de seis años que en este
momento está en su colegio, para la directora y sus maestras
soy una honrada ama de casa que cumple puntualmente con
el pago de la pensión, una madre amorosa que envía diariamente a su hija bien vestidita, limpia, bien alimentada, que la
ayuda a hacer sus tareas por la tarde, ya no demora en llegar,
que paga cuotas extraordinarias y ordinarias sin hacerse rogar ni protestar cada vez que se les ocurre a las maestras o
la asociación de padres de familia, que espera la noche para
ir a su trabajo, mientras la pequeña duerme, calló, me miró,
como si yo fuera a reaccionar por la mención a su centro de
trabajo, pero callé, no dije ni hice nada y ella prosiguió paso
la noche trabajando, mientras otros también pasan la noche

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Luis Eduardo Podestá

trabajando en sus tareas, fabricando pan, cuidando las empresas, haciendo turno en los periódicos, me miró con una sonrisa probablemente divertida por su alusión a mi trabajo, ellos
usan sus manos, su cerebro, su experiencia, yo utilizo mi sexo,
es mi herramienta de trabajo como los locutores y cantantes
tienen su herramienta de trabajo en la garganta y los abogados
una máquina de escribir y sus conocimientos, ¿cómo empecé?,
como un montón de trabajadores, haciéndolo una vez, por necesidad, por falta de pan, haciéndolo otra vez para pagar el
cuarto hasta que se convierte en una tarea cotidiana, se consigue experiencia en el trato con los clientes que no son como los
clientes de otras actividades, de una tienda o una panadería,
la ventaja es que los pagos son al contado porque los clientes
no son habituales, salvo determinadas excepciones, el padre
de mi hija es un hombre común con quien no vivo ni quisiera
vivir, no lo amo y quizá la niña es hija de nuestro instinto y
nuestra necesidad de sexo, si eso quieres saber, no creo que él
me ame, pero si un día me ofrece matrimonio me casaré con
él para darle seguridad a la niña, no le he pedido nunca nada,
no necesito nada de él, no dependo de él, no quiero depender
de él, no vivo con él, si eso quieres saber, repitió, yo también
busco un alma gemela a quien amar, un hombre que coincida
con mis sentimientos a quien dedicarle mis horas libres, que
no tenga repulsión por mi trabajo, cuidarlo para que también
me cuide, hacerlo feliz porque su felicidad será la mía, por eso
participé en el concurso que buscaba una mujer, me imagino
que él también es un hombre que se siente solo, dijo refiriéndose al camanejo, fue muy generoso al entregarnos un sobre
con una buena cantidad, debe tener mucho dinero, ¿no?, no sé,
no sé, respondí moviendo la cabeza, estaba desorientado, pensé si de esto iba a escribir en el periódico, Ina me contaba una
vida común, una vida de miles de mujeres que tienen una hija
y trabajan, unas buscan una fábrica, una oficina, una tienda y
ella encontró el burdel, porque seguramente se sabía asediada
por muchos hombres por su belleza y decidió que podía ser su
mejor herramienta de trabajo y tú, le pregunté, ¿tienes mucho

74

El hombre que se fue

dinero?, no, no mucho, tengo mis ahorros, cuando tenga lo
suficiente quizá establezca un negocio propio, negocio blanco, ¿sabes?, de ninguna manera un burdel si estás pensando
en eso, no, no, protesté, de ninguna manera, no pensaba en
eso, ¿cómo se te ocurrió concursar?, bueno, vi el aviso en el
periódico y hablé con Paloma, ¿no quisieras probar suerte?, le
pregunté, ella también es muy guapa, lo malo es que cuando
toma se pone insoportable, todos somos insoportables cuando
tomamos, intervine, pero ella, Paloma, acentuó Ina, es especialmente insoportable cuando bebe, por eso le aconsejaba que
no tomara, ya ha tenido algunos problemas por excederse en
la bebida en el trabajo, pero ese es un tema que no debemos
tratar ahora, ¿verdad?, sí, sí, se apresuró a contestar, no fuera
a creer yo, me dijo, que ella estaba tratando de dejar mal a su
amiga, ante extraños sobre todo, y como si me adivinara el
pensamiento, no es que la critique, pero es la verdad, hizo una
pausa, miró a su alrededor, por qué no cambiamos de tema,
sonrió, bebió otro sorbito de cerveza, sonrió y era verdaderamente hermosa cuando sonreía, no por nada había concurrido
al concurso de almas gemelas, mi hogar era muy pobre, mi
padre nos dejó a mí y mis hermanas cuando aún éramos muy
chicas, mi madre tuvo que trabajar duro para alimentarnos,
darnos la educación que poseemos, yo estudié toda la secundaria, ¿sabes? y quise ingresar a la universidad como otras
amigas de mi promoción, pero no me sentí lo suficientemente
capaz, en ese tiempo me enamoré, me fui a vivir con un hombre, tuve a mi hijita contra viento y marea porque él quería
que abortara, dime, ¿vas a escribir de todo esto que te estoy
contando?, solo si tú lo autorizas y, además, la tranquilicé,
sin identificarte, bah, además, ya nada me importa, dijo, pero
está bien, por mi hijita, no quisiera que ella leyera algún día
el periódico y sufriera por mi culpa, ¿quieres otra cervecita?,
no, no, ya creo que es suficiente, tengo que seguir trabajando,
ayer no hice nada, sino divertirme, la pasamos bien, ¿no?, sí,
respondió con esa sonrisa que la convertía en una diosa, estuvo todo muy bonito, el camanejo, el señor Machuca, debe ha-

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Luis Eduardo Podestá

ber gastado una fortuna, ¿verdad?, es posible, Ina, te dejo, ¿a
quién vas a entrevistar ahora?, no sé, quizá a Paloma, quisiera
encontrarla, a esta hora sí la encontrarás, ¿conoces su casa?, es
un chalecito verde, de aquí a cuatro cuadras, no te perderás,
yo te enseñaré el camino desde aquí, y así lo hizo cuando me
acompañó hasta la vereda para despedirme.
Paloma exhibía en el rostro la cara que le dejó la noche
anterior y cierto desorden en su cabello negrísimo, me saludó
agitando una mano desde detrás de la ventana, donde parecía esperar a alguien o algo, hola, amor, me dijo justamente
cuando me aprestaba a tocar el timbre de su chalecito verde,
delante del cual había un jardincito que olía a tierra mojada y
mostraba dos grandes retamas donde brillaban flores amarillas sobre un mar de malas hierbas que prosperaban en medio
del descuido, perdona la forma cómo me escapé anoche, fue lo
primero que me dijo mientras avanzaba hacia la puerta donde
ella se mostraba como si acabara de levantarse, pero me dio
mucha vergüenza, no supe qué hacer, ¿qué hubiera podido
decirles?, pasa, pasa, y disculpa la facha en que me encuentras, siempre estás muy bonita, la piropeé, no importa qué hayas hecho, rió de buena gana y sus cabellos negros se agitaron
con la risa, ¿quieres tomar algo?, tengo una refrigeradora llena
de botellas, mira, me llevó de la mano a la pieza contigua donde estaba el comedor, abrió la refrigeradora, y arranqué a reír,
estás bien abastecida, de todo, me dijo insinuante, hizo como
que se abrochaba la bata que la cubría tenuemente y a través
de la cual no solo se adivinaban sino se veían un tanto veladas
sus formas de mujer joven y fuerte, desinhibida, me acabo de
levantar dijo al destapar ruidosamente una cerveza, ¿te gusta la cerveza?, claro, respondí, es mi trago favorito, sacó dos
vasos de una vitrina arrimada a la pared, salud, mientras nos
refrescamos, pondremos algo en la cocina, dijo y me dio las
espaldas, me maldije, quién mierda me mandó venir aquí, que
era lo último que quería hacer en la vida, hizo ruido en la cocina, regresó, ¿por qué no tomas?, dime salud, amor, bebimos,
me miró fijamente, ¿has venido a hacer el amor conmigo?, me

76

El hombre que se fue

disparó a la cara, a los ojos, no, no, no era, no es esa mi intención, estoy en pleno trabajo, ¿sabes?, oh, no seas aburrido, ¿no
te gusto?, precisamente por eso, porque me gustas mucho, hacerte el amor sería lo último que te propondría, no podría resistir tu rechazo, pero si no te voy a rechazar, tontito, se sentó
a mi lado en el sofá de la sala, me rascaba el brazo suavemente
con la uña de su índice, me miraba fijamente, la puta madre,
pensé, estoy más asustado que un conejo, tú eres el primer
visitante que tengo en los últimos seis meses, parece mentira que nadie venga aquí, que nadie me visite, que tenga que
sentirme sola, se levantó y se fue a la cocina. Saqué mi libretita y comencé a anotar cualquier cosa, Paloma, le dije cuando
volvió, quisiera que hablemos, de qué vamos a hablar, amor,
quieres hacer el amor desde anoche, ¿verdad?, por eso fuiste
con el señor Machuca a mi trabajo, ¿no es cierto?, nadie va al
burdel a conversar ni a hacer amigas, y tú y él se quedaron
con las ganas, ¿se disgustaron mucho cuando nos escapamos
Ina y yo?, no, de ninguna manera, le respondí, acabo de venir
de casa de Ina, le dije, conversamos, me contó cosas interesantes, ah, dijo, ¿hiciste el amor con ella y por eso ya no quieres?,
no, no, Paloma, no lo hicimos, fui a trabajar, estoy trabajando,
quiero saber qué las llevó a ese concurso, y antes de que pudiera volver a hablar de lo que parecía su tema favorito, ¿crees
ser el alma gemela de Machuca?, no, no sé, lo hice por curiosidad y la verdad, papito, resultó bien, nos puso en la mano un
sobre con un buen fajo de billetes, si quisiera podría descansar
tres meses y vivir solo con lo que nos dio, ¿crees que a todas
nos dio la misma cantidad?, sí, le respondí, aunque no sabía
cuánto había puesto en los sobres ni si había colocado en ellos
cantidades iguales o diferentes, a todas igual, parece un buen
hombre, comentó Paloma, pasamos un buen rato con él, contigo, bailamos, nos divertimos, pero tiene dinero, no me gusta
la gente que tiene mucho dinero, no tiene mucho interés en la
calidad de las personas, se nota que a él no le interesa la plata
y si no le interesa es porque tiene demasiada, por eso creo que
no podría congeniar con él, tarde o temprano acabaría pensan-

77

Luis Eduardo Podestá

do que me compró y eso no me haría feliz, prefiero un hombre
sin dinero, aunque tuviera que mantenerlo, además ya lo he
hecho, ¿sí?, me interesé, cuenta, por favor, cuenta quién fue, ja,
ja, ja, rió, salud, dijo, chocamos nuestros vasos y dejó el suyo,
vacío sobre la mesita de centro y se fue a la cocina, donde se
demoró más de lo necesario, no me esperes, termina tu cerveza, tengo más en la congeladora, y bebí solo, ingresaba a
un estado en que no sabía si la deseaba o no y estuve a punto
de mandar al carajo la misión y entregarme a la dulce vida,
porque cosas como esta, señor cojudo, no se presentan todos
los días, bebí un gran vaso de cerveza, miré por la ventana el
jardín donde algunas plantas se secaban, a pesar de la tierra
mojada, pensé que hay quienes hablan a las flores porque dicen que ellas son capaces de escuchar y vibrar con las palabras
y la música, si tuviera un jardín yo también hablaría con las
flores, de hecho, a veces hablo conmigo mismo, me contesto,
discuto, me mando a la mierda cuando hago algo que me sale
mal, pero sería interesante comprobar que las flores a las que
uno habla y acaricia crecen mejor y más bonitas que aquellas a
las que se les da solo indiferencia, salud, retamas, dije a través
de la ventana de vidrios enrarecidos por el polvo no limpiado
por lo menos una semana, Paloma, ¿dónde te has metido?, dije
en alta voz y no escuché respuesta, es capaz de haberse ido a
dormir y la comida se va a ir al infierno y no seguirá contando
lo que me interesa, pensé, Paloma, volví a llamar con mayor
fuerza, me arriesgué y caminé por la sala, atravesé el comedor
y me lancé a un patiecito hacia el cual se abrían varias puertas,
una de las cuales, me dije, debe ser la cocina y hacia allá fui.
Paloma estaba de espaldas a la puerta, cuando escuchó
mis pasos se volvió y estaba con los ojos anegados en lágrimas,
nunca he podido aprender a cortar la cebolla sin llorar, me dijo
sonriente, y yo también reí, me voy, le dije, porque yo también
voy a acabar por llorar junto a ti, pero no me moví, te traje una
cerveza, llené un vaso y comencé a contarle que mi sistema
de cortar cebollas sin llorar era hundirlas en un recipiente con
agua, le dije, porque el gas que emiten, que es lo que te irrita

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El hombre que se fue

los ojos, no puede atravesar el agua, ¿así?, preguntó risueña,
¿y por qué no me lo dijiste antes?, porque no lo preguntaste y
no anunciaste siquiera que ibas a cortar cebolla, y como estaba
con las manos ocupadas le puse el vaso en la boca y ella bebió
de mis manos muy gustosa, es la primera vez que alguien me
trata así, me dijo con ternura, y me arrepentí de inmediato,
no quiero tener nada con ella, pensé, no debo tener nada con
ella, echó la cebolla cortada en una sartén, se lavó las manos y
vamos, me dijo, nos detuvimos en el comedor, frente a frente,
nos miramos a los ojos, me echó los brazos al cuello, acercó
su rostro al mío, yo dejé la botella en la mesa e introduje las
manos por debajo de su transparente bata para acariciar sus
hermosos senos desnudos, bajé las manos hasta zonas prohibidas, me dejé quitar el saco y desabotonar la camisa que
cayeron al suelo, me aflojó el pantalón y me palpó, sí, me dijo
en un susurro, me deseas, lo supe desde que te vi entrar al jardincito, avanzamos besándonos hasta la sala, y ella dejaba su
bata en el camino, nos echamos en el sofá y me olvidé de todo
para solo encontrarme con esta hermosa prostituta que me
besaba apasionada como si fuera una amante nueva, llena de
ardor y de deseo, que me atenazaba como si me fuera a escapar dejándola desnuda encima de su mueble y yo sabía dentro
de mí que no la estaba amando, que solo estaba rindiéndome
ante sus sugerencias e insinuaciones, ante su cuerpo y su belleza, sentí que era ella la que deseaba hacer el amor porque,
yo lo sabía, el deseo crece tras una noche de alcohol, yo lo
he sentido muchas veces, pero ella está hablándome suavemente, acariciando mi rostro, está gimiendo, llevándome por
un camino en que yo también quiero entrar, siento su clímax,
sus arañazos en mi espalda, la violencia de sus movimientos
que duran cuánto tiempo, tanto tiempo, atrae mi rostro para
besarme en la boca, morderme los labios, echar en mi boca
su aliento agitado y ardiente, qué es el tiempo, pregunto, por
qué no se detiene aquí, cuando todas las melodías del mundo
suenan en los oídos y los manantiales de todas las geografías
son dulces, claros, abundantes pero no alcanzan a saciar la sed

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Luis Eduardo Podestá

que nos seca la garganta, pienso y me desplomo sobre ella que
tiene clavadas sus uñas en mi carne, respira anhelante, oh, qué
hermoso, susurra, qué hermoso, amor, abre los ojos, me mira
sonriente, me encantó, amor, me encantó y nos quedamos detenidos por fin en un remanso, volvemos a la estrechez del
sofá y sin dejar de acariciarnos y besarnos nos sentamos, buscamos con qué cubrirnos como quizá lo hicieron Adán y Eva
en el paraíso del que fueron expulsados el día de su perdición.
Durante el almuerzo, grandes trozos de carne asada, papas fritas, arroz blanco y cebolla quemada, me miraba arrobada, vigilaba cada uno de mis movimientos, eres el
único hombre que ha llegado a esta casa, a veces he venido
con amigas, compañeras de trabajo, nos emborrachamos, nos
contamos nuestras cosas, lloramos pero no creo que sea de
arrepentimiento, no, solo de puro sentimentales que a veces
somos, sobre todo cuando nos agarra el trago en un momento difícil, yo no tengo momentos difíciles, ¿sabías?, porque
me resigno, no quiero más de lo que tengo, solo quiero vivir
así hasta cuando pueda, me lastima, claro, no tener alguien a
quien amar, por eso creo que concurrí a Yanahuara, a postular
como alma gemela de alguien a quien no conozco y que pienso también se encuentra solo, la soledad no es buena, lo acabo de comprobar, contigo, a quien conozco hace veinticuatro
horas, me pregunto si estaba demasiado necesitada de amor,
si estoy demasiado necesitada de alguien que me quiera, la
miré fijamente en los ojos y ella notó mi extrañeza, sí, me miró
fija, duramente, ¿crees que disfruto con los hombres que me
buscan durante mis noches de trabajo?, no, nunca, comprende que es un trabajo que no le gusta a nadie, criticado como
inmoral y sórdido, como una suciedad y dime, alguna de las
mujeres honradas, acentuó honradas, con quien te has acostado, ¿te ha mostrado alguna vez su certificado médico?, me
reí, qué cosas se te ocurren, Paloma, le respondí riendo, no,
claro que no, y pueden estar enfermas y tú, interrogué, ¿no
puedes estar enferma de un día para el otro?, es cierto pero
tomo mis precauciones con cada hombre que me usa, ¿alguna

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El hombre que se fue

mujer que has conocido ha tomado las mismas precauciones
contigo o con cualquier enamorado o con alguien que le guste y con quien se vaya, acentuó se vaya, después o en medio
de una noche de jarana?, mírame, se puso de pie, se abrió la
bata, la dejó caer, estoy limpia, sana, examíname, Paloma, me
disculpé, no es necesario, no lo dije sino por conversar, sé que
estás perfectamente sana, si no quizá no hubiera hecho lo que
hice, me mostró su cuerpo esbelto, sus senos rosados, se dio
la vuelta, me mostró su espalda curvada, sus muslos y pantorrillas de reina de belleza, oh, Dios, murmuré, no volvamos a
comenzar, alguna vez, me dijo mi memoria, una literaria prostituta histórica, Naná, hizo y dijo aproximadamente lo mismo,
recordé, mientras ella, la Paloma que estaba frente a mí continuaba mírame, repitió, toca aquí, llevó mis dedos a sus senos,
no tengo ninguna mancha en mi piel, toca aquí, me llevó la
mano hacia su sexo, solo quiero que me ames, y no sé por qué
te digo tantas cosas, pero yo ya no estaba para escuchar ni
hacer exámenes, le acaricié las caderas, subí mis manos hasta
sus senos, la besé en la boca, escuché su respiración excitada,
ven, me dijo y me arrastró hasta su dormitorio, de una sola
cama, sumido en la penumbra, corrió un poco la cortina de la
ventana del patiecito, nos acostamos.
Nos despedimos con un beso en la puerta de su casa,
he sido muy dichosa esta tarde, me dijo, debes volver, en cualquier momento estaré esperándote, le pregunté si me permitía
una última pregunta, sí, me dijo, hazla sin temor, no me ofenderás y sonriendo con los labios apretados, esperó, y ahora
que has conocido que puedes ser feliz con un hombre en esta
casa, ¿estarás dispuesta a recibir visitas?, solo si me agradan,
respondió con sencillez, y tú me gustas, respiré hondo, aspiré
el aroma de las retamas cuyas flores amarillas brillaban al sol
que declinaba, nos estrechamos las manos, chau, nos dijimos.
Lo primero que me dije al cerrar la reja del chalecito
fue eres una mierda sin remedio, ¿qué va a pasar ahora?, ¿vas
a continuar visitándola cada vez que sientas ganas?, ¿vas a irte
para siempre dejando este bocado de reyes?, ¿vas a ir a visi-

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

tarla al burdel una noche que te emborraches, para presumir
de su amistad?, busqué un taxi, responde, cojudo, ¿qué le vas
a decir al camanejo?, ¿cómo le explicarás que le birlaste una
mujer que él convocó para elegir su alma gemela?, me disculpé recordando que el camanejo las había calificado como
eliminadas, me reí a solas y el taxista se extrañó, pero no dijo
nada, le di la dirección de Eudora.

E

udora vivía en una enorme casa de la avenida Goyeneche, en una esquina que le permitía grandes y bien
cuidados jardines hacia dos calles, que lanzaban generosos,
intensos aromas de arrayanes, flores y tierra fresca y me dije
que quizá su mano de monja renunciante, pero amante de las
plantas, estaba allí, en cada macizo de arbustos cortados a la
tijera como cabelleras humanas, toqué el timbre y ella asomó
por una ventana lateral, pase, me dijo e iluminó con su sonrisa
todo el jardín, empujé la reja y me sumergí en el perfume de
las plantas, qué bonito sería vivir en una casa como esta, me
dolí, ella me esperó ante la puerta de madera encristalada en
su parte superior con vidrio catedral y una reja de hierro, nos
besamos en las mejillas, qué linda está, me dije, mientras admiraba la tersura de flor de su rostro rosado donde brillaban
sus ojos marrón oscuro enmarcados por su cabello castaño y
ese ralo cerquillo que se le inclinaba hacia la derecha con cada

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Luis Eduardo Podestá

movimiento que hacía su cabeza.
Tome asiento, me dijo con esa voz dulce que había escuchado ayer y que tanto me conmovía, mientras sus ojos me
miraban disimuladamente de arriba abajo, yo hice como si no
me diera cuenta, ¿será posible, me dije, que su intuición de
mujer la induzca a pensar dónde y con quién y qué he estado
haciendo hace un cuarto de hora?, claro, me reproché, si vienes con un perfume a cerveza y prostituta que se siente a una
cuadra de distancia, pero descarté por descabellada esa posibilidad, o porque simplemente no quería ni pensar en ella, me
alegra mucho verlo, prosiguió, y, además, quería agradecerle su gesto, fue muy gentil al ayudarme ayer, en realidad me
sentía muy mal, por lo general no bebo, se sonrojó, que linda
estás, le dije, gracias, respondió, me preguntó cómo estaba el
señor Abelardo Machuca, es un hombre muy fuerte, añadió,
sí, le respondí, está bien, bueno, debe estar bien pues no lo
encontré en su casa cuando lo busqué hoy para continuar mi
trabajo periodístico, se interesó por mi tarea, le expliqué brevemente qué quería, ah, mi vida es muy sencilla, tan sencilla
que no merece la pena hablar de ella, y menos escribir sobre
ella, levantó los ojos hacia una puerta interior, mi papá, me
presentó, el señor es periodista, está haciendo un trabajo sobre
el señor que convocó a señoritas en busca de un alma gemela,
oh, dijo el papá, es algo con lo que yo no estuve de acuerdo,
pero Eudora es mayor de edad y ella quiere conseguir trabajo,
ella lo miraba comprensiva y sonriente, perdón, me disculpan
un instante, dijo y me dejó con el dueño de casa, no, de ningún modo puedo estar de acuerdo, ese hombre está buscando
una amante, ¿no le parece?, es posible, señor, o una esposa, le
respondí, sus fines también pueden ser honestos, no puede ser
honesto cuando se convoca a mujeres jóvenes, lindas, las hace
beber y comer y se adivina en esas actitudes una intención de
seducirlas, no soy un nacido ayer, amigo, me sentí mal, traté
de justificar la situación, en este tiempo que hay tanta desocupación, mi hija no tiene necesidad de trabajar, replicó, su hija
venía en ese instante con tres vasos de gaseosa, gracias dije

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El hombre que se fue

cuando me ofreció uno, recuerde bien, me dijo el padre con su
vaso en la mano, no creo que tenga buen fin esa... esa convocatoria, nos dijimos salud, Eudora bebió poquísimo, como si
solo quisiera mojarse los labios, me miraba, bebí medio vaso
y lo dejé en la mesita de centro, mi interés es puramente periodístico, nos pareció que entre tantas noticias de terrorismo,
miseria, desocupación y delincuencia, este asunto podría refrescar nuestras páginas, dije y busqué mi libretita, ¿tú naciste
aquí, Eudora?, pregunté, no, respondió, soy de Majes, oh, Dios
bendito, pensé, de donde provienen las mujeres más lindas
de Arequipa, pero dije en alta voz de donde provienen las
mujeres más lindas del mundo, se sonrojó, sonrió, miró a la
ventana, tomó un largo trago de gaseosa y cuando se recuperó me contó de su escuela en Aplao, de la actividad de sus
padres que tenían tierras y una gran porción del río, de donde
se puede, aún hoy a despecho de la contaminación, sacar canastones enteros de camarones, ah, comenté, qué grandioso,
para llenar mesas enteras, se entusiasmó, y aquí estudié la secundaria en el colegio de Santa Rosa de Viterbo, con monjas,
pensé, pero solo dije en alta voz en Antiquilla, sí, respondió, y
prosiguió hablando de cosas insulsas, pero de su estada en el
convento ni una letra, comencé a dudar de que fuera cierto y
a pensar que quizá fue una mentira del camanejo, o probablemente la presencia de su padre no la estimulaba a hablar de
ciertos pasajes de su vida y, la verdad, yo tampoco me sentía
con suficientes ánimos de preguntarle sobre aquellos aspectos
mientras aquel caballero nos escuchara y le pregunté si me
podía dar la oportunidad de otra conversación para aclarar
alguna duda si acaso se hubiera producido, y me puse de pie
para despedirme, me dijo que esta era mi casa, no solo para
cuando quisiera visitarla con fines periodísticos sino en cualquier momento, yo era ya un amigo de la casa y sus puertas
estaban abiertas en cualquier momento y cualquier día, será
muy pronto le dije, me dio el número de su teléfono aunque
yo ya lo tenía anotado, me despedí de su papá con un apretón
de manos y ella me acompañó hasta la reja de la calle, donde

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Luis Eduardo Podestá

me premió con un beso y un apretón de manos que yo juzgué
muy especial y significativo, aunque después recapacité y me
dije que quizá esa era su forma habitual de despedirse de sus
amigos.
Quise ir a la casa del camanejo, pero me arrepentí y
me dije que mejor era localizarlo por teléfono y para pensar
en las cosas tan variadas de esa tarde, subí a un autobús que
me llevara al centro, la lentitud del viaje me daría tiempo de
poner en orden todo el revoltijo que tenía en el cerebro, pero
algo era definitivo. Eudora me había impresionado muy gratamente y no solo por su belleza y su buen trato sino por algo
que no alcanzaba a definir, en aquella hora, cerca de las ocho
de la noche, cuando me sentí culpable de algo que tampoco
podía definir y sobre todo me sentí solo y me dije no hay duda
de que hoy estás especialmente cojudo, si toda la vida has estado solo y te gusta hacer lo que te da la gana, ir y venir sin
control, sin que nadie te vigile, ni te cuide, ni se preocupe por
ti, llegué al periódico y don Juan José Barriga me saludó con
sonrisa cómplice, te perdiste, me dijo, no, no es eso, le expliqué que Jorge Hani me había dado una misión relacionada
con ese avisito de un fulano que buscaba un alma gemela y
en eso estaba metido hasta las orejas, le pregunté si le gustaría
una historia confidencial de prostitutas, se sorprendió pero no
se sintió muy entusiasmado con lo pacato que es el director,
dijo, quiere mantener la hipocresía de toda la sociedad en el
periódico, como si la prostitución no fuera una realidad y las
prostitutas no fueran seres humanos, me pasaron por la mente
las veces que con él habíamos recorrido los burdeles después
del cierre del periódico, cuando con el pretexto de ir a tomar
un desayuno porque todos los restaurantes decentes estaban
cerrados en la madrugada, nos metíamos buenas dosis de pisco en el estómago y llegábamos hasta el mediodía metidos en
alguna casa roja de las legales o de las clandestinas donde todos lo atendían como si hubiera llegado un ángel redentor,

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El hombre que se fue

porque respetaba a todas las mujeres y al personal de servicio
y ellas le correspondían también con su respeto y eran capaces
de ir hasta el fin del mundo para conseguirle sardinas españolas, un pato para un arroz o una gallina para un caldo especial.
Es cierto, dije, habría que llevarlo un día donde la Ricardina, reí, para que sepa lo que es bueno y lo que es cierto,
me senté ante mi escritorio y llamé por teléfono al camanejo,
no estaba, no ha llegado todavía, respondió la señora Josefa,
y yo fingiendo molestarme y dónde se ha metido ese hombre,
no sé, no sé, y llamé a Eudora y ella contestó, Eudora, le dije,
lo siento, dejamos la conversación a medias, sí, observé que la
presencia de mi papá no lo permitía, le pregunté emocionado
¿habrá oportunidad de continuarla?, no necesariamente hoy,
¿mañana?, ¿pasado mañana?, mañana es viernes, podría ser el
sábado o domingo, yo trabajo también el domingo, pero puedo quedar libre después del mediodía, digamos a la una de la
tarde, vacilaba, sentí su vacilación a través de su pequeña respiración, debía estar muy pegadita al teléfono, el sábado, dijo,
al mediodía, ¿será posible?, preguntó con la voz más dulce en
la que adiviné cierto tono de complicidad que me hizo elevar
las manos al cielo, gracias, Dios mío, sí, por supuesto, qué más
podía pedir y esa noche la vi en las copas de los árboles del
parque de San Antonio, con su tenue cerquillo caído hacia la
derecha, hacia donde su cabeza se inclinaba en un gesto de coquetería, iluminada por los focos cuya luz caía también sobre
el angelito calato que miraba eternamente a la mole blanca de
la iglesia, y cuando mis ojos se cansaron de mirarla y dibujarla
mil veces de frente, de perfil, de tres cuartos y de elevar su
rostro al cielo para ver sus caderas y sus muslos descubiertos
hasta una cuarta por sobre la rodilla, me aparté de la ventana
y me acosté.
Me despertaron primero los bocinazos y luego las piedrecitas en la ventana, miré el reloj por hábito, algo que hacía
sobre todo cuando un temblor me sorprendía en la cama, para

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Luis Eduardo Podestá

saber la hora en que comenzaba, los segundos que duraba
y cuándo terminaba, escuché la gotera de la ducha que caía
sobre un balde, maldije mi suerte, la una de mañana, quién
mierda podrá ser a esta hora, me dije, hacía un frío del carajo,
sobre todo porque había dejado inadvertidamente una ventana abierta y porque lo que yo llamaba mi cuartito, como era en
realidad una enorme y alta habitación dividida en dos ambientes, se enfriaba con facilidad y se calentaba con dificultad en el
verano, demoré un poco buscando unas zapatillas viejas que
usaba para levantarme y darme el baño de cada mañana, me
acerqué a la ventana y allí estaba el camanejo de pie al lado de
su camioneta, bajo la sombra oscilante de un árbol que se mecía con el viento, me pareció que estaba completamente borracho, me hizo señas con la mano, baja, baja, adiviné que decía,
porque tal vez no quería levantar la voz en medio del silencio
que rodeaba el vecindario, estás cojudo, le dije, no puedo salir
a la una de la mañana, es muy temprano para levantarme, respondió baja, hermano, por favor, tengo algo que contarte, me
resistí, mi primer pensamiento fue cerrar la ventana, volver a
acostarme y que se congelara de frío en su camioneta o fuera
de ella, pero como soy un curioso irremediable, qué tendrá
que contarme el desgraciado, me dije, le hice una señal con la
mano para que esperara y después de un largo cuarto de hora
bajé, me extrañó que no estuviera con su automóvil y pensé es
posible que lo haya estrellado contra un poste después de que
me dejó ayer en la madrugada, me abrazó, dónde mierda te
has metido me dijo, lo miré con reproche, debía tener mucho
frío porque lucía su gorro ruso de piel de liebre gris, yo debo
preguntarte eso, te busqué al mediodía, te llamé en la noche,
le dije de mala gana, no te amargues, me dijo, toma un trago,
no, hice un gesto de asco, estás huevón, me acabo de levantar,
es la una de la mañana, un aperitivo, suplicó, y abusando de
su fuerza me inmovilizó y me metió el pico de la botella en
la boca, escupí, tosí, me sacudió la espalda con sus enormes
manos, entra, invitó, hace mucho frío aquí afuera y aunque
yo sabía que aceptar la invitación era entregarse a sus manos,

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El hombre que se fue

lo hice, limpiándome los ojos humedecidos por los violentos
acceso de tos, arrancó el coche de inmediato, no sabía adónde
se dirigiría, fuimos al centro, donde hay bares que amanecen
con la puerta abierta y adonde concurre toda clase de gente,
se lo dije, no es recomendable, rió escandalosamente pero noté
que su risa era un tanto forzada lo cual me obligó a pensar qué
habrá pasado, y cuándo mierda has hecho algo recomendable,
replicó, baja, me dijo en la calle Piérola, me enfurecí, la puta
madre, le dije, me sacas de mi cama, carajo, me secuestras, me
traes a este nido de delincuentes, drogadictos y borrachos,
exageré, se rió otra vez, y a quién le tienes miedo, preguntó
burlón, además, si tienes miedo, aquí estoy yo para defenderte, qué ha pasado esta noche, recapacité, es la primera vez que
me da rabia estar con él, mil veces ha ido a buscarme y mil
veces hemos ido a peores lugares que este, me pasó por la memoria el relámpago de recuerdos de otras cien veces cuando,
fuera del periódico me daba la gana de ir a comer o meterme
unos tragos con colegas o amigos que me dejaban abandonado a cierta hora y lo único que se me ocurría para no estar
solo era llamarlo por teléfono, estoy en tal sitio, hermano, era
mi saludo, por qué no vienes, y él nunca me decía son las tres
de la mañana, huevón, nunca me reprochó cómo se te ocurre
llamarme a esta hora, sino que se aseguraba de preguntarme
en qué lugar me hallaba, con quién estaba, quiénes más había
en el establecimiento, quién me estaba atendiendo y cuánto
trago tenía en el estómago, quizá para saber si podía aguantar
el tiempo necesario para que él llegara y me encontrara ileso,
qué estás tomando o qué has tomado, interrogaba minuciosamente y luego lanzaba su risotada, pide una botella más mientras yo llego, y llegaba, me abrazaba, se sentaba frente a mí,
comenzábamos a hablar de todo lo que a mí se me ocurría, me
escuchaba hasta cuando el trago le hacía efecto y comenzaba
también a pelear por el uso de la palabra, y en eso se nos venía
el sol de la mañana, de modo que ahora ya no protesté y ya, ya,
dije, está bien, vamos.

89

Luis Eduardo Podestá

Nos metimos en el bar que quizá era el más decentito
de los alrededores, no era el peor de todos los que conocía,
pero olía a licor y tabaco baratos, donde había varias mesas
vacías y dos o tres con gente abrigada hasta el cuello, nos ubicamos cerca de la puerta, de modo que el camanejo pudiera
vigilar su camioneta y luego de pedir dos cervezas, que nos
trajo una chica a quien no presté ninguna atención, lo miré,
ahora habla, mierda, dónde te has metido, me miró con ojos
apacibles, de arrepentido, dije yo, no vas a creer, hermano, respondió, salud, he regresado a las nueve de la mañana, ¿regresado?, ¿qué quieres decir?, ¿viajaste entre la madrugada y esta
noche?, ¿te fuiste a Camaná?, le pregunté incrédulo con la idea
de que, tras despedirnos y dejarme en el parque de San Antonio, se había largado a su chacra en medio de alguna de sus
sorpresivas decisiones tan frecuentes en él, no, no, se apresuró
a contestar y sus ojos brillaban como si estuviera a punto de
llorar, bebió de un tirón todo el contenido del vaso y se sirvió
lentamente otro.
–Me secuestraron –dijo a media voz.
–¿Te secuestraron? –me asombré, le hice mil preguntas, quiénes, dónde, a qué hora, por qué creía que lo habían
hecho, si le habían pedido rescate o algo parecido, si lo sabía la
policía y cómo era que estaba aquí tan tranquilo y no le había
pasado nada, no me mientas, mierda, le advertí, ya sabes que
a mí no me puedes mentir.
Se quedó callado mirándome fijamente a los ojos y entonces, lentamente, con movimientos estudiados y teatrales,
se llevó las manos al gorro ruso, se lo quitó lentamente y un
escalofrío me recorrió desde la punta de los pies hasta los cabellos, qué pasó, solo atiné a preguntar, qué pasó, hermano, y
luego, poniéndome en guardia contra las bromas de este maldito, le dije te has echado talco a la cabeza, mierda, porque su
cabello, que siempre mostraba orgullosamente oscuro estaba
blanco, totalmente, en toda la cabeza, desde la frente hasta la
nuca, qué has hecho, hermano, me conmoví.

90

El hombre que se fue

Movió la cabeza, nada de talco, así se me ha puesto de
un momento a otro, de la noche a la mañana, no me hagas cojudo, vamos, vamos al baño, carajo, te voy a lavar la cabeza,
cuando lo llevaba a la fuerza a los servicios higiénicos y él se
dejaba llevar mansamente como un cordero al matadero, vi
que venía en sentido contrario, con una bandeja sobre la cual
había vasos y botellas, la bella Carla que se hizo a un lado y
abrió los ojos asombrados al vernos, yo la miré pero no sé si el
camanejo se dio cuenta de ella, porque lo llevaba tomado del
cuello y él tenía necesariamente la cabeza inclinada, pero en
ese momento no estábamos para otra cosa que no fuera el repentino, extraño e increíble encanecimiento de don Abelardo
Machuca Mestas, en menos de veinticuatro horas, le metí la
cabeza debajo del caño, le hice caer el agua helada y se la refregué con todas mis fuerzas, te has teñido el cabello, mierda, le
dije gritando, no sé por qué, no sé a quién quieres hacer cojudo, pero te has teñido el cabello, atragantándose con el agua
que le caía sobre la cara dijo no, te juro que no, ya te voy a
contar todo y cuando mis manos amenazaron congelarse le
dije, bueno, vamos, y volvimos, al pasar vi a Carla detrás del
mostrador haciendo cuentas en un papel que miraba fijamente
con su hermoso rostro ensombrecido por el gorrito rojo que
lucía y en el curso del par de horas que estuvimos allí, la vi
pasar varias veces hacia las mesas de los clientes de este salón
y de otro existente en el interior, cada vez que escuchaba las
palmadas que la llamaban, no nos miraba pero yo sabía que
estaba pendiente de nuestra mesa y de mis ojos, porque el camanejo estaba de espaldas a ella, mirando hacia la calle, en su
afán de vigilar su camioneta estacionada frente a la puerta,
pensé esta es mi nueva misión de mañana, qué mañana, me
dije, de este día, y el camanejo habló con voz suave me divertía
pensar en lo que había ocurrido ese día y no estaba borracho,
de ningún modo, se adornó, porque ya hacía frío cuando te
dejé y me maldije porque siempre había postergado la decisión de ponerle calefacción al carro, cerré todas las ventanillas,
no solo por el frío sino por precaución y bajé por la avenida

91

Luis Eduardo Podestá

San Martín, seguí por La Paz y me metí por Don Bosco para
entrar directamente en Ayacucho y Puente Grau, manejaba
con todo cuidado, dicen que los peores accidentes se producen en las calles solitarias, nadie sabe nunca con qué o quién se
va a encontrar al llegar a una esquina a las tres o cuatro de la
mañana, y llegué al puente Grau, plenamente iluminado, pero
al fondo, en el lado donde comienza Yanahuara había más luz,
en realidad un gran despliegue de luces, luces entre azuladas
y blancas en que se mezclaban también rayos rojizos y violetas, lo recuerdo perfectamente porque me dije he aquí un accidente en plena madrugada y pensé que el movimiento de luces que veía correspondía a los coches de los bomberos o de la
policía y continué la marcha a velocidad muy moderada por si
a algún policía se le ocurría detenerme y me olía el aliento y
llegué a la mitad del puente, lo recuerdo como si lo estuviera
viviendo en este instante, hermano, salud, bebimos un trago y
yo quería interrumpirlo, interrogarlo, pero decidí dejar que
hablara hasta el final en que yo iniciaría la ronda de preguntas
con las cuales yo pudiera descubrir todas sus mentiras, y entonces aquellas luces subieron hasta las copas de los árboles
de la avenida del Ejército y luego más arriba, hasta parecer un
carrusel de luces en el cielo, y me incliné sobre el volante para
poder seguir con los ojos aquel maravilloso espectáculo, prosiguió, me sentía tan sorprendido que frené el carro y vi, sí,
reiteró, te juro que vi las luces elevarse como un gigantesco
carrusel de reflejos violetas, rosados y blancos que giraban a
toda velocidad, mierda, me dije, nunca había visto un platillo
volador y hoy, precisamente, se me presenta aquí y no tengo
testigos y pensé en ti, cómo estuviera aquí para que tome una
fotografía, también pensé estoy borracho, increíblemente borracho, y entonces, hermano, sentí que el carro se elevaba, sentí esa sensación en el estómago de estar atravesando un vacío,
dejaba el suelo, miré por la ventanilla cerrada, el puente Grau
ya estaba lejos, muy abajo y veía sus luces a vuelo de helicóptero, solitario, estoy borracho, pensé, estoy soñando, pensé en
los diablos azules, y estaba a punto de hacerme la promesa de

92

El hombre que se fue

solo beber cerveza por el resto de mi vida y la luz me envolvió,
grité para despertarme de esa pesadilla blanca, sentí calor, que
me quemaba con todas las llamas del infierno, es tu castigo
por haber sido una mierda toda tu vida y grité, grité hasta que
ya no supe más, calló, sus ojos brillaban otra vez como si quisiera echarse a llorar, no me mires así, hermano, tú eres la única persona a la que puedo contarle esto, otros me creerían
loco, me recomendarían el manicomio, o me mandarían a la
mierda por mentiroso, pero tú no, ¿verdad que tú no?, no, hermano, le respondí ante su gesto tan dramático y quise creer en
su sinceridad, pero en otra zona de mi pensamiento me decía
este gramputa siguió chupando en el carro, seguro tenía otras
botellas de whisky guardadas bajo el asiento y no hubiera sido
la primera vez, pero adivinó mi pensamiento, después de dejarte no bebí ni un trago más, hermanito, el frío me había despejado y el hecho de estar elevándome en el aire acabó con mi
borrachera, si en algún momento estuve borracho esa noche,
esa madrugada, salud, le dije, solo por decir algo, porque todo
se presentaba tan extraño que no lo quería creer, no lo puedo
creer, le dije, claro, admitió, todo es tan extraño, me desmayé
con tanto calor, con tanta luz, sentí mucho calor como si la luz
blanca estuviera tostando el carro y cuando desperté estaba en
una sala de operaciones, me caía un tenue rayo blanco muy
suave sin brillos violentos desde lo alto, me permitía mirar la
luz sin parpadear, había algunas personas a los lados de la
mesa de operaciones, qué mierda pasa, intenté decir, si yo estoy completamente sano, no me duele nada, pensé que era posible que en un momento de inconsciencia hubiera sufrido un
accidente y me estaban atendiendo, me convencí de que era
una pesadilla, no podía ser de otro modo, pero al mismo tiempo sentía que me encontraba en el peligro más grande de mi
vida, pasaron por mi mente mis padres, mi niñez, el colegio,
mis paseos por las chacras, muchos pasajes de mi vida que
rara vez recordaba, me incorporé, no voy a permitir que me
operen, me dije, me miraban con ojos enormes y rojizos o tal
vez eran lentes, miré a todos a mi alrededor, eran como veinte,

93

Luis Eduardo Podestá

silenciosos, de pie mirándome con los ojos del tamaño de mi
puño, así, de este tamaño, me mostró la mano derecho empuñada, un ojo de este tamaño, ¿te das cuenta?, asentí, sigue no
más, sigue, le dije lentamente en voz baja, creyó que me burlaba, calló un instante, salud, dijo, palmeó dos veces, Carla demoró en acercarse, buenas noches, dijo aunque ya era de madrugada, el camanejo levantó dos dedos, dos cervecitas, linda,
dijo sin mirarla porque tenía fijos los ojos en cada gesto de mi
cara, yo tampoco quise levantar los ojos porque ya sabía a
quién iba a mirar y creí que ese no era el momento de hacer
nada más que escuchar el fantástico relato de mi amigo, me
pregunté dónde estoy, no abrí la boca, solo pregunté para mí
mismo, dónde mierda estoy, y una voz, igualita a la mía, me
respondió no te preocupes, estás bien y miré a quien hablaba
y estaba frente a mí, delgado, con una cabeza de este tamaño,
hizo un gesto para graficar algo redondo del tamaño de un
zapallo, prosiguió si me hubiera puesto de pie no me habría
llegado ni al hombro, era como si mi voz hubiera rebotado en
otro pecho y otros labios, pero no movió los labios, eché las
piernas a un lado de la mesa de operaciones para ponerme
frente a ellos, me miraban, puedes sentarte ahí, me dijo mi voz
y alzó un brazo delgadito de color plateado y me señaló un
asiento, di la vuelta a la cara, qué me está pasando, Dios mío,
me pregunté, asustado, caminé dos pasos hasta el asiento, las
figuras se sentaron frente a mí y la figura que me habló, no
tengas miedo, me dijo, volvió la cabezota hacia las demás imágenes plateadas que lo miraban y me miraban, se sentó frente
a mí, no temas, repitió, te devolveremos a tu sitio, salvo que
quieras irte con nosotros, quiénes son ustedes, y otra voz, desde la derecha, con mi misma voz estamos en un viaje de exploración, me jodía que fuera mi voz la que me contestara, estoy
soñando, me dije una vez más, esto no es posible, esto no está
ocurriendo, sí, me dijo mi voz desde otro lugar, sí está ocurriendo, estamos en una órbita sobre el sur del planeta, precisamente sobre el lugar donde te recogimos, nos alejamos del
planeta, mi voz hablaba y trataba de tranquilizarme, mi voz

94

El hombre que se fue

diciéndome que estaba bien, que el choque del primer momento había sido superado, pero siempre pasa igual, me decía
mi voz llegando desde distintos sitios y yo me decía es imposible que todos hablen con mi voz, es cierto, me contestó, hemos grabado tu voz porque no tenemos otro modelo hasta
ahora, pero suponemos que existe, me dije que estaba metido
en un cuento de ciencia–ficción en que yo no había querido
estar, no ocurrirá nada, no es una fantasía, es la realidad, no te
preocupes, volveremos al mismo lugar y te dejaremos, pero
por qué no disfrutar de nuestra nave, me invitó la voz con
afabilidad, me puse de pie, me llevaron hasta donde estaba mi
auto, una especie de cochera gigantesca forrada con luces metálicas, está perfectamente como lo recogimos, no ha sufrido ni
un rasguño, me dijo mi voz, cuando percibió mi preocupación, me llevaron por pasadizos plateados iluminados por luces azuladas, pero yo por qué, me atreví a preguntar en alta
voz y eras el único que estaba por la zona que explorábamos
me respondió mi voz desde la cabeza que caminaba a mi lado
y me invitó a pasar a una enorme sala llena de paneles con
botones, controles y luces que parpadeaban, rojas, azules,
amarillas, mira, me dijo mi voz, mira hacia allá, la tierra, la
tierra, hermano, vista desde cinco mil o diez mil o cien mil kilómetros de distancia, azul, redonda, lejana, me dio vértigo,
mi voz me preguntó si me sentía bien, sí, le dije, fue solo un
instante, la figura vestida de plateado se acercó a un panel en
la pared, iluminó la pared entera, mira, allí te encontramos y
la pantalla presentaba la imagen de la ciudad llena de luces,
miré mi reloj, las cuatro y diecisiete minutos, dije, no, intervino la coraza plateada, esa es la hora en que te encontramos, me
secuestraron, no, debes disculparnos la forma de hacerlo, pero
no tenemos ninguna intención ni motivo para hacerte daño,
mi nombre es Arn, mi voz me daba explicaciones, respetamos
la libertad del individuo, pero a veces no queda más remedio
que invitar a la gente que encontramos a pasar unas horas con
nosotros en nuestra nave, el camanejo me estiró la mano izquierda, mira el reloj, instó, son las cuatro y diecisiete, pregun-

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Luis Eduardo Podestá

tó ¿son las cuatro y diecisiete?, miré el reloj, estaba en esa hora,
miré mi reloj, eran las dos y treinticinco, las agujas no se han
movido ni he querido moverlas, añadió, me mostraron la tierra azul con manchas blanquecinas y me daba una nostalgia
terrible, mira el otro lado, me llevó al otro lado del salón y allí
estaba, tal como lo habíamos estudiado, el universo negro tachonado de luces inmóviles, y me dije por qué yo fui el escogido, no escogimos, todo fue obra del azar, me sentía en medio
de la Vía Láctea, presionó algunos botones de marfil, la pantalla se aclaró en algunos puntos, las estrellas se hicieron más
brillantes, seguimos la ruta de un asteroide desde los confines
de este sistema, dijo mi voz, nos adelantamos a él y encontramos la tierra, el mundo de donde nos fuimos hace cien millones de años y de dónde vienen, pregunté sin ánimo de escuchar la respuesta porque no entendía nada o por lo menos me
figuraba que no iba a entender nada, de la estrella que ustedes
llaman Beta Pictoris, unas dos veces más grande que el Sol que
ilumina la Tierra, en la constelación de Pictor, eso no me dice
nada, pensé pero mi voz vino en mi auxilio, estamos muy cerca de ustedes a no más de cincuenta años luz de los planetas
de esta estrella, señaló un punto en el espacio que no localicé
ni me interesaba, me llevaron por toda la nave, pasadizos, escaleras, habitaciones alineadas en secciones separadas por
compuertas, con inscripciones luminosas que yo no entendía,
y en un momento vamos a comer, me dijeron y fuimos a otro
salón donde las figuras delgadas se alinearon frente a las mesas, mi voz me dijo tomemos asiento, inclinó la cabeza y después de unos instantes escuché el rumor de todas las figuras
silenciosas que hablaban a la vez, mi voz me dijo que cuando
había perdido la conciencia por el impacto emocional, mi cerebro había sido examinado hasta en sus más distantes y profundas áreas y ellos habían recogido mucha información, hay,
me dijo, zonas en la que se encuentran almacenados tus recuerdos a los que no has llegado, zonas donde no tienes nada
registrado, pasamos con nuestros rastreadores electrónicos y
mentales y supimos tu idioma, conocimos tus costumbres, la

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El hombre que se fue

forma y el sabor de tus alimentos y aquí están, una figura plateada me servía en un plato carne asada y papas fritas con lechugas, ¿cómo han podido hacerlo?, me pregunté, ni que hubieran pasado previamente por San Camilo, me reí pensando
en el mercado, todo lo que tienes allí, dijo la voz es la reproducción de sustancias orgánicas con apariencia de los alimentos que te gustan, probé la carne, está exquisita, los elogié con
el ánimo de entrar un poco en confianza, es un recurso que
puede acabarse en la tierra, me dijo, de hecho está agotándose,
ojalá eso no se produzca mientras viva, dije, gracias a nuestra
excursión por tu cerebro pudimos conocer tu mundo, no podemos estar mucho tiempo aquí pero encontramos mucho sufrimiento, injusticia, si vivieras aquí, dije en alta voz algo alentado por el magnífico sabor de la comida y se hizo un silencio
en todas las mesas donde las figuras plateadas tenían ante sí
frascos y cajitas, nada parecido a mi gran churrasco con papas
fritas y ensalada, si vivieras aquí un año, solo un año te darías
cuenta de que lo que yo sé no es absolutamente nada, hay seres sabios en el mundo, conocen todas las ciencias y las artes,
la historia del hombre, elaboran teorías para la felicidad humana, pero nadie les hace caso, ellos no son los que gobiernan
sino la mediocridad, los intereses económicos, la ambición
personal y cuando estuve en la mitad de mi discurso me di
cuenta de que estaba hablando por gusto y, además, en un
tono que no era el mío, qué tengo yo que describir el mundo
en que vivo, me reproché, yo no sé nada, me miraba mientras
yo movía los labios, parecía que me tenía compasión, sentí la
mirada de todos, la civilización debe evolucionar, me dijo mi
voz con suavidad, como si hablara a un niño, hace millones de
años, nuestra civilización fue creada y destruida, como tu civilización será destruida un día, pero antes de que ello ocurra
encontrará la forma de emigrar hacia otros mundos, donde
iniciará una nueva y propia evolución, como nosotros, como
nuestra generación, nuestra imagen es distinta a la tuya porque hemos evolucionado en nuestro propio medio, en un planeta que gira alrededor de su propia estrella, que según tus

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Luis Eduardo Podestá

conocimientos se llama Beta Pictoris, si alguna vez quieres venir con nosotros, te daremos la forma de hacérnoslo saber, te
dejaremos un instrumento que lo hará posible por si algún día
tratas de localizarnos, ahora si quieres descansar, guardaremos silencio y haremos una oración por ti y los tuyos, para
que puedas contribuir en lo posible con los medios de que dispongas a disminuir sus sufrimientos, me llevó hasta lo que
parecía una cúpula metálica, cuántas horas habrán pasado
desde que me trajeron aquí, pensaba, no pienses en el tiempo,
me recomendó mi voz como si me hubiera leído el pensamiento, ahora descansa, me senté frente a una pantalla en que vi la
tierra, las nubes tenues que la cruzaban, pensé que era uno de
los pocos mortales que veían la imagen del mundo desde aquí
y no sé si en un momento cerré los ojos, pero al instante siguiente mira me dijo mi voz tomándome por sorpresa al mostrarme una pantalla, hay mucha gente en el lugar donde te
recogimos, el puente Grau estaba lleno de automóviles y gente
que iba y venía, claro, dije, ya es de día, tenemos que buscar
otro sitio, dijo mi voz y me llevó, sabes adónde, fuera de la
ciudad y allí comenzaron mis problemas, me dejaron en un
cerrito rodeado de sembríos por toda parte, de pronto, como si
hubiera pasado del sueño a un violento despertar, me encontré en mi carro, al frente del volante, delante de mí unos sembríos de cebollas, el sol me daba en el lado izquierdo de la
cara, las chacras se extendían por todo lado y yo en el cerrito,
sin saber qué hacer, sin saber si todo fue una locura, un sueño,
una pesadilla, pero allí estaba, bajé del auto, el cerrito era
como un islote en medio de las chacras, ahora sí que me jodí,
me dije, di una vuelta alrededor del carro, ni mierda, ni una
trocha por donde sacarlo, además las llantas estaban metidas
en la tierra hasta la mitad, intenté sacarlo de allí para irme a
como diera lugar antes de que viniera algún curioso, aunque
fuera atravesando las chacras, pero las llantas daban vueltas y
vueltas sobre el mismo sitio, después de muchas tentativas decidí ir en busca de ayuda, tendría que atravesar las chacras a
pie, cómo se les ocurrió dejarme aquí, pensaba, pero en el mis-

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El hombre que se fue

mo instante me decía qué me dejaron ni qué mierda, todo es
un sueño y ahorita voy a despertar en mi cama, llamaré a la
señora Josefita, le preguntaré si me has llamado o si has venido siquiera a preguntar por mi salud, pero me golpeaba la
cara, me tiraba de los cabellos y entonces descubrí que estaba
totalmente, definitivamente canoso, me miré en el espejo retrovisor, era mi cara pero no mi cabeza, que estaba totalmente
blanca, comencé a caminar como un borracho por las chacras,
no sabía dónde estaba ni hacia dónde tendría que caminar
para llegar a algún sitio en busca de ayuda, me daban ganas
de dejar el carro y su misterio para siempre, pero me dije que
no tardarían mucho en averiguar de quién era y arremeterían
con preguntas que no tienen respuesta, y caminé en dirección
al sol, ¿sabías que los atlantes que poblaron Tiahuanacu y de
los cuales descendemos llegaron siguiendo al sol, desde las
orillas del Atlántico?, sí, le contesté, conozco esa leyenda, bueno, prosiguió, yo caminé en dirección contraria, en diez minutos encontré un camino, una trocha suficiente para un automóvil, pero yo solo no podría sacar el carro hasta aquí, tendría
que buscar el apoyo de una grúa y proseguí hasta las casas
que veía en la lejanía, tenía que encontrar una estación de servicio y si tenía suerte quizá tuvieran una camioneta para arrastrar el auto, llegué hasta la carretera, la reconocí, era la carretera a Tiabaya, sabía de la existencia de un grifo cercano y allí
me fui, mi carro encalló en un arenal, cerca de aquí, dije, llamaron por teléfono a una grúa, el hombre de mameluco azul
me consoló ya vienen, pero siempre demoran por lo menos
una hora, me fui a una tiendecita frente al grifo y pedí una
cerveza, mientras pensaba cómo explicar lo inexplicable, cómo
pude poner el automóvil en la punta de ese cerrito en medio
de las chacras, no tomé una sino dos cervezas y me vino la
idea de meterles cerveza a los que vinieran en la grúa, a fin de
que tuvieran, si lo fueran a tener, un recuerdo nebuloso de lo
que iban a hacer y nadie les diera crédito, así que cuando llegaron, el conductor, un hombre de rostro colorado en mameluco anaranjado y su ayudante, de pequeña estatura, ya pasa-

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Luis Eduardo Podestá

do el mediodía, les pregunté si habían almorzado y no, dijeron,
es mejor trabajar con la barriga llena, dije, y montamos en su
camioneta, les dije vamos a cualquier restaurante, entramos a
Tiabaya, pedí cerveza, les dije que mi carro no sabía cómo había quedado atascado en un cerrito de arena y había que remolcarlo, está bien, dijo el chofer, alto y colorado, ese es nuestro trabajo, salud, al seco, les instaba yo para que vaciaran sus
vasos y ellos se entusiasmaron, comimos chicharrones de
chancho, rocotos rellenos, les dije esto hay que bajarlo con un
anís y, yo, tú lo sabes, que no le entro al anís, tuve que dirigirlos, beber con ellos, pero a las tres de la tarde observé que los
tragos estaban surtiendo efecto, para apagar el ardor del anís
pedimos más cerveza y, finalmente, cuando el sol ya declinaba, les dije no nos olvidemos que tenemos que trabajar y después de dos botellas más como despedida, nos fuimos hacia la
trocha y, como era de esperar, no creían lo que les dije, que el
carro estaba allá, en medio de las chacras, quién se va a meter
aquí, me dijo el jefe del equipo, pero allí está, le dije, le exigí
que viera, como brillaba la capota con los rayos del sol, puta
madre, renegó, a quién se le ocurre manejar por ese sitio, pero
vamos, comenzó a buscar camino para entrar a las chacras y
no había, además se interponía el cauce de una acequia, es
imposible, amigo, me dijo el jefe, me puse enérgico, si hay algunos daños los pagaré, les dije, subieron a la camioneta, trataron de pasar por sobre la acequia, pero era demasiado ancha, tendremos que construir un puente, comentó
risueñamente el jefe y al final, cuando se dio cuenta de la imposibilidad de la operación, me dijo no se puede, es imposible,
señor, ni por todo el oro del mundo podríamos entrar allá sin
un camino... y no hay camino, hay una acequia de por medio
que puede tragarse la camioneta entera, me miró un rato, nos
quedamos silenciosos mirándonos, y a quién se le ocurre poner el carro allí, murmuró, disculpe, señor, fuimos hasta el coche, parece estar en buenas condiciones, dijo el mameluco jefe,
lo examinó por todo lado, cómo mierda pudo llegar aquí, se
rascaba la cabeza, el jefe y su ayudante dieron la vuelta al ce-

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El hombre que se fue

rrito, si ni siquiera hay huellas, cómo llegó hasta aquí, amigo,
me preguntaron y yo miré a otro lado, porque no tenía ninguna respuesta que darles, ni borracho yo manejaría hasta aquí,
agregó el jefe, regresamos caminando hasta la trocha y al final,
si quiere a usted lo llevamos al centro, sí, gracias, fue lo único
que pude decir.
Lo miré y aunque pensaba que a esta hora debía estar
soñando con la linda mujer que me había dado una cita para el
sábado, no sentía sueño, es lo más fantástico que he escuchado
en mi vida, comenté, pero dime que no me estás contando una
fábula, juró por su santa madre que estaba en los cielos que
todo lo que me había contado era la más pura verdad, ¿crees
tú que por las huevas tengo el cabello blanco?, preguntó, seguro es por el susto que me pegué y hasta ahora no puedo saber
por qué con tanta gente que existe en el mundo, a mí, precisamente me ha debido ocurrir esto y bien, mientras íbamos al
centro les pedí que se detuvieran, les invito una cervecita para
la despedida, les dije, como ya estaban un poco achispados
aceptaron, e hice todo lo posible para que se emborracharan
hasta los zapatos y quizá a esta hora estén durmiendo y cuando se levanten no sabrán si aquello ocurrió o no ocurrió, pero
tú y yo sabemos que es cierto, les pagué y cuando me pidieron
mi nombre y dirección desvié la conversación, cerca de medianoche nos despedimos y me fui a Yanahuara, luego agarré
mi camioneta y fue a buscarte, mira, le interrumpí, una cosa es
que hagas cojudos a dos choferes y otra es que a mí me quieras
meter un cuento chino, tengo que ir a ver el lugar, tengo que
examinar el auto, tengo que ver el aparatito que te dieron, ¿no
sabes que es la más grande historia que el periodismo podrá
contar alguna vez?, no, no, hermano, qué vas a hacer, se arrancó canas de rabia, no vas a escribir esto, maldita sea, no sé para
qué mierda te conté todo, lo hice porque eres mi amigo, no
para que lo contaras en el periódico, calma, calma, le dije, no
diré nada que te identifique, tú solo serás mío, je, je, reí, nunca
habrá nadie que pueda identificarte y yo, únicamente yo, seré
el dueño de la noticia, bebió un vaso entero haciendo tronar la

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

garganta, maldita sea, primero no me crees y luego tratas de
aprovecharte, fui inflexible, vamos, le dije y recién cuando nos
íbamos, se dio cuenta de que Carla estaba detrás del mostrador, tú, se sorprendió, estás muy bonita con esa ropa, Carla,
le dije yo sonriente, esta ciudad no es un pañuelo sino solo la
pequeña esquina de un pañuelo y luego dije las cosas tan extrañas que tiene la vida, uno llega adonde no quiere llegar y ve
a las personas que quiere ver donde nunca pensó verlas, ella
estaba muy serena, después de todo la habíamos sorprendido
en su trabajo y eso no era, de ningún modo, impedimento para
que continuara en su calidad de finalista en el certamen que
buscaba un alma gemela para el camanejo.
Fuimos hacia la camioneta, miré al camanejo con otros
ojos, de respeto, de admiración, después de todo era alguien
que había estado a cientos de miles de kilómetros de la tierra,
como un astronauta improvisado, con gente de otro mundo,
abrí la portezuela con cuidado, me senté pero examiné cada
centímetro de lo que podía ver. Abelardo Machuca Mestas enfiló hacia Yanahuara, metió el vehículo en el enorme zaguán
que le servía de cochera, son las cuatro de la mañana, dije,
me voy a dormir y mañana temprano estoy nuevamente aquí
para ir a ver el lugar, añadí con la idea de dejarlo en su casa,
tomar un taxi, irme a San Antonio y volver pero, quédate, para
qué vas a ir hasta Miraflores, me invitó, tengo que sacar mi cámara, le respondí, me vas a fotografiar, mierda, desgraciado,
se exaltó, no, a ti no, al lugar, no hablé una palabra del carro,
le aseguré que después de mi trabajo, protegería su anonimato, nadie me obligaría a hablar, me llevó a un cuarto con una
cama, con una ventanita que daba a la huerta, y me acosté.
Estaba muy cansado y me dormí casi al instante.

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C

uando me levanté, el sol ya estaba alto, el camanejo se afeitaba en el enorme baño dividido en secciones
para hombres y mujeres, porque el antiguo dueño de la casa
tuvo una familia numerosa cuyos conflictos por el uso del servicio eran frecuentes entre hermanos y quiso evitarlos, pero
aparte de construir en el segundo piso uno para cada una de
las habitaciones que eran muy amplias, hizo otro enorme en
el primer piso. Y allí estaba él con la cara llena de espuma y
exhibiendo el cabello cano, que recién pude examinar minuciosamente, no tienes un solo punto negro, hermano, le dije y
comencé a hablar de las consecuencias del susto o de una gran
emoción.
Recordé que a Higinio Abanto, un ganadero que hizo
con otro en medio de una borrachera, una apuesta para visitar
el cementerio general a la una de la mañana a fin de demostrar
su valentía, se le volvió también cano el cabello en una sola

103

Luis Eduardo Podestá

noche. La apuesta consistía en ubicar determinada tumba y
colocar en una esquina de ella un clavo que sería mostrado
al día siguiente como prueba de la visita. Con muchas copas
de más, para valor, dijo, Higinio Abanto se fue al cementerio,
ubicó la tumba pactada y para cumplir con los términos del
compromiso y probar que había estado allí martilló un clavo
en la losa escogida, pero sea por los tragos, porque estaba realmente nervioso en medio de las tumbas y del ulular del viento
entre las coronas de flores artificiales colocadas en las cruces,
o por el simple deseo de irse lo más pronto posible, no se dio
cuenta de que había clavado su propio poncho y cuando trató
de irse, sintió que le tiraban por detrás y no lo dejaban ir. Lo
encontraron al día siguiente víctima de un choque emocional
del que nunca se recuperaría y con el cabello totalmente blanco, como el tuyo, le dije y el camanejo estalló en carcajadas,
no me acuerdo en qué momento sentí miedo, confesó, quizá
cuando vi el carro que se elevaba sobre el puente Grau y yo
no podía hacer nada, en un momento perdí el conocimiento,
nunca lo has tenido, le interrumpí y nos reímos, y cuando desperté estaba en la mesa de operaciones que te cuento, que en
realidad, no era una mesa de operaciones sino una tarima de
metal acolchado con tantas luces en lo alto que parecía una catedral por su luminosidad y por su altura, vamos le dije, y luego de tomar un desayuno de té con pan, queso y mantequilla,
servido por la señora Josefa, que como de costumbre se movía
por toda la casa en silencio, sin que se notara que estaba aquí o
allá, nos fuimos a San Antonio, me puse ropa como para caminar por las chacras, saqué la cámara y enrumbamos a Tiabaya.
Nos desviamos por la trocha y luego de algunos minutos de camino, aquí fue por donde intentamos entrar con
la grúa, me dijo el camanejo, detuvo su camioneta al borde
de la acequia y caminamos por las chacras. De lejos pude ver
el coche cuya capota brillaba bajo el sol de la mañana sobre
el cerrito pelado, pero no solo estaba el coche, a su alrededor
se movían algunas personas, la puta madre, estalló Abelardo
Machuca Mestas, tomé una foto desde aquella distancia, ca-

104

El hombre que se fue

minamos a través de los sembríos de cebollas y cuando estábamos lo suficientemente cerca para ver el rostro de las personas que se nos habían adelantado, hay dos policías, dije, y el
camanejo no sabía si seguir caminando a mi lado o irse, mejor
me voy, me dijo y se detuvo, no seas cojudo, lo que hay que
procurar es que después de esta mañana no te identifiquen,
ya arreglaremos el asunto, y como quien conversa sobre cualquier cosa, llegamos y saludamos a la gente, dos policías, un
sargento y un agente y otros tres hombres con sombrerazos de
paja, campesinos, me dije, vecinos curiosos de las cercanías,
buenos días, me identifiqué ante los policías, periodista, les
dije, ¿cómo se enteró tan rápido?, preguntó uno, ah, respondí,
hay recursos.
Hice un examen concienzudo mirando primero el automóvil, el cerrito donde estaba colocado, pregunté a los policías qué sabían del caso y para mi contento, no sabían nada y
más bien estaban tratando de dar una explicación a la presencia del coche en tal lugar, inaccesible y sin huellas de llantas
en las inmediaciones, parece que hubiera venido volando, dijo
el sargento y yo lo miré con media sonrisa, para desanimarlo,
pero eso es imposible, completó, tomé fotos, este señor es el
dueño del coche, dije como quien no le da mayor importancia
al asunto, lo miraron y cómo hizo para llegar aquí, le preguntaron, bueno, respondió Abelardo Machuca Mestas con tono
de arrepentimiento, me tomé unos cuantos tragos y no sé, y
en realidad estaba diciendo la verdad, lo miraron como si se
tratara de un marciano, ¿puede darnos su nombre?, preguntó el sargento, claro, sí, me llamo Abelardo Machuca Mestas,
lo miraron nuevamente sin saber si habían escuchado bien y
como había ocurrido en otras ocasiones de su vida, primero lo
miraron fijamente y luego los campesinos fueron los primeros
en echarse a reír a carcajadas, pero los policías se pusieron serios como si el hombre les estuviera tomando el pelo, en serio,
repitió, me llamo Abelardo Machuca Mestas, y creo que en el
fondo de sí mismo, como yo, él estaba seguro de que si desviaba la conversación y la convertía en un sainete, la pesquisa

105

Luis Eduardo Podestá

policial iba a perder toda seriedad, iba a perder importancia e
iba a olvidarse más pronto de lo que ambos deseáramos.
–¿Se está burlando de nosotros? –aventuró el sargento.
Entonces el camanejo calló, se puso serio, sacó del
bolsillo de su casaca su libreta electoral, su tarjeta de propiedad, su licencia de conducir, una tarjeta de crédito bancario,
su carné del club Internacional y los puso delante de los ojos
del sargento, mientras el segundo policía abría los ojos y, es
cierto, decía a media voz, se llama Abelardo Machuca Mestas,
y arrancó a reír mientras los campesinos se revolcaban en la
chacra y el sargento, contagiado de la risa, también soltaba
carcajadas.
Le hice una seña al camanejo y fuimos hacia el coche,
lo abrió, tomó un aparatito de la guantera, del tamaño de una
cámara fotográfica algo agrandada y achatada o de una grabadora antigua de brillos metálicos, lo guardó nuevamente y me
parece que solo abrió la guantera y extrajo el objeto para confirmar si efectivamente estaba allí, prosiguió con la búsqueda
de otras cosas en el coche, encontró una botella de whisky y
regresó, con cara que quería sonreír o reprocharles su conducta por reírse del nombre de una persona de respeto, dijo
amistoso, bueno, un salud por esta aventura y antes de que
acabaran de reírse ya les había metido media botella para el
frío, dijo, aunque en ese momento hacía calor.
Mientras tanto, yo tomaba fotos de todo, les preguntaba su nombre a los policías, el sargento Aníbal Medrano y el
policía Alejandro Gómez, a los campesinos, los anoté cuidadosamente en mi libretita, tomé nota de la forma en que habían quedado las llantas, semihundidas en la tierra del cerrito,
de la naturaleza del terreno, como si una mano gigantesca lo
hubiera colocado con cierta presión, la suficiente para dejarlo
seguro y no destruirlo o provocarle daños, calculé la distancia
a que estaba el cerrito de las casas más próximas, el área de
las chacras de cebollas al frente del automóvil, de maíz al otro
lado y que por ningún lado se observaban huellas de nada que
hubiera llegado al lugar y como bien lo dijo el sargento, preci-

106

El hombre que se fue

sé, parece que hubiera llegado aquí volando y me reí mientras
apuraba un trago del ardiente whisky.
–Y ahora, ¿qué van a poner en su parte policial? –pregunté a quemarropa a los policías.
El sargento Aníbal Medrano, de la comisaría del distrito de Sachaca se quedó mirándome y el policía Alejandro Gómez hizo lo mismo, se miraron entre ellos. El sargento apretó
los labios, se quedó un largo rato mirando al vacío, al auto, las
chacras, es algo que no tiene pies ni cabeza, murmuró y eso
era lo que queríamos el camanejo y yo.
Invitó a todos a marcharse con un mejor nos vamos de
aquí, ya lo recogeré uno de estos días, dijo el camanejo mientras caminábamos hacia las casas, pero a medio camino fingió
haber olvidado algo, espérenme un minuto, dijo y regresó al
vehículo, lo esperamos hasta que volvió con algo envuelto en
periódicos, pero yo sabía que el paquete contenía el misterioso
aparatito de color metálico.
Hice indagaciones en el grupo de casas más cercano, a
unos dos kilómetros del cerrito, mientras Abelardo Machuca
Mestas pedía en una tiendecita unas cervezas para compartirlas con sus sorpresivos invitados, pregunté a la propietaria
si no había ocurrido nada raro en la mañana de ayer, porque
nos habían informado, yo soy periodista, señora, le mostré mi
carné, que ayer habían escuchado un ruido extraño como de
un avión que aterrizaba en las chacras, inventé, y ella con los
ojos abiertos sí, señor, así fue como a las nueve o diez de la
mañana y hubo una luz que llegó hasta aquí y me pareció que
me estaban tomando una foto, le tomé una foto, le pedí su
nombre, y me lo dio.
Luego recorrí otras casas, y en efecto, varias personas
habían visto la luz blanca y deslumbrante, más poderosa que
el brillo del sol, que iluminó hasta el interior de las casas durante un instante cuando se escuchó, efectivamente, señor, un
ruido como si un avión estuviera aterrizando en nuestro techo. Con esos testimonios regresé adonde el camanejo hablaba
de todo menos del incidente, con los policías y los campesinos,

107

Luis Eduardo Podestá

a quienes decía salud con tanta frecuencia que ya se encontraban con signos de ebriedad. Los campesinos dijeron unánimes
que no hablarían del asunto, ni cojudo para que me tomen
por un loco o un mentiroso, dijo uno y los demás mostraron
temperamentos similares. En cambio los policías dudaban. Su
obligación era dar cuenta a sus superiores, pero les dije, primero se van a cagar de risa cuando lean el nombre del caballero, señalé al camanejo, y van a creer que ustedes les están
tomando el pelo, y segundo es un asunto que no tiene ninguna
explicación lógica, sí, pero saldrá en el periódico y nos pedirán
una investigación, claro, respondí, pero no será necesario que
digan todo lo que hemos hecho hasta el momento, sino que un
coche apareció misteriosamente en el cerrito y no se sabe de
quién es porque nadie se ha asomado a reclamarlo.
Estuvieron de acuerdo y el camanejo, aunque quería
mucho a su coche, se resignó, tiene que quitarle las placas
sugirió el sargento Aníbal Medrano, en quien se veía cierto
ánimo de evitarse complicaciones, claro, claro, respondió el
camanejo y me hizo un guiño. Poco después me dijo que cuando regresó solo al cerrito, lo primero que hizo fue sacar las
placas y limpiar el timón y todas aquellas zonas en que pudieran identificarlo por sus huellas digitales, y añadió desde
esta mañana, hay un automóvil abandonado en ese cerrito de
Sachaca, y esa mañana, luego de asegurarnos de que los partes
policiales no darían muchas luces sobre el asunto, regresamos
a Tiabaya, a la estación de gasolina, donde nos dieron la dirección del servicio de remolque, y media hora más tarde estaba
yo, sin la presencia del camanejo, frente a los dos mamelucos
anaranjados que confirmaron en todos sus aspectos la historia
del automóvil aunque le aplicaron algunas variantes para justificar su ausencia de casi todo el día y, por supuesto, no dijeron que se habían pegado una descomunal borrachera y aún
sufrían la resaca de todo lo bebido, pero me dieron el número
de su camioneta, la hora en que los llamaron del grifo de Tiabaya y lo que hicieron por encargo de un señor alto y grueso
de cabello blanco que les había invitado el almuerzo y que

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El hombre que se fue

estuvieron empeñados en el trabajo durante casi siete horas
por lo difícil que resultó remolcar el coche desde la punta del
cerrito, y confirmé que ellos deseaban dar por hecho el trabajo, aunque no explicaban y ni ellos mismos podían explicarse
cómo fue a parar allí, a menos, dijeron, que quizá otra grúa lo
hubiera llevado, pero no observaron ninguna huella alrededor
del cerrito, y como no querían meterse en profundidades preferían olvidar el episodio.
Cuando regresé adonde me esperaba el camanejo le
dije tienes que hacerte teñir el pelo porque estos mamelucos
te pueden identificar en cualquier momento, nunca han tenido mejor cliente que tú ni han realizado trabajo tan arduo y
extraño como el de ayer, sí, respondió dócilmente, me teñiré
el cabello.
Escribí la historia que se convirtió durante unas horas
en secreto de alto nivel, porque nadie me quería dar crédito
y solo el jefe Juan José Barriga me dijo no creo que vayas a
mentir en un asunto tan importante y exclusivo, y yo esperé pacientemente a que revelaran las fotografías y a que las
trajeran del laboratorio y con ellas en la mano expliqué cómo
me había enterado de la noticia y sabía cuán alto era el riesgo
de que se rieran de nosotros, pero aquí están los testimonios
de las personas entrevistadas, sus fotografías, y hasta lo que
informarían los policías a sus superiores.
Como a las diez de la noche el director dio luz verde
para que la noticia fuera publicada pero no al día siguiente,
sábado, sino el domingo que había una mayor circulación del
periódico. Pienso que el retraso era un pretexto y que la dirección pretendía realizar una investigación por su cuenta para
establecer si yo no estaba inventando el cuento de un platillo
volador que secuestra un automóvil y lo devuelve en un apartado cerrito de Sachaca. Pero no me importaba si utilizaban o
no la información, comenté, y dándome por resentido me fui a
mi casita de San Antonio.
El camanejo me esperaba en su camioneta, frente a la
casa. Me abrazó. Mientras tú escribías tu noticia yo me fui has-

109

Luis Eduardo Podestá

ta el carro y lo desmantelé, me dijo, solo faltó que le quitara
la carrocería y los vidrios de las ventanas. Le dije que había
hecho bien y que eso contribuiría a borrar más aún las evidencias del extraordinario suceso que había vivido. Me mostró la
especie de grabadora de metal de un color indefinido de reflejos tornasolados, en cuya superficie había unos cuadraditos de
color blanco nacarado que brillaban como cambiantes arcoiris
cuando les caían las luces de los focos. Me dijo con sinceridad
que no sabía cómo funcionaría y que algún día se atrevería a
manipularlo, pero mientras tanto, lo dejaría tranquilo. Yo estaba tan cansado que luego de conversar un rato en la camioneta, le dije me voy a dormir y mañana será otro día, un gran
día, y me despedí.

Me levanté temprano, antes de que el camanejo tenga
oportunidad de venir a buscarme, pensé y me fui al periódico,
hice mis labores muy temprano, llamé a los policías de Sachaca, el guardia Alejandro Gómez me dijo que ayer en la tarde
habían remitido a la comandancia el parte de la aparición del
coche abandonado con la anotación de que ningún vecino se
había percatado de su presencia pero que era indudable que
lo verían los trabajadores que dentro de unas semanas comenzarían la cosecha de cebollas. Me tranquilizó el hecho de que
recién hoy algún periodista de otro medio iría a leer el parte
policial, pero como buen sábado, sería difícil que se sintiera
tentado a ir a confirmar, fotografiar y recorrer el camino que
yo había hecho en Sachaca para entrevistar a los probables
testigos y si así lo hiciera sería demasiado tarde y encontrarían poco del automóvil y quizá a nadie dispuesto a hablar del
asunto.
Al mediodía llamé a Eudora, hay un lindo sitio en Sabandía, a la vera de la carretera, le dije, donde podemos comer
un conejo, ¿te gustaría?, me encantará, respondió y cuando le
dije que pasaría a buscarla en media hora me sugirió que la

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El hombre que se fue

esperara en el centro, en el portal de San Agustín, cerca del
paradero de taxis. Y así lo hice.
Pasamos una hermosa tarde, llena de algo que quise calificar como el encuentro de dos sentimientos similares,
bebimos chicha y ella algunos sorbos de cerveza mientras yo
daba fin a una botella, no puedes con tu genio, me dijo sonriente, le gustaba la música de orquesta y leía poesía, algo que
yo semiocultaba cuando hablaba con personas a quienes no
interesaba la literatura, me habló de Neruda, de Ezra Pound,
a quien yo recordaba muy poco, hablamos de García Márquez
y Vargas Llosa, había leído casi todas sus obras y se dolía de
no conocer a todos los personajes, esta vez muy reales, dijo,
de El pez en el agua, y le confesé que también yo los leía en
mis horas de soledad y de silencio, en mi cuartito de la plaza
San Antonio, ¿vives solo?, preguntó y le dije sí, debe ser una
bonita experiencia, comentó, la soledad no es tan agradable,
dije, no es la situación ideal del ser humano, pero debe ser
una experiencia interesante, replicó, no tener que dar cuenta a
nadie de lo que uno hace, salir y llegar cuando uno quiera, tú
eres mayor de edad, le dije, y también podrías hacer lo mismo,
y ella, sí, es verdad, pero no lo parezco, aún parezco hija de familia, con mis padres hablándome a toda hora de los peligros
de la calle, se quedó silenciosa mirando la ventana por donde
entraba el rojo sol del atardecer, lo hacen porque me quieren,
pero querría ser yo misma, le dije que eso no era difícil y solo
ella podría conseguirlo, sí, respondió, pero no me atrevo, podría resultar como ofender a mis padres y no puedo, no quiero
hacerlo, comprendo, dije.
Miramos el atardecer desde la ventana, y me enternecí
ante la bola roja que descendía entre nubes sobre las chacras,
de donde surgían de la tierra, a lo lejos las esbeltas estalagmitas de los álamos, los brazos alargados, desordenados de
los eucaliptos, las copas despeinadas de los sauces, y no pude
impedirme decir qué hermoso, qué hermoso es todo esto, y
ella me tomó la mano y dijo sí, es realmente muy bello pero un
poco triste. Bajamos por la pendiente tomados de la mano, no

111

Luis Eduardo Podestá

me atreví a mirarle el rostro ensombrecido por la penumbra
porque no iba a resistir algo que me estaba royendo el corazón y ante lo cual el cerebro me decía que debía ser prudente si quería conservarla. Fuimos a tomar café en el portal de
San Agustín, hablamos de mil cosas, se interesó en saber cuál
era la naturaleza de mi trabajo y le expliqué con detalles que
ningún día era igual a otro y probablemente por eso me gustaba, nunca he hecho dos cosas iguales en todos los días de
todo un año, en todos los años que trabajo en el periódico,
le dije, la vida tampoco es igual todos los días, reflexioné, el
periodismo es el reflejo de la vida, hubo un tiempo, dijo ella
mirando su taza de café, en que para mí todos los días, todas
las noches, las semanas y los meses eran iguales, me miró a la
cara y yo hundí mis ojos en los suyos, lo dijo con tanta tristeza
y yo quería vivir, añadió, y un día te contaré, tiene que ser lo
más pronto, la insté, ¿mañana?, ¿mañana podríamos volver a
vernos?, podríamos ir a pasear por la laguna de Tingo, caminar por la carretera a Tiabaya, le dije con ansiedad, entonces
me tomó las manos que yo tenía alrededor de mi taza y las
acarició, mañana no podrá ser, respondió con suavidad, tenía
un compromiso familiar, pero el lunes sí, ¿me llamarás antes?,
preguntó, sí, por supuesto, muchas gracias por permitirme hacerlo, murmuré y ella sonrió con solo los labios y los ojos para
mostrarme la ternura de sus hoyuelos de niña, el lunes, dijo,
esperaré tu llamada.
La dejé en la puerta de su casa en medio del perfume
de arrayanes que me llevé pegado en el recuerdo, la besé muy
cerca de la boca mientras le tomaba las manos, pero no dije
nada, porque ella, pensé, era demasiado buena para mí y me
dije que quizá el lunes no debía llamarla y me fui a pie por la
avenida Progreso respirando el aroma de su jardín y gustando
cerca de mi boca la cercanía de sus labios.
Mi ángel guardián estaba al borde de la acera del parque, maldición, protesté interiormente, cuando necesito estar

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El hombre que se fue

solo, para escribir algo, para recordarla y meditar acerca de lo
bueno que acaba de ocurrirme y de lo que debe ocurrir o no
ocurrir el lunes próximo, esta mierda se presenta para alterar
mi tranquilidad, pero recapacité, no podía tratarlo mal, me
abrazó, se quitó el gorro ruso para mostrarme su cabello completamente negro, me teñí el pelo, saludó, como tú me aconsejaste, hermanito, yo sonreí forzadamente, ¿de dónde vienes?,
me preguntó, yo esperaba verte llegar por allá, señaló la esquina oeste del parquecito, donde desembocaba la calle San
Antonio, me fui a caminar por Miraflores, respondí, pero no
di más explicaciones. Me invitó a dar una vuelta en la camioneta, le advertí que esa noche no quería beber, nada de tragos,
carajo, le dije con energía, qué milagro, respondió, yo tampoco
tengo ganas de beber, pero tengo dos botellas de whisky debajo del asiento, rió, solo para el frío, prosiguió, terminé de desmantelar el coche, solo queda la carrocería, porque le arranqué
hasta el motor y me lo llevé a Yanahuara, me contó, no había
un alma por las inmediaciones, pero supongo que la policía
llegará cuando lea el periódico, preguntó por qué la noticia no
salió hoy, cosas de la dirección, respondí, cree que todo es un
cuento de hadas, pero cuando mostré las fotos y mis zapatos
llenos de tierra me creyeron, pasamos el puente Mariscal Castilla y penetramos en Mariano Melgar, por aquí vive Ruth, me
dijo, ¿crees que será buena hora para visitarla?, hoy es sábado,
contesté, si no se ha ido a bailar debe estar en su casa, tocamos
el timbre y ella asomó por la ventana del segundo piso, bajo
enseguida, dijo, pero demoró quince minutos. Salió radiante
y en cuanto estuvo frente al camanejo lo besó y gracias, muchas gracias, dijo, yo pensé que quizá se creía el alma gemela
elegida, pero ella aclaró ese dinero me vino muy bien, pagué
mi pensión de la universidad, el alquiler de mi cuarto y les
mandé algo a mis papás, nos invitó a pasar, vivía en el segundo piso de la casa, es como una especie de pensión, informó, es una familia muy buena, conocida desde hace muchos
años por mis padres que viven en Chivay, ¿conocen Chivay?,
preguntó, el camanejo dijo sí, que una vez había ido por allá

113

Luis Eduardo Podestá

camino al valle del Colca, en la mesa de su cuarto había libros,
cuadernos, un mapamundi, estudio administración de empresas, prosiguió mientras nosotros no decíamos nada, solo mirábamos la noche a través de la ventana, se sentó en una silla
de madera frente a nosotros, fue una bonita tarde, recordó,
nunca he comido tan bien ni tomado tanta cerveza. Le dije que
estaba muy linda y le pregunté si sus padres eran agricultores,
no, me dijo, tenemos un negocio en Chivay, calló, en realidad
es un negocio muy pequeño, dijo, nos invitó una gaseosa que
fue a buscar al primer piso, se le notaba alegre y hoy lucía una
chompa celeste que, como la roja de la reunión anterior, destacaba sus senos poderosos, habló de la universidad, de los dos
años que le faltaban para graduarse, el camanejo le preguntó
si conocía a las demás chicas que concurrieron a su llamado
y ella dijo no, con sencillez, era la primera vez que las había
visto, y su comportamiento era el de una jovencita un poco tímida y nerviosa por la presencia de dos hombres a quienes esa
semana había conocido y uno de los cuales quería escogerla
para amante o para esposa y finalmente, después de concluir
el vaso de gaseosa que nos ofreció, le dijimos te dejamos estudiar, estás muy ocupada, ¿verdad?, y aunque ella dijo que no,
su compañía me agrada mucho, nos despedimos, el camanejo
le dijo nos veremos uno de esos días y ella entre contenta y
nerviosa sí, sí, esperaré su llamada.
Paseamos por las calles de la ciudad hasta aburrirnos,
el camanejo hizo comentarios sobre los sacrificios que debía
hacer Ruth para estudiar porque sus padres no debían ser acomodados y sobre la limpieza de su espíritu, puede ser, dijo
como si estuviera consultándose a sí mismo, puede ser.
Me dejó como a las once de la noche en San Antonio,
me preguntó si no quería ir a Caima al día siguiente, a disfrutar de un adobo, me tentó, no sé, y una zarcita de cabecita
de chancho, prosiguió, tengo que trabajar, me resistí, te voy
a buscar a las diez, me dijo sin hacer caso de mis dudas y me
dejó a solas con Eudora mirándome por la ventana del cuarto
desde las copas de los árboles del parque, repitiendo las pala-

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El hombre que se fue

bras que me dijo, leí un rato en páginas cubiertas por el rostro
de Eudora conmovido por la tristeza del crepúsculo que vivimos juntos y finalmente cerré los ojos para continuar mirando
su rostro de tenues tintes rosados en las mejillas y disfrutar
del recuerdo que me habían dejado en las manos sus caricias.
A las diez de la mañana, aparecía el camanejo en el
periódico, agitando las llaves de la camioneta, mientras yo respondía llamadas telefónicas que querían saber algo más del
asunto de Sachaca, publicado a ocho columnas en la primera
página con gran despliegue fotográfico, la cosa es sensacional,
interrumpió el camanejo levantando el dedo pulgar hacia el
cielo, la policía se interesaba por mis datos y el coronel fulano quería una entrevista conmigo, hoy no puede ser, me dijo,
pero el lunes, a las nueve, a primera hora, a la hora que usted
tenga disponible, el doctor Aníbal Rodríguez del observatorio
de la universidad también estaba interesado en conocer lo que
no se había publicado del asunto de Sachaca, los catedráticos
de la universidad de San Agustín Mario Sotillo y Jaime Fuse,
a quienes les interesaban mucho los fenómenos espaciales y
astronómicos y estaban conectados con institutos norteamericanos y europeos, querían una conversación de amigo a amigo y le dijeron a Marcelo Martínez que me convenciera para
una reunión con ellos. Mucha gente llamaba para hablar conmigo, preguntar en son de burla si los hombrecitos plateados
podrían estar cerca de Arequipa en aquellos momentos para
invitarles unos rocotos rellenos o un adobo de chancho, pero
otros lo hacían con mucha seriedad. No pude escribir una letra porque todas las llamadas telefónicas convergían hacia mí
y aunque todo ello era signo del impacto que la información
había causado en la ciudad, el hecho de no poder dar explicaciones a nadie, me ponía en aprietos, de modo que cuando el
camanejo entró en la redacción lo saludé como a mi liberación,
vamos le dije, volveré más tarde cuando la tormenta se haya
calmado y salimos en dirección a Caima y a los sabrosos platos

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Luis Eduardo Podestá

que nos esperaban.
El lunes fue más complicado, porque los periódicos de
Lima y algunas agencias internacionales habían recogido la
información y publicado fotos que el periódico tuvo la generosidad de venderles, me llamaron de varias emisoras a las que
hice relatos uniformes de lo ocurrido pero decliné firmemente
identificar al protagonista, primero porque no quería revelar
mi fuente de información y segundo porque él me lo había
pedido, pero las llamadas se multiplicaron y no solo fueron
locales, sino de larga distancia nacional y del exterior, donde
querían saber sobre detalles impensados, como si la tierra estaba quemada en la zona donde quedó depositado el automóvil o si la vegetación había sufrido daños en los alrededores.
Pero lo más extraño fue que una llamada de una institución
estadounidense me pedía encarecidamente que me ocultara y
que no dijera nada a nadie hasta recibir la visita personal de
dos enviados especiales con quienes, me suplicaba, debía realizar una visita a la zona del incidente en compañía del protagonista, a quien, volvía a suplicar, debía identificar ante ellos
únicamente con la condición de que ellos guardarían la más
absoluta reserva porque su interés era puramente científico.
Evadí la respuesta, llamé al camanejo y le informé sobre la extraña llamada y la puta madre, exclamó, la cosa se va
a complicar, te lo decía, te lo dije, carajo, voy a tener que ocultarme un mes, me iré a mi chacra, desapareceré, desapareceremos, repliqué porque yo tampoco quiero complicaciones, vámonos a la chacra, me invitó, yo vacilé, debía informar primero
a mi jefe acerca de lo que estaba ocurriendo, después de todo
era algo en que estaba involucrado el periódico y así lo hice.
Don Juan José Barriga me atendió soñoliento. No acostumbraba a que lo molestaran antes de las tres de la tarde cuando
llegaba al periódico para quedarse hasta la madrugada del día
siguiente, pero eso era algo urgente, así que desacaté su orden
y le conté todo, me dijo no te preocupes, en el momento necesario tomaremos una decisión. Me tranquilicé un poco. Miré
al techo, llamé a Eudora y ella misma atendió el teléfono, eres

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El hombre que se fue

famoso, me dijo antes de saludarme, he escuchado radios de
Lima y hablan como pocas veces, del periodista que descubrió
al hombre que los ovnis secuestraron, he leído también varios
periódicos de la capital, todos hablan del secuestro, ¿cómo no
me contaste nada el sábado?, no se me ocurrió, confesé, estaba
más interesado en ti, hubo un instante de silencio, ¿tienes mucho trabajo?, sí, pero no tanto como para evadir mi invitación,
¿puedo buscarte por la tarde?, a las seis o siete de la noche,
aceptó con un sí lleno de ternura y nos despedimos.
Escribí una información sobre el impacto que había
causado la noticia y del interés que el mundo había demostrado en los detalles, y señalé que el protagonista había reafirmado su decisión de mantener su anonimato y así lo había
reclamado al periódico invocando razones personales.
Salí a almorzar un sánguche de salchichas y una cerveza con Manuel Rodríguez Velásquez, al restaurante del Ñato
Gómez, me gustó mucho tu artículo, me dijo, me preguntó si
en eso estuve trabajando toda la semana en que casi no se me
vio en la redacción, así es, hermano, le dije, luego recordé las
circunstancias en que había conocido al personaje de la historia, pero di unas vueltas para desviar la atención de la misión
alma gemela, como la llamaba a la búsqueda del camanejo y
solo le conté que después de estar casi todo el día pegado a
las bellezas que concurrieron al llamado del camanejo me fui
y me encontré en la calle, con el protagonista del platillo volador. Manuel Rodríguez Velásquez se sintió complacido de
nuestra conversación, no era celoso de los aciertos de los colegas, redactaba semanalmente unas crónicas humanas que conmovían y dibujaba y pintaba retratos de personajes campesinos con experta mano de artista sensible, como si intentara, y
de hecho creo que lo logró, trasladar de sus cuadros a la nota
periodística las imágenes que le bullían en el cerebro, quizá
si tú no fueras tan conocido no te hubiera buscado, dijo con
sinceridad, dedicaba su tiempo a la poesía y la pintura, a la enseñanza en la escuela de bellas artes, tenía hermosos cuadros
no solo de paisajes en que el sol naciente o en el último minu-

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Luis Eduardo Podestá

to del ocaso era el personaje principal y no solo leía poemas
sino que los escribía y tengo que hacerlo casi en secreto, decía,
porque si se enteran de que eres poeta, llegarán al extremo
de tratarte como a un rosquete o como un cojudo cualquiera,
así estamos, así es nuestra sociedad, rió detrás de sus lentes
de culo de botella, como le decíamos en alusión al extremado
grosor de los cristales.
Hablamos de otros aciertos periodísticos, no solo nuestros sino de otros redactores, la ventaja es estar en la calle, me
dijo, el reportero es el alma, el nervio del periódico, los demás, por más encumbrados que sean son solo auxiliares del
periodismo, coincidimos y entre las muchas cosas que venían
a nuestra conversación, lo conozco, dijo repentinamente en un
momento, lo miré extrañado, a ese camanejo que convocó a su
alma gemela con un aviso en el periódico la semana pasada,
dijo, tiene un nombre muy chistoso, estuvo en la escuela de
bellas artes, ¡no!, me sorprendí, lo miré inquisitivo, pero Manuel Rodríguez no recordaba el nombre y fui su profesor un
tiempo, tenía deseos de aprender pintura pero no le ayudaban
las enormes manos para el dibujo, como si nunca hubiera conocido las proporciones de los seres humanos, ¿sí?, reí, es mi
amigo, le conté que estuvimos en el colegio nacional hace un
huevo de años y que él fue el culpable de mi fama de descreído y hereje porque debido a un incidente que hubo el primer
día de clases, debí hacerme exonerar de las clases de religión,
se llama Abelardo, informé a Manuel Rodríguez, Abelardo
Machuca Mestas, y Manuel Rodríguez, como todo el mundo
arrancó a reír, le prometí que un día nos reuniríamos los tres
porque había logrado hacer una fortuna gracias al trabajo de
sus padres que le dejaron unos arrozales en Camaná, pero no
era mezquino y como no tenía mujer ni hijos, disfrutaba de
ella gastándola y dándoles gusto a su estómago y a su pajarito, nos reímos y le dije en cuanto lo vea, debo verlo para saber cómo termina su concurso de belleza, te avisaré para irnos
a comer picantes a Yanahuara o donde tú digas, finalmente,
y regresamos al periódico más amigos que antes, como solía

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El hombre que se fue

ocurrir cada vez que, tras semanas de trabajo, nos íbamos a tomar unas cervezas y comentábamos libros, pinturas, personajes, episodios de la vida del periódico y terminábamos como si
hubiéramos sido un par de hermanos que se encontraran por
primera vez en la vida o después de una larga ausencia.
Esa noche Eudora y yo comenzamos a amarnos. Fuimos a comer en un restaurante del final de la calle Mercaderes
pero no pedí cerveza para comenzar como era mi costumbre
sino dos solisombras en homenaje a esta noche, le dije suavemente, probó el trago y le gustó, hummm, dijo, es agradable,
¿no será también emborrachador?, reí, sí, respondí, es posible,
por eso no menos de tres ni más de treintitrés, rió abiertamente y por primera vez la escuchaba reír, me gusta tu risa, le dije
mirándola a los ojos, pedimos carne a la parrilla con papas fritas y ensalada, una entrada de anticuchos de corazón, comió
como si tuviera mucha hambre, están soberbios, muy ricos,
me dijo, este es el lugar donde preparan los mejores anticuchos de la ciudad, le mentí, se sonrojó al tercer sorbo de solisombra, este trago está perfecto para el frío que hace, comentó,
porque esa tarde había llovido y se respiraba humedad en el
aire, también este es el lugar que prepara los mejores solisombras de toda la ciudad, rió, te quieres burlar, dijo sonriente,
¿este es también el mejor lugar de la ciudad?, no, eso no, moví
la cabeza negativamente, pero este será para siempre el lugar
más bello del mundo porque he traído a él a la chica más linda
del mundo, me miró con sus enormes ojos llenos de ternura,
oh, dijo, e inclinó la cabeza y yo me quedé mudo, sin saber qué
más tenía que decir y para darle una puñalada al silencio que
se posó sobre la mesa solo dije salud.
Hablamos de mil cosas, del tiempo que era caluroso,
como buen principio de año, en las últimas semanas, de lo lindo que estuvo el sol en Sabandía el sábado pasado, cuando la
naturaleza nos obsequió con un día limpio, sin las lluvias habituales de estos meses, me preguntó cómo pude encontrar a
la persona que fue secuestrada por una nave extraterrestre y le
respondí que fue pura casualidad, precisamente el jueves de la

119

Luis Eduardo Podestá

semana pasada, el día que marcó mi buena suerte, mejor, dije,
la noche que acabábamos de despedirnos y me fui caminando
hasta mi casa, digo mi cuartito de San Antonio, hablamos del
día en que nos conocimos, de la diversidad de asuntos que
traen los avisos que aparecen todos los días en el periódico y
yo me divierto leyéndolos, dijo, así encontré el del señor que
busca un alma gemela, rió con una risa suave, aterciopelada,
y yo creí ingenuamente que se trataba solo de una forma de
buscar personal especial para un trabajo de oficina, recordó
a la señora Josefa que le puso un sobre en la mano cuando
abandonó la casa de Yanahuara, creo que no lo merezco, dijo,
no he hecho nada para ganar ese dinero, me miró abriendo los
enormes ojos, debo devolverlo, no, no, reaccioné, eso sería una
tontería, no arreglaría nada, para ti ni para el camanejo y qué
voy a hacer, me dijo como interrogándome, enrojecida hasta
la punta de los cabellos porque quizá nunca le habían hablado así, disfrútalo, Eudora linda, disfrútalo, él no lo necesita,
cómprate un vestido, un par de zapatos, unos libros, discos, lo
que quieras pero no lo devuelvas, es que siento que realmente
ese dinero no es mío, no he tocado un centavo, no pienso tocar
un centavo de ese sobre, afirmó, mira, le tomé la mano que
estaba más cerca de mí, dónalo a los niños pobres, salud, me
miró, pensó que me burlaba, demoró una eternidad en llevarse el vaso a los labios, y mientras lo hacía me miraba fijamente, como para asegurarse de que mi rostro estaba burlándose,
pero como no era así, y yo también tenía fija la mirada en sus
ojos, salud, dijo suavemente y bebió un sorbo, yo respondí salud, por ti, ella no dijo nada.
La comida, caliente y aromática, colorida y adornada
como una obra de arte, vino a terminar con el silencio que
amenazaba apoderarse nuevamente de nuestra mesa, pedí
otros dos solisombras, ella me miró sonriente ¿crees que podré soportarlo?, preguntó nuevamente sonriente y me sentí
feliz de ver su sonrisa, creo que sí, dije, si uno no quiere emborracharse, ningún trago lo podrá hacer, es el cerebro el que
manda, no el estómago, ¿crees eso, en verdad?, dijo con rostro

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El hombre que se fue

de ingenuidad, eso creo, le dije y al concluir la comida, le dije
Eudora, quisiera que sigamos viéndonos, no sé cómo lo tomes, pero en el corto tiempo que ha transcurrido desde que
te conozco te has apoderado de mí, me gusta estar contigo y
creo que me gustará siempre estar a tu lado, me miró sorprendida, nunca te obligaré a hacer lo que no quieras hacer, le dije
atropelladamente y si en algún momento ya no quisieras estar
conmigo solo tendrás que decírmelo y lo comprenderé y te dejaré ir, y por el contrario, si aceptas estar conmigo, tu libertad,
tu forma de ser, tu personalidad, nunca se verán afectadas,
serás mi camarada, mi amada hasta cuando lo desees y nada
más, acariciaba su segundo solisombra, le dije aún tenemos
un trabajo que hacer en alusión al concurso del alma gemela
y deberemos vernos algunas veces, si me dices no, todo continuará como si no nos hubiéramos visto nunca, como si esta
noche nunca hubiera existido pero si me dices sí, me harás el
hombre más feliz del mundo, si me dices sí me agradaría invitarte a salir mañana a cualquier sitio, a salir conmigo todos
los días porque no podré estar sin ti, y entonces cayeron todas
las estrellas del cielo en el más bullicioso y loco torbellino de
arcoiris y todo desapareció del mundo en medio de la más
estrepitosa música que jamás hube escuchado, cuando en el
centro de todo, en medio de todo el ruido en que mi cerebro
estaba revuelto la escuché decir sí, con la más bella sonrisa de
su rostro rodeada de la más bella imagen que jamás hube visto
en ningún cuadro y todo era completamente nuevo, lancé un
grito de triunfo, levanté los brazos en señal de vencedor, y ella
miró a todo lado y no seas loco, dijo suavemente, riendo una
vez más, salud, amor, por ti, ella dijo por nosotros y me hizo
rodar de cabeza en el más terrible remolino de luces, chocamos los vasos, al seco, le dije, al seco, respondió ella y no los
despegamos de nuestros labios mientras no estuvieron totalmente vacíos y luego los pusimos en la mesa, nos tomamos las
manos, acercamos nuestras sillas para estar más juntos y ella
acercó su rostro al mío y la besé en los labios, rápida, fugazmente, como un ladrón que quiere apoderarse del botín lo más

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Luis Eduardo Podestá

pronto posible y no desea ser sorprendido, miré a los lados a
ver si había testigos, los había y ella se ruborizó, sentí sus mejillas ardientes en las mías y en mis labios.
Nos fuimos a pie, para disfrutar esta noche de enero
tan hermosa, dijimos, despejada después de la lluvia de la tarde, no sentíamos frío y estábamos felices, íbamos abrazados
por las amplias veredas de la avenida Siglo XX, caminando lo
más lentamente que podíamos y luego nos metimos bajo las
sombras de los viejos árboles de la avenida Goyeneche, iluminados a veces por las luces de los vehículos que pasaban
sin hacer caso de nuestra felicidad, nos besábamos mientras
caminábamos, diez, cien, mil veces y agradecía a todos los
dioses del universo por haberla puesto en mi camino, se lo
dije, rió esparciendo su risa entre los troncos de los árboles y
las piedras pulidas de las veredas y aunque quise detener el
tiempo y postergar hasta el infinito nuestros pasos, arribamos
finalmente a la puerta de su casa, nos dieron la bienvenida los
arrayanes con todo el aroma que les era posible ofrecernos, la
besé desesperadamente en la boca, recorrí cada milímetro de
su cuello con mis labios, escuché por primera vez su pequeño
gemido y su respiración anhelosa, amor, amor mío, le susurré
en el oído, te he buscado tanto, yo también te he buscado, te
he esperado tanto tiempo, me respondió tomando mi rostro
entre sus manos, fijando su mirada en mis ojos, procuraré hacerte todo lo feliz que se pueda ser en este mundo, le dije y yo
también a ti, estábamos muy juntos y sentía sus senos contra
mi pecho, sus muslos contra los míos, con el tiempo crecerá
mi amor por ti y amaré todo lo que tú quieras, amada, y ella
enternecida, me besaba en el rostro, en las manos con que yo
acariciaba cada centímetro de la piel de sus mejillas, su cuello,
sus cabellos, la abracé mientras la besaba con desesperación
y cuando percibió mi afiebrada excitación se separó de mí sin
brusquedad pero con seguridad, con firmeza, respiró profundamente, exhalé el perfume de su boca mezclado con el aroma
que llegaba desde el macizo de arrayanes, creo que te voy a
querer mucho, dijo ella con esa misma sonrisa que iluminaba

122

El hombre que se fue

la penumbra de su rostro yo ya te amo, le dije, creo que te
amé desde el primer instante en que te vi, no quisiera irme y
no quisiera que te vayas, me dijo, pero mis padres esperan mi
llegada, lo sé, respondí, pero no te burles, me rogó, me han
acostumbrado a que sea su bebita, me dijo, adiviné que estaba
sonrojada, la besé una vez más, hasta mañana, amor, le dije,
hasta mañana me dijo y esperé hasta cuando cerró la reja y
se encaminó por el pasadizo entre las flores hacia la puerta
encristalada con vidrio catedral, frente a la cual se dibujó su
imagen que grabé en mi cerebro y frente a la cual ella se dio
la vuelta para mirarme una vez más, se puso un dedo en los
labios y me envió el último beso de esa noche.
Y me fui a caminar por la noche, a recorrer todos los
senderos del parque Maita Cápac, porque no quería que el sabor de sus labios y el calor que había dejado en mi alma se
esfumaran tan rápidamente, sentía ganas de beber un trago
largo hasta la eternidad y recordar cada minuto de nuestra
entrevista, la forma en que tomaba el tenedor para ponerse
un trozo de carne en la boca, su forma de reír y de mantenerse en silencio, oh, Dios, pensé, por qué merezco este inmenso
premio yo que soy un pecador cuyos sentimientos parecían
petrificados por el tiempo, por la soledad y por mil episodios
propios y ajenos que me habían tenido de protagonista y de
testigo y habían creado en mi alma una coraza impermeable
de desconfianza que le prohibía toda redención posible porque había construido a su alrededor un horroroso muro de
concreto para evitarme más frustraciones y anhelos incumplidos en mi vida. Pero esto era diferente y me propuse ser feliz
con ella aunque fuera un día, una semana, todo el tiempo que
Dios y el destino lo permitieran.

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6

El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

L

as semanas siguientes fueron muy intensas,
diría que quizá excesivamente intensas, en que se mezclaron
las citas y paseos emocionantes y conmovedores con Eudora y
las reuniones de trabajo, con docenas de personas, de dentro
y de fuera del país que trataban de llegar al fondo de aquel
misterioso secuestro extraterrestre, cuyas pruebas exhibía en
fotografías y testimonios pero que, al parecer, no eran suficientes para elaborar un informe de carácter científico como
el que algunas de ellas deseaban. Los visitantes se sumaban a
otros tantos periodistas que deseaban tomar la información,
darle nuevos ángulos y apoderarse de lo que para ellos era
una primicia que se habían perdido y que no se resignaban
a dejar pasar así como así sin dar un contragolpe igualmente
sensacional. Pero eso no era todo. Estaban también los requerimientos del camanejo que no quería dejarme ni a sol ni a
sombra y que temía alguna indiscreción de mi parte, pero no

124

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Luis Eduardo Podestá

vayas a cometer ninguna, decía, porque aún tengo algo más
que mostrarte y trataba de controlarme enseñándome el misterioso aparatito de reflejos tornasolados con algunos comandos o controles donde se veían otras igualmente misteriosas
inscripciones que ninguno de nosotros entendía. Le dije al
camanejo que en lugar de asustarse, hubiera sido más inteligente pedir a sus secuestradores que le enseñaran a manejar
el que comenzamos a llamar arbitrariamente radiotransistor
porque tenía la apariencia de uno y nos resultó más cómodo
denominarlo así al no tener ninguna idea de lo que pudiera ser
y para qué podría servir.
Por el momento, el concurso de belleza para elegir su
alma gemela quedó relegado a un segundo plano, lo que no
me extrañaba pues sabía que en el curso de su vida no eran pocas las cosas que había dejado inconclusas, algo que me liberaba, pensaba yo, de la obligación o de la posibilidad de tener
que contarle acerca de mi relación con Eudora que ese fin de
quincena, llegó a un punto que me elevó a alturas superiores
e infinitamente más sublimes que las que el camanejo alcanzó
en su nave cósmica.
Dos funcionarios de la Agencia Aeroespacial de los
Estados Unidos, más conocida como Nasa, Franklin R. Dickman y Jackelyn Jackson, que simplemente firmaba JJ, quienes
hablaban el español mejor que en nuestro palacio de gobierno, llegaron a la redacción tres días después de publicado el
informe, y solo habían tenido tiempo, dijeron, de dejar sus
efectos personales en el hotel, porque deseaban realizar una
evaluación inmediata sobre el secuestro del misterioso ciudadano cuya identidad me había guardado muy bien de revelar.
Eran dos gringos muy simpáticos, ella sobre todo, que sin ruborizarse, me dijo que sinceramente, ella creía que todo lo publicado, había sido un buen cuento periodístico para desviar
la atención de lo que realmente ocurría en el país, como que
el terrorismo ocupaba la tercera parte del territorio nacional y
que los estadísticas de las Naciones Unidas mostraban que la
democracia que vivíamos no había hecho sino elevar la mise-

126

El hombre que se fue

ria a porcentajes jamás alcanzados no solo por los gobiernos
elegidos por el pueblo, sino por las peores dictaduras, nada
menos que catorce millones de nuestros veinticuatro millones
de habitantes vivían la peor pobreza, dijo y expresó su sospecha de que detrás de toda la información estuviera una mano
japonesa. Me ofendí tanto aunque ella tenía una sonrisa muy
bonita y en ese momento la usaba frente a mí, que sin responderle, tomé el teléfono, marqué el número del camanejo y
como él mismo contestó, le dije en alta voz para que ellos me
escucharan, hermano, aquí hay un par de gringos que sospecha que eres el mayor mentiroso del mundo y que el gobierno
te ha pagado para inventar todo, dicen que pertenecen a la
Nasa y están encargados de realizar una investigación y conseguir algunas pruebas que demuestren que dices la verdad,
me contestó de primera intención diles que se vayan a la mierda, no puedo, le respondí porque uno de ellos es una dama
muy bonita y esas son palabras que no deben usarse ante unos
visitantes tan distinguidos, qué mierda quieren por fin, preguntó el camanejo y se observaba que estaba muy nervioso,
simplemente, le dije, quieren hablar contigo, examinarte, interrogarte, me volví hacia ellos, ¿también examinar el automóvil?, claro, eso es lo principal, añadí antes que respondieran
algo, pero seguían mi conversación con mucha atención, mira,
le dije finalmente al camanejo, es muy importante que hables
con ellos, primero para demostrar que no es una mentira y
segundo para que te informen a ti mismo, si existe alguna secuela sicológica o virulenta del viaje que hiciste al espacio, en
buen romance, si no estás contaminado con alguna peste extraña, guiñé un ojo volviéndome hacia los visitantes y después
de vacilar un poco, la voz del camanejo bueno, aceptó, pero
hay que hacerlo de manera que la gente no me vea con ellos,
debemos encontrarnos en algún sitio que tú escojas o yo escoja, no sería raro que otro periodista, maldita sea la hora en
que te confesé todo, me tomara una fotografía con ellos y me
identificara y ahí sí se completarían todas mis desgracias, que
comenzaron cuando tuve la mala idea de buscarte sin pensar

127

Luis Eduardo Podestá

que antes que mi amigo eras un periodista chismoso, a quien
le gustan los enredos y quitar la paz de la gente, me reí, no
digas cojudeces, le respondí en voz baja, si hubiera hecho las
cosas de otro modo, en este momento estarías bajo siete llaves en los Estados Unidos, otra vez secuestrado, pero ahora
por un servicio de inteligencia realmente inteligente, como un
conejillo de Indias, te hubieran sacado sangre e inoculado todos los virus del mundo para ver cómo reaccionabas después
de tu paseo por el espacio, y te hubieran hecho cuántas cosas más, espera mi próxima llamada, pero no te escapes, ¿ya?,
coordinaré con ellos la entrevista, hablé brevemente con los
gringos, les dije que el hombre no quería tener nada con ellos,
como era natural, pero que solo aceptaría una reunión bajo sus
condiciones, salgamos, les dije y los llevé a calle.
Los invité a tomar un refresco cerca del periódico y al
salir miré hacia todo lado por precaución, les pregunté sobre
la naturaleza de los exámenes y conversaciones que habrían
de tener con el protagonista de la aventura ya que, les dije, es
un hombre muy terco y quiere mantener el anonimato para
siempre a fin de evitarse las complicaciones que un incidente
de esta naturaleza puede traer. Dijeron que lo comprendían y
que no era el único hombre en el mundo que, al haber protagonizado un episodio similar, ha debido ocultarse y huir de
la publicidad y que aquí en sus maletines, tenían sensores y
otros ingenios de última tecnología para realizar análisis rápidos e inmediatos que no le causarían ningún daño.
Me sentía en medio de una película de espionaje, sobre
todo cuando caminaba por las calles al lado de dos gringos,
sabiendo que en una ciudad como la nuestra, dos personajes
como ellos, altos, rubios, bien vestidos y no como los turistas
que llegan habitualmente cargados de mochilas sucias, no podían pasar desapercibidos. En la esquina de La Merced llamé
un taxi, le dije al chofer que nos llevara a la Antiquilla por
la ruta de Umacollo para poder mostrarles el paisaje a estos
amigos, a la calle Ampatacocha, que yo lo guiaría. Cuando llegamos busqué un teléfono público, llamé al camanejo y le dije

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El hombre que se fue

que estábamos en tal sitio con los dos gringos y él, yo estaba
rogando que se hubieran olvidado de mí, dijo, salgo en la camioneta, añadió y pocos minutos después vimos su vehículo,
se saludaron con un buenos días un tanto frío, pero observé la
curiosidad con que Franklin Dickman y JJ observaban minuciosamente al camanejo, que no descendió del vehículo. Los
visitantes ocuparon la parte posterior de la cabina y yo me
ubiqué al lado de Abelardo Machuca Mestas, quien sin hablar
mucho, enfiló hacia la zona alta de Antiquilla, miraba frecuentemente el espejo retrovisor, pensé que era para comprobar si
alguien nos seguía, luego bajó por otro camino, salió por una
pista a la derecha en dirección a Umacollo, pero luego tomó
una vía paralela a la orilla derecha del río y entonces adiviné
que se dirigía por caminos insospechados al lugar donde había quedado el automóvil.
Afortunadamente no había gente alrededor del cerrito
de Sachaca.
Los gringos tuvieron que ensuciar sus zapatos en la
tierra húmeda y pegajosa de las chacras mientras nos dirigíamos al automóvil que brillaba bajo el sol de la una y media
de la tarde como una moneda tirada al acaso en medio del
paisaje. Franklin Dickman y JJ saltaron ágilmente por sobre la
acequia que impidió a los de la grúa entrar con su camioneta
y el camanejo nos precedía a grandes trancos, después de todo
era chacarero y sabía caminar a través de surcos y sembríos
sin que una mota de polvo ensuciara sus zapatos, algo que
a todos nos despertaba admiración ya que nosotros, la gente
de ciudad, como nos llamaba, en cuanto hundíamos el primer
paso en la tierra nos ensuciábamos la ropa como si en lugar de
caminar nos hubiéramos revolcado en el fango. Pienso que el
camanejo bien pudo aconsejar a los gringos la forma en que
debían caminar, siguiendo sus huellas, pero noté que estaba
malhumorado y no dije nada y, por supuesto, llegó primero
al cerrito donde estaba el coche. Allí nos esperó y JJ, luego de
dar una vuelta alrededor del auto, mirar hacia los límites del
cerrito, donde no había una sola huella de llantas, emitió un

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Luis Eduardo Podestá

¡ohh! de admiración, habló en inglés con su acompañante y
él la siguió hasta la base del cerrito, hicieron mediciones con
una suerte de teodolito electrónico que pusieron sobre la capota del automóvil y enfocaron a los cerros y construcciones
vecinas, para saber a qué distancia estaba el coche de las casas
más cercanas y de las montañas, se dignó comentar Franklin
Dickman que llamó montañas a los cerros que veíamos hacia
el oeste.
Mientras tanto, yo les tomaba fotografías de cada cosa
que hacían cuidando de que el camanejo no apareciera en ninguna de ellas.
Examinaron con lentes la carrocería y nuevos ¡oh! de
admiración cerraron el examen, hay, dijo JJ, huellas parecidas
a quemaduras sobre la pintura del coche, como si hubiera sido
colocado en un horno en algún momento, y luego de escuchar
el comentario, Abelardo Machuca Mestas se animó, se acercó,
puso un dedo sobre el área examinada, yo no había visto esto,
se sorprendió mientras los funcionarios norteamericanos raspaban y recogían restos de pintura chamuscada en una bolsita
de plástico, le ponían una etiqueta y la guardaban en un maletín, abrieron la puerta, el camanejo les dijo que luego de la
presencia de la policía había retirado el motor y algunas partes
esenciales y se había llevado todo lo que podía volver a utilizarse a su casa, que no dijo dónde estaba, examinaron el interior centímetro a centímetro, pusieron lupas y sacaron muestras que luego enfocaron con un microscopio, de los asientos,
los espaldares, el piso desnudo cubierto de tierra, la guantera,
el panel de control, y examinaron minuciosamente el timón,
el parabrisas, las manijas de las portezuelas y las ventanillas
por dentro y por fuera, rasparon la carrocería por el exterior
y el interior, guardaron las limaduras en bolsitas etiquetadas
como la anterior. Dickman sugirió que las manijas podrían ser
arrancadas para examinarlas más prolija y profundamente en
sus laboratorios y el camanejo no se opuso, de modo que hubo
allí en las dos horas siguientes un segundo desmantelamiento
del coche. Los gringos se llevaron trozos de parabrisas y de

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El hombre que se fue

los espejos, del cuero sintético de los asientos, las manijas y
cuanto pudieron acumular para sus análisis clasificados rigurosamente en bolsitas de plástico con etiquetas.
–Ahora sí podríamos ir a buscar algo de comer –sugirió JJ como a las tres de la tarde y todos asentimos cuando el
cielo se nublaba y comenzaba a oscurecer la tierra.
El camanejo me miró como preguntando dónde y yo le
sugerí llévanos a Sabandía o Characato, allí siempre hay poca
gente y mucha discreción, añadí.
Estuvieron de acuerdo y media hora más tarde nos
sentábamos ante una mesa bajo una ramada de palos de eucalipto de una picantería de Characato, a cuya dueña le pedimos que nos preparara unos costillares con papas doradas y
ensaladas, nos trajera un par de botellas de cerveza y una jarra
de chicha, la cerveza de los incas, comenté ante los sonrientes
gringos. Mientras la dueña preparaba la comida sometieron a
Abelardo a un examen médico, dijeron, le palparon las manos
y las examinaron con las lupas y el microscopio, allí mismo,
sobre la mesa de la picantería, como no me hagan echar encima, comentó el camanejo, no será necesario, respondió prontamente JJ con una sonrisa, le abrieron la camisa e hicieron lo
mismo con su pecho, le dijeron que respirara y le preguntaron
si después de aquel viaje no habían cambiado sus hábitos en
las comidas, si seguía durmiendo igual que antes y si se sentía
sicológicamente normal, lo único que ha variado en mi cuerpo, dijo el camanejo, es el color de mis cabellos porque, y tú
eres testigo, se dirigió a mí, de que los tenía completamente
negros y todavía no me había salido ni una cana y el día que
me dejaron en mi automóvil en el cerrito de Sachaca, me encontré con que se habían vuelto completamente blancos, y al
día siguiente, por consejo de mi amigo, tuve que teñirlos, para
no tener que dar explicaciones, pero no recuerdo en qué momento pudo producirse ese fenómeno. Se quedaron admirados, ¿me permites?, le preguntó la gringa, le arrancó antes que
el camanejo dijera sí o no, un manojo de cabellos y los examinó
con el microscopio, sí, son teñidos, dijo antes de guardarlos

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Luis Eduardo Podestá

como todo lo que habían recogido anteriormente, en una bolsita con su etiqueta respectiva.
Parecía que los visitantes no deseaban asustar al camanejo y se portaron con mucha discreción cuando comprobaron
y así lo dijeron en el curso de la comida, que era muy difícil,
aún para un camanejo, añadí yo para hacerme el gracioso, poner un coche en el cerrito donde lo habían encontrado, hacer
aparecer como que la carrocería hubiera sido horneada antes
de que el coche fuera depositado allí y, sobre todo, dijo JJ, con
una de las pocas sonrisas coquetas que le vi, usted no parece
un mentiroso.
Yo sabía que aún faltaba lo mejor, aquel aparatito que
le dejaron de recuerdo, pero no dije nada y me prometí no decir nada sobre él, si el camanejo no quería mencionarlo.
A las preguntas de los visitantes, Abelardo Machuca
Mestas respondía con sencillez, y solo demoraba a veces cuando tenía un trozo de costillar entre los carrillos o disfrutaba de
un sorbo de cerveza, les invitó chicha a los gringos en un vaso
caporal de litro y medio y a ellos les gustó tanto que pidieron otra jarra y la bebieron, mientras yo me reía interiormente
pensando en que esta era una forma de venganza del camanejo contra aquellos que habían dudado en un comienzo de la
veracidad de su aventura extraterrestre y que sus estómagos
primerizos darían a los dos distinguidos funcionarios de la
Nasa, una noche de diarrea interminable, sin sueño y con mil
visitas a los servicios higiénicos, tras esa primera colisión con
nuestra bebida típica.
Los dos gringos anotaron cuidadosamente la hora en
que el coche fue levantado del puente Grau y preguntaron si
podían ir allá a examinar el lugar y Abelardo se mostró complaciente, le preguntaron si había tocado las paredes metálicas de la nave que lo raptó y si aquellas estaban heladas o
calientes, y el camanejo recién recordó que salvo la mesa de
operaciones, casi no había tocado la estructura y recordó que
la mesa ante la cual había disfrutado una comida que parecía
preparada en su casa, tenía la apariencia de estar cubierta por

132

El hombre que se fue

una placa de material sintético muy duro que no era ni frío ni
caliente, que las luces parecían salir de ningún sitio, pues no
había focos ni fuentes luminosas visibles, que luego del viaje
su reloj estaba en las cuatro y diecisiete minutos y que no había alterado esa hora, que había visto la tierra en una pantalla
enorme o quizá una ventana abierta en una de las paredes de
la nave y que le habían mostrado, asimismo, en lo que creyó
que era el otro lado de la nave, un trozo del universo, negro y
tachonado de estrellas, que le dijeron haber viajado desde la
estrella Beta Pictoris de la constelación Pictor, que se habían
adelantado a la ruta de un asteroide que pasaría por nuestra
órbita en una fecha del futuro que no recuerdo y que, finalmente lo dejaron en el cerrito donde hasta ahora estaba el automóvil. La gringa y su acompañante se miraron y ella lanzó
una mirada al cielo encapotado que teníamos encima y cuyas
amenazadoras oscuras nubes podrían desencadenar una lluvia de la cual no nos iban a proteger los troncos y ramas del
precario techo que nos cubría, la estrella Beta Pictoris, dijo con
un suspiro, solo fue descubierta por los telescopios de la Tierra, desde el cerro Las Campanas de Chile, en abril de 1984,
pero no hay evidencias definitivas de que constituya un sistema solar, sino solo indicios, estaba pensativa, solo indicios,
repitió y bajó la mirada hasta su plato y la información, según
conozco, reflexionó a media voz, no había sido difundida masivamente y solo estaba hasta estos momentos disponible para
los círculos científicos especializados.
Se interesaron por la comida y le preguntaron qué sabor tenía y el camanejo respondió que era una carne muy sabrosa y que la figura que le hablaba le dijo que tanto ella como
la ensalada estaban hechas con sustancias orgánicas.
Cerca de las seis de la tarde regresamos a la ciudad. El
camanejo guió la camioneta hasta el puente Grau, se detuvo
unos instantes en el centro, en el mismo lugar donde se supone, fue levantado hasta las estrellas, nos llevó hasta el otro extremo y dijo en esta zona estaban las luces que vi al entrar en el
puente y me parecieron las de coches policiales o de bomberos.

133

Luis Eduardo Podestá

Los gringos regresaron al centro del puente a pie, examinaron
las barandas, miraron un rato desde el borde de la vereda los
adoquines desiguales a los que no podían acercarse porque
era una hora de mucho tránsito y se declararon satisfechos de
la tarea del día, preguntaron su nombre al camanejo y él les
dijo que lo perdonaran pero que con lo que les había contado
durante toda la tarde le parecía suficiente, porque quería que
el asunto concluyera aquí para siempre y nunca más tener que
hablar nuevamente de él. Los llevamos a su hotel, les pregunté
si estaban satisfechos y si consideraban que el camanejo había
dicho la verdad y dijeron que estaba claro que allí había algo
que no era normal, natural.
Regresé al periódico y al día siguiente la información
ocupaba la primera página con un titular que proclamaba
técnicos de la Nasa confirman visita extraterrestre, que hizo
morir de envidia a la competencia ya que mostraba abundancia de fotos de los gringos al lado del automóvil en el cerrito
de Sachaca, pero ninguna que pudiera servir para identificar
al principal protagonista, ya que a la precaución de no tomar
ninguna foto que lo mostrara, después de que se desarrollaban los rollos, añadía el cuidado de no solo guardar las fotos
sino que hacía lo mismo con los negativos que luego coloqué
bajo llave en un cajón del ropero de mi cuarto.
Hubo esas semanas también otras visitas, muchas de
ellas escépticas a las que hube de mostrar las pruebas fotográficas y conversar largamente de detalles que el camanejo me
había contado, pero ya me estaban cansando las explicaciones
que tenía que ofrecer para que no me creyeran mentiroso y
autor de crónicas inventadas. Ante la insistencia de muchos
interesados en conocer detalles, que llamaban a cada rato al
periódico, el jefe Juan José Barriga me pidió que postergara mi
día de descanso para el sábado ya que el jueves se perfilaba
como un día de mucho trabajo. En cuanto me lo dijo y estuve
de acuerdo, llamé a Eudora para decirle que teníamos libre
el sábado y podríamos desaparecer del mundo ese día para
celebrar los primeros treinta días de nuestra tan bella relación

134

El hombre que se fue

y ella aceptó gustosa.
Recibí una invitación a dos exposiciones en el Club de
Astronomía de Arequipa a las siete de la noche del viernes,
algo que por supuesto no era para llamar la atención, porque
diariamente llegaban decenas de tarjetas, cartas y oficios con
invitaciones a conferencias, ruedas de prensa, actividades
culturales, inauguración de exposiciones de pintura y, en fin,
para cualquier cosa que a un vecino se le ocurriera que tenía
interés periodístico, pero el hecho de que llegara en un sobre
con el logotipo de aquella prestigiosa institución hizo que me
interesara especialmente y leyera la tarjeta cuidadosamente
y cuando concluí me rasqué la cabeza, miré al jefe Juan José
Barriga, ¿será posible?, me pregunté a mí mismo y él respondió, qué pasa, ñato, que en su boca era como decir qué pasa,
chiquillo, y para no tener que decirle toda la verdad porque
él fue el primero en respetar la confidencialidad de mi fuente
y me dijo ni siquiera a mí estás obligado a revelar su identidad, solo atiné a decir nada, nada, jefe, solo que esta invitación
parece ser una secuela de nuestras informaciones, y le mostré la tarjeta que para otros no tenía ningún significado oculto porque el club invitaba a la conferencia en que el doctor y
profesor universitario don Mario Sotillo haría una exposición
sobre el origen del universo que era tema de su predilección.
Lo que me sacó de mis esquemas fue la segunda exposición
titulada la Atlántida, origen de la civilización peruana, a cargo
del profesor Abelardo Machuca M., ¡mi amigo, el camanejo
secuestrado hacía poco más de tres semanas por un comando
extraterrestre! Me guardé muy bien de ninguna demostración
y el jefe solo me dijo son dos buenos temas para vincularlos
con nuestra información, así, es, señor Barriga, le respondí, me
preguntó si asistiría, sí, claro que sí, me interesa, me gustan
estos temas, afirmé y de inmediato fui hasta el teléfono, llamé
a Eudora y le dije que nos habían invitado a una conferencia
sobre temas que a ella le gustaban como el origen del universo
y la civilización atlántida, a través de los cuales podría recibir
más de una sorpresa, me respondió inmediatamente sí y que-

135

Luis Eduardo Podestá

damos en que nos encontraríamos a las siete de la noche del
viernes.
Yo sabía que el profesor don Abelardo Machuca Mestas era graduado en geografía e historias, pero también que
hacía tiempo se había apartado de la enseñanza que nunca
en este país dio nada para los maestros, protestaba, sino fatigas y privaciones y ninguna oportunidad de superación ni
posibilidades para hacer investigaciones, porque el gobierno
nunca tenía plata para ellos de modo que no podían jamás
programar la compra de siquiera un libro por mes, por lo que
se dedicó a sus chacras porque la tierra, añadía, solo te pide
agua, semillas, abono y unos cuantos cuidados y te da buenas
cosechas traducibles en monedas, y en consecuencia, nunca
me imaginé que, a tan corto tiempo del episodio del secuestro
y cuando aún estaba fresca la curiosidad de otros periodistas y
gente común, se arriesgara a ofrecer una conferencia que sería
como jugar con una bola de fuego porque no faltaría quien le
hiciera alguna pregunta que pudiera comprometer su identidad y participación, tan celosamente guardadas hasta la fecha,
en aquel acontecimiento.
Tampoco le conocía dotes de expositor porque siempre
que conversábamos se desviaba del tema, hablaba de cuatro
cosas a la vez, retomaba la que había dejado inconclusa y la
mezclaba con la que trataba actualmente y al final se armaba una galleta de tales dimensiones que me obligaba a decirle
bueno, carajo, ya hablaste en borrador ahora saca en limpio
todo lo que has dicho.
Eudora estaba bellísima con un sacón azul cubriendo
una blusa blanca y una falda que le dejaba los veinte habituales centímetros de rosados muslos a la vista del mundo entero.
Cuando nos encontramos en el crucero de Ugarte con Jerusalén, nos saludamos con un beso en los labios, me limpió con
un dedo alguna huella de su pintura, me tomó del brazo, caminamos lentamente hasta el local del club y nos ubicamos en
la segunda fila de asientos, desde donde podríamos escuchar
perfectamente a los conferenciantes y ver con toda claridad lo

136

El hombre que se fue

que pudieran dibujar o escribir en una pizarra o las diapositivas que pudieran exhibir.
Como de costumbre, esperamos cuarenticinco minutos el comienzo de la primera charla, durante la cual, con la
habilidad que le era característica, Mario Sotillo desenvolvió
su tema con aplicación de acontecimientos humanos del pasado y del presente que demostraban el interés que el hombre
había tenido siempre en el universo porque en él, dijo, está el
secreto de nuestra propia vida, desplegó varias teorías de su
origen y describió el punto inicial del universo, cuando aún el
tiempo no existía y la nada se calentaba a tales temperaturas
que todas sus partículas se aceleraban y juntaban hasta que la
presión no pudo soportarlo más y ocurrió la gran explosión a
la hora y al minuto y al segundo cero cuando también comenzó a existir el tiempo porque antes de ese instante no lo había y
precisó que la gran explosión no fue en realidad sino el resultado de todo un proceso. Me fascinaban tanto la inexistencia
del tiempo y la contradictoria existencia de la nada en algún
momento de la historia del universo a las que Mario Sotillo
se refería tan familiarmente, que le dije que el cerebro humano se resiste a concebir la inexistencia de uno y la existencia
de lo otro y él respondió que todo comenzó allí, en la nada y
que solo a partir de la gran explosión que marca el inicio del
universo, el tiempo comienza a existir y la nada deja de existir para dar paso a la materia y las fuerzas creadas por aquel
fenómeno de hace quince mil o veinte mil millones de años.
Mario Sotillo precisó que gran parte de los acontecimientos
fundacionales del universo se desarrollaron antes de la hora
cero más un centésimo de segundo cuando el calor hubo llegado a los ochentidós mil millones de grados centígrados y
cuando debido a esa temperatura y al aumento de energía con
que chocaban las partículas existentes, se produjeron cambios
en la naturaleza de las fuerzas fundamentales.
Hizo un paréntesis para señalar que en tan cortos períodos de tiempo, por ejemplo entre la hora cero y la hora cero
más diez elevado a la potencia menos treinticinco de segundo,

137

Luis Eduardo Podestá

se producen fenómenos extraordinarios. Ese lapso es increíblemente breve, dijo, pero es un billón de veces más largo que
el tiempo que demora la luz en atravesar un protón, es decir,
diez elevado a la potencia menos veintitrés de segundo y hay
que tener en cuenta que el protón es una de las más pequeñas porciones de materia y añadió para matizar con un poco
de humor la conferencia, que hay que escribir en esa forma
los números porque la pizarra no alcanzaría para consignar la
cantidad de ceros necesarios y que, nuestro tiempo, por otra
parte, no nos lo permitiría ya que el doctor Jaime Fuse nos
hace señales para indicar que mi hora ha llegado a su fin. Nos
quedamos absortos como debe ocurrir cuando uno se encuentra en medio de la oscuridad y del silencio de lo desconocido. Mario Sotillo prosiguió su exposición tan didácticamente
que los ignorantes de las matemáticas y las leyes de la física
del universo pudimos entenderlas, admirarnos y sentir un extraño deslumbramiento con ellas aunque solo fuera por unas
horas.
Concluyó después de hora y media cuando señaló la
posibilidad de que así como ahora el universo se hallaba en
expansión, porque aún subsistían los efectos de lo que llamaríamos la onda expansiva de la gran explosión, llegaría el momento en que esa fuerza terminaría y se produciría un instante
de detención, de inmovilidad del universo, en que nadie sabría qué podría ocurrir y se originaría entonces un fenómeno
de signo contrario y toda la materia del cosmos podría volver
a iniciar una nueva concentración y galaxias, constelaciones,
estrellas y planetas iniciarían el retorno hacia el punto al cual
podríamos llamar una vez más el tiempo menos un segundo y
todo podría volver a comenzar.
Fue muy aplaudido, le hicimos unas cuantas preguntas
solo por no dejar de hacerlas y esperamos a que el presidente
del club, Jaime Fuse, hiciera la presentación del siguiente expositor, que por haber llegado un poquito tarde, dijo, para no
interrumpir a Mario Sotillo, se ubicó discretamente en uno de
los asientos posteriores y vimos entonces avanzar paso a paso,

138

El hombre que se fue

un tanto desmañadamente como si se hubiera olvidado de caminar en un salón con piso de maderas enceradas, la imagen
fornida, campesina, de aquel camanejo llamado Abelardo Machuca Mestas, con impecable terno azul y quien casi saltó al
estrado con agilidad de gato y sentí el pellizco de Eudora en
el brazo derecho, la miré y me interrogó con la mirada cómo
no me dijiste de quién se trataba, parecía reprocharme, pero
sonreí ligeramente y esta es la sorpresa, susurré en su oído y
volví la vista hacia el expositor que en el primer instante dio
una mirada a todo el auditorio, la detuvo muy brevemente
sobre nosotros dos, hizo una muy leve inclinación de cabeza y
prosiguió su recorrido panorámico por toda la sala.
Comenzó preguntando al cielo o, mejor, a la bóveda
de sillares blancos del techo, de dónde vinieron, qué buscaron y por qué se establecieron en la meseta del lago Titicaca,
los hombres que dieron origen a nuestra civilización, cuándo,
cuánto y por qué habían enseñado a las tribus que vivieron
en las estribaciones occidentales de la cordillera a cultivar la
quinua, la papa, y por qué el lago Titicaca había sido el centro
de la cultura Tiahuanaco y él mismo se respondió después de
un breve silencio porque una lejana civilización llamada Atlántida, angustiada porque su tierra era sacudida por cataclismos y se hundía irremisiblemente, buscó el lugar del mundo,
en este continente, donde pudiera encontrar una tierra lo suficientemente alta para librarla de un cataclismo similar.
Dijo también que los atlantes buscaban en un éxodo
sin precedente un producto que era vital para su alimentación,
la sal, y esperó una reacción que no se produjo porque todos
nos quedamos absortos en sus palabras.
Describió luego la cultura que floreció más allá de la
costa brasileña, en un lugar del Atlántico, sus progresos en la
manufactura de metales y el tratamiento de la piedra, una habilidad que los futuros preincas heredaron, su elevado desarrollo cultural que la convirtió en una sociedad ideal para la
vida en paz consagrada a la búsqueda de la perfección humana, y que vio repentinamente, hace unos cinco mil o cuatro mil

139

Luis Eduardo Podestá

años, que todo su mundo se perdía, se hundía con cada nuevo
cataclismo que sacudía el continente en formación, cuyas cordilleras se alzaban en occidente en la misma medida en que
las tierras orientales se sumergían, y que, finalmente, cuando
sus sabios supieron que todo concluiría debajo de las aguas,
en un fenómeno al que probablemente llamaron también diluvio como las civilizaciones de Asia Menor, y como también
lo hicieron en otros lugares del mundo, emprendió un éxodo
que duró décadas o siglos a través de las selvas que llenaban
toda la inmensa llanura que tenían al frente, al otro lado del
mar que los rodeaba.
Se preguntó por qué no se dirigieron al oriente y expuso que los exploradores atlantes confirmaron que las tierras del oeste estaban más cerca y consecuentemente, había
posibilidades de trasladar más gente con menores riesgos.
Añadió que los atlantes pensaron, probablemente, que en lugar de hundirse la tierra, las aguas subían para inundar y destruirlo todo en un proceso que podría culminar en cualquier
momento. Dijo que, como otras sociedades de la antigüedad,
la Atlántida miró al cielo y decidió seguir la ruta que el sol le
señalaba y marchó hacia occidente en un éxodo cien veces más
dramático y más largo que el de los israelitas en busca de la
tierra prometida. No se fueron en otra dirección, dijo, porque
ya conocieron el factor de riesgo y la cercanía de las tierras
al poniente y, además, porque las viejas culturas tenían como
guía y dios común al sol, por lo que todas ellas, cuando debieron buscar nuevas tierras debido a fenómenos sociales o naturales, preferían adoptar la dirección que el astro les marcaba.
Y eso hicieron nuestros antepasados, cuyos exploradores debieron haber recogido suficiente información sobre las tierras
occidentales para convencerlos de que era lo más conveniente
para salvar la humanidad.
Describió dramáticamente la marcha de quizá un millón o quizá medio millón o quizá varios millones de personas
a través de una selva impenetrable y desconocida, cruzada
por ríos que debieron surcar eventualmente contra la corrien-

140

El hombre que se fue

te en embarcaciones que frecuentemente habrían tenido que
ser llevadas a lomo de hombres hasta el próximo río. Debieron
hacer frente también a desconocidos animales feroces contra
los cuales no estaban habituados a luchar, pero lograron domesticar al puma, al que después llevaron al Tiahuanaco para
que custodiara como feroz perro guardián, sus lugares sagrados, como lo demuestra la presencia de aquel lugar sagrado
aún llamado Puma Punco, cuyos patios circulares guardan las
momias de quienes los dirigieron en aquel viaje de epopeya.
Añadió que debieron enfrentarse a insectos que transmitían
enfermedades desconocidas para las cuales tenían que buscar
nuevos remedios y sobre todo, a un clima tan insalubre que
los inclinó a la decisión de buscar un lugar más acogedor, lejos de los peligros de un probable hundimiento y sobre todo,
donde pudieran encontrar el producto que durante cien generaciones anteriores les había servido de sustento vital, la sal,
repitió.
Más adelante dijo que en ese largo éxodo de ¿cien años,
doscientos, trescientos años?, la civilización trashumante había sufrido la muerte de sus dirigentes, a los que en reconocimiento por haberles salvado la vida y guiado por aquel camino, o por la necesidad de construir una fe religiosa, convirtió
en dioses y embalsamó sentados con la idea de ofrecerles para
toda la eternidad, el descanso a que tenían derecho después de
haberlos conducido sin descanso hacia una tierra que un día
sería su hogar y al erigirlos a la calidad de dioses los conservó para ofrecerles en el paraíso terrenal que encontraron, un
lugar como el Puma Punco o lo que algunos historiadores llaman la Ciudad de los Muertos Sentados, para rendirles culto
por los siglos de los siglos.
Habló de los frisos de la portada de Tiahuanaco, que
constituían el único testimonio existente de aquella marcha,
descifrados por estudiosos de todos los tiempos, y que dieron la pista de aquel éxodo que trajo a los habitantes de la
Atlántida hasta nuestras cercanías, aquí no más, detrás de la
cordillera, donde fundaron una de las civilizaciones más ex-

141

Luis Eduardo Podestá

traordinarias del mundo y de los tiempos, similar o superior
a las surgidas en Tebas, Mesopotamia, Oriente medio y Asia.
Todos lo escuchábamos ensimismados pero yo con especial admiración porque nunca había escuchado de su boca
una expresión tan fluida de aquella historia. Cuando veíamos
en la niñez los dentados picos del Pichupichu, y aquella silueta, similar a la del perfil un hombre dormido, creímos la
leyenda creada por nuestros antepasados aborígenes, que la
diseñaron como el descanso eterno de un gigante que tras haber recorrido todos los caminos, escogió esa cumbre de la cordillera, el Pichupichu, para acercarse a aquel mar occidental a
cuyas orillas jamás pudo llegar y entonces decidió quedarse
transformado en montaña añil cubierta de nieve y barrida por
los vientos del sur para proteger de ellos a la blanca ciudad
que surgiría a sus pies y así lo cubrieron las arenas de los tiempos que lo convirtieron en un dios atlante que no llegó nunca
a posar sus pies en las arenas que frenaban ese mar azul que
evocaba aquel que dejó atrás, antes del cataclismo que expulsó
a su raza para la eternidad.
Abelardo Machuca Mestas describió la epopeya de los
atlantes y su llegada a la meseta del Collao, a cuatro mil metros
de altura sobre el nivel del mar, la euforia de los exploradores
de aquella civilización viajera que encontraron, finalmente,
en el gigantesco mar interior del Titicaca, la sal que buscaban
para su alimentación y para canjearla con los productos que
les harían falta y el comienzo allí de una de las más grandes
culturas humanas casi en los mismos tiempos en que la loba
legendaria alimentaba a los mellizos Rómulo y Remo para iniciar con ellos la construcción de Roma. Fue una civilización
poderosa que extendió sus dominios a través de las cordilleras
cercanas hasta los valles creados por ríos que desembocaban
en el océano occidental y consiguió de ellos productos nuevos que no podían cultivarse en las alturas donde ellos habían
creado su hogar. Aprendieron a manipular genéticamente los
frutos de la tierra y convirtieron la quinua amarga en un producto dulce y convirtieron la papa en comestible y formaron

142

El hombre que se fue

ejércitos que conquistaban nuevas tierras al oeste en los valles
trasandinos y al noreste hasta el Cusco, donde crearon ciudades cuyos pobladores se convirtieron súbditos de aquella
poderosa civilización superior que prosperaba en la meseta.
Se preguntó cómo y por qué no existían sino escasos
vestigios de aquella civilización de nuestros antepasados,
junto a escasas tradiciones orales y un arco pétreo con frisos
que deben estudiarse e interpretarse para llegar a una verdad
oculta cientos de años. Y se respondió que lo más probable fue
que aquella sociedad a la que podríamos llamar la de los protocollaguas, dirigida por sacerdotes y una clase privilegiada
desde siempre, pereció durante la más grande rebelión que el
mundo antiguo vio, una rebelión de tal naturaleza y dimensiones que barrió con su odio todo lo que encontró a su paso y
que quiso acabar hasta con el recuerdo de aquella cultura, no
dejó piedra sobre piedra de templos y santuarios ni tumbas
y extrajo los dioses embalsamados sentados para ocultarlos
donde nadie nunca los descubriera, para prohibir por siempre
la resurrección de cualquier signo de sus opresores, pero no
pudo destruir la portada de piedra que un anónimo escultor
transformó en mensaje que las futuras generaciones habrían
de leer e interpretar como en esta noche lo estábamos haciendo, lamentablemente con una brevedad que merecería otro
trato. Muchas gracias.
Los asistentes lo aplaudieron mucho, le hicieron treinta preguntas sobre pormenores y detalles que él respondió
con desenvoltura, con humor y con seriedad cuando ello convenía y al final vi que un público realmente satisfecho y feliz
salía de la sala del club. Jaime Fuse invitó un coctel a los que
no tuviéramos apuro en irnos y al concluir, el camanejo que
aprovechaba cualquier ocasión para fijar sus ojos en Eudora
nos invitó a ella y a mí a comer en un restaurante cercano, el
mismo adonde fuimos la noche en que quedó trunco el certamen de belleza de Yanahuara y que se convirtió en la víspera
de aquel sorpresivo secuestro extraterrestre.
Durante la comida elogié con sinceridad su gran cono-

143

Luis Eduardo Podestá

cimiento de la Atlántida y del origen de los collaguas y le dije
que mañana no, pero pasado mañana sí, escribiría una nota
sobre su disertación que ha sido realmente deslumbrante. Eudora se sumó a mis elogios, lo felicitó y le dijo que hubiera
querido grabar la conferencia para volver a escucharla en mis
ratos de ocio que son muchos, dijo sonriente, y él le respondió
muy amable que el club había grabado las dos conferencias y
que con gusto le haría llegar un casete con la suya, lo que ella
agradeció vivamente. Al terminar la comida, rociada discretamente con una botella de vino, nos ofreció llevarnos en su
camioneta y aceptamos porque eran las once de la noche y
comenzaba a hacer frío. Al llegar dije a Eudora te acompañaré
hasta la puerta y así lo hice y al despedirnos ella me besó en
los labios rápidamente y me acarició el rostro.
En el camino de regreso, el camanejo estuvo extrañamente silencioso y fui yo el que habló todo el camino, principalmente sobre aspectos de los collaguas que no se conocían,
pero al llegar al parquecito de San Antonio me miró fijamente
y me dijo, oye, gramputa, creo que te estás levantando a la paloma, me reí, le di una palmada en la espalda y hasta mañana,
hermano, me despedí, que pases una feliz noche, hijo de la
gramputa, tronó, precisamente de ella te apoderas, me recriminó a gritos mientras yo cerraba la puerta, pero yo sabía que
sus gritos y su cólera eran fingidos y lo hacía solo por joder y
quizá por demostrar que Eudora era una persona privilegiada
entre las que habían respondido a su convocatoria.
Nos encontramos con Eudora al mediodía siguiente y
fuimos a almorzar a Paucarpata, nos metimos en la ramadita
de una picantería muy discreta, pedimos una cerveza y choclos con queso mientras nos preparaban conejos chactados.
Nos besamos, bebimos sorbito a sorbo la cerveza y cuando se
acabó, pedimos otra, ¿no te opones?, no, me respondió, está
haciendo calor, estaba con una blusa que dejaba al descubierto la blancura rosada de sus brazos y parte de sus pechos y

144

El hombre que se fue

desde donde yo estaba, a su lado, observaba mucho más de
los habituales veinte centímetros de sus poderosos muslos.
Hablamos de mil cosas, de dónde, dijo, le viene al señor Abelardo Machuca, esa vena de expositor, le conté que era graduado en educación pero que hasta donde yo sabía, no había
ejercido mucho, sino en sus primeros años en Camaná, donde
trabajó en un colegio nacional, y me dijo que en la mañana,
antes de encontrarnos escuchó el Lago de los Cisnes y yo me
puse a silbar parte de la melodía, la conoces, se emocionó, es
una de mis favoritas, tengo un disco de ella en mi casa, le respondí y más adelante hablamos nuevamente del camanejo y
me preguntó ¿tú crees que habrá salido con alguna chica de
las que convocó para el concurso?, no sé, le respondí, no me
engañes, replicó mirándome a los ojos, tú tienes una antigua
amistad con Abelardo y él te busca para salir a pasear, ¿dónde
pasean?, se interesó, le conté que algunos domingos nos íbamos al campo, a caminar por las chacras pero que tenía que
esperarme pacientemente a que yo terminara de trabajar, generalmente a las dos o tres de la tarde y que a veces lo encontraba durmiendo en su automóvil o su camioneta y ¿qué fue
de su automóvil?, preguntó con absoluta inocencia, debe estar
en reparación, respondí, porque en los últimos días solo ha
utilizado su camioneta, observó, bebimos, nos besamos, comimos, al final salimos a pasear por la carretera, encontramos un
caminito entre una casa y una hilera de sauces que seguía el
curso de una acequia hacia unos sembríos y nos metimos entre
las hierbas para sentir la frescura de la sombra, nos detuvimos
a mirar los andenes verdidorados que se extendían como arcos superpuestos hacia la lejanía, qué hermoso es todo esto,
dijo, se arrimó a mí, la besé, me acarició el rostro y mientras
le besaba el cuello y escuchaba el pequeño gemido que emitía su garganta, me quedé paralizado cuando la escuché decir
llévame a tu cuarto, quiero ir a tu cuarto, como una pequeña
que pide que le compren un chocolate, la miré y estábamos
tan cerca que sentíamos la tibieza de nuestro aliento, ¿de veras
quieres ir?, le pregunté, sí, me respondió con sencillez, ¿no me

145

Luis Eduardo Podestá

has escuchado?, quiero que me lleves a tu cuarto, amor, estallé en su rostro, la besé apasionadamente, vamos, salimos por
el mismo camino y mi impaciencia me trastornaba, me hacía
apresurar el paso, me llamó la atención, no corras, finalmente
vamos a llegar adonde queremos, ¿no?, y yo adiviné un doble
sentido en sus palabras y la adoré. En la carretera subimos
al primer vehículo que encontramos y viajamos muy juntos y
ella apoyaba amorosamente su cabeza en mi hombro y en un
momento me pareció que dormía, le pregunté ¿duermes?, no,
me dijo, no quiero apartarme nunca de tu lado y yo tampoco,
le respondí.
Admiró el departamentito al que yo llamaba mi cuartito, se quedó mirando en la pequeña salita la mesa donde tenía
revistas, libros y discos en desorden, mi vieja máquina de escribir, hojas de papel blanco y borroneadas de lo que escribía
en las noches y luego pasó al dormitorio por debajo del arco
abierto en el tabique divisorio y todo estaba iluminado por el
sol de las cinco de la tarde que atravesaba el espacio entre las
torres de la iglesia y entregaba reflejos rojizos al ambiente, qué
bonito, exclamó, sí, respondí, es una linda tarde, nos pusimos
en la ventana del dormitorio–comedor que daba al parque y
admiramos la caída de la tarde más allá de los árboles y el angelito calato que se mojaba eternamente en la fuente, la abracé
y apretó su cuerpo contra el mío, la besé desesperada, ansiosamente y en un momento bajé mis manos por la espalda y
acaricié, apreté sus nalgas y ella se dio cuenta de mi excitación,
gemía dulcemente, tiernamente, ven, me dijo en un susurro
y me llevó de la mano hasta mi cama, apartó las sábanas, yo
introduje mis manos en su blusa y le desabroché el sostén y
luego le acaricié los senos, hundí mi boca en ellos, di suaves
mordiscos a sus pezones oscuros, se echó, la desnudé, mientras ella también abría los botones de mi camisa, me acariciaba
el pecho con suavidad, espera un momento, dijo silenciosamente, como si en esto estuviera siendo mi cómplice, corre la
cortina, señaló la ventana por donde entraba el sol, me aparté
y fui a cerrarla, cuando volví estaba acostada, me eché junto a

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El hombre que se fue

ella y sentí el aroma de su cuerpo desnudo, la suave dureza de
sus muslos contra los míos, la firmeza de sus senos, el sabor de
su cuello mil veces besado, la acaricié con mis manos ansiosas
que vagaban por todos sus caminos y penetré en su cuerpo
lenta, suavemente y entonces tropecé con su virginidad, me
detuve, ella llevó las manos a mis caderas, las presionó fuertemente contra ella, gemía, lloraba, movía la cabeza de un lado a
otro como si estuviera sufriendo el dolor más grande, pero me
besaba y mordía en el pecho, y sus manos presionaban más
y más mi cuerpo contra ella y entonces gritó con un alarido
cuyo dolor yo también sentí y atravesé su barrera, oh, Dios,
murmuré, amor mío, y un instante más tarde tañeron a gloria
todas las campanas de los templos del mundo entero y los gorjeos de mil pájaros atravesaron las cortinas de la ventana junto
a los rayos del rojo sol poniente, el espacio infinito estaba en
nuestros cuerpos agitados, trenzados, doloridos y sus gemidos
me caían en el rostro como los cristales en que se hizo trizas
el universo entero cuyas estrellas giraban en un torbellino de
colores y me pregunté si así tan colorido era el negro universo
que veía cada noche y luego de un enorme tiempo en que sus
gemidos se hicieron más y más seguidos junto a su anhelante
respiración uniformada con la mía, descendimos lentamente a
la tierra, vi que abría los ojos húmedos, me dolió, dijo con su
voz tierna, suave y sonriente y yo por qué no me lo dijiste, te
amo, dijo, y la besé nuevamente y cuando recuperamos el sentido estábamos desnudos como dos niños encima de la cama y
ella miró la mancha roja, oh, he manchado las sábanas, dijo, no
te preocupes, le dije, no hagas nada, la veía limpiarse, recoger
la sábana, caminar hacia el baño usando la sábana como túnica, escuché que corría el agua de la ducha, fui hasta el ropero y
saqué sábanas limpias, las arreglé rápidamente y al volver me
mostró la gloria de su cuerpo, llegaba hacia mí sonriente, con
la cara y los cabellos mojados, sentí mucho calor, dijo a modo
de explicación, me salpicó unas gotas de agua en el rostro.
No encendimos la luz, dejamos que el crepúsculo descendiera poco a poco desde el cielo y que las sombras de la

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Luis Eduardo Podestá

noche inminente subieran a la ventana, entraran en el cuarto
que ella iluminaba, mañana lavaré tus sábanas, dijo, reí y me
reprochó ¿crees que no sé lavar?, preguntó fingiendo enojo,
no, de ningún modo, le respondí, las llevaré a la lavandería,
no, reaccionó, no puedes hacerlo, qué pensarán de ti, que has
cometido un crimen, ¿lo he cometido?, repliqué, y nuevamente su mirada tierna, no, amor, no, y volvimos a encontrarnos y
amarnos incansables, insaciables hasta que me dijo tienes que
llevarme a mi casa, aunque quisiera quedarme contigo toda
la noche, todos los días, todo el tiempo, yo no quiero llevarte,
le dije, quiero que te quedes conmigo para siempre, me puso
un dedo en los labios, pronto, muy pronto, me dijo, se vistió
lentamente, miraba mis ojos codiciosos que seguían cada uno
de sus movimientos atenuados por la penumbra y solo revelados por los reflejos de los focos que venían desde el parque,
interrumpía su tarea para besarme en la boca y en el rostro.
Antes de salir al pasadizo me detuvo en la puerta semiabierta,
me siento otra persona, me dijo mirándome con esa ternura
propia de ella, yo también le dije, no sabes cuán feliz soy en
este momento, nos besamos y salimos a caminar hacia su casa,
no quiso que detuviera un taxi, caminemos, sugirió, y en esa
noche de un sábado de mediados de febrero una clara luna en
creciente nos miraba desde el cielo que nos había regalado un
día sin lluvia.
En una tienda de la avenida San Martín nos detuvimos
a beber una gaseosa, adivinaste que tenía sed, me sonrió, estaba muy bella mientras se llevaba el vaso a la boca, te amo tanto, le dije al oído, acercó sus labios a los míos, caminamos por
la plaza Maita Cápac y allí, bajo un árbol rociado de plata por
la luna no quiero irme, se quejó como una niña, no quiero que
me lleves, entonces volvamos, le pedí, no, hoy no, sabes que
no puede ser, sigamos, no debemos hacerlo, ya encontraremos
el día, la ocasión propicia, añadió, y seguimos caminando en
la noche hasta llegar a la bienvenida que nos brindaron los
arrayanes de su jardín, que respiramos profundamente. En la
puerta nos besamos durante media hora, nos acariciamos, ha-

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El hombre que se fue

blamos de nuestro amor, que al completarse el primer mes había estallado como una flor para hacer de nosotros uno solo y
me dolió profundamente dejarla e irme solo, con una felicidad
que me impelía a gritar, a contarle a todo el mundo todo lo
feliz que me sentía pero en ese momento las calles de Miraflores estaban solitarias y pensé que por fin tenía la oportunidad
de ser dichoso y haría todo lo posible por conservar y cultivar
esta felicidad tan honda para que día a día ella también fuera
feliz conmigo hasta que pudiéramos unir nuestras vidas definitivamente.

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7

El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

L

os gringos Dickman y JJ se quedaron unos
cuantos días más, y una mañana vinieron a visitarme a la redacción, pidieron permiso para llamar al camanejo pero no les
di su nombre ni su número telefónico y se resignaron a hacer
todo a través de mi filtro y yo aprovechaba esa ocasión para
mantener el ritmo de las informaciones y aunque ellos habían
proporcionado declaraciones a otros periódicos yo siempre les
llevaba la delantera.
El lunes por la mañana, después de ese sábado maravilloso y de un domingo en que solo le hice una llamada telefónica a través de la cual me envió muchos besos, Eudora llegó
a la redacción. La vi entrar majestuosa, su imagen se dibujó
en el contraluz de la puerta, dio una mirada sobre toda la redacción y se acercó a mi mesa, me besó en la boca ante la mirada curiosa y estupefacta de algunos colegas, traje una silla
y le dije suavemente toma asiento, y después de arreglar unos

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Luis Eduardo Podestá

papeles y no saber qué hacer, traté de tranquilizarme y le dije
te invito un sánguche de salchichas aquí cerca donde el Ñato
Gómez, me encantará, respondió, me puse el saco, me arreglé
la corbata y salimos hacia el restaurante, donde el Ñato abrió
tremendos ojos de admiración al verla, nos atendió especialmente solícito y fuimos el centro de todas las miradas.
Comimos y ella dijo que las salchichas tenían muy
buen sabor, están riquísimas, bebimos gaseosas y al concluir
me dijo préstame la llave de la casa, así lo dijo, la llave de la
casa, quisiera descansar un rato, a solas, agregó en voz baja,
yo no podía negarme, le entregué la llave, me preguntó a qué
hora llegarás, entre seis y siete de la noche, respondí, quizá
a esa hora yo no pueda estar, se dolió, le dejas la llave a la
señora de la tienda, en el primer piso de la casa, acentué la
casa para darle el tono confidencial y familiar que ella le había
impuesto, sonrió, me acompañó hasta la puerta del periódico
y se despidió con un beso.
El camanejo me había llamado por teléfono, según
un mensaje que encontré en mi escritorio. Lo llamé y me dijo
quería hablar contigo, no, nada importante, afirmó, solo que
me siento solo, le pregunté por qué no llamó ni vino ayer, me
emborraché el sábado, refirió, con unas personas que llegaron
del valle de Tambo y no me soltaron sino a las once de la noche y ahora estoy con una sed..., mira, le advertí, si crees que
yo tengo ganas de acompañarte a que cures tu borrachera te
equivocas, estoy trabajando y si voy a tu casa será por algo
relacionado con una de dos cosas, el concurso que busca el
alma gemela o el radiotransistor, me respondió rápidamente,
el radiotransistor, eso es, el radiotransistor, ven de inmediato.
Pero no fui inmediatamente. Escribí unas informaciones y le dije al jefe Juan José Barriga nuestro amigo el camanejo Machuca Mestas tiene algo que decir sobre el concurso que
busca su alma gemela, voy allá, buen provecho, me respondió
el jefe y como un eco escuché varias voces en la redacción que
me despedían también con un buen provecho, como si me fuera a un banquete.

152

El hombre que se fue

–Mira, mira el aparatito –dijo emocionado el camanejo en cuanto entré a la sala que utilizaba como estudio en su
residencia de Yanahuara y donde tenía una respetable pero
desordenada y variadísima biblioteca.
El radiotransistor emitía luces intermitentes de color
violeta de una de las ventanitas que tenía en el lado derecho
y el camanejo estaba eufórico, como si hubiera encontrado el
juguete de su vida, toqué esta ventanita cristalina en el afán
de averiguar las virtudes, el significado y el objeto del aparatito y me acordé de él solo cuando terminé de hablar contigo,
dijo, me ofreció una cerveza y ya iba a abrir la boca para pedirla cuando la señora Josefa apareció con una botella y dos
vasos, qué previsora, la elogié, adivinó que venía con sed, la
señora movió la cabeza como si no conociera de qué pata cojean, murmuró y se fue otra vez silenciosa a sus ocupaciones.
El camanejo me dijo salud y dejó medio vaso en una esquina
del escritorio, cómo mierda se manejará esta cosa, se preguntó, y luego mirándome de frente con ojos preocupados, ¿nos
arriesgamos a tocar otras ventanitas, otras teclas?, asentí con
la cabeza en silencio, esta primero, dijo el camanejo y presionó
con un dedo una ventanita vecina a la que emitía los reflejos
violetas, y ¡oh, portento!, se abrió una pantalla en el centro del
artefacto, mientras como por arte de magia, teclas y ventanitas
menores se desplazaban hacia los costados y cambiaban de
tamaño hasta parecer insignificantes, hola, hermano, soy Arn
nuevamente, escuché la voz del camanejo, nosotros también
nos equivocamos al juzgarte, pensamos que no te comunicarías tan pronto con nosotros, después de todo vives en una sociedad primitiva, nos quedamos pasmados, el camanejo directamente frente a la pantalla, yo a un costado, con la mirada fija
en el cuadro brillante donde una cabeza redonda que parecía
cubierta con una escafandra plateada, de labios estrechos que
se movían imperceptiblemente, con los ojos si lo eran, velados por grandes anteojos cóncavos de color violeta tan oscuro
que colindaba con el negro, sin orejas, con un orificio en lo
que podríamos denominar la nariz y la voz del camanejo, tú

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Luis Eduardo Podestá

has grabado eso, le dije sin mirarlo, no, no, hermano, es mi
voz pero no soy el que habla, respondió en tono de disculpa,
espera, dije, voy a preparar mi grabadora, la había dejado en
una mesita de centro, la activé y la puse al lado del artefacto
extraterrestre.
Sin embargo, continuaba desde la pantalla la voz del
camanejo, acabamos de confirmar que has podido manipular
el videofono que te dejamos, creo que la palabra videofono se
acerca más a la descripción del instrumento que está llevándote mi voz, y a través de él, no solo podrás comunicarte con
nosotros con una diferencia de milisegundos, sino que podremos seguir tus pasos adonde vayas y registrar todas tus actividades que nos son remitidas y grabamos aquí en nuestra nave,
siempre que lo tengas encendido, detrás del personaje solo se
miraba una superficie plateada como telón de fondo, ninguna
inscripción, maldita sea, pensé, debía andar siempre con mi
cámara fotográfica, pero escuché la voz camaneja, porque a
través de lo que hagas, de lo que sientas y de lo que sueñes,
tendremos la posibilidad de conocer la sociedad en que vives
y el camanejo no sabía qué hacer, yo pregunté y ¿desde dónde
está usted hablando? y la voz calló, hay una voz diferente en
nuestras ondas dijo después de unos segundos, sí, respondió
Abelardo, tengo un amigo periodista a mi lado, es de toda mi
confianza y el único que sabe que yo viajé al espacio, es decir,
el único a quien confié los pormenores de ese episodio y que
guarda en secreto mi identidad, yo te veo a ti solo en mi pantalla, respondió la voz y el camanejo le preguntó tú también
me ves, claro, pareció querer reír, explicó es que mi amigo está
a un metro de distancia, al otro lado de la mesa, no me explico, prosiguió la voz, ¿qué es eso de guardar en secreto tu
identidad?, no creemos que haya que callar que has viajado en
una nave como la nuestra, yo creo que sí, replicó el camanejo,
porque si lo hiciera ya sería pasto de los científicos que destrozarían mi vida privada, desearían someterme a experiencias e interrogatorios como dos personas que han llegado en
estos días del norte, desconocemos lo que nos cuentas, dime,

154

El hombre que se fue

¿cuando ellos te interrogaban tú llevabas el videofono contigo?, no, tampoco les he hablado de él y no pienso hablarles de
él nunca, el diálogo se producía con vacíos de silencio entre
la pregunta y la respuesta, estamos más lejos de allí en este
momento, proseguimos nuestro viaje de exploración, estamos
a unos siete años luz de ustedes, hemos grabado unas instrucciones en el instrumento que tienes en tus manos y solo tienes
que descubrirlas, pero nos agrada que hayamos podido entrar en contacto y hablar estos minutos, la pantalla se ensombreció y quedó en silencio, desapareció y las demás teclas y
ventanitas asumieron sus tamaños originales, oh, Dios, esto es
sensacional, me exalté, una comunicación con unos seres que
se encuentran a siete años luz de aquí en una nave espacial,
exclamé, tú no vas a publicar nada de esto, me amenazó el camanejo, no vas a hacerlo porque no confirmaré absolutamente
nada ante nadie y si lo publicas mandaré a todos los periódicos, televisoras y radios, cartas burlándome de ti y haciéndote
quedar como un farsante.
Me enfrenté a él, oye, le dije, no seas cojudo, tú me has
llamado no solo porque soy tu amigo, sino porque soy periodista, y en el fondo estás deseando que yo hable de ti, que un
día tu nombre y tu fotografía aparezcan en la primera página
a todo color como el único ser humano conocido que ha viajado en una nave espacial y sobre todo, que tiene un misterioso
aparatito en su poder, que no se sabe para qué mierda sirve y
que sería bueno que los laboratorios de Alemania o de Estados Unidos o del Japón analizaran porque su presencia puede
constituir un riesgo para la humanidad, se quedó con la boca
abierta, ¿serías capaz de eso?, se lamentó y me dio lástima su
expresión, se puso de pie, se sirvió cerveza y bebió de un solo
trago medio vaso, volvió a sentarse, se puso pensativo, mientras yo me arrepentía, pensaba qué provecho puedo sacarle a
esta noticia, cómo manejarla de modo que se mantenga el anonimato de Abelardo Machuca Mestas y está bien, le dije, por
esta vez no voy a hacer nada, me dedicaré a la rutina, mientras
no ocurra otra cosa que me permita seguir informando sobre

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Luis Eduardo Podestá

tu caso, pero ten en cuenta, mierda, que solo lo hago porque
no hallo la forma de proteger tu derecho a que nadie te joda.
Me abrazó, ya sabía que no me ibas a traicionar, ya sabía que nunca me traicionarás, ¿verdad?, es verdad, hermano,
nunca ocurrirá eso. Levanté la grabadora, retrocedí la cinta y
la puse entre los dos para volver a escuchar la voz del marciano, dije aunque sabía perfectamente que Arn no procedía
de Marte, y la cinta corrió y corrió, en silencio, la rebobiné
nuevamente y otra vez adelante para reproducir la grabación
y nada, absolutamente nada, como si la grabadora hubiera estado paralizada en el momento en que Arn hablaba o como
si algo, que no sabía qué era, hubiera impedido que grabara
aquella voz. Me sentí desilusionado y solo atiné a decir qué
pendejos son estos marcianos, qué mierda habrán hecho para
impedir que esta maquinita funcione, no grabé nada, no obstante que la puse en funcionamiento y que varias veces, durante el diálogo me preocupé por ver cómo daban vueltas los
carretes.
Me senté en un sillón y estiré las piernas, ahora sí estoy cansado y hambriento, dije, pero no te atrevas a invitarme
nada porque no voy a aceptar, además no voy a permitir que
te muevas de aquí ni que te ofrezcas a llevarme a mi casa porque quiero estar solo, quiero irme caminando solo.
Se quedó de una pieza porque nunca le había hablado
en ese tono pero está bien, dijo, no voy a hacer nada que te moleste, hermano, respeto tu deseo de estar solo, de caminar solo,
lamento que te haya defraudado la grabadora, pero uno no
puede confiar en estos aparatos fabricados por esta sociedad
primitiva frente a los que otras sociedades avanzadas pueden
hacer, lo miré, su voz sonaba exactamente igual a la que había
escuchado desde la pantalla del tal videofono y un pensamiento me atravesó el cerebro, ¿no serás tú, grandísimo pendejo,
quien está jugando conmigo, haciéndome cojudo con algo que
has inventado en tu ociosidad consuetudinaria?, te juro que
no, hermano, te juro por mi santa madre que todo lo que te he
contado es absolutamente cierto, le creí, no iba a ser capaz de

156

El hombre que se fue

inventar el gran cuento del viaje espacial, los personajes de la
nave, las quemaduras en la carrocería del automóvil, de poner
el coche encima del cerrito de Sachaca como si lo hubiera llevado volando, y además, no iba a ser capaz jamás de mentirme en la forma que hubiera sido necesario para conquistar mi
credulidad y sobre todo, no sería capaz de comprometer mi
trabajo en el periódico para solo hacerse famoso, eso no.
Nos despedimos en la puerta de su casa, donde hizo
un último intento ¿de veras no quieres que te lleve?, tu cuarto no queda tan cerca, no, gracias, le respondí, en medio del
torbellino que sentía en el cerebro, necesito caminar para despejarme, le dije, le di la mano, le palmeé el hombro, chau, hermano, mañana nos vemos, y él también me respondió chau,
hermano, feliz noche y no alcancé a interpretar si su tono y la
sencillez de sus palabras habían sido arrojadas con sinceridad
o como una burla.
La señora Clotilde, dueña de la tienda del primer piso
de la casa, no esperó a que terminara de saludarla y su novia
le ha dejado la llave de su casa, me dijo cuando estuve frente a ella, le pedí una gaseosa porque tenía sed y me entregó
la llave, subí a mi cuarto y al encender la luz vi la transformación. En el vestíbulo–salita–estudio reinaba el orden más
hermoso. Sobre la mesa estaban perfectamente arreglados los
libros, las revistas y los discos, y junto a ellos había un florerito
con arrayanes y claveles que llenaban el aire con el aroma de
su jardín, sabe que me gusta el olor de los arrayanes, me dije
y pensé en ella con ternura, por ese gesto de traer unas flores
y unas hierbas de su jardín para hacerme sentir acompañado,
y en el dormitorio–comedor todo también estaba en orden, en
el baño–cocina–desván estaban tendidas las sábanas perfectamente limpias, encima de una mesita en desuso había restos
de detergente y jabón, el vidrio del espejo que cubría un gabinete metálico donde guardaba una maquinita de afeitar, brocha, desodorante y otras pequeñeces, estaba limpio del polvo
que se le había acumulado, me pregunté cómo había podido
hacerlo todo en tan pocas horas, me tiré en la cama a leer un

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Luis Eduardo Podestá

poco antes de acostarme y en la mesa de noche encontré un
mensaje muy sencillo que solo decía te amo.
Desperté el martes muy temprano como siempre y
desde mi cama contemplé el panorama que me rodeaba iluminado por el reflejo del sol que caía sobre las torres blancas de
la iglesia, la limpieza y el orden que se veían en toda la gran
habitación y, pensé que debía intentar una forma en que los
objetos fueran colocados en forma diferente porque, me dije
una vez más, en realidad, ya que este departamentito es solo
un enorme ambiente dividido por el tabique en salita y dormitorio, las sillas, la mesa podrían estar en otro orden y en cierto
momento escuché tacones femeninos por el pasadizo, luego
un silencio antes de que el ruido de la llave girando en la cerradura me hiciera abrir los ojos de sorpresa pensando quién
podrá ser y ella apareciera primero en la puerta, se detuviera
un instante, luego bajo el arco del tabique divisorio, radiante,
con rubor en el rostro por el frío de la mañana, dejó en la mesa
una bolsa que traía y se acercó, me besó, hazme un sitio a tu
lado, se quitó la blusa y la falda, se despojó de su ropa interior
que puso en una silla cerca de la cama donde yo también tenía
mi ropa, me siento muy contenta, dijo, por haber podido estar
aquí ayer, ordenar tus cosas, qué desorden, Dios mío, ahora
sí parece que todo está en orden, le dije que sí, le agradecí, lo
que no encontré fueron piyamas, no uso, respondí, levantó las
sábanas, ahora lo compruebo, se acostó a mi lado, me miró el
pecho y qué es esto, quién te hizo esto, miraba moretones rosados, son un recuerdo muy querido del último sábado, anoté y ella se llenó de ternura, oh, perdóname, dijo, estaba tan
emocionada, tan feliz, me besó las tres marcas que me había
dejado, hicimos el amor y volví a sentirme en un paraíso donde solo existíamos ella y yo, despojados de todo, solo girando
nosotros atados por nuestros cuerpos y almas en el inmenso
universo donde nos confundíamos con los dioses de todos los
olimpos, amándonos hasta la desesperación y el paroxismo,
quisiera que esto me durara toda la vida, le dije y ella no tiene
por qué no durar, respondió prontamente cuando volvimos

158

El hombre que se fue

a la tierra, le pregunté cómo se sentía, feliz, contestó, ya no
me duele nada, se ruborizó, por qué no me dijiste que estabas
virgen, le pregunté, ¿era necesario?, replicó, es muy extraño
que a la edad que tienes, ¿cuántos años tienes?, veinticinco,
dijo con sencillez mirándome a los ojos, que a la edad que tienes, proseguí, no hayas tenido ninguna relación, ya la tengo,
dijo, y me gusta mucho, soy una mujer, y estoy inmensamente feliz, quizá estaba guardándome para estos momentos con
plena conciencia de que debía hacerlo cuando realmente sintiera que debía hacerlo con amor, por amor, con la persona
que amo, que admiro y con la cual quisiera estar toda la vida,
repetí sus palabras no hay razón para no estarlo, amada mía,
debes hacerme sentir como en una luna de miel aunque no salgamos fuera de la ciudad, sugirió, lo haré, Eudora, lo haré, me
contó que estuvo dos años en el convento al cual ingresó por
propia voluntad, por una convicción de servicio a los demás,
pero que durante todo el tiempo que pasó allí se sentía una
extraña en un lugar extraño, no era mi lugar, no servía a nadie
y llegué a sentir que mi timidez y una equivocada interpretación de mi vocación me habían convertido en una persona inútil que solo rezaba y caminaba en silencio en los pasadizos de
un lugar inmenso y enredado y buscaba una preparación para
algo superior y sublime que no llegaba, ¿piensas que soy una
descreída?, yo siento que amo a Dios, que Dios me ama, soy
profundamente católica, pero creo también que mi papel está
en la vida, me sentía frustrada y cuando me fui también sentí
esa frustración, como si estuviera perdida en la vida, tuve enamorados a los que jamás permití caricias excesivas y por ello
me extraña que a ti te lo haya permitido todo, contigo todo es
tan diferente, siento que me amas y que yo también te voy a
amar cada día más, calló un momento, voy a tomar una ducha, dijo de pronto, ¿me acompañas?, ¿quieres que te acompañe?, repregunté, sí, o no quieres hacerlo, sí, por supuesto y nos
fuimos al baño, nos mojamos y jabonamos mutuamente, nos
besamos, vimos nuestros cuerpos totales, absolutos, la besé en
los senos y bebí el agua que caía de ellos, me sentí enorme-

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Luis Eduardo Podestá

mente feliz cerca de ella y me preguntaba en qué momento
había comenzado esta tan enorme y desconocida felicidad que
no podía, que no debía perder por nada de este mundo.
Nos vestimos a las nueve, dijo te voy a preparar un desayuno, encontré tazas y platos en el ropero, parece que nunca
han sido usados, dijo, no tuve necesidad, respondí, allí también tienes camisas limpias y planchadas, añadió, pero no me
critiques si alguna no está tan bien como tú quisieras, después
de todo fue la primera vez que hice de ama de casa, me admiré, ¿la primera vez?, rió y se movió por toda la habitación,
encontró la pequeña hornilla eléctrica, puso agua en una olla,
acomodó las tazas en la mesa del dormitorio, sacó de la bolsa
que había traído una lata de café en polvo, una bolsa de azúcar,
una bolsita de sal, has venido preparada para todo, dije, dos
paltas, ¿te gustan las paltas?, inquirió, me encantan, respondí,
dorados panes triangulares, compré el pan en una panadería
de la avenida San Martín, mientras venía y me sentí una mujer
nueva, con la obligación de hacerte feliz y quiero pedirte que
también me hagas feliz, lo haré, amada, lo haré, me gusta que
me digas amada, me besó, preparó dos tazas de café, cortó el
pan con un cuchillo que ella había encontrado en algún lado,
me pasó una taza y me preguntó si estaba bien, está perfecto
le dije, de pronto preguntó si la perdonaba por haberse hecho
una llave de la casa, de la casa dijo, sin esperar a que la autorizara, al contrario, me gustó, me conmovió sentir tus pasos
en el pasillo pero me extrañó escuchar la llave en la puerta,
me diste la sorpresa más hermosa de mi vida, sonrió mientras
comía lentamente, me miraba, nos mirábamos, sonreíamos, no
quería que se acabara este momento, solo quería que el tiempo
se detuviera en este instante y que nosotros permaneciéramos
así, mirándonos, amándonos, sonriéndonos, se lo dije, se emocionó, me besó, se puso seria, encontré algunas cosas en el ropero que arrojé a la basura, informó, ¿sí?, me sorprendí, ¿qué
cosas?, unas cosas de mujer, tus trofeos seguramente, me reí,
no supe qué responder, no quiero volver a verlos ni a pensar
en ellos, dijo, los puse en una bolsa y los boté al tacho del baño

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El hombre que se fue

y cuando pase el camión de la basura tiraré esa bolsa, nunca
volveré a hablarte de eso y quiero que jamás vuelvas a pensar
ni a hablar de ellos, ¿ya?, a la orden, mi bella dama, le dije,
me miró, nos reímos, me besó, quiero que seas solo mío, dijo
suavemente con su mirada fija en mis ojos, quiero que tengas
toda tu confianza puesta en mí, que me cuentes todo lo que
te ocurra, lo que te preocupe, lo que te disguste y lo que te
haga gozar, quiero que compartamos todo lo bueno y lo malo
que nos suceda será menos malo si lo compartimos, ¿verdad?,
me emocionó, sí, le dije y quiero que tú también me prometas que serás sincera conmigo, aceptaré todo de ti, incluso si
alguna vez te cansas de mí y decides dejarme, solo tienes que
decírmelo, me causará mucho dolor, pero lo aceptaré, nunca
haré nada que tú no quieras hacer ni te pediré que hagas lo
que no quieras hacer, repetí mi promesa de hacía poco más de
un mes, quiero que compartas todo conmigo, hemos empezado a conocernos espiritualmente, creo que tenemos mucho en
común y que con el tiempo tendremos muchas más cosas en
común, no solo el sexo que es algo vital en toda relación, sino
en otras actividades de nuestra vida, se conmovió, me acarició
el rostro, nunca te dejaré, nunca podrás librarte de mí, dijo
mientras su sonrisa iluminaba el oscuro café de la taza que me
llevaba a los labios.
Quise hablarle del camanejo y la visita que le hice anoche pero me contuve, no sabía hasta qué punto nuestro compromiso de compartirlo todo incluía aspectos de mi trabajo
cuyos protagonistas me habían pedido privacidad y después
de que limpió la mesa, salimos al sol de la mañana que inundaba el parque de San Antonio, donde árboles y jardines, como
todo lo que vi y viví en esos días, me parecieron más bellos
que todos los días y las noches que había pasado junto a ellos.
Ese martes marcó el comienzo de una etapa de amor
inacabable. Ella llegaba siempre alrededor de las ocho u ocho
y media de la mañana, se desnudaba y se acostaba a mi lado
y hacíamos el amor incansablemente, mientras en la hornilla
se calentaba el agua para nuestro café que siempre acompaña-

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Luis Eduardo Podestá

mos con algo que nos gustara. Unos días fueron paltas, otros
rodajas de jamón y otros más trozos de chicharrón que calentaba antes de servir y llenaban la habitación de un aroma a
comida que jamás había existido. Hablábamos de todo sin reservas, incluidos sus ciclos menstruales y los días que debía
cuidarse para no concebir, no es que no quiera tener un hijo
contigo, es lo que más deseo, dijo, pero creo que es demasiado
pronto y que cuando llegue la ocasión, nosotros dos debemos
decidirlo y hacerlo con mucho amor, con más amor del que
ahora nos tenemos y la amaba por decir eso y por eso, añadió
esa vez, debemos cuidarnos unos días pero al día siguiente la
sorprendí con una cajita de óvulos, con esto podemos cuidarnos, le dije y ella se sintió contenta, ya me he acostumbrado
a visitarte tantas mañanas que no sabía qué hacer los días de
peligro, dijo.
Yo miraba su espalda curvada y admiraba su cuerpo
desnudo una mañana de fines de febrero, calurosa, cuando el
sol caía a raudales sobre el parque y las torres de la iglesia lanzaban reflejos claros a través de la ventana, lanzó un pequeño
sollozo y quise mirarle el rostro que ocultaba en la almohada,
qué ocurre, amor, por qué te pones así y habló entre sollozos
mi padre, oh, Dios mío, me ha dicho cosas horribles, me he
enterado de que estás saliendo con ese muerto de hambre que
te dobla en edad y al lado de quien no vas a encontrar el futuro
que habíamos pensado para ti, las amigas que saben de tu relación con él no han dejado de decirnos que es un degenerado
cuya desvergüenza ha llegado hasta el punto de publicar bajo
su nombre la historia de prostitutas que quiere hacer aparecer
como seres normales, honorables, sollozaba, quise consolarla
inútilmente, quiere que no te vuelva a ver, me ha dicho que si
insisto en seguir contigo, no me dará un centímetro de la tierra
que me corresponde por herencia, que preferirá dejarla a la
beneficencia o a un convento y que no piense que me dejará
un centavo para que mi fortuna sea compartida con ese hom-

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El hombre que se fue

bre que maldita la hora en que llegó a esta casa y te conoció y
maldita la hora en que concurriste a Yanahuara al pedido de
una alma gemela, le dije papá, yo debo hacer mi vida, yo quería trabajar, sentirme útil para alguien, rechazó mis protestas,
solo has pensado en ti y no en el daño que una relación con
ese desgraciado puede causarnos, tu madre se puso a llorar
cuando lo supo porque creía en principio que estabas saliendo con alguien que no era él, y cuando le dije que te quería,
que nos queríamos, se encolerizó hasta hacerme dar miedo,
no digas que lo quieres, lo que sientes ahora es solo una ilusión, un deslumbramiento momentáneo, no sabemos qué es
lo que te habrá dicho ni de qué malas artes se habrá valido
para convencerte pero creemos que debe terminar esa relación
que no te hará ningún bien y que a nosotros nos está haciendo
sufrir terriblemente, volvió el rostro de ojos enrojecidos hacia
mí, la abracé y mojó mi pecho con sus lágrimas, amor, no sabe
cuánto te amo y no sabe cuánto me amas, no quiero hacerlos
sufrir, pero siento que si te pierdo lo habré perdido todo y ya
no me interesará nada en la vida, si supieran cuánto te amo,
no se opondrían, lo sé, y sus sollozos cayeron sobre mi alma
como plomo derretido, ¿qué hacemos, amor, qué hacemos?,
interrogó con desesperación y me miró a los ojos y yo no supe
qué responder, solo dije te amo, nunca he amado a nadie como
a ti y te voy a defender, voy a defender nuestro amor si me
autorizas a hacerlo.
Esa mañana decidimos que discurrieran unos días,
que debíamos tranquilizarnos, ningún amor como el nuestro
ha dejado de tener dificultades, le dije, esta es una prueba que
debemos superar los dos y creo que podremos encontrar el
camino para ser felices, y mientras tanto, debíamos procurar
suavizar el sentimiento de sus padres hacia mí y que a ella le
correspondería esa misión. Esa mañana tomamos silenciosos
el café habitual, mirándonos de cuando en cuando con tristeza, debemos luchar por nosotros, le dije y ella dijo sí sonriendo
tristemente y suspirando. Luego me fui a trabajar y ella a su
casa.

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Luis Eduardo Podestá

Dos horas más tarde la llamé a su casa y cuando escuché su voz le pregunté si la chica más linda del mundo, la
mujer que yo adoraba podría darme una cita para más tarde porque tenía algo muy importante y urgente qué decirle
y aunque me dijo que su padre estaba vigilando sus salidas,
había hablado con su madre y ella se mostró relativamente
comprensiva y que de todas maneras, nos veríamos a las siete
de la noche en la primera cuadra de la calle Mercaderes, en la
esquina del portal de Flores y la Pontezuela.
Fuimos a un café de la calle San Francisco, bastante
discreto, donde en aquel momento no había sino un lejano comensal que leía su periódico en una mesa del fondo, pedí dos
cafés, pastelitos surtidos que ella eligió con la mano al pasar
por las vitrinas, nos sentamos frente a frente ante la mesita y
antes que nada, le tomé las manos, la miré en los ojos y pregunté ¿querrá mi bella dama concederme el honor de ser mi
esposa? y ante su sorpresa que la dejó paralizada y con los
bellos ojos muy abiertos, proseguí si me dice sí, aparte de hacerme el mortal más feliz del mundo, correré a la casa de sus
padres a pedirles me concedan su mano y si me dice ella que
tiene alguna vacilación, algo que no creo posible porque ha
jurado que desea estar conmigo toda la vida, le exigiré que
me diga sí y ella solo atinó a presionarme las manos con más
fuerza y a decir emocionada amor, amor, no sabes cuánto te
amo y no sabes cuánto voy a amarte como esposa, nos acercamos todo lo que pudimos para besarnos en los labios y en ese
momento nos separaba la muchacha que traía el café y asistió
a las últimas palabras de aquel delicioso momento y sonreía
mientras esperaba que nuestros rostros dejaran de mirarse y
nuestros labios de besarse.
Me sentí eufórico, le dije que los dos podríamos ir ahora mismo a su casa y hablar con sus padres sobre la decisión
que acabábamos de tomar, pero ella me dijo no, tenemos que
esperar unos días, quiero que mi papá se acostumbre a la idea
de que su oposición no va a separarnos y yo misma tendré que
hacer ese trabajo, y cuando crea que ha llegado el día te avisaré

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El hombre que se fue

o te llevaré yo misma de la mano, dijo mientras comíamos alfajorillos rellenos con manjar blanco y cubiertos con azúcar en
polvo, le dije que eso estaba muy bien pensado pero que yo no
quería esperar mucho más tiempo ni que sus padres ni la gente se imaginara que estábamos viviendo un amor clandestino
y no, me dijo, no es un amor clandestino, de ningún modo,
¿cómo crees que pueda serlo?, si nos amamos, si yo lo he confiado a una amiga de mi mayor confianza, si no lo he negado
ante mi madre ni mi padre y no lo oculto porque creo que es lo
más limpio y hermoso que he vivido, me miró, ¿cómo puedes
creer que nuestro amor es algo malo?, me exigió una respuesta y como no supe dársela me tomó nuevamente las manos,
sonrió y acercó su rostro para que yo la besara, además, dijo
luego, mientras yo tenga mi llave de la casa y tú no cambies la
cerradura, yo te visitaré y entraré en ella cuando lo desee sin
temor a que me vean entrar ni salir.
Decidimos esperar unos días y que ella me daría la señal y un viernes, marzo estaba acercándose a su última semana, yo ya me había levantado y me aprestaba a preparar un
café en la hornilla, escuché sus pasos taconear en las baldosas
del pasadizo, el silencio previo al girar de la llave y antes de
que pudiera volver a cerrar la puerta la sorprendí con un abrazo que la dejó sin respiración porque sin esperar a que dijera
buenos días, cómo estás, estaba besándola en la boca apasionadamente y recién cuando pudo volver a respirar me dijo
hoy es el día, con la alegría pintada en sus ojos brillantes de
entusiasmo, nos pusimos a bailar en medio del dormitorio con
una música inexistente y nos lanzamos en la cama destendida
pero ella me detuvo, espera, amor, hoy día tienes que ponerme un óvulo.
Ese día fue uno de los más largos de mi vida, llamé al
camanejo para darle la noticia de que iba a pedir la mano de
Eudora, pero cuando respondió no pude decirle nada, ¿sabes?,
me atropelló en cambio, he vuelto a hablar con Arn y me ha
indicado que en uno de los botones del videofono hay uno que
te da acceso a instrucciones especiales y otra cosa, ¿sabes qué

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Luis Eduardo Podestá

me ha dicho el desgraciado?, no, qué te dijo, me interesé fingidamente, que como yo tengo en blanco el ochenta por ciento
del cerebro procurará en el futuro ponerme allí algo de la información y las habilidades que necesito, ¿crees que necesito
habilidades nuevas?, me reí, un montón, cojudo de mierda, y
nos despedimos, pero el tiempo habría de probar que la vida
del camanejo estaba cambiando aceleradamente a partir de su
encuentro providencial con una nave extraterrestre.
Fui en la noche con las manos vacías porque me pareció ridículo aparecerme con un ramo de rosas o violetas que
me ofrecieron en la calle Mercaderes a través de la cual caminé
para ir a tomar un autobús, pero me sentía tranquilo, por lo
menos hasta antes de llegar a la puerta y tocar el timbre y ver a
Eudora ante el marco de la puerta encristalada, quien levantó
la mano, como quien dice espérame y se acercó con su paso
pausado y ondulante hacia la reja que ella misma abrió, me
obsequió un beso en los labios mientras nos asaltaba por todo
lado el aroma de los arrayanes y pasa, amor, y me guió hasta
la sala, me hizo tomar asiento en un sofá, se sentó a mi lado,
me acarició las manos, el rostro, me alisó el cabello, me arregló
la corbata, me dio una mirada panorámica para saber si estaba
presentable, le dije, se rió y me dijo voy a anunciarles tu visita.
Su padre me mostró desde el comienzo un rostro hosco
pero su madre procuraba sonreír, aunque me sentí inclinado
a no creer en la sinceridad de su sonrisa, me puse de pie y los
saludé dándoles la mano y Eudora tomó asiento en el mismo
sillón de antes pero un poco más alejada de mí y ellos en poltronas acolchadas con tapices de flores brillantes al viejo estilo
dejando como barrera la mesita de centro adornada con flores
frescas. Los miré, intenté sonreír, hacerme amable, pero en ese
ambiente repentinamente congelado por su presencia, como
si se tratara de personas que recién habían llegado de un país
desconocido, decidí no demorar más y estoy muy contento de
poder conversar con ustedes, señor, señora, dije mirándolos
alternativamente, mientras mis manos cruzaban sus dedos,
el padre ponía una mano ante su boca y la madre anudaba

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El hombre que se fue

sus manos en el regazo y ambos me miraban fijamente, y les
agradezco el haberme recibido hoy porque pienso que en este
momento voy a dar el paso más importante de mi vida, de este
periodo de mi vida que comenzó cuando conocí a Eudora, a
quien amo entrañablemente, y por eso, vacilé, sentí mis manos
húmedas, por eso me he permitido venir ante ustedes para
pedirles muy respetuosamente que me hagan el honor de concederme su mano, porque tenemos la intención de contraer
matrimonio y formar un hogar para cuya construcción haré
todo lo posible, hice una pausa, no soy un hombre actualmente rodeado de grandes comodidades porque nunca he querido
estarlo por mi natural forma de ser y porque para mí solo no
necesitaba más de lo que tengo, me habitué a no tener grandes cosas porque me interesaban muy poco las cosas materiales y lo más importante que existía en mi vida era mi trabajo,
provengo de un hogar muy modesto, cuya madre se sacrificó
desde cuando yo tenía pocos años pues se quedó sola ante la
muerte de mi padre, para que yo pudiera estudiar y ser algo
en la vida, como me repetía constantemente, y murió lamentablemente antes de que yo pudiera ofrecerle algún fruto de mi
trabajo, yo mismo aprendí a trabajar desde muy temprano y
a saber lo que son las necesidades a que nos enfrenta la vida,
por lo que me propuse no volver a sentirlas nunca y al presente no las siento, pero creo que con mi nueva responsabilidad,
junto a Eudora, la miré y estaba intensamente ruborizada y
sonriente, emocionada, pensé, porque ahora conocía algo de
mi vida anterior que no le había contado, a la que espero hacer
feliz para siempre, proseguí, continuaré esforzándome, porque viviré únicamente para hacer que sea dichosa y de pronto
sentí que ya no tenía nada qué decir, pero la mirada de los tres
resultaba aplastante y solo reiteré por eso estoy aquí, y es la
única vez que lo he hecho en mi vida, para pedirles nos den su
bendición y podamos unir nuestras vidas para conseguir una
felicidad común.
Y esperé cuatro siglos mirando los dibujos de la alfombra, con los dedos entrecruzados, sin atreverme a mirarlos de

167

Luis Eduardo Podestá

frente porque yo mismo estaba emocionado a la espera del
momento en que me levantaría, gritaría de contento y abrazaría a Eudora hasta el cansancio, y no quise que ellos se enteraran de mi impaciencia y antes de que pudiera levantar los
ojos escuché la voz del padre no sé si usted sabe que no es
bienvenido a esta casa, me quedé cojudo, sorprendido, anonadado, no supe qué hacer, levanté lentamente la cabeza para
mirar el movimiento de sus labios y solo por el inmenso amor
que tenemos por nuestra hija y porque tenemos muy en alto
el sentido de la hospitalidad, hemos aceptado recibirlo, pero
no creemos que usted sea la persona adecuada para ella, para
quien deseamos lo mejor y una felicidad sin manchas que le
permita mantener y continuar su vida en la forma que nos enorgullezcamos de ella para siempre y nos permita a nosotros
una vejez tranquila y sin preocupaciones al saberla bien cuidada, dueña de un hogar que le conquiste el respeto de todos
los que la rodean, de modo que sepa usted que no estaremos
jamás de acuerdo en una alianza con alguien que no conocemos, vi los ojos de Eudora mirando el suelo, vi sus manos retorcerse, en un instante volvió la cabeza hacia su padre como
pidiéndole basta, que acabara todo lo que estaba diciéndome,
vi que miró a su madre en busca de ayuda, pero ni él ni ella
la miraban, me sentí horrorosamente incómodo, y en consecuencia nunca daremos nuestro consentimiento ni nuestra
aprobación al pedido que acaba de hacernos, y cayó el silencio
total, absurdo, que me lanzó a un torbellino de terribles ruidos
en los oídos, pero decidí mantener lo que podía de mi calma,
miré a Eudora que me dio una mirada desesperada, me puse
de pie, miré a su padre, a su madre que se mantenía en la misma posición de estatua de la resignación o la impotencia con
los ojos clavados en el suelo, bueno, murmuré, creo que eso es
todo lo que tenía que decir y todo lo que tenía que escuchar,
Eudora se levantó, te acompaño hasta la puerta me dijo su voz
temblorosa, yo pronuncié un buenas noches señor, señora y
me encaminé como un zombi hacia la salida, bajé los dos escalones que seguían a la puerta encristalada y mis pies cayeron

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El hombre que se fue

en el sendero de cemento rojo a cuyos lados prosperaban los
macizos de arrayanes que lanzaban su aroma, indiferentes del
bien que hacían a todas las cosas que los rodeaban y hacia mí
que me sentía el ser más miserable del mundo, percibí la presencia de Eudora a mis espaldas, puse una mano en la reja de
la calle, me volví, la miré me imagino con una expresión de no
ser nada, no sé para qué he venido, dije sílaba por sílaba, no
sé cómo he podido resistir tanta ofensa en tan pocas palabras,
¿me trajiste para esto?, le pregunté en un susurro aunque tenía
deseos de gritar, patalear e insultar, no, no, Eudora movió la
cabeza angustiada, sus manos habían tomado su rostro por
asalto y lo apoyaban como si se le fuera a caer al suelo, ¿qué
se cree tu padre?, pregunté mientras sentía que mi desconcierto se convertía en rabia, qué me ha creído a mí, por favor,
dijo, cálmate, no voy a calmarme, proseguí, porque nadie me
ha hablado jamás en esta forma y menos una persona que no
sabe nada de la vida ni de su hija ni de lo que pasa ante sus
narices, y ella reaccionó, no hables así de mi padre, dijo, puedo
hablar lo que quiera porque él ya habló todo lo que le dio la
gana de mí, ¿no me cree lo suficientemente bueno para ti, para
su bebita adorada a la que quiere ver junto a algún pituquito
sin carácter, adornado de plata y residencias, caballos en el
hipódromo y chacras en el valle?, está bien, dijo ella, mi padre
quiere lo mejor para mí, entonces quédate con lo que él cree lo
mejor para ti, sí, me respondió colérica, lo conseguiré y tú no
serás jamás necesario en mi vida, salí y a los cuatro pasos sentí
que la reja se estrellaba con estrépito, había tenido su geniecito
la niña, me dije con sarcasmo y bien lo tenía guardado y me
enfrenté con la noche llena de luna que se burlaba desde todas
las esquinas de la tierra y desde todas las estrellas que el cielo
me mostraba.
Estaba tan furioso que quería destruir cuanto encontraba a mi paso, di puntapiés a unas piedras que encontré junto
a un poste, entré en un restaurante en la plaza Maita Cápac y
pedí una cerveza, me serví un enorme vaso y lo bebí sin respirar, luego me serví un segundo vaso ante la mirada de sorpre-

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

sa del mesero que me atendió y vacié la botella en tres minutos
y pedí otra, pero entonces me impuse calma, dije salud, reverendo cojudo, por qué tenías que pensar que en este momento,
este mes y este año ibas a ser feliz e iba a ser posible acabar con
tu soledad permanente y me exigí tienes que calmarte y no
cometer ninguna huevada de la cual tengas que arrepentirte ni
vayas a comenzar por emborracharte para anular el recuerdo
de ese amor que creíste iba a ser el comienzo de la eternidad,
te lo mereces, por iluso, por desubicado en este mundo, a pesar de toda tu experiencia periodística y de hombre que ha
visto lo mejor y lo peor en que la sociedad se revuelca día a día
y salud, traté de reconciliarme conmigo mismo a la mitad de la
segunda botella y recién miré las mesas con manteles azules y
blancos superpuestos de modo que formaban un gran rombo
al centro y triángulos en las esquinas, plantas de sombra en
las esquinas, un reloj que marcaba las ocho y treinticinco y un
gran ventanal a través del cual se miraba el enorme parque,
sus postes que chorreaban luz sobre los árboles y los jardines,
procuré calmarme, debes tomar todas las cosas con calma, me
dije, y recién bebí lentamente, gustando cada sorbo, el contenido de medio vaso, miré el vaso de figura alargada y elegante,
recordé los vasos que el camanejo había puesto para la fiesta
de la búsqueda del alma gemela y pensé que este era también
tan fino y elegante como aquellos y no merecía la pena desperdiciar su presencia en un lugar tan limpio y luminoso, con una
actitud parecida a beber rústicamente de un balde de latón,
sonreí para mí mismo, y salí después a la noche que se había
enfriado exageradamente, di una vuelta por la plaza, por los
mismos senderos que con ella recorrimos tantas veces y luego
me fui a mi cuarto a mirar los árboles del parque de San Antonio en cuyas copas aparecía insistente, hermoso e inalcanzable
el rostro de mi amada Eudora y me dije si me ama realmente,
mañana estará otra vez aquí, abrirá la puerta con su llave y me
dirá hazme un sitio en tu cama.
Pero no vino al día siguiente ni otros días.

170

L

a veía en toda parte, como si su rostro hubiera
sido grabado en la ciudad entera, los árboles de los parques
y los jardines de las avenidas para emerger cada vez que yo
pasara cerca de ellos, y no supe qué hacer porque me había
acostumbrado tanto a ella que me resistía a ir a mi cuarto y
cuando llegaba a él me echaba en la cama con los ojos pegados
en el techo y los oídos pegados a la puerta para escuchar el
sonido de sus pasos y la forma que me imaginaba tan especial de girar la llave en dos tiempos después del silencio que
hacía cuando se detenía en la puerta, al final del pasadizo en
que sus tacones provocaban un eco que resonaba en mis oídos y recuerdos. Pero el techo no me decía nada y su silencio
duraba horas enteras hasta que me daba frío, me levantaba
y me ponía ante la máquina para escribir algo, pero todo se
resistía a ser cierto y solo las copas iluminadas de los árboles
del parque llegaban hasta la ventana para que yo las mirara

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Luis Eduardo Podestá

y las convirtiera en sus ojos, sus labios, su ternura y hallé un
nuevo encanto en vivir en la oscuridad para no verla, me decía, o para verla con una insistencia mayor como comprobaba
cada vez que entraba en el cuarto de baño–tocador–cocina,
donde veía su imagen desnuda bajo el chorro de la ducha y
yo bebía el agua de sus senos como una lluvia bendita que me
liberaba de todos los pecados y todas las fatigas. Escribí su
amor fue como un bálsamo sobre la soledad abierta y dejé la
frase flotando en una carilla que una noche arrugué y arrojé al
tacho de la basura, cuando repentinamente me enfurecí y destruí varias hojas garabateadas a bolígrafo, las que escribí en la
Underwood, corregidas, tachadas y descalificadas, me prohibí
pensar en ella, prohibición desacatada porque aquello era algo
que solo podía hacer cuando me encontraba en la redacción y
me ganaban la fiebre del trabajo, los problemas cotidianos que
nunca eran los mismos y que siempre exigían una solución
rápida, nueva e imaginativa, que saliera a toda velocidad a algún lugar de la ciudad o de las afueras y regresara del mismo
modo a escribir la información lo más rápidamente que pudiera para que pudiera entrar en la edición, porque en el fondo de
mi mismo sentía el temor palpable, cierto e inminente de que
apenas dejara de ocuparme en algo, su imagen se instalaría en
mi cerebro, ante mis ojos y su voz tierna, a veces un susurro,
empezaría a acariciar mi oído.
Nuevos titulares llenaron los periódicos cada mañana
y un día su rostro se borró de los árboles del parque de San
Antonio de donde vi salir kukulis, en medio del frío que yo
sentía desde la ventana, donde ella debía estar, asustadas por
el ruido de los cohetes y los brillos multicolores de los fuegos
artificiales y me odié a mí mismo por no haberla invitado a
compartir conmigo desde las ventanas de mi cuarto, esta fiesta
que subía desde el parque, donde cientos de personas transitaban, cantaban y reían y me maldije por estar tan solo, por no
haber sabido aplicarle a mi soledad un tratamiento en todos
los años de la vida que había vivido inútilmente, insulsamente, y me sentí un fracaso porque, me decía, en estos años debía

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El hombre que se fue

haber tenido, como otros de mi generación, una enorme casa,
un automóvil, una cuenta bancaria que no te permitiera las
más ligeras privaciones y los días y las noches pasaron sobre
aquella semana en que varias veces fui a pasear por la avenida
Goyeneche cerca de su casa con la vana esperanza de verla, de
encontrarme con ella por una de esas casualidades que la vida
tiene a veces en cada esquina pero que a mí no me tocaron en
ningún momento y alguna vez me pareció ver en la iluminada ventana del segundo piso, donde yo sabía que estaban los
dormitorios, la imagen amada y mi corazón dio varios saltos
de emoción y me pregunté qué pasaría si en ese momento llegaba a su puerta, tocaba el timbre y le decía soy yo, simplemente, he venido a buscarte porque no puedo vivir sin ti, pero
descarté de inmediato esa idea por descabellada, humillante
e impracticable y porque me dejaría como el mismo crédulo cojudo que había sido siempre y que tenía la idea de que
algo hermoso podría ocurrir en este mundo que nunca había
sido tan sombrío como ahora y deseaba a toda costa volver a
mi vida anterior, decirme que el sueño se acabó como se acaban todas las buenas funciones de circo y las buenas películas
aunque uno quisiera que duraran todo el tiempo y la vida me
dije, está llena de capítulos que terminan cuando se escribe la
palabra fin, y que debía volver por las noches a los burdeles
miraflorinos, donde ahora tenía quizá a quién buscar y donde
todas las noches reinaba la alegría, pero sabía que todo lo que
hacía y sentía mantenía un hilo de esperanza en que un día mi
vida volvería a iluminarse con su imagen a mi lado.
Los gringos vinieron a despedirse el miércoles de la
semana siguiente y me dijeron si podía llamar al viajero extraterrestre para saludarlo y despedirse, sí, les respondí, por
supuesto y marqué su número, los señores Franklin Dickman
y Jacquelyn Jackson querían despedirse de él y agradecerle
las atenciones que les había dispensado, y les había permitido
terminar adecuadamente su trabajo, diles que se vayan a la
mierda no más, respondió de mal humor, estoy dedicado al
arte, me reí, oye, le dije en voz baja, no seas cojudo ni malcria-

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Luis Eduardo Podestá

do como buen camanejo y atiéndelos, nadie debe dejar nunca
cerrada totalmente ninguna puerta y aceptó hablar con ellos,
brevemente con Dickman y un poco más con JJ quien sonriendo le dijo en cierto momento, oh, qué bien, es una buena
terapia para la tensión, sobre todo después de los momentos
que usted ha debido pasar, rió un poco, escuchó con atención
otro poco, anotó algo en un cuadernito que siempre llevaba
consigo, no sabe cuánto le agradecemos su gesto, se despidió
y quiere hablar con usted, dijo finalmente al entregarme el teléfono, no sé qué te ha pasado pero si quieres venir por aquí
tengo algo que mostrarte, de paso, y no te atrevas a decirme
que no, comeremos unos camarones, la señora Josefita ha preparado con sus propias manos un chupe como ella sola sabe
hacerlo, ¿sí?, respondí y pensando en mis días de soledad, me
dije no estaría mal relajarme en Yanahuara, mirando la huerta
desde la glorieta, gracias, le respondí sin vacilaciones, estaré
a la una de la tarde, tengo poco trabajo para la tarde y pienso
que podré esquivarme fácilmente, qué bien, yo creí que me
ibas a mandar a la mierda por pesado, me dijo, y colgó.
Los gringos me dieron la mano, me dejaron sus tarjetas
y las direcciones de sus oficinas y residencias y horas en que
los podría llamar alguna vez que necesitara algo de ellos y yo
las acepté con mucha cordialidad, aunque pensé que nunca en
la vida iba a tener que llamarlos, salvo error u omisión.
Cuando me dejaron miré el teléfono y me dieron unas
ganas horrorosas de marcar un número pero me resistí uno,
dos, tres minutos, me fui del escritorio a mirar el jardín donde
una madreselva había invadido la reja de una gran ventana de
la redacción, pero cuando volví el teléfono continuaba mirándome, así que marqué el número y escuché su dulce voz, solo
un instante porque enseguida mismo colgué el fono, me maldije, me mandé a la mierda repetidas veces y de pronto sonó el
timbre, pensé que era el camanejo para decirme que vendría a
buscarme como lo había hecho siempre pero era su voz, la voz
de ella, la adorada voz de Eudora que dijo hola, eres tú, sí, le
contesté mientras un escalofrío recorría mi columna vertebral

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El hombre que se fue

y me enfriaba hasta la punta de las uñas, ¿llamaste tú hace un
instante?, preguntó y prosiguió porque alguien lo hizo y cortó
de inmediato, no, le mentí, ¿tenía que hacerlo?, pregunté con
una crueldad que no sé de dónde me salió, no, por supuesto
que no, replicó ella y tiró el teléfono en mis oídos y me quedé mirando las hojas verdes de la madreselva pegadas a los
hierros de la ventana y el dolor que en los últimos días había
sentido volvió a apoderarse de mi pecho, me atravesó la espalda, me llenó de humedad los ojos, porque, pensé, en aquel
momento había acabado de mandar definitivamente al cesto
de papeles el único amor que tuve en mi vida y había pisado
la cola al diablo al provocar aquella escena en un comportamiento que nunca tuve y me lancé a la cara la acusación estás
muerto, ¿por qué te suicidas?
El camanejo me esperaba en la glorieta vestido como
pintor, con una paleta en la mano en que preparaba óleos,
frente a un caballete en que había un lienzo, ¿recuerdas que
en el colegio era un dibujante muy regular?, me preguntó a
modo de saludo, y como yo me quedara silencioso tanto porque lo que acababa de ocurrir en la redacción cuanto descubrir al pintor Abelardo Machuca Mestas me habían dejado totalmente impresionado, él prosiguió ahora que tengo todo el
tiempo del mundo, quiero dar rienda suelta a mi vieja afición
por la pintura, se apartó, mira, acabo de comenzarlo, me mostró el lienzo con trazos incompletos, pero donde se adivinaba
un trozo del retorcido sendero de tierra que se perdía en el
fondo de la huerta, bordeado por unos cuantos añosos árboles
y parte de las parras agarradas a los armazones de carrizos,
que mostraban hojas verdes y hojas muertas de color marrón
claro bajo el sol de una naciente tarde, qué bien, comenté solo
para no quedarme callado porque al ver los primeros trazos,
había encontrado cierta similitud en los de alguna pintura que
había visto hacía no sé cuánto tiempo ni en qué lugar, pero admiré el hecho de que el modelo natural que utilizaba, era del

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Luis Eduardo Podestá

todo original, este trozo de huerta está lleno de sentimiento, le
dije, me gusta mucho, ojalá que la pintura promueva la misma
emoción cuando la vea terminada.
Lo felicité con sinceridad y cuando di la vuelta vi dos
platos de humeante caldo rojo, de donde emergían los hilos
también rojos de las antenas de los camarones, ¿no te dije que
la señora Josefita se mueve como un ángel y nadie la ve?, dijo
orgulloso y contento de las frases que yo había pronunciado
acerca de su obra, porque me creía y creo que muchos también
lo creían, que como periodista era un buen crítico de arte, pero
yo sabía que eso era una enorme exageración.
Nos sentamos, de pronto aparecieron dos botellas de
cerveza en la mesa y yo no había visto al ángel que las puso,
me serví generosamente y le serví al camanejo, salud, hermano, le dije y apuré mi vaso hasta el fondo, pero cerré los ojos
para no ver a través del cristal ningún rostro que me entregara
a la depresión que veía llegar desde hacía varias semanas y
esta tarde con mayor razón, reflexioné y carajo, traes una sed
de la gramputa, comentó el anfitrión, pocas veces te he visto
tomar así, disculpa que no te invite vino como la gente fina
acostumbra regar los camarones, a mí me cae mal el vino con
este manjar, le dije, prefiero regarlo según mis sanas y antiguas
costumbres, y luego hablamos de mil cosas diferentes, recibí
un sobre con la devolución del dinero que repartí a las chicas
el miércoles del concurso, dijo mientras golpeaba una enorme tenaza de camarón con el puño sobre la mesa, se preguntó
quién podría ser, me miró, ¿no se te ocurre quién podría ser?,
me hice el sordo y no respondí, más preocupado por separar
las colitas de camarón de las cabezas, para preparar el banquete final sin tener que pelarlas una por una, pero insistió, ¿me
juras que no tienes nada que ver en la devolución de ese dinero?, lo juro, respondí levantando la mano derecha que sostenía
la cuchara, me miró, resulta altamente sospechoso que alguna
de las chicas, que se supone vinieron en busca de trabajo y de
dinero porque lo necesitaban, haya tomado la decisión de devolverlo en una actitud muy digna, pero que me ha provocado

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El hombre que se fue

un dolor de cabeza, quisiera saber quién fue, hizo una pausa,
por lo menos para felicitarla por su gesto, salud, le dije antes
de apurar la cicuta que comenzaría mi envenenamiento de esa
tarde y esa noche, y él, como hablando consigo mismo algo
le pasa a este cojudo, y se llevó el vaso a la boca, me dijo que
Arn conocía este mundo mejor que todos nosotros juntos y
que lo único que le faltaba era radicarse en cualquier sitio para
llegar a ser presidente, pues en su conversación de ayer, por
ejemplo, le había hablado de la forma en que se puede lograr
el bienestar de la gente desde el gobierno, sin que se exija el
sacrificio de su dignidad con dádivas ni con la afrenta de un
canje de votos por donaciones ni limosnas o una improbable
comodidad y mejoramiento de la vida efímeros, pero yo miraba hacia el jardín y escuchaba la mitad de su conversación
porque la mitad de mi cerebro estaba en un segundo piso de
la avenida Goyeneche, en un segundo piso del parque de San
Antonio y varias calles y parques de la ciudad y aquí mismo,
me dije volviendo la mirada hacia el camino enladrillado que
conducía de la glorieta donde estábamos al servicio higiénico donde le ofrecí a Eudora una sal efervescente para librarla
de los efectos de la cerveza aquella tarde, te estoy hablando,
mierda, escuché en mi oído, en qué estarás pensando, seguro
me preparas alguna pendejada que mañana aparecerá en el
periódico sin que yo me dé cuenta.
Luego preguntó si los gringos que ya deben estar viajando en ese avión, señaló al cielo de donde llegaba el ruido
del aparato, no insistieron en conocer su identidad y le respondí que no, pero que me había extrañado que JJ anotara
algo que él, el profesor Abelardo Machuca Mestas, le habría
dictado por teléfono, ah, rió, se trata del nombre del hombre
del videofono, de Arn, me preguntó si ya que no podía saber
mi nombre debido a que el señor periodista tenía en alta estima el valor de la confidencialidad de sus fuentes, por qué no le
decía algo más sobre el personaje que me habló en la nave y le
dije solo que dijo llamarse Arn, ¿Arn?, preguntó ella, ¿cómo se
escribe? y le dicté las tres letras con las que creo que se escribe

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Luis Eduardo Podestá

el nombre del marciano, ¿será así?, me preguntó, yo me alcé
de hombros, no sé, tú debías saberlo mejor y con el avance de
la tarde la conversación languidecía y entramos en algunos
tramos de silencio de los cuales no sabíamos cómo salir
–¿Te gustaría que busquemos a Ruth? –preguntó sorpresivamente–, ¿o a Carla?
Lo miré ¿y por qué no a Fredes? ¿o a Rubí?, ellas faltan
en la lista de visitas, también Eudora, dijo con sorna, puedes
ir, le dije pero te soltarán los perros y mañana asistiremos al
sepelio de un camanejo que se equivocó con la gente que decía
o creía conocer, ah, grandísimo pendejo, me lanzó a través de
la mesa, la defiendes, no quieres que vayamos porque la quieres para ti, ya vi a los dos tórtolos en la conferencia y luego
cuando los dejé, el tierno beso de despedida que se daban en
la puerta de su casa, je, je, je, esperé que terminara de reírse,
puedes irte a la gramputa que te parió, le aventé en la cara aún
sonriente, oye, un momento, no te permito, se levantó furioso
o fingiendo estarlo, dio la vuelta a la mesa, se me acercó y
pasando de la furia a la sonrisa, me dijo conciliador algo te
pasa, mierda, y no quieres contarlo, pero ya lo sabré, tarde o
temprano me lo dirás, ¿verdad?, ahora vamos a pasear en la
camioneta.
Salimos. Rubí vivía en Alto Selva Alegre. No ubicamos
su casa con facilidad y debimos preguntar a algunos vecinos,
que al final nos indicaron una casa de fachada azul, la tienda
nueva, dijeron y fuimos a la tienda nueva y en cuanto nos vio
descender de la camioneta agitó la mano con alegría, señor
Machuca, saludó a gritos, se acercó y lo besó en la mejilla, hizo
lo mismo conmigo y nos invitó a pasar a la trastienda, donde
había un montón de sacos de productos, preguntó si nos servíamos algo, danos una cervecita, linda, rogó el camanejo y
ella apareció con una botella y un vaso, se sirvió a sí misma y
salud con usted, se dirigió al camanejo, bebimos por turnos,
interrumpidos a veces por la atención que ella debía prestar a
los clientes que llegaban por una bolsa de detergente, jabones,
kilos de arroz o azúcar, galletas, en fin, regresaba y si veía que

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El hombre que se fue

la cerveza se agotaba, traía una nueva que ponía en una mesita
ante la que estábamos sentados en banquitos, bebía con nosotros, y para acompañarnos se sentaba en otro banquito desde
donde podía ver si alguien entraba en el almacén, y en un momento, con el vaso y la botella en la mano, yo lo bendigo, señor
Machuca, gracias a usted pude instalar este negocito, hace una
semana lo abrí y hasta ahora no me quejo, me va bien, cómo no
te va a ir bien, amor, si solo verte es un premio para quien venga a comprar, la piropeó el camanejo, gracias, se ruborizó ella,
si lo que parece mentira es que no haya gente formando cola
para poder admirarte, añadió el benefactor y se rió a carcajadas como si hubiera hecho el mejor chiste de la temporada, je,
je, reí por compromiso, le pasó la botella, contó que tuvo a su
hijita a los diecinueve años, se llama Esther, Esthercita, y ahora va a cumplir diez, no tardaría en llegar del colegio, debe ser
una belleza como tú, es linda, dijo tímidamente, y muy inteligente, no preguntamos nada pero ella quiso decirnos no vivo
con su padre, nos separamos poco después de que ella naciera,
miraba arrobada a Abelardo, ese sobre, dijo bajando la voz,
ese sobre fue mi salvación, he buscado trabajo en treinta sitios
durante los últimos años, solo me aceptaban por unos meses,
me pagaban el sueldo mínimo y a nadie le alcanza ese dinero,
se dolió, pienso que este negocio va a prosperar y cuando lo
logre haré una gran fiesta y ustedes serán los primeros invitados, qué buena obra hiciste, amigo, le dije al camanejo en un
momento en que ella nos dejó solos.
Tres cervezas después intentamos despedirnos, pero
ella se opuso, estoy preparándoles algo de comer, dijo, movió la cabeza preocupada, no me dejen así, es un platito muy
modesto, no tardará más de quince minutos, nos miramos, no
podíamos hacerle eso, para ella era muy importante que comiéramos lo que había preparado, y aunque estábamos reventando de camarones y cerveza, juramos hacerle los honores
aunque muriéramos de una indigestión, lo que es improbable
porque nunca la comida ni la bebida nos han caído mal, ¿verdad, hermano?, es verdad, hermano, respondí, salud.

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Luis Eduardo Podestá

Media hora más tarde aparecía con enormes, gigantescas fuentes porque ellas no podían ser llamadas platos, llenas
de chuletas de cerdo igualmente gigantescas, adornadas como
en una película en tecnicolor con papas doradas y una ensalada de lechuga verde, rodajas de tomate y cebolla, trajo con
ella a su mamá, una señora gordita y pequeña, de quien dije
Rubí había heredado la belleza y su bondad, nos saludó como
a reyes llegados de un planeta lejano, quiso besarle la mano
al camanejo, pero él no se lo permitió, la abrazó y le dijo, ya,
ya, mamita, Rubí trajo más cerveza, le invitó un traguito a su
mamá, que le dijo salud al camanejo, así tenía que ser, dije
gozoso ante la sencillez de esta familia que trataba de ponerse
a flote y luchaba como millones de otras para esquivar el flagelo de la miseria que, también en millones de ocasiones, era
la causa de su perdición y su caída en la degradación, de la
que yo era cotidiano testigo y por ello me conmovió el hogar
de Rubí, la bella Rubí que había acudido a intentar ser alma
gemela de un gramputa como mi amigo, el camanejo, porque
pensaba que en esa forma, el porvenir de su familia estaría a
salvo, pero que no esperó el final del concurso para desilusionarse o saltar de contento ante lo desconocido sino que, con
pragmatismo real y oportuno, invirtió la propina que el camanejo puso en el sobre secreto, en crear y levantar este pequeño negocio que yo deseaba de todo corazón alcanzara todo
éxito, progresara realmente para beneficio de Rubí, su hijita
y su mamá y ahora nos tocaba despedirnos, con mucha pena,
dijimos a Rubí y a su mamá, una tarde cualquiera vendremos
a quedarnos más tiempo, prometimos y cuando el camanejo
se metió la mano al bolsillo para pagar la cuenta, Rubí casi
sufrió una crisis nerviosa, no, cómo se le había ocurrido, Dios
mío, que no la ofendieran de tal modo porque todo lo hermosa
que había sido esta tarde se perdería en la forma más indigna,
tuvimos que acallarla con ruegos y abrazos y hacerle prometer
que la próxima vez, sin atenuantes ni disculpas, le pagaríamos
la cuenta, porque esto es un negocio y no una beneficencia que
tenga que invitar a los amigos y el camanejo se despachó un

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El hombre que se fue

discurso sobre la forma en que había que llevar los negocios
grandes y pequeños para que cumplieran el objetivo de proporcionar bienestar a quienes los poseen hasta que finalmente
Rubí dijo tiene que haber próxima vez, dijo, y les prepararé un
plato que recordarán toda su vida y entonces sí aceptaré que
me paguen, pero hoy de ninguna manera, no y no.
En el camino me atreví a anotar, a riesgo de provocar
la furia del camanejo, creo que acabamos de dejar a tu alma gemela, a la que debe ganar el concurso y él calló durante varias
cuadras mientras la camioneta rodaba por la calle principal de
Alto Selva Alegre con el motor apagado, y solo cuando dio la
vuelta para tomar el puente de la avenida Progreso que conectaba ese sector con Miraflores, dijo aún es temprano para pensar en eso, pero no debe descartarse esa posibilidad, y como
me extrañara su silencio estás muy serio, mierda, dije, ¿dónde
dejaste tu buen humor?, en esa casa, respondió, me conmovió
y en señal de respeto a su probable deseo de meditación yo
también callé. Me dejó en mi casa a las ocho de la noche y no
supe qué hacer, hice un paseo por el dormitorio que duró miles de vueltas y revueltas, detenido a veces frente a la ventana
y cuando vi las diez en mi reloj, decidí acostarme y dormir
aprovechando la relajante, adormeciente cantidad de cerveza
que traía. Dormí profundamente, sin ensueños, como en un
túnel donde nada existía, pero desperté a las dos de la mañana con mucha sed, fui hasta el baño, llené un vaso de agua
hasta el borde y bebí como si hubiera encontrado un oasis en
el desierto más cruel y caluroso y volví a la cama, pero ya no
pude dormir, hasta cuando los gallos comenzaron a cantar, las
campanas de la iglesia llamaron a misa de seis y observé uno
a uno los pasos que la mañana daba minuto a minuto antes de
invadir el mundo.
El jueves siguiente al mediodía fuimos a buscar a Fredes, cuya dirección señalaba una calle de Mariano Melgar, en
una transversal de la avenida Argentina en las cercanías de

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Luis Eduardo Podestá

la plaza Umachiri, creada y llamada así en homenaje a aquel
lejano lugar donde Mariano Melgar el poeta, prócer de la independencia, autor de los versos de melancólicos yaravíes,
había sido fusilado por los españoles en 1815, después de caer
prisionero en una batalla durante la rebelión de Mateo Pumacahua contra el virreinato español que vivía sus últimos años
en América del Sur.
Desde las cercanías del hospital Goyeneche, fuimos siguiendo a un microbús en cuyo parabrisas una inscripción señalaba que la avenida Argentina era su ruta. Además, Fredes
tuvo la precaución de anotar casa azul de dos pisos, frente a
dos sauces llorones, de modo que después de un par de vueltas, llegamos a su barrio cuyas casas eran todas muy bonitas,
de uno o dos pisos con jardines coloridos de retamas, rosas,
claveles y arbustos, buscamos su dirección y preguntamos por
ella. Los sauces dejaban caer una húmeda cera que bajo las
pisadas de la gente había creado una cubierta oscura sobre
la vereda de cemento. Fredes salió hasta la reja del jardín, se
sorprendió, no creí que vinieran, dijo, nos besó en la mejilla,
nos invitó a pasar, escuchamos voces de niños y mayores, que
probablemente estaban sentados a la mesa, pasemos por aquí,
nos guió hasta una sala arreglada con buen gusto en una de
cuyas esquinas había una computadora encendida, estaba trabajando, dijo cuando nos detuvimos a observarla, esto es lo
que debías adquirir, le recomendé al camanejo, le hice varias
preguntas sobre los programas que manejaba y ella respondió
fluidamente, la felicité, eres capaz de convertirte en una eficiente secretaria moderna, la elogié, ya soy secretaria, afirmó,
tengo mi título, pero solo hace unos meses me puse a aprender
computación y mis hermanos compraron esta máquina en la
que hago algunos trabajos que ellos me traen o que yo consigo. Nos contó que trabajó en una empresa dedicada a la venta de papel y artículos de escritorio, cuyo dueño, ¡ay, señor!,
intentó varias veces atacarme, la miramos, es que eres muy
linda, Fredes, le dijo el camanejo, pero él no tenía derecho a
portarse así, reaccionó, claro que no, dije yo, pero esos tipos

182

El hombre que se fue

abundan en el mundo, un segundo, pidió permiso, y salió
para volver con tres vasos de gaseosa mientras nosotros observábamos las cifras y cuadros de contabilidad que brillaban en
la pantalla, tú podrías ayudarme a llevar mis cuentas, le dijo
el camanejo, encantada, respondió sonriente, será, prosiguió
el camanejo, un ingreso fijo para ti porque debo actualizar mis
libros cada quince días por lo menos, qué tal conchesumadre,
pensé de inmediato, yo nunca supe que llevara libros de contabilidad en sus operaciones comerciales y como si adivinara
mi pensamiento añadió yo nunca he llevado libros pero creo
que es el momento de hacerlo y ella preguntó cuándo podía
ir a conversar con él a Yanahuara y Abelardo Machuca Mestas
cuando quieras, guapa, después de todo tenemos pendiente
el certamen en que tú eres finalista, sí, señor, sonrió coqueta,
usted dijo que iba a salir con alguna de las chicas, ¿llegó a
hacerlo?, hasta ahora no, respondió el camanejo, solo hemos
hecho algunas visitas muy cortas como esta, pero todo llegará
a su tiempo, respondió, y bebimos la gaseosa, hablamos de
unas cuantas cosas, ella contó que vivía en esa casa con su familia, constituida por su madre y sus dos hermanos casados,
quienes trabajaban para empresas diferentes en el centro y le
habían dado tres sobrinos, dos mujercitas y un hombre de tres
años en la actualidad.
Parecía estar feliz con nuestra visita, ¿estás de novia?,
le preguntó repentinamente el camanejo, ella se sorprendió,
no, dijo después de un momento de silencio, estuve, eso sí,
hasta hace unos seis o siete meses, ah, fue el único comentario
del buscador de una alma gemela y poco después nos despedimos y al dirigirnos lentamente hacia la ciudad, me dijo
ya no nos queda hoy ninguna visita por hacer, con un tono
de deber cumplido, como si se hubiera completado una etapa muy importante del certamen que había convocado para
conseguir una amante, esposa, compañera o lo que fuera, se
detuvo frente a un restaurante en cuya vereda habían instalado una parrilla y cocinaban anticuchos, pancitas y otras vísceras, junto a papas doradas que emitían un aroma que se olía

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Luis Eduardo Podestá

desde lejos, ordenó dos porciones grandes, realmente grandes, recomendó a la muchacha que acudió a atendernos, sacó
una libretita del bolsillo de su camisa, examinó unos nombres,
con esta visita, dijo como si yo no existiera, quedan Rubí, Ina,
Ruth, Paloma, Fredes, Carla y..., vaciló, Eudora, completé yo,
no, respondió con firmeza, ella está eliminada, quise protestar
pero me callé cobardemente porque en ese momento no supe
cómo defenderla y me pregunté si al no defenderla estaba cometiendo un atentado contra mi propia estabilidad emocional
y si al defenderla iba a dejar en evidencia y a confirmar la relación que habíamos sostenido cosa que no deseaba hacer y
callé, de modo, prosiguió que nos quedan, así dijo nos quedan
y yo repetí ¿nos quedan?, sí, nos quedan, dijo, porque tú eres
parte del negocio, escucha, respondí, he conocido muchos cojudos pero ahora te has graduado además como el rey de los
cojudos, qué mierda tengo que hacer en este negocio, acentué
negocio, tú eres mi amigo, más que mi amigo, eres mi hermano, pero de allí a que tenga participación en tus negocios, hay
un abismo insalvable, nos quedan continuó sin dar importancia a mi protesta, Rubí, repitió, Ruth, Fredes y Carla, porque
supongo que Ina y Paloma se autoeliminaron cuando las descubrimos en el burdel de la Elba, eso sería injusto, ellas tienen
derecho a pertenecer al grupo de finalistas, levanté la voz y
por lo demás ninguna de las condiciones que tú estipulaste, si
las estipulaste alguna vez, se refería a la naturaleza del trabajo
que tuvieran y ni siquiera que las concursantes debían estar
desempleadas, ¿quieres mantenerlas en un grupo con personas decentes, honradas?, interrogó mirándome a los ojos, ¿qué
significa honradas?, mira, lo amenacé, si ellas no están incluidas en el grupo finalista, publicaré que fueron víctimas de una
discriminación por la naturaleza del trabajo y te pondré en
dificultades, por la puta madre, estalló, me quieres complicar
innecesariamente las cosas y yo me dije pensándolo bien, no
tengo vela en este entierro, debo darme por satisfecho por haber conocido a las chicas más bellas de un grupo de treintisiete
y de tener alguna vinculación amistosa con algunas de ellas y

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El hombre que se fue

en el fondo de mí mismo me pregunté si yo también no andaba a la búsqueda del alma gemela que nunca había encontrado y que aproveché el avisito del camanejo para colgarme del
concurso con un interés parcialmente periodístico y en gran
parte personal, aunque yo tratara de disimularlo.
Callé en varios idiomas, trajeron los anticuchos, en
venganza los critiqué, estos anticuchos son una mierda, llamé
a la chica y le dije que los pusiera otra vez en la parrilla porque estaban crudos y mientras el camanejo hacía chasquear
los labios, para mí están bien, y los comía haciendo grandes
aspavientos, yo miraba hacia la avenida por donde cruzaban
cientos de vehículos y me entraron una ganas de ir a la avenida Goyeneche, y arrimarme a un poste para esperar la noche
y ver la luz del segundo piso y me entró una gran tristeza.
Cuando vino la muchacha con los anticuchos recocidos, le alcancé un billete y le dije tráeme dos cervecitas, guapa, le di
una al camanejo que la puso en el piso de la camioneta quizá a la espera de dar cuenta de los anticuchos y yo me serví
un vaso entero y lo bebí ruidosamente, el camanejo me miró
con el rabo del ojo y murmuró algo tiene esta mierda que no
quiere confesar, le dije traga tranquilo y no jodas. Probé mis
anticuchos, estaban resecos como suelas, pero por no quedar
como el cojudo que era me puse uno a la boca y mastiqué con
furia, comí trozos de papas doradas, disimuladamente arrojé
por la ventanilla uno a uno los demás trozos de corazón y al
poco rato entregaba a la azafata el plato vacío y le dije solo por
decir salud, hermano, al camanejo que dejó el plato y se sirvió
medio vaso, con moderación, comentó como para restregarme
en la nariz mi mal humor, salud, dijo y bebió pausadamente.
–Aún es temprano –dijo cuando terminó de comer–,
podríamos ir a Characato a ver la chacra, ¿serías capaz de
acompañarme?
Como no dije nada de inmediato, el camanejo interpretó mi silencio como un asentimiento y encendió el motor
y enfiló por la avenida Mariscal Castilla hacia Characato,
hablaba como nunca, había descubierto que la pintura es un

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Luis Eduardo Podestá

gran remedio contra la depresión y por qué habrías de estar
deprimido tú, pregunté, porque en esta época todos tenemos
algún síntoma de depresión, dijo, y con lo que me ocurrió esa
madrugada que me volvió hasta los cabellos blancos, tengo
no solo derecho a sentirme deprimido sino el deber de estarlo,
añadió con tanta seriedad que me convencí de que me estaba
tomando el pelo, moví la cabeza, no hay caso, estás más cojudo
que de costumbre, dije y prosiguió la música es otro factor de
relajación, según he descubierto, eso no lo has descubierto tú,
eso lo sabe el mundo desde que se inventó la música, calló, de
todos modos, cuando uno se siente deprimido debiera escuchar o hacer música, ¿sabías, me sorprendió una vez más, que
yo estuve un par de años en la escuela regional de música?, ja,
también me vas a contar que estuviste en el seminario y que
estudiabas para sacerdote pero que solo alcanzaste a graduarte de cerdote, le dije con crueldad, pero hizo caso omiso a mi
resentimiento, en serio, estudié piano, pero como abandoné
al poco tiempo, seguro que ya olvidé hasta la posición de los
dedos sobre las teclas, rió, pero un día te demostraré que por
lo menos puedo acordarme de alguna melodía, recuerda que
mi madre era profesora y como maestra de primaria y como
buena profesora le gustaba la música, enseñaba a cantar a los
chicos y a mí también me enseñó lindas canciones, ¿quieres
que cante una?, ofreció y me revolví furioso si lo haces te mando a la mierda y me tiro de la camioneta, amenacé, pero como
él siempre ha sido una mierda que ha hecho lo que le ha dado
la gana aprovechando de su dinero, de su libertad, porque una
cosa es estar solo y otra es ser libre, y en este caso yo era solo
y él estaba libre, se puso a cantar corazón, ya bastante hemos
sufrido, ya la vida nos ha dado, ya, reaccioné, calla, mierda,
calla de una vez, pero él prosiguió muchos golpes corazón, si
hubiera estado en el suelo se hubiera revolcado de risa, pero
estaba al timón del carro, volvía a ser la misma mierda de antes, se lo dije, se detuvo frente a una tiendecita, compró una
enorme botella de agua de Jesús, hay que bajar los anticuchos,
dijo, tenía una botella de whisky bajo el asiento, sacó un vaso

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El hombre que se fue

de la guantera, se sirvió un trago generoso, lo bebió, me entregó el vaso, las botellas y al comienzo me resistí pero vi la
inutilidad de hacerlo, el trago me dio un calor especial, bordeamos el cerro de San Francisco, donde la universidad tiene
un observatorio y seguimos la carretera hasta que dio la vuelta
a la izquierda, entró en un camino lateral de tierra bordeado
por una acequia sobre una de cuyas orillas se alzaba un muro
de piedras superpuestas entre las cuales crecían el pasto, hierbas silvestres y se enredaban texaos permanentemente enflorecidos.
Me gustaron esos muros que parecían vivos, la mitad
grises la mitad verdes con brillantes texaos rojos y anaranjados, formaban imágenes extrañas, indescriptibles, que yo creía
solo uno podría interpretar y clasificar para sí mismo pero que
resistían cualquier interpretación o descripción cuando había
que hacerlo para otra persona porque se convertirían en algo
absolutamente incoherente y confuso debido a que eran algo
personal, único e íntimo y el camanejo, mierda, recuperaste
el habla, nunca había oído hablar en esa forma de esos muros de piedra, nunca me había dignado mirarlos, después de
todo, decía, solo marcan el límite de una chacra y en este caso,
siguen el curso de la carretera, solo por casualidad, pero te
ofrezco fijarme mejor cuando vuelva a recorrer este camino.
Era una linda casita de ladrillo pintada de amarillo,
con techos muy altos como acostumbran a construir sus viviendas los chacareros a quienes les gustan los espacios amplios como el cielo, de un solo piso, rodeada por un patio parcialmente enladrillado cubierto por una ramada de troncos
a los que se anudaban enredaderas secas. Más allá había un
trecho de tierra cruzado por algunas barreras de troncos donde alguna vez se ataron burros y caballos, sembríos de alfalfa
y maíz por todo lado, como una isla en un mar verde, a unos
tres o cuatro kilómetros de la carretera pavimentada. Estaba rodeada por un trozo de tierra árida más acá del muro de

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Luis Eduardo Podestá

piedras y hierbas en el cual, y donde debía estar la puerta, se
había abierto un espacio lo suficientemente ancho para que
entraran vehículos, ven, invitó guiándome hacia otra zona del
terreno donde había un grupo de construcciones de adobe, separadas unos doscientos metros de la casa, Venancio, llamó,
Venancio salió de la casa de adobes, ladraron dos grandes perros chuscos, que saludaron con aspavientos al camanejo, le
lamían la mano y daban vueltas alrededor de él ladrando de
contentos, le apoyaban las dos patas en el pecho, se peleaban
con zalamerías los cariños del dueño de casa, me miraron, me
olieron desde los zapatos hasta la cintura, me miraron con las
caras levantadas, uno se arrimó a mi pierna derecha, ah, rió
el camanejo, te calificó, eres buena gente, los perros conocen
a la gente al primer olfato, y no se equivocan al escoger a sus
amigos, se llaman Vinco y Vinca, ahora solo te queda cultivar
su amistad, Venancio se fue y regresó con un pedazo de pan,
lo partió, haga usted como que come el pan, póngale algo de
saliva y déselo a los perros, dijo y yo lo hice, les puse trozos
del pan en la boca y ellos los tomaron con suavidad, carajo,
me admiré, es la primera vez que doy de comer a un perro en
la boca, Venancio aplaudió, es un secreto, señor, creo que los
perros saben que usted comparte con ellos su pan, nunca le
quitarán su fidelidad ni lo desconocerán, y desde ahora usted
podrá venir cuando quiera sin temor a los perros, y volviéndose hacia el camanejo ninguna novedad, señor, informó, el
camanejo movió la cabeza satisfecho.
Regresamos hasta la casa amarilla, abrió la puerta, entramos en la primera y más grande habitación que se comunicaba con otras dos hacia la izquierda, y a la derecha con una
gran cocina cuya puerta daba al patio interior enladrillado alrededor del cual se habían construido muros de unos cincuenta centímetros que yo juzgué servían a la gente para sentarse,
aquí hay muchas comodidades, era la casa de un chacarero
moderno, tenemos una refrigeradora, electricidad, solo falta
la energía cuando ocurre un sabotaje terrorista, aquí nos preparamos comida y comemos algunos días, dijo, cuando venía

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El hombre que se fue

con amigas, hay un dormitorio cuyas ventanas miran hacia el
campo, al sol naciente, Venancio sonreía, sabía que su patrón
era soltero y libre y sus visitas con compañía femenina no le
extrañaban, además no pocas damas de Characato le querían
echar el guante, pero él no concurría a sus fiestas y reuniones que organizaban durante el año para las festividades de
sus santos y sus cruces de mayo y junio, cuyas celebraciones
se preparaban precisamente por estas fechas, y solo envío mi
contribución en metálico, dijo, eso les agrada pero siempre
la queman en castillos de fuegos artificiales en lugar de comprar pan o ropa o zapatos para los niños y me critican porque
creen que por soberbia no vengo a acompañarlos, y para qué,
hermano, dijo entregándome la botella de whisky, hay lindas
chicas por todo el distrito, muy buenas y sencillas, me hubiera gustado que alguna atendiera la convocatoria al concurso
pero, como viste, ninguna era de Characato ni de Sabandía, ni
de ningún distrito campesino, calló, bebió, la hubiera escogido
de inmediato, completó, bebí un trago y le pasé la botella a Venancio que con una mirada pidió permiso al camanejo, toma
no más, hijo, un trago no hace daño, caminamos hasta el fondo
del patio de la casa, aquí tengo una conejera, anticipó el camanejo, nos acercamos, vi las bellotas blancas y grises de ojos
rojos y negros que saltaban y se empinaban para mirarnos,
el camanejo trató de acariciarlas pero huyeron hacia el fondo
de la cueva, Venancio trajo unos manojos de alfalfa fresca, se
acercaron en tropel, el camanejo atrapó uno con rapidez, me lo
mostró, me lo entregó, sentí la suavidad de su pelo, me gusta,
dije, lo puse de frente ante mis ojos, no baja la vista, dije, es
atrevido, es curioso como periodista, apuntó el camanejo, le
acaricié la cabeza, es muy dócil, comenté y lo devolví a su casa.
Durante el camino de regreso el camanejo me explicó
que por cojudo no se había dedicado a la crianza de liebres,
algunas de las cuales llegan a pesar hasta cuatro o cinco kilos,
¿te imaginas cinco kilos de carne en tu mesa, de un solo animal llamado ganado menor?, es casi como medio lechón, pero
su carne, además, es más rica en proteínas que la carne de res,

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Luis Eduardo Podestá

de cordero, de chancho y de gallina y solo queda detrás de la
carne de conejo, de cuy, aclaró, es tan suave y digerible que
los médicos la aconsejan para los enfermos convalecientes, sobre todo para los ancianos y operados del estómago, procrean
cada mes una camada de entre cuatro y ocho gazapos que a
los cuatro o cinco meses ya están en condición de ser beneficiados, hablaba entusiasmado, y algo más, prosiguió, nada se
desperdicia de las liebres porque si uno se preocupa de criarlas técnicamente y en condiciones apropiadas, su piel puede
ser curtida para la exportación a países de donde regresa convertida en abrigos o sacones de visón, se rió del chiste, si se
recogen sus orines pueden también ser exportados a las fábricas parisienses de donde regresan convertidos en perfumes y
aguas de colonia, sus desechos sólidos se convierten fácilmente en abono natural de los sembríos que no contamina la tierra
ni la producción y hasta sus patitas pueden ser transformadas
artesanalmente en llaveros de la buena suerte, ¿ves para todo
lo que sirven las liebres?, y si te propones hacer una dieta habitual de conejo, adquirirás tal vitalidad que podrás cachar hasta el día de tu muerte, se rió ruidosamente de la ocurrencia y
prosiguió esto es muy serio y algo que la mayoría desconoce y
el conejo o liebre como lo llamamos aquí, podría ser una buena solución para el hambre consuetudinaria que padecemos,
dijo cuando llegamos a la parte alta de la carretera, donde se
detuvo para invitarme a mirar el crepúsculo más bello que hayas visto en tu vida, dijo, descendimos de la camioneta y, en
realidad, desde allí, un horizonte de mil colores se mostraba
en una visión panorámica realmente de extraordinaria belleza, ¡cómo puedes querer irte de aquí si todos los días, con solo
subir al cerro puedes asistir a este espectáculo!, se emocionó,
también puedes verlo del techo de tu casa dije y, agregué, si te
trepas a un árbol también, me miró dolido por la burla, sí, dijo
sin embargo, también, buena idea, me grabaré estos colores en
la memoria para pintar mañana un cuadro, sacó su libretita
del bolsillo de la camisa y tomó nota de los detalles del paisaje,
árboles a la izquierda, muros y chacras a la izquierda, cerros a

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El hombre que se fue

lo lejos, en fin, ya está dijo, comenzamos a sentir frío, volvimos
a la camioneta y la puesta de sol nos duró aún un largo rato al
pasar por Sabandía, Paucarpata y cuando llegamos a la ciudad
ya estaba la noche encima de nosotros y las calles rebozaban
de luces artificiales.

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9

El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

N

o sé cómo pude vivir todos esos días, todas
esas semanas de abril y pienso que la compañía del camanejo
fue vital para que la imagen de Eudora no me asaltara y martirizara hasta la muerte todo el tiempo y a toda hora y apareciera en todo sitio, porque con él hablábamos de un montón
de cosas diferentes, tantas que un día comencé a preguntarme
cuándo había dejado de ver al camanejo en algún momento de
mi vida y si durante ese tiempo, no sabía cuántos años habían
pasado, quizá hacía unos quince o veinte años, él había aprovechado la vida para aprender cosas que jamás aplicó y de
las que nunca dijo nada y de las que recién ahora, después de
la dramática experiencia de la nave procedente de la estrella
Beta Pictoris, tenía interés de comunicarlas a alguien y lo hacía
conmigo que era su amigo de confianza y quien, sobre todo,
no tenía ningún interés en quitarle una rodaja de su fortuna
como muchos hombres y mujeres lo habían intentado en su

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Luis Eduardo Podestá

vida, fabricando con ello una persona de desconfianza extrema, debido a la cual, era probable, pensaba, no se había casado
ni formado un hogar.
Me llamaba por teléfono alrededor de las once y me
contaba lo que estaba haciendo, ya tengo tantos cuadros que
podría hacer una exposición, por supuesto ninguna cosa grande ni con ánimos de que la crítica me dé el título del mejor
pintor del mundo, sino solo porque el ser humano tiene necesidad de mostrar sus obras a los demás, me dijo y claro, lo
animé, debes hacerlo. Me contaba que un día había estado,
no sabes con quién, con Rubí, ¿con Rubí?, pregunté, sí, con
Rubí, a quien encontré de casualidad, no mientas, mierda, le
increpé, porque no creo que el encuentro haya sido una casualidad, te juro que sí, por mi santa madre que está en los cielos,
juró y la llevé a un sitio donde había un piano y no me vas a
creer, a los dos tragos que tomé me animé a poner los dedos
sobre las teclas y ¿sabes qué resultó?, no, ¿qué?, le mostraba
mi interés aunque su charla a veces interrumpía mi trabajo y
me desviaba la atención de lo que estaba haciendo, que ella
se conmovió y quienes estaban allí me aplaudieron a rabiar,
hermano, me confundieron con un músico profesional y me
pidieron que repitiera las melodías que les hice escuchar, ¡qué
habrás tocado, mierda!, repuse, ya te voy a escuchar y ahí sí
te vas a encontrar con un crítico severo, que sabe de jazz y le
gusta la buena música, y después de decirme si podía buscarme o no, se despedía. Pienso que hacía esas llamadas para no
solo informarme de lo que estaba haciendo y lo que estaba logrando en la práctica de las artes a que se había entregado fervientemente en los últimos meses o quizá en los últimos años
sin que yo me enterara, sino porque quería que yo participara
en cierto modo de ese triunfo ante sí mismo, que lo satisfacía
personalmente, porque quizá descubrió una veta de habilidad
que había olvidado o que tenía oculta en el fondo del cerebro y
una vez se lo dije, es, probablemente, algo que tenías guardado en el uno por ciento de ese ochenta por ciento de tu cerebro
que te falta estrenar como te diagnosticó el marciano Arn, me

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El hombre que se fue

reí y escuché su risa por teléfono porque si bien aceptaba con
reservas las bromas que los demás le gastaban y no pocas veces terminó a trompadas con los más insistentes, a mí me tenía
tanta consideración que aceptaba mis burlas y críticas y hasta
las carajeadas que de vez en cuando le lanzaba.
A veces también iba a buscarme y luego de anunciarse
en la recepción, decía al vigilante dígale que lo espero en la
camioneta y aunque me demorara mil horas en lo que estaba haciendo, me esperaba pacientemente, quizá durmiendo,
quizá simplemente mirando con los ojos vacíos el fondo de la
calle o convenciendo a los policías que trataban de desalojarlo
del sitio en que se hallaba, de que estaba haciendo un servicio
al periódico. Esto inclinaba a los policías a perdonarle la multa
que merecía, lo que, por otra parte, me decía yo mismo y se lo
decía a él, le importaba un carajo porque el dinero era lo que
menos le interesaba, de modo que yo salía del periódico y me
encontraba con él en la camioneta, a veces trataba escabullirme, de decirle adiós de lejos, solo por el hecho de joderlo un
poco y comenzaba a caminar hacia el fondo de la calle y él
tocaba desesperadamente la bocina y aceleraba la camioneta
hasta alcanzarme.
Y eso fue lo que ocurrió aquella tarde. Serían las dos y
me alcanzó media cuadra más lejos, me llamó la atención pedazo de cojudo, hace tres horas que te espero y aún tratas de
burlarte de mí, de irte en otra dirección, me reí, tiré un periódico que tenía en la mano en el asiento y le dije soy todo tuyo,
hermano, acabo de concluir mi labor así que actúa, camanejo,
hizo rugir el motor y se lanzó a toda velocidad con la idea de
asustarme, de que le dijera oye, huevón, como otras veces, no
enloquezcas, maneja con cuidado, déjate de huevadas, pero
me callé, me reí y le dije, con un poco de humor suicida, carajo,
te olvidaste de atropellar a aquella pobre vieja, se enfurecía y
apretaba el acelerador, bajó por la pendiente del Vallecito y
agarró con llantas chirriantes el óvalo del parque de San Mar-

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Luis Eduardo Podestá

tín, como si estuviera huyendo de algo, dio la vuelta a la derecha también con las llantas que echaban humo hacia el puente
y subió por la carretera de Umacollo y yo me reía, muy despacio, le decía, estamos solo a ochenta mirando el velocímetro,
avanza, cojudo, por qué estás tan lento y por fin, llegados a la
cumbre de la Antiquilla, frenaba y qué te pasa, mierda, por
qué me provocas, por qué te dejas provocar, le dije y bajó del
carro, ven, llamó, nos metimos en el almacén de su comadre
Eduvigis, una enorme gorda colorada que emergió de detrás
del mostrador, la saludó con un abrazo, con un beso, este es
mi hermano, me señaló, y todo que lo él haga es como si yo lo
hiciera, todo lo que yo bebiera es como si él lo bebiera y todo
lo que él pidiera él lo pagará, estuviste a punto de conmoverme, mierda, le dije, pero ya veo que sigues siendo la misma
bestia de antes, la señora Eduvigis se rió, qué gente esta, dijo,
y antes de que dijéramos algo más destapó un par de botellas
de cerveza, se sirvió un vaso y nos dijo salud y con ese salud
se inició una de las noches más absurdas que he vivido en mi
desastrosa existencia porque el camanejo tomó la posta y me
dijo salud, hermano, yo le dije salud, hermana, a la enorme
comadre Eduvigis y ella al camanejo y cuando traté de darme
cuenta, encima del mostrador había una enorme cantidad de
botellas vacías, traté de no acordarme de lo que me acordaba
a cada rato y me puse sentimental, el camanejo hablaba hasta
por los codos, quizá estaba también borracho y trataba de justificar las razones por la cual había convocado por el periódico
a un concurso de almas gemelas, comadre, y que me perdone
mi mamacita, alma bendita, rebotó la comadre Eduvigis, se
secó una lágrima imaginaria en una esquina del ojo izquierdo,
la recordó, tan buena, tan gentil, tan linda, y yo, dijo el camanejo, soy una mierda, comadrita, pregúntale a mi hermano,
me señaló, lo jodo a cada rato porque necesito alguien que me
asista, que me acompañe en las cojudeces que hago y el otro
día, cuando me secuestraron y me regresaron con el cabello
blanco, debo haberme asustado mucho, la comadre Eduvigis
abrió los ojos inmensos como quien no creía el episodio y le

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El hombre que se fue

miró la cabeza de cabellos negros teñidos creo que por segunda vez y que, sin embargo, mostraban zonas blancas cercanas
al cuero cabelludo, le guiñé el ojo para que creyera que lo que
le decía el camanejo, lo decía por borracho y no porque realmente fuera cierto, él, prosiguió Abelardo Machuca Mestas,
fue el único en quien pude confiar y la comadre, casi sin hacer caso de lo que decía el camanejo lo que no me explico es
por qué tenía que poner un aviso en el periódico cuando hay
un montón de mujeres que ya quisieran irse con usted, se rió,
dijo salud, tomó un vaso entero de cólera porque mi comadre
me llama la atención, y porque quizá medio mundo se ríe de
mí, pero me cago en el mundo entero, parecía estar totalmente
borracho, la comadre Eduvigis sacó del andamio unas latas
de sardinas, les echó un poco de cebolla picada, limón, nos
puso unas galletas en el mostrador y nos dijo coman, quizá
con esto se les pase, con qué hambre habrán venido que se
han emborrachado tan rápido, y yo sabía por qué mi sensibilidad me trastornaba en estos momentos por cualquier cosa
pero presumía que el camanejo no tenía razón para sentirse
igual, mientras el mostrador se llenaba de botellas vacías, se
agotaban las latas de sardinas y las existencias de galletas y el
camanejo pidió un banco para sentarse, triunfé, exclamé lleno
de orgullo, levanté el vaso, tumbé a un camanejo llamado Abelardo Machuca Mestas, dije y él, desde el fondo de sus brumas
atravesó la mirada hacia mis brumas y me dijo salud mierda,
se levantó y ante mi angustia, pidió más cerveza y fui yo el
que se apagó, pero seguí haciéndole resistencia hasta cuando
a la medianoche, compadrito, ya voy a cerrar, mañana tengo
que levantarme tempranito y nos fuimos en la camioneta por
las calles que se retorcían ante nuestros ojos y cuando creí que
me iba a dejar en la plaza San Antonio siguió adelante por El
Filtro, a Miraflores, dijo y caímos en el burdel de la Elba, donde como había ocurrido otras veces nos recibieron con flores
y laureles y gritos de alabanza, nos sentamos a la mesa que
aparentemente siempre estaba reservada para nosotros, nos
sirvieron cerveza, ellas pidieron tragos cortos a lo que el cama-

197

Luis Eduardo Podestá

nejo no se opuso, a pesar de saber que no eran tragos sino té
o agua teñida para engañar a los cojudos y hacerles creer que
invitaban un licor caro a las mujeres, y nos miramos las caras,
oh, qué horror, dije yo, ninguna de estas niñas sabe que tienes
el cabello pintado y de pronto, de una esquina del salón, donde quizá había estado esperando a un cliente vino Ina, dulce y
bellísima Ina, le dije al mirarla, nos besó en la mejilla, muy bella la nota que publicaste sobre nosotras, me gritó al oído para
dominar el enorme ruido que existía en el salón, se sentó ante
nuestra mesa, cómo está usted, señor Machuca, le dijo al camanejo, bien, bien, respondió el hombre que elevándose sobre
su estatura y su borrachera, le dijo ven, la tomó de la mano y
le dijo enséñame el camino de tu cuarto y me dejó junto a tres
mujeres que esperaban mi elección, les dije salud, estoy en el
suelo, añadí para indicarles que no tenía plata, y casi de inmediato se fueron en vista de que su rey Midas ya había elegido
y yo había perdido su interés.
Me quedé mirando cómo la niebla del humo de tabaco
esfumaba las siluetas de las mujeres y hombres que bailaban,
se iban y volvían, me decía salud a mí mismo, bebía, de vez en
cuando me levantaba para poner una moneda y conseguir un
bolero que generalmente decía te puedo yo jurar ante un altar
mi amor sincero, regresaba, sufría la melodía hasta el final,
pedía una nueva cerveza, Paloma vino como una aparición,
amor, me dijo entre las brumas en que yo me desteñía, estás
mal, no, respondí, al contrario, estoy extraordinariamente
bien, le dije te invito una cerveza, aceptó, bebimos diciéndonos
salud, escuché algo como que por qué no nos vamos a mi cuarto, sonreí al mirarla al rostro y callé, ¿no quieres?, preguntó,
no, le dije, eso también dijiste la otra vez, recordó, me reí, bebí
un sorbo, estás trabajando, dije, me miró, eres un odioso, y sin
embargo tomó mi mano, te veo mal, dijo, no quiero nada de ti,
solo quiero protegerte, no quiero que te ocurra nada malo, no
te preocupes por mí, respondí, cuando sea necesaria tu ayuda,
te lo haré saber, la ofendí, se ofendió, está bien, jódete, me dio
la espalda y se fue a otra mesa donde su belleza causó la mis-

198

El hombre que se fue

ma impresión de siempre, los hombres se peleaban por ser los
primeros en irse con ella, pero ella se resistió, por lo menos esa
noche mientras yo estuve allí, miraba de vez en cuando a mi
mesa y disimulaba la mirada, en uno de esos raros momentos
de silencio entre disco y disco escuché que uno de los parroquianos le preguntaba es tu marido y ella respondía no, solo
es un amigo, un buen amigo, y el buen amigo esperaba a su
otro buen amigo, bebía con la mirada puesta en las nubes de
humo de cigarrillos entre las cuales aparecía la ventana iluminada del segundo piso de una casa que olía a arrayanes en la
avenida Goyeneche.
–Si te contara –me dijo el camanejo cuando se sentó a
mi lado, se sirvió un enorme vaso de cerveza y dijo salud.
Nos retiramos finalmente en medio de ruegos por qué
se van, los esperamos mañana y la mirada de Paloma que me
hizo unas señales extrañas con la mano, como diciendo mañana te espero en mi casa o espérame un rato más para irnos
juntos, en fin, no sé qué quiso decir con sus manos y sus grandes ojos inquietos.
Apagó el motor mientras bajábamos por la avenida
San Martín, frenaba el carro para demorar la marcha, estuvimos silenciosos no sé cuántos miles de horas y al final cuando
llegó al parque Maita Cápac es la primera vez que voy a un
cuarto con una prostituta y no le hago nada, confesó y no me
llamó la atención ni me mostré extrañado, eso no es raro, le
dije, tú no la ves como una prostituta, sino como alguien que
puede convertirse en tu alma gemela y la respetas, creo que
tampoco quiso aceptarte un centavo por su pérdida de tiempo, ¿cómo lo sabes?, preguntó, no lo sé, respondí, me lo imaginaba, y siguió hablando de la naturaleza humana y de cómo
cambian las personas en cuanto conocen a otras personas de
las que aparentemente debieran haberse mantenido separadas
para siempre por no pertenecer a lo que se pudiera llamar su
círculo, el ámbito normal o el nicho o nivel de la sociedad en
que uno se mueve, lo escuchaba porque no tenía ganas de hablar, llegamos al parque de San Antonio, frenó la camioneta

199

Luis Eduardo Podestá

y cuán diferentes son las mujeres que hemos conocido en las
últimas semanas, reflexionó, Ruth, universitaria que busca el
título que la consagre como profesional, Rubí, que está dispuesta al sacrificio más grande para tener el dinero suficiente
que permita a su hija Esthercita ser feliz y se desvive por agradecer lo que cree que fue un favor que transformó su vida,
Fredes, quien trata de abrirse un camino que no es diferente a
todos los demás, Carla, a quien aún no hemos visitado y que
se saca la mierda noche tras noche en un bar que se amanece, lidiando con borrachos y mil clases de gente, sufriendo lo
suyo que no sabemos qué es o qué será con una resignación,
valentía y decisión que se le nota en los ojos, Eudora, una belleza arrancada del convento, una virgen de veinticinco años
insólita para nuestros tiempos, lo interrumpí, ya no es virgen,
volvió el rostro, me miró inexpresivo, se quedó de una pieza,
le di la mano, hasta mañana, hermano, dije, abrí la portezuela
y bajé hasta la vereda para recibir el aire fresco del parque,
atravesé la calle hasta la casa, como ella la llamaba, saludé con
la mano en alto un instante antes de entrar y cuando trepaba
la escalera al segundo piso escuché el ruido del motor de la
camioneta que comenzaba a irse.
Creí que el camanejo me llamaba por segunda vez y
con un gesto de fastidio levanté el fono y una voz femenina,
que nunca había escuchado, preguntó por mí, él habla, respondí y esperé porque se hizo un silencio desacostumbrado
que me pareció extremadamente largo para ser normal, habla
Natalia, la mamá de Eudora, escuché y mi sorpresa no tuvo
límites, qué, quién, pregunté incrédulo, sí, le pido mil disculpas por interrumpir su trabajo, pero ella se encuentra muy mal
desde hace días, tartamudeaba, hace diez días que está muy
mal, quisiera que venga a verla, disculpe, su papá no estará
hoy, ¿enferma?, ¿mal?, repetí, sí, afirmó la voz, por favor, ella
no sabe que llamé pero yo sé que quiere verlo, me ha dicho
que lo ama profundamente, estoy muy preocupada, ha per-

200

El hombre que se fue

dido los deseos de vivir y voy enseguida, le ofrecí, ¿necesita
algo, alguna medicina que pueda llevarle?, no, nada, solo venga, dijo antes de interrumpir la conversación.
En la puerta del periódico tomé un taxi, le di la dirección y le aconsejé tomar las calles menos congestionadas para
llegar más rápido y quince minutos después estaba ante la reja
y no tuve necesidad de presionar el timbre porque la mamá
esperaba en la puerta encristalada con vidrio catedral, pase,
me dijo, con los ojos rojos, como si acabara de llorar, me guió
hasta la escalera, la seguí y me invitó a subir, entró en un cuarto, Eudora, dijo a media voz, tienes una visita y Eudora estaba
en su cama, enormemente pálida, con los ojos cerrados, quizá
dormía o quizá simplemente no deseaba ver lo que la rodeaba,
me acerqué, puse una mano en su hombro, buenos días, amor,
le dije suavemente y la besé en los labios, ella alargó la mano
y tomó la mía, abrió los ojos llenos de sorpresa en el rostro y
me abrazó tan fuertemente que me quitó la respiración y me
estrujó el rostro y yo la abracé y busqué su rostro para besarlo, cuánto tiempo, dijo, le tomé el rostro con ambas manos, lo
acerqué a mí lentamente, le besé los labios, nos besamos sin
hablar y ella lloraba, la abrazaba desesperadamente como si
fuera a dejarme otra vez, cómo hemos podido estar separados
tanto tiempo, nunca más, dijo, que esto no vuelva a ocurrir
nunca más, no me dejes nunca más, nunca te dejaré, le dije
entre besos, limpié con mis labios las lágrimas que surcaban
su rostro empalidecido, ella salió de entre las sábanas y frazadas y se sentó a mi lado, me dio sus labios, llevó mis manos
a su rostro para que lo acariciara, navegamos en un remanso
de tiempo silencioso, que se había detenido, y yo rogaba interiormente que no se acabaran esta paz y esta tranquilidad
que ella me daba, estábamos sentados en su cama tomados
de las manos con las cabezas muy juntas como si contáramos
nuestros dedos, y solo después de unos minutos pude dar una
mirada al lugar donde ella dormía, todo de color rosado, como
si sus padres, imaginé, hubieran querido rodear su vida de
color rosado, desde el tono de las cortinillas transparentes de

201

Luis Eduardo Podestá

la ventana hasta las colchas de su cama y sus sábanas y su
propia ropa de dormir semitransparente que dejaba adivinar
la silueta de su cuerpo, su ropero junto a la pared y las sillas
acolchadas que se arrimaban al otro extremo y así estábamos,
abrazados, cuando vino su mamá, pensé que podrían querer
una bebida, dijo, preguntó si preferíamos un jugo de papaya o de naranja, elegimos la papaya, gracias, respondió Eudora, voy a levantarme, pero debes estar muy débil, dijo la
madre, no, me siento fuerte ahora, respondió y me miró con
sus dulces ojos húmedos y una sonrisa que iluminaba todas
las sombras que en el mundo pudieran existir, tengo dos horas
disponibles, ¿quisieras salir a almorzar a algún sitio?, le pregunté, contigo sí, me dijo, y comenzó a vestirse, sacó de su ropero un vestido, me preguntó si me gustaba, ponte cualquier
cosa y me gustará y siempre estarás igual de hermosa, le dije,
me puse de pie y miré por la ventana, mi mamá lo sabe todo,
me dijo mientras la avenida bordeada de árboles que habían
comenzado a soltar bolitas amarillas sobre las veredas de cemento y la tierra de los jardines, brillaba bajo el sol, me volví,
en uno de esos días que no me moví de mi cuarto se lo conté
todo, dijo, tenía necesidad de decírselo, ella lo comprendió, las
visitas a tu cuarto, nuestros desayunos, no quiero perderlo le
dije y yo daba gracias al cielo por aquella bendición, miraba el
cielo intensamente azul de mayo, trataba de darme cuenta de
cada detalle de la calle, de la esquina, de la gente que pasaba,
del color de los autobuses y repentinamente vino a mí y me
abrazó cuando aún estaba ante la ventana y miraba la avenida, no debemos hacernos sufrir nunca más, nunca más, amor,
repetí y bajamos al primer piso, donde la mamá nos esperaba
con dos jugos de papaya.
–Mami, vamos a almorzar afuera –dijo y la madre me
miró.
–Cuídela mucho, está muy débil.
–Así lo haré, señora.
Y en un impulso que no sé qué buen ángel me dictó,
me acerqué a ella, la abracé y la besé en una mejilla y le dije

202

El hombre que se fue

gracias, muchas gracias.
Mientras íbamos en un taxi hacia Tiabaya para apartarnos lo más lejos del centro, cómo estará la casa, se preguntó,
la casa dijo, debe estar como cuarto de soltero, desordenada
y sucia, no sé, no me he dado cuenta, respondí en voz baja y
luego no hablamos mucho, solo nos miramos, habíamos enflaquecido y así nos lo dijimos, me dijo me declaré en huelga de
hambre y luego me reprochó por qué no me buscaste y dejaste
pasar tantos días, no supe qué responder, fui varias veces a tu
casa, le confesé, a mirar tu ventana y esperaba hasta que apagabas la luz, oh, dijo conmovida, y en el restaurante me dijo
debemos celebrar, pide una cerveza negra y la pedí, bebimos
y la palidez huyó de su rostro como por encanto y sus ojos
volvieron a brillar como antes, se les adivinaba la alegría, la
dicha de vivir, de ser feliz y supongo que ella, que no apartaba
sus ojos de mi rostro, también asistía al mismo fenómeno de
transfiguración.
Bebimos dos cervezas negras y un enorme vaso de chicha, hasta los portales la desafié y ella aceptó el reto y bebió
el líquido carmesí hasta la mitad, repitió hasta los portales y
me obligó a tomar hasta el fondo del vaso, y en un momento de silencio me preguntó en qué piensas, respondí en cómo
pude soportar tantos días sin ti, creo que más temprano que
tarde iba a ir a buscarte contra todo riesgo, pero esperaba la
oportunidad y no pude desperdiciar la llamada de tu mamá y
ella confesó tomé el teléfono mil veces y otras tantas esperé tu
llamada y le propuse entonces hagamos un pacto, se interesó,
por si alguna vez llega a ocurrir algo igual, nunca va a volver
a ocurrir, dijo con firmeza y seguridad, pero veamos cuál es,
que si alguna vez, le dije, llegamos a disgustarnos por alguna
razón, cualquiera que fuera, no debemos estar separados más
de veinticuatro horas, al final de un día, cualquiera de los dos,
debe acudir al otro y el otro debe aceptarlo y los dos deben
olvidar lo que pasó, el motivo del disgusto, cualquier cosa que
se hubiera interpuesto entre ambos, debe ser olvidado a las
veinticuatro horas, ¿de acuerdo?, estuvo de acuerdo y para se-

203

Luis Eduardo Podestá

llar el pacto tomamos un vaso de cerveza negra hasta el fondo.
Quiso que la dejara en la casa, como llamaba a mi cuarto de San Antonio, y no pude decirle que no, pero tengo que
regresar al periódico, procuraré venir pronto, solo haré acto
de presencia y me escaparé en una hora a más tardar, me encontrarás allá, prometió y así fue.
Compré pan caliente y crocante, mantequilla y unas
frutas antes de entrar y aunque la reproché por tratar de arreglar todo de una vez en lugar de hacerlo por etapas, a pesar
de haberse levantado recién de su lecho de enferma, ella insistió en dejarlo todo limpio, lavó ropa, barrió los pisos, arregló
los libros y revistas, puso un disco y la sinfonía del Nuevo
Mundo de Antonin Dvorak inundó la casa e invadió la plaza
de San Antonio y los ojos se le humedecieron en el lento segundo movimiento, la abracé, descansa, amor, es muy bella
pero también muy triste, dijo, da una impresión de soledad
muy grande, me preguntó si había escuchado la Cuarta Sinfonía del mismo Dvorak, no sé, respondí, no recuerdo, esa me
gusta mucho más, dijo, ¿sí?, me entusiasmé, un día te la haré
escuchar, ofreció, pusimos agua en la ollita para un café, nos
echamos en la cama a escuchar los últimos compases, mirando
al techo, desde aquel sábado, recordó nuestra primera tarde
aquí, he sentido como si mi naturaleza estallara en el deseo,
como si quisiera aprovechar cada minuto que la vida me da,
no sabes cuánto y cómo te he extrañado estos días, cuánto he
soñado contigo cada noche, cada hora de mis noches, calló
como si tratara de escuchar mejor algún pasaje de la melodía,
quiero que me hagas el amor, dijo de pronto abrazándome y
en ese momento caía el silencio sobre la casa con el fin de la
sinfonía y solo escuchamos nuestras respiraciones anhelantes,
sus gemidos y nuestra euforia compartida, que como otra sinfonía eterna, daban gracias a todos los dioses por ofrecernos la
oportunidad de amar.
(Como siempre ha caminado en soledad en soledad,

204

El hombre que se fue

lo más probable es que también esta vez, su felicidad le dure
poco, porque es de los hombres a quienes las cosas buenas no
les duran mucho y por qué, me pregunto, por qué me entregué a él si desde el principio me di cuenta de que no podía
ser jamás feliz con él, quise darle quizá un poco de felicidad
al saberlo como un niño desamparado que buscaba un poco
de amor en cada esquina, en cada burdel que visitara, porque
eso se le nota en la cara, a pesar de que se ría de todo o de todos o finja reír a cada rato y haga todo lo posible por seguirle
la corriente al camanejo, porque, estoy segura de que ambas
personas son tan diferentes que nada extrañaría que estuvieran a mil kilómetros de distancia uno de otro, me los imagino
uno aquí y el otro a cientos o miles de millones de kilómetros,
porque a pesar de la enorme amistad que se profesan no son
iguales, nunca lo serán y por eso quisiera decirle que él pertenece a este mundo, que no le pediré nada a cambio de la felicidad que podré darle, que mi amor es tan puro y tan sincero
que no me importa que esté al lado de otra persona, lo sé y
me muerdo de celos cada noche y me vengo de él cada noche
cuando me acuesto con cualquier hombre que me pide que lo
haga, cada noche tengo unas ansias horrorosas de vengarme
de su indiferencia, de reírme de él si viene aunque sé que ya
no vendrá, y cada mañana anhelo estar con él, despertarme a
su lado, que venga a visitarme, deseo tan intensamente que
me abrace, qué me importa que esté con otra mujer, sé desesperadamente que ella no le durará, el tiempo es el médico
más seguro para todos los males, sobre todo para quienes no
sufren de ninguna enfermedad, voy hasta el teléfono cada mañana para llamarte cada mañana y vuelvo avergonzada de mi
debilidad, es cierto que las personas que amamos somos débiles, pero nunca me he sentido más débil que ahora, y ahora
te cuento que para que no se avergonzara de mí renuncié a
continuar mi vida anterior y ahora, oh, Dios mío, no sé qué
hacer con mi vida actual, no sé portarme en la vida normal
que otros llaman decente, publicó una especie de perdón para
todas nosotras y lloré cuando leí que tenemos todo el derecho

205

Luis Eduardo Podestá

del mundo a vivir como seres humanos, pero sé que la gente
nos ve de manera diferente, no sé vivir, Luzmila Sánchez sí lo
supo y ahora es la jefa de todo, aprovechó el momento preciso
y si estuvo arrestada no sé cuántas semanas, la salvaron, la
recogieron del abismo en que pudo haber caído a causa de la
rebelión del pan, pero yo qué hago, voy todas las mañanas a
trabajar y la veo junto a Luzmila Sánchez, feliz, sé que lo va
a visitar a su cuarto de San Antonio adonde yo quisiera ir,
pero no puedo ni debo hacerlo, hasta cuando se acabe su ciclo
de felicidad e ingreses en su nueva etapa de soledad que creo
inminente y estoy segura de que no me rechazará, en el fondo creo que me he convertido en una niña tan tímida, sé que
todo lo que pienso hacer en un momento no lo hago cuando
llega la ocasión, por eso te cuento todo esto, porque cuando
se fue a Mollendo supe que se iba a morir en alguna parte
donde nosotras no supiéramos qué le sucedía, a solas, quise
seguirlo pero así soy, me dio temor de que alguien me observara, de que me echara en cara que no respetaba su dolor, lo
vi llorar tan desesperadamente en el cementerio de Characato,
Dios mío, estuve a punto de levantarlo del suelo donde estaba arrodillado, de decirle no llores más, vámonos a mi casa
y seré tu consuelo para toda la vida porque yo no me voy a
acabar, te duraré toda la vida y llegaron los meses de las lluvias y el verano, cuando seis meses después me resolví a ir en
su búsqueda, muy de mañana, y qué encontré, Dios mío, las
ruinas del hombre que fue, y traté de reconstruirlo, viví con él
cuántos, hermosos meses, el tiempo es necesariamente corto
porque un día me fui y pensé que no iba a dejar que me fuera,
y ahora el tiempo es indefinidamente largo sin tenerlo, sentía
su voz no te vayas mientras caminaba sobre el polvo amarillento en que se convirtió la tierra después de las inundaciones, escuché su voz no te vayas cuando atravesé el hueco en
el muro ahora gris de piedras entre las cuales habían muerto
los texaos y escuché su voz perdóname, no quise decir lo que
nunca dije y aún esperaba que viniera para decirle amor mío,
volvamos a la casa, no me dejes, y lo esperaba aún cuando ya

206

El hombre que se fue

estaba en la plaza del pueblo, sentada en una banca esperando
el autobús que me llevaría esta vez para siempre lejos de él,
de aquella casa donde han pasado tantas cosas y hacia donde
todas las noches llegaba el universo con todas sus estrellas a
visitarnos y allí, decía, debe estar brillando con todos los colores del arcoiris la nebulosa de Encaje, la más hermosa forma
del universo y yo sabía que en la nebulosa de Encaje estaba su
recuerdo y aunque disimulara quizá nuestro amigo el camanejo se encuentre por aquellas inmediaciones, su pensamiento
estaba pegado no a quienes viajaron, sino a quienes murieron,
quise rescatarlo, le dije vengo a rescatarte para la vida, me han
encargado hacerlo, y quizá nunca debí inventar aquella mentira por piadosa que fuera, pero cuando me fui por su indiferencia y su desapego por todo lo que fuera vivir, no me dijo
nada, se quedó allá, simplemente, y yo me fui y llegó el año
2000 y llegó el año 2001, y llegaron todos los años siguientes
de lo que llamábamos el próximo siglo, me miro en el espejo,
soy una víctima, me digo, de la soledad que quise acabar para
quien amé y te digo que ahora, tantos años después, recuerdo
aquellos árboles de los que arrancábamos la fruta que comíamos entre risas, pero siempre supe que no fui yo la que estuvo
con él y supe que nunca estuve con él, nunca).
Vimos caer la noche más allá de la ventana, estábamos detenidos en el tiempo, hablamos de nosotros y le dije
debemos casarnos, vivir juntos, no puedo esperar que vuelva
a ocurrir lo que pasó, ella recordó la amenaza de su padre, ¿te
importaría vivir con lo que gano?, le pregunté, respondió no
me interesa nada de lo que pueda dejarme, pero me sentiría
mal si lo hace así porque sería una señal de que me ha quitado
su cariño y me sería muy difícil aceptar eso, pero soy tu mujer,
dijo mirándome directamente a los ojos, yo soy tu mujer y tú
eres mi marido, esa es la única verdad por ruda que parezca, somos dos personas que han decidido ser una sola, nos
amamos, le dije tú eres mayor de edad, se supone que tienes

207

Luis Eduardo Podestá

derecho a decidir sobre tu vida, sí, dijo, pero me he acostumbrado a ser débil frente a la voluntad de mis padres, va a ser
un poco difícil que la dulce Eudora cambie en estos tiempos
pero cambiará y se mostrará fuerte, para defender su amor,
su derecho a vivir con la persona que ama y con la cual quiere
compartir el resto de sus días. Me conmovieron sus palabras,
lo mejor sería que tu padre pudiera llegar a entenderte como
llegó a hacerlo tu madre, lucharé para que así sea, aseguró, lograré que aunque no lo haga de plena voluntad y radiante de
entusiasmo, por lo menos que acepte que yo deseo construir
mi vida con los ladrillos que yo escoja y no con los materiales que otros me proporcionen porque después cada día que
pase será de mi entera responsabilidad, lo bueno y lo malo que
ocurra deberá ser enfrentado por mí y no por ellos, nunca nos
ocurrirá nada malo si estamos juntos, amada mía, le dije, nos
quedamos silenciosos y entonces ella dijo ahora debo irme, todavía vivo en esa casa, con ellos.
Tardamos cuarenticinco minutos en despedirnos en la
puerta de su casa, pero al fin debió irse y se metió en el mar
del aroma de arrayanes y yo me fui en dirección contraria, con
el ánimo tan en alto que quería gritar al mundo cuán feliz me
sentía y decidí que mi mejor amigo, el camanejo Abelardo Machuca Mestas, debía ser el hombre que aparte de padrino de
la boda como desearía nombrarlo, fuera el primero en saber
que íbamos a anudar nuestras vidas para siempre Eudora y
yo y que, en consecuencia, se despidiera de ese sueño loco que
tenía, si alguna vez lo tuvo, de convertirla en su alma gemela porque debido a esas vueltas y recodos por los cuales nos
guían los caprichos de la existencia humana, ella se había convertido en mi alma gemela.
Cuando ella vino al día siguiente, la recibí con la marcha triunfal de Aída en el tocadiscos, las tazas dispuestas en
la mesa, pan caliente de tres puntas y un plato donde había
puesto medio kilo de mantequilla aún en su panca de choclo
abierta para dejar paso a su aroma de leche natural, a campo
recién regado y a vacas que pasean por las chacras. Rió es-

208

El hombre que se fue

trepitosamente qué loco eres, dijo cuando traje la ollita con
agua hirviendo y le serví café de tarro, partí los panes, les puse
mantequilla y los coloqué en un plato para que ella se sirviera, usted es la invitada de honor, mi bella dama, le dije y me
preguntó mil cosas, dónde había conseguido la mantequilla
que tenía tan buen aspecto y sabor, el pan que olía como una
panadería entera y bajó el volumen al tocadiscos, para que nos
deje conversar, indicó y le pregunté de inmediato si en su casa
había tenido algún problema, me contó que su padre no le
había dicho nada y que esquivaba cruzarse con ella y parecía
estar muy serio y ausente, que su madre estaba muy solícita
y le había preguntado temprano si venía a verme y ella le dijo
que sí y llévale mis saludos dijo que su madre le encargó y yo
repliqué por favor, salúdala más tarde y bésala en mi nombre.
Desayunamos mirándonos, cruzándonos palabras amorosas y
prometiéndonos que no pasaría mucho tiempo para que estuviéramos legalmente juntos y pudiéramos gritar a los cuatro
vientos que éramos marido y mujer ante la iglesia y el registro
civil.
–No sé a quién escogerás, pero creo que por mi parte
elegiré como padrino de la boda al camanejo Abelardo Machuca –le informé.
–Qué bien pensado –respondió–, yo pensaba también
en él.
Decidimos que esa misma mañana le avisaría por teléfono que tenía algo importante que decirle y que iría a visitarlo, yo quiero ir contigo, si va a ser nuestro padrino, quiero
participar de la visita, ¿estás segura de que quieres acompañarme?, claro, respondió Eudora con la más hermosa de sus
sonrisas, así comenzaremos a hacer público nuestro romance
y decidimos visitar la casa de Yanahuara el próximo jueves,
que era mi día de descanso.
A las diez de la mañana, cuando entramos en su casa,
el camanejo estaba en la glorieta pintando el crepúsculo que
vimos en Characato en una tela de un metro cuadrado, Eudora abrió los ojos de sorpresa, qué hermoso, comentó, le infor-

209

Luis Eduardo Podestá

mé que había pintado también parte de la huerta en que nos
encontrábamos, otro día se los mostraré dijo y observé que
trataba de disimular su sorpresa y aparentar que no se podía
separar de los pinceles, y entonces le dije sin preámbulos Eudora y yo vamos a casarnos y queremos que tú seas nuestro
padrino, se quedó mirando una larga nube de color violeta
perdida en un extenso cielo que hacia el borde superior del
lienzo casi tenía colores verdiazules en contraste con los rojos
y amarillos que llenaban el horizonte bajo, quebrado por las
siluetas oscuras de árboles y cerros, se dio la vuelta lentamente, la miró con una extraña mirada que quería ser cariñosa, ¿tú
estás de acuerdo, Eudora?, le preguntó con la voz más suave
que tenía, sí, sí, lo quiero mucho, ¿tú conoces bien a este hombre?, insistió ahora con voz endurecida, sí, lo conozco bien,
desde hace más de cinco meses, dejó los pinceles en una mesa,
se quitó la bata blanca de pintor y nos estrechó entre sus poderosos brazos, creo que al fin merece la dicha que tú le vas a
dar, dijo y a ti, me miró a los ojos, te revolcaré a patadas si me
entero que algún día la has hecho sufrir y luego, señora Josefita, llamó pero la aparición ya estaba delante de nosotros con
tres vasos de jugo de papaya arequipeña, usted me adivinó el
pensamiento, señora Josefita, la elogió el camanejo y ella dándose la vuelta para regresar a sus ocupaciones interrumpidas,
no los conoceré, comentó entre dientes.
–Vengan, los llevaré a un lugar que les gustará –dijo
luego.
Nos llevó abrazados hasta la camioneta, abrió la enorme puerta de la cochera y nos sentamos junto a él en la cabina
delantera y enfiló hacia la avenida de la Marina y luego circulamos por la avenida Salaverry, nos introdujimos después
en la carretera plena de sol que nos llevaba hacia el suroriente
metiéndonos en los paisajes dorados por el sol temprano, plenos de árboles, sembríos, campesinos que llevaban sus hatos
y rebaños a las chacras. Eudora le preguntó cuándo piensa usted hacer su primera exposición de pintura y él se volvió a
ella y le dijo muy severo si vas a ser la esposa de mi hermano,

210

El hombre que se fue

trátame como a tu hermano, ella rió y le respondió está bien,
pero me va a costar trabajo y el camanejo dijo que en cuanto
tuviera unos veinte o treinta cuadros saldría a competir con
los artistas, porque yo no me creo un artista, afirmó muy serio,
solo soy un hombre sencillo que durante muchos años ansió
meter pintura en una tela y ahora lo está haciendo porque cree
que ha llegado el momento, dijo, que el arte es un regalo que
Dios y la naturaleza le dan a todos los individuos, pero que
por diversas razones, atendibles o no, es arrinconado en un
desván del cerebro, donde se halla todo el tiempo, en estado
de latencia, hasta que algo lo hace salir al sol, un choque sicológico, una enfermedad, una gran desilusión, la soledad que
abre una compuerta hacia el interior de ti mismo, una conversación con alguien que sepa más que tú, me imaginé que estaba hablando de Arn, el marciano, y hubiera querido hacerme
el gracioso y preguntarle si su presencia en la pintura se debía
a la conversación con el extraterrestre y si había tenido otras
conversaciones con seres humanos superiores, pero no tenía
su autorización y preferí callar aunque ardía en deseos de que
Eudora también supiera el secreto que tan celosamente guardábamos desde hacía meses.
Llegamos al desvío de la carretera y tomamos el tramo
de tierra en cuyos bordes se deslizaban las acequias bajo los
muros de piedra y hierba que alguna vaca mordisqueaba y
que una que otra flor de texao tachonaba con pinceladas anaranjadas, qué hermoso es todo esto, dijo Eudora maravillada
ante el paisaje, casi estamos en las faldas del Pichupichu, el
camanejo no tanto, la instruyó, estamos tan lejos de él que aún
lo vemos azul desde aquí. Los perros Vinco y Vinca fueron
los primeros en recibirnos y cuando bajé de la camioneta me
hicieron fiestas y ladraban alegres como si me conocieran de
mucho tiempo atrás.
Eudora dijo te conocen, ¿has venido muchas veces
aquí?, preguntó una sola, le dije y le ofrecí darle el secreto para
que los perros le fueran fieles desde el primer instante, la olieron, le dieron vueltas y el camanejo, eres muy buena, Eudora,

211

Luis Eduardo Podestá

los perros ya te aprobaron, ella rió y yo le acaricié el brazo, los
perros saben antes que los seres humanos quiénes son mejores que los otros, y el camanejo estos animales son feroces con
la gente que no conocen o que trata de agredirlos, Venancio
venía desde su casita, saludó, se sacó el sombrero delante de
Eudora, buenos días, señorita, dijo respetuoso.
Nos mostró la casita de ladrillos, nos llevó a la conejera
y como me había ocurrido a mí, Eudora se conmovió al ver las
bellotitas blancas y grises con los ojos rojos de los gazapos, el
camanejo le entregó uno y ella se lo acercó al rostro, lo besó
mientras el conejito agitaba su nariz y la miraba con curiosidad. Luego nos llevó hacia el fondo de un terreno sembrado
de alfalfa que se extendía como una enorme alfombra verde
hasta una hilera de sauces, eucaliptos y álamos debajo de los
cuales corría una acequia donde se remojaban las ramas bajas
de los árboles.
–Este terreno también tiene un trozo de río –dijo luego entusiasmado de que nos gustara el paisaje, de que camináramos sin temor a ensuciarnos los zapatos ni la ropa, por
sembríos y sobre la tierra desnuda, saltáramos sobre los canales que distribuían el agua, nos detuvimos frente al río, cuya
orilla de este lado estaba sombreada por sauces que crecían
libremente y arbustos que bajaban por la pendiente donde
nos encontrábamos, qué hermoso es todo, se emocionó Eudora, así es, amor, de vez en cuando vendremos a visitar a don
Abelardo Machuca, le ofrecí y quizá nos quedemos todo un
día, y don Abelardo Machuca Mestas, vengan, llamó desde un
promontorio desde el cual dominaba gran parte del terreno
y del río que se alejaba saltando entre las piedras, y donde
crecía un enorme y añoso sauce, cuyas ramas se arrastraban
hasta el suelo como una cabellera verde, la chacra tiene poco
más de seis hectáreas y frente a otras, es relativamente pequeña pero ¿para qué más?, se preguntó, tiene una cantidad de
alfalfa suficiente para una mayor cantidad de liebres que las
que hay en el conejero, allá cultivamos cebollas, hierbaluisa,
maíz y algunos árboles frutales que te dan duraznos, peras

212

El hombre que se fue

y manzanas, señaló una zona que no habíamos visto y que
desde el montículo en que nos hallábamos brillaba bajo el sol,
se entusiasmaba el camanejo, hay unas treinta liebres grandes
y chicas, un toro viejo y un par de vacas que por de pronto le
dan leche a Venancio y a Adriana, su mujer y pronto se la darán también a su hijo que está en camino y lo mejor de todo es
que hay agua abundante, llega desde una toma que construimos allá, señaló con el dedo un trozo del río hacia el noreste
cuya orilla no alcanzamos a ver, desde ahí llega el agua a la
acequia madre, de donde se distribuye a los canales secundarios y allí, señaló ahora hacia el sur, donde ven ese espejo
que brilla bajo el sol en esa especie de colina rodeada de árboles frutales, a corta distancia de la casa, hay un estanque
con capacidad para mil quinientos metros cúbicos de agua,
donde podrás bañarte y nadar en los días calurosos, asegura
el riego en los meses de estiaje cuando el río se seca y desagua
en los canales secundarios que llevan el saldo hasta una de las
acequias que bordean el camino por donde vinimos, y bueno,
abrió los brazos teatralmente como para graficar que con ellos
abarcaba todo el terreno, desde este momento ha dejado de
ser mío, incluidos el ganado grande y pequeño y la camioneta
que solo te daré cuando me entreguen el auto que he comprado, para convertirse en propiedad del matrimonio constituido
por mi hermano y la bellísima Eudora, nos quedamos mudos,
lo miramos a la espera de su risa, de su próxima risa, pero su
rostro estaba verdaderamente serio, pero le dije, esto es una
de las cosas que más quieres en el mundo, no puedes deshacerte de ella en un momento de entusiasmo emotivo y por eso
mismo, para no arrepentirme, esta misma mañana iremos a un
notario, donde me comprarás la propiedad porque de ninguna manera puedes pensar que te la voy a regalar, solo quiero
que Eudora y la descendencia que tendrás tengan un poco de
tierra donde caerse muertos, rió con una carcajada que hizo
volar los pájaros de los árboles cercanos, cuánto tienes en el
bolsillo, ja, ja, reí yo también, no tengo mucho, dije, comencé
a disculparme quizá solo para el almuerzo que les invitaré, se

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Luis Eduardo Podestá

lanzó sobre mí, me agredió, me cruzó un brazo en la espalda para inmovilizarme y tirarme al suelo ignominiosamente,
Eudora, ordenó luego, sácale lo que tenga en el bolsillo y ella,
asustada y sorprendida en un primer momento, se dio cuenta
de la broma y extrajo unas monedas, esta quiero, dijo el camanejo, y escogió un sol, te vendo mi propiedad por un sol,
pero no por un sol cualquiera, sino por este, por esta moneda
que me gusta tanto y que usaré de ahora en adelante como un
amuleto colgado al cuello, me soltó, Eudora lloraba y reía, me
ayudó a levantarme, me abrazó, no podemos aceptar, me dijo,
y volviéndose al propietario de la chacra le dijo él se niega a
comprar, a nadie se le puede obligar a vender o a comprar, tú
no puedes obligarlo, ya lo obligué, respondió con una sonrisa
amplia mientras yo me limpiaba el pantalón de las briznas de
hierba y el polvo que lo cubrían y Eudora me sacudía el saco,
y esto es el precio que acaba de pagar delante de testigos, si se
oponen voy a llamar a Venancio y su mujer, para que firmen
un documento que confirme que con pleno conocimiento de la
transacción este hombre me pagó el precio de la propiedad delante de su novia, la ciudadana fulana de tal, con libreta electoral número tal y Venancio y señora firmarán el papel que presentaremos al notario, ja, ja, ja, volvió a reír, están sitiados, no
pueden hacer nada y, entonces, al comprobar la inutilidad de
la oposición me volví hacia él, le metí una trompada amistosa
en la cara, lo abracé y vino Eudora y también lo abrazó y formamos un grupo de tres, en el que yo lo mandaba a la mierda
por abusivo, Eudora sollozaba sin saber qué decir y el camanejo reía a carcajadas, y solo después de secarse las lágrimas
que le empañaban los ojos, soy muy sentimental, se disculpó
ella, pudo decir entre suspiros no creo que nosotros sepamos
cultivar la tierra tan bien como la están trabajando ahora, se
disculpó pero mi hermano Abelardo estaba decidido, los traje
para que conozcan cuál es la dimensión de su propiedad, lo
que cultivamos, lo que ustedes tendrán a partir de mañana y
ahora que volvamos al centro legalizaremos la compra para
que sea de tu familia hasta el fin de los siglos, no sabía qué

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El hombre que se fue

decir, creo que cometes un error, yo quería hacerles un regalo
de matrimonio, soy, seré su padrino, ¿verdad?, sí, le respondimos, y no estoy regalándoles nada sino vendiéndoles unas
tierras, una casita, unos animales y unos árboles que ya me habían aburrido y eso sí, me permitirán venir de vez en cuando
para bañarme en el estanque y pasear por donde yo quiera, y
no sé por qué en aquel momento miré la tierra que nos rodeaba y que se extendía a nuestros pies hacia el horizonte donde
chocaba con hileras de árboles y dije esta es la primera vez que
me siento dueño de un paisaje y Eudora muchísimas gracias,
dijo con una voz tierna y temblorosa que usaba solo en los momentos de su vida en que estaba especialmente conmovida, y
lo besó en el rostro, gracias, hermano, dije y nuevamente mi
mirada se extendió hacia el soleado paisaje de aquel trozo de
Characato, donde muchos años atrás había anhelado vivir y
alrededor del cual había construido cientos de ilusiones que
acariciaba en las noches de mi cuarto pero de las cuales nunca
hablé con nadie y menos, por supuesto, le conté a nadie que
cada cierto tiempo me iba de incógnito a averiguar el precio
de una casita en alquiler o en venta, rodeada de un campo
de alfalfa, acariciada por el sol que cada mañana rodaba por
las faldas del Pichupichu, atlante enmudecido que frenaba el
viento que venía de allende las cordilleras y del lejano polo
sur y refrescaba con el hálito de sus nieves el tiempo de todos
quienes algunas veces nos atrevíamos a tener sueños de paz
y tranquilidad y de una transfiguración que nos convirtiera
en parte de las piedras, los árboles, la hierba, para finalmente
disolvernos en la naturaleza.
Bajamos abrazados hasta la casita que el camanejo le
mostró minuciosamente a Eudora y luego, mientras ella fue
hasta la conejera, bueno, carajo, dije al camanejo, he programado un almuerzo para hoy y tú eres el invitado principal,
está bien, respondió, iremos a almorzar donde yo quiera y
solo después de cumplir el trámite ante el notario.
Fue uno de los días más felices de mi vida. El camanejo exigió con billetes en la mano que el notario hiciera de

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Luis Eduardo Podestá

inmediato una minuta de compra venta, nos hizo firmar los
papeles, le encargó al funcionario de la notaría que hiciera los
demás trámites de inscripción en los registros públicos de la
propiedad y de los nuevos dueños, le dejó dinero para que
cumpliera la tarea a la brevedad posible y le dijo más tarde
vendré a ver cómo está marchando todo y nos guiñó el ojo,
esto solo concluirá en una semana, pero vamos a ver cómo se
mueve, tú sabes que con plata baila el diablo y el gato le sirve
de guitarrero, dijo apelando a una frase que a menudo utilizaba y que atribuía a uno de sus antepasados.
Fuimos a almorzar en un amplio local de la calle Jerusalén, donde se escuchaban las notas de un piano y después de
gustar los piscosauers de orden, dijo Eudora escribe aquí, le
alcanzó una servilleta, las melodías que más te gusten. Eudora
divertida escribió Té para Dos, Polvo de Estrellas, Tres Monedas en la Fuente y el camanejo miró el papel y se fue hacia el
piano, habló algo con el pianista quien se levantó del asiento y
se lo dejó, mira, le dije a Eudora, él va a tocar, cuándo aprendió a tocar el piano, preguntó Eudora sorprendida y admirada, no sé, respondí, solo sé que estudió unos meses, solo unos
meses, en la escuela regional de música y otros pocos meses
en la escuela de bellas artes, e instantes después nos cayeron
las notas de las melodías que mi linda dama había pedido por
escrito y que eran ejecutadas con verdadera profesionalidad y
dije a Eudora solo he escuchado tocar esas melodías en esa forma a Víctor Huirse, y al concluirlas no solo nosotros lo aplaudimos de pie sino también los demás comensales, alguno de
los cuales pedía otro, otro, pero el camanejo regresó a nuestra
mesa, lo abrazamos, le dimos la mano, bravo, hermano, bravo, Abelardo, te desconocía esta habilidad y almorzamos y al
final, cuando habíamos bebido un par de cervezas, él se volvió
a Eudora con un rostro inexpresivo que quería ser indiferente tú fuiste, le dijo, se hizo un silencio y no sabíamos de qué
hablaba, tú me devolviste el sobre, prosiguió el camanejo, lo
miramos con los ojos muy abiertos, lo sospechaba pero ahora
tuve la confirmación cuando te pedí que escribieras el título de

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El hombre que se fue

las melodías que más te gustaban, miré a Eudora, ella asintió
sí, fui yo, no podía recibir un dinero por el cual no había hecho
nada, dijo muy seria, pero el camanejo arrancó a reír con esa
carcajada amplia y sincera de niño que tenía cuando estaba
contento por haber acertado en algo, por eso te eliminé del
concurso, ¿estás de acuerdo?, completamente de acuerdo, dijo
Eudora sonriente.

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

10

P

reparábamos nuestra boda. Habíamos decidido que fuera un sábado o domingo de agosto o setiembre,
cuando la primavera comenzara a preparar el mundo para su
florecimiento y Eudora llenaba una lista de invitados en que
figuraban desde sus abuelos que se encontraban en el valle de
Majes hasta sus condiscípulas del colegio secundario y amigos
de una oficina donde trabajó un tiempo. En la mañana, después de la acostumbrada visita que me hacía y de tomar un
desayuno, se ponía ante la mesa donde estaba de adorno mi
vieja máquina Underwood, a escribir la lista de invitados en
que ya existían ciento cincuenta nombres y una mañana le dije
yo solo tengo como invitados a mis compañeros de trabajo,
incluidos el jefe, Juan José Barriga Gonzales, su esposa y su
hija Marcela, recorrí de un vistazo la lista de Eudora y no los
encontré y ella me miró a los ojos amor, perdóname, soy una
egoísta y revisamos la lista y eliminamos de común acuerdo

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Luis Eduardo Podestá

uno a uno un montón de nombres, y al final nos encontramos
con unos cuarenta invitados y sus parejas.
Las mañanas traían nuestros momentos más felices
porque ella llegaba como un fresco viento de primavera, vital,
llena de entusiasmo y optimismo y fe en la vida. Traía pan caliente, ponía a hervir el agua y se acostaba conmigo, decía tengo un frío horrible aunque tuviera el rostro encendido y nos
calentábamos y compartíamos nuestro propio calor, conversábamos de mil cosas, a veces ponía el tocadiscos y escuchábamos música, le gustaban Peer Gynt y el concierto para piano
de Grieg, los bellísimos y melodiosos conciertos para violín
y para piano de Tchaikovski, las danzas eslavas de Dvorak.
Ella comentaba cuán bellas y diferentes eran a pesar de su aire
uniforme, la dulzura de la orquestación y se ponía triste, yo he
bailado algunas de esas danzas en el colegio, decía en un momento, vestida como campesina checa, callaba y sus hermosos
ojos miraban al vacío y yo, solidario con ella porque coincidíamos en nuestro gusto musical y en el efecto que producía en
nuestras almas, quería buscar el mismo punto de su mirada,
me decía miro el universo, le preguntaba si era la Cruz del Sur,
la Nube de Magallanes, no, me decía, más lejos y hay un vacío
enorme donde no puedo estar, donde me encuentro en la soledad más absoluta, suspendida como en una burbuja desde
donde veo pasar los astros, y tú estás conmigo en todos mis
sueños, en todas mis soledades estás conmigo, la abrazaba, le
acariciaba cada centímetro del cuerpo, me decía me encanta
cuando tus manos exploran mi cuerpo y llegan hasta donde
me daba vergüenza que mis propias manos llegaran, yo le decía tengo miedo de ofender tu dignidad y tu recato cuando
mis manos llegan a tus lugares más secretos y ella quiero que
llegues a todo lugar de mi cuerpo porque te amo, decía, no
quiero que mi cuerpo tenga un solo centímetro secreto para
ti y sobre todo, me gusta que me acaricies, que me enciendas,
que me prepares para hacer el amor y entonces pueda satisfacerte a plenitud y pertenecerte completamente, absolutamente
y sentirme tuya, completa y absolutamente tuya.

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El hombre que se fue

Fueron días felices para Eudora y yo. Decidimos que
nuestro matrimonio fuera frente a nuestra ventana, en aquella
iglesia, decía mirando la fachada y las dos torres de sillar de
San Antonio, tan blancas que al reflejar los rayos de sol parecían faros que lanzaban también sus luces sobre la ventana de
nuestra casa, yo caminaré lentamente por el centro del atrio,
decía, nuestro padrino camanejo me llevará del brazo y tú me
estarás esperando delante del altar mayor, no me hagas esperar mucho como tienes por costumbre cada vez que nos citamos en cualquier sitio del centro, le dije, rió, no más de media
hora, dijo, diez minutos, regateamos, y al final quedamos en
que solo la esperaría quince minutos ¿y si no llegara en ese término?, preguntó, me iré, ¿adónde? inquirió preocupadísima,
no tienes dónde ir, vendré aquí y desde esta ventana te miraré
llegar y salir sola, se enterneció, no, nunca me harás eso, ¿verdad?, nunca, amor, nunca.
A pesar de que jamás había dejado de estar alerta, al
extremo de sospechar de todo el mundo cuando caminaba por
cualquier calle, sobre todo por las noches, y a pesar de estar
siempre cerca de él, me sorprendió el hecho de saber que el
camanejo se había convertido en una suerte de hombre milagroso cuyas manos y preparados líquidos o sólidos, eran capaces de curar todos los males y yo nunca le había conocido
facultades de herbolario ni curandero ni menos aún, de médico de pobres.
Eudora lo descubrió en un periódico que no era el mío
y una mañana que desayunábamos me mostró unos recortes,
me preguntó ¿tú no has visto esto? y leí que el profesor Abelardo Machuca M., había curado a una niña que se moría con
cólera en el barrio de Santa Rosa con solo darle a beber unas
gotas de agua roja que le frenaron la diarrea, la rehidrataron y
la recuperaron para esta vida cuando todo el mundo pensaba
que ya estaba muerta y cuando, sobre todo, ya le habían comprado el ataúd para enterrarla.

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Luis Eduardo Podestá

No era el único caso porque valiéndose de una mezcla
de hierbas machacadas, cuya base era el llantén que recogió de
acequias de una chacra en Characato, pudo curar a un hombre
que mostraba una enorme llaga ulcerada que le comía ya la
mitad de la pierna izquierda y en tres semanas había conseguido no solo que la herida se cerrara sino que los músculos
se regeneraran y una tan completa cicatrización que los médicos que habían diagnosticado gangrena irreversible dijeran
que por motivos desconocidos, el hombre estaba sin señales
de infección en la pierna herida y también me enteré de que
las manchas que algunas chicas mostraban en el rostro habían
desaparecido con una grasa de enormes gusanos blancos procedentes también de chacras o jardines húmedos pero lo que
más había llamado la atención era que había aliviado a numerosas personas de edad avanzada de sus dolorosos males
artríticos con un tratamiento que solo él conocía y se negaba
a revelar.
Me enfurecí, Eudora me dijo por favor, no hagas nada
que lo vaya a ofender y de lo que te vayas a arrepentir, pero
llegué al periódico, llamé por teléfono y le dije cuando supe
que él me respondió conchetumadre, me utilizas para lo que
crees que va a ser beneficioso o va a tranquilizar tu conciencia
o tu ánimo de notoriedad y cuando se trata de que los humildes están metidos en el caso te entregas a otro periódico,
no, hermano, trató de explicar, te vas a ir a la misma mierda,
le dije, nunca pienses que te buscaré para una noticia ni para
nada, puedes pudrirte en tu propia mierda hasta el fin de los
siglos con tus pinturas y tu música si crees que la haces bien,
y escuché su silencio al otro lado, y su voz llegó a mí con tal
calma que me desarmó, hermano, dijo, nunca he buscado la
notoriedad, nunca he tratado de construir un prestigio sobre
la base de lo que no poseo porque no poseo nada, solo mis
amigos, solo tú, Eudora, que es la mujer que amas y nada más,
son para mí la posesión que más quiero, ustedes son mis amigos más queridos, mis hermanos, calló y levanté los ojos al
techo, maldita sea, pensé, qué mierda estoy haciendo, por qué

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El hombre que se fue

lo ofendo, ven, escuché su voz, conversaremos, ven. Y fui.
En el mismo salón donde hace meses estuvieron treintisiete bellezas tratando de ubicarse en el primer lugar para
ser aprobadas como el alma gemela del camanejo Abelardo
Machuca Mestas, había dos decenas de personas, mujeres y
hombres, la mayoría viejos, que ponían la mirada en el suelo
y esperaban. Cuando aparecí en la puerta, algunos levantaron
la cabeza y otros no, buenos días, dije, algunos respondieron
buenos días y otros continuaron con la cabeza mirando el suelo, algunos apoyados en sus bastones, me pregunté qué mierda ocurre, qué mierda está ocurriendo y me sentí fuera de los
esquemas en que había ubicado al camanejo y en el esquema
en que yo mismo me había colocado y en el que había ubicado
a mi amada Eudora. No supe qué pensar y me pareció encontrarme en una nave diferente a la que había compartido en
este mundo con el camanejo, mi condiscípulo al cual un día lejano, había defendido de la ofensa pública en un gesto espontáneo que ya ni siquiera quería traer a mi memoria para nada,
y pregunté ¿esperan a alguien?, al doctor, me dijo el primer
anciano de la fila, ¿al doctor?, inquirí, ¿qué doctor?, al doctor
Machuca, respondió con sencillez y convicción.
Toqué la puerta del consultorio del doctor Machuca
Mestas y cuando dijo adelante, la abrí y lo encontré hablando
con una anciana, hola, hermano, me dijo, esta mamita necesita
un consejo, lo escuché sin decir una palabra, y lo único que
puedo aconsejarle es que todas las mañanas tome el agua que
le doy en este frasco y camine por el jardín o por la avenida
más cercana a su casa, le habló de lo que significaban los dolores en el cuerpo que solo eran el anuncio de algún mal que
se nos acercaba y que el organismo debía recibir solo el hálito
de lo bueno que nos daba la naturaleza y rechazar lo malo y
en consecuencia, los perfumes de las flores y las plantas eran
lo mejor y los dolores de cabeza podrían curarse con poner
la mirada en los sembríos de alfalfa o la corriente del río en
un lugar que no estuviera contaminado, me miró, en eso tú
puedes ayudarme, dijo levantando la voz, porque este río y

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Luis Eduardo Podestá

señaló el mapa de Arequipa en la pared, no tiene por qué estar
contaminado y aquí y aquí hay curtiembres que arrojan al río
sustancias químicas que envenenan las aguas y causan el olor
que sentimos diez cuadras a la redonda desde el puente del
Vallecito, me reí, oye, doctor, solo quiero hablar unos minutos
contigo y me iré, gracias doctor, dijo la anciana mientras salía
llena de esperanza hacia quién sabe dónde.
Oye mierda, no engañes a la gente, no la engaño, cómo
puedes pensar en eso, respondió como si estuviera ofendido,
nunca hubiera querido que vinieran hasta aquí pero lo hacen
y no puedo arrojarlos a la calle cuando necesitan consuelo, alivio para males corporales y espirituales, me reí, no me hagas
cojudo, le dije, te has convertido en el apóstol Abelardo Machuca Mestas, oye, oye, no me jodas, replicó, porque ya me
conoces y lo último que haría sería molerte el culo a patadas
pero lo haré solo si me colmas la paciencia, esa señora tiene
artritis, reumatismo, le he dado un concentrado de uña de
gato, y se lleva también un paquete de corteza para prepararse
y tomar, eso le aliviará los dolores de las articulaciones y las
desinflamará, aprendí las cualidades de ese remedio en la chacra, conversando con los campesinos, nada del otro mundo,
callé, me senté y me contó que lo extraño, lo verdaderamente
extraordinario ocurrió un día que vagaba con la camioneta
que aún no me entregaba y que yo tampoco reclamaba, por la
vía rodeada de paisajes entre Hunter y Socabaya, me gusta el
lugar, recojo ideas para mi pintura, a veces tomo fotografías
de trozos de paisaje, antes que lo llenen de cemento y fierro de
construcción, y estaba tan abstraído en las chacras y los árboles al borde de la carretera que casi atropello a una mujer que
llevaba a una niña de la mano que tendría unos siete u ocho
años, frené el carro, no ven por dónde caminan, quise enfurecerme pero comprobé que la niña era ciega aunque tenía los
ojos abiertos, me compadecí, me acerqué, la madre me dijo
que de pronto, hacía unos ocho meses, había comenzado a
perder la vista probablemente a consecuencia de un golpe que
se dio en la cabeza mientras jugaba en la escuela y no me vas a

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El hombre que se fue

creer, hermanito, calló mientras yo pensaba me va a meter
otro cuento como el del viaje interplanetario que para mi desgracia y la suya resultó cierto, no me vas a meter cuentos,
mierda, le advertí, no, todo es absolutamente cierto y te lo contaré con la condición de que no lo publiques porque me jodes
para toda la vida, comenzarán a intervenir en mi existencia y
ya no tendré un minuto de tranquilidad, me joderán día y noche y hasta me podrán denunciar por ejercicio ilegal de la medicina, y ya sabes lo que es eso, explicaciones y todo tipo de
huevadas y si no logro convencerlos, iré a dar con mis huesos
en la cárcel, ¿te das cuenta de lo que eso significaría?, por eso
no te llamé ni hice nada, pero un periodista de otro diario se
enteró no sé cómo y entrevistó a varias de las personas a quienes hice algunos favores en barrios pobres de Socabaya, ¿tú
haciendo el bien?, ¿y por qué no me lo dijiste?, ¿no confías en
mí?, todo fue muy rápido, hermano, me desconcertó, bueno,
le dije, te prometo no escribir nada pero si sale algo en algún
otro periódico rompo mi promesa, te agarro a trompadas en
este mismo sitio y publico lo que estoy viendo, me miró como
dudando de que pudiera llegar el día en que yo viniera a meterle un puñetazo, bien, prosiguió sin darse por enterado, conversé con la mujer y su pequeña, me dieron compasión porque
la chica parecía desnutrida, le di unos billetes que llevaba en el
bolsillo y cuando me dijo gracias, levantó la mirada ciega hacia donde yo estaba a contraluz porque el sol me daba en la
espalda y pude ver sus ojos dulces y un puntito oscuro en el
globo del ojo, una especie de coágulo en uno de ellos, me dije,
y ¿sabes lo que hice, hermano?, me acerqué, le pregunté si le
dolía en ese sitio, no respondió nada, hice un ruego inmenso,
profundo y sincero porque realmente deseaba que mis deseos
se cumplieran, me concentré mentalmente porque deseaba
que se cumpliera lo que deseaba en ese momento, dejé mi cerebro en blanco y lo único que vi fue esa obstrucción en los
ojos de esa pobre criatura y ella cerró los párpados, le froté el
lugar donde calculaba que se encontraba el coágulo, y oh, Dios
mío, rogué, froté con mi dedo pulgar con suavidad pero con

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Luis Eduardo Podestá

firmeza el lugar donde creía se encontraba la lesión, le froté los
dos ojos, con la idea fija en que mis dedos fueran capaces de
disolver cualquier coágulo, cualquier obstrucción de cualquier
vasito por pequeño que fuera y pensé en la posibilidad de que
el golpe que sufrió hubiera producido el bloqueo sanguíneo y
que si se disolvía el coágulo la sangre podría volver a circular
y existiría la posibilidad de que recuperara la vista, todo estaba dentro de lo normal, nada del otro mundo, repitió, nada de
magia, nada de inspiración espiritual o extraterrestre si estás
pensando en eso, me miró fijamente durante una pausa y luego de unos minutos, por favor, abre los ojos, mamita, le dije y
gracias señor, se frotó los ojos, los abrió y tuvo que ponerse la
mano porque era indudable que el sol ahora sí la deslumbraba, puedo verlo, señor, exclamó loca de contento, puedo ver,
gritó, me quedé cojudo de asombro, la madre se arrodilló en la
pista con las manos juntas y gracias, Dios mío, gracias virgencita de Chapi, rezaba, comencé a dudar, ¿no sería que habían
inventado la ceguera para sacarme plata?, pregunté a la madre
si era cierto que la niña había estado ciega o si solo me lo había
dicho para provocar mi compasión, que no tenía necesidad de
hacerlo porque igual yo las podía ayudar, la madre juró por
todos los santos, por Dios y la santísima virgen que no, que
por eso dejó de ir a la escuela donde ya estaba en tercer grado,
saqué una tarjeta del bolsillo, ¿sabes leer?, sí, señor, un poco,
le mostré la tarjeta y leyó el nombre la dirección, el teléfono
que aparecían en ella, suban a la camioneta, les dije, y no digan nada a nadie porque vamos a ir hasta el colegio a confirmar si ustedes me dicen la verdad y fuimos a una escuela a
unas cinco cuadras de distancia, buenos días, señorita Gaby,
saludó la niña, Hortensia, ¿me puedes ver?, estás curada,
¿cómo estás?, la miró de cerca, exageradamente de cerca para
examinar sus ojos, y al sentir la mirada de la niña, ¿ya puedes
ver, Hortensita?, sí, señorita, respondía la pequeña que no sabía qué hacer de felicidad, se miraba las manos, se miraba la
ropa, miraba todo lo que tenía a su alrededor, le pregunté a la
maestra si conocía a la niña y si realmente había estado ciega

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El hombre que se fue

y me dijo sí, es un milagro, su madre la sacó del colegio porque no veía a causa de un accidente, se cayó jugando en el
patio y se golpeó la cabeza en el piso de concreto, fuimos a la
dirección de la escuela y la maestra le contó a gritos a la directora que Hortensia ya veía y ¿va a volver a la escuela?, le preguntó a la madre que parecía no salir de su asombro, sí, señorita, va a volver y quiso hablar algo más pero la miré y calló,
las saludé y salí. Pero la madre me siguió, me besó las manos,
me enseñó su casa a media cuadra de allí, quería invitarme un
refresco, no quería dejarme ir sin agradecerme, y minutos después tuve una limonada en la mano y veía toda la miseria que
había a mi alrededor, los niños desnutridos y descalzos, las
casas sin servicios, cagan en el fondo de sus lotes, se contaminan y nadie está libre de la tifoidea ni del cólera, beben agua
insalubre guardada en cilindros día tras día, no sé cómo
aguantan y no se mueren en masa, calló y miró a la ventana
detrás de la cual los enfermos esperaban que los atendiera,
escucha, escucha bien, aproveché su silencio, todo eso ya existió antes de que nacieras y existirá hasta después de nuestra
muerte, este mundo no tiene arreglo, solo quizá lo arregle un
diluvio universal o una lluvia de fuego que arrase y limpie
todo para que todo vuelva a comenzar, desde el principio de
los siglos han existido la miseria y los miserables, la riqueza y
los ricos, el trabajo y la explotación y los que trabajamos y los
que nos explotan, no digas que no haces lo mismo en los arrozales de tu propiedad en Camaná o en tus cañaverales de Chucarapi, se levantó, comenzó a pasear por su estudio, dónde
mierda he estado viviendo, se preguntó sin responderme, me
conmovió, con qué ojos he estado mirando el mundo en que
vivía, no dije nada, solo lo miré, les prometí llevarles un poco
de arroz y cuando llegué con la camioneta cargada con diez
sacos con la idea de dejarlos para la madre de la chica y otras
familias, ¿sabes qué hicieron?, la madre de la cieguita que ahora ve me dijo llevemos todo a la escuela para que allí preparen
comida para los chicos, no quisieron todo para ellos solos, les
llevé un cargamento de leche, papas, hubiera querido llevarles

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Luis Eduardo Podestá

más, pero escucha, le discutí, tú no eres un santo para hacer el
bien a quien encuentres en el camino, ¿qué te has creído?, sin
volverse a mirarme, como si hablara con la pared dónde mierda he vivido todos los años que tengo, murmuró algo que no
llegué a entender, se volvió bruscamente a mí, tú me vas a
ayudar, gritó, tú y otras personas en las que ya he pensado,
formaremos un grupo, cómo no pensé antes en ti, qué egoísta
de mierda soy, creía que yo era el único ser que existía en el
mundo y no me di cuenta de la existencia de otros muchos que
tienen sensibilidad como tú, estás loco de remate, le dije, te
buscaré un día de estos para ir a almorzar en mi chacra, te
prepararé un par de liebres al horno como jamás probaste,
puedes invitar a tu pareja, si la tienes y si puedes conseguirla
hasta el jueves próximo, y olvídate de tus sueños de redentor,
le dije burlón, yo estaré con Eudora, esperándote al mediodía
del jueves, me miró como si no me hubiera escuchado, tú no
me entiendes, huevón, se rascó la cabeza con furia, desordenando sus cabellos que habían vuelto a ser blancos porque
dejó de teñirlos desde algún día y no me dijo nada.
Le dije chau, hermano, buena suerte.
Me fui todo confuso, más desconcertado de lo había
venido, pero decidido a hacer el almuerzo el jueves en la casita amarilla y esa misma tarde se lo dije a Eudora. Se mostró
encantada, no creas que no sé cocinar, me dijo y los platos al
horno son mi especialidad, puedo preparar unos camarones
también si puedo conseguir que mis tíos me manden una canasta de Majes, claro, asentí, me entusiasmé, la felicité por la
grandiosa idea y paseamos largamente por las calles que se
enrojecían con el beso de esa tarde, la dejé en su casa y aunque
debía sentirme feliz por haber estado con ella, que era lo que
más me gustaba y deseaba, un extraño sentimiento de inseguridad, de no saber si estaba aquí o en otro lugar del mundo
había invadido mi corazón y no quería decírselo a nadie, ni
siquiera a la mujer que amaba.
El jueves teníamos cuatro liebres en el horno, papas
que se doraban, una olla de rojo chupe de camarones hu-

228

El hombre que se fue

meando en la cocina y sobre la mesa una crema de rocotos que
Adriana, la esposa de Venancio nos enseñó a preparar y que
sabía a manjar no ya de cardenales sino de dioses, si a ellos les
gustaba el picante y sus adornos de cebolla, maní y galletas.
El camanejo llegó en su auto flamantito cubierto de
polvo en compañía de Ruth, quien lucía la chompa más provocativa que mujer alguna pudo ponerse para un día de sol,
como el que vivimos aquella vez en la casita de ladrillo de
Characato. Admiramos el coche, parece fuerte, comenté, es
muy fuerte, confirmó él, tiene el color de una nave interespacial, añadí riéndome para mi solapa al elogiar el suave gris
plateado de la carrocería, con este automóvil ya no habrá nadie que no te identifique donde quiera que estés porque no
he visto uno solo como él en Arequipa, es cierto rió, pero me
cuidaré.
–Discúlpame por no haber traído tu camioneta –dijo
luego con un rastro de burla–, pero no encontré la forma de
manejar dos vehículos a la vez.
Eudora fue a enseñarle el campo a Ruth y se fueron en
dirección a los árboles frutales alrededor del estanque. Mientras tanto, el camanejo sacó de la maletera dos botellas de
whisky, tengo cerveza en la heladera, le dije, entonces guardaremos este trago para cuando haga frío, aceptó y nos sentamos a la sombra, delante de la puerta de la casita a mirar el
paisaje de más allá del muro de piedra, por cuya abertura sin
puerta veíamos parte del camino de tierra por el cual pasaban
de cuando en cuando campesinos con sus vacas, sus ovejas o
solos llevando herramientas de trabajo al hombro como fusiles
de paz.
Con un vaso de cerveza en la mano, lo primero que me
contó fue he vuelto a hablar con Arn, fue una conversación
más larga que la anterior, lo miré con incrédula sorpresa, y sin
esperar mi respuesta prosiguió dice que ellos vinieron en la
nave siguiendo a un enorme y extraño cuerpo estelar en cuya

229

Luis Eduardo Podestá

trayectoria se encuentra la tierra, un meteoroide, como llaman
los científicos a los cuerpos interestelares cuya naturaleza y
origen desconocen, que en este caso podría tratarse de una
enorme masa de metales tremendamente densa que vaga por
el cosmos, sus cálculos matemáticos establecieron que al ingresar a nuestro sistema planetario, podría desintegrarse poco
a poco al pasar por las órbitas de los planetas y enfrentarse al
viento solar o podría desarrollar gases y vapores que lo convertirían en una luminosa singularidad del universo porque a
la velocidad que se desplaza, unos ochenta mil kilómetros por
segundo, los materiales superficiales que se desprenderían de
él le formarían una cabellera brillante que, de acuerdo al tamaño de esa monstruosidad se extendería a unos siete mil millones de kilómetros, una distancia igual a la que existe entre el
Sol y Plutón, es una curiosidad del universo, repitió, no se
sabe exactamente de dónde mierda ha salido, pero según los
primeros cálculos de la gente de Arn, quizá nació en lo que
llamamos la nube de Oort, un enorme aro de material cósmico
que rodea el sistema solar a unos dieciséis mil billones de kilómetros del sol, cerca de donde, alguna vez, cada millón de
años como promedio, atraviesa alguna estrella perdida, cuyo
paso provoca tales disturbios en aquella formación de materiales, que millones de cuerpos de materia congelada como los
cometas, salen disparados en todas direcciones. Algunos de
ellos se dirigen hacia el fondo del cosmos y jamás tenemos la
oportunidad de saber de ellos, pero otros son lanzados al interior del sistema solar y el que se acerca puede ser uno de ellos,
pero también podría proceder, dice Arn, de la constelación de
las Perseidas, calló para beber un poco de cerveza y tomar
aire, porque había soltado su información de un solo tirón,
mientras yo lo escuchaba embobado por lo que le había informado Arn y me sentía más que sorprendido, maravillado por
la aventura de esas masas de composición desconocida que el
universo podía regalarnos y que casi siempre estaban fuera
del alcance de nuestros ojos y en consecuencia nuestra información sobre ellas pocas veces podía enriquecer nuestras bi-

230

El hombre que se fue

bliotecas y la enseñanza, le dije salud y lo miré para demostrarle que lo escuchaba con toda atención y él prosiguió que el
meteoroide, si es el caso, puede penetrar en el sistema solar
como un cometa y atraído cada vez más por el sol, adquirir tal
velocidad que podría seguir de largo hacia el otro lado del
universo, en otros casos puede ser atraído por la fuerza de gravedad de alguna estrella o planeta de algún sistema perdido
en la inmensidad del cosmos hasta que se produzca la gran
colisión y si una estrella se lo traga, causará un pequeño fenómeno en el mar de fuego donde se hunda, pero si se trata de
un planeta provocará un choque similar a la explosión de millones de bombas nucleares lo que podría causar una mutua
destrucción o partir en dos o en miles de fragmentos al planeta o cuerpo víctima de la colisión, salud, se interrumpió. Los
estudiosos de la nave de Arn, reiteró, comprobaron que ese
cuerpo extraño comenzó a viajar en dirección a nuestro Sol,
estudiaron la trayectoria del meteoroide y se adelantaron a él
y llegaron a la tierra donde ellos estuvieron antes, hace unos
cien o noventa millones de años, ¿estás cojudo?, interrumpí,
hace noventa millones de años no había hombres sobre la tierra y solo los dinosaurios aún vivían sobre este mundo y desaparecieron, según una teoría, cuando un meteorito colisionó
con el planeta, produjo una explosión más poderosa que la de
mil bombas de hidrógeno, de tales dimensiones que las nubes
de polvo y gases que formó oscurecieron la luz del sol durante
cientos de años, sí, sí, admitió, eso es lo que creemos por lo
general y prosiguió, todo eso lo sabemos y ellos también lo
saben, pero ellos fueron miembros de una humanidad muy
avanzada que exploró el espacio exterior con artefactos de diverso tamaño y utilidad, vivió en esa época y se fue cuando
advirtió con mucha anticipación la presencia de ese cuerpo
que chocaría con la tierra y cuyas tremendas dimensiones convertían en inútiles para desviarlo, los medios científicos y mecánicos que poseían entonces, por lo que debían adoptar otras
medidas, calló, me dijo salud y bebió un poquito, así que lo
único que les quedó fue preparar sus embarcaciones, que eran

231

Luis Eduardo Podestá

tan grandes como ciudades, instalar en ellas a todos los hombres, mujeres y niños que pudieran y a todos los vegetales y
animales que podrían servirles de fuentes de alimentación durante un viaje que no sabían cuánto iba a durar, una nueva
arca de Noé, interrumpí, no, replicó, una quizá primera arca
de Noé y, prosiguió, se lanzaron hacia el espacio en busca de
un planeta que los pudiera albergar. Yo lo miraba mientras él
hablaba con la seguridad de estar diciendo la verdad, como si
la hubiera vivido alguna vez, ¿no me estarás cojudeando?, te
juro que no, hermanito, y como quiera que los demás planetas
de nuestro sistema no ofrecían ninguna condición para la vida,
eran demasiado primitivos y por sus composiciones químicas
y densidades inadecuados y nada hospitalarios para sostener
un género de vida como la de los seres humanos, siguieron
más allá en un éxodo dramático que los llevó hasta las estrellas en búsqueda de una tierra prometida entre numerosos sistemas planetarios hasta encontrar una estrella del tamaño similar al de nuestro Sol, rodeada también de planetas y, como
sabían por sus avanzados conocimientos de matemáticas y
astronomía que solo en la Vía Láctea hay unos cien mil millones de estrellas del tamaño del Sol, estaban seguros de que
existiría alguno o algunos sistemas planetarios con las condiciones que se necesitaban para sostener la vida primitiva o inteligente similar a la de la Tierra, y confirmaron sus teorías al
encontrar el mundo en que se alojaron, un planeta también
azul como el nuestro protegido de las radiaciones letales por
una capa de ozono, donde tuvieron que comenzar de nuevo a
construir una civilización, pero en el curso de los cientos de
años que emplearon en el viaje, sus estructuras orgánicas cambiaron, ya no serían jamás los seres humanos que dejaron la
tierra, sus organismos experimentaron mutaciones que los
adaptaron al estado de ingravidez en que habían vivido y a las
velocidades cercanas a la de la luz en que se había producido
el nacimiento y crecimiento de varias generaciones, y adquirieron las condiciones que favorecieron su desplazamiento
por el espacio y su presencia en el planeta donde decidieron

232

El hombre que se fue

por fin establecerse, una vez más calló, miró el cielo intensamente azul de ese mediodía, ellos son capaces de viajar entre
las estrellas y han dejado atrás las limitaciones que les imponía la velocidad de la luz, de modo que sus naves con ellos a
bordo pueden moverse a través del universo con una facilidad
extraordinaria, no sé ni se me imagina remotamente cómo y
en qué forma han podido hacerlo y de hecho, dice Arn, vinieron aquí varias veces y contribuyeron a la evolución de nuestra humanidad conviviendo temporalmente con los seres primitivos que poblaban la tierra y que los adoraron como dioses
porque los veían llegar en sus brillantes y luminosas esferas
que aparecían ante sus ojos surgidas de la nada, del cielo,
como una repentina, sorprendente reproducción del sol, del
dios habitual de todas las viejas civilizaciones, les proporcionaron sin que por supuesto, ellas se dieran cuenta, las posibilidades de un desarrollo genético más rápido y enseñaron a
los hombres la forma en que debían emplear sus manos para
hacer herramientas que facilitaran sus tareas agrícolas para
acelerar un crecimiento hacia el bienestar, a cocinar con la utilización del fuego la carne que conseguían de los animales que
mataban, y que eran fuentes de proteínas, a escoger los frutos
que podrían alimentarlos y a separar los que podrían envenenarlos o causarles daño, les enseñaron a seleccionar algunas
hierbas para curar sus cuerpos cuando enfermaban o cuando
eran heridos en su cotidiana lucha por la subsistencia en un
medio tan hostil, y más tarde, porque se sentían hermanos mayores de esos nuevos hombres y mujeres que comenzaban a
repoblar la tierra, les inculcaron normas de conducta que crearon la conciencia del bien y del mal según las cuales el ser
humano debe amar al ser humano y a todo lo que existe a su
alrededor porque él también es parte de la naturaleza y debe
conservarla para su propio beneficio, y escogieron a determinados hombres para hacerlos depositarios de su sabiduría, de
su ciencia, de sus conocimientos y de formas de vida nuevas,
solidarias, y más tarde la humanidad dijo que esos hombres y
mujeres extraordinarios, que predicaron la justicia e hicieron

233

Luis Eduardo Podestá

milagros, vivieron fuera de su época, que no nacieron en el
siglo adecuado y por eso ellos ocultaron lo que sabían o lo que
hacían porque frecuentemente fueron atacados, agredidos,
perseguidos y muertos porque los demás no comprendieron
la necesidad de su presencia y sintieron temor de que las normas existentes en que la mayoría vivía fueran alteradas en
perjuicio de quienes tenían el poder, y Arn dice que no todos
los hombres y mujeres que vivieron entonces en las sucesivas
etapas de nuestra civilización, estaban mental y espiritualmente preparados para recibir enseñanzas de una sociedad
superior, más avanzada, que supo por su propia y dramática
experiencia de los temores y del miedo a la muerte y debió
emigrar a un mundo desconocido entre las estrellas, y por eso
sus conocimientos solo fueron comunicados a unos cuantos,
calló quizá para ver el impacto que habían causado en mí sus
palabras y yo no tuve más remedio que mirarlo en silencio y
desviar la vista hacia el muro de piedras y hierbas, hacia los
cerros lejanos estriados por los árboles iluminados con la luz
del mediodía.
Pero el peligro más inmediato, prosiguió después de
unos instantes, es ese meteoroide que se encuentra tan lejos
que todavía no ha sido localizado por los observatorios terrestres porque es aún un cuerpo oscuro que se confunde con la
negrura del espacio interestelar, pero penetrará en el sistema
solar y aunque existe la posibilidad de que adopte una órbita
desconocida que lo desvíe de su actual trayectoria la probabilidad de que mantenga su ruta es enorme y Arn dice que si
chocara contra la tierra se produciría otro fenómeno similar
al ocurrido hace unos setenticinco millones de años, cuando
los dinosaurios y la mayoría de los seres vivos perecieron no
solo por la explosión que produjo el terrible choque sino por
la nube de polvo y gases que ocultó durante cientos de años
la luz del sol y convirtió la tierra en un desierto donde el caos
previo a la creación volvió a existir y nuestro mundo se convirtió en una especie de planeta Venus rodeado por espesas
capas de nubes de polvo y gases que alteraron su composición

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El hombre que se fue

química original en la que la vida como la conocemos no era
posible, hasta que millones de años más tarde debía producirse el milagro, los rayos ultravioletas del sol de consecuencias
letales para cualquier brizna de vida en la tierra, lograron atravesar la espesa atmósfera que rodeaba el mundo y llegar hasta
la superficie, para provocar paradójicamente, el fenómeno que
dio nuevamente origen a la vida, las tormentas eléctricas que
redescubrieron finalmente la cubierta de ozono protectora alrededor del planeta y en aquella sopa en que estaba convertida
la Tierra se produjo el nuevo milagro de la vida, un pequeño
espermatozoide en un óvulo gigantesco, húmedo y tibio que
lo protegió hasta que logró convertirse en una bacteria sobre la
cual cayeron nuevamente millones de años de evolución hasta
construir la vida tal como la conocemos y la disfrutamos hoy.
El camanejo calló y bebió de un sorbo el resto que tenía
en el vaso, y yo lo miraba silencioso, sin atreverme a destrozar
aquel maravilloso y pequeño silencio que se había instalado
entre nosotros, solo alterado por los cantos de algunos pajarillos que llegaban desde todos los árboles y de cualquier parte
y Arn hablaba muy en serio cuando dijo que su humanidad
salió de aquí para salvarse y cree que el fenómeno puede repetirse y se producirá un nuevo apocalipsis que dejará la tierra
sumida para otros miles de millones de años en una oscuridad
sin vida y quizá sin esperanza por los siglos de los siglos, dijo
con una sencillez en que yo encontré la solemnidad de una
profecía.
Me quedé callado una vez más porque qué habría podido decir o comentar, y él quizá esperaba que con nuestra habitual sorna le preguntara preocupado y alarmado dentro de
cuántos miles de años iban a llegar esos asteroides a la tierra
para convertirla en una bola de fuego antes de que yo terminara de organizar la próxima cosecha, pero preferí no decir nada
porque todo sonaría artificial y burlón y el momento no estaba
para eso y, además, llegaban en ese momento Eudora y Ruth
con los brazos llenos de flores y de hierbas.
–Ruth conoce todas las hierbas medicinales que crecen

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Luis Eduardo Podestá

en la huerta –dijo Eudora a modo de saludo–, y ha encontrado
llantén en las orillas de las acequias, con el que dice se curan
todas las heridas y las úlceras superficiales más rebeldes.
–Eso es cierto –respondió el camanejo.
Lo miré y moví la cabeza. Adriana llegó para decir que
ya era tiempo de sacar las liebres del horno, que el chupe ya
estaba listo y dos minutos después el olor del asado se extendió por todo el campo, nos sentamos en sillas que sacamos al
patio enladrillado, para estar más cerca del paisaje y el camanejo elogió sin reservas el punto en que estaban horneados los
conejos, el momento preciso en que se sirvieron los camarones
y el suave picante de la crema de rocotos, preguntó quién la
hizo y Eudora respondió Adriana que estaba sentada junto a
Venancio en el borde del patio, sobre una de las bancas de piedra y concreto, los llamó vengan a sentarse con nosotros, qué
carajo, se hizo el disgustado.
Y cuando estuvimos todos juntos, con la boca llena
tengo que proponerte un negocio, lo miré esperando algo
burlón o fuera de lo común como siempre, pero asumió una
sorpresiva seriedad, como si se preparara a hablar de las conversaciones con Arn o de los atlantes y su civilización frustrada, y dijo me he comprometido con las madres de la escuela
de aquella niña ciega, ciega dijo, a no darles el pescado sino
el anzuelo para pescar y les he prometido unas liebres, que
serán el principio de su fuente de carne y proteínas más ricas
que los alimentos y vasos de leche que reciben ahora, lo que
de paso les dará independencia frente a quienes aprovechan
su miseria, de modo que hoy mismo me venderás unas parejas y, además, vendrán a recoger la alfalfa necesaria para alimentarlas o tu mismo se la enviarás en tu camioneta, tendrás
el apoyo de Venancio, ¿verdad, Venancio?, así abriremos otra
fuente de trabajo y de ingresos, dijo como para sí mismo, abrí
los ojos porque no creía lo que estaba haciendo, pronto llevaré
otras parejitas a otro colegio de Socabaya y a Mollebaya, así
formaremos conejeros en varios sitios y tú serás el abastecedor
de animales y de alimentos para ellos, no supe qué responder,

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El hombre que se fue

está bien, solo dije.
Conversamos mucho esa tarde, pero se cuidó mucho de hablar de las curaciones que realizaba y sobre todo,
de aquella niña ciega de Socabaya, nos preguntó para cuándo planeábamos casarnos y yo respondí para la primavera,
¿dentro de un mes?, más o menos, respondió Eudora, Ruth
la felicitó, la abrazó y besó, luego habló de las maravillas que
hacen las plantas en el organismo humano cuando se conoce
la forma de suministrarlas en polvo de hojas secas o en infusión y a veces con el simple aroma, por ejemplo, nos instruyó,
las ramas de eucalipto que ponen las abuelas debajo de las
almohadas de los niños y les curan las toses y ronqueras por
afecciones bronquiales, nos miró, ¿saben a qué se deben las
curaciones?, y ella misma se respondió nada de magia ni misterios ni brujería, sino porque durante la noche con el calor del
propio niño las hojas de eucalipto sueltan emanaciones de la
resina que contienen y que al respirarse acaban con los males
y obstrucciones de los bronquios, calló un breve instante, es
lo mismo que hacen los jarabes y pastillas a base de eucalipto,
me llevo unas cuantas ramas, dijo porque también sirven para
desinfectar ambientes y matar insectos dañinos con el humo
que sueltan sus ramas verdes al quemarse, la aplaudimos, qué
buena lección, la felicité y el camanejo yo no sabía eso, me tienes que enseñar algunas otras propiedades de las hierbas, le
rogó y ella contó que desde niña en su lejana Chivay, en las
puertas del Cañón del Colca, había tenido oportunidad de ver
a sus abuelos y a sus padres recoger las hierbas más extrañas
y molerlas, secarlas al sol o hacer infusiones o simplemente
dejarlas remojando en frascos al sol y dijo además que sus
abuelos tenían mucho cuidado con el color de los frascos pues
una hierba puesta a remojar en un frasco azul tenía cualidades
muy diferentes a otra que se dejara en un frasco amarillo o
rojo, me asombré realmente del episodio al cual asistía porque
la casualidad y solo la casualidad y algún designio que desconocía habían juntado a Ruth y al camanejo en aquel asunto de
las hierbas curativas y yo sabía que nada había sido planeado

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Luis Eduardo Podestá

y el camanejo mira, le dijo en cierto momento, quiero ofrecerte
un trabajo, Ruth lo miró, ¿verdad?, preguntó incrédula, claro,
un trabajo bien pagado, acentuó Abelardo Machuca, primero
quiero que escribas todo lo que sepas acerca del tratamiento
de las enfermedades con las plantas para ver la posibilidad
de hacer un libro, y segundo que colecciones todas las hierbas que puedas y las prepares como lo hacían tus abuelos y si
tienes dudas puedes ir a Chivay a preguntarles para que estés
completamente segura, tú serás parte del grupo que pienso
formar para ayudar a la gente a curarse a sí misma y a defenderse de la miseria con sus propios medios, y ella se alegró,
levantó los brazos y dio alaridos de entusiasmo, eso merece un
trago, le dijo a Eudora y a Adriana, las tres chocaron sus vasos
de cerveza, ya sabía que este iba a ser un día que cambiaría mi
vida, dijo sonriente, y se sentó al lado del camanejo, gracias,
señor Machuca, y él le dijo no tendrás el trabajo si no comienzas a tratarme de tú como yo te estoy tratando, e intervine ese
es un chantaje para entrar en confianza con ella, y Eudora el
respeto no se pierde porque nos tratemos de una u otra forma
y allí quedó zanjado el asunto, nos quedamos mirando el poniente que se enrojecía a toda velocidad y teñía las nubes altas
y alargadas con todos los colores que le sobran a la naturaleza
en aquel lugar y que nosotros veíamos con ojos tiernos porque
en ese momento estábamos especialmente felices y tranquilos,
dueños de una paz que solo el campo que nos rodeaba podría
entregarnos a manos llenas, pero algo en el fondo de mi corazón me decía que como todas las cosas de este mundo, en
que ni siquiera la tierra misma se salvaba, nosotros estábamos
condenados a lo efímero de los días buenos y que la eternidad
que queríamos inyectar a todos nuestros actos iba a ser también fugaz aunque en aquel momento no sabía por qué podía
ser tan negativo y atribuí ese sentimiento repentino a los tragos que había bebido, al paisaje que me rodeaba y respiraba
y se me introducía por todos los poros, al crepúsculo que caía
sobre todas las cosas y ponía tonos de tristeza al día que acababa, a que deseaba entrañablemente que Eudora no formara

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El hombre que se fue

parte de aquella fugacidad que se iba como una tarde de bienestar y satisfacción o quizá a las palabras con que el camanejo
me transmitió las preocupaciones de Arn por el destino de la
humanidad y de la tierra misma.

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

11

A

principios de agosto, mientras Eudora y yo nos
ocupábamos de los preparativos de nuestro matrimonio y luego de
haber gestionado y obtenido un mes de vacaciones adelantado, y
cuando habíamos decidido irnos a cualquier sitio del sur del país durante unas dos semanas y luego volver para refugiarnos a la casita de
Characato, estalló lo que los periodistas llamamos la rebelión del pan.
Comenzó con una pequeña chispa en un horno cuyo panadero decidió elevar el precio de cada pieza de pan y en la mañana de
aquel día hubo una trifulca en la panadería situada en un barrio de
Mariano Melgar. Insultaron al panadero, le dijeron explotador, inhumano y sinvergüenza y luego las amas de casa reunidas allí, discutieron y aprobaron el sabotaje, no comprar ni dejar que alguien
comprara en esa panadería.
Luzmila Sánchez, una ama de casa del sector, que dirigía una
asociación familiar escolar en Mariano Melgar, tomó la iniciativa y
se sentó en la puerta para impedir el paso de quienquiera que viniera

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Luis Eduardo Podestá

por pan e inmediatamente unas veinte amas de casa la imitaron y
más tarde las veinte aumentaron a cincuenta y al promediar el mediodía eran más de cien y las acompañaban hombres y niños que
buscaban un pan y no lo encontraron.
Lo que ellas no sabían era que en distintos sitios de la ciudad,
como si la medida hubiera obedecido a una coordinación previa, el
pan había subido de precio y en algunos lugares la reacción había
sido la misma. Primero el boicot, luego rodear la panadería para impedir que otros compraran pan al nuevo precio.
En aquella panadería de Mariano Melgar, Melchor Apesteguía, el propietario, comenzó a verlas negras cuando cerca del mediodía no había vendido ni un pan, llamó por teléfono a otras panaderías y supo que el boicot se había iniciado en toda la ciudad.
Melchor Apesteguía no tenía mucho capital e invertía cada día el dinero que ingresaba el día anterior por las ventas de no solo pan, sino
mantequilla, queso, embutidos, gaseosas y pastelillos, pero ahora veía
que no sonaba un solo centavo en su caja registradora.
Alrededor de las doce y media un comprador inadvertido
trató de pasar la hilera de madres sitiadoras y no pudo. Dijo que a él,
trabajador de un restaurante cercano, le habían ordenado llevar pan y
que él llevaría pan y allí mismo le cayó encima una andanada de improperios desgraciado, maldito, traidor y una ama de casa enfurecida
quizá porque, como las demás, había dejado abandonada a su familia
toda la mañana, le aventó una trompada en medio de la boca que lo
bañó en sangre, según me informó posteriormente un testigo.
Para impedir que el incidente prosperara, un policía de un
grupo de cuatro que había llamado el panadero y se mantenía a prudente distancia, se acercó con la vara en alto para controlar la situación y dos metros antes de llegar a la línea de madres le cayó encima
una media docena de pedradas que lo obligó a retroceder, se unió al
grupo de guardias y uno de ellos sacó su pistola y la enarboló amenazador, a ver dispara contra nosotras, maricón, le gritó una mujer a
tiempo que lanzaba una pedrada que le impactó en medio del pecho.
Otro policía hizo un disparo al aire que detuvo a las mujeres en seco
pero solo durante un corto instante porque luego arremetieron contra el grupo lanzándole insultos matizados con toda clase de grose-

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El hombre que se fue

rías entre las que eran de harta frecuencia las alusiones a las madres
de los guardias, del panadero y de todos los explotadores del mundo
que habían hecho cotidianos la miseria y los abusos. Un policía disparó al grupo que se acercaba peligrosamente y una mujer cayó al
suelo con la pierna izquierda ensangrentada, lo que enfureció más
a las demás que agredieron sin compasión a los guardias, los tiraron
al suelo, les arrebataron las varas y las pistolas y cuando estuvieron a
punto de dejarlos calatos llegó un camión cargado de tropas policiales que lanzaron granadas de gas lacrimógeno mientras disparaban al
aire y rodeaban todo el sector que quedó totalmente aislado del resto
del barrio.
Las madres retrocedieron y el único refugio que encontraron
abierto fue la panadería. Una de ellas disparó la pistola que llevaba
en la mano contra los guardias que lanzaban granadas de gas y todas
se metieron al establecimiento y bajaron la puerta metálica, mientras
Melchor Apesteguía, asustado y blanco como un saco de harina pedía
disculpas, rezaba, prometía no subir un centavo a todo el pan que elaborara por los siglos de los siglos, ofrecía regalar una dotación de pan
a la escuela y a las madres que estaban cerca de él y entre gritos agresivos y la amenaza de cuatro pistolas y cuatro enormes varas antimotines se acurrucó en un rincón y se protegió la cabeza con las manos,
pero no le cayó ningún golpe. Atendieron a la madre herida haciéndole un torniquete en la pierna sangrante y la dejaron descansando
en un rincón de la panadería, semioculta por una vitrina, donde se
suponía que estaría a salvo de cualquier incursión policial, mientras
se recuperaba porque las mujeres que la atendieron diagnosticaron
que no era nada grave y que la hemorragia había sido contenida.
La señora Luzmila Sánchez, hasta un par de horas antes tierna madre de familia, con un hijo en edad escolar y otro de tres que
había quedado al cuidado de su hermana en la casita que ambas ocupaban, asumió con fiereza y resolución el mando del primer grupo
integrado por diecisiete mujeres que, como ella, habían dejado su
hogar para comprar pan y se encontraron con el alza y ahora estaban
en el interior de la panadería. Tomó por el cuello al panadero, le hizo
echar los cerrojos y llaves a la puerta metálica y luego de ametrallarlo
con amenazas de colgarlo por los huevos del gancho donde estaba

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Luis Eduardo Podestá

colgado el jamón, le dijo que se mantuviera quietecito y no le pasaría
nada, pero que si se atrevía a lanzar un solo grito o a intentar algo
contra ellas, cumplirían su amenaza y le cortarían todo lo que le sobraba y lo arrojarían a la calle para que los perros se dieran un banquete. Luzmila Sánchez dijo aquí tenemos comida hasta para regalar,
y a través de la ventanita, por donde el panadero atendía los pedidos
tardíos, en altas horas de la noche, llamó a una ama de casa que se
había quedado fuera del establecimiento, arrojó todo el pan que el
panadero no había podido vender y escuchó la algarabía de las demás
mujeres al recogerlo, luego arrojó grandes piezas de jamón, paquetes
de mantequilla, bolsas de un kilo de azúcar y de arroz y todo lo que
pudo.
Llegué acompañado del reportero gráfico Benito Guzmán,
cuando las amas de casa se disputaban en la vereda de la panadería
lo que salía por la ventanita de la puerta metálica cerrada a piedra y
lodo, mientras el terrible olor a gas que hacía irrespirable el aire se
extendía por todo el sector.
Los guardias habían formado dos cordones a ambos lados de
la calle y tenían la mirada fija en la puerta cerrada. Minutos después
vi que por sobre el parapeto del techo de la panadería, un sencillo
edificio de un piso, asomaban las cabezas de tres mujeres que, supongo, iban a desempeñar el papel de vigías.
Me ubiqué detrás de una hilera de policías, le pregunté al
teniente que se encontraba cerca si estaba previsto un desalojo por
las buenas o por las malas, aún no, me contestó, no tenemos ninguna orden, pero tienen secuestrado al dueño de la panadería, ¿le
han hecho algún daño?, no sabemos, pero hace quince minutos se
apoderaron del local y lanzaron todo lo que pudieron a la calle, me
contó que habían golpeado a cuatro policías que intervinieron en una
acción anterior para evitar que las mujeres se apoderaran de la panadería y terminaran de saquearla, estaban como fieras, afirmó, y lo
peor de todo es que no podemos así como así atacar a mujeres, bueno, respondí, deben guardarse ciertas consideraciones con las damas,
sonrió, están hechas unas fieras y cuando se ponen así son mil veces
peores que los peores hombres, dijo moviendo la cabeza, me daré una
vuelta por ahí, me despedí y di la vuelta a la manzana para ubicarme

244

El hombre que se fue

detrás de la otra hilera de policías, junto a la cual estaban el camión
que los había transportado y un capitán con un radioteléfono portátil
pegado a la oreja. No me identifiqué, me fingí uno de los tantos curiosos que pululaban por el sector y que comentaban a su antojo el
incidente y busqué un buen sitio desde donde pudiera observar hasta
el mínimo detalle mientras Benito Guzmán se ubicaba estratégicamente cerca del camión a la espera de lo que pudiera ocurrir en los
minutos siguientes.
Como a las tres de la tarde vino un comandante de policía en
un coche patrullero, conversó brevemente con el capitán al mando
y se fue. Unos veinte minutos después, el capitán ordenó encender
el motor del camión y se le ubicara frente a la puerta del establecimiento y de pronto, tan sorpresivamente que pocos advirtieron la
maniobra, el vehículo se lanzó contra la puerta metálica que tembló
y se dobló al primer impacto. Se escucharon simultáneamente gritos
de las mujeres y protestas de los curiosos, entre los cuales, era más
que probable, había familiares de las amas de casa que estaban dentro
de la panadería.
Los policías avanzaron protegidos por el camión hasta la
puerta que aún resistía y de pronto se replegaron al escuchar disparos que provenían del interior, están armadas, gritó uno, mientras
corría agachado y pegado a las llantas del camión. Las acciones se
detuvieron un instante y para complicar las cosas, escuché nítidos,
quebrando todos los demás ruidos, disparos de fusil automático que
llegaban de no se sabía dónde, miré hacia todos los lados, los policías
se lanzaron al suelo, porque las balas del desconocido francotirador
sacaban chispas de la pista. Traté de ubicar el lugar de los disparos
por la trayectoria de los proyectiles sobre el suelo, algunos de los cuales, en ráfagas cortas, pegaron en la carrocería del camión, el oficial al
mando se ocultó prudentemente detrás del coche patrullero y hacía
lo mismo que yo, miraba a todo lado y por fin ubiqué el techo de un
segundo piso, vi los fogonazos y breves volutas de humo de las ráfagas cortas y traté de situar al que disparaba, no pude hacerlo, pero
muy cerca de mí y simultáneamente, el oficial observó lo mismo que
yo y allí, allí, repitió y apuntó con su pistola, hizo dos disparos, un
policía lanzó un grito y vi al instante que se arrastraba por el suelo

245

Luis Eduardo Podestá

con una pierna ensangrentada, mientras otros lo tomaban por los
brazos y lo arrastraban detrás del camión, lo echaban al lado del coche patrullero, hablaban precipitadamente por el radioteléfono. Por
lo menos otros dos policías apuntaron al segundo piso y vi que el
fusil automático cambió de lugar, disparó un par de veces más y luego
calló. Cuatro agentes con el rostro y cabeza cubiertos por capuchas
negras y con el pecho protegido por chalecos blindados, se lanzaron contra la puerta de aquella casa, la destruyeron a puntapiés y
desaparecieron disparando sus armas mientras, me imaginé, subían
las escaleras, pero diez minutos más tarde los vi regresar solos como
habían subido, por lo que me dije que el francotirador había desaparecido. Pero luego, desde un techo vecino alguien a quien no se pudo
distinguir porque todos los ojos estaban concentrados en el camión,
lanzó una botella de gasolina que estalló en una llamarada sobre la
cabina del transporte. El conductor abandonó como una bala el vehículo mientras los otros policías corrieron a refugiarse lo más lejos
posible, unos dispararon sus revólveres contra la puerta metálica y
los proyectiles estallaban contra ella y abrían pequeños agujeros y
ellos creían, pensé, que de allí habían lanzado la bomba incendiaria
y se apartaron a tiempo, pues unos dos minutos más tarde, el tanque
del camión estallaba con un estruendo infernal y lanzaba en todas direcciones como proyectiles partes del vehículo destrozado en medio
de un infierno de llamas y humo.
Se armó la confusión más horrorosa que había visto jamás.
Cerca de mí pasó volando una llanta con aro incluido que se estrelló
en una ventana del otro lado de la calle, la hizo añicos y penetró en
la casa como un cañonazo en medio de gritos angustiosos. Por todo
lado se escuchaban lamentos de probables heridos, gritos de protesta,
maldiciones, disparos que rebotaban en las paredes y en la puerta
metálica, humo y fuego frente a la panadería, detrás de cuya puerta
se escuchaban también maldiciones y gritos de mujeres en el más
escandaloso concierto de lamentos y mil ruidos diferentes.
Los policías se agruparon nuevamente a unos cincuenta metros de la puerta, llegó un segundo camión con tropas de refresco
provistas de escudos protectores, fusiles lanzagranadas y escopetas,
una ambulancia y dos coches patrulleros. Pusieron en la ambulancia

246

El hombre que se fue

a su herido y se lo llevaron. Los demás tomaron posiciones. Se protegían el rostro con capuchas negras como lo habían hecho los que
trataron de capturar al francotirador, por lo que pensé que iban a
asaltar la panadería a sangre y fuego y no deseaban ser reconocidos.
Un oficial con un megáfono portátil instó a las mujeres a salir
con las manos sobre la cabeza, porque en dos minutos ordenaremos
el asalto al local, gritó y su voz se escuchó sobre todos los ruidos
existentes, incluidas las protestas y súplicas de quienes en el exterior
trataban de establecer una conciliación, solo son mujeres, no quieren hacer daño a nadie, solo protestaban por el alza del pan, están
defendiendo el pan de sus hijos y entonces, entre el humo de llantas
quemadas y el olor de los gases, las toses, maldiciones y súplicas que
venían de todo lado, vi a Luzmila Sánchez en el techo de la panadería, parcialmente oculta por el parapeto de ladrillo de menos de un
metro de altura. Con una mano, a su lado, como un muñeco, la mujer
sostenía al aterrorizado panadero, que tenía las manos atadas a la
espalda y un saco de harina atado en la cintura como si lo hubieran
preparado, me dije, para una carrera de encostalados, y en la otra
blandía una pistola, antes le destrozo el cráneo de un balazo delante
de todos ustedes, amenazó y puso el cañón del arma en la cara del
panadero que no alcanzaba ni siquiera a gritar de puro susto y estaba
más blanco que un pan sin hornear. El oficial del altavoz calló, estaba
a unos veinte metros de donde yo, protegido por el hueco de una
puerta, asistía al espectacular suceso.
Para entonces, el lugar era un hervidero de periodistas de
todos los medios, los fotógrafos buscaban los mejores ángulos, los
camarógrafos de la televisión enfocaban hacia todos los lados posibles, donde pudieran encontrar una imagen explotable, pero mantenían vigiladas la puerta de la panadería y la azotea. Y esa calurosa
tarde indiferente que anunciaba una soleada primavera, que no era
después de todo distinta a todas las demás, estaba oscurecida y aclarada alternativamente por el humo que cambiaba de dirección a cada
instante con el viento, mientras las sombras de las casas se alargaban
conforme caía el sol, pero todo se veía tan claro que fotógrafos y camarógrafos no tenían necesidad de luces artificiales para captar lo
que quisieran en todos los ángulos de aquel campo de batalla.

247

Luis Eduardo Podestá

La presencia de Luzmila Sánchez en el techo de la panadería
con el panadero como rehén causó tal impacto que bruscamente cayó
el silencio sobre toda la cuadra que entonces estaba llena de curiosos,
aparte de los que la policía mantenía alejados detrás de barreras formadas por vehículos y hombres, pero no podía impedir que otros se
instalaran en pistas y veredas a cincuenta metros de distancia, y que
el espectáculo fuera visto y escuchado en todos sus detalles desde
azoteas, puertas y ventanas del vecindario.
–Salgan de la panadería sin armas y con las manos en la cabeza y nadie saldrá herido, de lo contrario tomaremos el local por
asalto y ustedes serán las responsables de lo que ocurra –repitió el
megáfono policial en medio del silencio de cementerio que se había
posado en la calle.
Luzmila Sánchez miró hacia donde le hablaban y dijo de aquí
no salimos hasta cuando nos garanticen que el pan no subirá y desde
detrás de ella cayó a la calle el griterío de una decena de mujeres enardecidas, no saldremos de aquí, basta de hambre, coreaban desde el
interior de la panadería, donde, me imaginé, habrían dejado a algunas para resistir el asalto. Luzmila Sánchez miró toda la calle, ustedes
deben retirarse, dijo a los policías y saldremos en paz y el megáfono
tienen un minuto para salir del local con los brazos en alto, un policía
se acercó al oficial con un fusil lanzagranadas de gas y orientó el tubo
hacia la azotea, ni te atrevas a hacerlo, gritó furiosa Luzmila Sánchez,
porque este mequetrefe pagará todas sus culpas y pegó la pistola a
la cabeza de Melchor Apesteguía, quien lloraba y suplicaba no, por
favor, y su mirada se extendía hacia los policías como pidiéndoles
calma, calma, y en ese instante se vio un fogonazo y la granada saltó
hasta el techo, se alzó una columna de humo blanco desde la azotea y
las mujeres corrieron de uno a otro lado, el panadero abría la boca semiasfixiado, una mujer tomó la granada humeante y la arrojó con todas sus fuerzas sobre los guardias que en ese momento comenzaron
a disparar y en medio de la confusión vi a Luzmila Sánchez llevarse
la mano a la cara cubierta de sangre, malditos, malditos, gritó con
un chillido que se impuso sobre todo el bullicio reinante, hizo dos
disparos al aire y pegó el cañón de la pistola a la cabeza del panadero,
mientras la sangre manchaba sus ropas y en ese instante, ¿apareció?,

248

El hombre que se fue

¿cómo pudo estar presente junto al camión policial si se suponía que
nadie debía atravesar la barrera?, Luzmila Sánchez, no lo hagas por
el amor de Dios, no lo hagas y su voz estalló como una explosión de
inmenso poder acallando las demás voces, el seco sonido de los disparos y el roncar del motor del camión que se aprestaba a embestir la
puerta metálica una vez más y yo lo vi ahí, en el centro del escenario,
con los brazos levantados al cielo, con la mirada hacia la enfurecida
mujer que estaba a punto de matar a su prójimo en el punto más
trágico de un episodio que había comenzado por dos centavos que
alzaban el precio de cada pieza de pan, hasta el extremo de disminuir
la ración de los hijos o quitársela a los padres para que los niños no
carecieran de él, no lo hagas, Luzmila Sánchez, baja el arma, te lo
ruego y entre el rojo líquido que empañaba sus ojos, Luzmila Sánchez
vio la figura del camanejo que había fundado un conejero en su escuela para que la carne no les faltara, que les llevaba leche y les curaba las heridas y las enfermedades como un samaritano y sobre todo,
que les llenaba el corazón de esperanza cuando les hablaba sobre la
forma esforzada pero posible en que la vida de todos podía mejorar,
utilizando la solidaridad, el tiempo compartido, compartidos el agua,
el cielo tan azul que les llegaba sin costo desde arriba, las hojas de los
árboles y la alegría de estar en este mundo y Luzmila Sánchez vio que
la figura del hombre se alzaba hasta su mano que empuñaba el arma,
se la tomaba con suavidad, con una ternura que se hizo sentir en el
fondo de su corazón y echó un balde de agua a su furia, le decía dulcemente no hagas algo que no quieres que te hagan a ti y bajó el brazo, dejó caer el brazo con la pistola y un momento más tarde la puerta
caía desgajada de sus marcos de acero por las arremetidas del camión
y la policía entraba dando golpes a diestra y siniestra, dominaba la
resistencia con que unas cuantas mujeres que se habían quedado en
el piso bajo intentaban frenar el asalto, la policía avanzó demoledora,
hizo disparos que destruyeron vitrinas, mostradores, caja registradora y arrojó al suelo todo lo que le impedía el paso y dejó la huella de
disparos en las paredes y el mobiliario, subió a trancos la escalera que
llevaba hacia la azotea, encontró a Melchor Apesteguía hecho un ovillo, tirado en el piso aún con el costal de harina amarrado a la cintura,
manchado de sangre y a su lado, de pie, con la mirada perdida en un

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Luis Eduardo Podestá

punto del firmamento o de su propio universo interno, Luzmila Sánchez que derramaba sangre de una herida en la cabeza y de la cual no
quería darse cuenta y a su lado, como una guardia personal que amenazaba con no dejarla tocar, el grupo de mujeres que había defendido con ella, desde la mañana, el derecho a tener el pan de cada día
para los suyos. Los policías miraron a las mujeres que se aprestaban
a lanzarse sobre ellos, las rodearon, apuntaron sus armas contra ellas,
abajo, abajo todos, ordenaron, desataron al panadero que se puso de
pie lentamente, pusieron esposas en las manos de Luzmila Sánchez y
la hicieron bajar tambaleante la escalera y cuando todos estuvieron
en la calle, el camanejo, quien había renunciado hacía meses a seguir
con el pelo teñido, ahora con el cabello nuevamente blanco agitándose con el viento se acercó, tomó de las manos a Luzmila Sánchez,
gracias, le dijo, yo te ayudaré y ella lo miró con ojos tan dulces que
parecía mentira que solo unos minutos antes hubiera estado a punto
de matar a un hombre de un balazo en la cabeza y ahora sí, en medio
de la tarde declinante llena de humo negro, de gases lacrimógenos
y sombras, los flashes y los reflectores de la televisión cayeron sobre
ellos y los policías que los rodeaban, intentaron hablar con ellos, qué
relación existía entre ambos, qué iba a pasar con la mujer, el oficial al
mando dijo unas cuantas frases a la prensa e indicó que luego de tomarles las declaraciones correspondientes serían entregadas a la fiscalía para que adoptara la decisión legal del caso, que había un policía
y una mujer heridos de bala y probablemente una decena de contusos
de una y otra parte. Yo escuchaba y grababa todo en mi cerebro y
así vi al camanejo que llevaba abrazada a Luzmila Sánchez hasta el
camión policial, la ayudaba a subir y luego ayudaba a todas las demás
mujeres a subir los escalones y preguntaba a un policía adónde las
llevarían y recibió una respuesta confusa que se me perdió entre el
ruido de los motores y de las voces de quienes aún intentaban hacer
algo para que nadie fuera detenido, se apartó, esperó que los policías
subieran al camión, a sus coches portatropas y vio como la caravana
desaparecía por el fondo de la calle seguida por los vehículos de los
canales de televisión y los periódicos y cuando solo quedaban unos
cuantos curiosos en el área, se dio la vuelta y nos miramos. Ambos
teníamos los ojos enrojecidos y lagrimeantes por el gas que se des-

250

El hombre que se fue

pejaba lentamente barrido por un viento frío que venía del sur. La
noche estaba cayendo y las luces de los focos se encendieron para
mostrarnos de pie en medio de la calle, separados por veinte metros
de distancia, que yo crucé paso a paso para estrecharlo, como nunca
lo hice, como creí que no lo haría nunca, en el abrazo más efusivo,
sincero y cariñoso que jamás di a hombre alguno.
Durante los siguientes diez minutos hablé con el panadero
Melchor Apesteguía y, en un comienzo quiso mostrarse furioso, miraba los destrozos, dijo si no hubiera sido por esas hijas de la gramputa... Le pedí calma, le dije que pensara que los daños materiales eran
lo de menos y todo era reparable y recuperable y más bien se pusiera
a pensar que en este momento podría estar reducido a la condición
de un cadáver con los sesos regados en su propio techo, me miró,
usted cree que lo hubiera hecho, tal como estaban las cosas, pienso
que faltó solo un poquito y luego él reflexionó, la policía no tuvo miramientos, se lamentó al ver tantos destrozos, no le importó que la
mujer esa me tuviera con una pistola en la cabeza, solo le interesaba
terminar el incidente lo más pronto, hubo hasta un francotirador que
no ha aparecido, le recordé y seguro que a él le interesaba solo tener
un muerto aquí, panadero o policía, añadí, y ese no tenía aparentemente ninguna vinculación con las madres que solo protestaban por
el precio del pan, le dije, sí, respondió de mala gana, pero no puedo
quedarme con los brazos cruzados, quién, preguntó, quién me va a
pagar los daños, si hubiera alguien que le pagara y le ayudara a que
todo quedara como estuvo, le sugerí, ¿usted retiraría los cargos?, me
miró, soy periodista, le dije, usted no debe quedar como un hombre
malvado y sin escrúpulos, después de todo, usted elevó el precio del
pan y provocó este incidente, se quedó pensativo, ¿usted cree que
alguien me ayudará a reconstruir todo esto?, claro que sí, le respondí,
y luego de asegurarme de que no haría cargos contra nadie si alguien
se responsabilizaba por los daños, después de todo son mis vecinas,
reflexionó, me vio anotar todo lo que decía en mi libretita y cuando
estuve seguro de que sabía que lo que me acababa de decir saldría
publicado, me aparté de él. Me fui a otro lugar de la calle, recogí cartuchos de bala, examiné la casa y el techo donde había aparecido el
francotirador, quien sin duda alguna, era alguien que no tenía nada

251

Luis Eduardo Podestá

que ver con las mujeres sino, como lo escribí más tarde, solo era un
desconocido que pretendió llevar agua a su molino, un voluntario
indignado por el trato que recibían las rebeldes, o quizá era miembro
de algún grupo subversivo, y encontré allí también cartuchos de fusil
automático que me guardé en el bolsillo, visité también la azotea desde donde probablemente había sido arrojada la bomba de gasolina y
conversé con testigos para que me dijeran lo que yo no había podido
ver, a fin de tener una visión más clara y coherente de todas las etapas
del hecho absurdo a que acababa de asistir.
Esa misma noche me enteré en la redacción de otros incidentes ocurridos en distintos lugares de esta ciudad y de otras ciudades
del país, donde asociaciones de madres de familia, habían declarado
un boicot contra el alza del pan y se negaban a comprarlo mientras
no fuera dejada sin efecto la medida que los fabricantes habían decretado en una forma tan sorpresiva, unilateral y unánime que nadie
creyó cuando el gobierno informó que dentro de la política económica que había diseñado, el precio de los productos se manejaba de
acuerdo con la ley de la oferta y la demanda y negaba que hubiera
habido una concertación entre los productores de la harina para alzar
el precio, pero algunos meses más tarde se comprobó que en efecto,
había existido un acuerdo en los días anteriores a aquél en que fue
alzado el precio del pan y entonces fueron inventados en el papel los
panes sustitutos a base de yuca, el tubérculo preferido del gobierno,
camote y papa, de la cual había habido una sobreproducción de tales
dimensiones que su precio había descendido a niveles jamás soñados,
pero la gente decía que uno no puede comer papa todo el tiempo
pero sí debe comer pan todos los días.
Pusimos una gran foto del camanejo de espaldas, en primer
plano, con los brazos en alto y con el cabello cano desordenado brillando por el flash, lo que le daba un aspecto singular, alguien dijo
parece un apóstol caído del cielo y otro replicó efectivamente lo fue, y
al fondo en la parte superior, con la pistola pegada a la cabeza del encostalado Melchor Apesteguía, a la ensangrentada Luzmila Sánchez
un segundo antes de rendirse, parte del camión que destruyó la puerta de la panadería y unos policías con negras capuchas pasamontañas
que enarbolaban fusiles automáticos y lanzagranadas delante del es-

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El hombre que se fue

tablecimiento. Otras fotos mostraban el gran desorden en el suelo, el
camión de la policía frente a la puerta semidestrozada de la panadería
y la silueta de policías sacando a las mujeres detenidas, entre ellas a
Luzmila Sánchez con el rostro ensangrentado. Le di un apretón de
manos a Benito Guzmán, qué buenas fotos, hermano, le dije, son los
instantes precisos. En las páginas interiores, hicimos un gran despliegue gráfico con fotos de Guzmán y Jorge Esquivel, acompañado de
una decena de informaciones secundarias sobre el acontecimiento.
Con el tiempo los reclamos amainaron y dos semanas después nadie se acordaba del sangriento episodio. El precio libre campeó en los negocios y algunos panaderos mantuvieron la elevación
de unos centavos y otros no pero los panes fueron desde entonces
más chicos, y las madres, en lugar de tres comenzaron a dar cuatro
o cinco panes a sus hijos porque con los de las antiguas raciones no
llenaban la barriga.
El camanejo me llamó a las nueve de la noche para pedirme
que lo ayudara a localizar a Luzmila Sánchez y sus amigas y luego
de unas llamadas supe que se encontraban en una dependencia de
la policía técnica, se lo dije y él me sugirió si quieres, cuando termines de escribir tu información, podrías ayudarme con tu camioneta
a llevar algunas cosas a esas pobres mujeres. Le dije sí, y luego de
tratar de limpiarme la cabeza de las huellas de aquel extraordinario
suceso, recordé que desde hoy en la mañana, después de despedirme
de Eudora no habíamos cruzado una palabra y la llamé, se mostró
preocupada, había escuchado la radio y visto algunos avances de los
informativos de televisión, según los cuales se había librado una sangrienta batalla entre grupos de mujeres y la policía en un sector de
Mariano Melgar, es cierto, le respondí, estuve allí y también apareció
por sorpresa el camanejo pacificador, sí, lo vi, respondió, y le pedí, si
no tienes nada que hacer, podríamos ir a ayudarle un poco en una
misión de solidaridad que debe emprender en unos momentos más,
estuvo de acuerdo, dijo voy a decirle a mi mamá que tengo que salir y
volveré tarde, y media hora después la recogía en la camioneta y nos
dirigíamos a la casa de Yanahuara.
Había allí un hervidero de actividad y estaban no solo Ruth
y la señora Josefa a quienes sabíamos que encontraríamos de todas

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Luis Eduardo Podestá

maneras, sino Rubí, Carla, Fredes y Paloma y cuatro hombres jóvenes
que arreglaban frazadas en bolsas de plástico, paquetes de víveres y
termos con café y leche, hay que recordar, decía el camanejo, que esas
mujeres no han comido nada desde la mañana, me abrazó y besó
a Eudora en la mejilla, antes de que se pusieran a trabajar acomodando los paquetes. Eudora los contó, dieciocho, dijo, preguntó son
dieciocho las mujeres detenidas, ¿no?, haz cuarenticinco, dispuso el
camanejo, hay que regalarles algo a los guardias, ellos también tienen
sus sueldos congelados y no les van a caer mal estos obsequios y lanzó
una carcajada que yo encontré totalmente injustificada. Le dije que la
camioneta estaba lista para el servicio y acercándome le hablé en voz
baja para darle la buena noticia de que el panadero Melchor Apesteguía no haría ningún cargo contra nadie, por nada de lo ocurrido,
siempre y cuando un camanejo generoso le ayudara a reconstruir la
tienda. El camanejo me miró asombrado, se acercó y me abrazó, es
mejor de lo que esperaba, dijo y luego se quedó pasmado cuando le
mostré en la palma de la mano los cartuchos vacíos del fusil automático y los de las pistolas de los guardias, para que tus abogados las utilicen en la defensa de las madres, le dije, me miró, sonrió levemente,
no sé qué mierda haría sin tu ayuda, hermano.
Eudora, Paloma, quien se encontraba extrañamente silenciosa pero muy activa, y yo, nos ubicamos en la camioneta, llenamos
de paquetes la segunda cabina y la plataforma donde pusimos como
custodio a Sebastián Bernedo, uno de los hombres que habíamos encontrado colaborando con el grupo. Ocupamos todo el espacio disponible en el enorme automóvil del camanejo cuya maletera reventaba y, además, Ruth y Rubí llevaban paquetes en las manos luego de
apretujarse en los asientos. Los otros tres hombres se quedaron en la
casa donde la señora Josefa les había ofrecido un chocolate caliente
con grandes bizcochos y mantequilla. Y nos fuimos a la dependencia
policial de la avenida Goyeneche, donde estaban detenidas las mujeres.
Como era de esperarse, no permitieron que los vehículos
se acercaran al local policial. Un agente de civil con metralleta nos
detuvo a cincuenta metros, el camanejo le explicó lo que íbamos a
hacer, le mostró los paquetes y le dijo hermano, también hemos traí-

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El hombre que se fue

do paquetes para ti y tus compañeros de guardia, porque sabemos
que también sufren todas las privaciones de la gente común. Aceptó
ir a comunicarle sobre nuestra presencia al oficial de guardia y diez
minutos después volvía acompañado por otro policía armado, está
bien, dijo avancen con los carros y solo dos personas por vehículo
para la entrega y estacionamos frente a la puerta principal, donde nos
pusieron más guardias armados como acompañantes y comenzamos
a descargar los paquetes. Tres mujeres, entre ellas, Luzmila Sánchez,
quien tenía vendada la cabeza, nos esperaban en una sala con piso de
madera. Luzmila se levantó de la banca donde estaba y se acercó al
camanejo, lo abrazó y sollozó, gracias, dijo, el camanejo le preguntó
por la herida, es superficial, solo un rasguño, recibieron los dieciocho paquetes y mientras los depositábamos en una banca, ella contó
entrecortadamente no nos creen que todo ocurrió espontáneamente,
estamos sometidas a interrogatorios para averiguar quiénes estaban
detrás porque, ustedes no son unas mansas palomas como lo han demostrado esta tarde, me dijo el policía que me interrogó, nos acusan
de atentar contra la tranquilidad pública, de daños a la propiedad
privada, agresión a la autoridad policial, quieren saber quién arrojó
la bomba de gasolina contra el camión, quién disparó con un fusil
automático e hirió a un suboficial pero ninguna de nosotras vio nada,
ninguna sabe quién o quiénes fueron, luego se dirigió al camanejo,
no se comprometa por nosotras, no, le respondió el camanejo, tengo la obligación de ayudarlas, ustedes son necesarias para atender a
los niños de la escuela, no sé qué habrán comido hoy, más tarde me
ocuparé del asunto, ustedes digan solo la verdad y nada que algún
policía quiera que digan y, además, tengan cuidado de no prometer nada, mañana les enviaré a los doctores Daniel Neira y Amílcar
Otazú, dos abogados experimentados que saben cómo tratar estos
asuntos, mientras tanto, traten de tranquilizarse y coman lo poco que
les hemos traído, se piensa mejor y se actúa mejor con algo en el estómago, ella sonrió, las acompañantes sonrieron, le dieron las gracias
y trataron de besarle las manos pero el camanejo las retiró ágilmente,
se despidió y salimos al vestíbulo, le dio la mano a uno de los policías
y el policía miró lo que le entregaba subrepticiamente, yo me imaginé es un buen fajo de billetes, trátenlas bien, hermanito, le pidió

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Luis Eduardo Podestá

suavemente, solo son unas pobres mujeres que protestaban porque
la plata no les alcanza para comprar el pan de sus hijos, sí, señor, dijo
prontamente el policía, no se preocupe.
Regresamos a los coches y al pasar junto a la camioneta me
dijo vamos a comer algo, me muero de hambre y recordé que no
había comido nada desde el desayuno que hicimos con Eudora en
la casita de San Antonio, esa sí es una buena voz, respondí. Paloma
me dijo por favor, déjame en la plaza Maita Cápac, no puedo ir con
ustedes, interpuse una leve exigencia sin convicción para que nos
acompañara y la dejé donde me pidió y Eudora qué bueno que nos
hayamos reunido para colaborar con Abelardo, y mañana, después
del desayuno iré a la casa de Yanahuara para ver qué podemos hacer,
¿estás de acuerdo, amor?, sí, por supuesto, le dije, si quieres te llevas el
carro después de quedarme en el periódico y decidimos que así sería.
El camanejo interrumpió brevemente la comida en un restaurante de
Santo Domingo, para llamar a Amílcar Otazú, y mañana estará temprano junto a las mujeres, informó al volver y como todos estábamos
muy cansados, nos despedimos sin ceremonias después de la comida.
Las semanas siguientes fueron de actividad muy intensa. El
camanejo se preocupó especialmente por varios sectores del sureste
de Arequipa y supe que adquirió siete grandes cocinas industriales
que destinó a otros tantos restaurantes escolares y comunales, a los
cuales acudía cada vez un número mayor de niños y madres de familia a quienes se proporcionaba leche, café, pan con mantequilla o
queso en el desayuno, un almuerzo constituido por carne de res o de
cordero, papas, fideos o arroz y verduras, y un guiso con pan y chicha
al mediodía y por la tarde un buen vaso de leche, té o café, panes con
mantequilla o, cuando había, con carne asada o frita a la sartén. Estableció siete conejeras que daban cierta cantidad de carne para los niños y me compraba religiosamente toda la alfalfa que podía cortar en
la chacra de Characato y alguna vez me sugirió que también podría,
si tuviera imaginación y espíritu de empresa, empacar alfalfa seca en
fardos y no reducirme a cortarla y venderla fresca, le dije que lo pensaría y no me expliqué por qué no había pensado en eso y él sí. En fin,

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El hombre que se fue

sus actividades, no necesariamente de caridad, decía él, crecían y la
gente respondía adecuadamente y aprendía a valerse por sí misma y
creía que en cierto modo su vida estaba mejorando y todos se daban
cuenta de lo que valían la solidaridad y el propio esfuerzo.
A las tres semanas tenía más obligaciones que una madre, le
decíamos, pero él consiguió la colaboración pagada de Fredes, quien
se ocupaba de calcular en una moderna computadora, como su contadora personal, los gastos que demandaba alimentar todos los días a
unas setecientas personas y los ingresos provenientes de sus chacras
de Camaná y el valle de Tambo. Se encargaron también de tareas de
ayuda social, como llamaba, en calidad de trabajadoras bien pagadas,
Carla a quien convenció de que era mejor trabajar de día a su lado
que en un bar en la noche, Ruth, que se daba tiempo para continuar
sus estudios, seleccionar las hierbas y escribir el libro sobre su utilización en la alimentación y el combate de las enfermedades más
comunes, Rubí, a quien le rogó que le ayudara cuando pudiera pero
que no abandonara la atención de su almacén, porque el ojo del amo
engorda el caballo, le dijo, y Paloma que dedicaba todas sus tardes a
preparar listas y paquetes que enviarían a escuelas con útiles escolares, libros, lápices y cuadernos, frazadas, ropas usadas y enseres a
familias que había inscrito previamente. Hasta Eudora se inscribió en
la planilla del camanejo que dijo necesitar muchas manos e inteligencias y con mayor razón si traían con ellas la belleza que era un regalo
de los dioses, y se ocupaba de programar la distribución de ayuda,
tanto alimenticia como de objetos y de disponer las compras a tiempo de modo que las donaciones fueran entregadas con toda oportunidad y no cuando ya no fueran necesarias, y ella llevaba una relación
pormenorizada de los grupos de gente distribuidos en los distintos
lugares que el camanejo había establecido, de lo que recibieron la semana pasada y de cuándo y qué debían recibir la próxima semana y
le dije que me parecía una tarea demasiado complicada, pero ella dijo
que era la más sencilla del mundo y que solo se necesitaba tener en
cuenta qué productos hacían falta en una familia y qué productos de
época existían en los mercados a fin de conseguirlos a precios adecuados y dónde se podría comprar más por menos dinero, rió, todo
es muy sencillo, es como manejar una casa y no soy una inútil como

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Luis Eduardo Podestá

creo que creías, la felicité y solo le dije ojalá que los niños pobres no
me quiten a mi bella dama, eso nunca, respondió ella.
Junto a ellas trabajaba un equipo de hombres. Juan Bermejo, chofer a quien el camanejo descubrió mientras conducía un taxi,
Juvencio Málaga, mecánico de motores que cuando era necesario
reparaba cualquier máquina, Javier Rodríguez, carpintero capaz de
emprender cualquier tarea cuando lo precisaban y gasfitero que no
se detenía ante cualquier trabajo por complicado y grande que resultara, fueron los tres primeros que reclutó el camanejo. Cuando las
necesidades lo requerían le decían hay que enviar a los jotas a realizar
trabajos en conjunto y allí iban los tres en una camioneta roja de segunda mano que el camanejo compró por poco dinero, decía, porque
el dueño quería deshacerse de ella y creyó que me engañaba porque
estaba malograda pero desconocía que yo contaba con Juvencio Málaga que es capaz de poner motor a una carreta y hacerla caminar.
Llevaban en la camioneta todas las herramientas que les hacían falta
para reparar lo que se malograba y cuando requerían algo más, lo
inventamos, señor, decía con frecuencia Javier Rodríguez. Los jotas
se hicieron muy conocidos en los sectores a los que el camanejo se
decidió ayudar porque concurrían a cualquier sitio a cualquier hora
para hacer cualquier servicio que necesitara de sus manos, eran generosos con sus horas de trabajo y muy imaginativos para utilizar los
materiales que encontraran a la mano para cumplir con su misión.
Luego contrató a Roberto Arias, un carpintero de cuarenta años que
precisaba trabajo y se presentó un día en la casa de Yanahuara con su
maletín de herramientas y le propuso reforzar la puerta para evitar la
incursión de los ladrones y si acaso entraran por las paredes, le dijo,
no podrán salir, el camanejo se rió y le dio a arreglar unos muebles
viejos que iba a tirar pero prefirió regalarlos a alguien a quien hicieran falta. Fue el carpintero quien se los llevó, finalmente, después
de un diálogo con el camanejo a quien le dijo en casa del herrero,
cuchillo de palo, señor, ¿se puede usted imaginar que en los años que
tengo de carpintero diplomado en el Senati, no he podido hacerme
un juego de muebles?, unas veces me faltaba el tapiz, otra vez los resortes, la espuma plástica y cuando tenía esas cosas, debía emplearlas
en arreglar los muebles de otros, de modo que siempre me quedaba

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El hombre que se fue

con solo la intención de fabricarlos para mí, y Abelardo Machuca lo
escuchó con mucha atención y cuando los muebles quedaron como
nuevos lo felicitó, se sentó en cada una de las tres piezas, carajo, exclamó, se los puedo vender a una mueblería y no se darán cuenta de
que se trata de una reparación y cuando el carpintero se pavoneaba
mirando su obra por los cuatro costados, le dijo te los puedes llevar a
tu casa, ¿a mi casa, señor?, preguntó incrédulo, sí, a tu casa, y de una
vez, antes de que me arrepienta, el carpintero lo miró aún sin creer
lo que oía y bueno, llama a los jotas para que te ayuden a cargarlos
en la camioneta, le dijo, si todo no está listo en cinco minutos me
arrepentiré, y ante la amenaza el carpintero voló a buscar a los jotas
y dos minutos más tarde los cuatro se iban con la camioneta a la casa
de un carpintero que en veinte años no había podido poner un juego
de muebles en su casa.
Después llegó Teodoro Ramírez, un albañil que pintaba una
casa en Socabaya y que cuando el camanejo detuvo su coche para dejar algunas cosas en una escuela le dirigió la palabra para preguntarle
si no quería que le pintara su casa, a domicilio, acentuó insistente, y
el camanejo pensó este debe ser mi paisano, ¿eres de Camaná?, y lo
era, así que le dijo paisano, aquí tienes mi dirección y Teodoro llegó
justamente cuando la señora Josefa reclamaba una mano de pintura
para algunas paredes interiores que estaban hechas un asco desde
que las lluvias del verano pasado las despintaron y Teodoro Ramírez
dijo que no solo las paredes interiores lo necesitaban y con un trapo
húmedo hizo demostración de cómo descubrir la suciedad de las paredes exteriores, práctica que repitió varias veces en todos los muros
de la casa hasta convencer a los dueños de que si había alguna casa
en el mundo que necesitara pintarse de arriba abajo y a todo lo largo,
incluidas las puertas y ventanas, era esa la casa de Yanahuara para
dar la impresión de que en ella vivía gente, concluyó antes de recibir
un adelanto para las pinturas, retirarse a comprarlas y estar fiel a su
compromiso, dos horas más tarde con su disfraz de pintor, con un cucurucho de papel de bolsa de cemento en la cabeza y con un mameluco que alguna vez había sido blanco pero ahora exhibía manchas de
todos los colores y marcas de pintura y el camanejo patrón le propuso
que se quedara a trabajar con él ¿usted es pintor, también, amigo?,

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Luis Eduardo Podestá

le preguntó de inmediato, no, le respondió Abelardo Machuca a su
paisano, pero tengo muchas cosas que pintar y la primera tarea que le
dio después de que la casa de Yanahuara fue pulida y luego barnizada con una mano de yeso blanco para no quitarle la belleza al sillar,
afirmó Teodoro Ramírez, fue enviarlo a Camaná con la misión de
pintar la casa que fue de los mayores del patrón y el pintor agradeció
la oportunidad inclinándose hasta el suelo porque, la verdad, amigo,
hacía mucho tiempo que deseaba visitar a mis padres, le dijo y esta es
la primera vez que tengo un viaje pagado, el camanejo sonrió, le dio
los billetes necesarios para sus viáticos, los materiales que precisaba
y le dijo te espero el próximo lunes aquí, porque hay otros trabajos y
Teodoro Ramírez fue a Camaná, vio a sus padres, se entrevistó con
sus amigos de la escuela con quienes se tomó unas cervezas en un bar
de la plaza mayor, pintó la casa de Abelardo Machuca y aun le quedó
pintura para la casa de sus viejitos que el tiempo, el calor y la humedad camanejos habían dejado en pellejo de barro con carrizos. Y
cuando hubo terminado su trabajo, se despidió de sus padres y volvió
a la casa de Yanahuara para dar cuenta a su patrón de que la casa de
Camaná brillaba como la mejor del barrio y Abelardo Machuca Mestas, quien creyó que con todo el dinero que le dio Teodoro Ramírez
no regresaría nunca, se emocionó, pensó qué camanejo tan cojudo y
lo incorporó al equipo.
Sebastián Velásquez y Albino Fuentes, fueron las siguientes
contrataciones destinadas a formar el equipo de solidaridad. Velásquez era un estudiante universitario que un día apareció en compañía de Ruth, quien lo presentó como alumno de ciencias administrativas que quería colaborar a la par que practicaba su profesión, no le
interesaba la paga sino que le dieran para sus pequeños gastos y lo
pusieron bajo las órdenes de Fredes y casi no salía como los demás
a la calle, porque su tarea lo obligaba a quedarse y cuando Eudora lo
conoció no le produjo una buena impresión. Le dije que a la gente
no había que juzgarla por su apariencia física, porque ella dijo que
desconfiaba de esos ojos incoloros que parecían mirar hacia el vacío, amor, muchas veces yo también miro al vacío, miro la nada, le
dije, pero ella dijo tú tienes la mirada sincera, en fin, voy a olvidar el
asunto dijo y durante mucho tiempo no volvimos a hablar del nuevo

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El hombre que se fue

empleado.
Finalmente, el camanejo trajo a Albino Fuentes, un vago, me
dijo, lo encontré en la calle Mercaderes haciendo el cuento de me
quedé sin el pasaje y por favor ayúdeme a llegar a mi casa dándome
unos centavos, le dije que no le podía dar dinero y que si quería lo llevaría en el carro a su casa, se quedó desconcertado y luego le pregunté si no creía que ya estaba lo suficientemente crecido para pensar que
la gente le creía todas las huevadas que inventara para sacarle plata, se
quedó confuso otro momento y qué quiere, me respondió, si no hay
trabajo, menos para un vago como yo, bueno, le respondí, te ofrezco
un trabajo sencillo, se quedó mirándome sonriente como si creerme
le costara esfuerzo y proseguí solo tienes que ayudar a unas mujeres
a llenar bolsas con comida, ah, dijo, un restaurante, no precisamente,
le invité a subir al carro y lo llevé a Yanahuara y en una operación de
distribución vio que todos aquellos a quienes él llevaba víveres y ropa
no eran vagos sino trabajaban y por más que trabajaban no tenían el
dinero suficiente para comer y dar de comer a sus hijos y me dijo con
mucha convicción que era una buena obra la que hacíamos, que a
mucha gente le llega a las pelotas que los demás se mueran de hambre
o de frío o atropellados por un carro o mordidas por un perro y se
entregó al trabajo con fervorosa unción, a pesar de que mantenía su
principio, dijo, de que el trabajo no da la felicidad y es mejor aprovecharse de la bondad ajena. Eudora me dijo que Albino Fuentes era un
poco soberbio pero hacía su trabajo, tengo la impresión de que es un
artista o un poeta frustrado, en fin, se resignó, no soy yo la que escoge
a los trabajadores.
Por esos días el camanejo hizo su primera muestra de pintura y él mismo fue a entregarme la tarjeta de invitación, cuando ya
caía la tarde de un martes, nos saludamos como siempre, como si no
nos hubiéramos visto mucho tiempo, con un abrazo, me preguntó
por Eudora y tú sabes más de ella que yo le dije, ahora anda metida
todo el día en Yanahuara colaborando en la tarea del apóstol camanejo, intenté una burla, es cierto, respondió, pero no te pongas celoso,
trabaja muy duro, no sabes lo que es trabajar conmigo que soy un

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Luis Eduardo Podestá

maldito explotador y aunque esté rendida nunca dice no si se trata de
organizar y llevar algo a algún sitio que lo necesite aunque sea fuera
de hora, lo que no puedo explicarme, le dije mientras tomábamos
una cerveza en un barcito solitario cerca del periódico, es de dónde
mierda sacas tiempo para hacer todo lo que haces, Eudora me cuenta
que cuando llega ya te encuentra trabajando y que cuando se va te
deja dedicado a alguna labor de las que te quitan el sueño últimamente, y hasta te das el lujo de pintar, no sé en qué momento ni con qué
energía, dice Arn que el cerebro manda a todo el cuerpo y que el cansancio es una ilusión si se puede manejar el cuerpo como la máquina
eficientísima que es, a la que sin embargo, hay que darle lo necesario
oportunamente, porque el cuerpo, hermano, es un regalo de la naturaleza y hay que tenerlo permanentemente satisfecho, porque así le
gustará al cerebro y el cerebro será capaz de realizar labores creativas
incesantemente, ¿has hablado nuevamente con Arn?, le pregunté, sí,
varias veces, respondió pero no entró en detalles, se había metido en
el tema de las satisfacciones del cuerpo, incluida la tarea sexual sin la
cual, ningún organismo podría mantener un equilibrio adecuado y
duradero ¿y?, le pregunté con una sonrisa de burla, ¿crees que yo me
privo de eso que es tan bueno?, dijo y yo callé y me puse serio porque
si él quería iba a hablar de su celibato quebrado con harta frecuencia
en los burdeles pero nunca había entrado en confidencias sobre si
quería o no en serio a alguna mujer, ningún hombre, prosiguió, debe
privarse del sexo que es lo más bello y bueno que se le ha dado, es un
acto de amor en que se entrega todo, es la actividad en que el hombre y la mujer deben entregarse enteros, corporal y espiritualmente,
porque si no lo hacen así solo estarán dando placer a una parte del
cuerpo que queda aquí abajo y no al ser humano íntegro, calló un
instante, me miró, bebió un poco de cerveza y luego dijo que para que
todo ello se cumpliera era necesaria una alta dosis de amor que solo
se podía lograr con la mujer que uno escogiera y con la que lograra
la coincidencia espiritual y orgánica que podían convertirlos en un
trozo de la eternidad.
–Bravo –le dije– es la mejor exposición que he escuchado
acerca de la necesidad de amar y de las imprescindibles coincidencias
entre hombre y mujer.

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El hombre que se fue

La exposición de pintura fue abierta en el local de un banco
en la calle Mercaderes a las siete de la noche y fuimos con Eudora a
saludar el nacimiento de ese gran artista natural de Camaná quien,
gracias al dinero que poseía, a diferencia de otros que estaban franciscanamente resignados a lo que buenamente les podía dar la vida,
era capaz de realizar sus obras sociales y no descuidar sus obras artísticas, de modo que poco después de descubrir sus dotes de pintor
estaba haciendo una exposición, algo que solo los escogidos logran y
Eudora me llamó la atención no hables así, me reconvino, Abelardo
es muy generoso y él no tiene la culpa de tener la plata que tiene y con
ella está haciendo lo que nadie hace teniendo la obligación de hacer,
callé porque me di cuenta de mi injusticia y le dije perdón, mi bella
dama, solo estaba expresando un pensamiento objetivo, de ningún
modo haciendo críticas a la forma como un hombre lleva su vida y
emplea su dinero y sus energías.
Se trataba de treinta cuadros de distintos tamaños, el más
grande de metro cincuenta de largo por uno de alto, y el más pequeño
de cuarenta por cincuenta centímetros y entre ellos vi los dos de cuya
elaboración había sido testigo parcial. Entre los invitados, estaban
también Mario Sotillo y Jaime Fuse, Marcelo Martínez y Manuel Rodríguez, José Ruiz Rosas y Percy Hurtado y cincuenta personas más
atraídas por la curiosidad de ver a un nuevo artista de quien se decían
muchas cosas. Rubí y Ruth distribuían catálogos finamente impresos
con una cubierta en folkote a todo color y un cordón dorado que ataba las dos páginas interiores en papel cuché de noventa gramos, todo
muy fino y Fredes estaba exhibiendo su lindura en una mesita, al lado
de la entrada, donde descansaba un archivo amarillo, actúa como la
secretaria contadora, pensé, la saludé con un beso en la mejilla y me
fui del brazo de Eudora hacia el centro del salón. Media docena de
mozos con casacas blancas y corbatas rojas sobre camisas blanquísimas servían piscosauers y otros cocteles y bebidas, mientras Carla,
elegantísima, sugería con mucha discreción a los mozos, a quiénes
y en qué momento debían servir los tragos e invitar la tonelada de
bocaditos que, exageré en un momento de conversación con Sotillo,

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Luis Eduardo Podestá

Fuse y Martínez, el camanejo había tenido a bien traer para agasajar
a sus invitados con la misma exageración con que siempre había hecho todas las cosas de su vida, pero mejor que cualquier pintura es
la exhibición de esta colección de bellezas que nos sirven, comentó
Martínez.
Al ver a las chicas, Eudora me dijo yo también debía estar
ayudando en lugar de estar como invitada, eres una invitada, le dije y
la amarré a mi costado porque estaba complacido y orgulloso de poder participar con ella ante gente que me conocía, de un compromiso
público al que recién teníamos oportunidad de asistir, si se exceptúan
las conferencias de Sotillo y del camanejo meses atrás.
Recorrimos una a una las pinturas. Mario Sotillo dijo que el
trazo padecía de algunas pinceladas ingenuas, pero que en general se
notaba destreza e inspiración sobre todo por los motivos escogidos,
porque allí estaban el trozo de huerta de la casa de Yanahuara que
a mi juicio abundaba en verdes de todos los tonos y lo espectacular
era la luz que atravesaba los vegetales, de tal modo que daba la impresión de encontrarse uno de buenas a primeras metido en la glorieta o a punto de recibir en la cabeza la caricia de una hoja de parra
desprendida. Otra pintura que les gustó mucho a los invitados fue el
crepúsculo que ya había visto antes al natural, vivido en Characato
un día ya lejano, y otro atardecer también en que aparecían unas vacas entre varias ovejas delante del pastor, que levantaban una nube de
polvo atravesada por los rayos del sol de las cinco y media de la tarde,
que llegaban como filamentos dorados desde una hilera de árboles.
Hurtado dijo muy natural, las nubes de polvo y las luces parecen estar fotografiadas, muy reales, comentaron Sotillo y Fuse, mientras el
poeta José Ruiz Rosas susurraba me gusta, me gusta la ternura que se
desprende del paisaje.
Pero me quedé absorto, creo que como todo el mundo, frente
a un lienzo que el camanejo había titulado La cabina y que consistía
en un espacio limitado por paredes curvas que probablemente se cerraban en el techo, donde predominaba el color plateado, un plateado
sombrío que desaparecía bajo los tonos oscuros, entre los cuales, a la
izquierda sobre la línea del horizonte se veía una difusa figura delgada que sostenía una cabeza desproporcionada, cuyos perfiles brilla-

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El hombre que se fue

ban con una luz que provenía de ningún sitio y a la derecha una ventana de bordes redondeados por donde aparecía lo que, sin duda, era
una porción de universo. Nos amontonamos frente al cuadro y pugnábamos por darle un significado. Yo preferí quedarme en las filas
de atrás y escuchar qué extraño, los tonos son realmente sombríos,
como si los hubiera pintado en estado de soñoliencia o borracho, me
volví a Eudora y le dije al oído es la cabina de una nave interplanetaria, ¿cómo lo sabes?, preguntó volviéndose hacia mí rápidamente,
no supe qué decir en un primer instante y luego, reflexioné, me imagino, dije, en las películas de ciencia ficción aparecen muchas naves
con interiores como este, no, negó Eudora, no se parecen y calló, se
acercó el camanejo con un vaso en la mano, ¿les gustó La cabina?, nos
miró interrogante, mucho, respondió Eudora, sí, le respondí, parece
el producto de un sueño, lo fue, asintió el camanejo, el producto de
un sueño, repitió, levantó el vaso, bebió un sorbo y se fue a otro lado
de la sala mientras mirábamos el borde derecho del lienzo donde un
gran ventanal abierto hacia las sombras mostraba un trozo de universo, una constelación cuyos tonos azules, rojos y tenuemente verdes
como una celosía transparente ante los cielos de una tarde despejada,
desbalanceaba la pintura, dije, hacia el lado pintoresco del cosmos,
pero Marcelo Martínez, con su experiencia de pintor comentó que
quizá los colores de esa constelación contribuían, por el contrario, a
balancear todo el conjunto y a poner una nota vital frente a los grises
del interior de aquella habitación imaginaria.
Cuando presentó la exposición con palabras sencillas, el camanejo dijo que sus obras eran el producto de una vieja afición y que
no tenía la más mínima ambición de igualarlas con verdaderas realizaciones artísticas sino que las entregaba al público como una expresión de la tranquilidad que invadía su espíritu antes agitado por otras
actividades y deseos y que los fondos que provinieran de la venta de
los cuadros, serían empleados en beneficio de algunas familias, entre
las cuales no está la mía porque no la tengo, acentuó con una sonrisa,
que carecen de comodidades, y a las cuales he querido dedicar esta
muestra con toda modestia y humildad.
Esa misma noche, fueron adquiridos catorce cuadros, unos
cinco de ellos por manos extranjeras, según Fredes, quien anotaba

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

algo en su archivo, pensé que eran las direcciones y los precios pagados por los adquirentes pero no me interesé por la cifra que cobraría
por cada uno de ellos o si, como era natural, les habría aplicado precios diferentes de acuerdo con sus dimensiones.
Más tarde, después de dejar a Eudora en su casa, medité largamente en La cabina, en esa suerte de denuncia que el camanejo
hacía contra sí mismo, y me dije no pudo soportar la tentación de
comunicar, más que subliminalmente en una forma objetiva, su encuentro en el espacio, porque eso era como decirle al mundo entero
que él estuvo en una cabina similar aunque pretendiera disimular diciendo que fue producto de un sueño, en el cual, por supuesto, yo que
lo sabía todo, no podía creer.
De pronto escuché la bocina de su poderoso automóvil y
como aún no estaba acostado, me asomé a la ventana. Era él, por
supuesto, baja, me llamó, me puse una casaca encima y salí.
–Vendí cuadros por un millón doscientos mil –me dijo a
modo de saludo– ¿tú sabes cuánto se puede hacer con ese dinero?
No, yo no lo sabía, pero lo abracé y lo felicité conmovido.

12

O

cho días después, a las diez de la mañana
de un miércoles, el día anterior al aniversario de la ciudad, me
enteré por una llamada de la señora Josefa, de que el camanejo Abelardo Machuca Mestas había sido arrestado debido
a una denuncia por presunto ejercicio ilegal de la profesión
médica que no se sabía quién había formulado ya que a él lo
quería medio mundo y que se encontraba en la comisaría de
Yanahuara. Salté del asiento y fui a la dependencia policial sin
perder un minuto.
No me permitieron verlo, a pesar de haber mostrado
mi carné de periodista, que en ocasiones me abría muchas
puertas y a veces me las cerraba precisamente donde gente
sin credencial ni libreta electoral ingresaba sin problemas. Me
dijeron simplemente que estaba incomunicado y que fuera a
la comandancia a averiguar sobre los cargos que se le formulaban. Así me enteré de la denuncia que pesaba sobre él por

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Luis Eduardo Podestá

ejercicio ilegal de la medicina, poner en riesgo la salud de la
población, resistencia al arresto y agresión a la autoridad policial y un montón de cosas que siempre aparecían en los partes
policiales cuando se trataba de joder a alguien sin motivo, y
eso lo sé yo porque he leído diez años los partes policiales,
le dije al capitán Fernando Álvarez que me atendía y a quien
conocía de tiempo atrás, pero no me explico por qué lo mantienen incomunicado desde anoche cuando lo detuvieron, lo
están interrogando, me respondió y además, no debes preocuparte por él, soy su amigo, respondí, así como tú lo eres
y cuando estés en una situación desesperada yo también me
preocuparé por ti, dije al capitán, es que se trata de algo grave,
afirmó bajando la voz, la policía tiene pruebas de su actividad,
recogió hierbas, frascos y un montón de cosas que le servían
para hacer creer a la gente que la curaba, yo me indigné, efectivamente la curaba, repliqué, y era mucha gente la que acudía
a él porque los médicos le sacaban un ojo de la cara por cada
consulta y no le daban alivio, por eso muchos iban donde él
que no les cobraba ni un centavo y, por lo demás, las hierbas
no le hacen daño a nadie en el supuesto de que no le dieran
alivio, ¿sabes?, finalmente me dijo la orden viene de arriba,
parece que no solo está complicado en la herboristería lo que
es en realidad el pretexto, le dije que podía poner mis manos
al fuego por ese hombre a quien conocía desde el colegio, hay
otra cosa a la que yo no he alcanzado porque está fuera de mi
nivel, dijo. y yo reaccioné va a estar a nivel del mundo entero
cuando yo haga una publicación de este caso, amenacé, no,
hermano, rogó, me joderías, me identificarían como al único
oficial que pudo entregar la información, yo te identificaré, le
dije, no tengo por qué callar tu nombre, estamos en un régimen que dice respetar la libertad de expresión, entonces me
dijo que se arrepentía de haber hablado conmigo, que lo había
hecho por amistad y que jamás pensaba que lo iba a tratar de
joder en esa forma, precisamente cuando estaba a punto de
lograr su ascenso, tú sabes que basta una publicación inadecuada para congelarme cuatro años más en este sitio o en otro

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El hombre que se fue

peor, se quejó, hagamos un trato, le propuse, dame permiso
para entrar a verlo y no diré una palabra sobre ti, es que no
puedes verlo ahora, dijo, se revolvió en su asiento como un
niño que no sabe la lección, mira, le dije finalmente, si no logro
hablar con él a las doce del día ya no haré ningún esfuerzo, me
iré al periódico y escribiré la nota más venenosa que puedas
haber leído sobre un secuestro policial, tú sabes que esas cosas
están de moda y la gente ya no cree en detenciones inocentes,
le dije chau y me apresté a salir de su oficina, espera, espera,
hermano, voy a dar la orden, dijo, pero a mí no me has visto,
conmigo no has hablado jamás, a mí no me conoces, ¿ya?, cogió el teléfono habló sobre el curandero que habían detenido
anoche, se volvió hacia mí, no te presentes como periodista, di
que eres un familiar o un amigo, ruega que los policías que me
atiendan no me conozcan, respondí y regresé a la comisaría.
Lo tenían en un calabozo sumido en la penumbra solo
iluminado por un foco de veinticinco vatios pegado al techo y
no lo reconocí, estaba en un rincón, encogido y parecía haber
enflaquecido veinte kilos, tenía moretones en el rostro, estaba
con las piernas encogidas, echado en una banca de cemento, tiritaba de frío y solo movió la cabeza y los labios cuando me vio
para decir hola, hermano, me senté a su lado, nos estrechamos
las manos, la suya estaba helada, me sacaron la mierda, hermano, qué, ¿te golpearon?, pregunté, movió la cabeza diciendo sí, me duele hasta el alma, hermano, dicen que te resististe
a la autoridad, le dije solo por decir algo porque no sabía en
aquel instante cómo manejar la conversación, solo les dije esperen un momento cuando entraron en la casa, en mi estudio,
y me dijeron que su jefe quería hablar conmigo, iba a ponerme
el saco y se lanzaron sobre mí, solo traté de evitar que sus golpes me cayeran y no me defendí, si lo hubiera hecho tendrían
razón de decir que me resistí, pero no fue así, saben pegar,
hermano, ojalá nunca te ocurra a ti, no te hagas el gracioso,
cuéntame lo que pasó, me duele la boca, me duelen los dientes
cuando hablo, por favor, déjame tranquilo, no creo que me
tengan mucho tiempo, te tendrán hasta cuando no muestres

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Luis Eduardo Podestá

ningún rastro morado en el cuerpo ni sientas ningún dolor y
te soltarán con la condición de que no digas ni hagas nada, le
reproché, haz un esfuerzo, me daba pena no poder hacer nada
por él, no haber sido lo suficientemente precavido para traerle un analgésico, un pan con salchichas o con cualquier cosa,
solo tengo diez minutos para hablar contigo, ¿no has comido
nada?, eso no importa, murmuró, tampoco podría hacerlo, le
toqué el hombro y emitió un quejido, la puta madre, dijo, si
les hubiera sacado la mierda a patadas, tú sabes que podría
haberlo hecho, no estaría aquí, me habría ido a cualquier sitio
y no me hubieran encontrado, pero me dije nada de violencia,
no me resistí, repitió, y me sacaron arrastrándome, casi desmayado, casi no me daba cuenta de nada, sangraba de la boca,
de la nariz, escuché que decían algo como una denuncia por
ejercicio ilegal de la medicina, me pusieron en una camioneta, me trajeron aquí y como ya estaba dominado y esposado
me sacaron la mierda entre los cuatro, no he tenido tiempo de
verlos, sus ojos estaban cerrados y amoratados, me dije soy el
periodista más cojudo del mundo, por qué no traje mi cámara
para fotografiar mi prueba, pero me disculpé diciéndome que
no me habrían dejado entrar con ella, nadie me ha dado una
explicación de nada, no sé el motivo del arresto, maldita sea,
exclamé furioso, un policía me dijo que ya se había completado el tiempo de la visita.
Fui a la casa de Yanahuara, la señora Josefa lloraba,
Ruth, quien había llegado a las once para cumplir con su trabajo de seleccionadora de hierbas no sabía qué hacer, tienes
que decirles que eres su esposa, su amante, conviviente o lo
que sea para que te dejen entrar a verlo, le dije, cómprale dolocordralán de la botica y se lo haces tomar, llévale también
un par de panes con jamón y un termo con té o café, la señora
Josefa no sabía cómo había ocurrido todo porque ella estaba
en su cuartito, acostada, y no supo qué pasó hasta que en la
mañana, cuando salió a comprar el pan, un vecino le preguntó
por qué se habían llevado preso y tan de malos modos que
daba pena verlo al señor Machuca, ella se desesperó, no sabía

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El hombre que se fue

nada, la anciana se disculpó apresurada y regresó a la casa,
fue al dormitorio y la cama estaba tendida como ella la había
dejado ayer después de que el señor se levantó y se metió a su
estudio para conversar con la señorita Ruth primero y luego
con algunas personas que vinieron a pedirle ayuda. La señora
Josefa preparó una bolsita con dos sánguches y un termo lleno
de té, una gran bolsa con una frazada, entregó todo a Ruth
que recibió algunas instrucciones mías, entre ellas que debía
llamarme al periódico en cuanto regresara para informarme
cómo encontraba al señor Machuca y salió disparada hacia la
comisaría, me entretuve un rato consolando a la señora Josefa, llamé por teléfono a Eudora y no estaba, me contestó su
madre quien me preguntó si Eudora no estaba conmigo, es
posible, me dijo, que esté en la casa de San Antonio, yo imaginé lo mismo y me despedí luego de dejarle el encargo de que
me llamara al periódico en cuanto llegara y cuando lo hizo,
alrededor de las dos de la tarde, amor, le dije, el camanejo está
pasando un momento difícil, necesita de nosotros, le expliqué
lo que había pasado y ella se ofreció a ir a la casa de Yanahuara, preguntar en la comisaría y averiguar todo lo que pudiera
haciéndose pasar por hermana, prima o lo que fuera del detenido y dos horas más tarde llamó de la casa de Yanahuara para
informar que una manifestación de madres y niños, viejos y
menesterosos estaba frente a la comisaría gritando porquería
y media contra los policías abusivos que habían maltratado a
su benefactor.
Salí de inmediato con un fotógrafo y cuando llegué a
la comisaría en plena avenida del Ejército, la demostración había crecido casi una cuadra, incluidos los curiosos que querían
saber a qué personaje tan querido tenían preso. Una hilera de
guardias con uniformes antimotines provista de fusiles lanzagranadas de humo y escopetas de perdigones se mantenía
firme en la vereda de la dependencia, me identifiqué y entré
mientras el fotógrafo disparaba su cámara en todas direcciones, hablé con el oficial de guardia que no sabía qué hacer y
pedía instrucciones a sus superiores, quienes le aconsejaron

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Luis Eduardo Podestá

que mantuviera la calma y no hiciera nada contra los manifestantes que después de todo solo eran niños, mujeres y viejos,
no sé por qué mierda se les ocurrió golpear al detenido, me
dijo, su orden era detenerlo, qué ha pasado con los guardias
que lo maltrataron, le pregunté, ya están en un calabozo de la
comandancia, me reí, ¿cierto?, le pregunté con sorna, para que
supiera que dudaba de su palabra, yo sé cómo son estas cosas,
así que no trate de engañarme, en serio, hermano, me miró
fijamente, este mediodía recibí órdenes de ponerlos a disposición de la comandancia, no sé cómo mierda se filtró la noticia
en una radio y se difundió en menos de lo que canta un gallo,
me llamó el general, le expliqué lo ocurrido y me ordenó que
me deshiciera de inmediato de los guardias responsables, que
informara que serían enjuiciados, trasladados a algún puesto de Ayacucho o Huancavelica, que era como condenarlos
a muerte en las actuales circunstancias, para sentar un escarmiento y qué va a pasar con el detenido, no queremos que
salga de aquí en el estado en que está, dijo, qué buena vaina,
comenté y luego le pregunté ¿y va a quedarse en el calabozo
sin atención médica?, solo hasta esta noche, cuando se calmen
algo las cosas, dijo, ya solo faltan dos o tres horas, le han traído algo de comer y ha tomado bebidas calientes, me dijo, lo
único que no puedo hacer es soltarlo en este momento, usted
debe darse cuenta de la situación, lo que ocurriría afuera, ya
han tirado unas piedras que me han roto algunos vidrios, pero
solo obedeceré mis órdenes, ojalá se cansen y se vayan, usted
¿por qué no me hace ese favor?, me rogó, puede decirles que
el detenido está bien, que ha recibido comida y bebida y será
liberado en un par de horas, no, gracias, le dije, en primer lugar, no me consta que el detenido esté en buenas condiciones,
necesitaría verlo, y en segundo no quiero decir una mentira,
vamos, me invitó, y me llevó a una habitación diferente, donde había varios escritorios y una banca de madera, donde el
camanejo estaba tirado, leyendo un periódico, con las piernas
cubiertas por la frazada que Ruth le había llevado, se incorporó con esfuerzo, gracias, me dijo, esas pastillas me aliviaron,

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El hombre que se fue

dice el oficial, aludió al capitán que estaba a mi lado, que a los
agresores los mandarán a zona roja y eso no me hace feliz, me
hace sentir como culpable de lo que les pudiera pasar, se lo he
dicho y me respondió que son normas de la disciplina institucional, yo traté de consolarlo, eso es algo en que nosotros no
tenemos injerencia y en todo caso, averiguaremos después, le
dije, lo principal es que te sientas bien ya que después de un
par de horas te liberarán, pero quieren esperar a que se calmen
las cosas frente a la comisaría, han disparado piedras y roto
algunos vidrios, sí, me dijo, y le ofrecí al capitán salir a calmar
a la gente, pero me dijo que no podía hacerlo mientras pudiera
mostrar mi rostro así, levantó la cara para que le viera los moretones, sí, le dije, así es, pero puedo llamar en este momento a
Amílcar Otazú, le dije, él sabrá qué hacer como abogado.
El oficial vio que las cosas se le complicaban, el camanejo dijo de todas maneras lo sabrá porque después de este
incidente pienso recurrir a él, me siguió la corriente, yo puedo
llamarlo para que venga a verte acompañado de alguien del
poder judicial o del ministerio público, no creo que a ellos les
nieguen la entrada, ¿verdad?, volví la cabeza para dirigirme
al capitán, pero él había desaparecido, salí a su despacho y lo
encontré pegado al teléfono, me hizo una señal con la mano,
para que esperara, terminó de hablar, ya está, dijo feliz, puede
llevárselo, el general dice que puede llevárselo pero que por
favor, no se publique nada de esto en el periódico, ese no es el
trato, amigo, le dije, regresé adonde el camanejo esperaba sentado, vámonos, hermano, le ofrecí mi brazo para que se apoyara y así abandonamos la comisaría, atravesamos la hilera de
guardias armados con escopetas de perdigones y fusiles lanzagranadas lacrimógenas y cuando nos vieron, los manifestantes lanzaron una ovación y aplaudieron, atravesaron la calle,
lo rodearon, te has hecho una fama de mierda en pocos meses,
le dije al oído, si en aquel tiempo, respondió solemnemente
a media voz, en mi oído, hubieran existido los periódicos, la
radio, la televisión, Cristo no hubiera muerto crucificado, dijo,
me separaron de su lado, las mujeres lo abrazaron y besaron,

273

Luis Eduardo Podestá

los niños se le pegaban a las piernas y casi en hombros se lo
llevaron, nosotros te protegeremos, papacito, le dijo un anciano alto, flaco y encorvado como si hubiera pasado toda la vida
inclinado sobre los aperos de labranza, consideré mi presencia innecesaria y seguí a corta distancia la manifestación hasta
que el bullicio en las cercanías de la casa de Yanahuara llamó
la atención de sus ocupantes, aparecieron en la puerta la señora Josefa, Eudora, Rubí y Ruth que sonreían complacidas, hice
una señal con el brazo para que Eudora me viera y la llamé,
se acercó, nos besamos, ya no nos necesita, le dije, podemos
irnos, tengo que escribir la información.
No iba ser una información que robara espacio a la
primera página. Benjamín Castillo de la Flor, alto funcionario
público de la ciudad y connotado dirigente del Partido Aprista
desde su juventud, había sido víctima de un atentado terrorista, pero no estaba muerto.
Dos jóvenes, un hombre y una mujer, que llevaban
mochilas y libros como los estudiantes universitarios, fueron
los autores del atentado. Lo esperaron frente a su casa de la
avenida Venezuela, precisamente en las inmediaciones de los
edificios de la Universidad de San Agustín y cuando él salía al
timón de su automóvil, se acercaron. Él pensó, dijo, que eran
alumnos de la universidad o compañeros de su partido. Se
acercaron y le apuntaron a la cabeza, solo atiné a levantar el
brazo izquierdo y a mover desesperadamente la cabeza a uno
y otro lado, le dispararon, el balazo le impactó en el antebrazo
izquierdo, le volvieron a disparar, sentí que el balazo me penetraba por el cuello, pero estuve consciente todo el tiempo,
me contó años después, los miró alejarse lentamente por el
centro de la pista, sin correr, con toda tranquilidad, recogí todas las fuerzas que me quedaban, abrí la puerta del coche, salí
y caminé unos pasos hasta el jardín de la avenida, frente a mi
casa, se echó de espaldas, salieron sus familiares, llamaron a la
policía que tardó media hora en llegar, me llevaron al hospital

274

El hombre que se fue

mientras me desangraba, le extrajeron la bala que le hirió el
brazo, no encontraron la otra y pensaron que había perforado
el cuello y hecho otro orificio de salida, cuando pudo contestar
las preguntas de los médicos les dijo que sentía un dolor en
el costado derecho del pecho, lo atribuyeron a un golpe, pero
más tarde, con una nueva radiografía, descubrieron que el
proyectil había viajado desde el lado izquierdo del cuello, por
el interior del tórax hasta alojarse entre dos costillas, no tocó
ningún órgano vital, se alegraba Benjamín Castillo de la Flor,
quien nunca logró saber quiénes fueron los que quisieron matarlo, porque yo no era ningún personaje tan notable que pudiera ser de utilidad ni como factor de propaganda a ningún
grupo sedicioso de los que actuaban en el país, reflexionó con
un rostro que expresaba claramente las dudas que le corroían
el cerebro porque tampoco la policía había llegado a ninguna
conclusión sobre quienes perpetraron el ataque.
En Arequipa, a diferencia de las otras ciudades del
país, los atentados terroristas, los asesinatos selectivos de autoridades, líderes sindicales, personajes notables aunque no
fueran políticos, no se producían con frecuencia. Por ello, el
atentado contra Benjamín Castillo conmovió a la ciudad que
creyó en el comienzo de una ola terrorista como la que angustió al resto del Perú durante más de quince años. Nadie sabía
nunca cuándo iba a estar, a cualquier hora del día o de la noche
en un lugar señalado para la explosión de un vehículo cargado
con dinamita o un ataque a balazos contra alguna institución
estatal o privada. Los atentados en la ciudad se redujeron a
esporádicas explosiones de dinamita supuestamente dirigidas
contra instalaciones industriales privadas o instituciones estatales y al parecer solo con objetivos de amedrentamiento o
con el fin de hacer ver que el terrorismo también se movía en
la ciudad, pero los atentados no causaban mayores daños que
destrucción de vidrios, y alguna alarma y ningún herido.
Solo la apacible ciudad de Cotahuasi, al norte de Arequipa, colindante con el departamento de Ayacucho, sufrió el
21 de noviembre de 1988, un violento ataque que sembró el

275

Luis Eduardo Podestá

terror a sangre y fuego y causó la muerte de nueve personas
incluida una niña de tres meses de edad. Hasta entonces, en
el departamento de Arequipa, hubo una casi nula acción de
los movimientos subversivos que llegaron a controlar en ese
tiempo casi la tercera parte del territorio nacional. La noche
del 21 al 22 de noviembre de 1988 fue la más negra que recuerda Cotahuasi.
En esa trágica fecha, unos cien terroristas al mando de
una llamada camarada Balta, llegaron a las inmediaciones de
esa ciudad, capital de la provincia de la Unión, de unos diez
mil habitantes para preparar un ataque. Los sediciosos habían
desarrollado antes una campaña de terror en las localidades
de Belén, Casaccara, Patari, Pucapauza y Pachachaca, al sur
del departamento de Ayacucho, en cuya capital nació y se desarrolló desde 1980 el movimiento maoísta Sendero Luminoso,
bajo la dirección del profesor de la Universidad Nacional de
Huamanga, Abimael Guzmán Reinoso, condenado más tarde
a prisión perpetua. Del sur de Ayacucho, que colinda con la
provincia de la Unión, en el extremo norte del departamento de Arequipa, la columna subversiva cayó sobre la escuelita
del pueblo de Lacsa, la mañana del domingo 20 y esperó, de
acuerdo con informaciones posteriores, a un enlace que tenía
en la ciudad de Cotahuasi. En ese lugar, informaron más tarde
las fuerzas armadas, los sediciosos diseñaron el plan final del
asalto a esa ciudad.
Abandonaron Lacsa a las seis de la tarde del domingo
y a las cuatro y treinta de la tarde del lunes 21 se apoderaron de la hacienda Lancaroya, a cuyo propietario, Grimaldo
Azpilcueta, tomaron en rehén. Allí establecieron su cuartel
general. Los terroristas hicieron un juicio popular contra Grimaldo Azpilcueta, quien fue condenado a muerte y degollado
en presencia de sus familiares. Los informes oficiales calcularon que la muerte del terrateniente se produjo alrededor de
las seis de la tarde del lunes 21. A las diez de la noche, cuando el silencio reinaba en la ciudad de Cotahuasi entregada al
descanso, los terroristas desencadenaron el ataque desde dis-

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El hombre que se fue

tintos puntos. Los objetivos principales fueron, entre otros, la
comisaría de la Guardia Civil cuya sede ocupaba parte de las
instalaciones del Concejo Provincial y fue el blanco de unas
cien explosiones de dinamita, mientras los tiroteos se escuchaban por toda la ciudad hasta las tres de la mañana del 22. Una
niña de tres meses, Elizabeth Aguirre Romero, murió al recibir
los impactos de disparos, cuando se encontraba en brazos de
su madre, Leonor Romero, refugiada en el zaguán de su casa,
vecina al municipio, y quien recibió también heridas de bala
en el abdomen. Una versión oficial informó que el cabo de la
Guardia Civil Edilberto Alarcón, quien defendió heroicamente su puesto en la comisaría, fue capturado por los sediciosos,
rociado con querosene y quemado vivo.
La explosión de cilindros de querosene en un almacén
cercano, causó también la muerte de Consuelo de Alarcón y su
sobrina Wiru Rosado. Posteriormente, los campesinos Leonardo Quispe, Víctor Durand y Justiniano Ponce de León, quienes se hallaban en la cercana hacienda Acorca y se negaron a
proporcionar caballos para facilitar la huida de los terroristas,
fueron asesinados a balazos.
Los senderistas causaron nueve muertes en total y heridas a unas veinte personas, se llevaron todas las armas que
encontraron en el puesto policial y saquearon e incendiaron
los establecimientos comerciales de donde se apoderaron de
alimentos, medicinas y dinero.
Como resultado de esa incursión quedaron destruidas
las sedes de la representación del gobierno regional, el estatal
Banco Agrario, la sede del ministerio de Agricultura, la oficina
de Correos, el Concejo Municipal, unos treinta establecimientos comerciales privados, donde ardieron desde tractores, motores y vehículos hasta toneladas de alimentos.
Los terroristas salieron de Cotahuasi a las tres de la
mañana y se dirigieron a la cercana hacienda Lancaroya, donde descansaron hasta la noche del miércoles 23, cuando reiniciaron su camino hacia las localidades de Pucapauza y Pachachaca, en la jurisdicción del departamento de Ayacucho.

277

Luis Eduardo Podestá

Ninguna otra localidad del departamento de Arequipa, fue después, víctima de nueva agresión senderista, mientras en casi todo el país se desarrollaba la sangrienta guerra
subversiva.
Tras el ataque del 21 de noviembre, las autoridades
de las fuerzas armadas y policiales reforzaron las poblaciones
de la cordillera de Arequipa con frecuentes patrullas, pero los
grupos terroristas se desplazaron hacia Ayacucho y la selva de
ese departamento hasta quedar en los años posteriores acorralados y desorganizados.
Después reinó una relativa calma en todo el departamento.
Eudora tenía miedo por mí, pero yo trataba siempre de
decirle que era demasiado pequeño para que el terrorismo me
tuviera en cuenta.
Aquellos sangrientos quince años de guerra sórdida,
cruel, absurda y subterránea le costaron al Perú veinticinco
mil vidas, más de doscientos mil huérfanos y desplazados y
veinticinco mil millones de dólares en pérdidas materiales.
Después el terrorismo abandonó virtualmente las ciudades
para trasladarse a la selva, animado por los restos de grupos
recalcitrantes que no querían la paz a la que se había resignado su líder máximo condenado a prisión perpetua. El terrorismo prosiguió esporádicamente en la selva donde consiguió
por la fuerza o por un convenio de protección mutua, el apoyo
de las organizaciones dedicadas a la fabricación de cocaína y a
su comercio que les proporcionaban armas y dinero. Comenzó
a respirarse el aire de la paz solo quebrado por esa otra guerra
policial contra los traficantes de drogas y no había día en que
los medios de comunicación no dieran informaciones sobre la
captura de gente en sus propias casas, aeropuertos, carreteras
y terminales de transportes que era sorprendida con paquetes de cocaína disimulados en el cuerpo o escondidos en los
lugares más insospechados. Mujeres y hombres de todas las
edades estaban comprometidos en esa actividad a la que se
entregaban para resolver problemas económicos porque en un

278

El hombre que se fue

día o en un viaje en que la buena suerte estuviera de su lado,
podrían hacerse ricos pero se decía que habitualmente quien
se metía, aunque fuera por casualidad en el negocio no salía
jamás, quedaba atrapado como en una telaraña entre cuyos
hilos debía moverse en medio de la opulencia y la riqueza o
morir. Tampoco faltaban casos en que cualquier persona se
veía enredada en un problema de drogas porque alguien le
colocaba en la casa o la ropa un paquete de cocaína y lo denunciaba. Y aunque por esos años fueron expulsados cientos
de policías de todas las jerarquías por corrupción y abusos en
una inútil tarea de purificación, no pocas veces fueron los mismos agentes quienes aplicaron esta práctica para elevar sus
méritos o causar daño conscientemente a alguien contra quien
existiera un motivo de venganza personal o porque era demasiado molesto para la política establecida por el gobierno y por
lo tanto no debía caminar libremente por la calle. Y esto parece
que ocurrió con el camanejo cuya popularidad en los sectores
periféricos crecía día a día a causa de su desprendimiento que
daba lugar a que todo el mundo pensara que sus donaciones
provenían no solo de las chacras de arroz de Camaná ni de los
cañaverales del valle de Tambo, sino de presuntos laboratorios
escondidos en la selva donde se procesaba la cocaína y era
enviada en avionetas al exterior a cambio de jugosas remesas
en dólares y por eso la detención del camanejo me parecía una
maniobra de algunas personas interesadas en sacarlo de esa
creciente popularidad que se había ganado entre los pobres
o, en otro caso, obligarlo a pagar una contribución a policías
corrompidos que podrían eventualmente brindarle una protección.
Y por eso también me conmovieron las palabras que
una noche me dijera Rubí cuando fui a recoger a Eudora, quien
me había requisado la camioneta para cumplir las tareas que
le encargaba su jefe. Rubí dijo que ella estaba allí las tardes y
el tiempo que su negocio le dejara libre, no solo para colaborar
con las buenas acciones del señor Machuca, sino que deseaba
estar cerca de él para protegerlo, ya que ni él que era tan bue-

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Luis Eduardo Podestá

no, o quizá precisamente por eso, dejaba de estar expuesto a
innumerables peligros que no se sabía de dónde provendrían.
Esa noche conocí a Sebastián Velásquez, a Roberto Arias y al
albañil Teodoro Ramírez y todos, excepto el estudiante, me
causaron buena impresión en lo que coincidí con la apreciación de Eudora, pero me dije debe ser por el antecedente que
tenía de él por las palabras de ella, de cuya certeza en calificar
a las personas me convencía cada vez más, sobre todo cuando a pocos días de trabajar con el grupo me habló de Carla,
quien da muestras de tanta dulzura y comprensión hacia las
personas que ayuda, que se ha conquistado en escaso tiempo
la simpatía de los niños que la adoran, pero no me gusta nada,
añadió, la forma en que te mira Paloma, dime, ¿la conociste
antes de ese miércoles de enero en que estuvimos aquí, le dije
que no, que ese mismo día las conocí a todas y ese día también
comencé a enamorarme de ti, estás celosa, le dije, la abracé, la
besé, no tienes por qué estarlo, aseguré, sonrió y nos fuimos a
comer al centro.
Por Eudora supe que las mujeres de la rebelión del pan
habían sido liberadas, gracias a la intervención de Amílcar
Otazú y Daniel Neira, abogados muy respetados, en quienes
el camanejo tenía depositada toda su confianza, pero hubo de
hacer un fuerte depósito en dinero para cubrir los gastos de
los daños que se produjeron esa tarde, incluidos, por supuesto, los que la policía causó en la operación que desalojó a las
rebeldes, y que a consecuencia de ese incidente, había decidido montar una panadería que abasteciera a todas las familias
miembros de los grupos escolares y que también podría vender pan a precios accesibles porque no habría de por medio
ningún interés de lucro y que había encargado a Ruth averiguar sobre las cualidades de panificación de la yuca, el camote
y la harina de papa y que con el departamento de investigación agraria de la universidad de San Agustín había comenzado a realizar proyectos concretos encaminados a aquel fin.

280

El hombre que se fue

Felicité al camanejo por teléfono una mañana de viernes y le dije que mañana sábado podríamos pasar la tarde en
la casita de Characato, ya que las celebraciones por la fiesta de
la ciudad estuvieron empañadas por la sombra de su arbitraria detención, pero que tendría que venir a recogerme en su
lujoso y poderoso automóvil en vista de que Eudora, como
sabes, se ha apoderado de la camioneta para el servicio social
del apóstol Machuca Mestas y no son pocas las veces que tengo que caminar por toda la ciudad por esa causa, o subir a
cualquier ómnibus como lo hacía en la antigüedad, se rió a
carcajadas, no seas quejumbroso, huevoncito, me respondió,
iré a sacarte a las dos de la tarde y así lo hizo. Escuché el sonido de la bocina como a la una y media y a través del intercomunicador le pedí al portero que por favor entregara un periódico al señor que esperaba en un automóvil plateado frente
al edificio a fin de que no se aburriera porque yo tenía trabajo
para media hora más por lo menos. Pero salí cerca de las tres y
el camanejo estaba que se dormía sobre el timón del carro,
protestó por la gramputa, carajo, no tengo ninguna obligación
de venir a llevar a ningún cojudo a su casa como si fuera su
chofer, dijo, pero arrancó y a los pocos minutos atravesábamos la ciudad camino a Characato y hablamos de un montón
de cosas, desde el atentado contra Benjamín Castillo, quien
gracias a que no fue ningún cojudo y supo actuar con rapidez,
dijo, se halla vivo en estos momentos, hasta la forma en que la
ciudad podría defenderse del terrorismo si como parecía,
aquel ataque constituía el principio de algo que podía continuar, no creo, dijo, tengo la idea de que es algo aislado y más
parece que los autores del atentado eran inexpertos o no tuvieron una real intención de matarlo porque si así hubiera sido, le
hubieran colocado una trampa con más gente, lo habrían llenado de balas en el momento en que salía con su coche o hecho estallar el auto con dinamita como ocurrió en Lima con el
ministro de Trabajo Orestes Rodríguez o con el gerente del
seguro social Felipe Santiago Salaverry, un hombre que jamás
había llamado la atención hasta que su propio partido lo sacó

281

Luis Eduardo Podestá

a la luz, lo nombró alto funcionario público y le retiró su apoyo cuando le llovieron denuncias por corrupción en las que,
aparentemente, no tenía nada que ver y, por lo demás, dijo el
camanejo, no era un político de primera línea y no tenía por
qué morir como murió, si su partido no lo hubiera puesto en
cartelera, pero aquí no creo que prospere el terrorismo, por
qué, pregunté, qué tiene de especial esta ciudad, tiene su gente, me respondió, no admite el terrorismo, y luego, como si
estuviera cometiendo una indiscreción y pudiera haber oídos
ajenos, miró a todos lados, dijo conversé con un pintor comunista quien me dijo que en la universidad eran conocidos todos los simpatizantes del terrorismo y si la guerra comienza
aquí, los han amenazado por comenzar a colgarlos uno por
uno de los postes de la avenida Independencia, frente a la misma universidad, con un letrero que dijera muerto por terrorista, esa no es la forma, respondí, de frenar una guerra, alegué
que a la violencia no había que responder con la misma moneda sino proporcionando a los pobres y desposeídos de la satisfacción de sus necesidades que eliminara todo motivo de protesta, por supuesto, replicó, pero ellos, se refería a los grupos
comunistas de la universidad, y creo que no solo ellos, están
dispuestos a defender esta paz de la ciudad recurriendo a
todo, y lo más significativo y singular de todo era que la universidad nacional de Arequipa era puesta como ejemplo de
organización, de limpieza, donde no había un solo muro con
inscripciones terroristas, como sí las había en la mayoría de
universidades estatales y privadas del país, algunas de las
cuales eran consideradas por el gobierno como baluartes de
los grupos terroristas que hacían abiertamente asambleas en
sus jardines o aulas o aprovechaban los espectáculos costumbrista para distribuir su propaganda y sus llamamientos a enrolarse en el llamado ejército popular de liberación, llegábamos al puente de Sabandía y comenzábamos la subida hacia el
pueblo por una carretera flamantita, recién asfaltada, hay otras
formas de ganar la guerra y es darles lo necesario a los pobres,
son los políticos fanáticos los que se han aprovechado de la

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El hombre que se fue

miseria y levantado en Ayacucho, Huancavelica, Puno, la selva, y muchos pobres que carecen de esperanza y se aburrieron
de esperar, dijo, los han seguido y ahhh, grandísimo pendejo,
exclamé, por eso estás haciendo lo que haces, es tu manera de
contribuir a que no corra la sangre en esta ciudad, no, me dijo,
nunca tuve esa intención, pero poco a poco me metí en esa tarea por razones si se quiere personales, me importa un carajo
lo que diga la gente, tú ya lo sabes, pero quiero tranquilizar mi
conciencia y dar un objetivo a los medios materiales que poseo
y sobre todo, que esa porción de gente a la que estoy ayudando no crea que está recibiendo una dádiva sino una contribución de alguien que vive en este mundo y este país tan destrozado por unos y por otros, y que sepa que soy alguien que la
comprende, que no debemos ser extraños unos con otros, sobre todo si vivimos en la misma ciudad y respiramos el mismo
aire, aminoró la marcha y yo pensé lo hace para alargar su
discurso, pero se interrumpió unos instantes y a manera de
explicación dijo aquí comienza el paisaje más bonito y quiero
acostumbrarme a verlo con calma, no como antes que me llegaba a las pelotas, y prosiguió estos hombres y mujeres han
sido acostumbrados a sufrir desde pequeños, a levantarse
temprano y trabajar en sembríos cuando existían, ahora las cosas han cambiado, han desaparecido las chacras y han surgido
las urbanizaciones, muchos de ellos ganan el salario mínimo
que les pagan en las industrias o viven de tareas ocasionales
cuyo producto no les alcanza ni para un día de su propia subsistencia y menos para atender la de los suyos, y estaban
aplastados por la desesperanza, porque el poco dinero que podían conseguir siempre mantenía el hambre y sus necesidades, si tenían un periódico lo leían, si tenían radio lo escuchaban y por ellos sabían que todo iba a seguir como antes y se
acostaban para levantarse en la madrugada siguiente para salir a conseguir trabajo o para trabajar ocho o diez horas por el
mismo miserable salario y volver a comenzar la historia cada
día, sin la expectativa de que algún día esa rutina cambiaría,
sabían que nada iba a cambiar, porque siempre había sido así,

283

Luis Eduardo Podestá

a ellos les había tocado nacer en la porción del mundo que
sufre porque no tiene lo esencial para vivir y yo creo estar contribuyendo a que desechen esa idea y miren el mundo y la
vida desde otro punto de vista, y ahora trabajan más que antes
pero lo hacen conscientes de que lo hacen para que al día siguiente todo esté en orden en la escuela o en la cocina comunal, cubren turnos que los ocupan hasta la medianoche y los
hacen levantarse en la madrugada para preparar desayunos
porque la leche, el arroz, el café, qué sé yo, que reciben, no se
preparan solos, ellos tienen que hacer esa tarea y distribuir el
producto entre sus hijos y los hijos del vecindario, porque están acostumbrándose a pensar que no hay hijos ajenos, a que
todos los niños son suyos y ellos tienen una responsabilidad
sobre ellos, para que no sean pasto de ningún resentimiento
que les ensombrezca la vida, y cuando terminan de distribuir
el desayuno tienen que preparar el almuerzo utilizando lo que
tengan y hay algo más, cuando les falta algo, no recurren al
señor Machuca para pedírselo, no, lo adquieren por su cuenta,
con los pocos centavos que pueden disponer o lo piden prestado hasta cuando puedan pagarlo en los almacenes de sus
barrios, porque tienen dignidad y no desean que todo les sea
dado gratis, y se ocupan de cuidar las conejeras que pronto les
darán carne, los gallineros que ya les proporcionan huevos y
hasta han sembrado papas o maíz en sus jardines combinándolos con las flores y todo eso me parece una gran demostración de que ahora ya no se resignan a morir y a languidecer
sino que se enfrentan con valentía y esperanza a la vida y buscan otro destino para sus hijos y la próxima semana Luzmila
Sánchez, al frente de la primera panadería comunal, comenzará a producir pan barato con una mezcla de trigo, cebada y
harina de camote o quinua, no sé exactamente, pero ya tiene
todas las instrucciones y por lo menos en esta área nunca se
producirá una nueva rebelión del pan, por la defensa de dos
centavos, es una buena obra, comenté, te felicito sinceramente,
pero tu fortuna va a llegar a su fin, ¿qué vas a hacer cuando
ello suceda?, ¿vendrás a ocupar un cargo de administrador de

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El hombre que se fue

la panadería o de una cocina comunal para tener dónde comer
y dormir?, no, me respondió entre risas, me iré a pedir que me
den alojamiento y trabajo de peón en una casita que tienen mis
hermanos en Characato y adonde estoy yendo en este lujoso
auto plateado como nave espacial, y continuó atacado por la
risa hasta cuando atravesamos el hueco sin puerta en el muro
de piedra, hierbas y texaos.
Ya nos esperaban en el patio enladrillado, donde habían instalado la mesa del comedor y colocado sillas para todos, se escuchaba música de un tocacasetes y yo me sorprendí de encontrar al equipo en pleno, incluida Paloma de quien
pensé que nunca concurriría a ninguna reunión en esta casita,
que reía y bebía cerveza o gaseosas, mientras se extendía el
olor de la comida. Eudora vino a saludarnos, me besó en la
boca, vinimos en las dos camionetas y trajimos todo lo que
encargaste, informó al camanejo, ah, dije, traición, no me dijeron nada, no era necesario, dijo el camanejo, ellos estaban
cumpliendo una misión en Socabaya y Sabandía y les dijimos
que el punto de reunión para fin de jornada era este. Eudora
reía, divertida por las explicaciones y mi supuesto disgusto,
saludé a todos los hombres con un apretón de manos, conocía
a algunos y otros recién se presentaban, di un beso en la mejilla a Fredes, Carla, Rubí, Ruth y Paloma quien me puso sus
labios muy cerca de mi boca, rogué que Eudora no se diera
cuenta del gesto, el chofer Juan Bermejo me dijo salud al entregarme una botella de cerveza y bebí tras decirle salud también
al camanejo.
–Ya estamos todos, no tenemos por qué seguir esperando –dijo Carla y se dirigió a la cocina, seguida por las mujeres.
Eudora llegó con una fuente de cebiche mixto donde
el pescado blanco se mezclaba con el color rosado de los camarones y de los erizos, qué manjar, expresé mi admiración,
y luego llegaron las muchachas con fuentes de chicharrones y
maíz tostado en grasa de cerdo, humeantes choclos con queso,
ocopa con papas o al revés, papas con ocopa, Fredes puso una
caja de cerveza cerca e invitó a todos a servirse y formamos

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Luis Eduardo Podestá

cola para llenar nuestros platos. Eudora se sentó a mi lado y
me señaló un lugar del cielo con los ojos dice Albino Fuentes
que por allá debe verse la Cruz del Sur esta noche alrededor
de las nueve o diez, sí, le respondí, ¿nos quedaremos para verla?, no solo para verla, sentí ganas de bromear, podemos quedarnos aquí hasta mañana e ir temprano a comer adobo a la
plaza de Characato, me miró, sería lindo, me gustará mucho,
respondió. Cuando terminamos la comida, Paloma y Ruth salieron a bailar y al verlas Juvencio Málaga y Javier Rodríguez,
dos de los jotas, se echaron al ruedo para destruir la pareja
femenina y el baile se generalizó, mientras la cerveza circulaba generosamente. Eudora me dijo a manera de explicación
que el camanejo había ordenado esa mañana al equipo, que
después de terminar la jornada de trabajo en Socabaya, fueran
al centro en las camionetas y compraran toda la comida que
pudieran para pasar la tarde porque estábamos invitados a
una fiesta en la chacra y en ese momento Venancio y Adriana se acercaron al camanejo que estaba cerca de nosotros y el
peón con el debido respeto, señor, queremos rogarle que sea
el padrino de bautismo de nuestro hijito, aplaudimos, gritamos de contentos, las muchachas coreaban sebo, padrino y el
camanejo, después del primer momento de sorpresa no solo
lo haré con mucho gusto sino que me sentiré muy orgulloso,
¿sabías que será mi primer ahijado?, le preguntó, salud, compadre, le entregó la botella de cerveza y Adriana se acercó a
nosotros con las manos sobre el crecido vientre y sonriendo a
Eudora señorita, perdóneme, pero quisiéramos que usted sea
la madrina que acompañe al señor Machuca en el bautismo
del bebito, Eudora me miró sonriente, nos miramos, no sabes
cuánto gusto me das, Adriana linda, respondió, tendré mucho
gusto en ser tu comadre y se veía que estaba feliz de que la
hubieran escogido para ese compromiso.
Paloma se fue temprano, casi inmediatamente después
de concluida la comida, pretextó que tenía que hacer y le pidió
permiso al camanejo para irse, pero él ordenó a Juan Bermejo que la llevara a su casa, y ella protestó, no tenía por qué

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El hombre que se fue

arrancar a nadie de la fiesta, además le gustaba caminar por el
campo y era una persona mayor que podía y sabía defenderse
sola, reclamó, y si insistes, que me lleve solo hasta el pueblo
donde puedo conseguir un ómnibus, sugirió, y aún no era de
noche, y aunque el patrón se puso inicialmente firme al final
aceptó que la llevaran en la camioneta roja hasta la plaza del
pueblo donde tomaría un ómnibus, Fredes le puso en la mano
una canasta llena de paquetes que ya mostraban huellas de
grasa, para que comas en tu casa, le dijo sonriente, gracias por
tu ayuda, Paloma se enterneció, pero por qué, intentó protestar, no es necesario, luego subió a la camioneta roja y desde la
ventanilla hizo un saludo agitando la mano.
Pusieron un casete de boleros y bailamos muy juntos
con Eudora, le cantaba al oído algunos versos que recordaba
te seguiré hasta el fin de este mundo y ella se pegaba más a mi
cuerpo y me sentía el hombre más dichoso por tenerla tan cerca, rodeado por amigos tan buenos que igual se solidarizaban
con las necesidades ajenas como se mandaban unos tragos y
se alegraban con la alegría del prójimo. Y en un momento de
silencio cuando Fredes trataba de colocar un casete nuevo en
el tocacintas y nos dirigíamos a nuestros asientos, yo ya me
voy a una tierra lejana, la poderosa voz del camanejo se hizo
escuchar y todos nos quedamos mudos y lentamente volví el
rostro hacia donde él, quien con un vaso en la mano, miraba
el cielo por encima del Pichupichu, a un país donde nadie me
extrañe, se inspira, pensé, en el atlante dormido y en medio
del silencio que él creó sentí rebotar cada palabra del viejo yaraví en los cerros y los árboles que surgían oscuros de la tierra
ensombrecida, donde nadie sepa que yo muera, y no sé por
qué sentí un dolor en el pecho, me dije que no tenía por qué
sentirlo, podía considerarme en este momento y estos días el
hombre más feliz de la tierra y agradecer a todos los dioses y
santos del cielo por esa dicha que me habían ofrecido y que
nunca en mi vida había disfrutado tan intensamente como
ahora hasta destruir aquella convicción que antes me asaltaba
con frecuencia y según la cual yo estaba solo de paso por el

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Luis Eduardo Podestá

mundo, y si había tenido momentos de dicha o más bien de
indiferencia los contaba con los dedos de la mano y solo por
minutos porque me imaginé que ninguno duró lo suficiente
como para tenerlo en cuenta, y por eso nunca me preocupé
por tener un lugar en qué caerme muerto, donde nadie por mí
llorará, concluía su canción el camanejo y los ojos de Eudora
brillaban de emoción y cuando recorrí con la mirada los rostros de los demás en busca de una expresión vi a Carla cuyas
lágrimas le rodaban por el rostro sin que ella hiciera nada por
enjugarlas, el gesto crispado de Fredes que no apartaba la mirada de los labios del camanejo, la fija mirada de Rubí en el
punto del firmamento al que el camanejo miraba o creía mirar
y me dije es posible que ambos coincidan en aquel lugar de
la montaña o del cielo en que han colocado sus ojos, y miré
también hacia el espacio oscurecido y una estrella fugaz lo dividió en dos partes desiguales, llegó desde el norte como si se
dirigiera en busca de la Cruz del Sur, mira, le dije suavemente
a Eudora y me encontré con su voz qué hermoso, Dios mío,
porque ella también miraba el cielo, un punto del universo
poblado por cien mil millones de astros y nos pareció que uno
se había desprendido para darnos una señal de que algo extraordinario estaba ocurriendo en nuestros corazones porque,
pensé, mientras los ecos de la última frase del yaraví rodaba
por las laderas de los cerros, somos los seres más buenos del
mundo en este momento porque amamos y rogué para que
esa pureza de nuestros espíritus se mantuviera para siempre
dentro de nosotros, y Eudora me presionó el brazo con sus
manos cuando la estrella se perdió detrás de las montañas o
detrás del otro lado del mundo y nos quedamos todos silenciosos porque quizá, como yo, esperábamos que en lugar de
ir hacia el lejano sur del firmamento iba a producirse aquí cerca el gran acontecimiento que hiciera estallar al mundo en un
imprevisto bosque de fuegos artificiales en señal de que nos
hallábamos en paz con las fuerzas del universo, formábamos
parte de ellas y en consecuencia, teníamos derecho a sentir
que toda la bóveda iluminada por la Vía Láctea era nuestra y

288

El hombre que se fue

debíamos gozarla amorosamente en comunión con las personas que amábamos.
–Hay que expresar un deseo –dijo la voz de Rubí.
Y como si esa hubiera sido la señal para que aquel dramático silencio concluyera y regresáramos al suelo enladrillado, estallamos en aplausos y ovaciones, no sabíamos que también cantabas, grité dirigiéndome al camanejo, ahora hay que
preguntarle qué es lo que no sabe hacer, dijo Albino Fuentes,
quien fracasó esa noche en su predicción astronómica porque
poco después, entre los jirones de nubes que poblaban el cielo, comenzó a brillar una enorme luna llena, que nos disparó
esporádicas flechas plateadas durante su navegación por el
firmamento, ya no podremos ver la Cruz del Sur hasta que
despeje, dijo acercándose a nosotros, con esta luz y esas nubes no se podrá ver nada del universo salvo las estrellas más
grandes que no se encuentran en el radio de luminosidad de
la luna, se disculpó ante Eudora, quien le dijo no te apenes,
ni nosotros ni la Cruz del Sur ni las noches oscuras se van a
acabar hoy y habrá cien oportunidades de verla desde aquí o
desde cualquier lugar.
Seguimos brindando y bailando pero cuando la luna
estaba a cuarenticinco grados sobre las cumbres del Pichupichu y comenzó a correr un viento frío desde el sur, y era ya alrededor de las diez y media Fredes, Carla y Rubí comenzaron
a arreglar las cosas que tenían que llevar y vi en esa actitud la
señal del regreso, pero entonces me quedé helado al escuchar
la voz de Eudora nosotros nos quedamos, me miró inquisitiva
con ojos de curiosidad como esperando mi reacción y antes
de que pudiera decir algo o lanzarme a reír como me parecía
que era lo mejor que debía hacer, fue el camanejo el que estalló en carcajadas, bien dicho, carajo, los futuros esposos deben
estrenar su casa y mañana temprano iremos a comer adobo en
la plaza de Characato, dije solo por decir algo y el camanejo
vendré a despertarlos a las seis de la mañana a comprobar si
aún duermen, dijo con una sorna en que se notaba a la legua
su segunda intención y poco después, mientras yo miraba em-

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Luis Eduardo Podestá

bobado los preparativos del retorno y cómo se apretujaban
todos en la camioneta roja y en el poderoso auto plateado, el
benefactor Abelardo Machuca Mestas me daba un abrazo que
la pases bien hermano, el dormitorio es muy abrigado.
Como para quitarme toda preocupación de encima,
Eudora me contó que había dicho a sus padres que el equipo
de trabajo tenía que salir hoy de la ciudad para una misión
muy importante y no regresaríamos hasta el domingo por la
tarde, no, no, le dije, yo quiero tenerte todo el domingo, como
quieras, amor, me dijo y me besó.
–Te invito a dar un paseo por la chacra –le dije cuando
se disipaba la nube de polvo que levantaron los vehículos antes de salir por el hueco sin puerta del cerco de piedra–hierba.
Aceptó, nos pusimos todas las ropas de abrigo que pudimos y nos fuimos por el sendero que nos llevaba hasta el
estanque, escuchamos los ladridos de Vinca y Vinco que acababan de ser liberados por Venancio quien los había tenido
encerrados durante la fiesta a fin de no que no molestaran a
nadie, si acaso descubrían entre nosotros a alguien que no mereciera su confianza, le expliqué a Eudora, arrojamos piedrecitas sobre el estanque en que ahora sí se reflejaba toda la luz de
la luna, fuimos hasta la pequeña colina desde donde el camanejo había descrito la propiedad, su extensión y contenido y
bajamos hasta el río donde nos sentamos al pie de aquel árbol,
el añoso sauce cuya cera había endurecido las cercanías de su
tronco y bajaba la cabellera de sus hojas alargadas hasta casi
acariciarnos cuando la brisa las mecía, nos abrazamos para esquivar el frío de ese vientecillo que viene del polo sur, me dijo
Eudora y no hablamos durante mucho tiempo para escuchar
el amplificado rumor de las aguas en medio de la inmensa noche y del silencio y un poco más lejos, Vinco y Vinca, como si
comprendieran nuestro estado de ánimo, terminaron de jugar
y corretearse y se echaron entre las hierbas silenciosos como
nosotros, como si ellos también quisieran disfrutar de aquello
que nos ofrecía la naturaleza y de la luz que la inmensa catedral en que estaba convertido el cielo, echaba sobre la tierra.

290

El hombre que se fue

Dos semanas después, como ya lo habíamos planeado,
nos casamos en la iglesia de San Antonio, un caluroso domingo al mediodía.
El camanejo, muy elegante con un terno negro con las
solapas brillantes, una camisa blanquísima y una corbata plateada, fue a buscarme en su poderoso coche color nave extraterrestre a las once y media, subió a mi cuarto con una botella
de whisky en la mano, debiéramos tomar un trago, porque
después no vamos a poder, me saludó, no, lo rechacé, nada antes del mediodía, después de las doce todo lo que venga, eres
un supersticioso de mierda, me aventó en la cara y se empujó
del gollete un gran trago, creo que estoy más nervioso que tú,
dijo, mientras yo me acomodaba la corbata plateada sobre la
camisa blanca y el chaleco gris a rayas que usaba por primera
y única vez en mi vida, y como tenía que ocurrir, el camanejo se lanzó a reír como si viera a un payaso en la pista de un
circo, eres la figura más cómica que he visto en mi vida, reía,
vete a la mierda, le dije, así me voy a reír yo el día que tú te
cases, me ayudó a ponerme el saco y me acomodó un pequeño
azahar artificial en el ojal de la solapa, me abrazó, hermano, se
puso repentinamente serio, sé que vas a ser feliz y quiero que
aproveches tu felicidad, lo miré y me dije va a comenzar con
un nuevo discurso, nosotros tenemos pocas ocasiones de ser
felices, ahora que te ha tocado a ti, sé feliz, hermano, me conmovió, lo abracé, salimos al sol que aplanaba la tierra y antes
de subir al carro, lo tomé del brazo, hermano, le dije, desde
hoy no voy a tener ningún secreto guardado para Eudora, y tú
y yo tenemos uno, ella no sabe de tu aventura por el espacio,
de tu transformación, te quiere mucho y no sabré cómo decirle
lo que sé, me miró, es cierto, respondió, si la amas no debes
tener ningún secreto y creo que si le cuentas lo que me ocurrió,
sabrás escoger el momento oportuno y las palabras adecuadas
y por tanto no me preocupa, tienes que ser feliz y no debes
permitir que nada, ni un secreto profesional te lo impida, me

291

Luis Eduardo Podestá

abrazó sonriente, me mostró la botella, ¿en serio no quieres un
traguito?, ya son las doce y tres minutos, vacilé, bueno, a tanta
exigencia…, me resigné y me eché un trago a la garganta.
Me llevó a la casa de Eudora porque yo tenía que entrar a la iglesia del brazo de Natalia, la madrina, te espero en
el carro, me dijo el camanejo y la mamá de Eudora ya estaba
lista, Eudora se está vistiendo en su cuarto, me dijo, no vi a
Alejandro, el padre, por ningún lado. Natalia se acomodó a
mi lado en el asiento trasero y elogió la suavidad del carro y
el camanejo, gracias, lindísima señora, le dijo mirándola por
el retrovisor, nos dejó frente al atrio de la iglesia, donde Juan
Bermejo, muy elegante con un terno azul marino y corbata
roja, esperaba y recibió las llaves, porque él iba a llevar al padrino a la casa de la novia y traería a ambos para la ceremonia.
En la iglesia esperé quince o veinte minutos que duraron varios cientos de años hasta que la vi aparecer a contraluz, iluminada por el violento reflejo del sol que caía sobre
el atrio y que penetraba en la iglesia para minimizar las luces
artificiales, tomada del brazo del elegante camanejo y estaba
bellísima como una diosa, caminaba lenta y airosamente por
el pasillo central alfombrado, llevaba alta la cabeza orgullosa,
me sonrió mientras avanzaba y no apartaba sus ojos de mi rostro, o por lo menos así lo creía. Detrás venía su padre, quien
me saludó con una leve inclinación de cabeza que yo respondí
en la misma forma y ya no volví a verlo, y quise pensar que
así sería mejor pero luego reflexioné en su papel de padre de
una mujer tan bella a quien había educado en una forma que
él pensó era la correcta y la mejor para sentirse orgulloso, y lo
disculpé porque debió haber sido realmente duro enterarse de
que, contra todos sus deseos y convicciones, su posición y los
principios éticos y religiosos en que había educado a su única
hija, ella había tomado un camino diferente, a riesgo de provocar una colisión de sentimientos familiares, de mujer que ama
y se siente amada y rogué para que un día la comprendiera
y me comprendiera a mí, aunque esto último me importaba
muy poco, a fin de que Eudora no tuviera ningún motivo de

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El hombre que se fue

sufrimiento o algún remordimiento.
La iglesia estaba llena, no solo de personas que nos
conocían sino de numerosos desconocidos como tuve ocasión
de comprobar cuando salíamos después de la ceremonia, ya
convertidos en marido y mujer, y supe entonces que yo no
le era indiferente a mucha gente porque mi trabajo me había
vinculado en una u otra forma con ella, y me sentí enternecido
por esos rostros que quizá había visto una sola vez y ahora
concurrían a hacerme el regalo de su presencia en uno de los
días más importantes de mi vida y entre todos aquellos rostros vi a Ina cuya expresión me pareció muy triste, y a Paloma
a su lado, ambas me sonrieron y yo les respondí también con
una sonrisa y alcé los ojos a la cúpula blanca para agradecer el
día tan bueno y tan dichoso que el cielo me estaba regalando.
En el automóvil plateado, el camanejo padrino nos
llevó después de la ceremonia religiosa hasta el colegio Santa Rosa de Viterbo, donde Eudora había hecho sus estudios
secundarios y donde la esperaban no solo la monja directora
sino algunas maestras y estudiantes para ver a la hermosa ex
alumna que un día del pasado fue elegida reina de primavera
del plantel al cual ella volvía casada para depositar un ramo
de flores blancas en la ermita de la santa patrona. Y así lo hizo.
Entramos entre aplausos, saludos y besos de directora y maestras y nos encaminamos al jardín donde estaba la imagen que
ellas veneraban y junto al cual, Eudora, vestida de novia con
un largo traje cuya cola arrastraba por el sendero, depositó sus
flores, cruzó las manos y rezó, por nosotros, me dijo suavemente, ante el testigo padrino que no quería al parecer dejarnos ni a sol ni a sombra mientras estuviéramos bajo su cuidado, nos invitaron al salón de profesores y allí destaparon unas
botellas de champaña, la directora dijo unas cuantas palabras
para que la escucharan las alumnas que se hallaban presentes,
acerca de la pureza del cuerpo y del alma y de las uniones que
Dios consagra para siempre, nos deseó una vida de perpetua
felicidad bajo la protección de la divina providencia y dijo salud, chocó la copa con Eudora, conmigo y con el camanejo que

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Luis Eduardo Podestá

sudaba dentro de su traje de etiqueta y nos despidieron entre
aplausos y besos.
Volvimos a la nave extraterrestre adornada con cintas
y flores blancas en toda su carrocería, que se deslizaba lenta y
suavemente por las calles de Antiquilla y el camanejo padrino
sugirió que en lugar de ir a la fiesta debíamos hacer una estación en cualquier restaurante donde él quería invitarnos algo
de comer y beber porque estaba completamente seguro de que
los novios nunca comen en la fiesta de su boda, mientras los
invitados disfrutan de todos los manjares que se pongan ante
su vista e incluso, pelean los tragos y los bocaditos como si no
fueran a comer nunca más en su vida, miré a Eudora y ella señaló su traje, y pregunté dónde vamos a ir si Eudora está vestida así, eso no te interesa ni debe preocuparte, respondió don
Abelardo Machuca Mestas, convertido en chofer de gala, yo
conozco el sitio y enfiló hacia Yanahuara y luego a Cerro Colorado, donde causamos sensación al ingresar los tres, con la
novia vestida de blanco y mi chofer y yo con trajes de etiqueta, a un restaurante, cuyos escasos parroquianos no acababan
de convencerse de lo que veían, saludamos a todos con una
inclinación de cabeza, nos sentamos en una mesa como si ignoráramos que estábamos vestidos de manera tan estrafalaria
y cuando vino una linda chica con minifalda roja, el camanejo
encargó un piqueo de camarones, chicharrones, una botella
de champaña por cuya marca indagó como si fuera un experto
en la calificación de esas bebidas, y Eudora se portó como si
toda la vida hubiera estado en un almuerzo como este vestida
de novia, con suma naturalidad, sobre todo cuando se acercó
un parroquiano con una botella de cerveza y un vaso en las
manos y nos dijo permítanme hacer un brindis por la novia,
¿por ella no más?, reaccionó el camanejo, perdón, por la boda
y en especial por la linda novia, repitió, bebimos un vaso, Eudora se sentía divertida por la escena y estaba muy sonrosada,
bebió un sorbo, muchas gracias, dijo y el desconocido se fue
tras profundas inclinaciones de cabeza y en un momento miré
el reloj, no te apresures, me reconvino el padrino, tienes todo

294

El hombre que se fue

el tiempo del mundo, el tren sale a las diez, pero nosotros te
botaremos de la fiesta a las ocho de la noche si aguantas hasta
entonces.
Terminamos de comer, de beber la champaña y regresamos al coche para dirigirnos a la fiesta en la casa del camanejo, ofrecida por él y aceptada por nosotros porque era una
casa neutral, dijimos, y el equipo de trabajo del benefactor de
los distritos del sureste se ocupó de poner guirnaldas, limpiar
todo por dentro y por fuera, de modo que el día de la boda
toda la mansión estaba reluciente hasta en sus más olvidados
rincones, y la gente circulaba por los senderos de tierra endurecida de la huerta, donde no se podría encontrar una hoja tirada porque parecía que hasta los árboles comprendieron que
había que colaborar con la limpieza que se veía por todo lado.
Albino Fuentes y Sebastián Velásquez prepararon los
cocteles en un cilindro donde en tiempos de escasez se depositaba el agua necesaria para los quehaceres domésticos y creyeron que esa cantidad era inagotable pero mis amigos y colegas,
los del camanejo y los invitados a quienes nadie conocía y que
siempre se encuentra uno en todas las fiestas grandes y pequeñas, dieron cuenta de él a las cinco y media de la tarde, a pesar
de que alguien dijo que nunca había visto pasar tal cantidad
de bandejas con copas ni con tanta frecuencia como en esta
boda y, además, que parecía haberse conectado una cañería
con la cervecería debido a los ríos del líquido que corrieron esa
tarde y dejaron a buena parte de los presentes en estado más
que calamitoso. A media tarde, después que hubimos bailado
los valses tradicionales en las bodas, el camanejo nos invitó a
cambiarnos y nos fuimos a dos habitaciones del fondo, en una
de las cuales Eudora se metió acompañada de su madre y yo
junto a mi fiel padrino, chofer, anfitrión y ayuda de cámara,
quien me conversaba del frío que hacía en Puno, adonde nos
íbamos en una primera etapa de un viaje que abarcaría el Cusco, Machupicchu, el valle sagrado y cuantos hermosos lugares
pudiéramos visitar en dos semanas.
No podía esquivarme de mis amigos y compañeros

295

Luis Eduardo Podestá

de trabajo. Todos querían tomar siquiera un trago conmigo y
como soy de los que creen que un desaire podría ofenderlos,
me pasé la tarde de grupo en grupo, a veces con Eudora, a
veces solo y a veces llevado por el camanejo, quien me decía
fulano dice que no ha tomado un trago contigo y me llevaba
donde fulano, donde zutano y donde cien personas a quienes
conocía y a quienes pensaba que me conocían, y como lo había
prometido no me dejaba ni un minuto, hasta que ella me dijo
amor, creo que ya no debes beber tanto, pero yo me sentía
bien, me sentía feliz y se lo dije, tenía paz en mi corazón, sabía
que me amaba y que yo amaba a una mujer lindísima de espíritu y de cuerpo.
Así como el camanejo no me dejó ni a sol ni a sombra, a las siete y media de la noche me dijo sin miramientos
es hora de que te vayas, así que agarra tus trastos y ponlos en
el carro, yo no podré acompañarlos porque me quedaré aquí
hasta botar al último borracho. El equipo me ayudó con un
maletín donde había guardado algo de ropa, dos libros y dos
maletines de Eudora, abultados y pesados, aunque ella dijo
que solo llevaría la ropa indispensable para pasear y no vamos
a necesitar ropa de fiesta, ¿verdad? así es, dije. Todo fue colocado en el coche, Eudora se detuvo en el zaguán y mostró el
ramo de flores que tenía en las manos, dio la espalda al grupo
de solteras que aguardaba y lo lanzó ante un espectacular coro
de risas y alaridos, de donde emergió un segundo después,
enarbolando el trofeo que había podido obtener, Rubí, la bella
Rubí que había jurado defender al camanejo y empleado la
propina del sobre de aquel lejano miércoles en la creación de
un negocio y quería continuar con toda la persistencia de que
era capaz, la construcción de su vida y la de los suyos y, además, se había dedicado a la de los demás como si le sobrara
mucho tiempo y me alegré, la besé en la mejilla, adiós, Rubí,
cuida a nuestro amigo, lo haré con mucho gusto, dijo, y seguí
besando a todas las muchachas, no solo del equipo que habían
concurrido a la fiesta y dando la mano a los hombres hasta que
quien se despide mucho no quiere irse, gritó el camanejo y me

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El hombre que se fue

empujó al zaguán donde el equipo formaba dos filas entre las
cuales pasamos sonrientes y dichosos hasta la puerta y luego
al coche, ante cuyo timón ya se encontraba el elegante Juan
Bermejo, quien arrancó un brevísimo instante después y me
encontré al lado de mi esposa, quien me acariciaba las manos.
Pensé que Juan Bermejo, como tenía orden de hacerlo, nos llevaría directamente a la estación del ferrocarril, pero
se detuvo en la primera tienda que encontró, sin salir aún de
Yanahuara, descendió del coche y regresó con una botella de
agua mineral, sacó de la guantera pastillas efervescentes y un
vaso y nos sirvió, para que se sientan bien a pesar de todo lo
que hubieran podido beber o comer, nos aconsejó, bebimos el
agua salada, nos dijimos salud con Eudora, le dijimos salud a
Juan Bermejo y, luego, esta vez sí, nos llevó hasta la estación
donde un tren habría de llevarnos a nuestra luna de miel.

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

13

D

esde el hotel en que nos hospedamos en
Puno, poco después de nuestra llegada, en una hermosa mañana de pleno sol, llamé a Víctor Salas Bartra, buen amigo y
periodista, a quien informé que estaba en la ciudad para pasar
un par de días con mi esposa, la mujer más linda del mundo,
con quien me había casado ayer, y que proyectábamos seguir
al Cusco. Se emocionó, se notaba su alegría a través del teléfono, los invito a almorzar algo típico, dijo, mientras Eudora
y yo bebíamos en el vestíbulo del hotel un humeante mate de
coca, pasaré a buscarlos a la una, prosiguió, pero yo le dije
que mejor lo esperaríamos a esa hora en el parque Pino o en la
plaza de Armas, dónde te es más cómodo, cualquier sitio, me
dijo, está bien en la plaza de Armas.
Y allí estábamos desde las doce y media, después de
un recorrido a pie por el centro, sentados ante la mesa de un
café donde tomábamos un calientito para que te circule la san-

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Luis Eduardo Podestá

gre, traté de convencerla, me guiñó un ojo y movió la cabeza
con signo de incredulidad, lo que pasa, respondió, es que tratas de seguir la fiesta, estornudé tres veces seguidas, se me ha
secado la nariz, me disculpé, ojalá no sea nada grave, y ella
recordó por asociación al camanejo, ¿sabes cómo le curó una
sinusitis crónica a un minero que fue a verlo?, preguntó, yo no
sabía nada de eso, y ella no fue nada milagroso, por supuesto,
sino que aplicó la lógica, el remedio por la vía directa hacia el
foco de la infección. El minero le dijo, refirió Eudora, que no
soportaba vivir más porque el dolor en los senos frontales lo
enloquecía día y noche, que había tragado toneladas de pastillas y cápsulas que le habían recetado en el hospital del Seguro, y siento que me han malogrado el estómago y el hígado,
se había echado cientos de gotas para despejar la nariz y que
estaba en riesgo de crear hábito porque usaba a cada rato un
pulverizador que le disparaba antihistamínicos y solo así podía respirar, que se levantaba en la noche porque no soportaba
el dolor y que no podía estar ni echado, ni sentado, y que el
médico que lo trataba le había dicho que si el mal continuaba, entonces no había más remedio que someterlo a una intervención quirúrgica que consistía en levantarle la piel incluida
la nariz como si fuera una máscara, dejarle al descubierto la
parte anterior del cráneo para extraerle con una aguja hipodérmica toda la infección que se le alojaba en los senos faciales
y frontales, para lo cual, la aguja debía atravesar el hueso, le
dijo que tenía miedo de aquella operación, el camanejo se quedó pensativo, paseó por el estudio, no soy médico, le dijo al
minero, ya lo sé, doctor, le respondió, pero me han dicho que
usted hace curaciones milagrosas con la fe de sus dedos, no,
le dijo casi enfurecido o fingiendo estarlo, no creas tonterías,
en realidad le dijo otra palabra pero no quiero repetirla, dijo
Eudora, yo me imaginé la palabra que soltó el camanejo ante
el minero enfermo, lo hizo echar en el sillón, cómo te aplicas
las gotas que te ha dado el médico, le preguntó, así, y el minero levantó el brazo derecho, tiró atrás la cabeza e hizo como si
presionara el gotero, así también te tragas las gotas, preguntó,

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El hombre que se fue

sí, doctor, le dijo el minero y el camanejo dedujo es por eso que
se te pasan al estómago pero no llegan adonde te duele, mira,
le dijo, corre a la farmacia y compra dos cápsulas de terramicina y una ampolla de suero fisiológico, ¿tienes dinero?, eso no
cuesta mucho, sí, doctor, Eudora me contaba el episodio con
pelos y señales, imitando los gestos y el tono de las voces del
minero y del mismo doctor Machuca, el camanejo me dijo me
tienes que ayudar, una vez conversé con el doctor Luis Rodríguez Caballero, que era especialista en dolencias del aparato
digestivo pero era médico, médico, acentuó cada sílaba mé–
di–co y me contó cómo había tratado las más rebeldes sinusitis
con un método que había descubierto en unas minas de las
alturas de Cailloma donde trabajó un tiempo, ahora vamos a
aplicar su descubrimiento a este hombre, vamos a la glorieta, invitó, retiró todo lo que había en la mesa, yo misma le
ayudé a despejarla, el minero regresó a los diez minutos de la
farmacia con un paquetito, cuatro cápsulas de terramicina y
dos ampolletas de suero, mira, le dijo el camanejo después de
examinar los productos, te vas a echar de barriga, y tuvo que
convencer al minero para que se echara atravesado sobre la
mesa del comedor, con los pies a un lado y la cabeza al otro, le
hizo colgar la cabeza como si se la fuera a guillotinar, espera
un momento, ¿te duele mucho?, y sí, me parece que me a estallar la cabeza, el camanejo mezcló el contenido de una cápsula con la mitad del suero, me pidió que fuera donde la señora Josefita y le pidiera un tazón con agua caliente y cuando
lo traje, entibió el pomito en que había depositado el líquido
amarillo, esto es para que no vaya a chocarte porque está frío,
explicaba, por eso lo entibiamos a la temperatura del cuerpo
humano, ahora dobla el cuello, agacha todo lo que puedas la
cabeza, hasta que te mires los pies al otro lado de la mesa, el
minero lloraba y en esa posición las lágrimas le rodaban por
la frente hasta los cabellos y el camanejo tienes que resistir,
Eudora, agárrale la cabeza para que no se mueva ni patalée,
me ordenó, yo tomé la cabeza del enfermo y la presioné contra
el borde de la mesa, ahora, prosiguió, no te muevas, le me-

301

Luis Eduardo Podestá

tió todo el contenido del gotero primero en una fosa nasal y
luego en la otra, mientras repetía no te muevas, aguanta un
poco, tienes que aguantar diez minutos y comenzó a mirar el
reloj, mientras tanto, cuéntale algo, Eudora, lo miré sin saber
qué hacer, no sabes el cuento de la Caperucita Roja o Blanca
Nieve y los enanos, me preguntó, yo comencé a hablarle del
bosque en que vivían los enanos y quería estallar de risa, pero
el estado en que se encontraba el minero y la cara que puso el
camanejo me contenían, y tuve que contarle todo el cuento y
cuando dije y colorín colorado, el camanejo nos explicó quizá para que pasaran los minutos requeridos, ¿sabes por qué
estás en esa posición? y él mismo se respondió porque en esa
forma lo que te acabo de echar no se irá a tu estómago, sino
que correrá por las paredes internas de la nariz y algo penetrará en los senos faciales y en los senos frontales donde tienes
localizada la infección, eso lo descubrió el doctor Rodríguez
Caballero, pero tienes que aguantar unos diez minutos para
que la terramicina llegue a la infección, sé que es muy doloroso, yo también sufrí sinusitis un tiempo y con tres curaciones
de estas me libré de la enfermedad para toda la vida, contó y
le decía cualquier cosa que te metas a la nariz si estás echado
de espaldas se te irá al estómago, ahora cuando te vayas a tu
casa te harás unas cuantas curaciones en esta forma, echadido
de barriga, ¿me entiendes?, de barriga, cómodamente en tu
camita o en la mesa de tu comedor o en una banca, igual da
con tal de que la cabeza esté en la posición que la tienes ahora,
y los diez minutos pasaron, ahora puedes ponerte de pie, le
dijo, el minero saltó al suelo con los ojos anegados en lágrimas, comenzó a estornudar por vivos y muertos, Dios mío, se
limpiaba la nariz y los ojos con su pañuelo, miraba el pañuelo húmedo donde aparecían filamentos amarillos, le aconsejó
que no usara el líquido si notaba que estaba poniéndose un
poquito marrón porque para que resultara realmente efectivo
tenía que estar amarillo, de color amarillo patito y ¿sabes qué?,
sentí la mirada interrogante de Eudora, el minero volvió a los
cuatro días para agradecerle, veinte años he estado sufriendo

302

El hombre que se fue

este mal, papacito, quería besarle las manos al camanejo, ya,
déjate de tonterías, me agrada que te hayas curado, pero hay
que darle las gracias a ese doctor tan estudioso que era el doctor Rodríguez Caballero quien utilizó solo un poco de lógica
para curar la sinusitis, lo malo y lo lamentable de todo era que
el doctor Rodríguez Caballero era especialista en el aparato
digestivo y quizá nunca tuvo ocasión, salvo aquella vez que
me curó, de poner en práctica su método con otros pacientes.

Eudora calló, si te da la sinusitis, me dijo en alusión a
mis estornudos, ya sé cómo curarte, es cierto, respondí inclinando la cabeza con un sentimiento de admiración por aquel
médico arequipeño y por el camanejo que había recordado
oportunamente su enseñanza para aplacar el sufrimiento de un
desconocido.
Víctor Salas Bartra tocó dos veces la bocina porque no
nos veía. Nosotros sí lo vimos bajar del carro que conducía y
mirar hacia todo lado como si hubiera salido expresamente
para exhibir públicamente la barba semicana que le cubría la
mitad del rostro pero dejaba a la vista sus ojos claros y sinceros,
es uno de los más buenos amigos que tengo, le dije a Eudora,
mientras nos dirigíamos a él, abrazó a Eudora y Eudora me dijo
más tarde que le había caído muy bien y que tenía el rostro
parecido al de un santo, quizá sea por la barba, dijo, subimos
al coche, vamos a dar una vuelta por la orilla del lago, invitó y
mientras hablábamos de mil cosas, fuimos por la carretera que
bordea el lago Titicaca que brillaba azul bajo el cielo despejado,
fuimos a almorzar en un restaurante un fricasé a la boliviana y
chanchito al horno, le dije a Eudora que en esta altura no convenía comer mucho porque la digestión es más difícil, bebimos
unas cervezas, y luego Salas Bartra nos invitó a ir a su chacrita
que tenía al otro lado del cerro Azoguine, yo no sabía que tenías
una chacra, me asombré, en realidad es una casita de campo
que está muy descuidada, crío unos cuantos animalitos, gallinas y patos, también criaba una vaquita, contó, pero desgracia303

Luis Eduardo Podestá

damente cuando estaba acostumbrándose a vivir sin comer se
murió, nos reímos mientras subíamos por las calles creadas en
la ladera del cerro y luego por la carretera asfaltada, hasta que
llegamos a un desvío de tierra a la izquierda por donde el carro
se introdujo como si cortara el cerro y después de unos minutos
entramos en la propiedad de nuestro amigo, situada en medio
de un paisaje del carajo, a media altura del cerro, desde donde
se veía parte del lago que se perdía en el horizonte.
Lo felicité, hiciste muy bien en comprarte esta chacrita
le dije, pero no cultivas nada, lo admitió, solo árboles, me mostró los eucaliptos que trepaban la ladera y rodeaban la casita de
adobes adosada al cerro, en cuyo patio empedrado correteaban
unas aves, en esta época no conviene cultivar nada que llame la
atención ni exhibir muchos signos de riqueza, dijo, entramos
a la casita, típica construcción serrana sin muchas comodidades, nos ubicamos en una salita con ventanas hacia el lago que
mostraba solo dos sillones de playa, unas sillas tejidas a mano,
unos banquitos y una mesita de centro con un florero sin flores,
y Eudora estaba feliz, qué paz se respira aquí, comentó, y Víctor
Salas le dijo que esa paz aquí era en cierto modo superficial,
calló, comprendí que se refería al terrorismo. Eudora miraba el
lago azul por la ventana y Víctor Salas dijo que en media hora
más comenzaría a hacer tal frío que habría que abrigarse con
un par de botellas de pisco o acostarse y Eudora dijo con razón
decía el señor Machuca que en Puno solo hay dos estaciones, la
miré y esperé el final de sus palabras, el invierno y la estación
del ferrocarril, remató ella y estallamos en estrepitosas carcajadas y después de tomar unas gaseosas, montamos nuevamente
en el carro y volvimos a la ciudad donde las luces comenzaban
a encenderse ante la caída de la noche. Antes de despedirnos,
Víctor Salas Bartra nos recomendó visitar a los uros, en sus islas
flotantes y le dijimos que eso haríamos al día siguiente.
Salimos a pasear muy abrigados esa noche y cuando es304

El hombre que se fue

tábamos en la plaza de Armas hubo un apagón, se escucharon
explosiones lejanas, aparentemente en el cerro por donde habíamos ido y regresado esta tarde de la casita del otro lado del
cerro, los establecimientos abiertos pusieron sobre sus vitrinas
lámparas de carburo cuya luz blanca y violenta salía hasta la
mitad de la calle, se escucharon las sirenas de los coches policiales por varias calles, nos metimos en el mismo café en que
esperamos a Víctor Salas Bartra al mediodía y tomamos calientitos, esa mezcla de pisco con té y abundante canela y alguna
hierba que le daba un sabor muy especial, todo en una taza que
debía permanecer en un bañomaría para mantenerse caliente,
de allí le provenía el nombre, pero el frío era tan glacial que a
los pocos minutos el agua se enfriaba y congelaba el contenido
de la taza. Decidimos irnos y la dueña del café, que nos vio
cara de forasteros, nos aconsejó que mejor consiguiéramos un
taxi porque en medio de la oscuridad de esas calles nadie sabía
qué podía pasar, le agradecimos y, en efecto, frente al establecimiento subimos a uno y le dijimos al chofer que nos llevara al
hotel de turistas donde nos hospedábamos.
Nos despertamos varias veces en la noche. Esta era la
primera vez que pasábamos solos fuera de nuestra casita de la
plaza de San Antonio y era también nuestra primera noche de
casados, alejados de todo, de modo que construimos una burbuja alrededor de nosotros en la tibieza de aquel cuarto de hotel
calentado por una estufa eléctrica que pusimos junto a nuestra
cama, casi no hablamos, solo nos besábamos y acariciábamos
intensamente nuestros cuerpos desnudos excitados por esta
sensación de soledad y de silencio, como si el mundo afuera
se hubiera quedado detenido para que nosotros pudiéramos
surcarlo en una nave donde nos amábamos cada vez que despertábamos al sentir nuestros propios movimientos, nuestras
anhelantes y cercanas respiraciones y me sentí extrañamente,
definitivamente feliz y decidido a hacer todo lo posible para
305

Luis Eduardo Podestá

que aquella felicidad que quería transmitirle a Eudora, aunque
sabía que ella también la disfrutaba, se prolongara por todo el
tiempo venidero porque sentí que quizá por primera vez en mi
vida amaba a una persona en tal forma que estaba dispuesto al
sacrificio más enorme y me prometí que nunca haría nada que
pudiera lastimarla u ofenderla.
Nos levantamos y fuimos al puerto a pie, después de
tomar un breve desayuno de jugo de naranja y mate de coca,
dos panes con mermelada de membrillo y mantequilla en el
hotel. Caminamos hasta el muelle y vimos el mar verde en que
se había convertido la bahía de Puno, a causa de la contaminación provocada por los desagües que volcaban allí cuarenta
toneladas de aguas negras cada día y habían provocado la aparición espontánea durante los últimos años, decían los expertos
de la universidad del Altiplano, de la lenteja verde, esa plantita
acuática que doblaba su cantidad cada quince días y había cambiado la coloración de toda esa zona del lago. La situación no
hubiera sido problema porque era preferible que el lago fuera
verde en lugar de negro como me imaginaba por la cantidad
de desagües que recibía, pero el hecho de que la capa de lenteja
verde tuviera ya un espesor de quince centímetros, impedía el
paso de la luz del sol y mataba a los peces y hasta ha matado
la totora, nos dijo el piloto de la lancha que atravesaba la capa
verde, y nos invitó a meter la mano, y en efecto, la superficie del
agua que ondulaba lentamente al paso de las lanchas con motor
a gasolina con que los balseros habían remplazado sus antiguas
balsas de totora, se mostraba dura y tensa. Dos horas y media
más tarde llegábamos a la isla de Torani, junto a otros turistas,
hablamos con las mujeres que preparaban pescado frito sobre
piedras calientes y nos ofrecían papas con ají, caminamos sobre la superficie blanda que se movía con una leve ondulación
a causa de las corrientes y el viento que agitaban las aguas del
lago, observamos sus tejidos y Eudora se compró una lliccla de
306

El hombre que se fue

mil colores que le puse en los hombros y que una mujer uro
le ató con un gran imperdible dorado. Un anciano nos contó
que ellos fueron los primeros habitantes de la tierra, cuando no
existía ni el sol ni la luna y solo los uros se movían en las sombras y por eso tenían la sangre negra mientras todos los demás
hombres, que vinieron después de la separación de las aguas y
de la aparición del sol y de la luna, tenían la sangre roja y nosotros, concluyó, somos los hombres más antiguos del mundo,
pero ya nos estamos acabando.
Nos apenó la forma en que hizo el relato de su vida sobre el lago, pero dijo que ellos no debían ni querían mezclarse
con los demás hombres y mujeres de este mundo y luego de
regalarles unos dineros que sabíamos ellos necesitaban, regresamos a la lancha, al viaje sobre el lago azul no contaminado
en aquellas zonas que reflejaba el cielo intensamente puro, almorzamos en un restaurante cerca del lago y por la tarde nos
fuimos a las ruinas de Sillustani, desde donde vimos, otra vez,
parte del lago desierto, escuchamos las palabras de un guía que
acompañaba a un grupo de turistas y a los cuales nos unimos
y cuando se apagaba el sol sobre el enorme lago sagrado entre
formaciones de nubes de mil colores, nos metimos al hotel, ateridos de frío, a planear nuestro viaje del día siguiente al Cusco.
Al amanecer escuchamos el ruido de un tren que se
acercaba, pasaba cerca de nosotros y se alejaba luego en medio
de un creciente ruido de ciudad que se despierta y comienza sus
tareas cotidianas. Eudora se puso una camisa mía que estaba
en una silla y se calzó mis zapatos, se dirigió al baño, escuché
el ruido de sus pasos y me reí divertido al comprobar que sus
pies no alcanzaban a llenarlos, regresó para mostrarme en la
penumbra del cuarto el esplendor de su suave cuerpo, se acostó,
hace mucho frío, me dijo apretándose contra mi cuerpo, y el
agua está heladísima, tendremos que esperar que enciendan la
terma para calentarla, le dije, qué feliz soy, dijo muy cerca de mi
307

Luis Eduardo Podestá

oído, prométeme que nunca dejarás de amarme y se lo prometí
y le dije si queremos alcanzar el tren que nos llevará al Cusco debemos levantarnos de una vez, me dijo no hagamos nada
apresurados, tenemos todo el tiempo del mundo para amarnos
y no vamos a dejar de hacerlo porque un tren nos deje para ir
a cualquier sitio, sonreí, la besé en señal de asentimiento, está
bien, con toda calma.
Salimos después de tomar un desayuno caliente con
nuestros maletines a cuestas, conseguimos un taxi que nos llevara hasta Juliaca, nos demoramos en la plaza Bolognesi comprando guantes, bufandas de lana, unos gorros rusos de piel
de conejo, uno blanco para Eudora y uno gris para mí, y unas
chompas de alpaca contra las cuales nada podría el frío de la
puna y nos fuimos a tomar un café a un restaurante frente a la
plaza principal.
Como tenía que ocurrir, ya no había tren que nos llevara al Cusco y pregunté a Eudora si estaba dispuesta a viajar
en ómnibus, me contestó sí de inmediato, contigo en lo que
fuera hasta el fin del mundo, sonreía con esa dulzura que me
hacía quererla cada vez más y más, y preguntamos luego por
las empresas de ómnibus que pudieran llevarnos al Cusco y
media hora después, alrededor de las diez y media, estábamos
sentados en un autobús junto a otras cincuenta personas que
llevaban bultos, canastas y paquetes. Le dije que alrededor de
las cuatro de la tarde comenzaríamos a ver el paisaje de la sierra cusqueña, no tan desolado como el que atravesábamos, sino
lleno de retamas y eucaliptos que emergían de las laderas de los
cerros y que luego toda la vegetación, en el camino a Machupicchu se convertiría en semitropical y entraríamos en un trocito de la selva amazónica. Tenía sueño, es que hemos dormido
muy poco, dijo sonriendo con coquetería, y nos dimos permiso
308

El hombre que se fue

mutuamente para dormir si así queríamos hacerlo, yo vigilaré
tu sueño, le dije y volvió el rostro a la ventana para mirar o no
mirar la extensa puna cortada en dos por la carretera de tierra sobre la cual el ómnibus levantaba una columna de polvo
amarillo que se disipaba con el viento y a veces entraba por las
rendijas de la carrocería.
Creo que dormí, pero no sé cuánto tiempo. Desde mi
lugar a la derecha del pasillo, en el quinto asiento del vehículo
veía la carretera a través del parabrisas empañado en polvo y
lágrimas que chorreaban en el cristal por la condensación del
calor que producíamos los cincuenta o sesenta pasajeros frente
al frío que reinaba afuera. Sentí ardor en los ojos y me cansaba
la monotonía de aquel paisaje en que la carretera hacía pocas
curvas. Desperté en medio de una horrorosa gritería, Eudora se
pegó a mí, se aferró a mi brazo derecho como si presintiera algo
malo, abrí los ojos y al comienzo no me di cuenta de lo que ocurría, asalto, dijo una voz en la que se adivinaba el miedo cuando
el ómnibus se detuvo en seco y acabó por despertarnos a los
que dormíamos e hizo caer algunos paquetes de las canastillas
superiores. Pensé de inmediato en que por recomendación del
camanejo habíamos tenido la precaución de no llevar sino el
dinero en efectivo indispensable para nuestros gastos en Puno
y el viaje al Cusco, de donde podríamos sacar plata del banco en
que yo tenía una pequeña cuenta personal y entonces escuché
la terrible palabra terrucos que me estremeció con un escalofrío
desde la punta de los pelos, me recorrió la columna vertebral y
se descolgó en mis pies, calma, amor, le dije a Eudora en respuesta a su miedo que me estrujaba el brazo, miré por la ventana y vi a un hombre que tenía el rostro cubierto por un gorro
pasamontañas negro que solo dejaba mirar sus ojos. Apuntaba
con una metralleta hacia el ómnibus, la puerta se abrió con estrépito, asomó otro hombre igualmente armado y embozado,
mirándonos uno a uno, caminó lentamente hacia el fondo del
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Luis Eduardo Podestá

vehículo, todos abajo, carajo, gritó, y comenzamos a bajar entre
sollozos de algunas mujeres, Eudora, quien vestía pantalones
de mezclilla me precedía, tenía un pañuelo de colores atado en
la cabeza, estaba muy pálida y sentí pena por no poder hacer
algo que aliviara su miedo. Abajo nos esperaban unos veinte
hombres con pasamontañas y fusiles o metralletas, algunos con
ropa campesina que no difería de la de algunos de los viajeros si
no fuera por las botas militares que calzaban, diseminados por
el campo alrededor del ómnibus, otros formaban un círculo
de sombras oscuras bajo el sol de aquel trágico mediodía muy
cerca del ómnibus, nos hicieron formar en una hilera y dieron
culatazos en la espalda y puntapiés a los remolones, arrimarse
al carro, ordenó una voz, darse la vuelta, pegar las mano al carro, la voz de orden caía sobre nosotros precisa y agresiva, nos
revisaron para saber si estábamos armados, y cuando comprobaron que no teníamos nada que ocultar, darse la vuelta, carajo,
los hombres aquí, las mujeres aquí, nos separaron, Eudora hizo
un gesto de rebeldía para quedarse a mi lado, pero uno de los
hombres le hizo señas enérgicas con la metralleta, he dicho las
mujeres allá, carajo, nos separaron pero no dejamos de mirarnos, ampliaron el círculo alrededor de nosotros, más lejos había
otros vigilando presumiblemente para ver si venía algún otro
vehículo por la carretera y vi la puna más inmensa que siempre
extendida hacia los cuatro puntos cardinales, y solo lejos, muy
lejos, se vislumbraba una casita de adobes delante de montañas
lejanas y azules de pura lejanía, tan distantes que parecía que
también las velaba una bruma azul, recordé asaltos similares
en los que nadie quedaba vivo y dije si tan solo me permitieran
estar junto a mi amada Eudora, sabía que si estaba a su lado, se
sentiría confortada con mi presencia, pero ella estaba allá con
las mujeres suplicantes algunas de las cuales sollozaban porque
sabían que la muerte estaba danzando sobre nosotros y no sabíamos quiénes habrían de morir.
310

El hombre que se fue

Miré a Eudora y su rostro había cambiado, mostraba
una mirada y un gesto firmes, abrazaba a una mujer de muchos
años, cuyo rostro de color tierra, sombreado por una manta
negra, no cesaba de llorar silenciosamente y solo de cuando en
cuando, ay, mamacita, sollozaba, y Eudora a su lado no mostraba ningún gesto de soberbia ni de miedo ni parecía estar
dispuesta a humillarse y la admiré y cuando volvimos a cruzar
nuestras miradas, me sonrió y su sonrisa me trajo tranquilidad,
me hizo sentir que debía hacer cualquier cosa para salvarla,
para que si no era posible que todos siguiéramos vivos ella viviera y me dije que podría convencer a los atacantes de canjearme por ella, sí, me dije, lo haré, pero cuando intenté levantar el
brazo como para pedir la palabra, sentí la mirada de unos ojos
de escleróticas amarillas pegados a mí, y antes de que pudiera decir algo, silencio, carajo, no he preguntado nada, cuando
quiera que hablen hablarán, todos con la mirada al frente, no
me miren, solo miren al frente.
El jefe comenzó a pedir los documentos de cada uno,
con la metralleta colgada del cuello y cruzada sobre el pecho,
se acercó al primero de la fila, papeles, pidió, el viajero sacó sus
papeles, el jefe se los quitó de un manotazo, leyó libreta electoral, ocupación, comerciante, de dónde vienes, de Calapuja, el
otro hablaba quedamente, habla fuerte, mierda, siguió interrogando a los demás y entonces se detuvo delante de un hombre
joven, de unos veinticinco o treinta años, por qué no tienes libreta electoral, mierda, estalló la pregunta, a ver, revisen a este
cabrón, supongo que lo revisaron, ah, es policía, compañero,
exclamó el que lo revisaba, lo sacaron de la fila a golpes, ah,
pendejo, querías engañarnos escondiendo tus papeles en las
medias, ja, ja, ja, rió el jefe, escuché súplicas y luego todos lo vimos, vean a esta mierda, defensor del estado caduco y podrido,
dónde tienes tu arma, no tengo arma, estoy desarmado, adónde
vas, a Sicuani, hermano, yo no soy tu hermano, desgraciado, lo
311

Luis Eduardo Podestá

golpearon con las culatas, lo tiraron al suelo y le dieron puntapiés tanto tiempo y con tanta ferocidad que creí que estaba
muerto, pero el hombre vivía, en un momento levantó la cabeza
y nos mostró el rostro amoratado donde se dibujaba no solo
el dolor de los maltratos sino la angustia de lo que sabía quizá
era inevitable, con los ojos tan hinchados que juzgué que ya no
vería nada, de rodillas, mierda, gritó el jefe, el policía que vestía
una chompa marrón y un pantalón azul y zapatillas corrientes,
se arrodilló con mucho esfuerzo en la tierra blanda que le había
dejado manchas amarillas por toda parte, tú, señaló el jefe a un
enmascarado que se hallaba a unos veinte metros detrás de las
mujeres, tienes que ajusticiar a este desgraciado que ha sido juzgado por nuestro tribunal popular y lo ha condenado a muerte
por sirviente del estado caduco y reaccionario, el policía supo
entonces que lo iban a matar, se persignó e intentó perdóname,
papacito, murmuró, yo no soy jefe, soy solo un subalterno, el
hombre designado para ejecutar la sentencia se acercó, preparó una pistola, la acercó a la cabeza del condenado y disparó
y horrorizados vimos estallar la cabeza del policía, algunos de
cuyos restos salpicaron hasta quienes nos encontrábamos, testigos forzados, a unos cinco metros del lugar en que se cumplía la
sentencia, compañero, dije, dirigiéndome al jefe, con las manos
en la cabeza, mierda, me dijo el que se hallaba más cerca de
mí, qué quieres, qué pretendes, ¿no te gustó lo que acabas de
ver?, su voz de acento serrano denotaban a un hombre de unos
cuarenta años, se acercó, quién eres, preguntó con rabia, tus papeles, los saqué del bolsillo de mi camisa, debajo de la chompa
que había comprado en Juliaca, el jefe los examinó, ah, periodista, tú también defiendes este estado corrupto, hambreador,
preguntó mirándome fijamente a la cara durante segundos que
me parecieron siglos, y yo miré también sus ojos, no, le dije, a
mí no me gusta la violencia ni la injusticia, ponlo allá, sepáralo,
interrumpió el jefe cuyos ojos se apartaron lentamente de mi
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El hombre que se fue

rostro para fijarse en los demás, adónde va el compañero periodista, ¿está en cumplimiento de alguna misión en esta zona
liberada?, preguntó y me pareció atisbar una levísima entonación de conciliación y decidí aprovechar por más mínima y por
remota que pareciera, esa posibilidad de entablar conversación
y voy al Cusco con mi esposa, que quiere conocer esa ciudad de
nuestros antepasados, le respondí tratando por todos los medios de parecer sereno, que no supieran, me dije, que me estaba
cagando de miedo, quizá no por mí sino por Eudora, cuál es tu
esposa, compañero periodista, Eudora se movió, el jefe la vio y
ven aquí, compañera, le dijo, reúnete con tu esposo y esperen
allá, señaló un lugar a unos diez metros del vehículo, el tribunal
popular va a seguir juzgando a los traidores al pueblo y a su clase y ese fue el más grande premio que pude haber recibido alguna vez, cuando sentí junto a mí el calor de Eudora que se aferró
nuevamente a mi brazo y me dijo al oído tengo miedo, pero
estamos juntos, y comencé a examinar en el fondo de mis recuerdos algo que había encontrado en la mirada que cruzamos
el jefe terrorista y yo, pero estaba tan preocupado, confundido
y atemorizado que mi cerebro se resistía a procesar el dato que
tenía a partir de la mirada de esos ojos amarillos que acababa
de observar, cuyo color parecía denunciar la secuela de alguna
enfermedad o carencia orgánica pero ya no tuve tiempo para
reflexionar porque en ese instante, otro hombre era separado
de la fila, golpeado, tirado al suelo a culatazos, pisoteado por las
gruesas botas militares que le dieron puntapiés en la cabeza y
en el cuerpo y me pregunté cuánto tiempo puede resistir el organismo humano maltratos tan violentos y crueles sin perder el
conocimiento y mis ojos fascinados por el episodio no se apartaban de la víctima y sus verdugos, mientras sentía en mi brazo
los sollozos de Eudora que se negaba a mirar lo que yo, con no
sé qué morboso interés no podía dejar de ver y me disculpé a
mí mismo diciéndome que debía ser un testigo y debía apurar
313

Luis Eduardo Podestá

hasta lo último este trago que la vida me había deparado en el
momento en que me creía el hombre más feliz al lado de lo que
más amaba, y finalmente, cuando el hombre no podía, pensé,
ni siquiera sentir más dolor tras los maltratos que le infligían,
lo hicieron arrodillar y le destrozaron la cabeza de un balazo.
Siete hombres más, entre ellos otro policía de civil, corrieron la misma suerte acusados de las más diversas causas y
condenados por ese tribunal que los sometía previamente a la
crueldad y la humillación más abyectas y a las más salvajes torturas, antes de ponerlos de rodillas y dispararles sin compasión
un balazo en la cabeza.
El último de la fila de hombres en morir fue un teniente
gobernador de un pueblo perdido en la soledad de la inmensa
y helada llanura del altiplano del cual nadie se ocupaba para
bien ni para mal y cuyo nombre no escuché porque la víctima
lo pronunció entre súplicas y lamentos mezclados en castellano y quechua yo no tengo la culpa de haber sido nombrado
por el gobierno, papacito, no conozco por qué me nombraron,
papacito, debes creerme, y creo que decía la verdad porque las
autoridades, sobre todo en pueblos tan lejanos como aquellos
que se extendían por la puna, eran nombradas por el gobierno a base de las listas que tenían los padrones electorales o de
los nombres que el prefecto del departamento o subprefecto de
la provincia proporcionaba como si fueran todos hombres de
confianza del gobierno, que nunca se ocupó de ellos ni sabía
de su existencia y al cual tampoco conocían, y cuyo significado
y valor ni siquiera tendrían oportunidad de conocer debido a
la modestia del nivel en que se hallaban y a la lejanía en que se
hallaban. Pero el hecho de haber sido nombrados autoridades,
los hacía culpables de delitos imaginarios y sobre todo, de no
haberse plegado a la rebelión que ensangrentaba el país o simplemente por haber ofrecido, también obligados a hacerlo en
alguna ocasión, apoyo a las fuerzas policiales o al ejército que
314

El hombre que se fue

luchaban contra la subversión a veces a ciegas en una guerra
que acumulaba cientos de muertes de uno y otro lado y sembraba la destrucción sobre el campo y las ciudades.
Examinaron a las mujeres una a una, entre ellas a la esposa del teniente gobernador que por serlo, también fue sometida a maltratos inhumanos y finalmente asesinada de un balazo. Separaron a las más jóvenes y las llevaron al otro lado del
ómnibus, me imaginé lo que iba a ocurrir, y desde el lugar en
que nos habían ubicado escuchamos gritos, voces airadas, risas,
dos disparos, silencios, dos no quisieron, compañero, informó
uno de los enmascarados al volver, mientras Eudora se pegaba a
mí con desesperación y yo le susurraba al oído no pasará nada,
amor, no pasará nada contigo, decidido a morir para impedir
cualquier intento de causarle daño.
–El ejército guerrillero popular del Partido Comunista
Peruano línea maoísta en nombre del presidente Gonzalo, pensamiento guía de la revolución, ha hecho justicia –gritó el jefe.
Luego pidió a todos los sobrevivientes una contribución
para el sostenimiento de la guerra popular y del glorioso ejército del presidente Gonzalo y recogieron todo lo de valor que
encontraron en los bolsillos de los viajeros sin exceptuar a los
cadáveres.
A gritos nos ordenaron sacar nuestras cosas del ómnibus si no queríamos perderlas porque el vehículo iba a estallar
en dos minutos y uno tras otro, con toda la celeridad que lo
permitía la situación, nos apoderamos de nuestras mochilas y
maletines y ahora apártense todo lo que puedan si no quieren
volar con el carro, nos apartamos, vi algunos encapuchados
poner cargas explosivas debajo del vehículo, atar las mechas,
y luego de encenderlas, salir disparados a protegerse detrás de
algunos montículos. Eudora y yo hicimos lo mismo, nos echamos detrás de unos montones de tierra a unos cien metros del
autobús y mirábamos entre las mochilas que pusimos delante
315

Luis Eduardo Podestá

de nuestras cabezas, cómo las mechas humeantes se consumían
y unos segundos más tarde, la ruidosa llamarada que hizo estallar en mil trozos ardientes el vehículo, cuyas partes, llantas,
pedazos de vidrio y de metal, asientos y despojos volaban sobre
nuestras cabezas hasta que el estruendo se apagó y solo las llamas quedaron para terminar la labor de la dinamita.
Hubo unos segundos de silencio y luego los miembros
del ejército popular se levantaron dando gritos viva el presidente Gonzalo, abajo el gobierno caduco y corrupto del estado decadente, viva el pensamiento guía, y nos levantamos lentamente
sin saber aún si el juicio popular había terminado y si cualquier
cosa que hiciéramos o no hiciéramos pudiera servir de pretexto
para la continuación de la matanza. Vimos la columna de humo
negro elevarse hacia el firmamento azul y silencioso, mientras
los combatientes de aquel ejército negro se formaban ante el
jefe como si con su presencia quisieran informarle que un episodio más de esta guerra irracional había concluido por ahora.
Luego el jefe dispuso todos ustedes regresen a la carretera y váyanse, no se dirigió a nosotros, que estábamos apartados de los demás, lo que puso en mi garganta un nudo de
angustia y cuando todos los demás comenzaron a caminar por
las huellas que miles de vehículos habían dejado en la carretera
afirmada, dijo algunas palabras en un radio portátil y se acercó
a nosotros ahora el compañero periodista ha sido testigo de un
juicio popular que ha sentenciado y ajusticiado a los enemigos de la revolución y escarmentará a todos los que apoyen al
podrido estado y se enfrenten a los designios del pensamiento
guía presidente Gonzalo y tiene la oportunidad de decir la verdad en sus escritos porque todos los ojos del partido estarán
vigilándolo en todas sus acciones y como quiera que todo esto
se producía inmediatamente después de que los demás viajeros
hubieron dado su contribución a la guerra popular para salvar
sus vidas y a nosotros no nos habían pedido nada, yo también
316

El hombre que se fue

metí la mano al bolsillo donde guardaba el dinero que llevaba
pero el jefe me interrumpió con un gesto de su mano, tú no,
compañero periodista, me detuvo, solo di la verdad, ayuda a los
oprimidos, y cuando estuvo a un metro de nosotros se quitó el
pasamontañas y vi su rostro y oh, Dios mío, dije interiormente,
lo reconocí, tú también puedes irte, compañero, no haremos
nada contra ti ni tu esposa, váyanse todos, y que estos perros
se pudran en la puna concluyó escupiendo sobre los cadáveres.
Eudora y yo comenzamos a caminar abrazados hacia
la carretera, tropezándonos en las piedras tiradas al acaso, yo
miré de reojo a mi paso los cuerpos tirados sobre la pampa
cuya sangre se volvía negra al contacto con el frío y con la tierra
y apretamos el paso para alcanzar a los demás. Al llegar a la
carretera y comenzar a caminar volví la mirada hacia el jefe que
me miraba cada vez más lejos y juzgué que desde la distancia a
que nos encontrábamos él y nosotros, ninguno de los viajeros si
acaso volvía también la cabeza, podría reconocerlo ni describir
sus facciones si la policía se lo pedía, pero al acercarnos a la
columna de viajeros que solo habían recogido lo indispensable para que no entorpeciera sus pasos, siempre junto a Eudora
que parecía acurrucada mientras yo la llevaba abrazada, como
si quisiera protegerla de todo, percibí en la mirada de los demás
cada vez que se volvían hacia nosotros un hálito de temor no
exento de odio por haber sido perdonados cuando otros habían
muerto asesinados.
Unas tres horas después un ómnibus nos dio alcance,
subimos todos y nos apretujamos en el pasadizo. Recibimos
miradas de admiración, de conmiseración, de pena por lo que
habíamos pasado y muchos conversaron en voz alta y otros en
voz baja, como si no quisieran que los escucharan más allá de
lo que ellos deseaban.
Como era de esperarse, cinco horas después, a la entrada del Cusco, en la garita de control, la policía nos separó
317

Luis Eduardo Podestá

del resto de vehículos que hacían una larga fila para pasar, al
chofer le pidieron la lista de pasajeros a fin de hacer su parte del
ataque y de los asesinatos de trece personas, entre ellos el teniente gobernador de no sé qué lugar y su esposa, dos guardias
civiles, a quienes descubrieron por no tener libreta electoral y
por haber encontrado ocultos entre sus calcetines su carné de la
institución y dos muchachas que se resistieron a la violación. A
todos los viajeros del autobús atacado nos separaron y cuando
el ómnibus que nos recogió en la carretera se hubo marchado,
nos amontonaron delante del puesto policial y nos llamaban
uno a uno, pero cuando me invitaron a entrar arrastré a Eudora
a mi lado.
Un sargento que me interrogó se enfureció y usted por
qué está vivo y mis compañeros muertos, me preguntó rabioso,
no sé, señor, le respondí. Estaba muy cansado y Eudora asistía
angustiada al interrogatorio sentada en una banca de madera,
y yo la veía también muy cansada, y por qué lo separaron a
usted del grupo, ¿no tendrá usted alguna vinculación con los
terrucos?, lo miré, no, señor, entró un oficial, preguntó ¿usted
es el periodista?, sí, señor, respondí, pase por aquí, me llevó a su
despacho, le dije que mi esposa estaba muy cansada por el viaje
y muy impresionada por lo que había visto este mediodía, todos
nos impresionamos, respondió con dureza, lo extraño de todo
esto es que a usted lo han dejado vivo, como algo muy especial,
no solo a mí, sino a otras cuarenta personas, le dije, sí, pero a
usted lo separaron, le dieron trato muy especial y eso nos resulta sospechoso, mire, le dije, si usted tiene alguna duda sobre
mí, no tiene más que llamar al teléfono tal de Arequipa, busqué en mi agendita de bolsillo, es el de la casa del general José
Cotrina y si no lo encuentra puede llamar a la casa del general
Abel Aguilar, puede preguntarles por mí, al escuchar el nombre
de los generales de la policía a quienes conocía y me conocían
por mi tarea en el periódico, levantó la cabeza de los papeles
318

El hombre que se fue

que tenía frente a sí en el escritorio y que fingía leer, de hecho,
proseguí, yo llamaré al general Cotrina en cuanto me instale en
el hotel para informarle lo que ha ocurrido en este viaje y que
ni a mí ni a mi esposa nos ha llenado de satisfacción y por el
contrario nos ha producido un horroroso impacto emocional
ver cómo asesinaban a la gente ante nuestros propios ojos, y el
hecho de que hayan caído dos policía es absolutamente fortuito, ¿quiere llamar al general Cotrina?, insistí, este es el número
telefónico de su casa, le dicté las cifras, no, dijo el oficial, no
creo que sea necesario, presionó un timbre, sargento, ordenó
al agente que antes me interrogó con agresividad, acompañe
al señor y a su esposa para que consigan un taxi que los lleve
a su hotel y cuando me levantaba del asiento debe comprender las presiones a que estamos sujetos, comprendo, le respondí, y por favor, compréndanos también a nosotros, me estiró
la mano para despedirse, les deseo una feliz estada en Cusco,
nos despidió, y el sargento que quizá no sabía a qué se debía
la repentina deferencia del oficial, nos acompañó solícito, nos
aconsejó alojarnos en el Savoy de la avenida El Sol y nos fuimos
a la ciudad, donde nos alojamos en un hotel de la calle Santa
Teresa. En cuanto entramos en la habitación que nos asignaron,
nos abrazamos y nos pusimos a llorar durante ¿diez minutos?,
¿diez horas?, ¿cien años?..
Nos bañamos en agua tibia demorándonos todo lo
que pudimos, quizá porque ambos nos sentíamos víctimas del
impacto de aquel día tan sorprendentemente horrible en que
habíamos sido testigos de crímenes cometidos a sangre fría y
habíamos visto morir de la forma más violenta a algunos de
quienes momentos antes compartieron con nosotros el mismo
vehículo en un viaje que quisimos solo fuera de dicha y de ternura.
–Tenemos que superar este recuerdo –sugerí y Eudora
asintió.
319

Luis Eduardo Podestá

Estábamos muy cansados y hambrientos, bajamos al
comedor y pedimos una sopa caliente y carne a la parrilla, nos
dieron mate de coca, para soportar mejor la altura, nos dijo el
mesero que nos servía, le agradecimos y por la mirada de Eudora me di cuenta, aunque ella no lo sugirió ni lo pidió, de que
esperaba que yo le contara algo si era posible de por qué el jefe
terrorista nos había tratado con tanta consideración y sin dejar
de mirar su hermoso rostro iluminado por la luz indirecta del
comedor creo que lo conocí hace cien años, hace tanto tiempo,
no recuerdo exactamente, yo entraba una mañana al periódico y vi a dos campesinos puneños, con sus ponchos sucios y
sus sombreros raídos, calzados con ojotas hechas con llanta de
camión llenas de tierra, nadie les hizo caso, los miré y me saludaron, me preguntaron si podían hablar con el director, y sin
esperar respuesta me preguntaron si yo escribía en el periódico,
sí claro, les respondí y entonces uno, el de los ojos amarillos
me dijo que traían una queja, los invité a pasar a la redacción,
los hice sentar en dos sillas que yo mismo traje, me dijeron que
eran miembros de una comunidad que estaba en juicio por posesión de tierras que eran suyas desde hacía quinientos años,
que se enfrentaban a un terrateniente que se valía de todos los
recursos y artimañas posibles, desde asustarlos con matones armados con escopetas de dos cañones que mataban a su ganado
hasta pagar a los funcionarios del poder judicial para dilatar
los trámites o procurarse sentencias favorables, anoté cuidadosamente sus quejas, sus nombres y la denominación de su
pueblo en mi libretita de turno que seguramente arrojé cuando
estuvo llena porque nunca tuve la precaución de guardar ninguna, me llamaron la atención los ojos del que me hablaba, con
las escleróticas amarillas como si padeciera alguna enfermedad
que las pigmentaba de ese modo, ambos eran dirigentes de su
comunidad y querían que sus reclamos fueran publicados en
el periódico para que se les hiciera justicia, estaban a punto de
320

El hombre que se fue

ser despojados de sus tierras por un fallo judicial que creían
injusto, leí cuidadosamente los documentos que llevaban, copié párrafos enteros, parecían muy cansados y hambrientos,
les pregunté si habían desayunado, movieron negativamente la
cabeza, me dijeron que no tenían dinero y habían venido con
solo la plata de sus pasajes para tratar de frenar o de cambiar
la sentencia que les parecía iba a favorecer al terrateniente, les
pregunté cuánto tiempo se iban a quedar, solo habían venido
para presentar su queja y debían volver a su pueblo, quizá esta
misma noche, los invité a almorzar en un restaurante cercano,
hablamos de su pueblo, les dije que conocía algunas poblaciones del departamento de Puno pero solo de pasada, elogié los
quesos que fabricaban y la forma en que secaban las papas para
convertirla en chuño, tomaron algo de confianza, me contaron
de sus fiestas, sobre todo de la Virgen de la Candelaria, a principios de febrero, cuando bailan incansablemente ocho días y
se junta la gente de los pueblos del altiplano, de sus fiestas de
la cruz en mayo y junio, en fin, el de los ojos amarillos me dijo
el día que vayas por allá, papacito, debes buscarnos, me dijeron
cómo llegar a su pueblo, primero en tren y luego en camión,
no tenían correo ni telégrafo, luz eléctrica ni servicios de agua,
nuestros niños se mueren cuando enferman porque los médicos están en Puno y Juliaca y para llegar allá tenemos que caminar dos días, tomé nota también de esos detalles, hablamos de
muchas de sus costumbres y yo elogié su vida tranquila y llena
de paz, solo alterada, acentué, por situaciones como los juicios
por linderos como en esta ocasión, llamé a don Felipe Quico,
dueño del restaurante con quien tenía una gran amistad y le
dije que estos amigos vendrían a comer más tarde después de
las gestiones que querían hacer en la ciudad antes de la salida
de su ómnibus y que los atendiera como si fuera yo mismo, me
agradecieron, Dios te bendiga, papacito y un día nosotros te lo
agradeceremos.
321

Luis Eduardo Podestá

Más tarde indagué si habían hecho uso de la autorización, y Felipe Quico me dijo que sí y que me habían dejado un
regalo, un chullo tejido con lanas multicolores, me conmovió
su gesto de ofrecerme algo de lo poco que podían disponer, la
información salió publicada en una página interior dedicada a
las provincias y olvidé el asunto porque nuevas cosas atrajeron
mi atención y pasaron los años, olvidé completamente los rostros de aquellos dos campesinos que me habían visitado aquel
día, hasta ahora, Eudora, hasta hoy cuando vi esos ojos manchados, los mismos ojos del dirigente campesino que un día me
visitó en la redacción del periódico acompañado por otro de los
suyos, y confirmé que era él cuando se quitó el pasamontañas,
temblaba cuando terminé el relato, Eudora me dijo tienes frío,
no, no es frío, le respondí y me quedé pensando en por qué y
cómo y cuándo ese pacífico campesino de hace quince o más
años, había decidido tomar el sendero de la guerra, la crueldad
sin límites y el asesinato contra su propia gente y quise creer
que no me había reconocido, habían pasado tantos años, pero
Eudora es evidente que te reconoció, murmuró y no quiso hacer ningún recuerdo o quizá no estaba seguro de que eras tú, y
añadió que cualquier jefe de otra banda de terroristas difícilmente habría resistido la tentación de matar a un periodista y a
su mujer sabiendo que ello le iba a reportar una extraordinaria
publicidad en todo el país y en el exterior.
Callé porque Eudora tenía razón y porque en otras zonas del país, los grupos terroristas habían asesinado a sangre
fría a una periodista de un diario de Lima que se hallaba en
un viaje de estudios ecológicos, a ingenieros agrónomos que
apoyaban a comunidades campesinas en el norte y cuyas instalaciones destruían a dinamitazos, a religiosos europeos que
sorprendieron en sus parroquias, en fin, la lista de asesinatos
absurdos de gente que ellos conocían y que desconocían era infinitamente larga y crecía cada día y cada semana con soldados
322

El hombre que se fue

muertos en emboscadas, autoridades de los pueblos asaltados
y campesinos cuyo único pecado era no plegarse a su movimiento, con hombres y mujeres a quienes seleccionaban para
acribillar a balazos y destruir luego con una carga de dinamita,
explosiones de coches cargados con explosivos que destruían
y causaban la zozobra en barrios enteros y mataban a inocentes, lo que causó también una reacción similar entre oficiales y
soldados encargados de luchar contra la subversión, de modo
que los habitantes de pacíficas aldeas de los Andes y la selva se
encontraban entre dos fuegos y fueron víctimas de secuestros,
desapariciones y asesinatos extrajudiciales durante las dos décadas que duró la guerra maoísta.
Eudora me tomó las manos entre las suyas, habló suavemente de la extraordinaria coincidencia de que nosotros nos
encontráramos en ese lugar perdido en la puna precisamente
con el hombre con quien alguna vez tuve un gesto generoso y
solidario ahora convertido en jefe terrorista, dijo los caminos
que Dios traza en nuestras vidas son misteriosos, nunca podremos saber qué circunstancias y coincidencias se han unido
para que tú y yo llegáramos en este mediodía a ese punto de
la carretera donde habríamos de encontrarnos con un hombre
al que conociste hace tantos años, y luego de un silencio largo como un siglo en que no supe qué decir sobre la cadena de
acontecimientos que me habían conducido hasta este lugar y
hasta este día, sentí la ternura de la presencia de Eudora quien,
conciliadora, ya no pensemos más en eso, instó, estamos en viaje de bodas, debemos olvidar eso como un mal momento, como
una pesadilla de la cual acabamos de despertar, sí, respondí,
debemos hacerlo.
Estábamos muy impresionados por lo que habíamos vivido en este día tan largo, aunque no quisiéramos demostrarlo
para no preocuparnos entre nosotros mismos y echados en esa
cama de segundo piso escuchábamos los ruidos de la calle, sin
323

Luis Eduardo Podestá

deseos de salir a dar una vuelta como lo habíamos planeado,
en cuanto lleguemos al Cusco nos iremos a pasear en la noche,
entraremos en una discoteca para escuchar música andina, dijimos muchas veces antes de casarnos y ahora recordaba, le dije,
que mi madre me decía Dios quiera que tengas una larga vida y
que cuando debas morir, porque todos tenemos que morir, no
sea en forma violenta, y ella murió un día de mayo de una embolia cerebral que la dejó en coma durante tres días y yo pensé
a partir de entonces que sería mejor morir en un instante, en
una forma tan rápida que no te dieras cuenta de lo que estaba
ocurriendo y hoy volví a pensar en las palabras de mi madre, te
quería mucho, interrumpió Eudora, sí, nos queríamos mucho
aunque no lo demostráramos a menudo, ella estaba tan ocupada en trabajar, yo también comencé a trabajar de niño porque
esa es la suerte de la gente como yo y quizá lo sea siempre a
pesar de todos los buenos deseos de todos los camanejos del
mundo que quieren reformar la realidad y terminar la miseria
a punta de generosidad, salíamos a vender ropas de fábrica por
las calles de cualquier barrio y nos alegrábamos cuando alguien
nos compraba algo porque eso significaba que podíamos tener
una comida, desayuno al día siguiente, yo la acompañaba siempre, nos cansábamos y nos sentábamos en una esquina del parque San Antonio a tomar raspadilla y allí olvidé un día una tela
que me había comprado para hacerme un pantalón, pero no me
lo reprochó, es tu plata, me dijo, como tú me ayudas a trabajar,
con el dinero que te corresponde te compré la tela y la has perdido, se puso muy triste sin embargo y a mí el asunto me dejó
indiferente, era posible que entonces, a los cinco años, tener o
no un pantalón nuevo no me interesara y más tarde mi madre
me preguntaba si me acordaba de ese episodio y yo le decía que
sí, con todos sus detalles porque había sido el más significativo
de ese tiempo, habíamos llegado a la esquina sur del parque de
San Antonio que entonces estaba enrejado, nos sentamos ella
324

El hombre que se fue

en una banca y yo en el espacio libre del sardinel que dejaban
las rejas de hierro que entonces guardaban los jardines y puse
allí la tela para sentarme y cuando terminamos la raspadilla estaba tan contento y probablemente ella también que la olvidé
y solo reaccionamos tarde, en la noche, cuando me preguntó
por la tela para llevarla donde el sastre y recién me vino a la
memoria que la había dejado en el puesto de raspadilla, adonde volvimos al día siguiente, pero ya todo era inútil, no hubo
cómo recuperarla, me hablaba de las cosas buenas y malas que
la vida nos da y que una pérdida como esa no podía tomarse
como mala porque total, podemos volver a ganar unos soles
y comprar una tela igual o mejor, pensaba que yo estaba triste
o preocupado por la pérdida, pero quizá ni entonces ni ahora,
me interesaron las cosas materiales, y hoy he vuelto a recordar
sus palabras acerca de la vida y de la muerte, sus oraciones, sus
bendiciones cuando yo salía a la calle y su muerte sin dolor
pero de una agonía tan extensa por esa embolia que se la llevó
cuando tenía cuarenticinco años. Callé y Eudora no te pongas
triste, me consoló, se pegó muy junto a mí, tengo frío, se quejó,
prenderé la estufa, reaccioné, porque no pensábamos que íbamos a necesitarla y un agradable calor comenzó a subir desde
ella, hubiera querido conocer a tu mamá, dijo ella, te hubiera
querido mucho, le dije, como yo te quiero y debemos dormir
un poco, tenemos que ser felices a pesar de todo lo que nos rodea, por lo menos ahora que estamos juntos y solos.
Y en procura de que así fuera, nos dedicamos los día siguientes a nosotros mismos, a amarnos mucho a cualquier hora
que podíamos aprovechar, durante nuestros paseos por aquella
ciudad, nos gustaba besarnos intensamente en cualquier sitio,
aunque sintiéramos miradas ajenas, nos comunicábamos muchas cosas con solo mirarnos en los ojos hasta que nos dijimos que un día en el futuro quizá no necesitáramos hablar para
transmitirnos nuestros deseos y nuestras necesidades y el in325

Luis Eduardo Podestá

menso amor que nos unía.
Fuimos a Machupicchu en el tren la tercera mañana que
estuvimos en el Cusco, nos quedamos allá para ver el ocaso y a
la mañana siguiente la salida del sol de la que tanto habíamos
escuchado hablar y comprobamos que la realidad superaba a lo
que nos habían contado porque el sol estalló repentinamente
allá, donde comenzó el éxodo inacabable de los atlantes, detrás de la llanura ensombrecida por una niebla baja e inundó el
mundo, cruzó el aire y llegó hasta las enormes rocas colocadas
allí para recibir sus rayos y para que nosotros nos sintiéramos
parte de esas construcciones y de la naturaleza que nos rodeaba
y nos invitaba a sentirnos incluidos en la eternidad que emanaba de cada hierba y cada canto de los pájaros que picoteaban el
solemne silencio de esa madrugada. Más tarde vimos también
el crepúsculo, paseamos por el hotel y sus cercanías hasta que
el cielo se apagara completamente y después nos acostamos,
vimos otra salida del sol a las cinco de la mañana y volvimos
a acostarnos hasta que a las ocho de la mañana salimos para
desayunar, dimos un nuevo paseo entre los milenarios bloques
de granito y dejamos nuestras huellas en el pasto aún húmedo
por gotas de rocío, nos tomamos fotografías y al mediodía nos
fuimos en un microbús al pueblo de Machupicchu, donde está
la estación del ferrocarril y decidimos quedarnos allí un día,
comimos hasta hartarnos mandarinas y choclos de enormes
dulces granos blancos con queso, asados de res y de cerdo cocinados en forma que le daban un sabor muy diferente al que conocíamos y admiramos todos los productos de la cercana selva
de que los puestos de un mercadito estaban llenos, nos unimos
a un grupo de turistas criollos y gringos que iría al día siguiente en un microbús contratado especialmente por todo el valle
sagrado y lo recorrimos en medio de canciones, paseos, nuevas
amistades, y volvimos al Cusco una noche, cansados, llenos de
frío pero inmensamente contentos de haber transitado por to326

El hombre que se fue

dos aquellos lugares que nos dejaron huellas indelebles.
Otros días paseamos también por los pueblos cercanos
y cuando era posible volvíamos al Cusco el mismo día y cuando no, nos quedábamos a dormir donde nos sorprendiera la
noche y solo al día siguiente regresábamos, examinábamos las
guías turísticas para saber qué nos faltaba conocer, recogíamos
información en los restaurantes y picanterías adonde íbamos a
almorzar platos típicos, acerca de los lugares más pintorescos y
disfrutamos el paisaje, las ruinas de Kenko, Sacsayhuamán y todas las que pudimos, visitamos iglesias construidas sobre enormes piedras de las viejas construcciones incas, averiguamos de
dónde venía el agua de la cerveza que bebíamos.
Eudora me dijo una vez que desde que salimos de Arequipa, hacía ya casi tres semanas, no hubo un día en que no
hubiéramos tomado siquiera una cerveza y no vas a negar que
no nos gusta, respondí aquel mediodía en que almorzábamos
cordero asado, voy a engordar, se lamentó, pero junto a toda la
belleza que veíamos a nuestro alrededor cada vez que salíamos,
observamos también rasgos de desconfianza y de miedo, sobre
todo en las miradas de la gente de los pueblos adonde íbamos,
es el terrorismo, dije a Eudora y ella asintió con tristeza porque
aquella situación nos dolía profundamente, nos rodeaba de temor y nos entraba miedo a veces de quedarnos en las noches
en alguna localidad alejada. En el mismo Cusco escuchamos
el estallido de la dinamita algunas noches y tiroteos lejanos,
sirenas de coches policiales y aunque no quisimos apartarnos
del mutuo sentimiento de felicidad que nos embargaba, aquellos hechos eran algo que flotaba como el clima, nos rodeaba
y sentíamos que nuestra felicidad no era completa, pero nos
dijimos una noche, nunca hay felicidad completa, solo la tenemos cuando estamos juntos, respondió, cuando estamos solos,
dedicados a nosotros mismos.
Quise que hiciéramos el regreso en avión a Lima y de
327

14

El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

allí en otro a Arequipa, pero Eudora se opuso, no vamos a estar
huyendo de las cosas que consideramos negativas, dijo y comprendí que se refería al riesgo de volver por el mismo camino, que yo quería evitarle con la idea de que podríamos quizá
tropezar con otro grupo terrorista y entonces no tendríamos
salvación, pero su firmeza y su si Dios quisiera que algo ocurra,
algo ocurrirá, me convencieron y decidimos volver a Juliaca en
el tren que salía en la mañana para ver el hermoso paisaje que
no habíamos podido disfrutar en nuestro viaje en autobús y esta
vez sí pudimos observarlo y fotografiarlo con minuciosidad
ambiciosa como si tratáramos de grabar no solo en nuestros
ojos y cerebro cada detalle de los cerros salpicadas de retamas
hasta donde los cuales habían escalado las casas de adobe con
techos de calamina acompañadas por los infaltables eucaliptos
que crecían agigantados para destacarse contra el cielo límpido
y azul, mientras el tren roncaba ascendiendo hasta la altiplanicie adonde llegó finalmente para meterse en un nuevo paisaje
desolado y triste, barrido por el helado viento que llegaba del
sur y levantaba esporádicas nubes de polvo y por donde, como
única señal de la existencia de la vida, se veían a lo lejos rebaños
de alpacas y llamas, que arrancaban de la tierra semidesnuda el
escaso y duro pasto que podría brindarles.

328

A

ún tuvimos tiempo de disfrutar la luminosidad de una bellísima tarde de fines de setiembre y aunque
estábamos cansados y podríamos haber ido a un cuarto de hotel donde pudiéramos tener el servicio que deseábamos sin
molestarnos para nada, Eudora opinó que era mejor ir a refugiarnos, como lo habíamos planeado anteriormente, a nuestra casita de Characato y si queríamos compraríamos alguna
comida para calentar en la cocina, tomar un lonchecito de té
acompañado del pan y queso serranos que traíamos, pasear
por el campo antes de regresar a comer algo y acostarnos hasta
el día siguiente y vivir allí los días que me quedaban de las vacaciones que me habían dado en el periódico. Me pareció una
buena idea, de modo que en la puerta de la estación tomamos
un taxi y llenos de un enorme cansancio pero inmensamente
felices, miramos a través de las ventanillas el cambiante paisaje que nos daba la bienvenida a nuestra casa, donde habríamos

329

Luis Eduardo Podestá

de pasar el resto de nuestros días.
Nos prometimos no leer periódicos, ni escuchar sino
música en el equipito tocacintas, pero estaba escrito que las
cosas no habrían de cumplirse como dos seres felices las desean y habríamos de convencernos de que la vida está llena de
buenas y malas sorpresas.
Encontramos la sala llena de regalos, cristalería de todos los colores, calidades y tamaños, ollas, juegos de vasos
y ceniceros de varias clases y dijimos qué vamos a hacer con
ellos si nosotros no fumamos y además, no nos gusta que fumen junto a nosotros, no lo permitiremos, nos dijimos amenazantes, nos miramos, destruiremos todos los ceniceros, pero
ella dijo son regalos... tienen algo de la persona que nos tiene
buena voluntad, nos pusimos a reír, había paquetes que no
nos imaginábamos qué podrían ser, y mis ojos se posaron en
tres grandes cajas de cartón, vi la marca en inglés, una computadora, dije, lo que tanto deseaba, quién será el autor de
este regalo, me pregunté, Eudora rió y por qué no la destapas, sugirió, quizá haya una tarjeta adentro, estuve tentado a
hacerlo, pero no, dije, mejor mañana para instalarla con toda
tranquilidad, además, llegaban Adriana y Venancio, nos abrazaron cariñosísimos, seguidos por Vinca y Vinco que saltaban
y hacían fiestas alrededor de nosotros como si realmente sintieran la alegría de vernos y quisieran expresarla de ese modo.
Venancio dijo que la camioneta estaba dispuesta en un lugar
del patio, ya la habíamos visto, cubierta por una funda de lona
llena de polvo, le di las gracias, le dije que cuando la necesitara
estaba dispuesto a prestársela o a llevarlo donde quisiera.
–Faltan pocos días –le dijo Adriana a Eudora, acariciándose el vientre enorme, tan enorme que no me explicaba
cómo podía caminar.
–Debes descansar –le dije.
–El doctor dice también que debo descansar pero no
dejar de caminar –respondió con su eterna sonrisa ingenua.
Nos trajeron comida, carne asada calientita, dijo Venancio, no sé por qué, pero tenía la idea de que hoy iban a lle-

330

El hombre que se fue

gar y la verdad era, según me enteré más adelante, que todas
las tardes preparaban algo más de lo que ellos necesitaban con
la idea de que nosotros llegaríamos en cualquier momento y
ahora querían que compartiéramos su comida. Les agradecimos, los invitamos a comer lo que nosotros habíamos traído
y Eudora hizo algunos paquetes, queso, pan, cancacho que
habíamos comprado en Sicuani, en el camino de regreso, le
exigió a Adriana que comiera y también los perros se dieron
esa tarde un banquete y de repente no sentimos cómo llegó la
noche, todo estaba oscuro alrededor de la casita de ladrillo y
solo las sombras de los árboles eran más negras que la noche.
A lo lejos, por la ventana, vi unas lucecitas lejanas, casitas en
los cerros, me dije, mira, llamé a Eudora, qué lindo, respondió
ella, Adriana, y Venancio se despidieron, dejaré sueltos a los
perros, para que nadie se vaya a acercar en la noche y se fueron, la mujer caminaba lentamente, los perros daban vueltas
alrededor de ellos, alegres como todo lo que nos rodeaba.
Escuchamos música un momento y luego ella me dijo
si no quería dar un paseo como aquella noche que no pudimos ver la Cruz del Sur y me puse una casaca que compramos
en Juliaca, forrada interiormente con pellejo de carnero, no le
temo a ningún frío con este abrigo, le dije y la llevé de la mano
hasta el patio, fuimos hacia el estanque y vimos la superficie
del agua agitarse con la brisa que provocaba un temblor en
las estrellas, allá está, le dije, la Cruz del Sur, y nos quedamos
mirándola largo rato, sentados en el borde del estanque, había mucho silencio y desde allí solo veíamos la luz de nuestra ventana entre las ramas de los árboles, las lucecitas de los
cerros, estábamos muy juntos, nos besamos profundamente,
ávidamente, nos echamos de espaldas y miramos el cielo por
el cual cruzaba el celaje de la Vía Láctea, y de pronto el camanejo, dije lentamente, sin tono, estuvo allá, le tengo envidia
porque yo debía haber estado con él esa madrugada que se lo
llevaron. Eudora que musitaba una canción te puedo yo jurar
ante un altar mi amor sincero, calló repentinamente para escucharme, estuvo allá, no sabemos a qué distancia de la tierra

331

Luis Eduardo Podestá

y le conté todo, con todos sus detalles, el viaje del camanejo a
las estrellas, sus diálogos con Arn, el aparatito que le servía
para comunicarse y ella no dejaba de mirar los astros, callamos durante tanto tiempo que me vi obligado a mirar su rostro para saber si no dormía, tenía los ojos muy abiertos donde
se pegaban los brillos de las estrellas, no me miró, con razón es
tan bueno, dijo lentamente, quedamente, qué le va a interesar
este mundo y todo lo que contiene después de haber estado
allá, él estuvo en un lugar que los dioses habitan, susurré, me
cubrió la boca con su mano, suavemente, volví a mirar a las
estrellas, la lejana Centauro, más arriba y a la izquierda de
la Cruz del Sur, dije para que ella la ubicara, son esas ocho
estrellas con forma de cornamenta de venado, la dibujé con
los dedos sobre el cielo y Eudora sí, ahora la veo claramente,
nunca había podido descubrir la forma de las constelaciones,
y esa estrella, la más brillante del extremo inferior es Alfa Centauro, es una de las más cercanas a nosotros, solo está a cuatro
y medio millones de años luz, le dije y ella calló, hablábamos
muy despacio como si una voz demasiado alta estuviera fuera
de lugar, pudiera destruir algo que estábamos disfrutando a
plenitud, nunca he sido tan feliz, dijo Eudora y yo le respondí
con sinceridad yo también, estamos muy cerca de las estrellas,
¿verdad?, preguntó con voz ingenua y dulce que se mezclaba
con la brisa y así, tomados de las manos, echados de espaldas en la tierra nos sentimos próximos a los astros de todo el
hemisferio sur que parecían no moverse, pero en realidad se
alejaban de nosotros a distintas, inconcebibles velocidades de
sesenta mil kilómetros por segundo como la constelación de
Hidra, esas estrellas que se ven en la parte superior, más arriba de Centauro y la Cruz del Sur, alejándose de la Vía Láctea,
rodando por el espacio interminable, medité en alta voz, y la
sentía tan cerca y tan mía que me sentí suyo y se lo dije, se
enterneció, me besó en la boca, puso su cabeza en mi pecho
y sentí el aroma de su respiración acariciarme el rostro y recordé los arrayanes de su jardín y le dije debemos traer unos
plantones de arrayanes para que perfumen nuestras noches,

332

El hombre que se fue

sí, me dijo, y preguntó cuándo iríamos a casa de sus padres,
callé un momento pensando en la respuesta más adecuada,
consideré la repulsión que su padre sentía por mí, dije cuando
tú quieras, ¿pase lo que pase?, preguntó y yo supe que ella
también pensaba en el rechazo de su padre y le respondí pase
lo que pase, ya no temo a nada porque sé que siempre estarás
conmigo y ella sí, siempre estaré contigo, no habrá nada ni
nadie que pueda separarnos y tras un momento de silencio,
pero los amo tanto, se refería a sus padres, son tu familia, tienes que amarlos y entonces, acariciándole el rostro le dije yo
también quiero acostumbrarme a amarlos, voy a amarlos muy
pronto, le ofrecí, no tengo nada contra nadie en el mundo, menos contra ellos, creo que ya los amo porque te trajeron a este
mundo donde yo te encontré, se apretó contra mí, siento frío,
se quejó con un susurro y me di cuenta de que las horas habían
transcurrido tan en discreto silencio que no habíamos sentido
su paso y no sabíamos cuánto tiempo había pasado desde que
salimos de la casita de ladrillos que parecía esperarnos extendiendo a través de los árboles, la escasa luz que podía regalarnos desde la ventana, nos pusimos de pie lentamente para
desentumecernos y bajamos la pendiente paso a paso, como si
ninguno quisiera terminar esta noche maravillosa en que nos
habíamos sentido en contacto con los astros lejanos, titilantes,
de luz sencilla y tierna, que nos invitaban a la eternidad del
momento que vivíamos.
Al día siguiente, temprano, descubrimos todos los
paquetes y cajas que llenaban la salita, nos interesaban principalmente las cajas de cartón con inscripciones en inglés y
signos japoneses, la pantalla de la computadora apareció ante
mis ojos, la extraje con cuidado con la ayuda de Eudora, en
otra caja estaba la impresora y en una tercera el teclado, lo que
siempre he deseado, murmuré, era tiempo de que la tuvieras,
respondió Eudora y buscamos por todo lado la tarjeta que pudiera identificar al autor del regalo, no la encontramos, quién
será el tonto que puede hacer un regalo así sin identificarse,
pregunté como hablando conmigo mismo, ella se mordió los

333

Luis Eduardo Podestá

labios, comenzó a reírse, yo soy la tonta, respondió y me echó
los brazos al cuello, te escuché hablar tanto de las ventajas de
una máquina como esta que no resistí la tentación de hacerte
el regalo, callé y yo no he pensado en hacerte ningún regalo
a ti, comenté, y me entró fiebre, te has puesto colorado, dijo
burlona, no te preocupes, tú eres mi mejor regalo, y por otra
parte, tú tendrás que pagar las cuotas que se te vendrán durante un año, me reí, nos abrazamos, seguimos abriendo los
demás regalos.
A media mañana, mientras tomábamos un desayuno
de pan con queso y té, me dijo debemos ir a visitar a mis padres, yo estuve de acuerdo, iremos de incógnito, le dije, porque
no pienso aparecer por la ciudad hasta cuando deba ir a trabajar de nuevo al periódico, solo hasta Miraflores, aceptó ella,
y nos volveremos por el mismo camino sin entrar al centro. Y
concluido el desayuno, abordamos la camioneta y fuimos.
Su madre, Natalia, nos abrió la puerta, me echó los
brazos al cuello, me besó en el rostro, abrazó y besó a Eudora
con una efusividad que me enterneció, yo también la besé en
el rostro y caminamos por el pasillo entre arrayanes que no
cesaban de darnos su perfume, hacia la salita, donde no había
nadie. Pensé que su padre había preferido no asistir a este encuentro familiar en que su hija regresaba casada con el hombre que no tenía dónde caerse muerto, corrompido y corruptor por escribir sobre el drama de las prostitutas, en fin, y me
senté cerca de la ventana, mientras madre e hija se ubicaban
en un sofá de tapiz florido y brillante y se acariciaban entre
lágrimas, escuché que Eudora le decía soy muy feliz, mamá,
nunca he sido tan feliz, las miré y en eso estaba cuando se
abrió la puerta que comunicaba con el interior de la casa y el
jefe del hogar, en camisa, como si se la acabara de poner para
la entrevista, se acercó a grandes pasos hacia mí, me estiraba
sus brazos, me abrazó sin decir una palabra, y luego de estrecharme fuerte, fuerte, se dio la vuelta y abrazó a madre e hija,
escuché sollozos y no supe nunca a quién pertenecían o si los
tres estaban llorando por aquel encuentro y yo sentí un nudo

334

El hombre que se fue

en la garganta y tuve que mirar por la ventana hacia el jardín
donde los arrayanes, una retama, rosas y claveles que por primera vez aparecieron ante mis ojos, brillaban bajo el sol.
–Quisiéramos que se quedaran a almorzar con nosotros –nos invitó Natalia, ante la mirada sonriente y expectante
de su esposo.
–No tenemos ningún inconveniente –respondí porque
sabía que la mirada que había posado Eudora en mí no significaba sino que debíamos aceptar esa invitación.
–Pero saldremos a comprar algunas cositas –me aventuré a decir y su padre me miró directamente y por primera
vez también me fijé en el color de sus ojos y supe que Eudora
los había heredado de él.
–Tenemos aquí todo lo que se puede desear –dijo con
sencillez.
Miré rápidamente a Eudora y sonreí para decir está
bien, levanté las manos abiertas en señal de paz y aceptación
está bien, repetí, los cuatro nos fuimos a la cocina, nos sentamos ante una mesa donde, pensé, Natalia había estado preparando su almuerzo, porque estaba llena de repollo a medio
picar, un depósito con carne probablemente extraída del refrigerador no hacía media hora y papas a la espera de que las
pelaran.
Eudora, con una sencillez extraordinaria, como si yo
hubiera estado toda la vida en esta casa, ven, dijo, pongámonos cómodos, me llevó de la mano hasta su dormitorio en el
segundo piso, me dijo que me quitara el saco, me ofreció un
saquito de lana de su padre, por si tienes frío, no, le dije, muchas gracias, cuando lo necesite lo pediré, buscó en su ropero
mientras yo volvía a mirar por la ventana esa parte de la avenida con árboles que soltaban bolitas amarillas y recordé la
primera vez que estuve aquí, para llevarla a almorzar después
de nuestra única reconciliación, ella se cambiaba y se ponía
una ropa de casa a la que tienes que acostumbrarte me dijo,
unos pantalones de mezclilla cortados a la mitad de los muslos y una blusa sin mangas que dejaba sus hermosos y rosados

335

Luis Eduardo Podestá

brazos y parte de sus pechos generosamente descubiertos. La
miré y me emocioné, la besé, la acaricié, pero ella dijo vamos
y bajamos al primer piso, donde el padre me esperaba con
una botella de cerveza recién sacada del refrigerador y con
dos vasos, salud, me dijo, me entregó uno y bebió lentamente
la mitad del líquido dorado que había en el suyo. Yo lo imité
después de decirle también salud.
Eudora me mostró toda la casa. Detrás de la cocina
donde bebimos una cerveza con Alejandro, a lo que no me
negué a pesar de que aún no había llegado el mediodía, había
un patio amplio con una ramadita y más allá un huerto–jardín
con un árbol de durazno que nunca ha dado nada, dijo Natalia, y macizos de flores, una parra macilenta en un rincón que
trepaba por los troncos de la ramada y quería lanzarse sobre
la pared contigua y que siempre hemos cortado porque pensamos que podría molestar a los vecinos. Pensé que era una casa
bonita, con un gran jardín anterior donde los arrayanes habían
invadido todo con su aroma y varias especies de flores y este
huertecito, con un gallinero, unas cuantas gallinas ponedoras
que proporcionaban una provisión de huevos diariamente, lo
cual tenía muy contentos a todos. Eudora propuso que comiéramos debajo de la ramadita y todos aceptamos. El papá puso
una mesa que trajo de la cocina, un mantel bordado, dos botellas de cerveza y una botella de vino rojo, para rociar una carne roja, sabrosísima, que Natalia preparó en el horno y cuyo
sabor era verdaderamente delicioso y suave, acompañada de
una abundante ensalada de lechuga, rodajas de tomate y cebolla tratada al limón y entonces, a través de la conversación
que se hacía cada vez más fluida conforme avanzaba nuestra
mutua confianza, nos enteramos de noticias que no hubiéramos querido tener a nuestro alcance y que tocaban a personas
que queríamos mucho y que escuchamos Eudora y yo muy
atentos, y no pudimos ni siquiera fingir la indiferencia que deseábamos para no hacer conocer lo mucho que nos afectaban.
El camanejo había estado detenido, encerrado en calabozos policiales acusado de posesión de cocaína en su do-

336

El hombre que se fue

micilio, bajo el disfraz de numerosos productos como harina
de trigo, latas de aceite y paquetes y cajas de fideos y galletas
con que aparentemente beneficiaba a algunas comunidades de
madres de familia en distritos de la periferia. Nos quedamos
mudos y cruzamos miradas de preocupación con Eudora, traté de disimular mi confusión diciendo salud y llevándome a
los labios la hermosa copa tallada llena de vino rojo, de un
juego de cristalería que, dijo Natalia, no usaba desde hacía
veintisiete años, cuando se casó, y el papá continuaba la historia, la verdad es que como dijeron los abogados, le tendieron
una trampa, uno de los empleados puso dos paquetes de cocaína en un cajón de su escritorio, y fue visto por otro de los
empleados cuyo nombre no recuerdo, pero que cobardemente
dejó pasar los días antes de que unas mujeres que trabajan
con él lo encontraran en la calle y lo obligaran a concurrir ante
uno de los abogados y confesar, arrepentido, que había visto
al otro cuando ponía la droga en el escritorio y lo curioso de
todo, porque ya estamos acostumbrándonos a estas trampas,
es que a don Abelardo Machuca, le cayeron casi enseguida los
policías, según dicen, y él no sabía nada de nada, permitió que
realizaran una inspección por toda la casa y, como era de suponer, los policías encontraron las bolsas, un kilo y algo más
de clorhidrato de cocaína de alta pureza, dijeron los periódicos, que informaron también que la policía encontró una especie de laboratorio disfrazado como taller de pintura, donde
encontraron aguarrás, querosene, bolsas de plástico, donde
una de las testigos dijo que se llenaban los kilos de azúcar y
arroz que se distribuían entre las madres de familia que preparaban desayunos en Socabaya, Sabandía, Mariano Melgar
y otros distritos del este. El padre hablaba mientras comía y
bebía sorbitos de vino, y yo no supe si lo hacía sin darse cuenta
de los golpes que nos asestaba o lo hacía sin ninguna segunda intención y Eudora intervino el señor Machuca es la mejor
persona del mundo, dijo, yo también intervine, soy capaz de
poner mis manos al fuego por él y jurar que nunca ha visto ni
probado un gramo de cocaína en su vida, y pensé que la tarde

337

Luis Eduardo Podestá

que queríamos pasar en esa casa tan bonita, iba a ser interrumpida porque no podíamos quedarnos quietos hasta saber qué
había pasado en realidad, y por qué, aunque me lo imaginaba,
el camanejo estaba señalado como una víctima de acciones policiales preparadas con el ánimo de crear un culpable.
Como a las cuatro de la tarde, disimulando todo lo que
pude, traté de cruzarme con Eudora a solas y decirle tenemos
que ir a averiguar qué pasó con el camanejo, me miró comprensiva, lo mismo te iba a proponer y luego de un rato más en
que Eudora comenzó a hablar de lo mucho que había que hacer en la casa en que vivíamos donde todo estaba desordenado
y sobre todo familiarizarnos con la computadora, la apoyé, y
ella que debíamos retirar algunos objetos del departamentito
que yo ocupaba en San Antonio, nos fuimos, nos despedimos
hasta pronto, podríamos estar nuevamente juntos en esta casa,
para pasar un día entero y el papá tuvo el gesto de invitarme
a traer a algunos amigos que tuviera a bien, porque esta casa
estaba abierta para mí y le hubiera gustado, como a Natalia,
que viviéramos en ella en lugar de irnos a vivir a Characato,
tan lejos, le dijimos que le agradecíamos infinitamente, pero
que aún estábamos al comienzo de nuestra vida de casados
y que debíamos esperar unos días en que duraría el proceso de adaptación a esta nuestra nueva situación, estuvieron
de acuerdo, el papá me dio un fuerte abrazo y me estrechó la
mano con sus dos manos, y Natalia me besó en el rostro y me
abrazó, mientras en voz baja me decía cuídamela mucho, sí, sí,
lo hago, dije también quedamente y después de montar en la
camioneta tenemos que ir a Yanahuara, me exigió Eudora, con
urgencia y allá nos fuimos por la avenida Progreso, cruzamos
el puente de Selva Alegre y atravesamos el barrio residencial
creo que a velocidad superior a la permitida y recordamos al
pasar por el puente Grau aquí se levantaron los marcianos al
camanejo, intentamos reír y llegamos a la antigua casona de
Yanahuara cuyas puerta y ventanas no mostraban nada extraordinario ni agitación fuera de lo normal, y por el contrario,
dijimos que todo estaba demasiado tranquilo.

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El hombre que se fue

Allí estaba todo como siempre. La señora Josefa nos
abrió la puerta y nos abrazó tan cariñosamente que a Eudora
se le humedecieron los ojos de ternura y yo también la abracé
con todo cariño en el zaguán y entonces nos cayó el vozarrón
del camanejo que desde el patio, a continuación del zaguán,
nos gritó yo no los esperaba todavía, qué hacen aquí, me acerqué, le di una trompada amistosa en la cara y él me respondió igualmente, con un golpe en el estómago, nos reímos, nos
abrazamos, besó a Eudora, estás cada vez más linda, le dijo,
¿qué pasa aquí?, pregunté extrañado por el silencio y la soledad que se observaba en la casa, ¿qué es de la gente?, insistí,
nos fuimos, respondió el dueño de casa, nos fuimos a varios
otros lugares, las oficinas están distribuidas por distintos distritos y esto puede llamarse una suerte de sede central donde
dedico algunas horas a mis ocios y donde hacemos coordinaciones con alguien del equipo, vengan, nos llevó a la glorieta,
donde había un caballete y un lienzo a medio pintar sobre el
cual caía el sol de la tarde, que progresivamente iba asumiendo colores anaranjados.
Me preguntó por qué estábamos aquí, si nuestro regreso estaba planeado recién para el lunes próximo, les quería
preparar una sorpresa, pero se me han adelantado, qué ocurrió, espero que no haya sido nada malo, no, al contrario, estábamos preocupados por ti, le contestó Eudora, supimos que
tuviste problemas, es verdad, dijo, se sentó en una banca de
madera, arrimó la poderosa espalda contra la barda de troncos, sí, dijo, y en ese momento apareció la señora Josefa con
tres jugos de papaya arequipeña, la mejor papaya, dijo, o quieren que les traiga unas cervezas, el camanejo rió, no, todavía
no, respondió y dijo salud echándose medio vaso en la garganta, carraspeó, ese maldito traidor de Sebastián Velásquez,
que después de ausentarse no sé cuántos días, llegó de sorpresa cuando no estaba nadie aquí, me puso dos bolsas de cocaína por encargo de algún otro maldito que quiere verme en la
cárcel, dime, qué he hecho yo para que me persigan en esa
forma, callé, y ese otro cobarde de Albino Fuentes, el vago que

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Luis Eduardo Podestá

recogí en la calle, a quien adecenté y di un trabajo, solo después de quince días se atrevió a decir la verdad, que había
visto por esa ventana, una mañana, que Velásquez entraba
como un ladrón y sospechó algo raro y lo vio abrir el escritorio, sacar de su casaca las dos bolsitas, colocarlas en un cajón,
mientras yo dónde estaba, se preguntó, estaba en Sabandía,
acompañando al resto del equipo en la distribución de víveres, ese día hacíamos por primera vez allí pan en una panadería nuestra y fui a ver, me dieron a comer el primer pan, calientito, crocante, pan de tres puntas y firpos como los de antes,
con los bordes doblados hacia adelante, bollos con una cuchillada en el medio que se abrían en el horno, nos sentíamos tan
felices todos, menos aquellos dos desgraciados, el uno que no
se sabía por qué se encontraba en la casa, me imagino esquivándole al trabajo como siempre y el otro cumpliendo una misión que quién diablos le encargaría para incriminarme y la
señora Josefita, en su cocina como siempre o arreglándome el
dormitorio, viendo mi ropa y ocupándose de las mil cosas que
hace todos los días, no se dio cuenta de nada, nunca cerré esa
puerta con llave, todos podían entrar y salir a la hora que quisieran, yo no era el dueño de esta casa, éramos todos nosotros,
todos trabajábamos para los demás, ellos ganaban un estipendio, yo ganaba la satisfacción de ver cómo esa gente iba creciendo por sí misma, solo con el apoyo que yo le di alguna vez,
pero me quiere, cuando volví al mediodía con todo el equipo
encontramos a la policía que había ocupado la casa, había revuelto todos los rincones, el oficial al mando, un tenientito de
esos que siempre se prestan a hacer las cosas sucias, estaba en
mi escritorio, le dije qué pasa aquí, eso debo preguntarle yo,
me dijo, le repliqué a qué se debía una visita tan desagradable,
me dijo que estaba en cumplimiento de su misión, en una batida antinarcóticos y que había logrado confirmar lo que antes
era una sospecha, que yo, el benefactor de los pobres era un
narco, me acerqué, lo agarré de la casaca y lo levanté en peso,
lo arrinconé contra la pared y le dije mierda, perdón, Eudora,
no voy a permitir que me insultes, hijo de puta y lo arrojé al

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El hombre que se fue

patio, mientras se armaba una gritería de los demonios, Rubí
arañaba a un sargento que se acercaba con el garrote en alto,
Paloma le daba cachetadas a otro, porque mientras yo entraba
a mi escritorio, ignorante de todo, los guardias decían ahí llegó el narco benefactor, y las chicas no aguantaron el insulto y
les dijeron todo lo que quisieron, incluidas las mentadas de
madre, en fin, se armó un jaleo que solo terminó cuando el
maltrecho tenientito, sacó su pistola y echó dos tiros al aire,
me las pagarás, maldito, me amenazó y así, me pusieron esposas, me sacaron como a un delincuente en pleno mediodía, me
metieron a una camioneta y no me dieron tiempo de averiguar
cómo ni qué cosa había ocurrido durante nuestra ausencia y
en cuanto estuve dentro del vehículo me pusieron una capucha en la cabeza, no supe dónde me llevaron, solo percibí que
la camioneta se sacudía en algunos tramos de camino como si
la pista por la que viajaba estuviera llena de huecos o como si
fuera una calle de tierra, perdí también la noción del tiempo y
cuando llegamos no supe a qué lugar, de dónde sacó usted
estos paquetes, preguntó un oficial, y por primera vez los vi,
no sé, dije con sinceridad, no son míos, me miró burlón, ¿no?,
pues han sido encontrados en su escritorio, el escritorio que
solo usted usa, vea capitán, le dije, no sé de qué me está hablando, no sé qué son esos paquetes ni qué contienen pero me
imagino, ah, se imagina, sí, me imagino porque yo nunca los
he visto ni sé qué contienen, tiene usted que permanecer aquí
por lo menos quince días, así que más le vale confesar quiénes
son sus contactos, cuántos paquetes de estos vende usted, a
quiénes o a quién los compra o si los fabrica en su laboratorio,
¿laboratorio?, pregunté, te juro por Dios que no sabía qué decir, ni qué hacer, por primera vez en mi vida, me sentía incapaz de responder a todas las acusaciones que nunca me imaginaba que me harían y me sentí desconcertado, confundido, no
sabía con todos mis años a cuestas que estas cosas se producían y si alguna vez tuve noticias de ellas por los periódicos o
algunos informativos de la televisión, no tenía idea de cómo se
sentían las víctimas de estos hechos, es una vergüenza, herma-

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Luis Eduardo Podestá

nos, y bien, lo tuvieron incomunicado por orden superior hasta la culminación de las investigaciones, me daban un té ralo o
café de lata con un par de panes por la mañana, un plato de
comida al mediodía y otro por la noche, acompañados de un
pan, una fruta, una gaseosa o una taza de ese líquido caliente
que llamaban té, me hice amigo de algunos de los que me llevaban la comida y que en ocasiones trataban de disimular el
trato que daban a los presuntos delincuentes y conversaban
conmigo generalmente en la noche antes de dejarme solo, para
expresar algún tipo de disculpa, es nuestra misión, decían,
discutíamos, su misión no es pegar a los presos, y uno de ellos,
mire, patrón, algunos delincuentes sí merecen ser golpeados,
por lo menos es la sanción que debemos aplicarles a rateros
que no tienen escrúpulos para tirarse el monedero de una viejita o golpear a los que no tienen plata o drogadictos que roban
a sus familiares hasta dejarlos en la calle, todos los cuales son
puestos en libertad a las veinticuatro horas por gestiones de
sus parientes, que no se sabe de dónde consiguen plata para
pagar a los abogados y si llegan ante el juez, el juez dice no hay
pruebas suficientes para meterlos un par de años a la cárcel,
de modo que a los dos días están otra vez en la calle haciendo
sus fechorías de nuevo y cuando se dejan agarrar se tiran al
suelo gritando que los golpeamos y que hemos cometido abusos de autoridad, hablaba con vehemencia, de todas maneras
le decía yo, proseguía el camanejo, no tienen derecho a hacerlo
y no deben hacerlo por precaución y por cuidar su propia
vida, ¿qué ocurriría si uno de esos sujetos está armado y les
abre una brecha en la panza con una cuchilla o les mete un
balazo en el pecho?, ese es el riesgo que corremos, patrón, le
dijo el policía y así nos pasábamos las noches hablando de mil
cosas, uno que estuvo en Huancavelica hablaba de sus misiones en la sierra en busca de terroristas, entonces pasábamos
las noches cagándonos de miedo, señorcito, sin pegar un ojo,
esperando que saliera de la sombra una banda de asesinos sin
compasión, recordábamos cómo en un camino de Ayacucho le
quebraron las piernas a un suboficial que estaba de comisión y

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El hombre que se fue

se arriesgó a ir solito a otro pueblo, era el principio de la guerra, le salieron al encuentro y le mataron el caballo, lo echaron
al suelo, le sacaron a cuchilladas los ojos, le quebraron las piernas a culatazos y luego lo arrimaron a una piedra e hicieron
tiro al blanco con él, me imagino el sufrimiento de ese hombre,
lo encontramos muerto, hecho una masa sin forma de hombre,
sin rostro, con las piernas como gelatina cuando lo levantamos, todas las heridas de bala eran en los brazos y las piernas
previamente quebrados a culatazos o a pedradas, ni una bala
en la cabeza o en el corazón, lo que nos inclinaba a preferir una
muerte en combate a caer prisioneros de ellos, porque tampoco tenían compasión de los heridos, y todo aquí era muy tranquilo, a veces nos mandan en misiones de patrulla a los pueblos de las alturas, no encontramos a nadie, parece que fugan
y solo aparecen esporádicamente cuando ven que no hay fuerzas policiales o militares cerca, eso nos hace pensar que quizá
son grupos pequeños que no se arriesgan a dar una batalla ni
a hacer grandes emboscadas, a pesar de que con frecuencia
nos llegan noticias de asesinatos de autoridades campesinas,
dirigentes de comunidades, viajeros a los que les quitan todo
antes de matarlos a sangre fría inventándoles cualquier pretexto, Eudora y yo nos miramos, asentimos con la cabeza, eso
lo hemos visto nosotros, dije muy despacio ante el silencio del
camanejo, que se dio otro sorbo de jugo de papaya, nos miró
interrogativo, sí, más tarde te lo contaremos, ¡no!, exclamó,
¿les pasó algo a ustedes?, sí, pero fue algo tan extraño, dije, fue
la providencia, dijo Eudora, nos salvamos cuando pensábamos que nos iban a matar, continuó ella, la abracé y el camanejo prosiguió contando sus vicisitudes, son gente que también sufre lo suyo, los policías, imagino que también los
soldados, sus oficiales, en fin, pero lo que no me explicaba era
por qué estaba yo ahí, incomunicado, una noche les pregunté
si no podían hacerme el favor de llevar un mensaje a mi familia y no, no, respondió de inmediato uno de ellos, aparentemente a nombre de todos, no, patrón, usted es una cosa especial, está incomunicado, in–co–mu–ni–ca–do, repitió

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Luis Eduardo Podestá

separando las sílabas, de usted nadie puede saber nada afuera
ni usted saber nada de los de afuera, y los días pasaban, me
interrogaban una hora tras otra, entonces los paquetes aparecieron en su escritorio por arte de magia, debe haber magos
que fabrican clorhidrato de cocaína para colocarlo en los cajones de los escritorios de la gente decente, decía el oficial que
me preguntaba mil cosas, si conocía a fulano, si alguna vez
había estado en una reunión en la casa de zutano, si el día tal
de enero no había sido visto en compañía de mengano en el
restaurante tal de tal calle, y a todo contestaba que no, no y no,
a veces me preguntaban por alguien a quien conocía desde los
días del colegio o la universidad y un día, en la mañana, se
aparece el oficial con el señor fiscal, lo presentó, estaba bien
vestidito con terno nuevo y una cinta colgada del cuello, me
levanté lo saludé a cuatro pasos de distancia, dijo hay evidencias serias en contra de usted, dijo, me mostró papeles, estas
son sus declaraciones, fírmelas, miré como cuarenta páginas
escritas a máquina, comencé a leer desde la primera línea, no
hay tiempo, me dijo el hombre de la cinta al cuello, tenemos
que actuar rápido, señor, permítame leer lo que he declarado,
le dije, se enfureció, de todas maneras nadie lo va a salvar de
la cárcel, tronó, y las penas por narcotráfico son severas, lo sé,
respondí con toda calma, pero no firmaré nada si no lo leo y
me senté en el banco de cemento que era mi cama, se quedó
mirándome un par de minutos, enormes minutos de silencio y
yo miraba sus zapatos recién lustraditos y pensé que él también estaría con los ojos pegados a mí, examinándome cada
centímetro, está bien, tendré que decir que hizo resistencia a la
autoridad negándose a reconocer lo que había declarado ante
la policía, me puse de pie y le pregunté mirándole directamente al rostro ¿no será posible que lea esto en presencia de mi
abogado?, creo tener derecho a la defensa, se rió en mi cara y
luego de arrebatarme los papeles, me dio la espalda, los narcos no tienen derecho a la defensa, se fue, volvieron a encerrarme y ya era una semana que estaba preso, pensé en ustedes, deben estar paseando, divirtiéndose, comiendo bien,

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El hombre que se fue

bebiendo sus cervezas, me preguntaba por dónde estarían, y
esa noche cuando dormía, entraron cuatro o cinco policías,
aunque estaba encendido el foco, su luz era tan tenue, que no
supe ni sabré nunca cuántos fueron en realidad, me sorprendieron encima de la banca, en paños menores, traté de defenderme, pero fue imposible porque primero, me habían tomado por sorpresa, segundo, todo estaba a media luz, tercero,
tenía las manos a la espalda, vas a tener que hablar mañana de
todas maneras o no pasarás la próxima noche, dijo uno susurrando, me imagino para que no se le reconociera la voz, me
golpearon en la cabeza, con algo que después pensé era la empuñadura del revólver, recuerdo que caí al suelo de rodillas,
me patearon en el estómago, todo en silencio, traté de gritar
pero me pusieron una mordaza, creo que fue una toalla, que
casi me cubría la cara, en un corto instante vi que estaban embozados con pasamontañas y solo dejaban al descubierto los
ojos, me patearon en la espalda y cuando caí al suelo, siguieron los golpes, en un momento rogué perder el conocimiento
para escapar del dolor que me producían los golpes, pero al
mismo tiempo clamaba por mantenerme consciente porque si
me desmayaba podían matarme, pensaba, no había lugar del
cuerpo donde no me golpearan y no sé cuánto duró todo aquello que me parecía interminable, y en algún momento pensé
que mejor era desmayarme pero mi cuerpo se resistía y cada
golpe aplicado en donde antes había sido golpeado dolía el
doble, se me llenó la boca de sangre, traté de escupir pero la
mordaza lo impedía, no podía respirar, me revolvía desesperado, pero uno o dos me tenían sujeto por la espalda, me torcían los brazos de tal modo que mi cuerpo estaba inclinado, de
rodillas, con la cabeza casi al ras del suelo y desde los lados me
llovían los puntapiés, me caían golpes de puño en la espalda
en la cabeza, uno, dos puntapiés en la cara, que sentí a través
de la toalla que me cubría, sentí que me salía sangre de la nariz
y entonces, después de una andanada más de golpes, mi cabeza cayó contra el suelo y ya no supe nada de lo que ocurría,
mis ojos se oscurecieron y una nube blanca cubrió mi cerebro

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Luis Eduardo Podestá

y se hizo el silencio más absoluto alrededor de mí, y cuando
desperté no supe cuántas horas habían pasado, cuánto tiempo
había estado sin sentido, estaba atado a una mesa, una linterna arrojaba la luz hacia el techo y se reflejaba débilmente en
una habitación cuyos colores no podía ver, sentí que había
sombras que se movían a mi alrededor, ya despertó, dijo una
voz y yo la escuché, traté de grabar todo en mi memoria, sentía frío y recién me di cuenta de que estaba desnudo, totalmente desnudo encima de una mesa o una tarima de madera, sentí las amarras de los pies cuando intenté moverlos y también
sentí que mis manos estaban atadas y varias correas me ataban
el cuerpo por encima de la cintura y sobre los muslos y de
pronto dos sombras se movieron hacia mí, se inclinaron y sentí el más horroroso sacudón que alguna vez sufrí en mi vida,
grité, di un alarido estrepitoso, el toque eléctrico fue en los
pies desnudos y a pesar de mis ataduras mi cuerpo saltó, se
estremeció, me ardió el punto donde había sido aplicada y recordé que algunas personas me habían hablado de esto, de las
torturas, de la picana eléctrica y no quise creerles, me resistí
siempre a creer que seres humanos fueran capaces de hacerlo
contra otros seres humanos, pero ahora descubría por mí mismo que era cierto, rigurosamente cierto, le pregunté si no había denunciado todo eso cuando lo liberaron, no, respondió
con la voz más triste que le escuché alguna vez, no quise hacerlo, ustedes dos son los únicos que lo saben, ni siquiera les
conté de eso a Amílcar Otazú ni a Daniel Neira, pero es probable que ellos sepan de estas cosas, me dije y también me digo
ahora que no hay necesidad, quizá ellos tengan su propio castigo en su conciencia, y de pronto otra vez, tienes que hablar,
mierda, perdón, Eudora, pero así lo dijeron, tienes que hablar
porque esta culebra te picará cada vez más arriba y llegará ya
sabes dónde, no sé nada, respondí con un dolor que me sacudía todo el cuerpo, no sé nada de esas bolsas, no sé cómo aparecieron en mi escritorio, dije y no terminé de hablar cuando
otra vez sentí la picadura ardiente de la electricidad en los pies
y rugí de dolor, me sacudí, traté de liberar mis manos, pero las

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El hombre que se fue

correas que me ataban eran muy fuertes, traté de levantar los
pies, romper las correas y no pude, y ese diálogo con la voz
susurrante se reanudó, tienes que hablar, te estás haciendo
maltratar por las puras, en cuanto digas que esas bolsitas son
tuyas te soltamos, no, no puedo, dije casi sin voz y nuevamente sentí la picadura de serpiente clavada en las piernas, no
quieres hablar, preguntó la voz, nosotros no nos cansamos,
seguiremos, aún es temprano, podemos seguir toda la noche,
todo el día, tú no sabrás si estás de día o de noche, estás lejos
de donde puedan encontrarte o escucharte, tenemos toda la
noche, no nos aburre hacer esto con delincuentes que pagan
cupos a los terrucos que están conchavados con los narcos, si
te decides a hablar terminaremos más pronto, no, no sé nada,
dije débilmente y la serpiente nuevamente me picó en el muslo, bueno, dijo la voz, por última vez, ¿vas a confesar o no?, no
tengo nada que confesar, respondí, y entonces la picana subió
hasta mis testículos, oh, Dios mío, qué dolor sentí, hermanitos,
Eudora lloraba y yo sentía un nudo en la garganta, cómo,
cómo mierda, no pude contenerme, has podido sufrir tanto y
resistirte a hablar, aunque sea por evitar la tortura, me atreví a
decirle, hubiera sido peor creo, respondió, y a esta hora no
estaríamos conversando en esta casa, me hubieran tenido que
ir a visitar a la cárcel, o al hospital o al cementerio, qué sé yo,
esa noche o en esas horas que no sabía si eran de día o de noche, como ellos me dijeron, me desmayé varias veces, me dejaban descansar, cuando despertaba, a veces me echaban agua a
la cabeza, volvían otra vez a aplicarme la electricidad en los
testículos, en el estómago en los brazos, yo saltaba, gritaba,
rugía, y volvía a perder el conocimiento y cuando despertaba
otra vez comenzábamos de nuevo, hasta que no supe cuánto
tiempo pasó, me desmayé y cuando desperté me encontré
nuevamente en mi celda, estaba echado en el suelo, de costado, inconscientemente me había acurrucado, pienso que mi
cuerpo sintió frío y mi cerebro entonces le ordenó acurrucarse,
buscar una protección contra el hielo en que se había convertido el suelo, sentí que me caía la luz de un foco de cincuenta

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Luis Eduardo Podestá

vatios, pero no la vi, tenía los ojos cerrados, hinchados, hijos
de la gramputa quise decir, perdón Eudora, pero mis labios
también estaban hinchados, no me salía la voz, me arrastré
hasta el banco de cemento apoyé la espalda en él porque no
me podía empinar hasta echarme encima de él, me senté en el
suelo y cada movimiento era un suplicio, solo podía estar inmóvil, si abría un ojo me dolía, si pasaba un poco de saliva me
dolía la garganta, no se lo deseo a nadie, lo juro, no había sitio
en el cuerpo que no me doliera y pensé mañana no tendré un
periodista que se preocupe por mí, que me envíe dolocordralán para el dolor ni que recorra las dependencias policiales
interesándose por mí, moví la cabeza, hermano, dije y apoyé
mi mano en su hombro, las lágrimas recorrían el rosado, fresco rostro de Eudora, saqué mi pañuelo y se lo puse en el rostro, nunca había visto al camanejo hablar con tanta tristeza de
lo que había ocurrido, mientras nosotros estábamos lejos, dio
una mirada al cuadro que estaba pintando, guiándose por una
fotografía que había pegado con un alfiler en la tela, me pregunté dónde habría podido conseguir esos verdes tan intensamente frescos y ese trozo de acequia, cuyas aguas reflejaban el
cielo azul cruzado por las ramas de unos sauces que querían
lamer su superficie alargándolas desde un tronco de cortezas
arrugadas, y se notaba que las ramas habían sido podadas varias veces porque mostraba muñones a distintas alturas y sin
embargo se pegaba tercamente a la vida vivificado por la cercanía del canal, y en el lienzo, ampliado, comenzaba a hacerse
realidad ese pedazo de paisaje recogido en algún mediodía
por este mi amigo, mi hermano camanejo, que había sabido
estar en el lugar y la hora precisos para captar el instante exacto en que la luz caía sobre el agua tras cruzar entre las celosías
de las ramas y más lejos solo el campo, las lejanas montañas
azules y me enternecí por varias razones y tuve ganas de decir
algo, pero callé, porque en ese momento tenía un nudo en la
garganta y deseaba gritar hijos de puta, prometer una averiguación y no pararla hasta que fueran a dar con sus huesos en
la cárcel, pero Eudora me acarició las manos crispadas y adivi-

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El hombre que se fue

nó mi estado de ánimo, y me escondieron de todos, y era natural que eso ocurriera, prosiguió mi hermano Abelardo, a quien
tenía deseos de abrazar, de llorar en su pecho, pero a quien
solo me quedaba escuchar y mientras me mordía los labios de
furia mezclada extrañamente con ternura por la forma objetiva, sin expresar odio ni resentimiento ni deseos de venganza
contra ninguno de sus torturadores, que desarrollaba su relato
como si estuviera hablando de lo que le había ocurrido a otra
persona, a las siete y media abrieron la puerta para que pudiera salir a lavarme la cara y el guardia que lo hizo se quedó
boquiabierto, como si hubiera visto a un fantasma, qué pasó,
amigo, era joven, alto y fornido y no supe si estaba fingiendo
o era sincero, qué pasó, amigo, repitió, ¿algún problema?,
¿qué ocurrió?, yo hice un gesto con la mano y me dirigí lentamente porque cada paso era un martirio, a los servicios higiénicos, y recién me vi la cara, me vi el pecho que me dolía cada
vez que respiraba, estaba lleno de moretones, en algunos lugares parecía que la sangre estuvo a punto de estallar, me eché
agua a la cara y al pecho, no podía ni doblarme en el lavabo
porque me parecía que iba a caerme y a no levantarme más, y
cuando regresé a mi cuarto de incomunicado ya me esperaba
el desayuno que me traían diariamente qué día es hoy, le pregunté al hombre que vino a recoger la bandeja con la taza vacía, no ha comido nada, amigo, me dijo y yo no tenía ganas de
comer, miércoles, me dijo, y yo no sabía si ayer había sido
martes y si cuando me llevaron a la sala de las torturas había
sido lunes o domingo, el tiempo no me importaba, y pasaban
y pasaban los días, hasta que una noche me sacaron al patio,
me pusieron la capucha negra, me introdujeron en un vehículo y me llevaron otra vez por las calles que no veía, y me dejaron en un lugar donde un día, no sé cuándo, me trajeron una
canasta de comida olorosamente sabrosa, es una señorita Rubí
quien le trajo esto, dijo el policía que me alojó en una sala con
una cama y una silla, una mesita y un lavabo, como algunos
consultorios médicos de pueblo chico, por la tarde recibí ropa
limpia, le manda esto la señorita Rubí, volvió a decir el policía

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Luis Eduardo Podestá

que me hacía el servicio, ¿puedo mandarle un recado?, pregunté, lo siento, amigo, me respondió, aún está usted incomunicado, no tenía deseos de comer nada, me dolía el estómago,
me daba tos cada cinco o tres minutos, tomé el té que había en
un termo, luego de vaciarlo en su tapa, busqué entre el pan y
la fruta que me enviaba por si había algún mensaje, pero no
encontré nada, me resigné, traté de comer un pan con mantequilla, pero la boca y los dientes me dolían de tal modo, que
renuncié a los pocos minutos, solo bebí el té y esperé, a un
guardia le dije si no quería disfrutar de la comida en lugar de
que se perdiera, gracias, dijo y se la llevó, y durante varios días
compartí lo que me enviaba Rubí, lo que me enviaba la señora
Josefa, lo que me enviaban Fredes, Paloma, en fin, se cruzaban
las canastas de comida y fruta como si hubieran entrado en
una competencia y yo siempre buscaba un papel por si habían
podido pasar algún mensaje y no encontraba nada, pero después supe que trataron por todos los medios de hacerme llegar mensajes y por eso enviaban una canasta tras otra, ropas,
pero los guardias seguramente los interceptaban y los destruían o los entregaban a sus jefes, esperaba que las gestiones
de Amílcar Otazú y Daniel Neira pudieran tener efecto, al fin,
y yo pudiera no solo verlos, no solo recibir visitas, sino poder
irme a casa, después de todo yo era totalmente inocente y no
alcanzaba a comprender cuál era la razón por la que me tenían
ya quince días preso, pero al día siguiente fueron dieciséis
días y después diecisiete días y todo seguía igual, mis heridas
se habían restañado y mis moretones iban adquiriendo el color de mi piel, los dolores de la boca y los dientes se iban aplacando y pasaron dieciocho días, en mis momentos de soledad
pensaba mucho en ustedes, en las chicas y los muchachos, y
comprobé que ya no venía nadie a hacerme preguntas que yo
no podía responder, y me parecía inexplicable por qué seguía
preso hasta que una noche me sacaron como a las nueve, precisamente cuando yo trataba de no mover un solo músculo ni
de dar un paso siguiendo una práctica que había ideado para
relajarme, para poner mi mente en blanco, me llevaron a una

350

El hombre que se fue

sala iluminada con fluorescentes, me hicieron sentar en una
silla, un hombre estaba frente a una máquina de escribir, me
dijeron que no me creían ese cuento de ayudar a la gente por
nada, que en este mundo y esta vida, nadie, absolutamente
nadie, hace nada por nada, me tuvieron hasta las cuatro de la
mañana, me preguntaron si no sabía que entre la gente que
supuestamente ayudaba existían delincuentes, les respondí
que los pobres no son necesariamente delincuentes, me enseñaron una colección de fotografías, este es fulano de tal, atracador, ladrón, que purgó una condena en la cárcel por un asalto a mano armada, lo han visto junto a usted, usted intervino
un día en un disturbio en que quemaron una panadería y trataron de matar al propietario a balazos, recordé el episodio,
precisamente, dije, lo hice para evitar que lo mataran, pero
usted conocía a esa mujer, replicaron, era un par de sombras
que hablaban y que yo me esforzaba en no mirar, el diálogo se
producía lentamente, preguntaban, comentaban, yo respondía, el de la máquina escribía, borraba y volvía a escribir, el
interrogador hablaba, yo contestaba, los golpes, el cansancio,
el dolor me habían colocado en una situación tal de desamparo que en algún momento me dije qué diablos importa todo,
diré que sí, que esos paquetes eran míos y los compré en la
calle a un desconocido porque yo era un drogadicto, que nadie lo sabía y que había pagado una fortuna por ellos, que la
plata no me faltaba y que bien podía darme el lujo de tener un
par de paquetes de cocaína en mi escritorio y que no me imaginé que alguien pudiera alguna vez descubrirme, que no conocía al vendedor y que tampoco tenía la intención de hacer
negocio sino que era para mí y que sabía que encumbrados
personajes de la política también lo usaban y que en algunas
reuniones del pasado disfruté de amables compañías en que
lo primero que los dueños de casa ofrecían a sus invitados era
una cucharita de plata y pasaban el polvo blanco como si se
tratara de una bandeja de bocaditos y decir allí vi al doctor
fulano de tal hoy viceministro de tal cosa o al general zutano
hoy jefe de la casa de gobierno o al prefecto de Lima o al inge-

351

Luis Eduardo Podestá

niero mengano hoy presidente regional de tal sitio, pero me
contenía, y yo sabía todo eso por las conversaciones que tuvimos contigo y con ese colega tuyo de Lima, Mujica creo que
apellidaba, lo que nos contaba cuando vino esa vez en misión
periodística y lo invitamos a esta casa, recuerdas lo que nos
decía de esas reuniones del alto y exclusivo mundo y con poco
esfuerzo me atravesaban la memoria cien nombres de personajes del gobierno con cuya presencia podía inventar una fábula para librarme de este interrogatorio que me pesaba más
que una losa de cementerio, y a veces ellos bostezaban y yo no
me atrevía a hacerlo porque si respirar me dolía en la espalda
y el estómago, qué podría pasarme si bostezo me decía a mí
mismo para distraerme mentalmente, pero continuaron a pesar de su sueño y el mío, que tenían pruebas de que no solo era
consumidor sino traficante y tenían testimonios de la gente
que trabajaba conmigo y de pronto cantó un gallo, me alegré,
no pueden estar mucho tiempo más conmigo, pensé, ya va a
amanecer, esto es una oficina, vendrá gente a trabajar y quise
creer que el gallo que cantó era el de las cuatro de la mañana,
deseé intensamente que no fuera el de la una o dos de la mañana, ¿se dan cuenta en lo que ocupaba mi mente?, no sé cuántas carillas escribió el de la máquina, escribía, corregía, borraba, terminaba una hoja de papel y ponía otras con varias
copias, quise contar cuántos papeles carbón había puesto y los
miraba colgar de la máquina pero se me confundían y nunca
alcancé a contar cuántos eran y en eso ocupaba mi pensamiento, para apartarlo de lo que me preguntaban, de lo que respondía, y finalmente, ya habían cantado varios gallos en la lejanía,
como si conversaran en alta voz por encima de los cercos de
las casas, me regresaron al cuarto donde continué incomunicado muchos más días de lo que imaginé, y una mañana cuando pensé que todo iba a continuar indefinidamente, interrogatorios por las noches, sueños y ensueños durante el día,
hicieron entrar a Rubí, me hizo mucho bien su visita, nos abrazamos y besamos como si no nos hubiéramos visto desde hacía muchos años y se sentó a mi lado en mi banco–cama de

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El hombre que se fue

cemento, hace frío aquí, comentó, me escuchó toser y me dijo
te traeré más tarde unas pastillas para la tos, un jarabe para los
bronquios, ojalá me dejen entrar, creo que sí, le dije, porque
pensé que parecía haberse levantado la orden de incomunicación, buscaré a los abogados, me dijo, en cuanto salga de aquí,
me dijo que en la panadería de Sabandía todo marchaba bien,
que todos hacían su trabajo y que lo único que faltaba era la
mano del amo que engorda al caballo, nos reímos, yo por primera vez en casi tres semanas, me hizo mucho bien su presencia, me sentí fortificado a su lado y ya no me dolía nada, yo no
soy amo, le dije, solo soy alguien que quiere ayudar a que cada
uno se ayude a sí mismo y eso han comenzado a hacer todas
las personas con quienes ahora estamos vinculados, han escalado un peldaño en la búsqueda de una mejor posición en la
vida que ahora les dan a sus hijos, no necesitan las limosnas
que el estado o cualquiera les ofrece por compasión o a cambio
de sus votos, y tú y yo debemos estar satisfechos de haber contribuido a que ellos se den cuenta de que pueden hacerlo y de
que cuatro manos hacen el doble de tarea que dos, me contó
que habían hecho pruebas de envasado de carne de conejo y la
habían vendido a unos restaurantes del centro que anunciaron
con gran despliegue de carteles que había liebre al horno, ¿no
ves?, le respondí, están haciendo eso por su cuenta, nosotros
solo les dimos la idea y una pareja de liebres y ella se ha reproducido hasta hacerles ver la posibilidad de una industria, qué
bien, dije, contento dentro de todo el drama que contaba porque veía que él también estaba contento, me sentía satisfecho
porque yo había sido parte de todo aquello, queriéndolo o no,
o quizá fue algo que yo no calculé, algo que estaba no solo
fuera de mi alcance sino de los cálculos de cualquier ser humano y pensé que su inspiración de transformar la vida de los
hombres había llegado de más allá del cinturón de asteroides,
se lo dije, qué bien que todo esté ocurriendo así, que tú te sientas bien porque estás logrando lo que te propusiste y que hay
una respuesta entre la gente que antes era indiferente a su propia necesidad y a su propia tragedia, que no intentaba dar un

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Luis Eduardo Podestá

salto en busca de la felicidad y se contentaba con mirar pasar
la vida desde la puerta de su casa, tú sacaste a todos ellos de la
condición de piedras y testigos para convertirlos en seres humanos con deseos, apetitos, hambre de satisfacer sus necesidades y los convertiste en protagonistas, les abriste la trocha
que ellos están transformando en una carretera por donde mañana transitarán muchos más, me entusiasmé y él ¡bravo!, carajo, qué bien que me hables como antes, me gustó el discurso
y callé, vi a mi lado la sonrisa de Eudora, me sentí tierno y feliz
y nos aprestamos a seguir escuchando el relato del hermano
camanejo que se acomodó, ¿de veras no quieren una cerveza?,
preguntó al ver su vaso de jugo vacío, dijimos sí con inclinaciones de cabeza y ya estaba allí como un geniecillo servidor y
adivino la señora Josefa con una bandeja, dos botellas y tres
vasos, nos sirvió, si yo los conozco como si los hubiera parido,
dijo entre dientes cuando se retiraba y el camanejo salud, hermano, Eudora, salud, Rubí se fue después de la hora que le
permitieron estar conmigo, me dijo que Ruth, Carla, Fredes,
Paloma, Ina, todas cumplían a las mil maravillas sus obligaciones, ah, les contaré, Paloma está ahora a tiempo completo
con el equipo, me miró, renunció a su anterior trabajo, dijo
como quien habla de algo sin importancia o algo que pudiera
ocurrir con toda naturalidad, Rubí me contó todo lo que pudo
en esa corta hora que estuvimos en esa prisión que no era una
prisión, que me habían buscado por todos los lugares imaginables, cantinas, burdeles y comisarías donde siempre les dijeron que no me conocían, que habían revisado los libros de
ocurrencias policiales y no me habían encontrado, que fueron
hasta los hospitales y la morgue y no me encontraron y por
eso se desesperaban cada día que pasaba, y esa misma tarde
pude hablar con Amílcar Otazú quien vino a verme, me dijo
que inexplicablemente me habían tenido detenido e incomunicado, y están aquellos dos paquetes, sabes quién los puso,
¿no?, no, le respondí, ni sabía de su existencia, tu estimado
Sebastián Velásquez, y el vago ese de Albino Fuentes que lo
vio ponerlos en tu escritorio también desapareció por puro

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El hombre que se fue

miedo hasta hace dos días, en que vino de la mano de Paloma,
mejor dicho, traído por Paloma y Fredes, a la fuerza, lo encontraron en la calle y se bajaron del carro que las llevaba a Mariano Melgar, le dieron un par de cachetadas y lo obligaron a
confesar que él vio a Sebastián Velásquez depositar las bolsas
de cocaína en tus cajones, en mi presencia admitió que lo había visto, le dije que tenía que hacer esa declaración ante la
policía porque un inocente, tú, estabas detenido por su culpa
y que estabas a punto de ir treinta años a la cárcel, está bien
doctor, iré, Amílcar Otazú, Paloma y Fredes lo llevaron en un
taxi a la fiscalía, lo entregaron, confesó pero el fiscal insistió
cuánto le han pagado para que haga esta confesión, le preguntó, Amílcar dice que no solo él sino Paloma y Fredes se indignaron, ellas gritaron y el fiscal las hizo callar amenazándolas
con meterlas a la cárcel por desacato y ofensa a la autoridad,
finalmente Albino Fuentes dijo que firmaría una declaración
voluntaria y así lo hizo, y el fiscal tuvo que aceptar que se le
escapara un reo muy especial, quería, me dijo Amílcar Otazú,
incriminarme de todas maneras, yo era un pescado muy apetecible en su mesa, iba a ser su triunfo del año, no siempre se
metía a la cárcel a un benefactor de la humanidad acusado,
sobre todo, de un delito tan vergonzoso y sucio como el comercio de cocaína, y esa noche, veintiún días después de mi
detención, me fueron a esperar en los carros, se refería a la
vieja camioneta roja y a su propio automóvil, estaba todo el
equipo, se emocionó, todo fue muy emotivo y conmovedor,
Rubí entró hasta el calabozo a darme la noticia, me trajo ropa
limpia, todos te esperamos afuera, me dijo, hacía dos días que
no me afeitaba, Rubí me dijo no importa, lo que interesa es
salir de aquí lo más pronto, me cambié camisa, me di la vuelta
hacia la pared para cambiarme el pantalón, mientras ella, sentada en la cama de cemento miraba a otro lado, luego recogió
todas mis cosas, las puso en una bolsa y me llevó de la mano
hacia afuera, eran como las once de la noche, creo que no querían que ocurriera lo de la otra vez, con una manifestación
frente a la comisaría, y en efecto estaban los carros, hicieron

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Luis Eduardo Podestá

una bulla que despertó a todo el barrio cuando me vieron en
la puerta, porque era cierto, allí estaban Paloma, Ina, Fredes,
Carla, Ruth, solo faltabas tú, le dijo a Eudora y ella dio un oh,
de ternura que me conmovió, cómo no lo supimos, dijo suavemente, estaban Juan Bermejo, Juvencio Málaga, Javier Rodríguez, los tres jotas, Roberto Arias, Teodoro Ramírez y no saben quién más, Albino Fuentes, arrepentido, silencioso, me
dio pena, se acercó a abrazarme y quiso besarme las manos,
perdón, dijo, perdón, con una voz que me puso un nudo en la
garganta, olvídalo, le dije, le puse una mano en el hombro,
olvídalo, le dije, en serio, olvídalo porque yo no lo recordaré
jamás, me llevaron a la casa, y ¿saben lo que hicieron?, apenas
entraron y después de arrojar a la señora Josefita que lloraba
de contenta y no se cansaba de besarme y mojarme con sus
lágrimas, las mujeres me llevaron al baño, me encalataron, así
como lo escuchan, me encalataron a pesar de toda mi resistencia y de mis órdenes que daba a gritos, me encalataron de arriba abajo, arrojaron la ropa en un rincón, tenían llena la tina de
agua tibia, me metieron en ella, me jabonaron desde la cabeza
a los pies, cada una quería frotarme alguna parte, qué mujeres
estas, yo no creía que eso pudiera ocurrir, Eudora sonreía con
los labios apretados, lo que me perdí, murmuró luego, yo también debí participar en ese baño al bebé de la casa, nos reímos
a carcajadas porque el camanejo contaba todo con una cara de
inocente que daban ganas de reventársela a trompadas, me
secaron de arriba abajo igual que cuando me jabonaron, así
vieron los restos de moretones que tenía en la espalda, el estómago y las piernas aunque en otros lugares las huellas de la
cuera ya se habían borrado con el tiempo, y así supieron que
había sufrido torturas durante mi detención, maldijeron a los
que me pegaron, les hice jurar que nunca se lo dirían a nadie,
me echaron talco por toda parte, se rió al recordar el episodio,
me vistieron y luego, en el comedor, tenían todo un banquete,
me dijeron que debía estar con una sed de camello después de
tantos días sin beber una cerveza y esa fue otra noche que no
dormí, todos nos quedamos en la casa hasta la madrugada,

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El hombre que se fue

cuando nos repartimos por todos los cuartos para dormir algo
hasta el día siguiente y eso fue todo lo que ocurrió mientras
ustedes no estaban, hermanitos.

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15

El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

P

asamos los últimos días de nuestra luna de
miel en la casita de campo. Instalamos la computadora y algunas noches nos divertimos con sus juegos, pero nos gustaba
más escuchar música de casetes, solo instrumental, teníamos
jazz de los años treinta, todas las piezas que la orquesta de
Glenn Miller había grabado antes de ese viaje fatal a Europa
en que desapareció con todos sus músicos durante la segunda
guerra, a veces nos dormíamos mientras la música continuaba
acariciando nuestros oídos hasta que la cinta llegaba al final y
el equipo se detenía automáticamente.
Algunas mañanas nos levantábamos temprano, poníamos agua en un calentador y esperábamos la llegada de
Venancio con el pan caliente adquirido en una panadería de
Characato. Teníamos queso, mortadela, jamón, huevos, carne
en la congeladora, nadamos en la abundancia, decíamos con
frecuencia y cuando lo deseábamos, hacíamos un revuelto con

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359

Luis Eduardo Podestá

todo, yo consolaba a Eudora que lloraba como una magdalena
cuando picaba la cebolla y me dijo me tienes que comprar una
picadora para no llorar tanto, entonces le expliqué mi secreto
masculino para no irse en lágrimas a causa del gas que emanaba de la cebolla, le dije simplemente tienes que hundirla en
un poco de agua, y desde entonces lo hizo así y jamás volvió a
llorar ante la tarea de picar cebolla. Yo me encargaba de pasar
los huevos, puestos por nuestras gallinas, huevos grandes y
con una yema tan amarilla que parecía pintada a la acuarela,
y para estar a punto bastaba con cuatro minutos en agua hirviente, según mi procedimiento, llevaba sal y pimienta en sus
recipientes para adornar la mesa, y daba gusto ver las copas
con los huevos, el pan que olía a horno caliente, la mantequilla
en su depósito de vidrio apoyada aún en su panca de choclo,
que brillaba con gotitas de agua, a ambos nos gustaba verla
así, da la impresión de que siempre está fresca, decía Eudora, a veces invitábamos a desayunar a Adriana y Venancio y
aprendíamos de ellos muchas cosas sobre el campo, los animales, el ganado menor como las liebres y conejos, el ganado
mayor como las vacas, los caballos y los burros, que pastaban
sujetos por cuerdas que no les permitían ir más allá de un círculo previamente marcado y que contenía la cantidad precisa
de alfalfa para que los animales no tuvieran privaciones durante el día entero pero las vacas que daban leche tenían un
metro más de cuerda lo que les permitía un círculo más amplio y por supuesto, más hierba, ya que estaban criando un
ternero y a veces, nos llevaban hasta donde las ordeñaban y
le hacían tomar a Eudora la leche al pie de la vaca, tibiecita,
aún con olor a tierra y a alfalfa, voy a engordar, se preocupaba
Eudora, no quiero engordar, en nuestro viaje hemos comido
más de lo necesario, chicharrones, adobos, choclos con queso,
mucho pan y ahora leche al pie de la vaca, tienes que estar
fuerte para cuando tengamos un hijito, le decía, se sonrojaba,
me pellizcaba la cara y sonreía. Después del desayuno me ponía a escribir cuentos en la computadora y cuando la sentía a
mis espaldas, tratando de leer lo que escribía, me detenía. No

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El hombre que se fue

sabía por qué pero cuando la sentía detrás de mí, el cerebro se
me bloqueaba, yo me rascaba el cuello en la base de la nuca, y
ella comprendió, te molesta que lea lo que estás haciendo, dijo
una vez, no, le dije, le confesé que se me bloqueaba el cerebro,
te dejaré solo, he cometido una imprudencia, y se retiró y nunca volvió a hacerlo, se mantenía en el comedor o en la cocina
o arreglaba el dormitorio, miraba por la ventana el campo, el
paisaje, salía al conejero, daba de comer a las liebres, construyó un jardín que llenó de palos de rosas y claveles y plantones
de arrayán, en seis meses más esta casa comenzará a oler como
la de Miraflores, decía contenta.

Alrededor de las once suspendía sus labores en el
jardín o la cocina, venía a buscarme, vamos a pasear por
la chacra, invitaba, se ponía roja como un tomate por estar bajo el sol a pesar del enorme sombrero campesino
que se ponía. Un día se me presentó en la sala donde
escribía, con un traje de baño, oh, Dios, le lancé un piropo, que bello monumento me han regalado los dioses,
vamos a bañarnos al estanque me dijo, la ducha me tiene
aburrida, y me dio una trusa de baño, me cambié y nos
fuimos vestidos con nuestros trajes y con las toallas al
hombro, hacia el estanque cuyas aguas frescas eran una
delicia. Nos escuchábamos hablar de todo echados sobre
nuestras toallas extendidas encima del pasto del sendero,
mirándonos las caras y los cabellos mojados, después de
nadar a todo lo largo del estanque, cuando salíamos agitados con la piel como carne de gallina, con escalofríos y
no es bueno pasar tanto tiempo en el agua fría, nos decíamos, nos arrojábamos agua al rostro, jugábamos como
colegiales, nos reíamos. Un día nos sorprendieron dos
chiquillos, hombre y mujer, que se acercaron mientras
nos secábamos al sol, y se quedaron mirándonos a cierta
distancia, y el hombrecito decía algo por lo bajo a la chica,
la empujaba, le tocaba el brazo hasta que ella se animó,
361

Luis Eduardo Podestá

avanzó unos pasos, señor, nos permite que nos bañemos
en el estanque, preguntó, claro, le dije, tenía unos hermosos ojos claros y la piel tersa y rosada como las campesinas, y con qué trajes se van a bañar, le pregunté y entonces con una sencillez infantil que conmovía, se levantó el
vestido hasta la cintura y me mostró su malla, ven, Javier,
llamó, ¿son hermanos?, le pregunté, sí, dijo ella, Eudora
le preguntó su nombre Leonor, le respondió, se fue detrás de un sauce y salió en traje de baño, se lanzó al agua
desde el borde, nadaba como una experta, su hermano
la siguió, y cuando salieron cerca de nosotros, qué bien
nadas, la elogió Eudora, ¿dónde aprendiste a nadar?, ella
la miró, calló como si no supiera qué responder, pero finalmente dijo aquí, señaló el estanque, cuando ustedes
no estaban, nos reímos, les dijimos que cuando quisieran
podían venir, y ella alentada por la confianza que le dábamos preguntó si podía traer a algunos amiguitos de la
escuela, claro, le respondió Eudora, con tal que no hagan
destrozos, no, señora, le cuidaremos todo, y deben tener
cuidado con los perros, son feroces, añadió y Leonor con
una sonrisa como sorprendida por la ingenuidad de Eudora, ya nos conocen, dijo, sabemos cuidar a los animales
y ellos se convirtieron en los primeros amigos de nuestro
barrio como comenzamos a llamar a la casita y su entorno, fuera de la chacra. Días después los invitamos a
tomar algo después de su sesión de natación y Eudora
les preparaba sánguches, un jugo de naranja, cualquier
cosa de comer. Leonor se hizo muy amiga de ella, le preguntaba cuándo se había casado y si era de Sabandía o
Characato y Eudora soy de Majes, ah, con razón es tan
bonita, tú también eres muy bonita, Eudora le devolvió el
piropo, yo las escuchaba desde la sala, Eudora le contaba
que habíamos ido al Cusco y recorrido todas las ruinas,
362

El hombre que se fue

incluida Machupicchu, paraba mi tarea para escuchar
y me encantaba el tono con que hablaban, la inflexión
que cada una daba a sus palabras, se notaba que Eudora,
educada en la ciudad, solo tenía parcialmente ese cantito
que levanta las frases a tonos altos a la mitad y decae
justamente un instante antes del final, tan característico
de la Arequipa campesina, una mezcla de español castizo y del hablar chacarero que nadie perdía totalmente
durante toda la vida, aunque viviera cien años en la ciudad. Nos gustaba escuchar a Leonor, cuyo tono campesino era totalmente natural y claro y las intervenciones de
Javier quien también hablaba con ese canto tan suyo que
yo decía es el tono de la sinceridad, de la sencillez como
es toda la tierra de estos contornos y un día mientras tomábamos desayuno escuchamos gritos, risas infantiles,
miramos por la ventana y vimos unos diez chiquillos, de
unos ocho a diez años, correr por los bordes, lanzarse al
agua, salir y perseguirse, nos reímos, y Eudora dijo son
los invitados de Leonor, y esos días fueron muy hermosos y duraron solo hasta el próximo lunes en que, concluidos los treinta días que me dieron de vacaciones, debí
volver al trabajo, muy contra mi voluntad, porque hubiera querido quedarme allá, en la casita de ladrillo, a
disfrutar de ese tramo de vida tan dichoso que los dioses
me habían obsequiado quizá sin merecerlo. Fui muy feliz
esos días y siempre los recuerdo con nostalgia.
(Confieso, padre, que he cometido la más vil traición contra una persona inocente que ha sido golpeada y
apaleada, sometida a torturas y a prisión por mi culpa,
porque quise procurar mi propia liberación ya que me
habían atrapado y me dijeron pon aquí, en los bolsillos
363

Luis Eduardo Podestá

de tu casaca, las dos bolsas de cocaína y las colocas después en su escritorio, luego llegamos nosotros y ellas serán las pruebas de que no es tan santo como parece, me
dijeron, padre, guarda las dos bolsitas en los bolsillos de
tu casaca donde encontramos la dinamita, me dijeron,
me asustaron, te podemos acusar de terrorista, me dijeron, me habían seguido a toda parte durante mucho
tiempo, ahora recién me enteraba de eso, cuando me rodearon en el portal de San Agustín, y me dijeron el jefe
quiere hablar contigo un momento, me esposaron, no me
dejaron hablar con nadie, me metieron en una camioneta
de la policía, no tengo salvación, me dije al sentir que mi
destino ya no estaba en las mías sino en manos ajenas,
recordé aquellos momentos en que me entrenaba para
cambiar al mundo, queríamos el poder, padre, no tenía
un arma y quería tenerla porque un arma da poder, un
hombre armado es diferente de cualquier otro, y el hombre armado, me decía, somete al que no tiene armas, es el
secreto de los ejércitos que someten a las poblaciones civiles a pesar de todas las constituciones que dicen respetar, me dijeron que el que quiere armas debe conseguirla
y los policías las tienen, cuando matas a un policía y le
quitas su arma, cumples dos servicios para el partido,
primero consigues tu arma y te transformas en un combatiente, segundo eliminas un hombre potencialmente
enemigo que puede enfrentarse contigo y en cuya preparación el estado caduco y reaccionario que queremos
destruir ha gastado una enorme cantidad de dinero y
para reemplazarlo deberá gastar más dinero y será entonces un cuento de nunca acabar que le dará ventajas al
partido que tendrá un nuevo hombre armado y provocará un vacío entre las fuerzas del estado, me golpearon y
me amenazaron con una condena de cadena perpetua,
364

El hombre que se fue

soy joven, padre, y no podía imaginarme cómo pasarían
los años que debería vivir en una celda, quizá en el penal
de Yanamayo, en Puno, donde la soledad es doble por su
aislamiento, su ubicación en medio de la puna, por el tremendo frío al cual nadie se acostumbra, no sé a quién se
le ocurrió la idea de construir esa cárcel, donde ahora hay
muchos jefes terroristas condenados de por vida, me
asustaron, me golpearon noche tras noche, me mostraron
los dos cartuchos de dinamita que yo tenía en los bolsillos de la casaca, no quisieron creerme que me los dieron
para entregarlos a mi vez a otro estudiante que los haría
estallar en la manifestación que preparábamos para protestar por no sé qué cosa que ahora no recuerdo, me pegaron todas las noches para que confesara que había cometido mil crímenes, que yo ataqué a Benjamín Castillo a
balazos y le destrocé el brazo y por poco lo mato, me dijeron que yo había venido de Ayacucho, donde había
preparado el asesinato de un alcalde y de una exalcaldesa en esa misma ciudad y no era cierto, padre, pero me
decían te han visto con fulano el día tal, tenemos fotografías, tenemos filmaciones, que yo había encabezado la
manifestación de los maestros donde tres policías fueron
golpeados y heridos gravemente, y yo no sabía de qué
me hablaban, padre, lo confieso ahora que creo que me
van a matar, he pecado por traición contra un hombre
bueno, le tenderemos una trampa, me dijeron, ese cabrón, me dijeron, está creciendo rápidamente, debemos
detenerlo, tenemos órdenes de detenerlo, de impedir que
crezca, porque si crece mucho después será más difícil
frenarlo, controlarlo, y tú nos vas a ayudar a conseguirlo,
tenemos pruebas contra ti que pueden enviarte con una
condena perpetua a la prisión, no volverás a ver una calle
de ninguna ciudad, pero si aceptas ayudarnos, por el
365

Luis Eduardo Podestá

contrario, diremos que te has entregado, que eres un
arrepentido y la ley te protege, me dijeron, te cambiaremos la identidad y si quieres te daremos una nueva cara
para que te vayas donde quieras sin temor, me golpeaban
para que aceptara haber cometido muchos crímenes, me
dijeron que habían revisado mi cuarto y encontrado boletos antiguos de mis viajes en ómnibus para cumplir misiones terroristas en todo el sur, me dijeron, y yo estoy
seguro, padre, de haberlos destruido, de haberlos arrojado a tachos de basura diferentes en las calles, hechos pedacitos, los talones de las empresas, huevón, me dijeron,
encontramos los talones de los bloques de boletos en las
empresas que utilizaste, no tenías por qué haber viajado
a Cotahuasi, justamente días antes de que una banda de
terroristas asaltara el local municipal, matara a tres personas a sangre fría, no queremos que nos hagas ningún
trabajo gratis, me dijeron, tenía algunas culpas, pero juro
que no maté a nadie, padre, pero en ese momento estaba
asustado, golpeado, torturado, no me iban a soltar nunca, había caído en una red que se iba cerrando cada vez
más y me ahogaba, tienes que cambiar esta dinamita por
las bolsitas de cocaína, para que te recuperes te llevaremos a un lugar de recreo, ya no estarás preso, serás un
huésped de nosotros en un hotel, te vigilaremos, eso sí,
no te dejaremos solo, no estarás solo jamás, en cualquier
momento sabremos qué desliz has cometido y te caeremos encima, no te queda más remedio que servirnos y
qué te cuesta, estarás protegido por nosotros, nunca permitiremos que te pase nada sin nuestra autorización, tú
eres nuestra garantía de que nunca hablarás de nada de
lo que estamos diciendo, desde ahora seremos carne y
uña, desde ahora te deberemos un favor como también
tú nos deberás un favor, nunca he hablado con nadie de
366

El hombre que se fue

esto, padre, lo juro por Dios, que es testigo de los sufrimientos que he pasado en todos estos meses, he vivido
oculto de quienes me dieron la oportunidad de convertirme en hombre de bien, porque temo que ellos también
querrán tomar venganza contra mí por el daño que le
hice a ese hombre inocente, por los golpes que él recibió
y las torturas que le infligieron por mi culpa, de lo cual
me arrepiento con todas las fuerzas de mi alma, padre,
delante de Dios, me arrepiento de ese daño, pero ellos no
lo saben y los otros, los policías que me obligaron a actuar en esa forma tampoco saben de mi arrepentimiento
y lo que no me explico es por qué lo maltrataban tanto si
ellos sabían que era inocente y ellos mismos me habían
ordenado poner las bolsitas de cocaína en su escritorio y
la única explicación es que trataban de todas maneras,
por cualquier medio, de arrancarle una confesión, de que
se inculpara, de que derrotado por el dolor de las torturas y las descargas eléctricas que le aplicaban dijera finalmente que sí, que era el poseedor de aquella sustancia, le
grabarían la voz cuando dejara de gritar y presentarían la
grabación ante la prensa, ante la televisión y quizá ante
los jueces para que no existiera duda de su culpabilidad,
pero entonces estarían enviando a un hombre completamente inocente a la cárcel quizá de por vida, quizá por
treinta o veinticinco años, no quiero que ellos sepan lo
que estoy haciendo en estos momento, pero temo que ya
lo saben, temo que a la menor muestra de debilidad que
yo dé, me cogerán nuevamente por el cuello, me arrojarán en un calabozo o me pegarán un tiro en la cabeza,
pero a mí ya no me importa nada, padre, no me importa
que me maten o me dejen vivo porque ya no estoy vivo,
huyo de todos, no puedo resistir la mirada de nadie, porque en cuanto me miran tengo la idea de que es alguien
367

Luis Eduardo Podestá

que me persigue, que de un momento a otro se pondrá a
mi lado y me dirá tienes que acompañarme y me llevará
con él ante su jefe o ante el grupo que me capturó la vez
pasada o simplemente me llevará a un basural y me disparará un balazo en la nuca, nunca me he sentido tan
perseguido y acosado por todos, nunca me he sentido tan
perseguido por mí mismo, como en estas últimas semanas porque tuve la debilidad, padre, de ceder ante todas
las torturas y amenazas y aceptar las bolsitas de cocaína,
guardarlas hasta que desaparecieran los moretones que
me causaron tantos golpes, para luego ponerlas en los
bolsillos de mi casaca, dirigirme a la casa donde me habían dado no solo un pan y trabajo sino que compartieron conmigo su amistad y su afecto y me brindaron fraternidad, me deslicé en el estudio del hombre que nunca
estaba cerrado con llave y guardé en un cajón de su escritorio las dos bolsitas, un kilo ochocientos gramos, padre,
y me fui a darles la señal de que ya estaba todo listo y en
una esquina próxima vi a uno de los hombres que me
contrataron, cuando me vio ir hacia él me sonrió, toma,
me dijo para tus gastos hasta cuando volvamos a encontrarnos y me puso un sobre en un bolsillo de la casaca y
me fui, pero no caminé muchos pasos cuando vi tres camionetas policiales que se dirigían a la casa del hombre
que me dio una oportunidad de vivir como un ser humano y traicioné la confianza de la mujer que me llevó hacia
él y a la que ya no podré decir jamás que la amaba con
locura y que solo esperaba que la calma volviera a nuestra patria para pedirle que se uniera a mí para siempre,
cuando salíamos a tomar un café y comer unos pastelitos,
no me atrevía a decirle nada ni a que mis sentimientos se
exhibieran ante ella hasta que un día, ella que creía que
mi timidez se debía a mi pobreza me invitó a ir donde el
368

El hombre que se fue

hombre que traicioné, es muy buena persona me dijo, te
dará trabajo porque está formando un equipo de gentes
escogidas y tú eres, así me dijo, eres muy inteligente y es
tiempo que tu inteligencia dé sus frutos, él es una persona muy comprensiva y caritativa, está realizando proyectos entre la gente modesta para que aprenda a realizar
trabajos y formar empresas que les ayuden a vivir mejor,
les enseña todo lo que sabe y con él estoy practicando mi
futura profesión y al mismo tiempo estoy haciendo una
selección de las plantas que sirven para curar a la gente,
y recopilo datos para un libro sobre las propiedades de
las plantas, estoy segura de que tendré trabajo mucho
tiempo con él, me gustaría trabajar con él toda la vida,
por su trato, su generosidad, su comprensión y ese sentido de solidaridad que tiene con los humildes, y paga
buenos sueldos a los miembros del equipo, y yo fui hacia
él, padre, y no tardé en traicionarlo y al traicionarlo a él
traicioné a la mujer que amaba y pienso que nunca me
perdonará lo que hice, porque con ello, estoy destruyendo todo lo que estaban construyendo, la vida de los pobres, las empresas de los pobres, la vida misma de esa
mujer que amo, y ahora vivo lejos de ella, oculto, entre
los billetes que me quemaban las manos encontré una
tarjeta con una dirección y unas palabras escritas a mano,
debes ir aquí, una flechita señalaba la dirección, y aunque mi primer impulso fue escapar, huir hacia cualquier
lugar lejano, me convencí de que eso era imposible, de
que me tenían cercado, y allí fui como un corderito, como
un perro a quien ordenan hacer algo y debe hacerlo, porque estoy en sus manos y allí estoy, me emborracho desde que me levanto porque no puedo soportarme a mí
mismo como soy pero hoy decidí salir y me dije no habrá
ningún trago, ni una gota de alcohol porque necesito po369

Luis Eduardo Podestá

ner en orden mi cerebro, y cuando el que me vigila, el
que me da todo lo que quiero, el que me trae la comida,
el que me trae la bebida sin que tenga necesidad de pagar
nada, el que no me niega nada ni dice nada de cuál es su
misión me preguntó dónde iba, a la iglesia, le respondí,
se rió a carcajadas, te vas a confesar, me preguntó y yo le
dije sonriendo cuando quería llorar, voy a misa, sí, y a
confesarme y aquí vine a buscarlo, padre, para confesar
mis culpas a la espera de que Dios me perdone).
Me hacía a la idea del retorno al trabajo cotidiano
y pensé que ya me estaba acostumbrando demasiado a
esa vida del campo, a verme rodeado por paisajes desde el amanecer hasta que caía la noche, me consideraba un ser humano extraordinariamente lleno de buena
suerte, y confieso que tenía la convicción de que me iba
a ser muy duro regresar al periódico y el viernes le dije a
Eudora esta noche tenemos que divertirnos, me dijo podríamos ir al centro a comer y luego a bailar a cualquier
sitio, acepté la idea, aunque no me atraía mucho la música estridente de los salones de baile, pero acepté por
darle gusto y nos metimos en una discoteca de la calle
Santa Catalina, bailamos, tomamos tragos cortos y luego
pedimos cerveza, nos besábamos en la semioscuridad de
discretas luces parpadeantes como dos enamorados que
trataban de aprovechar una corta cita, se acurrucaba contra mí cuando regresábamos a nuestra mesa y como a las
dos de la mañana decidimos irnos.
Estábamos un poco achispados, a ella le ardía el
rostro como si estuviera afiebrada, son los tragos, me dijo
y salimos al frío de la madrugada, abordamos la camioneta y enfilamos hacia la avenida Goyeneche para seguir
370

El hombre que se fue

por Mariscal Castilla, y luego por la carretera que nos
llevaría a Characato, a nuestro hogar. Íbamos despacio,
fijándonos en las calles solitarias, respirando el aire frío
que entraba por la ventanilla cerrada a medias y atravesamos el muro sin puerta oscurecido por la noche para
ver una figura que estaba en el patiecito enladrillado,
bajo la luz del foco de cien vatios que habíamos colocado
allí, no esperó a que detuviéramos la camioneta, vino a
nuestro encuentro, un favor, señor, señora, suplicó Venancio, Adriana está con los dolores, ¿sí?, reaccionamos
unánimes, sube, le dije, aceleré y fuimos hasta su casita
de adobes, Adriana estaba sentada en un poyo al lado de
su puerta, estaba arregladita como si fuera a una fiesta y
con cara compungida, con una bolsa en la mano llena de
pañales, ropa pequeña y suave para el recién nacido, me
imaginé, la ayudamos a subir, Eudora se acomodó a su
lado en los asientos posteriores y Venancio a mi lado, y
ahora sí conduje a toda velocidad, menos mal que a esta
hora no hay nadie en las calles, comentó Venancio, mientras Eudora abrazaba a Adriana cada vez que los dolores
se agudizaban y la consolaba y tomaba la hora, ahora son
cada cinco minutos, hemos llegado justo a tiempo, decía
y hablaba de mil cosas, como si habían juntado ropa para
hombrecito o mujercita, quería distraer a Adriana y al fin
llegamos al hospital del seguro social adonde acercaron
una camilla y llevaron a nuestra comadre al lugar donde
debía traer al mundo a su primer hijo.
Esperamos una hora, sentados en una banca de
una sala que brillaba de limpia pero donde hacía mucho
frío, impacientes, Eudora se dormía sobre mi hombro y
yo procuraba mantener los ojos abiertos en presencia de
la preocupación de Venancio, quien miraba fijamente la
puerta por donde se habían llevado a Adriana. Pasaron
371

Luis Eduardo Podestá

dos horas, Venancio nos dijo que por favor, no era necesario que nosotros dejáramos de descansar, yo esperaré
aquí, ustedes están muy cansados, Eudora rechazó la insinuación y para demostrar que podía mantenerse en pie,
se levantó, paseó hasta el fondo del pasillo donde se abría
una puerta, regresó hablando con una enfermera y luego
se enfrentó a nosotros, ella no sabe nada de lo que queremos saber, dijo, se sentó, en cuanto sepamos si es hombre
o mujer tenemos que ir a comprarle ropa adecuada, me
sugirió al oído y yo asentí, habían pasado ya más de tres
horas desde que llegamos, el sol salió y teñía el cielo que
nos enviaba reflejos anaranjados y se pegaba a las paredes de este frío pasadizo en que estábamos, propuse a
Eudora ir a traer algo, para la sed le dije al oído, sí, sonrió cómplice, y añadí, le traemos un poco de café o algo
a Venancio, y fuimos a buscar dónde adquirir un poco
de algo caliente, pero no había, en cambio encontramos
unas gaseosas y unos sánguches ridículos con una rodaja
de queso tan delgada que podía mirarse a través de ella,
pero como era lo único que había, le llevamos a Venancio una botella de gaseosa y un par de sánguches, nos
miró con reconocimiento, comenzó a comer, y entonces
una enfermera salió, preguntó por el padre, Venancio se
levantó como si un cohete lo hubiera disparado, dejó los
panes sobre el sillón, tropezó con la botella y derramó su
contenido en el piso, inquirió con la mirada, tiene usted,
dijo la enfermera, un robusto varoncito, cincuenta centímetros de estatura, cuatro kilos quinientos cincuenta
gramos de peso, lo podrá ver dentro de un par de horas,
ha sido un parto normal, pero como la señora era primeriza ha tenido que ser un trabajo necesariamente arduo,
ella está bien y el niño ha llorado con tanta fuerza que
demuestra tener pulmones extraordinarios, nació exacta372

El hombre que se fue

mente a las siete y cincuenta minutos, Eudora hizo aspavientos de alegría, lo abrazó, lo besó, voy a ser madrina
de un machito, dijo llena de contento, me abrazó como si
yo tuviera algo que ver en el asunto, abracé a Venancio,
bueno, dije, ahora sí te podemos dejar, regresaremos más
tarde, a media mañana, tú no te muevas de aquí.
Regresamos a la casita, se me había quitado el sueño, los perros salieron a hacernos fiestas, nos acostamos
un rato, dormimos un par de horas, desperté a Eudora,
debemos ir a comprar ropa para el niño, le propuse, se
levantó de inmediato, puso a hervir agua y mientras
tanto, nos metimos a la ducha, y después de tomar una
taza de té regresamos a la ciudad, Eudora me sugirió ir
al centro, a la calle Mercaderes o Perú, y en una tienda
compramos ropa celeste. Eudora escogió todo con mano
experta, como si ya lo hubiera hecho otras veces y con
un enorme paquete nos dirigimos al hospital, ya lo vi,
nos dijo Venancio, y se le veía la alegría reflejada en el
rostro, es un gigante, nos llevó a donde lo tenían detrás
de una pared de vidrio, ese es, Venancio nos mostró a
un niño dormido, coloradote, con una pelusa castaña en
la cabeza, cómo está Adriana, le preguntamos, está bien,
también la vi, está loca de alegría, subimos luego al segundo piso donde ella estaba hospitalizada, una enfermera le dijo a Eudora que el lunes mismo podrían darla
de alta y podría volver a su casa, nos alegramos mucho.
Adriana estaba un poco pálida pero a ella también se le
notaba la felicidad en los ojos, no nos permitieron estar
mucho tiempo, una enfermera nos dijo que era preferible
que ella descansara, que en unos minutos le traerían al
niño para que le diera de mamar, le dijimos a Venancio
que nos acompañara y nos fuimos a un restaurante frente al hospital, le invitamos un gran plato de chicharro373

Luis Eduardo Podestá

nes, pedí un par de cervezas, por el nuevo papá y por la
nueva mamá, le dije cuando levanté el vaso, Eudora nos
acompañó y después de despedirnos fuimos a Yanahuara para darle la noticia al camanejo.
También se alegró como un niño, nos abrazó con
tanta fuerza y efusividad como si nosotros fuéramos los
padres, ya, ya le dije, contrólate, guarda tu euforia para
cuando nosotros tengamos también un machito, quiso
ir al hospital de inmediato, pero le dijimos que no podría entrar hasta el día siguiente y hoy debía resignarse
a escuchar solo nuestra información, se puso serio, pensé
que no le había gustado ser el segundo en enterarse del
nacimiento de su ahijado, ya que él esperaba ansioso el
momento en que se convertiría en el padrino de la criatura, vengan, nos llevó hasta la glorieta, conversé con Arn,
dijo y Eudora abrió los ojos, no creía que alguna vez el
camanejo la hiciera partícipe de sus conversaciones extraterrestres, porque después de lo que yo le conté estaba
segura de que el asunto seguía siendo un secreto que los
dos como viejos amigos guardábamos, y por eso se extrañó y me dio una mirada dubitativa cuando el dueño de
casa, don Abelardo Machuca Mestas, inició en esa forma
la conversación que la involucraba también a ella en la
confidencia, nos sentamos en las bancas y arrimamos la
espalda a los troncos de que estaba construida la glorieta,
él arrastró una silla y se puso frente a nosotros, nos miró
alternativamente, tú ya debes saberlo Eudora, porque tu
marido te lo debe haber contado, no sé cuándo ni cómo
pero me imagino que fue para matar el aburrimiento,
porque sé lo aburrido que es, trató de sonreír y nosotros
no hicimos ningún comentario, Arn me dijo que estamos
en el tiempo y en el camino de un gigantesco asteroide,
creo que no debía comentar esto en presencia de Eudora
374

El hombre que se fue

para no preocuparla, pero sé que en algún momento tú
se lo ibas a decir, si eso pasa, no tenemos salvación, los
hombres de ciencia ya lo dijeron en 1985, ellos piensan
que es inevitable, por lo menos hay cien mil asteroides
que caen sobre la tierra todos los años cuyo tamaño no
es para preocuparse porque se disuelven en la atmósfera como estrellas fugaces, pero en un promedio de cada
diez mil años, como ocurrió hace sesenticinco millones
de años, y como ocurrió en posteriores ocasiones, la tierra
será golpeada por un cuerpo lo suficientemente grande
como para provocar la extinción de la vida, en un choque
tan violento que desencadenará una gigantesca explosión equivalente a la de una bomba de cincuenta megatones, es decir, cincuenta millones de toneladas de trinitritolueno, un explosivo diez veces más poderoso que
la dinamita, ¿saben lo que eso podría producir?, nadie
lo sabe, los que lo supieron y estaban aquí desaparecieron de la faz de la tierra hace millones de años, esa colisión será para esta generación de la humanidad el fin del
mundo, hermanos, la oscuridad que se producirá a causa
de las nubes de polvo que provocará el estallido, oscurecerá el sol quizá cientos o miles de años, hasta cuando la
vida nuevamente se abra paso, dentro de unos diez, veinte o cincuenta millones de años y otra vez será creada
una nueva humanidad, pero nosotros ya no estaremos,
así ocurrió ya una vez o quizá ocurrió ya varias veces y
nosotros seamos una cuarta o quinta generación de los
hombres sobre este mundo a menos que, dijo Arn, el asteroide sea interceptado y destruido y tanto aquí como
allá donde viven los hermanos de Arn, existen las posibilidades tecnológicas capaces de hacerlo o, esta es otra
posibilidad, nos decidamos a emigrar a otros mundos, lo
miré asombrado y lo propio hizo Eudora que abrió sus
375

Luis Eduardo Podestá

lindos ojos para no perderse un detalle y Arn dice que el
cuerpo que se nos viene encima es de dimensiones tan
enormes que si chocara con la luna la haría polvo, así,
la haría polvo sin remedio y veríamos cómo desaparece
nuestro satélite en un par de segundos, en un enorme
estallido cuya onda expansiva nos sacudiría, causaría
una alteración en la órbita de la tierra, fenómenos atmosféricos calamitosos que también pondrían en peligro la
existencia de la humanidad, pero las mediciones de la
gente de Arn han comprobado que aquella maldita masa
de hierro se viene sobre la tierra y es tan fantásticamente
grande que su rozamiento con el aire no logrará disolverla cuando entre en nuestra atmósfera, calló, lo miramos
también en silencio durante un largo, kilométrico minuto y al fin ¿quieres decirnos que sería más sabio agarrar
una nave extraterrestre e irse de aquí?, le pregunté, no,
hermano, no, lo que quiero decir es que ese cuerpo debe
ser destruido en los confines del sistema solar, aparentemente se trata de un asteroide que ha vagado de ida y
vuelta quizá cien o mil veces a lo largo de su órbita que
se habría extendido desde los extremos de nuestro sistema hasta más allá del sol al cual dio la vuelta y luego se
escapó de su gravedad para irse nuevamente al fondo del
cosmos, y es posible que ahora esté de regreso y como
su órbita ha variado en el curso de sus viajes, la Tierra se
encontrará en su camino, así de sencillo lo describen los
cálculos matemáticos, calló un instante para tomar aire,
o quizá sea un nuevo cuerpo estelar que vagaba por el
universo, y no parte de aquella comunidad de donde salen los cometas y meteoroides comunes movidos por el
paso lejano de una estrella porque lo cierto es que, como
conversamos la otra vez, un cuerpo de relativas dimensiones puede crear una onda en aquel cinturón y uno o
376

El hombre que se fue

varios cuerpos se sueltan, por así decirlo, y se lanzan al
espacio, y generalmente la fuerza de gravedad del sol los
atrae, al principio muy débilmente, y se dirigen hacia él,
adquieren cada vez mayor velocidad y se estrellan contra la luna, contra Marte, Venus o Mercurio si pasan lo
suficientemente cerca para que la gravedad de sus masas
los atraigan o, de lo contrario, si la velocidad que llevan
los libera de la atracción de esos planetas, siguen hasta
el sol y allí termina su aventura al hundirse en su enorme horno, otros por supuesto, como la estrella fugaz que
vimos el otro día en Characato, son pequeños y cuando
penetran en la atmósfera de la Tierra se queman y nos
dan un espectáculo gratuito sumamente hermoso, pero
muchos más causaron ya daños en el mundo, como el
que cayó en Siberia en 1908 y arrasó casi cien kilómetros
cuadrados de bosques, su explosión se vio y escuchó a
unos ciento sesenta kilómetros a la redonda y la onda expansiva que la llaman se sintió en Londres, otro que cayó
en Australia, tampoco se sabe cuándo, quizá cuando aún
no existía la historia, en lo que hoy se llama Gosses Bluff,
dejó un gigantesco cráter que hasta ahora es un misterio
geográfico y ¿sabes que me dijo Arn?, que ellos desean
colaborar a la subsistencia de esta humanidad con toda
la tecnología que han desarrollado aunque no tienen armas, todos sus adelantos tienden a la construcción, a la
satisfacción de sus necesidades corporales y espirituales,
a sus viajes por el espacio, tienen mucho cariño por este
mundo que fue el origen de la humanidad de que ellos
provienen, no tienen guerras, y en mi cerebro han leído que aquí existen cohetes, armas capaces de destruir
al mundo y ellos tratan de averiguar si alguna de ellas
podría ser usada eventualmente en la destrucción del asteroide, pero no saben cómo dirigirse a los gobiernos que
377

Luis Eduardo Podestá

las poseen ni si estos, con la desconfianza y la soberbia
que los caracterizan, serán capaces de comprender la necesidad de una decisión urgente, de unirse o de estudiar
otra forma de salvación para este mundo y para la humanidad que vive en él.
Calló una vez más y yo miré a Eudora que lo miraba con el rostro tenso, alargué la mirada hacia la huerta
donde entre las hojas de las parras de grandes hojas dentadas, comenzaban a insinuarse con timidez unas bolitas
verdes, futuras grandes uvas blancas y sabrosas, pensé
y me enternecí cuando mis ojos siguieron al fondo, lleno
de verdisombras transparentes ante el sol directo de la
tarde. Eudora suspiró, volvió el rostro hacia mí, y en este
mundo, dijo lentamente, ha nacido el hijo de Adriana y
Venancio y en este mundo nacerán nuestros hijos y sus
ojos se humedecieron, no quiero que sea así, susurró y
puso su cabeza en mi hombro.
Desde entonces no pude librarme de la idea de
que algo que desconocía hasta entonces se acercaba a
nuestras vidas irremediablemente, y hubiera querido tener un indicio de qué era y cómo iba a afectarnos, a fin de
estar preparados, si acaso no era posible ponerle remedio o modificarlo. Durante mucho tiempo pensé en ese
algo desconocido, en las posibilidades de que un día o
una noche, a cualquier hora, se produciría un horroroso
choque de aquel cuerpo gigantesco capaz de hacer polvo
a la luna en un instante, pero esta vez con la tierra, con
nuestras casas, con nuestras vidas.
Nos comprometimos, como último domingo de
vacaciones, y Eudora también dijo que era su último domingo antes de reintegrarse al equipo de ángeles del camanejo, a irnos temprano, mañana, a la plaza de Caima,
disfrutar un suculento adobo donde la Elsa Díaz y luego
378

El hombre que se fue

irnos a pasear por cualquier lugar del campo, y al día siguiente el camanejo llegaba en su coche plateado, dando
bocinazos que no solo despertaron e hicieron estallar en
escandalosos ladridos a Vinco y Vinca sino a todos los
perros de las inmediaciones, pero nosotros ya estábamos
preparados y lo esperábamos y media hora más tarde,
nos hallábamos frente a la imponente iglesia de sillares
de Caima, en cuya fachada caía directamente el sol. Encontramos a algunos amigos en el restaurante de la Elsa
Díaz, entre ellos a Marcelo Martínez, con su boina dominical y una botellita de anís, nos quiso invitar una copita, le dijimos primero es el comer, y en un momento en
que pudimos hablar a solas, me dijo qué linda es tu mujer, merece que la quieras y tú mereces que ella te quiera
porque eres una buena persona, me reí, dices eso porque
eres mi amigo, y en realidad, nunca habíamos tenido dobleces con él, en el pasado nos buscábamos, hablábamos
de pintura, porque él era pintor de los buenos, el mejor
retratista de la región y allí estaba también el doctor Mario Sotillo, amigo común mío y del camanejo, se disculpó
por no haber asistido a nuestra boda, saludó muy cortésmente a Eudora, pero no pudo resistirse y me dijo has
escogido a la mujer más linda de estos contornos y luego
mirándola a ella en el rostro mientras le daba la mano o
usted lo escogió a él, Eudora rió y se sintió a gusto entre
ellos, en cierto momento debías habérmelos presentado
antes, me dijo a media voz, y como les dijimos que estábamos viviendo en Characato, a unos dos kilómetros del
observatorio de la universidad, se deshicieron en elogios
sobre las ventajas de vivir en el campo, de respirar aire
puro desde la mañana hasta la noche, mirando un paisaje
que siempre tenía algo nuevo cada día y cada hora, dijo
Marcelo Martínez y sobre todo, terció Mario Sotillo, con
379

Luis Eduardo Podestá

el universo limpio y desnudo que te muestra la Vía Láctea en toda su extensión, el camanejo se sentía inquieto
cuando Sotillo hablaba y pienso que tenía la tentación de
decirle lo que ya sabíamos sobre el asteroide que venía
hacia la Tierra, pero resistió firmemente y torció la conversación hacia el pan, mientras quebraba uno de tres
puntas, crocante, para ponerlo en el plato para que se adhiriera a él el rojo, espeso y humeante líquido del adobo
de cerdo, cuyo aroma se dispersaba a varias cuadras de
distancia.
Habló sobre la forma de hacer pan barato y de lo
que estaba logrando en Sabandía, Socabaya y Mariano
Melgar, donde había contribuido a instalar panaderías
comunitarias que ahora manejaban algunas mujeres que
antes parecían no tener capacidad ni para administrar el
salario del marido, se extendió en la forma en que el pan
era distribuido en treinta escuelas de primaria, donde
las madres también se habían organizado para manejar
conejeras que ya estaban dando frutos y si vas, miró a
Sotillo, a los restaurantes tales y tales los días viernes y
sábados, encontrarás los frutos de aquella tarea, cuyos
productos son liebres que fácilmente te dan cuatro kilos
de carne fina, sabrosa y nutritiva, tienes que invitarnos
alguna vez, dijo Marcelo Martínez y claro, respondió el
camanejo, pongámonos de acuerdo y haremos un asado
cualquier domingo de estos y luego de comer entre risas
y conversaciones, nos terminamos una botella de anís,
Eudora bebió media botella de cerveza negra y luego de
elogiar la contundencia de aquel plato, nos despedimos
después de prometer que nos llamaríamos por teléfono
a media semana para concertar el encuentro y Eudora,
quedas encargada de hacer las llamadas el jueves, ¿de
acuerdo?, Eudora aceptó sonriente el encargo y los deja380

El hombre que se fue

mos a pesar de sus protestas.
Al mediodía estábamos en las faldas del Chachani, adonde llegamos lentamente. El camanejo disfrutaba de cada metro de la carretera que cruza Caima, casi
bordeando la quebrada por donde, profundo, lejano y
silencioso, corre el río Chili. Tuve la precaución de llevar
mi cámara fotográfica y don Abelardo Machuca Mestas
había hecho lo mismo, de modo que tomamos unas fotos
desde el borde de la carretera donde estacionó el coche,
Eudora comentó que nunca había visto la ciudad como
si estuviera en un avión sin levantarse un centímetro del
suelo, y de una mirada podía abarcar el centro y el periférico distrito de Hunter y la campiña de Tiabaya, todo empañado por una tenue bruma de color azul que le daba
un aspecto de tranquilidad y de paz difícil de sentir en
otras ocasiones y que se disipaba lentamente conforme el
sol y el viento iban barriéndola de los rincones de sombra que las colinas verdes le daban y desde la gigantesca
quebrada que hay entre el Misti y el Chachani llegaba
el viento frío de la puna, del otro lado de las montañas
que custodiaban esa ciudad verdiblanca que extendía sus
alas de paloma hacia el sur y el oeste y quería trepar a
las faldas del Misti como ya trepaba las del Chachani,
según comprobamos al recorrer la carretera que nos trajo
hasta aquí, bordeada por las calles de tierra de los barrios
más alejados de Caima, donde el camanejo dijo aquí también deberíamos instalar una panadería, estoy seguro de
que la gente come menos pan que antes porque le cuesta
más y a nadie le importa, también podríamos enseñarles
a cultivar alfalfa y a mantener un conejero con desperdicios de comidas, pero tendrías que ponerles agua, le
corté el monólogo, les podemos construir pozos de concreto en las casas y llenárselos con agua comprada a los
381

Luis Eduardo Podestá

camioneros que abastecen con cisternas a otros barrios,
respondió, y cuánto costará todo, me atreví a insinuar,
el gasto no interesa, respondió rápidamente, lo que interesa es que la gente se acostumbre a vivir bien, y para
qué, le discutí, si el mundo se va acabar, me miró burlón,
encontraremos la forma de que siga viviendo, respondió
sin alterarse, encontraremos, dijo, sí, prosiguió, Arn, los
suyos y nosotros, no vamos a permitir que este mundo
desaparezca así nomás y si así pudiera ocurrir, los pobres
tienen derecho a comer pan y carne de conejo aunque
sea en los últimos días de su vida y reímos sin asomo
de burla y continuamos ascendiendo hasta aquí, donde
el camanejo detuvo el coche y dijo, miren en qué linda
ciudad vivimos.
Bajamos luego hasta donde las montañas se convierten en llanura y las vicuñas nos miraban con sus
grandes ojos a cien metros de la carretera de tierra porque su timidez natural no les permitía acercarse más, este
es el otro camino al Cusco, dijo el camanejo y esta ruta
también nos lleva al cañón del Colca, el segundo más
profundo del mundo, y por aquí también vamos hacia el
nevado y volcán Sabancaya que está en erupción permanente y el paisaje era medianamente desolado, a nuestras
espaldas teníamos ahora al Chachani y un poco más lejos al Misti que por detrás no tenía la misma belleza que
veíamos desde la ciudad, como si fuera el patio trasero
de la casa, describió Eudora. Pasamos un par de horas
más tarde por lo que parecía una colina de sillar donde
la mano del hombre había abierto un boquete para que
la estrecha carretera la penetrara y allí, al borde de la vía
transformada en gris luego de pasar el hueco abierto en
382

El hombre que se fue

la colina blanca, el mundo cambió repentinamente. Se
había transformado en gris oscuro. Nos detuvimos después de unos minutos, bajamos del automóvil, este fue el
cráter de un volcán, dijo el camanejo, nos hizo mirar con
detenimiento la hondonada y sus bordes que aún mostraban las huellas de un horno antiguo que había provocado numerosas quemaduras a la tierra donde el color de
las cenizas se alternaba con las rayas amarillas del azufre,
esto debió ser la boca hacia el infierno, dijo Eudora impresionada por la soledad que se respiraba en esta olla
de finas arenas oscuras, profunda y silenciosa, donde
ningún pájaro volaba ni piaba, donde se sentía un frío
sobrecogedor, el camanejo miraba hacia todo lado, desde
aquí el cielo parecía más azul, quizá por el contraste con
la boca negra del viejo volcán desde donde se veía, a lo
lejos, la cumbre irregular del Sabancaya, cuya boca lanzaba una columna de humo blanco que parecía vapor y se
elevaba lentamente en el cielo, subía hasta cuarenticinco
grados del horizonte y allí los vientos altos la desviaban
hacia el norte, hacia donde estaban las antiguas poblaciones de Chivay que habían sido parcialmente desalojadas
por los temblores y las cenizas que caían día y noche del
cielo, dispersadas por aquel fenómeno que duraba meses
y años, y obligó a los pobladores a una convivencia forzada con un volcán que echaba fuego y cuyas llamaradas
se veían por las noches desde lejos y se habituaron a sus
estremecimientos, sus temblores y su rumor que se escuchaba a la distancia, que todos miraban reverentemente
y con respeto y no poca admiración por la terrible belleza
de su cima coronada de nieves eternas entre las cuales salía desde hacía ya demasiado tiempo un chorro de fuego.
Y después de dejar nuestras huellas en los bordes
de la carretera de cenizas, recoger y examinar algunas
383

Luis Eduardo Podestá

piedras quemadas, el camanejo echó una mirada a lo lejos como para grabarse la imagen del cráter y hacia el mediodía nos invitó a subir al coche plateado, dio la vuelta,
y cuando salíamos de la boca del volcán y pasamos la barrera que lo guardaba, negra en su lado interior y blanca
por fuera qué hemos venido a hacer aquí, don Abelardo,
pregunté y nada, respondió, estamos paseando pero no
estamos preparados ni tenemos tiempo para ir hasta las
alturas del valle de Chivay, sobre el cañón del Colca, me
pareció una disculpa por su tono, pero no niegues que
te ha impresionado el cráter de este viejo volcán al que
los lugareños temen llegar y en donde los choferes de
los camiones y los ómnibus que tienen su ruta por aquí,
aceleran para dejarlo lo más rápido posible. Me interesé
por esa superstición de la que había oído hablar, y como
nunca había venido por aquí, me pareció posible que en
algún momento deberíamos hacer una exploración y lo
dije en alta voz, Eudora, a mi lado, sería muy bonito ir
más lejos, hacia el valle, sugirió, lo haremos, respondió
el conductor, lo haremos, repitió la promesa como para
darle una convicción que no tenía, sacó una de sus infaltables botellas de whisky de debajo del asiento, la destapó y extrajo un vaso de la guantera, nos invitó un trago
que nos cayó muy bien y volvimos a la llanura parda de
tierra suelta donde el paso del auto dejaba una nube de
polvo que se mantenía largo rato inmovilizada por la falta de viento, ascendimos otra vez, de regreso, a la carretera asfaltada que nos hacía pasar entre el Chachani y el
Misti, al borde de la quebrada impresionante y luego al
lugar que nos había servido de observatorio para examinar cuán extendida se encontraba la ciudad del presente,
cuán hermosa y apacible se miraba desde aquí, adonde
no llegaban sus rumores y donde ahora sí, el viento frío
384

El hombre que se fue

nos chicoteaba el rostro.
Almorzamos en la casita de Characato, porque
el camanejo insistió en que yo los he sacado de aquí y
debo traerlos de regreso. Todos teníamos sed, quizá por
el enorme adobo de la mañana que acompañamos con
abundante pan, ahora sí es el momento de una refrescante cerveza, dije y saqué una botella de la heladera,
Eudora suspiró, ah, qué bien me ha caído, dijo, estábamos sentados en el poyo adosado a la pared de la casita
frente al patiecito enladrillado, mirando el paisaje que se
extendía al frente, el muro de piedras, a cien metros de
distancia, Eudora se fue a la cocina y freía carne, cebolla
y papas, preparó un almuerzo ligero. Mientras tanto nos
fuimos con el camanejo hasta el borde del estanque para
meternos en el paisaje que nos gustaba, el espejo de agua
reflejaba el azul del cielo de las tres de la tarde, sin una
nube, limpio en todos los rincones del horizonte, noté que
cojeaba ligeramente, tienes algo en la pierna, le dije, sí,
un dolorcito sin importancia, respondió, probablemente
una consecuencia de los golpes, comenté con inflexión
de pregunta, es probable, dijo, pero no me molesta, solo
es un dolor pasajero, caminamos hasta el borde del río,
nos detuvimos ante el viejo sauce donde habíamos estado con Eudora semanas atrás mientras escuchábamos el
rumor del río, creo que voy a decirle a Rubí que la amo,
dijo repentinamente, hundía su mirada en el trozo de río
que teníamos al frente y yo volví el rostro hacia él, vi su
perfil y me pareció la imagen más triste que de él había
visto alguna vez, me enternecí, una kukuli emitía su canto de garganta obstruida desde algún árbol llamando a
su pareja o arrullando a sus polluelos, no supe qué decir
en el primer momento, no supe cómo reaccionar, hubo
un silencio espeso que ninguno de los dos se atrevía o
385

Luis Eduardo Podestá

sabía romper, escuchamos unos pajarillos que se perseguían y piaban cuando entraban y salían de entre las
copas de los árboles, probablemente efectuaban un rito
de amor o buscaban juntos pajitas para su nido, como
había visto hacer a otras parejas de aves en el campo, es
una magnífica mujer, dije después de un siglo y según he
observado se desvive por ti, creo que ella también te ama
pero su condición de mujer la hace callar, sí, admitió, es
posible, y no apartaba la mirada de las aguas cristalinas
que saltaban entre las piedras pulidas del río, yo miré la
otra orilla, escarpada, en cuyos bordes, a unos cinco o
seis metros sobre la superficie del agua, crecían sauces
y eucaliptos que ocultaban parcialmente el cono nevado
del Misti, di la vuelta, lo abracé, es una linda mujer, es
una buena mujer, repetí, nos abrazamos un largo instante, volvamos, dijo, ya debe estar lista la comida, sí, le dije,
volvamos, y mientras regresábamos los silencios se hicieron más frecuentes, yo no quería perturbarlo, si callaba
quería respetar su silencio, hasta que al llegar a la orilla
del estanque y a la vista de la casita de ladrillo, me dijo te
rogaría que no se lo dijeras a nadie, ni siquiera a Eudora,
por favor, por lo menos hasta cuando todo sea una realidad o no lo sea, no quisiera que todo terminara en una
frustración y que otras personas que no fuéramos tú y yo
lo supieran, porque no deseo un rechazo, no te rechazará,
le dije, estoy seguro, completamente seguro, afirmé con
mucha convicción, de todos modo, rogó, mientras no me
diga sí, no quisiera que lo sepa nadie, perdóname que te
pida que te obligues a callar, a que no se lo digas a Eudora con quien sé que compartes todo y ante quien siempre
abres tu corazón, pero solo será por un par de días, luego
te liberaré de tu silencio y pase lo que pase se lo podrás
contar a Eudora, está bien dije y qué buen aroma, gritó
386

El hombre que se fue

cambiando completamente de actitud al percibir el olor
a carne asada que venía de la cocina, eso le hace hervir el
apetito a cualquiera, añadió cuando vio que Eudora estaba en el patiecito enladrillado y arreglaba unos cubiertos
en la mesa.
Nos dejó después de comer y beber unas cervezas y esa noche, cuando mirábamos la Cruz del Sur me
dije que no podía permitir que Rubí le dijera no y estaba
dispuesto a hacer todo lo posible para que el camanejo
fuera feliz y Eudora, amor, le dije suavemente, te voy a
decir algo que me comprometí a callar, y Eudora se quedó tensa, esperaba, tenía los ojos fijos en el firmamento
que nos mostraba todas sus estrellas y un trozo de la gasa
cubierta de lentejuelas de la Vía Láctea, está enamorado
de Rubí y se atreverá a decírselo entre mañana o pasado
y si ella le dice no, sufrirá mucho, nunca lo he visto tan
sensible como en los últimos días cuando han aumentado sus sufrimientos, cuando está a punto de perder la
confianza en los hombres y en la humanidad entera, si
Rubí lo rechaza no lo soportará, perderá lo poco de la fe
que le queda en los seres humanos, no, contestó Eudora,
no le dirá no, tengo que hablarle antes que él se lo diga,
vamos a su casa, en la camioneta llegaremos en un ratito, hablaré con ella, no la obligaré pero debemos saber si
siente algo por él, y si no es así, haremos todo lo posible
para que no lo vuelva a ver ni él tenga la oportunidad de
encontrarla, ella comprenderá que es preferible que todo
quede como está en lugar de que exista una desilusión,
estoy segura de que comprenderá, abordamos la camioneta, y antes de salir soltamos a los perros y les dimos los
restos de la comida, ladraron a las llantas mientras nos
387

Luis Eduardo Podestá

alejábamos, dejamos encendida la luz del foco sobre el
patiecito enladrillado, hablamos sobre el tema, le dimos
mil vueltas, qué tal si lo encontramos hoy en la casa de
Rubí hablándole, qué tal si Rubí no reacciona como esperamos, es mejor que le hable sola, dijo Eudora, no, le dije
sospechará algo extraño si te ve que has ido sola a hablarle, es mejor que así sea, replicó y al final admití que era
mejor que las dos mujeres hablaran y confío enteramente
en tu tacto y en tu poder de convencimiento, te convencí
a ti, me dijo y me acarició el rostro como una breve despedida cuando llegamos ante la puerta de la tiendecita que
Rubí manejaba y grité hola Rubí, te la encargo un rato
mientras voy a cumplir una diligencia periodística, Rubí
me saludó desde detrás del mostrador, Eudora descendió y cuando llegó a la puerta ya Rubí estaba a su lado, se
besaban como dos hermanas, no te preocupes, la cuidaré
muy bien, me dijo también a gritos y miré la hora y me
fui en el carro a dar vueltas por entre las sombras y luces
de Selva Alegre, estacioné en uno de los senderos cerca
del acantilado que baja hasta el río y me acerqué a la barda de troncos que marcaba el límite del parque, para ver
allá, las luces de Yanahuara y de los barrios más alejados
que titilaba como otro firmamento cercano y allí, en un
lugar entre las sombras estaba mi hermano, el camanejo
Abelardo Machuca Mestas, velando las armas para decirle mañana a su dama que la amaba y que quería compartir su vida con ella y no sabía qué pasaría, pero pasara
lo que pasara, yo lo sabía, era posible que el camanejo no
volviera a ser el mismo, las torturas de tantos días quizá no fueran capaces de cambiarlo como un golpe de la
mujer que quería y pensaba que probablemente lo abandonaría todo como estaba, total, había ya cumplido una
obra que comenzaba a marchar sola, había encendido
388

El hombre que se fue

una luz en los corazones de hombres y mujeres que no
se sabían antes capaces de hacer lo que hoy hacían y me
dije que si continuaba trabajando en esa forma, la transformación de otros muchos hombres y mujeres sería una
realidad y escuché que los rumores de la ciudad bajaban
en gradiente hasta que el silencio se mezclaba con ellos
en una lucha en que al final, con la marcha de las horas,
ganaría el silencio, me dio frío aunque estaba abrigado
con aquella gruesa casaca forrada interiormente con lana
de cordero que compré en Juliaca, di una última mirada
a la hondonada por donde, abajo, el río discurría con un
rumor que cada vez se hacía más preciso conforme los
ruidos de la ciudad se iban esfumando.
Las encontré sentadas en la vereda frente a la tienda, la luz de un fluorescente les rociaba la espalda y les
ponía brillo en los cabellos, descendí, ya estoy de regreso, muchachas, saludé, besé en el rostro a Rubí y Eudora
vino a mi lado para abrazarme y después del beso, Rubí
me miró directamente al rostro si lo amo como nunca
amé a nadie, dijo y mis ojos se humedecieron, disimulé
mirando hacia el fondo de la calle, si esperaba que un
día me lo dijera, si cada día rezaba para que nadie me lo
quitara y sufrí como si fuera parte de mí misma cuando
estuvo detenido, sonreímos, nos abrazamos los tres, tómense algo, qué descuidada soy, me han traído la mejor
noticia de mi vida y no les invito nada, dijo mientras las
lágrimas le rodaban por el rostro, nos acercamos al mostrador, abrió una botella de gaseosa, chocamos los vasos
y bebimos mirándonos a los ojos, sonrientes, dichosos, y
poco después Rubí, tienes que prometernos que él nunca sabrá de esta visita ni de lo que hablamos porque es
capaz de pegarme un balazo, te lo juro, dijo ella y poco
después nos despedimos como hermanos, y Eudora y
389

Luis Eduardo Podestá

yo nos llevábamos una sensación de paz y tranquilidad
como quizá pocas veces habíamos sentido ante la felicidad ajena.
Temprano, cuando el concierto de gallos anunció
las seis de la mañana, abrí los ojos, extendí un brazo y
Eudora no estaba en su mitad de la cama, me levanté al
escuchar un ruido apagado en la cocina, ella estaba vigilando que el agua hirviera y se pasaran unos huevos,
oh, se desilusionó, quería llevarte el desayuno a la cama
en tu primer día de trabajo, ve a acostarte de inmediato,
me ordenó, aún es temprano para levantarse, y obedecí.
Ella vino con una bandeja, huevos pasados, pan del día
anterior calentado en una sartén, rodajas de queso seco
que nos gustaba tanto, y dos tazas de café humeante, yo
también me acostaré hasta las siete, dijo y mientras yo
sostenía la bandeja, se acostó a mi lado, desayunamos
hablando de muchas cosas, pero sobre todo de nuestra
incursión a la casa de Rubí la noche anterior.
–Yo también tengo que reintegrarme a mis ocupaciones junto a mi patrono –dijo Eudora cuando me
dejó en la puerta del periódico, a las diez de la mañana
y anunció que se iba a la casa de Yanahuara a ponerse
nuevamente a las órdenes del camanejo.
Me recibieron con una salva de aplausos y gritos de entusiasmo cuando ingresé en la redacción, mis
colegas me saludaron cariñosos uno a uno y luego me
entretuve leyendo el archivo del último mes y repasaba
los titulares porque me dije, no tendría tiempo de leer
todo. Manuel Rodríguez Velásquez, quien escribía con el
seudónimo de Marove y Toribio Cuba Valdivia, se acercaron y me dijeron te daremos la bienvenida con unas
cuantas salchichas donde el Ñato Gómez, me invitaron
y a las once y media estábamos ante una mesa con dos
390

El hombre que se fue

botellas de cerveza, un enorme plato de salchichas y mucho pan, te agradará este desayuno alemán, dijo Marove,
si supieras, respondí, que a las seis de la mañana Eudora
me trajo el desayuno a la cama, se rieron, nunca me he
sentido tan bien tratado, les dije, cómo está ella, preguntó
Toribio Cuba, mejor que ninguno de nosotros, le respondí, me contaron episodios de lo que había ocurrido en mi
ausencia de casi un mes, me preguntaron qué tal me fue
en mi viaje de bodas y tuve que contarles lo ocurrido en
la carretera y anuncié que aunque la noticia ya fue publicada con la debida actualidad, escribiría una información acerca de eso, en primera persona y bajo mi firma,
y así lo hice y al día siguiente apareció un resumen de la
información en la primera página que enviaba al lector
a páginas interiores donde en un informe exclusivo relataba todo lo ocurrido en la carretera, con detalles de los
asesinatos de once personas, la violación de las mujeres
y la muerte de dos de ellas que defendieron su cuerpo, la
destrucción del ómnibus con cargas de dinamita, nuestra caminata de tres horas cargados con lo que pudimos
salvar de nuestros equipajes, que en nuestros casos no
eran muchos, del interrogatorio por la policía al llegar al
Cusco, y les conté de la forma en que nosotros nos salvamos quizá porque el jefe de aquel grupo de terroristas
era mi antiguo conocido, un campesino que reclamaba
por los derechos de su comunidad y a quien tuve el gesto
de invitar un almuerzo por lo demás muy modesto, hacía
tantos años. Ellos también recordaban el episodio porque
me vieron cuando salía en dirección al restaurante con
los campesinos y se asombraron de las coincidencias que
la vida puede brindarnos y les dije para aligerar un poco
la conversación que asumía tonos grises que si no hubiera mediado aquella venturosa casualidad, tal vez ellos
391

Luis Eduardo Podestá

iban a estar comiendo salchichas y conversando en este
momento con un cadáver, les conté de nuestros paseos
por el Cusco, Machupicchu, el valle de Urubamba donde
crecen los choclos más hermosos y sabrosos del mundo
entero, conversamos de muchas cosas, Manuel preguntó
cómo le va al matrimonio cuyos miembros tienen buena
diferencia de edades, y estaba preocupado de si ambos
pudieran esperar una felicidad duradera, les dije que
desde mi boda y quizá desde antes, me había convencido
de que los matrimonios de hombres maduros con mujeres jóvenes, no necesariamente estaba hablando del mío,
eran intensamente más felices aunque no fueran duraderos porque el hombre que doblaba en edad a su mujer
debía necesariamente morir antes, pero dejaba un recuerdo imborrable en ella, una mujer joven, cuyos orgasmos
son más frecuentes que las eyaculaciones de un hombre
maduro y consecuentemente el acto tiene una duración
extraordinaria lo cual significa que ambos disfrutan del
amor más tiempo y con mayor entrega, me escuchaban
muy atentos, y esta será la última vez que hable de estos temas porque después solo estaré hablando de mi esposa a quien prometo solemnemente ser fiel hasta que
la muerte nos separe, levanté la mano derecha como en
un juramento, reímos, y no será elegante, por lo demás,
contar lo que ocurra entre una pareja por más feliz que
sea, Toribio Cuba preguntó si ella trabajaba y respondí
que sí, que desde hoy había reanudado sus ocupaciones,
aunque no tiene necesidad de trabajar, pero como toda
mujer moderna piensa que el trabajo le da independencia
no solo frente al marido, sino frente a todas sus pequeñas
o extravagantes necesidades, le sería muy fácil pedir o
sacar dinero de donde lo tenemos, pero prefiere actuar
sin hacer consultas ni pedir consejos, así es, y ella podría
392

El hombre que se fue

estar vigilando nuestra chacrita, pienso que yo tampoco
tendría que trabajar porque mis liebres, mis sembríos de
alfalfa, los frutales no nos dan una fortuna pero pagan
los insumos, el sueldo de nuestro administrador Venancio Guillén, quien se ocupa de todo, Eudora recibe sus
informes, y yo quisiera dedicarme a escribir lo que he
planeado año tras año y que siempre postergo hasta mis
vacaciones, y añadí si dejo de trabajar ya no tendré pretextos para no hacerlo, pero esa actividad me tiene ocupado adecuadamente, y por primera vez en mi vida, a pesar
del aumento de mis gastos y necesidades, no pasamos
estrecheces y eso afecta mi capacidad de escribir, creo
que cuando tenía hambre y me metía a la soledad de mi
cuartito de la plaza de San Antonio, tenía más voluntad y
vocación para escribir, ahora solo dedico unas pocas horas a esa tarea, mi mujer me compró una computadora,
les conté, ese fue su regalo de bodas para mí y tú qué le
regalaste, interrumpió Marove, un viaje de bodas inolvidable, respondí, sí, asintió, es una magnífica administradora, proseguí, no le interesa que un día gastemos más
de lo necesario, porque al día siguiente hace reajustes y
utiliza la comida sobrante, es una magnífica mujer, y les
conté que mientras yo estaba aquí, comiendo salchichas
y bebiendo cerveza, ella estaba trabajando con el equipo
que el camanejo Abelardo Machuca había formado para
la constitución de sus empresas familiares, las que, dicho
sea de paso, están marchando con un éxito que hubiera
sido difícil esperar, debido a que sus integrantes antes de
entrar en contacto con el camanejo, no sabían ni cómo era
un libro de contabilidad ni eran capaces de definir qué
era una empresa, una asociación o una alianza política,
como ciertos periodistas, reímos nuevamente y pasamos
un par de horas muy agradables.
393

Luis Eduardo Podestá

Marove no tenía mucha confianza en la sinceridad
de los actos del camanejo y opinó que quizá esas actividades de benefactor le brindaban un biombo para otras
menos claras pero tan blancas como la pasta básica, yo lo
conozco desde el colegio y sé que tiene vicios, lo defendí,
pero ninguno de ellos se vincula con la droga, ni como
consumidor ni como traficante, acentué, y él insistió en
que una linda chica, Rubí creo que se llama, recorrió los
periódicos, las televisoras y las radios para denunciar
que había sido secuestrado por la policía porque durante tres semanas no se supo nada de él y los clubes de
madres se hallaban desesperados por la suerte del fundador de sus empresas que marchaban tan bien que nos
invitaban a visitarlas en tales direcciones de Socabaya,
Mariano Melgar y Sabandía, y que había recorrido con
otras empleadas del detenido todas las dependencias policiales, de las fuerzas armadas y todos les decían que no
sabían nada, pero creo que ningún medio de comunicación le hizo caso, salvo nosotros que iniciamos una investigación muy discreta porque el director dijo que el caso
estaba rodeado de mal sabor y no podíamos arriesgarnos
a defender a un presunto traficante de cocaína, y todo
volvió al silencio inicial, moví la cabeza con desconsuelo, ustedes no saben todo lo que le hicieron para hacerlo
confesar algo que no había hecho y todo fue una conspiración quizá montada por los mismos policías porque su
detención y su desaparición tuvieron ribetes muy extraños, me contaron que Gustavo Salas estuvo encargado de
averiguar qué pasaba con Abelardo Machuca pero que
la policía le había sacado a relucir la ley según la cual
los sospechosos por tráfico de drogas y por terrorismo
pueden estar hasta quince días sometidos a investigación
reservada, y tampoco hubo intervención del poder judi394

El hombre que se fue

cial, dije y ni siquiera les permitieron a sus abogados una
entrevista para que asumieran su defensa y lo tuvieron
secuestrado y torturado y esa es la verdad, y el director
dijo, añadió Marove, que era mejor olvidar el asunto, por
lo menos hasta cuando existiera la más completa seguridad de que no se trataba de un caso de drogas, y moví
la cabeza con desaliento, estamos llenos de cobardía,
de miedo, comenté y cuando dimos cuenta del plato de
salchichas y bebimos cuatro cervezas regresamos, seguí
dedicado a mirar los titulares del archivo y leí en una página policial de no sé qué día encuentran muerto a tiros a
un desconocido, y no sé por qué esa información ejerció
una singular atracción que atribuí al recuerdo que tenía
grabado en el subconsciente de aquel episodio de la carretera al Cusco y leí que en un lugar de la avenida Jesús,
habitualmente solitario a orillas de la pista, junto a montones de basura, fue encontrado el cadáver de un hombre
de unos veinticinco años, a quien le habían hecho tantos
disparos en el rostro que nunca podría ser identificado,
no se encontró ningún documento en sus bolsillos, le habían quemado las yemas de los dedos para destruir sus
huellas dactilares y le habían cortado los pies con el mismo aparente fin de no permitir su identificación y según
la policía fue un ajuste de cuentas entre terroristas porque así trataban a sus cadáveres con el fin de evitar su
identificación después de las batallas con las fuerzas del
orden en zonas rojas que el gobierno trataba de pacificar
y yo estuve de acuerdo, o quizá sea una víctima de una
guerra entre bandas de narcotraficantes. Se acercó Gustavo Salas a saludarme, comenté qué caso tan maldito,
asintió, regresaba de sus fuentes policiales y se aprestaba a escribir lo que había conseguido y comentó que las
autoridades buscaban el lugar en que habrían sido co395

16

El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

metidos el asesinato y las mutilaciones y con un tono de
escepticismo me dijo así actúan los narcotraficantes, los
terrucos... y algunos policías.
Lo miré, recordé lo ocurrido con el camanejo en
una dependencia policial y la indiferencia que antes tuve
acerca de aquella muerte tan cruel y retorcida desapareció para sumergirme en un mar de dudas y desconfianza.

S

acamos del ropero nuestros trajes de baño y
nos desafiamos a una carrera hasta el estanque. Habíamos
desayunado temprano, como si nos preparáramos para ir al
trabajo, Eudora me dijo mientras saboreábamos paltas con sal,
pan y té, que le había pedido al camanejo que le permitiera
descansar los días jueves también a ella, a fin de quedarse en
la casa conmigo ya que sábados y domingos tenía que trabajar
con el equipo en las actividades de las empresas familiares y
me dijo sí, estuvo de acuerdo, me dijo que de todas maneras a
todo el equipo le debía un día de descanso porque la ley dice
que todos deben descansar dos días a la semana y el hecho de
que solo tengamos un día libre no significa que el otro deba
perderse y le dio instrucciones a Ruth y Fredes para que hicieran cuentas de modo que se pagaran los días de descanso
que hubiera trabajado cada quien, así que, me miró con una
sonrisa amplia, tendré una gratificación extraordinaria den-

396

397

Luis Eduardo Podestá

tro de unos días cuando terminen de hacer las cuentas, tendré
mucho dinero, porque el camanejo ordenó que se pagaran los
días trabajados desde cuando comenzó a formarse el equipo,
hace como ocho meses, amor, le pregunté en qué íbamos a
invertir ese dinero, primero, respondió, vamos a comprarle un
regalo para nuestro ahijadito, segundo tenemos que preparar
nuestra navidad, habíamos entrado ya en diciembre y los días
se volvían cada vez más calurosos, y tercero, terminaremos de
pagar la computadora, nos harán un descuento si en lugar de
pagarla en doce meses la pagamos en tres, ¿no te parece?, me
parece muy bien, le dije y qué calor dijo, en un par de horas,
cuando terminemos de hacer nuestras cosas, nos iremos a dar
un chapuzón al estanque, ¿de acuerdo?, pidió acariciándome
la cara, de acuerdo le dije y después de terminar el desayuno, ella se ocupó en limpiar y arreglar la casa y yo me fui a
la computadora a escribir algo, pero más me ocupé de leer
lo que tenía en el archivo, miraba de vez en cuando por la
ventana el paisaje iluminado por el sol que se extendía hasta
las montañas, me daban ganas de decirle Eudora vamos a pasear por la chacra, pero me contuve porque, pensé, debemos
disciplinarnos un poco y cumplir nuestras obligaciones en la
casa, pero me resultó pesado esperar esas dos horas, cambié
casetes de música porque una vez dijimos que los días de descanso debían serlo y no debíamos leer periódicos ni escuchar
la radio, de modo que nos dedicábamos a escuchar música,
ella bailaba y cantaba mientras tendía la cama o pasaba la escoba por el piso, mientras sacudía las cortinas de las ventanas
o limpiaba la mesa, luego salía a cortar alfalfa para alimentar
a los conejos, le reprochaba en broma que el día jueves hacía
ayunar a los conejos hasta las diez de la mañana mientras los
demás días cumplía esa tarea muy temprano, antes de irnos
a trabajar, me respondió que un día se iba a rebelar y a exigir
que el hombre de la casa se ocupara de eso y no solo fuera
en la camioneta hasta la plaza de Characato a comprar el pan
y los periódicos que ni siquiera leía, ya que, como habíamos
liberado de esa obligación a Venancio en vista de sus nuevas

398

El hombre que se fue

ocupaciones con el hijo que tenía, no nos gustaba comprar
pan el día anterior para consumirlo frío o recalentado al día siguiente, sino crocante y caliente y yo aprovechaba aquel paseo
para traer algunas frutas, unas rodajas de jamón o mortadela,
remplazar botellas vacías de cerveza por llenas porque nunca
sabía en qué momento iba a tener visitantes, el camanejo era
uno de los más frecuentes, a quienes había que invitar una
cerveza acompañada por trocitos de jamón, aceitunas o queso,
que Eudora preparaba con mano experta como para un piqueo
de lujo, la elogiaba cada vez que eso ocurría, y cuando pasaron
las dos horas vino por la espalda, silenciosa, me cubrió los ojos
con las manos y preguntó quién soy y yo le respondí la mujer
más linda del mundo con la que voy a hacer una carrera hasta
el estanque y si se deja ganar la arrojaré sin miramientos al
agua, reíamos, jugábamos, me contaba todo lo que ocurría en
el equipo, que el camanejo comentó sorprendido la aparición
del informe sobre el incidente con los terroristas en la puna,
este hombre no tiene remedio, comentó, qué necesidad tenía
de escribirlo, si estaba en viaje de bodas, si estaba en días de
descanso, me contó Eudora, debes corregir a tu marido, vigilarlo, recomendarle que debe poner cada cosa en su sitio y que
no debe arriesgarse innecesariamente en estos tiempos tan difíciles, yo le respondí, añadió Eudora, que tú siempre me dices que ese es tu trabajo y realmente nunca estás de descanso
y nunca lo estarás, le dije que eso es porque tu cerebro está
ajustado para esa tarea y aunque lo quiera mucho, aunque
te ame hasta la exageración, no puedo pedirte que soslayes
tu trabajo que es también tu forma de ser y por eso te amo y
por eso no quiero que cambies aunque existan riesgos, le dije
que yo te conocí periodista y te amé periodista y la besé, eres
muy comprensiva, susurré y le dije que yo también pensé en
qué medida podría modificar mi vida para que nada pudiera
amenazarnos y tú me dices que no debe cambiar nada en mi
trabajo, te amo, le dije, nos pusimos las ropas de baño y corrimos hasta el estanque y yo comprendí que ambos medíamos
nuestra velocidad para que ninguno ganara y llegamos juntos

399

Luis Eduardo Podestá

al borde, estiramos nuestras toallas sobre el pasto y nos echamos frente a frente para mirarnos las caras y asolearnos hasta
que llegara la hora de lanzarnos al agua fresca que ondulaba
con la brisa y reflejaba plenamente el intenso azul del cielo
que en esos días nos amparaba con toda la bondad que solo el
universo inmenso es capaz de dar a quienes se aman.
–Me gustó cómo resultó lo de Abelardo y Rubí –sonrió
Eudora mirándome a los ojos.
–A mí también –murmuré–, estoy seguro de que serán
muy felices.
Cerró los ojos como arrobada, comenzó a hablar de
lo que ya me había contado cuando un martes me traía del
periódico, pero me gustaba escuchar su voz suave como si
siempre estuviera hablando para sí misma, y ver los gestos
de sus labios que causaban de cuando en cuando un reflejo en
los hoyuelos de niña que tenía en las mejillas, me llenaba de
ternura, me conmovía y me arrancaba ganas irrefrenables de
acariciarlos, lo hacía, y parecía que su voz rozaba mis manos
que acariciaban con suavidad el terciopelo de su piel, estaban
frente a frente en la glorieta, no sé qué se dijeron ni qué hicieron para apartarse de todos quienes estábamos allí, y solo
yo que estaba en el secreto, no los perdía de vista para ver
cómo terminaba ese encuentro, me ubiqué fuera de su vista,
me incliné para contar bolsitas de plástico, aunque no tenía
necesidad de hacerlo, sabía que en cada paquete había quinientas bolsitas, solo lo hacía para no perderlos de vista y él
miraba disimuladamente hacia donde yo estaba y finalmente
creyó, creyeron, que estaban fuera de mi vista, creo que es más
propio decir que él creyó, porque Rubí estaba toda colorada y
sentía que yo estaba asistiendo a todo desde lejos, y él vacilaba
y vacilaba, miraba los árboles, las hojas de la parra y creo que
hubiera querido irse al centro de la huerta y entonces Rubí
señaló algo en la copa de un árbol, él fijó la atención allí, se
movió hacia adelante como para mirar mejor, dio una mirada
a su alrededor para comprobar, digo, que nadie estaba por los
alrededores y yo estaba oculta detrás de la puerta del estudio,

400

El hombre que se fue

y como si se hubieran puesto repentinamente de acuerdo se
metieron en la huerta y desaparecieron de mi vista, traidora,
pensé de Rubí, ella debía haberse quedado donde estaba para
que yo no me perdiera ningún detalle de la escena y en eso estaba, pensaba si en esos instantes el camanejo le estaría diciendo que la amaba o si la invitaba a salir esta noche o si... tantas
cosas me pasaban por la cabeza, pero estaba segura de que
por la actitud de Rubí, él ya estaba seguro de que no ocurriría
ningún rechazo y de que las cosas iban a terminar como él... y
como Rubí querían.
Me senté ante el escritorio que han puesto en la salita
de espera y donde Fredes suele ubicarse para hacer sus cálculos en la computadora y me puse a manipular la máquina,
veía las cifras luminosas de lo que estaba bajo el rubro de donaciones tantos sacos de azúcar en tal fecha procedencia Chucarapi, tantos sacos de arroz procedencia La Pampa, Camaná,
destinatario, comedor número uno calle tal Mariano Melgar y
en eso sentí pasos, apresurados, alargué el cuello, el camanejo
la llevaba de la mano a largos trancos y ella parecía que volaba, que no podía ajustarse al paso del hombre que la arrastraba de la mano, Eudora, me dijo atropelladamente, como si
quisiera evitar un previsible tartamudeo en la voz, Eudora,
repitió, me hice la sorprendida cuando entraron los dos en la
salita donde están el escritorio y la computadora, sí, Abelardo,
respondí poniéndome de pie y él coloradote y ella coloradota
pero sonriente, como una niña a la que están llevando al cine o
a comprarle un chocolate, con los ojos brillantes, Eudora, por
tercera vez, hoy desaparezco de la circulación, ¿qué?, respondí
sorprendida, ¿qué?, ¿por qué?, ¿qué ha pasado?, nada, nada
malo, al contrario, hoy desaparezco de la circulación y Rubí
también, ¿te das cuenta?, ahhh, dije como si estuviera dispuesta a taparles un pecado, comprendo, nos vamos a cualquier
sitio, el camanejo estaba sonriente, dichosísimo y a ella, Rubí,
con el rostro encendido, sonriente, se la notaba dichosísima,
parecía no mirar nada ni sentir nada, parecía flotar, agarrada
de la enorme mano del camanejo, nos vamos, desaparecere-

401

Luis Eduardo Podestá

mos por todo el día, si alguien pregunta no sabes nada, está
bien, patrón, respondí medio con sorna medio con seriedad,
está bien, no te burles, Eudora, nos vamos y chau, se dio la
vuelta y ella desde la puerta me hizo un guiño y un adiós agitando la mano que parecía sonreír también llena de felicidad,
los seguí hasta el zaguán y un minuto después escuché el motor del carro plateado, se fueron, sonreí y ella abrió los ojos,
qué lindo, ¿no?, ver que dos personas que se aman se junten
para ser felices.
Cuando sentimos que el sol nos ardía en las espaldas,
nos pusimos de acuerdo, una competencia ida y vuelta a todo
lo largo del estanque, aceptó y nos lanzamos al agua helada,
nadamos hasta el otro extremo, ella era muy buena nadadora, al regresar me sacó ventaja, llegó hasta el borde de donde
habíamos saltado mientras yo estaba en la mitad y ella dio la
vuelta como para alcanzarme, llegó hasta mí, me abrazó y me
besó súbitamente enternecida, yo también la besé en la boca,
porque estaba acostumbrado a sus arranques de ternura como
este y siempre me encontraba preparado para besarla, acariciarla, juntar mi cuerpo al suyo, apretar mis manos contra sus
glúteos y atraerla hacia mí, pero esta vez me dijo, sofocada
por el esfuerzo de la natación, tienes que cuidarme, estábamos de pie en el centro del estanque, sobre el piso de piedras
resbaladizas por el musgo que crecía sobre ellas y que a veces
se soltaba y salía hasta la superficie y navegaba a favor de la
brisa hasta formar en los bordes una costra flotante que era
necesario limpiar periódicamente, y la miraba sin entender al
comienzo el sentido de sus palabras, pensé que me pedía que
la cuidara porque estaba agitada y le puse una mano sobre el
pecho para aplacar los latidos acelerados de tu corazón, dije y
ella sonrió me acarició el rostro con las dos manos, me miró a
los ojos y tienes que cuidarnos, repitió silenciosamente como
si quisiera que el secreto quedara únicamente entre los dos y
entonces comprendí y fui bajando la mano que tenía en su pecho hasta posarla sobre el vientre, no supe qué decir ni cómo
reaccionar, está aquí, pregunté en un susurro, sí, me dijo, está

402

El hombre que se fue

aquí y puso sus manos sobre las mías, amor, dije conmovido
y la besé, nos besamos largamente en medio de aquel silencio
en que sonaban todas las campanas de todas las fiestas y el
agua que nos rodeaba era un mundo suave y nuevo en que
nos quedábamos ondulantes como si estuviéramos haciendo
el amor, como ese mundo nuevo de suave oscuridad en que
había comenzado a navegar nuestro hijo en su propia vida,
no escuchábamos nada sino nuestros dos propios corazones
latir agitadamente bajo el cielo límpido donde ninguna nube
se movía, está aquí, repetí, y aún no siento su corazón pero
sé que ya está latiendo, cuántos días, amor, hace cuántos días
que está latiendo su corazón, hace doce días, pero no te dejaré
de amar, él no te quitará mi cariño, te amo más porque has
puesto en mí una nueva vida, tienes que cuidarnos, lo amo
inmensamente como te amo a ti, pero no te quitará mi cariño,
tú tienes tanto amor en ti misma, serás capaz de desdoblar
tu amor entre los dos y yo sabré amarlos a los dos sin que el
amor que siento por ti deje de ser el mismo de hoy, sonrió dulcemente, me alisó el cabello desordenado, salimos caminando
por la escalerita de piedra de la esquina este del estanque, por
donde Venancio entraba cada veinte o treinta días para limpiarlo del musgo y de las plantas acuáticas que crecían en sus
orillas, la ayudé a subir los escalones, tengo que cuidar cada
uno de tus pasos, murmuré como si tuviera miedo de quebrar
el fin de esta mañana de cristal que hacía brillar el mundo en
todas las hojas de los árboles y en el concierto que recién escuchábamos de mil pájaros ocultos entre las ramas donde habían
construido sus nidos, le sequé la espalda y el largo cabello y
nos echamos nuevamente sobre las toallas para que el sol y
el viento suave que venía de la montaña donde descansaba
el atlante milenario, acariciara nuestros cuerpos, solo nos mirábamos, no quisimos hablar, solo nos acariciábamos las manos, en silencio, y solo permitimos que los cantos de las aves
se difundieran en el espacio, mientas nosotros, carne y hueso,
nos sentíamos elevados a una nueva dimensión del universo
por haber creado una vida, por haberla construido juntos y

403

Luis Eduardo Podestá

después de mucho tiempo, tanto que el sol volvió a calentarnos y el viento volvió a acariciarnos, Eudora fue la primera
en hablar tan suavemente que el tiempo no se movió, otra vez
siento calor y nos lanzamos nuevamente al agua y nadamos
cadenciosamente, pausadamente, sin entrar en competencias,
llegamos a la otra orilla, volvimos con el mismo ritmo, repetimos los pasos en la escalerita de piedras, nos abrigamos con
las toallas y nos fuimos descalzos hasta la casita, abrazados,
sintiendo en el fondo de nosotros mismos la plena convicción
que hoy día Dios había estado a nuestro lado.
Desde lejos escuchamos los bocinazos del coche plateado que dio la vuelta en la carretera, yo me puse de pie en mi
sitio ante la computadora donde escribía y vi la nube de polvo
que rodeaba el coche al entrar en la zona de tierra árida entre
el muro de piedras y la casita, y a través de ella pude ver que
en el interior había dos personas, Rubí, pensé, grité a Eudora
que estaba en la cocina haciendo el almuerzo, prepara comida
para cuatro, tenemos visitantes, ya los escuché, respondió y
apareció a mi lado para ver al camanejo que descendía por
una puerta y a Rubí que bajaba por la otra, salimos al patiecito
enladrillado sobre el cual el sol ponía una reja de sombras y mi
novia, saludó el camanejo mientras abría los brazos y se acercaba para abrazarnos, Rubí se abrazó largamente con Eudora
y el camanejo no me soltaba como si se aferrara a un tronco
que fuera lo único que tenía en el mundo y luego besó a Eudora en la mejilla, y Rubí se me acercaba, me besaba y me abrazaba, oh, Dios mío, qué feliz soy, dijo quedamente en mi oído,
felicidades dije en alta voz, por la cara que traen parecen salir
de una luna de miel, Rubí se puso colorada, no, no, comenzó a
decir y el camanejo se fue a la cocina y trajo vasos y una jarra
con agua fresca, de una bolsa sacó una botella de whisky, la
destapó ahora vamos a tomar los cuatro, dijo, sí, intervino Eudora, nosotros también tenemos algo que contarles, pero calló
y me miró como quien espera una autorización, previo trago,

404

El hombre que se fue

interrumpió el camanejo, chocamos los vasos, los cuatro vasos
uno tras otro, éramos las dos parejas más felices del mundo,
me estremecí y pensé rápidamente en este lugar y en estas personas, en todo lo que me rodeaba y me convencí de que eran
ciertamente tiempos felices, tenía una esposa que me amaba y
que yo amaba, iba a tener un hijo a quien los dos ya amábamos
con todas nuestras fuerzas, teníamos amigos, como estos que
estaban frente a nosotros a quienes amábamos y que nos amaban a nosotros, nunca habíamos hecho daño a nadie y pensé
que nadie iba a hacernos daño a nosotros y entonces Eudora,
un segundo de silencio por favor que voy a anunciar lo más
lindo que ha ocurrido en mi vida, callamos, la miré y ella me
miró, coqueta, construyendo los hoyuelos de su mejilla que
acompañaban su sonrisa, miró a todos que quedaron silenciosos, no es para anunciar nada trágico sino todo lo contrario,
hizo un silencio y luego, cuando estuvo convencida de que
hubo conquistado la expectativa de sus oyentes va–mos–a–te–
ner–un–hi–jo, silabeó, no pude contenerme y la besé y luego,
antes de que ella pudiera continuar, el camanejo alzó la voz
y no-so-tros-va–mos–a–ca–sar–nos imitó el tono de Eudora y
besó en la boca a Rubí que respondió con un hermoso beso,
y todos nos miramos, y arrancamos a reír estrepitosamente,
chocamos los vasos y yo bebí de un solo, largo, lento sorbo
todo el contenido del vaso, y mientras lo hacía me decía que
esta felicidad estaba reservada solo a los seres que siempre habían estado sumergidos en la bondad, que no sabían nada de
la vida ni de las trampas que el tiempo reserva a quienes sí hemos vivido la vida por todos sus rincones, que quizá no tenemos enemigos pero tampoco tenemos amigos sinceros porque
toda la humanidad busca de la gente como yo un favor en el
periódico como compensación a su cariño y a sus invitaciones,
busca que nosotros hagamos la tarea que ellos no pueden o
no quieren hacer porque algunas veces piensan que las páginas de los diarios son fuentes que pueden producir milagros
o muros de las lamentaciones frente a todas las desgracias y
todos los abusos, me di por feliz y sin saber cómo lo dije no

405

Luis Eduardo Podestá

sé por qué soy tan feliz este día y el camanejo casi sin dejarme
terminar porque todos somos felices, porque a todos nos une
la misma dicha, reflexionó.
Poco después Eudora servía platitos de comida fría,
aceitunas, trozos cuadraditos de mortadela y queso, panes
cortados en rodajas, nos sentamos en un ruedo en el patiecito
y resplandecíamos con el paisaje que nos acariciaba desde cien
metros más allá hasta la eternidad del cielo que no ofrecía ninguna nube y cuando dije este cielo está preparándonos para
un vendaval, el camanejo protestó, ave de mal agüero, me lanzó a la cara, yo disimulé y me metí un trago en la garganta,
creo, dije, que hoy mi borrachera va a ser violenta, rápida y
feroz, el camanejo comenzó a hablar de Arn, a unos dieciséis
billones de kilómetros, más allá del sistema planetario propiamente dicho, su nave espacial ha descubierto el lugar de donde partió el gigantesco asteroide y ha seguido su trayectoria,
aún es un cuerpo oscuro pero cuando se acerque al Sol los
vientos y la energía solares evaporarán sus gases exteriores y
probablemente se forme una cabellera que brillará en medio
de la eterna noche del universo y es posible que los científicos comiencen entonces a observarlo, pero ellos van a hacer
algo que impedirá que el asteroide llegue demasiado cerca, lo
miré, ¿estás seguro de lo que dicen?, le pregunté, ¿no será un
embaucador que trata de presentarnos un peligro ficticio para
luego erigirse en el salvador de la humanidad?, el camanejo
abrió la boca como para seguir hablando, me miró, no creo
que tenga mucho interés en la tierra, salvo por el hecho de
que él y los suyos nacieron aquí y puede que los anime un
resto sentimental por este planeta azul que se parece al suyo,
y bien, prosiguió mientras nosotros lo mirábamos arrobados,
Rubí fue testigo de la conversación, añadió, Arn dice que mediante algunos principios matemáticos y la concentración de
energía solar, el cuerpo puede ser desviado, si solo lograran
en este momento un aumento de calor en parte de los gases
que lo rodean se produciría una desviación de un milésimo de
grado que se irá ampliando en su viaje de millones de kilóme-

406

El hombre que se fue

tros y cuando llegue a la zona de la tierra, la desviación será
tan grande que pasará muy lejos, otra solución podría ser, dijo
Arn, conseguir que un cuerpo vagabundo mucho más pequeño y susceptible de manipular en el espacio aplicándole una
porción de energía para encaminarlo por donde uno quisiera,
colisione con el asteroide y el choque le provoque una desviación, claro que todo podría dejarse librado a la casualidad,
pero esas casualidades han ocurrido cada diez mil años en la
Tierra a veces con resultados escalofriantemente desastrosos
y cree Arn que no es el momento de correr riesgos y que si
ningún habitante de la Tierra se entera será mejor porque entonces nadie se erigirá en profeta ni salvador del mundo para
buscar provecho propio, mientras tanto, prosiguió, buscan en
los confines del sistema solar, hasta el límite de su área de influencia, la forma en que el cuerpo que nos amenaza puede ser
destruido, aunque con su destrucción se pierda la posibilidad
de un estudio sobre esos cuerpos que contendrían un cuarto
de su masa de materia orgánica y por lo tanto podrían ser estudiados para algo que siempre ha apasionado a los hombres,
como su propio origen que, dice Arn, viene de las estrellas.
Asentimos, bueno, dije con cinismo, mientras llega o
no llega el fin, tenemos que disfrutar de lo que la tierra nos da,
buenas mujeres, magníficos tragos, una asadera para poner un
conejo, vamos a visitar a Adriana y Venancio, interrumpió de
pronto Rubí y Eudora estuvo de acuerdo y nos levantamos,
el camanejo con la botella en la mano, les invitaremos un trago para dar la bienvenida al muchachito, dijo muy contento y
todos nos dirigimos a la vivienda del administrador, a quien
nunca quisimos llamar cuidante, vigilante, ni guardián, sino
el administrador, aunque en realidad, no tenía mucho que administrar ya que Eudora llevaba las cuentas, alimentaba a los
animales y cuidaba de las plantas, entre ellas unos macizos
de arrayanes que crecían como un cerco más allá de los límites del patiecito enladrillado que, decía, alguna vez vamos a
ampliar, y encontramos a Venancio y Adriana ante su mesa,
los perros estaban echados casi a sus pies y saltaron a saludar-

407

Luis Eduardo Podestá

nos en cuanto nos vieron, deben estar volviéndose viejos, ni se
dieron cuenta de que ustedes llegaban, ahora solo se ocupan
de dormir junto a la cuna del pequeño, comentó Venancio y
recibió gustoso el trago, Adriana estaba muy hermosa, algo
más gordita que antes quizá, pero siempre rosada como si estuviera ruborizada eternamente, nos llevó donde el niño dormía, nos volvió a contar que había pesado más de cuatro kilos
cuatrocientos gramos y midió cincuenta centímetros, lo cual
significa, dijo el camanejo, que será un hombre alto, tendrá
la estatura de la mamá, dijo Eudora y le entregó un paquete que no supe qué contenía sino más tarde, era ropa para el
pequeño, informó Eudora, y le tocamos la carita sonrosada,
dormía en una cunita tejida cerca de la mesa donde los papás
conversaban, se sintieron felices cuando el camanejo anunció
con un trago en la mano y abrazando a Rubí con la otra que
no soltaba la botella, nos vamos a casar, lo más pronto posible, Adriana y Venancio se acercaron, los abrazaron, Venancio
buscó y encontró dos botellas de cerveza, las destapó para no
dar oportunidad a ninguna marcha atrás y nos sentimos muy
a gusto durante la hora que duró nuestra visita, y durante la
cual Eudora no cesaba de observar al pequeño cuyo rostro coloradito emergía de entre colchas celestes con filos de brillante
y suave satín, y como no podía quedarse con el secreto callado, dijo en un segundo de silencio, nosotros también vamos
a tener un hijo, lo cual causó un nuevo estallido de alegría,
nuevos abrazos y Venancio anticipó que ahora su hijo tendría
con quien correr por este campo, tenemos que conseguir dos
perros nuevos, dijo, para que se críen juntos y los cuiden y
ellos se acostumbren a querer a los animales.
Abelardo y Rubí se casaron un mediodía de sábado a
principios de diciembre, y aunque me parecía que Eudora no
presentaba aún ningún signo físico de preñez, ella ya se veía
con las caderas más amplias, me siento gorda, se quejaba a
cada rato, no quiero comer tanto, tienes que comer, el pequeño

408

El hombre que se fue

necesita proteínas, se alimenta bien porque todo lo que como
se dirige hacia él, explicaba, y cuando nazca no voy a comprar
una sola lata de leche ni un litro de leche ajena sino para mi
uso, yo le daré mi leche, le daré toda la leche que necesite, y
más de la que va a necesitar, bromeaba yo acariciándole los senos agrandados, ya no soy tan linda como antes, ¿verdad?, me
preguntó una vez, no, le dije, ahora eres más linda y ahora te
quiero más y me apena que hoy no te quiera tanto como te voy
a querer mañana, se ponía tierna, nos pasábamos largos ratos
en el patiecito con las luces apagadas para poder ver mejor las
estrellas y la Cruz del Sur, inclinada hacia su lado izquierdo
según la veíamos desde aquí, debido al movimiento de la Tierra en estos meses, mirábamos la Vía Láctea y nos elevábamos
en silencio hacia el universo. Ya hacía calor y a veces llovía y
nos gustaba mirar la lluvia desde la ventana de la salita, los árboles entristecidos como entumecidos por la pesadez sombría
de esas tardes de diciembre que anticipaban un verano lluvioso. De cuando en cuando un rayo iluminaba las montañas y
los cerros y hacía brillar los árboles y ella se acurrucaba a mi
lado cuando el trueno venía rodando desde la lejanía como un
enorme alud de ruido ante el cual nada se movía, ni las aves,
ni las hojas de los árboles.
Quizá nos entristecían esas tardes, pero luego, cuando
dejaba de llover, la tierra soltaba su perfume, todas las plantas
se peleaban por hacernos llegar su aroma, escuchábamos el
rumor del río crecido y a veces, cuando dejaba de llover y las
nubes se abrían, veíamos los últimos rayos del sol poniente
enrojecer el cielo y formar arcoiris, allá debe haber un tesoro
escondido, en el extremo del arcoiris, decía como una niña que
recordaba algún cuento de su infancia y el otro extremo del
arcoiris está aquí donde también hay un tesoro, le respondía
tocándole los pechos y el vientre, aquí están los dos corazones
que tanto amo, le decía, prepararé un café, decía ella sonriente
y se iba a la cocina, tomábamos café con pan calentado en la
cocina, un trozo de queso, y al día siguiente disfrutábamos de
todo el paisaje húmedo. Nos gustaba salir a caminar sobre la

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Luis Eduardo Podestá

hierba cubierta de rocío que brillaba con los rayos del sol de la
mañana y descolgaba las últimas gotas de lluvia de los árboles,
por los senderos entre las chacras que se secaban lentamente
soltando un vaho tenue que nos llevaba el olor de la tierra hasta la nariz. Dábamos un paseo hasta el gran sauce de las orillas
del río, el doctor me dijo que debo caminar, decía Eudora, íbamos abrazados o cogidos de las manos, nos deteníamos para
ver cada detalle que nos parecía nuevo, cada color de la mañana que la lluvia había despertado en los arbustos, en el agua
del río y en el cielo que caía azul sobre el Pichupichu, donde el
rostro de perfil de aquel eterno atlante estaba blanco de nieve,
allá debe hacer mucho frío, decía Eudora, nos empapábamos
las zapatillas con la humedad del pasto, a veces nos sentábamos junto al sauce y mirábamos el trozo de río que el camanejo nos había regalado y con él frecuentes e inmensos momentos de gozo y de ternura, un día vendremos a bañarnos en este
remanso, decía Eudora, cuando este renacuajo me abandone,
señalaba su vientre que parecía crecer todos los días y luego
volvíamos paso a paso, sin apresurarnos para gustar de cada
minuto y cada centímetro de este paisaje nuestro, porque después de todo, nuestros trabajos comenzaban a las diez de la
mañana.
Ella iba a veces a visitar a sus padres. Se quedaba con
la camioneta y yo desde Miraflores tomaba un autobús, aunque ella me exigía que esperara unos minutos para que me dejara en el periódico antes de ir a cumplir su tarea en la casa de
Yanahuara o en alguna de las instalaciones industriales de las
madres en Socabaya, Sabandía o Mariano Melgar, pero yo prefería irme después de saludar a sus padres, me gustaba volver
a mi vieja rutina de peatón, subir a un ómnibus, aburrirme
con su lentitud, mirar pasar las casas a mi lado y después bajarme en una esquina, caminar unas cuadras en las calles frescas, mitad sol mitad sombra, frías en una acera tórridas en la
otra, clima para todos los gustos pensaba y así vivimos, hasta
cuando llegó el momento en que el camanejo, sábado por la
noche, iluminó la iglesia de Yanahuara para protagonizar el

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El hombre que se fue

más grande, descomunal espectáculo que alguna vez vivieron
la apacible villa y la vieja y enorme plaza cuyas grandes palmeras se inclinaron asombradas porque nunca habían presenciado en sus cien años de existencia una ceremonia y una fiesta
como aquellas.
Rubí estaba hermosísima con un traje cuyo color a la
distancia parecía el rosa más delicado pero de cerca era totalmente blanco y cuando le dije en un momento tu lindo rostro
convierte el traje en una rosa, me sonrió reconocida por el elogio.
Eudora y yo la vimos pasar del brazo de su padre, vestido sobriamente con un traje negro, blanca camisa y corbata
plateada, precedida por una niña de nueve o diez años, vestida de rosa normal, cuya belleza también causó un rumor de
admiración, es Esthercita, me dijo Eudora al oído. La pareja
sonreía a todos quienes colmábamos la iglesia que derrochaba
luz desde las altas cúpulas hasta los más escondidos rincones,
entre las columnas de sillar descubierto y ya el camanejo estaba esperándola. Él había llegado del brazo de la señora Josefa,
que presentaba un rostro sereno muy lleno de dignidad y de
dulzura que iluminaban el largo traje negro con una orquídea
en el pecho que vistió para aquella ocasión y vi en algunos
momentos que no podía disimular su emoción porque aunque
la ceremonia fue sencilla, el templo estaba lleno de tope en
tope y a pesar del frío del exterior aquí había tanta gente que
el calor fue insoportable mientras escuchamos toda la misa y
luego las frases rituales. Lo extraordinario vino después.
Estaba previsto que inmediatamente después de la ceremonia religiosa, el carro color nave espacial, piloteado por
el elegante Juan Bermejo, quien esperaba el final de la boda a
cinco metros de la puerta de la iglesia, llevara a los recién casados a un lugar desconocido de esta tierra y ella entregara su
bouquet ante una Virgen en su colegio o en la ermita donde estuviera la señora de su devoción, que todos los presentes nos
iríamos a pie hasta la cercana casa de Yanahuara debidamente arreglada para la ocasión, y atendiéramos, me imaginé que

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Luis Eduardo Podestá

así debía ser porque nosotros nos considerábamos miembros
de la casa, a los invitados mientras esperáramos a los novios,
contándonos algunos chismes entre los amigos, quizá escapándonos hasta las mesas para escamotear unos bocadillos,
para engañar al hambre mientras los esposos paseaban por
la ciudad y nos martirizaban con su ausencia, pero no fue así.
Juan Bermejo vio salir a los esposos entre la lluvia de arroz que
les caía encima desde todos los costados y vio que sonreían y
al camanejo que fingía extrañarse por los granos que le blanqueaban el negro traje de etiqueta que lo estrechaba entre sus
costuras, y se aprestó a abrir la puerta para que los señores
ingresaran.
Y entonces ocurrió lo imprevisto. Una turba de madres
y padres y niños los envolvió, justo antes de que terminaran
de caminar sobre el amplio pasillo de sillares del atrio de la
iglesia que los conduciría a la salida, los rodeó, les hablaba a
gritos desde todos los lados, una banda constituida por dos
trompetas, un clarinete, un saxofón, un trombón y un contrabajo, un bombo, un tambor y unos platillos, comenzó a tocar
desde algún lugar de la plaza, una marcha nupcial con tal brío
que opacó la que tocaba la orquesta en el coro del templo, los
invitados formales pasamos a un segundo, tercero, cuarto plano, ven, invité a Eudora y nos arrimamos al enorme molle que
custodia aquella iglesia y observamos, la multitud los rodeaba, hablaba atropelladamente, el camanejo y Rubí sonreían,
totalmente desconcertados, respondían palabras que nosotros
no alcanzábamos a escuchar en medio de aquel bullicio y de
aquella gente que bloqueó la salida de los demás invitados
los cuales, dentro de la iglesia, no sabían qué hacer ni a qué
se debía aquella situación que no terminaba nunca. La gente
se preocupaba y comenzaba a sudar de confusión entre las luces de la iglesia y se apretujaba tratando de llegar a la puerta,
todos levantaban la cabeza para ver cómo el matrimonio aparecía entre aquella otra ola de gente y desaparecía alternativamente, teníamos que venir, señor Machuca, teníamos que
venir todos y así era porque estaban todos o quizá casi todos,

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El hombre que se fue

solo los enfermos y los muertos no estaban allí, y llenaban el
atrio de la iglesia, las veredas frente a la iglesia, las veredas
de la plaza mayor de Yanahuara, los chicos trataban de subir
a las palmeras, algunos mayores ya estaban de pie sobre las
bancas verdes, otra muchedumbre se apoderó de la plataforma del mirador desde donde se mira el Misti a lo lejos, y de la
escalinata cuyas gradas no daban lugar para un alfiler más y
entonces los flashes de los fotógrafos y los haces de luces de la
televisión barrieron las caras y las cabezas de los novios que
no sabían qué hacer hasta que Eudora lanza el bouquet, Rubí,
gritó y su voz se escuchó sobre todos los ruidos del mundo
y yo reía, me dolía el estómago de risa al ver la forma en que
el camanejo y señora quedaban sitiados, envueltos por aquel
remolino de gente que vamos, señor Machuca, y el señor Machuca no sabía a dónde querían llevárselo y Rubí a la una, a
las dos, con un grito que parecía chillido mientras balanceaba sobre su cabeza el bouquet de azahares, envueltos en una
gasa almidonada con hilos dorados, las solteras, gritó algún
comedido, las solteras allí, y yo sabía que todo el programa
elaborado con tanto cuidado durante semanas íntegras, con
la colaboración de los miembros del equipo, se estaba yendo
al hoyo más profundo y que el nuevo marido no era el dueño
de su destino que había comenzado a controlar la multitud
de rostros y vestidos de fiesta y no pocos grandes sombreros
campesinos, cada cual de acuerdo con su manera de entender
las cosas, y luego Rubí volvió a amenazar con su cuenta de a
la una, a las dos y a las... para detenerse, volverse a mirar el
montón de chicas casaderas, entre las que estaban también las
mujeres del equipo, Fredes riéndose a boca llena, Ruth, Paloma e Ina, juntas como si se prepararan a una competencia de
salto, Carla con las manos en alto, en una de las cuales sostenía
lo que me pareció un monedero y a las tres, el bouquet blanco
se alzó en medio del silencio, brilló con las luces de los flashes
y los reflectores de la televisión, se mantuvo un instante entre
el silencio y el aire y cayó entre las solteras que dieron alaridos
para disputárselo, algunas rodaron por el suelo, y finalmente,

413

Luis Eduardo Podestá

una chica desconocida para mí saltó de contento con el ramito
entre las manos ante las miradas envidiosas de todas las demás y la pareja era arrastrada por aquella marea de cabezas
hasta el centro de la plaza, adonde llegar le costó un triunfo
y muchos tropezones, el camanejo miraba a uno y otro lado,
sin saber qué hacer, probablemente buscaba al conductor de
su nave espacial, que había sido ahogado por la multitud y a
quien yo descubrí al lado del coche, Juan, le dije, cuando esta
cosa acabe, conduzca el carro cerca de la fuente, sí, señor, respondió Juan Bermejo y se metió al coche, mientras yo llevaba
de la mano a Eudora en busca de nuestro amigo el camanejo,
a quien arrastraba la amistosa turba enardecida de hombres y
mujeres.
Eudora me iba diciendo aquella de traje rojo es Sandra
Meneses, la otra de vestido azul Fidelina Rodríguez y yo la
escuchaba a medias, me perdía frases enteras, solo quería atravesar aquel muro para saber qué pasaba con mi amigo. Eudora fue más efectiva que mi esfuerzo, déjame a mí, me gritó
al oído, y permiso dijo solo una vez, la reconocieron, Eudora,
dijo una mujer, ven por aquí y le abrió un camino hacia el centro de la plaza donde se alzaba la fuente y donde, ¡milagro!,
pensé de inmediato, había una mesa con un blanco mantel que
mostraba algunas copas y, como si todo hubiera sido planeado como una misión militar nadie estaba cerca, salvo algunos
hombres y mujeres ceremoniosos, entre ellos uno muy viejo
vestido de azul marino, con el saco abrochado con todos sus
botones, de pie, que esperaban al lado de las dos únicas sillas,
adornadas con guirnaldas de flores blancas en los espaldares y
en las patas, y detrás la banda de los nueve músicos a quienes
recién pude ver, cuando salimos del mar de gente que chillaba
y gritaba que vivan los novios hasta enronquecer, como si no
le importara el esfuerzo sino solo hacerse escuchar.
Nos hicieron pasar, como seres privilegiados, a un lugar muy cerca de los novios que estaban de pie y esperaban
con resignación, al parecer, que aquella bulliciosa tormenta
amainara, y desde allí pude empinarme y dominar cierto pa-

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El hombre que se fue

norama de la plaza, hasta la pared del frente. Dos hombres
vestidos con casacas blancas y corbatitas de lazo se acercaron,
hablaron al oído al hombre vestido de azul marino que esperaba al lado de la mesa blanca y él asintió, al frente vi a Esthercita, muy erguida, sin intervenir en nada, observándolo todo
desde su lugar de primera fila, frente a su mamá que acababa
de casarse, y detrás de la niña vi a la mamá de Rubí, me acerqué a saludarla seguido por Eudora, le dije es mi esposa y vamos a tener un hijo, se alegró, qué felicidad, dijo, los niños son
la felicidad del mundo, nos dio permiso para volver a nuestro
sitio, y entonces se escucharon los estampidos de las botellas
de champaña, recién el camanejo pareció recuperarse, me
miró desconcertado, estaba despeinado, sudoroso, sujeto por
el brazo derecho por su flamante esposa que tampoco creía
saber qué era todo esto en que se había visto envuelta apenas
se comprometió de por vida con el camanejo y quizá, pensé,
ella cree que se trata de otra de las bromas que acostumbra,
pero no era así. Era la gente de diez empresas, veinte o treinta
colegios, vecinos de veinte o treinta cuadras de aquellos diez o
veinte barrios que en alguna forma habían recibido alguna lección, quizá un favor o una curación, del camanejo benefactor
que era mi amigo y del cual me sentía enormemente orgulloso
hasta sentir un nudo en la garganta, qué hermoso, amor, le
dije en el oído a Eudora, y ella me miró con los ojos humedecidos, emocionada. Los dos hombres de casaca blanca trajeron
dos pequeñas bandejas con una copa cada una en cuya patita estaba amarrada una cinta blanca de seda con un dije que
mostraba dos palomitas juntando los piquitos, se cuadraron
ante la pareja y se inclinaron mientras las bandejas quedaban
frente a ella, el camanejo tomó una copa y la entregó a Rubí,
luego tomó la otra y los dos hombres de blanco dieron media
vuelta y se fueron.
El único que habló fue el hombre de azul marino, a
quien trajeron una copa y quien esperó pacientemente, minuto tras minuto que hubiera algo de silencio y cuando lo hubo,
levantó lentamente la mano que sostenía la copa y señor y se-

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Luis Eduardo Podestá

ñora Machuca, en nombre de todas aquellas personas humildes que los conocen y han recibido sus lecciones de esperanza,
brindo por su eterna felicidad, solo dijo y se llevó la copa a
los labios, y el señor y la señora Machuca hicieron lo propio y
vi, lo juro, que unas lágrimas aparecían en los ojos de Rubí y
que el camanejo tragaba saliva pensé para engullirse la emoción ante el homenaje que la gente que en cierta forma había
ayudado, le rendía en una plaza pública llena totalmente y
ambos demoraron un siglo en tomarse hasta la última gota el
champaña del homenaje y cuando separaron las copas de sus
labios, estalló el bullicio nuevamente y desde el privilegiado
lugar en que me hallaba, de pie sobre un sardinel del pasadizo
central de la plaza que me obligaba a hacer pruebas de equilibrio, vi que de una camioneta bajaban ollas y platos, se jodió
el hombre, me dije, no saldrá de aquí hasta cuando a todos les
dé su santísima gana, se acercó el hombre de azul marino, señor Machuca, le dijo alzando la voz, permítanos unirnos a su
felicidad y ofrecerle algo de lo que usted nos enseñó, la banda
comenzó a tocar el Danubio Azul y los novios se miraron, nos
miraron a nosotros como si nos rogaran que los acompañáramos o les aconsejáramos qué hacer y con mucha crueldad les
dirigí un gesto de resignación y dije moviendo la cabeza de
arriba abajo, tienen que bailar su vals, hermanitos, el camanejo miró de costado a Rubí, Rubí lo miró y levantándose un
poco el largo vestido bailaron sobre aquel piso de sillares y
canto rodado, entre los que surgía el pasto recién regado, pero
vi que después de los primeros vacilantes pasos, asumían su
papel de recién casados y bailaban con desenvoltura, mientras
la gente aplaudía para marcar el compás y vi que ellos se sonreían a sí mismos mientras se miraban directamente a los ojos
y le dije a Eudora, no tienen necesidad de hablar, están completamente felices, locos de felicidad y cuando terminó el baile, la banda arrancó a tocar otras piezas y entonces el camanejo, a quien obligaron a sentarse al lado de su mujer, mientras
los demás estábamos de pie, me llamó, hermano, hazme un
inmenso favor, busca a la señora Josefa para que traiga todo

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El hombre que se fue

el banquete de la casa a este lugar, me gusta estar aquí junto
a toda esta gente, eres una mierda, le dije al oído, una buena
mierda, y le metí una trompada en la cara, porque yo también
quería que la fiesta fuera aquí, pero no tuve necesidad de ir
muy lejos, porque frente al pasadizo central de la plaza que
había sido despejado, mientras la gente se sentaba en los bancos, en los filos de los jardines y en la escalinata del mirador,
en la explanadita de la municipalidad, en fin, ocupaba todo
lugar disponible como si estuviera en un paseo campestre, vi
estacionarse la camioneta roja, bajar a la señora Josefa, ordenar
a Roberto Arias, Teodoro Ramírez, Javier Rodríguez y Albino
Fuentes, todos elegantemente vestidos y a cuanto voluntario
encontró a la mano, bajar ollas, paquetes, vasos, nos adivinó
el pensamiento antes de que lo pensáramos le dije al regresar
al lado del camanejo y la gente aplaudió y el hombre de azul
apareció al lado de Hortensia, la niña que el camanejo salvó
de la ceguera, que venía con un trajecito rosado, muy bien peinadita y una cinta rosada en el cabello, se acercó a Rubí, le
entregó una flor silvestre y un paquetito envuelto en papel de
regalo, la besó en la mejilla y luego también besó al camanejo, y vino Luzmila Sánchez con un traje sastre muy elegante,
abrazó al camanejo y a Rubí, les deseo con toda mi alma que
sean muy felices y si desaparezco en algún momento de la
fiesta sin despedirme será porque se hizo tarde o porque los
tragos que me tome en su nombre me han llegado a la cabeza,
anunció, y entonces los que estaban sentados se pusieron de
pie, los que estaban en las escalinatas y la explanadita comenzaron a formar una larga fila para abrazar a los recién casados,
como es costumbre, y el hombre de azul marino aprovechó
para abrazar a los esposos y dijo gracias por devolverle los
ojos a mi niña, yo dije a Eudora seremos los últimos y no sé
a qué hora podremos abrazarlos, Rubí me escuchó y sonrió
con su sonrisa más tierna, escuché los estampidos de botellas
de champaña, la señora Josefa vino y con la disculpa de traer
unas copas a los novios y a quienes estábamos cerca de ellos,
los abrazó llorando, hijitos míos, les dijo, bien hecho que hayas

417

Luis Eduardo Podestá

trasladado aquí la fiesta pues toda esta gente no iba a caber en
la casa y hubieras quedado mal, le dijo al camanejo, sí, señora
Josefita, todo está maravilloso, Rubí le dejó estampados sus labios en la mejilla, como si no los conociera, comentó, se deshizo de los guantes que llevaba, voy a ayudar a servir la comida,
la gente debe estar que se muere de hambre, dijo, Esthercita se
escurrió por entre la gente, abrazó a su mamá, Rubí se apartó
un momento de su marido, se inclinó hasta quedar del tamaño
de Esthercita, la llenó de besos, la abrazó muy fuerte varias veces, le dijo unas palabras con un murmullo y la niña le sonrió
y mientras Rubí volvía a su esposo, ella se quedó nuevamente
erguida, bella estatua infantil de color rosado, pero solo durante unos segundos, el camanejo se inclinó, ven, le dijo, ven a
nuestro lado y la puso entre él y Rubí y este gesto nos llenó a
Eudora y a mí de una nueva emoción, Esthercita ya era hija de
los dos, ya tiene un papá, me dijo Eudora al oído, yo asentí sin
hablar porque la escena me conmovió tanto que si abría la boca
no iba a ser para decir nada, respiré hondo, miré las elevadas
palmeras, los pasadizos con gente de pie o sentada mientras
esperaba que la hilera de hombres y mujeres marchara y se
reanudaron los abrazos de congratulación, nos trajeron sillas
de no sé dónde y pudimos sentarnos quienes ocupábamos los
sitios privilegiados, y comenzaron a bailar en las veredas de la
plaza, vi pasar cajas de cerveza en varias direcciones, vi que la
camioneta conducida por Juvencio Málaga hizo varios viajes,
siempre llegaba llena, descargaba y se iba vacía.
La señora Josefa, como un general en campaña distribuía alimentos y bebidas a través de un ejército de voluntarios hombres y mujeres, cuyos capitanes eran lo que quedaba
del equipo exceptuados Juan Bermejo quien estaba esperando aún en el auto que el camanejo saliera con su pareja a dar
el tradicional paseo que en esta ocasión no se dio, Juvencio
Málaga quien iba y venía trayendo vituallas como un convoy
de abastecimientos, y nosotros, que estábamos en los lugares
de honor, pero Eudora me dijo en un momento, perdóname
un minuto y la vi dirigirse hacia donde la señora Josefa había

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El hombre que se fue

instalado su base de operaciones, la vi hablar con ella y vi a la
señora Josefa mover negativamente la cabeza y tocarle cariñosamente el vientre, darse la vuelta, mover también la cabeza
en señal de resignación y regresar hasta la mesa blanca, dice,
me dijo, que mi puesto está al lado de mi marido y que tiene
bastante gente para ocuparse de todo y que el equipo completo está trabajando y cuando le dije yo también formo parte
del equipo, estás preñada y no debes tener muchos trajines.
Eudora frunció el ceño, se sentó a mi lado, estuvo silenciosa
unos minutos, luego me sonrió y apoyó su cabeza en mi hombro, estoy muy feliz, murmuró, como si yo fuera la que me
he vuelto a casar, sonreí, había botellas y vasos de cerveza en
la mesa, tomé una cerveza negra y le dije toma un vaso, para
leche, sonrió, me dijo gracias y bebió un sorbo, solo bebió ese
vaso toda la noche, pero a mí me llovían los salud, hermano,
salud, señor, me creían una persona importante por estar frente a aquella mesa al lado de los recién casados, la gente comía
y bebía por toda el área de la plaza, saludaba a los novios y
se iba adonde pudiera encontrar una botella de cerveza que
abundaba por todo lado y un plato de comida que también
el ejército de voluntarios distribuía con generosidad por todo
lado, sin fijarse si unos comían una y otra vez porque, después
de todo, había sido preparada tal cantidad de potajes que hasta los vecinos de Yanahuara y los curiosos que venían a averiguar a qué se debía el alboroto, preguntaban y se quedaban a
saludar a los novios, a disfrutar de una comida de fiesta matrimonial y de unas bebidas que nunca le caen mal a nadie sobre
todo cuando son gratuitas. De vez en cuando le decía salud
al camanejo para que no se le reventara la hiel y porque sabía
que de tanto abrazar a la gente le había nacido una sed que
se le notaba en la mirada, él me agradecía, salud, hermano, le
decía al que tenía frente a sí en la hilera de invitados y volvía
a la soledad de los abrazos y de responder automáticamente,
gracias, gracias y a devolver los abrazos con que la gente que
lo quería le estaba premiando en esta fecha tan especial.
Cerca de la medianoche, terminaron los saludos, y en-

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Luis Eduardo Podestá

tonces Eudora y yo nos acercamos a la pareja y la abrazamos
con mucho cariño y cuando estrechaba al camanejo entre mis
brazos, me dijo al oído eres una mierda, podrías haberme esperado, ahora tú estás borracho y yo me mantengo más fresco
que una carga de alfalfa, me reí, ahora te toca a ti, le dije, besé
a Rubí y a Esthercita que había conseguido un asiento en un
sardinel y había hecho una rápida amistad con Hortensia, y
justo cuando Eudora me notó un poco alegre y me pellizcó
disimuladamente mientras me decía acuérdate que tú, acentuó tú, tienes que manejar, yo reí hoy soy todo tuyo, mujer, tú
conducirás y me llevarás adonde quieras, ¿sí?, preguntó y yo
le dije, sí, amor, llévame tú, y le di la llave de la camioneta que
ella aceptó y guardó en su cartera, justo entonces, digo, llegó
la señora Josefa a la cabeza de una brigada de voluntarios, con
enormes fuentes que depositaron en la mesa, no tienen que
preocuparse, toda la gente, to–da–la–gen–te, macheteó, ya ha
comido y ustedes son los últimos, de modo que no tengan cuidado ni se preocupen por los demás y si alguno quiere más,
aún sobra comida para todo el barrio, dijo y nos pusieron platos vacíos a cada uno con el fin de que nos sirviéramos, pero
a los dos flamantes esposos ella misma les puso trozos de los
manjares que se habían preparado para la ocasión. Eudora se
colocó de pie junto a los demás y como yo me quedé sentado,
indiferente, como si no me interesara la comida, me miró, movió la cabeza con resignación y me sirvió un plato con lo que
más me gustaba, camarones a la plancha, trozos de lechón,
rodajas de pavo, me resistí a comer, no tengo hambre, le dije
pero ella me exigió, para que se te pase el efecto de la cerveza,
y me puso un camarón con salsa de rocoto en la boca, me hizo
saltar lágrimas de los ojos, tosí mientras el camanejo soltaba
su estruendosa carcajada, yo aproveché para echarme a la garganta un largo trago de cerveza que se mantenía muy fría con
solo el clima que reinaba y todo fue risa desde entonces.
Los invitados que acompañaban al señor de azul marino me hablaban de los planes para instalar una nueva panadería y en Mariano Melgar habían logrado industrializar las

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El hombre que se fue

liebres que distribuían en envases de plástico en trozos especiales, los felicité y en un momento les quise contar el último
cuento de camanejos, pero Eudora me pellizcó el brazo y le
pregunté por qué me pellizcas, ella volvió a pellizcarme, qué
odioso eres, me dijo, la nueva pareja reía, el resto del equipo
se juntó, y recién nos acordamos de Juan Bermejo, pregunté
por él, sigue esperando en el carro, me respondió Teodoro Ramírez, me levanté, qué hombre tan cruel le aventé el reproche
en la cara al camanejo, cogí un plato de la mesa, corté trozos
de pavo, lechón, Eudora al ver mi actividad, me ayudó a llenar el plato hasta que parecía una montaña, tomé una botella
de cerveza y un vaso y me fui al coche, lo habíamos olvidado,
hermano y el elegante Juan Bermejo, quien nos había llevado hasta el tren que nos condujo a nuestra luna de miel, me
agradeció, es difícil que el camanejo se anime a salir a algún
paseo le dije, de modo que puede comer con toda tranquilidad, entonces Juan Bermejo, gracias, me dijo, ahora debo ir a
abrazarlos y luego de dejar el plato y la botella en el asiento y
cerrar el coche me acompañó de regreso, saludó a todos con
una inclinación de cabeza, el camanejo se puso de pie cuando
lo vio, Rubí lo imitó y Juan Bermejo se puso a llorar mientras
los abrazaba y les decía ojalá todos los seres del mundo fueran tan buenos como ustedes, el camanejo sacó un pañuelo
del bolsillo, le secó las lágrimas, siéntate aquí, hermano, con
nosotros, lo invitó y Juan Bermejo se olvidó del plato que yo le
llevé y se quedó junto a todo el equipo que se alegraba porque
el jefe era feliz y había logrado la felicidad precisamente con
alguien que pertenecía al grupo elegido.
Más tarde bailamos a los sones de la incansable banda de músicos, que solo dejó de tocar para comer y beber y
cuando una patrulla policial pasó por allí para averiguar qué
efemérides estaba celebrándose, también cayó en manos de la
señora Josefa, quien dijo pobres muchachos, deben estar hambrientos y sedientos, les puso a los policías tres enormes platos
en el coche y unas cuantas botellas de cerveza que ellos despacharon diligentemente y la fiesta continuó hasta que la plaza

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Luis Eduardo Podestá

fue quedándose solitaria, y en alguna hora de la madrugada
me di cuenta de que estaba tremendamente borracho y que el
camanejo no me iba a la zaga y le pregunté y ahora qué vas a
hacer, y todo el equipo estalló en carcajadas, creo, respondió
con su vozarrón, que nos vamos a dormir, bien dicho, terció
Rubí, nos vamos a dormir, y para entonces habían desaparecido las niñas, habían desaparecido la mamá de Rubí y el abuelo
de Hortensita y solo quedaba el equipo que bailaba en el pasadizo de sillar, y en cierto momento, no supe cuánto tiempo
había pasado, el camanejo levantó la mano hacia la banda, se
acercó el que la dirigía, pedimos permiso, le dijo, para felicitarlo por su boda y retirarnos, señor, el camanejo asintió, llegaron los músicos con sus instrumentos a cuestas, abrazaron a
la pareja, yo destapé unas botellas y los insté a beber un trago
en homenaje a los novios que ellos aceptaron gustosos, luego dieron la media vuelta, se formaron como para un desfile
aunque eran muy pocos y a los sones de una marcha militar
se fueron marcando el paso hasta no sé dónde porque dieron
la vuelta por la esquina de la calle Jerusalén y aún después de
que los dejamos de ver continuamos escuchando a lo lejos los
sones marciales que interpretaban.
Era la hora de marcharse. Los novios se pusieron de
pie, Rubí estaba con el mismo traje de novia porque no había
tenido dónde cambiarse y el camanejo con el mismo traje de
la ceremonia. Me pareció verlo más borracho que otras veces,
se lo dije discretamente, debe ser la emoción, respondió, esta
es la primera vez que me pasa esto, los acompañamos hasta el coche de color espacial, se sentaron atrás, les gritamos
unas cuantas cosas, Juan Bermejo se acomodó frente al timón
y arrancó en dirección a no sé dónde, pasó por delante de la
iglesia silenciosa y oscurecida porque los faros que iluminaban su fachada habían sido apagados hacía muchas horas,
pasó bajo el viejo arco de sillar donde comenzaba un lado de
la plaza y siguió por la pendiente de la Cuesta del Ángel lentamente hasta que lo perdimos de vista, Juvencio Málaga dijo
a la señora Josefa que habían sido contratados veinte hombres

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El hombre que se fue

que no debían tardar en venir para dejar la plaza como si no
hubiera pasado nada, recogimos botellas y llenamos con ellas
las cajas vacías, Juvencio Málaga volvió a hacer varios viajes
hasta la casa del camanejo, y volvió para recoger todas las cosas mientras nosotros esperábamos, alrededor de la última
caja de cerveza, y bebíamos con todo el equipo, Paloma estaba muy alegre y parecía haber bebido sus buenos tragos, se
acercó a Eudora para hablar del tiempo de preñez que tenía
y luego Ina y Carla la rodearon, le hablaban de todo mientras
yo, decidido a terminar dignamente la noche, dije, bebía con
Albino Fuentes y Teodoro Ramírez y cuando Juvencio Málaga
hizo el último viaje, me ofrecí a llevarlos a todos a sus casas, se
negaron, nos quedamos en la casa de Yanahuara, dijo Fredes,
hay suficientes camas para todos nosotros, nos apretujaremos
en la camioneta roja, dijo Carla, Ina dijo con el frío que hace así
nos calentaremos, Eudora ofreció llevar a los que entraran en
nuestra camioneta y así lo hicimos.
Dejamos en la casa de Yanahuara a todos, nos despedimos y luego, una vez solos, Eudora me reprochó estás hecho
una uva, me dijo y vas a cumplir lo que me dijiste, eres mío y
te llevaré donde yo quiera, respondí donde tú quieras, amor
y enfiló a Miraflores por las calles solitarias de aquella singular noche y diez o quince minutos después entrábamos en
la catedral verde iluminada por el perfume de arrayanes, la
miré sonriente y luego en silencio para no despertar a nadie,
subimos al segundo piso, entramos al cuarto donde todo era
rosado como en los cuentos de hadas y en los momentos tan
dulces que estábamos viviendo y nos acostamos muy juntos
en la estrecha cama rosada donde ella había dormido gran
parte de su vida.

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17

El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

D

os semanas más tarde, un jueves en que
Eudora y yo descansábamos, escuchamos el ruidoso estrépito
de la bocina de la nave espacial del camanejo. Rubí y él descendieron, los vi por la ventana frente a la computadora que
acababa de encender y no pude sino reírme, Eudora, ven, y
Eudora vino para ver junto a mí la agitación del camanejo y señora, cargados de canastas y bolsas que no sabían cómo llevar
en las manos, llegaron los perros ladrando bulliciosamente,
los rodearon, saltaban de alegría alrededor de la pareja como
si supieran que, en efecto, debía ser felicitada y acompañaron a ambos jugueteando hasta la puerta de la casita que no
quisimos abrir, hicimos gestos cómplices con Eudora, hasta
cuando ellos la golpearan, reímos diciéndonos que tenían que
bajar sus equipajes hasta el suelo para tocar, pero no, el camanejo dio puntapiés en la madera y recién abrimos, antes
de que la derribara a patadas, qué es este escándalo, carajo,

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Luis Eduardo Podestá

dije haciéndome el inocente, dejaron las cosas en el suelo, nos
abrazamos cariñosos, Rubí miró el vientre de Eudora y le puso
la mano encima, ¿ya patea?, preguntó, no, respondió Eudora,
aún es muy pequeño, mientras el camanejo sacaba su infaltable botella de whisky de una canasta, estaba a la mitad, protesté cuando me la alcanzó, estás loco, recién son las nueve de
la mañana, ni siquiera hemos tomado desayuno, se interesó
por la computadora y aunque él tenía también depositadas
todas sus actividades de contabilidad en varias máquinas que
había adquirido y distribuido en las empresas, se admiró de
todo lo que podían hacer un procesador de textos y un diseñador de páginas, se maravilló y tú, me puso un dedo en la
sien derecha, ¿tú has aprendido todo lo que ella puede hacer?,
algo, le dije, ¿y aquí puedes escribir todo lo que te dé la gana?,
sí, respondí, y puede guardar libros enteros, miles de páginas, y le mostré páginas de periódicos, de revistas, de libros,
solo emitió un ahhh, de admiración, Eudora dijo que en cinco
minutos servía el desayuno y acompañada por Rubí se fue a
la cocina, el camanejo se repantigó en un sillón, acabamos de
llegar dijo, no quisimos pasar por Yanahuara, nos vinimos directamente aquí, comprenderás que estoy cansado después de
manejar tres horas, le pregunté de dónde venían, de Camaná,
dijo, nos fuimos a ocultar en la chacra, ni siquiera pasé por la
casa que fue de mis padres, y no sabes cuánto le gustó a Rubí
la vida en el campo, es una mujer hecha para la chacra y la
estábamos sacrificando en una ocupación de ciudad, aprendió
a sembrar solo con mirar a los campesinos y a cosechar, en
fin, aprendió a preparar dieciocho platos a base de arroz, con
pollo, con camarones, con gallina, chaufa, y no sé cuántos más,
arroz seco y arroz mojado, como yo lo llamo, pasamos lindos
días, nos íbamos al río a bañarnos en un remanso, sacábamos
camarones que comíamos vivos con una pisca de sal y unas
gotas de limón, al principio se escandalizó, están vivos decía,
le dije que no, que morían después de sacarlos del agua y al
quitarles la cabeza, lindos días, los hombres y mujeres de la
chacra llegaron a adorarla, es una mujer que se hace querer,

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El hombre que se fue

sin duda, dije yo, salud y me estremecí con un trago de whisky
directamente de la botella, tosí, hice mil aspavientos hasta que
golpeándome la espalda, el camanejo, ya, carajo, no te hagas
el abstemio que no lo eres, ya vi la tremenda bomba que te
pegaste la noche de nuestra boda en la plaza de Yanahuara, y
a propósito, a quién se le ocurrió todo, preguntó, alteraron todos los planes, decía desconcertado hasta la fecha, el pueblo lo
hizo, respondí con cara de sinceridad porque ni yo mismo me
había preocupado por averiguar cómo fue que aquella boda se
transformó en una fiesta popular en que participaron y disfrutaron de la alegría de los recién casados unas quinientas personas, ayer nos dieron una despedida en Camaná, prosiguió,
no querían dejarnos ir, decían que ya estábamos allí y debíamos quedarnos toda la vida, mataron un cordero, se reunieron todos, desde los más ancianos hasta los bebés de pecho y
llegaron desde las chacras más lejanas y sospecho que no solo
estaban los que trabajan para mí sino otros, los que trabajan
para los vecinos, todos nos rogaban que nos quedáramos, que
construirían una buena casa para que pudiéramos vivir, tú sabes que cada vez que voy me alojo en una choza de esteras, y
esta vez, de acuerdo con Rubí, no quisimos alojarnos en la ciudad, y pasamos las dos semanas más hermosas de mi vida en
esa choza, en el campo, escuchando a las ranas toda la noche,
los grillos que chirriaban hora tras hora, levantándonos cuando veíamos la claridad de la mañana entrar por las rendijas de
las paredes y del techo, y soportando el viento que venía de la
sierra cada medianoche y silbaba entre las brechas de las paredes por donde entraban disparos de polvo, las primeras noches nos comieron los zancudos hasta que nos pusieron unos
espirales verdes que humeaban hora tras hora y ahuyentaban
a todos los insecto, Rubí preguntaba si aquí no llovía nunca,
sí, le dije y qué pasaría, preguntó, si ahora se desencadenara
una lluvia, le respondí que el agua entraría por las rendijas del
techo, que nos mojaría y mojaría nuestra cama, el suelo, las sillas de madera y los sillones de carrizo, se quedó pensativa, de
modo que cuando llueve así es, comentó con un susurro, nos

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Luis Eduardo Podestá

miramos, reímos estrepitosamente durante un cuarto de hora
y volvimos a acostarnos, la pasamos muy bien, hermano, es
una buena chica, y ella sabe que tú también eres muy bueno,
salvo lo de borracho que no tiene hora señalada cuando se trata de engullir un trago, dije y esta es una fecha muy especial,
se disculpó, acabamos de volver de nuestro viaje de bodas y
tú estás de descanso, tu mujer espera un hijo que será una hija,
qué más le podemos pedir a la vida, hermano, la naturaleza
y nuestros antepasados nos han dado todo este paisaje que
te rodea y donde respiras el aire más puro del mundo, no me
había dado cuenta hasta que tú me lo dijiste, comenté burlón,
tu hijo que será hija, insistió, no tendrá manchitas en los pulmones, nacerá en el hospital de la ciudad, reflexioné, sí, pero
ese ambiente es limpio, aséptico le dicen, ¿no?, luego lo traerás
aquí y respirará este aire, salud, sentimos el aroma de chicharrones que venía desde la cocina, has venido bien pertrechado,
dije, sí, respondió, no quisimos causar molestias sino colaborar con nuestros amigos, tomar desayuno con ellos, quedarnos
todo el día con ellos, amenazó, para terminar con sello de oro
nuestra luna de miel, me resigné, bienvenido, hermano, dije
mirándole a la cara, esta no ha dejado de ser tu casa, me miró
como si estuviera conmovido, me pegó un puñetazo de cariño
en el mentón, nos fuimos a la cocina donde ya estaba preparada la mesa con cuatro platos, café humeante en unas tazas
que Eudora quiso estrenar en esta ocasión y que provenían de
un regalo de nuestra boda, queso, pan crocante, mantequilla
en su panca de choclo rebosante de gotitas de agua, me sentí
muy contento, de cuando en cuando el camanejo servía whisky en una copita y la pasaba a las damas, Eudora decía no, de
ninguna manera y no bebió ni una gota, en cambio Rubí que
estaba muy contenta sí se dio unos tragos.
A las diez de la mañana estábamos amodorrados, pocas veces me había sentido así, había planeado escribir toda
la mañana en la computadora hasta que Eudora me invitara a
ir al estanque a nuestra sesión de natación y el camanejo, un
minuto antes de decir buen provecho y levantarse de la mesa,

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El hombre que se fue

invitó a Rubí a dar un paseo por el campo, te gustará, le dijo,
sí, respondió ella, pero antes ayudó a Eudora a levantar los
platos y limpiar la mesa, nos fuimos al patiecito enladrillado,
el camanejo elogió el progreso del macizo de arrayanes, cogió
una ramita y la olió, la apretó entre sus dedos y se pasó el
fragante zumo por detrás de las orejas, Rubí hizo lo mismo y
poco después los vimos irse, tomados de la mano, por el camino hacia el estanque que finalmente, pensé los conduciría al
gran sauce de la orilla del río, desde donde se podía ver la cara
del atlante del Pichupichu y disfrutar del rumor de las aguas
crecidas por las lluvias que caían en las alturas.
Eudora y yo nos quedamos solos, me ubiqué ante la
computadora y comencé a escribir mientras ella arreglaba el
dormitorio, puso un casete de música y comenzaron a pasar
las horas. Eudora vino a mi lado como a las once y media, se
sentó en mis rodillas y me dijo, te desafío a nadar en el estanque, esperemos que vengan los camanejos, respondí, por qué
no los vamos a buscar, sugirió, tienes razón, acepté, apagué la
máquina y nos fuimos al dormitorio para cambiarnos la ropa
y recoger nuestras toallas, salimos tomados de las manos, y
caminamos hacia el estanque, tomamos el sendero del río y la
colina donde se alzaba el gran sauce y los encontramos dormidos al pie del árbol que casi acariciaba sus rostros con sus más
largas ramas, estaban abrazados, con las frentes juntas, nos
entró una sensación de ternura al verlos como niños cansados,
nos acercamos en silencio, nos sentamos a esperar a unos diez
metros de distancia, en la orilla del río, se han levantado temprano, han viajado tres horas, comenté en un susurro, están
cansados, esperamos un rato mirando fascinados el paso de
las aguas turbias por la creciente causada por las lluvias que
lavaban las laderas de mil cerros y desembocaban allí para enriquecer el líquido que iría a regar los sembríos de ambas márgenes. Esperamos. Mucho rato después y cuando juzgué que
ya era tiempo de que se levantaran y molesto porque no nos
habían pedido una cama para dormir en lugar de venir a hacerlo al campo, como si fueran unos desconocidos, le propuse

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Luis Eduardo Podestá

a Eudora sacar agua del río en nuestras manos y despertarlos
con una lluvia fría en la cara y así lo hicimos, caminamos muy
despacio por la tierra cubierta de hojas muertas que la cubrían
y les dejamos caer el chorro helado en los rostros y oh, Dios,
volvimos a reencontrarnos con nuestra juventud, porque reaccionó como yo esperaba, se sacudió, qué, qué, exclamó, mientras Rubí movía la cabeza riendo, el camanejo se levantó y se
lanzó contra mí, hijo de la gran..., se interrumpió por la presencia de las mujeres y yo corrí en dirección al río, pensé que
él, vestido como estaba no se atrevería a perseguirme, Eudora
corrió también, dejó en el camino la camisa mía con que se
cubría y se lanzó al remanso detrás de mí, pero el camanejo
no estaba dispuesto a dejarme, te voy a ahogar, desgraciado,
gritaba y se lanzó también al río, nadé lo más rápido que pude
y él me perseguía, Rubí también se tiró al agua y comenzó a
nadar junto a Eudora, el camanejo me alcanzó, me presionó la
cabeza pero me escurrí, yo me sabía buen nadador, me escapé
con facilidad y vi las sombras de las piedras del fondo, redondas, pulidas por los miles de años que el río pasaba sobre ellas,
me volví a mirar al camanejo que hacía mucha espuma al nadar y agitar las manos y los pies, me dirigí a la orilla cubierta
de hojas muertas, salí acezante, me senté en la tierra a reírme
a carcajadas, hasta que las mujeres regresaron y el camanejo
salió también, caminando entre las rocas de la orilla.
Eudora les dijo que el almuerzo estaba listo, pero si
quieren nos quedamos un rato a nadar en el estanque, el agua
dibujaba las formas perfectas de Rubí a través de su ropa
mientras caminaba junto a Eudora delante de nosotros, nos
sentamos al borde del estanque cuyas aguas ya estaban limpias, pues la turbidez que trajeron del río los días anteriores
se había ido al fondo, reflejaban el cielo azul de ese mediodía y Rubí aceptó la ropa de baño que Eudora le ofreció, le
indicó dónde podía encontrarla en la casa y se fue, regresó
con un traje de baño azul, estaba muy hermosa, con el cabello recogido en un gorrito de jebe del mismo color del traje, y
después de nadar un poco, consideramos que era suficiente

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El hombre que se fue

por hoy y nos fuimos, le pregunté al camanejo si quería una
cerveza, dos, respondió, el ejercicio me despertó la sed y el
apetito, puse dos botellas en la mesa del patiecito enladrillado,
tienes que ponerle un buen techo a esto para que no se filtre el
sol por entre las esteras, me aconsejó, así nos gusta, repliqué,
bebimos un poco de cerveza helada y nos cayó muy bien, yo
también tenía la garganta reseca, llamamos a Rubí y Eudora
que estaban en la cocina, vengan a tomar un poco de cerveza,
Eudora contestó estamos preparando limonada para nosotras,
les llevamos dos vasos de cerveza y se los dimos, Eudora se
negó, no quiero que mi hijo salga un borracho como ustedes,
nos reprochó, no le exigimos más, regresamos a la mesa y luego ellas pusieron los platos, sirvieron un plato de humeante
caldo, de donde sobresalían grandes trozos de carne, papas y
yuca, una hoja entera de repollo que le daba un colorido extraordinario, pusieron ocopa en el centro de la mesa, no pensé
que iba a comer tan bien hoy día, elogió el camanejo, pusieron
platos adicionales sobre la mesa para que uno pudiera sacar
aparte la carne y las papas y mover con facilidad el resto de
comida en el enorme plato de sancochado y tuvimos el pretexto perfecto para echarnos frecuentes tragos de cerveza helada
a la garganta para aplacar, decíamos, el ardor del ají que, sin
embargo, está riquísimo, y hablamos de mil cosas, Rubí dijo
que las asociaciones de las madres habían ensayado con éxito
el envasado de partes de conejo en Socabaya y que estaban
haciendo gestiones para exportar las pieles a Alemania y las
piernas de conejo debidamente refrigeradas y aprobadas por
las autoridades a los Estados Unidos y si completaban el pedido de una tonelada mensual, recibirían kilos de dólares para
ampliar su negocio, que en él trabajaban alrededor de cincuenta mujeres y que si el asunto marchaba como hasta ahora,
iban a necesitar más gente y que las panaderías que vendían
el pan más barato habían extendido sus actividades a los bizcochos y galletas y se preparaban a entrar en la competencia
con las grandes fábricas de panetones este próximo diciembre,
con piezas de un kilo, kilo y medio y dos kilos, a precios muy

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Luis Eduardo Podestá

por debajo de los que venderían las panaderías y fábricas de
la ciudad, nos sentimos muy contentos y levantamos nuestros
vasos, el camanejo dijo vamos a preparar una navidad de los
pobres y tú puedes ayudarnos desde el periódico.
Allí mismo, aunque nos pareció que quedaba muy
poco tiempo, comenzamos a planear una especie de concurso, de modo que el periódico escogiera una familia pobre, tan
pobre que sus posibilidades de tener una navidad fueran absolutamente nulas y nosotros, la organización de las madres y
el periódico, calificaríamos a los beneficiarios, les llevaríamos
una olla gigantesca de chocolate, ensaladas, un pavo horneado y los premiaríamos con una ración de pan, leche y carne de
conejo durante un año, hasta la próxima navidad, intervine,
escojamos a diez familias de barrios diferentes, Rubí y el camanejo se miraron, el próximo año tendrás que hacerlo solo
con las organizaciones, dijo repentina y solemnemente el camanejo, mientras acariciaba el vaso con las dos manos delante
de sí, y recordé que solo lo vi en esa actitud hace meses, cuando acababa de regresar con el cabello completamente cano de
su viaje por el espacio, y sin mirarnos prosiguió, el próximo
año nosotros ya no estaremos aquí, qué, estallamos Eudora y
yo al mismo tiempo, ¿piensan quedarse en Camaná para siempre y no venir siquiera para navidad?, no, respondió el camanejo sin mirarnos, separó una mano del vaso y la puso sobre
la mano de Rubí que lo miraba y nos miraba a nosotros como
para grabar en su cerebro cada una de nuestras expresiones,
nosotros nos iremos a las estrellas... en la nave de Arn.
Nos quedamos mudos de asombro, levantó lentamente los ojos, los clavó alternativamente en nosotros dos que estábamos frente a él, volvió la cabeza para encontrarse con la
amorosa mirada de Rubí, nos hemos puesto de acuerdo, yo
no quise forzarla a seguirme, pero ella aceptó irse conmigo y
luego nos casamos y no nos separaremos nunca, Rubí sonrió
mientras lo miraba a los ojos y sí, dijo, los dos iremos adonde debamos ir, adonde queremos ir, Arn nos invitó a los dos,
pero llevaremos a Esthercita, ella está plenamente de acuerdo

432

El hombre que se fue

y Abelardo la ha reconocido como hija de los dos, Arn dice
que en su civilización seremos muy felices, ¿y nunca volverán?, se atrevió a musitar Eudora, el camanejo la miró con
dulzura, cuando nosotros hayamos atravesado el universo,
no a una velocidad de cincuenta o sesenta mil kilómetros por
segundo como viajan las galaxias y constelaciones, sino a la
velocidad que lo permitan los descubrimientos de la sociedad
de Arn, el tiempo será tan diferente que si volviéramos ya no
los encontraríamos a ustedes, ya no encontraríamos a esta generación sino a la generación que vivirá dentro de cien, mil o
mil quinientos años, ya no será nuestro mundo ni el suyo, hemos pensado mucho en este viaje, lo hemos analizado durante
muchos días en todos sus ángulos, problemas y soluciones, y
nos dijimos que si muchas personas se van a la gloria después
de muertas nosotros iremos a la felicidad vivos como estamos
y Arn afirma que encontraremos otros seres humanos como
nosotros y que los hombres y mujeres de su civilización no son
tan diferentes de nosotros, será como viajar a otro país, muy
lejano, desde donde solo habrá una leve posibilidad de comunicación con los amigos que queremos en la Tierra y eso es lo
más penoso, desde ahora comenzamos a entristecernos ante
esa imposibilidad y no nos queda sino resignarnos, porque en
el momento en que pisemos la nave y en el momento en que
comencemos a viajar en el espacio entre las constelaciones en
dirección a la civilización de Arn, sabremos que nunca más
volveremos a este mundo, pero, los miré alternativamente y
creo que estaba a punto de gritar de pura angustia, le pregunté
por qué lo hacen, si este es un mundo bueno con todo lo malo
que existe en él, es un mundo que nos pertenece y al cual estamos habituados, donde los trozos de felicidad que uno puede alcanzar le son suficientes para llenar toda una existencia,
donde uno disfruta con lo que tiene y disfruta también del
deseo de tener lo que no posee lo que le abre la esperanza y el
afán de trabajar para lograrlo, me miraron en silencio, pensé
que debía hacer todo lo posible para convencerlos de que se
quedaran aquí hasta el fin de sus felices días que habían co-

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Luis Eduardo Podestá

menzado a gozar, qué pasará, pregunté nuevamente, con todo
lo que tienes, con todas tus posesiones de Camaná, el valle
de Chucarapi, las chacras que dicen que tienes en Tiabaya y
Characato, con tu hermosa casa de Yanahuara, todo eso podría
hacerte feliz y hacer feliz a tu familia, a la familia que ya tienes
y que creo que se ampliará con el tiempo, los dos admiraron
mis esfuerzos, es algo más que todo eso, dijo suavemente el
camanejo, quizá yo mismo no alcanzo a comprenderlo, pero
Rubí lo ha entendido muy bien, me ha comprendido y me
acompañará en ese exilio voluntario donde compartiremos
todo con los seres que conozcamos en ese otro mundo y finalmente, continué la arremetida, qué pasará con todo lo que has
construido, las sociedades de madres y de padres, las conejeras, las panaderías, todo eso fue el resultado de un gesto de
solidaridad que pocas personas sienten hacia sus semejantes
y tú sentiste todo eso porque eres un ser de este mundo, tú
perteneces a este mundo, el mundo de las estrellas pertenece
a Arn y sus hermanos, la vida es un hábito que desarrollamos
y nos agrada con todas las dificultades que pueda tener, pero
es aquí, frente a estas montañas, junto al río, en el centro de
árboles y nubes, donde vivimos y nos gusta vivir, me miraron
sonrientes como quien escucha a un niño lleno de ingenuidad
que habla de sus juguetes como si los mayores pudieran entender que esos juguetes podrían también ser algo valioso y
útil para ellos, debes comprender, dijo el camanejo, nosotros
no queremos nada de este mundo, no nos llevaremos nada
porque el dinero no vale allá donde nos vamos, las luchas de
los seres de nuestra civilización por la posesión de más cosas
que significan su riqueza no es para nosotros, hemos hablado
mucho de ello en nuestro viaje de bodas a Camaná, en la chacra donde estuvimos junto a los campesinos que trabajan de
sol a sol para darme un poco más de riqueza y no sé qué hacer
con ella, es posible que tú puedas hacerlo, tú perteneces a este
mundo, y tú, le pregunté con un arresto de violencia, te has
olvidado que naciste aquí, que te formaste aquí y que todas
las cosas que tienes las obtuviste aquí, no, respondió con tanta

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El hombre que se fue

calma y con un tono tal de dulzura que me desarmó, no me he
olvidado de eso pero quisiera olvidarlo para no tener recuerdos nunca en aquel lugar adonde vamos, pero como pienso
que eso será imposible, ese será el único sufrimiento que nos
llevemos de aquí, hemos hecho acciones buenas, que creo son
insuficientes para todo lo que pudimos haber hecho y por qué
no te quedas para completarlas, aproveché su instante de silencio, no, hermano, mi tiempo aquí se acaba y Rubí siente lo
mismo, lo único bueno que quiero llevarme es ella y nuestra
hija, se miraron con una ternura que iluminaba el patiecito,
y entonces Eudora, con la voz más tierna que tenía si se van
nos vamos a quedar muy solos, los vamos a extrañar hasta el
día de nuestra muerte, dijo y alargó su mano hasta mi vaso de
cerveza, voy a beber un poquito, añadió, por toda la pena que
he comenzado a sentir, la vi a través de un velo de tristeza y
pensé que algo sobrenatural ocurría en esos momentos, pero
no, extendí la mirada hacia el campo, había desaparecido el
sol y un manto gris claro se abatía sobre todo el paisaje como
para hacernos sentir que la naturaleza también se entristecía
ante el anuncio de aquel viaje descabellado según yo lo juzgaba, pero eran las nubes de la próxima lluvia que cubrían el cielo y habían subido desde el atlante dormido del Pichupichu,
y avanzado hasta cubrir todo el cielo para empañar nuestros
corazones con aquella nueva forma de dolor que comienza
cuando alguien a quien queremos mucho nos dice que nos va
a dejar para siempre sin que necesariamente muera, nosotros
también los queremos mucho, sollozó Rubí y nunca los olvidaremos en todos los años que vivamos y un día quizá Esthercita vuelva en una nave como la de Arn a ver el mundo que
dejamos nosotros al final de este siglo.
Nos quedamos silenciosos como si alguien hubiera
muerto, una luz iluminó el mundo y no le hicimos caso, el
trueno se estrelló contra las montañas y quebró todos los sonidos posibles y no le hicimos caso, la espuma de los vasos de
cerveza no existía y el paisaje comenzó a llorar sobre los árboles convertidos en fantasmas grises acurrucados como ancia-

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Luis Eduardo Podestá

nos encorvados bajo el latigazo de la lluvia, las gotas pasaron a
través de las esteras que cubrían el patiecito enladrillado, rebotaron en la mesa y llenaron los platos vacíos de nuestro último
banquete, y no le hicimos caso, porque estaba escrito que así
sería para todos nosotros, el último banquete que terminaba
en un silencio tan atroz como lo que sería la despedida y fue
Rubí la que puso una mano sobre las mías anudadas encima
de la mesa, voy a levantar la mesa, dijo en un susurro enmarcado por los pequeños golpes de la lluvia sobre todo cuanto
nos rodeaba, sí, dije también, me puse de pie lentamente, di la
vuelta a la mesa, me acerqué donde el camanejo estaba quieto
y silencioso como un árbol bajo la lluvia y vamos, hermano,
es bueno que hagas lo que has decidido hacer, se puso de pie,
nos abrazamos y sentí un nudo en la garganta que ahogué con
mi silencio, Eudora lo comprendió y vino a acompañarme,
abrazó al camanejo y sentimos la mirada apenada de Rubí que
dejó los platos sobre la mesa y vino a confundirse con nosotros y cuando ella se puso a llorar, ninguno de nosotros pudo
contenerse y comencé a sollozar como jamás lo había hecho,
mientras Eudora, también llorando me decía que me calmara,
que no me pusiera mal porque ellos iban a ser tan felices como
nosotros en mundos diferentes, y yo solo pude decirles ustedes también serán muy felices y ayudarán también a quienes
viven en aquel mundo extraño y desconocido a ser felices.
Aquellos largos días previos a la navidad de ese año
fueron de una agitación indescriptible. El plan de escoger diez
de las familias más pobres para hacerles el mayor regalo de
navidad que alguna vez hubieran tenido, fue aceptado por el
periódico y como creían que yo era el autor de la idea, el director y el jefe Juan José Barriga me encargaron la tarea de
seleccionarlas. De modo que me pasaba los días por los barrios pobres, a veces con Eudora vestida sencillamente con un
pantalón mientras su vientre aún no estaba muy pronunciado
y una blusa o una chompa, con el camanejo y Rubí que no se

436

El hombre que se fue

separaban un instante de nosotros, discutíamos las cualidades
de las familias que visitábamos, les decíamos que éramos enviados del periódico y que estábamos haciendo una encuesta
y les preguntábamos sobre su constitución, si existían problemas hogareños, si el marido trabajaba o no, si la mujer se ocupaba de los chicos y cuántos eran estos, si vivían en casa alquilada o propia y cuánto pagaban de alquiler, cuántas veces
comían carne, cuál era su alimentación habitual, si tenían radio o televisor, lavadora o refrigeradora y aunque al comienzo
se mostraban extrañadas y desconfiadas, luego hablaban de
sus miserias y tristezas con entera sinceridad.
Me gustaba ir acompañado porque la presencia de Eudora o Rubí y el camanejo, parecía anularles la desconfianza si
la tenían y poco a poco comenzaban a hablar hasta de los detalles más íntimos de su vida, de las enfermedades que habían
atacado alguna vez a los niños, de las carencias constantes de
la familia, de sus hábitos alimenticios y de sus posesiones, y
confesaban que dormían en jergones o en colchones simplemente tirados sobre el suelo, que sufrían frecuentes dolencias
de los bronquios y de la garganta o los pulmones, que los niños
se privaban de ir a la escuela muchas semanas principalmente
durante el invierno porque se enfermaban, hablaban de sus
dolencias estomacales y de que cuando tomaban leche se iban
en diarreas porque sus estómagos no estaban acostumbrados
a ese alimento y a veces nos preguntábamos cómo hacer para
aliviarse esa dolencia y conseguir que sus estómagos recibieran leche y todos los alimentos sin rechazarlos y llegábamos a
la conclusión de que solo alimentándolos bien durante varias
semanas seguidas y luego varios meses seguidos, sus organismos recuperarían su perdida capacidad de aceptar todos
los productos que la naturaleza les podría brindar, y luego,
cuando nos sentíamos cansados y juzgábamos que era hora de
irnos a almorzar, el camanejo invitaba e íbamos a un restaurante o a veces simplemente comprábamos comida y la llevábamos hasta nuestra casita de Characato y tanto en el camino
como en la mesa discutíamos a quién o a quiénes habríamos

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Luis Eduardo Podestá

de visitar por la tarde, empresas y empresarios, para que se
comprometieran donar algo a las familias que escogiéramos
y a quienes daríamos la gran fiesta de navidad, por lo menos
ese año, porque las empresas de madres y los arrozales y cañaverales del camanejo habían ofrecido ya arroz y azúcar, y
las panaderías comunitarias pan, mantequilla, leche y embutidos para todos los días del próximo año, pero faltaba algo que
hiciera más llevadera la vida de las familias escogidas, como
un radio, un televisor, quizá una refrigeradora, una lavadora,
juguetes, un juego de muebles, buenas camas y finalmente, el
benefactor camanejo dijo yo podría comprar esas cosas pero
hay que dejar que algunas empresas y empresarios se reencuentren con su conciencia, hay que darles la oportunidad de
ser generosos, de modo que decidimos comenzar a visitar por
las mañanas a las familias pobres de los tugurios del centro y
de los barrios pobres de la periferia y someterlas a una rigurosa calificación de manera que la que menos tuviera recibiera
el homenaje, y por las tardes a los hombres de negocios que
podrían hacer un donativo de objetos y el camanejo se comprometió a cubrir los saldos, pero todas las familias debían
considerarse felices por un año por lo menos, merced a los
alimentos por los cuales no tendrían que preocuparse y por
los objetos útiles que, si aprendían a aprovecharlos, podrían
darles la oportunidad de una mejora en su miserable vida y
cuando hubimos escogido a las diez familias nos consideramos satisfechos y aprobamos que la nochebuena, a partir de
las nueve de la noche saldríamos en un recorrido relámpago
en las camionetas y el automóvil color nave espacial, hacia los
sectores escogidos, en uno de los cuales, en las cercanías del
puente Juan Pablo II, donde una madre dormía con sus tres
hijos en un único cuarto, no supo qué hacer cuando nos vio,
nos iluminaba con una vela, le dijimos aquí hay una olla de
chocolate caliente, panetones, pan crocante, un kilo de mantequilla en panca de choclo, galletas, caramelos, una cocina a gas
con dos balones llenos, una lavadora de ropa, un refrigerador,
un radio y un televisor, Dios mío, Dios mío, lloraba la mujer

438

El hombre que se fue

mientras los niños no sabían a qué se debía esta abundancia
y, por supuesto, la presencia del periódico en la organización
de esta navidad de los menesterosos, exigió las fotografías
correspondientes, las declaraciones de la humilde mujer que
esa noche tuvo la generosidad de llamar a sus vecinos que se
habían acostado hacía rato porque ellos tampoco iban a tener
nochebuena y formó una mesa enorme para que compartieran
su felicidad y eso nos conmovió profundamente.
Luego fuimos en caravana a otros lugares de la ciudad,
guiados por la camioneta roja piloteada por Juan Bermejo, cargada de las más diversas cosas, seguida por nuestra camioneta, con Eudora a mi lado, llena la segunda cabina hasta el tope
y llena la plataforma donde se había acomodado Teodoro Ramírez para cuidar que no se perdiera ningún objeto. A continuación venía el automóvil del camanejo junto a Rubí, y otros
cuatro vehículos que las organizaciones de las madres habían
adquirido y que esa noche fueron puestos al servicio de una
pequeña obra que nos convirtió en los niños Jesús para diez
de los miles de familias que esa noche se acostaron sin pan y
sin esperanzas.
La última casa que visitamos fue en el extremo de
Alto Selva Alegre, en una choza donde dos viejos cuidaban
a cuatro niños, porque sus padres habían sido asesinados en
un camino de la sierra cuando traían mercaderías para vender
en los mercados. Los dos viejos no sabían de qué se trataba y
se mostraron temerosos hasta que Teodoro Ramírez, le habló
en quechua a la viejita y le explicó que éramos unas personas
muy buenas que habían traído regalos para los pequeños y
que aquí tenían unos vales que les daban derecho a pan, leche,
azúcar y otros alimentos durante todo el año y que este señor, señaló a Juan Bermejo, vendrá cada tres o cuatro días para
traer lo que les haga falta y ustedes no tendrán que preocuparse sino de mandar a los chicos al colegio, porque durante todo
el año tendrán comida y ropa y al final los abuelos le besaban
las manos a Rubí, al camanejo que no se despegaba de su lado,
a Eudora que les sonreía y dijo que les gestionaría luz eléctrica

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Luis Eduardo Podestá

porque carecían de ella y una tubería de agua potable, para
que no tuvieran que traerla desde lejos y yo no sabía cómo
podría lograrlo, pero lo hizo porque desde enero comenzó a
molestar a las autoridades, y me comprometió a mí en esa tarea y logró que seis meses más tarde, todo ese sector olvidado
recibiera luz y agua, porque decía, ellos tienen tanto derecho
a esos beneficios como todos los que vivimos en la ciudad, y
cuando Teodoro Ramírez terminó de hablar y traducirnos su
discurso nos dijo que los abuelos estaban muy emocionados y
le habían confesado que no habían comido nada durante todo
el día y se acostaron después de tomar una taza de té acompañada por un pan.
Nos retiramos conmovidos, Eudora me dijo que sería
bueno ir a casa de sus padres a pasar la nochebuena, porque
ya eran cerca de las doce y le dije que era buena idea porque
con la agitación que habíamos tenido durante todo el día y
las semanas anteriores no habíamos tenido tiempo de preparar nada en nuestra casita, salvo claro está, el nacimiento que
Eudora puso en una esquina, chiquito, con un niño Jesús de
yeso de cinco centímetros, sonrosado desde las mejillas a los
pies, en medio de un pesebre donde rezaban bajo sus halos
luminosos San José y María, mientras atrás, pastores de barro,
una vaca y un asno, miraban hacia el centro iluminado donde
a las doce debía nacer el redentor, y recordé que no habíamos
comprado nada para regalarles y me dijo ya lo hice en tu nombre y le dije tampoco he comprado ningún regalo para ti, yo
sí, respondió y me mostró un paquetito y yo empecé a lamentarme en alta voz, pero solo lo dije por esa manía tan mía de
observar las reacciones de la gente ante distintas situaciones
que podrían parecer o ser normales y no lo eran, porque en el
bolsillo de mi casaca tenía algo que ella un día se quedó mirando como hipnotizada en una vitrina de un establecimiento
del centro y que cuando yo le pregunté qué miraba, respondió
nada, nada, y se retiró para seguir caminando conmigo por la
calle Mercaderes y eso ocurrió hace dos meses y yo recordaba
exactamente el lugar y el momento en que se detuvo casi sin

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El hombre que se fue

darse cuenta, pero ella dijo yo me contento con que estés a mi
lado, no puede ser, rechacé su comentario, no puede ser, yo
soy un descuidado, un egoísta, no merezco tu cariño, te amo,
dijo y si te tengo a ti tengo todo lo que deseo, y tú ya me has
dado el regalo que más quiero y que más voy a querer. Hicimos señales con la mano a los demás vehículos que nos seguían para que se detuvieran en las cercanías del puente que
conecta Selva Alegre con Miraflores, nos abrazamos todos y
nos deseamos una feliz navidad y nos prometimos encontrarnos al día siguiente. Nos despedimos y cada cual enrumbó
hacia el lugar que había escogido para pasar la nochebuena en
familia, y nosotros mismos nos fuimos por la avenida Progreso hacia la casa de los papás de Eudora.
Nos esperaban con todas las luces de la casa encendidas, pero antes de bajar de la camioneta, Eudora, siempre
previsora y atenta me dijo este es el regalo que le vas a hacer a
mi mamá y este tu regalo para mi papá, me dio dos paquetes
envueltos en papeles multicolores con líneas doradas y plateadas, como siempre me arrebató la fragancia de los arrayanes
que con las últimas lluvias hacían gala del aroma que contenían y lo difundían generosamente en el aire, nos abrazamos
todos, nos dijimos feliz navidad, intercambiamos los regalos,
ah, exclamé, me sorprendí, un momentito, me miraron sorprendidos, busqué en el bolsillo de la casaca y luego le mostré
el paquetito, para ti, amor, dije a Eudora y la abracé como si
acabáramos de encontrarnos después de meses y la besé en la
boca, oh, amor, se enterneció, se acurrucó en mi pecho, rompió
impaciente el papel de mil colores y apareció el corazón de
oro que desde entonces llevaría colgado de su cadenita para
siempre, se lo puse torpemente, no encontraba cómo unir el
brochecito, ella lo trajo ante sus ojos, me puso los dedos en los
ganchitos y me indicó cómo hacerlo, me puse detrás de ella,
le levanté el cabello que ella misma sostuvo unos instantes y
le abroché la cadenita, para que siempre estés encadenada a
mí le dije al oído, me miró tierna, ya lo estoy, por toda la vida,
respondió y en ese momento Natalia, nos dijo vengan al co-

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Luis Eduardo Podestá

medor, la mesa está servida. Alejandro destapó una botella de
champaña, Eudora se miró de arriba abajo, hubiera querido
darme un baño antes, hemos recorrido toda la ciudad, los papás la miraron sorprendidos, ya les contaremos todo, dije yo,
Natalia le dijo está haciendo mucho frío, mejor a la hora de
acostarte, bebimos de pie unos sorbos luego de chocar las copas y nos sentamos a disfrutar de un pavo relleno, ensaladas
multicolores diseminadas en la mesa, nos alegraron la mirada
y el paladar, Natalia quiso servir chocolate, pero le dijimos que
no era adecuado para acompañar todo este montón tradicional de sabrosas ensaladas, con mayonesas de aceitunas y batidos de ajíes de todos los colores y sobre todo elogié el pavo,
exactamente en el punto en que la piel se convierte en un chicharroncito crocante, ella agradeció y el papá asintió, es una
buena cocinera, comentó, siempre lo ha sido, Eudora estaba
feliz, pensé que quizá era por vernos reunidos a todos quienes
constituíamos su familia, su padre le preguntó si había alguna
novedad, yo creo que observó la amplitud de sus caderas aunque el vientre no se le notaba mucho debido al sacón con que
se había cubierto, y ella sonrojada, mami, papi, vamos a tener
un hijito, se levantaron de sus asientos, la abrazaron y besaron, la mamá le dijo ya te notaba diferente, Eudora se extrañó,
sí, afirmó Natalia, ahora tienes cara de mamá a la espera del
hijo, la miré y era cierto, algo había cambiado en su rostro, en
su expresión y dije es verdaderamente cierto, yo no me había
dado cuenta, la miré, le acaricié el rostro para mirarlo desde
otro ángulo y sí, tenía una nueva expresión y solo dije ahora
estás más linda que antes, bebimos un rato más con el padre,
y durante la comida Eudora les contó dónde habíamos estado
como parte de esa caravana de generosidad que llevó la alegría de la navidad por lo menos a unos diez hogares que esta
noche no esperaban nada del cielo ni de la tierra, y sus padres
la escuchaban silenciosos, Alejandro asentía frecuentemente,
mientras comía y creo que se daba cuenta de que su hija había encontrado su camino, eso es lo que te gustaba hacer, dijo
Natalia en un momento, me agrada que ahora puedas hacerlo,

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El hombre que se fue

para hacerlo, replicó Eudora, hemos tenido que ver semana
tras semana cuánta miseria hay por todo lado, cuánta pena en
esas familias que no tienen nada, porque no tienen trabajo ni
posibilidades de lograrlo, y creo que si lo tuvieran alcanzarían
su dignidad perdida, me admiró escucharla, la miré sonriente,
dije así es moviendo la cabeza de arriba abajo y nosotros tenemos todo, dijo en cierto momento y mostró su corazón de oro
en el pecho, yo dije salud para alejar la pena que amenazaba
posarse sobre la mesa, chocamos las copas, Alejandro dijo a
ustedes les gusta la cerveza, ¿no quieren tomarse una?, yo los
acompañaré y el tono con que lo dijo era tan sincero y dulce
que dijimos sí de inmediato y sacó de la heladera dos botellas
y destapó una, Eudora aceptó un poquito y su padre le dijo
tenemos unas cervecitas negras, una no te hará daño, por el
contrario, intervino Natalia, le dará leche para el pequeño, y
cuando agotamos nuestra comida, Eudora levantó los platos
y acompañó a su madre a la cocina donde las escuché hablar
y reír, mientras Alejandro comentaba elogiosamente la acción
que habíamos cumplido esta noche y dijo hay mucha gente
muy infeliz en este mundo, sobre todo aquí en nuestro país
que no sabemos cuándo se arreglará, cuándo encontrará su
destino, desde niño supe que estábamos buscando algo nuevo
que también fuera bueno para mejorar la vida de todos, han
pasado los años, han pasado los gobiernos y otros países han
alcanzado grados tecnológicos y de bienestar común que nosotros no tenemos, han logrado niveles de vida que satisfacen
a sus mayorías, y nosotros nos hemos quedado detenidos ante
un mundo que avanza no solo materialmente sino espiritualmente y me pregunto a veces si vale la pena vivir aquí y por
eso hay tanta gente que se ha ido, que se va cada día en busca de un porvenir lejos de aquí quizá sin saber que tampoco
van a encontrar las cosas fáciles pero donde los sacrificios son
compensados con dinero y una vida diferente, yo asentí, tiene
usted mucha razón, le dije, hay mucha gente que se va, que no
se siente satisfecha aquí y que aquí se siente fracasada, desesperanzada. Eudora volvió de la cocina secándose las manos,

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Luis Eduardo Podestá

nos quedaremos aquí esta noche, ¿verdad?, me preguntó, sí, le
dije, si no hay oposición, oh, se exaltaron Alejandro y Natalia,
por el contrario, quisiéramos tenerlos toda la vida aquí, dijo
la madre, bueno, dije, como nos vamos a quedar, Alejandro
sugirió ir a la sala, pero le dije aquí hay más calor navideño,
Natalia encendió una velita en el nacimiento que había construido en una esquina de su sala, cerca del jardín y si abría la
ventana, aposté, el niñito podrá disfrutar del aroma del jardín, abrió la ventana y el perfume de los arrayanes invadió la
habitación y se extendió por toda la casa y habíamos agotado muchos temas de conversación, entre los cuales Alejandro
hizo conocer su opinión contraria a que se publicara la buena
acción que habíamos desarrollado esta noche y, sobre todo, los
nombres de los donantes individuales y empresas que habían
contribuido, y yo tuve que explicarle que para el periódico era
una actividad extraordinaria de la que el mundo debía enterarse no solo para prestigio del periodismo sino para que se
conmoviera la gente y se sintiera con la obligación de comprometerse a dar una navidad mejor a sus pobres más cercanos
en el futuro y que, aunque yo estaba de acuerdo con él en este
aspecto, las empresas comerciales no tenían rostro ni corazón
humanos y requerían que sus donaciones fueran mencionadas
para dar cuenta a sus directorios y accionistas y que el periódico tenía que hacerlo aunque solo fuera para explicar al público
que nosotros no nos habíamos quedado con ellas pero que en
medio de todo había organizaciones de mujeres y donantes, y
aquí quise mencionar al camanejo pero preferí callar, que no
habían reclamado la publicación de sus regalos ni los nombres
de sus empresas, por lo que debíamos sentirnos satisfechos.
Él aceptó la explicación y cuando dieron las dos de la mañana
nos fuimos a dormir en el cuarto rosado del segundo piso.
Los días, semanas y meses siguientes fueron de una
espera que no sabíamos cómo vivir, Eudora se levantaba temprano y miraba el cielo, como si esperara que del naciente sol

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El hombre que se fue

fuera a venir la nave que se posaría aquí o allá y se llevaría
al camanejo y su familia y aunque yo no quería demostrar
mi pena, también miraba a cada rato el cielo sobre todo por
las noches, quise ensayar un quédense hasta que nuestro hijo
nazca, en el próximo agosto, quizá para las fiestas de la ciudad, pero el camanejo sonreía, se había transformado de aquel
hombre de mierda que conocí en la juventud, que todo lo tomaba como si le importaran un carajo la vida y el mundo en
que se movía y creo que así era para él. No parecía si no que
toda su vida había jugado dos papeles. Ahora se había convertido en otro cuya personalidad desconocía pero se me antojaba que aún mostraba dos imágenes, una para exhibirse ante
el mundo y otra por dentro que le había permitido aprender
lo que pocos sabíamos y entrenarse para lo que él finalmente
había decidido hacer. Me dije a veces que había sido un hipócrita de siete suelas y había engañado al mundo entero pero
me convencí de que no era así, de que había hecho un aprendizaje y de que todo lo que hizo fue únicamente porque había
deseado ser el hombre corriente que camina por la calle, se
emborracha, se va al burdel, consigue una mujer que lo ame
y a quien amar, se casa y es feliz con esa cáscara humana que
muestra a todos pero solo espera dar el gran salto que comenzó cuando tuvo la suerte, ¿tuvo la suerte?, me preguntaba, de
que una nave extraña venida de un millón de años luz más
lejos, llegara una noche y lo encontrara solo semiborracho en
medio del puente Grau, y lo levantara en vilo, fue una suerte o
qué fue, me preguntaba, y me respondía que quizá la nave de
Arn lo estuvo buscando tras analizar su materia, su mente y su
espíritu y tras compararlos con los de otros seres humanos a
quienes había descartado por no ser adecuados para sus fines
y el trabajo que le querían encomendar, lo habían escogido
por ser el más cojudo que encontraron para lavarle el cerebro,
me decía, sí, para lavarle el cerebro y hacerle creer que podía
transformarse en un hombre capaz de cagarse olímpicamente
en las riquezas que el mundo y la vida le habían obsequiado
para dejarlas a las organizaciones de mujeres en un gesto que

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Luis Eduardo Podestá

había nacido, ¿cuándo?, ¿dónde?, en una carretera vecinal,
una mañana llena de sol, cuando se conmovió ante la presencia de una niña que no veía la claridad del día y a la cual curó
con tanta sencillez como si le hubiera reventado un granito de
la mejilla y me preguntaba si ese fue el día en que comenzó a
sentir que tenía una misión en el mundo, aparte de engullirse
botellas de whisky y piscinas de cerveza para acompañar sus
gulas, pero me respondía que incluso después del secuestro
había sido la misma persona, por lo menos no demostraba que
había cambiado ostensiblemente y quise adivinar si el plan de
las organizaciones industriales nació antes de convocar al concurso de belleza o si su estada en la nave de Arn le habían hecho alterar sus planes originales y me examiné a mí mismo y
me convencí de que nunca había hecho la más mínima alusión
a esos hechos, como si todo hubiera ocurrido en un momento
de inspiración espontánea y mientras tanto, nos veíamos casi
todos los días, no se separaba de Rubí y le gustaba estar todo
el tiempo que podía con nosotros en la casita de Characato o
en cualquier lugar de las afueras de la ciudad, adonde íbamos
los cuatro, para jugar al sapo en que él ganaba siempre, beber
unas cervezas, mirar las caídas del sol y comer choclos con
queso en una ramada de picantería y nunca volvimos a hablar
de lo que nos dijeron la lluviosa y gris tarde de aquel día en
que volvieron de su luna de miel.
Hablábamos de mil cosas diferentes pero los cuatro
sabíamos que el recuerdo fantasma de aquella conversación
nos rondaba donde quiera que fuéramos y donde quiera que
estuviéramos juntos y la mañana de un día de abril, la noche
anterior con Eudora habíamos contemplado la Cruz del Sur
durante horas y tratamos de ubicar otras constelaciones, se
presentaron los tres, el camanejo, Rubí y Esthercita, vestidos
como para un viaje y se me encogió el corazón y Eudora que
había escuchado el ruido del motor del carro color nave espacial, se asomó adonde yo escribía y los vimos por la ventana,
hoy se van, me dijo inaudiblemente con una voz que más me
pareció un sollozo, los cielos están muy despejados en estos

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El hombre que se fue

días, añadió como si creyera que la nave que se los iba a llevar
necesitara de cielos despejados y salimos a su encuentro.
–Hoy nos vamos –dijo Abelardo Machuca Mestas, mi
condiscípulo del colegio nacional, mi compañero de mil juergas, que al fin había encontrado su camino y era nada menos
que el cosmos infinito.
La niña tenía una muñeca en la mano y eso era lo único que llevaba, y ellos estaban también con las manos vacías,
y Eudora como si quisiera demostrarles su preocupación por
ellos hasta el último instante, les dijo les prepararé un poco de
comida fría, tenemos conejo en el refrigerador y el camanejo
se acercó, la besó en la mejilla, me abrazó y dijo allá adonde
vamos no necesitamos nada, pero aceptamos tu comida, porque sé que lo que tú cocinas les gustará hasta a los más recalcitrantes marcianos, nos reímos sin ganas, Rubí me besó en la
mejilla, entramos a la cocina y nos sentamos ante la mesa que
solíamos sacar al patiecito, y por decir algo, repetí lo que dijo
Eudora al verlos, el cielo está muy despejado en estos días,
aunque es tiempo de lluvias, anoche pudimos ver la Cruz del
Sur, las Nubes de Magallanes y toda la parte que nos corresponde de la Vía Láctea, el camanejo sonrió, estaba vestido con
una camisa a cuadros como la de un campesino que se va a sus
tareas en la chacra y un pantalón de mezclilla azul y Rubí estaba con una blusa y también con pantalón y así también estaba
vestida la niña, hice un último esfuerzo mientras el camanejo
se dirigía al automóvil, ¿crees, Rubí, pregunté, que la niña será
tan feliz como ustedes allá adonde se dirigen?, ¿no crees que
deberían dejarla con nosotros que la cuidaremos como si fuera
nuestra hija?, Rubí sonrió, acarició la cabecita de Esthercita,
ella ha insistido en que todos debemos estar juntos adonde
quiera que vayamos y me ha dicho que ama a Abelardo tanto
como a mí y es su papá y lo acompañará adonde vaya, volvía
el camanejo con el videofono en la mano, tienes que aprender a
manejarlo, me dijo, porque te lo voy a dejar y nos servirá para
conversar por lo menos, creo, mientras estemos en su área de
influencia, dentro del sistema solar o en sus cercanías, moví

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Luis Eduardo Podestá

la cabeza con resignación, muchísimas gracias, hermano, le
dije, acaricié la superficie bruñida del aparato y él comenzó
a indicarme qué botón debía presionar para encenderlo, tiene una batería eterna, dijo, mientras haya luz, no dejará de
funcionar, señaló otros botones para recibir las imágenes en la
pantallita, para modular la voz y para orientar una antena invisible hacia distintos puntos del cielo a fin de escuchar y ver
lo que allí ocurría, cuando la nave de Arn, estuviera por esos
lados, Eudora sirvió un desayuno y preparó un paquete con
las piernas de liebre asada que calentó y el camanejo las aceptó
gustoso, Esthercita y Rubí comieron con buen apetito, deben
ir a visitar de vez en cuando a mi mamá, que se queda a cargo
del almacén, recomendó Rubí, le dijimos que sí, que cada vez
que Eudora me fuera a dejar al periódico, pasaríamos previamente por tu casa y la visitaremos tan seguido y tantas veces
que la aburriremos con nuestro cariño, eso no ocurrirá nunca, lo sé, nos reprochó dulcemente Rubí, me pregunté si allá
adonde iban tendrían la posibilidad de comer lo que estaban
comiendo aquí en este momento pero solo dije debieras llevarte unas tres parejas de conejos al mundo de Arn, es posible
que allí haya también gente que carece de la cantidad debida
de proteínas y tú puedas ayudarla, por lo demás tendrás algo
en qué ocupar tus días, si las necesito vendré a llevarlas, dijo
sonriente, terminó de explicarme el funcionamiento del videofono y en un momento en que estaba mirando el cielo por la
ventana de la salita, el camanejo vino a mi lado esta noche a
las diez, dijo sin mayores explicaciones porque realmente no
eran necesarias, ¿podremos acompañarlos? pedí, sí, dijo, te lo
iba a pedir, iremos en el carro que finalmente se quedará para
ti si lo quieres o para alguna organización de madres, como
tú quieras, si deseas se lo regalas a tu suegro para que pasee o
se vaya a Majes a recordar sus años juveniles, tú verás lo que
puedas hacer con él, y de pronto vimos que estábamos todos
reunidos en la sala, y yo no sabía qué hacer, era esta la última vez que estábamos aquí, nos abrazamos, Rubí y Eudora
lloraban y contagiaron su llanto desesperado a Esthercita, el

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El hombre que se fue

camanejo las abrazaba y yo me abracé a ellos y sentí brillar
mis ojos pero me dije los hombres no lloran y me pregunté
velozmente por qué los hombres no pueden llorar alguna vez
como había ocurrido hace poco cuando ellos nos comunicaron
que se iban y no pudimos soportar la carga emocional que
nos puso la noticia y los cuatro lloramos abrazados en aquella
primera despedida que hoy se completaba como si todos los
días y semanas que discurrieron desde entonces hubiéramos
estado despidiéndonos y haciendo cosas como para alargar el
tiempo que hoy a la noche debía terminar.
Salimos por el camino de Caima. El camanejo estaba
al volante, a su lado, Esthercita miraba el camino iluminado
por los faros y Rubí junto a la ventana. Trepamos por la carretera que podría habernos llevado hasta el cañón del Colca
y luego de pasar entre el Misti y el Chachani comenzamos a
bajar hasta la pampa donde las vicuñas a esta hora dormían
y la oscuridad era tan negra que podíamos ver desde nuestro
segundo asiento a través de las ventanillas, todas las estrellas
que la noche podía mostrarnos. Estábamos muy silenciosos,
solo el camanejo intentó bromear alguna vez y dijo volveré
cuando toda la carretera hasta Chivay esté asfaltada, le contesté que eso efectivamente iba a ser posible en el próximo siglo,
y luego quedamos silenciosos otra vez, como si hubiéramos
decidido dejar al ruido del motor la exclusividad de quebrar
la noche, pero ya en la pampa, cuando el coche comenzó a
tomar el camino hacia el Cusco, para ubicarse más lejos de la
ciudad o de cualquier lugar donde un ser humano pudiera
ver la despedida final, me dije que no había por qué mantener
esta tristeza indefinidamente y aunque fracasara debía hacer
algo por romperla y qué felices deben sentirse ustedes que se
van a un lugar que estará lejos de este mundo que nos hemos
dedicado a destruir, comenté en voz lo suficientemente alta
como para que se escuchara perfectamente cada sílaba, es un
misterio pero nos gustará estar allá, hermano, respondió el ca-

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Luis Eduardo Podestá

manejo y Rubí se volvió a mirarme en la penumbra interior
del coche, solo iluminada por el esporádico reflejo de los faros
al chocar con alguna colina al borde del camino, Arn me dijo
dónde podríamos encontrarnos esta noche y creo que en media hora más habremos llegado, dijo el camanejo, tú arrojaste
alguna vez un deseo al cielo, pregunté, cuando caía una estrella fugaz, y el camanejo me miró por el espejo retrovisor, lo vi
sonreír, una vez, con Rubí a mi lado vimos un meteorito que
cruzaba el cielo y le dije en un carro de fuego como ese nos
vamos a ir cuando nos casemos y ella se sintió feliz de ese proyecto, miré a Rubí, sí, dijo, es cierto, es tan hermoso pensar que
vamos a irnos juntos, los tres, que eso alivia la pena que sentimos al dejarlos, al dejar todo este mundo en que hemos vivido
y donde dejamos muchas cosas que queremos pero pensamos
que como uno no puede tenerlo todo es necesario renunciar a
algo y estamos haciendo una renunciación de mucho, el camanejo intervino como si recién recordara lo que tenía que decir
deben ir al notario cuando tengan tiempo, no necesariamente
mañana ni pasado, era un jueves por la noche, él tiene un encargo sobre todo lo que aquí se queda y de pronto, antes de
que nos diéramos cuenta, desvió el coche hacia la izquierda,
avanzaba como quien desea llegar a medianoche a Chivay y
de allí al valle del Colca y un chispazo de secreta alegría inundó mi corazón y me atreví a pensar que nos estaba jugando
una de esas bromas que él acostumbraba y que a medianoche
llegaríamos a Chivay, nos alojaríamos en el hotel de turistas
o en un albergue o quizá, pensé, en la casa de los padres de
Ruth, cuya dirección debe tener anotada en ese papelito que
miraba de cuando en cuando, y mañana nos levantaremos
temprano, nos bañaremos en las aguas del pozo termal y luego de desayunar nos iremos a visitar la Cruz del Cóndor, desde donde se puede ver la parte más impresionante del cañón
y miré a Eudora en la oscuridad, sonriente, pero ella no vio mi
sonrisa, me apretujé contra ella, quise susurrarle que todo era
una broma y que íbamos al cañón y que mañana y todos los
días venideros, hasta cuando la muerte nos separara, íbamos a

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El hombre que se fue

estar juntos los cinco, los seis, si contábamos también a nuestro hijo, pero callé porque todo era silencio en medio de esta
noche y solo el motor del coche roncaba en la carretera cuando
encontraba desniveles y de pronto vi la pared de sillar del borde de aquella boca de volcán apagado en que habíamos estado
unas semanas antes, el coche entró por esa puerta irregular y
avanzó por las cenizas negras ahora iluminadas por la violenta luz de los faros, y luego aminoró la marcha, para detenerse
finalmente a un lado de la carretera negra que atravesaba ese
antiguo cráter de un volcán olvidado, junto a la pared de tierra quemada que un día vimos cruzada por estrías de azufre
y de rocas calcinadas y entonces ya no supe qué decir, porque
era este el escenario justo donde encajaba aquella despedida
definitiva y era el escenario que los viajeros estelares habían
escogido para que el camanejo y su familia se embarcaran en
esa fabulosa aventura cuyo final no me atrevía a imaginar y,
me dije, difícilmente se habría podido encontrar en el mundo
un lugar tan solitario y tan lejano de todo como este, y luego
de consultar el papelito, el camanejo frenó, apagó las luces y
el motor y respiró hondo, aquí es, dijo y miró a través de las
sombras hacia lo lejos, donde brillaba rojo como una boca del
infierno, el resplandor del fuego que arrojaba la permanente
erupción del Sabancaya en el centro de un paisaje donde no
existía sino la oscuridad.
Esperamos un cuarto de hora hasta que el camanejo
me entregó una linterna de pilas, nos invitó a bajar, lo hicimos
y pisamos sobre la ceniza blanda cuyo color no vimos pero
que aún recordaba, caminamos hacia el oeste unos minutos
guiados por la luz de la linterna que yo ponía delante de nosotros y hacía vagar las sombras del camanejo, Rubí y Esthercita
que nos precedían, subimos a una elevación del terreno y allí
el camanejo que iba de la mano con la niña y Rubí, se detuvo
y Eudora y yo que íbamos detrás de ellos, también nos detuvimos un instante, los miré y traté de grabar para siempre
en mi memoria la imagen de aquellas tres personas que tanto
quería y aún las veo más claras que el resto de la noche, ilumi-

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Luis Eduardo Podestá

nadas por el haz de la linterna que finalmente apagué cuando
llegamos a su lado, aquí es, repitió el camanejo, yo estaba a
su izquierda y a mi lado estaba Eudora que se aferraba fuertemente a mi brazo, tengo miedo, musitó en un momento a
mi oído, me volví hacia ella, la besé en el rostro para hacerle
sentir mi presencia y decirle sin palabras que la protegería, y
arriba las estrellas en el marco sin fin del universo nos miraban palpitantes, indiferentes, y yo sabía que allí en un punto
que aún no podía localizar estaba el carro de fuego, la nave
que se llevaría a la familia que acompañábamos en su última
noche en la Tierra y esperamos media hora, de pie, sin decir nada porque ya todo estaba dicho y escrito, ya habíamos
hablado más que suficiente del significado de esta noche, del
significado del viaje que nunca entendimos ni entenderíamos
jamás salvo que un día también Eudora y yo tomáramos la
misma determinación que hoy nos angustiaba y sentíamos
como ajena y extravagante, como una locura que nos apretaba
la garganta precisamente porque la habían adoptado gentes
que teníamos tan cerca y a quienes queríamos tanto que sentíamos como nuestra propia carne y como nuestras almas gemelas, me dije, y por qué me pregunté, cuando habíamos encontrado ese ensamblaje tan difícil entre seres humanos, ellos
tenían que desarraigarse, separarse de nosotros con la incomprensible convicción de que nunca más, jamás en el tiempo
venidero, habríamos de volverlos a sentir tan cerca o quizá,
reflexioné, el hecho de que se vayan tan lejos y hacia lugares
tan desconocidos y profundos en el ignoto universo, tuviera la
virtud de acercarnos espiritualmente para siempre y quizá esa
sería, pensé, la comunión que nos tenía reservada mi amigo,
mi hermano y compañero de tantos días y años de nuestra
vida, el camanejo convertido para nosotros en una especie de
dios conquistador de la amistad de seres incógnitos que dicen
llamarse Arn, como el ácido ribonucleico que solo es una fórmula química intrincada que dicen los libros domina una de
las zonas más remotas de las células donde se almacenan los
recuerdos, y quizá el Arn que se los lleva es la memoria común

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El hombre que se fue

de aquella civilización que dicen vivió aquí millones de años
hace y esquivó una de las primeras muertes del planeta, o quizá es una máquina que no siente absolutamente nada, creada
por aquella civilización desconocida para almacenar instantáneamente idiomas y costumbres de los mundos que visite y
hablar con gente que, como el camanejo, tuvo la desgracia de
caer bajo el haz luminoso que lo eligió entre millones de personas y miré hacia las estrellas con la idea de maldecir todo lo
desconocido, todo lo que ignoraba, todo aquello que para mí
permanecía entre las sombras de mi ignorancia y no me había permitido hacer un análisis exacto de lo que ocurría entre
nosotros, para comprender primero y exponer después, con
suficiente capacidad de entendimiento y convencimiento las
razones por las cuales, el camanejo, su mujer y su hija debían
permanecer en este mundo y no irse allá, lejos, allá tan lejos,
adonde nunca podríamos llegar y cuando estaba mirando al
cielo en busca de una respuesta vi crecer una estrella. Abelardo se movió al percibir también la pulsación de la estrella, ya
están aquí, Eudora se aferró a mí con angustiosa fuerza, no
permitas que se vayan, me dijo en un susurro, no lo permitas, pero la estrella ya estaba sobre nosotros y su luz blanca se
había transformado en un carrusel de luces tornasoladas con
abundancia de violetas y amarillos conforme aquella máquina gigantesca, fuera de cualquier proporción que yo hubiera
imaginado, descendía y giraba proyectando sobre el mundo
toda la luz del amanecer con todos los colores del crepúsculo,
una ciudad en el cielo, de dos calles metálicas iluminadas que
se cruzaban para formar una inmensa, luminosa cruz aérea, en
cuyo centro, allí donde se unían los enormes brazos, se alzaba
una cúpula brillante de luces desconocidas, quedaba suspendida a no sé cuántos metros de la tierra y una elipse de metal
se deslizaba como un iluminado pez por un haz de luz blanca
que se desprendía de esa estrella fulgurante de cuatro puntas y caía sobre una enorme porción del suelo convirtiéndolo
en una playa blanca donde todos los detalles eran tan visibles
como si los tuviéramos a dos metros de nuestros ojos, y donde

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Luis Eduardo Podestá

los trozos de rocas blancas y negras del viejo domo volcánico,
las ondulaciones del terreno en sus más mínimos accidentes
aparecían tan claros como a la luz del sol, y repentinamente
vi ante mí el rostro sonrientemente gozoso del camanejo, de
mi hermano, mi condiscípulo, comenzamos una nueva vida,
hermano, nuestra segunda vida, me dijo a contraluz y vi la
misma imagen de su dicha en cada línea del rostro de Rubí
y cuando me incliné a besar a Esthercita ella también estaba
transfigurada como si supiera que en unos instantes más iba a
estar en el parque de diversiones más grande y más hermoso
que iba a ver y disfrutar en toda su existencia y entonces atisbé
a través de una rendija de comprensión, ellos habían encontrado el comienzo de una etapa definitiva de su vida, según
mi modesta comprensión del fenómeno, y me dije que ellos
tenían derecho a hacerlo o por lo menos a intentarlo, abracé
sonriente al camanejo, besé en la mejilla a su mujer, levanté
en mis brazos a Esthercita para ponerla a la altura de mi cara
y la besé, le pasé la niña a Eudora, quien la abrazó y besó, el
camanejo se acercó a Eudora la abrazó y besó y tomó a la niña
en sus brazos, ella le echó los brazos al cuello y comenzaron a
caminar hacia la luz, donde una figura, dos figuras, tres, una
docena, dieciséis figuras aparecían como si se crearan de la
nada para formar un círculo abierto por dos de sus lados igual
a una extraña escolta.
La familia llegó al borde del cono de rutilantes luces
multicolores posado en la tierra y sentí que me dolía el corazón, tuve ganas de gritar no se vayan, pero apreté las mandíbulas y abrí los ojos para que el frío que sentía evaporara la
humedad que sentía en ellos causada por el creciente deseo
que sentía de llamarlos, impedirles que se fueran, Eudora se
apretujó contra mí y al entrar en ese círculo azul–verde–rojo–
violeta–amarillo se volvieron, que sean muy felices, grité y mi
voz rebotó en todos los rincones de la boca del volcán, levantaron la mano y nos saludaron y las figuras que formaban el
círculo plateado incompleto vieron el gesto, creo que miraron
hacia el lugar en que estábamos e hicieron una inclinación de

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El hombre que se fue

cabeza, como si nos saludaran y la familia entró en el círculo
blanco, vimos las figuras vestidas con pantalones azules que
se movían como si estuvieran en un gran teatro bajo las poderosas luces de los reflectores, las huellas que sus zapatos
habían dejado en la tierra blanda y blanca, el camanejo aún
tenía en sus brazos a la pequeña, se detuvo, la dejó en el suelo,
miraron a todas las imágenes que los rodeaban, el círculo de
imágenes plateadas se cerró detrás de ellos, nos los ocultaron
a nuestros ojos, entraron en el centro del haz de luz y se esfumaron como si su materia hubiera sido transportada hacia la
pequeña nave posada en un trípode luminoso, y entonces el
círculo de figuras plateadas volvió hacia donde Eudora y yo
estábamos inmóviles, hizo una nueva inclinación de cabeza,
como despidiéndose y una a una, las imágenes entraron en el
centro del rayo de luz que las succionaba y las disolvía antes
de que los ojos se dieran cuenta, y cuando ya no hubo nadie
en el círculo ni la luz central, el carro de fuego emitió un breve
silbido y se alzó hasta la enorme nave que esperaba arriba iluminando el mundo, entró por una esclusa de luces abierta en
la parte inferior de su enorme estructura, y todo ruido se apagó y solo las luces multicolores continuaron girando y recién
me di cuenta de que no solo iluminaban la tierra sino el cielo
que refulgía con todos los colores de arcoíris extraños como
un sueño, y luego escuchamos el zumbido de la máquina que
no se había posado en el suelo sino que todo el tiempo pareció
apoyarse en sus propias luces, se movió verticalmente al principio con delicada lentitud, sus luces vibraron a mayor velocidad y se elevaron sin ruido, se dirigieron al suroeste donde yo
suponía que estaba la ciudad detrás del Misti y el Chachani y
luego volvieron hacia el lugar donde nosotros nos habíamos
quedado como estatuas de sal, congelados por la sorpresa y
por lo increíble del episodio a que asistíamos, y luego no sabré nunca cuántos metros arriba del lugar donde había estado
antes de detenerse y sostenerse en su propio haz de luz, hizo
una oscilación graciosa que yo creí imposible y se alzó en la
dirección en que había aparecido y vimos la enorme estrella

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Luis Eduardo Podestá

que latía con colores desconocidos, finalmente transformados
en un reflejo blanco conforme iba entrando en las sombras de
aquella noche de abril sin luna, para convertirse en una estrellita fugaz común y desaparecer confundida entre los brillos
silenciosos y lejanos de la Vía Láctea.
Aún permanecimos allí en silencio no supimos nunca cuánto tiempo, en el mismo lugar, de pie, mirando el pedazo de tierra por donde habían caminado nuestros amigos,
midiendo mentalmente los pasos que dieron hasta que el haz
de luz los disolvió para introducirlos en la nave, miramos el
cielo con la absoluta desesperanzada esperanza de ver nuevamente crecer una estrella que llegaría hasta aquí y nos volvería a entregar a nuestros hermanos, a esos tres seres humanos
que nunca más volveríamos a tener entre nosotros, miramos
la Cruz del Sur sobre la difusa silueta del Misti, a lo lejos en la
noche y quisimos meternos en el fondo del cielo para ver cuál
era el camino que ellos seguían, Eudora se estremeció, hace
frío, amor, dijo suavemente, dulcemente, sí, le respondí, volvamos, y volvimos a desandar el camino hacia el automóvil,
luchamos para encender el motor, está frío, dijimos, ojalá no
tengamos que esperar hasta que salga el sol y lo caliente, quise
bromear, pero nuestros esfuerzos dieron resultado finalmente, dimos la vuelta y seguimos las mismas huellas por las que
el camanejo había conducido, atravesamos la herida abierta
en los labios de la boca volcánica, seguimos por la carretera
de tierra, en silencio, yo con los pensamientos revueltos y sin
ganas de preguntar nada a Eudora, que muy junto a mí, inclinaba la cabeza sobre mi hombro, y tenía fijos los ojos en el
camino, llegamos a la carretera asfaltada y se puso a sollozar,
pero no dijo nada y yo tampoco dije nada, solo me mordí los
labios mientras subíamos la pendiente para pasar entre el Misti y el Chachani que nos apretaban con sus enormes moles de
sombra como aquella ausencia que ya comenzábamos a sentir
y que nos estrujaba el corazón, llegamos a las laderas del Chachani por donde corre la carretera de regreso, íbamos lentamente, y aunque no nos lo habíamos comunicado queríamos

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El hombre que se fue

que aquella noche no terminara porque al día siguiente quizá
nos iba a parecer un sueño que entraría necesariamente en el
pasado y comenzaría a ser olvidado como todas las cosas que
la vida y el tiempo van dejando atrás conforme discurren los
días y detuve el coche en el lugar desde donde meses atrás
habíamos visto la ciudad en otra oportunidad, en pleno luminoso día, saqué el carro de la carretera y lo puse de nariz en
el borde del barranco para ver mejor las luces de Arequipa a
través del parabrisas, sin necesidad de bajarnos, y Eudora se
reprochó creo que no hicimos lo suficiente para retenerlos, no,
le respondí para consolarnos, ellos habían tomado su decisión,
estaban felices al hacerlo, me gustó la forma en que se despidieron, dijo ella, parecían estar tan contentos, estoy seguro
de que lo estaban, respondí, se iban al cielo, hice una pausa,
y nosotros nos quedamos en la tierra, callamos, eran tantos
los silencios que tuvimos esa noche que comencé a preocuparme por si esto no fuera el principio de una incomunicación
que llegara a martirizarnos y a separarnos, pero no fue así y
cuando el sol comenzó a iluminar el cielo, un día, no tiene que
ser tan pronto, me traerás a ver el lugar desde donde se los
llevaron, me pidió, sí, amor, así lo haremos, saqué el coche
de donde estaba y bajamos lentamente hacia la ciudad donde
vivíamos y donde éramos tan felices.

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El hombre que se fue

Luis Eduardo Podestá

N

adie, excepción hecha de Eudora y yo, sabía de la desaparición del camanejo y familia y cuando su ausencia se observó en las empresas de madres, Luzmila Sánchez les preguntaba qué pasará con don Abelardo, espero que
no haya sido secuestrado otra vez por la policía, o quizá se
haya aburrido de nosotras y Ruth le respondió que no, que eso
era imposible, y que lo que ocurría probablemente era que
como estaban tan enamorados, él y Rubí se habrían ido a Camaná o a algún otro lugar del mundo para seguir la frenética
luna de miel que los había hecho desaparecer quince días
cuando se casaron, ¿se acuerdan? y Luzmila Sánchez y las
otras mujeres sonreían porque, decían, él estaba tomando venganza de los años que pasó soltero hasta que consiguió lo que
buscaba, es decir, una mujer linda y buena como Rubí cuya
combinación de virtudes y belleza era muy difícil de encontrar
en este tiempo y este mundo y no solo en este mundo sino en

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el otro porque, dijo Luzmila Sánchez, los pintores han fabricado santas lindas cuando yo sé por la lectura de algunos libros
que no eran bellas sino de espíritu y por eso se metieron a los
conventos para servir a Dios y se ponían a discutir si en esa
forma se podía conseguir la tranquilidad de la conciencia o si
era mejor, como lo estamos haciendo nosotros, servir a nuestros semejantes, dándoles comida y esperanzas en una vida
mejor y enseñándoles a hacerlo con sus propias manos para
no ser juguete de los poderosos y por eso, decía Ruth, estudiante a punto de graduarse, la forma de servir a los hombres
y a Dios ha cambiado, vean a Eudora, se pasó dos o tres años
en un convento y se convenció de que podía servir mejor a
Dios en la calle, como nosotras, no solo haciendo y repartiendo pan sino enseñando a hacerlo, levantando empresas ladrilleras para dar casa a la gente, fomentando las conejeras que
nos están dando tantas satisfacciones y dinero para extender a
otras zonas pobres el proyecto, haciendo feliz a un hombre,
pero en fin, contaba Luzmila Sánchez que comenzó a preocuparse por el camanejo el quinto día de su ausencia y fue a la
casa de Yanahuara y habló con la señora Josefa, quien de primera intención le dijo que no sabía nada de él porque había
salido con su esposa y Esthercita, la niña hija de ambos, así
dijo, y era probable que se hubieran ido a Camaná o al valle de
Tambo, y que como era natural no habían dado explicaciones
y a ella menos que a nadie, pero la verdad era que la señora
Josefa fue una de las primeras personas en saber adónde se
dirigían el camanejo y su familia pero quería guardar el secreto hasta el final, hasta cuando la carta que había dejado en la
notaría, fuera leída ante las madres de familia de las empresas,
y por eso, Luzmila Sánchez salió de la casa de Yanahuara como
había venido, pero como tenía ojos vio que todo estaba como
antes, que nada parecía haberse movido, que el escritorio del
camanejo estaba con algunos papeles sobre la mesa y se dio
maña para pedir permiso, dirigirse al baño, y allí estaban la
brocha y la crema de afeitar del camanejo, pasó los dedos por
la taza y comprobó que tenía una tenue capa de polvo, que la

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El hombre que se fue

toalla que él usaba estaba colgada en su sitio y que todo parecía haber sido arreglado muy cuidadosamente y pensó resignadamente que si el matrimonio hubiera hecho un viaje a Camaná o Tambo, las cosas estarían igual que en este momento,
porque era posible y natural que el camanejo tuviera otra brocha, otra crema y otra toalla, pensó y movió la cabeza, qué
misterio, se dijo, miró por la ventana el dormitorio del camanejo, que era el que usaban Rubí y él después del matrimonio
y estableció que estaba en orden, como si nadie hubiera dormido en él desde hacía días, y pensó han viajado, pero algo le
puso una duda enorme y un principio de sospecha y un dolor
repentino se le clavó en el pecho como cuando se anuncia algo
malo y desconocido, quiso indagar en las empresas de ómnibus pero se arrepintió, cómo era posible pensar que don Abelardo viajara en ómnibus cuando poseía un carro ultramoderno que lo podía poner tanto en Camaná como en Tambo o
Cocachacra en un par de horas o tres a lo sumo, se dirigió a las
compañías de aviación a preguntar si la familia tal había adquirido pasajes para cualquier lugar del Perú o de cualquier
ciudad del mundo y tras exigir que revisaran las relaciones de
pasajeros desde hacía dos meses y no encontrar lo que buscaba, se dirigió a la dependencia policial de la avenida Goyeneche y el jefe con el cual se enfrentó, el mismo bajo cuyas órdenes fue interrogada después de la rebelión del pan, y que la
sufrieron durante las desapariciones posteriores del camanejo,
le dijo no nos vas a meter en esto otra vez, Luzmila Sánchez,
ahora sí que no sabemos nada del camanejo ese y no queremos
saber nada de él nunca más, salvo si lo han asesinado para
robarle lo que tiene, lo que a cierta gente le daría mucho gusto,
pero en esta oportunidad no sabemos nada, y por favor sácanos de tu marco, porque bastante daño nos ha hecho chocarnos con él que tiene amigos en los periódicos que lo defienden
como si fuera un santo y Luzmila Sánchez salió de allí más
intrigada que antes y su intriga comenzó a convertirse en angustia después de escuchar al jefe policial decirle que podrían
haberlo asesinado para robarle, pero alguien sabría algo, se

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Luis Eduardo Podestá

dijo y sin pensarlo más se dirigió al periódico, me enfrentó, me
contó que don Abelardo, a quien todos nosotros queremos
como a usted, no ha aparecido desde el jueves, cuando lo vimos por última vez y hoy ya es martes, ¿se da usted cuenta?,
pensamos que podría haberse ido a Camaná o a Tambo, porque su cama está tendida como si no hubiera dormido en ella,
y parece que no se afeitó desde el viernes, porque la taza de su
crema de afeitar parece no haber sido usada hace varios días,
perdone usted pero no soy ciega, la miré apenado porque últimamente no sabía dominar la pena, ¿no ha estado con usted
estos días?, sugirió maliciosamente, ¿quizá han sacado los pies
del plato y se han perdido como antes y por eso tiene usted esa
carita de no haber dormido?, no, Luzmila, no, le dije, el jueves
en la noche estuvimos con él y estaba más saludable que yo,
esperemos a Eudora y nos acompañarás a hacer una diligencia, pero exigió que le explicara, no le habrá pasado nada malo
¿verdad?, no, le aseguré, no creo que le haya pasado nada
malo, escuché los bocinazos de la camioneta, ahí está Eudora,
la invité a acompañarme, salimos, se saludaron muy amistosamente aunque no hacía muchas horas habían estado juntas,
Luzmila subió a la cabina posterior, dije Eudora, ella está muy
preocupada por Abelardo, Eudora me miró y sus ojos se humedecieron y ese detalle no escapó a la atención de Luzmila,
quien se angustió, díganme, díganme qué le ha pasado a don
Abelardo, algo malo le ha ocurrido, de lo contrario tú no estarías llorando apenas te dijo que yo estaba preocupada por él,
díganme, por favor, ¿le ha pasado algo?, si ha ocurrido algo
debemos saberlo para actuar de inmediato, la tranquilicé, Eudora volvió a encararse con el parabrisas y reencendió el motor y prestó atención a la calle, mientras conducía hacia la plaza España para entrevistar al notario, tal como lo había
dispuesto el camanejo y luego de dejar el vehículo en un estacionamiento de la calle Santa Marta, fuimos los tres a indagar
por la oficina de la notaría y entramos en el edificio, preguntamos por el doctor Lorgio Sarmiento, y lo de siempre, lo que
siempre había odiado, su secretaria se irguió como una barre-

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El hombre que se fue

ra entre nosotros y la persona que buscábamos, preguntó
quién lo buscaba, le dimos nuestros nombres, buscó en una
agenda y dijo el doctor los espera mañana, hoy día no será
posible entrevistarlo porque está fuera de la ciudad en una
diligencia, le pregunté si estaba segura realmente de que mañana nos podría atender y nos afirmó que sí, que él mismo le
había dicho ayer que si veníamos nos hiciera volver el miércoles porque lo tendría todo listo para ese día a la una de la tarde
a más tardar, nos miramos. Luzmila Sánchez no se quería dar
la vuelta así nomás, señorita, le dijo, yo soy la empleada del
señor Abelardo Machuca y me preocupa no verlo desde el jueves pasado y quiero saber si le ha ocurrido algo, porque nuestra gente me ha pedido que averigüe y no vamos a permitir
que ocurra lo de la vez pasada, la secretaria la miró con ojos
tranquilizadores, no debe preocuparse, le dijo, el notario está
cumpliendo precisamente una diligencia que le encargó don
Abelardo, Luzmila Sánchez respiró hondo, la miró aún con
desconfianza pero cuando vio la sonrisa de la muchacha y sus
ojos que no parecían mentir, bajó la voz y dijo esperaremos
hasta mañana a la una de la tarde y salimos, dije les invito
unos sánguches de salchicha con una cervecita, como si estuviéramos para comer, dijo Luzmila, la reproché no podemos
hacer nada hasta mañana y yo le aseguro que no le ha pasado
nada, pero tengo el compromiso solemne de no decir nada a
nadie sino después de que el notario me haya dado las instrucciones que esperaba me iba a entregar ahora, pero usted es
testigo de que no es así, de modo que nada vamos a resolver
de lo que no tendrá solución hasta mañana, está bien, se resignó y fuimos a un café, pedimos los sánguches y dos cervezas,
a Eudora le dije te caerá bien una cervecita negra, bueno, aceptó ella, y Luzmila Sánchez, yo tomaré lo que usted tome, me
dijo y luego cómo va tu embarazo, Eudorita, cambió de conversación y Eudora dijo que muy bien, que no tenía ningún
problema y que lo único que temía era engordar porque se
antojaba de cuantas cosas veía en la calle, en los restaurantes y
en los mercados, Luzmila rió con sinceridad, si engordas el

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Luis Eduardo Podestá

único riesgo que tienes es que tu marido deje de quererte, le
dijo mirándome burlonamente por encima del vaso que se
echaba a la garganta, yo reí porque me parecía cursi decirle a
ella que me importaba un pepino si engordaba o no con tal de
que me siguiera amando como yo la amaba a ella en este momento y lo único que interesaba era que nuestro hijo naciera
robusto, sano y bello y solo dije la última parte, saldrá sano
porque ustedes son sanos pero eso de bello solo le convendrá
si es mujer porque el hombre no importa cuán feo sea, siempre
podrá caminar por este mundo sin problemas, Eudora dijo
que la belleza a veces es un problema también y Luzmila, con
la franqueza que le era habitual le dijo eso lo debes saber tú
mejor que yo y descongelamos el trato que habíamos sostenido hasta entonces, Luzmila habló de los progresos de las empresas porque era ella una especie de administradora general,
lo veía todo y todo estaba bajo su control y no tenía impedimento en gramputear como un carretero cuando las cosas se
atascaban o salían mal por negligencia y metía sin vacilaciones
el hombro para resolver cualquier problema si de ello dependía la solución, yo invito una cerveza a fin de esperar a que
Eudora termine la suya, dijo de pronto, nos opusimos, pero ya
sabíamos que cualquier oposición resultaría vana frente a esta
mujer de carácter tan firme y decidido y aunque Eudora le dijo
que para ella era excesivo todo el contenido de la botella e iba
a pedirme ayuda, ella dijo que no por ser mujer iba a dejar de
ser igual que cualquier hombre y no creo, dijo, que usted tenga a mal que una mujer como yo, le invite una cervecita en
homenaje a nuestra amistad y a la felicidad de don Abelardo y
Rubí, dijo, está bien dijimos, y la media hora que calculamos
iba a durar nuestra conversación, se convirtió en dos horas
porque a Eudora le dio hambre y se antojó de lo que habían
pedido en otra mesa y nos quedamos a almorzar allí mismo y
Luzmila Sánchez resultó no solo una mujer de trabajo y firmeza extraordinarios sino también tierna que se puso triste cuando recordó los momentos de prisión del camanejo y estuve
tentado a decirle que no lo sabía todo, que Abelardo había su-

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El hombre que se fue

frido mucho a manos de unos policías que lo torturaron durante ocho días pero me contuve a tiempo porque me imaginé
que si el camanejo no les había contado a todos lo que ocurrió
durante su detención era porque no quería que lo supieran y
cuando hubimos terminado, ella se acordó de que tenía que ir
a ver un problema en el horno de una panadería de Socabaya
y allá se fue en un taxi, a pesar de mis ofrecimientos de llevarla en la camioneta.
Le dije a Eudora que aún tenía que trabajar en la redacción y que si lo tenía a bien, podría ir a la casa de sus papás, si
no tenía otra cosa que hacer, y yo la llamaría para que viniera
a recogerme en la camioneta y ella aceptó, he estado en diez
sitios esta mañana dijo y creo que iré a dormir un rato a Miraflores, me dejó en el periódico y se fue y dos horas más tarde
la llamé, si no tienes inconveniente podrías venir a buscarme,
le dije, pero si sigues cansada me iré en un taxi o en un ómnibus a Miraflores y de allí nos iremos a la casa, no, dijo, te iré
a buscar y le dije te espero en el café de la esquina, salí y me
metí en el café, pedí una cerveza y me dije en los quince minutos que ella tarde en llegar, yo me despacharé esta botella,
y así lo hice y cuando llegó y tocó la bocina, y se asomó a la
ventana, la saludé desde la mesa con un salud Eudora, amor, y
terminé, movió la cabeza en signo de tierna resignación, pero
ella sabía que nos gustaba la cerveza y nunca me hizo ningún
reproche por ello, subí a la camioneta y nos fuimos a la casa,
estacionó en el lugar habitual, nos dirigimos a la puerta de la
cocina por donde entrábamos casi siempre y nos encontramos
con un grupo del equipo, Juan Bermejo, Paloma, Ina, Javier
Rodríguez, Roberto Arias, Fredes, Carla, todos en el patiecito
enladrillado, sentados en las bancas de cemento, rodeados por
los macizos de arrayanes, Paloma se levantó de donde estaba sentada y nos enfrentó vinimos a buscar a don Abelardo,
dijo sin miramientos, pensamos que está aquí porque su carro
está allá, sí, le dije, lo dejó a nuestro cuidado, pero no sabemos
dónde está él, Eudora abría la puerta, se introdujo en la casa
por la puerta de la cocina que comunicaba con el comedor, sa-

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Luis Eduardo Podestá

ludó a todo el mundo con un hola y una agitación de la mano,
pero demostró que estaba muy ocupada con las llaves, y en
la respuesta del equipo vimos la frialdad de su tr