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Octave MIRBEAU

Las bocas inútiles

El día que quedó plenamente comprobado que François no


podía trabajar más, su mujer, mucho más joven que él y muy viva,
con dos ojillos brillantes de avara, le dijo :
— ¡ Qué quieres, mi hombre !... Por mucho que pases las
horas lamentándote... Todo tiene un final en esta vida... Eres viejo
como el puente del Bernache... tienes casi ochenta años... tienes
los riñones nudosos como un viejo tronco de olmo... Tienes que
tomar una determinación... descansa...
Y aquella noche no le dio de comer. Cuando vio que el pan y
la jarra de vino no estaban sobre la mesa como de costumbre,
François sintió frío en el corazón. Y con voz temblorosa, una voz
humillada que imploraba, dijo :
— Tengo hambre, mujer... me gustaría comer un bocado...
— ¡ Tienes hambre !... tienes hambre..., es una lástima, mi
pobre viejo... no puedo hacer nada... Cuando uno no trabaja... no
tiene derecho a comer... hay que ganar el pan que uno se come...
¿ No es cierto ?... Un hombre que no trabaja no es un hombre... es
nada de nada... es menos que una piedra en un jardín... menos
que un árbol muerto sobre un muro...
— Pero, puesto que no puedo... lo sabes muy bien... — objetó
el buen hombre — me gustaría trabajar... pero no puedo... las
piernas y los brazos no quieren trabajar más.
— ¿ Te reprocho yo algo ?... ¿ Es culpa mía, vamos ver ?...
Hay que ser justo en todo... Yo soy justa... Cuando has trabajado,
has comido... Ya no trabajas... muy bien, pues ya no comes... Esa
es la cuestión... ¡ No hay nada que decir !... Tan claro como que
dos y dos son cuatro... ¿ Guardarías en el establo, con el pesebre
lleno y avena en el comedero a un viejo jamelgo que no se
mantuviera sobre las patas ? ¿Lo guardarías ?...
— ¡ No, claro está ! — respondió lealmente François, al que
esta comparación pareció consternar por su implacable
exactitud...
— ¡ Entonces !... ¡ Ya ves ! ¡ Hay que tomar una
determinación !...
Y, con voz burlona, le recomendó :
— ¡ Si tienes hambre, cómete un puño... y guarda el otro
para mañana!...
La mujer iba y venía por la habitación muy pobre pero muy
limpia, ordenándolo todo para adelantar el trabajo del día
siguiente — pues a partir de ahora tendría que trabajar por dos —,
y para no perder tiempo, desgarraba con mordiscos rápidos un
trozo de pan moreno y una manzana aún verde que había
recogido bajo los árboles, en el patio...
El viejo la miró con ojos tristes, con ojillos parpadeantes que,
por vez primera probablemente, supieron lo que es una lágrima.
Sintió pasar sobre él, sobre sus viejos huesos anquilosados, una
inmensa y pesada angustia, pues sabía que ninguna discusión,
ninguna súplica podrían conmover a aquel alma más dura que el
hierro. Sabía que aquella terrible ley que le aplicaba, la habría
aceptado para sí misma, sin ningún desfallecimiento, pues era
estricta, simple y leal como el crimen. Sin embargo, se atrevió a
decir, sin convicción, y con una mueca solapada en los labios :
— Tenemos algunos ahorros...
Vivamente, la mujer exclamó :
— ¡ Algunos ahorros ! ... ¡ Algunos ahorros !... ¡ Ah, muy
bien, gracias ! ¿ Has perdido la cabeza, verdad ? Si hubiera que
tocarle a nuestros ahorros, ¿dónde iríamos, me lo quieres decir?...
Y el hijo para el que los hemos guardado ¿ qué diría ? ... No, no... ¡
Trabaja y tendrás pan... No trabajas y no tendrás nada ! Es justo...
¡ así es como debe ser !...
— ¡ Está bien !... — dijo François.
Y se calló, con la mirada ávidamnte clavada en la mesa vacía
y que a partir de ahora estaría siempre vacía para él... Encontraba
aquello duro, pero en el fondo lo encontraba justo, pues su alma
de ser primitivo no había podido elevarse jamás de las tinieblas
esquivas de la Naturaleza al luminoso concierto del Egoísmo
humano y del Amor.
Se incorporó trabajosamente, dando pequeños gritos de
dolor : « ¡ Oh ! ¡ mis riñones ! ¡ oh ! ¡ mis riñones ! » Y entró en la
habitación contigua, cuya puerta se abría completamente oscura
ante él, como una tumba.

* * *

Ese terrible momento tenía que llegarle, como le llegó


antaño a su padre, a su madre, a los que, como brazos impotentes
y bocas inútiles, él también le había negado el pan de los últimos
días sin trabajar, con implacable rigor. Este momento lo veía venir
desde hacía tiempo. A medida que sus fuerzas disminuían,
disminuían también las raciones parsimoniosamente medidas de
sus comidas. Primero le habían recortado parte de la carne del
domingo y del jueves, luego parte de las legumbres diarias. Ahora
le tocaba el turno al pan, que le quitaban de la boca. No se quejó
por ello y se dispuso a morir, silenciosamente, sin un grito, como
una planta demasiado vieja, cuyos tallos secos y cuyas raíces
podridas ya no reciben la savia de la tierra.
Él, que no había soñado jamás, soñó esa noche con su última
cabra. Era una cabra muy vieja, muy dulce, muy blanca, con
cuernecillos negros y una larga perilla similar a la de los diablos
de piedra que brincan sobre la portada de la iglesia. Después de
haber dado durante mucho tiempo lindos cabritos y buena leche,
su vientre se había quedado estéril, y sus pobres ubres se habían
secado. No costaba nada, no obstante, en alimento ni en lecho de
paja, y no molestaba a nadie. Atada a una estaca todo el día, a
unos metros de la casa, ramoneaba las puntas del árgoma de la
landa comunal y se paseaba tanto como le permitía la longitud de
su cuerda, balando alegremente a las personas que pasaban a lo
lejos, por el sendero. Habría podido dejarla morir también. Pero la
había degollado una mañana, porque es necesario que todo lo que
ya no produce nada, leche, semillas o trabajo, desaparezca y
muera. Y veía de nuevo sus ojos de cabra, sus ojos tiernamente
asombrados, sus dulces ojos llenos de afectuoso y moribundo
reproche cuando, sujetándola abatida entre sus piernas
apretadas, le urgaba en el cuello sangrante con el cuchillo. Al
despertarse, con el pensamiento aún ocupado por el sueño,
François murmuró :
— Es justo... Un hombre es un hombre, como una cabra es
una cabra... No tengo nada que decir... ¡ es justo !...

* * *

François no tuvo recriminación ni rebelión. Ya no abandonó


la habitación, ni abandonó su lecho. Tendido boca arriba, con las
piernas estiradas y juntas, los brazos pegados a lo largo de las
piernas, la boca abierta y los ojos cerrados, se quedó inmóvil
como un muerto. En esta posición de cadáver, ya no le dolían los
riñones, ya no pensaba en nada, se aturdía en un sopor
desmadejado, en una continua somnolencia, que lo transportaba
lejos de la tierra, lejos de la atmósfera de su catre, a una especie
de gran vacío blanquecino, ilimitado, que cruzaban pequeños
relámpagos rojos y en el que se movían minúsculos insectos de
fuego. Y de su catre se desprendía un hedor que recordaba a un
estercolero.
Cuando se iba a trabajar por la mañana, su mujer lo
encerraba dándole tres vueltas a la llave. Por la noche, cuando
volvía, no le decía nada, ni lo miraba siquiera, y se acostaba cerca
del lecho, en un jergón, donde se quedaba dormida con un sueño
pesado, un sueño que ninguna pesadilla, ni ningún despertador
interrumpía. Desde por la mañana temprano se entregaba a sus
faenas ordinarias, con la misma actividad tranquila, con el mismo
sentido de orden y de limpieza.
El domingo siguiente lo empleó en reunir la ropa del viejo, la
arregló, y la colocó cuidadosamente en un rincón del armario. Por
la tarde fue a buscar al cura con el fin de que le administrara los
últimos sacramentos a su hombre, pues sentía que el final estaba
cerca.
— ¿ Qué es lo que tiene pues, François ? — preguntó el cura.
— Tiene vejez... — respondió la mujer con tono perentorio...
Tiene la muerte, pues... le ha llegado su hora al pobre viejo.
El sacerdote ungió los miembros del anciano con los óleos
sagrados y recitó algunas oraciones.
— Él creía que iba a vivir más... — dijo al retirarse.
— ¡ Le ha llegado su hora ! — repitió la mujer...
Y al día siguiente, cuando entró en el cuarto, ya no oyó esa
especie de pequeño ronquido, de pequeño glú glú que salía de la
nariz del viejo como si fuera una botella que se vacía. Le tocó en
la frente, en el pecho, en las manos y lo encontró frío.
— ¡ Se ha muerto ! — dijo con emoción, pero con un tono de
grave respeto.
Los párpados de François se le habían vuelto en el momento
de la agonía final, y dejaban ver unos ojos empañados, sin vida.
Se los bajó con un movimiento rápido del pulgar, luego miró
pensativa unos segundos al cadáver, y pensó :
— Era un hombre ordenado, ahorrativo, animoso... Se ha
portado bien en la vida... ha trabajado bien... Voy a ponerle una
camisa nueva, su traje de novio, un paño bien blanco... y luego...
si el hijo quiere... podríamos comprarle una concesión de diez
años en el cementerio... como un rico.
L’Écho de Paris, 25 de Julio 1893

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