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MAROSA DI GIORGIO

POEMAS

1951

Poemas de Marosa di Giorgio Médicis, cuadernillo de

apenas 16 páginas (13 x 19 cm), apareció en edición de autor y sin pie de imprenta, aunque puede fecharse en Salto, 1953. La misma serie de poemas fue incluida, junto a otra más larga, en Visiones y poemas, libro de 62 páginas publicado en el número 135 de la colección Lírica Hispana, Caracas, marzo de 1954. El volumen incluía senda presentaciones de las directoras de la colección, Coniec Lobell y Jean Aristeguieta, una foto de la autora en página interior, un poema de Manuel Pacheco, y un “Autoprólogo” que empieza:

“Nací en la ciudad uruguaya de Salto, mediando 1932; pero, mi infancia transcurrió en los umbrales del bosque”. En l97l, cuando la editorial Arca, de Montevideo, reunió sus siete primeros libros bajo el título unitario de Los papeles salvajes, Di Giorgio decidió excluir la serie “Visiones”, decisión que se sigue respetando.

Poemas de Marosa di Giorgio Médicis , cuadernillo de apenas 16 páginas (13 x 19 cm),

Marosa Di Giorgio – Poemas (1951) Extraído de Los Papeles Salvajes por Myler Edson Moss

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1

Sobre el promontorio, la casa era un cascarón macabro. Tuve miedo. La fiebre me hacía delirar un poco. Me asomó a la ventana. La medianoche tenía luna. Una alta luna, entera y sombría.

Los magnolios se ilusionaban y querían estallar sus pimpollos como balas blancas. Pero, no era tiempo aún. Huían los cipreses. La luna vibraba en los cipreses. (Y yo había visto enrojecerse el bosque en el crepúsculo, enrojecerse, y lo había dado por calcinado). Y venía olor a glicinas también, un triste olor a glicinas; había glicinas. (Yo las había visto en el crepúsculo, prendidas en su fuego lila, funerario).

La fiebre me golpeaba las sienes. Salí. La jauría estaba adormida y no me oyó. Iba descalza. La jauría no me oyó. Un agua finísima, finísima, escintilaba el pasto. En las rocas, las escarpadas rocas, innúmeras, oscuras, estaban sentadas, quietas, las mujeres de la medianoche. Las magdalenas o las verónicas de la medianoche. Largas, finas, inclinadas, rezaban o esperaban, vestidas de interminables cabelleras. Me acerqué a una: -Magdalena, Verónica, (un nombre así).

Y bajé. Seguí bajando. Al estanque. La luna, sombría, caía de lleno sobre el agua. Junto a las espadañas, se amontonaban estremecidas, oscuras, graznantes, las ocas. Me

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detuve. Vi la luna queriendo sostenerse a toda costa en la punta de un ciprés. Pero, el ciprés vibró y la sacudió.

Y ella tuvo que descender, borroneada, disimulada entre los magnolios. Después, recordó al guardabosque.

Entonces, empecé a caminar hacia el sur; caminé entre los árboles del sur.

Buscaba al guardabosque.

Lo halló en un claro, sobre una roca, inmóvil. De cobre. Había encendido un gran fuego. Yo le dije: Tuve miedo en la casona. Pero, él estaba cobrizo, dormido. El fuego pareció un faisán intentando el vuelo. Después, una cesta de mariposas que no se atrevieran del todo a volar. Yo me acerqué al hombre y le dije de nuevo: Tenía miedo en la casona.

Pero, él no me oyó.

El fuego daba un suave perfume amargo. Habría quemado ciprés. El fuego era una canasta de mariposas. Yo tomé una astilla y saqué una mariposa colorada. La puse sobre el hombre. Saqué una mariposa verde y la posó sobre el hombre. Y luego, otra mariposa colorada. Las mariposas revolotearon y proliferaron. El dio un grito, largo, aullado, negro. Un grito como un ciprés. Pero, la boca se le llenó de mariposas. Y el grito se le llenó de mariposas. Y hasta el alma se le llenó de mariposas. Yo me reí; y me aleje riendo y terminé en el bosque una larga carcajada. Busqué la luna entre los árboles; pero, no estaba. Vino un viento leve, claro. Y los

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magnolios tuvieron el tiempo de estallar sus balas blancas. Vibraban los cipreses.

Vino un viento, claro, verde, y deshizo los árboles, que se reconstruyeron enseguida.

Sentí que se enfriaban mis sienes.

Miré hacia las rocas. Ya no había nadie. Me acerqué al estanque. Las espadañas tenían ya, sus azucenas volanderas, sus azucenas oscuras como copas de vino. Las ocas volaron de entre las espadañas, rojas y rosadas. Volaban las ocas, ya rojas y rosadas.

Rodeé el estanque. Me alejó un trecho.

Un revuelo y un resilbo me volvieron.

Había bajado la cierva. Había bajado la cierva al estanque, a beber. La fina cierva, manchada, con su lustrosa cornamenta.

La jauría huyó, huyó, hacia el este, loma arriba, huía hacia el este, las suaves lomas arriba, en una fuga desesperante y bella. Los perros se iban quedando, derrotados.

La cierva llegó a lo alto. Y se paró, repentinamente. Deslumbrada. Estaba saliendo el sol.

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Árboles castaños y sedosos daban capullos. El niño Marcos sacaba de los capullos unas extrañas rosas, como leche, como espuma. Más lejos, los cactus sobre sus hojas celosas hacían una exhibición de llamas anaranjadas, inmóviles.

La luna había pasado hacía rato la mitad de los cielos.

El niño Marcos vino a echar las rosas a mis pies.

Yo no quise mirarlo. Las doce palomas de sus años habían caído en un río ardiente y sin agua que nunca más las libraría.

Igual le tomé la mano y fuimos como siempre, salvando los escollos del campo, corriendo hasta los pies del cerro.

Ascendíamos levemente por no despertar a las cabras. Levemente pasamos la gruta del pastor (ese pastor que

entiende a las estrellas

...

)

pero, el pastor ya había callado.

En la cumbre nos envolvió algo blanco y húmedo. Estábamos en una nube. Se esperaba un rumor de estrellas o un rumor de pájaros. Nada se oía. Me incliné y entonces, Marcos me

besó

Pero, vino viento del sur y libró la cumbre. Bajamos

... casi huyendo. Cuando toqué el campo, ya tenía miedo. El

campo estaba ardiente y suave. Yo tenía miedo.

Volvimos a los árboles. Al vernos, se pusieron crispados, angustiados, y después aflojaron un llanto suave, de lágrimas que parecían pétalos.

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Más lejos, en los cactus, las llamas caídas sobre las hojas se habían vuelto llagas.

Yo sentí como que se me parara todo pensamiento. Y tembló.

Y en un esfuerzo último miré hacia el cielo.

Pero, la luna se escondía cruelmente en la cueva del monte.

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Noche de mayo y de magnolias.

La luna inventa un pueblo blanco en las colinas.

Van a venir, de nuevo, Gerardo y Elena.

Por eso puse una magnolia en el vaso y e3toy quebrando avellanas.

Ellos vendrán por el camino largo, el camino de los robles. De lejos, tomarán el camino de los robles. Mis perros son como lobos. Aúllan. Les aullarán como lobos.

-¿Han oído lobos?

-Sí; para el lado de las colinas.

-Pero, ya está la luna en las colinas.

Ellos ocuparán el banco de ciprés, frente a mí. Yo pondré en el fuego, a platearse, un pastel de azúcar y avellanas.

Entonces, parará el viento. El viento que embruja los robles y desembruja los magnolios. Y empezará la lluvia, sin rumor, blanca. Empezará la nieve.

Yo diré que no hay nieve tan blanca como la de mayo.

Y la mirada de Gerardo, fría y azul, caerá sobre mí.

Y yo volveré a decir que no hay nieve tan blanca como la de mayo.

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Y el fuego será ancho y de todos colores. Azul, verde, granate y de todos colores.

Los perros ladrarán al fuego; querrán jugar con los colores.

Yo partiré el pastel, ya plateado, de avellanas y azúcar. Y a los perros también, partirá avellanas y azúcar. Pero el fuego irá alto, y los perros querrán jugar con los colores.

Afuera, caerá nieve sobre la nieve.

Elena me pedirá una historia.

Yo sé historias. Del tiempo de los abuelos. Del tiempo en que la casa era más grande y tenía tres chimeneas rojas. Del tiempo en que el bosque era más grande, y los lobos llegaban aullando hasta la casa.

La mirada de Gerardo, fría y azul, estará fija en mí.

Pero, yo diré que no me gusta contar historias; que no me gusta hablar.

Afuera caerá nieve, nieve.

Pasará un tiempo largo, liviano, blanco, un tiempo como de nieve.

Y el reloj que era de los abuelos contará una hora que yo no podré contar. Pero Gerardo dirá que es muy tarde.

Entonces, yo sacaré la magnolia del vaso para Elena.

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Los perros en el umbral volverán a aullar. Otra vez, les aullarán como lobos, los perros en el umbral.

Y ya no habrá ningún camino, ningún camino.

Sólo nieve, nieve, sobre la nieve.

Y ellos se irán igual, por la nieve.

Corté una magnolia y estoy quebrando avellanas porque van a venir, de nuevo, Gerardo y Elena.

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Entre amargas y dulces maduraron las piñas de abril.

Los pájaros que ponen huevos rojos vuelan en torno a la casa, vuelan, vuelan.

De la chimenea sale humo, humo, humo.

La abuela prepara un pastel de huevo y piñón.

La niña salta de un cuarto, al otro, y al otro. La niña –zapatillas silenciosas y delantal.

En el umbral de la cocina, la detiene la abuela: - Campánula.

Llamándola -Campánula, y -Ramita de pino, y -Piñón.

-Necesito más huevos rojos.

-Treparé a los pinos.

-No a los de acá. Ya están vacíos. Tendrás que ir al bosque.

Sale. Toma el sendero que parte en dos la huerta. A las veras, membrilleros enanos, y jaras y humo.

En el paso, así no le dan paso, las cañas, batientes.

Un pájaro amarillo, deforme, con un enorme pico, da un silbo.

Ella, alegremente, le responde con otro.

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Y salta las piedras. Y se salpica. Y sale al campo. En algún lugar, lejos, mugen las vacas; en algún lugar lejos, porque el campo está vacío.

Pasa velozmente campo, campo, campo.

Se le cruzan las colinas. Y las baja, velozmente.

Entonces, en el oeste y hacia el sur aparece el pinar.

Negra el pinar en el oeste y hacia el sur.

Cuando se acerca, el viento le sale, fragante, al paso. El viento anda enamorado y no quiere dejar el pinar.

Ella busca un árbol. El más ramoso. Lo trepa.

Se hiere. Se le deshace el moño del delantal. Pero, no encuentra nada. No hay nada. Desciende. Trepa otro. Los cabellos se le enredan en las ramas. Le arden las manos. Pero ahora si encuentra nidos. Hay dos, grandes, juntos. Va a tender las manos; pero, se detiene. Dos palomas negras, anchas. Dos palomas de ésas que ponen huevos rojos, están vigilando. La miran fijamente, con sus ojos duros y negros. Y silban.

Ella siente como que le golpean la sangre. Sufre. Y desciende temblando. Queda al pie del árbol. Como una campánula, temblando. Pero, el viento viene, amigo, y la toca. Ella ha creído muchas veces que el viento es una niña que vive en el pinar. El viento la invita a seguir. Le muestra el sendero. Le muestra un árbol bajito. Y ella se

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acerca y le arranca una piña madura, y la desgana, y la muerde.

Entonces, sale de entre los árboles, un perro. El viento dice algo y enmudece. Es un perro grande, castaño, alto. La dentadura, fina, hermosa, le relampaguea.

Pero ella ama a los perros.

Pero, es tarde. Ve en el fondo del bosque caerse el globo colorado y solo del sol. Allá en las cumbres, queda apenas un relampagueo que no va a durar mucho.

Deja el bosque. Dice adiós al viento del bosque. La silban desde sus nidos, los palomos que ponen huevos rojos.

El perro, enorme, ágil, sigue con ella.

En el campo, en las colinas, el perro salta delante de ella, ágil y enorme.

Al llegar al paso, el perro aúlla.

Alguien huye temblorosamente de entre las matas, el perro salta el paso. Ella pasa apenas. Se salpica. La castigan las cañas con sus espadas ásperas.

En el resto del camino, membrilleros enanos, y jaras, y humo.

De la chimenea negra, humo, humo, humo.

La luna ha clavado su herradura fina, de vidrio, en mitad del cielo.

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La chimenea le envía humo, humo, humo.

Llega a la cocina y entra. El perro se detiene en el umbral.

A la voz de la niña se vuelve la abuela.

Y la abuela da un grito horrible.

La palabra “lobo” rompe los oídos de la niña.

La abuela enloquece y golpea enloquecida, la puerta.

Cuando puede volver a mirar, ve a la niña, caída junto a las chimeneas. Y cuando puede detener el sacudón bárbaro de sus brazos, va hacia las chimeneas. Levanta el pequeño cuerpo, que se le dobla como una campánula.

Lo oprime, lo oprime. La niña está muerta.

La oprime, la oprime. Tiene olor a ramita de pino, y a piñón.

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Era en la edad de los pinos.

Era en el tiempo del dulce bosque.

Era al caer de la tarde.

Luces acariciantes resbalaban entre las ramas como si un pájaro rojo estuviera perdiendo la luz y estuviera perdiendo la luz.

Era a la muerte de los tulipanes calientes, de los tulipanes amoratados.

Pero, se abrían los tulipanes pálidos.

Ella giraba con giros de vals; ella iba con paso casi de vals.

Ella vio la agria uva, trepada y colgada; pero, la desdeñó, y trepó y descolgó piñones.

Y vio las glicinas, desmayarse, desmayarse, y las desdeñó y sacó tulipanes.

Era para la cena de los tulipanes; para el vals de los tulipanes.

El agua saltaba y bajaba; se hacía alta y pequeña. Vinieron las cabras desde lo hondo del bosque a beber. Las cabras con sus saltos, y su sed y su seda. Bebían, y los cuernos les quedaban rojos, y les quedaban de oro, porque la luz estaba cayendo de las ramas.

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Habría que seguir a las cabras de los cuernos de oro, habría que ir a lo hondo del bosque. Habría que ir adonde no se podía ir.

Pero, siguió girando, allí no más, con su carga de piñas y pétalos.

El guardabosque vigilaba; cara enemiga y cuerpo de pana verde. Parecía un pájaro forrado de musgo verde.

Era un pájaro de musgo el guardabosque.

Salió al camino.

La noche vino ligera y caminó con ella.

La casa estaba blanca y la abuela serena y blanca. Dijo: -Las lámparas.

Las blancas, interminables lámparas. Colgaban como frutas colgadas, como frutas vacías. Y ella iba sacando a cada una, un tulipán bermejo, un piñón de luz.

Abrió la mesa, interminablemente.

Rompió las piñas en platos como de vidrio, desparramó piñones, puso pétalos.

La abuela ocupó su sitio, la caja de música del reloj daba, apenas, un vals.

El reloj iba señalando la hora de llegada para cada invitado.

Ella iba de aquí para allá en vueltas de vals.

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Y llegaron,

las mujeres del norte, blancas, blancas, con ramos de menta, desde los mentales del norte; las guiaban hombres patéticos y blancos;

las mujeres del sur, con las trenzas rojas, desde los maizales del sur, desde los granados del sur, con la risa roja, risa de maíz desgranado, de granada partida y desgranada; y la gente del oeste, morada;

y la gente azul del este.

Ella venía valsando a verlos. Para los hombres, una sonrisa; tulipanes para las mujeres.

El llegó a las doce.

El entró a las doce, acompañando a Mirea.

Mirea entró riéndose, riéndose, con sus trenzas rojas y su risa de granada partida y desgranada.

El valsó con Mirea, y en un giro perdió a Mirea, y valsó con la abuela, y perdió a la abuela y valsó con ella.

Danzó con ella, sobre los pétalos volados y caídos, entre las piñas desgarradas, bajo las lámparas interminables. El rostro de él, blanco y patético, bajo cada lámpara.

Ella y él, interminablemente, girando entre las lámparas.

Él bailaba otra vez con Mirea. Mirea se reía, se reía.

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Ella iba sola de aquí para allá.

El reloj fue dando la hora de partida para cada invitado.

Y se iban,

las mujeres del norte, guiadas por sus hombres, a sus mentales del norte; y las mujeres del sur, con sus trenzas locas y sus dientes de granada, a los granados del sur;

y al oeste, la gente rosada del oeste;

y al este, la gente azul del este.

El salió acompañando a Mirea.

Mirea se fue riendo. Mirea se fue riendo.

La abuela, blanca y serena: -Las lámparas.

Y desapareció.

Ella llegó a cada lámpara y les sacaba el tulipán de luz, el piñón bermejo: -Hasta otro año, lámparas… Hasta

otro

año. . .

Otro año

...

otro año

...

No siguió a la abuela. Fue afuera. Y ya estaba el alba; ya estaba el alba.

Pinos negros y cabras blancas. Pinos negros y cabras blancas.

Quedaba una estrella, verdosa e inmóvil.

Como un pájaro que, habiendo terminado una noche mágica, no quisiera seguir.

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Vino a recibirla la abuela.

El sol, ultimado, granate, aflojaba las mariposas.

Volvía a entrar en la casa y como antes, dijo: -Voy por fruta.

Y trepó a la cerca y sacó cerezas y uvas. Cerezas de un rosado ardiente y uvas negras y azules. Las mariposas le golpeaban la mano: las mariposas de un negro sedoso y azul, le golpeaban la mano y el pelo y los párpados.

Algo como un ala negra batió un instante, entonces, en su sangre, y la crispó.

Fue hasta el hogar y la abuela jugaba a echar palomos sobre la lumbre; palomos que una vez mordidas, daban también un lejano gusto a uva.

Comenzó a poner ramitas a las llamas, y entonces, los duendes de la uva y la cereza, huyeron, morados, afligidos, aliquemados. Los vio saltar la ventana y desaparecer a ras del pasto.

Una mariposa negra, plegada y desplegada, acompañó la

cena.

La abuela dijo: -Cayó la noche.

Y había caído, repentinamente. Ya andaría la luna porque empezaba a rutilar la arboleda.

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La abuela hablaba de otros años. Trajo un álbum, con abuelas amarillas y paisajes de otros años.

En el jardín crujió una rama, gritó una rama. Ella,

asombrada de pronto, pensó en los perros, en que no estaban ”

los perros. (

“Tus

primos, Rodolfo y Eduardo de caza

...

...

... y Eduardo, el de las manos

Rodolfo con su larga mirada

morenas…)

Esta casa no se acababa. Nunca pudo contarle todas las puertas y ventanas. El viento siempre encontraba donde llamar, y abrir y cerrar, y volver a abrir.

Esta casa no se acababa. ¿Cuánta tierra habría que pasar para encontrar otra casa y otra abuela?

Y la abuela ya iba con una lámpara amarilla hacia la alcoba. Ella la siguió por un interminable pasadizo hacia la alcoba.

La lámpara quedó prendida. El sueño que entró de golpe, apretó los párpados de la abuela y le desató las manos.

Ella cayó en el diván, junto al espejo.

Una hora más tarde estaban perdidos para siempre, el sol, y las rosas, y los hombres. Sólo quedaría, para siempre, esta noche de lámpara amarilla adentro y estrellas hirviendo, afuera.

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De lo hondo del pasillo le llegó una forma blanca y de hielo. Y la apresó y la fijó. Era atadura, y hielo, y muerte.

Le apresó la voz y le endureció los ojos.

Y así la sostuvo una hora. Después, le comunicó que en el espejo, que en lo hondo del espejo, estaba lo tremendo, lo terrible.

Y la irguió y la enfrentó al espejo.

Cara blanca y ojos verdes, el azogue le devolvió cara blanca y ojos verdes. Pero, cara y ojos de la otra, de la escondida, de la de medianoche, de la horrible. El espejo la devolvió bruja, y búho y diablo.

Gritó, un grito partido tres veces. Y cayó otra vez al diván, la abuela: -Niña.

Pero, la abuela surgió, apenas, del sueño: -Agua, niña. De la fuente.

Tomó el cántaro. Y abandonó la alcoba.

Sintió el acecho.

Sintió que le perdonaban la vida a través de habitaciones interminables. Sintió que se detenían para dejarla pasar. La luna quemaba y no quemaba. El viento llamaba en una puerta y huía enseguida.

Afuera, le vino, un poco la calma. Afuera, estaban la fruta y el rumor sedoso de los duendes. Las estrellas

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hervían; por eso, había como un lejano humo, a pesar de la luna tremenda y dorada.

Árboles y árboles hasta la fuente. El agua, al nacer, quedaba del color de la luna.

Entre volver los grifos, y emprender la vuelta, un minuto. Pero, diferente a toda la vida. Entendió que era el fin de algo, que le habían dicho el fin de algo.

Volvió con el cántaro en alto, a través de uvas, y luna, y cerezas.

A través de todas la habitaciones. A través de claro y negro, de claro y negro, de vida y muerte.

La lámpara amarilla, allá en lo hondo, estaba como imantada.

Cuando llegó el cántaro se le separó de los dedos. Cayó deslizada, arrodillada sobre el agua.

La abuela ya era marfil antiguo, marfil asesinado. La abuela tenía detenido el corazón. La abuela era marfil apuñalado, era de párpados duros y manos cerradas. Era abuela amarilla, abuela de álbum.

Se desmayaban un montón de cosas para siempre, se desmayaban, se desmayaban.

Sólo la sangre seguía viniendo, la sangre seguía viniendo. La sangre seguía. La luz daba en la sangre. La luz daba en la sangre.

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Como si de golpe, y horrorosamente, hubiera decidido llegar la aurora.

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La luna abrió un minuto el cielo negro. Y era una luna de blancor tenebroso, de presagio.

Ella cruzó el olivar y llegó corriendo al jardín. Las dalias con sus rostros blancos le golpearon la cintura. Saltó la ventana –la ancha y baja ventana- y cerró los postigos. El pájaro aquel que había llegado al olivar por la tarde, silbó otra vez. Ella sintió que la sangre se le volvía nieve.

Pero, vinieron las voces de Roberto y la madre, llamándola. Entonces, se calmó un poco. Y Fue allá. La lumbre jugaba a crecer entre rosada y azul. En el aire bailaba un perfume de almendra, de limón y de pan.

Sentóse junto a la lumbre, mirando la larga chimenea. Antes, venían a visitarla, venían a verla, desde la larga chimenea.

Antes, cuando ella decía a la madre que era hija de duende y mujer de duende, la madre lloraba; ahora, cuando lo decía a Roberto, Roberto no quería entenderla.

Después fueron hacia las habitaciones. Imágenes de mármol presidían la habitación de la madre. La madre se arrodilló a hablarles. Roberto marchó a la alcoba. Ella se detuvo un instante, y oyó el silbo del pájaro en el olivar. Entonces, pensó en un llamado. Tal vez, si ella se atreviera a desafiar el bosque enano y macabro de las dalias, si pasara los olivos, en la calleja encontraría al caballo de

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nieve, estaría aguardándola el corcel de nieve, que la guiara otra vez a su pueblo (al pueblo del que la habían quitado alguna vez, quien sabe por qué).

Tal vez le volviesen de nuevo, su reino.

Pero, corrió hacia Roberto. La lámpara de la alcoba era una rosa roja y malvada. Se arrodilló junto a Roberto. -Tengo miedo, Roberto. Pero, él comenzó a acariciarle las trenzas.

Entró la madre a buscarla para ir al jardín; pero, cuando salieron, la madre vio que había algo anormal en las cosas, algo anormal en el tiempo. Y se asustó y dijo: - Volvamos.

Y dentro, la miró desesperadamente. Y fue a quemar ramitos de olivo y dalias secas a las santas.

Ella corrió otra vez hacia Roberto. Se arrodilló a su lado, Roberto empezó a deshacerle las trenzas. Y la rosa de la lámpara se dobló.

Volvió del sueño por los cascos de un caballo, por el galope de un caballo en la calleja, en el olivar, en tomo a la casa. Un caballo que buscaba, que llamaba, que quería llevarse algo.

Se irguió violentamente. Roberto: -Niña. Y ella pensó de nuevo: -Tengo miedo, Roberto; pero, dijo: -Es tarde, Roberto.

-Medianoche, tal vez.

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-No, es tarde, tarde.

Quiso atarse las trenzas, y abandonó el lecho.

Desesperadamente, postreramente, recordó a la madre, se aferró a la madre.

Corrió por las habitaciones.

Y se detuvo junto a una mujer dormida (la luz venía plomiza, de las nubes? ¿de dónde?), junto a una mujer con cara de dalia blanca y pelo de dalia negra. Pero, una mujer que ella no conocía. En un ángulo de la habitación, en el piso, retorcíanse absurdamente, pétalos iluminados.

Una voz llegó de lo hondo de las habitaciones, llamándola.

Una voz que tampoco conocía, una voz humana, horrible porque era humana.

Entonces, corrió desesperada, enloquecida, a la puerta.

Cuando Roberto y la madre salieron al jardín, los recibió el silencio. El ciclo se aclaraba, se aclaraba. La luna que abría blanca y de un blanco normal, miraba a los olivos y a las dalias.

Y los olivos y las dalias miraban blancamente hacia la luna.

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Aquel verano la uva vino tan dorada que hasta en el crepúsculo se la veía brillar.

Doña Camelia, echada en la mecedora, sentía los racimos tocándole la frente y el hombro; pero olvidaba esa dulzura aguardando a Estela. En este último tiempo había estado viniendo tarde, por el sendero, alta y derecha. Como si acabara de dejar un trono.

A ella le parecía ave descendida, río bajado de la colina, nunca una mujer de trabajo en los trigos.

Había estado viniendo por el sendero, ceñida con aquella escasa tela celeste que no le cubría los pechos y le apretaba la cintura. Tenía los ojos del color de la uva, y en la carne, el claror dorado de la uva. Pasaba sin mirarla. Ella: -Estela.

Se quitaba la ropa celeste, y volvía -desnuda- rumbo a la fuente.

Iba a llevarle uva a la fuente.

Estela salía del agua, y el viento de antes de la noche, la envolvía. Estela quedaba de pie, envuelta en el viento, sin mirarla.

La recordó pequeñita, cuando rompía el agua riendo y desgarraba racimos y racimos (-Madre Camelia, ¡que ya tengo la boca áspera y dulce como si fuera de uva!). Y silbando igual que un ave, despertaba a las gallinas negras que

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dormían en los ramajes. Las gallinas descendían, revoloteaban, y se peleaban. Ella, alguna vez, sintió un leve terror: la niña desnuda y aquellas aves negras.

Pero, ahora se había vuelto orgullosa como una espiga joven, como un cerro, como un horizonte.

Ya era noche. Doña Camelia vio que las estrellas, pesadas, calientes, maduras, querían caer. Los duendecitos empezaban sus correrías en el jardín, en la cocina, sobre los muebles, junto a los espejos. Ágiles e inofensivos como mariposas, el reloj les atraía. Treparon a él. Doña Camelia entrando los ahuyentó. No había lámpara; pero el reloj se apresuró a decirle en diez campanadas, la hora. Ella, pálida de pronto, volvió afuera. Escuché. Sentía que la sangre le murmuraba. Al fin, apartó la vid casera, y por el arenoso camino llegó al campo. Estaba perdida. Hacía años que no pisaba ese campo. Vio, encendidos, los candelabros de las achiras. No andaba ni una sombra humana. La luna, rosada, diáfana, en mitad del cielo, era como una dalia a través de un cristal, una llama a través de un cristal. Dos o tres perros, salvajes, castaños, largos como lobos, querían morder la luna. Alargaban sus cabezas castañas hacia la luna.

Ella tuvo una visión: Estela venía corriendo con una dalia rosada (el cielo se oscurecía y se fulgía la tierra) y la echaba a los perros. -Tomad, perros, que siempre pedís la luna. Y los perros peleaban por una dalia rosada.

Marosa Di Giorgio – Poemas (1951) Extraído de Los Papeles Salvajes por Myler Edson Moss

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Siguió. Llegó a los trigos. Pero, los trigos estaban solos. No quedaba nadie. Le vino un olor húmedo. A pantano, a garza, a mimbre.

Se encontraba perdida. Pasó entre arbustos y arbustos, entre sombras. Se detuvo un poco. Entonces, fue que vino el grito. Vino como a clavársele en la raíz misma de la vida. Temblando abrazó algo. (¿o habría sido una carcajada?) Ya no pudo discernir. Se mareaba, se cegaba.

Cuando volvió a ver, retomó el paso, con la sangre casi detenida. Entre sombras; escuchando y no escuchando. De golpe, un relumbre.

Y sí, era el río, inmenso y claro. Era la costa, inmensa y clara.

Vio el torso de un hombre. Un hombre que partía con su cuerpo al agua, que entre sus manos, hacia bailar el agua. Frente a él. Estela reía. Ceñida y desceñida por una escasa vestidura de agua.

Reía con una risa cristalina y profunda.

Una risa que iba volviendo para siempre otros, la tierra, el río y el cielo.

Marosa Di Giorgio – Poemas (1951) Extraído de Los Papeles Salvajes por Myler Edson Moss

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