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Leonardo Rodríguez Velasco

Reflexiones políticamente incorrectas

2016

Introducción

El presente volumen recopila los escritos que de mi autoría han ido apareciendo en mi blog de Internet, desde aquél febrero de 2011 cuando decidí aventurarme en las aguas recelosas del mundo digital.

Cinco años y medio han pasado desde entonces y los escritos se han ido acumulando poco a poco hasta sumar hoy alrededor de 80 escritos breves (unos más que otros) en los que he ido condensando buena parte de mis lecturas y reflexiones. Algunos de esos escritos abordan directamente temas centrales de la filosofía clásica, otros se ocupan de analizar ciertas temáticas coyunturales del momento presente en torno a temas álgidos de gran debate nacional, y finalmente otros son en su sencillez simples desahogos del autor frente a aspectos de la sociedad actual en los que cree percibir una irremediable decadencia humana.

Los presento ahora en forma de libro, buscando con ello poner a disposición de los lectores que visitan el blog y me leen con cierta frecuencia el conjunto completo de escritos, con el fin de que retornen con comodidad a la lectura de aquellos que fueron los primeros o que por el paso del tiempo han ido quedando atrás en la memoria, y que por tratar aspectos relevantes de nuestra realidad actual, vale la pena retomar constantemente para alimentar el arsenal nocional con que buscamos enfrentarnos a esta pobre realidad social que la Providencia ha destinado para nosotros.

Estos cinco años y medios, junto a los venideros que la Providencia ha destinado para la duración de esta obra, han sido entre otras cosas una verdadera catarsis personal. Nada mejor que enfrentarse con uno mismo frente a una hoja de papel (o un documento digital) para aclarar nuestras propias posturas y alimentar con la reflexión escrita las bases mismas de nuestra visión de la realidad. Vivir una vida consciente es deber de oda criatura pensante.

Espero que esta iniciativa agrade al lector asiduo del blog y sirva para darle una visión más de conjunto de las doctrinas que sostenemos y del porqué nos empañamos en hacerlo, a pesar de los pesares.

He respetado en la presentación de los artículos el orden mismo en que fueron apareciendo en el blog, renunciando a la idea de agruparlos por temáticas. Dejo esa tarea al curioso lector

¡A leer!

Leonardo Rodríguez

Málaga, Sder. Agosto 4 de 2016

ÍNDICE

1. SÓCRATES Y LA SOFÍSTICA

13

2. EL RELATIVISMO

16

3. RELATIVISMO PRÁCTICO

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4. RELATIVISMO Y LENGUAJE

22

5. RELATIVISMO Y LENGUAJE (2)

25

6. RELATIVISMO Y LENGUAJE (3)

28

7. SOBRE EL SIGNO

31

8. EL SIGNO Y LA INTENCIONALIDAD COGNOSCITIVA

35

9. RELATIVISMO ÉTICO

38

10. RELATIVISMO ÉTICO 2

40

11. RELATIVISMO ÉTICO 3

43

12. RELATIVISMO ÉTICO 4

46

13. RELATIVISMO Y ESCEPTICISMO

49

14. SOBRE EL ARTE Y LO BELLO

52

15. EL MULTICULTURALISMO

56

16. UNA PARADÓJICA ACUSACIÓN

60

17. UNA PARADÓJICA ACUSACIÓN 2

63

18. SOCIEDAD ENFERMA

65

20.

¿TOLERANCIA O PERMISIVIDAD?

71

21. LA NUEVA TIRANÍA

73

22. EL ESTUDIO "CIENTÍFICO" DE LA INTELIGENCIA

77

23. LA NEUROTEOLOGÍA

79

24. FÍSICA CUÁNTICA E IDEALISMO

84

25. LOS PELIGROS DE LA INTERNET

87

26. LA DOCTRINA DE LAS INTELIGENCIAS MÚLTIPLES

89

27. (1) "LÓGICA" MORAL

91

28. (2) "LÓGICA" MORAL

95

29. DECONSTRUYENDO LA SOCIEDAD MODERNA (1)

98

30. DECONSTRUYENDO LA SOCIEDAD MODERNA (2)

101

31. DECONSTRUYENDO LA SOCIEDAD MODERNA (3)

107

32. DECONSTRUYENDO LA SOCIEDAD MODERNA (4)

111

33. A ALGUNOS LES CONVIENE QUE DIOS NO EXISTA,

116

34. ¿LOS TIEMPOS CAMBIAN?

121

35. LA DICTADURA DE LAS MINORÍAS

124

36. MI ENCUENTRO CON SANTO TOMÁS DE AQUINO

127

37. ACERCA DEL ESCEPTICISMO

132

38. (1) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

134

39. (2) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

136

40. (3) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

139

41. (4) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

145

43.

(6) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

152

44. (7) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

160

45. ¿TODOS TIENEN LA RAZÓN?

162

46. LA PARADOJA POSITIVISTA

164

47. "DERECHO" AL PECADO

166

48. ACERCA DE LAS IDEOLOGÍAS

168

49. DIALOGAR CON RELATIVISTAS

170

50. SOBRE EL ATEÍSMO

173

51. EL ‘PECADO’ DE TENER LA RAZÓN

176

52. DEL PENSAMIENTO DÉBIL AL HOMBRE DÉBIL

178

53. LA PLAGA DEL INDIFERENTISMO

180

54. IMPORTANCIA DE LA FAMILIA

182

55. LA ESPIRITUALIDAD AL EXILIO

184

56. LA FALSIFICACIÓN DE LA ESPIRITUALIDAD

186

57. PEREZA PARA PENSAR

190

58. RELATIVISMO "CATÓLICO"

193

59. LA ERA DE LA "INFOXICACIÓN"

196

60. ACERCA DE LA EDUCACIÓN

198

61. ¿UN ARGUMENTO A FAVOR DEL RELATIVISMO?

201

62. LA EDAD DE LAS IDEAS

204

63. LA TINTA Y EL POEMA

207

64. DIOS ES ESTORBO DE LA MODERNIDAD

212

66.

LA MORAL SOCIAL

218

67. LA SENCILLEZ DE LO RURAL

221

68. SEPARACIÓN ENTRE FE Y RAZÓN

223

69. SOBRE LA MUERTE DE UMBERTO ECO

226

70. "¡PRIMERAMENTE DIOS!"

228

71. OCULTAR LA FE

230

72. LA VERDAD EN EL EXILIO

232

73. DESPRECIO POR LA APOLOGÉTICA

234

74. LA ESENCIAL MALICIA DE LOS SISTEMAS DEMOCRÁTICOS

237

75. ¿POR QUÉ ATRAE EL ATEÍSMO?

239

76. 2- ¿POR QUÉ ATRAE EL ATEÍSMO?

243

77. LA CAVERNA DE PLATÓN

246

78. CARPE DIEM

248

79. LA SERVIDUMBRE DE LA INTELIGENCIA

251

80. PROBABLEMENTE DIOS NO EXISTE

254

81. LA ESCLAVITUD PERFECTA

256

82. SOBRE EL MAL AMOR

258

83. DISCURSOS FALACES - CASO ÁNGELA HERNÁNDEZ

263

84. EL TERROR A NO SER CONSIDERADO MODERNO

268

85. SOBRE EL ODIO A SÍ MISMO

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SÓCRATES Y LA SOFÍSTICA

Hace alrededor de 2400 años Sócrates fue condenado a muerte. Los cargos formulados en su contra eran fundamentalmente dos: no reconocer los dioses de la ciudad y corromper a la juventud. Mucho se ha escrito acerca de lo injusto de ambas acusaciones, y lo injusto del juicio en general y sobretodo de la sentencia final. De hecho la muerte de Sócrates ha sido comparada, guardando las obvias distancias, con la injusta muerte de Cristo; y son muchos los escritores de todos los tiempos los que se han entretenido encontrando sutiles analogías entre ambas figuras históricas.

La vida de Sócrates es la vida de un luchador. ¿Contra quién luchó Sócrates? La respuesta es fácil hallarla en cualquier manual de historia de la filosofía; en efecto todos nos dirán que los adversarios contra los cuales Sócrates dirigió la fuerza inmensa de su talento fueron los sofistas. Y ¿Quiénes eran los sofistas? Acerca de los sofistas también se ha escrito mucho; fundamentalmente se puede decir que eran maestros especialistas en retórica. Pero no al modo como puede serlo un retórico normal. Para ellos la retórica lo era todo. Es decir que para ellos no existía la verdad, la ciencia, el conocimiento objetivo de la realidad de las cosas. Sólo existía la palabra, el discurso; y se proponían enseñar a las personas como hablar acerca de cualquier cosa defendiendo tanto los pros como los contras, sin importarles para nada la verdad de las cosas. Sólo importaba convencer, persuadir, ganar seguidores a través de discursos bien hechos; no es una casualidad que el periodo de aparición de los sofistas coincida con el periodo en que Grecia veía el auge del sistema democrático, oportunidad única para que la plebe pudiera destacarse públicamente y aspirar a cargos de relevancia.

En este ambiente contar con maestros hábiles en el arte de convencer, de arrastrar, de persuadir, fue de un valor incalculable. De hecho se dice que estos sofistas cobraban dinero por sus enseñanzas, lo cual los hacía odiosos a los ojos de los verdaderos filósofos, quienes por el contrario siempre habían

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vivido con la convicción de que la sabiduría descendía a los filósofos para que estos fueran sus dispensadores a los hombres, en beneficio de todos y jamás con afán de lucro.

En este contexto la figura de Sócrates se levanta como un enorme faro dispuesto a evitar el naufragio de la razón humana. Para Sócrates, el hombre posee la capacidad de conocer la verdad de las cosas, posee la capacidad de tener conocimientos objetivos de la realidad que lo rodea y también de sí mismo. La verdad y el error existen y podemos conocerlos y distinguirlos. Pero quizá lo más importante es que para Sócrates existe una verdad acerca del hombre mismo. Es decir que el hombre es un ser de la naturaleza, que como todo otro ser posee una forma bien definida de existir, posee una esencia, posee una naturaleza que lo hace ser lo que es y no otra cosa; la naturaleza o esencia de algo (incluido el hombre) es aquello que somos, aquello que se responde cuando se pregunta ¿qué es Sócrates?, Sócrates es un hombre, y ¿Qué es ser hombre? Y así sucesivamente hasta llegar a determinar con precisión la esencia humana. Una de las consecuencias de esta visión socrática de la realidad es que el fin de cada ser está en obrar de acuerdo con su naturaleza.

Así, el fin del árbol es obrar como árbol y no como perro. El del perro es obrar como perro y no como árbol, y así de todo lo demás, incluido el hombre. El fin del hombre consiste en obrar en conformidad con su naturaleza humana, de manera que toda conducta que sea realizada contrariamente a esa naturaleza será una conducta errada, viciosa, y dañina. Sería un obstáculo, un impedimento y se constituiría en una verdadera autoagresión.

Para Sócrates los sofistas eran los grandes destructores del hombre, pues al destruir la capacidad de la inteligencia humana para conocer la verdad de las cosas se destruía no solamente el fundamento de la ciencia sino también y más grave aún el fundamento de toda moralidad. La moral es la ciencia que, al estudiar la naturaleza humana concluye estableciendo los cauces por los cuales ha de fluir la conducta humana para obrar siempre de conformidad con esa naturaleza, para alcanzar el fin. Pero si los sofistas están en lo cierto, si la razón humana no está facultada para el conocimiento de la realidad, de

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la naturaleza de las cosas, si es tan sólo una facultad encargada de crear bonitos discursos pero desconectados de toda realidad, entonces se hace inevitable caer en el relativismo. Precisamente el relativismo es la doctrina según la cual, al no existir ni la verdad ni el error entonces todo vale por igual, todo está permitido, todo es verdad y todo es falso, ningún comportamiento es malo, ningún comportamiento es bueno; todo se reduce a opiniones personales, a puntos de vista, a perspectivas, a elecciones personales sin fundamento, caprichosas.

Ante semejante caos Sócrates reacciona y dedica su vida entera y la totalidad de sus fuerzas a recordar a los hombres la existencia de esa noble facultad humana, la inteligencia, dueña de la capacidad de descubrir la verdad de las cosas, la naturaleza de los seres, los modos de ser, en una palabra: la realidad. Esta defensa de la inteligencia terminó costándole la vida, pues sus enemigos jamás le perdonaron que fuera la piedra en el zapato de tantos contemporáneos quienes preferían quizá el universo ofrecido por la sofística, el fácil universo del relativismo, de la ausencia de valores y principios.

Es por ello que hemos escogido la muerte de Sócrates como imagen central del blog. Creemos que se trata verdaderamente de un símbolo eterno, destinado a no morir muriendo. Y de paso a inspirar a otros, quienes en el transcurso de los siglos que estaban por venir, estarían destinados como nosotros a vivir en una época dominada por los sofistas. Y precisamente de esto queremos tratar en las siguientes entradas; nuestra tesis será la siguiente: el mundo actual es semejante al mundo socrático; pululan los sofistas.

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EL RELATIVISMO

¿Qué es el relativismo?

El relativismo es un mal antiguo. Nos viene, como muchas otras cosas, de los griegos. Es usual otorgar su paternidad a los sofistas del tiempo de Sócrates. Aunque entre ellos se den algunas diferencias. Por ejemplo uno de ellos de nombre Protágoras (Πρωταγόρας) solía decir que:

“El hombre es la medida de todas las cosas”

Al paso que un cierto Gorgias (Γοργίας) es famoso por su concepción agnóstica radical resumida en su célebre frase:

“Nada existe. Si algo existiera no podríamos conocerlo. Y si acaso pudiéramos conocerlo, no nos sería posible comunicarlo".

Esta segunda frase es mucho más agresiva que la primera; más radical. En efecto lo que esa frase sugiere es la total impotencia del hombre para alcanzar la verdad de las cosas, la realidad, lo que llamábamos en la entrada anterior la naturaleza de los seres. Al paso que la primera, sin anular totalmente la existencia de lo verdadero lo reduce a mera construcción subjetiva del hombre. De manera que la única verdad sería la verdad individual; la que cada uno hace, la que cada uno se fabrica. Sería el reino de lo que alguien ha llamado “la opinionitis”, verdadera plaga del mundo actual.

Pero en definitiva ambos miran hacia lo mismo, la eliminación del concepto de verdad objetiva. La implantación del relativismo gnoseológico primero, del cual brotará luego el relativismo moral como obvia consecuencia. Decíamos antes que la moral es la aplicación de nuestro conocimiento de la naturaleza humana en orden a determinar los cauces comportamentales conducentes al logro del fin del hombre. Para usar una analogía un poco atrevida diríamos que antes de usar un aparato electrónico primero leemos el manual de instrucciones en el cual se nos enseña cómo utilizarlo de forma correcta;

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nadie usa ningún aparato, desde los más sencillos hasta los más complejos, sin antes asegurarse de que sabe con precisión cómo hacerlo, de lo contrario se expone a dañarlo por un mal uso. En este ejemplo, mutatis mutandis, ese manual sería como el código moral de ese aparato.

Y ¿quién hace el manual? Pues el mismo que fabricó el aparato, esto es de una obviedad pasmosa. Los manuales nos vienen de fábrica, es evidente que sólo aquel que fabricó el aparato puede decirnos cuál es la forma correcta de utilizarlo. En el fondo lo que queremos que se entienda es lo siguiente:

cuando se dice que una determinada conducta es moralmente mala, lo que se quiere decir es que esa conducta señalada como mala es objetivamente contraria a la naturaleza humana y por tanto objetivamente nociva para quien la realiza. E insistimos en esto porque hay muchos que debido a la gran ignorancia en que vivimos respecto de estos temas creen que la moral es sólo un conjunto de prohibiciones inventado por los curas para controlar a la gente, obligarla a sentir culpas y hacerlas asistir a la iglesia en busca de perdón y de paso dejar sus limosnas. Nada más absolutamente alejado de la realidad, y nunca mejor usada esa palabra “realidad”. La moral tiene un fundamento real, objetivo, verdadero y ese fundamento es nada más y nada menos que la misma naturaleza humana. Para seguir con el ejemplo del aparato electrónico ¿Qué diríamos si alguien toma su computador personal y lo agarra a patadas creyendo que es un balón de fútbol? Evidentemente diríamos que está obrando mal ¿por qué? Sencillamente porque EL COMPUTADOR NO HA SIDO HECHO PARA ESO. Diríamos que tomar a patadas el computador es un acto “moralmente” malo. ¿Entendemos ahora el significado de las expresiones moralmente malo o moralmente bueno? De esto hablaremos más detenidamente en otra oportunidad, por ahora regresemos a nuestro tema, el relativismo.

Decíamos más arriba que la finalidad del relativismo es la eliminación del concepto de verdad objetiva. En el fondo de esta postura está una visión negativa sobre la inteligencia humana. La base de todo el sistema está en concebir a la potencia intelectiva humana como impotente para conocer la verdad. Esto se llama escepticismo y es una teoría que en cada siglo resurge y gana seguidores. Lo paradójico es que quienes la sostienen se pasan su vida

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entera usando la fuerza de su inteligencia para probar que la fuerza de su inteligencia no puede probar nada. Daría risa si no fuera tan trágico. Ahí está el filósofo Kant como ejemplo. Hombre dotado de un talento tremendo para la especulación, se pasó la vida entera buscando convencer a todos que la inteligencia humana no puede ir más allá de los meros fenómenos de las cosas, que nunca podemos conocer las cosas tal y como en realidad son; y como decíamos arriba, la paradoja está en que este esfuerzo lo realizó usando la fuerza de su inteligencia. Todo relativismo lleva en sí mismo su propia refutación y su propio castigo. Hace más de dos mil años Aristóteles solía repetir que los relativistas deberían estar siempre callados y no decir nada. Porque si es cierto que nada es verdad entonces eso que ellos enseñan tampoco es verdad.

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RELATIVISMO PRÁCTICO

En la edad media uno de los mayores cuidados que se tenía era definir correctamente las palabras que se usaban, de manera que lo que se dijera fuera lo más claro y entendible que se pudiera. Esto era evidentemente una señal de honestidad y de respeto por aquellos hacía quienes se dirigían.

De hecho la definición de las palabras ocupaba un gran lugar en la vida intelectual de los medievales, en ocasiones se detenían durante largo tiempo en investigaciones etimológicas con la sola intención de estar del todo seguros del sentido de vocablo antes de usarlo.

Junto a esto había también una convicción de fondo. Los medievales creían, como cree todo hombre normal, que las palabras se referían a cosas que existían independientemente de nosotros. Lo cual significaba que dado el caso extremo de que todos los seres humanos desaparecieran de la tierra las cosas seguirían existiendo y seguirían siendo lo que eran pues su existencia no dependía de las personas, sino que existían en sí mismas.

Estos dos rasgos, claridad y objetividad en el lenguaje, eran las características básicas de lo que se ha llamado el “Realismo” medieval o “Realismo” tomista, por ser Santo Tomás de Aquino el principal representante de esta postura.

Entonces, existen cosas independientes de mí, cosas que están ahí, y que yo puedo conocer. No sólo conocer que ellas existen sino también conocer como existen, la manera que tienen de existir, lo que se llamaba la “esencia” de algo; la esencia de una cosa era lo que distinguía a esa cosa de todo lo demás, lo que se contestaba cuando se preguntaba qué era esa cosa, se contestaba señalando la esencia, y no sólo señalándola sino “diciéndola”, el lenguaje era el vehículo de transmisión de la realidad, a través del lenguaje los hombres nos comunicábamos “desde” la realidad, “desde” la objetividad. El lenguaje no era una construcción totalmente arbitraria y caprichosa de los hombres,

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sino que era ante todo el medio usado para “decir” la realidad, para hablar de lo real, y para comunicarla a otros.

Obviamente como base de toda esta idea estaba la profunda convicción de que el ser humano tenía entre sus facultades, entre sus capacidades, entre sus potencias, una llamada inteligencia, que le permitía, como su mismo nombre indica, “leer el interior” de lo real (inteligencia=intus legere=leer lo interior). Aquello que de las cosas conocemos por medio de nuestros sentidos es sólo una parte de la realidad, la parte más superficial, y sabemos que es así puesto que estos “aspectos” de la realidad pueden variar sin que cambie la realidad misma. Pensemos en un caballo. Tiene un color, una forma, un tamaño, etc. Pero estos elementos sensibles no “son” el caballo como tal, sino sólo ciertos aspectos suyos, la prueba está en que si estas características fueran distintas, si fuera de otro color, un poco más grande o le faltara una pata, no obstante seguiría siendo el mismo caballo; lo cual significa que “bajo” estas apariencias sensibles debe haber “algo” más, y ese “algo” que en cierta forma se manifiesta en lo sensible pero que no es lo sensible, sino que permanece en el “interior” es posible conocerlo sólo con la inteligencia, que vendría a ser algo así como la facultad de comprender lo que está más allá de lo sensible.

También se podría decir que sólo con la inteligencia captamos cosas como la justicia, la prudencia, el amor, la valentía, la honradez; porque con nuestros sentidos podemos “ver” actos de valentía o de amor, pero comprender que tal acto es “valentía” o “amor” es privilegio exclusivo de la inteligencia; o ¿alguna vez hemos visto caminando por ahí la valentía?

Este es a grandes trazos la concepción llamada “realismo”, claro que se compone de muchos más elementos, pero lo básico se podría resumir en las siguientes tres ideas:

1-

Existe la realidad

2-

Podemos conocerla

3-

Podemos comunicarla mediante el lenguaje

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Supongo que los que han leído las entradas anteriores en este momento habrán notado ya que son justo tres ideas contrarias a la famosa frase de Gorgias; recordemos que Gorgias decía:

1-

No existe la realidad

2-

Si existe no la podemos conocer

3-

Si la podemos conocer no la podemos comunicar

La oposición no podría ser mayor, se trata de una verdadera contradicción. Si la postura realista es verdad entonces ya no puede ser verdad la postura sofista-relativista, y viceversa. No hay un término medio. No hay un acuerdo posible; son dos posiciones que se excluyen mutuamente.

Actualmente para nadie es ya un secreto que la concepción sofista-relativista ha triunfado totalmente en nuestra sociedad; esto no quiere decir que si agarramos a alguien por la calle nos va a decir que es un seguidor de Gorgias

y que está en contra de los realistas de la edad media, no. Talvez sólo entre

los “filósofos” actuales (pongo la palabra filósofos entre comillas porque significa “amante de la sabiduría” y ¿cómo puede ser amante de la sabiduría alguien que niega incluso la existencia de la verdad?) podríamos hallar este tipo de respuesta; en el común de la gente, que son la inmensa mayoría, lo que se da es un relativismo práctico, es decir, viven el relativismo, viven como sofistas, sin necesidad de darle un fundamento teórico (lo cual además es imposible).

Y esto no es difícil de comprobar; vemos diariamente personas que viven sus

vidas como si todo valiera lo mismo. Todo les da igual, para ellos no existen verdades absolutas; sino que cada quien es libre de pensar lo que le dé la gana y de actuar como le dé la gana, porque todo da igual, nada es mejor que lo demás. De esta forma de concebir las cosas se deriva una tolerancia infinita

hacía todas las conductas y hacía todas las ideas, porque si todo vale igual entonces ¿por qué se debería calificar como mala una idea o como perversa una conducta? Cada cual es libre de hacer y pensar como quiera. Esto es el triunfo práctico de los sofista-relativistas. Su triunfo total.

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RELATIVISMO Y LENGUAJE

El lenguaje es quizá, después de la realidad misma y de la moral, lo más golpeado por el relativismo sofista. Normalmente estamos acostumbrados a creer que al nombrar algo, como una planta o un carro o un hombre o una virtud estamos efectivamente refiriéndonos a cosas que existen en la realidad, es decir, en forma independiente a nosotros, como explicábamos en la entrada anterior. Esta es la creencia común. Es lo que siempre se ha creído. A nadie se le ocurriría pensar que cuando hablamos nuestras frases no se refieren a la realidad sino a construcciones mentales de cada uno sin ningún vínculo con el mundo real. Cuando decimos “esta silla es blanca”, queremos significar que independientemente de mí, incluso si yo desapareciera y desaparecieran conmigo todos los seres humanos esa silla aún existiría y seguiría siendo blanca; pero de ninguna manera queremos decir “a mí me parece que esta silla es blanca, pero también es negra, roja, verde, azul, todo depende de la opinión de cada uno”.

Pues bien; precisamente esa segunda opción es la opción relativista para el lenguaje. Recordemos que una de las tesis de Gorgias es que no podemos comunicar la verdad aunque la conociéramos. De manera que para Gorgias el lenguaje (escrito, oral,) no es un medio que usemos para “decir” la realidad, sino que es tan sólo un instrumento útil para las sociedades, útil para convencer, útil para persuadir a otros, útil para solucionar problemas inmediatos, útil para hacer reclamaciones y exigencias, etc. Pero jamás útil para reflejar la realidad ni comunicarla entre nosotros.

Fijémonos un poco; el problema no es tan simple como parece, porque alguno podría decir: “bueno y ¿en que me afecta a mí que el lenguaje no transmita realidad sino que sea tan sólo un elemento útil para nuestra vida en sociedad?” en mucho querido amigo. Te contesto con otra pregunta: ¿Qué pasaría si lleváramos esta teoría hasta sus últimas consecuencias y dijéramos que existen tantos lenguajes como individuos?¿qué pasaría si dijéramos que

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cada individuo construye su lenguaje y es libre de dar a cada vocablo el sentido que le dé la gana pues nadie tiene derecho a imponer a las palabras un sentido específico? ¿Qué pasaría si las palabras no refirieran a la realidad sino a lo que cada uno quisiera? Pues pasaría que habríamos llegado al fin de la sociedad humana. Al no existir comunicación cada hombre se convertiría en un individuo aislado, solitario, encerrado en sí mismo sin posibilidad de contacto.

Alguno se preguntará por qué la sociedad aún funciona si es verdad, como hemos venido sosteniendo, que estamos en el reinado del relativismo. La respuesta es más o menos la siguiente: ante todo hay que tener en cuenta la radical incoherencia del corazón humano. Raras veces los seres humanos somos capaces de llevar hasta el extremo las teorías que decimos sostener; por lo general nos quedamos en puntos medios o mediocres y tendemos a sentir miedo de los extremos. Abunda por el mundo la gente que es buena a medias o mala a medias y son escasos los que se atreven a ser buenos del todo o malos de todo.

Por otra parte, de un tiempo para acá sobre todo luego de la segunda guerra mundial y aún más luego de la caída, al menos pública, del comunismo soviético muchos intelectuales empezaron a promover la idea de que en adelante y hacía el futuro la humanidad debía concentrarse más en las cosas en común que en las diferencias, pues el nazismo, el comunismo, el racismo, etc. Nos habían enseñado con mucha claridad cuál era el destino de todas esas visiones del mundo que pretendían ser las únicas verdaderas. De manera que ahora, en vez de construir sistemas intolerantes, exclusivistas, cerrados; lo que se debía hacer era construir un universo sin diferencias donde los hombres nos pusiéramos de acuerdo en lo esencial, donde todos pensaran más o menos lo mismo, donde hubiera un consenso o acuerdo general acerca de algunos temas y que el resto de aspectos como ideas morales, ideas religiosas, ideas metafísicas quedaran reducidas a una mínima influencia social, aspirando a que llegara el momento en que fueran extinguidas totalmente.

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En este panorama podemos usar de ejemplo las teorías del filósofo alemán Jurgen Habermas. Este filósofo propone el abandono de la búsqueda de la verdad y en su lugar dedicarnos sólo a lograr consensos sociales suficientes para la existencia de la sociedad. También están las teorías de algunos filósofos estadounidenses pertenecientes a una corriente dedicada al análisis del lenguaje, cuya idea central es la misma que defendía Gorgias hace más de 2500 años, el lenguaje no transmite la realidad de las cosas, sino que es tan sólo una construcción subjetiva útil para la vida en sociedad. Veremos esto con más detenimiento en otra entrada.

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RELATIVISMO Y LENGUAJE (2)

FERDINAND DE SAUSURRE Y JACQUES DERRIDA

Ya decíamos anteriormente que Sócrates es el padre de la filosofía occidental y del sentido realista del pensamiento. Su tarea fue siempre la búsqueda de la verdad, del “logos” de la realidad, por eso acosaba a sus compatriotas con preguntas todo el día, tratando de llevarlos al encuentro de las cosas por medio de las preguntas y del esfuerzo intelectual. De otra parte estaban los sofistas para quienes la búsqueda de la verdad no significaba nada, iban siempre tras la utilidad y el lucro. El anhelo desinteresado de la verdad no existía para ellos.

De aquí que Sócrates atacara con tanta fuerza la retórica de los sofistas pues con ella sólo buscaban convencer a la gente, sin importar la verdad o falsedad de las ideas. También dijimos ya que Gorgias tenía una postura mucho más radical que Protágoras. Según Gorgias la verdad no existe, si existiera no la podríamos conocer y si la pudiéramos conocer sería imposible comunicarla a otros. Según Protágoras la verdad existe, pero es una verdad individual, cada hombre construye la verdad y no existe la verdad universal; lo cual significa que cualquier opinión puede ser verdadera siempre y cuando haya alguien que al sostenga, pues el hecho de ser sostenida por un individuo le da derecho a existir y a no ser criticada por nadie, pues al no existir una regla general de verdad nadie posee el derecho de imponer la suya a los demás sino que se debe tener una tolerancia infinita hacia todas las opiniones.

Ambas posturas, la de Gorgias y la de Protágoras nacen de la ignorancia de lo que es la verdad; y de la renuncia a no buscarla y a no valorarla, ambas conducen al relativismo universal.

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Ahora vamos a complicar un poco este escrito. Vamos a referirnos al filósofo francés Jacques Derrida, pero antes un par de palabras sobre Ferdinand de Sausurre.

Sausurre es considerado el padre de la teoría estructuralista, pues fue el fundador de la lingüística moderna que es la base de aquella teoría. Una de sus ideas más conocidas es la llamada “arbitrariedad del signo”, según esta idea los signos que usamos en el lenguaje (las palabras: silla, conejo, árbol, lápiz, amor, estrella, célula, etc.) son sólo construcciones arbitrarias del hombre sin relación alguna con la realidad objetiva. Tratemos de explicar esto un poco más. Es obvio que los hombres inventamos las palabras que usamos, los términos no nacen de los árboles como las manzanas ni salen de la tierra como las papas. No son productos naturales sino artificiales, fruto del ingenio humano.

Hasta aquí no se equivoca el estructuralismo. Pero su error está en no ver que usamos las palabras para referirnos a la realidad, para “decir” la realidad, en nosotros el lenguaje está abierto a la realidad y sirve como medio para expresarla y comunicarla. Según el estructuralismo las palabras no tienen una referencia a la realidad sino al “sistema” dentro del cual es utilizada.

Es como si dijéramos que las palabras no tienen significado sino uso. Usamos las palabras para comunicarnos dentro de un determinado sistema lingüístico pero nunca para referirnos a una supuesta realidad. El lenguaje está cerrado en sí, no comunica la realidad sino que sólo es útil para desenvolvernos en determinado sistema lingüístico.

Según esto las palabras no se diferencian unas de otras por el hecho de que unas se refieran a unas cosas y otras a otras, esto sería aceptar que las palabras se refieren a cosas; lo que en verdad diferencia las palabras entre sí es simplemente que dentro del sistema lingüístico unas son utilizadas para algo distinto que el uso que dentro del sistema se le da a las otras; todo depende del sistema. Un ejemplo: la palabra “virtud”. El hombre crea la palabra para ser usada dentro de un determinado universo lingüístico, y sólo dentro de ese sistema la palabra “virtud” tiene un sentido; fuera de ese sistema puede que la palabra no exista o que tenga un sentido distinto.

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¿”Significa” lo mismo el vocablo “virtud” en el universo lingüístico Chino o Árabe que al interior del universo europeo, suramericano, etc.? Seguramente no, esto significa que las palabras no tienen un sentido referencial a la realidad sino que todo su sentido viene determinado por el uso que de él se haga al interior del sistema lingüístico. Ya es posible notar cómo esta concepción del lenguaje es relativista.

En otras palabras se puede decir, como consecuencia de lo anterior, que los hombres nunca tenemos acceso a la realidad sino que siempre estamos encerrados dentro de nuestros universos lingüísticos. Una cosa es la realidad y otra el lenguaje, pero como el lenguaje no refiere a la realidad entonces respecto de la realidad no sabemos ni siquiera si existe, y en verdad no importa porque nos es suficiente con un lenguaje que al menos nos permita convivir en sociedad.

En la siguiente entrada nos ocuparemos del filósofo francés Jacques Derrida.

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RELATIVISMO Y LENGUAJE (3)

Jacques Derrida

Éste “pensador” francés es quizá uno de los más influyentes de los últimos decenios. Muchos lo consideran tan importante como lo fueron Kant o Nietzsche. Una de las razones de su fama es su célebre teoría de la “deconstrucción”, tomada en parte de las teorías lingüísticas de Saussure. Sólo que Derrida radicaliza sus planteamientos y los lleva más allá de la sola literatura, hasta hacer de la “deconstrucción” una especie de método universal aplicable a todas las ciencias humanas.

La tesis central del “deconstruccionismo” consiste en afirmar categóricamente que nuestro lenguaje nunca se refiere a “cosas” a “realidades” pues todo lenguaje (escrito, oral) es sólo el juego que podemos hacer con las posibilidades internas del mismo, en otras palabras, todo lenguaje nos habla sólo del lenguaje, las palabras remiten a palabras, las frases remiten a otras frases, pero jamás a la “realidad”.

De esta forma es abandonada toda referencia a la “verdad”, pues todo lenguaje es sólo un conjunto de signos sin significado real sino sólo intrasistémico. Una de las consecuencias de esto es que desaparecen las afirmaciones verdaderas o falsas; pues siendo que el lenguaje no aspira a enunciar la verdad no se ve cómo se pueda calificar una afirmación como verdadera o falsa. Toda afirmación será verdadera o falsa dependiendo del sistema lingüístico dentro del cual sea enunciada. Su valor será así tan sólo relativo.

¿Qué es entonces eso que sí está a nuestro alcance? ¿Qué es lo que conocemos? Derrida contesta que sólo tenemos "escrituras", “textos”, “discursos”, lenguajes autoremitentes.

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Otra idea es la que rompe el lazo entre realidad-pensamiento-lenguaje. Esta cadena queda rota en Derrida. Para él nuestro lenguaje no es la expresión de nuestro pensamiento, más bien hay que decir que nuestro lenguaje marca el límite de nuestro pensamiento, pues nada podemos pensar ni decir fuera del universo lingüístico al que pertenecemos y en el que nos expresamos. Nada se puede pensar fuera del lenguaje; de ahí a afirmar que no existe nada fuera del lenguaje hay sólo un paso y muchos lo han dado. Es el viejo adagio de los nominalistas medievales: “VOCES PRAETEREA NIHIL”, nada hay fuera de las palabras. En esta teoría nada hay fuera de los textos. Los textos no nos hablan de las cosas, de la realidad, sólo nos hablan del sistema lingüístico en que están escritos, de sus posibilidades sintácticas internas, de sus posibilidades pragmáticas, fuera de esto no hay nada.

Para Derrida toda la historia del pensamiento occidental es sólo la historia de un gran error. Para él, todos esos filósofos que pasaron sus vidas buscando y filosofando sobre la verdad de las cosas, sobre la razón última de la realidad, sobre las causas más elevadas de los seres, se equivocaron porque no supieron ver que el lenguaje en el que pretendían expresarse era sólo un sistema cerrado que no remitía a la realidad sino a sí mismo, no supieron ver los condicionamientos a los que estaban sujetos por sus sistemas lingüísticos, y creyeron ingenuamente que al decir, por ejemplo: “Dios existe”, estaban enunciando algo real, cuando en verdad lo único que estaban haciendo era explorar las posibilidades que el sustantivo “Dios” y el verbo “existir” poseían dentro del sistema lingüístico usado por ellos.

Ahora bien. No es difícil ver que el pensamiento de Derrida es una reelaboración del pensamiento del sofista Gorgias, del que ya hablamos antes. Gorgias hablaba de la imposibilidad de comunicar la verdad, suponiendo que la conociéramos, ¿por qué? Porque para él no era posible expresar con palabras las experiencias previas que hubiéramos tenido, pues una experiencia, de cualquiera de nuestros sentidos, no era una palabra, por tanto ¿cómo podría una palabra expresar aquello que no era palabra? ¿Cómo comunicar con palabras lo que vemos, oímos, tocamos, gustamos, olemos, siendo así que estas experiencias no son palabras sino experiencias? Así pues es imposible que la palabra sirva para comunicar experiencias. La palabra no

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comunica. Si bien se miran las cosas se comprende que el “sistema” del que tanto habla Derrida es la “palabra” de la que hablaba Gorgias. Pues ambos se expresan sólo a sí mismos y nunca la realidad, y no pueden enunciar la verdad.

Tratemos de ver un poco esto con una analogía. Supongamos que queremos pintar los rayos del sol, pero sólo tenemos lápices de color azul. ¿Qué pasa? Pues pasa que por buenos dibujantes que seamos nuestras líneas azules nunca serán la expresión más adecuada de los rayos del sol, pues necesitaríamos usar más bien color amarillo. La idea es la siguiente: el hecho de tener a nuestra disposición sólo lápices de color azul nos limita. ¿No podemos hacer nada con los lápices que tenemos? Talvez sí. Talvez podemos pintar un lindo río, o el cielo. Pero definitivamente nos será imposible pintar los rayos del sol. Ahora usemos esta analogía. Los rayos del sol serían la realidad, la naturaleza de las cosas conocida por nuestro pensamiento. Los lápices azules serían lo que Derrida llama el “sistema” o Gorgias la “palabra”. Así como los lápices azules no pueden representar los rayos del sol, así nuestra palabra no expresa nuestro pensamiento ni la realidad de las cosas. Nuestro sistema lingüístico determina el límite de nuestras posibilidades, y no debemos aspirar a salir de él, porque fuera de él no hay nada.

El deconstruccionismo de Derrida es el triunfo total de la sofística de Gorgias. No es raro que actualmente se estén escribiendo muchos libros que defienden a los antiguos sofistas, presentándolos como los verdaderos filósofos y como los únicos que supieron comprender verdaderamente al espíritu humano. Nietzsche fue uno de los primeros filósofos modernos en defender a los sofistas y atacar la figura de Sócrates. Para Nietzsche precisamente con Sócrates inicia el gran error del mundo occidental. El error de creer que lo importante era buscar la verdad. El error de creer que nuestra inteligencia puede conocer la naturaleza de las cosas y expresarla por medio del lenguaje. El error de creer que la máxima dignidad humana estaba en conformar su vida a esta verdad. El error de creer que la ética humana debía regirse por esta verdad. El error de creer que la verdad, era lo más importante.

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SOBRE EL SIGNO

Algunas aclaraciones sobre la naturaleza del signo

Hemos estado hablando últimamente de algunas consecuencias de la concepción relativista-sofista de la vida, y nos habíamos detenido particularmente en las que se referían al lenguaje.

Revisamos brevemente una de las tesis básicas del relativismo lingüístico, la del “signo arbitrario” y veíamos cómo ésta sola idea era suficiente para derribar toda la concepción natural del lenguaje, al introducir la subjetividad tirana no sólo en la creación del signo material sino también en la determinación de la naturaleza misma del acto de significar, el cual quedaba reducido a una mera relación “intrasistémica” alejada de toda representatividad del mundo real.

En esta oportunidad quisiéramos detenernos un poco para explicar qué es el signo, que es el significar, y así poder dejar más en claro el tema que venimos abordando, pues el lenguaje es un sistema de signos, las palabras que escribimos o hablamos son signos, por tanto tener una idea clara de la naturaleza del signo ayudará a comprender el giro absoluto que supone el relativismo lingüístico.

Sabemos que no son temas fáciles, tampoco son imposibles y tienen el incentivo de ser verdaderamente esenciales para ir estructurando una comprensión del mundo que nos rodea que vaya mucho más allá de los tópicos que nos sirven los noticieros y periódicos, los cuales sólo sirven para distorsionar las cosas y hacernos cada vez más acríticos respecto de la sociedad en que vivimos y respecto de nosotros mismos. Empecemos pues.

Llamamos signo a todo aquello que nos lleva al conocimiento de algo distinto al signo mismo. Antiguamente solían decir: “quod potentiae cognoscitivae aliud a se repraesentat” signo es aquello que presenta a la potencia cognoscitiva algo distinto de sí mismo, como haciendo sus veces, el signo es

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entonces un vicario de algo distinto a él mismo. De esta definición se desprenden dos cosas:

1- El signo es distinto de aquello que significa. Pues nada es signo de sí

mismo

2- El signo está determinado y medido por aquello que significa, pues la

realidad significada es primero que su signo. El fuego es primero que el

humo.

Por ejemplo: el humo es signo del fuego, es distinto del fuego, depende del fuego y el fuego es primero que él.

Podemos dividir el signo de la siguiente manera:

1- Signo natural: es aquél en el cual la relación de significación viene dada

por la naturaleza de las cosas, como el humo y el fuego, pues es natural que

el humo sea signo del fuego.

2- Signo artificial: es aquél en el cual la relación de significación no viene

de la naturaleza de las cosas sino de la voluntad humana, como las señales de

tránsito o estas palabras con que estoy escribiendo.

El signo natural se divide así:

1- Signo instrumental: es aquél que debe ser conocido en primer lugar

para así poder llevar al conocimiento de su significado. Como el humo, pues primero se debe ver el humo para poder comprender que hay fuego.

2- Signo formal: es aquél que no es necesario conocer primero para

conocer la realidad significada. Como los conceptos mentales, las ideas. Pues

al comprender un concepto no comprendemos el concepto mismo sino aquella realidad de la cual el concepto es imagen.

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Aquí es donde recae el error del idealismo y del racionalismo. Desde Descartes se ha venido creyendo que lo primero que conocemos son nuestras ideas, y como sólo tenemos ideas entonces nunca sabremos si conocemos la realidad o no. Kant fue el filósofo que sacó todas las consecuencias de esta doctrina. Él decía que nunca podemos conocer las cosas en sí sino sólo nuestras ideas. Este grave error ha dado origen a muchos enredos y equivocaciones desde hace siglos. Según estos filósofos la realidad es para nosotros imposible de conocer pues sólo conocemos ideas y nunca cosas.

Esto llevó a muchos a decir que la única realidad eran las ideas, nada más, y filósofos como Hegel armaron tremendos sistemas para interpretar el mundo según esta visión de las cosas, sistemas tan absurdos y tan fantasiosos que en verdad da pena ver que tantos hombres hayan dedicado sus vidas al estudio y a la defensa de algo tan infundado, o mejor dicho fundado sobre un error que bien hubieran podido evitar estudiando sin tantos prejuicios la verdadera naturaleza de los signos y de los conceptos.

Vean ustedes; una cosa es ser signo “ex quo” y otra distinta es ser signo “in quo”. Signo ex quo es aquél “a partir del cual” se conoce lo otro, como el humo a partir del cual conocemos el fuego. Signo in quo es aquél “en el cual” conocemos la cosa, como el concepto “hombre” en el cual conocemos la esencia de hombre y no el concepto mental hombre. Los conceptos con que pensamos pueden ser conocidos pero luego de una reflexión, en la cual detenemos el impulso natural de nuestra inteligencia que siempre está dirigido a las cosas, y lo dirigimos hacia nuestros propios pensamientos. Los conceptos nos ayudan a conocer sin ser ellos conocidos, es como si fueran signos transparentes, al conocerlos conocemos la realidad que significan pero ellos mismos permanecen como ocultos, toda su labor consiste en llevar, en remitir, en enviar hacia la realidad que significan. Al tener el concepto de “hombre” o de “caballo” lo que inmediatamente conocemos es aquella realidad que es la esencia del hombre o del caballo, y sólo secundariamente y de manera reflexiva podemos ir a nuestro pensamiento y tratar de estudiar la naturaleza de esos conceptos con que pensamos la realidad.

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En la edad media todo esto que venimos diciendo lo resumían en una sola palabra: “intencionalidad”. Ellos llamaban “intentio” a la naturaleza de los conceptos con que pensamos. Los conceptos tenían según ellos una naturaleza “intencional”.

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EL SIGNO Y LA INTENCIONALIDAD COGNOSCITIVA

Vamos a tratar de exponer en esta ocasión la idea de “intentio” con la cual los autores medievales explicaban la naturaleza del conocimiento. La intencionalidad es clave para comprender el giro radical de la filosofía moderna y postmoderna, y para ver al mismo tiempo el error que comete la actual filosofía del lenguaje.

El tema es complejo, para comprenderlo totalmente se requerirían varios años de contacto cercano con el pensamiento clásico. Sin embargo, trataremos de exponerlo de la forma más sencilla posible, tratando de reducir al mínimo el tecnicismo para hacer el tema accesible a todos.

Cuando conocemos algo, ese algo está en nosotros de alguna manera. Pero no está de la misma forma en que está afuera de nosotros. Por ejemplo, al ver un árbol, ese árbol sigue estando plantado ahí en el campo, o sea que por el hecho de conocerlo nuestro pensamiento no lo arranca de sus raíces y lo introduce en nuestra inteligencia. Entonces la pregunta es la siguiente, ¿qué es eso que sí está en nosotros y que nos permite conocer el árbol? pues eso que sí está en nosotros ha sido llamado de varias formas en la historia, ha sido llamado idea, concepto, verbo mental, especie expresa, y también “intentio”. ¿Por qué intentio? La palabra latina “intentio” viene de otras dos, la preposición “in” y el verbo “tendere”. El verbo “tendere” tiene más o menos el mismo sentido que el verbo castellano “tender”, parecido al sentido de “dirigirse a”, “estar impulsado hacia”, “encaminarse a”, etc.

Esto significa que aquello que si está en nosotros es algo con lo cual “tendemos hacia”, algo que “nos dirige a”, nos “impulsa a”, nos “encamina a”, ¿A dónde? A la realidad, en nuestro ejemplo, al árbol. Los que leyeron la entrada anterior ahora entenderán que la intentio es un signo, pero no es un signo como cualquier otro, sino que es un signo “formal”. Antes dividimos los signos en instrumentales y formales. La diferencia era que los signos instrumentales debían ser previamente conocidos para luego llevar hacia su

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significado, como el humo, primero vemos el humo y sólo en un segundo momento vamos al fuego como significado por el humo. Pero el signo de tipo formal no requiere ser conocido previamente, sino que el acto con el cual lo conocemos a él es el mismo acto con el que conocemos la realidad significada, simultáneamente, en un solo momento. Pensemos en un espejo, cuando nos vemos al espejo nuestra mirada se dirige directamente a nuestro reflejo en el espejo, y sólo luego, si queremos, podemos mirar al espejo como tal.

Algo parecido sucede en lo que venimos tratando, al entender el concepto de árbol entendemos directamente el árbol, y luego si queremos podemos reflexionar y estudiar los conceptos con que pensamos la realidad, la clave está en comprender que nuestro pensamiento se dirige siempre hacia la realidad, ese es su impulso natural, su tendencia, su naturaleza. Estudiar nuestros pensamientos, o el lenguaje con que lo expresamos es sólo un momento secundario, reflexivo.

De manera que es correcto llamar “intentiones” a los conceptos, pues con ellos, en ellos y por ellos la realidad se hace presente en nuestro pensamiento y podemos conocer.

Veamos ahora la errónea postura moderna. Desde Descartes se viene enseñando que sólo conocemos nuestros conceptos y nunca la realidad. El filósofo Kant fue Talvez quien supo sacar mejor las consecuencias de esta forma de entender el conocimiento, por eso su filosofía ha sido llamada “Idealismo”, que significa precisamente que conocemos ideas, y la realidad permanece siempre más allá de nosotros, inalcanzable.

¿Comprenden que el Idealismo consiste en el olvido de la intencionalidad cognoscitiva?

El Realismo consiste en afirmar que nuestros conceptos los conocemos sólo por reflexión, en un segundo momento, primeramente es la realidad lo que conocemos. ¿Por qué? Pues porque los conceptos son “intentiones”, remiten, envían, dirigen, hacen tender hacia, etc. Son transparentes, casi se puede decir que la inteligencia al dirigir su mirada hacia un concepto no ve el

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concepto, sino que en su transparencia conoce la realidad. El error de Descartes y de todos los idealismos está en no ver que cuando pensamos siempre pensamos en algo, nunca se da un pensar sin un objeto pensado. Todo acto de pensamiento es intencional, es decir que en todo acto de pensamiento nos dirigimos hacia algo. Descartes decía “Cogito ergo sum”, pienso luego existo, pero ¿en qué piensa Descartes? Para pensar debe pensar en algo pues la realidad siempre es previa al conocimiento, debe haber una realidad para que haya pensamiento, de lo contrario, ¿en qué pensaríamos?

El caos comienza cuando se acepta que el fundamento de la realidad es el pensamiento, incluso de nuestra propia existencia, como en Descartes, porque si ponemos el pensamiento como fundamento entonces hacemos del pensamiento un principio absoluto, de manera que el pensamiento pasa a ser como un dios del que todo depende y al que todo se reduce como a su principio, y nada que esté fuera del pensamiento es válido, ni real.

Demos un paso más. Descartes ponía como fundamento el pensamiento, pero resulta que el pensamiento no se ve, entonces, ¿cómo estudiarlo?, la respuesta de estos filósofos es que hay que estudiarlo en el lenguaje, y a eso le llaman filosofía del lenguaje. Ésta consiste en decir que Descartes se equivocó al decir que la realidad era el pensamiento, pues la única realidad es el lenguaje, sólo existe el lenguaje.

Habíamos detenido nuestra exposición sobre Saussure y Derrida para aclarar algunas cosas sobre el signo. Esperamos haberlo hecho sin enredar mucho las cosas. Ahora estamos en mejores condiciones para seguir con la exposición de lo que hemos llamado relativismo lingüístico, que es una de las consecuencias de ese triunfo del relativismo sofista en la sociedad actual del cual hemos estado hablando desde el inicio, y que consideramos como la clave central para comprender nuestra época, que es una época de crisis relativista.

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RELATIVISMO ÉTICO

Con esta entrada iniciamos la exposición de otra de las grandes consecuencias de lo que venimos llamando “triunfo del relativismo”. El mundo de la ética es el mundo en que es más fácil ver los estragos que ha causado el relativismo. Hemos pasado de creer en la existencia de unos ciertos valores y principios inmutables y válidos para todos los hombres en cualquier tiempo y lugar, a creer que no existe nada permanente, que todo cambia, que todo vale, que cualquier forma de comportamiento es aceptable y que ningún tipo de conducta debe ser condenada ni rechazada puesto que en verdad no existen normas universales que sirvan para decirnos que es lo bueno y que es lo malo.

Conductas que hace 50 años eran totalmente rechazadas por la sociedad, (y no sólo por un espíritu de conservatismo irracional y retrogrado, sino sobre todo por el íntimo convencimiento de que tales conductas iban totalmente en contra de la naturaleza humana) hoy en día se han convertido en algo absolutamente normal. La homosexualidad, el aborto, la eutanasia, la adopción de niños por parejas del mismo sexo, el divorcio, la pornografía, y un largo etcétera, son tan sólo un pequeño muestrario de lo que venimos diciendo. Y lo más graves es que estas conductas hoy no sólo son aceptadas, no sólo se pide “tolerancia” para ellas, sino que se exigen “derechos” y se les hace propaganda desde los medios de comunicación, desde la política, desde las universidades, etc.

¿Qué es lo que ha pasado? ¿Cómo hemos llegado a este estado de cosas? ¿Qué es lo que ha hecho posible esta nueva situación? La respuesta a estas preguntas es la misma: el triunfo del relativismo ético. Sólo en medio de una sociedad que ha perdido el rumbo moral, que ya no tiene por inviolables determinados preceptos, que ya no comprende que existen comportamientos contrarios a la naturaleza humana, que está convencida de

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que todo vale igual; sólo una sociedad así de caótica puede permitir que dentro de sí misma existan tales conductas.

Sabemos que estos temas son altamente polémicos. Sabemos que actualmente muchos piensan que la sociedad ha cambiado y que se debe “respetar”, “tolerar”, todo tipo de comportamiento, y que la ética depende de cada uno y que si a fulanito le parece bien lo que hace ¡pues que lo haga!

Sabemos que todo aquel que se atreve a tocar estos temas con espíritu crítico es inmediatamente atacado; se le dice “intolerante”, “fanático”, “fundamentalista”, “fascista”, etc. Es paradójico que en una sociedad que se jacta de estar abierta a todas las opiniones, de respetar todos los puntos de vista, exista sin embargo, una oposición radical a quienes piensen diferente a como piensa la mayoría. En verdad muchos han notado esta nueva “tiranía” del relativismo, y han señalado que es mucho más cerrada y cruel que cualquiera de las que han existido en la historia.

Hoy se tolera todo, excepto pensar diferente; reina una asfixiante uniformidad de pensamiento de masas. El televisor se ha encargado de uniformar las mentes, de decirles lo que deben creer, lo que deben pensar, la manera en que deben comportarse, todo. Y todo aquél que se atreva a ir en contra de este sistema relativista está condenado a ser tildado de mil maneras, con el objetivo de hacer que calle su voz, para no correr el peligro de que arrastre a otros detrás de sí y les enseñe a pensar. No hay peor enemigo de la actual tiranía relativista que el pensamiento.

Pero nada de esto nos hará retroceder en nuestro intento, nos anima un profundo amor a los hombres y a la verdad, así como la seguridad inconmovible de que aún quedan espíritus rectos que saben reconocer la realidad cuando la tienen delante.

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RELATIVISMO ÉTICO 2

Quisiéramos empezar proponiendo una breve clasificación del relativismo, siempre procurando la claridad para ayuda de la comprensión. Veamos.

Tomamos esta clasificación del excelente artículo publicado por el doctor Santiago Martínez Saez, titulado precisamente “Relativismo ético”:

- Relativismo individualista: aquí la verdad depende de cada individuo.

Es verdad lo que a cada uno le parece que es verdad; está bien lo que a cada

uno le parece que está bien.

- Relativismo antropológico: aquí la verdad viene de los seres humanos

tomados en conjunto, de la especie humana, la verdad no es independiente de los seres humanos, ellos la crean. Igual el orden de la moralidad, de lo bueno y de lo malo, son cosas que el hombre crea.

- Relativismo cultural: aquí la verdad y la moralidad de la conducta

dependen de cada cultura. A este relativismo también se le ha llamado “historicismo” porque afirma que en cada momento de la historia, en cada época las diferentes culturas han tenido sus propias verdades y sus propias escalas de moralidad. Cada cultura decide que tener como verdad y que tener como bueno o como malo.

- Relativismo sociológico: este es bastante parecido al cultural. Aquí la

verdad y la moralidad dependen de cada grupo social; cada grupo social determina la verdad, el error, lo bueno, lo malo; y los individuos sólo reciben este orden de cosas y se limitan a seguirlo. Las cosas no son verdad o mentira

objetivamente sino sólo porque así lo decidió la sociedad.

- Relativismo racista: aquí todo depende de la raza. Pensemos por

ejemplo en algunas teorías del nazismo sobre la superioridad de la raza aria.

- Relativismo jurídico: también es conocido con el nombre de

“iuspositivismo”. Enseña que las leyes no dependen de la moral, ni de

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ninguna ley superior a la que crea el estado. Es bueno lo que el estado manda en las leyes, y es malo lo que el estado prohíbe.

Dice el autor del artículo que estamos siguiendo que aunque son distintos tipos de relativismos, todos coinciden en algunas características básicas:

- Antinaturalismo: afirmar que no existe un orden natural de las cosas, del cual dependan las leyes. Es la negación del derecho natural.

- Antiuniversalismo: afirma que sólo existe el derecho de cada nación y

que no existe ningún conjunto de leyes que obligue universalmente a todos

los pueblos.

- Relativismo ético: consiste en afirmar que la ética, la moral, el orden de

lo bueno y de lo malo, no depende de la naturaleza de las cosas, sino de los individuos y más exactamente de los estados, quienes finalmente son los que terminan decidiendo que está permitido y que está prohibido.

- Menosprecio de las personas: al no existir el orden natural, al no

depender el derecho, ni la ética, ni la verdad, de la naturaleza de las cosas,

sino de la voluntad de los gobiernos y de lo que ellos decidan imponer por medio de las leyes, se cae en el absolutismo, pues ya nada se puede oponer en favor de las personas, estas quedan totalmente subordinadas a las leyes que el estado ese imponer, pues el estado no debe subordinarse a anda que no sea el mismo.

Este último aspecto del relativismo es particularmente desastroso actualmente. Los estados promulgan leyes absolutamente contrarias a la naturaleza de las cosas, y nada se puede hacer, pues se ha empezado por aceptar ese terrible principio de que por encima de los gobiernos no hay nada ni nadie. Antiguamente los estados aceptaban que por encima del ordenamiento jurídico de los pueblos estaba la ley natural, esta ley derivaba de la naturaleza de las cosas, de manera que ninguna ley tenía valor si se oponía a la naturaleza de las cosas, y todas las leyes tomaban su fuerza del hecho de estar en concordancia con el derecho natural.

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Expliquemos esto con un ejemplo bastante simple pero que puede ayudar a comprender un poco esto: supongamos que una madre de familia ha adquirido un computador para el hogar. Supongamos que uno de sus hijos, el mayor, desea enseñar a su madre como usar el computador y para ello le redacta un pequeño manual de “pasos” o “normas” que su madre debe ejecutar para dar un correcto uso al aparato. Ahora bien, pregunto, ¿debe el hijo redactar esos “pasos” o “normas” según lo que a él le parezca? o ¿debe consultar el manual de funcionamiento del computador, aprender cómo funciona cada programa, y ahí si luego enseñar a su mamá? Creemos que la respuesta no es difícil. Digamos ahora que las “guías”, “pasos”, “normas”, “opciones”, “posibilidades”, que se derivan de la manera en que está construido el computador son su “derecho natural”, ¿por qué? Porque se derivan de la naturaleza del computador. ¿Qué diríamos si en lugar de guiarnos por la naturaleza misma del computador, decidiéramos hacer cualquier cosa con él? Es posible que termináramos por dañarlo completamente.

Todas las cosas que existen tienen una naturaleza determinada, incluido el hombre, es lo que se llama naturaleza humana. Esta naturaleza de las cosas las distingue unas de otras, las hace ser lo que son y les otorga una determinada forma de comportamiento. Toda conducta que se aparte de esta naturaleza será evidentemente dañina. Y la sabiduría de las leyes consiste precisamente en ir siempre en el mismo sentido de la naturaleza, cada vez que una ley se aparte de este camino pierde su fuerza de ley y por tanto no obliga a su cumplimiento. Una ley injusta, no es ley. Una ley antinatural, no es ley. Una ley que lastima, vulnera, hiere la naturaleza humana, no es ley.

Pero ¿no se supone que íbamos a hablar del relativismo ético? Paciencia, estos temas deben ser construidos de a poco, para no dejar cabos sueltos; además nuestros ojos están hoy tan desacostumbrados a estos temas que lo prudente es encender la luz lentamente, para no dañarlos.

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RELATIVISMO ÉTICO 3

Nadie pone en duda que en la actualidad reina por todas partes la corrupción más espantosa. Sólo hay que tener ojos para ver. Es tan evidente este fenómeno que ya algunos hablan de una sociedad “post-moral”, es decir, una sociedad que surge luego de la desaparición de la moral. Y cuando decimos “moral”, no hacemos referencia únicamente a la moral religiosa, sino incluso a ese “sentido” moral que toda persona tiene y que le dice en lo íntimo de su conciencia “esto está bien” o “esto está mal”. Son tantos años viviendo en medio de una sociedad “post-moral” que ya son muchos los que ni siquiera saben con exactitud qué es lo que quiere decir la palabra “moral”.

También son montones los libros que se han escrito sobre la “crisis de valores” de la época actual; filósofos, sociólogos, psicólogos, e intelectuales de todos los campos y rincones del mundo han alzado su voz para denunciar este diluvio de degradación que amenaza con ahogarlo todo. En el texto que dedicamos a la “justificación de este blog” dábamos algunas cifras sobre algunos de los fenómenos más visibles de corrupción de esta sociedad; podríamos dar aún más pero en verdad no lo consideramos necesario pues estamos convencidos de que toda persona con un poco de sentido común y ojos para ver puede por sí misma estar de acuerdo con nosotros.

¿Cómo es que se ha llegado a esta situación? O en otras palabras ¿cuál es el origen del relativismo moral? Vamos a decirlo de una vez: ¡EL ORIGEN DEL RELATIVISMO MORAL QUE DESTRUYE ACTUALMENTE LA SOCIEDAD Y LOS INDIVIDUOS ESTÁ EN LA EDAD MEDIA!

¿Les parece asombrosa esa afirmación? Pudiera a primera vista parecer asombroso afirmar que es en la edad media donde hay que buscar el origen del actual desastre ético que padece la sociedad, y sin embargo, nada más cierto que eso.

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Expliquemos un poco. ¿Qué es la ética? Contestemos esta pregunta citando las palabras de uno de nuestros queridos profesores:

El origen etimológico del término “ética” puede aclarar la naturaleza de esta ciencia. “Ética” es un término antiguo que aparece ya en el título de los tres tratados morales de Aristóteles (“Ética a Nicómaco”, “Ética a Eudemo”' y “Gran Ética”). Procede del vocablo griego «éthos», que significa “modo de ser”, “carácter”, y se traduce también, como señala el propio Aristóteles, por “hábito” o “costumbre”. Su equivalente latino lo encontramos en la palabra “Mos-mores”, y de allí igualmente el término “moral” que utilizamos. Esto nos permite precisar que el carácter o modo de ser de que aquí hablamos no es el temperamento o la constitución Psico-biológica innata. Sino la forma de ser que la persona adquiere para sí a lo largo de su vida, por sus acciones, emparentadas con el hábito, que si es bueno es virtud, si es malo será vicio Se trata de un obrar repetido en orden a alcanzar una perfección reclamada

De allí que podamos anticipar ya el carácter

por el mismo ser del hombre

“práctico” de esta ciencia, que Aristóteles confirma al decir que es un tratado “no teórico como los otros pues no investigamos para saber qué es la virtud, sino para ser buenos, ya que en otro caso sería totalmente inútil, y por eso tenemos que considerar lo relativo a las acciones (práxeis), y al modo de realizarlas: son ellas en efecto, las que determinan la calidad de los hábitos”.

Retomemos la siguiente frase: “SE TRATA DE UN OBRAR EN ORDEN A ALCANZAR UNA PERFECCIÓN RECLAMADA POR EL MISMO SER DEL HOMBRE”. En esta frase está el centro de la cuestión.

Las palabras claves son: obrar-perfección-hombre.

La ética es la ciencia que estudia el ser del hombre (su naturaleza), con el fin de determinar la conducta que debe seguir para alcanzar su perfección propia. Para seguir con las comparaciones anteriores, diríamos que la ética es el “manual del usuario” para el ser humano.

Pero resulta que al igual que sucede con todo “manual de usuario”, este también hay que leerlo, o sea, conocerlo; pregunta, ¿Qué pasa si somos ciegos y no podemos leer el manual del usuario? Pues pasa sencillamente que

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al no poder conocer el manual una de dos, o no podremos usar nunca el aparato que compramos o lo usaremos mal. Dejando de lado las comparaciones digamos que nuestra facultad de conocimiento es mediadora en la constitución de la ética. La ética se constituye mediante un esfuerzo de la inteligencia humana por conocer “lo que es” el hombre para poder determinar cómo debe actuar. Se ve lo equivocados que están aquellos que se imaginan que la moral es un conjunto de prohibiciones inventadas por los curas para dominar al hombre. La verdad es mucho más sencilla, la ética es el estudio de la naturaleza humana buscando actuar en todo como hombres. La ética es el esfuerzo de actuar según nuestra naturaleza humana; la ética es el esfuerzo de actuar según el “manual”…

Ahora bien. Resulta evidente que tratándose de una tarea de la inteligencia por conocer la naturaleza humana se da por entendido que la inteligencia puede “conocer”, y no sólo conocer hechos físicos por medio de los sentidos sino también conocer “naturalezas”, “esencias”, “modos de ser”. Porque si decimos que nuestra inteligencia sólo conoce hechos físicos, materiales, entonces la ética no existe. Precisamente en la actualidad es esta la postura filosófica errónea que ha triunfado. Pero esta postura tiene sus raíces en un famoso filósofo medieval, quien aunque quizá no vio todas las consecuencias de sus teorías, no por ello es menos culpable de lo que sucedió después de él. Nos referimos, claro está, a Guillermo de Ockham.

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RELATIVISMO ÉTICO 4

Cerrábamos el artículo anterior haciendo algunas afirmaciones que a lo mejor habrán parecido bastante extrañas a muchos lectores: que el relativismo ético tiene su cuna en la edad media y que su progenitor fue nada más y nada menos que un monje franciscano llamado Guillermo de Ockham. Alguien preguntaba si se trataba del mismo que es mencionado en la novela “El nombre de la rosa”, y la respuesta es que sí; de hecho esa novela tiene como trasfondo “histórico-ideológico” la irrupción del movimiento nominalista del que tendremos que hablar en varias oportunidades.

Y es que no es sencillo comprender cómo precisamente en la edad media, época de marcada orientación teocéntrica, pueda haber nacido algo como el relativismo ético tan contrario al cristianismo, y lo que es aún más extraño, que su autor fuera un monje y encima franciscano. ¿Cómo fue que esto tuvo lugar? La respuesta puede ser fácil o difícil. Sería fácil limitarnos a decir que Ockham defendió unas teorías filosóficas que tenían como consecuencia, entre otras, el relativismo ético. La respuesta difícil haría necesario un viaje a través de las teorías ockhamistas para buscar el punto exacto en el que el pensador franciscano abandona las tesis clásicas sobre la metafísica, para dar inicio a sus propias ideas, que terminan por llevarle a los resultados antiéticos que ya mencionamos.

Este trabajo ya ha sido hecho por algunos especialistas en la materia, y a lo mejor más adelante dediquemos algunos artículos a la exposición de ese interesante tema.

No sabemos hasta qué punto Ockham fue consciente de lo que estaba haciendo, pensamos que al ser monje no se proponía derrumbar la moral cristiana, sin embargo, la verdad es que de sus teorías arranca el derrumbe de la ética, pues al atacar Ockham la validez de los conocimientos metafísicos elimina al mismo tiempo la posibilidad de un conocimiento acerca de la

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naturaleza humana, que es la fuente de la ética, como hemos dicho ya en repetidas ocasiones.

Para retomar nuestros ejemplos digamos que Ockham enseña que es mentira que se pueda leer el manual del usuario, dice que nuestros ojos sirven para otras cosas, pero no para leer el manual del usuario. La pérdida de la orientación metafísica trae consigo la pérdida de la objetividad de la ética, pues precisamente la ética, como ya dijimos, tiene su fundamento en la naturaleza humana, pero ¿qué pasa si se declara incognoscible esta naturaleza? Pues pasa que la ética pierde su base y en adelante sólo puede ser construida desde la subjetividad del “todo vale”, pues nada existe.

Lo importante es comprender que en la actualidad se ha cambiado el fundamento de la ética. Antes la naturaleza humana era la guía, de manera que lo natural era bueno y lo antinatural era malo. Por eso a las conductas malas se les llamaba conductas “contra naturam” o sea contra la naturaleza, por ejemplo: la homosexualidad es contra naturam, el aborto es contra naturam, el divorcio es contra naturam, etc.

En la época moderna el nuevo fundamento de la ética es la libertad. Enseñan que dada la imposibilidad de conocer la naturaleza humana para tomarla como guía lo único que queda es seguir en lo ético la libertad individual, pues es lo único de lo que no se puede dudar, de que somos libres.

Este nuevo punto de partida para la ética no sería tan dañino si no fuera por la idea que tienen de lo que es la libertad.

¿Qué es la libertad?

La libertad es una característica de la voluntad humana, por medio de la cual ésta goza de indiferencia para obrar o no obrar o para obrar esto o lo otro (Libertad de ejercicio y libertad de determinación). Pero entendiéndose siempre que el actuar voluntario se mueve en el terreno de los bienes, pues sólo el bien mueve el apetito. Y entendiéndose además que dado que existen bienes reales y bienes aparentes, el hombre debe buscar siempre los bienes reales, los cuales son justamente aquellos que se ajustan a su naturaleza,

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pues siempre se busca lo que conviene a cada cual y sólo por error se elige lo que daña.

Por eso la libertad ha sido definida como: la facultad de moverse en el bien.

Pero no es esta la idea moderna de libertad. Actualmente se entiende por libertad la total espontaneidad de la conducta. La conducta humana libre es aquella que se realiza sin tomar en cuenta preceptos, normas, leyes, valores, principios, sino totalmente desligada de toda atadura, en perfecta independencia de todo. Lo bueno, lo malo, lo correcto, lo incorrecto, lo natural, lo antinatural, son todas palabras sin sentido para el hombre moderno, el cual cree que ser libre consiste en guiarse sólo por los propios gustos, por las propias preferencias, por el capricho del momento. Es la libertad entendida como total desvinculación. Es la libertad absoluta.

¿Cuál es la diferencia más notable entre ambas libertades, la de antaño y la moderna?

Que la libertad de nuestros abuelos, mantenía un estrecho vínculo con el orden de la moralidad y de los bienes, siendo su guía el conocimiento de la naturaleza humana. El hombre se encontraba así ante un orden natural en cuyo seguimiento encontraba su perfección humana, y si se apartaba de él se degradaba como persona. La dignidad humana estaba en la facultad de seguir voluntaria y libremente, este orden dado por el creador a su criatura.

La libertad de los modernos olvida este orden de cosas. Concibe al hombre como ser perfectamente autónomo, con la facultad de construir por sí mismo el orden de la moralidad. Con la facultad de decidir qué es lo bueno y qué es lo malo.

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RELATIVISMO Y ESCEPTICISMO

Alguien me ha escrito preguntándome la diferencia entre “escéptico” y “relativista”. Dice que es bastante común encontrarse con personas que dicen ser “escépticas” y que en cambio nunca ha hallado a alguien que se proclame relativista. Parece que declararse “escéptico” está de moda y por eso muchos lo hacen, y que la palabra “relativista” tiene un cierto matiz negativo y por eso no hay quien diga serlo.

Estamos de acuerdo con el amable lector. En verdad es muy poco frecuente por no decir imposible encontrarse con alguien que afirme ser un relativista; aunque también es cierto que una cosa es lo que se dice con la boca y otra lo que se muestra en la conducta. Muchas de las personas que negarían ser relativistas si les preguntáramos, viven su vida como auténticos relativistas, independientemente de que lo reconozcan o no. En esto pasa lo mismo que con los que niegan ser ateos pero se comportan en su vida diaria como si Dios no existiera.

También es cierto que declararse “escéptico” es hoy en día casi una moda. Parece que quien se declara escéptico pasa por ser una persona inteligente, moderna, crítica, etc. Y al contrario quien dice creer en algunas cosas como principios, valores, sistemas filosóficos o religiosos, es tenido como alguien tonto, atrasado, irracional, fanático y hasta nazi.

De manera que si alguien quiere que lo consideren inteligente e interesante lo mejor que puede hacer es que ante una discusión sobre estos temas diga ser “escéptico” y ya tiene el buen nombre garantizado.

Tratemos entonces de contestar la pregunta del lector. ¿Qué diferencia existe entre un relativista y un escéptico?

¿Recuerdan ustedes los dos famosos griegos que mencionábamos hace tiempo? Gorgias y Protágoras. De ellos ¿quién es el relativista y quién es el

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escéptico? El escéptico es Gorgias y el relativista es Protágoras. ¿Por qué? Recordarán ustedes sus dos famosas frases:

- “El hombre es la medida de todas las cosas” (Protágoras)

- “Nada existe. Si algo existiera no podríamos conocerlo. Y si acaso pudiéramos conocerlo, no nos sería posible comunicarlo" (Gorgias)

La palabra escepticismo viene del verbo griego “skeptomai” que significa “examinar”. De manera que un escéptico, según el sentido de la palabra, sería alguien que examina, que revisa, que profundiza, que estudia, que es reflexivo sobre sus pensamientos y sobre su conducta. Sin embargo, no es esto lo que se entiende por escéptico actualmente. Hoy, cuando alguien dice serlo, comúnmente lo que quiere decir es: “prefiero no opinar”, “no tengo opinión sobre ese tema”, “no creo en eso”, “me parece sin importancia”, “tengo muchas dudas al respecto”, etc.

Filosóficamente el escepticismo consiste en afirmar que no hay verdad, que no existen valores absolutos y universales, válidos para todo tiempo y lugar. Cae en el error de afirmar: “Es verdad que no existe la verdad”.

El relativismo no rechaza la existencia de la verdad y de los principios, pero enseña que todo depende de cada cultura, de cada época, de cada lugar, de cada individuo, etc. En este sistema cada cultura es libre de tener como verdad lo que ella considere como tal; y en cuanto a patrones de conducta sucede lo mismo, cada cultura acepta los comportamientos que le parecen “aceptables”. De manera que no es posible ubicar una cultura por encima de otra, o una época por encima de otra, puesto que no existen criterios de juicio universales.

Los relativistas más atrevidos llegan incluso a enseñar que ni siquiera es cuestión de culturas o épocas sino de individuos. Cada individuo es libre de creer lo que quiera, comportarse como quiera, y tener como verdad lo que a él le parezca. Y nadie debe ser rechazado, excluido, criticado, discriminado, ni por sus conductas, ni por sus creencias, ni por nada, puesto que todos son igual de libres de hacer y creer lo que se quiera.

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En el fondo ambas posturas llegan a las mismas conclusiones, su meta es la tolerancia total y la permisividad absoluta para todo, incluso para los comportamientos más abyectos y viles que podamos imaginarnos. Todo ese esfuerzo de los homosexuales para que en las leyes se les reconozcan “derechos” es un claro ejemplo de lo que venimos diciendo. Son oportunistas que aprovechando el momento de vacío moral en que se encuentran los países presentan sus reclamaciones confiados en que serán escuchados, como de hecho ha sucedido ya en muchos países.

Esperamos haber respondido a la pregunta que nos ha sido formulada.

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SOBRE EL ARTE Y LO BELLO

En días pasados un amable lector nos escribía diciéndonos que en el fondo lo único que queda hoy en pie con cierta nobleza es el arte, en especial la pintura, y nos preguntaba si acaso dentro de eso que hemos llamado “pensamiento clásico” habían directrices acerca del arte de la pintura o del arte en general.

Para contestar a su amable pregunta hemos decidido redactar unas breves notas exponiendo la idea clásica de la belleza, de lo bello, fundamento de la estética y criterio de todas las artes.

¿Cuándo decimos que algo es bello?

Según Santo Tomás “pulchrum est quod visum placet; es decir: bello es el objeto que visto y contemplado deleita”.

Bello es todo aquello que, luego de ser conocido, agrada. La palabra “visum” del texto citado más arriba no se refiere en este caso sólo al sentido de la vista, es sólo que siendo la vista el más cognoscitivo de los sentidos, es normal usarlo de manera analógica para referirse a todo modo de conocimiento; como cuando alguien trata de explicarnos algún asunto y nos dice: “¿es que acaso no lo ves?”, con lo cual no alude a los ojos sino a la capacidad de conocimiento humana en general.

Bello es, por lo tanto, todo lo que luego de conocerlo de alguna manera, causa en quien lo conoce un cierto agrado, una cierta complacencia, un cierto placer, aunque no necesariamente placer sensible, o sensual, puesto que también existen placeres de orden intelectual, que son de hecho más fuertes y duraderos.

Ahora bien, lo bello no es bello porque nos parezca bello, sino todo lo contrario, nos parece bello porque es bello. Parece un trabalenguas pero es cierto. La belleza de algo tiene su fundamento en el objeto mismo, en la

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naturaleza del objeto que llamamos bello. La belleza es objetiva. Hoy, uno de los triunfos del relativismo consiste en llamar bello lo que a cada cual le parezca. Un ejemplo entre mil: hace un tiempo un “artista” presentó en una galería una exposición “artística”, ¿en qué consistía? tomó un perro callejero, le ató una pata de manera que sólo se apoyará en las otras tres y luego lo amarró a una base dentro de la galería, sin alimento, sin bebida, simplemente dejándolo morir en frente de todo el público. A esta despiadada muestra de sadismo enfermo y delirante lo llamaba “arte”. ¿Comprenden lo distorsionada que está la idea de belleza artística en sujetos de esa calaña?

Otro ejemplo: en varios países del mundo se han puesto de moda los “artistas” que buscan fama haciendo retratos, pinturas, estatuas, etc. En las que insultan de la manera más agresiva y vulgar los sentimientos y creencias religiosas de la inmensa mayoría de la gente. En España, en Chile, en Argentina y en muchos otros países se han hecho “exposiciones artísticas” en las que se ridiculiza a la Santísima Virgen María, al mismo Cristo, a los santos, etc. En las formas más ruines que uno se pueda imaginar, formas que ni siquiera nos atrevemos a mencionar acá. Y a todas estas muestras de odio enfermo hacia las creencias religiosas de la gente se les llama “arte”.

¿Qué entiende por Arte esta gente? Obviamente que para ellos el arte no es la expresión de la belleza, sino de los sótanos más ocultos del alma de sus creadores. El arte ha venido a ser algo así como el medio a través del cual los representantes menos dignos de la raza humana dan rienda suelta a sus odios más íntimos, a sus deseos más bajos y a sus ideas más delirantes.

Pero pasemos ya a las condiciones objetivas de la belleza, son tres:

- INTEGRIDAD: el ser a quien falta una de sus partes o perfecciones en

cuanto tal no es tenido por bello, quae diminuta sunt turpia sunt. Tampoco son considerados como bellos los fragmentos de las obras de arte, sino cuando los consideramos como un todo, o suplimos con la imaginación lo que les falta.

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- ORDEN: o sea, la armonía y proporción de las partes entre sí y con el

todo. La obra, alguna de cuyas partes no armoniza con las demás o con el conjunto, no es bella.

- ESPLENDOR Y CLARIDAD: La obra artística ha de resplandecer y brillar

de suerte que fácilmente impresione nuestros sentidos e inteligencia. Una

obra cuya proporción de partes y armonía no sea perceptible, carece de belleza.

“De todo lo cual podemos colegir la siguiente definición de belleza: la belleza es el esplendor de la perfección ideal del objeto, que reluce en la proporción

de sus partes y en el orden de sus actividades

En la edad media se solía decir que lo bello era uno de los “trascendentales”; estos eran conceptos aplicables a todo ente, a todo lo existente actual o posible. Se solían enumerar 5: unum, verum, bonum, res y aliquid. Perdonarán que escriba sus nombres en latín, pero la verdad es que si los tradujera al castellano (uno, verdadero, bueno, cosa y algo) perderían mucho de su sentido original.

Un “trascendental” es un concepto aplicable a todo. Todo lo que “es”; es uno, es verdadero, es bueno, es cosa y es algo. Son los únicos conceptos que tienen esta propiedad de predicabilidad universal.

En algunos manuales no se enumera entre los trascendentales el “pulchrum”, “lo bello”. Porque dicen que “lo bello” es una especie de término medio entre el “bonum” y el “verum”. Y esto está conforme a la definición que dábamos al principio y que es la definición clásica de la belleza: pulchrum est quod visum placet.

VISUM: alude a la facultad cognoscitiva, de la cual es propio conocer la verdad.

PLACET: alude al “bien”, pues de suyo, sólo lo bueno (o lo que es considerado bueno) agrada.

De manera que todo lo que existe es, de alguna manera, bello, hasta el diablo. Pero esto no quiere decir que todo lo que el hombre crea es bello,

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puesto que la acción del hombre modifica las cosas naturales, y esta modificación puede ir en el sentido de aumentar la belleza, de reproducirla, de manifestarla; pero también puede ir en sentido opuesto, como en los ejemplos que citábamos arriba, en los cuales la belleza brilla por su ausencia.

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EL MULTICULTURALISMO

Un lector molesto por nuestra inclusión del “relativismo cultural” en la lista de relativismos, nos ha escrito indignado, acusándonos de “etnocentristas” y “dogmáticos”. En su breve mensaje expresa su convencimiento de que ninguna cultura es mejor que otra, puesto que todas son sencillamente diferentes, y nada más que eso.

Mucho nos tememos que el amable lector pertenece al inmenso número de incautos que han sido presa fácil de la propaganda oficial del relativismo. Y es que en verdad resulta muy complicado resistir a la presión actual del relativismo. Es impresionante ver cómo por todos los medios posibles se nos predica diariamente la no existencia de verdades, la relatividad de todos los valores y la inexistencia de principios.

A este fenómeno muchos lo han llamado “pensamiento único”; lo cual significa que en la actualidad, aunque se cree que estamos en una sociedad “abierta y pluralista”, la verdad es que lo que impera es la imposición total de un solo modo de pensamiento, el llamado “pensamiento único”, el cual consiste esencialmente en la negación de todos los valores que ha mantenido por siglos la cultura occidental. Existencia de la verdad, existencia de principios morales universales, existencia de la ley natural por encima de las leyes positivas humanas, etc.

Y se trata de un verdadero sistema dictatorial porque a todo aquel que se atreva a desafiar el relativismo imperante y a mantener alguna de las verdades de antaño de inmediato se le ataca de mil maneras, se le ridiculiza, se busca silenciarlo, acallar su voz, que no sea escuchado por nadie; sus libros no son recibidos por ninguna editorial, y si por suerte logra publicar algo, una de dos, o se hace un total silencio a su alrededor de manera que nadie comente su escrito ni siquiera para criticarlo, o por el contrario se le critica y se le ataca desde mil frentes.

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Los partidos políticos que defienden temas morales son llamados “retrógrados”, “anticuados”, etc. Y en general todo aquel, sea individuo o institución, que se atreva a oponerse al sistema relativista dominante es “excomulgado” del sistema, expulsado de la sociedad, como se hacía antes con los enfermos de lepra. La actual lepra consiste en sostener los valores de la civilización occidental.

Una imagen bastante semejante de lo que estoy tratando de decir se puede ver en la película “V de venganza”. En esa película se muestra un pueblo totalmente dominado por unos pocos agrupados en un fuerte y tiránico partido político, que controla absolutamente todo, y que incluso determina lo que deben pensar y creer los ciudadanos.

De manera que para contestar aunque sea brevemente al amable lector me limitaré a transcribir unas pocas frases, entresacadas de un escrito que aborda precisamente el tema de los orígenes del actual multiculturalismo, conectándolo con la llamada ideología de género y con el nihilismo contemporáneo, del cual hablaremos en otra ocasión.

· La filosofía hegeliana y su rechazo a la pretensión de una validez

definitiva, es extendida al análisis de los conocimientos y las actividades prácticas, de ahí que nunca nos encontremos con un estado ideal de la humanidad, ya que la historia, las civilizaciones y la cultura atraviesan fases

históricas que corresponden con etapas siempre en permanente evolución y progreso continuado, y cada una de estas fases históricas acaba cediendo lugar a una fase superior.

· En este sentido el multiculturalismo es presentado a menudo como una etapa superior o cualificada del legítimo pluralismo.

· “la filosofía dialéctica borra todas las nociones de una verdad absoluta y

definitiva, así como todo lo que hay de absoluto en las condiciones humanas

que a ella corresponden”.

· “nuestras ideas jurídicas, filosóficas y religiosas, son un producto más o menos directo de las relaciones económicas dominantes en una sociedad determinada”.

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· hallamos el germen del multiculturalismo, que al igual que el resto de

las ideologías o “sub-productos ideológico-culturales”, germinó primero en el discurso intelectual para concretarse de seguido, en nuestro caso, en una peligrosa tendencia cultural, y acabar extendiéndose a la praxis totalitaria social, v.gr. educación en la homosexualidad y desconstrucción de la sociedad, especialmente de la familia, con la ideología de género.

· Ser multicultural es reconocer la igualdad de todas las civilizaciones y las

diversas culturas, en particular la cultura occidental, simbiosis de la filosofía griega y del derecho romano con el cristianismo, con la cultura de las

minorías étnicas; y sobre todo que no debe determinarse ninguna jerarquía ni postular la superioridad de una cultura sobre otra. Cualquier tipo de modo de vida, actitud, arte, manifestación o expresión emanada de cualquier civilización debe ser igualmente respetable, y todas las culturas poseen el mismo valor ético.

· El multicultural, la nueva “policía moral laica”, NO ADMITE PLURALIDAD

DE OPINIONES FUERA DE LA “VERDAD OFICIAL” QUE SE IMPONE SEA POR COERCIÓN, POR IMPLEMENTACIÓN EDUCATIVA O POR CENSURA MEDIÁTICA. El pensamiento preponderante, en la línea marcada por la tiranía mediático- financiera servidora de otros grupos de poder fácticos, ES EL ÚNICO AL QUE SE LE CONCEDE DERECHO DE EXISTENCIA MEDIÁTICO-SOCIAL.

LO

· RECHAZAR

“POLÍTICAMENTE CORRECTO”, CAER BAJO LOS ANATEMAS QUE EL “PENSAMIENTO ÚNICO” DESTILA FRENTE A LOS “AGRESORES DE LA LIBERTAD”, libertad siempre entendida en la línea inmanentista y permisiva.

· El unicultural sigue creyendo que en la civilización occidental

encontramos la cumbre de la plasmación artística, el máximo apogeo de las letras y el pensamiento filosófico y político más depurado, además de afirmar la superioridad moral frente a las restantes civilizaciones.

· Sostiene asimismo que la cultura occidental, la verdadera que no ha

renunciado a la Tradición cristiana de Occidente, es la más perfecta por ser la

que mejor se corresponde a la naturaleza del hombre.

EL

MULTICULTURALISMO

SUPONE

ALEJARSE

DE

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· EL MULTICULTURALISTA ES RELATIVISTA EN LO MORAL, LIBERAL EN LO

POLÍTICO Y TOTALITARIO DE IDEAS, de forma que CONSIDERA QUE “SU FILOSOFÍA ES LA ÚNICA VERDADERA Y QUE LA HUMANIDAD DEBE DESDE AHORA CAMBIAR SU FILOSOFÍA DE LA TEORÍA A LA PRÁCTICA Y TRANSFORMAR EL MUNDO ENTERO DE ACUERDO CON LOS PRINCIPIOS HEGELIANOS”, QUE SON LOS ADOPTADOS SUSTANCIALMENTE POR LA FILOSOFÍA DEL RELATIVISMO.

· En el fondo subyace la renuncia de la razón a indagar la verdad de las

cosas, de ahí que la verdad, moral, estética y lógica; el bien y la belleza,

entendida como la armonía y el orden entre las partes y el todo; no tienen existencia como tal sino que dependen de la subjetividad personal, y todas las manifestaciones son igualmente respetables, con lo que entramos en que lo único válido y verdadero es lo políticamente correcto.

· PERO EL MULTICULTURALISTA DA UN PASO MÁS EN SU RELATIVISMO

QUE LO ENCAMINA HACIA EL NIHILISMO ONTOLÓGICO. CORROÍDA LA NOCIÓN DE VERDAD UNIVERSAL Y PERMANENTE, DILUIDO EL YO TRASCENDENTE Y PENSANTE, PERDIDO EL SENTIDO DE LA VIDA, RECHAZADA TODA MEDIACIÓN EXTERNA, AFIRMADA LA AUTOSUFICIENCIA DE LA SOCIEDAD EN LA TÉCNICA Y EL BIENESTAR, NEGADA TODA JERARQUÍA O GRADACIÓN MORAL POLÍTICA Y CULTURAL ENTRE CIVILIZACIONES Y FORMAS DE VIDA, Y EN PARTICULAR LA SUPERIORIDAD DE LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL; TODO ELLO LLEVA A LA DESESPERANZA METAFÍSICA, QUE EVIDENCIA CONSIGUIENTEMENTE UN AVANCE HACIA EL NIHILISMO.

(Las notas en mayúscula fueron tomadas de "El multiculturalismo como imposición ideológica y su ensamble con el nihilismo ontológico", escrito por José Martín Brocos.)

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UNA PARADÓJICA ACUSACIÓN

Es bastante común actualmente que a todo el que defienda la existencia de

un orden objetivo de principios morales y políticos se le tilde de “Fascista”.

Si alguien dice ¡NO! al aborto es un fascista

Si alguien dice ¡NO! a las uniones homosexuales es un fascista

Si alguien dice ¡NO! a la adopción de niños por homosexuales es un fascista

Si alguien dice ¡NO! a los destrozos causados por vándalos en universidades

públicas, es un fascista

Si alguien dice ¡NO! a los ataques sistemáticos contra la labor de las fuerzas

armadas legítimas de un país, es un fascista

Si

alguien DEFIENDE la necesidad de normas morales de comportamiento, es

un

fascista

Si alguien DEFIENDE la familia como institución, es un fascista

Y un largo etc.

El problema está en la “demonización” que ha sufrido el calificativo de “fascista”. Parece que ser llamado “fascista” es lo peor que se le puede decir a alguien, es el mal absoluto. Ser “fascista” se ha convertido en lo peor que le puede pasar a un ser humano.

Y entonces sucede que esta palabrita ha adquirido un enorme poder

“emotivo”. Psicológicamente hablando existen palabras que no vienen desnudas, es decir, palabras que al ser oídas despiertan una oleada de emociones que impactan con fuerza el psiquismo del oyente. Y esto independientemente de que la “carga” emotiva sea positiva o negativa. Vean por ejemplo: “pederastia”, “corrupción”, “masacre” o “amor”, “amistad”, “mamá”.

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Ahora bien, nadie ignora la fuerza que palabras como: libertad, igualdad, fraternidad, respeto, amor, patriotismo, equidad, justicia, tienen en boca de ciertos personajes que buscan ganar votos o seguidores. Bien usadas, con el tono adecuado, estas palabras tienen fuerza suficiente para despertar en un auditorio incauto deseos vehementes de seguir o por lo menos aprobar al “orador” de turno, aunque sus ideas no sean del todo comprendidas ni sus motivaciones del todo claras, parece suficiente que haga adecuado uso de estas “palabras mágicas” y ellas solas hacen todo el trabajo.

Pero como decíamos arriba existen también palabras con “valencia” negativa,

y quizá actualmente una de las más populares sea el adjetivo “fascista”.

Lo curioso es que son calificados como “fascistas” personas cuyo código ético e ideológico está en las antípodas del fascismo. Lo que pasa es que hay un desconocimiento de lo que fue en realidad el movimiento fascista italiano, sumado a lo que llamábamos al inicio una “demonización” del mismo.

Luego del fin de la segunda guerra mundial y la derrota de las “potencias del eje”, se desplegó un movimiento mundial de repudio al nazismo alemán y al fascismo italiano señalados, por los vencedores, como responsables de crímenes terribles en sus respectivos países antes y durante la guerra.

Las atrocidades atribuidas a nazis y fascistas surtieron un efecto que bien podemos llamar “psicológico” que consistió en que los términos “nazi” o “fascista” empezaron a significar en la mente de todos, los peores calificativos que se le podían dar a alguien, incluso independientemente de que en verdad ese “alguien” tuviera o no alguna relación con la ideología nazi-fascista. Llamar a alguien fascista era similar a llamarlo animal, monstruo o cosas por el estilo.

Y aquí viene lo paradójico. ¿por qué alguien que defiende el derecho de los

no nacidos a la vida, la necesidad de la moral en la conducta, el papel de defensa de la soberanía que cumplen las legítimas fuerzas armadas de una nación, o la urgencia de cuidar y respetar los bienes públicos, es llamado fascista? Acaso ¿Defender todo lo anterior es un crimen atroz? ¿Qué crimen cometen quienes así actúan?

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Y lo más extraño aún es que entre las personas que suelen realizar la defensa de las anteriores tesis y que por ello son tildadas como “fascistas” la mayoría son católicos, y en verdad no hay nada más opuesto doctrinalmente hablando que la ideología fascista y el catolicismo.

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UNA PARADÓJICA ACUSACIÓN 2

Decíamos al terminar la entrada anterior que existe un abismo entre el fascismo y el catolicismo. Esta afirmación quizá sorprenda a los que, estando mal informados, acostumbran establecer similitudes a la ligera pasando por alto las diferencias, que en este caso son verdaderamente de fondo.

Es cierto que tanto el fascismo como el catolicismo tienen una gran veneración por cosas como la familia, la tradición, la autoridad, etc. (Talvez sea esta la causa de que se haya presentado en algunos momentos cierta convivencia “pacífica” entre ambos); pero también es cierto que el fascismo tiene como núcleo doctrinal la filosofía del devenir y el voluntarismo; dos corrientes hermanas que son exactamente lo contrario del núcleo doctrinal del catolicismo el cual es una filosofía del Ser y realista. Veamos las diferencias.

Una filosofía del Ser y realista como la profesada por el catolicismo, concibe al mundo, al hombre, a Dios, como elementos de una realidad objetiva, independiente de nosotros mismos. Tenemos, eso sí, la capacidad y la necesidad de conocer esa realidad para vivir, pero en forma alguna somos sus creadores. Somos “creaturas” y al igual que todo lo existente somos obra de Dios.

De esto se desprende la urgencia de conocer la realidad para vivir conforme a ella. Para adecuarnos a ella y no el revés. Así se explica que muchas veces se haya repetido en el catolicismo la frase de que: “se debe vivir conforme a la razón”. Pues siendo la razón humana la facultad de conocer la realidad en su esencia intima, no significaba otra cosa que decir que debíamos vivir conforme a la realidad.

Por el contrario, la filosofía del devenir y el voluntarismo conciben una “realidad” que no es tal, pues carece de fundamento; el lema de tal filosofía es “todo fluye”, “todo cambia”, “no nos bañamos dos veces en el mismo rio”,

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etc. y es voluntarista pues al no existir una realidad estable que deba ser conocida para servirnos de guía, la razón pierde su lugar de honor y pasa a estar al servicio de la voluntad humana, del hacer, de la “praxis” . Es el triunfo del hombre que no encontrando frente a sí una realidad ante la cual doblegarse se levanta orgulloso y se erige en constructor de su propio mundo, en creador, en demiurgo.

Y es precisamente esta filosofía delirante la que se encuentra a la base de la concepción fascista de la realidad. El Estado es concebido, siguiendo los lineamientos hegelianos, como la realidad suprema en cuyo altar se deben sacrificar todos los intereses individuales. Es por ello que no existe en el fondo diferencia entre fascismo y comunismo, cosa que ha sido señalada por muchos autores en el pasado, pero que ignoran los que siguen pretendiendo ubicar maniqueamente a todos los mortales o del lado comunista o del lado fascista.

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SOCIEDAD ENFERMA

Según el psiquiatra español Enrique Rojas vivimos actualmente en medio de una sociedad enferma; y no deja de ser curioso que se hable de la “enfermedad” de una sociedad, cuando lo normal es oír hablar de individuos enfermos y no de sociedades enfermas. Pero parece que en nuestro tiempo hay ciertas conductas o modos de comportarse y de ver la vida que se han hecho tan generales, que se han expandido tanto, que bien se puede decir que es la mismísima sociedad como tal la que se halla enferma.

Y ¿cuál es esa enfermedad que afecta a la sociedad actual? La respuesta de Rojas es clara y reduce la enfermedad a 4 fuentes principales: hedonismo, consumismo, permisividad y relativismo. Haberse entregado al culto de estas nuevas divinidades ha convertido al hombre en un ser “sin sustancia, sin contenido, entregado al dinero, al poder, al éxito material…”.

Afirma Rojas que una de las características de este nuevo tipo de hombre moderno es un “gran vacío moral” y el “no ser feliz, aun teniendo materialmente casi todo”. Las altísimas cifras de drogadicción y suicidio en los países más “desarrollados” son sólo un efecto de este vació moral de fondo que acompaña al hombre actual.

Pero volvamos a esas 4 fuentes señaladas por Rojas. La primera de ellas es el hedonismo; esta es una palabra que proviene del griego “Ἡδονή” y significa placer. De manera que hedonismo es aquella ideología que postula como fin de la vida humana el logro del placer a toda costa, especialmente del placer físico y dentro de este del placer sexual.

Un hedonista es una persona cuyo único o principal objetivo de vida es experimentar placeres de todo tipo. Sin importarle para nada cualquier “moral” que pudiera limitar su estilo de vida. Por ello no es extraño que entre las personas que han hecho del hedonismo su forma de vida estén los más duros críticos de la moral. En cierta forma se puede decir que es una manera

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de defender su estilo de vida en el sentido de que han decidido vivir de cierta forma y luego se dedican a buscar argumentos para defender su decisión. Alguien me decía hace un tiempo que no era raro que entre los enemigos del cristianismo, entre los que más lo critican, se encontrara gente divorciada, lesbianas, gays, gente que había abortado, etc.

Y este hedonismo es psicológicamente hablando como una especie de cáncer

para el carácter de la persona. La inteligencia y la voluntad son las dos potencias superiores del hombre, de ellas depende principalmente la estructuración de la personalidad, ya que el hombre es un ser en quien todos

sus componentes psíquicos están llamados a edificarse en estricta dependencia del bien y de la verdad, que son precisamente los objetos de las potencias superiores. Y al mismo tiempo hay que decir que del desorden de las potencias superiores vienen las personalidades fallidas, los hombres vacíos como dice Enrique Rojas.

Precisamente es aquí donde el hedonismo ejerce su nefasta influencia. La inteligencia sufre una especie de instrumentalización al servicio del placer; la inteligencia está llamada a conocer la verdad, la realidad de las cosas. Pero el hedonista le da un funcionamiento diferente poniéndola enteramente al servicio de la búsqueda del placer. Para usar una comparación diríamos que sucede como si tomáramos una camisa de Armani y la utilizáramos para limpiar los trastes de la cocina. Y sucede que una inteligencia instrumentalizada se habitúa a su instrumentalización y se hace con el tiempo sorda al llamado de la realidad, sumida por completo en la búsqueda del placer y alejada de todo rastro de nobleza verdaderamente humana.

Con la voluntad sucede algo semejante; la voluntad es nuestra potencia de acción. Mediante ella obramos. Y su objeto es siempre el bien, algún bien. Pero al ser una potencia de naturaleza espiritual no está limitada por este o

aquel bien material y finito sino que aspira al bien inmaterial e infinito y sólo en él encuentra su paz. Es por eso que ningún bien terreno parece saciar nunca el apetito de los hombres. Pero el hedonista toma esta noble facultad

y al igual que hace con la inteligencia la pone bajo el yugo del placer, de manera tal que el individuo en adelante sólo actúa en pos del placer

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olvidándose de los verdaderos bienes de la persona humana que son de naturaleza trascendente, como ha afirmado la humanidad en todos los tiempos.

Y como resultado de estas dos grandes perversiones, la de la inteligencia y la de la voluntad, tenemos el hombre moderno y la sociedad moderna. No es entonces raro que un psiquiatra pueda hoy afirmar que estamos en medio de una sociedad enferma y que una de las causas de esa enfermedad es el hedonismo. Corrompidas la inteligencia y la voluntad se esfuma por consiguiente toda posibilidad de ver reinar en las sociedades la verdad y el bien. No tiene entonces nada de raro este verdadero “tsunami” de errores y de males que al presente nublan la vida de los hombres del siglo XXI.

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EL CONSUMISMO

Una inmensa cantidad de personas viven un hedonismo práctico; tal vez si se les pregunta niegan ser hedonistas, incluso es posible que ni siquiera sepan qué significa ser hedonista.

Pero la verdad es que su hedonismo no es teórico sino práctico, o sea, aunque puede que no sepan definir qué es el hedonismo y aunque nieguen serlo viven su vida como la viviría un hedonista es decir preocupados únicamente por el placer, evitando todo tipo de sacrificio, todo tipo de renuncia, todo tipo de trabajo constante y en definitiva todo aquello que suponga un esfuerzo personal prolongado.

Un ejemplo de lo anterior lo encontramos en el llamado "american way of Life"; el estilo de vida americano consiste en pasar la vida meramente gastando y consumiendo la mayor cantidad de productos posibles sin preocuparse por nada verdaderamente importante, sin hacerse preguntas trascendentales; es un estilo de vida que ha renunciado a las preguntas fundamentales sobre el origen y el destino del hombre para dedicarse exclusivamente a "vivir la vida", el famoso "carpe diem" lo ilustra a la perfección.

Lamentablemente es una forma que se ha generalizado en nuestras sociedades las cuales al perder de vista los verdaderos principios y valores humanos han dedicado sus esfuerzos a construir con ayuda de la ciencia un paraíso terrenal.

Lo paradójico de este esfuerzo es que este proyecto de construcción del paraíso terrenal al cual el hombre decidió entregarse hace ya dos siglos ha dado como frutos una sociedad violenta, que no respeta la vida, en la cual las “rutas de escape” como la drogadicción y el suicidio son cada día más frecuentes, de hecho las estadísticas de ambos fenómenos son alarmantes y

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los gobiernos y las organizaciones de la salud deben dedicar grandes esfuerzos a luchar contra estas dos verdaderas epidemias de este siglo.

Y más paradójico aún es el hecho de que sea precisamente en los países más desarrollados en los que estas estadísticas son más altas, lo cual significa que aun teniendo materialmente casi todo, el ser humano continúa buscando ese "algo" que satisfaga sus aspiraciones y que parece no encontrar a su alrededor en la sociedad de consumo. Para comprender lo que significa el consumismo basta pasarnos cualquier tarde de domingo con los grandes centros comerciales. Esos innumerables locales comerciales dedicados únicamente a ofrecer al visitante artículos que en verdad él no necesita. Y lo mismo pasa en las grandes cadenas de supermercados que poco a poco han ido eliminando las antiguas tiendas de barrio y plazas de mercado, para sustituirlas por gigantescas edificaciones repletas de cosas que supuestamente las familias "necesitan".

¿Por qué el consumismo ha tenido tanto éxito en nuestra sociedad? Las razones son muchas, en primer lugar hay que señalar que el fenómeno del consumismo viene de la mano del perfeccionamiento de las técnicas de propaganda que ha ocurrido en los últimos años, incluso incorporando conocimientos obtenidos en la psicología. Sin pretender decir que de alguna manera la propaganda quita libertad al comprador, o que de alguna manera obliga a comprar, si se debe reconocer la influencia que ciertas técnicas de mercadeo tienen a la hora de ofrecer un producto, y si a esto le sumamos la ayuda que recibe la propaganda por parte de los últimos conocimientos en psicología, hay que afirmar que se convierte en un instrumento poderoso para persuadir al comprador. Un ejemplo de esto sucede con las personas van "de compras" con el objetivo de adquirir un producto que necesitan y terminan comprando mil cosas que en verdad no planeaban comprar.

Otra razón poderosa que explica el triunfo del consumismo en nuestra sociedad es de carácter cultural; se ha difundido a gran escala la tendencia a juzgar a las personas por lo que tienen y no por lo que son, esto también es consecuencia del materialismo a veces oculto y a veces explícito que reina entre nosotros, y en consecuencia para "encajar" las personas se ven

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obligadas a luchar por poseer cada vez mejores artículos, mejores elementos tecnológicos, mejores "marcas". Hoy en día este fenómeno afecta particularmente a la juventud fascinada por los avances tecnológicos que la ciencia pone a su alcance. Vemos cada día como los jóvenes exigen de sus padres el último celular, el último blackberry, el último iphone, etc. y los padres sienten la presión de evitar que sus hijos se queden "atrás" respecto de sus compañeros y terminan por acceder a las demandas de los jóvenes comprándoles todo lo que exigen aunque eso signifique tener que hacer grandes sacrificios económicos.

Se podría señalar una última causa del triunfo del consumismo, del triunfo del tener sobre el ser, del triunfo de la apariencia sobre la realidad. Esta razón es más bien psicológica y consiste en la necesidad de contacto y afecto que experimentamos todos los seres humanos. Ya decía Aristóteles hace 2300 años que el hombre es sociable por naturaleza y que los solitarios o son dioses o son bestias. Y sucede que teniendo que vivir en medio de una sociedad en la cual reinan los valores consumistas a la hora de juzgar a las personas, es entendible que muchos para no verse ignorados, rechazados, incluso no sintiendo en el fondo real atracción por el mundo consumista terminan por doblegarse a la presión del medio social e incorporan a su vida los modos de conducta que les parecen más útiles para permanecer dentro del grupo social. Estas personas son quizá las más afectadas puesto que se ven obligadas a llevar una doble vida, mientras permanecen dentro de su grupo social deben aparentar gusto y placer por esa forma de vida, pero al estar solos en casa perciben el vacío de tal proceder.

Finalmente hay que decir que como base del consumismo se encuentra la creencia errónea de que no existe más que este mundo, que todo acaba con la muerte, que el hombre no es un ser hecho para la eternidad. Porque si esto es así es obvio que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas a construirnos un paraíso terrenal. Pero si las cosas son de otra manera, si el espíritu humano puede trascender la materia, si el espíritu humano está llamado a una vida más alta, entonces entronizar el consumismo como estilo de vida es un tremendo error.

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¿TOLERANCIA O PERMISIVIDAD?

El relativismo es básicamente una postura ideológica intrínsecamente contradictoria pues afirma que no hay verdades absolutas y este juicio de que "no hay verdades absolutas" pretende que sea una verdad absoluta, por lo cual el relativismo se anula al mismo momento de afirmarse; bien decía Aristóteles que los relativistas y los escépticos debían conformarse con vivir como vegetales, sin afirmar nunca nada. Además las consecuencias morales del relativismo son tan desastrosas y tan evidentes en nuestra sociedad que parece superfluo detenerse por largo tiempo a demostrar algo que salta a la vista.

La permisividad consiste básicamente en la tendencia a permitir absolutamente todo tipo de comportamiento, todo tipo de conducta, toda forma de pensamiento, toda forma de vida, sin tener jamás en cuenta ningún

tipo de limitación moral. La permisividad es la degeneración de la tolerancia;

la tolerancia consiste en soportar un mal, a sabiendas de que es un mal, por

causa de evitar un mal mayor.

Hoy en día la idea de tolerancia es diferente, se entiende por tolerancia la aceptación ilimitada de cualquier conducta y forma de pensamiento por más absurda que sea. Se pierde de esta manera la noción de "mal" que estaba presente en la antigua definición de tolerancia. Antes se sabía que lo que se toleraba era un mal pero se le toleraba para evitar un mal mayor. La tolerancia entendida según el modo moderno es en realidad la absoluta permisividad.

Precisamente la permisividad es una de las consecuencias de la concepción

relativista de la vida, puesto que si no existe la verdad, si no existe la realidad,

si no existe lo bueno y lo malo, entonces es normal que nos veamos obligados

a permitir cualquier conducta aunque sea la más antinatural imaginable; hemos sabido de la existencia de un grupo político holandés el cual tiene

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entre sus proyectos sociales luchar para que sea permitido en la legislación holandesa tener relaciones sexuales con menores de edad.

El relativismo, la tolerancia degenerada en permisividad, son las ideologías que se encuentran en la base de muchas legislaciones actuales. En todos aquellos países en donde crímenes como el aborto o la eutanasia y conductas antinaturales como la homosexualidad se encuentran apoyadas por los ordenamientos jurídicos, podemos afirmar que se encuentran totalmente bajo la dictadura del relativismo.

Pudiera sonar paradójico hablar de "dictadura del relativismo", pues tenemos una cierta tendencia a creer que el relativismo es precisamente el triunfo de la libertad de pensamiento y de la libertad de expresión; sin embargo, la realidad es que con el triunfo del relativismo ideológico en una sociedad se instaura la más cruel de las dictaduras, pues todo aquel que manifieste opiniones contrarias a las posturas relativistas de las leyes y de la cultura inmediatamente será señalado socialmente como un enemigo de la libertad, libertad a la que también se le ha cambiado el sentido como sucedió con la palabra tolerancia. Hoy en día la palabra libertad se entiende como sinónimo de la palabra autonomía. "Ser libre" para los hombres modernos es ser completamente autónomo, es decir, actuar sin seguir o tomar en cuenta como criterio de conducta o de pensamiento ningún tipo de regla "externa" al propio individuo, sino seguir en todo momento la inspiración subjetiva de cada uno.

En resumen se puede afirmar que nuestra sociedad es el resultado cultural de entender la tolerancia como permisividad y la libertad como autonomía; por lo tanto el camino de retorno al orden humano deberá comenzar por restituir el verdadero sentido de esas dos palabras.

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LA NUEVA TIRANÍA

Asistimos a la creación de una nueva tiranía. Por paradójico que pueda sonar lo cierto es que en la actualidad las sociedades de occidente caminan a pasos agigantados hacia la construcción de una nueva forma de tiranía jamás vista en la historia humana.

Históricamente ha habido muchas tiranías, en todos los tiempos y en todos los lugares es posible encontrar individuos o regímenes que han impuesto su dominación mediante la fuerza bruta; asesinando, torturando, causando terror, eliminando a todos sus opositores para instaurar un dominio férreo sobre los demás individuos. A estos modos de gobierno se les ha llamado tiranías y a sus cabecillas tiranos. Los métodos fueron siempre los mismos:

violencia, terror, muerte, cárceles, destierros, sangre. El uso de estos métodos hace posible ubicar todas las tiranías que han existido en una sola gran familia de tragedias humanas.

Un ejemplo bastante elocuente de una tiranía lo podemos encontrar en los países en que el comunismo impuso su dominio durante el siglo pasado. Rusia en la época de Lenin y Stalin fue un verdadero charco de sangre humana, diariamente se producían verdaderas matanzas de enemigos del gobierno y los cadáveres se amontonaban y se arrojaban a fosas comunes. También el régimen nazi en Alemania fue causante de miles de muertes.

Por tanto puede parecer extraño y equivocado decir que actualmente las sociedades occidentales están caminando hacia la creación de una nueva tiranía, pues por ninguna parte se ven estas grandes atrocidades de las tiranías del pasado. Por el contrario, tal vez nunca en la historia el hombre se había sentido tan libre y tan dueño de elegir por sí mismo su manera de vivir y su manera de pensar autónomamente. ¿Qué queremos decir entonces al afirmar que se está construyendo ante nuestros ojos una nueva forma de tiranía?

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En la primera mitad del siglo XX vivió en Italia un escritor italiano miembro del Partido Comunista, se llamaba Antonio gramsci. Durante la época del gobierno de Mussolini gramsci fue encarcelado y murió estando aún prisionero. En la cárcel gramsci escribió algunos cuadernos donde expuso sus propias teorías acerca del futuro del comunismo. Según gramsci el comunismo tal y como se estaba practicando en Rusia estaba destinado al fracaso, el uso exclusivo de la violencia y de la represión física como método de imposición de la ideología comunista le parecía insuficiente. En lugar de esto gramsci proponía la utilización de una nueva estrategia para hacer triunfar el comunismo en las sociedades occidentales. Su estrategia era más o menos la siguiente.

Lo que había que hacer era transformar la cultura de los países occidentales. Gramsci se dio cuenta de que por más masacres que se realizaran, a la larga el hombre occidental terminaría tarde o temprano por luchar contra la dominación y el yugo comunista. Por lo tanto lo que realmente había que hacer era utilizar todos los medios posibles para transformar la mentalidad de las personas, influir de tal manera en los valores de las sociedades que estas al fin terminarán pensando según la ideología comunista. De esta manera sería innecesario el uso de la violencia y de la fuerza pues las mismas sociedades decidirían voluntariamente vivir según el comunismo.

Lo que gramsci proponía era nada más y nada menos que la transformación de la cultura occidental, la eliminación de todos los valores que durante siglos habían formado la base de los países de la antigua cristiandad: la religiosidad, el respeto a la autoridad, el respeto a la jerarquía, la veneración por la familia, la visión trascendente y espiritual de la vida, el respeto por la moral cristiana y natural, etc. todos estos eran precisamente los obstáculos que según gramsci impedían el triunfo de la visión comunista de la sociedad y del hombre, por tanto había que eliminarlos a toda costa si se quería en realidad el triunfo del comunismo.

Obviamente no era una tarea fácil, la cultura cristiana occidental había sido el fruto de largos siglos de tradición. Todos los países europeos nacieron en el seno de la cristiandad y fueron desde sus inicios "bautizados" por la Iglesia.

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Los valores, los principios y la manera de ver al hombre y a la vida fruto del cristianismo estaban profundamente arraigados en la conciencia del hombre occidental y era casi que imposible pensar en que las cosas pudieran ser de otra manera. Sin embargo gramsci aseguraba que con todo lo difícil que podía parecer era el único camino posible y por eso hacía un llamado a los comunistas del mundo entero para qué iniciarán cuanto antes la implementación de esta nueva estrategia.

Han pasado más de 70 años desde que gramsci formuló su teoría y hoy podemos contemplar a nuestro alrededor el triunfo total de la ideología comunista. Y aunque muchos pudieran pensar que nos equivocamos pues vivimos en países "capitalistas", "democráticos" y "liberales", lo cierto es que la concepción materialista de la vida, la concepción según la cual el ser humano no es nada más que una simple máquina al servicio de la producción de bienes de consumo, la concepción según la cual la única ocupación del hombre debe ser la construcción de un paraíso terrenal en el cual estén totalmente ausentes todo tipo de valores espirituales, religiosos y trascendentes, en una palabra, la concepción comunista de la vida se ha impuesto de manera total en nuestras sociedades.

Es un error creer que el comunismo sea ante todo un modelo económico o un modelo político determinado. El comunismo es sobre todas las cosas una concepción integral acerca del hombre y el mundo. Ver al comunismo solamente como un sistema económico o político hace imposible comprender lo que en realidad pasa actualmente. El comunismo no es solamente la abolición de la propiedad privada, no es solamente la lucha por el triunfo del "proletariado", no es sólo el esfuerzo por destruir las clases sociales. El comunismo es la ideología según la cual el hombre es un animal más cuya única tarea es permanecer en este mundo por algún tiempo y luego desaparecer sin dejar rastro.

Ahora bien, resulta que esta forma materialista de ver la vida se ha impuesto finalmente en todas las sociedades occidentales y constituye lo que llamábamos al principio la "nueva tiranía". Y es quizá la tiranía más absoluta que ha existido jamás, pues se trata de una tiranía que ata el pensamiento de

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los hombres, se trata de una tiranía que silencia la voz de las conciencias, se trata de una tiranía que no encadena el cuerpo pero si las almas de los hombres, se trata de una tiranía que impide al hombre pensar de manera diferente, se trata de una tiranía que mantiene exiliados socialmente a todos los que opinen distinto de lo que ella ha establecido, se trata de una tiranía que controla la interioridad de las personas diciéndoles que deben pensar; en verdad ningún tirano del pasado pudo jamás construir una tiranía semejante, podían construir cárceles y asesinar a sus opositores pero en algún momento sus súbditos se revelaban y le cortaban la cabeza.

La más perfecta tiranía es aquella en la cual sus súbditos están "conformes" y no se les pasa por la cabeza la idea de rebelarse pues piensan que su estado no podría ser mejor.

Entonces ¿se trata de una situación sin esperanza? ¿El hombre occidental está fatalmente destinado a perecer bajo el yugo de esta nueva tiranía materialista? Tal parece que sí. Persuadir al hombre actual de su estado de esclavitud bajo la ideología materialista es casi imposible. Pero hay un hecho que puede dar todavía algo de esperanza y es que hace 70 años parecía también imposible convencer a los hombres de rechazar 2000 años de historia para abrazar la visión comunista de la vida y sin embargo 70 años después lo han logrado.

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EL ESTUDIO "CIENTÍFICO" DE LA INTELIGENCIA

Quisiera hacer una reflexión general sobre el intento de estudiar “científicamente” la inteligencia humana.

Desde que la psicología decidió a finales del siglo XIX y comienzos del XX asumir el método positivo-experimental como camino de construcción de conocimiento, han sido casi innumerables los intentos realizados por develar el misterio de la inteligencia humana. Desde los más radicalmente positivistas, pasando por una época “media” de ampliación de las variables que se tomaban en cuenta y de perfeccionamiento de la metodología estadística, hasta el momento presente en que predominan teorías de “compromiso” que apelan a la existencia de “múltiples” “inteligencias”, así como también propuestas originadas en el campo de la neurociencia que apelan al estudio de los procesos cerebrales para comprender procesos intelectuales.

Para el que estudia con algún detenimiento la historia de estos esfuerzos el panorama aparece siempre, por lo menos, como pintoresco. Más de un siglo de esfuerzo sostenido; mucho dinero invertido en “investigación”; vidas enteras dedicadas a la búsqueda; cientos y quizá miles de libros escritos al respecto, ¿para qué? Para que finalmente, eso sí con cierta loable honestidad, tengan que reconocer que no sabemos, (o mejor dicho no saben) qué es la inteligencia.

¿Cómo es posible que tanto esfuerzo haya sido casi en vano? La respuesta es que el camino escogido desde el comienzo, por allá en los albores del XX, fue un camino equivocado. Queriendo los psicólogos de aquella época hacer patente su desvinculación de la filosofía, (creían que sólo esto graduaría a la psicología como “ciencia”), decidieron ignorar y olvidar todo el inmenso caudal de sabiduría que esta había acumulado a lo largo de siglos de paciente reflexión humana y quisieron, como Descartes, empezar desde cero, pues consideraron prejuiciosamente que todo lo edificado en el pasado carecía de

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valor y que eran ellos los llamados por la historia a finalmente descubrir la verdadera faz de la inteligencia humana.

Y ¿qué fue eso que los modernos innovadores decidieron preterir y cuyo

olvido nubló inevitablemente toda posibilidad de comprensión del fenómeno estudiado? Sencillamente olvidaron que la inteligencia no es una realidad material; olvidaron que la inteligencia humana es una facultad inorgánica; olvidaron que los procesos propiamente intelectuales no son susceptibles de estudio “positivo”; confundieron la operatividad “inteligente” con la inteligencia misma; confundieron algunas manifestaciones observables con la

profunda raíz de que son fruto; confundieron todo y actualmente no han comprendido nada.

Entonces ¿no es posible estudiar la inteligencia? Claro que sí es posible, siempre y cuando se entienda que lo que el método positivo puede captar no será nunca la inteligencia como facultad humana en su raíz íntima sino en todo caso algunas de sus manifestaciones o consecuencias observables. Si lo que desean es acercarse a la inteligencia deberán abandonar sus prejuicios cientificistas, y humildemente dirigir sus pasos hacia el hogar de la metafísica, de cuyos umbrales los apartó el orgullo positivista y un inexcusable sentimiento de inferioridad producido por los “éxitos” con que la física y otras ciencias deslumbraban al mundo por aquellos años.

Lo que ha pasado con el estudio de la inteligencia es muestra de cuánto daño puede causar un prejuicio a la ciencia. La psicología decidió hacerse “positiva” y con esta decisión se auto condenó a no comprender nada sobre un inmenso número de fenómenos cuya naturaleza impide su captación “experimental”.

Si lo desean sigan tratando de comprender en que consistió la inspiración y el

talento de Shakespeare estudiando bajo el microscopio la composición química de la tinta utilizada por él en sus escritos. El único problema de este camino es que el microscopio nunca pondrá ante sus ojos otra cosa que “tinta”, y así, estarán siempre condenados al silencio.

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LA NEUROTEOLOGÍA

Por estos días he estado leyendo un “curioso” libro titulado “La Conexión Divina”. Lo escribió un renombrado catedrático de la universidad complutense de Madrid especialista en fisiología del sistema nervioso, el doctor Francisco Rubia.

El libro trae como subtítulo, “la experiencia mística y la neurobiología” y según afirma en las primeras páginas, el texto busca dar respuesta a interrogantes como los siguientes: “¿Cuál es la base neurobiológica de la experiencia mística?, ¿existen en el cerebro estructuras que producen la experiencia de trascendencia?, ¿existen en la psique, o en, como diríamos hoy, en el sistema límbico, estructuras cuya activación nos pone en contacto con lo que muchos denominan «divinidad»?, ¿es posible activar, si es que existen, esas estructuras de forma natural y no mediante drogas?, ¿tiene sentido, como se está haciendo últimamente en Estados Unidos, hablar de «neuroteología»?” suficiente para atraer la atención del curioso.

Pero vamos al principio, ¿de dónde viene eso de la neuroteología?, la palabra la tomaron de una novela del escritor inglés Aldous Huxley llamada “La Isla”. Que narra la existencia de una pequeña isla llamada “Pala” donde, entre otras cosas, sus habitantes buscan la “iluminación” por medio del consumo de una sustancia psicodélica llamada “moksha”.

Eso en cuanto a la palabra, ¿y la “cosa”? la “cosa” debemos ubicarla dentro del gran espectro de desarrollo de las llamadas neurociencias; grupo de disciplinas cuyo propósito es estudiar el sistema nervioso en su relación con la conducta humana. Como es sabido, en los últimos años se ha dado un inmenso desarrollo en los estudios acerca del sistema nervioso debido en parte al avance en el perfeccionamiento de las tecnologías que sirven para “observar” la actividad cerebral, tales como los Rayos X , la TAC (Tomografía Axial Computarizada) y la IRM (Imagen por Resonancia Magnética).

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Un verdadero fervor entusiasta cuasi religioso se ha apoderado de los científicos quienes ven ya cercano el momento en el que por fin serán develados todos los misterios ocultos de la naturaleza y particularmente del hombre. Y este entusiasmo los ha lanzado ya sin prevención de ningún tipo hacia la conquista de dominios que hasta la fecha parecían muy por “encima” de sus posibilidades. Es así como desde hace ya varios años se han dado a la tarea de investigar los mecanismos cerebrales que están “detrás” de las experiencias “místicas”, en un esfuerzo por “explicar” el fenómeno religioso, tan antiguo como la misma humanidad, y de este esfuerzo ha salido la neuroteología. (¿Qué hubiera opinado santo Tomás?)

Lo que pretendemos en este escrito no es presentar objeciones “neurocientíficas”. No tenemos la competencia para tal cosa. Nuestro propósito es más humilde; medianamente conocedores del catecismo, queremos tan sólo expresar algunas reflexiones que nos fueron surgiendo a lo largo de la lectura del libro arriba mencionado.

Dicen que en un estudio publicado en 2006 por la revista Neuroscience Letters, se registró la actividad cerebral de 15 monjas carmelitas, a quienes previamente se les solicitó “recordar” sus experiencias místicas. La idea era descubrir qué regiones del cerebro se “activaban” durante su actividad “rememorativa”, con el fin de concluir qué regiones ayudaban a “producir” la experiencia religiosa.

Pues bien, respecto de esto debemos hacer una aclaración y es la siguiente:

el místico tiende a ocultarse. Es una constante en la historia del misticismo católico. Una anécdota servirá para ilustrar lo que quiero decir, creo que es de san Camilo de Lelis. Se cuenta que por aquellos tiempos causaba gran admiración una monja que según la gente del pueblo era una santa y tenía “experiencias” místicas. Le pidieron a Camilo que fuera a verificar si efectivamente se trataba de una gran santa o de una gran farsa. El santo se puso en camino y al llegar a las puertas del convento tocó y a la hermana que abrió le dijo: “buenos días, vengo a visitar a la santa”. De inmediato la hermana contestó: “sí, claro, soy yo”. Dice la historia que san Camilo no

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necesitó más pruebas para comprobar que se trataba de una farsa, e ipso facto abandonó el convento.

El punto que deseo aclarar es que la santidad verdadera, el misticismo verdadero, no se expone como fenómeno de circo, la profunda humildad de estos seres privilegiados los lleva a ocultar ante los demás los dones con que Dios se digna regalarlos. Razón por la cual es sumamente extraño el intento de “invitar” 15 monjas carmelitas para estudiar su “misticismo”.

Pero supongamos en gracia de la discusión que el “místico” accede a ser estudiado en su “misticismo”. Se le pide que recuerde su última experiencia mística y entre tanto le son ubicados algunos electrodos en la cabeza para registrar la actividad cerebral y así “sorprender” a su cerebro “creando” la mística.

¿Es esto posible? ¿Qué será lo que acudirá a la memoria del “sujeto”? ¿Aparecerá la experiencia mística en su misticismo? ¿O más bien habría que decir que lo que viene a la mente del sujeto son los concomitantes sensibles y emocionales de la misma? Creemos que esta última opción es la correcta. El mismo doctor Rubia reconoce en su escrito que una de las características comúnmente asignadas a las experiencias místicas es su “inefabilidad”, es decir, la imposibilidad de traducirlas a un discurso lógico, la imposibilidad de “decirlas”. El místico se ve inhibido de explicar con palabras su vivencia, razón por la cual la mayoría de ellos recurre a la poesía como medio de expresión, y tratan de explicar con analogías y metáforas.

Entonces sucede que si a un místico se le pidiera recordar una experiencia pasada a lo más que podría llegar sería al recuerdo de los sentimientos, emociones, imágenes, sensaciones físicas, etc. que acompañaron a la experiencia mística propiamente dicha. Por la sencilla razón de que en una experiencia mística el protagonista principal es Dios, y no hay que creer que Dios también haya sido invitado a participar en el estudio. En otras palabras, el místico solo no puede nada.

Y resulta que los sentimientos, emociones, imágenes, sensaciones físicas, etc. que acompañan a manera de concomitantes a la experiencia religiosa

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efectivamente están mediadas por procesos cerebrales. Y el truco consiste en decir que esos procesos son “causa” de la experiencia religiosa, cuando lo correcto sería afirmar que esos procesos cerebrales funcionan como mediadores de ciertas concomitantes biológicas que acompañan la experiencia mística pero que de ninguna manera pueden ser llamados “causa” de ésta, porque la “causa” será siempre Dios.

Fijémonos en el asunto de la inefabilidad. Decíamos que se trata de la imposibilidad de explicar con palabras, en un discurso lógico, lo propio de la experiencia mística. Esto ha sido reconocido por toda la mística tradicional. Y se explica por el hecho de que al ser la experiencia mística, una experiencia de lo absoluto, no es posible conceptualizarla en un sistema lógico finito como el humano, a no ser indirectamente por medio de la poesía o de metáforas y analogías finamente construidas para tal propósito.

El doctor Rubia tiende a explicar la inefabilidad de la siguiente forma: dado que se ha visto que las regiones cerebrales relacionadas con las “experiencias” místicas son distintas de aquellas comúnmente asociadas con el habla, es explicable que esas experiencias sean de difícil verbalización.

Un sacerdote amigo me hizo caer en la cuenta de que aquí el error está en no distinguir entre verbalización y conceptualización. La inefabilidad de las experiencias místicas es inefabilidad por conceptualización y no por verbalización. Lo cual significa que la experiencia mística no es conceptualizable, susceptible de ser expresada en conceptos humanos, pues

su “esencia” permanece de suyo en el nivel de lo absoluto. De forma tal que,

siguiendo el equivocado razonamiento del doctor Rubia, aun suponiendo que la misma región del cerebro encargada del habla, fuera la encargada de las “experiencias” místicas, seguiría siendo imposible verbalizarla, pues las palabras que decimos o escribimos significan conceptos, y en ausencia de

conceptos no significan nada.

Finalmente quisiéramos agregar que no es nuestro propósito restarle valor a

los esfuerzos de los científicos. Sólo queremos dejar claro el equívoco que se oculta detrás de expresiones como “biología de la fe”, “conexión divina”, etc.

o algunas que nos vienen del mundo angloparlante como “spiritual

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neuroscience”[ , (esta última si bien se mira oculta un sofisma gigante), o el título de un trabajo de David Biello titulado “Searching for God in the Brain”. Estos científicos seguramente algo encontrarán, pero honestamente alguien debiera decirles que nunca será lo que están buscando.

Algunos científicos quisieran ver a Dios con su microscopio, no tanto para “verlo”, sino para probar finalmente que no es espiritual y trascendente al mundo.

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FÍSICA CUÁNTICA E IDEALISMO

Hemos visto el documental “What the bleep do we know?, y nos han surgido las siguientes reflexiones.

El documental es una muestra bastante clara de “idealismo científico”. En medio de un despliegue de creatividad sorprendente por parte de los creadores del documental se intentan transmitir básicamente las siguientes ideas:

* La realidad no existe. La creamos.

* El cerebro es el órgano que “crea” la realidad

* Esta “creación” está mediada por la química cerebral asociada a las emociones

* Esta química cerebral se hace hábito y consolida “modos” de creación de realidad

* Estos “modos” pueden ser cambiados a voluntad

No vamos a entrar en detalles acerca de la teoría cuántica en sí. Baste decir que, al igual que todos los postulados de la ciencia actual, tiene sólo rango de hipótesis falsable.

Lo que sí queremos hacer es un par de aclaraciones de orden “filosófico” pues lo que se pretende en el documental es la defensa de una verdadera filosofía adornada con vocabulario “científico”. Y son las siguientes:

1. Los autores del documental se enredan en varias confusiones:

- Confunden la “causa materialis” con la “causa formalis”

- Reducen la “causa Materialis” a la mera “causa instrumentalis”.

- Confunden en el orden epistemológico lo “id quod” con lo “id quo”

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2. De las anteriores confusiones concluyen en un idealismo mucho más

radical que el cartesiano o el kantiano y anulan la posibilidad de la ciencia misma.

Inician con un sofisma. Ante el hecho de que las mismas regiones corticales se “activen” ante lo visto y ante lo sólo imaginado concluyen: ¿qué sabemos en realidad? lo cual los lleva a la inevitable consecuencia de que en el fondo es el cerebro quien crea sus realidades. Lo anterior apoyado por el hecho de que la mecánica cuántica establece la imposibilidad de aprehender con certeza la localización de las partículas elementales, principio conocido como de “incertidumbre” de Heisenberg.

¿Por qué calificamos lo anterior como un sofisma? Por partir de un presupuesto falso, aquél según el cual es el cerebro quién conoce. (Confusión “causa materialis”, “causa formalis”). Si el cerebro “conoce”, ¿conoce sus propios estados o modificaciones químicas? En ese caso toda posibilidad de contacto con algo distinto a nosotros mismos es imposible y sería el imperio del solipsismo más absoluto. El reinado de la individualidad radical y la anulación de toda posible comunicación entre personas, pues cada una sería como una isla, absolutamente clausurada sobre sí misma.

Y lo más sorprendente es que ellos mismos reconocen la inevitable presencia de un misterioso “observador” quien finalmente es el que decide. Y entonces ¿cuál es el papel del cerebro ante este observador? ¿No tiene este “observador” la facultad de distinguir entre lo visto y lo sólo imaginado? Si la tiene entonces cae por su base toda la argumentación del documental en favor del idealismo, pero ¿si no la tiene?, pues volvemos a lo mismo, reinado del solipsismo, incomunicabilidad, aislamiento de individualidades absolutas.

¿Y respecto de la ciencia? Peor aún, ¡No existe! ¿Qué tipo de ciencia sería si tan sólo tuviera validez individual? Porque si eso que llamamos “realidad” es tan sólo creación de cada individuo aislado, entonces cada individuo aislado tendría “su” ciencia, pero jamás “la” ciencia, con aspiraciones de validez universal, y siendo esto así ¿no es acaso paradójico, contradictorio,

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incoherente y deshonesto que los señores del documental quieran transmitirnos “su” ciencia de la realidad, como si fuera “la” ciencia? ¿No tendríamos derecho también nosotros, sujetos autónomos, a “crear” “nuestra” ciencia? Obviamente sí.

Es el problema que subyace a todo idealismo. Siempre la contradicción lo acecha a la vuelta del camino, y la escapatoria es imposible. Incluso los idealismos con ropaje “cuántico”, “neurocientífico”, etc.

Los historiadores de la ciencia de la escuela francesa reconocieron ya desde el siglo pasado la absoluta necesidad de partir de una concepción realista del mundo para poder construir conocimiento. Un seguro instinto les decía que era esa la única manera de edificar sus disciplinas sobre bases epistemológicas sólidas, y no se equivocaron. Los descalabros y las puerilidades a que se ven abocados los científicos que deciden transitar el camino del idealismo son enormemente instructivos al respecto.

Kant fue mucho más honesto. Para él los “noumenos” nos eran desconocidos, sólo contábamos con el mundo fenoménico. Pero concluía que al no poder decidir sobre la existencia del noumeno tampoco podíamos decidir sobre su inexistencia. Sus epígonos modernos quisieran ir más allá, y afirman que puesto que no los conocemos, ¡no existen! De una limitación humana deducen una inexistencia en el orden del ser.

¿Qué diríamos si alguien nos dijera que Paris no existe puesto que jamás la ha visitado?

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LOS PELIGROS DE LA INTERNET

Desde su aparición, el internet ha sido blanco de muchas críticas, casi todas ellas centradas en la facilidad con que las personas se ven expuestas a contenidos inmorales, no sólo pornográficos, sino también violentos y degradantes de todo tipo.

Lo anterior, sin embargo, no ha sido obstáculo para que en los últimos años la Web haya crecido de manera notable hasta el punto de convertirse actualmente en un elemento indispensable en la vida tanto de individuos como de organizaciones, incluyendo a los mismos gobiernos.

Una de las bondades aparentes del internet es la facilidad con que es posible acceder a información de todo tipo, favoreciendo notablemente el aprendizaje y el desarrollo intelectual de las personas. De hecho el internet se ha convertido en una herramienta de uso cotidiano en los establecimientos educativos.

A pesar de lo que venimos diciendo, en los últimos tiempos se han venido multiplicando las voces que denuncian un efecto totalmente contrario del internet en el psiquismo de sus usuarios habituales. Y se trata en esencia de lo siguiente: el internet tiende a “robar” gran parte de nuestro tiempo y de nuestra atención; dificulta el ejercicio de un pensamiento profundo y sólido; imposibilita el recogimiento necesario para la reflexión; trae daños psicológicos importantes afectando de manera profunda la personalidad de los “navegantes”.

Digamos en primer lugar que la crítica primera contra el internet sigue siendo procedente. Es un hecho de fácil comprobación que el internet con sus millones de “sitios” se convierte en un proveedor inagotable de basura pornográfica.

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Hasta el punto de que incluso las personas ajenas a ese mundo degradante acaban tarde o temprano cayendo en él, a causa precisamente de la facilidad del acceso, movidas las más de las veces por una insana curiosidad.

La anterior idea se puede expresar también en lenguaje moral: el internet es, evidentemente, una “ocasión próxima” de pecado. El catecismo define la ocasión próxima afirmando que es “toda persona o cosa externa que constituye un peligro de pecado para el hombre”.

De manera que, por ejemplo, un joven que “navegue” ociosamente por la Web puede ser presa fácil de estos sitios.

Vengamos ahora a lo mencionado más arriba. Se trata de un aspecto sobre el cual muy poco se ha dicho, y que ha pasado casi desapercibido para la mayoría de las personas.

¿Son perjudiciales sólo algunos contenidos disponibles en internet? ¿O se trata más bien de que el internet mismo, en su estructura actual, tiene efectos perjudiciales sobre las personas independientemente incluso de los contenidos visitados?

Especialistas de diversas áreas responden afirmativamente la última pregunta. Según ellos el internet, tal y como lo conocemos en la actualidad, posee la capacidad de afectar negativamente a sus usuarios.

No es nuestro objetivo negar las evidentes ventajas de orden práctico que trae el uso del internet, sólo pretendemos alertar a nuestros lectores en procura de que hagan un uso más consciente de esta herramienta y de los demás medios electrónicos.

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LA DOCTRINA DE LAS INTELIGENCIAS MÚLTIPLES

Es muy conocida la división que hace Gardner de las distintas “inteligencias”.

Según este autor se trataría de verdaderas divisiones, “IN RE”, tomadas sobre todo a partir de los conocimientos en neurofisiología. El procedimiento para “aislar” un “tipo” de inteligencia es más o menos el siguiente:

Se parte del presupuesto de que “inteligimos” con el cerebro; esta es la idea madre. De ahí se pasa a incorporar los últimos conocimientos sobre el funcionamiento neuronal del cerebro, de manera que, por ejemplo, si dado un determinado daño, en una determinada región cerebral, se ve afectada una determinada “función” cognitiva, se concluye que esa determinada región cerebral es la encargada de ejercer tal función cognitiva.

Y como resulta que las demás “funciones” cognitivas siguen operando

entonces se concluye que se trata de “funciones” diferentes, con región

cerebral específica y por tanto de una “inteligencia” perfectamente diferenciada.

El problema

cerebro es el que

“entiende”; partir de que el cerebro o las neuronas, o las sinapsis “entienden”. Si se parte de ahí la conclusión en las inteligencias múltiples es casi inevitable.

Pero ¿y si no partimos de ahí? Por ejemplo, si podemos mostrar que, dada la naturaleza intencional, abstracta y universal del acto cognoscitivo y de los conceptos con que conocemos la realidad, es imposible sostener que todo ello sea resultado de la operación de un órgano corporal, entonces ¿qué queda de la tesis de las inteligencias múltiples? Muy poco, por no decir nada.

La razón es que la división de las inteligencias parte y se apoya en la evidente división del cerebro en “regiones” funcionales, pues sólo es divisible lo que tiene partes, y sólo tiene partes lo que es material, como el cerebro. Pero, como ya dijimos, la naturaleza intencional, abstracta y universal del

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es

la idea

madre. Partir

de que

es

el

conocimiento humano hace imposible sostener que las operaciones cognitivas sean ejecutadas por órganos corporales, porque el efecto sería superior a la causa, lo cual es imposible, pues sería como admitir que una causa produce en su efecto más de lo que ella misma es, y nadie da de lo que no tiene.

Una cosa distinta es sostener que, siendo que el conocimiento humano arranca de los sentidos corporales, es evidente que si se ven alterados esos órganos corporales (como el cerebro, donde finalmente convergen todos los sentidos) se verá afectado también el proceso cognitivo, pero esto sólo accidentalmente.

Por ejemplo: el agua naturalmente “moja” lo que toca; pero ¿qué pasa si uso ropa impermeable? Pues pasa que accidentalmente estaría yo impidiendo el efecto normal del agua; pero no a causa de una modificación de las características del agua en sí misma, sino sólo presentando un obstáculo “externo” al agua; de manera que el agua seguiría siendo capaz de mojar, pero esa capacidad estaría impedida accidentalmente por la ropa impermeable.

En el caso de la inteligencia pasa lo mismo. La inteligencia es una facultad inmaterial y más exactamente es una facultad espiritual, que no depende para su función de un órgano corporal. Sin embargo, siendo que el conocimiento humano arranca de los sentidos, y la inteligencia se apoya en los sentidos para de allí abstraer sus objetos de conocimiento que son los conceptos intencionales, abstractos y universales; puede suceder, y sucede, que ante una alteración del órgano máximo de convergencia de información sensible, el cerebro, se resienta también la función cognitiva intelectual, pero accidentalmente, pues la inteligencia, como el agua, seguiría siendo capaz de “inteligir”, sólo que por una causa “externa” a sí misma, su acto estaría en cierta medida impedido.

En resumen, la división de Gardner de la inteligencia se apoya en una doctrina muy discutible sobre la naturaleza de la inteligencia misma, y depende toda ella de una concepción mecanicista y materialista del entender humano.

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(1) "LÓGICA" MORAL

Pocas veces, por no decir nunca, veo los noticieros en televisión. Cuando deseo enterarme de algo lo consultó en la Internet, que me ofrece más posibilidades al mismo tiempo que me ayuda a evitar, hasta cierto punto, los sesgos y las habituales manipulaciones propias de los canales conocidos de televisión.

Sin embargo, hace algunos días me fue imposible no escuchar un estruendoso titular presentado en el noticiero del mediodía: "joven pareja aborta a su bebé y arroja los restos por el inodoro" (taza de baño).

Era una de esas noticias ante las cuales la primera reacción es un atónito silencio, seguido por unos cuantos segundos de escepticismo, los cuales se esfuman rápidamente ante el choque con la realidad, la pantalla mostraba la imagen de un hombre joven conducido por la policía, esposado y tratando de cubrirse el rostro.

¿Qué pasa por la mente de dos personas al momento de arrojar un bebé por la taza del baño? ¿Quién se atreve a contestar esta pregunta?

La respuesta sencilla sería decir que en realidad no piensan en nada tan sólo se sienten tranquilos y aliviados por haber logrado deshacerse de una futura dificultad. Pero la realidad es un poco más complicada.

Cuando actuamos, cuando ejecutamos determinado comportamiento, excluyendo el caso de quienes adolecen de alguna severa anomalía psicológica o el de quienes son movidos o coaccionados física y violentamente por un tercero, lo hacemos por una libre y consciente elección de nuestra parte; elección que propiamente pertenece a la voluntad pero que supone siempre un proceso racional de análisis de los medios más acordes para alcanzar un determinado fin.

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El proceso normal de toma de decisiones es, entonces, un proceso en el cual se da una continua interacción entre la voluntad y la inteligencia, donde, por así decir, a la voluntad le corresponde el movimiento y a la inteligencia la iluminación del camino.

Aristóteles decía que así como hay un razonamiento especulativo encaminado a la captación de la verdad, hay también un razonamiento práctico encaminado a determinar un curso de acción concreto.

Éste modelo aristotélico del acto humano práctico está calcado sobre el razonamiento lógico y consta de sus mismos elementos. Una premisa mayor, una premisa menor y una conclusión.

El ejemplo clásico de razonamiento especulativo:

- todo hombre es mortal (premisa universal)

- Sócrates es hombre (premisa particular)

- luego Sócrates es mortal (conclusión)

Ejemplo clásico de razonamiento práctico:

- todo lo dulce ha de ser comido

- esto es dulce

- luego esto debe ser comido

La diferencia entre ambos modelos de silogismo o razonamiento está en que mientras la conclusión del razonamiento especulativo está encaminada únicamente al conocimiento de alguna verdad, la conclusión del razonamiento o silogismo práctico está encaminada a determinar, impulsar, sugerir, un curso de acción, que si no es impedido por nada será el ejecutado por el sujeto. En el caso del alimento dulce, si nada impide en aquel momento que el sujeto lo coma, muy posiblemente lo hará.

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Ahora bien, Aristóteles enseña que en aquellas personas que llevan a cabo conductas gravemente inmorales y reprochables lo que sucede es que su razonamiento práctico en lugar de dos, tiene cuatro premisas. ¿Qué quiere decir esto? Que hay dos premisas dictadas por la recta razón y dos dictadas por el apasionamiento.

El silogismo de recta razón diría así:

- lo dulce debe ser comido, en hora conveniente y en cantidad razonable

- esto es dulce, pero no es la hora conveniente, o bien, es demasiada cantidad

- luego, NO debo comer esto.

(También puede ocurrir que sí sea la hora indicada y la cantidad razonable, en tal caso nada impide comer aquello)

El silogismo de concupiscencia o de pasión diría así:

- lo dulce debe ser comido

- esto es dulce

- debo comer esto

Fijémonos en que todo depende de la primera premisa, la premisa principal de la cual desprendemos la consecuencia que se traduce en actos.

Pues bien, resulta que según Aristóteles, y esto es de una importancia capital, la premisa mayor viene nada, en palabras modernas, por nuestro "estilo de vida"; nuestras costumbres, nuestros hábitos, nuestras virtudes y vicios, configuran aquello que rige a manera de FIN, toda nuestra conducta.

En otras palabras, una persona habituada, acostumbrada a seguir siempre y en todo, su interés particular, a oír solamente los reclamos de sus pasiones, a usar sin discernimiento de todo placer, ¿qué premisa principal asumirá como guía a la hora de tomar una decisión? Seguramente la que le sea dictada en

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aquel momento por sus pasiones desordenadas, su egoísmo o su hedonismo particular.

Y cuanto más se habitúe a transitar por este camino más difícil se le hará obrar de manera distinta. Aquellos desgraciados que son esclavos de alguna mala costumbre sabrán perfectamente de que estamos hablando.

Con el paso del tiempo la recta razón va enmudeciendo hasta casi desaparecer del todo, y estas personas se hacen entonces incapaces de obrar de manera distinta, ciegos ante la realidad, prisioneros de sus egoísmos, y no sólo les faltan fuerzas para comportarse de manera diferente sino que con el paso del tiempo se van haciendo cada día más capaces de actos más y más inmorales y horrendos.

Una buena imagen de lo que venimos diciendo son las bolas de nieve arrojadas desde lo alto de una montaña, al principio puede ser una bola pequeña pero a medida que avanza en su caída se va haciendo cada vez más grande hasta que se hace imposible detenerla por su tamaño y por su fuerza.

Decían los antiguos que nadie se hace bueno o malo de repente; tanto la bondad como la maldad son el resultado de la acumulación de muchos actos realizados a lo largo de la vida; verdaderamente somos hijos de nuestros actos. Cada decisión que tomamos, cada conducta que llevamos a cabo, cada pensamiento, cada intención, cada deseo, va construyendo nuestra personalidad moral, y de esta personalidad moral dependen los principios que sigamos a la hora de obrar.

Quizá el camino que lleva a las personas a ser capaces de arrojar por la tasa del baño a su bebé haya sido un camino repleto de malas decisiones, que los hizo finalmente capaces de tan horrendo crimen.

De aquí se desprende la necesidad de permanecer siempre alertas y vigilantes ante esos pequeños defectos de nuestra personalidad, pues es mucho más fácil arrancar un árbol que apenas está creciendo que intentar arrancar un árbol que tiene raíces muy hondas y muchos metros de altura.

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(2) "LÓGICA" MORAL

Vamos a tratar de explicar un poco la cuestión del razonamiento o silogismo práctico. En el artículo anterior lo mencionamos dándolo por sabido y la verdad es que en torno a estos temas hay actualmente una gran ignorancia.

Enseña Santo Tomás que el ser humano obra siempre movido por un fin; siempre que hacemos algo lo hacemos por o para algo y este "algo" lo llamamos fin de nuestra conducta. Nos subimos al coche "para" ir al mercado; vamos al mercado "para" comprar los alimentos; compramos los alimentos "para" preparar la cena; preparamos la cena "para" saciar el hambre, etc. incluso cuando dormimos lo hacemos "para" descansar y descansamos "para" renovar fuerzas y retomar nuestras obligaciones.

En último término hacemos lo que hacemos para ser felices y alcanzar una vida plena y ya aquí no es posible un nuevo ¿para qué? ¿Para qué ser feliz? Pues la única respuesta sería "para" ser feliz.

Esta doctrina según la cual la felicidad es el fin último de la vida humana es una doctrina de origen aristotélico que fue en la edad media retomada y completada por Santo Tomás.

De manera que para el hombre todas sus acciones son, de uno u otro modo, medios en orden a ese fin último. Precisamente es esto lo que permite comprender la existencia y necesidad de un proceso deliberativo racional previo que permita ordenar nuestras acciones al fin que perseguimos.

En el ejemplo que dábamos más arriba es posible decir que el acto de ir al mercado es fin respecto del acto de subir al coche; como también es posible decir que la compra de alimentos es fin respecto del viaje al mercado. Esto significa que entre nosotros y el fin último que es la felicidad se dan una serie de fines intermedios que según como se miren, son medios respecto de fines ulteriores, pero también son fines de medios anteriores.

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De manera que el trabajo racional que permite el conocimiento del fin que perseguimos y los medios con que contamos es indispensable.

Ahora bien, a este trabajo racional previo y necesario podemos llamarle "razonamiento práctico"; le llamamos razonamiento porque es efectuado por nuestra razón, y le llamamos práctico porque va encaminado a establecer cursos de acción concretos; y está formado, esquemáticamente hablando, por una premisa universal que enuncia o bien el fin último o bien algún fin general que perseguimos en aquel momento; una premisa particular que señala el caso concreto ante el cual nos hallamos; y finalmente una conclusión que se desprende de las dos premisas anteriores y que le señala al sujeto lo que ha de hacerse en aquel momento para alcanzar tal fin.

Santo Tomás lo explica así:

“Oportet scire quod in eius processu est duplex opinio. Una quidem universalis, puta omne inhonestum est fugiendum. Alia autem singularis circa ea quae proprie secundum sensu cognoscuntur, puta, hoc est inhonestum. Cum autem ex his duabus opinionibus fiat una ratio, necesse est quod sequatur conclusio. Sed in speculativis anima solum dicit conclusionem. In factivis autem statim operatur ea”. In VII Ethic., lec.3, nn.

1345-1346.

“Es preciso saber que en este proceso (el del razonamiento práctico) hay dos opiniones. Una, universal, como, por ejemplo: ‘todo lo deshonesto debe ser evitado’. Otra, singular, referida a aquellas cosas que son conocidas propiamente por el sentido, por ejemplo: ‘esta acción concreta es deshonesta’. Cuando de ambas opiniones se hace una única razón, es preciso que se siga una conclusión. Pero, en los razonamientos especulativos, el alma sólo dice la conclusión: en cambio, en los operativos, inmediatamente la realiza”.

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Ahora se comprende un poco mejor el ejemplo que dábamos en el artículo precedente sobre el alimento dulce:

- todo lo dulce ha de ser comido

- esto es dulce

- luego esto debe ser comido

No quiere esto decir que cada vez que obramos de determinada manera nos tomemos la tarea de razonar sobre medios y fines. Con el paso del tiempo y los hábitos adquiridos gran parte de nuestras conductas se hacen automáticas; y también es posible que actuemos en determinadas circunstancias bajo el efecto de la ira, de la lujuria, o de cualquier deseo vehemente, y en tal caso la precipitación con que actuamos nos impedirá razonar con claridad. (De aquí provienen los habituales "yo no quería hacer eso")

Pero hechas las anteriores salvedades, es cierto que a cada acto humano precede una deliberación por medio de la cual sopesamos los pros y los contras de los medios a nuestra disposición para llegar a determinado fin. Y de tal deliberación surgen las decisiones que determinan nuestros actos cotidianos.

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DECONSTRUYENDO LA SOCIEDAD MODERNA (1)

Desde hace ya algún tiempo me preocupan, y más que preocuparme, me angustian los pasos agigantados con que el hombre moderno está corriendo afanosamente hacia la construcción de una sociedad edificada totalmente sobre la adoración de la libertad individual.

Es un espectáculo terrible el que presenciamos cada día a nuestro alrededor, espectáculo que los medios de comunicación se encargan de difundir por todos los rincones del orbe, para gozo de muchos y escándalo de algunos.

Y no son sólo las leyes verdaderamente perversas que cada semana son aprobadas en algún siniestro parlamento, pseudo leyes como el aborto, las uniones homosexuales, las adopciones de niños por parejas del mismo sexo, el divorcio que destruye las familias, la anticoncepción, la mal llamada "educación" sexual, cuyo único objetivo es poner al alcance de los miembros más jóvenes y manipulables de la sociedad todo el catálogo existente de desviaciones sexuales, etc. ¡no es sólo esto!

Lo que aterra y angustia por sobre todo es que esta perversa manera de construir la sociedad se ha ido poco a poco convirtiendo en la atmósfera habitual de millones y millones de seres humanos.

El error y la perversidad de vida han dejado de ser oscuro privilegio de algunas almas enfermas y ha venido a ser alimento envenenado de la mayoría de los hombres.

Hace tan sólo algunas décadas, las opiniones más contrarias a la moral y las aspiraciones más aberrantes había que ir a buscarlas en los escritos de algunos autores que habían perdido totalmente la luz y utilizaban sus talentos sólo para difundir la oscuridad que se había apoderado de sus inteligencias y de sus voluntades.

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El grueso de la sociedad, las familias y las legislaciones de los países, se mantenían aún a grandes rasgos dentro del orden legado a nuestras naciones por la cristiandad occidental.

La atmósfera en términos generales era sana y robusta, y las almas, aunque en medio de las debilidades humanas, vivían en un entorno que aún permeaban los valores eternos que constituyen el verdadero camino hacia la plenitud humana.

Sin embargo, desde hace algunos años, sobre todo a partir de la década del 60, las cosas empezaron a dar un giro dramático. Los antiguos valores y principios que por siglos fueron la columna vertebral de la sociedad occidental comenzaron a ser cuestionados y su validez fue puesta en duda.

Acto seguido, los portadores de las "nuevas" ideas se hicieron con los cargos de poder y desde allí emprendieron una guerra implacable contra la herencia cristiana occidental, contra la visión cristiana del hombre.

Dio así inicio un proceso de destrucción sistemática en todos los ámbitos de todo aquello que hasta este momento había sido tenido por sagrado y verdadero: la santidad de la familia, los principios morales, el respeto por la vida, la adoración pública del Dios verdadero, etc.

De manera que así como en los primeros siglos del cristianismo, durante el arrianismo, un autor dijo que el universo un día se había despertado asombrado de ver que se había vuelto arriano; podemos hoy decir que un día el universo se despertó y se asombró al darse cuenta que se había vuelto post-cristiano.

La etiqueta de "post-cristiano" ha sido acuñada por algunos autores para calificar a nuestro tiempo, el cual ha dejado de ser cristiano y vive una época de post cristianismo.

En realidad contamos con un calificativo más exacto para definir esta época nuestra, se trata de la "apostasía de las naciones". Un mundo que habiendo sido bendecido por siglos con el don de la fe, reniega de él, y corre tras los cantos de sirena de los profetas de la muerte.

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Dijimos al inicio que el eje central sobre el que se ha construido la sociedad que nos rodea es la libertad individual. En una próxima oportunidad trataremos de aclarar un poco lo que es este nuevo ídolo con pies de barro.

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DECONSTRUYENDO LA SOCIEDAD MODERNA (2)

Habíamos prometido ocuparnos de la cuestión de la libertad individual, la cual es el fundamento último sobre el que se ha buscado construir la sociedad actual, su sistema legislativo, educativo, cultural, religioso, etc.

Para tratar este asunto se nos presentan en principio dos caminos, uno más sencillo y otro un poco más complejo. El sencillo consiste en hacer una breve y somera descripción de los 3 modos de libertad que usualmente se encuentran en los manuales que se ocupan de estos temas, a saber, libertad psicológica, libertad moral y libertad física, y a partir de ello extraer algunas reflexiones útiles para nuestro propósito. El camino complejo consiste en la exposición de la doctrina clásica acerca de la voluntad humana y el libre arbitrio, usando para ello como guía las cuestiones 82 y 83 de la primera parte de la Suma Teológica de santo Tomás.

Con el primer camino ganamos sencillez en la exposición, con el segundo ganamos solidez; de manera que hemos decidido dividir el trabajo en tres momentos: en el presente artículo seguiremos el primer camino y en dos artículos posteriores trataremos de exponer, con el favor de Dios, las principales tesis sobre la voluntad y el libre arbitrio.

Somos conscientes de la “aridez” que para algunos de nuestros lectores puedan tener estos artículos sobre la libertad, pero al mismo tiempo sabemos que si queremos en verdad edificar con firmeza nuestra crítica o “deconstrucción” de la sociedad moderna, no hay otro camino que el de fundamentarnos lo mejor posible en el conocimiento de aquellas tesis cuya negación, olvido o tergiversación ha servido de base al proceso revolucionario que contemplamos a nuestro alrededor.

Así pues invitamos a nuestros lectores a seguir con atención y paciencia los 3 artículos siguientes a fin de que, sólidamente afincados en el conocimiento de la naturaleza de la libertad humana, podamos asimismo con solidez

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vislumbrar el punto de quiebre de la concepción moderna de la misma, logrando así comprender que sólo en el retorno a la verdadera idea de libertad es posible esperar para los individuos y las sociedades la estabilidad, la plenitud y la paz que tanto se afanan por encontrar en caminos errados.

Veamos en primer lugar la llamada libertad psicológica. En términos generales se entiende por libertad psicológica la facultad que tiene todo ser humano de determinar sus actos, previo conocimiento del fin y de los medios que a él conducen. Los autores nos hablan de la especificación y el ejercicio; la libertad psicológica nos permite especificar nuestros actos, es decir, determinarnos a hacer esto o lo otro, supuesta la existencia de varias posibilidades. Y también nos permite “ejercitar” nuestros actos, es decir, determinarnos a obrar o no obrar. Resumiendo, en virtud de la libertad psicológica podemos hacer esto o lo otro, obrar o no obrar.

Por ejemplo, pensemos en un momento concreto en que tenemos la sensación de hambre; pues bien, a diferencia de los animales los cuales se ven irresistiblemente empujados a obrar apenas sienten la inclinación de su instinto, los seres humanos podemos en tales casos decidir en primer lugar comer o no comer, y en segundo lugar podemos decidir comer esto o lo otro. Puede ser que tengamos entre manos alguna ocupación urgente y entonces lo correcto será calmar nuestro apetito en otro momento; también puede suceder que por cuestiones médicas, aun pudiendo, renunciemos a tal o cual alimento y decidamos calmar nuestra hambre con otro alimento que no perjudique nuestra salud. De manera que podemos especificar nuestro acto, y determinar su ejecución, y a esto se le llama (aclaramos que en términos generales, pues más adelante cuando nos ocupemos de la voluntad y el libre arbitrio deberemos hacer algunas matizaciones) libertad psicológica.

Entre otras consecuencias de poseer esta libertad psicológica, está sin duda la posibilidad misma de ser responsables de nuestros actos. Es evidente que si no pudiéramos especificar nuestros actos ni determinarnos a obrar o no obrar, sería imposible que nos fuera imputada alguna responsabilidad sobre nuestras conductas. Todo ese universo ético y religioso lleno de consejos, exhortaciones, prohibiciones, mandamientos, etc. carecería por completo de

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sentido. Pues ¿qué sentido pudiera tener decirle a una persona “debes hacer esto más bien que lo otro”, “no debes hacer eso”, “haz aquello”, si esa persona no tiene la posibilidad real de determinar sus actos? Es claro que no tendría ninguna razón de ser el universo ético, como tampoco el universo penal, pues ¿cómo justificar el castigo a una persona a causa de una conducta sobre la cual la persona no posee ningún tipo de control?

Es por ello que los animales no son propiamente hablando “responsables” de sus actos. Un tiburón que en alta mar atacase a un náufrago no podría ser acusado de asesinato. Un perro que mordiese a un transeúnte no podría ser procesado por lesiones personales, a lo sumo se podría sancionar a su propietario precisamente por irresponsable.

En cambio, un ladrón, un asesino, un mentiroso, un violador, un terrorista, un estafador, etc. pueden y deben ser justamente acusados y responsabilizados de sus acciones y han de responder por ellas ante la justicia porque poseen la facultad de determinar sus actos, hacer esto o lo otro, obrar o no obrar.

Son muchas las corrientes de pensamiento que a lo largo de la historia han negado la existencia de esta prerrogativa humana. Se les llama en general deterministas, por cuanto defienden que las conductas humanas están fijadas, condicionadas, determinadas, ya sea por la cultura, la época, la biología, la libido, etc.

El pensamiento tradicional ha defendido siempre con multitud de pruebas y argumentaciones la real existencia de esta facultad humana, no sólo por fidelidad a la realidad de las cosas, sino también como salvaguarda de todo nuestro sistema de valores y principios, el cual descansa sobre el fundamento de la libertad del hombre para hacer el bien o el mal, lo correcto o lo incorrecto; corregirse o degenerarse, seguir la luz de su razón o apartarse de ella.

Para poner tan sólo un ejemplo de determinismo y del daño que causan, mencionaremos el determinismo de origen freudiano. Como todos saben el freudismo es una corriente de la psicología que surge el siglo pasado de la mano del psiquiatra vienés Sigmund Freud. Según el freudismo la conducta

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humana está sometida a la vida instintiva, siendo lo predominante de esta última la tendencia sexual. Partiendo de semejante fundamento los psicoanalistas se han lanzado a interpretar absolutamente todo; la cultura es sublimación de las tendencias sexuales, lo mismo la filosofía, la religión, el arte, etc. los sistemas morales son sistemas represivos de la naturaleza humana y deberían ser abolidos para dar paso a una sociedad sin complejos ni neurosis.

Precisamente fue un freudiano, Marcuse, uno de los principales agentes ideológicos de la revolución de los años sesenta. Este autor proclamaba poco más o menos la absoluta liberación sexual en todos los ámbitos con el fin de “sanar” al hombre de su moral burguesa y represiva. No en vano la “M” de Marcuse, figuró durante las revueltas de Mayo del 68 junto a las de Marx y Mao.

Si el ser humano no es más que un manojo de impulsos principalmente sexuales, ¿por qué seguir tolerando la existencia de sistemas morales “represivos” de la “verdadera” naturaleza humana? ¿No sería mejor dar campo abierto incluso a las más aberrantes expresiones de la sexualidad, buscando así la verdadera “liberación”?

Pues bien, fueron muchos los que seducidos por estos cantos de sirena se arrojaron por este camino y acabaron defendiendo las vilezas más extremas de que se tenga memoria.

En segundo lugar está la libertad física, otros la llaman libertad frente a la coacción. Se entiende por libertad física la posibilidad concreta, “física”, de ejecutar determinada acción, libertad de no ser impedido “físicamente” de hacer lo que queremos hacer. Es evidente que si tomamos a alguien y lo atamos de pies y manos le estamos restringiendo su libertad física, como si dijéramos su libertad de movimiento. También a los que se encuentran presos en algún establecimiento carcelario se dice que se les ha privado de su libertad física, su libertad de acción.

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Esta libertad es de alguna manera, garantía de la libertad psicológica, pues de nada serviría poder hacer esto o lo otro si a la hora de la verdad se nos impidiera por la fuerza realizarlo.

Por último está la libertad moral; se entiende por libertad moral la posibilidad de movernos en el bien. Es entonces una facultad que mira al bien, dirigida al bien, ¿qué quiere decir esto?, quiere decir que la libertad moral es aquella en virtud de la cual nuestros actos son llamados buenos o malos. Es evidente que no todo lo que hacemos es bueno, ni todo lo que hacemos es malo. Para lo bueno tenemos libertad moral, pero no para lo malo. Somos libres para hacer el bien, pero no para obrar contra el recto orden de las cosas.

Estos tres tipos o modos de libertad guardan entre sí algunas relaciones, por ejemplo: vamos por la calle y vemos que a una persona se le cae al suelo un fajo de billetes, 1) tenemos libertad psicológica para determinar nuestro acto, podemos decidir recoger el dinero o no recogerlo; dejarlo ahí tirado, llamar al dueño, etc. 2) tenemos libertad física para recoger el dinero, pues salvo algún problema con nuestra columna vertebral nada nos impide agacharnos a tomar el dinero. 3) tenemos libertad moral para DEVOLVER el dinero a su legítimo dueño, PERO NO TENEMOS LIBERTAD MORAL PARA QUEDARNOS ESE DINERO PARA NOSOTROS. Esto último sería un acto moralmente malo.

Otro ejemplo: supongamos que unos jóvenes de dudosa moralidad le quieren jugar a un amigo “demasiado piadoso” una broma de pésimo gusto. Lo atan a una cama contra su voluntad y contratan a una mala mujer para que lo seduzca con sus artes. Evidentemente este chico ha perdido su libertad física, está inmóvil, atado, impedido en sus movimientos. Sin embargo conserva por un lado su libertad psicológica y su libertad moral. De manera que aun en medio de los placeres más grandes este chico, con un acto fortísimo de su voluntad puede salir victorioso y no “consentir” internamente con aquel acto que es MORALMENTE REPROBABLE. Se opera aquí una especie de separación entre la sensibilidad y las potencias superiores. Pues mientras la sensibilidad se encuentra embotada por las artes de la mujer, la voluntad y la inteligencia de este joven pueden permanecer fijas en el deseo del cumplimiento de la ley moral, y en tal caso no obra mal.

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El anterior ejemplo, para quienes pudiera parecer demasiado escabroso, lo tomo del bello librito de san Francisco de Sales, “Introducción a la vida devota”. Ejemplo con el cual el santo busca ilustrar, en un contexto teológico espiritual, que los seres humanos aun en medio de las más fieras tentaciones contra la ley moral, conservan la facultad de consentir o no con aquellos actos, de manera tal que nadie es totalmente excusable cuando cede.

En resumen, la libertad física nos puede ser arrebatada del todo; la libertad psicológica puede ser disminuida por varias razones, enfermedad mental, intensidad de las pasiones, ignorancia, miedo, etc. y la libertad moral permanece siempre inmutable, lo que es en sí malo, será malo siempre y siempre deberá ser rechazado. Lo que es en sí bueno, será bueno siempre y siempre deberá ser elegido.

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DECONSTRUYENDO LA SOCIEDAD MODERNA (3)

La voluntad (1)

Se suele decir que los seres humanos hacemos fundamentalmente dos cosas:

conocer y querer. De tal manera que todas las acciones posibles se reducen finalmente a una de esas dos categorías, entendiendo claro está, que el conocer abarca tanto el conocer sensitivo como el intelectivo; y que el querer abarca tanto el movimiento sensible como el intelectual. Hagamos entonces algunas aclaraciones previas:

- En primer lugar damos por supuesto que nuestros lectores distinguen

entre un conocimiento sensible y otro conocimiento intelectual, es decir, distinguen entre un conocimiento que se adquiere por medio de los sentidos

y otro conocimiento que se adquiere por medio de la inteligencia. Por tanto

se da por sabida la distinción entre sentidos e inteligencia como facultades de

conocimiento realmente diferentes entre sí. Sabemos que esta distinción ha sido negada históricamente por varias corrientes de pensamiento; las unas, negando el papel de los sentidos, racionalistas o idealistas extremos; las otras, negando el rol de la inteligencia, empiristas o materialistas radicales.

Decimos entonces que vamos a dar por sabida y aceptada la real distinción entre estas dos potencias cognoscitivas puesto que hacer aquí la defensa de tal tesis nos llevaría extremadamente lejos del propósito que nos hemos trazado, el cual es esclarecer un poco la naturaleza de la voluntad humana.

-

Quedan en un universo aparte las operaciones llamadas "vegetativas"

o

inconscientes, como son el funcionamiento interno de nuestro organismo,

ritmo cardiaco, ritmo respiratorio, metabolismo, funcionamiento del sistema

nervioso, etc. las cuales son evidentemente operaciones nuestras pero que escapan a la vida consciente y voluntaria, y de las cuales sólo obtenemos alguna información por medio de aparatos que nos permiten "verlas".

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- Por ahora pasaremos por alto también todo ese mundo inconsciente

que nos ha sido puesto de manifiesto por las aportaciones psicoanalíticas, puesto que aunque inconscientes, también todos esos fenómenos son reducibles a la esfera cognoscitiva o a la esfera volitiva. Aclaramos de paso que tenemos frente al psicoanálisis todas las reservas del caso, pero no desconocemos su labor en el esclarecimiento de la esfera inconsciente del psiquismo. En otras palabras, los psicoanalistas nos han respondido el "AN SIT", y es a las antropologías realistas a quienes corresponde contestar el "QUID SIT" y el "PROPTER QUID".

- Hechas las anteriores aclaraciones podemos afirmar que el vivir del ser

humano se mueve en esas dos esferas, la esfera del conocimiento y la esfera de las inclinaciones o tendencias, las cuales han sido llamadas esfera cognitiva y esfera apetitiva.

Precisamente de esa segunda esfera apetitiva, y más propiamente de lo apetitivo intelectual, es que queremos tratar aquí.

En primer lugar, dos palabras acerca del apetito en general.

Podemos entender el apetito como una inclinación proveniente o causada por una "forma" ("forma" en sentido aristotélico). Pensemos en un cuerpo que se encuentre inclinado hacia el suelo formando un ángulo con el horizonte; no está orientado ni vertical ni horizontalmente de manera que si ningún obstáculo se lo impide este cuerpo acabará en tierra pues tiene una "inclinación" hacia abajo, y esta inclinación proviene de su misma naturaleza, en este caso de su propio peso.

Ahora bien, como el peso del cuerpo es parte de su naturaleza o "forma", de ahí que se diga que su inclinación a caer hacia abajo proviene de su forma, y por tanto conviene definir el apetito como una inclinación del ente hacia aquello que le es proporcionado por naturaleza.

San Agustín decía que el apetito es un cierto "peso" de cada ser hacia lo que le es proporcionado según su naturaleza.

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El apetito o potencia apetitiva es la fuerza interior que lleva a cada ser a unirse o a buscar aquello que le es propio o proporcionado, es entonces un principio de movimiento. La palabra apetito proviene de un vocablo latino que significa: "intentar tomar algo", "intentar coger algo", "apetecer", "buscar".

Se apetece algo, se intenta algo, en la medida en que nos movemos a su consecución, y nos movemos a alcanzarlo en cuanto lo hallamos conveniente para nosotros, pues nadie busca alcanzar aquello que no le conviene. (Incluso cuando aquello que intentamos alcanzar es objetivamente perjudicial para nosotros, lo intentamos alcanzar debido a un error del juicio en virtud del cual nos engañamos y tomamos por bueno para nosotros lo que de hecho es malo).

Es por ello que todo apetito brota de principios intrínsecos al apetente, de su naturaleza. Si algo se mueve en busca de un fin pero no "desde" su naturaleza intrínseca sino a causa de un agente extrínseco (como la flecha disparada por el arquero), se dice que está "dirigido hacia", pero no propiamente que sea "apetente de". Que la inclinación brote de la propia naturaleza es lo característico del movimiento apetitivo.

Ahora intentaremos aclarar un poco el origen radical de todo apetito.

Dijimos que el apetito debe brotar de principios intrínsecos al apetente, de otra manera el movimiento sería dirigido pero no apetecido o buscado por el sujeto. Y los principios intrínsecos del ente son el acto de ser y la forma sustancial.

Decimos por ejemplo "eso ES un CABALLO"; el verbo "ser" señala el acto de ser, o su posición en la existencia, fuera de sus causas (aunque el "SER" no es propiamente la existencia sino más bien causa de ésta). Y el sustantivo "caballo" señala el modo de ser del ente, su esencia o forma substancial.

Bien, del acto de ser proviene la real existencia del caballo, de este caballo concreto que ahora vemos, y de su real existencia proviene la posibilidad de sus distintas operaciones vitales, pues nunca la mera idea de un caballo ha ganado ninguna carrera en el hipódromo.

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Pero al mismo tiempo vemos que es de la forma o esencia del caballo de donde proviene la especificación de tales operaciones, pues precisamente gana carreras en el hipódromo por ser un caballo y no un ave o un pez o un mueble. Es como si dijéramos que del acto de ser proviene la energía vital y de la esencia o forma el modo concreto de ejercerla o usarla.

Es por ello que nuestros mayores decían "agitur sequitur esse", el obrar sigue

al ser, se obra según lo que se es.

Resumiendo: sin forma no hay verdadera inclinación o tendencia, sino sólo movimiento azaroso, desordenado y caótico, porque la tendencia es movimiento hacia un fin y no existe fin sin un modo determinado de ser en orden a aquel fin. Es como si pusiéramos mucho carbón en las calderas de un tren, pero quitáramos al mismo tiempo los rieles del camino y el maquinista. Sin forma no hay dirección en el movimiento, no hay orden.

Santo Tomás decía "quamlibet formam sequitur inclinatio", a toda forma le sigue una inclinación.

¿Cómo es esto posible si la forma pareciera ser más bien un principio estático

e inmóvil? finalmente las ideas no cambian, son inmutables, entonces ¿cómo se ha de entender aquello de que a toda forma sigue una inclinación?

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DECONSTRUYENDO LA SOCIEDAD MODERNA (4)

Quisiéramos en el presente artículo concluir el asunto de los apetitos.

Una anécdota: un amigo luego de leer el anterior artículo me decía que el uso que le daba yo a la palabra apetito era nuevo para él, pues siempre había entendido el término como referido a “hambre”. Es sabido que en muchos lugares de habla hispana (o en todos) se suelen usar expresiones como:

“tengo apetito”, “hoy no tengo apetito”, “¡buen apetito!”, “¡ese niño tiene un apetito terrible, se come todo!”, todas referidas a la muy humana acción de comer. La extrañeza de mi amigo ante el sentido “filosófico” del término apetito, entendido como “inclinación proveniente de una forma”, estaba perfectamente justificada, y le aclaré que uno de los distintivos de la filosofía realista era precisamente la costumbre de tomar del uso corriente, palabras corrientes, y por cierta analogía emplearlas en sentidos más profundos que los habituales. Veamos:

Cuando decimos que tenemos “hambre”, queremos decir que en ese preciso momento estamos experimentando conscientemente una inclinación a buscar y consumir alimentos. Esta inclinación que llamamos hambre nos viene dada o impuesta por nuestro propio organismo, los especialistas nos dirían que todo se debe a que el organismo detecta bajos niveles de nutrientes y da inicio a la producción de neurotransmisores, como la serotonina, los cuales activan en el cerebro el envío de señales que constituyen para el sujeto la “sensación” de hambre y el consiguiente impulso a comer.

Pues bien, ¿qué tenemos aquí?, tenemos una constitución interna propia del sujeto, su naturaleza, que determina en el sujeto mismo ciertos comportamientos, como la búsqueda de comida. A este proceso se la llama coloquialmente tener hambre, y también tener apetito.

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Ahora, partiendo de este sentido usual del término apetito el filósofo realista se eleva a aplicaciones más profundas. El filósofo realista llama apetito a toda inclinación que proviene del propio sujeto mediando siempre la “forma” (ya natural, forma substancial en sentido aristotélico, ya intencional o cognoscitiva), pues los seres que carecen de conocimiento están limitados a su propia forma o naturaleza y al respectivo comportamiento que de ella se sigue, (por ahora entendamos estas dos palabras como sinónimas), y en cambio los seres que pueden conocer están abiertos a obrar también según las formas o naturalezas que aprehenden cognoscitivamente. Ya sea conocimiento sensible o intelectual, y así vemos que el animal huye al ver a su depredador natural, y el hombre va de voluntario a misiones humanitarias en tierras lejanas porque ha comprendido que hacerlo ES BUENO.

Retengamos entonces que “apetecer”, es buscar, tender hacia, ir tras de un fin que nos viene por nuestra naturaleza (forma natural) o que hemos percibido por el sentido o el intelecto (forma intencional). Y por tanto “apetito”, es la facultad de realizar esto último.

Ahora se entiende (eso espero) un poco mejor la definición clásica de apetito:

Appetitus « nihil aliud est quam quaedam inclinatio appetentis in aliquid » (S. th. I-II 8, 1 c)

Apetito: no es otra cosa que cierta inclinación del apetente hacia algo.

Aclaremos aún otro elemento:

“Obiectum appetitus est bonum ; nam bonum est id, quod est conveniens appetitui”.

El objeto del apetito es el bien (lo bueno); pues el bien es aquello que conviene al apetito.

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Ha sido doctrina clásica, constante y ya consagrada en la filosofía realista que el bien es lo que todos buscamos cuando hacemos algo, la forma clásica de decirlo era:

"Bonum est quod omina appetunt".

El bien es lo que todas las cosas apetecen.

Siempre que obramos buscamos alcanzar, conservar o comunicar un bien, algo bueno. No necesariamente bueno en sí, pero siempre bueno al menos en nuestra consideración, puesto que es evidente muchas veces hacemos cosas que nos perjudican objetivamente pero las cuales, como ya dijimos, por un error de juicio valoramos como buenas para nosotros. El caso extremo es el del suicida, objetivamente hace lo peor que se puede hacer contra uno mismo, quitarse la vida, por lo tanto habría que decir que no buscó lo bueno sino lo malo, sin embargo por un error de juicio el desgraciado creyó en aquel momento que acabar con su vida era lo “mejor” (o sea lo bueno) que podía hacer, por tanto sigue siendo verdad aún en tal caso extremo que lo que buscó fue el bien.

Dijimos también que el apetito sigue a una “forma”. Expresiones de este tipo causan una comprensible extrañeza en nuestros días, son casi ininteligibles. Todo se debe al gran desconocimiento que reina de la filosofía realista, y no sólo entre la gente común, lo cual se comprende pues no tienen ninguna obligación de ello, pero incluso entre profesores de filosofía, aficionados a la filosofía, etc. literalmente no logran darle un sentido a la frase. Trataremos de dárselo:

En filosofía realista los entes finitos (a diferencia del “ente” infinito, Dios) tienen una composición profunda de materia y forma, siendo la materia el elemento potencial y la forma el elemento determinativo de la naturaleza del ente. Por ello la forma nos dice lo que la cosa es, lo que la distingue de los demás entes, (ya dijimos que por ahora no distinguiremos entre forma y naturaleza o esencia), y al decirnos lo que la cosa es nos dice cómo se

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comporta, obviamente, pues si algo es un caballo no se comportará como un pez y viceversa.

Recordábamos que según nuestros mayores “agitur sequitur esse”, el obrar sigue al ser y se obra según lo que se es. No le podemos pedir a un coche que se comporte como un avión, ni a un árbol que se comporte como un gato. Porque lo uno no es lo otro, como diría mi abuelita.

Pues bien, al decir que todo apetito sigue a una forma queremos decir que todo movimiento hacia, o apetición de, viene especificado por la naturaleza de la cosa, o por una “forma” entendida o sentida.

Pues “conocer”, intelectual o sensiblemente, no es otra cosa que una recepción de las formas o naturalezas de las cosas.

Es por ello que debemos distinguir dos tipos de apetito:

“Ad invicem distinguuntur appetitus naturalis et appetitus elicitus.”

Se distinguen entre sí el apetito natural y el apetito elícito.

El apetito natural es:

“Appetitus naturalis est insita naturae ordinatio, identificata cum natura ipsa, ad id quod est conveniens seu bonum ipsi.”

El apetito natural es una ordenación (inclinación o tendencia), identificada con la misma naturaleza de la cosa, hacia aquello que le es conveniente o hacia su bien.

De manera que el apetito natural no es propiamente una potencia o facultad distinta de la misma naturaleza de la cosa, sino más bien es esta misma naturaleza en cuanto ordenada o inclinada al bien que le es propio.

El apetito elícito se define como:

"Appetitus elicitus est inclinatio, quae sequitur cognitionem"

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Esta definición de apetito elícito dice todo en medio de su sencillez, las dos palabras claves son inclinación y conocimiento. El apetito elícito sigue al conocimiento. Es lo mismo que decíamos más arriba con aquello de que el apetito sigue a la forma. Conocemos y obramos.

Esperamos que haya quedado resuelta la pregunta con la que cerrábamos el artículo anterior, y que podamos ahora hacer más luz sobre la expresión:

« quamlibet formam sequitur aliqua inclinatio » (S. th. I 80,1c.)

A toda forma le sigue alguna inclinación.

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A ALGUNOS LES CONVIENE QUE DIOS NO EXISTA, reflexiones sobre el llamado ateísmo práctico

Hace ya algunas semanas vengo leyendo y conversando con amigos acerca del ateísmo. Y de a poco van ya quedando en claro algunas cosas que quisiera compartir por este medio.

Es frecuente encontrar en los textos que se ocupan del ateísmo actual una división según la cual existirían dos grandes tipos de ateísmo, el teórico y el práctico. El ateísmo teórico sería el de aquellos que intentan argumentar y demostrar la inexistencia de Dios, ya sea con argumentos tomados de la filosofía, de la física, de la astrofísica, etc. estos tratan de realizar verdaderos discursos teóricos que con base en razones tomadas de las distintas ciencias prueben que Dios en realidad no existe.

El ateísmo práctico sería el de quienes no se preocupan por encontrar razones para su ateísmo sino que más bien se dedican a vivir su vida “como si” Dios no existiera; son los que no asisten jamás a ninguna Iglesia, no se preocupan por la moral cristiana y se han construido su propio código de moral.

De estos dos tipos de ateísmo es más frecuente encontrarse con el segundo, el llamado ateísmo práctico. Por lo general se trata de personas en edad adulta que tuvieron alguna fe en su niñez pero que al llegar a la adolescencia, casi siempre por presión del ambiente, perdieron la fe (quizá nunca la tuvieron) y decidieron alejarse de toda práctica y de toda creencia religiosa; pero jamás se preocuparon por buscar algún tipo de fundamentación o justificación teórica para su actitud, sino que se limitaron a no tomar en cuenta para nada la idea de Dios. De hecho casi siempre se trata de personas que al ser cuestionadas sobre las razones de su ateísmo rehúsan responder, y se contentan con levantar los brazos en señal de desprecio por esas “cuestiones”.

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No vamos a tratar aquí del ateísmo teórico. El internet se encuentra llena de páginas con excelentes contenidos y con buenas polémicas acerca de ese tema. Quisiéramos más bien ocuparnos aquí de los ateos prácticos, o mejor dicho de algunos de ellos, es decir, aquellos cuyo ateísmo es consecuencia de su estilo de vida amoral.

¿Puede un estilo de vida amoral producir en la persona como consecuencia el ateísmo? La respuesta es sí. Y podemos resumirlo de la siguiente manera:

cuando una persona se acostumbra a vivir de espaldas a la moral, y durante años se dedica a seguir en todo solamente el impulso de sus caprichos subjetivos despreciando o no escuchando la voz de la conciencia que en cada momento le indica que eso que hace está mal, llega un momento en que esa voz de la conciencia pierde su fuerza y parece ya no escucharse; entonces ya no hay dique que contenga su comportamiento y en algunos casos se inicia una pendiente imparable de vicios que puede llevar a la persona a su destrucción incluso física.

Esto que acabamos de decir tiene grados. La voz de la conciencia en una persona puede ser fuerte, sobre todo cuando la persona está habituada a seguirla; en otros puede hallarse un poco débil cuando la persona decide en algunas ocasiones hacer lo opuesto a sus consejos. Y finalmente puede suceder que en las personas que han decidido no escucharla nunca, la voz de la conciencia se calle hasta casi apagarse del todo.

Precisamente en este último grupo se ubican muchos de los llamados ateos prácticos.

Pensemos en una persona habituada a escuchar sólo la voz de sus caprichos; que no le importa para nada la moral o que, según suelen decir, tienen su propia moral y no siguen la de nadie más (lo cual realmente significa que no siguen ninguna). Para estas personas la existencia de Dios y por tanto del orden moral que de ello se deriva es una continua condena de su estilo de vida. La forma en que han decidido vivir es tan opuesta a la moral (divorcio, concubinato, vicios, abortos, fornicaciones, robos, fraudes, etc.) que en verdad acaban NECESITANDO que sea verdad que Dios no existe. Y no es exagerado hablar aquí de una verdadera necesidad.

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Psicológicamente hablando las personas tendemos a buscar razones que justifiquen nuestras conductas, es una consecuencia de nuestra naturaleza racional, y cuando no las encontramos el camino más sencillo se llama negación; con ello no se soluciona el problema de fondo pero al menos se le resta importancia y hacemos posible continuar con nuestras vidas.

Quizá en el fondo del vacío propio de estas vidas se encuentre un silencioso deseo de Dios, que se convierte en una herida que jamás sana del todo; pero hay en esas personas como una especie de lucha entre el peso de la vida que eligieron y esa voz que jamás se apaga.

Estas personas luchan toda su vida, o por lo menos todo el tiempo que permanecen en su infeliz estado, por convencerse de que Dios no existe o por lo menos por evitar la confrontación con tal pregunta.

Si nos fijamos ahora en la dificultad de convencer de su error a unos y otros, hay que decir que entre los ateos teóricos y los prácticos, estos últimos son también los más difíciles de persuadir, porque detrás de su posición no hay razones sino toda una vida de malas costumbres. Resulta, y esto lo digo por experiencia, casi siempre del todo inútil tratar de convencerlos con argumentaciones filosóficas o de cualquier otro tipo; y la razón es que ellos no atienden razones, su capacidad misma de razonar correctamente sobre estas cosas se encuentra gravemente debilitada y verdaderamente no logran VER con claridad. Su visión está obscurecida por su vida.

Por regla general a estas personas se les debe enfrentar primero con el vacío de sus vidas, tratar de hacerles ver que el camino que llevan es autodestructivo para ellos mismos y que les es urgente iniciar un cambio de vida, por razones médicas, psicológicas, sociales, laborales, personales, familiares, etc.

Una vez iniciado ese camino de retorno hacia una “normalidad” moral en su conducta, se van haciendo automáticamente más aptos para comprender temas más abstractos como los relacionados con la moral y la existencia misma de Dios.

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Conozco el caso de una persona que por años estuvo alejado de Dios. Durante todo ese tiempo vivió de espaldas a la moral y sólo Dios sabe cuántas cosas hizo y qué tan bajo llegó a caer en su degradación humana. Furioso enemigo de la religión, de los sacerdotes, de las imágenes, de todo lo que le oliera a espiritualidad.

Se burlaba, insultaba y despreciaba cada vez que podía a los creyentes. Incluso pasó un par de veces por la cárcel por “delitos menores”, pequeños robos, pequeños pleitos.

Pues bien, en semejante estado hubiera sido del todo inútil que alguien se acercara a semejante personaje y le propusiera algo así como por ejemplo explicarle las 5 vías tomistas para probar la existencia de Dios. Lo único que hubiera obtenido probablemente hubiese sido una soberana carcajada o incluso una agresión física.

¡Pero vean ustedes los caminos de Dios! por consejo de un amigo se hizo voluntario de un hogar de enfermos terminales, y asistía los sábados en la tarde a repartir la comida entre los pacientes y a charlar con ellos un rato. Con el paso de los días incrementó la frecuencia de las visitas y llegó a asistir hasta 4 veces por semana.

Comenzó a invertir buena parte de su sueldo en ayudas económicas al sitio aquél y se sentía “feliz de poder ayudar”. Luego de algunos meses y casi sin darse cuenta se había operado un completo cambio en él. Ya no frecuentaba sus antiguas amistades de vicio. Pasaba casi todo su tiempo libre en la institución, ya no sólo sirviendo la comida, sino también ayudando de mil formas diferentes como lavar los platos, hacer pequeños arreglos caseros, organizar paseos y fiestas para celebrar cumpleaños y cosas así. Aquél sitió lo había convertido en una mejor persona. Fue entonces cuando entabló amistad con un sacerdote que solía visitar el lugar para llevar la comunión a los enfermos. Se trataba de un santo sacerdote muy entrado en años, dueño de una conversación muy amable. De la mano de este sacerdote nuestro amigo regresó a la Iglesia. Y luego repetía casi con lágrimas en los ojos, ¿cómo es que no vi esto antes?

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Y en verdad no lo veía, como dijimos arriba, el peso de una vida alejada de Dios nubla la vista y hace imposible comprender el abismo hacia el cual se dirigen nuestros pasos una vez decidimos oír sólo la voz de nuestro capricho.

De manera que cuando tengamos la oportunidad de encontrarnos frente a alguien que se autoproclame ateo, tratemos de comprender qué tipo de ateísmo tenemos en frente, si se trata de un ateísmo teórico que pretende alegar razones, o si se trata de un ateísmo más bien práctico consecuencia de un estilo de vida amoral.

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¿LOS TIEMPOS CAMBIAN?

Se oye muy a menudo decir que los tiempos cambian. Esto se oye en medio de debates y polémicas sobre temas como el aborto, la eutanasia, el “matrimonio” homosexual, la adopción de niños por parejas homosexuales, etc. los que promueven la aceptación social de estas prácticas suelen argumentar que tales prácticas son fruto del progreso de la sociedad. Dicen que hoy la sociedad ha “avanzado”, ha “progresado”, ha “cambiado”, y por tanto hoy se debe aceptar todo eso. De inmediato, todo aquél que se oponga a tales “transformaciones” será tildado de anticuado, retardatario, reaccionario, cavernícola, etc.

De manera que se trata de lo siguiente: la sociedad cambia y hay que estar al día de tales cambios y no estorbarlos, porque son fruto del progreso social.

Esto crea en los adversarios de esos cambios un cierto sentimiento de culpa, porque acaban creyéndose el cuento de que la sociedad “cambia”, y por tanto terminan creyendo que están estorbando el cambio y el progreso. Y por otra parte los amigos de los cambios se llenan siempre la boca repitiendo que ellos, y solo ellos, son los defensores del progreso y del cambio.

Es increíble pero muchas veces la argumentación en torno a temas tan importantes acaba reduciéndose a eso, los unos acusan a los otros de estorbar el “cambio” y el “progreso”, y los así atacados terminan resignándose a ver cómo sus tesis son combatidas con tan débiles argumentos.

Pero, ¿es así?; ¿la sociedad “cambia”, “progresa”, “avanza”, se “transforma”, en el sentido afirmado por los defensores de los temas arriba mencionados?

Parece que no. A lo mejor una analogía permitirá explicar mejor lo que queremos decir. ¿Han visto ustedes cómo de una oruga, se forma una crisálida, y de esta una mariposa? Se trata de un proceso natural de cambio. Dentro de las potencialidades naturales de la oruga está su poder de llegar a

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ser, primero crisálida y finalmente mariposa. Evidentemente se trata de un proceso de transformación enteramente natural, que brota de la naturaleza misma de la oruga.

¿Pasa algo semejante con las transformaciones culturales, tales como el aborto o el “matrimonio” homosexual? ¿La sociedad, por medio de un proceso natural y espontáneo, ha llegado a tales posturas? La respuesta es un contundente NO.

Cuando se estudia con juicio la historia de tales transformaciones socio- culturales se descubre que detrás de sus “triunfos” jurídicos actuales hay una serie de personajes que han luchado por imponer a la sociedad sus ideas revolucionarias, y se descubre además que tales “ideas” han sido, casi siempre, consecuencia de sus propios estilos de vida. Biografías como la de Alfred Kinsey, “padre” (junto a Freud) de la llamada “revolución sexual”, o la de Margaret Sanger, fundadora de “Planned Parenthood”, la principal internacional abortista, nos permiten ver que tales transformaciones NO han sido fruto de una evolución espontánea de la sociedad, sino que han sido el fruto de un reducido grupo de personas que han luchado por imponer su visión de las cosas a la inmensa mayoría de la sociedad.

Y cualquiera puede comprobar lo que decimos. Tomen un tema cualquiera, revolución sexual, hedonismo, aborto, eutanasia, adopción gay, “matrimonio” homosexual, etc. y busquen cuál fue el origen del proceso, sus defensores, sus proponentes, etc. lean biografías, textos de autores defensores de esas corrientes, verán que hay toda una lucha por llevar esas ideas a la sociedad e irlas imponiendo poco a poco, estratégicamente, ideas que jamás hubieran brotado por sí solas del corazón de la sociedad.

De manera que ese argumento tan usado de que “la sociedad cambia”, “la sociedad ha evolucionado”, “ahora las cosas son diferentes”, “hay que adaptarse al cambio”, “no hay que ser anticuados”, etc. carece completamente de valor. Se basa en un sofisma, que consiste en hacer creer que los cambios han sido naturales y espontáneos, cuando en verdad han sido imposiciones de pequeños grupos de interesados en tales transformaciones.

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La próxima vez que alguien al ver que condenas el aborto o el “matrimonio” homosexual, te diga: “las cosas han cambiado”, respóndele: NO, las cosas NO hubieran cambiado de no haber sido por las imposiciones ideológicas de ciertas personas, que han luchado por imponer a la sociedad sus propios “estilos” de vida.

¡Nada de procesos naturales y espontáneos, pura imposición de grupos organizados y agresivos!

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LA DICTADURA DE LAS MINORÍAS

Nos enseñaron a todos en el colegio que la democracia era “el gobierno del pueblo”; Luego los más inquietos seguimos buscando y nos topamos con que la democracia pretendía ser “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”; y en estos tiempos de comunicaciones globales resulta que la célebre Wikipedia comienza su artículo sobre la democracia afirmando que se trata de la “forma de organización social que atribuye la titularidad del poder al conjunto de la sociedad”.

Alguien dijo hace tiempo que en cuanto a definiciones de la palabra democracia se podían encontrar más de 300. Y honestamente no tenemos ganas de reproducirlas todas aquí. Lo que sí quisiéramos resaltar es que aún no hemos encontrado en ninguna parte una definición de la democracia como “el gobierno de las minorías”.

¿A qué viene esto? Pues resulta que desde hace ya algún tiempo asistimos en Colombia a una sutil (y a veces no tan sutil) transformación del modo de entender la democracia. Veamos.

Existe la sociedad colombiana, es decir, ese conjunto de personas que vivimos dentro de los límites geográficos del territorio colombiano (cuya extensión tiende a la baja por la indiferencia y hasta la traición gubernamental), compartimos una historia común, unos antepasados comunes y unas también comunes tradiciones y valores. Estas tradiciones, valores y costumbres son, más o menos, resultado del proceso evangelizador de estas tierras, llevado a cabo por España en los siglos XVI y XVII. Se puede decir que, agrandes rasgos, aún perviven en las familias colombianas buena parte de las tradiciones recibidas de aquellos tiempos, y la cosmovisión cristiano-occidental de la vida es la imperante (una reciente entrevista publicada en los medios de comunicación parece confirmar lo que aquí afirmamos).

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Si esto es así, ¿cómo es posible que la legislación de Colombia cada vez tienda más a inclinarse hacia tesis contrarias a tales valores, costumbres y tradiciones? siendo la democracia “el gobierno del pueblo”, y siendo el pueblo colombiano en su inmensa mayoría portador de tal cosmovisión cristiano-occidental ¿por qué se imponen por medio de las leyes cosas del todo contrarias al sentir de ese pueblo? He ahí el porqué del título del presente escrito, la respuesta a la pregunta es la siguiente: NOS ENCONTRAMOS ANTE LO QUE PODRÍA LLAMARSE UNA DICTADURA DE LAS MINORÍAS. La esencia de una dictadura es el ejercicio del poder en beneficio propio, ya sea beneficio de un individuo o de un grupo (o colectivo como gustan decir hoy día). Y lo que contemplamos con desaliento en nuestra Patria desde hace algunos años es que se ha ido, poco a poco, instaurando tal dictadura con el objetivo evidente de favorecer el triunfo social de unos grupos totalmente MINORITARIOS dentro de la sociedad, pero fuertemente ideologizados, decididos y organizados.

Lo que es comúnmente conocido como “agenda de género” o “ideología de género”, cosa totalmente contraria a la cosmovisión del pueblo colombiano, se va imponiendo de a poco en la legislación de Colombia, como fruto del esfuerzo de unos grupos de presión, que buscan transformar la manera de ver las cosas del pueblo colombiano con el fin de instaurar su ideología. Respecto de la ideología de género ya se ha hablado en este blog, y es posible encontrar en el internet material valioso para comprender lo absurdo de sus postulados y lo terrible de sus consecuencias para las sociedades. Lo que sí quisiéramos señalar es que se trata de una ideología que no representa, posiblemente ni siquiera al 2% del pueblo colombiano. Y SINEMBARGO ESTÁ TRIUNFANDO. ¿Cómo? Ya lo dijimos, por medio de esa sutil modificación de la naturaleza de la democracia, que la hace pasar de ser el gobierno del pueblo, a ser, la dictadura de las minorías. Parece que la democracia se está convirtiendo en el mejor camino para pisotear a una nación, insultando sus tradiciones, sus valores, sus costumbres, su fe, etc. en nombre del querer de unos grupos que, como ramas muertas, se han desgajado del tronco vital de la tradición cristiano-occidental, para hacerse febriles portadores de tesis espurias, cuyo origen, es fácil encontrar en el descalabro intelectual

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producido en el mundo de las ideas por el abandono de la filosofía realista, en beneficio de una “filosofía” subjetivista, que pone a la libertad del individuo (entendida como espontaneidad), como centro y fin de toda vida humana, así como de toda organización política. Olvidando el viejo axioma aristotélico según el cual la finalidad de la política es el bien común, y la finalidad del individuo es la felicidad, que solo se alcanza por medio de una vida virtuosa. Si la sociedad no reacciona, en los años venideros asistiremos a una mutación total de la sociedad, cuyos alcances ni siquiera alcanzamos a vislumbrar por ahora. Lo único cierto es que en tan lamentables tiempos, TODO será permitido y “legal”, salvo el ejercicio, público o privado, de la fe de nuestros mayores, pues las conductas éticas asociadas a tal fe, serán proscritas y perseguidas. Esto de hecho ya se puede ver en muchos lugares del mundo, las leyes “antidiscriminación” parecen ser la punta de lanza de tal movimiento de auténtica persecución al ejercicio de la fe. Tal parece que la democracia es una especie de comodín que sabe acomodarse, o que es posible acomodar, a los intereses de quien la sepa utilizar.

En los meses que vienes veremos defenderse “en nombre de la democracia”, cosas CONTRARIAS al sentir de la mayoría del pueblo colombiano, y entonces aquellos a quienes se nos enseñó que la democracia era “el gobierno del pueblo” estaremos más y más perplejos, mirándonos unos a otros y preguntándonos en qué momento permitimos que se realizara una mutación semejante.

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MI ENCUENTRO CON SANTO TOMÁS DE AQUINO

Hace algunos años conocí, como por accidente, a Santo Tomás de Aquino, mejor dicho, conocí sus escritos, porque Santo Tomás vivió hace siete siglos, en Europa. En ese tiempo yo era un joven como muchos, es decir, despreocupado por cosas que consideraba aburridas, como la lectura, la filosofía o el simple hecho de sentarse a pensar en algo trascendente (de hecho no conocía el significado de esa palabra).

En semejantes circunstancias, mi hermana me convenció de leer un libro que a ella le había gustado mucho, el libro era “El nombre de la rosa” de Umberto Eco, un escritor italiano. Al ver el entusiasmo con que ella hablaba de la trama del libro, me entró la curiosidad y comencé a leerlo en mis ratos libres. Confieso que después de las primeras páginas el libro me atrapó, atrajo totalmente mi atención. La trama policiaca era intrigante, y eso sumado a la época en que se desarrollaban los acontecimientos, la edad media, una época llena de misterios y cosas ocultas, eran la receta perfecta para despertar un gran interés, incluso en alguien que nunca había disfrutado de la lectura. Leí el libro hasta el final y luego lo volví a leer.

Ese libro despertó en mí el interés por conocer más sobre los monjes. Independientemente de la intención del autor del libro (el cual, según averigüé después, es un abierto crítico del catolicismo), lo que en mí causó fue curiosidad y admiración por la vida misteriosa de esos hombres extraños que prácticamente se sepultaban en esos lugares llamados monasterios y se dedicaban solo a rezar, leer y escribir.

Del libro de Eco, pasé a textos de historia de la edad media, y la figura de la Iglesia se me aparecía cada vez con mayor realce. Parecía haber sido la gran protagonista de aquellos años, lo cual no debía ser algo malo, dado que es una institución que ha dado al mundo tantas personas admirables como San Francisco de Asís, Santa teresa o el famoso Padre Pío del siglo pasado.

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Ahora bien, resulta imposible pasearse por la edad media sin encontrarse tarde o temprano con la enorme figura de un célebre monje italiano, que en su juventud fue apodado por sus compañeros de clase como “el buey mudo”, a causa de su gran tamaño físico y su continua actitud silenciosa y meditabunda, pero sobre el cual, su maestro Alberto, al enterarse del apodo que le habían puesto, lanzó una profecía que se ha cumplido al pie de la letra:

“ustedes lo llaman buey mudo, pues bien, yo os digo que los mugidos de este buey un día se escucharán por el mundo entero”.

Parte de esos mugidos llegaron, siete siglos después,

esto escribe, y fue aquel el comienzo de una aventura que está lejos aún de terminar.

Confieso que al principio me interesaba de Santo Tomás sobre todo su biografía, llegué a leer varias, hasta casi aprender de memoria los acontecimientos más importantes de su vida. Su filosofía y su teología eran para mí, obviamente, incomprensibles. Desgraciadamente la educación que se recibe hoy en el bachillerato no prepara para cosas de esa altura. Muy diferente era el bachillerato de hace algunos años. En cierta ocasión, visitando un sitio de libros viejos, encontré un manual de filosofía para bachillerato, más exactamente para estudiantes de entre 15 y 16 años. Lo compré y aún lo conservo en mi casa; su tabla de contenido es asombrosa, me pregunto de qué estaban hechos los jóvenes de aquellos años, porque si ese era el texto usado para su enseñanza, entonces esos adolescentes sabían más de filosofía que muchos que hoy día se gradúan de las facultades universitarias. Es que el nivel ha descendido muchísimo y casi que ni nos hemos dado cuenta, por lo lento del proceso.

a los oídos de quien

El punto es que para adentrarme en su pensamiento tuve que esperar algunos años, pero lo importante ya había ocurrido, sabía de su existencia, conocía su vida, admiraba su obra y solo era cuestión de tiempo.

Por aquellos mismos años, el texto que me introdujo definitivamente en el gusto por la filosofía fue “Lecciones preliminares de filosofía”, de un maestro español, don Manuel García Morente. Todavía hoy tengo con él una deuda de gratitud inmensa, impagable, porque con sus superiores dotes pedagógicas,

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hizo en aquel libro una exposición de algunos problemas filosóficos, con la suficiente claridad y paciencia, como para que los pudieran entender los principiantes. Ya no recuerdo cuantas veces leí ese libro, cada vez su claridad expositiva me hacía penetrar con más y más seguridad en los problemas filosóficos, explicando algunos conceptos importantes; poniendo ante los ojos del lector las teorías más relevantes de algunos filósofos, etc. Un libro cuya lectura sigo recomendando a quienes desean una vista panorámica y gratificante de lo que es la filosofía.

Pues bien, del libro de don Manuel volví a Tomás de Aquino, ¿cómo?; resulta que leyendo un día la biografía de don Manuel me enteré de que en algún momento de su vida se había hecho sacerdote, luego de ser profesor de filosofía durante toda su vida, decidió ingresar al seminario y hacerse sacerdote, y me enteré también de que una de las primeras cosas que había hecho en su nueva vida había sido escribir un libro sobre… Santo Tomás de Aquino, pues su filosofía lo había cautivado.

Tenemos entonces que un célebre profesor de filosofía, reconocido internacionalmente por sus dotes expositivas, por su conocimiento profundo

de la filosofía alemana, por sus traducciones de obras maestras de la filosofía

a la lengua española, etc. Había sido cautivado por la filosofía de un

humildísimo monje que había vivido 7 siglos antes que él, en una época que muchos, por ignorancia, calificaban de oscura.

De manera que, a ejemplo de don Manuel, yo también decidí volver a Tomás

de Aquino.

Hay muchos manuales de filosofía escolástica (que así se llama comúnmente

la filosofía de aquella época), algunos son de fácil lectura, otros son un

verdadero tormento; por regla general lo mejor es leer a Santo Tomás directamente, es muy claro una vez que se le ha “agarrado el ritmo”; Sin embargo, los manuales son muy útiles a la hora de tratar de entender algunas cosas que no son explícitamente dichas por Tomás, sino que él las supone ya sabidas, como los rudimentos en lógica aristotélica. Santo Tomás escribía para estudiantes que ya habían cursado esos grados elementales, en los cuales se preparaban en lógica, por ello en su discurso Tomás daba por

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sabidas todas esas cosas. Como a nosotros hoy no se nos prepara en nada de eso, nos toca recurrir a los manuales para aprender, entre otras cosas, las 8 reglas del silogismo…

A medida que avanzaba en el conocimiento del sistema tomista (que es como se le conoce hoy), me iba aficionando a él de tal manera, que las demás “opciones” fueron gradualmente palideciendo ante la figura superior del monje italiano, cuyos mugidos acallaban con facilidad las soberbias posturas del idealismo, las limitadas posturas del empirismo, las groseras posturas del materialismo, las lastimeras posturas del existencialismo y las grotescas posturas del marxismo. Todo guardaba silencio ante la voz potente del autor de la Summa Teológica.

Al día de hoy, mis convicciones al respecto no han hecho otra cosa que afirmarse. A medida que he ido tomado contacto con otras corrientes de pensamiento, todas ellas me han ido pareciendo, sucesivamente, débiles empeños, en comparación con la sólida apuesta tomista.

Paso por alto una parte de mi “biografía”, en la cual tuve la oportunidad de aprender latín, cosa que me ha abierto las puertas al conocimiento de los principales comentadores tomistas, así como a la lectura de Tomás en su idioma original. Estoy seguro de que sin eso, mi acercamiento a Tomás hubiera permanecido irremediablemente incompleto, pues casi toda la literatura tomista se encuentra aún sin traducir, lo que dificulta el acceso a las fuentes y limita al interesado a lo que puedan decir de Tomás los manuales corrientes, los cuales la mayoría de las veces presentan del tomismo una visión distorsionada que no contribuye en nada a su aprecio por parte del lector contemporáneo. Siempre ando repitiendo: a Tomás se le conoce leyendo a Tomás, y Tomás escribió en latín, y lo mejor que se ha escrito sobre su sistema, ha sido escrito en latín.

Nunca agradeceré lo suficiente a Eco (que de seguro no fue su intención orientarme hacia el tomismo), o al maestro García Morente, el don que me hicieron con sus escritos. Hoy lo puedo decir sin temor a equivocarme, sin esos dos libros hoy mi vida sería totalmente otra, ¿por qué? Porque no hubiera conocido a Santo Tomás, y ese santo universal me señaló un rumbo

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claro y fascinante, rumbo que me esfuerzo por seguir, con todo y mis limitaciones, hasta el día de hoy. Hasta el punto de adoptar como lema: VAE MIHI SI NON THOMISTIZAVERO… Ay de mí si no difundo el tomismo.

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ACERCA DEL ESCEPTICISMO

Si fuera necesario resumir en uno solo todos los problemas que la filosofía ha venido padeciendo en los últimos tres siglos, y que la han conducido al estado en que hoy se encuentra, y que, a través de ella han influido y estructurado la sociedad que hoy vivimos, habría que decir que tal problema no es otro distinto al escepticismo.

Son muchos los que han dicho que el gran problema de la filosofía tal y como esta disciplina se comienza a construir a partir de René Descartes, fue el progresivo oscurecimiento de la naturaleza de la inteligencia humana, es decir, poco a poco se cayó en el desconocimiento de lo que la inteligencia humana es, de sus alcances y de sus limitaciones. Y no deja de ser curioso que se afirme esto, puesto que paradójicamente la época que inicia con Descartes buscó ser ante todo una época consagrada al estudio de los asuntos epistemológicos, ya que se desconfiaba de los grandes sistemas metafísicos que habían sido elaborados en la edad media por autores como Tomás de Aquino.

Entonces tenemos que con Descartes se inaugura una nueva época en la historia de la filosofía, una época marcada por un voluntario encerramiento del sujeto en sí mismo, y una también voluntaria desconfianza en los grandes logros de los tiempos anteriores en materia metafísica. Todo ello tuvo lugar a causa de una distorsión en el modo de concebir a la inteligencia humana y a causa también de una propuesta enteramente nueva sobre aquello en qué consistía propiamente el conocimiento.

De este giro cartesiano en la filosofía se han derivado consecuencias tan importantes, por dañinas, como por ejemplo el relativismo práctico en que la sociedad actual vive, convencida de que es la postura más racional y propia de seres adultos y libres.

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Por todo lo anterior considero importante dedicar algunos artículos en este blog a esclarecer un poco en fenómeno del escepticismo, buscando comprender su ORIGEN, sus CAUSAS y su DIFERENCIA RESPECTO DE LA ACTITUD REALISTA.

Para llevar ello a cabo trataremos en artículos breves algunos presupuestos necesarios para la comprensión del tema, presupuestos como la naturaleza del conocimiento, según la tradición tomista. Así como también será necesario ofrecer, aunque en resumen, una vista general de la naturaleza humana, también en clave tomista.

Con las anteriores herramientas en mano, podremos ofrecer algunas consideraciones a modo de respuesta a las afirmaciones escépticas, esperando con ello indicar también el camino correcto para responder a peligros actuales como la concepción relativista de la vida.

Que sea esta una oportunidad para estudiar un poco algo que hoy nos toca a todos, para poder, como seres racionales, responder cuando sea justo y necesario.

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(1) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

Cuando el papa León XIII en el año 1879 publicó su encíclica llamada "Aeterni Patris", en la que buscaba animar un resurgimiento de la filosofía cristiana, lo hizo movido por el peligro de que muchas almas se vieran engañadas por las falacias de la filosofía moderna, es decir, aquella filosofía que había nacido con René Descartes. El Papa buscaba entonces hacer un llamado a los intelectuales católicos para que buscarán las armas filosóficas y teológicas en el gran sistema de pensamiento de Santo Tomás de Aquino.

El Papa creía entonces que la mejor manera de combatir los errores del pensamiento moderno era retornar a la filosofía y a la teología de Santo Tomás de Aquino. En los principios tomistas veía el Papa el antídoto perfecto para curar cualquier enfermedad de la inteligencia y de la voluntad, que pudieran estar sufriendo los hombres y la sociedad como consecuencia de haber adoptado masivamente los falsos principios de una filosofía idealista, racionalista y escéptica.

Por esta razón, nosotros mismos, convencidos también de que la salud del pensamiento se encuentra en la fidelidad a los principios enseñados por Tomás de Aquino, emprendemos ahora la tarea de acercarnos a su sabiduría con el fin de aprender de ella y poder analizar un fenómeno que desde los tiempos de René Descartes ha venido siendo la característica principal o por lo menos una de las características principales de la filosofía moderna y contemporánea. Nos referimos al escepticismo, entendiendo por tal aquella postura filosófica que pone en duda la existencia de una realidad independiente de la mente de los sujetos cognoscentes, de tal manera que el conocimiento humano estaría reducido al conocimiento de meras ideas al interior de la mente, sin poder jamás saber con certeza si tales ideas corresponden o no a alguna realidad extra mental.

Es entonces al escepticismo a lo que trataremos de responder haciendo uso de la sabiduría de Tomás de Aquino. Este escepticismo, desde el punto de

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vista de la epistemología, puede ser llamado también idealismo, por cuanto afirma precisamente que el conocimiento de los seres humanos es ante todo conocimiento de ideas, y al no disponer de otra cosa distinta a las mismas ideas, jamás se puede saber con certeza si más allá de las ideas hay una realidad que sirva de fundamento para el conocimiento. También es posible, desde otro punto de vista, referirse a esta postura filosófica como racionalismo, pues en esta perspectiva se le otorga la primacía y la exclusividad del conocimiento a la razón humana, en detrimento de la objetividad de los sentidos como fuente de verdadero contacto con lo real.

Téngase en cuenta entonces, para mejor entendimiento de lo que sigue, que todo lo que aquí se dirá va dirigido al escepticismo, tanto como al idealismo y al racionalismo. Ya que como se ha visto, se trata de tres modos diversos de aproximarse al mismo error fundamental: el error de encerrar al sujeto en su interioridad, impidiéndole todo contacto con algo distinto de sí mismo, condenándolo a no ver más allá de sus propias concepciones mentales, sin posibilidad alguna de alcanzar por medio del conocimiento el dato objetivo de la realidad.

De alguna manera es posible ya comprender que este error más adelante va a permitir el nacimiento de la sociedad del relativismo, puesto que si una realidad existente de forma independiente del ser humano, el siguiente paso sería permitirle o decirle al ser humano que era él el llamado a construir su propia "realidad".

Cuando en pleno siglo XX Jean Paul Sartre le dice a los hombres de su generación, haciendo uso de un lenguaje un poco enredado, que la existencia es primero que la esencia, y que la libertad es el medio por el cual el hombre se debe construir a sí mismo; no está haciendo otra cosa distinta a sacar las últimas consecuencias del error idealista que cortó el vínculo que unía al hombre con la realidad, incluyendo la realidad acerca de sí mismo.

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(2) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

En la historia del pensamiento es posible encontrar filósofos con ideas escépticas ya en la misma Grecia clásica, por ejemplo, Pirrón de Elis (360-270 a.C), de quien se dice que fue propiamente el fundador del escepticismo antiguo. Su pensamiento consiste básicamente en una actitud de duda acerca de todo conocimiento, hasta llegar a afirmar la casi imposibilidad de alcanzar cualquier tipo de conocimiento cierto, de tal manera que a lo sumo tendríamos opiniones sobre las cosas, pero no certezas.

Más adelante en el tiempo encontramos a Sexto Empírico (65-140 d.C), filósofo griego seguidor de las ideas escépticas. Es famoso por haber propuesto que mediante la abstención de todo juicio, es decir, no decir nada sobre nada, se podía llegar a una cierta tranquilidad del alma, estado que él llamó ‘ataraxia’, que significa ‘indiferencia’. Y suena lógico, ya que si en el fondo no podemos saber nada con certeza, entonces ¿para qué preocuparnos? Lo mejor sería dedicarse a las necesidades inmediatas de la vida, sin preocuparse por los grandes debates, por los grandes temas, por la filosofía en general, ya que en ese terreno es, según el escéptico, imposible alcanzar certezas.

Durante el periodo medieval prácticamente no aparecen representantes de las posturas escépticas, la creencia cristiana en un Dios creador que todo lo había hecho con inteligencia, incluyendo al hombre mismo, adornado con la luz de la razón por medio de la cual podía conocer la obra de Dios, era evidentemente un antídoto contra cualquier iniciativa escéptica en el pensamiento.

Por lo tanto es recién en la época del renacimiento, con su veneración por la antigüedad, cuando volvemos a encontrar pensadores propiamente escépticos. Michel de Montaigne (1533-1592 d.C) es conocido como representante del escepticismo en los inicios de la edad moderna, vivió en el siglo anterior a René Descartes y murió solo 4 años antes del nacimiento de

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éste. Montaigne, al igual que los escépticos antiguos, creía que la duda, la suspensión del juicio, no tomar bando, no preferir esto sobre aquello, etc. Era el verdadero camino del estudioso, del hombre en general.

Lo común a estos autores, y a todos los que vinieron después de Descartes, era en el fondo una desconfianza inicial en el alcance de la inteligencia humana. La posibilidad de alcanzar juicios verdaderos, estables, universales, necesarios, etc. Les parecía excesiva y recomendaban más bien una actitud ‘prudente’ y ‘sabia’ de no decidirse por nada, de no tomar nada como absolutamente cierto, como preferible, como más verdadero que su contrario. De manera que terminaban por lógica consecuencia dándole el mismo valor a todas las posturas, al sí y al no.

Ellos hicieron famoso el desprecio (que se ve aún en nuestros días) por los ‘dogmáticos’. Los dogmáticos eran, según el escéptico, seres soberbios, prepotentes, candidatos a tiranos, que vivían convencidos de que poseían la verdad absoluta, la verdad universal. Y del deseo de imponerla sobre los demás era de donde nacían los conflictos entre los individuos y las guerras entre las naciones. De manera que junto a la irracional y tiránica postura dogmática, la postura escéptica aparecía como un oasis de cordura y los escépticos aparecían como una elite del pensamiento poseedora del secreto para evitar todo conflicto y toda guerra.

En nuestros días, año 2015, 423 años después de la muerte de Montaigne, 1875 años después de la muerte de Sexto Empírico y 2285 años después de la muerte de Pirrón de Elis; estamos viviendo en una sociedad donde la actitud escéptica ha triunfado por completo y donde, por consiguiente, se vivencia un desprecio e incluso un ataque frontal, contra todo aquél que afirme poseer alguna verdad. Sobre todo en terreno moral o religioso. Esos terrenos son hoy particularmente ‘sensibles’ y toda discusión o incluso toda conversación sobre esos temas se deben hacer en lenguaje escéptico, es decir, opinando sin afirmar nada como verdadero. Pues se corre el riesgo de ser tildado inmediatamente como fanático, intolerante, etc. La verdad se ha vuelto sospechosa y más sospechoso aún el que diga que conoce alguna. Al parecer la única verdad que sobrevive es la de que no existe la verdad.

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En el siguiente apartado abordaremos la figura de René Descartes, quien es considerado el padre de la filosofía moderna, y particularmente del idealismo moderno. Afirmó que no conocemos la realidad sino solo nuestras ideas y por ese camino cerró ya definitivamente el paso del sujeto hacia lo real, consagró el escepticismo.

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(3) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

Hemos estado hablando del escepticismo, en primer lugar señalábamos la importancia de profundizar en este tema ya que actualmente la característica principal de la sociedad en la que vivimos es precisamente un cierto escepticismo de carácter práctico. Por lo tanto es importante que aprendamos a conocer en qué consiste este error para poder igualmente responder a quienes se encuentren hoy bajo su influencia.

Dijimos también que el escepticismo es aquella postura filosófica, y más específicamente hablando, aquella postura epistemológica que afirma que el conocimiento humano no alcanza una realidad extra mental, es decir, una realidad más allá de la mente del sujeto que conoce, sino que limita el alcance del conocimiento, de la ciencia, de la inteligencia misma, al mundo meramente subjetivo de las personas. De esta manera cierra la posibilidad de contacto entre la persona y todo aquello que no sea en el fondo ella misma. Permanece entonces el sujeto encerrado en su propio mundo, sin posibilidad de alcanzar algo más allá de sus propias representaciones internas, y por lo tanto, que abierto el camino para que el sujeto se proclame creador de la realidad, de su realidad. Lo cual es lo que vemos en la sociedad actual donde los seres humanos han caído en el error de creer que la realidad la construye cada uno desde sus propias elecciones personales.

Después de esto hacíamos un breve recorrido por la historia para encontrar los autores que habían dado nacimiento a la postura escéptica. Vimos a Pirrón de Elis, Sexto Empírico y Michel de Montaigne. Ahora corresponde ocuparnos un poco de las ideas del filósofo que es considerado el padre de la filosofía moderna, René Descartes.

Descartes fue un filósofo francés nacido en el año de 1596, sobre él se han escrito cientos de libros y tal vez aún faltan muchos por escribirse, esto es debido a que cada nueva generación de filósofos siente la necesidad de ocuparse de la herencia cartesiana. Este filósofo, como ya se dijo, es

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considerado el padre de la filosofía moderna, ya que fue él quien lanzó al mundo esa idea de que el conocimiento humano se basa en el conocimiento de las ideas que el sujeto forma en el interior de su mente. Y aunque Descartes después de establecer esta idea inicial busca la manera de probar la existencia de un mundo independiente de la mente, es decir, de un mundo objetivo existente en sí mismo, lo cierto es que ya el daño estaba hecho y lo que vino después Descartes fue simplemente el desarrollo lógico de sus ideas.

Descartes inicia su filosofía afirmando que se debe dudar de todo. En la época en la que Descartes vino al mundo estaban ocurriendo muchos cambios en todos los niveles: cambios políticos, cambios sociales, cambios culturales, cambios científicos, cambios geográficos, cambios religiosos, etc. Y el universo medieval en todos sus aspectos estaba decayendo y estaba siendo puesto en duda. Por ejemplo: Aristóteles había reinado indiscutiblemente en el universo de las universidades medievales; las grandes construcciones filosóficas y teológicas que se habían edificado en la edad media, como la de Santo Tomás de Aquino, se basaban en principios aristotélicos. Pero después del renacimiento hubo un gran despliegue y un gran avance de la ciencia experimental, lo cual llevó al rechazo de las ideas de Aristóteles en este campo. El problema estuvo en que esos autores no supieron distinguir entre lo que eran en Aristóteles sólo ideas sobre el mundo físico que dependían de las condiciones precarias en las que Aristóteles las había concedido, y por otro lado, los principios de la metafísica y de la epistemología aristotélicas; cuya validez permanecía sólida incluso después de que habían sido superadas sus ideas al nivel de la naturaleza física. No se hizo esta distinción y por lo tanto toda la herencia aristotélica y medieval fue condenada en una sola sentencia.

En este ambiente donde todo estaba cayendo, donde un nuevo mundo estaba naciendo, donde las antiguas ideas al parecer habían finalmente demostrado estar equivocadas, etc. En este mundo, repetimos, Descartes creyó que lo mejor era comenzar todo desde cero, no tomar nada del pasado, construir todo nuevamente, ignorar siglos y siglos de historia y mirar solo

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hacia adelante donde un nuevo mundo parecía estar siendo construido. Descartes entonces dudó de todo.

Descartes creyó que ya que todos antes de él se habían equivocado, le correspondía a él iniciar nuevamente; se sintió enviado a renovarlo todo, así como Cristóbal Colón un siglo antes había cambiado los mapas del mundo, de la misma forma Descartes se propuso cambiar los mapas de la ciencia. Y no de esta o de aquella ciencia, sino de todas, su ambición era renovar todas las ciencias con el fin de liberarlas de los errores del pasado y construirlas sobre bases sólidas, bases que permitieran poner a las ciencias lejos de toda duda.

Para llevar a cabo este ambicioso proyecto Descartes consideró que la mejor manera era empezar por buscar algo de lo cual no fuera posible dudar, algo, lo que fuera, un conocimiento cierto, verdadero, indubitable, que pudiera servir de punto de partida para lo demás. Descartes pensaba de esta manera porque él era ante todo un matemático, y en matemáticas se suele partir de un axioma fundamental y se procede a deducir consecuencias que se apoyan en la veracidad del axioma inicial. La matemática es deductiva en su proceder y Descartes creyó que ese era el modelo de toda ciencia. Para él toda ciencia debía construirse sobre ese modelo matemático, es decir, encontrar uno o unos principios primeros que fueran absolutamente ciertos y de ellos deducir el resto del conocimiento humano.

Pues bien, Descartes comenzó entonces a dudar de todo, tratando de encontrar algo de lo cual fuera imposible dudar. En este proceso tuvo un día una revelación, una especie de iluminación intelectual, y mientras se encontraba dudando de todo, cuestionándolo todo, descubrió que había algo de lo cual no podía dudar, algo de cuya existencia era imposible dudar: el yo pensante. Porque Descartes podía poner todo en duda diciendo “yo dudo de esto…” ”yo dudo de aquello…” “yo dudo por esta razón…” etc. Pero en medio de todo eso permanecía el ‘yo’, el sujeto profundo que ejercía el acto de dudar. De manera que era posible dudar de todo menos del hecho mismo de estar dudando, y era un ‘yo’ el que dudaba, es decir, se podía dudar de todo menos de la evidente existencia del sujeto de la duda, el yo pensante.

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Entonces Descartes resumió su descubrimiento en esa frase que lo ha hecho famoso: pienso, luego existo.

Miremos entonces lo que ha hecho Descartes. En primer lugar ha invertido el orden de las cosas, ya no es la realidad y solo después mi conocimiento de esa realidad, sino que ahora la realidad se pone en duda, es dudosa, está como entre paréntesis, mientras que el ‘yo pensante’, mi propia realidad subjetiva es cierta, sólida, evidente, cercana, clara y distinta. Eso significa que en adelante primero estará el ‘yo’, solo después en segundo momento y en dependencia respecto del ‘yo’ estará la realidad, de manera que por decirlo de alguna manera: la realidad de lo real dependerá de la subjetividad del sujeto. La realidad ahora es secundaria, dependiente, menor.

Descartes descubre entonces la idea del ‘yo pensante’ como la primera, la base de todas las demás. Y al analizar esa idea Descartes descubre que se caracteriza por ser una idea ‘clara y distinta’, es decir, una idea que es clara y por tanto puedo distinguir de otras ideas con facilidad; y además es distinta porque las características de esa idea las comprendo por completo, totalmente. Descartes concluye que siendo esas las características de la idea del ‘yo pensante’, es posible entonces aceptar como cierta toda idea que cumpla con esas características. De manera que toda idea que al analizarla yo encuentre que es clara y distinta, puedo con tranquilidad tenerla por verdadera, por cierta. Y así es como Descartes pasa, luego de la idea del ‘yo’, a demostrar por ese mismo método la existencia de Dios.

Para ello Descartes emplea una forma de probar la existencia de Dios que ya era antigua, no la inventa Descartes, el llamado argumento ontológico de san Anselmo, que es más o menos como sigue: tenemos la idea de que Dios es un ser de tal naturaleza que no puede pensarse que exista un ser más grande ni más perfecto. Pues bien, ese ser debe existir en la realidad, porque si no existiera, sería posible pensar un ser más perfecto que ese, a saber, un ser que aparte de existir solo en las ideas, existiera en la realidad. Por tanto, ese ser mayor que el cual nada puede pensarse, debe existir realmente.

Este argumento fue rechazado por santo Tomás de Aquino porque es un modo de razonar que se mueve solo entre ideas, sin tocar jamás el mundo de

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la realidad concreta, y de un mundo de solo ideas no es posible saltar de repente al mundo de lo real existente independientemente del sujeto pensante. La razón profunda del rechazo de Tomás es tal vez el hecho de que las ideas son pensadas siempre como esencias, y la existencia concreta no es pensable sino que se intuye de forma directa a partir de la experiencia sensible de los individuos, o se deduce racionalmente a partir de las características de dichos individuos. Este es precisamente el camino escogido por el mismo Tomás en sus famosas cinco vías para probar la existencia de Dios, santo Tomás parte en cada una de ellas de un hecho sensible, comprobable empíricamente, y a partir de ese hecho, mediante el razonamiento causal, santo Tomás se eleva hasta la existencia de un Ser Supremo que sea la causa primera y la explicación última de los hechos.

Entonces tenemos que Descartes cree haber probado ya la existencia del ‘yo pensante’ y la de Dios. Luego pasa Descartes a probar la existencia del mundo exterior, y para ello hace lo mismo, es decir, analiza ideas, solo ideas, sin recurrir jamás al testimonio de los sentidos. Así como Descartes cree que el ‘yo’ es ante todo una substancia pensante, de manera que el pensamiento es su esencia íntima, de igual forma considera que en el caso de la idea que tiene del mundo externo su esencia es la de ser una realidad constituida de partes en el espacio, partes que interactúan unas con otras por medio del contacto físico, del contacto mecánico. Esto lo resume Descartes diciendo que la substancia del mundo externo, o mejor dicho, la idea que tiene sobre el mundo externo, es la de una substancia extensa. Con esa palabra Descartes se refiere a la característica de tener partes en el espacio e interactuar por contacto físico o mecánico.

Entonces al final se encuentra Descartes con que, haciendo uso de meras ideas, encerrado en su cabeza, supuestamente ha hecho tres grandes descubrimientos, ha encontrado tres ‘realidades’ de las que es imposible dudar, tres ‘realidades’ en las que se puede confiar como bases para edificar toda ciencia y todo conocimiento: el ‘yo’, como substancia pensante; el mundo, como substancia extensa y Dios.

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Aquí conviene fijarnos en algo, Descartes hasta este momento ha desechado

el testimonio de sus sentidos, ha hecho su filosofía con los ojos cerrados y

concentrado únicamente en las ideas que tiene en su mente. Y a partir del análisis de las características de esas ideas ha creído poder concluir su existencia real. ¿Cómo ha sido esto posible? Ha sido posible por la particular idea que Descartes tenía acerca del conocimiento humano. Veamos.

Descartes se propuso analizar sus ideas, de espaldas a lo real, porque para Descartes todo lo que hay en la mente son ideas (lo cual es en cierto modo verdadero); cuando conocemos algo, ese algo no se introduce físicamente en la mente, por ejemplo si estamos viendo un edificio, dicho edificio sigue estando fuera de nosotros, pero en cierta forma también está dentro de nosotros por medio de la vista. Entonces aquello que conocemos no penetra en nosotros sino que permanece afuera. De este hecho Descartes concluyó que no conocemos cosas sino ideas, la realidad permanece siempre más allá de nosotros.

El error de Descartes en este punto consistió en creer que las ideas que el

sujeto forma en su mente son como copias o representaciones de lo extra mental, y que solo conocemos dichas copias o representaciones. De manera que al no disponer en nuestra mente de otra cosa que no sean las representaciones mismas que nosotros creamos, no es posible para nosotros saber si esas representaciones son imágenes fieles de lo real. Para saberlo

tendríamos que poder comparar las ideas con lo real, pero solo tenemos en nosotros las ideas. Entonces, solo podemos comparar ideas con ideas y tratar,

a partir de meras ideas, de deducir la existencia real de objetos extra- mentales.

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(4) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

La filosofía moderna, o lo que aquí se entiende como tal, es un modo diferente de hacer filosofía con respecto al modo que había predominado en los siglos anteriores. Se puede decir, para resumir un poco las cosas, que en los siglos anteriores a Descartes, desde los griegos, pasando por Roma y los medievales, se tenía una metafísica y una epistemología realista, es decir, se creía que existía una realidad independiente de la mente, independiente del conocimiento (por ejemplo: ese perro de mi vecina, que a ratos es tan molesto por sus ladridos, existe independientemente de que yo lo conozca. Aunque yo no lo conociera igual seguiría existiendo, si me mudo de casa y por tanto dejo de percibirlo, eso no afecta en nada a la existencia del perro, sigue existiendo igual, solo que ya no me molesta); y se creía que dicha realidad podía ser conocida, primero por medio de los sentidos y al final del proceso en sus realidad inteligible por medio de la razón.

Este modo de entender las cosas cambia con Descartes. Ya antes de Descartes el realismo había recibido algunos golpes, como es el caso del nominalismo de Guillermo de Ockham, pero es con Descartes cuando el realismo comienza su verdadero declive, hasta llegar a los extremos del idealismo alemán, que no son otros que los extremos mismos de la locura.

Veamos algunos elementos de la epistemología cartesiana.

Ante todo hay que tener en cuenta que para Descartes el ser humano no es, como para los escolásticos, una unidad hilemórfica de materia prima y forma substancial, sino que es, por decirlo de alguna manera, dos substancias coexistiendo juntas pero sin posibilidad de tener nada en común. Por un lado estaría el yo, que sería ante todo pensamiento y conciencia; y por otro lado estaría el cuerpo, que por pertenecer al reino de lo material sería ante todo una realidad extensa (entendiendo el adjetivo ‘extenso’ de la forma en que se explicó antes). Estas dos substancias o estas dos realidades, por ser tan

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distintas, de un lado pensamiento y de otra extensión espacial, no tendrían cómo comunicarse, tocarse, interactuar, correlacionarse de alguna forma.

Teniendo lo anterior en cuenta, no resulta extraño ver que Descartes rechaza el papel de los sentidos, de la experiencia sensible, del contacto directo con lo real, como fuente de conocimiento, de ciencia. Para Descartes, fascinado por el método deductivo de la matemática, el conocimiento era ante todo conocimiento por medio de las ideas de la razón. El conocimiento válido era el que se alcanzaba en la claridad de las ideas, todo lo demás era dudoso. Tal y como en la matemática. El matemático puede perfectamente cerrar sus ojos y construir la matemática en su cabeza, sin tener que recurrir a la experiencia externa para validar sus hipótesis.

Entonces Descartes afirma que las sensaciones de los sentidos son solo una especie de punto de partida o de ocasión que la razón usa para entrar en el juego y construir ella sola y por ella sola, el edificio del conocimiento. Las ideas de la razón no provienen de los sentidos, sino exclusivamente de la razón, y no provienen de los sentidos porque los sentidos forman parte de esa realidad extensa que no puede de suyo comunicarse con la substancia del yo, que es en esencia pensamiento.

Por tanto tenemos que Descartes va a buscar la validez en las ideas que fabrica la mente, y que las fabrica sin que en dicha fabricación de ideas los sentidos tengan alguna participación real, sino a lo mucho una participación meramente ocasional, accidental.

Pero sucede que si las ideas son lo que conocemos, ¿cómo conocemos entonces lo real extramental?

Efectivamente no hay manera. El sujeto que conoce no tiene contacto ni forma de acceder a algo que esté fuera de la mente. Lo que está fuera de la mente está por eso mismo fuera del conocimiento, pues conocemos lo que está en la mente y que ésta produce.

En estas ideas de Descartes se mezcla lo verdadero con lo falso, y de ahí su fuerza para arrastrar y convencer.

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Es verdad, como ya se dijo, que la realidad tal y como existe fuera de la mente, es decir, en su materialidad, en su ser concreto e individual, no penetra en la mente (el perro de mi vecina no es devorado por mi mente al pensar en él; ojalá, pero no pasa así). Pero lo que no es verdad es que dicha realidad no penetre en mi mente ‘de alguna manera’; si fuera cierto que la realidad permanece siempre fuera de la mente que conoce y que no ingresa de ninguna manera, entonces nunca conoceríamos nada, es decir, conoceríamos ‘ideas vacías’, ideas que serían ideas de nada, ideas acerca de nada, ideas mudas. ¿Es posible que exista una idea que sea idea de nada? No. Siempre una idea es idea de algo, esto es lo que se llama la ‘intencionalidad’ de las ideas; las ideas siempre remiten hacia algo, apuntan hacia algo, nos hablan de algo. La palabra ‘intención’, viene de las latinas ‘tendere-in’, es decir, tender hacia, estar dirigido hacia, apuntar hacia. Las ideas son intencionales, apuntan, dirigen, remiten hacia algo.

Y eso es lo que los escolásticos querían decir cuando afirmaban que las ideas no son LO QUE conocemos, sino que son aquello CON LO QUE conocemos. Las ideas son medios de conocimiento, no son el objeto del conocimiento. Cuando yo pienso en el perro de mi vecina no dirijo mi ira hacia la idea del perro sino hacia ese específico perro que no para jamás de ladrar. Luego, en un segundo momento, y si así lo deseo, puedo reflexionar sobre la idea que tengo sobre el perro de mi vecina, pero eso es secundario, por reflexión. Y así pasa con todas las ideas, podemos reflexionar sobre ellas, por ejemplo cuando estudiamos lógica y reflexionamos sobre las características de las ideas, pero para reflexionar sobre las ideas primero hay que tenerlas, y cuando se tienen ideas se tienen ideas que son intencionales, ideas de algo, ideas por medio de las cuales se conoce algo.

Veamos un poco todo esto desde otro ángulo. Pensemos en los signos, una señal de tránsito por ejemplo. Una señal de tránsito es un signo, es decir, algo que me hace conocer otra cosa, algo que me envía hacia otra cosa. Entonces voy por la carretera y veo una señal de tránsito, ¿qué veo? En primer lugar percibo con la vista una barra metálica de un par de metros que tiene encima un hexágono también metálico con una flecha dibujada en su superficie. Ahora bien, LUEGO de percibir esto ENTIENDO su SIGNIFICADO, es decir, eso

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que veo me envía hacia un significado, por ejemplo el aviso de que debo seguir derecho sin cruzar hacia ninguna parte. Eso es un signo, algo que primero conozco y luego comprendo su significado. Como cuando vemos salir humo de detrás de una montaña y de inmediato deduzco que debe haber fuego.

Ahora bien, todo signo consta entonces de dos elementos: una materia y una forma. La materia es el signo como tal, la barra metálica con el hexágono en la punta y el dibujo de la flecha encima. La forma de ese signo es su significado, su referencia, lo que entiendo LUEGO de ver el signo. Pues bien, las ideas CON QUE conocemos son signos sin materia, es decir, son signos puros, signos meramente formales, signos que inmediatamente nos remiten hacia la cosa significada sin necesidad de primero conocer el signo en su materialidad, es decir, sin tener que primero conocer el signo en sí mismo, para luego captar su sentido. Y esto fue lo que no entendió el idealismo cartesiano. Para el idealista la idea es una cosa, una cosa que conozco. Y en cuanto signo, la idea, para el idealista, es una cosa que primero tengo que conocer para LUEGO conocer aquello que ella contiene, aquello que ella me ofrece. Y haciendo este pequeño cambio encerraron al hombre en sí mismo y

lo condenaron a jamás conocer algo que no fueran las propias ideas.

Y a decir verdad después de aceptar el principio idealista como punto de partida de la filosofía, no es posible alcanzar la realidad.

Veamos algunas citas al respecto del filósofo Paul Gerard Horrigan:

- In the knowing process of the immanentistic conception of knowledge,

the thinking subject, man, can know only his own impressions (sensations,

ideas), and not extra-mental, extra-subjective things that really exist.

En el proceso del conocimiento, tal y como lo entiende la concepción inmanentista, el sujeto pensante, el hombre, puede conocer solamente sus propias impresiones (sensaciones, ideas), pero no lo extramental, no las cosas extra-subjetivas que realmente existen.

- In philosophical immanentism (beginning with Descartes), thought is

made prior to being; it is made the starting point of philosophy. In realism, on

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the other hand, it is being that is prior to thought. Being (ens) is the point of departure of philosophy, leading to the affirmation: “things are” (res sunt).

En el inmanentismo filosófico (comenzando por Descartes), se hace al pensamiento anterior al ser; el pensamiento es convertido en el punto inicial de la filosofía. En el realismo, por otra parte, el ser es anterior al pensamiento. El ente (ens) es el punto de partida de la filosofía, que conlleva a la afirmación: “las cosas son” (res sunt).

- In immanentism, what the intellect knows in the first instance is not the

extra-mental thing, but rather, one’s ideas (Descartes) or phenomena (Hume), or phenomena through a priori synthetic judgments (Kant).

En el inmanentismo, lo que el intelecto conoce en primer lugar no es la cosa extramental, sino más bien las propias ideas (Descartes), o los fenómenos (Hume), o los fenómenos a través de juicios sintéticos ‘a priori’ (Kant).

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(5) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

Hagamos un alto en el camino para dar una mirada al recorrido que se ha hecho hasta ahora. Empezamos señalando la importancia que tiene hoy comprender lo mejor posible una de las características principales de nuestro tiempo, el escepticismo. En efecto, nuestra época (es decir, los últimos dos siglos, y especialmente los últimos 50 o 60 años), se caracteriza por una atmósfera espiritual en la que se respira el relativismo por todas partes, esa postura de que acerca de los grandes temas, acerca de las grandes preguntas por el sentido de la vida, la moralidad de los actos humanos, la religión, etc., cada uno está autorizado a formarse su propia opinión y sobre ella construir su visión de las cosas. Lo anterior debido a que no existiría una verdad sobre estos temas que deba ser aceptada por todos, en todas partes y en todas las épocas. En pocas palabras, no existiría una verdad universal y absoluta, sino tantas ‘verdades’ como personas. Habría actualmente en el mundo, según esto, alrededor de 7.300.000.000 de ‘verdades’. Y todas y cada una de ellas con exactamente el mismo ‘derecho’. Y todas y cada una de ellas con exactamente la misma validez. Y todo este relativismo procede del escepticismo, que es, como veíamos, aquella postura filosófica acerca del conocimiento (es decir, postura epistemológica) que asegura que lo seres humanos no tienen acceso a una realidad extramental, sino que al momento de conocer solo conocemos nuestras modificaciones subjetivas, nuestras sensaciones, impresiones e ideas. Y nada más. Como consecuencia lógica de afirmar esto se termina por concluir que al no existir acceso a una verdad o a una realidad objetiva y universal, lo racional entonces es que cada uno describa el mundo tal y como lo percibe para sí mismo. Y nadie puede negar que esto es lo que tenemos hoy día, un relativismo radical engendrado por un escepticismo que viene desde tiempos muy antiguos.

Luego de ver la importancia del tema y su naturaleza, pasamos a ver algunos de sus exponentes históricos, pasando por Pirrón, Sexto Empírico y Michel de Montaigne; para finalmente llegar a la figura de René Descartes, padre de la

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filosofía moderna. Vimos a grandes rasgos la forma en que Descartes concebía el proceso de conocimiento, un proceso en el que el contacto de los sentidos con el mundo era mirado con desconfianza, a causa de la imposibilidad de que la substancia extensa se relacionara con la substancia pensante, y solo se aceptaba como válido aquél conocimiento que pasaba por el tribunal de la razón, la cual por medio del análisis de las ideas claras y distintas determinaba soberanamente sobre lo verdadero y lo falso.

Haciendo esto Descartes creía estar enfrentando el escepticismo y creía asimismo estar fundando la ciencia sobre bases sólidas, de tal manera que no pudiera ponerse en duda, para que en adelante la ciencia moderna que recién comenzaba no corriera la misma suerte de la ciencia aristotélica, que aunque había reinado durante un tiempo, se había mostrado finalmente como blanco fácil de múltiples críticas que la habían condenado a la desaparición. Descartes verdaderamente creía que con su método y su filosofía estaba poniendo a la ciencia a salvo de toda crítica puesto que estaba convencido de que su método servía para edificar una ciencia absolutamente cierta.

No deja entonces de ser paradójico que con semejantes objetivos en frente, Descartes haya terminado por hacer casi lo contrario de lo que pretendía. Porque lejos de refutar o rechazar el escepticismo, terminó por dar argumentos para un escepticismo aún más radical. Descartes creyó que construyendo la ciencia solo sobre ideas claras y distintas, estaba protegiéndola de todo escepticismo, pero no comprendió que, por otra parte, estaba encerrando al sujeto en sí mismo, poniendo lo real en duda y rompiendo el puente que unía al sujeto cognoscente con la realidad extramental.

Hasta aquí el camino recorrido.

En el siguiente apartado trataremos de abordar, para tener elementos de comparación y contraste, la epistemología realista en sus grandes rasgos. Es decir, presentaremos en forma resumida la postura realista acerca del conocimiento, esperando que ello nos ayude a comprender más y mejor el giro cartesiano.

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(6) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

En la anterior entrega de este breve estudio sobre el escepticismo, propusimos considerar la epistemología realista, es decir, el modo en que la naturaleza del conocimiento es concebida por la postura realista en filosofía, que fue la postura dominante, más o menos con altibajos, durante toda la época anterior a Descartes. Lo anterior con el objetivo de tener elementos de juicio comparativo frente a la postura idealista y escéptica.

Con lo que se lleva dicho sobre el cartesianismo se podrá ver de inmediato un cierto parecido entre sus posturas y las que fueron en la Grecia clásica las posturas de Platón. De cierta manera también Platón rechazaba a los sentidos como fuente de conocimiento, los consideraba más bien fuente de engaño. Para Platón el conocimiento verdadero era el conocimiento de las ideas, que pertenecían a un universo totalmente distinto al universo sensible, de hecho creía que tenía que existir el mundo de las ideas, un mundo en el que las ideas tenían una existencia real. Descartes toma de Platón esa separación entre lo sensible lo ideal, y a semejanza del filósofo griego declara que la ciencia es ciencia de ideas. Solo que para Descartes dichas ideas son representaciones fabricadas por el sujeto, de forma que conociéndolas, el sujeto no sale de sí mismo; mientras que para Platón las ideas no son creaciones del sujeto, sino participaciones de esas ideas extra mentales que existen en un mundo aparte y real, más real incluso que éste en que nosotros vivimos, que es solo una sombra.

De manera que, a pesar de sus diferencias, Platón y Descartes coinciden en establecer una radical separación entre el alma y el cuerpo, el espíritu y la materia, la inteligencia y los sentidos, el mundo sensible y el mundo inteligible, etc., separación que llega incluso a la oposición, puesto que, Platón por ejemplo, concibe al cuerpo humano como una cárcel para el hombre, puesto que para él el hombre es propiamente el alma sola. Para Descartes la substancia pensante y la substancia extensa no se comunican,

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salvo (¡eso pensaba Descartes!) por medio de la glándula Pineal ubicada en el cerebro.

Las cosas son muy distintas en la concepción de la realidad que arranca con Aristóteles y recibe su perfeccionamiento en la edad media con Tomás de Aquino. Lejos de tener del hombre una visión dualista, la tradición tomista lo concibe como una unidad substancia; el hombre es un ser ‘uno’, una substancia, no dos, aunque compuesta de dos ‘principios’: la materia prima y la forma substancial. Dichos dos principios no son, ni pueden ser, dos substancias completas, sino que se implican mutuamente para existir. La materia prima no existe sin una determinada forma sustancial, y a su vez, la forma substancial está ordenada a determinar la materia prima (si bien es cierto que en el caso del alma humana, al gozar ésta de un estatuto ontológico superior a las demás formas substanciales, tiene el privilegio de existir aún después de su separación respecto del materia en el momento de la muerte. Tema de una futura serie de artículos, Dios mediante).

Y esa unidad que es el hombre se refleja en el modo de concebir el proceso del conocimiento. En la visión realista, no hay separación entre los sentidos y la inteligencia, pues aunque son facultades de conocimiento esencialmente distintas, trabajan en unidad perfecta para producir la ciencia. El proceso comienza en los sentidos y culmina en la inteligencia; en un camino ascendente en el que brilla en todo momento la unidad del ser humano animado por su forma substancial.

Veamos a grandes rasgos la epistemología realista:

Ante todo hay que tener en cuenta que la postura realista es la postura natural, es decir, toda persona es naturalmente realista puesto que toda persona está interiormente convencida de que cuando ve un árbol, dicho árbol realmente existe, y existe de tal manera que si yo no lo viera de todos modos el árbol seguiría existiendo; en otras palabras: la existencia del árbol no depende de mi conocimiento, no es mi conocer lo que da el ser al árbol, sino al revés, es el ser del árbol el que se encuentra a la raíz de mi conocimiento, en el sentido de que mi conocimiento será verdadero en la medida en que se conforme con el ser del árbol, y no al revés. Y así para

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todos los conocimientos que podemos alcanzar, es natural creer que no inventamos la realidad sino que la conocemos.

Para opinar de manera distinta es necesario detener esta actitud realista natural y voluntariamente decidir adoptar otra. Lo cual significa que el idealista, o el escéptico, lo son por una decisión de su voluntad; sin duda ellos presentan argumentos, pero antes de dichos argumentos hubo un momento de su vida en que el idealista se detuvo, pensó y decidió impedir la inclinación realista natural y tomar otro camino. La voluntad tiene entonces mucho que ver en la explicación de la postura idealista y escéptica.

Por lo tanto, la epistemología realista lo que busca es explicar cómo es que podemos, mediante ideas presentes en nuestra mente, conocer una realidad que está inicialmente fuera de nuestra mente. ¿De qué manera la realidad extra mental se hace presente en nosotros por medio de las ideas?

No hay ideas innatas. Todas las ideas y todo conocimiento tiene su origen y fundamento en los sentidos. Son los sentidos los que nos dan el contacto directo con lo real concreto e individual.

Los sentidos reciben las cosas sin su materialidad. Cuando vemos un árbol, el árbol en cierto sentido penetra en nosotros por medio de la vista, y en otro sentido permanece fuera. Se dice que penetra en nosotros de una manera llamada ‘intencional’ (como ya se explicó).

De manera que el árbol que tiene existencia real extramental, pasa a tener presencia intencional en el sentido de la vista. La vista recibe del árbol una especie de semejanza o representación, a la manera (dice Aristóteles) como la cera puede recibir la forma del sello sin recibir el metal mismo del que el sello está hecho. La misma forma que tiene el sello pasa a la cera, sin que pase el cobre concreto del que el sello está hecho. De esta manera se obra ya en los sentidos una primera desmaterialización. Se le quita a lo conocido la materia individual, que es la que permanece ‘fuera’.

Para mejor comprender lo que se lleva dicho y lo que se dirá a continuación hay que tener en cuenta que la materia no es principio de conocimiento. Es decir, lo que se conoce de algo son sus aspectos formales, el ser esto o

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aquello. La materia es causa de que algo sea individual, no de que sea esto o aquello. Por ejemplo, esta mesa que tengo en frente es lo que es por tener forma de mesa, luego al conocerla lo que conozco es su forma, sus aspectos formales. Pero la madera concreta de esta mesa concreta no aporta aspectos formales a la mesa, sino aspectos ‘individuantes’, es decir, gracias a la materia, esta mesa se ubica en el tiempo y en el espacio, pero no determinan ‘lo que’ la mesa es, sino ‘el hecho de ser esta mesa’ y no otra. Lo anterior significa que el conocimiento es un proceso de descubrimiento de los aspectos formales de una cosa. Por eso ya desde el primer escalón del conocimiento, que es el conocimiento sensible, empezamos a desprendernos de la materia, para ir quedándonos solo con la forma. Solo que en el caso de los sentidos, esa ‘desmaterialización’ de la cosa conocida aún no es completa, pues la imagen que queda en la memoria sigue siendo concreta e individual:

pues cuando recordamos el árbol que hemos visto, la imagen que recordamos es la de un árbol concreto, individual.

Lo anterior se basa en la teoría hilemórfica aristotélica, la cual afirma que todas las cosas materiales se componen de dos elementos, materia y forma. La materia es el elemento determinable, y la forma es el elemento determinante. De tal manera que la cosa (cualquier cosa) es lo que es, por su forma. Y es esta cosa individual, y no otra, por su materia. La forma es principio de determinación y la materia es principio de individuación.

Ahora bien, tenemos entonces ya la imagen del árbol liberada de su materialidad concreta. Sobre dicha imagen (que aún es imagen de un individuo) es sobre la que debe operar la inteligencia en busca de la aprehensión de sus aspectos formales esenciales, y para ello debe proceder a una más elevada desmaterialización. Ese siguiente paso lo da el intelecto agente, que es la función activa del entendimiento. Según la postura realista, el intelecto agente obra sobre la imagen retenida por la sensibilidad y separa (por eso se dice ‘abstrae’, porque abstraer es separar algo de algo) los elementos que aún quedan de individualidad para quedarse con lo esencial. Este paso en el proceso del conocimiento requiere obviamente de múltiples experiencia. Pues es poco a poco como el intelecto va conociendo y

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separando de un objeto todo aquello que en dicho objeto es solo accidental, para quedarse con lo esencial. Un ejemplo:

Vemos a Pedro y percibimos un sujeto con ciertas características: altura, color de piel, edad, color de cabello, talla, etc., luego vemos a Juan, a José, y a muchos otros. Y luego de muchas experiencias de este tipo empezamos a percibir que todos ellos tienen diferencias, pero también tienen elementos en común. En primer lugar todos son algún tipo de ser, es decir, existen; y existen con un tipo de existencia que es substancial, esto es, existen en sí mismos, ni Pedro, ni Juan, ni José, son características de otro ser. Sino que cada uno de ellos es un ser individual. Entonces concluyo que son substancias. Pero puedo avanzar en las semejanzas y encuentro que todos son seres vivos, es decir, todos ejecutan acciones propias de seres vivos:

comen, crecen, etc., y esto lo hacen por sí mismos, no como marionetas guiadas por una mano externa. Entonces concluyo que son substancias vivas. Pero avanzo en lo esencial y descubro que todos ellos aparte de ser substancias, y substancias vivas, pueden sentir; pues en efecto percibo que pueden ver, oír, gustar, olfatear, moverse, etc. Entones concluyo que son substancias, vivas y sensibles. Pero además percibo que todos ellos pueden pensar, razonan; en efecto, usan un lenguaje complejo, comprenden ideas abstractas, razonan con base en dichas ideas, toman decisiones, etc. Entonces concluyo que son racionales. ¿Qué ha pasado? Ha pasado que he llegado a la idea de ‘Hombre’. Luego de eliminar todas aquellas características que no afectan a lo esencial (estatura, color, talla, etc.) he descubierto esas características que no pueden faltar, pues si faltara alguna de ellas ya ni Pedro, ni Juan, ni José, serían hombres; si algunos de ellos no fuera substancia, o seres vivos, o seres sensibles, o seres racionales, no serían hombres. Esto quiere decir que ser una substancia viva, sensible y racional, es la esencia del hombre, es la idea de hombre. Fijémonos cómo al tener las ideas de substancia, vida, sensibilidad e inteligencia, ya estamos del todo alejados de la imagen sensible, concreta e individual.

Comprender la enorme diferencia que hay entre una imagen y una idea es de una importancia enorme. Significa comprender la diferencia entre el ser humano y los animales irracionales. La imagen del hombre será siempre la de

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este hombre concreto, con estas características concretas; lo cual podemos comprobar mediante un ejercicio muy sencillo: tratar de imaginarnos al hombre, de inmediato aparecerá en nuestra conciencia la imagen de un hombre con cierta altura, cierto color de piel, cierta edad, cierta talla, etc. Cosa muy distinta si se nos pide pensar en la idea de hombre, pues en ese

caso la imaginación no nos ofrece ninguna utilidad y debemos recurrir exclusivamente a la inteligencia, para poder comprender cosas como la sustancialidad, la vida, la sensibilidad y la inteligencia. Y si no me creen traten

de imaginar la inteligencia o la sustancialidad.

Otro ejemplo para profundizar en la diferencia entre imagen e idea. Tratemos de imaginar un miriágono (un miriágono es una figura de 10.000 lados). ¿Pudieron? No. ¿Pero si les pido pensar en la idea de miriágono? Eso sí es posible, pues con total claridad pueden responder que la idea de miriágono

es la de un polígono de 10.000 lados. En resumen, un miriágono es fácilmente pensable, pero muy difícilmente imaginable.

Una vez que el intelecto agente, obrando sobre la multitud de experiencias, ha logrado ‘separar’ lo esencial y dejar de lado lo individual-concreto, está

todo listo para que el intelecto dé a luz la idea. Y de hecho la comparación con el parto es exacta, y por eso otro de los nombres de la idea es ‘concepto’,

es decir, concebido. Lo que el intelecto agente descubre o devela se llama

especie inteligible impresa. Esta especie es recibida en el llamado intelecto posible y de dicha unión brota, como fruto, la especie inteligible expresa, también llamada idea, concepto o verbo mental.

Obviamente aquí no para todo, las ideas son solo ideas, representaciones intencionales de las cosas. Pero este alumbramiento de ideas es solo la

primera operación del intelecto. Luego el intelecto une ideas y forma juicios.

Y luego puede incluso comparar juicios conocidos para extraer juicios

desconocidos, y entonces se dice que razona. Idea, juicio y raciocinio son las tres operaciones de la mente. Y para comprobar la veracidad de sus juicios, el hombre vuelve una y otra vez a la evidencia sensible, que es de donde todo el proceso partió. No en el sentido del positivismo que propone que todo juicio sea comprobable y comprobado empíricamente, negando que todo lo no-

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empírico tenga algún tipo de existencia (matando la metafísica). Sino en el sentido de que incluso las realidades metafísicas, deben haber sido correctamente inducidas de la experiencia sensible, por medio de la recta valoración de sus datos y por medio asimismo de una recta aplicación de los primeros principios de la razón (tema también para otra serie de artículos, Dios mediante). Por ejemplo: la demostración de la existencia de Dios, tal y como la propone Tomás de Aquino, tiene como base, la comprobación de eventos sensibles verificables por la experiencia sensitiva elemental, al alcance de cualquier persona. Lo mismo la demostración de la existencia del alma, la cual parte del examen de los actos que el sujeto humano ejecuta y que le son propios.

Hasta aquí dejaremos la breve caracterización que queríamos ofrecer acerca de la epistemología realista. Es natural que puedan quedar ciertas lagunas en la comprensión cabal de todas las ideas involucradas en los puntos expuestos, debido a que lo que está detrás de todos ellos es nada más y nada menos que el entero aristotelismo. Y hoy en ninguna parte se nos prepara para conocer al filósofo griego.

Sin embargo creemos que en sus líneas fundamentales es comprensible. El conocimiento comienza en los sentidos, y sobre los datos de los sentidos trabaja la inteligencia extrayendo (o abstrayendo) las características esenciales, como en el ejemplo de cómo se llegaba a la idea de hombre dejando de lado lo accidental, para ir quedándonos solo con aquello que no podía faltar para la integridad de la idea de hombre.

Todo este enorme sistema epistemológico que no solo está de acuerdo con la actitud natural realista de todo ser humano, sino que explica todos y cada uno de los elementos presentes en el conocimiento, desde el nivel sensible hasta el propiamente inteligible, todo este sistema, repetimos, fue abandonado en los inicios de la edad moderna. Descartes cortó el lazo que unía lo sensible con lo inteligibles y se quedó solo con las ideas. Y estas ya no eran representación intencional de lo extramental, sino meras construcciones del sujeto. El sujeto se encerró en sí mismo. De otra parte, los empiristas lo que rechazaron fue las ideas, se quedaron con los datos de la sensibilidad;

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negaron al hombre su racionalidad y a su manera también lo encerraron en sí mismo, solo que en otro calabozo, el calabozo de la sensibilidad.

Racionalistas y empiristas encierran al hombre en la misma cárcel, pero eligen distintos calabozos. Los unos no le permiten salir de las ideas, los otros de los fenómenos sensibles.

Lo que queda claro es cómo, en ambos casos, se cerraba el paso al conocimiento de lo real. Porque ya sea que se redujera el hombre a sus ideas,

o a sus percepciones sensibles (las cuales, recordemos, no daban tampoco

paso a lo real, sino al fenómeno sensible formado en mí), lo cierto es que se

le

impedía acceder a lo extra mental.

El

escepticismo ingresaba así triunfante en la escena filosófica. En adelante la

tarea de los filósofos sería tratar de hacer salir la realidad del pensamiento,

como los magos hacen salir conejos de los sombreros. Solo que a los magos el truco les funciona, y la filosofía moderna desde Descartes no ha hecho otra cosa que fracasar en esa ‘producción’ de lo real a partir del pensamiento. Y cuando ha habido en la filosofía moderna o contemporánea algunos atisbos de realismo, ha sido porque de una u otro forma han conseguido apartarse de los presupuestos cartesianos y han remado, incluso sin saberlo, hacia las aguas tranquilas y cristalinas del realismo tomista.

Continuará…

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(7) BREVE ESTUDIO SOBRE EL ESCEPTICISMO

Vamos ya culminando este breve estudio sobre el escepticismo. Creemos que con lo dicho hasta ahora es suficiente para comprender su naturaleza y aprender a ser precavidos respecto de sus consecuencias. Y una de sus consecuencias más fatales es la pérdida del sentido de la verdad.

Si algo ha perdido la sociedad actual es el olfato para discernir entre lo verdadero y lo falso, se podría afirmar sin temor a equivocarnos que vivimos ya desde hace un par de siglos (y tal estado de cosas se ha agravado después de la primera mitad del siglo XX, basta recordar mayo del 68) en una nueva era de sofistas.

En la antigua Grecia, en tiempos de Sócrates, hicieron su aparición unos personajes aparentemente sabios, que iban de ciudad en ciudad dando muestras de gran erudición y de gran dominio en las técnicas oratorias, es decir, en las técnicas de convencer por medio del discurso. No les interesaba la verdad, ni encontrarla, ni comunicarla; les interesaba el brillo que da el uso elegante de la palabra, y la posición social que podían alcanzar por medio de sus dotes dialécticas. En cuanto a la verdad, la declaraban inexistente. Uno de los más famosos sofistas de aquellos tiempos decía: no existe el conocimiento (es decir, la verdad); y si existe, no lo podemos alcanzar; y si lo pudiéramos alcanzar, no lo podríamos comunicar a los demás.

Esto significaba proclamar la opinión individual como el único árbitro confiable. Dado que no alcanzamos conocimientos verdaderos de las cosas, es decir, conocimientos que, por ser verdaderos, deban ser tenidos como tales por todos y en todo tiempo y lugar, lo mejor y más prudente es resignarnos a una batalla inacabable de opiniones. Quien ofrezca un discurso más atractivo, ese será el triunfador. Triunfar no significará tener la razón, sino tener una opinión mejor defendida que las demás.

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En nuestros días, en medio de una sociedad ‘abierta, pluralista y democrática’ como la que se nos vende desde los medios de comunicación, resulta casi imposible creer en una verdad que no sea solo opinión, opinión tan respetable como cualquiera otra opinión. De hecho, muchos consideran necesario que no se piense jamás en verdades, porque eso sería un obstáculo para la construcción de esa sociedad ‘abierta’ que supuestamente se está construyendo. La verdad ha sufrido el exilio.

Entonces los nuevos sofistas de hoy, tal y como los de la antigua Grecia, se enorgullecen de poseer una ciencia superior, la ciencia de la “opinión”. Hoy, tener opiniones es tan valioso como lo era ayer tener verdades. Hoy el que ‘opina’ es sabio, tolerante, ‘open mind’, etc., y aquél que habla de verdades

es el troglodita, intolerante, enemigo público, reaccionario.

Lo paradójico de todo esto es la contradicción profunda en la que se basa todo este sistema social escéptico: se proclama como verdad absoluta que la verdad absoluta no existe; se proclama como verdad absoluta que no hay verdades sino opiniones; se proclama como verdad absoluta que la verdad no es absoluta sino relativa; se proclama como verdad absoluta que todos tenemos verdades relativas, en fin, se afirma que verdaderamente la verdad no existe. No hace falta ser filósofo para percibir la contradicción de todo ello.

El antídoto contra esta radical contradicción total es simplemente el retorno

a lo real. El esfuerzo por arrancarnos del subjetivismo para alcanzar

plácidamente las playas del realismo será recompensado con la dicha de vivir

de frente a lo real. La época nuestra nos ha dicho que somos aves de corral,

que nuestras alas no sirven y que debemos acostumbrarnos a ir por la tierra

cubierta de polvo; es tiempo ya de recordar que el Creador nos diseñó para ser águilas, para volar alto y para contemplar de frente al sol.

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¿TODOS TIENEN LA RAZÓN?

Se cuenta que en cierta ocasión hubo un juicio. Estaban el juez, el acusado, el acusador y algunos testigos. El juez dio la orden al acusador de exponer sus demandas, al terminar, el juez muy serio le respondió: ¡tienes toda la razón!

Luego el juez pidió al acusado que presentara su defensa, así lo hizo. Al finalizar de nuevo el juez lo miró sin titubear y le dijo: ¡tienes toda la razón!

Semejante respuesta del juez causó consternación entre el público, y de repente un niño que estaba allí y que comprendía que era imposible que ambos tuvieran razón al mismo tiempo, le dijo al juez: señor juez, no es posible que ambos tengan la razón, alguno de los dos debe estar mintiendo. El juez miró al niño con mucho interés y le respondió: ¡tú también tienes toda la razón!

Pues bien, algo así es el relativismo, ¡todos tienen la razón!, ¿por qué? porque en el fondo ninguno tiene la Razón (con mayúscula). En el pensamiento moderno se ha rechazado la idea de que el ser humano pueda mediante su inteligencia conocer las cosas objetivamente, es decir, en lo que ellas son en la realidad. Y muchos "filósofos" han enseñado (y enseñan aún) que lo que se llama "realidad" es solo una construcción de cada uno, de tal manera que hay tantas "realidades" como personas. Y esto significa que no hay una realidad universal.

Por lo tanto nadie tiene la Razón, sino que cada uno tiene "su" razón. Por eso el juez del cuento sin ningún problema va diciéndoles a todos que están en lo correcto, pues se ha cambiado el modo de entender la palabra "correcto".

Sin embargo hasta un niño puede notar la contradicción. Y es bueno escoger la figura de un niño, porque ellos representan personas que aún no han sido contaminadas por ideologías y se mueven solo por las percepciones del sentido común.

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Bien dicen por ahí que "hay que ser como niños

"