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LA BATALLA DE HUAMACHUCO Y SUS DESASTRES

Abelardo Gamarra

Lima - 1886

EL EJÉRCITO DEL CENTRO

3

Campaña sobre el Norte

11

La retirada de Tarma al Norte

12

Entre los fuegos

17

Continuemos

18

Batalla del 10

19

Levantemos un Cargo

22

El saqueo

23

Dos palabras acerca de Santiago de Chuco

25

Episodios particulares

26

Huamachuco y el Cerro Sazón

27

ANOTACIONES BIOGRAFICAS

29

LEONCIO PRADO

29

General PEDRO SILVA

31

Capitán de Navío D. LUIS GERMAN ASTETE

32

Coronel D. JUAN GASTO

33

Coronel D. MARIANO ARAGONES

33

Coronel MIGUEL EMILIO LUNA

33

Comandante D. EMILIANO JOSE VILA

33

MAXIMO TAFUR

34

Sargento Mayor SANTIAGO ZAVALA

35

FLORENCIO PORTUGAL

35

Capitán ENRIQUE OPPENHEIMER

37

MANUEL GAMERO

37

Coronel D. MANUEL TAFUR

38

Sobre las Tumbas

39

Los muertos

40

GLORIA A LOS HEROES

40

El Autor

42

EL EJÉRCITO DEL CENTRO

Aunque el objeto principal de este libro, según la mente de su autor, ha sido referir aquello que hasta hoy permanece más ignorantazo: el saqueo de Huamachuco por las fuerzas chilenas, no ha querido dejar de hacer el relato de la memorable batalla que le precedió, aunque sea demasiado suscintamente, relatando, así mismo, la penosísima marcha del valeroso ejército del centro, cuya historia en apuntaciones generales ha juzgado conveniente ofrecer, en este día, en que dos fechas gloriosísimas conmemoramos a la vez: el 9 y 10 de julio.

Descansa todo nuestro relato en la veracidad de personas caracterizadas y testigos de lo que referimos.

Hemos dicho 9 y 10 de julio.

En efecto: he aquí dos fechas gloriosas y memorables que el Perú recordará con orgullo e inmensa gratitud para con el ejército del centro, que las marcó con su sangre, vertida con heroico valor, aunque con éxito vario, en la penosa y notable campaña emprendida en defensa de la patria, desde enero de 1882 hasta julio del 83.

Esas fechas representan: Marcavalle, Concepción y Huamachuco, que hoy nos cumple conmemorar con amplia libertad, ya que durante los dos años del régimen, que terminó el 2 de diciembre último, no fuera permitido ni hacer una mención honrosa de esos hechos, que acentuaron la resistencia nacional, e hicieron resaltar el sentimiento patriótico, en lucha denodada contra un enemigo relativamente poderoso, que después de San Juan y Miraflores se enseñoreó de nuestro territorio, difundiendo por doquiera la desolación y el exterminio.

El mayor mérito contraído para con la patria por el puñado de valientes, que formaron en las filas del ejército del centro, bajo la órdenes del ínclito general Cáceres, no consiste precisa y únicamente en haber librado las funciones de armas, que recordamos; sino en la patriótica perseverancia y los esfuerzos desplegados, para vencer los inconvenientes y dificultades de todo género, que parte del desaliento de una gran mayoría de los pueblos, se presentaban para la formación misma y el mantenimiento de las fuerzas, que la infatigable y vertiginosa actividad del general Cáceres reunía y organizaba de guerra; sino en haber superado los contratiempos y fatales emergencias que sobrevenían a menudo; así como las penalidades de una dilatada campaña. Llena de privaciones y de sufrimiento, cual ninguna de las que se hicieran en el Perú, exceptuada la de la independencia; y, finalmente, en la resignación y conformidad estoica para soportar esas vicisitudes por parte de los jefes, oficiales y tropa, que acompañaban al esforzado caudillo, poseídos de igual grado de patriotismo y acendrado sentimiento de la sagrada misión que se impusieran. Y es justo decir que en medio de tantas dificultades, miserias y decepciones, ese ejército era un modelo de disciplina y moralidad, como pocas veces se ha visto en los ejércitos nacionales, pues todo en él era correctamente militar; y sin embargo, se le llamaba montonera!! Por la malevolencia chilena y por aquellos que habían hecho causa común con nuestros invasores. ¡Y al frente de esa montonera estaban Cáceres, de genio militar, soldado distinguido y conocedor de su profesión, los antiguos y verdaderamente coronel Secada y Tafur, de la escuela de Salaverry y otros jefes veteranos de intachable conducta, que imprimían carácter a ese ejército!

Siendo aún poco conocidos los episodios de la campaña de 18 meses, que terminó en Huamachuco, creemos oportuno trazar a grandes rasgos la historia del ejército que la sostuvo, su formación, sus fátigas y hazañas, sus dilatadas marchas, las causas que las motivaron y los detalles que precedieron al desastre del 10 de julio, en que un puñado de soldados, que defendían la bandera de su patria, aún enarbolada con orgullo, disputaron la victoria, con encarnizado valor e igual tenacidad y espíritu viril al del infortunado pero glorioso ejército, que sucumbió en los campos de Waterloo, defendiendo la suya y salvando el honor de sus armas. Así Huamachuco fue, como aquella célebre batalla, el duelo a muerte que libró el Perú, para lavar la ignominia de los desastres pasados, duelo que lo hizo simpático ante los demás pueblos, que contemplaban su heroico esfuerzo y su tenaz resistencia, en medio de sus inmerecidos infortunios.

II

Cuando en el mes de abril del 81 fue nombrado el general Cáceres jefe superior del centro, en circunstancias de hallarse el departamento de Junín invadido por la célebre expedición Letellier y Bouquet, y el dictador de Piérola abandonó Jauja, dirigiéndose al sur, se le dejó por toda fuerza para hacer frente al enemigo 28 oficiales y unos 15 ó 20 gendarmes de Tarma; ni un solo rifle, ni una cápsula. Mas retirada la expedición chilena, y después de la captura en Chicla de una columna peruana, enviada desde Lima con el fin de batir las pocas fuerzas de Cáceres, pudo este con la diligencia y actividad que le es peculiar, poner en pie de guerra, hasta el mes de noviembre del mismo año 5 mil hombres regularmente armados y con buena organización, dotados de 8 piezas de artillería, sacadas de Lima, y una brigada de caballería, con los cuales asediaba desde Chosica, teniendo por base de operaciones Tarma, Jauja y Huancayo, a las tropas enemigas que ocupaban la capital.

En estas circunstancias desarrolláronse los acontecimientos que pusieron término al gobierno de Nicolás de Piérola, cuya autoridad se desconoció sucesivamente en el sur, norte y centro de la república.

Instigadas las fuerzas del general Cáceres, mediante combinaciones y planes, acordados en Lima, que permanecen aún velados, y que la historia se encargará algún día de ponerlos en evidencia; hubieron de rebelarse súbitamente contra su autoridad la división Canta, que desertó integra del campamento, el batallón Alianza, los guerrilleros que cuidaban su flanco izquierdo en Sisicaya y la brigada de caballería, al mismo tiempo, que una fuerte división chilena se dirigía sobre Canta, amenazando cortar la línea de operaciones del ejército peruano. La energía y actividad de Cáceres pudieron impedir que la sublevación cundiese en todo su campamento. Esta doble emergencia lo obligó a replegarse rápidamente sobre Tarmas, sufriendo inmensas pérdidas, hasta quedar reducido a 1,400 soldados, anémicos y en las peores condiciones. La retirada fue, pues de las más desastrosas y violentas, perdiéndose por esta causa el material de repuesto, acémilas, ganado, etc. y más que todo, difundiéndose la desmoralización y la propaganda subversiva, en una gran parte de la nueva oficialidad improvisada que desertó, dirigiéndose a Lima. El coronel Morales Bermúdez, comandante en jefe y el coronel Manuel Tafur jefe del estado mayor (del ejército del centro), estuvieron en ese grave contratiempo a la altura de su deber. Cuando se creyó que el movimiento de los chilenos sólo tenía por objeto arrojar a Cáceres sobre Junín, a fin de alejarlo de la costa, y evitar así sus incesantes hostilidades, se vio con sorpresa tramontar la cordillera, en persecución suya, una considerable fuerza

compuesta de las 3 armas, en número de 4,000 hombres. Era evidente que esa expedición obedecía a un plan combinado en Lima y que coincidía fatalmente con la sublevación de las tropas.

Los sucesos ocurridos con motivo de la destitución del dictador don Nicolás de Piérola, habían colocado al ejército del centro en una situación anormal y difícil, que era menester definir, en conformidad con los intereses y la dignidad de la nación, los dictados del patriotismo y la necesaria unificación del gobierno.

En esta circunstancia llegó a Tarma, procedente de Ayacucho, llamado por el general Cáceres, y el coronel Secada, jefe del estado mayor general que acababa de serlo de los ejércitos, y conferenciando ambos acerca de la situación, se convino en reconocer el gobierno del señor García Calderón, como único medio de proceder con altura y patriotismo, a fin de conjurar el conflicto, dar unidad al gobierno nacional y arribar a la paz con el enemigo. Se acordó igualmente evacuar Tarma sin pérdida de tiempo, pues los enemigos se hallaban a 5 leguas de esta ciudad, procurando abrirse paso por La Oroya. Así fue como el 26 de enero del 82 se hizo en Jauja el reconocimiento del gobierno, representado por el contralmirante Montero, por hallarse el dr. García Calderón prisionero en Chile.

El coronel Secada tuvo una gran parte en esta resolución tomada por los jefes del ejército, impidiendo que prevaleciera la absurda opinión, emitida por uno de estos, que propuso que el ejército del centro “se impusiera una actitud de expectativa patriótica y neutral, sin reconocer a ningún gobierno”.

Asistieron a esa reunión, que fue solemne, el ilustrísimo arzobispo de Berito, el doctor Chinarro y varios otros caballeros.

III

Aquí comienza la serie de acontecimientos que caracterizan la memorable campaña del ejército del centro, con todas sus penalidades, contratiempos y heroicos esfuerzos, dignos de la epopeya y de ser narradas por una pluma más digna del asunto que la nuestra.

Habiéndose presentado una descubierta chilena el mismo día 26 en las alturas de Jauja, se prosiguió la retirada sobre Huancayo al siguiente día 27, esperando el general Cáceres encontrar los 3 batallones y la sección de artillería, que el coronel Panizo comandaba en Ayacucho, y a quien había ordenado desde la quebrada, reiteradas veces, emprendiera su marcha hacia el centro con el fin de unírsele, marcha que hasta esa fecha aún no había verificado.

El 31 de enero fue nombrado prefecto y comandante general de Ayacucho el coronel Morales Bermúdez, y, el coronel Secada comandante en jefe del ejército del centro, reducido ya a 1,200 hombres, porque desde la salida de Tarma hasta este punto habíanse periodo entre enfermos y desertores más de 200 hombres y muchos oficiales de los improvisados que también desertaron, ya inducidos a hacerlo, ya por mero desaliento o por falta de hábitos militares.

Constaba el ejército de los pequeños batallones: Zepita, Tarapacá, Jauja; Huancayo,

América y Tarma (1,100 infantes); de 90 artilleros y 60 soldados de caballería, resto de los

400 de que se componía la brigada que se sublevó en Chosica.

El 3 de febrero ocupaban los chilenos la altura setentrional que domina el pueblo de San Gerónimo, a 3 leguas de Huancayo. Practicóse un reconocimiento, y el 4 prosiguió el ejército la marcha hasta llegar a Pucará, sufriendo una copiosa lluvia, dejando en Huancayo

150 soldados moribundos, acometidos de tifoidea, encomendados al alcalde municipal dr.

Mariano Giraldes Avellaneda, para que los distribuyera en lasa casas de la ciudad, tanto para

que no fueran pasados a cuchillo por los chilenos, cuanto para impedir que estos pudieran hacerse cargo de la situación del ejército peruano que se diezmaba con la epidemia.

Precavido siempre el general Cáceres, había dejado en Huancayo al gobernador d. Gerardo Meléndez, con el encargo de observar los movimientos del enemigo y volar a Pucará a dar aviso de su aproximación, para cuyo fin le dio uno de sus mejores caballos; pero lejos de hacerlo así Meléndez, tomó otra dirección tan luego como vio acercarse la descubierta del enemigo, y el general Cáceres careció de toda noticia hasta la madrugada del 5, en que se presentó la división Canto, y tuvo lugar el combate de Pucará, donde fue rechazada la fuerza chilena, sufriendo una considerable pérdida, gracias al denuedo con que el general Cáceres contuvo su empuje con 170 hombres, cubriendo la retirada del ejército, mientras el comandante en jefe lo conducía ordenada y tranquilamente, en medio de una lluvia de bombas arrojadas por la artillería contraria, hasta ganar la posesión de Marcavalle, a 3 kilómetros del pueblo, y hacer alto allí, dispuesto a aceptar el combate, según orden del general.

Perdiéronse en ese glorioso encuentro, ñeque se acreditó valor, pericia militar, serenidad y disciplina, por parte de las fuerzas peruanas, unos 90 hombres de tropa, inclusos los enfermos que en número de 20 y tantos fueron alcanzados y victimados por los chilenos, así como el señor comandante Navarro, que cayó herido y que fue degollado después. Los chilenos perdieron también a su comandante jefe de ingenieros, y un considerable número de soldados.

Allí corrió un inminente peligro la familia del general Cáceres, compuesta de su señora y 3 niñitas, que salvaron estando ya rotos los fuegos, viendo estallar cerca de ellas las bombas segmentadas del enemigo. La señora del general, dotada de un espíritu animoso y enérgico y un exaltado patriotismo acompañaba su esposo desde Tarma, a donde hubo de llegar, procedente de Lima, perseguida por las autoridades chilenas, a causa de la activa y solicita participación, que había tomado en la remisión de los cañones y otras armas y avisos que recibía el general, durante su permanencia en Chosica.

La fuerza enemiga rechazada en Pucará, contramarchó a Huancayo, donde estableció su cuartel general, y el pequeño ejército peruano prosiguió su marcha hasta Ayacucho, dejando en los pueblos del tránsito multitud de enfermos de gravedad y sufriendo algunas deserciones; de manera que cuando ocurrió la catástrofe, ocasionada por el histórico temporal de Julcamarca, contaba solo con 760 infantes, 50 hombres de caballería y 70 artilleros: total 880, de los cuales se perdieron en la noche fatal del 17 de febrero mientras duró la furibunda tempestad, 400 hombres, quedando reducida toda la fuerza a 480, de los cuales 360 infantes, divididos en cuatro diminutos cuerpos.

El 21 en el tránsito al caserío de Rocrón, donde acampó a menos de dos leguas de Ayacucho, recibió el general Cáceres una comunicación del coronel Panizo, en que le anunciaba: que el ejército de su mando había resuelto desconocer la autoridad de aquel, por haber sabido que en Jauja se había adherido al gobierno de García Calderón, y que si el general continuaba a su marcha hasta Ayacucho, no respondería de las consecuencias.

Era un ultimátum en toda forma. Pero era indispensable llegar a Ayacucho y resolver la situación creada por la rebelión de las fuerzas allí existentes, y se determinó en consecuencia, proseguir la marcha, variando de dirección, de manera que pudiera llegarse por retaguardia de Panizo, dominándolo, a fin de desconcertarlo y evitar un ataque sobre la cima de la Picota, situada al noreste de la ciudad y donde era de presumir se encontrara la fuerza disidente.

Merece hacerse una mención, auque rápida, de los incidentes de esta función de

armas.

Avistadas las dos fuerzas, se ocupaba el general Cáceres en dictar un oficio dirigido al coronel Panizo, en términos conciliatorios, para evitar el escándalo de un choque entre hermanos, cuando sonó el primer tiro de cañón disparado por la artillería de este coronel, y se rompieron los fuegos ente la escolta del general y las guerrillas desplegadas al pié del Acuchimay.

Ordenó entonces el general que bajaran los batallones Jauja y Huancayo a unirse con el Zepita que estaba avanzando, formando estos cuerpos 190 hombres, con los cuales emprendió personalmente el ataque sobre el Acuchimay, encomendando al coronel Secada que acometiese el ala derecha del enemigo, extendida en todo el frente de la ciudad y defendiese el acceso a ella. Mientras el coronel Secada arrollaba el batallón 2 de Mayo fuerte de 600 plazas con los 110 soldados del batallón Tarapacá, y tomaba Ayacucho, haciendo muchos prisioneros a sí de tropa como de oficiales, el general Cáceres que iba escalando el Acuchimay y haciendo retroceder las guerrillas enemigas, se adelanta a la tropa, pone espuelas a su caballo, y se aparece solo, acompañado únicamente de su ayudante el argento mayor Zavala (hijo de Huamachuco y muerto en esa batalla) sobre la plataforma del Acuchimay, e intima enérgicamente rendición a Panizo y los demás jefes que los acompañaban, al frente de unos 300 soldados formados en columna, que estaban como de reserva. Rendidos estos, fueron llegando los soldados de Cáceres en pequeñas fracciones, cansados, jadeante, pero llenos de entusiasmo.

La impetuosidad del ataque por uno y otro flanco, la decisión de los jefes, oficiales y tropa, y el temerario valor y audacia de Cáceres, contribuyeron a este triunfo, contra todas las probabilidades del buen éxito alcanzado, atentos la desproporción de las dos fuerzas combatientes (5 contrra 1) la calidad del armamento y el estado de cansancio en que se encontraba la de Cáceres, fatigada con la penosa marcha que acababa de hacer, descalza, harapienta de soldados a oficiales, y hasta desfallecientes.

Así se verificó y tuvo lugar el combate de Acuchimay al sur oeste de la ciudad del 22 de febrero entre los 1,800 infantes y 100 artilleros de la guarnición rebelde y los 300 infantes, 60 artilleros y el piquete de la escolta de Cáceres, cayendo prisioneros sobre la misma plataforma de aquella escarpada colina: los coroneles Panizo, Mas, Bonifaz, Vargas Quintanilla y otros jefes y 300 y tantos soldados, muriendo por parte de Panizo, n coronel Feijóo y el comandante Salgado, este último antiguo oficial de carrera y entendido en su

profesión, y, por parte del general Cáceres los sargentos mayores Osambela, Lafuente y Dalon y cuatro oficiales.

Sobre la base de los prisioneros y los 370 soldados de las tres armas que quedaron el general de su propia fuerza, después de aquel combate, en que de una y otra parte murieron cinco jefes, algunos oficiales y 150 individuos de tropa, se reorganizó el ejército durante los tres meses, único tiempo que permaneció en ayacucho, emprendiendo en seguida sobre Junín, en apoyo de los pueblos sublevados contra los chilenos, y que llamaban con urgencia

y apremiantes suplicar a Cáceres.

Ardua fue, atendida la escasez de recursos de todo género que se experimentó, y al aislamiento en que se encontraba la jefatura superior del centro, la tarea de armar, vestir, equipar y proveer a la mantención de esa tropa.

Sin embargo, vencidas estas dificultades, salieron en el mes de mayo sobre Junín: 4 batallones de 250 hombres cada uno, 150 artilleros y unos 30 soldados de caballería, escolta del jefe superior.

El 3 de junio ocupó el comandante en jefe con la segunda división el puente de Izcuchaca, defendiendo hasta entonces por el patriota y esforzado prefecto del departamento de Huancavelica don Tomás Patiño, que ha tenido una participación bastante activo y digna

de la gratitud nacional, en toda la época de la guerra y de las operaciones del ejército del

centro,

Llego más tarde el general Cáceres con el resto de las fuerzas, y después de organizar durante su permanencia en Izcuchaca y los demás pueblos de Huancavelica, numerosas columnas de guerrilleros voluntarios, armados de rejones se marchó resueltamente sobre el enemigo, reconcentrado todas las fuerzas en Pasos, a dos leguas de Pucará, donde se hallaba su vanguardia: el batallón Santiago.

Existe publicado, dos años ha, en los diarios de esta capital, el parte respectivo elevado a la jefatura superior por el coronel Secada, comandante en jefe, sobre el asalto de Marcavalle el 9 de julio de 1882, el de Concepción el 10 del mismo, y de todos los demás sucesos y encuentros de armas, que se siguieron hasta la toma de Tarma y la total expulsión de las fuerzas chilenas, reducidas a menos de la mitad del número con que invadieron Junín; razón por la que nonos detendremos a narrar esos acontecimientos generalmente conocidos,

y que constituyen uno de los sobresalientes generalmente conocidos, y que constituyen uno

de los sobresalientes episodios de la campaña del ejército del centro, cuyo triunfal regreso a

Ayacucho cubierto de laureles fue una serie de ovaciones tributadas por los mismos pueblos que en la mustia, silenciosa y desfalleciente retirada del ejército en los meses de enero y febrero, abandonaron sus hogares, mostrándose desesperados de su suerte. Después de los triunfos aparecieron los amigos y se formaron las adhesiones. El sol de Cáceres y su ejército asomaban, pues, ya por el oriente!

¡Ah! Si todos los militares, si todos los hombres de alguna influencia en los pueblos del sur y norte de la república, y si todos los funcionarios públicos hubiesen cumplido con su deber, asumiendo una actitud igualmente viril y patriótica, levantado los pueblos y conflagrándolos contra el enemigo común, como lo hiciera Cáceres y los que lo secundaban, ¡cuan diferente hubiera sido el éxito de la guerra! Ni Cáceres ni los pocos jefes que con el heroico desinterés lo acompañaron en la mala época, no en el Tabor, sino en el Gólgota,

desde Matucana a Ayacucho, y de Ayacucho a Tarma, conocieron ni por un instante el pánico ni el desaliento. Los pueblos necesitan inspiración, iniciativa y ejemplo, y he ahí como los de Junín y Huancavelica, aunque reducidos a ennegrecidos escombros, por la mano del enemigo, desvastados y reducidos a la miseria, hasta llegar al pauperismo, han legado a la historia una página legendaria, brillante y envidiable de su denodado patriotismo, y de sus hazañas y heroicos sacrificios. Así es como se defiende todo pueblo celoso de su libertad e independencia, contra el enemigo que lo invade; así es como cumplen con su deber los buenos soldados y buenos ciudadanos. Tómose, para lo sucesivo, ejemplo de los pueblos de Junín y Huancavelica, y de la conducta de los militares que formaron parte del ejército del centro en la época del sacrificio, de los peligros y de la prueba.

IV

Disminuido el ejército del centro en más de 200 soldados muertos y dispersos en los encuentros ocurridos hasta la ocupación de Tarma, precedida por los que tuvieron lugar en Tarmatambo y San Juan, en que también sufrieron no pocas pérdidas los chilenos; se hizo la entrada en la ciudad el 18 de julio únicamente con 890 soldados de las tres armas y cuatro mil entusiastas guerrilleros.

Siendo menester incrementar el ejército hasta donde fuera posible y lo permitieran los recursos, para hacer frente a cualquiera emergencia y proseguir la guerra, con el propósito de llegar a una paz honrosa; desplegase por el general Cáceres la más activa diligencia para alcanzar este fin. Sobraban, desde luego, los hombres que voluntariamente ofrecían alistarse y formar parte del bravo ejército, que había liberado el territorio de Junín de la devastadora presencia del enemigo, pero faltaban las armas, y, lo propio que en Ayacucho, los demás elementos necesarios para la consecución de tan importante objeto. Si, como fue posible, se hubieran mandado del sur unos dos o tres mil rifles, siquiera de los que allí abundaban y cayeron en poder del enemigo, sin hacer un disparo, el ejército del centro se habría elevado a una cifra respetable.

Pero sin este auxilio fue imposible, no obstante todo género de amaños y arbitrios, puestos en práctica para el recojo de armas en los mismos pueblos de Junín, llegar a obtener sino muy pocas, así es que solo pudo ponerse en pié hasta unos 3,200 hombres no bien armados ni suficientemente municionados, a pesar de haberse tomado al enemigo más de 300 rifles y unos 30,000 tiros del sistema Grass. Con todo, ya en los 6 meses que mediaron de julio a enero del siguiente año, a mérito de incesantes trabajos de organización, de instrucción asidua y afanes para procurarse elementos, habíase logrado tener ese número de soldados de excelente personal, regularmente vestidos y equipados y sujetos y sujetos a una perfecta disciplina y régimen en todas sus dependencias, que nada dejaba que desear.

Dos meses más de tiempo y ese ejército habría estado en condiciones de medirse ventajosamente con igual número o mayor del enemigo. Inmensa fue la labor de su formación. Pero cuando era ya una esperanza por lo menos para el éxito de la guerra, y podía lisonjearse el patriotismo de tener en esa parte de la república un grupo de ciudadanos armados en su defensa, vislumbróse por el norte un punto tenebroso y siniestro que amenazaba desarrollarse de una manera funesta y desastrosa para la honra y los intereses de la patria. La facción abortada en Montan invocaba la paz de hinojos, secundando las miras del enemigo, y a su ejemplo algunos otros malos peruanos incitaban a la traición a los pueblos vecinos al cuartel general del ejército, que enarbolaba el pabellón nacional, resuelto

a sostenerlo a toda costa. Fue pues preciso expedicionar sobre Canta, adonde había llegado

la propaganda de la traición, y conjurarla oportunamente. Marchóse, en consecuencia, sobre esta provincia, con una parte del ejército acantonado en Tarma, el 29 de enero. El general Cáceres se dirigió a ella en persona con la primera y cuarta división; y el coronel Secada con la tercera sobre Huarochirí, protegiendo el flanco izquierdo del general.

Arreglados los asuntos de Canta se constituyó este en Matucana con el fin de preparar un asalto que debía darse con todas las fuerzas sobre la Chosica, ocupada por unos tres mil chilenos, con los cuales los guerrilleros de Huarochirí libraban frecuentes tiroteos, apoyados por la división que el comandante en jefe tenía a sus órdenes. Después de reconocer el general todas la posiciones, regresó a Tarma, con el fin de mover los cuerpos que habían quedado.

La cuarta división, mandada por el coronel Santa María, guarnecía Canta, con prevención de sostenerse a todo trance, caso de cualquiera emergencia., que desde luego se creía improbable. Pero el mismo día (8 de abril) en que el general regresaba a Tarma, el comandante militar de Santa Eulalia don N. Medina, comunicaba al comandante en jefe que el día 6 había pernoctado en la Nievería una división chilena, que guiada por Vento, se dirigía sobre Canta: pedía 10 mil tiros, que se le mandaron, y participaba estar reuniendo sus guerrilleros para oponerse al paso del enemigo en los desfiladeros de Chacclla, Santa Bárbara y Jicamarca, a cuyo efecto había solicitado del coronel Santa María unas dos compañías para apoyar a los guerrilleros.

A su llegada a Chicla encontró el general el telegrama de esta noticia, y bajó a Matucana el 9; el 10 regresó llevándose la primera división, después de haber oficiado al coronel Santa María reiterándole la orden de sostenerse, señalándose para ello la excelente posesión de Lachaqui, hasta que él llegara, y poder tomar la tropa chilena da dos fuegos en su ascensión sobre Canta. Pero aconteció que al llegar el general a Asunción de Huanza, el coronel Santa María había emprendido la retirada en dirección a Tarma, dejando descubierto el flanco derecho del general. Este incidente, que al ser los chilenos más activos y diestros en sus operaciones, hubiera puesto al general Cáceres, hasta se acaso batido, dejó, así mismo comprometido la división ningún movimiento, y el general pudo burlarlo, contramarchando impunemente sobre Chicla el día 14. La situación creada por la súbita contramarcha de Santa María, era pues sumamente difícil, hallándose Chicla amenazada, en circunstancias de encontrarse diseminadas las divisiones del ejército peruano: una en Tarma, a órdenes del coronel Tafur, jefe del estado mayor; otra en la quebrada, haciendo frente a los enemigos de la Chosica; y la de Santa María en retirada por una línea divergente.

Coincidía la expedición chile enviada a Canta, con un pan de ataque simultáneo sobre las quebradas de Matucana y Sisicaya; en consecuencia, fueron acometidos ambos puntos por fuerzas considerables, trabándose en cada uno de los un reñido combate por 24 horas, sostenido por los guerrilleros de la provincia de Huarochirí, cuyo patriotismo,

decisión y valor desplegados en esa acción en defensa de la Patria, superiores son a todo elogio. A pesar de su inferioridad numérica y calidad del armamento, se batieron con tezón

y bravura, hasta agotar sus municiones, haciendo a los chilenos numerosas bajas y comprar

bien caro su triunfo. No debemos olvidar a los jefes que estuvieron al frente de esas fuerzas:

coroneles Ismael González, en Sisicaya, y los dos Incháustegui en la otra quebrada.

Estos acontecimientos dictaron la imperiosa necesidad de reconcentrar el ejército en Tarma, antes de que la división que tenía en Chicla el general, y la que en Matucana estaba a

órdenes del coronel Secada, fuesen batidas en detall con intercepción de la línea de operaciones por los enemigos de Canta.

Diose principio, en consecuencia, al movimiento, llegando el general a La Oroya el día 17, y el coronel Secada, que cubría la retirada, el 18, sin que el enemigo hubiese salídole al encuentro, como era de temerse antes de tramontar la cordillera.

Reunidas todas las fuerzas en el cuartel general el día 20 con alguna pérdida de hombres en la división Santa María y muchos que fueron víctimas de las fiebres de la quebrada, se procedió a la reorganización del ejército y, a los preparativos consiguientes a las operaciones que debían efectuarse.

Campaña sobre el Norte

V

Después de amagar los chilenos el flanco derecho de Cáceres, destacando sus descubiertas por la vía de Baños, aparecieron en Yauli en número de 5,800 hombres de las tres armas.

Se había acordado que el ejército peruano hiciera su retirada sobre el sur, abandonando Tarma, cuyo lugar está dominado por todas las elevadas colinas que la circundan. Se envió al efecto a Jauja todo el hospital militar y los equipajes; y estando ya para emprenderse la marcha en esa dirección, se tuvo noticia que una parte de la expedición chilena, marchando por Chacapalpa, y pasando el puente de Huaripampa, había ocupado Jauja. Quedaba por lo tanto interceptado el paso del ejército peruano sobre el sur, esto es, cortada su retirada.

En vista de esta emergencia, se verificó el día 20 una junta de guerra en la que se resolvió por mayoría de votos, después de una detenida discusión, emprender la retirada sobre el norte, ya que no era posible hacerla por el sur.

La línea de La Oroya, interpuesta entre Tarma y Yauli, punto ocupado por el resto del enemigo, estaba defendida por tres mil guerrilleros voluntarios, que habían acudido espontáneamente al cuartel general, y por una división del ejército; fuerza suficiente para impedirle el paso, ya fuese por el puente, o por cualquiera de los vados que se encuentran en sus dos flancos a muy corta distancia. Sin embargo, a las 10 de la mañana del 21 de mayo logró atravesar impunemente el río por el vado de quinilla, flanqueando la izquierda de la fuerza situada en La Oroya; ocurrencia que se supo a las 11 de la noche del mismo día por parte oficial dirigido a la jefatura superior. Era de esperar que el enemigo apareciera por alguna de las avenidas de Tarma, a lo sumo en la madrugada del 22, dominando la ciudad. Así es que el ejército permaneció formado y listo para lo que pudiera ocurrir, esperando solo las fuerzas de La Oroya para evacuar Tarma. Estas llegaron a la 1 p.m. del 22, cuando hacia 3 horas que los chilenos habían ocupado Tarmatambo, punto dominante situado a una legua del sur de la ciudad. Sus avanzadas estuvieron a medito tiro de cañón. Algún respeto les imponían los que diez meses antes hiciéranles morder el polvo, y los arrojarán a la costa, obligándolas a tramontar los Andes en precipitada fuga, abandonando armamento, ganado, acémilas y algo de los objetos pillados, y regando su tránsito de cadáveres que dejaron

insepultos en una extensión de 30 leguas. No se atrevieron a destacar en Tarmatambo ni una

descubierta, así es que el ejército peruano desfiló tranquilo y sereno en el mayor orden a la 1

y ½ p.m. tan luego como se le incorporó la división que había partido de La Oroya.

Inmenso era el entusiasmo de la tropa y su decisión por combatir. Constaba el ejército al emprender su retirada de 2,040 infantes y 200 artilleros, más 60 hombres de la escolta particular del general, pues de enero a esa fecha habíanse pérdido 960 hombres de esta forma: el batallón Pucará y algunos artilleros que se pusieron a disposición del coronel Recavarren en el mes de marzo para que marchara sobre Huaraz a órdenes del jefe superior del norte don Jesús Elías, y prosiguiera su marcha hasta Cajamarca, a debelar la facción de Montán; 100 hombres del único escuadrón de caballería que se había puesto a órdenes del prefecto de Lima don Elías Mujica; 200 enfermos enviados a Jauja y el resto perdidos en la retirada de la división Santa María; y muertos en los hospitales. Entramos en estos detalles porque el jefe chileno coronel Gorostiaga, ha pretendido, para dar mayor realce a su victoria, elevar a una cifra fabulosa las fuerzas peruanas que combatieron en Huamachuco.

La retirada de Tarma al Norte

El primer día de su retirada, emprendida a la vista del enemigo, hizo el ejército 5 leguas, acampado en Palcamayo sin ser molestado durante su pausada marcha. El general Cáceres, que se quedó en Tarma, en observación del enemigo, se retiro a las 4 p.m., llegando

a Palcamayo a las 8 p.m., sin que los chilenos se hubiesen movido de su posición, lo que

verificaron tardíamente a los 2 días, tomando las precauciones más tímidas y hasta ridículas, cuando pudieron picar la retaguardia del ejército peruano, o moverse rápidamente sobre Junín, haciendo solo 8 leguas por el camino más corto que sale por Quirupuquio, mientras la fuerzas en retirada tenían que caminar 11 leguas, y darles alcance, sino les fuera posible

cortarlas. Así pudo el ejército llegar al Cerro de Pasco el 25 de mayo, en 4 jornadas sumamente descansadas y permanecer hasta el día 30.

Para los que no están al cabo de los incidentes, ha sido ocasión de censura el haber elegido al dilatada vía de Huanuco para llegar a Huaraz. Es marcha fue incidental. En los momentos d partir sobre Cajatambo por Orón, se tuvo la falsa noticia, pero verosímil y esperada, de que el coronel Recavarren, que aún no había marchado sobre Cajamarca, y tenía orden de replegarse en este caso al cuartel general, se encontraba cerca de Huanuco, perseguido por una división chilena. No era pues conveniente dejar esta fuerza descubierta a merced del enemigo, tomando el ejército el camino de Oyón; era preciso protegerla, marchando en su alcance por la vía de Huanuco, a más de dilatada, peligrosa por su condición favorable para el enemigo, que bajaba dominando el camino por sus dos flancos.

Una vez en Huanuco, donde se supo que Recavarren no se había movido de Huaraz, y que el enemigo había acampado en San Rafael a 9 leguas de distancia, fue preciso continuar la marcha, la cual se verificó el 4 de junio, después de un día de descanso y de presenciar los estragos causados en esa ciudad por los chilenos que la saquearon por completo, empleando los medios más indignos y vandálicos, e incendiando sus mejores edificios.

Debía pernoctarse en las Higueras, pero estando ese lugar en hoyada, dominado por varios caminos que partían del lado del enemigo que podía emprender u ataque, por alguno

de ellos, se prosiguió la marcha hasta Mito, adonde se llegó en la noche, extraviándose con este motivo algunos soldados, a merced de la fragosidad del camino sumamente accidentado y montuoso.

La marcha a Chasqui (9 leguas) adonde se llegó al principiar la noche del día 5, fue igualmente fatigosa y bien pesada por sus pantanos y las repetidas cuestas y fragosidades del terreno.

El 6 se avanzó a Sulluyaco, pasando por la cabecera del Marañón (8 leguas) no mejor camino que el anterior.

Llegase el 7, después de una marcha sobre pantanos y estrechas abras, con la tropa y las brigadas sumamente fatigadas, al ruinoso pueblo de Aguamiro, de siniestro aspecto y al parecer si habitantes. Aquí sufrió la tropa inmensamente por no haber tomado en todo el día, mas que el escaso rancho de que se le proveyó en la anterior pascana al emprender la marcha.

El 8 se le dio descanso, se pasó la revista de comisario y se le acudió con el socorro de sus semanas pendientes.

Debía emprenderse el 9 sobre Huallanca, adonde había marchado el día anterior la familia del general y se hallaba el ganado perteneciente al ejército; pero en los momentos de desfilar llegó un individuo, apellidado Domínguez, enviado por los vecinos notables de Huallanca a decir al general, por vía de consejo, que no sería conveniente seguir esa ruta, por ser en extremo pesada, desierta y sin recursos, y que haría sufrir al ejército; que la vía más cómoda era la de Chavín, que no ofrecía estos inconvenientes y era aun la más corta, y se adoptó el camino indicado.

El ejército chileno se había bifurcado en el Cerro de Pasco, tomando una parte por Lauricocha (línea izquierda) y llevando la otra la misma ruta que el ejército nuestro. Ignoróse por completo esta maniobra. Hasta la llegada a Huaraz se creyó que todo el ejército chileno reunido venia por Huanuco en persecución del peruano.

Cuando el enviado de los huallanquinos llegó a Aguamiro, se encontraba en Baños, a una jornada de Huallanca, la fuerza chilena que llevaba esa dirección. La familia del general Cáceres se hallaba en este punto; allí también 400 cabezas de ganado pertenecientes al ejército peruano. 50 soldados de caballería chilena salieron de Baños con el propósito de apoderarse de la señora del general y del ganado. Un presentimiento de la señora la salvó de caer en poder del enemigo. Preocupada con la tardanza del ejército, se decidió, a la una de la mañana del día 9, a abandonar la población y proseguir su marcha en dirección a Recuay, pasando el resto de aquella noche al pie de la cordillera. El destacamento chileno cayó en la madrugada del 10, y solo pudo apoderarse de las reses.

Emprendida pues la marcha sobre Chavín se llegó, a las 7 de la noche, al lugar denominado Taparaco, después de atravesar 8 leguas del peor camino imaginable, cubierto de profundos pantanos, algunos de los cuales fue preciso hacer colmar con piedras y fajina, para que pudieran pasar la artillería, parque, etc. Se acampó a la falda de un elevado contrafuerte de la cordillería, con una temperatura de 10 grados bajo cero, sin que la tropa tomara más que la ración de la mañana, ni hubiera para las brigadas siquiera el pasto natural de las punas, en un sueño árido y pedregoso, calcinado por los hielos.

El 10 después de otra marcha fatigosa de 9leguas, en que por la estrechez de los desfiladeros y abras, por donde no pudo pasar el ganado vacuno, fue preciso trasportar la artillería a hombros de la tropa, se acampó a dos leguas de Chavín en una aldea llamada Huayruro, donde tampoco tomó sino un escaso rancho.

El 11, hacia el ejército su entrada en la ciudad de Chavín en medio de las ovaciones y entusiasmo patriótico de sus oradores, que al tener noticia de la inmediación de las tropas peruanas, adornaron las calles con vistosos arcos y banderas, y prepararon un rancho abundante, acémilas, ganado, etc.

Fue de mucho aliento y de buen efecto para la tropa la manera como se le recibió en el patriota y simpático pueblo de Chavín, de donde, después, de un día de descanso, se continuó la marcha, pasando a las 6 p.m. la elevada y fragosa pendiente de la cordillera de los Andes, sin tener ningún aviso del enemigo, a pesar de haber dejado el general autoridades y personas particulares encargadas de comunicarle cuanto supieran. Al tener noticia en Chavín de que la fuerza chilena marchaba dividida, habríase aguardado en sus excelentes posesiones a la que seguía las huellas del ejército peruano y dádole combate con inmensa ventaja, son que la que marchaba sobre Recuay hubiera podido auxiliarla.

El 13 después de una penosísima marcha, que duró hasta las 9 p.m. se pernoctó en la estancia de Arhuaycancha, a leguas de la ciudad de Huaraz, adonde llegó el ejército a las 6 p.m. en el mayor orden y compostura y en las mejores condiciones, dando excelente idea de su disciplina, moralidad y entereza, a pesar de 23 días de penosas marchas, atravesando una distancia de ciento y tantas leguas, poco menos que intransitables y desprovistas de recursos. Allí fue donde se tuvo noticia, no sin sorpresa, de una parte de las fuerzas chilenas había llegado a Recuay, y que la otra tramontaba la cordillera de Chavín.

Prosiguiese inconsecuencia la marcha el día 17 de junio sobre Yungay, adonde llegó el ejército el 18 y se reunió con las fuerzas del coronel Recavarren.

Hallándose cortado el puente de Yuramarca y destruido el camino que conduce a él desde Huaylas haciendo imposible la retirada por esta vía, única conveniente y estratégica para poner el invadeable río del Santa, entre el ejército chileno y el peruano; se adoptó en una conferencia habida entre el general Cáceres y los coroneles Secada y Recavarren, verificarla al través de la elevada cordillera de Yanaganuco de 20,000 pies de altura sobre el nivel del mar, abrupta, de difícil acceso y a la que conduce una estrecha calzada e más de una legua, practicada al pie de una alta montaña perpendicular y sobre píes derechos enclavados en un lago formado por los deshielos.

No existe para pasar al norte, partiendo de Yungay, más que esta vía, una vez obstruida la de Yaramarca. Así fue que el día 20 hubo de emprenderse la marcha sobre la estancia denominada Antuco, después de atravesar penosamente la peligrosa calzada de las Barbacoas, teniendo a la vista la imponente masa de los Andes, cubierta de su eterno manto de nieve secular; y el aspecto salvaje, lúgubre y sombrío de los oscuros grupos graníticos, que se elevan cortados a pìco, en medio de esos desolados páramos.

El 21 se dio principio a la ascensión de aquella gigantesca y majestuosa cordillera, por una senda escabrosa, angosta y deleznable que fatigó inmensamente a la tropa, y en la

quedó asfixiada, a causa de la excesiva rarefacción del aire, casi irrespirable, una considerable porción de los animales de carga pertenecientes a la artillería, y al parque, y de las cabalgaduras de los oficiales, muchos de los cuales quedaron a pie nuevamente como en Chavin, cuyo pueblo repuso las que faltaban.

Sin embargo, nuestra entusiasta y viril tropa, compuesta de robustos y expertos mestizos, dominó la cumbre del imponente y enhiesto Yanganuco, alegre, cantando, llena de enterezas y bizarría, sin doblarse a la fatiga, ni presentar un solo soldado acometido del soroche y todos en estado de empeñarse en un combate. Pocos ejércitos en el mundo habrán atravesado una montaña de la elevación del Yanganuco.

Entretanto, los chilenos sufrieron inmensamente al pasar las cordilleras de Recuay y Chavín (de solo 15,000 pies de altura) llegando al primer punto y a Huaraz, después de la unión de sus dos fuerzas a 3 leguas al sur de esta ciudad el día 17, en el más lastimoso estado de postración, dispersos, cojeando, agobiados y con más de 400 enfermos y muertos de enfermedad o de asfixia. Un aviso oportuno de que marchaban divididos en dos líneas distantes, y no se habría desperdiciado por cierto la oportunidad de batirlos en detalle, Pero ni la menor noticia. Se carecía además en lo absoluto del arma de caballería, y no había cómo observar de cerca los movimientos del enemigo.

Mientras el ejército peruano continuaba su marcha, llegando en 5 penosas jornadas más, a la provincia de Pomabamba, los chilenos, después de ocupar Huaraz el 18, destacaron sobre Yungay una descubierta de caballería, a cuyo jefe se le dijo por los vecinos del pueblo: que el ejército peruano llevaba el plan de contramarchar sobre Junín, después de pasar la cordillera, porque así lo propaló intencionalmente el general Cáceres, y solo los coroneles Recavarren y Secada estaban al cabo de la verdadera dirección que se llevaba.

Habíase adelantado la división Canto sobre la Quebrada Honda, en dirección de la cordillera de Chacas, 8 leguas al sur de la de Yanganuco, con el fin de cortar o proseguir a

Cáceres en su respuesta marcha a Junín. Pero hubo un episodio que merece referirse, porque revela cuánto habían sufrido y desalentadose los chilenos y hasta qué punto se habían afectado su moral y su disciplina. Al llegar a la Quebrada Honda, cuatro leguas al noreste de Huaraz, presentóseles a la vista la, para ellos aterrante perspectiva de la formidable montaña de nieve de esa parte de la cadena de los Andes, y la tropa se resistió a continuar la marcha, deteniéndose en ese punto, hasta que llegó el jefe de la expedición coronel Arriagada, y reconviniendo a Canto por no haber continuado la marcha, le contestó este: que no era posible, porque la tropa se resistía a ello, y el opinaba igualmente por qué no debía exponerse el ejército a perder más gente, atravesando cordilleras como la que se presentaba,

y sin la seguridad ni de la ruta que Cáceres llevaba; que él asumiría la responsabilidad ante el gobierno de Chile por la no continuación de la marcha por esa dirección, y que debía regresarse a Junín, por donde mismo habían venido.

Así se efectuó a los pocos días de la ocupación de Huaraz.

La división Gorostiaga, que el general Lynch, al saber que Recavarren debía dirigirse

a Cajamarca, había, como era de esperarse, destacado al norte en apoyo de Iglesias, se había movido de Huamachuco hacia el sur en busca de Recavarren, ignorando su reunión con el ejército del centro, y se hallaba ya en Corongo, de donde había enviado una vanguardia a preparar raciones en Siguas, 6 leguas únicamente de Pomabamba, ocupado a la sazón por las dos fuerzas peruanas reunidas. Hubiera avanzado indudablemente Gorostiaga hasta

encontrarse con ellas y ser batido; pero un desgraciado incidente vino a frustrar este resultado. El oficial chileno que se hallaba en Siguas, mandando hacer rancho para su división, sorprendió una carta que llevaba un propio, en la cual se anunciaba a la persona a quien iba dirigida la existencia en Pomabamba del ejército del centro, unida ya al del norte. Inconsecuencia retrocedió ene. Acto, y Gorostiaga se retiró rápidamente sobre Huamachuco, pidiendo refuerzos a Lynch.

El 27, después de un día de descanso, bastante bien mortificado por la copiosa lluvia que sobrevino, se prosiguió la marcha en pos de la fuerza chilena que huía. Se acampó en una hacienda llamada Chuillín, dejando a la izquierda el camino que conduce a Siguas y Corongo. De allí, pasando sucesivamente por Andaymayo, Urcón, Vaquería y Tambo del Inca, se llegó a Conchucos el 2 de julio, teniendo que dejar en Urcón una gran parte de las municiones de guerra con 70 mulas, completamente aniquiladas que ya no pudieron continuar la marcha.

Los 4 últimos días habían sido sumamente penosos por la absoluta falta de forraje para las bestias, el escaso rancho suministrado a la tropa, la fragosidad de los caminos, cruzados por elevados y consecutivos contrafuertes de la cordillera y la inclemencia de la temperatura. El número de los enfermos era excesivo, y la mayor parte de los oficiales caminaba pie a tierra por habersele muerto sus cabalgaduras de cansancio e inanición. De las 130 mulas del parque resultaron solamente en Urcón, medianamente útiles, y en estado de conducir menos de la mitad de su carga: en ellas se transportaron 30,000 tiros solamente.

El día 4 se avanzó a Pampas y el 5 a Tulpo, hacienda desprovista de forraje, como en toda clase de recursos, de donde partieron las muladas del parque y la artillería en el más

lamentable estado de aniquilamiento, tirándose en el suelo, agobiadas de fatiga y de hambre

y cayéndose muertas algunas, durante la pesada marcha de 8 leguas hasta llegar a la cumbre

de Tres Cruces a las 5 ½ p.m., sin más que un sólo alto que se hizo para dar descanso a la

tropa y hacer forrajear las extenuadas mulas en unos cebadales, pues la tropa no estaba menos fatigada ni en las condiciones en que llegó a Huaraz: había perdido mucho de su aliento y entereza. Tenía hechas hasta allí cerca de 200 leguas desde su salida de Tarma.

El general Cáceres, que se había adelantado con su escolta, pudo distinguir, desde la cima de Tres Cruces, a las 2 p.m., bajar a la pampa de Yamobamba y en dirección a Huamachuco, unos 700 soldados enemigos, del refuerzo que se enviaba desde la costa a la división Gorostiaga, y los cuales venían por el camino de Santiago.

Concluido el día, y llegada la noche se principió a bajar la escarpada cuesta de las Tres Cruces, con el fin de sorprender al refuerzo chileno que debía acampar en Tres Ríos a 3 leguas de Tres Cruces y a 5 de Huamachuco.

Se anduvo toda la noche hasta llegar a las 4 de la mañana del día 7 al punto de Tres Ríos, sin encontrar el refuerzo del enemigo, cuyo jefe, distinguiendo al atravesar la llanura, soldados de caballería a su derecha sobre la cumbre de Tres Cruces, y conceptuando fuesen peruanos, aceleró y continuó la marcha sin detenerse hasta llegar a Huamachuco, según aserción de Gorostiaga, consignada en el parte que pasó sobre la batalla.

El ejército peruano, que había caminado cerca de 24 horas consecutivas, sin tomar más que el rancho que se le suministró en la madrugada del día 6, llegó sumamente fatigado

a Tres Ríos, como hemos dicho, al amanecer el 7, en cuyo día se resolvió en junta de guerra

y por unanimidad, marchar sobre el enemigo, Así se efectuó el 8, levantando el campo a las

6 de la mañana con 1,000 plazas efectivas del ejército del centro y unos 400 que conservaba

el del norte, después de los numerosos enfermos que habían quedado a retaguardia y de la

multitud de desertores habidos en ambas fuerzas, particularmente en la noche del 6 al 7 al descender de Tres Cruces.

La marcha sobre el enemigo, ya tan próximo, produjo en la tropa y oficiales el más vivo entusiasmo y alegría, así fue que en menos de dos horas se tramontó el contrafuerte que domina a Huamachuco por la parte sur, y se hizo alto a una legua y al pie de la colina que oculta la ciudad.

El general Cáceres, en unión de los coroneles Secada y Recavarren y el comandante

Portugal hicieron un reconocimiento marchando a pie hasta colocarse en la mitad del cerro Cuyulga, desde donde se domina todo el campo y se divisa la población, en cuyas calles no

se veía una sola persona, ni indicios de la existencia de tropas en ella.

Una vez que se formó concepto de todas las posesiones y colinas que circundan el valle, ordenó el general que el coronel Recavarren marchara por el fondo de la quebrada, que conduce a la ciudad, y que el coronel Secada tomara rápidamente la cuchilla del contrafuerte llamado Santa Bárbara, marchando hasta colocarse en su término, dominando la población. Ambas fuerzas caminaban simultáneamente, la una a la izquierda por el pie de Santa Bárbara y la otra por la cresta.

A fin de evitar el coronel Secada que e enemigo ganara la posesión antes que él,

aconteció en San Francisco, se adelantó con la artillería y el ligero batallón Tarapacá y

alcanzó su objetivo, caminando con celeridad.

Al presentarse en el ángulo del Santa Bárbara vio que un batallón chileno salía de la

ciudad en desorden y precipitadamente en dirección al cerro llamado Sazón, frontero al de Santa Bárbara y a tiro de cañón; que otro cuerpo se formaba en la plaza mayor de la ciudad con igual celeridad y desorden, al mismo tiempo que el enemigo alistaba su artillería en el Sazón, y una mitad de caballería se ocupaba en recoger el ganado y una cantidad de bestias que pastaban en la llanura.

En vista de eso ordenó el comandante en jefe al coronel don Federico Ríos, comandante general de la artillería, que rompiera sus fuegos inmediatamente contra la plaza

y el camino del Sazón y que dos compañías del Tarapacá descendieran, a órdenes del

sargento mayor López, a tomar la caballada. El general Silva, nombrado desde Yungay aposentador del Ejército, y que acompañó al coronel Secada en la marcha sobre el Santa Bárbara, solicitó de este ir al mando de esas dos compañías, lo cual le fue concedido. Apenas llegaron a la llanura, cuando los chilenos rompieron el fuego sobre ellas y se empeñó un tiroteo que duró media hora. Ya su artillería contestaba con tezón nuestro ejército trabándose un nutrido cañoneo de posesión a posesión, sin que las bombas enemigas mal dirigidas, unas veces con tiro corto y otras sumamente altas, hicieran el menor daño a nuestras tropas, mientras que las que partieron de Santa Bárbara causaron bajas en las filas chilenas.

Entre los fuegos

Este primer estruendo fue como el fúnebre arrebato, que repercutiendo en el corazón de las mujeres y niños los puso en triste huida, tan despavoridos como un rebaño, al escuchar el rugido de hambrientos lobos.

Grupos de señoras, de las principales familias de la ciudad, confundidas con las del pueblo, seguidas de multitud de criaturas, hasta de tres años, y llevando a no pocas en los brazos, de diez en diez y de veinte en treinta, salían de sus casas, y apoco del camino muchas de ellas quedaban descalzas y la mayor parte sin abrigo; por entre las balas de ambos ejércitos salieron sin rumbo y sin guía pálidas de estupor y silenciosas como sombras. Cada casa era como un panal de avispas movido repentinamente, quien salía y tornaba no sabiendo que resolución adoptar, quien sepultaba en las entrañas de la tierra el fruto de sus economías; muchas infelices en cinta apenas si podían huir; aquello eran triste peregrinación emprendida bajo el nutrido fuego de los dos combatientes.

En los campos, los indios, alhagados por los chilenos durante su permanencia en Huamachuco, recibian con menosprecio, cuando no arrojaban fuera de sus chozas a sus mismos patrones ya las desventuradas familiar, que errantes iban mendigando pan y abrigo;

por ningún precio se encontraba hospitalidad; y así, aunque lloraban las criaturas de hambre

y con las lágrimas en los ojos imploraban las madres algo por el amor de Dios, la más fría negativa era la única respuesta.

A la pálida luz de las estrellas hubiérase visto, por quien los alrededores de

Huamachuco recorriera, apiñados los niños, acurrucados cerca de la madre angustiada, como

racimos cortados por una mano sin compasión y arrojados en medio de los caminos.

Así, familias hubo que durante los primeros días en que anduvieron furtivas no tomaron más que un pedazo de pan ú otro miserable alimento a las veinte y cuatro horas.

Los chilenos habían hecho comprender a los indios que los iban a poner en propiedad de las tierras en que servían; que les iba a eximir del pago de todo género de contribuciones,

y que sus amos llegarían a ser sus colonos: he aquí la cusa de su crueldad.

Tres o más leguas caminaron los fugitivos con los pies ensangrentados. aniquiladas por el hambre, el frío y la desnudez. Sentábanse a llorar al borde de los caminos, sin saber la suerte que correrían los que se habían quedado en la población.

Sólo la idea del triunfo vagamente las consolaba; mas el corazón, presintiendo la ruina, empujábalas lejos de la ciudad, que abandonaban como si fuese ya una tumba.

Continuemos

Roto el fuego de ambas artillerías, el general Cáceres envió su escolta para arrear las 110 bestias que las dos compañías tenían ya a su retaguardia y que llegaron al campamento. Eran de los oficiales chilenos, que debieron haber quedado a pie.

La fuerza del coronel Recavarren atravezó la ciudad, evacuada ya por el enemigo, en

medio de los fuegos de la artillería peruana, y trabó combate con aquel, colocada en el panteón (noreste de la ciudad). Llegada la noche, cesaron los fuegos de una y otra parte. Los soldados del norte se habían batido con arrojo.

Los chilenos sufrieron una sorpresa con la aparición súbita del ejército peruano, pero notan completa que no tuvieran tiempo de sacar su artillería y colocarla sobre el Sazón. Se ha sabido que una mujer, habitante de una de las casuchas que se encuentran sobre la extensa loma de Santa Bárbara, partió a toda carrera a darles el avisto tan luego que vio que el ejército peruano subía sobre la cuchilla. Con todo, perdieron u menaje de cocina, sus capotes, una parte del vestuario de lienzo, sus acémilas y el equipaje de oficiales.

El 9 se reconoció el flanco izquierdo del enemigo, que era el único punto vulnerable de su línea atrincherada sobre el Sazón. En la tarde de ese día se acordó atacarlo en la madrugada del 10, pero la indisposición de la salud del coronel Recavarren, comunicada al general en la noche, aplazó la realización del plan, el cual consistía en que: marchando ambas fuerzas paralelamente, la de Recavarren a la izquierda, y la de Secada a la derecha, envolviesen al enemigo por su ala izquierda, hincando el primero el combate al rayar la aurora, y siguiendo el segundo su marcha de flanco por retaguardia hasta formar un ángulo con la otra, y romper sus fuegos sobre el enemigo, d modo que fuera atacado por su extrema izquierda y por retaguardia, inutilizando su derecha, que se prolongaba hasta cerca de la población de Huamachuco. Habríale sido en efecto difícil verificar un cambio en semejante actitud y no le quedaba otro recurso que dar media vuelta y hacer una prolongada conversión sobre la derecha en medio de los fuegos convergentes de Secada y de Recavarren, y de los de la primera división del ejército del centro, que debía permanecer oculta tras el panteón, hasta el momento de poder atravesar la pampa de este, tomar el camino Colorado (la calzada) y cargar por su retaguardia al enemigo. Todo esto sin poder ni aún hacer uso de su caballería, que quedaba inutilizada, se tuvo presente al acordar el plan del ataque que se frustó y que indudablemente habría dado la victoria. No quiso el destino que así fuera.

Existían para entrar en combate 1,000 plazas disponibles del ejército del centro, y unos 400 del norte: 1,400 hombres por todo. (1) El enemigo pasaba de 2,000 con el refuerzo de 700 que le había llegado.

Como pudiera extrañarse que habiendo partido de Tarma el ejército del centro con 2,240 plazas no contara sino con 1,000 en la víspera de 10 de julio, creemos oportuno anotar las bajas ocurridas en los 36 días de sus pesadas marchas. Fueron las siguientes: 250 del batallón Tarma, que en Yungay pasó a formar parte de las fuerzas del coronel Recavarren; 280 enfermos dejados a retaguardia, 40 en el campamento y los 670 restantes desertados y rezagados en la marcha. (2)

Batalla del 10

Uno de los centinelas de la artillería colocada a la izquierda de la línea, anunció a las 6 a.m. la presencia de unas 5 guerrillas del enemigo, que se dirigían sobre el flanco derecho del ejército atravesando la llanura. Vistas por el comandante en jefe, fue este en el acto a anunciar al general tal ocurrencia.

Nuestro ejército había pernoctado tranquilamente.

Las compañías desprendidas del Sazón eran cinco, de los batallones Zapadores y Concepción, en número más que menos de quinientos hombres, las que avanzando por la

pampa iban cargándose hacia la derecha de nuestro ejército, bajo los fuegos de la artillería peruana que comenzó a operar.

El batallón Junín, al mando del coronel Juan C. Viscarra, protegido por el batallón Jauja, al mando del coronel Emilio Luna, pertenecientes a una misma división, salieron al encuentro de las fuerzas chilenas y mientras esto ocurría a la derecha de la línea peruana, la primer división de nuestra tropas, pronta para el combate, ocupaba, pudieramos decir, el

centro de la línea, si se tiene en consideración que el resto de nuestras fuerzas permanecían a

la izquierda.

El comandante general de la primera división ordenó al coronel Borgoño que atacase

a las fuerzas que seguían desprendiéndose del Sazón, y que avanzaban sin trepidar; y

cumpliendo tal orden determinó este el ataque de la manera siguiente: la primera compañía, bajo el mando inmediato de su capitán Montenegro y a las órdenes del mayor Gómez, avanzó por la falda del cerro Santa Bárbara, para proteger a la segunda división que ya se batía con bravura; la segunda compañía, bajo las órdenes de su capitán Santillán (que murió en la refriega) marchó en protección de la primera, cargando al enemigo por su derecha; la tercera, a las órdenes del comandante del cuerpo, quedó como reserva, mientras el coronel Borgoña, a la cabeza de la cuarta, atacaba por su retaguardia al enemigo.

Nuestra caballería desmontada, llamó la atención de los chilenos atacando por la izquierda hacia Sazón.

Pronto quedó definitivamente empeñado el combate: nuestras tropas de la derecha descendían a la llanura cargando con denuedo; el batallón Tarapacá recibió orden del

comandante general para comenzar a batirse. Tocóles en el bizarro ataque la palma del valor

a los batallones Jauja, Junín, San Jerónimo, Apata, Concepción, Marcavalle, Tarapacá y

Zepita, que descendiendo de sus posiciones avanzaron resueltamente hacia nuestra derecha, donde arreció la batalla de una manera encarnizada. Acosado el enemigo por todas partes; viendo caer sus soldados, en multitud heridos ó muertos, emprendió la fuga, procurando protegerse con el mampuesto llamado la Cuchilla. En estas circunstancias nuevas compañías enviadas por su izquierda avanzaron en protección de los que huían, y dos más, atacando por

nuestro centro, intentaron romperle para envolver nuestra derecha; más, apercibido esto por

el coronel Borgoño, que se hallaba más próximo con la cuarta compañía de su cuerpo, cargó

sobre las dos del enemigo, las rechazó dos veces y las obligó a encastillarse en el cerro que tenía como centro de sus operaciones.

En los momentos de lo más recio de la pelea nuestros soldados atacaron con un denuedo y bizarría singulares, en el que compitieron con el de sus jefes y oficiales: noble esfuerzo digno de mejor resultado.

Arrollado el enemigo hasta la cumbre del Sazón, que solo parte del Talca sostenía;

fugando ya en dirección de Condebamba; descendiendo su artillería para rodar desordenadamente, dueño el ejército peruano de la línea ¡disminuyeron repentinamente sus

fuegos!

Faltaron

municiones,

y

cesando

el

denodado

ataque

ofensivo

comenzó

a

defenderse……

Apercibido el enemigo de lo débil de nuestros fuegos, volvió a envalentonarse y reorganizado cargó sobre la izquierda de nuestra línea, teniendo los soldados peruanos que defenderse a culatazos, pues sus rifles carecían de bayonetas.

En los momentos más supremos, comprometidos en el choque ya todas nuestras fuerzas, el último batallón que llegó para entrar en acción fue el Tarma.

Cuando este cuerpo fue enviado al norte, el general lo despidió, manifestándole que no por ir a servir de base de otro ejército, dejaría de pelear a su lado, que muy en breve le seguiría y que por lo mismo esperaba que continuara manejándose con el patriotismo y valor de que tan verdaderas pruebas había dado.

Al llegar pues el tarma adonde se hallaba el general, que con serenidad y talento, observaba los más insignificantes incidentes de la batalla, hijos míos, les dijo, con aquella cariñosa familiaridad que ha acostumbrado con su tropa, ha llegado el momento de la prueba: tócame acompañaros, como recordareís que lo ofrecí: ¡valientes tarmeños! Vuestra divisa ha sido siempre: vivir con honra ó sucumbir con gloria: ¡Adelante! ¡A cumplir con nuestro deber! ¡Viva el Perú!

Un viva prolongado resonó en las filas del Tarma, que con su general a la cabeza, se lanzó a la pelea, cuando ya el heroísmo era el único escudo de nuestros destrozados batallones.

El armamento de este valiente cuerpo era de diversos sistemas, de manera que muchísimas cápsulas no casaban a la hora de hacer fuego: los soldados arrojaban sus rifles, con desesperación, rodeados ya por los chilenos y cuando su caballería ultimaba a nuestros dispersos.

Sangriento fue el combate del tarma, que hecho pedazos, en una lucha desigual, vio al caudillo sereno y valeroso que lo condujo hasta aquella tumba de gloria, en medio de la caballería enemiga, abrirse paso revólver en mano, acompañado de su secretario el denodado coronel don Florentino Portugal, después de haber visto caer a su ordenanza cuya cabalgadura fue muerta a pocos pasos de distancia y que solo pudo salvar gracias a un caballo de tiro que conducía.

Eran las doce en punto del día 10 de julio de 183.

La derrota se había declarado.

Una hora después, a tres cuartos de legua de distancia de Purrumpampa, en el camino del inca, el general Cáceres desmontado, con los brazos cruzados sobre el cuello del “Elegante”, su noble caballo de batalla, y apoyada la frente en ellos, tocó que otro jinete se acercaba, levantó la cabeza y vio al coronel Borgoño, que echando pié a tierra avanzó hacia él.

El general le abrió los brazos, ambos amigos se estrecharon, y una lágrima silenciosa rodó por sus mejillas: era la expresión de un mismo duelo.

Después de un rato de silencio.

- No sé, dijo Borgoño, si habremos cumplido, mi general, nuestro deber.

- Todos han cumplido con su deber, contestó lacónicamente el general solo que aún no se cansa nuestra fatalidad.

Levantemos un Cargo

No ha faltado, ni faltan aún, mal informados o mal querientes que culpen a los huamachuquinos de poca adhesión al ejército defensor de la honra del Perú, fundándose en no haberlos visto pelear agrupados en un cuerpo de voluntarios. Semejante acusación es infundada y es así mismo calumniosa; los huamachuquinos pelearon y también regaron con su sangre el suelo que los viera nacer. Tal venzo faltaron algunos que simpatizaran con nuestros enemigos, y non nos atreviéramos a afirmarlo si Gorostiaga no hubiera dejado olvidada una carta entre varios de sus papeles, la vez primera que pasara por Huamachuco, y en ella no hubiese quedado el comprobante de una delación; más cuatro, que allá como en otras partes, por desgracia para el Perú, no han faltado, no pueden responder por el nombre de una ciudad, cuyos honrosísimos antecedentes datan desde la guerra magna (1821) y que fue, a la vez que la de Cajabamba, la primera que en la nación elevara sus actas y protestara de hecho no bien en Cajamarca lanzó don Miguel Iglesias su manifiesto y también de aquellas que durante el gobierno de este ha batallado sin cesar con su dinero, con sus mejores hijos, con la abnegación ejemplar de sus matronas, hasta el punto de ver saqueadores sus hogares por repetidas veces y proscritos sus pobladores, víctimas de implacable persecución.

Huamachuco no organizó fuerza ninguna por la razón siguiente:

Reducido el número de sus habitantes y de estos la mayor parte emigrado en las

haciendas, desde que Gorostiaga ocupó por vez primera la ciudad. Esas haciendas se hallan

a largas distancias unas de otras y de la población y como ni se sospechaba la llegada de nuestro ejército, ni se presumía un combate, diseminados los habitantes aguardaban la aproximación del algún caudillo, pues ya organizados habían peleado contra Iglesias y decepcionados por falta de un buen jefe esperaban otra oportunidad.

En semejante circunstancia, en día inesperado, se verificó la batalla y sin embargo de los pocos que habían quedado en la ciudad, todos en grupos o interpolados en los cuerpos del ejército pelearon y allí entre los Castillo, Ascate, Peña, Rubio, Mantilla, Labado, el maestro Toribio y otros, murieron con heroísmo jóvenes como los dos hermanos Julio y Jerónimo Malpica.

Fueron igualmente seis jóvenes huamachuquinos los que al alcalde señor don Manuel Isidro Cisneros puso a órdenes del señor Elías para ser enviados por este a petición del general Cáceres como guías en el asalto que debía haberse dado en la madrugada del 10;

y cuando los cañones chilenos hacían llover su metralla sobre las filas peruanas; también

huamachuquinos en la torre de la ciudad echaron a vuelo las campanas, manifestando el regocijo por la llegada de las fuerzas patriotas, y, para constancia quedan hasta hoy las señales en esa misma torre de las balas del cañón enemigo. Dice un testigo presencial en “El Comercio” del 10 de julio de 1886:

“Después de haber sido ocupada la población por dichas fuerzas, el pueblo de Huamachuco, echó a vuelo las campanas en señal de regocijo, por haber llegado el ejército, que venía a batir y expulsar a los invasores, y pedía armas con insistencia, para ayudar a sus hermanos los santiaguinos”.

¿Quién fue el último que abandonó la población, ya ocupada por los chilenos, soportando sus descargas por tres veces entre las calles, después de haber asistido, a medida de sus recursos, a nuestros hermanos por cuantos medios pudo? El alcalde municipal, humanchuquino, mientras su desolada familia, señora, hermanas, niñas, ni un solo hombre, a merced del destino, confiada sola en la misericordia de Dios, hambrienta, sin abrigo y enferma, salvaba felizmente, escapando un día antes de que se declarara el desastre.

La patria antes que la familia: el deber antes que los propios dictados del corazón.

Si estos no son hechos que puedan responder por el buen nombre de un pueblo, no sabríamos dónde hallarlos.

El saqueo

Para pintar los horrores de la implacable crueldad de los chilenos nos bastará citar las siguientes palabras textuales de don Raimundo Valenzuela, chileno, autor de un libro titulado “La batalla de Huamachuco” (Santiago, imprenta Gutemburg, 1885), que dice, hablando de la persecución de los fugitivos: “Duró esta como hasta la nueve de la noche. En el delirio de la persecución no perdonaban a nadie: enemigo alcanzado era enemigo muerto”. Lo que quiere decir que repasaron a los heridos habian quedado en el ampo, que ultimaron despiadadamente a los que se rendian y que fusilaron a jefes y oficiales, dignos por mil títulos del respeto de quienes en verdad fueran hidalgos; pero no es esa carnicería espantosa la menor de las manchas, que eternamente llevaron sobre sí los chilenos que pelearon en Huamuchuco, sino las escenas que pasamos a descubrir, y de cuya autenticidad a Dios ponemos por testigo.

La hora del infortunio había sonado.

Una a dos de la tarde del 10 de julio de mil ochocientos ochenta y tres.

Durante los tres días del sangriento reñir, casi todas las familias principales, y no pocas de las del pueblo, habían, como hemos dicho, abandonando la población: dos o tres, a lo más, de las primeras, vieron llegar el terrible momento, y no tuvieron ni tiempo para huir, ni encontraron un lugar dónde refugiarse. Como volcán que estalla y derrama su lava en la campiña, desde la cumbre del Sazón se lanzó sobre la ciudad la soldadesca desenfrenada, semejante a los bárbaros del siglo V, en los pueblos que conquistaban; aullando como jauría de perros, más que dando gritos de triunfo, en grupos armados esparciéronse los chilenos por toda la ciudad y sus suburbios, rompiendo a culatazos cuanta puerta encontraban cerrada, después de descerrajar tiros de rifles en las chapas.

Olvidado todo sentimiento humanitario, solo hablada en aquellos feroces y crueles hombres el instinto del bruto; sus rostros mismos, bañados por el sudor, embadurnados con el polvo de la refriega y muchos salpicados por la sangre peruana, presentaban, según

refieren testigos presenciales, aquel respecto patibulario de los descamisados del 93, o de los salvajes compañeros de Atila.

Ebrios por el licor, por lujuria y la codicia, acuchillando moribundos, “repasando” a los heridos, lanzando gritos, destrozado cuanto encontraban; era aquello como danza infernal, en la que al horror del asesinato, las imprecaciones del asesino y el clamor de las víctimas, mezclábase la algaraza de la lubricidad.

-“¿Dónde está la plata?” era la primera pregunta, de aquellos criminales autorizados.

- Señor, soy un pobre, respondía alguna infeliz anciana.

-“Mientes, vieja bruja, entrégame la plata, si noquieres morir” y la boca del rifle tocaba el pecho de la desventurada.

-¿Por el amor de Dios!

- ”Muere, vieja ladrona”, y el soldado arrojándola por el suelo, penetraba hasta el último rincón de su casucha; rompía los baúles, tomada todo lo que era de valor, pasando a otra casa a repetir la misma escena, y así no hubo una sola de la ciudad que se librara del saqueo.

Indescriptible era el cuadro que presentaba cada casa: puertas hechas pedazos; baúles destrozados: objetos que no eran de valor rodando por el suelo en fragmentos; manchas de sangre en las paredes; cadáveres de infelices ancianos, de indefensos inválidos, tendidos en los corredores, o en medio de las habitaciones; mujeres desmayadas y semimuertas, víctimas de horribles violaciones en actitudes vergonzosas.

Las infelices subían a los terrados a ocultarse, seguiánlas los soldados: arrojábanse al suelo desde lo alto, prefiriendo la muerte a la deshonra, y sobre caídas y exámines, como sobre cadáveres, se lanzaban los que no habían subido tras ella, y las violaban.

Ebria la mayor parte de aquella infame soldadesca asesinaba por placer, robaba y cometía violaciones lanzando carcajadas bestiales. Ni el templo se libró del ultraje:

rompieron a balazos sus cerraduras, de igual modo las de los Tabernáculos, despojaron de sus alhajas a los altares y las imágenes. Dejando pisoteados y por el suelo las vestiduras de los santos…

Todas las casas, desde la de Dios, hasta la del último ciudadano, fueron profanadas en tan criminal feria: unos entraban y otros salían, para facilitar su robo llevaban a os indios con alforjas al hombro, en las que conducían a sus cuarteles cuantos objetos juzgaban de valor, y así, la población quedó barrida.

Los siete pecados capitales, en traje militar, celebraron su fiesta durante cinco días consecutivos, Nada fue perdonado, ni la criatura de once años, ni la anciana de ochenta:

muchas desgraciadas murieron a consecuencia del acto criminal en ellas cometido; y por lo que hace a sangre fue vertida entre la de muchos, tomados caprichosamente por montoneros, la de setenta y dos ancianos, inválidos la mayor parte de ellos, por sus achaques, algunos miserablemente degollados.

De entre esos infelices recordamos a los siguientes:

Ramón Herrera, Antonio Fuentes, Vicente Acosta, Gaspar Flores, Rosario Jiménez, Esteban Rubio, Juan Alvarado, Antonio Vega Reyna, Juan Guillermo Pizarro, Domingo Robles, Simón Encarnación, Eulogio Centurión, Gregorio Cruzado, Bernardino Sánchez, Manuel Contreras; Ramón Rivadeneyra, Ramón Robles, Silverio Vega, Anselmo Moya, Juana Ulloa, Anselmo Cruzado, Marcela Moya, Juan Carrión, Cecilio Tandaipán, Agustín García, Manuel Cerna, Juan Oliva, José Escobedo, Isidoro Ruiz, Pablo Colquicoche, José Armas, Manuel Armas, Mariano García, Cipriano Sociago, Anselmo Peña, Calixto Posidio, Manuel Vargas, Lorenzo Villalva, José Ramos.

Todos estos fueron victimados con una alevosía inexplicable, y, nada clamará más al cielo eternamente, como el asesinato de esos setenta y dos desventurados, que en vano levantaron sus manos juntas implorando misericordia.

La casa del rico y la casucha del más pobre, todo cayó bajo el saqueo de los insanciables chilenos. Tal y tan grande fue esto que multitud de familias quedaron en la mendicidad, muchas sin más camisa que la que llevaban en el cuerpo, sin un plato en qué comer, ni menos un mal pellejo que pudiera servirles de cama. Casa hubo después del saqueo, que parecían no haber sido habitadas jamás; y que únicamente por tener techos se podían diferenciar de las ruinas incaicas.

A la llegada de la noche era Huamachuco semejante al cadáver de un mendigo, y avaluado tan sólo lo que en dinero, alhajas, y especies de valor se perdió en el saqueo, se calcula un millón de soles de plata.

Todas las tiendas de comercio quedaron completamente escuetas: sin más que el entablado de sus pavimentos y destrozadas por completo sus puertas, parecían, vistas a la distancia, boca-minas; entre tanto, cada cuartel era una aduana.

Dos palabras acerca de Santiago de Chuco

Hablando del cuadro que ofreció Huamachuco después de la batalla, dice el mismo chileno Valenzuela, lo siguiente:

“Después de la batalla de Huamachuco, nuestras tropas no podían permanecer en ese pueblo sin inminente peligro de que las epidemias les ocasionar más muertos que el mismo combate.

Las cumbres y las faldas de los cerros de Cuyulga y de Sazón y la planicie del valle de Purrupamba se veían cubiertos de cuerpos en putrefacción que habían corrompido el aire, y despedían un hedor mortífero.

En la ciudad sucedía otro tanto. En cada casa había, uno dos, cuatro y hasta seis cadáveres. Al volver a Huamachuco nuestras tropas después del combate decisivo, no hallaron otros habitantes en el pueblo, que difuntos esparcidos, ya en los comedores, ya en los pasadizos, ya en los dormitorios, ya en los salones. Allí se veía cadáveres de ancianos jefes de la casa, de esposas muertas y abrazadas de un pequeño niño; de hermosas doncellas

con su taje despedazado, tendidas en los sofás y alfombras del salón o dormitorio, y de infelices domésticos en los patios o despensas.

El aspecto de aquella ciudad, antes alegre y festiva, era horrible y desesperante.

¿Quiénes habían cometido tantas y tan horrorosas maldades?

Los mismos peruanos.

El alcalde de Santiago de Chuco, trescientos bravos de su ínsula Barataria, el ejército

peruano se hizo dueño del pueblo y la hueste del cojo García se distinguió por sus infamias con los habitantes de Huamachuco.

Saquearon los almacenes, infamaron los hogares más puros, asesinaron a madres, hijas y ancianos y cometieron atrocidades que la pluma tiene vergüenza de describir.

Esos vándalos regaron de lágrimas los hogares de Huamachuco.

A la vuelta de nuestros victoriosos, Huamachuco era un cementerio que despedía

miasmas insoportables.

y

inmediatamente aquella población triste desierta y mancillada”.

Ya

había

principiado

a

declararse

la

viruela

fue

necesario

abandonar

En este horrible cuadro, lo único que hay de verdadero es el horror de la desolación que describe; y los calificativos que aplica a las atrocidades, todo lo demás es infame calumnia.

Comienza el escritor afirmando una mentira grosera, al decir que el señor García armó 300 hombres: no llegaron a 100, y tan miente, (perdón sino decimos que falta a la verdad) en la acusación que hace a los santiaguinos, que todos aquellos que los encabezaron, como los señores don Manuel Porturas, Santiago Calderón, García, etc., comercian actualmente, y conservan la mejor armonía con Huamachuco; santiaguinos y huamachuquinos han defendido la causa constitucional, habiendo el que escribe estas líneas, visitado las dos poblaciones, no hace un año, y pudiendo testificar lo que asevera, por cuantos medios puede existir la historia para formar su criterio.

Fue el ejército chileno, fueron solo y exclusivamente chilenos los que cometieron el saqueo y los crímenes que dejamos narrados: allí están para afirmarlo todos y cada uno de los habitantes del departamento de La Libertad.

Los santiaguinos concurrieron a Huamachuco, no a infamarse, sino a defender la patria como buenos, en unión de los huamachuquinos y desde el primero hasta el último momento de la batalla, con arrojo supieron combatir, dejando bien puesto su nombre y el de la provincia a que pertenecen.

El tiroteo del día 9 fue sostenido exclusivamente por ellos.

Episodios particulares

Prescindiendo del tema que para el canto del poeta, o la narración del novelista hay en todos los episodios de la campaña al norte, y de la batalla de Huamachuco, queremos referir los siguientes, históricos realizados durante el saqueo.

Un anciano presenció la violación de sus hijas, cayendo, al saltar para defenderlas, como muerto. Cuando volvió en sí, las infelices, con las vestiduras desgarradas y lastimado sus cuerpos, yacian tendidas a su lado.

Una hermosa señorita, que hacia dos días que se había casado con un joven, al ver entrar la soldadesca a su habitación sacó del seno sus alhajas y las entregó para que la salvasen: después de recibirlas, quisieron violarla; el joven esposo saliendo de una habitación, a la que había penetrado para sacar todo el dinero que tenía también lo entregó, no vastando esto pues persistían en su intento los soldados, se colocó delante de su esposa y fue muerto defendiendo su honra.

El hospital de sangre que se había establecido en casa de la suegra del coronel Marino, y en el que se había puesto la bandera de la Cruz Roja, no fue respetado, asesinaron al farmacéutico Smith, así como a todos los soldados que estaban heridos y quemaron después la dicha casa.

Algunas personas ocultadas en los jardines bajo cuposos rosales se salvaron de la muerte, oyendo desde allí el clamor de las víctimas y el estruendo del saqueo.

Un maestro zapatero, que había tomado parte en las filas peruanas, no teniendo tiempo para huir de la población abrió su tienda y se sentó tranquilamente a terminar uno de los varios pares de botas que habianle mandado hacer los jefes chilenos, y cuando lo quisieron fusilar él presentó las botas alegando con la mayor sangre fría que no tenía testigos para probar no haber tomado parte en el combate, que podían matarlo si alguien había que terminase el pespunte de las botas que trabajaba.

Un comerciante testigo del saqueo de su establecimiento “tomen”, les decía con desesperación, arrojándoles dinero y efectos, “y ahora mátenme”, añadió al fin rompiendo sus vestidos y presentando su desnudo pecho, ¡secretos del corazón humano! No fue victimado.

Muchos entierros, tesoros, o sea cantidades de miles, que durante años habían permanecido ocultos fueron descubiertos por los chilenos.

Individuo aún existe que el espanto de la catástrofe le hizo perder el uso de la palabra que hasta hoy no recobra.

Huamachuco y el Cerro Sazón

Huamachuco es una antigua ciudad deteriorada por el tiempo y de escasísima población: su aspecto es pintoresco, mirada desde cualquier punto por donde se penetre a ella, pies se encuentra situada en uno de los extremos de una extensa llanura rectangular, cuya extensión máxima será de dos millas de largo por una de ancho: cuatro grandes cerros la guarecen de los vientos, uniéndose casi por sus bases, cual gigantescas sentados que

hubiesen querido conservar un perfecto tacto de codos. El más elevado de ellos es el imponente Gualilla, que suele coronarse de nieve en la época del invierno, y que forma un grupo con el Negro y el Cuyulga, cubriendo los tres la parte sur de la ciudad.

Por el Gualillas y entre el Negro y el Cuyulga, apareció el ejército del Perú, que hasta allí había llegado por camino no traficado, ignoto para muchos de los pobladores de Huamachuco; de la cumbre del Gualillas a la ciudad habrá una legua de distancia. Cual una protuberancia del Cuyulga, pegado a su base, se levanta el pequeño cerro de Santa Bárbara, dominando inmediatamente a la ciudad y su extensa pampa.

Al oriente álzase el cerro del Toro, separado de la pampa por un río; al occidente el llamado Cacañán, separado de la ciudad por otro río, llamado el Grande; cerca de este río, al noreste de la ciudad álzase la colina llamada Santa Ursula, desde la que comienzan las calles extendiéndose en la llanura, y a cuyo extremo cerca de la quebrada Chuquichaca, se encuentra el cementerio. Esta colina es de poca elevación y se halla como una isla entre el Cacañán y el Sazón. Al norte está el Sazón; entre este y el Cacañán hay un abismo insalvable la profunda quebrada de Chuquichaca, humanamente impracticable, por delante del pantano, un ancho que cubre casi por completo su pie, y, delante del pantano, un ancho cequión que le da desague; y entre el Sazón y el cerro del Toro, existen quebradas y peñascos, de tal manera que solo por dos puntos puede ascenderse a dicho cerro: o por una calzada, que es por donde en nuestro grabado figuran subiendo los chilenos, o por la suave pendiente, que es por donde se les ve descender a la batalla. Esto por su frente, que por retaguardia es cuádruplemente inaccesible.

Tal fue la posesión elegida por nuestros enemigos.

En esa ciudadela, en ese cerro inexpugnable, cuya extensión va de extremo a extremo de la llanura, en toda su longitud, sobre su cumbre existen ruinas de un fuerte incaico, destinado a defender a la antigua población incásica que existió, en el mismo lugar donde hoy existe la ciudad histórica y a otra población, que a una milla y en otra pampa se encuentra al otro lado del Sazón. Este fuerte incaico debió ser como de segundo orden, después del imponente Marcahuamachuco, que a poca distancia del Sazón y hacia el noreste de los puntos que hemos designado, se alza amenazador, a una altura inmensa solo practicable por un punto y por un camino en el que solo es posible pasar de uno en fondo.

No fue, pues, en un cerro cualquiera en el que se parapetaron los chilenos: fue en una verdadera fortaleza, de la que aún existen paredones de piedra, anchos y de altura de un metro a dos de elevación, paredones colocados en toda dirección y tras los que, aun en el caso de haber sido asaltados hubieran podido irse defendiendo a mampuesto y replegándose de anillo en anillo de piedra como en círculos o mejor dicho cuadrados concéntricos: como metidos en baúles de piedra estuvieron nuestros enemigos, cubiertos sus pechos por muros de aquellos que solo incas supieron fabricar. Cada soldado valía por cuatro sobre la cima del Sazón ya al haberse verificado algún asalto, habrían tenido nuestras tropas que imitar a los antiguos caballeros cuando asaltaban un castillo feudal.

Generalmente, árido es ese cerro y en su cumbre una que otra chacrita de cebada suelen sembrar los naturales.

El año pasado que visitamos este cerro aún vimos retazos de vestiduras militares en que se descubrían huellas de sangre; centenares de casquillos de cápsulas, pedazos de rifles,

huesos humanos blanqueando a lado de los de las bestias; en fin, el mudo silencio de la catástrofe atestiguada por hacinamiento de despojos entre ruinas. Los chángales con sus flores rosadas rodeando aquellos paredones parecían coronas de espinas entrelazadas, aun se ve los estragos de la artillería peruana en las despedazadas paredes de granito y los boquetes practicados para las punterías chilenas. Allí fue fusilado Emilio Luna, si hemos de juzgar a más de referencias por el hecho de haber sido allí encontrada la funda de un quepí con las iniciales bordadas, del nombre del valiente que recordamos.

ANOTACIONES BIOGRAFICAS

LEONCIO PRADO

Por entre las ruinas de Huamachuco vagará perpetuamente una sombra, como el ángel custodio de sus tumbas; y esa sombra no será otra que la de aquel joven soldado tan celoso de la libertad de su patria, como lo fue de la Cubana.

Vamos a desmentir las falsas narraciones que los escritores chilenos han hecho acerca de la muerte de Leoncio Prado, y en la que, con sobrada malicia han enaltecido el valor en sus últimos instantes para disimular un crimen.

Hijo de un prestigioso e infortunado jefe del ejército peruano, cuya gloria ofuscaron superiores a su previsión, pareció consagrado por las mismas desgracias de su padre a salvar con ahínco la honra de su apellido.

Los dos hermanos Leoncio y Grocio Prado, fueron los hijos gemelos del deber: el uno murió gloriosamente en Tacna; y, el otro, después de haber pelado con el denuedo propio de su corazón valeroso, fue victimado miserablemente en Huamachuco.

Vamos a narrar los episodios de esa muerte, que un día será tema de la tragedia o la novela en que popularizado hecho tan triste hará imperecedera su memoria.

Era el sábado 14 de julio cuando Leoncio Prado herido gravísimamente en la pierna y salvado con sus tres fieles ordenanzas, se hallaba refugiado en la casa de José Carrión, arrendador de la hacienda Serpaquino, en el punto llamado Cushuro, a tres leguas de Huamachuco.

La manera como el infortunado Leoncio solicitó hospitalidad en la casucha de ese indígena se refiere haber sido de lo más enternecedor: el dinero consiguió, lo que los ruegos no alcanzaron.

¡Y no haber adónde llamar!

En la tarde de aquel día el indio desapareció de su morada, y al caer el sol, en aquella hora melancólica en que las madres enseñan a los niños a rezar el Ave María, una comisión de cincuenta hombres, a las órdenes del capitán de artillería Julio Fuensalida, sorprendió al refugiado y a sus leales ordenanzas.

Se nos ha referido que una vez Prado en su escondite había dicho a sus soldados:

hasta aquí no más, hijos, yo no puedo moverme; pero ustedes pueden salvarse: déjenme.

No,

mi

coronel,

contestaron

sencillamente

aquellos

sublimes

compañeros

del

infortunio.

Insistió

Leoncio

manifestándoles

la

imposibilidad

de

poder

continuar

y

los

ordenanzas, por única respuesta le abrazaron llorando.

Así, tácitamente y de manera tan solemne, se firmó el pacto del sacrificio entre aquellas almas cuya grandeza era semejante.

En la noche entraban a Huamachuco, la comisión y los prisioneros. Leoncio, invalidado, fue conducido en una camilla.

Los cuatro prisioneros fueron alojados en la casa que servía de cuartel a la artillería chilena, casa del finado señor don Manuel Bringas, y depositados en la última sala de la derecha.

Recordamos, algunas veces, haber visitado esa sala, que sobre dos de sus paredes tenía al fresco en una: el retrato de Bolívar; y, en otra, el de Salaverry; eran dos medallones, uno de la época gloriosa en que don Simón acampó con su ejército en Huamachuco; y otro del tiempo en que Salaverry era como el caballero Bayardo de la república.

Aquellos retratos estaban destinados a ser los mudos testigos del sacrificio de un valiente.

Desde la noche del sábado hasta las nueve de la mañana del domingo duró la prisión de Leoncio y sus compañeros.

Prado manifestó que deseaba hablar con algún peruano; como si alguna revelación ya patriótica, ya íntima, como si algún legado misterioso quisiera hacer antes de morir.

Un maestro carpintero, apellidado Coluna Monzón fue quien llegó al cuartel a las nueve de la mañana; pero no se le concedió permiso para recibir la postrer confidencia de nuestro compatriota; y vio, nos lo ha referido, al coronel, medio recostado tomando un poco de sopa, en un plato de loza y con una cuchara de palo.

A la misma hora las tropas chilenas desocupaban Huamachuco y emprendían su marcha con dirección a Cajabamba.

Los centinelas chilenos no abandonaban, sin embargo, su puesto y del lugar llamado

la Calzada, ya en las afueras de la población, regresó un ayudante del coronel Gorostiaga, en

momentos que Prado comenzaba a tomar su alimento. Al ver este a aquél, le pidió permiso

para hablar con el carpintero Coluna; y el ayudante contestó de este modo: -“Coma usted nomás, no hay permiso”. Prado entonces arrojó el plato lejos de sí, e incorporándose y

comprendiendo su sentencia dijo: -“Pues que voy a morir, muero por mi patria, viva…” esta palabra se confundió con el traquido de un balazo, era el del revolver del ayudante, que casi

a boca de jarro le penetró por la mejilla izquierda, matando instantáneamente al bravo Leoncio.

El ayudante que no se había apeado del caballo volvió riendas y marchó e incorporarse con su tropa. Los guardias en seguida fusilaron a dos de los asistentes de la víctima, a los más muchachos, los tres habían contestado al viva lanzado por su jefe.

Fueron fusilados en un rincón del traspatio de la casa, que nos ha sido señalado por testigos que hallaron los cadáveres; el tercero fue llevado de guía por los mismos guardias y en un pueblecito llamado Marcaval, a tres leguas de Huamachuco, en la ruta de Cajabamaba, lo fusilaron igualmente.

Así murieron los cuatro héroes.

El cadáver del coronel peruano fue conducido al cementerio del lugar en una caja, se asegura, obsequiada por la señora Carmen Arana y la señorita Paula Arana, su hija, ambas de las familias medianamente acomodadas de Huamachuco, y que tan perseguidas fueron posteriormente por las autoridades de don Miguel Iglesias, solo por el delito de haber sepultado a nuestros héroes, de haber hospedado a los defensores del principio constitucional y de haber manifestado simpatía por la causa del general Cáceres, causa que digan, lo que digan, fue siempre la de la provincia de Huamachuco y muy en especial de la ciudad donde se librara el combate y en la que hasta las mujeres han sido perseguidas por ella.

Los restos de Leoncio Prado se depositaron cerca del nicho del coronel don Gaspar Calderón, huamachuquino y benemérito a la patria en la época magna.

La mortaja del valiente fue su uniforme.

General PEDRO SILVA

presentar un ejemplo a la

consideración de nuestros hijos, no haremos el relato de su larga carrera militar, limitándonos a lo siguiente:

Para dar una idea de este infortunado general,

y

Comenzaban a vacilar nuestros soldados, ibase a entrar en lo definitivo de la refriega y esta noticia fue traída a la población por una mujer en circunstancias que el alcalde don Manuel I. Cisneros salía de su casa y alarmado por la inesperada nueva se encaminaba hacia las afueras de la población, con la justa ansiedad y duda de aquel a quien le parece imposible que pudiera ser vencida tan valiente tropa como la nuestra.

Al llegar a una esquina encontró al general Silva.

- Señor general, acabo de saber que flaquean nuestros soldados, ¿usted viene de allá?

- No señor, carezco de colocación en la línea.

- Pero, mi general, ¿qué haremos?

- “Por mi parte voy a ver lo que pasa y a cumplir con mi deber como soldado”, diciendo esto, precipitadamente, se encaminó hacia donde se hallaba lo más comprometido de la batalla.

Y he aquí las palabras de un escritor chileno, palabras que son el resumen histórico

de la noble conducta de un patriota.

Se estaba dando la terrible carga a la bayoneta por nuestros enemigos y los peruanos se defendían a culatazos: había llegado el supremo momento de la prueba.

Dice el historiador chileno: “el Perú tuvo allí heroísmo probados y glorias que deben esculpirse en bronce”.

“Entre los más valientes caudillos peruanos, sobresalió el general don Pedro Silva, el anciano de la gorra blanca, tan respetable por su aspecto como por su corazón”.

“Este caudillo avanzaba con ímpetu y no retrocedía un momento”.

“Se le mató el hermoso caballo en el cual combatía y continuó peleando a pie, espada en mano, hasta que cayó herido y muerto”.

Hay una nota melancólica en esta muerte, que embarga, al mismo tiempo el espíritu, excitando la admiración.

Un jefe de alta graduación militar que mandó por más de veinte años prestigiosos cuerpos de ejército, se bate y sucumbe al frente de una compañía!

El pundonor que, como lo ha probado Silva, no es vana palabra y su patriotismo a la

antigua, tal como lo entendió Catón, condujeron al general que nos ocupa, el sacrificio.

Esta muerte tiene la tristeza, el estoicismo y la gloria de la muerte de Moore en los fuertes de Arica. El honor militar en sus leyes es tan inflexible que, a veces, hace pesar sobre los hombres, desgracias que no pudieron evitar, como una sentencia capital que voluntariamente deben pronunciar ellos mismos. Con todo, estas inmolaciones dejan profundas enseñanzas para las grandes almas de todos lo tiempos.

Capitán de Navío D. LUIS GERMAN ASTETE

La marina peruana …

El cuerpo de marina nacional, cuyo brillante comportamiento ocupa las mejores páginas de la historia en la guerra con Chile, tuvo un digno representante en el comandante general de la cuarta división del ejército del centro.

Nació en 1832 en Lima, hizo sus estudios en Guadalupe y en San Carlos; ingresó al colegio naval el año 48; el 51 se embarcó en L’Algerie, continuando prácticamente su carrera; el 65 fue nombrado mayor de órdenes de la escuadra restauradora; asistió al combate del Dos de Mayo como capitán de fragata; fue jefe del Huáscar en el combate de éste con el Shah y el Amethist; el 79 mandó una batería de a mil en el Callao; en marzo del 81 fue reducido a prisión por las autoridades chilenas, por haber dado la orden de quemar nuestros buques; hizo toda la campaña del centro y pereció a la cabeza de su división: Había desempeñado algunos puestos políticos y también asistió como representante al congreso de

1860. Carácter altivo, patriota severo, de justa reputación como valiente, su comportamiento en la batalla de Huamachuco no desmintió en lo menor a sus buenos antecedentes.

Coronel D. JUAN GASTO

Comandante general de la segunda división del ejército del centro; fue de la división exploradora en Concepción; doctor en leyes, desempeñó el cargo de prefecto de varios departamentos; como militar fue siempre pundonoroso y leal a las causas de los gobiernos constitucionales: de ejemplar conducta en las penalidades de su última campaña, será citado como modelo entre los que quieran seguir la carrera de las armas y presentar como él una limpia hoja de servicios.

Coronel D. MARIANO ARAGONES

Comandante general de la segunda división del ejército del norte sucumbió como los anteriores, había sido ayudante de la asamblea de Ayacucho el año 1881; del estado mayor general del ejército del centro el 82, y jefe de división el mismo año. Fue el valiente.

Coronel MIGUEL EMILIO LUNA

Cusqueño, nació el 52, nuestro compañero de colegio, siempre apreciamos las bellas cualidades de su carácter. Nació para el parlamento y el foro; más el deber que era su ley le hizo ceñir la espada en la época de mayor desaliento para el país.

He aquí la narración de su conducta en la batalla de que nos ocupamos:

“En el heroico, sangriento e infortunado combate de Huamachuco, estuvo a la altura de su deber militar: no abandonó un segundo la derecha de su batallón, al que condujo con el mayor denuedo y bizarría, hasta los lugares más avanzados de la refriega. Falto de municiones, las solicitó del coronel Toledo, jefe del Piragua, quien no pudo proporcionárselas, sino en muy pequeña cantidad; con ella rompió nuevamente los fuegos contra el enemigo, y los sostuvo hasta el último instante. Consumada la derrota, y herido como se encontraba, fue imposible su salvación, cayó prisionero. Conducido a presencia del coronel Gorostiaga e interrogado por su nombre, con la altivez digna de su entusiasmo patriótico, y sin que lo arredrara la suerte que iba a correr, dijo: “soy el coronel peruano Miguel Emilio Luna”. Yo no lo reconozco a usted como coronel, sino como montonero, le

contesta Gorostiaga. “Se equivoca usted, replica Luna, soy tan coronel como usted, y en el campo de batalla creo que hemos probado que somos soldados de un ejército regular”. Se da

orden para que se le fusile y para cumplir esta orden se intenta vendarlo; pero él no lo consiente, manifestando que un coronel peruano no se arderá ante la muerte, y murió vivando a su patria. Tal fue el modo cómo sucumbió Miguel Emilio Luna, según versión de nuestros propios enemigos.

Comandante D. EMILIANO JOSE VILA

Chalaco, es decir, hijo de aquel pueblo liberal y patriota, en el que ninguna tiranía encontró eco y que disputó siempre el papel de centinela avanzado de n lustras instituciones democráticas. Mucho más joven que el anterior, alumno distinguido de la universidad, miembro de muchas sociedades filantrópicas, probo, abnegado y resuelto, recién terminada su carrera de abogado se alistó a principios del 83 en el ejército del norte.

“Ocupó el puesto de comisario de guerra, con la clase de teniente coronel.

Aquí principia su activa labor en pro de la santa causa del Perú, es el punto de partida de su abnegado sacrificio: divide su tiempo entre la prensa y las múltiples ocupaciones de su nuevo cargo.

Combate por la primera, con enérgico y persuasivo estilo. Entre sus notables artículos merece especial mención el que lleva por epígrafe: “¡La patria se ha salvado!”.

En la epopeya del patriotismo infortunado, el joven comandante desempeña satisfactoriamente comisiones arriesgadas, y empeñado el combate decisivo, intrépidamente escala el cerro Sazón, fascinado por el ardiente deseo de dar un día de gloria a la patria, y se abre así la puertas de la inmortalidad, “muriendo de 40 a 50 metros de las bayonetas enemigas”.

El señor general Cáceres, lo mismo que los jefes que concurrieron a esa hecatombe le hacen en sus partes la más debida justicia.

MAXIMO TAFUR

Era el año de 1872: don Manuel Pardo, escapado milagrosamente de Lima, cuando la tiranía de los Gutiérrez hacía registrar hasta su alcoba persiguiéndole, iba furtivamente a merced de las olas en busca de la nave que debía ocultarle y se trataba a bordo de la fragata Independencia de que uno de los oficiales fuese el alcance del ilustre fugitivo para acompañarle en su fuga: era menester para el caso que reuniera ese oficial: serenidad, prudencia, valor, inteligencia y que fuese reservado como una tumba.

Máximo Tafur, fue el designado y su jefe entonces el señor don Aurelio García y García, quedó una vez más satisfecho de su comportamiento.

Tal era aquel que algún tiempo después cuando sus amigos le instaban para que pidiese mejor colocación les contestaba: “No se debe recordar ningún servicio: la satisfacción propia es la mejor y la única recompensa que uno debe buscar”.

Tales palabras revelan toda la grandeza de alma, de quien ya alistado en el ejército del centro, cuando su digna esposa le escribía que cuidara su vida para sus hijos, contestábale: “Antes que la familia, están la patria, esta es la ley, y no permita Dios que me le echen en cara”.

Tenía pues el amor de la patria, por la patria y aspiraba al cumplimiento del bien por el bien mismo.

“Nada puede haber para el hombre, decía en otra carta dirigida a su esposa, más digno de ser ambicionado como es el poder ofrecer su vida por la patria y si llega, hija, el día en que me toque demostrarlo, te prometo que procuraré dejar bien puesto mi nombre, que es también el de nuestra hija”.

Aunada así al generoso sentimiento de su corazón la honra que buscaba para la que tendría que llevar con orgullo legítimo su apellido y el recuerdo de su hermosa conducta.

Máximo Tafur era limeño, e hijo del valiente jefe coronel don Manuel Tafur y de la respetable señora doña Dominga Ovalle de Tafur, había hecho su educación en colegios particulares y en el de Guadalupe.

Al estallar la revolución del 65, abandonó las aulas y se alistó en las filas de los restauradores. El entonces jefe supremo, observando las dotes del joven Tafur, destinóle al cuerpo de marina, alistándole a bordo de la fragata Amazonas, de donde pasó a otros buques de la armada nacional hasta 1872 en que se separa de la carrera.

En 1878 fue nombrado subprefecto de Jauja y de esta colocación pasó a otras hasta la época en que fue designado como comandante general de la segunda división del ejército del centro.

Altivo, desprendido, pronto para la práctica de las buenas acciones, de bellísimas prendas en la intimidad del hogar y del afecto, liberal, entusiasta, leal en la amistad, firme en sus convicciones, fue Máximo Tafur, tipo de esa juventud ardiente que ha sabido sucumbir con gloria por lo mismo que supo vivir con probidad y pundonor.

Cayó con el sable en la mano encaminado a sus soldados, tan valiente como sereno.

La historia le consagrará siempre una página singular.

Sargento Mayor SANTIAGO ZAVALA

Era natural de Huamachuco y hacía dieciocho años que se había ausentado del lugar de su nacimiento, ingresó a la carrera militar en las filas del ejército restaurador el 65. Siempre fue leal servidor de los gobiernos constitucionales y como los rasgos más remarcibles de su carrera se citará siempre su comportamiento en Acuchimay, como ayudante del general Cáceres, y su conducta en la batalla de Huamachuco: fue le primero que penetró a la plaza; acompañado de Leoncio Prado, y al intentar el día diez, el asalto del Sazón, batiéndose cuerpo a cuerpo con el enemigo, fue muerto en el lugar denominado la Calzada.

FLORENCIO PORTUGAL

Sólo conocemos la versión chilena respecto a la muerte de este valiente. Dice:

“Le tocó al subteniente Pobrete de la cuarta compañía del Talca alcanzar a un capitán que huía por las quebradas.

- Señor, contestó este, no me mate, estoy rendido.

- Por mi parte, le contestó, te concedo la vida, pero sin mis jefes los que decidirán de ella. ¿Quién eres?

- Me llamo Florencio Portugal y soy capitán de artillería.

Poblete tuvo piedad de él y ordenó que tomara adelante el camino de Huamachuco.

En el tránsito le preguntó Portugal.

- ¿Ustedes fusilan a los prisioneros?

- Cuando pertenecen a ejércitos regulares, nunca; pero si cuando sus montoneros.

- ¿Cree usted que seré fusilado?

- No me haga esa pregunta; lo sabrá pronto.

El subteniente Pobrete presentó a Portugal al señor Cruz, comandante del Talca, quien le dijo que lo llevase ante el jefe de la división.

Se encontraba el señor Gorostiaga en la plaza de Armas, montado en su caballo de combate, junto a una acequia y entre los cuerpos ya fríos de Osma y de otros jefes peruanos.

Poblete y dos soldados le presentaron al fugitivo.

Portugal saltó la ancha acequia y poniendo una mano en el cuello del caballo del coronel y otra en el anca (lo que visto por Pobrete sacó su revólver y apuntó sobre Portugal, temiendo una felonía) el dijo:

- Señor: soy capitán de artillería; me he batido en Tacna, Chorrillos y Miraflores; tráteme como a buen soldado.

- Yo lo califico como montonero, le contestó Gorostiaga, prepárase a morir.

- Dispense, su señoría, pertenezco a un ejército tan regular como el que su señoría manda.

Gorostiaga dio una orden a su secretario y trató de irse.

- Una palabra, señor. Antes de que parta. ¿Voy a ser fusilado?

- Si, señor.

- Mas …

- Dispense, caballero: mi presencia es necesaria en otra parte.

- Señor: soy católico.

- Le concedo un cuarto de hora para que se prepare y muera como tal.

- No se vaya, señor; oígame otro momento.

- Es inútil, tengo otras cosas que hacer; hable con mi secretario.

El secretario del coronel Gorostiaga era el capitán Isidoro Palacios, quien dado cumplimiento a la orden de su jefe, hizo avanzar a cuatro soldados y se dispuso a fusilar al fugitivo.

Este meditó un momento y levantándose de súbito preguntó al capitán Palacios:

- Señor, ¿lleva usted cartera?

- Si, señor!

- ¡Me permite escribir las últimas palabras de un infeliz guerrero?

- ¡Como nó!

Portugal escribió entonces en la cartera del secretario del jefe de nuestra división:

“Soy Florencio Portugal, arequipeño y con hijos”.

En seguida meditó otro instante frente a los cuatro soldados que debían ultimarlo y de pronto se paró por segunda vez y dijo:

- Señor secretario, permítame morir de pie.

Cuatro balas dieron fin a la vida de ese valiente.

Damos estos minuciosos detalles por respeto al heroísmo y para que se vea que nuestras huestes no vencieron a reclutas ni a cobardes, sino a lo más florido del ejército del Perú, por la inteligencia, la táctica y el denuedo de sus jefes, como por la disciplina y el número de sus soldados.

Huamachuco

notabilidades”.

fue

la

única

batalla

en

que

el

Perú

dio

a

conocer

verdaderas

Capitán ENRIQUE OPPENHEIMER

Tenía apenas veintitrés años, a los diecinueve abandonando su cómodo empleo se alistó en las filas de nuestros defensores, y de soldado distinguido llegó hasta la clase de capitán; combatió en Miraflores al lado de la juventud de esta capital y a la cabeza de la segunda compañía del glorioso batallón Marcavalle; sucumbió en Huamachuco, como digno representante de aquella juventud.

MANUEL GAMERO

Teniente de la armada nacional.

Sería conveniente que se escribiera un libro, titulado los “niños de la guerra”, para que en él se consignaran las apuntaciones biográficas de los que, en muy temprana edad, cumplieron su deber como peruanos.

En ese libro ocuparía una de las primeras páginas el recuerdo que se tributará al joven Gamero que, Felipe Valle-Riestra, no tiene más anotación biográfica que los premios obtenidos en el colegio, donde hiciera su educación; los testimonios de las distinciones que más tarde mereció de sus jefes y las pruebas que de una conducta irreprochable podría presentarse, en el pequeño período de su carrera como marino y como soldado.

Harto quisiéramos encomiar; de uno en uno, a todos los que con lealtad y valor comprobado cumplieron su deber en la batalla de Huamachuco; pero sin más que referencias orales que pueden revestir el carácter de la parcialidad, carecemos de las pruebas en que nos fuera dado apoyar nuestro elogio; y teniendo no ser lo bastante justos con los unos o sobrado

injustos con los otros, hemos prescindido de los que sobreviven, consagrando el homenaje de nuestros respetos a los que sucumbieron no obstante, tomamos del parte del general Cáceres los nombres anotados con particularidad: coronel Secada “que siempre estuvo a la altura de su deber”; mi secretario privado, agrega, teniente coronel Florentino Portugal, que en todas las compañías del centro ha prestado importantes servicios; los secretarios de la jefatura dr. Don Pedro M. Rodríguez, Daniel Heros y L. La Puente; del coronel y teniente coronel de ingenieros Teobaldo Eléspuro y E. de la Combe, de mis ayudantes que han desempeñado satisfactoriamente las más peligrosas comisiones; sargento mayor Ricardo Bentín, a quien le mataron el caballo en el fragor del combate, Darío Enriquez, que salió herido; Enrique Oppenheimer que murió combatiendo al mando de su compañía, Abel Quimper, y Z. del Vigo, y los tenientes Romero, Félix Costa y Velarde; y de mi escolta compuesta de la juventud tarmeña. Al mando del sargento mayor don Zapatel”.

Coronel D. MANUEL TAFUR

No queremos cerrar estas anotaciones sin dejar consignado el nombre del respetable anciano cuyo corazón palpitó por la patria con todo el calor de sus primeros años y que según el parte del general Cáceres “se batió bizarramente” en Huamachuco. Achacoso, casi invalidado por la edad, era admirable ver la entereza de ánimo y el ejemplo en la disciplina militar, que a toda hora manifestó el coronel Tafur, abnegado Patriota, honrado jefe del ejército, soldado de la buena escuela de Salaverry, hombre nacido para ser el ídolo del pueblo, demócrata de corazón, sinceramente republicano, práctico y bueno en todos sus propósitos, larga fue la carrera del coronel Tafur; nació en 1816, entró con cadete el año 35 en el batallón Cazadores de Lima, se distinguió en la batalla de Mecapaca; en la de Ingavi fue herido y prisionero.

Como representante de la nación fue su conducta liberal y como prefecto de varios departamentos, su laboriosidad le mereció el cariño de los pueblos, tanto que el de Piura le obsequió una medalla de oro guarnecida de brillantes en testimonio de su gratitud.

En 1851 pasó al Ecuador por persecuciones del gobierno de esa época: fundó en Guayaquil “El Proscripto”, periódico que defendió los derechos conculcados del Perú, por el gobierno que regía entonces los destinos de la nación, por cuya causa lo internaron a Quito.

En enero de 1853, pasó a Tumbes dando la primera voz de libertad para el esclavo y de redención para el indio; por esta causa lo tuvieron largo tiempo preso.

En 1857 fue subprefecto y prefecto accidental de la provincia de Lima, y mereció ser llamado “Padre del pueblo”.

En 1864 desempeñó la subprefectura de la provincia de Chancay, donde con su genio activo y emprendedor hizo varias mejoras; entre ellas la refaccion de la iglesia de Huacho, y el camino del puerto al pueblo.

En 1881 ocupó la prefectura de Piura.

Nombrado prefecto de Cajamarca para que debelara la insurrección que surgió en dicho departamento, pues hacia más de veinte días que el pueblo encabezado por Iglesias, se batía con las fuerzas del gobierno encerradas en sus cuarteles, y el departamento era perdido,

se puso a su disposición una fuerte división, para que tomara a sangre y fuego la plaza y fusilara a dicho caballero; pero su bondadoso carácter salvó al Perú de presenciar escenas desgarradoras entre hermanos, pues dejó a dos leguas de la población las fuerzas que llevaba

y se presentó sólo a las puertas de la ciudad, haciendo presente sólo a las puertas de la

ciudad, haciendo presente que era el mensajero de paz: al comprender el pueblo la nobleza

y valor del funcionario que se le presentaba, abrió sus puertas, y lo recibió con todas las consideraciones debidas al enviado de la tranquilidad.

Una vez pacificada la población, renunció su puesto.

Fue en varias ocasiones, juez de hecho. Su vida entera la consagró a defender su patria, pues en último tercio de ella se presentó gustoso a ser instructor de varios batallones de la reserva, y más tarde comandante general de la quinta división de dichas fuerzas.

Al ver ocupada la capital por el ejército chileno, emprendió marcha al centro, donde fue jefe de estado mayor general del ejército, hasta la batalla de Huamachuco. Finalmente, murió desempeñando la prefectura del departamento de La Libertad.

Sobre las Tumbas

El domingo 15, a las nueve de la mañana, el ejército chileno se dirigió a Cajabamba, haciendo llevar a sus heridos en camillas.

Era Huamachuco un sepulcro; los pocos habitantes, testigos de las crueldades y los crímenes de los chilenos, llevaban impresos en sus semblantes el estupor y la aflicción profunda; pálidos, como aquellas convalecientes de penosas enfermedades, que apenas pueden recorrer los salones de un hospital; ni el cólera hubiera dejado tan dolorosamente desierta la población, que parecía campo arrasado por langostas, árbol quemado por el hielo:

casas inhabitables y llenas de escombros, desmanteladas e inmundas, vestiduras ensangrentadas y en girones esparcidas por todas partes; manchas de sangre, de charcos, en los pavimentos sobre los que volaban enjambres de moscas zumbadoras; fragmentos humanos confundidos con las astillas de las baúles y de los muebles destrozados, todo cuanto no pudo ser robado fue roto e incendiado. En aquel Aseldema, los animales domésticos recorrían las calles, sin dueño, y hambrientos olfateaban por todas partes como bestias salvajes entre ruinas.

En las afueras de la ciudad los chilenos habían hecho sepultar cuidadosamente los cadáveres de sus compatriotas; pero los cadáveres de peruanos, apenas habían sido cubiertos malamente, unos en una zanja, que con casualidad hubo en la pampa, cerca de la ciudad; otros en el cementerio y otros a causa de su putrefacción, en el mismo lugar en que fueron hallados, todos de cualquier modo, así es que de día revoloteaban por el aire partidas d cuervos, vigilando desde las copas de los árboles aquellas sepulturas, y los buitres y cóndores daban vueltas a gran altura atraídos por el fétido olor de centenares de cadáveres. En las noches el cuadro era horroroso, pues, mientras veintenas de perros escarbando el suelo devoraban restos humanos, gruñendo y arrebatándoselos y aullando; partidas de búhos entonaban su canto lúgubre, y las lechuzas y demás animales habitadores de los sepulcros, cruzaban por los aires aumentando el pavor de aquella soledad. Durante el día cesaba el canto de estas aves y se ocultaban para dar lugar a otro espectáculo: los chanchos descubriendo con sus hocicos los sepulcros, como descubren las raíces de las plantas

silvestres, continuaban el festín a que habían dado principio los perros: en vano algunas personas piadosas iban durante el día a cubrir con tierra las reliquias de nuestros compatriotas, pues, durante la noche y en la madrugada volvían a escarbarlas los perros y a hociarlas los puercos hambrientos. Aquellas sepulturas ofrecían, por otra parte, un aspecto conmovedor, pues brazos y piernas de unos, como rejas de leña, se hallaban confundidos con cabezas y miembros de cuerpos distintos, y los cadáveres expuestos durante varios días al sol, hinchados y fétidos, parecían restos de monstruos: ¡quién hubiera llevado a los ampos de Huamachuco, a las madres de los que así sufrían, aún después de muertos!

¡¡¡Triste y horroroso espectáculo, y sin embargo aún respiraban y miraban la luz del sol, tranquilamente, los traidores!!!

Los muertos

El primero de abril de 1884 el señor prefecto y comandante general del departamento de La Libertad que residía en Cajabamba, pasó una nota al alcalde municipal de Huamachuco, manifestándole: que teniendo conocimiento por personas fidedignas que los cadáveres de nuestros defensores existían “cuasi insepultos en los mismos sitios donde rindieron su existencia” excitaba el celo del consejo para el recojo de esos cadáveres y que “depositados en ataúdes con forro interior de zinc, comprobada la identidad de cada uno de ellos, fuesen trasladados a un lugar sagrado, donde permanecieron hasta que la patria o sus deudos ordenasen su traslación a la capital de la república”.

El señor alcalde municipal, don Vicente Tenorio, procedió a dar cumplimiento a su patriótica labor. Por más diligencias que se hizo. No se halló sino un cadáver en estado de poder ser trasladado: creyeron algunos que fuera el del general Silva; pero afirmaron otros que era el de Aragonés, por la bufanda que llevaba en el cuello. Fue depositado este cadáver en la caja destinada por el del general Silva y que llevaba sus iniciales. Otra caja, que fue llevada también en la ceremonia fúnebre, no contuvo restos humanos.

Esta ceremonia fue celebrada con el mayor recogimiento y pompa. En la iglesia mayor se formó una capilla ardiente; la base tenía la forma de un trapecio de cuyos ángulos se levantaban columnas adornadas con las armas de la república; la forma de la coronación exterior era triangular y la del interior oval; en la parte más alta del frontis se veía una gran corona de laurel, y alrededor de las columnas, pabellones formados con rifles y cubiertos con la bandera nacional; grandes flameros ene. Centro de la capilla y sobre una granada chilena entrelazadas las banderas peruanas. En el arco inferior se leía:

GLORIA A LOS HEROES

del 10 de Julio de 1883

LA PATRIA A SUS HIJOS

En los lugares más visibles fueron consignados los nombres de los jefes de mayor graduación.

Nosotros debemos dar aquí la razón de los muertos.

Ejército del Norte. Teniente coronel D. Emiliano Vila; comandante general D. Mariano Aragonés; ayudante subteniente, D. Enrique Minfles; sargento mayor D. Melchor Ramírez; id. D. Francisco Sagástegui; ayudante mayor teniente D. Francisco Amorío; capitán D. Francisco Carreño; teniente D. Juan Soto; subtenientes Acencio Marcos y Enrique Donaire; teniente coronel D. Ciriaco Salazar; sargento mayor D. Miguel Revelo; capitanes Adolfo Prugue y Aquiles Zavaleta; tenientes, D. Manuel Gomero y Eduardo Baldeón y Germán Alva.

General D. Pedro Silva, aposentador del ejército.

Ejército del Centro. Capitán de navío Germán Astete, comandante general de la cuarta división del centro.

Coroneles: D. Juan Gastó, comandante general de la segunda división del centro; id. Máximo Tafur, id. de la tercera división del centro; id., Leoncio Prado, Miguel Emilio Luna.

Sargentos mayores: Santiago Zavala, Adolfo Tarzaboada, Nicanor Rueda, Manuel del Río, Rafael Rueda, José María López.

Capitanes: José María Santillana, Enrique Oppenheimer, Benjamín Cáceres, Juan Antonio Portugal, Manuel Rivas, José Antonio Sotomayor, José Díaz, Sebastián Montes, Domingo Santa María, José Eslava, Pedro Luque, Adolfo Rivas, Julio Basurto, Soria, Cosme Cobos, Benjamín Alvarado, Lorenzo Ampuero, Raymundo Santillana, José M.

Palacios.

Tenientes: Emilio Orcasitas, Mariano Quintanilla, Washington Quintanilla, Jacinto Frías y Arturo Sanoni.

Subtenientes: Mestanza y Palacios, José María Pilares, Santiago Cabezudo, Andrés

E. Montoya, Francisco Montero, Juan de Dios Revilla, Germán I. Alva, Marcos Cornelio,

Héctor Villarán, Manuel Basurto, Manuel Acuña, José Antonio Sarria, José María López,

Sebastián Montes, y el tercer jefe del batallón San Jerónimo, Juan L. del Mar. (3)

Para celebrar los funerales, el señor alcalde de Huamachuco reunió al consejo, con fecha 3 de abril, y designó una comisión, compuesta de los señores: D. Basilio Larraondo y

D. Faustino Ugaz, para buscar los cadá0veres y confrontar su identidad y después de haber

adoptado todas las medidas del caso y verificada la ceremonia el 21 de abril, con fecha 24

decía el señor alcalde Tenorio al prefecto y comandante general.

“La comisión cumplió su cometido pero por más indagaciones que se hacian no fue posible llegar a reconocerlos, al extremo que no quedase duda, pues en un mismo sepulcro existían muchos mezclados en fragmentos, y solo con la llegada del ilustre jefe del norte, quien dictó las órdenes más eficaces a este respecto, se llegaron a descubrir los restos de dos héroes que una vez exhumados, fueron colocados en cajas de madera, las mejoras que se fabrican en la ciudad. La municipalidad nombró una comisión compuesta de los señores don Manuel E. Polo, D. Juan Arce y D. Augusto Moreno, para que se encargaron de hacer la tumba y catafalco, corriendo todos los gastos de cuenta de hacer la tumba y catafalco, corriendo todos los gastos de cuenta de la municipalidad: dichas obras quedaron concluidas en dos días, con el esmero, decencia y suntuosidad que era posible; se dio la orden general

por el estado mayor para la asistencia del ejército y antes había comunicado la alcaldía la asistencia de las corporaciones y oficios al párraco y a los demás clérigos que se hallaban presentes, para una misa solemne; y colocados los ataúdes, a una cuadra de la plaza de esta ciudad, salió de la iglesia todo el acompañamiento, y tres sacerdotes, a conducir los cadáveres al templo cantando responsos graves, en las respectivas fosas. Después tuvo lugar la misa vigiliada; y concluida, se llevaron los ataúdes hasta el panteón donde estaban preparados dos fosas en el centro de la capilla, al pie del altar; pero antes que fuesen colocados tan venerados restos, pronunció un sentido discurso invitando al ejército y al pueblo, a seguir el ejemplo de los hombres que han muerto sosteniendo la autonomía del Perú; y el pueblo y el ejército inclinados, parece que sintiendo ese amor santo del patriotismo, juraron vengar la sangre derramada por tantas víctimas y luchar hasta conseguir la libertad de su patria oprimida por el tirano”.

El juramento al cual se refiere esta nota fue hecho solemnemente sobre la tumba de nuestros hermanos, después de oir las siguientes palabras del esclarecido jefe superior político y militar de los departamentos del norte dr. Don José Mercedes Puga, palabras que creemos deber reproducir, para que queden eternamente grabadas en el corazón de nuestros compatriotas, y en la memoria de nuestros hijos.

“Señores jefes y oficiales del ejército del norte y ciudadanos presentes, acabamos de cumplir el sagrado deber que la patria y la religión nos imponían, honrando con la pompa que las circunstancias y los pocos elementos que esta población nos ofrece, los venerados restos de los héroes, que por darnos libertad, patria y honra sucumbieron valientemente el 10 de julio último, en las inmediaciones e esta ciudad.

Señores, estos restos, que hoy depositamos en la mansión del descanso, pertenecieron en el mundo a ciudadanos peruanos, que por defender la patria abandonaron, unos sus comodidades, otros sus elevados puestos sociales, y, todos, su familia, para venir a lejanas tierras a sucumbir defendiendo el pabellón peruano.

Estos restos y estas memorias no sólo merecen de nosotros nuestra admiración y respeto, sino que engendran algo más grande en favor de la patria: el estimulo y el ejemplo, que debemos seguir en la grandiosa obra que sobre nosotros pesa: la redención de la república.

En esta virtud, os invito a jurar conmigo ofreciendo a Dios y a la patria ante estos manes, palpitantes aún de patriotismo y de valor, que sobremos imitar su ejemplo, sucumbiendo, también, como ellos, siempre que se trate de defender la honor y la autonomía nacional”.

El ejército y el pueblo enternecidos, escucharon estas palabras del abnegado ciudadano, que en la misma ciudad poco después, las ratificara con su muerte.

El Autor

Agradece muy particularmente el favor que le han dispensado los siguientes caballeros, con su erogación especial para esta obra.

Siempre le será grato recordar la generosa solicitud con que indicación amistosa:

atendieron a su

Coronel Andrés A. Cáceres, presidente de la República.

General César Canevaro, alcalde municipal de Lima.

Doctor Manuel María del Valle, ministro plenipotenciario del Perú en Bolivia.

Coronel Justiniano Borgoña, ministro de estado en el despacho de guerra y marina.

Honorables representantes: señores: Juan F. Madalengoytia; José Carlos de la Riva- Agüero; Teodomiro A. Gadea; Teodorico Terry; Agustín Tovar; Eduardo Lecca; Ricardo Bentín; Mariano Delgado; Ezequiel Montoya; Francisco G. Chávez; Pedro M. Rodríguez; Manuel de la E. Sánchez; Alberto Martín; José M. Gonzáles; Federico Elguera; Fernando Bieytes, y Felipe S. Meza.

Señores: Julio C. Phluker; dr. Nemecio Vargas; señores Dámaso Pérez; Ricardo Rosell; Pedro Villavicencio.

Coronel: Samuel Palacios.

Comandante: Gaspar Tafur.

Respetable familia del señor Astete.

ABELARDO GAMARRA.

(1)

Según el parte del general Cáceres.

(2)

Hasta aquí el relato descansa en la veracidad del jefe, cuyo seudónimo es F. Palas de Casacier.

Respecto a la impugnación contenida en los últimos párrafos de la página 9, diremos que ella expresa una idea general, pues ni a todos los amigos, ni a todas las adhesiones se podría aplicar esa censura; ni faltaron en el norte y sur de la república, militares cuyos nobles esfuerzos se estrellaron contra obstáculos superiores a su voluntad: señalarlos sería, tal vez, atribuido hoy a vana lisonja. (3) Por lo que hace a graduaciones militares y al orden, y aun a los nombres de los que sucumbieron, hemos procedido siguiendo los apuntes de los diarios de esta capital, pues nada hay oficialmente consignado al respecto hasta la fecha.