#ATodaMadre: periodistas y progenitoras

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1. Introducción

Los periodistas no tenemos madre, dicen los albureros, y no se equivocan del
todo: nada ni nadie nos detiene cuando buscamos una historia, una exclusiva o
un misterioso hilo que nos lleve a develar algo que el poder quiere ocultar. Cierto
es que este tópico del periodista en busca de la verdad es un viejo aforismo que se
adapta relativamente mal en países como México donde seguir la pista de la
corrupción, el crimen organizado u otras indecentes colusiones puede llevarte a
la muerte o al exilio.
Cuando suceden cosas como estas –y por desgracia son regla- la sociedad civil se
cimbra con la indefensión de los periodistas pero los que en verdad sufren la
indefensión son sus familiares directos: sus parejas, sus hermanos y sus padres.
¿Y para qué esta introducción tan depresiva? Porque los periodistas si tenemos
madre. Y en El Mexiqueño creemos que el periodismo narrativo, multimedia y
mutante del siglo XXI puede y debe romper las barreras artificiales entre lo
público y lo privado que parecían –aunque nunca fue del todo verdad- regla
inmutable en el viejo periodismo del siglo XX. Así que nos preguntamos en fechas
previas al Día de las Madres si era posible escribir sobre nuestras progenitoras
sin apologías de la maternidad, con el estilo, la garra y la seriedad de todo
reportero. Solo que esta vez la mirada se posaría en la esfera íntima, ese lugar
que nos nutre, nos protege y nos forma (o deforma) antes de entrar al universo
profesional.
El resultado de este experimento de periodismo íntimo es #ATodaMadre:
periodistas y progenitoras que recopila todas las crónicas que se publicaron en
El Mexiqueño alrededor de este hashtag y esta efeméride del 10 de mayo. Y le
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llamamos periodismo íntimo porque es una versión –menos tecnológica, claro
está- de este nuevo periodismo inmersivo que está naciendo al calor de las
aplicaciones móviles, la realidad virtual y la disrupción tecnológica. La diferencia
es que nuestra inmersión no usa Samsung Gear VR o Oculus Rift sino las viejas
palabras que constituyen la esencia primara del periodismo; el relato o narración
de hechos que más allá de su actualidad permiten entender el mundo que nos
rodea.
Entendemos por Periodismo íntimo el uso de herramientas profesionales
multimedia –texto, imagen, video o infografía- para crear historias
que mediante el registro narrativo de la esfera privada reflejen el
pulso social de nuestros tiempos. Las historias que leerán en este primer
libro electrónico de El Mexiqueño iluminan, justamente, las posibilidades de este
ejercicio periodístico centrado en un universo específico –las madres de nuestros
colaboradores- cuya virtud es mostrar un retrato coral, diverso y contradictorio
de nuestra sociedad a partir de ciertos núcleos familiares.
Ustedes dirán si tan ambiciosos objetivos llegaron a buen fin. Si se emocionaron,
si reflexionaron, si vibraron con nuestras historias, habremos probado que no hay
aspecto de la vida humana que no merezca la atención del periodismo en estos
tiempos de transición, crisis y redefinición de viejos parámetros. En nuestro
correo (elmexiqueno@gmail.com), en nuestras redes sociales (Facebook y
Twitter) así como en nuestro propio portal (El Mexiqueño) esperamos este
diálogo, abierto y horizontal, que nos sirva de guía, crítica y retroalimentación.
Los caminos del periodismo digital se expanden y se bifurcan en una aceleración
cada vez más compleja. #ATodaMadre es solo un intento más de probar que el
relato sigue vive y que la narración en primera persona- nuestra divisa principal4

es el corazón inmutable del periodismo vivo, es decir, ese conjunto de
historias que permite al lector descifrar el mundo que lo rodea
empezando, en este caso concreto, por los fundamentos del yo o la madre que nos
parió.
No hay más que decir. Es tiempo de leer.

Oriol Malló
Editor de El Mexiqueño

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2. Huellas
2.1 Todas las muertes de mi madre / Eduardo Hernández

Todas las muertes de mi madre / Eduardo
Hernández

Día de muertos en algún lugar de México / Imagen: cortesía de Tom Robinson

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Mi madre ha muerto por lo menos tres veces. Cada ocasión la ha cambiado, de
algún modo, para siempre. Algo en ella ha muerto cada vez que ha enfrentado el
terror ante las muertes de seres queridos: mi papá, mi hermano mayor y otros
de mis hermanos a quienes nunca conocí. Una terrible marca. Pérdidas, todas,
que la hicieron la mujer más fuerte que he conocido jamás.
La muerte es la antítesis de la vida y de quien la otorga. Por eso, cuando
veo a través de los oscuros ojos de mi madre, cargados de nostalgia (y pequeños,
como los míos), veo a la vida misma y su fulgor trepidante en una larga batalla
contra el abismo de la muerte y el olvido.
Hemingway decía que lo único que nos separa de la muerte es el tiempo. Con los
años, mi mamá ha tratado de olvidar la muerte de sus seres queridos.
Y quizá éste no sea el mejor tema para acercarme al personaje; pero una de las
más grandes lecciones que me ha dado ella es precisamente la de aceptar las
perdidas, reconstruirse y continuar la vida.

Todos sus hijos, todas sus muertes
Lo supe cuando tenía conciencia de mi propia memoria. Mis hermanos, cinco
hasta entonces, no habíamos sido los únicos en el matrimonio. María, mi
madre, se había embarazado unas 10 veces; pero algunos de esos hermanos
ahora perdidos murieron al nacer, o cuando eran muy pequeños. Solo una de
ellas, Rocío, que ahora sería nuestra hermana mayor, creció un poco más. Un
viejo y maltratado óleo de la única de las fotografías de esa lejana hermana es el
recuerdo que conserva mi madre de su paso por el mundo. Rocío murió de
poliomielitis cuando tenía unos cinco años.
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Recuerdo a mi madre buscar su imagen algunas tardes, cuando había terminado
la comida y sus enseres en la casa. Y me recuerdo, por primera vez, preguntándole
quién era esa niña de sonrisa tibia y suéter azul. “Es tu hermana, pero ya murió”,
habría dicho. Rocío: su nombre quedó grabado en la memoria de todos los hijos
de María como un recuerdo antaño y soterrado, cuando ninguno vivía entonces.
Mi padre nunca habló de Rocío. Su silencio acentuaba una nostalgia abnegada.
De los otros hermanos muertos al nacer o pequeños mi madre sólo hablaba de
unas gemelas que no alcanzaron a tener nombre: una nació muerta, la otra a los
pocos días. Imagino a mi madre entonces: joven, delgada, sonrisa
tímida y piel canela. Una mujer proveniente del interior del país, que creció
entre árboles de guayaba, naranja, nuez, café y otros frutos de una tierra húmeda
y fértil. Imagino también la ruidosa Ciudad de México a la que fue traída por
mi padre empero los reclamos familiares.
Nunca supe por qué mi mamá perdió a tantos hijos al principio de su matrimonio.
Desconozco si tuvo las atenciones requeridas, pruebas médicas, estudios… Lo
cierto es que algo pasó a partir del nacimiento de mi hermana mayor, Rosario,
que todos los demás venimos al mundo sin mayores complicaciones. Todo parecía
equilibrarse: la vida reclamaba sus dominios sobre la muerte.

Lunes de noviembre
Ocurrió por la tarde. Lo supimos cuando llegaron los señores de la empresa. Era
un lunes de noviembre. Hacía frío. Yo regresaba de la peluquería cuando vi a los
señores preguntar en la casa del vecino, luego acercarse y preguntar por mi
madre. Entonces, la noticia: mi hermano mayor, Juan, que estaba en Mérida
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desde hacía un mes, había muerto un par de horas antes, en un accidente
laboral. Mi madre lloró apenas lo supo. La vi llorar como a nadie había visto
hacerlo. Fue la segunda de las muertes.
El tiempo perdió sentido para mí, para mi madre y para toda mi familia. Se la
llevaron porque tenía que viajar a Mérida a reconocer el cuerpo. La veo
ahora irse, tristísima, a buscar a su hijo. Y me veo a mí esperando en vela la noche,
con mi padre, que no estaba cuando llegaron los señores. Me veo con mi padre
viendo al cielo de la noche sin sentido. Y veo a Juan, sonriente, jugando futbol en
la calle conmigo y mi otro hermano. Y veo a mi madre viéndonos a los tres desde
la ventana mientras se acomodaba el cabello.
La muerte de Juan cambió a mi madre. La deprimió por un tiempo. Luego
se recompuso pero su mirada no volvió a ser la misma. Ni ella toda. Nunca volvió
a sonreír de la misma manera, y siempre que nos reunimos me parece ver que
espera a alguien más, a mi hermano, que nunca regresará. En sueños todavía lo
ve, lo escucha y habla con él. Sólo ahí se comunica.

Mi papá, mi madre
Mi papá murió años después. Y mi madre otra vez se enfrentó a la perdida.
Esa vez lo hizo taciturna, como quien ya sabe lo que ocurrirá y de alguna manera
está preparado. Lo cierto es que mi papá estuvo enfermo mucho tiempo, en el
hospital, y sabíamos que aquello era irreversible. Cuestión de tiempo. Mi mamá
nos preparó con su cariño, con sus palabras y con su espera.
¿Qué sintió realmente? Nunca se lo he preguntado. Pero algo de resignación y
tranquilidad vino a ella cuando mi padre murió. Había sido un largo camino
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desde que él era vendedor de carne en el pueblo en el que ella lo vio por primera
vez. Donde se casaron y de donde partieron a la capital.
Alguna vez mi mamá me dijo: “Tu papá sabía que iba a morir pronto, ahora
descansa con tu hermano”. Sus palabras, mezcla de dureza, aceptación y ternura,
definen su carácter y su persona. Mi mamá es dura, ahora lo sé. Siempre lo fue
con sus hijos; nunca se lamentó en público, nunca se quejó. Enfrentó y
enfrenta la vida como viene. Conserva sus sueños y se cuida cada vez más.
No quiere morir pronto. Le gusta vivir e imaginar nuevas posibilidades. Yo la
admiro porque ha sabido enfrentar sus pérdidas con dignidad. Mi madre ha
muerto por lo menos tres veces, pero cada vez ha vuelto a vivir. Con la mesura de
quien ha vivido tanto y la inocencia de quien vuelve a vivir de nueva cuenta.
Siempre será esa niña trepando arboles de fruta fresca.

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2.2 Maternidad compartida: la historia de mis cuatro madres / Luz Torres

Maternidad compartida: la historia de mis cuatro
madres / Luz Torres

Escena del film Four Mothers de 1941/Imagen: cortesía de alamy.com

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¿Qué es la maternidad? La maternidad es la vivencia que experimentan las
mujeres durante el embarazo, donde desarrollan su instinto de madre hasta el
momento del nacimiento del bebé.
Maternidad compartida es una realidad que acecha mi vida, así como la de
miles de jóvenes mexicanos, en mi caso rodeada de cuatro madres que han sido
motivo de cambios radicales en cuestión de salud, emociones, dinero y logros
profesionales. Un hecho que he experimentado y que dará mucho de qué hablar,
un hecho que me permite realizar esta clasificación sobre como las defino y las
presumo.

Maternidad compartida: el comienzo
En los años noventa nací y no sé si por capricho de mi madre o como
sustituta de mi hermano Misael, quien tuvo muerte de cuna a los pocos
meses de nacido, al menos puedo decir con orgullo que fui deseada y que no
formo parte de un accidente sino de un acuerdo. Sí, un acuerdo, ya que
mi progenitora quiso tenerme y no buscaba en ningún sentido
establecer una relación formal.
En lo que respecta a mi papá obviamente él tenía esposa e hijos, así que después
de hacerme retebien, se alejó permanentemente de mi vida y regresó con su
familia sin saber que he descubierto tanto su identidad como su domicilio...
De cualquier forma el personaje principal no es él sino esa mujer que me dio la
vida y me brindó la posibilidad de tener muchas tutoras, aquella que se convirtió
en la mamá más extraordinaria que conozco en todo el sentido de la palabra.

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Mi madre amorosa
Yo diría que mi madre sanguínea es inexpresiva, casi nunca habla, además
que es muy recta y dedicada en todo lo que hace. Lastimosamente casi siempre
está cansada o de mal humor debido al trabajo y a su hipotiroidismo,
lo cual no le representa un obstáculo para continuar con sus actividades diarias,
con tal de proporcionar una vida cómoda a su familia.
Alguna vez me contó que cuando realizaba su servicio social como enfermera tuvo
experiencias terribles con sus pacientes, ya que trabajó en el Hospital
Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, motivo que la orilló a abandonar esa
carrera y dedicarse a la contabilidad. Creo que por eso se volvió tan precavida y
atenta en todos los ámbitos de su vida.
Debo admitir que a pesar de estar con mi progenitora durante diecisiete años
de mi vida no logré conocerla del todo, pues no es la típica mamá
sobreprotectora, y aunque no lo crean rara vez se involucró en mis
asuntos. Puede que a muchas señoras les aterre la idea de alejarse de sus hijos
y piensen que por eso ella no me quiere, que fue irresponsable, pero francamente
yo se lo agradezco mucho y no por rebeldía sino porque a pesar de que he
aprendido a la mala en la calle, retomé mi propio camino, me he fortalecí como
una persona autónoma y conocí diferentes realidades del mundo.
Honestamente, pienso que se preocupa más de la cuenta, aunque no lo diga,
quizás sus sentimientos representan algo muy íntimo para sí misma y prefiere
mostrar su amor con hechos y no con palabras.

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Aún recuerdo las dos ocasiones que me operaron, en un primer momento de un
uretero y en la segunda ocasión del apéndice, mi mamá siempre estuvo allí
para mí y su rostro lo reflejaba todo: amor, compasión, tristeza,
angustia y fe entre otras cosas. Así pues, he llegado a la conclusión que
cuando ella abre su corazón porta en él un gran tesoro.
En fin, como podrán notar tuve la vida de una hija única cualquiera, es por
eso que aquí surge mi segundo gran apoyo: mi abuela.

Mi madre consentidora
Qué les hace creer que mi segunda madre es una señora tierna y consentidora,
al estilo abuelita de Cri , si hay alguien estricta y chapada a la antigua esa es ella.
Debido a la constante ausencia de mamá amorosa, esta mujer de armas tomar se
ocupó de mí, debo reconocer que económicamente fue y sigue siendo bastante
consentidora de modo que terminé siendo malcriada e inconsciente.
Básicamente le tocó la parte más complicada de mí porque yo era de
romper vidrios, televisores y hasta lavaderos con mis berrinches. No obstante,
trató de corregir mi mala conducta a su manera aunque fuera con palos, cables y
alambres.
Creo que uno de sus méritos más importantes fue el hacerme consciente
sobre mis acciones y sus consecuencias, pero por supuesto que también me
enseñó a no dejarme y a saber cuándo decir correctamente las groserías, es un
aspecto de nuestra personalidad que nos permite relacionarnos a pesar de la
diferencia de épocas y de costumbres.
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A veces resulta difícil la convivencia con esta mamá porque tuvo una
vida dura, repleta de pobreza e hijos que mantener, motivos que la apegaron a
la religión y le generaron muchos prejuicios. Situación que complica que ella me
brinde su apoyo moral porque se enfoca más en lo superficial.
En ocasiones he pensado que pese a ser una persona antisocial, que desprecia a
los animales y se siente incómoda en compañía de otros, me brindó un lugar
muy especial como su hija así como sus mejores momentos en la vida.
Pero ¿Cómo influyó mi abuela en mi situación de maternidad compartida?
Les cuento a continuación la aparición de mi tercera madre.

Mi madre pacífica
Pacífica no es precisamente la palabra para describir a esta tía que ante la
impotencia de no ser madre, al unirse a un hombre que se sometió a
la vasectomía tras divorciarse de su esposa, llegó a un acuerdo con Mamá
consentidora para adoptarme de manera legal sin que mi progenitora
lo supiera. Para ser honesta insistió mucho tiempo en que fuera a provincia a
vivir con ella, cosa que nunca permití hasta que crecí y perdí el encanto.
Si

se

preguntan

cómo

la

concibo

les

diré

que es

una

persona

extremadamente nerviosa, probablemente a causa del shock que sufrió
después del deceso de mi hermanito a quien solía cuidar. Ella se empeña siempre
en estar cerca de los más pequeños de la casa aunque eso le ocasione
problemas. Obviamente, reconozco que también tiene cualidades, mismas que
aprovecha para demostrar su afecto de manera incondicional a las personas que

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más quiere, pues es bastante servicial y trabajadora así como una excelente
cocinera.
Quien pensaría que mi abuela sería el vínculo de esta maternidad
compartida, con tal de asegurar mi futuro y evitar que sufriera carencias
afectivas o económicas, sin pensar en las consecuencias. ¿No les parece que
ambas son los mejores regalos que podría darme la vida?

Mi madre liberal
Cuando cumplí diecisiete años, huí de casa debido a los malos tratos de mi
padrastro, por lo cual después de seis meses de vivir con mis amigos viajé a la
Ciudad de México y me refugié en el hogar de la Mamá consentidora. Fue en el
Distrito Federal donde me hice de una cuarta tutora a quien ya conocía desde la
infancia pero con quien no había establecido un lazo lo suficientemente sólido.
Mi tía es una mujer que se dedicó por completo a la medicina y a Dios sabe
porque vivió varios años en un convento de San Francisco, Estados
Unidos, como religiosa, situación que la dejó en la soltería. Regularmente, la
gente tiene ese prejuicio absurdo de que está amargada cuando es todo lo
contrario: se da a querer, es superdivertida, disfruta de su libertad y hasta se
permite lujos como salir de viaje. Además, es solidaria porque escogió esa carrera
tan difícil para proteger la salud de la familia y salvaguardar la vida de muchos
otros individuos.
Eso sí, es exageradamente intolerante a las personas maleducadas e infieles a la
iglesia católica de modo que si temes a sus brazos de luchador, (y miren que yo

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entrené lucha olímpica), sabes que debes respetar las reglas de la casa
para continuar con vida.

De corazón
Espero que realmente hayan disfrutado de este texto, un sólo ejemplo
de maternidad compartida que busca dar a conocer los distintos tonos y
vivencias que puede tener cada mamá y que sea valorado su esfuerzo
como papel fundamental en la educación de los hijos, ojalá siempre tengan
presente que el amor ocupa constancia y devoción.

2.3 Su nombre es Teresa y es algo más que mi madre / Oriol Malló

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Su nombre es Teresa y es algo más que mi madre / Oriol
Malló

Marchando en tiempos de la transición (1976-1982) / Imagen: cortesía de
1bp.blogspot

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Quería titular en plan contundente: tu madre tiene nombre y no te quiere
solo a ti. Pero entre cursi y rudo, debe haber un término medio. Se me olvida, a
veces, que no tengo madre sino mare porque así la llamo de siempre y por algo la
lengua materna es la única que no se olvida. Pero son ganas de ser chistoso. Y en
realidad me voy a poner demasiado serio. Profundo a más no poder.
Tanto rodeo para decir que a me costó un chingo entender que mi madre era
también una mujer. Una persona cuya vida no pasa solamente por el cuidado
de los vástagos. Es, creo, el primero de los problemas cuando escribimos de
nuestras

progenitoras:

parece

que

ellas

están

ahí

exclusivamente

para apapacharnos. Ya que todo el asunto madre & hijo se basa en
nuestro yoyo mejor salirnos del tópico: mi madre se parece a la de cualquiera
porque cualquiera tiene madre y como todo rol de género demasiadas cosas son
reiterativas y previsibles.
No es que haya un prototipo de madre es que nuestra relación con ellas descansa,
casi siempre, en las expectativas, ilusiones, recompensas y emociones que
proyectamos en ellas. Es el chiste y el problema. Nombre tuvo la mamá Salinas
de Gortari -y, al parecer, fue una mujer excepcional- y nombre tuvo la mamá del
maligno Adolf de apellido Hitler. Seguimos atorados en el mismo lugar donde
todo empezó: nuestra madre no es un igual. Puede ser tu amiga, a veces,
puede ser espectro a menudo, puede ser, casi siempre, un sostén, pero no es tu
hermano ni tu mujer y las cosas terribles que se dicen entre pares no las
dirás a tu mamá. Una vez, claro está, que pases todas las fases de rebeldía y
descubres que no querías matar a tu madre sino amarla sin culpa. Edípica,
cuando menos.

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Su nombre es Teresa
Y luego llega el momento. Quizás no de igualdad pero si de cierta fraternidad. En
mi caso, ese momento se dio cuando yo pasaba de los cuarenta y ella empezaba
sus setentas. Justo cuando te das cuenta que nadie es eterno y que el maldito
ciclo de la vida no es una horrenda canción del rey León sino la parca que en
cualquier recodo nos espera a todos.
Entonces te preguntas: ¿Y quién es mi madre? Sé que se llama Teresa y puedo
resumir su vida en forma rápida: fue niña introspectiva de una familia
desquiciada -un padre con mentalidad de junior que arruinó el heredado taller de
herrería y una madre, amargada por las circunstancias, que nunca prodigó afecto
a nadie- cuyos dos hermanos, diferentes en todo (uno, apocado y tranquilo, otro,
poeta y soñador), murieron cuando no debían. El primero de un largo y aterrador
alzhéimer tras jubilarse de un trabajo aburrido a más no poder y el otro poco antes
de cumplir sesenta a causa de una lipotimia fulminante que se llevó a mi tío
preferido justo cuando más esperaba disfrutarlo.
Mi madre, en realidad, nunca habló mucho de su vida. Y cuando digo hablar, digo
contar sus historias para que yo entendiera con quien lidiaba. Casi nunca hace
falta, lo sé, porque basta que tu madre haga de madre para sentir que el
mundo tiene sentido pero, con el tiempo, puede que decidas empezar a escuchare
sus historias con verdadero interés. No creas que le va a gustar.
El privilegio de toda madre es no tener que dar explicaciones. Para eso
están los hijos. Y los maridos, que asumen, a menudo, la misma impronta de la
culpa filial. Pero algunas veces observando, anotando o escuchando, lo consigues.
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Como Eduardo H. G. hizo en El Mexiqueño con su crónica de Todas las muertes
de mi madre.
Yo no creo llegar a tanto. Me costó mucho más tiempo comprender a mi madre
sin juzgarla de más. Colocar su nombre en mi historia y compartirla. Teresa
Vilaplana Ballester es algo más que mi progenitora. Es la hija de una familia
disfuncional que sufrió, de pequeña, abusos que convirtieron su vida posterior en
una fuga hacia adelante. Nada que reprochar: procuró ser la mejor y fue la única
que hizo carrera y la concluyó -primer lugar en su promoción de magisterio-,
luego se casó con un hombre que llegó a admirar y decidió que sería madre.
Y en el camino, se enfermó. Porque el pasado te alcanza incluso cuando corres de
más.
Desde que yo tenía once años, un grave problema de espalda la dejó postrada en
la cama por varias semanas y tal fue mi impresión que perdí hasta el habla.
Digamos que caí en la tartamudez y me tardé varios años en recuperar mi
capacidad conversacional. A ella le fue peor: tras aquel primer quebrante, la
vida de mi madre giró en torno a los médicos.
Todo un armario de pastillas y remedios ejemplificaba su viacrucis particular. 25
años pasaron en blanco y negro pero un día cuando ya estaba diagnosticada
de fibromialgia -o el dolor permanente en cualquier parte del cuerpo- y solo
quedaba como opción los parches de morfina, decidió probar lo experimental: las
técnicas aprendidas de un homeópata mexicano -el cuestionado doctor Goiz- lo
llevaron a un tratamiento de biomagnetismo que no sé si salvó su cuerpo
pero si su vida.

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Encontró las ganas perdidas y su cuerpo se activó de nuevo. Entre imanes y
fisioterapias, volvió a caminar como nunca antes. Y en verdad recuperó el
entusiasmo que por años se ocultó en su cuerpo enfermo.

Volver al cien por cien
Yo la vi volver a la vida desde lejos pero cada vez que aterrizaba en Barcelona
sentía que mi madre había hecho las paces consigo mismo. Cuando tu infancia
es lugar de silencio y tristeza, no basta volcarte en los otros -tu marido o tus
hijos- porque la sombra te va a seguir cortejando allá donde creas que no puede
encontrarte. La desazón de mi madre -más el daño que yo mismo le infligí- estuvo
siempre presente aunque eso nunca fue todo: esa risa, loca y feliz, su humor
desenfrenado, se aparecía de golpe para derribar todos los espectros. Lo he visto
suficientes veces para saber que su salvaguarda estuvo siempre allí.
Así que para mí fue un gusto sentirla de vuelta. La vida no fue tan generosa con
su espectacular recuperación y en poco tiempo mi padre enfrentó una crisis
personal tan terrible que dejó de acompañarla. Se ensimismó en algún lugar
lejano donde ya no le afectaran las cosas feas que vivió o el derrumbe de
un proyecto sindical que construyó desde los veinte años.
No es que mi madre se quedara sola pero esa segunda oportunidad de
reencontrarse consigo misma -cantar en un coro o recuperar las amigas de toda
la vida- no duró lo suficiente. Tuvo suerte que Ermengol, mi hermano argentino
(catalán convertido en peronista-sanlorencista), volviera un tiempo a su ciudad
natal y fuera un apoyo imprescindible en tiempos de turbulencia.

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Imagino que mi madre hizo las paces con su pasado pero su presente la consume.
Y la melancolía también. Quisiera yo que no fuera así porque siento que en esta
última etapa -y ya tiene casi 76 años- nadie merece sufrir de más. Pero siguiendo
el cliché, la vida es lo que sucede cuando estás haciendo planes. La desventaja de
estar lejos -y verla, con suerte, una vez al año- es la impotencia de saber que poco
puedes hacer cuando ella se encierra en su tristeza.
El precio de la distancia es duro y se paga con creces. Desde Barcelona o
desde México. Por eso digo que mi madre tiene nombre y vida. Porque si la siento
feliz y libre, yo me siento un poco mejor desde mi patria adoptiva.
Al final de tanto cuento, yo solo quería decir que en la lejanía -y sin el arraigo
banal del día a día- mi verdadero consuelo es pensar que ella vive en plenitud.
Creo que a veces lo consigue, creo que a veces lo intenta y creo que a veces le
cuesta. Pero no se deja vencer. Nunca.
Tardé en conocer a mi madre, pero ahora sé que lidió con las mismas sombras
que yo. Y ambos llegaremos a Ítaca. Y ese largo viaje que hacemos juntos, nos
dejará las debidas heridas pero igual que para mi madre Joan Manuel Serrat
existió mientras cantaba en catalán, y yo pienso lo contrario, siento que esta rola
extraña y divertida del conejito de terciopelo estará siempre ahí para recordarnos
que jamás perdimos la risa.
Porque solo así, en verdad, puede uno volver a Ítaca. Una y otra vez.

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2.4 Mi mamá estuvo en coma y volvió a nacer / Xochiquétzal Rangel

Mi mamá estuvo en coma y volvió a nacer /
Xochiquétzal Rangel

Viaducto de Millau en Aveyron (Francia) / Imagen: cortesía de typta.com

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La vida de mi mamá no ha sido del todo fácil: le tocó trabajar desde los 9 años
para ayudar a su progenitora a sacar adelante a sus hermanos cuando su papá los
abandonó, luego llegaron los múltiples traslados de ciudad en ciudad al casarse
con un médico militar o lidiar con los cambios de humor de sus hijos rebeldes;
pero la mayor batalla que debió luchar es resultado del asma crónica que
padece. Por eso, contar la historia del coma que sufrió es una forma de
agradecerle tantas cosas, porque mi mamá, en realidad, si merece el apodo
de guerrera.
Mi mamá siempre ha sido una mujer fuerte tanto de carácter como físicamente.
Ser norteña le ayudaba mucho a mantenerse siempre de pie a pesar de la
enfermedad que la acompaña desde siempre. Una enfermedad tan presente que
cuando vivíamos en Mérida, Yucatán, convertía las visitas al doctor
y hospitales en recurrentes. Mamá se la vivía en el hospital porque, aparte de
asmática, es alérgica a varios medicamentos que la podrían controlar, sobre todo
estando en un lugar tan húmedo como Mérida.
Recuerdo que una tarde las cosas en la familia cambiaron. Mientras ella soñaba
con un puente blanco parecido al que existe en el malecón yucateco de Puerto
Progreso, en mi casa el ambiente se tornó negro. Fue la primera y única vez que
vi a mi papá llorar, mientras rezábamos mi hermano, él y yo tomados de las
manos para que ella no terminará como el elefante debajo del puente… muerta.

La historia de un coma
Debido a su dificultad por respirar de forma natural, comenzaron a formarse en
su nariz unos tumores inflamatorios benignos llenos de líquido, parecidos a unas
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pequeñas ramificaciones de uvas, llamados pólipos. Las ramificaciones ya
estaban muy avanzadas y lo mejor era operarla; pese a que mi papá es
otorrinolaringólogo (por fortuna), el equipo médico se encontraba en un solo
lugar: el Hospital Central Militar de la Ciudad de México.
El 14 de junio del 2004 era un día muy soleado y caluroso, algo normal
en Mérida. Aquel día mi mamá se fue junto con mi hermana de 3 años al
entonces DF; papá, mi hermano y yo nos quedamos por la escuela y el trabajo.
Recuerdo que antes de subir al avión y como una posible advertencia del
destino, la regresaron por traer una tijera de manicura en una de sus bolsas, ella
muy sonriente regreso a despedirse de nosotros, tiró las tijeras y se fue.
El 15 de junio ella llegó, junto con mi hermana, al hospital donde ya le habían
programado su cirugía. Todo marchaba a la perfección, era una cirugía de entrada
por salida, pero ella no salió entera. Cuando terminaron de operarla, le inyectaron
un medicamento al cual era alérgica, tuvo un choque anafiláctico y un paro
cardiorrespiratorio y tuvieron que inducirle un coma.
Un coma inducido quiere decir: que con medicamentos se mantiene sedada y
relajada, para que la máquina que es el “respirador” hace su función insuflarle
aire y hacer el intercambio. Para sacarla de esos medicamentos se siguen ciertas
reglas y parámetros como:
La oximetría, la capacidad pulmonar respiratoria, que la persona tenga
automatismo, que pueda mover el ventilador (parámetros técnicos) que se
requieren para que el médico que está induciendo el coma pueda quitarle el
respirador.
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Si no responde ahí se mantiene y si no vuelve a responder en esos parámetros hay
también criterios para decidir, parámetros para saber cuándo desconectar a un
paciente, por ejemplo cuando tiene muerte cerebral y alguien que ya no va a
reaccionar.
Ahí comenzó la pesadilla…
Ese día a mi papá le marcaron a su trabajo para avisarle que su fuerte esposa
había entrado en coma y que las posibilidades de salvación eran pocas debido a
varios paros cardíacos simultáneos.
No sé qué habrá pasado por la cabeza de mi papá ese día, pero en la noche cuando
llegó a la casa nos llamó al comedor para decirnos que sin ellas se sentía muy
vació, luego nos agarró de las manos y se sentó: mamá está mal y tengo que ir al
DF; comenzó a llorar y mi hermano le siguió en el llanto.
Fue algo muy diferente a la vez en que me despertaron abruptamente porque ella
estaba inconsciente y debía de cuidar a mi hermana porque, al parecer, mamá se
moría y debían llevarla al hospital. Aquella vez mi papá no lloró, mamá regreso 2
días después y seguimos con nuestra vida normal.
Yo nunca había visto llorar a mi papá y fue una impresión muy fuerte. Con solo
recordarlo se me hace nudo la garganta. Esa noche mi papá, que es ateo, rezó para
que nada malo le pasara y yo le prendí una vela junto a una de sus fotos -una
donde sale más bella- y no dormí hasta que la vela se consumió. Y su vela se mecía
como un columpio a pesar de que la corriente de aire no era fuerte.

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Luego de la escena en el comedor de la casa, mi papá le marcó a mi nana
Romelia (mi abuelita, en realidad) así como a todos sus hermanos y a los
conocidos cercanos a mi mamá para reunirlos y avisarlos de lo que podía
pasar. Estuvieron todos, hasta el abuelo ausente por 28 años que decidió ir a ver
a su niña, que por cierto yo no conocía. Todos, menos mi hermano y yo que
estuvimos en Mérida mientras ella evolucionaba en la Ciudad de México.
“Uno no recuerda muy bien lo que pasó, las cosas que duelen siempre
se intentan olvidar”

Lo que ella vivía mientras estaba en coma
Durante los 15 días que permaneció en terapia intensiva bajo los efectos
de coma, ella internamente sentía, escuchaba y soñaba cosas…
“Anduve por muchos lugares, en avión, en metro, fui a muchos lugares
como París, estuve en el “más allá”, me subí a un puente, no me lo cruce
porque llegando al puente estaba un señor que me decía: regrésate
porque si tú te cruzas ya no vas a poder regresar… era cuando yo me
iba a morir, porque en esos días le hablaron a tu papá y a tu nana que
se vinieran porque estaba muy grave”.
Y prosigue con sus percepciones:
“Era un puente como en un mar, un mar abajo de él,
grandísimo, debajo del puente había un cadáver, por eso me bajé
porque había un esqueleto de elefante (a mí me gustan mucho los

28

elefantes) un esqueleto grandote de elefante, me llamó la atención y
me baje del puente.
También vi, yo digo que era el diablo, un payaso muy feo que tenía una
boca grande con muchos dientes pequeños, se escondía en una esquina
y cuando me veía se burlaba de mí, siempre me decía: vámonos,
vámonos, déjalos, vente conmigo, y yo le contestaba vete a chingar a
tu madre. Cuando el payaso estaba en su esquina a mí me protegían
unas hadas, en el cuarto había princesas y ángeles.
Por ejemplo no veía a nadie. A veces iba a jardines muy bonitos y a
veces a donde había gente muy pobre, pero la gente era miniatura,
como si volara.
Una vez me subí en un avión que se estrelló y recuerdo que yo quería
salirme porque todos se murieron menos yo, rasguñaba el avión para
salirme y cuando me salí, me subí a un metro. Del metro a un elevador
que subía y bajaba muy rápido, luego me fui a la playa y en esa playa
el mar era hermoso, había muchas parejas”.
¿Alguna vez viste a mis hermanos?
“Sólo a ti y a Aurora, a ti te veía en un columpio, te mecías en un
columpio, yo te paseaba y debajo del columpió estaba tu hermanita.
Pero sí me veía a mí, me veía en la cama llena de aparatos desde arriba,
veía monstruos a mí alrededor, pero los monstruos eran los tubos.

29

Cuando me bajaron del piso tu papá me estaba poniendo un pants azul
y ya cuando me sentaron vi hacia la ventana y vi el rostro de Jesús en
el cielo. Bueno yo solo le vi unos ojos azules -un azul hermoso- el pelo
largo, un resplandor y los labios rosas, como los ángeles que veía y
jugaban conmigo, no tenían rostro, solo se les veía los ojos azules y la
boca y el pelo pero eran muy hermosos, su ropa era muy linda”.
¿Escuchabas todo?
Sí, no podía ver, ni moverme pero sí escuchaba a la gente que me iba a
ver, eran muchos, pero de lo que más me acuerdo es que tu papá me
dijo que sí yo salía del coma bien nos íbamos a casar por la iglesia. O a
tu tía Rosa que me cantaba mucho la canción del columpio, me
contaba chistes y me daba ánimos para salir del coma.
Las esperanzas de que quedará bien eran nulas, los médicos que conocían a mi
papá le decían que si ella despertaba quedaría en estado vegetal, que lo mejor era
desconectarla, y ella escuchaba.

La evolución de mi mamá
Mi mamá tiene una cicatriz característica en su cuello que porta con mucho
orgullo y cuando le preguntan ¿qué es? presume que renació. Al cuarto o quinto
día la entubaron por la tráquea -entubación prolongada, se llama- para evitar que
se cierre la vía respiratoria (la denominada estenosis traqueal).

30

Luego de unos días, sus pulmones se llenaron de flemas y ella asegura que en el
hospital le dijeron que parecía un sapo inflado, luego la pusieron boca abajo para
que sacara las flemas y comenzó a recuperarse.
Cuando reaccionó, la sacaron de terapia intensiva y la pasaron a piso, ahí estuvo
2 meses más para rehabilitación.
Le dieron rehabilitación porque tuvo una complicación que se llama miopatía del
paciente en el estado crítico por el uso de esteroides
“La conexión neuromuscular que controla los movimientos, necesita
cierta fuerza y eso viene de una señal del cerebro que controla los
músculos, esa placa se bloquea y no pasa la transmisión, entonces los
músculos como no tienen control están aguados, y entonces con
rehabilitación eso regresa, con el tiempo se revierte.
A mí me daba risa cuando me decían uno y como no podía decirlo me
reía. Me llevaban todos los días a darme masajes y terapia de
habla, motriz y tampoco veía bien”.
Cuando mi mamá comenzó la rehabilitación, Tona y yo dejamos la casa
de Mérida a cargo de sus compadres y llegamos a México para ver a una mujer
frágil que ya no peleaba conmigo por ser desentendida, ahí me di cuenta que mi
mamá casi muere.

Las cosas cambiaron

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Nos mudamos a vivir a otro estado con un clima seco, lo cual hizo que su vida
fuera más normal. Al menos ya no la nebulizaban seguido, ni tenía que usar
oxigeno cuando su pecho comenzaba a “chillar”.
Mi mamá se volvió fría, cosa que cambio años más tarde, aunque dejó su
obsesión por la limpieza; mi papá por su parte se volvió más amoroso e intentaba
estar más en casa dentro de las posibilidades que un médico militar tenía. Mis
hermanos y yo nos volvimos más unidos, en la casa seguido se repetía que la
familia es lo primero y que esos lazos nunca se rompían. Gracias a eso y después
de ver la película Nunca te vayas sin decir te quiero el vínculo familiar creció.
No me imagino la vida sin mi mamá y a los 10 años mucho menos
A todos nos pegó mucho el asunto del coma. Mi abuelita, por ejemplo, ya no me
abrazaba como antes. Supongo que en su caso del recuerdo de lo que pasó quedo
para siempre. Era su segunda hija y lo mejor para evitar todo el dolor debió ser
alejarse. Aunque nosotros comenzamos a visitar y convivir más con los tíos y
primos.
En verdad, yo le tuve miedo a la muerte y extrañaba mucho a mi mamá y sus
regaños.
Si yo me hubiera muerto, me hubiera muerto tranquila y en paz.
Afortunadamente, pienso que su carácter de superación y su especial fortaleza la
hicieron volver a caminar, aprender a hablar y vivir. Muchos la ven hoy en día y
le dicen que es un milagro aunque ella prefiere decir que volvió a nacer. Yo solo
sé que a casi 12 años de su coma esta viva y saludable.

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3. Recuentos
3.1 Les voy a contar quién es la mujer que es mi madre / Julia Díaz

Les voy a contar quién es la mujer que es mi
madre / Julia Díaz

Mujeres de la serie de TV Mad Men / Imagen: cortesía de muyuela.com

33

Preguntarme quien es la mujer que es mi madre. Será que siempre me ha
intrigado como una mujer puede renunciar a su nombre y prácticamente a su
identidad cuando se convierte en madre, porque a partir de que el bebé tiene la
capacidad de balbucear la palabra “mamá” ¡ya valió madres! Vas a tener que
escuchar mamá en lugar de tu nombre por lo menos unos 50 años.
Supongo que debe ser muy bonito escuchar que te digan mamá a toda hora por
el resto de tu vida porque bien merecido lo han de tener nuestras progenitoras
que pasaron 9 meses cargando un bebé y se aguantaron las contracciones de la
labor de parto.
Aun así pienso que algo de ellas se pierde en ese atributo que las generaliza e
intenta clasificarlas como individuos perfectos ante la sociedad y ante
los hijos, sus jueces más implacables, quienes se atreven a juzgar cuando solo
conocen una faceta de la persona a la que denominan madre.
Preguntarme quien es la mujer que es mi madre. Será que siempre me ha
intrigado como una mujer puede renunciar a su nombre y prácticamente a su
identidad cuando se convierte en madre, porque a partir de que el bebé tiene la
capacidad de balbucear la palabra “mamá” ¡ya valió madres! Vas a tener que
escuchar mamá en lugar de tu nombre por lo menos unos 50 años
Supongo que debe ser muy bonito escuchar que te digan mamá a toda hora por
el resto de tu vida porque bien merecido lo han de tener nuestras progenitoras
que pasaron 9 meses cargando un bebé y se aguantaron las contracciones de la
labor de parto.

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Aun así pienso que algo de ellas se pierde en ese atributo que las generaliza e
intenta clasificarlas como individuos perfectos ante la sociedad y ante
los hijos, sus jueces más implacables, quienes se atreven a juzgar cuando solo
conocen una faceta de la persona a la que denominan madre.
Entre esos hijos inquisidores y rebeldes estaba yo, porque debo aceptar que yo
no conocía a la mujer que es mi madre. No me malinterpreten: toda la vida
he estado junto a ella, pero yo la conocía como mi madre no como la mujer que
tiene sueños, temores y metas propias.
Me gusta pensar en mi madre como en un ave fénix, un alma libre y hermosa
que se reinventa para resurgir de las cenizas, con la habilidad de ser fuerte sin
dejar de ser noble.

La mujer que es mi madre...antes de tener hijos
A los 15 años y con 8 hermanos, mi madre tuvo que dejar de estudiar, eso era lo
que más amaba en la vida: la escuela. Interrumpir sus estudios para empezar
a trabajar y ayudar a su familia que atravesaba por serios problemas económicos,
fue el primer fuego por el que tuve cruzar caminando.
El trabajo en una oficina de publicidad no fue fácil en un principio, pero con
inteligencia y perseverancia logró ascender rápidamente hasta convertirse en una
de las mejores vendedoras de manera que aumentó su salario.
La mayor parte de su salario iba directo a su casa y otra parte estaba destinada
para comprar discos de The Beatles, Rolling Stones y The Doors, que todos
estaban a obligados a escuchar en su casa por lo menos 2 horas al día.
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La música fue el puente a través del cual empecé a conocer a mi madre, todo lo sé
de música ha sido gracias a ella. ¿Quién podía ser mejor maestra que la
adolescente que asistió en 1969 a una de las presentaciones que The Doors tuvo
en México?

¿Cómo eras a mi edad, madre?
Para cuando tenía 20 años, la mujer que es mi madre regresó a la escuela y
estudió publicidad, ya no trabaja en la oficina a la que llegó a los 15, ahora tenía
su propio negocio publicitario y un auto en el que viajaba por carretera por la
noche con sus hermanos o su novio para ver el amanecer en Mazunte o en
cualquier punto del mapa de México.
A los 24, el pensamiento machista y moralista de mis abuelos no le dejó otra
salida que empezar a vivir sola en un departamento, cosa de lo más común hoy
en día pero que en la década de los 70 era algo bastante insólito en México.
Mi mamá se adelantó a su época unos 40 años y para cuando tenía mi edad vivía
sola, se mantenía y tenía una pequeña empresa, era una mujer totalmente
independiente.
A los 26 se fue a vivir con su novio, seguía trabajando y viajando pero la idea de
tener un bebé comenzó a afianzarse en su cabeza y en la de su novio a quien le
ilusionaba mucho tener un hijo.
Después de unos meses de intentar embarazarse mi mamá fue al doctor para
descubrir que era infértil, le entregaron una carta con resultados de laboratorio
que indicaban su imposibilidad para ser madre.
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La pasó muy mal por un tiempo pues en verdad deseaba tener un hijo, sin
embargo reunió la fuerza suficiente para seguir adelante y encontrar en esa
sentencia algo bueno pues ella podría seguir libre y disfrutar de su pareja
mientras sus hermanas cambiaban pañales en las madrugadas.

La primera vez que fue madre
La vida no es como imaginas y suele sorprenderte, así que a los 28 años
estaba embarazada. Mi madre no se dio cuenta hasta que tenía tres meses
de embarazo porque no había presentado ningún cambio, ella seguía
practicando taekwondo y su periodo era normal.
En realidad no era infértil: su doctor era estúpido y no se dio cuenta que tenía
problemas hormonales debido al hipotiroidismo, así que para cuando mi mamá
se enteró de que esperaba a mi hermana mayor su embarazo ya era de alto riesgo.
Cuando su novio se enteró del embarazo reaccionó de una manera muy
diferente a la que mi mamá esperaba, digamos que la noticia no encajaba con sus
planes de vida. Cuadraba en los planes de dos años antes pero no con el futuro de
un hombre inmaduro de 28 años.
Con la firme convicción de que el bebé que tanto había deseado nacería sano mi
madre dejó a su novio y con él todas sus cosas, entre las que estaban una colección
de acetatos de Queen, The Beatles, The Doors, Pink Floyd y Led
Zepellin. No los volvería a ver pero vería por primera vez a su hija.

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La mujer que es mi madre regresó a casa de sus padres, quienes la apoyaron
incondicionalmente durante los 9 meses más difíciles de su vida ya que debía
estar en reposo absoluto para que el bebé llegara en buenas condiciones.
El día que Katya, mi hermana mayor, nació por cesárea ella se convirtió
en madre por primera vez. Fue su madre antes de ser la mía y casi se muere en
el proceso pues algo salió mal en el procedimiento quirúrgico y la herida se infectó
un día después.
Estuvo cerca de sufrir peritonitis y morir pero su hija era el motivo que encontró
para luchar y seguir viviendo. Ahora tenía alguien a quien amar por siempre,
alguien que la llamaría mamá.
Ser madre soltera en la década de los 80 no era tan sencillo como César Costa
lo hacía parecer en la serie de televisión Papá soltero por supuesto porque él era
hombre y en una sociedad tan machista como la mexicana era mejor visto que un
hombre criará a sus hijos solo que no una mujer, aunque por supuesto a mi mamá
eso le valía madres.
Durante la infancia de Katya, la mujer que es mi madre se dedicó a cuidarla
y a darle todo lo que necesitaba mientras hacía crecer su negocio y construía una
casa, todo al mismo tiempo y sola. Probablemente, esa fue la etapa más feliz y
fructífera de mi madre, cada 6 meses cambiaba de auto por uno más potente o
más bello.
Puedo imaginarla dejando a mi hermana en la puerta del colegio en el Mustang
rojo que tenía, mientras las otras señoras se espantaban con el ruido del motor y
se escandalizaban con su independencia.
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Ya llegué… y yo también
Para cuando mi hermana Katya tenía 13 años, la mujer que es mi
madre decidió que quería volver a enamorarse y así fue como conoció a mi papá,
la idea de tener otro hijo para que acompañará a Katya cruzo por su mente pero
al darse cuenta de que el reloj biológico le pisaba los talones borró esa idea.
Un día mi mamá decidió que era momento de enfrentar la realidad: la
menopausia había llegado para quedarse y tenía que ir al ginecólogo porque esa
era la única explicación a los cambios que tenía desde hacía unos meses.
Para su sorpresa la menopausia no estaba ni un poco cerca, lo que venía en
camino era un bebé. Otra vez se enteró hasta que tenía 3 meses
de embarazo, después de haber chocado en el auto y de haber subido al nevado
de Toluca caminando, lo que explica porque salí así.
La noticia de que volvería a ser madre la entusiasmaba mucho al igual que a mi
papá y a mi hermana Katya, aunque a los 7 meses llegó otra sorpresa durante un
ultrasonido de rutina. A dos meses de dar a luz la sorpresa consistía en que había
otro bebé ahí adentro, esperaba gemelos… Ya llegué y yo también.
Ser madre de una adolescente y de un par de gemelas no fue nada sencillo, con
mucha inteligencia logró conciliar el trabajo y la casa para cuidar de cada una de
sus hijas, sin embargo dejó a un lado muchos sueños, el sacrificio del que hablan
las madres es cierto.

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Para cuando mi hermana gemela y yo teníamos 16 años volvió a ser madre soltera,
aunque esta vez fue más difícil porque ya no era tan joven como la primera vez y
esta vez eran 2 hijas.
Con mucho esfuerzo y sacrificio la mujer que es mi madre pagó toda nuestra
educación. Mi hermana mayor fue becada, mi hermana gemela fue aceptada en
la UNAM y a mí me dio la oportunidad de estudiar lo que amo en una escuela
privada.

Mi madre se enfrentó al terror para salvar a la familia
Un viernes santo de hace 2 años mi mamá contestó el teléfono pensando que era
uno de mis tíos, pero en realidad era un hombre que exigía dinero a cambio de la
vida de su familia. A partir de ese momento el teléfono no dejaría de sonar.
Al principio mi mamá creyó que solo era una llamada de extorsión al azar, pero
cuando le dijeron la dirección de la casa y cómo iban vestidas mis hermanas todo
cambió, tal vez el silencio fue lo que hizo visible su miedo.
Yo trataba de calmarla y de convencerla para acudir a la policía, la respuesta de
las autoridades fue el ofrecimiento de una patrulla que pasará por nuestra calle y
una invitación para hacer una denuncia sin darnos algún tipo de protección a
cambio.
Durante 12 horas mi madre fue la presa psicológica de un hombre que la
aterrorizaba con la idea de asesinar a su familia, sin embargo ella nunca hizo una
reproducción del discurso de odio que escuchó así que nunca supimos lo que le
dijeron para que consiguiera tanto dinero en 30 horas.
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A lo largo de ese horrible fin de semana, Happy de Pharrell Williams se repitió
constantemente en la radio, haciendo el vía crucis un poco peor aunque esa
canción calmaba a mi mamá la hacía borrar un poco del miedo que habían
sembrado en su mente.
La tarde del sábado de gloria todo el dinero había sido depositado en una cuenta
del banco de una televisora, la última vez que mi madre habló con su verdugo le
pidió que se olvidará de ella y de su familia como ella se olvidaría de él de manera
que para el domingo de resurrección ya éramos libres.
La forma en la que mi madre se enfrentó al terror para salvar a la familia fue
algo increíble, el valor y la inteligencia que se requieren para lidiar con un
sociópata no es algo que aprendes en la vida a menos que estudies psicología. Ella
lo logró debido al gran amor que tiene por sus hijas.

The Rolling Stones, la aventura más reciente
Hace 2 meses conocí una nueva faceta de la mujer es mi madre. Fuimos juntas
al último concierto de The Rolling Stones en México, ella entré al Foro Sol
con una mujer adulta y salí de ahí con la versión adolescente de mi madre, fue
uno de los mejores días de mi vida.
Mi mamá cantó todas las canciones que tocaron “Su satánicas majestades”,
gritó, lloró, se tomó varias cervezas y bailó como nunca la había visto, estaba feliz.
Creó que habló del concierto todo el fin de semana.
Sé que ella no se perdió así misma en el nombre de madre porque ella es más
que solo mi madre: he visto sus mejores y sus peores momentos, conozco sus
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virtudes y sus defectos por lo que ahora la amo más que antes. Cada día conozco
un poco más a la mujer que es mi madre pero hasta ahora esto es todo lo que
sé sobre mi madre.

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3.2 Viví en un Volkswagen 88 y mi madre lo permitía / Salvador Rizo

Viví en un Volkswagen 88 y mi madre lo permitía /
Salvador Rizo

Los vochos mexicanos de Volkswagen dejaron de producirse en 2003 / Imagen:
cortesía de vochomania.mx

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¿Recuerdas aquel Volkswagen 88, el automóvil naranja que fue nuestro hogar,
relativamente, por unos tres años?, respondí que sí al cuestionamiento de mi
madre. "Bueno pues de esa etapa quiero que te acuerdes muy bien", puntualizó
con cara de orgullo y ojos cristalinos. En seguida se levantó, sorbió la nariz y me
dijo:
"Escribe de eso, quiero saber qué pensabas, qué sentías y quiero saber que
recuerdes muy bien de dónde vienes y a dónde vas".
No tengo una foto de nuestro vochito naranja, era muy parecido al de la
imagen de arriba. Pues el asiento del copiloto de aquel Volkswagen fue mi
cama, el trasero era la estancia de mi hermana. En ese auto -de lujo, debo insistirpasé la mayoría de mis mañanas esperando a que abrieran las puertas de la
primaria de tiempo completo a la que asistía.
En ese vochito nunca faltó una almohada, una cobija y varios botes de agua, leche
o cualquier otro líquido. Mi mamá lo consideraba nuestra segunda
recamara. Yo simplemente pensaba que era nuestro auto.

Un Volkswagen para la escuela
"Levántense, ya se nos hizo tarde. Recuerden que si salimos retrasados cinco
minutos no llegamos y ya no los dejan entrar". Todas las mañanas escuchaba la
misma frase de mi madre, con el mismo tono de voz y me incomodaba tanto
que prefería despertar.
Siempre pensé que algo no checaba ahí: ¿Cómo se nos puede hacer tarde cuando
entramos a las ocho de la mañana y estamos despiertos desde las seis? Pero si
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decidía dormir esos cinco minutitos más, mi mamá enfurecía de tal manera que
no le importaban los vecinos, la hora y mucho menos nuestros tímpanos,
gritaba "levántense chingao".
Los gritos eran siempre la segunda advertencia, pero, la tercera, bueno... ya
saben: la clásica nalgada correctiva para aprender a obedecer órdenes.
Dolían hasta el alma, nunca mejor dicho, espantaban el sueño mejor que un café
y te ponían tan alerta que en menos de quince minutos ya te habías bañado,
vestido y estabas por terminar de lavarte los dientes.
Seis de la mañana con cincuenta minutos. A tan precisa hora entraba yo a mi
segunda recamara, aquella en donde podía dormir una hora más, hacer mi tarea
inconclusa de la noche anterior y desayunar; todo en aquel Volkswagen 88.

Un coche multiusos
Sí, desayunar, casi nunca desayunábamos en casa; y para casos prácticos mi
mamá, en su afán de darnos una buena alimentación, picaba fruta, preparaba
leche con chocolate y los ponía en sus respectivos tuppers para que degustáramos
ese mangar.
No fue hasta después de muchos años que me enteré que mi mamá se despertaba
mucho más temprano que nosotros para revisar nuestros cuadernos, hacer
el desayuno, preparar nuestras maletas y dejar el departamento en
condiciones de buena limpieza.
El trayecto de la casa a la escuela era de aproximadamente una hora. Cruzábamos
la frontera Estado de México - Ciudad de México. Esa hora era mágica: mi
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hermana dormía y mi mamá encendía el radio. Recuerdo bien la estación 93.7
con Mariano Osorio. Mi mamá modulaba el volumen de tal manera que podíamos
platicar ella y yo.
Una hora de ser su copiloto estrella me permitía verla sonreír, enojarse y
admirarla. Era mi conductora favorita. Para mí no había mejor persona en el
mundo que ella para manejar el Volkswagen de mis amores. Ese vochito nunca
nos falló, viví en él mañanas increíbles con mi madre.

Tardes de vocho
Al salir de la escuela mi mamá nos esperaba siempre en la misma esquina, con la
misma sonrisa; como si no hubieran pasado más de ocho horas laborales. El verla
ahí

me

causaba

tantos

sentimientos,

pero

había

uno

que

predominaba tranquilidad.
Por otro lado, detrás de ella se encontraba aquel naranja inconfundible, que en
vez de reconfortarme, me hastiaba. No porque no quisiera al Volkswagen, de
hecho me gustaba mucho; pero tenía algo que no me terminaba de convencer.
Pero la verdad es que ese auto estaba #ATodaMadre.
El regreso a casa aún era largo, y no lo digo especialmente por las distancias, sino
que no llegábamos directo a casa. Mi hermana iba a gimnasia y yo entrenaba
futbol americano. Y sí mi mamá ya tenía las maletas listas, para que el vocho
ahora fungiera como vestidor.
Mi mamá tenía todo a la mano, agua, calcetas, playera; todo estaba ahí en nuestra
segunda casa. Y no lo crean literal. Consideré así al Volkswagen porque ahí
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convivía más con mi familia. Ya que después de todas las actividades nuestro
hogar sólo servía para asearnos y dormir.
La verdad es que no sé cómo le hacía mi madre para partirse en dos. Es irreal
como pensaba hasta el más mínimo detalle. Todo lo que pudieras imaginar lo
tenía en el auto. Y el vocho tenía un compartimento para cada cosa, era tal la
organización - o desorganización - que había ahí, que era imposible que yo
encontrara algo, todo se lo tenía que pedir a mi mamá.
Ahora, después de casi 15 años entiendo el porqué de todos los esfuerzos de mi
mamá.
No le importaba levantarse dos horas antes que nosotros, lo estresante de su
trabajo, el cargar maletas, preparar desayunos y demás cosas que aguantaba. Lo
que realmente le importaba era vernos felices.
Es por eso que recuerdo con mucha ilusión aquella época, en donde viví con mi
familia en un Volkswagen 88 que jamás se descompuso. Como jamás se
descompuso el semblante de felicidad de mi madre al vernos salir de la escuela o
los entrenamientos.
Gracias má, me enseñaste que a pesar de cualquier adversidad se puede salir
adelante y hacer lo que quieres hacer en el momento que quieras. Por esto y
más FELICIDADES MAMÁS

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3.3 El extraño código de mi madre y la malvada bruja Dinga / Ilse Rodríguez

El extraño código de mi madre y la malvada bruja
Dinga / Ilse Rodríguez

Estampa clásica de una bruja: ¿la otra versión de tu madre? / Imagen: cortesía
de oracolomediterraneo

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No es que mi madre sea tan diferente, ¿verdad? Como es bien sabido entre
amigos, familiares y conocidos, todas las madres tienen frases que son clásicas,
entre ellas están las típicas de:
Síguete haciendo el chistosito ¿eh?
Cuando tú vas, yo ya vengo (hay algunas que dicen: cuando tú vas yo
ya fui y regresé tres veces. Digo, esto es para exagérale más).
No me truenes la boca, ni me voltees los ojos.
Síguele, síguele ya verás cómo te va.
¿Cómo que por qué? Porque soy tu madre, nada más por eso…
Entre otras frases que nuestras progenitoras aplican a diario.
Sin embargo mi madre tiene otras expresiones que son muy distintiva de ella,
posiblemente la tuya también las aplique en forma parecida:

“Pero ¿sabes qué? Te voy a decir una cosa”: esta frase generalmente la utiliza
para enfatizar algo importante o cuando está muy enojada.

“Este… permíteme tantito”: ¡¡¡Por diooooooooooooos!!! No hay frase más
irritante pero hay que darle chance, suele decirla cuando le estoy platicando algo
y está distraída con su celular viendo tutoriales en YouTube, después de un ratote
se acuerda que le quería decir algo importante y me pregunta ¿Qué me decías?

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“¡Así va!”: Generalmente la usa cuando le quiero discutir sobre la manera de
hacer algo o cuestiono sus acciones. Es importante señalar que en ocasiones
lo dice con tono de niña chiquita berrinchuda. Sin duda, la manera más sutil de
decirme “ya te chingaste”.

“Yo como veo doy”: ¡Pero mamá!, no hay pero que valga, es su forma de decir
que ya te chingaste (otra vez) y que sabe que está siendo injusta pero no lo
admitirá.

“Se acabó lo que se daba”: ¿Llegaste tarde a una comida familiar que ella
consideraba importante? Ni pedo, ya te chingaste y te quedarás con hambre.
Después le da remordimiento de conciencia y te pregunta si ya comiste pero sólo
eso. Y ni hablar de las veces en que hay dulces, botanas o cualquier antojito
repartido.

“En veces si, en veces no”: ¿What? Lo que quiso decir es que en veces si, en veces
no. Como toda buena madre, no puede decir “a veces” y ya, noooo tiene que
complicarlo todo y de igual forma dejarte con la duda.

“Deunvez”: (léase todo junto y de corrido): usa esa expresión para poner manos
a la obra.

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“Oye”: Sí, ya sé lo que están pensando, que es una expresión común pero cuando
mi mamá la dice justo antes de que cierres la puerta para salir (aunque sea de su
recámara), es como la aleta de que ya valiste y hará uso de cualquiera de los
anteriores códigos ya sea para regresarte al mundo real o volverte a preguntar lo
que ya le habías dicho o hacer tiempo. Lo que sea será útil para recordarte
quién está al mando.

En ocasiones suele combinar las mismas frases en una sola oración. La más
común es: “Oye… este… permíteme tantito”. A veces se le va el avión de lo que
te iba a decir o pedir pero mientras le regresa la idea quiere que te quedes
esperándola inmóvil y sin decir una sola palabra en el mismo lugar.

Experimento infalible para hacer comer a un hijo
Cuando mi hermana y yo éramos niñas, mi madre pasaba horas sentada
esperando que termináramos de comer. Siempre nos aplicó la técnica
de recalentar la comida y de paso servir un poco más.
Sé de historias en las que las mamás se inventaban juegos para que sus hijos
comieran o la típica de darle de comer a un niño y cuando ya no quería más
decirle “¡Pobrecito! ¿Los vas a dejar solito? se quiere ir con sus amiguitos o con
sus papás”. Seguro a muchas mamás les funcionó eso, pero a la mía no.
Mi mamá inventó la historia de La Dinga, una bruja que comía niños que no se
acababan su comida. Por esas fechas mis padres tuvieron un evento (se dedican
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a los banquetes) y los desperdicios se los dieron a los perros. Decenas de huesos
de borrego quedaron regados por todo el jardín y para colmo, la vecina les pegaba
a sus hijos, los gritos y chillidos de esos niños se oían hasta mi casa.
También por esas fechas construían la barda de mi hogar, los albañiles hicieron
una zanja alrededor de la casa para poner los cimentos.
Mi madre nos contó que en ese hoyo vivía la Dinga, que los huesos regados en el
jardín eran de los niños que ya se había comido y cada que la vecina les pegaba a
sus hijos nos decía: “Oí, la Dinga ya se está comiendo a otro niño que no se acabó
su comida”, agregándole que nos decía que si hacíamos berrinche, la Dinga nos
escucharía y se acercaría más a la casa. ¿Cómo demonios no íbamos a
terminar de comer todo? Mi hermana y yo vivimos aterrorizadas por esa
historia hasta que tuvimos la madurez suficiente para entender la maleza de mi
madre y el último recurso que usó para hacernos comer.

Mi madre es cocinera...
Tatis estudió la carrera de hotelería y gastronomía, sin embargo nunca llegó a
ejercerlas de manera altamente profesional pues nos tuvo a mi hermana y a mí
casi casi después de que se graduó pero no por ello se quedó con las manos
cruzadas. Entre mi padre y ella emprendieron una pequeña empresa de
servicio de banquetes. Mi madre se encarga de la cocina, y supervisión de
detalles mientras mi papá asume la logística.
Lo bueno o malo de ella, es que es altamente perfeccionista y siempre se fija
en todos los detalles para que en caso de que sea necesario, se corrija cualquier
cosa que ella considere esté mal hecha o pudiera generar algún problema futuro.
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En la cocina, es la persona que dirige al equipo de personas que la apoya, siempre
da buenas indicaciones para que todo salga a la perfección. En lo personal, odio
la cocina y creo que en parte es porque desde que tengo memoria le ayudábamos
cuando tenían servicios, pero lo más que llegué a hacer fue a pelar papas o
zanahorias, nada que ella considerara peligroso para una adolescente de 12
años. “Nunca te acerques a la estufa”. Esa fue su indicación y eso es la
misma que he seguido obedeciendo.
La mayoría presumimos que nuestra madre tiene buen sazón, pero he de
presumirles al doble que el de mi madre es especial y esto es gracias a sus estudios
y su alta capacidad para reconocer ingredientes con sólo probar una cosa. Lo que
más se gusta de ella es que nunca ha sido una persona soberbia, al contrario,
siempre pide que pruebe la comida antes de que salga de la cocina para saber si
le sobra o le falta algo, claro, no siempre se queda con mi opinión y pide la de los
demás.
La gente le pide consejos de cómo hacer tal cosa, mi madre nunca ha sido una
persona envidiosa y no saca la típica frase de “es receta de familia”. Al
contrario, aconseja a las personas sobre cómo preparar las cosas pero de lo que
no hay duda es que aunque ella comparta sus recetas nadie la igualará pues su
mejor ingrediente es guisar con amor y pasión. “Se pasa la receta, más no la
cuchara” (frase de mamás).

Mi madre es jardinera...
Además de la cocina, mi madre ama la jardinería. Como ya lo comente
anteriormente, es una persona perfeccionista y bastante detallista. Le encanta
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tener su jardín muy bien cuidado y detallado. Si es necesario hace uso de regla
para podar los arrayanes y darles forma adecuada de que no quede
desproporcionado.
Creo que tiene un don con las plantas. Flor que siembra o trasplanta, flor que
“pega” (que se logra). Hace tiempo yo ayudé a una persona a hacer su jardín,
fuimos a Xochimilco y compramos de todo, le echamos ganas y dimos forma al
lugar, incluso nos guiamos por la triada de colores para que el espacio estuviera
equilibrado, nos basamos en primavera para que la época fuera la mejor y el
jardín quedara impecable. Lo único malo es que la mayoría de las plantas al poco
tiempo se secaron.
Le comenté esto a mi madre y lo único que respondió fue: “hasta para eso hay
que tener buena mano, debes de saber tratar a la plantas, no nada más se trata
de plantar, hay que saber cómo se hace, cómo están y qué carácter traen. Si
quieres para la próxima lo hago yo”. ¿What? De nada sirvieron los tutoriales
de YouTube para jardinería, ni los consejos de los expertos de Xochimilco.
¡Oooh rayos, mamá ha hecho experimentos con plantas y le han quedado rebien!
Rosas bicolor.
Estoy agradecida con ella porque ha cuidado a Juanita de una forma especial. La
tenía desde que eran unos coquitos, hasta lo que se ha convertido ahora pero por
cuestiones ajenas no la pude tener en el lugar donde vivo y mi madre se la llevó a
su casa. Debo ser honesta, pensé que esa planta no duraría y que al poco tiempo
se secaría, pero ha sido todo lo contrario. Mamá sólo dice “no la pienso sembrar
porque ¡juuuuuuuta! al rato va a ser ella o nosotros”.

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Mi madre es dermatóloga...
Por otra parte mamá también es dermatóloga sin licencia. No hay ocasión en la
que vaya a su casa y termine diciéndome: “un dos tres por andreita que está
detrás de esos barrotes”. Le encanta hacer exfoliaciones, depilaciones y todo
ese tipo de tratamientos faciales caseros para tener una piel perfecta. No hay vez
que no la veo y que me diga: “Cuida tu piel, ponte crema, no estés en el sol.
Recuerda que la piel es lo más importante que tenemos y la que nos durará toda
la vida”.
Gracias mamá por tus múltiples profesiones, no solo eres la mejor cocinera,
jardinera y dermatóloga, también eres la mejor consejera, psicóloga, maestra,
gerente familiar, lavandera, enfermera, doctora, veterinaria (tu mejor
medicina es curar con amor, no hay mejor doctor o medicina que pueda
contra eso) secretaría, busca tesoritos (siempre encuentras todo y lo que no, lo
inventas) diseñadora y consejera de modas (no puedo comprar ropa sin ti,
siempre me debes de dar tu opinión, si lo apruebas, me lo llevo), también eres
diseñadora y decoradora de interiores y exteriores, arquitecta y lo mejor de todo
es que siempre podremos contar contigo las 24 horas del día, los 365 días de año.
No importa que estés muy cansada y ya te vayas a dormir, siempre nos dirás: “¿no
se les ofrece nada? Ya me voy a acostar”
Mi abuelo y mis tías dicen que me parezco a ti cuando eras joven, hoy
agradezco no sólo eso, sino compartir gustos y formas similares de ser, aunque se
me queme el agua y se me marchiten las flores. Te amo Tatis hermosa: D

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3.4 Madre, perdón por toda la lata que te di / Norma Martínez

Madre, perdón por toda la lata que te di / Norma
Martínez

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Cuando los niños no están dopados ante el televisor, todo puede
suceder / Imagen: cortesía de kulturtado

Norma, estate quieta. Norma deja de pegar a tus hermanos. Norma
no les escondas las calcetas a las niñas -mis otras hermanas. Norma, ¿te ayudo en tu tarea? (siempre me sentí independiente,
sentía que no necesitaba ayuda (ja, ja, ja según yo); lo que hoy
daría porque me ayudara. Norma te voy a pegar si no te estás en
paz. Norma no seas grosera, Norma…, Norma…

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Mi nombre era uno de los más repetidos en mi casa y no porque fuera yo más
importante. ¡No! Era porque no dejaba de dar lata todo el tiempo. No había
un solo minuto que no estuviese haciendo algo. Casi siempre travesuras. Era
bastante inquieta. Pobre de mi madre que tuvo que soportarme muchos años y
me sigue soportando porque regrese hace poco, a vivir de nuevo en su casa.
Había ocasiones en que le reclamaba porque no colocaba tal cosa en tal lugar. O
por qué había plantado un árbol en medio del patio. Sí señores, plantó un árbol a
mitad del bonito patio. Su contestación como la de muchos otros reclamos fue:
Cuando tengas tu casa, haces lo que a ti te parezca mejor.
Como yo andaba queriendo largarme del hogar porque quería sentir esa
independencia que los jóvenes anhelamos en la etapa de adolescentes, con esa
contestación calló mi bocota. No me dio lugar a decir más.
Al final tenía razón. Las madres siempre tendrán la razón. Aunque eso lo
entiende uno cuando se enferman gravemente o cuando ya no las tiene uno. Yo
aún tengo a la mía (¿es curioso no? como es lo único que podemos sentir nuestro,
muy, muy nuestro, y nada puede quitarnos su cariño).
Es una señora delgada. Fue muy bonita de joven. Lástima que yo no me parezca
a ella. Es de tez blanca, de grandes senos, de estatura baja, tiene unas cejas que,
en serio, brillan por alguna razón, no me pregunten por qué. Tiene el cabello largo
a la cintura. No puedo entender de dónde ha sacado tanta paciencia para tolerar
a sus ocho hijos. Sí. Tuvo ocho hijos. Es una mamá a la antigüita. Nos cocina
todos los días. En mi casa por más de veinte años nunca hubo refrigerador. Todos

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y cada uno de los benditos siete días de la semana. De sábado a sábado, iba por
comida al mercado para cocinar fresco. Eso se agradece.
Yo no supe de comida enlatada y refrigerada hasta que me fui de casa.
Entonces sí, venga a nosotros tu reino de las galletas, el medio kilo de jamón, las
lechitas que te ahorran hasta el servirte en un vaso. Solo aguanté así unos meses,
después, como una escuincla, ya estaba extrañando a mamá. Cuando algún fin de
semana llegaba a visitarla, ahí estaban por lo menos un par de cacerolas con
distintos guisados. Sentía que era la gloria. Lloraba de felicidad. Era lo
mejor. La comida de mi mami siempre ha sido lo mejor.

Después de un golpe, un abrazo de mi madre
Ante tanta lata que daba yo, desde luego los golpes no esperaron. No me da
pena decir que me pegaban, a los niños de antes ¡nos pegaban escuincles nuevos!
Y sí, unas nalgadas o un cinturonazo sí sirven de algo. Sirve para que entiendas
que no siempre se hará lo que uno dice no más porque sí.
Bueno… pues mamá después de que no le obedecía, ni lavaba los trastes, escondía
las calcetas de mis hermanas debajo de la cama, y montón de cosas más.
-Calcetas que utilizarían por la mañana para la escuela ja, ja, ja, ja, ja,
ja, ja no paro de reírme, siempre ha habido algo de maldad en mí.
La chinga era segura. Una vez, creo que ya no resistió más y me aventó un tabique.
Sí, un tabique. Me reí como loca porque no me alcanzó.
-Pienso que ella sabía que no me alcanzaría… o eso creo.
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Pero después de uno pocos minutos, me correteó por toda la casa. Y es que los
cuartos estaban acomodados de forma tal que podías correr en círculos y
escabullirte.
-Pero te he de agarrar, chamaca cabroncita…
Y sí, que me agarra. Me puso una santa cinturoniza que creo fue de las últimas
veces que escondí las calcetas. Pero no deje el resabio –o la maña- de andar
pellizcando las carnes de sus pancitas. Ja, ja, ja, ja, ja, ja. Lo sigo haciendo.
Después de la friega que me puso; pasadas unas horas recuerdo que me abrazó
con sus enormes manos y me dijo: yo no te quiero pegar "mija", pero es que tú no
entiendes. Mamá no es de esas que abrazan mucho así que ha sido el mejor de sus
abrazos.
Ahora todo ha cambiado. Me ha costado mucho aplacarme. No hay fecha, pero ya
casi lo logré. Hoy mi madre ya no nos pega. Ni nos grita. Y ahora, igual que años
atrás, ella se vuelca hacia nosotros. Actualmente, nosotros, mis hermanos y yo, le
enseñamos cómo escribir las palabras, cómo repartir un pastel y hacer fracciones,
cómo sacar un tanto por ciento, cómo entender los textos que aunque parezcan
fáciles le cuesta un poco razonarlos. Los papeles se han invertido y algo me dice
que ahora toca tener toda la paciencia que tuvo conmigo y que puede ser el mejor
regalo para ella. Ya terminó la primaria y la veo muy emocionada cursando la
secundaria a sus 54 años.
Francamente, no puedo más que decir que hoy disfruto mucho a mi madre, debe
ser que me he vuelto consiente de que un día pueda ya no tenerla. Solo pensarlo,
mi mente huye de sí misma.
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Abrazó enormemente a todas las mamis que me leen. Sean felices y gracias por
sobrellevar nuestros berrinches. ¡Gracias, TOTALES!

3.5 Mi mamá cantante: Lola La grande vs Tencha La Chica / Regina Mendoza

Mi mamá cantante: Lola La Grande vs Tencha La
Chica / Regina Mendoza

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Charrería mexicana: símbolo y ritual / Imagen: cortesía de Adrián Dovali

"No vayas a olvidar mis pistas", "regresa, olvidé mis pistas" o "ya guardé mis
pistas", son algunas de las frases que todos los miembros de la familia de una
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cantante hemos escuchado antes de salir de casa al encuentro con la fiesta
brava: jolgorios de todas las especies, modalidades y temáticas. Un domingo
cualquiera para la madre que se transforma en mariachi por diversión y
amor al canto.
María

Teresa

Hernández responde

más

a

los

nombres

artísticos Tenchita o Chiki y no discrimina ningún tipo de evento social:
bautizos, XV años, bodas, cumpleaños y ahora con más frecuencia celebraciones
de 60 (y tantos) años de camaradas y amigos que se internan peligrosamente
en la tercera edad. Todas ellas fiestas que deberían ser amenizadas con
canciones del siglo XX. O de este siglo: SIA y Alicia Keys también figuran en su
repertorio.
Dichosos los invitados a la cena con mariachi, no importa el recinto que
los acoja. Jardines, casas, hoteles, salones y hasta escuelas son dignos de
una canción mexicana. María Teresa es pequeña (escasos 1.55 metros de
estatura) y resulta sorprendente que de tan compacto cuerpecillo pueda emanar
una voz que supera la de Lucerito y muchas otras. Bueno, igual es Lucero.

El micrófono y el estetoscopio
Doctora por profesión y cantante de rancheras por vocación, convicción y
gusto, se lanzó al estrellato en un programa de televisión parecido a Siempre
en domingo pero versión infantil o a En Familia con Chabelo pero en su
versión musical. Ensayaba con sus hermanos, que fungían el papel de Sergio
Andrade pero sin ambiciones malévolas, sólo con el don de cazar y preparar
talentos.
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Fue en ese show televisivo cuando, tras meses de preparación y reclusión al
estilo La Academia, logró triunfar en un concurso que buscaba,
precisamente, nuevas voces. Sintió en su poder la jugosa cantidad de mil pesos,
que en ese entonces parecían una fortuna para tan joven intérprete, y los gastó
en dulces gabachos y relojes con forma de catarina (algo hermoso, pues al abrir
sus alas se dejaban al descubierto las manecillas). Pero la decisión más
importante que tomó después de sentirse una magnate de la canción fue la
de adoptar al canto como una segunda profesión, igual de digna que curar
infecciones estomacales.
Un primo, se dirigió a ella con todo respeto y emitió la frase que marcaría su
carrera musical para siempre: "tenemos a Lola La Grande, pero tú
eres Tencha La Chica". Sin embargo, el calificativo de magnitud empleado no
hace referencia, por supuesto, al talento, sino sencillamente a rasgos físicos. Y en
definitiva, nos quedamos con la talla XS.

Bautizo etílico
Como buena mexicana sufriré el dolor tranquila /Al fin y al cabo
mañana tendré un trago de tequila
Nunca se le ha pedido más de dos veces que cante. Las súplicas y el ruego
de favores siempre han estado de más, pues basta divisar un micrófono y un
aparato de sonido para que ella tome la decisión. Ya no hay marcha atrás, se lo
soliciten o no ella entonará los éxitos que considere tendrán un mayor
impacto en el público. Para esa decisión tan importante cuenta con la ayuda de

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quien desde hace tiempo tiene el cargo de mánager y proveedor de
caballitos de tequila para darle fuerza y decibeles a la voz.
Parece que encarna a la mujer descrita en La Tequilera, pero la bebida, según
lo que se empeña en advertir, solamente es para "calentar la voz".
Quiero entonces, calentar mi voz con más frecuencia.
Me refiero, claramente, al esposo y compañero musical de nuestra
estrella. Desde hace algunos años, incluso, han implementado duetos al
repertorio. Aprendieron de Lucerito y Mijares. Pero ellos lo hacen mucho
mejor, pues conocen a su público e interpretan las melodías más añejas, aquellas
que tocarán más fibras sentimentales por su longevidad o por el impacto que
pudieron haber tenido en sus vidas.
Ellos tienen de todo para ofertar: amor, rencor, cursilería, despecho, filia
por México, sus carreteras, ranchos y mujeres. Hay de todo. Si bien se
especializan en rancheras, también se aventuran a cantar baladas empalagosas.
El objetivo es recordar a los espectadores que el amor existe pero se presenta
en formas desconocidas y diversas. Ahí recae el poder de una canción y una
interpretación afinada: lograr provocar emociones varias.

Qué rechida es la fiesta del Bajío
Y ahora es cuando, valedores a darse un buen quemón
Que esa yegua que viene del potrero, sólo es buena pa’l diablo del
patrón

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No ha ganado ningún Grammy ni está nominada a mejor soundtrack
desgarrador, pero en definitiva tiene una fama importante que no sólo se
concentra en Ciudad Satélite o en Azcapotzalco. Cuando se es hija de una
cantante, pierdes toda importancia y te reconocen no por alguna virtud o
cualidad excepcional, sino por precisamente ser hija de una gran trabajadora de
sus cuerdas vocales. "¿Entonces tú eres hija de Tenchita?". Considero que
también tengo identidad. Ella misma me dio un nombre.
De cualquier manera, me he colgado de su fama y sigo siendo reconocida en
cualquier lugar. El temor se aproxima cuando me piden que yo también
entone. Las escasas veces que lo he hecho, la gente comprende que el talento no
se hereda. Por eso yo prefiero sentarme y disfrutar aquellas canciones que he
escuchado más que cualquiera de Caifanes, pero que curiosamente, en
un extraño fenómeno musical, siempre las percibo y disfruto de diferentes
maneras.
Se merece palmas y que la vitoreen tras cada canción. Y es por eso que me siento
como una celebridad al ser hija de una madre cantante, porque ella tiene la
misma fama artística y musical que yo perdí en karaokes y fiestas. Y porque con
una mamá mariachi, ninguna fiesta puede ser aburrida.

4. Introspecciones
4.1 Lo rojo de mi ser lo forjó mi madre / Isaías Huitrón

Lo rojo de mi ser lo forjó mi madre / Isaías Huitrón

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Dante y

Virgilio en

el infierno

(185), obra

del pintor
francés William-Adolphe Bouguereau / Imagen: cortesía de Timothy Graves

En el rojo atardecer, la milpa de maíz brilla con galanura castaña. Se acerca la
temporada de cosecha y el viento galopa acompañado de frío. Las vacas y sus
becerritos ya duermen bajo el techo del establo. La producción del rancho se va a

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receso nocturno, la negrura que se encamina predica descanso. Por las ventanas
de la casa se asoma una lluvia de fotones que alumbran el nogal que se encuentra
justo en la entrada. Entre esas paredes se escucha el rezo del rosario que
antecede la visita al mundo onírico. Ahí vive una familia que enarbola el
esfuerzo diario del trabajo, honra a la tierra y voltea hacia al cielo para predecir
buenos tiempos.

Ella
Familia integrada por 3 mujeres y 5 hombres. Cada uno en su esencia siendo un
personaje y con un carácter único que los ha llevado a descubrir su propio destino.
Y entre esa variopinta diversidad, el alma peculiar de la penúltima hija se
perfila ante la vida.
Una delgada figura delinea su cuerpo, ojos grandes y de un café intenso, el cabello
café oscuro, ondulado y abundante le otorgan su belleza femenina. Con nulo
afecto al uso del maquillaje, su sonrisa cautivadora y delicada personalidad dejan
en vela una voz que invoca mando, respeto y coraje.
Educada en un lecho católico, adquirido tanto en la escuela como en casa, las
formas conservadoras de dirigir la vida la llevan a ver por sus propias
oportunidades. Al término de la secundaria no existía preparatoria todavía en
el pueblo, lo que la orilla a estudiar la carrera técnica de comercio, la cual le
ofrecía conocimientos de contabilidad privada, con lo que pudo conseguir empleo
en el banco principal del municipio, a pesar del nulo apoyo de su padre para poder
seguir estudiando la carrera universitaria. Razones varias; la principal, tener que
irse del hogar para estudiar.
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Con su tenaz esfuerzo y dedicación, llega a ser cajera del banco y puede ahorrar
algunos centavos los cuales destinaría a posteriori en su continua educación. A
los 20 años ingresa a la preparatoria por sus propios medios y ya sabía
que su vida daría varios giros inesperados.

La unión con el otro
Finalizando sus estudios en la preparatoria, a los 25 años y ya con ocho años
de noviazgo, decide contraer matrimonio con aquel enamorado que conoció
entre notas musicales y fiesta, en un baile organizado por alguna asociación
cultural del querido pueblo. Su esposo también es oriundo del mismo lugar y es
un exitoso médico cirujano que ejerce su profesión en una localidad próxima, no
tan lejana, a tan solo a 20 kilómetros de distancia.
Como es sabido y la costumbre lo designa de esa manera, su domicilio se
transporta a esta localidad para comenzar una nueva etapa de vida. Anhelada y
soñada, su unión con el otro se ve consumada. La antesala a la maternidad se
mantiene en receso. Su vida en pareja es viva y cálida con festejos, viajes e
inversiones. Son felices en conjunto y se ven complacidos con su compañía.
Dedican su tiempo a conocerse, estudiarse, relacionarse, entenderse y sobre todo
comprenderse.
A través de los años su compañía y su relación se afianzan pero su reloj biológico
los alerta. Han pasado seis años y es momento de pensar en darle vida
a alguien. Situación que arroja nuevas perspectivas, cambios que deben darse a
todos los niveles. Desde físicos y mentales, hasta el nuevo domicilio que deben
replantear. La tierra que los vio nacer es la preferida para empezar.
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No puedes tener hijos
Todo está listo pero se percatan que no pueden tener hijos. Prueban con todo lo
natural y nada. Los resultados son nulos. Desde diferentes posiciones
sexuales hasta tiempos perfectos de ovulación y nada. Se preocupan y piden
ayuda profesional. Su andanza médica es extensa hasta que su llegada a una
clínica de Polanco, les otorga una solución. La pareja es candidata a un
tratamiento de fertilidad que culminará con la inseminación
artificial. Hace 24 años este tipo de tratamientos apenas comenzaban su sólida
carrera en el país.
Se realizan varias operaciones y se llevan a cabo varias investigaciones. Los
estudios son extensos y debe llevarse con rigurosidad absoluta. Uno de los más
dolorosos radicó en el empleo de gas para utilizarlo como medio de contraste al
interior del útero.
Sentí demasiado dolor con ese estudio, todo el día me estuvo doliendo el cuerpo
completo pero sobre todo los hombros. Era como si me estuvieran colgando del
techo, como si me jalaran hacia el cielo. La única explicación era que el gas tiende
a subir, tiende ir hacia arriba.
Su decisión única y convencida de querer tener hijos, seguía en pie. El apoyo de
pareja era fundamental y parte importante del tratamiento. Con dos años de
extensa labor y de viajes constantes a la capital del país, el sueño de la maternidad
se ve consumado. Debido a la inseminación artificial se logra el embarazo, en
este caso dos óvulos fueron los afortunados y comienza la gestación de
una parejita de hermanos.
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Se ha mencionado que el tratamiento fue eficaz y es constatado porque yo soy la
prueba fehaciente de que se pudo lograr. Mi madre pudo embarazarse con este
método tres veces, de las cuales dos sólo fueron eficientes. Al momento de mi
nacimiento estuve acompañado de una mujercita. Ella y yo fuimos esos dos
óvulos afortunados que pudieron lograr su cometido, pero tras un embarazo
con muchas complicaciones y después de un mes de haber nacido —por cierto,
fuimos seismesinos—, mi hermana falleció. Lupita, ahora descansa en su tumba
en aquel monte del Calvario, y su vista apunta a nuestro departamento de
creación intelectual y musical. Nos encontraremos en algún punto, hermana. Las
muertes de mi madre no se detuvieron ahí y siguieron su camino en el segundo
embarazo. Ya en el tercero y el más complicado de la terna, los cuidados y el
reposo fueron inmensos, lo que propiciaron un resultado efectivo, y prueba de
ello está en la vida de mi hermano menor, Marco Antonio.

Al rojo vivo
Con la tenacidad,

convicción y coraje con la que ha dirigido su

personalidad, forjó la mía. Yo fui un hijo que desde mi nacimiento tuve muchas
complicaciones de salud. La enfermedad cobijó todo el sendero de mi vida. Desde
el primer año se notó que lo rojo imperaría en mi forma de ser. Pequeños brotes
de color rojo ya se asomaban en mi piel y desaparecían con el mínimo tiempo.
Pero no fue hasta en quinto de primaria cuando la invasión de este color rojo se
quedaría en mí para siempre.
La dermatitis atópica, enfermedad que te prueba al límite y te hace llegar
a introspecciones tan ocultas, se apoderó de mí. Yo cursaba sexto de

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primaria cuando todo mi cuerpo ya se encontraba al rojo vivo. La piel se
estremece en calor y ardor, se abre para dar paso al malestar
histamínico y consumir tu día a día. No sabes cuándo vendrá la calma ni
cuándo podrás disfrutar de una leve caricia. Tu mente se nubla y el cautiverio se
alista como tu mejor opción.
Eres chico y no sabes muchas cosas, piensas que nunca las sabrás. Entras a la
pubertad y tu persona no cabe en ningún lugar. Ahora me percato que la familia
y sobre todo mi madre, nunca se rindió y todo el tiempo estuvo al cuidado de mi
malestar emocional, mental y espiritual. Ella con su amor y calidez le dio más
color a lo rojo de mi vida, le dio armas a mi decisión de ser quien soy hoy en
día. Su amor maternal lo transformó en una armadura de rectitud y
trato igualitario. No se dejó llevar por la impotencia que sentía al saber que
nada me podía curar. Su anhelo era poder encontrar alguna solución que le diera
calma a su vida, a nuestras vidas, a la familia.
“Tenía que curarte como fuera, nunca me di por vencida. Yo te traté
como a tu hermano porque tú nunca querías salir. A lo mejor y
pensabas que era una cabezona pero si no hubiera sido por eso, hoy no
estarías donde estás”.
Las noches siempre fueron pesadillas, se necesitaba de un esfuerzo hercúleo para
poder conciliar el sueño. Las sábanas se pegaban a tus piernas, por las heridas
que tenías. La piel se te desmoronaba a cada estrella que se asomaba en
la bóveda celeste. No veías fin, y tus insultos a lo divino se levantaban con
efervescencia hacia la nada. Del otro lado de la pared, tu madre y su instinto de
vigilancia maternal, se percataba de lo ocurrido. Ella tampoco podía dormir. Al
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igual que tú se pasaba la noche en vela, ella imploraba por tu bien. Pedía calma y
paciencia. Soñaba con el control de tu locura, de tu vida, de tu rojo vivo.
“Me desesperaba que tuvieras eso, porque te rascabas y no te dormías.
Nada de lo que te hacían te curaba. Te rascabas y se activaba mi sentido
maternal, siempre estaba vigilándote porque nunca podías dormir”.
El apoyo incondicional de mi padre y su comprensión como médico la ayudó para
apuntalar esos pilares de confianza que pudo transmitirme con el
tiempo. Estudios de filosofía sobre la vida, como la libertad y la fraternidad,
la acompañaron en sus tardes de despeje y de reflexión personal. Su creencia le
pedía al Señor del Huerto, a la Virgen de Guadalupe y a Dios mismo, una
solución.
En el transcurso de doce años y una incansable búsqueda de soluciones médicas
—en total ocho doctores y una psicóloga—, por fin se encontró el control que
necesitaba mi piel. Desde intensos corticoides, chochitos con alcohol, agua
cargada con energía, hasta inyecciones dos veces por semana, se materializó algo
que alumbraría nuestras capacidad de resiliencia y paciencia. Los factores de
transferencia, cambiaron mi vida. Ahora los tomo cada fin de semana y me
dan la tranquilidad que mi cuerpo necesita. Disminuyen las erupciones y
malestares generales, me dejan ser y me convierten en alguien visible.
Lo rojo de mi piel se percibe muy tenuemente y hay personas que lo confunden
con quemaduras o exposición al sol. Pero muy adentro de mí, el color rojo está
a todo lo que arde. Su simbolismo con el fuego y la energía, me arropan para

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luchar todos los días. Me enaltece el rojo en proporciones mastodónticas y me da
coraje para poder cumplir con todos mis sueños y metas.
En mi sangre corre el color de mi vida y esa vida me la dio mi madre.
Lo rojo de mi ser, lo forjó mi madre.

4.2 Manicura, boquita pintada y voz fina / Mariela Santoni

Manicura, boquita pintada y voz fina / Mariela Santoni

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Elizabeth Taylor, el glamour nunca muere / Imagen: cortesía de jeangenuine

Manicura, boquita pintada y voz fina. Esta es la esencia de mi madre,
aunque mi mejor amigo dice que saqué lo cotorra de ella. Él se refiere a ese
buen humor que tiene para divertirse con la gente, hacer bromas un poco
irónicas, o en realidad simplemente ser ella al decir con una ingenuidad las cosas,
que hasta hacen gracia. Como el día en que me estaba quejando de que “yo ya no
tenía bubis” y desde el otro lado de la mesa, sin despegar la mirada de su periódico

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y su café, susurró al estilo de la mismísima Miranda Priestly “quizá es porque
nunca has tenido” …. Jajaja
Otra de sus curiosidades fue cuando le preguntamos sus tres hijos reunidos:
-¿Mamá si fueras pobre qué harías para salir adelante?
-Pues desnudarme.
…. Y con cara de perplejos siguió contándonos:
-Pues sí, si soy stripper sólo me desnudaría y no tendría que meterme
con ningún viejo…
¡Ok!?
Así nos dejó callados nuestra madre de porte, voz fina, manicura y boquita
pintada. La muy dama, muy reina, en su trono: un taburete del que no se
deshace por sus más de 20 años de amistad y que se encuentra en el mismo rincón
desde nuestra niñez.

Nunca saldrás sin la boquita pintada
Mi madre es muy femenina. Procura estar siempre bien arreglada. De hecho,
desde tiempos ancestrales a mi abuela, tenemos una herencia: las mujeres de
la familia procuramos siempre llevar la boca pintada de rojo. Recuerdo
cuando me cedió este pintoresco decreto del cual casi todas las mujeres de la
generación hemos vivido: “Podrás ir sin maquillar y en fachas, pero con un poco
de lipstick haces toda la diferencia” En realidad nunca sale sin su boquita

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pintada, aún sea a la esquina. Tanto así camina mi mamá gallina, que hasta el
pollero la ha denominado la señora más guapa de la colonia.
Me gustaría pensar que no he heredado sólo la gracia de mi madre. También su
fuerza, su valentía y resiliencia.
Recuerdo que cuando tenía apenas 8 años, mi padre se fue por trabajo a Chiapas.
Alrededor de muchos años de mi vida los vivimos sin su presencia, y sólo lo
veíamos en vacaciones. En esta etapa ella se dedicó a ser madre tiempo completo,
y vaya que fue una chinga criar a 5 hijos: dos como si fueran propios, tres
embarazos, rutinas extenuantes desde levantarse cansada y cocinar para todos
sin ayuda, lavar, planchar, llevarnos a clase y recogernos.
Dormirse tarde y dormir poco, desde tener aprehensiones por nuestras salidas,
hasta la paciencia para tratar con sus hijos malhumorados y de hormonas locas
en la adolescencia. E incluso después de todo ese ajetreo al que se
sobrepuso, después de tantos años, tuvo que volver a conocer a mi padre en la
jubilación, después de haberse vuelto una mujer independiente con tantos años
de matriarca.

Yo he visto cambiar a mi madre
Cuando lo pienso bien, veo que a través del tiempo se ha convertido en una
versión nueva y más libre de ella misma. Desde dejar prejuicios pueblerinos,
hablar de unión libre, orientaciones sexuales sin repudio ni timidez, y marchas
feministas “porque es nuestro derecho”

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Mi madre nació en Puerto Peñasco Sonora, un pequeño pueblo camaronero, hija
de un inmigrante italiano y una mujer de ascendencia apache. De ese matrimonio
crecieron mi madre Irma y mi tía Norma. Si pones atención la historia se repite
en cierto modo: Quedó muy joven huérfana de padre, y se rigió en la casa con la
templanza de mi abuela india quien casi nunca contaba su pasado, y que fue una
de las pocas divorciadas del pueblo en plenos años 50, rigió sola en su hogar y en
la calle sin ayuda de un hombre “porque para qué complicarse de nuevo la vida
con uno”, los únicos recuerdos que compartía mi abuela eran de su niñez
durante la revolución.
En las noches nos contaba cuentos sobre los chaneques a los que les dejábamos
semillas por las tardes, también recuerdo lo mucho que le gustaba ir a misa y si
de algo pecaba muy a gusto era de irse en los veranos al otro lado con unos
compadres a gastarse una buena suma de dinero en los tragamonedas de Las
Vegas. Esa era mi abuela. A la que tampoco conocí más allá de los trece años.
Mi abuela ayudó con muchos esfuerzos a mi madre para que estudiara
odontología en Guadalajara. Carrera que ejerció varios años hasta
casarse con mi padre, un oficial naval, y dedicarse por completo al hogar y a
viajar por la República mexicana. Sé que sus tiempos en Guadalajara fueron una
de sus mejores épocas por la forma en que me cuenta sus recuerdos, y por los
buenos amigos que han forjado su amistad a través del tiempo.

Otra oportunidad
Hace aproximadamente dos años mi madre enfermó de cáncer. Recuerdo
muy bien aquella mañana en que al encontrármela en el baño noté una leve
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calvicie en sus cabellos rojos. Aunque me sacó de onda no dije nada, no fuera yo
a confundirme u ofenderla. Pero al regresar a casa lo supe de inmediato. Estaba
en muy mal estado al lado de mi padre en su cama. Rapada y con una mascada en
su cabecita. Fue inevitable que ambas no lloráramos al entender la realidad.
A partir de ese día, todas las mañanas, sin quejarse, se levantaba a las 5 a.m. para
estar a las 6 en quimioterapia, un tratamiento que por lo menos la drenaba hasta
la hora de la comida todos los días. Y no la escuché quejarse ni una sola
vez a pesar de las náuseas, la falta de apetito, el ardor que le producía en todo el
cuerpo y el cansancio con el que regresaba. En realidad, no sé cómo aguantó
tanto.
Mi madre tiene una nueva vida. Recientemente le hicieron una
histerectomía - Ya sabes, para prevenir- y si hay algo que tengo claro es que
mientras más crezco más la admiro.
Y es que en realidad mamá, me gustaría saber que hice lo posible para que te
sintieras cómoda. Cómo el día en que con timidez me pediste que te comprara un
turbante, o cuando te llevaba flores, o simplemente te dejaba descansar, o cómo
la vez que con ánimo cansado pero con cierto anhelo me pediste que te arreglara
la peluca para ir a ver a tus amigas después de terminar tu tratamiento. Eso sí,
siempre con la boquita pintada.
Nunca voy a estar a la altura de todo lo que mi madre ha hecho por mí: desde
embarazarse de mí después de varios tratamientos de fertilidad a soportar mis
llantos, mis desvelos y mis travesuras. O incluso ahora aceptar mis
preferencias, mis modos y mis arranques de humor. Me ha apoyado en todas las

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decisiones de mi vida: cambiar de carrera, depresiones, crisis de identidad, y las
típicas bajas después de una mala decisión. Rodillas peladas, hasta huesos rotos
y uno que otro madrazo por andar a las prisas. Gritos y reclamos. Pero ahora que
he crecido, respeto mucho a mi madre, porque entiendo todo lo que ha sacrificado
y soportado.
En verdad lo que quiero es tu felicidad, que te liberes de esa traba de ser una
mujer fuerte todo el tiempo, para convertirte en una persona plena, feliz, pelada
y risueña.
Por esta breve historia que se leerás pronto, en donde no puedo sólo más que
elogiar toda la fuerza con la que has dirigido tu vida, y mis pasos. Gracias por todo
mamá, y que este relato sea un pequeño regalo para inmortalizarte.
Te amo mamá. Con tu boquita pintada.

5. Desgarros
5.1 Mi mamá hizo que odiara los viernes / Otto Zuloaga

Mi mamá hizo que odiara los viernes / Otto Zuloaga

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Viejo anuncio de refresco Lulú / Imagen: cortesía de lucovadesign

De pronto llega 10 de mayo, todos aman a su mamá y lo presumen
en Facebook. Por supuesto que yo también la amo, pero el motivo de este texto
no será regocijarme con todo el amor que siento por ella, este texto es un reclamo
por tantos viernes de sufrimiento y frustración, que, claro está, fueron su culpa.
Por alguna razón que no quisiera investigar en estos momentos, mi madre y yo
siempre discutimos en mi etapa de adolescente: enfermedad que sólo se
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cura con el tiempo. Nuestros encuentros eran un eterno desafío, su presencia era
un ataque constante, y yo tenía que defenderme. Su arma más fuerte siempre fue
un grito que al parecer no tiene contraataque:
¡Porque soy tu madre!
La guerra que sostuve con ella durante mi adolescente vida tuvo un episodio con
el que fui desarmado y obligado a realizar tareas cual si estuviera en un campo de
concentración. Todo esto tenía una explicación, pero yo no quería entenderla.
Cuando cursaba la secundaria, en mi familia pasábamos por una fuerte crisis
económica, mi padre se había quedado sin trabajo, y mi mamá había decidido
que la mejor idea para poder sobrellevar la crisis era salir a vender quesadillas
en la puerta de nuestra casa. El día que se tomó esa decisión fue uno de los
peores de mi vida. Todo estalló dentro de mi burbuja llena de barros, mi yo
infantil.
En ese momento, yo no aprecié lo que mi madre estaba por hacer, al contrario
sentí un fuerte enojo, lo que seguía eran burlas y humillaciones de mis
compañeros. Nunca pensó en mí.

Los refrescos…
Todos los viernes religiosamente jugaba futbol con mis amigos de la cuadra. La
cancha era la calle de mi casa: a unos metros de donde mi madre había
decidido emprender su nuevo negocio. Conforme pasó el tiempo me fui
acostumbrando al bochornoso comercio familiar, a lo que jamás me pude

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acostumbrar fue a poner mi granito de arena, que por supuesto aportaba de muy
mala gana: ir por los refrescos.
De ahí en adelante no volví a ser el mismo en aquella cancha de cemento con
porterías hechas de piedras y botellas. Siempre jugaba esperando el grito lejano
que recordaba que mi vida había dejado de ser la de antes. La mayoría de
las veces tenía que interrumpirse el juego –no porque yo fuera muy bueno– pues
no se podía continuar con un jugador menos, era una clara desventaja.
A lo lejos ya se veía mi madre con un carrito de metal repleto de botellas
de vidrio, su sonrisa parecía burlarse de mi cuerpo raquítico y sudado, que
interrumpía un importante encuentro para cumplir con una tarea que odiaba. Los
viernes eran mi infierno particular.
Mi obligación no terminaba yendo a la tienda, tenía que regresar y meter los
refrescos en el refrigerador para que los comensales pudieran disfrutar de ese
maldito líquido que tantas veces me arruinó los fines de semana.
Las Lulús de vidrio dejaron de gustarme, no he vuelto a tomar una en años, tal
vez sea la horrorosa cara de la muñequita plasmada en el envase lo que me ha
hecho odiarlas.
¡Las odio Lulús de vidrio!

Mi mamá, la quesadillera

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El sufrimiento no radicaba solo en ir a surtir los refrescos. La enmienda más
complicada era que mis compañeros de la escuela no se enteraran de lo que
sucedía en la puerta de mi casa.
Las secundarias son tan crueles como un Centro de Readaptación Social
para Menores, solo que en los colegios los presos salen a las dos de la tarde.
Seguramente no moriría de las burlas, pero la vergüenza me dejaría muy herido
y solo.
No habría tenido tanto miedo que descubrieran la ocupación de mi
mamá si no hubiera escuchado que algunas ofensas para denostar a alguien se
vinculaban con el oficio de vender quesadillas:
Pareces pinche quesadillera
Claro que me daba risa, pero en el fondo esas palabras me dolían más que
ir por los refrescos. Hoy me arrepiento de haber ocultado el negocio de mi
madre, pero en esos tiempos uno es adolescente y pendejo, y solo piensa en
encajar. Hoy quisiera encajarles la pala con la que mi mamá volteaba las
quesadillas.
Los problemas económicos terminaron, y mi madre decidió que era buena idea
seguir con el negocio y así tener una entrada de dinero extra. Hoy ya no voy por
los refrescos, y mucho menos me avergüenzo de mi madre, al contrario me
siento tan orgulloso como aquel que tiene una madre profesionista.
Y aunque mi mamá siempre buscó todo tipo de negocios: vender barbacoa,
bicicletas, una paletería y cualquier cosa que se pudiera vender por catálogo. No

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hubo nada que me incomodara tanto como las quesadillas: su negocio más
próspero. Me tardé, pero aprendí que lo hizo por el amor que nos tiene.
Hoy nada me enorgullece más que mi mamá sea emprendedora y que su negocio
sea tan rentable como siempre lo soñó.
Sentarme a comer un pozole en su local es tan reconfortante como recordar los
goles que anoté en las porterías improvisadas en la calle que dejé hace un par de
años, pero que guarda tantos recuerdos y la casa de la persona más importante
de mi vida: mi mamá.
Má, perdón por ser un adolescente imbécil y odiar tus quesadillas.

5.2 Me estoy convirtiendo en mi madre (o nací siendo ella) / Celeste Fernández

Me estoy convirtiendo en mi madre (o nací siendo
ella) / Celeste Fernández

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Afinidades insospechables / Imagen: cortesía de saltron

Las madres: aquellas personas que nos dieron la vida, que nos cargaron en su
vientre por 7, 8 o 9 meses, las que se desvelaron cuando estábamos enfermos y
bla bla bla. Ya todos nos sabemos el resto. No es que desprecie los esfuerzos,
sacrificios y trabajo que hizo mi madre por mí, pero en estos momentos
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me atormenta y me emociona un hecho completamente diferente: lo mucho que
cada día me parezco más a ella. No físicamente, si no mental. Me estoy
convirtiendo en mi madre.
La cosa sería fácil si mi madre fuera una persona promedio, pero no lo es. A decir
verdad y en pocas palabras, mi progenitora está completamente loca. Quiero que
quede bien claro que amo a esta mujer más que a cualquier persona en el mundo,
pero como periodista (y como persona completamente cínica y sinvergüenza)
debo decir la verdad. Su nombre es Cecilia.
Muchas de mis amigas saben que se parecen a sus madres en cuanto a
personalidad se refiere porque desde pequeñas comparten gustos y aprenden a
ser como ellas y con el paso del tiempo, esos gustos en común hacen los lazos
madre-hija sólidos y fuertes. Mi mamá, además de estar loca, resulta que es una
caja fuerte. No recuerdo nunca que me haya contado qué era lo que solía jugar
con sus hermanos o qué cosas la hacían enojar. Vaya, pa’ pronto, nunca supe ni
su color favorito hasta bien entrada la adolescencia, cuando el resto de mis
amigos sabían este dato de sus mamitas desde que tenían uso de razón.
Lo que hace más interesante el proceso largo y lento de descubrir quién diablos
es mi madre, es la forma tan inesperada y puntual en la que muchas cosas han
salido y siguen saliendo a la luz.

Descubriendo a mi madre
Durante muchos años llegué a pensar que mi madre era un ente sin sentimientos.
Nunca la vi llorar hasta que tuve 14 años y fue ahí donde comenzaron las

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coincidencias: ella lloró de puritito enojo. Su rabia era tanta que no podía ni
si quiera articular palabras. Pasado el drama me di cuenta que yo siempre lloraba
cuando el enojo sobrepasaba mis límites al grado de no dejarme hablar por lo
incontrolables que se volvían las lágrimas.
‘’Yo lloraba de enojo cuando mi mamá me regañaba de manera
injusta, así como tú conmigo, por ejemplo. Con el tiempo aprendí a
controlarlo, porque es muy humillante. A la gente le da lástima cuando
te pones a llorar y en realidad estás planeando cómo asesinarlos dentro
de tu cabeza’’
La piel se me puso chinita, porque eran justo las mismas palabras que les decía
a mis amigas de la secundaria cuando les daba explicaciones y quería justificar
esas horribles y humillantes lágrimas. No había forma de que mi madre se
enterara de mis palabras. A este tipo de casualidades le siguieron otras y siguen
hasta la fecha. Siempre pienso que me voy a acostumbrar pero simplemente no
se puede. A veces son tan exactas las coincidencias que me da miedo y se me hiela
la sangre porque me estoy convirtiendo en mi madre.

Por qué me estoy convirtiendo en mi madre
Un listado es la forma más rápida y concreta de resumir aquellas revelaciones
(como las he llamado) más importantes para puntualizar con exactitud el
parentesco mental con mi madre.
1.- Amo a los animales. Gatos, perros y roedores son mis favoritos. En
preparatoria quería desesperadamente un cuyo, pero ella no me dejaba

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porque ya tenía un perrito. Fingí encontrar uno ‘’solito y abandonado’’
por la calle para que me dejara adoptarlo. Inesperadamente me dio
permiso. Meses después, me contó que cuando tenía unos 12 años,
adoptó a una rata bebé sobreviviente de una masacre perpetrada por
mi abuela. Los roedores eran de sus animales favoritos.
2.- A los 16 años tuve mi primer contacto con el cabello de colores.
Después de rogarle durante meses, me dio permiso únicamente de
hacerme unos ‘’rayitos’’. Fui a la estética y probé por primera vez el
adictivo placer del decolorante capilar. El color elegido fue el azul, que
era mi predilecto. Cuando llegué a mi casa, ella me vio, sonrió
ampliamente y dijo con dulzura ‘’el azul siempre ha sido mi color
favorito. Qué bueno que escogiste ese color’’ y se fue a su
cuarto. Ya podrán imaginarse mi rostro.
3.- Siempre me gustó bailar. Los que se encargaron de enseñarme
fueron un par de primos. Existía la leyenda de que mi madre solía
bailar como nadie; yo nunca la había visto. ‘’Tu madre se amargó y ya
no le gusta bailar’’ decía mi familia en bodas, bautizos y cualquier tipo
de evento social en el que hubiera una pista. Fue hasta mi fiesta de
15 años que la vi bailar por primera vez. Una amiga se acercó y
me dijo que yo bailaba igualito a ella; que me había enseñado muy
bien.
4.- Alguna vez tuve el sueño de ser rockstar. Más específicamente
quería ser la cantante de una superbanda de rock. Cantaba todo el
tiempo; seguramente mi papá, mi hermano y mis mascotas
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llegaron a odiarme. La única instrucción vocal que había recibido
había sido en la primaria en el coro de mi odiada escuela católica, en
el que cantábamos durante las ceremonias religiosas y los concursos
de canto de Himno Nacional. Un día tras una excelente noticia laboral,
mi madre nos envió correos electrónicos a casi toda la familia.
Recuerdo perfectamente el remate de ese mail del año 2009:
‘’Estoy tan feliz que en el camino de regreso me la pasé cantando a todo
pulmón, tal como lo hacía cuando era niña en el coro de la iglesia’’
WTF?!?! Hasta mi elección universitaria...era la suya.
5.- Era el año 2012 y era momento de escoger una universidad. Mis
decisiones me llevaron a escoger mi actual alma mater, la Escuela de
Periodismo Carlos Septién García. Era el día de la ya tradicional
‘’plática informativa’’ para aspirantes y fui con mi padre y mi
madre. Ella sonreía de oreja a oreja mientras subíamos las
extenuantes escaleras de la Septién hasta el salón donde sería la
charla; en ese momento creí que la decoración le estaba gustando
mucho. Semanas después, el día que recibí la llamada de aceptación,
corrí a decirles a mis padres. Ella sólo sonreía y finalmente me dijo:
‘’sabía que te iban a aceptar. A mí también me aceptaron’’. Pedí
explicaciones como loca y ella riéndose me contó que también quiso
ser periodista y que el edificio estaba exactamente igual que como lo
recordaba.

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‘’No te quise decir nada porque pensé que me ibas a querer llevar la
contra como siempre. Quería que el hecho de estudiar periodismo
fuera tu decisión y no estuviera influenciada en lo más mínimo por mí.
Yo también fui a la plática, hice el examen, me aceptaron y fui dos
semanas a clases. Después lo dejé’’.
6.- Pregunta de rutina en comidas familiares para aquellos que
parecen vivir en una soltería perpetúa como yo: ¿y el novio para
cuándo? Fuera de molestarme, ya estaba acostumbrada, hasta que un
día mientras platicaba con algunas tías abuelas, a las cuales sus
lenguas estaban sufriendo los efectos del tequila, me dijeron que
era exactamente igual a mi madre a mi edad. ‘’Nunca tenía
novio. Nadie la soportaba. Ni ella los soportaba. Ella prefería irse a
emborrachar con sus amigos, bailar toda la noche y disfrutar. Se la
pasaba diciendo que quería un novio y cuando lo tenía no le duraban
más de una o dos semanas por que no los aguantaba. No le gustaba que
estuvieran siempre detrás de ella o como chicle por todos lados. Era
un reverendo desmadre y un novio sólo le iba a quitar esa libertad que
tanto amaba’’.
Al menos con esto puedo culpar de mi soledad a mi madre y distraerme del hecho
de que soy insoportable. Quien me conozca podrá pensar que en realidad estoy
hablando de mi misma.

La odio con todo mi amor

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Todas estas coincidencias son reales, aunque no lo parezca. Estas fueron las más
impactantes en mi vida y de las que tengo más memoria, pero siempre descubro
cosas que me conectan más y más con esa mujer. Encontrar libros en su
cuarto que yo compré por mi cuenta (ni si quiera sabía que le gusta leer), poemas
y dibujos guardados en cajas cuando yo creía que esa señora no tenía ni el más
mínimo toque artístico y pensaba que esos talentos eran 100% míos, el reniego a
asistir a un psicólogo porque ‘’es para gente débil’’, la terca frasecita de ‘’yo
puedo sola’’ que saca que quicio a mi papá, la obsesión por la limpieza y el
orden, la lectura compulsiva, el orgullo insufrible, el amor por el cabello corto, la
crueldad de nuestras palabras cuando estamos furiosas (antes de que
llegue el llanto), las incontrolables ganas de llevarle la contra a las personas, el
querer demostrar que tenemos la razón y querer comernos al mundo son sólo una
pequeña parte de las cosas que tengo en común con mi madre.
Hoy en día, con 22 años, ya tengo una idea más formal de quién es
Cecilia y sin embargo aún puedo decir que no la conozco completamente y estoy
segura que seguiré descubriendo quien es esa mujercita hasta el último de sus
días. Ella es como un baúl de recuerdos al que le vas sacando cosas poco a poco y
es tan grande, que piensas que nunca vas a terminar de desempolvar todas esas
fotos, cartas, boletos de cine y pedacitos de vida. Y eso lo hace completamente
fascinante.
Evidentemente, hay cosas que odio de ella. En realidad, también la odio. La odio
con toda mi alma y me odio a mi misma cuando me descubro tomando esas
mismas actitudes o costumbres que tanto aborrezco. Esos momentos son tan
horribles y frustrantes que me llevan a la desesperación. ‘’Que asco, me estoy
convirtiendo en mi madre. No quiero ser como ella’’.
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Aunque hay días en los que la veo llegar del trabajo, cansada, harta y fastidiada
pero con una galleta gigante en forma de corazón para mí. A veces llega con
camisetas de mis bandas favoritas aunque ella las odie y odie que me las ponga
casi diario o hay días en que llego de la escuela y encuentro una colcha nueva con
estampado de flores en mi cama con una notita sobre ella que dice: ‘"Para que
no te ponga triste que aún no puedas poner las florecitas en
Facebook".
No es una mala persona. Hasta me cae bien. Nunca he entendido cómo es que a
una persona tan chiquita (ella mide 1.55 mts) le quepa tanto amor. Jamás he
conocido a una persona más tenaz y persistente. No hay madre más
consentidora ni cumplidora de caprichos. Trabajar duro por lo que quieres es su
Padre Nuestro. Cecilia siempre dice que quiere que me convierta en mejor
persona que ella pero no creo poder porque ella es la mejor persona de este
planeta. Me estoy convirtiendo en mi madre y sólo espero no decepcionarla.

5.3 Mi cesárea al detalle: una historia de dolor y felicidad / Miriam Jiménez

Mi cesárea al detalle: una historia de dolor y felicidad
/ Miriam Jiménez

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Recién nacido posa con su madre tras la cesárea / Imagen; cortesía de
Telemundo.com

Aún no era tiempo de hablar de cesárea. O igual si: ya habían pasado 37 largas
semanas desde la última vez que me visitó el famoso y simpático Andrés el que
viene cada mes. Yo prefiero llamarlo José Flowers o Pepe Flores, da igual. En
esos meses, dos corazones latían dentro mí. Si, literal, tenía un bebé en mi vientre.
Esas noches sin poder dormir, esos días en los que sólo pensaba en comer y comer

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hasta reventar, en llorar y enojarme por todo y por nada estaban a punto de
terminar.
Durante mi embarazo, no paré de escuchar un montón de historias acerca
del parto. En su mayoría, todas las señoras me daban consejos -sin que yo se los
pidiera- sobre lo genial que era dar a luz de manera natural. Con el mismo
ímpetu, describían la cesárea como lo peor del mundo, que si la recuperación es
más lenta, lo malo que podía ser para el bebé y, sobre todo, la horrorosa cicatriz
que queda de por vida. A los 22 años nadie quiere marcas en el abdomen.
Era más que obvio, yo quería hacerlo a la antigüita, un parto natural y sin
anestesia. Es lo que las madres experimentadas asumen como acto de valentía,
por lo tanto genera admiración y respeto por parte de las otras mujeres, cosa que
no sucede con el llamado parto obstétrico o cesárea en lenguaje llano. Para
entonces, mi prioridad era regresar cuando antes a la escuela y esa era la única
manera –según yo- de hacerlo. Así que, asumí el papel de mujer valiente y me
mentalicé para que así fuera.

Vivir para contarlo
Ese lunes por la mañana, mi doctor me dio cita para realizarme un estudio. Sin
más, me bañe, me puse mi camiseta de Su Majestad Imperial: Silverio –la había
comprado un par de meses antes en los XV del Vive Latino- y me fui a la
clínica. Algo me decía que ese sería mi último día con esa gran panza.
Me sentía feliz pero también me invadía el pavor de enfrentarme a lo
desconocido. Aunado a eso, tenía que controlar mi temor a los hospitales y las
inyecciones, necesarias en caso de cesárea.

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Cuando llegué, el doctor y su enfermera estrella ya me esperaban con un aparato
para medir los latidos del corazón de Romina. Mientras tanto, mis papás, mi
suegra y mi cuñada estaban ansiosos en la sala de espera. Yo tenía una gran
inquietud sobre lo que estaba a punto de suceder, sin embargo, no me atreví a
decirlo. En lo único que pensaba era en terminar con la labor de parto lo
antes posible, pero nada fue como lo planeé.
Luego de siete largas horas, ya con suero y con medicamentos que están hechos
para inducir el parto, mi cuerpo no daba una sola señal de querer dilatar.
Sin preguntar, el médico dio la orden para que me pasaran a cirugía. Se me habían
terminado las oportunidades para parir. Todo el proceso iniciaría en cuanto
llegara el pediatra y el anestesiólogo. No tenía otra alternativa, ya estaba ahí y mis
manos sudorosas eran las únicas que delataban mi temor.
Mientras tanto, mis familiares al igual que yo también contenían su resquemor y
solo se limitaban a tomar fotografías del acontecimiento. Todos
sonreíamos de manera nerviosa y decíamos cualquier cantidad de tonterías para
desviar la tensión de ese instante que parecía una ser eternidad, mientras
esperábamos, afuera llovía de tal manera que parecía día de San Juan en pleno
agosto.

Crónica de una cesárea anunciada
Llegaron el pediatra y el anestesista directo a la sala de cirugías. Un par de
minutos después me indicaron que ya era hora. Antes de entrar al místico y
desconocido quirófano me dieron mil bendiciones. En cuanto entré, noté que era
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un lugar pequeño, pintado de blanco y con el equipo médico listo para la
intervención. ¿Es neta? No podía dejar de sudar y temblar. Había pasado tanto
tiempo embarazada que pensé que nunca llegaría ese día.
Adentro, no dejé de cuestionar al pobre anestesiólogo ¿Aquí será la operación?
¿Cuántos años tienes de experiencia? ¿En dónde estudiaste? Se trataba de un
médico militar al que la paciencia se le estaba agotando. Luego de mi visceral
bombardeo de preguntas me dio indicaciones para ponerme la epidural. Ok.
Iba ser cesárea.
Me dio toda la explicación del procedimiento –a la que obviamente no le puse
atención por todo el estrés que traía conmigo- y, acto seguido, me recostó de lado
izquierdo y me la puso. Justo recordé todas esas historias fatalistas que me habían
contado, mujeres paraliticas, daños en las vértebras, exceso de anestesia y a las
que mejor les iba, cada vez que hacía frío les dolía la espalda baja ¡En la madre!
Si, justo en eso me iba a convertir, en madre.

Love, love, love…
Estaba lista mirando al cielorraso, tenía puesto el oxígeno, el suero, la epidural
y Otto estaba listo para inmortalizar el acontecimiento con su iPhone. Mi doctor
estaba preparado para iniciar el proceso, de pronto se escuchó música que
provenía de un iPod dentro de la sala. Al mismo tiempo, los médicos tenían una
charla un tanto extraña sobre Acapulco o cuáles eran las mejores tortas. No lo sé,
su plática era confusa y muy casual a la vez.

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Comencé a percibir como un picoteo intenso en el vientre, enseguida sentí que
movían mi cuerpo de un lado a otro, como si se tratará de una necropsia.
Inmediatamente después se escucharon los primeros acordes de Love –la rola
de Zoé que nos hizo feliz en la adolescencia a más de tres- pasaron unos segundos
y Romina ya estaba aquí. Sus chillidos retumbaron en la pequeña sala de
operaciones.
La bebé no dejaba de llorar y de repente algo salpico de sangre todo lo que estaba
a mi alrededor y pensé lo peor. Afortunadamente, se trataba del corte del
cordón umbilical. En ese instante todos se quedaron en silencio, nadie me
confirmaba si estaba bien y si efectivamente había sido una niña, pues todas las
señoras expertas en embarazos y cuerpos me decían que la ecografía se
equivocaba, que tendría un niño.
Luego de suturarme y quitarme todos los aparatos que tenía encima era momento
de regresar a mi cama para recuperarme. En el camino a la habitación pude
constatar con mis propios ojos que si había tenido una niña, sana y con todas
sus extremidades. Este pequeño capítulo se llama: Conociendo al amor de mi
vida.

6. Emociones
6.1 Mi mamá, el rock y yo / Arlette Álvarez

Mi mamá, el rock y yo / Arlette Álvarez
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Fans y conciertos de rock: combinación religiosa / Imagen: cortesía de YouTube

Mi mamá en su juventud amaba Timbiriche. Vestía igual que ellos y todas sus
canciones se las sabía. Aunque tiempo después sus gustos fueron cambiando. El
ska y el rock mexicano comenzaron a añadirse en su lista musical.

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Mientras mi papá escuchaba a Rigo Tovar y su "Matamoros querido”, mi mamá
le subía todo el volumen al Haragán o bien a Salón Victoria y su Sol de
medianoche. Nosotras, sus tres hijas, nos fuimos inclinando hacia los gustos de
ella, a su forma de entregarse en cada canción, a esa misma emoción que emanaba
siempre.
Recuerdo

alguna

ocasión

que

fuimos

a

un

concierto

y

vimos

a Inspector y Panteón Rococó. Por su trabajo, ella no puedo ir y lo que mi
hermana hizo fue llamarle por teléfono para que pudiera escuchar las canciones.
Cuando mi hermana juntó el celular a su oreja, pudo oír que mi mamá estaba
llorando pues realmente quería verlos en vivo.
Pero su nostalgia duró poco, ya que unas semanas después fue a un concierto
de Panteón Rococó con mi hermana y mi papá. Aquella tarde el clima no
estuvo a su favor, ya que la lluvia parecía que podría frustrar aquella alegría. Sin
embargo cuando llegó a la casa, su emoción era tanta que nos la contagiaba.

Mi mamá rockera no gusta de perfos
El día que me hice una perforación en la lengua, ella utilizó unas palabras muchas
veces antes escuchadas por nosotras:
"Te voy a arrancar esa chingadera"
Después comenzó todo el sermón, ese discurso que pareciera que las mamás se
van pasando de mano en mano. Pero ella sólo seguía por un rato el riguroso
protocolo de las madres, el cual terminó minutos después. Con otro tono de voz y
hasta riéndose, le dijo a mi papá:
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“Las niñas no pueden comer eso, les va a hacer daño”
Cabe mencionar que otra de mis hermanas también se había hecho una
perforación. Ese día, mientras comíamos, recuerdo que mi santa madre se reía de
nosotras, por los gestos desesperados y el gran esfuerzo que hacíamos para comer
sus viandas.
Con los tatuajes pasó lo mismo. El día que mi hermana mayor se hizo uno, mi
mamá la regañó, pero después ya le estaba preguntando si le había dolido mucho
y cómo lo había aguantado.
Así es mi madre, una mujer alivianada que además es buena persona. ¿A quién
debo agradecerle que me haya tocado ella como progenitora? Díganme y lo voy a
idolatra toda la vida, porque ella sí es una madre #ATodaMadre.

Todos los recuerdos en su celular
Desde que tuvo un celular en las manos, mi mamá comenzó a fotografiar
todo. Desde unas simples flores hasta esas fotos familiares que nunca serán
impresas y sólo quedarán en un post de Facebook.
Una de las cosas que la caracteriza es su fortaleza para hacer todo lo que quiere y
no estar encerrada en la casa esperando a que las cosas lleguen sin hacer ningún
esfuerzo. Por tal motivo desde hace muchos años (ya perdí la cuenta) empezó
a trabajar como cocinera es una casa de señores ricos ya que tuvo la fortuna de
tener un don perfecto: todo lo que cocina, se convierte en un manjar de dioses.

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Gracias a este trabajo, por varias ocasiones ha ido de viajes con sus jefes y desde
que tuvo un celular en las manos, comenzó a fotografiar todo. Aquí van
algunas imágenes.
Tal vez sea porque desde muy joven se embarazó o porque en su espíritu se
encuentra la esencia para ser la persona que es. Mi madre ha dado tanto por
nosotras que lo mínimo que podría hacer es decirle: Ma’ te amo todo mi ser.

Las canciones de mi mamá
Y porque no pudo dejar pasar esta oportunidad, aquí van cinco canciones que de
tanto escucharlas con mi mamá, también a nosotras nos empezaron a
gustar.
1- La chispa adecuada Héroes del Silencio
2- La dosis perfecta Panteón Rococó
3- Sol de media noche Salón Victoria
4- María Café Tacuba
5- Amnesia Inspector

6.2 Experta en partos: “Tras el tercero todo es sencillo” / Lorelei Sánchez

102

Experta en partos: "Tras el tercero todo es sencillo" /
Lorelei Sánchez

En otros tiempos, todo eran familias numerosas / Imagen: cortesía de
familiasobreruedas

¿Principiante o experta? El parto, eso que hace gritar a las mujeres más que
un stripper, eso que te recuerda tu madre cada vez que se enoja y te quieres

103

pasar de lista, eso que te da la vida y aterroriza a las madres primerizas, es para
una madre experta sólo un paso más en su línea de maternidad.
Esta es la historia de Gaby, una mujer que se embarazó joven y que con cinco
hijos se hizo una experta en partos, aprendió a sobrellevar los dolores, los
antojos,

los

cambios

en

su

cuerpo

y

de

cómo

perdió

la

fe

en

los anticonceptivos y enfrentó de frente los clichés sobre lo peligroso que son
los embarazos continuos.

Kilos y centímetros
Gaby, sucumbió a los placeres carnales a la edad de 20 años. No tenía idea de
las consecuencias de su más bajo instinto. A los nueve meses, de parto natural,
nació su primer hija, esa a quién culpan de casarse con quien se casan. Recuerda
las primeras horas después de un shock emocional: "es una damita", "3 kilos",
"51 centímetros". A penas recordaba el dolor. Después de ocho horas de
la primera contracción, Gaby tenía la mente en blanco. No habló, no lloró.
Sólo sentía el dolor de dar a luz, con razón su madre le decía "a mí me doliste más
que cualquier otra cosa en el mundo". Y claro que usaría esta frase con su hija.
Un año después, estaría en otra sala de expulsión, gritando y usando todas sus
fuerzas. Había olvidado que el parto natural dolía tanto. No aceptaba
la anestesia, odiaba tal palabra. Otra vez las frases que resuenan en su cabeza: "es
una damita", "3 kilos con 100 gramos", "50 centímetros" pero está vez sólo sonrió.
Otra niña. Ya terminó todo. Ya no hay dolor. La próxima vez se cuidaría.

Anticonceptivos fallidos
104

Gaby odiaba la anestesia y consideraba un insulto que se la ofrecieran antes de
dar a luz. Su madre le había aconsejado no aceptaba, "las consecuencias son
terribles", decía.
Dos años después de tener a su primogénita, otra vez se encontraba en la sala
de emergencia esperando a un doctor. Sentía contracciones, sin embargo ya no
tenía miedo. Será rápido, se convencía. Tenía la experiencia de sus dos hijas
anteriores, solo gritar, pujar, soltar, gritar, pujar, soltar. A su alrededor,
otras embarazadas que sólo iban a revisión.
Las ganas de ir al baño eran constantes. "Ya se rompió la fuente". A penas
avisó cuando las contracciones fueron más fuertes. "Aguántese, madrecita".
Gaby no hizo caso. Después de un fuerte grito, asomó la cabeza el que sería el
único niño en sus hijos. Todas las demás mujeres la vieron parir. Entonces ya
sin ayuda de un doctor comenzó las labores de parto, se los sabía de memoria.
Para cuando el doctor llegó, una enfermera ya tenía al pequeño en sus manos.
"Es un caballero", "3 kilos 300 gramos" "54 centímetros".
¿Qué había fallado? El DIU estaba en el lugar correcto, lo insertaron
los doctores. Se dio cuenta que estaba embarazada y tuvo que quitarlo. Tomó
pastillas para que el efecto fuera aún mejor. Nada.
Al siguiente año, escucharía la cantinela habitual: "es un damita", "3 kilos 300
gramos", "56 centímetros". ¿Por qué? Las pastillas tampoco habían funcionado.
La única morena. La más grande todos. Incluso en el llanto notó su fortaleza.
"Será alta", se dijo.

105

Diez años después, los anticonceptivos le darían la espalda, una vez más. Ya
saben: "es una damita", "3 kilos 200 gramos", "49 centímetros".
¿La razón? Una doctora le dijo una vez "es usted una mujer muy fértil.
Ningún método anticonceptivo le funcionará. Podría tener hasta 20 hijos y
todos saldrán sanos y usted no sufrirá en lo más mínimo". Esas palabras
resonaban en su cabeza al tener a su quinta hija en brazos. Está vez, pensó: "fue
la más chica".

Experta nivel plus: cinco partos naturales
Gaby no tenía idea de lo peligroso que es tener hijos año tras año. Se lo comentó
una doctora durante el cuarto parto. "Sabía que se podría morir, tener hijos
así es sumamente peligroso". A la doctora le sorprendió la fortaleza de Gaby.
Con lo joven que era y desde el uno hasta el cuatro, todos sus partos habían sido
naturales. Nada de cesáreas, anestesias o abortos, era una mujer muy
saludable. Y se volvió experta en partos, ni modo.
Después de recibir a su cuarta hija, Gaby estaba convencida.
"Ahora sí, ésta es la última, se dijo Gaby. "Ingenua", le contestó la vida.
En febrero de 2006 lo confirmó de nuevo: estaba embarazada. No buscó
culpables. Las pastillas, el DIU, los condones, todos juntos se reían de ella.
Haría exactamente lo mismo que con los anteriores, no descansaría demasiado
para que el parto fuera natural. Subía, bajaba, cargaba, corría, caminaba,
gritaba. No se detuvo. Eso le sirvió con los anteriores embarazos, para no sufrir

106

tanto al momento de dar a luz. Sabía que ocurriría con su cuerpo y en qué
momento debía ir al hospital.
Así lo hizo. Dio a luz por quinta vez, tan natural, como lo experta que era en
estas cosas.
Dice no arrepentirse de haberse embarazado tantas veces, aunque fue
fuertemente criticada incluso por su propia familia. Tampoco se considera
una ninfómana, ríe incluso de escuchar esa palabra. Solo se hizo experta en
partos sin querer.

Números y coincidencias
Actualmente, son siete en su familia. Dice que no lo planeó, pero cuatro de sus
cinco hijos nacieron el mes de julio, el mes siete, sus nombres tienen siete letras
y todos comienzan con L. "Al voltearla se convierte en un siete", sonríe. Vecinos
y familiares los conocen como La Familia Telerín.
Aquí los nombres (por edades):
Leilani Shari (22 años), Lorelei Zeltizn (21 años), Lennrik Carlos (20
años), Leoneli Esther (19 años) y Lesaili Sol-Ani (9 años).
Es gracioso pensar que cuando dice que quiere ir al baño, es ¡ahorita!,
porque "después de tantos hijos, ya no aprieto".

6.2 Crecer con una madre distraída (y no tanto) / María Fernanda Muñoz
107

Crecer con una madre distraída (y no tanto) / María
Fernanda Muñoz

La señora Meier y el mirlo. Wolf Erlbruch. Buenos Aires: Libros del Zorro Rojo, 2012 / Imagen
tomada de pequenhaciudad.blogspot.mx

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Una madre distraída implica serias repercusiones en la vida de cualquier hijo.
Hay de distracciones a distracciones pero corrí con suerte de que la mía, a pesar
de vivir en una nube, jamás se olvidó de mi hora de salida o de que no había
comido en todo el día. Hay de distracciones a distracciones, una cosa es ser
indiferente y otra cosa es ser distraído, diferencias abismales los separan.
Mi madre no recuerda dónde dejó las cosas o los momentos en los que pedía los
permisos de salidas con tiempo y nunca a última hora, cambia conversaciones y
olvida fragmentos. Mi madre olvida pagar las cuentas a tiempo, deja prendida la
radio todo el día o pierde los estados de cuenta del banco. Se distrae en su
mundo interno que nadie sabe cómo funciona. Sin embargo, jamás me ha faltado
nada.

La madre despistada que siempre fue así
Mi madre siempre fue así; pasaba los días de su niñez en el patio de mi casa, entre
árboles y flores, comiendo frutos caídos y silbando suave, soñando con ser un
mirlo. Ese sueño de infancia ha acompañado a la mujer de tez cálida y semblante
de tempano que es hoy. Mi madre puede gritar como un ogro enloquecido
y horas antes mantener conversaciones con mirlos a las seis de la
mañana.
Tengo una colección de intercambios musicales entre ella y los mirlos
primaveras que visitaban nuestro patio, madrugadores por excelencia,
madrugadores al igual que la mía madre. Desde la cocina, imitando el silbido del
ave, conversando con esas voces anónimas escondidas entre hojas de naranjos
como preludio al regaño que nos esperaba porque ya se nos había hecho tarde.
109

Mi madre también se convierte en géiser. Al igual que estos, es un fenómeno
extraño de fríos y calores, de magma y agua, explosión y calma. Nunca se sabe
con ella. Un sí puede tener más intenciones de no y un no puede ser un sí seguro
disfrazado de negativa. Sus explosiones causaron terror entre mis amigos por
largo tiempo pero como raro fenómeno natural, terminó agradando a todo el
que la conocía. Mi madre es de esas madres que todos quieren.
Hay una definición que me regaló Google sobre el ser distraído: persona que hace
pasar el tiempo de manera agradable. Mi madre, sinónimo de distraída, ha sido
eso a lo largo de mi vida. Sus distracciones podrán haberme impactado con peleas
terribles entre ella y yo por quién tenía o no la razón. Frustraciones constantes,
porque, al ser la mamá, gozó de la ventaja de que ya sea sí o no siempre
tenía la razón.
Pero esas distracciones también dejaron huella de las formas más hermosas en
mi memoria. Como cuando la accidental radio siempre encendida en la cocina
embargaba con violines, pianos y alientos toda la casa cual poesía entre los
silencios de la ausencia de personas que escucharan; como cada mañana rumbo
a la escuela, cuando apreciar un amanecer era necesario para seguir el camino
o la enseñanza de voltear al cielo cada que la luna brillaba fuera de lo
normal. Crecer con una madre distraída te hace apreciar los detalles escondidos
de la cotidianidad.

Ventajas y desventajas de una madre distraída
La distracción de mi madre también me preparó para cualquier acontecimiento.
Crecer con una madre distraída es abrazar el desastre, el caos, y estar
110

preparada para solucionar cualquier cosa. Ella, siempre lista con la
reacción perfecta dependiendo la emergencia. La distracción no puede existir sin
un backup: emociones y acciones adecuadas para encontrar soluciones
inmediatas que nos saquen del pantano. Hay que ser distraído de manera
responsable.
La distracción es contagiosa, por eso mi madre siempre me comparte sus
remedios, el más importante: una libreta donde anota cada pensamiento,
tarea, cita y acontecimiento importante que no debe de olvidar. La hoja
en blanco le llegó con el amor a mi padre pero lo que comenzó siendo un diario
de amores, se transformó en eterno acompañante que le permite una vida
ordenada y funcional.
Otra parte fundamental de los seres distraídos es el humor. Mi madre me enseñó
a reírme del mundo y de mi misma con sus imitaciones de personas que
amenizaban y creaban carcajadas entre los comensales satisfechos de las
sobremesas. El humor en este caso, no es reírse de las desgracias y ser
indiferentes sino aceptar nuestra humanidad y con ella los errores que podemos
cometer. Reírnos es perdonar al pasado, adentrarnos en un estado de relajación
como antesala de mejorar lo que fuimos y enmendar amigablemente nuestros
errores.
La distracción de mi madre la ha llevado a mantener largas conversaciones
con extraños. Su atención es desviada constantemente por personajes
callejeros que terminan volviéndose cercanos. Mi madre puede saber en dónde
vive la señora de la esquina que vende vegetales, cuántos hijos tiene, cuánto gana,
si tiene marido o si la abandonaron. Sus distracciones se convierten en interés
111

por los personajes diarios que la rodean y la convierten en detective encubierto
de psicóloga a cambio de llegar tarde a algún lugar o que sus acompañantes pasen
media hora o más esperando en el coche.

Los hijos son los hijos
Sin embargo, las distracciones de mi madre pausan cuando se trata de mí o de mi
hermano, no hay cosa que la distraiga de las tareas o citas que tenemos
pendientes, de los horarios establecidos que debemos respetar o de comer cada
elemento en nuestro plato. Este ser distraído se transforma en una maestra
del tiempo y control que nos recuerda cuando estamos haciendo las cosas mal.
Mi madre podrá aceptar sus distracciones pero no las nuestras.
En fin, lo que más atesoro de las distracciones de mi madre es que me enseñaron
a apreciarla como es: un ser lleno de contrastes que la convierten en algo
hermoso, en la dualidad que todos llevamos dentro. En recordar que al igual
que yo, es un ser humano, con éxitos y fracasos.
Es real que el amor de madre vuelve a cualquier mujer una superheroína,
invencible ante nuestros ojos hasta que crecemos y nos damos cuenta que esos
superhéroes pasan más tiempo siendo mundanos que fuera de este mundo.
Esas mamás, seres que no sabes de dónde sacan tanto tiempo para tanto truco
que soluciona vidas, en realidad, no tienen ni idea de lo que están
haciendo, pero triunfan porque día a día no dejan de intentarlo.

112

6.3 Mujer por naturaleza, madre por elección / Vivian Echemendía

Mujer por naturaleza, madre por elección / Vivian
Echemendía

¿Caben todos los recuerdos maternales en una sola maleta? / Imagen: cortesía
de Yaasib Vazquez Colmenares

113

¿Qué decir sobre mi madre? Toda la vida he escuchado que las mamás tienen
muchos empleos, cocinera, enfermeras, costureras, maestras, etc., la mía, sin
embargo, va mucho más allá de eso, pues también es plomera, albañil y pintora;
pero lo más importante de todo, y por supuesto lo más difícil, es ser mi mamá.
Aunque en un día con día es de recibo celebrar el amor maternal, el día de las
madres yo siempre creo que la mía será especial en todo momento. Y espero que
este texto les haga entender mis razones.
A lo largo de los años he conocido a las madres de varios de mis amigos, mamás
cool, que todo el mundo quiere tener, mamás talentosas y demás, sin embargo,
debo decir que nunca conocí una igual a la mía.
Por suerte para ella, mamá tuvo la oportunidad de dedicarse en cuerpo y alma a
sus tres hijas, pues ha volcado casi todas sus horas, desde que tengo memoria, a
mí y a mis hermanas. En sus ratos libres, cuando a todas las mamás les gustaba
ir al gimnasio o salir con sus amigas, entre otras actividades, a mi mamá le
gustaba cualquier cosa relacionada con sus hijas.
Así es, mi madre volvió a ser una niña, para estar siempre con nosotros.
A veces pienso que no estoy lo suficientemente preparada para la vida pues tuve
una madre ejemplar y a veces pienso que por querer darnos todo, no sabemos
hacer mucho. No quisiera saber lo que es perder a mi madre, pues no sabría que
hacer sin ella.
Desde líder de niñas exploradoras a mamá vocal de todas las escuelas a las que
asistimos, mi mamá siempre fue la que se echaba el paquete, fiestas infantiles,

114

excursiones escolares, clases extracurriculares, en fin, todas las oportunidades
que tienen las mamás para descansar de sus hijos un rato eran actividades que
tenían que ser vigiladas y organizadas por alguien. Esa era mi mamá.
Cuando verdaderamente tenía tiempo de liberarse de nosotras, a mamá le
gustaba hacer todas esas cosas que ninguna otra ama de casa quiere hacer:
regar el jardín, pintar paredes, cambiar focos, arreglar electrodomésticos, entre
otras cosas. Así es, aunque en su infancia y adolescencia nunca necesitó hacer
nada de esto, pues su papá siempre le resolvió la vida, más adelante tuvo que
aprender, en especial cuando notó que a su esposo no se le facilitaban ese tipo de
cosas, y no solo aprendió a hacerlo, sino que a día de hoy lo sigue disfrutando.

Breve historia de mi madre
Griselda Echeverría nació el 20 de marzo de 1956 en la ciudad de México, y
ha sido desde entonces un ser humano ejemplar. Sé que no soy objetiva pero así
quiero contar las cosas.
Segunda de cuatro hijos e hija de padres mexicanos, mi madre creció y vivió en
el entonces Distrito Federal, donde aprendió a ser la gran persona que es, algo
que desde luego consiguió con ayuda de sus padres. Estudió la carrera técnica
de secretaria bilingüe, y dedicó muchos años de su vida a trabajar como tal.
En 1986 tuvo la suerte de conocer, enamorarse y casarse con un cubano ejemplar,
mi padre. Apuesto a que ella no sabía todo lo que le esperaba.
Para ella, ser mamá no fue cosa sencilla y natural como lo es para el resto de las
mujeres, pues su cuerpo no estaba preparado para tal, sin embargo, ella nunca se
115

dio por vencida, pues desde el principio, ella soñaba con ser madre, sin saber
lo difícil que sería para ella. Después de 4 años de tratamientos médicos, ilusiones
y decepciones, logró convertirse en mamá.
En 1990, por primera vez en su vida, supo lo que se sentía ser madre. Nada ha
sido lo mismo desde entonces, estoy segura, pues desde ese momento, mi madre
decidió dedicar la vida a su hija y a las que le faltaban, dejó su trabajo y
cambió su rutina para convertirse en mamá.
En 1992 y 1993 tuvo a sus otras dos hijas, incluida yo, la más pequeña, y llegamos
para poner su tranquila vida de cabeza.
Después de muchos años, cuando estuvimos listas para separarnos de
ella y ella lista para volver a trabajar, mamá decidió ser maestra, demostrando
una vez más su pasión por enseñar, su pasión por los niños, su pasión, aunque no
de la misma manera que es y será ser mamá

Volviendo loca a mamá desde 1993
Mamá

creció

en

una

pequeña familia

mexicana,

algo

tradicional

y conservadora, de ahí aprendió todos los valores que nos ha enseñado, querer
y cuidar a los animales, respetar y tratar bien a las personas, nunca mentir ni
robar, entre muchas otras cosas, pero también aprendió muchos tabús, ideas
conservadoras, formas de pensar generacionales que casi siempre son imposibles
de cambiar.
Yo particularmente, he sido asunto de controversia para mi pobre madre, pues
ella, siendo una persona tan tranquila, probablemente nunca entendió, ni
116

entenderá, el porqué de mis locuras. Desde la primera escuela en la que
estuve, mi mamá tuvo que ir miles de veces, llamada por mi mala conducta,
seguida por mi etapa de adolescente insoportable. Hasta la fecha, siempre fui y
seré la más rebelde de sus hijas.
Es por eso que reconozco, aprecio, agradezco y felicito a mi madre, pues no es
fácil para alguien de su generación aceptar tantas ideas que antes eran
satanizadas. Mamá decidió evolucionar conmigo, decidió convertirse en
una mamá liberal, de mente abierta, y hasta la fecha, aunque muchas cosas aún
le duelan, y otras tantas no las entienda, mi mamá trabaja día con día por ser
mejor, aunque es difícil pedirle más de todo lo que ya ha hecho.
Hoy 10 de mayo de 2016, doy gracias a mi madre por todo lo que me ha enseñado,
por todo lo que me ha dado y todo lo que ha sacrificado, por aceptarme y tratar
de entenderme, pero más que cualquier otra cosa, por apoyarme e impulsarme
en mi vuelo, porque ha vivido toda su vida dedicada a verme feliz. Por
la familia que siempre quiso y sobre todo por mantenerla junta.

117

6.4 Mi madre o la mamá que todos quieren tener / Fernanda Ruiz

Mi madre o la mamá que todos quieren tener /
Fernanda Ruiz

Mamás como las de antes… / Imagen: cortesía de Las Niñas

118

"Yo quiero que tu mamá sea mi mamá" es lo que suelen decir mis amigos
pero, ¿qué es lo que ha llevado a ser este cotizado personaje?
Mamá es joven, este año apenas llegará a los 50, le gusta salir con sus amigas y
tomar buen tequila en las rocas. Nos llamamos cada tarde desde que no vivimos
juntas y disfrutamos de recordar los días en que compartimos la vida dentro del
escultismo.
Nació en una familia con 10 hijos, ella fue la número 9 y la cercanía con su
hermano menor la llevó a ser la tomboy de su casa. Siempre prefirió los patines,
las avalanchas y las bicicletas sobre los juegos de té y las muñecas. A mi hermano
y a mí siempre nos enseñó que la vida era mejor fuera de casa, jugando con
los amigos, haciendo deporte y viviendo al aire libre.
Mamá no usa grandes tacones, ni maquillaje y mucho menos pasa largo tiempo
arreglando su cabello, ella disfruta de los zapatos cómodos para caminar y de
hacer ejercicio todas las mañanas.
Tatis, Tita, Tatianita: mamá nació noble, siempre disfrutó observar a su papá
en su laboratorio de fotografías y hoy su casa se ha convertido en un pequeño
museo de todo su trabajo. Me ha enseñado a sentirme honrada y orgullosa de la
familia que nos tocó.

Pequeña historia de mamá
Mamá nació en Orizaba, Veracruz cuando aún era una pequeña ciudad que casi
llegaba a lo rural, desde pequeña la religión fue parte importante de su vida
porque la abuela así se lo enseñó y aunque ella no lo acepte creció ante un
119

machismo inevitable de las familias de los años 70. Mamá siempre ha
sido pequeña de estatura, de complexión delgada y de ojos que cambian de color
dependiendo cómo les pegue la luz del sol; es un alma noble, ama a los animales
y siempre busca ver el lado positivo de las cosas. Ella siempre me dice que no
puede sentir la mala vibra de la gente hasta que le hacen algo malo, "no sé cómo
no me di cuenta" suele decir.
Mamá siempre recibe a todos con los brazos abiertos, sonríe y busca alegrar a
todos con algún comentario chispa como:
Oigan hijos, ¿de dónde será ese haitiano?
Pero la bondad de mamá conlleva un precio, la gente suele herirla con
facilidad y aun cuando es una mujer fuerte, mamá no puede contener las lágrimas
cada que alguien sobrepasa su capacidad para distinguir lo que por naturaleza
está mal. Mamá y yo hemos pasado muchas noches llorando por el dolor
que le han causado, y a pesar de eso ella siempre dice que las cosas van a mejorar
porque tienen que hacerlo.
Mamá nunca ha entendido porque papá le hizo tanto daño.

Cosas buenas y no tan buenas
Crecer con una mamá así es bastante fácil, hace que la adolescencia de
cualquiera pase casi desapercibida. Imagina esto: tú mamá siempre ha sido buena
contigo, así que tú sabes cómo medirla, por lo tanto, cuando te conviertes es
un adolescente histérico y desesperante lo único que tienes que hacer para librar

120

el día a día es dramatizar y convertir a tu madre en la víctima de tu desorden
hormonal. Mamá sufrió mucho conmigo.
Recuerdo el día que mamá me dio la primer y única cachetada, nunca la vi tan
confiada en la vida, y estoy bastante segura que me la merecía.
A pesar de todas las ideas con las que creció gracias a pertenecer a una enorme
familia, mamá ha decidido volverse una persona de mente abierta, no
es fácil para un provinciano conservador abrirse a nuevas ideas, pero ella me ha
demostrado que los ideales de las personas cambian y podemos aceptar y sobre
todo tolerar lo que creíamos incorrecto. La homosexualidad, el uso de las drogas,
sexo fuera del matrimonio, el abandono de la religión, son temas que ya no son
tabú en casa, mamá ha desafiado los estereotipos familiares para
adaptarse al mundo de mi hermano y mío.
Mamá suele llamar "fitness" al Netflix, y como muchas de las madres
modernas lucha por lograr entender la tecnología del modo que los millenials lo
hacemos. Suele dar like a todo en Facebook, compartir muchas publicaciones
sobre gatos y comentar cada foto de perfil que pongo con la frase "eres hermosa",
estoy segura que lo hace porque la gente siempre dice que somos iguales,
entonces es más bien una cuestión de ego (ok, mal chiste).
Mis amigos dicen que quisieran que mi mamá fuera la suya, yo siempre
les contesto que eso no puede pasar porque sólo yo (y mi hermano, claro) la tengo.

121

7. Ausencias
7.1 Cuando mi madre murió, yo tenía 15 años / Laura Sánchez

Cuando mi madre murió, yo tenía 15 años / Laura
Sánchez

La muerte, dulce y sobrecogedora / Imagen: cortesía de iso500px.com

122

Seguramente, todos están preparando sus regalitos, detalles o presupuesto para
llevar a comer su madre en el Día de las Madres. Pero en el mundo existen
personas como yo que ya no tenemos la fortuna de tener frente a frente a esa
persona tan especial en nuestras vidas. Sin embargo, eso no es motivo para que
no la recordemos con alegría. Déjame que te cuente como ha sido mi experiencia
desde que falleció mi mamá y como he logrado sobreponerme a una pérdida
tan importante.

El repentino adiós
Desde hace 10 años -casi 11 para ser exactos- yo he debido sobrellevar al duelo de
la muerte de mi madre, quien no sólo fue una de las personas más importantes
de mi vida, sino también mi mejor amiga. Una tarde del 11 de junio de 2005 mi
vida dio un giro de 360° grados. Todo aquello a lo que yo estaba acostumbrada se
desvaneció y mi vida, simplemente, dejaría de ser la misma. Mi Lupita, como
todos la conocían, falleció de un infarto de miocardio a la edad de 43 años a causa
de un episodio de rabia muy fuerte.
Yo tenía tan solo 15 años y una vida llena de planes, pero perderla no estaba entre
ellos. Conforme fueron pasando los días, meses y años fue demasiado difícil sentir
su ausencia en mi casa. Recuerdo que no quería regresar al hogar, porque la sola
idea de ver que ella ya no estaba me hacía trizas. Me costó algunos años
de terapia y el apoyo de mi familia ponerme de nuevo en pie. La experiencia de la
pérdida me fue haciendo más fuerte con los años. Me acuerdo perfectamente que
al principio el hablar de ella me devastaba y su recuerdo me hacía llorar. Poco a
poco, me di cuenta que al contarles mi duelo a personas que perdían a alguien
importante, aliviaba mi dolor.
123

Uno de los días más difíciles para mí era precisamente el día de las
madres, porque sentía como si todos me echaran en cara que aún podían
festejar a alguien. La extrañaba horrible, y yo no tenía a quien regalarle flores ni
hacerle algún detalle. Algunos años después de agarrar el toro por los cuernos
decidí ir al panteón a visitar sus cenizas, pude hablar con ella - metafóricamentey decirle todo mi dolor y mi enojo por haberme dejado. Desde ahí supe que mi
corazón estaba sanando.

Más allá de mi madre: recuperación y aceptación
Uno de las formas que encontré para poder estar en paz con la muerte de mi
madre fue recordarla tal y como la última vez que la vi. Deje a un lado los
pensamientos obscuros que me ponían triste y empecé a recordar los momentos
felices que pasamos juntas, si hasta los regaños de mis travesuras. Me armé un
álbum de fotos donde ella estaba, que me hacían pensar en lo feliz que estábamos
todos en mi familia. De esta manera cada día que me despierto veo su imagen y
pongo en mi cabeza a la bella mujer que me hizo lo que soy hoy en día.
Mi papá y mi hermano han sido mis pilares en el proceso de la recuperación, ya
que aunque cada uno vivió su duelo a su manera, encontramos consuelo uno con
el otro. Aprendimos a perdonar todas las veces que mi mamá, en cierto modo, nos
ofendió y comenzamos a recordarla como una parte muy importante de
nuestras vidas. Mi hermano y yo siempre comentamos cosas como "te acuerdas
cuando mi mamá nos llevaba a tal lado", "recuerdas esos cuentos que nos leía en
la noche", "te acuerdas los disfraces que nos hacía para loa eventos del colegio" y
hasta "te acuerdas como nos regañaba". Todo ese compendio de historias son

124

cosas que hoy nos hacen muy felices porque, a diferencia de muchos otros casos
mi hermano y yo tuvimos la posibilidad de conocer a nuestra madre.
Me costó muchísimo aceptar su partida y pensar que ya no estaría en los
eventos importantes como mis cumpleaños, mi graduación de la universidad y
hasta el día que me case. Pero, ahora sé que mi Lupita ha estado en todos esos
momentos.

Mi madre siempre será parte de mi vida
Una de las promesas que le hice desde que falleció era terminar mi carrera. Hoy
estoy a un par de semanas de cumplir mi promesa, y sé lo orgullosa que
ella estaría de mí. Sé que a lo mejor no he sido la mejor persona ni la mejor hija
del mundo, pero sus consejos me han servido para salir adelante. Recuerdo una
de sus frases que hoy es mi inspiración "Nunca te dejes vencer por nada ni
nadie"; y en eso baso mi vida, en siempre ser fuerte y no dejarme vencer por los
obstáculos de la vida.
Ahora vivo con mi papá, mi hermano y su esposa Adri, quien no suple a mi madre,
pero es una gran amiga que me ha ayudado a aliviar muchos de mis
fantasmas y defectos ocasionados por la muerte de mi mamá. Agradezco
infinitamente sus consejos, porque deben saber que cuando uno es hija la falta
de la figura femenina en casa crea una confusión muy grande, en
especial si estás pasando por la adolescencia. Ella siempre me dice "tu mami es
una persona muy importante, nunca te olvides de ella". Adri es una gran persona
que ha fortalecido a mi familia en muchos sentidos.

125

Entiendo no es muy cuerdo decir que celebro a mi madre como si viviera,
pero para mí creo que es mejor recordarla con una sonrisa en el rostro que pasar
noches en vela llorando por ella. Claro que no hago una fiestota como muchos
hacen. Yo lo que hago cada año es prender una velita junto a su foto y platicarle
todas las cosas buenas que me pasaron durante ese año. Y si porque no,
brindar por ella.

Pasos para recuperarse de la pérdida
Por último me gustaría compartirle algunos tips que sé que les servirán para
poder enfrentarse a ese duelo, que si bien lo sé yo no es nada fácil de superar.
1. Llora todo lo que necesites: el primer paso para superar una pérdida
tan fuerte es dejarte sentir el dolor, así que te recomiendo llorar todo lo
que necesites. Recuerda que puedes hacerlo sólo o hacerlo con familiares
y amigos. Créeme te dará muchas paz al vaciar el dolor.
2. Cuenta cómo te sientes a las personas de confianza: es muy
posible que aunque ya lo hayas aceptado, tengas momentos de crisis. Para
ello, siempre puedes contar con tus seres queridos. Acércate a ellos y diles
cómo te sientes, nunca es bueno guardarse las cosas.
3. Acuérdate

de

los

momentos

felices: a

nuestros

fallecidos

seguramente no les gustaría vernos tristes todo el tiempo. Recuerda todos
aquellos momentos felices que pasaron juntos. Esas anécdotas felices en
compañía de mamá harán que tu corazón vaya sanando.

126

4. Acepta que ya no está: esto puede ser difícil y sonará muy cruel. Pero
no hay forma de salir adelante sin aceptar el hecho de que tu mamá ya no
está viva. Cuando aceptes esta realidad sabrás que puedes estar en paz
contigo mismo y acordarte de todas las enseñanzas que te dejó.
5. Perdona tus culpas: la muerte no es algo que podamos controlar y
debes saber que no es tu culpa que mamá se haya ido. Perdonate a ti mismo
y a ella por su partida. Te hará sentir tranquilo contigo mismo.
6. Recuérdala en cada fecha especial: al principio te puede parecer
doloroso recordar las fechas especiales como los cumpleaños, el día de la
madre y hasta el mismo aniversario luctuoso. Pero con el paso del tiempo
verás cuánto te ayudará recordarla.
7. Guarda memoria de ella: Guardar objetos de ella o fotografía te
ayudarán a tenerla siempre en tu vida. Guarda aquellos objetos personales
que eran de mamá y que te hagan sentirla cerca. En momentos de crisis te
aliviarán.
8. Siente orgullosa(o) de lo que eres: eres quien eres por todas las
enseñanzas que tu madre te dejó y debes sentirte siempre orgulloso de la
persona que dejó en ti.
9. Aplica todos los consejos que te dio: la mejor guía para crecer y salir
adelante es aplicar todo aquello que ella te enseñó. Si te sientes perdido,
recuerda que te hubiera aconsejado tu mamá para superar esos obstáculos.

127

10. Nunca dejes de amarla como tu mamá: lo más importante es que
nunca dejes de amarla porque, viva o muerta, ella siempre será tu madre.

128

Tabla de contenido
....................................................................................................................................................... 1

.......................................................................................................... 2
1. Introducción .......................................................................................................................... 3
2. Huellas ................................................................................................................................... 6
2.1 Todas las muertes de mi madre / Eduardo Hernández................................................... 6
2.2 Maternidad compartida: la historia de mis cuatro madres / Luz Torres ...................... 11
2.3 Su nombre es Teresa y es algo más que mi madre / Oriol Malló .................................. 17
2.4 Mi mamá estuvo en coma y volvió a nacer / Xochiquétzal Rangel ............................... 24
3. Recuentos ............................................................................................................................ 33
3.1 Les voy a contar quién es la mujer que es mi madre / Julia Díaz .................................. 33
3.2 Viví en un Volkswagen 88 y mi madre lo permitía / Salvador Rizo ............................... 43
3.3 El extraño código de mi madre y la malvada bruja Dinga / Ilse Rodríguez ................... 48
3.4 Madre, perdón por toda la lata que te di / Norma Martínez........................................ 56
............................................................................................................................................. 57
3.5 Mi mamá cantante: Lola La grande vs Tencha La Chica / Regina Mendoza ................. 61
4. Introspecciones ................................................................................................................... 66
4.1 Lo rojo de mi ser lo forjó mi madre / Isaías Huitrón ..................................................... 66
4.2 Manicura, boquita pintada y voz fina / Mariela Santoni ............................................... 74
5. Desgarros............................................................................................................................. 80
5.1 Mi mamá hizo que odiara los viernes / Otto Zuloaga ................................................... 80
5.2 Me estoy convirtiendo en mi madre (o nací siendo ella) / Celeste Fernández............. 85
5.3 Mi cesárea al detalle: una historia de dolor y felicidad / Miriam Jiménez ................... 93
6. Emociones ........................................................................................................................... 98
6.1 Mi mamá, el rock y yo / Arlette Álvarez ........................................................................ 98
6.2 Experta en partos: “Tras el tercero todo es sencillo” / Lorelei Sánchez ..................... 102
6.2 Crecer con una madre distraída (y no tanto) / María Fernanda Muñoz ..................... 107
6.3 Mujer por naturaleza, madre por elección / Vivian Echemendía ............................... 113
6.4 Mi madre o la mamá que todos quieren tener / Fernanda Ruiz................................. 118
7. Ausencias........................................................................................................................... 122
7.1 Cuando mi madre murió, yo tenía 15 años / Laura Sánchez ...................................... 122

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Este libro electrónico se publicó en la Ciudad de México el
día 24 de mayo del 2016

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