El Ruende

El gringo loco era en realidad una persona tranquila, un hombre callado. Su comportamiento no era del
tipo que solemos llamar alocado. Pero algo extraño tenía, suficiente para que los lugareños le apodaran
así; cuando llegó nadie lo notó, todos le tomaron por un gringo más haciendo sus cosas. De a poco
empezaron a correr los rumores.
El gringo no era tonto y lo advirtió. Un día, muy borracho en la taberna del pueblo, se excusó; ante el
panadero que todos los días a la hora de la merienda le vendía pan con chicharrones. “Es que mi
madre... es que mi madre se suicidó dándose de cabezazos contra las paredes de mi cuarto”.
Había estudiado para biólogo marino. Llegó a la isla a hacer su práctica en una ONG ambientalista; lo
pusieron a la cabeza de un grupo de oriundos, universitarios también. La prueba duró cuatro meses y
demostró méritos más que suficientes. Pero el gringo loco no volvió a su país a recibir su diploma.
Se quedó. Por unos meses trabajó en la ONG, pero pronto se acabaron los fondos. Intentó el oficio de
pescador artesanal. Y la verdad es que el gringo no era tonto, y de no ser por la devastación de las
grandes pesqueras, con la pesca se las habría arreglado. De todos modos tenía ahorros. De a poco su
ropa primermundista se fue estropeando, su apariencia se volvió desaliñada.
Sólo una cosa podía retenerlo en la isla. Sí. El gringo estaba locamente enamorado. Porque durante una
fiesta primaveral una muchachita de familia campesina lo miró con tanta lujuria que su alma quedó
prendida. O al menos eso imaginó él, cuando borracho de chicha la descubrió: sonriéndole a todo quien
la miraba, cantando acompañada de un rabel un peculiar amor: La Virgen humedecía/desnuda en la
mar su piel/y cosquillitas como olas/le regalaba un tritón...
Pero la cantora nunca más lo miró. Su bendita lascivia quedó tan profundamente grabada en el alma del
gringo.
La galanteó lo mejor que pudo, mas -como ya dije- la muchacha no volvió siquiera a dirigirle la
mirada. Ni sus cabellos dorados ni su inteligencia ni su sapiencia ni sus buenos modales le hacían
gracia. Algunos pescadores intentaron explicarle que la niña cuando cantaba era otra, no la misma que
se paseaba. Le advirtieron que dejara de hacerse ilusiones. Pero nada, el rucio no pensaba en otra cosa.

Vestía poncho y sombrero. El Ruende le lamió las nalgas a la joven. muy borracho en la cantina. Salmodiaba. El gringo contempló como la bestia se cogía a su amor. Y el truhán le dio instrucciones precisas. Entre las lágrimas y la borrachera apenas distinguía el rostro de su alcahuete. acariciándole pezones. desnuda delante de él. el gringo se sentó bajo un árbol de palo muerto que crecía a la orilla de un riachuelo. Tal como le indicaron.Hasta que un día apareció el alcahuete. ella se echó al suelo. La bestia volvió hasta el gringo y la niña le siguió. Hasta que la regó con su leche negra. el alcahuete ya estaba en otra mesa despilfarrando su botín. Todo lo vio el gringo como un reflejo en el arroyo. Evocó con más fervor la imagen de su amada y recitó con más ilusión el llamado. Parecía un perro negro. Se sintió estafado. Cuando quiso exponer sus dudas. Pero volvió de todos modos. nariz con el glande. Llegó el día cuarto. Le dijo que a cambio de algo de dinero le ayudaría a enamorar a la muchacha. A ratos parecía una enredadera de bellas flores negras enroscada en el cuerpo de la niña. parecía bizco o ciego. pensó en su novia. Ahí la tenía. Sólo en la sonrisa de la campesina y en la invocación que le había enseñado su alcahuete. Aullando la sacó de su casa como embrujada. El gringo estaba paralizado. despojándose en el camino de sus ropas. Pensó en sus amigos. vapor. Le gritó el nombre de su amada. su rostro era difuso como un vapor. Y la niña extasiada se la esparció por todo su cuerpo. a ratos entusiasta. a ratos harto. Éste le exigió que cesara de llorar y que si de verdad quería a la niña le pagara al menos el cuádruple. serpientes escurriéndose por sus pliegues. Al día siguiente ya no pensó en su novia ni en sus amigos. La muchacha lo disfrutaba. Se acompañó de una chuica para embobar miedo o desencanto. olía a azufre. pidiendo . Se sintió estúpido. Y así estuvo hasta que se aburrió. un enano muy bien dotado. acalorada. Volvió a su pensión a dormir. Gemía endemoniada. La bestia fue a buscarla. al crepúsculo del día siguiente. en los proyectos que tenía con ellos. Y el aroma de sus jugos perfumaba la escena. Dudó si volver al día siguiente. Lo pilló donde debía. Desde ahí invocó su destino. desde que su mirada se cruzó con la de la cantora. El gringo calló y lo miró a la cara. labios. a la que abandonó en su país sin darle explicación alguna. Hasta que de pronto confundido en las sombras lo divisó. Pagó. El gringo se puso a llorar y le ofreció unos billetes. todos abandonados. Por primera vez.. En pijama la niña caminó presurosa a besarle su boca llena de babas. fregándose pezones y pubis como trastornada.

más. Y éste no paraba de llorar. . “Toda tuya”. le dijo el Ruende al gringo.

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