Está en la página 1de 20
PARERGON SEGUNDA EDICIÓN DEL „ MERCADER DE ILUSIONES ” JUAN CARLOS HERKEN 2016

PARERGON

SEGUNDA EDICIÓN DEL MERCADER DE ILUSIONES

JUAN CARLOS HERKEN

2016

PARERGON

A My., antes en Londres, y ahora en Tel Aviv, quien siempre creyó en esto y en otras cosas. A Ma., antes en Londres y ahora en Santiago de Compostela, a M.L., en París, a A.G., en París.

Ein Schriftsteller, der eilt, heute und morgen verstanden zu werden, läuft Gefahr, übermorgen vergessen zu sein.

El escritor que se apura, de manera a que se lo entienda hoy y mañana, corre peligro de ser olvidado pasado mañana.

Johann Georg Hamann (*17301788)

ÍNDICE

I. DE LAS DIFERENTES MANERAS DE COMPLICARSE LA VIDA II. DE ALGUNOS SECRETOS DE LA NOVELA, EN LA NOVELA Y FUERA DE LA NOVELA

I. DE LAS DIFERENTES MANERAS DE COMPLICARSE LA VIDA.

Existen varias maneras de complicarse la existencia. La elección de un estilo para hacerse la vida difícil a uno mismo es algo que refleja en forma imperfecta, como siempre, tanto al individuo en cuestión como al contexto que él representa, o en el cual él se mueve. Pero en este caso específico ya daremos mayores detalles expresa a su vez las peripecias de todo tipo de trabajo con pretensiones artísticas.

Una manera de complicarse la vida es la que el autor eligió cuando decidió escribir y peor aún publicar la novela sobre la que trata este Parergon. El comienzo fue simple, y de ninguna manera anunciaba las inverosímiles complicaciones que habría de sufrir tan modesto objetivo. La concepción de una obra literaria, o de manera potencial con tales intenciones, es para un autor masculinolo más próximo al proceso de embarazo de una mujer, dejando de lado las sorpresas que nos podría deparar la tecnología. Uno recién se da cuenta de que algo ha sido concebido cuando se escuchan gruñidos extraños y pataleos desacostumbrados.

El primer indicio tuvo lugar allá por 1981. El autor se despierta de pronto con una imagen un ómnibus, una partida, un camino de tierra y esa revelación es tan fuerte, que lo obliga a uno a sentarse y a escribirla. Queda una media página, que será archivada u olvidada. Uno cree que aquello que salió ya no existe, pero se equivoca. El embrión sigue creciendo, y se manifiesta de pronto con sueños confusos, pesadillas inexplicables, diálogos que aparecen garabateados sobre la pared, tomas fotográficas que no han sido reveladas, pero de las que ya se guardan los negativos en el cerebro. El primer signo de que algo serio está tramándose sin que se pueda controlarlo es que algunas de estas escenas se repiten, y uno comienza a memoriza las frases.

Para 1985, el embarazo es irrefutable. Ya no se puede esconder la barriga. Y empieza el problema de la direccionalidad. Es decir, uno pretende o por lo menos cree poder dirigir las señales que le vienen de ese animalito en estado embrionario. Tarde, mucho más tarde, el autor se daría cuenta de que lo que uno hace en realidad, es poner signos en un cruce de caminos, letreros indicando las cuatro direcciones posibles. Pero el que escoge la senda final es el animalito. Existen circunstancias exteriores que influyen de manera determinante. En esa época el autor se traslada por algunos años de Inglaterra a Alemania, y habiendo culminado a su vez sus estudios universitarios, aprovecha la ocasión para dedicarse en forma intensa a la lectura de textos filosóficos y literarios.

El parto tuvo lugar en una tarde de primavera en Londres, en 1988. Sentado en su escritorio de un edificio enfrente de la Tavistock Square, una institución en la que el autor gozaba de una posición honorífica y rimbombante que tanto gusta a los ingleses, y a otros, convulsiones internas de una intensidad sin paralelo obligaron a colocar una hoja en

blanco en la vieja máquina de escribir Underwood, que pesaba algo así como veinte kilos.

En medio de una austera habitación sin cuadros, la pintura en las paredes ya desgastada y acompañado por los estruendos metálicos de las teclas que remolineaban como avispas atizadas, el autor vomitó eso mismo: vomitó siete páginas mecanografiadas, en cerca de tres horas, las que quedaron esparcidas al final sobre el piso, cadáveres inconscientes de la gran batalla que acababa de tener lugar, aún humeantes, mientras el responsable, a su vez estratega, general y soldado, reposaba, exhausto, como es de esperar después de un parto, con la cabeza sobre la mesa, y mirando el jardín interior, en el que algunas tímidas flores moderaban el verde seco que caracteriza a los alrededores de Bloomsbury. Tamaño batifondo no podría dejar de llamar la atención a los otros ocupantes del edificio, y el golpeteo en la puerta seguido por la pregunta "Sir, is there anything that matters?" de la secretaria de la institución constituyeron un justo llamado de atención para retornar a la realidad, si bien uno acababa de salir de la realidad que con toda probabilidad importa más que las otras.

Sí, había algo de importancia, pero era difícil explicarlo. Las siete páginas mecanografiadas en aquella tarde constituyeron el núcleo central del capítulo décimo de la novela, y habrían de permanecer como tales hasta el final, con muy escasas modificaciones. En la modesta opinión del autor, que como comadrona del texto algún derecho tiene a opinar sobre el mismo, esas páginas siguen gustando tanto como antes.

Pero los problemas recién comenzaban. Cuando uno se encuentra de pronto con un bebé invisible, al que tiene que llevar de la mano a donde uno vaya, aparecen graves problemas logísticos. Mismo si uno no lo

desea, el bebé habrá de crecer, pedirá comida, clamará por atención, caerá enfermo, se tropezará, llorará, se reirá. Confrontado con esta inesperada paternidad, hay que llevar las cosas hasta las últimas consecuencias. Es decir, por ejemplo, faltaba el final y el comienzo, y lo que viene entre los dos extremos. Es decir, faltaba casi todo.

En los meses que siguieron el auto jugó con varias ideas y algunas escenas que posteriormente pertenecerían al capítulo segundo. La imagen que queda en la cabeza es de horas pasadas en un café a orillas del Támesis, frente al National Film Theatre, retocando y acicalando con bastante esfuerzo frases y párrafos que, por motivos que el autor desconoce, se resistían a ser integrados dentro de un texto. De hecho, el capítulo segundo es el que más dolores de cabeza dio al autor, el que más fue revisado, y el que, aun ahora, menos le satisface. La curiosidad consiste en anticipar la opinión que se tendrá dentro de veinte años.

Se planteó entonces la necesidad de encontrar una guarida, con un corralito para el animalito. Dos opciones se ofrecían como las más viables. Londres o Hamburgo. En la primera se contaba con el problema de que uno de los secretarios de la institución donde se encontraba el autor parecía haberse dado cuenta de los criminales propósitos de escribir una novela. Husmeaba por el cerrojo de la puerta, revisaba los tachos de basura e investigaba con las otras personas si no se habían dado cuenta de que el académico se encontraba involucrado en proyectos literarios. Se eligió la segunda, en parte debido al ofrecimiento de una infraestructura adecuada, con una computadora poderosa, pero a su vez por la cuestión del idioma. Habiendo vivido muchos años en Inglaterra, el inglés se había convertido en un instrumento poderoso, que reclamaba la más mínima atención, y bosquejos literarios del autor en la lengua de

Shakespeare existían por doquier. El mismo problema se podría presentar en Alemania, pero la línea de demarcación era más clara. Es posible coexistir con una amante y una esposa, por lo menos en áreas poco conexas con las relaciones afectivas entre personas, pero si aparece una tercera, el hogar de uno amenaza con convertirse en una casa de tolerancia, con todas las de Caín que uno puede imaginarse. Vivimos en una época pluralista, pero hay que saber respetar los límites.

Fue así que entre octubre de 1988 y febrero de 1989 se escribió el cuerpo fundamental de la novela, incluyendo el postfacio, en sesiones de trabajo intenso, que obligarían a recordar lo dicho ya por muchos, que este debe ser uno de los trabajos más duros, menos remunerativos y más ingratos del mundo. Pero uno sólo puede hacerlo si obtiene cierta satisfacción personal. Es decir, si uno se divierte. Cabe reconocer que ese fue el caso. La imprescindible soledad se dio, cortada por charlas ocasionales con amigos alemanes y muy poca lectura, para evitar ser contaminado. A excepción de los poemas de Paul Celan, una de cuyas frases estuvo a punto de convertirse en el epígrafe del texto, y de algunos libros de Stefan Zweig. Y mucha música, sobre todo Astor Piazzolla, sin la cual capítulos como el octavo, el décimo, y el decimosegundo no hubiesen visto la luz del día. Asimismo, Bach, Haendel y Monteverdi.

Para mediados de 1989 se contaba con una versión incompleta y bastante imperfecta. Había que presentar al bebé en público, a pesar de incontables problemas de vestimenta. Un conocido escritor sudamericano que habita en el sur de Francia, y que un año después recibirá una gran distinción de las letras españolas, se ofreció a leer el mamotreto, a pesar de sus múltiples ocupaciones. Poco tiempo después, el autor recibe el texto de vuelta, donde incluso errores dactilográficos y ortográficos habían

sido corregidos, con una carta de dos páginas, muy amable. La primera página estaba llena de elogios moderados, la segunda llena de críticas severas y, por cierto, muy justas. Sobre todo, hizo hincapié en el aspecto muy burocrático que emanaba de algunos capítulos. Y señaló a su vez que en el postfacio estaba la novela. O quizás habría querido decir la "otra" novela. Es decir, la novela que se oculta detrás de la fachada.

Pero a eso volveremos un poco más tarde.

Para fines de 1989 se contaba con una versión completa, y más o menos depurada, si bien subsistían problemas considerables que requerían de una meticulosa revisión editorial y estilística. Para esa época, no obstante, el autor volvía a sus responsabilidades académicas, y se reintroducía en un agitado ritmo de viajes y compromisos laborales. No obstante, decide irse al Paraguay a objeto de concretar la publicación.

Al llegar a Asunción el autor se encuentra con problemas técnicos inesperados. Desde el momento en que utilizó una computadora se mantuvo dentro del universo dos, con un ligero cambio de IBM a Texas Instrument, lo que no dejó de plantear inconvenientes. En Asunción, los interesados en publicarla sólo tenían acceso a Macintosh. Había que hacer una traducción de lenguaje primario cibernético, para lo cual se contaba con los programas necesarios, si bien aún imperfectos. El autor entregó el disquete, única copia traída de Londres, conteniendo el texto completo de la novela, y se puso a esperar que llegase el material impreso.

Pocos días después recibe un sobre. Lo abre con impaciencia como la de cualquiera que de pronto verá algo suyo en un contexto nuevo y encuentra sólo unas veinte páginas. ¿Y el resto? Luego de consultas y

llamadas, se llega a la conclusión de que un "desperfecto técnico" hizo desaparecer casi todo el material. Una posible explicación es que el operador, al convertir un capítulo de dos a mac, se preguntó dónde podría archivar ese documento, y lo hizo en el disquete dos, cuyo contenido fue, como era de esperar, destruido inmediatamente por el documento mac. Algo así como un big bang en el circuito de los microconductores. Parecía obvio. Hoy, años después, el autor revisa el episodio y llega a la conclusión de que, en realidad, la destrucción del original fue hecha a propósito. Los restos que quedaron traducidos pertenecían a más de un documento cada capítulo estaba guardado en su propia casilla lo que demuestra que hubo manipulación. Además, al intentar almacenar un documento mac en un mundo dos, se recibe por lo menos una señal de alerta. El autor incluso tiene una idea de quién había sido el responsable, y del porqué.

Pero no lo dirá, por el momento.

Había una sola solución. Copiar de nuevo todo el texto impreso, es decirlo devolverlo a la computadora. Pero el esfuerzo, después de días de arduo trabajo, resultó demasiado. El autor abandona Asunción en dirección a Londres, a la espera de que la recopia del texto le llegará pronto. Entrega incluso una fotocopia del texto impreso a un conocido, a objeto de obtener una nueva opinión.

Meses pasaron. Durante ese período, peripecias personales cuyos detalles habrían de hacer palidecer de envidia a los más conspicuos representantes de la corriente del realismo mágico (y de las novelillas policiales), hicieron que el autor tuviera que mudarse de Londres a París, de nuevo de París a Londres, y finalmente, abril de 1991, a Hamburgo, en donde amigos suyos a dos de los cuales seria dedicada la novela se

encargaron de proveer la infraestructura necesaria para recuperar la tranquilidad. Fue en esa época que el autor tiene una conversación telefónica con la persona a quien había dejado el manuscrito, el que demuestra una profunda hostilidad con respecto a la novela. De nuevo, una súbita reacción de odio, un poco fundamentada con algunos argumentos técnicos, pero estos últimos en realidad sólo servían de excusa. Poco después recibe con sorpresa un sobre desde Asunción, el que llega descuartizado y abierto. En el mismo se encuentra una versión nuevamente impresa por una computadora mac, a la que le faltaba un capítulo, varias páginas de los otros capítulos, y cientos de párrafos. A más de contener un promedio de cinco errores por página. En la carta del impresor se encuentra otra violenta explosión de odio. Pero entonces, ¿para qué había enviado el material impreso?

¿Por qué tanto odio hacia un texto imperfecto?

El autor, si bien un poco ofuscado y por cierto que ya cansado de tantas idas y venidas, sentía sobre todo curiosidad. Además, las reacciones de odio evidenciaban de manera incontestable que el texto contenía algo. Es decir, se confirmaba que valía la pena publicarlo. Por más que el autor corriese el riesgo de perder la vida.

Sigue una nueva época de hibernación. Compromisos académicos en París hacen que el autor olvide casi por completo la novela. Más importante aún, un texto inofensivo y que no aspiraba más que a convertirse en una noveleta, empezado en Londres, se había metamorfoseado en una ambiciosa novela, y otro texto breve fue bosquejado en París en abril de 1991. Ambos embriones demandaban la poca atención que quedaba.

Es recién en febrero de 1992 cuando se considera de nuevo la posibilidad de reconstituir lo que quedaba de "El Mercader", que a esta altura del partido se asemejaba a un comerciante fenicio robado en Siria, apaleado en Egipto, preso en Sicilia y multado por evasión de impuestos apenas desembarcado en Venecia, después de un naufragio truculento en el Adriático. Una nueva infraestructura fue ofrecida, esta vez, de nuevo, con máquinas dos. Sobre la base de lo que quedaba en el disquete y una copia del texto impreso, para abril de ese año se contaba con una versión purificada y completa. Pero la alegría no habría de durar mucho tiempo. Circunstancias personales cuyos detalles habrían de hacer palidecer de envidia a los más conspicuos representantes del realismo mágico, hicieron que el autor tuviera que huir, llevando debajo del brazo el disquete conteniendo la maldita novela, que parecía generar susceptibilidades increíbles en los lugares menos inesperados.

En una de las instituciones universitarias en las que el autor trabajaba se encontraba un sofisticado departamento de computación. Y de vuelta, se impuso la necesidad de convertir de dos a mac, ya que la mentada universidad en aquella época sólo contaba las últimas máquinas. El autor decidió, esta vez por toda la vida, comprarse a su vez una máquina mac. Para mediados de 1992 el autor reconstruye, de nuevo, el texto de la novela, de la cual en realidad no se habían realizado modificaciones de importancia, pero que para esa fecha había sufrido los siguientes maltratos:

1. Desaparición de la versión original dos (fines de 1990).

2. Profundas imperfecciones en la primera versión mac (agosto de 1991).

4. Nuevo "traspaso" de la versión dos a mac, (noviembre diciembre

1992).

Como es obvio suponer, después de todo esto el autor no sólo se encontraba incapaz de verificar el texto para eliminar las últimas imperfecciones, sino que a su vez apenas podía leer el primer párrafo del primer capítulo. Ofrece, no obstante, el material a una escritora española radicada en París, la que se ofrece gentilmente a leerlo. Indica algunas imperfecciones de estilo y se demuestra optimista sobre su futuro.

Siguen dos años de añejamiento. Para mediados de 1993 existe un interés en Alemania, gracias a un amigo que había leído una de las primeras versiones en español, para hacer una traducción al alemán, aun cuando la novela no hubiese sido publicada. Se firma un contrato provisional, en el cual el autor se reserva el derecho de introducir modificaciones y ajustar la versión en alemán a su criterio.

Para fines de ese año el autor concluye una segunda novela, y en los primeros dos meses de 1994 termina una novela corta, Un Verano en París. A mediados de ese año el autor viaja a Asunción, y, un poco como para verificar si la maldición todavía seguía vigente, entrega el texto impreso a un conocido. Este desaparece por varios días. Apenas una llamada de teléfono permite demostrar la existencia de una profunda irritación por parte del lector. Más grave aun, había que recuperar la copia. Siguen varias tentativas frustradas, el autor persiguiendo a diestra y siniestra al fantasma de su novela, hasta que después de severas amenazas a través de la madre del susodicho, se consigue recuperar el material secuestrado. Tanto odio de vuelta, pero a su vez interés de posesión.

No cabía la menor duda: había algo raro.

A su retorno a París en setiembre de 1994 el autor se encuentra con la

noticia de que la versión en alemán está terminada. Luego de una revisión rápida y varias correcciones, se envía el material de vuelta a Hamburgo. Profundo silencio. Pasan dos semanas. Llamadas telefónicas permiten constatar que el traductor, al parecer, se sintió bastante molesto por las correcciones y los cambios introducidos por el autor, a pesar de que este

tenía todo el derecho legal. De hecho, el traductor tuvo que ser sometido a un tratamiento de reposo absoluto por algunas semanas. Causa parcial de ese evento fue el trabajo considerable puesto en la traducción, el que le había inducido un agudo "complejo de persecución". Para inicios de 1995, las relaciones se establecen y el texto estaría pronto listo para su publicación en Alemania.

Correspondía, pues, hacer una edición en español, para respetar las etapas y las cronologías. En febrero el autor viaja a Asunción y contacta

al propietario de El Lector, quien se muestra muy entusiasmado y todo se

arregla para la presentación en marzo. Sin que faltase un último inconveniente, ya que alguien intento convencer al propietario de El Lector de que no publicase la novela, teniendo en cuenta que el autor sólo era

conocido en el área de las ciencias sociales. “Fue uno de tus así llamados

amigos

del mal habría de ser en vano.

”,

dijo. Pero este último gesto de reacción de las fuerzas ocultas

La rueda ya había sido puesta en marcha.

II. DE ALGUNOS SECRETOS DE LA NOVELA, EN LA NOVELA Y FUERA DE LA NOVELA

Pues bien, he aquí confrontado con el texto finalmente impreso en formato de libro. Está afuera. Ya no es más de uno, hasta cierto punto. Teniendo

en cuenta las reacciones inesperadas que provocó cuando se encontraba

en una versión preliminar, no sería sorprendente que generase reacciones no menos inusuales.

El texto corresponde casi en todo a las intenciones originales del autor, a

pesar de los múltiples zarpazos acometidos por las penurias técnicas y las agresiones.

El autor podría haberlo revisado a fondo, e incluso modificado algunas

partes que hoy le parecen algo deseadas o muy por detrás de la evolución estilística en el transcurso de tiempo transcurrido. Podría incluso haberlo sometido al control estricto de profesionales, pero prefirió dejarlo como tal, con todas las imperfecciones del caso, primero para respetar las etapas, y segundo porque en su estado actual, representa las peripecias

y los accidentes sufridos durante los últimos cinco años. Es un

superviviente. Comparado con los textos terminados que el autor posee en estos momentos, es casi una antigüedad. Tiene que ser respetado.

Una pregunta sigue remolineando, y el autor no alcanza a intuir una posible respuesta: ¿Por qué tanto odio hacia un texto imperfecto?

Varios lectores me pidieron aclaraciones sobre enigmas, aparentes o reales, y sobre diversos aspectos de la novela en cuestión. El primero de ellos concierne a la expresión utilizada por la mujer francesa que es sometida a cierto tipo de acosos físicos por El Jefe, en el capítulo decimotercero. Algunas lectoras incluso creyeron que se trataba de una expresión en guaraní. Es una abreviación, o una síntesis apresurada hecha por El Jefe, teniendo en cuenta que éste, en los momentos en que la francesa exclamaba esa frase, contaba con otras preocupaciones que le dificultaban el entendimiento de los gritos sedosos de la mujer. La frase original es Les parapluies de Cherbourg, y es el título de una película francesa, una comedia musical, de aspectos melodramáticos, con una melodía central cautivante, y con una aureola azucarada de pasiones juveniles que no pudieron llegar a su culminación. Un contraste adecuado entre las ilusiones románticas de la adolescencia y los sacrificios, no sólo físicos, que imponen los remolinos de cada destino personal.

La pregunta más repetida es: ¿quién es el Pasajero?, ¿o es que el Pasajero tiene identidad? De hecho, el Pasajero tiene una identidad precisa, cuyo código podría ser desenmascarado, comparando un párrafo del décimo segundo capítulo con un párrafo del postfacio, en los que se habla del mismo hecho.

Sobre los aspectos autobiográficos de la novela. Hasta cierto punto, toda novela es autobiográfica, en la medida en que el autor deja huellas de su personalidad.

Esta no es una novela autobiográfica, en el sentido tradicional de la expresión. Contiene, eso sí, elementos autobiográficos muy precisos. Los capítulos contaminados con mayor insistencia por esos elementos son el sexto, el décimo, y el décimo segundo. Incluso algunos de los detalles fueron respetados, como por ejemplo la cajetilla de cigarrillos del capítulo cuarto. Otras veces se procedieron a cambios. En el capítulo octavo, es la mención de un nombre lo que detiene la acción de los policías. En realidad, fue el descubrimiento de una carta.

(El autor interrumpió en este punto la escritura de este texto y se alejó a un jardín, quizás el más hermoso de la ciudad en donde se escribe esto, para beber una taza de café mientras leía el diario Le Monde. De golpe, encuentra lo siguiente:

DROIT DE CITER

Martin du Gard me communique cette citation de Thibaudet :

"Il est rare qu'un auteur qui s'expose dans un roman fasse de lui un

individu ressemblant, je veux dire vivant

ses personnages avec les directions infinies de sa vie possible ; le romancier factice les crée avec la ligne unique de sa vie réelle. Le génie du roman fait vivre le possible ; il ne fait pas revivre le réel."

Le romancier authentique crée

André Gide, extrait du "Journal des Fauxmonnayeurs", "L'Imaginaire", Gallimard, no. 331.

Una rápida traducción:

DERECHO DE CITA

Martin du Gard me comunica esta cita de Thibaudet:

"Es raro que un autor que se expone en una novela haga de él un individuo

que se le parezca, quiero decir un individuo vivo

crea sus personajes con las direcciones infinitas de su vida posible; el novelista artificial los crea con la línea única de su vida real. El genio de una novela hace vivir lo posible; no se debe hacer revivir lo real."

El novelista auténtico

André Gide.

Le Monde, viernes l4 de julio de 1995.)

De todas maneras, vale la pregunta contenida en el postfacio:

¿Qué es lo real?

De los pocos nombres propios que aparecen en la novela, todos, excepto dos, carecen de cualquier conexión con personas físicas, ya perecidas o aún existentes. El nombre de Wilfrido sí está conectado con alguien, pero debe ser traducido a otro idioma, y de vuelta traducido al original, hasta encontrar una acepción similar. El nombre de Federico tiene relación con una persona que sufriera más o menos el mismo destino que el que se aclara al final del capítulo décimo segundo.

Una última pregunta clave que ha sido mencionada por muchas personas es de si el Pasajero tenía "otra mujer". Esto es algo que se evidencia del contenido de una tarjeta postal que, en apariencia, poco tiene que ver con

el Pasajero, y de algunas conversaciones registradas por el Departamento, como aparecen en el capítulo decimosexto. La duda sobre la existencia de una "otra" mujer, en los tiempos en que el Pasajero deambulaba por un pequeño país de Sudamérica es algo que afectó incluso al autor del texto, y que es un resultado natural de la dictadura que la dinámica interna del texto impone, a veces, sobre el propio autor. Desde un punto de vista estrictamente profesional, es poco probable que el Pasajero no haya preparado una segunda "vía de escape", obedeciendo al principio el más básico de todos de que siempre tiene que existir un agarradero que nadie conozca. Como era el caso en el deambular del Pasajero a través dela gran ciudad al sur. Tras el fallido atentado en el capítulo décimo, se refugia en un lugar que sólo él conocía. En la suposición de una "otra" mujer, se plantea el problema, el más permanente y el más insoluble de todos, entre la fidelidad en una relación afectiva y el instinto de supervivencia, el más fuerte de aquellos que posee el hombre o, por lo menos, que aún queden.

Corresponde al lector llegar a la conclusión de si, en los casos y en los contextos de los cuales trata esta novela, el principio del instinto de supervivencia prima, aun cuando se corra el riesgo de cometer un cierto tipo de traición íntima.

París, junio de 1995