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Paris: confusión general y voluntad de vida

Creo que ninguna otra expresión podría describir mejor mi impresión de la ciudad de París los días después de los atentados del viernes 13: confusión general y voluntad de vida. Gente que entra en pánico, gente que pretende regresar a la normalidad, gente que sonríe, gente que llora, gente que bebe. Las alertas son frecuentes los últimos días, en el metro, en los trenes, en las calles. Las sirenas de la policía se escuchan día y noche. Lo único que es claro es la determinación de la gente para levantarse y seguir.

Leo algunas páginas del libro Le concept du 11 septembre y me apropio de la siguiente idea de Jacques Derrida: ante todo la tristeza, la indignación y la condena ante un hecho de tal índole deben ser sin límites, incondicionales, pues responden a un atroz e innegable acontecimiento.

Pero dicha tristeza e indignación no deben nublar la reflexión ni deben evitar entender lo que ha acontecido desde un punto de vista crítico y tal vez más que crítico. Teorías van, teorías vienen sobre el origen del ataque, sobre su razón de ser, y muchas de ellas se disuelven en los rumores de lo indemostrable. Y más allá de toda especulación lo que resulta abominable es que la injusticia se repite aquí, allá y en todas partes: las víctimas de esta violencia son siempre, en su aplastante mayoría, civiles inocentes, ajenas en una infinidad de sentidos a los intereses que mueven las piezas de la partida de guerra. La violencia que tiene lugar entre medio oriente y occidente, entre el mundo judeo-cristiano y el mundo islámico ha alcanzado dimensiones desproporcionadas, y toda escalada de guerra de ese tipo implica un movimiento circular que en potencia se puede reproducir al infinito.

Es cierto que hoy en día pensamos las “democracias occidentales” como formas de gobierno elegidas libremente por los ciudadanos, de lo cual se derivaría una complicidad que parecería evidente entre el “pueblo” y sus gobernantes. Pero la cuestión es mucho más compleja que eso, pues sabemos que la “democracia electoral” es el triunfo de una mayoría de votantes. Esto significa muchas cosas, como que solo una minoría de la población es la que apoyao está a favor del proyecto político elegido, o como que un gobierno democrático no representa verdaderamente los intereses y valores de un pueblo entero, ni siquiera de la mayoría. La democracia electoral es menos representativa de lo que parecería ser y la realidad es que prácticamente ningún ciudadano suscribe por completo los planes y programas aplicados por su gobierno.

Por lo mismo no es cierto que haya una complicidad transparente entre los gobiernos “democráticamente elegidos” y los ciudadanos de una nación. En las condiciones actuales de la democracia moderna dicha complicidad es prácticamente imposible. Y las víctimas son entonces siempre inocentes. Sabemos que los poderes e intereses que se juegan en el momento de toda guerra están por encima, mucho más allá del alcance del juicio y de la decisión de los ciudadanos comunes. Sabemos además que las políticas bélicas no son simplemente expuestas públicamente como cualquier otro tópico, ni sometidas sin más a la opinión pública. Pero hoy es un deber de la opinión pública el pronunciarse y decir alto a la escalada de violencia en el mundo.

Al día siguiente de los atentados en París se vivió la respuesta en Siria: bombardeos y ataques en posiciones estratégicas que no se habían llevado a cabo porque afectan directamente a una parte de la población civil. Hace unos días Hollande hizo un llamado a las naciones en coalición a acabar con Daech definitivamente. ¿Qué significa eso? ¿Qué es lo que implica en los hechos? El mundo está en guerra y hoy en día es más que necesaria la participación ciudadana de una población que se ve golpeada no solo por fuego enemigo, sino por las decisiones y políticas de sus gobernantes.

Esta escalada de violencia no debe continuar. En primer lugar porque es absolutamente reprobable la lógica que hay detrás de ella, la lógica de la aniquilación absoluta del otro, del exterminio de la otredad, de la diferencia, cualquiera que sea su forma, color, raza, creencia; el otro europeo, el otro medio-oriental, el otro africano, el otro norteamericano. Pero frente a esta lógica nuestra responsabilidad: las éticas más generosas, tal vez las más responsables también, hacen del no mataras su primer mandamientoy sitúan en el punto de partida de todo principio ético, no al semejante, hermano o prójimo, sino a aquel que es “monstruosamente otro”, monstruosamente diferente.

Además, en este caso particular el “otro” no tiene un rostro preciso. Hoy en día sabemos que el Estado Islámico tiene aliados e incluso miembros en Europa, ciudadanos belgas y franceses, al menos. La determinación precisa de aquellos que son aliados y aquellos que no lo son es simplemente imposible, y la historia nos enseña que los aliados de antes siempre pueden ser los enemigos por venir. Pero las semillas de odio que hoy se siembran con bala y fuego darán frutos envenenados que caerán mañana sobre la tierra.

Estamos frente a uno de los efectos de auto-inmunidad de los que habla Derrida: “el círculo vicioso de la represión”, una lógica que consiste en que todas las fuerzas de la llamada

“guerra contra el terrorismo” regeneran a corto o largo plazo las causas de aquello que pretenden exterminar. La reacción parece evidente: si hoy en día Francia y la coalición anti- terrorismo no escatiman recursos de ninguna índole en la empresa que pretende terminar con Daech, si hoy en día no toman en cuenta los civiles masacrados y los daños colaterales, si hoy en día bombardean por igual territorios ocupados por civiles (¿y cómo no hacerlo en una guerra?) ¿de qué manera explicaremos mañana a los niños afectados hoy, a aquellos que miran caer a sus padres, hermanas y amigos frente a sus ojos en los bombardeos y que crecerán mañana con esa imagen grabada en la mente para siempre? ¿Qué fuerzas frenarán el odio de aquellos que viven hoy la desgracia como algo cotidiano?

Y sobre todo cabe preguntarse ¿hasta qué punto el terror en una parte del mundo podría tener

mayor legitimidad que el terror en otra parte del mundo ejercido por la parte contraria? Pues el terrorismo de Estado es también una forma de terror y de barbarie, así como los

bombardeos a civiles o el manejo mediático que no hace público por igual los efectos y las consecuencias de todas las formas que el terror y la barbarie adoptan.

Infinitamente injustificable, incondicionalmente indignante que sea cualquier atentado de la magnitud de lo vivido en París, lo cierto es que no se trata de eventos aislados, sino de hechos que se inscriben en una historia y forman parte de un contexto complejo y de difícil lectura. La radicalización y el odio contra occidente no son fenómenos que surjan de la nada, el origen del odio es difícil de determinar pero no es reciente, y las heridas en las partes en conflicto son ya muy profundas.

Si la violencia se combate con violencia el resultado no es muy difícil de adivinar y la historia

confirma lo evidente. La verdadera solución, la única posible ante la barbarie humana que ejercen todas las partes en este conflicto, es un proyecto de pacificación mundial. Utopía irrealizable, horizonte imposible o idea kantiana, como sea que se entienda, un proyecto de paz en el mundo debe animar un progreso al infinito que nos aleje de la lógica de

aniquilación, del terror y la violencia extrema.

Hoy en día la tristeza y la condena deben ser incondicionales, pero también debe serlo el perdón. Y el perdón verdadero, el único digno de llamarse así es aquel que disculpa lo imperdonable.

Alejandro Orozco Hidalgo

París, noviembre 2015