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Dicotomías, monotonías, bifobia y etiquetas


Texto leído en Las Muertes Chiquitas, mesas en el Centro Cultural de España en México, el 16 de enero de
2010. (http://www.ccemx.org/lasmuerteschiquitas/)
Por Natalia Anaya Quintal, nataliabi1959@yahoo.com
Grupo Opción Bi, http://www.opcionbi.com/

Dicotomías o las dos caras de la moneda


El lenguaje es un instrumento de poder y la orientación sexual y la identidad de género no
se escapan a este poder. Desafortunadamente el lenguaje se genera a veces a partir de
marcos de referencia con limitaciones y desde posiciones del poder que imponen una
normalización o estandarización del lenguaje y de los cuerpos que nombra. Durante
siglos, una de esas limitaciones ha sido la visión maniquea de la realidad.

Sólo como referencia del término maniqueísmo, les comento que el Maniqueísmo fue una
secta religiosa fundada en el sigo III por el sabio persa Mani o Manes. Los maniqueos —al
igual que los gnósticos y los mandeos— eran dualistas. Creían que había una eterna lucha
entre dos principios opuestos e irreductibles, el bien y el mal. Los cuales eran asociados a
la luz (Ormuz) y a las tinieblas (Ahrimán). Según ellos, Ormuz es el creador de todo lo
bueno y Ahrimán, el creador de todo lo malo. Por otro lado, también Platón hablaba de la
dicotomía entre el cuerpo y el espíritu.

Sin embargo, esta visión de “sólo dos” no es exclusiva de esta secta religiosa, ni de Platón.
Esta visión es compartida por religiones monoteístas y ateístas de la antigüedad y
actuales. En contraposición, las religiones politeístas ofrecían una visión un poco más
plural. Sin embargo, la visión dicotómica y monotónica se ha introducido en la manera
moderna y occidental, de entender el mundo y nuestras experiencias en la vida cotidiana.

Otras palabras que se refieren a la misma idea son:


1. Dicotomías,
2. Binarismos,
3. Bipolaridades,
4. Dualismos

¿A qué me refiero con estos términos? Me refiero a esa forma de pensamiento muy
común de plantear dos, y sólo dos, maneras de ver una situación, un problema y sus
soluciones. Es una forma de pensamiento que para intentar comprender la realidad
coloca al mundo en dos cajas. . Las personas que ven el mundo desde esta perspectiva
siempre plantean dos opciones. Ellas creen que con eso nos están ofreciendo amplias
posibilidades para elegir. Pero yo no lo creo así.

Yo considero que el pensamiento dicotómico es muy peligroso y dañino porque no sólo


restringe las posibilidades de solución de problemas y de comprensión del mundo, sino
que provoca discriminación y rechazo hacia grupos de personas. Es peligroso porque
ofrece una visión exageradamente simplista de la realidad. De un sólo golpe elimina la
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diversidad sexual y de género, pero también la diversidad cultural, de raza, la política y la


religiosa y de las ideas. Se contrapone a la pluralidad y a la democracia y se puede
considerar una forma de visión dictatorial y totalitaria.

Esta forma de pensamiento sólo permite comprender el mundo mediante dos polos que
se oponen y excluyen. Pero con sólo con esas dos opciones se empobrecen las
posibilidades y la amplia riqueza del universo y la vida.

Entre esos dos polos no hay nada. Si existiera algo sería irrelevante o transitorio y lo peor
es que no tendría nombre o no habría palabras para nombrarlo.

En los talleres que organizamos en el grupo Opción Bi hacemos un juego en el que les
damos a un grupo personas una hoja de papel y les pedimos que dibujen dos líneas
verticales paralelas para formar tres columnas.

En la primera de la izquierda escriben una lista de diez palabras que les dictamos. Les
pedimos que llenen la columna del extremo derecho con las palabras contrarias, con los
antónimos, dejando libre la columna de en medio. Esta actividad la realizan en un minuto,
más o menos. Finalmente, les pedimos que llenen la columna de en medio con el
concepto intermedio de los otros dos. Lo sorprendente es que esta actividad no la pueden
terminar de manera completa.

Al parecer, el lenguaje no tiene palabras suficientes para nombrar aquello que no está en
alguno de los dos lados de este mundo dicotómico o binario.

Le quiero leer diez ejemplos de binarismos:

1. Dios, Satanás
2. Bueno, malo
3. Sano, enfermo
4. Normal, anormal
5. Verdadero, falso
6. Macho, hembra
7. Hombre, mujer
8. Masculino, femenino
9. Heterosexual, homosexual
10. Monosexual, bisexual

Es importante decir que los pares binarios no están de ningún modo en situación
igualitaria. Existe una relación jerárquica de poder tanto simbólico como real. Una de la
partes es, siempre, la correcta y poderosa; y la otra la incorrecta y subordinada. Para
perpetuar la situación jerárquica no debe existir nada en medio.
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La primera palabra de cada par de antónimos tiene una posición de poder y aceptación. Y
sin embargo se acepta que ambas representan perfectamente la totalidad del universo o
del tema que pretenden describir o nombrar. El mundo no estaría completo si alguna de
las dos faltara. Ambas son necesarias para dar la sensación de que podemos elegir y para
poder sentir tranquilidad de que nos sirven de referencia para guiar nuestras ideas y
comportamientos. Por supuesto que el pensamiento binario ofrece una manera fácil de
entender al mundo, pero al mismo tiempo es una simplificación verdaderamente
peligrosa. Desafortunadamente esta forma de pensamiento está extremadamente
difundida en todo el mundo.

La visión dicotómica o dualista conduce a la negación de la bisexualidad como práctica


erótica pero sobre todo como identidad. Se niega la fluidez del deseo y la identidad
bisexual de personas que tienen la capacidad de amar a las personas independientemente
de su género o sexo. Perpetúa la opresión en muchos sentidos hacia las personas que no
son monosexuales.

Aquí me voy a detener para aclarar el término monosexual. Monosexuales son las
personas que desean y/o aman a personas que pertenecen a un sexo. De esta manera, las
personas heterosexuales y las homosexuales son monosexuales.

El binarismo niega no sólo la validez sino la propia existencia de la bisexualidad como una
orientación sexual. Así como se puede hablar de una heterosexualidad obligatoria, se
puede plantear también la existencia de una monosexualidad obligatoria. De tal forma,
homosexuales y heterosexuales ejercen presión, abierta o no, hacia las personas que se
identifican como bisexuales, para que se ajusten a una nueva normatividad sobre el deseo
de “sólo hacia un sexo pero no hacia ambos”. El rechazo a la bisexualidad y a las personas
bisexuales se le llama bifobia.

Los textos que existen en México, escritos por psicólogos, sexólogos y médicos muestran
su propio desconcierto al enfrentarse al tema de la bisexualidad y resuelven esa confusión
con varias salidas, todas ellas normalizadoras y desde el poder:

1. con argumentos abiertamente bifóbicos,


2. con descripciones lejanas a la realidad de mujeres y hombres bisexuales,
3. haciendo menos a la bisexualidad, o
4. negando la bisexualidad.

La mayoría de ellos son monosexuales y tal vez esa sea la razón de su desconcierto,
desinformación y falta de capacidad para aceptar y comprender a la bisexualidad.

Ahora, también se niega la bisexualidad de las personas diciendo que en realidad son
Queer y no aceptan que se nombren bisexuales. En varios grupos de lesbianas y gays con
los que he trabajado, con frecuencia sucede la siguiente situación.
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Pareciera que la palabra bisexual no debe decirse y que sólo se permite escoger entre dos
opciones: eres lesbiana-gay o eres Queer, pero no se admite que las personas bisexuales
se nombren como bisexuales. Se les exige que brinquen esta etapa lo más rápido posible
para estabilizarse en uno de los dos extremos. De esta forma, la monosexualidad
obligatoria y la bifobia también se manifiestan a través de argumentos Queer. ¿Me
pregunto por qué la palabra Queer es menos confrontante que la palabra bisexualidad
aquí en México? Yo todavía no tengo la respuesta.

Quiero dejar en claro que no pretendo invalidar ni lo Queer ni los extremos de las
dicotomías, sino que trato de señalar la necesidad de reconocer todas las posibilidades de
expresión identitaria. Esta sería una aceptación amplia de la diversidad en todos sus
aspectos. Pero también sería adecuado reconocer todo aquello que se encuentre atrás,
adelante, por encima o por debajo de esas dicotomías.

Vemos entonces que las palabras son referentes en varios planos de nuestra vida
cotidiana. El lenguaje que se produce desde la psicología, la sociología, la medicina etc., se
vuelve un instrumento de poder que se intersecta de mil maneras en nuestra propias vida.

Cuando se difunden las teorías, conceptos, categorías y conclusiones que producen las
ciencias, todos ellos son susceptibles de volverse referentes en la vida de las personas
comunes. Las palabras y conceptos que se construyen o usan sobre sexualidad y género
construidos desde la medicina, la sociología o la sexología pueden tener un profundo
impacto para muchas de nosotras.

Desde la ciencia positivista el observador es quien debe exclusivamente medir clasificar,


diagnosticar, nombrar, pero el observado no, en aras de una supuesta objetividad. Por
otro lado, desde la psicología existencial-humanista el observador deja de serlo y no
realiza estas acciones, sino que la persona observada (que deja de serlo) es la experta en
sí misma, siempre tomando decisiones considerando los riesgos y su propia seguridad y
se nombra a sí misma según sus necesidades. Desde este enfoque se le da un lugar
importante a la subjetividad.

Las palabras o etiquetas que usamos para definirnos tienen en sí mismas muchas
definiciones. Esto también sucede dentro de diversos contextos por país, por región o
época. Muchas de las palabras que usamos en lo que mucha gente denomina diversidad
sexual y de género provienen del contexto médico-psiquiátrico-positivista y otras de
contextos menos académicos. Me da la sensación de estar en un mundo parecido a una
Torre de Babel; me hace sentir muy insegura y confundida pero trato de usar lo que me
sirve.

Los términos o etiquetas que usamos para nombrarnos no están acabados, ni nos
describen, ni nombran con suficiente claridad y fuerza; por lo que tenemos la oportunidad
para construir y deconstruir esta terminología.
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Es común escuchar en los contextos de la diversidad sexual las siguientes frases:

• No estoy de acuerdo con usar etiquetas


• No me gustan las clasificaciones y las taxonomías
• Las identidades separan

Cuando escucho o leo estas aseveraciones pienso que tienen razón, hay una parte de mí
que está de acuerdo con esas frases. Pero descubro que aunque no queramos, aunque no
nos gusten, aunque nos parezcan chocantes, las etiquetas están ahí pues son parte
fundamental de nuestro lenguaje cotidiano. Cuando nos decimos mexicanos o mexicanas,
oaxaqueñas, chiapanecas, chilangas, guerrilleras, fotógrafas, escritoras, etc.; cuando nos
decimos mujeres, feministas, lesbianas, gays, bisexuales, travestis, transexuales o
activistas; cuando hablamos de jóvenes o de indígenas, en todos estos casos estamos
usando etiquetas y clasificaciones y, por supuesto, estamos hablando también de
Identidades.

Las etiquetas son señales, signos, coordenadas, avisos, letreros, lugares en donde estamos
paradas en el mundo, desde diversas perspectivas y dimensiones. Nos hablan de
identidades, roles, gustos, vivencias, cuerpos y deseos.

Pero ¿Por qué a veces no nos gustan? ¿Por qué nos parecen chocantes? Bueno pues yo
creo que este sentimiento tiene que ver con quienes hacen las etiquetas y el para qué se
usan.

Me parece que las etiquetas son armas de dos filos ya que pueden ser usadas a nuestro
favor y en nuestra contra. Un ejemplo que me gusta usar es el de Adolfo Hitler quien
etiquetaba a sus prisioneros con triángulos de colores: judíos, gitanos, discapacitados,
homosexuales, etc. El color rosa para estos últimos. Estas etiquetas sirvieron para
discriminar, separar, señalar, para asesinar. Las impuso otra persona que se etiquetó a sí
misma como la etiquetadora máxima y de raza superior por sobre las demás. Fueron
etiquetas desde una situación privilegiada de poder para ejercer violencia.

Otro ejemplo. Las etiquetas mujer y hombre son usadas en nuestras sociedades para
discriminar separar, violentar, asesinar desde una posición masculina patriarcal.
Podríamos seguir encontrando ejemplos de estas situaciones si revisamos las etiquetas
indígena, raza negra, pobre, homosexual, bisexual, lesbiana, travesti, transexual y una
gran cantidad de etcéteras.

Las etiquetas están vinculadas con las dimensiones que son relevantes y significativas para
nosotras según nuestros contextos. Por ejemplo, a las personas que nacimos en algún
país de América Latina se nos impone una etiqueta en los EUA que es la de hispanos. Esta
es una etiqueta que sirve para separar y discriminar, aunque también se ha convertido en
una etiqueta que usan las y los hispanos para organizarse y defenderse. Pero es una
etiqueta que tiene sentido allá, no aquí en México.
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En cuanto a la diversidad sexual, muchas etiquetas se nos han impuesto desde fuera,
desde el poder, con el propósito de estigmatizarnos y discriminarnos algunos ejemplos
son: puto, lilo, puñal, machorra, manflora, vestida, indefinidos, promiscuos y otros
etcéteras. En cada país hispanohablante hay más variedad.

Lo interesante viene cuando las etiquetas provienen o son apropiadas por nosotras las
personas etiquetadas. Cuando el propósito es desactivar el sentido ofensivo y
discriminatorio, Cuando el objetivo es sentir orgullo por ser lo que somos; cuando lo que
queremos es encontrarnos en el mundo entre nosotras y hacer grupos, fiestas y orgías;
cuando buscamos pareja o parejas, en esos casos las etiquetas nos son muy útiles. Desde
esta perspectiva, las etiquetas sirven para empoderarnos y crecer en colectivo. Nos son
útiles para encontrar espacios seguros en donde podemos bailar y ligar y ser nosotras o
también cuando necesitamos encontrar un grupo de apoyo. Las etiquetas nos sirven para
nombrarnos y ser nombradas por los otros, para ser conocidas, reconocidas y visibilizadas.
Las etiquetas son nombres que nos ponen en el mapa. El feminismo de los setenta nos
heredó una frase poderosa: Lo que no se nombra no existe.

Quiero insistir en el aspecto de la apropiación de las etiquetas que nos son impuestas
desde afuera para discriminarnos. El triángulo rosa lo impuso Hitler a los homosexuales
pero ahora algunas lo hacemos nuestro como uno de nuestros símbolos de orgullo. Otro
ejemplo es la palabra puto. A mí me encanta la frase de Si soy puto ¿y qué? La fuerza de
esta frase es maravillosa pues habla de nuestra capacidad de apropiarnos del lenguaje
discriminador del otro, para hacerlo nuestro y desarmar al discriminador.

Por supuesto que nuestras etiquetas nos sirven para construir nuestras identidades y
también pueden constituirse en banderas políticas en nuestra lucha por los derechos que
se nos niegan.

Las etiquetas están muy relacionadas con nuestros clósets y siempre he creído que cada
quien administra su clóset como más le convenga. Y nadie, absolutamente nadie tiene
derecho a decidir sobre nuestros clósets. Yo siempre digo que las etiquetas son como los
calzones, los uso cuando yo quiero y me los quito cuando quiero. También puedo permitir
que otras me los quiten, pero soy yo quien decide cuándo y a quienes les permito que me
los quiten.

Yo en lo personal uso (me pongo) varias etiquetas que me gustan, me empoderan y con
las cuales voy por la vida mostrándome orgullosa de quien soy:

Mujer, bisexual, transexual, activista, madre, hija, novia, amante y compañera, entre
otras. Para muchas personas estas etiquetas reproducen el pensamiento dicotómico y me
sugieren que utilice el término Queer. Pero yo no uso ese término para nombrarme
porque acá en México sólo es comprendido en ciertos contextos. Y aunque es muy útil
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como término sombrilla, al mismo tiempo tiene el peligro de que invisibilizar de un sólo
golpe las especificidades de mi propia diversidad.

Muchas gracias