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El grupo y el sujeto del grupo

El grupo y el sujeto del grupo

Elementos para una teoría psicoanalítica del grupo

RenéKaes

Am.oITOrtu editores Buenos Aires

Directores de la biblioteca de psicología y psicoanálisis, Jorge Colapinto y David Maldavsky

Le groupe et le sujet du groupe. Eléments pour une théorie psychanalytique du groupe, René Kaes

© Dunod, París, 1993 Traducción, Mirta Segoviano

Unica edición en castellano autorizada por Dunod, París, y debidamente protegida en todos los países. Queda hecho el depósito que previene la ley nº 11.723. © Tudos los derechos de la edición castellana reservados por Amorrortu editores S. A., Paraguay 1225, 7º piso, Buenos Aires.

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Industria argentina. Made in Argentina

ISBN 950-518-552-9 ISBN 2-10-001196-0, París, edición original

Impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Paso 192, Ave- llaneda, provincia de Buenos Aires, en abril de 1995.

Tirada de esta edición: 2.000 ejemplares.

Indice general

15

Advertencia

17

Primera parte. La cuestión del grupo en el psicoanálisis

19

Para introducir la cuestión del grupo en el psicoanálisis

20

Pensar el grupo con la hipótesis del inconciente

22

Cinco problemas para poner a trabajar

27 l. La herencia freudiana. Una afinidad conflictiva entre grupo y psicoanálisis

28 La matriz grupal del psicoanálisis

28

La matriz intersubjetiva e institucional de los primeros psicoanalistas

33

La matriz teórica: un modelo grupal de la psique. Una lectura de Freud

35

La noción freudiana de grupo psíquico

35

El «grupo psíquico»

37

Los grupos de pensamientos clivados y el inconciente «estructurado como un grupo»

40

La hipótesis de la psique de masa (o alma de grupo)

y los t-res modelos del agrupamiento

42

Asesinato del padre y pacto denegativo identificatorio

4 7

Los tres modelos del agrupamiento

51

Una concepción intersubjetiva del sujeto del inconciente: la «pSicologú¡, social» de Freud

51

Para introducir el doble estatut.o del sujet.o

54

La «psicología social» de Freud como teoría del sujet.o del grupo

57

El obstáculo del método: la cura contra los efectos de grupo

58

La invención de la cura contra los efectos histerógenos del grupo

60

Las objeciones clásicas a un dispositivo psicoanalítico pluri-subjetivo

67

Las implicaciones teóricas de la objeción metodológica

73

2. La realidad psíquica de/en el grupo. Los modelos pos-freudianos

73

Los modelos pos-freudianos: el grupo como entidad psíquica

74

Londres, 1940

77

Algunos aportes de Foulkes y Ezriel: el grupo como matriz psíquica, la resonancia fantasmática

82

La tercera invención: París, 1960

96

La cuestión de la realidad psíquica de/en el grupo

96

Sobre la noción de realidad psíquica

99

La noción de realidad psíquica de grupo: principales conocimient.os adquiridos y problemas teóricos en suspenso

101

lEn qué sentido formaciones y procesos psíquicos pueden ser llamados grupales?

104

La realidad psíquica en el grupo: la conjunción de la realidad psíquica individual y de la realidad psíquica grupal

107

Los problemas met.odológicos para poner a trabajar

109

Segunda y tercera rupturas epistemológicas

111

3. El inconciente y el grupo. Construcción de los objetos teóricos

113

Sobre la consistencia del objeto propio del psicoanálisis

113

La hipótesis del inconciente

114

Tópicas del inconciente

117

Las condiciones de posibilidad del campo teórico propio del psicoanálisis

119

Valor epistemológico del concepto de apuntalamiento

121

Los niveks lógicos de la cuestión del grupo:

construcción de 'Los objetos teóricos

121

Las trasferencias-trasmisiones entre los espacios psíquicos

122

Pluralidad de los espacios de la realidad psíquica y de las formas de la subjetividad en los grupos

124

Sujeto colectivo, sujeto social

124

'!res niveles lógicos del análisis

139

Heterogeneidad de los espacios psíquicos y complejidad de los objetos teóricos

139

La heterogeneidad

141

La complejidad

144

Argumentos para introducir una teoría

psicoonalítica del grupo

147

Segunda parte. Elementos para una teoría psicoanalítica del grupo

149

4. Grupalidad psíquica y grupos internos

155

La grupalidad psíquica

155

Asociar, disociar

157

La grupalidad psíquica, noción originaria del psicoanálisis

158

El concepto de grupo interno

158

Definición

161

La fantasía: paradigma del grupo interno. Análisis estructural

168

Algunos grupos internos

169

La estructura grupal de las identificaciones

180

La organización grupal del yo

186

El sistema de las relaciones de objeto

191

El grupo como objeto: lqué tipo de objeto psíquico es el grupo?

193

Los procesos de la grupalidad ps-{q_uica

193

Los procesos originarios, primarios, secundarios y terciarios

195

Algunos procesos primarios de la grupalidad psíquica

202

Los grupos internos en el espacio intraps-{q_uico y en los procesos del agrupamiento interps-{q_uico

202

El concepto de grupo interno en la clínica psicoanalítica de la cura individual

204

El concepto de grupo interno como organizador del acoplamiento psíquico del agrupamiento

207

5. El modelo del aparato psíquico grupal. La parte del sujeto

207

Primera aproximación

210

El aparato psíquico grupal

210

Un ejemplo de acoplamiento psíquico grupal

213

Algunos aspectos del trabajo psíquico en este grupo

215

Los organizadores ps-{q_uicos incorwientes

215

Definiciones, hipótesis

218

Formación y evolución del concepto

224

Elementos de investigación para una teoría de los organizadores psíquicos del vínculo

235

La parte del sujeto en la formación del aparato psíquico grupal

236

La investidura pulsional del grupo

237

El apuntalamiento en el grupo; el anaclitismo secundario

238

El cumplimiento imaginario de deseos inconcientes: el grupo como sueño

238

La conflictiva intrapsíquica y su espacio grupal

240

El abandono al grupo de parte de la realidad psíquica del sujeto

240

Los depósitos. El marco

241

Las funciones continente/contenedor

241

Puesta en escena y dramatización de los grupos internos acoplados

242

LJ:>s emplazamientos identificatorios y la dependencia vital

243

El grupo como estructura de convocación y de emplazamientos psíquicos impuestos

245

Algunas consecuencias: los encolados imaginarios

249

6. El aparato psíquico grupal. Estructuras, funcionamientos, trasformaciones

249

Para una metapsicología de los conjuntos intersubjetiuos

250

Un acoplamiento psíquico, religioso y grupal: la Kinship

252

El grupo, el aparato psíquico grupal y el cuerpo

255

Estructura del aparato psíquico grupal. El punto de vista tópico

255

Algunas referencias estructurales no psicoanalíticas. Efectos heurísticos

257

El punto de vista tópico

259

La doble polaridad del aparato psíquico grupal: isomorfia, homomorfia

264

Génesis y trasformacwn

266

El momento fantasmático

266

El momento ideológico

267

El momento figurativo transicional

268

El momento mitopoético

269

Ekmentos de economía grupal

269

El trabajo psíquico del acoplamiento

270

El trabajo del aparato psíquico grupal

272

Ekmentos de dinámica grupal

274

Las funciones del aparato psíquico grupal

278

Formaciones intermediarias y {unciones fóricas

278

Formaciones y procesos intermediarios

280

Las funciones fórícas

282

Lo no-representado, lo desconocido, lo 1tliun11do en el grupo: la intricación de los espacios pMiquico11 y su desanudamiento

287

7; El inconciente y las alianzas inconcientes. Investigaciones para una metapsicología de los conjuntos intersubjetivos

289

Formas elementales de la sexualidad en los grupos

289

Lo sexual en el vínculo social y en los grupos. Las tesis freudianas

296

Excitación, seducción, traumatismo en los grupos

305

La hipótesis del inconciente en el grupo

308

Tres hipótesis

310

Represión, reprimido y retorno de lo reprimido

313

Los procesos psíquicos en los grupos

317

Alianzas, pactos y contratos inconcientes

317

Contratos, pactos y ley

319

Especificidad de las alianzas, los pactos y los contratos inconcientes

320

El pacto denegativo entre Freud y Fliess a propósito de Emma Eckstein

322

La alianza inconciente en Thérese Desqueyroux

324

La alianza en una institución con los enfermos-ancestros

326

Contrato narcisista y pacto narcisista

330

Algunas co-producciones alienantes

334

Las alianzas inconcientes: tópicas del inconciente

339

8. Sujeto del grupo, sujeto del inconciente

340

Las determinaciones de la sujeción del sujeto del grupo

342

La precedencia del grupo y los emplazamientos del sujeto

344

Las exigencias de trabajo psíquico impuestas por el grupo a sus sujetos

349

La sujeción al grupo como exigencia del sujeto

351

El trabajo de la intersubjetividad en la formación del aparato psíquU:o

352

La noción de trabajo psíquico de la intersubjetividad

356

Esbozos para una metapsicología intersubjetiva de la represión

366

Algunas condiciones intersubjetivas del retorno de lo reprimido

369

Grupalidad psíquica y división del sujeto del grupo:

un singular plural

369

El sujeto del grupo, sujeto del inconciente versus el sujeto social

371

División y clivaje del yo del sujeto del grupo

373

Tercera parte. La invención psicoanalítica del grupo

375

Más aUá de un psicoanálisis aplicado

378

Cuatro talleres de la investigación teórica

378

Conocimiento psicoanalítico de los conjuntos intersubjetivos

379

Conocimiento del espacio intrapsíquico

381

Conocimiento de la intersubjetividad y de la trasmisión psíquica

382

Conocimiento de la función del grupo y de la institución en la formación y en la economía psíquica de los psicoanalistas

386

Contribuciones del abordaje grupal de la psique al psicoanálisis

387

Trasformaciones en la concepción de la realidad psíquica

387

Trasformaciones en la concepción del inconciente

389

Trasformaciones en la concepción de lo originario

391

Bibliografía

Advertencia

La presente obra ofrece una visión de conjunto sobre las investigaciones que he realizado durante veinticinco años para la construcción psicoanalítica de la cuestión del grupo:

expone y retoma los elementos de una teoría de la que di una primera formulación en 1976 en El aparato psíquico grupal. Construcciones del grupo, trabajo agotado hace ya algunos años, cuya reedición he demorado con la idea de reelaborar los principales enunciados. La hipótesis funda- mental que organizaba mi investigación no ha sido refuta- da; al contrario: su puesta a prueba por otros investigadores la ha beneficiado con algunos perfeccionamientos; pero so- bre todo fue enriquecida con proposiciones más precisas acerca de las formaciones y los procesos intrapsíquicos que dan testimonio de la grupalidad interna, de las formaciones y los p:rocesos psíquicos propiamente grupales que se consti- tuyen en los acoplamientos intersubjetivos, y de las forma- ciones y los procesos intermediarios entre esos espacios heterogéneos. Algunos resultados de estas investigaciones han sido publicados, con frecuencia en forma todavía par- cial; otros no han sido editados aún o lo serán próximamen- te. La razón de este libro no es sólo poner a disposición del público elementos de una teoría en vías de construcción; una visión de conjunto hace percibir mejor los relieves, los horizontes, los puntos de fuga y las tierras desconocidas.

«La sabiduría no está en agwmerorse sino en la creación y la natuml'-!Za comunes, en encontrar nuestro número, nuestro reciprocidad, nuestras diferencias, nuestro pasaje, nuestro rwrdad, y ese poco de desesperación que es su aguijón y su ue/,o móvil».

René Char, La parole en archipel

Primera parte. La cuestión del grupo en el psicoanálisis

Para introducir la cuestión del grupo en el psicoanálisis

El proyecto de esta obra contiene algunos objetivos limi- tados, pero articulados entre sí de tal modo que ninguno de ellos se alcanzará verdaderamente sin considerar los otros. Debería, pues, ser posible hacer varias lecturas del trabajo que anima este libro. El objetivo más manifiesto es proponer los elementos para una comprensión psicoanalítica de los fenómenos psí- quicos que se producen en los pequeños grupos humanos. Sin embargo, lo que se intenta por la intermediación de este objetivo contiene otra apuesta: comprender cómo, a través de los diversos efectos y modalidades de la sujeción de los seres humanos entre sí en la forma paradigmática del gru- po, se constituyen, se trasforman o desaparecen tanto el sujeto singular como el yo (Je) capaz de pensar su lugar en los conjuntos intersubjetivos. En sus relaciones con estos conjuntos, los sujetos son por una parte constituidos como sujetos del inconciente y, por otra parte, son constituyentes de la realidad psíquica que allí se produce. Para alcanzar estos dos objetivos, es necesario introducir de una manera suficientemente amplia y crítica la cuestión del grupo en el psicoanálisis. Se tratará entonces en primer lugar de dar forma, contenido y sentido a investigaciones, prácticas y teorizaciones que, desde hace cerca de medio siglo, se han organizado en torno del trabajo psicoanalítico en los grupos. Admitiremos que esta larga experiencia, que ha encontrado obstáculos y resistencias en más de una eta- pa de su desenvolvimiento, y que por lo mismo abrió algu- nas vías nuevas para la investigación, ha adquirido un va- lor suficiente en el psicoanálisis, a tal punto que está en condiciones de examinar al objeto fundador: el inconciente y las formas de subjetividad que de él derivan. Tal es la apuesta de esta introducción de la cuestión del grupo en el psicoanálisis.

Pensar el grupo con la hipótesis del inconciente

El mayor problema es establecer cómo es pensable el concepto de grupo con la hipótesis del inconciente. Su coro- lario se enuncia así: lcómo se trasforma el concepto de in- conciente con la hipótesis del grupo? Esta formulación ele- mental de las dos caras de un mismo problema se complica en razón de la polisemia del concepto de grupo. «Grupo» designará de hecho, en esta obra, la forma y la estructura paradigmáticas de una organización de vínculos intersubjetivos, bajo el aspecto en que las relaciones entre varios sujetos del inconciente producen formaciones y pro- cesos psíquicos específicos. Esta estructura intersubjetiva de grupo, las funciones que cumple y las trasformaciones que se manifiestan en ella son localizables en grupos empí- ricos y contingentes. Los grupos empíricos forman el marco de nuestras relaciones intersubjetivas organizadas: se des- tacan sobre el fondo de organizaciones más complejas (gru- pos socio-históricos, institucionales, familiares) y forman ellos mismos el fondo de las figuras intersubjetivas de la pareja, del par, del trío, por oposición a la singularidad del sujeto. Una teoría restringida del grupo describe al grupo familiar primario, a un equipo de trabajo, a una banda, etc.; establece clasificaciones según diferentes variables y distin- gue sus organizadores específicos y sus efectos de subjeti- vidad propios. «Grupo» designará también la forma y la estructura de una organización intropsíquica caracterizada por las liga- zones mutuas entre sus elementos constitutivos y por las funciones que cumple en el aparato psíquico. Según esta perspectiva, el grupo se especifica como grupo interno y corresponde a la investigación describir sus estructuras, funciones y trasformaciones. Estos grupos del adentro no son la simple proyección antropomórfica de los grupos inter- subjetivos, ni la pura introyección de objetos y relaciones intersubjetivas. En la concepción que propongo, la grupa- lidad psíquica es una organización de la materia psíquica. De este modo, hemos definido dos espacios psíquicos a los cuales se aplica el concepto de grupo. La articulación en- tre uno y otro de estos dos espacios heterogéneos, de consis- tencia y lógica distintas, ocupa el centro de esta investiga- cícín. Estos dos espacios mantienen relaciones de fundación

recíprocas. En este sentido, sostengo la proposición de que el grupo intersubjetivo es uno de los lugares de la formación del inconciente: correlativamente, supongo que la realidad psíquica propia del espacio intersubjetiva grupal se apun- tala en ciertas formaciones de la grupalidad intrapsíquica. En un tercer sentido, «grupo» designa un dispositivo de investigación y tratamiento de los procesos y formaciones de la realidad psíquica que participa en la reunión de suje- tos en un grupo. Las proposiciones iniciales de Freud sobre lo que él denomina su «psicología social», y que define como parte integrante del campo psicoanalítico, no fueron pues- tas a prueba por él en una situación psicoanalítica ad hoc. La larga experiencia de la práctica del trabajo psicoanalítico en situación de grupo permitió establecer las condiciones en que el grupo puede constituir un paradigma metodológico apropiado para el análisis de los conjuntos intersubjetivos. Como dispositivo metodológico, el grupo es una construc- ción, un artificio; se subordina a un objetivo determinado que no podría alcanzarse con los mismos efectos de otra ma- nera. Este estatuto metodológico del grupo hizo posible la emergencia de los procesos y formaciones psíquicos como tales, y permitió poner en suspenso o decantar sus habitua- les ligaduras con las formaciones y los procesos compuestos que funcionan en los grupos empíricos: el objeto primero del análisis no son las formaciones sociales, culturales, políti- cas, sino sus efectos, y sólo en la medida en que se traducen en el campo de la realidad psíquica. Aunque desde entonces se hayan utilizado elementos probados de metodología, la teorización del grupo como dispositivo metodológico sigue siendo todavía insuficiente en varios aspectos: son raras aún hoy las investigaciones bien sustentadas en cuestiones tan fundamentales como las modalidades de las trasferen- cias, el enunciado de la regla fundamental, los procesos aso- ciativos y la formación de las cadenas asociativas, los con- tenidos, los destinatarios y las modalidades de la interpre- tación. Sin embargo, ciertos puntos de apoyo existen, y su relativa fragilidad recomienda todavía más el interés de desarrollar un área de reflexión crítica sobre las relaciones entre teoría y situación psicoanalíticas. Exponerlo y discu- tirlo será objeto de otro trabajo. En este momento puedo precisar el objetivo último de esta investigación: ubicar los elementos que hacen posible

la inteligibilidad del acoplamiento entre estos dos espacios. Cada uno de esos arreglos es el lugar, el soporte, la matriz y el efecto de formaciones y de procesos del inconciente. A partir de esos arreglos distintos, se trata de encontrar en el psicoanálisis la materia y la razón de una teorúL general del grupo. Este proyecto implica la construcción de un objeto teórico que describa el concepto (o el modelo) del aparato psíquico grupal A partir de los datos del grupo metodológico, construi- mos un modelo teórico para comprender los grupos empí- ricos y sus relaciones con los grupos internos; a cambio, los grupos empíricos y los dispositivos de acceso a los grupos internos nos confrontan con la validez de nuestras construc- ciones.

Cinco problemas para poner a trabajar

Esta puesta en perspectivas recíprocas de la grupalidad intrapsíquica y del grupo intersubjetivo define cinco cate- gorías de problemas en el campo de la investigación psico- analítica.

El problema teórico del grupo es la posición del incon- ciente en los espacios grupales intrapsíquicos e intersub- jetivos. El problema metodnlógico atañe a las condiciones que es necesario establecer para que se produzcan efectos de cono- cimiento del inconciente y efectos de análisis: lo esencial de estas condiciones es la puesta en marcha de los procesos asociativos en un campo trasfero-contratrasferencial. El probkma clínico corresponde al encuentro de los su- jetos singulares bajo los aspectos que la situación de grupo privilegia, a saber, que son movilizados en él como sujetos del inconciente y correlativamente como sujetos del grupo, porque así es como están constituidos. El problema institucional tiene como apuesta la tras- misión del psicoanálisis y la formación de los psicoanalistas a través de los efectos de trasferencia y sus arreglos en las agrupaciones de psicoanalistas. El probkma epistemológico no por ser mencionado en último lugar es el menos importante: se forma y en parte se

desprende de los precedentes. Este problema es el de las trasformaciones inducidas en el campo del conocimiento psicoanalítico por la metodología, por la clínica y por la teo- rización psicoanalíticas del grupo. Si, en efecto, el objeto se construye con el método, según el principio epistemológico bachelardiano, la construcción del saber sobre el inconcien· te no puede ser disociada de las condiciones de su elabo- ración. En esto el campo del conocimiento psicoanalítico se muestra congruente con las características de su propio ob- jeto: es infinitamente abierto, pero accesible en la propor- ción del rigor de su metodología.

El debate puede enfocarse desde varias entradas, de las cuales privilegiaré tres: la primera es la puesta en perspec· tiva de esta afinidad conflictiva que supongo entre el grupo y el psicoanálisis sobre el eje de la historia de las ideas y de la institución del psicoanálisis. En este trabajo deberé limi- tarme a un bosquejo para indicar algunas direcciones toma- das por el psicoanálisis a partir de su matriz grupal. La segunda entrada, que también esbozaré apenas, será objeto de una publicación ulterior: abre el debate sobre el eje clínico-metodológico, en ese punto crucial donde la situación psicoanalítica princeps puede oponerse casi término a tér- mino a la situación de grupo; plantea la cuestión de lo que sigue siendo específico en el proceso psicoanalítico más allá de las variaciones del dispositivo. La tercera entrada es precisamente la que abre el debate sobre el estatuto del objeto del conocimiento psicoanalítico cuando sus condiciones de manifestación cambian significa- tivamente, pero también cuando las premisas o los postu- lados de la teorización freudiana reciben un principio de validación. Existe una cuarta entrada, de hecho la principal, la pri- mera y la última: introduce la cuestión del grupo por la vía de la contratrasferencia. Esta vía recorta a todas las otras:

nos hace volver permanentemente al análisis de lo que el grupo, como objeto y como conjunto de objetos psíquicos, moviliza en cada uno de nosotros, tanto que hay quienes lo invisten con suficiente energía y expectativas como para empeñarse en el conocimiento de lo que se anuda a él. lPor qué introducirse, pues, en el grupo? lCuál es el enigma por descifrar que, mudo y punzante por largo tiem-

po, nos ha llevado a investir, y a veces a contrainvestir esa zona de experiencia, ese objeto apenas representable, pero seductor por el hecho mismo de la excitación que provoca y el pánico que suscita? El grupo nos incita a explorar otras configuraciones psíquicas del espacio interno: nos vemos frente a lo múltiple, lo complejo, lo heterogéneo en el com- bate del caos y del orden, de lo uno y de las partes, o de las particiones, o de los alumbramientos de lo singular y lo plu- ral. La puesta en perspectiva de lo plural en la pluralidad abre repentino paso a una insondabilidad, del mismo modo como las relaciones figura-fondo, unidad-multiplicidad, continente-contenido hacen vacilar en su reversibilidad las relaciones de «individuo» y de «grupo»: ¿dónde estar, enton- ces, y cómo nombrar aquello que se revierte en repre- sentaciones que se incluyen? ¿cómo constituir las líneas de demarcación? Para sustraernos de la fascinación que ejerce este objeto y de la violencia pulsíonal que lo inviste, debimos encon· trar en nosotros y en las cualidades de nuestro entorno las condiciones que nos permitieran trasformar el enigma del grupo en fantasía y en teoría sexual infantil, primicias o premisas de las hipótesis de investigación ulteriores, de los esbozos de teorías sujetas a debate. Debimos sostener, con· tra todo tipo de prohibiciones de pensamiento y censuras inextricablemente enmarañadas, internas y externas, con· tra angustias de erranza, contra las amenazas odiseanas de quedar pasmados y no ser ya recorn~idos por nuestros se- mejantes, posiciones que sabíamos inciertas pero que de· seábamos seguras, para avanzar por auto-apuntalamiento cuando las áreas de discusión fallaban. El grupo nos alec- cionó sobre la soledad de los pasajes peligrosos en la inves- tigación, pero también sobre el reconocimiento, general· mente en la resignificación, de que el grupo, por la resisten· cía que ofrecía a nuestros apuntalamientos, era la condición de esos pasajes. En esta exploración de lo que se dispone, se magnetiza, se repele y empuja y se produce entre más de dos, en esta curiosidad por los encastres de almas y cuerpos, nadie duda de que entre todos los lugares fantasmáticos que podemos ocupar, alternativa o simultáneamente, el lugar del héroe se acopla con aquel, complemento necesario, de la madre:

frente al padre. De allí esta cuestión tan tardíamente pues·

ta en palabras, de la seducción y de las formas elementales de la sexualidad en los grupos. De allí esta cuestión crucial para los psicoanalistas que dirigen una parte de su interés hacia el grupo: ¿hacia cuál objeto por conquistar, por sedu- cir, por originar, orientan su deseo de saber, antes de tras· formarlo, camino al conocimiento del inconciente, en un sa· ber sobre el deseo de estar en grupo, sobre el deseo en el grupo, sobre lo que el grupo objeta al deseo? En el fondo, interesarse por el grupo, ¿no es también tratar de superar a los padres, a S. Freud, a M. Klein, a J. Lacan? ¿No es inten· tar develar su manera de hacer (niños), pero también reco- giendo su herencia, trasformarla? Interesarse en el grupo es también aceptar escuchar el desafío de nuevos enigmas que ni la tragedia ni la interpre· tación psicoanalítica, cuando se amputan de Tótem y tabú, le formulan a Edipo. El retrato que D. Anzieu traza de sí mismo y de cada uno de nosotros en (Edipe supposé con- quérir le groupe no es solamente el de un héroe solitario que roba el grupo al Padre para instalarlo en él como figura fun- dadora y representante de la Ley. El héroe no puede cumplir su destino si no es solidario con los Hermanos y Hermanas:

el grupo inventa a Edipo una fratría; el grupo también co· loca permanentemente a Edipo en la posición de llegar a ser el Padre y la Madre, de coincidir con el Antepasado arcaico, cruel, narcisista: Edipo antes del complejo de Edipo. Conquistando el grupo, Edipo sólo tomará conocimiento de su propio deseo si se reconoce como sujeto ambiguo. Sos- tenido en la sucesión de todos los deseos que lo han precedí· do, en la sincronía de los vínculos que los actualizan, podrá encontrar en el grupo y en sus discursos tanto su verdad como aquello que le dispensará, en nombre del destino que lo prescribe, asignaciones y auto-asignaciones obligadas, ignoradas pero consentidas. Es necesaria una oscilación fundadora para que, corre- lativamente, el yo (Je) se piense como sujeto del inconciente,

allí donde se ha constituido como sujeto del grupo, y para

que el grupo, en tanto condición intersubjetiva del sujeto, pueda organizarse sobre !ns apuestas psíquicas de sus aso- ciados. Como Freud lo destacó en Psicología de las masas y aná· lisis del yo (y este títuJo.programa se debe entender en la correlación de sus términos), el yo (Je), para pensar y pen-

sarse, debe romper con el grupo del cual procede, que lo pre- cede: tal el poeta-héroe-historiador encarnado por el Dicht- er. El yo (Je) debe recuperar y pensar en sí mismo su parte irrealizada, no memorizada de sus exigencias y de sus ca- rencias, para la cual ha hecho del grupo su extensión ges- tora. Aquello que él ha tomado en préstamo de los objetos, de más de un otro, del grupo, tendrá que reconocerlo propio, concesión hecha a lo transicional, y tratarlo como lo que es en él la marca, el pasaje, la huella de la carencia y de su propia ausencia de sí mismo. En cuanto al grupo, para constituirse exige de sus suje- tos que le dejen, si no contra su voluntad, al menos por su interés, esa parte de ellos mismos que no demanda sino relegarse allí. Es con ese material, trasformado por el tra- bajo del agrupamiento en el que todos colaboran y del que cada uno se beneficia en distinto grado, que el grupo ad- quiere el indicio de realidad psíquica que sostiene las apues- tas de sus sujetos, y la consistencia de las formaciones y de los procesos que le son propios. Esta oscilación es la trayectoria del sujeto ambiguo: pue- de pasar de un extremo al otro, para carenciarse allí. Esta oscilación es también movimiento de separación y de unión, es metáfora y metonimia del sujeto y del grupo; puede de- venir el movimiento de una simbolización primordial, la que realiza el pensamiento.

l. La herencia freudiana

Una afinidad conflictiva entre grupo y psicoanálisis

La cuestión del grupo ya está introducida en el psicoaná- lisis: desde su origen, con insistencia, resistencia y aversión. Una afinidad conflictiva fundamental asocia al psicoanáli- sis a lo que llamo, en las condiciones que acabo de precisar, la cuestión del grupo. Esta afinidad, reprimida y resurgente por el hecho mismo de los conflictos que trae, se deja ver en muchos lugares del psicoanálisis: en su fundación y su insti- tución, en su práctica, su metodología y su clínica, en su tra- bajo de teorización. Mi tesis es que el grupo constituyó la matriz fecunda y traumática de la invención del psicoanáli- sis, de su institución y de su trasmisión: su teoría y su prác- tica llevan las huellas de las apuestas apasionadas, a me- nudo violentas y repetitivamente traumáticas hechas en su fundación. Estos lugares diferentes se sobredeterminan unos a otros, y esa imbricación no pensada mantiene al gru- po como cuestión indefinidamente suspendida, rechazada e ignorada. La cuestión adquiere valor de síntoma y mantie- ne la resistencia epistemológica a trasformar la afinidad conflictiva en problema en y para el psicoanálisis; sostiene también y en primer lugar la resistencia epistémica del psi- coanalista a reconocerse como sujeto constituido y constitu- yente de esta cuestión. Sucede como si la mutación, que Freud mismo describe, desde el régimen psíquico y cultural de la horda hasta aquel otro, civilizado y creador de pensa- miento, del grupo, debiera ser de continuo puesta de nuevo a trabajar.

La matriz grupal del psicoanálisis

La matriz intersubjetiva e institucional de los primeros psicoanalistas

Esa afinidad conflictiva irresuelta podría ser referida, en parte, a esta paradoja: la exploración de lo más íntimo, lo más oculto y lo más singular, al menos lo que se deja repre- sentar como tal, y contra lo cual se movilizan los efectos conjuntos de la censura intrapsíquica y de la censura social, sólo puede emprenderse en una relación intensa de pequeño grupo, y a la vez contro algunos efectos de esa relación. El grupo hará cuestión al menos porque trae a debate el modo de existencia necesariamente grupal de los psicoana- listas reunidos por la necesidad de comunicarse entre sí y de simbolizar lo que les impone el comercio asiduo con el incon- ciente y el necesario modo de existencia solitaria y retirada que exige su práctica altamente individualizada. La dificul- tad para pensar al grupo como matriz paradójica del psico- análisis es la dificultad de pensar esta doble necesidad. Wilhelm Fliess, y antes otros semejantes a él, desempe- ñaron para Freud inicialmente esta función de escucha, de acompañamiento y de simbolización, en la forma de una re- lación de pareja. Pero tras la ruptura con Fliess, el alter ego, el doble narcisista homosexual, se inicia con otro Wilhelm, Stekel, el grupo que Freud convoca y reúne a su alrededor. Una oposición fundamental, a la que Freud prestará aten- ción mucho después, se manifiesta desde esa época entre la pareja y el grupo. No se trata aquí de la pareja heterosexua- da, sino del par homosexuado. Esta diferencia no debe en- mascarar el hecho de que par y pareja introducen, en el lazo intersubjetivo, la cuestión sexual y el grupo puede consti- tuir una salida para evitar el encuentro sexual. Recípro- camente, la pareja puede ser también una manera de evitar el encuentro con las formas elementales de la sexualidad. Merece atención el hecho de que se vuelva necesario más de un otro-semejante, reunidos en grupo en torno de Freud, para que se forme el psicoanálisis. 1 El psicoanálisis nace en

1 Además de las biografías (y los textos autobiográficos) clásicos de Freud y de las historias del movimiento psicoanalítico, una preciosa fuen· t-0 de información son los epistolarios, y sobre todo las Minutas de la So·

estos dos lugares disimétricos y correlativos entre sí por vías de ligazón todavía oscuras e ignoradas: el espacio sin· guiar de la situación psicoanalítica de la cura y el del grupo que constituyen los psicoanalistas que inventan el psico- análisis. En estos dos espacios originarios, antagónicos y comple· mentarios, se experimentan y elaboran los tumultuosos descubrimientos del inconciente, a través de sus revelado· nes en la soledad y las vicisitudes del vínculo intersubjetiva. Por más de una razón, el grupo será la contracara sombrea- da y sombría del espacio de la cura. Freud encuentra probablemente en el grupo aquello que necesita para ser el Schliemann, el Alejandro y el Moisés de esa Tierra prometida perdida. Encuentra sin duda también allí aquello que había experimentado en su proto-grupo fa- miliar: será el primero de una nueva fratría, conquistará lo Desconocido del inconciente y se pondrá a la cabeza de la nueva tribu, en el lugar del Padre, príncipe heredero que toma posesión de la Madre querida. Está en la articulación de dos mundos: al hacerse el primero de los psicoanalistas, llega a ser para sus semejantes, de los que se separa, el últi· mo de los psiquiatras de la edad clásica. En el grupo que funda y que en lo sucesivo lo rodea hasta llegarle a ser en algún momento insoportable, Freud busca y encuentra un eco de sus pensamientos. El grupo es su bebé, él le lleva la palabra que dice las cosas del inconciente, lo instruye en los procedimientos y las reglas de su conocí· miento; pero también él es el bebé del grupo que se tras- forma entonces en su vocero, que le enseña las cosas del vínculo de amor y de odio que tejen los hombres reunidos en tomo de su ideal común, él mismo y el psicoanálisis que les abre la puerta del «Reino intermedio». El grupo es para él un filtro para sus emociones, un para-excitaciones auxiliar; es también el objeto sobre el cual ejerce su dominio. En sus discípulos experimenta los rehusamientos obstinados que

ciedad Psicoanalítica de Viena. Algunas obras y artículos especializados, entre ellos los de V. Brome (1967), P. Roazen (1976), M. Grotjahn (1974), F. Sulloway (1979), son valiosas referencias. Entre los escasos trabajos franceses, señalamos un artículo de J. Bergeret (1973) y de J. Favez·Bou- tonier (1983). He puesto en perspectiva algunos de estos datos en un estudio preliminar sobre el trabajo de la investigación en el grupo de los primeros psicoanalistas (1990).

seguramente le oponen sus resistencias al psicoanálisis, pero también su alteridad de sujetos diferentes de él, sus diferencias de sensibilidad y sus desacuerdos de rivales. La creación del Comité, algunos años después, respon· derá mejor aún a estos objetivos y, además, al de constituir al grupo en guardián de los ideales y de la ortodoxia, es decir, en su función ideológica. El grupo se distinguirá de este modo como el garante meta-individual del descubri- miento del inconciente. En esta primera y necesaria invención del grupo por el psicoanálisis mismo, las instancias del aparato psíquico de Freud, sus complejos, sus identificaciones histéricas y he- roicas, su sistema de relación de objeto (principalmente de dominio y masoquista) serán los organizadores psíquicos in· concientes que prevalecerán para acoplar los vínculos ínter· subjetivos con sus discípulos, sus semejantes, sus herma· nos. El grupo será el escenario donde su yo heroico des· plegará sus proyecciones grandiosas, sus dramatizaciones masoquistas, su fantasía de primacía y sus recriminaciones de verse abandonado por todos. Esta externalización dra- matizada, esta proyección difractada de sus conflictos in· concientes, que producen para él mismo y para los otros la representación de estos, y secundariamente su conocimien- to, dejan al mismo tiempo su marca estructurante para toda posición ulterior en el drama del descubrimiento o re-descu- brimiento del inconciente. Podríamos seguir con facilidad el efecto de esto en Londres, en el debate entre A. Freud y M. Klein, o en el Lacan que funda L'Ecole frail<;aise de psy- chanalyse, primer patronímico de L'Ecole freudienne de París. La escena del primer grupo psicoanalítico será el espacio donde se despliegue la fantasía de la escena primitiva de la investigación y del descubrimiento del inconciente. Para los discípulos de Freud, esencialmente para los hombres atraÍ· dos por él y que encontrarían en ese argumento su lugar de sujetos, será la escena de sus fantasías de seducción y de su castración: escena donde juegan simultánea o sucesivamen- te todos los avatares de la sexualidad, y especialmente los de la homosexualidad y de la bisexualidad, escena donde se dramatizan las apuestas de la rivalidad fraterna y las del reconocimiento permanentemente reactivado, siempre in- satisfecho, de ser para Freud el hijo preferido, el Unico.

Esta escena del grupo, que será el lugar de tantas esce- nas de familia y escenas de pareja, sólo adquirirá todo este relieve y esta densidad por ser el espacio receptor de las trasferencias de trasferencias no analizadas o insuficien- temente analizadas, principalmente las trasferencias gran- diosas y persecutorias, retoños destructores de la ilusión grupal. Y estos serán los restos investidos, mantenidos, y anudados entre sí en nuevas configuraciones interpsíqui- cas, en la economía, la dinámica y la tópica intersubjetiva del grupo. Allí se encuentran la materia y la energía reque- ridas, trasformadas e ignoradas, para fundar la institución del psicoanálisis. El descubrimiento y el análisis del com- plejo de Edipo en el espacio intrapsíquico no modificará casi en nada el reconocimiento, el análisis y la resolución de sus efectos en el campo de las relaciones intersubjetivas de gru-

po. Todo sucede como si las apuestas edípicas, desplazadas en el grupo, se volvieran allí equívocas, aun después de que Freud intentara descubrirlas en una empresa entonces vi- tal para él, para su grupo y para el psicoanálisis. Es proba- ble que el arreglo de la realidad psíquica en los grupos no siga exactamente las mismas vías y no produzca las mismas formaciones que en el espacio intrapsíquico. El psicoanáli- sis debe, pues, ser reinventado en esto si quiere continuar su proyecto de conocimiento del inconciente, allí donde se manifiesta, allí donde tal vez se constituye.

A este proyecto se oponen poderosas fuerzas de resisten-

cia, defensas temibles, rechazos inapelables. Posición tanto

más insostenible, salvo si se conciertan costosos compromi-

sos, porque cuanto más el grupo es objeto de una exclusión del campo teórico y clínico del psicoanálisis, más se afirma su dominio sobre sus sujetos y se consolida el dominio que ejercen sobre él y por su intermedio sus más encarnizados detractores.

A cada tentativa de reinventar la práctica y la teoría del

psicoanálisis, en Viena, en Budapest, en Londres o en París, o de llevar a cabo una nueva gestión fundadora bajo la cu- bierta de un retorno a Freud, es decir de un retorno legiti- mante a los tiempos del origen, el grupo será repetitivamen- te portador de las mismas apuestas, el objeto de los mismos exorcismos, el terreno de las mismas luchas por la domina- ción. No se cuestionarán las relaciones de cada uno con el grupo, ni la función del grupo en la práctica y la trasmisión

del psicoanálisis, ni el abandono de las partes de sí que él exige para garantizar algunos apuntalamientos necesarios; será sometido a proceso el grupo en tanto es lo impensado de esta sujeción irreductible sobre la cual, como en corres- pondencia con la roca biológica, se funda la psique. Este ob- jeto persecutorio e idealizado permanecerá impensado, por obra de la herida narcisista inherente a una necesidad: la de proceder de un conjunto, de una red de deseos y de pensa- mientos que a cada uno de nosotros nos pFeceda, tener que reconocerse como uno entre otros y no como el centro y el origen del grupo, verse precisado a aceptar ciertos renuncia- mientos en la realización directa y necesariamente egoísta de las metas pulsionales. Disponemos de suficientes elementos para suponer que si el grupo suscitó y suscita aún hoy tales reacciones de rechazo -no podemos menos que citar las interdicciones de práctica o de pensamiento proferidas a su respecto por M. Klein o J. Lacan-, 2 posiblemente ello se deba a las expe- riencias y las fantasías traumáticas a las que se asocia en el origen del psicoanálisis. La violencia ligada a la cuestión del grupo, y que ha sur- cado la fundación del psicoanálisis, se perpetúa en cada nueva institución. El desarrollo del movimiento psicoana- lítico, a través de sus escisiones y sus conflictos, merecería ciertamente ser considerado bajo esta luz, a saber: los pro- blemas de formación de los psicoanalistas acaso se articulen con las apuestas grupales, originarias, a ellos asociadas. La repetición de las discordias y de las heridas de los orígenes, y los atolladeros que de ahí se siguen, no se explican sola- mente por la cuestión límite en la formación de los psicoana- listas: apuestas psíquicas profundas, de dominio, de seduc-

2 El Lacan del estudio sobre el complejo como organizador de los lazos familiares (1938) se había mostrado particularmente dotado para com· prender lo que estaba en juego. J. Lacan conocía los trabajos de W.-R. Bion sobre los pequeños grupos. En el primer número de L'Evolution Psychia- trique (1947) publica un estudio sobre las tendencias de la psiquiatría in- glesa donde los trabajos de Bion figuran en buen lugar. S. Lebovici refiere que, en 1950, intenta definir con él los factores específicos de la dinámica de grupos «y de hecho sólo menciona la identificación» (citado por J. Favez- Boutonier, 1983, pág. 56). Las raras menciones que J. Lacan hará del grupo serán en consecuencia todas negativas: cf. en este libro las págs. 83- 7. Falta emprender un estudio sobre las relaciones complejas de Lacan con la cuestión del grupo.

ción, de identificación, de apuntalamiento narcisista, de filiaciones imaginarias y de proyecciones megalomaníacas son las operaciones más ordinarias, más cotidianas, más triviales de la cuestión del grupo. Es que a la vez se pasan por alto las aportaciones tróficas del grupo, la ayuda que ofrece para el trabajo de elaboración y creación, las garan- tías del examen de realidad que él constituye, así que tenga sustento y perduración en él su función simbolígena, huma- nizante, civilizadora: así que se cumpla en él el trabajo espe- cífico del Edipo, el paso de la horda al grupo, la mutación de las identificaciones imaginarias megalomaníacas en el or- den contractual de la cultura. Esta desesperante fatalidad que parece ligar entre sí a los psicoanalistas en los grupos y sus instituciones no es sino el efecto de lo que, en ellos y sin saberlo, se aliena a los efectos inconciéntes de grupo. ¿cómo tratar la cuestión de la formación, es decir, de la trasmisión del psicoanálisis, inde- pendientemente de sus sujeciones y desujeciones de grnpo? Si esos efectos son por lo general denunciados, en lugar de tomar nota de ellos en un intento de deshacer sus anuda- mientos, ¿cómo reconocer su valor estructurante si no es precisamente gracias al análisis? No se trata, pues, de de- sentenderse de la cuestión del grupo; más bien es preciso comprender su apuesta y, en primer lugar, las funciones que esta cumple en la economía, la dinámica y la tópica de los psicoanalistas, sujetos del inconciente y conjuntamente su- jetos del grupo. En lugar de eso, cada uno permanece atrapado en la re- petición de los orígenes del conjunto, y en conjunto la sos- tiene.

La matriz teórica: un modelo grupal de la psique. Una lectura de Freud

La afinidad conflictiva del grupo y del psicoanálisis se inscribe en el centro de la representación de la psique que Freud inventa con el psicoanálisis: para él, la psique es gru- po; es grupalidad porque es asociación/disociación, com- binación/desorganización, ligadura/desligadura, delega- ción metafórica/metonímica, condensación/difracción, etc. Pero Freud afirma también que el grupo es el lugar de una

realidad psíquica, y que es uno do loM mocl11loM dtt 111 lntA1lig-i- bilidad de la psique. lQué hacer, on ni pMit~ouniílh1l11,mn rn1t11 herencia y sus implicaciones? Se podría ofrecer una visión de conjunto d11 lm1 pm1kio- nes de Freud sobre la cuestión del grupo, 1dtu11r HUM ümer- gencias y anudamientos en la historia del propio Froud, en la historia de la construcción de la teoría psicoonnlíticn y en la de la formación del movimiento y de la institucidn pi:;ico- analíticas. En este capítulo y en el curso de este trabajo se- ñalaré algunos jalones que se limitarán a establecer que la cuestión del grupo se presenta en el pensamiento de Freud de una manera insistente y polimorfa; esta insistencia nos resulta valíosa, no como argumento de autoridad, sino como inscripción de una cuestión dejada en suspenso, aunque sea coextensiva a toda la construcción freudiana del psicoaná- lisis. Si aun aquí, ya introducida en el psicoanálisis, la cues- tión del grupo está, si insiste, lo hace sin embargo de un modo menor y parcial: sus distintos componentes no han sido señalados, no se articulan unos con otros. La cuestión del grupo no se retoma ni se piensa como tal, como el objeto complejo de una teoría particular, ni como un campo sufi- cientemente consistente de la teoría general. Por eso esta insistencia no siempre es evidente. A me· nudo se manifiesta como un murmullo, de manera difusa, en textos de estatutos y miras diferentes; se escande en tiempos fuertes y en silencios, en reanudaciones y en con- tradicciones, pero se sitúa en el trasfondo de toda la inves- tigación. Falta también, pues, despejar esta insistencia pa- ra hacerla aparecer, volverla evidente, falta que sea elabo- rada por el trabajo de la lectura y de la interpretación. Para percibirla, es importante en primer lugar no des- conocer la integridad de la herencia freudiana, no aislar del conjunto del recorrido y de la obra los textos llamados «de psicoanálisis aplicado». Nuestras relaciones con textos fun· dadores no pueden conocer un cierre definitivo porque sus propiedades científicas y poéticas mantienen abierta la posibilidad de construir con ellos siempre más de una ver- sión. Nos mantenemos, entonces, en una atención fluc- tuante entre las exigencias que imponen los enunciados del texto y la toma en consideración del contexto, el movimiento de nuestro deseo de encontrar allí lo que esperamos y la

sorpresa de descubrir lo que tal vez no buscábamos. El lec· tor de Freud es intérprete de un texto que lo sorprende. Leemos a Freud necesariamente con una hipótesis de lectura más o menos flotante, más o menos explícita. Nece- sariamente investimos «en el trabajo de las expectativas», formamos «construcciones auxiliares» o teorías parciales para organizar las ideas que surgen en nosotros, en el cotejo del texto y de nuestra experiencia. Las rechazamos cuando otra hipótesis se nos presenta o cuando nos resistimos a los descubrimientos que iríamos a hacer, si estos hacen vacilar nuestras certezas. La lectura de Freud nos sitúa en nuestra afiliación, nuestros intereses y nuestras preguntas de psico- analistas. Admitiré pues, sin dificultad, que la insistencia en la cuestión del grupo que averiguo en el pensamiento de Freud sólo se me hizo perceptible y consistente cuando me

vi llevado, como otros antes que yo, a buscar y tal vez a en-

contrar en sus escritos lo que pudiera constituir un funda- mento psicoanalítico para mí práctica de psicoanalista cues· tionado por el grupo, es decir, por los efectos del grupo en la organización de la psique, por la realidad psíquica que se forma en los conjuntos intersubjetivos, por los anudamien-

tos entre los sujetos que en él produce el inconciente. En este recorrido del texto de Freud, no faltan las sor· presas; ante todo, la de verse frente a esta particularidad de

la insistencia: ella oculta la misma cuestión que intenta

plantear.

La noción freudiana de grupo psíquico

En el pensamiento de Freud, el grupo es en primer lugar una forma y un proceso de la psique individual: más tardía- mente, la noción de grupo se empleará en su acepción inter- subjetiva para designar una forma de sociabilidad y un lu- gar extra-individual de la realidad psíquica.

El «grnpo psÚ]UÍCO>>

La noción de grupo psíquico (der psychische Gruppe) aparece de manera recurrente en el Proyecto (1895) y en los

Estudios sobre la histeria (1895) para especificar el resul- tado y el funcionamiento de la ligazón de la energía. El gru- po psíquico es un conjunto de elementos (neuronas, repre- sentaciones, afectos, pulsiones) que, ligados entre sí por in- vestiduras mutuas, forman una cierta masa y funcionan como atractores de ligazón. El grupo psíquico está dotado de fuerzas y de principios de organización específiéos, de un sistema de protección y de representaciones-delegaciones de sí mismo por una parte de sí mismo; establece relaciones de tensión con elementos aislados, desligados y, por esta razón, susceptibles de modificar ciertos equilibrios intra- psíquicos. La ligazón sólo es posible bajo dos condiciones: primera, la existencia de barreras de contacto entre las neuronas, siendo la función de estas barreras la de impedir o limitar el paso de la energía; segunda, la acción inhibidora ejercida por un grupo de neuronas, investidas con un nivel constan- te, sobre los demás procesos que se desarrollan en el apa- rato. De este modo resulta controlado, encauzado y retar- dado el movimiento de la energía hacia la descarga; este control y este retardo contribuyen a la estructuración del aparato psíquico en sus diversas instancias. Este grupo o esta masa de neuronas bien ligadas, entre las cuales se ejercen acciones recíprocas que mantienen sus investiduras y sus facilitaciones en un nivel constante, de suerte que el sistema forme un todo, es capaz de producir sobre otros procesos u otras formaciones efectos de inhibi- ción o de ligazón e inclusión. Este grupo psíquico es la pri- mera definición del yo, caracterizado por su actividad de ligazón. Se opone a ello la des-ligazón (die Entbindung), es decir, la brusca liberación de energía como la que sobreviene en el momento en que se desencadenan el placer/displacer, la excitación sexual, el afecto, la angustia, o sea, cuando una brusca aparición de energía libre tiende directa e inmedia- tamente hacia la descarga. Toda liberación del proceso pri- mario aparecerá así como puesta en jaque de la función de ligazón de ese grupo psíquico que es el yo y será interpre- tada por él como una amenaza a su organización. El modelo de los grupos psíquicos y su función de ligazón de los aflujos de energía, a condición de que estos grupos es- tén fuertemente investidos, no será abandonado por Freud cuando aborde el problema de la repetición del trauma: con-

siderará ent.onces modalidades de ligazón sometidas a las leyes del proceso primario, capaces de ligar la excitación con independencia del principio de placer; es verdad que la no- ción de grupo psíquico había permitido ya designar los con- tenidos del inconciente mismo desde veinte años antes. Tuda esta orientación del pensamiento freudiano otorga a las investiduras pulsionales una función preponderante en la formación y la organización de las instancias del apa- rato psíquico, es decir, en la génesis y el papel adjudicado a los grupos psíquicos. La capacidad asociativa de la psique incumbe en primer lugar a la instancia del yo y cumple varias funciones: la ligazón intrapsíquica y de protección del aparat,o psíquico; la memorización, la representación y la imaginación del objeto ausente o perdido; la identifica- ción con nuevos objet,os; la capacidad de trasferencia. Esa noción define, por lo tant,o, algunas de las formaciones bá- sicas del aparat,o psíquico.

Los grupos de pensamientos clivados y el inconciente «estructurodo como un grupo»

La categoría -pero no el término-de la grupalidad psí- quica aparece ent.onces muy temprano en la primera tópica, donde provee una de las metáforas antropomórficas del aparat,o psíquico; pero sobre t.odo constituye el hilo conduc- tor de la primera definición del inconciente: su contenido originario estaría constituido por el «grupo de los pensa- mient.os divados» que ejercen una atracción sobre los pen- samient.os preconcientes y sobre los concíentes, y atraen a los pensamientos de la represión secundaría. Esta noción de grupos psíquicos clivados o separados (abgespaltene o separate psychische Gruppen) es la misma por la que Freud describe, a partir de 1894, su concepción del inconciente en tanto clivado, por /,a represión, del campo de /,a conciencia. 3 Los grupos psíquicos clivados son consti- tutivos del inconciente, de su contenido, y rigen las relacio-

3 Freud escribe, en Las psiconeurosis de defensa (1894), al referirse a los

trabajos de P. Janet y de J. Breuer: «der Symptomkomplex der Hysterie, soweit er bis jetzt eín 1krstiindnis zuliisst, die Annahme einer Spaltung des Bewusstseins mit Bildung separater psychischer Gruppen rechtfertig,

dürfte

.) gelangt sein» (GW l, pág. 60).

nes con Jos otros aistemns. BM como Ki lu noción de grupo psíquico fuera necosuriu desdo 0110 mom11nt.o do In invención del inconciente para explicar In ligt1zón origínuria de los objetos y de las formas que lo constituyen: insisto una es- tructura y se diversifican formas. Propuse la fórmula «el inconcíente estructurado como un grupo» en 1966, en una época en la que me parecía necesa- rio pensar la grupalidad psíquica en su relación con el in- conciente. La lectura ulterior de los textos de Freud a los cuales hoy me refiero me confirma el interés de trasformar la fórmula en hipótesis de trabajo. De una manera más ge- neral, son las instancias y los sistemas del aparato psíquico los que deben ser concebidos como grupos psíquicos diferen- ciados en el interior de los cuales operan desdoblamientos, difracciones o condensaciones, permutaciones de lugares y de sentidos: así las identificaciones múltiples o multifacéti- cas (mehrfache oder vielseitige Identifiziernngen) del yo. He destacado en muchas ocasiones que la primera for- mulación que Freud propone de la identificación la define, en su rasgo esencial, como «la pluralidad de personas psí- quicas» (mayo de 1897, a propósito de las identificaciones histéricas). Utiliza esta hipótesis en La interpretación de /,os sueños (1900) cuando analiza las identificaciones histéricas en el trabajo de la formación del sueño (a propósito del sue- ño llamado «de la carnicera» o del «caviar») 4 o cuando dilu- cida figuras y procesos del sueño tales como las personas condensadas, unidas y mezcladas (die Sammel-und misch- personen), la difracción del yo del soñante en una figuración grupal «múltiple» de sus objetos y de sus pensamientos, la dramatización de sus relaciones en una puesta en escena intrapsíquica, la repetición o la multiplicación de lo seme-

4 El análisis del sueño llamado «de la carnicera» o «de la cena» o también «del caviar» es, desde esta óptica, ejemplar: la enferma sueña que ve uno de sus deseos no cumplidos (dar una cena) para no contribuir a realizar el deseo de su amiga; expresa sus celos con respecto a ella identificándose con ella por la creación de un síntoma común: «se podría enunciar este pro· ceso de la manera siguiente: ella se pone en el lugar de su amiga en el sue· ño, porque esta se pone en su lugar al lado de su marido, porque ella qui· siera tomar el lugar de su amiga en la estima de su marido». Tal es el sen· tido que Freud va a atribuir a las identificaciones histéricas: son apro· piaciones (Aneignung) del objeto del deseo del otro a causa de una etiología idéntica; guardan relación con una comunidad que persiste en lo incon· ciente (GW II·III, pág. 156; trad. fr. págs. 136-7).

jante; Freud desarrolla esta hipótesis cuando propone la noción de comunidad de las fantasías y, en el análisis de Dora, la de las identificaciones por el síntoma, o también la concepción de las trasferencias como reproducción sucesiva o simultánea sobre el psicoanalista de las conexiones entre los objetos y las personas del deseo infantil inconciente. La misma hipótesis orientará el análisis sintáctico y grupal de las fantasías schreberianas, y proveerá ulteriormente el fundamento del análisis de la fantasía «pegan a un niño», modelo estructural del análisis de las fantasías originarias. La misma concepción sostendrá la representación de la per- sonalidad clivada, desagregada, del Hombre de las Ratas en sus tres «personalidades»: si el «capitán cruel» está frag- mentado como sus demás personajes, el Hombre de las Ra- tas pondrá sus partes en otros personajes, en sus sueños, continentes psíquicos de lo que su cuerpo no puede tolerar. En el marco de la segunda tópica, la segunda teoría de las identificaciones se refiere aún más a un modelo grupal (identificaciones multifacéticas, personalidades múltiples o disociadas), al igual que la teoría del yo y del superyó (Psico-

logía de las masas y análisis del yo, 1921; El yo y el ello,

1923). Finalmente, las nociones de complejo y de imago po- nen en juego la construcción interna de una red intersubje-

tiva internalizada, en la cual el sujeto se representa. 5

El balance de este primer recorrido se establece así: el primer esbozo de la definición del yo es el de un grupo psí- quico; la primera representación del inconciente es la de un grupo psíquico clivado de lo conciente. Esta acepción abstracta y general del concepto de grupo nos ofrece un modelo de inteligibilidad de la estructuración y del funcio- namiento de las formaciones psíquicas: el grupo intersub- jetivo provee el modelo y la metáfora de los cuales se sirve Freud para representarse los grupos psíquicos y el aparato psíquico mismo. Establezco así una continuidad entre este modelo y los conceptos pos-freudianos de grupalidad psí- quica y de grupos internos que presentaré en el próximo ca- pítulo: estos se encuentran en formación desde los primeros bosquejos de la teorización; el modelo grupal de la psique

5 Sobre la concepción freudiana de la grupalídad psíquica, cf. R. Kaes, 1974, 1976, 1981, 1982, 1984, 1985, 1986. Está en preparación un trabajo sobre la cuestión.

será recurrente en toda la obra freudiana; será uno de los más fecundos: organiza de manera coherente la represen- tación de los procesos primarios y de las formaciones de compromiso, de las identificaciones y del yo, de las fanta- sías, de los complejos y de las imagos. Pero será también uno de los más desconocidos.

La hipótesis de la psique de masa (o alma de grupo) y los tres modelos del agrupamiento

Freud es el primero que propone considerar que el grupo es el lugar de una realidad psíquica específica cuyo estudio pertenece de pleno derecho al campo del psicoanálisis. Los modelos de que disponemos hoy para apuntalar esta hipó- tesis, ya puesta a prueba en un dispositivo metodológico apropiado, derivan de los postulados surgidos de la especu- lación freudiana. ¿Por qué aparece en Freud este interés sostenido? La atención explícita que Freud otorga a los conjuntos intersubjetivos, y de una manera más específica al grupo, no se puede entender sólo como la elección de un campo de aplicación privilegiado de algunos conceptos fundamentales del psicoanálisis. La preocupación de Freud por extender la competencia de sus descub:imientos a otros niveles de rea- lidad que los de la psique individual explica apenas parcial- mente su elección, tanto como su permanente cuidado en poner a prueba sus construcciones, con todo rigor epistemo- lógico, fuera del dominio donde las ha establecido. La aten- ción que presta a los fenómenos de grupo o de masa no pue- de, por otra parte, ser considerada solamente a la luz de su situación personal en su propio grupo, y es verdad que escri- be Tótem y tabú (1912) en un notable movimiento de elabo- ración de la crisis institucional, grupal y personal por la que atraviesa, y que culmina en su ruptura con Jung. Su des- confianza hacia la Menge, hacia la masa compacta de las opiniones convenidas, contra las cuales choca como su pa- dre, la tiranía de la mayoría dominante, constituyen sin duda también poderosos motivos de su interés ambivalente por las masas, las instituciones y los grupos. Este interés se especificará después de las catástrofes colectivas y los due-

los personales que lo afectarían en el curso de la Primera Guerra Mundial; aumentará cuando otras catástrofes se preparen y sean presentidas por él: el ascenso de los fascis· mos en Europa y la amenaza más cierta del nazismo en Ale· mania y en Austria. Podríamos apelar todavía a otras razo· nes para explicar este interés. Estas forman una sinergia que conducirá a Freud a escribir, con siete años de intervalo, dos obras sobre esta cuestión, obras que de ninguna manera se pueden reducir a un simple ejercicio de psicoanálisis apli· cado. En efecto, si Freud insiste tanto en preparar los elemen· tos de una hipótesis sobre las formaciones y los procesos psíquicos en los grupos humanos, es porque persigue con ello la elaboración de conceptos y de problemáticas capitales para la teoría psicoanalítica del inconciente: Tótem y tabú no puede limitarse a ser leído solamente como una especu· ladón del psicoanálisis, aplicada a la génesis de las forma· ciones sociales; Freud revela allí la vertiente paterna del complejo de Edipo, sus componentes narcisistas y homose· xuales; sostiene la hipótesis de las formaciones trans-indi· viduales de la psique, precisa su investigación sobre la tras- misión psíquica y, por consiguiente, sobre el origen y lo ori-

ginario. Psú::ología de /,as masas y análisis del yo no es un

ensayo de «psicología social» en el sentido en que lo enten· demos hoy: Freud utiliza en efecto esta noción para intro· <lucir dentro de la problemática del psicoanálisis la aper· tura intersubjetiva de los aparatos psíquicos en un lugar que permita entender conjuntamente la estructura del lazo libidinal entre varios sujetos, la función de las identifica· ciones y de los ideales y la formación del yo. El porvenir de

una ilusión (1927), El malestar en la cultura (1929) y hasta

el último trabajo, Moisés y la religión monoteísta (1939), completarán esta vía de la investigación y la mantendrán abierta. La cuestión del grupo intersubjetívo es, por lo tanto, para Freud, la ocasión de un nuevo desafío heurístico fun- damental. Le abre un eje de investigación sobre el apunta- lamiento de la realidad psíquica individual en los conjuntos intersubjetivos, precisamente en la realidad psíquica que se forma, circula y se trasforma en los conjuntos y que consti· tuye uno de los soportes del sujeto del inconciente. Es ese, desde mí punto de vista, el sentido y el valor teórico del inte-

rés de Freud por los grupos y por las diversas formaciones de los conjuntos intersubjetivos.

Asesinato del padre y pacto denegativo identificatorio

Esta hipótesis insiste en repetidas ocasiones en el pensa· miento freudiano. Tótem y tabú expone por primera vez cómo se efectúa el paso de la pluralidad de los individuos aislados al agrupamiento: el asesinato del Padre Originario odiado y amado liga en un pacto a los Hermanos asociados en ese asesinato. Generado por la culpabilidad, este pacto denegativo e identificatorio instala la doble interdicción del incesto y asesinato del animal totémico erigido en memoria del Ancestro devenido fundador del grupo; supone y refuer· za identificaciones mutuas y comunes. Como consecuencia de esta trasformación, decisiva en la organización psíquica y en la organización social, y para explicar la trasmisión de las formaciones psíquicas adquiridas en el origen por efecto de esta trasformación, Freud introduce la hipótesis de la «psique de masa»: «En primer lugar, no habrá escapado a nadie que tomamos por base sin restricción la hipótesis (die

Annahme) de una psique de masa (einer Massenpsyche) en

la cual los procesos psíquicos se cumplen como en la vida psíquica de un sujeto singular (eines einzelnen)» (GW IX, pág. 189). La hipótesis de la psique de masa es para Freud una es· · peculación y lo seguirá siendo hasta tanto se organice algún dispositivo psicoanalítico para ponerla a prueba. En conse· cuenda, debemos preguntarnos por las funciones que cum· ple este postulado en la edificación de la teoría del psico· análisis, por las vías nuevas que abre a la investigación. El modelo propuesto por Freud en Tótem y tabú es el de una trasformación en el orden del agrupamiento: consiste en el desplazamiento desde las investiduras megaloma· níacas y las identificaciones con la omnipotencia atribuida al Padre hacia las investiduras sobre la figura del Hermano y sobre los valores de la cultura. Este desplazamiento es la consecuencia de una crisis, de una ruptura y de una supera· ción que signan el paso del vínculo ahistórico de la horda al vínculo intersubjetiva, histórico y simbólico del grupo fra· terno totémico. Crisis, efectivamente, nacida sin duda del

pánico consecutivo al asesinato del jefe cruel y protector de la horda y a la imposibilidad de hacer funcionar repetitiva- mente su sustitución. Freud nos informa sobre esta repen- tina desagregación de las identificaciones cuando, en Psico- logía de las masas y análisis del yo, pone en evidencia lo que podríamos llamar el efecto Holofemes: el general asirio es decapitado, y sus soldados pierden la cabeza. Un movimien- to de brusca y violenta desidentificación ha podido caracte- rizar este desorden de la institución de la horda: la alianza que establecen los Hermanos para consumar el asesinato es seguida de la imposibilidad de remplazar al Padre. No pue· den operar este remplazo como no sea efectuando una mu· tación en el régimen de la culpabilidad y en el régimen de las identificaciones; sólo podrán romper con la repetición y renunciar a la rivalidad imaginaria bajo el efecto de la cul· pabilidad depresiva, y ya no persecutoria, lo que supone que, al lado del odio, se reconozcan los sentimientos de amor que el Padre inspiraba a sus súbditos.

fundamentos de la hipótesis de la «psique de mas(])>

La hipótesis de la psique de masa se funda sobre al me· nos tres consideraciones: la primera se inscribe en la pre· ocupación freudiana por el problema de la trasmisión psí- quica y de su rol en la etiopatogénesis de las neurosis. Freud sostiene en Tótem y tabú un conjunto de propuestas que adquieren hoy un relieve particular en el debate sobre las trasmisiones inter- y trans-generacionales. Después de ha- ber postulado la existencia de la psique de masa, prosigue:

«Admitimos en efecto que un sentimiento de responsa- bilidad ha persistido durante milenios, trasmitiéndose de generación en generación y ligándose a una falta tan anti- gua que en un momento dado los hombres no han debido de conservar de ella el menor recuerdo» (GWIX, pág. 189; trad. fr., pág. 180). Un proceso afectivo que se constituyó en una generación ha podido subsistir en nuevas generaciones que no han conocido las mismas condiciones que la precedente. Seguramente Freud admite que sus hipótesis pueden sus- citar graves objeciones: cualquier otra explicación le sería preferible. Sin embargo, la hipótesis osada que propone le parece, en realidad, capaz de explicar la continuidad y la

trasmisión de la vida psíquica: «sin la hipótesis de una psique de masa, de una continuidad de la vida psíquica del hombre que permita no ocuparse de las interrupciones de los actos psíquicos a consecuencia de la desaparición de las existencias individuales, la psicología colectiva, la psico- logía de los pueblos no podría existir. Si los procesos psíqui- cos de una generación no se trasmitieran a otra, no se conti- nuaran en otra, cada una estaría obligada a recomenzar su aprendizaje de la vida» (ibid., GWIX, pág. 190). La cuestión resurge cuando se trata de comprender por qué medios se trasmiten los estados psíquicos de una gene- ración a otra: la trasmisión directa por la tradición no cons- tituye una respuesta satisfactoria porque, para llegar a ser eficaces, las disposiciones psíquicas heredadas de las ge- neraciones anteriores deben ser «estimuladas por ciertos acontecimientos de la vida individual». La idea moderna de la epigénesis es introducida desde 1914 por Freud quien, por primera vez, cita las palabras que Goethe hace decir a su Fausto: «lo que has heredado de tus padres, para poseer- lo, gánalo». Estamos lejos aquí de todo voluntarismo: lo que el sujeto reencuentra en el acontecimiento es lo que su es· tructura le permite reencontrar; el reencuentro manifiesta, actualiza y trasforma un ya-ahí del lado del sujeto. Pero, del lado de la historia y del lado del conjunto insisten en tras- mitirse «procesos», «actos», «tendencias» que el sujeto here- da, en tanto es el eslabón de la cadena que asegura la con- tinuidad de la vida psíquica: «El problema parecería mucho más difícil todavía si tuviésemos razones para admitir la existencia de hechos psíquicos susceptibles de una repre- sión tal que desapareciesen sin dejar rastros. Pero hechos semejantes no existen. Cualquiera que sea la fuerza de la represión, una tendencia no desaparecería jamás al punto de no dejar tras sí algún sustituto que, a su tumo, se con· vierta en el punto de partida de determinadas reacciones. Nos vemos forzados entonces a admitir que no hay proceso

psíquico más o menos importante que una generación sea capaz de sustraer a !.a que !.a sigue» (ibid., GW IX, pág. 191;

trad. fr., pág. 182; las bastardillas son de Freud). Así funciona la cadena. Freud la analiza en los términos de su hipótesis principal: en la psique de masa, los procesos psíquicos se cumplen como los que tienen por sede la psique individual. Ninguna tendencia desaparece: reprimida, deja

un sustituto, una huella, que sigue su camino hasta que toma cuerpo y significación para un sujeto singular. La huella insiste, la generación, el conjunto, el grupo no son allí amos, no más que el sujeto. Lo que se trasmite es pues una huella, y algo más que una huella: un resto. Nada puede ser abolido que no aparezca, tarde o temprano, como signo de lo que no ha sido, o de lo que no pudo ser reconocido y simboli- zado por las generaciones precedentes. La huella continúa sus efectos -de sentido y de no sentido- a través de los Otros a quienes liga juntos: lo que se trasmite es, para Freud, la huella del asesinato originario, las formaciones sustitutivas que de él derivaron, la culpabilidad, pero tam- bién los sueños de deseos irrealizados, de donde proceden los significantes del narcisismo primario: el Niño-Rey, el Ancestro, el Niño-Ancestro, el Espíritu de cuerpo, la Fami· lia, el Grupo, la Estirpe.

El aparato de interpretar

La noción de un «Apparat zu deuten», que Freud intro- duce en las últimas páginas de Tótem y tabú, mantiene abierta la interrogación sobre este problema de la herencia filogenética: «El psicoanálisis nos ha mostrado que todo ser humano posee, en la actividad inconciente de su espíritu, un aparato que le permite interpretar (einen Apparat zu deuten) las reacciones de los otros seres humanos, es decir, corregir las deformaciones que el otro hizo sufrir a la ex- presión del movimiento de sus sentimientos. Por la vía de esta comprensión inconciente de las costumbres, de las ceremonias y de los preceptos que han dejado huella de la actitud primitiva con respecto al Padre originario, las gene· raciones posteriores han podido hacerse cargo de esta he· rencia de sentimientos» (GW IX, pág. 191). El aparato de interpretar es también un aparato para producir trasformaciones y significaciones; es una función de la actividad asociativa, disociativa y significante de la psique misma: es parte constituyente de la psique de masa, su retrasmisión en el sujeto singular.

Tótem y tabú como «elaboratori0» de la teoría

Al lado de este primer conjunto de preocupaciones que sostienen la hipótesis de la <<psique de masa», existe un se· gundo: la inquietud, constante en Freud, de dar al psico· análisis el fundamento más amplio posible, de proseguir la elaboración de sus conceptos teóricos básicos. Freud pro- cede de dos maneras complementarias: los pone a prueba fuera de la situación estrictamente psicoanalítica de la cura de adultos neuróticos, en el campo de las creaciones indivi- duales o colectivas, en el de la vida social, de la cultura y de las instituciones; de este modo continúa en Tótem y tabú la elaboración del complejo de Edipo, las investigaciones sobre la neurosis obsesiva y sobre el pensamiento mágico. Esta gestión de validación se completa con la que exige la heurís- tica. Freud encuentra en estos campos ajenos a la situación de la cura un terreno favorable para la construcción de nuevos conceptos: la problemática de las identificaciones, del análisis del yo y de la segunda teoría del aparato psí- quico se enunciarán tomando apoyo en objetos que no se incluyen directamente en la situación psicoanalítica. Freud los crea en el dominio de la «psicología social». Los textos llamados «de psicoanálisis aplicado», lejos de tener por única razón de ser la de extender el campo de competencia o de pertinencia del psicoanálisis, son textos de creación del psicoanálisis mismo; conducen a Freud a ese rodeo «de ex- tra-muros» de la situación princeps del psicoanálisis. Un número importante de ellos -de Tótem y tabú a Moisés y la religión monoteísta- son también textos en los cuales Freud hace un trabajo de perlaboracíón de algunas de sus propias interrogaciones sobre el origen, sobre su lugar de Ancestro y de hijo, de Padre y de Heredero. Lo he destacado en muchas ocasiones: Tótem y tabú es también una respues- ta de Freud a un problema de trasmisión del psicoanálisis como tal. El devenir de la institución del psicoanálisis y de la herencia que rehúsa Jung, el Kronprinz ausente, está en el centro de la elaboración teórica, que revela la segunda cara del complejo de Edipo, esta vez del lado del «complejo paterno» y del narcisismo, del lado del Padre-Freud. Desde esta perspectiva, la hipótesis de una psique de masa (Massenpsyche) o de un alma de grupo (Gruppen- seele), adelantada por Freud en Tótem y tabú como con-

clusión de su estudio, no es la pura y simple trasposición de una noción tomada en préstamo de la psicología de los pue- blos, la etnología o la psicología social de su tiempo. Retoma· da y elaborada por él en varios pasajes y en tiempos sucesi- vos de su obra, pasa a ser la organizadora de un nuevo tra- bajo de investigación para el psicoanálisis: la hipótesis de la psique de grupo supone que existen formaciones y proce- sos psíquicos inherentes a los conjuntos intersubjetivos; en consecuencia, la realidad psíquica no está enteramente lo- calizada en el sujeto considerado en su singularidad. En los conjuntos, por el hecho del agrupamiento, un cierto arreglo

de la psique se produce, y este acoplamwnto [appareillage],

así lo llamo, define la realidad psíquica que especifica la psique de grupo. Tres modelos van a intentar dar razón de los procesos psíquicos del agrupamiento. El tercer punto de apoyo de la hipótesis de la psique de masa está en estrecha correlación con los dos primeros; se

explicita en Introducción del narcisismo (1914) y en Psico- logía de las masas y análisis del yo, desde el momento en

que Freud percibe la doble determinación tópica, económica y dinámica de la psique, la doble lógica que constituye al sujeto: ser para sí mismo su propio fin y ser eslabón, here· dero y beneficiario de la cadena. Freud confiere al conjunto intersubjetivo un indicio de realidad psíquica: supone for· maciones y procesos en los cuales la consistencia y la orga- nización dependen del conjunto en cuanto tal. Este es el se- gundo alerón de su «psicología social».

Los tres modelos del agrupamiento

Freud no se limita a suponer una psique de grupo: de

1912 a 1938, de Tótem y tabú a Moisés y la religión mono-

teísta, propone modelos teóricos para explicar formaciones y procesos de la realidad psíquica que intervienen en el paso cualitativo del individuo a la serie, de la serie al conjunto intersubjetivo organizado.

Psicología de las masas y análisis del yo es la oportuni-

dad para proponer un segundo modelo del proceso psíquico de agrupamiento. Se recuerda el primer modelo, que se or· ganiza sobre la ficción teórico-mítica del asesinato del Padre de los orígenes y sobre el pacto denegativo identificatorio

que conciertan los hermanos al instituir la Interdicción, que ellos han trasgredido, en Ley organizadora de su estructura psíquica y de sus vínculos intersubjetivos. Con el segundo modelo, la identificación es el eje que ordena la estructura libidinal de los vínculos en los conjun- tos. Una de las consecuencias de las identificaciones mu- tuas, comunes y centrales, por las cuales se efectúa la tras- lación (y la trasformación) de las formaciones intrapsíqui- cas sobre una figura común e idealizada es la formación de lo que Freud designa, en francés, como «l'esprit de corpS». Notemos que esta trasferencia implica para cada sujeto un abandono, una cierta pérdida, pero también una ganancia:

«l'esprit de corps» es su premio. Esta noción está ya presente en Introducción del narcisismo, que precede en siete años al texto de 1921 y sigue inmediatamente a Tótem y tabú: en «la cadena» que apuntala el narcisismo primario del Niño-Rey, se sitúa del lado del sujeto el ideal del yo, heredero de la re- lación primitiva con el Progenitor narcisista, mientras que esta misma formación ejerce su función del lado del conjun- to: «Desde el ideal del yo -escribe--, una vía importante conduce a la comprensión de la psicología colectiva. Además de su vertiente individual, este ideal tiene un lado social, es también el ideal común de una familia, de una clase, de una nación» (GWX, pág. 169; trad. fr., 1969, pág. 105). La idea de la psique de masa adquiere todavía nuevos contenidos cuando en Psicología de las masas y análisis del yo Freud define lo que conviene entender por psicología de las masas. Recordemos que se ha fijado un primer objetivo a este nuevo espacio de la investigación psicoanalítica: el aná- lisis del sujeto singular en tanto miembro y parte de un con- junto (de diferentes tipos de conjuntos: grupo primario de los familiares y de los íntimos, multitudes, instituciones). Se propone entonces una segunda tarea: «La psicología de las masas, aunque aún está en sus comienzos, engloba una infinidad de problemas particulares que todavía escapan a nuestra vista, y pone al investigador ante innumerables ta- reas que hoy no están bien diferenciadas. La simple clasifi- cación de los diferentes tipos de formación de masa y la des- cripción de los fenómenos psíquicos que en ella se expresan requieren un gran esfuerzo en el campo de la observación y de la exposición, y han dado ya nacimiento a una rica biblio- grafía» (GWXIII, pág. 75, las bastardillas son mías).

La descripción de los fenómenos psíquicos que especi- fican los diferentes tipos de formación de masa y de grupo presupone la noción de realidad psíquica propia del con- junto. Las identificaciones constituyen los fundamentos libidinales de la vida psíquica de los conjuntos; se trata efec- tivamente de los procesos de la vida psíquica del sujeto sin- gular, pero lo que a Freud le interesa poner en evidencia son los arreglos de las identificaciones y los productos espe- cíficos que caracterizan a la vida de los conjuntos: la figura principal del conductor, las formaciones del ideal común y de la idea que los representan; las identificaciones imagi- narias, el espíritu de cuerpo, el despliegue del narcisismo de las pequeñas diferencias, la emergencia del Dichter como figura del poeta, del héroe y del historiador como prototipo del desasimiento del yo (Je) de la masa compacta e indi- ferenciada (die Menge), como nacimiento de la psicología in- dividual; la función de los sujetos intermediarios (der Mit- tler; der Vermittler) para la economía del conjunto y para cada sujeto; las funciones de representación, puesta en es- cena y enunciado fundador que cumple el mito, como el que Freud, Dichter él mismo, inventa para pensar su relación con su propia horda, su ruptura con Jung, para explicar los anudamientos intersubjetivos del inconciente en formacio- nes específicas que definían con insistencia un nivel de la realidad psíquica que sería de grupo. Esta insistencia se afirma nuevamente en El malestar en la cultura (1929); Freud propone un tercer modelo para dar razón del paso de la pluralidad al agrupamiento: su principio es la renuncia mutua a la realización directa de los fines pulsionales. La comunidad que resulta de ello se defi- ne por la protección y las obligaciones, fundadas en el de- recho, adquiridas a cambio de la limitación de los «impulsos instintivos personales». Tal :renuncia hace posible el amor y el desarrollo de las obras de la civilización. En este texto, Freud introduce nuevamente el narcisismo en el centro de las formaciones colectivas: el narcisismo de las «pequeñas diferencias» deslinda la pertenencia, la identidad y la con- tinuidad del conjunto y distingue a cada grupo de otro; esta «tercera diferencia», junto a las diferencias de sexo y de generación, especifica la relación de cada sujeto con la psi- que de grupo en la que está narcisistamente sostenido y que él sostiene.

Cuando propone la hipótesis de la psique de masa, o del alma de grupo, Freud construye en el mismo movimiento al- gunos de los conceptos fundamentales del psicoanálisis; supone formaciones psíquicas intermediarias y comunes a la psique del sujeto singular y a los conjuntos de los que este es parte constitutiva y parte constituida: familías, grupos secundarios, clases, naciones. Describe de este modo el ideal del yo, las diferentes figuras del mediador (der Mittler) o del intermediario, el narcisismo de las «pequeñas diferencias», las fantasías y sus correlatos míticos, pero también, en un nivel intersubjetivo, la comunidad de las fantasías y de las identificaciones. Estas formaciones bifrontes constituyen la materia misma de la Gruppenseele. Así se inicia, más allá de su heterogeneidad y su discontinuidad, una articulación fundamental entre formaciones intrapsíquicas y formacio- nes ínter· o trans-psíquicas, articulación fundamental que supera las oposiciones clásicas, introducidas por la psico· logía y por la sociología, entre el individuo y el grupo.

Este breve repaso de la hipótesis de la psique de masa y de los tres modelos que Freud propone para explicar el paso de la serie al agrupamiento deja abiertas varias interroga- ciones que se organizan en torno de esta, que Freud formula así: len qué medida los procesos psíquicos de la psique de masa se cumplen en los grupos «como en la vida psíquica de un sujeto singular>>? lCómo entender esta hipótesis? lHasta qué punto soste- ner esta proposición desde el momento en que una situación metodológica de grupo pone en evidencia que existen pro- cesos y formaciones psíquicas que son propias del grupo? lO significa que podemos contar con encontrar procesos psíqui- cos en la psique de masa, tal como sucede en la vida psíquica de un individuo? El hecho de que el paso de la pluralidad (de la serie) al agrupamiento, pero también del agrupamiento a la afirmación del yo (Je), se acompañe de actos identifica- torios mutuos y de representaciones fantasmáticas comu- nes y compartidas interroga al estatuto de estos elementos de la realidad psíquica: lson acaso de naturaleza estricta- mente individual, o deben ser considerados por sus deter- minaciones, su valor y sus efectos psíquicos en el conjunto? lCómo articular la relación de estas formaciones de la reali- dad psíquica con los contenidos psíquicos del mito, y hablar

de representaciones fantástico-míticas (J.-P. Valabrega) para designar las dos caras de una misma realidad? Todas estas cuestiones condensan la de la especificidad de las formaciones del inconciente en los conjuntos, al mis- mo tiempo que esta supone la homogeneidad del inconcien- te en sus diversas manifestaciones. Además, la hipótesis de la Gruppenseek habilita de hecho una extensión del campo de los objetos teóricos del psicoanálisis: este, como hemos precisado, no está constituido por la psique «individual» o por la Massenpsyche, sino por las formas y los efectos del inconciente.

Una concepción intersubjetiva del sujeto del inconciente: la «psicología social» de Freud

La perspectiva delineada en Introducción del narcisismo

hace del sujeto singular, en cuanto es el sujeto del incon- ciente, el eslabón, el servidor, el beneficiario y el heredero de la cadena intersubjetiva de la que procede. Sobre esta ca- dena se apuntala más de una formación de su psique; en su red circula, se trasmite y se anuda materia psíquica, forma- ciones comunes al sujeto singular y a los conjuntos de los cuales él es parte constituyente y parte constituida. Quisie- ra precisar este punto de vista, que me lleva a considerar al sujeto del inconciente como sujeto del grupo.

Para introducir el doble estatuto del sujeto

En el debate que instaura Introducción del narcisismo

en 1914, Freud fundamenta sobre dos bases el valor de la distinción que propone establecer entre una parte de la libi- do propia del yo y otra que se liga al objeto: una se apoya en la elaboración clínica de los caracteres íntimos de la neuro- sis y de la psicosis; a la otra la presenta como la consecuen- cia inevitable de una primera hipótesis que lo había llevado a separar las pulsiones sexuales y las pulsiones del yo. Retomando esta hipótesis, para «sostenerla consecuen- temente hasta que vacile o se verifique», Freud despliega tres argumentos en favor de ella.

El primer hecho se funda en el sentido común: la dis- tinción conceptual entre las pulsiones sexuales y las pulsio- nes del yo corresponde a la diferencia popular entre hambre y amor. El segundo argumento propuesto por Freud retendrá particularmente nuestra atención, no en razón del funda- mento biológico que aporta a la distinción entre las pulsio- nes sexuales y las pulsiones del yo, sino más bien por su valor de modelo metafórico de las relaciones del sujeto con el conjunto intersubjetiva del cual procede y del cual es, simul- táneamente, miembro, servidor y beneficiario. «En segun- do lugar, abogan en su favor consideraciones biológicas. El individuo (das Individuum) lleva en efec'to una doble exis- tencia: en tanto es para sí mismo su propio fin y en tanto elemento de una cadena de la cual es servidor, si no contra su voluntad, en todo caso sin la intervención de ella. El mis- mo considera la sexualidad como una de sus intenciones, en tanto otra perspectiva muestra que él es solamente un apéndice de su plasma germinal, a cuya disposición pone sus fuerzas a cambio de una prima de placer, que es el por- tador mortal de una sustancia tal vez inmortal, del mismo modo como aquel que ocupa el primer lugar en un conjunto (der Majoratherr) sólo es el detentador provisional de una institución que le sobrevivirá. La distinción de las pulsiones sexuales y de las pulsiones del yo expresaría solamente esta doble función del individuo» (GW X, pág. 143). El tercer argumento es un postulado que se enuncia en dos proposiciones: las concepciones provisionales de la psi- cología deberán asentarse un día en fundamentos orgáni- cos; es verosímil que sustancias y procesos químicos deter- minados produzcan los efectos de la sexualidad y permitan la continuación de la vida del individuo en la de la especie. Aquí nuevamente, el interés de este último argumento re- side sobre todo en la apertura metafórica que opera Freud en su propia argumentación.

Esta trasformación metafórica ya trabaja en el segundo argumento cuando se efectúa el paso del nivel de la realidad biológica (individuo/especie) al de la realidad social: el em- plazamiento necesario y provisional del individuo en una estructura colectiva. El «del mismo modo como» no índica solamente que el mayorazgo (el primogénito de una familia,

el jefe de un ejército, de una Iglesia o de un Estado, el con- ductor en un grupo) es un emplazamiento institucional de- terminado por la estructura del conjunto; implica que quien ocupa ese lugar se hace con ello inconcientemente su servi- dor -habida cuenta de los beneficios- y así cumple al me- nos en parte lo que exige su estructura y su propia historia. El modelo propuesto por Freud en el texto de 1914 es el de una reciprocidad de servicios vitales que se hacen nece- sariamente el individuo y la especie, el eslabón y la cadena, el sujeto y el conjunto. Servicios seguramente desiguales, anudados en pactos, contratos y alianzas donde el conjunto aventaja al individuo por su precedencia y sus exigencias. Esta perspectiva se desarrolla cuando se acomete el análisis de la posición narcisista del sujeto, más precisamente la consideración del apuntalamiento del narcisismo primario del niño en el narcisismo de la generación que lo precede:

él cumplirá los sueños de deseo

que los padres no han consumado, será un gran hombre, un héroe, en lugar del padre; ella se casará con un príncipe, resarcimiento tardío para la madre. El punto más espinoso del sistema narcisista, esta inmortalidad del yo que la realidad ataca, ha encontrado un lugar seguro refugiándose en el niño» (ibid.; trad. fr., pág. 96). En ninguna otra parte del texto freudiano aparece más claramente que el sujeto, en tanto es para sí mismo su pro- pio fin, no es sujeto de las formaciones y de los procesos del inconciente sino en tanto es también sujeto de la cadena de los «sueños de deseo» irrealizados de las generaciones que lo precedieron; es parte constituyente de un conjunto y parte constituida por este conjunto. El concepto de contrato nar- cisista propuesto por P. Castoriadis-Aulagnier (1975) podría encontrar en este modelo freudiano su prefiguración. Es interesante notar que, según la perspectiva de Freud, por la vía de lo negativo, por lo que es falta en el deseo de los pa- dres -esencialmente de la madre-, el sujeto es sostenido en la fundación de su narcisismo. El apuntalamiento que instaura el narcisismo conjuga varios espacios psíquicos y, en cada uno de ellos, una red de emplazamientos subjetivos:

«His Majesty the

un héroe para la madre en el lugar del padre -de su padre o de un hermano

Siete años después, Psicología de la.s masas y análisis

del yo prolongará y desplegará las premisas de esta teoría

del sujeto. Las primeras líneas de este trabajo, tan a menu- do citadas, se vuelven aún más incisivas si se las resitúa en

la perspectiva esbozada con Introducción del narcisismo, y

la «psicología social» de Freud aparece como la matriz del desarrollo de la teoría del sujeto del grupo: «La oposición entre la psicología individual y la psicología social, o psico- logía de las masas, que muy a primera vista puede parecer- nos tan importante, pierde mucho de su agudeza si se la examina a fondo. Desde luego, la psicología individual tiene por objeto al hombre aislado y busca conocer las vías por las que este intenta obtener la satisfacción de sus mociones pulsionales, pero, en ese empeño, sólo raramente -€ncier- tas condiciones excepcionales- está en condiciones de abs- traer de las relaciones de este individuo con los otros. En la vida psíquica del sujeto singular (die Einzelnes), el Otro interviene muy regularmente como modelo, objeto, auxiliar y adversario, y de este modo la psicología individual es des· de un comienzo, y al mismo tiempo, una psicología social, en sentido amplio, pero plenamente justificado» (GWXIII, pág. 71; trad. fr., 1981, pág. 123).

La «psicología social» de Freud como teoría del sujeto del grupo

Freud instituye como parte integrante del objeto de la investigación psicoanalítica aquello que con el léxico de su tiempo define como una psicología social. Si bien se trata de admitir que es necesario estudiar las relaciones intersub- jetivas que se ordenan en torno del sujeto considerado en su singularidad, se lo hace sólo para reconstituir esa red en el interior de la psi,que del sujeto, a partir de los puntos de apo- yo y de los procesos de apuntalamiento intersubjetivos. En el relato de las curas psicoanalíticas conducidas por Freud, abundan los ejemplos de este procedimiento. Este es el caso cuando establece cómo se organiza la red intersubjetiva de los lazos familiares y extra-familiares en torno de Dora: su finalidad es reconstruir la estructura que por nuestra parte llamaríamos grupal de las identificaciones de su joven pa- ciente; identificación de Dora con los otros por el rasgo co- mún del síntoma, e identificación que ella hace de unos con otros por ese rasgo que abre para ella el juego de las susti-

tuciones y de las permutaciones de objeto, y que sostiene el proceso de la condensación, del desplazamiento y de la di- fracción. En efecto, lo que mantiene a la «psicología social» en el campo de la investigación psicoanalítica es la noción flotante de una grupalidad psíquica interna. La continua- ción del texto de 1921 lo precisa de este modo: «Las rela- ciones del sujeto singular con sus padres y con sus herma- nos y hermanas, con su objeto de amor, con su profesor y con su médico, en consecuencia todas las relaciones que hasta el presente han sido el objeto privilegiado de la investigación psicoanalítica, pueden reclamar ser consideradas fenóme- nos sociales, y se oponen entonces a ciertos otros procesos que llamamos narcisistas, en los cuales la satisfacción pul- sional se sustrae de la influencia de otras personas o renun- cia a ella» (ibid.). Pero una vez establecida, esta «oposición entre los actos psíquicos sociales y narcisistas» es situada por Freud en el interior del sujeto, «exactamente en el inte- rior mismo del dominio de la psicología individual, y no obli- ga a separar esta de una psicología social o de las masas» (ibid., GW XIII, pág. 74). El objeto teórico del psicoanálisis es el sujeto del inconciente considerado en su doble estatuto y en su doble función: es en el espacio psíquico interno don- de se oponen los actos psíquicos sociales del sujeto del con- junto intersubjetivo y los actos psíquicos narcisistas por los cuales «él es para sí mismo su propio fin»; la red de Otros que intervienen «como modelo, objeto, auxiliar y adversario» forma el polo complementario y antagónico de la exigencia narcisista. Esa es una constante del pensamiento de Freud.

Objetivos de la «psicología social.» de Preud

Freud asigna un doble objetivo a lo que llama indistinta- mente psicología de las masas, psicología social o psicología de los grupos. El primero de estos objetivos retoma con más precisión una línea de investigación explorada en Tótem y

tabú y, unos meses después, en Introducción del narcisismo,

el estudio de la realidad psíquica propia de las formaciones intersubjetivas, trans-individuales y societarias: los grupos restringidos de familiares, los agregados numerosos e indi- ferenciados de las masas, las asociaciones y sociedades de las instituciones. Tal estudio se funda en la hipótesis de una

realidad psíquica específica de estas formaciones: el concep- to de psique de masa o psique de grupo, propuesto para explicar este nivel de la realidad psíquica, está destinado por consiguiente a una diferenciación según la descripción que hace de estas diversas formaciones. El segundo objetivo es el estudio del sujeto considerado en su singularidad, desde el punto de vista de que es parte constituyente y parte activa de un conjunto o de varios tipos de conjuntos intersubjetivos, trans-individuales, societa- rios: «la psicología de las masas trata pues del sujeto huma- no en su singularidad, en tanto es miembro (Mitglied) de una estirpe, de un pueblo, de una casta, de una clase, de una institución, o en tanto es parte constituyente de un agrega- do humano que se organiza en masa por un tiempo dado, con un fin determinado». El sujeto aquí considerado es el sujeto de los conjuntos vastos, en los cuales «la influencia sobre el sujeto singular es ejercida al mismo tiempo por un gran número de personas con las que está ligado de alguna manera, aunque, por otro lado, ellas pueden serle absoluta- mente extrañas» (GW XIII, pág. 74). De este modo, pasamos del sujeto del grupo restringido, donde los otros tienen el estatuto de objetos distintos e investidos como tales, a la masa, donde pierden sus cualidades y donde se ejercen otras influencias: «En las relaciones [del sujeto] con los pa- dres y con los hermanos y hermanas, con la amada, con el amigo, con el profesor y con el médico, el sujeto singular sufre siempre solamente la influencia de una única persona o de un número muy restringido de personas, cada una de las cuales ha adquirido para él una importancia considera- ble» (ibid.). La originalidad de la posición freudiana está en que hace posible articular esos dos objetivos, pensarlos en una reci- procidad de perspectivas: estas relaciones recíprocas entre aquellos dos espacios psíquicos heterogéneos e indisociables -puesto que uno es la materia del otro--, las traslaciones del uno sobre el otro y las traducciones de uno en otro son las que definen el campo de la investigación psicoanalítica.

En 1920-1921, la «psicología de las masas» aparece como una de las condiciones de la formación del yo, el trasfondo, tal vez el zócalo originario desde el cual se forma y se desliga el sujeto, uno de los objetos de su análisU>. La psicología «in-

dividua}» emerge de este fondo de psicología «social», de la realidad psíquica que se forma y se trasmite en esta red de más de un otro y más de un semejante unidos entre sí por sueños, ideales, represiones e ideas que ellos tienen en co- mún, que comparten, pero que tienen también juntos, por defecto, en lo negativo. Sin embargo, estas construcciones hipotéticas conservan un carácter especulativo; funcionan como postulados o como datos elementales de la teoría: en consecuencia van a per- manecer relativamente inertes por no estar dotadas de una situación metodológica homóloga a la de la cura individual, es decir, de un dispositivo de trabajo apto para ponerlas a prueba y para desplegar todas sus consecuencias e implica- ciones.

El obstáculo del método: la cura contra los efectos de grupo

El grupo, desde su origen, hace cuestión en la práctica del psicoanálisis porque es el contrapunto, el segundo plano y el contraste de su invención metodológica. La situación princeps del psicoanálisis, la cura individual, se construye en parte contra los efectos de ligazón imaginarios, contra las identificaciones narcisistas y las formaciones histeróge- nas del cara a cara y de los procesos· de grupo. El recorte clí- nico y teórico que opera el dispositivo de la cura permite en- cuadrar del mejor modo, por la suspensión de las interferen- cias grupales, el campo de la realidad intrapsíquica y la po- sición que ocupa allí el sujeto, especialmente en la fantasía inconciente que lo constituye. Sin embargo, bastante pronto en el registro de la especulación teórica, pero más tardía- mente en el de la experiencia, se plantearía la cuestión de extender la práctica psicoanalítica a una situación pluri- subjetiva llamada de grupo, con la condición, incierta du- rante largo tiempo es verdad, de que fuera conforme a las exigencias metodológicas y clínicas del psicoanálisis. Freud adoptará una posición ambivalente hacia este desarrollo: lo sostendrá en la medida en que pueda aportar una valida- ción a sus hipótesis, o abra una zona más amplia para la aplicación del psicoanálisis; pero retrocederá ante los des-

víos impredecibles de estas prácticas, y defenderá in fine y con el apoyo del Comité-el grupo de los guardianes de la ortodoxia- el método único del diván.

La invención de la cura contra los efectos histerógenos del grupo

Para inventar el dispositivo de la cura psicoanalítica, será necesario que Freud se sustraiga de la fascinación que ejercen a la vez el grupo y la histérica. El grupo -Freud lo había experimentado con Charcot- es el goce mutuamente sostenido por los juegos cruzados de la excitación, del apoderamiento o del apartamiento, de la dominación, de la sumisión o de la renuncia. Puesta en es- cena de cada uno por cada uno, el grupo exige la regresión del tiempo de la palabra al espacio de la mirada y del cuer- po. Al sustituir el espacio espectacular grupal de la histeria 6 por el espacio psicoanalítico, Freud descubre la palabra y el lenguaje de la histeria. A diferencia de Charcot, coloca la imagen acústica en posición prevalente. R. Major (1973) analizó en forma notable esta mutación: «La innovación capital, desde el punto de vista técnico, consiste en sustraer al terapeuta del campo visual de la histérica para que ella se haga escuchar y no encuentre ya en el espectador en lo real la mirada que encarna su deseo. Ella se veía forzada a reencontrar en su propia palabra su división interna, y en el

espejo, su propia mirada(

ria, para hacerse escuchar, debía trasformar sus gritos y sus convulsiones en palabras». Mientras la histérica de Charcot encontraba en este último y en el espacio grupal espectacu-

lar una predilección por la representación visual de la cosa inconciente, la histérica de Freud deberá convertir hacia el espacio psíquico su mirada hacia los objetos internos. Desde este punto de vista, y suponiendo que otras mo- dalidades del análisis sean inoperantes, la invención del

)

Desde ese momento, la histe-

6 He desarrollado esta puesta en perspectiva de la histérica y del grupo para intentar despejar las oposiciones y las afinidades entre esos dos es- pacios psíquicos y para introducir el debate sobre las dimensiones propias de la situación psicoanalítica. Cf. mi artículo de 1985 «L'histérique et le

groupe», publicado en L'Euolution Psychiatrique.

dispositivo de la cura, es decir, la mutación capital de la mi- rada a la palabra, relega todo dispositivo de grupo a una práctica pre-psicoanalítica. Precisaremos los argumentos de ello cuando examinemos las formas elementales de la sexualidad en los grupos, tal como nos lo permiten los mo- delos de la sugestión, de la hipnosis, de la seducción y del dominio. Freud inventa el espacio psicoanalítico en el movi- miento de una ruptura con el dispositivo habitual de la con- sulta médica y de la entrevista terapéutica. Lo que habi- tualmente sostenía el vínculo establecido en el cara a cara está ahora suspendido: la mirada, la presencia frontal de los cuerpos, su semiótica postura! y gestual. El dispositivo de la cura sitúa muy de otro modo el cuerpo y la mirada del psico- analista y de su paciente. En este otro espacio, donde la vi- sión del primero se sustrae y falta a la mirada del segundo, estamos también en otro tiempo: en lugar de la consuma- ción de los juegos de seducción y de dominación inherentes al espacio espectacular de la representación, donde se trata de dar a ver y a mirar, el dispositivo abre el acceso a la repre- sentación endopsíquica, en lo sucesivo convocada por la pa- labra de la libre asociación, por el renunciamiento y la sepa- ración que ella significa. La libre asociación, las resistencias que moviliza en la trasferencia y en la contratrasferencia (recordemos que la asociación libre es por largo tiempo re- clamada a Freud por sus pacientes mismas), pueden desde ese momento constituir el método adecuado para la mani- festación del orden propio del inconciente. Dos cuestiones resultan de esto: si, para inventar la cu- ra, es necesario renunciar al grupo, ¿en qué condiciones la invención de la cura hace posible una invención psicoana- lítica del dispositivo de grupo? ¿A qué exigencias puede corresponder esta invención, puesto que el grupo, que se querría organizado por los requisitos metodológicos del psi- coanálisis (y especialmente el psicodrama), prescribe aque- llo que la cura pone en suspenso: la prevalencia de lo visual, el recurso a la representación dramatizada por la puesta en juego del cuerpo y de la motricidad?

Las objeciones clásicas a un dispositivo psicoanalítico pluri-subjetivo

Cuando S. Freud hace la hipótesis de una comprensión psicoanalítica de los fenómenos de la realidad psíquica en los grupos humanos, cuando propone considerar la identi- ficación como la formación libidinal del vínculo intersubje- tivo, sin dejar de verla en «la pluralidad de las personas psí- quicas» por la cual el yo está principalmente constituido, finalmente cuando sostiene que el sujeto, en lo que lo singu- lariza, es él mismo su propio fin y al mismo tiempo el here- dero, el servidor, el beneficiario y el eslabón de una cadena a la cual está sometido y sobre la cual se apuntala su consis- tencia psíquica, no basa estas proposiciones fundamentales principalmente en el dispositivo paradigmático del método psicoanalítico. Algunas de sus hipótesis han sido elabora- das a partir de la cura de sus pacientes; la mayoría son la expresión de su experiencia personal de la vida de los gru- pos -particularmente el círculo de los primeros psicoana- listas que él congrega a partir de 1902-; otras, finalmente, son construcciones especulativas que fueron necesarias para la elaboración conjunta de la teoría -para hacer exis- tir la clínica- y de su propia posición en este grupo origi- nario. Freud no establece esos postulados con la idea explícita de que pudieran trasformarse en hipótesis y de que estas pudieran ser puestas a prueba conforme a las exigencias del método psicoanalítico en un dispositivo homólogo al de la cura. Hasta 1926 por lo menos, fecha en la cual Freud pro- pone que la cura psicoanalítica sea considerada como una de las aplicaciones del psicoanálisis -seguramente la prin- cipal y el pasaje obligado para los futuros psicoanalistas-, no existe otra situación de la práctica psicoanalítica que la inventada por él con el diván. En varios momentos, en 1909 y en 1917 especialmente, tendrá ocasión de manifestar su oposición a la idea de que el psicoanálisis pueda practicarse en la reunión de varias per- sonas. Disuadirá a T. Burrow cuando, en el curso del viaje de 1909 a América del Norte, el psiquiatra americano lo interrogue sobre la pertinencia de extender el método psico- analítico a un grupo de enfermos. No parece sin embargo que Freud haya argumentado en esa ocasión sobre el fun-

damento de su posición: solamente expuso ante su inter· locutor la necesidad elemental de que el iniciador de un proyecto tal se sometiera previamente a la cura psicoanalí· tica. Es verdad que Ferenczi lo acompañaba, con C. G. Jung, en este viaje. Podrá suponerse sin duda que la desconfianza confesada por Freud hacia las multitudes y las masas le fue instilada por la valorización del conformismo y de la adaptación so· cial que percibió entre los americanos, por su prurito de eficacia y su inquietud por ganar tiempo. Es posible que el planteo de Burrow haya sido rechazado de plano por Freud atendiendo a que, en un contexto tal, una práctica del psico· análisis en situación de grupo sólo habría podido desarro- llar un proceso antipsicoanalítico.

La exclusión del tercero observador de la cura

Si la respuesta manifiesta de Freud a Burrow podía en· tonces dejar flotar alguna duda sobre una apertura de su

posición, las Conferencias de introducción al psicoanálisis

(1916) serán la ocasión para precisar su concepción de la práctica del psicoanálisis: es la de la cura individual, con exclusión de cualquier otro dispositivo y, también, de toda presencia efectiva de un tercero observador en la relación psicoanalítica. Es importante destacar que los argumentos desplegados por Freud en 1917 no son objeciones directamente dirigidas a una práctica psicoanalítica en situación de grupo. Muy probablemente Freud no tenía verdadera noción de ello. An- te todo, él se dirige a médicos para decirles qué es el psico- análisis, para hablarles de su objeto, su método, sus exigen- cias específicas. Según el criterio de estos médicos -Freud también es médico, aunque en cierto modo se separa de ellos para hacerse psicoanalista-, el modelo de toda rela- ción terapéutica se constituye en la clínica médica hospi- talaria, en la cabecera del enfermo, en la escucha del Pro· fesor en el momento de las visitas y en las conferencias de anfiteatro. Freud les recuerda que esta formación y esta orientación de pensamiento aleja del psicoanálisis, que no podría ser «aprendido» de esta manera, por observación, de- mostración y de oídas. El impone estar de cuerpo presente,

comprometer sus tripas (Leib) y estudiar su propia persona- lidad. No es posible asistir como oyente a un tratamiento psicoanalítico. El hecho decisivo es que el enfermo debe poder hablar al médico (al psicoanalista) de lo más íntimo de su vida psíquica, con la condición de que experimente hacia este «una afinidad de sentimientos particular». Le habla de aquello que debe ocultar a los otros y de todo lo que no desea reconocerse a sí mismo. El enfermo que fuera ex- puesto a la presencia intrusiva de un tercero no podría ha- blar libremente y confiar al psicoanalista las informaciones que este necesita para conducir el tratamiento. Freud pun- túa así su presentación: «Naturalmente, esta notable vía de acceso [la experiencia psicoanalítica] nunca es practicable sino por una persona singular, en ningún caso por todo un anfiteatro (niemals für ein ganzes Kolleg)». 7 La traducción por S. Jankelevich de este pasaje merece que nos detengamos en ella, en razón de la comprensión de él que por largo tiempo ha establecido; dice: «de más está decir que este excelente instrumento no puede ser utilizado sino por una persona en particular y no se aplica jamás a una reunión de varios». Lo objetable es la traducción de «ein ganzes Kolleg>> por «reunión de varios». Un curso de anfi- teatro, un seminario en la Universidad o en otro lugar son evidentemente reuniones de varias personas congregadas con el objetivo muy particular de un aprendizaje. Ahora bien, el aserto de Freud precisamente sostiene la imposi- bilidad de aprender (erlRrnen) el psicoanálisis en un semi- nario. Pero también define la especificidad de la situación psicoanalítica de la cura: Freud hace jugar aquí otra opo- sición entre una persona en particular, distinta de otras, y la reunión de varios que implica la noción de anfiteatro o de seminario. Se comprenderá que cada uno, cada persona una por una, si desea conocer lo que se juega allí, debe compro- meterse en el psicoanálisis en tanto particular, en su singu- laridad. ¿Debe entenderse que en ningún caso el psico- análisis puede ser propuesto a varias personas a la vez? De hecho, Kolleg condensa dos ideas: la del grupo y la del aprendizaje de oídas y observación. La ambigüedad del sen- tido puede permitir concluir que el psicoanálisis jamás po-

7 Cf. GWXI, pág. 12: «Dieser ausgezeichnete Weg ist natürlich immer nur für eine einzelne Person, niemals für ein ganzes Kolleg aufeinmal gangbar».

dría ser practicable en situación de grupo. El argumento hizo su camino, en Francia en todo caso, sobre esta ambi- güedad de la traducción: validó las objeciones de Freud a un aprendizaje del psicoanálisis según el modelo de la forma- ción médica y universitaria como objeción de fondo a cual- quier tentativa de construir una situación de grupo que se quisiera organizada por las exigencias metodológicas del psicoanálisis. Retomemos ahora los términos de la objeción de Freud a la presencia efectiva de un tercero en la relación psicoana- lítica: seguramente, todo psicoanalista la suscribirá. El ar- gumento es a la vez ético y técnico. El tercero que resulta imposible incluir es un extraño a la situación, sólo está com- prometido en ella para ver y saber, es considerado indife- rente, se presenta como oyente y espectador para asistir a una demostración. Es evidente que tal presencia produciría -como lo destaca Freud- un efecto de resistencia en el proceso psicoanalítico. La cuestión fundamental no es esa:

hoy estaríamos atentos a otros aspectos perversos y des- tructores de la situación psicoanalítica por aniquilamiento de la función continente, transicional y simbolígena del en- cuadre: tal intrusión es insostenible porque reificaría las fantasías persecutorias y las alianzas perversas en las cua- les quedarían prendidos el paciente, el analista y el obser- vador-oyente. Todo dispositivo pluri-personal que se deseara construido según las exigencias del método psicoanalítico tropezaría con este punto sensible: está claro que la figura-límite que naturalmente se impone a Freud es harto disuasiva. ¿Pero esto impone concluir que los sujetos que demanden un tra- tamiento psicoanalítico por el instrumento del grupo, o a los cuales este instrumento les sea propuesto, estarían en la posición de observadores extraños e indiferentes venidos para asistir a una demostración? Una situación psicoanalí- tica de grupo no es una serie de curas individuales que se verían dificultadas por la presencia extraña de una reunión de espectadores; tampoco es un seminario de aprendizaje de psicoanálisis. Quedan los problemas planteados por Freud: más que objeciones a la práctica del psicoanálisis en «una reunión de varios», constituyen los elementos para un debate. Para sostener su punto de vista, Freud hace jugar la oposición

entre el orden de la realidad psíquica y el orden fundado en lo público, el juicio colectivo y la norma común. Esta oposi- ción sitúa en el centro del debate la culpabilidad individual y la presión conformista y represiva ejercida por el conjunto social. 8 El observador mudo se trasforma en la figura de este superyó arcaico, vengador, cruel y devorador de intimidad. Con justa razón, Freud destaca que el enfermo que, en el tratamiento psicoanalítico, sufriera la presencia de un ex- traño, se vería atacado como «persona social autónoma»:

quedaría expuesto a entregar a los otros sus secretos; y

como «personalidad unificada» (einheitliche Personlichkeit),

tendría que reconocerse a sí mismo aquello que desea man- tener oculto. La autonomía social designa aquí la posibi- lidad de mantener el espacio del secreto personal, el límite del yo (Je) contra el dominio de lo colectivo. La personalidad unificada mantendría en sí misma este espacio sin clivarse, bajo el efecto (o bajo el pretexto, llegado el caso) de la presión social. Los obstáculos aducidos por Freud, en primer lugar sólo son objeciones en caso de que los ignorara el psicoana- lista que siguiera la vía del grupo. Junto a los problemas teóricos que plantean por otro lado los postulados de Freud sobre el grupo y su psique, y en relación con ellos, es posible entender en estas advertencias el indicio de una doble difi- cultad metodológica y clínica: lcómo establecer en grupo las condiciones de una trasferencia positiva, «la afinidad par- ticular de sentimientos» que ella implica, de suerte que se posibilite la libre asociación, el levantamiento de la repre- sión, todo esto en condiciones que permitan su análisis y que respeten las defensas vitales de cada uno? lCómo pre- servar los espacios de secreto necesarios para el pensamien- to y para los procesos de individuación, cómo asegurar la suspensión de los juicios y de las normas, cómo tratar las presiones conformistas y los efectos de grupo? Con toda evidencia, estas dificultades no son enunciadas como tales en 1917 puesto que no se ha concebido la idea

8 Señalemos, sin entrar en otro debate pero para señalar la contingencia cultural de estos argumentos, que tal oposición sólo podía ser entendida por los médicos vieneses con los que Freud comparte parcialmente la ideo· logia liberal de la concepción del individuo. Cf. sobre este punto C.·E. Schorske, 1979.

misma de que se puedan presentar salvo en una inimagina- ble perversión de la cura.

La resistencia socü:il al psicoanálisis

Es necesario que prosigamos la lectura de esta primera conferencia para comprender que, al lado de las objeciones tan claras que Freud acaba de invocar para recusar a todo tercero real en la cura, otro tipo de dificultad se insinúa des- de otro lado: desde el orden social. Ya no se trata de una nue· va objeción a la presencia de un tercero en la cura, esa razón está comprendida. Esta vez se trata de la resistencia que opone al psicoanálisis la sociedad. Esta resistencia se relaciona con las dos premisas funda- mentales del psicoanálisis: por una parte, la afirmación de que los procesos psíquicos son en sí mismos inconcientes, lo que constituye una objeción grave al postulado psicológico de la identidad de lo psíquico y de lo conciente; por otra par- te, la preponderancia del rol fundamental jugado por las pulsiones sexuales en la causalidad de las neurosis, pero también en las «creaciones del espíritu humano en los cam- pos de la cultura, del arte y de la vida social». La resistencia más importante al psicoanálisis está ahí; escribe Freud:

«¿Desean ustedes saber cómo explicamos este hecho? Cree- mos que la cultura ha sido creada bajo la presión de las ne- cesidades vitales y a expensas de la satisfacción de los ins- tintos, y que es siempre recreada en gran parte de la misma manera porque cada individuo que entra en la sociedad humana renueva, en provecho del conjunto, el sacrificio de

La sociedad no ve amenaza más grave a

su cultura que la que presentaría la liberación de los instin-

los instintos(

)

tos sexuales y su retorno a sus fines primitivos. Además, la sociedad no quiere que se le recuerde esa parte escabrosa (dieses heikle Stück) de los fundamentos sobre los cuales re· posa; no tiene ningún interés en que la fuerza de los instin- tos sexuales sea reconocida, y la importancia de la vida se· xual, revelada a cada uno; más bien ha adoptado un método de educación que consiste en desviar la atención de este campo» (GWXI, pág. 16; trad. fr., pág. 13). Si se acepta el alcance más general de los problemas planteados hasta este momento por Freud, y especialmente

la idea de que el psicoanálisis no puede ser practicable en una reunión de varios, se hace evidente entonces que la autonomía social y la unidad de la personalidad del enfermo no son las únicas afectadas en un dispositivo tal: es también la sociedad misma la que estaría amenazada en sus fun- damentos, puesto que el análisis le recordaría «esa parte es- cabrosa», es decir, sexual, «de los fundamentos sobre los cuales reposa»: esa parte debe permanecer oculta, repri- mida, desconocida. ¿La sociedad en su conjunto? Bien, pero también cada parcela de sociedad, cada grupo particular, y principalmente cada conjunto intersubjetivo constituido sobre el paradigma del grupo: además, por consiguiente, el grupo de los psicoanalistas. El texto de Freud en 1917 contiene los temas más impor- tantes de El makstar en la cultura, esbozados ya en 1908 en

La moral sexual «cultural>> y la nerviosidad moderna. En

efecto, un año antes del viaje a América, Freud había ex- puesto la idea de que una de las fuentes del sufrimiento psí- quico se forma en las exigencias y las modalidades de la vida en común, en las familias, los grupos, las instituciones, la sociedad. Retomará esta idea veinte años después, de- sarrollándola en El malestar en la cultura: para tratar «las neurosis de civilización>>, le parecerá necesario investigar y poner en práctica «nuevas propuestas terapéuticas que pUtl- dan aspirar al derecho de ofrecer un gran interés práctico». Desde su declaración en el Congreso Internacional de Psico- análisis de Budapest (1918), se ha fortalecido su convicción de que llegará a ser necesario mezclar el oro del psicoaná- lisis con el cobre de los dispositivos técnicos requeridos para realizar esas propuestas, respecto de las cuales señala el interés que representan para los enfermos y para el psico- análisis, pero también sus dificultades y sus obstáculos. Entre estas nuevas propuestas, nada dice que pudiera corresponder a una situación psicoanalítica abierta a varias personas. Por otra parte, nada lo excluye tampoco: desde

¿Pueden los legos ejercer el análisis? (1926), Freud consi-

dera a la cura inventada por él como la aplicación principal, no exclusiva, del psicoanálisis, el modelo de cualquier otra práctica. La cuestión queda abierta. El grupo, en sus apuestas psíquicas, podrá por consi- guiente seguir siendo una cuestión especulativa, objeto de hipótesis fuertes, pero que no serán puestas a prueba ni

por él ni por sus allegados. El grupo para Freud habrá sido aquello cuya aventura él ha vivido y cuyas apuestas ha ela- borado en 1912-1913, cuando escribía Tótem y tabú, huella fecunda y dolorosa de los violentos conflictos que desgarra- ron a ese grupo de los primeros psicoanalistas y que reve- laron a Freud los «fundamentos escabrosos» sobre los cuales reposan los vínculos de grupo. La separación entre la teoría y el método se revela tal vez aquí al servicio de un anhelo de desconocimiento. Si bien es verdad que las sociedades y los grupos «ofrecen resistencia» al psicoanálisis, unas y otros, sin embargo, sólo extraen su fuerza de resistencia de los sujetos que establecen entre sí alianzas destinadas a per- manecer inconcientes para que se perpetúe la represión que necesita la formación de vida psíquica individual y colec- tiva. ¿Qué puede entonces valer un proyecto que propusiera que allí donde había alianzas inconcientes contra el cono- cimiento del inconciente, el yo (Je) pueda advenir?

Las implicaciones teóricas de la objeción metodológica

Una práctica psicoanalítica en situación de grupo será algo, si no inconcebible, al menos improcedente para Freud. Apelando a él en esto, los que, después de él, se situaron en posición de fundadores de Escuela serán mucho más ne- tamente hostiles: M. Klein, que se opondrá al empeño de Bion en este camino, 9 rechazará esa orientación, así como Lacan fustigará inapelablemente los «efectos de grupo», no sin acierto por otra parte, pero también en la medida de su aptitud para manipularlos. Además del hecho de que estas oposiciones e interdicciones son objetables porque emanan precisamente de fundadores de movimientos y de escuelas psicoanalíticas, en tanto se atienen a un radicalismo fun- damental que no es explicitado en sus posiciones, indican dos atolladeros para el psicoanálisis mismo. El primero sería el más grave. Se sostiene en la siguiente proposición: el psicoanálisis agota el conocimiento de su ob- jeto propio, el inconciente, en la situación única de la cura

9 W.-R. Bion encontrará en J. Rickman una sensibilidad para un abor- daje psicoanalítico de los grupos y un estímulo para explorar en esta direc- ción. Cf. M. Pines, 1986.

individual. Aun sin recurrir a los textos freudianos que aca- bo de citar, me parece que esta posición no es muy soste- nible; el psicoanálisis íntegro no se ha constituido como «comprensión de los fenómenos psíquicos que de otro modo serían apenas cognoscibles» (S. Freud, 1923) sobre la única base del método de tipo terapéutico que es la cura psicoana· lítica: dan testimonio de esto precisamente los descubri- mientos, las comprobaciones y las especulaciones ql,le hizo fuera del campo estricto de la situación, en el psicoanálisis llamado aplicado. El conocimiento que tenemos del incon- ciente, si se volvió posible por el método práctico del psico- análisis, no deja de verse limitado, necesariamente, por él. El inconciente que podemos conocer es aquel cuyos efectos se manifiestan en la situación de la cura, en un sujeto sin- gular comprometido en esa situación con un psicoanalista. Admitimos que sólo podemos tener conocimiento de las for- maciones y de los procesos del inconciente a través de un método apropiado para volver manifiesto el orden que le es específico. Por construcción, hipótesis y trabajo de la con- ceptualización, inferimos del compromiso en esta experien- cia una comprensión de los procesos y de las formaciones del inconciente cuya comprobación debe siempre remitir a la situación paradigmática de la cura: este es un imperativo del método; efectivamente, la extensión de la validez a los dominios de la cultura se efectúade un modo analógico más o menos controlado y controlable. Pero al proceder así, supo- nemos también, con Freud, que el campo teórico del psico- análisis es más amplio que aquel al que da acceso el método concebido para explorar sus dimensiones a través de un procedimiento que permite tratar sus dificultades. Para sa- lir de este primer atolladero, conviene pues que establezca· mos las condiciones psicoanalíticas que constituyen una situación metodológicamente apropiada al objeto teórico del psicoanálisis. El segundo atolladero es un efecto de perspectiva, en realidad es algo que se podría representar como una «chi- cana», principalmente en el sentido de que el camino en el que se ha empeñado sólo se puede proseguir bajo la condi- ción de hacer un alto y efectuar un rodeo antes de retomar la ruta. Explicitemos esta metáfora: las propuestas de Freud conservan, en vida de él, un estatuto de postulado en la medida en que no pueden ser puestas a prueba en una si-

tuación psicoanalítica apropiada, por las diversas razones que he enunciado brevemente. No obstante, si bien todas las construcciones teóricas contienen postulados e hipótesis explícitos, incluyen también bolsones de desconocido, a los que preservan del conocimiento al mismo tiempo que pro- curan con insistencia conocerlos. Pero no podría haber, en una teoría, campos definitiva y voluntariamente destinados a la especulación, fuera de los límites que imponen las con· diciones del método y las exigencias éticas. La insistencia epistemológica de la cuestión del grupo en el pensamiento psicoanalítico de Freud reclamaba la invención psicoanalí- tica del grupo.

La insuficiencia de /ns objeciones a priori y la infinitud del psicoanálisis

Es casi imposible tratar los problemas planteados por la puesta en práctica de una situación adecuada al análisis del inconciente y de sus efectos subjetivos e intersubjetivos en los grupos sin tomar en consideración la naturaleza de los fenómenos psíquicos que en ellos se producen. Por esta ra· zón, las objeciones formuladas a esa situación a partir de la única experiencia de la cura individual tienen seguramente un estatuto de a priori; sólo pueden ser atendibles en la me· dida en que no cierren la investigación: en tal caso, serán otros tantos puntos sensibles en el centro de la metodología general del psicoanálisis. Introducir una situación tal es introducir un desplaza- miento de punto de vista sobre el inconciente y sobre la sub· jetividad: se esbozan así en el psicoanálisis nuevas configu· raciones de objetos para el conocimiento del inconciente. Volveré más precisamente sobre este aspecto que voy a señalar desde ahora: la invención del dispositivo de grupo acorde a las exigencias fundamentales de la metodología psicoanalítica es un momento fecundo en la historia del psicoanálisis. Esta invención se produce en Londres en el mes siguiente a la muel.'t:B de Freud, al comienzo de la Se- gunda Guerra Mundial, y como eco de la voluntad formulada por Freud en Budapest al final de la Primera. Se produce en el movimiento de duelo por el Ancestro fundador. Estable- ciendo las primeras bases de este dispositivo, Bion y Foul-

kes, y con ellos sus antecesores más balbuceantes, hacen posible una refutación y de este modo también una funda- ción de las hipótesis especulativas de Freud. La importan- cia científica de esta invención merece ser destacada, tanto como la lentitud de su elaboración. Es como si la resistencia al conocimiento del inconciente no hubiera hecho sino exa- cerbarse a medida que los medios metodológicos puestos en práctica permitían explorar las nuevas terrae incognitae. En esta mayor lentitud, probablemente no pueden desde- ñarse los efectos inhibitorios de la culpabilidad por superar las prohibiciones, las reticencias y las reservas formuladas por los jefes de Escuela y por Freud mismo, aunque su posi- ción fue mucho más ambivalente y finalmente más incitan- te que las posiciones de M. Klein y J. Lacan. Sin embargo, una vez reconocido este obstáculo en defi- nitiva franqueable sin verdaderos riesgos, persiste un nú- cleo duro de dificultades. El grupo se presenta como un objeto sobre el cual parece que se hubiera fijado una resis- tencia poderosa al pensamiento mismo de los problemas psicoanalíticos que él plantea al psicoanálisis y a los psico- analistas. Pero sobre todo quedan numerosas zonas de os- curidad, por falta de interrogaciones que procedan de los mismos que, entre los psicoanalistas, han desarrollado una actividad de psicoanalista en una situación de grupo. Por ejemplo, la interrogación central que examina la contra- trasferencía se ha planteado sólo rara vez a partir de la ex- periencia psicoanalítica de grupo: al poner ellos en este una parte de sus investiduras, ¿no han desplazado ciertos efec- tos del inconciente del diván hacia el grupo? Este desplaza- miento ¿no tiene en ciertos casos valor de trasferencia de los «restos inanalizados», como los que he citado antes? Por mi parte, no veo ninguna objeción a estos «restos», son una par- te valiosa de nuestras investiduras y de nuestras contrain- vestiduras inconcientes, la materia de nuestras trasferen- cias sobre el grupo. Bien, pero debemos proseguir el análisis de esto por el medio más apropiado. Otra interrogación: si algunos psicoanalistas han man- tenido la continuidad de su función de psicoanalista en las dos situaciones distintas de la cura individual y del grupo, lqué exigencias expresan con respecto al método, a la clí- nica y a la teorización del psicoanálisis? Ocurre que estas interrogaciones fundamentales siguen sin ser formuladas,

siguen inexploradas, apenas reconocidas. lQué resistencia actúa entre los psicoanalistas comprometidos en esta prác- tica para que permanezca hasta hoy fuera del campo de su elaboración la triple y solidaria cuestión de la regla funda· mental que se enuncia, del proceso asociativo que se pro- duce, del inconciente que se manifiesta en esta práctica? lQué tipo de obstáculos se oponen a la irrupción del incon· ciente en el grupo, a su reconocimiento?

Este sucinto inventario habrá hecho tal vez más per· ceptibles la insistencia y el interés de la cuestión del grupo en el pensamiento de Freud. Leo e interpreto esta triple in· sistencia como portadora de algunas de las proposiciones originarias del psicoanálisis: las que permiten sostener la hipótesis de una organización grupal de la psique indivi· dual y que, por lo mismo, enuncian una de las condiciones decisivas de la formación del sujeto; las que sostienen que la realidad psíquica del grupo precede al sujeto y las que afir· man al grupo como lugar de una realidad psíquica específica. Se podría situar con más precisión las determinaciones de este interés en los anudamientos de la historia de Freud:

su lugar en su estructura e historia familiares, su posición de ruptura en relación con la cultura dominante y en rela· ción con su propia cultura, su sensibilidad para los efectos de la Menge, su posición de fundador de un poderoso moví· miento de ideas y de una institución constantemente ame· nazada desde adentro y desde afuera, tanto por la hostili- dad social como por las fantasías obsidionales de sus miem- bros. Sería necesario mostrar cómo la experiencia única que Freud adquirió del psicoanálisis, íntimamente inscrita en la red de las relaciones de pareja y de grupo que la acompa- ñaron, lo condujo tan pronto a descubrir en las conexiones y en las difracciones de las trasferencias las organizaciones grupales de lo trasferido. Si nos atenemos únicamente a los enunciados del texto, se puede comprender mejor aún que si bien el pensamiento insiste sobre esta cuestión y aunque al;ire direcciones de in- vestigación inéditas, sin embargo no adquiere la evidencia que le daría una elaboración más manifiesta y no inicia un verdadero debate. Podemos adelantar algunas razones pa- ra ello: seguramente se debe a la complejidad y la heteroge· neidad de sus dimensiones intrapsíquicas, intersubjetivas,

institucionales y societarias. También obedecen -lo he des- tacado bastante- a la posición ambivalente de Freud con respecto a esta cuestión y, en consecuencia, a la distancia entre las elaboraciones teóricas parciales que propone y la ausencia de un dispositivo metodológíco que correspondiera a la puesta a prueba de sus construcciones. Todas estas proposiciones esenciales, pero inconclusas y contradicto- rias, dan testimonio de una cuestión suficientemente ancla- da en el texto freudiano para que indique el interés de reto- mar su debate en el psicoanálisis y con él. La posición a la vez central y margínal que ocupa no puede disociarse de las resistencias y de las dificultades que encuentra. En alguna medida, es y permanece todavía como una parte de lo im- pensado de y en el psicoanálisis. En lo negativo de esta insistencia, y por lo tanto en un movimiento adecuado para revelar su apuesta, el grupo ha constituido un punto de demarcación en la invención del dispositivo inaugural y de la práctica prínceps del psicoaná- lisis: la cura individual es progresivamente puesta a punto como situación paradigmática del psicoanálisis; principal- mente con el análisis de Dora, se establece contra los efectos histerógenos del grupo: efectos de seducción, de dominación, de sugestión y de apoderamiento. Tuda situación de grupo moviliza espontáneamente los núcleos histéricos de sus miembros: ese es un punto crítico de toda situación de grupo que se quisiera estructurada por los requisitos fundamen· tales del método psicoanalítico. La resolución de esta difi- cultad tropieza con la oposición que Freud manifiesta, al menos en dos ocasiones, con respecto a la posibilidad misma de tal situación psicoanalítica de grupo. Las razones que él expone aclaran desde más de un punto de vista las apuestas teóricas, prácticas, éticas e institucionales de la cuestión del grupo en el psicoanálisis.

2. La realidad psíquica de/en el grupo

Los modelos pos-freudianos

Las investigaciones psicoanalíticas sobre los grupos llevadas a cabo después de Freud se organizan en tomo de la hipótesis de que el grupo, como conjunto intersubjetivo, es el lugar de una realidad psíquica propia. Esta hipótesis, inaugurada por Freud, es desarrollada y consolidada por los trabajos de Bion y de Foulkes, adquiere precisión por las investigaciones de la escuela francesa de psicoanálisis gru- pal; implica dos debates fundamentales: el primero, sobre la noción de realidad psíquica, y el segundo, sobre su exten- sión en entidades pluri-psíquicas organizadas, como lo es un grupo.

Los modelos pos-freudianos: el grupo como entidad

ps1qmca

La organización de un dispositivo de grupo capaz de res- ponder a las exigencias del método psicoanalítico permitió poner a prueba la validez de estos primeros modelos y con- firmar su interés clínico y teórico. Las construcciones de- sarrolladas sobre estas bases se organizaron principalmen- te en tomo de los modelos propuestos por W.-R. Bíon y por S.-H. Foulkes en Inglaterra, después en Francia por D.An- zieu y por mí mismo. 'Iras la primera invención psicoana- lítica del grupo (Viena 1902, cf. el capítulo 1), la segunda y la tercera invención se caracterizan en primer lugar por la or- ganización de una situación clínica a.decuada para favore- cer la investigación y la práctica terapéutica de un disposi- tivo de trabajo fundado en los principios metodológicos del psicoanálisis.

Londres, 1940

Suhsisu~ ulgo do inctirtidumhn1 y ele indecisión cuando fijamos una focha de origen u un movimiento. Antes de 1940, existieron en Londres y en otras partes tentativas de pensar el grupo como lugar de fenómenos específicos: Slav- son, Schilder y otros esbozan fecundas proposiciones, bos- quejan dispositivos que servirán de modelo a las investiga- ciones posteriores. Sin embargo, es justo considerar que la verdadera invención psicoanalítica del grupo como entidad pensada con el auxilio de algunos conceptos del psicoaná- lisis y comprobada en una situación apropiada se produce en Londres, en 1940. Merecen ser mencionadas las circunstancias en que esto sucede: algunas semanas después de la muerte de Freud, algunos meses después del comienzo de la segunda guerra mundial, en el mismo hospital de Northfield, situado en las cercanías de Londres, dos psicoanalistas, que no se tratan, organizan un dispositivo metodológico de grupo que institu- yen según el modelo de la cura, y sientan las bases de una teoría de los grupos a partir de esta nueva situación psico-

analítica.1

1 De W.·R. Bion, es necesario leer Recherches sur les petits groupes

(1961), pero también las elaboraciones de L'attention et l'interprétation (1970)

y los dos tomos (1977 y 1979) de Une mémoire du futur. Sobre Bion y su concepción del grupo, los trabajos de referencia son los de (o editados por) L. Grinberg (1973), M. Pines (1985), C. Neri, A. Correale y P. Fadda (1987), F. Corrao (1984), J.-C. Rouchy (1986). Una entrega de la Revue de Psycho· théropie Psychanalytique de Groupe estuvo dedicada a Bion (5-6, 1986). De S.·H. Foulkes, se leerá principalmente Psychothéropie et analyse de groupe (1964) y, en colaboración con E.-J. Anthony, Psychothérapie de groupe, approche psychanalytique (1957). Un artículo de D. Brown (1986) compara los postulados básicos de Foulkes y de Bion, en tanto que un estudio de M. Laxenaire (1983) intenta trazar un paralelo entre el estruc· turalismo de Foulkes y el de Lacan. Bajo la dirección de M. Pines (1983) se emprendió una excelente actualización de los trabajos que se inscriben en

la corriente del Group-analysis.

En la Argentina, la corriente más activa del psicoanálisis y de la psico- terapia de grupo se constituyó a partir del impulso que le dieron las inves· tigaciones de E. Pichon·Riviere, J. Bleger, L. Grinberg, M. Langer, E. Ro- drigué, I. Berenstein, J. Puget, A. Cuíssard, A. de Quiroga, M. Bernard, R. Jaitin (cf. bibliografía). Un trabajo reciente de A.M. Fernández (1989) propone una mirada crítica sobre estas distintas corrientes. Entre los trabajos e investigaciones realizados en Italia, se destacan por su vigor los de F. Con·ao, C. Neri, A. Correale, los de D. Napolitani, F. Na-

Aspectos del modelo bioniano: cultura y mentalidad de grupo; los supuestos básicos

W.-R. Bion elaboró en 1961 un robusto modelo teórico para explicar formacíones y procesos de la vida psíquica en los grupos; los conceptos por él creados consideran al grupo como una entidad específica y permiten calificar de grupa- les a los fenómenos que se producen en él. Las investigaciones psicoanalíticas de W.-R. Bion hacen posible distinguir y articular dos modalidades del funciona- miento psíquico en los pequeños grupos, cualesquiera que sean. La primera define al grupo de trabajo: en él prevale- cen los procesos y las exigencias de la lógica secundaria en la representación del objeto y del objetivo del grupo, en la organización de la tarea y de los sistemas de comunicación que permiten su logro. Esta modalidad de funcionamien- to, que aspira a una congruencia, en el orden de la lógica se- cundaria, entre la representación de la tarea, la red de co- municación y el objetivo del grupo, ha sido particularmente estudiada por los psicosociólogos cognitivistas. 2 La segunda modalidad del funcionamiento psíquico es la del grupo básico, definida por el concepto de mentalidad de grupo. Todos los grupos, incluso los grupos de investigación, funcionan con arreglo a estos supuestos básicos y a sus ten- siones con el grupo de trabajo. La cultura de grupo es la estructura adquirida por el grupo en un momento dado, las tareas que se asigna y la organización adoptada para su cumplimiento. La mentali- dad de grupo es definida como la actividad mental que toma forma en un grupo a partir de la opinión, la voluntad y los deseos inconcientes, unánimes y anónimos de sus miem- bros. Las contribuciones de estos a la mentalidad de grupo, que constituye el continente, permiten cierta satisfacción de sus pulsiones y de sus deseos; sin embargo, esas contribu- ciones deben mantener conformidad con las otras contri-

politani, S. de Rísio, L. Ancona, F. Vanni. G.-M. Pauletta d'Anna (1990) ha dirigido una obra colectiva que hace un balance de las elaboraciones ac- tuales en la corriente foulkesiana, mientras que la obra colectiva dirigida por C. Neri, A. Correale y P. Fadda (1987) dilucida las orientaciones de la corriente bioniana. 2 En Francia, lo atestiguan principalmente los trabajos de S. Moscovici, C. Flament, J.-C. Abric, J.-P. Codo!.

buciones del fondo común, y estar sustentadas por él. La mentalidad de grupo presenta, así, una uniformidad, en contraste o en oposición con la diversidad de las opiniones, de los pensamientos y de los deseos propios de los individuos que contribuyen a formarla. La mentalidad de grupo garan- tiza el acuerdo de la vida del grupo con los supuestos básicos (basic assumption) que organizan su discurrir. El concepto de supuesto básico fue creado por Bion para considerar los diferentes contenidos posibles de la menta- lidad de grupo. Los supuestos básicos están constituidos por emociones intensas, de origen primitivo, que juegan un pa- pel determinante en la organización de un grupo, la realiza- ción de su tarea y la satisfacción de necesidades y deseos de sus miembros. Son y permanecen inconcientes, subordi- nados al proceso primario; expresan fantasías inconcientes. Son utilizados por los miembros del grupo como técnicas mágicas destinadas a tratar las dificultades que encuen- tran, y principalmente para evitar la frustración inherente al aprendizaje por la experiencia. Bion hizo evidente la se- mejanza de sus características con los fenómenos descritos por M. Klein en sus teorías sobre los objetos parciales, las angustias psicóticas y las defensas primarias. Desde este punto de vista, los supuestos básicos son reacciones grupa- les defensivas a las angustias psicóticas reactivadas por la regresión impuesta al individuo en la situación de grupo. Según Bion, tres supuestos básicos son los representan- tes de tres estados emocionales específicos pero, si bien organizan el curso de los fenómenos psíquicos propios del grupo y satisfacen deseos de sus miembros, no se activan simultáneamente en el grupo: se alternan y prevalecen en él durante un cierto tiempo. Cuando el grupo se organiza según el supuesto básico Dependencia, se crea y persiste en el grupo la convicción de que se ha reunido para recibir de alguien (un guía, un maes- tro, un terapeuta) o de algo (una idea, un ideal, una organi- zación), de los que depende de una manera absoluta, la se- guridad y la satisfacción de todas las necesidades y todos los deseos de sus miembros. El grupo es representado como un «organismo inmaduro», y una «fantasía colectiva» sostiene la representación de una dependencia para la «nutrición psíquica y física» del grupo. La cultura de grupo correspon· diente a este supuesto se organiza en torno de la búsqueda

de un líder más o menos divinizado; se manifiesta por la pasividad y la pérdida del juicio crítico. El supuesto básico de Ataque-Fuga reposa en la fantasía colectiva de atacar o de ser atacado: el grupo está conven- cido de que existe un objeto malo interno-externo encarnado por un enemigo. Este enemigo puede ser un miembro del grupo, o una idea mala, una idea adversa o una idea equivo- cada. En los grupos terapéuticos, la enfermedad puede re- presentar este objeto al que es necesario atacar y destruir, o evitarlo y huir de él. En los grupos de investigación, el error no es lo único que suele ocupar este lugar: la idea nueva es frecuentemente asimilada a él. El grupo que funciona según esta hipótesis encuentra su líder entre las personalidades paranoides aptas para alimentar esta idea, y organiza su cultura sobre estas bases. El supuesto básico de Apareamiento se sostiene en la fantasía colectiva de que un ser o un suceso por venir resol- verá todos los problemas del grupo: a menudo una esperan- za mesiánica es ubicada en una pareja cuyo hijo, no conce- bido aún, salvará a este grupo de sus sentimientos de odio, de destrucción o de desesperanza. La cultura del grupo se organiza en torno de la pareja-líder, y sobre la idea de que únicamente el porvenir es portador de las soluciones espe- radas; por este motivo, para que el porvenir advenga, la es· peranza mesiánica no debe realizarse jamás. La pertinencia de las proposiciones de Bion se ha visto confirmada tanto en el análisis de los grupos primarios na- turales y artificiales como en el análisis de los grupos insti- tucionales. Todos los grupos, incluidos los grupos de inves- tigación, funcionan con arreglo a estos supuestos básicos y a sus tensiones con el grupo de trabajo. El aparato teórico desarrollado por el psicoanálisis inglés en sus posteriores investigaciones sobre el pensamiento y las estructuras de los vínculos internos e intersubjetivos ha conseguido acre- centar la precisión y la amplitud de estas hipótesis.

Algunos aportes de Foulkes y Ezriel: el grupo como matríz psíquica, la resonancia fantasmátíca

El aporte fundamental de Bion no ha sido integrado a la corriente del Group-analysís, formada principalmente por

8.-11. Foulkes,J. HickmanyH. Ezriel, sobre bases teóricas y motodol<Ígicas sensiblemente diferentes. En sentido amplio, el grupo-análisis es un método de in- vestigación de las formaciones y los procesos psíquicos que se desarrollan en un grupo; funda sus conceptos y su técnica en algunos de los datos fundamentales de la teoría y del mé- todo psicoanalíticos, y en elaboraciones psicoanalíticas ori- ginales exigidas por la consideración del grupo como enti- dad específica. En un sentido más restringido, el grupo-aná- lisis es una técnica de psicoterapia de grupo y un dispositivo de experiencia psicoanalítica del inconciente en situación de grupo. En la base del grupo-análisis foulkesiano hay cinco ideas principales: la posición de escuchar, de comprender e interpretar al grupo en tanto totalidad en «el aquí-y-ahora>>; la consideración de la trasferencia «del grupo» sobre el ana- lista solamente y no de las trasferencias intragrupales o la- terales; la noción de resonancia inconciente (Ezriel precisa:

fantasmática) entre los miembros de un grupo; la tensión común y el denominador común de las fantasías inconcien- tes del grupo; la noción de grupo como matriz psíquica y marco de referencia de todas las interacciones. El primer postulado de Foulkes es que «la naturaleza social del hombre es un hecho fundamental e irreductible. El grupo no es el resultado de la interacción entre indivi- duos. Consideramos que toda enfermedad se produce en el interior de una red compleja de relaciones interpersonales. La psicoterapia de grupo es una tentativa de tratar la red entera de las perturbaciones, sea en el punto de origen en el grupo de origen -primitivo-, sea colocando al individuo perturbado en condiciones de trasferencia en un grupo ajeno» (S.-H. Foulkes, 1964; trad. fr., 1970, pág. 108). De los dos años que Foulkes trabajó con K. Goldstein en el Instituto de Neurología de Francfort, antes de emprender su formación psicoanalítica, conservó la idea central del guestaltismo -la misma que inspiró a K. Lewin- y la apli· có a su concepción del individuo y del grupo: la totalidad precede a las partes, es más elemental que ellas, no es la suma de sus elementos. El individuo y el grupo forman un conjunto del tipo figura-fondo. El individuo en un grupo es como el punto nodal en la red de las neuronas. A la noción de Knotenpunkt, que Freud ya había utilizado a propósito de la red de las series asociativas en La interpretación de los

sueños, Foulkes la descubre con la neurología y con el abor- daje estructural del comportamiento, de K. Goldstein. De esta idea fundamental deriva para Foulkes la de que

el grupo posee propiedades terapéuticas específicas: la prác-

tica del análisis de grupo que elabora en Londres al comen- zar la década de 1940 -en el mismo hospital de Northfield donde Bion, por la misma época, reúne las bases clínicas de su teoría-, se justifica así: «La idea del grupo como matriz psíquica, el terreno común de las relaciones de operaciones, incluidas todas las interacciones de los miembros partici- pantes del grupo, es primordial para la teoría y el proceso de la terapia. Todas las comunicaciones sobrevienen en el interior de este marco de referencia. Un fondo de compren- sión inconciente, en el cual se producen reacciones y comu- nicaciones muy complejas, está siempre presente» (ibíd., pág. 109). Los principales factores terapéuticos del grupo son cua- tro: el primero es la estimulación a la integración social y el alivio del aislamiento; Foulkes insiste en «la necesidad fun- damental que tiene el individuo de ser comprendido por el grupo y de estar ligado a él», a pesar de su impulso a retirar-

se de allí: «El fundamento social -escribe-- prevalece de manera inmediata». El segundo factor es la reacción del espejo, que aparece «de modo característico cuando cierto número de personas

se encuentran y actúan una sobre otra. Un individuo se ve a

sí mismo -a menudo, en la parte reprimida de sí mismo--

reflejado en las interacciones de otros miembros del grupo. Los ve reaccionar de igual manera a como él mismo lo hace,

o en contraste con su propio comportamiento. Aprende a

conocerse a sí mismo -y ese es un proceso fundamental en

el desarrollo del yo- por la acción que ejerce sobre los otros

y por la imagen que ellos se forman de él» (íbid.). Un tercer factor es el proceso de comunicación: todos los datos observables, concientes o inconcientes, verbales o no verbales, son comunicaciones pertinentes, sea de los parti- cipantes, sea del grupo considerado como un todo. Foulkes considera más importante el proceso de la comunicación que la información suministrada: «El grupo terapéutico es- tablece una zona común en Ja cual todos los miembros pue- den comunicar y aprender a comprenderse unos a otros. En el interior de este proceso, los miembros del grupo comien-

znn a entender el lenguaje del síntoma, de los símbolos, de

los sueños, tanto como las comunicaciones verbales. Deben uprenderlo por la experiencia para que sea significativo y,

Este proceso

de comunicación tiene mucho en común con el proceso que vuelve a hacer conciente lo inconciente» (ibid., págs. 110-1).

La necesidad de recurrir al método de la libre asociación de las ideas en situación de grupo, que Foulkes esboza rápida- mente y que apenas elaborará después, reposa en los con- ceptos de red y proceso de comunicación. El cuarto factor es la interdependencia de las modifica- ciones que sobrevienen en el grupo y en los individuos que lo componen, «aun si no nos dirigimos a cada uno de ellos en partícular» (ibid., pág. 156). Si bien el campo de acción del análisis de grupo es el grupo, su finalidad es para Foulkes «el grado óptimo de liberación e integración del individuo» (1948). El campo de acción es precisamente la red de las interacciones en la matriz psíquica (mental) del grupo. Estos cuatro factores terapéuticos del grupo definen me- jor que las proposiciones teóricas de Foulkes la noción de que el grupo es una totalidad productiva de formaciones psíquicas específicas cuya homologación con las del aparato psíquico quedará por precisar. El concepto de resonancia inconciente, introducido por Foulkes y precisado por Ezriel como resonancia fantasmática, merece una atención par- ticular: vuelve a plantear la espinosa cuestión del estatuto de la fantasía en los grupos. La referencia metafórica del concepto de resonancia está tomada de la física. Dos nociones son importantes aquí: la de vibración excitadora y la de amplitud de esa vibración cuando esta se aproxima a la frecuencia propia del sistema del que forma parte. Foulkes (1948) utilizó esta noción para describir empíricamente un proceso psíquico vrimario de la intersubjetividad constituido en la relación simbiótica del niño y la madre: la resonancia inconciente se define como el conjunto de las respuestas emocionales y conductales incon- cientes del individuo a la presencia y a la comunicación de otro individuo. La vibracic5n excitadora c;lespertaría en ese caso el mismo universo pulsional y representativo entre los sujetos, manteniéndolos en una interacción mutua. Esta resonancia fue especificada por II. Ezriel (1950) como reso- nancia fantasmática. El campo de aplicación de la noción es

en consecuencia, terapéuticamente eficaz

tanto el de la cura individual como el del grupo-análisis. En los grupos, la resonancia fantasmática es un agente de la tensión común y del común denominador del grupo: la fan- tasía de un participante despierta y moviliza otras forma- ciones fantasmáticas en otros miembros del grupo en rela- ción de resonancia con el primero. Esta noción debería ser opuesta a otra, complementaria:

la de interferencia; si mantenemos la misma referencia fí- sica, la interferencia designa el encuentro de dos ondas de igual dirección que pueden reforzarse o anularse según que sus crestas se superpongan o la de una encuentre el valle de la otra. La lógica de la metáfora nos lleva de este modo a tomar en consideración esos movimientos en que el des· perlar de una pulsión o de una representación moviliza o un refuerzo o un antagonismo y una inversión: esto se traduce en términos de mecanismos de defensa, de represión y de renegación para luchar contra el exceso de carga o la repre- sentación intolerable. Este punto de vista complementario, que no parece adoptado por Foulkes y Ezriel, es un proceso fundamental de lo que llamo el acoplamiento psíquico.

El grnpo como entidad psíquica, objeto del análisis

Todos estos modelos de funcionamiento del grupo tienen como fundamento la hipótesis de que el grupo es una orga· nización y un lugar de producción de la realidad psíquica, una entidad relativamente independiente de la de los indi· viduos que lo forman. Una consecuencia práctica de esta hipótesis teórica, más allá de la diferencia de tratamiento que recibe en Bion y en Foulkes, es que el grupo como enti- dad es el objeto de la investigación y del trabajo psicoana- lítico. Los conceptos de mentalidad de grupo, de cultura de grupo y de supuesto básico, los de red de las comunicaciones inconcientes, de matriz grupal y de resonancia fantasmá- tica hacen del grupo una entidad generadora de efectos psíquicos propios. Estos conceptos coristituyen al grupo como destinatario de la interpretación. Si bien la interpre- tación se piensa y se da en términos de grupo, evidente- mente se dan por supuestos sus efectos en éada individuo, a través de los vínculos que lo unen a la matriz del grupo o que lo sitúan en su campo de fuerzas. Pero este vínculo, y lo

quo cu<la uno apuesta en él, no será interpretado directa- mente. Foulkes, como Bion, supone que el inconciente pro- duce efectos específicos en el grupo, pero lo trata más como una cualidad ligada a los fenómenos producidos que co- mo una instancia o un sistema constitutivo de las formacio- nes y de los procesos intersubjetivos. Destaquemos esto: las primeras teorías del grupo, las propuestas por Lewin (1947) o por Moreno (1954), pero tam- bién por Foulkes o por Bion, son teorías que inscriben al grupo como entidad específica, en la que las contribuciones de los sujetos, su estatuto mismo de sujeto singular y de su- jeto del grupo, son tratadas como procesos y contenidos anónimos y desubjetivados. Bajo este aspecto -dicho de otra manera-, las primeras teorías del grupo, que lo consti- tuyen como objeto epistémico y como espacio psíquico espe- cífico, son teorías en las que el sujeto desaparece en aquello que lo singulariza: su historia, su emplazamiento en la fan- tasía inconciente, la idiosincrasia de sus pulsiones, de sus representaciones, de su represión. Será necesario esperar a que los trabajos de la escuela francesa restituyan al grupo su valor de objeto psíquico pa- ra sus sujetos, para que se inicien investigaciones sobre los acoplamientos psíquicos del grupo y sobre lo que los orga- niza, para que se determinen las ilusiones por las que se establece el vínculo grupal, pero también las modalidades del trabajo psíquico en los grupos.

La tercera invención: París, 1960

La tercera invención psicoanalítica del grupo es contem- poránea de varios movimientos cuyas afinidades, al menos para dos de ellos, quedarían por establecer; me refiero en primer lugar a las rupturas y a las creaciones instituciona- les en el seno del movimiento psicoanalítico francés: 1963, creación de la Escuela freudiana de París; 1964, creación de la Asociación Psicoanalítica de Francia. En gran parte, es- tas creaciones se generan en los conflictos que se organizan en torno de la posición de J. Lacan antes y después de la es- cisión que lo lleva a fundar su propia Escuela. El acto de fundación de esta merece ser recordado porque interesa a nuestro propósito. Lacan proclama, héroe solitario: «Fundo

-tan solo como he estado siempre en relación con la causa psicoanalítica- la Escuela francesa de psicoanálisis Pero sólo por la mediación de los grupos, y únicamente de los grupos a los que dará el nombre de carteles, se efectuará la adhesión a la Escuela. Los instrumentos para la realiza- ción de los objetivos de la Escuela serán el grupo y el poder del Más-de-Uno en el cartel y no los sujetos psicoanalistas en su singularidad. Lo que no impedirá al mismo Lacan, en un artículo de la revista Scilicet, el único firmado con un nombre, el suyo, denunciar los efectos de grupo que <<mide por la obscenidad que agregan a los efectos imaginarios del discurso». De este modo se repite el dominio del grupo y la prohibición de pensarlo y, a fortiori, de elaborar una prácti- ca psicoanalítica de él. El clivaje entre el lugar considerable que es asignado al grupo en la fundación de la institución psicoanalítica y su rechazo como objeto antipsicoanalítico, sustraído de la elaboración psicoanalítica, no puede sino producir uno de esos efectos de retomo en lo real, en forma de violencia y destrucción de los aparatos para pensarlo. 3 ¿Qué es esto, pues, sino un efecto de grupo?

».

Para dar un sentido psicoanalítico a los «efectos de grupo»

Esta noción aparece en primer lugar en los trabajos de etología animal que, hacia 1920, emprenden investigacio- nes de fisiología social. Los trabajos de Uvarov sobre el sal- tamontes peregrino, retomados y desarrollados en labora- torio por Chauvin, son lo bastante conocidos para que po- damos limitar aquí su exposición a lo esencial. Se sabe que el saltamontes peregrino existe bajo dos formas que difieren por diversos caracteres morfológicos importantes: una es solitaria y sedentaria, la otra, gregaria y migratoria. Cuan- do las condiciones del medio se vuelven favorables, la espe- cie en su forma solitaria comienza a pulular y se produce un efecto de grupo que modifica la morfología y el comporta- miento de los saltamontes; se trasforman sus sistemas ner- viosos y endocrinos, lo que impulsa un aumento del metabo-

3 La obra de F. Roustang (1976) podría ser una referencia. Las historias del psicoanálisis no toman en cuenta estas investigaciones. El libro de J. Chemouni (1991) es una valiente excepción.

lismo, de la actividad, y un crecimiento del desarrollo en el curso de cambios sucesivos. Aparece una afinidad social que acrecienta el agrupamiento en masas cada vez más nume- rosas y voluminosas; cuando un individuo cualquiera toma vuelo, una imitación refleja provoca el vuelo de todos. El efecto de grupo modifica el comportamiento y provoca la afi-

nidad social que sensibiliza a la in.fluencia recíproca de las estimulaciones sensoriales entre congéneres, influencia que

a su vez acelera los efectos de grupo. R. Chauvin puso en

evidencia, en laboratorio, la reversibilidad del proceso: si la

puesta en grupo de los sedentarios basta para trasformar- los, el aislamiento de los gregarios los devuelve a su morfo- logía de solitario.4 Los trabajos de fisiología social pusieron en evidencia efectos de grupo en otros animales; mostraron que el agru- pamiento puede constituir una protección eficaz contra la

hostilidad del medio, que influye sobre la sexualidad y la ta· sa de reproducción, que modifica el crecimiento. La imita· ción refleja que estos efectos inducen ha sido observada en

el pez rojo (se pone frente a frente con su imagen en el espe·

jo), en el cordero y en el hombre (el bostezo «social»). Seguramente, la trasposición de estos resultados al hombre plantea los problemas clásicos de las diferencias entre el animal y el hombre. Los efectos que la prolongada infancia humana tiene sobre el desarrollo del aprendizaje y de la cultura, la importancia decisiva del lenguaje articu- lado, la institución de leyes, reglas y símbolos sociales, la formación de las identificaciones, diferentes de la imitación en su génesis y en su funcionamiento, confieren, entre otros rasgos, una especificidad a la socialidad humana. La parte de los montajes innatos, instintuales y automáticos está disminuida a la vez que inscrita en una organización dife- rente. La hipótesis psicoanalítica del inconciente sostiene otras hipótesis sobre los efectos de grupo y los procesos psí· quicos que estos generan y modifican. Sin embargo, antes de considerar esto, un rodeo por las investigaciones de la psicología social confirma el interés de esta noción y le da un primer contenido psíquico. Retomaré

4 Se pueden consultar los trabajos de R. Chauvin en sus obras sobre los insectos (1956) y sobre el comportamiento social en los animales (1961), donde expone los efectos de grupo y los efectos de masa.

aquí la experiencia princeps de M. Sherif (1935) sobre las presiones conformistas y la creación de las normas de gru- po. En laboratorio, Sherif reúne a una serie de individuos a quienes coloca en una situación tal que deban emitir un jui- cio sobre un fenómeno que puede ser apreciado cuantitati- vamente de diferentes maneras. Sherif utiliza como soporte técnico de su experiencia el efecto autocinético de un punto luminoso proyectado sobre el muro de una sala oscura. En esta situación, el marco de referencia perceptiva desaparece y el punto luminoso es percibido en movimiento. Sherif es- tudia la estimación o la amplitud del movimiento percibido en dos situaciones diferentes: cuando el individuo está ais- lado (a); cuando está en situación de grupo (g). De hecho, en la situación experimental se constituyen dos situaciones de grupo: según que la evaluación se haga primero indivi- dualmente y después en grupo (a g), o a la inversa (g a). En situación de grupo, cada individuo anuncia pública y oral- mente su estimación. Los resultados obtenidos son los siguientes: en las situa- ciones en que el individuo está aislado (a, ag), las estimacio- nes resultan muy dispersas en el conjunto de la población, pero, después de varias experiencias, las variaciones de los juicios de cada individuo tienden a estabilizarse en torno de una norma perceptiva propia. En situación de grupo, la dis- persión de los juicios individuales se reduce considerable- mente y las normas perceptivas individuales son rempla- zadas por una norma perceptiva de grupo. Las estimaciones individuales posteriores a los juicios emitidos en grupo (g a) son influidas por la norma de grupo que se conserva así interiorizada por los miembros del grupo. La convergencia entre estimación individual y norma de grupo es sin em- bargo menos marcada cuando los individuos han sido colo- cados previamente en situación individual (a g). El efecto de grupo que produce la norma perceptiva de grupo depende de la influencia recíproca que ejercen los in- dividuos unos sobre otros cuando, en las condiciones de la experiencia, están reunidos. La experiencia de Sherif per- mite suponer que la incertidumbre en cuanto a la estima- ción del movimiento autocinético se ve reducida por el efecto normativo del grupo. La conformidad con la norma llega a ser en ese caso un criterio del examen de realidad. Los fenó- menos puestos en evidencia por Sherif se manifiestan en los

grupos reunidos para tratar un problema común. Son tanto más activos cuanto más vinculado a los fines principales y a la tarea primaria del grupo está el problema por resolver. Observaciones ulteriores mostraron que las normas son reforzadas o restablecidas cuando la cohesión del grupo se ve amenazada y cuando se enuncian en giros de lenguaje propios del grupo, o en refranes. En ese caso, encuentran en los efectos de discurso una fuerza de confirmación impor- tante: este punto de vista no es anodino tan pronto como nos interesemos por los procesos asociativos en los grupos y por los efectos de discurso que allí se producen; presiones con- formistas y normas de grupo aseguran la permanencia del grupo y desarrollan en sus miembros el sentimiento de per- tenencia a él. Sin embargo, es necesario no perder de vista en ningún caso que tales experiencias muestran que el efecto de grupo, para producirse, debe encontrar de una u otra manera en los miembros del grupo una tendencia o una predisposición favorable a su constitución. Desde este punto de vista nos interesan aquí tanto la crítica de Lacan como su debate.

El efecto de grupo como aumento de obscenidad en el efecto imaginario del discurso

«Mido -€scribeLacan- el efecto de grupo por la obsce- nidad que agrega al efecto imaginario del discurso» (1973, pág. 31). Esta proposición, entre las raras y decisivas que Lacan enunció sobre el grupo, 5 indica una verdadera cues- tión; pero ha tenido como efecto (de grupo) cerrar la investi- gación para toda una corriente del psicoanálisis, al denun- ciar los efectos de grupo en lugar de proponerlos para el análisis. El interés de Lacan por los efectos de grupo estudiados por la etología animal se manifiesta cuando pronuncia sus conferencias en la Escuela Normal Superior de la calle Ulm. Reproduciendo ante sus oyentes la observación de Uvarov y de Chauvin, lleva a una de sus conferencias saltamontes peregrinos aislados en tubos de ensayo y muestra las tras-

5 Sobre Lacan y la cuestión del grupo, además del artículo de 1971, podrá leerse la «Lettre de dissolution de l'Ecole freudienne de Paris» (1980) y el «Acte de fondation de l'Ecole fran~aise de psychanalyse» (1964).

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formaciones producidas por su gregarización. Si, para La- can, el efecto de grupo se traslada a lo humano, es porque lo asocia a lo que produce el efecto imaginario del discurso, al que refuerza; pero el efecto de grupo se relaciona en primer lugar con la concepción de Lacan del yo como lugar de las identificaciones imaginarias del sujeto: el yo es la distancia que separa al sujeto de su verdad, condensa todos sus idea- les, todas las imágenes de lo que quiere o piensa ser; el yo se objetiva en sus imágenes, y estas son el efecto de lo que le resulta insoportable en la prueba que hace de su falta de ser, en su relación con el lenguaje, en su deseo y su verdad:

«Es porque evita ese momento de falta que una imagen aparece en la posición de soportar todo el peso del deseo:

proyección, función de lo imaginario» (1966, pág. 655). El acceso al lenguaje, si bien enfrenta con la imposible coinci- dencia del sujeto de la enunciación y del sujeto del enun- ciado, no está exento de la recaída en la captura imaginaria del yo por su reflejo especular: «Al yo del que hablamos -es- cribe Lacan en la introducción al comentario de Jean Hyp- polite- es absolutamente imposible distinguirlo de las cap- taciones imaginarias que lo constituyen de pies a cabeza, en su génesis como en su estatuto, en su función como en su actualidad, por otro y para otro» (1966, pág. 374). El efecto imaginario del discurso es la forma imaginaria de su yo que el sujeto impone al otro con el que se identifica. No es más que el representante de un significado reprimido cuya referencia está oculta y perdida en la obscenidad de la imagen o de una palabra que lo representaría por entero. El efecto de grupo fija, reforzándola, la función esencial de desconocimiento adherida a las formaciones de lo imagina- rio, y el grupo se constituye, para él y con su concurso, en virtud de sus efectos miméticos y alienantes, en el mismo registro. Pero Lacan nunca ha dicho nada que diera a en- tender que esto imaginario se pudiera simbolizar, que fuera el lugar de algo distinto de un aumento de alienación. Se pasa de una verdadera cuestión a una petición de principio rebelde a cualquier puesta a prueba. Eppur, si

/ lerencia y crítica de la dinámica de los grupos lewiniana

El segundo movimiento eficaz, que presumo no está desvinculado del primero, es el constituido por la crítica que algunos psicoanalistas, hace poco ligados a Lacan, hacen de la psicosociología, principalmente de la dinámica de los grupos y del morenismo, en especial de su imaginario de la curación social por el psicodrama y la sociometría. Estas prácticas constituyen, en efecto, las referencias prevalentes en el ejercicio de una práctica psicoanalítica de grupo, ejer- cicio que trasgrede así ciertas prohibiciones proferidas por los ancestros fundadores. Tal vez no sea inútil recordar los principales postulados de Lewin: serán objeto de la crítica queJ.-B. Pontalis (1958- 59) y D. Anzieu (1964) dirigirán a la dinámica de los grupos para fundar, en esa ruptura epistemológica, una aproxi- mación psicoanalítica a la grupalidad. Para Lewin, el gru- po forma una totalidad dinámica y estructural diferente y distinta de la suma de sus elementos constituyentes. Este punto de vista guestaltista, cercano a la concepción durk- heimíana de la sociedad, sostiene que los grupos son irre- ductibles a los individuos que los componen. Através de una larga serie de investigaciones precisas, que transitan del la- boratorio al terreno social, Lewin utilizará un dispositivo de tratamiento de la resistencia al cambio, despejará los ejes teóricos y metodológicos de la dinámica de los grupos, soli- daridades, fronteras, relaciones conflictivas y dispositivos de negociación entre las partes y el conjunto, entre los con- juntos mismos. A los principios dinámicos revelados por Lewin se agre- ga un efecto económico de grupo, efecto que no dejarán de aprovechar todos los que ponen en práctica dispositivos de cambio individual o colectivo, con fin terapéutico o formati- vo. Que la modificación de la estructura del conjunto puede, en ciertas condiciones, cambiar la economía de los elemen- tos constitutivos, y recíprocamente, es una característica que no es indiferente para el contexto más amplio en el cual se inscribe en Francia el desarrollo de las ideas lewinianas. El esfuerzo emprendido por la Francia de posguerra para reconstruir la organización económica y social afecta· da por el conflicto, favoreció el ingreso en los medios «psi- quistas» de las prácticas y de las teorías grupales. Estas

prácticas presentaban dos grandes ventajas: la posibilidad de ofrecer tratamiento psicológico a un número mayor de su- jetos era particularmente congruente con los objetivos de la Seguridad Social recientemente creada; la participación de las técnicas de grupo en un proyecto colectivo, ideológico, de resocialización y de readaptación del yo, se conjuga con las corrientes surgidas de la Ego psychology en pleno de- sarrollo en ese momento: estimular la creatividad, mejorar las «relaciones humanas», reforzar la cohesión social y los ideales del yo eran los objetivos más o menos explícitos que podían pretender alcanzar las corrientes grupalistas. Vieja utopía que encontraba, en los proyectos grandiosos de un Moreno, un eco y una práctica, y que desarrollaba a escala social una forma de la ilusión grupal made in USA y cuyas determinantes serán señaladas por los críticos de la in- fluencia americana en Europa.

La ruptura epistemológica introducida por el psicoanálisis en la concepción del grupo

Esta ruptura admite al menos un rasgo en común con la ruptura del psicoanálisis respecto del saber y la práctica de la medicina, de la filosofía y de la psicología: lo que se modi- fica es el estatuto del objeto; esencialmente observado y ma· nipulado este en el accionar de la medicina y· la psicología, es considerado por el psicoanálisis bajo el aspecto de estar investido por la pulsión y la fantasía. De este modo, el grupo ya no es concebido preferentemente como la forma y la es- tructura de un sistema estabilizado de relaciones interper· sonales donde operan fuerzas equilibradoras, representa· ciones productoras de normas y de procesos de influencia, presiones conformistas, emplazamientos de status y roles. En el campo psicoanalítico, es preferentemente un objeto de investiduras pulsionales y de representaciones inconcien- tes, un sistema de ligazón y desligazón intersubjetivas de las relaciones de objeto y de las cargas libidinales o mortífe- ras a ellas asociadas. Introducir la hipótesis del inconciente cambia el vertex, las perspectivas, los objetivos, aun si la po- sibilidad de explicar sus efectos se mantiene todavia impre- cisa. Los criterios de validez de las proposiciones sobre los grupos no anulan los de la microsociología, la morfología so-

ci11l y la psicología social: corresponden a campos epistémi- cos diferentes. Es difícil caracterizar exhaustivamente en unos pocos párrafos los cambios operados con ocasión de esta ruptura;· en cierta manera, todavía están en curso; en el interior mis- mo del abordaje psicoanalítico, algunas acentuaciones pri- vilegian aquello que constituye la ruptura. Si considero la forma en que tratamos en Francia esta cuestión a comien- zos de la década de 1960, veré en las proposiciones siguien- tes, formuladas por J.-B. Pontalis y por D. Anzieu, lo esen- cial de lo que en ese momento marcaba la diferencia.

La hipótesis del inconciente: en el seno de los grupos

operan procesos inconcientes. Son de diferentes niveles, re- gidos por la naturaleza de las identificaciones, de los meca- nismos de defensa, de los conflictos psicosexuales. En parte son edípicos y se organizan en torno de la ambivalencia hacia la figura del jefe; pero también son preedípicos y pregenitales y movilizan fantasías, identificaciones, meca- nismos de defensa y relaciones de objeto parciales, espe- cialmente las que corresponden a la organización oral de la libido. Las tensiones conflictivas oscilan entre estos tres polos de la organización estructural del aparato psíquico:

neurótica, narcisista, psicótica.

El pequeño grupo como objeto: debe ponerse el acento en

las investiduras y las representaciones cuyo objeto es el grupo. En 1963, Pontalis escribe que «no basta descubrir los procesos inconcientes que operan en el interior de un grupo, cualquiera que sea la ingeniosidad que en tal caso se des- pliegue: no bien se coloca fuera del campo del análisis la imagen misma del grupo, con las fantasías y los valores que lleva en sí, se elude de hecho toda cuestión sobre la función inconciente del grupo». Al destacar la importancia de las investiduras pulsionales y las representaciones de las que el grupo es objeto, Pontalis volvía a plantear la cuestión abierta por Freud, retomada por Slavson, de una pulsión llamada gregaria o social o de grupo. Se conoce la respuesta de Freud: « nos cuesta acordar al factor numérico una importancia tal que por sí solo pudiera despertar en la vida psíquica del hombre una pulsión nueva y no activada de or- dinario. Nuestros cálculos se orientan de hecho hacia otras

dos posibilidades: que la pulsión social pueda no ser origina- ria ni irreductible y que los comienzos de su formación acaso se descubran en un círculo más estrecho, por ejemplo el de la familia» (GWXIII, pág. 74; trad. fr., 1981, pág. 124). Freud no zanja el fondo de la cuestión. Los recientes tra- bajos sobre el apego sugieren que, antes de cualquier inves- tidura de objeto, la pulsión originaria de aferramiento en- cuentra en primer lugar un fundamento en la necesidad vital de asirse al cuerpo de la madre, de mantener con la su- perficie de su cuerpo y con la actividad psíquica que acom- paña los acercamientos un contacto previo a cualquier apuntalamiento de la pulsión en la experiencia de satisfac- ción de las necesidades corporales indispensables para la vida. Las investigaciones llevadas a cabo con autistas reu- nidos en grupo permiten sostener la hipótesis de que la pul- sión de aferramiento se encuentra en ellos particularmente activa. Pero una vez más, esto no nos lleva a suponer una pulsión social originaria, aunque la pulsión de asirse pudie- ra constituir el comienzo de la formación de una tendencia secundaria a eslabonarse (social) y a agruparse (grupal).

El grupo como realización de los deseos inconcientes: la

perspectiva abierta en 1963 porJ.-B. Pontalis sobre el esta- tuto de objeto que adquiere el grupo en la psique de sus miembros ha precedido en unos pocos años a la tesis deci- siva de D. Anzieu: el grupo es, como el sueño, el recurso y el lugar de la realización imaginaria de los deseos inconcien- tes infantiles. Según este modelo, que provee un principio de explicación tomado de la interpretación del sueño, los di- versos fenómenos que se presentan en los grupos se aseme- jan a contenidos manifiestos. Estos derivan de un número limitado de contenidos latentes. Si el grupo, como el sueño, es una realización imaginaria de un deseo, entonces los pro- cesos primarios, velados por una fachada de procesos secun- darios, son determinantes en él. El grupo, sea que cumpla eficazmente la tarea que se ha fijado, sea que se vea parali- zado, es un debate con una fantasía subyacente: «Los su- jetos humanos entran en los grupos de la misma manera que entran en el sueño mientras duermen». Lugar privile- giado de cumplimiento del deseo inconciente de sus miem- bros, el grupo moviliza en ellos los mecanismos de defensa del yo. Como el sueño, como el síntoma, el grupo es la asocia-

ción de un deseo que busca su vía de realización imaginaria, con defensas frente a la angustia suscitada en el yo portales cumplimientos. Esta derivación obedece a mecanismos determinados, los unos generales y propios de cualquier producción del in· conciente, y los otros específicos de la situación de grupo:

por ejemplo los que D. Anzieu llamó la ilusión grupal, o lo que yo señalé como la ideología y las alianzas inconcientes. Resulta de ello que la facilidad o la dificultad de comunica· ción entre los miembros dependen de la resonancia y de las oposiciones entre sus respectivas vidas imaginarias incon- cientes: se trata aquí de fenómenos sobre los cuales no ac- túan la mayoría de los métodos de formación y de discusión que pretenden mejorar las comunicaciones. Algunas variantes (no ofreceré una presentación ex- haustiva de ellas) que afectan la posición teórica del grupo se acompañan de modificaciones consiguientes en la meto- dología y en los principios explicativos: la situación metodo- lógica de grupo va a organizarse sobre el enunciado de la regla de libre asociación o de sus equivalentes en el juego psicodramático; la constitución de un campo de trasferen- cias, de resistencias y de contratrasferencias será la condi- ción de trabajo de la interpretación cuyos objetos y objetivos reflejarán el estado de la teoría: «bloqueos de la vida imagi- naria», «nudos paradójicos», «función resistencia! del lead- ership», «angustias arcaicas»; las interpretaciones estarán «centradas en el grupo» o, por el contrario, estrictamente dirigidas a los sujetos insertos en la situación, etcétera.

El aporte de Didier Anzíeu

Quisiera ahora tratar de precisar lo que juzgo la contri- bución propia de D. Anzieu a la invención psicoanalítica del grupo. Produce una primera acta sobre el estado de la cues· tión del grupo cuando enseña en la Universidad de Estras- burgo; el Boletín de la Facultad de Letras publica un primer balance crítico de la corriente psicosociológica. Estamos en 1964. La etapa inmediatamente posterior nos encamina ha· cia la afirmación de una realidad psíquica específica del grupo y, esta vez, se trata de la realidad psíquica inconcien- te. Esta afirmación se hace --es necesario señalarlo- con

relativa independencia respecto de las investigaciones in- glesas. La consistencia de esta realidad psíquica se cualifica en los trabajos que dirige y publica D. Anzieu sobre lo imagi- nario, sobre la ilusión, sobre las fantasías. En esta época se confecciona un primer inventario de lo que podríamos lla- mar los objetos necesariamente parciales del cuerpo grupal:

el grupo como boca, como seno, como vientre, pero también, en el registro de la fantasmática persecutoria, el grupo como máquina. Además se hará el inventario de las angustias es- pecíficas y los medios de defensa correspondientes a estas fantasías y a estas angustias. Todos estos elementos culmi- narán en la consumación del corte epistemológico introduci- do por el psicoanálisis en la concepción del grupo. Aquí el de- bate con Lewin -lo veremos en un instante-- es perma- nente. Este trabajo, que es permanentemente retocado, es tam- bién un trabajo en el cual se despejan y enuncian las reglas constitutivas del dispositivo de grupo conforme a la metodo- logía psicoanalítica. Didier Anzieu ha tenido el cuidado de precisar y examinar las reglas de estructuración de la prác- tica psicoanalítica, y de poner en evidencia el valor heurís-

tico de la contratrasferencia en la situación psicoanalítica. Sin esta exigencia, llevada a la práctica creativamente, sin duda yo no habría podido concebir la necesidad y las moda- lidades del análisis inter-trasferencial: fue ese en primer lu-

en el seno del grupo del CEFFRAP. 6 La

gar nuestro debate

contribución de D. Anzieu para el emplazamiento del dispo- sitivo psicoanalítico de grupo no habría podido producirse sin que se llevara a cabo, paralelamente y en interferencia con la práctica de la cura, la práctica asidua del grupo, del grupo de libre palabra y de psicodrama, es cierto, pero tam-

bién del grupo cuya fundación, co-creación y desarrollo él aseguró, El principio generador del CEFFRAP es que sólo un grupo que se da a sí mismo un mínimo de reglas de fun- cionamiento adecuadas para poner en evidencia las forma-

6 Círculo de estudios franceses para la investigación y la formación en psicología dinámica, fundado en 1962 por D. Anzieu y un pequeño grupo de psicoanalistas y psicosociólogos; D. Anzieu ha escrito un ensayo sobre la historia de las ideas en el CEFFRAP en su (Edipe supposé conquérir le groupe (1976); resta aún escribir m;1a historia más amplia sobre el con· junto de los movimientos que se han constituido en Francia para inscribir al grupo en una referencia psicoanalítica.

ciemos y los procesos del inconciente y, lo destaco, para pro- ducir efectos de análisis, solamente un grupo tal puede al- canzar la disposición favorable para hacer la experiencia de la realidad psíquica grupal y elaborar allí el conocimiento psicoanalítico. En este principio puesto efectivamente en práctica, no sin crisis, con ciertas rupturas y ciertas supe- raciones, hay una suerte de modelo metodológico para ex- plorar las condiciones psicoanalíticas de una institución psicoanalítica, y, como en todo modelo, hay, naturalmente, una parte de utopía y de idealización. Pero se trata de una utopía puntual, lo bastante soñadora para que no arraigue inmediatamente en los efectos de lo instituido. Cuando D. Anzieu introduce, a partir de los datos de la cura, la noción de yo-piel, y después el concepto de envoltura psíquica, concebirá naturalmente el proyecto de extender su descubrimiento a otros campos; se conduce aquí como epistemólogo preciso, heredero de Freud: tiene la preocu- pación de trabajar sobre la doble frontera (noción esta intro- ducida por A. Green) del campo psíquico; sobre la frontera interna -la que resulta del clivaje de lo inconciente y de lo conciente-, y a la vez sobre la frontera externa -la que or- ganiza, separa, articula las relaciones entre el campo intra- psíquico y el campo intersubjetivo, social, cultural. En esa ocasión, será fiel también en proseguir el debate con Lewin inaugurado mucho tiempo antes. Cuando esta- blece la noción de envoltura grupal, es muy natural que se refiera al pionero de la dinámica de los grupos. Señala que Lewin había esbozado una reflexión sobre «las barreras del grupo» (1947) y que se trataba esencialmente de las barre- ras que se oponen a la circulación de la energía y de la infor- mación en el interior del grupo; estas barreras deslindan entonces sub-espacios internos, regidos por variables espe- cíficas. El abandono por Lewin de su modelo topológico dejó en suspenso el desarrollo de esta reflexión; es en este vacío, en este hiato, donde Didier Anzieu propone su propio mode- lo: un grupo mantiene con la realidad externa fronteras ma- teriales e intelectuales, fronteras susceptibles de fluctua- ción, lugares de conflictos y de cambios. Las investigaciones de Freud sobre las formas elementa- les del yo proporcionan otro modelo analógico: «'Ibdo grupo establece con otros grupos barreras de contacto, abiertas o cerradas a voluntad, que lo protegen y lo contienen; que fun-

cionan también como antenas, filtros de expansión posible». La hipótesis del yo-piel -hipótesis impuesta por la cura psicoanalítica individual de los estados llamados precisa- mente «fronterizos»-- le parece que puede extenderse a la realidad grupal. Es así como presenta el estado de la cues- tión en 1983. Algunos años antes, D. Anzieu precisaba lo siguiente:

«Un grupo es una envoltura que mantiene juntos a los indi- viduos. Mientras esta envoltura no se haya constituido, puede existir un agregado humano, pero no un grupo. lCuál es la naturaleza de esta envoltura? Los sociólogos que han estudiado los grupos, los administradores que los han diri- gido, los fundadores que los han creado, ponen el acento en el entramado de reglas implícitas o explícitas, de costum· bres establecidas, de ritos, de actos y hechos que tienen va- lor de jurisprudencia, en las asignaciones de lugares en el interior del grupo, en las particularidades del lenguaje en- tre los miembros, que sólo ellos conocen. Esta red, que en- cierra los pensamientos, las palabras, las acciones, permite al grupo constituirse como un espacio interno (que procura un sentimiento de libertad en la eficacia y que garantiza el mantenimiento de los intercambios dentro del grupo) y una temporalidad propia (que incluye un pasado en el que esta- blece su origen y un porvenir en el que proyecta cumplir ciertos fines). Reducida a su trama, la envoltura grupal es un sistema de reglas, que opera por ejemplo en todo semi- nario, religioso o psicosociológico. Desde este punto de vista, toda vida de grupo está capturada en una trama simbólica:

ella lo hace perdurar. Sin embargo, esta es una condición necesaria pero no suficiente. Un grupo en el que la vida psí- quica ha desaparecido puede sobrevivir. La carne viva ha desaparecido de su envoltura, queda sólo la trama» (1981, pág. 1). Quisiera continuar la cita: «No hay otra realidad interior inconciente que la individual --escribe Anzieu-, pero la envoltura grupal se constituye en el movimiento mismo de la proyección que los individuos hacen sobre ella de sus fan- tasías, de sus imagos, de su tópica subjetiva (es decir, lama- nera en que se articula, en los aparatos psíquicos individua- les, el funcionamiento de los sub-sistemas de la tópica: ello, yo, yo ideal, superyó, ideal del yo). Por su cara interna, la envoltura grupal permite el establecimiento de un estado

psíquico transindividual, que propongo llamar un sí-mismo de grupo: el grupo tiene un sí-mismo propio. Mejor aún, él es sí-mismo. Este sí-mismo es imaginario. Funda la realidad imaginaria de los grupos. Es el continente en el interior del cual se activará una circulación fantasmática e identifica- toria entre las personas. Es el que hace vivir al grupo» (ibid., págs. 1-2). He ahí marcada la diferencia con un abordaje psicológico del grupo. Seguramente convoca al debate, por ejemplo acerca del postulado de que no hay otra realidad inconcien- te que la individual. En cuanto a mí, sostendré más bien que la hipótesis de que la realidad psíquica inconciente es en parte (¿pero en cuál?) transindividual explica ciertas condiciones intersubjetivas de la formación del inconciente del sujeto considerado en su singularidad.

La cuestión de la realidad psíquica de/en el grupo

Después de Freud, de Bion, de Foulkes y de los trabajos de la escuela francesa, parece que estuviera suficientemen- te establecida la hipótesis de que el grupo es el lugar de una realidad psíquica propia y, tal vez -€Sta es mi opción-, el aparato de la formación de una parte de la realidad psíquica de sus sujetos. Siguen en suspenso varias cuestiones que requieren una mayor precisión. En primer lugar, la noción misma de rea- lidad psíquica: coextensiva del espacio intrapsíquico en la representación dominante que propone de ella la teoría psicoanalítica, sin embargo debe conciliarse con nociones freudianas tales como la comunidad de las fantasías, la psi- que de grupo, las identificaciones y los ideales comunes y compartidos, con la idea de que el hombre es un «animal de horda».

Sobre la noción de realidad psíquica

La realidad psíquica se define en primer lugar por su consistencia propia: la materia psíquica, el material psí- quico, son irreductibles y oponibles a cualquier otro orden

de realidad. La consistencia propia de la realidad psíquica es la de las formaciones, los procesos y las instancias que ge- nera el inconciente; y que generan, en especial, las fantasías inconcientes y las series conflictivas deseo/defensa, placer/ displacer, realidad interna/realidad externa. Cuando Freud consume el paso de la teoría de la seducción a la teoría de la fantasía de seducción, en la formación de síntomas neuró- ticos sólo contará la realidad psíquica, en razón del valor específico (exagerado) que habrá adquirido para el sujeto

neurótico. De La interpretación de los sueños (1900) al Es-

quema del psicoanálisis (1938), la prevalencia acordada

a los deseos inconcientes especifica la realidad psíquica:

«Cuando nos vemos en presencia de deseos inconcientes llevados a su expresión última y más verdadera, estamos obligados a decir que la realidad psíquica es una forma de existencia particular que no debe confundirse con la reali-

dad material» (S. Freud, 1900, GW II-III, pág. 625). El sueño y las formaciones homólogas cuya estructura es la de

las formaciones de compromiso, el síntoma por ejemplo, son

la vía de acceso al conocimiento de la realidad psíquica. Este

conocimiento supone, para quien se empeñe en él, la aptitud para reconocerlo en sí mismo y en el otro, para interpretarlo. La teoría psicoanalítica propuso varios modelos de la for- mación de la realidad psíquica: el modelo de las formaciones originarias, efectos de la represión originaria o de las tras-

misiones transindividuales, supone un ya-ahí de las formas organizadoras de la realidad psíquica, mientras que el mo- delo del apuntalamiento explica una derivación de la reali-

dad psíquica a partir de órdenes de realidad necesarios para

la vida y ocasiones de experiencias generadoras de realidad

propiamente psíquica. Cualquiera que sea la prevalencia de estos dos modelos en la teoría, uno y otro suponen la prece- dencia de una realidad psíquica ya constituida y dotada de una capacidad constituyente. Por lo tanto, una parte de la realidad psíquica es compar- tida con otros sujetos: Freud seguirá esta línea de pensa- miento en los conceptos de identificación por el síntoma, de comunidad de la fantasía, de apuntalamiento de las pulsio- nes del yo en el yo de la madre. Esta perspectiva se precisa-

rá en la idea de que la realidad intrapsíquica induce, según diversas modalidades, formaciones y procesos de la realidad psíquica de otro sujeto, de un conjunto de otros: así será,

como lo he destacado, a propósito de la teoría del yo, del superyó y de las identificaciones en la segunda tópica. En razón de estas extensiones, podemos cuestionar los límites de la realidad psíquica: en principio, no coincide con el espacio individual y su apuntalamiento corporal. Los principios que explican la formación y la consistencia de la realidad psíquica no remiten a una determinación pura· mente intrapsíquica, sea que consideremos las condiciones de la represión, los procesos del apuntalamiento o, a fortiori, la hipótesis filogenética. Hay aquí un primer objeto de de- bate. Un segundo objeto de debate se inscribe más precisa- mente en la extensión de la noción de realidad psíquica en los conjuntos pluripsíquicos tales como los grupos. Hay que tener en cuenta que a esta perspectiva se oponen ciertos obstáculos cuando la experiencia psicoanalítica se funda ex- clusivamente en la práctica de la cura individual. Podemos analizar e interpretar sin mayor dificultad las investiduras pulsionales y las representaciones de las que el grupo es objeto en la realidad psíquica de sus miembros. La cura psicoanalítica individual vuelve accesibles al anali- zando y al analista tales formaciones; sin embargo, no per- mite seguir sus efectos en el arreglo de la realidad psíquica que tiene su lugar en el grupo. Si aceptamos la hipótesis de que la realidad psíquica se manifiesta en un grupo, no nos será difícil admitir que, en una parte decisiva, ella consiste en los efectos de los deseos inconcientes de sus miembros, y que conserva estructuras, contenidos y funcionamientos propios de cada uno de los sujetos singulares: la actividad de la represión secundaria, la fantasía inconciente secundaria, la producción de sínto- mas, el conflicto psicosexual inconciente, los mecanismos de defensa, son «en extremo estrictamente individuales», como lo destaca Freud. Debemos estar atentos, sin embar- go, a la manera como la realidad psíquica se manifiesta, a los contenidos electivamente movilizados, a las trasforma- ciones que sufre y a los efectos que produce al ligarse en el grupo a formaciones idénticas, homólogas o antagonistas de otros sujetos. No obstante, deberemos admitir también que, si no experimentamos reticencias con respecto a esta idea, es porque nuestra concepción del grupo sigue siendo, toda- vía y por lo general, la de una suma de psiques individuales.

De hecho, nos resultará más difícil concebir, analizar e in- terpretar como perteneciente a un nivel de determinación, de organización y de funcionamiento grupales, la realidad psíquica --o, al menos, algunas dimensiones de ella- que se contituye en los grupos. A esta hipótesis se opone princi- palmente la dificultad sostenida en la incertidumbre teórica acerca del modo de producción de esta realidad. Para avan- zar en este debate, es necesario enriquecer aún nuestra hi- pótesis.

La noción de realidad psíquica de grupo: principales conocimwntos adquiridos y problemas teóricos en suspenso

Resumamos las principales adquisiciones: en el grupo se producen formaciones y procesos psíquicos, y estos se rigen por una lógica de determinación y por instancias propias del conjunto. Una variante de esta proposición es que el grupo es el lugar de una realidad psíquica que sólo se produce en grupo. Podemos decir también que la realidad psíquica del grupo no se reduce a la suma de los aportes de los miembros del grupo. En estas formaciones y estos procesos queda por identificar su modo de constitución, su funcionamiento y sus efectos. Estas adquisiciones, notémoslo, podrían calificar por otra parte los trabajos de la psicología social, y más precisa- mente, los de la dinámica de los grupos. Lo específico de la perpectiva psicoanalítica es que considera al grupo como sistema de formaciones y de procesos psíquicos derivados del inconciente en su determinación propia de cada sujeto y en sus determinaciones transindividuales; además define al grupo como aparato generador de efectos psíquicos relati- vamente autónomos con relación a los psiquismos singula- res que son sus soportes y productos; como aparato de la realidad psíquica que mantiene en ligazón a las formacio- nes intrapsíquicas de sus sujetos, trabaja y contíene las for- maciones que les son comunes, así como las que son genera- das por su agrupamiento. Desde este punto de vista, pode- mos considerar al grupo, bajo reserva de las representacio- nes imaginarias que lo objetivarían en una imago, como una entidad psíquica regida por determinaciones y procesos pro-

pios. Estos últimos acreditarían la realidad psíquica de gru- po y admitirían la noción de un trabajo psíquico del grupo. Sostendrían la noción del grupo como entidad específica. Evidentemente, el problema teórico capital es el del in- conciente en el grupo: la hipótesis de la realidad psíquica de/en el grupo lo presupone, pero no lo resuelve, en tanto no dispongamos de representaciones suficientemente consis- tentes y probadas para describir el o los lugares psíquicos, las energías y los procesos que le son propios, los conflictos que se engendran con otras instancias y los efectos que allí se producen. Si bien los conceptos propuestos por Freud, después por Bion, Foulkes y sus colaboradores, luego por los psicoanalis- tas de la escuela francesa, suponen la hipótesis del incon- ciente en los grupos, sin embargo no explican estas cues- tiones. Debemos pues tratar el siguiente problema: lqué meta- psicología puede explicar el inconciente, las formaciones y los procesos que otorgan a la psique de grupo y a s-µs pro- ducciones un estatuto dentro del psicoanálisis? Más preci- samente: lcómo acreditar un trabajo psíquico de grupo; una represión y contenidos reprimidos por o bajo el efecto del grupo, un retorno de lo reprimido y la formación de sínto- mas como consecuencia de una subjetividad de grupo? Para describir la realidad psíquica propia del grupo, es necesario construir conceptos adecuados. No bastará cali- ficar de grupal al inconciente que produce allí sus efectos, o a la «mentalidad» que se forma en él. Debemos tomar en consideración las formaciones y los procesos de la realidad correspondientes al nivel del grupo bajo el aspecto en que son producidos, dispuestos y ordenados por el trabajo psí- quico propio del grupo. En la mayoría de las elaboraciones insiste la idea de una dimensión grupal de los fenómenos psíquicos considerados determinantes y específicos. «Grupal» califica a una menta- lidad, a una forma de la ilusión, a una organización defensi- va, a una modalidad de la repetición, a un objeto de la tras- ferencia, a una dimensión de la resistencia, a un discurso, a un trabajo psíquico realizado por un «aparato de grupo», ho- mólogo y diferente del aparato psíquico «individual». Pero en numerosos casos, <<grupal» denota tanto un vínculo que emerge como una determinación. Finalmente, en la cuasi

totalidad de los casos, estos elementos de teorización dejan de lado proposiciones consistentes sobre la cuestión del sujeto del inconciente en su relación con el grupo.

iEn qué sentido formaciones y procesos psíquicos pueden ser llamados grupales?

Lo que se califica como grupal corresponde a niveles de estructuración y funcionamiento muy diversos, que debe- mos distinguir. Un primer elemento de discriminación se funda en formaciones y procesos psíquicos que los miem- bros del grupo atribuyen al grupo en tanto objeto personifi- cado: decir «el grupo piensa» no es necesariamente describir un pensamiento o una actividad de pensamiento del nivel del grupo. Un segundo elemento de diferenciación se basa en el criterio de que algunas formaciones generales adquie- ren una especificidad de funcionamiento en la situación de grupo, sin cuestionar su modo de estructuración, relativa- mente independiente de la situación de grupo: la ilusión se declina en sus formas grupal, familiar, de pareja, etc. Un

tercer criterio está constituido por las formaciones y los pro- cesos asociados (estructurados, reorganizados) y calificados privilegiadamente por sus funciones en la realidad psíquica del nivel del grupo: no se producirían fuera de una relación de grupo. Este tercer criterio es el que nos interesa aquí. Es que partir de este criterio podemos pensar que en los grupos se forman espacios psíquicos grupales (continentes, superficies, escenas, depósitos, enclaves, límites, fronte-

ras

por la ligazón de esos aportes, por aquello que debe crearse o suscitarse ya en virtud de que el grupo existe con indepen-

dencia de sus constituyentes singulares; la frontera del gru- po y del no-grupo bien puede coincidir, en algún caso, con la frontera del yo y del no-yo: de todos modos, una frontera del

grupo se crea

)

producidos por los aportes de los miembros del grupo,

y se mantiene como formación del grupo. 7

7 Los primeros trabajos sobre la frontera en las grupos se deben al abor- daje estructuralista de K. Lewin (1947). Dejaron su huella en las aproxi- maciones psicoanalíticas de Foulkes, Pichon-Riviere y Anzieu. Entre los trabajos franceses recientes, señalamos los de D. Anzieu sobre el disposi- tivo espacial ternario en el psicodrama (1982), de R. Kaes sobre el espacio corporal y los grupos amplios (1974, 1988), de J.-P. Vida! sobre la grupali- dad y las fronteras del yo (1991).

Dd mismo modo, se establece un tiempo grupal organi- zado esencialmente por la ilusión de inmortalidad del grupo y el mito de origen del grupo. Se constituye una memoria de. grupo, según principios diferent:es de los de la memoria in-

dividual.8

Ya he indicado que, sobre la base de los trabajos de E. Ja- ques (1955), se identifican algunos mecanismos de defensa propios del grupo, que los miembros del grupo utilizan para reforzar sus propias defensas o para suplir con ellos sus de- fensas faltantes.9 Las investigaciones de J.-C. Ginoux (1982) destacaron particularment:e la especificidad grupal de ciertos mecanis- mos de repetición, y su análisis merece que nos det:engamos sobre ese punto. Su tesis es la siguient:e: la formación de una repetición grupal es una de las modalidades que el gru- po elige adoptar para preparar la ruptura en caso de transi- ción brutal entre dos cont:extos. Ginoux distingue las repeti- ciones individuales en grupo y los fenómenos repetitivos propiament:e grupales. Describe el origen, la función econó- mica, el funcionamiento y la evolución de estos últimos. El origen de la repetición sería la reactivación repentina de un pasado olvidado de origen traumatico, reactivación trasfe- rida en la situación de grupo. El origen traumático de la re- petición no basta para definirla: igualment:e es actual para el yo de los participantes, y está ligada desde aquel momen- to al período inicial de los primeros encuentros entre los miembros del grupo y el (o los) psicoanalista(s); esos en- cuentros iniciales entre las representaciones fantasmáticas de los participantes, el dispositivo de grupo y los analistas serían vividos bajo el signo de la excitación masiva, del estu- por o de la decepción (J.-C. Ginoux, 1982, págs. 36-7).

8 Después de los de E. Minkowski y los de G. Gurvitch, pocos trabajos se han ocupado de las diversas estructuras de la temporalidad en los conjun· tos ínter- y trans-subjetivos. Entre las investigaciones recientes de inspi· ración psicoanalítica grupal, cf. l. Berenstein sobre la estructura psíquica de la temporalidad familiar (1978) y R. Kaes sobre la pluralidad de los tiempos y el trabajo de la memoria en los grupos (1985, 1990). 9 Esta cuestión ha sido renovada por los trabajos de R. Roussillon sobre la paradoja (1991) y los mecanismos metadefensivos en las instituciones (1988); cf. también las investigaciones de F. André (1986) y F. Aubertel (1987) sobre los mecanismos de defensa y las defensas paradójicas en las familias.

La función económica de la repetición grupal puede en- tenderse de dos maneras complementarias: la primera in- siste en la reproducción compulsiva de un trauma origina- rio; la segunda, en la restitución abreactiva y progresiva de una situación pretraumática. En la segunda concepción, Gi- noux privilegiará el valor de reacción defensiva de las repe- ticiones grupales: defensa destinada a aislar a los partici- pantes de un ambiente actual insuficientemente adaptado

a

sus necesidades más profundas. Esta perspectiva precisa

el

origen de la repetición grupal en una sucesión de fallas en

un ambiente que momentáneamente se ha vuelto incapaz de ejercer una función de protección y de para-excitaciones. Ginoux puso a prueba su hipótesis en varias situaciones clínicas: desde mi punto de vista, sin embargo, un análisis diferencial mostraría que se valida con precisión tanto ma- yor si es posible determinar las especificidades de la trasfe- rencia, de la contratrasferencia y de la intertrasferencia. De hecho, la noción de falla en el ambiente no es objetivable fuera de la fantasía actualizada por y en la trasferencia sobre los objetos del ambiente. En mi opinión, numerosos ejemplos mostrarían más bien que las trasferencias que constituyen al «ambiente» como lo bastante fiable hacen posibles la actualización y la perlaboración de los traumas anteriores. 10 El análisis de Ginoux tiene el mérito de especificar las condiciones que posibilitan la consideración grupal de la repetición. La noción clásica propuesta por D. Anzieu de una forma de la ilusión que sería grupal no define sola- mente un objeto de la ilusión, sino también una modalidad de su producción y una función específica en la génesis de la realidad psíquica de grupo. Las nociones de imaginario gru-

pal y de envoltura psíquica grupal corresponden a esas di-

mensiones: ni la ilusión grupal, ni el imaginario grupal, ni la envoltura grupal se cualifican por su estructura grupal, sino por su función en el proceso grupal y en la posición del sujeto en el grupo. En mis propias investigaciones, distinguí otros tipos de formaciones psíquicas grupales, cuya estructura y cuyos

10 Entre los escasos trabajos sobre la repetición en los grupos, el artículo

de J

analiza la participación repetitiva en grupos de formación y la elaboración que de esto puede hacerse del lado de la contratrasferencia.

J. Baranes e Y. Gutierrez (1983) merece una particular atención:

efectos son homólogos de las formaciones de compromiso y de los síntomas; puse en evidencia las formaciones del ideal propias del grupo y de los conjuntos, principalmente las for- maciones del ideal, de la idea omnipotente y del ídolo fetiche que son las ideologías. Mostré que los procesos asociativos, a los que contribuyen los procesos primarios de cada sujeto, se organizan en cadenas asociativas gru]Xlles. Estas se en- cuentran determinadas doblemente: están constituidas por los enunciados sucesivos o simultáneos de los miembros del grupo y determinadas por una lógica gru]Xll cuyos conte- nidos y organizaciones surgen de un pensamiento grupal. 11 He supuesto-y me he explicado acerca de esta hipótesis- que, en el orden de su lógica propia, el grupo sostiene y or- ganiza una parte de la función represora, en tanto los meca- nismos de la represión son intrapsíquicos. Finalmente, el modelo del G]Xlrato psíquico gru]Xll califica a un dispositivo de ligazón, de formación, de trasforrnación y de trasmisión de la realidad psíquica correspondiente al nivel del grupo. Más allá de los criterios de definición de lo grupal, crite· rios heterogéneos puesto que unas veces se trata de definir efectos de grupo, otras veces estructuras de grupo o aun funcionamientos de grupo, en todo caso -y es una adqui- sición considerable-- estos conceptos designan una zona de la realidad psíquica que sólo recibe su valor y su consisten- cia del hecho de estar ligada al agrupamiento de los sujetos que la constituyen: subsiste por fuera de su singularidad. Mejor aún: reinstala el debate sobre la articulación de lo intrapsíquico y lo grupal. 'Tudas estas cuestiones obedecen una vez rriás a la difi- cultad de pensar la posición del inconciente en el espacio del sujeto y en el espacio del grupo.

La realidad psíquica en el grupo: la conjunción de la realidad psíquica individual y de la realidad psíquica grupal

Para considerar esta articulación, es necesaria una hipó- tesis más compleja. Mi proposición es que las formaciones y

11 Las investigaciones que he impulsado sobre los procesos asociativos y el trabajo del pensamiento en los grupos podrían, evidentemente, aclarar estas cuestiones.

los procesos psíquicos que se forman y se manifiestan con predilección en el espacio pluripsíquico grupal son conjun- tamente producidos y regidos por la lógica de las instancias individuales: sería el arreglo particular de esas formaciones y procesos lo que constituiría en parte el indicio de realidad psíquica en el grupo. Podemos decir las cosas de otro modo, y precisarlas así: la realidad psíquica del nivel del grupo se apoya y se modela sobre las estructuras de la realidad psí- quica individual, principalmente sobre las formaciones de la grupalidad intrapsíquica; estas son trasformadas, dis- puestas y reorganizadas según la lógica del conjunto. Es de- cir que el agrupamiento mismo impone exigencias de tra- bajo psíquico comandadas por su organización, su mante- nimiento, su lógica propia. De esto resultan formaciones y procesos psíquicos que pueden ser llamados grupales, en la medida en que sólo se producen por el agrupamiento. En consecuencia, el grupo debe ser pensado como el aparato de esta trasformación de la materia psíquica, el lugar de su trasmisión. Diremos también que los efectos subjetivos y el valor de la realidad psíquica del nivel del grupo están cons- tituidos por el aporte de cada uno en el grupo, aporte forma- do por Jo que pone, inviste, proyecta, rechaza y dispone en el grupo. La proposición que postulo sostiene que algunas for- maciones psíquicas serían comunes al grupo y a cada uno:

tal comunidad se realiza principalmente por las identifi- caciones, y se manifiesta en el ideal del yo, al cual Freud atribuye este estatuto de formación intermediaria intersub- jetiva; otras formaciones serían comunes por ser de natura- leza transindividual, es decir, propias de la especie o antro- pológicas: es el caso de las estructuras de las fantasías origi- narias y del complejo de Edipo. Sin embargo, para que estas formaciones adquieran un indicio de realidad psíquica, es necesario que sean objeto de una apropiación en el grupo y en los sujetos que lo constituyen. Me parece que estas proposiciones explican la sobre- determinación de la realidad psíquica supuesta de/en el grupo: esta aparece compleja, compuesta, intricada, con- densada. El análisis deberá, pues, distinguir diversos compo- nentes en la formación, la estructura y el funcionamiento de la realidad psíquica en los grupos, por más que persista una imposibilidad de decidir en cuanto a sus relaciones: el grupo

está ya-ahí para cada sujeto, el cual no es su causa pero sí,

en parte, su efecto. Las funciones y la estructuración psí-

quica que, por el hecho de su precedencia, realiza el grupo,

sostienen a cambio las investiduras de cada uno en el grupo.

La realidad psíquica, en el grupo, consiste en aquello que de

los sujetos del grupo corresponde al grupo, y en lo que el

grupo produce y arregla, en su orden de determinación pro-

pio y para su propio fin. La parte que corres¡:onde al trabajo

específico del agrupamiento es analizable con el concepto de aparato psíquico del agrupamiento. En distinto grado, estas partes permanecen fuera del campo de la conciencia de los sujetos del grupo y, a fortiori, la relación entre estas partes sigue siendo inconcier,:.t para ellos. La hipótesis que sostengo acerca de la complejidad de la realidad psíquica del nivel del grupo presenta un doble in- terés: sobre todo, el de no atascarse en ninguna de las cues- tiones fundamentales que plantea la hipótesis de la reali- dad psíquica propia del grupo y, en primer lugar, la del esta- tuto del inconciente: su tópica, sus modos de constitución,

de

funcionamiento y de manifestación. De hecho, mi punto

de

vista es que cuando suponemos un nivel específico de la

realidad psíquica cuyo lugar y organización sería el grupo, a

mi

juicio gracias al aparato de ligazón, de trasformación y

de

diferenciación que ahí opera, no podemos sostener que

este despliegue de los procesos y las formaciones psíquicas signifique una determinación enteramente autónoma, que fuera extraña a los sujetos constituyentes del grupo. Este desarrollo y esta determinación se despliegan por una parte a través de la intermediación de los sujetos singulares, por el arreglo complejo de formaciones y de procesos psíquicos movilizados de preferencia en el sujeto del grupo, y por otra parte son administrados por el aparato del grupo. El segundo interés es el de distinguir la realidad psíqui-

ca del nivel del grupo de la realidad intrapsíquica en el es-

pacio grupal. Así podemos articular estas dos dimensiones, por mucho tiempo y aún hoy separadas con frecuencia en la teoría y la clínica. Los corolarios de estas proposiciones son que, primero, podremos considerar la formación de la reali- dad psíquica individual a partir de ciertas exigencias im- puestas por el grupo y a partir de ciertas experiencias de la realidad psíquica de/en el grupo; segundo, deberemos tra- tar la cuestión del sujeto del inconciente en el grupo.

Es muy evident.e que una hipót.esis tal debe ser estable· cida con precisión y su int.erés teórico debe ser confrontado con sus efectos en la clínica. Para situar somerament.e la di· mensión de esta apuesta, bastará preguntarse si el trabajo psicoanalítico en situación de grupo puede conducir a cierto desprendimiento del yo (Je) de los vínculos que lo han cons- tituido, cuando est.e trabajo se propon