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MESA PAULO FREIRE SOBRE EDUCACIÓN: UN ESPACIO DE

REFLEXIÓN SOBRE LA ACTUALIDAD SOCIOEDUCATIVA

Educarnos como nuevos ciudadanos/as: el reto de la interculturalidad

Fabiola Luna Pineda


Santo Domingo, 18 de septiembre 2008

INTRODUCCIÓN

La homogeneización que recorre el mundo, la globalización hegemónica, no ha


impedido la cuestión de la identidad cultural que está en el centro de los
debates. Afianzar las raíces propias, referencias y pertenencias es un
fenómeno que surge al compás de la globalización. Integrar igualdad y
diferencia y afirmar como riqueza la pluralidad cultural es condición
indispensable para la práctica social de hoy.

Para el sociólogo francés Alain Touraine:

La globalización triunfante se acompaña con una segmentación acelerada. En


todas partes las identidad inquietas se encierran en sí mismas y las formas
más comunitarias de nacionalismo y de vida religiosa se atricheran para
oponer resistencia la invasión de tecnologías y formas de consumo
provenientes del centro hegemónico, o para utilizarlas en provecho de la
fortaleza de los poderes políticos que se constituyen para defenderse.
(Touraine 1994: 203)

Para el antropólogo peruano, Carlos Iván Degregori, el argumento de


Huntington, sobre el “Choque de civilizaciones”, es demasiado unilateral y
apocalíptico, sin embargo afirma que el mundo cercano enfrenta una disyuntiva
crucial: “o reconoce, respeta y promueve la diversidad cultural, o trata de
reconstruirse en compartimentos estancos y homogéneos. Interculturalidad o
limpiezas étnicas, ese es el dilema en el terreno de la cultura. Así como lo son
la tensión entre democracia y autoritarismo en la política y lucha contra la
inequidad en la economía. (Degregori 2000: 15).

Gustavo Gutiérrez, alude a un poeta francés y dice que “lo más profundo de un
ser humano es la piel”, Gutiérrez afirma que esto es cierto, que la piel marca
diferencias enormes y por tanto profundas. Cuestiones raciales, desencuentros,
distancias, fracturas han hecho que una significativa parte de la población
latinoamericana sea invisible para muchas cosas. (Gutiérrez 2003: 385).

Se trata de descolonizar y poner en escena el racismo, la desigualdad y la


injusticia racializada; poner en escena los prejuicios y las discriminaciones que
son componentes configuradores de relaciones socioculturales asimétricas,
presentes de modo general, difuso y fuertemente internalizados, y
considerados como “naturales”.

Ante el racismo, la discriminación cultural, tal vez la madre de las


discriminaciones, es indispensable el diálogo intercultural que posibilita la
habilidad para negociar los significados culturales y actuar comunicativamente
de forma “eficaz”. Es sobre todo, una construcción conjunta de sentidos en la
que no está ausente la incertidumbre, la inseguridad de comprender y ser
comprendido para evitar, en lo posible, los malentendidos. Se hace necesario
fomentar el hábito de intercambiar y contrastar continuamente lo propio para
llegar a lo común. El diálogo intercultural evita que una cultura se erija como
“centro” predominante. Por el contrario posibilita que toda cultura pueda ser
también un modelo de interpretación posible.

Hay que estar atentos a las dinámicas de comunicación intercultural. En


nuestros países se han silenciado muchas veces las diversas expresiones
culturales con formas variadas de violencia, desde el desprecio racista hasta la
ironía mordaz. Esta frustración ha producido en el interior de las personas y de
los pueblos, profundos sentimientos que deben encontrar en nuestro país
espacios de expresión y clarificación. De lo contrario tales sentimientos no
expresados constituyen verdaderos puntos ciegos en la comunicación e
interrelación.

1. LA OPCIÓN POR LA INTERCULTURALIDAD

La interculturalidad, se nos presenta como la dinámica propia del diálogo,


sobre todo del diálogo intercultural, que puede resultar del contacto cotidiano
entre grupos de orígenes culturales e históricos distintos en los que se dan
transformaciones sociales como el cambio en las mentalidades, en el
imaginario de las personas, en sus maneras de sentir y percibir el mundo. Para
Boaventura de Sousa Santos, “en el diálogo intercultural, el intercambio no es
apenas entre diferentes saberes sino entre diferentes culturas, o sea, entre
universos de sentido diferentes en gran medida inconmensurables” (Citado en
Giusti y Tubino 2007: 95)

La Interculturalidad se ha constituido en un componente del marco de


referencia perceptivo y representativo que da cuenta del complejo tejido de las
sociedades contemporáneas: “no debe considerarse una casualidad que los
trabajos filosóficos que se han la celebración de los 50 años de la Declaración
de los Derechos del Hombre tengan como marco privilegiado de referencias el
problema de la interculturalidad. En la interculturalidad subyace una afirmación
fundamental, “ninguna cultura realiza plenamente las posibilidades del ser
humano, por lo tanto, se reconocen recíprocamente capacidad de creación
cultural” (Heise 2001: 48).
A finales de la década del 70 en América Latina se empieza a usar el concepto
Interculturalidad, que empieza a usarse en el ámbito de la educación,
específicamente en la educación bilingüe para los pueblos indígenas, en
contraposición a la noción de biculturalidad surgida en EEUU. La propuesta de
la biculturalidad está inscrita en el marco del multiculturalismo y supone un
individuo que tiene acceso a elementos, conceptos, etc. de dos culturas
diferentes, separando claramente una cultura de la otra. El currículo escolar, en
esta perspectiva, comprende contenidos provenientes de las dos culturas sin
relacionarlos.

Dentro de este contexto es importante destacar el hecho de que ya en el Perú


desde 1975 se hablaba de Educación Bilingüe Intercultural. El “Proyecto de
Educación Bilingüe Intercultural del Alto Napo” (PEBIAN) ubicado en Loreto,
llevado a cabo con el pueblo indígena Kichwa, y coordinado por la pedagoga
Carmen Llanos Fernández. Sin embargo, solo en 1983 es cuando la UNESCO
opta por dejar de usar el concepto “educación bicultural” y asume el de
“educación intercultural”.

La interculturalidad como propuesta es diálogo, ella promueve una nueva forma


de relación e interacción sociocultural que sólo se puede dar entre
interlocutores que están en condiciones de igualdad. Esta nueva forma de
relación incluye el tratamiento de lo privado y lo público.

El filósofo peruano Fidel Tubino hace unas consideraciones fundamentales


respecto del diálogo intercultural. Dice que lo primero que hay que hacer es
construir las condiciones que hagan posible el diálogo intercultural de ancha
base, así éste dejaría de ser utopía ideal y pasaría a ser acontecimiento: “Es
preciso por ello empezar por reconstruir las relaciones de discriminación
instaladas en las estructuras simbólicas de la sociedad y generar espacios de
reconocimiento donde el diálogo sea posible. (Citado en Giusti y Tubino 2007:
95).

La comunicación intercultural no es sólo intercambio de mensajes, es sobre


todo, una construcción conjunta de sentidos en la que no está ausente la
incertidumbre, la inseguridad de comprender y ser comprendido para evitar, en
lo posible, los malentendidos. De ahí que la importancia de permanecer en la
primacía del diálogo. El diálogo intercultural es un camino casi inexplorado,
inédito, porque no es una simple reubicación teórica de conceptos sino una
creación desde las potencialidades de cada cultura. Lo que se pretende es
encontrar un punto de convergencia común que supere la dominación de una
tradición cultural sobre otra. Esto supone aceptar los límites de toda cultura.

La interculturalidad- es un discurso de resistencia activa. El prefijo Inter, de la


palabra interculturalidad, indica un intercambio pero también una interposición.
Lo inter de la interculturalidad, según Homi Bhaba (Citado en Walsh 2001: 8) se
refiere al espacio intermedio o el «tercer espacio» en el que los miembros de
dos o más culturas se encuentran y en el que se negocian los significados de
manera que se mantiene algo de la cultura propia sin asimilarse a la otra. De
ahí que sea lícito afirmar que la construcción de identidades no se da al
margen de los conflictos intra e interidentitarios.
Es preciso advertir que al hablar de lo que es “lo intercultural” se puede correr
el riesgo de concebir el campo de la interculturalidad como un mundo que se
examina a distancia y en el que incluso los sujetos aparecen más como un
“objetivo” de estudio y no como gestores y autores de los procesos
interculturales en cuestión. Todo lo contrario, el campo intercultural no está
fuera de nosotros mismos, somos parte de ese campo.

Fornet-Betancourt dice que un punto de partida para hablar de “lo intercultural”


es su problema con la definición. ¿Qué es lo intercultural? es una pregunta muy
de la cultura occidental, la cual está basada, en gran parte, en el “arte” del
saber definir y clasificar. En este sentido, la pregunta por la definición de “lo
intercultural”, podría conllevar una cierta violencia para miembros de otras
culturas que no le dan al momento de la definición la centralidad que le otorga
la cultura que ha configurado al mundo occidental. Definir implica delimitación,
fragmentación y parcelación. Para definir hay que delimitar y fijar.

Las definiciones suelen tender a objetivar lo definido. Las definiciones operan


con el dualismo que distingue con rigor: El sujeto que conoce y define y el
objeto a conocer. Siguiendo con esta lógica una definición de lo intercultural
correría el riesgo de concebir el campo de la interculturalidad como un mundo
objetivo que se examina a distancia y en el que incluso los sujetos aparecen
más como un “objetivo” de estudio y no como gestores y autores de los
procesos interculturales en cuestión. Todo lo contrario ocurre en la experiencia
intercultural: Un aspecto central de lo intercultural es una calidad o cualidad
que está dentro y no fuera de la vida que llevamos.

Lo que está en juego es el proceso de participación interactiva viva en que son


precisamente los sujetos, sus prácticas y significados, los implicados, y no
como objetos observados. Prácticas que son derivadas de la biografía, del
lugar donde nos educamos profesionalmente, del lugar donde queremos estar
concientemente, etc.

Es importante diferenciar la opción de la interculturalidad de la opción del


multiculturalismo.

1.1 EL MULTICULTURALISMO

El multiculturación es una propuesta, una opción. El multiculturalismo,


reivindica el derecho a la diferencia. Para Xavier Etxeberría en el
multiculturalismo la palabra clave es respeto. Sin embargo, el derecho a la
diferencia y el respeto tienen aspectos que merecen ser analizados más
detenidamente. Por una parte, la reivindicación de la diferencia puede hacer
que los colectivos culturales se mantengan relativamente separados. Múltiples
culturas pueden coexistir dentro de un espacio, sea local, regional, nacional o
internacional, sin que tengan relación entre ellas. En este caso no habría
verdadera interacción y podría darse un ejercicio de poder de unos sobre otros.
Por otra parte, se puede aducir que para que ese respeto sea efectivo se pide
que no sea meramente formal, sino que haya igualdad de oportunidades
sociales para dichos colectivos.

El multiculturalismo busca la puesta en práctica de formas de convivencia


humana basadas en el respeto a las diferencias, la equidad social y la
solidaridad humana.Degregori dice que el ideal del multiculturalismo es la
equidad en la relación entre grupos y la tolerancia hacia los otros, más que el
enriquecimiento y la transformación mutua a partir de la interacción entre
diferentes. La ideología de este capitalismo global sería el multiculturalismo,
que sin echar raíces en ninguna cultura particular, las trata como el colonizador
trataba a los pueblos colonizados. Frente al elitismo multiculturalista moderno
liberal no se puede ser neutral, pues la neutralidad también es tomar partido. El
respeto a la pluralidad cultural pasa por un compromiso ético-político, con un
compromiso con los excluidos.

1.2 LA INTERCULTURALIDAD Y SUS DOS FORMAS

En nuestro medio se distinguen dos formas de interculturalidad. Una más


descriptiva, la que describe lo que ocurre cuando se encuentran los miembros
de las culturas, y otro, como propuesta alternativa. Se puede hablar, entonces,
de una Interculturalidad descriptiva y una Interculturalidad como propuesta
ético-política o normativa.

A- La interculturalidad de hecho o descriptiva es aquella interculturalidad que


da cuenta cómo en la realidad se concretizan las relaciones sociales, políticas y
económicas cruzadas por las relaciones culturales.

La Interculturalidad descriptiva percibe y analiza los diversos procesos que se


ponen en marcha cuando las culturas entran en contacto. El diálogo entre
miembros de diversas culturas puede dar origen a la aculturación, el mestizaje,
el sincretismo, la hibridación, etc. Así como puede resultar el encuentro creativo
con el otro considerado como un igual.

Esta interculturalidad nos permite visualizar y explicar mejor porqué la mayoría


de pobres está en las zonas rurales y son de procedencia indígena. De esta
primera forma de interculturalidad se obtiene un diagnóstico de la situación
cultural imbricada con lo social, lo política y lo económico. Diagnóstico que
analiza encuentros y desencuentros, que analiza conflictos y la manera cómo
ellos se negocian o no; diagnóstico de las muchas posibilidades de
enriquecimiento mutuo, etc.

B- La interculturalidad como propuesta ético-política. Atañe a dos aspectos: la


del diálogo intercultural en la vida cotidiana, que se da en el campo microsocial,
y de las políticas interculturales en el campo macrosocial.
Esta segunda interculturalidad es aquella que al tener el diagnóstico de cómo
se encuentran las relaciones culturales entrecruzadas con lo socio-económico-
político puede, por un lado, “reconstruir las relaciones de discriminación
instaladas en las estructuras simbólicas de la sociedad” como dice Tubino; y
por otro lado, promover propuestas de reglas y normas (acuerdos, políticas,
ordenanzas, etc.) de convivencia social y política que se propongan terminar
con las condiciones que generan discriminación, marginación y exclusión.

Descolonizar culturalmente los espacios públicos del debate político para que
éstos sean culturalmente inclusivos y socialmente diversos. Pero el debate
público debe centrarse en torno a los problemas de justicia cultural y de justicia
distributiva de la gente. Pues la injusticia cultural es la otra cara de la injusticia
distributiva y la asimetría cultural es la otra cara de la asimetría socio-
económica.

En este último sentido se está hablando de “políticas públicas interculturales”,


ya que la Interculturalidad promueve la lucha contra la pobreza y el respeto a
la diferencia cultural, dos componentes de las políticas públicas. Se trata de
promover políticas de Estado interculturales: en la educación, en la salud
pública, lo productivo, lo tecnológico, la producción de conocimientos, la
administración de justicia, etc.

LA PROPUESTA ÉTICO-POLÍTICA

Quienes abordan el problema desde una perspectiva ético-política se


comprometen éticamente con el diálogo, especialmente con el intercultural
como alternativa frente a las consecuencias de la globalización.

Si se anula el componente ético, las decisiones políticas se transforman en


decisiones tecnocráticas y administrativas cuyo resultado no puede ser sino
mantener los problemas y agravar la pobreza, la injusticia sociocultural. Son
injustificables las “racionalizaciones” que impiden que se ejerzan los derechos
ciudadanos a quienes hoy no los poseen. El valor ético consiste en no dejarse
avasallar por decisiones tomadas a la luz de una política contraria a los
derechos ciudadanos y humanos. Corresponde al poder político, en todas sus
dimensiones y espacios, el deber de resolver los problemas con justicia e
igualdad social. Tender hacia la resolución de los problemas constituye el
compromiso ético de lo político.

Si se cree, como Maquiavelo, que la política es una actividad ajena a la moral,


en la que los valores éticos no tienen aplicación y en que lo único importante es
el éxito, esta reflexión carece de sentido. La posición violenta de entender la
política y el poder se opone a toda la reflexión sea de la ética o la política. Se
dice que la reflexión de la ética o la filosofía, en sentido amplio, es de
naturaleza práctica, porque trata de del actuar humano. Política y violencia se
excluyen mientras que política y poder, no.

La política es una actividad humana libre, posible solo a la sociedad humana,


que requiere la presencia mutua de unos y otros. La política tiene como su
telos un fin práctico: la conducción de una “vida buena” en la polis. Desde este
punto de vista, hay que entender lo político desde la “acción”. Se requiere dos
elementos: el “discurso” (lexis) y la creación de un “espacio público” en el que
los hombres desde la pluralidad revelen su propio yo y formen, con su
participación la “trama de las relaciones humanas”. La finalidad es la
convivencia armoniosa entre los hombres y mujeres, para cuyo logro se hace
uso de todos los recursos posibles de la persuasión dialógica y argumentativa
construida a través de un proceso formativo-pedagógico (paideia).

El fondo del asunto es el de postular y fundamentar un orden social justo, el


saber cómo conectar poder y justicia social en la práctica, en un mundo donde
no todos los “ciudadanos de derecho” son “ciudadanos de hecho”. Esto no se
afronta con una democracia mínima. Por una parte, las políticas democráticas
de los gobiernos tienen que traducirse en distribuciones equitativas, fundadas
en el principio fundamental de la justicia social. Por otra parte, la democracia
puede ser definida a partir de la capacidad crítica de los ciudadanos y
ciudadanas para juzgar la actuación de sus representantes y, de esta manera
poder fiscalizar el proceso de toma de decisiones y el resultado que el mismo
genera.

La ciudadanía está unida el ejercicio de derechos y deberes, por lo tanto, el


concepto de ética es imprescindible. Es importante rescatar en este contexto el
punto de la ciudadanía en vinculación con la noción de responsabilidad de la
acción política. El que tiene mayor poder tiene mayor responsabilidad.

1.3 NUEVA EDUCACIÓN

Respecto a la educación, la interculturalidad como tarea social y política


denuncia la dominación cultural en este ámbito e interpela a la sociedad a una
determinada educación, o mejor, a una re-educación colectiva. Porque la
interculturalidad no es espontánea, ni automática, sino fruto de un proceso
permanente de equidad, justicia e inclusión. Así como no nacemos ciudadanos,
sino que hay que hacerse ciudadanos, tampoco nacemos interculturales sino
que hay que hacerse interculturales

En la educación se trata de atreverse a pensar de nuevo a la luz de otras


tradiciones culturales, proceso que no está exento de desafíos y retos. Esta
nueva educación representa un conocimiento crítico alternativo porque
interroga al modelo de conocimiento dominante en nuestro medio, que es el
occidental. Este modelo de conocimiento ha sido reducido “a una operación
mental, cognoscitiva, académica e interna a la ciencia. Por eso, enfatiza su
construcción de acuerdo a las condiciones sociales marcadas por cada
sociedad o cultura” (Diana de Vallescar 2001: 87).
No sólo la colonización propicio la homogenización cultural de la educación y
de otros ámbitos.. Hoy reconocemos con claridad la influencia de la
Modernidad en este proceso que se manifiesta, especialmente, en la creación
de los Estados nacionales homogenizantes en los que impera la identidad del
grupo dominante. La Modernidad no reconoce la alteridad como valiosa y
siempre ha tratado de desarraigar culturalmente a las culturas originarias en su
camino de occidentalizarlas. “En su versión castellana, la occidentalización
efectuó, mediante oleadas sucesivas, del siglo XVI al siglo XIX, la transferencia
ultraatlántica de los imaginarios y las institucio0nes del Viejo Mundo. La
empresa fue colosal”. (Gruzinski 2007: 108-109).

La occidentalización se ha prolongado hasta nuestros días con otras


apariencias, objetivos, contenidos y ritmos y, como dice Gruzinski, se ha ido
construyendo progresivamente con el conjunto del globo.

Joanna Overing se pregunta: “¿Cómo podemos devolver una mirada


antropológica que evite la falacia de la superioridad de la civilización
occidental?” (Overing 2007: 18). El colonialismo occidental que pervive y la
deshumanización que él engendró es una deshumanización particularmente
dirigida a los pueblos indígenas y afroamericanos.

A la etapa de la Colonia y la Modernidad se suma la globalización actual que


agudiza los procesos homogeneizadores y a quien no le interesan los
derechos culturales. Los derechos culturales son subestimados frente a los
otros derechos humanos. Los textos clásicos sobre derechos humanos hacen
solamente referencias someras a esta temática y su conceptualización es vaga
y a veces ambigua. Este “descuido” se debe a muchas razones que incluyen
tensiones políticas e ideológicas que rodean este conjunto de derechos.

La injusticia cultural y la pobreza se combaten construyendo educación


ciudadana, construyendo ciudadanía. No hay una sino muchas maneras de ser
ciudadanos. La crítica de la concepción homogeneizante de la ciudadanía que
hemos heredado de la Ilustración europea es parte sustancial de la nueva
tarea intelectual y práctica de la interculturalidad crítica y no funcional a los
estados nacionales o a los organismos internacionales que reiteradamente
usan la interculturalidad sin tocar las estructuras sociales.

Algunas características de esta nueva Educación, la Educación Intercultural:

1. Proceso de desarrollo humano con identidad cultural: La educación


debe tener en cuenta la identidad cultural de los interlocutores para que ella
sea un proceso dinámico de desarrollo al que nos podemos acercar. El peligro
de engañarse, sobre todo acerca de uno mismo, es la primera causa de que la
educación no termine a lo largo del transcurso de la vida humana. Este
desarrollo de la personalidad, no cristaliza en un saber inconmovible de sí
mismo, sino que está abierto a toda discusión.
2. La socialización etnocéntrica se puede cambiar: La educación no debe
ser un elemento de socialización caracterizado porque el agente educativo
trasmite una única cultura, sino que debe ser un instrumento que ayude a
comprender el mundo plural y poder enfrentarse a sus desafíos. Para esto
necesita contar las cosas desde otro punto de vista, no solo desde el
etnocentrismo que no cuestiona los contenidos de la enseñanza, y niega las
posibilidades de cambio, sino desde el heterocentrismo cultural y la posibilidad
de cambio. Esta posibilidad de cambio incluye la superación de una
socialización etnocéntrica que define a unas culturas como superiores y a otras
inferiores.
3. La verdad sobre sí se aprehende con el saber de otras historias y
culturas:Por la educación, las mujeres y los hombres deben aprender a saber
que todo lo que averiguan acerca del mundo, del ser humano y de su historia,
debe acercarles a la verdad sobre sí mismo; ésta no se puede alcanzar del
todo, este saber se busca permanentemente y se aprehende con el saber de
otras historias y culturas para acceder al sentido de las propias y de las otras.
4. La autonomía requiere el heterocentrismo cultural y la adquisición un
estilo cultural propio: Las personas y los pueblos tienen la capacidad de ser
ellas mismas, de aprender a trascender procesos socializadores que
propugnan la asimilación, la sumisión y el servilismo. De esta manera se
podrán superar mecanismos de repetición que perpetúan una sociedad de
marginados y excluidos, y la hegemonía dominante de una cultura monologal,
que propicia el hambre y la humillación. Esta educación calificada como
intercultural conduce a un proceso liberador que permite a cada cual, como
individuos y como pueblos, expresarse con un estilo cultural propio. En un país
de tanta pluralidad cultural como el Perú es clave facilitar una convivencia que
permita, por un lado, el despliegue de las identidades culturales y por otro
participar de una identidad nacional que haga posible crecer juntos.

1.4 LA CIUDADANÍA Y LA DEMOCRACIA INTERCULTURALES

Según la definición de ciudadanía de Hanna Arendt ciudadanía “es el derecho


a tener derechos”. La idea arendtiana de lo público se completa con el requisito
de accesibilidad y publicidad: lo que es político puede ser visto y oído por
todos, lo cual significa la existencia de múltiples perspectivas, “de manera que
quienes se agrupan a su alrededor sepan que ven lo mismo en total
diversidad”. Aparecen múltiples voces en el respeto a la diferencia y a la
dignidad.

No se puede seguir hablando de la ciudadanía de la misma manera que antes:


“la ciudadanía necesita ser replanteada porque su noción clásica no ofrece
herramientas para elaborar discursos ni desarrollar políticas orientadas a
gestionar la diversidad cultural de las sociedades actuales” (Alfaro 2008: 56 ).

La diversidad cultural y el multilingüísmo de nuestros países latinoamericanos


requieren de una Ciudadanía Intercultural. Nos podemos preguntar con
Exteberría:
¿Cómo puede la condición de la ciudadanía acoger en su seno y potenciar la
interculturalidad? Y ¿cómo puede existir la legítima pretensión de la
interculturalidad modelar de un cierto modo la ciudadanía?

La ciudadanía remite a nuestra condición de sujeto de derechos universales, a


algo que nos separa en unidades individuales y autónomas a las que iguala en
cuanto tales.

La interculturalidad, en cambio, remite a culturas y éstas a algo que nos


diferencia tras unirnos a sectores de individuos con identidades grupales
compartidas, aunque después se busque ponerlas en relación.

Ambas preguntas se responden en la unión de ciudadanía y el reconocimiento


y respeto de las diferencias étnicas, culturales, lingüísticas y de género. Esta
ciudadanía precisa de una elaboración más fina de los procesos de
integración–diferenciación sociocultural, de un proceso de integración no
homogeneizadora. Sí, a la integración, pero sin homogeneización. El proceso
de integración diferenciada implica una reformulación de la noción clásica de
ciudadanía que permita asegurar autonomía a los pueblos excluidos para
decidir y practicar sus formas de vida y asegurarles participación en la unidad
del Estado.

La ciudadanía intercultural, a los derechos ya ganados de libertad e igualdad,


añade los derechos culturales. Los derechos culturales son “descuidados” o
subestimados ante los otros derechos humanos. “los parientes pobres de los
derechos fundamentales. Los textos clásicos hacen solamente referencias
someras a esta temática y su conceptualización es vaga y a veces ambigua.
Este “descuido” se debe a muchas razones que incluyen tensiones políticas e
ideológicas que rodean este conjunto de derechos. Se suelen enumerarse
juntamente con los derechos económicos y sociales, pero reciben mucha
menos atención y con suma frecuencia son completamente olvidados. Aunque
la expresión "económicos, sociales y culturales" se utiliza ampliamente, las más
de las veces el interés parece limitarse a los derechos económicos y sociales”.
Si bien los derechos culturales son derechos individuales suelen ejercitarse
principalmente, sino exclusivamente, en asociación con otros. Los derechos
individuales y los derechos colectivos son complementarios.

La ciudadanía intercultural demanda refundar el “pacto social” de modo que se


haga realidad una deliberación común y un diálogo sostenido entre las culturas
y las nacionalidades que serían parte del Estado plural y no de un Estado-
nación. El Estado plural que es el pertinente para acoger la ciudadanía
intercultural. Al estar el Estado asentado en varias culturas reorganizará el
poder que tiene cada cultura del país, y por lo tanto, este poder se modificará y
tendrá consecuencias de todo orden: económica, social, política y cultural.

Se trata de renovación del “pacto social” y construcción de una cultura política


común a partir de un diálogo intercultural en las esferas públicas de la sociedad
civil. La construcción de la ciudadanía intercultural es la base del pacto social
de las democracias auténticas.
Touraine dice: “llamo democrática a la sociedad que asocia la mayor
diversidad cultural posible” (Touraine 1994: 203). Para Touraine renovar la
democracia constituye “la afirmación del sujeto personal, de su libertad, pero
también de su memoria y de su identidad cultural, la que funda la resistencia al
Estado totalitario y, en condiciones mucho menos dramáticas, a la reducción
de la sociedad al consumo masivo” (Touraine 1994- 163)

En otras palabras, la inclusión cultural es una necesidad de las democracias.


En contextos pluriculturales las democracias o son interculturales o no son
verdaderas democracias (Tubino 2007: 51).

1.5 DE LA INTERCULTURALIDAD DESCRIPTIVA A LA


INTERCULTURALIDAD CRÍTICA

La multiculturalidad es un hecho en el país, como en otros países


latinoamericanos. La interculturalidad es una opción. El reto de nuestros
países es transitar de una a otra para que se dé un proyecto de convivencia,
un proyecto ético- político en el cual el diálogo y la pluralidad de hombres y
mujeres, propio de la democracia, tiene un papel definitorio.

La interculturalidad da origen a políticas públicas que buscan generar


relaciones simétricas entre los miembros de las diversas culturas. Estas
políticas públicas se caracterizan por la lucha contra la pobreza y el respeto a
la diferencia cultural. La interculturalidad no rehúye el conflicto cultural sino que
lo tramita a través del diálogo, el debate, la formación de opiniones, la
aceptación del disenso y de la resistencia, la refundación del un pacto social
democrático, etc.

CONDICIONES PARA EL TRÁNSITO DE UNA A OTRA


INTERCULTURALIDAD

• El punto de partida es no pretender hacer de lo público un espacio


culturalmente neutral mediante la invisibilización de las diferencias
culturales y de sus expresiones, más allá del ámbito privado. De otra
manera se procede a la promoción del desarraigo y la asimilación
forzada desconociendo el derecho de los grupos culturales a tener una
presencia significativa en la vida pública del país .Se trata de que éstos
participen sin abdicar de sus especificidades. La interculturalidad es un
factor de descentramiento y ya no se restringe a las esferas de lo
privado, sino que cada vez más se va asociando a la cosa pública. En
esta proyección la identidad cultural se constituye en eje de la acción
política
• Distinguir un interculturalismo funcional que no cuestiona las estructuras
existentes y no genera las condiciones de simetría y justicia cultural del
interculturalismo crítico que genera crítica social, que evidencia los
obstáculos del diálogo y sus causas, a saber, las causas de la
discriminación cultural y la asimetría social para ir superándolas poco a
poco
• Es preciso distinguir entre el país histórico, y el país proyectado fundado
en la pertenencia. Superar la colonización cultural y lingüística de los
sectores hegemónicos urbano- castellano-hablantes. Superar la
colonización en el espacio público donde los discursos pertenecen a la
ideología de los dominadores.
• Interculturalidad e intraculturalidad están unidas. No se podrá realizar la
interculturalidad auténtica sino se da la afirmación étnica y cultural
propia. Esto supone, también, reconocer que el propio encuentro
intercultural, el encuentro histórico de grupos humanos con historias
culturales diferentes, es también una fuente importante de afirmación de
la identidad propia.

En suma, para transitar de la multiculturalidad de hecho, de esa variedad de


culturas atravesadas por la noción de jerarquía, hacia la interculturalidad que
está asociada directamente con el diálogo, hay que empezar por no ignorar las
relaciones de poder presentes en las relaciones sociales e interpersonales;
reconocer y asumir los conflictos, procurando las estrategias más adecuadas
para enfrentarlos. Seguir por reconstruir las relaciones de discriminación
instaladas en las estructuras simbólicas de la sociedad y generar espacios de
reconocimiento donde el diálogo sea posible. Continuar por no desligar
interculturalidad y ciudadanía, es decir, promover la participación en la toma de
decisiones en el país, en la condición que tienen todos los peruanos de ser
ciudadanos, es decir, de ser gobernantes y gobernados. Y por último, tener en
cuenta que interculturalidad y crítica social están sólidamente unidas. Por lo
tanto, las luchas culturales están estructuralmente unidas a las luchas sociales.
Se trata de precisar que no es solo reconocimiento lo que piden los grupos
culturales marginados sino de reconocimiento y de transformación socio-
histórica.

Si bien se habla de tránsito y por eso se ponen pasos no quiere decir que se
van dando uno a uno sino que todos los pasos constituyen uno solo.

CARACTERÍSTICAS DEL PROCESO

1. La estabilidad de una sociedad y un gobierno y la legitimidad y solidez


democrática de sus instituciones no se erigen sobre un compartir
absoluto de costumbres, creencias y valores, y sobre su homogeneidad
y unanimidad culturales. Frente a las diversas culturas regionales, con
sus lenguas, sus costumbres, sus creencias y sus idiosincrasias,
constituir un centro e imponer una sola lengua, una memoria oficial, es
indudablemente un proceso cargado de violencia.
2. El análisis de la formación del Estado-nación no sólo remite a visibilizar
la imposición violenta implícita en el proceso de centralización
institucional. También requiere tomar en cuenta el hecho de que ese
esfuerzo centralizador vino acompañado de discursos, narrativas y
rituales que, como ya se mencionó, oficializaban una cultura y valoraban
unas identidades mientras menospreciaban o invisibilizaban otras que
no alcanzan reconocimiento, es decir, no tienen un lugar en la vida del
país. En este proceso de oficialización también deja su sello la violencia.
3. En nuestros países latinoamericanos las culturas indígenas y
afroamericanas tienen -es un decir- una inclusión política –se dice,
todos son ciudadanos-, pero tienen la exclusión cultural. La apuesta es
lograr que las culturas y el poder tomen caminos democráticos. Hay que
evitar que se geste una vez más “una” sola versión del pasado y
presente. Las voces que podrían encontrarse a veces han sido diluidas y
silenciadas por el orden centralizador. Para que estas voces hablen y
hablen claramente es necesario entonces también emprender políticas
que le apunten a la recuperación de las memorias en plural. Sin
memoria, estas voces no pueden construir su propia noción de destino, y
sin un concepto de pasado no pueden lograr un sentido de presente y de
futuro realista que les permita responder a las preguntas ¿quiénes
fuimos? ¿quiénes somos? ¿quiénes queremos llegar a ser?
4. Desde su nacimiento, el sujeto humano queda cogido en un campo
histórico-social, y es colocado simultáneamente bajo la influencia del
imaginario colectivo instituyente, de la sociedad instituida y de la historia
de la que dicha institución es su cumplimiento provisional. De ahí que
sea muy importante tomar conciencia e identificar las condiciones en
que dan las diferentes socializaciones en un mismo país para procurar el
diálogo intercultural.
5. Percibir la interculturalidad como meta política se deriva de los efectos
negativos de las políticas excluyentes. Para que la interculturalidad
llegue a ser una meta política, es decir, que sean posibles las políticas
interculturales, debe ir acompañada de procesos complementarios,
dentro de toda la cotidianidad: familia, comunidades, trabajo, etc., en los
que se encuentra nuestro diario vivir. Porque las relaciones de
dominación se reproducen y perpetúan también en estos medios, en los
que destacan las interacciones comunicativas. De no ser así se
reproduce la dominación.

Se trata de trascender relaciones interpersonales que lleven a la negación del


otro. Esta negación se lleva a cabo a través de prejuicios que oprimen la
identidad de la otra persona, se la desvaloriza y no se le da el reconocimiento
que necesita para asumirse culturalmente, arriesgando la posibilidad de que
asuma la identidad que le es impuesta a través de la dominación. Reflexionar el
lenguaje que utilizamos cada día ayudaría a saber si desvalora a las personas,
cómo y dónde. La palabra adecuada, unida a la acción de igual calidad,
permitiría no correr el riesgo de contradecir nuestros propósitos de cambiar o
transformar las situaciones de injusticia, desde los niveles más personales
hasta los más sociales.
La construcción de una “Latinoamérica intercultural” tiene su punto de partida
en las vivencias y experiencias devastadoras de los que más sufren la pobreza,
la discriminación y el olvido de las instituciones públicas. Son los pueblos
indígenas y los afroamericanos los que han sido tradicionalmente los más
olvidados de la agenda pública nacional. Es necesario instalar en la agenda
sus demandas y sus derechos, para lo que se requiere la promoción de la
interculturalidad crítica y relacionar las culturas con la equidad, lo cual
permitirá el fortalecimiento de las instancias democráticas de nuestros países.

En los países desarrollados se discrimina y excluye a los inmigrantes que


vienen de fuera: “El índice muy elevado de desempleo que afecta a los jóvenes
de origen inmigrante es los países europeos hace difícil su integración social, lo
que constituye un obstáculo para el encuentro de las culturas” (Touraine 2000:
182). En el continente americano, se hace lo mismo pero con los que viven
«dentro», el encuentro de culturas en este espacio tal vez es más difícil porque
lo de “dentro” es la cara más propia y se desconoce. Es decir, lo propio se ha
hecho ajeno.

Por ello, el diálogo intercultural es un camino casi inexplorado, inédito, porque


no es una simple reubicación teórica de conceptos sino una creación desde las
potencialidades de cada cultura. Lo que se pretende es encontrar un punto de
convergencia común que supere la dominación de una tradición cultural sobre
otra. Esto supone aceptar los límites de toda cultura.

PERSPECTIVA: ABIERTOS AL MUNDO Y ENRAIZADOS EN LO PROPIO

El desafío de asumir, reconocer y convertir en un “activo social” esa enorme


heterogeneidad cultural de nuestros países nos daría mayor solidez para estar
intercomunicado con el mundo con relaciones de mayor igualdad.

Es necesario que nuestra voz se escuche y que escuchemos todas las «voces
de la humanidad» sin que nadie pretenda ser “voz de los sin voz”. Voces que
no estén entrelazadas con silbidos de balas. Ni voces de vencidos ni voces de
vencedores. Es necesario que la interpretación de «lo propio y de «lo otro»
brote como resultado de la interpretación común. Toda cultura puede ser
también un modelo de interpretación posible. Al mismo tiempo no absolutizar
nuestras propias culturas, para que ellas se conviertan en tránsito y puente
para la interconexión e intercomunicación con la sociedad global.

Los procesos de diálogo y de construcción intercultural requieren aprendizajes


y motivación, interesarse por conocer las otras culturas y permanecer en la
interacción que produce la recreación conjunta. Para ello es importante la
capacidad empática o la capacidad de identificarse con el otro y sentir lo que él
siente, a partir de sus referentes culturales. Se trata de estar centrados en lo
propio, pero también, descentrados, salidos hacia los otros. Es decir, reconocer
que si “yo” tengo cultura, discurso y lengua, los “otros” también tienen cultura,
discurso, lengua y no dialecto. Las amplias gamas de comunidades culturales
y tradiciones locales e internacionales no tienen por qué ser obligadas a dejar
de ser «sí» mismas, a deshacerse en función de la cultura dominante que se
mueve por los intereses del mercado.

Enraizados fuertemente en nuestros países nos hace poner la esperanza:


¿Por qué no podrían ser nuestros grupos, comunidades y región espacios para
el encuentro; procedentes de diversos universos culturales por qué no
podríamos respetarnos; si cada cultura es portadora de una narrativa, es decir,
de una forma particular de ver la realidad y de expresarla con símbolos propios,
por qué no podría existir en nuestra sociedad espacios de acogida para las
diversas narrativas?

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Extraído de: http://www.centropoveda.org/