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A esos duendes que se despiertan junto a mí,


ya sea en sus mentes, en la mía, o
bien en cuerpo presente.

A 8 de febrero de 2001.
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Despierto
Los ojos despiertan cansados a pesar de que escasea el sueño. Mi

cama se hunde ante mis más de setenta kilos. No estoy gordo para mi

edad. El silencio es roto por los coches, que aunque no pitan porque

pueden aún circular demasiados dormidos, sí comienzan ya a darle larga

vida a sus aceleradores. También se pueden oír niños corretear, se

pueden oír autobuses, y se puede oír mi respiración y la cadena COPE

sonando en mi pequeña radio despertador que compré hace tantas

mañanas. Mis pies calzados de varios calcetines intentan moverse y

zafarse de las sábanas pegajosas. Y me quito la manta de mi arrugado y

algo chocho cuerpo. Me quedo sentado en mi cama, en mi ya solitaria

cama, débil, y con las ojeras de haber dormido poco.

Mi mujer murió hace dos años, después de aquello mi vida se basa

en un cúmulo de circunstancias que, parece que mi existencia es

demasiado normal para la edad que tengo. Y de eso trata esta historia

que decidí empezarla justo con el segundo aniversario de la muerte de

mi esposa. Tengo el cuerpo harto demacrado, mis tobillos sufren en

cada paso, aunque aún puedo acercarme hasta la biblioteca y leerme

varios periódicos. Y puedo ir hasta la cafetería de enfrente y

desayunar, porque no sé cocinar, nunca lo supe; Carmen hacía todo, yo

sólo me preocupaba de alimentarme. Y ahora, sé que ella era más del

cincuenta por ciento de mi vida.


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Me levanto con el esfuerzo natural de un viejo de sesenta y siete

años. Camino suave hasta el cuarto de baño. Las maderas del suelo

rugen como si a ellas también las hubiera despertado. Entreabro la

puerta de tono vainilla del ya citado servicio. Dentro, abro uno de

los grifos; ya me da igual que sea agua caliente que fría. Me da igual

ducharme con agua fría que caliente, creo que mi cuerpo ha dejado de

sentir el frío y el calor. A veces no distingo. La ruleta de pétalos

del agua fría hoy está atascada, pero hago un pequeño esfuerzo más y

la giro. El agua sale a borbotones hasta coger un ritmo continuo.

Estoy allí con mis manos juntas, ambas recogen agua y me la lanzan a

la cara. Me quito las legañas, seguidamente cojo un peine y me dibujo

una raya hacia la derecha, dejando entrever un atractivo ya casi

muerto, puede decirse que bastante herido.

Estoy de pie, con mis dos calcetines blancos, deportivos los dos

pares. Unos calzoncillos de talla extra grande. Unas perneras oscuras

y blandas, y arrugadas. Una espalda delgada, débil. Unos hombros

caídos, mi pelo canoso íntegramente, un poco largo. Y no es que me

inquiete cortarme el pelo, porque rememoro que una vez, tuve el valor

de coger las tijeras que Carmen usaba para arreglar un descosido o

para poner un parche a cualquier jersey o pantalón, y me fui hasta el

cuarto de baño, donde me moje la cabeza y comencé a meterme una pila

de tijeretazos hasta quedar hastiado. Me quedó el pelo como cualquier

chico joven, de esos que suelen llevar los pantalones prietos,

cadenas, llevan perros también, pero lo que más gracia le hace a uno

es que los chicos llevan más cadenas que el propio perro. Y a veces

huelen peor que sus perros, aunque para eso habría que tener un

“medidor de olor”. Porque los habrá, imagino que los habrá, como los

hay para el sonido los habrá para los olores.

A paso firme regreso a mi alcoba, con la cara seca, y con una

camiseta de tirantes de la mano; la he cogido del suelo. Me la debí

quitar ayer a la noche antes de acostarme, no recuerdo, sinceramente.


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El armario es de color oscuro. De dos puertas, de madera con un golpe

en la parte inferior izquierda de una patada que Carmen otorgó hace

muchos años. Justo cuando la vida no nos iba tan mal, y cuando nuestra

única hija Cristina vivía con nosotros. Cristina me dijo el día del

entierro que vendiera mi piso y que me fuera a vivir con ella. Me puse

como una fiera, enfadado con ella. Ya casi no sé nada de ella. Y en un

día de esos en los que Cristina rezongaba con mi esposa ya fallecida,

Carmen arreó una patada al aire, aunque ese aire fue a topar con el

armario. Ahí quedó todo, porque aunque ambas procuraron ocultar

aquello, les fue tarea harta imposible. No consiguieron nada antes de

que yo compareciera al acto. Yo aparecí y lo vi, y me enfadé, y nada

hubo que hacer. Y dentro, una barra atraviesa todo el armario. A la

derecha siguen los vestidos de Carmen, no los puedo ni tirar, ni

retirar de ahí, ni quemar. Los dejo colgados, y cada mañana me reprimo

viéndolos; recuerdo y añoro su presencia. Si bien he de seguir, así

que me cojo unos pantalones del mismo color que la puerta del cuarto

de baño; beige. Una camisa de cuadros, también gorda, verde, roja y

negra. Un jersey de lana de color verde oscuro. Lleva una línea

horizontal de color negro que atraviesa todo el jersey. Tiendo la ropa

en la cama, me pongo la camiseta que tenía de la mano, luego el

pantalón. Alcanzo un cinto que es de color marrón, tiene el cuarto

agujero ya muy cedido, está desgastado, pero aún sirve para sujetar mi

vestimenta. Me pongo la camisa con tranquilidad, aún suena la radio,

hablan y hablan y de vez en cuando, escucho:

No me gusta el fútbol, odio el fútbol, pero lo veo. Este sábado

jugaron el Real Madrid y el Barcelona. Al parecer, la polémica del

penalti no pitado y el fuera de juego sí pitado, todo siempre

desfavoreciendo al Barcelona, aún colea. Yo estoy de acuerdo en que

realmente no fue penalti, pero el gol fue clamoroso. En el minuto

ochenta y nueve. Normal que tengan esa cólera, pero se les pasará
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cuando la semana que viene o la siguiente favorezcan al Barcelona. ¡Lo

veréis!

Mi cuarto tiene las paredes blancas, Están llenas de pegotes

negros, manchas que fueron surgiendo a través de los años y no

recuerdo ni cómo ni porqué. Un Cristo en lo alto de la cama, una

mesilla a la derecha de la misma, más a la derecha, todo frente a la

puerta, el armario. La ventana colgada a mano izquierda, y, en la

pared que se adhiere a la puerta tengo esto: el pequeño escritorio y

el ordenador que me compré hace cinco años ya. Nunca he aprendido

mucho a usarlo. Tan sólo lo justo para escribir cartas a periódicos,

relatos y poesías que antes de tener ordenador escribía a tinta de

bolígrafo. Ésta es mi primera Novela, o boceto de ella. Antes, ya

participaba en el periódico de mi pueblo contando historias que me

habían pasado con el paso de los años; artículos cotidianos. Llegué a

entrar en el periódico gracias a mi vecina, que un día me dijo:

-¡Oye! Con tu verborrea... ¡Umm! ¿No serás tan bueno con la pluma?

-¿Qué pluma? –Le pregunté asustado.

-Escribiendo, quiero decir, -me dijo sonriente.

-¿Por?

-Porque podías escribir para el periódico historias, estaría

genial.

Yo al principio me negué. Pero al de varios despertares, me pasé

por un comercio de ordenadores, y entonces, cuando la chica joven se

acercó a mí, empecé a convencerme que no tenía marcha atrás.

-¿Qué desea?

-Quería un aparato de estos, un ordenador, ¿verdad?

-Sí, ¿qué es para su...?

-¡Para mí! –Interrumpí de manera jovial.

Sabía que la chica podría darme gato por liebre, sabía que tampoco

quería nada del otro mundo, meramente quería aprender a usar aquel

chisme ahora que estaba jubilado. Yo llevaba toda mi vida frente a un


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ordenador, pero jamás había llegado a teclear con los nuevos modelos;

los de las ventanas. Tampoco sería tan difícil. Y lo más importante,

quería poner las cosas claras ante aquella chiquilla antes de que se

hiciera historias mentales en su cabecilla y hubiera males entendidos.

-Joven, escucha: El ordenador es para mí, entiendo perfectamente

de que van estos aparatos, así que, lo único que quiero es un

ordenador de lo más normalito, que me valga para escribir cartas e

historias, lo demás te lo guardas. –Casi temblando por la zozobra

creciente, no pude más que mirarla dos segundos; encorvado

ligeramente, y sin pestañear. Nos invadió un silencio que irrumpía la

respiración del ordenador y, finalmente le pregunté.- ¿Qué le parece,

joven?

Sonó todo aquello muy firme. O en cualquier caso, yo y ella nos lo

creímos, y...

Cinco días después aparecieron en casa con gran cantidad de cajas.

Los dos mozos no instalaban sin cobrar, por lo tanto, les tuve que

pagar dos mil pelillas para que me instalaran todo. No me dijeron nada

más. Me dejaron allí, con la pantalla encendida, con un fondo verde, y

con dibujos que ahora llamo iconos; en uno ponía mi PC, en otro mis

documentos, papelera de reciclaje... ¿Qué es esto? Carmen estaba

detrás de mí con una sonrisa en la cara. Me besó en la mejilla y me

dijo: ¡Ay Miguel, ay en que líos te metes!

Durante diez días estuvo apagado, hasta que mi vecina otra vez

apareció con su proposición, y ella fue quien me ofrendó con las

suficientes clases. Me enseñó a cliquear, y en dos atardeceres o tres,

atrapé el truquillo. Es como todo, ¿no? Me sonrío ella una vez hubo

recibido mi primera historia.

Mis pasos ahora, ya con unas botas marrones de cuero falso, me han

llevado hasta la cocina. Estoy ahí, mirando por la ventana sin apartar

las cortinas. Hay niños como decía; siguen ahí. Unos corren porque
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llegan tarde, otros ríen, otros tienen sueño, y todos, van al cole. Es

época de ir al cole. Yo quiero ir al cole, yo quiero tener once años y

corretear por el patio, y jugar al balón. Yo quiero vivir mis doce mis

trece, catorce... todos esos años que ahora creo que son mucho mejores

que lo que fueron los míos.

Abro una nevera de uno sesenta, blanca. Tiene imanes de frutas.

Los colocaron hace meses mis nietos durante los últimos quince días

que estuvieron aquí. Tengo dos nietos. Los dos niños, y no sé si los

volveré a ver algún día. Espero que sí, pero no lo creo. En la nevera

tengo un zumo de piña, en un frasco de cristal. Lo sacó y vuelco parte

del brebaje en un vaso que saco del armario blanco con tonos

amarillentos, colocado justo al lado de la misma nevera. Los vasos no

están muy limpios, y es porque aún me cuesta hacer esas tareas. Aún me

cuesta cocinar, (solamente cocino durante la cena) aún me cuestan

tantas cosas; como ir a hacer las compras, como sentarme a ver la tele

sin sentir el continuo ronroneo de la respiración de Carmen. Entraño

hablarle un poco de lo que veíamos en la tele. Siempre me gustaba

decirle lo que iba a pasar, aunque luego no pasara. Siempre le contaba

todas esas cosas; ¡mira! Le decía, ese es el malo, y ahora le va a dar

estopa al otro, ¡ya verás! ¡Atenta! ¡Carmen no te duermas! Lo añoro

mucho.

Cojo las llaves cuando me he tomado el zumo. Me aferró al abrigo

que cuelga de la percha de madera de la entrada. Una entrada que

también tiene una mesilla donde reposan las llaves, cartas, y mucha

publicidad escrita: supermercados, aprenda inglés, compre muebles

baratos, masajes, aprenda inglés de otro modo diferente, plan de

pensiones, etcétera. Una entrada recta que va dejando habitaciones a

los lados de manera continua. Primero la cocina a la derecha, frente a

ésta el salón. Y así continúa: La ya desierta cama de Cristina (mi

hija) a mano izquierda, a la derecha un baño, y a su vera, la que fue


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nuestra gran alcoba nupcial. Finalmente al fondo, un cuarto que

convertimos en una zona de estudio, y desván.

Con las llaves entre los dedos, doy dos giros a la cerradura y

salgo para dirigirme a la cafetería; allí es donde yo siempre

desayuno. Las escaleras de madera suenan al ritmo de mis pasos. La

barandilla de madera me ayuda a bajar. Poco a poco. Mi vecina habla

con su niña pequeña que divaga con preguntas.

-¡Buenos días Miguel!

-Buenos –contesto ante la mirada de la chiquilla.- ¿Vamos a

aprender mucho hoy?- Le pregunto mientras inclino un poco más mi

cuerpo.

La niña me mira y luego mira a su madre. Ha levantado la cabeza

girándola hacia la izquierda. Está intimidada, no sabe bien, si

contestar o no hacerlo. No lo hace

-Hoy parece que se ha levantado un poco enfurruñada, no sé porqué.

¡Vamos anda! –le termina diciendo a la niña mientras le tiende el

brazo.

La madre se aleja. Yo me quedo en lo alto del portal y miro bien

alrededor. Siento el frescor de las casi ocho de la mañana. Abrigado

con mis seis botones de este abrigo negro, con mis zapatos marrones y

mis pantalones beige. Allí, ante el constante paso de muchos niños,

madres, autobuses, y el suave viento deslizándose por mi rizada cara

no afeitada esta mañana, observo el panorama y pienso en la historia

de esta semana para el periódico.


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Desayuno
El bar esta mañana está como siempre, muy temprano aún; vacío.

Tiene un café buenísimo. Una camarera sonriente, agradable y, que

siempre te deja una sonrisa marcada para todo el día. Dentro hace

calor. Las calles siguen despreocupadas y llenas. Todo el mundo va a

lo suyo. Todo el mundo habla de sus cosas. Y yo sigo mirando a la

camarera que me sonríe, me prepara el café con leche y me saca un

pincho, de una tortilla caliente y jugosa que ha hecho hace apenas

unos minutos. La barra está llena de vitrinas, suelen estar invadidas

de pinchos, bollos, algunas aún se mantienen vacías. El fondo del bar

tiene botellas, junto a la pared, sujetas por baldas de cristal y

madera. Y sé que por la noche el bar se llena de jóvenes que se

enfrascan en un viaje que yo apenas recuerdo.

-¿Qué tal el fin de semana Miguel? –La voz viene de atrás, es un

chico joven, albañil. El pobre se está quedando calvo. Rubio de ojos

marrones. Sonriente y fuerte. Viste un chándal y un jersey sucio.

Lleva seis meses trabajando en los pisos de enfrente. Se sienta a mi


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lado y pide un café. Yo ojeo el “Marca”, donde atisbo en la portada al

árbitro del sábado.

-¿Tú qué opinas?

-Me la suda -dice señalando el periódico.- Sacamos la victoria, y

dentro de tres meses cuando ganemos la liga, se acordará Rita, ¿no

crees?

Le sonrío, corto un trozo del pincho de tortilla y me lo meto en

la boca.

Es del Madrid, además, serlo aquí tiene más mérito, y serlo

declarado, más.

Entran dos señoras y me quedó mirándolas con ojos dulces, están de

buen ver, y quizá si fuera joven, podría entrar en un camelo astuto.

Aunque yo ya no estoy para esos trotes. Además, aún sigo llevando el

anillo de casado en la mano; en la izquierda ¡claro!

-Yo creo, que esto interesa. Crea discusión estatal, ya sabes, tú

y yo, hablando. Somos tan necios a veces, son los medios los que nos

deben dar tema de conversación.

-Puede ser. –Da un sorbo al café que la chiquita le ha puesto. Lo

saborea, mira a la camarera y, espera impaciente más conversación.

Nuestra Miriam, ahora atiende a las señoras, y al pasar cerca de

nosotros nos regaña.

-Los hombres, seáis de la edad que seáis siempre hablando de

fútbol, ¿verdad?

-Miriam, ¿tienes novio? –Le pregunto. Corto otro trozo de tortilla.

Ella se acerca mientras la cafetera calienta el café...

-¿Me quiere tirar los tejos Miguel?

-¡Uy! Yo ya no estoy para esos trotes. -Le sonrío y mastico a

gusto la tortilla.

Estoy sentado en el taburete, con las rodillas flexionadas, en la

mano derecha una hoja del periódico, en la otra el tenedor. En medio

el café que desprende un hermoso y deseado aroma.


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El chico joven observa atento. Le da vueltas al café con una

cucharilla artística de un hierro pesado. Le da categoría a esta

humilde taberna apartada y renovada, que vive aún, a menos de

quinientos metros de mi piso. Este albañil con el que suelo conversar

un poco todos los días, tiene una mirada entre inocente e infantil.

Mira a las botellas, a la chica, y luego a su café, que descansa en un

platillo pequeño al cuál nunca le he encontrado la verdadera utilidad.

Y debe estar aún muy caliente, porque tan sólo de vez en cuando

intenta darle un sorbo.

-Lo decía, porque si lo tienes, y ese joven quiere ver el fútbol,

¿qué haces?

-No le tengo, tranquilo. –Se acerca hasta los cafés de las mujeres y

se los sirve de manera atenta y con la sonrisa que me llena de tanta

vida jovial.

-Hay tiempo para todo Miriam –digo sin mirarla.

La camarera, se podría decir en términos generales, que “está

buena”. O tal vez es lo que diría un desaprensivo joven que pasearía

por ahí. Yo en cambio la miro como la flor que nace en mi viejo y

cansado pecho. La primavera que ahora espero que llegue, puede que, si

aparece con su calor, y nos invade, el dolor de huesos que me ha

conquistado este invierno, huya.

Miro el reloj; un reloj de agujas colgado en la esquina, a la

derecha del bar, justo en la esquina que se forma con la pared de la

entrada. Muy de fondo se oye la radio. Yo no escucho la radio donde se

pone sólo música. Sé que entretiene, que estimula, pero a mi edad, lo

que me estimula es un poco de conversación.

Es temprano. Dejo el plato encima de una de las vidrieras que

atrincheran los pinchos de primera hora y del mediodía. Y cuando doy

otro sorbo al café, aparece Pedro. Este chico tiene apenas treinta y

cuatro años y tiene el culo tan pelado como yo; casi. Su voz es grave,
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lleva una de esas perillas que tan de moda se ha puesto ahora con

bigote incluido, como si se tratara de un dos por uno: Perilla y

bigote. Lleva un traje lila, camisa grana y una corbata a juego con el

traje. Lleva un maletín, más bien, convertido en un archivador. Es

profesor de Psicología en la Universidad que queda a diez minutos del

bar. Él dice, que le encanta conversar un rato conmigo y tomarse un

buen café antes de ir a clase. Aunque sé que viene aquí, ya, por

costumbre. Y por la chica, y por el buen café, porque éste es muy

bueno. Y por leer el periódico. Es un forofo del Barcelona, y en

cambio yo, soy un anti-barcelonista, si bien no se lo digo para

hacerle feliz. Y le gusta sentarse, leer el periódico deportivo,

discutir un poquillo conmigo, y marchar seguidamente hasta la

universidad a impartir sus clases.

-¡Qué pasa Miguel! –Su voz, que me inunda los oídos, sigue siendo

grave. Casi con un breve tono carraspeado; lo odio, pero le sonrío, le

miro con ojos que asienten que estoy bien, continúo terminándome el

café, mientras él me tiende una mano en el hombro.- Pues nada... ¿Qué

tenemos hoy en la prensa? ¡Miri, un café!

Lo dice sin mirarla, y ésta que andaba de un lado a otro de la

barra, limpiando, recogiendo y haciendo que hacía algo, justificando

su sueldo, lo prepara. Siempre a sabiendas que su trabajo es duro.

Pero muy duro.

-¿Cómo están los chavales?

-¡Buf! ¡No jodas Miguel, no jodas ya desde por la mañana! –Abre el

periódico y aún tiene la vena hinchada en la frente. Las miradas,

gestos, caras de los jugadores del Madrid sonriendo en varias

fotografías, lo matan. Está de pie, ha apoyado su maletín o

clasificadora en el suelo, ha dejado a un lado, al izquierdo, el

taburete. Y lee, lee todo lo que pone, y se le forman unos ojos medio

cerrados, unos hoyuelos que se introducen entre su dentadura, y con

ese gesto realiza un paso de página lleno de rabia- ¡No hay derecho!
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Lo miro, y vuelvo a insistir, intento dejar de lado el fútbol,

aunque sé que después del fin de semana será difícil, complicado.

-Pero, los chavales, ¿Cómo van?

Coge el café y aparta finalmente el periódico asqueado. Da unos

movimientos al sobre, cogido por el dedo índice y pulgar. Lo abre y

echa toda el azúcar en la taza. Se sonríe y se acerca moviendo primero

la taza. Olvida el maletín, y me vuelve a poner la mano en el hombro.

Es un hombre de complexión fuerte. Me contó una vez, que cuando tenía

18 años era terso como una tabla. Y me contó más cosas que, si surgen

oportunas durante el transcurso de esta historia, tal vez os cuente.

Miri, se acerca; -así es como la llama Pedro- es una joven atenta,

que ahora nos escucha, y que se divierte. Pero su rostro precioso, tan

sólo se sostiene en nuestros ojos, hasta que dos mujeres de unos

treinta y tantos y un hombre de edad similar, entran y le piden.

-Los chicos están tan relajados como tú ahora, Miguel. Acaban de

terminar exámenes.- Me quita la mano del hombro. Tiene una sonrisa

dibujada en su mirada, y si le miras, podrías leer en sus ojos todo lo

que ha vivido. Me saca media cabeza de altura, y ciertas veces, me

asusta. Aunque sé que no gasta peligro.

-¿Te trabajan?

-Los chicos nunca trabajan, Miguel, los chicos se las saben todas.

Hay alguno que se curra algún trabajo, eso sí, de verdad, para qué

mentir. Pero los demás, se las ingenian y no trabajan

Me tomo el final del café y se lo cuelo a Miriam entre el hueco de

dos vidrieras. Pedro se ha quedado dando vueltas al café y mirándome

de vez en cuando.

-¿Te cansan esos chicos?

-Me cansan, y mucho, pero me encanta mi trabajo, porque me encanta

mi asignatura, y disfruto con ello.

-Chico, me ilusionas –le digo imaginándome de profesor en esas

clases ante decenas de chiquillos. Elevo la vista, mantengo las manos


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en el aire, y siento el aroma de Miriam. Me traslado lejos, sólo

durante segundos, pero lo hago de una manera tan real.

-Un día te cambio, ¿te parece? Yo me marcho a la biblioteca y tú

vas a dar clases –se ríe y toma café.

Yo me bajo del taburete. El albañil se ha ido sin despedirse. Ya

estoy acostumbrado. O igual no le he oído. Mis tobillos se resienten

al sentir el suelo.

Pedro da dos vueltas más al café y seguido le da un trago largo.

Me abrocho uno de los botones que me había desabrochado. Lo hago

torpemente. Pedro ha vuelto de nuevo a coger el periódico. Miriam,

recoge, limpia y atiende.

-Todo sería negociarlo –le comento, mientras aparto el taburete

que he usado para desayunar.

-¿Marchas? –Me pregunta con la mirada más firme que antes, con el

periódico abierto por la mitad, fuera ya del partido. Y hasta parece

menos cabreado. Algo habrá leído.

-Sí, que tengo una larga mañana... ¿Tú no?

-Así es Miguel, así es –pasa otra página del periódico y sigue

dándole vueltas al poquito café que resta.

-Adiós Miguel –dice Miriam desde la cafetera. Arrea dos golpes a

la paleta donde se echa el café y con una última sonrisa deslumbrante,

se despide.

-Hasta mañana –murmuro mientras camino despacio, vago y torpe.

El bar está mucho más lleno que cuando yo entré, tiene grupos de

cáfilas que conversan de manera continua y alta. Cada cual lo hace más

alto para poder oírse, y ahora que estoy fuera, me doy cuenta de que

se ha convertido en un murmullo insoportable. Y emprendo mi camino con

las ideas perdidas. Tengo ideas, pero las olvido segundos más tarde. A

veces tengo miedo de olvidar cosas importantes, aunque por ahora, las

cosas que olvido no son más que pequeñeces.


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La urbanización de este Bilbao renovado me cautiva; más guapo, con

los principios de un tranvía naciendo, con un cielo azul, y con un sol

llenando los cristales de un edificio, de un naranja precioso.

Personajillos, unos más mayores, otros más jóvenes, otros más lentos,

unos más rápidos. Unos oyen música, enfrascados en cascos... y ya no

son sólo jóvenes los que usan este entretenimiento de viaje; veo una

señora mayor con bolso que lleva los dos pinganillos abrazados a sus

orejas. Todos ellos caminan por la gran acera, cruzan el puente que

deja abajo la ría y que lleva directamente al Bulevar. Yo estoy en el

parque que queda a la derecha, frente al Arriaga, donde el suelo es

adoquinado, éste tiene mucho peligro cuando llueve, y si llegas a

caminar rápido puedes quedarte abatido en el suelo en cualquier

momento. Lo adiviné una vez y, desde entonces, no he vuelto a pasar

por ahí nunca que ha llovido. En los bancos de estos parques hay

jóvenes conversando, algún compañero de edad leyendo el periódico,

alguna señora paseando el perrito pequeño de moda. Y en ese parque

estoy yo, caminando despacio y observando todo lo que se puede

observar.

Cruzo el paso de cebra que me deja frente al teatro, camino por el

espacio que han dejado para el tranvía. Dentro de unos años, esto

resurgirá y sentiré añoranza de lo joven que fui, de que realmente fui

joven, que tuve novias, que podía correr, que podía hacer el amor,

ahora puedo, con eso de la viagra... pero realmente no sé si quiero.

Creo que no. En mi vida no hay alguien que se merezca que le haga el

amor. No a día de hoy.

Entro en el casco y cuando llego a la altura de la puerta de la

biblioteca diviso los jóvenes que estudian, algunos serán alumnos de

Pedro, algunos serán estudiantes de tarde, otros parados, y también

hay compañeros como yo, viejos, cansados y jubilados que, no tienen

otra tarea que hacer, y leen los periódicos. Y disfrutamos con ello.
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Con un periódico y muchas letras bien entrelazadas, puedes llegar

lejos. Unas veces las noticias son malas, otras interesantes, y de vez

cuando, buenas.

Me quedo frente a la puerta, pasándome la mano por la ceja

izquierda y rascándome sutilmente. De nuevo, con el cojeo de mi andar

particular, avanzo y entro al interior. Comienzo a subir una a una las

escaleras, luchando contra mis pies cansinos, que sufren cada peldaño.

Tenazmente agarrado al pasamanos que me ayuda, alcanzo lo que

llamaremos la cumbre, dónde cruzo el control de seguridad; justificado

porque hacía años se robaban libros muy a menudo y, eso sí que era un

delito difícil de controlar, y de remunerar. Cuando llego a Recepción,

miro a la derecha y veo a la chica: Miren. Un hombre discute con ella.

Curioso, me paro y escucho.


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En la biblioteca
El señor es de una edad llegada a los cuarenta. Lleva barba de dos

días y eleva mucho la voz. Yo estoy de pie, con el abrigo aún

abrochado hasta arriba. Me he quedado justo en medio, entre las dos

puertas que quedan a mano izquierda y derecha, y frente a la escalera

que lleva al piso de arriba. Una escalera, que se dibuja a estilo de

“palacio”, que se divide en dos, yendo una a la izquierda y otra a

derecha, dando cada una un giro de 180º, que te ubica en la segunda

planta. En esta planta hay una sala de conferencias, creo. Y otra sala

donde se prestan libros, novelas, ensayos, manuales de auto ayuda, así

como películas, y, aunque puede prestar más, yo no lo sé.

-¿Por qué no puedo? –Le pregunta el hombre. Tiene el pelo gris,

una piel morena y hace gestos amenazadores. Viste una camisa de rallas

bien metida en sus pantalones vaqueros; la viste remangada. Se adorna

de un reloj digital en su mano derecha, con la que se apoya en la

mesita de recepción que acomodaron en una de las esquinas, a mano

derecha nada más entrar. Dicha mesita posee forma de media luna.

Miren, que descansa en el interior, se levanta y le pide que se aleje,

por favor.

-Yo, necesito tener el móvil encendido, no puedo apagarlo, ¿sabes

cómo te digo?. –Lo sujeta de la mano.

No me había dado cuenta, es pequeño y casi se oculta entre sus

dedos. Su tono de dicción es despectivo, nervioso. Sus palabras, sus

frases le denotan una falta de cultura.


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-Me llamarán, ¿sabes? Necesito tenerlo encendido... no puede

mandarme que apague el móvil, ¡no puede!

Esta última frase acobarda a Miren. Más que la frase el tono.

-Y quiero leer la prensa, ¿o no puedo estar dentro y tener el

móvil encendido? –Insiste.

-Comprende que las reglas, reglas son. –Dice Miren sentada en la

silla, de nuevo. Su voz es muy tranquila. Sus ojos verdes radian de

luz la antesala.

El hombre mira a su móvil y luego a ella. A mí me ignoran. De vez

en cuando entra alguna persona, observa atenta, y después, se pierde

en la sala de la izquierda donde se leen los periódicos o se consultan

libros, o bien se bajan dónde están las fotocopiadoras y la biblioteca

de estudio. También hay una sala de ordenadores, aunque no creo que

esté aún abierta.

-Pero, lo mío es urgente –dice, ahora rogando.- ¡Mira! Por vuestra

culpa podría perder una llamada importante, ¿sabes?

-¡Póngase en mi lugar! ¿Sabe cuantos vienen aquí al cabo del día

con su historia? Lo siento, señor, pero si quiere consultar algo en

esta biblioteca ha de apagar el móvil –dicho eso, Miren baja la cabeza

para hojear.

-¡Esto no es así! –Grita exasperado el hombre. Se gira y me mira a

los ojos. Está furioso. Se dirige hacia la sala de los periódicos, y

casi sin quitar sus ojos de los míos, abre la puerta de la sala.

-¡Señor! –Exclama Miren con un tono de voz alto, sin llegar a

gritar.

-¿Sí?

-¿Apagó el móvil? –Su voz ahora suena más suave. De pronto se

percata de mi presencia y me lanza una sonrisa agradable.

-Lo hice, y espero que no me llamen en el tiempo que esté dentro.

El hombre enseña el móvil con la pantalla gris completamente. No

se puede ver, pero imagino que estará así; apagada.


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En nuestra época no hacía falta esos telefonillos, ¿por qué ahora

sí? No lo entiendo mucho. El señor está ya dentro de la sala, yo

intento saludar a Miren con mi mirada, pero está con la cabeza gacha y

solamente se le ve la coronilla.

Asustado, y un poco impactado por todo lo sucedido, camino

despacio hacia la misma sala. La puerta es de madera con cristales

tintados que empiezan a la altura de mi cintura y, que terminan a diez

centímetros del marco superior. Tienen matices verdes, algún rojo,

amarillos claros, y semi transparentes; blanquecinos.

La biblioteca, mana aún vacía. En un principio no diviso al hombre

que discutía con Miren, pero tras varios vistazos, doy con su figura.

El recinto de esta gran sala tiene forma semicircular. Los libros

se amueblan atrincherados en los vitrales ubicados en las paredes

semicirculares. Hay tres pasillos, el que camina a ras de las paredes

y el que parte a la sala en dos, dejando a los lados las sillas y las

mesas. Las mesas tienen un diseño que dibuja una montaña de madera con

su rellano de cinco centímetros. Y en la cumbre una lámpara que

ilumina ambas laderas. Así uno, o se sienta frente a alguien, o

alguien acaba sentado delante de ti. Las sillas también de madera con

un respaldo semicircular, y maderas verticales. Algunas sillas están

flojas y parece que en cualquier momento se van a desarmar, pero aún

no he visto ninguna partirse en pedazos.

De pronto se acerca Don Luis. Es un hombre bajito, nervioso;

inquieto más bien, de pelo corto al igual que yo, blanco y, que está

todos los días aquí. Tiene la piel roja, por lo menos la que le

colorea la cara. Un andar apoyado en un bastón, una mirada

intermitente; cualquier ruido, movimiento, pasar de hojas, le saca de

su concentración, y siempre acaba buscándolo todo con sus activas

pupilas. Don Luis trabajó durante años en una empresa de electricidad.

No la nombraremos, para qué, si la imaginarán. Tenía un puesto

considerado elegante. Se levantaba temprano, ocho más o menos.


21

Desayunaba su café con leche, con su tostada bien untada en

mantequilla margarina, (con un cuchillo de plata bien reluciente) la

que extendía con torpeza por toda la superficie, y le daba un

mordisco, tomaba un trago del buen café cargado de azúcar de su buena

cafetera, mordía, tragaba, mordía tragaba... y así, durante muchos

años bajo la mirada de su aún viva esposa. Tiene tres hijos, una niña

y dos niños. La primera le salió estudiosa, el segundo albañil, es lo

que se lleva. El tercero le relevó en la empresa. Más o menos.

Una vez, dos años antes de que le jubilaran, -él dice que le

despidieron- se cayó rodando por las escaleras de esta misma

biblioteca. Aún se puede leer en sus ojos el temor en cuanto se acerca

a ellas. Aquel día estaba yo cerca. Hablaba lánguidamente y de manera

relajada con la joven Miren de ojos verdes claros. Ella llevaba rato

esperando el chiflido suave del hilo telefónico para que le dejara en

paz, pero Miren, esa mañana, me iba a tener que apuntar en esa lista

secreta que por algún lugar debía esconder; esa lista debía darme el

privilegio de poder conseguir un libro de periodismo de investigación,

que no iba a aparecer hasta dentro de siete días como mínimo. Y yo,

que lo necesitaba ya para poder escribir un artículo, la convencía

cuando ocurrió aquello. Antes de entrar en el periódico, como ya dije,

escribía a papel y bolígrafo. Desde pequeño –once años tal vez- era, y

aún soy, contador de circunstancias. Pero de esto hablaremos tal vez

más adelante, en algún capítulo posterior. Ahora vayamos a Don Luis,

que caminaba erguido, con su jersey de punto rojo oscuro, del tono de

la sangre, bien enfrascado a su cuerpo rechoncho, no gordo. Su pelo

corto blanco, dejando entrever el tiempo en que fue rubio. Cruzó Los

controles de seguridad, que permiten –no siempre- que no roben, y se

quedó mirando los folletos de la entrada; El periódico de la ciudad,

Conferencias del mes, anuales, concursos, las exposiciones y un corto

etcétera. Los gritos pasaron por detrás de mí como un tren de

mercancías sin sus vagones, rápidos y fragorosos. Miren y yo nos


22

callamos. Junto a la pared de enfrente hacia la cual yo abordé mi

mirada, estaba Don Luis de perfil, con un folleto de menos de dos

palmos de ancho, abierto. Primero corría la chica, y detrás, a pocos

metros, el chico. La joven iba con un pantalón vaquero y ajustado;

culito redondito bien marcado. Vestía camiseta rosa veraniega, de

mangas cortas, por las que salían sus brazitos blancos, débiles,

adornados con hilos que engendraban pulseras de colores distintos.

Giró a la izquierda y se dirigió escaleras abajo. Don Luis sin soltar

el folleto, escasos segundos más tarde, intentó poner la mano en el

pecho al chico que se acercaba veloz con la intención de aprisionar a

la chica. Llevaba unos vaqueros también, y una camiseta de manga larga

remangada que dibujaba unas rayas horizontales. Los trazos de color

negro se veían más finitos, los otros de color morado, más anchos. A

la altura del pecho dos botones, uno de ellos sueltos. Al chico del

cuello le colgaba un collar de perlas falsas, y pintadas. Eran uno de

esos collares hawaianos que ahora tanto se ven en los mozos. Don Luis

dio dos pasos y se puso en pugna para impedir aquella persecución

infantil. Mientras, la chica respiraba fuerte, ya en la parte inferior

de las escaleras, junto a las puertas de cristal. En aquello, no había

la menor duda de que era un juego primaveral, en el que a ella le

gustaba el chico, pero no quería ponérselo fácil, y ansiaba saber

hasta que punto se esforzaría para conquistarla. En tanto, los ojos

ciegos de aquel joven del polo morado y negro a rayas, anhelaban

apresar la especia femenina, así que no pensaron en las consecuencias

de apartar de un manotazo a Don Luis. Además, indudablemente hubiera

podido frenar a tiempo. La punta de su pie se clavó en el suelo parar

girar su cuerpo. Su brazo derecho se extendió y empujó a Don Luis, que

aún, en una mano portaba el folleto. El chico vio que el hombre mayor

se inclinaba para atrás, que intentaba agarrarse a la barandilla

marrón y, que luego pisaba en falso el primer escalón y comenzaba a


23

rodar. El muchacho se quedó en el tercer escalón mirando a la joven,

luego asustado, contempló los volatines de Don Luis.

Yo, desde la mesa semicircular de Miren me acerqué creyendo que

aquella sería la última vez que vería a Don Luis de pie. Mis ojos iban

nerviosos, intrigantes, parpadeaban continuamente y, cuando llegué ya

se había formado un círculo alrededor del deshilvanado cuerpo del gran

“Don Luis”. Se ganó ese nombre debido a lo educado y dandi que era

cuando conversaba con uno. Te hacía sentir un burgués de los de antes.

No me atreví a bajar, me quedé allí de pie en lo alto de las

escaleras, con una lágrima en cada ojo. Ambos eran dos estrellas

chispeantes y relucientes, como un cristal débil a punto de romperse.

Sentía el murmullo en las cercanías de mis oídos, y percataba varias

preguntas; ¿Qué pasó? ¿Quién fue?

Miren se acercó y me dijo que por favor fuera para dentro. Y lo

hice al de cinco minutos. Todos miraban ávidamente. Y yo que conocía a

Don Luis de años, verle allí, inconsciente, no siendo el mismo, me

dejó asustado. Creí que moría. Pero no lo hizo. Simplemente, tuvo tres

meses de rehabilitación de la rodilla que le sirvieron para poco.

Ahora lleva su bastón de madera, tallado por un gran amigo suyo. Le

puso en la parte superior del bastón una bola de golf, y, es que a

Don Luis le encanta el golf, no lo practica ya, pero lo hizo cuando

tuvo una época mejor. Todos la tuvimos, ¿verdad?

Su cara roja me llena de un calor el viejo cuerpo. Su dandismo al

caminar, la independencia de su bastón, que avanza antes que sus dos

pies, colocándose a varios centímetros de mis zapatos. Su bastón me

roza la pierna, y sus ojos, se inclinan hacia atrás indicándome que el

periódico El Mundo lo tiene un chico joven, fuerte, que está en las

mesas de la izquierda. Con otro gesto silencioso, porque en la


24

biblioteca se ha de mantener el sosiego, le digo que no importa;

encogiendo los hombros, medio cerrando los ojos, e inclinando la

cabeza ligeramente a la derecha. Su bastón que había vuelto a posarse

en el suelo a pocos centímetros de mis zapatos, se gira, y Don Luis se

acerca hasta el frente, donde cuelgan dos periódicos extranjeros, y

dos nacionales; Gara y ABC. Coge el segundo y se sienta en el sentido

a la puerta de entrada. Apoya el bastón en la mesa y, con un interés

débil, -porque Don Luis no disfruta leyendo ese periódico- se ilustra

un poco.

El diván que elijo es débil, y cruje un poco. El silencio lo

interrumpe la gente que de vez en cuando entra y de vez en cuando

sale. Yo me cruzo de brazos hasta que el chico joven fuerte, y que

lleva una camisa a cuadros, de color azul con rayas de tonos verde

oscuro, negro, azul marino y amarillo, que calza unos pantalones

vaqueros y unas botas marrones, cierra el periódico y retira la silla.

Yo que he estado observándolo, actúo igual que él y le miro fijamente.

-¡Chico! –Exclamo sin querer.

Él se vira, me mira tierno y tímido. El periódico que va colgado

de una tablilla de madera, se aferra a la mano fuerte y gorda del

joven mozo. Mientras él se mueve, mi voz sigue redundando en la gran

sala. De pronto un móvil suena brevemente, y hace olvidar mi palabra

“chico”, llevando las miradas de los lectores a otro lado. Retiro la

silla y me acerco hasta él, le tomo el periódico y me vuelvo a sentar.

El diario se posa en la mesa inclinada, la tablilla de madera suena.

Miro la portada y veo una foto de varios políticos ante unos

micrófonos. Luego dirijo la vista hacia la frase que yo habitualmente

leo, la que tanta verdad posee, y tanto nos quiere enseñar; siempre en

lo más alto de este periódico.

El mundo cada día vegeta más loco. Noticias que divagan como pura

normalidad. Nuestros ojos, oídos, cerebro y demás sentidos perceptivos

se han hecho un muro a todos estos sucesos que, parece no afectarnos


25

nada. Pero yo, aún tengo miedo, porque hace que te acostumbres a las

barbaries y a las mierdas que surcan, nacen y mueren en esta tierra.

Desde los sucesos, hasta los hechos políticos; estamos locos. Te das

cuenta que las chicas cada vez están más indefensas, aunque también

puedes darte cuenta, sin venir a cuento, que algunas se aprovechan de

ello (con el feminismo y todas las gaitas, trompetillas y

manifestaciones desproporcionadas que ensamblan) para luego ganar

algo, bien poder, bien protagonismo, o producir una conmoción social

para introducir a muchas de las chicas a las cuales no ha pasado nada,

en víctimas de ello, bien diciendo que ella son todas, o cualquier

chorrada nueva. Y con esto no es que yo sea machista ni misógino, ni

cualquier ideología que se haya inventado ahora. Porque pensaré igual

si mañana violan y matan a un hombre o a un animal, o un homosexual o

lo que fuera que se lleve ahora. ¿Qué se lleva? ¿Hay más sorpresas

para este gran hombre? Las habrá. Yo solamente pido justicia, nada

más.

Bajo las grandes lámparas de esta biblioteca casi derramo una

lágrima al leer que una chica de diecinueve años fue encontrada en La

Coruña con la ropa rasgada, la vagina acuchillada, golpeada, y las

uñas levantadas. Su cuerpo olía repugnante, su piel engendraba moho de

los días que llevaba enterrada, un color morado junto con el negro del

barro y, los desamparados padres no han podido confirmar que se

tratara de su hija. Me pregunto por qué. Y si es verdad que nacen

estas personas, por qué nacen. Cuál es el momento de la vida en la que

uno no quiere despertar para ser una buena persona. Cuál es el lapso

en el que despierta y, de la vida que su madre le ha regalado, decide

que cambia el chip para crear laceración y dolor. Diecinueve años;

¡dios mío! Es aquí donde no creo en las feministas, no creo en

machistas, creo en humanidad, y por desgracia: No existe. En los

diecinueve años. Porque yo soy el primero que quiero llorar ante esto,

el primero que quiero condenar. Imagino a mis sobrinas, sobrinos, a


26

mis nietos, nietas... Quién sabe qué familiares vivirán y cómo,

cuando dentro de poco, un día no despierte y todos estos sucesos sigan

transmitiéndose por palabras en estas gacetas del siglo XXI.

¿Qué hemos hecho mal?

Paso de página. Entro en el ámbito político. Estamos a poco de las

elecciones aquí. Es horrible cuanta guerra dialéctica se redacta que

sirve para exacerbar a este pueblo tan enojado. A veces esto enternece

al corazón. A mi edad, me pregunto por qué no dejan hacer un

referéndum aquí, no es tan malo. ¿Tanto cuesta cambiar la

constitución? Ni que hubiera que esculpirla en piedra con un cincel o

un martillo de plástico. Tenemos ordenadores, gente en paro que podría

volver a imprimirla. Si realmente existe un pueblo que no desea vivir

con otro, unido, debería dársele una oportunidad. Si sale que no, pues

denegado y ya está. Si sale que sí, pues para que retener a un país

que no quiere seguir ligado al otro. No entiendo, igual estoy muy

mayor para estas cosas.

Viví en la época de Franco, y sentí lo que es no vivir, lo que es

estar vivo y no poder vivir. Ahora, cuando salgo a las ocho de la

mañana, el sol me da en la cara y me siento libre. Sé que perdí

algunos años de mi vida con el generalísimo. Ahora lo sé. Estaba vivo,

pero no sentía que vivía. Creo que sentirán algo similar los vascos

aferrados, los que se dicen llamar ¿cómo es? ¿Nacionalistas? Creo que

también usan otra palabra, aunque esta es para los que dan la vida por

el pueblo: Gudaris. Los que conversan en este idioma tan raro y a

veces tan bonito, el que oigo muchas veces a Miren, la recepcionista

de ojos verdes de la entrada, de pelo cortito; el Euskera. Estos se

deben sentir como cuando yo me sentía con Franco, cuando tenía tantas

ideas, tanta vida que vivir, y no pude porque me tocó el ejército,

porque había censura después, porque no había libertad.


27

Cuando termino de leer el periódico El Mundo comienzo con El

Correo. Me fijo en lo que van a dar en la tele. Y Hasta leo el

horóscopo. Soy muy mayor para hostigar en esas cosas, pero me produce

una gracia, y renace lo que siempre he guardado: El niño que hay en

mí.

Mi culo me duele, se resiente de estar repantingado. Mis

pantalones se han pegado demasiado a mis nalgas. El silencio lo

irrumpe mi cercana y fuerte respiración. Luego, una fila india

desordenada de niños que, con los ojos de quien ve algo asombroso, ha

ido desfilando alrededor de la sala semicircular.

Me levanto. Sobre las once y media, las mesas de esta biblioteca

de lectura disfrutan de su correspondiente usuario. Mis ojos padecen

el cansancio de leer, aunque nunca he tenido problemas de vista. Será

por los genes de mis padres, tan lejos el recuerdo de ellos... El

mundo, la vida era tan diferente:

Mi padre era un leñador de los de hacha, camisa de cuadros y peto

vaquero de pantalón. No era barrigón, al igual que yo, era fuerte. Mi

padre vestía con unas botas de monte y tenía unos brazos recios; muy

vagamente me llegan imágenes de mi padre haciéndome volar, yo extendía

los brazos, y cuando me hacía bajar sentía un cosquilleo en el

estómago tan grato, que reía y le pedía más y más. De él recuerdo que

se iba temprano y llegaba muy tarde a casa, poco más.

Durante aquella época vivíamos en un caserío, un pueblo de unos

veinte habitantes, lejos de cualquier pequeña y primeriza ciudad.

Rodeados de distintos abetos, pinos y gran vegetación minúscula.

Almenados de montes, invadidos de helechos, setos, hierbas, margaritas

que en las primaveras pincelaban de alegría la hierba, abuelos que

arrancábamos y soplábamos, –decían que los abuelos que se morían

enviaban su alma a esas florecillas de tallo verde y, de copa similar

a una telaraña perfectamente circular- e invadían las lloronas, que

tintaban de amarillo algunas largas campas. Nevaba todos los


28

inviernos. Mi madre, mi padre, mi hermano y yo, con una pala

retirábamos la nieve construyendo un camino. Luego hacíamos un muñeco

que aguantaba casi todo el invierno, y cuando perdía algo de nieve, lo

remodelábamos. Cuando la nieve emigraba, la vegetación salía más

fuerte y comenzaba a trabajar de nuevo mi padre. Aún hoy, habiendo la

vegetación que hay en el País Vasco, aprecio que mucha se ha perdido.

Yo iba a clase, a esas clases donde te ponías a cantar “El cara al

sol...” y estudiabas con esmero y fatiga –porque era fatigoso estudiar

con aquellos profesores- o te zurraban con una regla de un dedo de

ancha, de madera que, en la parte superior depositaba la marca de los

centímetros grabados de un tono rojo que la adjudicaba más temerosa.

En clase, sentado en tu pupitre de madera pasabas miedo. Si oías

pasos, bajabas la cabeza, escribías y te temblaban las rodillas. Si

decían tu nombre, sentías humedecerse tus calzoncillos, apretabas la

vejiga y, si querías que luego no te llamaran el meón, -“Miguelín se

hace pipí, se hace pipí”- aguantabas entre dientes. Si la cosa estaba

bien, una caricia en el cogote, y si estaba mal: ¡zas y zas! Y aunque

poco a poco ibas aprendiendo y perdiendo temor, nunca acabé

acostumbrándome del todo. Mi padre nunca me llevó al colegio, nunca me

preguntó qué tal en clase, nunca me preguntó por las notas, nunca. Las

firmaba porque sabía que su firma se garabateaba en la parte inferior

a la izquierda. Yo era un zagal de buenas notas, y únicamente hubo un

trimestre malo; el que escapaba con mi mejor amigo Ibón a comer

cerezas bajo un árbol. Era junio cuando llevé las notas a mi madre,

que las vio, y sin decirme nada, las guardó. Pero a la noche, cuando

yo dormía en mi cama blandita, tapado hasta la barbilla, junto a mi

hermano, -hoy fallecido- oí las voces que dio mi padre porque yo

había dejado dos. Lloré de rabia porque sabía que la culpa era mía y

mamá no tenía nada que ver. En el colegio se habían encargado de

recetarme la medicina para que no volviera a suspender, y ahora, las

lágrimas que se oían desde el cuarto junto a la sonora y agria


29

bofetada, castigaba también a mi madre. A mí me dolió más que nada en

el mundo. Y esa noche, con el pecho encogido, juré no suspender jamás.

No lo hice. A la mañana siguiente, las notas estaban firmadas por mi

padre. Éste había marchado ya en el camión que venía a recogerle

recién salido el sol por el este.

Mi madre, la pobre era una trabajadora. Entiendo perfectamente que

ahora las mujeres hablen del pasado que tuvieron que vivir sus

antepasadas y todo lo demás. Si lo pienso, mi madre no fue más que una

sirvienta de mi padre e hijos.

Hay más gente que antes en la entrada. La puerta de madera con

vidrieras se queda abierta dejando ver el interior de la sala. Me doy

cuenta cuando estoy a más de cinco pasos de ella, por lo que decido no

cerrarla. Miren no está, la mesa semicircular duerme vacía con sus

octavillas de propaganda o publicidad, las que descansan alineadas una

encima de la otra. Hojas de inscripción en la parte inferior de la

mesa. Frente a la sala de lectura hay un cuarto de exposición. Estos

días hay poesía de aquí, del pueblo vasco. Hace dos semanas entré a

leerlas y me parecieron muy interesantes. En la misma entrada hay

varios ordenadores donde puedes consultar periódicos pasados, o libros

que poseen algunas bibliotecas. Luego, una vez sabido autor, título, y

una clave que te cita el mismo ordenador, debes apuntarlo todo en una

de las hojitas pequeñas del tamaño de una tarjeta de crédito, -éstas

son más largas- que están ubicadas al lado de los ordenadores, en la

ventanilla donde te dan los libros. A veces las hay en la mesa de

Miren. Yo quiero el periódico de ayer para fotocopiar unas noticias

que anoté y, es Miren quien guarda una de mis hojitas. Hoy no había
30

nada interesante que fotocopiar así que no he apuntado nada. Doy dos

pasos más hasta la mesa, miro a las escaleras de palacio que llevan a

la planta de arriba, y veo pasar gente que sube, y otra que desciende.

Unos llegan a los ordenadores y se paran a consultar. Detrás de mí,

una chica se coloca dando vida al principio de una exigua cola;

esperando a Miren. A la ya conocida recepcionista de la biblioteca le

agradezco demasiado que me guarde esas notas. Al principio fue muy

reacia, pero no lo suficiente para que desistiera. Sabido queda que,

la primera vez de cualquier humano, suele ser la de acompañar de

manera terca a la negación. Yo estaba seguro de que las perdería en

algún bolsillo o que no recordaría donde las habría dejado. Además, a

mi edad prefiero más desahogo, no tener nada en la cabeza que

sobrepase los límites. Y finalmente, un día llegamos a un acuerdo.

Ella al principio instó en que no lo podía hacer, pero tras un café en

la gran cafetería de Miriam, un pincho, una bonita conversación sobre

literatura y uno de mis relatos, Miren pestañeó dos veces dejando caer

un gesto que parecía cortejarme y aceptando. Sus ojos verdes claritos

se escondieron, su acento vasco, su cara redondita inclinada a la

izquierda, su sonrisa abombando más sus carrillos y dejando ver dos

hoyuelos de media luna. Todo eso en poquitos segundos, y con su mano

pequeña adornada de una pulsera de cuero y un anillo de plata con una

piedra azul, rozando la mía, aceptó.

-¡Egunon Miguel! –Su cuerpo pequeño pasa por detrás de mí, se

sienta y su cara se oculta tras la mesa alta.

Una mesa especial ya es; como una trinchera. Mi base de apoyo en

la mesa es de un palmo, a uno cincuenta de altura, semicircular, y

luego esa barrera, cae hasta la altura de la mesa donde se sienta

Miren. Muchas veces, vista de lejos queda oculta por la trinchera.

Ella tiene a unos sesenta centímetros de altura la mesa que tiene la

misma forma semicircular y que ronda entre el medio metro de ancho,


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donde descansan y sitúa a sus hojas de inscripción, algún periódico,

libro...

Me apoyo, le sonrío y ella rebusca en un cajón.

-¿Qué tal los relatos? –Sus dedos pasan una y otra vez las

carillas pequeñas que he citado. Saca una, otra y otra.

-El de esta semana naciendo, como siempre tratará lo cotidiano. –Y

entonces, carraspeo al terminar las dos palabras.- ¿Terminó bien la

discusión del móvil, la de esta mañana?

Miren cambia de gesto. Su sonrisa se borra y me tiende las tres

hojitas. Las cojo con mis rugosos dedos. Siento el suave papel, la

mirada de Miren y la impaciencia de la chica de atrás.

-¡Prométeme que nunca tendrás un móvil! –Me dice seria.

-¿Un qué? –Le ironizo.

-No cambia, la gente, ¡en serio! Se creen el ombligo del mundo,

¡Ay! Qué le vamos a hacer. Miguel, ¡qué te vaya bonita la mañana!

¡Cuídate! Su voz termina de nuevo más jovial. Le muestro una sonrisa y

me voy.

Al ir acercándome a la ventanilla donde se solicitan los

“préstamos” me cruzo con el chico del periódico El Mundo. Me mira

atento, con cara de asustado, niño bueno. Lleva una trenca larga y

negra que antes no había advertido. El pelo engominado y corto. Bajo

el brazo transporta un libro, miro y, quedo sorprendido. Lleva el

último libro de Umbral. “Tribu Urbana”. Lo apoya contra sus riñones.

En la otra mano ¡el impúdico móvil! Parece tener prisa porque anda

cinco veces más rápido que yo, levanta la vista, se cruza con mis ojos

y rápidamente oculta la cabeza como un avestruz sin rebajar el paso.

Yo, a marcha suave, sintiendo el todavía escaso dolor de huesos,

abrigado y con las notas entre los dedos, llego a la ventanilla. Hay

varios chicos antes que yo, unos han facilitado ya las notas y

esperan, otros están ahí, con las notas y el carné de la biblioteca o


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el de identidad. Una vez llegado mi turno, entrego las notas y en

cinco minutos tengo los periódicos.

Me meto la mano en el bolsillo y saco dos monedas de cinco duros.

Aún no me he acostumbrado a la miniatura de las monedas con su diana

hueca en el mismo centro. Cuando pienso en el euro, rezo lo poco que

aprendí de joven, y lo recito tumbado boca arriba con las manos juntas

y los dedos entrelazados, pidiendo que no me despierte cuando esté

aquí esa moneda. Creo que no podría convivir con tanto desconocimiento

del dinero. Se escapa de mis límites.

El papel rugoso y el sentir de los bordes del periódico; esa serie

de resquicios que deja la imprenta a la hora de cortar las hojas, se

regodean en mis dedos pulgar, índice y corazón. Me acerco hasta la

planta baja donde está la sala de estudio, la de Internet y las

fotocopiadoras. Cuando bajo las escaleras de piedra, de bordes

elípticos, siento cómo las rodillas me duelen, no obstante, con el

paso del tiempo he aprendido a esconder el dolor que debería mostrar

en mi rostro. Cuando levanto por primera vez la cabeza comienzo a

creer en el destino, en que debo conocer a ese mozo. Es increíble,

porque el chico está de nuevo allí; el de la trenca.

Reparé en él en octubre del año pasado. Recuerdo que estaba

sentado leyendo atento el ABC; sus ojos incrustados en cada una de la

línea de un articulo de Opinión. Llevaba una chamarra verde militar,

un pelo cortito junto a un collar de perlas. Ahora se lo ha cambiado

por otro que a mí me gusta más. Unos zapatitos marrones y, radiaba

algo fuera de lo normal en todo su entorno. A este chico, al que poco

a poco fui convirtiéndole en una ración de mi mañana, le miraba, le

apuntaba en mis ya olvidadizos recuerdos y, fui apuntando detalles

para el personaje de alguna futura novela; siempre llevaba un libro.

Le he visto leer “El señor de las moscas”, le he visto leer “La piel

del Tambor”. Le he visto hace dos días con un libro de Cela. El chaval
33

tiene unos diecinueve, o eso aparenta; siempre podría estar

equivocado. Ahora está fotocopiando una hoja en cantidades extremas.

La letra es grande y tiene teléfonos en vertical. Al estabilizar la

vista en uno de los folios, atisbo que el número es idéntico; ¿Será un

anuncio?

Con los dos periódicos me acerco suave. Sé que no debo cotillear,

pero solamente quiero preguntarle cuánto le queda. La otra

fotocopiadora, la moderna, no me gusta, y el chico está usando la que

yo quiero, por lo que en un acto de bizarría, decido preguntarle.

El joven se percata de mi presencia y hace como un tic con el

cuello girándolo a la izquierda y mirándome de reojo.

-Chico, ¿cuánto te queda?

Él se aventaja un poco delante de mí, frente a las hojas

fotocopiadas, como si quisiera esconderlas. Gente baja y sube. Una

chica con un libro va a la otra fotocopiadora.

Huele a café de la máquina. Rico se paladea, pero aún, no me creo

que algo afable pueda salir de aquella maquina de café; tan rápida y

caliente, no entra dentro de los límites de mi mente. Así que no lo

degusto.

-Un poco –me dice girando solamente el cuello, esta vez hacia la

derecha.

Doy un paseo hasta la puerta de ordenadores. Dicen que el andar es

bueno para la circulación y, a mi edad me viene muy bien. Mis tardes

son callejeos con mis cansados tobillos, con mis ojos abiertos, mi

libreta para apuntar detalles geográficos, rasgos de personajes,

parajes... Ya que a cierta edad, uno no puede mantener ideas e

imágenes en la memoria. Lo único que perduran: los sentimientos.

El chico ha dejado el libro de Umbral en una esquina de la

fotocopiadora. Encima reposa el móvil azul con su luz amarilla

parpadeando de vez en cuando. Ahora, bajo el libro y el móvil,

reposan unos folios encuadernados. Me vuelvo a arrimar y leo de la


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encuadernación: TELAR... En un tono rojizo con el borde de las letras

en verde oscuro. Fijo más la visión, pero no puedo sacar nada más en

limpio.

-¡Oye, chico! –Él huele a un perfume enamoradizo. No me es muy

difícil adivinar que está asustado y, que pensará que soy un loco

viejo. Es como yo de alto, no más. Y cuando le aguanto la mirada en

los ojos, él la baja e intenta recoger los no menos de cien folios que

se acumulan uno encima del otro ordenadamente.- ¿Te gusta la

literatura?

Mi pregunta la estimo errónea, pero ha salido de mi garganta y no

hay marcha atrás.

-Sí, ¿por? –Sigue cogiendo los folios. Los va colocando encima de

la encuadernación y debajo del libro.

-Por Umbral, además, ya te he visto con varios libros muy

interesantes, y eso es algo extraño en jóvenes como tú.

-Sí, bueno.

Coge el libro, la encuadernación, los folios, el móvil, y me echa

última mirada.

-Bueno, he de irme. Venga, hasta luego –muestra una sonrisa breve

atenuada hacia la derecha, y descubre brevemente los dientes.

-Nada, sigue así.

Pero su soma camina escaleras arriba. Le cuesta andar, ya que el

peso le va hacia la izquierda y, a cada pisada inclina un poco la

parte superior del talle. Se ha guardado el móvil en uno de los

bolsillos de la trenca, son grandes por lo que se oculta totalmente.

Yo que le miro con los dos periódicos aún entre los dedos, lo veo

desaparecer poco a poco. Me quedó mirando ya la nada, y cuando voy a

levantar la tapa para fotocopiar, me encuentro con el –anuncio-

original. Quiero llamarle, pero no lo hago. No podría cogerle porque

mi andar, es tres veces más lento que el de él. Le doy la vuelta al


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folio y me encuentro con palabras. Las leo una vez y otra vez. De

pronto todo es una incógnita y quiero llamar a ese número.

Tiendo los periódicos en el cristal de la fotocopiadora, que

reposa caliente. En ese momento baja Don Luis, con su bastón, su cara

roja y su sonrisa particular. Lleva el DEIA. Se percata de mi

presencia y se acerca hasta mí.

-¿Qué haces Miguel?

Me sucede lo mismo que al chico. Quiero esconder la hoja y

guardar el secreto como si éste tratara de mí, aun a sabiendas, que el

tiempo hará de esa hoja lo contrario a algo confidencial. ¿Cuántos

llevaba? Por el taco creo que cien. Mi cerebro se acelera pensando en

las palabras.

-¿Fotocopiaste?

-No, no, -digo doblando la hoja lo más tranquilo que puedo. Pero

me tiemblan los dedos. Otro doblaje y la meto en el bolsillo de la

chaqueta. Abro el periódico y cuando he metido las dos monedas de

cinco duros, fotocopio las seis noticias. Dos me salen mal, así que

dejo dos duros para el próximo que venga.

-Miguel ¿cómo llevaste el fin de semana? Yo, ya ves, lo cumplí con

mis hijos, y con... –Se muestra cauto. Los dos nos mantenemos en

silencio, interrumpido por la última fotocopia de Don Luis. Se acerca

suave con el bastón por delante mientras reposan los periódicos en el

cristal de la otra fotocopiadora. Me mira y finalmente me pregunta.-

¿Hace cuánto que no les ves?

-A mi hija meses, –quiero decirle que realmente no recuerdo el

tiempo exacto, pero me avergüenzo.- después de la muerte de Carmen me

desterró, ya sabes. Si bien, siempre queda la ilusión de que caiga

enfermo, ella venga a cuidarme y, lo más importante, que traiga a mis

nietos. Esos diablos me dan tanta energía.

Cambio de periódico y Don Luis entonces se acerca de nuevo a la

fotocopiadora.
36

-Me sedujo mucho la narración de “Extraño día, Ciudad de Nieve”.

Conquistaba al pecho; un deleite.

Por momentos, hablando con Don Luis me quedo a solas. Ni el hombre

mayor que no conozco y que espera detrás me molesta. Es placentero oír

su voz, su tono, sus frases.

-Gracias Don Luis, viniendo de ti es más que un halago.

Ambos nos echamos dos sonrisas silenciosas. Él, que tiene el

bastón rozando la fotocopiadora, prosigue ejecutando facsímiles de

noticias económicas. Con los dos periódicos de la mano y con las hojas

copiadas enrolladas como una trompeta y bajo la axila, me acerco. Le

acaricio el hombro y me intereso levemente por la noticia.

-Creo que va siendo hora de que vaya a casa a escribir un poco y

luego si eso, a comer, ¿qué opinas? –Le confiero.

-¿Qué hora marca?

-Pues tarde. Cuando llegue a casa, igual las doce, si me tiro una

hora dándole al teclado se me hará un poco tarde. ¿Planes para la

tarde?

-Pues daré un paseo como ni nieto, mi hijo Manu y su nuera. Cosas

de mi mujer, que está más enamorada de su nuevo nieto que su madre,

¿comprendes, verdad?

Escuchando a Don Luis se me acomoda la tristeza dentro. Allí, tan

elegante, tan feliz y, acompañado por su familia. Yo que aún me

despierto solitario todas las mañanas y sin nadie con quien convivir.

Prestar atención a Don Luis me da pavor. No quiero morir solo. No

quiero morir.

Mi mano vuelve a colgar de mi hombro solitaria. Coloco mejor los

periódicos entre mis dedos ya que se me habían deslizado un poco y, me

despido con un hasta mañana, débil, triste pero firme. Don Luis me

dice que tenga un buen día.

Las escaleras hacia la entre planta, la principal, me cansan en

exceso. Mi rodilla izquierda se resiente y me apoyo en la barandilla.


37

Una chica me mira con cara de susto, como si fuera un bicho raro. Mi

respiración se acelera, y entre la mirada de la chica y el oír del

latir de mi corazón, siento el miedo de morir ahí. Sería muy triste. Y

aunque sé que a esta edad mi corazón se puede parar en cualquier

instante, no quiero morir aquí, no debo. Tras dos minutos termino de

llegar arriba. Devuelvo los periódicos, me devuelven el carné y me

pierdo fuera de la biblioteca saludando antes a Miren que ya parece

más cansada.

Mientras bajo por las escaleras que cayó Don Luis, doblo las seis

o siete hojas; he olvidado cuantas eran y, las guardo en el otro

bolsillo de la chaqueta. El día se ha quedado muy gris. La gente

camina deprisa en la calle. El suave y agradable aire que acariciaba a

la mañana se ha enfriado y ahora golpea. Muchos chiquillos se agolpan

en la entrada de la biblioteca haciendo un descanso de su dura vida de

estudiantes. Sin casi parar en la entrada, emprendo el recorrido hacia

mi casa, esta vez con la chaqueta conformemente abrochada, despacio,

con la cabeza gacha, y algo triste por la conversación que he tenido

con Don Luis. Me siento solitario y despreocupado (Nadie se inquieta

por mí). No obstante, eso es infame, porque sé que puedo renunciar a

mi piso y volver con mi hija Cristina. Ella aceptaría cuidarme, pero

¡claro! También aceptaría la caterva de millones que saldrían de mi

piso, y eso no lo acepto. Ella necesitaba esos millones, pero yo

necesitaba esta vida, no la de un maldito viejo postrado en un nuevo

sofá todo el día. Cristina, mi hija, creyó que yo había obrado como un

desaprensivo, me gritó a la cara que era un mal padre y, que

seguramente mamá lo hubiera hecho; irse con ella. Me gritó que no

esperara que volviera a pisar ese entablado, (dio dos golpes fuertes

al suelo de mi casa con sus tacones) y cogiendo a mis nietos, sus

hijos, la hija que vi crecer, la que me hizo llorar aquella noche en

la cual, Carmen le dio a luz mientras yo estaba en la sala de espera,

aquella hija, se fue. Si aceptaba debería dejar la biblioteca, y a mí


38

me gusta mucho leer los periódicos a la mañana. Me ayudan en mis

historias, me hacen viajar gratis. Y bien sabido es que si fuera a

vivir con mi hija, se acabarían las historias porque el periódico es

local. Mientras que mi hija vive en Castro, a cincuenta kilómetros de

aquí. El traslado acarrea renunciar a muchas cosas y aceptar otras.

Algún día residiré allí, quizá cuando amanezca tan viejo que no me

acuerde de quién era, cuando mis bisagras dejen de caminar, cuando mis

necesidades sean independientes de mi cerebro, y cuando esté tan cerca

de Carmen que, esta vida sea tan sólo un prefacio. Pero por ahora no.

Una ambulancia canturrea por la carretera, acelera y pasa entre

dos coches muy apurada. Pobre enfermo pienso. Cuando llego al portal

encuentro dos nuevos inquilinos que, más tarde adivinaré que se

instalarán frente a mi puerta. Es un piso que llevaba vacío siete

meses. Están subiendo cosas y tienen una apariencia singular. Son

jóvenes, estudiantes tal vez. De un Renault cinco viejo suben carpetas

y más carpetas. Me quedó allí de pie, a dos coches de distancia,

mirando a uno y al otro. Los dos conversan, al principio no les

entiendo, luego me doy cuenta de que están hablando en Euskera. Yo no

sé casi nada del idioma vasco, algo tal vez, aunque éste es un Euskera

diferente. Doy unos pasitos quedando a unos cinco metros del coche. Mi

portal está situado en medio de una calle larga y peatonal. La entrada

tiene unas escaleras que te acercan hasta la puerta que ahora está

abierta del todo y que queda lejos del coche que han dejado aparcado

con las luces de emergencia. La acera de mi calle es, sin embargo,

poco transitada, vivamente acompañada del viento que esquiva farolas,

papeleras y golpea a los transeúntes que perviven en esta rúa.

Los nuevos inquilinos se percatan de mi presencia. Sinceramente

soy muy indiscreto, siempre me gusta enterarme de todo, y ahora que

estos dos jóvenes, -uno de pelo largo y un rizado extenso, el otro


39

creo que rapado, aunque no lo sé porque lleva una gorra- quiero saber

quiénes son, a qué se dedican, y si podré conversar con ellos.

Huelo a tabaco; son ellos dos los que desprenden dicho aroma. Uno

sujeta dos cajas de zapatos, el otro coge una pantalla de ordenador.

Me miran a los ojos durante unos segundos, se apartan, y dándome la

espalda suben las escaleras de cuarzo rojizas que les traslada a su

nuevo piso; no hay ascensor. De pie en la calle, me siento apocado,

mientras, ellos, ascienden a su nuevo piso sin comenzar la

conversación que hubiera deseado. Han confiado el maletero abierto,

pero no decido cotillear.


40

Tardes y noches
Me dijo el doctor que caminara, que si no me quería morir sentado,

que caminara. Que si no quería sentir los gritos de mis rodillas cada

mañana, el bullicio de los tendones y no poder pisar fuerte debido a

mis tobillos, que caminara. Y así lo hago. Todas las tardes, camino

por parajes diferentes que me hierven la imaginación.

Desde que dejé mi trabajo de banquero, allá por los años en los

que Cristina correteaba por nuestro primer y único piso, dedico las

tardes a pasear. Antes, las pasaba sentado en una silla inflexible,

mirando al frente, atendiendo clientes, guardando dinero, echando

firmas y, defendiendo con uñas y dientes el ataque de los primeros

ordenadores. Cuando llegó el prestigioso “Windows” a nuestra caja de

ahorros, yo, a mis cincuenta y siete años, cogí las maletas y me

marché. Tenía una buena jubilación anticipada, una buena esposa a la

que aún quería amar, y una buena hija, que aprovechaba su noviazgo con

su actual marido para establecerse en su puesto de trabajo de becaria.


41

Y todo esto, ocurría cuando yo, Miguel, decidía dejar de subsistir

muchas tardes sentado frente a billetes de mil, dos mil, cinco mil,

diez mil, monedas, cartillas, tarjetas, contratos y un largo etcétera.

Siempre fui un hombre lector. Igual fui un escritor desacertado

que ahora mata su vejez en colocar letras una tras otra para contar

historias que creen que entretienen a un breve público, cuando lo que

dan estas narraciones, son un tedio constante que, se intensifica con

cada una de mis palabras que se lee. Aún, mi vecina la del primero, no

me ha dicho: Lo siento Miguel, pero me llegan cartas amenazadoras para

que te despida del periódico local, y de este modo tus artículos de

costumbres semanales dejen de aparecer.

El periódico sale una vez a la semana y con una tirada humilde de

dos mil ejemplares, aunque su difusión puede llegar a los cinco mil.

Empecé a escribir desde joven, siempre con una ilusión vaga, con

el recreo de construir vidas fantásticas que en mi vida real no

existían. Lugares y parajes que mi existencia, alrededor y constante

despertar no poseían ni me ofrendaban. Recuerdo que al ser joven

escribía poesía, y recuerdo haber perdido muchos de los cuadernos con

los que enamoraba a chicas. Evoco un pensamiento al pasado y aún

revive en mí el título de la poesía que le regalé a Carmen antes de

hacer el amor. Cuando pienso en sus gestos, sus labios rugosos,

suaves, sus pómulos ya marcados, su piel del color de un amanecer, sus

ojos, su cabello claro. Ella entera era bella. Su sonrisa atacada por

su dentadura limpia y blanca, ordenada debido a lo artificial de ésta.

A esta edad, me doy cuenta que la peculiar imagen que poseo de ella,

es tan sólo la vejez. Los años jóvenes me vienen muy borrosos y esto

me entristece muchas noches cuando la corriente eléctrica es la mejor

canción que suena en este piso, mientras mis ojos y mi mente se

deslizan en las líneas de algún libro, que ante una gran trama me

tiene prendido.
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Según fui escribiendo, fui aprendiendo. Nunca osé redactar

novelas, sólo cuentos cortos y largos. Los primeros tan mal escritos y

llenos de faltas. Carmen los solía leer muchas noches y disfrutaba de

ellos. Eran breves, de seis u ocho páginas. Alguna vez me dijo:

-Cariño, debes participar en algún certamen.

Yo a altas horas de la noche, con la aprobación en su cara, con el

cuerpo de Cristina derrumbado en el sofá que ignoraba todo aquello, al

igual que ahora ignora que tiene un padre que publica en un periódico

y que de vez en cuando, sus narraciones son enternecedoras y gustan a

algunas personas, le cogí los siete folios y dando vida a una sonrisa

mía y avergonzado por el halago le dije:

-Mujer, una cosa es escribir por afición, otra ser profesional. No

soy tan bueno.

Finalmente, acabé presentándome a cuatro certámenes de cuentos. De

esos cuatro, únicamente en uno fui premiado. Recibí unas deliciosas y

bienvenidas veinte mil pesetas, diploma y un tercer puesto. Los tres

siguientes murieron en un olvido que acarrearon mi falta de interés

por los concursos literarios y la contundente conclusión de la mía

participación en los citados. Así fui acumulando hojas,

encuadernaciones a mano, folios sueltos, cuadernos, todo en un estudio

lleno de apuntes, recortes de periódicos, libros, todo como una

afición a la cual, Carmen comenzó a aborrecer con el paso del tiempo

porque hacía de mis fines de semana un abandono a ella para vagar por

la vida de alguno de mis nuevos personajes.

Cuando me jubilé, mi vida cambió y dejé un tiempo la adicción de

fin de semana a escribir. Carmen pasó unos malos momentos, enfermó y,

mi corazón se encogió esperando que la debilidad estremecedora de

Carmen no fuera lo que finalmente sentenció.

Carmen mejoró, y apareció mi vecina, nuevamente con el cuento de

los artículos. Mi mujer ya parecía gozar de una buena salud. Al

mirarme sentía que el amor no podía ser tan grande como ella lo
43

desprendía, y yo, al responderle la mirada, me derretía por su fuego

sentimental. Durante los últimos años juntos, fue cuando más quise

volver a nacer con ella y a vivirlo todo de nuevo; el verdadero amor

existe.

Así que, una noche o una tarde, no lo recuerdo bien, dormitábamos

los dos desnudos, viejos y abrazados bajo las sábanas. Ella se

despertó, y como si su corazón fuera el mío y viceversa, yo abrí los

ojos, le besé en los labios, y durante horas conversamos. Fue en un

momento cansino de la charla cuando me dijo que lo aceptara, que a la

semana, dos folios a doble espacio, quizá menos, no me dedicaría tanto

tiempo.

Mis historias siempre vagaban en mi mente, pero con el tiempo,

ésta perdía enteros, neuronas, retención de personas, imágenes,

paisajes. Durante los últimos años con Carmen, ambos paseábamos mucho

por el parque, hablábamos sin parar y, lo peor de todo es que no

recuerdo exactamente qué conversábamos. A ella se lo recomendó el

médico. Y cuando murió Carmen, un día, el médico me recomendó a mí que

comenzara a caminar. Creí, ahora me toca morir a mí, es la herencia

que me dejó mi amor, que camine hasta que me encuentra con ella. Pero

gracias a esos paseos, solitarios, mis piernas viven mejor cada

mañana. Si es soleada mejor.


¡Qué bien sienta este orujo de hierbas después de comer! El sofá

se hunde y mi culo con él. La tele deja un sonido leve en mis oídos

cansados, adornados con unas orejas cada año más considerables. La

comida en el recatado restaurante, me ha llenado hoy la panza poco


44

pronunciada de manera tímida. Una tripa que tras la ropa parece

inexistente, en cambio, desnudo, desde mis treinta años, toma un

semicírculo considerable.

La chaqueta descansa en uno de los dos posa brazos de uno de los

dos sillones que únicamente sirven para ubicar un trasero, y ahora no

lo hace ninguno. Están a la izquierda y derecha del gran sofá de tres

plazas, en el que dispongo ahora mi cuerpo. En medio, una mesa

rectangular, larga y de madera, con bordes de metal dorados.

Descanso hasta pasadas las cinco de la tarde, es en ese instante

cuando me levanto, harto ya de percibir programas infamantes de

televisión y, de leer líneas que se amontonan en mis cansados ojos, a

la vez que las ideas, que se pierden en mi desordenada mente. Así

trabaja mi mente, que cuando cojo la chaqueta y veo el papel blanco,

tardo tres segundos en saber lo que es. Me ato de manera concienzuda

la chaqueta y acaricio el impreso. Vuelvo a leer las palabras, antes

apagando la tele que me distrae, y es entonces, cuando por primera vez

oigo a los vecinos que dan porrazos suaves, luego parece que mueven

muebles...

(Imagino tan solo.)

Allí delante, la mesa de madera, la tele apagada, el día grisáceo,

en cualquier momento se asomarán los ángeles al balcón de sus nubes y

llorarán, o regarán sus plantas (nosotros). Los celajes atenuando la

luz, que traspasa siempre las dos ventanas del salón, una frente a la

entrada, otra a mano derecha. A mano izquierda un mueble viejo de

color castaño que da cobijo a figuritas, fotos, recuerdos, libros y

más libros, la guía telefónica, mapas, las páginas amarillas. El

teléfono aún es el viejo, el que posee una ruleta que se rota a la

hora de llamar con el dedo que señala; el índice. Gira más, o menos,

dependiendo del número. Todos ellos duermen en ese armario tan

polvoriento, ya que yo nunca lo limpio. A mi edad...


45

Mis pies sienten la alfombra. Mis dos pares de calcetines

mantienen mis pies calientes. Y leyendo una y otra vez el papel

rugoso, plenamente explícito, se preludian las primeras ideas en mi

desengrasada mente. Muerde la sensación que se trata de una novela.

Sprinta una de mis agotadas neuronas, mensaje en mano y sudor en la

frente. Creo que debo telefonear a ese chaval y, la mejor manera es

decirle que me interesa esto. Miro al teléfono con la opción de marcar

ya y preguntarle qué vende, pero antes releo:

Una historia cruel; La de una chica joven, atacada


por la cocaína debido a la muerte de su padre y su
mal llevar en los estudios. Todo, acarrea un viaje
a Barcelona para buscarse la vida como actriz,
pero se complica demasiado, llegando a afectar a
personas famosas e inocentes: "La Telaraña”. Un
relato impresionante de los sucesos que crea la
vida.
Si quieres vivir la vida de Laura llama:

A continuación venía el número hasta siete veces repetido,

recortado en vertical. Me quedo con el auricular entre los dedos,

analizando el suave y polvoriento tacto de éste. En la otra mano la

hoja con la marca de los seis dobleces. Releo con la intención de

memorizar los nueve números, aunque reconozco su dificultad. Se trata

de un móvil, pero me da igual (Lo digo por el coste). Este chico tiene

algo, no tiene ni dieciocho años e intenta poner este cartel en las

paredes de las calles para vender qué. ¿Es una novela o qué narices

puede ser esto? Igual es una vida real, nada más, y lo único que pide

es ayuda para esa chica; Laura. He de hablar con él, no sé cómo pero
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he de hablar. Un poco de acción en mi solitaria y disipada vida, no

vendrá en absoluto mal.

Doblo en tres ocasiones la hoja y la repudio encima de la mesa de

madera.

Cojo las llaves que cuelgan de la cerradura, por dentro, y de la

mesita de la entrada del primer cajón de la derecha saco una libreta

del tamaño de un libro de bolsillo, de anillas y, abrazado a éstas,

un bic negro que está medio roto en la parte superior. Ahí es donde

apunto todo lo que me parece interesante y, de ahí nace lo que luego

se puede convertir en el paisaje de la vida de cualquier personaje, o

escenario de cualquier acción de peligro, terror o amor.

Abro la puerta y la casualidad me sitúa frente al inquilino nuevo,

el muchacho de la gorra que ahora, la viste del revés. Definitivamente

tiene la cabeza rapada, y una cicatriz débil en la frente, cerca del

ojo, en diagonal. Su cara redonda y gordita. La barba florece en su ya

tercer o cuarto día sin afeitar. Ojos glaucos; preciosos. Su mirada es

tenue, entrecerrada y ausente de continuos parpadeos.

Cierro mi entrada y el chico, que lleva entre las manos una bolsa

de plástico grande y llena, sin inmutarse del portazo, intenta entrar

en su casa girando la cerradura con las llaves. Le suscita una

dificultad lejos de lo normal y abandona la bolsa al lado de la

alfombra de “ongi etorri”. Yo, decido hablarle, darle ya por fin la

bienvenida. No quiero ser un viejo verde apático.

-¡Buenas tardes; Miguel! –Y le tiendo mi mano.

El chico deja la llave dentro de la cerradura. Del aro cuelga otra

llave sin llavero. Se gira, se frota la mano en el bolsillo de la

derecha delantero de sus vaqueros y estira el brazo tendiéndome la

mano.
47

-¡Buenas, Iker, su nuevo vecino! –Su gesto despunta serio, Aunque

una sonrisa oculta se difumina de menos a más en sus ojos. La veo, no

en el exterior, pero la veo.

Estiro el brazo y siento su mano, tan gordita. Él aprieta, yo

respondo y, tras un suave agite arriba y abajo nos volvemos a soltar.

-¿Por mucho tiempo? –Pregunto- ¿Os quedaréis aquí?

-Intención sí tenemos, pero no sabemos, depende de esto, -frota

los dedos índice y pulgar hablando de dinero.- somos estudiantes los

dos, así que hasta junio... por lo menos.

Es lo primero que no comprendo, pero no quiero contribuir con

réplicas a unos nuevos vecinos. Sin embargo, la neurona juguetona me

envía la misiva de que unos estudiantes que compran un piso a finales

de abril es un poco singular...

Mi distraída mente, neuronas que aún corretean veloces con el

pergamino de la idea bajo el brazo, transcriben una y otra vez que,

estudiantes comprando un piso a finales de abril, es absurdo. Pero no

me distraigo mucho en las reflexiones.

-¿Qué estudiáis? –Animado y curioso, no quiero ser parco en

preguntas, y disfruto de la ocasión.

De pie, a pocos metros del chico, me balanceo y siento un tablero

espaciarse del clavo y a la vez del suelo, sus ojos alicaídos, sus

rodillas tensas, sus pantalones arrugados. Descamisada esa camiseta

blanca, agujereada a la altura del ombligo; viven en ella unas flores,

policromadas, creo que son los colores de Euskadi. Mirando su camiseta

duermo absorto hasta que él suspende el silencio y contesta.

-Yo Filología Vasca, mi compañero derecho. –Se muerde el labio

inferior esperando más preguntas, radiando en su gesto un ¿Algo más?

Hastiado.

Nuestras torres humanas están una frente a la otra. Nuestros

binoculares asestando nuestras estampas. Proyecto una fantasía con él

como alumno en su pupitre, con un transportador de tinta sujeto por


48

sus dedos índice, pulgar y corazón, que pincelará cientos de letras en

algún pliego. Y yo en lo alto, de profesor serio. Y él allí al fondo,

con la cabeza gacha, echando tinta y más tinta en forma de letras en

el folio blanco y arrugado. No obstante, la proyección se frustra y

vuelvo a su presencia donde nos gobierna un sigilo importante, con el

pensamiento herido, y el intento de haber podido verle en una clase

con una nitidez descollante, totalmente fallido.

-Pues nada, he de ir a pasear, a mi edad las rodillas y los

tobillos; -sin más, señalo las dos zonas y, quitándole hierro al

asunto le aconsejo sobre otro tema que en particular podría

preocuparme.- Sé que sois jóvenes, pero me encantaría que no armarais

mucho ruido. Podéis organizar bailes, porque yo aún recuerdo mi época

de joven, pero también recordar que vivo enfrente, soy mayor, y duermo

pocas horas.

Levanto mi suela, primero doy un paso atrás, luego inclino mi

aliento hacia delante, e intento acariciarle con un suave palmeo su

hombro en señal de confianza. Sin embargo, él hace un gesto incómodo,

aleja el omóplato que mi mano iba a confiar, y me acerca el inverso.

Luego se retira un paso atrás y vuelve de nuevo a quedarse derecho

frente a mí, mirándome.

-Somos estudiosos, no sabrás que estamos aquí

-Me parece estupendo, ya nos veremos, Iker

Él ya se ha girado y abre la puerta. Coge la bolsa y alzando la

mano como un guardia de tráfico o un indio, se pierde entre cartones

que tumbados en el suelo adornan su oculto parqué. Interpreto el gesto

como un adiós, y emprendo el sendero que me lleva a la ciudad. Su

puerta al cerrarse suena débil, y los marcos, fuertes.

Yo menguo poco a poco las escaleras con una sensación extraña. El

chico introvertido no quiere diálogos largos, situaciones que a mí me

encantan. Tampoco es algo que deba importarme demasiado, aún.


49


La chaqueta ha de abrigarme el cuello. El viento es un conductor

suicida y vaga a temperatura inmortal. Los ciudadanos llevan los pies

fatigados, y los dejan caer sin control en los azulejos. Ni un

resquicio de cielo azul se puede tener en la retina de este pueblo

peregrino. Los trajes que eran mesetas castellanas se han ido

metamorfoseando en colinas o cordilleras. Las corbatas dejan una

holgura de dos dedos en los asfixiados pescuezos. Los párpados han

bajado el nivel, como si de un depósito de gasolina fuera, y ya van

por la mitad, dejando apreciar el paisaje urbano a modo de

cinemascope.

Las obras se están acumulando. Las que terminan es para dar paso a

las siguientes, y existen otras obras que, una vez terminadas han de

volver a subsistir porque se cometieron errores. La Gran Vía por estas

fechas es una ciudad continua de vallas que acorralan azulejos recién

puestos, por poner, o maquinaria obrera. Nuestras pisadas se hunden en

barro y cemento blando, ambos haciendo el amor en tramos sin

adoquinar. Tablas que nos forman caminitos, que evitan de esta forma,

que el viandante haya de pisar la gacha siempre; hoy húmeda. Son

tablas que forman eses a ritmo de las celdas grises. Adoquines

plastificados, que aún, descansan en las cercanías, impacientes por

cumplir su función. Palas llenas de cemento se recostan también en

algún tronco ancho y gordo. Cerca unos guantes usados, una carretilla
50

con dos azulejos, un casco de algún dueño que descansará a estas horas

sobre alguna tasca, ofreciendo a su paladar el sabroso, gaseoso y

especial sabor de una cervecita. También los árboles ahora viven

protegidos por esas celdas del color del cielo, aquellos que nos

custodian día a día cuando circulamos por la calzada. Guardaespaldas

vegetales que nos llenan de sombras; se reflejan en nuestros ojos las

hojas de plomo durmiendo en el asfalto, permitiendo así, ser

defendidos del sol fuerte y la lluvia... Y hoy, la arboleda en cierto

modo también se siente protegida por las ya citadas vallas de las

obras. Todos, quizá estemos hoy protegidos.

Cuando me acerco por esta calle, la gente se agolpa y regatea a

los que vienen de frente, incluido yo. Debo esperar a que el grupo de

hormigas humanas trabajadoras que se acercan por las tablas, pasen

primero. Éstas son de un metro de ancho a lo sumo. Algunos tipos

deciden lidiarse con el barro y el cemento. De manera perentoria, mis

contrincantes, acechan sus pasos hacia el frente, un lugar el cual,

desconozco su destino. Al pisar la primera tabla me hundo. Las ramas

de tablas unidas por torretas diminutas de azulejos, no me parecen lo

suficientemente firmes, y se hunden levemente, recordándome algunos

momentos de mi niñez...

Mis pantalones a la altura de las rodillas, mis costras en las

mismas, energía por doquier, ojos de quererlo todo aprender. E

imaginación suficiente para ir de exploradores por los montes

cercanos. Intentar perdernos, creernos el Indiana Jones de ahora, que

no existía por aquella época. Escalar montañas rocosas. Subirnos a

higueras y merendarlas, y cruzar riachuelos por tablillas llenándonos

de un peligro mortal que no existía; creer haber vivido en aquella

tarde la mayor aventura del mundo, en otro universo, cuando no

habíamos estado a más de un kilómetro de distancia de nuestra casa...

Precisamente ahora, creo estar en esas primaveras; nueve años, y

siendo un súper héroe de selva atravesando un puente largo, que posee


51

debajo el abismo infinito. Con mis pasos suaves, mis botas marrones de

cuero falso deseando huir de ese entablado complicado, y con el

pensamiento lejos de esa realidad, transito por esas obras tan

azoradas.

Y mientras mis huellas se pierden por el suelo descompuesto, los

conciudadanos avivan su paso, porque el viento ya no es escrupuloso y

golpea cada cuerpo con ferocidad. El mío ha sido atacado en los huesos

de las piernas y de la mano. Mi cuello áspero, rugoso y encogido, teme

dañarse y, que la garganta dentro de unos días ponga peaje a los

alimentos, bebidas y excesos.

Cuando uno franquea durante minutos zonas menoscabadas y que hacen

a uno el paseo incómodo, su ira y enfado, van criándose con

parsimonia, y la sensibilidad de que el enfado interior salga a la

calle, crece. No obstante, la calma llega cuando tu senda empieza a

apaciguarse, te sientes más solitario, la acera engorda, y los pasos

llegan a suelos rígidos.

He llegado a esta parte de la gran vía, donde lo peatonal

prevalece sobre la carretera. El espacio es enorme, y la gente camina

de modo más holgado. No muy lejos, unos violinistas adornan la calle

de un sonido galáctico; suena bien. Son tres.

La historia nace en cualquier instante. A veces cuando la buscas,

y otras, cuando no. Mi caletre gandulea ante la delicia del caminar

por aquí, siento el frío, respiro, estoy y me percibo vivo. Los

árboles agitan sus ramas, tiritan tal vez.

¡Paf!

Lo siento.

Han sido dos segundos; uno de dolor, y otro de dos palabras que

formaron una frase, la cual no me dice nada. Mientras, el dolor en el

brazo derecho aún brota con perennidad. La señora vestida de rojo y

gránate ha colisionado mi extremidad con saña, ha seguido con su bolso

a la izquierda y ese caminar saltarín. Yo he acabado de perfil en la


52

acera, viejo, encorvado, tal vez encogido, mirándola con odio, y

preguntándome qué le habré hecho yo.

Me siento en el banco con un esfuerzo sublime, ¡malditas

extremidades! Me adoso suave, y cuando me he acomodado, saco la

libreta y apunto. Lleva una falda roja, ceñida, que rubrica su adufe

redondo y esbelto. Su camisa gránate infundada en su especie de

cuerpo; muy encogido por la cintura, y como un abanico bien extenso a

la altura de los hombros. Un pelo largo, pero recogido, a juego con la

ropa y adornado de una cantidad incalculable de horquillas. Y entre la

multitud agitada, paseante, ya se le confunde. Trazando letras

cansinas, diminutas y oscilantes que dan vida a frases y a mi próxima

historia, mana un evento que me asusta, máxime a esta edad. Mientras

el río humano sube y baja, yo, prosigo sentado, con las rodillas

juntas, con el sosiego circulando por mis piernas, y el cuerpo en

posición fetal. El viento frena en mi rompeolas, y de un soplo, brota

la primera gota de agua que yace en mi libreta. La lluvia cambia

muchas cosas. Una gota se aferra a mi pelo gris, grasiento y bien

peinado desde esta mañana. Otra gota en mi chaqueta, otra en mi

libreta de nuevo, esta vez en la portada verde oscura, otra gota,

otra. Uno el bolígrafo a las anillas, y entro en la riada de hormigas

humanas que caminan temerosas por las orillas de los edificios.

Reaparecen los escudos de tela impermeable sobre los cerebros

pensantes, y todos se agachan un poco y caminan como si los paraguas

fueran su defensa.

Bajo mi cuello, al igual que el caracol se esconde en su caparazón

ante la lluvia. Elevo mis hombros, meto las manos en los bolsillos,

busco el calor, y me fugo de la humedad que pueda darme una pulmonía

mortal, o un futuro de vida yacente entre mantas y un somier débil.

Durante segundos yerro indeciso, temeroso, con duda y dolor, con

el flequillo apresando poco a poco mi frente, con gotas circulando


53

entre mis cejas para llegar hasta la cumbre de mi nariz; es un

chaparrón. Se veía venir, pero yo nunca llevo paraguas. Desde chico

era algo que odiaba, y ahora, lo echo en falta. Un señor no se quiere

quitar de la orilla del edificio que nos cubre de los celajes oscuros

que arrojan lágrimas, ácidas quizá. Yo me detengo y él, finalmente

prefiere rociarse un poco al percibir mi paciente quietud.

La librería se ve lejos. Una chica joven con falda fugaz de tinte

negro, retira un letrero de cartón, lo eleva a dos palmos del suelo, y

mi aguda vista recibe la información:

La presentación de un nuevo libro que narra la historia una

familia que ha dado la vuelta al mundo en barco; la familia es vasca,

y el autor irá a esa misma librería a firmar ejemplares.

A la librería accedo por un desnivel de goma, con relieves

lenticulares para que los clientes no patinen al entrar. Dentro el

tintineo de las gotas deja de ser protagonista, y los supuestos

amantes de libros, lectores y curiosos, caminan despacio por los

circuitos, previamente construidos de manera estratégica. Mis pasos

que habían cogido un ritmo vivaz, se frenan radicalmente. Me retiro el

flequillo y observo la cantidad de libros que bullen de las baldas, de

pie, en las mesas, tumbados, y en el suelo, tumbados también pero

formando columnas hasta la cintura.

Me sacudo los hombros, están muy húmedos, han llegado a afectar el

jersey, aunque más el izquierdo que el derecho, no llego a sentir del

todo la humedad en la piel. Camino, levanto un par de libros, y al

igual que cualquier cliente, lo giro y miro la cubierta adversa; la

cara del escritor y una sinopsis breve, a veces muy mala, y otras tan

acertada. Miro a la derecha y mis ojos descubren ofertas de

celebridades. Escritores que a lo largo de las épocas dejaron huellas

importantes en la imprenta. Y ahora en este comercio, varias

editoriales vuelven a contribuir con sus escritos, y los suministran a

buen precio. Obras selectas, dice el cartel; a 1995, o 1495, o 995


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pesetas. El precio obedece a la calidad de la cubierta y del papel;

dependiendo de si es reciclado o no, y, de si la misma portada citada

antes, tiene dibujos, colores, o si es totalmente lisa, sin relieve

alguno y de un color pobre. Aparecen nombres como los de

“Dostoievski”, “Shakespeare”, “Tolstoi”, Españoles como “Antonio

Machado”, o el gran poeta chileno “Pablo Neruda”.

No llego a ver más rúbricas. Y no sé si debido a una mala suerte

persecutoria, puro destino o coincidencia, pero vuelven a asestar un

golpe a mi hombro. Esta vez la imagen es familiar: Su pelo corto, sus

ojos negros, tímidos, azarados. Su cara delgada, con los pómulos

lánguidamente acentuados, la barba escasa, como césped recién

sembrado. Los labios juntos, arduos y, dibujando unos hoyuelos en

ambas vertientes de su cara. Su trenca, su collar, y su libro gordo

entre la mano; una de las obras selectas que habíamos comentado antes,

cogida de la zona cosida con su palmo izquierdo.

-Lo siento. –El bisbiseo es suave, pero lo oigo.

-No importa.

Consigo cederle el paso, pero el chico se entretiene con el libro

que toma entre sus manos. Miro su mano izquierda y observo una alianza

de plata, ¡oh! Me llega al corazón sin discernir bien porqué. Y en el

mismo momento que voy a darle la espalda, algo del interior, como un

hervor desde la punta de los pies viajando dirección al corazón y

destinado al cerebro, me sobresalta. Mientras, el silencio adornado de

un hilo musical poco más o menos inexistente, se olvida de mí.

-¡Oye! Chaval, me gustaría charlar contigo.

La trenca le llega a las rodillas. Oculta parte de los vaqueros, y

mientras examino sus prendas, él, me reconoce y se aleja acercándose

al mostrador y desmarcándose de mi frente. Un regateo perfecto,

mirando de soslayo el hueco de gol.

-¿Qué?
55

-El otro día, en la fotocopiadora yo encontré algo tuyo. -Rasgo en

el bolsillo impaciente, nervioso.- Este papelote... –el anillo de

viudo se tropieza con el borde, pero finalmente mi mano llega al

fondo; vacío, claro. No recordaba que el impreso ahora descansa en mi

piso, en la mesita de madera del salón.- ¡Uy! Lo olvidé, ¡qué memoria!

No importa, chico, porque sabes de qué te hablo ¿Verdad?

Me acerco para no tener que elevar la voz.

-No, no sé, lo siento.

El chico pasa hábil por mi derecha, por la franja espaciosa que

había proyectado. Me hace girar, y deja el libro gordo en otra torreta

de libros, a las cuales no pertenece.

-Sí sabes, yo cogí el papel, estaba en la fotocopiadora, venía un

número de teléfono...

-Lo siento, se equivoca. ¡Déjeme en paz!

Sus pasos se pierden por la vereda que marca una de las mesas que

tiene todas las novedades. Yo intento ir tras él, convencerle de que

no se vaya, pero no se me ocurre nada.

-No me trate de usted. –Pero mi voz suena perdida, susurrada y

sin ganas.

La trenca sale fuera, sube la rampa, y las menudencias de agua le

asaltan su corta cabellera, se guarnece con el gorro del abrigo y huye

por donde yo vine.

La dependienta me mira, levanta los hombros, las pupilas a la par

que las cejas, aprieta los labios dejando el inferior en forma de ola

hacia fuera e inspira; yo no sé nada a mí no me digas.

Y tengo el mismo gesto que un novio al despedir a su chica en las

vías del tren, donde ella saca el pañuelo, le dice que se va y le

lanza continuos besos al aire con sollozos insonoros. El tren silba y

traquetea poco a poco, y él, -yo- quieto en el andén, con su mirada

helada, su cosquilleo en la tripa, hundido, ciego de todo lo que


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sucede alrededor, y sordo; no oye más que la respiración de su chica

que huye a otra ciudad. Impotente porque su alma viaja a otra región,

donde él no puede besarla. Entonces, el pañuelo ya ni se ve, la

ventana exacta en la que viaja su novia no se distingue, y la cuerda

de amor que vivía unida a sus corazones se estira, duele, y finalmente

se rompe. A mí no me salen lágrimas, pero sí me encuentro allí, frente

a un libro de “Leguineche”, impotente y un poco frustrado.

Mientras Vivimos es el último libro de Maruja Torres, Premio

Planeta, y el último libro que me he comprado. Después de la escena

con el chico de la trenca, he decidido comprarme algo para leer, y me

he decidido por esta mujer. Lo he hecho quizá porque el título da

vida, y, además, lo poco que he leído me ha hecho sentir bien, quizá

joven.

Las calles se han bañado, y los escudos de tela en este instante

únicamente trabajan de bastón corto. Mujeres hermosas salen de las

grandes firmas de ropa. Y mis ojos se embellecen de sus cuerpos

delgados, altos, blanquecinos y curvilíneos. La plebe y la nobleza, se

asemejan más, ambos cabalgan con sus pasos más oscilantes. Los trajes

de la mañana han extraviado su brillantez. Los párpados victoriosos y

ojerosos, persisten a media altura, los pies se desplazan doloridos, y

las rodillas, no las mías, insensibles a cualquier azulejo mal puesto.

Hay muchas parejas en los parques, hablan, se besan, vigilan al

perro en común. Hay muchos perros en los parques: Corren libres,

orinan libres, donde quieren, cuando lo desean evacuan sus excrementos

donde pueden, les dejan o quieren, y se rebozan por el jardín recién

cortado -abortadas las margaritas de la precoz primavera-. Otros no

corren, sino que avanzan a tirones de una cuerda que ahora puede
57

llegar a coger tantos metros... Del cuello van blandidos. Existen dos

tipos de paseos:

Uno donde el perro te hace el viaje a ti, él elige el camino a

seguir, como consecuencia de su altura, peso y fuerza. Otro en el

cual, definitivamente llevas al perro en brazos harto ya de esperarle.

Hay más coches y más cansados, más frenazos, más acelerones. Las

horas de trabajo que se acumulan en el organismo de cada ser humano ya

machacan el cerebro, convirtiéndolo en furor, ira y estrés. Los

parques, la urbe, se acicalan de un cielo de gris plata que, tras la

lluvia ha dejado salir al sol en un resquicio que baña una silueta de

luz toda la calzada, y gran parte del edificio de uno de los bancos

más importantes de España. El trapecio comienza en la acera, -donde mi

chaqueta comienza a perder botones abrochados- y termina en la

cristalera de algún ya desierto despacho. En los parques el sol,

regalando sus rayos pinta las hojas de los árboles con un tono

clorofila, las primeras flores ya poseen sus pétalos, aunque aún no se

envalentonan para regalarnos su hermosura; dormitan encogidas. No

llueve, pero podría hacerlo nuevamente en cualquier instante. Mi

cabellera se seca, y me encuentro a gusto, aunque otra lluvia antes de

llegar al hogar sería desmesurada, puesto que los huesos todas las

noches se me resienten, y dos chubascos rezumándome, no me dejarían

dormir, acumulándose en mí un descomedido cansancio.

Me encanta pasear despacio, sentir que mis zapatos traspasan el

tacto de los azulejos, sentir que vivo, que respiro, que el viento me

acaricia o me azota, que el mundo se mueve mientras yo estoy quieto,

de pie, y los puedo mirar sin que ellos sepan lo que estoy pensando.

Quiero disfrutar demasiado del lustro escaso de vida que me pueda

quedar. Sé que aún, durante unos cuantos amaneceres al despertar, voy

a divisar en el cielo el gran ojo de fuego que baña al cielo de añil,

de un celeste albino, de aluminio, o de plomo. Y al alzarme de mi

catre, quiero otorgar a mi talle una altura que siempre tuve desde la
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madurez. Y sé que aún, me quedan días para brindarme un caminar

descalzo por el frío suelo de mi piso, siempre acompañados de mis dos

pares de calcetines. Y a posteriori, lavarme la cara y sentir el agua

fría en los poros de mi seca piel. Quiero sentir todo eso y olvidar

que vivo solo, que soy viejo, y que nadie me recordará en mis

artículos cotidianos cuando acabe empaquetado en puro roble. Estando

vivo, deseo reparar como mi corazón aún puede enviar cosquilleos a los

rincones de mi humanidad, y hacerme sentir que “soy luego existo”. ¡Lo

adoro! Únicamente quiero vivir, sentir mi organismo aquí en este mundo

contemporáneo. Y todo, sé que no es lo mismo sin mi Carmen, y si sueño

tampoco creo que la vuelva a ver jamás ni en el cielo ni en ningún

sitio, -soy ateo-, porque me pelaron mucho el culo a través de los

años para creer en paparruchas. Y, a pesar de saber que no tendré

paraíso alguno, no nace en mí el miedo a dejar de respirar. Aunque

sigo queriendo vivir.

Los ancianos se acumulan pegados unos a otros en el parque. No

conozco a ninguno de esa tanda que está apilada en unos alzapiés. Dos

llevan bastón, dos calvos, rugosos como yo, ropa de punto; chaquetas.

Y pantalones de tonos oscuros y vaqueros.

El frío pasa como espolones de hielo. A veces mis manos sufren en

exceso, y el escaso intersticio de cielo azul que han dejado las camas

de los dioses, no es suficiente para el sol, y el viento viene

helando, y mis manos quieren ahorcarse de la muñeca, y no consigo

convertirlas en unos puños. Mi chaqueta intenta atrincherarlas en los

dos bolsillos, cerca de los riñones, pero son tan menudos, que me es

prácticamente absurdo intentarlo. Además, en el izquierdo viaja la

libreta, y junto a ésta, un bolígrafo; mi mano luego, debido al

pequeño espacio no se puede atrincherar del frío en esa faltriquera. Y

a pesar de que la derecha está vacía, tampoco cubre toda mi mano. Por

lo que desisto, las dejo firmemente tensas, y con medio cuerpo fuera,

frente al viento frío. Avanzo encogido, y cuando paso por delante del
59

banco, apurado, ellos saludan a pesar de no conocerme de nada; “creo

que querrán decir algo así: Ahí va, es de los nuestros, ¿sabéis? Un

saludo”. Me irrita, pero imito respondiendo con un “bueno” largo. He

levantado la cabeza como si hubiera subido un badén de golpe con un

coche, y la he vuelto a bajar, siguiendo mi sendero empedrado,

despacio y observando todo detalladamente.

Cuando llego al final del parque me encuentro con mi vecina, la

directora del periódico local. Es una casualidad prolongada. Ella

lleva una rosa en la mano y un libro en la otra. Lleva una falda larga

hasta la altura de los tobillos, una chaqueta con dos botones

desabrochados; tan coqueta ella como siempre. Una sonrisa prefabricada

desde pequeñina, y un andar sensual y ensayado durante su largo

trayecto en esta vida.

-¡Miguel! –Exclama tendiéndome dos besos.- ¡Qué bien te veo!

Me roza su mano por el hombro mientras con la otra abraza el libro

y la rosa.

-Dando un paseo –musito con la voz cansada cuando sus labios

aterrizan en mis mejillas.

Huele a un aroma femenino y joven. Su pelo largo y liso. Su piel

de un tono caoba. Sus ojos azules como el cielo de un verano

televisivo. Me mira, sonriente con su mano en mi brazo, justo debajo

del hombro. Hubo un tiempo en que esa parte de mi brazo tenía fuerza,

y solía abrazar a Carmen y cogerla, llevándola con un vaivén por el

pasillo de nuestro piso, y posarla en la cama como si fuera un tesoro

frágil y precioso. Y la miraba con ojos de cordero, y besaba sus

frescos labios. Entonces acabábamos haciendo el amor y durmiendo

abrazados hasta que el sol nos llamaba a la ventana con sus duendes en

forma de luz.

-¿Cómo lo llevas esta semana? Estoy muy contenta con tu trabajo,

te juro que todas las semanas me sorprendes, ¡eres todo un cielo,


60

Miguel! –Me acaricia el brazo arriba y abajo y finalmente vuelve su

mano a la rosa ondulada.

Mi vecina no tiene edad para mí, pero tenga la que tenga se

conserva muy bien. Debajo del maquillaje está su cara. Sus pestañas

siempre van acordes con su sonrisa; un gesto que va vestido siempre de

un gránate suave, y que resalta ante el rubio claro que cae hasta bien

entrada la espalda. La vida le dio un cuerpo delgado para su edad,

unas posaderas redondas y unas piernas siempre ocultas tras una falda

larga como la de hoy o, unos pantalones anchos.

-¡Me halagas! -Bromeo- Busco otra idea hoy, en esta tarde, en un

paseo.

-Mereces más, ¡de verdad! Que eres un cielo.

-Tú también estás hermosa -ironizo.- ¿De dónde vienes?

-De la feria del libro, me regalaron una rosa y compré este libro.

Me muestra la rosa a la vez que extiende aún más su sonrisa. Luego

el libro, que me lo tiende en mis manos. Con la mano que acariciaba mi

hombro muestra la rosa, la cual baila de un lado a otro entre sus

dedos.

-Está bien, lo leí hace años, no recuerdo muchas cosas, pero sé

que prendía. –Se lo vuelvo a dar, y ella lo vuelve a mirar, por

delante y por detrás. Satisfecha me mira y me roza con el libro en el

otro hombro.

Es un libro finalista del premio Nadal en 1992. De Jesús Díaz.

“Las palabras perdidas”. Trata la vida de tres chicos jóvenes amantes

de la literatura, recuerdo poco, pero sé que me gustó.

-Bueno, jovencito, -ironiza.- marcho a casa, que he de esperar a

Carlitos que vendrá de Karate enseguida.

-¡Ay! Estos chicos de hoy –le digo- pero si se divierte, qué le

vamos a hacer.

-Eso digo yo.


61

Me regala otros dos besos y de nuevo su aroma invade mi olfato. Es

un néctar adorable.

-¡Cuídate! ¿Vale?

-Lo que desees –le digo dejándole pasar e invadido de una sonrisa

nítida y perenne.

Los encuentros con mi vecina mudan el mal humor a cualquiera. Una

vez desprendida su fragancia, mirándome de soslayo y sonriéndome, se

pierde entre los diversos caminos del parque; el empedrado, el

reclutamiento constante de los bancos, y frente al sol que ya quiere

dormir.

Mi casa ya no queda tan lejos. Desde aquí a cinco minutos, seis si

un semáforo de peatones que he de cruzar obligatoriamente según la

orden, permanece en rojo un minuto.

Ha sido una tarde especial, crece este crepúsculo de finales de

abril que cede el paso a la noche con su luna redondita, sus estrellas

resguardadas por las nubes negras, y el viento, que danzará solitario,

libre y frío por las calles de este pueblo tan peculiar.


Acongojadas y sujetas unas con otras se hallan las estrellas en el

cielo, ocultas y jugando al escondite. La mirada mía cegada como un

televisor sin destellos. Mi ser supino en el sofá hundido, con el

trasero mío yerto, perdido en una muerte que espero lejana. Y mis

piernas tiesas y descansadas en la mesa cuadrangular del salón.

Duermo, sé que duermo y que despertaré antes de irme a la cama. El

salón vacío al igual que mi apartamento. El aroma a viejo; sudor. Es

un olor tan rancio. Un suave hedor a basura, la que no he tirado desde

hace dos días y que descansa en un rincón de la cocina.


62

Habitan junto a mis pies los restos de una cerveza que ya no está

fría, y unas esquirlas de filetes acurrucadas en el borde del plato

junto a un tenedor y un cuchillo aceitosos.

Un sueño que se extiende por años atrás de mi vida, cuando sabía

sumar, sabía tratar con la gente, era paciente, advertía mi gallardía

y fui capricho de mi compañera de trabajo, la cual intentó tentarme

más de una vez para que engañara a Carmen. Pero el sueño no se regodea

con esas imágenes. Lo único que fantaseo es que vuelvo allí. Sin

embargo, esta vez soy viejo. Las colas de gentes sin final que vienen

a poner su cartilla al día o a ingresar dinero, tal vez a retirarlo,

no se enfadan conmigo al percibir mi torpeza, todo lo contrario, se

ríen porque no acierto a hacer nada derechas. No sé hacer nada, no lo

recuerdo. Las teclas del ordenador se escapan, y cuando quiero darle

al intro, no ocurre nada, ¡es horrible! Y el sueño se vuelve pesadilla

cuando en ese instante el jefe se acerca, me coge del pescuezo y me

eleva por los aires como si fuera un can pequeño. Encojo hasta

convertirme en un fantoche al tiempo que el director me lleva fuera

apresado de la chaqueta. Mi metro setenta se ha quedado en menos de

setenta; soy un enano que sale del banco por los aires sujeto por la

grúa de mi jefe, el cual, sin reparo alguno abre las dos puertas, me

deja caer en la acera gritando: ¡Y no vuelvas!

¡Ay qué dolor!

Una lágrima gira por la vertiente de mi nariz, y llega a mi labio

superior. La noche vive ya en esta ciudad. Y yo que me dormí en el

sofá; un lugar incómodo para cualquiera, y martirizador para un viejo

como yo, despierto soñolientamente en esta madrugada. Mis pestañas se

soldaron, aunque al igual que unas persianas desengrasadas suben a

trancas y barrancas. Y brotan mis escaparates apoderándome del aspecto

de un hombre vivo. Igual algún día no puedo volver a abrirlas y he de

cerrar el negocio, si bien antes, me gustaría liquidar todo el género.


63

Debiera dar comienzo a un dormitar con los ojos abiertos, no cerrar

jamás el comercio, para que la persiana nunca se encasquille

inalterablemente

¡Ay, es horrible el dolor en espalda y piernas!

La tele se desconectó gracias al sistema de auto apagado. El reloj

de agujas situado al frente, en la pared, sobre la televisión, marca

la una. Es muy tarde para que yo esté aquí deambulando, quieto y con

los ojos abiertos mirando al frente sin percibir más que recuerdos que

a veces olvido antes de llegar a sentirlos.

Retiro las piernas de la mesa, aún se alojan en mi cara dos

lágrimas. E intento erguirme con la mayor dignidad. La noche no es tan

oscura, puede que comience a venir el verano, ya que veo a la luna

sonriente vigilando y reflejándose en una de las dos ventanas de mi

salón. Esta sola, sin nubes, escasa compañía de estrellas, y viaja en

cuarto creciente, amarillenta y sucia. Cuando comienzo a andar por la

alfombra, con mis dos pares de calcetines sucios y mal olientes, -lo

sé aunque yo no lo note-, encuentro el papelote en el que no había

incurrido. Pero prefiero ignorarlo por hoy y quizá por siempre. Sería

lo idóneo.

A paso suave quiero ir a mi cama, tumbarme y dormir. Mirar las

ideas del cuaderno antes, desde la cama y, finalmente jugar a la

ruleta rusa del sueño de este ya viejo de sesenta y siete años. Igual

esta noche me toca el sueño eterno y mañana no despierto. Lo que más

me entristece es que podría quedarme días aquí encerrado en este piso

hasta que algún vecino denotara mi ausencia y el olor a podrido

conquistara la escalera.

¡Qué silencio! El armario golpeado, se instala en mi niña del ojo

junto a la cama deshecha. Hace meses que no veo la cama de matrimonio

con sus sábanas extendidas, con su almohada mullida, su edredón bien

acurrucado a cada una de sus formas. ¡Demasiadas noches! Creo que la


64

última vez fue aquel día después de reyes, en el que Cristina vino por

última vez (sola claro está) para invitarme a vivir con ella en

Castro. Antes de acabar a gritos, y yo llorando tras el portazo de

ella, me hizo la cama y me fregó unos cubiertos en señal de amistad.

Cuando luego detectó que yo seguía en mis trece, dejó todo y empezó a

regañarme, a llamarme cabezón, huraño, mal padre y una larga lista de

adjetivos despectivos que o no recuerdo, o no deseo resucitar.

La alcoba de nupcias siempre es tan romántica y tan íntima.

Sentado en mi sillón de ordenador, donde escribo, me sitúo en aquella

noche, en la que podía verla a ella vestida de blanco como la mejor

novia. El traje había terminado la fiesta arrugado, ¡ay me llegan las

imágenes! Sí, recuerdo que la posé en esta misma cama, -mientras

anhelo, no me puedo retener sentado y me acerco a la ventana, la abro

y miro la noche silenciosa, desierta y especialmente fresca- ella

tenía la piel lisa, del tono del alba, y un rojizo débil en sus

carrillos. Los ojos cristalinos del champán y las copas al igual que

yo, que iba con un traje negro. Tan joven y tan delgado estaba; tan

terso. Ella me invitó a que le bajara la cremallera y yo acepté, como

buen caballero. Una espalda lisa, floreada de lunares y embellecida

por el sedoso relieve de su apaisada espina dorsal. ¡Qué sería de un

cielo sin estrellas! Se despojó de su vestido mientras yo me

desabrochaba la camisa... Ella tenía el cuerpo de una sirena; delgada,

piel suave, pechos como flores de primavera, grandes, fuertes,

uniformes. Su abdomen liso, un ombligo bien curtido por el doctor que

se lo zurció. Y yo allí, viendo aquel cuerpo de ninfa en la cama que

hoy vive sola. Fue ninfa hasta en el día de su viaje al cielo en el

que ella tanto creía. Nunca fue una mujer robusta y, siempre poseía en

su cara ese gesto que a mí, en esta noche de hoy memorándola, aún me

enamora; esas cejas rubias y ese beso en los labios que hacía de mi

corazón un peligro total a mi vida.

Por qué no he de llorar. ¿Por qué?


65

Los edificios recuerdan al hogar de los muertos. Las ventanas se

atrincheran de persianas bajadas. La ciudad está conquistada por

millones de respiraciones suaves que merodean en sueños tan diferentes

unos de otros. Mi calle larga pernocta llena de edificios, todos ellos

construidos hace más de veinte años, la mayoría de a pie, (sin

ascensor) y suelen tener escalones de madera, ya viejos, algunos

recién barnizados, pero nunca insonorizados del rugir que braman

cuando se les prensa con las suelas. Me gusta sentir la soledad de

esta calle. Me reclino en el marco, miro al fondo de la calle, a ambos

lados. Viento dulce, frío y solitario rasga las paredes enladrilladas.

Se cuela por las celdas de los balcones, por las prendas que marías

han colgado en un tenderete comprado en la tienda que Anita la gordita

de los trillizos, la vecina del primero, abrió hace ya casi una

década. Realmente parece que en este pueblo se respira paz. No me

llega el sueño. El dolor de mis articulaciones se ha ido durmiendo con

el paso de los minutos, y enhiesto, plantado en una alfombrilla que he

arrastrado desde el lado derecho de mi cama para colocar mis pies y

aislarlos del frío, sigo imaginando un pasado que siempre me fue mucho

mejor. Prolongo la escucha del silbido casi mudo de la calle. Siempre

se oye algún vehículo lejano circular y, los primeros grillos del

verano. ¡Que sonido más hermoso! El de la muerte del día; coches en

coma que imagino aparcados uno tras otro, árboles que respiran

humanamente, y el viento frío segando el deambular de los glóbulos de

mis brazos, que me enrojece mi pelada y robusta nariz. ¡Qué hermosa

noche!. Abandonado por el sueño quiero seguir deleitándome del

silencio, el que no quiero que me llegue una mañana justo después de

haberme acostado.

Entonces, pasos azotan al suelo, los oigo. Son los vampiros de

esta noche que aún vuelan por la avenida. Ya veo las sombras largas
66

que las farolas dibujan en el adoquinado. Se escurren sus siluetas

con un pasó asiduo, y se dirigen a mi portal. Tras ellos, a unos

metros, alguien les sigue más despacio.

¡No! ¿O Sí?

Asoma la cabeza otro chico que, antes se ha ocultado en la cueva

de un pórtico. Los dos chicos en fila india prosiguen el camino a mi

portal. Un ritmo vivaz y sin tregua, les coloca a uno delante del otro

con la cabeza gacha frente a la puerta de la entrada. Abren, y se

pierden de mi acecho visual. Intento inclinarme más para saber quienes

son, pero no puedo, mi cuerpo no es joven; mis costillas se pudren y

están más débiles; encarcelan mis pulmones y mi corazón, y no quiero

que éstas los aprisionen.

El chico,

-¡Es el chico de la trenca! –Vociferó tímidamente.

He vivido coincidencias creadas, sobre todo con mujeres a las

cuales deseaba. Y he tropezado con azares no creados, a los cuales

nunca hallé razón; uno de ellos el presente. Y es que soy muy viejo

para admitir que existe el destino premeditado.

La noche, las farolas, y Carmen, que me invitó a asomarme a la

ventana, me enseñan ahora su andar. Viste la misma trenca negra, y

también, creo atisbar que le acompañan varios papeles bajo las axilas.

Me pregunto si es verosímil su presencia, si estoy soñando, (me

pellizcaría) o he muerto y estoy en el purgatorio viviendo la última

novela de mi vida. Dicen que las historias siempre están llenas de

coincidencias, que el mundo es un pañuelo, que la vida te da

sorpresas. Lo notificaban en una película magnífica: “La vida es como

una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”

Camina despacio con la única presencia de la abandonada calle

junto a sus aderezos. No se ha percatado de que estoy arriba; nadie lo

ha hecho. Las ventanas de los cuartos no son estrellas que encandilen.

Noche lóbrega, y, si rastreo un vistazo por las pupilas de los


67

edificios, es mi estrella artificial la única luz de toda la calle,

tal vez.

¿Qué hace a estas horas en la calle?

Seguía a...

Oigo pasos, conversaciones. ¡Son mis vecinos! Mi intelecto en lo

referente a la asociación de personas, ideas u objetos, vuelve a

fallar. Sólo lo veo evidente en este momento, cuando sus voces inundan

la escalera muda. Sin cerrar la ventana marcho sigilosamente, descalzo

e intentando avanzar por todas las alfombras para que no cruja mi

parqué. El pasillo se me hace tedioso. Mis pantalones sin el cinto

bornean por mi cintura escuálida. Pese a que los pasos de los dos

chicos que suben crujen más que todo el ruido que yo pueda dar,

intento caminar con discreción. Vienen hablando en alto. ¡Pero qué se

creen! Me acerco más a la entrada sin conocer mis intenciones, si

únicamente vigilar o, si salir y discutir con ellos por las voces que

vienen abofeteando a altas horas. No quiero ser un viejo verde y, sin

saber bien por qué, lo que realmente quiero es volver a la ventana a

columbrar que hace mi chico de la trenca, sin embargo, me quedo allí,

a dos pasos de la entrada, nervioso, y apocado por si descubren mi

vigía. El aumento constante del murmullo desapacible, no asusta mi

presencia al otro lado de la puerta. ¡Leches! Hablan en Euskera. Uno

le eleva la voz al otro, y éste, (esto sí lo entiendo) le dice con un

silbido suave que se calle:

-¡Shhh!

Los barrunto acercarse. Pongo un ojo en la mirilla y aprecio a los

dos: A Iker, ¿era Iker? Sí, di que sí; mi memoria gana adeptos en lo

referente a neuronas, ¡je, je! Estoy esbozando una sonrisa por

recordar su nombre y me encuentro un poco necio. Mirando por la

mirilla de la puerta con una mueca estúpida, en la noche eterna, me

he inclinado con el trasero hacia fuera y con los pantalones medio


68

caídos. Encorvado, advierto la carcajada que florecería si alguien me

viera en esta posición graciosa.

¿Y el otro? Un joven de pelo largo al que no tengo el gusto de

conocer. ¡Mierda! No, no puede ser. Quito rápido la mirada y ellos,

abren la puerta y la cierran. ¡Joder!

La imagen que la mirilla me ha regalado se regodea en mi mente de

manera continua. El detalle: La de una posible arma plateada en la

mano izquierda del otro chico; el del pelo largo. ¡Mierda!

¿Imaginación acaso? Nada más. Azota mi nervioso corazón en mi gastado

pecho. Respiro hondo para calmarme. Al mismo tiempo que la piel se me

pone de gallina, mis manos tiemblan de manera sucesiva. No logro

suprimir de mi cuerpo este acto nervioso que ha medrado porque creí

ver que llevaba un arma. El chico de pelo largo llevaba un arma.

¡Maldita sea! ¿Quién demonios ha venido a vivir enfrente?

Pasos rápidos me intentan devolver a mi alcoba, con el pantalón

sujeto por mi mano izquierda y azorado, emprendo de nuevo el camino

hacia mi cuarto. La cama igual: Sola. La ventana cerrada por el

viento. Y mi cuerpo distinto, muy nervioso y asustado. Abro el

ventanuco y me asomo a la calle abandonada, oscura y temerosa, porqué

no decirlo. El chico de la trenca no aparece en mi paisaje. Escucho

algo lejos, muy lejos, un eco que no quiero identificar, o intento no

escuchar. Esparzo otro vistazo a derecha e izquierda y finalmente me

alegro de que no siga en mi calle, ya que si le viera, me llenaría de

una tentación de bajar enorme, y no quiero abrir esa puerta de la

calle. Me aterraría ver a Iker y a su amiguito del pelo largo con el

arma plateada.

Corro las cortinas, dejo caer el pantalón al suelo, arrugado, al

lado de la alfombra. Saco las nalgas de mis ropas, me quito la camisa

y la camiseta de tirantes. Me recuesto bajo las sábanas y apago la

luz. ¡Qué silencio!


69

Duerme Miguel, es tarde, olvida Miguel, es mejor para ti. Y tras

oír un rato el silencio de este apartamento próximamente muerto,

duermo.

“FRAGMENTOS DE UNO DE LOS TEXTOS DE MIGUEL”

“La gente ha sacado a pasear las bufandas, los abrigos, los paraguas y, todo ante la paradoja

del cartel del “C.I” que anuncia a bombo y platillo la llegada de la primavera.”

“Veo padres y madres en casa, abriendo cajas enceladas, de cartón claro y, sacando guantes y

bufandas, los mismos que sacan una vez al año. Y se los tienden a los niños y al marido, que ya

ha bajado las cadenas de algún camarote, desván o lo que fuera o fuese.”

“Llegan a pie de puerto, y, la nieve que cayó durante la semana, en esos extraños, fríos y

testarudos días, los que se vivieron en la ciudad mientras grandes almacenes insistían con la

primavera, está allí, tumbada. Alguna nieve duerme en las campas, otra en las ramas de los

árboles, en las orillas de la carretera, en los tejados, en unos columpios desiertos, en escaleras

lisas, que han sido usadas como rampa de descenso por algún otro niño acompañado por su

familia...”
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“Los niños casi sin esperar a que su madre les abrigue bien, bajan, corren, y juegan a bolas,

entre todos hacen un muñeco: Con su nariz, con sus ojos, con sus orejas... Y cuando están

cansados, calados y fríos, no pueden más, entonces la mamá les da ropa seca, se cambian en el

coche y, ante el sonrojado sol, se toman una sopa que mamá trae del bar de enfrente; caliente.”

“Y antes en la urbe, miles de personajes urbanos maldicen el agua nieve, el frío, el viento”

“Y finalmente, cuando llegan, fríos, mojados y cansados, se duchan, se ponen al calor de una

estufa, mientras la incesante agua nieve sigue susurrando en las ventanas y persianas de las

casas.”

Artículos “Lo Cotidiano”


Los días se cumplen en esta ciudad. Aún despierto todas las

mañanas, ojeroso, cansado y sin sueño. Los amaneceres brotan ya con

menos frío y acompañados de mayor calor. Ahora que los días son más

largos vivo mejor, y mis paseos se extienden hasta las nueve de la

noche. Me siento en uno de los bancos interminables de la nueva

alameda que se circunscribe en la orilla de la ría, y veo anochecer;

cómo surgen las estrellas, la luna, y en el fondo, un azul marino

invadido pausadamente por la muerte.

Hace unos días monté en el metro, la gallardía me arribó gracias

al sol, los treinta grados, el aburrimiento, miedo y desconcierto

constante que llevaba en los bolsillos de mi cerebro esas fechas.

Acabé en Plentzia, un pueblo playero que limita con Gorliz, y poseedor

de un ambiente que rejuvenece mi alma vetusta. Me quedé mirando al mar

y, como en los viejos tiempos, escribí una poesía. La tinta del

bolígrafo fluyó en ese cuaderno de anillas y, tras varios minutos, los


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versos floraron como cuando el sol da de vivir a las margaritas en un

jardín verde de plena primavera. Uno de los versos se memorizaron en

mi abarrotada miente.

Aterrizar en la estrella
que abanica el viento...
Cada vez que mi arena
navega en silencio por tu cuerpo...

La brisa, la juventud y mis semejantes adornaban el desierto

playero. Las olas floreadas de salitre morían en la orilla, -Aquella

tarde sin castillos, o rompeolas de arenilla- y resucitaban en el

confín que cosía al sol, cielo y mar; tiñendo de un rojizo los

alrededores, y dando nombre a un anochecer delicioso.

Han pasado muchas semanas desde la última vez...

Aquí han mudado los aspectos sustanciales de hace una semana. El

frío, nos ha abandonado, o si aparece, lo hace de refilón y con una

timidez de protagonista. El cielo se viste de primavera, con su azul

claro y sus exiguos ropajes de algodón.

En este país o ciudad poco ha cambiado a pesar de que el partido

nacionalista ha ganado las elecciones casi por mayoría, o por lo menos

para gobernar tranquilamente. Se ha callado a la oposición pero, los

atentados sangrientos junto con los estragos de la “kale borroka”,

siguen acumulándose en los recuerdos de miles de familiares.

Yo no fui a votar porque me siento un poco maqueto, por haber

nacido en Alicante un verano caluroso del treinta y tres, y nunca

haber aprendido el idioma vasco. De ningún modo abordé la nacionalidad

de este pueblo, al igual que nunca me identifiqué con las tradiciones,

ni bailes, cantos, o deporte. Siempre me parecieron abúlicos los

bertsolaris, respetados a la vez. Nunca he aguantado un partido de

pelota, cesta punta o cualquier derivado que mane de esa bola tan
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minúscula que no alcanzan a percibir mis ojos. Y a los únicos que

acabo viendo son a los dos hombres corriendo en un frontón. Así que,

debido a mi escasa avenencia con este pueblo, escogí pasar el día

escribiendo mi artículo de la semana, oyendo el fútbol, y leyendo la

novela de Torres.

Y, sin embargo, no es tan fácil el asunto. Porque aquí puedes

ignorar la vida de un vasco que quiere la autodeterminación y con ello

la independencia. Puedes sentirte extranjero no siéndolo, caminar por

la gran vía, hacer de cada día uno más, y vivir. Lo sé. Porque la vida

aquí manteniéndote al margen y con sino –suerte-, te puede transcurrir

sin que llegues a lamentarte de ningún acto vandálico. Tal vez se

trata de descubrir sitios y momentos estratégicos. Quizá con eso

puedes vivir todos los años de tu vida sin tener un altercado con

nadie, ni atentados, ni cócteles molotov.

Hace poco hablando con Luis, Nacionalista moderado, (cada día más

moderado) me decía que en toda su vida, jamás había sufrido de cerca

unos altercados radicales. Lo más cercano que había visto quemarse

algo, había sido por la tele. Lo más próximo que había oído explotar

algo, había sido por la tele, y lo más cerca que había sentido morir a

alguien, había sido por la tele. Y Don Luis vive en el mismo País

Vasco que tanto mal posee, y en el cual yo vegeto. Nunca tuvo la

sensación de que ETA circulara en sus vidas. ¿Ha tenido fortuna hasta

el día de hoy?

Los altercados existen, y entristezco con mi edad al pensar que

moriré sin poder hacer nada y sin percibir una solución clara para

este gran hermoso pueblo.

Yo tuve el primer trato con esta banda a mis cincuenta años. Fue

el último a la vez. Cuando sentí la presencia de los encapuchados

mirando mi figura dentro del autocar, sentí arder en ese mismísimo

lapso de tiempo que duró nuestra comunicación visual. Quisieron

incinerarnos dentro de un autocar:


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Recuerdo que bajábamos por Hurtado Amézaga; una avenida ancha que

lleva a la Plaza España. Antes, numerosos de los altercados que se

producían, concluían o se iniciaban en esta Plaza. Hoy en día lo

desconozco, sobre todo porque he decidido no saber de esas noticias

para no perturbar mi cólera. Esta plaza es peatonal ocasionalmente en

fiestas de Bilbao, noche vieja, y cuando surgen estas reyertas. Cuando

uno vuelve en autobús a casa es, o porque no tiene coche propio, o lo

tiene pero prefiere ahorrar en gasolina, o en tiempo a la hora de

buscar aparcamiento. Yo lo hacía por todas las situaciones citadas.

Viajaba con un libro entre las piernas, tan aburrido que llevaba a mis

ojos periódicamente hacia el atrezo callejero, o a los personajes

caminantes ignorantes de la estancia de los siete individuos que

tenían como destino su casa; unos para tumbarse en el sofá, otros para

dar de comer a su niña, ¡qué bonita! Y otros, con la idea de realizar

actos que desconozco.

“Arrellanado en esta terraza tomando una cervecita fresca,

añorando mi época de juventud, y mirando su rostro entre lágrimas,

puedo revivirlo...”

La niña que me sonríe crea un palmoteo con sus manos y carcajea.

En ese instante el transporte frena brusco. Siete personas miran

primero al frente, seguido al suelo, y finalmente oprimen sus riñones.

Yo, que seguía con el libro entrecerrado y reposado sobre mis muslos,

lo pierdo bajo el asiento delantero. La niña que seguía sonriendo,

cambia su rostro por el de la incertidumbre. La madre que movía el

carro con una delicadeza aprendida a través de los días, trata de

mantener la compostura y la verticalidad. Dos jóvenes con dos

mochilas, que bien podían venir de entrenar y, haber acabado como

futbolistas del Athletic, curiosean entusiasmados con los rostros

pegados en las lunas laterales del autocar. Y dos señoras que

cuchicheaban entre ellas desde que yo había empezado a leer la primera

página de mi tostón de libro, se silencian. El conductor tira de freno


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de mano. Coches salen despavoridos por ambos lados. Veo un SEAT panda

rojo al que le chirrían las ruedas, y se pierde entre más coches y los

guerrilleros de a pie de este pueblo. Se abre la puerta delantera, y

la conversación yace lacónica. El de la capucha dice, ¡salgan! El

conductor, ¡tengo pasajeros! Yo me elevo para ver que sucede, y en ese

instante un desconcierto entre los individuos de la banda acarrea que

un bárbaro inhumano tire un cóctel, que entra destrozando la ventana

de emergencia, llenando de humo la diana del autocar y rajándome al

brazo. La sangre comienza a manar por mi camisa azul oscura de una

seda especial, rajada ahora, si bien no es lo que me importa, porque

entonces, la quemazón derivado del dolor me hace aullar. En un

instante el cristal cae al suelo, el humo crece, y no puedo ver más.

Los gritos estallan, el fuego comienza a correr y a crecer; porque el

plástico arde mucho. Junto con el plástico la madera de los asientos

y, cuando me quiero dar cuenta, estoy saliendo por la puerta de atrás,

con el brazo sangrando, con la otra mano sujetando el carrito de la

niña y la madre frente a mí. Se agrava la temperatura, sudo por ella y

por la herida. Me mareo. La niña hace saltar lágrimas dentro de mi

corazón. Su carita mofletuda, rojiza de tanto berreo, sus ojos

cristalinos, y el débil corte en la barbilla acompañado de un diminuto

cristal que le había usurpado la piel, consienten visualizar arroyos

de sangre que surcan su cuello. Al principio nos alejamos del fuego,

luego exacerbado de odio, grito que son unos salvajes. Fuera de mí les

insulto. Con lágrimas en los ojos y el brazo sangriento, vocifero

mientras conciudadanos me agarran vigorosamente. Y por otro lado, una

de las señoras era apagada literalmente en el mismo asfalto. Gritaba

de dolor, y poseía quemaduras que le sellarían parte de su vida. Los

dos jóvenes, al igual que la niña y yo, tenían cortes en los brazos,

cara y piernas. El susto había terminado. El odio se había acrecentado

a esa banda guerrillera que abandonaba ya la zona de ataque. Los que

no abandonaban, más bien comparecían, era la policía; tarde y mal.


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Poco después las ambulancias, los bomberos, luego la calma, y al fin

la meditación sobre lo ocurrido. Nunca olvidaré los berreos de aquella

niña rubita de unos tres años, con el cristal triangular inyectado en

su barbilla, la sangre maquillando su cuello, y las lágrimas buscando

la herida para subsanar la incisión.

La vida aquí mientras tanto sigue igual. Son otros los que viven

la quema del transporte público de vez en cuando. Son otros los que

realizan esos actos, y somos los mismos los que percibimos las

noticias, bien en presencia del acto, o por los medios de

comunicación, más o menos exagerado, pero llegan. Y aquí la solución

al fin, es la independencia de este pueblo, aunque el gobierno no lo

crea. La conclusión de esta guerra continua generacional, es dejarles

decidir, y eso, lo sabe hasta el más iluso. Este país es como la

religión, puede ir perdiendo adeptos con el paso de los años, pero la

fe férrea siempre existe en el interior de uno. Que los que actúan

ahora sean unos pocos, no significa que haya unos pocos, sino que

muchos se reprimen, o creen que ese no es el camino, nada más. El fin

que desean es el mismo. Los medios no. Aunque si bien, uno no puede

ser tan crédulo, y yo sé que si hubiera aquí una guerra civil, muchos

se ubicarían en el bando de los que queman autobuses, contenedores,

cajeros...

Don Luis me dijo un día que no aceptaba lo español, que era

fascista, dictador y facha. Yo me quedé de piedra cuando oí aquellas

palabras salir de su boca. Sobre todo con la última, que inundó mis

ojos hasta el cogote. Mantuvimos una discordia divertida y en ningún

momento se pudo atisbar gota de tensión; con Don Luis la tensión era

un término que no existía con sinónimo alguno. La frase que era

fascista, dictador y facha, la había soltado con la sencillez que se

pide un vino, una barra de pan, o se dice un hasta luego.


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Hasta el momento, los días en mi vida son tenues, aburridos.

Desayunos con Miriam, Pedro y el atrezo de personajes que vienen, y

charlan en alto creando el murmullo de un bar sobre las ocho nueve de

la mañana. Pedro me dice que está hasta “los huevos” literalmente, de

esta época. Todos sus alumnos quieren saber lo que no han aprendido en

febrero, marzo, abril y principios de mayo. Ahora llegan, se sientan y

se preocupan por apuntes que di justo después de exámenes. Y dicen que

somos unos cabrones, que hay mucha tensión, nerviosismo, que no me da

tiempo, ¿sabes la cantidad de frases excusa que debo escuchar? Me

dice, ¡hijos de la madre que les trajo al mundo! Se exaspera

encabronado mientras ve, que con el paso de las semanas, poco a poco,

su Barcelona pierde la liga, la liga de campeones, y se hunde en una

crisis. Y mientras eso sucede, en él, crece aún más su odio hacia ese

equipo que viste de blanco.

Un jueves o un miércoles, no puedo ser preciso, Pedro se acercó a

mí con un periódico bajo el brazo.

-¡Viste Miguel! ¿Viste?

Me tiende el periódico en la orilla del pincho de tortilla, y me

muestra una foto de varios jugadores del Madrid, dispersos, alicaídos.

No lloran mucho, pero tampoco gritan de alegría. Últimamente ando muy

despistado, y no me enteré de que ayer daban fútbol; acabé en la cama,

recostado contra la cabecera de la cama, con un manuscrito de mis

poesías viejas, y pensando en el desaparecido chico, al cual aún no he

osado a llamar. Y mientras yo leía, cavilaba en la noche, que

persistía como si se tratara de una cuajada afasia. Y lo dicho, que

jugaba el Madrid las semifinales y perdió. Su eliminación de la liga

de campeones anima la bravura de este profesor de treinta y cuatro

años. Le crece la pasión, y se le dibuja una sonrisa extensa que

despliega su perilla hasta los bordes de los carrillos. Me aprieta los


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hombros pasando su fuerte brazo por mi espalda, y me exclama un ¿Qué

te dije? ¡Te lo dije! ¿Verdad? ¡Qué se jodan! ¡Je, je!

Al principio quiero decirle que yo hubiera preferido que la final

hubiera sido entre dos equipos españoles, (así lo siento) para ganar

la copa seguro, pero finalmente no me atrevo, porque la mañana me ha

nacido muy agradable gracias al escaso dolor en las piernas. El sol

sobre un fondo azul perpetuo, la brisa playera y mi energía interior

no quieren una pelea verbal tonta; sería poco inteligente por mi

parte. Le regalo una sonrisa, aguanto varios minutos, y marcho a la

biblioteca donde Miren guarda mis notas. Allí vivo en paz: Donde las

noticias bullen sobre los posibles pactos que podrían originarse entre

los diferentes partidos políticos, donde en el extranjero se matan en

guerras ilógicas, donde los televisores luchan por medio tanto por

ciento de audiencia, y donde columnistas inundan de belleza el

periódico con frases deleitadoras, y temas exquisitos, -no todos- que

hacen de mi mañana un rato agradable que vivir.


Cada micro mundo en el que vivimos cada individuo, posee un micro

mundo menor, hasta bautizarse en un solo ser humano. Yo, he dado un

poco de extensión a mi micro mundo en el que vivo. He dejado afiliarse

a mi parcela a los vecinos de enfrente y al chico. El chico puede que

tenga un macro mundo, los vecinos otro, no lo sé. Aunque el chico de

la trenca, ha debido hacer un viaje lejano, ya que ni el azar ni mi

valentía para marcar el teléfono que recita la hoja que yo poseo, y

que debería circular ya por las paredes de esta ciudad, hacen que yo

vuelva a contactar con aquel joven. No obstante, dentro de mis

pensamientos permanece intacto su andar, su mirada, su intrigante idea


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de regalar ese papel a los miles de ciudadanos fisgones o curiosos, y,

aún creo que volverá a aparecer en mi vida. Sólo queda que yo tenga

ese vigor interno, saber de una vez por todas cual es su propuesta y,

poder así conseguir la vida de Laura.

Me preocupan los vecinos. Aquella noche que llegaron a la una y

pico de la madrugada con una supuesta arma en la mano y seguidos por

el chico, ocurrió algo trascendental en este pueblo. No quiero pensar

que ellos fueran los que realizaron aquel atentado, pero realmente, ir

con el arma en la mano y que esa misma noche muera un alto cargo

político a un kilómetro, me aterra.

Noches, me quedo pegado a la pared intentando percibir voces, o

ruidos nada más. Pero como dijo Iker; “somos muy estudiosos, no sabrás

que estamos aquí”. Realmente sólo me he dado cuenta un día, pero vaya

día fui a elegir para percatarme de su presencia; miro, y les veo con

un arma plateada entre los dedos. Si hubiera podido imaginar tal

imagen en mi retina, me hubiera quedado amparando al chico.

No entiendo ni de armas, ni de muertes, ni de nada por el estilo

que pueda invitarme a delatarles. ¿Igual estaban...? Como he dicho, no

entiendo de nada de eso. Yo tan sólo soy un banquero retirado, que

adora leer y escribir, que aún ama a su Carmen en recuerdos nebulosos,

y que tiene a dos vecinos estudiantes, entre los cuales uno posee un

arma, o eso es lo que creí ver. Estoy viejo para saber si la mirilla

de un dedo meñique de diámetro, pudo darme la nitidez suficiente para

reparar en un revólver. Si hubiera salido en ese instante, ¿hubiera

muerto? Hubiera sabido la verdad, eso seguro. Tal vez erré, y no fue

más que un desatino visual, y no era un arma lo que llevaban. O igual

sí.

Son muchas las noches que deambulo a pasos suaves dando rodeos

entre esas cuatro paredes. Después encolo a la pared de mi salón mi


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oreja, dejando que mi sentido auditivo aceche las cercanías de la

pared de su casa, concibiendo un descanso a mis andares, y sumergir

mis oídos al otro lado. Si finalmente desisto por el saturado

silencio, mi cerebro navega lleno de esas reflexiones. He querido

muchas veces tocar la puerta o el timbre y charlar con ellos acerca de

esa noche, pero, los días amanecían, luego surgía la luna y su noche,

y de este modo fui dejándolo silenciar hasta hoy. Y ya parece tan

lejano que, sonaría ridículo y olvidado dar vida al recuerdo aquel. No

obstante, un parloteo sobre lo que realmente ocurrió aquel día hubiera

sido lo idóneo para liquidar mis agitadas imaginaciones. Pero cuando

llego frente a mi puerta, al dar la espalda a la de ellos, me saturo

de nervios, quiero desencerrar rápidamente la entrada de mi casa y,

enclaustrarme en mi apartamento hasta el amanecer de mañana.

Esta vida la odio. A mi edad quiero verme más relajado, (más ahora

que llega el buen tiempo para pasear por la calle) y no sentirme

cobarde por una idea ficticia que pude fisgar.

Mi vecina quiere darme vacaciones en julio, pero no he aceptado.

La idea de Lo siento ha pasado a mejor vida. No sé si realmente gustó,

porque las felicitaciones de mi vecina se hacen tan constantes y

monótonas que han podido llegar a caer en rutina.

Sigo entretenido abundantes tardes, porque a pesar de la soledad,

he aprendido a conversar conmigo mismo, o más bien con algún personaje

creado. A veces tengo discusiones con mi otro yo, y camino

incansablemente sin percibir la presencia de mi cuerpo entre tanto

edificio. Y es peligroso lo sé. Pero es un mundo lejano en el cual

quiero estar, porque aquí, en esta tierra de asfalto o vida real, los

setenta años y sus alrededores se viven en paseos convencionales que

acaban frente a una obra, la cual es como un museo que se mira de

manera constante sin hacer comentario alguno. O bien, si tienes


80

suerte, puedes acabar en un autocar atrincherado dirección a una zona

mediterránea a disfrutar de los últimos años de tu vida:

¡Admiro a esta gente!

Tal vez la muerte de Carmen me ha hecho disfrutar la vida de otra

manera. Y sí, quiero vivir, pero no de ese modo. Prefiero vivir

rebosante de una paz solitaria y controlada. Nada de fiestas,

canturreos, playa que abrasa mi piel, paseíllos por tenderetes que se

agobian de extranjeros, regateos y empujones. Yo prefiero el sosiego

que posee mi vida. Adoro decir “mi vida”, adoro vivir y comunicar a

los demás que aún pinto algo en esta comunidad de comunidades.


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5
Amisto
Ciudad bella, ciudad hermosa. Un solo ojo, una sola vida y un solo

cielo donde reflejarse.

Treinta y cinco grados reseñan esos termómetros en forma de te,

verdes, y algunos con los dígitos heridos.

Una camisa de cuadros, azul clara, blanca y de manga corta, sola,

me viste el pecho tan ausente de vello como siempre. Cuatro botones me

son suficientes para ocultar mi dorso y, unos pantalones cortos, que

hace tres años Cristina, mi hija, me regaló. De un tono beige hermoso,

y no mentiré a pesar de haberlos comprado ella. Mis perneras de un

color vainilla suave, ya casi sin vello, y venosas. Músculos que no

dejaron rastro tras su muerte. Y al igual que mis piernas, mis brazos

débiles y pálidos, que vivieron ocultos tras mis prendas durante el

invierno. He decidido vestirme liviano porque el elevado calor que ha

decidido brotar me da sudores. Y estos a veces me agotan, me marean...

Ahora tengo más miedo que nunca a mi vida, tanto, que un cambio tosco
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de temperatura podría aplicarme una tarde febril, o una noche. Y ahora

que me hallo en mi piso solo, presiento que no sería capaz de

salvaguardarme de los gérmenes, ¡le quiero tanto a mi vida...! Que

hoy, jamás la pondría en peligro.

Así, mis pasos en esta tarde a punto de dar a su fin, se deslizan

por una asfalto rojizo y liso bajo unos rayos de sol filtrados entre

ramas. Mis zapatillas de un azul oscuro, -las cuales compró Carmen

hace varios años en una de esas Navidades que pasamos solos en casa, y

que no fue de las peores- de suela fina, no reparan ninguna giba que

entorpezca mi andar.

Si la vida transcurriera con una desidia constante, un “tan sólo

me importo yo”, nadie tendría una amistad de verdad. Hoy, es uno de

mis paseos donde el cielo se unta de un añil débil, donde coches se

apresuran en llegar a su hogar, y la fuente de “Los jardines de Albia”

proyecta riachuelos endebles de agua hacia el cielo, lo cual, acarrea

que estos vuelvan a morir en la charca. Mientras las palmeras se

besan, los tilos adornan en ringlera el parque, los niños corretean,

y, alguna pareja se quiere en besos que añoro, que me enternecen el

corazón y, me hacen odiar durante unos segundos a Carmen por

ausentarse; no muy lejos, en un banco, con la mirada gacha, leyendo

relajado, la perfila del chico es captada de nuevo por la niña de mi

ojo. Intento quedarme escondido. Frente a mí, un jardín breve con

alguna hoja aún del lejano otoño, y con las margaritas exhibiéndose en

busca del anhelante rayo de sol de esta reciente primavera. ¿Qué

conversaré? Tal vez si hubiera decidido desertar de la zona, olvidando

lo añejo y arbitrando mi vida de anciano vulgar, esta historia hubiera

fallecido en cualquier amanecer mío. Pero a mi edad se extravían en

cantidad los apocamientos, y uno acaba haciendo cosas que en otra

época no hubiera imaginado jamás. He de darme un poco de emoción.

Camino trémulo hacia allá como si mi paseo no fuera a finalizar a la

altura del chico.


83

Arriba, el azul del cielo. Abajo, el asfalto rojo, seco y liso.

Rodeándome, árboles y conciudadanos ignorantes de mi vida.

Lleva una camiseta roja con un diseño estridente, unos pantalones

vaqueros y unas botas marrones. Las pulseras ajadas, que tanto adornan

durante la lozanía joven, y un collar, el cual ya hemos citado en más

de una ocasión. Con la espalda en diagonal respaldada, una pierna

cruzada que descansa en su rodilla, y el libro manso en su regazo,

subordinado por ambas manos; una manipulando el tocho ya leído, la

otra, a punto de pasar la página que lee. Su rostro bien afeitado,

pómulos fugazmente ceñidos, barbilla ancha, acorde con la cara. Nariz

redondeada, labios carnosos, el inferior ligeramente sobresaliente, y,

los ojos negros perplejos en una novela.

Conformemente me aproximo me siento más ridículo; van mis piernas

en contacto con el bajo céfiro, va mi andar suave. Voy intercambiando

mis ojeadas al suelo con las de su persona, y de pronto, mantengo fija

mi mirada en él con la idea de que no se escape. Sin que se dé cuenta,

acabo sentado a su vera; una culada pausada y torpe. El banco de

celdas finas de madera no es lo más cómodo para mis nalgas, pero me

repantingo lo mejor que puedo, y lo miro durante lapso escaso, el que

tardo en curiosearle algo...

Él ha debido percibir mi olor rancio a anciano. Tal vez son ya

tres los días que no me ducho, y no soy un guarro, se me olvida.

Temo que decida ponerse de pie, huir del modo que lo hizo aquella

tarde en la tienda. Desearía evitarlo, así que le mojo con palabras

que me carraspean en la garganta y que suenan exhaustas.

-¡Perdona! Siento ser curioso, pero me gustaría saber varias cosas

¿Te importa?

-¿Sí?

Ha levantado el libro a la altura del pecho. Coge el separador de

cartulina y lo introduce entre las hojas donde dejó la lectura. Hace


84

un movimiento pequeño de separación a mí, incómodo, y apoya el libro

lejos, en los carriles de madera.

-¿Quién es Laura?

Sus ojos estallan con un fulgor desmesurado, sus nervios deben

florar y, temo que pueda irse de nuevo. A mí me late el corazón

fuerte, ¿a él?

-¿Cómo sabe...?

-Por favor, de usted no.

Su hablilla es tierna y delicada, tanto, que merodea por mis oídos

como una respiración intima y relajada.

-¿Y tú quién eres?

-No sé cómo no me recuerdas. Eres joven, chico. –En ese momento

aparta un poco más el libro de Todo lo visible y lo invisible, y él lo

acompaña dejando desfilar al viento entre los dos de manera más

factible.

-¡Ah! Sí. Usted es el señor de la librería. –Su aclamación ha sido

fingida, y creo que desde el primer momento sabía quien era. Me

examina, y luego velando la rosaleda del jardín que, yace encarcelada

por unas menudas verjas de metal, continúa sin mirarme, y balanceando

la cabeza en constante tono afirmativo me pregunta- ¿Y qué quiere?

Casi sin exclamación, flojo y sedoso...

-Perdona. Sé que es muy violento, no te conozco de nada, y creo

que hemos comenzado mal la charla. –Le intento intercambiar una

mirada, pero él todavía no mira a los ojos; sí a la camisa, a las

manos, al jardín, al cielo, atrás...- Soy Miguel, un viejecillo que

tuvo la suerte de encontrar tu papel en la fotocopiadora, el de Laura

¿Sabes de lo qué te hablo, verdad?

Le he tendido la mano, él se ha quedado ahí, con los brazos

caídos. Pero finalmente responde.

-Dani. –Tiene una risita que parece escapársele de adentro, algo

le ha debido hacer gracia.- ¿Miguel con acento en la primera sílaba?


85

-De pequeño me llamaban con acento en la segunda, o Miguelín, pero

una vez fui cogiendo cuerpo, el peso de mi nombre se fue sobre la i,

aunque mucha gente aún me llama Miguel con la fuerza al final. Tú

mismo.

-Me gusta con el acento en la primera, más señorial. –Me ha

mirado, más relajado y con una mueca simpática.

-Ahora, hechas las presentaciones, únicamente quería saber más de

la vida de Laura, ¿te parece?

El silencio parece incomodarnos. Pían los pajarillos, y el chico

inclina la nuca hacia el respaldo al cual no llega. Y, tras segundos

tensos, exhala una explicación enérgica.

-Ya, ya sé a lo que te refieres bla, bla... –Se relame y continúa-

Pero esa intención que tuve ya murió. Me acobardé.

Sus ojos al frente dictan resignación y un cambio cabal de

personalidad, que ha despertado a sus gestos del letargo tímido. Si

bien, sus ojos persisten perdidos en un más allá, fuera de mí.

-¿Por?

-Te sonará ridículo, ¡seguro! Un joven como yo, de ruines veintiún

años que debiera estar en casa estudiando, más ahora ¿No? Que si no,

se debiera estar emperifollando para ir de marchita esta noche, ¿no? O

trabajando. Y, sin embargo, decidí ser escritor. –Anuncia entre

dientes las últimas palabras, aguzando mi oído ante su voz serena y

finalmente ininteligible.

Yo no quiero interrumpirle, pero él ha sido el que ha enfilado la

pausa. Está aún mirando al frente, lo que me tienta anotar esa

peculiar manera de habla: Mi cerebro es un mal territorio, pero no hay

otro dónde registrar. Permanezco sentado con las rodillas juntas, con

las manos en los muslos, expectante, y mirando su perfil delgado, su

pelo negro cortito y liso, su collar rojo, verde y blanco, junto con

un amarillo desgastado.

-¿Y qué pasó?


86

-Pues sí, perdona, pero nunca me embisten en un parque para hablar

sobre esto. Y estoy como muy nervioso.

-No pasa nada, Yo no soy un amasijo de paz, tampoco. –Bosquejo un

tono familiar en mi rostro y le palmeo el hombro en confianza. Él no

lo retira, conservando quietud como si no lo hubiera apreciado.- Uno

nunca se acostumbra a las novedades, ¿comprendes? Y no voy

embistiendo, como tú dices, jóvenes por los parques y las librerías...

-¡Ja, ja! Imagino. –Por fin cruzamos la vista; una mirada sutil

que rápidamente escapa de mi trayecto visual.- He de decirle, perdón,

decirte, que ese papel era un proyecto que se me ocurrió para publicar

un libro. Sí, no se... Perdón, no te asustes, pero soy escritor, o

quiero serlo.

Los dos nos quedamos en silencio. Él no sé por qué. Yo

entusiasmado por la humildad del chico, por la ansiedad de leer a

Laura, por sus ideas extravagantes.

-Creo que te entendí eso ya anteriormente, pero, ¿... De novelas?

¿Cómo que pensabas? ¿Ya no? –Atisba asustado mi labia verbal, yo me

percato y me sonrojo.- El que debe pedir perdón ahora, soy yo

¿demasiadas preguntas, verdad?

-Te cuento: Mira, había una empresa que te daba formato a tus

proyectos de novela, de la misma manera que salen en las tiendas, más

o menos. –Me muestra el de Lucía, dándome a entender la apariencia. Y,

mostrando un visaje que le describe dos hoyuelos diminutos y le da un

gesto infantil, continúa- La cantidad mínima que tiraban era de 25.

Yo, entonces, pensé: Pongo más o menos doscientas copias como la que

tú tienes por las paredes, ¡claro! Lo que acarrearía una difusión

enorme, tal vez multiplicada por cinco, diez o veinte, ¿cuánta gente

puede leer un cartel al cabo del día, siempre contando con que no lo

arranquen?
87

Escucho voraz, su voz personal, y mi imaginación hendiendo en un

mundo donde los carteles políticos de este país se sustituyen por

anuncios, octavillas que invitan a la literatura...

-Creí que con tal divulgación llegaría a vender los veinticinco.

Pero surgió el precio, el cual era desmedido, ¡y claro! Muchas de las

cuentas no salían y perdía dinero. Porque aunque eso podría tenerlo;

el dinero, no vengo de una familia pobre, ¿sabes?. Mi madre, la del

dinero, me dijo tal que así: -Y con un tono burlón femenino arremete-

¡No voy a tirar el dinero en una niñería! Primero me dejas los

estudios y ahora quieres ser novelista, ¡haz lo que te dé la gana,

pero conmigo no cuentes!

-¿Cómo?

-Sí, mi amatxu me dejó de lado, y debía vender un libro

desconocido casi al precio de calle, lo que cuesta éste. –De nuevo me

muestra el de Lucía- Y para colmo, el mío es desconocido y yo también

lo soy. Además, un libro no es lo que más entusiasma a la gente, si te

contara anécdotas... –Se pasa la mano por la frente, se acaricia la

cara en síntomas de desilusión, y finalmente me mira a los ojos, esta

vez sí de manera fija.- Había otra opción; una tirada mayor, abaratar

la unidad, aumentar el coste final, y tener que vender más libros.

Pero en mi casa ya están ahítos de mí, por lo cual, no dinero, no

negocio, y a seguir siendo escritor de ocio para mí y alguna amiga.

Igual que antes, termina hablando entre dientes, y con el tono de

voz bajo, obscuro.

-Sin palabras me dejas.

-Imagino, siento que quisieras leer ese libro, me hubiera gustado

cedértelo.

-Me hubiera encantado, incluso, deseo leerlo ahora mismo.

-Ya, pero...

Medito, medita. Anochece, refresca. Un murmullo husmea entre

nosotros. Yo respiro más fuerte que él. Ambos sentados en el banco,


88

analizando la idea que él ha recobrado en mente, y que yo, he

despertado. El chico tenía una fantasía loca, pero no tan mala.

-¿Y presentar el libro a un certamen? ¿Es bueno?

-Van tres. El último fallo fue la semana pasada, y nada. Es

complicado ganar. ¡Mira! Lo que luego me revienta es ver en la tele

otra gente de mierda, famosilla, que sí pública. ¿No crees? –Por

primera vez saca un tono agrio e irritante de rabia.

-Hay de todo, chico, lo hay, y cosas peores vas a ver a lo largo

de tu vida. Algún día te acordarás de esta frase, lo sé.

-¿Qué hora es?

Mi muñeca desnuda me hace imposible decirle la hora. La ausencia

cercana a algún termómetro relojero y la tenuidad creciente, me hacen

pensar que cerca de las diez. Pero aún no quiero que se vaya, por lo

que ignoro su pregunta.

-¿Qué has de hacer esta noche?

-¿Qué crees? Quería salir de fiesta con mis amigos, ¿sabes? –Me

mira picarón, porque igual cree que me molesta, o a saber.- Pero

finalmente me quedaré en casa, es muy posible. Estoy sumergido en la

novela de un niño huérfano. –Alega.

-¿Estudias?

-Lo dejé. Lo dije antes. -Me mira, cada vez más asiduamente a los

ojos, aguanta unos segundos y finalmente baja la mirada.- Pensé que si

quería ser escritor no debía perder el tiempo estudiando periodismo.

No lo relacionaba y estaba incómodo, así que tras dos años de carrera,

abandoné. Ahora quiero matricularme, el año que viene, ¡claro! En

Filología Hispánica. ¿Qué le parece?

-No sé, debes tener una carrera de todos modos, da cultura y te

abre muchas puertas. Y sí me preguntas si es adecuada para ser

escritor, no sé mucho, lo máximo que llegué a estudiar fueron unas

oposiciones para acceder al banco en el que pasé más de media vida.


89

-¡Guau, eras banquero! No lo imaginaba. –Eleva sus pupilas al

cielo, tal vez imaginándome tras un mostrador de algún banco de sus

recuerdos...

-¿Te gusta leer? Disculpa, pero tendré que hacerte alguna

pregunta.

-Sí, he tenido un amor especial a la literatura. –Esbozo una

sonrisa que se le contagia.

-¿Trabajas?

-Mentiría si dijese que no, pero aún no te diré tanto de mí, ¿de

acuerdo? Ahora estoy mascullando hacerte un favor, una ayuda. Pero

para ello, dos cosas: Una, que me dejes leer la novela, libro, o

manuscrito. Me da igual como lo desees llamar. Dos, que te enfrasques

con voluntad en ese libro, el nuevo, ¿cómo dijiste?

-El del huérfano. Pero no sé...

-¿Quieres dinero?

-No, si... No es eso.

-Te daré lo que cuesta. Pero si voy ayudarte, antes deberé saber

de tus actitudes.

-Aptitudes, actitudes tengo y muchas; leo mucho con saña,

aprendiendo de cada autor lo mejor. Aptitudes es lo que debo tener, la

calidad que debería llevar dentro.

-Sí, comprendo, gracias por corregirme, ¿y...?

-Pues que siempre me da vergüenza y miedo facilitar a leer mis

libros.

Un viento frío me hace tiritar. Él sigue quieto, y mirándome de

vez en cuando, se siente más relajado. Yo mantengo mariposas fugaces

en el estómago, en cambio, mi corazón menguó el ritmo atroz.

Otorgaría el sol un nuevo amanecer y tal vez no me hubiera hartado

de hablar con el chico de la trenca que ya no lleva, o quizá sí. Allí

sentado, se hiere la reminiscencia lejana de cuando le vi aquel

invierno por primera vez en la biblioteca. Y también lejana, la


90

escueta charla de hace semanas. Y larga y dilatada la tarde de hoy;

hacía tiempo que no conversaba tanto. Ni con Don Luis, ni la vecina,

la cual me felicita, me remunera dos piropos y me dice que me vaya

bonito. Ni con mi hija discutiendo...

-¿Cómo quedamos?- Me pregunta, cuando parece querer huir.

-El teléfono tuyo que tengo, ¿es...?

-Un móvil, mío claro.

-Y Bueno, ¿cuándo tienes libre?

-Pues... Este domingo a la tarde estaría bien, podríamos quedar,

si quieres podrías ir... – Suspira y cae en la cuenta de algo.

Yo espero, pero él se ha quedado callado, intimidado y no

responde.

-¿Sí?

-Perdona, pero ahora enfrío la situación. Y veo que esto es algo

extraño. ¿Usted cuántos años tiene? ¿No será un loco? Perdona, pero no

es nada normal esto que me está ocurriendo.

-De usted por favor no. –Le vuelvo a insistir mientras palmeo su

hombro tranquilizando el momento.– Estás disculpado. Tengo sesenta y

siete años. Soy viudo, amo en cierto grado la literatura y, sin más,

me llamaste la atención... –quiero decirle que en octubre del año

pasado, pero eso acrecentaría más su idea de mí: Que soy un loco.- Con

tus libros bajo el brazo, tal vez podría haber errado y hoy tú,

haberme mandado a la porra como el día de la librería. No lo has

hecho, y lo único que quiero es leer ese libro, tu amistad, y luego

ayudarte. Algo dentro de mí mana que lo desea.

Los dos nos callamos para sentir como bulle el pensamiento en

nuestro interior, y la duda camina en nuestros cerebros.

-¡Llámame el domingo! –Se pone de pie con el libro en la mano. Me

mira un poco.- He de pensarlo, ¿te parece?


91

-De acuerdo –aún volviendo al presente por el sobresalto que sus

palabras me han dado.

Me cuesta ponerme de pie, apoyando la mano en el respaldo yergo,

él es un poquito más alto que yo. Más fuerte, más joven, más serio, y

posee una mirada abierta, infantil, que lo hace genialmente diferente.

-Un placer conocerte, Dani –le tiendo la mano y él responde con un

gesto apacible. Ahora los nervios vuelven a florar dentro de mí. La

conversación pasada se cubre de borrosidad.- ¿Qué tal? –Le señalo al

libro.

-Escribe genial, sin embargo, sus ideas paranoicas no me van, esas

del amor, las pastillas, alcohol, remordimientos constantes bla,

bla... Los personajes que crea son estrambóticos, odiosos...

-Nunca he leído algo de ella, ¿me invitas?

-No, no lo hagas.

-Te haré caso.

-Lo dicho, me llamas el domingo. ¡Ah! Una cosa, vivo en Getxo, así

que... – Mira a lo alto en diagonal, pensando e intentado decidir-

hablaremos el domingo, he de irme.

-Hasta luego.

El chico camina rápido, y baja las escaleras que tienen en un

altar a los jardines de Albia. Ruedan sus pasos acelerados por la

acera cuesta abajo, y yo en cambio, voy despacio sin perder de vista

su silueta.

De pronto me doy cuenta que olvidé preguntarle porque seguía a mis

vecinos el sábado. Aún es pronto.


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Según avanza la noche, se hace más difícil sentir el albedrío de

esta ciudad. No me he desorientado mucho respecto a la hora; son las

diez menos cinco a juzgar por el reloj que se ubica frente a la plaza

España. Y son ya pocos los humanos que yerran rápidos y veloces.

Por el puente del arenal en dirección a mi hogar y dejando a la

ría de un tono cobrizo oscuro a ambos lados, no hago más que pensar en

el chico. Mi vida ha tomado un cariz grandioso. Ahora tengo más dudas,

más preguntas que antes y más ganas de leer el libro.

El viento viaja frío, y mi piel se convierte en el tapizado de una

gallina sin plumas. Mis rodillas oxidadas y, que tantos pasos, ya han

sido obligadas a dar, se resienten. ¡Queda poco! Cuando el individuo

luminoso rojo deja de parpadear y el verde coge vida, cruzo por el

paso de cebra. Avanzo lánguido y dócil hasta que un veloz auto aúpa un

ciclón, acompañado del grotesco motor que ruge feroz y, un chirriar

metros más adelante de las ruedas traseras. Su paso asusta a peatones

de acera, y sobre todo, a mi cuerpo, que súbitamente, admite fenecer

en ese instante. La fuerza del vehículo; susto, fuerza centrífuga, me

impelen hacia atrás. Hinco una rodilla en el suelo en medio de la

calzada, puesto que para evitar el golpe, he retrocedido un paso. Se

me dobla la punta del pie que ahora sostiene mi cuerpo, tambalea

haciendo equilibrio y, finalmente no evita que la rodilla se clave en

el blanco y desgastado paso de cebra. Mi corazón a ciento cuarenta

revoluciones por minuto magulla consternado las celdas, empujando a

mis acolchados y fatigados pulmones; como si se tratara de un reo de

muerte segundos antes de la silla eléctrica. Me aprieto el pecho,

derramo lágrimas y, cimentado al igual que un caballero antes de ser

condecorado; espada en hombro derecho, en la cabeza y en el de la

izquierda... –Recuerdo que cuando era niño hacíamos la broma. Una vez

condecorado al caballero, hombro tocado, cabeza (en la cima) tocado,

otro hombro tocado... “Yo te nombro caballero de la corte real, y con


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los poderes que la corte me otorga bla, bla...” Hacíamos el gesto

final de cortarle la cabeza agarrando con las dos manos la espada de

madera con la que jugábamos, bien trabajada y, ¡ras & ras! Era muy

importante no dejar que tus amigos se acercaran a tu rango de

caballero-. El martirio en la rodilla dificulta mi alzamiento, hasta

que un chico joven fuerte, y con gafas de molduras finitas y

cristales gruesos, me coge del brazo y me ayuda.

-¿Está bien?

-Sí gracias.

Con el borde de los dedos, intento secarme las lágrimas causadas

por la aflicción y el sobresalto, las que ya se resecaban en las

bolsas de mis párpados. Mi corazón coge aire, doblado: inspira expira,

inspira, expira...

-¡Es increíble! Para haberle matado. ¡Van como locos! –El chico

que no me redime el brazo, me mira atribulado.

-No lo vi, tal vez fue culpa mía.

Me disculpo al tiempo que nos acercamos hasta la acera. Él me

escolta, se peina su pelo rizado con la mano izquierda que le pende

útil, y se coloca bien la chaqueta vaquera con las dos manos, sin

desatender ni un instante mi figura. Ludo mi rodilla desnuda y

arañada, me vuelvo a resecar las lágrimas y restauro el flequillo de

mi gris pelo que se desbordó en los hoyuelos que ubican a mis otoñales

ojos.

-¡Es un paso de cebra! ¡Qué dice culpa suya! Son estos jóvenes de

hoy en día, que se creen amos de la carretera. –Me traba de nuevo del

brazo, a la altura del bíceps, mientras sigo acariciando mi

momificada rodilla.- ¿Se encuentra bien, de verdad?

-Sí, muchísimas gracias.

-Ande con cuidado, por favor –ruega, y me arrebuja con su mano de

modo cortés. Cruza la carretera por el mismo sitio por donde casi soy

atropellado, salta al subir a la acera, y se pierde en la soledad de


94

este viernes noche. Erguido ya, solamente aprecio su deambular ligero

y su zamarra vaquera basculando en su trasero.

Me siento torpe y viejo. El muchacho se acercó hasta mí para

soslayarme de un paso de cebra en el cual había quedado encastrado. La

columna vertebral junto con la rodilla apoyada en el pie izquierdo,

eran las grúas que gozaban la labor de amotinarme del pavimento, y,

ninguno de las dos realizó su función. Tal vez mi humanidad permanezca

viva aún, pero entiendo que ya comience a bajar en la pirámide

jerárquica. La zona alimenticia queda muy lejos para mí; la cúspide. Y

aunque no soy un vegetal, sé que no alcanzaré la tercera cadena. Si

suelen decir del tercero que siempre es un alcahuete o un chismoso,

quizá sí merodee por ahí. Me imagino como un insecto en una selva

donde la supervivencia, es mi mayor sino.

Ahora me siento triste, y necesito alguien que me aliente. Igual

mi hija tiene razón y he de irme con ella a vivir. También me acuerdo

de Dani, -el chico- y entonces, me olvido de ella, porque sé que ahora

mi savia toma un matiz importante y delirante.

Me apetece beber algo de lo que compré esta mañana en el

supermercado, donde también adquirí provisiones; desde pasta, arroz,

hasta paquetes de salchichas o huevos. Unas latas en conserva y un

bote pequeño de detergente para la lavadora. Las bolsas deben estar

descansando en la cocina, y de pensarlo lo deseo: Esta noche cocino,

me tomo algo, y mañana si amanezco, recojo las tres bolsas repletas

que dejé en la mesa redonda blanca de la cocina. Pero apremia tomar

algo, del mini bar, -que uno va acumulando con el paso de los años- o

alguna cerveza fresca.

La calle donde buscan el cielo los edificios, entre ellos el mío,

está abandonada. Las bolsas de basura se acumulan dentro de un marco

construido con pintura amarilla y una B mayúscula. Lejos, bastante

fuera de la nitidez de mi vista, tres mozalbetes están sentados en un

banco, con unas bolsas de plástico que seguramente ocultarán botellas


95

de kalimotxo, o algún derivado que les despierte las neuronas y le

hagan pasar una noche de algazara y placer. Me contaron ya hace tiempo

un tema sobre la bebida que acabo de citar y, que quiero comentar como

una historia verídica. Los enigmas de las mentes son inescrutables, y

la narración que hace décadas me relataron, asombrosamente se grabó en

mi memoria:

El acto que forzaba a realizar el kalimotxo a las neuronas, me

pareció demasiado preocupante. El líquido está compuesto por una

mezcla de coca cola y alcohol (vino); donde el primero excita, y el

segundo acaba adormeciendo. De tal modo, la coca cola, debido a la

cafeína, ordena la excitación de las neuronas, mientras, el alcohol,

manda que las neuronas se adormezcan. Ante tal dispar situación, las

neuronas enloquecen, y terminan suicidándose.

Tan fascinante me pareció esta teoría, que aún hoy no entiendo

como esto no lo saben muchos de los jóvenes que llenan de vasos

agrietados y vacíos, los suelos viscosos de una mañana tempranera de

domingo. Aquí en esta comarca, donde el kalimotxo es tan consumido, y

donde las fiestas llenan las calles de embriagados vasos, heridos,

mareados. De pegajosidad los adoquinados que, piden a gritos a

primeras horas de la mañana el agua de las maquinas limpiadoras que

humedecen todos los resquicios.

La llave se engrana perfectamente en la cerradura, y al igual que

la acomete, vuelve a abandonarla con levedad cuando la manilla

interior cede, e Iker abre la puerta.

-¡Buenas noches! ¿Miguel?

Con la llave sujeta por el dedo índice y pulgar, ojos abiertos, un

pie en el escalón superior y el otro atrás, veo a los dos que me ceden

paso.

-Buenas –intento balbucir entre mis labios.


96

-Aimar; el que viste y calza.

Se describe entusiasta el chico de pelo largo. Traza su mano un

grabado, desde el cuello hasta los muslos realizando una reverencia

tímida, y me sonríe. Unos dientes sucios viste, pero perfectamente

alineados. Una cara larga, y una piel tersa y afeitada.

Doy unos pasos, me coloco enfrente, y la puerta queda cazada por

mi mano áspera. Iker de pie, ya espera bajo las estrellas.

-Sí, Miguel. –Afirmo antipático.

-Iker me habló de ti, que eras nuestro vecino. Yo soy su

compañero, Aimar.

Me tiende la mano y yo la mía. Huele un poquito a alcohol, aunque

siendo la hora y el día que es... ¿Será de la cena? ¿Con vino? Tal

vez.

-Nos vemos –levanta la mano izquierda; palma abierta, y dedos

juntos, excepto el pulgar.

Yo con la puerta entre los dedos, los veo marchar. Uno con

vaquero, el otro con pantalones ajedrezados. Iker viste un nicky negro

de mangas largas, y el otro una chamarra larga, verde militar muy

desgastada. Y en la espalda transporta una mochilita no muy grande

que, cuando lo tuve de frente no había visto. Tuercen por donde yo he

venido; a mano izquierda. Suelto la puerta y ésta comienza a acechar

al marco de modo persistente pero pausado. Me giro, y ante las

escaleras, comienzo a subir a mi tercer piso...


97

Cuando uno cena y se toma dos chupitos, se siente excitado,

mareado, y si tiene ante sí una botella de Chivas, la vida comienza a

serle mejor. Y en la tele, una película que no está tan mal si no

fuera porque la invaden anuncios publicitarios.

Unos huevos aceitosos pero secos; que no se pueden untar, y que en

absoluto saben mal. Un pan de molde esponjoso que tanto venero. La

mesa redonda da alojamiento al botellín de cerveza, ya por la mitad, y

que me está sabiendo deliciosa. Sentado en esta silla, conservados aún

el asiento de madera y el respaldo junto con las patas de un latón

decolorado. Terminaré esta cena nocturna y solitaria que me llevará a

una sala no menos abandonada; con un vaso en la mano que esperará el

chapotear del whisky. La silla se ladea sin peso -pero mis lindantes

ochenta kilos la estabilizan- ante la mala disposición de los

azulejos. Fueron perdiendo su rigidez con el paso de los años, al

igual que cualquier ser humano. La soledad de la cocina subsiste

acomodada de armarios de tonos pajizos, desgastados, de una encimera

vacía y untuosa, de una tele que estropeé hace meses y que nadie ha

llevado a arreglar, y de una sartén salpicada de aceite que reposa en

la esquina del terreno cuadrangular de los fuegos.

Aún vestido de calle, con la rodilla descalza, magullada, y sin

yodo que rociarla, se está sublime. Juro por mi Carmen, que no hace ni

gota frío. Regentarán unos treinta grados. Y mientras ceno, estoy

recordando a mi hermosa mujer, especialmente en el día de su mar.

Desde aquí veo el recipiente donde ella estuvo varias horas; descansa

en lo alto de la campana extractora de humos. Lo ubiqué con el motivo

de no olvidarla nunca, de tener sus prendas, las de su muerte. Porque

al igual que no tiro sus ropajes de la vida, tampoco tiro el tarro que

resguardó sus cenizas. Ella deseaba tanto descansar en el mar, ¡lo

amaba! Y para ello, nos comprometimos a incinerarla. No me opuse

cuando lo propuso en vida, pero cuando citaba la idea, a mi ánimo lo


98

guarecía de congoja. Porque ella dormía en aquella cama de hospital, y

me lo decía casi sin voz, y yo veía llegar lo inevitable. Sentado,

estibado a la cama cogía su mano y exploraba con caricias cada dibujo

de su piel. Aferraba sus dedos con fuerza, y le daba besos en la

mejilla mientras le susurraba junto al cuello que la quería; ¡Te

quiero mucho! ¡Te quiero mucho! Le decía, ¡no me dejes!, ¿vale? ¡Por

favor! Y lloraba finalmente. Ella me intentaba abrazar y memoraba lo

del mar. Yo continuaba lloriqueando y, a pesar de acceder, no quería

conceder a mi mente una imagen futura mía en un barco con sus cenizas;

porque sería admitir su adiós definitivo. Quien sí lo hizo, fue

Cristina, que al parecer, no le parecía bien nada de lo que hacíamos;

ella quería su cementerio, su entierro, sus familiares, su féretro...

-¿No crees en Dios ama? Pues si es así deberías tener un entierro

digno como creyente que eres –le regañaba.

Yo quería arrojarme a su cuello y ordenarle que no ahogara más a

mi amada con sus comentarios irracionales, pero mi hija continuaba

frente al mutismo de mi Carmen.

-Dios no dijo nunca nada de mar, ¿lo dijo?

Entonces, las palabras vacilantes, mojadas y firmes de mi mujer

emergieron.

-Si realmente me quieres, dame esa alegría. ¡Por favor! Si Dios

realmente me quiere, se encargará de que mi alma vaya con él, da igual

que esté en la mar o la tierra; ambas son creaciones suyas.

Y se durmió.

No estaba del todo convencida hasta que nos abordó su

fallecimiento, y mi hija me vio en el hospital, frente a su cuerpo y

desolado. Dos días después, nos la refrendaron en un tarro plateado,

barrigón y adornado de una base lenticular y dilatada. Alquilamos un

barco pequeño en el mismo Castro, y allí, mar adentro, derramando

todas sus cenizas con lágrimas en los ojos, me asaltó la seducción de

lanzarme para sentir su añorada vida; abrazar su cintura, sus labios.


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Sin embargo, con las extremidades dormidas, las lágrimas ensortijando

hacia mis orejas por el viento, saldé el día sesgado en el suelo de un

desmayo fortuito. Estuve unos días con mi hija, pero el panorama allí

era angustioso y acabé volviendo aquí, a la soledad de cocina y

dormitorio, a la vida de paseos: A los recuerdos de Carmen.

¿Cuánto hace? Desde luego el recuerdo anochece borroso. Apreso la

botella, y mientras, tumbado en uno de los sillones arrinconados

unitarios ignorando la tele, miro a lo alto desenroscando el cierre

marrón, y olfateando la botella. ¡Ah! Whisky puro. Vierto el cuarto

chupito en el vaso; un tono azafranado chapotea entre los ya

invisibles hielos, tiendo la botella a un lado de la mesa y enrosco de

nuevo el tapón. La falta de hielos me encarama suave, y a causa de la

huella que los vasos previos hicieron, ando más ligero, menos agotado,

pero sin abandonar del todo ese paso renco. El frigorífico imantado de

frutas queda inmediato a la puerta. Abro la del congelador y alcanzo

dos hielos de la cubitera. Conducidos en mis manos con el idéntico

desfile que en la ida, los arrojo de nuevo en el vaso y me vuelvo a

sentar. Entre los dedos mantengo el vaso, tenso mis piernas hasta

reposarlas en la mesa, y trago un poquito. Me siento mareado pero más

liviano...

¿Ocho años? Tal vez sí. Fue la última vez que le abracé allí, -

apunto a la alcoba y me río- y pude hacerle el amor. Fielmente han

transcurrido ocho años. Porque recuerdo que hace menos, nos hicimos

caricias y nos obsequiamos besos. Llegamos a pasarlo placentero

aquella noche, aquel acto sexual fue en un verano, agosto, y no era de

noche aún. No recuerdo porqué surgió, pero sucedió como nuestra última

ceremonia carnal.

Estas noches tan yermas, necesito más que nunca a mi mujer, o tal

vez, únicamente la presencia de un diálogo que se mantenga a dos voces


100

divergentes, ¿no crees? –Me pregunto- sí, tienes razón –respondo-

¿Puede ser egoísmo por mi parte?

Sé que llenar de nuevo el vaso recortará amaneceres a mi vida,

pero vuelvo a rellenarlo y comienzo a sentirme un poco aturdido.

Acabaré dormido aquí en el sofá como siga bebiendo tanto. Pero bebo

dos y tres vasos más, ensimismado en reminiscencias de ayer, de hoy,

de no sé cuando. Sorbo a sorbo creo que me estoy embriagando. No más

hago que sujetar el whisky del vaso, quitar el tapón, echar, y,

volviendo a poner el cierre, dejar la botella a mi derecha; saborear.

El gusto de este chivas me adormece la vejez.

Apago la tele, y medio mareado camino torpe hacia mi cuarto.

Antes, enciendo la luz del pasillo, y luego, la lámpara de nuestra

alcoba, donde me invade la nostalgia lejana. ¡Nuestra alcoba Carmen!

Clamo sublime. Ando hasta la ventana, cuando aún quedan unos sorbos de

whisky en el vaso que vaga entre mis dedos. Me siento superior esta

noche, y claramente, yo, no suelo beber de manera muy asidua, pero de

vez en cuando me gusta saborear unas copas, sentirme semidiós, y

finalmente dormir la mona como un bebé. Hoy es una noche sabrosa,

solitaria y... Mirando a través de la ventana creo ser el vigía de

esta ciudad. Tengo ante mí una calle prolongada y acuciada por algunos

chicos que, a lo lejos canturrean y deambulan semi borrachos, tanto, o

más que yo. Unos vehículos adormecidos, tiendas enjauladas, y un

viejo, yo, en lo alto, con un vaso de whisky que ingiero y me embriaga

un poco más.

¡Ay, mis vecinitos! ¡Ay Dani mi nuevo amigo...! Me río como un

tonto, estoy pellejo o casi, para que negarlo. Cuando quiero reposar

el vaso en la mesita de noche, éste, baila al ritmo de mi balanceo,

aunque llega a su destino sin accidente alguno. El resto que me

quedaba ha hecho mella en mi tráquea, acompañando a una calentura

fugaz estomacal. Tras dejar el vaso, sin preocuparme de la ventana me


101

aposento en la esponjosa cama, me hundo recordando la noche de hace

días, y revivo la conversación de horas atrás.

Iker me ha hablado mucho de ti... ¡Cabronazos! Balbuceo en alto.

¿A quién alquilaron el piso?

Las ideas se amontonan y un rayo de energía me invade, ideas que

me asaltan como las luces que se perciben de la lámpara de mi cuarto,

que acompaña a la luz del pasillo y, la de la sala; todas encendidas y

en absoluto me preocupan. Abro el armario y me cambio de camisa. Me

pongo un polo verde de hacía tiempo, similar a los del cocodrilo; de

cuello de pico y con dos botones a la altura del pecho. Me ato uno, y

sin olvidar el vaso voy hasta la sala. Lleno la mitad y me acerco a la

pared donde acostumbro escuchar el silencio del piso vecino. Trago,

bebo, me emborracho. Adoso la oreja al granulado del gotelé

blanquecino ligado a motas mugrientas, y escucho, pero el mutismo

sigue siendo el gran protagonista de este edificio.

¿A quién se lo alquilaron?

Cuando he bebido dos vasos más, ya harto de oír nada, sentado en

el sofá de la sala, aún con las tres luces brillando y, meditando

principalmente sobre mis vecinos, caigo en la cuenta, -aunque estoy

demasiado ebrio- que puedo trabajar por el bien de la humanidad. Subir

al quinto donde está el vecino soltero de cincuenta años, pedirle la

copia de la llave, ¿debería tener una? Y tal vez encontremos dentro

papeles que me digan si realmente son estudiantes o no. O podríamos

encontrar la pistola plateada que creí ver. (Aquella noche únicamente

bebí un poco de cerveza, y cuando desperté los efectos habían huido)

Doy otro trago, y encorvado me acerco hasta la mirilla. Pienso donde

he dejado las llaves, pero no llego ni a hacer trabajar a la sesera

porque las encuentro tumbadas en la entrada. Las guardo en el bolsillo

izquierdo del pantalón corto, termino el vaso dejándolo en la mesita

de la entrada, y sin apagar luz alguna, abro la puerta y salgo al

pasillo.
102

Todo está demasiado borroso. El camino, la puerta, la pared, el

techo sucio y ascendente. Los pasamanos me sirven de guía. La mirada

de apoyo. Y el alcohol de valor. Me hallo joven. De un modo extraño

tengo ganas de dar empujones a la puerta y tirarla con el hombro.

Puedo hacerlo –me digo al tiempo que limo mi hombro con la mano

adversa, como que pudiera afilarlo para la gran batalla-, pero primero

intentaremos lo de la llave del vecino soltero del quinto. En el

cuarto me quedo mirando a ambas puertas, descansando mis rodillas

menos doloridas por los duendes dadivosos del alcohol. Emprendo camino

de nuevo; las escaleras del cuarto y quinto están más firmes, las

pisan menos, pienso; por lo que están menos dañadas: No balancea ni

una, ¡je, je! Mi voz invade la escalera, y un eco breve y tímido la

acompaña. Giro en ciento ochenta grados dejando atrás la ventana que,

cercada de madera, mira a la calle, y se abre tan sólo la mitad de

abajo arriba. Las últimas dieciséis escaleras escarmientan a mis

piernas, y, cuando ya estoy frente a la puerta con el cuerpo

deslucido, con la lengua fuera de mí, los pulmones cazando oxígeno,

los ojos rutilantes y la mente en blanco a un paso de la puerta, tengo

algo de miedo. La idea de hablar con él, que tan maravillosa sonaba

abajo, ahora parece imbécil. ¿Qué le digo?

Ya he perdido toda noción de tiempo, pero no me muevo de la orilla

de su alcatifa. Con una mano en el bolsillo tanteando mis llaves, y

mirando a lo alto, improviso el diálogo que vamos a tener: Está claro,

le cuentas lo que ocurrió el otro día, le preguntas por la copia de la

llave, le invitas a ir dentro ya que los vecinos marcharon de fiesta,

y registráis el piso, sacándote tú así todos los demonios que llevas

dentro. Porque estoy viendo que al final, ¡seguro! Son estudiantes.

¿Por qué ahora que estoy aquí arriba me parecen menos terroristas?

El timbre, está enmarcado en un adorno dúctil, blanco y cuadrado.

El botón, del tamaño de un meñique, también cuadrado. Presiono y se

hunde. Con la mano izquierda, me apoyo en la pared sin abordarla y


103

esperando la apertura de esa puerta de un pardo sombrío. Vuelvo a

hundirlo; suena fuerte y continuo. Vuelvo a tocar, y ahora ya sí oigo

los pasos acercarse. Si fuera joven y travieso aún tendría la opción

de escapar corriendo, guiado por los pasamanos y saltando las

escaleras de dos en dos. En un minuto estaría en la calle, y en medio,

en casa riendo endemoniadamente a carcajada amplia por los suelos.

Pero la cerradura ya se mueve dando hasta tres vueltas. La puerta poco

pesada se abre, y el cuerpo en pijama de mi vecino soltero se queda

perplejo ante mi presencia.

Debo tener alguna gota de sudor en la frente. Mi cara un poco más

pálida. Sin querer esbozo una cantidad de aire que le debe llegar

hasta el olfato del hombre adulto, casero y que custodia el marco de

la puerta. Permanezco encorvado ligeramente hacia delante; al unísono

con la torre pisa si estuviera frente a ella. La diferencia sería que

a ella la están arreglando para inmortalizarla al menos doscientos

años más, y a mí, sin embargo, no me conjeturan meses, un año a lo

sumo.

-Buenas noches Miguel, ¿Te pasa algo?

Me invade el desconcierto cuando disparan sus palabras. Sí me pasa

pienso. Pero de pronto la mente se borra de recuerdos. Mi mano se

empapa y siente calentarse la pared. Su imagen se desdobla y se

emborrona. El asa que dibuja mi otra mano ni se inmuta. Mareo e

inconsciencia llegan bien armados de un ejercito multitudinario para

clavar la bandera de conquista en mi cerebro débil e inconsistente en

defensas. Y, tras segundos de silencio perpetuo, alguien dentro de mí

comienza a dar rienda a un dialogo voraz que mañana olvidaré...


104


Mar adentro van barcos solitarios sin tierra en la que anclar. Mar

adentro descansa mi despertar, mi amor y nuestra soledad.

Hay un sueño que no debo comprender, un sol que debería no estar,

y un dolor que nunca debería doler. Mi cuerpo aún no sé, ni como

reposa, si tumbado o de pie. Empiezo a sentir el día, el aire a través

de la ventana abierta, y el dolor de cabeza en las sienes. Bailan y

golpean inconscientemente las migrañas a este viejo resacoso...

-¡Los vecinos! ¿No sabes? El otro día los vi llegar con un arma,

¿tú les alquilaste el piso, verdad?

-¿De qué me estás hablando Miguel? Has bebido. No sé qué me

quieres decir, pero será mejor que te vuelvas a casa y te acuestes. No

son horas.

-¡No! –Vocifero. Le cojo de los hombros; es más bajo que yo y creo

poder intimidarle. No tan añoso, pero sí aparenta nutrirse de mi

edad.– Escucha un instante, por favor –ruego de manera sigilosa.

Ciertamente, no quiero que lo nuestro sea una reunión comunitaria.

¡Je, je! Me río pero no se lo digo.

-¿Quieres que te acompañe a casa, Miguel?

-Cuando me prestes atención.

Inclina la cabeza, aprieta los labios dejando entrever la

aprobación de alguien que desea volver a la paz de su sofá, televisión

y noche de viernes, -víspera eterna de grandes fines de semana en los

que nadie desea ser interrumpido- y afirma: De acuerdo, pero se

breve...
105

Cuando el cielo tiende a pintarse de azul, las margaritas estiran

sus brazos y endiosan un amarillo –corazón- blanquecino al monótono

verde. Cuando por la mañana, quiera ver ese prado verde, amarillo

blanquecino, me estaré preguntando qué sucedió ayer, por qué me duele

el hombro, la cabeza, las piernas y, tengo la boca como si me hubiera

comido un estropajo y hubiera decidido quedarse en el mismo paladar.

Saliva pastosa viaja desde los molares hasta la parte inferior de la

lengua, finalmente cruza mis amígdalas, y muere en un estómago

atestado de trabajo, y sabedor de éste; a mi edad, bastante ha vivido

mi organismo, tanto, que esta resaca es un esfuerzo extra tan sólo,

nada nuevo. Siento mis pies calzados, la camiseta granulada pegarse a

mi pecho, y los pantalones prietos en mis pantorrillas. Las sábanas

sudorosas en mis rodillas, y mi mirada ciega en un sueño desmemoriado.

Intento girarme en esta piltra tan blanda, hundida, miserable y

testigo de tantos sucesos, pero el hombro lastimado me lo impide, la

manta atada al somier también, y el dolor de cabeza me hace empuñar

los dientes, y me traslada a otro sueño en el cual reina el olvido.

Cuando me quiero librar de su apoyo, el de sus hombros, me

tambaleo y doy un paso hacia atrás para mantener una distancia

prudente. El vecino temeroso de una verosímil culada mía, me coge la

mano y me mira fijamente a los ojos buscando una respuesta a mi

actitud. Yo me desenvuelvo queriendo ser autosuficiente y dar

coherencia y credibilidad a mis palabras. Pero no consigo más que todo

lo contrario. Sus dedos que se aferraban a mi muñeca débilmente,

patinan cuando reculo mi mano. La inercia me hace dar otro paso atrás,

y tal repliegue, hace que me desplome...

-Miguel –ruega mi vecino- vamos, que le acompaño a casa... Será lo

mejor.
106

Estoy sentado con el culo en la alfombrilla del otro vecino; la

paja dura y gorda haciendo círculos, e incomodando mi reposo. Mi

cabeza postrada en la puerta, mi cabeza dolorida, mi cabeza borracha,

mi cabeza olvidadiza...

Estoy sentado con los pies calzados, que cuelgan de mis tobillos y

no llegan a tocar el parqué desgastado. Mis ojos rojos y llorosos

mirando el armario abierto. La misma ropa que anoche, la ventana

abierta, la cortina corrida, y el sol entrando por el resquicio que

hay entre las cortinas. Estoy desorientado, de hecho, lo último que

recuerdo era que subía por las escaleras. Luego recuerdo haber llamado

al vecino, pero... ¿qué más? No recuerdo nada. Miro el reloj y me

asusto más aún. Tengo miedo, mi cuerpo anduvo por ahí sin mí; son las

19:55.

...Mi cabeza dolorida, mi cabeza borracha, mi cabeza olvidadiza.

Creo que la puerta desaparece por segundos. Una voz femenina llega

a mis oídos y luego, un portazo fuerte los ensordece de una manera tal

brutal que, abofetea un rumor de viento el cartílago crecido de mi

oreja. Y la madera al topar con el marco, acaricia mi ya cuantioso

pelo grisáceo. Las manos de mi vecino el del quinto me levantan,

sujetándome a posteriori lo indispensable para que pueda continuar de

pie.

-¿Vamos? –Pregunta tendiéndome su brazo por mi espalda y pasándolo

bajo la axila.

-De acuerdo, ¿has cogido la llave?

Va siendo hora de aclarar todo lo relativo a esos dos chicos, ¿no

crees Miguel? Es lo mejor, entrar, saber que no son terroristas, y

encaminarse a mi alcoba con la conciencia pulcra.

-¿No tienes llaves de casa, Miguel?


107

Me reclina contra la pared y, en verdad, me cuesta un esfuerzo

tenerme en pie, sin embargo, lo consigo dejando mi cintura sostenida,

adherida al tabique, y mis rodillas curvadas. Mientras asimilo su

pregunta que no he entendido con totalidad, busco una respuesta

racional.

-¡Cómo voy a tenerlas! Yo no les he alquilado la casa, has sido

tú, ¿verdad? Yo únicamente les vi con el arma, y creo que son lo que

son, ¿sabes cómo te digo? –Le hago un gesto de complicidad, pero él ni

se inmuta, y tiene cara de susto e incomprendido.

-Miguel, por favor, se lo ruego, es tarde, está borracho, déjeme

llevarle a casa, si quiere le acuesto, pero olvide el “empecinamiento”

que tiene con sus vecinos, si quiere mañana más temprano conversamos.

-¡No! –Rabio de cólera.- ¡Debe ser hoy! ¿No lo comprendes?

Salieron de fiesta, no están. –Susurro al fin.

Mi vecino mira a la puerta con la que me golpeé. Luego se separa

un poco más de mí, y finalmente, me dice que lo siente, que estoy muy

borracho y que se va a dormir. Que si quiero entrar donde los vecinos

deberá ser a encontronazos.

-No lo entiendes, -casi lloriqueo- es el momento adecuado.

Me yergo e intento llegar al pasamanos. La puerta del vecino casi

acaricia el marco, y yo de nuevo solo sin saber qué hacer.

Siento que si me pusiera de pie, me volvería a caer. Y Tengo el

hombro derecho tan dolido que no puedo moverlo nada. Intento saber qué

me pasó ayer, y lo único que recuerdo es que cuando salí de casa y vi

la puerta, me dieron ganas de tirarla a empujones, pero no lo hice,

¿verdad que no lo hice?

Tirar no la tirarías, cabrón, pero intentarlo...

¿Cuándo?

No sé, pero lo hiciste.

¡Qué no!
108

Cierro la conversación mutua con un basta ya cerebral y mudo.

Visto el mismo polo verde que anoche. Me levanto la manga con el brazo

bueno, donde quiero encontrar síntomas de arañazos, o un moretón que

muestre mis intentos verídicos de tumbar la puerta. Pero, antes de

levantar la manga, mis ojos esfumados de nitidez se encuentran con

arañazos en el antebrazo, sangre resecada que evolucionó y pasaron a

ser arroyuelos finitos de pústula. Izo la manga y veo un pequeño

hinchazón que no me dice nada. Mirando mi brazo dolorido vuelvo a

percatarme de la hora, y son ya las ocho de la tarde noche; ocaso

veraniego resacoso que pervive en este apartamento, donde un viejo de

sesenta y siete años revive sus ya eternos olvidados recuerdos, los

que jamás volverán. El tal delicioso chivas, se encargó de

exterminarlos.

De pie, con las zapatillas azules que aún llevaba puestas de ayer,

piso el entablado que no se hunde, que a pesar de mis calcetines y la

suela de caucho, lo siento aterido. Me enderezo y, la cabeza

acompañada de un tormento tirante que achina mis ojos, y acarrea

vueltas mareantes que abordan el aturdimiento a mi visión concebida.

Pongo una mano en la cama que aún queda detrás de mí. Debo tener

hambre, ¡claro! Desde ayer a la noche no he comido nada. Ni he

desayunado ni he comido, son las ocho...

¡Mierda! El teléfono comienza a sonar a lo lejos inoportunamente.

Y sigue sonando insistentemente, no cesa. No cesa el dolor de cabeza,

no cesa la boca fangosa, no cesa el teléfono, no cesa el agotamiento y

el mareo constante cada vez que me suelto de la cama y me quedo tieso

y de pie sin sujeción alguna. No cesa el estómago hambriento, que da

consejos alimenticios cada cierto tiempo. Y no cesa el absurdo de

intentar recordar la noche de ayer sin conseguir lo más ínfimo.

Finalmente, al quinto o sexto silbido telefónico he de tumbarme de

nuevo boca arriba en la cama, mareado. No aguanto de pie, y menos,

podría caminar pasillo a través para alcanzar el teléfono. El gran sol


109

que remoja de luz mi habitación, me había impedido ver las luces;

tanto la del pasillo como la de mi cuarto, que aún se mantienen

encendidas. Apoyo la cabeza y caigo en la cuenta del chichón. Es

extenso y doloroso, mucho más de lo que supuse en un primer momento.

¡Vecino de mierda! Grita mi cerebro alcohólico, por la pasividad

de éste. Se esconde en casa e ignora la peligrosidad que tenemos dos

pisos más abajo.

Bueno, vamos a ir bajando. Con la tranquilidad que atesora mi

ebriedad, con los pasos perdidos, y el silencio de hilo musical. Por

que las escaleras se me desdoblan, se me emborronan, y mi vista no

llega más, que a los dos siguientes escalones, bajo de uno en uno,

poco a poco.

Intentaré abrir la puerta con algunas de las llaves que tengo yo,

¿podría ser?

Imbécil, eso es lo que eres. A tu edad, con tu experiencia en la

vida, deberías saber más sobre cerraduras y cómo abrir puertas, ¿no

crees?

Llegar al cuarto me cuesta, llegar a la ventana entre el cuarto y

el tercero me cuesta. He pisado mal una escalera, y mi pie ha bajado

dos de golpe. Sujeto por el pasamanos, he aguantado el desliz y

finalmente he acabado de pie. Tengo el corazón pujante, y la mirada en

la ventana. Una mirada estupefacta, limpia y dilatada, que sin

pestañeo alguno continúa mirando al frente hasta que me giro, porque,

ahora que estoy lanzado, tengo valor y ganas -antes de serenarme- de

entrar donde los vecinos, y así mañana despertar tranquilo y, sabiendo

que son unos buenos estudiantes, ¿verdad?

Pero mi otro yo nunca contestó a esa pregunta. En cuanto intento

afianzar el primer pie en una de las finales dieciséis escaleras, más

desgastadas que las dieciséis del quinto, un vahído ataca a mi

cerebro. Uno de los multitudinarios comandantes del alcohol


110

trastabilló a una de mis neuronas, cambiándole las coordenadas de mi

siguiente paso, y en consecuencia, provocando mi caída de bruces hacia

el arrecife de mi tercera planta. Las escaleras parecen infinitas. Doy

una voltereta y, cuando quiero sujetarme a la barandilla, lo único que

consigo es chocar contra la pared con los pies. Apoyada, se paraliza

mi cabeza en el labio de una escalera; dolorido yo, magullados mis

brazos por las desgastadas escaleras de madera, que no perdieron

oportunidad de arañarme y restregarse por mi piel.

Cuando intento abrir los ojos lo único que percibo es la nueva

alfombrilla de mis vecinos que anuncia con ironía en tonos verdes,

rojos y blancos: “Ongi Etorri”.

Tras diversos minutos viviendo mi espacio corporal entre el sueño

y el delirar, abro finalmente los ojos.

Anochece...

Tapado hasta el cuello, sin tiritar y, con una calidez que acomoda

a mi organismo en esta larga y ancha cama, aprecio el cómo las

estrellas acompañan con sus miradas, a la lámpara aún irradiada de mi

cuarto. Los minutos fueron muchos. Minutos que sembraron una hora y

que sucedieron a más sueños, dando tales minutos los amargos frutos de

más horas que se pasaron y ya no volverán.

Me siento en la orilla de esta piltra tan sudada, mal oliente y

harta de mí. Las luces llevan casi veinticuatro horas dando albor y

color a este apartamento, que ha sido testigo de una de las

borracheras más jaraneras que he tenido desde que dejé de ir con los

del trabajo, después del susodicho. Nos juntábamos unos cuatro, cinco

o seis, hablábamos, y definitivamente tras varios chistes que se

convertían en risas, siempre gracias al estrés acumulado en el banco,

decidíamos ir a tomar tintos o zuritos por los bares del circuito que,

ellos debieron dibujar algún día, mucho antes de que una tarde, yo
111

abordara de conocimientos en el sillón de mi despacho que tal ruta

existiera. De bar a bar y tómate otra más, era la frase que Sergio

tanto adoraba salpicar; uno de los altos cargos que se mató hace tres

meses en un accidente de tráfico. Conducía bebido, y se llevó consigo

a su mujer y a su hijo de quince años. Doloroso e injusto. Al igual

que en el ejército, se intentaban formar grupos de dos, unos detrás de

los otros callejeando al unísono. Sin embargo, se diferenciaba en que

aquí, se iba a paso lento y conversando de problemas, de soluciones

que con cada bar pasado, parecían más reales. De mujeres, que a cada

vaso que nos cegaba, se convertían en más asequibles. Y en letargo

taciturno, que llegaba cuando el último vino con sus caudillos

alcohólicos, mataban esa energía fugaz. Aquella época se convirtió en

una mala racha para mi mujer y para mí. Mi niña, estudiando día y

noche para sacar unas oposiciones que, tardó tres años en dar su jugo,

y, que en verdad, a continuación no valieron en absoluto el cargo que

le proporcionó su marido. Mi mujer convirtiendo su vida en una

continua tarea del hogar (Ahora si lo pienso mientras sigo sentado en

el remate de este catre, se me anega el cuello de remordimientos).

Tenía un despertar invadido por un haz del desayuno, enlazado con

aglomeraciones de prendas que aguardaban sucias y hediondas en un

cesto de mimbre que aún poseo. Después de separar la ropa blanca de la

de color, una de las dos, se apelmazaba en un bombo plateado y lleno

de orificios, los cuales portentosamente disparaban flujos de agua y

nos lavaban la ropa. Ropa que salía de ese bombo y, que mi Carmen

tendía en la calle para que se secara. Ropa que mi Carmen recogía del

tenderete, y que planchaba dentro, mientras confinaba un vistazo a la

comida. Y no descuidaba la aspiradora en cuanto terminaba de planchar.

Y ropa que mi Carmen ubicaba en sus perchas y en sus respectivos

armarios. Y Ropa que doblaba y que luego, nosotros, encontrábamos bien

aromada, plegada y dispuesta cotidianamente al alba. Así que, durante

aquella época en la que mi niña estudiaba, mi Carmen trabajaba en


112

casa, y yo, me aplicaba en el curro, surgió nuestra mayor crisis, la

cual fue naciendo con cada borrachera de fin de semana; que si

despedida de tal, que si bienvenida de cual, que si bla, bla, bla...

La verdadera crisis que arreó su inicio el primer día que Carmen

me abofeteó por tener las pupilas como cuencos, la nariz escarlata y

el aliento mustio y saciado a alcohol, duró hasta que se cumplieron

treinta días, tal vez el tiempo justo. Su culminación se presentó como

el llegar de una estación del año; en un día. Y mis borracheras

acabaron cuando una noche, ciego como el hombre de la esquina que

vocifera ¡El cuponaaaaazoooo! Tras varios minutos en la puerta,

curvado como si imitara a un toro que va a envestir al enemigo, sin

poder abrir la cerradura, basculante como una bandera al viento, y en

silencio como en el averno, cogí una inclinación reculada y, cuando

fui a por un definitivo intento de acertar con la llave en la diminuta

cerraja, consumí mi breve dignidad en la alfombra que aún conservo;

abatido y borracho. Mi mujer hubo de arrastrarme hasta la cama, ver

como vomitaba una y otra vez en la orilla de ésta, mientras yo

atisbaba entre neblina, cómo ella lo recogía. Finalmente, dormí la

mona como un bebé. Al día siguiente me puso las maletas en el pasillo.

Toda esa ropa que lavaba, tendía, recogía y planchaba, me la ordenó en

una maleta y me dio a elegir: O dejar de beber de manera radical, o

marchar. No he de decir cual fue la respuesta, porque me pasé toda la

mañana bebiendo agua, faltando a trabajar y llorando.

Los cordones de estas zapatillas los debí atar con fuerza, y

ahora, desatarlos es demasiado difícil. De algún modo, los nudos se

aferraron como una piña. Puede que lo hiciera yo, pegarlos los unos a

los otros de tal manera que ahora separarlos se convierta en una tarea

harta difícil. Seguramente fueron mis dedos quienes apretaron ayer los

lazos, y quizá tiré de un cordón creyendo que iba a deshacer el nudo y

acabé prensándolo más. Introduciendo las uñas rasuradas entre las


113

rendijas, consigo aflojar un poco, lo suficiente para que mi dedo

índice pueda inyectar su yema y tirar del cordón en diagonal. Los

cordones se amansan y me quito la zapatilla izquierda. La derecha está

más fácil; lo hago en una fracción de tiempo corto, y tras descalzarme

con cuidado, nace un dolor aullador en el hombro. Me despojo del nicky

mal oliente a sudor y vuelve a aullar. Retorno a tumbarme panza

arriba, mi estómago refunfuña, y creo que igual podría acercarme hasta

la cocina y prepararme algún brebaje, o alimentarme de alguna especia

que no le haga trabajar. Pero cuando quiero decidirme, la almohada me

domina; una esponjosa almohada que amansa la aflicción de mi cabeza,

que olvida los rasguños y contusiones de mi hombro, y que sestea la

pastosidad de mi boca.

...Mi cabeza en el labio de una escalera; dolorido yo, magullados

mis brazos por las desgastadas escaleras de madera, que no perdieron

oportunidad de arañarme y restregarse por mi piel.

Cuando intento abrir los ojos lo único que percibo es la nueva

alfombrilla de mis vecinos que anuncia con ironía en tonos verdes,

rojos y blancos: “Ongi Etorri”.

Me he podido romper un brazo, no lo muevo, ¡maldita sea! El dolor

me hace rabiar, y por ello, arreo un puñetazo a la puerta de mis

vecinos. Es el objeto más cercano. Sé que no tiene la culpa, pero le

arreo tal puñetazo que ésta cede, y mi mano se hunde en la endeble y

hueca puerta.

Perplejo, la nuca alzada, la espalda magullada, recostada en la

primera escalera, y para qué negarlo, asustado y beodo. Saco los

nudillos con levedad, miro mi borrosa mano y tan solo percibo raspones

que con un par de días, se curarán. Me palpo la cabeza con el brazo

sano, el que arreó la sacudida, y siento el golpe, aún el chichón no

se engendra en mi calavera, pero el dolor ya vaga libertino por mi


114

organismo. Apoyo el codo inmune en un escalón al tiempo que miro el

gran agujero, el cual ha quedado a unos cuarenta centímetros de

altura.

Eres alucinante, Miguel, ¡a-lu-ci-nan-te! Deletreo con una sonrisa

maligna y divertida.

Tras varios minutos de indecisión, finalmente me elevo, ayudado

por mis bisagras enmohecidas y castigadoras. Frente a la puerta de los

vecinos, la idea de entrar se ha convertido en una quimera. Y la de

tirar la puerta en una idea disparatada; el golpe ha debido darme

sensatez. Me agacho sin soltar el marco de la portezuela, y con maña,

intento adornar el deteriorado, insertando mi dedo índice y haciendo

palanca hacia fuera para empequeñecer el agujero. Pero me es

imposible. Difícilmente maquillable. Incluso al levantar mi cuerpo y

dejar mi posición en cuclillas me mareo, por lo que desisto. La

cabeza, que aún me da vueltas cuando ya he avanzado hasta la puerta de

mi piso, añade, y me regala un par de vahídos cuando me doblo y decido

luchar contra la falaz e inamovible cerraja. Ahora ya, tan sólo quiero

entrar en casa, e ir a dormir la mona como un bebé. La puerta no se

resiste finalmente. Las luces me indican el camino hasta la alcoba, y

la cama hecha no afronta mi ataque. La abro, y cuando deseo

desvestirme, caigo rendido y vencido por el alcohol, el sueño y la

noche...


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Son las siete de la mañana cuando mis pies atinan sus primeros

pasos estables de un domingo que se presenta caluroso y soleado. El

cielo ha tirado su telón más bello; el azul. Las crestas de las

montañas tienen su verde iluminado acompañado de un blanquecino rojizo

que el sol les regala. De pie, frente a la ventana, sujeto, débil y

menos resacoso, no dudo que, los paisajes soleados de esta tierra, son

los más hermosos del universo. Diez minutos permanezco estribado con

mi torso en el ventanuco, mirando la soledad callejera del domingo

precoz, respirando el todavía frescor del aire liviano, y sintiéndome

nuevamente humano.

Mi brazo sano acecha y se guía por las paredes, porque aunque mi

andar se ha estabilizado, me encuentro débil y hambriento. La carencia

de firmeza acompañada de un desmayo, me da pavor; siempre uno de los

tambaleos podría tirarme al suelo. He apagado la luz de la lámpara de

mi cuarto que lleva día y medio encendida. Ahora lo hago con la del

pasillo y, finalmente la de la sala. Veo antes, en la mesa, la botella

de whisky vacía casi en su totalidad, con el tapón bien enroscado.

Puede quedar el tamaño de un dedo en horizontal, nada más. Paso de

largo cuando abro las ventanas para purificar el piso, y olvido

abandonando al disidente en la mesa de madera.

Sentarme de nuevo en una de las sillas de madera con respaldo y

patas de latón, parece un milagro. Acerco despacio hasta mí el cesto

de fruta, -siempre con el brazo izquierdo; el indoloro- donde un


116

melocotón blando y sabroso se pierde en mis encías, en mis socavones,

los que se fueron construyendo con el paso de los días que yo no me

lavaba los dientes. Y que se inauguraron cuando el dentista me daba

cita, me inyectaba su anestesia y, con la ayuda de una señorita muy

agradable, sacaban mis más de dos o tres muelas que ya faltan. Ya no

puedo distinguir si fueron en dos o tres ocasiones, aquellos tirones y

sudores que por medio de un alicate, el dentista exponía su maña y

fuerza, y convertía aquella muela picada en un socavón mucoso, dejando

sin defensas a la parte que cubre la zona alveolar de las mandíbulas y

adhiere al cuello de los dientes.

El melocotón ha abierto mi apetito, así que atrapo una pera y

caliento un poco de leche que he rescatado del frigorífico. Parezco

recuperar vigor. Es entonces cuando mi reflejo en el cristal ahumado

de la puerta de la cocina, dibuja mi contorno, que concede una holgada

cresta gris y tenaz en mi pelo. Me río, me troncho, por qué no

decirlo. Y sentado con el jugo de la pera en las papilas gustativas, y

el placer de volver a ser de nuevo un hombre, mayor, pero un hombre al

fin y al cabo que lleva con anhelo la savia que retoza dentro, me

alegra el corazón. Ver mi penumbra duplicada me hace olvidar durante

instantes la borrachera del viernes.

La cafetera escalda, y la leche desprende una cortina de humo que

invita a retirarla del fuego. Tras varios minutos con el pecho desnudo

y las zarpas descalzas, -excepto por los dos pares de calcetines-

comienzo a tomar el primer café de esta aurora del domingo. De la

despensa extraigo unos bollos que no son del día, pero que guardan su

exquisitez más sabrosa, y más para mí, debilitado por el paso de todo

un día sin alimentarme. Un café que me despeja las ideas, que me

recuerda a Dani. Un bollo que me facilita energía y vigor. Tal vez

debería llamarle temprano pienso. Y mientras le doy vueltas al café, y

unto dos bollos rociados por la parte superior de azúcar y una


117

limitada cantidad de caramelo, planeo un día lleno de aventuras

urbanas que vivir.

Me desnudo y me ducho. El agua caliente me da una vida inmensa y,

las heridas prolongadas de mi brazo escuecen. Un brazo que ha ganado

mucha movilidad, pero que sigue poseyendo un férreo golpe justo a la

altura del hombro. Mi piel desnuda entera es fea, ya no guarda ni un

resquicio de juventud. Pierdo vello en el pubis, gano arrugas en cada

curva de mi cuerpo. Una palidez propia de un cadáver esquimal. Aunque

la vista se acostumbra a todo, no significa que la costumbre las

convierta en querer. Porque yo no quiero verme así; viejo. Y después

de rociarme de un jabón que huele a avellana y, que seguramente lo

compré porque lo vi en algún anuncio publicitario, entonces, retiro la

cortinita que lleva más de diez años impermeabilizando los azulejos

del baño, y alcanzo el albornoz azul oscuro, un albornoz peludo y

suave que también ha secado mi dermis ciertos abriles. Hubo un tiempo

en que no tenía arrugas, hubo un tiempo en que Carmen me tendía el

albornoz sin que yo tuviera que salir de la bañera desnudo, hubo un

tiempo en que alguien podía verme en mi casa, húmedo y con el albornoz

abrigado. Hubo un tiempo en el que no había orfandad.

Cierto vaho que tomó el cristal, es asesinado por el círculo que

mi mano dibuja suavemente. Miro mi cara estirándola hacia abajo con

los dedos. Barba gris plateada que ya oculta considerablemente la

tersa y aseada piel, la que puede verse de nuevo si la afeito. Mi

piel, aquella que fue y que tantas veces afeité ante un fin de semana

adolescente... Me rocío de un relieve tupido de espuma, y me afeito

con cuidado. Yo no tengo “after save” pero sí masajeo por mi piel una

crema que aún dura y que Carmen compró. Un corte ligero se desangra en

la dermis de mi cuello, que sano con un suave sorbo de colonia y un

pedacito de papel higiénico.


118

Desnudo en mi cuarto intento levantar el hombro derecho a modo

hitleriano, pero lo único que consigo parecer es un hombre señalando

al suelo. Mañana, temprano, debería acercarme al médico para que me

recete una pomada. Anhelaría que no fuera grave.

Así, durante minutos, desnudo y con los pies en el albornoz azul

oscuro, al tiempo que se reseca mi piel, insisto en intentar el

ascenso de mi brazo. Pero cada vez que mi hombro rota, éste crepita, y

ciertamente, lo máxime que llego a alcanzar es una altura paralela al

suelo. Y ante tal grado, mis ojos gritan y lloran. Le engaño por otro

trayecto, pero el dolor existe, y creo que deberé ir al traumatólogo a

que lo revise.

Traigo yodo que esparzo suave con un algodón, y tras minutos de

cura, desnudo, me aletargo en el sofá grande contemplando los papeles

del último artículo que mañana daré a mi vecina. De vez cuando no dejo

de echar vistazos asesinos a la botella.

Sobre las nueve y algo, me yergo, despierto y holgado camino, aún

desnudo hacia mi alcoba. No hay nada mejor que, ante un día caluroso,

caminar en pelota picada. Pero, cómo he decidido bajar a por el

periódico, mejor me visto.

La ropa muere esparcida por diferentes puntos del cuarto, arrugada

y sucia. No hay más, que introducirla en el tambor de esa lavadora

primitiva, que cada vez que centrifuga baila, y hace bailar a los

muebles contiguos. Lo único que dejo fuera es la muda; blanca. A paso

renco me visto con unos calzoncillos de pata corta, unos pantalones de

un tinte azul marino, cortos, con bolsillos abotonados en el trasero

y, otros dos amplios en el área delantera de los muslos. Encuentro un

polo blanco publicitario que siempre le cogí un cariño especial. Está

algo desgastado, pero vale. Me atuso el pelo ingeniando un trazo hacia

la derecha. Si Carmen me viera me recitaría: ¡qué atractivo estás,

Miguel! Me lo recitaría como si yo fuera el mismísimo poema, me


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abrazaría y me regalaría un beso en la mejilla. Me lavo la reseca

cara, y desprendo el olvidado y pegado pedacito de papel higiénico de

mi cuello.

Cogidas las llaves, monedero, calzado con las mismas zapatillas

azules que Carmen compró, y semi desayunado, me acerco hasta la puerta

que cede, y cuando permanezco escondido tras ella, me crece un miedo

intrínseco. Ha vuelto a mí la idea de la calle, de mi noche, de la

borrachera, ¿qué haría conmigo el vecino? ¿Qué pensará de mí? Lo

pienso al tiempo que mantengo la manilla escondida en mi mano, la

puerta un palmo abierta, y yo aún detrás de ella. Cuando iba a

enfrentarme a la entrada vecinal, cobarde, le doy un empujón demasiado

enérgico para el ruido que finalmente atruena, y me inclino a mirar

por la rejilla circular de mi puerta. Cuando veo su portezuela,

respiro hondo. Está de pie y firme. Así que, sin pensarlo, abro,

cierro, le doy unos giros a mi cerraja hoy más asequible, (creo) y

bajo las escaleras a paso lento pero constante.

La calle tiene un aire de soledad infame y a la vez sosegado. El

sol es el mejor despertador, e invade las rendijas invencibles de las

persianas asequibles. En esta ciudad, las palomas se adueñan de

parques, donde picotean restos alimenticios de una día anterior.

Alguna maquina rezagada que lava la ciudad, aún pasea en caza de

suciedad. Y mis pasos ante tal silencio mañanero de domingo, se oyen

como un eco infinito.

La noche que ha dejado un frescor sensitivo, muere en las garras

de unos rayos cada año más vándalos. Y, sin embargo, respirar y ver

nacer un día caluroso, es un clímax sublime. Logras vivir lo afable

del frescor sin menguar el calor del guerrero sol.

La señora de los periódicos se estriba en las letras de una

revista que hace días salió. En una silla de camping lineal de colores

rojos y blancos, patas dobladas y el tejido muy hundido. La señora se


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olvida de que fuera de la revista existe la vida, y, sin ojera alguna

que se pueda atisbar, examina textos e imágenes. Su rostro difumina un

gesto entretenido, más bien aburrido, y aunque presente en cuerpo,

lejana, muy lejana en pensamiento. Eso es lo divino de lo que goza la

lectura, que te aleja mucho de donde ubicas tu cuerpo.

A un paso renco y constante, llego. Me inclino, alcanzo El Mundo,

y lo tiendo donde tiene la repisa, cumbre superior; donde se apilan

los periódicos a la altura de mi cuello.

-Hola, buenas –Aparta la revista, depositándola en un lugar oculto

para mi visión, se levanta y mira el precio que se ubica entre dos

líneas paralelas; en la izquierda.- ¿quiere la novela? –Su voz coge

tono y se adelgaza un poco.

-¿Qué novela?

-Ya sé que hoy no es el día, fue ayer, pero me sobraron dos

novelas de José Luis Sampedro; “La sonrisa etrusca”. Si la quiere son

475, recorto el cupón de hoy y ya vale.

-¡Uy preciosa! –Le camelo- ¡Qué agradable! Pónmela, no te cortes –

me manifiesto en tono burlón y animoso.

La sonrisa etrusca. Nunca he leído a Sampedro, pero ya tenía

ganas. Y por menos de trescientas pesetas, un libro, es una ganga.

La chica con una sonrisa triste, me cobra, y me tiende los cambios

al tiempo que siento sus puntiagudas y largas uñas en la palma de mi

mano. Me tira un saludo visual y se vuelve a tumbar en su silla con la

misma revista. Ojeras gachas, camiseta de tirantes, falda invisible y,

el pelo largo y rizado suspendido en las patillas muertas.

Con el periódico erigido en arco de medio punto, y con el sol

saludando jovial e infantil, emprendo un largo paseo que me deposita

en las faldas de la ría; en uno de esos bancos unitarios que innovan

hoy en día, tan resolutivo cuando no quieres que se siente nadie a tu

lado, y tan problemáticos cuando deseas lo contrario y, no queda


121

ningún banco libre consolidado con tablones interminables. Y mientras,

la ría desciende verdosa y, mal oliente según crece el calor. El olor

a mar llega en bandadas de viento, escoltado de un frescor pesquero

muy peculiar. El color del azul cielo se refleja en el tinte turbio de

esa ría, cristalina a pesar de todo.

Noticias que resucitan la astucia de mi memoria ajada. Letras que

se unen formando una sorpresa visceral, una mueca dichosa, una lágrima

rencorosa, o una recuerdo enterrado...


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Son las doce cuando cojo el teléfono. Un tono, dos, tres y

entonces, una voz femenina adulta, replica tres palabras cansinas y

desgarradas que se inyectan en mis orificios auditivos, finalmente

atesoradas en mi cajón memorial.

-¿Sí? ¿Quién es?

-Buenos días, ¿está, Dani?

-Sí, un momento, ¿de parte de quién, le digo que le llaman?

-Miguel –afirmo con la fugaz idea de mentir, pero sería absurdo;

únicamente podría acarrear confusión y retraso.

Se oye un sonsonete musical de fondo. Una voz débil dialoga, pero

tan sólo una voz que carece de idioma. Es un humano emitiendo vocablos

recónditos. Pasan dos minutos, tal vez hasta que la voz cansina,

femenina adulta y desgarradora vuelve a adentrarse en mis oídos.

-¿Miguel?

-Sí, aquí sigo.

-Que el chico está durmiendo, ya sabes, vino ayer... ¡Perdón! Hoy,

tempranito. Y que no se levanta, anda aún con sueño. ¿Me comprendes,

verdad? ¡Ay! Chico, ya lo siento.

-Tranquila –apaciguo su tartamudeo aflictivo.

Comprendo que sea joven, que salga por la noche. Yo lo hice,

¿porqué ha de regañarle mi moral? No lo hará, no debe acunarle en la

balanza del castigo por estar en un sueño resacoso del que tú, has

despertado hace unas horas.

Interrumpe sin permiso un pensamiento bronco de mi cabeza, y

añade:

-Me ha dicho que apunte tu teléfono que cuando esté dispuesto te

llama, ¿te parece?

-Me parece –afirmo.


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Le doy el número y con un hasta luego seco y rápido, los dos nos

quedamos con el auricular lejos de nuestros dedos: Yo sentado en el

mismo asiento de la borrachera, con el periódico en la mesita de

madera y la botella cerca del barranco. Ella, seguirá con sus a saber

qué tareas domésticas.

Un filete de ternera, -que espero no sea de vaca loca- lo mastico

ante la impaciencia de una llamada que no suena. Una solitaria cocina

que no deja ver un teléfono muerto. Y son casi las tres, una hora que

empieza a preocuparme y, comienza a hacerme pensar que hoy no será el

día que esperaba. Puede que el chico decida pasar de mí. Miguel,

recuerda que tienes la cantidad de sesenta y siete años, él tiene

veintiuno, me digo ante el sabroso sabor de un reserva de 1992; vino

tinto.

Un filete que bañé en un centímetro de aceite y que no doré mucho

para no batallar el masticado. Un vasito de vino que sorbo

terminándolo. Y es que ya lo han dicho en la tele, que el vino viene

muy bien para la digestión. Algo acerca de que el alcohol produce una

cantidad de no sé qué más, y que de tal manera, la digestión se

elabora más rápida. (Tritura la comida mejor)

Un filete que finalmente acompaño de un yogur que a punto estaba

de caducar. De sabor a fresa y de color rosáceo, tan fresco, que

molesta a más de un nervio de mis encías. Me empiezo a sentir tan bien

cuando me encamino hacia la sala a cucharear el yogur... Y de pronto,

encuentro algo en el suelo de la mesita de la entrada que no había

avistado antes: Dos pedazos de cristal, que unidos, darían vida al

vaso de anoche. ¿Lo tiré? ¿Cuándo? Ahora que parecía ir olvidando la

farra alcohólica que organicé el viernes, aparece el ya extinguido

vaso en mis pensamientos. A pasos renqueantes, poso el yogur en la

repisa de la cocina con su cuchara hundida en los viscosos restos, y

ansiados por mi estómago. Abro el portillo de un armario que da cobijo


124

a la escoba, fregona, cubo, recogedor, bla, bla, bla, y atrapo la

escoba de melena roja y amarilla, con un extenso palo de madera

plastificado en rojo, semi nueva y, muy poco usada desde que Carmen se

fue. El recogedor, una bandeja verde que, cuando empujo con el cepillo

a los dos cristales grandes junto a sus progenitores más diminutos

hacia ella, acaecen de manera muy dócil. Tres barridas son suficientes

para que vuelva a guardar la escoba y deje el recogedor sobre la mesa

mientras extiendo una bolsa para depositarlos ahí. Ahora ya, cualquier

recuerdo de la noche de aquel viernes, -Pienso haciendo memoria- ya

murió. Así que olvida Miguel: Olvida ¡Leches!

He de recoger el yogur, alzar la cuchara con un poco de éste,

saborearlo, y decirme varias veces el célebre: Ya pasó, ya pasó. Por

segundos, pretendo llorar, pero resisto titán y finalmente, me entrego

al sofá con el yogur en una mano y la cuchara en la otra. Cuando tengo

el yogur casi terminado, hojeo el periódico manoseado mientras olvido

el libro intacto que descansa instalado en esa región donde reside

gran parte de mi “Arte literario peculiar” –Ordenador, cuentos

inacabados, Lo cotidiano, fotocopias de noticias, noticias recortadas,

y un extenso etcétera-. Y con la botella aún en ese barranco que,

vallado diminutamente por los bordes metalizados de la mesa, hace más

dificultoso un suicidio involuntario. Entonces, miro mi reloj de

agujas, que marca las cuatro menos cuarto, y en ese mismo momento, el

cacarear de mi teléfono, da un tono fuerte provocando palpitaciones a

dos figurillas del territorio vecino. Me cuesta enderezar mis

rodillas, mas cuando únicamente tengo un brazo como báculo. Otro tono,

y dejo sonar un tercero breve, al cual le sigue una voz aletargada,

aún espesa y, siempre afable, menguada.


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Son tantos los coches que circulan a estas horas, y tantos los

minutos que otorga mi figura de casi ochenta kilos, -Actualmente

menos, ¡innegable!- veraniega y agotada, a esta acera desértica y

soleada. Son tantas las veces en esta vida que he tenido que

permanecer de pie, unas porque sí, y otras, aguardando la aparición de

un distinguido tipo o tipa. Siempre alzando la vista a izquierda,

derecha, centro o atrás en busca de la persona que llegaba a deshora.

Han sido tantas las noches que, impaciente por pasarlas de farra con

los amigos, yo llegaba solitario hasta cinco minutos antes, y esperaba

nervioso sentado en aquel único banco de madera que nuestro

ayuntamiento poseía. Las horas de espera en el ejército, las horas de

espera a Carmen, las horas esperando llegar a ser un escritor

literario, las horas, que en mi vida tan solo pasaron como tiempo, el

que me llevó al día de hoy, como a una madera la lleva la corriente

sin función alguna, río abajo hasta llegar al mar... Ahora espero a la

muerte y, ¿quién no ha esperado alguna vez en esta vida?

¡Pi, pi! Seco, rápido y breve.

Un frenazo deja ante mí el coche azul clarito que él dijo. Su

figura se asoma por la ventanilla caída. Su cabeza bañada de un corte

de pelo cortito remojado, sus ojos ocultos por unas gafas, su

collar... Me hace una maniobra con la cabeza, y le obedezco

dirigiéndome al auto. Hace tiempo; hace una época amplia la que ya ha

transcurrido desde la última tarde que subí a un coche. ¿Cuánto?

¿Desde el entierro de Carmen tal vez? La puerta por la que entro queda

al margen de la carretera. Rodeo por detrás, y cuando voy en busca de

la manilla, la puerta se hiende unos centímetros. Y el chico está ahí,

estirando el brazo y facilitándome la entrada. Me agacho rígido

defendiendo mis dolencias, difícilmente olvidadas con tanto movimiento


126

prohibido. Me acomodo y un hilo musical peculiar se acomoda en el

interior del vehículo. Un olor a limón acompañado de hedor a nuevo

lejano. Un asiento duro, espacioso y una luna delantera nítida y

limpia. Le miro y él replica con sus gafas azules, alargadas y pegadas

a la piel.

-¿Comiste? –Es lo primero que me pregunta al tiempo que baja el

volumen de esa música tan dicharachera.

-Sí. –Le sonrío, y palpando su mano por atrás, me tiende un tocho

de hojas encuadernadas.

El coche sigue parado. Suena un tic tac que viene de algún punto

desconocido, y la música, ya muy bajita, canturreando en susurros

afónicos.

-¡Toma, para que vayas deleitándote! –Sonríe falaz y efímero.

Le noto una voz densa y, los ojos que se ocultan tras las gafas,

podrían dilucidar una resaca pianística. Entonces acelera, y yo me

encuentro con un lingote de folios de tres dedos de grosor, pesado y

descansando en mis muslos. Le miro, pero él ya viaja demasiado absorto

en la carretera para atender a mis preguntas, y más aún contestarlas

fijándose en el manuscrito. Mantiene la música baja y, yo con el

escrito entre las manos, no puedo más que abrirlo, con el corazón

nervioso, y las letras verdes rojizas del título –Telaraña- en relieve

sinuoso, grabándose en mis pupilas empequeñecidas y en mis ojos

rugosos entrecerrados. Pero antes de pasar de la primera página me

encuentro con la primera sorpresa del libro: La firma. Ignorando por

segundos la curiosidad, hago un limitado alto en el camino.

-¿Mikel Crespo? –Inquiero. Y al girar mi cuerpo caigo en la cuenta

de que no llevo el cinto.

-Ha sido la mejor idea, sí, irte a buscar. ¿Cómo no tienes

vehículo?
127

Ignorando mi pregunta, él da inicio a otra. ¿Somos dos polos, o

somos tan iguales? Pienso. Yo le pregunto y él, además de ignorarme,

no se corta y pregunta también.

-La vida no me llevo a ello. No hay más. Si uno trabaja cerca de

casa y, nunca llega a preguntarse por él, ni se saca el carné, ni se

compra un coche. ¿Tú cómo tienes coche tan pronto?

-Me saqué el carné hace año y... Y el coche es de segunda mano.

Regalo de mi padre.

-¡Vaya regalito! –Exclamo sorprendido.

Él entonces se detiene en un semáforo y me mira.

-¿No vas a ojearlo? –Gesticula con la mano invitándome a pasar

hojas.

-¡Ja! Pues sí, eso intentaba, pero... -Ironizo- Pero es que ya

tengo una duda, ¿Mikel Crespo?

Intento reincidir en la misma entonación, y así, pueda revivir la

pregunta que ya había formulado, y darse cuenta de cómo me había

ignorado.

-¡Ah, eso!

-¿No me oíste antes? –Insinúo casi sin entonar la pregunta.

-Te lo explico allí, ¿vale?

El coche sale brusco e incauta una curva tendiéndose en exceso

sobre las dos ruedas del conductor, prensando los amortiguadores

tanto, que he de alzar la mano derecha para aprehender el agarradero

del techo, con la otra retener el manuscrito, y aguantar la compostura

en este asiento en el que aún, continúo excarcelado del tejido

defensor. No chirrían las ruedas pero me he impresionado. Mi cabeza no

posee la habilidad de nutrir de cordura ante tanta rapidez en

presencia de tal maniobra y, a causa, el cerebro hastiado, se hace con

un deslizante mareo, y ofrece revoltijos a mi estómago. La recta se

hace larga y ancha. El azul del cielo me lleva a una zona costera

donde las familias tienen más dinero que las de ciudad, o lo aparentan
128

tener. Los pisos se transfiguran en apartamentos costeros y en chalets

de terraza, jardín y mesita de patio. Mucha gente vive en pisos que

despiertan frente a olas que incansablemente, besan la mansa arena

húmeda. Y a veces las olas más rebeldes golpean a las rocas. Ya se

dice, que toda comunidad posee sus ovejas negras.

Vecinos que ven fenecer y resucitar al ave fénix. Vecinos como

Dani, el chico, que no se aloja lejos de tal opulencia. En lo alto de

un risco, con aparcamiento particular, con una piscina pequeña y, una

terraza donde se puede celebrar cualquier recepción familiar sin

problemas de aforo; vivaque donde se asila este chico de la trenca.

Saca de la guantera un mando a distancia que abre la verja. Está se

retira hacia la izquierda, y cuando quiero darme cuenta, asciendo unas

escaleras de tono café con leche, adoquinadas, limpias, y que limitan

con un césped bien cuidado. Posee enormes geranios, y margaritas

largas en el costado derecho. En el otro costado una palmita pequeña

que da sombra a una toalla vacía y, que descansa a pocos metros de una

piscina, la cual tiene la geometría de un circo romano. (Lados anchos

más largos y lados cortos semicirculares)

Durante el viaje apenas he leído nada. Él me ha comentado que el

principio es un poco fuerte. Que desea denunciar el maltrato a las

mujeres y, cree que si leyeran esa novela, muchas de las mujeres

podrían abrir los ojos ante la probabilidad de una porvenir

intemperante. Sentir la responsabilidad de construirse un futuro sobre

cimientos sólidos y no, sobre sueños e ilusiones fantasmagóricas. Es

un libro que no posee una portada vistosa. El título se encarga de

cubrir más del sesenta por ciento de la página. Bajo el título, una

reseña escarlata, que dice: La historia enmarañada de una chica. Más

abajo su supuesta firma: Mikel Crespo; de un tinte azul con bordes

grisáceos. Cuando circulábamos por una tediosa cuesta hacia la cumbre

que otorga el aprecio de un mar añil, denso y manso, he decidido


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salvar la primera página y, prosiguiendo, toparme con un índice

escueto y que me dice poco sobre los acontecimientos del libro.

Dejando tres, cuatro vistazos en los capítulos, accedo a la página

cinco, -Tal y como la ha numerado el chico; no obstante, creo que está

equivocado- y leo el epíteto de la primera parte, enorme y con unos

versos del estilo al que muchos libros posponen a modo de prefacio. El

chico firma y, la historia da comienzo con una violación. Un prólogo

atropellado, pero que llena de intriga velozmente. Cuando termino

éste, ya veo el mar, y olvido lo leído. Me quedo ensimismado, por que

cuando siento la brisa del océano entrando por la ventanilla, también

es a Carmen a quien aprecio. Porque el tiempo enamora, el céfiro se

hospeda en mi descansado regazo, y en los recovecos de este coche azul

grisáceo, pequeño, con olor a limón, música suave y sin apenas

conversación.

-¿Estás solo? –Pregunta mi voz mientras ando suave, con el tocho

de manuscrito bajo el sano brazo.

-Y a ti, ¿qué te ha pasado? –Responde con otra pregunta, como ya

empieza a ser habitual.

-¿Dónde? –Inspiro, ya aburrido de sus constantes y omitidas

respuestas a mis preguntas.

-En el brazo, tienes arañazos. –Baja la cabeza y percibe mi

desnuda rodilla,- ¡Y ahí! –Moderado alza la voz, lo más alto que he

llegado a oírle.- ¿Has estado en alguna batalla?

-Ya te contaré. –Imitando su verbo cómico y misterioso. Si él no

cuenta no sé porque he de hacerlo yo.

En la calle, mientras él se aferra a la manija que despeja la

entrada, un sol rompe a sudar en un vacilante espacio asequible,

abofeteando con aflicción a un césped prolífico y húmedo que, no aún

hace demasiados minutos alguien regó. Desde este altillo adoquinado


130

café con leche que te dispone al nivel de la planta baja de este

palacete, se puede adorar la piscina, y, sentir su relente y frescor.

Se puede ver la toalla naranja y verde que aún continúa solitaria bajo

la palmita, el laurel real maniobrando de alambrada en los aledaños de

esta finca y, encubriendo la desierta calle por la cual hemos venido.

Se aprecia un azul manso del mar, menos manso y más lóbrego que el

cielo. Y a los márgenes; edificios y cumbres que aún lidian contra la

constante pleamar castigadora. La puerta cede ante el empuje del

chico. Una puerta metalizada en ocre, con cuatro cristaleras de un

color atezado que frena a la luz del día, y niega la transparencia de

un interior fresco y ciclópeo. Avanzo levemente dejando a la

izquierda, un salón suntuoso custodiado por dos admirables hindúes que

gobiernan el vestíbulo, y escoltados por un ejército de otras tantas

liliputienses efigies similares, que permanecen de centinelas en

diversas mesetas del armario de roble. Todas ellas seguramente,

rescatadas de continuos, lejanos y largos viajes. Se añaden a mis

pupilas unos sofás de un material muy similar al del cuello humano;

beige y bien acolchados. Un televisor, ubicado ya tiempo atrás en esa

meseta castellana -Un espacioso estante de madera bañado de un barniz

combinado con los sofás- por dos operarios. Todo lo que pueden ver mis

ojos a esta larga edad, es ajeno a lo que yo he vivido desde que

alcancé el uso de razón. Parece la serie “Dinastía”, virtuosa, donde

yo soy el invitado de honor, donde debo exhumar mis excelentes

modales, andar con pies de pluma para no cambiar nada de posición, y

no estropear el silencio, la alfombra, el ambiente...

Dani, el chico, cansino visualmente de tanto adorno primoroso, lo

ignora y escala veloz cada uno de los peldaños que se ordenan a la

derecha del gran salón. Escaleras que ofrecen un giro de ciento

ochenta grados en el primer rellano, y en el cual, él se detiene. Yo,

me canso al vislumbrarme en esa escalada constante de escalones, y me

crepita el hombro dolido. La rodilla, sin embargo, con sus huesos, los
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que pasaron un invierno duro y afligido, hoy, por gentileza del calor,

se adormecieron en un sueño eterno ya no tan distante.

-Es para arriba, -mesurado y estático, vocifera suave desde la

curva. Con un pie en el siguiente escalón y otro en el rellano, asoma

la cabeza entre el techo y la barandilla tosca, curvada y de madera.

Mirando mi cuerpo que, conquista visualmente cada ente de este gran

salón, gesticula con el brazo, -imitando a un remo que navega en la

mar- y me anima a emprender su senda, la que lleva a un cuarto tan

misterioso, que con sólo pensarlo, las postillas de mis heridas se

erizan.

-¿Sube? –Insiste.

Mi mirada subsiste drogada por el lujo, tanto objeto extravagante,

y, tanta disparidad frente a lo que mis hojas otoñales circulares se

acriollaron a percibir. Y mientras, el manuscrito colma mis débiles

fuerzas, me desvía de la aventura que trasladó al hindú de la

izquierda hasta este zaguán, y me adosa a una realidad, a un rayo de

luz curtido en el minúsculo firmamento que se percibe del parqué, el

cual duerme bajo las exquisitas alfombras. Fotos de familia como en

los buenos hogares destellan en los limpios cristales y, en los marcos

bronceados y plateados. Un reloj de agujas sellando los segundos de un

modo sigiloso, seductor al mismo tiempo. Y yo, escalando ante el

contorno invisible de Dani. Y a cada paso que firman mis zapatillas,

el crujir grato de las escaleras resuena a un ritmo lento y armónico.

Porque sí, porque unas escaleras de madera deben crujir. Un afable

crujir al hollar, las llena de un atractivo legendario. Giro, y mi

peregrinación a través de los escalones –Camaradas asiduos

recientemente- la finiquito con parsimonia. Reposo en un pasillo largo

y lóbrego, y, aunque estas escaleras vuelven a girar, por suerte, no

lo harán conmigo, por que cuando mi brazo se queja y mis huesos se

agotan, la sombra del chico, se dibuja en el lechoso fondo donde una

luz cegadora se asienta en un pórtico alicatado de arco apuntado.


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(Es hermoso)

Puertas de barniz chocolate permanecen cerradas a ambos lados.

Dejando a mis espaldas unas escaleras que transportan a un tercer

piso, y, frente a una moqueta gránate y un pasillo, guiado yo por el

resplandor blanquecino del fondo, me dirijo renqueante hasta la umbría

del chico.

-Perdone, por no esperarle.

Se disculpa tranquilo, y con una sonrisa que no le favorece. Está

claro que hay personas que nacieron con la posibilidad de embellecer

al sonreír, y otras no. A Dani, al chico, se le robustecen los

mofletes y el labio inferior parécesele hinchar. Los dientes no los

lleva bien amueblados y, sus ojos negros se le ocultan porque se

entrecierran, acarreando dos sonrisas verticales en las extremidades

de sus dos avellanas: En las sienes.

-No pasa nada, soy mayor, ni tú vas a subir a mi ritmo, ni yo me

esforzaré por subir al tuyo.

-Entiendo –reafirma.

Allí sintiendo el roce de mi piel contra el céfiro veraniego, y

viendo nacer en mis pupilas una terraza en forma de seno esbelto y

gigante, me expando a otra vida, otra nebulosa. Olvido ser quien era

ayer para creer que percibo de un modo pleno tal momento. Allí, yo, de

pie y mirando al mar, al confín, a los montes encadenados fértiles, me

salgo de este tan marchito tejido de piel. Soy durante instantes un

individuo diametralmente distinto al de hace unos días. Nunca pude

fantasear que pasados unos escasos atardeceres avistaría tal ofrenda.

No he cambiado nada, porque sé que en breve despertaré y seré el mismo

anciano que pasea renqueante los ocasos que visten las calles y los

parques de la ciudad. No soy ni más rico ni más señor, meramente,

experimento un existir en esta tarde armoniosa, que todo ser debiera

sentir en sus pupilas una vez en la vida. Melódicamente donada por una

lejana brisa del mar, y algunos pájaros cantores. Mirada embellecida


133

por paisajes rocosos sumergidos en el mar bien entrado el ombligo. Por

un cielo desnudo, y un sol que abusa, se crece hirviendo al mar, y

muere en la última sombra de una solitaria duna. Percibo que el

corazón me late más aprisa y me olvido de los rasgos evidentes que

denotan mi vejez, como si me hubiera sumergido en uno de mis más

deseados relatos; un niño que, ve por primera vez el mar...

La terraza se adosa de las baldosas de la planta baja, con una

mesa de plástico blanca, varias sillas, una hamaca, un libro y, varios

apuntes –estos sujetos con un cenicero- de tinta u ordenador;

desordenados pero no muy usados.

Un anteojo flechado por el arco de mi pecho se hace con el

horizonte. Verlo, es igual que navegar en un navío pirata. Olvido la

presencia del chico, puesto que él ya lo hizo acercándose hasta el

acantilado de esta terraza. Yo buceo en el océano que, manso se

fotografía ahí, como una postal, su fin, su cielo, su playa con sus

hormiguitas toalleras, sus coches aparcados... Es el mar, puede ser

Carmen con sus cenizas que, llegan en forma de olas, suaves y

relajadas a la orilla. Está la marea alta, y parece ya haber

conquistado toda la arena –Castillos, muros, estanques.- que deseaba.

Avanzo a pasitos lentos e inconscientes sin dejar de anhelar. Unas

vistas que me hacen llorar si quisiera. Pero la lenta marcha hacia

delante me inserta en el perfume de un chico de 21 años que

seguramente, me ha traído aquí, con la idea de saber cuáles son las

posibilidades que yo tengo, para ayudarle a ser escritor. ¡Seguro! Y

yo, exclusivamente, quiero aventura a mi triste y humilde vida, y, qué

mejor que un chico buscando un hueco en la literatura.

Mar, mar, mar, olas, olas, olas.

-¿Estás solo?

Pregunto al tiempo que me inclino en esa empalizada de granito,

apoyando sobre el manuscrito mis dos codos, uno, más sufrido que el

otro.
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-¿Le gusta?

-Es una vista hermosa, la mayor que había visto nunca. –Le miro y

él sigue alzando sus ojos a un horizonte privado.– Pero por favor, sé

que es difícil, pero prefiero que me trates de tú.

-Bien. Vamos a mi cuarto.

Manda con la misma indiferencia que tiene frente a mis preguntas.

Al tiempo que avanzamos, deja las gafas tumbadas en la mesa blanca.

Si la casa era una belleza, el cuarto varía considerablemente. Es

una de las puertas que fuimos dejando a los lados al dirigirnos hacia

la terraza.

-¿Pasas? –Pregunta acentuando la ese, dándome a entender que ya me

trata de tú.– Aquí es donde trabajo. Disculpa el desorden.

-Tranquilo, no pasa nada –avanzo con pies nerviosos y tanteando

cada huella que vaya a posar.– Mi hogar tampoco es un palacete.

Sonríe, y extiende el edredón para dar mejor imagen. –Realmente lo

imagino. ¡Je, je!

Termina riendo cuando yo me he quedado mirando el granulado

amarillo de la pared, y la gran cantidad de libros que custodian los

incalculables estantes. En una de esas baldas, varias encuadernaciones

amontonadas, y en una esquina de una mesita, más aún. También una cama

deshecha que dispone dos pasillos, justo a los lados, a uno su equipo

de música, al otro, un ordenador. No suelto el manuscrito y me acerco

a una riada de libros que se amoldan a la izquierda nada más entrar.

-¡Impresionante! –Suspiro sin poder evitarlo- Hoy me estás

regalando mucha hermosura a mi ajada mirada. Pero, ¿cómo?

-¿Te gusta? –Duda el chico, casi hasta sorprendido.- ¿De verdad?

-Sí, pero tanto libro... Ni yo tengo tanto libro y he vivido más

que tú. ¿Has leído todo?

Doy unos pasos por el pasillo que deja la cama y el escritorio, y

voy leyendo autores y títulos.


135

-¡Qué va! Me encantaría, pero necesito tiempo, aunque no te quepa

duda, que los leeré. ¿En serio te gusta?

-Sí. Veo que posees obras y autores muy interesantes. –El chico se

queda de pie a mi zaga. Yo, sigo pasando el dedo por los perfiles de

los ejemplares acomodados sin orden alguno.– En verdad, es algo muy

diferente a lo que esperas de un chico de... ¡Qué digo! –Me giro y

rascándome la barbilla, los dos nos enlazamos en dos vistazos.– Yo

creo que en general, un hogar no acumula tantos libros a lo largo de

su vida, ¿cuántos puede haber?

-Eso no me falta, como ves, no vivo tan mal. –Él desvía la mirada

y la guía hasta sus estantes. Orgulloso, responde por primera vez.–

Unos doscientos, más o menos.

Poso el manuscrito y tomo un libro que me es familiar. Y es que no

hacía ni dos días que me lo mostró mi vecina. No obstante, antes de

que cite algo sobre la obra, Dani, arremete.

-¡Lo compré en oferta! –Exclama acercándose con pudor y a dos

pasos de mi figura, me explica– Apunta; dos setenta y cinco, ¿a qué no

es precio?

-No, no lo es.

-Pues eso es lo que digo yo. Muchos de estos libros, costaron la

mitad de mi paga semanal. –Sonríe y, alzando su mano me quita el

libro, lo vuelve a colocar en el hueco del estante, y me invita a

sentarme en una silla negra de tela negra y patas de madera. Es de

esas que se pueden cerrar y guardar tras cualquier puerta. Cuando me

siento con recelo, insiste.– Ser lector es muy barato, sin contar con

las bibliotecas. Sí, lo que debiera decir sería que, ser coleccionista

de libros es, ¡una ganga! ¡Ja, ja!

-¿Me vas a contestar las otras preguntas? –Murmuro tras un breve

silencio que acarrea en mí una voz rasposa.– Algunas, entendería que

no las respondieras, pero hay varias que ya me incumben, ¿no crees?


136

Siento un tormento en la cabeza, y sé que es de la caída del otro

día. He de olvidarlo. El hombro también latiguea en ocasiones, y he de

concienciarme y desdeñarlo.

-Sí, tranquilo, es que no quería ponerme nervioso conduciendo,

¿entiendes?

-Puede ser.

Él se sienta en la cama, con los pies cruzados y las manos entre

los muslos.

–Deberíamos empezar explicando lo de la firma, ya que, tal

respuesta puede llevar a ahorrarnos algunas de tus preguntas o,

contestar algunas olvidadas. ¿Te cuento?

-Dispara.

-Viene de muy lejos, y es sobre mi hermano fallecido hace cinco

años. Junto a él iba mi madre, pero...

-¿Cómo? –Interrumpo inconscientemente.

-Tú ahora no hables, por favor. –Me dice serio, mientras se

balancea soñolientamente, arrellanado en su catre- ¿Continúo?

-Bien.

-En aquel coche iban mi hermano y mi madre. Mi hermano al volante,

mi madre de acompañante. Y en una curva, no muy lejos de aquí, tal vez

a unos tres o cuatro kilómetros, perdió el control del coche. Mi

hermano, que tenía veinte años, y no tenía puesto el cinturón de

seguridad, salió despedido y fue a dar contra un muro de hormigón;

murió en el acto. –Ahora sí que simula ser un ciego con el pestañeo

inanimado y la mirada en una fantasía ignota.- Mi madre sufrió fuertes

contusiones en el cuerpo y una rotura de pierna, afectando gravemente

a la rodilla, lo cual la retuvo sin trabajar siete meses. Ahora camina

casi sin recuerdo alguno de aquel suceso, pero le costó mucho

recuperarse ¿Sabes? Tanto de su rodilla como de la muerte de su hijo;

mi hermano. Él tenía como regla no ponerse el cinto dentro de los

cascos urbanos. Si a menos de cien no puede pasar nada grave, se


137

jactaba. –Imita su voz llorona, o creo que debería ser esa su voz

llorona.– Y mira, el coche acaba hundido en unas zarzas, mi hermano

con la cabeza abierta... –inspira hondo y prosigue.– Mi madre nunca

contó lo que realmente pasó, no habla del tema. Y creo que es mejor.

Olvidar casi siempre es lo mejor. ¿No crees?

Calla, y no sé si debo interrumpirle. Mira a las montañas que se

pueden medio entrever por la ventana de su cuarto. Yo le miro y me

aventuro.

-¿Y...? –Sale tan sedosa la “y” de mis cuerdas vocales, que no

creo que lo haya ni percibido.

Mira mi cuerpo sentado en la silla y denoto que ha tenido idea de

llorar, pero al igual que yo antes, ha decidido no hacerlo.

-El accidente conmocionó a este pueblo. Yo, por primera vez, sentí

lo que era perder a alguien cercano; el vacío del pasillo y el cuarto

de la derecha sin sus pasos, su música, sus voces, sus amigos, bla,

bla. Sigue con la mirada desconcertante cuando los dos nos quedamos en

silencio, y, cuando creo que no va a seguir hablando, prosigue.

-Mi madre como ya te he dicho se recuperó, y sigue en el bar con

mi padre y mi hermana. Yo al principio decidí estudiar para no seguir

en el negocio de la familia. Y ahora que he dejado la carrera,

insisten para que vaya al bar. –Se queja.- Es el más importante de

Getxo ¿Sabes? Un restaurante donde va a comer alta clase social. –

Pasea un poquito y desfila su mirada por los libros- Yo prefiero mi

literatura a pesar de todo.

-¿y finalmente lo del nombre fue...?

-El nombre por mi hermano, el apellido por mi madre. Una bobada

¡Seguro! Pero me gustó y así firmo mis libros.

-¿Mis?

–Sí, tengo cuatro, quiero decir, tres enterrados y éste.

-No entiendo nada, ¿qué significa enterrados?


138

Se acomoda en la cama y me mira por primera vez fijamente a la

cara, a los ojos, ¡qué sé yo!

-Escribo libros, los presento a unos tres o cuatro certámenes, tal

vez menos. Envío algún curriculum a editoriales y, cuando creo que no

tienen posibilidad, los plastifico con ese plástico que sirve para

envolver muchos alimentos, ¿sabes cuál te digo?

-Creo que sí.

-Los meto en una caja de metal como ésta.

Abre un cajón, y enseña una cajita grisácea oscura que, tiene un

asa de tres dedos de larga, y dos a lo sumo de alta. Una tapa con

bisagras. Posee una opacidad que le ofrece un pasado cerca de algún

basurero, y cuando la miro, me parece realmente un ataúd de objetos

como él dice. No encuentro óxido por ningún punto, pero podría

llevarlo. Tiendo una mano para que me la ceda, pero se resiste a

soltarla.

–Cubro completamente el libro con el plástico, y cuando está

totalmente forrado, lo meto dentro, cierro la cajita y, grabo el

título y mi seudónimo por aquí, en la tapa.

Me indica con el dedo índice más o menos donde lo escribe, me

sonríe del mismo modo que lo haría un contador de historias narrando

uno de sus mejores relatos, y se acerca al escritorio.

-Escribo con uno de estos rotuladores gordos y que huelen tan mal,

o agradable, dependiendo siempre del olfato de cada uno. La fecha

también, la del entierro, no la del nacimiento.

El cuarto, con tantos libros atestiguando varios relatos, ha

cogido momentos de intimidad, y hasta puede decirse que de

complicidad. O conspiración sobre el manuscrito que he ostentado entre

mis manos. Si yo no consigo verle tintes literarios y sacar adelante

el libro, (siempre existe la posibilidad de que tantas letras unidas

no den más resultado que el de una cochambre infumable) fenecerá


139

enterrado en el ataúd para objetos que acaricia con los dedos en estos

mismos segundos.

Él, de nuevo vigila al suelo con la caja entre las manos. Yo ya he

renunciado a que me la ceda, e, incómodo y sin dejar de reparar en su

semblante melancólico, doy mi primera impresión sobre el cuento; la

sincera.

-¡Sorprendente! Perdona, pero es que no tengo más palabras, que

estas que escuchas. Ante tal extravagancia, si pudiera así llamarlo,

me quedo sorprendido.

Al fin alza la cabeza y responde.

-Me gusta ser extravagante, y sorprendente. Creo que la gente es

muy sumisa a la rutina, y de ahí nace el gran problema. ¿No crees?

Somos como burritos tras la zanahoria. Y en este siglo, la zanahoria

es la tele.

-Sí, te comprendo, ciertamente es razonable lo que me cuentas,

pero, ¿no entiendes que todo esto de las cajitas es algo absurdo? Y

perdona por el diminutivo de cajas.

-¡No, que va! Imagina que dentro de unos años alguien encuentra

esto. Podría ser un tesoro. Yo podría haber muerto, y haber publicado

algo, podría ser... –Sueña mirando al techo de este semi oscuro

cuarto- ¿No te gusta la idea? Además, todos los escritores tenían sus

excentricidades.

-¿Todos?

-Bueno, casi todos –asiente, alzando tan sólo la vista, y

recontando excentricidades de algunos escritores.

Los dos nos encontramos a dos pasos uno del otro. Él de nuevo

postrado en la cama, yo en la silla. Silencio, brisa, sol... Un

paisaje exterior muy diferente al que se percibe en el interior;

tenuidad, libros, y zozobra.

-¿Cuántos años pasarán hasta que las hallen?


140

-Sí, entiendo. Hablo de tal vez más de un siglo... Pero me intriga

saber qué pasará. –Respira hondo- Aunque no lo sabré. Quizá mis libros

enterrados continúen eternamente en esas cajas, ahí, ¿sabes? –señala

hacia donde estoy yo.- Plastificados durante siglos y siglos.

Medita con un gesto tonto, y exclama

-¡O no!, A lo mejor, alguien vaya a plantar un árbol, o hacer una

obra y, ¡zas! Regalo de un servidor.

Esboza una sonrisa soñadora, una mirada perdida, ojos brillantes,

un semi dios en forma de humano, terso y ante mí, con sus dos brazos

señalándose a sí mismo, posando sus manos estiradas y pulgares

elevados, en la cima de ambas tetillas.

-Ciertamente, hoy estás solo en casa, ¿verdad?

He afirmado, pero quiero una respuesta. No entiendo mucho de los

padres de hoy, pero sé que llevar a un viejo de mi edad a casa, no es

lo que los jóvenes de hoy en día ejercen como afición. Y los padres

tampoco lo deberían ver bien.

-Sí, como ya te dije, mi familia está trabajando.

Sigo rastreando con la mirada tanto libro, la mayoría de bolsillo,

incautados de tiendas diferentes, de épocas diferentes...

Rastreando este cuarto misterioso, a este chico misterioso, me

emplazo en una sazón lejana, distante de un ayer cercano, de una

biblioteca que mañana amanecerá, de una Miri sirviéndome un café

delicioso, hermosa ella con su sonrisa albina, su mímica jovial y su

voz deleitando el ambiente. De un Pedro con su voz bronca, quejándose

de sus alumnos y de su Barcelona. De un Don Luis peregrinando de

manera elegante, báculo en mano. Parezco haber emigrado lejos de

aquello en lo que llevo viviendo dos años. Y ahora, en su cuarto

lóbrego, conquistado por un vacío denso de luz, la cual, accede por

esa ventana de persianas levantadas; soy un aún humano que, amista con

este chico joven, soñador y, firme aspirante a literato.


141

-Hablando de mi libro. Ahora que ya sabes por que firmo así, y lo

que hago con todos mis libros transcurridos un tiempo... ¿Éste qué te

parece?

-He leído poco. La idea intrigante del prólogo embauca. –Me

reclino sobre el respaldo, hacia atrás, sintiendo punzadas hirientes

en diferentes partes del cuerpo. Y como un profesor ante un alumno, le

miro por encima del hombro, con una sonrisa impropia de mí, cómodo;

investigo.- El tiempo empleado en este libro habrá sido bastante.

Lo cojo (cruje el dolor en mi hombro, sin embargo, aguanto para

que él no lo perciba y se preocupe). Sigo pensando que hay demasiadas

hojas acumuladas unas sobre otras.

-Más de un año –murmura.

–Y ahora entiendo que dejaras los estudios, no se puede escribir

este libro y aprobar –lo vuelvo a abrir, y vigilo de soslayo la figura

del chico.– de las dos, alguna debería ir mal.

Mientras leo algunas frases, percibo su nerviosismo en su no saber

estar; su pierna buscando posición, sus manos como acoplamientos

sobrantes...

Vivimos varios minutos de silencio, de tensión, hasta que dos

palabras, suaves, afónicas, salen en forma de ruego e interrogación.

-¿Me ayudarás?

-¿A publicar? –Cierro el libro enérgicamente por ahora, y del

mismo modo que un viejo sabio entonaría sus palabras (que no soy), le

comento.- No sé si es bueno, pero me encantará leerlo en casa de

manera tranquila, atenta, y relajada. A posteriori, te haré una

crítica constructiva. –Nos miramos con la sangre acelerada y sin

pestañear. -¿Qué opinas?

-Bien –afirma, tímido.

-¡Oye! ¿Dónde entierras los libros? Quiero verlo.

Imagino un lugar fantástico, aunque sé que no lo será. Un paraje

sacado de la fábula de la mismísima Historia Interminable o bien del


142

Señor de los anillos... Y poniendo de pie a mi cuerpo, y a dos pasos

de él; esta vez me toca a mí, le invito a que me guíe hasta el

cementerio de libros.

Caminar tras él me hace sentir ridículo. Bajando las escaleras

tras él, yo voy dolorido, viejo. Su andar se perfila zagal, mi andar

más bien lento, torpe. Su nuca limpia, tersa. Su pelo corto, oscuro.

Mi pelo gris, descuidado. Mi nicky, mal adaptado a este envase humano.

Mientras grabo todos esos detalles de su perfil humano en mi ajada

memoria, Dani, el ya casi olvidado chico de la trenca, deja a la

izquierda -ya en la planta baja-, una cocina limpia y un rastro a

perfume joven, acompañado por su buen vestir.

-No se nota que es un cementerio. –Se explica yendo dos pasos por

delante.– ¡Imagina! Si mi madre o mi padre se enterasen de otra locura

de las mías, acabarían llevándome a un psiquiatra o algo similar. Al

estilo de “Inocencia Interrumpida” ¡Ja, ja!

Yo no entiendo el chiste, ni su risa. Además, el cansancio y, los

constantes pinchazos de dolor, me están transportando a una apatía que

me impide atender sus palabras y me aleja de la curiosidad, y las

ganas de pedir aclaraciones. Quiero sentarme de nuevo, a veces he de

reparar en que soy mayor, y ahora con él, me siento más añoso aún. He

olvidado que he de despertar mañana, y que el trajín de estos últimos

tres días, ya es excesivo.

-No les gusta nada que me pase horas escribiendo historias, o

personajes inventados, como lo quieras llamar. Tampoco que lea novelas

en vez de los apuntes. Y odian que luego los sábados me vaya de

fiesta. A veces creo que no les gusta nada de lo que hago, ¿sabes?

¿Tú, qué opinas?

-¿Alguien ha leído tus libros?

-Sí, mira ven.

Nos frenamos, exactamente cuando la cancela que tal vez debe

llevar a un vergel trasero se abría por una de las manos del chico. La
143

luz había usurpado su pasadizo, pero nuevamente estamos en sombras, y

ambos, quietos. Mi guía turístico de esta gran morada, toma rumbo a

popa, lejos del patio de atrás –vergel-, siempre que lo haya. Y, sin

embargo, ahora, desfila él primero, -yo aún sigo quieto- de nuevo

dejando a un lado la cocina, esta vez a la derecha, luego por el

salón, y finalmente, salimos por la misma puerta que entramos hace ya

tantos minutos. Una gran ráfaga de sol se inyecta en mis pupilas que

comienzan a disminuirse e imaginar centellas constantes. Andamos hasta

la altura de la piscina, -azul clara, grande, agua mansa...- y desde

ahí, atisbamos un vivaque similar a éste. Atrás, en lo alto, contemplo

al tiempo que llego exhausto hasta las proximidades del chico, la

terraza en la que antes estuvimos. Adelante, mar, monte, algún barco,

hormiguitas playeras. Abajo a la derecha, otra piscinita, un jardín

cuidado, y una hamaca con una joven de cuerpo divino.

Tan cansado me siento, que espero que el manuscrito que posé en el

escritorio, me lo baje él. Cuando su paso ligero y danzarín se para,

cuando el sol despierta el sudor de mi piel, miro el cuerpo que creo

que quiere enseñarme, y cuando lo hago, siento que tan sólo deseo

tenderme en este glauco césped, porque el fin de semana ha sido

mortífero para este individuo de tal edad y, porque la resaca pasea

por mis venas y mi estómago no bien nutrido. El sol tal vez me

dispense con una lipotimia o una deshidratación, no sé. Cuando llego a

esa valla que limita a su finca; un mirador de piedra que llega a la

altura de la cintura y que hace las funciones de fin de finca y de

embellecedor, ahí junto al chico, sosiego disimuladamente mi exhausto

cuerpo.

Un sol fuerte, silencio que es acompañado de una brisa marinera.

Él que se había acercado hasta la empalizada de piedra blanca y se

había reclinado, se iza. Yo, que había llegado al de unos segundos y

reposado mi figura, continúo en la misma postura.

-¿La ves? –Señala con el dedo.


144

Y sí, puedo apreciar su figura. Una chica morena, de pelo largo y

liso, en bikini, tumbada en una hamaca cerca de una piscina.

-Mi mejor amiga. Ha leído los tres.

-¿Tu novia? –Una pregunta que ahora soltada al aire, pienso que me

la debiera haber guardado.

-No, ¡qué va! –Exclama separándose un poco.

-Siento seguir curioseando, pero... –Apoyado en la empalizada que

da final a esta finca percibo los síntomas que recuperan mi

agotamiento, y en confianza le concreto un recuerdo aislado.– Recuerdo

que antes, hace ya un tiempo, llevabas un anillo, ¿ahora por qué no?

-Me das miedo –afirma al tiempo que se retira disimuladamente y de

manera torpe; un par de pasos.- ¿Hace cuánto sabes de mí?

-Pues desde que te vi un día en la biblioteca. Me llamaste la

atención, y siendo muy observador además de cotilla, me fijé en tu

alianza...

Pero pienso y, antes de decirle que me percaté de algún detalle

más, hoy, prefiero no seguir asustándole.

La tensión vegeta de manera lánguida. Su mirada que busca algo

malvado dentro de mí, –quizá- durante unos segundos no me acobarda. Y

a continuación, el declive de su cabeza dejando su barbilla en las

cercanías de su pecho como un avestruz, me deja huérfano de su rostro;

debe ser su manera de meditar, porque siempre que después la remonta,

comienza hablar.

-Era mi novia, sí, pero ya no lo es. Decidió dejarme porque decía

que por las noches era otra persona. Con la bebida, sí, eso mismo. –Lo

emite en un tono soez, el cual mis oídos casi no alcanzan. Y se

percibe tristeza en un semblante que ha variado de color.

-Lo siento.

-Y lo peor de todo, es que tiene razón. Seguimos siendo muy

amigos, pero que mucho, sin embargo, dice que por su bien no quiere

nada más.
145

-¿Y has pensando en dejar de beber? –Pregunto recordando mis

heridas.

-Si tan sólo bebo los sábados, y puede que algún viernes. – Se

excusa con ojos de corderito degollado. – Pero es que me excedo, no

controlo. Hoy por ejemplo, una resaca de espanto, ¡y mira! ¿Crees qué

te habría llamado si ayer no hubiera estado bebiendo?

-Sí- afirmo seguro ante un devaneo de miradas alternas.

-Pues empieza a creer que no.

-¿Por?

-Soy así, tímido. Me lo guardo todo. Un imbécil renegado.

Se inclina posando ambos codos en la cima de la empalizada, me

mira y baja reiteradamente un par de veces su cabeza.

-¡Pues vaya! Demos gracias al alcohol –y sonrío creyendo haber

hecho una broma que no la es tal y que únicamente intenta animar.

-¡Es preciosa! –Se lamenta con la visión ufana en ese traje de

baño escueto, ese cuerpo dorado y esa melena larga y lisa.

-¿Cómo sabías que estaba ahí?

-Siempre que hace sol se queda ahí, tumbada y mirando al cielo

azul. Dice que le encanta.

-¿Siempre?

-Sí, si no mira al cielo, se duerme, o está con los cascos, o con

los estudios. Es una estudiante perfecta, deberías conocerla. –Me mira

cuando ya está de nuevo cerca de mí, y se sonríe sin saber yo aún

porqué.- ¿Tienes esposa?

Entonces miro al mar y la veo; siento. –Murió hace dos años.

Frunce el ceño, y busca el objetivo de mi mirada durante unos

segundos que se hacen eternos. Después suspira entre palabras.

-Vaya suerte que estamos teniendo con las preguntitas.

Me contempla con cara de resignación anulando esa sonrisa estúpida

y me consuela con un gesto labial, que significa lo que su voz luego

sisea: un escueto lo siento mucho.


146

-Y yo. –Suspiro nostálgico sin dejar de avizorar el mar.

Ambos estamos absortos en dos amores: Él en su mujer joven y

preciosa que se tumba en su hamaca al tiempo que toma el sol y hojea

una revista. Y Yo, en el fondo de un mar azul, calmado y en el cual,

un resplandeciente sol impregna un río fortuito de plata dorado

precioso, justo en el medio del mar.

Con las retinas inundadas de una fantasía que hace tiempo dejó de

ser real, con la reminiscencia en el lejano anteayer, con los ojos

netos de un parpadeo inexistente, caminamos pisando unas piedras

rojizas bien alistadas que nos salvan de pisar el cuidado césped. El

salón grande, las figuras, la tele, los sofás, el lujo bla, bla,

bla...

Me lleva a su zaga a un paso renco, de nuevo hacia la puerta que

yace frente a la cual hemos dado entrada y salida. Esta vez sí me

enseña el vergel trasero, me revela un césped mucho más descuidado que

el que florece rodeando la piscina de circo romano; el que vive

maquillado junto a aquella toalla, la palmita, su sombra, sus

geranios, sus enormes margaritas.

Y allí, en ese patio trasero, dos porterías pequeñas sin largueros

sobreviven en los costados estrechos; si bien, las porterías son dos

postes verticales que no tienen más de dos metros de distancia entre

sí, que van unidos por una red pesquera que fenece clavada en la

tierra y, que goza de un color verdoso. Bien porque el tinte era así,

o bien porque el verdín del mar se adherió cuando algún pescador

realizaba su tarea, de tal modo, que aún el color se perpetua en

ellas. Un campo pequeño que cruzamos a paso lánguido y, que tiene más

al fondo, a la izquierda tras la portería, una huerta cercada por una

valla romboidal, alta y techada. Y conforme caminamos hacia la

izquierda de la morada, pasamos la portería y nos encontramos ante la

jaula, comienzo a atar cabos. Detrás de mí ya veo la piscina, y ahora


147

delante, tres tablas verticales grabadas y colocadas tras una hierba

alta, que me apremian el corazón y me hacen comprender que nos

hallamos frente al primer cementerio de libros no publicados –que yo

he visto-. Estamos en presencia de tres cadáveres; tres libros que

murieron sin jamás ser leídos más que por esa chica a la que antes

vimos tomar el sol. Tres historias, muchos personajes, muchas horas

descansando a varios centímetros bajo tierra en una caja de metal -que

a saber de dónde la consiguió- y que posee un manuscrito que nunca

nació como libro de librería; impreso, portada a color, y precio

justo.

La puerta es pequeña. Ambos hemos de agacharnos para pasar, sin

antes olvidar que ambos nos hemos quedado contemplando de pie, con

postura de museo, -Manos en la espalda e inclinación leve hacia

delante- el interior de esa jaula cadavérica. No hablo, ni yo ni él.

Dani, el chico, abre la puerta que está atada a un candado pequeño

que, sinceramente, no impediría la entrada a nadie. La alambrada es

débil, y la encina da sombra y crece tras la jaula, que no es mayor a

un cuarto de baño. Dentro, por el calor, el sudor y las heridas del

viernes, comienzo a pasar una gran ansiedad. Dentro hay que estar con

el cuello encorvado. La hierba a pesar de la sombra está crecida,

aunque nosotros no la dañamos, y avanzamos pisando las piedras que

este chico habrá ordenado alguna tarde de lucidez.

Un aire húmedo y su mirada perpleja y perdida, son dos motivos que

comienzan a asustarme en el intrínseco de la jaula, donde la puerta

firme y quieta sigue abierta.

Desde el fondo, casi apoyado en el muro de piedra que fronteriza

con el vivaque de al lado, al cual pertenece la encina, él, expulsa

gran cantidad de aire, quedándose relajado y tranquilo. Yo, lo miro

esperando una explicación.

-¿Absurdo? –Formula su voz suave, íntima.

-Si me lo explicases, tal vez no –digo allí.


148

Más dolido cada segundo de mi brazo; hombro, que creo que hasta se

adormila. Mi cabeza, que desde algún presumible golpe del otro día

tiene una pequeña migraña que me ronronea tenazmente en la nuca. Y mis

huesos, que a esta edad, a uno no lo permiten permanecer de pie y

encorvado dentro de una jaula como a este chico de 21 años.

-Son tres libros, Uno cuenta la vida de un chico y una chica

durante un año de instituto. Muy mal escrito, por cierto. Pero la idea

era bonita. Hace ya dos años caí en la cuenta de que estaba muerto.

-Sigue, por favor.

Señala el del medio y me invita a salir porque creo que me ve

sudar la cara y siente que me duele algo. Yo obedezco y salgo, en

cambio él sigue dentro y señalando el del medio. Me invita a que me

acerque por el exterior. Estiro mi cuerpo, mi cuello e intento agitar

mi hombro derecho dolorido. Sentirme mejor. Inclino mi espalda, porque

ante la idea de ponerme de rodillas o acuclillarme, un pinchazo me

hace rectificar.

-Ese, el segundo, es un libro sobre la vida de unos jóvenes que

crean un grupo de música. –Se queda mirando el libro sin pestañear– Es

un libro tonto, una idea juvenil, no tiene nada de literatura, aunque

sé que algún día lo desenterraré y podré tratar el alcoholismo, los

celos, el amor, bla, bla, bla, ¿me entiendes?

-Sí, podría entenderlo, también me gustaría leerlo.

Esas palabras lo encienden y me mira atento.

–Bueno, todo se andará –Se le llenan de felicidad los ojos, luego

sonríe y sus dos hoyuelos se asientan en su cara enseñando así la

escondida dentadura.

-¿Y el tercero? –Le pregunto leyendo la fecha y el título: La

noche de las verdades. Fecha: 14.03.00

-Lo enterré hace tres meses, cuando terminé Telaraña. Estaba tan

ilusionado con ese libro, que me dio mucha pena, casi lloro, ¿sabe?
149

Pero había que hacerlo; Enterrarlo para dar vida a éste en el que creo

que, gracias a usted, igual se libra de la caja, ¿qué opina?

-Primero, de usted habíamos dicho que no, ¿de acuerdo?

-Bien.

-Y segundo, el tiempo es el único que posee y dicta todas las

respuestas, así que paciencia que todo llega, –pienso, y sé que no soy

yo hablando– esto, lo último, me lo decía mucho mi madre cuando era

joven.

Alzo la vista y la imagino durante dos segundos con su bata y su

delantal, de pie, llamándonos desde el tercer escalón de la entrada de

aquel caserío ya derruido.

El chico sale agachando la cabeza, mira a la altura de mis ojos y

finalmente baja la mirada dirigiéndola de nuevo a las tres tablas.

Cierra la puerta, y de nuevo lanza un fugaz repaso a mi cuerpo ya casi

recto, buscando una respuesta a su futuro.

-No sé qué puede pasar realmente... ¿De qué trataba el de las

noches de las verdades?

-Era una cantina donde se reunía gente desconocida a decirse las

verdades.

-Y a partir de ahí surge la historia –murmuro entre dientes,

meditando y pareciéndome una historia interesante. Sin más, ya imagino

el bar.

-La gente no pagaba por asistir. A partir de las doce, martes y

jueves, daba comienzo la sesión. Cada cual se tomaba su cerveza, su

botella de agua, su Kas, su lo que fuere, y charlaba allí. Germán era

el dueño e inventor de aquello, y todo iba bien hasta que apareció un

asesino declarando que había matado a dos niños ¡Imagina! Porque dos

días después aparece la madre de los dos niños... Y la historia

continúa enredándose mucho. Como comprenderás, Germán tenía un

contrato muy estricto que afectaba a todo el que entrara allí. Toda
150

historia que se escuchara durante la sesión de las verdades, era un

secreto de sumario, como un confesionario ¡vamos!

-Sí –tan sólo se me ocurrió decir.

-Después surgen las disputas, siempre fuera de horas, entre los

clientes asiduos que saben qué pasó, y es aquí donde comienza la

trama, que por si acaso no voy a desvelar. ¿Te parece?

-Me parece.

Tengo una idea del bar, del humo, de los vasos de tubo, de las

jarras, de Germán, del asesino, de los niños... Y es que este chico me

sumerge de vida por segundos, de historias frescas. Puede que los dos

primeros libros fueran una niñada de pubertad, pero el tercero y este

cuarto, dejan dosis de madurez.

-¿Quieres algo para tomar? –Me pregunta al tiempo que ya emprende

camino hacia la cancela que nos dejó frente al mini campo de fútbol.

Le sigo a pasos cortos pero rápidos; dando saltitos.

–No, gracias, me gustaría abstraerme un poco con el libro, ¿te

parece?- Le imito sagaz.

-¿Te gustó mi expresión? –Pregunta pícaramente

-Tu madre también la usa –afirmo.

-¿Por?

-La dejó escapar por teléfono. Será genético.

Asiento la tarde en la terraza, la que posee forma de seno. El

ocaso se ateza, y yo mientras, leo los primeros párrafos de este

mayúsculo manuscrito sin dejar de echar vistazos al mar. Él me cuenta


151

que tiene un barco, y que algún día si quisiera podríamos ir a

inspirarnos al confín del mar. Lo dice por lo de mi mujer, creo. Yo

alzando sutilmente la vista de la página veinte, le doy las gracias.

Él me cuenta que también tiene algo de poeta, pero que tan sólo

construye versos para ligar.

Allí, las horas se apelmazan en mi cabeza o en algún reloj

digital. La tarde pierde su calor, las hormigas regresan a sus cuevas,

y la brisa corta la piel y la convierte en protuberancias y pelos

espigados. El día de domingo no ha sido tan malo, y en el momento del

balance, la secuela que nos ha servido el descansar bajo el sol y ante

la brisa suave, es afable.

Con mi Carmen con su vestido de azul con vestiduras blancas. Con

mi corazón cantándole una canción y leyéndole esas primeras hojas que

me mostraban su modo de escribir, sus defectos y sus virtudes,

evolucionan las horas pareciendo minutos. También la terraza se

transfigura, colocándome a mí en un piso donde una familia comienza a

tener sus primeros problemas...

Él se sumergió en la piscina y luego subió mojado, sin camiseta,

con un bañador azul marino y beige, y en chancletas. Lo del baño lo

hizo un par de veces, y lo de subir a leer para enfrascarse en la

lectura de un libro que ahora no rememoro, igualmente. Ya no era el de

Lucía, eso sí lo recuerdo bien. Éste exhibía una contraportada y

portada color pajizo débil por abajo y verde por arriba. Tal vez se

dibujaban varios personajes con unas maletas en la portada, en la

parte inferior. Y sobre todo, era lacónico.

Hasta que el telón azul dio fin a aquella obra de domingo, ésta

transcurrió de un modo idóneo. Pero cuando a las ocho su madre brotó

de un vehículo largo y elegante, aparcado tras el de Dani, y nos

encontró a ambos charlando rumbo al coche, el ambiente se crispó

espinosamente.
152

Su madre es una trabajadora de las que ahora ya no existen, o es

difícil hallarlas. Sus manos recias, callosas, sucias y bañadas de más

de una quemadura. Camina veloz, con su delantal cayéndole hasta las

rodillas. Su melena negra recogida con pinzas dejando así al

descubierto su esbelto cuello que, va cubierto de manchas -tal vez

quemaduras-. Su cara redonda como una pelota, y todo lo demás, se

ubica en su punto exacto acorde con su cara; su nariz redonda, sus

ojos negros redondos, su barbilla redonda, sus orejas redondas, sus

carrillos redondos, y, no así su cuerpo, que aún disfruta de una

figura agradable. Escondido bajo el delantal sucio de sangre, harina,

tomate, grasa etc. Se acomoda un vestido violeta que transporta algún

descuido con su correspondiente churrete. Un vestido de los que se ven

pocos, que nace en el cuello y muere en los tobillos. Desde el cuello

hasta bien entrada la zona del ombligo varios botones, y únicamente

dos de ellos van sueltos. Un vestido sin vuelo alguno, que a la altura

de los tobillos es tan ancho como a la altura de las nalgas.

Mis pies viven fatigados después de subir las escaleras de nuevo

con el fin de reposar en la hamaca que Dani me había prometido junto a

un zumo de piña, y que más tarde me trajo; no sin antes haber

escuchado mis variadas negativas. Posteriormente, sin saber que el mar

de vez en cuando se convierte en fiera, caminamos los dos por el

sendero de piedras rojizas que meramente lo peregrinamos una vez;

cuando llegamos. Yo con su manuscrito bajo el brazo, y sintiendo como

el sol va muriendo tras una peña, y con él, su calor, -el mismo que

antes otorgaba y gobernaba nuestro aire-. Pasamos próximos a un

ventanuco cerrado y llegamos al chaflán de la casa donde puedo ver el

coche en el que me trajo. Lo recuerdo y me satisface recordarlo. Y

justo, en ese instante otro coche, uno negro y grande –BMW- se detiene

a pocos centímetros de lo que es el maletero de nuestro transporte. Se

abre la puerta y, de dentro sale la mujer delgada de cara redonda que

en este relato ya hemos descrito y que es la madre que -mató al


153

hermano de Dani- engendró a Dani. Sus pasos van apresurados, su

semblante trae los ojos turgentes, morros fruncidos y en resumen, cara

de pocos amigos. Yo, quieto dejo adelantarse al chico para que él se

enfrente a esa persona, de la cual no tengo más que una vaga idea de

quien pudiera ser. Por lo que quedo de pie a varios pasos de él cuando

oigo la voz aguda y estridente.

-¡Daniel! ¿No te dije que bajarás nada más terminar de tus

estudios? -Ha sido una bronca que ha hecho eco en veinte o treinta

metros cuadrados, sin embargo, tal gemido parece no intimidar a Dani.

-¡No he terminado! –Vocifera sin amedrentarse.

Es la primera vez que oigo a Dani gritar, y su voz adquiere un

parecido muy curioso al de su madre.

-Si pasaras más tiempo en el restaurante, aprenderías más para lo

que llamas tus libros. Mucho más que aquí, ¡vamos! –Manda haciéndole

un gesto con la mano.

Por segundos creo que va a obedecer y yo me voy a quedar aquí

hasta la noche. Y lo que sí sé, es que su madre aún no me ha visto.

Ella casi coge de nuevo rumbo hacia el coche, pero de pronto las

palabras emergen del paladar, flotando más tarde en el aire.

-No puedo –dice, ahora sí con su voz suave y relajante.

-¿Por? ¿Qué pasa contigo, chico? Tienes que ayudar a la familia,

cooperar como lo hacemos todos, ¿o es qué te crees especial? –Sigue

siendo una bronca, pero ya más moderada.

Yo doy dos pasos atrás y es entonces cuando piso el césped y

cuando ella me ve, aunque he de decir que fue gracias a Dani.

-No puedo porque he de llevar a Miguel a su casa.

-¿Qué? –Inclina la cabeza hacia la derecha y abre las pupilas y

párpados cuando me ve allí, encorvado levemente, con el manuscrito

bajo el brazo y pisando su glauca hierba.

-He de llevarle a casa mamá. Pero cuando vuelva, bajo al

restaurante, sobre las nueve ¿Vale? –Ruega.


154

-¡Pero éste quién es! –Exclama sin resaltar la entonación de

cuestión en absoluto. Sube dos escalones y se pone casi a la par de

Dani.

Es entonces cuando no me gusta la madre. He detectado que me ha

tratado de principio de éste. Y una cosa es que uno se guarde el usted

y otra que pasen directamente a tal despectivo. Yo no sé si

presentarme o quedarme allí, acongojado mientras ella vocifera y me

mira enterrándome bajo tierra antes de tiempo.

-Es el que me va a ayudar a publicar –me mira y me pide que me

acerque. Dani lleva siempre una sonrisa amplia cada vez que dice la

palabra publicar.

Camino renco y cuando me acerco percibo, además de la suciedad de

su delantal, el olor a comida, a grasa...

-¿Le vas a ayudar a...?

Se me queda mirando de arriba abajo, y yo no hago más que mirar su

cara sin decir una palabra y sin soltar gesto alguno.

-¡Por Dios, esto es una locura! –Exclama al tiempo que se pone la

mano en la frente y baja la cabeza.– Daniel, me vas a matar, lo juro,

un día de estos me vas a matar.

Me vuelve a mirar, y aunque quiere decirme algo, creo que no

encuentra las palabras y pasa la mirada a Dani.

–Cuando vuelvas, espero verte allí dispuesto a trabajar. Y no me

valen excusas, que estoy hartita de tanta. –Ella baja un escalón y

mira de nuevo a su hijo- y de esto, -me señala– ya hablaremos.

Ella se vuelve a montar en el coche, da un portazo, sale marcha

atrás sin mirar, acelerando, y se pierde por la carretera. Yo me quedo

allí, en el altillo de las escaleras. Atrás el mar. Delante una nueva

amistad. Bajo mi brazo el manuscrito. Y mañana, tal vez amanezca.


155

Los Vecinos
Cada amanecer es un misterio. Puede salir el sol, puede llover,

puede hacer un viento de mil demonios, o puede no amanecer, siendo

éste último el mayor drama del mundo mundial, más aún para el humano

que lo sienta. Cada amanecer es como una ruleta rusa. Se jugaría con

una recámara de trillones de balas, y aunque la lógica y la matemática

dijeran que la bala debiera salir una vez entrado en nuestras vidas el

ocaso, no sucede así. Y cuando empuñamos el gatillo, siempre cabe la

posibilidad que el amanecer que viste, fuera el último; No somos

nadie, porque la lógica nunca va por el camino marcado.

Cada amanecer es diferente a todos los ya vividos, nunca sabes lo

que te puede deparar. Es imprevisible, y más para este viejo de larga

edad, que ya ha oído cantar durante muchos años su corazón. Quién sabe

lo que piensa éste y, cuándo querrá dejar de tararear la misma

canción.
156

Un día, hace mucho tiempo, recuerdo que era de noche, y en el

ejército; en la mili, tuve una de esas anécdotas. Se apreciaba la

dulce sensación del verano cuando el frescor peculiar de esta estación

nos rociaba la piel, y por las inagotables estrellas que se ubicaban

en el telón negro. Cada una en su butaca contemplando nuestros

rastros, nuestros relatos. Allí en la mili conocí a aquel joven, –esos

amigos que siempre tienen algo que enseñarte, y más en aquella edad-

en ese lugar que ya sólo cuentan en sus vitrinas nuestros antepasados.

Aquel amigo alto, delgaducho y alegre, de pelo rubio inexistente, algo

chiflado, todo hay que decirlo, me reveló que él coleccionaba minutos.

¿Y cómo es eso? Le Pregunté yo junto a aquella litrona de cerveza

llena de sueños, fantasías y resacas. Él me contestó que cada minuto

que transcurría podía ser un minuto de recuerdo que luego podría

contar a alguien. Mi colección está aquí, dijo señalando con el dedo

en su cabeza. Me dijo que no todo el mundo podía coleccionar minutos;

porque algunos, aunque viven mil historias, luego las pierden en la

memoria. Otros no las cuentan y, ¿de qué sirve una colección si no se

la muestras a nadie? Además, piensa que cada historia que te cuente yo

o cualquiera, es un regalo que añadir a tu colección de minutos, y

seguía diciendo, te aconsejo que difundas lo máximo que puedas tus

experiencias; muestra al mundo, siempre que puedas, tu colección de

minutos, y llévala continuamente contigo. Ayer, muy a pesar de todo

aquel que lee estas frases, tal amigo murió, a la edad de setenta y un

años. Esta mañana en la biblioteca he tenido la fatal suerte de ver su

rostro, aunque no ha sido éste el que me lo ha confirmado, sino su

nombre, sus apellidos y su lugar de nacimiento. Consecuentemente tal

colección murió y, por ello e aquí un homenaje a mi amigo: “Gracias

por contarme aquellos minutos que llevabas dentro, y dejarme unirlos a

los míos; ahora también vuestros”.


157


Estamos a finales de junio, siempre que mire el calendario y me dé

cuenta que en verdad he respirado al menos dos semanas desde aquella

tarde en el vivaque de Dani. No obstante, es complicado que mi mente

esté en lo cierto. Anoche hablé con él y le he dicho que estoy

apuntando con un lápiz, en los bordes, cada oración, frase, cita o

construcción sintáctica que me parecen erróneas. También añado

exclamaciones que admiran ideas, párrafos y demás. Llevo cien páginas

leídas y hay que retocar muchas expresiones y enlazar las frases. Son

oraciones juntas pero inconexas y que tienen muchos frenazos bruscos,

a veces pensamientos sueltos, algún error ortográfico –que creeré

errata- y alguna escasez de vocabulario; leo muchas coletillas.

Después de unos días de tempestad, ha vuelto el calor y el sol.

Gracias a dios, porque los tres días de lluvias que bañaron a la

ciudad, hicieron de mis rodillas un amasijo de huesos ineficaces. Sin

descontar a mi hombro, que ha recuperado casi su soltura en totalidad.

El martes siguiente, después de estar en el vivaque, acudí al médico y

me dijo que tenía un tirón muscular. El hombre, enfermo de cáncer por

el tabaco, -curioso, siendo médico- me recetó una pomada que he

restregado con celo en la zona todas las mañanas y las noches.

Este armario cada día huele más a rancio. La lavadora cada día se

deja llevar más por la tregua que nos hemos ofrecido. La plancha se

mantiene aterida hace mucho tiempo y, el único nicky que tengo está

arrugado, si bien no se atisba mancha alguna. Desencierro la ventana y

advierto una brisa estival junto a un aroma a mar. La ría debe pasear

crecida, y con ella, la mar; tal vez lo haga con la intención de ver
158

la cuantía de vacas que han ubicado por todo Bilbao. De miles de

colores, con sus dibujos abstractos o no, con sus mensajes... O tal

vez es Carmen, que debe estar llamando a mi ventana y acurrucándose en

algún recodo de mi corazón.

Atrapo el manuscrito, las llaves. Ya vestido con mis zapatillas de

un tinte azul marino, hoy por la suciedad, desgastado. Mis pantalones

cortos, beiges, de seis bolsillos, -dos atrás; nalgas. Dos en los

costados; los de siempre. Y dos en los laterales; muslos- y ese nicky

del cocodrilo, arrugado, y que fue el último que tuvo un viaje en ese

tambor de la cocina, que con tantas vueltas te remunera si la pones en

funcionamiento. Cierro la puerta y, cuando comienzo a bajar las

escaleras sucede lo que hacía tiempo esperaba que fuera a acontecer.

Había olvidado su cara, su quídam, su forma de andar, hasta su ropa;

bien porque desde aquella noche del Chivas no habíamos vuelto a

coincidir cara a cara, o bien porque mi mente sigue tan renqueante

como siempre, o por que vivía muy concentrado en este cúmulo de

páginas que llevo bajo la axila.

-¡Hombre, Miguel! –Exclama estrechándome la mano dos escalones más

abajo.

Lleva una sonrisa truhana y unos ojos gozosos por volver a

encontrarse conmigo, creo. Yo, sin mirarle a los ojos, sin entonar en

absoluto la cuestión, y sabiendo que mi vecino va a recordarme el

acontecimiento que acaeció hace ya tiempo, le replico.

-¿Qué tal Imanol? –Con resignación y sintiendo sus ásperos dedos.

-¿Ya pasó la histeria? –Se coloca en el rellano y aprieta los

labios dibujando una sonrisa pícara más amplia.

Intento quitarle hierro al asunto y zafarme cuanto antes de su

presencia, así que no se me ocurre más que, hacerle ver que ya lo

había olvidado.

-Algo, estoy muy entretenido en otras historias.


159

Pego más a mi costado el manuscrito y me siento mejor y menos

vergonzoso.

-La agarraste buena aquella noche. –Insinúa sin quitar la sonrisa

picarona de la cara.– Pues nada, marcho a la piltra que hoy he tenido

turno de noche –se frota la cara, en gesto de sueño- ¡Ah! Y...

La puerta chasquea, se abre y siento caérseme el mundo encima.

Aimar, con su mirada oscura, con su piel gitana, su cuerpo oscuro y

delgado, está de pie sobre su felpudo –Ongi etorri-. Esa mirada fija y

extravertida parece emboscarme.

Imanol, mi vecino, se retira, mira atrás y sonríe más ampliamente,

como gozando de la escena. Yo, que tenía idea de ir a desayunar, creo

que voy a tener que aguardar. Quién sabe si antes habré de hacer

alguna otra gesta.

-¡Buenas, Miguel! –Me mira sonriente y tiende la mano derecha en

el hombro a Imanol, en gesto de camaradería y confianza.

Detrás de Aimar, Iker cierra la puerta con su gorra bien puesta

girada hacia atrás, y con su respectiva mochila en el lomo. Me mira y

saluda con la mirada nada más; con un leve alzamiento de cejas.

-Buenos días –musito tímido. Y por primera vez en mi larga vida me

encuentro con más ganas que nunca de escapar escaleras abajo; huyendo

veloz como si esto nunca hubiera ocurrido. Miguel no salió jamás por

la puerta, y jamás se enfrentó a estos tres buitres que desean

rememorar aquel viernes fatal.

Aimar también lleva una mochila y, además, una riñonera colgada

del hombro izquierdo. Imanol saluda a Iker, también como si se

conociesen de toda la vida. Habrán tenido que negociar mucho el

alquiler del piso, pienso.

-¿Qué tenías que preguntarles?

Unos ojos que buscan el rostro de Aimar, que aún sigue de pie a su

lado. Iker detrás, como si con él no fuera la cosa, con la cabeza

derrengada y sumido en un raciocinio desconocido.


160

-Nada, Imanol. –Me cabreo y tengo un rencor interior que empieza a

florecer sedientamente.- Eso era una cosa entre tú y yo, ¡joder! –La

cólera se me enciende por la jugarreta, y decido agarrarme al pomo que

posee mi puerta en el centro para no realizar ninguna locura.– Además,

tú lo has dicho, no era una noche calma, ¿no crees?

Le sugiero con un gesto claro y conciso, para que esta tensión

termine y lo deje pasar. Pero no he terminado yo de decir la última

palabra cuando el mazo cae sin escrúpulos sobre mi conciencia. La voz

de Aimar emerge, y entonces experimento la venganza que ya estaba

servida, y por el tiempo transcurrido, parecía lógico que se

presentara altamente fría.

-No Miguel, se equivoca Miguel. Si cree que ambos somos

terroristas, o que andamos dentro de esa panda que va por ahí quemando

cajeros y autobuses, se equivoca. Porque eso significa que nos

concierne a nosotros también, no es una cosa sólo entre él y usted. -A

Aimar cuando le miro de reojo, tiene el semblante serio y me da

miedo.– El tema nos relaciona a todos, -continúa- a ti por crear el

bulo, a Imanol –lo coge del cuello y se lo acerca un poco– por

contárselo, y a nosotros por ser objetos del bulo. ¿No cree?

Sigue serio y mirando mis párpados hundidos. Yo debo tener un

color en la piel tan colorada que me dan ganas de que el suelo se

hunda y me muera ahí mismo. Tengo la boca tan seca y la mente tan en

blanco, que no sé qué decir.

-¿Cómo se le ocurrió? –Pregunta Aimar, seco y sin dejar de mirar

mi rostro.– No creo que fuera sólo el alcohol, ¿a qué no? –Sigue

jugando conmigo, aunque aún no lo sepa.

-Me dijo que os había visto un arma –Irrumpe Imanol de manera

querellante incluso excitada.

Yo he pasado de la cólera al miedo. Un temor adornado por la

sequedad de mi garganta, y, que se debe percibir gracias al constante

relamer de mi lengua en mi paladar y mis labios.


161

-¿Eso es cierto? –Pregunta Aimar.

Iker sigue detrás con la cabeza baja y sumido, seguramente, en

alguna historia que se acomoda lejos de la que anido yo. Y parece no

tener intenciones de entrar en escena, y eso me alivia, y mucho.

-Sí, una noche, me lo pareció.

Al levantar la cabeza, la mirada de Aimar me quema. Tiene tanto

poderío que si se pusiese violento, no sé si podría contener mi cuerpo

de pie sin que se desplomase. Las rodillas me tiemblan, y si esto

acaba con una sonrisa y un que no vuelva a pasar, creo que voy a

sufrir en bajar cada uno de todos estos escalones que me dejan en la

calle.

-Si realmente tengo un arma, Miguel, me permite entrar dentro, a

casa, –señala con el pulgar hacia atrás- y pegarle ahora mismo un par

de tiros. Más que nada porque usted sospecha de mí, y es un peligro

para mi misión. ¿Le importa que lo haga, Miguel?

Una sonrisa se empieza a trazar en su rostro, hoy bien afeitado.

Sus ojos negros hasta parecen clarear.

-Yo me marcho, que como ya te he dicho antes, he tenido turno de

noche y estoy jodidamente medio dormido. –Le dice a Aimar que sigue

sin perderme de vista.

El vecino sigue teniendo los labios juntos, y los ojos

entrecerrados formando así esa sonrisa que cada segundo me parece más

estúpida.

-Descansa un poco, anda, eta gero arte. –Se despide Aimar con una

última palmada en la espalda.

-Y Miguel, -aconseja- deja en paz a los chicos y a esa botella que

tienes ahí en alguna vitrina –declara socarrón. Y señalando a mi

puerta emprende camino hacia arriba.

Aimar avanza y se pone a menos de un paso de mi figura, tan cerca

que siento su aliento dulce y fresco. Iker baja unos escalones pasando
162

por su espalda y echándome un vistazo sonriente, baja los escalones, y

casi ha llegado al otro rellano cuando Aimar me susurra:

-Habíamos empezado bien, Miguel, terminemos bien. –Sonríe

enseñando levemente los dientes y mirándome a los ojos. -Finalmente

nos vamos dentro de dos semanas, no jodamos esta breve amistad, ¿le

parece?

Es cuando oigo esa última expresión cuando no puedo retener la

sonrisa y la risa queda y deferente.

-Me parece.

Aimar me acaricia el hombro sano, -gracias a dios- y se aleja

escaleras abajo, adelantando a Iker que nuevamente sigue su estela. Al

llegar al rellano, Aimar se para, mira hacia arriba, y me muestra la

misma sonrisa; ese gesto alegre y extravertido, ese pelo largo, piel

sombría, y mirada a juego.

-Tenga buen día, Miguel.

Sus pasos se pierden, atronando de manera incesante y equivalentes

al trote de un rocín, si bien cada vez más distantes. Yo abro la

puerta de casa, y dejando el manuscrito en la entrada voy al servicio

donde defeco y orino, sin dejar dentro a la vez, varias lágrimas que

ya corren por mi cara arrugada y ruda de vello gris.

Si mis vecinos hubieran abandonado el piso al de dos semanas, los

párrafos que vienen a continuación, jamás hubieran sido los mismos.

Los hechos no hubieran acontecido del modo que van a acontecer, y

puede que este relato tampoco; igual hubiera acabado en una caja gris

junto a los relatos de Dani, en su vivaque.


163


Aún, caminando por estas calles calurosas, sombrías en las laderas

de los edificios y, a falta de abarrotarse de mujeres veraniegas en

camisetas de tirantes, de madres con sus madres o con sus hijas dando

el paseo de primeras horas de la mañana, aún, no puedo olvidar el

incidente de hace media hora. Siento un malestar que, muy a pesar de

quién pese, no me impedirá ir al bar de Miriam a tomarme un exquisito

café con leche junto a un apetitoso pincho de tortilla.

-¿Nos encandiló la almohada, Miguel? -Inunda mis oídos la voz

grave de Pedro, que aposenta su amplio trasero en el taburete. En la

barra le espera un café, y el Marca, se sostiene entre sus dedos. Me

sonríe y se fija en el manuscrito.- Aún sigues con ello por lo que

veo.

-Así es.

El bar ha despachado a más clientes, aún dentro, bien postrados en

la barra o en las mesas de alrededor. Un ambiente más sofocante al que

yo encuentro cuando llego habitualmente. Mi paso renco se acerca a la

sonrisa deliciosa de Miriam, que ya me anhela, impaciente por

ofrendarme, –imagino- y me mira con sus ojos negros, los cuales, no

tienen en absoluto nada que ver con los de Aimar. Se estriba en la

barra y me llega su fragancia, ¡esto es vivir! Pienso, al tiempo que

respiro hondo y vislumbro un vacío hueco en la barra cerca de Pedro.

-Creí que le había ocurrido algo –dice su voz, su cante de sirena.

-Sí, un percance sin importancia –me siento en un taburete, sonrío

a Miriam, saludo al albañil que se termina el café, y poso el

manuscrito frente a las vidrieras.

-Telaraña. ¿Qué es? -Pregunta el albañil que por vez primera

parece haberse fijado.


164

-Un libro. –Respondo desabrido.

Mientras Miri, aún inclinada sobre la barra ante la falta de

trabajo, (todos, ya desayunan) me sigue mirando y escuchando.

-¿Qué tal tu hombro? –Pregunta atenta, la joven camarera

sonriente.

-Mucho mejor. –Bosquejo un guiño de amabilidad, y me brillan los

ojos ante su rostro afectuoso.

-Aquella mañana nos asustaste, Miguel. Y hoy, cuando ya pasaban

veinte minutos, me empecé a preocupar. –Sonríe y con sus suaves manos,

abraza las mías, marchitas, y que se posan en la limpia barra de

madera.- ¿Te sirvo?

-Sí, gracias Miriam. –La observo pasear hasta la maquina de café y

me deleito.- Tampoco soy un reloj –le bromeo en un tono de voz alto,

aunque no consigo rebasar al avispero que acústicamente engalana el

bar.

-Demasiado joven para ti, ¿no? Miguel –vacila Pedro atinándome con

un frágil y delicado codazo en mi brazo.- ¿O crees poder con ella?

¡Je, je!- Y se ríe apaciblemente.

Ha debido ver como le adoraba con mis otoñales ojos, como

descorchaba los botones de su eterna, y siempre blanca camisa. Ha

debido creer que imaginaba su minifalda negra danzando de un lado a

otro a cada senda que sus hechiceros pies dejaban. Minifalda que,

cuando va a limpiar y recoger las mesas fuera de la barra, nos brinda

-con su hermosura divina- a nuestras vistas. Creyó que acariciaba con

mis ojos su melena negra y lisa, siempre recogida por un moño cuando

trabaja. Y en verdad, ha sucedido así. Sin desprenderme de su aroma,

que aún vaga en nuestra periferia, junto a su sonrisa y a su piel

sombría, he tenido segundos de creerme mozo y poder camelarme a esta

chica. Ciertamente, si mi vida desfilara todos los días de esta

suerte, no me preocuparía ni por Dani, ni por los vecinos... Ahora, la


165

sensación que tuve en el rellano frente a mi puerta, viaja lejos de mi

ajada memoria; lejos, lejos, muy lejos...

-¿Sigues sin novio, Miri? –Bromeo.

-Sí, ¿por? ¿Sigues queriendo seducirme? –Insinúa al tiempo que

coge un pincho de tortilla y lo posa en un plato.– Yo te dejo, ¿eh?

Miriam se acerca hasta mi sitio y me tiende el plato. Me sonríe.

Va a por el café y vuelve.

-Tú a mí, ya me camelas con estos pinchos... –Están tan sabrosos,

pienso mientras mastico.

-¿Cuándo quedamos? –Pregunta sirviéndome el café y volviéndose a

reclinar en la barra, mirándome con ese gesto que me enamora. –En

serio.

-La tienes embaucada –ironiza Pedro.

En ese instante, por debajo del bullicio del resto de la gente

que, también desayuna y habla de sus chismes, los cuatro reímos

durante interminables segundos. En aquel bar los problemas se esfuman,

el ambiente reina de tranquilidad. Y si no fuera por esos minutos

frente a todos ellos, esencialmente los que Miriam me convida, mis

despertares no merecerían tanto la pena. La salud, además de en el

organismo sano, se ha de poseer en -las ganas de vivir- la mente. Y es

en cada amanecer donde nacen los buenos o los malos días. Este día,

que parecía fallecer antes de nacer, ha resucitado gracias a una joven

camarera, y a un buen amigo, profesor de universidad, como Pedro, que

añadió su granito de arena.

Masticando un pedazo de tortilla que he pinchado con un diminuto

tenedor, mi mente se aleja del bar, y ya se cree que lo sucedido esta

mañana era tan sólo un escarmiento, una broma. Cuando haya terminado

de leer el libro, indudablemente, los inquilinos no habitarán frente a

mi puerta, ni sabré ya nada de ellos. Cualquier preocupación que

tuviera, habrá volado al igual que vuela un billete de diez mil tirado

en una acera.
166

Miriam es requerida por dos chicos jóvenes que vienen con

carpetas. El albañil se ha despedido con una sonrisa que, era

consecuencia del final de esas risas que tan a gusto habíamos

desalojado de nuestro recóndito interior; yo al menos. Y Pedro sigue

leyendo noticias deportivas, olvidándose así del día laboral que aún

le queda por transitar.

-¿Cómo transcurre la época de exámenes?

-Acaba la semana que viene, pero papeleo tengo hasta casi mediados

de Julio –se explica sin distraerse de su periódico.

Yo sorbo mi café y miro deferente la noticia. Está en la sección

del Barcelona. No le dije nada cuando ganó la liga el Madrid. Ni un lo

siento ni nada, sabía que era mejor dejarlo pasar. Ni cuando el

Barcelona perdió la copa del Rey. Después de meses desayunando aquí

con Pedro, he aprendido que, las historias de fútbol cuando se

disfrazan dramáticas, mejor dejarlas pasar como si no hubieran

acontecido.

Cierra el periódico y me interroga señalando con la vista al

manuscrito -¿Crees que vale el chico ese? –Sorbe los posos del café y

se levanta.

Yo miro la hora en el reloj de agujas que se sitúa a la derecha;

es tarde de verdad. Hoy tal vez no tenga periódicos hasta bien

entradas las doce... ¡A saber!

-Aún no –afirmo serio. –Necesita aprender, pero si se empeña... Y

siguen surgiéndole estas historias ¿Por qué no?

-Me parece bien lo que estás haciendo por ese chico. –Coge el

maletín y reposa su mano en mi espalda.- Pero me sigue pareciendo mal

que haya dejado la carrera, díselo de mi parte por favor.

-Lo haré.

Me da otra palmada delicada, busca a Miriam con la mirada, y

finalmente se despide de ella con un gesto ufano.

–Ten buen día, Miguel –insiste también.


167

-Lo mismo digo –y finiquito mi pincho de tortilla.

Miriam se acerca al de cinco minutos y me recoge el plato, sonríe

y vuelve a desplazarse hasta los ventanucos, donde dos señoras de

larga edad –la mía- piden dos cafés.

Vuelve al de unos minutos, se tercia sobre la barra, y se arrima a

mi figura que está pensativa en el día que se prevé. Tengo entre mis

dedos el rugoso papel del periódico deportivo, cual Pedro abandonó. He

leído diversas noticias, pero sin embolsar alguna a mi retentiva. De

improviso, un aroma me despabila de un mundo sin terreno firme, junto

a la fragancia que ocupa mi olfato, su cante de sirena que musita esas

dos palabras, entonando la cuestión tan sólo en la última voz.

-¿Podría leerlo? -Íntima a pocos centímetros de mí.

Si tuviera muchos años menos... –De cerca eres más guapa –le

piropeo.

-Deja de bromear, Miguel. –Se pone seria, me mira a los ojos

encarando en distancia corta, a mi otoño frente a su noche oscura de

verano, y persevera.- ¿Podría?

-He de preguntárselo, pero supongo que sí.

-Gracias, Miguel. Eres un cielo.

-Y tú un mar.

Y al verla de nuevo caminar por el otro lado de la barra, ya no es

Miriam quien me deleita con sus movimientos, sino Carmen. En mis ojos,

es Carmen a sus veinticuatro años la que camina, la que me mira. Su

piel se clarea, sus ojos se azulan, y su sonrisa me enamora... Tal vez

busque en Miriam la imagen descuidada de mi amor: Carmen. Sólo tal

vez.

Miriam, cuando me iba a dar las vueltas, me ha estrechado la mano

con fuerza, me ha dicho que me cuide y, que por favor le diga al chico

ese que le deje leer su libro. Sé que es porque hace tres días le

relaté de manera breve y fiel la historia, y se emocionó un poco. Me


168

gustaría que lo leyese para que nunca saldara su vida como Laura.

Porque sé que una vez cumplida menos de media década, yo no estaré

aquí para sugerirle el sendero propicio a peregrinar. Y me gustaría

morir ahora mismo, y reencarnarme en un chico de su edad y enamorarla.

Me gustaría que fuera mi princesa para que viviera disfrutando de los

infinitos minutos que regala la vida, y los bellos que son estos ahora

que es imberbe, e indudablemente puede. Ahora, que sé que el tiempo

existe y corre veloz, anhelaría volver a nacer. Si me reencarnara, me

gustaría envolver en un hermoso papel de regalo mis conocimientos, y

obsequiárselos. Despertaría y reviviría de manera diferente algunas

facetas de mi vida, porque en la primera cuando he querido amanecer

con lucidez, ya me soportaba mi vejez. Y los sueños que tenía se

murieron, como ahora yo me muero poco a poco por dentro. Sueño, eso es

tan sólo lo que hago; poseer un sueño despierto. Y sé que los sueños

se inventaron para fantasear. Y ahora que Miri me dice adiós, Venus

ella, y risueña, caigo en la cuenta de que cada una de mis reflexiones

son imposibles. Que yo ando renco, que voy a cumplir sesenta y ocho

largos años en un mes, y en cambio ella es joven y no cumplirá los

veinticinco hasta enero. ¿Estaré yo aquí para felicitarle en su

cumpleaños de plata?

El reloj digital de la calle en forma de “T”, que descansa frente

al Teatro Arriaga, marca las diez y cuarto pasadas, y marca veintiséis

grados de temperatura. Camino suave, con el aroma de la brisa

marinera, el sabor del delicioso café y el manuscrito bajo el brazo,

arrimado a mi costado amigablemente. Llevar todos los días el texto

con el brazo bueno, ha hecho al otro débil y, al primero que he

mencionado, fuerte. Cuando peregrino por el suelo adoquinado del casco

viejo, ese que abandera las múltiples tiendas de moda que se agolpan

bajo los edificios, me encuentro la estela peculiar de Don Luis.

Saliendo de la amplia puerta de la biblioteca, -la que tan malos


169

recuerdos le debe congregar en su memoria- y caminando despacio, le

veo elegante como siempre, con sus pantalones de pinzas, de color

caqui, con sus zapatos a juego, casi de un tono castaño, con su camisa

gránate perfectamente abotonada, y su báculo otorgando un baile a su

caminar cautivante. A pocos metros, ya se le distinguen sus mofletes

bermellones, y su cara rolliza, acorde a su pronunciada y redondeada

barriga.

-Deliciosos días, Miguel –sonríe y desciende el bastón que había

alzado levemente a modo de saludo.

-Buenos son ciertamente.

Me quedo frente a él, y ojeo el panorama para confirmar que no nos

engañamos. Seguidamente, sujeto el libro con las dos manos colocándolo

en mi abdomen, dando un ligero descanso a mi laborioso brazo.

-Un poco tarde compareces hoy, ¿no?

-Sí, un poco.

-¿Algo que reseñar sucedió? –Cuestiona radiante, tanto, que algo

me contagia. Posee un semblante lejos de toda tristeza, y lo demuestra

con un vistazo, una mueca, o un gesto afable con el brazo libre, que

acaricia mi hombro. Es feliz.

-No, nada. Me dormí –miento.

-Yo voy a deleitarme con este extraordinario día –mira a lo alto y

sonríe sin escatimar ni un ápice de felicidad.- Debieras hacer lo

mismo. Hoy los periódicos no narran nada de consideración.

-Siempre hay algo –me excuso con la intención de no ir a pasear

con Don Luis, y le expongo el libro.- Además, tengo esto.

-¿Cómo va?

-A paso inestable. –Comprensivo le explico- Tiene textos buenos y

malos.

Y durante la conversación que subsiste varios minutos más, el sol

despierta las glándulas sudoríparas de mi piel, por lo que saco un

pañuelo de uno de mis seis bolsillos, –de la ingle izquierda- y me lo


170

paso por la cara y el cuello. Y caigo en la cuenta de que debiera

afeitarme, y Don Luis con un gesto amable, me lo recuerda también.

Entonces una señora con un perfume barato que a ambos nos engendra un

gesto de repulsa, ambienta nuestro frente a frente. Un violín se

percibe a lo lejos, justo en el momento de silencio que aprovechamos

para escucharlo; un silbido sutil y tendido que nos sumerge en una

Venecia romántica. Y una brisa marinera pasa fresca resecando nuestros

rostros al tiempo que nos palmeamos los hombros, y nos despedimos con

un hasta mañana y media mueca sonriente. Un hasta mañana que siempre

dependerá de que la aurora del día siguiente quiera verme a mí, o

viceversa.

Miren no está, ¿de vacaciones quizás? No hay nadie sentado en esa

recepción de la entrada. Entro dentro, a la zona de lectura de la

planta baja. Como ya había previsto, la mayoría de los periódicos

están en manos de algún individuo y habré de esperar. Me siento en una

de las enclenques sillas de madera, apoyo el libro en la mesa

inclinada (forma de uve al revés ¿Recuerdan?) Y para que se iluminen

las letras, enciendo la lámpara que cubre toda la cima de la mesa.

Sirve para iluminar ambas laderas, no obstante, esta vez frente a mí

no tengo a nadie. Casi no he abierto el libro por la página que lo

dejé, cuando veo que uno de los tantos individuos, suelta de sus dedos

uno de los periódicos –El Mundo-. Me yergo, y lo atrapo, lo hojeo, y

pasados varios minutos, comienzo con el libro, que casi me tira toda

la mañana.

De pronto, leyendo un párrafo se me ocurre una idea. Puede que a

Dani le siente mal ver reemplazado su texto, pero, creo que si leyera

como lo habría redactado yo, tal vez vea la disparidad y pueda

aprender. O tal vez no, porque sé que para escribir no existen reglas,

y puede que sea yo el que esté confundido. Allí, absorto en ese

párrafo que leo y releo una y otra vez, imagino la escena; lejos,
171

tumbado en un socavón, de costado, dolorido, húmedo, y porqué no,

violado. Con el dilema oscilante, y antes de decidir qué hacer, vuelvo

a leer el texto.

TELARAÑA
Todo, le dolía todo. Sus ojos se mantuvieron cerrados durante varios segundos. La nariz le dolía cada vez

que movía la mandíbula. Sentía y sabía que había un dolor más: La rodilla y el hombro. ¿Qué le/me había

pasado? Su posición era de costado. Su hombro izquierdo estaba apoyado fuertemente contra un suelo

blando y húmedo. La esponjosidad del terreno no hacía que el dolor fuera menor. El sol parecía querer

despertar pero el día oscuro y gris se lo impedía. La nariz le dolió cuando abrió la boca para poder coger

una bocanada de aire. Era un dolor que le pinchaba hasta la garganta. Se relamió aún con los ojos

cerrados y supo que su cara era sangre. ¿Qué me había pasado?

He subrayado durante rato las palabras o frases que cambiaría. En

este párrafo he encontrado varios pretéritos imperfectos de continuo,

verbos simples, y no me ha gustado cuando lo he leído. Varias frases

cortas que te frenan, y que tan sólo querían describir el despertar de

una chica dolorida.

He pedido un folio a Miren que finalmente no estaba de vacaciones

y, que meramente había ido al servicio. Se las dan a mediados de

julio, por lo que le queda mucho. He vuelto a mi sitio y he escrito de

nuevo esa escena a mi modo. Justo, en el momento que termino, Dani se

sienta a mi lado con una sonrisa amplia al verme con el libro...

TELARAÑA (POSIBLE CORRECCIÓN)

Todo, le dolía todo. Sus ojos permanecieron cerrados unos segundos más. La nariz le dolía con cada

movimiento de mandíbula que intentaba realizar, y sentía, y supo que, en su cuerpo debía residir algún

daño añadido que le provocaba malestar –rodilla y hombro-. Allí, tumbada, se preguntaba qué le había

pasado. Estaba tan desorientada. Lo primero que adivinó fue que su cuerpo se ubicaba de costado, y que

su hombro estaba apoyado en un terreno tierno y húmedo, lo cual, no evitaba que los dolores manaran una

y otra vez. El sol azotaba sin conseguir que sus destellos rebasaran el cielo nuboso, oscuro y gris. Abrió la
172

boca para coger una bocanada de aire que pudiera hacerla sentir más descansada, si bien, no consiguió

más que, el dolor que le nacía de la garganta, volviera a azotarle. Posteriormente se relamió los labios con

la lengua, suavemente, aún con los ojos cerrados, y, cuando sus papilas gustativas paladearon la sangre de

su cara, el miedo comenzó a buscar en la memoria y a preguntar qué había pasado; ¿Qué me había

pasado?

Su mirada se ha clavado en mi folio doblado por la mitad. Su

perfume se ha clavado en los aledaños que mi olfato alcanza. Su nicky

azul marino por delante, íntegro, y no así por detrás; donde una ola

gigante ataca con un joven justo en la cresta, deslizándose sobre una

tabla de surf. Sus vaqueros desgastados y rotos por las rodillas. Dos

aperturas en la que cuelgan los flecos de los téjanos, tanto por

arriba como por abajo, y que dejan al descubierto parte de sus

piernas. Calza unas botas negras de suela ancha. Su collar ¡Cómo no! Y

el vacío de su dedo, que me lo ha evocado su mano cuando ha intentado

acercarse a sus ojos mi hoja doblada y escrita.

Levanto la cabeza volcándola hacia atrás y ambos lados, haciéndome

crujir las cervicales de manera lánguida. Le pongo el tapón al boli

azul, y lo dejo tendido en lo alto de la mesa; en el rellano. Miro

atento a Dani que está a mi derecha, y aún, persiste su sonrisa y sus

fascinantes hoyuelos en los carrillos.

-¿Qué es eso? –Susurra atónito sin retirar la sonrisa. Manteniendo

un brillo en esos otros ojos negros.

-Es... –Le miro atento mientras busco las palabras- Un texto tuyo,

pero escrito por mí. ¿Entiendes?

-¿Cómo? –Enarca las cejas y se echa para atrás. Luego entre

dientes me pide- Explica, por favor.

-Me gustan tus ideas, en general. Pero, quisiera mostrarte algo

más. –Le sonrío sutilmente, cierro el libro, meto la hoja dentro, y

cojo el boli decidido.- ¡Vamos!


173

Hemos farfullado cada una de las palabras, sin que nuestra voz

halla llegado a ser auténtica, del modo que le gusta hablar a Dani. Él

toqueteándose el collar con los dedos tarda en reaccionar. Lleva en

una mano el libro del otro día, y ahora cuando se adosa a mi vera en

la recepción, ya fuera del área de lectura, leo: Fernando Fernán

Gómez. Y advierto que es de una colección que concede un periódico.

Comprando tal diario, y meramente con un añadido de pesetas más,

adquieres el libro siempre que te interese. Y creo que en esta

narración, ya hemos hablado de dicha recopilación de libros...

-¿Dónde vamos? –Pregunta con un gesto molesto, y acelerado.

-¿Por?

-Me gusta saber siempre dónde voy, ¿Le parece mal? –Continúa

inquieto.

-De tú, por favor –ruego.

En el preciso instante que cruzamos el control de seguridad que

evitan los robos de libros, él me empuja por lo cerca que camina de

mí, paro en seco en lo alto de las escaleras que te llevan a la

salida, y lo miro, él aún no sonríe, pero ya me ha pedido perdón con

la mirada.

-¡Ah, sí! Perdona. –Me muestra las palmas como el que pide calma,

y baja la cabeza.- ¿Pero dónde vamos? –Insiste.

Los dos iniciamos la senda, deslizándonos por los escalones con

actitud parsimoniosa pero continuada. Yo secundado por una de las

barras de latón que hay próxima a las paredes, Dani, aún inseguro,

siguiendo mis pasos desorientado y buscando mi rostro constantemente,

queriendo encontrar alguna respuesta.

-A mi casa, -le respondo ante su perenne acecho- he de enseñarte

algunas nociones si quieres que te ayude. Hemos de trabajar.

Apenas alejado un metro de mi paso renco, ladea la cabeza como

dudoso. Se muerde la uña del dedo gordo, y al fin afirma sutil

hundiendo repetidas veces la barbilla, como quien ya lo ha entendido.


174

-Además, -prosigo- tengo una amiga que quiere leer tu libro,

aunque deberá esperar. Un profesor que me pide que no dejes la

carrera, y una pregunta sobre la noche ¿Demasiadas?

-Sí. –Dice.

-Pues tranquilidad, que las iremos resolviendo en menos tiempo del

que crees.

Le miro, le sonrío, y él imita socarronamente mis gestos con una

mueca irrisoria. Dejamos atrás el teatro, un Bulevar y una iglesia ya

deteriorada. La acera cálida es testigo de las suelas de sus botas

negras y mis zapatillas añiles. Mi pelo ceniciento largo sigue

incurriendo en mi marchita frente de vez en cuando, y he de retirarlo

para que no distraiga el parpadeo de mis ojos. Y es en una de esas

veces cuando Dani me alienta a que vaya un peluquero. Lo sé, pero...

Me lo aparto nuevamente, extraigo el pañuelo de uno de mis bolsillos,

y me seco el sudor con esmero. Lo haré le digo.

Mis piernas estos días, gracias al calor, transitan y maniobran

mejor que nunca. Y mi hombro y mis heridas ya se sanan gracias al

Betadine y al paso de los días. El organismo corporal me tiene subida

la moral, la que esta mañana temprano pretendieron pisotear. Los pasos

nos llevan calle arriba cruzando por delante del bar de Miriam, que

sin parar ni un segundo, lo rebasamos.

-¿Ves ese bar?

-Sí.

-Pues la camarera es quien quiere leer tu libro. –La busco con la

mirada, ambos lo hacemos, pero no la vemos.- Se lo podríamos vender,

¿No te parece?

-¿Vas enseñando a todo el mundo mi libro? –Pregunta rezongando.

-No, ¡qué va! –Reprimo la risa y conservo la seriedad- Pero como

voy con él a todos partes. Además, ¿Te importa? ¿No era eso lo que

querías?
175

Se lo pregunto tan serio que él sólo puede reírse, darme la razón

con el silencio y situarse primero a la hora de cruzar el primer paso

de cebra...

(En el que casi me atropellan)

... Mi cara, finalmente también esboza un visaje de desahogo.

Dejado atrás el bar y a pasos cortos y rápidos llegamos a una

parada de autobuses, proseguimos y avistamos a un margen el

ayuntamiento. Ambos nos hemos sumido en una meditación reservada que

se baña con una mirada al horizonte. Yo, en que con el buen tiempo que

engendra esta ciudad, y con lo de leer y corregir el libro, -

descontando lo de los vecinos- aún no he tenido tiempo para pensar y

escribir algo sobre el artículo. Él, quién sabe; tal vez en su chica,

o en qué pondrá a la hora de firmar en la segunda página de sus

libros, o bla, bla, bla...

-No me contestaste –quiebro la mudez al detenernos frente al

segundo cruce de calzada.

Comienzo a cruzar el paso de cebra, y él, rezagándose unos

segundos se queda como tonto mirando mi andar. Corre, da unos saltitos

y de nuevo se pone a mi lado.

-¿De qué habla ahora?

-¡Hablas, hablas! –Insisto molesto.- Lo de que la chica esa lea el

libro cuando lo hayamos terminado.

-¿No lo está?

-No, chico, no lo está

-¿Por?

Le cojo del brazo cuando en nuestro último paso de cebra esperamos

a que el muñequito se ilumine verde. Él me mira decepcionado, con las

pupilas derrotadas, los labios escuetos y pegados, y sin abandonarle

el perfume dulzón. Yo pruebo mirarle a los ojos, pero ciertamente es

delicado, demasiado. Quiero ser como un padre, pero he olvidado como

se hacía aquello, y en este instante frente a su vida humana, tan sólo


176

su collar de colores rojo, verde y amarillo inyectándose en mi retina,

me despierta una esperanza.

-Pero no te desilusiones. La mayoría de los libros una vez

terminados sufren cambios, muchos se vuelven a reconstruir. Un libro

no se puede escribir del tirón y ya está. Incluso, los que se

reeditan, son los que al final acaban siendo bestsellers.

Medio sonríe y se peina el flequillo con la mano izquierda. Le he

transformado el semblante un poco, pero prosigue trastocado.

-Sí lo sé, pero...

-Ya. Eres joven e impaciente, entiendo. –Digo con voz de quien

posee grata experiencia.

Le suelto el brazo y avanzamos. Él casi siempre pisa las rayas

blancas pese a tener que dar largas zancadas, lo cual me divierte

tanto que me sonrío. Mientras tanto yo, eludo a cada señora o señor

que viene veloz en dirección contraria a la mía. Viajantes que atacan,

que achican hacia un lado –cabeza/cuerpo- para oír nítidamente a la

otra persona que les habla por el móvil. O bien lo buscan en el bolso

apresuradamente, o llevan bolsas que te castigan las rodillas, y no

una, sino tres o cuatro, haciendo a veces su figura andante dos veces

mayor. Las bolsas salen de todas esas tiendas de moda que posee el

casco urbano, cada cual más vistosa, y para cada prenda una. Es éste

todo un juego de habilidad, en el que si se pierde, a mi edad, es nada

divertido. Yo al cruzar este corto paso de cebra, lo he salvado sin

dañar la nave.

Hoy en verdad, la ría circula por su cauce con un caudal crecido.

Y aunque la bruma del mar que esta mañana a las diez consumaba las

calles, ha alzado todo su espesor y nos ha abandonado, el aroma se

esparce todavía a sus anchas en el Bocho. El maldito tráfico en

cambio, pese a estar casi en pleno julio, no ha huido, y los autobuses


177

cada vez que aceleran, bañan al aire con una bocanada negra de humo

que calienta el ozono, nuestros cuerpos, y en fin; contamina.

Cuando embocamos en mi calleja, varias situaciones cambian. Una,

mi callejuela es mucho más tranquila, es peatonal, y salvo dos o tres

vehículos que se la juegan, el ronroneo del motor no existe. Y dos, a

Dani la efigie de la cara le varía, se rasca en el cuello como síntoma

de temor, comienza a progresar con cautela ojeando a todos lados, y

hasta frena su ritmo yendo un paso por detrás. Y pese a que lo

imaginaba, esperaba que fuese cuando nos situáramos ante mi portal.

Llevo rato especulando como sería de brusco encontrárnoslos, tanto

para mí como para él. Porque aunque él no les recordará de aquella

noche, tal vez ellos sí, y si llegara ese momento, no sabría como

actuar; improvisaremos.

-En esta calle tuve un percance hace poco

-Lo sé. –Afirmo serio sin mirarle, buscando a las eminencias, las

que me hagan agacharme y darme la vuelta.

¿Debería haberle interrogado antes? Tal vez, pero reduzco mi ritmo

tullido, y frente a mi portal miro al chico, tiene una cara que no me

extrañaría que saliera ahora mismo veloz por donde hemos venido. O

igual exagera. Si ambos tuviéramos un embate ahora, un bis a bis, no

sé cómo culminaría; si viviéramos en el siglo diecisiete y fuéramos

Alatriste e Iñigo, imagino que acabaríamos batiéndonos... Pero ni lo

somos, ni es ese siglo y ni pensarlo quiero, así que continúo con mi

manuscrito bajo el brazo, y con el boli en el bolsillo de atrás –no se

lo he devuelto a Miren-. Subo los escasos peldaños que me arrinconan

frente a la portezuela de mi portal, a ritmo cómodo y veloz buscando

las llaves en mis bolsillos, e intento abrir.

-¿Cómo? –Pregunta buscando de nuevo en mi cara una respuesta.

Sigue en la acera, con el libro en la mano, la cabeza alzada, su

collar sobresaliendo y pidiendo explicaciones de manera urgente.

-Arriba hablamos. –Gesticulo con la cabeza, y le ruego que avance.


178

-¡Tú! ¿Vives aquí? ¡No jodas! –Da dos pasos atrás, y se descarga

su cuerpo hastiado de tanto estupor en uno de los coches mal

aparcados.

Yo en tanto ya he abierto la puerta, la sujeto y, del interior

comienza salir el frescor que todo sitio cerrado guarda. Un olor a

madera vieja, rancia ya tal vez, un silencio casi atestado, y un eco

débil cuando vuelvo hablar bajo el marco.

-Sube, hablamos en el piso –le insisto, suplico y braceo.

Dani está desvaído, pero no es lo que más me importa ahora. Creo

que hay otras cosas en las que pensar. La una se resuelve sola cuando

el chico comienza a remontar las escaleras de dos en dos, así que,

pienso: ¡Aquí comienza el rally! De un modo vertiginoso, sudando mi

mano al completo, transitoriamente deslizándoseme el manuscrito, y

recobrando en mi memoria el dolor de rodillas, las escaleras se

esfuman bajo mis suelas como hacía tiempo que no lo hacían.

-¡Dámelo! Yo lo cojo. –Dice su voz.

Percibo el tirón y dejo deslizar el libro. La mano liberada saca

un pañuelo y me limpia el denso sudor de mi cara. Giro en el segundo

rellano, y Dani persiste a mi zaga, ambos ya con la respiración fuerte

y cansina, el corazón bombeando sangre como aquel tren de mercancías

de los hermanos Marx, -¡Más oxígeno, más oxígeno!- Y mis glándulas

sudoríparas pidiendo ¡Más líquido, más líquido! Así hasta que frente

al pomo que esta mañana agarré, los dos nos detenemos. Me tiemblan los

dedos, pero abro la puerta con bastante tenacidad y premura. Entramos,

cierro, y me siento en el mismo sofá que me emborraché. Repantingado

me recupero poco a poco. Ahora estamos a salvo. Dani se queda de pie

los primeros minutos atendiendo mi cansancio, el cual le debiera

preocupar. Avanza en silencio, como si el ruido de las tablas ajadas

me molestara. Finalmente se sienta frente a mí, despacio. Amontona el

libro y el manuscrito en la mesa, con delicadeza, no haciendo ruido.

Sentado, en el sillón con vistas a la gran estantería que Carmen tanto


179

anhelaba antes de que la instalaran. Y que una vez ubicada en el

salón por aquel viejo medio calvo de coleta gris, y aquel mozo de pelo

largo, también con coleta, la empezó a llenar de libros, marcos con

fotos, figuras, y una careta enorme que su hija, la nuestra, nos trajo

de México. De la tal careta decían que, si la colocabas mirando al

este daba buena suerte, al oeste mala, y sinceramente, no sé a donde

mira.

Transcurren varios minutos de silencio intercalado por mi

respiración cansina, hasta que mis lajas vocales emiten un murmullo.

-¿Qué pasó aquella noche? –Pregunto confidencial.

-¿Cómo lo sabe? Sabes, perdona. –Vuelve a realizar el mismo gesto

con las manos para que no me enfade.

-No sé nada, por eso te lo estoy preguntando –me acomodo un poco

más, reclino hacia atrás la cabeza, y siento sed. -¿Algo para beber,

quieres?

-No, gracias –niega con la cabeza apretando los labios. Y

dejándolos nuevamente separados se le aprecian los dientes.

Me incorporo de un modo sedoso y camino hasta la cocina, donde una

lata de cerveza San Miguel acurrucada en un recoveco del frigorífico,

quizás sacie mi sed. También tengo litro y medio de agua en la nevera,

pero he creído que la cerveza para despejarme iría mejor, además,

dicen que es buena para las enfermedades coronarias. Cierro la puerta,

la luz interior se habrá apagado, y yo, ya vuelvo con el frescor que

desprende la lata en la palma de la mano. Levanto la anilla con el

dedo índice, y entonces, oigo su voz.

-Me intentaban robar el coche. ¡Los muy cabrones!

-¿Qué?

Con la lata en la mano avecinándose a mi rostro, y bebiendo un

trago elegante que me remoja los labios, lengua, dentadura y

posteriormente amígdalas, traquea, etcétera, le escucho. Su tronco

sigue tendido aprovechando casi todo el respaldo del sofá, y aún sigue
180

frente a mí. Anteriormente, cierto es que se ha quedado mirando los

muebles y los respectivos objetos que puede atisbar desde su sofá.

Ahora persigue ensimismado, tal vez es lo que yo creo que está

haciendo; observar minuciosamente, -quizá así lo haría yo- o sin más,

prolonga su mirada perdida para no encontrarse con mis ojos, algo que

no me extraña.

-Esa noche iba a poner todos los carteles –cuenta mirando a lo

alto y de vez en cuando a mí.- Como los de tu copia, los del libro

¿Sabes?

-Sí. Por el que contacté contigo. –Digo atento.

-Aparqué el coche, y en el preciso momento en el que iba a cruzar

la carretera, me da por mirar atrás, la típica mirada del gitano

¿Sabes? Pues esa. Quería ver si el coche estaba bien aparcado, nada

más. Cuando veo a los dos chicos forzando mi coche recién aparcado.

¡Joder! Me dije. No me lo creía, ¡joder! Lo acababa de aparcar. Al

principio no sabía que hacer, me puse nervioso y les grité; ¡Eh! Y

cuando les dije por segunda vez ¡Eh, hijos de puta! Salieron corriendo

hacia acá. Les seguí corriendo hasta que no me quedó más remedio que

parar porque perdía las fotocopias. –Se separa del respaldo

inclinándose hacia mí, ahora ya sí mirándome a los ojos, y hablando

en un tono bajo, como para que sea confidencial.- Acabé siguiéndoles

muy de lejos, con la vista más o menos, que como comprenderás tampoco

es tan difícil. Ellos creo que no me vieron, ni seguirles ni en el

momento, así que pensé vengarme. Sabiendo donde vivían no era tan

complicado, pero, luego apareciste tú con todo esto de ayudarme a

publicar, bla, bla, bla. Y nada, hasta hacía media hora se me había

olvidado todo. ¿Entiendes?

-Sí, más o menos. –Doy otro gran trago, lo necesito, y le invito a

que beba.- ¿Quieres?

-Sí gracias. –Afirma esta vez.


181

-No es un chiste, pero mira, te levantas, giras a la derecha, y

ahí verás una nevera, quedan tres. Coge una o dos, o tres, las que te

creas capaz.

-No tiente a la suerte –sonríe y se levanta.- No vaya a ser...

-Tientes, tientes, tientes, ¿Es tan difícil? Odio el usted, y

contigo cada día más. –Digo algo irritado.

-Lo siento –dice serio y parece que bastante sincero.

Su cuerpo camina atractivo, y se pierde en la cocina mucho más

velozmente que el mío; natural.

Hacía muchísimo tiempo que mi casa no tenía un inquilino

agradable. El último inquilino, descontando lo de agradable, fue mi

hija voceando en el pasillo y en la cocina. Nos hemos de remontar al

día del entierro de Carmen para encontrar algún humano que se hallara

en este piso de una guisa afable. Fue cuando vinieron mis primos, sus

mujeres, y demás familiares. Debería nombrarlos a todos, lo sé, pero

intuirán que tal cosa sería hastiar al lector, así que: ¡Sentir que os

mencionado! Todas aquellas personas se sirvieron algo de comer, de

beber, se sentaron en los sofás, preguntaron, o simplemente vieron,

lloraron, rieron, pero sobre todo conmigo, fueron muy agradables.

Ahora, se fuerte, es importante, decían. No te quedes en casa

encerrado, si hace falta me llamas y salimos a pasear, me invitaban y

aconsejaban, me abrazaban, me besaban... Yo rompí a llorar, ¡qué

remedio! Y aunque aquella ocasión era triste, los invitados eran

atentos, y hacían del momento aquel, una situación mejor.

Ahora, restando al chico, la última persona que pudiera venir aquí

a visitarme, -olvidado queda ya en mi ajada memoria- murió hace ya un

lustro; mi hermana mayor, que falleció a los setenta y dos años de un

cáncer de mama. Fue un duro golpe cuando se lo concretaron, (hablamos

de hace siete años) y debido a la propagación que había alcanzado el

cáncer, temimos lo peor. Fueron dos años inhumanos esperando algo que,
182

cada día se vaticinaba como una espera agónica y, que terminó como el

guión narraba.

Así que ahora, al ver a Dani pasear por mi parqué y por mi

alfombra, me siento menos sólo. ¿Y si lo adoptara? Pienso con las

gotas que suda la lata entre mis dedos. ¡Estás loco, viejo!

-¿Y cómo lo sabías? ¿También casualidad?

Aparece con la lata entre las manos, de pie le da un sorbo,

delante del sillón otro, y finalmente se acomoda sin soltar el casco

de su mano izquierda. Saborea sus labios húmedos con la lengua, me la

brinda alzándola un poco, sorbe y la deposita en la mesa a pocos

centímetros de la mía, ya casi vacía.

-Pues sí, vivo aquí. Y habitualmente me gusta observar la soledad

de la noche, la luna, las estrellas. Pero esa noche parecía no estar

tan sola –bromeo.

Me he de retirar el pelo reiteradamente. Días atrás no me

estorbaba, pero hoy, debido al sudor, fruto del calor, el flequillo no

descansa e invade mi rizada frente. Y las puntas rebeldes, buscan mis

otoñales hojas que viven protegidas por un ejército débil de firmes

cejas y holgadas pestañas.

-¿Sabías que vivían aquí?

-¡No jodas! ¿En tu casa? –Susurra.– ¡Ah! Sí, ¡Hostias perdón!

Quieres decir en este bloque.

Y ríe quedo ante mi impasible mirada, que cuando no es atacada por

las crestas de mi pelo, le mira incansable.

-Posees demasiados tacos en tu vocabulario. Habrá que empezar a

cambiarlo.

El chico coge la cerveza, bebe rápido y la posa de nuevo. Se

arrima moviendo el sofá, cuando parece un poco más suelto y quiere

intimar.

-¿Qué propones? –Vacila y nos silenciamos.- Pero dónde.

-Enfrente.
183

-Es una coña para acojonarme ¿verdad?

Levanto las cejas, y resignado con el dedo índice en la barbilla,

le niego lentamente con la cabeza. Él suspira largamente haciendo de

sus carrillos dos globos, y bebe otro trago que le remoje el seco

paladar.

-¿Qué hago? –Pregunta serio, y puede que hasta algo asustado.

-Yo creo que nada, dejarlo pasar. Además, hay algo que me da muy

mala espina.

-Lo dices por lo que sucedió aquella noche. –Sigue hablando de

manera susurrante, y ya bastante inclinado hacia delante.

Afirmo otra vez con la cabeza, como si las palabras sobrasen

cuando no deberían. Los dos nos recostamos, y miramos al horizonte

inexistente. Dueños de nuestro silencio, yo rememoro la mañana, tensa

y temerosa, ahí, ante mi puerta. ¿Qué hacer? Encararnos a ellos,

pienso. Él es joven, pero yo, vivirlo yo dos veces en unas horas,

seguro que recortaría muchos días a mi vida. Que el corazón de uno ha

tarareado mucho tiempo, y lo que le va a éste ahora, es la musiquilla

suavecita.

-Igual mejor –musita entre dientes.

-Se van dentro de dos semanas. Me lo han dicho. –Bebo el ocaso,

los posos de la cerveza sin gas, y presiento que me beberé otra.

-¿Adónde?

-Son estudiantes. Acabó el curso, así que se van. Aunque creo que

será mejor dejarlo. Estamos perdiendo minutos, muchos. Además, ya me

has contado una de las cosas que quería saber. Ahora pasemos al libro,

¿te parece?

-Me parece.

Por la ventana que Dani tiene detrás, comienza a entrar el sol de

manera cegadora. Aún no ha penetrado el calor, pero sé que en breve

irá instalándose, tal y como lo hacen los okupas un día cualquiera en

cualquier casa; con sencillez y naturalidad. Sin embargo, yo tengo el


184

remedio; un ventilador que el otro día saqué del cuarto que habitó mi

hija y, que ahora descansa cerca de mi cama. Y si sigue agravándose la

temperatura, además de servirme algún refresco más, sin o con alcohol,

traeré el ventilador al salón, y lo pondré en funcionamiento.

Cuando le explico lo del libro, él comprende lo que quiero decir,

y me responde que le parece bien que examine un poco el libro. En los

preámbulos de nuestro diálogo ha sido extremadamente terco, y me ha

sido difícil bajarle del burro, pero las palabras, el mejor invento

del mundo, le han hecho reconocer que mi párrafo se leía de manera más

amena. Yo le he dicho que no abandonara su estilo, pero que intentara

pensar en el lector, haciéndole imaginar más allá, librarle del lugar

en el que se hallaba leyendo, y que aquello, debía lograrlo de un modo

fácil y fascinante a la vez. Sobre todo, llevarle en la lectura de una

manera continua y tendida. Que cada final de una frase le invitara a

leer la siguiente a poder ser. Es complicado, pero tenemos todo un

verano por delante le sigo diciendo. También le digo que me voy a

seguir leyendo el libro, que seguramente lo terminaré el fin de

semana, y que si él estaba con avidez, el domingo podíamos quedar y

comenzar a pasarlo a limpio; con mis apuntes, sus ideas, las mías y

demás, a final de verano, el libro debería estar listo. Le digo, que

si quiere, antes podríamos probar fortuna en cualquier certamen, y que

si no, a empastar y a vender por las calles, que él mismo. Le informo

que si quiere, podría ser como su agente. Él se emociona ante la idea,

y aprieta los puños en gesto de alegría.

Hasta las dos y media tomamos dos cervezas más, y en ningún

instante hace falta el ventilador. Cuando son las tres, a los dos nos

ruge el estómago, y es él, el primero que marcha a comer. Antes de que

se fuera por la puerta le he rogado que se quedara, pero me ha dicho

que debía ir al restaurante de su madre de manera urgente. En la


185

puerta le he dicho que no se preocupara si se cruzaba con los vecinos,

que seguramente no iba a saber ni quiénes eran. He cerrado y ha bajado

a paso ligero cada uno de los escalones que tanto nos trajinaron al

subir. No le he preguntado si iba en coche, pero imagino que iría.

Tres cervezas tampoco lo iban a atontar tanto. Espero.


Uno se acuesta por la noche, en una penumbra etérea, tumbado panza

arriba, y rememorando el día. Un hombre solitario y viejo como yo, tan

sólo espera dormir sin pesadillas, sin despertares en plena madrugada,

y descansar lo máximo posible hasta el amanecer. Cuando uno lo hace

con un pleno julio acechando en el fin de semana; un día que inició de

la peor manera, y que terminó, con el recuerdo agradable de la mañana

en el bar junto a Miriam, luego junto a Dani planeando el futuro

libro, y finalmente, con una tarde paseando hasta que el ocaso casi

venciera al sol de aluminio y al azul cielo, es entonces cuando el

anciano solitario anhela un sueño profundo y maravilloso.

Aún, tumbado en mi cama, despierto, calzado, a pesar del calor,

con dos pares de calcetines, una camiseta de tirantes y unos

calzoncillos. Viejo, en consecuencia, arrugado, mal oliente y agotado.

No hace más de media hora que he terminado mi última historia para el

periódico: Infinitas Vidas. Sin mucho sueño, pero con ganas de vivir.

Por la ventana, una luz artificial intenta buscar un hueco en este

cuarto lleno de recuerdos, y con espacio aún, para saciarle de alguno

más.

Duermo, casi. Cierro los párpados y entiendo que la noche es una

hechicera a la cual hay que tenerle miedo. La oscuridad nos conquista


186

y nos lleva a mundos que Freud intentó alternar, y que en cada

persona, únicamente el subconsciente puede caminar con soltura.

Duermo, sueño, mañana espero que mi cuerpo despierte. ¿Por qué no

ha de hacerlo?

Duerme Miguel, Duerme que mañana espera un largo día. Duerme,

sueña.


187


¡Despierta!

El sol lleva acometiendo con sus rayos solares hace rato, pero,

sin embargo, yo no he reparado en él, ni en lo alto que viajaba ya, ni

lo mucho que calentaba a la ciudad haciendo insufrible el caminar.

¡Despierta!

Ni las ambulancias, ni la policía, ni los bomberos, ni siquiera

los dos vecinos de enfrente se esperaban un día así; ningún vecino

esperaba un amanecer de esta suerte. Cada cual tenía sus planes,

algunos mejores, otros peores, pero nadie esperaba que alguien los

fuera a mudar sin consultarlo antes.

¡Despierta!

La vecina de arriba, que más tarde bajaría con su niña en brazos,

la cara llena de sangre, y el brazo lleno de rasguños por las

astillas, gravas y demás restos que volaron, jamás se imaginaba que su

día florecería marchito, de tal modo, que la única flor viva que

dibujaba algún pétalo, era su bebé en brazos. Horas más tarde, daría

gracias a Dios por seguir viva, las daría, ¡joder que sí las daría! A

las seis de la tarde, ese bloque casi cayó íntegro.

¡Despierta!

Abro los ojos y una densa luz ha incautado mi parqué. Me retiro

una legaña, desalojo el largo y plomizo pelo de la frente, y entonces,

surgiendo de la nulidad, llega a mis oídos un estruendo infame. Jamás

había oído una detonación tan aterradora. Parece haber estallado

dentro de mí. Horrible. Y casi sin ocasión para cuestionarme el qué ha

ocasionado tal estrépito, por qué, y un largo etcétera; aprecio que mi

cuerpo comienza a volar, que vuelo y aterrizo. Y ocurre todo durante

segundos escasos, ni cinco quizás. Me golpeo en la cabeza, -¿con qué?-

que se hunde en el armario sin piedad. Y no sólo es la cabeza, puesto


188

que noto como el tronco entero irrumpe en la puerta del ropero.

Después del revés me hallo desfallecido. Mis oídos pitan, y mi

corazón, que se encuentra exacerbado por el sobresalto, me da pavor

porque hacía tiempo que no latía tan raudo. Tiemblo, todo mi cuerpo

tiembla, desde mis manos navegando por mis rodillas, hasta mis pies

doblemente calzados. Sangro. Sangre que mana de la cabeza y la

espalda, porque el medio cuerpo que sostengo incrustado en el armario,

ha dado de comer a las astillas nada escrupulosas, que se han ensañado

con mi mustia y blanda piel. Oigo gritos, algo derruirse. ¿Ha sido una

bomba? ¿Qué me está pasando? ¡Quiero llorar! No puedo.

¡Duerme y despierta de nuevo!

Sales de la pesadilla. Abres los ojos y verás al sol calentar

entrando por las rendijas de las persianas, y cuando veas dormir a su

luz en tu entarimado, no habrá dolor, no habrá sangre, no habrá

explosión, no habrá gritos, no habrá brisa, ¡morirá el pavor!...

Tengo la manta, una parte enmarañada a mis pies, y otra, aún

aferrada a mi viejo catre. He vuelto a entreabrir los ojos y siento

que entra más aire del acostumbrado por el pasillo. Céfiro que viene

bañado de un serrín, arenilla tal vez, muy desagradable. Así que he de

cerrar los ojos, y guiarme por mis fisuras imperceptibles, lo

indispensable para ver y que las partículas volátiles no me dañen.

Algo ha explotado. No sé bien qué, pero quiero husmear, ir y ver

qué sucede, qué ha sucedido. Si bien antes he de despojar la cabeza de

las astillas de mi armario, descorchar mi espalda y conseguir

levantarme. ¡Ahora tendrá dos, tres agujeros! Je, je. ¡Viejo loco! No

ves que te desangras, no es momento para bromas de este tipo.

-¡Socorro!- Oigo acompañado de un berreo fugaz. La voz femenina

aguda y adulta se desgañita de nuevo de manera persistente.-

¡Ayúdenme!
189

La voz llega próxima. Intuyo que la puerta que cerraba el pasillo

de la calle, ya no existe.

Una, dos, y... ¡Tres!

¡Ah!

He quitado la cabeza de la concavidad que hice al armario, con

ella, mi espalda también se ha desposeído sin dificultad. Acodado en

el suelo me giro y quedo a gatas, dolido, con lágrimas bordeando mi

bosque barbudo y mis cordilleras blandas, arrugadas. Aún desconcertado

no quiero levantarme, y gateando progreso hasta mi escritorio, donde

allí respiro profundo, al tiempo que mi flequillo pendido se tiñe de

sangre. Tengo sangre, sí, y aunque no llega a ser una brecha

importante, sino más bien heridas breves y concisas, continúo

sangrando dilatadamente. ¿Gracias al pelo largo? ¡Joder, Miguel! Deja

de hacer bromitas.

Me yergo. Me acaricio la nuca, y quito de mis pies las mantas que

sin darme cuenta me escoltaron -las que esta anterior noche tan buen

calor y descanso me gratificaron-. Cuando termino de acariciarme la

cerviz tengo sangre en la mano derecha, y busco tan perplejo las

líneas de la palma que se ocultan tras ese gránate oscuro y viscoso,

que me agobio y me inquieto. Aún, por suerte, no tengo vahídos graves

ni nada por el estilo. Y aferrado al canto de la mesa, de pie, puedo

mantener la serenidad que dentro de lo que cabe, es fundamental.

He de reflexionar. Lo primero, ante todo, he de tener un plan. Si

voy a salvar mi vida, quiero llevarme un par de cosas conmigo: La

primera, dos disquetes, la segunda, el manuscrito. Ambas son

primordiales. De un cajón, del primero más cercano a la puerta, cojo

los dos disquetes, donde en uno pone “Lo cotidiano”, y en el otro

“Despierto”. Los llevo en la mano limpia, la sangrante la limpio en la

camiseta de tirantes, no del todo, porque restos de sangre seca, se

barajan en islotes por mi palma. Por miedo, no reitero a la hora de

palparme la nuca, aunque sé que aún sigue sangrando. Pisando el piso


190

de madera que hoy parece más frágil, llego hasta el armario. A cada

paso que ejerzo, es más evidente que los cimientos no viven en su

mejor plenitud, que cualquier movimiento brusco de mis andadas, me

llevara hasta la planta baja. Por lo menos que me lleve con los

disquetes y el manuscrito del chico, este último, aún debe reposar en

la mesa del salón –siempre que perviva tal recinto- donde él lo dejó.

Pretendo abrir el desbaratado armario, y cuando al principio fuerzo,

no puedo porque está encasquillado. La puerta de la izquierda ha

quedado tan magullada, que únicamente puedo coger ropa por la derecha.

Mi camiseta de tirantes se adhiere a mi espalda, la cual me escuece, y

presiento que ha debido llenarse también de sangre, pero no es hora de

solucionar tal problema. Atrapo el pantalón corto de ir al monte, -

cuando iba- y una camiseta blanca con publicidad, no diremos cuál.

Guardo en los bolsillos laterales los disquetes, y de pronto,

comienzan a resonar sirenas, lejanas, pero sirenas, variadas, pero

sirenas. Y lloros, puede que sean dos, puede que sean tres, pero

lloros. Gemidos acompañados de un berreo, espeluznantes, deprimentes y

terroríficos. Un berreo insiste. ¿Es el bebé?

Salgo del cuarto asomando primero la cabeza, y sin saber muy bien

lo que voy a hacer, avanzo sigiloso.

-¿No hay nadie vivo? –Insiste la mujer. -¡Respondan, por favor!

Creo que es la misma, y, sin embargo, no la reconozco de algún

encontronazo en la escalera en un día cualquiera. La voz viene de

arriba, intuyo.

Cuando me acerco a la entrada y la miro, mis ojos no se creen lo

que ven. Si lo digo no me lo creo aún. Ni aún grabado y luego visto

detenidamente, cambiaría mi semblante asombrado. Veo el interior del

piso de los vecinos, y la puerta de mi entrada, muerta y tendida en

una isleta del suelo en el salón que ahora, se une con la mirada al de

los vecinos. La mesa intacta, sobre ella el manuscrito, y pese a todo,

llegar a él será una tarea bastante espinosa. La puerta está rodeada


191

de hormigón, del tabique hecho trizas, de tablillas y de cristales.

Falta el sofá grande del fondo, y el mío, el que pegaba con el piso de

los vecinos, han debido caer abajo, imagen difícil de asimilar. Salvé

mi vida gracias a que mi cuarto queda al otro lado del piso...

Esquivo la puerta sintiendo las gravas en mis calcetines, otro

paso, quieto, otro paso, quieto. Me despojo del flequillo que

reiteradamente cae en mi frente, aunque ahora se haya engominado, y

luego, otra vez avanzo un poco más. Miro a mi izquierda y aprecio la

careta caída boca abajo, ¿Mirar al sur que suerte dictará? ¿Y al

norte? -Hoy hubieras ofrecido un buen día humorístico, Miguel, de

verdad.- Avanzo al tiempo que crujen las tablillas de manera febril,

se zarandean y se advierten más débiles, Y pienso que, si se desplomó

el del final, porqué no ha de hacerlo el que me sujeta, ¡maldito

manuscrito! A mi izquierda, en la ruina del piso de los vecinos ahora

veo salir humo, un escaso fuego, y lo que es peor; ya nada me

sorprende como hace unos minutos. Cerca de nuestra careta, muchos más

objetos, algunos rotos, otros no, todos ellos caídos en el suelo, e

inexplicablemente, el estante de Carmen sigue en pie. Ignorando todo

excepto el manuscrito, avanzo rodeando una piedra del tamaño de un

corazón.

Las sirenas ahora suenan más de cerca. No sé la hora que es ni me

preocupa. Avanzo un poco más, me reclino y rozo con los dedos el

manuscrito lleno de polvo.

-¡Miguel! –Grita estridente la mujer.

Me giro sin haber cogido el libro, sobresaltado y mirando atrás.

La veo gracias a que parte del tabique que cubría nuestro rellano, se

ha desmoronado.

-¡Ayúdame, por favor! –Vocifera con lágrimas en los ojos.

No sé qué decir, así que termino mi misión cogiendo el manuscrito

y, cuando lo he cogido, bajo éste, aparece el otro libro de Dani. Se


192

lo olvidó. Fernando Fernán Gómez, y debajo en letras amarillas, “Viaje

a ninguna parte”. Tanto no puedo salvar, olvídalo.

Y mientras, el fuego y el humo endrino que eran escasos hace unos

minutos, y que se adueñaban del frente, aumentan. Y yo, a una

velocidad notable llego a las cercanías de la cocina, justamente al

largo pasillo donde la puerta de la entrada persiste tendida en el

suelo afianzada al marco y al hormigón. Con el libro nuevamente bajo

el brazo, avanzo esquivando a las piedras, a las tablillas, y al aire

polvoriento que entra a través del muro derruido que siempre estuvo

ornamentado de ventanas. Y allí, con la mano libre –la derecha- me

palpo de nuevo la nuca, porque me encuentro fatigado y, tal vez me

esté desangrando, lo cual, me obligaría a sentarme y esperar, y todo

ello sin desahogar mi curiosidad. Seca, sangre seca, como una costra

que se apelmaza en mi pelo gris. No obstante, mis heridas siguen dando

latigazos de vez en cuando.

El final de mi vida no lo creí así, tal vez tendría mal orientado

al demonio azteca de la careta. ¡Joder!

Precisamente en la entrada, tengo el primer estremecimiento cuando

piso una tabla suelta, por suerte he andado hábil pisando primero

suavemente con la punta y tanteando después, así que alzo el pie y me

quedo donde estaba. La tabla cae, cae durante tres segundos; ¡Paf!

Luego, silencio insólito, acompañado por las voces que llegan de la

calle junto a las sirenas, los gemidos del niño y el crepitar del

fuego.

Nos vienen a rescatar, si bien antes, quiero bucear y buscar en el

interior del apartamento que ya en una noche de borrachera,

supuestamente no conseguí. Si ya por aquellos días tenía mis dudas,

ahora quiero subsanarlas, saber qué ocurrió, por qué vivimos esta

pesadilla.

De pie, ya en el descansillo donde de mí se jactaron, el aire

arenoso me sigue golpeando en el rostro, las lágrimas siguen acampando


193

sobre mi barba descuidada, y en el altillo de un escalón, la madre

continúa asustada y agarrotada. Miro al suelo y en el resquicio que ha

dejado la tabla, si busco el ángulo perfecto, puedo llegar a ver la

planta baja, gravas, tablas, y un cadáver presionado por un mueble que

no reconozco. ¡Mierda, esto es una mierda! Lloro ante la impotencia.

-¡Miguel! –Grita la señora.- ¿Está ahí?

Ha debido oírme llorar. Está tan asustada como yo, quizá más, o

menos. Yo soy viejo, y esperaba sentir esto hace ya un tiempo; la

muerte. Las escaleras casi ni existen. Las que te llevan para arriba,

quedaron partidas, dejando un abismo en el centro, y a la mujer

atrapada en el descansillo. Mientras, las que tantos años me fatigaron

y me llevaron a la calle, son cimientos, restos, nada. Hasta la

primera planta las escaleras no existen y, me parece prodigioso el que

las de arriba no hayan caído ya. El rellano que siempre fue de un

poquito más de dos metros, se ha quedado en uno y poco, pero se

conserva, y sin mucha habilidad podré llegar hasta el piso de los

estudiantes.

-¡Miguel, por Dios! ¿Está bien?

-Puede ser. –Me vuelvo a rozar la nuca y siento que mucha sangre

permanece aún reseca. Eso es bueno.- ¡Quédese ahí! Ahora nos salvan.

La imagen que por mala suerte he de ver, es la más patética que he

tenido que presenciar durante toda mi vida. La mujer tiene la cara

rajada y llena de sangre. Parece que hubiera patinado, caído de bruces

en un charco de tal sustancia, y, sin embargo, no es así, así que

Miguel no te engañes, porque la mujer está padeciendo dolor, y mucho.

Los ríos de sangre que nacen de los cortes de su cara no cesan, y la

mayoría desembocan en la amplia camiseta desgarrada. Los brazos, los

que sujetan a un bebé envuelto en una manta de color marrón y beige

que también tiene manchas de sangre, son arañazos, más ríos; esta vez

cataratas que se amansan en la podrida madera.


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-¿Qué ha pasado, Miguel? ¿Qué ha pasado? –Pregunta histérica entre

lágrimas.

Avanzo levemente, y pegado al muro llego a la inexistente entrada

de los vecinos. Miro atrás, abajo, a los escombros, busco, y

finalmente diviso mi alfombrilla. Muy cerca también su felpudo, su

¡Ongi etorri! Gracias, pienso. No sé si lo dije en voz alta o en

silencio.

-No lo sé realmente, pero no se mueva. –Vuelvo a exclamar.

-¡Ayúdame!

Es la primera vez que comienza a molestarme el humo y el calor del

fuego. A pesar de que merodeo conmocionado, estoy valiente, y sin

perjuicio del cansancio de mi brazo que aferra aún el manuscrito,

continúo caminando sigilosamente, afianzando mis pies en las tablas;

primero la punta de uno de los dos pares de mis calcetines tiznados, y

luego apoyando el pie pausadamente cuando ya estoy seguro. El humo

viene del fondo, atravesando en diagonal y dirigiéndose hacia el

balcón que se ha formado tras la explosión. Humareda que viaja desde

un cuarto y, que visto tan de cerca, creo que no es tan grave. De

pronto, un chorro de espuma con agua ataca por la terraza salpicándome

ligeramente, y al instante, el humo huye. Yo me encojo, me agacho

asustado, y el ruido crece porque todos los objetos, restos y demás

comienzan a saltar. El chorro cesa al de cinco segundos y entonces,

nacen más voces en los soportales.

-¿Hay alguien ahí? Si hay alguien que intente hablar.

-¡Socorro! –Grita la mujer que prolonga su dolor postrada en la

esquina del descansillo, con su niño, desangrada. Este socorro ha sido

mucho más flojo que los anteriores.

Más voces, y por primera vez se me implanta en el cuerpo un

vahído, pero persisto en avanzar por donde entró el chorro. Quiero

asomarme a la ventana desmedida, con la simple idea de comunicarme, y

salvarme. No suelto el manuscrito, y los disquetes los he dejado de


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notar en los pantalones, así que me aseguro que siguen ahí,

palpándolos.

-¡Socorro! ¡Ayuden a mi bebé! –Vocifera histérica y algo afónica.

-No se mueva, ahora le ayudamos. –Dice la voz grave y convincente.

El chorro ha dejado un riachuelo de agua y espuma que se pierde

por varias grietas del entablado. Yo intento acercarme a la ventana, y

entonces la mujer que ya no sé qué hace, vuelve a preguntar por mí.

-¿Qué hace, Miguel? ¡Vuelva aquí! –Está temerosa, llorona.

-¿Hay alguien más con usted? –Pregunta la grave voz masculina.

Pero hay silencio hasta pasados unos segundos; los que me han

dejado a mi quieto, esperando una respuesta.

-¡Señora!

-¿Sí? –Pregunta entre lágrimas.

-¿Hay alguien más con usted?

-Un señor, pero no le veo –suspira entre gemidos.

Yo también. Avanzando, y descalzo con mis dos pares de calcetines,

pisando el parqué inestable. Sí, yo también sigo vivo aún. Y aún con

miedo pese a que me estoy engañando muy hábilmente. Y aunque llevo

dirección a buscar ayuda, de cara al exterior, sé que busco sus dos

cadáveres, saber ciertamente qué pasó, lo que pasó. Y cuando me

detengo en el medio, obtengo mi resultado. Dentro de uno de los

dormitorios que permanece firme, un tronco humano calcinado,

sangriento y amputado, con una sola pierna renegrida y ensangrentada,

se remacha en mi mirada. Un charco de sangre que me hiela la

circulación y me pone la piel de gallina. Mantengo la respiración

entrecortada, y cuando comienzo a escuchar con nitidez a mi corazón,

otra vez el berreo de la señora clamando que vuelva. El manuscrito

patina de mis dedos y golpea en el suelo sonando en eco. Lloro, no sé

si es por los chicos, por lo que me ha podido acontecer, por lo que ha

sufrido toda esta vecindad, o bien por el sentido que adquiere ahora

mi vida tras la muerte de mi hogar. Y recuerdo a mi vecina, -la del


196

periódico- que sé que por suerte madruga y no habrá estado en casa.

Tal vez, ahora esté tras el cordón policial, pensando en Carlitos ¡Oh

no! Las lágrimas me florecen de nuevo. Si existe algo utópico que

pueda salvar al niño de nueve años que lo haga, ¡por favor! Pienso

mientras miro ensimismado el cielo azul, que tras ahogarse el humo, se

puede apreciar. Y secándome las lágrimas con la muñeca y parte de la

mano, miro a un lado, hacia mi salón. Triste, agacho la cabeza, la

mirada, y a menos de dos pasos me encuentro con un rostro en carne

viva, pelo chamuscado; sin forma alguna. ¡Es Aimar! No me mira, pero

imagino que lo hace, que un averno se asienta en todo este piso; pavor

indescriptible. Y, sin percatarme del manuscrito abatido doy un salto

atrás, histérico por lo cerca que he llegado a estar de su cadáver

descuartizado. Y cuando vuelvo a aterrizar el piso suena, pero

permanece firme. ¡Gracias a dios!

La voz de la mujer clama, y detrás de mí, la voz fuerte y

convincente.

-¡Señor! ¿Qué hace? ¡Vuelva aquí!

Me giro dócilmente, doy un paso hacia delante con mis rodillas en

pleno tembleque, y, como los surcos de mi rostro bañados están de un

fluido salino junto a mis ojos cristalizados que no ven con claridad

al señor que me llama y que me avisa, sucede lo que no creía.

-¡No pise ahí!

Si lo hubiera oído, si le hubiera oído antes de dar el paso que

hizo que la madera sonara brutalmente, que yo gritara y, que cuando el

bombero quiso cogerme de la mano, le fue imposible porque yo ya caía.

Las caídas son siempre breves, y la gravedad las abrevia más aún. El

golpe siempre es doloroso, y yo, lo fui a dar contra los escombros.

Sentí un golpe sutil en la rodilla, otro en la espalda, y un leve

rasguño en mi ya sufrida cabeza. Estaba ligeramente inclinado hacia

abajo, y el polvo que se levantó imaginé que sería por los restos de

un suelo o un techo que pasó a mejor vida; escombro. He debido caer,


197

dos, tres pisos, bla, bla, bla. ¡Exageras, viejo loco! Oigo un está

bien en tono de pregunta. Abro los ojos y no veo nada. ¿Ahora vendrá

el blanco túnel que me lleve a Carmen? Perdóname por no haber muerto

en el mar. De verdad que lo siento.

Los segundos traen más voces, más sirenas, más ruido, más lloros,

más gritos, y a mí, me traen latigazos en la rodilla, sangre en la

espalda y en la cabeza, y mucho sueño; Inconsciencia.

Las tablas, las piedras, arenilla, restos en general, son los

principales testigos de esta muerte espantosa y ridícula. La

curiosidad mató al gato, ¿no lo sabías? Las bromas siguen siendo unas

de las facetas que aún me quedan despiertas. Duerme Miguel, es hora de

dormir. Cuando antes de perder el conocimiento me toco los disquetes,

lloro. Voy a morir y puede que nadie sepa que una vez quise regalar

algunos minutos de mi colección, nadie.


198

Aún, me despierto
Tenía trece años cuando me caí en aquella poza y casi me ahogo.

Tenía el pelo castaño, el cuerpo terso y veloz, la mirada despierta, y

varias chicas que buscaban su primer beso en unos labios vírgenes,

tímidos y delgados. Carmen era un torrente de sueños y de amor por

regalar, y yo, tuve la suerte de ser la ola de mar con la que se bañó

por primera vez. Aquel bosque en verano era lo más bonito que he visto

nunca. Cuando teníamos trece años, todos éramos tan inocentes que, ni

las reglas de mis padres, ni las guerras, ni los estudios, ni la

Iglesia, podía preocuparnos. Todas aquellas historias que para los

adultos eran momentos de suma importancia, para nosotros, eran bobadas

que no iban a cambiar nuestro mañana, –pensábamos- ajenas a nosotros.

A esa edad, recuerdo que vivíamos buscando tan sólo el beso de una

chica, el primer cigarro, unas cervezas robadas, quién sabe si fumé

marihuana, tal vez sí. Y sé que, aquello era lo que nos subía la

adrenalina, y sólo aquello, nada más. Aquella tarde que hoy os cuento,

transitaba con el verano en pleno julio, el sol desde el mejor balcón


199

que nadie construyó; el cielo. Y la sombra de aquel fuerte roble

regalándonos cobijo. Yo quería batir mi récord, y para ello, tan sólo

debía precipitarme desde la rama más alta a la poza que poseía aquel

río, que exclusivamente un chico de diecinueve años había osado a

conquistar, para posteriormente lanzarse y salir del agua sin haber

captado rasguño alguno. Estas historias siempre o casi siempre nacen

de un pique. Porque cuando vagas como niño es más factible caldear

cualquier discusión que acarree tonterías como ésta, la que me obligó

a saltar arriesgadamente. Y yo, después de un extenso tira y afloja,

acepté el reto, ¡tonto de mí! Se dice que a la edad de los trece años

el peligro no se percibe como en realidad es, y creo que el amor y la

osadía, fueron los únicos que me escoltaron cuando pisaba con mis pies

descalzos aquella rama que tan lejos del río vegetaba. Fumaba mi

segundo cigarrillo, -Gracias a Carmen, luego lo dejé- me encontraba

recostado en la hierba, acodado, mirando al horizonte hacia una

vegetación fértil, -pinos, helechos y robles- avistando un bronce que

abrillantaba el río debido a los destellos del sol, y con la voz

pizpireta de Eladio chirriando y pidiendo que diera comienzo la

diversión. Eladio, un chico que acabó convirtiéndose en un gran

ciclista y, que se fue a vivir a Valencia tras un accidente de coche

que lo dejó paralítico. Eladio me decía que no me atrevería, que desde

lo alto se ve diferente y que acabaría bajándome. Yo me silenciaba,

porque bien sabido es que el silencio es la mejor negación. Mientras,

Carmen me rogaba que no lo hiciera, que era una sandez, si bien, no

insistió en demasía porque sabía que si llegaba a lograrlo vería en mí

tintes atractivos nuevos. Vería saltar al chico que le gustaba,

descubriría su cuerpo carente de cualquier camiseta, y podría

contemplarle mojado. Tales sentimientos me los desvelaría tres años

más tarde en una noche de cervezas, porros tal vez, y pasión. Di la

última calada, aún sin llegar a tragar el humo, y apagué el cigarrillo

con el talón, girándolo a ambos lados levemente y ocultándolo bajo


200

tierra y paja. Deshice los nudos que tenían los cordones de aquellas

botas negras, sucias, viejas. Me las quité, y como no llevaba

calcetines, ya sólo tuve que alzarme y despojarme de aquel polo

blanco, uno de los tantos que mi madre siempre compraba a aquel

extranjero que comparecía por el barrio cada primer lunes de mes. Ante

la voz de Eladio diciéndole a alguien que yo iba de farol, emprendí mi

escalada altamente complicada. Así, rama a rama, buscando el mejor

enganche, tal y como un escalador excelente treparía, fui abordando la

altura indicada; más arriba. Nunca debí subir y nunca debí mirar

abajo. El árbol se levantaba tan inclinado hacía la poza de la ría,

que cuando llegué a la rama desde la que debía efectuar mi salto, ya

equilibraban mis pies en paralelo del río. Y los cuerpos de mis amigos

se hallaban tan lejos, que sus voces llegaban en gritos raídos e

ilegibles. Sus miradas aterrizaban turbias, aunque el rostro de Carmen

que era el que yo apreciaba, lo podía imaginar con tan sólo cerrar los

ojos unos segundos. Pese a que la distancia se encargara de retirarme

su imagen de mis retinas, mi cerebro ya había grabado su foto en

varios recodos de mi corazón. Ya tenía ese don. Fue por mirarla a

ella, fue por una esquirla descuidada que se clavó en mi dedo gordo

del pie, y fue porque contrabalanceaba nervioso. Y pese a quien pese,

sí, batí mi récord, ¡para no! Porque cuando les iba a saludar y

regalar una sonrisa, patiné golpeándome casi al instante en el

estómago con la rama, y sin poder coger aire ni agarrarme a nada,

descendí de cabeza a la poza. Las caídas siempre son breves, y como ya

he dicho, la gravedad las abrevia mucho más. ¡De verdad! Aquel día,

cuando mi cuerpo se sumergió en el agua tuve la sensación de que mi

muerte se aproximaba veloz, no obstante, siempre creyendo que si

muriese, mi alma partiría hacia el paraíso, el que tantas veces nos

doctrinaban. Corría el año 1946, corría un tantos de julio, y volaba

mi cuerpo, que golpeaba implacable contra el agua reluciente. Y a

partir de entonces, todo lo demás, me fue contado. Antes de que mi


201

cuerpo se hundiera, los gritos, adornaban un silencio que cuando hacía

tiempo, recostado en la hierba fumando, era maravilloso. Se encomiaba

un silencio donde el viajar del río junto con el piar de algún pájaro

rezagado o ufano, eran acompañamientos fastuosos.

La inconsciencia es un misterio, por lo menos para un servidor que

nunca la estudió. Que tu cuerpo pueda andar por ahí, lo que se dice

sin ti, es todo un enigma. Y en aquel caso, así fue:

Eladio y Mario debieron zambullirse en la poza en busca de mi

cuerpo, después cogerlo y estibarlo en la orilla. Lo tumbaron boca

arriba, y asustados no se les ocurrió más que presionar mis pulmones y

arrearme dos bofetones que, minutos más tarde cuando ya hube

despertado, aún seguían sellados en mis carrillos. Tosí y escupí agua

cuando sin explicación alguna que acoger, abrí los ojos llorosos y

borrosos. Fue entonces cuando vi la dentadura lechosa, la melena rubia

y su pronta edad en su piel blanquecina. Sus ojos claros me miraban,

examinaban mi cuerpo humedecido, algo lleno de hierbas y magullado.

La vida si despierta de esta suerte, merece mucho la pena pensé, pero

que mucho.

-¿Estás bien? –Preguntó la aún voz infantil de Carmen.

-Creo que sí.

Esbocé una sonrisa, y todos respiraron aliviados.

-¡No vuelvas a saltar! ¿Vale? –Me decía seria. Luego me cogió la

mano por primera vez, y sentí un cosquilleo hermoso que me sanó.

Me ayudaron a levantarme, y cuando lo hice sentí vahídos, pero el

paso del tiempo sana, así que me sané. Cuando di a Eladio y a Mario

las gracias por haberme sacado, me bañé de nuevo para quitar el miedo,

los restos de tierra húmeda y algunas hierbas.


202


Dale al sol un respiro, mi amor, dale corazón y un beso de adiós.

Dale un poco de atención a esta alma que vaga sin dirección. Dale un

suspiro tan sólo, un beso en los labios de amor o una chispa que

disfrace a sus ojos del brillo con el que un día ya me miró.

Despierta en mi almohada, infinita para esta delgada cara. Y se

desvela el alba menguada en mi desierta cama. Levanta mi mañana en

este hospital donde la soledad siempre implica un desenlace que

aterra.

Despierto, después de aún no sé cuántos días. La conciencia se

adueña de mi ajado cerebro, de mi dañado cuerpo y, lo hace en el que

ya creía que era mi despedido mundo. Las fluorescentes blancas han ido

a descansar en mis pupilas. Mi desnudez al suave tacto de mis viejas

manos, y la aflicción de mi rodilla, llamó a mi cerebro, al cual le

advirtieron del daño que había en tal extremidad, y ahora ha

conseguido que me duela de un proceder intermitente pero intenso. He

podido morir y volver a vivir, -resucitar- al igual que en esas

ilustres historias que siempre se cuentan del coma. No obstante, yo no

seré uno de tantos que, tras salir del puñetero coma, anhelan la vida

más que antaño. Yo no, yo creo que ya he peregrinado bastante por las

calles del día a día. Creo que soy lo suficientemente viejecillo como

para retornar, -si me hiciera falta- con la educación de todo aquello

que aprendí de niño. O también puedo estar muerto y, que todo aquello

que aprendí o leí -ve tú a saber dónde- una vez acerca del paraíso

después de la muerte, sea verdad pese a que las experiencias en la

vida terrenal hicieron que dejara de creer. Y quizá, frente a la

verdad de que tal paraíso pervive, junto a que no he sido tan malo,

hagan de mí finalmente un discípulo de Dios por una eternidad; justo


203

donde ahora me hallo. Aunque como bien es sabido, cuando uno pasa a

mejor vida el dolor también muere, y el dolor que vaga por mi rodilla

dirección al tobillo y a la ingle, a veces es inhumano, así que habré

de relegar al paraíso ficticio para otro día, y preocuparme de mí, que

aún me despierto en este mundo terrícola. No he abierto los ojos más

de cinco segundos, y he podido divisar a las fluorescentes encendidas,

encubiertas por unas rejas cuadradas. Luego los he vuelto a cerrar sin

llegar a reparar en nada más. Oigo dos voces, una la reconozco, la

otra no. Ahora tengo miedo de volver a abrir los ojos, miedo a que me

digan que estoy paralítico, o que me voy a morir pese a todo. Tengo

miedo y frío en los pies; esto último es porque no llevo calcetín

alguno y lo sufro en abundancia. Incluso me siento muy agotado, y al

cosquilleo de mi estómago hambriento, se le añade la sed.

-Papá, ¿Qué tal se encuentra? –Dice la voz temblorosa.

Ella se aferra a mis dedos rudos, cediéndome un poco de su savia.

Su vida en forma de mano pequeña, de dedos delgados y suaves, junto

con una fragancia que reconozco; la de mi hija. Escasamente me anima,

pero me satisface que pese a nuestras desavenencias, hoy esté a mi

lado.

Me han cazado pienso, así que no podré permanecer desvanecido sin

conversar durante mucho más tiempo. Creo que deberé dar luz a mis

pupilas. Es de día, lo que significa que, o llevo un par de albas

inconsciente, o es el mismo día. Si bien esto último, por la ubicación

del sol al cual observo cuando giro la cabeza y oculto la mirada a mi

hija, me parece quimérico. No serán más de las doce, y la bola de

fuego mira radiante hacia la ventana. Entonces vuelve a perorar mi

hija, y al instante giro la cabeza hacia ella, descubriendo su aspecto

triste; ojos cristalinos, y patas de gallo enrojecidas.

-Lo siento, Papá –murmura al tiempo que acaricia la piel de mi

mano.

-¿Estoy bien? –Pregunto asustado.


204

Debido a la sequedad que sufre toda mi boca, la garganta me

aguijonea cuando digo esas dos palabras. Y una vez oída mi voz, creo

que hasta podría haber sido el paciente de una amigdalitis recién

guadañada.

-Ha estado mejor, pero se recuperará. Ya lo verá. –Me mira con

ceño fruncido y una piel húmeda. –Tuviste mucha suerte.

-¿Y los demás vecinos? –Le pregunto al tiempo que recordando, dejo

escapar alguna lágrima. Las imágenes todavía vagan en mi ajada

memoria.

-Algunos sí, otros no. –Junta los labios y arquea las cejas.

Entonces aparto mis ojos de su rostro apenado, y condolido pierdo

mi vista por la camiseta de tirantes de color lila que ella viste. Su

pelo se lo ha rizado, aunque sigue deslizándose hasta la altura de los

hombros, y con el idéntico color oro que aquel día brillaba en el

pasillo ya demolido; ella está guapísima, incluso, el aroma que

despierta a mi olfato y que flota en el ambiente, es muy similar al

que Carmen prestaba a mi piel. Se atavía con unos pantalones negros en

los que descansa el bolso pardusco de piel, que aún recuerdo de

aquellas tardes y noches que silenciosamente vivimos en otra

habitación frente a la enferma mirada de Carmen.

-Tengo algo papá, que le va a alegrar –me dice, e introduce la

mano en el bolso.

-¿Qué?

Después de rebuscar varios segundos, extrae los dos disquetes, y

con una sonrisa de rojo anémico, me los muestra como si de dos cartas

se trataran. Yo no puedo resistirme y he de esbozar una sonrisa. Luego

con la mano libre, me seco de las bolsas de mis otoñales ojos un par

de lágrimas que brotan al instante. Me retiro el pelo y ambos

sonreímos, nos reímos, tal vez por estar vivos, o tal vez por algún

recuerdo que nos une a este hospital.


205

Más tarde, cuando hemos terminado de reír, ella pasea vacilante

arrinconando al bolso en la mesilla, y se acuerda de un hecho

insólito, tanto para ella como para mí, ya que yo también le había

olvidado.

-¡Ah! Y ayer vino a visitarle un chico, pero como aún estaba

anestesiado. Me dio esto, ¿qué es papá?. –Investiga curiosa.

Desde las cercanías de la ventana donde ha deslizado escuetamente

las cortinas para evitar al sol, camina hasta el armario que queda

cerca de la silla en la que antes ella se asentó. Ahí, de su chaqueta

de lana toma una nota doblada, me la tiende, y demanda una respuesta

enarcando las cejas y abriendo ampliamente la mirada.

-Gracias –respondo, aún sediento y con la garganta deshidratada.

-¿Se puede saber de qué va esto?

Mirando serio a sus ojos claros, le niego con la cabeza.

-Aún no, lo siento. Pero puedes traerme un vasito de agua, tengo

mucha sed.

-Sí, ahora llamo a la enfermera. Pero papá, no me haga esfuerzos,

¿de acuerdo? No intente moverse que le conozco.

A mi hija, tratarme de usted le va y le viene. Hay días que lo

hace de continuo, y otros de manera intermitente o no lo hace. Pero

nunca le he corregido, al igual que a mi yerno, que desde el principio

decidió hablarme de usted.

Sonriente, afirmo ligeramente con varios desplomes de mi barbilla.

Mi hija se aleja y abre la puerta, entonces me envalentono y le

pregunto por mi estado de salud.

-¿Cuál es mi diagnóstico?

Ella se rota, y me mira cortés con una sonrisa hoy perfectamente

dibujada por su pintalabios. Su pelo rizado alza el vuelo y aterriza

nuevamente escondiendo sus orejas y parte de su cuello. Su piel morena

de numerosos días de playa resalta sus dientes blancos. Y allí,


206

mientras sujeta la puerta, sé que hace días que fallecieron los

remordimientos por no haber aceptado lo del piso a su debido tiempo.

-En dos semanas estará con nosotros. ¡Ya lo verá!

Cierra la puerta y la soledad y el silencio imperan de nuevo en

esta sala de hospital.

Las sábanas verdes me acaloran momentáneamente, la desnudez de mi

piel, que al buscarla con la mirada bajo las sábanas la encuentro

arreglada con unos hierros clavados a mi rodilla derecha, y una

escayola hasta la mitad de mi pie. Intento moverme algo más,

reclinarme hacia delante, quedarme sentado, lo que se dice probar mi

maquina. Cuando lo intento, a pesar del dolor de algunas contusiones,

lo logro. Luego no estoy paralítico, así que curvo mis labios

celebrándolo. Fatigado, me recuesto en la almohada enorme, descansado

vuelvo a apoyar mi cabeza, y entonces siento que también en el cogote

debo tener una venda o algo por el estilo. Cómodo al fin, desdoblo la

nota y leo:

Gracias por salvar mi manuscrito. Nunca debimos

dejarlo pasar. Estoy haciendo lo que tú dices;

volviendo a reeditar el libro. Muchas gracias de

nuevo por ayudarme a ser mejor escritor. Estoy

deseando volver a pasar una tarde contigo y así

poder hacer algo de literatura, que añadas algo a

mi historia, ¿vale? Podría ser una tarde en mi

barco mar adentro, tú, yo y ella. ¿Cómo se

llamaba? ¡¡Será genial!! Intentaré convencer a la


207

que una vez fue mi chica, ¿eh? Todo por nuestro

libro. ¿Te parece? Je, je.

Daniel Gutiérrez Crespo. (Mikel Crespo)

Cuando doblo la hoja se aprecia tan claro mi porvenir, que

comienzo a sollozar tenuemente. De pronto me surgen las ganas de

levantarme y hacerlo ya. No quiero que el temor liquide a mi coraje en

el día de concebir tal sentimiento. Lo veo tan real que el corazón se

me enciende y el vello de la piel se me eriza, más aún cuando pienso

en las consecuencias. Sólo anhelo navegar, besar un añorado

reencuentro junto al apacible oleaje, la brisa, el azul transparente

del cielo, la estrella reina y la colección efímera de minutos que

anoté...

...Para los lacónicos minutos que restan por regalar, pienso que

no he de alargar la espera, así que tan sólo queda abandonar este

hospital, llamar al chico, y planear el viaje al confín del mar. Y en

esa especulación lejana aparece Cristina con la enfermera, que me trae

además del agua, varios alimentos que gustosamente ingiero. Mi hija

está a mi lado escuchando y atendiendo mis caprichos hasta bien

entrada la hora de comer; dos, dos y media. Luego se excusa diciendo

que debe acercarse hasta Castro en busca de su marido. A mí me parece

idóneo porque quiero y necesito descansar en soledad mientras

reflexiono sobre lo sucedido y lo sucesivo. Y con la firme promesa de

que a la noche va a volver, me envía un beso que reciben primero sus

dedos índice y corazón. -¡Se lo juro, papá! Dice- Su figura pija y

elegante se pierde tras la puerta, ésta se va cerrando hasta engranar


208

con el blanco marco, permitiendo así a la soledad y el silencio la

conquista del reinado nuevamente.

Habían pasado dos días desde el desplome del edificio, y contar

qué pasó puede resultar bastante obvio. Sé que cuando yo no llamé a la

policía para que registraran aquel apartamento, tal vez cometí el

mayor error de mi vida, pero a día de hoy, ya no existe vuelta atrás

ni solución. Tan sólo quiero relegar al olvido aquella mañana. Y pese

a que aún sigo buscando alguna lógica a mi forma de proceder frente a

aquella sospecha considerable, no la encuentro, y sé que deberé

coexistir con ese peso lo que me quede de aquí a la eternidad.

Escribí un párrafo ingente donde pedía perdón a cada una de las

víctimas, sin embargo, definitivamente, pensé y decidí que lo mejor

era excluirlo para no hurgar más en la herida. No obstante, deseo que

sepan, que de saberlo, jamás hubiera permitido que aconteciera tal

suceso. Hubiera entregado mi vida horas antes -aquella mañana- en el

rellano cuando aquel chico me amenazó con lo del arma. Hubiera dado

fin a mi andar del día a día por alterar el rumbo de las vidas que se

oscurecieron.

¿Por qué? Lo sé, tal vez lo sé, o tal vez no lo sé, pero como

todos, me callaré.

La vida lleva bajo el brazo –un pan- demasiadas sorpresas, a veces

excesivas, y siempre no deseadas. Así que narro alguna:

En el instante que da comienzo la primera presencia, nace como el

llanto de un bebe en un parto, el primer asombro. Desorientado de la

hora que corre en este estío, tan sólo me queda imaginar que vivimos a

media tarde. El asombro que me florece lleva consigo un par de

aspectos en los que he de caer en cuenta: Uno, es que por suerte ya me

siento más enérgico internamente, a lo cual, añado el segundo, y es


209

que me cuesta menos mostrar una sonrisa, tender la mano, aguantar las

lágrimas, escuchar o charlar. La puerta que se había ceñido al marco,

se distancia y destrona a la paz y al silencio, añadiendo así a mis

pupilas la presencia de rostros familiares, gracias siempre a la

televisión. Al principio creo que todo es un error, pero mi mente

cavila con presteza, y en consecuencia hallo la solución sin abandonar

mi rostro atónito. Cuando me avasallan esa misma tarde varios cargos

de diferentes fuerzas políticas, todos se muestran muy amables

conmigo, me animan, me regalan palmadas, sonrisas, estreches de manos,

un constante ánimo y recupérate, una frase fugaz; si necesita ayuda la

solicita ¿De acuerdo? Y un bla, bla, bla extenso que me agota.

Irse ellos y me recuesto en la cama, posando en la mullida

almohada mi larga melena junto a mi venda. De nuevo siento el alivio,

el descanso de mis músculos ajados, de mis cervicales dañadas y un

largo bla, bla, bla con el que no aburriré. Tan sólo, imaginen mi

rodilla llena de grilletes y huesos rotos, bañada de dolor por la

falta de droga que lo calme.

La segunda sorpresa trae un pan recién hecho y más blando;

exquisito. Una sorpresa bañada de un aroma agradable y de una sonrisa

blanquecina y gránate. Aún, me despierto. Lo sé cuando aún no habiendo

cogido el sueño profundo, oigo el ya familiarizado runrún que tararean

las bisagras de la puerta. Allí, veo la aparición de dos humanos; uno

en forma de mujer, otro en forma de niño. Junto a ellos una caja de

bombones y un libro; La historia de un barco hundido, el último de

Reverte. ¡Gracias! Digo a mi vecina que de la mano trae a Carlitos, al

cual libera cuando ambos acechan mi camastro. La sonrisa del niño se

clava como un fusil de amor; en la punta una flor. El niño se reclina

tímido y me observa con los ojos bien expeditos, azules, con las

pupilas enormes, como si perderse algo de lo que aquella sala de

hospital posee, fuera pecado.


210

-No hacía falta –le digo con la lágrima tonta brotando de mi ojo

derecho y retirándola después de mi mejilla con uno de mis nudillos.

-¡Por Dios! Y descuidar a mi mejor escritor. No sabes ni lo que

dices, ¿será el suero? –Sonríe y se aposenta en la misma silla que

Cristina, mi hija, se había sentado horas antes.

Y aquel ser utópico existe, aquel que requerí para la protección

del niño en el entarimado gravemente herido, existe, ya que Carlitos

yace aquí con su chándal azul marino y su camiseta del Athletic de

Bilbao. Según avanzan los minutos pierde la timidez, y cuando mira mi

rostro envejecido, dañado, cansado, pálido y barbudo, atisbo que su

respiración comienza a convertirse en susurros que yo no entiendo

porque van dirigidos a su madre.

-Me alegro de verdad –le digo sin dejar de mirar al niño que sigue

atento y alegrándome el corazón. Luego miro a mi vecina y le pregunto

recatado y extrañado- ¿Cómo ha entrado hasta aquí?

Sonríe, y a la vez lo hacen sus pestañas. Cuando aprecio su

maquillada cara con todo lo que conlleva, siempre me gusta conservar

su sonrisa en un resquicio de mi memoria; uno que esté virgen para que

la conserva sea de calidad, y así la eliminación sea harta difícil.

Sonrisa que baña a su mirada y, que me anima y me encanta arropar en

mi corazón. Además, ahora que desvío mi vista, caigo en la cuenta de

que Carlitos ya la ha heredado.

-Contactos –susurra confidencial.

Mantenemos unos segundos de silencio mientras a lo lejos se pueden

oír sonidos que no llegan a darnos una imagen nítida de qué es lo que

realmente sucede. Luego ambos nos ponemos tristes, nos miramos, y la

madre acaricia a su hijo, tal vez dando gracias a Dios.

-Cuando estaba en el piso, antes de caerme, recé, siempre que se

pueda llamar así, porque él estuviera lejos del edificio.

-Su padre le llevó a Durango, para que viera una carrera ciclista.

Fue una suerte. –La sonrisa parece que se esfuma, pero sienta al niño
211

en su regazo, un niño ya enorme, y vuelve a sonreír.- Saluda a Miguel,

es Miguel.

El niño entonces se ríe, luego reclina la cabeza, si bien antes

deja emerger su voz aflautada.

-Mamá dice que tú eres el señor de las historias. –Dice aún tímido

y mordiéndose el cuello de la camiseta.

-Sí, ¿has leído alguna?

-Las leemos todas, ¿verdad? –Explica mi vecina, como orgullosa.

-Sí.

El niño parece rememorar alguna historia cuando alza la vista y la

deja vagar por las paredes, la ventana, abandonando así la imagen de

mi cuerpo que yace tumbado y algo confundido. O quizá, simplemente

mantiene la mente en blanco mientras contempla esta sala de hospital

por la que el sol ya casi no irrumpe.

-Solemos practicar la lectura todas las noches, y cuando me llega

una historia tuya, se la llevo. Yo me siento a su lado y ambos la

leemos. Cuando le dije que eras tú quien las escribía, el chico no se

lo creía. Ya sabes como son los chicos de hoy, se imaginan “un héroe,

espejo de la televisión” ¡Ja, ja! –La madre despeina a Carlitos y lo

baja de sus piernas -Pero es mayor decía el capullín, no puede ser,

¡ja, ja!

-No tanto –ironizo con una sonrisa desahogada al tiempo que

propendo la mano hasta acariciar la rodilla del chico.

-Luego, otro día en el que hablábamos sobre ti y tus historias,

empezó a tratarte de usted, y tuve que explicarle que nunca debía

hacerlo, que no te gustaba. –Bromea alegre- ¿No es así?

-Así es.

Mantenemos un minuto de silencio en el cual, los tres alternamos

tristes miradas que dicen mucho y, que a la vez callan.

-Gracias por estar bien. –Acaba agradeciendo ella. Se arrima

decidida, y por segunda vez me coge de la mano.


212

-No quería que fuera ese el último recuerdo en vida, así que no

podía... –Miro al niño y me callo. Le sonrío y él imita.

La complicidad que mana de las miradas que intercambiamos mi

vecina y yo, es constante. Y sé que ella querría hablar y desahogarse,

y quizás yo también, pero no lo hacemos. Nos quedamos en silencio;

ella mirando a veces a mi cara, después hacia la ventana, yo al techo,

y al de unos segundos, a su cuerpo divino y perfumado.

-¿Ahora vas a poder escribir? –Pregunta el niño que ahora pasea

por la habitación, tal vez buscando algo divertido.

-Cuando salga... Lo primero que haré.

Le busco con la mirada pero el niño mira por la ventana, o lo

intenta, ya que sus ojos no llegan a poder ver más allá de lo que yo

puedo ver desde la cama. Luego miro a mi vecina, y ésta me hipnotiza

con su melena lisa, larga y rubia cayendo por su espalda delgada. Y su

piel de tono caoba por el maquillaje y las horas que seguramente ha

pasado tumbada en una tumbona frente al sol, resalta aún más.

-Miguel, lo primero es recuperarte. –Aconseja mi vecina ciñendo

más su mano contra la mía.

Entonces me fijo que ha abandonado su falda, y que hoy, lleva unos

pantalones blancos, tan finos que los bolsillos se transparentan, y

vete a saber qué más podría llegarse a descubrir en un día de

claridad...

-Sí, tranquila. –Le miro y ella asiste al cruce que, sin embargo,

poco después corta para pesquisar a su niño, que ahora juega con unas

muletas que ha descubierto en una esquina desnuda.

-¿Dónde vais a ir a vivir?

-Ahora estamos con su padre, -responde ella- pero aún no sé lo que

haremos. ¿Y Miguel qué hará?

Parece que su voz suena de manera bromista, luego de inmediato,

empiezo a creer que lo que quiere es brindarme un futuro junto a ella,

si bien, no abandono la realidad, el dolor, la situación en la que nos


213

encontramos, –hospitalizado- y sabiendo que es sólo una invención

mía, y que cualquier fantasía que ahora se me ocurra jamás será

cierta, contesto como si nada de esto hubiera acaecido por mi ajada y

paranoica mente.

-Con mi hija. –Digo.

Al oírme e imaginarme el mañana en el que vagaré, me pongo serio,

medio triste. Ella guarda esa sonrisa que tan sencillamente aflora, y

que siempre luce escoltada por esos ojos chinos de color azul.

-Será más difícil lo del periódico, ¿verdad?

Los dos nos callamos y yo tan sólo puedo afirmar reiteradas veces

con la cabeza.

A veces no sé si a mi vecina lo que ciertamente le gusta es mi

literatura o soy yo. Se le ha cambiado la idea con el sólo pensamiento

de ver el hueco que mis textos dejarán. Y no obstante, el cariño que

me dedica siempre consigue embelesarme lejos, y hasta olvido que

escribo para ella. Cuando me mira y me habla me siento más imberbe, un

gusanillo recorre los escondrijos de mi cuerpo, llenándome así de

valentía y de la capacidad necesaria para enamorarla. Quizá me

equivoque, o quizá no. A día de hoy no quisiera saberlo, porque aquí

en mi catre, en este hospital, en soledad, prefiero prolongar mi

imaginación en una fantasía complaciente.

Aguantan quince minutos más, en los cuales Carlitos hace muchas

preguntas. Posteriormente le invito a tres bombones, y él me regala el

primer beso, el primero suyo y el primero que he recibido después de

haber –despertado- abandonado la inconsciencia. Hacía mucho que no

recibía un beso en la mejilla, pero que mucho, y me ha agradado. Lo

mejor viene después, cuando mi vecina le imita y me deja el carmín de

color gránate claro cincelado en la barba y en la piel; en mí. Me ha

deleitado. Me dice que la semana que viene si sigo aquí, se dará otra

vuelta. Yo se lo agradezco, y con un adiós que va descrito por los

agites apacibles de sus manos a derecha e izquierda, los pierdo de


214

vista tras la puerta. El runrún de las bisagras suena, la puerta se

ciñe al marco, y el silencio y la soledad vuelven a gobernar.

Yo me duermo sobre las nueve. Esa noche, cuando ya duermo, acaecen

mi hija y mi yerno. No caigo en la cuenta hasta que a la mañana

siguiente, cuando el amanecer se acomoda atravesando por la ventana.

En ese instante yo abro los ojos, y estos se topan con su soma dormida

en una hamaca, en la esquina de las muletas, la que antes estaba

desnuda. Cristina aparecería con unos cafés y unos bollos minutos más

tarde.

Al quinto día me quitan los hierros, el vendaje de la cabeza, mi

hija me trae ropa, me cortan el pelo, me afeitan, me asean, cojo

fuerzas, y hasta color en la piel. Al sexto día comienzo a andar con

ayuda de las muletas, eso sí, muy despacio. Durante todo ese día

entiendo que he de acostumbrarme nuevamente a dos ideas fundamentales:

A la verticalidad, y a caminar poco a poco, sin prisas, de un modo

pausado, con mucha pero que mucha paciencia me dice la asistenta. Es

entonces cuando yo le suelo sonreír para hacer de mi esfuerzo algo

ameno, y contrariamente, ella me responde con seriedad, me ordena que

continúe caminando, -exclamando algo así como que no tenemos todo el

día- y me regaña diciéndome que no es hora de camelos. Pese a su mal

genio es muy buena conmigo, y sé que me está ayudando mucho a ser el

de antes.

Al séptimo día cae una tormenta de espanto, mis huesos se

resienten y he de caminar menos tiempo. A la tarde, el runrún de las

bisagras suena, y empapado, sonriente, con el manuscrito en una bolsa,


215

aparece Dani. Su pelo mojado goteando una y otra vez en la punta de su

nariz, y desde ahí, cada una de las gotas, suicidándose en las

baldosas. Es una imagen divertida y que a la vez me hace ver el

privilegio que tengo por estar aquí dentro; seco.

-Ya no te esperaba –le digo desde la cama, yacente y tapado tan

sólo hasta la cintura.

Se pasa la mano por el pelo y se lo echa para atrás; más bien, se

peina con la débil idea de que así, el perseverante goteo remitirá

finalmente. Luego se seca la cara –barbilla, frente, y la bolsa de los

ojos- con la palma de su mano libre. Por último, ya más cómodo, coloca

al manuscrito en la silla que tantas visitas han usado y me mira. En

su rostro, aún permanecen esos hoyuelos firmes que sus labios pegados

y yertos dan forma.

-Bueno, he estado atareado –abre la bolsa y me lo muestra– con

esto.

Asiento queriéndole decir que me parece bien. Él sonríe y coge

otra silla que en estos días, sin saber cómo, ha aparecido en esta

habitación. La lleva al otro lado de la cama y se sienta no muy lejos

de mí, de espaldas a la ventana y de cara a la entrada; contrario a lo

que ha hecho todo el mundo. El manuscrito queda en la otra silla, y la

bolsa que le resguardó sigue mojada, arrugada y dentro del puño del

chico. Minutos más tarde la posará en la mesilla que queda a su

derecha.

-¿Qué tal lo llevas? –Pregunta.

-Podría estar peor, pero bien, gracias. –Respondo al tiempo que

busco la portada del libro.- ¿Lo has cambiado mucho?

-En ello ando. ¡Atrápalo, porfa! –Ruega.

Cogiéndolo con mi mano derecha y sin abrirlo, se lo cedo. Él sí lo

abre vertiginosamente por la primera página, y desde su sitio me

enseña un tachón.

–Lo he cambiado.
216

-¿Puedo?

-¡Faltaría más! –Ironiza, y lo pone sobre mi camiseta nueva.

Lo cojo con las dos rugosas manos y veo que el cambio reside en la

dedicatoria. Antes ponía algo sobre su familia, tal vez para sentirse

mejor con ellos ¡A saber! Ahora a boli negro pone: Miguel puso un

grano de arena, yo imité y puse los demás.

-Me gusta. Pero no hacía falta.

-Sí hacía falta, ¿sabes por qué? Pues porque tú me has enseñado y

mucho. ¡Joder! Ahora veo la literatura de una manera diferente. Ahora

escribo buscando las palabras, ordeno las frases, releo cada párrafo

tres veces. Y ahora cuando imprimo, ¡joder! Que queda bien y todo.

Sonríe y le brillan los ojos; está feliz y me contagia. Aunque me

estoy percatando de que no es lo único.

-¿Sabías qué me has contagiado algún taco?

-¿Sí? –Se sorprende tornando la cabeza y poniendo cara de

inocente; un yo no he sido que reluce su aspecto cómico. Y dice sin

mirarme a los ojos– Tampoco es tan malo.

Ambos reímos, y con la sonrisa en mi mejorado rostro, le devuelvo

el manuscrito. Ya sin el incómodo vendaje me reclino en la almohada,

mientras, Dani deja el libro en la mesilla junto a la bolsa, la cual

ha creado un pequeño charco, que el chico seca con la mano.

Hablamos un par de horas, más de lo sucedido en el piso, de mi

caída, del porqué caí, es decir, más de lo que aconteció después de la

explosión que de lo acaecido anteriormente. Y una vez expuestos ambos

puntos de vista, (él me cuenta lo que casi ya me sabía, de lo que no

hablaré y que imaginan, y yo, lo que vosotros ya leísteis) coge el

manuscrito, la bolsa aún húmeda, y se marcha haciendo sonar nuevamente

el runrún de la puerta. Lo hace antes de la hora de cenar, así que la

soledad es exigua. Y tal y como me asegura, no vuelve hasta después de

San Fermín.
217

Llevo días mejorando en mi andar, el esfuerzo y la disciplina de

la asistenta son los promotores. Me ha dicho que estoy realizando un

minucioso trabajo con mi rodilla, que para mi edad, tengo voluntad y

fuerza como si hubiera –un mar- algo esperándome afuera, como si

abandonar el hospital fuera irrefrenable. Dice que hay tardes que mi

organismo se asemeja a un ser inagotable y que le asusto, entonces yo

me río, pero ella no. Es un once o doce de julio cuando me suelta toda

aquella retahíla, justo después de verme durante tres horas en

rehabilitación. Me cubro la escayola que protege mi tobillo con una

bolsa de plástico que la asistenta me ha proporcionado y me ducho para

no oler mucho a sudor. Me visto con un chándal azul marino y la

camiseta nueva de color blanca. Apoyado en una muleta llego hasta la

sala donde al oír el runrún de las bisagras, su cara más delgada, más

morena y sin afeitar, se queda frente a la mía. Ese día también está

mi hija, sentada en la hamaca y leyendo una revista. La sorpresa es

mayúscula, así que al vernos, además de no querer abandonar el cuarto,

pide explicaciones, quiere saber quién es el chico, todo ello alzando

la voz y sin casi dejarme hablar. Bien conocida es ya su terquedad,

así que no es de extrañar que finalmente, medio histérica decidiera

irse refunfuñando a la cafetería, y dejarnos solos mientras ella

tomaba las de Villadiego.

La tregua es relajante tras unas voces mal sonantes. Ahora ya

medio tumbado en la cama, escucho la voz distendida de Dani junto a

sus historias, las cuales creo más fascinantes. Cuenta que estuvo

allí, en Pamplona. Cuenta que estuvo todo un fin de semana y que se lo

pasó genial, que conoció mucha gente –conocieron, ya que fue con

amigos- y que no corrieron ni delante ni detrás de los toros. Me hace

resucitar mi vida, que transité por tantas discotecas y verbenas

cuando era joven, y lo que es peor, me hace envidiarle, y aunque sepa

que ya no hay marcha atrás, lo añoro; tan sólo puedo frustrarme. Me


218

trae las quince primeras páginas del libro, y realmente, la mejoría es

notable.

Haciendo referencia a lo de mi hija, la cual hace ya media hora

que se ha ausentado del cuarto con malos humos, intento explicar su

enojo sin éxito.

-Es difícil de entender, pero qué le vamos a hacer. ¿Cómo se lo

tomó tu madre con lo de que te ayude?

-Me dijo que me anduviera con cuidado, je, je, que había mucho

loco suelto.

-Tranquilo. Además, esta amistad es lo mejor que me ha pasado tras

la muerte de Carmen. Así que, no creo que debas temer nada de mí.

-Lo sé –sonríe y señala a mi pierna.- ¿Qué tal va?

-En una semanita estaré fuera, andaré por la playa de Castro todos

los días, y bueno, ya sabes, creo que mi plan de jubilación llegará en

breve. La independencia ya se acabó. Así que espero no dar ni golpe en

lo que resta.

-¿Qué resta? –Pregunta atónito, sin parpadear en absoluto y

mirándome inmutablemente.

-¿Qué crees? –Le digo con una larga sonrisa que quita cualquier

intranquilidad al asunto.

-¡No seas aguafiestas! –Alza su brazo como si me fuera a pegar, y

a continuación se acerca más a mí para bajar el tono de voz.- ¡Oye! ¿Y

no puedes irte a vivir solo, verdad?

Mira de reojo a la puerta, pero mi hija no creo que venga aún, es

temprano.

-Ni puedo ni quiero. Son casi sesenta y ocho años, muchas

aventuras. Quiero terminar tranquilo sin más contratiempos.

-Entiendo. ¿Pero quedará en pie el viaje en barco?

Me mira con esos ojos que hoy trae tan firmes, y trastoca un

sentimiento en mi interior. Ambos creemos saber de lo qué hablamos,

pero únicamente lo sé yo, porque sucede, que él se equivoca.


219

-Sí, claro que sí. Puede que para principios de agosto, en mi

cumpleaños tal vez. –Sonrío y me entran ganas de llorar cuando

imagino. –Aunque antes has de hacerme un favor. Debes conseguirme unas

cosas para el viaje, ¿podrás?

-¿Cuáles?

Sus ojos se quedan perplejos ante mi mirada seria, mi semblante

terso y mi intrigante respuesta escrita en un papel como una lista de

la compra. Son pocas, pero importantes para que el viaje salga según

lo previsto.


Ver la luz con tus propios ojos, avanzar por tu propio pie y

únicamente acompañado por una muleta, nunca se sospecha cuánto puede

llegar a anhelarse. Sólo caes en la cuenta cuando un día después de

casi haber muerto, no puedes hacerlo. La ciudad de Basurto parece

cambiada; será el verano. Las gotas de sudor comienzan a nacer en mi

frente, y el azul grisáceo a incrustarse en mis pupilas, que se

protegen bajando sus respectivos párpados. Recuerdo que Carmen odiaba

este hospital, siempre decía: Si vamos a Basurto mal asunto. Esta vez,

por suerte erró. Además, mi mujer falleció en Cruces.

Me dan el alta, pese a que la hoja se la queda mi yerno. Una vez

terminado el papeleo yo soy el primero en pisar la acera y la calle.

Debido a la muleta de apoyo, sé que camino del mismo modo que Don

Luis, –no vino a visitarme- lo cual me hace gracia. Voy vestido con

otro nicky nuevo, azul marino, y, sin embargo, con el mismo chándal.

Mi hija y mi yerno van detrás. Yo, mientras, siento como la brisa

cálida corretea acariciando mi cuerpo, lo cual me hace sentir vivo;


220

respiro hondo por las fosas nasales, expulso el aire, y me encanta.

Fuera me lleno de luz, y pese a que las nubes dejan tramos de cielo

grisáceo, no logran matar al calor ni a los destellos que el sol

provoca. Y más afuera, otro tipo de luz que viene de la mano de la

hermana de mi yerno. Las sonrisas, la lozanía, las vidas de esos dos

nietos que son algo mío y que salen disparados como dos hormigas

atómicas en mi dirección, me alegran el día más que nunca. La hermana

de mi yerno sale detrás, y yo, que quiero prepararme para recibir su

llegada, no puedo y topo antes de lo previsto con aquellos niños a los

que no veía hace meses. Aquel niño de dos años que ya corre y que se

acerca a mí sin saber bien porqué; ni yo, ni él. El otro nieto de seis

añitos me mira muy perspicaz, y aunque se dirigía hacia mí, en el

último instante decide alterar su rumbo levemente, curvar, y quedarse

en las faldas de su madre. Cojo al otro en brazos, y pese a que la

escayola prosigue picándome en la pierna, continúo avanzando despacio,

junto a Cristina, la cual no hace más que decirme que lo baje, que no

estoy capacitado. Pero antes le ruego un “pa” al mofletudo, y con una

sonrisa hermosa y sonora, me da un retumbante beso en la mejilla vieja

y afeitada. ¡Me ha dado un beso! Exclamo en mi interior; feliz. Casi

de seguido poso en el suelo a mi nieto, que ya corre a la mano de su

padre. Luego llegamos al coche, y los cinco –una familia, quizá-

abordamos la ruta que nos abordará frente a ese pueblo costero.

Esa tarde me doy una ducha premiosa, en la que reposo y, no reparo

a abandonar con tanta premura como lo hacía en el hospital. El agua

que sale del grifo se vierte caliente, y sin pensar en el ahorro, uso

todo el jabón que deseo. El vaho que se ha formado es inmenso, denso,


221

así que cuando salgo y alcanzo una toalla larga y suave, he de

abandonar el servicio de un modo raudo y ridículo para así poder ver y

respirar mejor. Me encuentro en un estado de salud excelente. Pese a

la escayola y las limitaciones de mi rodilla, poseo una breve mejoría,

lo cual, hace que pueda sentirme a gusto conmigo mismo.

El piso no es nada pequeño. Cuando me ubican en mi cuarto y a

posteriori investigo, me doy cuenta que mi hija es un poco huraña.

Cristina lleva años pidiéndome dinero, que venda el piso y... ¡Leches!

Porque el pisito que tiene corta la respiración. ¡Quién lo quisiera

para sí! Cimentado en primera línea de playa y con unas vistas a la

mar, que me dejan palpitante. Es un cuarto piso con una terraza donde

comen seis placenteramente. Y es allí donde me hallo ahora, apoyado en

la barandilla redonda, plateada y recalentada por el sol. Con la

muleta a mi izquierda en desuso, prolongo mi posición reclinada y

mirando al frente, cautivado por las vistas que son de una sublime

belleza. El mar de diferentes tonos azules, dependiendo siempre de las

diversas profundidades, permanece en mis otoñales ojos como un bálsamo

de aceite, cuantioso él hasta que choca con las nubes blancas allá en

el firmamento. Más cerca, unas rocas azabaches y verdosas; una peña

que queda a mano derecha y, que es el comienzo de una pequeña

cordillera, la que vela por esta villa en la retaguardia. A mano

izquierda, casi enfrente de la terraza, a unos pocos metros, se

aprecia un puente que salva de un riachuelo, el cual desemboca en el

mar. Posee un cauce custodiado por rocas bañadas de verdín, y

desprende un olor desmedido a salitre y pescado. A mano izquierda a

pocos metros yace la playa de brazomar; la natural. Hoy se ve atestada

de toallas y sombrillas de colores, de bañistas que juegan en la

orilla, o que bien nadan hasta una plataforma que flota lejos sin

salir de la zona de baño que apuntan las boyas. Individuos que se

tuestan al sol antes de ir a comer, o que caminan por la orilla como

en días posteriores lo haré yo. Y mientras la brisa se ceba con mi


222

cara en esta terraza, advierto que encima de nuestra terraza, en lo

alto, hay un reloj de agujas negras, base cuadrada mayúscula de

cristal granulado, y, que días después supe que daba la hora a tres

tercios de la playa. Al lado de nuestra terraza hay otra similar,

también separada por una cristalera granulada de cuadrados minúsculos.

La terraza es semicircular de azulejos rojizos. En la barandilla,

justo donde limita con el vecino, se alberga una bombilla anaranjada,

ahora apagada. El piso, -me entero más tarde- tiene una piscina

amplia, comunitaria, con un área de césped donde poder sestear después

del baño que alguna vez pienso darme. Y hasta cuatro duchas ubicadas

en las esquinas de la laguna rectangular. Un hogar muy confortable,

amplio... Y cuando estoy pensando en ello, mi hija comienza a

depositar en la mesa platos, vasos y cubiertos. Me pregunta qué tal, y

tan sólo afirmo que bien. Ella se marcha a la cocina, y entonces creo

que miento.

Después de comer me levanto y me siento en un sofá en el salón con

La Carta esférica; el que me regaló la vecina. Luego pienso en los

disquetes, pero creo que aún es muy pronto para emprenderme con el

trabajo. Minutos más tarde aparecen Sergio y Miguelín, y cercano a

ellos transcurro casi toda la tarde. El nombre de Sergio es por el

padre de mi yerno, y el de Miguel por mí. Sergio es el mayor y Miguel

el pequeño. Y es éste el que viene y me enseña un juego que tiene.

Mientras me lo enseña, yo no dejo de fijarme cómo manotea cada una de

las figuras creando una torre firme y colorida, como tuerce la cabeza

atrás, se sonríe y continúa con su tarea. Y en uno de esas miradas que

me ofrende, yo le acaricio la larga melena rubia y sedosa.

-¡Habría que cortar el pelo a este mozo! –Exclamo cuando mi hija

pasa cerca mirándome de soslayo.

-No –dice cansina- déjalo, que está más guapo así.


223

-¡Pero si no ve! –Afirmo mientras le levanto el flequillo- ¿No

ves?

-Ya se lo arreglaremos –termina diciendo desde la puerta del

salón.

Continúo leyendo párrafos del libro sin descuidar a mi nieto, que

una vez terminada la torre, corre a llamar a su padre, y finalmente,

cuando la han visto todos los que habitan este hogar, se aleja de ella

para luego apresurarse chambón, y sin detenerse la derruye, cae al

suelo con todas las piezas y empieza a reírse incesantemente. Yo no

puedo evitarlo, y acabo riéndome también enérgicamente. Luego aparece

Cristina, que nos regaña y recoge el juego mientras me dice que

debiera ir a pasear, que me vendría bien. Yo me enfrasco en el libro,

e intento omitir su presencia con este texto marítimo, y con la

peripecia cómica de mi Miguelín en mi retina. ¡Ay! A veces que bello

es vivir.


224


Me queda tan sólo la escayola, mientras que las heridas de la

espalda y la cabeza ya casi están cicatrizadas. Han pasado más de tres

semanas desde que entré aquella tarde en el hospital. Me han contado

que me cogieron y me sacaron con rapidez de los escombros, que fui en

esas locas ambulancias, y que el mayor peligro que pasé fue debido a

que había perdido mucha sangre. No tuve ninguna lesión cerebral, así

que ni la cabeza, ni la columna vertebral han sufrido desperfectos. Mi

rodilla la tuvieron que recomponer levemente, y aunque aún no puedo

doblarla plenamente, ya va cogiendo habilidad. Por lo demás, me he

tomado estos días aquí como unas vacaciones amplias y apacibles, que

serán más agradables cuando el uno de agosto vaya al hospital para

despojarme de la escayola. Entonces, podré darme un baño en la piscina

y, ¡claro está! En la mar. Adentrarme en la mar será una sensación

vertiginosa. Si lo pienso, se me acelera la sangre, se me hiela,

lloro, ¡ay qué bonito ha de ser! Nadar en el oleaje que lleva el

cuerpo –corazón- de Carmen.


225

Carmen
Sube la marea de una manera exigua gracias a una ola débil que

encharca la arena de la orilla. Quedan algas pegadas en la arena

compacta, y tras unos segundos, la débil ola se vuelve a ahogar y

desaparece. Camino descalzo por toda la orilla sintiendo como mis pies

se hunden a veces en la mojada arena, y otras en la salada agua que

continuamente llega para borrar los cientos de huellas que los

paseantes dejamos. Mi tobillo ya no sufre casi daño alguno cuando

paseo solitario desde las diez hasta las doce y media de la mañana.

Incluso el ejercicio en esta playa tan llena empieza a parecerme más

familiar con cada amanecer que acontece. Cada día que amanece olvido

que tuve un ayer, así, cada rostro que se cruza con mi silueta
226

caminante, ya mira de modo diferente, y cuando yo me fijo, parece que

le he estado viendo en esta orilla toda la vida, y es que no recuerdo

el día en que no le conocía. Cada curva, cada imagen, cada ola, cada

roca, cada momento y ubicación del sol, hasta cada sombra que alguna

mísera nube quiere dibujar, parece única. Paseando por esta orilla los

momentos borran lo anterior, olvidando así que una vez viví solo, y

más, que viví en otra ciudad y con mi mujer; olvidando que tuve otro

mundo en el que también fui feliz. Aunque debiera decir a mi favor

que, esa situación únicamente me sucede al pasear por la orilla,

porque muchas tardes cuando trabajo en el ordenador de mi yerno, sí

echo de menos la soledad, mis amigos, y sobre todo a Carmen, ya que

cuando doy un breve paseo hasta la terraza y observo el inmenso azul

rizado, mi estómago quiere vomitar, y un dolor en el pecho insufrible

me brota, que junto con la brisa, a veces me hace llorar. Hace poco mi

vecina me llamó por teléfono, aún no sé cómo lo ha conseguido, y,

además, he podido enviarle la última historia: Vidas Infinitas. A Don

Luis le telefoneé yo, pero en su casa no contestó nadie, así que no

hay nada que hacer. Tal vez esté de vacaciones con su mujer, sus

nietos, bla, bla, bla. También me da pena el no haberme podido

despedir ni de Miriam ni de Pedro, pero sé que ir hasta allí es

imposible, por lo menos a día de hoy, así que les he escrito unas

cartas que, espero que reciban algún día, y a poder ser pronto. El

resto quedará pendiente, o qué sé yo. Realmente sólo sé que no sé

nada, nada de lo que el próximo amanecer deparará.

Cuando la marea está alta por las mañanas, la arena aún recién

alisada por las máquinas, y la tercera edad apiñándose indolentemente

en los arrabales de la orilla, el pasear es insufrible. Suelo

permanecer menos tiempo de lo que habitúo, y es más que nada porque

sobre las doce, la orilla se llena de niños, que son chiquillos,

mozalbetes que se tiran arena mojada, que construyen castillos,

rompeolas o murallas débiles, son galopines correteando por la ribera


227

entre charcos que ellos han concebido, por las olas que llegaron ya a

su destino, y todo ello, hace de mi andar una hastío floreciente. Por

ello, cuando la marea está baja, lo agradezco porque el espacio es

mayor, y los paseantes, tanto de mi edad como de otra más joven, pese

a que acaparan gran amplitud formando una autopista humana en toda la

orilla, no obstaculizan para que mi andar sea relajado. Y los

mozalbetes, chiquillos y galopines, que vienen todos ellos a ser lo

mismo, juegan más lejos.

En los paseos, al principio –los dos primeros días- me acompañaba

mi hija. Ahora se queda haciendo la compra, tal vez prepare la comida,

y sobre las doce y media, baja a preguntarme qué tal estoy. No lo hace

siempre, lo que es un alivio.

Hace ocho días que me quitaron la escayola, y hace diez que paseo

por la orilla. Cuando tenía la escayola, evidentemente recorría el

largo de la playa mucho más lejos del peligro de las olas. Y no hagan

cálculos porque errarán, ya que no estamos a ocho de agosto, sino a

cuatro, ¿por qué? Debido a que el día que fuimos nuevamente al

hospital para que un servidor se hiciera la revisión, el doctor, como

se iba de vacaciones, decidió quitármela, y se justificó diciéndonos

que no había ninguna fisura. Los dos primeros días que anduve por la

playa sin escayola y descalzo, además de tener esa parte de la

extremidad blanquecina y más delgada, reconoceré que también tenía un

dolor inmenso, que a veces debía pararme, sentarme en la toalla azul

de pececillos bordados, y descansar. Al tercer día de no tener

escayola me bañé en la piscina; meramente hundí mi cuerpo en la zona

donde hacía pie, pero la sensación fue tal, que no pude esperar al día

siguiente para bañarme en la mar. De modo que esa misma tarde, con el

sol dueño de todo el cielo, dejándole de un azul casi blanquecino y

transparente, nadé por un mar algo bravo. Cuando evitaba a las olas

que, me cargaban el rostro y el paladar de salitre, divisé el acecho

de mi hija histérica muy de cerca. Se perfilaba dorada por el


228

resplandor del sol, con la toalla azul de la mano, dentro del agua

hasta bien entrada las rodillas, y gesticulando azorada con la mano

libre. Cuando rodeó con la toalla, mi cuerpo lleno de dunas blanduzcas

y cobrizas, me dijo que no quería otro susto, que si se podía saber a

qué demonios jugaba. Yo le respondí con un silencio y una sonrisa

desbordante. Dentro de mí, vagaba un sobrecogimiento en cada uno de

mis órganos, no había entraña recóndita que no sintiera aquel

hormigueo, fue tal la placidez, que no supe si el infierno me había

ofrendado de nuevo con unas dosis de amor; Carmen, debo volver a tu

lado.

Son las once, lo rubrica el reloj que se sitúa en lo alto del

pisito de mi hija, así que haré aún un par de orillas más sintiendo

como las olas acarician mis tobillos cada cuatro o seis segundos, y

posteriormente ya decidiré. Aún tengo tiempo. Dani salía de Getxo a

las diez de la mañana, haría escala en las cercanías de la playa La

arena, y según sus planes, tendría el barco preparado para las doce,

doce y media. Hemos quedado en la plaza del ayuntamiento, donde anclan

las embarcaciones pequeñas. Todas ellas boyan amarradas mediante

cables o sogas al muelle, y algunas poseen candados. El dársena en el

que hemos quedado, será el reservado al pueblo, creo, no sé, tal vez.

Me llamó hace cinco días, me dijo que el sábado día cuatro sería

perfecto, y me preguntó si podía. Yo afirmé ardiente y excitado. Tan

sólo pensar que perderé de vista a mi hija y finiquitaré mi designio

cuanto antes, hace que mi piel arda. La charla aquel día fue breve, ya

que siempre que le preguntaba por cómo iba a navegar hasta acá, él me

respondía: Tú tranquilo, que los barcos de ahora se navegan solos. El


229

cabroncete se reía como si hubiera algo de gracioso en eso, y luego me

decía: ¡Ah! Y, además, ya sé lo que quieres hacer, y volvía a reírse,

aunque esta vez más ampliamente. Nos vemos en el flamante yate,

culminó finalmente ¿Te parece bien? Preguntó irónico. Yo, aún bastante

exacerbado, afirme diciendo: me parece. Luego reí, y él, sin decir

adiós colgó.

Después, nació el problema de mi hija, el cual ya estaba previsto.

Y es que, aunque finalmente accediera sin que estuviera de acuerdo, y

gracias a que le engañé diciéndole que en el yate habría un marinero

responsable, experto, no conseguí sacarla de su testarudez, la cual

era nada más y nada menos, que habiendo salido hace dos días de un

hospital, debiera quedarme sin tal viaje; en el pisito. Y aún, esta

mañana durante el desayuno, me ha mirado mal, con desgana. A estas

horas, seguro que sigue sin estar en absoluto de acuerdo. He de

admitir, que se tranquilizó bastante cuando anotó con un bolígrafo

azul, marca bic con el tapón mordisqueado, el número del móvil de

Dani, algo que puede fastidiarnos en algún momento del viaje, pero

siempre queda la opción de desconectarlo. Ya veremos.

He quedado con él en el puerto, por lo que espero que tenga todo

preparado, comprado mi lista, y que no haya errado en nada, porque la

falta de cualquiera de los objetos puede llevar al garete el plan. Y

no me gustaría retrasarlo más. Sé que queda la opción de que el coraje

huya a la hora de la verdad, pero no adelantemos acontecimientos. No

sé si traerá a la chica, porque cuando le llamé yo primero y luego él

me llamó después, nunca dijo nada, así que cuando nos veamos en la

plaza del ayuntamiento, frente al puerto, lo sabremos.

Antes de emprender el camino hacia el puerto, después de haber

peregrinado dos veces la orilla íntegra, y debido al calor que ya

acomete, me doy un chapuzón breve. El corto pelo gris se me moja, el

sol me lo platea, y el agua me lo oscurece. Dentro del agua, cuando

nado sedoso por la mar mansa, que me mece con un vaivén efímero donde
230

ni siquiera rompen las olas más que en la orilla, me cruzo con varias

ancianas que nadan con un gorrito de plástico para cubrir su cabello.

Se deslizan por el agua pausadamente y, cuando me saludan sonrientes,

es difícil saber si son más longevas que yo o igual. Al de cinco

minutos, abandono la linfa a paso quedo, y siento la brisa fresca que

se topa con mi tórax goteado, cobrizo y desnudo de vello. La arena

mojada y posteriormente la seca, se va asentando en mis húmedos pies,

en mis largos pies, en mis rugosos y cansinos pasos. Me acerco primero

hasta las duchas, donde observo que, en amplios corrillos de toallas,

se hacinan tendidas muchas mozas jóvenes que se bañan de luz solar,

que cotillean, que sonríen y que poseen cuerpos divinos para mis

otoñales pupilas; ninfas lejos de mi alcance. Luego abordo mi toalla

azul de pececillos bordados, donde allí tengo unas chanclas modernas

que te sujetan el pie a la altura de los dedos, del tobillo, y que son

de color marrón y negro. Allí también tengo la mochila, en la que

llevo una fiambrera con una tortilla de patata, cocinada por la buena

de mi hija pese a todo. Media barra de pan, de media cocción, y

algunos utensilios útiles para el viaje; como un rollo de plástico, de

esos que sirven para embalar los alimentos. Puesto que aún goteo,

decido quedarme de pie, con los brazos cruzados y observando el

panorama. En tanto, el sol y la brisa se encargan de secar mi piel

vieja, adornada de alguna cicatriz, y cada día que pasa, más

bronceada.

Tardo varios minutos en secarme, si bien cuando lo hago, me

engalano con la camiseta de manga corta azul marino que Cristina me

compró. Sacudo la toalla tenazmente, la doblo, y la guardo en la

mochila de manera cuidadosa. Poco después, una vez quitada gran parte

de la arena pegadiza, me calzo las chancletas, miro el reloj cuadrado

de cristal que queda en lo alto de nuestro edificio, y sin más,

emprendo mi camino por el largo paseo marítimo. No obstante, antes de


231

encontrarme con Dani, debo recoger un trabajo que en encargué a una

copistería.


Su

rostro

afeitado

se alza de color,

al tiempo que mis pupilas

elucidan su semblante sonriente.

Los adoquines del casco viejo que me llevan a

la plaza del ayuntamiento, donde huele a mar, a pescado,

y a un amanecer triste, se clavan en la suela de mis pies

semidesnudos. La zozobra, mana como el fantasma al que uno siempre ha

tenido miedo, y no espera volver a avistar jamás. Mientras, mis

zancadas rencas, adosan mi cuerpo a los aledaños de un mar anoréxico.

Él, Dani, sin gesticular, espera paciente, vestido con una camiseta

gris en la que se bosqueja un semblante jovial, y un bañador, al igual


232

que yo: El suyo de color azul marino y beige, y el mío de rayas rojas

y grises. En cambio él, no calza chancletas, si no más bien unas

zapatillas grises de cordones azul marino. Y dentro, pegados a sus

robustos pies, unos calcetines blancos con trazados amarillos y

violetas. Al salir del adoquinado de la plaza, al hollar en la

carretera, en el paseo marítimo, debo rehuir de las parejas que pasean

despacio cogidas de la mano, que van enamoradas, o que tan sólo lo

simulan, ¡o vete tú a saber! Y al tiempo que me aproximo y esquivo,

Dani, permanece inmóvil, reposando sus nalgas en un banco de madera de

un tinte trigueño. Mastica chicle, y aguanta con los brazos cruzados a

la altura de la boca del estómago. Frunce los labios, y se anticipa

para llegar hasta mí cuando me cree cerca.

-Buenas –dice sonriente- ¿Preparado?

-Deliciosos días, compañero –respondo irónico- Y sí, estoy

preparado, o eso creo.

Ambos reímos de manera queda. Luego él me examina detenidamente,

inclina la cabeza hacia un lado para fijarse en la mochila, y no

satisfecho, escruta de arriba abajo mi aspecto erguido, mi pierna aún

algo más blancuzca, y mi pelo corto todavía húmedo.

-Aprovechaste para hacer un primer contacto, eh. –Bromea.

-¿Cómo?

Niega con la cabeza, sonríe, e indica que avancemos señalándome

con la mano el trayecto que hemos de llevar. Y sin preguntarle hacia

dónde, nos adentramos en la riada asidua de gente que peregrina, tal

vez con destino al rompeolas.

-El chapuzón que te diste, digo –se explica al tiempo que mira mi

cabello aún con tintes de gris sombrío.

-Sí, bueno, no sé –dudo al contestar.

Comienza a irrumpir un frenesí, quizá una angustia de esas que

siempre extienden sus pétalos cuando vas a descubrir algo por primera

vez. Al corazón parece faltarle espacio en sus celdas protectoras;


233

demasiados órganos y huesos para tantas emociones. El estómago se

siente un eco eterno, y ya ha dado ordenes de no querer volverse a

llenar. La vejiga desengrasada, la próstata, el dolor, todos comienzan

a pedir espacio, quizás envidiosos. Y hasta las rodillas, –más la mía-

limitadas en flexibilidad, no caminan con rectitud y empuje.

-Creo que se te olvidó una cosa por apuntar en la lista que me

diste -habla al de unos segundos, y sonríe orgulloso, demasiado

alegre.

-¿El qué?

-Nada, tranquilo que la he traído. –Y vuelve a sonreír y a

mirarme.

Dani, camina un paso por delante de mí, confiado, e ignorando a la

gente que nos sigue, sin tropezar con la que viene frente a nosotros,

y esquivando de manera hábil la que nosotros perseguimos. Yo algo

desconcertado, le contemplo, rastreo denodadamente sus pasos mientras

aún continúo dándole vueltas a lo que me ha dicho, o ya me dijo tiempo

atrás: ¿Lo sabe? Intento comprender su plan, asemejarlo al mío,

procurando dilucidar cuál es el suyo, y en qué se diferencia del mío;

espero que en mucho.

A la izquierda, apreciamos un puente romano. Más encumbrada, la

iglesia con sus bonitos contrafuertes y arbotantes decorativos, que se

aprecian como lo más predominante. Al fin y al cabo es un pueblo

hermoso y con historia. Ya en tiempo de Vespasiano fue tomado por

Roma, y se llamaba Flaviobriga (Puente de Flavio), tal vez de ahí el

puente. Aunque este pueblo coge forma cuando fue reedificado, es

decir, resucitado, por Alfonso VIII en 1173. Desde entonces comienza a

alcanzar gran importancia como centro pesquero, dedicándose incluso a


234

la pesca de ballenas. Se habla que tuvo batallas con los franceses por

el siglo diecinueve, y que lo incendiaron, pero esto no he podido

saberlo con exactitud. La historia ha dejado el viejo castillo, y en

sus cercanías el faro; ambos se acomodan tras la iglesia, en lo alto

del risco. Sé que allá arriba, en las campas cercanas al castillo, se

culmina una magnífica representación religiosa durante los festejos de

semana santa; cristiana, sin duda.

Caminando, dejamos atrás una heladería y un chiringuito que se

hospedan a la altura de la riada de paseantes, y que también se ven a

nuestra mano derecha, ya que a la izquierda viven el mar y los barcos.

-¿Qué tal va tu pierna? –Pregunta el chico sin girar la cabeza.

Antes de responderle, noto que mira todo infatigablemente,

sorprendido o hechizado, de modo que al hablarme, no me mira,

simplemente observa. Aunque ambos sabemos que, la magia de la cual se

atiborran sus ojos, no es real, y que tan sólo es un pueblo costero

con sus barcos, sus pescadores, los cuales se arriman al borde del

muelle mientras esperan pacientes con la caña en la mano. Un pueblo

con historia, con sus paseantes, con sus regatas, su cielo azulado, su

mar, sus barcos, quizá mi muerte, y su dilatado bla, bla, bla.

-Mejor, cada día mejor. –Respondo sin ganas.

Le miro y, él parece no escuchar, y, es que realmente nada perdido

en el paisaje que le rodea, en los diques que colocaron en el

rompeolas, que aunque no se ven por donde nosotros caminamos, uno se

los imagina. Se fija en el puente romano de piedra, color tierra, en

las escalerillas estrechas que te llevan a él, y en mí finalmente,

atraído por mi constante mirada.

-¿Qué?

-¿Has estado aquí alguna vez?

-No, realmente es la primera vez. ¿Sabes algo? –Se rasca levemente

la nariz y yo lo miro expectante- Tiene algo.


235

-Sí, algo de magia puede tener –afirmo convencido.- Tal vez sea

por el mar, en mi caso, o porque realmente exista lo mágico. El otro

día, cuando estaba en la playa paseando, me sentí fuera de mí, como si

el resto del mundo no existiera, como si hubiera vivido aquí toda la

vida.

-¿Qué dices? –Se para, me paro y nos miramos.- ¿No te habrá

afectado la medicina? ¡Joder! Estás un poco loco.

Se ríe de manera sobria, luego, ambos seguimos caminando y

adentrándonos en el rompeolas. Y aquí, sí que hay bastantes pescadores

de los de caña en mano y paciencia. Se amontonan en la orilla del

muelle, y miran a algún punto, perdido en nuestros conocimientos.

-Es raro, lo sé. Pero te juro que me sucede, a veces me sucede –le

digo convencido, rememorando las mañanas en la playa.

-Tal vez sea que el accidente te ha hecho volver a... ¿Ves aquel

barco?

-Sí –afirmo cuando giro la cabeza y lo avisto balanceándose

tenuemente.

Es un yate pequeño, blanco, sosegado por el tenue mecer del agua a

pocos metros del muelle, sin camarote, y con tan sólo la cabina de

navegación, la cual tiene una tejaban que podría cubrir de la lluvia.

-Pues ese es. –Vuelve a señalar, se acaricia el pelo por la zona

de la nuca, y luego se recoloca el collar de caolín falso- Y lo que te

decía: Puede ser, que todo el rollo ese que me contabas se deba al

maldito accidente, ¿no crees? Tal vez volver a estar vivo te haya

hecho creer que empiezas otra vida, y por eso quieres aprovechar ésta

sin acordarte de la anterior. Podría ser ¿No?

-¿A ti qué te parece?

-No sé –dice sin casi mover los labios.

Yo me callo, le miro, y prefiero aún no darle explicación alguna

de lo que en verdad siento. Él espera quizá una respuesta inmediata,

pero después de aguardar varios segundos mirando mi semblante, termina


236

perdiéndose con la mirada carbonizada en el ensortijado del mar. Yo a

su derecha, un paso por detrás de él, entiendo que ha debido decidir

olvidarlo, o darlo por hecho.

El día es perfecto. Tan sólo unas nubes como cuchillos amenazan

desde el norte. Cuchillos de aluminio que se han originado por el

surcar de los aviones, y que pudieran ser floretes eternos bajo un

fondo celeste. Mientras, varias nubes impolutas comienzan a

disgregarse como el humo blanco, y el sol que persevera indemne, luce

feroz, abrillantando y dando una temperatura de treinta y un grados, o

por lo menos eso descubro en un termómetro cuando ya navego en el

barco del padre de Dani.

Bajamos por unas escalerillas parduscas de no más de un metro de

ancho, las que el paseo del rompeolas ubica cada ciertos metros para

abordar al mar. Dani va delante, y cómo ya he mencionado, la marea aún

permanece baja, aunque ya va subiendo. Por lo cual, hemos de bajar

casi todas los peldaños para arribar hasta el casco del barco.

Es entonces cuando leo el nombre del barco, de letras largas,

trazadas a mano y de color verde: Campanilla.


-¿Quién es Campanilla? –Pregunto cuando Dani ya ha arremetido al

barco.

Me mira y luego alza la cabeza mirando al vacío, con una sonrisa

tonta seguida de un balanceo afirmativo.

-Mi madre. –Dice- Mi madre es Campanilla, y mi padre Peter Pan. Es

una historia de amor que nació cuando eran jóvenes. Bonita, ¿verdad?

-Sí, lo es.

-Algún día escribiré sobre ello –divertido y con media sonrisa, me

tiende la mano.

La voz de un pescador de caña que queda atrás, le dice algo al

chico, pero éste no le responde, y yo ni siguiera le miro. Dani me


237

ayuda a encaramarme al yate, y en cuanto lo conseguimos, me brota la

sensación de que en cualquier momento voy a marearme. Tengo un dolor

en la espalda firme, otro en los huesos que va desapareciendo, y un

pensamiento sobre que la tierra firme es un sitio mejor para un viejo

como yo. Porque ahí, en tierra, uno no se mueve si no quiere, mientras

que el mar te somete a un breve balanceo tenaz. Luego imagino las

horas de la tarde cuando entremos a mar abierto, y dilucido que será

un tormento. Así que antes del arranque, me repantingo en una de las

tablillas que el barco posee a ambos costados, -a babor y a estribor-

que quizá sean escabeles, e intento respirar hondo y sentirme mejor.

-¿Te gusta? –Pregunta desde lo que podría llamarse el timón.

-Sí, pero aún no sé cómo narices sabes manejar este trasto –le

protesto.

Abro la mochila y desdoblo la toalla para que se seque. En ese

instante, se escucha el ronroneo del motor de la barca, y yo que me

había levantado levemente para tender la toalla, vuelvo de nuevo a las

cercanías de la cabina de mandos, donde puedo sentarme.

-Mi padre introdujo aquí todos los datos o lo que fuere. No he

tenido apenas que manejarlo más que de la playa la arena aquí, y eso

es bastante sencillo, ¿no crees? Son muchos años navegando con mi

padre por el mar. Creo que desde los doce. En cuanto salgamos a mar

abierto, lo comprenderás. Hoy iremos al umbral del mar –se ríe

demasiado feliz- y terminaremos en Getxo, una ruta programada por un

servidor. Comprenderás que luego te traiga en coche, ¿verdad? Será de

noche, y ahí sí me es un apuro ser un buen capitán.

Entonces el corazón se me acelera, y los pensamientos corren,

llamando una y otra vez.

-¿Cómo? –Pregunto angustiado.

-Sí, que luego no volveré aquí con la barca.

Dani también parece excitado con lo del viaje, y es que se le nota

en la gesticulación persistente de sus brazos.


238

-¡Ah! sí, sí, comprendo –tartamudeo.

La barca parte poco a poco y el pesquero murmura algo, pero el

runrún del motor dificulta el entendimiento de sus palabras. Yo miro

la espuma que se forja a popa, Dani mira al frente, concentrado en la

navegación. Al principio salimos torpemente, luego las millas por hora

en lo respectivo a la velocidad, van aumentando. Cuando el pueblo se

empequeñece y el espacio marítimo medra, renegamos de la zona que nos

protege del viento, y entonces, el vaivén de la barca se acentúa

porque ya flotamos por el antepuerto. Estamos viendo las montañas, la

playa de brazomar, el pisito de mi hija, y ahora sí, de nuevo las

hormiguitas pequeñas que se acopian en sus correspondientes toallas.

No es el único barco que navega en los alrededores, tanto lejanos

como cercanos, ya que en el ensanche, una moto de agua deambula a gran

velocidad dibujando órbitas minúsculas, y a la cual, Dani ha de

esquivar con habilidad.

Debe ser maravilloso apagar el motor y escuchar tan sólo el

susurro del mar, idea, que mana más próxima cuando tras rebasar el

oleaje más fiero, Dani incauta la dirección que simula guiarte al

cielo, a ese paraje inabordable que desde la orilla de la playa, sin

embargo, se ve tan fácil de acometer.

-¿Qué tal? –Vuelve a insistir.

-Mejor –respondo alegre.

Me brillan los ojos cuando esbozo una amplia sonrisa. El mareo

cesa, y el bailoteo que el mar otorga, se acopla a mi cuerpo

repantingado. Me giro noventa grados y, aferrado a una de las

barandillas metálicas, respiro el aroma marítimo mezclado con

gasolina. Acaricio con la mirada el añil del mar, el que avanza

adornado de sonrisas albinas en las dunas sinuosas e inflexibles,

siempre dispensadas por el viento. No creo que fuéramos tan lejos el

día que ofrendamos al mar con sus cenizas, las de Carmen. ¡Ay mi amor!
239

No lo creo. Lo que sí creo, es que ella espera impaciente aquí; en la

mar.

-Una milla más y comenzaremos a comer. Porque además de las

cosillas raras que me pediste, también he traído alimentos.

Mira al frente, sostiene lo que llamaremos timón, y con tan sólo

un vistazo atrás se da por escuchado.

-Me parece bien –digo, aún desde el asiento- ¿Encontraste el

ancla?

-Sí. Gracias a mi padre, porque aunque no te habría hecho falta

una de treinta kilos, tú eres el que mandas, tú ¿No? –Gira la cabeza,

enarca las cejas y pone cara extrañado; pícaro.

-Aún no sabes para qué la quiero. –Digo serio- ¿Te llegó con el

dinero que te di?

-Tranquilo, eso es lo de menos.

-¿Te llego o no?

-Sí, sí, tranquilo –concluye calmado.

El ancla es de un color grisáceo, de hierro forjado y reluciente.

Tiene la soga ya atada por un nudo perfectamente enlazado, una soga de

8,5 varas, y dado que una vara llega a ser unos 835,9 milímetros,

háganse a la idea; es suficiente.

El barco se estanca al de cinco minutos dando paso a una paz

inenarrable. Alguna gaviota envía sus graznidos mientras el balanceo

del yate me relaja; la marejada choca con el bote, el sol radia en

plenitud, y como punto final, Dani se sumerge saltando desde proa,

esclareciendo y burbujeando el agua durante varios segundos. Nada de

espaldas y me invita a que me introduzca, a que me refresque, sin

embargo, yo le digo que voy a ir preparando algo, que tengo hambre. Él

sonríe, asiente con un me parece bien, y nada valiente alejándose del

barco inestable.
240

Le pedí una cajita grisácea oscura. No le dije nada del candado,

pero éste cuelga cerrado en el asa y con la llave en la cerradura. Un

asa delgada y similar a la que me mostró aquel día en su cuarto. Las

bisagras limpias me consienten levantar la tapadera con facilidad,

dejando a la vista un interior también pulcro, excesivo, porque si lo

pusiera frente a algún rayo solar, saldrían varios destellos

cegadores. Me tiemblan los dedos, incluso los brazos. Siento la sangre

desfilar a gran velocidad por los pasadizos de mi cuerpo, ocasionando

que a su paso, mi vello se tense de placer vertiginoso. Abro la

mochila para extraer el manuscrito que luego poso en el banco a mi

lado. Echo un vistazo para buscar al chico, y lo hallo nadando a lo

lejos panza arriba. También saco la fiambrera, y finalmente, unos

sobres con cartas en el interior donde explico lo que va a acontecer a

cada uno de los que vivieron en mi comunidad; testigos de muchos de

mis minutos. Los meto entre las hojas del libro, allá por la mitad, y

luego, cojo el rollo de plastificar los alimentos para de manera

concienzuda, dar comienzo a la impermeabilización del libro. No debe

entrar ni un resquicio de agua en los próximos, no sé, diez, veinte

años tal vez, quién sabe. Al igual que decía el chico, quizá nunca

hallen nada. Pese a todo, ha de aguantar, así que gasto todo el rollo

de modo que no se puede ni leer la portada. Levanto de nuevo la

tapadera y lo dejo caer, suena tosco, pero encaja con una exactitud

extrema. Cierro, y pongo el candado. La llave la poso cerca del timón,

de inmediato descargo la cajita en uno de los escabeles, y cuando la

observo ahí, quieta, con su pesantez, ahora más que nunca, parece

plomo. Busco alrededor, asustado por retener un secreto lleno de

misterios, pero no encuentro respuesta alguna. El corazón me late,

porque no sé si mostrar mis cartas antes o después de comer. Me acerco

a la orilla, miro al mar, me hipnotizo con esos movimientos sensuales

que el mar desprende, con los destellos que el sol impregna a las
241

caderas de Carmen, el bailoteo de un vals con ella, en su interior, y

me imagino en el fondo del –cuerpo de Carmen- mar. Me animo por el

lento balanceo que tiene la barca y, que ya me parece inexistente,

porque mis pensamientos duermen sumergidos en los brazos de mi Carmen.

Bailo en sus brazos, no en un barco, sino en sus blanquecinos y

delicados brazos. ¡Abrázame!

-¿Qué haces Miguel? –Dice la voz mojada y temblorosa.

Me sobresalto y lo miro.

-Nada.

-¡Parecía que bailabas! –Resalta sorprendido.

Su cuerpo esbelto, terso, y moreno también, se apoya en el suelo

de la lancha que yo piso. Descalzo y goteando, me mira con cara de

desconcierto, alcanza una toalla roja, se cubre el cuerpo, y sin

detenerse un momento se acerca un poquillo hasta los bancos, donde se

acomoda.

-¿Comemos? -Mira a la caja y luego se echa el corto pelo para

atrás.

-¿Qué tal el agua? –Me intereso, cuando aún estoy postrado en la

barandilla y lindante al mar.

-Buena, muy buena. Pero no has preparado nada –regaña en tono

infantil.- ¿Qué has estado haciendo?

Yo vigilo la caja inquieto, y viniendo de estribor, me acerco al

banco con rémora. Cuando llego a los escabeles, me acomodo a dos

palmos de la cajita y me quedo expectante. Él sigue mi mirada, toca el

féretro metálico, y justamente cuando repara en su peso, se solaza.

-¡Capullo! –Ironiza riendo. Luego baja la vista y con la sonrisita

en el semblante, con los hoyuelos grabados y sus ojos negros perdidos,

se disculpa gesticulando de un modo vacilante.- ¿No pudiste esperar?

Sabía que era eso.

-Lo siento, pero ya está consumado. Ya he metido todo lo que

deseaba embalar.
242

-Se te había olvidado un candado, y como veo, ya le has dado uso.

Más que nada, porque bajo el agua, seguro que se abriría. –Me mira

sonriente, y fundamentalmente, satisfecho de su adivinanza.- ¿Es eso

lo que vas a hacer?

El silencio muchas veces niega, así que durante minutos callo. Sin

ganas de explicación alguna, sintiendo un maldito gruñido en el

estómago, y un miedo recóndito, abro la fiambrera dando paso a la

comida.

-Lo que vaya a hacer, lo haremos después de comer, ¿te parece?

Aclaro con una seriedad que le asusta. Él me fotografía en tres

ocasiones, y cuando se cree satisfecho, lanza sus fotos a un paraje

más agradable y menos tenso.

-Bien. Tranquilo hombre. –Dice orgulloso.

-La llave te la quedas tú, ¿de acuerdo? Está ahí –le señalo con la

mirada y finalmente con el dedo índice de la mano izquierda.

Se queda secándose despacio, acercándose su mochila, con la mirada

yendo y viniendo a mi cuerpo. Saca un bocadillo y cuando le quita

parte del albal, me pregunta.

-¿Estás cuerdo verdad? Sé que si no lo estuvieses no podrías

decírmelo, o eso creo, ¿pero no te habrá vuelto loco la caída, verdad?

El chico mastica, yo le sonrío e introduzco un par de trozos de

tortilla entre pan y pan.

-Estoy más cuerdo que nunca.

Cierro el pan y ambos comemos en silencio, balanceándonos, oyendo

el chocar perenne del mar contra el yate, y con la compañía de un

lejano barco trabajando en la pesca. Mientras, la tierra firme,

continúa viviendo totalmente ignorante de lo que sucede en un punto

concreto del confín del mar.


243

Él come una mandarina, y cuando aún no la ha terminado emigra

hasta la proa, donde transcurre más de media hora hasta que ambos

volvemos a entablar un diálogo. Los pies le cuelgan, y sujeta una

libreta, que le sirve para anotar frases que buscan tal vez,

diferentes tonalidades de un azul insondable.

Popa es más plácida, donde de manera fugaz, alguna ola superior

incoa la forma divina del ser de mi Carmen. Yo, aunque tengo una

libreta y un boli, no escribo nada. Miguel ya no puede escribir más,

no tiene motivación: Creo que ya terminé de contar mis minutos, y

ahora, quien quiera saber de ellos, deberá escarbar bajo el mar como

si de un tesoro se tratase. No me apetece redactar ilusiones que luego

no llegan a nacer. Creo que he pasado mis años haciendo el amor, y

viviendo embarazos que fenecen sin regalarme el pequeñuelo que siempre

quise obtener. Y no, ya no quiero que mis sentimientos persigan

muriendo en un papel casero al que nadie presta atención. Mientras

Dani me ignora y anota, el mar se desliza por el casco del barco, y

así, es como voy entrando en una depresión cada vez más cegadora e

imaginativa. Carmen no hace más que invocar mi presencia con sus

caricias a una coraza del yate inerte. Son sus nudillos menudos,

débiles y suaves, los que hacen ¡taca, taca! Ven acá. El sol

resplandeciendo en lo alto, y el calor en este bergantín se

acrecienta, aunque no es irremediable, porque siempre podría lanzarme

y bañarme. Aún no ¿O ya sí? Rastreo el panorama con un vistazo hasta

proa, dibujando un trazado por todo un fascinante estribor, donde al

final encuentro al chico que se ha reclinado contra la cristalera del

área de maquinas, y que con un gesto perdido mira al horizonte. Cuando

lo veo pienso que si hubiera venido solo, habría sido más sencillo. Él

no lo va a permitir.

¡Taca, taca!

Su voz, la de una sirena, canta en la cresta de una ola, ola que

no muere y que se ve adornada de infinitos pétalos de margaritas.


244

Desde aquí se le aprecian sus labios rugosos, suaves, sus pómulos

marcados, su piel del color de un amanecer, sus ojos claros, su

cabello ocre, su sonrisa conquistada por la blancura de un paraíso en

el que ella creía. De pie me sujeto a la barandilla, donde la brisa me

dormita la piel, despierta a mis lágrimas, y donde imagino que los

marineros de hace siglos, los que oían sirenas, tal vez sentían algo

parecido a esto. Quizá se enamoraban del mar y se lanzaban a él, o

bien, una hipótesis más razonable, sería que el calor, la soledad y el

mar acabaría volviéndolos locos. A mí, ha sido el amor, la soledad, y

sobre todo, el poco sentido que cada amanecer llega alcanzar en mi

vida. Ahora, cuando abro los ojos en esa cama tan diferente a la que

tantos años tuve, me maldigo por seguir aún despertándome.

-¡Es la hora! –Grito sin dejar de mirar a estribor.

Su cuerpo se sobresalta, se alza y mira atrás.

-¿Vamos a hacerlo ya? –Exclama sorprendido, tal vez excitado y

sonriente.

El chico aún sigue reclinado, y me mira con medio cuerpo

flexionado hacia atrás mientras espera mi afirmación.

-Sí.

Mi corazón ha hecho que broten varios llantos. De nuevo las celdas

de mi pecho se contraen y consiguen que no pueda respirar con

placidez. Y lloro, o simplemente, dos lágrimas fluyen como dos ríos

que quieren desembocar en la mar. De pie, miro donde el cielo parece

dar fin al mar, y me conmuevo tanto, que me siento como rodeado por

una burbuja, la cual me separa de la autentica vida; como borracho. La

voz de Dani me llega lejana, los brazos me tiemblan, y cuando miro

atrás diviso la tierra, tan diminuta, lejana e irreal. La vida real

para muchos de los que hoy se atezan en la playa, playa que ahora no

llega a verse mayor de dos dedos, tal vez tres. Detrás expectante, se
245

asienta la cordillera que escolta al pueblo costero. A babor el

puerto, casi rozando la popa.

-¡Miguel! –Insiste.- ¿Qué demonios te pasa?

-¿Cómo? –Pregunto aún con las mejillas húmedas.- ¿Qué me pasa de

qué?

-Estabas como en trance, ¡qué sé yo! Uy que mal rollo me estás

dando...

Se aleja un par de pasos, se sienta, y deja la libreta y el boli

en el interior de su mochila. Está preocupado por mi estado, que aún

sigue de pie con la mirada perdida y las mejillas humedecidas. Quizá

abandonemos este paraje mucho antes de que le cuente mi plan,

especulo.

-No te he contado todo. No he sido sincero con este viaje. –Me

silencio y él se queda esperando.- Sé que si te lo hubiera contado

antes jamás hubiéramos venido, y, si te lo cuento ahora, querrás

arrancar el barco y que nos marchemos a casa. Y si no me dejas

realizarlo...

Me quedo sin aire, él me mira, y por primera vez yo no puedo

aguantarle la mirada, porque debo retirarme lágrimas con un

nerviosismo enhiesto.

-¿De qué está hablando? –Pregunta, sorprendiéndome el trato.

Una vez retiradas mis lágrimas, esta vez sí, los dos aguantamos la

mirada, donde la mía se proyecta cristalina, mientras que la suya se

inyecta limpia como una patena, negra y ausente de parpadeos.

-Esa cajita –señalo con el dedo tembloroso- quiero que me acompañe

al fondo del mar.

Tarda en encontrar las palabras, quizá comienza a atar cabos, a

cavilar sobre lo que le he dicho, y cuando me acerco y atrapo la

cajita, él se gira dándome ligeramente la espalda. Pesa mucho, pero

logro arrastrarla lejos del chico, para luego alcanzar el celofán que

le pedí comprar.
246

-¡Estás loco! –Grita dándose la vuelta.- ¡Nos vamos!

-Dani, no, por favor –Ruego sin levantar ni un ápice la voz.

Saco una navaja de mi mochila y comienzo a grabar una fecha, –la

de hoy- un nombre, y un teléfono, por si acaso llegara a

encontrárseme. Dani se aturde más aún cuando me ve con la navaja, pero

no pregunta porque se le ve asustado. Él no quiere llorar, pero lo

hará si seguimos con esto. Tal vez prefiero que no llore, si bien, en

mi interior brotaría algo doloroso si se quedara frío, sin mostrar sus

sentimientos ante mi muerte. Me mira y se muerde los labios, sus manos

no sabe dónde ponerlas, así que las junta y se las frota

delicadamente. Y yo, que tengo las pestañas bastante húmedas, sigo con

el grabado. Tardo minutos en tallarlo todo, durante los cuales, ambos

mantenemos un silencio muy incómodo, y que meramente es interrumpido

por el llamar de Carmen, el graznido de una gaviota, y el distante

zumbido de un barco pesquero. Cuando lo hago comienzo con el celo, ya

que si también plastifico la cajita, el agua acechará en menor

intensidad al tesoro. El silencio persiste, ahora solamente

auscultamos su respiración, y la mía mucho más recia.

-Acércame la soga –le pido, ya que la caja descansa en mis brazos.

-No entiendes que si lo hago seré testigo de un suicidio. No puedo

hacerlo.

Entonces se levanta, gira la llave, arranca la lancha, y no mira

atrás hasta que mi voz ahogada nace desde el estómago.

-No lo entiendes Dani. ¿Sabes acaso qué me queda? A mí, qué

narices crees que me queda, hablando mal. Ya no me queda nada, no me

queda una mierda. Mi Carmen se fue, mi piso se voló, mi vida de

escritor, ¡puf! –Aplaudo con las dos manos, y la caja junto al celo

descansan en mi regazo- Tan sólo me queda saber si al hundirme aquí,

pudiera llegar a sentir a mi mujer. ¿Tú lo crees?

-¡No! Estás muy loco, de verdad. Entiendo que el accidente te haya

podido trastornar, que la perdida de tu piso, con lo de tu mujer, pero


247

el suicidio no es solución, ¡no!. Será mejor que volvamos a tierra. –Y

entonces el motor mueve la barca.- Nos vamos.

-No lo entiendes. Además, no es un suicidio –sigo hablándole en un

tono calmado.

Él entonces para, y la barca que había avanzado un poco, lo hace.

-¿Qué es entonces? –Pregunta enfadado, con los brazos cruzados y

apoyando su espalda en el timón.

-¿Tú sabes lo qué es, que después de vivir toda tu vida con una

mujer, a la que amas, un día desaparezca de tu lado? Una mujer a la

que amas, ¿Sabes lo qué es, que luego debas ocupar la cama en la que

dormiste e hiciste el amor con ella? Es muy duro Dani. Antes, me

aferraba a mi literatura, a acostarme en la cama y soñar que el calor

de su cuerpo volvía; al alcohol, me aferraba a las ilusiones, pero

ahora... Ahora ya no me queda nada, Dani. Ni el hogar, ni el amor, ni

yo. Al borde de mis sesenta y ocho años, ya no me quedan fuerzas para

dormir todos los días en una cama diferente, asomarme al balcón y ver

su vestido azul tendido, su rostro del color de un amanecer llorando.

¿Lo imaginas? Pues yo sí, y me parece muy duro, así que lo siento

Dani, pero yo no vuelvo a la vida de allá –Señalo a la costa sin

llegar a observarla.

-Sigo sin comprenderlo. Creo que si volvemos a tierra...

-Dani, para el motor, no quisiera tirarme al agua ahora mismo. -

Digo sereno y tranquilo, aunque por dentro, el corazón me late

salvaje, y las lágrimas esperan impacientes.

Se queda un momento inmóvil, mirando por la vidriera delantera de

la lancha que, fotografía los cuchillos de nubes que se han dilatado

en el cielo. Algunas más esponjosas quedan a barlovento, que viniendo

de las montañas surcan el telón azul a paso lento. La lancha parece

moverse de nuevo, y como acto reflejo, me retiro la caja y el celo, y

me pongo de pie. Y es que pese a que no quisiera morirme de frío en la

mar, solitario, flotando hasta ahogarme porque haya perdido las


248

fuerzas, deberé finiquitar esta idea si el chico no coopera. Deberé

saltar al mar para no tener que regresar a tierra.

-¡No puedo! –Gimotea.- ¡Compréndeme!

Soy yo quien alcanza la soga y corta metro y medio, puede que algo

más. Al principio sudo un poco porque el cuchillo está desafilado,

pero finalmente se deshila, y los ciento cincuenta centímetros de

cuerda quedan a mi vera. Miro a Dani que gira de nuevo la llave del

contacto, y en ese instante el runrún leve se estanca. Sin mirarme se

acoda en sus rodillas sujetándose la cabeza y, diciendo una y otra

vez: Si lo llego a saber, ¡cómo he sido tan imbécil!

-Tú no harás nada –le calmo cuando con problemas, comienzo a

encelarme la caja en el tórax. –Sólo te pediré que me ayudes con el

ancla; son treinta kilos.

-¡Maldito seas! ¡Joder! ¡Joder y joder y más joder! –Grita al

suelo de su yate.

-Yo también estoy nervioso, pero cuanto antes terminemos mejor -le

busco los ojos, pero no los quita de la verticalidad.

Doy otro rodeo al rollo de celo, cada vez con más dificultades y

más cansancio, sin embargo, rodeo nuevamente mi cuerpo, y una vuelta

más, otra y otra. El peso de la caja ya casi me ahogará, así que el

del ancla ni siquiera me permitirá salir al exterior en bastante

tiempo. Cojo las tijeras, corto el celo, y luego atrapo la cuerda. La

enrosco amarrando la caja, y para que no se disgregue en un futuro,

uso la máxima fuerza, pero entonces, sé que Dani tiene más, y le miro

pidiéndole ayuda.

-¿Vas a ayudarme? –Solicito, serio.

Dani da una breve zancada hacia delante, pero se frena. Alza la

cabeza y me mira.

-¿Por qué? Busca tan sólo una razón por la que sí quieras seguir

viviendo, si no la encuentras, te ayudo. –Su rostro es triste,

alicaído.
249

-No sólo no te daré ni una, sino que, además, añadiré alguna más

de las del por que sí, por si acaso las de antes no te fueron

suficiente ¿Qué te parece? –Ironizo- Escucha: No podré ayudarte a

publicar, ¿qué te parece? No tengo a Carmen, ¿qué te parece? Y vivo

sin los pocos amigos que tenía antes, ¡ah! Sin olvidar que mañana

tendré sesenta y ocho años. Como tú dices: ¡Joder, que no me queda

nada qué contar!

Pudieron ser seis los minutos que transcurrieron de intermitentes

miradas mientras yo me veía saltando por la barandilla plateada con la

caja anudada, y con el sueño de poder sentir a Carmen, que aún vaga en

mis últimos sentimientos vivos. Pero como en una buena historia de

intriga, al final, el héroe de pelo cortito, de ojos negros, de

hoyuelos olvidados y de piel salina, se alza y viene hasta mí. Se

acerca despacio, muy despacio. Su rostro desencajado, su pelo recio

por el salitre, su piel reseca, desnudo el tórax y descalzo.

-¿Qué debo hacer?

-Es un nudo tejedor –explico- en el que se unen los dos cabos y

con ellos hemos de formar dos lazos encontrados. Tranquilo, lo haré

yo. Tan sólo quiero que aprietes fuerte cuando te diga, ¿de acuerdo?

Él afirma sin mirarme, y tras varios intentos, el nudo parece

coger firmeza. Poco después, Dani se dirige a su asiento, donde

percibo que todavía no está convencido. Sé que tal vez acabe

arrancando, y entonces, si en el momento de saltar tuviese temor,

acabaría volviendo a casa; idea infernal la de dormir hoy en el

pisito. ¡No lo hagas!

Repetidamente, fijo más celo, esta vez por encima de la cuerda, y

lo hago hasta que se acaba el rollo. En una de las revueltas veo que

Dani sigue acodado a sus rodillas, con la cabeza entre sus manos y

mirando al suelo de su flamante yate; seguro que medita. Cuando tiro

el rollo de celofán al mar, me pongo de pie, tarea que me ocasiona un


250

esfuerzo, pero que pese ser agotadora, consigo. Sin casi querer

aguardar más tiempo, y afianzado con una mano a la barandilla, me

dirijo al chico.

-Ahora la cuerda del ancla. –Él me mira, y yo ante su parsimonia,

me acerco al ancla- Creo que deberíamos arrimarla al borde del yate,

¿no te parece?

-No.

-¡Venga, Dani! –Ruego al igual que haría un padre.

Yo cojo de una punta del ancla, y él tras unos segundos se levanta

y amarra de la otra. Mi rodilla se queja, mi tobillo también, y decido

quedarme quieto, sin gesticular mientras apuro para que el dolor huya.

-¿Qué te pasa?

-Sigamos por favor.

Y el dolor sigue aumentando, si bien, aún aguanto las lágrimas

agarrotando la mandíbula.

La colocamos apoyada en la que parece ahora, una endeble

barandilla. Yo con dificultades, regreso a la cabina. Él se vuelve a

sentar, pero como hemos de atar la cuerda que cuelga del ancla a mi

cuerpo, se levanta de nuevo cuando le pido ayuda. La enroscamos de

manera hábil: Primero pasándola por mi cintura simulando un nudo

normal, pero fuerte. Después la pasamos por mis dos ingles, y, tras un

par de giros más por mi cintura, hacemos un muy similar nudo de

tejedor, también fuerte. Él me mira, yo me siento raro, y cuando Dani

se separa, siento que parte importante del ritual, ya ha finalizado.

Al de unos minutos, después de descansar en el banco el gran peso

que porto, me aproximo decidido al borde, algo dolorido de la rodilla,

y -cuando me trabo de la barandilla- de la espalda, que sufre una

punzada hiriente. Y es que el peso que posee la cajita colocada en mi

barriga no es peccata minuta, y ya daña. Mi corazón ahora sí galopa

nervioso. Miro atrás y veo que Dani se pone de pie, a mi zaga, mirando
251

a la gran bóveda celeste, evitándome. Cuando echo un vistazo a todos

los puntos cardinales, siento la soledad, una vida real distante,

nada, y Carmen. Finalmente a mí, con una pinta cómica, y a Dani que

sigue absorto, seguramente esperando que diga que todo se trata de una

broma.

-Ha sido un placer. –Giro la cabeza, le miro y le saludo estilo

militar. –Sigue escribiendo. Regala al mundo la colección de minutos

que te quedan por vivir, y procura poder ofrendárselos. Se persistente

¿De acuerdo?

-¿Crees que la vas a encontrar ahí abajo?

-Eso espero. Porque aunque no crea en Dios, creo en el amor, que

es más fuerte. ¿Tú crees en el amor?- Le pregunto desde el otro lado

de la barandilla.

Su cara larga no me dice nada, así que antes de que diga algo,

salto. Él se acerca, creo que en dos bruscas zancadas, pero los

segundos que demora en llegar a mí, son los que paso yo en el aire.

Durante esos breves segundos no pienso nada, porque de pronto, me mana

un miedo que blanquea todos los recuerdos, los que mueren en el

preciso instante que el agua me penetra por los poros de mi piel,

cuando las prendas de mi Carmen me abarcan, y cuando la sangre azul de

mi princesa me baña. El agua que tan conjunta se acumula acá, es fría,

pero lo olvido rápido, cuando la cuerda se tensa y el placer de sentir

el mar se metamorfosea en aflicción. Aunque sé que sin el ancla, quizá

aparecería días después en la playa, no me importa, porque sé que

moriré igual, y no tendré que volver a la vida, ya no. Y mientras, la

cuerda sigue tensándose, y el peso de mi cajita me deja el cuerpo

apaisado, y el dolor crece.

-¡Tírala ya! –Grito en pensamientos y llorando, añadiendo más mar

a este inmenso océano.


252

Carmen, ¡amor mío! El cuerpo se va a morir antes de que la sal se

adueñe de toda mi piel, de que sus cenizas me hagan el amor, y mi

corazón se pare para ir en busca de su alma, que navega en cientos y

cientos de olas. La tensa cuerda me expele hacia la superficie, y de

pronto mi cabeza se emerge y mis aún vivos otoñales ojos, aprecian el

cielo celeste. Yo que ya creía que buceaba profundamente, me he

equivocado. Ahora mi cuerpo en horizontal padeciendo unos segundos

más, flota con el agua al cuello, bordeando la barbilla y, cuando se

acerca una duna marítima, hundiéndome la cabeza.

-¡Aún tienes tiempo! –Aúlla su voz.

-No perdamos –trago agua y toso.- ¡Por favor!

El cuerpo se me hunde totalmente. Cierro los ojos, y mojado otra

vez, empiezo a no ser capaz de respirar. La cuerda se tensa, y cuando

parece que voy a volver a la superficie, la soga pierde tirantez y

disfruta de bastante holgura, hasta que de inmediato, el mar se

blanquea por el salitre, llenándose de burbujas, espuma, y entendiendo

que el ancla se ha zambullido en el agua. Yo no veo nada en el punto

que permanezco sumergido, y cuando la cuerda vuelve a tensarse, me

hundo aún más; el ancla sabe bucear mejor y desciende veloz.

Estoy dentro de ti ¡Carmen! Pienso. ¿No crees qué es lo más

maravilloso que me ha pasado en la vida después de hacerte el amor...?

¡Voy hacia ti!

El ancla persiste tirando con fuerza, mi cerebro pide oxígeno, y

el silencio es neto, pero que muy neto. La vida, la que fue vida hace

unos minutos, empieza a desaparecer. Ya, jamás volveré a ver el rostro

de Dani, lo sé. El agua es casi parte de mí, las profundidades, los

peces que no diviso y que presiento, y la magia de la mar, por donde

navega el amor de Carmen que me ha cogido de la mano, y me arrastra

hasta su latir inmortal. Y entonces abro los ojos, y la sal escuece,

pero sigo mirando a la sirena azul que me desliza hasta la otra


253

superficie. Creo que viste un vestido blanco, o quizá sea su piel

blanquecina. Su melena rubia, larga, mi Carmen, mi mar, mi vida, mi

muerte, mi adiós, mi futuro anclaje en el fondo del mar, el que creo

que nunca sentiré.

Abrazo al mar segundos antes de llegar a ella, y cuando le abrazo,

ella lo hace.

Luego palpo la caja con mis rugosos dedos, y de seguido, renacen

mis minutos como recuerdos. Definitivamente, florece mi inconsciencia

como los pétalos violetas lo hacen frente al sol. Donde la presión de

las profundidades contusiona a mi cerebro para que lo olvide todo.

Es el amor, no es la muerte, el amor en el que ella

y yo nos sumergimos como lo único; enterrando

todos los recuerdos. Y segundos antes,

cuando el dolor muere y mi mundo

siempre es azul, descubro que,

si el mar es ella, me

tiene atrapado,

abrazado,

difunto,

amado.


Arrigorriaga a 13 de septiembre de 2001.
254

Epilogo
DOS AÑOS DESPUÉS, TAL VEZ.

“Que estos minutos te sirvan más de lo que me sirvieron a mí. Gracias por los tuyos y

por tus aventuras. Por favor, mañana, sigue despertándote”.

Sus palabras se clavan como cuchillos de recuerdos, que por desgracia, aún vagan cuando

me acerco al mar. Aquí, en este risco, frente al mar donde falleció Miguel, en una noche de

media luna, de estrellas desdibujadas, libres de nubes, y ante el cantar sedoso de un mar manso a

dúo con el incesante céfiro, yazco reclinado, solitario, pensando y recordando sus minutos, los

que me regaló durante varios meses.

Lo encontraron allá, ¿verdad? Lo encontró una chica del pueblo, creo que se llama Silvia,

quizá María, o Patricia, no es trascendente. Me llamaron, me hicieron preguntas, un largo bla,

bla, bla, que finalmente tras varios meses, acabó. Me dieron lo que se dice su herencia; el libro y
255

un sobre, y sin más, se olvidaron de mí. En el sobre se reflejaba la frase que ya hemos leído. En

el libro, mi seudónimo, si bien, no era mi Telaraña. Cuando me entregaron el manuscrito y mis

dedos temblorosos se aferraron a él, mis ojos leyeron, Aún me despierto. Atónito, estuve a punto

de decir que no era mío, pero algo interior me retuvo. Luego supe que tenía una función, y era

darle el último cincelado al libro.

La noche deja un céfiro nadando a ras del mar, canturreando sin timidez. Las farolas

dejan un tinte rojizo en el leve oleaje; olas que llegan baldías a la orilla densa y húmeda. Las

rocas que anclaron a Miguel, hinchado, despojado de gran parte de sus ropas, pero con la caja

encintada a su tórax, siguen ahí, negruzcas, húmedas, saladas, e inertes.

Todavía lloro cuando recuerdo que tuve que tirar el ancla y huir veloz de aquel mar

profundo. Todavía lloro cuando me pregunto qué debió sentir ahí, bajo el mar. Todavía se me

ahoga el corazón cuando lo recuerdo allí de pie, con aquel aspecto estrafalario, en la orilla del

yate y saltando torpe a un mar infinito. Y más cuando pedía que le lanzara ya el ancla.

Quizá, sin más que narrar, con el recuerdo de sus minutos, de sus aventuras como Miguel

decía, la muerte más dulce que pudo tener, fue morir cerca, rodeado, hundido y pegado a lo que

más amaba: Su mujer Carmen, y su literatura.

Mikel Crespo

A mi abuelo, que falleció un cuatro de agosto.

Queden sus minutos siempre

en nuestros recuerdos.

Fin
256

Recapitulando:

1. Despierto...............
Despierto.............................................
erto............................................. 4 PAG

2. Desayuno ..........................................
............................................ 11 PAG

3. En la biblioteca .................................
................................... 19 PAG

4. Tardes y noches ...............................


.................................. 41 PAG

5. Amisto .............................................
............................................. 81 PAG

6. Vecinos .............................................
.............................................. 155PAG

7. Aún, me despierto ...........................


............................... 198PAG

8. Carmen .............................................
............................................. 225PAG

Epilogo..............................................254PAG