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TAMBIÉN DESPUÉS

P.J. RUIZ - 2010


¿De qué sirve el placer de tenerte si no

tengo antes el deseo de comprenderte?

Aun recuerdo como te conocí, Laura. Tú tenías 21 años y una vida por delante, un

mundo entero por descubrir. Corría el verano de 1886, y yo era un abogado brillante y

con deseos de crecer que había sido destinado por mi empresa a Puerto Cruz, un

pequeño enclave muy arriba del Amazonas, justo al lado de las explotaciones de

maderas preciosas de Sabeija.

Recuerdo el olor a ricas resinas y tierra húmeda que inundaba todo, la fascinación

de mis sentidos con los insólitos paisajes y el colorido de aquellos atardeceres de la

jungla, pero nunca en mi vida sentí más honda impresión que en el instante en que por

primera vez te ví. Sí, eso marcó mi existencia para siempre.

Tu padre era un rico terrateniente alemán que había prosperado muchísimo en un

Brasil entregado a las inversiones extranjeras, Rudolf Paulus, y por aquellas fechas,

recién llegado yo y en pleno inicio de lo que debería haber sido una magnífica carrera,

había decidido dar una gran fiesta para conmemorar el fin de los acuerdos coloniales

con Portugal, así como el inicio de una nueva sociedad con la que pensaba llegar a lo

más alto de la cúpula de los negocios en poco tiempo. Era, desde luego, un hombre

ambicioso, duro, orgulloso, y poseedor de miles de hectáreas de tierras repletas de

maderas preciosas allí donde nadie se atrevía ni siquiera a pisar, un rico temerario que
triunfaba cuando todos ya no eran capaces de avanzar ni un paso más. Lo admiré pese a

su crueldad manifiesta, pero no puedo discutir sus méritos, que eran muchos.

En sus dominios se criaban la anaconda y el puma, los ríos bullían de pirañas, y

por la noche miles de murciélagos grandes como gaviotas desangraban a las reses en un

espectáculo de naturaleza cruel que los habitantes de las zonas afables del planeta no

podemos ni imaginar. No era lugar para un hombre libre, pero Rudolf Paulus, el de la

mirada terrible, resultó ser mucho más duro que todo eso, y por ello había asentado allí

su pequeño imperio, al que guiaba con mano de hierro de día o de noche, sometido a la

empresa de conseguir ampliar más y más su ya inmensa fortuna.

Sin embargo, no fue su dinero lo que me llamó la atención, sino el logro de ser

capaz de concebir a una hija de tu hermosura. Eso fue lo que me llevó a mirar a aquel

hombre como alguien muy especial, como si fuese el Rodín de una nueva escultura

hecha de carne y cabello angelicales, aunque no pudiese entenderlo. Lástima que fuese

tan vil, miserable y sanguinario. Sé que tu madre, la señora Liséida Abrantes, era una

brasileña hermosa, sí, porque además de oírlo en boca de todos he visto y admirado sus

retratos, pero no he conseguido aún imaginar el modo en que una sangre humana puede

elevarse hasta la divinidad y formar el arquetipo de la belleza en medio de ninguna parte

simplemente por la suma de unos genes de mujer bella y hombre terrible. Eso, para mí,

es la esencia misma del milagro que te transformó en realidad.

Movías el viento a tu alrededor, y todos los mortales lo notábamos,

indistintamente de la edad o el estatus, porque sin duda no recordábamos una figura de

tal hermosura ni una mirada más increíble emanando de unos ojos color miel que
llegaban al alma y la raptaban en el acto para sumirla en un trance donde todo era

imaginable. Y tu sonrisa única, de dientes nacarados perfectos, equilibrada, simétrica,

dibujada con toda la gracia de quien deja salir la ironía en un soplo de aire que se eleva

pleno de alegrías. ¡Qué espléndida visión, qué placer contemplarte! Me sentía elevado

por ello, y así debí quedarme, sin buscar más, pero la carne es débil, y el destino

caprichoso.

Vestías aquella noche un largo traje negro de seda, algo caro y sofisticado, como

tú, que te habrías traído desde París o Roma, quién sabe, pero que te ceñía el cuerpo con

una naturalidad admirable en tu proverbial hermosura, realzada por el vigor del pelo

negro cortado con simpleza, pero que caía hasta tus hombros como una cascada de

ébano. Deseé acariciarlo desde el primer instante, hundir mis dedos en su abundancia y

quedarme en ellos con una parte de tu fragancia para enloquecer después, todo eso

desde el primer momento. Tan hondo me llegaste. ¿Y a quién no, me pregunto ahora?

Tus brazos los mostraste desnudos, impecables. Portabas un par de pulseras

gruesas de madera, típicas de los nativos de la zona, que mostrabas como si fueses un

árbol inhiesto en el cual brotaran ramas y flores exóticas. Más abajo las manos estaban

limpias, impolutas, salvo por un anillo enorme que parecía una gran mirada felina que

captase la atención de cualquiera que por prudencia rehuyese mirar descaradamente la

sensualidad que de ti emanaba, cosa harto difícil.

Y aquellos hombros… No me atrevo a describir su efecto en mí por puro temor a

incendiar estas páginas, pero baste decir que el éxtasis se hallaba muy próximo al lugar

donde se unían a la base de tu cuello, con sus clavículas esbeltas y sinuosas


internándose en aquel arte prohibido de tu imponente presencia donde latía un corazón

fiero, un corazón Paulus.

Eras un prodigio de mujer, un busto magistral de mármol cálido traído de otros

mundos y lanzado a la tierra para demostrar a los humanos lo lejos que estamos de la

infinita perfección que sólo acertamos a presentir cuando nuestro tiempo tiene la suerte

de coincidir con las obras maestras de Dios, quizás esas que imaginaron Da Vinci o

Miguel Ángel.

Sí, llegué a pensar en mi admiración que estabas hecha de la materia de las

estrellas, pero más tarde descubrí que en realidad eras como el fuego infernal que en su

corazón pervive y que abrasa a quien se acerque, Laura, una rara pieza no lineal lanzada

al universo con el único fin de ser fastuosa e inalcanzable. Un peligroso prodigio, en

definitiva.

Sí, recuerdo aquel instante. Estábamos en el salón todos los invitados, amenizados

por aperitivos y el sonido de un gramófono en el que sonaba una pieza de piano del

genial Johannes Brahms, cuando tu padre pidió silencio y te presentó orgulloso en voz

alta como su única hija, recién llegada de la vieja Europa. Al mirarte bajando aquella

escalera todos los que esperábamos ver a una chica normal y corriente, hija de

hacendado famoso, callamos con un nudo en la garganta mientras levantábamos

nuestras copas en señal de brindis por la inesperada luminosidad de la anfitriona, que a

todos deslumbró.
Lo sé muy bien, Laura, porque yo era uno de ellos, uno de los que sintieron cómo

la respiración se cortaba ante la presencia de tu mirada, uno de los que perdieron parte

del corazón desmembrándolo a tus pies sin que parecieses darte cuenta de la cadena de

almas que ibas pisando con la ligereza de una nube. Lo que entonces aún no supe, no

divisé en la longitud de las horas por venir, es lo grande, lo imponentemente importante

que ibas a ser en mi vida, aunque por desgracia no del modo que yo hubiese querido. La

lascivia me recorría en forma de éxtasis, y al contemplar mi copa observé que el pulso

me temblaba ante el estallido natural de encanto que mis sentidos apenas conseguían

admitir.

Sí, ese fue el primer contacto con tu belleza, pero después vinieron más, y supe

acercarme a ti, ganar tu sonrisa. Eras una buena chica, eso pensé, y me fijaba tanto en ti

que no me dí cuenta de que otros ojos nos miraban no precisamente con deseos de ti,

sino de dañarnos. ¡Qué tonto fui!

El primer día que te bese el mundo ya había cambiado para mí, pero todo me supo

a yerba. La comida, la bebida, el aire… hasta el humo del viejo bar en el poblado donde

me llevaste, guiada por un impulso pícaro que me hacía sucumbir a tu extraordinaria

sonrisa que me embriagaba con sus comisuras, con su sonido cuando se transformaba en

risa, y que no podía alejar de mí pese a lo que más de uno me había advertido ya. No te

acerques a ella, no es para ti, has de tener cuidado, me decían. Pero yo no temía

entonces a tu padre, que estaba en su derecho de querer lo mejor para su primogénita, y

la verdad, tampoco pensé que tuviese motivo para el enfado por tus caprichos, pese a

que yo ya había iniciado el camino de mi desgracia y ruina debido a la mala suerte que

se comenzaba a cebar conmigo.


Sí, meses después de conocerte y entablar contigo conversación más de una vez

con excusas absurdas que ambos sabíamos que sólo eran tapices que tapaban nuestro

deseo de conocernos un poco más, perdí mi trabajo, ebrio de jungla y restablecido de

una malaria que casi me lleva. La empresa que me pagaba fue inflexible ante mis

continuas ausencias debido al mal, no escuchó argumento alguno de los doctores, y me

sustituyeron con prontitud, dejándome en una situación harto difícil en medio de una

jungla que en realidad no quería abandonar porque en ella estabas tú.

Pero en mis adentros, devuelto a la nada, me dí cuenta en un ejercicio de sentido

común de que ya no podría aspirar a ti, que te alejarías en el río de mis posibilidades

que tanto nos había acercado mientras fui alguien, pero justo cuando empeoraban mis

fiebres y me creía morir entre los males y mi corazón que naufragaba apareciste tu con

tus manos en el pequeño badulaque que llamaban hospital, me regalaste una pequeña

cruz de plata que siempre llevé pegada a mi pecho, me tocaste y sané con la pureza de

un niño, quizás arrastrado por la posibilidad de una vida nueva.

Aunque no lo pueda o quiera entender así fue, y por ello te seguí cien veces desde

aquel día cortejándote sin dejar de albergar la mínima posibilidad de tenerte, hasta que

finalmente sucedió el milagro de ese beso de bar sucio. Sí, y al contacto con tus labios

todo se transformó en primavera y torrentes helados, y puedo jurar que con el

pensamiento me elevé del mundo hasta ver la pasión reflejada en nuestro abrazo. Y

aquellos ojos… vivos, reales, capaces de perder las almas dentro… ¡Ah, las almas!

¡Cómo la perdí, sí! Lo cierto es que estuve tan cerca de ti que distinguí el caprichoso
lunar que llevabas en el ojo derecho, enterrado entre los rayos de sol de tu iris, una perla

más de misterio dentro de una belleza sin fin.

Sé que aquel día algunos nos miraron, que otros murmuraron, pero ya entonces me

daba igual, porque de algún modo la energía más enorme me corría por las venas y me

sentía vivo en modo superlativo.

Hubiera dado la vida entera por ti, esa misma que tu me salvaste cuando las

fiebres me llevaban quizás adherido a la fórmula de existir por el puro deseo de no dejar

de contemplar tu maravillosa mirada, la tez morena, el vaivén de las caderas. Sin darme

cuenta cambié la malaria por la locura, y me sumergí en universos desconocidos a la

búsqueda de tu amor, y eso fue lo que me llevó a esta perdición que arrastro.

No podré jamás olvidar aquel día que debió ser el más bello, pero que se

transformó en pura malicia, una afrenta al amor. Atardecía cuando salimos del bar, y

ambos estábamos alegres, agarrándonos en medio de la calle imprudentemente sin

ningún decoro, buscando salir de los límites del pueblo como animales que intentan

depredarse, pero sólo entregados al deseo más fuerte, cegados y casi adormecidos por su

licor. Nos deseábamos con lujuria, tu la mujer intocable, bella, suprema, que dejaba un

rastro de violetas en el aire cuando te desplazabas a un palmo del suelo. Yo el joven

enfermo sin trabajo, el desaliñado de ropajes baratos que desafiaba al destino pero que

había sido bendecido con la dicha de tus caricias ante la envidia de muchos y la

desaprobación de los poderosos.


Recuerdo aquella casa abandonada al pie del río a donde me llevaste contándome

cómo hacías tus diabluras de infancia, sus maderas gastadas crujiendo al peso de

nuestros cuerpos, y recuerdo cómo sonaba el Amazonas pasando por el costado y

moviendo las palas del molino, aún en funcionamiento. Allí, junto a la ventana tras la

cual el cauce discurría, besaba tu cuello con delicadeza y escuchaba tu respiración,

agitada, cálida, llena de deseo, a la par que poseído por emanaciones que sólo podían

provenir de las rosas del Edén. Si, absorbía los aromas que te rodeaban y me convertía

en algo más allá de un hombre. Me sentí pecador de frutas prohibidas en medio del

paraíso, pero sediento de ti no cesé mi juego, y en plena locura de amor desnudé todo tu

cuerpo muy despacio, poco a poco, sin apartarme ni unos centímetros de él. Sabía que

era hermoso, pero no abrí los ojos, lo palpé, y descubrí que apenas necesitaba mirar para

formar en mi mente el imposible dibujo humano de una diosa inmortal. ¡Cuanta belleza!

¡Qué paroxismo de perfección! Cuando por fin te miré contemplé lo que Velázquez,

Rembrandt o Goya buscaron toda su vida sin encontrarlo, lo que ya supusieron los

primeros seres que pintaron las cavernas o levantaron las estatuas de los mundos

antiguos. La propia existencia de los mitos sobre Valkirias, Amazonas o diosas del cielo

partieron siempre de mujeres como tú, Laura, especies únicas, sin molde, y que sólo

reaparecían una vez cada cientos de años. Eso pensé, y me sentí tan afortunado que el

tiempo dejó de contar para mí.

Nos enlazamos sobre aquellas tablas suavizadas con las telas de nuestras ropas, tus

caras sedas y mis pobres paños, pero su continuo crujir demostraba que el querer se abre

camino donde menos se le espera. Hicimos el amor, nos derramamos juntos, y juro que

nada en el mundo puede describir cómo fue, con cuanta intensidad lo sentimos. Tu pelo

rozaba el suelo, pero yo lo recogía con mi mano, la ponía debajo de tu cabeza y así no
dejaba que sintieses la dureza de las maderas. No sé cuantas veces me perdí en aquellos

ojos preciosos, pero fueron muchas, y tu seguías sonriendo todas ellas.

La noche fue cayendo, pero ni nos dimos cuenta ni prestamos atención al curso del

tiempo entre mares de sudor que se derramaban sobre las tablas y efluvios torrenciales

de placer que coronaban el trono donde ambos nos sentamos entre ardientes expresiones

y promesas. Fue allí, justo antes de que nuestras vidas cambiaran para siempre, cuando

te iba a jurar que nunca te abandonaría, y justo entonces, como arrojado por los diablos,

el cielo cayó sobre nosotros con todas sus estrellas y destruyó en un maldito abrir y

cerrar de ojos el imponente alcance de mi sueño irreal. Descubrí el irónico sentido de la

parte oscura de vivir.

Fue muy rápido. Los tres hombres entraron y nos separaron, dos se encargaron de

mí y un tercero de ti. Provisto de una gran sábana, te tapó y obligó a vestirte mientras

los otros, unos negros musculosos que ya vi antes en las explotaciones, me agarraban

con tanta fuerza que no podía zafarme. Temí por tu integridad, pero me di cuenta de que

todo parecía destinado a no hacerte daño alguno, tan sólo te retenían… pasaba algo raro

que no lograba entender.

Entonces entró tu padre, con su elegante ropa de montar, su sombrero de ala

ancha, ese porte de terrateniente cruel que tan bien conocí mientras trabajé con él y su

mirada salvaje, de fiera depredadora. Fue muy explícito en sus palabras después de

mirarme completamente desnudo con la misma indiferencia como se mira a una bestia,

los ojos inyectados en sangre de puro odio. De ti dijo que te llevasen a casa y te

encerrasen, y de mi…. De mi que se encargasen tal como ya al parecer les había hecho
saber. Me dio mucho miedo, no me importa decirlo. Después tiró un montón de

monedas de plata al suelo, supuse que quizás el precio por quitarme la vida, y se fue sin

mirar atrás, seguro y confiado en el poder de su dinero y complacido de destrozar de un

plumazo la amenaza que yo, un desgraciado, al parecer suponía para la más rica

heredera de la zona, para la que tenía planes muy concretos. De nada sirvió que en un

gesto de debilidad le implorase, cosa de la que siempre me he arrepentido, pero he de

reconocer que sentí terror en el fragor de la confusión.

Laura, me tenían reservada una muerte lenta, muy lenta, y todo estaba muy

pensado. No querían darme el beneficio de aniquilarme con rapidez, porque al parecer

mi crimen al tocarte había sido el más grande que se pueda cometer, o así parecía.

Pero…¿sabes lo que en verdad me dolió más que todas aquella execrable violencia? ¿Lo

que me hizo resistir ante el estupor de mis torturadores? Que aun estabas en la puerta

cuando empezaron a destrozarme y no te oí la menor queja, sino tan sólo súplicas

débiles por ti misma, por tus privilegios y placeres, olvidando totalmente mi

existencia… eso fue lo más malo que me llegaba dentro de la insólita cantidad de

mensajes lamentables que volaban en aquella habitación mugrienta donde hacía minutos

mezclábamos nuestros cuerpos. Aún olía a nuestro sexo, se mezclaba con el olor

cobrizo de mi sangre derramada, y ya me pesaba tu abandono. Me dolió tanto que dejé

de notar como quemaban mi carne con filos candentes para después cortarla con

machetes hasta casi desangrarme, no había lugar al dolor físico, porque mi alma, mi

corazón, estaban deshechos.

No contentos me pusieron polvo de coca en la nariz para mantenerme despierto, y

después de arrastrarme por la orilla hasta un lugar alejado iniciaron el terrible ejercicio
de abrir ante mis ojos el suelo en el lugar donde iban a entregarme vivo a la tierra para

siempre, mientras yo no podía hacer nada en plena debilidad. Debí sentir muchísimo

miedo, pero no recuerdo más que las expresiones confundidas de los dos negros que no

entendían cómo sus vilezas no parecían producirme dolor, porque no proferí ni un grito

más después de oír cómo te alejabas acompañada de tu infausto padre, seguros los dos

de no volver a verme. ¿Qué fui, Laura? ¿Quizás nada? Eso pensé.

Más tarde, y no te contaré los detalles, sólo conservo en mi mente la sensación del

suelo húmedo del amazonas entrando en mi boca después de sentir las paletadas de

tierra que iban sepultándome, su sabor asqueroso y el modo en que estaban retenidas

mis extremidades en un abrazo eterno. Pero Laura, yo te tenía a ti en mente, y con esa

fuerza me llené de impulso para darme cuenta de que no iba a dejarme ir sin verte una

vez más y preguntar por qué ni una vez imploraste por mí a aquel padre malvado que

mataba a tu amante justo al otro lado de la puerta. No quería que todo fuese tan sencillo,

ni para ti ni para él, y saliendo de mi marasmo estallé en súbita ira hasta canalizar toda

mi fuerza a la tarea de salir de donde nadie sale.

Primero fueron los dedos de las manos, los contraje y la tierra húmeda se

apelmazó haciéndoles un pequeño hueco, amontonándose en forma de mugriento barro

grisáceo a su alrededor. Es curioso y notable como se ralentiza un organismo con el

sueño profundo y la humedad, hasta el punto de que ese fenómeno me conservó la vida

en mi no muy profunda sepultura.

Tras despertar lúcido de mi extraño sueño latente, sabía que tenía escasísimo aire

y muy poco tiempo, pero la desesperación me daba una fuerza especial, así que contraje
muchas veces los hombros ayudándome de la cadera y el pecho, ampliando la oquedad

a medida que el barro se apelmazaba, y de repente tenía una cámara libre, un espacio

vacío donde podía mover las extremidades unos centímetros pese a todo su dolor.

Después, sin querer gastar más aire, me empleé a fondo aumentando el movimiento de

brazos y piernas hasta que logré darles el suficiente ángulo para poder iniciar el ascenso.

Casi sin vida ya, pero con un golpe de cólera, logré situar en vertical el antebrazo y

excavando con uñas que se desgarraban y dedos tumefactos saqué todo el brazo derecho

como una serpiente por arriba del submundo hasta abrir un agujero frente a mi rostro

por el cual respiré toda la inmundicia de los gusanos entremezclado con bocanadas de

aire fresco el tiempo necesario para reanimarme en la seguridad de que ya no iba a

morir en aquel agujero mal cavado por los sicarios del hombre que había engendrado a

la mujer más imponente del mundo, la misma que me había ignorado en mi sufrimiento

para salvar su posición. Todo mi amor se había transformado en odio, Laura, y me sentí

terriblemente triste por ello, frustrado, engañado pero liberado al abrazo de la muerte,

del que milagrosamente escapaba.

Dos horas después, con la luna muy alta, mi cuerpo entero estaba fuera,

embarrado, con las heridas y quemaduras llenas de cieno, y jurando a Dios que nada

detendría el deseo de mi venganza fuese cual fuese el precio. Así sucedió, y así empezó

mi cruzada. No creas que no he deseado más de una vez haber muerto aquella noche,

pero el destino es así, y aun me tenía reservadas muchas cosas, sorpresas que cambiaron

mi vida y me hicieron ser muy diferente a lo que una vez fui.

Me alejé de las luces del poblado en dirección Oeste, no quería volver y revelar mi

desconsuelo, de manera que sólo cuando ya estaba seguro de estar a salvo totalmente
me desplomé exhausto en medio de la lluvia torrencial, y dormí siglos enteros en unas

horas hasta despertar en la más hedionda maleza que recordaba. Después me di cuenta

de que quien hedía era yo mismo pese a la lluvia, y entonces lloré y lloré a la orilla de

aquel río espléndido que se inundaba de lágrimas que el mar se encargaría de llevar en

volandas hasta el olvido. Me sentí sólo, vacío, y agarrado a la vida por el mísero deseo

de la venganza, pero sin la más remota idea de cómo hacer para llevarla a cabo y saciar

la sed que de repente se había adueñado de mi alma, transformando un bello amor en

algo con sabor a musgo rancio y tierras infectas que nada tenía que ver con la

hermosura de las caricias consentidas. Rogué a los cielos me ayudasen, y clamé a los

infiernos porque me concediesen el solaz de la satisfacción. Lo hice sin pensarlo,

esperando que uno de los dos me oyese, y grité como loco en la noche, hasta que de

puro fragor de la negrura tachonada de estrellas escapó un enorme trueno, quizás en

señal de que mi llanto estaba siendo oído.

Si, la vida es irónica, y algún dios de paso debió fijarse en mi tristeza y en las

posibilidades de diversión que eso conlleva para cualquier señor de los cielos si teje

bien la madeja, y a mi me dio unos ovillos grandes que deshilar justo cuando era

consciente de que un hombre sólo en una selva como la amazónica estaba condenado a

ser alimento de depredadores con toda seguridad. En el fondo quizás buscaba eso, ser

sustento de animales y olvidarlo todo, pero tenía dudas de que mi alma descansase, y

eso me retenía de abandonarme, clamando por la venganza que ansiaba.

En mi alocado deseo de distanciarme de todo cuanto había sucedido para

encontrar la paz, muy lejos ya de los dominios de Paulus, hallé casualmente un viejo

poblado, un grupo de chozas que apenas se tenían en pie. No parecía haber nadie ni me
interesaba, pues no estaba ya especialmente interesado en explicaciones, pero justo

cuando desfallecía de cansancio una mano vino a agarrarme, y entonces todo se volvió

negro mientras me desplomaba hacia el suelo que horas antes me había tragado. Me

sumí en un trance que nunca supe cuanto duró, pero que me sirvió para no fustigar mi

pensamiento cada vez más iracundo y despojado de humanidad en direcciones que no

estaban de acuerdo en absoluto con el hombre bueno que hasta entonces había sido,

pero que me atraían, me seducían de una manera inesperada.

Cuando desperté, nunca supe cuando, estaba bajo un techo de pasto trenzado,

cargado de un humo espeso que ondulaba y olía a hierbas quemadas, rodeado por varios

indígenas de piel muy oscurecida por la intemperie que me miraban en completo

silencio mientras fumaban algo. Imagina mi extrañeza, pero supuse que me habrían

recogido y atendido. Sin darme tiempo para nada, uno de ellos dijo algo en voz alta, una

llamada al exterior, y entonces un hombre estirado repleto de pinturas en el rostro

apareció en la puerta mostrando algo parecido a una sonrisa de satisfacción en unos

dientes insólitamente perfectos en la selva. Los demás, cuando entró, se fueron con

reverencia dejándonos solos, y el individuo se sentó muy cerca, a mi lado, sin articular

palabra, pero fijo en mí. Me miraba con ojos extraños que me taladraban mientras yo

trataba de ordenar mis pensamientos recién llegados a la consciencia, y entonces es

cuando me di cuenta de que me hallaba sujeto por unas lianas perfectamente trenzadas a

una especie de mesa muy ancha, retenido, amarrado, incapaz de hacer nada que no fuese

mirar a aquel gurú extraño. Sentí angustia, pero el desconocido no me dejó tiempo para

sondear más el momento y vertió sobre mí algo líquido que extrajo de un frasquito

mientras pronunciaba unas palabras que me sonaron misteriosamente familiares, pese a

que estaban en una lengua que sin duda jamás antes oí, tras lo cual me puso una
pequeña bolsa de tejido en el vientre que contenía algo. Realmente no tenía la sensación

de que se tratase de una ceremonia, sino más bien de lo que queda de ella, no sé si me

explico. Era como si algo hubiese pasado… pero ya no quedaba nada en mi recuerdo, ni

podría entenderme con aquel hombre pintado, así que no le di vueltas y dejé hacer,

porque no soy supersticioso a fin de cuentas. Se fijó en la crucecita que me regalaste, la

tocó un momento y pensé que me la iba a quitar, pero lejos de eso la soltó y su sonrisa

aumentó por algo que no entendí.

Después cogió una especie de papel, un pergamino que estaba en el suelo, lo ojeó,

se levantó complacido y, desde la puerta, me miró una vez más y me hizo un gesto de

despedida con las manos. Me sonreía con satisfacción, de un modo afable, pero no pude

evitar distinguir algo debajo de aquello, una expresión irónica, dura y siniestra, aunque

no le di mas importancia, pues los indígenas son gente rara, que vive sus tradiciones de

un modo que no podemos entender.

Tras eso, cuando comenzaba a darme cuenta de que debido a mi estado y posición

me hallaba en un trance difícil, otro hombre entró y me cortó las ligaduras sin mirarme

apenas, de un modo maquinal, claramente urgido a ello por alguien de fuera. Me

incorporé con trabajo pues mi cuerpo estaba dolorido, puse los pies en el suelo, donde

estaban mis zapatos, salí al exterior, pero sólo me dio tiempo a ver como todos los

indígenas se iban en fila, en completo silencio sin mirar atrás pese a mis llamadas. No

entendí nada, y observé como se deshacían entre el verdor salvaje del Mato Grosso para

seguramente no volver a verlos. ¿Y ahora qué? Pensé.


Mientras miraba en plena confusión me toqué y noté el líquido transparente,

parecido a una resina que permanecía sobre mi piel, llena de cortes a medio cicatrizar y

quemaduras con forma de machete, los restos de una tarde aciaga. El hombre había

vertido aquello sobre mí, pero me vino a la mente otro curioso elemento, la bolsita que

durante la especie de ceremonia había dejado en mi ombligo. Entré de nuevo en la

choza para buscarla. Era de piel, y estaba caída en el suelo. La cogí, la sopesé, y decidí

abrirla con delicadeza seguro de que quizás encontraría algún tipo de amuleto, algo

propio de las supersticiones tribales, pero en su interior sólo había tierra, tierra

negruzca, peculiar… La esparcí sin entender sobre la mesa donde había estado, y que

aun conservaba restos secos de mi sangre, intentando aseverar que aquello quizás

formaba parte de un ritual de sanación o algo así y entonces el milagro se hizo ante mis

ojos. Aquellas trazas negras se fueron uniendo hasta dar forma a pequeños cristalitos, al

principio unos pocos, después muchos, y se acumulaban unos contra otros en mágica

danza. Sé que es imposible de creer, pero fue así, de este modo, sin artificio alguno. No

me quería creer que fuesen lo que parecían, pero entonces recordé que había visto en el

exterior más tierra similar a esta, y salí. La removí con mis zapatos rotos y aquella veta

de diamantes se abrió como una fruta madura para dejar escapar el fascinante resplandor

de la joya perfecta que manaba delante de mí del mismo modo que se estiran los pétalos

de la flor al amanecer.

¡En toda la increíble confusión del momento, casi obnubilado por la extraña

realidad, me dí cuenta de que, si hacía las cosas bien, iba a ser inmensamente rico! ¿Era

posible que Dios hubiese oído mis súplicas? ¿O no era Dios? Preferí evitarme la auto

discusión, y opté por la practicidad, pero desde luego el momento resultaba inesperado

y surrealista.
No tardé ni un minuto en llenar mis bolsillos de manera casi codiciosa con

aquellas piedras preciosas en bruto, y algo en mi interior daba gracias mientras otra

parte me rogaba que cuidase las cosas que parecen, por si después no lo son. A esa

última no le hice caso, cegado por las repentinas posibilidades que se abrían ante mí.

En la orilla encontré unas canoas, así que cogí una y la usé como pude, con mis

pocas aptitudes de remero, para ir río abajo. Pasé mucha hambre, pero dos días después

estaba en Sao Joao do Simes, una de las ciudades más concurridas de la zona, empeñé

un par de aquellas piedras, y con el dinero obtenido compré la propiedad de un trozo de

selva inútil, colindante con los terrenos de Rudolf Paulus, justo el sitio donde sabía que

estaba mi yacimiento de diamantes, que con mimo había tapado con tierra para evitar

sorpresas. Me costó una miseria, zonas baldías, umbrías, llenas de animales horribles y

selva impracticable… ¡Si hubieran sabido!

Sentí como todo de pronto se ponía a mi favor, y así tomé posesión del lugar con

todos los papeles en regla, pero no sin antes saciar mi hambre y mi sed en el mejor sitio

de toda la inmunda zona, rodeado de alcohol, mujeres, y ataviado con ropa de sastre

pagada sin miramientos. Ahora me tocaba reír a mí, y a fe que lo hice esa noche. Era

sólo un anticipo de lo que creía merecer.

Por supuesto no me costó comprar todo lo que el dinero da, así que organicé una

nueva vida en mis terrenos para que siguiesen dándome su riqueza, de tal modo que dos

años después había amasado cuidadosamente una enorme fortuna, y mi existencia se

complació en los vicios más caros y sofisticados, pero sin perder jamás de vista mi
objetivo, que sólo eras tú, Laura. Tú y tu padre, el hombre que ordenó enterrarme vivo

en lo que debía ser una larga agonía totalmente inmerecida.

Domestiqué aquella selva, hice construir una vivienda mientras realizaba el sueño

de mi magnífica casa señorial, un precioso edificio victoriano de tres plantas que sería la

envidia de todos, sin duda, y que me haría no pasar desapercibido, cosa que resultaba

importante para mis planes. Mientras tanto, la mina daba sus frutos y me daba sus

tesoros como por arte de magia, pero yo delegaba en mis administradores y contables,

centrándome en cuerpo y alma a prepararme para los que habría de venir, pues el

torrente de metal fundido que abrasaba mis venas no dejaba de quemarme el alma. Me

daba igual cuanto me robaban con sus apaños.

Contratando a los mejores investigadores hice unas morbosas pero necesarias

averiguaciones, lo necesitaba para ordenar mis pensamientos, y supe que mi asesinato

había sido pasado por alto judicialmente, hasta tal punto que se me había dado por

perdido en la selva una noche en que supuestamente decidí internarme en busca de

aventura. Al parecer algunos de mis escasos amigos habían denunciado mi desaparición

y tú misma corroboraste la falacia de que debía haberme perdido con una explicación

tan burda, según consta en los informes policiales, como que me fui y que me habías

intentado detener, que estaba pleno de locura por ser rechazado por ti, pero ambos

sabemos la verdad, y he de decirte que no supuso mayor sorpresa para mí el que el leve

aumento del tamaño de tu traición, ya muy grande como para darme más dolor. ¿Cómo

pudiste hacerme todo eso?


Pero mientras las cosas me sonreían, mi fama, que respondía al sonoro falso

nombre de Arlindo de Mendoza, se fue extendiendo entre los terratenientes del lugar,

bien sobados en cualquier sitio a base de privilegios que les daba sin mirar costes, y así

de pronto me llegó una invitación en papel satinado, una de tantas a las que a veces

atendía y otras no, pero esta era muy especial, justo la que esperaba recibir tarde o

temprano. Mis sirvientes me la trajeron a primera hora de una tarde soleada:

El señor Rudolf Paulus tiene el gusto de invitarle a la fiesta que se llevará a cabo el

próximo día 15 de Marzo en los jardines de su residencia de Villa Liséida con objeto de

celebrar el feliz compromiso nupcial entre su hija, la señorita Laura Paulus do Abrantes-

Viana y el señor Gonzalo de Canales y Hercilla. Será un placer contar entre los invitados

con una compañía tan distinguida como la suya.

Me acicalé el pañuelo de cuello, de la más rica seda naturalmente, y sonreí

mientras terminaba de tomar un refrigerio a la sombra de uno de mis árboles favoritos,

viendo como un centenar de hombres terminaban de levantar mi fastuosa casa señorial

en el centro de las posesiones más ricas de todo Brasil, las mías. ¡Quién lo iba a decir!

Por aquel entonces las piedras preciosas surgían por toneladas al año, y ya me

visitaban los más altos cargos, hombres corruptos y sobornables encantados de reírme

las gracias y hacerme sentir parte de su mundito de ricos, cosa que naturalmente

agradecí con los mejores vinos, las mujeres más exóticas, música en vivo y viandas

fastuosas que les ponían las carnes de gallina a la par que a mí me abrían puertas

inimaginables. Me puse muy de moda en aquellos días mientras saboreaba ya el

inminente primer trago de mi venganza, llegado en forma de la gentil invitación que

tenía en mi mano y aunque lo rechazaba, había logrado incluso que me propusiesen la


entrada en la política. Era absurdo, porque yo no quería gobernar a nadie, sino tan sólo

deshacer mi agravio y reivindicarme, pero eso sí, en el más discreto silencio, en una

ceremonia íntima que englobase sólo a los implicados en mis desgracia. A pesar de mi

aparente alegría, seguía siendo un cementerio frío por dentro.

El día esperado llegué a la fiesta a la que me invitasteis detrás de mi incipiente

barba, seguro de que ni tan siquiera me reconocerías debido a los daños que los esbirros

de tu padre me habían ocasionado con sus quemaduras y cortes en mejillas, labios o

nariz, cosa que en la cara de un rico parece no molestar a nadie, y no me equivoqué. Yo

en cambio sí que te reconocí, Laura, porque estabas sensacional, bella y hermosa como

siempre, aunque para mi mal ya había comprobado tu sangre fría y deslealtad, lo cual te

arrebataba un cierto glamour, aunque no el suficiente como para negar tu imponente

presencia a los 24 años. Fue durísimo volver a verte, aunque sólo fuese de lejos, entre el

gentío que te adulaba. Te odiaba y amaba a la vez, se realizaba en mí una de las luchas

internas más grandes que jamás sentí, lo reconozco, pero no iba a dejar que escapases

sólo por mi parte más amable y buena o porque me llenase el espíritu de una duda que

en el fondo no albergaba. El pasado no se cambia, los males quedan, y la sangre llama a

la sangre, así que me atemperé y me dispuse a seguir atando los cabos.

En un momento del acto fui presentado a tu padre por don Aníbal Tabares, uno de

nuestros vecinos comunes más ilustres y pecaminosos, amante de lujurias y desenfrenos

debajo de su apariencia de señor estricto y recto, yo lo sabía muy bien, y desde luego se

mostró encantador conmigo, como todos los malditos pelotas que me visitaban semana

tras semana para dejarse seducir por mi ya famosa generosidad.


Sí, el viejo Paulus, miserable y rico a la vez, incapaz de reconocerme y ver en mi

mirada todo lo que le tenía guardado. Me controlé muy bien incluso cuando estreché

formalmente su mano arrugada y carente de piedad, una mano firme que me recordó el

modo vil en que había extralimitado su protección a cualquier precio de su hija, Laura, y

el motivo de mi visita a vuestra casa en un día que debía ser muy feliz para todos, pero

que para mí resultaba impío, triste, aunque prometedor de sensaciones venideras agrias

y a la vez extraordinariamente dulces para mi alma consumida, cada vez más incapaz de

mirar nada que no fuese la venganza, pese a poseer todo lo demás. Vivía el momento

en constante asombro por mis dotes teatrales.

El viejo estaba muy interesado en mí, aunque lo que realmente le gustaban eran

mis diamantes, eso seguro, pero yo le seguí la corriente, me lo llevé a un sofá y le conté

la más que falsa aventura de mi pasado que me había inventado años atrás y que había

funcionado con todos, pues nadie investiga la vida de un hombre de gran fortuna. Se la

tragó entera, muy emocionado por el modo en que supuestamente escapé de la pobreza,

encontré el amor y enviudé sin descendencia allá en Europa. Mi extraño modo de llegar

a Brasil como decrépito marinero de un bergantín, la expedición al centro del Amazonas

en que me enrolé de un tal Johannes Fiebagg que nunca existió más que en mi

imaginación, y la suerte que tuve de hallar las minas de diamantes más ricas de

Sudamérica montando a caballo, sin buscarlas. Fueron aventuras que le embriagaron. Sí,

el viejo estaba encantado conmigo, porque veía en mis cicatrices, que atribuí a

supuestas luchas con las tribus locales, un dureza que el gustaba de ostentar a modo de

batallitas. Le había llegado hondo, y eso jugaría a mi favor más tarde.


Entonces te acercaste desde el fondo del salón, donde departías con otros

invitados, y yo me percaté con el rabillo del ojo de ello, pues nada permanece

inalterable ante tus pasos. Paulus nos presentó y me sentí arder por dentro, como si mil

diablos alentasen sus brasas desde mis pies hasta la cabeza, pero me refugié en una

timidez que no era tal y sobreviví al candente momento, preguntándome si finalmente

me reconocerías.

Me miraste, Laura, y la miel de tus ojos se derramó en mi corazón mientras te

besaba la mano enguantada de blanco y plata con una reverencia fina y estudiada de

muy alta escuela, algo que no me pertenecía, pero que aparentaba. Sentí que todo se

confabulaba contra mí, porque reconocí tu perfume en la hermosa tela, pero ni siquiera

eso consiguió apartarme del guión que tan hábilmente estaba desarrollando a vuestro

alrededor pese a que me turbaba más de lo debido. Me sentí como una de esas enormes

tarántulas que tantas veces había visto en la selva, tejiendo el futuro para su víctima que

permanecía grácil hasta caer en la tela, bella hasta el final. Eso te reservaba pese a tu

aroma único a flores frescas que tanto había añorado y que tan cercenado me parecía

por las artes de la espada.

Mientras tu padre hablaba, tu me mirabas, y no se qué fue, pero algo notaste

aunque sólo duró un segundo, y tal vez ni prestaste atención felizmente, porque todo se

hubiese ido al traste de haberme reconocido y revelado mi identidad, cosa difícil, pero

posible a fin de cuentas. Creo que debió ser un flash back, pero el caso es que me

preguntaste si nos habíamos visto antes, a lo cual respondí que, evidentemente, dada mi

condición de nuevo rico, era difícil que ello hubiese sucedido en los ambientes

marginales que hasta hace poco había frecuentado. Te mostraste satisfecha con la
respuesta y eso me alivió mucho, justo antes de que tu padre me presentase al hombre

que te iba a desposar, cosa que me vino magníficamente para apartar fantasmas

peligrosos.

Se llamaba Eduardo, y era descendiente de una buena familia, muy rica, cómo no.

Sus propiedades estaban cerca de la capital, y era allí a donde pensaba llevarte una vez

que te desposase, sin duda con la más que loable intención de darte la felicidad y llenar

una casa de hijos, cosa lógica. Se trataba de un hombre simpático, inteligente pese a su

ridículo bigote, pero poca cosa para ti, eso es cierto, mas la verdad es que cuanto me

contaba me daba absolutamente igual, porque en el fondo no quería saber nada de él,

quizás porque no sólo consideraba que se intentaba apoderar de algo que había sido

mío, sino también porque hasta le compadecía por no saber el alcance exacto de la

determinación que había tomado compartiendo su vida con alguien hermoso pero

traicionero como tú. Evidentemente, no me inspirabas demasiada confianza esa noche, y

todo se reflejaba en mi pensamiento, que no tenía por qué haber sido tan cruel con el

pobre de Eduardo, salvo por el simple hecho de ser tu prometido. ¡Un imbécil!

Cuando él te cogió la mano para bailar he de reconocer que sentí los celos más

inesperados e inoportunos del mundo, para qué negarlo, pero supe digerir el momento y

continuar con mi actuación mientras bebía un champán francés que no era comparable

al que tenía en mis bodegas, muchísimo más selecto y caro, para qué decir lo contrario.

No obstante, supe adular lo suficiente a Lord Paulus, que me sonreía y presentaba a sus

amigos con una alegría que me delataba la obviedad de que me estaba ganando

sobradamente su interesado aprecio. ¡Lo que hace el dinero cuando asoma por el

bolsillo a manos llenas! Estaba seguro de que si hubiese contado con mi fortuna tres
años antes, ahora serías mi mujer, pero no era ese nuestro destino, ¿verdad, Laura? Fue

aberrante y ruin por ausencia de lo que ahora me sobraba. ¡Lástima de vidas

desperdiciadas por materialismo, arrojadas a las fauces de lo absurdo! Pero en este

mundo, el que la hace la paga.

Al día siguiente tu padre vino invitado a mis tierras por primera vez, le mostré

todo con detenimiento, desde las minas a las obras finales de mi casa, todo con

grandilocuencia, explayándome en proyectos que nunca pensaba acometer salvo en mi

imaginación, pero que le impresionaron, como la presa río arriba para contener las

inundaciones, o el plan de drenaje de las ciénagas, de tal manera que una semana

después yo ya era una persona recta, admirada, emprendedora y querida en tu hacienda,

alguien en quien confiar, y mis paseos a caballo resultaban cada vez más y más

frecuentes por ella. Estaba disfrutando con todo, con la forma en que iba avanzando,

pero me fastidiaba verte, me dolía siempre, por lo cual rehuía tu presencia cuanto podía,

aunque a veces no era capaz de ello porque evidentemente eras la señora de la casa y

estabas en casi todos lados.

Un día, el viejo me llevó a sus explotaciones de maderas preciosas, un lugar de

olores maravillosos a serrín húmedo y naturaleza incipiente, aromática. Todo bien

organizado, un sitio repleto de obreros, carros, animales de tiro, y gente en general

trabajando duramente. Cuando mejor me encontraba y estaba comenzando a disfrutar

del entorno me llevé la desagradable sorpresa de encontrarme de frente con uno de los

hombres que me había enterrado vivo, cuyo rostro jamás olvidaría. Aparté

instintivamente la cara, pero él ni se fijó en mí, el muy hijo de perra, pero yo sí que supe

de él y del compañero de aquella terrible noche, en la selva, dando pie a que mi


pensamiento mostrase el curioso modo en que todo se iba poniendo en su sitio para que

efectuase mi íntimo deseo de venganza mientras oía al viejo hablarme sin parar.

Evidentemente el maldito no me reconoció, ni siquiera cuando con cierta habilidad

conseguí que Paulus me lo cediese junto con su compañero y otros más para hacer unas

repentinas faenas que había decidido acometer en mis tierras, cosa que para él fue un

placer, dado que estaba muy interesado en agradarme sobremanera. Incluso insistió en

pagar sus nóminas, a lo cual me negué, pero que agradecí con profusión. De ese modo

fui cerrando el círculo alrededor de los dos asesinos, crueles y perversos, que habían

inferido tanto daño a un hombre inocente, y justo cuando la suerte me los puso a tiro,

sin buscarlos, así que preparé el frío plato de la venganza y me dispuse a saborearlo.

Pasaron unos días y tenía a la cuadrilla prestada trabajando en un talud en el cual

me inventé la absurda idea de construir un merendero desde el cual se dominase

visualmente el río, algo sencillo y bonito, hecho de cemento y armazón de metal que se

pondría posteriormente para que las enredaderas concluyesen el trabajo con el tiempo.

Caprichos de ricos, pensaron todos, aunque para mí no era más que una excusa para

realizar mis planes. La verdad es que nunca hubiese hecho algo así en aquel lugar de no

ser por un propósito bien distinto al que todos pensaban y que nada tenía que ver con

paisajes o relax.

La tarde del 28 de Marzo, cuando se estaba trabajando duramente en la

cimentación, dí el día libre a todos mis criados franceses, incluso a Emma, que se

desvivía por hacerme la vida más fácil preparándome las mejores viandas con sumo

arte, y después de asegurarme de que no había nadie cerca me encaminé a la obra.


Tras conversar un poco con los obreros, siempre de un modo agradable, sin

ostentación, cosa que les encantaba, llamé a los dos hombres fingiendo hacerlo de modo

casual y les ofrecí un extra de dinero a cambio de que se quedasen al finalizar la

jornada, con la excusa de ayudarme a replantear el cerramiento del encofrado, por lo

cual les solicité que tuviesen preparado el cemento. Naturalmente aquellos dos asesinos

no pusieron la menor objeción a ello, y a las siete en punto se quedaron esperando

mientras los demás se iban, como yo les había ordenado. Pleno de excitación me dirigí

al lugar, observando cómo trabajaban en mantener la mezcla a punto, y sonreí. Llevaba

mi escopeta de caza en la funda, cargada con dos cartuchos de postas y con el seguro

quitado. Era una tarde preciosa, coronada por un sol que seguía picando.

Me recibieron agradablemente, cómo no, y yo les di instrucciones poco

improvisadas desde el caballo, sin desmontar, siempre de un modo amigable, casi en

camaradería, cosa que ambos agradecieron, tomándolo como un gesto de amistad

viniendo de alguien tan importante como yo, lo cual sería digno de presumir por la

noche en el pueblo mientras se emborrachaban. Les hablé de cosas banales y les hacía

preparar el fondo de la cimentación. Les conminé a amasar todo el cemento necesario

para la tarea, pese al riesgo de que fraguase una parte de él antes de ser usado, cosa a la

que no di demasiada importancia, justo en el momento es que, distraídamente, dejé caer

la vasija donde quedaba el agua del que disponían para saciar su sed. Me excusé y dije

que pronto alguien traería más. Pura mentira.

Después de observarlos con atención, cuando descubrí quien era el más débil de

los dos, desmonté, y sin dar tiempo a nada, aprovechando la sorpresa, golpeé y dejé sin
conocimiento al más fuerte con la culata de la escopeta, de un modo tan rápido y eficaz

que hasta yo mismo me sorprendí. La cara de espanto, de estupor, del que quedó en pie

me gustó sobremanera, porque comencé a sentir el placer de la venganza, mas no se iba

a quedar todo en eso, no. Mi plan era mucho más terrible que unos culatazos. Levantó

las manos, pero le tranquilicé y dije que si hacía lo que le iba a pedir le daría ocasión de

salvarse, cosa que naturalmente aceptó como el asqueroso cobarde que sabía que era.

Le hice amarrar a punta de escopeta a su compañero de intrigas al fondo

encofrado, en posición tendida, y después de comprobar por mí mismo la solidez de los

nudos esperamos en silencio a que despertase, siempre con sumo cuidado de no perder

de vista la escena. El sol seguía siendo agradable, cada vez más. Me senté y pensé lo

imposible que era dar marcha atrás cuando se desatan los monstruos que llevamos

dentro, el rugido inmenso de batalla que inunda nuestro pensamiento en el momento de

atacar como una fiera salvaje aquello que odiamos. Temí por ti, Laura, por el instante en

que te encontrase definitivamente, pero aparté la idea de momento, porque antes había

que ajustar otras cuentas.

El hombre tendido despertó, y entonces hablé a ambos, les conté quién era y por

qué debían pagar su crimen. Fui preciso, frío y cruel, sin mostrar sentimientos que

hiciesen dudar de mi voluntad de venganza. Me satisfacía escucharlos, implorando

perdón al principio, después discutiendo entre sí… pero todo lo arreglé cuando tiré un

buen montón de monedas de plata a los pies del que iba a sepultar a su compañero con

dos toneladas de cemento fresco. Así es. Le dije que cogiese el dinero, como un día

hicieron ante mí, y que después enterrase al infeliz que estaba amarrado sin preguntar ni
decir nada, sin rechistar, porque estaba dispuesto a volarle las piernas y dejarlo a su

lado.

No lo dudó un segundo, ni siquiera cuando su amigo, después de intentar

convencerlo de que yo lo estaba engañando, comenzó a tragar aquella mezcla negruzca

que le servía a paletadas, nada parecida a la que me hicieron saborear a mí, desde luego,

pero igualmente horrible. Tras unos gorjeos cesaron los ruidos, justo cuando la cara

quedó totalmente cubierta, pero entonces ordené que no vertiese más, y saqué de mi

alforja una caña de bambú que había trabajado con cuidado esa mañana, ahuecándola de

manera tosca. Le hice encontrar la boca del sepultado, y ponerla en ella para que

pudiese respirar, mientras yo le gritaba que lo condenaba a morir despacio en su

húmedo abrazo, igual que quisieron hacerme a mí. Después amarró la caña al encofrado,

y entonces le hice verter todo lo que quedaba hasta dejar la cimentación rasa, solamente

alterada por el respiradero que salía de un lugar cercano a su centro circular. Lenta

muerte, desde luego. Ya habría tiempo más tarde de cortar la caña y rellenar, sería tan

fácil que hasta yo mismo podría hacerlo.

Después el asesino, que había recogido sus monedas, me preguntó sin el menor

cargo de conciencia si podía irse ya, jurando no decir nada nunca a nadie, y en un gesto

de aparente camaradería bajé el arma. Sonrió con la gracia de las harpías, sin el menor

rubor por haber enterrado vivo al otro, miserable y desalmado. Sentí asco por tanta

insolente basura puesta ante mi vista.

Se le veía muy cansado, y al tirar el agua me había asegurado de que no bebiese

nada en toda la faena, así que estaba bastante deshidratado como para estar pasándolo
mal. Pese a querer irse, le obligué a sentarse cerca de mí, aduciendo a que quería

hablarle de cómo íbamos a silenciar lo ocurrido, de manera que el maldito estúpido lo

hizo sin pensar, atento sólo a la proximidad de mi escopeta, y seguramente calculando

el modo de acabar conmigo, aunque tuviese que irse muy lejos después, esperando a

que se presentase su oportunidad. No es lo mismo matar a un don nadie que a un

riquísimo terrateniente, eso lo saben hasta los palurdos como aquel, pero desde luego no

le iba a dar ocasión, y eso se veía en mi mirada.

Le hablaba, y él sudaba, así que cuando vi el momento oportuno le ofrecí mi

cantimplora en complicidad. Aceptó y se la tiré a los pies sin dejar de parlotear sobre

cosas que no me creía ni yo mismo, pero que me servían para disimular mis intenciones

para con él. Tenía tanta sed que bebió sin pensarlo, engullendo hasta la última gota y así

también todo el cianuro que llevaba diluido. Notó el sabor levemente amargo, lo se

porque los ojos se le abrieron como platos, pero nada evitó que fuese pereciendo

mientras yo se los miraba fijamente, sopesando si estaba sufriendo lo bastante. Se

retorcía.

Aun estaba en los estertores cuando silbando me levanté, cogí de la alforja un

sobre, lo abrí y dejé caer dos bolitas de cal viva por la caña que descendía a la boca de

su compañero de matanzas, que allá abajo debía estar en plena agonía también, sólo

mantenido por el aporte de aire que se escuchaba a través del tubo bajar y subir de

manera violenta. Creí notar una tos, quizás una garraspera al sentir aquello caer en la

garganta, pero después las bocanadas de aire siguieron un poco más. No tenía ganas de

prolongar el espectáculo más allá de lo normal, así que asistí a la muerte de uno e

imaginé como la cal quemaba la boca del otro hasta agujerearle el cráneo. Sí, mucho
dolor bajo un sol que se iba poniendo. Encendí un buen cigarro, aromático, fresco, y me

senté a descansar. No sentía nada especial, ni placer ni desdicha. Nada.Me hubiese

gustado oír al maestro Brahms esa tarde.

Por la caña ya no se movía el aire.

Después amarré los pies del cadáver que la providencia me había entregado

aquella tarde, lo até a mi caballo, y me dirigí a las ciénagas, donde las anacondas y las

pirañas darían buena cuenta de él a lo largo de la noche. Carne fresca, asquerosa, pero

fresca. Le escupí y me fui, con la esperanza de no encontrármelo en el infierno para no

seguir martirizándolo.

Al día siguiente no quedaría ni rastro de nada, ni siquiera la caña emanando como

el mástil de una embarcación sumergida desde el cemento, ya fraguado. Para mí, y eso

fue lo que dije a la guardia cuando días después vinieron a indagar sobre la misteriosa

desaparición, ambos hombres se habían ido tras hacer su trabajo, cosa evidente puesto

que estaba terminado, y no supe más de ellos.

Me sorprendió mucho saber que eran hermanos, y que vivían en casa de su única

hermana, a la cual transmití corteses mensajes de alivio. ¡Si llegase a saber que uno de

ellos había enterrado vivo al otro sin dudarlo…! Pero nadie hizo más preguntas, cosa

lógica tratándose de dos tunantes peligrosos y de la palabra de un caballero de pro.

Hermano matando a hermano… ¿será eso peor que dejar que maten a tu amante, Laura?
Días después, en una de mis cada vez más frecuentes reuniones con Rudolf

Paulus, le comenté mi extrañeza por lo sucedido, por lo cual él me manifestó que no

veía rareza alguna en ello, pues opinaba que ambos eran al fin y al cabo hombres de

dudoso andar, cosa que sin duda conocía de primerísima mano, ya que fueron los

mismos que contrató para aniquilarme, el muy canalla. Ni siquiera en ese instante vi en

él el asomo de una duda, al contrario, todo era de naturalidad exquisita, un cinismo

supino, lo cual me afirmaba más si cabe en algo que ya sabía sobradamente. Que

ordenar mi muerte años atrás fue para él como eliminar a una alimaña de esas a las que

gustaba cazar, y encargar la tarea a aquellos miserables no había sido difícil ni en

absoluto embarazoso, a su modo de ver, hasta el punto de no precisar ahora ni de una

revisión del estado de las cosas por si algo se descubría. ¡Maldito cacique! Es más, una

vez muertos, más enterrado estaba el pequeño affaire. ¡Qué tramposo, despreciable y

nefasto trozo de carne erecto cual hombre sin corazón! Pero ya llegaba su hora.

Aunque cierto era que yo también me había tornado en asesino, aunque a mi

entender no era lo mismo, porque ¿quién en el mundo reconoce ante sí mismo los más

grandes errores? Pensé mucho al respecto y no me sentí mal en absoluto, por lo que

todo estaba justificado.

Por otro lado, como es natural, tampoco para mí era igual de fácil quitar de en

medio a un terrateniente que a dos negros maleantes, pero mi plan estaba en marcha, y

así inicié el siguiente paso de mi escalada terrible.

El 21 de Abril, justo tres años después de mi desaparición en la selva, estando tú

en las propiedades de tu prometido pasando unos días con su familia y gozando a


escondidas sin duda de los placeres conyugales por adelantado, invité a tu padre a mi

casa. Una vez terminada estaba preciosa, sí, un auténtico lujo, todo lo que una montaña

de diamantes puede conseguir, y era enteramente mía por la gracia que había tenido la

providencia de darme una fortuna en el día más trágico de mi vida.

Como hombre versado y refinado que era, al alemán le deslumbró el exquisito

gusto de mi escalera Versalles, la suntuosidad de la porcelana Ming, las toneladas de

plata de las lámparas araña del salón, las alfombras orientales de tres centímetros de

grosor, la colección de muebles de maderas aromáticas, los suelos de mármol rojo y

negro de Carrara, las vidrieras de Murano y el cristal de Bohemia con vajillas de

Sevres… todo un palacio descomunal que, sinceramente, no hacía más que acentuar un

poco más mi enorme vacío después de haberte perdido aquella tarde lejana y cercana,

meros objetos de la vanidad que se prestan a regar los ojos de envidia, pero que no

calman el alma que sufre en absoluto.

El viejo estaba fascinado mientras mi servicio francés lo atendía a la manera de un

rey, ofreciéndole café del sur de África, bollería fresca, y todo con servilletas de seda y

cubiertos de plata repujados de oro. Sí, un ambiente deslumbrante en el que se sintió

verdaderamente a gusto, incapaz de presentir lo que se le venía encima mientras yo le

daba conversación de la manera más gentil que se le pueda dar a un amigo íntimo.

A las seis en punto la sutil droga que en un descuido de todos le había puesto en el

café comenzaba a hacer efecto y Paulus notaba que el sopor le invadía como la

marabunta que entra en los campos. Dio un par de cabezadas y se sobresaltó, pero yo le
resté importancia y le conminé a descansar un poco, proporcionándole cojines

adecuados y una manta fina que se colocó sobre las piernas.

Le dejé dormir plácidamente en un diván excelente. Sabía que las horas pasarían y

mi servicio tenía la noche libre, así que les rogué que transmitiesen a los asistentes del

viejo que viniesen a mi casa a hacerse cargo de velar por su señor, que de repente se

vería obligado a pernoctar sin que nadie pudiese hacerse con sus cuidados.

Una hora después estaban allí César, su criado y un hombre de confianza, de

nombre Goliat, el mismo que había tapado tu cuerpo con una sábana y obligado a

vestirte para que tu padre no te viese desnuda. ¡Cómo disfruté en mi interior por el arte

de la suerte que me sonreía poniéndomelo a tiro de manera tan singular! Mi juego de la

velada fue imaginar el modo de implicarlo en los hechos y dejarlo también tocado, si,

un deleite raro que pocos pueden conocer.

Les dejé para su señor la mejor habitación, la más hermosa de toda la hacienda, así

como las contiguas para el descanso de ambos hombres, de manera que no podrían

poner pegas a mi hospitalidad, siempre impecable. Al despertar horas después, tras

deshacerse en excusas, el viejo se mostró tan sorprendido como agradecido por la

decisión que había tomado de hacer venir a sus sirvientes, y siendo ya casi la hora de la

cena, autoricé a los dos a prepararnos algo de la abundante despensa.

Lo que nadie sabía es lo que había inyectado en las venas de tu padre mientras

dormía a pierna suelta durante esa hora que estuvimos solos en el salón esperando que

ambos sirvientes llegasen de tu casa. Era Atanais, un caro y rarísimo veneno de más allá
de los Andes, comprado a precio de oro a un contrabandista en Malpao, imposible de

desenmascarar, letal de necesidad y desconocido en la zona. Sólo tenía que esperar a

que surtiese efecto, y no tardaría, pero necesitaba que los sirvientes fuesen testigos de

todo para no despertar la menor sospecha de mi implicación en algo tan ruin como el

asesinato de Rudolf Paulus, el de la mirada terrible.

El Atanais funciona adhiriéndose a la pared intestinal, donde permanece inactivo

durante días, pero sólo hasta el momento en que el receptor ingiere algún alimento.

Entonces libera una sustancia muy tóxica que comienza por producir fuertes dolores de

vientre, como un corte de digestión, algo que no aparenta ser delicado, aunque sí

molesto. Sin embargo, en media hora la sustancia sintetizada comienza a entrar en

sangre por vía intestinal, y entonces es cuando todo se complica, pero no adelantemos

acontecimientos.

Efectivamente, en la otra punta de mi flamante mesa Fustemberg de nueve metros

de longitud el viejo cabrón comenzó a sentir dolores de tripa, y en completa confianza

no intentó disimularlos, cosa que me pareció muy bien entre buenos amigos. Yo, como

quien no quiere la cosa, pregunté a sus sirvientes si habían puesto algo anómalo, una

especia o algo así, en la cena, una exquisita confitura de pato acompañada de buen vino,

pero obviamente lo negaron, aunque de ese modo ya les pasé la duda y con ello parte de

la culpa por lo que iba a suceder y que aún no esperaban.

Paulus se levantó pidiendo excusas y se fue al baño, rogando que nadie lo

acompañase ni estuviese al tanto de él en momento tan embarazoso, justo aquel en que

un hombre se halla más vulnerable. Minutos después regresó con la cara muy pálida,
pero visiblemente repuesto, justo en ese instante que precede a la fase final de la

infección, pero que nadie, salvo yo, esperaba.

Primero fue la visión. Interrumpiendo la conversación que yo hilvanaba, gritó

horrorizado que de repente no veía nada, y se echó mano a los ojos mientras yo gritaba

a sus hombres que le ayudasen por Dios. Todo iba a la perfección, y el ambiente se iba

cargando al máximo, justo tal cual yo necesitaba. Como era de esperar, la confusión en

ese instante era total, y entonces supe debido a las discusiones que el hombre de la

sábana, Goliat, el que te tapó, fue el que preparó la cena, así que sin dudarlo le culpé de

imprudencia y dejé deslizar cosas peores, de manera que César, para salir del paso, me

apoyó rápidamente, con lo cual la maniobra iba a ser de dos por uno sin ninguna duda.

Sonreí para mis adentros, aunque aparentaba una indignación absoluta para fuera.

Mientras Paulus seguía gritando desconsolado, e intentábamos ponerle paños

húmedos en los ojos, se inició la fase final. Fue un borbotón de sangre lo que surgió de

aquella boca, seguramente al desgarrarse el estómago de manera brutal, roto por el

veneno. El viejo se retorció, y todos dimos impresionados un paso atrás, justo en el

instante en que se abalanzó hacia delante y lanzó un vómito de sangre mezclada con

bilis que nos manchó a todos. Se agarraba a la silla con fuerza, convulso por el dolor

que debía estar sintiendo, y cuando más tenso estaba cesó de pronto de moverse, ante la

estupefacción de los dos sirvientes.

Estaba muerto.
Convencí a Goliat de que se quedase conmigo mientras su compañero iba en el

carruaje a por la guardia, y en el momento que estuvimos solos le mostré la realidad de

que, fuese inocente o no, sin duda iba a pagar las culpas de lo que para la justicia habría

sido un envenenamiento meditado a conciencia, dado que yo, que comí de la misma

confitura y bebí el mismo vino, no tenía el menor síntoma. Eso sólo podía significar que

alguien había quitado la vida a su señor, y el sospechoso era él, que además era

marcadamente pobre, lo cual vendría muy bien al juez. Obviamente, sostenía su

inocencia, pero el muy imbécil, en lugar de esperar, se derrumbó, sucumbió a mi

presión y salió de la hacienda para huir a la selva, donde una semana después fue

atrapado y condenado por la traicionera muerte de Lord Paulus en casa de su gran

amigo, el príncipe de los diamantes, como algunos ya me llamaban. De ese modo se

autoinculpó sin necesidad de que nada tuviese que hacer para ello. Yo, mientras

esperaba, miraba al viejo, manchado de toda a aquella sangre, y seguía sin sentir nada.

Fue un acontecimiento dramático para todos, nada comparable a la pérdida

asumible de centenares de negros en las explotaciones años si, año no, y por ello la

justicia fue inflexible en la búsqueda de un culpable al que mostrar. Fue fácil, y de ese

modo el servicial Goliat, capaz de ser fiel a su señor hasta la complicidad, fue juzgado,

condenado y enviado a un penal de por vida en el que no duraría demasiado. Pero…

¿quién es eterno?

Sólo me quedabas tú, Laura, y con mis mejores trajes te esperé en tu casa porque

venías al funeral que yo mismo había organizado sin escatimar en gastos. Nada más

verme te acercaste a agradecerme los desvelos que había tenido para convertir la

ceremonia en memoria de tu padre en un acontecimiento importante, algo a la altura de


tan gran hombre, y yo te dije que era lo menos que podía hacer por alguien que me

había dado tanto en tan poco tiempo. Disfruté en mi papel, lo digo sin decoro, pero no

pude evitar que mi corazón se acelerase con tu cercanía, con tu olor, con los colores del

aire que nada mas veía yo. Me daba una tremenda rabia que aun me volvieses loco, pero

el amor es raro, y en mi caso saltaba al odio por momentos, aunque algo dentro de mí

aplacaba al asesino sanguinario en que me había convertido por tu culpa.

Lo tenía todo preparado, Laura, dispuesto para ti esa misma noche, una muerte

delicada, suave, a mi lado, pero ocurrió algo muy extraño que no entendí.

Me miraste de manera diferente.

Lo capté, lo noté. No era ilusión ni nada parecido, no. Había sido real, porque yo

conocía muy bien tus miradas, y supe identificar aquella a la perfección. No estaba

preparado para eso, pero había ocurrido, y la furia de dentro de mí pareció amainar

como las nubes de después de un huracán. No lo deseaba, pero de repente me surgieron

dudas, saludaba a los invitados sin poder concentrarme, miraba aquí y allá sin ver nada,

así que te busqué por todos lados en plena tarde triste para ti, y descubrí que tu también

me buscabas sin que yo lo entendiese. Eras una mujer comprometida en un momento

luctuoso, la hija del difunto, su heredera doliente… a no ser….

¡No podía tratarse de eso! ¡No podías haberme reconocido! ¡En ese momento, no!

La simple idea me hacía sentir nauseas, y un sudor frío me recorrió el cuerpo. Entré en

el despacho del viejo y me agarré a una de las librerías repletas de colecciones antiguas,

intentando comprender qué había pasado en un momento tan delicado.


Y entonces caí en la cuenta. Fue cuando me percaté de que la pequeña cruz de

plata, aquella que me regalaste en el hospital, asomaba indiscretamente a través de los

botones de mi cuello, enredada en la corbata por mi poco tacto de aquella mañana al

hacer el nudo. Un descuido lamentable que me hizo sentarme abatido en uno de los

butacones donde tantas veces te vi en plena lectura.

Cuando comenzaba a tranquilizarme la puerta se abrió, y sin verte supe que eras

tú. Sorprendiéndome te acercaste a mí y me dijiste al oído un nombre, el mío auténtico,

el de un hombre dado por muerto al perderse en la maleza, al que tu misma asesinaste

en complicidad por tu repugnante silencio. Ni siquiera tu aroma fabuloso que entraba

desde mis hombros evitó que me tensase como un álamo al viento y me irguiese.

Me volví despacio, agarrando en el bolsillo de la chaqueta mi pequeño revólver

derringer que siempre me acompañaba, dispuesto a terminar de una vez para siempre

con todo, aunque fuese delante de una docena de testigos. La bala no fallaría a esa

distancia tan corta, lo sabía bien, y estaba dispuesto a disparar, liberarme con tu muerte

y detener el sufrimiento. Pero entonces me crucé desde demasiado cerca con tus ojos

color miel que encerraban estrellas dentro, y como un imbécil enamorado me desarbolé

contra la costa del deseo una vez más, sucumbiendo a la realidad de que no podría

jamás apretar aquel gatillo contra ti.

Tu no fuiste consciente de lo cerca que habías estado de ser mortalmente herida,

pero lo cierto es que al volverme lo primero que vi fue sorpresa en tu interior, la

seguridad confirmada de lo que habías deducido minutos antes, de que yo era aquel
hombre que diste por muerto, pero después algo cambió en tu cara, te endureciste,

quizás porque en esa fina inteligencia de mujer que tienes enlazaste todo cuanto había

sucedido y llegaste a las conclusiones lógicas de quien sabe perfectamente que todos los

que habían participado en mi masacre estaban muertos. Demasiada coincidencia, así que

la explicación tenía que ser yo, lo dedujiste con facilidad, pero claro, no podías decir

nada porque también habías participado en un crimen, y sabías que el escándalo te

costaría demasiado. Curioso y demoledor equilibrio el nuestro, ¿verdad, Laura? Dos

asesinos enlazados. ¡Cuánto amor!

No nos dijimos nada, no era necesario, pero la ferocidad de nuestra mirada era tan

notable que se cortaba el ambiente. Varias personas entraron en ese momento para

admirar la biblioteca de tu padre, lo cual no era lo mejor para nosotros, por lo que decidí

buscar una intimidad que necesitábamos para saber qué hacer con nosotros. Agarré tu

mano discretamente pero de manera firme, te resististe, mas insistí con entereza mirando

tus ojos con la advertencia implícita de que no me iba a detener. Accediste finalmente al

sopesar la situación y así caminamos por la estancia hacia la puerta que daba al jardín,

intentando que nada saliese al exterior del mar de sentimientos convulsos que nos

salpicaba de pronto. Por un momento pensé que incluso apretabas levemente, pero lo

creí una ilusión mientras con el corazón agitado cruzaba el último umbral que nos

separaba del cielo azul allá arriba, el mismo que había asistido a nuestro auge y drama

sin hacer nada para advertirnos de la traicionera senda del destino. Nadie se extraño de

que yo, el mejor amigo de la familia, tomase tu mano a modo de consuelo.

Pero había mucha gente de riguroso negro en el verde, así que discretamente te

solté con dolor de mi corazón y me seguiste a las caballerizas, donde cerré la puerta sin
que nadie pareciese darse cuenta. Era raro que estuvieses sola en un día tan dramático,

donde tu padre querido y cruel se hallaba de cuerpo presente en el salón principal de la

casa en que había desarrollado buena parte de sus sueños, pero a veces el destino

encuentra hueco hasta para lo improbable, y ese era el motivo de que tu y yo

estuviésemos al fin de frente y en la soledad más notablemente extraña de nuestras

vidas. La reunión silenciosa entre tu asesinado y mi asesina finalmente se llevaba a

cabo.

Estabas a tres metros de mi, en semi penumbra entre toda aquella paja por los

suelos y el ruido de cascos alborotados por nuestra presencia. Nada importaba, nada

sonaba en nuestras bocas, ni siquiera la más mínima palabra, porque lo dijimos todo con

la mirada. ¡Dios, cómo te odiaba, cómo te amaba! Y también percibía cosas en ti,

sensaciones que emanaban de tu mente que imagino que también enloquecía por

momentos ¿Qué hacer? ¿Qué decir? Pues exactamente eso, lo que surgía en el aura

eléctrico que se iba formando a nuestro alrededor. Imposible leerte.

Yo, por mi parte, sólo esperaba a que el tiempo pasase perdiéndome en los campos

de trigo de tus ojos sintiendo los vientos que mecían las espigas en el alma de la mujer

que más he amado en la tierra entera, a la que, por azares caprichosos del destino, si

todo hubiese ido como tenía previsto, le hubiese quitado ya la vida hacía rato en un

supuesto accidente. Sentí un atisbo de ridículo, pero me embargaba la emoción ante la

grandilocuencia del trágico momento.

Un rayo de luz iluminaba el fondo tras de ti, y así veía tu forma perfecta, impoluta,

dentro de aquel vestido negro hasta los pies, desprovisto de encajes o abalorios, pero
siempre ceñidísimo, como si tu naturaleza femenina se resistiese a taparse en las

malezas de la pena incluso en momentos tan tristes. Siempre impresionante, Laura,

siempre más valiosa que mi mayor veta de diamantes, y siempre tan lejos pero a la vez

tan cerca. Yo hubiese dado la vida por ti, ¿por qué casi me la arrebataste y me dejaste el

alma para sufrir? ¿A dónde podíamos haber llevado nuestro amor? Nunca lo sabremos,

pero las cosas fueron así.

Diste dos pasos, me miraste y quisiste decir algo, pero me di cuenta de que no te

salió la voz por tus labios deseados… sin dar tiempo a nada más te volviste de espaldas

dispuesta a caminar hacia la puerta, y fue cuando yo me acerqué y te tomé por los

hombros con seguridad, te retuve, y no noté resistencia alguna. Sentiste mi respiración

cerca de tu oído, lo hice a conciencia mientras mi corazón se desbocaba, y percibí tu

carne debajo de la tela, su calor, y casi hasta un atisbo de olor a primavera. Demasiado

para ambos. Después nuestros cuerpos se juntaron casi por inercia mientras la sangre se

transformaba en fuego, un río de deseo que fluía, como denotaban nuestras

respiraciones alteradas coincidentes. Mi pecho en tu espalda perfecta.

Te volviste hacia mí liada en mis brazos como una fiera, un felino ágil y bello,

después me besaste con la más grande pasión desde las tablas de la casa del río que las

crecidas se llevaron. Abracé tu cuerpo y recordé sus curvas, el sabor de tu boca, tus

pechos estrellándose con el mío, apretando sin miramientos, casi sin poder respirar….

Me sentí Dios en su trono, sorprendido porque de repente nada importaba. ¡Nada!

Fue cuando el destino, siempre tan insolente y huraño con nosotros como si no nos

fuese permitido tener tregua, volvió a jugárnosla y entró tu prometido. Seguramente


había estado buscándote por todos lados hasta que alguien le dijo que te había visto

entrar en las caballerizas, no lo se. Lo cierto es que nos vio sin que hubiese la menor

posibilidad a la duda, de manera directa, y que tu seguías besando mis labios sin

detenerte, enganchada a la perdición del amor reencontrado y ausente a su presencia.

Nos vio y se detuvo pasando por todos los tonos de la ira, blanco, rojo, negro… moría

por dentro toda su ilusión. Aquel hombre engañado entró en estado de cólera,

empeorado por los nubarrones estúpidos de los niños ricos que piensan más bien poco, y

en un gesto que no le honra te sacó de mi abrazo y te arrojó sobre los útiles como un

trapo, sin tener el más mínimo decoro ni caballerosidad con una mujer, su prometida,

por mucho mal que le hiciese. Yo, enfadado y poco dispuesto a diálogos de pasión, le

empujé contra una pared, pero él no estaba dispuesto a que todo quedase en eso, así que

sin dudarlo ni darme posibilidad de evitar nada me clavó un viejo tridente en este pecho

que te ama y que no se resistió a la entereza del mal que lo persigue sin tregua,

dejándose perforar por el acero en su modo más mortal. Miré. Un tridente de cuatro

púas. ¿Es que ni siquiera eso iba a ser normal?

Caí sorprendido sobre mi espalda, con aquella cosa atravesándome el pecho donde

mora éste amor que te adora, Laura. Sentí dolor una vez más en mi vida, y ya eran

muchas, un dolor lacerante que me asfixiaba de sangre la garganta mientras mi mente se

deshilaba y dejaba retazos ante mí de lienzos donde siempre habías estado tu.

Comprendí que todo mi odio, toda mi tragedia y hasta la frustración que de ellos se cebó

fue una luz más que una maldición, y te perdoné cuando tomaste mi mano momentos

antes de morir, sin decir palabra, con una lágrima, pero seguro de mi sentimiento.
Aquel pobre diablo que te había pretendido y acababa de arruinar su vida huyó

despavorido dándose cuenta de lo que acababa de hacer, mientras varias personas

entraban gritando y pretendiendo ayudarme cuando ya todo era inútil. Sólo consiguieron

separar nuestras manos, alejarte de mí, pero no importaba porque todo estaba de repente

en su sitio. Me iba, Laura, me iba después de haber sufrido y hecho sufrir, después de

haber amado y odiado, y de haberme transformado en un asesino cruel que se creía sin

corazón hasta que volviste a entrar en él con un beso. Ojalá pudiese arreglar el daño que

te dejaba, pero ya no podía, y me di cuenta en mi último instante de la ironía de haberte

perdonado cuando era yo quien había infringido el dolor.

Me perdí en tus ojos llenos de lágrimas que me miraban, en tu lunar del iris color

miel con reflejos de trigo, y dejé mi respiración en el aire.

*************************************************************

Es curioso el modo en que se tejen los sueños, la cantidad de irrealidades y

fantasías que son capaces de utilizar para sus fines, pero la verdad que se hizo en mi

mente en aquel trance fue tal como te la he contado, y aun hay más, justo desde el

momento en que me salvaste. Porque la realidad había sido bien distinta a cuanto te he

relatado.

Después de recibir la paliza, los cortes y quemaduras, después de ser enterrado y

desvanecerme, después de tener el sueño que te he contado, desperté con el sabor a

tierra descompuesta en mi boca, aterrado, totalmente agarrotado y envuelto por la

inmundicia del Amazonas, tal como había sentido en mi mente febril. Lo recordaba todo
hasta ese momento, la cabaña, los negros, tu padre… y a ti, Laura, la auténtica, la real,

no aquella que se marchó riéndose en mi mente, sino la que lloraba y suplicaba por mí

hasta que escuché aquel golpe del viejo que te dejó sin sentido, harto de tus gritos y de

que no entendieses sus órdenes de alejarte de mí. Vi tu cabeza golpear contra el suelo

delante de donde me retenían, tu pelo desparramado y el modo en que aquel hombre

levantaba tu cuerpo envuelto en la sábana como si fuese un trozo de carne. Después las

monedas… el dolor, la sangre…. ¡Dios mío! ¡Estaba tan asustado! Pero no por la

muerte, no…. Sino por la imposibilidad de ayudarte.

Al despertar de aquella afrenta intenté salir del mismo modo que lo hice en el

sueño, es decir, contrayendo los hombros, las extremidades, pero esto era diferente,

nada que ver con fantasías, sino realidad horrible. No podía moverme ni un milímetro, y

fue cuando admití que iba a morir sin más, que quien entra en el hoyo no sale ya, pero

esta vez de veras.

Entonces, ya entregado bajo medio metro de lodo, fue cuando sentí la vibración en

el suelo de los cascos de un caballo que se acercaba, se detenía, y el fragor sordo de la

tierra removida sobre mi tumba, que me retenía inmovilizado y cada vez más falto de

aire, hasta el punto de que los pulmones parecían a punto de estallar. Resistí como pude

albergando esperanzas pese a todo.

La tierra se iba sobre mí, y me halló una mano que buscaba en mi cuerpo y

encontraba la mía que moría, una parte simple, pero que llevaba a otras que se iban

liberando en el abrazo vivificante del oxígeno.


Era tu mano, tus dedos amados cubiertos de barro que abrían un claro. Fuiste lo

primero que vi en mi renacer al destapar mi rostro congestionado, y así me sacaste de la

muerte por segunda vez pese a que en aquel sueño difamante te alejabas inmisericorde.

¡Qué distinta y favorable realidad! ¡Y pensar que me imaginé nada menos que buscando

tu muerte en ese soñar atroz!

Tardé diez minutos en recuperar el aliento, disipar los mares de terror que me

inundaban, pero nada me prometía más luz que el brillo de tus ojos, sano refugio de mi

calor y pleno del deseo de vivir. Me agarré a ti, a tu pasión, y nos fuimos sin diamantes,

pero llenos de pureza con el dinero que le habías quitado a tu padre.

Por eso, Laura, te debo doblemente la vida, y decidí en el acto que aunque

tuviésemos que huir hasta el fin de nuestros días no dejaré de honrarte. Hay personas

que nacen para amarse contra todo, y así éramos nosotros, entregados, felices, fugitivos

de un viejo vengativo que ofrecía fortunas a quien dijese algo, pero seguros de que

nunca nos encontraría si poníamos miles de kilómetros de selva y montañas de por

medio.

Pasó el tiempo, poco, y seis meses después, estando cerca de Lima, un hombre

vino a visitarme al lugar donde había conseguido trabajo de contable, un puesto

pequeño para un abogado pero discreto y bien pagado gracias a mis conocimientos, lo

cual era suficiente para permitirnos vivir con lo necesario. Estábamos bien, y tampoco

pretendíamos destacar en nada, sino todo lo contrario, debido a la necesidad de pasar tan

desapercibidos como fuese posible. Pero aquella visita no era nada bueno. Te cuento.
Lo reconocí al instante pese a que ya no presentaba el aspecto tribal y desaliñado

con el que lo recordaba, sino más bien ostentoso con su caro traje negro de mil rayas, el

pañuelo de seda blanco, los guantes del mismo color y su aire distinguido, apoyado en

un bastón de mango de marfil exquisitamente tallado con formas extrañas de animales

mitológicos, que rivalizaba en el suelo con dos zapatos de piel que no parecían haber

pisado nunca lugar alguno. No era habitual tanta elegancia en aquellos lugares. Se sentó

delante de mí amablemente tras pedirme permiso, con una sonrisa turbadora y perfecta,

sin duda más apropiada a sus ropas que a las de gurú tribal con las que lo había visto

con anterioridad. ¡Imagina mi sorpresa!

Sí, era el mismo hombre que me había sonreído en la cabaña de mi sueño, el que

me había enriquecido con diamantes que nacían de la tierra negra y untado mi cuerpo

con esencias pegajosas que nunca hallaron explicación pero tras las cuales los días se

convirtieron en carreras negras bajo nubes de venganza. No podía olvidar su cara, pese a

que supuestamente sólo la vi en un terrible sueño meses atrás, así que me quedé

perplejo por aquella intrusión en mi realidad, paralizado por el modo en que de repente

volvía a no entender nada, y así comencé a sentir miedo en mis adentros por el

repentino cruce pesadilla-realidad.

Antes de que le preguntase nada me dijo directamente que venía a saldar una

deuda, un contrato que estaba a punto de expirar en el que yo figuraba, por lo que me

reclamaba el cumplimiento del mismo. Se me erizaron los vellos de la nuca. Sí, Laura,

eso dijo, y lo peor es que traía un papel en su mano, me lo tendió y lo leí con mis ojos,

reconociendo mi firma efectuada con algo rojizo que decía que había sido mi propia
sangre, ahora seca. Todo ello está, existe, y es inapelablemente real. Lo juro y no se

cómo pudo suceder.

Mi alma, Laura, en mi locura y desesperación había vendido mi alma a cambio de

un tiempo junto a ti. Eso era lo que ponía aquel contrato singular firmado en las

regiones ocultas de un feo sueño.

- Ya tiene lo que pidió. – dijo el hombre - El valor de su alma fue tasado y le

concedí seis meses, los cuales ha podido disfrutar como había pretendido.

Ahora déme lo que es mío. – Su sonrisa amable había desaparecido de repente.

- Pero… ¿Por qué usted? No entiendo como… - levantó su mano

conminándome a callar, como si estuviese muy acostumbrado a ese tipo

preguntas.

- Aquella noche que vagaba por la selva usted liberó mucha energía y lleno de

ira imploró ayuda a Dios, pero él no le escuchó. Tenía mucho que hacer para

prestar atención a otro mortal con problemas, amigo mío. Yo en cambio…. –

sonrió.

- Comprendo. Usted sí estaba interesado, ¿no?

- Siempre hay cosas por hacer en su mundo… y ya saben todos que no soy

precisamente ocioso, sino tenaz. Es mi don. Su enorme odio me hizo sentir

mucho interés, si. Por eso lo miré y decidí ayudarle.

- ¿Qué pasará con ella?

- Es su futuro. No me está concedido revelárselo, pero yo que usted no me

preocuparía. ¡A no ser que quiera que le haga una oferta a cambio de su


amado! – Dijo eso echado hacia delante con un marcado gesto cínico en su

rostro. Disfrutaba.

- ¡No! ¡Déjela en paz! ¿No tiene suficiente conmigo?

- Ja, ja, ja… No. Mi colección es muy grande, mas nunca tengo suficiente, pero

¿sabe? No siento predilección por las mujeres tan guapas, en contra de lo que

se dice por ahí. Mi tipo es más… racial. Más a la usanza tradicional… ya me

entiende.

- No, no se lo que quiere decir.

- Me gustan las putas… y de ahí para abajo todas las demás. Adúlteras,

mentirosas, vagas, malvadas, morbosas, asesinas, jugadoras, viciosas,

esclavistas, falsas, desvergonzadas… todo eso.

- Laura no es nada de lo que ha dicho.

- Ciertamente. Ya me va comprendiendo, lo cual demuestra que no hay como el

diálogo entre caballeros para ponerse de acuerdo.

- Ya. Pero lo cierto es, señor… - le miré intentando que me dijese cómo

llamarle.

- Tengo muchos nombres. Use cualquiera de ellos.

- No será necesario. Quería decirle que lo cierto es que de contratos se algo,

puesto que soy abogado, cosa que sin duda sabe bien.

- Sí, y son todos ustedes encantadores, muy queridos por mí. ¡Tan diligentes a la

hora de ayudarme por todos lados! Sepa que le reservo un trato especial por

ello.

- Pues siendo abogado le digo que aquí pone que el contrato expira mañana. – le

dije tendiéndole el documento. Lo cogió sin sorpresa aparente con sus manos,

provistas de uñas enormes que antes no había visto.


- Sí. Eso es cierto, lo pone bien claro y no tengo nada que objetar. De hecho le

iba a decir que tiene hasta las tres de la madrugada para prepararse. Tengo

tareas que hacer. ¡Subo últimamente tan poco a este desierto que siempre se

me acumula el trabajo! Prometo dedicarle más tiempo de aquí en adelante.

- ¿Por qué las tres?

- Es mi hora favorita, se sabe bien en muchos círculos de mi intimidad. Y una

cosa más… iré a por usted donde esté, así que no intente nada, porque…

bueno… ya sabe. Tengo cierta facilidad para encontrar a mis personas

favoritas.

- Supongo que todo esto… no es ninguna broma, ¿verdad?

- No, no lo es.

- ¿Puedo hacerle otra pregunta?

- Por supuesto.

- ¿Qué sucedió realmente en ese sueño?

- Amigo mío… esa es una pregunta que no le voy a responder más que con una

frase muy manida, pero que entenderá bien.

- ¿Cuál es? – le pregunté mientras se levantaba y cogía su bastón.

- La frase es… los caminos del señor son inescrutables.

- ¡Ese es una frase de la Biblia! ¡No le pertenece!

- ¿De veras cree usted que la mayor parte de la Biblia, junto con los

pensamientos de sus redactores y lo que vino después, incluyendo la mayoría

de los hombres, no me pertenecen? – No supe que decir ante aquella

revelación.- No se permita más el defecto de la ingenuidad, señor. No merece

la pena. Ahora he de irme, pero le invito a que tenga una buena velada y
aproveche su tiempo. Como le dije tengo asuntos que me reclaman, pero por

favor, no olvide nuestra cita - se fue.

- Mi tiempo…. – pensé.

Como pude pasé el día calmando mis instintos, y esta noche te hice el amor por

última vez, lleno de pasión, con ternura, sin diferencias a como siempre fue, pero con un

toque de perdición que no pretendí que saliese y se vertiese sobre el fuego desbordado

en aquella cama ruidosa. Más tarde, mientras dormías en nuestras sábanas pobres y

llenas de paz te di un beso silencioso y me senté en el escritorio para escribirte esto

apresuradamente. Cuando lo hayas leído ya me habré alejado en silencio para no volver

más, pero al menos me quedará la paz de saber que conoces de mi propia letra toda la

verdad, la de lo que fue y la de lo que no.

Lee con detenimiento lo que te dejo, y no sufras más de lo que puedo consentir,

porque si tu llanto es mucho y la vida te vuelve finalmente la espalda ni el mismo

infierno podrá evitar que rompa mis cadenas y de sus mazmorras escape a tu lado…

aunque me temo que ya nunca sería el mismo que amaste. Es por ello que debes seguir

adelante, amor mío, y pensar que quizás, si cumplo mi condena, un día hasta la misma

eternidad sea destronada y tu y yo al fin podamos reposar juntos en el mismo punto del

cielo.

Mientras eso sucede, por favor… libérate de mis recuerdos en la media de lo

posible, vive bien tu vida, y no merezcas nunca el lugar a donde por mis excesos voy.

Siento que fueron seis meses muy cortos, pero los mejores sin duda. Ojalá hubiese
valido lo suficiente mi alma para conseguir más…mucho más. Una existencia entera

junto a ti. Pero no pudo ser… Lo entregué todo por un sueño.

Te dejo mi cruz, aquella que me regalaste y que quiero que poseas. Espero que el

Señor sepa protegerte mejor que a mí.

Tuyo siempre, tu amante que sueña con ojos de trigo y miel:

Amancio del Alto.

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