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Crónica II

La situación médica en España y Navarra en los


prolegómenos de las guerras carlistas

El concepto de enfermedad y los procedimientos para sanar; las epidemias,


médicos, cirujanos, medicinas, curanderos
Apéndice: El cirujano de Napoleón

2-1 Introducción. Inicio del siglo XIX.

El inicio del siglo XIX fue una mala época para la medicina y la cirugía española. La
ciencia había avanzado poco, la práctica médica era rudimentaria; demasiados
contratiempos seguidos: la guerra de la Independencia contra los franceses, las múltiples
epidemias consecutivas, las más recientes la fiebre amarilla procedente de Sudamérica y
el cólera desde Europa. Por si fuera poco, el reinado de Fernando VII pleno de intrigas y
desaciertos.

Se decía y con razón que los médicos españoles de la época, pensaban “en viejo”, en la
forma y maneras de sus ancestros y aplicaban los mismos remedios. Para ellos, la
enfermedad era “una discrasia de los humores y las humiditates”, que quería dar a
entender un desequilibrio de los fluidos vitales que recorren todos los órganos del
interior del cuerpo humano. Según se creía, estos fluidos eran mezclas de: sangre, bilis,
flema y melancolía. Mecanismos cósmicos malignos y otras fuerzas del mal, podían
alterar el equilibrio, dando lugar a un “humor pecante o corrompido”, causante de la
enfermedad. En este conglomerado de hipótesis erróneas, la enfermedad estaba
considerada como una alteración físico-química

En la lógica de los tiempos, los remedios terapéuticos debían centrarse en la idea de la


evacuación de los humores pecantes y corrompidos. El más conocido y el más directo
era la sangría, la apertura de venas superficiales con la salida de la sangre y con ella del
envenenamiento. Se abusaba tanto de las sangrías que hemos conocido que en un caso
de gripe-neumonía se le practicaron a un paciente 18 sangrías. De efecto más lento pero
parecido eran las sanguijuelas, bichitos anélidos acuáticos del género hirudo o
sanguisuga, que se aplicaban en zonas de piel no visibles y que chupaban la sangre.
Crónicas médicas de la primera guerra carlista (1833-1840).
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Las lavativas y enemas trataban de expulsar los malos humores a través del ano. Los
laxantes ayudaban al proceso; el más conocido era el aceite de ricino, obtenido del
cocimiento de la semilla de una planta salvaje “la higuera del diablo” de acción rápida
entre 2-4 horas. Los lavados de estómago y la provocación del vómito (emetina),
pretendía eliminar el humor pecante por la boca.

Los físicos antiguos consideran, que debajo de la piel era un sitio importante de
circulación de humores y a su través también se podía actuar. Ese era el efecto
pretendido con las ventosas, escarificaciones y las “tomas de sudores” (estufa, leña,
mantas calientes, bebidas diaforéticas); el caso más conocido de aplicación de sudores
era en la sífilis y también en la gota.

Medicación más rebuscada y difícil de entender para nosotros, es la colocación en el


espinazo de las cantáridas, polvo desecado de escarabajo verde, con acción irritante
local y después dando lugar a la formación de vesículas en la piel, interpretadas debidas
a la depuración de los malos humores subcutáneos.

Digamos para terminar esta introducción, que estas teorías, en la época que nos atañe,
estaban cuestionadas, aunque no rebatidas ni superadas.

No todo en la medicina era apocalíptico, había connotaciones positivas. Los estudios


sobre la estructura del cuerpo humano, eran avanzados, gracias a la disección de
cadáveres. Existía una honda preocupación por el funcionamiento del cuerpo humano,
con escuelas de medicina, que investigaban la fisiología; se conocían los aspectos
principales del funcionamiento de los aparatos digestivo, circulatorio, respiratorio y
urinario. Se elucubraba sobre vitalismo y las leyes de la vitalidad, unas teorías nacidas
en Francia, que afirmaban; - que la capacidad para vivir estaba condicionada por un
caudal de energía almacenado en una serie de glándulas, que regulaban la longevidad;
mientras no surgieran contratiempos-.

También era muy positiva la preocupación en averiguar las causas de la muerte de las
personas, iniciándose una cierta costumbre en la práctica de las autopsias. Personajes
importantes de la época morirán con diagnósticos ajustados: Napoleón, Espoz y Mina.

Alguna luz en el camino habían encontrado médicos y boticarios con el descubrimiento


de dos medicaciones estrella: el láudano, una solución que contenía opio y que iba muy
bien para el dolor y la diarrea; y la quinina, la medicina de las medicinas, que habían
importado los jesuitas de Sudamérica, que ayudaba a bajar la fiebre y que servía para la
malaria y el paludismo.

Las soluciones de algunos metales estaba aportando utilidad en algunos males: el hierro
servía para la anemia, el cobre para las enfermedades de la piel, el mercurio contra la
sífilis, el cobre y el yodo para desinfectar las heridas.

Eran pocos los recursos terapéuticos, había hambre y penurias, así es que algunos
alimentos los consideraban medicinales, fundamentalmente como reconstituyentes, que
abrían el apetito y mejoraban el tono vital. Ese es el caso de los -caldos sustanciosos-,
hechos a base de gallina, arroz, y pan; los denominados - tónicos difusibles-, con vino,
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quinina, miel y membrillo, que se difundían desde el estómago a todo el cuerpo gracias
al vino; también - los cocidos poderosos-, a base de garbanzo, verdura y carne, con
efectos afrodisíacos y contra la depresión. Por citar alguno más; - la leche de pantera-
hecha con leche condensada y aguardiente o el -aceite hígado de bacalao-.

Mención especial a los poderes curativos de algunas hierbas y plantas que conocían bien
médicos y curanderos. A modo de resumen citaremos una serie de infusiones, jarabes,
tinturas o inhalaciones preparadas a partir de: corteza de sauce con ácido acetil salícilico
potente antirreumático; la dedalera tonificante del corazón; la cola de caballo para la
diuresis; melisa y manzanilla para ayudar a la digestión; belladona para diarreas;
eucalipto y menta para inhalaciones respiratorias, la valeriana como relajante, la canela
que ayuda a expulsar los aires, jengibre para estimular órganos sexuales; mandrágora
para dolores de cabeza y ayuda para dormir…

Los procedimientos diagnósticos eran rudimentarios, no existían rayos X, ni pruebas


analíticas de laboratorio, ni biopsias, ni nada que se le pareciera. Los diagnósticos eran
sumamente imprecisos: cólico, calentura, tisis, reuma…Como ejemplo la mujer del
pretendiente don Carlos había fallecido de calenturas malignas. En resumen una
medicina muy pobre y unos recursos limitados contra las enfermedades.

La gente era bastante pasiva, aceptaban las enfermedades comunes y la muerte con
resignación. Un ejemplo podía ser la tisis pulmonar (la tuberculosis pulmonar), una
enfermedad frecuente, que afectaba a muchos segmentos de la población, también a los
jóvenes, cursaba con tos crónica rebelde a cualquier medicación y recalcitrante,
acompañada de fiebre continua, que acababa con el adelgazamiento y la consunción de
la persona hasta la muerte. Entre medio, acontecían sangrados procedentes del pulmón
(hemoptisis) que ponían en peligro la vida de las personas. En Francia y París hasta se
consideraba enfermedad de moda, relacionada con una corriente cultural y con el
romanticismo

Otro tema más peliagudo eran las plagas y epidemias de los pueblos; estas no las
entendían ni las aceptaban bien. Unos se apoyaban en la religiosidad y pensaban que
eran “castigos de los dioses” y creaban las figuras de los Santos Sanadores,
intermediarios con la divinidad.

Otros al contrario echaban culpas donde podían. Concretamente en la epidemia de


cólera de Vallecas de 1834, acusaron a los curas de haber envenenado las aguas del río
Manzanares y la reacción de la población anticlerical no se hizo esperar: hubo una
matanza indiscriminada de religiosos y quema de iglesias y conventos.

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2-2 La situación de la cirugía en España. Doctor Argumosa

La cirugía estaba poco desarrollada en el país, todavía había muchos cirujanos


descendientes de barberos, meros artesanos del bisturí, con pocos conocimientos
científicos, aceptando se obreros menores de la profesión médica, pululaban curanderos
por doquier. La excepción podía ser la Armada que tenía organizada la enseñanza, -Los
Colegios de Cádiz y Barcelona-, para formar cirujanos, para atender las necesidades de
la Marina; por lo demás solo existían Cátedras menores de Cirugía. Faltaban pocos años
para descubrir el éter y el cloroformo que le darían gran impulso.

El cirujano más importante de la época era Diego Argumosa Obregón, Catedrático en


Madrid, considerado el verdadero restaurador de la cirugía española del siglo XIX, pero
su influencia no se dejará sentir hasta final de siglo. En su famoso tratado de cirugía del
tiempo, se decía entre otras cosas: -El enfermo debe ser intervenido en una sala especial,
el quirófano, fuera de la sala común de enfermos, ya que estos pueden sentir
impresiones desagradables y negarse a operaciones que precisen. Se operará de pié, con
el paciente tumbado en posición horizontal, en su propia cama o encima de una mesa
preparada al respecto-. Ideas de comienzo de la especialidad

La anestesia se hacía a base de aguardiente, Whisky o ron, la borrachera inducida, y


unas tiras de cuero para que mordiera y chillara menos era el procedimiento habitual.
Excepción especial en la persona de Dominique Larrey, cirujano de Napoleón, que
ensayaba otras formas de anestesia como el frío, nieve y hielo de apoyo a la
intoxicación etílica. Diego Argumosa escribirá sobre las ventajas de operar con paciente
desmayado o sin sentido: -El desmayo y pérdida de conocimiento por dolor o
hemorragia debe ser bien aprovechado por los operadores para completar con rapidez y
sin dolor las operaciones. Es un tiempo corto, que no se debe prolongar mucho, porque
habría más dificultades después para recuperar al paciente-. También se conocía el opio
que se daba de refuerzo, cuando se disponía del mismo

Siete años después de terminada la primera guerra carlista Argumosa hará su primera
operación con anestesia de éter en el Hospital San Carlos, recién inaugurado junto a la
estación de Atocha de Madrid y ya después nada será igual, todo cambiará, la sala
especial para las operaciones dejará de ser la sala de la tortura. Detrás de Argumosa
aparecerá, Federico Rubio y Galí y muchos más y la cirugía alcanzará el nivel de los
países de su entorno, pero eso será ya el final del siglo.

2-2ª El tratamiento de las heridas y el instrumental del cirujano.

Ya que hemos mencionado también la cirugía, aprovecharemos para contar el


tratamiento de las heridas de guerra de la época. Los conocimientos de la materia eran
precarios, pero muchos de sus principios basados en el sentido común, eran parecidos a
los actuales. Los primeros instrumentos de los cirujanos eran sus manos, dedos, uñas y
luego fue fabricando instrumentos para favorecer esa función.

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La evidente capacidad de corte que poseían los dientes humanos, se aprovechó para
fabricar herramientas con dientes incisivos de animales o con espículas de hueso
asentadas en soportes de bambú; la uña también se utilizó para raspar y hacer pequeños
cortes. Ya en la época que nos ocupa existían diferentes tipos de escalpelos y lancetas
para hacer incisiones en la piel

La primera medida en el tratamiento de una herida era hacer la hemostasia, es decir


contener la hemorragia. Había que ocluir o taponar los puntos sangrantes; la detención
de la hemorragia mediante la presión de los dedos, era un acto instintivo y eficaz; la
pinza que produce la presión del dedo índice sobre el pulgar, fue imitada al fabricar
pinzas hemostáticas; para retirarlas había después que aplicar una ligadura sobre la zona
pinzada; los emplastos taponaban los pequeños vasitos sangrantes.

El segundo punto era la limpieza de la herida No conocían la existencia de gérmenes


que contaminaban las heridas, ni sabían nada de antisépticos o antibióticos, pero
conocían que suciedad equivalía a infección, la llamaban herida mareada de disipula o
de pasmo, y por lo tanto las heridas de guerra había que limpiarlas bien.

El prncipal instrumento de limpieza era el dedo del operador, que retiraba los cuerpos
extraños y que exploraba los trayectos profundos de la misma, después se aplicaba
agua, agua oxigenada, vino y aceite. Las heridas de arma de fuego tenían encima otra
posible complicación: la intoxicación de pólvora, y por eso había que sacar las balas del
interior del cuerpo y abrirlas bien para limpiarlas del todo. El vasco Antonio Ibarrola
del Hospital San Carlos de Madrid era una excepción, no creía en la intoxicación por la
pólvora; había publicado un interesante estudio en 1796, sugiriendo tratar las heridas de
bala como todas las demás y pronto le siguieron todos.

El tercer principio del tratamiento era la ayuda que se podía prestar a la futura
cicatrización. Sobre la herida se había aplicado con anterioridad el aceite hirviendo, para
reducir sangrado y limpieza, pero se había suprimido porque no ayudaba precisamente a
la cicatrización; afortunadamente había sido sustituido por la aplicación de emplastos
con yemas de huevo, agua de rosas y trementina (resina de pino); también había tenido
su predicamento el denominado bálsamo samaritano, de antecedentes bíblicos con
aceite y vino. En la época en que nos situamos se utilizaban con la mayor frecuencia el
emplasto o cura de Maltas, el cicatrizante por excelencia, era un producto preparado a
base de flor de romero, manzanilla, aceite y bálsamo de Perú, con efecto añadido de ser
hemostático taponando los puntos sangrantes pequeños.

La sutura de la herida era el punto último; la costumbre era cerrar parcialmente las
heridas, no del todo, era preciso dejarle espacios abiertos para que pudiera expulsar los
malos humores que se formaran. Las primeras agujas eran alambres de acero rectos, con
una muesca para poder enhebrar el hilo y una finalización en punta; más adelante las
agujas se hicieron curvas con punta triangular para mejor penetración

Uno de los instrumentos habituales para cierre que empleaban los cirujanos de la época
eran las agujas o pasa-hilos de Auguste Reverdin, diseñados por un cirujano francés de
ese nombre, que consistía en un mango que se sujetaba con toda la mano, con una
prolongación de unos 20 centímetros; su extremo distal terminaba en curva y punta,
con mecanismo de atrape de hilo y suelta del mismo accionado desde el mando. Se

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utilizaban el hilo de pescador, de seda, o de cualquier producto de coser. El cirujano
atravesaba con la aguja de Reverdin, las zonas que quería unir y el ayudante le pasaba
después el hilo; se atrapaba el hilo y se retiraba la aguja hacia fuera, quedando sólo
pendiente del anudado.

La sierra con mango de madera es otro instrumento antiguo, que permanecía vigente
para las amputaciones de extremidades.

Los cirujanos trabajaban a mano descubierta, no se habían inventado los guantes de


goma y otro tipo de guantes, de hilo o hule eran muy incómodos para el operador.

La infección no grave de la herida, era la situación más frecuente y casi deseada, la


aparición del “pus loable” daba paso a la curación. Los hábitos más habituales era hacer
la hemostasia, quitar la suciedad, intentar extraer los proyectiles y dejar las heridas
semiabiertas, para esperar una cicatrización diferida. La septicemia mortal, el tétanos y
sobretodo la gangrena eran demasiado frecuentes, y más si se acompañaban de fracturas
de los huesos de la zona. La mortalidad de las heridas de extremidades era muy alta y si
afectaban a tórax o abdomen eran casi la norma.

A mitad del siglo XIX, el químico francés Pasteur, descubrirá la existencia de


microorganismos culpables de las infecciones, que era preciso hacer desaparecer de las
heridas y de los instrumentos quirúrgicos, nacerá el mundo de la asepsia y mejorarán
exponencialmente los resultados, pero para cuando esto ocurría la primera guerra
carlista ya había terminado.

2-2ª Diario de un médico de pueblo

Contamos esta historia, para seguir de cerca la medicina rural. En el diario del médico
del médico de Carmena, Juan Manuel Martín, se encuentran las andanzas de un galeno
de la época. Empieza el médico contando lo mal que le atiende su ayuntamiento, tanto
del punto de vista de sus necesidades como del cumplimiento de sus obligaciones, le
pagan mal y no le hacen caso de sus peticiones, no consigue comprar una lavativa para
ser utilizada por todo el pueblo, y el esteroscopio tiene que agenciárselo de su dinero.

Las principales enfermedades a las que tiene que atender son: fiebres catarrales crónicas
y consuntivas, acompañadas de tos rebelde a veces de pérdidas de sangre
(tuberculosis), las fiebres tercianas de larga duración, que si no se resuelven antes de
empezar los fríos duran hasta la primavera (paludismo) y las fiebres y diarreas con
estupor (tifus).

Se queja el galeno de la competencia que le hace el brujo del pueblo vecino, que prepara
una mezcla de sebo de lobo y huesos de muerto y que lo aplica como ungüento y en
forma de fricciones para todos los males.

Es tal su fe en las sangraciones, que ante la ausencia de ayuda, el mismo se aplica


sangrías, se corta unas venas del codo, por un episodio febril.

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Cuenta con detalle la curación milagrosa de uno de los primeros fusilados de la guerra
carlista. El sujeto en cuestión, un tal Alarcón recibió de rodillas una descarga de
disparos de un pelotón de fusilamiento, después fue rematado a sable, con una serie de
golpes que le dejaron la cabeza abierta como si fuera una naranja pelada.
Milagrosamente al ausentarse sus verdugos, dio señales de vida, recogido por damas
piadosas y curado por el médico salió adelante sano y salvo.

El médico Juan Martín le aplicaba sobre las heridas bálsamos resinosos, tenía balazos
que iban de parte a parte; uno de ellos aparecía por la zona del pulmón que respiraba por
la herida, con salida de un líquido sanguinolento con espuma y por último también tenía
cinco heridas punzantes de sable. Cada cura era casi una hora de trabajo. Después de
cada cura, el médico creía que se moría y el paciente mejoraba. En quince días se curó,
el doctor no daba crédito a lo que veía.

2-2b El curanderismo

En la época de la medicina con pocos medios, el curanderismo formaba parte del


entramado sanador y alguno alcanzará fama y dinero como tendremos ocasión de ver
más adelante.

Existían varios tipos de curanderos. Los curanderos tradicionales, que conocían el


oficio, sobretodo de la manipulación de huesos, que habían heredado de sus antepasados
algunos conocimientos sobre plantas medicinales y que con frecuencia competían con
los médicos. Los curanderos mentirosos, que se atribuían dones sobrenaturales y que
ejercían de manera oportunista, abusando de la buena voluntad de las gentes y de sus
continuas apelaciones a la religión, en la que no creían.

La religio-terapia tenía su lugar. Existían los frailes curanderos amantes de las ciencias
naturales y cultivadores en sus conventos de plantas medicinales y que muchas veces
ejercían para suplir la falta de médicos. Había también religiosos “iluminados”, que
actuaban entre el rezo, la imposición de manos, la hipnosis o la telepatía.

2-3 Pamplona y Navarra escenarios importantes de la Iª guerra carlista.

Las guerras carlistas tuvieron numerosos focos de comienzo de sublevaciones. En


realidad el alzamiento de 1833 a la muerte de Fernando VII, fue en principio una
sublevación pacífica no bien coordinada, con focos rebeldes en distintos puntos. El
primer general con mando fue Santos Ladrón que desde Valladolid se trasladó a
Navarra, después de haber “levantado” La Rioja; otros lugares fueron Bilbao en el
convento San Francisco, Orduña con Ibarrola, norte de Burgos con el cura Merino,

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Vitoria con Verastegui. Al principio sufrieron graves descalabros y el más importante el
del propio Santos Ladrón, que fue apresado y fusilado. El apresamiento del general se
produjo en Los Arcos, facilitado por una indisposición del mismo. Según se cuenta
estaba con fiebre y le dieron una pócima a base de vino y opio y el resultado fue que en
el momento más importante de la primera batalla, se encontraba en un estado lastimoso
abúlico sin reflejos ni iniciativa, que le llevaron a la derrota.

Todas las regiones españolas tendrían sus características de salud y enfermedad.


Navarra y Pamplona estuvieron en el centro de la I guerra carlista, hasta el extremo de
denominarse como -la guerra civil de Navarra-, también la guerra del Norte y la fase
vasca. El general Zumalacárregui diría que -Navarra sería el campo de batalla, donde
Madrid sería ganado o perdido-.

La zona de Navarra y Vascongadas, acabaría siendo el epicentro de la primera guerra


carlista, por dos hechos importantes, el primero la aparición de un gran estratega, en la
persona de Zumalacárregui que aglutinará en su entorno un gran ejército y en segundo
lugar la figura del Pretendiente don Carlos que desde Inglaterra se trasladaría a la zona
de máximo compromiso con la sublevación.

Para introducirnos en la medicina de la época, nos ha parecido oportuno, presentar


algunos aspectos sanitarios de una de las ciudades más importantes del conflicto, la
capital de Navarra.

Pamplona era una ciudad cuyos habitantes vivían dentro de sus murallas con una
población alrededor de 15.000 personas; una urbe que en cierta medida estaba
preocupada de aspectos elementales de higiene y tomaba sus medidas ante las
calamidades que se le presentaban. La ciudad disponía de un hospital principal, en el
extremo septentrión, el Hospital General de La Misericordia, constituido por salas
grandes con capacidad de más de 500 enfermos, que podría duplicar en momentos
determinados, con un gran patio interior, servicio de administración botica, almacenes.
El Hospital de Pamplona, situado en la cuesta de Santo Domingo, hoy Museo de
Navarra será un centro de referencia en la enseñanza y en la atención de heridos y
epidemias

La cirugía estaba poco desarrollada en el hospital y en el país. A finales del siglo XVII,
los pacientes pobres del hospital habían reclamado a las Cortes, unos cirujanos mejores
y más preparados para atender sus dolores. A mediados del siglo XVIII se creó la
Cátedra de Anatomía y Cirugía en el Hospital de Pamplona y sus frutos no se hicieron
esperar porque aparecieron promociones mejor preparadas de cirujanos que empezaron
a competir con los propios licenciados en Medicina, creándose algunos conflictos de
competencias.

Citaremos algunos acontecimientos puntuales que permitan tomar el pulso a la medicina


de Pamplona. Resulta sorprendente la inquietud de los médicos del Hospital de
Pamplona de la época, hacia las posibilidades de ayuda al diagnóstico de enfermedades,
mediante el estudio de los ruidos del interior del tórax y abdomen por medio del
stetoscopio. La Junta del Hospital de Pamplona proponía se comprase a Manuel
Borbón de Zaragoza sus remedios contra la tiña y a Pedro Fulloba un bálsamo
específico que había inventado contra el reuma

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La preocupación de muchos médicos es la prevención de las enfermedades infecciosas.
El médico de Elizondo, José Maioa escribe a las Cortes con sus tribulaciones y
propuestas. El documento versa sobre cuestiones médicas diferentes: Necesidad en
pasar la cuarentena a todos aquellos que vengan de sitios peligrosos de pestes o fiebres
amarillas… Hay que desalojar a los enfermos de lepra de las casas y llevarlos a
hospitales de secuestro…En el mal de la rabia hay que sacrificar al animal enfermo y
aislar al individuo mordido hasta que muera…La sífilis está mal atendida en el hospital
de Pamplona, donde solo tratan bien las gonorreas, habría que crear hospitales
específicos y luchar contra las casas de lenocinio.

El miedo a las enfermedades infecciosas es grande, hasta el extremo que las autoridades
de la nación con en visto bueno del Rey, han mandado circulares de obligado
cumplimiento para saber que hacer después de la muerte de un sospechoso de haber
padecido una de ellas: En una habitación se recogen todas sus ropas, muebles, cama y
demás utensilios y se le traslada fuera y se prende fuego. Después se pican las paredes
y se pintan con cal. Y sino se llegaba a cumplir estas órdenes había pena de cárcel para
los familiares más cercanos

Ya entonces existían líos judiciales y denuncias. El Protomédico Jacinto Sagaseta


denunciaba en un memorial, los excesos de algunos cirujanos al practicar abusivamente
las sangrías a pacientes sin consentimiento de los médicos. El cirujano Ignacio Páramo
era denunciado por preparar bebidas de caldo de víbora que administraba en pequeñas
dosis y con las que aseguraba curaba el cáncer. El cirujano Darrayoaga exponía a las
Cortes el inconveniente que significaba que existiesen castradores de la especie humana
y que se les permitiera hacer operaciones de quebradura (hernia); también se
manifestaba en contra que se permitiera ejercer de cirujanos, a hijos de carniceros de
oficio vil o que pudieran los drogueros vender medicinas. La Audiencia Territorial de
Pamplona, abre diligencias contra el cirujano de Cabanillas, por supuesta mala práctica
hacia un vecino de Fustiñana, fallecido de una herida punzante en abdomen con pérdida
abundante de humor bilioso.

En Navarra existía mucha preocupación por la mejora de la sanidad y en 1828 se creó El


Colegio de Medicina, Cirugía y Farmacia, una especie de Universidad local, que
organizaba las tres titulaciones diferentes, que de momento solo servía para ejercer en el
Reino; faltaban todavía unos años para que se igualasen los títulos de cirujano y médico.
Jaime Salvá fue su primer Catedrático- Director

Los estudios de cirugía eran ya bastante completos, los programas eran similares a los
del Colegio de Cirugía de Cádiz y Barcelona. En la cirugía existían tres escalas, el
mancebo cirujano que era un aprendiz, el cirujano romancista que estaba en prácticas y
el maestro cirujano que había completado unas enseñanzas superiores de Anatomía,
Fisiología, Patología y Terapéutica (sangrías, cauterios, ventosas, ligaduras, nociones de
química, botánica, técnica operatoria, operaciones de obstetricia y de apoyo a la
medicina legal).

La cirugía que se practicaba en el hospital era la llamada cirugía externa, de zonas


superficiales, sin entrar en cavidades y el objetivo que le movía estaba basado en el
principio de evacuar el pus, -Ubi pus ibi evacua-, abscesos, flemones, panadizos,

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forúnculos, inflamaciones de articulaciones y huesos eran los procedimientos más
frecuentes. El hospital no estaba preparado para la especialidad, las intervenciones se
hacían en la propia cama del paciente dentro de la sala general.

Una forma de muerte natural, para la que no había ningún remedio era el -cólico
miserere-. El terrible mal, que afectaba de preferencia a personas mayores y en menor
proporción a jóvenes, se caracterizaba por dolores fuertes y continuados de tripas, con
vómitos y falta de expulsión de ventosidades, dilatación del abdomen; en unos pocos
días había un grave deterioro del organismo, el pulso de debilitaba y enseguida la
muerte. Hoy conocemos que el cólico miserere eran una serie de enfermedades
diferentes, desde la obstrucción intestinal debida muchas veces a tumores de aparato
digestivo; pasando por infecciones internas (apendicitis, colecistitis) que evolucionaban
hacia una infección generalizada (peritonitis).

Pensar entonces en la cirugía era una utopía, los pacientes no tenía ninguna posibilidad
de superar el proceso, y si alguna vez se intentaba operar, el cirujano estaba mal
considerado; se veía como una forma cruel y hasta criminal de intentar acabar con la
vida de un semejante. En muchos de estos casos hoy se curan al 100% y en los casos
peores también hay índices altos de curación.

Cambiando de tema, comentaremos que la ciudad había mucha representación


gubernamental, y la consecuencia era un comportamiento oficial Liberal con
independencia de las opiniones del pueblo. Los Liberales tenían también el apoyo del
comercio alto, de las personas y familias más relacionadas con la Corte o con hijos en el
ejército, y en general clases pudientes. La tropa era reclutada por quintas y más
avanzada la contienda por medidas de presión y también algunos voluntarios

Navarra era una región pobre, con crisis agraria agudizada en estaciones, con falta de
labores y ocupaciones para la gente joven, con muchos jornaleros con sueldos en el aire
en parte por culpa de las epidemias y guerras anteriores; este era el caldo de cultivo que
arraigaría entre los carlistas. Algunos se apuntarán a la guerra por sus ideas de tipo
monárquico, pero muchos más, para mejorar su situación, tener un sueldo más seguro y
ración diaria de comida El prototipo de soldado carlista según Santos Escribano era el
jornalero soltero, seguido de los funcionarios del antiguo régimen (escribientes,
secretarios), los pequeños artesanos tradicionales (zapateros, cardadores de paños) que
pasaban grandes dificultades y una parte del clero rural de baja graduación. Habría otras
adhesiones a la causa, más tardías y casi obligatorias, debidas a la presión, que
ejercerían los mandos carlistas en las zonas de dominio.

Ramos Martinez nos ha presentado un mosaico de las penalidades de la ciudad, de


algunas enfermedades médicas de la población y tropa, que nos ha parecido constituye
una buena introducción. Habla en principio de una epidemia respiratoria a finales del
siglo XVIII, que comienza en forma de catarro- gripal, y que se complica después con
tabardillo (fiebre aguda petequial, malestar general) y delirio; afecta a gran parte de la
población con mortalidad no muy alta. Da a entender ser una epidemia respiratoria
aguda más grave que las habituales.

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Los médicos Manuel Ortiz y Rafael Garde, citan dos epidemias separadas en unos años
de lo que llaman Calenturas intermitentes: fiebres intermitentes, dolor de cabeza, diarrea
e ictericia, que se presenta de preferencia en las épocas cálidas, que no aumenta
demasiado la mortalidad, atribuida al contagio de animales domésticos. En realidad
estaban hablando del paludismo.

Una enfermedad que ya preocupaba entonces y de la que vamos a hablar mucho, son las
calenturas malignas, o fiebres pútridas, o diarreas pestilenciales, o simplemente tifus;
responsables de las muertes de 1.500 personas en dos años, del 73,5 por mil de la
población adulta y que se atribuye a la entrada en la ciudad y trasiego de miles de
soldados.

En los estudios de medicina de antaño, el término de fiebres pútridas, es una


denominación confusa, que agrupaba a varias enfermedades antes juntas y actualmente
diferenciadas, que fundamentalmente van a comprender el tifus o fiebres tifoideas y
también el tifus exantemático, enfermedades que cursan con diarreas profusa y estupor;
el primero de contaminación del agua de consumo y el segundo a través del piojo y
pulga que hacen de vector de la infección. Esta última es más aparatosa, de evolución
más rápida con la aparición de manchas cutáneas. Ambas enfermedades se confunden
entre si, sobretodo desde el punto de vista de la nomenclatura, se presentan muchas
veces conjuntamente, las dos epidemias al mismo tiempo, lo que todavía desorienta más
y tienen mucho que ver con la falta de higiene y el pobrerío.

La presencia de la enfermedad y su gravedad, es tan importante en la ciudad, que se


crean hasta siete hospitales para poder atender a los enfermos de tifus.

Se culpa del mal, al hacinamiento de la población y a los soldados, que no encontrando


espacio para excrementar, lo hacen en las murallas en las calles y hasta en la misma
Taconera. Algunas casas de Pamplona tienen pozos negros para contener las aguas
sucias de sus moradores; las más afortunadas tienen desagües hacia corrientes de agua
que la llevan hacia el río; en demasiados domicilios no tienen nada y el contenido de los
orinales se vierte directamente a la calle. Pero lo que no tiene de ninguna forma la
ciudad es la infraestructura para albergar un gran contingente de soldados y durante
mucho tiempo. Por eso no es extrañar la epidemia de tifus y su gravedad.

Las autoridades sanitarias no permanecen paradas ante estas calamidades. En las


fiebres tifoideas se propone llevar a los enfermos a otros pueblos cercanos bien
ventilados, se aprovisiona la ciudad de alimentos frescos proporcionados a la población
real, se insta al Ayuntamiento a mejorar la limpieza de calles, lucha contra la
mendicidad, control de los emigrados; así mismo existe un matadero en la ciudad y unas
normas de selección de animales y eliminación de los sospechosos de enfermedad,
también normas para enterrar el ganado muerto fuera de la ciudad, invitación a los
habitantes a sacar sus fiemos extramuros, rogativas a San Fermín para que calmen las
enfermedades.

Nadie sospecha que mucha de esa fiebres pútridas están producidas también por la falta
de higiene y por el exceso de piojos (de cabeza, ropa y pubis), de pulgas y de ratas, estas
últimas, no directamente sino a través de las pulgas. Alguna intuición tenían los
facultativos, porque hablaban de las fiebres de las cárceles. Uno de los reclusos contaría

Crónicas médicas de la primera guerra carlista (1833-1840).


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que era corriente en su aburrimiento carcelario dedicarse a matar piojos, una vez llegaría
a contar hasta 50 en un par de horas.

Otra epidemia que amenaza de cerca de Navarra es la fiebre amarilla, también


denominada fiebre de Barbados, plaga americana o vómito negro, enfermedad
importada por soldados procedentes de Sudamérica; era más el miedo que la realidad.
En la primera quincena de siglo habrá varios brotes en Andalucía, Levante y Barcelona.
Es una enfermedad que al principio cursa como una gripe (escalofríos, fiebre alta, dolor
de cabeza, dolores musculares) y puede quedar solo en eso, pero luego aparece la fase
tóxica de la misma con la ictericia, diátesis hemorrágica en encías, piel y estómago
(vómito negro) y muerte por fracaso renal.

Se tiene tanto miedo a la epidemia que se monta un servicio de guardia de la entrada de


las murallas de Pamplona y a todos los que vienen de la zona sospechosa se les obliga a
estar en cuarentena dos a tres semanas en casas habilitadas con ese fin en extramuros.
Un médico español Codorniú ha minimizado la epidemia, trasladando la tropa
procedente de América de la cercanía del mar a la montaña, una especie de cuarentena
en la sierra.

La situación de la ciudad con respecto a la fiebre amarilla era como se ha dicho de


miedo y pavor; en realidad no se presentó ningún caso claro de la enfermedad, aunque
algunos procesos respiratorios agudos pudieron ser manifestaciones leves de la misma.
Es posible que las medidas adoptadas por las autoridades sanitarias, evitaran la
aparición de la enfermedad, que por otra parte tenía el inconveniente del clima para su
completo desarrollo. Quedaban muchos años para averiguar el papel del mosquito
como trasmisor del virus de la enfermedad, y este insecto resistía mal el frío y la altura.

La peor de las epidemias era el cólera morbo europeo, que afectaba a Europa y que tuvo
brotes en España, especialmente en Vallecas en Madrid, no se cebó especialmente en
Pamplona, aunque se presentaron casos aislados en la ciudad y provincia, en los pueblos
cercanos al Ebro. Casos graves y floridos y otros menos claros denominados “colerín”.
Se tiene tanto miedo a la enfermedad, que en octubre de 1834 se retrasa durante mes y
medio el comienzo del curso escolar. Algunos casos etiquetados como cólera morbo,
podrían haber sido alguna variedad de diarreas pútridas. A este tema le dedicaremos una
atención especial más adelante

Podríamos afirmar a modo de resumen, que dentro del capítulo de las epidemias de los
tiempos de las guerras carlistas; Pamplona y provincia se defendieron bien de la fiebre
amarilla, bastante bien del cólera y muy mal del tifus.

Conviene aclarar que Pamplona era una ciudad con una cierta estructura de
acondicionamiento: un suministro principal reciente de agua del sur de la zona de
Subiza a partir de un acueducto en Noain, y un vertido de las aguas mayores y menores
de las personas al río Arga después de pasado en denominado molino de Caparroso

2-3a Otras alusiones.

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Otras alusiones a las enfermedades de la época pueden apreciarse en la obra del gran
novelista y doctor Pío Baroja, “Zalacain el aventurero”, ambientada en la guerra
carlista:… Carlos Ohondo, “el rival” estuvo convaleciente del cólera y de la rabia,
Martín Zalacaín falleció de una bala de fúsil en la espalda y el padre de Martín,
labrador, muerto en una epidemia de viruelas… En otra obra genial –Aviranera-, el
conspirador sufre de reumatismo, le resulta perjudicial esconderse en cuevas húmedas, y
acude a refugiarse en la casa del párroco de un pueblo de Soria…Muere de viejo a los
80 años, una situación inusual, para cualquier individuo, mucho más si ha participado
en varias guerras.

Resucitamos también un escrito nuestro que hace referencia a la mentalidad de los


hospitales antiguos.

2-3b El hospital del “aire acondimentado”

Esta es una historia trasmitida del boca a boca de nuestros mayores y la añadimos en el
contexto para enteder algo más de los hospitales antiguos.

La tía Ángeles, era una anciana resumida de cabeza lúcida, postrada en una silla de
ruedas, con gafas oscuras que ocultaban unos ojos cansados de tanto mirar…En sus
años de esplendor, con sus zapatos de punta y tacón, había disfrutado de una estatura y
figura interesante y unos ojos azules que a más de uno le hicieron bajar la mirada.

La primera vez que la tía Ángeles visitaba un hospital, lo hizo, acompañando a su


abuelita, doña Adela, una mujer lista como pocas, pero enferma de - mala circulación-.

El galeno que la atendía, preguntó a doña Adela, seguramente para conocer su estado
mental: ¿Cuántas son dos y dos?

-Hasta ahora eran cuatro, pero tal como ha subido la vida, ya no me atrevería a
pronunciarme-, contestaba la interpelada.

Doña Adela quedó ingresada, no por su estado mental, que según el médico era
correcto, sino por la enfermedad de azúcar descompensado. Estuvo hospitalizada tres
años, hasta su fatal desenlace, y al producirse su óbito le acompañaban los mismos
compañeros de pabellón del primer día.

Y es que eran otros tiempos, el hospital no era un centro de entrada por una puerta y
salida por la otra y en el intermedio desposeído de una vesícula o cataratas; era un
hospicio como Dios manda, donde los internos convivían, cuidaban la salud y residían;
era su segunda casa y algunas veces su primera.

La tía Ángeles recuerda de aquellos tiempos, con cariño, a Inmaculada, una andaluza
ciega, ingresada de por vida, que respondía a la sociedad planchando por su voluntad la
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ropa de los internos; a Jacinto, un tísico recuperado al que ya no medicaban,
domiciliado en el centro `por propia voluntad, que ejercía de fotógrafo oficioso del
hospital y de sus eventos, con revelado incluido en blanco y negro; a Margarita “la
coja” ,de espalda torcida, que sustituía a las cocineras los días de fiesta.

Por encima de todo recordaba a Fermín “el triste”, el que compraba por seis pesetas
comisión incluida, los trajes de chopo y las cajas de pino, - los ataúdes-, para dar cobijo
definitivo a los enfermos crónicos del hospital, que habían decidido pasar a mejor vida,
después de muchos años de internamiento.

Especialmente bonito era el ambiente en las fiestas de la Navidad. Los pacientes junto a
un niño Jesús de tamaño natural, regalo de la madre priora, compartían villancicos,
cantos profanos, brindis, tortilla de patatas, besos y parabienes; con enfermeras,
“pinches”, matronas, cuidadoras, limpiadoras… Y también con algún que otro allegado
despistado que aparecía de improviso. Era lo que la tía Ángeles denominaba ambiente
entrañable de “aire acondimentado” y también de “familia redundante”.

Ella era en parte culpable de tanta alegría; eran épocas en que no estaba prohibido
aportar comidas y bebidas a los pacientes; y el día de Nochebuena, la tía Ángeles hacía
de Melchor y de ratoncito Pérez a la vez y dejaba debajo de la almohada de cada interno
unas botellas de rayito de sol, vino quinado y sidra champanada. Doña Adela también
tenía su parte de culpa, al sugerir al “triste”, el de los ataúdes, que mezclara todo en un
puchero, -la pócima celestial- y que lo ofreciera generosamente para su degustación.

Algo de especial tenía el famoso elixir, para que el capellán, que solía sumarse a la
fiesta, hablara solo al comienzo de la reunión, antes de repartir la pócima; daba gracias
al Señor por los dones y recordaba a todos que el niño Jesús, que nació pobre y murió
joven en la cruz, no llegó a disfrutar nunca de tanta y tan alegre compañía.

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Addendum
Una referencia previa obligada: Dominique Larrey, cirujano de Napoleón

Hacer un prólogo a la medicina en la I guerra carlista con la figura de Larrey, es


obligatoria, porque el ilustre cirujano francés estuvo en la guerra de La Independencia
de España contra Napoleón, 25 años antes de la contienda mencionada; sin embargo
esta presencia pasó desapercibida, no estaban preparados, los profesionales españoles,
médicos y militares para asimilar conocimientos tan avanzados.

A Larrey se le considera uno de los cirujanos mundiales más importantes del siglo XIX.
El duque de Welington, que les derrotó en Waterloo dijo de él: -Pertenece a una era, que
desde luego no es la nuestra-. Napoleón en su testamento de 1821 dejó escrito en su
referencia: “C´est l´homme le plus vertueux que j´ai encontré; il a laissé dans mon esprit
l´idée du veritable homme de bien”-.

Dominique Larrey acompañó durante 16 años a Napoleón, en calidad de Cirujano de la


Guardia Imperial e Inspector del Ejército francés y también le nombraría Barón de
Larrey, en atención a sus numerosos méritos. El general lo incorporó en 1795 en las
campañas de Italia y es seguro que estuvo en España en 1808 durante once meses a la
edad de 42 años; también participo en la debacle de Waterloo y en la retirada de las
tropas francesas de Rusia. Se dijo de él que su valor en la batalla era equivalente a
10.000 soldados y también que era el mejor amigo del soldado combatiente.

Nació en Beaudéan, Hautes Pyrenées, cerca de Bagneres de Bigorre en 1766, se dedicó


a la cirugía por influjo de su tío Alexis, cirujano del hospital de Toulouse y antes de
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acompañar a Napoleón fue cirujano ayudante del Hospital Hotel Dieu de París en el
servicio de Pierre Desault.

Sus primeros resultados espectaculares los obtuvo en la batalla de Wagran, donde hubo
2000 heridos de su ejercito, de los cuales, 600 volvieron al cabo de un tiempo a los
campos de batalla, 250 fueron repatriados a París y entre ellos 70 amputados de
extremidades y solo fallecieron 45 equivalente a un 2%. Unas cifras absolutamente
positivas, que dejarán en evidencia a la guerra carlista y a la guerra civil española cien
años después

Estos resultados tenían un valor extraordinario, porque eran las épocas en que los
heridos que no llegaran por su propio pie al centro de socorro de retaguardia, podían
darse por muertos, bien por su evolución normal o por el fusilamiento del ejército rival.
En las normas de Napoleón, los soldados debían esperar a que terminara la batalla y al
día siguiente se recogían y trasportaban al hospital más próximo. Larrey vio la fatalidad
de esta práctica, llegó a la convicción que era un tiempo suficiente para que la mayoría
de los enfermos fallecieran sin llegar a recibir ningún auxilio y la cambiaría
radicalmente. Trabajador incansable y gran organizador consiguió en el ejército de
Napoleón que sus heridos fueran atendidos por un equipo competente a los 15 minutos
de producirse la lesión.

Fue herido en dos ocasiones en el ejercicio de su profesión. La primera en la batalla de


Landau, recibió un tiro en una pierna mientras estaba operando y prosiguió la
intervención sin inmutarse; solo después de terminada la intervención que estaba
realizando permitió ser atendido.

En la batalla de Waterloo, fue herido, mientras cumplía sus obligaciones y hecho


prisionero. Prepararon su fusilamiento; fue reconocido por un cirujano militar
prusiano, discípulo suyo, e inmediatamente indultado en atención al reconocimiento
universal a sus aportaciones a la cirugía de urgencia.

Murió a los 76 años de una neumonía; se encontraba jubilado, aunque realizando alguna
labor; la muerte le sorprendió a la vuelta de Argelia, después de un viaje de inspección a
hospitales militares.

¿Qué hizo Larrey ?

Son muchas las aportaciones personales, fruto de sus observaciones, inteligencia,


capacidad de liderazgo y de la sincera compasión que le producían sus congéneres
heridos.

Eran una cadena de medidas y actuaciones que no se podían desligar unas con otras. En
primer lugar organizó unos grupos sanitarios, formados por más de 300 personas a su

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servicio entre cirujanos, farmacéuticos, camillas y camilleros, dispuestos a actuar en el
mismo campo de batalla, preparados para desplazarse según las necesidades de un lado
para otro de la acción. No empezaba de la nada, unos años antes otro cirujano militar
francés Percy, había creado el cuerpo de auxiliares sanitarios para recoger los heridos y
darles los primeros auxilios

En segundo lugar, la atención al herido, se prestaba en el lugar donde se había


producido la herida, no más tarde de 15 minutos de haber recibido el impacto, y allí se
tomaban las primeras iniciativas, para curar al paciente y evitarle complicaciones,
sobretodo si había gran herida o fractura abierta con salida del hueso. El tipo de
actuación era diferente según las lesiones.

Si un miembro estaba destrozado sin posibilidades de recuperación, se procedía a la


amputación de la extremidad en el mismo campo de batalla, eran amputaciones rápidas
de miembros que estaban colgando y lo que realizaban era regularizar la zona de
amputación; hacía amputaciones en cono, largas de piel para tapar y más cortas en el
hueso. Se hizo famoso su “corte de maestro” en la amputación de la pierna. Empezaba
por detrás del muslo y proseguía hacia delante, sin detenerse, con un hábil cambio en el
agarre del cuchillo.

Larrey había estudiado el tétanos y la gangrena gaseosa, complicaciones mortales de las


heridas como las que acabamos de relatar, (de hecho una de las variedades de tétanos se
conocería en el mundo como enfermedad de Larrey) y la amputación era su mejor
prevención; era una cirugía que realizaba por reflexión personal y pensando solo en el
porvenir de los pacientes.

Con los miembros contundidos y la rapidez en la operación, apenas les daba tiempo a
los soldados a quejarse. La anestesia que se empleaba era la borrachera inducida con
ron, una tira de cuero para morder y la aplicación local del frío, cuando era posible.
Muchos soportaban mal el dolor y se desmayaban y otros lo toleraban estoicamente,
como un militar que al terminar la amputación del brazo, le pidió que se lo devolviera
que tenía el anillo que le había regalado su mujer. Larrey solía hacer personalmente
alrededor de 200 amputaciones por batalla en 1 minuto de tiempo cada una.

Un segundo grupo de intervenciones eran: Desbridamiento de las heridas anfractuosas.


El término desbridamiento fue introducido por Joseph Desault, el jefe de cirugía de
Larrey en el Hospital Hotel Dieu de París y significa una exploración profunda y
completa de la herida hasta sus últimos rincones, seguida de una serie de actuaciones, en
las que se eliminan cuerpos extraños (trozos de ropa o tierra), tejidos desvitalizados,
restos necróticos; realización correcta de la hemostasia (cohibir las hemorragias);
lavados con aplicación de antisépticos locales para desinfectar, (Stirax preparado a base
de malvavisco), colocación de apósito en la herida impregnado de vino, encima de una
herida que la mayoría de las veces se dejaba sin cerrar, esperando una infección leve de
la misma, seguida de una cicatrización por segunda intención. Se colocaba al finalizar la
operación una inmovilización de la extremidad lesionada, sobretodo si había fractura.

Estos lesionados se trasladaban en ambulancias volantes o veloces, diseñadas por


Larrey, y se evacuaban a hospitales de retaguardia donde se proseguía la atención. Las

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famosas ambulancias eran unos carros preparados para llevar de dos a cuatro pacientes,
tirados por caballos y se aprovechaba la retirada o los movimientos del ejército para
ponerlos en marcha. Cada ambulancia llevaba un médico y personal para atender a los
pacientes, así como provisiones de vendas y opio. Tenían unos colchones de pelo de
caballo, sobre unas guías o raíles, y las paredes del carromato acolchadas, con unas
bolsas para las medicinas. La cama, se podía sacar del carro, colocarla en un sitio
cómodo y operar al paciente. Cuentan la anécdota del duque de Welington, que
observando en la batalla de Waterloo un ambulancia francesa, se informó de su
objetivo, ordenó no se le disparase y saludó militarmente al avance de la ciencia.

Larrey solía organizar en las grandes batallas, tres grupos de 15 cirujanos y doce coches
de caballos, y operaban las 24 horas del día ininterrumpidamente. La prioridad de la
atención la daba el caso clínico, la gravedad de la lesión, nunca el rango del herido;
también atendía a los soldados enemigos que cayeran en su jurisdicción.

Eran muchos los conceptos novedosos que introdujo Larrey en el mundo y poco a poco
en años y en siglos fueron dando la razón: Atención especializada prehospitalaria,
acortamiento de los tiempos de respuesta, clasificación de los heridos según gravedad
(triaje: término introducido por Larrey), para priorizar la atención, tratamiento definitivo
desde el principio, presencia médica en el lugar del herido.

Larrey se hacía acompañar por médicos de otras especialidades que también atendían a
la tropa, y que le ayudaban en el estudio de las enfermedades del colectivo; el caso más
destacado es el de René Desganette. De todas las campañas extraía nuevas
consecuencias y planteamientos.

El primer contacto con la peste bubónica, la más cruel de las epidemias, fue en la
campaña de Napoleón en Egipto con 40.000 hombres. Dos siglos antes en Europa, la
peste había producido la muerte a un tercio de la población. La llamaron los franceses la
“peste negra” nombre que procedía de los hematomas negros, de las piernas negras con
gangrena, que se producían en el cuerpo de los afectados antes de morir; y también del
hedor insoportable, pestilente, que despedían las lesiones; tenían también estos
pacientes graves diarreas, por eso se incluían entre las llamadas diarreas pestilenciales
del Oriente. La transmisión de esta terrible enfermedad, para Larrey, no estaba sólo en
el hedor y la tristeza, como se creía entonces, había otros componentes, cercanos a la
falta salubridad y de higiene, a las enfermedades de animales domésticos y otros
ocasionales o en la cercanía de las personas. En esa campaña se hicieron algunos
experimentos de formas de contagio, usando a los prisioneros. No llegaron a imaginar a
las ratas y pulgas como vectores de una bacteria que producía la enfermedad, pero se
tomaron medidas que minimizaría el contagio.

También tuvieron ocasión de analizar numerosos casos de escorbuto, enfermedad


frecuente entre tropas desplazadas y marinos de largas travesías, la llamaban también
“la peste del mar”; la enfermedad cursaba con debilidad muscular generalizada, encías
hinchadas con hemorragias, caída de pelo, y hematomas por el cuerpo. Enfermedad
muchas veces mortal, debida, según se especulaba a la sangre corrompida. Larrey supo
relacionar esta enfermedad con la de los marinos y aplicar el tratamiento “limely”, que

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significaba bebedores de limón. No sabían cual era la causa del escorbuto, pero sí que se
curaba con los cítricos.

De la guerra de la Independencia en España, en la Armada Murat, sacó también sus


consecuencias a pesar de definirla como “horrible et inexpiable guerre d´Espagne” y de
estar en desacuerdo con las actuaciones y las atrocidades de alguno de sus generales,
que no supieron estar a la altura de la ausencia de Napoleón. Trabajó intensamente en
las técnicas de las amputaciones de extremidades, porque los españoles ponían
explosivos al paso de los carruajes. Conoció de cerca las congelaciones de pies y manos,
como consecuencia de los fríos intensos de las serranías; observó la acción anestésica
local del frío, y la aplicó como ayuda en sus operaciones. Atendió miles de casos de
tifus, que le hicieron experto en el manejo de la enfermedad.

En la guerra de Austria (Wagran), después de la española, Larrey, utilizó las larvas de


mosca verde (lucilia sericata) en el tratamiento de algunas heridas, en su fase de
cicatrización, después de vencidas las infecciones. Las larvas comían el tejido muerto,
no les gustaba el vivo, y liberaban una sustancia la alantoína con propiedades
regenerativas, mejorando los procesos cicatriciales

Escribió 4 volúmenes sobre “Memoria de la cirugía Militar” donde se explicaba gran


parte de sus técnicas operatorias y experiencias. Entre sus páginas se encuentra el
nombre del autor unido para siempre con una serie de procesos: La descripción de la vía
de Larrey (detrás del xifoides y esternón), camino para el drenaje de hemopericardios y
asiento de hernias abdominales hacia el tórax (hernias de Larrey); la técnica de Larrey
para la desarticulación operatoria del hombro; la enfermedad de Larrey aplicada a una
variedad de tétanos de componente faríngeo y esofágico; el triaje de Larrey, la
clasificación de los lesionados según gravedad; y otras cosas muy interesantes como las
técnicas de reconstrucción de la lengua o el tratamiento de las heridas del tórax.

Es muy difícil para el autor sustraerse a la admiración que siente por tan ilustre
representante de la ciencia quirúrgica, y pasar solamente de puntillas por su vida. Estaba
obligado a citarlo, aunque su paso por España fue anulado, por la euforia de la victoria
sobre los franceses y por el deseo de pasar página de las penalidades que la presencia
de su ejército impuso en el país. Se tardarían muchos años en asimilar las enseñanzas de
Larrey, desde luego no sería en la primera guerra carlista. Nicasio Landa en la tercera
hizo aportaciones en el mismo sentido de Larrey. Es duro reconocer que una parte de las
enseñanzas de Larrey no fueron incorporadas hasta la guerra civil española de 1936

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