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DOMINGO, 28 DE FEBRERO DE 2016

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TENDENCIAS
FAUNA CRÓNICA

El mejor lugar para
la fauna silvestre
es su propio hogar
Por más amor que alguien le dé a una de estas especies,
nunca superará estar en la naturaleza, con los suyos.
VIENE 48
Por MÓNICA QUINTERO RESTREPO

uando Lucy llegó al zoológico, Marta Yarce, la
cuidadora, le quitó el
mameluco, y a ella, a la mica, le
pareció que hacía frío, le faltaba su ropa. Entonces se tapó
con la cobija. Igual le pasó a
Mauricio, que tenía 12 años
cuando la autoridad ambiental
lo rescató. Estaba tan acostumbrado a vestirse que al quitarle
su traje se sintió desnudo y se
tapó con las manos.
Vestirse no es natural en los
monos y para rehabilitarlos hay
que quitarles la ropa, si se quiere que vuelvan al bosque. ¿Se
imagina que el saco se le enrede
en una rama, en un salto de un
árbol a otro? Cuando les quitan
la ropa, indica Julio Oyola Ceballos, el veterinario, se deprimen,
les puede dar diarrea, ansiedad,
buscan algo para taparse. Enseñarles a que no necesitan ninguna prenda pasa por mantenerlos ocupados, hasta que se
les olvide que están desnudos.
La rehabilitación es de muchos procesos, y cada caso es
distinto. En los aulladores implica enseñarles a aullar y a
emitir los sonidos propios, que
les servirán incluso para alertarse del peligro. Requieren
aprender a buscar su alimento,
y por eso a veces en el zoológico hacen que sea difícil, tanto
como en la vida silvestre. Además deben temerles a los depredadores, así que entran boas
y tigrillos y águilas a sus jaulas,
para que los reconozcan y les
tengan miedo. Todo eso necesitan aprenderlo, es más, a que
no les importen los humanos y
si ven alguno en su lugar, no
bajen a saludarlo.
“Con los monos aulladores hay que esperar de tres a
cuatro años, a que tengan un
tamaño adecuado, y que pasen ciertas pruebas para poder liberarlos. No los podemos soltar bebés porque se
morirían de frío, y aunque
hay miles de casos en la naturaleza y podría pasar que
otros monos lo adopten, no
hay seguridad. No es su hijo.
Para liberarlos tenemos que
evidenciar que en la zona no
haya otros que van a luchar
con ellos por el territorio”.

C

LA MICROHISTORIA

HISTORIAS PARA SONREÍR
La gamina –como Marta Yarce, la cuidadora, la llamó de
cariño– era una mona que llegó al zoológico con quemaduras eléctricas y la piel de la boca perforada. Por ese
roto se le salía la comida. “Era muy nerviosa y no se podía tocar porque convulsionaba”. Entró al proceso de
rehabilitación y aprendió todo lo necesario para volver al
bosque. La gamina fue liberada el año pasado, y ahora
es una mona de verdad, otra vez. “Es muy emocionante
ver que hoy ya está liberada, sabiendo el maltrato al que
fue sometida y en el estado en que llegó. El biólogo que
les hace seguimiento le tomó una foto, y eso es una maravilla. Superó todos sus miedos”.

Animales en el Zoológico Santa Fe que están en proceso de rehabilitación (los monos aulladores) o de cuidado (el ave, que tiene las alas cor-

Cada especie tiene sus comportamientos específicos. En el
zoológico son expertos en monos aulladores, el programa en
el que se han especializado. No
rehabilitan ni liberan otras especies, esas quedan en manos
de la autoridad ambiental, que
puede ser el Área Metropolitana, Corantioquia, Cornare o la
Policía ambiental.
Las tortugas son otra especie que adoptan como mascota.
El especialista cuenta que es común que les dejen muchas en
la puerta del Santa Fe, en cajas.
Las evalúan, que estén sanas, y
las entregan a la autoridad ambiental, para que las rehabilite y
las libere luego. Con ellas el proceso de recuperación es más fácil, porque son reptiles y dependen menos de los humanos, en
tanto sus instintos son muy
marcados: ya saben que cuando tienen hambre, salen a buscar. No significa que su proceso
no sea traumático, claro, representa estar en un espacio que

no es su ambiente natural, con
una dieta que no es la suya.
Pasa igual con las boas, que
hacen parte de la lista. “Colombia es un país megadiverso. Hay
animales específicos que tienen
mucho más tráfico: los pajaritos pequeños que cantan mucho, las tortugas, los micos, las
loras, las guacamayas, los pericos. Los animales exóticos, que
son los que ingresan de otras
partes del planeta, también hay
cantidades”, precisa Julio.
El tráfico trae problemas sobre problemas. Entrar un animal exótico puede amenazar
otras especies. Si alguien, el veterinario da el ejemplo, trae un
erizo africano y lo reproduce, y
este se escapa a la vida silvestre,
será peligroso para el ecosistema local. ¿Quién va a comerse
al erizo? Ni un zorro, porque están las espinas. Sin control biológico se vuelve una plaga.
El control
Julio explica que el tráfico de

fauna silvestre es uno de los
principales problemas de la
fauna del país, y se mantiene
porque muchas personas se lucran de la actividad. Lo hacen
para diversos objetivos, si bien
uno de ellos, quizá el más cercano, es que los ofrezcan en las
carreteras para adoptarlos
como mascotas.
El tráfico ilegal es una de
las causas para que las poblaciones de especies disminuyan. A los traficantes, sea el
motivo que tengan, no les importa si se amenaza su conservación, o si están en peligro de
extinción. Es un negocio.
En Colombia es delito, y del
tema se habla hace muchos
años: el país se adhirió a la
Convención sobre el Comercio
Internacional de Especies
Amenazadas de Fauna y Flora
Silvestres, Cites, mediante la
ley 17 de 1981. La Constitución
Política de 1991 también señala como obligación del Estado
proteger la diversidad e inte-

gridad del ambiente.
Si bien hay leyes, aún siguen sacando animales silvestres de su hábitat. Uno de
los motivos es que hay gente
que los compra, muchas veces por pesar. Ni por pesar,
indica Julio, porque si hay demanda, hay oferta.
Otras personas deciden tener un animal de estos en
casa, y no escatiman ni los
efectos ni los riesgos. Desconocen los peligros, como las
enfermedades de transmisión
zoonótica, es decir, que se
transmiten de animales a humanos o de humanos a animales. Los niños y los ancianos son, sigue Julio, quienes
más propensos están, sus defensas no son tan fuertes.
Después está que la gente
no está preparada para una especie silvestre, que no es lo
mismo que tener un perro o
un gato. Marta Yarce, cuidadora del Santa Fe, expresa que un
mono no es una mascota.

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CRÍTICA

“Es triste ver que una
persona compre un
animal silvestre para
tenerlo como
mascota, que los
niños jueguen con él
y se peleen por
cargarlo. Un
animalito que es del
bosque, que nunca
debió salir de allí”.
MARTA YARCE
Cuidadora zoológico Santa Fe.

tadas). FOTOS MANUEL SALDARRIAGA

“Ellos son muy tiernos, quién
dice que no, mucha gente dice
que muy lindo, pero tener un
mico bebé es como tener un
bebé humano, hay que levantarse cada dos horas. La gente
los compra, pero cuando ya se
dan cuenta lo difícil, ahí es
donde los regalan”.
Los animales, falta por
comprender, no son juguetes.
Daños y maltratos
Para muchos, que una lora
hable, y si dice groserías mejor, es diversión completa.
Para las loras, sin embargo, es
un daño. Por naturaleza no
hablan ni tienen conciencia
de qué dicen. “Ellas simplemente repiten, y en el proceso de adaptarse a un lugar,
creen que es natural decir cosas. Si escuchan diciendo una
misma palabra, se adaptan a
ella, porque tienen cuerdas
bucales que les permiten decirlas”, comenta Julio.
Una lora que hable no vuel-

ve a la vida silvestre, en tanto es
más sencillo que sus depredadores, llámese tigrillo u ocelote,
la identifiquen. Además deben
aprender a volar. Las loras vuelan, aunque no parezca.
Pasa igual con algunas
aves, que se acostumbran tanto a las personas, que prefieren caminar. Por eso, en un
proceso de rehabilitación,
cuando un ave vuela, la felicidad traspasa límites para los
cuidadores: es liberarse a sus
instintos, depender menos de
los humanos, aumentar la posibilidad de volver a casa.
Muchos de los animales
que llegan al zoológico están
maltratados. Marta señala que
llegan con quemaduras, laceraciones, heridas de collares, las
orejas rotas, electrocutados, sin
picos, alas. Han tenido tortugas
con las caparazones rotas, que
mueren, porque como la caparazón no es aparte del cuerpo,
sino que es una sola cavidad, al
romperse la presión que hay
adentro se pierde, y los pulmones colapsan.
Las aves tienen a veces las
alas cortadas, y eso implica hacer cirugía para quitárselas y
esperar que crezcan unas nuevas. Otras están quebradas o
con daños irreversibles, y no
pueden volar nunca más.
Si un animal no está en sus
condiciones tendrá que quedarse en el zoo. Le pasa a los
aulladores. Si la cola está amputada, si les falta un pedazo
de dedo, aunque aprendan
todo, no se liberan porque van
a ser vulnerables. “Estos animales –afirma el veterinario–
pasan a ser parte de exhibición. Se muestran al público
como un método educativo,
para mostrar la especie, que la
reconozcan y sepan que no
hay que comprarla”.
Su hogar será una jaula.
Le pasa al lobo que encontraron en Medellín. En Colombia no existe un programa de
rehabilitación de lobos, y hasta
ahora, es el único conocido en
el país. Julio expresa que es difícil devolverlo, debido a que no
es una especie en peligro de extinción, es decir, hay lobos suficientes y no lo necesitan, además está muy acostumbrado a
los humanos. No sería viable
llevarlo de vuelta. Por ahora se
exhibe en el zoológico, mientras Corantioquia termina
pruebas sanitarias y genéticas
para saber su hábitat ideal.
Otro ejemplo son los hipopótamos de Nápoles, “que están contaminados genéticamente, porque son hijos de los
mismos hijos, no puros. Ya en
África, donde hay hipopótamos genéticamente viables, no
son necesarios, como para llevarles un animal que no lo es.
Ese es el problema del tráfico:
no le causas daño a un solo
animal, sino a toda una especie”, concluye el veterinario.
Hay esperanza, sin embargo. En diciembre el zoológico liberó nueve monos. Delio, que
ya dejó de tener nombre humano para reconocerlo más fácil –
Marta es quien los nombra–,

era el macho dominante.
Lo mejor sería, por supuesto, que no hubiesen liberaciones, en tanto que no llegaran
aulladores por tráfico.
Antinatural
Aunque no todo el maltrato es
adrede, muchas veces es por
desconocimiento.
Marta recuerda que los monos llegan con las uñas pintadas, piojos de humanos, ropa,
yendo al sanitario, acostumbrados a comer frijoles, sancocho o
arepa. Está la historia de uno
que solo comía tajadas y tenía
los huesos con deformaciones
por la mala alimentación, ellos
que son herbívoros.
Mientras los acostumbran a
su dieta natural, a veces deben
preparar los frijoles, mientras
paulatinamente se quitan un
vicio. Paciencia, así debe ser.
Lucy, debajo del mameluco
que tanto le gustaba, tenía dermatitis. “A ellas les echan cremas de manos, perfumes, y
toda esa cantidad de cosas que
no son buenas para su piel, que
es tan delicada. Ella vino peladita como si fuera una rata.
Cuando la cogí a bañarla, el poquito pelo que tenía se le caía.
Si ahorita la ve, usted se pregunta, ¿esa fue la misma que
llegó? Sí, ya le creció el pelo.
Está muy bonita, está en un
grupo, sabe que es animal y no
una bebé humana”.
Eso es importante, que olviden y reaprendan, sobre todo,
que son animales, además libres e independientes.
“Obvio –comenta Julio– se
adaptan a las personas y se estereotipian, que son condiciones que el animal adopta, no
naturales, y empiezan a actuar
como humanos. Van al baño,
toman el agua del perro, aprenden a hacer sonidos nuevos y
olvidan los suyos, propios, caminan en dos patas, no utilizan
la cola. Los primates son una de
las principales especies traficadas en Colombia por sus condiciones, las de ser carismáticos,
dependientes”. Las tristezas llegan después. Los traumas son
físicos y psicológicos.
“No son felices. Simplemente hay que pensar en si tú
fueras el mono. Todos los pasos que tuviste que vivir para
poder llegar a una casa, y luego al zoológico. Hay una estadística de que por cada diez
animales que salen del bosque, solo dos sobreviven. El
resto mueren en el proceso,
porque pasan por múltiples
traumas, tanto físicos como
psicológicos. La mirada de un
mono aullador cambia enseguida es sacado del bosque”.
Porque un animal silvestre puede acostumbrarse a la
vida humana, pero nunca
será su vida ■
EN DEFINITIVA
Los animales silvestres no son
mascotas. Su mejor opción de
vida es estar en su medio natural, al que pertenecen. El tráfico
ilegal de fauna silvestre es un
problema que hace mucho daño.

OSWALDO
OSORIO
Crítico de cine

Brooklyn, de
John Crowley.
Enferma de
hogar

Una de las formas en que el idioma inglés se refiere a la melancolía es, traduciendo, enfermo de hogar. Así es como se siente
Eilis, la bella e introvertida protagonista de esta película. Cruzó
el Atlántico desde su natal Irlanda para buscar un futuro en Estados Unidos, pero hacerse a una nueva vida no será fácil. Y
de esto es de lo que se ocupa este sosegado y emotivo relato,
de acompañar a esta joven en su viaje físico y emocional camino a redefinir su vida en la llamada tierra de las oportunidades.
Para 1951 el país americano todavía era el Nuevo mundo frente
a las condiciones y posibilidades que había en algunos europeos, como Irlanda. Era el lugar perfecto para para cualquiera
reinventarse, más aún si se contaba con juventud. Pero antes
habría que pasar la dura prueba de la “enfermedad de hogar”,
de la soledad y el anhelo de estar junto a los seres queridos.
Pero para Eilis tal vez fue menos traumático porque, aun en
su timidez y recato, tiene un don de gentes que le permite caerle bien a todo el mundo, lo cual le facilita la vida. De hecho,
una de las particularidades de esta historia es que durante
casi todo el relato no hay un conflicto fuerte que ponga a
prueba a la protagonista, todo lo contrario, cada vez parece
irle mejor. No obstante, la sensibilidad y sutileza con que está
construido el relato y la relación entre los personajes, permite
deslizar agradablemente la atención e interés en lo que le depara la vida a esta joven.
El gran conflicto aparece muy avanzada la historia y, sin necesidad de revelar importantes detalles de la trama, tiene que ver
con el dilema que representa para Eilis tener su corazón dividido entre esos dos mundos separados por la inmensidad del
Atlántico. El amor, la amistad y el trabajo son esas anclas que
atan a las personas a un lugar. Pero tenerlo todo también puede ser un problema, porque el exceso puede ser más abrumador que la carencia. Entonces aquí la heroína se enfrenta a un
problema que parece insoluble.
Independientemente de cuál sea la decisión de esta joven, lo
esencial de esta cinta es que hace posible viajar por un amplio rango de sensaciones y sentimientos con los que el espectador se identifica. En especial porque son planteados
de forma sensible e inteligente a través de una historia narrada con sutileza y buen gusto. Una historia que hace más énfasis en sus personajes que en una elaborada trama, en sus
estados de ánimo, las implicaciones de sus decisiones y la
relación entre personas.

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