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nuevos instrumentos universitarios Introduccién al estudio de la historia Josep Fontana CRITICA Barcelona ‘Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorizacién eserita de los titulares del copyright, bajo las sanciones extablecidas en las leyes, la reproduccin total o parcial de esta abra por qualquier medio 6 pprocedimiento, comprendidos la reprografiay el tratamiento informatico y la dstribucién de ejemplares de ella mediante alquiler © préstamo pblicos. ‘Titulo original: Introduccis a Pesta de la historia ‘Traduccién castellana de Elena Grau Biosca Disefo de la cubierta: Luz de la Mora, Barcelona © 1995; Josep Fontana Lazaro, Barcelona © 1999 de Ia presente edicion: EDITORIAL CRITICA, Barcelona ISBN: 84-7423-954-0 Dipdsit legal: B.-22.072-1999 Impreso en Espa 1999, — HUROPE, S.L., Lima, 3bis, 08030 Bareelona This is the city and Iam one of the citizens. Whatever interests the rest interests me, politics, wars, markets, newspapers, schools, ‘The mayor and councils, banks, tariff, steamships, factories, stocks, stores, real estate and personal estate. Esta es la ciudad y yo soy uno de los ciudadanos, todo lo que interesa a los otros me interesa a mi: politica, guerras, mercados, diarios, escuelas, el alcalde y el ayuntamiento, bancos, aranceles, barcos, fabricas, reservas, almacenes, bienes muebles e inmuebles. ‘Watt Wurman, «Song of myself», 42 {NDICE Presentacion . ec fe B 1, El escenario de la historia. 15 1.1, Las bases fisicas dela vida. 15 1.2. La méquina planetaria: vientos y corrientes . 19 13. Elmaryel hombre. « 2 1.4. El clima y la historia, . fo BS 15. Elclima y el futuro de la humanidad : 30 1.6. Historia y ecologia . 4 17, Losmapasy el descubrimiento del mundo. | 36 Lecturas recomendadas . ; : 2 2. El ntimero de los hombres: vida, subsistencia y muerte de los seres humanos ; 43 2.1. El mimero de los hombres... 8 22. Nacimiento y fertilidad . to 49 2.3. Matrimonio y familia 54 24, Lamuerte “ordinaria ss 59 2.5. La muerte extraordinaria 65 2.6. Ladinamicadelapoblacion . . a 2.7. La poblacién, problema actual 76 Complemento: Bs clerto que hay seres humanos ve- getarianos, pero es que una de las ear teristicas que definen la condicién huma- nna es precisamente su capacidad de sobreponerse a su vocacién natural. Ser vegetariano es eantinatural» en un sent 6 200l6gico —lo cual no quiere decir que lo sea en sentido ehumanoy— y casi siempre ha sido socialmente mal visto: ‘vegetarianos eran los seguidares de Pité- goras, los de Priscliano —condenados como herejes—, y muchos grupos ana ‘quistas; es decir gente mal vista por la sociedad respetable (por otra parte, y ppara no sobrevalorar este dato, conviene recordar que también lo era AdolF Hit len). 20 EL ESCENARIO DE LA HISTORIA Figura 1.4. * Las razones de la circulacién estacio- nal monzénica son ficiles de entender. En verano el continente est& ms calien- te que el mar, el aire que se encuentra so- bre las terras se eleva y es reemplazado por el mas frio que viene del mar; en in- vierno, por contra, el mar conserva el ea- Jor, el aire que hay encima suyo se eleva y los vientos soplan desde las heladas ‘masas del Himalaya estos meses las embarcaciones de vela que venfan del sur no po- dian entrar en los puertos de la India) y de sur a norte durante los tres meses de verano (y entonces las embarcaciones no podfan sa- lir).* Las lotas portuguesas que iban a la India salfan de Lisboa el mes de marzo y llegaban a Goa hacia septiembre, aprovechando Jos vientos de verano. Permanecian alli hasta enero o febrero y sa- Ifan de Goa cuando soplaban los vientos del norte, para llegar a Lisboa en agosto 0 en septiembre: habjan pasado un afio en el mar yun afio y medio en el viaje completo. Hemos visto que las corrientes superficiales del agua del mar circulan en el mismo sentido que los vientos: en el de las agujas del reloj al norte e inversamente en el sur. El agua caliente de los trépicos circula de este a oeste, en sentido contrario a la rotacién de la Tierra, hasta que choca con un obstéculo. En un pasado re- moto, el agua del Atldntico que se calienta frente a las costas de Africa corria hacia el Pacifico y hacia Asia hasta que, hace unos tres millones de afios, se produjo un hecho extraordinario desti- nado a tener grandes consecuencias sobre la historia humana, Una serie de fenémenos geol6gicos crearon una lengua de tierra que unfa América del Norte con la del Sur—lo que permitié que los animales terrestres cruzasen por este «camino de la pantera», y las aguas célidas que antes circulaban de este a oeste se acumu- laron en el Caribe y presionaron con gran fuerza hacia el norte dando lugar a la corriente circular del Golfo que es la mas poten- te del mundo. Esta corriente sube por la costa norteamericana hasta que encuentra la barrera submarina de los bancos de Te- rranova; el agua fria que viene del Polo Norte impide que la ca- LA MAQUINA PLANETARIA: VIENTOS Y CORRIENTES 21 liente progrese més alla y Ia desvia hacia el este, en direccién a Europa. En la zona de contacto de estas dos grandes corrientes —desde Terranova hasta Islandia y las costas de Noruega— se lo- caliza una de las zonas marinas biolégicamente més fecundas del mundo, donde la pesca es muy rica. La corriente del Golfo explica muchos aspectos de la benigni- dad climatica de Europa que, gracias a sus aguas calientes, ha po- dido tener una temperatura més suave que la de otras zonas del planeta en la misma latitud. En el Paleolitico, por ejemplo, el Ii mite de los hielos se encontraba mas al norte en Europa que en América y los vientos célidos le aseguraban una pluviosidad ma- yor (figura 1.5). Pero el agua del mar no sélo circula por la superficie. Tiene otros recorridos en profundidad que permiten renovar el oxigeno y asegurar la vida. Esta circulacién termohalina (figura 1.6), una aN (Bar) e Uh iD conierce sas dehislo aelGolo continenales eee eae cerergidas gua fa Figura 15. El hielo y la corviente del Golfo durante la sltima glaciacion. 22 EL ESCENARIO DE LA HISTORIA Figura 1.6. La cirulacion termohalina (de Sylvie Joussaume, Climat, d'hier & demain, Parts, CNRS Eaditions, 1993, p. 83), ay sins denominacién que deriva de las palabras griegas que significan «calor» y «sal», tiene su origen en las diferencias de densidad pro- ducidas por la temperatura y Ja salinidad. El agua de la zona del Antértico tiene una mayor densidad porque, al helarse, el hielo desprende cerca del 70% de la sal que contiene y carga de salini- dad las aguas del entorno de modo que éstas, al aumentar de peso, se hunden e inician una circulacién en profundidad que sera com- pensada por otras corrientes de agua menos densa (y més célida) en sentido contrario, Esta circulacién es importantisima porque el agua superficial lleva el oxigeno hacia el fondo marino, mientras la que sube para reemplazarla arrastra hacia la superficie los mi- nerales —nitratos, fosfatos, carbono y mintisculas cantidades de algunos metales— necesarios para el desarrollo de los organismos vegetales que tienen que hacer la fotosintesis. 13, ELMAR Y EL HOMBRE La relacién del hombre con el mar requiere una consideracién es- pecial. Lo primero que debemos valorar es que, como uno de los dos elementos transmisores de la energia solar, el mar tiene una importancia crucial. Ocupa el 71 por ciento de la superficie del planeta (el 607 del hemisferio norte y el 80°7 del hemisferio sur); esto significa que recibe el 71 por ciento de toda la radiacién solar y, como re- tiene una parte mayor de la energia recibida que la atmésfera, actia como regulador del calor. La fotosintesis, en cambio, es menos eficaz aqu{ que en el ciclo terrestre que antes hemos vis- to. La hace el fitoplancton o plancton vegetal (compuesto por al- gas, en general muy pequefias, que son arrastradas por las co- rrientes) y éste s6lo se encuentra en abundancia en las zonas donde hay corrientes de fondo que evan agua hacia arriba y, con ella, los nutrientes necesarios para los procesos de la vida. Las zonas centrales de los océanos —estos mares tropicales de ‘un azul profundo— son, en términos de la vida, vacfos y estéri- les como un desierto. El fitoplancton es consumido por el zooplancton herbivoro (formado por animales mintisculos), que a su vez es comido por los pequetios depredadores, los cuales sirven de alimento a peces mayores, que son los que finalmente comemos nosotros. Célculos hechos en la zona del canal de Ja Mancha muestran que cada hec- térea de mar produce al dia 5 kg de fitoplancton que, después de pasar por los niveles tréficos del zooplancton y de los pequefios peces que lo comen, dan 26 g de pescado apto para nuestro con- sumo. La complejidad de la cadena alimentaria en el mar explica estos bajos rendimientos. ‘Hemos hablado antes de la importancia que tiene el aflora- miento hacia la superficie de aguas profundas que arrastran ele- mentos minerales. Cuando los organismos marinos mueren sin haber sido consumidos por otros, caen hacia el fondo y con ellos lo hacen los minerales que forman su cuerpo y que quedaran de- positados sin descomponerse. Donde no hay afloramientos de aguas profundas (upwelling), estas substancias quedan inertes en el fondo, las aguas superficiales son pobres en minerales, hay poco plancton y no hay mucha vida (hay, por tanto, poca pesca). Cerca de las costas, donde el viento empuja el agua superficial mar adentro y hace subir la de las capas més profundas para re- emplazarla, o alli donde el contacto entre corrientes de diversa temperatura o salinidad provoca este mismo fenémeno, el planc- ton abunda y la pesca es rica." La pesca, por tanto, es abundante sélo cerca de las costas y en las zonas de contacto de las corrien- tes que dan lugar al afloramiento de aguas profundas: son zonas de mar que hoy se defienden a cafionazos. La relacién del hombre con el mar tiene que ver, ademas, con Ia navegacién, que est sometida a los condicionamientos natura- les y que lo estaba todavia més en la época de la navegaci6n a vela (es decir, en la mayor parte de la historia de la humanidad). Para hacernos una idea de estos condicionamientos examinaremos el caso de un mar que ha sido fundamental en nuestra historia, como es el Mediterraneo, El Mediterréneo tiene pocos rfos importantes que le permitan ELMAR Y EL HOMBRE 23 + Lasmareas rojas que aparecen en oca- siones cerea de la costa son consecuenela Vianeos domiancss (en verano) ° ‘990 Km 1.4. EL CLIMA Y LA HISTORIA Hasta ahora hemos hablado de aspectos més bien estaticos, que pa- recen més propios de la geografia que de la historia. Ahora se trata de considerar la accién del medio natural desde un punto de vista dinémico: la influencia de los cambios del clima en la historia. Desde la antigiiedad ha sido frecuente especular sobre la in- fluencia que las diferencias de clima tenfan en las sociedades hu- ‘manas. E] tema fue divulgado por uno de los grandes pensadores ilustrados del siglo xvu1, Montesquieu, que escribié tanto sobre ciencias naturales, como sobre politica ¢ historia.* Montesquieu sostenfa que en los pafses del norte «el aire fresco aprieta las ex- tremidades de las fibras exteriores de nuestro cuerpo», favorece el retorno de la sangre al corazén, hace a los hombres més fuertes y activos, les da confianza en s{ mismos y los hace més valientes y conscientes de su superioridad. En los pafses célidos, en cambio, las fibras se relajan, disminuye su fuerza y los hombres son pere- z0s0s. De acuerdo con esta teoria resultaba explicable que se es- clavizase a los negros que vivian en los trépicos, porque no traba- jarian si no se les obligaba a hacerlo. EL CLIMAY LA HISTORIA. 25 sl Figura 1.7. Corrientes, vientos dominantes (en verano) y rutas de navegacién principales en el Mediterraneo ( de John H. Pryor, Geography, technology, and war, Cambridge, Cambridge University Press, 1988). + Siendo como era cosechero de vinos de Burdeos, que exportaba a Inglaterra, fs comprensible que viviera pendiente del clima, que tanta influencia tenia en la cantidad y calidad del vino del cual de- pendia su fortuna, 26 EL ESCENARIO DE LA HISTORIA Figura 1.8. Este mapa, que indica las Existe también otro viejo prejuicio, paralelo a éste, segin el rutas seguidas por los navegantes cual donde el clima es suave y la vida resulta facil los hombres se secrred dea ehered re esfuerzan poco —es el t6pico de la ociosidad meridional— mien- iseesr crane sae enw tras que, por el contrario, unas condiciones de vida més dificiles anterior (Robin Osborne, La formacizn estimulan la iniciativa humana y son més favorables para el desa- de Grecia, 1200-479 aC, Barcelona, rrollo de la civilizacién, siempre que no lleguen a ser tan duras Critica, 1998). que la simple supervivencia absorba toda la capacidad de los hom- bres y les impida progresar en otros aspectos, como ocurre en los desiertos o en las zonas polares heladas donde habitan los lapones y los esquimales. No merece la pena ocuparse de estos prejuicios, porque resulta que los elementos fundamentales en que se basa nuestra cultura —como el alfabeto y el sistema numérico indio, sin el cual la ciencia moderna habria sido imposible— no se han inventado en el norte frfo, sino en el sur célido. ‘Mucho mis interesante es, en cambio, considerar el papel que han tenido las variaciones del clima en la historia de las socieda- des humanas: el enfriamiento y las glaciaciones, el desecamiento progresivo de algunas zonas o las inundaciones. 2Cémo podemos conocer Ia evoluci6n del clima en el pasado? ‘Sélo conservamos medidas regulares de temperatura y de pluvi sidad desde hace unos doscientos cincuenta afios. Para etapas an- teriores dependfamos hasta hace poco de los testimonios mas 0 menos impresionistas de los contemporéneos: relatos de inunda- ciones 0 de sequias, rogativas a los santos, etc. Hoy, sin embargo, somos capaces de hacer que nos hablen algunos registros natura- Jes que nos dan respuestas muy exactas. Los hielos polares, cuyas capas se han ido acumulando sin fundirse, no s6lo nos proporcio- nan informaciones sobre la temperatura, sino incluso sobre la composicin del aire —la cantidad de diéxido de carbono que contenfa, por ejemplo— gracias a las pequefias burbujas que en ellos se han conservado. Utilizamos, ademas, las medidas de dos isétopos del oxfgeno* cn las aguas de los mares del pasado, que conocemos gracias al hecho de que las conchas de los foraminiferos fésiles reflejan cual era la proporcién de estos isétopos en el agua cuando estaban vi- vos, lo cual nos ha permitido hacer, a partir de estos fésiles, un ca- Iendario bastante exacto de las fluctuaciones del clima en los silti- mos 780.000 afios (figura 1.9). También podemos estudiar las variaciones que ha tenido el campo magnético segtin la orienta- cién que muestran las partfculas en las coladas de lava, y tenemos otros signos todavia mas complejos que nos proporcionan res- puestas muy ricas. Enel gréfico dela figura 1.10 hay una curva que muestra la evo- luci6n de la temperatura en los tltimos 125.000 atios (las fechas se miden desde cero, que es el momento actual, hacia atrés, hasta 125,000 afios antes del presente), obtenida a partir de las capas anuales de hielo de Groenlandia. En este gréfico aparece reflejada con claridad la tiltima glaciacién; el calentamiento de los tiltimos diez mil aftos parece espectacular, pero podemos ver que no es otra cosa que un retorno a la situacién anterior a la glaciacién. ZA qué se deben estos cambios de temperatura? Durante un tiempo se pens6 que los causaban las fluctuaciones en la radia- cion solar. Estas fluctuaciones existen y estén relacionadas con la aparicién de manchas solares. Cuando el Sol es activo hay man- chas y, paradéjicamente, las zonas libres de manchas son mas bri- antes y el resultado es que el astro emite un poco més de energia y, sobre todo, muchas més partfculas cargadas que provocan tem- pestades magnéticas, dificultan las comunicaciones inalambricas y dan lugar a auroras boreales. Pero se ha visto que estas diferencias de radiacién solar son de- masiado pequefias para explicar fenémenos como el de las glacia- ciones, La Ifnea explicativa actual pasa por buscar la causa en la EL CLIMAY LA HISTORIA 27 * Enel agua de mar se encuentran dos {sotopos del oxigeno, con un peso atémi- co de 16 y 18 respectivamente (el segun- do en una proporcién muy reductda), ‘que se comportan de forma distinta con respecto a la evaporacién. La proporcién, aque ha existido en un momento dado en- tre uno y otro nos dice si ha habido mis ‘0 menos fusién de nieves (es decir, sila época era mas 0 menos célida). 28 EL ESCENARIO DE LA HISTORIA Figura 1.9. Fluctuaciones de la temperatura en los itimos 780.000 afios. Los afios, en una escala que va «desde el presente hasta el 700.000 antes ‘el presente (y sigue més allé de esta fecha), se pueden ver en la dima columna (expresada en miles) La curva e la izquierda indica la proporcién en ‘gue se encuentra el is6topo més raro del ‘oxfgeno en el agua y la columna situada al lado muestra en negro los periados calidos y en blanco, ls fos. Aciguedad tte superior nico — a Polardad Epoeas (9 Profunded (em) zi ——, z$ —=_——% z3 3 28 lw es a te 5 em ——_ ae — & |__ 200 combinacién de las variaciones de la traslacién de la Tierra en una 6rbita eliptica, que a veces la acerca y otras la aleja del Sol, y de a precesi6n del eje de rotacién, ya que, como es sabido, la Tierra gira sobre ella misma como una peonza que tiene un extremo de su eje fijo mientras el otro —Ia parte superior por donde la toma- ‘mos para hacerla girar— va describiendo circulos. Esto afecta so- | Ben parts por mi “Tiempo en miles de aos bre todo al hemisferio norte. En la actualidad este hemisferio se encuentra en invierno en la zona més préxima al Sol, y en la mé: alejada en verano, lo cual atemtia el efecto de las dos estaciones ex- tremas. Al sur, en cambio, la combinacién da lugar a veranos mas célidos e inviernos més frios. Pero hace once mil afios era al revés, y era en el norte donde habfa esos inviernos més frfos. La cuestién es todavia mas compleja de lo que muestra esta ex- plicacién elemental, que sirve, sin embargo, para entender que una ‘grdfica como la dela fig. 1.10, que corresponde a la historia del cli- ma en el hemisferio norte, no es valida para el sur. Sabemos, por ejemplo, que en la época glacial habia en el Artico grandes masas de hielo que bajaban hasta la mitad de Inglaterra y que, como con- secuencia de la retencién de agua en esta masa, el nivel del mar era 40 m mas bajo —se podfa ir a pie desde el continente a Inglaterra y de Inglaterra a Irlanda. Pero que en el Antartico la situacién era parecida a la de hoy —no hacia més frio, ni habia més hielo—, y que en los trépicos habfa mayor aridez y en algunos lugares hacia més calor que hoy (por ejemplo, el agua del Indico era mas célida). que la falta de Iluvias en el nordeste de Siberia daba lugar a que no hubiese hielo, lo que permitfa que los hombres pudiesen pasar por esta zona y, como el mar habia bajado de nivel, cruzaran an- dando hacia América por la zona de Bering. En Europa la temperatura era de unos 4° a 6° de media por de- bajo de la actual, pero el hecho de que hubiese pocas lluvias hacia que la nieve fuera escasa y que los inviernos no fuesen mucho mas duros que los actuales (no es verdad que los hombres vivieran en Jas cavernas, entre otras razones porque no habia suficientes para alojarlos). El hombre se ha ido adaptando a estos cambios climé- ticos: ha ido siguiendo hacia el norte a los rebafios de grandes ani- males que hufan de la falta de pastos como consecuencia de la ari- dez, haciéndose vestidos con las pieles de las piezas cazadas con el fin de defenderse de una temperatura mas baja. EL CLIMAY LA HISTORIA 29 Figura 1.10. Evolucién de la temperatura, deducida de los cambios en la concentracién relativa de los Is6topos de oxigeno, en los ttimos 125.000 afos (de H.H. Lamb, Climate history and the modem world, Londres, Methuen, 1982, p. 85). 30 EL ESCENARIO DE LA HISTORIA * Esto, que es mucho mis complejo de lo que esta versién simplifieada puede hhacer creer, esta admirablemente expll- ado en al libro de L. N. Gumiley, La Iisqueda de un reino imaginario, Barce- Tona, Critica, 1994, pp. 24 y ss. No obstante, la temperatura no basta para explicarlo todo en el clima. Uno de los factores més importantes —como podemos comprender fécilmente hoy, cuando estamos acostumbrados a ver cotidianamente graficos meteorolégicos que muestran el despla- zamiento de las zonas de altas y bajas presiones— es la circula- cién atmosférica: los cambios en las circulaciones de los ciclones (conviene no confundir los ciclones con los «huracanes»), 0 quizé sea mejor Ilamarlos «depresiones», que son las zonas de baja pre- si6n a las que se oponen los anticiclones, 0 zonas de alta presién (anticiclén equivale normalmente a buen tiempo —tiempo solea- do y seco— y depresién, a lluvia y mal tiempo). La circulacién atmosférica en el viejo continente —es decir, en el blogue continental que forman Europa y Asia— esté determi- nada por dos grandes masas de aire: un maximo (un anticiclén) de aire frfo sobre el polo Norte, que es relativamente estatico, y otro maximo que esté sobre el Sahara y sobre Arabia, que tiene una cierta movilidad y se desplaza de sur a norte y al revés. La ra- z6n de este comportamiento diferente de los dos méximos es que las variaciones de la actividad solar influyen muy poco en el polo, donde los rayos llegan de soslayo, y mucho en los trépicos, y que la diferencia del calor recibido hace mover este maximo del sur. Entre los dos maximos (entre los dos anticiclones) queda una es- pecie de valle por donde pasan los aires htimedos del Atléntico: las depresiones que se dirigen al continente euroasiético en forma de ciclones. De la actividad solar que desplaza el maximo del sur de- pende, pues, el curso de esta circulacién que lleva lluvias en una u otra direccién y que ha marcado la historia de Asia central con sus pulsaciones. Cuando hay Iuvias, la hierba crece en la estepa y los pueblos némadas prosperan; cuando viene la sequfa, la subsisten- cia se les hace imposible y tienen que huir hacia los territorios cer- canos ¢ invadir Europa, la India o China. Ast se explican las gran- des invasiones, como las de los hunos, los turcos los mongoles.* 1.5. EL CLIMA ¥ EL FUTURO DE LA HUMANIDAD ‘Volvamos a los gréficos (figura 1.11) y reduzcamos la escala de observacién para ver cudl ha sido la evolucién de la temperatu- raen Europa desde el afio 1000 hasta hoy. Lo primero que salta a la vista es la cafda de las temperaturas en el siglo xv, que po- demos relacionar con las crisis de cosechas que acompafiaron la catdstrofe de la peste negra. Vemos luego la llamada «pequefia EL CLIMA Y EL FUTURO DE LA HUMANIDAD 31 is calor va 05 edad gala Mis fol c Mis calor 04 02: 00 02 HEMISFERIO NORTE “Temperatura mein 1951-1960 *c is fo Figura 1.11, Evolucién dela 1700 1800 1900 2000 temperatura en Jos ltimos mil anos. edad glacial» que tuvo lugar entre 1650 y 1850: una época en que el hielo bajaba del norte, habia grandes tempestades en el Atlén- tico, el Tamesis se helaba y Brueghel pintaba escenas de caza en la nieve... Una hipétesis vincula esta crisis climética a las man- chas solares, puesto que parece que se puede comprobar, por las observaciones de los contemporaneos, que de 1645 a 1715 ape- nas se vieron manchas. El responsable de esta época de frio se- ria el que se ha llamado el minimo de Maunder. Pero ya hemos visto que las cosas que se refieren al clima y a la meteorologia son muy complejas y que conviene no precipitarse a aceptar ex- plicaciones demasiado sencillas. Dejémoslo en la simple com- probacién de la existencia de dos siglos en los que parece que en Europa hizo més frfo, y basta. ‘Ademas de hablarnos del pasado, este tipo de gréficos nos su- 32 EL ESCENARIO DE LA HISTORIA Hay, sin embargo, una eircunstancia ‘que posiria agravar las consecuencias del efecto invernadero. Parece haber un ciclo dde 76 afios en la luminosidad del sol que afecta ala temperatura de nuestro plane= ta, Este ciclo va a encontarse en fase de ‘ascenso hasta el afo 2010, de mado que las consecuencias sumadas de este calen tamiento y del efecto invernadero pudie. ran llevar en los préximos afios a una si- tuaclén mas grave de lo que se habia previsto (John Gribbin, Watching the Uni- verse, Londres, Constable, 1998, pp. 75- 7) siere ideas sobre los problemas del futuro, y en concreto sobre el llamado «efecto invernadero». La presencia de gases en la at- mésfera, y en especial de diéxido de carbono —el CO, que gene- ran muchas combustiones, entre ellas la de los motores de los automéviles—, hace que una parte del calor que se recibe del sol, de los rayos infrarrojos que normalmente serian irradiados al es- pacio, sea absorbida por estos gases y eleve la temperatura me- dia del planeta. En principio, esto no solo no es malo, sino que es necesario para la supervivencia humana, Se ha calculado que, si no hubiera efecto invernadero, la temperatura media del pla neta serfa 33 grados centigrados més baja (ahora es de +15 y e tonces serfa de —18), lo cual harfa la vida practicamente impo- sible, El problema consiste en saber qué puede ocurrir si, al aumen- tar la concentracién de CO,, la temperatura sube todavia mas. De hecho, en épocas anteriores de la historia de la Tierra ha habido més CO, —lo demuestra el aire guardado en las burbujas de los hielos polares— y sabemos que habfa una temperatura més céli- da, Pero ocurre que hoy este aumento se produce como conse- cuencia de la accién humana y que su efecto es acumulativo y ré- pido. ¢Qué puede suceder? Hay una previsién terrorista: la temperatura iré aumentando, se fundirén los hielos polares, el mar subiré y nos inundaré a todos. El efecto final, segrin estas ver- siones, seria la subida de 80 m en el nivel del mar. Pero los estu- dios mas serios rechazan esta previsién extrema: la capa de los hielos antérticos continentales se formé hace de doce a catorce millones de afios y ha permanecido bastante estable desde enton- ces; a pesar de las fluctuaciones climéticas, no ha habido grandes cambios en ella. Allf las temperaturas méximas son todavia de 10° bajo cero, de forma que los hielos pueden resistir perfectamente tun aumento de diez grados de media sin empezar a fundirse. S6lo la parte que esta sobre el agua podria hacerlo y provocar una su- bida de unos ocho metros, en un perfodo no inferior a mil affos. Sia ello le afiadimos los hielos articos, el ascenso podria llegar a unos diez metros, pero siempre en un escenario de siglos. La cri- sis climética es grave, pero lo es menos que la bioquimica y la eco- logica, cuyos efectos son irreversibles.* Para entender cudles pueden ser los efectos de los cambios del clima en el futuro, nos conviene ver cémo han afectado a los hombres los cambios del pasado. No debemos fijarnos tan‘sélo en las catdstrofes puntuales, que normalmente se recuperan en poco tiempo, sino en la evolucién a largo plazo. Y, por lo que sa- EL CLIMA ¥ EL FUTURO DE LA HUMANIDAD 33 bemos, esta evolucién demuestra que la capacidad del hombre para adaptarse es extraordinaria. Incluso sociedades de tecnolo- ‘efa muy primitiva han actuado con mucha habilidad para afron- tar los cambios que se producian de forma gradual, en un pe- riodo largo de tiempo, de manera que podemos pensar que nuestra capacidad de adaptacién no sera menor, aunque forme- ‘mos parte de una civilizacién insensata y depredadora de los re- cursos naturales. ‘Pero si esta reflexién, derivada de la experiencia hist6rica, nos puede tranquilizer, hay otra més inquietante planteada por los Cientificos naturales que, en los iiltimos aftos, nos estén dando ‘una imagen de la evolucién de nuestro planeta en que las catés- trofes cOsmicas tienen un papel mucho més frecuente y més im- portante de lo que habitualmente pensabamos. El estudio de las fluctuaciones climéticas en el pasado muestra que estamos posi- blemente en un perfodo interglaciar que puede acabar, como tan- tas otras veces, con el retorno de una nueva glaciaci6n. La etapa célida que estamos viviendo desde hace unos diez mil afios no sélo puede que no sea «normals, sino resultar absolutamente excep- cional. Un cientifico norteamericano ha subrayado que el desa- rrollo de la civilizaci6n humana coincide con estos pocos miles de afios de clima estable y benigno. «Debemos toda la cultura huma- na aun perfodo anormal de estabilidad climética que nosotros to- 'mamos como normal. No sabemos por qué los dltimos dos millo- nes de afios fueron tan inestables, 0 por qué los cltimos milenios han sido tan estables. Sabemos que la civilizacién depende de la estabilidad climética. ¢Cudndo —y cémo— se acabard este falso paratso?»” Sin embargo, no conviene abusar del concepto de scatdstrofe natural», que se utiliza con demasiada frecuencia para referirse a fenémenos que no tienen mucho que ver con Ja naturaleza, con el fin de esquivar las responsabilidades humanas y dar la culpa de todos los males al destino. Este es el caso del hambre del Africa subsahariana, que depende menos del cambio climéti- co que de la destruccién de una agricultura de subsistencia re- emplazada por el tipo de cultivos que pedfan los mercados euro- peos. Que el hambre tenga una presencia cada vez mayor en nuestro mundo, y que haya hecho su aparicién incluso entre las capas pobres de los paises més ricos, es un fenémeno que difi- cilmente podemos explicar a partir de la naturaleza, a no ser que hagamos referencia a lo que llamamos, de forma bastante ine- xacta, la «naturaleza humana». + John S. Lewis, Rain of irom and ice, Reading, Helix Books, 1996, p. 205. 34 BL ESCENARIO DE LA HISTORIA 1.6. HISTORIA Y ECOLOGIA Tal vez haya quien piense que la relacién del hombre con su en- tormo fisico es una cuestién que debe considerarse desde el punto de vista de las ciencias naturales y que tiene poco que ver con la historia. No es asf. No s6lo porque el medio es un condicionante de Ja evolucién de las sociedades humanas —por ejemplo, la abundancia 0 escasez de combustibles naturales ha tenido impli- caciones importantes para el desarrollo de la industrializacién en los diversos pafses—, sino porque las sociedades influyen a su vez en el medio: las relaciones de los hombres con el medio se deben estudiar también desde un punto de vista cultural e histérico, Los hombres de nuestra cultura —Ia de los europeos y de sus descendientes instalados en otros continentes— han visto tradi- cionalmente la naturaleza como algo que les habfa sido dado para su servicio, no como un medio del que formaban parte: la con- quista 0 el dominio de la naturaleza se presentan normalmente como signos indiscutibles de progreso. Hay otras civilizaciones, en cambio, que han aprendido a vivir en un equilibrio mas efecti- vo con su entorno, a utilizarlo de una forma distinta, menos ex- poliadora. Este es el caso, por ejemplo, de las civilizaciones ame- ricanas anteriores a la conquista espafiola, como lo muestran la utilizacién combinada de los pisos ecolégicos de los Andes por los pueblos peruanos, la forma en que los indigenas de la Amazonia habfan aprendido a explotar el bosque con criterios conservacio- nistas 0 la agricultura de los mayas. La accién del hombre sobre el medio es muy compleja, pero no puede decirse que los europeos hayan procedido con sensatez en este terreno. Cuando se habla de los «intercambios» entre Europa y los continentes «descubiertos», por ejemplo, nos solemos limitar a hacer un inventario de las especies animales y vegetales que han pasado de uno a otro. Pero la actuacién de los europeos sobre el medio en las nuevas tierras a las que llegaban fue mucho més allé de la introduccién de especies titiles, puesto que con ellas también levaron plagas, malas hierbas y regalos de tan dudoso valor como Ja rata 0 como algunos animales domésticos que se volvieron sal- vajes en muchos lugares, como los caballos y los perros (en Nue- va Zelanda incluso las ovejas se volvieron salvajes). Las malas hierbas venfan mezcladas con las semillas de cereales, sin haber sido llevadas exprofeso, pero su efecto fue a menudo devastador. Segufan a los europeos dondequiera que fuesen: el sesenta por ciento de las peores de Canada y la mayorfa de las de Nueva Ze- Janda o del Sur de Australia son de origen europeo. En Pert plan- tas como el trébol lo invadieron todo y ayudaron a preparar el te- rreno para la sustitucién completa de la vegetacién (la de origen Curopeo estaba mejor adaptada para resistir el pastoreo de los grandes rebafios). En la Pampa argentina sélo la cuarta parte de Jas plantas que crecen esponténeamente son nativas. Las malas hierbas fueron un elemento esencial del imperialismo ecolégico europeo (iio hubo, en cambio, los mismos efectos de retorno so- bre una Europa que se apropié de las nuevas plantas cultivadas). ‘Cuando decimos que los europeos acomodaron el ecosistema de otros continentes a sus necesidades, lo acostumbramos a in- terpretar en términos de la introduccién de una agricultura avanzada en sustitucién de una explotacién més primitiva (es, por ejemplo, el argumento que se utiliza para justificar la expo- liacién y el exterminio de los indios norteamericanos). A menu- do no fue asf. En lugares como México o Pert los sistemas agra- ios indigenas estaban acomodados al medio y los cambios imprudentes que hicieron los colonizadores supusieron un retro- eso. Conocemos, por ejemplo, el caso del valle del Mezquital, al norte de la actual Ciudad de México. Esta zona tenfa en tiempos indfgenas una agricultura intensiva irrigada, rica y compleja, que los otomis habfan desarrollado durante cuatro siglos de ocupa- cién del territorio y que mantenfa una poblacién muy numerosa. La introduccién de las ovejas por parte de los espaftoles, y su ac- tuacién para forzar el aumento de los rebafios (por ejemplo, que- mando los bosques para disponer de més pastos) lo cambi6 todo. A fines del siglo XVI un 60 por ciento de las tierras esta- ban dedicadas a pastos y el retroceso de la produecién agricola habia hecho disminuir catastr6ficamente la poblacién: el resul- tado no fue crear un nuevo paisaje a la europea (era més «euro- peo», en el sentido de avanzado, el de antes), sino un territorio medio desierto que producfa mucho menos que en los tiempos anteriores a la conguista. Todo ello debe servitlé al historiador para entender que la re- Jacién del hombre con la naturaleza es muy compleja. No pode- ‘mos contentarnos con verlo como un conquistador que lucha para dominarla, pero tampoco basta con deplorar el impacto nocivo de su intervenci6n; debemos esforzarnos en entender que entre el hombre y el medio hay una relaci6n de simbiosis, o mejor de per- tenencia. Que el hombre estd en Ja naturaleza, porque forma par- te de ella: que su propia evolucién esta estrechamente condicio- nada por las posibilidades que le ofrece el medio en que vive. No mistoRIA ¥ EcoLoGiA 35 36 EL ESCENARIO DE LA HISTORIA * No sélo europeos, como Marco Polo o Guillermo de Ruysbroeck (aunque haya serias dudas sobre el viaje del primero, ‘que, al parecer, nunca estuvo en China), sino rabes como Ton Khaldun 0, sobre todo, Ton Batuta, que deseribe China, Ia India y el imperio afticano de Ms Un grupo de norteamericanos, entre los cuales Figuraba Edgar allan Poe, esta- ban convencidos, a mediados del siglo 2x, de que habia espacios habitables en el interior de Ia tiera: un mundo subte~ rrineo al cual se podia acceder por una entrada que se hallaba en la Antértida, podrfamos entender muchos episodios de ascenso y de decaden- cia de los pueblos en la historia, si dejésemos de tomar en cuenta informaciones tan esenciales como las que se refieren a la relacién de las sociedades con su entorno. 1.7, LOS MAPAS Y EL DESCUBRIMIENTO DEL MUNDO Una visién estrictamente eurocéntrica de la historia hace que a menudo se hable del «descubrimiento» de tierras y continentes por parte de los europeos, en un proceso que se desarrolla en tres grandes etapas. La primera tuvo lugar en la baja edad media y es la que Ilev6 a los viajeros del viejo continente a conocer el con- Junto de tierras que van desde el Atlético hasta China y desde Es- candinavia hasta el norte de Africa. La segunda se inicié con la egada de los espafioles a América en 1492 y tuvo este continente como objeto esencial. ¥ la tercera se desarrollé desde mediados del siglo xv a mediados del siglo xix, cuando se completé el mapa de Oceanfa, se conocié el interior de Africa y se descubri6 Ja Antértida, acabando con los grandes mitos del paso del noroes- te ode la gran tierra austral."* Pero nuestras ideas sobre esta cuestiOn son muy sesgadas. Con- memoramos los quinientos afios de la legada de Vasco de Gama a la India como un gran acontecimiento de la historia de los «des- cubrimientos». Pero el Indico era navegado desde hacia milenios por muchos pueblos, de forma que no habfa en él nada por des- cubrir. Los portugueses pudieron llegar a la India gracias a la ayu- da de pilotos musulmanes que conocfan aquellas aguas y se hicie- ron entender en Calcuta porque encontraron a un nativo del norte de Africa que hablaba castellano. Consideremos, para poner otro ejemplo, el caso del Pacifico, «descubierto» por Vasco Nafiez de Balboa el 25 de septiembre de 1513 (un escribano redact6 inmediatamente la oportuna acta de toma de posesién del mar en nombre del rey de Castilla) y ex- plorado sistemsticamente en el siglo xvi. Hubo muchas explo- raciones europeas a lo largo de tres siglos, pero todas las islas a que legaban los europeos estaban pobladas —o lo habfan estado con anterioridad, antes de que se agotaran sus recursos— por hombres que las habfan descubierto mucho antes. La primera oleada de pobladores del Pacifico, procedente del SE asiatico, legé hace unos 50,000 afios. Hubo todavia una segunda, hace unos 3.500 afios, que ocupé buena parte del espacio insular ha- LOS MAPAS Y EL DESCUBRIMIENTO DEL MUNDO 37 bitable, y otras posteriores acabaron de explorar Ja totalidad del espacio (figura 1.12). En 1513 no quedaba nada por descubrir en Oceania. Lo mismo podria decirse del «descubrimiento» de Africa por los exploradores de fines del siglo xvi y de la primera mitad del xix, desde Mungo Park a Livingstone. El engima del curso del Ni- ger, que apasionaba a los geégrafos europeos (habia quienes pen- saban que se extingufa en un gran pantano en el centro del de- sierto y otros que suponfan que era un brazo del Nilo, o incluso del Congo) se desvel6 en 1824, cuando el comandante Denham, reamene © ‘Nueva Zelanda Rutas de la expansion polinesla = Figura 1.12, Etapes del [9] Micronesia bcuct d as as dl | Faalco (de L.LucaCaal > ames tt 300026 Sloreay ote, The Mito Melanesia IC) and geography of aman P3000. C. 300d.C Pence ‘genes, Princeton, Princeton Polinesia ‘University Press, 1996, p38), > 300 4.€. 1000 4.€. 38 BL ESCENARIO DE LA HISTORIA Figura 1.13. Un rebbelib que habia cruzado el Sahara desde ‘Tripoli, lleg6 a Sokoto, cuyo soberano, Muhammadu Bello, le dibujé en la arena un mapa del curso real del rio, Hay, en cambio, un descubrimiento interior del mundo europeo que no se produce en extensién sino en altitud: es lo que podria ‘mos llamar el descubrimiento de la montaiia. La civilizacién ur bana europea ha vivido alejada por completo de la montafia hasta el siglo xv: la consideraba un espacio salvaje y hostil y, en conse- cuencia, la ignoraba; no subia a ella. La primera ascension al Mont Blanc es de 1787 y a principios del siglo x1x las montafias del mundo eran tan poco conocidas que se pensaba que el Chimbora- zo, el volcan de Ecuador de 6.272 m de altura, era la cima més alta del mundo. ¥ todavia hay otro cambio en la percepcién del espa- cio que est relacionado con la velocidad del transporte, que no LOS MAPAS Y EL DESCUBRIMIENTO DEL MUNDO 39 s6lo modifica sus dimensiones en términos de nuestros ritmos vi- tales, sino también las relaciones entre los mismos hombres. ‘Tendemos a asociar el conocimiento del mundo con su repro- duccién en mapas; pero los mapas son mucho mas que descrip- ciones objetivas del espacio. Los mapas europeos anteriores al si- glo XIV se limitaban a la zona del mundo cercana al Mediterraneo y ofrecfan una representacién teol6gica, con Jerusalén como cen- ‘ro del universo. La necesidad de mapas mas exactos esté asociada sobre todo a Ja navegacién. Los indigenas de las islas Marshall, por ejemplo, construfan unos rebbelib hechos con bastones que indicaban no sélo las diversas islas, sino la configuracién de las masas de olas, que les servian para orientarse entre unos islotes bajos, dificiles de ver desde sus embarcaciones (figura 1.13). Desde 1300 se produjo en Europa una «revoluci6n geogréfica» protagonizada por los «portulanos», que representaban las costas ¢ indicaban los accesos a los puertos y los escollos que podian si nificar un peligro. Los mapas eran utilizados entonces casi exclu- sivamente por los navegantes, pero desde el siglo xv se empeza- ron a difundir entre el piblico. Este fenémeno esté estrechamente + Muerte por célera © Borda ee ans Figura 114, En 1885 un médico de Londres, John Snow, fue representando los domicilios de los que morfan de célera sobre un plano de la ciudad en ‘que se indicaban también las fuentes due suministraban agua a la poblacién. La concentracién de puntos en torno a tuna fuente de Broad Street, que luego se escubrié que estaba contaminada por tuna cloaca, permitié que las autoridades la cerrasen, con lo cual acabé la epidemia, 40 EL ESCENARIO DE LA HISTORIA + Hlubo catastros en el Imperio roma- no; desaparecieron durante la edad me- dia y empezaron a hacerse de nuevo en los siglos xv1 y xv. La capacidad de ca- tastrar Ia propiedad es una de las medi- das de Ia eficacia del estado, Estados dé- biles, como el espatiel, no conseguirfan completar un catastro de la riqueza nisti- ca hasta mediados del siglo 2x, Figura 1.15. La geopolitca utili los mapas de forma poco objetiva para dar apoyo alas reivndicaciones politicas, Es fécil ver, por ejemplo, que en este mapa ‘leman las manchas negras que indican los pobladores de origen germénico que habia en Letonia (Lettland) dan una impresién visual que no corresponde al hecho de que sélo eran un 3,8 por ciento del total de habitantes del pats, fen contraste con un 73,4 por ciento de letones, relacionado con el interés suscitado por los descubrimientos de tierras nuevas, pero también con la consolidacién de los estados y con la ambicién, por parte de los gobernantes, de llegar a contro- lar efectivamente los recursos del pais y los hombres que vivian en 41, alo cual contribufan los «catastros»* o mapas de la propiedad, que eran un instrumento indispensable para el reparto de cargas ¥ de impuestos, Ee PE ONE Ys Bas fle = inden stedten [QU StS Bevélkerung - Steatevolk Deutsche Estland 4.116325 969976 (87.7%) 20.270 (1.8%) Lettlang 1844805 1.354.126 (734%) 70.968 (38%) Litauen 2.220.000 1.778.220 (80.10;.) 31.968 (14%) Memelgeblet 147.000 36.897 (25,1 946 (438%) Pe 31,148,000 21.554.416 (692") 1.214.772 (3.9%) jotr. deutsche Ostgebiete: verdrangte Deutsche 1.000.000) Deutschen in Estland Lettland leben nicht in geschlossenen Sprachinsein. Die su! matigche. Punktdarstellung zeigt nur ihre-| Verteilung. nicht ihre Stirke an, 1LOS MAPAS ¥ EL DESCUBRIMIENTO DEL MUNDO 411 Mapas y planos han sido herramientas vitales (figura 1.14) para comprender el mundo, pero han servido también para finali- dades politicas y propagandisticas, con la ventaja de presentarse con un aire de falsa objetividad, de «descripcién cientifica», es- condiendo los intereses reales a que sirven o los prejuiicios que los inspiran. El uso de los mapas como elemento justificador de aspi- raciones de expansién territorial por parte de la geopolitica ale- ‘mana (figura 1.15) es un ejemplo de las posibilidades de manipu- lacién que ofrece la representacién cartogréfica. Criterios geopoliticos fueron usados también desde uno y otro bando du- rante la eguerra fra» (y acabada ésta, los te6ricos del «nuevo or- den mundial» pretenden reemplazarlos por otros que consagran la idea de «globalizaci6n»). Por lo que se refiere a los prejuicios, no es casual que nuestras representaciones del mundo estén hechas de forma que Europa y América del Norte aparezcan en la parte de arriba (lo cual no es més natural que situar Africa arriba y Europa abajo, como hizo Idrisi en su tiempo y como algunos ge6grafos australianos han he- cho en el nuestro) (figura 1.16). Para quien quiere conocer no sélo la historia sino las realida- des sociales de su tiempo, el mapa es un instrumento esencial, pero es un instrumento que debe usarse criticamente, evitando cometer anacronismos como el de transportar al pasado unos e5- tados y unas fronteras que entonces no existfan (esforzéndose, en cambio, en percibir el espacio como lo hacfan los hombres de otros tiempos), y desenmascarando las formas en que una repre- sentacién puede convertirse en vehiculo de prejuicios inconfesa- dos*. Figura 1.16. Dos formas de ver el ‘mundo: desde la Espana franquista y desde Chicago + Aunque las limitaciones episternol6- sleas y politicas dl discurso espacial han ‘de movernos a la humildad, no han de orzamos a tirar todos nuestros mapas. Por el contrario, deben persuadimos de la necesidad de conservar y reformar es- tos mapas, reconociendo que en Ia forma fen que concebimos el mundo estén en Juego cuestiones ideolégicas de gran im- portanciae (M.W.Lewis y KE.Wigen, The iiyth of continents. A ertgue of merageo- ‘graphy, Berkeley, University of California, Press, 1997, p. 205). 42 EBL ESCENARIO DE LA HISTORIA LECTURAS RECOMENDADAS, Campbell, 1994, Crosby, Alfred W,, Imperialismo ecoldgico, La expansién ica de Europa, 900-1900, Barcelona, Critica, Ecologia humana, Barcelona, Salvat, y B. Napier, El invierno césmico, Madrid, Alianza, 1995, Deléage, Jean Paul, Historia de la ecologia, Barcelona, caria, 1993. Duplessy, Jean-Claude, y Pierre Morel, Temporal sobre el planeta, Madrid, Acento, 1993. 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EL NUMERO DE LOS HOMBRES: VIDA, SUBSISTENCIA Y MUERTE DE LOS SERES HUMANOS 2.1, ELNUMERO DE LOS HOMBRES La poblacién humana del planeta no ha sido siempre la misma; ha ido creciendo, y lo sigue haciendo, a ritmos muy diversos. Por lo que sabemos, el niimero de los hombres, expresado en millones, hha evolucionado del siguiente modo desde hace unos doce mil afios, es decir, desde el afto 10,000 antes de nuestra era (o era cris- tiana) hasta cerca del 2000 de esta era (esto es, hasta los tiempos en que vivimos). Poblacién del planeta Afios Millones de habitantes Tasas de crecimiento 10,000 4 1 170 0,037 1200 400 0.07 1500 450 0,039 1800 950 0,249) 1998 5.930 092 El crecimiento, como se puede ver, no es regular, tiene ritmos més rapidos y més lentos: en los trescientos afios transcurridos entre el 1200 y el 1500, la poblacién del mundo crecié poco més de un 10 por ciento; en los trescientos que van de 1500 a 1800, se 44 EL NUMERO DE LOS HOMBRES Figura 2.1. Evolucién de la poblacién ‘mundial (escala en miles de millones) desde el afo 10.000 antes de nuestra era a 1981. “Al final de este capitulo se explica la forma de calcular una tasa de crecimien- to. “A las tasas que se han registrado en Jas dlimas décadas la poblacion del pla- neta se duplicarfa en 37 afios: un ritmo Insostenible que conduciria a que los se res humanos cubriesen en poco tiempo la superficie entera del planeta, Una form Ja répida y bastante aproximada para cal- cular el tiempo que tardarfa en doblarse tuna poblacisn es la de dividie 69,3 por Ia tasa anual de erecimiento, expresada en porcentaje, Poblacion? 2 tooo 8000 «0004000000 aC ete dc. 2000 multiplicé por mas de dos, y en los 198 que hay desde 1800 a 1998, se ha multiplicado por seis (figura 2.1). eCémo evaluar estos ritmos de crecimiento? Tenemos una he- rramienta esencial para hacerlo: la tasa de crecimiento, que ex- presa el porcentaje de crecimiento anual en el transcurso de un perfodo.* La cifra que figura en la tiltima columna del cuadro in- dica, por tanto, el porcentaje anual de crecimiento de la poblacién en el perfodo que va desde la fecha anterior hasta aquella que te- nemos en el mismo renglén: por ejemplo, entre el 10.000 antes de Cristo y el afio 1 de nuestra era, la poblacién ha crecido a un rit- mo del 0,037 por ciento; del afio 1 al 1200, lo ha hecho al ritmo del 0,07 por ciento, ete. Qué significan estas cifras? A la tasa del 0,037 por ciento, que mide el crecimiento en el inicio del perfodo agricola, la poblacion tardaria 1.850 afios en duplicarse; a la del 0,07 por ciento con que ha crecido desde el afio primero de nuestra era hasta el 1200, Io haria en unos mil aftos; a la tasa del 0,92 que se registra del 1800 al 1998 se doblarfa en setenta y cinco.** El numero de los hombres ha dependido sobre todo de su ca- pacidad para obtener subsistencia. De acuerdo con este criterio, la historia de la humanidad se divide habitualmente en dos grandes EL NOMERO DE LOS HOMBRES 45 20.000 Hombre primitivo y actual 70900 Hombre de. Ero-Magnori 250,000 afios 100,000 250,000 Plesitoceno 750.000 mln 2 millones Hota ‘oils 3 millones, 5 millones y 750.000 afios 4 millones 5 millones Plioceno Figura 2.2. De hecho, el hombre mismo, como animal, hha evolucionado bastante, desde la aparicién del Homo habitis, hhace ms de un mallén de anos, pasando por su transformacién fen Homo erectus (con un cerebro mas grande y una inteligencia mayor), en Homo sapiens —entre ellos los ‘Neandertal, que estaban ‘especialmente adaptados ala vida en Ia era glacial y que acabaron desapareciendo—, hasta llegar al Homo sapiens modem, que quizé ha aparecido en Africa, de donde salié hace unos clen mil aftos para poblar el resto del mundo. 46 EL NOMERO DE Los HOMBRES * Steven Mithen sostiene que, en un pe- iodo que va de 60,000 a 30.000 afios an- tes del presente, el Homo sapiens moder- ‘no protagoniz6 una explosion cultural, producto de haber refundido en una sola inteligencia general las capacidades espe- cializadas sobre conocimiento de la nat- raleza, técnica, lenguaje y relacién social que antes funcionaban separadamente. En esta transformacién habia tenido un papel determinante el lenguaje (Steven Mithen, Arqueologia de la mente, Barcelo- na, Critica, 1998). etapas. La primera es aquella en que el hombre era un recolector- cazador, y duré desde sus origenes, muy probablemente en Africa hace entre dos y cuatro millones de afios (es una fecha dificil de fijar, porque es dificil decir cuando se pas6 del hominido al hom- bre) hasta hace unos doce mil afios. La segunda etapa es la era de la agricultura, que s6lo ocupa los liltimos doce mil afios, es decir, una pequefia fraccién (de tres a seis milésimas) de la historia total del hombre, aunque en ella se desarrolle la historia entera de la civilizacién, No es que la primera época, la anterior a la civilizacién, fuera de inmovilismo. Muy al contrario, ésta ha sido, precisamente, la etapa en que el hombre (figura 2.2) se ha diferenciado del resto de animales con el desarrollo del lenguaje, que estaria estrechamen- te asociado al de su inteligencia*, y con la adquisicién de una se- rie de habilidades que constituyen la base de su cultura material: construye utensilios, aprende a cazar colectivamente con eficacia, a utilizar las pieles de los animales para protegerse del frio, a ha- cer un uso controlado del fuego y a gestionar y conservar los re- cursos alimentarios. Esto le ha permitido, en un primer momen- to, adaptarse al enfriamiento del planeta, y més adelante, ir mas allé de su habitat natural célido: ha podido desplazarse hacia el norte, ocupar Asia y Europa (donde algunos hom{nidos habrian legado muy temprano, ya que los restos de Atapuerea parecen da- tar de hace unos 780.000 afios), pasar a Australia (hace 50,000 afios), a América (hace entre 30.000 y 12.000 afios), y poblar el res- to de las islas de Oceania (figura 2.3), Hace unos 12.000 afios las condiciones climéticas empezaron a cambiar: aumenté la temperatura, desaparecieron los puentes te- rrestres por los que se habfa pasado de un continente a otro (0 de los continentes a las islas) a medida que el nivel del mar subfa; se extinguieron algunos de los grandes animales que los hombres ca- zaban, mientras aumentaba la cantidad de plantas que se podian utilizar para la alimentaci6n. Los grupos humanos dispersos por el planeta tuvieron que adaptarse al medio natural que los rodea- ba y establecer pautas culturales diversificadas que les permitie- ron sobrevivir en los habitats en que se habian instalado. El primer paso para esta adaptacién fue el aprendizaje de pen- sar en una alimentacién diferida: de reservar o almacenar lo que no se podfa consumir de inmediato. Después vendria el proceso conjunto de domesticacién de animales y plantas que permitiria enriquecer, con una seleccién artificial, la disponibilidad de ali- mentos del entorno. Es el camino que lleva a la invencién de la EL NUMERO DE LOS HOMBRES 47 bemnicoain atta agricultura (el arte de escoger las especies vegetales titiles y de fa- ‘Figura 2.3. Expansi6n del hombre por vorecer su multiplicacién), y al desarrollo de la ganaderia. ieomnreman aces Con los, elementos de su entorno, las comunidades humanas han ido elaborando ese rasgo esencial de su cultura que es una dieta propia. La alimentacién humana es muy compleja ya que debe abastecernos de 45 nutrientes esenciales (aminodcidos, mi- nerales y vitaminas), y ningtn alimento aislado puede proporcio- narlos todos. Casi todas las dietas tienen como base un cereal (un grano que se puede almacenar, como el trigo, el arroz, el maiz 0 el mijo), pero no hay ningiin cereal que contenga los ocho aminos- cidos que son esenciales para la vida humana, de manera que es necesario asociarlos con otros alimentos que suplan sus carencias: el trigo, el arroz y el maiz, por ejemplo, son pobres en lisina, mien- tras que las lentejas, los guisantes o las judias pueden proporcio- narlas. Cada grupo humano establecido en un medio determinado ha ido desarrollando una cultura de la alimentacién que le permi- te obtener de su entorno todo lo que necesita para su subsistencia: una dieta que, a través de un proceso de adaptaci6n gradual de la propia flora intestinal, acaba creando pautas muy estables. Por este motivo, se entiende que cuando los europeos se han instala- 48 EL NUMERO DE LOS HOMBRES do en otros continentes no se han adaptado a la alimentacién de los nativos, sino que han tenido que llevar sus alimentos bésicos: hhan tenido que reproducir su dieta en las nuevas tierras. Los es- paiioles, por ejemplo, introdujeron en América el trigo, el olivo, la Vid y las ovejas; mientras que los campesinos mexicanos, que en los cinco siglos transcurridos desde la conquista han cambiado su lengua y su religién, han mantenido hasta hoy lo esencial de sus viejas dietas alimentarias. ‘Al final del largo ciclo en el que el hombre ha sido esencial- mente un cazadorrecolector, hace unos 12.000 afios —es decir, hacia el 10,000 a.C.— , habfa en el planeta entre 4 y 10 millones de habitantes (esta Gltima estimacién es un maximo). Después de los primeros diez mil afios del ciclo agrario, a comienzos de la era, cristiana, eran ya unos 170 millones (entre veinte y cuarenta veces més de los que el planeta podfa mantener mientras vivian como cazadores-recolectores). Hacia el siglo vi de nuestra era se pro- dujo el fin de un primer ciclo agricola, el momento en que la po- blacién de Eurasia parecia haber llegado a un maximo respecto de las posibilidades de los sistemas utilizados, y la crisis correspon- diente coincidié con la gran epidemia de peste de los afios 541- 544, la llamada peste de Justiniano, que no sdlo afect6 a Europa sino también a China, Se inici6 entonces un ciclo medieval de expansién agraria que durarfa hasta 1300 aproximadamente, cuando un nuevo agota- miento de las posibilidades se manifest6 con la terrible hambre de 1315-1322, que preparé el terreno para la «peste negra» que asol6 el continente. Una tercera fase de expansién verfa un momento de estancamiento (que coincidié con lo que se acostumbra a llamar la crisis general del siglo xvt y con la «pequefia era glacial»), se- guido de una recuperacién que llevaria a la poblacién hasta unos 950 millones en el afio 1800, un momento en que Malthus, de quien hablaremos a continuacién, pensaba que se estaba legando al méximo que podfa nutrir el planeta. Desde entonces empezaré, sin embargo, el crecimiento explosivo que lleva hasta un presente en que estamos ya muy cerca de los seis mil millones, y se ha mul- tiplicado por seis la poblacién de 1800. Las cifras globales de habitantes, no obstante, no bastan para entender esta evolucién. Podemos considerarlas como la medida del contenido de un depésito alimentado por un flujo de entrada, que son los nacimientos, y vaciado por uno de salida, que son las defunciones. El nivel del dep6sito, es decir el volumen de la po- blacion, depende de estos flujos. Necesitamos, por tanto, conocer- ¥ NACIMIENTO ¥ FERTILIDAD 49. Jos para entender por qué el ndimero de hombres ha llegado a ser més o menos elevado en diversos momentos de la historia. Estos flujos se miden con las tasas de natalidad, de mortalidad y de crecimiento, que se calculan asf: + Tasa de natalidad bruta (Ny): Se obtiene multiplicando el né- mero de nacimientos de un afio determinado (aquel para el cual la queremos calcular) por mil y dividiendo el resultado por la poblacién total en aquel mismo afio (la cifra que obte~ nemos nos da la tasa expresada en tantos por mil) © Tasa de mortalidad bruta (Dy): Se multiplica el némero de defunciones del afio que nos interesa por mil y se divide por la poblaci6n total en aquel mismo afio. + Tasa de crecimiento natural (Ny-Dy): Se obtiene restando de la tasa de natalidad la de mortalidad. Por ejemplo, Inglaterra tenfa alrededor del afio 1750 una tasa de natalidad del 35,0 por mil y una tasa de mortalidad del 30 por mil. En consecuencia, su tasa de crecimiento natural era positiva y se cifraba en un cinco por mil. Empezaremos examinando el flujo de entrada al caudal de la poblaci6n; luego veremos el de salida y podremos considerar, fi- nalmente, el resultado de combinar los dos. 2.2, NACIMIENTO Y FERTILIDAD En la época que se acostumbra a denominar del antiguo régimen demografico —es decir, en todo el tiempo anterior al gran creci- miento de la poblaci6n de los dos iiltimos siglos— la natalidad era muy elevada en todo el mundo. La tasa media era en Europa del orden de un 40 por mil: mas de tres veces la de la Europa actual y parecida a la que hoy tiene Africa. Esta natalidad tan elevada era una respuesta a la alta mortalidad infantil que hacfa que sélo la mitad de los nifios y nifias que nacfan Hegasen vivos a los quince afios de edad. En estas circunstancias era necesario traer al mun- do el doble de los hijos que se requerian para reemplazar los efec- tivos familiares. Un poema euskera, Peru Abarka, fija la formula ideal para la reproduccién de una familia campesina: «dos hijas y tres hijos son suficientes», Esta elevada natalidad no es, sin embargo, «natural». Una na- talidad «natural» —es decir, la que se obtendria si no hubiera nin- 50 EL NUMERO DE LOS HOMBRES * Que todavia se practica hoy en algu nos pueblos, incluso muy civilizados, Una noticia de prensa del verano de 1996 explicaba las medidas que las autorida des hiingaras tuvieron que tomar para evitar la muerte de los reciéa nacides bsndonados, ** Bn el Génesis, 38, £:10, se explica ue Jud tenfa un hijo mayor casado con Tamar al cual maté Dios. Como era cos- tumbre que otro hermano tuviera los hi- jos edel primogénito», si éste morfa, saijo entonces Judé a Onda, hijo suyo: Casate con tu cufiada, a fin de dar suce- sign a tu hermano, Ondn, sabiendo que Ja sucesion no habfa de ser suya (es deci, Aue los hijos serfan reconocidos como de su hermano muerto], aunque se acostaba con ella, derramaba en tierra el semen para que no nacieran hijos con el nombre de su hermano» iin tipo de control— seria mucho més elevada. Sabemos que al- guna forma de control de la natalidad se ha practicado siempre y en todas partes. En el mundo primitivo las formas mds habituales de control eran el aborto y el infanticidio, sobre todo por abando- no a la intemperie,* y en especial el de las nifias, que se practica ba habitualmente, y de forma legal, en la Roma clasica. El més universal de los anticonceptivos era el «coitus interrup- tus», descrito en la Biblia como el pecado de Onén.** Pero no era el tinico, Muchos pueblos primitivos conocfan formas diversas de preservativos masculinos y femeninos, y de espermaticidas. La efi- cacia de estos métodos la demuestra la baja natalidad de las es- clavas africanas, que se negaban a tener unos hijos a los cuales es- peraba una vida dificil, ya que serfan esclavos como sus madres. En la Roma antigua los métodos anticonceptivos eran bien co- nocidos, y si el cristianismo los prohibié, excepto a las prostitutas, el resultado fue sumergir la prdctica para que quedase fuera del alcance del castigo eclesidstico. El aborto era mucho més fre- cuente de lo que se piensa, y era visto como un medio de control que asumfan las mujeres. Una contradiccién obligaba a la iglesia —ya veremos por qué— a prescindir de uno de los mecanismos més eficaces de disminu- cién natural de la natalidad: la lactancia materna del nifio, que provoca amenorrea (cese de la menstruaci6n) e impide que la ma- dre quede embarazada de nuevo. Con la lactancia materna el re- tomo de la menstruacién y de la ovulacién pueden tardar diecio- cho meses (como ocurre en Bangla Desh 0 en Indonesia) o hasta cuatro afios, como en un pueblo del oeste de Africa donde el nifio es amamantado hasta los tres afios de edad. El tinico método de limitaci6n de la natalidad plenamente au- torizado, ¢ incluso recomendado, por la Iglesia era el matrimonio tardio. Los casamientos a edad muy temprana eran cosa de la aristocracia (Julieta, la enamorada de Romeo, no tiene atin cator- ce afios cuando su madre se propone casarla), Las familias que no estaban tan bien dotadas econémicamente esperaban més para hacerlo. El término medio para una mujer europea era casarse a Jos 25 afios, lo que significa que tendria una vida fecunda de unos 15 afios (la edad media al nacimiento del tiltimo hijo era de 40 afios). Un estudio sobre diversos pafses europeos muestra que el na- cimiento del primer hijo tardaba en producirse de 12 a 16 meses después de la boda; del primer al segundo hijo pasaban de 20 a 28 meses (unos dos afios), del segundo al tercero el intervalo podia = NACIMIENTO Y FERTILIDAD 51 ‘aumentar hasta los treinta meses y del pentiltimo al tltimo hijo se acercaba a los cuatro afios. Esto significa que en una vida fecun- da de quince afios, una mujer podfa tener un méximo de seis hi- jos, y que lo més normal debfan ser cinco, de los cuales sobrevi- Vian dos 0 tres, lo que explica las bajas tasas de crecimiento de la poblacién europea entre 1500 y 1700-1750, a pesar de su elevada natalidad, Los grandes limitadores de la fertilidad en las sociedades eu- ropeas habrian sido el matrimonio tardfo y una elevada propor- cién de gente que no legaba a casarse; estos eran rasgos carac- teristicos de Europa que no se daban en otros lugares del mundo. Que las mujeres se casaran a una edad tardfa y que por Jo menos un diez por ciento de ellas quedasen solteras tenia como consecuencia reducir la fertilidad por lo menos a la mitad de lo que habria podido ser con un matrimonio generalizado y temprano. Este seria, en opini6n de algunos, el gran secreto que explicarfa la riqueza de Europa: el ahorro que le ha permitido acumular los recursos y el capital que le han asegurado la pri- macfa mundial.* * La explicacion de la prosperidad por l matrimonio tardio se ha querido apli- ‘Matrimonio tardio y ceibato eran dos fenémenos relacionados _¢L marinano adios querdo pl entre sf. Si en las familias humildes el casamiento se retrasaba Go dal lercto de reser de los slte para asegurarse un mfnimo de seguridad econémica, en Jas ricas "0% un argumento cast universal pare In boda de una hija podia tener lugar a edad muy temprana, pero gnetext or gut ene pon son pox se acostumbraba a compensar con el celibato de algunas de sus irl sailicle dal elibalo rics. Sin hhermanas; ya que dificilmente se las podria dotar a todas de embargo, hay opiniones muy diversas acuerdo con su rango. Lo més probable serfa que algunas de las Sextet de as cusas del smalagroJapo- ‘pequefias entrasen en un convento, lo cual también exigia que lle- ‘seguido una evolucién econémica pareci- ddaala de Inglaterra se debe a que los dos palses son islas grandes, con pocos gas- fos de guerra; para Powelson las seme- varan una dote, pero de menor cuantia. Sin embargo, esta pauta europea que aseguraba un crecimien- to limitado cambié en los siglos xvi y 21x. Mientras las tasas de _jancas proveden de la sdifusion del po- mortalidad descendfan, las de natalidad se mantuvieron elevadas, _‘e™, ete. Hay explicaiones para todos de manera que la poblacién experimenté un crecimiento conside- °° 5° rable que legaria a asustar a los sectores bienpensantes de la so- ciedad, que vetan e6mo aumentaba el ntimero de los pobres a los, que habia que asisti, y que temian, por otra parte, que si crecfan demasiado podian convertirse en un peligro social. Esto ocurria “El padre de Malthus era un hombre en momentos en que la Revolucién francesa y sus principios igua- 10 liberal, seguidor de las ideas de litarios la demanda de un reparto més equitativo de la riqueza— _Pags'ecconseban rel pares ttesoe parto més eat in 1804 se convertiraen el primer profesor habian generado un gran miedo social. tesla de eanomia pale, fron ob Fue entonces cuando Thomas Robert Malthus, un pastor pro- buena. medida una reaccién contra testante inglés**, expuso sus ideas sobre la necesidad de limitar el __‘Punias visa dea padtey todos Ios crecimiento de la poblacién. En 1798 publicaba andnimamente su __Revoluciéa francesa, 52 EL NUMERO DE LOS HOMBRES * Al hablar de «matrimonios» nos refe rimes a uniones de hecho, no s6lo a las legitimadas por las iglesias, Sobre los problemas que presenta esta cuestion del Adelanto de la edad del matrimonio en el siglo xvm inglés, véase Bridget Hill, «The ‘marriage age of women and the demo: grapherse, en History workshop, n. 28 (1989), pp. 129-147, Ensayo sobre el principio de poblacién, en cuyo primer capitulo se deca: «La poblacién, si no encuentra obstéculos, aumenta en una progresién geométrica, Los alimentos sélo aumentan en una pro- gresi6n aritmética.» Este hecho obliga a un control constante so- bre la poblaci6n debido a la dificultad de asegurar los medios para su subsistencia. Estos controles —checks, en inglés— podfan ser preventivos —los que sirven para evitar la aparicién de nueva po- blacién en exceso—, 0 positivos —los que reducen el exceso que ya existe. Detrés de estas reflexiones, enunciadas como si se tratase de un problema natural —del ajuste de los pobladores a los me- dios de subsistencia—, habfa el propésito explicito de combatir la idea «revolucionariay de que un mejor reparto de la riqueza pu- diese resolver el problema: «Ninguna pretensién de igualdad, nin- ‘guna reglamentacién agraria, por radical que sea, podré eliminar la presién de esta ley». La edici6n ampliada de 1803 introducfa el nuevo concepto de «control moral» que le permitia sostener que la situacién se podia arreglar sin egar al desastre, si los pobres aceptaban controlar su natalidad —por medio de la abstinencia sexual, no de los medios anticonceptivos, que Malthus condenaba como «vicio»—a la vez que limitaban sus demandas sobre los bie- nes escasos: casarse cuando no se tenfan medios suficientes para ‘mantener a una familia era inmoral. Qué estaba sucediendo? ¢Por qué las sociedades europeas es- taban dejando de ajustar la natalidad a las posibilidades objetivas de una reproduccién que no pusiera en peligro su subsistencia? Una de las causas fundamentales de estos cambios fueron las nu vas oportunidades de trabajo generadas por la industrializacion (que, en una primera etapa, cuando utilizaba técnicas elementales que estaban al alcance de las mujeres y los nifios, cre6 un estimu- Jo econdmico para el aumento del tamaiio de la familia. El creci- miento de la poblacién que se produjo en Inglaterra desde el siglo XVI tuvo menos que ver con la disminucién de la mortalidad, como se aseguraba tradicionalmente, que con el aumento de la fertilidad, debido posiblemente a que los matrimonios empezaron a ser més tempranos y mas frecuentes." Parece que hay un para- Ielismo entre la evolucién de la fertilidad y la de las ganancias fax miliares. La combinacién de un matrimonio temprano, del aumento de la ilegitimidad (de 1680 a 1800 la tasa de ilegitimidad subi6 en In- glaterra del 1,5 al 5 por ciento) y del descenso de la mortalidad hi- cieron crecer la poblacién de Europa en relacién con la de los otros continentes durante el siglo x1% y pudieron haber compro- = ——————erv— NACIMIENTO Y FERTILIDAD 53 metido sus posibilidades de crecimiento econémico, Mientras la demanda de trabajo infantil de las fabricas y las minas se mante- nia, las familias obreras no vefan ninguna razén para haéer caso de las admoniciones maltusianas y mantenfan elevadas tasas de fertilidad. Las ciudades, donde se concentraba la nueva demanda de trabajo, crecian con rapidez, mientras los campos empezaban a despoblarse, en especial a partir del momento en que se impu- sieron las nuevas formas de agricultura mecanizada que necesita- bban menos brazos. A fines del siglo x1x Europa empezaba a estar superpoblada: contenfa un 25 por ciento de la poblacion mundial, es decir, uno de cada cuatro habitantes del planeta. La expansién del comercio smundial y la llegada de los cereales producidos en ultramar esta- ba acabando de arruinar su agricultura y los hombres desplazados del campo no encontraban ya acogida en una industria que se es- taba mecanizando, de manera que millones de europeos tuvieron que emigrar hacia otros continentes, y muy en especial a Améri- a, 1Lo que podfa haber sido un grave problema de superpoblacién se resolvié al cabo por la erevolucién tranquila» de la disminucién de la fertilidad: uno de los rasgos més importantes de la historia demogréfica moderna, Este fenémeno habfa empezado en el siglo xvur en las capas elevadas de la sociedad urbana, cuando las mu- jeres se resistieron a seguirse sometiendo a una vida de partos continuados —que representaban un peligro mortal para ellas—y optaron por restringir los nacimientos, a la vez que amamantaban y eriaban personalmente a unos hijos ms escasos y, por lo mis- ‘mo, mas queridos. Esta limitacion de los nacimientos no se extenderfa a las capas mis pobres de la sociedad hasta que cambiaran sus expectativas, La reestructuracién del trabajo industrial como consecuencia de a mecanizaci6n fue acompafiada de restricciones a la ocupacién de los nifios: las leyes prohibfan ahora que sé les hiciera trabajar antes de una edad determinada y obligaban a escolarizarlos. De este modo los hijos tenfan unos costes més grandes de manteni- miento y rendfan menos beneficios. El cabeza de familia, que an- tes no aportaba més de una cuarta parte del ingreso familiar, pro- porcionaba ahora las dos terceras partes del mismo. La base material de la familia fue revolucionada y cambiaron los papeles de sus diversos miembros. Pero no todo ha sido fruto de razones econdmicas. Las jornadas laborales més cortas, gana- das por las luchas obreras, hacfan posible que los hombres pasa- 54 EL NUMERO DE LOS HOMBRES * Los preservatives masculinas, usados Inicialmente con una funcién de defensa contra las enfermedades venéreas, eran ‘mucho mas habituales de lo que se plen- sa en general. Un documento de la Au- digncia de Catalunya (Archivo de la Co- rona de Aragon, Audiencia, reg. 1272, ff 202-203), fechado en 1816, revela que en la ciudad de Barcelona se introductan trandes partidas de «condones, denomi- rnacién que utiizan con toda normalidad Jas autoridades civiles y eclesidsticas, como refiriéndose a algo bien conocido. ran més horas en casa y les unfan més a la familia. Las propias mujeres tuvieron, por otra parte, un papel fundamental, al negar- se a seguir aceptando su sumisién pasiva y tomar decisiones sobre Ia continuidad o la interrupcién del embarazo. Esta confluencia de factores explica que la légica del control de la natalidad se extendiera a la clase obrera. La limitacién de la fer- tilidad era una respuesta racional a la nueva situacién que afron- taban las familias trabajadoras. A principios del siglo xx prolife- raba en Inglaterra una literatura popular que instrufa sobre la anticoncepcién y se estaba creando una auténtica industria de los preservativos,* favorecida por la vulcanizacin del caucho que mejoraba la calidad de los condones —un anuncio decfa que «usa- dos con cuidado, pueden durar afios» sf acabé lo que habitualmente se denomina el sistema de transicién del viejo al nuevo régimen demografico, es decir, la eta- pa en que la poblacién europea vio descender su mortalidad, pero mantuvo alta su natalidad, lo que dio lugar a un aumento de po- blacién que fue una de las razones que impulsaron la emigracién de la poblacién europea a ultramar y el imperialismo. La causa que puso fin a esta etapa fue ese gran caida de las tasas de fecun- didad de la poblacién europea —y del mundo desarrollado—, que hha hecho que su crecimiento poblacional se estanque. 2.3. MATRIMONIO Y FAMILIA La familia estaba organizada tradicionalmente en funcién del li- naje: eran los padres quienes negociaban los casamientos de los hijos de acuerdo con los intereses colectivos de la familia. Pero ha- cia el siglo IV de nuestra era, la Iglesia empez6 a intervenir en las reglas que regfan el matrimonio al introducir una serie de restric- ciones que dificultaban los casamientos entre parientes y, en con- secuencia, la transmisin de las herencias dentro del linaje, y que contribufan a que quienes abandonaban la familia para integrar- se en la Iglesia pudiesen heredar. Hacia el siglo xt los eclesiasti- cos hicieron nuevos y considerables esfuerzos para controlar de forma todavia més estricta el matrimonio, y lo convirtieron en disoluble. Estos dos principios —exogamia (es decir, prohibicién de contraer matrimonio entre personas con unos determinados grados de parentesco) e indisolubilidad—pusieron en manos de la Tglesia un elemento de control social muy importante. La familia seguia, no obstante, integrada dentro de las solida- EC ridades amplias del linaje y la vecindad, El matrimonio se concer- taba entre familias (figura 2.4) —es el padre quien «entrega» la hija al novio— y la unided conyugal era una solidaridad secunda- ia dentro de un mundo de vinculos mas amplios, en que hechos como el nacimiento, el casamiento y la muerte tenfan una dimen- ssi6n colectiva, con practicas y ritos de amplia participacion. ‘Al margen de las fijadas por la Iglesia, la comunidad campesi- na tenia sus reglas propias. Contra la vieja ilusi6n que queria pin- tar el mundo campesino como un reducto de pureza ¢ inocencia, sabernos hoy que en él dominaba una actitud ante el sexo mucho més libre que la del mundo urbano y poco preocupada por las re- glas eclesidsticas. En Galicia, por ejemplo, los propios clérigos consideraban licita la relaci6n sexual entre personas solteras. En el mundo campesino europeo, las concepciones prematrimoniales no s6lo no estaban mal vistas, sino que eran muy frecuentes. En la Inglaterra del siglo xvi los hijos nacidos de concepciones prema- trimoniales llegaron a ser casi el 40 por ciento de los nacimientos; si afiadimos a esto un 5 por ciento de hijos ilegftimos nacidos vi- vos, resulta que sélo uno de cada dos nacidos era concebido de acuerdo con las reglas morales predicadas por las iglesias. A quien no se aceptaba en este mundo era al bastardo que nacfa al margen de una familia que se ocupara de mantenerlo, puesto que se con- vertiria en una carga para la comunidad. Este rechazo formaba parte de las reglas con las que la comunidad campesina controla- ba la reproduccién, impidiendo la sobrecarga de unas bocas que debfan mantenerse con unos recursos limitados, E. Lhe dak macribvoningnelos hs Gees foam te Bern pile Comlle Dengeltst del elt acptitne AEQuarct emlo, Arjarin se Ponases, yGarsicesayed éombe Bongelten Barf 3 oy omicitints dept, Pritzangant la grasa tel Sport Sq _Ppagente Lite de Saiyet arnde Cnt derouZt ons efeanens Lei Stayt ydala g? 5% ana Henmetmia Saych PRS Larastucinater sn pera air Baabina, Cy Teypheline nade eit Sts ay fille sebe 8! Baabare, per zeictve Loa (aits Scse Den bare, 7 Say, Sen fats formas, i pnts LOW, _ Gp siggetesigiines: as MATRIMONIO 1 FAMILIA 55 Figura 2.4. En este documento de 1585 los eefiores Guerau Joan de Barbera y de Cervellé y Guerau de Sayol ‘acuerdan las condiciones de casamiento de sus hijos respectivos, Luis de Sayol «ahora de edad de ocho aftos, o cerca» y Raphela de Barbera, «ahora de edad de tes aftos, 0 cercas (como se puede bservar no estaban muy seguros de la edad de los his). Los padres prometen (que, cuando tengan edad de contraer ‘matrimonio, les harén firmar los capitulos y pactos que derivan de su acuerdo, 56 EL NUMERO DE LOS HOMBRES El hecho de que los nacimientos ilegitimos parezcan mucho més abundantes en las ciudades que en el campo, se debe a que los nacidos en el medio rural son a menudo abandonados en los hospicios de las ciudades cercanas. En la segunda mitad del siglo xvit, los bastardos representaban el 25 por ciento de los naci mientos en Toulouse (uno de cada cuatro). En Parfs, en 1772, hubo 7.676 nifios abandonados en los hospicios, lo que represen- tarfa el 40 por ciento de los nacimientos de la capital, pero hay que tener en cuenta que més de 3.000 de éstos procedian de los pueblos: los llevaban transportistas especializados en este trabajo, que los cargaban a la espalda en cajas, de tres en tres —a veces desde mas de 300 kilmetros de distancia—y los alimentaban con leche de vaca. Por el camino iban dejando a los que moran, y los reemplazaban por otros. Si damos un vistazo de conjunto a la evolucién histérica de Jos nacimientos ilegitimos, podemos ver que, después de haber disminuido proporcionalmente desde fines del siglo xvt hasta mediados del xvi —en la época en que las iglesias hicieron un Figura 2.5. Evolucion de Ja gran esfuerzo de conversién y control del mundo campesino—, ilegitimidad en Inglaterra y Gales (1550- volvieron a aumentar de forma considerable a finales del siglo Caner ie setts, Basandy —-*V1ILY a principios del xxx (figura 2.5). Bste crecimiento de la ile and ts comparative histon, Londres, gitimidad se registré sobre todo en el campo y una de sus cau- Edward Arnold 1980), sas fue, precisamente, la disolucién de la comunidad campesina “asa de legltimidad (cecal interior) “asa de ilegitimidad (eseala exerion) {ocs de eit parr t fpoca dl regero cid MATRIMONIO I FAMILIA. 57 en nombre de las exigencias de una agricultura comercializada {que no aceptaba los controles colectivos sobre el cultivo, los pra- dos y los bosques. La implantacién del orden burgués en los ‘campos, con el libre uso de la propiedad, dejé un vacio en la le- gitimacién de las viejas reglas de control de la reproduccién que la condena moral de las iglesias no consegufa llenar. Cuando se advirtié que la autoridad politica eliminaba los castigos por for- nicaci6n y construfa hospicios para recoger a los nifios abando- nados, los risticos creyeron que se habian cambiado también las reglas morales. Como dijo una campesina alemana: «Tener hijos esta permitido. El rey lo ha autorizado». ‘Ala vez que retrocedia la moral comunitaria, también Io ha- cian la fuerza del linaje y de la familia extensa.* En el transcurso * La familia extensa se conservaria so- del siglo xvi al xvi aparece un nuevo espiritu doméstico y la fa- _‘Pre a.e los dos extremes del especro milia nuclear —compuesta por el matrimonio y los hijos, con un. ey ea dimensi6n normal de 4 a 5 personas— se convierte en una unidad _ 12 propiedad familiar asociada al Linge, y aislada del mundo exterior, que vive en un hogar cerrado que aho- a a F fmmigraban a la cludades (0 los europeos ra es como el castillo de Ja familia (en contraste con Ja casa de gue emigraban a ultramar) y que procu- puertas abiertas de tiempos anteriores). En relacién con estos raban establecer redes de solidaridad con gente procedente de sus pucblos, familia cambios aparece una concepcién amorosa del matrimonio —el_ ene Ps sentimentalismo como justificacién del casamiento— y los hijos se reintegran en la familia (antes permanecian muchos afios lejos de los padres, tanto por la lactancia como por el aprendizaje). La relacién madre-hijo, que anteriormente era poco valorada, cobra tuna nueva fuerza. Las mujeres conservan a sus hijos con ellas y re- fuerzan su papel como transmisoras de las normas sociales. Mi- chelet diré: «Toda mujer es una escuela.» En la familia acomoda- da, la madre educa y Ia escuela instruye; en la familia obrera, en que la madre ha de trabajar y no puede cumplir esta funcién edu- cativa, la escuela se limita a educar a los nifios, que no se instru- yen en lugar alguno. El debilitamiento del control efectivo de las iglesias en el te- rreno de la moral dio prominencia a las normas higiénico-mora- les expresadas por los médicos, que formarian una moral laica que respondia a motivaciones sociales convencionales y tenia poco que ver con la ciencia. En 1758 un médico de Lausana, Tis- sot, publicaba Onanismo. Tratado de los desérdenes producidos por la masturbacién, un libro que tendria un éxito espectacular. De acuerdo con las ideas de Tissot, los médicos atribuyeron a la masturbacién todas las enfermedades imaginables: tuberculosis, impotencia, imbecilidad, catalepsia y, sobre todo, la locura. Sa- bemos de muchos nifios y nifias a los que, siguiendo consejos 58 EL NUMERO DE LOS HOMARES * Bl doctor Baker Brown, que legs a presidente de la Sociedad médica de Lon- des, publics en 1866 Ia historia de 48 ca- 06 en los que habia practicado Ia elitori- ddectomia para curar casos de epilepsia, histera, ete. % James Boswell, Life of Johnson, 22 de marzo 1776. s+ Fourier dejé estas ideas escritas en El nuevo mundo amoroso, pero sus disc: pulos, conscientes del rechazo social que provocarfan, no se atrevieron a publicar- Tas, médicos, se Jes hacfa dormir con camisa de fuerza o encadena- dos para que no se masturbaran; en el siglo 20x reaparecerfan los cinturones metélicos de castidad, ahora de uso infantil (en 1930 todavia se vendfan, algunos con un aparato eléctrico), y se llega- ria a someter a las criaturas a la clitoridectomia (ablacién qui- riirgica del clitoris), la enervacién de los genitales o la castra- cién.* Los médicos apoyaban la idea de que la esposa tenfa la obliga- cién de someterse al marido para complacerle y de que una mujer decente no debia experimentar ningiin placer en esta relacién. Lo cual iba unido a las concepciones moralizadoras de una sociedad Durguesa en que se vestfan las patas de los pianos de cola, pero en que habla mas prostitutas y mds burdeles que quiz nunca antes en la historia. En el Londres victoriano, paradigma de esta nueva moral, se dice que haba 120.000 prostitutas que empezaban la profesidn a los 10 afios de edad (en sus hospitales se atendieron en ocho afios 2.700 casos de enfermedades venéreas en mucha- chas de 11 a 16 afios). Los médicos calculaban que la vida profe- sional media de una prostituta desde el momento en que se ini- ciaba en su trabajo era de cuatro afios. En 1851 hubo en Londres 42.000 nacimientos ilegitimos registrados y decenas de miles de nifios muertos al nacer: el Tamesis arrastraba casi cada dia cadé- veres de recién nacidos. El mayor rigor de las exigencias morales sobre las mujeres res- pecto de los hombres tenfa su fundamento en la funcién especial que se asignaba a éstas en la transmisién de la propiedad por la herencia, Como dirfa el doctor Samuel Johnson, «la castidad de las mujeres tiene la mayor importancia, ya que toda la propiedad depende de ella».** Se comprende por ello que en su programa de socialismo Fourier sostuviera que la destruccién del sistema eco- némico y social del capitalismo no se podfa llevar a cabo sin li- 59) 2.4. LA MUERTE «ORDINARIA» Hemos hablado del flujo de entrada de la poblacién. Para enten- der la dindmica de su evolucién, nos conviene tomar ahora en Consideraci6n el flujo de salida: la mortalidad. Las tasas de mor- talidad han cambiado mucho en el curso de la historia. Las tasas actuales son del orden del 10 al 11 por mil, mientras que en la Eu- ropa anterior al siglo x1%, durante el antiguo régimen demografi- Co, eran tres veces més elevadas, del orden del 30 por mil en los ‘afios «normales» y bastante mas elevadas en los muchos afios que nno lo eran y que registraban mortalidades extraordinarias. Esto explica que la muerte estuviera mucho mas presente en la vida co- tidiana de los hombres del pasado que en la nuestra. El primer componente de esta tasa de defunciones era una mortalidad infantil de proporciones que hoy resultan dificiles de jimaginar: Si en la actualidad la mortalidad infantil es de un 7 por mil en los pafses avanzados y sube hasta un 73 por mil en los po- bres, las tasas normales en la Europa de los siglos xvu y xvii eran del 250 al 400 por mil. Lo que se denomina mortalidad endégena, relacionada con el hecho mismo del nacimiento 0 con causas an- teriores a éste, era muy elevada debido a Ia falta de conocimien- tos de los médicos y de las comadronas y a la falta de higiene en la atencién del parto. La mitad de la mortalidad infantil se produ- cfa en el primer mes de vida. El parto era también un riesgo muy grande para la madre. En principio, una de cada diez mujeres morfa en alguno de sus par- tos, ya fuese inmediatamente, por hemorragia, o dias o semanas més tarde, a consecuencia de la llamada fiebre puerperal. En 1795 el médico escocés Alex Gordon pidié que quienes tuviesen que operar se lavasen manos y ropas. Sélo consiguié que se rieran de &: al no conocerse los mecanismos de transmisién de las infec- ciones, no se veia la necesidad de la higiene. Hasta 1880 no habré una asepsia de médicos y comadronas que permita reducir las muertes femeninas en el parto. Por lo que se refiere a la cesdrea —la operaci6n que permite extraer a la criatura cuando sus con- diciones de nacimiento normal son dificiles—, la iglesia la conde- naba como un crimen: primero habia que dejar morir a la madre y solo después de muerta se extrafa al hijo y se le bautizaba. Como era poco probable que el recién nacido sobreviviese en estas con- diciones, normalmente se acababa enterrando a la madre y al hijo juntos. La primera cesfrea conocida practicada en una mujer viva a hizo un castrador alemén —un hombre dedicado por su oficio 60 EL NUMERO DE Los HOMBRES a castrar ganado— hacia el afio 1500 en la persona de su mujer. Pero la operaci6n tardé en generalizarse, puesto que hasta la se- gunda mitad del siglo XIX lo normal era que muriesen de un 70 a tun 80 por ciento de las mujeres sometidas a esta intervencién. La mortalidad de los hijos era mucho més elevada atin que la de las madres: casi la mitad de los nacidos morfa antes de cumplir quince afios. Cuando los nifios nacfan, las comadronas les arre- glaban la cabeza o la nariz presiondndolas con las manos. No ha- bia ninguna medida higiénica. Sabemos, por ejemplo, cémo cui- daba el médico real al principe que habia de convertirse en Luis XIII de Francia: a los dos meses del nacimiento se le froté la fren- te y la cara con mantequilla y aceite; a los cinco afios de edad le lavaron las piernas por primera vez con agua tibia; pero no le ba- Haron por completo hasta los siete afios. Si esto se hacfa con los hijos de los reyes, cuidados por médicos especialmente asignados, puede imaginarse cuél era la higiene con que se atendia a los de- més nifios. Habfa, ademés, el problema del amamantamiento. Las madres acomodadas no daban de mamar a sus hijos. Esto era cosa de po- bres. Los maridos no querfan soportar los lloros de la criatura por las noches y no les gustaba que la madre amamantase al hijo (los pechos le quedaban més blandos, les desagradaba el olor de la leche...). Habfa ademas una especie de tabii sobre las relaciones sexuales durante la lactancia, reforzado por teorias médicas y teolégicas muy diversas. Puesto que la lactancia podia durar unos dos aiios —en el caso de Carlos I de Espafia sabemos que duro siete—, esto implicaba someter al marido a una abstinencia de- masiado larga. Los confesores recomendaban a las mujeres aco- modadas que diesen los hijos a amas de cria contratadas para que Jos amamantasen —al mori tantos nifios a poco de nacer, haba muchas mujeres que, teniendo leche, se alquilaban para criar a los hhijos de otras—, las cuales se los llevaban de casa de los padres durante este periodo. Montaigne, que pasa por ser un hombre moderno y de pensamiento avanzado, dird, refiriéndose a sus hi- jos: «No he sufrido que se criaran cerca de min. ¢Por qué no practicaban la lactancia con leche de animales? Habfa prejuicios contra ello. Un tratado publicado en 1799 asegu- aba que los nifios podfan heredar las costumbres de los animales de los que recibfan la leche: «un hombre, por otra parte honesto y de cardcter firme, criado con leche de cabra, pegaba saltos cuan- do se encontraba solo; otro, criado con leche de marrana, tenfa las inclinaciones sucias y, de forma parecida al animal del que habia sorbido Ia leche, se revoleaba en los sitios fangosos cuando crefa encontrarse solo». Ta lactancia mercenaria encargada a nodrizas que criaban al nifio lejos de su familia daba lugar, en el mejor de los casos, a mor- talidades infantiles dos veces superiores; en el peor —como ocu- ria con las amas de cria que atendian a los nifios abandonados en Jos hospicios— la cosa podia alcanzar mortalidades extremas (vé- anse, en la figura 2.6, los datos para el hospicio de Reims). En el hospital de Rouen, de 1783 a 1789, los niftos abandonados murie- ron en un 91 por ciento. La mortalidad de estos nifios del hospi cio se debia, en primer lugar, ala falta de cuidado de las nodrizas: algunas aceptaban mas de diez nifios a la vez, y una tomé 19, de Jos cuales s6lo dos sobrevivieron al primer afio. ‘Dejemos de lado a los nifios y sus madres. De qué moria el res- to de la gente en los afios normales? En Londres, de 1661 a 1686, un 40 por ciento murié de peste, tifus, viruela y disenterfa (figura 2.7), La peste mataba mucho en afios puntuales y desaparecia des- pués. El tifus y la disenteria, que afectaba sobre todo a nifios y ‘adolescentes, mataban con regularidad (un 28 por ciento del total en los afios que no hay peste) y, finalmente, mataba mucho, y siempre, la tuberculosis. ‘Muchas enfermedades dependen de las condiciones de higiene, como el tifus, que las ratas transmiten (a través de las pulgas) a las 7 a LA MUERTE «ORDINARLAS Figura 2.6. Distribucin de las nodrizas que amamantaban nifios abandonados en el hospicio de Reims (170.1789), 61 62 EL NUMERO DE Los HOMBRES Figura 2.7. Causas de la muerte segiin los registros de los entierros de Londres, 1631-1835 (l total de causasidentiicadas expla el 77 por ciento de los casos) * La suciedad de los europeos era bien ‘conocida por los musulmanes, que hacen abluciones diarias, y que sostenian, con razén, que los cristianos hedian. Un es patiol del siglo xx sostenta que el hecho de que sus compatriotas no se bafiagen se debfa al miedo a que la Inquisicin los ‘omase por descendientes de moros. (por mi CCrocimiento natura . dela poblcion “Encrramientos (100%) Causa identicads (77%) 5 Virus ex) Vacuracisn en veo ‘tnoeulacién en uso personas y que después se transmite de persona a persona por los piojos. Es una enfermedad de invierno, cuando el frfo hace que se amontonen las gentes en las casas y los hombres ni se lavan ni la- van las ropas (los ricos llevan demasiada y la de los pobres es de- masiado mala para arriesgarse a lavarla mucho). Los seres huma- nos mismos, ademés, se lavaban muy poco.* Todos, ricos y pobres, estaban lenos de piojos y pulgas. Cuando Santo Tomés Becket muere, asesinado en la catedral de Canterbury en 1172, el cuerpo que se enfria es abandonado por los pardsitos «como agua que hierve en una caldera». Quinientos afios més tarde, un inglés ilustrado y acomodado como Samuel Pepys iba normalmente al barbero para que le quitasen los pardsitos; en una ocasi6n en que su esposa le corté el cabello, le encontré en la cabeza y el cuerpo 20 piojos. Alan MacFarlane ha sugerido recientemente que las causas més importantes de la disminucién de la mortalidad en Inglaterra es- tén relacionadas con cambios que permitieron indirectamente mejorar la higiene: el gran consumo de té, que obligaba a hervir el agua, hizo menguar la disenterfa; la ropa de algodén, al lavarse més a menudo, ayudé también a mejorar la salud de la poblacién, ; LA MUERTE «ORDINARIA® 63 ‘Tenemos, ademés del de la higiene, el problema fundamental del hambre. Sabemos que hay una relacién entre la calidad y Ia abundancia de la alimentacién y el tamafio corporal, que ha ser- vido para estudiar la evoluciGn del nivel de vida de las poblacio- nes. Los datos sobre la estatura de los soldados que hacfan el ser- vicio militar, o de los encarcelados (hombres y mujeres), han hecho posible desarrollar los estudios de una llamada «historia antropométrica» que permite seguir, a través de estas medidas, la evolucién de la condicién de vida de las capas populares, y que ha permitido demostrar que en la Inglaterra de la primera mitad del siglo xrx, al mismo tiempo que se producfa la industrializacién, la calidad de vida disminuy6 considerablemente (figura 2.8). Pero, més alla de esta repercusién, existe la bien conocida re- lacién entre el hambre y la muerte, que explica que ésta figure como uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Era un hecho uni- versalmente aceptado que las épocas de hambre correspondfan a aumentos de la mortalidad. Un médico francés del siglo xv leg6 a cuantificar la relacién que existfa entre la subida de los precios 1700m ‘ tse _ ; heoom a « 4 t36on E 66} 5 som Ss 1480n 5 400m + som + me ai soem Fleura28, Exsturn media de a mmuchachos ingleses de clase obrera de 13.0 16 afios, desde 1758 hasta 1760 1780 1800 1820 1840 1660 1880 1600 1920 1940 medias del siglo x (as fechas que 22 indican son las del nacimiento). G4 EL NUMERO DE LOS HOMBRES Figura 29. Relacién entre la ‘mortalidad y los precios del trigo (de Jean Mewvret, Btuces d histoire “conomigue, Paris, Armand Colin, 1971 274), © May K. Matossian atribuye a as toxieaciones producidas por los granos en mal estado, y en especial al ergotismo, no slo consecuencias demogréficas, que son las que aqui nos interesan, sino in cluso las manifestaciones de brujerfa en los itoxicados. Por lo que se refiere a las hhierbas, un texto espanol de 1203, el dela Epidemiologia esparola de Villalba, dice: «En el reyno de Jaén y en los sefiorios de UUbeda y Baeza hubo siete anos de esteri- lidad, que preciss que muchos hombres se alimentasen a manera de brutos de yervas y rales sivestres, cuya virtud no ‘conocian, de que se origind una fiebre epidémica sumamente maligna y conta- lose de todo género de males» Los me- ‘canismos de las grandes hambres medie- vales han sido bien estudiados en el libro dde William Chester Jordan, The great fa ‘mine. Northern Europe in the early four: ‘eonth century, Princeton, Princeton Uni- versity Press, 1996, “ al Fey cn free ea etree = ee ee roe Ke pret pets deg en irae ir re de Jas subsistencias en Rouen y los muertos en el hospital de la misma ciudad: cuando el precio del pan subia un 50 por ciento, Jos muertos lo hacian en un 100 por cien, es decir, se multiplica- ban por dos. éCémo se establece esta vinculacién entre hambre y muerte? A veces las relaciones son complejas. A menudo las malas cose- chas dependen de cambios climéticos extremos —heladas, inun- daciones o sequfas— que también afectan la salud de los hom- bres. Un invierno largo aumenta el tiempo de hacinamiento en viviendas poco higiénicas y favorece la propagacién de enferme- dades respiratorias y parasitarias; la sequia es a menudo culpa- ble de la mala calidad de las aguas que se beben y de las enfer- medades intestinales que esto provoca. Una de las razones fundamentales, sin embargo, parece haber sido el empeoramien- to de la calidad de la comida. La falta de los alimentos habitua- les obligaba a menudo a reemplazarlos por otros de escaso valor calérico, corrompidos o indigestos (granos en mal estado, afec- tados por el cornezuelo del centeno, que provocaba graves into- xicaciones; hierbas y raices dificiles de digerir), con el resultado de producir disenterias mortales que diezmaban de forma muy especial a los nifios y a los viejos.* La conciencia de esta relacién ha conducido a veces a genera- lizaciones tal vez un poco simplistas, como la que muestra la gré- fica de Jean Meuvret (figura 2.9), que relaciona los precios del tri- go (expresados en porcentajes de aumento respecto de los afios, anteriores) con la mortalidad (o, mejor dicho, con la proporcién de las defunciones respecto de las concepciones).* Es bien sabido jque las grandes hambres van acompafiadas en general del au- mento de la mortalidad, y esto no sélo vale para un pasado remo- to, sino para tiempos modernos (el hambre de Irlanda de 1845 a 1852 mat6 a un millon de personas), e incluso para la segunda mi- tad del siglo xx: el hambre de 1958-1962 en China se calcula que produjo muchos millones de muertos. Pero las cosas no acaban con esta constatacién, ¢Hasta qué punto la escasez de alimentos, y sélo ésta, es la causa del hambre? La verdad es que sus consecuencias dependen en buena medida de los controles que permitan evitar los abusos (como Vincenzo Citaredo habfa dicho en el siglo xv1: «No es Dios; son las personas Jas que hacen la carestfa») y de las formas de ayuda que puedan atenuar la escasez. En las ciudades, por ejemplo, era frecuente ‘que se organizasen mecanismos caritativos de asistencia —como las ollas piblicas para dar comida a los pobres—, por miedo a que se produjeran alteraciones sociales, lo cual explica que los campe- sinos, de los que nadie se ocupaba, se trasladaran a las ciudades en tiempos de hambre y agravasen los problemas de éstas. 25. LA MUERTE EXTRAORDINARIA ‘Ademas de esta muerte ordinaria existe, sin embargo, la muerte extraordinaria de las epidemias y de las grandes pandemias que afectan por igual a pobres y ricos, bien y mal alimentados, sucios © limpios (con alguna paradoja incluso, como el hecho de que la pulga que transmite la peste prefiera el color blanco). Contra la epidemia el tinico remedio efectivo era huir: un mé- dico de Anjou lo formulaba como sigue: «Huir pronto, irse muy lejos y volver muy tarde». Los ricos lo hacfan, porque se lo po- dian permiti. El Decamerén de Boccaccio nos explica lo que cocurrié cuando la peste llegé a Florencia en 1348. Sabiendo que Jo mejor que podian hacer era huir, un grupo de siete mujeres j6- venes (ninguna de ellas de més de 18 afios), que escuchaban misa en Santa Marfa Novella, y tres hombres (el mayor de los cuales tenfa 25 afios) deciden irse de la ciudad y se rednen en un LA MUERTE EXTRAORDINARIA 65, * Al mismo tiempo que aumenta la smortalidad, el hambre hace disminuir las ruevas concepciones, debido a la ameno- rrea (ausencia de la’ menstruacién) por tuna parte, pero también porque el meta- bolismo de las hormonas se ve afectado por la pérdida de grasa (lo que ayuda a explicar la baja habitual de las concep- tones durante la cuaresma, como conse- ccuencia del ayuno y la abstinencia) 66 EL NUMERO DE LOS HOMBRES * Recordemos otra vez. a Romeo y Ju- licta, Para escapar del matrimonio que le imponian sus padres, Julieta acepts el cconsejo de un fraile y tomé un naredtico que haria creer que estaba muerta; el fraile avisaria a Romeo, que habia sido desterrado de Verona. Este volverta, des: ertaria a Julieta y la levaria con él a ‘Mantua. Pero el fraile encargado de lle var la noticia a Romeo fue encerrado en tuna casa en la que se sospechaba que ha bia contagio, no pude llevar la noticia a Romeo, quién crey6 que Julieta habia ‘muuerto, y provocs con ello el malenten dido que hizo que los dos enamorados se ‘quitasen a vida ** Los especialistas en historia de la rmedicina nos advierten del riesgo que cexiste en identifcar las descripciones de las epldemias del pasado con las enfer- ‘medades conocidas hoy a través de Ia vestigacién en los laboratorios (wéase An drew Cunningham, «La transformacién de la peste: El laboratorio y la identidad de las enfermedades infecclosas» en Dy- amis, Granada, 11, 1991, pp.27-71), Palacio en el campo, para pasarlo bien y contarse historias di- vertidas. Los que quedaban en las ciudades se defendian como podian. Cerraban las puertas de las murallas y sacaban a los pobres foras- teros (fugitivos que con el hambre trafan normalmente la enfer- medad). Establecfan un lugar donde llevar a los enfermos, si era posible en las afueras. Las casas de los enfermos se cerraban y se encadenaban, y se les proporcionaba alimentos por la ventana.* Decimos peste a partir de una voz latina que sirve para identi- ficar todas las calamidades y la utilizamos, desde el siglo x1v, para designar la peste bub6nica. Pero las grandes pestes anteriores han sido posiblemente de naturaleza diferente.** La llamada «peste de Atenas» del 430 a.C., descrita de forma dramética por Tucidides, podria haber sido en realidad tifus; la epidemia que hacia el aio 165 devast6 el imperio romano, matando en algunas zonas del 25 al 35 por ciento de la poblacién, era de viruela. Hacia el 1200 las ciudades europeas se vieron invadidas por otra enfermedad terri- ble que destrufa los cuerpos y hacia que a los enfermos se les ca- yeran los dedos o las orejas: la lepra. Esta, no obstante, palideci6 ante el gran asalto de la «muerte negra». La peste bubénica la provoca un bacilo, la yersinia, del que se conocen distintas variedades. Produce hemorragias y ptistulas (bubones) por penetraciones cuténeas. Después de una incuba- cién de seis o siete dias, mata a alrededor de un cincuenta por ciento de los afectados. La transmisién se hace por medio de una pulga que habita en las ratas y que las prefiere como huéspedes, pero que, una vez las ha matado, se resigna a pasar a los seres hu- manos (los caballos y las mulas, en cambio, se salvan de recibir- las como huéspedes). Ademas de esta variedad «bubénican, exis- ten la «septicémicam, transmitida también por las pulgas, en que el paciente muere antes de que los bubones tengan tiempo de apa- recer y la «pneuménica», que se transmite directamente de perso- nna a persona por la saliva, y que mata casi el 100 por cien de los afectados en tres o cuatro dias. Parece que hubo una epidemia de peste bubénica en el siglo vi —la llamada peste de Justiniano, del 541-544, durante la cual ha- brian muerto trescientas mil personas en Constantinopla—, con catorce reapariciones més leves hasta el afio 767, en el que desa- pareci6 de Europa. Volvi6, sin embargo, y con una fuerza brutal, en el siglo 2a. Se habfa iniciado en el Asia central, entre los mon- goles, hacia 1338, Estos asediaron Kaffa, una ciudad del mar Ne- gro —en Crimea, donde hoy esta Feodosia— que era una colonia de los genoveses. Se dice que durante el asedio los mongoles tira- an a la ciudad los caddveres de los apestados, pero puede ser que Ia epidemia la hubiesen evado los esclavos, ya que Kaffa se dedi- caba sobre todo al comercio de hombres. La ciudad se salvé del ‘asedio, pero doce galeras genovesas llevaron la enfermedad a Si- cilia en 1347. El afo siguiente atravesaba toda Italia (recordemos que en 1348 llegaba a Florencia) y dos afios més tarde se habfa ex- tendido por todo el continente (figura 2.10) y shubo tanta morta- lidad —dice una lapida encontrada en Catalufia— que apenas que- ‘d6 una cuarta parte de los hombres». Fue, sin ninguna duda, la mayor de las catastrofes demograficas que haya conocido Europa. No habfa defensa posible contra ella: ni servian los remedios de os médicos (en la Universidad de Montpellier, famosa por la en- sefianza de la medicina, murieron todos los doctores del claustro), ni las devociones de los Hlagelantes, ni medidas profilécticas como la matanza de judfos, acusados de haber provocado la epidemia con venenos.* Morian pobres y ricos: caerfa Alfonso XI, rey de Castilla, y el cronista y hombre de negocios florentino Giovanni Villani (que habia dejado escrito en su crénica: «la epidemia aca- 6 en ...» y no pudo completar la anotaciGn). Petrarca perdié a la LA MUERTE EXTRAORDINARIA 67 + Mientras no se conacieron las causas de las enfermedades infecciosas, era muy frecuente atribuir las epidemias a alguna forma de envenenamiento deliberado. En clcaso de la epeste negray, médicos coe- ‘neos como Jacme d'Agramont y Alfonso de Cérdoba la atrbuyeron, por lo menos fen parte, al envenenamiento deliberado por «hombres malvadoss, lo que dio pie ‘ue se inciaran persecuciones de judios. Esta misma suposicion explica la conde na delos «untadores» rllaneses de 1630, ejecutados después de haberles hecho confesar a fuerza de torturarlos, que ha- ‘fan difundido la peste untando las pare- desde las casas con un unguento veneno- ‘0 (Manzoni lo explica en la Historia de la alumna infame), 0 el asalto alos conven tos de Madrid en 1834, al suponerse que los frailes habian provocado el eélera hax ciendo envenenar el agua de las fuentes (en otros lngares yen otras ocasfones, los sculpables» perseguidos serfan los’ ex- tranjeros, los taberneros, los. médicos, ete) Figura 2.10. Propagacién de la peste negra por Exropa (1347-1351). 68 EL NUMERO DE Los HOMBRES * Hoy se tiende a atribuir la desapari- cidn de la peste a cambios en el comercio con Asia y a las medidas preventivas de scuarentena» adoptadas por los pertos europeos. Con todo, la conclusion mis extendida es que las causas de su desapa- ricién son todavia un mistero, ** Ms adelante, los esclavos africanos llevarian formas mortieras de malaria y los barcos de la «trata» introducirian el mosquito que extiende la fiebre amarila A cambio, se acostumbra a decir, Ios eu- ropeos habrian recibido Ia sfiis de los ‘americanes y la habrfan transmitido por todo el mundo en un contagio del cual ‘eran protagonistas activos los marineros (los de los viajes de exploracién del siglo vm, por ejemplo, la difundirian por las {slas de Oceania) Pero el origen america- no de la enfermedad parece dudoso, Los itaianos de fines del siglo XV la denomi- nnaban «tal francés» y aseguraban que los invasores de mds allé de fos Alpes se Ja habian contagiado, mientras que los franceses Intentaron, sin convencer a na die, atribuila a los mismos italianes, la ‘méndola «mal de Napoles», La exter que adquirié el contagio contribuys a ‘modifica las ideas de los médicos sobre Ja naturaleza de la enfermedad y a esta- Dlecer un nuevo tipo de shospitales de in- ccurables» (Jon Arrizabalaga, John Hen- derson y Roger French, The great pox. The French disease in Renaissance Exro- pe, New Haven, Yale University Press, 1997) ‘vez a su protector, el cardenal Colonna, y a su amada Laura («rota 2 Falta colonna el verde lauro», diré en sus versos). La peste seguiria reapareciendo en afios sucesivos, con inter- valos cada vez mas largos, hasta desaparecer por completo de Eu- ropa en el siglo xvm, después de un tltimo episodio en Marsella en 1720-1721 (50.000 muertos en seis meses, de un total de cien mil habitantes). Por qué desapareci6? Se decia tradicionalmente que la causa habfa sido la sustitucién, en Europa, de la rata negra, timida y casera, por la rata gris, mas independiente del habitat ur- bano. No parece una explicacién convincente. Lo es mucho més la que atribuye un papel decisivo a las medidas de control que se to- maron en estos afios para prevenir la extensién de la peste (laza- retos, prohibiciones de desembarcar hombres y mercancias sos- pechosas de poder transmitir contagio, etc.). Biraben, el gran estudioso de la historia de la peste, sugirié que podria haberse dado un proceso de adaptacién que habria favorecido, por un lado, la supervivencia de los humanos més capaces de resistir la enfermedad y, por otra, el desarrollo de una variedad relativa- mente inocua del bacilo, la yersinia pseudotuberculosis, de forma que la peste habria ido perdiendo virulencia’. Esto sirvié de base a la teoria de McNeill, que sostiene que los grupos humanos que sufren las enfermedades epidémicas acaban adaptandose a ellas, pero que esta «domesticacién de las enfer- medades» sélo es valida para los que se han ido creando una in- munidad hacia los microorganismos que las causan. Cuando miembros de estos grupos humanos se ponen en contacto con los de otros que no han adquirido esta inmunidad, la enfermedad re- toma entre ellos toda su virulencia y mata a las poblaciones in- defensas que la afrontan por primera vez. La peste negra europea habria sido el resultado de la entrada en contacto de poblaciones mongélicas, entre las cuales el mal era endémico, con europeos que no eran inmunes a él. ¥ una explicacién parecida serviria para, las grandes mortalidades sufridas por los indios americanos al ser sdescubiertos» por los europeos, desde fines del siglo xv. Habfan vivido durante miles de afios aislados del resto del mundo, sin contactos con otros grupos, y no estaban en condiciones de resis- tir enfermedades como la viruela y el tifus, que eran endémicas para los europeos, pero que se convertirian en epidémicas y muy mortiferas para ellos.** Esto es verdad, pero también lo es que en. Jas grandes mortalidades de los indfgenas americanos influyeron Ia explotacién a que se les sometié y la desestructuracién de sus sistemas de obtencién de la subsistencia. Detras de la peste —que en la India todavia maté a mas de ocho millones de personas entre 1896 y 1914—, y ocupando el lu- gar que iba dejando vacio la lepra —que empez6 a decaer a prin- cipios del siglo xv—, se extenderfa por Europa la tuberculosis, que en su forma pulmonar, la tisis, se convertiria en la més temida de Jas enfermedades durante el siglo xix: es el mal del romanticismo, cuyas heroinas, como la «dama de las camelias» o la Mimi de La Bohéme, se consumian en una muerte de palida belleza (no s6lo ellas, sin embargo; nueve millones de franceses habrian muerto de tuberculosis en un siglo). A su lado estaba el célera, la enfermedad vinculada a la suciedad urbana y, de una forma especial, a la falta de depuracién de las aguas, que hizo estragos en las ciudades de todo el mundo: 53.000 muertos en Londres en 1847, 30.000 pere- grinos a la Meca en 1865 ... La mejora de la higiene urbana, y en especial Ja depuracién de las aguas, permitié controlar esta enfer- medad. Habfa también una enfermedad «secreta» de la que se ha- blaba mucho menos, la sifilis, que se calcula que afectaba a uno de cada diez franceses en 1902 y que provocaba més de cien mil muertos al afio. Los progresos de Ja medicina moderna suscitaron ilusiones poco razonables. La idea de que las epidemias eran cosa del pasa- do hizo, por ejemplo, que se pasara por alto una que se produjo en pleno siglo xx: la llamada «gripe espafiolas* de 1918. La cifra oficial de muertos que se le atribuian era de 20 millones, pero un estudio reciente sostiene que pueden haber sido 30 e incluso 50 millones los muertos en todo el mundo. Mientras la primera gue- ra mundial mat6 15 millones de personas en cuatro afios, Ia gri- pe se Ilevé més del doble en seis meses, a ritmos parecidos a los de las pestes medievales. Se producirfan, ademds, victorias engafiosas como la obtenida sobre la tuberculosis, que empezé a disminuir de forma especta- cular en el mundo desarrollado antes de que se encontraran re- medios para combatirla, pero que seguia plenamente activa en Africa, Asia y América del sur, y que ha reaparecido recientemen- te entre los pobres urbanos de los Estados Unidos, que tienen unas condiciones de vida semejantes a las del Tercer Mundo, con Ja particularidad de que los microorganismos que la causan son ahora resistentes a los medicamentos utilizados habitualmente para curarla. Las cifras actuales nos dicen que cada afio hay en el mundo, especialmente en los paises pobres, de ocho a nueve mi- ones de nuevos casos y tres millones de muertos de tuberculosis (figura 2.11) LA MUERTE EXTRAORDINARIA 69 * Ladenominacién de «gripe espafiolas tiene un origen curioso. Era en tiempos de la primera guerra mundial y los peri dicos de los paises beligerantes no podlan hhablas, por miedo a la censura, de la exis. tencia de una epidemia en casa. Espa ‘que era neutral, seria el nico pais donde ‘se publicasen noticias sobre ésta: el tini- co, por tanto, en que la epidemia tendria luna’ -existencia.admitida abiertamente, 70 EL NUMERO DE LOS HOMBRES Figura 2.11, Disminucion de la ‘mortalidad por tuberculosis respiratoria cen Inglaterra y Gales, oe a ane oe Feo > j ——- Ey El entusiasmo suscitado por el uso de los antibisticos hizo que, en los afios inmediatamente posteriores al final de la segunda gue- ra mundial, se pensara en serio que se acercaba el momento en que el hombre podria eliminar las enfermedades infecciosas. Se hizo una gran campatia internacional contra la viruela (una en- fermedad que habia matado a millones de personas en todo el mundo, hasta que el desarrollo de una vacuna eficaz permiti6 em- pezar a controlarla), con unos resultados tan espectaculares que permitieron a la Organizacién Mundial de la Salud proclamar el 8 de mayo de 1980: «El mundo y todos sus pueblos han sido libera- dos de la viruelay. El 12 de septiembre de 1978, los representan- tes internacionales firmaron la Declaracién de Alma-Ata, que s05- tenfa que el afio 2000 toda la humanidad estarfa inmunizada contra la mayorfa de las enfermedades epidémicas y que las aten- ciones médicas esenciales estarian garantizadas para cualquier hombre, mujer o nifio, fuese cual fuese su clase social, raza, reli- gion o lugar de nacimiento. La batalla contra la viruela era la primera de una guerra gene- ral contra la enfermedad; pero fue la tinica victoria obtenida. La campajia paralela contra el paludismo fracasé por completo. Una parte esencial de la lucha consistia en la eliminacién del mosqui- to que asegura su transmisiGn, combatiéndolo con insecticidas, y ‘en especial con DDT. Pero aparecieron mosquitos resistentes a los insecticidas, y el resultado fue que, lejos de desaparecer, los casos. de malaria se multiplicaron por mas de dos entre 1961, momento en que se empez6 la campatia para erradicarla, y 1975. Una de- iba | claracién de instituciones cientificas internacionales, hecha pabli- ca en 1997, dice que cada afio mueren de malaria més de wn mi- lén de personas —hay estimaciones que hacen legar esta cifra a 2,5 millones de muertos al afio—, en su mayorfa nifios y en un no- venta por ciento, africanos, En los altimos afios, a la vez que se desarrollaba el pénico por Ja expansi6n del SIDA y se empezaba a temer por la aparicion de nuevas plagas (como el virus Ebola), hemos podido ver reaparecer una pandemia de c6lera, iniciada en las Célebes en 1961, extendi- da en los aos setenta por el sur de Asia y el este de Africa, y lle- gada a Peri en 1991, desde donde se extendi6 por América Lati- zna, con millones de afectados y miles de muertos. Por todo ello, Jos cientificos se han ido dando cuenta de que no habfan enfoca- do bien el problema. Si se planteaba como una guerra entre el hombre y los microbios, estaba claro que los microbios la habfan ganado hasta ahora y Ja ganarian siempre: son més numerosos que nosotros y evolucionan con mayor rapidez (han aprendido a ajustarse a los cambios del entorno con mutaciones 0 con diver- sas formas de adaptacién natural). El problema reside en el hecho de que el répido crecimiento de la poblacién humana y su actua- cién destructiva del medio natural han alterado unos equilibrios complejos que no entendemos suficientemente y han desencade- nado efectos imprevistos. O aprendemos a vivir de forma més ra- cional en un mundo en el que cada vez hay més hombres y menos recursos, o los microbios que compiten con nosotros ganardn ff- cilmente esta guerra. 2.6. LA DINAMICA DE LA POBLACION Una vez conocidos los fiujos conviene combinarlos para ver cémo determinan la evolucién de las poblaciones humanas. Lo haremos utilizando unos modelos graficos muy sencillos en los que las fle- chas indican la direcci6n de la influencia de un factor sobre otro: el signo que figura en cada una de ellas significa, cuando es posi- tivo (+), que la relacién que existe entre los dos factores es direc- tamente proporcional (es decir, que cuando el primero aumenta el segundo también lo hace, y que cuando disminuye el primero, también mengua el segundo), y, cuando el signo es negativo (), que hay una relaci6n inversamente proporcional (es decir, que el segundo disminuye cuando crece el primero, y que aumenta cuan- do el primero disminuye). LA DINAMICA DE LA POBLACION 71 72 BL NOMERO DE Los HOMBRES Figura 2.12. El primero y més sencillo de estos modelos muestra, de forma simplificada, los mecanismos que regulaban el volumen de la po- blacién en la época del antiguo régimen y la mantenfan préctica- mente estacionaria (figura 2.12). Si partimos del tamafio de la po- blacién y seguimos el bucle inferior, veremos que cuando ésta crece, cuando hay més habitantes, es necesario que aumente la superficie agricola cultivada, con el fin de obtener los alimentos que se necesitan para nutrir a un nfimero mayor de personas. El aumento de la superficie obligara a poner en cultivo tierras de ca- lidad inferior a las que ya se explotaban antes, que estan mas ex- puestas en general a los riesgos de una situacién climatica que no sea éptima, lo que significa que, con la adicién de estas tierras, au- mentaré la irregularidad de las cosechas. Que las cosechas sean irregulares haré que en afios malos haya hambre y esto se tradu- ciré en un aumento de la mortalidad, a consecuencia de lo cual el tamajio de la poblacién disminuira de nuevo. Lo que tenemos es, como se ve, una versin muy elemental de lo que se acostumbra a llamar el ciclo maltusiano, basado en la idea de que la agricultura es incapaz de proporcionar, en circunstancias técnicas estables, Jos alimentos que requiere un fuerte crecimiento de la poblacién. B] bucle superior del modelo muestra, en cambio, los mecanis- ‘mos de equilibrio referidos a la natalidad, Si aumenta la poblacién, serdn més los humanos que tengan que repartirse los mismos re- cursos, con lo que bajardn los ingresos por cabeza. Esto significa que habré empobrecimiento, y la reaccién normal de las personas en estas circunstancias es la de tender a retrasar la edad de casa- miento. Cuanto més se retrase el matrimonio, menor seré la nata- lidad, porque habré disminuido el periodo de fertilidad de las ma- dees, y la consecuencia sera que la poblacién crecerd menos. Esta disminucién, a su vez, puede desencadenar un movimiento en sen- tido contrario: con una poblacién menor aumentardn los ingresos por cabeza, habré estimulos para el casamiento a una edad mas temprana, creceré la natalidad y, en consecuencia, la poblacién vol- verd a subir y se iniciaré un nuevo ciclo semejante al primero. Si reunimos estos dos movimientos, tendremos una visién di- ndmica elemental de la actuacién de las fuerzas demogréficas que han mantenido estables las poblaciones de Europa durante el an- tiguo régimen. Con toda su simplicidad, un modelo como éste tie- ne la ventaja de mostrarnos la actuaci6n simulténea de mas de un factor. Nos hace ver las cosas, podriamos decir, en dos dimensio- nes, mientras que las explicaciones narrativas equivalen a secuen- cias lineales de causa y efecto, mucho més pobres y limitadas. ‘Modelos como éste se pueden refinar y hacer mucho més com- plejos. El segundo que reproducimos, extraido de Wrigley y Scho- field (figura 2.13), es algo mds rico. No incluye directamente el rota LA DINAMICA DE LA POBLACION 73 Figura 2.13. De. A. Wegkyy RS. ‘Schofield, The population history of England, 1541-1871, Cambridge, Cambridge University Press, 1989, 474, 74 BL NUMERO DE LOS HOMBRES * Al decir salario enominal» nos referi- mos ala cantidad en dinero que el traba- jador cobra por su trabajo. El salario sreals, en cambio, hace referencia a la cantidad de productos y de servicios que se pueden adguirir con esa cantidad de dinero. Cuando los precios suben, si el salario nominal se mantiene igual —si se sigue cobrando el mismo dinero—, la ‘cantidad de productos y servicios que se podran adquirir con el dinero recibido menguard: el salario «real» seré menor mecanismo maltusiano, pero introduce factores nuevos. El punto de partida es, como siempre, el volumen de la poblacién. Bl ciclo primario es muy parecido al de la natalidad del primer modelo, pero en unos términos ligeramente distintos. Si aumenta el tama- fo de la poblacién, aumenta el precio de los alimentos —lo que es consecuencia del hecho de que la produccién de éstos no crece al mismo ritmo— y menguan los salarios reales de los trabajadores.* Lo que sigue es algo parecido al otro modelo: si desciende el sala- rio real, bajar la nupcialidad (la proporcién de gente que se casa) y, en consecuencia, lo haré la fertilidad —es decir los nacimien- tos— con lo cual se reajustard la poblacién a la baja. Pero en me- dio hay un efecto adicional que hasta ahora no habiamos inclui- do: el de las migraciones. Si aumenta el salario real, aumentaré la migracién neta (el resultado de medir la inmigracién y restarle la emigracién) y la poblacién creceré a causa de estos desplaza- mientos, lo cual, a su vez, desencadenaré el efecto regulador —au- mento de precios, baja del salario real, etc.— que hard disminuir el tamafo de la poblacién por descenso de la natalidad (el proble- ma de que la fertilidad de los inmigrantes sea més elevada que la de la poblacién local puede, no obstante, retrasar esta disminu- cién). En este modelo hay, ademas, dos bucles adicionales que re- fuerzan los efectos de estos mecanismos. Al pimero lo podriamos lamar el ciclo del paro: si el salario real sube, aumenta la deman- da de productos secundarios y terciarios (es decir, de bienes in- dustriales y de servicios); si aumenta la demanda de éstos, lo hace también el trabajo y, por tanto, la ocupacién, y si sube la ocupa- i6n, también lo hace el salario real. Este mecanismo, en el que to- dos los factores estan relacionados de manera directamente pro- porcional, refuerza la prosperidad de los buenos momentos, pero también agrava la crisis en los momentos malos, porque cuando el salario real baja, lo hace también la demanda de productos y con ésta disminuye la ocupacién y, en consecuencia, el salario real. Este no es un mecanismo regulador, como los anteriores, sino amplificador de los efectos de los otros. Todavia hay un se- gundo circuito complementario: la demanda de productos secun- darios y terciarios, con salarios reales en aumento, atrae gente de los campos a las ciudades —la desplaza de la agricultura a otras ocupaciones que se desarrollan de forma preferente en el medio urbano— y, como se supone que la vida es menos sana en las ciu- dades que en los campos, esto hace aumentar la mortalidad, lo gue actia directamente, y de manera inversa, sobre el volumen de la poblacién (y secundariamente sobre la nupcialidad). Pasemos ahora de estos planteamientos abstractos a los datos del mundo real. Empecemos examinando cémo han evolucionado Jas tasas, expresadas en tantos por mil, de natalidad y mortalidad (y en consecuencia las de crecimiento) en un pafs desarrollado como Inglaterra en el perfodo que va desde 1750 a 1950. Natalidad Mortalidad —Crecimiento 1750 35.0 300 5 1850 39 22,7 U2 1950 15,9 116 43 1Los datos de 1750 responden al modelo demografico de anti- guo régimen (natalidad y mortalidad altas, crecimiento peque- fio); los de 1950, al de los tiempos modernos en los paises desa- rrollados (natalidad y mortalidad bajas y crecimiento pequefio), mientras que las del perfodo intermedio, como muestran los da- tos de 1850, reflejan la peculiar situacién que se dio en Europa en dl transito de un modelo al otro. Consideremos ahora estos datos en una perspectiva actual. Los de de 1850 corresponden a la situacién presente del mundo sub- desarrollado (podemos comparar, por ejemplo, las tasas briténicas de 1850 con las del Africa actual, que son: natalidad 39,2, morta- lidad, 12,9, crecimiento 26,3). Los demégrafos prevén que en un futuro mas 0 menos cercano los pafses subdesarrollados entrarn también en la tercera fase, la del nuevo régimen demografico, y verdn descender su natalidad y su crecimiento. Sabemos que existe una relacién directa entre pobreza y cocfi- ciente de natalidad: cuanto més pobre es un pafs, més elevada acostumbra a ser su natalidad. ¥, dentro de un mismo pafs, cuan- to més pobre es un grupo social, mayor es su fertilidad, Si el exce- sivo crecimiento de sus poblaciones es una de las causas que man- tienen pobres a los paises subdesarrollados, al igual que sucede con los grupos sociales menos favorecidos en los pafses avanzados, gcémo se explica que unos y otros mantengan una natalidad alta? Esta aparente aberracién nos la explican los estudios que se han hecho sobre las familias. En los paises pobres, los hijos no son un carga —cuesta muy poco alimentarles y no se les educa— y repre- sentan en cambio una esperanza inmediata de ganancia —se les hace trabajar muy pronto—y, sobre todo, un seguro ante la enfer- LA DINAMICA DE LA POBLACION 75 76 EL NUMERO DE LOS HOMBRES medad o la vejez. A falta de un sistema de seguridad social eficaz, Jos padres cuentan con que los hijos se ocupardn de ellos. Un estudio sobre el «valor de los hijos» en diversos paises de Asia, realizado en 1975, mostraba que entre un 80 y un 90 por ciento de los padres de familias pobres de Tailandia, Filipinas Taiwan esperaban que sus hijos les dieran apoyo en la vejez. La proporcién disminufa radicalmente entre las capas medias y bajas de Japén, entre las cuales las expectativas sobre los hijos conside- rados como seguro eran mucho menores. El estudio sobre «la po- breza de las naciones», hecho por William Murdoch, un profesor de biologia de la Universidad de California, llega a la conclusion de que el tinico remedio efectivo para reducir la natalidad en los. paises subdesarrollados es reestructurar su economfa en una di- reccién més igualitaria, que incluya una redistribuci6n funda- mental de la riqueza y el poder. 2.7. LA POBLACION, PROBLEMA ACTUAL, Lo que hasta ahora hemos aprendido de la historia de la pobla- cién nos puede servir para entender mejor la situacién actual del mundo en lo que hace referencia al crecimiento demografico y a Ja pobreza. En 1990, la poblaci6n del mundo se calculaba en 5.266 millones de habitantes y se prevefa que en el afio 2050 se podrian convertir en 9.400 millones. El reparto de esta poblacién entre paises ricos y pobres es en la actualidad muy desigual, y se supone que todavia lo sera més hacia el 2050 (como consecuencia de la tendencia de los, pobres a tener més hijos). Veamos la distribucién actual y la que se prevé para mediados del siglo x01 en este cuadro que nos muestra, c6mo se reparte la poblacién mundial, expresada en tantos por ciento del total, entre los pafses clasificados segtin su riqueza: Paises de ingresos 1990 2050 Altos 155 94 Medios 262 265 Bajos 58,3 640 Puesto que, entre estas dos fechas, lo referente a los pafses de in- gresos medios no cambia, nos fijaremos s6lo en los dos extremos. Empecemos aclarando qué significa «ingresos altos» e «ingresos bajos». Seguin las cifras del producto nacional bruto por cabeza, los paises ricos tenfan en 1990 un ingreso medio anual de 22.000 déla- res por habitante, mientras que el de los pobres era solo de 390 d6- ares. Esto se traduce en una serie de consecuencias en términos de vida y bienestar. Por ejemplo, mientras que la mortalidad infantil es de un 7 por mil en los paises ricos, en los pobres alcanza el 73 por mill (es diez veces mas elevada). Mientras en los pafses ricos no hay problemas de desnutricién infantil, en los pafses pobres se calcula que el problema afecta al 38 por ciento de los nifios (casi cuatro de cada diez), y el analfabetismo de los mayores de quince afios, ine- xistente en los pafses ricos, es de un 39 por ciento en los pobres. ‘Veamos ahora las tasas demograficas esenciales del mundo y de estos dos bloques de paises, en la actualidad (cifras estimadas para 1 periodo 1990-1995) y dentro de unos treinta afios (2025-2030): 1990-1995 2025-2030 Natalidad Mortalidad Crecimiento Nataldad Mortlidad Crecimiento Mundo 248 93 fisohe aL7l 85 86 Ricos 13,290 420 WS ito Pobres 282 98 184 18.4 a5 99 Los célculos més pesimistas se basaban en las tasas de creci- miento de la década de los sesenta, que han comenzado a dismi- nuir posteriormente. Hoy se estima que hacia el afio 2030 la po- blacién del planeta sera de unos 8.000 millones de habitantes, y, mientras se mantienen las previsiones acerca de la proporcién del total que representaré la poblacién de los pafses desarrollados, se piensa que en los subdesarrollados habré grandes diferencias, ya ‘que mientras la poblacién de China puede pasar del 22 por ciento de la mundial que hoy representa a un 18 por ciento, la de Africa puede pasar del 12 por ciento actual a un 19 por ciento, sobrepa- sando en volumen a Ja de China. Quizé nos resulte mas «itil hacer una comparaci6n directa en- tre dos continentes vecinos, pero muy distintos en términos de ri- queza y bienestar, como son Europa y Africa. Empecemos com- parando sus respectivas tasas de natalidad y mortalidad (cifras ara 1990-95): LA POBLACION: PROBLEMA ACTUAL 77 78 EL NUMERO DE Los HOMBRES Natalidad Mortalidad Crecimiento Europa us 113 02 Africa 412 143 26,9 Si tenemos en cuenta que estas tasas indican el volumen de los flujos de entrada y de salida al tanque de la poblacién total, esté claro que Europa crece ya hoy muy lentamente —desde un punto de vista biol6gico; otra cosa son las migraciones de ciudadanos ve- nidos de fuera del continente—, mientras que Africa todavia lo hace con mucha rapidez (tiene una tasa de crecimiento que es més del doble que Ja briténica de 1850). Dentro de unos treinta afios, para el quinquenio 2025-2030, se calcula que estas tasas se- én distintas: Natalidad Mortalidad Crecimiento Europa 115 12.0 05 Africa 25,2 84 168 Con lo que los problemas se habrén agravado todavia més. Por- que mientras en Europa la poblacién empezar a menguar —siem- re que excluyamos, por supuesto, el impacto de las migraciones exteriores—, de forma que se calculan 721 millones de habitantes para el afio 2050, contra los 723 que tenfa en 1990, Africa habré tri- plicado su poblacién en el 2025 (con unos 2.000 millones de habi- tantes) y la podrfa cuadruplicar entre el 2075 y el 2100 (con 2.500 millones de habitantes, que representarfan la cuarta parte de la po- blacién total del planeta). Quiz una observacién que ajuste todavia més el nivel, a esca- Ja de los paises, pueda ilustrar mejor la cuestién. Mientras que la poblacién de Espafia, que era de 39,8 millones de habitantes en 1998, se calcula que disminuira hasta menos de 34 millones hacia el 2050, la de Marruecos aumentaré considerablemente en el mis- mo perfodo (pasaré de 28 a 58 millones), y las de algunos pafses de Africa occidental se multiplicaran hasta por cuatro o cinco (Ni- geria pasar de 121,8 millones en 1998 a 386 en el 2050, con una poblacién muy cercana a la que se calcula que tendran los Esta~ dos Unidos en aquella fecha, s6lo superada por la de China y la India). He puesto deliberadamente estos ejemplos, porque el proble- ‘ma que presenta para las sociedades europeas, y en especial para Jas del sur, la proximidad del foco de crecimiento demografico y de pobreza africano se encuentra en el centro de muchas preocu- paciones actuales, y de muchas respuestas violentas a la inmigra- cién de Africa. Y, como podemos ver, el problema no ha hecho ‘mas que empezar, si se cumplen las previsiones que indican que la poblacién de estas zonas crecerd, en las préximas décadas, a rit- mos mucho mayores que su riqueza. Las mejoras en la higiene, la prevencién sanitaria y la lucha contra las enfermedades han conseguido nivelar las tasas de mor- talidad de los diversos paises, pero el hecho de que siga habiendo grandes diferencias entre su situaci6n econémica —es decir, entre sus expectativas ante la vida— explica que se mantengan las dife- rencias en las tasas de natalidad. Las tasas de mortalidad de Es- patia (9,3) y de Marruecos (7,9) son comparables; pero mientras la de natalidad espafiola es de 9,7, la de Marruecos es de 28,1, casi tres veces superior. Examinemos este punto con la ayuda de las tasas de fertilidad, que nos indican el némero de hijos por mujer. La media del mun- do es de unos tres hijos, pero esta cifra esconde grandes diferen- cias: en Europa se esta por debajo de los dos hijos (1,64, 1o que im- plica que las nuevas generaciones no reemplazan por completo a las viejas), mientras que en el sur y sureste de Asia es de mas de cuatro hijos por mujer, y en Africa oriental y occidental se pasa de seis hijos (Etiopia, Uganda, Mali y Niger pasan de siete). ¢C6mo se puede conseguir que disminuyan estas tasas tan ele- vadas? Las f6rmulas autoritarias sélo parecen haber funcionado, y con costes sociales muy elevados, en el caso de China, donde la tasa de fertilidad es de dos, mientras que han fracasado en la India, don- de es de 3,70. Parece que el remedio reside en climinar la pobreza, Jo cual no significa necesariamente aumentar mucho la riqueza, un objetivo que quizé no sea posible a medio plazo, sino sobre todo mejorar su reparto. Las circunstancias pueden haber hecho que Cuba sea hoy un pais pobre, pero su tasa de fertilidad es de 1,70, menor que la de los Estados Unidos, y la esperanza de vida al nacer de un cubano es parecida a la norteamericana (Haiti, en claro con- traste, tiene una tasa de 4,68 y la esperanza de vida de los haitianos al nacer es de veinticinco afios menos que la de los cubanos). LA POBLACION: PROBLEMA ACTUAL 79 80 EL NUMERO DE LOS HOMBRES * Los africans representaban en 1995 cerca del 13% de la poblacién del plane ta, pero séio obtenfan un 1,2 por ciento del producto bruto mundial (una cifra Que Se habia reducido en un tercio desde hnacia diez anos, cuando su partieipacién era den 1,89), ‘Todo esto nos permite avanzar una reflexién sobre el problema Europa-Africa y sobre los miedos a la inmigracion que se desa- rrollan en nuestra sociedad, E] remedio no reside en poner barre- ras y construir murallas, sino en ayudar a nuestros vecinos del sur 8 ser menos pobres. Lo cual no se consigue con ayuda econémica —o por lo menos con los voliimenes de ayuda econémica que hoy les proporcionamos—, sino que tiene que ver también con la for- ma en que estén organizadas estas sociedades. La mayoria de los paises africanos con demografias explosivas no sélo son pobres, sino que padecen regimenes dictatoriales, monarquias corrompi- das 0 gobiernos pretendidamente modernizadores pero ineficaces y represivos. Y Io malo es que, por intereses politicos y econémi- cos complejos, a los politicos de los paises desarrollados les con- viene precisamente este tipo de gobiernos corruptos, que les pare- ce la tinica garantfa contra las amenazas erevolucionarias» a sus intereses. Se puede comprobar, por ejemplo, que el hecho de que un gobierno haya sido denunciado por practicar Ia tortura no hace que se lo excluya de la ayuda econémica internacional: un gobierno que tortura merece confianza por lo que se refiere a su ‘capacidad de hacer observar las reglas del juego que garantizan el respeto de las propiedades extranjeras y el pago de las deudas. El problema de la pobreza de los africanos* no se resuelve en- vidndoles conservas y medicamentos para evitar que mueran, sino consiguiendo que vivan mejor. Y hay que pensar que si no se con- sigue que tengan unas expectativas minimas de subsistencia, se- guirdn Iamando a la puerta de nuestras casas o entrando por la ventana, Sdlo se quedarén en Africa si se consigue que vivan me- jor. Seré entonces también, cuando tengan un futuro esperanza- dor para sus hijos, cuando su fertilidad disminuira. La leccién final que podriamos deducir es una de las mas uni- versales, y més olvidadas, que nos ensefia la historia: tan s6lo la solidaridad puede resolver los grandes problemas de los hombres. O nos salvamos juntos, 0 nos perdemos todos. COMPLEMENTO: {COMO SE CALCULA UNA TASA DE CRECIMIENTO? 81 COMPLEMENTO: {COMO SE CALCULA UNA TASA DE CRECIMIENTO? of By A Donde r representa la tasa que buscamos, n es el niimero de afios que van del primero al tiltimo del periodo sobre el cual hacemos el célculo, A es la cantidad correspondiente al primer afto y B la que co- rresponde al tiltimo afto de la serie. El mayor problema que ofrece el célculo, que por otra parte es muy sencillo, reside en el hecho de que es necesario obtener una rafz de grado x (el nimero de afios del perfodo correspondiente). La forma més sencilla de calcular una raiz de grado més elevado que 2 0 3 implica recurrir a los logaritmos, lo cual re- sulta hoy muy fécil, ya que cualquier maquinita de calcular, por elemental que sea, acostumbra a tener las teclas que permiten obtener directamente los logaritmos y los antilogaritmos. Aclaremos que hacer el célculo por medio de logaritmos significa que se aplican las reglas para operar con exponentes, con po- tencias, y que calcular una rafz se convierte entonces en una simple divisién. Lo que hacemos, en conse- cuencia, es tomar el logaritmo de la cifra que hemos obtenido al dividir B por A (el valor final de la serie por el primero) y dividir este logaritmo por n (el ntimero de afios que tiene la serie). Tenemos ahora el lo- garitmo de la raiz que buscabamos. Para obtener el ntimero real que corresponde, no tenemos que hacer otra cosa que obtener el antilogaritmo de esta cifra. Una vez tenemos el resultado, le restamos 1 y ob- tendremos la tasa. Si la queremos expresar en porcentajes (en tantos por ciento de crecimiento anual), que es la forma habitual de expresar las tasas de crecimiento, s6lo tenemos que multiplicar el néimero fi- nal que hemos obtenido por 100. ‘A continuacién se indica la secuencia de las seis operaciones que hay que hacer con una maquina de calcular elemental, que es: La formula para hacer el célculo es la siguiente: 1) BA=C 2) log =D 3) Dn=E 4) antilog (109E = F 5) F-1=G 6) Gx 10 Aplicaremos ahora este método a un caso concreto: el célculo de la tasa de crecimiento de la pobla- cién del mundo entre el afio 1500 y el afio 1800, de acuerdo con los valores que se dan en el cuadro. La secuencia de operaciones dara estos resultados:* * Para separar los decimales, uso la coma (), come habitualmente se hace en Espafia. Sin embargo, las maquinas de calcular lo hacen con el punto (), de acuerdo con el uso anglosajén. 82 BL NUMERO DE Los HOMBRES 1) 950/450 = 2,111 2) log 2,111 = 0,32448 3) 0,32448/300 = 0,0010816 4) antilog 0,0010816 = 1,00249 5) 1,00249-1 = 0,00249 6) 0,00249 x 100= 0,249 Con las méquinas de calcular que tienen las teclas ¥ 0 x! todavia se puede hacer con mayor facili dad, s6lo en cuatro operaciones y sin necesidad de usar logaritmos (ya que éstas calculan directamente las rafces 2). Entonces la secuencia, aplicada al mismo caso, seria (indico, por comodidad, el ejemplo con Wel otro es idéntico, cambiando sélo la tecla que se utiliza en el segundo paso): 1) 950450 = 2,111 2) 300 ¥ 2,111 3) 1,00249-1 4) 0,00249 x 10 ,00249 0,00249 = 0,249 LECTURAS RECOMENDADAS Cipolla, Carlo, Historia econémica de la poblacién mun- dial, Barcelona, Critica, 1978. =, Contra un enemigo mortal e invisible, Barcelona, Critica, 1993, Duby, Georges, El caballero, la mujer y el cura, Madtid, Taurus, 1984 Flandrin, J. L., Origenes de la familia modema, Barce- Jona, Critica, 1979. Flinn, Michael W., El sistema demografica europeo, 1500-1820, Barcelona, Critica, 1989. Goody, Jack, La evolucién de la familia y del matrimo- nnio en Europa, Barcelona, Herder, 1986. LiviBacei, Massimo, Historia minima de la poblacion mundial, Barcelona, Ariel, 1990, ‘McEvedy, Colin, y Richard Jones, Atlas of world population history, Harmondsworth, Penguin, 1978. McKeown, Thomas, Los origenes de las enfermedades ‘Jnwnanas, Barcelona, Critica, 1990, ‘McNeill, W. H., Plagas y pueblos, Madrid, Siglo xx, 1984, Nadal, Jordi, La poblacién espaftola, siglos xv1 a xx, Bar- celona, Ariel, 1984, Vidal Galache, Florentina y Benicia, Bordes y bastardos. Una historia de ta inclusa de Madrid, Madrid, Com- afifa Literaria, 1995. World Bank, World population projections, 1994-95 edi- tion, Baltimore, The Johns Hopkins University Press/The World Bank, 1994. Wrigley, E. A., Historia y poblacién, Barcelona, Critica, 1994, ALGUNOS LIBROS MAS AVANZADOS ‘QUE CONVIENE CONOCER: Bardet, J-P, et J. Dupaquier: Histoire des populations de Europe, I: Des origines aux prémices de la révo- lution démographique, Paris, Fayard, 1997. Biraben, J. N., Les hommes et la peste en France et dans les pays mediterranéens, Paris-La Haya, Mouton, 1975-1976, 2 vols. Coale, A.J.,y S. Cott Watkins, The decline of fertility in Europe, Princeton, Princeton University Press, 1986. Crook, Nigel, Principles of population and development, with illustrations from Asia and Africa, Oxford, Ox- ford University Press, 1997, Donaldson, Loraine, Fertility transition. The social dy- namties of population change, Cambridge, Mass., Blackwell, 1991. Floud, R., K, Watcher, y A. Gregory, Height, health and history. Nutritional status in the United Kingdom, 1750-1980, Cambridge, Cambridge University Press, 1990. Garrett, Laurie, The coming plague, Nueva York, Pen- guin, 1995. MacFarlane, Alan, The savage wars of peace, Oxford, Blackwell, 1997. ‘Mercer, Alex, Disease, mortality and population in transition, Leicester, Leicester University Press, 1990. LECTURAS RECOMENDADAS 83 ‘Murdoch, William M., The poverty of nations. The poli- tical economy of hunger and population, Baltimore, ‘The Johns Hopkins University Press, 1980. Newman, Lucille E, Hunger in history. Food shortage, poverty and deprivation, Oxford, Blackwell, 1990, Porter, Roy, ed., The Cambridge illustrated history of me- dicine, Cambridge, Cambridge University Press, 1996. Rotberg, R. I, y T. K. Rabb, eds., Huger and history. The impact of changing food production and con- sumption pattems in society, Cambridge, Cambrid- ge university Press, 1985, —.y—, eds., Population and history. From the tradisio- nal to the modern world, Cambridge, Cambridge University Press, 1986. Schofield, R., D. Reber y A. Bideau, eds., The decline of ‘mortality in Europe, Oxford, Clarendon Press, 1991. Walter, J, y R. Schofield, eds., Famine, disease and the social order in early modern society, Cambridge, Cambridge University Press, 1989. Wrigley, E. A., y R. D. Schofield, The population history of England, 1541-1871, Londres, Edward Arnold, 1981 seasons 3 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. LA AGRICULTURA Al hablar de la poblacién, hemos visto que la aparicién de la agri- cultura, hace unos doce mil aftos, significé una etapa decisiva en la evolucién de la especie humana que, gracias a las posibilidades de alimentacién adicional que ésta le ha ofrecido, se ha multipli- cado por mil quinientos en este tiempo: ha pasado de cuatro a cer~ ca de seis mil millones. La agricultura, y més en concreto el cult vo de los cereales, ha sido, por otra parte, una condicién necesaria para la aparicién de la civilizacién. Todas las civilizaciones exis- tentes dependen directa o indirectamente de los cereales: «Sin las semillas de estas hierbas cultivadas, la civilizacién tal como la co- nocemos no habria aparecido, a pesar de las cosechas de raices y de todos los demés frutos y plantas». 3.1. LA AGRICULTURA EN LA HISTORIA HUMANA Desde el inicio de Ia civilizacion hasta fechas muy préximas a muestro tiempo, la mayor parte de los seres humanos se han dedi- cado a trabajar en la agricultura y han vivido de ella. Esto empe- 26 a cambiar con la industrializacién moderna en Inglaterra, el primer pafs en que la proporcion de la poblacién ocupada en la agricultura bajé del $0 por ciento, una reduccién que més tarde se produjo en los paises que se iban industrializando, y que todavia no ha tenido lugar en los subdesarrollados, Esto significa que en el transcurso de toda la historia de la ci vilizacién la mayor parte de los hombres y las mujeres que han vi vido trabajaban en la agricultura y habitaban en el campo. La his- toria de las actividades agrarias es, por tanto, la del trabajo y la subsistencia de la mayor parte de la humanidad a lo largo del 86 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. LA AGRICULTURA tiempo, de modo que, si no se entienden las cuestiones que a ella se refieren, no se pueden comprender los fundamentos mismos de la vida y la cultura de las sociedades del pasado. La evolucién que hha hecho que en los pafses avanzados disminuyese la proporcién de la fuerza de trabajo dedicada a la agricultura (y la parte de la riqueza total que produce esta poblaci6n) es muy reciente, de for- ma que el reparto de la poblacién activa entre las actividades pri- marias (agricultura, pesca), secundarias (industria) y terciarias (Servicios) se acostumbra a utilizar como un indice del desarrollo y de la modernizacién econémica de un pafs: cuanto mAs avanza- do es éste, mas baja es la proporcién de los que trabajan en el sec- tor primario. ‘Veamos, por ejemplo, cémo ha evolucionado este reparto, ex- presado en tantos por ciento, en Gran Bretafia (I, I y IIL indi- can, respectivamente, los sectores primario, secundario y tercia- rio): ieee tng 1801 36-30 34 1860 19 43 38 1990 2 28 70 'Y veamos, en otro sentido, c6mo podemos utilizar los porcen- tajes de poblacién activa ocupada en la agricultura para realizar una répida aproximaci6n al grado de desarrollo econdmico actual de los diversos paises (figura 3.1): Los plenamente desarrollados tienen proporciones de poblacién ocupada en la agricultura infe- riores al 10 por ciento o alrededor de esta cifra 2a5porciento: Gran Bretafia, Estados Unidos, Canada, Alemania, Holanda, Suecia, Uruguay 6a 11 porciento: Francia, Japén, Italia, Espafia, Colombia, Un segundo bloque de paises, en vias de desarrollo, tienen pro- porciones entre el 13 y el 30 por ciento: 13 a 20 por ciento: Argentina, Venezuela, Portugal, Chile, Sudétrica, 20 a 30 por ciento: Brasil, México, Grecia. LA AGRICULTURA EN LA HISTORIA HUMANA 87 Ase e dos b Por debajo de este nivel intermedio el salto es considerable. Al- Figura 3.1, Porcentajes de la gunos grandes paises, que representan en conjunto una propor- Poblacion ocupada en la agricultura | cién importante de la poblacién del planeta, se sitdan alrededor (Gatos de 1980), i del 70 por ciento: Vietnam, India, Congo (ex Zaire), China. Otros estén entre el 80 y el 90 por ciento: Etiopia, Kenia, Mo- zambique, Mali, Tanzania, Uganda, Niger | E incluso hay pafses por encima del 90 por ciento: Butén, Bu- lt rundi, Nepal, Ruanda. La disminucién de la poblaci6n dedicada a la agricultura se explica por el gran aumento de la productividad del trabajo agra- rio —en la agricultura primitiva la superficie que podia cultivar un agricultor era de alrededor de una hectérea; en el siglo XX, con la mecanizacién, puede legar a las 100 — que hace posible que en paises como los Estados Unidos o Canad baste una ci- fra inferior al 5 por ciento de la poblaci6n activa para producit, 88 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. LA AGRICULTURA * Se denomina clastcidad Ia medida del cambio de una variable respecto del cambio de otra que esté relacionada con Ja primera. Lo que significa en este caso conereto es que cuande la riqueza de un individuo o de un grupo de individuos faumenta, su demanda de productos agri- colas lo hace en una proporcién menor (porque su capacidad de comer tiene tunos limites cuantitatives y porque pre- fiere adquirir otros bienes y servicios). no sélo los alimentos necesarios para el conjunto de su pobla- cién, sino incluso unos excedentes considerables para la expor- tacién. Esto permite, lgicamente, que el 95 por ciento restante pueda producir bienes industriales o servicios para intercam- biarlos con los agricultores. ¢Por qué disminuye el papel de la agricultura a medida que se produce el crecimiento econémico? La primera razén que lo ex- plica es el hecho de que la demanda de productos agricolas sea poco eldstica* con respecto al enriquecimiento de los individuos y de los paises. Segtin la ley de Engel —Ilamada asi por un estadi- grafo de Sajonia que interprets por primera vez. estos hechos medida que crece la capacidad de consumo de un sector de la po- blaci6n, o de un pafs en su conjunto, baja la proporcién de su gas- to destinado a la compra de alimentos (después de haber pasado un primer momento en que aumenta para satisfacer el hambre atrasada). Para las familias obreras europeas del siglo pasado la alimentaci6n representaba la mayor parte del gasto, mientras que una familia obrera actual gasta menos proporci6n de sus ingresos en la comida y mas en la casa, el vestido, y en bienes y servicios diversos. La combinacién de estos dos factores —aumento de la pro- ductividad y demanda inelastica— ha hecho que decaiga la con- tribucién proporcional de la agricultura al producto global de una economfa en crecimiento, aunque el volumen fisico de la producci6n agricola pueda seguir aumentando (que la cosecha de trigo represente hoy una proporcién menor de la riqueza nor- teamericana que hace cien afios no significa que en los Estados Unidos se coseche menos trigo que entonces). Esta decadencia relativa se refleja en el paso de la poblacién trabajadora agraria hacia actividades secundarias y terciarias, ya sea por transferen- cia directa, 0 por canalizacién de la entrada de las nuevas ge- neraciones. Pero este desplazamiento no tiene lugar con tanta rapidez como para no crear una situacién relativamente des- favorable para la poblacién que trabaja en el campo, de mane- ra que durante la fase de transicién ésta se encontraré con un nivel de ingresos inferior a los que corresponden a otras activi- dades (algo que resulta facil comprobar en el caso de los sala- ios) Hay tres vias esenciales de aumento de la produccién agricola: crecimiento por extensién, por intensificacién y por especializa- cién. El crecimiento por extensién se obtiene cuando se ponen en cultivo nuevas tierras. Si se trata de regiones en que la agricultu- LA AGRICULTURA EN LA HISTORIA HUMANA 89 ra ya se practicaba con anterioridad, lo l6gico seré que las nuevas tierras sean de peor calidad que las cultivadas previamente y que den unos rendimientos decrecientes: un volumen de cosecha me- nor por unidad de superficie cultivada, No ocurre lo mismo cuan- do el cultivo se extiende a tierras nuevas que antes no se habian trabajado. La historia europea ha conocido al menos dos grandes etapas de crecimiento por extensiGn: la roturacién de tierras al norte de los Alpes durante la edad media y la aparicin de una agricultura extensiva en los pafses transatlanticos durante el siglo xax (obra de los europeos y de sus descendientes, aunque se efec- tuase en otros continentes). El crecimiento por intensificacién se consigue con un aumen- to de los rendimientos por unidad de superficie, que puede ser consecuencia de una mejora en los métodos de cultivo, de la in- troduccién de nuevas variedades, de la irrigaci6n o, sobre todo, del uso de abonos. Aunque los pueblos primitivos conocfan for- ‘mas diversas de abonar la tierra —por ejemplo, con las cenizas de la vegetacién, quemando zonas de bosque o de matorral para po- nerlas en cultivo—, el abono més importante hasta la introduc- cién de los fertilizantes quimicos, en el siglo xrx, ha sido el estiér- col de los animales. Esto explica que los rendimientos de la produccién agricola dependieran en buena medida del mimero de cabezas de ganado con que se contaba y, por lo tanto, de la exten- sién de pastos disponible. El crecimiento por especializacién tiene lugar cuando un pro- ductor agricola se limita a cultivar lo que es més adecuado a las condiciones naturales de sus tierras, porque sabe que podra inter- cambiar sus excedentes con otros productos agrarios que necesita y que él no puede producir de manera tan favorable como otros. Por ejemplo, hasta finales del siglo xvi Catalufa tenfa que produ- cir la mayor parte de los granos que consumia, cultivandolos in- cluso en los lugares donde sélo se podia hacer con rendimientos muy bajos. Se descubrié entonces que estas tierras eran mas ade- cuadas para plantar vides y producir vino de alta graduacién que se exportarfa, una vez destilado en forma de aguardiente (un con- centrado de mayor precio que el vino y que se conserva mejor en tun viaje largo por mar), hacia los pafses del Atldntico europeo y hacia América. Con lo que se obtenia con la venta del aguardien- te se compraba el trigo necesario en paises donde éste se producia en mejores condiciones. Esté claro que esta tercera via de creci- miento s6lo se puede dar si hay un desarrollo previo del comercio y de los mercados (figura 3.2). 90 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. LA AGRICULTURA Figura 3.2. Este mapa muestra el retroceso del cultivo de la vid en Europa a partir de la edad media, al irse ‘bandonando las tierras que eran menos adecuadas para su cultivo, 3.2. EL ORIGEN DE LA AGRICULTURA. Los historiadores acostumbraban antes a separar la recoleccién y Ja agricultura como si fueran dos etapas de la evolucién humana ‘netamente contrastadas, y a suponer que el paso de una a la otra habia sido un cambio repentino y revolucionario. Hoy, sin embar- £0, se piensa que este trénsito se ha producido de manera gradual y matizada. De la etapa en que el hombre era enteramente un ca- zadorrecolector se habria pasado a otra en que empezaba a tener actividades de cultivo de plantas silvestres (limpiaba la tierra, arrancaba la malas hierbas, aprendfa a reproducir las plantas a artir de sus semillas) y de manipulacién de los animales (reunion y proteccién de ungulados salvajes), Pero todo esto se hacia como una actividad complementaria de la recoleccién y la caza. El paso a la agricultura vendré precedido por la «domestica: cin» de plantas y animales —escogiendo las variedades més inte resantes para reproducirlas, y para cruzarlas més adelante—, que iniciard un proceso de seleccién artificial. Pero la domesticacion no es mds que una de las condiciones de la transicién a la agri- cultura, que sélo culmina cuando se ha conseguido completar la obtencién de una dieta que proporcione todos los elementos nu- tritivos necesarios (cereales, carne y legumbres) y que haga posi- ble depender por completo del aprovisionamiento de plantas y animales domesticados. Los hombres se convierten entonces en sedentarios, buscan potenciar la produecién agraria con nuevos métodos (como la irrigacién, que permite independizar el cultivo de la meteorologia) y crean las condiciones que harén posible la aparicién de las ciudades, de la civilizacién y de las primeras for- mas del estado. ‘La implantacin de la agricultura ha sido, al parecer, un acontecimiento complejo y dramético. El paso de la vida de ca- zadorrecolector a la de agricultor-ganadero no ha implicado una mejora, ya que ha entrafiado un empeoramiento de la calidad de la vida humana y ha determinado la aparicién de nuevas enfer- medades, una existencia més corta y tal vez un incremento de la violencia, como consecuencia de la apropiacién de la tierra y de la necesidad de defenderla. Se ha Hegado a decir que la agricul- tura ha sido «la peor equivocaci6n de Ia historia de la especie humana», Ha sido, en todo caso, una equivocacién inevitable, EL ORIGEN DE LA AGRICULTURA 91 Figura 3.3, Principales zonas de corigen de la agricultura. Como ha dicho Harlan, la agricultura no surgié de un. hhallazgo o de una invencién, sino que es «el resultado de largos perfodos de evolucion conjunta de las plantas y del hombres en escenarios repartidos por el mundo entero, WB oo HMI 2824, SN sora. nj. et 92 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: Les Groube sostiene que el aumento de Ia temperatura ha favorecide el desa- rrollo de una serie de microdepredadores ccausantes de enfermedades como la max lara, que habrian provacado una crisis demogrifica en poblaciones de crecl miento casi nulo, Esto habeia exighlo aus mentar la frecuencia de los nacimientos, lo cual obligarta, como consecuencia de las necesidades del embarazo y la lactan- cia, a una vida mas sedentariay a inten- sificar los esfuerzos de produccién de ali- mentos en el entorno. Figura 3.4, Este grifico muestra la proporcién en que diversas plantas proporcionan calorfas a la alimentacién, hhumana. Resulta evidente la Importancia de los cereales (ellos solos proporcionan dos tecios del total) su diversidad (de Henk Hobelink, ed, Mas alls de la rovolucisn verde, Barcelona, Lemna, 1987, p. 38). . LA AGRICULTURA vinculada a los cambios climéticos que se produjeron al final de la tiltima glaciacin.* El paso a la agricultura es un proceso que parece haberse ini- ciado de forma independiente en diversos lugares del mundo: en el conjunto de Eurasia habria dos focos (el del Préximo Oriente y el de China), dos en América (el de América Central y el de los An- des), un foco africano y, para algunos, otro en Nueva Guinea (fi- gura 3.3). Cada uno de estos focos ha dado origen a un sistema agrario distinto, con una dieta propia y con unos elementos cul- turales compartidos, entre los cuales figurarian, para algunos, las diversas «lenguas madres» originarias. Cada sistema se basa en un cereal, esto es, en un grano que tie- ne la triple ventaja de dar fruto a los pocos meses de Ia siembra, de proporcionar un elemento nutritivo rico y de poder almace- narse, de forma que asegura la alimentacién durante todo el ailo, cosa imposible de hacer con la mayorfa de frutas y verduras, ano ser secdndolas (figura 3.4). Los cereales son, en realidad, una de las grandes invenciones FUENTES DE CALORIAS HUMANAS PROCEDENTES DE PLANTAS Frutstoraizas Foentes de adear = Tubéreules. Prats humanas: el resultado de una tarea de seleccién genética. Las plantas herbaceas tienen unas semillas que cuando maduran se desprenden y caen al suelo, lo cual es obligado para su reproduc- cin espontanea, Pero el hombre necesitaba variedades que man- tuviesen las semillas maduras sin desprenderse hasta la cosecha. Esta caracteristica se da en las plantas en estado salvaje como una enfermedad que dificulta su reproduccién, de manera que los agricultores tuvieron que ir escogiendo los ejemplares que mani- festaban este «defecto» para perpetuarlo: la espiga lena de semi- las maduras o la mazorca de mafz son una muestra de la capaci- dad humana de domesticar las plantas. En conjunto, los cereales proporcionan hoy alrededor de la mitad de todas las calorfas que consume la humanidad. ‘Los diversos sistemas agricolas del mundo se pueden caracteri- zar por el cereal en que se basa su dieta: hay una cultura del trigo ylacebada, que es la nuestra, complementada por unas legumbres —judias y lentejas: la carne del pobre— que proporcionan protef- nas y por el aceite de oliva, que es la fuente principal de grasas, y asociada a una ganaderfa de cabras y de ovejas, que proveen de le- che y carne. Hay una agricultura del sorgo y del mijo en Africa ne- ‘gra; otra del arroz en el sur y el este asidtico (complementada con el mijo, el cerdo y las gallinas), y una agricultura autéctona ameri- cana basada en el mafz (complementada con la patata y la man- dioca, que harfan funciones parecidas a las de un cereal). El arroz y el mafz, productos de otras culturas que han llegado tardfamente a Europa, son superiores al trigo en su capacidad de producir alimento por unidad de superficie: mientras una hecté- rea sembrada de arroz o de mafz permite alimentar a 5,63 perso- nas, una sembrada de trigo s6lo mantiene a 3,67. El arroz, originario de China, se difundié hacia el sureste de Asia y hacia Ja India, donde lo adoptaron los musulmanes, que fueron quienes lo trajeron al Mediterraneo. Hoy es el mas impor- tante de todos los cereales, ya que proporciona el 20 por ciento de las calorias y el 13 por ciento de las proteinas que consume la hu- manidad: es la base de la alimentaci6n de 2.000 millones de per- sonas y se dedican a su cultivo 100 millones de hectareas, el 90 por ciento de ellas en el sur y el este de Asia." El mafz (Zea mays), que tiene su origen en México (su domes- ticacién, bastante compleja, se produjo tal vez hace unos 10.000 afios), es un caso extremo de elaboracién: obtenido por hibrida- cién a partir de unos antepasados salvajes que se han extingui do", necesita del hombre para reproducirse, ya que sus semillas, EL ORIGEN DE LA AGRICULTURA 93 + Segén ta interpretacién de un histo riador indio, el hecho de que una agr ‘cultura basada en el arroz fuese mis ef ‘caz que Ia europea del trigo explica que los tajedores indios pudiesen trabajar en siglo xv por salarios monetarios mis boajos que los ingleses, lo que hacia que ‘sus teidos de algodén resultasen mas ba- ratos y que a los Ingleses no les quedase mas remedio, para poder competir con ‘ellos, que mecanizar la produccién e in- ‘dustralizarla con el fin de disminuir sus costes. ** El nico ejemplar de mafz silvestre cbservado por los europeos parece ser el que el botinico espatiol José Celestina Mutis vio en territorio de la actual Co: lombia en 177: «un mafeilo cimarrén+ al que dio el nombre de Zea sylvestris; su eseripcién es todo lo que hoy conace: mos de este antecesor 94 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. LA AGRICULTURA = Los bévidos tienen, ademés, la capa cidad de poder aprovechar incluso la ce- Tulosa, gracias a unas bacterias que viven enelestémago de los rumiantes y que les ‘permiten alimentarse de la paja fuertemente sujetas a la mazorca, han de sembrarse manualmen- te. La patata también es el resultado de siglos de experiencias y ‘cruzamientos que han dado origen a la multitud de variedades di- ferentes que se cultivan en los Andes —una diversidad que los eu- ropeos, acostumbrados a un producto estandarizado, descono- cen—, y corresponde a las posibilidades y necesidades de las zonas altas de la cordillera, donde hace la funcién de un cereal, ya que se puede tratar de forma que se conserve largo tiempo (chu- fo). La difusi6n por Europa del cultivo de Ia patata, cuya capaci- dad de produccién por hectérea es enorme, comparada con la de los cereales, fue una condicién necesaria para que fuese posible el gran aumento de su poblacién en el siglo xax. De gran importan- cia para la poblacién de las zonas tropicales ha sido la mandioca, originaria también de América, probablemente del Brasil, pero que hoy se cultiva sobre todo en Africa, y que se ha extendido tam- bién por Asia y por el Pacifico. El hombre ha domesticado, al mismo tiempo que las plantas, algunas especies de animales que consumen hierbas y hojas que no son directamente aprovechables para la alimentacién huma- na,* de las cuales saca provecho a través de su leche y de su car- ne, asf como de sus deposiciones, que abonan las tierras, aportén- doles nutrientes que permiten aumentar la producci6n de unos cultivos destinados al consumo humano. Una segunda utilidad del ganado, y en especial del vacuno, de los caballos y de los camellos, es el hecho de que proporcionan fuerza de tiro. Han sido, por ello, una fuente de energfa esencial a lo largo de la historia, Io cual ex- plica que todavia midamos la potencia tomando como unidad el caballo de fuerza (HP, del inglés horse power). Uno de los mayores inconvenientes para el desarrollo de la civilizacién en Africa ha sido, precisamente, el hecho de que la ganaderia s6lo ha sido po- sible en zonas muy limitadas, a causa, por un lado, del deseca- miento de la zona del Sahara, donde s6lo pueden subsistir reba- fios muy reducidos, pero sobre todo porque amplias zonas alrededor del Ecuador estan infestadas por la mosca tse-tse, que propaga la tripanosomiasis y hace imposible la vida del ganado de tiro. En estas circunstancias, el Africa negra se ha tenido que de- sarrollar sin la rueda, el arado o el carro, y ha dependido del trans- porte efectuado por porteadores humanos, lo cual seguramente ha favorecido el crecimiento de la esclavitud (Figura 3.5) Los primeros focos de una agricultura autosuficiente se dieron cn las fértiles tierras regadas de Mesopotamia y del valle del Nilo, mientras en las zonas semiéridas del Préximo oriente y de Euro- 1 punto = 100.000 cabezas de ganado Zonas infrtadas de mosea wee pa —por donde se difundi6 de este a oeste en un recorrido que dur6 unos tres mil afios(figura 3.6), coexistiendo con la recolec- cién y Ia caza—se desarrollé sobre todo una agricultura itineran- te en tierras arrebatadas al bosque, que se abandonaban cuando, al cabo de pocas cosechas, perdfan su fertilidad, para talar y que- ‘mar una nueva zona del bosque. La expansién de este sistema leg6 a producir la deforestacién de las tierras del Mediterraneo y el empobrecimiento de sus cult vos, que pudo ser superado hacia el afio mil antes de nuestra era por la aparicién de lo que se ha llamado la «revoluci6n agricola an- tigua», que combinaba el aprovechamiento de los recursos del «ager» (el campo, que comprendia las tierras més fértiles donde se cultivaban los cereales), del esaltus» (Ios prados, integrados por las tierras periféricas destinadas a pastos para el ganado) y de la «sil- va» (el bosque, con sus aprovechamientos forestales). El trigo y la EL ORIGEN DE LA AGRICULTURA 95 Figura 3.5. La mosea tsetse yla disteibucién del ganado en Africa. 96 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: 1. LA AGRICULTURA Figura 3.6. La difusién de le agricultura en Europa, segiin AJ. ‘Ammerman y LL. Cavalli-Sforza (The neolithic transition and the genetics of population in Europe, Princeton, Princeton University Press, 1984). En los ‘limos aftos algunos investigndores han criticado este modelo de expansién continuada y sostienen que la difusiéa de la agricultura se hizo de forma mas irregular y ms lenta, con épocas de vance y otras de estancamiento. © Lacapa de tierra desmenuzada por la accién del arado impide que el agua que hha penetrado en la tierra suba ala super. ficie por capilaridad y se evapore. EEE < 6.000 [ELH 6.007.000 El 7.500.200 8.500.9.000 FE 000-6 500 E24 7.000.7.500 BSNS 8000-8 500 BEEY > 9.000 aos cebada se cultivaban con el arado ligero (figura 3.7), la azada y la pala, porque los suelos de las riberas del Mediterraneo son poco rofundos y secos, de modo que bastaba arafiarlos con el arado de madera, que se limitaba a abrir el surco para depositar la semilla. Pero estos suelos pobres no se podian cultivar continuamente Para que la tierra recuperase los elementos nutritivos que reque- ian las nuevas cosechas, era necesario dejarla un afio sin cultivar esto es «en barbecho», —labrandola de vez en cuando para elimi. nar las malas hierbas y para conservar la humedad de las escasas Tuvias—* y utilizar el ganado que se alimentaba con la hierba del saltus» durante el dia para levarlo por la noche a las tierras en barbecho del «ager» con el fin de que, con sus deposiciones, les transmitiera parte de la biomasa que habia consumido paciendo. Esta seria la base de la agricultura de la Grecia clasica, que pro. ducta cereales para el consumo propio y cultivaba el olivo, que se odia plantar en las tierras marginales de las laderas de las mon- taas y que proporcionaba un producto, el aceite, que se comer- cializaba fécilmente. B] Imperio romano fue la forma politica més elevada creada por esta agricultura. Era esencialmente un gran productor de tri- g0, aceite y vino que se extendié por las orillas del Mediterraneo con el fin de asegurarse los alimentos necesarios. Egipto, por ejemplo, seria su gran proveedor de trigo gracias a un auténtico «puente marftimo» que transportaba cada afio unas 150.000 tone- ladas de grano de Alejandria a Italia; la Peninsula ibérica le pro- porcionaba aceite y diversas variedades de vino. La baja producti- vidad del trabajo seria para algunos la causa de que esta agricultura recurriese a los esclavos, ya que éstos, que s6lo reci- bian las raciones necesarias para su sustento, producfan un exce- dente mayor que el campesino libre que debia alimentar también a su familia, Con la agricultura aparecié también en el Préximo oriente el alcohol. Las primeras bebidas deben haber procedido de la fer- mentacién de los datiles; después han surgido la cerveza, produ- cida a partir de la cebada, el vino y, en las tierras del norte de Eu- ropa, el aguamiel fermentado. Estas bebidas, que substitufan a otros intoxicantes usados desde la prehistoria, como el opio y los derivados del céfiamo, se difundieron con la agricultura y acaba- ron constituyendo un elemento caracterfstico de la civilizacién eu- ropea. 3.3. LA NUEVA AGRICULTURA MEDIEVAL, La edad media ha presenciado cémo se desarrollaban en Eurasia dos modelos de crecimiento agrario distintos: dos revoluciones agricolas. Por un lado, la del mundo islamico, que ha sabido ha- cer una s{ntesis entre los sistemas agricolas asidticos y la vieja tra- dicién mediterranea: ha introducido nuevos cultivos (arroz, cafia de azticar, algod6n, limones, sandias, espinacas, alcachofas) y ha mejorado sus rendimientos con nuevas rotaciones y con unas téc- nicas de irrigacién mejoradas. Esta erevolucién» explica la pros- eridad de las tierras musulmanas, donde se podfan encontrar las ciudades mas grandes del viejo mundo, como Bagdad 0 Cordoba. Sus efectos, no obstante, se limitaron a un drea que se extendia tan sélo hasta la Peninsula ibérica, mientras que en las tierras eu- ropeas al norte de los Pirineos y de los Alpes surgfa otro modelo, también revolucionario. Sn ee LA NUEVA AGRICULTURA MEDIEVAL 97 Figura 3.7. Tipos de arado ligero utllizados en la Europa medieval. 98 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. LA AGRICULTURA * Elcerdo, que ha sido el principal pro- vveedor de came en la Europa central di. rante toda la edad media, es un animal ‘deal para poblaciones estables, ya que se puede criar en casa 0 se puede dejar que Dusque comida en los. bosques, muy abundantes en aquel tiempo. Figura 3.8. Una carmuca, La expansi6n del cultivo en las tierras del centro y el norte de Europa, donde predominaban los bosques, ha tenido que adap- tarse a las condiciones naturales de los suelos y del clima, que eran distintos de los del mundo mediterraneo y que darian ori- gen a una agricultura peculiar. A medida que se talaban los gran- des bosques para roturar la tierra, una ganaderfa mas abundan- te que la del Mediterraneo (cerdos,* rebafios de ovejas y de vacuno, caballos) adquirfa cada vez mayor importancia en rela- cion a la tierra sembrada. Una tierra, por otra parte, mas pro- funda y més fuerte, que debfa labrarse con un arado més pesa- do que el romano: la «carruca», que llevaba un tren delantero con ruedas (figura 3.8). En torno a esta nueva agricultura se desarrollaron algunos de los grandes avances de la edad media (la herradura, el molino de agua), pero lo esencial, y més revolucionario, que aport6 fueron los cambios en la organizacién del trabajo. La carruca necesitaba tuna fuerza de tiro considerable, a menudo de més de una pareja de bueyes. Por otra parte, resultaba muy pesado darle la vuelta al final del surco, de forma que conventa hacer los surcos lo més lar- g0s posible, desbordando los limites de las pequefias parcelas de cada propietario, La carruca era una herramienta que exigfa la co- laboracién de los campesinos. Al hablar de esta época, los historiadores acostumbran a re- ferirse sobre todo al feudalismo, es decir a las relaciones de po- der entre los miembros de las clases superiores (las instituciones unidas al feudo y al vasallaje) y a Ia forma en que estas clases es- tablecieron acuerdos para drenar y repartirse el excedente cam- pesino (la relacién entre sefiores y campesinos). Las imposicio- nes y contratos del feudalismo son, por otra parte, lo que ha dejado mayor rastro en la documentacién escrita, contrariamen- te alo que sucede con la regulacién de las formas de organiza- cin del trabajo campesino, que eran sobre todo de transmisién oral. Serre i i i j EE El feudalismo es esencial para entender la organizacién de la sociedad, pero no para explicar esta «revolucién agraria» de los siglos 1x al xm que ha permitido poblar el centro de Europa y ‘que ha creado una red de nuevas ciudades, desde Irlanda hasta Rusia. Este «auge del Occidente medieval» se ha basado sobre todo en el impulso generado por la introduccién de nuevas for- mas de cultivo organizadas colectivamente por los campesinos. Cada pueblo estructuraba el terreno cultivado —a excepcién de jun entorno inmediato destinado a huertos y vifias— en dos 0 tres grandes conjuntos de parcelas abiertas que se gestionaban como si fuesen las hojas de una sola explotacién (una parte del término se sembraba, la otra se dejaba en barbecho), y que los campesinos cultivaban colectivamente, realizando conjuntamen- te aquellas tareas para las que uno solo no habria tenido sufi- ciente fuerza de tiro. Cada propietario tenfa sus tierras divididas en parcelas esparcidas por el término, de manera que siempre mantenfa algunas sembradas y otras que estaban en barbecho. Los campos quedaban abiertos y, cuando se habia recogido la cosecha, el ganado podfa entrar a pastar en los rastrojos. Para funcionar adecuadamente, este sistema exigia que la colectividad controlase estrechamente el trabajo, y por tanto la vida, de todos los vecinos. Una de sus ventajas, en estas tierras més htimedas que las me- diterréneas, ha sido que ha permitido pasar, con el abono adicio- nal que proporcionaban estos rebafios mayores que pacian en los rastrojos, de la rotaci6n (la alternancia de cultivo y barbecho) bie- nal que se practicaba desde la antigitedad a otra trienal, cultivan- do dos afios seguidos cada hoja y dejéndola en reposo tan sdlo en el tercero, sobre la base de no repetir el mismo cultivo en dos afios seguidos, sino alternandolo con otro que tuviese un ciclo produc- tivo distinto, De este modo, por ejemplo, se cultivaba primero un cereal sembrado en otofio, como el trigo, que se reemplazaba al afio siguiente por otro sembrado en primavera, como la cebada (la tierra, por tanto, estaba en reposo durante el otofio y el invierno), mientras que al tercer afio se dejaba en barbecho. De esta forma aumentaba la superficie efectivamente cultivada y disminufa la parte que se dejaba en reposo. Este sistema se completaba con bosques y pastos colectivos que permitian obtener la lefia necesaria y ayudaban a mantener los rebafios que proporcionaban a los campesinos estiércol para abonar la tierra, lana para tejer y fuerza de tiro para los arados y el transporte. LA NUEVA AGRICULTURA MEDIEVAL 99 100 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: 1, LA AGRICULTURA Los griegos no herraban a los cabo- los, sino que usaban una especie de sen (alias de cuero rellenas de paja. Las he~ rraduras —que convertirian el trabajo del hherrero en un oficio esencial en el mun- do agricola— se difundieron por Europa 1 partir del siglo ox c* Alfred W. Crosby en Del Sweeney, ed, Agriculture inthe middle ages, Phila — y produjo una grave deforestacién. 3.5. LA «SEGUNDA REVOLUCION»: LA APARICION DE UNA AGRICULTURA COMERCIALIZADA Hasta ahora todos los esfuerzos de los agricultores se habfan cen- trado en la mejora de los rendimientos por unidad de superficie cultivada: en el aumento del volumen de la produccién que se ob- tenfa de este bien escaso que es la tierra, Durante la «segunda re- voluci6n agricola», en cambio, los criterios cambiaron y los pro- pietarios no buscaron aumentar la produccién, sino disminuir sus costes. Para entender esta neva orientaci6n hay que tener en cuenta, en primer lugar, la magnitud de los aumentos de produccién con- seguidos (con las rotaciones y el estiércol, primero, y con el uso de abonos minerales, después), que han hecho que se pasase en Eu- ropa de unos rendimientos medios de 8 quintales métricos de tri- go por ha en 1800 a 42 en 1985: una multiplicacién por cinco de los rendimientos que no tiene precedentes en la historia. Esta nue- va agricultura que producia casi exclusivamente para la venta ha- bia dejado, por otra parte, de ser autosuficiente: los factores de produccién y el trabajo no salfan ahora del cfrculo familiar, sino que debian comprarse. Esto vale tanto para los abonos quimicos ee, eee 1LA «SEGUNDA REVOLUCION®: LA APARICION DE UNA AGRICULTURA COMERCIALIZADA 103 | % Mark Overton, Agricultural revolution jn England, Cambridge, Cambridge Uni- versity Press, 1996, p. 194. ** PT, Hoffmann, Growth in a tradition rial society. The French countryside, 1450- 2815, Princeton, Princeton University Press, 1996; G. Postel-Vinay, La tere et Vargent, Paris, Albin Michel, 1998, 104 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I, LA AGRICULTURA © La siega de los cereales, por elemplo, se debe hacer en el momento preciso, si no se quiere que parte del grano se eche a perder. Como este momento viene de- terminado por la maduracién, y éta por Ja suma de las temperaturas anuales, Ia siega comenzaba (en el hemisferio norte) primero en las terras cflidas del sur, y realizaba mds tarde en las més fries del norte. Esto permitia a los segadores ha- cer una larga temporada de trabajo asa- lariado, desplazindose de sur a norte (como hacian los segadores gallegos, que Iniciaban la faena en Andalucia iban subiendo hacia Castilla y Leéa). y para las herramientas —y en especial para la maquinaria, que se ‘empezaria a utilizar en gran escala en el siglo xrx—, como para el trabajo, La diferencia esencial entre los dos sistemas residia precisa- ‘mente en la forma en que utilizaban el trabajo humano. En la pro- duccién familiar campesina el trabajo era valorado en términos puramente personales y no como un coste (el trabajo hecho por los miembros de la familia no se pagaba por horas o jornadas). En cambio, en la produccién para la venta, que se realizaba en ex- plotaciones de dimensiones lo bastante grandes como para em- plear asalariados —en especial para aquellas tareas que debfan hacerse con rapidez, como las de la cosecha—,* el trabajo era un elemento esencial de los costes y su influencia en el precio de ven- ta podia resultar determinante para el éxito de la empresa agraria. ‘Lo importante no era, por tanto, que una explotacién produje- se més, sino que lo hiciese a costes mas bajos, lo cual explica que la eficacia de la nueva agricultura no se midiera en téminos de rendimientos por unidad de superficie sino de productividad por hora de trabajo empleada: lo que contaba no eran los hl de trigo producidos por ha, sino los kg de trigo por hora de trabajador adulto, Estamos ante una agricultura que actia con la misma 16- gica que una industria: compra sus materias primas (semillas, he- rramientas y abonos), utiliza trabajo asalariado y vende su pro- duccién en el mercado. El proceso de mecanizacién del trabajo agricola se inicié en In- glaterra en la época de las guerras contra Napoleén. Eran mo- mentos en que la isla padecia un blogueo de su comercio con Eu- ropa, los precios de los productos agricolas eran altos y los trabajadores, como consecuencia del reclutamiento para la gue- ra, resultaban escasos. Fue entonces cuando empezaron a intro- ducirse las primeras méquinas en el campo. Cuando acabé la gue- rra, los precios de los productos agricolas cayeron, pero los hombres no recuperaron su trabajo; por el contrario, el descenso de los precios hacfa todavia més necesarias las maquinas, que pei mitian abaratar los costes (figura 3.10). Es la época en que grupos numerosos de trabajadores desplazados —los luditas— se amoti- naron para destruir las méquinas agricolas y en que el gobierno briténico envié contra ellos ejércitos enteros. Esta etapa de ma- lestar social durarfa hasta 1830, con la tiltima revuelta de los tra- bajadores del campo, conocida como la del «capitan Swing», por el nombre del jefe imaginario que firmaba las proclamas revolu- cionarias, El remedio vendria como consecuencia de Ja gran de- manda de trabajo industrial en las primeras décadas del siglo xtx y, sobre todo, gracias a la construccién de los ferrocarriles, que, ‘con sus grandes obras realizadas a pico y pala, darfa ocupacién a muchos millares de hombres. Hacia 1880 se produjo un nuevo momento de avance de la «in- dustrializacién» de la agricultura, localizado ahora en las tierras puestas nuevamente en cultivo de los pafses ultramarinos (Cana- dé, Estados Unidos, Australia, Argentina) y del sur de Rusia. Eran tierras nuevas en las que podian organizarse grandes explotacio- nes mecanizadas: fabricas de cereales que compitieron muy ven- tajosamente con la produccién europea a partir del momento en que la utilizacién de grandes barcos de vapor permitié abaratar el coste de transportar los cereales a través del Atléntico (traer el tri- g0 de los Estados Unidos a Barcelona por mar costaba menos que traerlo en tren de Zaragoza a Barcelona) (figura 3.11). Si valorésemos la nueva agricultura ultramarina con los viejos criterios, nos parecerfa muy ineficaz. Hacia 1880, por ejemplo, Ios rendimientos por ha de la produccién de trigo eran de 8,5 qm en los Estados Unidos y s6lo de 6 en Australia, mientras que en Ale- mania se obtenfan 13, en Inglaterra 17 y en Dinamarca 22,5. In- cluso una agricultura como la espafiola tenia umos rendimientos algo mejores que los norteamericanos. Lo que ocurria era que en los pafses ultramarinos esta produccién se obtenfa en grandes ex- LA «SEGUNDA REVOLUCION®: LA APARICION DE UNA AGRICULTURA COMERCIALIZADA Figura 3.10. Una segadora McCormick de 1862. 105 106 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: 1. LA AGRICULTURA Figura 3.11. Evolucion de los precios del transporte maritimo de las ‘exportaciones norteamericanas (se puede ver que de 1820 a 1900 se han reducido a menos de la cuarta parte). 350 200 Indice de precios det wransporte mario de las exportaciones 280: 1830 = 100, 200. Valor 150. 100 820" 1890" 1640" 1850" 1860" 1870 " 1450" 1680 1900 1910 plotaciones extensivas cultivadas con maquinaria, con un coste mfnimo de trabajo humano. Los rendimientos eran bajos, pero la productividad, en términos de kg por hora de trabajo humano, era muy elevada: en el caso del trigo, por ejemplo, la productividad era en los Estados Unidos, hacia 1880, cinco veces mayor que la espatiola. En estas condiciones estaba claro que el trigo nortea- mericano se podfa vender en Espafia a precios considerablemente més bajos que el de produccién local. 3.6. EL FRACASO DEL «CAPITALISMO AGRARIO» Los hombres que protagonizaron esta «segunda revolucién» su- onan que la agricultura evolucionaria de forma parecida a la industria y que tenderfa a concentrar la produccién en grandes explotaciones tecnificadas, en «fébricas» agricolas; pero esta ih sin entré en crisis a fines del siglo xrx. El problema se empez6 a vivir en Europa como una consecuencia de su incapacidad de competir con la produccién de cereales de los nuevos pafses pro- ductores. Los precios habfan caido, mientras los salarios, deter- minados por la demanda creciente de trabajo de la industria y de los servicios, subfan; en estas condiciones la explotacién campe- sina que utilizaba esencialmente fuerza de trabajo familiar (ayu- EL FRACASO DEL “CAPITALISMO AGRARIO» 107 dada ahora por la difusién de una maquinaria agricola que dis- minuia la necesidad de alquilar brazos para tareas como Ia sie- gay la trilla*) estaba en mejores condiciones de afrontar la cri- sis que la gran explotacién «industrializada» que dependia del trabajo asalariado. ‘Las presiones de los grandes propietarios, por un lado, y la ne- cesidad de frenar el malestar social de los pequefios campesinos, por otro, condujeron a los paises europeos a establecer politicas de proteccién, limitadas inicialmente al aumento de los aranceles que cargaban sobre los cereales importados, con el fin de mante- ner altos los precios interiores. Pero con esto no se consiguié eli- minar los efectos sociales de la crisis, ni se fren6, a la larga, la de~ cadencia de la gran produccién. “Las repercusiones sociales de esta crisis serfan muy graves en pafses que conservaban una elevada proporcién de poblacién ocu- pada en la agricultura, y que ahora no tenfan, a diferencia de lo que habfa ocurrido en Inglaterra durante la primera mitad del si- glo xix, ocupaciones alternativas para los campesinos desplazados (la industrializacién de fines del siglo x0x y comienzos del x era muy mecanizada y no necesitaba los ejércitos de trabajadores que requeria la de cien afios antes). En un primer momento los campesinos se defendieron de la crisis autoexplotandose. Las familias se aferraban a la conserva- cién de su propiedad, aceptando los sacrificios que fuesen nece- sarios para ello. Arruinadas por la baja de los precios agricolas, reaccionaron a menudo con una respuesta «perversam (es decir, contraria a Ja eracionalidad econémica»): si el excedente de la cosecha no bastaba, a los precios més bajos que ahora se paga- ban, para cubrir sus gastos y atender los impuestos, cultivarfan mis tierra para obtener mAs producto con el cual equilibrar sus cuentas. Pero esta tierra adicional era de peor calidad y el au- mento de la produccién habjan de conseguirlo con una sobreex- plotacién del trabajo familiar, hasta llegar al punto de no retor- no en que ya no pudieron hacer otra cosa que abandonar la tierra y emigrar:** El resultado seria que millones de campesinos europeos tuviesen que marchar hacia tierras americanas, a tra- bajar en el campo 0 en oficios urbanos que tenjan todavia un fuerte componente manual Las politicas de proteccién se verfan reforzadas en el siglo xx tanto por el miedo a la revuelta campesina (que tuvo un papel de- cisivo en el triunfo de dos revoluciones: la mexicana y la bolche- vique en Rusia), como por un «fundamentalismo agrario» conser- Ha sido precisamente en los pases desarellados, donde, dominan las etx. Plotaciones campesinas familar», don- fe le agrcultura.motomecsnizada ba triunfado més claramente == Un fenémeno parecido ocurrié des- pués de 1983 con los cultivadores de uva para pasas en California, Desesperados por los precios que recibian, hicieron todo tipo de pruebas intentando reem= plazar el capital con mas trabajo, hasta ‘gue, derrotados, tuvieron que acabar abandonando la tierra, 108 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. LA AGRICULTURA, * No se trata sélo del caso alemén, Mo: vimientos de eretorno al campo» se die- ron tambien en Inglaterra o en los Esta dos Unidos, donde el’ presidente ‘Theodore Roosevelt consideraba necesa- rio mantener una numerosa poblacién americana» en el campo para frenar la invasin de inmigrantes «incivlizadose del sury el este de Europa. La proteccién del campesino y de sus evalores tradicio- naless ha sido también un elemento fur ‘damental en los planteamientos ideolégi- cos de la extrema derecha espatiola 0 francesa. Figura 3.12, El grifico muestra cémo, desde 1870 hasta hoy, la tierra cultivada fen Europa ha disminuldo, lo que contrasta con el gran aumento del érea cultivada en América del Norte, Rusia, ‘Australia y Argentina. vador, que vefa en el campesino una reserva humana esencial para la preservacién de la nacién o de la «raza»* y que pensaba que la supervivencia del pequefio propietario era la mejor garantia con- tra la amenaza del «socialismo» (ésta fue una de las razones que inspiraron las reformas agrarias de los paises del este de Europa, amenazados por el «contagio bolchevique», al término de la pri. mera guerra mundial), El resultado final serfa el de ir situando la produccién agricola al margen de las reglas «del mercado», como lun sector de la economta protegido con precios de garantfa_y con subsidios de diversa naturaleza. No se impidi6, con ello, la decadencia relativa de la produccién agricola europea: en 1985 se cultivaba en Europa la misma super- ficie que en 1860, ciento veinticinco anos antes, mientras que en Jos paises nuevos se habfa multiplicado casi por cinco en el mis- ‘mo tiempo (figura 3.12). Aunque tampoco la agricultura de estos paises nuevos evolucioné satisfactoriamente. La de los Estados Unidos pasé por una grave crisis a causa del crash de 1929 y de una terrible sequfa, que expulsaron de la tierra un mill6n de agri- cultores, y acabé mas tarde agonizando como consecuencia de su propio éxito, incapaz de afrontar los bajos precios que obtenfa por sus productos. 200 $1604 3 “América del Nore, Rusia, 2 ‘Acer y Argentina E E04 Ea 4 Earapa ; a a Fa o4 4870 1880 1890 1900 1910 1920 1930 1940 1950 1960 1970 1980 1950 EL FRACASO DEL «CAPITALISMO AGRARIO» 109 avanzados, por mas que los indices de aumento de los rendimien- tos y de la productividad lo enmascarasen, todavia result6 peor | para los paises menos desarrollados. La agricultura respondia, al final de la segunda guerra mundial, a dos modelos basicos. En los | pafses extraeuropeos de colonizacién (como Nueva Zelanda, Esta- dos Unidos o Australia) dominaba un modelo extensivo de bajos rendimientos por ha y de una elevada productividad. En otros, en Jos que la industrializacién llegé tardfamente, con un exceso de brazos y tierra escasa, se habfa desarrollado una agricultura de al- | tos rendimientos por unidad de superficie, pero que consumia grandes cantidades de trabajo (como en Taiwan o Japén). Estos dos modelos son los que determinan los dos ejes del grafico (figu- ra 3.13). Los pafses que tenfan una situacién més equilibrada eran los que habfan desarrollado una agricultura con valores elevados tanto de rendimientos como de productividad (como Holanda, Bélgica, Dinamarca o Alemania). Pero es facil ver que habia mu- chos —Ia inmensa mayorfa de los subdesarrollados— que alcan- zaban un bajo nivel en los dos ejes: que tenfan bajos tanto los ren- dimientos como la productividad. Estos pafses no pueden esperar que su propio proceso indus- trializador, demasiado débil, absorba los brazos sobrantes en la agricultura (recuérdese que estamos hablando de casos en los que | ésta ocupa a més de un 80 por ciento de la poblacién activa), i Si el fracaso del capitalismo agricola era evidente en los paises | | | 5 i [ee eee ces SE | temic woes 3 sa.aca Figura 3.13. El grfico siti la 3 agricultura de diversos paises (sein 58 snc, datos de 1957-1962) en relacion con los ¢ rendimientos por hectrea y con la Q productvidad por tabajador (todos los 2 datos han sido reduc a wunidades eS can equivalents de trigo» para fciitar la cag SE ooo comparaciéa) (de Yojiro Hayari y sa . emer Vernon W. Rutan, Agrculeral comma —_ “EAs mOGLNDH development. An international = = a rat mn Ite perspective, Baltimore, The Johns Thoouccen nticota rok RaniooR gata EHC Hopkins University Press, 1971, p. 114). 110 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. LA AGRICULTURA como hicieron Gran Bretatia, los Estados Unidos o Francia, Tam- poco pueden resolver el problema expulsando la mano de obra so- brante en este sector por la via de la emigracién, como lo hicieron Talia, Alemania o Espafia a fines del siglo x0x y comienzos del xx, porque los paises desarrollados no necesitan hoy esta fuerza de trabajo y se esfuerzan en impedir su entrada. 3.7. LA AGRICULTURA Y EL FUTURO DE LA HUMANIDAD Al término de la segunda guerra mundial la perspectiva de ham- bre e inquietud social que amenazaba a los nuevos pafses inde- pendientes del amado «tercer mundo» dio lugar a una gran campafia internacional, patrocinada por los Estados Unidos (en especial por las fundaciones Rockefeller y Ford) y por el Banco Mundial, con el fin de introducir mejoras en las agriculturas de estos paises. Los resultados de la llamada «revolucién verdes fueron espectaculares: las nuevas especies «milagrosas» de altos rendimientos daban unas cosechas de una abundancia insospe- chada: entre 1950 y 1990 los rendimientos de los cereales se multiplicaron por 2,5 y la produccién mundial se triplicé. Esto se consiguié en buena medida gracias a un uso intensivo de los fertilizantes (entre estas mismas fechas la produccién de abonos quimicos se multiplicé por diez) y de los pesticidas, que benefi- 16 sobre todo a la industria quimica de los paises avanzados, Pasadas unas décadas, sin embargo, han empezado a apare- cer los Ifmites y los riesgos de la revolucién verde. El uso de fer- tilizantes quimicos esta llevando a los paises desarrollados a ren- dimientos decrecientes, de manera que su consumo ha empezado a retroceder desde 1990. Mucho peor es todavia lo que ha ocurrido con los pesticidas. La aparicién de variedades resistentes a los insecticidas ha creado un cfrculo vicioso que re- quiere nuevos pesticidas, y cada vez en mayor cantidad, para proteger los cultivos. Otro gran problema creado por la revolucién verde ha sido la pérdida de la biodiversidad, como resultado de la especializacién en el cultivo de las variedades «milagrosas» y de la destruccién de las plantas silvestres del entorno. Las mejoras que han permitido obtener nuevas especies de cereales se han hecho utilizando ma- terial genético de variedades silvestres. En la «biblioteca genética» de la naturaleza hay muchas posibilidades para el futuro, no sélo para la mejora de las variedades cultivadas, sino para el desarro- LA AGRICULTURA Y EL FUTURO DE LA HUMANIDAD 111 lo de nuevos cultivos. Pero esta «biblioteca» esté siendo sistemé- ticamente destruida (se calcula que en el afio 2025 se habra per- dido la cuarta parte de su riqueza actual) y cada especie que de- saparece significa una pérdida irreparable. Por otra parte, el mundo depende para su supervivencia de cuatro 0 cinco cosechas —trigo, maiz, arroz, cebada, soja— que se dan en climas mediterraneos con largas estaciones secas. “Que sucederfa —se pregunta Harlan— si una de éstas fallase? En las condiciones actuales esto parece poco probable, pero tenemos evi- dencia de que ha habido sequfas muy severas a escala continental. Ha sucedido en el pasado: probablemente volveré a suceder en el futuro”. Hemos conseguido construir un mundo desequilibrado donde los paises avanzados tienen més produccién agricola de la que ne- cesitan, la despilfarran y se ven obligados a gastar recursos consi- derables para arrancar Vifias, matar vacas o cerdos y retirar tierras del cultivo,* mientras que en los subdesarrollados hay hambre, es- pecialmente en Africa, pero no pueden ni comprar los excedentes de los otros hay que tener alguna cosa que les interese inter- cambiar a quienes poseen estos excedentes—, ni mejorar la efica- cia de su agricultura, porque no pueden asumir las transforma- ciones necesarias.** Por otra parte, los intentos de promover desarrollo industrial autéctono suelen basarse en estos pafses en una transferencia de recursos del sector agricola, lo que agrava su situaci6n y. perpetua su atraso (un estudio sobre diecisiete pafses de Africa, Asia y América Latina entre 1960 y 1985 muestra que el efecto de estas politicas ha venido a significar una detraccién del 30% de lo pagado a los agricultores). ‘Lo peor, ademés, son las perspectivas de futuro que presenta la producci6n de alimentos a escala mundial. En los tiltimos afios, mientras la poblacién del mundo ha seguido creciendo, las cose- chas de cereales se han estancado y la disponibilidad de calorias por individuo ha empezado a disminuir. Como ha dicho Lester Brown, “la historia ha presentado el perfodo de cuarenta afios que va desde 1950 a 1990 como la edad de oro del aumento de pro- ductividad de las tierras de cultivo en el mundo”. Desde 1990, sin embargo, este proceso se ha frenado y no se prevé que pueda ha- ber nuevos crecimientos de una amplitud semejante, lo cual gene- ra unas perspectivas de futuro poco esperanzadoras para aquellos pafses subdesarrollados cuya poblacién crece con mayor rapidez, que su produccién agricola y que dependerén cada vez. més de las importaciones de alimentos. Si la situacién sigue igual, en muy + LaPolitica Agraria Comunitaria euro- pea empe26 garantizando los precios y efendiendo a los agricultores de las im- portaciones. El resultado fue crear unos inmensos excedentes invendibles; en los ‘afios ochenta cambio de orientacién: se Bjaron cuotas de produccién maxima, se estimulé el abandono del cultivo (en 1988 se decta que en cinco aftos debfa re tirarse del cultivo el 20 por ciento de toda Ja tierra labrantia) y se empezaron a dar subsidies para favorecer esta especie de eutanasia de la agricultura campesina 112 _ LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. LA AGRICULTURA Pocos afios puede ocurrir que el problema del hambre, que hoy s6lo tiene proporciones catastroficas en el Africa subsahariana, se generalice y adquiera unas dimensiones desconocidas desde hace siglos, sin que sea seguro que los nuevos milagros que promete la biotecnologia basten para evitarlo, Como se puede ver, los problemas de Ja agricultura no sdlo eran cosa del pasado, sino que resultan vitales en el presente. LECTURAS RECOMENDADAS, Bloch, Mare, La historia rural francesa, Barcelona, Cri- tica, 1978. Buxé, Ramén, Arqueologta de las plantas, Barcelona, Critica, 1997, Cohen, Mark Nathan, La crisis alimentaria de la prehis- toria, Madrid, Alianza, 1987. Duby, Georges, Economia rural y vida campesina en el Occidente medieval, Barcelona, Peninsula, 1973. Fossier, Robert, Historia del campesinado en el occiden- te medieval, Barcelona, Critica, 1985 Garrabou, R., y.M. Naredo, eds, La fertilizacién en los sistemas agrarios. Una perspectiva kistorica, Madrid, Fundacién Argentaria, 1996 Genicot, L., Comunidades rurale en el occidente medic- val, Barcelona, Critica, 1993. Rosener, Werner, Los campesinos en la Edad Media, Barcelona, Critica, 1990. Slicher van Bath, BLH,, Historia agraria de Europa occi- dental, 500-1850, Barcelona, Peninsula, 1974. Thompson, E.P, Costwnbres en comin, Barcelona, Cr tica, 1995 ALGUNOS LIBROS MAS AVANZADOS QUE CONVIENE CONOCER: Cohen, Mark Nathan, Health and the rise of civilization, ‘New Haven, Yale University Press, 1989. Cowan, C.W., y PJ. Watson, eds., The origins of agricut- ture, An intemational perspective, Washington, Smithsonian Institution Press, 1992. Ehrlich, Paul R., y Anne H. Ehrlich y G.C, Daily, The stork and the plow, Nueva York, Putnam, 1995. Grigg, David B., The transformation of agriculture in the West, Oxford, Blackwell, 1992, Harlan, Jack R., The living fields, Our agricultural heri- tage. Cambridge, Cambridge University Press, 1995, Harris, David R., ed., The origins and spread of agricul- ture and pastoralism in Eurasia, Londres, University College London, 1996, Kerridge, Eric, The common fields of England, Man- chester, Manchester University Press, 1992. Koning, Nick, The failure of agrarian capitalism, Lon- dres, Routledge, 1994 Mazoyer, Marcel y L. Roudart, Histoire des agricultures du monde, Paris, Seuil, 1997, Neeson, J.M., Commoners: Common right, enclosure and social change in England, 1700-1820, Cam- bridge, Cambridge University Press, 1993. ‘Thorpe, LJ., The origins of agriculture in Europe, Lon- des, Routledge, 1996. ‘Tudge, Colin., Neanderthals, bandits and farmers. How agriculture really began, Londres, Weidenfeld and Nicolson, 1998. Whatson, A.M, Agricultural innovation in the early isla- ‘mic world, Cambridge, Cambridge University Press, 1993. LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: II. TRAFICOS Y MERCADOS Uno de los aspectos esenciales de la historia de los seres humanos, sin el cual no se entenderfa su progreso, es la capacidad que tien de cooperar a través del intercambio, tal como se manifiesta desde la prehistoria. El intercambio se bas6 primero en la existencia, en puntos determinados, de recursos naturales, como la obsidiana ola sal, que eran escasos en otros lugares, pero mas adelante tuvo como objeto los productos agrarios que se cultivaban pensando en permutar los excedentes no consumidos (como el vino o el aceite), o las manufacturas (como la cerémica y los tejidos). Los intercambios tienen como término de referencia el «mer- cado»: una palabra que designa a la vez el lugar donde los hom- bres se retinen para comprar, vender o cambiar; el area territorial en que se realizan intercambios de productos (y asf se puede ha- cer una gradacién que va desde los mercados locales hasta un mercado mundial), o el conjunto de las reglas que fijan la forma de estos intercambios, entre las cuales tiene que figurar necesa- Hiamente la existencia de unas condiciones institucionales y cul- turales que garanticen el «trust», la confianza en que los tratos he- chos son fiables y duraderos, que es en buena medida lo que justifica que se hable de esociedades de mercado». Los pensadores escoceses del siglo xvmt, que vivian la expe- riencia de una Gran Bretafia en un répido proceso de crecimiento econdmico basado en su expansién comercial, convirtieron el mercado en la pieza explicativa central de su vision de la econo- mfa, que en muchos aspectos sigue siendo hoy dominante en el pensamiento del liberalismo econémico. Para Adam Smith, en La riqueza de las naciones, la base del crecimiento econémico era la division social del trabajo, que permitia a los hombres especiali- * La sal empez6 a ser esencial para la alimentacién humana a partir del neoliti- 0, cuando una alimentacién més riea en cearbohidratos la hizo indispensable. Un ugar como Hallstatt debja su importan- cia a las minas de sal y a un comercio {que explica que se encuentren allfobjetos importados de toda Europa. En diversos Iugares del mundo, y muy especialmente cn Africa, la sal servia de moneda o era Intercambiada incluso por esclavos 0 por foro (Jacques Nenquin, Salt A Sady ix economic prehistory, Bruges, De Tempel, 1961). 114 Las FORMAS DE SUBSISTENCIA: Il. TRAFICOS ¥ MERCADOS + «Como Ia capacidad de intercambiar cs la que da lugar a la divisién del traba- jo, Ia extensién de esta divisin ha de es- tar siempre limitada por Ia extension de esta capacidad, 0 sea, en ottas palabras, por le extensién del mercado,» Adam ‘Smith, Weal of mations, I, 3 ** Laeslora es la longitud de la embar- cacin; la manga, su anchura,yel punta, Ta altura dal caseo. zarse en producir lo que podian o sabian hacer mejor para inter- cambiarlo con lo que hacian otros (y les Ievaba, a la vez, a cola- borar entre ellos en las diversas operaciones de la fabricacién de un producto).” Se trata, como se ve, del principio del crecimiento por especializacién, que hemos visto antes en la agricultura, pero extendido ahora al conjunto de la economfa, y no s6lo en lo que se refiere a los intercambios, sino también a la organizacién del trabajo productivo. A través de sus efectos sobre la division del trabajo, por tanto, el mercado se convertia en el gran motor del crecimiento econdmico y del progreso humano. 4.1, COMERCIO Y NAVEGACION EN LOS TIEMPOS ANTIGUOS. Desde el Paleolitico superior encontramos comunidades europeas que utilizan materiales que proceden de lugares que distan hasta 500 km de su asentamiento, lo que presupone la existencia de un intercambio organizado. Hace 4.000 afios empezaba a desarro- arse en el Mediterréneo oriental un tréfico muy activo de vino y aceite, en unas redes de intercambio que se extendian en torno a sus islas, De este origen surgira el comercio de fenicios y griegos, que llevarfan sus productos, y su cultura, hasta el extremo occi- dental del Mediterraneo. Este primer comercio a larga distancia era fundamentalmente naval. Para entender sus limitaciones conviene conocer cémo se hhacfa la navegacién en la antigtiedad. Todas las embarcaciones de- rivan de tres tipos esenciales: los troncos vaciados, las almadias 0 balsas de troncos, bambties o maderas atadas (el nombre de «bal- sa» procede del de un rbol americano de madera muy ligera que se utilizaba para hacer este tipo de embarcaciones), y las cestas re- cubiertas de pieles o de algiin otro material impermeable. El tipo més simple es la almadia, que todavia navega en Brasil —las jan- gadas—o en los puertos fangosos de Taiwan (la embarcacién que construye Ulises cuando huye de Calipso es una balsa de veinte troncos). De la abundancia de un material excelente como es el bambd derivan las embarcaciones tradicionales de China, los la- mados juncos, que pueden llegar a tener 40 m de eslora,** son de fondo plano, sin quilla, y tienen un timén profundo que ayuda a equilibrarlos. En la tradicion de la cesta, propia de las zonas sin Arboles, se hace primero una armadura interna y se recubre pos- teriormente con una superficie impermeable (como hacen los es- quimales, y como se hacfa en Inlanda o en el Eufrates). COMERCIO ¥ NAVEGACION DE LOS TIEMPOS ANTIGUOS 115 El tronco vaciado ha dado origen a la canoa, que es poco esta» ‘Figura 4.1. Una trirreme vista de ble para navegar a vela; necesita entonces, o bien unirse a otra, 0 perfil. bien afiadir balancines que la equilibren (catamaranes). De este tipo surgi6 el barco europeo, elevando a ambos lados del tronco forros de madera sujetados con piezas interiores que dibujaban el casco de la nave ‘Toda embarcaci6n destinada al mar era en principio de vela. Habfa otras, en especial las militares, que se movian también a remo, lo que les permitia prescindir de la direcci6n del viento para maniobrar, pero las condenaba a no ir muy lejos porque necesita- ban una gran dotacién y, en consecuencia, muchas provisiones, sobre todo agua. La gran realizacién de la néutica griega fue la rreme, con tres hileras de remos y unos 170 hombres moviéndo- Jos (figura 4.1), que tenia problemas de manejo porque los reme- ros debian actuar con mucha conijuncién, siguiendo el ritmo que se les marcaba, y esto exigia mucho entrenamiento. Estas embar- caciones usaban la vela tanto como les era posible, y se servian del remo por turnos, sin poner en juego a todos los hombres, excepto en el combate, en que utilizaban toda la fuerza de remo a la vez para ganar un méximo de velocidad. Un caso especial de barco de | guerra gigante fue el que hizo construir Ptolomeo IV de Egipto (fi- gura 4.2): era de 127 m de largo (eslora), 17 de ancho (manga) y 22 de altura (puntal). Parece que era de doble casco y se dice que necesitaba 4,000 remeros (a razén de cinco a ocho por cada remo) | y2.850 marineros para manejarlo. Era dificilisimo de maniobrar, {de manera que permanecié amarrado en el puerto y nunca hizo servicio activo: era una especie de arma de disuasién. | A diferencia de las naves de guerra, largas y estrechas para al- canzar una velocidad méxima en el combate, las de transporte eran redondas y mas pequefias, y navegaban esencialemente a vela (el espacio que habrian ocupado los remeros se necesitaba para la carga) 116 _ LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. TRAFICOS Y MERCADOS Figura 4.2, La embarcacién gigante de Ptolomeo IV. > 10 metros tt? La navegacién a vela dependia de las condiciones climaticas es- tacionales. Hesfodo dice que sdlo se puede navegar en los meses de julio y agosto, pero esto es exagerado, Lo normal en el Medite- rrdneo era hacerlo desde el 10 de marzo al 10 de noviembre como ‘méximo, y la época ideal era la que va de abril a septiembre. Fue- ra de este tiempo s6lo se salfa a la mar por motives excepcionales. La causa de ello no eran sélo las tempestades de invierno, sino los problemas de visibilidad: una navegacién que duraba pocos dias y ‘que no se alejaba pricticamente de la costa, no necesitaba ningin instrumento (el mapa y el portulano son para la navegacién de al- ‘tura), sino tan s6lo capitanes que conociesen bien la costa, las co- rrientes y los escollos. El hecho de que en invierno hubiese nubes y nieblas que dificultaban la visibilidad era un grave inconvenien- te para esta navegacién. 4.2, LA CONSTRUCCION DE UN MERCADO EUROPEO La proliferacién de los intercambios hizo nacer la moneda, una pieza de metal (cobre, plata y oro, esencialmente) que tiene un va- lor fijado y avalado por una determinada autoridad, y que parece LA CONSTRUCCION DE UN MERCADO EUROPEO 117 Figura 4.3. Lugares donde se han encontrado restos de énforas para el transporte de vino producidas en la costa catalana. Bl primer mapa, el de las dnforas Pascual 1, corresponde al reinado de Augusto y muestra la dlifusién hacia el norte, desde el sur 4e la Galia hasta Bretana. El segundo, cl de las &nforas Dressel 2-4, permite ver la importancia de las exportaciones hacia Italia durante la segunda mitad. Gel siglo Ide nuestra era (de Philippe Leveau, Campagnes de la Mediterante romaine, Paris Hachette, 1993, p. 238 118 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: 11. TRAFICOS Y MERCADOS Figura 4.4. Distribucién de los hrllazgos de un tipo de pstera romana por el norte de Europa. Obsérvese que se concentran cerca de los estrechos que ‘omunican el mar Béltico con el mar del Norte, por donde pasaba un complejo baz de relaciones que hizo su aparicién inicialmente en Asia Menor hacia el 600 a.C. hacia el siglo VI a.C. aparecié también en un foco auténomo chi- no). El Imperio romano, que se edificé sobre los tréficos antiguos del Mediterraneo, ofreciendo a los pafses que se integraban en él las posibilidades de un gran mercado interior, tendria como ex- presién de esta unidad la moneda imperial que se extenderfa no s6lo por el ambito romano, sino también fuera de él. En este mercado, el trigo iba de Alejandrfa a Italia en grandes cantidades; el vino y el aceite de Hispania no sélo se destinaban a los mereados italianos, sino también a los de la Galia y del norte de Africa. Los mapas adjuntos nos muestran cémo se distribuyen los hallazgos de dos tipos diferentes de dnforas hechas en la costa catalana y utilizadas para transportar el vino local a mercados muy diversos (figura 4.3). Pero el imperio no era un mundo cerrado, Tenfa, por una par- te, relaciones con la India y con China y, por otra, las mantenta, mucho més activas, con el mundo barbaro europeo de més all de sus fronteras, que eran una zona de contacto més que una sepa- racién (figura 4.4), Al hundirse el imperio romano de occidente se mantuvieron las relaciones de los pueblos escandinavos con el rea del antiguo imperio, a la vez que se abria una nueva via de intercambio del norte de Europa con Oriente que atravesaba la ac- tual Rusia hasta Bizancio, desde donde iba hacia el Volga y el mar Caspio para comerciar con los arabes de Bagdad. Por lo que se re- fiere a la moneda, se empez6 imitando la del imperio, pero desde el siglo vit comenzaron a aparecer monedas enacionales» garanti- zadas por las nuevas monarquias. Hemos hablado antes de la colonizaci6n agraria de la Europa al norte de los Alpes. Esta expansién est estrechamente unida a una conquista global del territorio que se manifestaré con la aparicién de un gran mimero de ciudades comerciales en un espacio muy amplio que va desde Dublin hasta Kiev, y que suscitaré intercam- bios tanto entre campo y ciudad, como entre comarcas y regiones diversas. Estudios sobre la Inglaterra medieval sostienen que del siglo x1 al xv se crearon miles de mercados semanales nuevos, au- mentaron tanto el comercio como la masa monetaria disponible, y tuvo lugar un proceso de comercializacién determinado mucho més por la acumulacién de miles de pequefias compras que por la TA CONSTRUCCION DE UN MERCADO EUROPEO 119) Figura 4.5. Area de expansién del comercio dela Hansa (de FW, Carte, Trade and urban development in Polar, Cambridge, Cambridge University Press, 1994, p. 100) 120 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: Figura 4.6. La circulacién de letras de cambio en el Mediterrdneo occidental (138541410). Dos siglos mas tarde, una ‘vez llegada Ia plata americana, este tridngulo se establecerfa entre Génova (las ferias de Bisenzone), Amberes y Medina del Campo (de F. Braudel, La identidad de Francia, p. 410) * La formacion de sociedades colecti- vas de diverso tipo permite moviliza ea- pitales que se invierten con una respon- sabilidad limitada, lo que evita arriesgar todos los ahorros personales en tn solo negocio, Este sistema servird sobre todo para financiar el comercio naval (se ha- ‘cen hasta 64 partes de una embarcacién), los molinos, la explotacién del coral, ete. . TRAFICOS Y MERCADOS romps fen cD r demanda de los sefiores eclesidsticos y laicos. Estas transacciones ‘a.escala regional se integraron con posterioridad dentro de un con- Junto de relaciones y de traficos de alcance europeo. Mientras en el norte de Europa crecfan las conexiones entre In- glaterra, Flandes, Holanda y la liga de las ciudades de la Hansa, heredera de los tréficos de los vikingos, que controlaba el comer. cio del Baltico y penetraba hacia el interior de Europa, hasta lle- gar, a fines del siglo xiv, a Moscit (figura 4.5), en el Mediterréneo venecianos, genoveses y catalanes organizaban imperios mariti- mos que les permitfan establecer contacto con los puertos de Le- vante, 2 los que llegaban las mercancias de Oriente, o establecer colonias mercantiles en el mar Negro. Estos dos circuitos europeos tendrfan al principio sus contac- tos principales en las ferias de la Champafia o en las del sur de Alemania. El crédito, nacido en el Mediterréneo occidental en los siglos x-xn, permitfa obviar el inconveniente que representaba una masa monetaria insuficiente y de baja calidad (de plata con alea- cion de cobre). Desde el final del siglo xm, la revolucién comercial ‘que propicié el uso de la letra de cambio (que evitaba tener que desplazar grandes cantidades de monedas para atender las tran- sacciones comerciales), la organizacién de compafiias,* la mejora ———— LA CONSTRUCCION DE UN MERCADO EUROPEO 121 de los métodos contables y el desarrollo de la banca harian toda- via més densa la red de relaciones que unia los centros comercia- les europeos y desplazaria las ferias al sur, hacia Italia (figura 4.6) Seré también a partir de este momento cuando la moneda ad- quiera una mayor importancia en la vida cotidiana (es el tiempo en que los campesinos verdn conmutadas las entregas de frutos y las prestaciones de trabajo por pagos en dinero). El oro africano y la plata del centro de Europa alimentaron con dificultad estos cir- cuitos, hasta que la llegada de la plata americana los transform6 por completo. La trama de relaciones de la Europa occidental con la del este no se limitaba, sin embargo, a las rutas maritimas del Baltico, donde los holandeses adquirfan el trigo que aprovisionaba a me- dia Europa, sino que tenfa también una compleja articulacién te- rrestre, Habia una corriente de tréfico que llevaba hacia el oeste las pieles de Rusia (cada afio legaban a los mercados de la Euro- a occidental al menos un millén de pieles que los rusos iban a buscar hasta Siberia), a la vez que el ganado vacuno de Polonia, Bohemia, Hungria y Ucrania (figura 4.7) o los metales (plata y co- bre, necesarios para acuftar monedas) de Hungria y Eslovaquia. Como contrapartida de ésta habia otra corriente que llevaba del este hacia el este tejidos de calidad, vinos y productos metélicos. Figura 4.7. El comercio de ganado de Ja Europa oriental hacia el oeste a través de Cracovia (dle Carter, Trade and urban development in Poland, p. 138). 122 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: Il. TRAFICOS Y MERCADOS Figura 4.8. El comercio de Cracovia en 1390-1500 (de Carter, rade and turban development in Poland, p. 343). Una ciudad como Cracovia tenfa, en los tiltimos siglos de la edad media, un drea de comercio que iba desde el mar Negro (donde se cambiaban especias de Oriente por tejidos) hasta los puertos del Baltico, Londres o el norte de Italia (comerciantes de Venecia, Gé- nova y Florencia habfan llegado a Cracovia por las rutas del mar ‘Negro, se habfan instalado allf y habfan invertido en minas, tierras ¢ inmuebles) (figura 4.8). Este mercado interior europeo, donde se combinaba la accién del gran comercio que negociaba en las ferias internacionales (con pProtagonistas como los Fugger, que tenfan negocios muy diversos por toda Europa, desde Polonia a Espafia, que eran lo bastante cos como para financiar la eleccién imperial de Carlos Vy que lle- garon a tener tna serie de factorfas en la India) con la de los mer- cados locales en los que tenfan lugar los intercambios esenciales entre el campo y la ciudad, y con Ia pequefia actividad de los buhoneros, que recorrfan a pie los caminos con sus mercancfas, crecié durante la edad media —que nunca fue la época de «eco- nomfa de subsistencias que queria el t6pico tradicional—, au- ment6 considerablemente entre 1500 y 1650, alimentado en bue- na medida por los flujos de la plata americana, que llegaba hasta los puntos més remotos del continente, desfallecis un poco en los ciento cincuenta afios siguientes, a causa del auge del comercio ASIA Y AFRICA EN EL COMERCIO INTERCONTINENTAL maritimo, por un lado, pero también de las dificultades que se de- rivaban de una época de guerras europeas constantes, hasta llegar al momento, en el siglo xrx, en que la construccién de las Iineas de ferrocarril transformé no sélo los intercambios, sino la vida ente- ra de los hombres. 43, ASIAY AFRICA EN EL COMERCIO INTERCONTINENTAL Hemos estado hablando sobre todo del Mediterraneo y de Euro- pa, porque nuestra civilizacién tiene su origen en los intercambios culturales que han tenido lugar en estos Ambitos. Pero conviene tener en cuenta que en otras zonas del mundo se han producido procesos parecidos, y muy especialmente en torno a un mar que ha sido tanto o mas importante que el Mediterréneo para el desa- rrollo de la cultura humana: el océano indico. Mas adelante, a partir del siglo xvr, el océano Atlantico ha sido el escenario de unos contactos entre tres continentes que han marcado profunda- mente el desarrollo del mundo contemporéneo, de forma similar a como puede marcarlos en el futuro el sistema de relaciones es- tablecidas en las tiltimas décadas en el area del Pacifico. El primero, sin embargo, ha sido el Indico. El espacio mariti- mo que se extiende desde las costas orientales de Africa hasta el sureste asidtico, y que penetra hacia el Mediterréneo por el mar Rojo y hacia el Préximo Oriente por el golfo Pérsico, ha sido des- de los origenes de la civilizacién un lugar de frecuentes navega- ciones, favorecidas por la regularidad de los monzones que soplan de sur a norte en verano y de norte a sur en invierno, y que hacen posibles recorridos a vela de larga distancia. Hace por lo menos siete mil afios habfa ya tréfico maritimo en l golfo Pérsico y hace cinco mil que Mesopotamia y la civilizacién del valle del Indo comerciaban entre sf. En el inicio de nuestra era, hace dos mil afios, habfa en el {ndico una densa red de tréficos co- merciales que iban desde Madagascar hasta el sur de China, en un amplio mercado en el que se intercambiaban productos de la leja- na Europa (en la India se han encontrado objetos y monedas de oro procedentes de Roma), marfil de Africa, estafio de Malaisia y sedas de China. Estos intercambios legaron a tener tanta importancia que se ha podido afirmar que entre 1250 y 1350 se estaba aqui en pleno proceso de formacién de un mercado mundial, que diferia del que Europa construyé en su provecho a partir del siglo xvi por el he- 123, 124 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: Il. TRAFICOS Y MERCADOS * Louise Levathes, When China ruled the seas, Nueva York, Oxford University Press, 1996, p. 20. ** ste tipo de intercambios continua ria hasta mucho mas tarde, Frente alas costas de Vietnam se ha encontrado un bbarco chino que se hundié a fines del si- lo xvnr y que transportaba a Batavia un ‘argamento de 20,000 piezas de poreela- nna para venderlas a los holandeses, que las levaban a Europa, cho de ser un sistema «policéntrico», que no estaba dominado por tun solo pueblo, sino que admitfa la participacién en pie de igual- dad de europeos, asidticos y africanos. En un extremo de este Ambito estaban las ciudades-estado del este de Africa, como Kilwa, una poblacién con mezquitas y pala cios, habitada por gentes de las més diversas procedencias, que debia su importancia al hecho de controlar la produccién de oro del interior africano (del reino de Guruswa 0 Monomatapa, del cual se conservan las grandes ruinas de Zimbawe, la «gran casa de Piedra»). Los comerciantes de Kilwa legaban hasta el sureste asidtico, donde intercambiaban sus productos con los de China, En el otro extremo de esta ruta estaba China, donde el viajero musulmén Ibn Batuta nos ha descrito una ciudad comercial que era’ela mas grande que mis ojos han visto en toda la tierra, con una longitud que equivale a tres dias de marcha». Se componia de seis recintos protegidos por una gran muralla exterior: en uno vivian los Judios, los cristianos y los zoroastrianos; en otro, los musulmanes, Era ésta una época en que China habia roto su aislamiento y en que grandes juuncos que podfan transportar hasta 400 pasajeros frecuentaban los puertos del sur de la India, comerciaban con Africa y quizé llegaron a Australia. Entre 1405 y 1433 la «flota del tesoro», mandada por el almirante eunuco Zheng He, hizo siete grandes viajes hasta el golfo Pérsico y hasta las costas de Africa. La eflota del tesoro» era un conjunto de naves de carga, de abas- tecimiento y de defensa que llegé a llevar 28.000 tripulantes, con unas dimensiones globales que no se superaron hasta el siglo xx. «China se podfa haber convertido en un gran poder colonial cien afios antes de la gran era de Ja exploracin y de la expansién eu- ropea. Pero no lo hizo».* Posteriormente, cuando el comercio chi- no se replegé, los contactos se harfan en los puertos de las ciuda- des comerciales de Malaisia y de la actual Indonesia, como ‘Malaca, situada en el limite de los monzones, que tenfa una po- blacién que se ha estimado de 50,000 a 200.000 habitantes y que se abastecfa con el arroz que los juncos llevaban de Siam, Pegu y Java. En estas ciudades se intercambiaban los productos de China con los que llevaban los comerciantes musulmanes que controla- ban el trafico desde la India hasta las costas orientales de Africa.** Entre el siglo x1v y el xvi estos flujos legaron a su punto mé ximo, en un ambito que estaba dominado en buena medida por a cultura islimica. Los tréficos abarcaban incluso mercancfas de consumo comiin —cobre, hierro, arroz o caballos— transpor- tadas en grandes embarcaciones que Ievaban también numero- ASIA Y AFRICA EN EL COMERCIO INTERCONTINENTAL 125 sos peregrinos: musulmanes que iban a la Meca, hindiis que se dirigian a Benarés, budistas en viaje hacia Ceylén e incluso cris- tianos asiéticos que iban a Etiopia, siguiendo las huellas de san- to Tomas (figura 4.9). Aparte de este comercio maritimo habia también en Asia unas rutas terrestres que no sélo relacionaban estos pafses entre si —la India con China, por ejemplo— sino que cruzaban Asia central y legaban hasta los puertos del Mediterraneo oriental (el Levante) © del mar Negro, por la ruta conocida como «de la seda», pero por donde circulaban también muchos otros productos (figura 4.10) y que conducfa mercancfas occidentales en direccién a Oriente (en el siglo xut los mongoles no sélo importaban tejidos de Occidente sino que instalaron artesanos musulmanes en China para que pro- dujeran brocados de oro). En los puertos occidentales —desde la colonia genovesa de Caffa, en el mar Negro, hasta Alejandria de Egipto, visitada habitualmente por catalanes, italianos y france- Figura 49. Estructura del comercio ‘en el indico antes de 1500, 126 LAS FORMAS DE SUBSISTENCIA: I. TRAFICOS Y MERCADOS Figura 4.10. Las rutas de las caravanas asiticas ses— se podfan encontrar mercancfas de diferentes partes del mundo y esclavos de las més distintas razas y religiones. Un via- jero sevillano, Pero Tafur, nos ha dejado una descripcién de Caffa hacia 1435. Era una ciudad grande (como dos veces Sevilla, nos dice) y muy préspera, dedicada al comercio de esclavos, de pieles, de especias y de piedras preciosas. «Aqui se venden —dice Tafur as esclavos y esclavas que en todo el resto del mundo.» Los cris- tianos tenfan bula del papa para comprar y mantener esclavizados a cristianos de muchas naciones «para que no acaben en manos de moros y renieguen de la fe». Pero estas relaciones entre Oriente y Occidente no se limitaban al recorrido de las caravanas por las rutas del desierto, sino que se asentaban en unas redes comerciales s6lidamente establecidas: en las colonias de armenios instaladas en las ciudades (desde Marse- lla o Amsterdam hasta China) o, en los siglos xvi y xvin, en la digspora de los comerciantes indios en Iran (donde parece que lle- garon a ser miles), en Turan (la tierra de los uzbekos) y en Rusia, con una fuerte implantacién en Astrakhén y posteriormente en Moseti (figura 4.11). ASIA Y AFRICA EN EL COMERCIO INTERCONTINENTAL 127 Por lo que se refiere a Africa, lo més parecido a un tréfico in- tracontinental fue el comercio de caravanas entre la zona al sur del Sahara, de donde procedia el oro de Ghana, y los puertos del Mediterréneo (figura 4.12). Mas al sur, en la zona tropical, la fal- ta de animales de tiro y la propia estructura del territorio impe- dian el desarrollo de unos intercambios terrestres importantes, si exceptuamos los que se daban entre el interior y la costa. Esto ex- plica que el comercio se efectuase sobre todo por mar y que hu- Diese escasos contactos entre el Africa oriental, que comerciaba en el indico, y la occidental, que lo haca en el Atléntico. De las redes de comercio en el {ndico ya hemos hablado. Las del Atlantico eran muy diferentes: en una primera etapa estuvieron dominadas por Jos navegantes musulmanes que intercambiaban los productos del Sahara con los de Andalucfa y del sur de Portugal, hasta que la pérdida de las costas ibéricas abri6 este espacio maritimo a los portugueses, primero, y después a otros comerciantes europeos, que venian a buscar sobre todo el oro de Ghana, hasta que, desde cl siglo xvu, la demanda creciente de mano de obra de las planta- Figura 4.11. Este mapa de los Aambitos del comercio eurasitico en el siglo xa sintetiza Ia compleja realidad de los intercambios internacionales y muestra sus puntos de contacto,