Está en la página 1de 58
Del Valle, Hugo Damián Opinión pública y comportamiento electoral: De las opiniones al voto Tesis
Del Valle, Hugo Damián Opinión pública y comportamiento electoral: De las opiniones al voto Tesis

Del Valle, Hugo Damián

Opinión pública y comportamiento electoral:

De las opiniones al voto

Tesis presentada para la obtención del grado de Licenciado en Sociología

Director: Reynoso, Diego

Este documento está disponible para su consulta y descarga en Memoria Académica, el repositorio institucional de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, que procura la reunión, el registro, la difusión y la preservación de la producción científico-académica édita e inédita de los miembros de su comunidad académica. Para más información, visite el sitio www.memoria.fahce.unlp.edu.ar

Esta iniciativa está a cargo de BIBHUMA, la Biblioteca de la Facultad, que lleva adelante las tareas de gestión y coordinación para la concre- ción de los objetivos planteados. Para más información, visite el sitio www.bibhuma.fahce.unlp.edu.ar

Cita sugerida Del Valle, H. D. (2009) Opinión pública y comportamiento electoral:

De las opiniones al voto [en línea]. Trabajo final de grado. Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Disponible en:

http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/tesis/te.579/te.579.pdf

Licenciamiento

Esta obra está bajo una licencia Atribución-No comercial-Sin obras derivadas 2.5 Argentina de Creative Commons.

O envíe una carta a Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California 94305, USA.

UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLAT A FACULTAD DE HUMANIDADES Y CI ENCIAS DE LA EDUCACIÓN

UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA PLATA FACULTAD DE HUMANIDADES Y CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN DEPARTAMENTO DE SOCIOLOGÍA

LICENCIATURA EN SOCIOLOGÍA

TRABAJO FINAL

“Opinión Pública y Comportamiento electoral. De las Opiniones al Voto.”

Damián Del Valle Legajo: 61252/0 Correo electrónico:

damiandelval@yahoo.com.ar Director: Dr. Diego Reynoso Fecha: 5 de Mayo de 2009

2

RESUMEN

¿Los ciudadanos votan igual a como opinan? Este trabajo parte de observar que, tanto las teorizaciones acerca de la opinión pública, como los estudios del comportamiento electoral, generalmente suponen una igualdad o linealidad en la relación entre opinión y voto, lo que equivale a sostener que las personas se comportan tal cual a como opinan. En este sentido, las diferentes corrientes dentro del campo de estudios de la opinión pública y de las teorías que procuran comprender el comportamiento de voto, han tendido a equiparar ambos conceptos. Con el objetivo de explorar y cuestionar este supuesto, este trabajo se propone describir la relación opinión pública – comportamiento electoral a través del desarrollo conceptual de la opinión pública y en el campo teórico de la investigación del voto, presentando las diferentes formas en que se fue dando la vinculación opinión-voto e indagando sobre los avances en perspectivas analíticas que logran poner de manifiesto que ambos conceptos no necesariamente se corresponden.

TÉRMINOS CLAVES

Comportamiento electoral - Opinión pública – Teorías del voto – Elección

racional – Voto - Público

3

INDICE

INTRODUCCIÓN

PARTE 1. OPINIÓN PÚBLICA: De los Públicos a las Opiniones.

a. Lo público y los públicos: aspectos colectivos de la opinión pública.

b. La disgregación del público de electores: aspectos individuales de la

opinión pública.

c. Opinión pública y comportamiento de Voto.

PARTE 2. COMPORTAMIENTO ELECTORAL: De las Opiniones al Voto

a. Las explicaciones sociológicas: La influencia del modelo sociológico

de lo público.

b. Las explicaciones psicopolíticas: Opiniones, Actitudes y Voto.

c. Elección Racional: más allá de la paradoja del voto

PARTE 3. CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

4

I – INTRODUCCIÓN

“La opinión pública es una figura temporaria e imperfecta del cuerpo electoral, de manera que los sondeos son representativos de la opinión pública, y esta, en parte, es representativa de las conductas electorales.” (Mac-ferry, 1998: 26)

La opinión pública y el comportamiento electoral se encuentran entre los objetos de

estudio más investigados en la actualidad, tanto desde la Ciencia política, como por las

Ciencias Sociales. Pero a la vez, los estudios electorales son considerados fundamentales

para la investigación del funcionamiento y formación de “la opinión pública”, del mismo

modo que saber qué perciben y opinan los ciudadanos sobre los diversos temas de interés

público

se

considera,

cada

vez

más,

comportamientos de voto.

un

conocimiento

clave

para

explicar

los

Esta imbricación entre el campo de la opinión pública (que se ocupa de las

opiniones) y el de los comportamientos electorales (que lo hace sobre el voto), sugiere que

su vinculación conforma ya un ámbito de investigación en sí mismo. En este sentido, es

creciente

la

literatura

que

se

encuentra

bajo

la

referencia

“opinión

pública

y

comportamientos electorales” 1 (Sartori, 1992). En esta línea, la presente tesis pretende

poner de manifiesto la relevancia de la vinculación conceptual entre opinión pública y

1 Converse se ocupo de revisar la literatura sobre Opinión pública y comportamiento electoral bajo el título “Public Opinin and Voting Behavior”, en F Greenstein. N. Polsby (eds): Handbook of Political Science. Reading, Addison Wesley, 1975, vol IV. Sin embargo, hay que señalar que fuera de este trabajo, la relación es sostenida, en la mayoría de la bibliografía, de manera simplemente enunciativa, es decir, como títulos o simple referencia a un campo de problemas, sin ser analizada en su alcance teórico conceptual. En este sentido este trabajo pretende plantear algunas líneas de discusión para seguir profundizando tanto desde la investigación teórica como empírica.

5

comportamiento electoral, a partir de confrontar un supuesto que recorre, como veremos, el

campo de análisis: que “opinión” es igual a “voto”.

¿Los ciudadanos votan igual a como opinan?

Tanto las teorizaciones acerca de la opinión pública, como los estudios del

comportamiento electoral, generalmente suponen una igualdad o linealidad en la relación

entre opinión y voto, lo que equivale a sostener que las personas se comportan tal cual a

como opinan. En este sentido, las diferentes corrientes dentro del campo de estudios de la

opinión pública y de las teorías del voto, han tendido a identificar ambos conceptos, de

manera que, la mayoría de las investigaciones se basan en un supuesto que equipara

analíticamente opinión pública y comportamiento electoral u opinión con voto. En la

literatura este supuesto se refleja en frases como: “es en el voto como el ciudadano termina

por expresar su propia opinión” (Sartori, 1992); “desde la perspectiva del análisis de la

opinión pública, el voto es tanto comportamiento como opinión” (Mora y Araujo, 2005) o

“el acto de votar es una clara expresión conductual de la opinión” (Price, 1992: 73) 2 .

2 En esta línea se pueden encontrar otros autores como Mac ferry (1998) que, de manera menos directa, plantea que en la tradición democrática se admite que la opinión pública es “una figura temporaria e imperfecta del cuerpo electoral”, de manera que “los sondeos son representativos de la opinión pública, y esta, en parte, es representativa de las conductas electorales.” (1998: 26). Así como también otros que dan cuenta de la disociación entre opinión pública y comportamiento electoral. Manin (2006) por ejemplo sostiene que la resultante de la división de la opinión pública ya no se produce ni coincide necesariamente con las fracturas electorales (2006: 136) y Habermas (1981) que “las luchas electorales, no se dan ya a partir del sostenimiento de una disputa entre las opiniones” (1981: 237), poniendo en entredicho la supuesta correspondencia. Estas referencias de Manin y Habermas han motivado en gran medida esta tesis, aunque se debe aclarar que fuera de la enunciación de la escisión empírica que observan, no se ocuparon específicamente de profundizar teóricamente la diferencia.

6

Con el objetivo de explorar y cuestionar este supuesto, el siguiente trabajo se

propone describir la relación opinión pública – comportamiento electoral, a través del

desarrollo conceptual de la opinión pública y en el campo teórico de la investigación del

voto, e indagar sobre los avances en perspectivas analíticas que logran evidenciar que

ambos conceptos no necesariamente se corresponden.

El trabajo se organiza de la siguiente manera:

En la parte I se repasa el concepto de opinión pública, observando que en principio,

desde un enfoque sociológico de “lo público” es considerada equivalente a las conductas

colectivas y en tanto es observada como “público elector”, asimilada a las conductas

electorales.

A

medida

que

el

concepto

se

fue

individualizando

y

adaptando

a

la

investigación empírica, “opinión” se diferenció de conceptos como “actitud”, “valores”,

“identificaciones”, etc. Sin embargo (ya sea desde enfoques colectivistas o individualistas)

opinión y voto permanecieron identificados en diferentes perspectivas teóricas de la

opinión pública.

En la parte II se presentan las explicaciones del comportamiento político, repasando

las principales teorías del voto. Las teorías sociológicas y psicológicas, sostuvieron la

identidad entre opinión pública y comportamientos electorales y, sobre la base de una

consideración estructuralista de la acción, no dan cuenta de la distancia existente entre

opinión y voto. Para finalizar, se exponen diferentes explicaciones del voto en el marco del

programa

de

investigación

de

la

elección

racional,

observando

que

algunas

teorías

contenidas en este programa, en el intento por solucionar lo que se conoce como “la

paradoja del voto”, arribaron a lo que llamo “una solución de compromiso”, logrando

diferenciar ambos conceptos.

7

PARTE I.

OPINIÓN PÚBLICA: De los Públicos a las Opiniones

“No puede ya la opinión pública del público constituido por la reunión de las personas privadas seguir gozando de una base para su unidad y su verdad; acabará recalando en la etapa de un subjetivo opinar de muchos” (Habermas, 1986: 151)

a.

Lo público y los públicos: aspectos colectivos de la opinión pública

 

Los

investigadores

han

estado

con

frecuencia

enfrentados

en

sus

enfoques

conceptuales acerca de si la opinión pública es acaso una agregación simple de visiones

individuales o un producto emergente de nivel colectivo que no puede ser reducido a

individuos (Childs, 1939). Como sugiere Price (1992), conectar los conceptos “publico” y

“opinión” representa, en sus orígenes, un intento liberal-filosófico de unir el “uno” y el

“muchos”, para enlazar las ideas y preferencias individuales con el beneficio colectivo. No

es casual, entonces, que los esfuerzos para definir el concepto oscilen entre la visión

holística, que ubica a la opinión pública en el reino de lo colectivo y las definiciones

reduccionistas que focalizan en el individuo 3 . Así mismo, en la definición del concepto

3 Un problema inherente al término opinión pública es la forma de diferenciar entre sus aspectos individuales y colectivos, para reconciliarlos posteriormente. Un impedimento para la resolución satisfactoria de este problema ha sido la tendencia a cosificar el concepto de opinión pública, o lo que es lo mismo, a conceptualizar la relación del proceso de opinión pública a la acción colectiva, de forma que convierte el proceso en un ser o algo que actúa por sí mismo, separado de los individuos que componen la colectividad. Esta propensión a reificar el proceso de opinión pública procede del hecho de que aunque las opiniones son sostenidas por individuos, siempre existe una sensación de que el proceso tiene que ver con algo más que el pensamiento y la conducta de los individuos y que ‘existe una realidad social más allá de las actitudes individuales’ (Back, 1988: 278).

8

convive otra dualidad que separa a quienes la consideran un fenómeno esencialmente

racional de quienes la observan como resultado de procesos sociales y por tanto no-

racionales. 4 No es difícil comprender que, como reconocen varios autores (Noelle-Neuman,

1992; Price, 1992; Young, 1986), el concepto de opinión pública presenta múltiples

complejidades para una definición acabada. Kimball Young (1986), por ejemplo, sugiere

que la mayoría de las confusiones y dificultades por lograr una definición, provienen

principalmente de las diferentes formas en que se utiliza el término “público” (1986: 7).

En el concepto de “público” vinculado a opinión convive un sentido sustantivo y

otro adjetivo (Young, 1986). Como sustantivo significa gente, totalidad de los miembros de

una comunidad o masa transitoria de individuos y es empleado generalmente como

sustantivo colectivo para referirse al cuerpo de ciudadanos interesados en los problemas

políticos. Como adjetivo, se refiere a hechos o actividades humanas que concentran el

interés de la comunidad, se habla de “asuntos públicos”. Desde esta doble utilización del

término se puede decir que una opinión es publica “no solo porque es del público

(difundida entre muchos, o entre los mas), sino también porque afecta a objetos y materias

de naturaleza pública: el interés general, el bien común y en esencia la res publica

(Sartori, 1992: 164). Podemos decir, entonces, que una opinión se denomina pública

cuando reúne las acepciones sustantiva y adjetiva, es decir, la difusión entre públicos y la

referencia a la cosa pública.

4 De esta manera podemos encontrar 4 perspectivas en la definición de Opinión pública: una combina un enfoque colectivista que la considera como esencialmente racional (Colectivista/Racional) y una perspectiva colectivista que la considera irracional o resultado de procesos sociales (Colectivista/irracional). Un enfoque individualista/racional y un enfoque individualista/irracional.

9

Esta definición, que pone el acento fuertemente, tanto en el sentido de “lo público”

como de “los públicos”, es propia de una visión colectivista del concepto, asociada a los

tratamientos iníciales que la identifican con el comportamiento colectivo o con un hecho

social supraindividual. Observada como un fenómeno que trasciende la opinión individual,

refleja un bien común abstracto más que un mero compromiso de intereses individuales y

se remonta a principios de siglo, época en que el interés propio del momento en las

manifestaciones de conductas colectivas (como las multitudes, la masa, etc) dio inicio a una

conceptualización del el/lo público que equiparaba a la opinión pública con las conductas

colectivas (James 1890; Le Bon 1895/1960). Algunos autores se refirieron a este enfoque

como un “modelo discursivo orientado sociológicamente” o “sociológico de lo público”

(Price, 1992; Young, 1986) en el que “lo público, como entidad social en desarrollo,

teóricamente se forma a través del tiempo con argumentos espontáneos, discusión y la

oposición colectiva hacia un asunto” 5 (Price, 1992: 42).

Ahora bien, los intentos originales por definir la opinión pública como un hecho

colectivo, se debaten también entre posiciones racionales e irracionales.

5 Este enfoque colectivista sostiene que solo las opiniones expresadas colectivamente, y en este sentido “públicas” pueden tener fuerza política. En esta línea podemos ubicar a Pierre Bourdieu, que en su clásica conferencia “la opinión pública no existe” define opinión pública como “discurso constituido que pretende una coherencia, que pretende ser escuchado, imponerse” (Bourdieu, 2000). Ahora bien, es interesante observar en el planteo de Bourdieu que el hecho de no tener una opinión (que equivale a que el problema no se encuentre constituido políticamente) no implica elegir, decidir o comportarse de modo azaroso, sino que las personas se guían por “el sistema de disposiciones profundamente inconsciente que orienta sus elecciones en los ámbitos más diferentes, desde la estética o el deporte hasta las preferencias económicas” (Bourdieu, 1997).

10

Habermas (1981), uno de los autores más influyentes en la historia del concepto,

enfatiza el aspecto racional de la opinión pública, legado de la Ilustración. Para este autor

es una encarnación del discurso razonado de la conversación y del debate activo. Este

debate es considerado “público” en al menos dos sentidos. En un sentido se dirige a

determinar la voluntad común y por tanto no puede ser entendido como un mero conflicto

de intereses individuales; en otro, también se considera público en el sentido de una

participación que es abierta a todos. Estas nociones tendrán mucho que ver con los intentos

sistemáticos de los sociólogos para definir la naturaleza de lo público como un colectivo

social (Price, 1992) y proporcionan la base de lo que llegará a ser el modelo “clásico” de la

opinión pública (Berelson, 1950, Lazarfeld, 1957).

Sartori (1992), por otra parte, en su definición del concepto se refiere a “estados

mentales (difusos) que interactúan con los flujos de información sobre el estado de la cosa

pública” (1992: 149-150) otorgando un lugar al modo en que los públicos se relacionan con

las informaciones y reciben los mensajes. Sin embargo enfatiza que las opiniones no solo

tienen relación con las informaciones, sino que se derivan también de los grupos de

referencia (familia, amigos, trabajo), de manera que estas provienen finalmente de dos

fuentes: mensajes informadores e identificaciones (Sartori, 1992: 156) 6 . En esta definición

6 Dice Sartori (1992): “en el primer contexto nos encontramos con opiniones que interactúan con informaciones, lo que no las convierte, evidentemente, en opiniones informadas, sino que las caracteriza como opiniones expuestas, y en cierto modo como influidas por flujos de noticias. En el contexto de los grupos de referencia es fácil encontrarse, por el contrario, con opiniones sin información. Con ello no se entiende que en este tipo de opinión la información esté totalmente ausente, sino que las opiniones están pre constituidas con respecto a las informaciones. La opinión sin información es, por lo tanto, una opinión que se defiende contra la información”. En esta línea, la investigación empírica sobre Opinión Publica recalo en la diferenciación conceptual entre “opinión” y “disposición”. Bourdieu (1997), por ejemplo, concluirá su clásica conferencia “la opinión pública no existe” diciendo: “he dicho que existen, por una parte, opiniones

11

se

reconoce

la

vinculación

entre

públicos

o

sentidos

colectivos

de

la

opinión

y

determinaciones sociales, de grupos de referencia, destacando un aspecto no racional y

afectivo en el proceso de formación de la opinión pública (Berelson, 1950). Desde una

perspectiva más claramente no racional Elisabeth Noelle– Neumann (1995), por ejemplo,

también indica que la práctica totalidad de definiciones de la opinión pública puede

articularse en torno al eje racional / irracional:

1. La opinión pública como racionalidad que contribuye al proceso de formación de

la opinión y de toma de decisiones en una democracia. Y;

2. La opinión pública como control social, cuyo papel consiste en promover la

integración social y garantizar que haya un nivel suficiente de consenso en el que puedan

basarse las acciones y las decisiones. (1995: 280)

Esta autora se decide claramente por la segunda posibilidad, y en relación a la

dimensión irracional de la opinión pública observa una serie de condicionantes que la

conducen

a

definirla,

de

una

manera

ya

clásica,

como

“opiniones

sobre

temas

controvertidos que pueden expresarse en público sin aislarse” (Noelle– Neumann, 1995: 88,

cursivas en el original).

Finalmente, en términos generales, esta concepcion “sociologica de lo publico”,

concibe a la opinión pública como una colectividad organizada que surge en el curso de la

discusion que rodea un problema y que en la actualidad puede ser observada a partir de

constituidas, movilizadas, de grupos de presión movilizados en torno a un sistema de intereses explícitamente formulados; y por otra, disposiciones que, por definición no son opinión” (Bourdieu, 1997).

12

colectividades diferentes. Independientemente de ser considerada racional o irracional, la

opinión pública puede ser vinculada con diferentes tipos de públicos. Hay quienes la

asocian, en este sentido, con grupos que participan activamente en el debate sobre un tema

(publico activo), con un sector general de la poblacion que parece informado o atento

(público atento), directamente con el electorado o finalmente con la población como un

todo. De esta manera, se puede plantear, en un continuo que va desde la noción de “la

masa” a la de “publico”, una segmentación entre diversos tipos de públicos, que colaboran

y participan en mayor o menor medida en la formación de la opinión pública:

a)

Público en general: la población en su totalidad

 

b)

El público que vota: se identifica con el público que, en principio, decidiría la

acción política, es decir, el electorado.

 

c)

El público atento: el público al que dedicarían su atención los actores políticos

sería la parte del electorado que presta habitualmente atención a los asuntos

públicos.

d)

El público activo: Corresponde con los actores políticos y, de una manera más

amplia, con las élites implicadas en la toma de decisiones.

 

La

concepción

de

“lo

público”

como

un

hecho

colectivo,

entonces,

ya

sea

considerado desde una visión racional o irracional (es decir tomando a las opiniones

relacionadas

con

informaciones

o

provenientes

de

identificaciones),

es

asociada

al

comportamiento colectivo en términos generales. Y, en particular,

en tanto es observado

como “público elector” o “público que vota” lleva implícita la concepción del voto como

opinión asimilándose directamente la opinión pública con las conductas electorales.

13

b. La disgregación del público de electores: aspectos individuales de la opinión

pública

Los años 30 significan un cambio crucial en el pensamiento sobre la opinión

pública, claramente marcado por una retirada de la

concepción de la opinión como

fenómeno colectivo hacia una perspectiva más individualista, caracterizada por “una

concepción agregada de ´una persona-un voto´” 7 (Price, 1992: 69). La definición más

común comenzará a equipararla con una agregación más o menos directa de opiniones

individuales

o con “lo que las encuestas de opinión tratan de medir” (P. Converse, 1987:

13;

Mora y Araujo, 2005) 8 . Se asiste así a “la disgregación como publico del publico de

electores” (Habermas, 1986) y al pasaje del modelo sociológico a uno centrado en la noción

de agregación de opiniones (Price, 1992: 69-72) 9 .

7 Esta referencia de Price al estudio de la opinión pública como “una persona un voto” a mi parecer es también una manera retórica del autor de referirse a la inevitable imbricación del campo de estudio de la opinión pública con el del comportamiento político, de manera que la misma evolución del concepto de opinión pública habría estado guiado por la demanda de un sistema político que parte de la acción individual agregada para el establecimiento de gobiernos legítimos.

8 Este cambio se explica en gran medida por la creciente utilización de técnicas cuantitativas, en un principio utilizadas principalmente para medir escalas de actitudes (enfoque psicológico de la conducta) y la aplicación del muestreo científico en la investigación social.

9 Price describe este proceso de la siguiente manera: “ligado como está al concepto de lo público como una entidad amorfa y cambiante, el modelo sociológico resultó inapropiado para la descripción empírica en la medida en que la investigación y el muestreo de opinión declinaron en los años 30 de este siglo la desalentadora tarea de observar empíricamente al público como un grupo estructurado fluido y complejo”. (Price, 1992)

14

Para Habermas (1981), así como se debate la noción de público (como vimos en principio

elemento central de la opinión pública) entre una consideración racional de la opinión

pública y una irracional, lo mismo ocurre con la noción de “opinión”, en relación al

concepto de “actitud”. Dice:

“Opinión es, por lo pronto, identificada con expression on a

controversial topic, luego con expression of an attitude y, posteriormente, con attitude sin más. Al final, la opinión acaba por no necesitar siquiera de la capacidad de verbalización; ella comprende no sólo cualesquiera hábito o costumbres que se manifiestan en

sino también modos de conducta sin

determinadas concepciones ( más”. (1986: 266)

),

Habermas denomina esto como la “disolución socio – psicológica de la opinión

pública”

(Habermas,

1981),

o

conversión

de

un

proceso

raciocinante,

formado

por

ciudadanos ilustrados en los asuntos públicos, en la mera suma de opiniones y/o actitudes

individuales.

Para

poner

más

claridad

sobre

este

punto

comenzaré

por

presentar

algunas

definiciones de “opinión” y el modo en que se ha relacionado con otros conceptos en el

proceso de su formación a nivel individual.

Opinión es un término variable, que algunas veces refiere a un fenómeno conductual

y otras a un fenómeno psicológico, de modo que se puede diferenciar entre “opiniones

abiertas”, que son los juicios expresados acerca de acciones propuestas de importancia

colectiva, realizadas en situaciones conductuales específicas (esto es por ejemplo en una

15

situación de respuesta a una encuesta) y “opiniones encubiertas”, que son los juicios

internos formados en la mente. Se considera también que “opinión es una respuesta que se

da a una pregunta en una situación determinada” (Lane y Sears, 1964: 13); que es lo que la

gente piensa y dice, los juicios que formula cada individuo acerca de situaciones exteriores.

Ahora bien ¿cuál es la estructura y los componentes presentes en la Opinión

individual? ¿Cómo se originan las opiniones? Zaller (1992) dice que “cada opinión es un

casamiento ente información y predisposición”, la opinión contiene un componente que se

encuentra previamente en el sujeto y un componente externo, no son innatas y no surgen de

la nada, sino que son el fruto de procesos de formación a partir de unos condicionantes

previos. El principal de ellos, y el más estudiado en relación con el proceso de formación de

opiniones en escala individual, es el de actitud 10 .

Generalmente, opinión y actitud fueron utilizadas de manera intercambiable. Por

ejemplo Dobb, define a las opiniones como “las actitudes de la gente ante un tema” y

Childs (1965) como “una expresión de la actitud en palabras”. Sin embargo, en el

desarrollo conceptual y metodológico del estudio de la opinión pública comenzaron a

diferenciarse en al menos 3 sentidos:

10 En la investigación de las opiniones se han utilizado una serie de conceptos además del de actitud como son los “esquemas”, “valores” e “identificaciones grupales” que refieren a estructuras de información, y reflejan diferentes aspectos del proceso de información que pueden influir en el cálculo y expresión de las opiniones. A partir de este planteo varios investigadores llegaron a hablar de las opiniones en diferentes estados de cristalización o definición (Berelson 1950) Las opiniones expresadas pueden de esta forma constituir conductas prueba que ayuda a una persona hacia la elaboración de un juicio bien formado. Para un detalle mayor de la diferencias y similitudes entre los conceptos de actitud, esquemas, valores e identificaciones ver Price (1992: 78 86)

16

“Primero, las opiniones se han considerado como respuestas verbales y observables ante un tema o cuestión, mientras que una actitud es una predisposición o una tendencia psicológica encubierta. Segundo, aunque tanto actitud como opinión implican aprobación o desaprobación, el término actitud apunta más hacia el afecto (p.e., el agrado o desagrado fundamental), y la opinión más fuertemente hacia lo cognitivo (p.e., una decisión consciente para apoyar u oponerse a alguna política, político o grupo político). Tercero, la actitud tradicionalmente se conceptualiza como una orientación global y permanente hacia una clase general de estímulos, mientras que la opinión se considera más situacionalmente como pertinente a un tema especifico en una situación conductual particular” (Price, 1992: 71)

Wiebe (1953) logra resumir estos planteos de la siguiente manera:

“una actitud es una predisposición estructural –una orientación permanente para responder a algo de manera favorable o desfavorable. Una opinión, por otro lado, se elabora conscientemente en respuesta a una cuestión particular en una situación específica”.

En este sentido considera a las actitudes como una orientación general de la

conducta, algo latente y afectivo; mientras toma a la opinión como algo cognitivo,

situacional y manifiesto. Concluye que la opinión es una decisión que adapta las actitudes

relacionadas con el tema a las percepciones que el individuo tiene de la realidad en al que la

conducta debe respirar.

A pesar de los intentos por precisar sus significados, como lo anticipó Habermas

(1981), el concepto de opinión siguió aplicándose de manera más o menos consistente con

17

la actitud, refiriéndose tanto a estados psicológicos internos (opiniones encubiertas) como a

conductas manifiestas (opiniones abiertas) (Price, 1992: 72; Allport, 1937: 15).

En 1935 Gallup y Roper fundan el American Institute of Public Opinion 11 y

comienzan a referirse a los resultados de las encuestas como “opinión pública”, antes que

“actitudes políticas”, adoptando un concepto de opinión que, trascendiendo la noción de

actitud, se vincula directamente con la conducta. En 1936 se

consagran públicamente las

técnicas de muestreo con la realización de sampling referéndum (término usado por Gallup

para indicar que se trataba de revelaciones de las orientaciones políticas de los ciudadanos,

“una elección nacional en escala reducida”) 12 . La opinión pública aparece, entonces, como

el conjunto, la suma de todas las opiniones individuales, que se identificaran a su vez

directamente con la conducta de voto. A partir de la encuesta de estas opiniones se puede

reeditar el conocido principio: no sólo una- persona- un- voto sino también, una- opinión-

un voto.

Como

conclusión,

las

opiniones

serán

finalmente

consideradas

fenómenos

conductuales que se explican a partir de “posiciones-tema” y un indicador claro del

comportamiento probable. Dejando de ser simplemente “medidas de las actitudes”, se

reafirma la asociación entre opinión y voto.

11 Y en 1937, nace la revista «Public Opinion Quarterly».

12 Según tituló el new york times en un artículo en 1936

18

c. Opinión pública y comportamiento de Voto 13

Hasta aquí me referí al concepto de opinión pública desde el enfoque colectivista e

individualista,

observando

que

en

su

desarrollo

conceptual

opinión

pública

y

comportamiento electoral u opinión y voto son considerados equivalentes.

Ahora bien, si como sostiene Sartori “es en el voto como el ciudadano termina por

expresar su propia opinión”

(Sartori, 1992), es importante preguntarse al menos en qué

medida la opinión pública se manifiesta en el comportamiento electoral, ¿cómo se traducen

las opiniones en votos?, ¿cuál es el grado efectivo o el nivel de información que sustenta las

opiniones que se traducen en votos?

Sobre estas cuestiones han reflexionado extensamente los estudios e investigaciones

sobre los comportamientos electorales, organizados alrededor de dos enfoques claramente

diferentes en sus concepciones acerca de las propiedades de la opinión pública: el consenso

pesimista y el consenso optimista (Adrogue, 1998).

Berelson (1954), dando cuentan de la centralidad que revista la investigación de

opinión pública para la explicación del comportamiento electoral asimila a los gustos las

opiniones que se expresan en el voto. En un pasaje ya clásico escribe:

“para

parecido

muchos

a

los

electores,

gustos

las

preferencias

Ambos

culturales.

políticas

despliegan

son

algo

estabilidad

muy

y

13 “Opinión pública y comportamiento de voto” es el subtitulo utilizado por Giovanni Sartori en el capítulo referido a Opinión pública en su célebre tratado “elementos de teoría política” (Sartori, 1992: 169).

19

resistencia al cambio en los individuos particulares, pero flexibilidad y ajustamiento generacional en la sociedad en su conjunto. Ambos incluyen sentimientos y disposiciones más que preferencias razonadas” (B. Berelson, P. F. Lazarsfeld, W. N. Mcphee, 1954)

Tomando partido por el enfoque pesimista, plantea que las opiniones se anclan

sobre todo en los grupos de referencia. En esta representación los mensajes e informaciones

tienen poca posibilidad de influir porque el elector es activo al bloquearlos, al rechazarlos o

al recodificarlos de acuerdo a su imagen y conveniencia. El consenso pesimista, en gran

medida centró sus argumentos en la falta de información que poseen los ciudadanos para

poder dar una opinion racional. Y al explicar el modo en que los ciudadanos traducen estas

opiniones irracionales en voto recurrió a razonamientos determinísticos, tanto sociológicos

como psicológicos. Adrogue (1996) resume bien esta idea de la siguiente manera:

“Si bien el hombre de la calle carece de los elementos necesarios para tomar una decisión racional, al menos cuenta con elementos para actuar como si fuera racional: haciendo lo que hacen sus pares (Columbia) o, simplemente, reproduciendo la misma conducta electoral en función de un apego psicológico (Michigan)” (1996; 150).

Por

el

contrario,

la

vertiente

optimista,

sostiene

que

las

opiniones

son

principalmente “opiniones informadas” u opiniones que interactúan con las informaciones.

Fundan la racionalidad de la opinión pública en la disponibilidad de la información de la

que efectivamente gozan los ciudadanos. En este sentido Page y Shapiro (1992) sostienen

que la racionalidad es una de las propiedades distintivas de la opinión publica ya que los

cambios

en

sus

orientaciones

responden

al

devenir

de

los

acontecimientos

y

a

la

20

disponibilidad efectiva de información, hecho que demuestra su capacidad para establecer

juicios coherentes a lo largo del tiempo.

Finalmente entonces, en la medida en que se asimilan a los gustos las opiniones que

se expresan en el voto, y que las preferencias políticas se entienden más en función de

sentimientos y disposiciones, que de preferencias razonadas, la relación entre opinión y

voto (vista desde una perspectiva pesimista) es considerada necesariamente equivalente o

lineal. Este es el caso tipo de las perspectivas tanto colectivistas como individualistas desde

un enfoque no–racional. Sin embargo, como los autores enrolados en el consenso optimista

sostienen, la opinión pública puede ser considerada racional. Esto nos permite dar cuenta de

que la relación opinión - voto se encuentra atravesada, independientemente de la naturaleza

colectiva o agregada del concepto de opinión pública, por un debate más general que

enfrenta a un enfoque optimista y otro pesimista respecto de sus características esenciales.

El debate de fondo es si ésta es considerada racional o irracional. De esta forma damos

cuenta que, en la medida en que la opinión pública que se expresa en el voto se considera

racional, abre un interrogante acerca de la supuesta linealidad de la relación opinión-voto.

Para seguir explorando este planteo y antes de arribar a una conclusión en este

sentido, en la siguiente parte presentaré las teorías centrales del comportamiento de voto.

21

PARTE 2.

COMPORTAMIENTO ELECTORAL: de las Opiniones al Voto.

“¿Cuál es la estructura y cuáles los componentes de lo que se llama, de modo resumido y global, opinión? (…) Los estudios e investigaciones que analizan estas cuestiones son sobre todo las investigaciones sobre los comportamientos electorales. Es fácil entender porque, si recordamos que lo que más importa, en el ámbito de la opinión del público, es opinar sobre la res pública.” (Sartori, 1992: 164)

a.

Las explicaciones sociológicas: La influencia de modelo sociológico de lo

público.

Las explicaciones tradicionales del voto se remontan originalmente a los análisis

sociológicos

del

comportamiento

electoral.

Cuando

lo

único

disponible

eran

datos

agregados, los principales investigadores y la experiencia cotidiana dejaban en claro la

presencia de agregados colectivos en forma de grupos sociales con comportamientos

sociales distintos, entonces, determinantes como la clase social de pertenencias (o grupo

étnico, filiación religiosa, etcétera, entre otros) sobresalían como determinantes de la

conducta política (Etchegaray, 1996) 14 .

La

explicación

sociológica

argumenta

que

existe

una

correlación

entre

los

determinantes sociales y el voto sugiriendo que la pertenencia a distintos grupos sociales

influye en las decisiones de voto (véase por ejemplo, Lazarsfeld et al., 1944). Se considera

14 Este enfoque también es conocido como “geografía electoral” en consecuencia con la naturaleza agregada de los datos que maneja. (Molina, 2005).

22

que los votantes son instrumentales, es decir, que votan a los partidos que reflejan mejor los

intereses de sus grupos. Los orígenes de este enfoque se remontan a la Escuela de

Columbia, cuyos estudios formularon las condiciones determinantes de la persistencia del

voto de grupo como sigue:

“En suma, las condiciones que subyacen a la persistencia de las divisiones del voto parecen ser (1) la diferenciación social inicial que hace que las consecuencias de las medidas políticas sean material o simbólicamente diferentes para grupos diferentes; (2) las condiciones de transmisibilidad de generación en generación y (3) las condiciones de proximidad física y social para continuar en contacto con el endogrupo en generaciones futuras” (Berelson, Lazarsfeld y McPhee, 1954:75).

En la década del 40 Lazarfeld, exponente fundamental de esta corriente, estudia la

formación,

los

cambios

y

la

evolución

de

la

opinión

pública,

centrándose

fundamentalmente en el análisis de los “votantes mutantes”, es decir de aquellos individuos

que cambiaron su opinión, actitud o voto puesto que “eran precisamente los sujetos en

quienes se podían observar los procesos de cambio y de formación de las actitudes” (Paul

Lazarsfeld, Bernard Berelson, Hazle Gaudet, 1962). En “El pueblo elige”, junto con otros

investigadores de Columbia ofrece una caracterización de las diferencias ideológicas entre

republicanos y Demócratas en Estados Unidos, determinadas por su condición de clase y

sus opiniones sobre asuntos públicos 15 . Para esto elaborarán un “índice de predisposiciones

15 Es de destacar que en sus estudios, las referencias a Actitudes, opiniones o comportamiento y voto, se dan la mayoría de las veces de manera intercambiable. Esto refuerza nuestra idea acerca de que las investigaciones tradicionales del voto no logran diferenciar opiniones de comportamientos.

23

políticas” (IPP), basado en una combinación de variables, a partir de lo cual predecir el

voto. El índice es establecido a partir de una estratificación por religión y residencia dentro

de cada celda de Nivel socio económico vinculado con la identificación partidista. El

estudio concluirá que son estas variables sociales las que mejor explican las opiniones de

los ciudadanos y a partir de ahí el comportamiento electoral.

Como resultado de su investigación los autores acuñaron tres conceptos para

explicar las variaciones en el comportamiento del electorado:

- Cristalizantes: aquellos votantes que pasaron del “no se” al voto republicano o al

voto demócrata.

- Fluctuantes: Aquellos que tenían una posición definida y luego se retractaron,

cambiaron de partido y presentaron mayor imparcialidad.

- Mutantes de partido: Aquellos que de manifestarse partidarios de uno cambiaron su

voto por el partido opuesto.

En estudios posteriores agregarán como variable independiente a la influencia

personal por parte de familiares y amigos obteniendo una fuerte correlación con el

comportamiento electoral. De esta forma, en los casos donde existía consenso sobre las

intenciones de voto al interior de una familia, entre el 80 y el 90% mantenía su intención

de voto en el tiempo.

Algunas de sus principales conclusiones apuntan a que la decisión del electorado

está definida en gran parte por la pertenencia a grupos sociales primarios (familia, amigos,

trabajo, origen étnico), que la influencia de las campañas es poco significativa y que la

24

comunicación al interior de los grupos primarios influye en la toma de decisiones

electorales, debido al fuerte sentido de pertenencia al grupo.

Estos hallazgos tuvieron un fuerte impacto en el campo académico, puesto que

pusieron en cuestión la percepción muy difundida en la época acerca del efecto ilimitado de

los medios masivos de comunicación sobre el comportamiento político. Es así que el

enfoque sociológico del voto es conocido también en el campo de la comunicación como

“paradigma de los efectos limitados”, según el cual la clase social y otras variables sociales,

limitarían el poder de los medios de comunicación en la formación de opinión y en el voto.

Como observa Elihu Katz (1998), “las repercusiones de los medios están atemperadas por

procesos selectivos de atención, percepción y memoria. Estos dependen a su vez de

variables de situación y de predisposición como la edad, la familia y la pertenencia

política”

(Katz, 1998). El papel central

en esta perspectiva, lo ocupa entonces el grupo

primario.

En definitiva, el enfoque sociológico sostiene que las identidades de grupo afectan

a las actitudes y a los intereses. A su vez, estas actitudes afectan a cómo votan las personas.

De estas investigaciones se deduce, entonces, que la pertenencia a un grupo determina de

igual modo a las actitudes y la opinión pública como al voto.

Otra obra influyente que coincide con en el paradigma sociológico es la de Lipset y

Rokkan (1967), quienes defendieron que las identidades de grupo no sólo influyen en el

comportamiento electoral, sino que también determinan el número de partidos políticos. En

otras palabras, los partidos políticos evolucionan en respuesta a las divisiones sociales.

25

En los años 60, a partir del trabajo clásico de Lipset y Rokan (1967)

comienza a

cobrar relevancia el término clivaje o “línea de fractura”, concluyendo que los clivajes

sociales de entonces simplemente reproducían los clivajes sociales de una generación

anterior. Entre dichos clivajes incluían los que oponían a clericales y seculares, agraristas e

industrialistas, urbanos y rurales 16 .

Sin embargo, a pesar de la fortaleza que demostró este modelo a mediados de los

60, comenzó a plantear algunas limitaciones. La principal de ellas es que no es capaz de

predecir los cambios en el comportamiento electoral cuando los determinantes sociales se

mantienen estables 17 . Como afirma Etchegaray (1996), “si la pertenencia de clase, aún en

situaciones de movilidad social, acompañaba al individuo por años, si no décadas, ¿cómo

explicar la variabilidad en los porcentajes de votos obtenidos por partidos de clase obrera o

de clase media?”

(1996). Es un hecho de la realidad que ante situaciones criticas o

coyunturales se redefinen alineamientos partidarios e identificaciones políticas y esta

misma posibilidad es una muestra de la pérdida del peso de las divisorias sociales como

determinantes del comportamiento politico.

Como sostiene Paramio (1998), entonces, parecería lógico admitir que el papel de

las divisorias sociales en la determinación de la identificación política, las preferencias y

16 Estas posiciones analíticas tuvieron un importante arraigo en los análisis Latinoamericanos, que comenzaron a encontrar pruebas empíricas en su realidad histórica particular y a identificar a partir de clivajes sociales como la clase social, al voto Peronista, Aprista, Varguista con el voto obrero, de la misma manera que el voto Radical. Democristiano, Copeyano o Panista, con la clase media (Mora y Araujo y Llorente, 1980; Ames 1971).

17 La comprensión de esta limitación es importante para entender por qué la teoría sociológica no logra explicar la creciente volatilidad electoral que prevalece en las democracias contemporáneas y por ende la necesidad de recurrir a teorías del tipo de la opción racional.

26

opiniones, es bastante más reducida de lo que se suele entender y que es más realista una

teoría como la de Converse (1969), que concentra sus explicaciones en función de la

socialización y el aprendizaje (Paramio, 1998: 81).

27

b. Las explicaciones psicopolíticas: Opiniones, Actitudes y Voto.

En la medida en que se produjeron cambios en la composición de la estructura

social

de

las

sociedades

avanzadas,

los

determinantes

sociales

perdieron

capacidad

explicativa, en el sentido que se empezó a demostrar una correlación empírica débil entre

estos y el voto. Por otra parte, ligado a la mayor accesibilidad que fueron ganando los

estudios de opinión pública, se fue gestando un enfoque que priorizaba el papel de los

vínculos afectivos con la política, desarrollados por el individuo en el proceso de

socialización. A partir de los sentimientos y valores heredados de los padres u otros agentes

de socialización política, las personas se comienzan a identificar con determinado partido

político, lo cual determina su voto en las urnas.

Este enfoque cobra relevancia a partir de los 60 con un influyente trabajo de la

denominada “escuela de Michigan”. Los autores de este trabajo son Angus Campbell,

Philips Convers, Warren Millers y

Donald Stoker y la obra “The american Voter”. Este

enfoque se construye a partir de la observación de las actitudes políticas de los votantes,

identificando tres tipos de actitudes como las de mayor peso explicativo en la decisión del

voto: la identificación partidaria; la actitud frente a los temas del debate electoral y la

simpatía por el candidato. Sin embargo, el papel dominante en la investigación del

comportamiento electoral lo jugará durante mucho tiempo la noción de “identificación

política” que es entendida como un fenómeno psicológico afectivo que se desarrolla desde

la niñez y que presenta gran estabilidad a lo largo de los años. Estos autores argumentan

que la influencia de la identificación partidista en las preferencias sobre elementos

relevantes de la política es mayor que la influencia de estos últimos sobre la identificación

28

partidista. En otras palabras los individuos se aproximan a la política

con los lentes de la

identificación partidista, es decir que evalúan los objetos políticos desde sus propias

preferencias partidarias 18 .

El modelo de Michigan o enfoque psicológico de la conducta política también puso

énfasis en el estudio de la comunicación política, especialmente a partir de la crítica a los

trabajos de Columbia quienes consideraban limitado el impacto de la comunicación. Para

los investigadores de Michigan, a diferencia de los de Columbia, era necesario tomar en

cuenta elementos claves como “la activación de predisposiciones latentes” o la motivación

de los votantes a partir de una identificación partidaria ya definida.

Como afirma Campbell et al. (1960)

“En la competición de voces que pugnan por alcanzar al individuo, el partido político es una agencia muy importante de formación de opiniones. La fuerza de la relación entre la identificación partidista y la dimensión de las actitudes del simpatizante sugieren que las respuestas a cada elemento de la política nacional están profundamente afectadas por las adhesiones duraderas del individuo al partido”.

Esto implica que la relación entre la pertenencia al grupo y las actitudes debería ser

similar a la que se da entre la pertenencia a un grupo y el voto. Si bien en este sentido no

habría mayores diferencias con el enfoque sociológico, este modelo admite que podría

18 Para un análisis desde esta perspectiva en Argentina, ver el trabajo de Gerardo Adrogue y Melchor Almesto (1998) publicado en Desarrollo Económico, vol. 38, no. 149 en el que para analizar la opinión pública polìtica definen como “campo de significación partidaria” a la evaluación politica que realizan los ciudadanos desde las propias preferencias partidarias.

29

suceder que diferentes contextos políticos indujesen relaciones entre grupos y actitudes que

sean distintas de las postuladas por el enfoque sociológico 19 .

La noción de “identificación partidista” jugó un papel central en la investigación del

comportamiento electoral hasta la década pasada. Campbell, Converse, Miller

y Stokes

(1960) la definieron como “la orientación afectiva de un individuo hacia un importante

grupo-objeto de su ambiente”, un fenómeno psicológico afectivo que se desarrolla desde la

niñez y que presenta una gran estabilidad a lo largo del tiempo. Si bien lo central de este

modelo es la idea de que la identificación partidaria determina el voto, se ha observado a

través de la creciente difusión de encuestas, que ésta no presenta actualmente la estabilidad

que caracterizó al modelo en su momento de esplendor. Las fluctuaciones observadas en

general responden a variables de corto plazo en contraposición a la larga duración que

caracterizaba a la noción de identificación partidaria. Es decir, las actitudes que cobran

relevancia en la investigación son las relacionadas más directamente con las campañas

políticas, con los candidatos y temas prevalecientes. Por otra parte, el modelo de

identificación partidaria se ha encontrado con una fuerte limitación empírica en su

incapacidad para explicar el comportamiento electoral de los “votantes independientes” que

constituyen un grupo cada vez más importante del electorado.

Como se pudo observar hasta aquí, el modelo sociológico, referente a variables

estructurales, sociales

y demográficas, se mantuvo mientras las elecciones mostraban

estabilidad y los canales de comunicación reflejaban en gran medida las opiniones de

19 Sin embargo se entiende que desde ambos enfoques se postula la determinación estructural del comportamiento electoral, sea o no mediado (y medido) por la identificación de actitudes hacia los objetos políticos.

30

grupos constituidos políticamente. A medida que el voto comenzó a fluctuar la teoría

psicológica se mostró útil para analizar las fuentes de estabilidad (los vínculos afectivos

con partidos políticos) y separar las fuentes de cambio, relacionadas con variables de corto

plazo (las actitudes en relación a candidatos y temas de campañas). Sin embargo, si bien la

teoría psicológica logra explicar más acabadamente el comportamiento político, en la

medida en que supera una de las principales limitaciones del enfoque sociológico (explicar

los cambios en el comportamiento electoral cuando los determinantes sociales se mantienen

estables) se encuentra con una fuerte limitación empírica en el evidente desapego partidario

que prevalece en las democracias desarrolladas.

31

c. Elección Racional: mas allá de la paradoja del voto

El enfoque de la elección racional parte de rechazar las teorías tradicionales (teorías

sociológicas y psicológicas) que centran sus explicaciones en variables sociales o de

socialización con partidos políticos, señalando que el mecanismo por el cual se decide el

voto es un cálculo costo-beneficio a partir de la evaluación real o potencial de determinada

fuerza política en el gobierno. En esta perspectiva se da un importante peso a los efectos de

corto plazo en el voto, como ser las fluctuaciones económicas, las crisis políticas o más

directamente elementos específicos de cada elección como son los candidatos y temas

prevalecientes de campaña

El modelo, conocido como “cálculo del voto”, fue inicialmente desarrollado por

Anthony Downs (1957) y reconoce que el elector decide en dos momentos conforme a un

cálculo de utilidad esperada (Downs, 1957). En un primero momento decide votar o

abstenerse en función de los costos o beneficios de acudir a votar. En un segundo momento

decide votar por el candidato más cercano a sus posiciones políticas ideales y del que

espera el mejor desempeño. El acto de votar sería producto de un cálculo sobre los costos o

beneficios, así como de las probabilidades percibidas por el ciudadano de que su voto sea

decisivo en el resultado de la elección. En principio, entonces, la decision de votar se

explica básicamente a partir de 3 parámetros:

1) B= los beneficios (materiales como inmateriales) derivados de que el candidato o

partido preferido por el elector sea elegido.;

2) p = la probabilidad de que su voto determine el resultado de la elección;

32

3) C = los costos de votar, que incluyen el tiempo y dinero invertido en recurrir al

lugar de la votación, más los costos de obtener la información para votar correctamente.

El modelo predice, entonces, que los ciudadanos votan siempre que pB > C

Ahora bien, el modelo de “cálculo del voto”, tal cual fue concebido originalmente

por Downs enfrenta algunos problemas que llevaron a lo que se conoce como “la paradoja

del voto”. Si los componentes esenciales del cálculo del voto son pB el modelo conduce a

que el resultado en elecciones en que no es obligatorio votar será la abstención mayoritaria.

Sin embargo, “desgraciadamente para la teoría, la mayoría de la gente vota” (Criado

Olmos, 2003: 3). Lo que ha llevado a sostener que “este desequilibrio entre lo que predice

la teoría y la realidad observada supone un fracaso empírico para la explicación del voto

desde la teoría de la elección racional” 20 (Green y Shapiro 1995: 54-57).

Los intentos por solucionar la paradoja del voto desde dentro del programa de la

elección racional ha generado una importante cantidad de literatura (Criado Olmos, 2003;

Overbye, 2003; Riker, 1995; Aldrich 1995; Ferejohn y Fiorina, 1974). Uno de los intentos

de solución más extendidos es el de la inclusión de un parámetro D que representa la

utilidad que el elector recibe por el hecho de votar en sí. Ya en Downs (1957) estaba

presente la idea de que los sujetos racionales estarían motivados por cierto sentido de

responsabilidad.

Riker

y

Ordeshook

(1968,

1973)

desarrollan

esta

intuición

inicial

considerando que D representa el valor de cumplir con el deber cívico, así como el valor

20 Si bien no es nuestro objetivo realizar un desarrollo de las “patologías de la elección racional”, ni de los intentos de solución a la “paradoja del voto”, a partir del intento de solucionar algunas de estas cuestiones problemáticas dentro del programa de la elección racional, se encuentra algunas explicaciones del modo en que las opiniones y preferencias se convierten en votos. Para mayor detalle de este debate ver el número 102/103 de Zona Abierta, dedicado “La elección racional y el comportamiento electoral”.

33

derivado de expresar apoyo al sistema político. Este factor es considerado como un

“componentes expresivo” del voto, en el sentido que los electores reciben beneficios por el

hecho de votar independientemente de las consecuencias de su acción. El voto “se convierte

en un acto de consumo en lugar de un acto de inversión” (Fiorina, 1976).

De esta manera, el modelo predice que

si pB

+

D

>

C

el

resultado será la

participación de la mayoría.

 

Green

y

Shapiro

(1995)

han

criticado

esta

solución

a

la

paradoja

del

voto

considerando que incluir un término en el cálculo del voto que implica la gratificación

psicológica derivada del cumplimiento de un deber cívico es una explicación ad hoc y está

fuera del ámbito de la elección racional (1995: 52). De esta manera, si la decisión de votar

depende del término D que refleja la “utilidad expresiva” del voto, se convertiría esta

decisión en una cuestión de “gustos”, y como los modelos de la elección racional no

explican cómo se originan los gustos y preferencias, el voto no puede ser explicado por la

elección racional 21 .

Otro problema está relacionado con el factor p, dado que en una elección masiva no

existen bases racionales para calcular que un voto determinará la elección, por lo cual si no

puede calcularse el término p tampoco es posible justificar racionalmente el acto de votar.

21 Riker, replica esta crítica diciendo que la teoría de la elección racional no dice nada acerca del tipo de preferencias que debe tener el individuo, solo parte del supuesto de que los individuos saben lo que quieren y tienen la capacidad de ordenar sus preferencias transitivamente. Se trata de actores intencionales cuyas acciones dependen del orden de sus preferencias. Ahora bien, esta asunción de intencionalidad no implica necesariamente que las preferencias deban ser consecuencialistas. No hay nada que excluya preferencias que derivan del hecho en sí de votar. (Riker, 1995).

34

Existen, sin embargo, interpretaciones del modelo del cálculo del voto según las

cuales la decisión de votar puede ser entendida como producto de una elección racional y

no simplemente como una cuestión de gustos (Barry, 1978; Overbye, 1995; Aldrich,

1993) 22 y desde una perspectiva más amplia permite entender no solo el abstencionismo en

particular, sino el comportamiento electoral en general. En esta línea, Jonh Aldrich (1993)

toma en cuenta 3 factores para dar un mayor valor explicativo al modelo del cálculo del

voto.

1- Sostiene que el votar o abstenerse es una decisión baja en costos y en beneficios,

por lo que la decisión se realiza casi siempre en “el margen”. Por lo tanto es un error

considerar el voto como un ejemplo arquetípico de los problemas de la acción

colectiva, ya que estos implican siempre altos costos y altos beneficios

1993: 265).

(Aldrich,

Esta explicación ha sido acusada de “un tanto desesperada”

(Criado Olmos, 2003),

puesto que la solución sería dejar al voto fuera del ámbito de la elección racional, por no ser

un típico problema de acción colectiva. Sin embargo, esta es una crítica parcial (desde mi

punto de vista) ya que no tiene en cuenta los otros 2 factores mencionados por Aldrich, a

partir de los cuales queda claro que la intención no es dejar fuera del ámbito de la elección

racional al voto.

22 Overbye explica esta motivación expresiva del voto desde una aproximación de la elección racional sosteniendo que el voto puede ser visto como una decisión racional de inversión. Pero no de una inversión para conseguir determinado resultado electoral, sino más bien una inversión en un tipo de reputación que los individuos están interesados en mantener (Overbye 2003).

35

2- En esta aproximación a una solución a la paradoja del voto, replanteando el

término p aparece como un elemento central a tener en cuenta el hecho de que la

elección no puede ser entendida de manera aislada de las estrategias de campaña y

del historial de desempeño político del gobierno y de los partidos. En este sentido

se parte de reconocer que la decisión no se realiza en un “vacío político”, sino

tomando en consideración la información proporcionada por las campañas y por

“políticos estratégicos”.

En esta perspectiva, por más que el elector carezca naturalmente de la “base racional”

para realizar el “cálculo de su voto” es el político quien mediante sus decisiones

estratégicas se encarga de ofrecer la cantidad de información que considera necesaria y/o

bajar los costos de votación de acuerdo a cada coyuntura electoral (Aldrich, 1993). Señala

en este sentido, que el papel decisivo de los políticos estratégicos en el cálculo del voto

explica por qué los datos agregados muestran consistentemente un nivel más alto de

participación en las elecciones cerradas, a pesar de que los votantes, según informan las

encuestas, desconozcan el término p, es decir el valor de su voto, en la decisión de votar o

no.

(Aldrich, 1993). Los ciudadanos pueden considerar o no importante lo cerrado de las

elecciones, pero los políticos necesariamente lo consideran en sus decisiones estratégicas.

3- Respecto del término D, como vimos, refleja consideraciones de largo plazo, y es

intepretado generalmente como un sentido de deber cívico, de mantenimiento de la

democracia y por tanto no relacionado con las campañas en particular, sino con la

polìtica en general. Aldrich lo reintrepreta argumentando que este término refleja un

sentido de “eficacia externa”: qué tanto siente el ciudadano que el gobierno es capaz

36

de responder a sus demandas y resolver sus problemas. El sentido de eficacia

externa es producto de la historia polìtica, ya que refleja cómo las instituciones y

gobernantes se han desempeñado en el pasado a juicio del electorado. Por lo tanto

este interpretacion está dentro de la elección racional. Si el sentido de eficacia

externa es bajo, el valor del voto disminuye, pues no se derivan beneficios de elegir

a algún candidato en especial.

Este avance en la perspectiva de la elección racional se ajusta perfectamente al

modelo del cálculo del voto de

Downs que se basa en el impacto del conocimiento

imperfecto sobre la acción política. Desde un supuesto de conocimiento perfecto ningún

ciudadano podría influir sobre el voto de otro, “cada uno sabe lo que más le beneficia, lo

que el gobierno está haciendo y lo que otros partidos harían si estuvieran en el poder; por lo

tanto la estructura de preferencias políticas del ciudadano le conduce a una decisión no

ambigua sobre cómo debería votar”

(Downs, 1992: 98). Desde este supuesto, entonces la

opinión necesariamente es considerada igual al voto (O = V) 23 . Ahora bien, sabemos que

estamos en un mundo en el que prevalece la información imperfecta, por lo cual como

sostiene Downs, “en cuanto aparece la ignorancia, el claro camino que conduce de la

estructura de preferencias a la decisión de voto se oscurece por falta de conocimiento”

(Downs, 1957). De esta manera, la evidencia creciente de un electorado indeciso, conduce

a la necesidad de producir información para aclarar sus preferencias, tras lo cual surgen los

“persuasores” (en la terminología de Downs o “políticos estratégicos” en la de Aldrich) que

23 Suponiendo que el conocimiento sea perfecto, no habría diferencias en este punto con las teorías tradicionales en el sentido que opinión y comportamiento (voto) se siguen correspondiendo de manera directa. Más adelante regresaré sobre esta cuestión al referirme a la teoría de la preferencia revelada.

37

pueden ser muy efectivos en producir estos hechos. Esta falta de información, crea una

demanda en el electorado que será respondida por los partidos políticos creando una oferta

(Downs, 1957).

De esta manera, un elemento importante a tener en cuenta, como resultado de los

intentos de superación de la “paradoja del voto”, es que se parte de considerar que si bien

las preferencias políticas pueden ser exógenas al juego político, las decisiones electorales

no se dan “en el vacío”, sino que dependen en última instancia de la interacción entre las

preferencias de los votantes, las campañas y las posiciones de los partidos

Andersen y Anthony Heath, 2001) 24 .

(Robert

A esta altura, entonces, estamos abordando el segundo momento que contempla esta

teoría: la dirección del voto.

En este aspecto, como señalamos anteriormente, la teoría supone que los electores

votan al partido que en su programa se aproxima más a sus propias preferencias, valorando

no solo las promesas, sino la probabilidad de que el partido las cumpla, la capacidad de los

candidatos y las posibilidades que tiene de ganar, es decir, predice que el elector votará al

candidato del que espera mejor desempeño en relación con los aspectos que considere más

relevantes para su vida. Los factores claves en la definición de la dirección del voto son,

24 Es importante resaltar que este enfoque permite comprender el sentido “reactivo” del voto, característico de las democracias actuales en las que, según el análisis de Manin emerge el “voto respuesta” en contraposición al “voto expresivo” propio de las democracias clásicas de Partidos que dieron lugar a los enfoques tradicionales de la teoría del voto (modelo sociológico y psicológico). De esta manera los enfoques tradicionales y de la elección racional se diferenciarían también en que los primeros buscan explicar el voto en el sentido de una expresión, ya sea de una identidad de clase o identificación política, mientras los segundos explican la decisión y el sentido del voto como una “respuesta” a la oferta política en cada coyuntura.

38

entonces, las posiciones ideales de políticas de los electores y la manera en que estos

obtienen y utilizan la información respecto a los programas y desempeño esperado de los

candidatos 25 . De esta manera existen en el marco de la elección racional, distintos enfoques

que buscan interpretar estos y otros factores para explicar la dirección del voto.

En principio se considera que la utilidad que orienta el voto puede ser tanto

económica como no económica, dependiendo de la cuestión que privilegia el votante, así

como del tema que cobre más relevancia pública en la sociedad. El enfoque prevaleciente

en este aspecto fue el que asume a dicha utilidad en términos estrictamente económicos y es

conocido como enfoque del “voto económico”. Este enfoque supone que los individuos

deciden racionalmente su voto calculando el interés de acuerdo a los beneficios o perjuicios

económicos que le ofrece el partido gobernante o la oposición. Sin embargo existen

variadas versiones del voto económico 26

que analizan las diferentes orientaciones del

electorado y el tipo de reglas de decisión que siguen para definir el voto. Aquí entran

diversas posibilidades a tener en cuenta:

En una dimensión que la literatura especializada ha organizado como Egotropica vs.

Sociotropica, algunos votantes consideran que lo importante es cómo el gobierno ha

manejado la economía Nacional, mientras que para otros solo importa el impacto personal

25 Como señalamos más arriba, se parte del supuesto de que la decisión de votar se toma en un ambiente de “información imperfecta”, dado que pocos electores invertirán el tiempo necesario en seguir con detenimiento las campañas políticas, evaluar las propuestas y estimar los beneficios derivados de las distintas opciones. Puesto que el voto es una decisión baja en beneficios (entre otras razones porque la probabilidad de que un voto determine la elección es muy bajo), existen incentivos para mantenerse “racionalmente ignorante”.

26 Para un interesante y completo estudio de las diferentes versiones del “voto económico” ver (Etchegaray, 1996) en el que propone explorar la heterogeneidad intrisnseca al modelo del voto económico.

39

de las políticas implementadas. De esta manera, uno de los dilemas que acompaña al voto

es el objeto de referencia: el individuo o la colectividad. Así, las personas usan variados

procesos

cognitivos

para

ahorrar

costos

de

información,

evaluando

las

condiciones

económicas personales y los éxitos o fracasos de la política económica del gobierno en este

aspecto (lo que se ha dado en llamar el “voto bolsillo”) o eligen, no tanto en función de

progresos personales, sino de orden colectivo, tomando en consideración el estado general

de la economía Nacional y las condiciones del conjunto de la población.

Por otro lado se ha considerado que los votantes realizan cálculos haciendo

evaluaciones retrospectivas o prospectivas. En este sentido quienes sostienen la perspectiva

retrospectiva del voto (Fiorina, 1978; V.O. Key 1966) consideran que los electores juzgan

al gobierno anterior por sus resultados y lo castigan votando a la oposición o lo premian

revalidando su mandato

(Etchegaray, 1996). De esta manera se podría argumentar

siguiendo a V.O. Key que dado que la única información de que dispone el elector es la que

se refiere a lo que ya realizó el gobierno, es razonable concluir que los votantes deciden en

función de una evaluación primordialmente retrospectiva. Así sostiene que

“los patrones de cambio del voto retratan nítidamente al electorado como un evaluador de eventos pasados, desempeños pasados, y acciones pasadas. Este juzga retrospectivamente (…) Los votantes pueden aprobar o rechazar sobre la base de lo que conocen, pero es poco probable que se sientan atraídos por promesas” (V.O. Key, 1966).

En un sentido contrario hay quienes se inclinan a sostener que el votante opta por

proyectos de política económica, es decir tomando en cuenta sus expectativas a futuro,

prospectivamente. Downs (1957) plantea que lo racional para el individuo es votar

40

pensando en los resultados futuros, ponderando la capacidad de las fuerzas en competencia

para llevar adelante una política económica positiva 27 .

Si bien la perspectiva del voto económico se convirtió en un enfoque predominante

en el análisis electoral, presenta algunas limitaciones. En principio, si como dijimos el

modelo de la elección racional plantea que la utilidad que orienta al voto puede ser tanto

económica como no económica, la perspectiva del voto económico tiende a ignorar la

importancia de los temas no económicos lo cual equivale a “descontextualizar el escenario

de la opción electoral”

(Etchegaray, 1996). Por otra parte no tiene en cuenta que la

decisión del voto se produce en el medio de una campaña electoral en la que tanto el

gobierno como la oposición apelan a estrategias y mensajes que exeden el terreno de la

acción económica.

Fabián Etchegaría resume esta critica diciendo:

“Al presuponer tácitamente que el proceso de decision electoral se da en el vacío, sin atender a los antecedentes historico culturales ni a las campañas públicas, en procura de reclutar y movilizar nuevos apoyos electorales por parte de las fuerzas en competición, la perspectiva del voto económico deja abierta un flanco demasiado grande. Si sus virtudes reside en ofrecer una vision parsimoniosa de cómo actúan los

27 La vinculación entre las percepciones retrospectivas / prospectivas, y personales /sociotrópicas de la economía y el voto dio lugar a una basta literatura sobre el tema que ha conjugado estas dos dimensiones dando origen a lo que se conoce como el “voto campesino” (peasants) y el “voto banquero” (bankers). El voto campesino tipifica a aquellos electores que hacen primar las evaluaciones personales–retrospectivas en su decisión de voto, en tanto que el voto banquero corresponde a aquellos que priorizan las evaluaciones prospectivas acerca de la economía del país.

41

individuos, esto es, votando por el gobierno cuando evalúan positivamente su gestión y en contra cuando esta deja que desear, sus falencias son demasiado gruesas para ser ignoradas. (Etchegaray, 1996)

Una interpretación más avanzada 28 del voto económico, que recupera las opiniones

tanto retrospectivas como prospectivas respecto de la economía, es la de

Jose María

Maravall y Adam Przeworski (1999). Sostienen que incluso si los votantes toman

decisiones con la mirada puesta en el futuro, pueden seguir basando sus previsiones de

modo exclusivo en los antecedentes de gobierno y oposición, simplemente extrapolando el

pasado, pero que los individuos pueden también pensar en el futuro sin hacer inferencias a

partir del pasado, aprovechando los indicios que les proporcionan la campañas u otras

fuentes (1999: 13). De esta manera, los votantes pueden pensar que las dificultades del

pasado fueron necesarias para un prospero futuro

(Susan C. Stokes, Adam Przeworski y

Jorge Buendía Laredo 1997) o concluir que aunque el futuro bajo el gobierno actual es

poco prometedor, la oposición empeoraría las cosas; y, a la inversa, que aunque el gobierno

está haciendo las cosas bien, la oposición las haría mejor 29 . Ahora bien, quizas lo más

28 En el sentido que ofrece una explicación que contempla que la decisión “no se da en el vacío”.

29 Siguiendo a Stokes podemos distinguir diferentes mecanismos interpretativos (tipos) que la gente utiliza para procesar y evaluar información sobre la economía: 1) La gente puede considerar los resultados económicos pasados como buenos, esperar que sean buenos en el futuro y recompensar al gobierno. Puede, por el contrario, ver mal el futuro y apoyar a la oposición. Estas posturas son «normales», al menos normalmente esperadas en el modelo de voto económico 2) La gente puede considerar los resultados económicos pasados como malos, pero creer que mejorarán si al gobierno se le permite continuar en el poder. Por lo tanto, aunque las valoraciones retrospectivas sean negativas, el castigo al gobierno carece de sentido: sus políticas, aunque dolorosas, son la causa de las expectativas optimistas. Estas posturas son «intertemporales»25. 3) La gente puede esperar que el futuro sea malo, al margen de cuáles sean sus valoraciones retrospectivas del pasado. Es decir, puede considerar los resultados económicos pasados y los esperados en el futuro en términos recurrentemente negativos, o creer que se deteriorarán. Pero no responsabilizan al gobierno de estas evaluaciones negativas, cuya causa ven en el legado de la mala gestión

42

interesante para el argumento de esta tesis, es que este planteo sostiene que “la dirección de

la causalidad” opinión sobre la economía-voto “no es obvia” (Jose María Amravall y Adam

Przeworski , 99), ya que estas interpretaciones pueden basarse en la evidencia a la que

tienen acceso los votantes, pero tambien pueden constituir racionalizaciones ex post de

decisiones de voto basadas en compromisos polìticos o ideologías previas. Mediados por la

clase

y

la

ideología,

las

mismas

condiciones

interpretaciones. (Gamacho s.f.).

económicas

pueden

tener

diferentes

Concluyen que las reacciones políticas a la economía no se corresponden siempre

con la lógica del voto económico. Aunque las opiniones sobre la economía pueden haber

producido

reacciones

políticas,

estas

opiniones

también

resultan

de

consideraciones

políticas previas. Los votantes deciden, por las razones que sean, apoyar al gobierno o a la

oposición, y después elijen los argumentos que sostienen su decisión. De esta manera,

ponen en cuestión la relación causal según la cual las opiniones sobre la economía son

útiles para predecir el voto.

Si bien esta interpretacion puede ser cuestionada por recurrir a explicaciones por

fuera del modelo de la elección racional (ya que remitirían a explicaciones de tipo

sociológicas o psicológicas), a pesar de su énfasis individualista, desde la propia teoría

económica de gobiernos anteriores o en fuerzas que escapan al control de cualquier gobierno. Los votantes son pesimistas, pero no castigan al gobierno. La oposición no es una opción mejor. Estas posturas son «exonerativas». 4) Sea como sea el pasado, los ciudadanos pueden pensar que el futuro de la economía será bueno. Pero no recompensan al gobierno por este optimismo: si se espera que la economía funcione bien (y quizás se considere que ha funcionado bien en el pasado), o no relacionan esto con las políticas económicas o simplemente no les gusta el gobierno por cualquier otra razón. Por lo tanto, están inclinados a votar a la oposición. Estas posturas son «de oposición». 5) La gente mira hacia el pasado, escru