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La Virgen del Barrio Árabe

WILLIVALDO DELGADILLO

SAMSARA
2013

Escribí este manuscrito mientras convivía con los habitantes del Barrio Árabe y Alturas Poniente, entre ellos, éstos, a
quienes lo dedico con amor y agradecimiento:

Primera edición, agosto 2013.

© Samsara Editorial, 2013
© Willivaldo Delgadillo, 2013.
PORTADA:

© Fausto Gómez Tuena.
DISEÑO:

© Sergio. A. Santiago Madariaga
maquinahamlet@gmail.com
Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción total y
parcial sin autorización de la editorial.
Impreso en México / Printed in Mexico
ISBN 978-970-94-2884-1

Rosa Elia Medrana, Bonnie Darlene Chávez, Mary Walker,
June Hensley, Andrés Muro, Emilia Casillas, Ángel Trova,
Daphne Aviatar, Antonio Muñoz, Mario Arnal, Maribel
Limongi, Bruno Romero, Fausto Gómez Tuena, Rosario
y Dolores Jiménez, Ricardo González, Gustavo Favela,
Rubén Moreno Venezuela, Marco Antonio García, Héctor Padilla, Perla de la Rosa, Jaime Bailleres, Octavio Trías,
Manuel Anzaldo, Debbie Nathan, Morten Naess, Brisa
Estela y Daniel Montañez, Luzmila Delgadillo, Ángela
Reynoso, Héctor y Laura Elena Dávila Zelaya, José Luis
Díaz, Inés Mendoza, Raúl Rodríguez, Lucía Widjaja, David Romo, Imelda Parra, Ricardo y Guadalupe Morales,
José Reyes Picos, Víctor Ortiz, Carmen Galán, Bobby y
Lee Byrd, Bárbara Ferry, Susan Kern, Carlos y Alicia Marentes, Rubén Olvera, Carmen y José Rodríguez, Augusta Dwyer, Richard Baron, Mike Juárez, Martín y Wendy
Sánchez, Michael Wyatt, Mark Schneider, Juan Sandoval,
Yolanda Abbud, Gilberto Barraza, Michael Sullivan, Juan
Manuel Portillo, Ivonne Mendoza, Tomás Lara, Rubén
Mejía, Mario Lugo, Alfredo Espinosa, Heriberto Ramírez,
José Vicente Anaya, f:yodio Escalante, Eduardo Barrera y
Beatriz Maldonado.

También lo dedico a mi abuela,
que conoce el misterio de la vida eterna.

Ya Maqroll

~

~

El Sí Mismo hurga en la escritura, en la escena, el
texto de sus errancias: quiere fundar una ciudad.

V"

Incurable
DAVID HUERTA

Partiendo de allá y caminando tres jornadas hacia
Levante, el hombre se encuentra en Diomira, ciudad
con sesenta cúpulas de plata, estatuas de bronce de
todos los dioses, calles pavimentadas de estaño, un
teatro de cristal y un gallo de oro que canta todas las
mañanas sobre una torre.

Las ciudades invisibles
lTALO CALVINO

A cyborg is a cybernetic organism, a creature of science fiction and a creature of social reality, By the late
20th century, we are all quimeras, mythic hybrids of
machine and organisms, in short, cyborgs.

Cyborgsand W0men: TheReinvention of Nature
ÜONNA HARAWAY

.r

I

.tG
E.C. era the ultimate dyke. Cabello corto, movimientos
certeros; hablaba sin parar en un tono declamatorio y cibernético:
La estructura familiar
es importante rescatarla.
En el tiempo pasado
nuestros padres
conocían la naturaleza.
Si encontraban un hueso en el campo
sabían si era de venado
o de jabalí.
~

La música de la cítara rasgaba el aire y el aroma del hachís
había penetrado la ropa de los invitados. E.C. llevaba un
--. ---.,¡
pantalón de paño negro y una blusa estampada con flores
verdes y rojas:...Asintr2p tuvo de pronto la impresión de
que su interlocutora era un anuncio parlante. Su tórax era
como una pantalla fluorescente dentro del cual, con cada
movimiento de manos, revoloteaban cientos de pétalos
multicolores. Se dio cuenta de que el efecto de la droga lo
había obligado a fijar la mirada en los~~liegues
de la blusa. Volvió a concentrarse en las palabras de E.C.
...esto era porque vivían
en constante contacto
con la naturaleza.
Sus olfatos tenían aún
el registro del aroma de las flores.
11

1il

l',·

11

11

A,.~.>...

Ahora solamente vemos yerbas,
Antes,
la vegetación tenía nombre:
ajonjolí
cilantro
berenjena

nar hacia él y pasó ensimismada. Asintrop sintió el vértigo
al tener su respiración tan cerca. Desapareció tras una cortina de cuentas de cristal y él no volvió a verla esa noche.
Semanas más tarde iba rumbo al Subterráneo por una
acerca
del Barrio Árabe cuando la descubrió en el interior
-~-·"•-"'--------~---'
de una tienda
de libros. Se detuvo frente al escaparate y
-------------~-,_." ,._"-·-~-~""'"'••-supo que era ella al comprobar que las mismas manos de
retablo cristiano sostenían un libro de tapas rústicas. El cabello le caía sobre los hombros y su rostro seguía iluminado, ahora por los reflectores de las vitrinas.
Había intentado, sin conseguirlo, averiguar su nombre.
Albardán lo había llevado a esa reunión y conocía a todos
-----------~·-en ese círculo. Mil veces la describió y su acompañante no
pudo identificarla. Entró al establecimiento buscando asir
de alguna manera su presencia. Asintrop pensaba en ella
~ás. con deseo que C()l1 memoria.
Tomó un libro de poemas y dio vuelta a las hojas mientras miraba a la mujer que permanecía inmóvil, leyendo. Al
__

Estaban sentados en el piso, entre afelpados almohadones. Asintrop abandonó
taba, decidido

la posición de loto en la que es-

a no dejarse seducir por aquella máquina

parlante. Apartó la cortina para salir de la pequeña estancia
y entró a un salón más grande donde los demás invitados
conversaban.

Caminó

entre ellos examinando

sus rostros,

ropajes y atavíos que en esos momentos le parecieron extravagantes: túnicas, turbantes, pieles prohibidas ...
El sonido de la cítara venía de ningún lado. Como a una
e

aparición, encontró ~ :i:na 1::~,9:~J~l~junto a una de las
columnas de ese recinto monumental. En sus manos sostenía una copa. La tersura de su piel y la elegancia de sus
movimientos contrastaban con el atuendo: un abrigo de
gamuza oscura que le llegaba hasta los talones y botas negras decoradas con remaches de plata. Estaba absorta en la
contemplación de los frescos pintados en la cúpula: hombres y mujeres desnudos acariciándose.
Asintrop se sintió tan poderosamente atraído por el rostro de aquella mujer, que se quedó observándola a distancia. Su cabello era largo y negro. Los finos rasgos de su
rostro estaban cubiertos por un haz luminoso, cuyo origen
Asintrop no supo encontrar.
Examinó sus manos pálidas de falanges largas, casi transparentes, como las de una virgen. La mujer empezó a cami12

"

poco tiempo se acercó a ella u~-~1_11f>.l:~do
de la librería con
dos tomos más de forro idéntico. Asintrop la miraba desde
un lugar tan apartado que ni siquiera escuchó su voz. Así,
en silencio, la vio tener contacto con el mundo.
La vio encaminarse hasta el mostrador y pagar los libros,
descolgar el abrigo del perchero y salir a la calle. Pensó en
abordar al dependiente e interrogarlo sobre la identidad de
la mujer, pero se dio cuenta que eso hubiera apresurado
innecesariamente las cosas. Le hubiera quitado el halo mágico que tenía hasta ese momento, proporcionándole datos
insustanciales como su nombre y dirección. En la puerta
encendió un cigarrillo y resumió su tránsito hacia la esta-

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ción del Subterráneo. A partir de ese momento, Asintrop
,. supo que para alcanzarla debía ser paciente y prepararse
para los sucesivosacercamientos.
Esa noche, después de haber visto a la yirgen del Abrigo, Asintrop no pudo dormir. Permanedó -f~~;~d;-~;baco aromático, con la mirada puesta en una lluvia de asteroides que se divisaba a través del domo de su casa. La
mañana lo encontró desplomado bajo las aspas inmóviles
del ventilador incrustado en el techo. La luz entraba en
todas direcciones proyectando en los muros sombras, figuras de diversas tonalidades, pantallas geométricas erigidas
como gigantes entre las vigas y poleas de su estudio. En
el invierno eran más profundas. Al despertar así, cobijado
únicamente por un manto de llama, se sentía satisfecho.
Asintrop disfrutaba del privilegiode la austeridad. Se había
acostumbrado a la distribución de las sombras, a conocer
la hora y la estación del año en ese dial en el que se había

't

amantes a las que todo hombre con cierto poder cree tener derecho, pero prefería emborracharse. Damina era la
excepción. Con ella se encontraba una vez•...
Po;;-~ana en
la abacería de Albardán para fumar hachís. Asintrop creyó
haber hecho realidad una de sus fantasías: seducir a una
lesbiana a espaldas de su amante.
Cada tarde que pasaron juntos practicaron el sexo en
cualquier lugar: cabinas telefónicas, bares, y en el mismísimo apartamento donde Damina vivía con E.C. Durante semanas había estado feliz de ser el instrumento de la
traición de Damina, pero pronto se percató de que E.C.
no sólo conocía los detalles de la relación, sino que la aprobaba.
Secretamente, E.C.
había filmado los encuentros en su
.......,•.~
..
propio apartamento. Una mañana, un mensajero entregó
al pintor una caja cuyo contenido era la antología videográfica de sus aventuras eróticas con Damina. En el paquete
iba también una tarjeta de felicitación por su cumpleaños.
Congeniaron desde el principio. Hablaban de arte y de
erotismo. El dominio de E.C. sobre el cuerpo de Damina
-"

convertido su casa.
Despertaba solo y después de un largo baño de tina, tomaba un desayuno frugal. Luego de preparar y mezclar pigmentos, pintaba sobre enormes telas. Aplicaba sustancias a
las superficies para lograr textura y pátina. Al mediodía se
cambiaba de ropa y, apresurado, se entregaba al vertiginoso
mundo de las acerasdel BarrioÁrabe, boyantes y coloridas.
Era su costumbre detenerse a tomar un capuccino en una
fonda antes de llegar a los andene~.4.{:Lfü1b.
La cafeína y
los estimulantes tenían la virtud de armonizar sus sentidos.
Aunque siempre iba de prisa, Asintrop era dueño de todo
el tiempo del mundo. Las tardes las pasaba enteras en los
bares de la Avenida Escénica. A su disposición estaban las

era total y el_~:~~~~lllo
se simplificó. E.C. sabía desaparecer para que Damina y él se encontraran. Las mujeres eran
asunto aparte. Damina tenía su lealtad consagrada a E.C.
Movieron por un tiempo el cuerpo de la amante compartida como una pieza de baja denominación en ese ajedrez
sexual, pero pronto E.C. se impuso en la partida. Casi sin
advertirlo, Asintrop la convirtió en su confidente, en el receptáculo de sus dudas y deseos. Había develado los secretos de su vida ante una mujer a quien sólo unas semanas
antes colaboraba a traicionar.

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15

D

.•• a,

J

E.C. disfrutaba verlo fornicar con Damina. Conocía el
valor de su obra como pintor. Estaba al tanto de sus deudas
y sus posibilidades de avance en los tableros y las escalas sociales. Yase veían casi a diario, Asintrop perseguía el cuerpo
de Damina como a una adicción y el sosiego del consejo de
E.C. con la avidez con la que se busca el amable regazo de
una madre. Entonces E.C. decidió que era el momento de
dar el paso definitivo. Por eso le habló de la reedificación
de la familia, de la necesidad de instaurar un nuevo orden
estético en el mundo a través de los hijos. Ella supo siempre lo que quería y cómo conseguirlo. Gradualmente erigió
cercos en la vida de Asintrop, afianzando territorios. Primero puso entre ellos el cuerpo provocativo y dispuesto de
Damina. Con paciencia penetró los códigos más íntimos
de su pintura. Interpretó sus esfuerzos y tejió alrededor de
ellos la mitología de una empresa común. Le auguró éxito
y celebridad. Asintrop imaginó escenas de la vida con su
amante y su protectora. Se vio a sí mismo en una casa de
amplios jardines, trabajando en un estudio lleno de luz, y a
E.C. entregada a la educación de los hijos engendrados con
Damina. De ella aprenderían a sembrar flores y a cuidar la
naturaleza.
La noche que vio por primera vez a la mujer del abrigo, Asintrop conoció en las palabras de E.C. lo que sería vivir en un mundo en el que por el mismo esfuerzo y
bajo el mismo techo sería posible tener las bondades de los
cuidados de una madre y las caricias siempre frescas de la
amante. Nunca había perseguido una vida así, ordenada
y reproductiva. Por eso la abandonó en aquella estancia y
trató de olvidarla. Pronto descubriría que escapar al imán
de las palabras no es una empresa fácil.

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11

Esa mañana también,
la bicicleta
amaneció colgada de la
".---·----.---~.,.,.-.:·:-::::...-~-·-·---~
-· --·-··--· ..• __
rama de uno de los árboles del parque. Windesfalt cruzó
pacientemente la explanada qu-;;mediaba entre el edificio
de apartamentos y el Jardín Castrid. Llevaba al hombro
una mochila de lona que dejó caer sobre el pasto húmedo.
Trepó con parsimonia el olmo del que había encontrado suspendida su bicicleta todas las mañanas durante las últimas
.

-.,.

_,

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dos semanas.
Windesfalt había pasado tardes enteras especulando sobre la identidad de quien con tanta pericia abría el candado
de combinación. Al principio lo cambió por uno de llave
pero al encontrar una vez más la bicicleta en vilo supo que
todo intento sería inútil. Ni espiar de noche al bromista, ni
cortar la rama del árbol serviría de nada. Se encontraba a
merced de _un_~~~~~oque se había propuesto mortificarlo.
Desde el primer día descartó la posibilidad de una broma
de los vecinos, pues Windes no tenía trato alguno con ellos;
después de varios días de cavilación, mientras pedaleaba
rumbo al trabajo, concluyó que lo que ocurría era algo singular.
Con el paso del tiempo, se acostumbró a vivir con el pequeño gran misterio de la bicicleta colgada de un árbol del
parque. La pudo haber guardado en el estrecho apartamento para terminar de una vez por todas con el asunto, pero
Windesfalt se sintió atraído por el juego. Su vida se había
iluminado. No haber encontrado la bicicleta pendiendo de
aquella rama en esos días hubiera constituido para él un

17

,

- ...

1¡:

cambio inexplicable

y una decepción

mañana, al salir de su apartamento,

muy grande. Cada

lo invadía una extraña

emoción rayana en lo erótico. Caminaba despacio hasta llegar a la bicicleta. La tocaba como si buscara comprobar

de

esa manera que no era un sueño.
Los domingos
los transeúntes.

Windesfalt

salía al parque para espiar a

No buscaba un culpable. Quería observar

la reacción de la gente ante el espectáculo

de su bicicleta

colgada de las ramas de un árbol. Pero eran días invernales
y la gente no salía de casa. Si acaso, cada hora pequeños
grupos de personas se congregaban en la estación del transporte colectivo. Durante

dos o tres minutos

esperaban y

luego subían al autobús que siempre llegaba puntualmente.
Nadie mostraba extrañeza, ni siquiera se percataban

de la

presencia de la bicicleta.
Irritado, Windesfalt se encaramaba en las ramas del árbol
y después de un forcejeo, lograba liberar la bicicleta. Con
un trapo daba lustre a los manubrios y luego la llevaba a su
apartamento

para lubricarla. En la noche volvía a amarrar

el afeitado vehículo en el

rack, junto a las bicicletas de los

vecinos.
Pronto Windesfalt tuvo la necesidad de hablar de su secreto con alguien. Su jefe en el laboratorio era un hombre
autoritario, pero sentía una gran debilidad por él, quizá por
la medianía de su complexión. La calva y su mirada triste y
distraída tras las gafas redondas le inspiraban ternura. Pensó que podría confiar en él.
-Haga usted el favor de salir de mi oficina inmediatamente- le dijo el jefe, que se había puesto de pie y tenía la
mano en la perilla de la puerta.

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Entonces Windesfalt recurrió a Q_;i,ffy
St_yp"Le habló por
teléfono y la citó en el Barrio Árabe, en un café desde cuya
ventana podía ver a los transeúntes regresar del trabajo
mientras tomaba chocolate y galletas. Como siempre, llegó
en el Subterráneo. Trataba de controlar sus_.~r,npulsosxeno~~b~c<:s,pero estaba convencido de que llevar la bicicleta a ese lugar equivaldría a perderla. No podía arriesgarse,
menos ahora.
En el Barrio Árabe había una mezcolanza étnica; era un
enorme b~~-'!:~
donde lo mismo se podían encontrar cafés
de chinos, que gitanas adivinadoras o traficantes de droga.
Acompañado por Daffy había caminado muchas veces por
sus aceras, respirando olores y fragancias ajenas a la asepsia
de Alturas Poniente. Ahí se había encontrado con el futuro
en la carta astral que le hizo una bruja exiliada de La Nueva
Orleáns, y ahí mismo conoció a Daffy Stup.
La vió por primera vez en la marquesina de Zhonas donde trabajaba como bailarina. Antes de hablar con ella, la
vió bailar desnuda una canción persa cantada a capella por
un ciego. Una matrona envuelta en velos y ropajes se acercó a Windesf~t- "í~-preguntó al oído si quería tocar a la

y

bailarina. Tímidamente respondió que sí y luego siguió a la
mujer por un largo pasillo. El cuerpo moreno de Daffy y
su cabello ensortijado la habían convertido en la mujer más
codiciada del lugar. Windes entró a una habitación llena de
almohadones y tapices. Por el equivalente a un día de su salario pudo posar sus pequeñas y regordetas manos en la tibia
piel de la mujer. Sus dedos fríos acariciaron cuello y senos,
pero se detuvieron en la antesala del pubis. Abrió los ojos y
encontró a la otra mujer con la mano extendida en la espe-

19

ra del pago. Desde ese día, Windes acudía al Barrio Árabe
para visitar a Daffy por lo menos una vez por semana. Inevitablemente,

el ritual de acariciar su cuerpo se convirtió

en un acto mecánico y fue cediendo
Windes

a la necesidad que

tenía de una amiga como ella, que le permitiera

conocer las historias de ese mundo hasta entonces distante.
- ·----------~·····~"-'"""

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La encontró instalada junto a la ventana. Cuando lo vió,
puso su boca en el vidrio para que Windes la besara desde
afuera. El vaho creció como una nube alrededor de sus labios hasta cubrirle el rostro. Sólo la pequeña argolla de oro
que adornaba la nariz asomaba como una luna brillante.
Windesfalt había ido al Barrio Árabe para ahondar en
~··el misterio, no para que su amiga le ayudara a resolverlo.
Buscaba que Daffy se interesara en su mundo, esa parte de
la ciudad que ella había dejado mucho tiempo antes para
quedarse a vivir del lado de los emigrados.
-No, Windes -le dijo en el idioma híbrido en el que
se comunicaban- alguien te toma el pelo y ahora tú me lo
quieres tomar a mí.
Windesfalt se negó a visitar adivinas y videntes. En silencio acompañó a Daffy hasta los baños donde ella se tendía
en una plancha de mármol, sobre la que estaban colocadas
unas lámparas. De ahí provenía el bronceado de su piel,
atípico para una mujer blanca, como ella, en esa región del
mundo.
Humillado, regresó a casa. Empezó a llevar un diario en
el que registró todas sus observaciones, que a partir de entonces fueron sistemáticas. Primero puso un candado diferente cada día de la semana, alternando los de combinación
con los de llave. Permaneció despierto en el recibidor del
edificio la noche en que por fin decidió amarrar la bicicleta

l

~-----.·~.-""~"············-·-·---•..•--·-·.,.,,.,_,c.._,.,,.-

20

con múltiples candados. Desde ahí vigiló el rack durante
horas. Se juró que el sueño no lo vencería, pero el alba lo
encontró con los ojos cerrados. La bicicleta ya estaba en el
árbol. De día, Windes anduvo como sonámbulo en el laboratorio, demacrado y más ensimismado que nunca.
Al poco tiempo se convenció de que la fuerza que se había apoderado de la bicicleta lo tenía sujeto también a él y
había logrado que el sueño lo venciera antes del amanecer.
Exhausto, Windes decidió dormir y despreocuparse de esa
situación, que de fascinarle, había terminado por perturbarle el juicio. No pudo. La primera noche soñó cientos
de bicicletas colgadas de los árboles del Jardín Castrid. Se
vio ir de un árbol a otro, buscando la suya sin encontrarla,
tratando de recordar combinaciones.
Cuando Windesfalt despertaba de sus pesadillas, bajaba
corriendo por las escaleras hasta el recibidor para encontrarse con que su bicicleta estaba aún amarrada al rack. Regresaba a su dormitorio tiritando. De mañana volvía a salir
cabizbajo. Caminaba así hasta llegar frente al árbol. Una
vez ahí, como quien invoca una plegaria, volvía la vista hacia la copa del árbol y encontraba la bicicleta trepada.
Ese lunes de invierno, el día encontró la mochila de lona
sobre el pasto húmedo. Elcuerpo de Windesfalt pendía de la
rama,Jr:t(:!C.:ido
PºF~elviento. Su rostro amoratado ostentaba
una tranquilidad que no había tenido en vida. Los vecinos se congregaron a su alrededor mientras las autoridades
lo bajaban del árbol. Luego, como de costumbre, subieron a las bicicletas y se fueron por la avenida rumbo a sus
empleos, sin percatarse de que cerca de ahí, la bicicleta de
Windes yacía sobre la acera.

21

t

III
o~<~Le..
1.
.

Daffy cruzó el..l~r~o puente que comunica al Barrio Árabe y Alturas Poniente. Era un día nublado. Los automóviles
iban en ambas direcciones. Los anuncios luminosos de los
autobuses brillaban con letras rojas, pregonando las noticias del día. Deb~ de la monumental estructura de hierro,
el río siguió su curso con un resplandor grisáceo. Daffy iba
enumerando cada detalle. A su paso encontraba la vida de
otra manera; a pesar del gruesó abrigo, el viento helado le
calaba hasta los huesos.
"··
··'

-

--

Encontró a un grupo de obreros afanados sobre andamios, realizando arreglos en un trecho del puente. Daffy
se detuvo a observarlos e irremediablemente volvió la vista
atrás. Estaba casi del otro lado. Desde ahí vio cómo los
reflectores de la aduana se abrían paso en la bruma que en
ese momento encapotaba al Barrio Árabe.
Tres semanas antes había salido de su casa con un augurio
en el cuerpo. Cuando vio la noticia en el tablero electrónico no se sorprendió ni tuvo tristeza. La aceptó como había
hecho con la obsesión de Windesfalt.

Un hombre amanece colgadode un drbol
en eljardín Castrid

""''?~

Las pantallas de rotafolios electrónicos multiplicaban la
noticia inexorablemente a cada cuadra. Recordó el semblante de su amigo con ternura. Ahora, mientras se acercaba al umbral de Alturas, volvió a pensar en Windesfalt,

23

r--;

en su conmovedora

inocencia. Daffy llegó hasta la garita y

se quedó parada frente al ofici~l.A~.Inrrüg~~-ción. No supo
qué decir. No tenía documentos
nunciaba

y hacía años que no pro-

las palabras que la acreditaban

como ciudadana

de Alturas Poniente. El hombre salió de la cabina y se encaminó hacia ella. La examinó de pies a cabeza. El viento
agitaba los mechones de Daffy que asomaban

por debajo

de una fina pañoleta.
El oficial habló en un idioma que a ella le pareció extraño, pero comprensible. Era ~~~e_i:~~.'1.:~T:~.t~rna.
Daffy la había dejado de hablar durante años, todo el tiempo que había
vivido en el Barrio Árabe. Escuchó las palabras del hombre
como un eco lejano. El significado de sus frases cayó como
una cascada lenta y precisa, y su mirada de inspector avanzó brutalmente

hacia su fuero más íntimo.

Otras veces había regresado en el autobús de última hora.
La asistencia social del país tenía ese servicio para los emigrados clandestinos

que buscaban entrar sin documentos

a

Alturas Poniente. Se bajaba en la acera de su apartamento
y firmaba los papeles de permanencia
dad se trataba de una prohibición

En reali-

para cruzar al otro lado

del río, pero el )enguaj~ .~urocrático
vago, contradictorio.

voluntaria.

era así: eufemístico,

Bastaba con que Daffy hablara en su

idioma para que el oficial la dejara pasar, pero algo se lo
impidió. Las palabras siguieron dando vuelta en su cabeza
como un carrusel de marcha lenta pero implacable. No ha-

bía paralizado en otras ocasiones. No era la primera vez que
entraba en un rapto semejante de cara a la misma pregunta:
¿Cuál fue la razón de su estancia en el Barrio Árabe?
Hacía mucho frío y el tipo de la Aduana se rindió ante el
silencio de Daffy. Regresó a la caseta de vigilancia, indicándole con un ademán que siguiera su camino.
Alturas Poniente fue concebido como el lugar del futuro,
el ~entro financiero más suntuoso d~ la época; con todo el
ingenio de la cultura postindustrial desplegado en el diseño
de sus edificios y amplias avenidas. Sus parques y zonas
peatonales, acondicionadas con microdimas, constituían
un reconocimiento por parte del gobierno al empeño y a la
disciplina de sus habitantes, así como un constante atractivo para capitales extranjeros.
Daffy había escapado de aquel mundo a los diecinueve
años. Encontró en el Barrio Árabe, ese conglomerado de
comunidades ubicado del otro lado del río, .el lugar propicio para cultivar la desmemoria. Desde entonces se hizo el
propósito de olvidar las coordenadas morales de los primeros años, las enseñanzas que sus padres le habían inculcado
desde niña. En las aceras de su nuevo mundo encontró la
magia que su pequeña familia modelo no conocía. Pero
también tuvo que enfrentar la vida sin los corsets afectivos,
amorosamente instalados por la tradición.
Los constantes esfuerzos por alcanzar una nueva vida la
llevaron a ---'.,
situaciones
límite, Del pasado en Alturas Po.....•
niente sólo tenía imágenes deslavadas de escenas familiares,
donde sus padres y su hermano aparecían siempre vestidos
de blanco, frente al televisor o tomando el desayuno. No
quería recordar nada más. Ahora Daffy era la poseedora
...,

bía cuestionado

su origen. A pesar de su atavío, el hombre

había reconocido en ella una ciudadana de Alturas Poniente. Otros fueron los resortes que la mantuvieron
ante él, la misma maquinaria

inmóvil

de guerra interior que la ha-

24

,·.··'·•·.•.·'··----·--,
.. _,_-.-···.-···-··-····---

25

J~

'1

de una memoria que consideraba propia, y sin embargo,
eso no significaba que tuviera control sobre su vida. Al
contrario, frecuentemente se encontraba involucrada en
desprendimientos que la llevaban a tener raptos, como el
que paradójicamente ahora la había puesto en dirección al
pasado. Su amistad con Windesfalt había sido una manera
de asomarse al aséptico mundo que prevalecía inamovible
del otro lado del puente.
Su amigo despertó en ella el interés por una ciudad donde las bicicletas son suceptibles de amanecer colgadas en
los árboles, donde miles de personas pueden pasar sus vacaciones junto a la playa sin tener que salir de la ciudad.
Windesfalt le había contado de su recreo en el mar virtual
de Alturas Poniente, de su viaje en velero y su modesto
bronceado de fin de semana.
Daffy tenía una gran fascinaciónpor Windes. Estaba convencida de que él mismo había preparado todo con base a
una concepción refinada del suicidio, tal vez al principio
detonada por una broma; creía Windesfalt había llegado
a conclusiones que no se había atrevido a compartir con
ella. Daffy sintió remordimiento por no haberlo tomado
en serio. Ese sentimiento que cubría ahora con el barniz de
la curiosidad, le produjo inquietud, pues siempre trató de
mantener sus relaciones amorosas y de amistad alejadasde
la culpa y sus disfraces.
De ese desasociego derivaba el interés por los diarios y
las observacionesde Windes sobre su relación con el árbol,
la bicicleta y esa fuerza anónima que al final conoció con
plenitud. Tenía necesidad de cerrar el círculo que la muerte
de Windesfalt dejó creciendo dentro de su corazón como
una espiral infinita.

26

~

e

l

le-;

1

Desde luego que eso no fue lo que le dijo a Clarke, cuando después de buscarlo durante varios días lo encontró-~Il.
Nomus tomando whisky en compañía de ~!:nley, el fundador de ese club para viajeros, donde todas las noches se
planeaban travesíasy se decidían destinos ajenos. El Pirata
Inglés ya estaba borracho. Al verla, se levantó da~do tumbos para brindar por ella. Daffy lo acogió con un beso y él
aprovechó para hacerle al oído la proposición de siempre.
Como respuesta obtuvo una mirada desafiante. Su amiga
le pinchó las mejillas y le puso la rodilla en los testículos;
apenas lo tocó, sin lastimarlo. Clarke sonrió y elevó nuevamente su trago para brindar.
Eligieron un sitio en la penumbra y hablaron durante
mucho tiempo. Estuvieron apartados de los demás parroquianos que jugaban cartas y escuchaban a un ÁI1gelTrova con una disposición muy particular. Se divertían con la
letra de los himnos de lucha de los pueblos a los que habían ayudado a someter. Cuando Trova se ponía demasiado
meloso le arrojaban objetos: navajas que pasaban a gran
velocidad sin tocarlo o dardos diminutos, disparados con
cerbatanas, que se incrustaban en diapasón de la guitarra.
Trova permanecía estoico y comprensivo. Seguía cantando.
Pensaba que la reacción de aquellos hombres hoscos era la
prueba de que también ellos eran vulnerables al amor.
En la entrada del tugurio había una placa de oro que nadie se hubiera atrevido a robar. Tenía inscritos
..-'"-~~-----··<
. unos versos
,.,..,,...
....,_,.
atribuidos a un v~~jopoetafrancés:

~~~·"""'"

,.

A~>-

-"

Piedad para nosotros que combatimos
siempre las fronteras

27

,-

~.

de lo ilimitado y porvenir.
Piedad para nuestros errores
piedad para nuestros pecados.
,1 e

El día en que la placa fue develada había en el Barrio Árabe más de doscientos mercenarios de todo el mundo,

reu-

nidos para celebrar su congr~~~ ~1:1.~~l.
No hubo sacerdote,
rabino, o ministro que accediera a oficiar en la develación,
pero los asistentes guardaron

un respeto casi religioso du-

rante la ceremonia.
Ahí, en ese lugar húmedo
de un laboratorista
importancia,
Windesfalt

y oscuro, donde los miedos

de Alturas Poniente no deberían tener

Daífy.habló

con Clarke de los ~~a~rn?~-~e

para convencerlo

de que los robara de los ar-

chiv~;, de la policía. Y en ese empeño empezó a rehacer la
vida de su amigo. Primero alteró su rango en el empleo y
le atribuyó funciones que nunca tuvo. Omitió deliberadamente detalles que hubieran hecho dudar a Clarke, como
el misterio de la bicicleta. En un par de horas, Daffy Stup
transformó

a un humilde asistente de laboratorio

a un sedicioso inconforme,

probablemente

grado B

asesinado al in-

tentar el robo de secretos militares.
De haber estado sobrio, tal vez Clarke hubiera sometido
el relato de Daffy a un minucioso
esos momentos

interrogatorio,

hizo fue chistar los dedos para que les sirvieran más tragos.
momento

una camaradería

inmediata.

Por un

sus ojos fueron u11~l:E~ donde se multiplicaron

las imágenes de sus conjeturas

de persas. Asiduo a su espectáculo, durante meses trató de
encontrar la fórmula para seducirla. Le ofreció diamantes y
grandes sumas de dinero, para que escenificara con él una
secuencia de la película que había visto en Amsterdam. Ella
lo rechazó sin ofrecerle esperanzas, pero la insistencia de
Clarke derivó en amistad, a tal grado que, como consuelo,
le dijo que de amarlo habría repetido la escena gratis. Desde entonces, Clarke había dejado de insistir en serio. Lo
hacía a veces como una broma íntima entre viejos conocidos. Sin percatarse, ella le había puesto al capricho de El Pirata un precio que él no estaba dispuesto a pagar: el amor.
Por eso ahora que encontraba en las palabras de Daffy una
pasión inusual, Clarke veía a Windesfalt con admiración,
no sólo por haber osado robar secretos militares, sino por
atreverse a comprometer su amor con aquella mujer elusiva
y amenazante. Eso quiso creer y ella decidió dejarlo creer.

pero en

su reacción fue visceral. Lo primero que

Sintió por Windesfalt

\

bía muerto tratando de alcanzar cosas que él jamás se hubiera atrevido a considerar: el amor de Daffy, tal vez.
El Pirata la había buscado en el Barrio Árabe después de
verla actuar en Sediciones, en un cine de Amsterdam donde
cumplía un encargo:Cuándo regresó, Clarke se enteró de
que la actriz había dejado el cine porno y se dedicaba a la
quiromancia y al baile exóti¿;;·~~~;:;:~·prostíbulopropiedad

sobre la relación de Daffy

Daffy había mentido, pero se justificó pensando que el
efecto de sus palabras ayudarían a Clarke a construirse una
ficción liberadora. Además, ella sabía que toda verdad tie--¡;~-~¡.;;·f~~hade caducidad, que la naturaleza humana no

con ese fallido espía. Vio en Windes a un hombre que ha-

resiste la seducción de la reescritura. Así pues, siguieron
brindando. Claro que ningún pirata por muy romántico es

28

29

1~

(1(';,(,)_~

un filántropo, y Clarke puso un precio a sus servicios. Ella
lo sabía de antemano, así que cuando él se acercó para susurrar en su oído, ella le dijo que sí antes de que empezara
a hablar.
En la escena de

Sediciones, que hubiera repetido sólo por

amor, Daffy galopaba sobre el lomo de un enano barbado,
de pelambre hirsuto, sometido al imperio de su látigo.

\"'-"'\''.')

Poniente era más limpio y la vida en las calles, a diferencia del Barrio Árabe, era fría. Pero los arquitectos habían
desarrollado estrategias para que la gente no permaneciera confinada a-~~sempleos y aparta:rrie~tos.Construyeron
parques 'envueltos en cápsulas y los acondicionaron con
microclimas.
A Daffy le hubiera gustado ir al Jardín Castrid de inmediato y caminar en los prados que había conocido por las
palabras de Windes, pero en el mensaje, Frangie había subrayado la importancia de seguir sus instrucciones al pie de
la letra. El teleférico dejó a Daffy Stup en la terraza de un
edificio en cuyo interior había una gran agitación de oficinistas. Siguió el itinerario trazado por Frangie, la_......--''''"'~·-"
asiste:.nte
de su amigo, El Pirata Inglés.
-É~-1os-~ru;~J~~~;p; los que tuvo que caminar antes de

En las acerasde Alturas de Poniente sintió una extranjería
múltiple y al mismo tiempo una seducción inesperada por
aquellos vastos.X estériles espacios arquitectónicos. Daffy
enfrentó la-fi;~nomía de la ciudad que había abandonado.
Lo hizo con una candidez que le resultaba extraña. La gente caminaba con la fr~gilseguridad que dan los itinerarios
precisos. El transbordador electrónico del Túnel Stakord
la llevó a la zona peatonal denominada Parque Suizo. Era
un espacio plano y abierto que albergaba un sinnúmero
de relojes y dispositivos de medición para establecer, por
ejemplo, la dirección y velocidad del viento. Todos los mecanismos producían sonidos que habían sido programados
dentro de una pieza musical concebida por Enot, que incorporaba también las caídas del agua en las fuentes y las
improvisacioneslogradas por el tránsito de las personas sobre veredas cubiertas de madera.
Siguiendo las instrucciones
de Frangie, cruzó el Parque
-·-····
----·----· ---"·--·:.·.~
Suizo en línea recta hacia el norte, hasta llegar a la plataforma del transporte colectivo que la elevó al andén número ocho. Entró al vagón teleférico y tuvo una visión de
la ciudad en descenso: las aristas de ese mundo perfecto se
clavaron en sus recuerdos como agujas. El cielo de Alturas

llegar al bistro donde la esperaba Frangie, empezó a darse cuenta de que su ~pecto no era tan diferente al de las
mujeres de Alturas, sobre todo las más jóvenes que tambié;;J~~~~b~n la nariz con argollas y se doraban la piel
con lámparas. Acaso su cabello oscuro y la elegante ropa
hecha a mano la podían haber diferenciado ante una mirada experta, pero ni siquiera el hombre de la Aduana había
sido capaz de percibir en ella algo extraño. Daffy sonrió al
pensar en el secreto guardado debajo del pantalón, otro elemento que quizá también la diferenciaba. No eran los tatuajes, ni su bronceado artificial, sino el constante tintineo
que la acompañaba siempre -la musicalidad de aquella
joya
heterodoxa
que pendía
de los lab!9~y~inales de Daffy
---..-----·
----·····---·--··
-,..-------·-"·---~·-~---------·-··--·--·-··
Stup- lo que la hacía diferente.
El lugar de la cita estaba vacío. La música de un xilófono,

30

31

-

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ejecutada con discreción, animaba desde el fondo una atmósfera de aromas parcos y colores sobrios. Frangie estaba
ya sentada en una mesa desde donde le hizo una seña a
Daffy.
Conversaron animadamente sobre la gran siJ?ig~~c!._~Etre
ese lugar y otros del Barrio Árabe. Frangie le explicó que
algunos empresarios de Alturas Poniente habían encontrado una nueva veta para los negocios, con restaurantes y
centros de diversión inspirados en los del Barrio Árabe. Le
contó acerca de un antro abierto las veinticuatro horas del
día donde no eran permitidas las bebidas alcohólicas, pero
un buen menú funcionaba como complemento a las mujeres que bailaban totalmente desnudas para sus dientes,
turistas o ejecutivos que regresaban al empleo después del
postre. Daffy frunció el ceño y dijo que en el Barrio Árabe no habíalugare_s tan aburridos. Frangie sonrió divertida
p~r i~respuesta de Daffy.
La asistente de El Pirata Inglés llevaba una blusa esmeralda. Sus manos pecosas tenían la dureza y la idiosidad de
los artríticos. Con un movimiento de la canilla depositaba
la ceniza de los cigarrillos que despachaba uno tras otro.
Agregó, como para suavizar las cosas y sutilmente darle la
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, te sorpren derf
razon:
a emas
erra sab er que no se trata d e mujeres reales, sino de hologramas".
Entregó a Daffy las notas de Windesfalt
encuadernadas
,._.,o•-'"-ef"""""~~~··•·•·''
..,,•- ..,

·~o,.

compartió la mirada atónita de los turistas que visitaban
por primera vez el Barrio Árabe. Sintió como si regresara de
un largo viaje. Cuando por fin pudo caminar por las calles,
disfrutó como nunca el bullicio y la anarquía de su mundo
adoptivo.

. , .... ,,••.•.••••

en piel y le aconsejó por lo pronto no yis.i!A.L~!J~~ Castrid. Esas habían sido las instrucciones de Clarke.
Regresó a bordo de una burbuja motorizada que no tardó
en cruzar el puente y ponerse a recorrer la Avenida Escénica. Desde la ventana de aquel automotor blindado, Daffy

32

33

V

N

El día del atentado, el Barrio Árabe vivió el tráfago de los
preparativos del carnaval. Desde temprano, los danzantes
empezaron a tomar las calles. Un circo entero amaneció
afuera del apartam~nto de El Pirata Inglés. La mañana ostentaba un hC>ri~~~t~
diáf~n~ p~bl;do de los mundos sustentadores del Barrio Árabe, llevados a representaciones
extremas. Trovadores como Isaac Viento y Abac Dunas se
habían apoderado de la esquina del Banco Central y cantaban piezas de Lady Stardust. La escritora libanesa Yolanda
Abbud levitaba por las acerasy,_r~p~~tíapoemas como si
fueran pájaros de plumaje oscuro. Su ojiverde perro Telémaco complacía a sus transeúntes dejándose acariciar el
abundante pelambre. Y enmedio de aquel ecuménico alboroto, Clarke caminó avasalladopor un tremedal interno,
~~
una iluminación luctuosa, un designio funesto.
Iba envuelto en un gabán oscuro. Con las manos sujetaba
las solapas para mantener protegido el pecho del frío que
avanzaba inmisericorde. El unicornio tatuado en el reverso
de su mano izquierda temblaba. Los ojos demacrados del
corsario eran la huella de una noche en que la vigilia había
sido propicia para que sus reflexionespenetraran a territorios de su conciencia que hasta entonces habían permanecido inexplorados.
El a~~Q!f!ItO de Clarke era también uno de sus sofisticados laboratorios. Desde ahí llevaba a cabo las enco-

J
111!

_.,.....__ ,_,A••~~"·'-

miendas relacionadas con e~,~~E.~~~aje
de alta tecnología.
Sus incursiones en la vida nocturna del Barrio Árabe, su

35

"'''/

'-·.,.....{1

111

amistad con Stanley y los demás mercenarios

de Nomus,

eran sólo una parte de una imagen que con el tiempo se
había forjado. Durante años frecuentó todo tipo de antros
relatando historias de viaje, duelos en puertos lejanos y súbitas retiradas a bordo de trenes nocturnos.
En Nomus convivía con asesinos a sueldo y soldados de
la

f~;t~;;~
~ue lo respetaban por ser un hombre de trabajos

finos. Clarke se había esforzado siempre por s_~run ~erda_:de!_?_,P.!Eél_t_~~és,
no solamente con el propósito de tener
una identidad dentro de un mundo con el que necesitaba
estar íntimamente ligado, sino porque desde niño quiso
ser pirata, un navegante filibustero en un mundo distinto.
En su adolesce~cfa'r~~~;;i6~;;"Joslos mares. Realizó por su
cuenta las travesías de Magallanes y Vespucci. Los viajes de
Marco Polo no le fueron desconocidos. No los había hecho
embarcándose en algún tramp steamer, sino en un programa para computadora que junto con un pastel recibió de
L.._.--·--~··'"''''···-·"''·'·~las amorosas manos de su madre un buen cumpleaños.
De joven estuvo inscrito en la Academia Naval donde
sobresalió por su aplicación al estudio. Sin embargo, tuvo
que abandonarla al descubrirse su responsabilidad en un
acto de sabotaje al mar virtual de Alturas
Poniente. Estu....••.•.~-----~·-··--·--"~-_.,...,
vo a punto de ir a la cárcel, pero se fugó a Egipto donde
permaneció varios años. Meditó a las orillas del Nilo sobre
la magnificencia de la Gran Esfinge y los misterios de Abu
Simbel. Cuando regresó, encontró refugio y ocupación en
-

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~-"·-·---""""~--~---.-.,

mente a lo que podría deducirse por sus relatos, tales rasgos
eran obra del virtuosismo de ui:_~~~11J;in()
pl~s!_ico,quien
con base en un detallado bosquejo hecho por Clarke, realizó,injer~?s e instaló en su piel los dinamismos metabólicos
para que su rostro adquiriera la dureza y el carácter que
corresponden a un verdadero pirata.
Clarke había desarrollado el sistema de espionaje más
sofisticado de la región, capaz J;¡;~;~(;-~;"~;;-Í~;-~;chivos

i

gubernamentales de varios países. Sus contactos y colaboradores estaban plantados en la burocracia y en la industria,
en los bares y en las salas de masaje: en lavocación delatora _
de un mundo acechado por el miedo.
La de Clarke se había convertido en una de las empresas
más prósperas del Barrio Árabe y la fama de sus correrías en
parte del folclor de la nueva era. Lo mismo servía a lavadores de capitales que a los possies jamaiquinos, y a los chiítas
en su eterna vendetta contra los sunni. Se manejaba con el
profesionalismo de una firma de abogados. Las reuniones
con sus dientes tenían la formalidad de la buena comida y
los licores finos. A ellas iba rodeado de asistentes, a quienes
se dirigía para solicitar datos o girar instrucciones. Algunas
misiones las dejaba a cargo de sus burócratas personales
que las asumían con celo de que quizá ni el propio Clarke

--.,_

mostraba. Lo otro, su yígcl11Q_Qpc~~n~
..~~E-~fomus, pertenecía al reino de su vida personal, a la necesidad de ser
como los hombres de mar, que después de un largo viaje
encallan en el puerto y beben con los amigos en la taberna
...,..,.

__

.,

.•-

...

el su~-~-11!1-_c:l()_~:}<l~!!!~Eig~~Y.<:>füi.~a~_
e inmobiliarias del Barrio Árabe. Su fisonimía había cambiado, pero las cicatrices
en el rostro, el ojo de vidrio y su prematuro envejecimiento, no eran el saldo de los duelos en el Caribe. Contraria-

No había sido difícil para él r~~2..~~~i.::iri!:.l~~idade
Win,4~.~fil¡:
y el contenido de sus ~ademas. Pront~--~~~T~fÓ

36

37

de siempre.

i

que Daffy vivía engañada, que su enamorado

no era espía,

ni un rebelde contra el sistema. Por lo contrario, había sido

Daffy.
__ .,_,.,....,...,. Además, entre otros datos, Frangie había destacado
uno en su informe: Windes era Aries con ascendente en

....,_

'11

un tipo entregado

y fiel a modo de vida de Alturas Po-

niente. En los últimos meses de su existencia había tenido
descarríos y aventuras, como sus incursiones

en el Barrio

Árabe y su afición al misterio de la bicicleta, pero ni siquiera eso lo redimía. La mirada policiaca de Clarke llegó a la
información

más íntima de la vida de Windes. Hurgó en

el expediente policial, pero además hizo una investigación
para reconstruir

sus últimos días. Así llegó hasta el drama

de la mañana en que Windes amaneció colgado de la rama
de un árbol en el Jardín Castrid. Sobre una mesa de trabajo
tuvo su diario, la reseña oficial hecha por las autoridades y
el relato forense, mecanografiado

con prisa en un dialecto

ininteligible.
-De

esto nada debe de saber Daffy Stup-

Frangie cuando decidieron

le dijo a

cerrar por fin el caso, arrogán-

dose así el privilegio de la compasión.
No quiso que ella se sintiera defraudada por Windes. Los
apuntes constituían

un diario personal, el registro de sus

creencias y preocupaciones.

Clarke ordenó a Frangie que

un buen calígrafo hiciera apuntes fragmentarios
militares simulando

la letra del laboratorista.

con datos

Guardó para

sí los diarios verdaderos y la carta astral que Windesfalt
tenía entre las hojas de sus cuadernos. Jamás se le ocurrió
que Daffy hubiera tratado de engañarlo
esa intimidad

de Windesfalt

cursos de mercenario,
inadvertida

para asomarse a

que ahora Clarke, con sus re-

buscaba ocultar. Esa obviedad pasó

ante los enamorados

ojos de El Pirata, pues ya

la simpatía por Windes se había transformado

•···· ····-····· ... .

.. .

38

en amor por
...,

····•··

..........;

Libra.
Conocedor de los rudimentos de las negociaciones en el
bajo mundo, versado en el sofisma político y nada ajeno a
la coerción como método persuasivo, Clarke, el refinado y
poderoso Pirata Inglés, veía a la astrologí.i C01IlOuna he-

,1 [,

11

rr~!en~~--~~ _ei.:i_~~r
()fQe11para su trabajo. Incluso, llegó a
resistirse a tomar ciertas encomiendas cuando los astros no
estaban bien aspectados. Clarke había decidido mantener
viva su investigación personal sobre los secretos del amor
de Daffy, una diosa del porno, una amiga de virtudes innegables, por aquel mediocre laboratorista.
Leyó toda la noche. Paso a paso fue descubriendo el ver-:_

111

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~d.~~9 ~{)~troge )ViQq(!~falt,sus más genuinas preocupaciones. Llorró por él, quiso tenerlo cerca y abrazarlo, haberlo tenido al alcance antes de su muerte para ofrecerle
consuelo, interesándose en la bicicleta. Las descripciones
de Windes y su elemental miedo, conmovieron a El Pirata
Inglés. No había encontrado la iluminación para arribar a
una idea refinada del suicidio. Tampoco encontró indicios
de que lo hubiera hecho por amor a Daffy. Se había colgado del árbol porque ya no había podido con esa vida de
laboratorista grado B, porque se dio cuenta de que había
perdido treinta años tratando de ser un ciudadano ejemplar y de que su encuentro con Daffy y el Barrio Árabe no
era un renacimiento, sino la confirmación de que su vida
era un interminable hueco que no podía llenar con todas
las simulaciones del mundo. Ni los paseos con Daffy, ni el
asomo al misterio de la bicicleta fue suficiente para rescatar

39

11

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1

1

a Windes del descenso al abismo en que había convertido
a su diario. La autoincriminatoria
falt había terminado

inclinación

del café y los efectos del salmón lograron reanimarlo un
poco, lo suficiente como para que intentara concentrarse
en las actividades que el día le deparaba: una junta con
Frangie y luego, una sesión de ejercicio con su entrenador.
Sacó del bolsillo el teléfono portátil y marcó el número de

de Windes-

por contagiar a Clarke. A través de la

persiana, la luz del sol empezó a penetrar en el estudio. El
Pirata Inglés sintió la futilidad de su vida sin frutos, burdamente subsidiaria de los sueños y las pesadillas de otros. El
intrincado

mecanismo

de un reloj transparente

Frangie. Canceló sus compromisos y decidió s~gll~t..~1--~-~rnaval. Pensó en las posibilidades de la juerga. Añoró a Windesfalt. Hubiera querido acudir a Daffy y hablar con ella,

le notificó

la hora. Fue a ducharse. Quiso escapar por el puente que

1

en esos momentos le tendía la rutina, pero fue interceptado
por la despiadada

impertinencia

del espejo. El azogue le

devolvió el semblante de un hombre cuya alma había sido
tocada por el miedo y el desencanto.

Dio la media vuelta

,. ~

y salió del cuarto de baño. En un enorme salón ocupado
por sus instrumentos

de trabajo se enfrentó al andamiaje

de su vacío. Entonces, Clarke buscó en el ajetreo de la calle
refugio para su espíritu, que ya iba herido, como un pez
boquiabierto

que se bate a los pies de su captor.

Todos los freak

shows de la ciudad habían dejado sus sitia-

les nocturnos, el artilugio de la sombra, para salir a la calle.
Mostraban, bajo el sol inhibido de ese día nublado, todos
1 los trucos y las huellas de sus excesos. Clarke caminaba por la
acera entre las reinas de la noche, animales míticos y todos los
\ elementos de la fiesta: contorsionistas sobre las mesas de los
cafés colocadas en la acera, acróbatas haciendo calistenia a
media calle.
Llegó hasta su lugar preferido para comer empanadas de
salmón, un platillo que solía tener la facultad de devolver
a las mejillas de Clarke su tono bermejo. Se acomodó en
una mesa junto al ventanal donde por primera vez tuvo
conciencia plena de lo que pasaba a su alrededor. El olor

l

40

111i

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pero había enco~.~ra~~-~~-~~~~~~~-9..1:!~.g~~!_~~r.
Al fin, con
un propósito para su vida, El Pirata Inglés logró embarcarse
en los carriles del día.
Oguri preparaba el capuccino de Asintrop cuando escu- q,{, /
1:~..
ch61;;; ráfag;;:Ai voltear alca;z:¿·~-~e~--;~-;;
deo enmass.¿¡_,.

-

rado que huía a bordo de una motocicleta y el ajetreo de
hombres y mujeres que daban tumbos entre las mesas del
café. El ventanal estaba roto El Pirata I11glé~desfallecía en
el piso; la sangre se disparó a borbotones y se deshiló en
paredes, en las vitrinas dentro de las cuales se guardaban los
selectos postres, y también en las espejeantes cafeteras cromadas. Asintrop estaba petrificado en su lugar de siempre,
con la mirada en algún punto sobre la avenida por donde
se alejaba el autor del atentado.

41

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Oguri caminó hacia el pintor, como hipnotizada, y lo
besó. Se besaron apasionadamente. En la confusión de
gendarmes y curiosos, sirenas y torretas, Asintrop arrancó las pantaletas de Oguri. Fueron detrás del mostador y
siguieron acariciándose. Al penetrarla, Asintrop cerró los
ojos. Vio como se alejaban sus amantes, su trabajo, la vida
futura; dejó de escuchar las palabras de E.C. y~
por
un momento la aparición de la Virgen del Abrigo.

Encontró en el cuerpo de Oguri un universo lo suficientemente vasto como para olvidar de manera temporal los
sueños de éxito y el asedio de E.C. El impacto que tuvo el
pintor fue tal, que incluso le permiti<?~!!J~J.mul--ªI~.l
recuerdo
d~la Virgep.deLAbrigo.
-----~ E.C. estaba segura de ser la arquitecta definitiva de este
relato en que Asintrop, decidido a aceptar el convenio con
ella, tropieza con la inesperada pasión de Oguri, la discreta
mesera que durante meseslo ha atendido en un cafetín del
Barrio Árabe.
En el taller de Ruanna Gaela, la escribana dérmica más

111

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~·-------respetada de la comarca, el ~-~~~~-~--f~.~EE.9.Áe
.Q~a1!1l!!:_

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estaba ya preparado sobre un camastro. Ruanna lo frotó
con ungüentos de aromas alcanforados, mientras que en
una habitación contigua E.C. revisaba las páginas de un
catálogo~~ joyas y tatuaies, segura de que Asintrop estaría
de acuerdo con su elección. La ceremonia duraría menos
de una hora. El instrumental de la sacerdotisa y cirujana
brillaba con sobriedad. ya dispuesto en palanganas de porcelana. Pero entonces E.C. tuvo indicios de su fracaso. El
hombre que debía proporcionar el fer~l
vientre de Damina, su mujer, escogido entre muchos para ser
el coautor de su progenie, había detenido sus pasos ante
el escaparate de un suceso ajeno, alejado por completo de
sus aspiraciones familiares. El olor a sangre, contaminado
por los aromas narcotizantes del café y la adrenalina de los
cuerpos, había suscitado en su interior el aleteo de mur-

42

43

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11,1
111

ciélagos, el hambre de su fauna sexual. Estaba nuevamente
postrado ante una pasión, en el interior de un deseo, sufriendo el goce y el abrigo de un aliento, de una atmósfera

que lo llenaba de vitalidad.

~}1:1:~92
se entregó por completo a las virtudes amatorias
de Oguri, a los efluvios de su cuerpo, a sus miradas ausen"t'(;S,'pübíadasde paisajes lejanos, de meditaciones incompatibles con su desbordada pasión. Ya no se veía con Damina
una vez por semana para fumar hachís y hacer el amor en
la trastienda de Albardán. Ahora deambulaba por las calles
del Barrio Árabe a la espera de las cinco de la tarde. A esa
hora Oguri terminaba su turno en el café y se encontraba
con Asintrop para ir a casa, un espacio pequeño ubicado en
el décimo piso de un edificio de renta congelada en la .!3-u~Joline. El interior era una ambientación acogedora, llena de
alm¿hadones, tapices y vaporizadores, animada por la excitación y la calidez del cuerpo de Oguri; había convertido
su hogar en una cámara de los placeres, cuidando cada uno
de los detalles: las cortinas, los marcos de las ventanas, los
calentadores, los biombos. El acabado de laca de su sistema
de cajones contrastaba con el carácter hosco de la silla en
la que cierta tarde Asintrop padeció los rigores de un nudo
japonés. En esos compartimentos guardaba los enseres de
sus secretos eróticos: correas, lencería, metales, sustancias...
La alfombra sobre la que ponía de espaldas a su amante
para prodigarle extensos y vivificantes masajes era como un
altar: también el pequeñísimo baño turco, espacio de deliciosas excrecencias y súbitos brillos.
Pero no sólo los artefactos y los dispositivos hacían de la

44

'it

morada de Oguri una caja de sorpresas; también estaban
la música, las esencias herbales, los haikus, las palabras hebreas que pronunciaba para animarlo cuando el ginseng
no había hecho su labor y lo sentía desfallecer entre sus
brazos. Oguri no fue para Asintrop una mujer sino una at- ......---····
mósfera, un complejo de sensaciones que lo acariciaba con
una sutileza narcotizante. Su contacto con ella producía en
Asintrop la emoción que trae consigo la repentina llegada
de la lluvia.
Sin importunarlo, E.C. mantenía vigiladas las actividades
diurnas de Asintrop; lo hizo seguir para obtener informes
detallados de sus recorridos por el Barrio Árabe. Para no
fatigar la imaginación con la angustia de los celos, mandó
videograbar su periplo por las calles y los encuentros con
Oguri. En una pantalla, E.C. analizaba el comportamiento
de Asintrop. Con desapego, lo vio caminar por aceras solitarias, mezclarse con la gente en los parques, entrar a museos o fumar un cigarrillo sentado en una banca. El límite
fue siempre el interior de la casa de Oguri. Ninguno de sus
enviados pudo transgredir la privacidad de las habitaciones
de la nueva amante de Asintrop. En aquel frágil edificio
existía un i~!Ei!!~.a.~~_si~t~m'!.~~~~e~~dad
heredado a los
inquilinos por los traficantes de droga que durante años
controlaron el lugar.
Ante la posibilidad de acceder al escenario de los encuentros con Oguri, nació en E.C. el impulso de inventar
posibles acercamientos a esos paisajes eróticos. Empezó a
planear la dramatización de sus fantasías, la creación de
mundos paralelos que le permitieran conocer la motivaciones del objeto de su seducción.

45

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Oguri no acostumbraba hacer el amor en apartamentos
ajenos y tampoco dejaba que nadie permaneciera en su casa
toda la noche. Sin embargo, con Asintrop se había convertido en una mujer de excepciones; no solamente dejaba que
se quedara a dormir, sino que velaba su sueño. Contemplaba su cuerpo desnudo antes de arroparlo y leerle hiakus.
~
Los recitaba como sutras, como plegarias que buscaba penetraran en la conciencia de Asintrop, mediante una especie de ósmosis amatoria. Sembrar en el sueño la vastedad
y la belleza del mundo en pequeñas dosis verbales era su
cometido. Era su manera de ejercer esa labor de misionero
que en cierto punto de las relaciones amorosas siempre termina por seducir a los amantes.
Se levantaba a correr por las aceras del Barrio Árabe,
mientras Asintrop seguía dormido en la tibieza de su recámara. Recorría distancias largas sin que le importara el
clima que a veces llenaba sus trayectos de frío y humedad,
o de nieve que se precipitaba sin aviso.
Nunca soportó la inmovilidad del tantra yoga blanco. Por
eso, con un fósil animal en la mano izquierda, en un esfuerzo
de sincretismo yogui, iba por las calles buscando atisbos de
reencarnaciones pasadas, concentrada en la meditación sobre
los tránsitos de su carta astral; le intrigaba saber que no había
nadie en la casa del amor, aun cuando en su lecho Asintrop
había encontrado santuario. Oguri habitaba paisajes interiores mientras su amante retozaba. Él abría los ojos para
descubrirse en el jardín de las arenas blancas de sus sueños.
Al terminar esa especie de danza ritual en la que había
convertido al jogging, regresaba a la frugalidad barroca de
su casa para alimentar su cuerpo con una obsesión macro-

46

ti

biótica que empezó a influir gradualmente en la dieta de
Asintrop.
Alrededor de las nueve de la mañana, ella entraba en meditaciones y él se convertía en un exiliado de ese mundocapullo. Con una sonrisa intentaba tranquilizar la bullente ansiedad del pintor. Las pulsaciones encontradas de los
amantes se disolvían en el quicio de la puerta. Ella entraba
para entregarse a sus peregrinaciones interiores y Asintrop,
sumido en un mundo de inseguridad, fantaseaba las sesiones amatorias con Oguri. Las imágenes de la entrega de
aquella mujer, la sumisión a sus caprichos, lo perturbaban.
Por momentos llegó a sentir que era lo sagrado reducido a
la espesura de un pene, venerado por los placeres de Oguri. Asintrop gozaba del suplicio de amarres e involuntariamente participaba en la edificación de un espacio para la
llegada de un dios que no era él. Templo transitorio de dioses desquiciantes a los que Oguri rendía culto, Asintrop vagaba por la ciudad sin acostumbrarse a perder su grandeza.
Abandonó el café; en el estómago, como una faena de
doma, llevaba las caricias herbales de los tés de Oguri.
Buscaba para desfogarse el refugio de los baños públicos,
la oscuridad de las arcadias de los cines porno, los anonimatos de su dividida y maltrecha vida interior. Recorrió las
calles del Barrio Árabe buscándose a sí mismo, como si las
claves para su vida fueran algo que pudiera adquirir en uno
de los bazares de la comarca. Dejó de trabajar en su propia
obra. Ocasionalmente visitaba su estudio para mudarse de
ropa. Las noches que no compartía con Oguri, se arrellanaba en el sofá de su casa de cara al domo para ver el cielo,
ignorante del designio de las estrellas. Llegó a pensar que

47

u
1

el estado ideal del hombre era vivir como lo hacía con esa

cuerpo amado. Oguri era una flor que sin reserva abría sus

mujer, rodeado de almibaradas

pétalos cada tarde, reina-esclava, criatura asediada, domi-

atenciones: una voz leyén-

dole versos mientras gradualmente

empezaba a recuperar el

sueño de aquella mujer del abrigo encontrada
del Barrio Árabe.
Durmió

infinidades.

Encontró

en las calles

contrar en las aceras de la vigilia. En el reposo, el escroto
fresco y firme que Oguri supo

Primero fue su lengua politeísta interpretando
gues, aventurándose
nías, murmurando

los plie-

en la verdad de las más Íntimas agouna muerte muda, diciendo

plegarias

con sigilio de lagarto albino. El fondo de su boca había
sido lugar de hallazgos providenciales,

palacio semicerrado,

semiabierto, con respiración de reliquia náutica: escafandra
de la vida diaria. Luego sus navegaciones horizontales

en

ese lecho de náufragos. Entre escondrijos se descubrieron
cofrades de una secta individual, cuya fe eran ellos mismos.
Nunca se contaron

los sueños, pero Oguri descubrió que

Asintrop estaba habitado por otra mujer. Sólo tuvo que leer
en sus ojos la luz de otra presencia para saberlo.
La vigilia de Asintrop empezaba con el sueño de Oguri. Ella recorría los desiertos de su búsqueda

mística. Él,

desprovisto de las visitaciones de la mujer del abrigo, salía
a las calles a luchar contra el humus de la vida diurna, resignado a un encuentro

de cuerpos que duraba solamente

unas horas, el tiempo suficiente para agotar vanos intentos
por acercarse. Él sentía la impotencia
hombres la imposibilidad

que produce en los

de permanecer

48

condenaba

en el interior del

Pero después

al exilio a todos los súbditos que habitaban

pintor. Asintrop iba por el mundo convertido

historias fugaces, relatos

sin desenlace, avisos de mundos en que era incapaz de reenrevivió como un durazno
cultivar.

nadora, y al mismo tiempo boca suplicante.

al

en domina-

triz de sí mismo.
Habían fracasado en sus ejercicios de posesión, pero solamente Oguri tenía conciencia de ello. Ninguno de los
dos tuvo la fuerza para dominar al otro. Asintrop no pudo
con ella porque está visto que en las batallas del cuerpo, el
espíritu siempre aventaja, y ella sintió más ternura y compasión por él que ganas de conservarlo. Asintrop no lo supo
a tiempo, pero los últimos encuentros, los que lo enceguecieron, fueron solamente los residuos de la pasión herética
de Oguri. El plazo se había cumplido.
Oguri mantuvo la entrega exterior mientras recogía del
lecho la indumentaria de su malogrado amor: las palabras,
las pócimas secretas, toda su inseguridad. Como una gitana
que recoge sus encantos y los pone en una alforja antes de
caminar hacia otro destino, Oguri guardó la parafernalia
de su deseo. Del cuerpo de Asintrop levantó sus cuarzos
y demás cristales. Mientras tanto, él siguió afanado en lo
que creyó la conquista de nuevos territorios en el cuerpo
de Oguri, inspirado en una improvisada mística amorosa a
esas alturas del todo inútil.
Había tenido el mundo de Oguri en sus manos, pero
ahora solamente transitaba en la sucesión de huecos que
ella iba forjando. Era como pasar de una habitación a otra,
mientras a sus espaldas se derrumbaban los muros, como si
fueran construcciones hechas con naipes.

49

Llegó el día en que las cinco de la tarde no trajeron como
siempre a Oguri caminando

por la acera del Parque Cen-

tral. Asintrop fumó, uno tras otro, todos los cigarrillos que
le quedaban. Consultó los relojes de los transeúntes
der la fe en el suyo propio. Al fin, apresurándose
no cayera la noche antes de encontrar

al per-

para que

a su amante, hizo el

mismo recorrido que Oguri hubiera hecho para llegar a su
encuentro.

En el café le dijeron que había dejado el em-

pleo. Le habló por teléfono pero nadie contestó. Fue hasta
el edificio de la Rue Joline a sabiendas de la imposibilidad
de entrar hasta el refugio de Oguri. Asintrop se resignó a
esperarla en la acera del parque durante varios días. Hizo
un recuento y tuvo que reconocer que a pesar del discreto
balance espiritual proporcionado

por los cereales y las legu-

minosas, la exuberancia herbal del mundo de E.C. era menos doloroso que los páramos espirituales de Oguri. Pero
no estaba en sí mismo. Con la barba crecida y la ropa sucia
se alejó de ahí en dirección a la Zona de Bazares. De nuevo habitado por la visión de la Virgen del Abrigo, anduvo

en el de Damina esperando para esposarlo por medio de
un ritual de sangre, en la reedificación de la familia. Imaginó las argollas matrimoniales que Ruanna Gaela cosería
en los genitales de ambos, en los hijos de E.C. jugando en
los jardines de una casa inmensa. Después del infructuoso
recorrido por los infinitos pasillos del bazar, Asintrop encontró un resquicio en aquella heterotopia. La mujer del
abrigo apareció entre la gente y él la siguió sin precipitarse,
pero con paso firme y decidido. La Virgen del Abrigo caminó por aceras miserables. Los ruegos de los mendigos se
confundían con el ajetreo de las bodegas. Asintrop penetró
en la oscuridad de un callejón donde la única manera de
guiarse fue intuir a la mujer anhelada. La encontró junto a
una escalera, iluminada sin mácula. Camino hacia donde
lo esperaba con la mano de virgen extendida hacia él. Se
sintió envuelto en la luminosidad de esa mujer holograma
que lo recibió en su seno. El vuelo nervioso de las palomas
y los diminutos pasos de las ratas fueron como un cántico
que acompañó la entrega de Asintrop.

errante, como si la estancia en el parque le hubiese hecho
perder la familiaridad

con el Barrio Árabe. Asintrop vagó

con la mirada extraviada. A su paso encontró
bazar, cuyas ofertas se multiplicaban
dependientes

puestos de

en los gritos de los

y los anuncios de las tiendas: pieles de reptil,

rehiletes, polvo de zorrillo, mazapanes, aceite del perro negro, pomadas hechas de árnica y sangre de minotauro.
Pasó junto a hombres que encontraban

sosiego en el tarot

y la cerveza. Azafrán. Avellanas. En las fondas, el aroma de
los guisos tejió en la cabeza de Asintrop

la orfebrería del

discurso naturista de E.C. Pensaba en el cuerpo de Oguri,

50

51

VI

Solamente los ojos de E.C. mantuvieron viva la pasión
de Asintrop. Desde la fábrica de artefactos, simulaciones
y experiencias vicarias en que convirtió su autoridad estética, E.C. acechó con su mirada los erráticos itinerarios
del hombre escogido para engendrar hijos con Damina, su
amante, cuyo cuerpo, acostumbrado a las demandas del
placer carnal, ahora se preparaba para las exigencias de la
maternidad. Al pintor lo contemplaba en la sala de proyecciones de su galería e incorporaba nuevos elementos a su
archivo. Se acostumbró a vigilarlo; lo veía eludir los dictados de su carta natal y los designios del tarot.
A Damina la observaba en la sala de espejos que diseñó en
su nueva mansión para que en ella creciera el cuerpo de una
madre. La idea de que contemplarse desde todos los ángulos en una habitación con espejos ayudaba a tomar mayor
conciencia de la maternidad, al tal grado de que el cuerpo
empezaba a tomar nuevas formas, era una vieja creencia
que las matronas de la Zona de Bazares se pasaban de generación en generación. También se mantenía ocupada en
sesiones con varias instructoras que le aconsejaban sobre el
cuidado de la piel, la elasticidad de los músculos vaginales
y las propiedades humectantes del aceite de olivo para borrar las estrías. Hasta entonces, E.C. no había tenido dudas sobre Asintrop. Apostaba a que pronto su vigor sexual
buscaría una tregua, propicia para que el miedo ofreciera a
su propuesta de construir una familia, una segunda oportunidad. Aún así, no desestimó las posibilidades estéticas

53

de la tensión entre sus cálculos y la rebeldía mostrada hasta
entonces por el artista, la pieza que faltaba para operar sus
planes.
Las escenificaciones

de E.C. tuvieron un éxito que ella

también había previsto como parte del triunfo final en sus
faenas seductoras. Los periódicos y revistas hablaban de su
trabajo y sus propuestas

suscitaban discusiones nocturnas

en los lechos de los amantes y en los desayunadores

de los

esposos. Fue valorada en algunos círculos de artistas radicales como imitadora

de Klomp y los críticos obsequiosos

laurearon su obra como "una propuesta filosófica que orilla
a hablar de la vida de otra manera", pero E.C. no ponía demasiada atención ni a sus detractores ni al séquito de reseñadores oficialistas que la asediaban. Ella seguía trabajando
con constancia y claridad, con los ojos puestos en los objetivos de siempre. Sus afanes experimentadores

pretendían

logros precisos. Con talento empresarial había negociado
la utilización de espacios, la compra de ciertos edificios, el
acceso a vías de comunicación,

y había construido

una am-

plia red de galerías y centros de arte, con sucursales, tanto
en el Barrio Árabe como en Alturas Poniente. El reconocimiento a su labor como artista no llegó espontáneamente.
Ella misma se lo había procurado

con base en un eficaz

andamiaje edificado con paciencia durante años. En tiempos recientes, su éxito y celebridad pesaban como llegaban
a pesar las virtudes de un cónyuge después de varios años
de matrimonio.

Sólo su obsesión por reedificar la familia y

la pasión de Asintrop por encontrar
"vivir en el arte" despertaron

una nueva manera de

en ella ambiciones. Antes de

hablar con él por primera vez, E.C. había llevado a cabo

54

una escrupulosa investigación sobre la formación y desarrollo de ese prospecto marital que Damina logró atraer
mediante el sexo. Examinó cuidadosamente los catálogos
de exhibición de la obra de Asintrop. Se divirtió con las
anécdotas que una fotógrafa saudí le contó acerca de sus
servicios como modelo de desnudos. Pero fue un extenso
ensayo sobre la necesidad de vivir de acuerdo a las reglas de
la estética lo que condujo los ojos de E.C. directamente al
corazón de Asintrop. Durante sus primeros encuentros ella
trató de compenetrarse con la pasión del pintor por hacer
de su vida el objeto del arte. Los dos caminaron desde entonces sobre una cuerda tensa: un extremo tenía las hebras
desordenadas de la vida de Asintrop, y el otro, el preciso
tejido del libreto que E.C. había escogido para crear con la
vida de ambos una realidad operática.
De Klomp había tomado ciertas técnicas para transformar el acontecimiento artístico en un acto itinerante, pero
en los últimos tiempos de su verdadera inspiración provenía de sus afanes por hurgar en los secretos eróticos de
Oguri. Con ese fin había armado altares, escenas rituales
que comunicaban a la Torre Sur con el Centro Nacional
de Comercio. Había hecho todos los ejercicios para sacar
al sexo de la alcoba, por escenificarlo en la exterioridad de
la vida pública y ponerlo bajo el escrutinio de la mirada de
todos, en nichos, donde las muecas y movimientos desarticulados de los cuerpos causaban sorpresa, pero no miedo.
Los denodados esfuerzos de E.C. por penetrar en el mundo
que Asintrop compartió con Oguri la llevaron a obtener un
reconocimiento casi unánime para su obra "monumental y
de gran impacto".

55

Las palabras de E.C. alcanzaron de nuevo al pintor una
tarde mientras leía una reseña de sus trabajos en el suple-

-¿Qué más se puede querer, vaya, sobre todo en estos
tiempos tan difíciles?-, decía, inalterado por los argumentos de Asintrop, que se empeñaba en explicar que para él
no había tiempos más difíciles que otros.

Albardán nunca hizo caso de los alegatos de su amigo sobre la importancia de la libertad, respecto a su búsqueda de
una mujer con la que pudiera encontrar en un solo cuerpo
todas las cualidades que ofrecían E.C. y Damina. De encontrarla, explicaba Asintrop, estaría dispuesto a someterse
a todas las exigencias de una vida monogámica, a entregar
sus esfuerzos, no a la reedificación de la familia, sino del
amor. Asintrop creía en el amor. Albardán lo escuchaba con
una sonrisa, divertido por ese afán cristiano de Asintrop
por encontrar todo en un solo cuerpo.
Después de haber leído la entrevista se quedó callado largo rato. Fumaba con mesura y daba sorbos a su taza de
café, y de pronto, sin voltear siquiera a verlo, con ojos puestos en la acera, soltó la pregunta de siempre: "¿Estás seguro
de no conocer a la mujer del abrigo?"
Albardán tampoco volvió su mirada hacia el pintor. Siguió afanado sobre el mostrador haciendo apuntes en un
grueso cuaderno. Imaginó a la mujer que su amigo le había
descrito varias veces, un ser con un halo distinto al de la
gente que estaba acostumbrado a tratar. Cierto era que Albardán conocía a medio mundo en el Barrio Árabe y a medio mundo en Alturas Poniente. Su fama como proveedor
del mejor hachís de la región lo mantenía en contacto con
hombres y mujeres de todo tipo, que acudían a los cuartos
contiguos a su tienda para probar la mercancía, dispuesta
sobre paños dentro de elegantes vitrinas. En esos salones,
los paseantes podían hacer una escala, fumar hachís y más
tarde continuar cualquier itinerario. Además de un conveniente centro de provisión, el lugar se había convertido
en un punto de encuentro para amantes anónimos y diur-

56

57

mento dominical: "En el tiempo futuro, nuestros hijos conocerán el amor en sus impulsos eróticos", declaró E.C.
en una entrevista que ocupaba el espacio principal.

En la

portada, una foto en blanco y negro mostraba a la artista

in

situ preparando la utilería de su próxima pieza.
Asintrop devoró las palabras de E.C. como alimento.
Sintió que el interior de su organismo se iluminaba, que las
flores de sus jardines resucitaban nutridas por la presencia
de un espíritu afín a sus impulsos del día. Saboreó el café
que le había ofrecido Albardán antes de ocuparse con unos
clientes detrás del mostrador de su negocio. La fisonomía de
Asintrop era la de un enfermo convaleciente. Ya no tenía la
barba crecida, pero la palidez de su semblante, acentuada
por su impecable corte de cabello, le daban a su rostro el
patetismo propio de los que regresan a la vida cotidiana
después de un largo periodo de enfermedad.
Albardán estuvo conversando con él una buena parte de
la tarde. Le aconsejó con el pragmatismo y la picaresca sabiduría que lo caracterizaban y que para el pintor representaban un asidero, el de las amistades que se han convertido
en incondicionales. Le dijo que nada perdía con entregarse
al proyecto de E.C., que era halagador ser objeto de su interés, pues se trataba de una mujer inteligente que le ofrecía
fama, fortuna, la seguridad de una familia y el cuerpo de
Damina.

nos. Así se habían conocido Asintrop y Damina, seducidos
por la emoción de un encuentro
combustible

fugaz, bajo el signo de un

que los hacía descubrirse milagrosa,

temporalmente,

aunque

nuevos.

La respuesta de Albardán fue negativa. No, no conocía a
nadie que se pareciera a la Virgen del Abrigo.

público cuando apenas se insinúa en las lámparas. Reorganizó el Barrio Árabe en su memoria y trazó nuevas rutas
para evitar ciertas aceras, zonas específicas, los paisajes que
le recordaran a Oguri y los terrenos compartidos con E.C.
y Damina; buscaba alejarse de la última representación de

recintosprohi-

sí mismo.
No sabía que sin salir de su casa, E.C. lo acompañaba
en todos sus itinerarios a través de las cámaras de sus ordenanzas. Ignoraba que guiada de su mano, auxiliada por
la infatigable lente, ella también recorría los lugares donde
Asintrop buscaba los rastros de su propio mundo estético:
los signos vitales de un oficio por el momento reducido a
un conjunto de instrumentos inertes.

Después de aquella tarde en la abacería de su amigo,
Asintrop decidió tomar las riendas de su vida. En casa reorganizó materiales, hizo un inventario de los instrumentos
de trabajo y revisó en las telas los proyectos truncados por
su último rapto amoroso. Sentado en el sofá, ahora durante las primeras horas de la tarde, contemplaba su obra
incompleta. Se acercaba a los cuadros para palpar las texturas. Preparaba colores y luego se retraía para ver todo desde
uno de los pilares que sostenían el altísimo techo de su
studio. Contemplaba las cerdas de los pinceles. Así duró
varios días, concentrado en esa calistenia estética. Buscaba
el camino que lo condujera a los colores y las formas de su
pintura.
Cauteloso, regresó a la calle y volvió a disfrutar el rumor
de las avenidas, la tesitura cristalina de las voces de las mujeres cuando caminan en grupo, la calidez del alumbrado

Al Palacio del Arte acudió en busca de su memoria de artista, de su oficio de pintor, al rescate de su convicción romántica de que el arte puede reinventar el mundo. Recorrió
sus pasillos con la emoción que proporciona encontrar en
el sueño, o en la memoria, ambientaciones que diluyen el
dolor temporalmente. Asintrop tenía años sin recorrer esos
pasillos de piedra gris. No recordaba ya el tiempo que había
pasado sin poder detenerse a mirar a través de las ventanas
de esa construcción, edificada bajo el influjo de la pasión
por una mujer inalcanzable, llevada hasta ahí piedra por
piedra como botín de guerra. La fuerza del amor a veces
trasciende, aunque nunca toque al objeto amado. Asintrop
andaba ahora entre los muros que en otra época habían
albergado a grupos de cuerdas y alientos, amenizadores de
faenas ejecutadas dentro de discretas alcobas.
La nostalgia llevó a Asintrop de regreso al interior de ese

58

59

E.C. dio un nuevo paso en su agenda estética hacia la construcción de atmósferas interiores. Desapareció

de la calle

sus piezas y explotó una nueva veta en su trabajo. Su proyecto involucraba
habilitados

ahora una serie de lugares ruinosos, re-

para albergar los productos

de su imaginario

ideoerótico. Anunció la creación de su serie

bidos.

palacio de muros altos y capiteles barrocos. A a pesar de
haber sido desterrado de su primer paisaje, el edificio había
conservado sus aromas por un efecto de la ingeniería o de
la superstición.

"¿Qué puede esperarse de un tiempo en

que hasta los edificios son migran tes?", se había preguntado muchas veces al reflexionar sobre el valor de la originalidad. Se sintió aliviado de esa sensación de extravío que lo
había acosado en los últimos tiempos. El olor inmemorial
de la cantera y la afabilidad de los trabajadores del museo le
habían infundido
de pertenencia.

una sensación de confianza y sobre todo

Pensó en otros tiempos y en la historia que,

según la leyenda, tendría que haberse vivido en aquel lugar,
en las pasiones que habrían habitado en esos enormes salones. Pensar en eso le produjo el placer que trae consigo el
fugaz contacto con cuerpos que están comprometidos

con

otras vidas. Sintió como si el interior de aquella laberíntica
construcción

fuese un enorme

caracol donde sería posi-

ble escuchar el rumor de realidades distantes, un mar, por
ejemplo,

con una flota de embarcaciones

transportando

otros edificios, noticias de países lejanos, o extintos, las voces de navegantes olvidados, odiseas sin escritura posible.
Sus pasillos y la fortaleza de sus gruesos pilares interiores
le dieron abrigo. Se entregó al placer del espacio, a la exploración de los muros, a la majestuosidad

de las terrazas que

asomaban a patios interiores. Asintrop se sentía protegido
por la certidumbre

de aquella construcción

de formas ro-

llizas y sólidas, en las que habitaban las frágiles invenciones
de seres como él, tocados por una neurosis que se escondía
en el disfraz de oficios inútiles, de poca monta, ejercidos
por desesperación

o por soberbia. El señuelo del éxito y la

60

fama lo habían distraído de sus propósitos iniciales: vivir
la frugalidad de una vida nómada. Desde muy joven viajó
extensamente. En las calles de ciudades antiguas y en el desierto había tomado los elementos de su universo plástico.
Lo mantenía vivo con los estímulos que le proporcionaba
su vida de vagabundo interno en el Barrio Árabe. El Palacio del Arte era un gran museo, olvidado ya por los nuevos
centros de arte construidos en Alturas Poniente. Los años
lo habían convertido en el refugio de impulsos sepultados
por la pirotecnia de nuevas estéticas.
El sur del Barrio Árabe le trajo aliento. Nunca se había
interesado en milagrerías, pero la sección de arte religioso
del Palacio le dio esperanzas de que pronto encontraría a la
mujer del abrigo. Aquellos cuadros que desde pequeño lo
habían intrigado, tuvieron en él la virtud de hacerlo sentirse con la fuerza necesaria para regresar a su nomadismo sin
culpa. Una frase tomada del Nuevo Testamento, escrita al
pie de una de las imágenes que había estado contemplando
aquella tarde, le dio la clave: "la zorra tiene una cueva para
guarecerse, el ave sus nidos en las alturas, pero el hijo del
hombre no tiene una piedra para reposar la cabeza''.
Cuando salió de aquel lugar y dejó la avenida para adentrarse en los callejones que conforman la Zona de Bazares, Asintrop sintió que podía reorganizar el mundo. A su
paso encontró una sucesión de establecimientos dedicados
a realizar los más sorprendentes servicios: la reparación de
fotones, o tiendas de refacción para artefactos que creía
habían dejado de tener vigencia. El lugar perfecto, pensó
frente a la puerta de madera del consultorio, para someter
a una dentadura a la reparación de un premolar. Asintrop

61

había crecido en esa zona, en medio del jaleo de los mercaderes, arropado por el aliento cálido de los tugurios. De
niño había escuchado historias de los sobrevivientes

de la

Revolución Antigua. El viejo Liam relataba con una risita nerviosa los detalles de las amputaciones
anestesia durante

la guerra. Asintrop

que hizo sin

había conocido

esa

época de cerca en los objetos que todavía se podían encontrar en algunos, por cierto, discretos y selectos escaparates.
Supo del soldado que recorría las calles vendiendo
y uranio. Guardaba

selenio

una alabarda de la dinastía Dyou, un

parecían hermosos. Era tanta la euforia, que en su oído
pudo percibir las notas lejanas de una flauta que se abrían
camino en el ajetreo. Las sintió llegar y mezclarse con la
música de los ventiladores que colgaban del cobertizo de
un café. Avanzaba por la acera y en el vuelo de los pájaros
encontraba evidencias de la artihcialidad del cielo del Barrio Árabe, repoblado por especies llevadas desde otros lugares. Sentía como el mundo se desmoronaba. Los viajeros
interiores se postraban en los prados de los parques como
náufragos.

colmillo de morsa tallada por encargo de un traficante, los
arreos metálicos de una carreta y una piel de bisonte. Todos
eran recuerdos de su niñez en la Zona de Bazares.
Esos objetos sin historia particular, pero asociados a relatos de gestas heroicas, contadas en postigos y tabernas,
entre juegos de naipes y prácticas quirománticas,

eran talis-

manes de los mundos asediados que habían encontrado

re-

fugio en ese territorio. Se rumoraba en el bajo mundo que
los muros de la Zona de Bazares guardaban tesoros: metales
y piedras preciosas embovedadas
viendas. La ciudad mantenía

en las más modestas vi-

la memoria

de la guerra en

sus aceras: puertas de cuarteles conquistados.

Y de su vida

cósmica: meteoritos aterrizados en llanuras sin nombre. En
la zona deambulaban

vendedores de agua. Sus barricas por-

tátiles surtían vapores que acariciaban los rostros y también
el líquido que doblegaba los paladares de los catadores de
té, quienes agradecidos por tales servicios, eran generosos
con sus propinas.
Mudado de sus itinerarios habituales, Asintrop seguía indagando en el exangüe mundo

hecho de bisutería, en el

que incluso los detalles rodeados por un halo de catástrofe

62

La doctora lo condujo por un pasillo, cuyas paredes estaban adornadas por macetas y diplomas. Antes, desde el
recibidor, había escuchado una conversación en uno de los
cubículos. Una mujer con voz lánguida, pero autoritaria,
le explicaba sin titubeos a un paciente que la obtención de
calcio por medio de la leche constituía una trasgresión de
la cadena alimenticia, "pues la leche de vaca es para los becerros y no para los humanos". El paciente permaneció en
silencio. Mientras tanto, la voz continuó con el monólogo
sobre las alternativas para fortalecer la dentadura. Mencionó el ajonjolí como sustituto posible. Asintrop pensó que
los comentarios de la mujer eran graciosos, pero de pronto,
al imaginarse prendido de la ubre de una vaca, desplazando
a un becerro, sintió un terrible malestar.
El recuerdo de E.C. y sus disquisiciones sobre las propiedades purificadoras de la naturaleza lo alcanzó. Se incorporó y quiso salir del consultorio para liberarse de aquella voz
que lo mantenía sujeto a un mundo en el que le aguardaban
definiciones. Tuvo el impulso de abrir una puerta y correr
bajo la lluvia que en esos momentos dejaba escuchar sus pri-

63

meros tintineos sobre los cobertizos. Hubiera querido cruzar aquellas aceras donde un mundo lejano agonizaba en el
cuerpo de las reliquias de la Zona de Bazares, a pesar de las
manos y las herramientas

que les daban respiración artifi-

cial. Justo en ese momento

lo asaltó una terrible revelación:

más allá de aquella antesala, lo único que lo esperaba en el
mundo era el inefable caos de las calles del Barrio Árabe,
su cada vez más predecible trabajo de pintor, y la siempre
insistente voz de E.C., acosándolo. Sólo tuvo energía para
ir al baño. Pudo respirar de nuevo en ese cuarto decorado
con delicadeza y funcionalidad.
el martilleo

Asintrop experimentó

en

de la lluvia contra la ventana una suerte de

liberación. Y las hojas de menta, colocadas en una vasija
sobre el tanque del retrete, ya no le evocaron la esclavizante
utopía naturista de E.C. Le dieron una paz espiritual que
calmó el miedo nauseabundo

que había sufrido momentos

antes. Cuando regresó de ese pequeño rapto, la doctora ya
lo buscaba en la sala de espera. Él se dejó conducir hasta
un salón ubicado en la parte posterior del consultorio.

Ella

leyó en silencio el expediente mientras Asintrop la miraba
de pie. La mujer interrumpió

brevemente

la lectura y con

una sonrisa y un ademán le indicó que se sentara. No era
la misma a quien había escuchado
momentos

dando consejos unos

antes. Esa otra voz, que por alguna deficiencia

de la acústica del lugar se había colado hasta el recibidor,
había desaparecido.

En esa primera cita, la doctora realizó

el diagnóstico y le explicó en tono maternal que era posible
salvar la pieza mediante una endodoncia.

Le recetó antibió-

ticos y le pidió que regresara en tres días.
Cuando Asintrop

estuvo de regreso en la acera, la llu-

64

vía había cesado y las luces del Barrio Árabe, que en ese
momento empezaban a encenderse, estallaban sobre los
charcos callejeros. Los talleres habían cerrado y los establecimientos nocturnos abrían sus puertas. La actividad no
cesaba nunca. Caminó aprisa hasta el Subterráneo y se perdió en el bullicio de la gente, en medio de los vendedores
de flores y amuletos y los clandestinos traficantes de droga. A esa hora los vagones del Sub iban repletos de gente.
El trayecto a casa era largo. Para salvarlo tuvo que hacer
una transferencia y después una caminata de diez minutos
que generalmente le agradaba, pero en ese momento sintió
como una molestia grave. Ninguna gracia le causó esta vez
el niño que recorría los vagones con una trompetilla de
latón, relatando que por un accidente cósmico recién había
caído de la luna y que solicitaba cooperación económica
para regresar. La gente echó monedas en el sombrero del
niño y éste se bajó en la siguiente estación. Asintrop sintió
que el mundo se contraía, que la vida lo sofocaba. Respiró
profundamente y vio cómo a su alrededor los pasajeros
permanecían imperturbables. Algunos dormían y otros
conversaban animadamente. El único que compartía las
ansiedades de Asintrop era un hombre que levantaba las
manos. En ellas sostenía una bolsa de papel que palpitaba.
Del interior asomó inverosímil la cabeza de un gallo. El incidente contribuyó a relajar a Asintrop, quien incluso sonrió y empezó a dejar atrás el mal momento que había pasado en el consultorio de la doctora. El tren subterráneo fue
vaciándose y entonces pudo tomar asiento. Un negro, cuyo
aspecto indigente no comprometía para nada su elegancia,
le dijo casi sin mirarlo, acompañando sus palabras con un

65

movimiento

de sus manos: "Hermano,

seas bienvenido

vagón. Aquí vivo yo. Si acaso quieres contribuir
moneda para su mantenimiento,

al

con alguna

por favor deposítala ahí".

Señaló un alhajero sin tapa que descansaba en el asiento
contiguo.
La actitud de aquel mendigo conmovió a Asintrop, pero
no depositó moneda alguna. Le pasaba con frecuencia. Se
quedaba congelado ante la posibilidad de ser generoso con
los demás. Pensaba en hacer algo más de lo que le era solicitado, como en este caso, en el que consideró que era indigno
ofrecer unas monedas. Pero después las cosas tendían a complicarse y terminaba
mantenía
momentos

por no hacer nada. De esta manera

un sinfín de círculos abiertos en su vida, que en
como ése, en que trabajosamente

se desplazaba

entre los pasajeros por el andén antes de salir a la avenida,
lo agobiaban.

Pensaba inútilmente

en enviar una carta a

algún familiar lejano, a los amigos, a antiguas amantes a
quienes, de pronto se daba cuenta, no se había entregado
lo suficiente.
Ya caminaba por su vecindario, bajo una lluvia rala, sobre
aceras iluminadas

por confeti de neón. Orso, subido en

su habitual

caja de madera, azoraba como siempre a los

transeúntes

con sus interpretaciones

apocalípticas

de las

noticias de la jornada. Había olvidado esas diatribas vespertinas a favor de revoluciones improbables.

La familiaridad

de los rostros que a esa hora todavía transitaban
cercanía de su estudio, la repentina

la calle, la

convicción de que en

el libreto de esa noche él tomaba las decisiones, lo llevó a
dar un giro imprevisto a su ya para entonces larga travesía.
Cortó por un callejón oscuro y bajó por unas escaleras in-

66

mundas hasta llegar a Kokopelli, un bar abandonado a la
nostalgia del bebop. Ahí se llevaban a cabo ceremoniales
actos de arqueología musical. Era demasiado temprano todavía para los parroquianos de ese antro, pero detrás de la
barra estaba ya la robusta figura de Vita, envuelta en humo,
con los codos apoyados en la barra. Se acomodó a unos
pasos de distancia de aquella matrona calva y molacha, esa
ave rechoncha de ojos diminutos, de piel apergaminada,
cubierta por la sombra de tatuajes, de sabiduría mordaz y
generosa disposición al diálogo.
-Infinidades, querido Milagrero - dijo ella viéndolo
desde la dulzura animal de sus ojos verdes.
-Infinidades, Vita; dame un whisky- contestó él.
Había olvidado ese mote, sólo ella lo utilizaba para referirse a él. Durante meses había ignorado su existencia, la
de Vita y la del mote. Ahora lo asaltó una certeza: "Si Vita
muriese, moriría con ella una parte de mí", se dijo mientras
de reojo vio cómo la mujer puso dos cubos de hielo a bailar
en el interior de un vaso de cristal. Sin proponérselo cabalmente, Vita embonó la reflexión de Asintrop.
-Pensé que habías muerto -dijo, mientras le ponía el
trago en la barra.
Él asintió con una sonrisa y anticipando cualquier otra pregunta que más que respuestas buscaría confirmar hipótesis,
Asintrop ofreció información no solicitada, pero que ya se
agolpaba en su pecho buscando oídos.
-Una mujer -dijo y empinó el trago.
Vita sonrió. Lentamente paseó su oscura lengua por la
encía desdentada.
-Eres un esclavo, pero te rehúsas a aceptarlo. Te fugas

67

de los brazos del placer en busca de una libertad que nunca

VII

llegará.
-Poco
-La
gación,

sabes, Vita. Esta vez el placer y la esclavitud ...
libertad es un derecho humano,

pero no una obli-

Milagrero. Apura tu trago porque tengo que salir.

Hoy se casa Ángel Trova y esa Ceremonia Plústica no la
puedo perder.
-¿Ángel Trova?- preguntó distraído.
Salieron juntos y mientras caminaban en silencio, Asintrop meditó las palabras de Vita sobre la libertad.

E.C. va de una habitación a otra. En voz alta enumera sus
hallazgos en atrios, cámaras y quirófanos, son:
cirios
llaves
cánulas
torundas
Objetos de múltiple aproximación; la ajorca dorada en
el tobillo de Damina, el triángulo Makree construido con
argollas, colgado de los pezones de Asintrop. Su lengua felándolo larga y afanosamente en la misma posición, aun
cuando E.C. desaparece hacia otras estancias: dunas, médanos, planicies, territorios convocados por su ninfomanía
onírica.
Paraísos desmontables, ideas cuya ejecución E.C. ha preparado en el reverso de la vigilia, en los márgenes de su
vida como próspera empresaria y su búsqueda de un hombre para preservar la estripe: ideoerotismo lo nombra, y se
entrega a ello con las complicidades de las que es capaz: el
seductor Asintrop con toda la energía de sus miedos derrochada sobre el cuerpo de la muñeca Damina; la piel de lirio
de su amante; el mancebo Darmo con su belleza de paje
erótico y la música de su simbología colgante, entregado al
posismo; las alhajas; los ungüentos y el combustible de la
droga animando los aromas de su utopía naturista:

68

69

En el futuro,
nuestros hijos conocerán
el valor del arte en sus impulsos eróticos.

La convicción de que la vida, estd sustentada en la tragedia
de losjuegos llevó a E. C. a desistir de susplanes para la seducción de Asintrop. Su fracaso preliminar la obligó a reconsiderar sus intenciones de reedificar la familia. Y en esa reflexión
encontró las ventajas de la fragmentación de la experiencia.
Decidió no pensar en vdstagos durante algún tiempo y radicalizó su postura. Optó por el lenguaje de los cuerpos, por los
coloresy los sonidos de su deseo.
El riesgo de la temporalidad era necesario, indispensable
quizá. El constante acoso de la muerte fue generador de
vida.
E.e. transita en una sucesión de cámaras de tiempo, en
la circularidad de su deseo. Todo planeado, nada dejado
a la improvisación, el mundo apurado todos los ejercicios
posibles, decorado, iluminado por escenógrafos.
A su oficina le llegan bocetos, muestras de materiales y
ella lo dirige todo hasta que llega el momento de esas confabulaciones perennes que E.e. pretenciosamente llama
piezas de ideoerótica.
Su gusto exquisito y una propensión a fraguar escenarios
de módulos y resortes intercambiables, hace que todo derive en momentos de sorpresa. Pero no para ella. E.e. no
busca la novedad, sino confirmar la flexibilidad de ciertos
parámetros; es una forma de moralismo exótico. Alimentar
la perversión al grado de neutralizarla es uno de sus objeti-

70

vos. Por eso planifica. Antes de la fidelidad de Damina prefiere el control sobre ella. Deja poco espacio para los celos;
únicamente los padece en dosis autoinfügidas.
Sobre un tatami flotante en un lago de aguas térmicas
construido por encargo en una estancia de altos muros, la
luz de la tarde entra como una multitud de faros extraviados, proyectándose desde ventanas circulares.
Rutilante, toda la heteronimia del mundo controlada por
una mujer en su puesto de almirante, en un visillo, desde
donde respira el aroma de los cuerpos de Asintrop y Damina, E.e. navega una travesía, cuyos puertos solamente ella
conoce.
Obnubilados, los cuerpos de los fugaces amantes se buscan con las manos, con los labios, y se encuchan.
E.C. los observa y también cierra los ojos para concentrarse en sus propios miedos, para circular por los drenes
interiores, en su sueño de dátiles, hundida en la evocación
de la Rue Joline, convertida en postal de sí misma, reliquia
conformándose, obsolescencia que busca fijarse en acústica
y estuco.

71

VIII

El pájaro cayó desde el balcón, aleteando desmañado, herido de muerte por el disparo de Daffy. Su traje de lino y
pasta, teñido con anihilinas, absorbió la sangre; su mano
derecha perdió control de la daga. El proyectil cimbró el
cuerpo y su efecto mortal se reflejó en un rictus del mentón. Las pestañas cayeron sobre la última luz de sus pupilas,
como pesados telones en ese aparatoso final sobre una acera
del Barrio Árabe.
Daffy Stup fue detenida esa misma mañana. Los apócrifos cuadernos de Windesfalt fueron prueba suficiente para
incriminarla. Sus argumentos de defensa propia no sirvieron de mucho. Fue acusada de participar en la vendetta entre el Pirata y un filibustero rival, y de conspirar en contra
del gobierno. Después de la detención la condujeron a una
prisión de alta seguridad. La interrogaron durante horas. A
través de las preguntas de los investigadores, Daffy descubrió lo grave de su predicamento.
Llegó a casa poco antes del amanecer, cuando la agitación del carnaval había cedido un poco. Después de una
pequeña escaramuza en el interior de la alacena, encontró
una botella con el último par de tragos. Luego fue a la recámara con la intención de sentarse frente a la ventana y ver
salir el sol. El amanecer se presentó de súbito, iluminando
una enorme figura que crecía a contraluz detrás de la cortina. La ebriedad y el cansancio no inhibieron la reacción
casi mecánica de Daffy. Del bolsillo del abrigo extrajo el
pequeño revólver que disparó cinco veces. Una bala fue

73

suficiente para destrozar el corazón de aquel enigmático y
desafortunado

personaje. Las demás silbaron sin blanco en

la luz difusa de la mañana, o hicieron girar violentamente
los fragmentos de vidrio que acompañaron
a aquel hombre-pájaro.

en su descenso

Los añicos fueron un fino velo que

cubrió el cuerpo del intruso, inerte sobre el pavimento.
Linx había ordenado a sus hombres hundirle a Daffy una
daga en el cuerpo para coser con las heridas el disfraz de un
crimen pasional. Ella nunca imaginó que su relación con
El Pirata Inglés le acarrearía la furia de semejante enemigo.
No opuso resistencia. Los agentes aprovecharon
cia del delito para entrar a su departamento
todo. En unas horas desmantelaron
mente metieron todas sus pertenencias

la flagrany registrarlo

la casa y meticulosaen cajas para trasla-

darlas a Alturas Poniente.
A Daffy la llevaron en un automóvil blindado hasta una
prisión de alta seguridad.

En su último recorrido por las

calles del Barrio Árabe vio a través de la ventana los restos
de una noche de carnaval: el oropel convertido

en basura,

el misterio de los disfraces colgado de la resaca de figuras
solitarias que en ese momento

buscaban

un refugio para

dormir.
Lo negó todo. De hecho se extrañó de la magnitud

del

poder de Clarke, al entrever ciertas cosas en las preguntas
de los investigadores.

No sabía nada de la existencia de la

banda de Linx, el rival de El Pirata. Mantuvo

la entereza

que su ignorancia le permitió. Contestó con una sinceridad
que únicamente

contribuyó

a hacerla más sospechosa. Sólo

bajó la mirada con culpa cuando la pusieron frente a los
cuadernos de Windesfalt.

74

Otros amigos y socios de El Pirata, como el apostador
Goris Crisanto y el falsificador de obras de arte conocido como Humberto El Sabio, sufrieron la embestida de
la policía. Mientras tanto, mercenarios de menor rango
habían entrado en una disputa por el territorio que creyeron vacante. Antes de que Frangie lograra establecer una
renegociación efectiva con sus aliados y los emisarios de las
autoridades, corrió alguna sangre y más de un amigo de El
Pirata Inglés tuvo que pisar celdas y mazmorras. El saldo
no fue grave, tomando en cuenta que durante unas semanas la credibilidad de la empresa sufrió descalabros. Frangie
organizó escuadras para tensar de nuevo los hilos del intangible, pero efectivo, poder de El Pirata, y sus abogados
pusieron en la calle a los chivos expiatorios que tuvieron la
mala fortuna de ser acusados como cómplices de Clarke.
La Fiscalía colmó el expediente de Daffy con acusaciones
de conspiración para desestabilizar al gobierno. Su fotografía apareció en todos los periódicos y su nombre brilló en
los rotafolios luminosos de las calles con el mismo fulgor
sombrío con el que había brillado en las marquesinas de
los cines porno. Los cronistas policiacos, contagiados por
el romanticismo de Clarke, se encargaron de convertir la
intimidad de la ex bailarina en una historia de amor y espionaje. La publicidad que rodeó desde entonces al caso
de El Pirata obligó a la policía a reabrir el expediente de
Windesfalt. El aparato gubernamental examinó todos los
indicios, recorrió todas las pistas hasta encontrarse con
un dato tajante: la falsedad de la información encontrada
en los cuadernos que Daffy guardaba en su apartamento.
Frangie entregó a la fiscalía los cuadernos que Clarke había

75

encargado robar. En otras circunstancias
ra hundido

esa prueba hubie-

a El Pirata, pero los directivos del servicio de

inteligencia no supieron qué hacer con el bochorno que les
produjo el misterio de la bicicleta y la trastada de Clarke,
que ellos se habían encargado de magnificar a niveles conspiratorios.

Echaron sobre el caso de Windesfalt

el cerrojo

de una vulgar hipótesis de suicidio y un equipo de juristas
comisionados

por el gobierno se dieron a la tarea de nego-

ciar con la defensa la libertad de Daffy.
Sin embargo,

Daffy tuvo que pasar una larga tempora-

da en la cárcel debido al alborozo publicitario.

La autori-

dad esperó unos meses a que el mito de Daffy terminara
por imponerse
bían producido

a los supuestos hechos delictivos que hasu detención.

Luego le concedieron

una

clemencia negociada. Obtuvo la libertad condicional,

pero

antes, el expediente

de la investigación

en su contra llegó

a ocupar varias gavetas que se convirtieron

en el codiciado

botín de reporteros y escribanos que redactaron artículos y
biografías, unos comisionados

por el gobierno y otros por

la defensa. La historia siguió reescribiéndose

en cafés, alco-

bas y ministerios.
En la cárcel, anonadada

por el peso de la reclusión, Daffy

no tuvo espacio para meditar sobre su nueva condición de
personaje popular. Sus abogados le narraron las reacciones
de la gente y le explicaron la estrategia legal.
Afuera empezó a florecer un mercado negro de memorabilia relacionada con Daffy Stup. La reproducción

de los

más conocedores supieron allegarse en la Zona de Bazares.
Por un extraño pudor, las películas sólo tuvieron demanda
de adeptos que eran vistos como criaturas bizarras. Luego
empezó a circular aquella fotografía, una instantánea que se
había escapado del control policiaco hasta la oficina de un
tal Bailleres, un sociólogo desempleado con buen ojo para
el mito y la mercadotecnia. Llevaba años tratando de idear
el negocio perfecto. Había hecho de inventor, de gurú de
músicos y jóvenes poetas, e incluso de paparazzo para revistas sensacionalistas. Su esposa y sus hijos lo habían abandonado durante la amarga secuela de su último mal negocio.
Sin dudarlo, Bailleres invirtió los residuos de su credibilidad en montar un laboratorio para reproducir en todos
los tamaños la foto en que Daffy aparecía caminando por
la Avenida Escénica del brazo de Windesfalt. La cámara
había congelado sus pasos justo antes de que cambiaran
de acera. Luego escribió un opúsculo: los nuevos cuadernos de Windesfalt. Lo que faltaba: un tratado sobre amor.
Empujado por la genialidad de su ocurrencia, Bailleres vio
fundirse en sus empeños el anhelo de éxito y la redención
de Daffy. Pronto recuperó la inversión y obtuvo las ganancias monetarias que hasta entonces su mala estrella le había
negado. Con la ayuda de Frangie, la historia de los cuadernos se convirtió en un teleteatro que durante semanas los
habitantes del Barrio Árabe y Alturas Poniente siguieron,
en medio de un debate público sobre el paradero y la ver-

de de ocio y borrachera, fue una curiosidad que solamente los

dadera identidad de Daffy Stup.
La pericia de los abogados y la simpatía que Daffy despertó evitaron el juicio. Se declaró culpable de ejercer la
prostitución sin la venia del Estado y de otros delitos me-

76

77

carteles de sus películas alcanzó cantidades considerables. La
grabación que hizo al lado de Ángel Trova en Nomus una tar-

nores como evasión de impuestos. Fue sentenciada

a pagar

turbios ligados al atentado en contra de Clarke. El Pirata

seguía perdido en su estado comatoso. Frangie lo mantenía
custodiado en una clínica que pronto se convirtió parte del
patrimonio de su jefe. Daffy obtuvo permiso para visitarlo
antes de recluirse en Alturas Poniente. Al verlo tendido,
alimentado por sondas, tuvo la impresión de que su cuerpo
inerte mantenía una vida interior que afloraba como un
fruto en ese capullo de sábanas blancas. Las sondas que lo
alimentaban eran como tallos y el personal médico tenía
una actitud semejante a una cuadrilla de jardineros. Sentían que estaban ante una parcela de tierra fértil, pero eran
incapaces de encontrar el abono que finalmente pusiera en
movimiento ese mundo vegetal en el que se había convertido El Pirata.
Sintió que la miraba desde el fondo de su catatonia. Daffy
permaneció de pie frente a su cama en lo que se conviritió
en una larga sesión contemplativa. No habló en lo absoluto, ni buscó penetrar en aquel arbitrario silencio. La mirada
de Clarke ofrecía paz y convicción sin interrogantes. Daffy
vio a los empleados de su amigo atribulados, a los doctores
dudando y a El Pirata insurrecto ante la mano del azar.
Quizá en esos momentos, más que nunca, tenía control
sobre su destino.
Daffy no sintió pena por él. Aceptó su aparente serenidad
de la misma manera con la que había aceptado la fatalidad
de Windesfalt, con la misma actitud con la que aceptaba
esa tercera vida, su exilio del Barrio Árabe. Mientras El Pirata Inglés luchaba por regresar al mundo, Daffy volcó su
mirada hacia el paisaje de una travesía interior. De regreso
a su nuevo hogar, a bordo del transporte colectivo, junto a
todo tipo de disciplinados trabajadores de Alturas Ponien-

78

79

una multa y a permanecer

exiliada del Barrio Árabe du-

rante un año. Salió de la cárcel una mañana de invierno,
pero sus amigos no la volvieron a ver. Se alojó en Alturas
Poniente en un apartamento

similar al de Windesfalt.

Y

ahí, refugiada en otra fisonomía, a la que fue condenada,
examinó su vida anterior, utilizando el fantasioso recuento
hecho por escritores y comentaristas
grafos y reporteros

se dedicaron

televisivos. Camaró-

a buscarla por todos los

rincones de la comarca, como si fueran emisarios de algún
príncipe y sus lentes las zapatillas de cristal a la caza del pie
de Cenicienta.

El artificio de la palabra produjo un sinfín

de versiones sobre Daffy. Su fisonomía se transformó públicamente a lo largo de un año, pero también en privado su aspecto cambió. En la sentencia estaba incluida una cláusula
que obligaba a Daffy a prescindir del bronceado de su piel
y a desteñirse el cabello.
La inautenticidad

de los cuadernos

atrajeron el desprestigio
glés, sino la incorporación

no

sobre la agencia de El Pirata Ina su cartera de clientes que soli-

citaban esa nueva modalidad
espionaje amoroso.

de Windesfalt

en el servicio del tradicional

Los celosos ya no querían tener más

imágenes de sus amantes. Preferían regodearse en el angustioso voyeurismo literario de diarios y cartas: los certificados indiscutibles del amor traicionado.
Las cosas iban cada vez mejor para Frangie. No perdió la
oportunidad

de invertir en el próspero negocio que creció

alrededor de Daffy. Le produjo buenas ganancias y le ayudó a mantener

la atención pública alejada de los negocios

te, Daffy sintió la promesa que no había tenido tiempo
de cumplirle

IX

a Clarke como el recuerdo de un territorio

remoto, como la postal de un mundo mágico, posibilitador
de tabernas como Nomus y de la existencia de mercenarios
melancólicos.

Envuelta en una toalla salió del baño y se tumbó en la
cama. Se untó aceite de turipache
minar el bronceado

en el cuerpo para eli-

que hasta poco tiempo antes la hacía

sentirse otra, no la mujer pálida de garbo aristocrático

y

elegantes modales, cuyos rasgos más verdaderos fueron esculpidos durante su adolescencia en Alturas Poniente, sino
la hembra de sangre caliente, la agresiva y desafiante protagonista de la algazara mayor en la historia reciente del
Barrio Árabe.
Con las manos desparramó

el líquido y obtuvo el alivio

necesario a esa hora del día. Cerró los ojos y se abandonó a
los humores óleos que penetraban

en su cuerpo como dis-

cretos mensajeros de las virtudes de la humedad,
de la eterna juventud.
los ungüentos

el baluarte

Pensó divertida que la aplicación de

animales constituían

una forma de zoofilia.

Había sido una temporada de ardua espera, exhaustiva: las
embestidas del viento y la aridez social de Alturas Poniente
disminuyeron

el ánimo de su cuerpo y le inculcaron la idea

de que empezaba

a envejecer. Llevaba meses entregada

a

la fascinación del desgaste. Buscaba las casi imperceptibles
fallas de su organismo, auditándolo,

con una minuciosidad

afectuosa, pero brutal, sin coartada. También había sufrido
la pena de fragilidades interiores.

Se había convertido

en

una mujer amurallada por múltiples mecanismos de defensa, en una amante imperturbable.

Su objeto de escrutinio

era el cuerpo. Su apariencia y su funcionamiento.

Pero en

esa obsesión orgánica habitaba otra búsqueda, la de fijarse

80

81

una identidad

por transitoria

que resultara. Se destiñó el

cabello, lo dejó crecer. Mudó de ropa y permitió que la piel
volviera a aclarársele. Cedió a lo que creyó era su primera
naturaleza, y gradualmente

fue dejando que apareciera la

mujer que había negado durante mucho tiempo. La piel recuperó su complexión,

pero el cuerpo se había transforma-

do de manera irreversible. Tenía huellas, marcas que subvertían irremediablemente
estereotipado

el clasicismo de sus formas, el

molde de belleza contemporánea

de Alturas

Poniente: sus piernas largas, de músculos bien definidos,
los brazos que sin llegar a tener la fortaleza de los de una
remadora, eran de una musculatura

firme. Mezcla de bai-

larina y ninfa atlética, solamente ella conocía los secretos
que se escondían detrás del portento
altares cinematográficos

de ese cuerpo. Ante

se habían ofrendado

en su honor

fortunas, el líquido sagrado de sementales masturbadores

e

incluso la cordura de un pirata.
El discreto reflejo de la pantalla y la luz difusa que llegaba
desde la sala de baño iluminaron

la enredadera

que salía

del bajo vientre, hacia las piernas para acariciar los muslos
y hacia arriba para pasearse por los senos. Había tardado
años en lograr que la tinta la envolviera con las hojas de
esa planta voraz que sólo revelaba visos de piel. Se vio al
espejo y examinó su rostro, ya despojado de la máscara de
bronce que se había construido
ca. No había recuperado
la adolescencia,

reorientar

las facciones de las fotografías de

que por cierto nunca conservó pero que

sus rehabilitadores
de la ortopedia

le habían proporcionado

identitaria,

como parte

prescrita por especialistas para

su comportamiento.

maliciosamente

con paciencia en otra épo-

Tampoco

tenía la mirada

ingenua que la había convertido

82

en la lo-

cura de los que acuden a la cinematografía para someterse a las ilusiones de la virtud transgredida. Gradualmente
fue encontrándose con rasgos que desconocía de sí misma.
Comprendió que la edad era una forma de migración corporal, que una sola vida es suficiente para reencarnar en
otros cuerpos.
A pesar de las recomendaciones del Estado para reformarla, el cuerpo de Daffy estaba lleno de epifanías evocadoras de su pasado en el Barrio Árabe. En su piel confluían
las huellas de ese pasado con atisbos de su vida naciente.
Se incorporó para envolver el cuerpo con una bata suave
y fragante. Permaneció frente al espejo desnuda, mirándose mientras la tela se amoldaba a su esqueleto. El espejo,
una pieza de anticuarios que Daffy había encontrado en
su nueva casa, era un objeto mágico cuyo don consistía en
regresar la imagen rodeada de niebla. Abotonó la bata y se
acomodó frente al monitor de la computadora que estaba
en su escritorio; empezó a navegar.
Daffy Stup había aprendido que incluso los destinos bien
construidos tienen cimientos quebradizos. No se resistió a
los cambios. Los aprovechó para continuar su desapasionado proyecto de convertirse en inalcanzable. Ante la prohibición de regresar al Barrio Árabe durante un año, acudió
a Diomira para buscar a sus amigos. Caminó por las calles
pavimentadas de estaño. Admiró las sesenta cúpulas de plata y las estatuas de bronce dedicadas a cada una de las diosas
del templo y contempló el anfiteatro cubierto por una cúpula de cristal. Se detuvo ante el gallo de oro colocado sobre una torre de mármol gris que según cierto cronista, en
otro tiempo solía cantar al amanecer. Escuchó a Mármira
Duns oficiar la Ceremonia Plústica que servía cada mañana

83

como aliciente a los habitantes en sus ejercicios monásticos

avasallados por la lógica de los sueños tangibles.

y sus travesías interiores. Amparada en un nombre diferente, tal vez Cloe, y disimulada por la sobriedad de su nueva
vestimenta,

Daffy esperó pacientemente.

CONTACTO EN DIOMIRA

Buscaba identifi-

car a heraldos de confianza para enviar mensajes de despedida a sus amigos. No fue una tarea fácil reconocer en otros
rostros y en otros nombres la identidad

de quienes había

conocido en los hábitos del Barrio Árabe. Después de algún
tiempo, hizo a un lado sus intentos por entrar en contacto con
ellos y se dejó seducir por la frugalidad de la vida en Diomira,

por los días más cortos y por las lámparas multicolores que
alumbraban la freidurías y abacerías en donde dependientes
discretos almacenaban tesoros de otras tierras: largavistas y
violines fabricados en Isidora, arena de Dorotea contenida en
botellas, el zumo de frutos desconocidos en Alturas Poniente
y en el Barrio Árabe. Los escaparates con objetos de maderas extintas y cuarzos eran un espectáculo aparte. Al mirar los inventarios de aquellos expendios, Daffy-Cloe tuvo
recuerdos de realidades intuidas en sueños, fabricaciones
fantásticas, como escaleras de caracol recubiertas de caracoles marinos, espirales petrificadas abriéndose paso en el
interior de palacios, plazas habitadas por lagartos, notas de
cánticos irreconocibles. Todo esto cohabitaba con los sitios
construidos en tiempos más cercanos por los habitantes de
Diomira: los temascales colectivos, los espejos con la bruma de otras ciudades.
Aprendió a estar en Diomira, a escuchar la música de
sus pasos en las calles de esa comunidad frecuentada por
artesanos aspirantes a magos, por sacerdotes o por dioses
de bajo rango infatuados con una vida comunitaria regida
por la literalidad de su imaginación, hombres y mujeres

84

Cada muro guarda sus propias cascadas:cantos de bestias
anónimas que se baten en el terraplén de la vigilia. Por las
habitacionescircula el aroma infecto de las tintas y susatisbos
aparecenornando ciertoscuerpos.Un diminuto bonsai, inscritopor amanuenses de agujay metal puede ser una muestra de
amor para un culo intonso. Ypudiera no serlo.Ruanna Gaela
consagrasu ceremonia con un grog. La kava abre ventanas al
espaciointerior que la lima de Samoa no alcanza. Estética de
bañopúblico, la escarificaciónes un juego amoroso. Y pudiera ser una secretarebelión. Los nativos se tatúan la piel para
preservar el evanescentediseño de la memoria. Los presos lo
hacen a la altura del corazónpara conjurar filos traidores.
Hay quienes se someten a la cirugía de bajo impacto como
a una adición. El barullo de las agujas sobre la piel es una
urdimbre de signos,evocandoxilófonosy cancionesde guerra.
Pero a vecesessolamente una confabulación de artesanosque
se zahieren. Orso avanza por la acera con el cuerpo desnudo,
cubiertopor tatú y reclamasu condición de profeta. Ancianas
de manos nudosasse acercane incrédulaslopalpan.

85

Dije de los muros que la vida bulle en su interior
hablé de las drupas y sus secretos frutos.
Ahora digo que la decrepitud
es la madre de todas las admiraciones.
La voz de E.C. lo alcanzó mientras descansaba en Muchas
Lunas y conversaba con Albardán.

Su corazón, ya agitado

por el licor, sufrió un sobresalto. Tuvo miedo.
En el tiempo futuro
los hombres sellarán con besos
las reminiscencias

del amor.

sinuaba. ¿Amanecía, o anochecía? Los amantes emigraron.
Las pulseras de una mesera se agitaron en el rincón de algún café, sobresaltando a los ciegos. Motociclistas uniformados cruzaron la ciudad como heraldos, transportando
embalados paquetes con ofrendas: manjares afrodisiacos,
amenazas de muerte: simples e intrascendentes documentos de la cotidianidad. Alguien escribió en las páginas de
un diario palabras que encontraría años después muertas, o
convertidas en cuervos. En la oscuridad de Muchas Lunas
dos mujeres tocaron instrumentos de percusión con el suave roce de sus dedos y entonaron un canto etéreo, evocador
de lejanas escrituras, la grafía de un mundo siempre a punto de revelarse, anfibológico:

Y las lágrimas
serán el brillo de un tiempo pasado.
No fue un miedo extraordinario,

Ani va bausen
ya ja ví ví

el azoro referido por

quienes han estado en el umbral de la muerte, o la desolada
angustia que provoca la separación de los amantes. Fue un
miedo corriente,

la mezcla de culpa e incertidumbre

que

toma por asalto a quienes se saben con destinos no saldados. E.C. estaba de nuevo frente a él, hablando:
Somos ciegos
ignoramos la vida que se agita sobre las flores
las aves de garras mínimas
los sábalos esplendentes
el mundo que muere.
En el Barrio Árabe, el alumbrado

86

público apenas se in-

E.C. había tomado el corazón entre sus manos y se dirigía
a Asintrop ante su mirada atónita y el testimonio distraído de Albardán que seguía bebiendo como si nada de esto
sucediera. Pudo penetrar hasta sus más recónditas verdades
metabólicas. Encontró las rutas irreversibles de la muerte.
Apeló por última vez a nombre de su proyecto de reedificación de la familia. Descrubrió en la superficie del corazón
las marcas de un deseo ajeno a ella. Entonces lo devolvió a
su caja. E.C. vio en ruinas a su mejor proyecto ideoerótico:
un cadáver conformándose, un manuscrito en llamas, una
flota de embarcaciones naufragando con las piezas de ancestras edificaciones en sus entrañas.
Se vieron a los ojos como si se encontraran por primera
vez y reconocieron entre ellos un obstáculo insalvable, mar-

87

cado por el tufo de la culpa y la violencia del desengaño.

La mirada de Damina ya no estaba con él; se había queda-

Asintrop trató de fugarse. Primero abandonó la música de

do andada en el exterior de esa comunidad

intangible,

en

Muchas Lunas. Se apresuró por las calles del Barrio Árabe

la que Asintrop por fin había encontrado

hasta la estación más próxima del Subterráneo.

huella no supo seguir en las aceras del Barrio Árabe. Su

los andenes a esa hora abandonados
oscuridad de un interminable
en donde otra identidad,

Corrió por

por los pasajeros. En la

túnel escapó hacia Diomira

desconocida

para su perseguido-

ra, lo aguardaba; ahí caminó bajo la lluvia rala e incesante.
E.C. permaneció en el Barrio Árabe estupefacta, alejada de
la materialidad

de la palabra, convertida en una evanescen-

te quimera.

visión de la Virgen del Abrigo pertenecía

a la mujer cuya
a ese reino. El

amor había sido la larga estancia en una ciudad que ahora
recordaba con nostalgia, sin rencor, pero anhelaba para sí
otra memoria.
Por un momento

pensó que se trataba de una visión im-

pulsada por el deseo, pero el gimoteo de su corazón lo convenció de su presencia inobjetable

e irrenunciable.

La Vir-

La incapacidad de E.C. para seguirlo hasta Diomira le re-

gen del Abrigo iba al lado de Mármira Duns que la cubrió

veló a Asintrop un dato que cambiaría su historia: la mujer

con un abrazo maternal y le pasó la mano por la cabellera.

que lo perseguía era sólo un artefacto inventado por Dami-

Se hablaron al oído. Luego caminaron juntas hacia el anfi-

na, la aparentemente

teatro de paredes traslúcidas. Asintrop las vio alejarse como

sumisa amante que había conocido

en la tienda de Albardán,
personalidad

cuya misión era multiplicar

su

y alcanzarlo.

Damina

Dejó escuchar la voz de E.C., pero supo que Damina
encontraría

sobrecogido por un sueño.

la manera de mantener

la persecución.

Iba de

momento
cibernético

tuvo que reconocer su fracaso ulterior. En ese
dio comienzo

la última batalla, el cataclismo

que desató al saberlo todo perdido. Asintrop

nuevo entre la gente, cabizbajo, con las solapas levantadas

trastabilló

cubriéndole

las columnas de plata. Las lámparas se convirtieron

parte de la nuca. Pensaba en la tiranía ciberné-

de nuevo mientras

a su paso se derrumbaban
en an-

tica diseñada por su seductora para agobiarlo con sus tesis

torchas que prendieron

fuego al piso de estaño. La vida se

ideoeróticas.

estremecía holográmica,

amenazada. Las identidades se di-

La lluvia y la revelación sobre Damina

lo estremecie-

solvían. Mármira Duns desapareció repentinamente,

como

ron. De pronto encontró lo que ya no buscaba. La luz de

los largavistas y los violines y la niebla de los espejos. Sólo

otra estancia envolvía los cuerpos de la Virgen del Abrigo

el mitológico

y Mármira

torre, aguardando

Duns. Desesperado,

Asintrop

se apresuró tras

gallo de oro siguió imperturbable
estoicamente

sobre su

el colapso total. Un mo-

ellas, dando tumbos en medio del gentío, en dirección al

mento antes del final, Daffy Stup sintió que la tomaban

templo de cristal, luchando contra el influjo electrónico de

amorosamente

Damina, pero decidido a no perder a la Virgen del Abrigo.

cuya mirada se vio redescubierta,

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del brazo y volteó. Encontró a un hombre e

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verdadera, virtual.

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