Tema 1: La singularidad geográfica de España. La singularidad geográfica de España es conocida desde la antigüedad y deriva: 1. Su carácter peninsular.

Este es el primer rasgo que sobresale del territorio español. El enorme cuadrilátero que forma el solar hispano, semejante a una piel de toro extendida, según el geógrafo griego Estrabón, está unido al continente europeo por un istmo de 440 Km de largo, de gran estrechez, que se corresponde con la cordillera pirenaica, lo cual acentúa aún más el carácter peninsular de España. Todo esto contribuye a que el aislamiento de la península Ibérica sea mayor que el de cualquier otra península europea, tales como la balcánica o la italiana. 2. La situación y la posición geográficas de la península Ibérica. A diferencia de otras penínsulas europeas, la Ibérica es la más meridional y la más occidental, la única que se encuentra entre dos mares (excluyendo el mar Cantábrico) y la más próxima al continente africano. Con respecto a su situación, se encuentra dentro de la zona templada del hemisferio Norte, entre los paralelos correspondientes a la isleta de Tarifa (en el sur peninsular) y la punta de Estaca de Bares (en el norte), y entre los meridianos correspondientes al cabo de Creus (este peninsular) y al cabo Touriñán (al oeste peninsular). Esta situación le confiere los siguientes rasgos originales, relacionados con su posición geográfica:  España está ubicada en la parte más occidental del Mediterráneo, en el lugar donde sus aguas se mezclan con las del océano Atlántico. En consecuencia, se encuentra situada entre dos mares. España, por su posición avanzada hacia el poniente u oeste, es, al mismo tiempo, el país más próximo al continente africano. Tan solo 14 kilómetros la separan de las costas africanas a través del estrecho de Gibraltar.

Como consecuencia de esta situación geográfica, la Península está incluida dentro del área del clima mediterráneo y ocupa una posición excéntrica respecto del continente europeo.

3. La configuración del relieve. Esta configuración del relieve se concreta en la forma maciza de la Península, la elevada altitud media y la disposición periférica de los grandes sistemas montañosos.  La forma maciza es consecuencia de la gran extensión en latitud y longitud de la Península, del carácter poco articulado de sus costas, en las que existen poco entrantes, y de la existencia de un litoral muy abrupto. Las consecuencias más destacadas de este hecho son el carácter continental del clima del interior de la Península y la gran distancia existente desde el interior hacia las costas.

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La elevada altitud media sobre el nivel del mar. España presenta una altitud media de 660 metros, lo que la convierte en el segundo país más montañoso de Europa, después de Suiza (1300 metros), superando en más del doble la media europea (297 metros). Esta elevada altitud es consecuencia de la existencia de la Meseta castellana y no de la presencia de altas cumbres, ya que su nivel medio se halla entre los 600 y los 800 metros. Aproximadamente el 18% del territorio peninsular español supera los 1000 metros de altitud y en algunas provincias, León, Granada, Teruel, Guadalajara, Ávila y Soria, más del 50% de su superficie está por encima de dicha cota. Todo esto impone a la Península condiciones poco favorables para la agricultura, la distribución de la población (habiendo una gran diferencia en número de habitantes entre las regiones del interior y del litoral), las vías de comunicación o el aprovechamiento de los ríos como vías navegables.

La disposición periférica de los sistemas montañosos. El interior de la Península está dominado por la Meseta, que conforma una enorme penillanura interrumpida en su parte central por dos sistemas montañosos: el Sistema Central y los Montes de Toledo. El resto de los sistemas montañosos se disponen en torno o independientes de la Meseta castellana, de manera que el interior de la Península queda protegido como si de una fortaleza se tratara. Así, las unidades periféricas a la Meseta son los Montes de León, la cordillera Cantábrica, la cordillera Ibérica, la cordillera Subbética y Sierra Morena; mientras que las unidades exteriores a la Meseta son los Pirineos y las cordilleras Béticas. Las consecuencias de esta singular disposición del relieve son el carácter continental de gran parte del territorio y una red hidrográfica caracterizada por un régimen torrencial y una gran capacidad erosiva.

La singularidad geográfica de la Península, anteriormente explicada, la convierte en una zona de encrucijada y en un lugar de encuentro, otorgándole un gran valor geoestratégico. España como encrucijada. La situación de encrucijada es reconocible en las condiciones naturales y humanas. Las influencias naturales se señalan en el clima y en la vegetación. Los rasgos climáticos de la Península están determinados por la influencia de las borrascas y de los anticiclones provenientes del Atlántico y por las condiciones meteorológicas que se generan en la cuenca del Mediterráneo. En España se dan también especies de flora y fauna características de Europa y África. En el norte de España se encuentran formaciones arbóreas europeas, con especies como el abeto blanco, el haya o el roble; en el sur y el levante peninsular crece de forma espontánea el palmito, una planta típicamente africana. En el plano humano, en España se han asentado desde la antigüedad pueblos de diversa procedencia, algo semejante a lo que ocurre en la actualidad, lo cual acentúa este

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carácter de España como lugar de encuentro. Así lo demuestran los flujos migratorios procedentes, en la actualidad, de África o América Latina. La posición geoestratégica de España. De la situación y de la posición geográfica de España se deriva también un posicionamiento geoestratégico muy importante para entablar relaciones de toda clase con países de dos continentes tan dispares como son África y América. España es el país europeo más próximo al continente africano, por lo que se ha dicho en muchas ocasiones que el estrecho de Gibraltar, más que frontera, es un puente que une África con Europa a través de España. Por ello, en el terreno comercial y económico, la presencia de España es muy intensa en los países norteafricanos. Se trata, pues, de relaciones humanas, económicas y políticas que se producen en ambas direcciones. Sin embrago, no son menos importantes las relaciones que mantiene España con el continente americano. Conviene destacar que España controla uno de los pasos por los que discurre la navegación marítima en el sentido de los paralelos; gracias al estrecho de Gibraltar y a los canales de Suez y Panamá, hoy es posible circular de Asia a América por el Mediterráneo y por el Atlántico sin tener que rodear ambos continentes. Por otro lado, la posición de las islas Canarias y la situación de los puertos españoles de litoral atlántico, próximos al circuito de las corrientes marítimas que facilitan la navegación por este mar, son elementos que refuerzan este carácter de avanzada o lanzadera que tiene España en las relaciones con el continente americano.

Tema 2: Caracteres generales del relieve español. El relieve de la Península Ibérica ofrece los siguientes rasgos generales: 1. La elevada altitud media. España se encuentra a 660 metros de altura sobre el nivel del mar, altitud sólo superada en Europa por Suiza. Esta altitud no es el resultado de la presencia de altas cimas y de la existencia de grandes y elevadas cordilleras, sino de la profusión de la montaña media y de la extensión que ocupan las llanuras elevadas, siendo ambas responsables de que casi el 90% de nuestra superficie se halle a más de 200 metros por encima del nivel del mar. 2. La existencia de un gran bloque central elevado, sólido y suavemente inclinado hacia el océano Atlántico: la Meseta. Ésta es responsable de la elevada altitud media de la Península y de la organización de buena parte de las unidades del relieve, que reflejan en su evolución geológica las condiciones de adaptación al zócalo meseteño. 3. La disposición periférica de los relieves peninsulares, que ha de entenderse en relación con la Meseta y en relación con el contorno de la Península, en cuyos límites se encuentran las principales cordilleras españolas. Ambas circunstancias son responsables del aislamiento de la Meseta y de la escasa influencia marina en el interior peninsular.

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4. La orientación dominante oeste-este de las unidades del relieve peninsular. Esta orientación coincide con los paralelos geográficos y tiene claras consecuencias geográficas, relacionadas, por ejemplo, con la desigual distribución de las precipitaciones en el interior de la Península. 5. La forma compacta y maciza de la península Ibérica. Esto se debe a que la ubicación periférica de los relieves y la orientación de sus unidades contribuyen a definir un contorno nítido de ángulos muy pronunciados que, salvo en Galicia, presenta pocas entalladuras. El resultado de todo esto es una paradoja según la que la península Ibérica es «la más peninsular de todas las penínsulas mediterráneas», ya que, debido a la amplitud de su contorno y a la brevedad del istmo, se convierte en un pequeño continente cuyo interior se halla protegido por las montañas exteriores. Todas estas características están presentes a través de aspectos de la geografía peninsular. Así, la influencia marítima queda reducida a una estrecha franja comprendida entre el mar y los sistemas montañosos adyacentes, lo cual afecta a la distribución de las precipitaciones y a la continentalidad de los climas interiores; al igual que el relieve dificulta las comunicaciones entra las tierras del interior y los litorales, mientras que la elevada altitud sobre el nivel del mar y la existencia de pendientes pronunciadas repercuten negativamente en la agricultura.

Tema 3: Los grandes conjuntos morfoestructurales de la Península Ibérica, Islas Baleares e Islas Canarias. Dentro del relieve peninsular podemos distinguir tres grandes conjuntos morfoestructurales: 1. Macizos antiguos, integrados por las montañas de altitud media, cumbres aplanadas y ocasionalmente reducidas a penillanuras, como corresponde a la gran acción erosiva que han experimentado en el transcurso de los tiempos geológicos. Los materiales constituyentes son paleozoicos, plegados por la orogénesis herciniana y deformados por el plegamiento alpino. Integran el zócalo del relieve peninsular y fueron objeto de un rejuvenecimiento como consecuencia del plegamiento alpino. 2. Cordilleras alpinas, surgidas tras el último gran plegamiento y formadas por materiales jóvenes, fundamentalmente calizos. Se integran en el ámbito de las grandes cordilleras que circundan el Mediterráneo en todas sus riberas (Alpes, Apeninos, Cárpatos, Cáucaso, Atlas,…) y hallan sus mejores representaciones en los Pirineos y en las cordilleras béticas, las cuales se formaron por la compresión de las placas sobre los materiales depositados en el mar de Thetis. 3. Depresiones. Hay dos tipos:

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Las existentes en el interior de los macizos antiguos, situadas sobre fragmentos hundidos del viejo zócalo paleozoico, que han sido rellenadas por los aportes sedimentarios, cuyos mejores ejemplos son la cuenca del Duero y la Mancha. Las situadas entre los bordes de los macizos antiguos y las cordilleras alpinas, que ocupan antiguos golfos marinos o brazos de mar, igualmente colmatados por los aportes sedimentarios, en este caso procedentes de las cordilleras alpinas recién surgidas, de gran altitud, materiales blandos y, en consecuencia, fáciles de erosionar. Son las depresiones del Ebro y del Guadalquivir. La Meseta y sus unidades interiores La Meseta. Geología y morfología. Desde el punto de vista geológico, la Meseta constituye el núcleo primitivo y la pieza fundamental del solar ibérico. Su altura media excede los 600 metros y se halla dividida en dos mitades por el Sistema Central. Al norte queda la submeseta septentrional, cuya altitud media supera los 700 metros, y coincide geográficamente con la cuenca del Duero e históricamente con los primitivos reinos de León y Castilla. Al sur se extiende la submeseta meridional, de altitud más moderada y dividida, a su vez, en dos mitades por los Montes de Toledo, que se interponen entre los ríos Tajo y Guadiana. Estas tierras fueron incorporadas algo mas tarde a los reinos cristianos y recibieron las denominaciones de Extremadura y Castilla la Nueva. Los rasgos morfológicos de la Meseta derivan de su condición de viejo macizo surgido a finales de la Era Primaria y reducido a penillanura durante la Era Secundaria. El plegamiento alpino le afecto intensamente, pues el zócalo meseteño actuó como tope de prensa ante los empujes orogénicos. Sus consecuencias fueron múltiples y pueden sintetizarse en las siguientes: a) Fracturación general e individualización en bloques, algunos de los cuales se elevaron y otros se hundieron. b) Plegamiento de los bordes exteriores. c) Basculamiento de todo el complejo hacia el océano Atlántico.

Las unidades interiores. El resultado final de la evolución orogénica analizada fue la individualización de unidades de relieve hasta entonces inexistentes en el interior de la Meseta, las cuales se concretaron en forma de cordilleras (Sistema Central y Montes de Toledo) o en forma de depresiones (cuenca del Duero y La Mancha). 1. El Sistema Central está formado por un rosario de sierras que se extiende a lo largo de 400 Km. Es una alineación oeste-este que, en su parte oriental, se torna suroeste-noreste. Destacan las sierras de Somosierra, Guadarrama, Gredos, Peña de Francia y, ya en Portugal, sierra de la Estrella. Entre unas y otras se interponen puertos o collados que facilitan la comunicación entre ambas submesetas. Las sierras se corresponden con bloques fragmentados del zócalo meseteño elevados por el plegamiento alpino hasta la posición que ocupan. Las rocas

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constituyentes son de la Era Primaria y entre ellas abundan los granitos, las pizarras, los gneis y otras de composición silícea. La diversidad de formas se corresponde con la variedad de paisajes y relieves, a la cual han contribuido los glaciares cuaternarios, dando lugar a relieves tan espectaculares como la Pedriza de Manzanares, Peña de Gredos,… 2. Los Montes de Toledo tienen mayor entidad como cordillera. Su formación es similar a la del Sistema Central, aunque su complejidad geológica es mayor. Sus cumbres no sobrepasan los 1600 metros, destacando Guadalupe. Entre las rocas constitutivas abundan las pizarras y cuarcitas, duras y muy resistentes a la erosión. En los piedemontes se han acumulado depósitos de materiales de tamaño irregular, denominados rañas. 3. Las depresiones y llanuras del interior de la Meseta, la cuenca del Duero y la llanura manchega surgieron por el hundimiento del zócalo paleozoico y la colmatación posterior de las depresiones. La sedimentación tuvo lugar a finales de la Era Terciaria, una vez finalizado el plegamiento alpino, de ahí que los estratos conserven la disposición horizontal con la que se depositaron. Hoy son extensas planicies en cuyos horizontes resaltan cerros testigo u oteros, resultados de la evolución.

Los rebordes montañosos de la Meseta. La Meseta está rodeada, por todas partes menos por el oeste, por cadenas montañosas que la envuelven y la aíslan de la influencia oceánica, confiriendo a las tierras un acusado carácter continental. Los rebordes que lo integran son: El Macizo Galaico y los Montes de León. La superficie de estos dos sistemas montañosos está atravesada por redes de fallas, entre las que destacan las de orientación norte-sur y las transversales, que han dado lugar a las rías. Las primeras han originado conjuntos de bloques alineados, hundidos o levantados, que arrancan desde la costa y se extienden hasta el interior, ganando altura progresivamente hasta constituir la alineación de sierras denominada dorsal gallega, cuyo punto culminante es Cabeza de Manzaneda. Con respecto a los Montes de León, hay que destacar que sus cumbres se elevan por encima de los 2000 metros. Las mayores altitudes conservan importantes huellas del glaciarismo. Entre éstas destaca el lago de Sanabria, el mayor lago español de origen glaciar, centro de un importante parque natural y lugar de referencia cultural. La Cordillera Cantábrica. Constituye el borde septentrional de la Mesta y se extiende desde Galicia hasta el País Vasco a lo largo de 600 Km de cumbres alineadas paralelamente al mar Cantábrico. Forma una muralla que dificulta la comunicación entre la costa y las tierras del interior, dificultando el acceso de las masas de aire húmedo al interior de la Península y constituyendo una barrera climática que maraca la división entre la España húmeda y la seca.

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Bajo su aparente unidad se oculta una gran variedad interna, distinguiéndose: 1. El sector occidental o asturiano, el cual presenta afinidad con el Macizo Galaico, pues también surgió durante la orogénesis herciniana. Está formado por materiales paleozoicos (cuarcitas, pizarras) y otros del periodo carbonífero, época en la que se formaron las capas de carbón que todavía hoy son objeto de explotación minera. Elevado de forma gradual hacia el este, el sector culmina con los Picos de Europa. 2. El sector central de la cordillera, que se extiende sobre Cantabria. Está formado por materiales de la Era Secundaria plegados durante la orogenia alpina; son calizos y dan lugar a formas de relieve más suaves y de menor complejidad que las asturianas, aunque también presenta cimas que sobrepasan los 2000 metros de altitud. 3. Loa Montes Vascos, que se extienden entre la cornisa cantábrica y los Pirineos. Culminan en Aitzgorri y Peña Gorbea, y presenta semejanzas con el sector central de la cordillera. Tienen una gran personalidad geográfica por su situación entre el País Vasco, la Meseta y el valle del Ebro. El Sistema Ibérico. El borde oriental de la Mesta está ocupado por el Sistema Ibérico. Entre los rasgos más sobresalientes de esta cordillera destaca el ser el único sistema montañoso español de importancia que se orienta de noroeste a sureste. Se extiende desde las estribaciones meridionales de la Cordillera Cantábrica hasta el mar Mediterráneo, cerrando por el este la cuenca del Duero y la llanura manchega. Su origen guarda relación con la primitiva inclinación de la Meseta hacia el este, lo cual permitió la acumulación de gran cantidad de sedimentos en esta dirección; y con la fuerza del plegamiento alpino, que dio lugar a una cordillera en la que la cobertera de materiales sedimentarios plegados reposa sobre el zócalo paleozoico. En su trayectoria se distinguen dos partes delimitadas por el río Jalón, afluente del Ebro por el que discurren las vías que comunican el valle del Ebro con la Meseta. La parte septentrional cuenta con importantes sierras (Demanda, Urbión), que suman a su importancia orográfica, su condición de núcleo dispersor de aguas hacia las cuencas hidrográficas del Duero y del Ebro. El sector meridional de la cordillera es más ancho y de contorno y alineación menos precisos; en él se pueden distinguir dos ramas separadas por el curso del río Jiloca: una interior o meseteña y otra exterior o aragonesa. Los terrenos son de la Era Secundaria, básicamente calizos, y pese a su estructura plegada, están atravesados por una serie de fallas que asemejan este sector al graderío de un anfiteatro que desciende escalonadamente hacia el sur para hundirse por fin bajo las aguas del Mediterráneo. Sierra Morena. Ocupa el borde meridional de la Meseta. Sus materiales son paleozoicos y acogen los filones y yacimientos metalíferos que dieron fama a su minería.

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Su importancia como cordillera responde más a su carácter rectilíneo y a su continuidad a lo largo de más de 400 Km de recorrido que a su escasa altitud, pues sólo alcanza los 1323 metros en sierra Madrona, aunque en su interior transmite una acusada sensación de relieve. Ofrece un caso notable de disimetría entre sus laderas norte y sur, concretado en el escalón que ha de salvarse para acceder a ella desde la Meseta o desde el valle del Guadalquivir, casi inapreciable en el primer caso y muy pronunciado en el segundo.

Montañas y depresiones exteriores. Fuera de la Meseta se sitúan las unidades de relieve a las que, en razón de su posición geográfica, denominamos sistemas exteriores. Son cordilleras y depresiones cuya formación se inició a comienzos de la Era Terciaria. Las cordilleras surgieron por efecto de la orogenia alpina, que plegó e hizo emerger los sedimentos depositados durante la Era Secundaria. Las depresiones corresponden a las fosas alpinas establecidas entre los sistemas en curso de formación y el borde del zócalo paleozoico. Se integran en dos grandes conjuntos: uno septentrional, formado por los Pirineos,, la cordillera Costero-Catalana y la depresión del Ebro; y otro meridional, integrado por las cordilleras béticas y la depresión del Guadalquivir. Los Pirineos. Ocupan el istmo peninsular desde el golfo de Vizcaya hasta el cabo de Creus. Se extienden a lo largo de 435 Km y forman una barrera montañosa robusta y compacta que constituye una frontera de clarísimas repercusiones geográficas. En su interior se distinguen dos zonas: 1. El Pirineo axial. Es el núcleo y eje directriz de la cordillera. Compone su armazón y se extiende longitudinalmente por una banda de materiales paleozoicos (pizarras, granitos) que son restos de un antiguo macizo herciniano desaparecido y cuya composición litológica justifica que la parte central de los Pirineos integre la Iberia silícea. 2. El prepirineo, que se halla adosado a su flanco meridional. Está formado por rocas calizas mesozoicas y se descompone en dos alineaciones montañosas separadas, a su vez, por una depresión longitudinal. En realidad se trata de dos grandes conjuntos anticlinales: el que está en contacto con el Pirineo central es de mayor altura y lo forman las denominadas sierras interiores, integradas, entre otras, por Collarada, Tres Sorores y Monte Perdido; y la alineación compuesta por las sierras exteriores, de menor altura, entre las que destacan Leyre, Guara y Montsech. Entre ambas alineaciones se intercala la depresión media prepirenaica. Entre los rasgos morfológicos que presenta la cordillera destacan:

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a) La ausencia casi total de valles longitudinales y el predominio de los transversales, orientados de norte a sur, y que son obra del encajamiento profundo de la red fluvial. b) la honda huella dejada por el glaciarismo cuaternario, reflejada en forma de valles y multitud de lagos, conocidos como ibones en Aragón y estanys en Cataluña.

La depresión del Ebro. Comprende las tierras bajas del noreste peninsular. Su génesis y evolución geomorfológica están asociadas a los sistemas montañosos de su contorno. Inicialmente fue un brazo de mar cuya comunicación con el océano quedó interrumpida a medida que el plegamiento alpino elevaba los relieves ibéricos y pirenaicos. Desde mediados de la Era Terciaria quedó reducido a un lago en el que se depositaban los materiales que la erosión excavaba de las montañas recién formadas. Los materiales transportados se depositaron selectivamente según su grosor, situándose los más finos en el centro de la depresión y los más gruesos próximos a la línea de costa. Luego, el proceso de erosión ha dado lugar a la aparición de mesas o muelas, mientras que en los bordes aparecen formas de relieve asociadas a potentes bancos de conglomerados y, en las zonas donde el roquedo es de naturaleza margosa o yesífera, las conocidas como malas tierras o bad lands. La cordillera Costero-Catalana. Cierra la depresión del Ebro por el sureste. Está orientada de noreste a suroeste y se extiende a lo largo de 250 Km, entrando en contacto con los Pirineos y el Sistema Ibérico. Pese a su modesta condición como sistema montañoso, ofrece una complejidad notable, derivada de su fragmentación transversal y longitudinal. Transversalmente, la cordillera está partida en dos unidades a la altura de Barcelona. La mitad norte está integrada por materiales antiguos paleozoicos (pizarras, granitos), mientras que la segunda mitad lo está por rocas de edad secundaria, principalmente calizas. Longitudinalmente se descompone en tres unidades paralelas entre sí y con respecto al mar Mediterráneo: la cordillera Litoral, que es la alineación inmediata a la costa y contiene, entre otras, las sierra de Tibidabo: la depresión Prelitoral, que discurre desde Girona hasta Tarragona a través de un espacio de gran significación geográfica por su importancia agrícola, demográfica y económica; y la cordillera Prelitoral, ya en contacto directo con las tierras del valle del Ebro, donde se encuentran las mayores alturas de todo el conjunto (Montserrat, etc.). Los sistemas béticos. Se extienden desde el estrecho de Gibraltar hasta el cabo de la Nao. Constituyen e mayor sistema montañoso de la Península, el de menor edad y, probablemente, el de mayor complejidad geológica. Surgieron en la segunda mitad de la Era Terciaria a medida que el plegamiento alpino, por desplazamiento de la placa africana contra el zócalo de la Meseta, comprimió los potentes bancos de sedimentos mesozoicos depositados en el mar de Thetis.

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El núcleo de toso el sistema lo forma la denominada cordillera Penibética, que se levanta bruscamente ante el litoral y contiene las sierras de mayores alturas: Ronda y Sierra Nevada, entre otras. En esta última están las mayores alturas del sistema: el Mulhacén (3478m). Hacia el norte, y en contacto con la depresión del Guadalquivir, se desarrolla la cordillera Subbética. Tiene una clara orientación suroeste-noreste y se extiende por las sierras de Grazalema, Harana, Mágina, Cazorla, Segura y La Sagra. Entre sus materiales abundan las calizas y las margas, al amparo de las cuales se han formado amplias superficies acrcavadas de malas tierras y espectaculares relieves cársticos, de los que el más representativo es el Torcal de Antequera. Entre ambos conjuntos se sitúa la depresión o surco Intrabético, una serie de depresiones interiores que se extiende desde Antequera hasta Baza, pasando por Loja, Granada y Guadix.

La depresión del Guadalquivir. Ocupa el espacio que se extiende entre las cordilleras béticas y Sierra Morena. Es una amplia depresión en forma triangular abierta al océano Atlántico, del que recibe la influencia marítima. Está recorrida por el río Guadalquivir, que ofrece la particularidad de no discurrir por el centro de la depresión, sino adosado a Sierra Morena, lo cual es indicativo de su proceso de formación. Inicialmente, la depresión fue un brazo de mar que recibió las aportaciones sedimentarias de las cordilleras béticas y de Sierra Morena. Como quiera que ambos sistemas montañosos tenían distintas características de altitud, edad y dureza de los materiales, los ríos que bajaban de las montañas béticas transportaron mayor cantidad de sedimentos que los procedentes de Sierra Morena; de esta forma se fue produciendo el desplazamiento de la línea de máxima profundidad hacia el norte y, en ella, se acomodó el lecho del río. Las formas más características de la depresión del Guadalquivir son sus campiñas, tierras llanas suavemente onduladas que han sido objeto de explotación agraria desde la antigüedad. Asimismo, aguas debajo de Sevilla, y a escasísima altura sobre el nivel del mar, se sitúan las marismas, cuya condición de zonas húmedas fue uno de los principales argumentos para la declaración del Parque Nacional de Doñana.

Los relieves insulares Los archipiélagos ofrecen dos tipos de relieve claramente diferenciados. Las islas Baleares guardan una estrecha relación con el relieve peninsular, mientras que las Canarias son completamente independientes, tanto por su situación geográfica como por su carácter volcánico. Las islas Baleares. Son la prolongación geográfica de la Península en el mar Mediterráneo a través del cabo de la Nao, ya que, excepto en la isla de Menoría, el archipiélago representa la continuidad de las cordilleras béticas; así lo acredita su estructura geológica, la naturaleza de sus materiales y la edad de formación.

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Es en Mallorca, en razón de su tamaño, donde se hallan mejor representados los caracteres originales del relieve. Éstos se sintetizan en la existencia de dos cadenas montañosas y una depresión interior: al noroeste se sitúa la sierra de Tramontana, que contiene la mayor elevación del archipiélago (Puig Major, 1445 m); al sureste se extiende la denominada sierra de Levante y, entre ambas, la llanura central. La isla de Menoría se diferencia del resto del archipiélago por su vinculación con la cordillera Costero-Catalana, hecho perceptible en la naturaleza del roquedo e, incluso, en su particular forma y orientación.

Las islas Canarias. Situadas en el océano Atlántico, tienen un carácter volcánico compartido con otras islas del mismo océano, como Islandia o las Azores. Su origen hay que relacionarlo con las emisiones volcánicas que tuvieron lugar a mediados de la Era Terciaria, a través de las fracturas existentes en la zona de fricción entre la placa africana y la corteza oceánica, y que han continuado hasta una época relativamente reciente. Las islas se alinean conforme a dos rumbos dominantes, noreste-suroeste y surestenoroeste, y ofrecen como rasgo común su carácter montañoso. Se elevan desde las profundidades marinas hasta una altura considerable, lo que, unido a su limpia atmósfera, ha sido aprovechado para la instalación de grandes observatorios astronómicos. Su punto culminante es el Teide, que con 3710 metros de altitud es la montaña más alta de España. La naturaleza volcánica del roquedo, la abundancia de basalto y los grandes desniveles que entraña la montaña han originado formas de relieve espectaculares. Entre éstas destacan las calderas y los cráteres volcánicos, los pitones de lava que la erosión ha puesto al descubierto (roques), o los malpaíses, resultantes de la solidificación de las lavas.

Tema 4: El clima de España. Elementos y factores. Factores astronómicos y meteorológicos El clima de la Península no puede ser entendido sin tener en cuenta su situación astronómica. El territorio español peninsular se extiende entre los 43º y 36º de latitud norte, es decir, en el borde meridional de la zona templada, una zona de transición sobre la que actúan los mecanismos de los climas templados y tropicales. La situación latitudinal explicará la existencia de un período de máxima insolación en el solsticio de verano, y otro de mínima insolación en el de invierno; también será la responsable de que la Península se vea afectada por determinadas masas de aire y centros de acción, y de que sea barrida por discontinuidades o frentes característicos. Los grandes centros de acción son dos: la depresión semipermanente de Islandia, que empuja hacia nuestras costas vientos fríos y húmedos del Atlántico; y el anticiclón de las Azores, responsable del tiempo seco y soleado. El triunfo sobre el territorio peninsular de uno de estos dos centros de acción será el causante de la alternancia de

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tipos de tiempo. Cuando sobre la Península se extiende el anticiclón de las Azores, impidiendo el paso de las borrascas procedentes del norte y del Atlántico, domina el tiempo seco y soleado; esto ocurre en verano. En caso contrario, el tiempo es lluvioso y frío, lo que sucede en invierno. Entre el aire polar y el aire tropical se sitúa el frente polar atlántico, que no es sino el reflejo en superficie del jet stream correspondiente en altura. En su seno se originan frecuentes borrascas, que dan lugar a intensas precipitaciones. El jet stream y el frente polar se desplazan unos grados hacia el sur o hacia el norte en invierno y en verano, siguiendo el ritmo de las estaciones astronómicas, es decir, siguiendo el movimiento aparente del Sol entre los trópicos. Durante el invierno, jet stream y frente son empujados hacia el sur por el anticiclón polar, barriendo a su paso intensos aguaceros. En verano se repliega hacia el norte, hasta situarse hacia los 55º o 60º de latitud, por lo que la Península queda bajo la influencia del tropical cálido, principal responsable del tiempo seco y caluroso de los meses centrales del año. Estos desplazamientos ondulatorios ocurren durante el otoño y la primavera. A lo largo del otoño, el frente polar avanza paulatinamente hacia el sur, hasta situarse en su latitud más baja en pleno invierno; durante la primavera se va replegando lentamente hacia el norte. Hasta ahora nos hemos referido en exclusiva a las masas de aire y a los centros de acción atlánticos. También existen masas de aire mediterráneas y continentales, pero tienen mucha menos importancia para el clima general de la Península. Factores geográficos Una serie de factores geográficos matizará, a veces con cierta intensidad, los presupuestos teóricos nacidos de la circulación atmosférica y de la localización de la Península en la fachada occidental de las latitudes medias. Los de mayor importancia son el relieve, la distancia, la apertura o el aislamiento respecto al mar. 1. El relieve, en su doble vertiente de altitud media elevada y disposición periférica, complica las características climáticas, al introducir nuevos matices regionales e, incluso, locales. La orientación de las montañas, en general, y de las laderas, en particular, se traduce en regímenes térmicos o pluviométricos muy diferenciados. Así, las cadenas dispuestas de forma paralela, represan el aire frío continental procedente de Europa o dificultan el paso de los flujos atlánticos procedentes del norte. Las que se disponen de manera perpendicular a los vientos dominantes provocan diferencias entre las vertientes de solana y de umbría. Y siempre el relieve provoca un aumento de las precipitaciones y una disminución de las temperaturas. La disposición periférica del relieve hace que la Península funcione como un «pequeño continente»cuyo centro, la Meseta, será muy caluroso en la época estival y muy frío en los meses de invernales. Esta disposición explica también que la influencia dulcificadota del mar se reduzca a una estrecha franja litoral.

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2. La situación de la Península entre dos mares de características contrapuestas, el Atlántico y el Mediterráneo, aporta al clima nuevos matices, como la suavización de las temperaturas, característica de los climas marítimos. Las precipitaciones. Distribución espacial La pluviometría española muestra valores muy desiguales y es, en general, baja. A partir del mapa pluviométrico medio, se pueden distinguir tres grandes franjas, que corresponden a la España húmeda, la seca y la árida. 1. La España húmeda. Es la única que recibe precipitaciones anuales abundantes, siempre superiores a los 800 litros, aunque existen puntos que superan los 2000 litros. Comprende las vertientes noroeste y norte peninsular, desarrollándose sobre una franja continua que va desde Galicia hasta Cataluña, incluyendo también las zonas montañosas de esa vertiente norte: los macizos Galaico y Cantábrico y los Pirineos. Las causas de la elevada pluviometría de estas áreas hay que buscarlas en su disposición septentrional, con la consiguiente influencia de las borrascas y de los frentes atlánticos, y en el relieve. Fuera de estas áreas, sólo algunos núcleos aislados de la Península reciben precipitaciones totales anuales similares, conformando auténticos islotes de humedad en medio de zonas más secas. En este caso, la altitud es la causa fundamental de las abundantes precipitaciones, de ahí que su distribución esté estrechamente relacionada con las áreas montañosas de la Península: sectores de la Penibética, zonas más elevadas de la cordillera Ibérica, las sierras de Cazorla y Segura, y puntos muy localizados de los Montes de Toledo y Sierra Morena. Dentro de esta área merecen destacarse la sierra de Grazalema, la más lluviosa de España, que recibe más de 2000 litros anuales, y la sierra de Gredos , que supera ampliamente los 1500 litros. 2. La España seca. Es un área muy amplia delimitada, por las isoyetas de 300 y 800 mm anuales, y abarca el 72% del territorio peninsular. Incluyendo las dos submesetas, los valles del Ebro y del Guadalquivir, zonas de Levante y Cataluña, y la mayor parte de los archipiélagos. Las causas de la disminución de las precipitaciones son, por un lado, el debilitamiento de los flujos atlánticos a medida que penetramos hacia el interior de la Península; y por otro, cuanto más al sur, mayor es la influencia del mundo tropical. El paso de la España húmeda a la España seca se realiza a través de una zona de transición, delimitada por las isoyetas de 600 a 800 litros anuales, se extiende formando una aureola por la vertiente meridional de los Pirineos, la Cordillera Cantábrica y el sector occidental de ambas mesetas. 3. La España árida. Se corresponde con aquellos lugares que reciben menos de 300 litros de precipitaciones totales anuales. Se localiza en su mayor parte en el sureste peninsular y en el flanco levantino, e incluye también algunas comarcas dispersas del interior peninsular, como las altiplanicies granadinas y el bajo Ebro.

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La atonía de las precipitaciones se explica, en unos casos, por el efecto de pantalla que ejercen los relieves cercanos frente a la dirección predominante de los flujos lluviosos; en otros, por su posición interior. Carácter y reparto estacional de las precipitaciones El carácter de las precipitaciones cambia también de un lugar a otro. Así, en la España húmeda, las precipitaciones caen durante muchos días a lo largo de todo el añounos 150 días- y por eso son, por lo general, finas y persistentes. En cambio, en las zonas secas y áridas, el número de días de lluvia desciende de manera considerable-75 y 25 días al año, respectivamente-, por lo que las precipitaciones caen en forma de violentos aguaceros. Tan importante como el número de días de precipitación es su régimen estacional, es decir, su reparto a lo largo de las estaciones del año. Los principales regímenes pluviométricos son tres: el máximo de invierno se corresponde con la franja más próxima al océano abierto, esto es, todo el sector occidental de la Península; el interior y la mitad oriental se caracterizan por la existencia de dos máximos, uno en otoño y otro en primavera; por último, en zonas muy localizadas del interior, algunas áreas presentan precipitaciones estivales superiores a las de invierno. La distribución espacial de las temperaturas medias anuales Una primera aproximación a la diversidad de las temperaturas puede venir del análisis del mapa que recoge las temperaturas medias anuales. En el mismo se aprecia una serie de contrastes que hay que destacar.  La latitud es la principal responsable de que las temperaturas medias aumenten de norte a sur. La costa cantábrica es la más fresca, con medias termicas inferiores a los 15º C. En el resto de la Península, las temperaturas medias superan los 15º C y en el valle bajo de Guadalquivir se aproxima a los 20º C. En una situación intermedia se situarían las dos sbmesetas y las tierras extremeñas. La influencia marítima se aprecia en la mitad occidental de la Península, donde las temperaturas son más frescas que en las áreas cercanas al Mediterráneo. Ésta es también la causante de las elevadas temperaturas alcanzadas en la costa mediterránea. La altitud y la disposición del relieve hacen que en el interior peninsular las isotermas se ajusten a las curvas de nivel con bastante fidelidad, de tal modo que los puntos más fríos coinciden con las áreas más elevadas de Península.

La amplitud térmica y los contrates estacionales Si analizamos el mapa con las amplitudes térmicas, podrían añadirse nuevos matices y quedarían así patentes las modificaciones que sufren las temperaturas a causa de la continentalidad. Aunque las temperaturas medias anuales de la costa y las del interior no difieren en exceso, sí lo hacen las amplitudes térmicas, que nos alejamos del litoral. Los valores más altos se corresponden con las submesetas norte y sur- de 20 a 21º C y de 17 a 21º C, respectivamente-, seguidas del valle del Ebro y de las campiñas béticas. Las causas habría que buscarlas en la escasa influencia marítima de estas zonas. El resultado será

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un fuerte enfriamiento del aire en invierno y un notable recalentamiento en la estación estival. En la periferia marítima, se observa una relativa uniformidad pese a la oposición existente entre las costas cántabro-atlánticas y las mediterráneas. En las primeras, con valores en torno a los 10º C, la influencia atlántica origina inviernos suaves y veranos frescos .En las segundas, los valores son más elevados, como lo demuestran Cataluña y Valencia, con 15º C, y la Costa del Sol, con 13º C; en estos últimos casos, la influencia marítima se refleja en los cálidos inviernos, mientras que los veranos calurosos son una consecuencia de la mayor temperatura del agua del Mediterráneo y de las invasiones de aire cálido del norte de África. Los índices de aridez La aridez, o falta de agua para las plantas, el consumo humano y el consuma animal, es un hecho geográfico de primera importancia en España, país donde las irregulares precipitaciones, la fuerte insolación y las elevadas temperaturas máximas originan que tres cuartas partes de su territorio se caractericen por la atonía o escasez de precipitaciones estivales. La aridez depende de las temperaturas y de las precipitaciones, y es un hecho de fundamental importancia en el desenvolvimiento de las actividades humanas, ya que influye sobre la actividad agraria y da lugar a la aparición de paisajes vegetales específicos. Su análisis se realizara a través de índices, siendo los más conocidos el de BagnoulsGaussen y el de Thornthwaite. El de Bagnouls-Gaussen tiene como único objetivo la confección de curvas ombrotérmicas: son meses áridos aquellos en los que el total de precipitaciones sea igual o inferior a dos veces su temperatura media. La confección del diagrama ombrotérmico con escasas apropiadas da lugar a una apreciación directa de los meses áridos. El de Thornthwaite es algo más complejo y se basa en las relaciones entre la evapotranspiración, las precipitaciones y la absorción del suelo.

Tema 5: Los dominios climáticos de España: matices regionales. Dos son los dominios climáticos esenciales de la Península: el templado-cálido o mediterráneo y el templado-frío. Los climas templados Se dan en el extremo septentrional y en el centro de España y su temperatura media anual es inferior a 15º C. Podemos establecer dos subtipos: el clima oceánico y el clima continental. El clima oceánico se extiende por la zona norte, desde Galicia hasta el Pirineo occidental, sometida a la influencia directa del jet stream y del frente polar, y ampliamente abierta al Atlántico. Se caracteriza por sus elevadas precipitaciones anuales, siempre superiores a los 800 mm. La temperatura media anual oscila entre 13º

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y 14º C y al estar todo el año sobre la influencia de los flujos marítimos, las oscilaciones térmicas son muy débiles, con inviernos templados y veranos frescos. A medida que se penetra en el interior, las precipitaciones descienden, la estación seca se acusa y el invierno se vuelve más frío. Se desarrolla entonces el clima continental, es decir, el clima de la España interior, que afecta a casi dos tercios del territorio peninsular. En esta amplia zona, las precipitaciones son débiles-siempre inferiores a 600 mm- y descienden de norte a sur y de oeste a este; el invierno puede ser seco, debido a la formación de anticiclones fríos de origen térmico, y, en verano, las temperaturas pueden favorecer la formación de lluvias de convección. Las temperaturas medias anuales oscilan entre 10º y 14º C y la amplitud térmica es muy elevada como consecuencia del frío invernal y del recalentamiento estival. De uno a seis meses las temperaturas medias no superan los 6º C y las heladas son abundantes. Las causas de estos caracteres térmicos hay que buscarlas en la atenuación de la influencia marítima, bien por la lejanía del mar, bien por la existencia de sistemas montañosos que obstaculizan la llegada de los flujos marítimos. Los climas mediterráneos Sus rasgos esenciales son la existencia de un verano seco y caluroso, y de una estación húmeda que puede ser el invierno, la primavera o el otoño. Las precipitaciones son escasa e irregulares, siempre inferiores a los 800 mm, y la temperatura media anual es siempre superior a los 15º C. La cercanía o la lejanía del mar y la posición respecto a las borrascas del frente polar explican la gran diversidad de subtipos. 1. El clima mediterráneo oceánico se extiende por el golfo de Cádiz y las comarcas próximas, desde Tarifa hasta la frontera portuguesa. La gran humedad ambiental es su característica más acusada, aunque las precipitaciones no son muy elevadas, ya que oscilan entre los 700 y los 500 mm anuales, y son de origen frontal; sin embargo, en ocasiones, la presencia de obstáculos montañosos cercanos a la costa, como ocurre en la provincia de Cádiz, favorece el aumento de lluvias. Las temperaturas son suaves-entre 17 y 19º C de media anual-, con inviernos cálidos y veranos no muy calurosos. Es la zona española de mayor insolación anual, supera las 3000 horas; en el observatorio de San Fernando (Cádiz) se alcanza las 3200 horas. 2. El clima mediterráneo continental se extiende desde los cursos bajo y medio del Guadalquivir hasta el límite con la provincia de Jaén, es decir, por Huelva, Cádiz, Sevilla, Málaga y Córdoba. Las precipitaciones anuales oscilan entre los 700 y los300 litros anuales, con máximos en primavera y en otoño, aunque ciertos puntos bien orientados hacia las masas de aire procedentes del Atlántico superan los 700 litros. Las temperaturas, más elevadas en el valle del Guadalquivir, descienden a medida que se acentúa la continentalidad, dando lugar a una temperatura media anual elevada, entre 17 y18 º C, y a un invierno fresco, de 9º C de media, sin heladas. El verano es el más cálido de España, en julio y agosto se supera la media de 30º C

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Este subtipo climático se prolonga por las altiplanicies de Andalucía oriental y el surco intrabético, pero, en este caso, la ya considerable distancia del océano Atlántico, de donde proceden las masas de aire húmedo, hace que las precipitaciones sean escasas, entre 300 y 600 litros anuales. La continuidad y, sobre todo, la considerable altura media de la zona, originan un medio ecológico hostil, caracterizado por una baja temperatura media anual (entre 13 y 15º C), un invierno muy largo y frío con fuertes heladas, un verano cálido y prolongado, y la tendencia a acortarse las estaciones intermedias de primavera y otoño 3. El clima mediterráneo subtropical es propio de la costa mediterránea andaluza, desde Adra (Almería) hasta Gibraltar. Las precipitaciones son relativamente abundantes en el oeste, cercanas a los 900 mm y diminuyen poco a poco hacia el este, donde se sitúan en torno a los 400 mm. La influencia del Mediterráneo hace que el invierno sea cálido (12º C); además, las cordilleras béticas hacen de escudo protector frente a las llamadas “nortadas”el aire frío procedente del norte, justificando la denominación de Costa del Sol con la que se conoce a esta región. En cambio, el verano es caluroso, debido al fuerte recalentamiento del Mediterráneo, como consecuencia de sus reducidas dimensiones, y a la temperatura media anual, relativamente alta (19º C). 4. El clima subdesértico impera en el litoral sureste, entre Balerma (Almería) y Torrevieja (Alicante), incluye, pues parte de las provincias de Murcia, Almería y Alicante. La característica esencial es la escasez de precipitaciones anuales, siempre inferiores a los 300mm debido al efecto de pantalla que ejerce la cordillera Penibética sobre las borrascas. Los máximos pluviométricos se producen en otoño y en primavera, pues las precipitaciones suelen estar ligadas a situaciones de gota fría. La temperatura media anual es la más elevada de Andalucía y de la Península (21º C); el invierno es templado, presentando valores entre 11 y 13º C, y el verano muy cálido (26º C), ya que es una zona expuesta a la llegada de masas de aire del continente africano. La insolación anual es grande y las heladas, escasas. 5. El clima mediterráneo levantino-balear abarca la región valenciana, Tarragona y Baleares. En las dos primeras regiones, las precipitaciones oscilan entre los 400 y los 700litros, con un máximo de otoño, pues en invierno la cercana cordillera Ibérica ejerce de pantalla frente a los flujos húmedos procedentes del oeste. La temperatura media anual es suave (16º C) y la amplitud térmica, moderada, pues oscila entre los 13 y los 15º C. 6. El clima mediterráneo catalán es propio de la franja costera comprendida entre la desembocadura del Ebro y los Pirineos. Las precipitaciones son bastante abundantes, oscilan entre los 500 y los 900 litros anuales; es más, apenas existe sequedad estival. Las temperaturas son suaves y la amplitud térmica, moderada o baja, situándose entre los 13 y los 18º C, hechos explicables por la influencia dulcificadota del mar.

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El clima del archipiélago canario La cercanía de Canarias a los trópicos hace que las islas se vean poco afectadas por la circulación del oeste, situándose bajo la influencia del anticiclón de las Azores, el aire tropical atlántico y los vientos alisios del noroeste. Además, la corriente marina fría de Canarias y la disposición del relieve añaden nuevos contrastes a un clima de claras influencias tropicales Las precipitaciones totales anuales no son muy abundantes, de 250 a 500mm, incluso hay áreas que no alcanzan aquel umbral mínimo. Su régimen es similar al mediterráneo, con un máximo de invierno, debido al descenso latitudinal de las borrascas o la llamada gota fría de Canarias, y con un mínimo estival. El relieve insular genera considerables contrastes; por una parte, como consecuencia de la altura; por otra, por la distinta orientación de las laderas En algunas zonas, como en las laderas de Tenerife y de Las Palmas, se produce el llamado “mar de nubes”, una banda nubosa estratiforme que se extiende entre los 500 y los 1500 metros, y que tiene cierta importancia como forma de precipitación invisible, al mantener mojados el suelo y la vegetación en verano. Las temperaturas medias anuales se sitúan entre los 19 y los 21º C, y la oscilación anual es débil, de 5 a 7º C. En los grandes dominios anteriores, el relieve introduce importantes modificaciones al aumentar las precipitaciones de la vertiente expuesta a los vientos y disminuir las temperaturas. Esto explica, por ejemplo, islotes aislados de elevada pluviometría en áreas andaluzas secas, como la sierra de Grazalema, en Cádiz, que recibe 2223mm de lluvia anuales.

Tema 6: Los ríos de España La red hidrográfica. Caracteres generales 1. La disimetría de la red fluvial, es decir, la falta de simetría que presenta con relación al soporte geográfico. La hay entre la superficie peninsular que vierte sus aguas hacia el océano y la que las que vierte hacia el Mediterráneo, que son del 69 y del 31%, respectivamente. 2. Adecuación al relieve. Es por causa de la gran longitud de sus ríos que discurren por las llanuras y depresiones, que oscilan en torno a los 1000 Km, y el corto recorrido de los ríos de montaña, que no suelen sobrepasar el centenar. Los ríos de la Meseta destacan por su escasa pendiente y lentitud de aguas, mientras que los que drenan los rebordes montañosos o los sistemas exteriores unen a su escasa longitud la altura de cumbres en su nacimiento, resultando un desnivel y una pendiente que confieren a sus aguas tanta velocidad como fuerza erosiva. 3. Paralelismo. La red hidrográfica peninsular es reconocible a simple vista por el paralelismo que, excepción del Ebro, presentan los grandes ríos entre sí, cuyos cauces están relativamente equidistantes y regularmente distribuidos sobre el espacio.

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4. Alternancia entre cursos de agua y sistemas montañosos. Esta favorecido por la disposición paralela del relieve. De hecho, nuestros grandes ríos se sitúan entre dos sistemas montañosos y el curso fluvial es más o menos paralelo a los ejes de las cordilleras, desde los cuales descienden los afluentes transversalmente hacia el cauce principal. Así se explica que los ríos que discurren por zonas de pocas precipitaciones puedan tener un caudal considerable gracias al agua procedente de las montañas. 5. Intensa relación con la ocupación del territorio. Ocurre con el emplazamiento de las ciudades antiguas junto a importantes cursos de agua (Córdoba, Mérida, Zaragoza, Toledo…) o la utilización de los valles fluviales para el establecimiento de vías de comunicación, sin olvidar, incluso, la relación que pueda existir entre los ríos peninsulares y la Reconquista, cuyos grandes avances consistieron en la incorporación sucesiva de las cuencas hidrográficas a los reinos cristianos. El caudal de los ríos peninsulares Un dato elemental para apreciar la importancia de un río es su caudal, entendido éste como la cantidad de agua que transporta, expresada en metros cúbicos pos segundo. Se mide en las estaciones de aforo que hay distribuidas por la geografía española y los datos recogidos se presentan en sus doce valores mensuales, o reducidos a la cifra media anual. Son cifras que expresan el caudal absoluto. El río más caudaloso es el Duero (660m ³), seguido del Ebro (614m ³). El caudal guarda relación con el tamaño de los ríos y que, en general, los más largos son los más caudalosos. Los caudales descienden de norte a sur. Así, los ríos de mayor caudal (Duero, Ebro) pertenecen al tercio septentrional de la Península; el Tajo se sitúa en un nivel intermedio; y el Guadiana y el Guadalquivir que son los menos caudalosos, ocupan la parte meridional. Aunque los datos de caudal absoluto de los ríos son muy expresivos de su magnitud, no informan acerca de si la cantidad de agua que transporta un río es consecuencia de la abundancia de precipitaciones o de que drena una superficie muy grande. Por ello, la noción de caudal absoluto ha de complementarse con la de caudal relativo, que es la noción que realmente nos permite hablar de la caudalosidad de los cursos de agua. Atendiendo a los datos de caudal relativo de los grandes ríos, podemos establecer una jerarquización de los mismos de acuerdo con su importancia hidrológica y ponerla en relación con los elementos del clima. Así quedan de manifiesto las diferencias entre ríos muy caudalosos, como el Miño o el Nalón, que drenan cuencas reducidas de clima atlántico, y ríos de escaso caudal, como el Guadiana y el Júcar, que avenan cuencas mayores pero de clima mediterráneo. En cuanto al caudal se refiere, también es obligado mencionar las extraordinarias variaciones de nivel que acusan nuestros ríos. Éstas variaciones de nivel van asociadas a la persistencia de precipitaciones, a precipitaciones de alta intensidad horaria, a la fusión brusca de nieves, etc.

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El régimen de los ríos peninsulares Por régimen fluvial entendemos el comportamiento del caudal medio de un río a lo largo del año, es decir, el modo habitual de fluencia de sus aguas. Se estudia a partir de los datos de caudal, pero el manejo directo de estas cifras tiene ciertos inconvenientes, como el de hacer muy difíciles las comparaciones. Resulta por eso más conveniente sustituir la noción de caudal por la de coeficiente, que consiste en relacionar el caudal medio anual (módulo) con los caudales medios mensuales. Así, el coeficiente 1 equivale al valor del caudal medio. Los coeficientes mensuales se pueden representar gráficamente con el fin de obtener una imagen del régimen fluvial. Los regímenes fluviales se clasifican, básicamente atendiendo a la procedencia de sus aguas. Distinguimos un régimen pluvial, en el que el agua que llevan los ríos procede directamente de la lluvia, y un régimen nival, en el cual las aguas fluviales proceden de la fusión de las nieves En el primer caso, el tiempo que media entre la caída del agua y su evacuación por los ríos es muy escaso, siempre y cuando los suelos se hallen saturados. En el segundo caso pueden transcurrir varios meses, pues depende de la persistencia de las bajas temperaturas y del momento en que se alcance la fusión de las nieves. Entre unos y otros regímenes existen situaciones intermedias según predomine en el mismo la nieve o el agua. La mayoría de los ríos españoles son de alimentación pluvial, por lo que se observan regímenes diferentes de acuerdo con la variedad climática de la Península. 1. Régimen pluvial oceánico. Se caracterizan por la abundancia de aguas durante todo el año y por no tener grandes crecidas ni estiajes, como corresponde a la secuencia anual de las precipitaciones del clima atlántico. A este tipo pertenecen los ríos cántabros y gallegos, cuya principal ventaja a efectos de aprovechamiento hidrológico es la regularidad y constancia de sus caudales. 2. Régimen pluvial subtropical o mediterráneo continental. Es propio de las tierras del interior, de la España seca, en las que la precipitación anual es reducida, está mal distribuida en el tiempo y presenta una sequía estival muy pronunciada, que se acrecienta por las elevadas temperaturas. Las diferencias de caudal son notables entre períodos de máxima y mínima, apareciendo unos coeficientes mensuales tan contrastados como para advertir la existencia de dos estaciones contrapuestas. La de abundancia de aguas y la de estiaje. 3. Régimen pluvial mediterráneo. Se caracteriza por las inflexiones que muestra su gráfica. Registra un máximo principal en otoño y otro secundario a finales de invierno-primavera, destacando un mínimo estival menos acusado en duración e intensidad que en el régimen mediterráneo continental. 4. Régimen nival. Se limita a las cumbres centrales pirenaicas. Su característica principal es la de ofrecer un régimen muy simple, con una estación de aguas muy altas y

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elevado coeficiente a finales de primavera y verano, y un prolongado estiaje, de mínimo coeficiente, durante los meses en los que las temperaturas son lo suficientemente bajas como para impedir la fusión de las nieves. En las zonas adyacentes a las grandes cimas aparece el denominado nival de transición, que en realidad es el régimen nival algo degradado En las restantes cumbres montañosas, que tienen la altura suficiente como para recibir precipitación en forma de nieve y retenerla durante varios meses (Sistema Central, cordillera Ibérica, Sierra Nevada), surgen los regimenes nivo-pluvial y pluvial-nival, cuyos caracteres son muy parecidos a los del régimen nival, sólo que atenuados en intensidad y con crecidas levemente anticipadas en el tiempo. Los regimenes fluviales comentados se presentan en toda su pureza en ríos cortos, pero no así en los largos. Los factores condicionantes del régimen fluvial El régimen de los ríos depende de un conjunto de factores geográficos que son externos al propio río. Unos son de índole física y otros derivados de la acción humana. Factores de índole física: 1. El clima es, probablemente, el factor más influyente en el régimen fluvial. Las aguas que transportan los ríos proceden de la escorrentía, por ello existe una relación directa entre el total de precipitaciones que registra un clima y el caudal de sus ríos. La secuencia estacional de las precipitaciones, igualmente, influye en el régimen fluvial, cuyas crecidas y estiajes coinciden con las estaciones húmedas y secas. 2. El relieve, además de condicionar el trazado de los cursos de agua, afecta al régimen fluvial de forma diversa. La topografía es responsable de la pendiente de un río y de la velocidad de sus aguas y, consecuentemente, de su fuerza erosiva y de su potencialidad para la producción de energía hidroeléctrica. El relieve también influye en el clima a través de la altura, e incluso puede propiciar la aparición de regímenes fluviales de alimentación nival. 3. El suelo o sustrato, pos su parte, afecta al régimen hidrográfico en virtud de su grado de permeabilidad. Un sustrato impermeable apenas interfiere en el discurrir de las aguas, mientras en un sustrato permeable, como el calizo, absorbe y retiene una cantidad importante de agua, lo que repercute, tanto en el desfase temporal entre el momento de la lluvia y el crecimiento del caudal como en los efectos beneficiosos que produce el aprovechamiento de estos manantiales en los meses de sequía. 4. La existencia de vegetación evita el desplazamiento rápido de las aguas por las laderas y ralentiza el proceso de incorporación del agua de lluvia a los cauces, y es un excelente atenuador de las crecidas violentas, tan frecuentes en los regímenes mediterráneos. De ahí que la reforestación de las cuencas altas fuese un anhelo de los naturalistas, tanto para la protección medioambiental como para la regulación de caudales.

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Factores derivados de la acción humana: En lo que se refiere a los factores humanos, ha de entenderse que su interferencia en los regímenes fluviales deriva de una doble necesidad: la de regular las cuencas hidrográficas para disminuir los riesgos de inundaciones y los efectos de las crecidas, y la de almacenar agua para consumo humano y usos agrícolas o industriales. Ello requiere la construcción de embalses y presas de contención. Con independencia de la merma de caudal que suponen los antedichos usos del agua, su retención en pantanos altera el régimen del río, cuyas aguas dejan de fluir conforme a las secuencias marcadas por la naturaleza para hacerlo conforme a la voluntad humana, que ha logrado domesticar a los ríos Las vertientes peninsulares Los ríos peninsulares vierten sus aguas al mar Cantábrico, al océano Atlántico y al mar Mediterráneo. Cada una de estas vertientes recibe unos ríos que se diferencian por sus características físicas y por su régimen fluvial. Los ríos de la vertiente cantábrica son cortos y caudalosos. Cortos por la proximidad de la cordillera Cantábrica al mar y por tener su nacimiento a considerable altura y a escasa distancia de su desembocadura, en su recorrido han de salvar un gran desnivel; son caudalosos por la abundancia de precipitaciones y carecen de estiajes acusados por la regularidad de las precipitaciones que los alimentan. En la vertiente atlántica desembocan los grandes ríos de la Meseta, así como el Miño, atlántico por su lugar de desembocadura, pero que no comparte rasgos con los restantes ríos de su vertiente, pues a todos los efectos es un río de la España húmeda Adaptados a las condiciones del relieve y a la inclinación de la Meseta, los ríos atlánticos son largos y de pendiente muy suave. Conforme a la distribución espacial de las precipitaciones, disminuyen de caudal a medida que se sitúan más al sur, siendo la cantidad de agua que transportan un reflejo de las condiciones climáticas de la España seca y de la irregularidad del clima mediterráneo. Su régimen se ve enriquecido por los grandes afluentes, en particular los que tienen su nacimiento en las montañas, cuyas aguas vienen a atenuar los contrastes estacionales de caudal. En la vertiente mediterránea desaguan ríos desiguales. El Ebro es el de mayor longitud, caudal y regularidad, pues recibe aportes hídricos de sus afluentes pirenaicos e ibéricos. En los restantes ríos está patente la influencia de los relieves adyacentes al mar, que limitan la longitud de las corrientes. Se trata, en general, de ríos muy poco caudalosos, con grandes crecidas estacionales y fortísimos estiajes. Asimismo, en esta vertiente están presentes cursos que llevan agua sólo en ocasiones, permaneciendo secos la mayor parte del año: son las denominadas ramblas, que tanto significado tienen en las regiones mediterráneas, hasta el punto de que muchas han quedado incorporadas al callejero de las ciudades con este nombre. Los principales ríos españoles  Miño. Es el río gallego por excelencia. Nace en las montañas septentrionales de Galicia, en la provincia de Lugo. Tiene un recorrido de norte a sur hasta unirse

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con su principal afluente, el Sil. Desemboca en Tuy, tras servir en último trecho de frontera entre España y Portugal. Tiene una longitud de 343 Km y es uno de los ríos más caudalosos de España, pese a disponer de una superficie de cuenca muy reducida.  Duero. Es el río de la submeseta septentrional. Su cuenca hidrográfica es la mayor de España, aproximadamente unos 100000 Km². Nace en los Picos de Urbión, en el Sistema Ibérico, y desemboca en Oporto, tras un recorrido de 913 Km. Su caudal es de 660 m³/s. Pasa por Soria, Aranda del Duero, Toro y Zamora. Tiene una tupida red de afluentes que recoge aguas de la cordillera Cantábrica, el Sistema Ibérico y el Sistema Central, y es responsable de su elevado caudal. Los más importantes son el Pisuerga y el Esla , por el norte, y el Adaja y el Tormes, por el sur. Su curso sirve de frontera con Portugal y en este tramo se encaja profundamente en la zona conocida como los Arribes del Duero, donde se construyó uno de los mayores complejos hidroeléctricos peninsulares. Tajo. Es el río más largo de la península Ibérica (1202 Km). Nace en la sierra de Albarracín (Teruel), y discurre entre el Sistema Central y los Montes de Toledo, pasando por Aranjuez, Toledo, Talavera de la Reina y Alcántara. Desemboca cerca de Lisboa, en el mar de la Paja, formando el estuario del mismo nombre. Sus principales afluentes son el Jarama, el Guadarrama, el Alberche, EL Tiétar y el Alagón. Guadiana. Tradicionalmente se señalaban las lagunas de Ruidera como su lugar de nacimiento. Hoy, éste se sitúa aguas abajo. Con una longitud de 840 Km, es el menos caudaloso de los grandes ríos peninsulares, pues sólo desagua 79 m³/s. Pasa por Mérida y Badajoz, y desemboca en Ayamonte, tras formar frontera entre España y Portugal. Sus principales afluentes por la derecha son el Záncara y el cigüela y, por la izquierda, el Jabalón y el Zújar. En su cuenca se han construido grandes embalses para la irrigación agrícola, entre los que destaca el de La Serena, el mayor de España y uno de los de mayor capacidad de la Europa occidental. Guadalquivir. Nace en la sierra de Cazorla, provincia de Jaén, y desemboca en Sanlúcar de Barrameda tras un recorrido de 560 Km por las fértiles tierras de la depresión bética. Pasa por Andujar, Córdoba y Sevilla. Recoge aguas de Sierra Morena a través de los afluentes de su margen derecha, que son cortos y objeto de intensa regulación y aprovechamiento. Los más importantes son el Guadalimar, Jándula, Guadalmellato, Bembézar y Viar. Por la margen izquierda recíbe al Guadiana Menor y al Genil, que nace en Sierra Neada y riega la fértil vega de Granada. Ebro. Es el más importante de los ríos exteriores a la Meseta. Su cuenca hidrográfica supera los 95000 Km² y su caudal es elevado. Nace en las cercanías de Reinosa (Cantabria), pasa por Haro, Logroño y Zaragoza, y desemboca en Tortosa, formando el delta que lleva su nombre. Tiene una longitud superior a los 900 Km y representa la paradoja de ser una vía muy caudalosa sobre una zona muy seca, lo que es posible gracias a los afluentes de los Pirineos y del Sistema Ibérico. Tiene un régimen complejo, resultante de la alineación pluvial de su cabecera y nivo-pluvial y pluvio-nival de los afluentes montañosos. Desde

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el Pirineo descienden el Aragón, el Gállego y el Segre, y desde el Sistema Ibérico, el Jalón, con su afluente, el Jiloca.  Segura, Júcar y Turia. Son excelentes ejemplos de ríos mediterráneos, tanto por su moderada longitud como por su caudal reducido. Su régimen es pluvial y está determinado por el roquedo calizo de sus lugares de nacimiento. Tienen gran importancia a efectos agrícolas, pues el primero riega las huertas murcianoalicantinas y los otros dos, la huerta valenciana.

Regulación y recursos hidráulicos En España, la regulación de los cursos de agua es una necesidad encaminada a prevenir las avenidas fluviales y a asegurar el abastecimiento, para lo cual se ha construido una gran red de embalses. Se estima que el volumen medio de precipitaciones en el territorio español es de 346000 hm³, de los cuales, dos tercios aproximadamente son devueltos a la atmósfera por evapotranspiración, quedando el tercio restante como aportación a la red fluvial. Esta cantidad se distribuye de modo muy irregular a lo largo y ancho del territorio; por ello, el balance de agua en la Península arroja saldos positivos al norte del Tajo, un excedente moderado en las cuencas del Guadiana y del Guadalquivir, y déficit muy acusados en el litoral mediterráneo. Con objeto de aprovechar el agua que fluye por los ríos, en España se ha construido en el último siglo un gran número de embalses, especialmente en la década de los 60. El momento de máxima actividad constructiva coincidió con los Planes de Desarrollo Económico, el gran crecimiento de las ciudades y el éxodo rural, donde el agua era un elemento imprescindible para el desarrollo. Prosiguió la construcción de embalses para atender a la ampliación de los regadíos y para completar el abastecimiento de las poblaciones, cada vez más numerosas. La capacidad de embalse de los pantanos españoles es de 56603 hm³; ello representa, aproximadamente, la mitad de la aportación anual a la red fluvial. Pero quizás por eso empiezan a ponerse en evidencia problemas derivados de la merma del caudal de los ríos, pues la disminución de las aguas puede limitar su capacidad de autolavado y plantear problemas ecológicos graves.

Tema 7: La vegetación de España. En su estado natural, es decir, sin que haya mediado la actuación humana, la vegetación y la fauna representan una adaptación a las condiciones del medio. La mayor parte de la superficie está desprovista de la vegetación originaria. Por ello, cuando nos referimos a la vegetación debemos distinguir entre la cubierta vegetal, realmente existente, y la vegetación potencial, es decir, aquella que existiría en condiciones naturales sin intervención humana. La diferencia entre una y otra es una

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huella palpable de la acción humana sobre el medio y tiene notables repercusiones en la fauna. Con frecuencia, aludimos a la cubierta vegetal en términos poco diferenciados, hablando indistintamente de flora y de vegetación. La flora es el conjunto de especies vegetales existentes en un espacio geográfico, mientras que la vegetación es la disposición de las mismas sobre la superficie geográfica. Así, un país como España puede tener abundantísima flora pero escasa vegetación y viceversa. Fundamentos de la diversidad biogeográfica de España La península Ibérica se caracteriza por una extraordinaria diversidad en lo que a flora y fauna se refiere. La riqueza de especies existentes, a la que hay que añadir la propia del archipiélago canario, es consecuencia de su condición de encrucijada y lugar de convergencia de las influencias atlántica y mediterránea, sahariana y europea. Todo ello, está realzado a su vez por factores como: 1. El clima de la península Ibérica pertenece a los dominios atlántico y mediterráneo, bien diferenciados por el régimen climático y por el distinto valor de sus elementos. El clima mediterráneo es el más extendido y un importantísimo factor de diversidad biogeográfica, tanto por los contrastes estacionales como por las gradaciones espaciales, que permiten la aparición de biotopos diversos. 2. La configuración de la Península contrapone el interior y el litoral, y crea una diferenciación climática de claras repercusiones en la vegetación y en la fauna. 3. El relieve propicia la aparición de un amplísimo de hábitats, pues independientemente de la existencia de montañas, depresiones, llanuras, etc., cada una con sus particulares condiciones biogeográficas, el relieve introduce efectos derivados de la altitud y de la orientación, que influyen en las temperaturas, en las precipitaciones, en la insolación, etc., y que vienen a contrarrestar los efectos de la latitud con la altura. 4. Los grandes contrastes litológicos y la diversidad de los suelos repercuten en la distribución geográfica de las comunidades vegetales y animales, al tener que adaptarse éstas a las condiciones del sustrato. En consecuencia, la vegetación y la fauna ofrecen una considerable diversidad y, si bien representan en mayor medida a los ecosistemas mediterráneos, también se hallan presentes en nuestras tierras las comunidades de la Europa atlántica. Lo mismo puede decirse de Canarias, cuya privilegiada situación geográfica permite la existencia de un elevado número de endemismos. Regiones y provincias biogeográficas En la división biogeográfica del mundo, España pertenece al denominado reino holártico boreal, que se extiende sobre los continentes al norte del trópico de Cáncer. Éste comprende once regiones, de las cuales tres están presentes en España:

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a) La región eurosiberiana. Ocupa la fachada atlántica, el macizo pirenaico y las cumbres de los sistemas Central e Ibérico. Se caracteriza por una vegetación exuberante, como corresponde a un clima de temperaturas suaves y humedad abundante y bien distribuida a lo largo del año. Estas condiciones,, unidas a las características del suelo, permiten el desarrollo de un bosque caducifolio que alcanza de 25 a 30 metros de altura y cuya frondosidad reduce considerablemente el acceso de la luz solar hasta el suelo, dificultando el desarrollo de los estratos arbustivo y herbáceo. Pueden distinguirse, dentro de la región eurosiberiana, dos provincias: 1. La provincia atlántica, que comprende el norte y el noroeste peninsular y está representada por los hayedos y los robledales. El haya es el árbol por excelencia de las montañas fresco-húmedas. Se adapta a los suelos silíceos y calizos y se extiende desde Galicia hasta el Pirineo. Su madera, de excelente calidad, se utilizaba antiguamente para la obtención de carbón; hoy se dedica a la fabricación de muebles, para lo cual se corta en turnos madereros de 80 a 100 años. A menor altitud que el haya, por lo general a menos de 1000 metros, se sitúa el roble, que manifiesta cierta predilección por los suelos silíceos. La destrucción parcial de los bosques de hayas y de robles dio paso a la introducción del castaño y, después, a su sustitución por el pino, en un claro intento de orientar el bosque hacia la explotación maderera. La degradación de los bosques caducifolios atlánticos origina la aparición de un matorral muy tupido, compuesto por una amplia familia de brezos y otras especies arbustivas, a las que denominamos landas. La eliminación de bosques y landas ha dado lugar a los prados en las zonas mejor dotadas de suelos. Actualmente, el bosque atlántico está reducido a una extensión equivalente al 10% de la superficie potencial. 2. La provincia submediterránea, que se extiende desde la provincia anterior hacia el este, ocupando la vertiente meridional del Pirineo. Su orientación a solana y su situación a resguardo de los vientos atlánticos modifican las condiciones atlánticas propiamente dichas y permiten la aparición de unas especies vegetales que son propias tanto de la región eurosiberiana como de la mediterránea, aunque predominan las pertenecientes a la primera, entre las que destacan el roble, el pino y el quejigo. b) La región mediterránea. Ocupa el resto de la Península y el archipiélago balear. El principal rasgo de la vegetación es su carácter perennifolio, que deriva de las exigencias de adaptación al medio que impone el clima. El clima mediterráneo presenta una sequía estival muy acusada a la que se han adaptado las plantas desarrollando mecanismos para reducir la evapotranspiración y alcanzar la humedad del suelo. Por eso, la vegetación mediterránea tiene hojas pequeñas y de color cobre, y una raíz extensa y profunda que se hunde vigorosamente en el sustrato. Debido a las difíciles condiciones ambientales en las que se desenvuelve la vegetación mediterránea, su crecimiento es muy lento, alcanzando su techo al cabo de siglos.

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En su fase clímax, el bosque mediterráneo tiene como especie más representativa la encina. La gran extensión ocupada por la encina obedece a su carácter acomodaticio, que le permite ocupar suelos y climas diversos, y alcanzar altitudes de hasta 1000 metros en la meseta septentrional y de 2000 metros en Sierra Nevada, gracias a su capacidad para resistir las frías temperaturas invernales. Al abrigo de la encina, aprovechando el microclima creado por ella, surgen multitud de especies arbustivas, como el madroño, la coscoja, el lentisco, la jara, y una gran variedad de plantas aromáticas de tanto significado en el bosque mediterráneo e implantación en nuestra cultura. Pese a que la encina es la especie más extendida y adaptable a los ecotopos, en ocasiones es desplazada por otras especies. Así, es sustituida por el alcornoque, cuya singular corteza, el corcho, es objeto de explotación industrial y antaño base de la actividad colmenera, que aprovecha hoy como entonces el rico y variado polen de la flora mediterránea como base de una miel de excelente calidad. c) El archipiélago canario pertenece a una región biogeográfica diferente, bautizada con el nombre de macaronésica. Sus principales rasgos son la variedad florística y la elevada proporción de endemismos. Esta diversidad procede de la unión en el archipiélago de las influencias del mundo holártico y mediterráneo con las africanas, mientras que la insularidad ha fortalecido los caracteres autóctonos. Teniendo en cuenta la constitución volcánica de las islas y la presencia de la montaña, particularmente el Teide, que es la montaña más elevada de España, la vegetación tiene una clara tendencia a estratificarse por pisos altitudinales, lo cual, a su vez, se explica por las condiciones climáticas de las islas. El piso bajo tiene muy poca humedad y, por ello, carece de vegetación arbórea; su lugar lo ocupa un matorral, cuyas especies más representativas son el cardón y la tabaiba. Le sigue un piso intermedio de tránsito hacia el bosque de laurisilva, que aparece por encima de los 500 metros de altitud, coincidiendo con el mar de nubes donde se condensa la humedad que transportan los vientos alisios. Por encima aparecen los bosques de coníferas, particularmente el pino canario y algunos cedros dispersos. A partir de aquí la degradación es muy rápida y surge un desierto rocoso en el cual todavía perviven algunas especies florísticas endémicas.

Tema 8: Evolución de la población en España en el siglo XX. La natalidad y la fecundidad Natalidad y fecundidad se utilizan para referirse a la capacidad procreadora de una población; sin embargo, no significan lo mismo. La palabra natalidad define un aspecto demográfico referido a los nacimientos habidos en el seno de una población

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considerada en su conjunto; en cambio, la fecundidad es un fenómeno relacionado con los nacidos vivos considerados desde el punto de vista de la mujer en edad de procrear, y no en el conjunto de la población. Evolución de la natalidad y de la fecundidad Hasta fechas recientes, España ha sido un país de alta natalidad en el contexto de los países europeos. A todos ha sorprendido que, en un período de tiempo muy corto, la natalidad y la fecundidad españolas se hayan situado entre las bajas del mundo. Aunque el descenso de la natalidad comenzó en el siglo XIX, todavía a principios del siglo XX era alta (33,9%); se mantuvo con valores relativamente altos durante la primera mitad del siglo; los descensos coyunturales más fuertes se producen a causa de la Guerra Civil (16,6% en 1939). El descenso más drástico llegó a finales de la década de 1990 ¿Por qué han diminuido tanto la natalidad y la fecundidad? Hoy se consideran que los motivos son múltiples y complejos; junto a causas de índole económica (coste de la crianza de los hijos, aumento del nivel de renta), existen también razones de tipo sociológico, cultural e institucional, sin olvidar las estrictamente demográficas. En la actualidad, destaca el desarrollo de la industrialización, la urbanización y la secularización, junto a otros factores como:    La emancipación de la mujer y su incorporación al mercado laboral. El coste de la educación y crianza de los hijos. El comportamiento fatalista propio de cada generación, fruto de la experiencia ante la vida.

La marcha de la natalidad en España no puede desligarse de los diferentes acontecimientos históricos por los que ha atravesado: Guerra Civil, emigración, crisis económicas (autarquía), cambios en la estructura por edad, evolución de la nupcialidad, etc. La distribución espacial La natalidad y la fecundidad se han reducido en todas las comunidades autónomas, aunque sigue habiendo diferencias regionales. Tanto si usamos la tasa de natalidad como el índice sintético de fecundidad, las regiones meridionales e insulares son las que poseen las mayores tasas e índices, seguidas por las regiones económicamente más desarrolladas. Las comunidades del centro y del norte peninsular presentan las tasas más bajas. En 2001, las comunidades con tasas de natalidad superiores al 10% eran Andalucía, Baleares, Canarias, Cataluña, Comunidad Valenciana, Madrid, Murcia y Navarra; en cambio, los valores más bajos, por debajo del 8%, los tenían Asturias, Castilla-León y Galicia. En cuanto al índice sintético de fecundidad, sólo la Región de Murcia rebasaba ligeramente la cifra de 1,5 hijos por mujer en 2001.

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La mortalidad Evolución de la mortalidad La mortalidad es el fenómeno relacionado con el fallecimiento de los miembros de una población. Hasta finales del siglo XIX la población española se caracterizaba por las altas tasas de mortalidad y la baja esperanza de vida. En la actualidad, la tasa bruta de mortalidad se encuentra en torno al 8,5 por mil, un nivel a partir del cual resulta ya muy difícil seguir bajando. La mortalidad infantil ha seguido una trayectoria muy similar. A principios del siglo XX, el valor de la tasa estaba en el 181 por mil y el descenso se precipitó en la década de los 1940 y 1950; en los años 1970 se alcanzaban ya unas tasas del 24 por mil. En las últimas décadas continuó bajando y hoy se encuentra en torno a un 6,0 por mil, un nivel similar al de los países con tasas de mortalidad más bajas. La esperanza de vida al nacer evolucionó también a valores muy positivos a lo largo del siglo XX a causa del descenso de la mortalidad. A principios de ese siglo se encontraba en torno a los 35 años y en la actualidad es de unos 78 años. Especialmente significativo ha sido el aumento de la esperanza media de vida de la mujer, que ha pasado de los 35 años en 1900 a los 82,4 que presenta hoy. La diferencia con la esperanza media de vida de los hombres es de unos 7 años. Causas del comportamiento de la mortalidad Causas exógenas: En el pasado, cuando dominaba la mortalidad catastrófica, las causas se debían a crisis de subsistencia, hambrunas, epidemias, guerras, etc., que con su aparición cíclica mantenían estancada a la población, pese a las elevadas tasas de natalidad. Causas endógenas: En la actualidad, las causas de muerte se relacionan con las enfermedades degenerativas en edades avanzadas y con las enfermedades sociales o propias del modo de vida de la sociedad actual; destacan las enfermedades del aparato circulatorio y digestivo y las muertes violentas (accidentes de circulación, asesinatos, suicidios, etc.). Por tanto, las causas predominantes de mortalidad en nuestro país se pueden resumir bastante bien con las famosas «tres ces» (corazón, cáncer y carretera). La mortalidad se concentra en aquellos estratos de población de edades más avanzadas y más entre los hombres que entre las mujeres. Factores explicativos del descenso de la mortalidad Los factores explicativos del descenso de la mortalidad son:

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1. Avances médicos. 2. Mejora de los recursos sociales, sobre todo de la alimentación. 3. Mejora de la salud de la población. Distribución espacial de la mortalidad en España Por comunidades autónomas: En la actualidad, las comunidades con una tasa de mortalidad más alta son: Asturias, Aragón, Baleares y Galicia; en cambio, las tasas más bajas corresponden a Canarias, Madrid, Región de Murcia, Andalucía y Cataluña; sin embargo, utilizando el indicador de la esperanza media de vida, las regiones del norte presentan índices más positivos que las del sur. Diferencias entra las áreas rurales y las áreas urbanas: La oposición espacial se presenta también entre áreas rurales y urbanas como consecuencia de los diferentes modos de vida, la desigualdad en el acceso a la sanidad, la educación y el nivel de bienestar.

El crecimiento natural El crecimiento natural de la población es el mecanismo que regula los cambios en el volumen de una población a partir del comportamiento que experimentan la natalidad y la mortalidad. Fases del crecimiento natural El crecimiento natural ha tenido una tendencia positiva desde finales del siglo XIX, debido al continuo descenso de la mortalidad y a la más lenta reducción de la natalidad. No obstante, se pueden establecer diferentes etapas: 1. 1850-1900: Se produce una evolución irregular del crecimiento natural, motivada, sobre todo, por la mortalidad epidémica. 2. 1900-1950: Las tasas de crecimiento se mantienen más altas que en el periodo anterior, como consecuencia del descenso de la mortalidad ordinaria y del mantenimiento de unas tasas de natalidad altas. Los dos puntos de inflexión vendrán marcados por la epidemia de gripe de 1918 y la mortalidad provocada por la Guerra Civil. 3. 1950-1970: Es el periodo de mayor crecimiento natural, fruta de una mortalidad que ha llegado a sus valores más bajos y de una natalidad que se mantiene bastante elevada, superior al 20 por mil. 4. A partir de la década de 1970: El crecimiento natural inició su descenso en esta época, a raíz de la caída de la fecundidad y de un incremento de las tasas de

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mortalidad; esta caída ha tenido lugar de manera muy brusca. En consecuencia, se ha producido una fuerte reducción de la tasa de crecimiento natural en un corto periodo de tiempo, pasando del 1,1% en 1977 al 0,2% en 1999. en los últimos años se ha iniciado una tímida recuperación. Razones del cambio en el crecimiento natural Para poder explicar la evolución de la natalidad y la mortalidad se ha formulado la llamada teoría de la transición demográfica. Esta teoría describe el paso del antiguo sistema demográfico, caracterizado por las elevadas tasas de natalidad y mortalidad, que originaban un lento crecimiento, a un sistema demográfico moderno de nuevo equilibrio, con un lento crecimiento, pero ahora debido a unas tasas de natalidad y mortalidad reducidas. Entre ambos periodos tendría lugar una fase de transición de elevada crecimiento, consecuencia de un descenso de la mortalidad anterior al de la natalidad. Las causas de la transición demográfica se han relacionado con los procesos de modernización social, cultural y, sobre todo, económica. La transición demográfica española presenta una cierta singularidad con respecto al resto de los países europeos, que se concreta en la parición mucho más tardía de la reducción de las tasas de mortalidad y natalidad; por ello, la época de máximo crecimiento de la población española se retrasó casi un siglo con respecto a algunos países europeos. El comportamiento del movimiento natural presenta también diferencias regionales: su rasgo más destacado es la oposición entre unas comunidades que mantienen incrementos positivos (Canarias, Madrid, Murcia y Andalucía) frente a otras con incrementos muy débiles o negativos.

Tema 9: Los movimientos migratorios en España y sus repercusiones territoriales. Un aspecto destacado de la población española es su movilidad hacia oros países de África, América o Europa; en épocas más recientes, por el trasvase de población de unas regiones a otras, o de áreas rurales a urbanas. Las razones que mueven a las personas a desplazarse pueden ser muy diversas. Por ello, se alude a un contexto económico-social. En general, se está de acuerdo en que existe una motivación económica: la búsqueda de un empleo en otro lugar, que permita mejorar la situación económica y, en consecuencia, las condiciones de calidad de vida y bienestar social. Además, cada etapa presenta sus propias características en cuanto a condiciones sociales, económicas o políticas que influyen en el proceso. En la historia de España, los movimientos migratorios se pueden analizar en tres grandes apartados:

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1. Las migraciones exteriores a) La emigración al norte de África fue importante durante el siglo XIX. El principal país destinatario fue Argelia y los emigrantes procedían de las provincias de Alicante, Murcia y Almería; eran agricultores y mineros que abandonaron sus lugares de origen por las duras condiciones de vida. El empleo de los españoles en Argelia se centró en las obras públicas y en la agricultura. b) La emigración a ultramar fue importante durante la primera mitad del siglo XX. Los países de destino fueron Argentina, Cuba, Brasil, México y Uruguay y, más tarde, Estados Unidos y Canadá. Estuvo protagonizada por campesinos gallegos, asturianos y canarios de escasos recursos. La emigración a Latinoamérica se prolongó hasta los años 1930, época en la que la crisis económica obligó a esos países a poner restricciones a la entrada de extranjeros. c) La emigración a Europa fue muy importante entre los años 1960 y 1970. Durante la primera mitad del siglo XX, la emigración española a Europa tuvo como país casi exclusivo a Francia. Fue una corriente de agricultores levantinos que acudían a satisfacer las necesidades de mano de obra del campo francés y que se incrementó con los españoles que se vieron obligados a emigrar a causa de la Guerra Civil; así, la presencia de españoles en Francia a comienzos de la Segunda Guerra Mundial se estima en unas 800000 personas. La finalización de la Segunda Guerra Mundial y el periodo de reconstrucción que se inicia en los países contendientes, marcará una nueva fase en la emigración de españoles a Europa. La necesidad de mano de obra en países como Francia, Alemania o Suiza, junto con el excedente demográfico y las deficientes condiciones económicas y sociales reinantes en España, fueron los factores que impulsaron las nuevas oleadas de emigrantes hacia Europa. La década de los años 1960-1969 conoce el mayor número de salidas, llegándose a superar en algunos años la cifra de 100000 emigrantes. Desde 1974, la salida de emigrantes se hace mucho más débil lo que motivará que el balance migratorio a partir de entonces sea negativo o escasamente positivo. En esta emigración a Europa, las comunidades que más efectivos aportaron fueron Andalucía y Galicia. Consecuencias de las migraciones exteriores Entre los efectos positivos de las migraciones se cuentan:    La reducción de la presión en el mercado laboral: gracias a la emigración se alivió el volumen de la población en paro. El alivio de la presión demográfica: se estima que salieron unos dos millones de personas, lo que contribuiría a aminorar las tasas de fecundidad. La entrada de divisas.

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Entre las repercusiones negativas destacan:  Los costes demográficos que supuso la pérdida de población joven en las regiones migratorias, que provocaría el envejecimiento de la población y la caída de la fecundidad. Los costes sociales no fueron menores: ruptura familiar en la mayoría de los casos por ser sólo el cabeza de familia el que emigraba, difícil adaptación en el país de destino debido al bajo nivel cultural del emigrante, empleo en trabajos duros y mal remunerados, con elevado nivel de peligrosidad, etc. Los ahorros de los emigrantes no servirán para regenerar riqueza, al se invertidos de forma mayoritaria en bienes inmuebles o gastados en bienes de consumo. Los costes económicos se harán patentes en el despoblamiento de las áreas de origen, con el consecuente abandono de las tierras y de las infraestructuras, la disminución de las poblaciones, etc.

2. Las migraciones interiores. El desplazamiento de personas entre las distintas provincias y regiones de España, desde las áreas rurales a las urbanas, es uno de los fenómenos geodemográficos de mayor importancia de los últimos tiempos. El proceso de industrialización y urbanización será el causante de las migraciones interiores, que se desarrolla en España con toda su intensidad entre los años 1960 y 1970. Evolución histórica Las migraciones interiores presentan dos etapas: la primera transcurre desde el siglo XIX hasta 1950; la segunda, desde esa fecha hasta el presente. a) Desde el siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX, la cuantía de estos desplazamientos no fue grande; no obstante, la industrialización de Barcelona y el País Vasco y las obras públicas iniciadas en otras grandes ciudades durante la dictadura de Primo de Rivera intensificaron las migraciones interiores, pero la Guerra civil y los años de posguerra hicieron disminuir los desplazamientos. Las zonas migratorias pertenecían a Galicia, las dos Castillas, Aragón y Andalucía oriental, mientras que las receptoras de emigrantes fueron Cataluña, Levante, el País Vasco, Andalucía occidental (Sevilla) y Madrid. b) En los años 1960 y 1970 se producen importantes migraciones interiores. Se calcula que entre 1960 y 1985 unos 12 millones de personas emigraron d su lugar de origen. Durante esos 25 años, la media fue de más de 360000 emigrantes anuales.

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Las provincias más beneficiadas por la afluencia de emigrantes fueron Madrid, Barcelona y Valencia, a las que siguieron Vizcaya, Girona, Tarragona, Alicante y Sevilla, las regiones generadoras de emigrantes fueron Extremadura, CastillaLa Mancha y Andalucía oriental. Nuevas tendencias En los últimos años, las migraciones interiores han variado en intensidad y comportamiento geográfico. Estas son las novedades más sobresalientes:  La progresiva ampliación de las provincias con saldos migratorios positivos y la pérdida de la polarización en los lugares de destino que presentaba anteriormente el fenómeno migratorio. La reconversión de áreas tradicionalmente de inmigración en áreas de emigración, debido a la salida de antiguos emigrantes; son los llamados «emigrantes retornados». El éxodo rural es sustituido por desplazamientos de población entre los diferentes centros urbanos. Vería también el tipo de emigrante: el actual pertenece de forma mayoritaria al sector servicios.

 

Consecuencias de las migraciones interiores Las repercusiones de las migraciones interiores se dejan sentir especialmente en los planos demográfico, social y económico. a) Para las zonas que actúan como focos de atracción, los emigrantes suponen un cambio positivo sobre el crecimiento real, la estructura demográfica y la dinámica natural. Los emigrantes se convierten en la base del crecimiento demográfico de muchas áreas urbanas, tanto por el aporte directo que suponen como por su repercusión sobre la fecundidad, al ser una población mayoritariamente joven. Así, la estructura por edad se ve rejuvenecida; la población activa, incrementada, y la natalidad y la fecundidad, revitalizadas. En el plano social, el aporte de nuevos contingentes es considerado como un factor que acentúa la riqueza y la diversidad cultural; en el plano económico, se produce una mejora en la oferta de mano de obra y una mayor concentración de recursos humanos. Pero también las zonas de inmigración se ven obligadas a asumir nuevos costes para satisfacer las demandas de una población en crecimiento: nuevos equipamientos e infraestructuras, mayor número de viviendas, etcétera. b) Las zonas de emisión de emigrantes sufren repercusiones de carácter más negativo que positivo. Demográficamente, se produce un descenso de la población, el envejecimiento de su estructura y la caída de la fecundidad; en el plano económico, un empobrecimiento de los recursos humanos y una reducción

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de las actividades económicas. La emigración supone una mejora de la renta para los que permanecen. Globalmente, las migraciones interiores han sido las causantes de fuertes desequilibrios en la distribución de la población; en consecuencia, han propiciado la aparición de zonas de fuerte concentración poblacional frente a la desertización demográfica de otras.

3. Inmigración de extranjeros en España España ha pasado a ser un país de inmigración. Se tienen datos de la inmigración de carácter legal, pero se desconoce la inmigración irregular o ilegal en su auténtica dimensión. Durante los últimos treinta años, los extranjeros residentes legalmente en España han pasado de 65000 a 400000. Entre 1989 y 1998, el crecimiento ha sido muy rápido, aunque apenas presenta el 1% de la población total española, porcentaje inferior al de otros países de la UE. Composición de los inmigrantes extranjeros El colectivo de extranjeros residentes en España admite una gran variedad de situaciones:  Extranjeros nacionalizados. La evolución de peticiones de nacionalidad española se ha incrementado de manera extraordinaria en los últimos años. Las concesiones están en torno a las 8000 anuales. Este crecimiento obedece, por una parte, a la recuperación de la nacionalidad por parte de antiguos emigrantes españoles y de sus descendientes y, por otra, a los inmigrantes extranjeros que solicitan la nacionalidad. El mayor número de inmigrantes iberoamericanos entre los extranjeros nacionalizados se explica por el trato preferencial que éstos tienen en nuestra legislación.

Trabajadores. En los últimos años se han registrado alrededor de 12000 nuevas incorporaciones anuales al mundo laboral. La mayoría la absorben Madrid y Barcelona. Los trabajadores extranjeros se emplean básicamente en el sector servicios (67%), en la agricultura (13,5%), y en la construcción y la industria (8%). Los países de origen de estos inmigrados son el norte de África, Latinoamérica, Asia, Europa no comunitaria y Estados Unidos. Estudiantes. Los estudiantes extranjeros universitarios forman un colectivo de cierta importancia en la inmigración internacional, la mayoría correspondió a Madrid, Granada y Salamanca. Asilados y refugiados. Entre los inmigrantes extranjeros en España, un colectivo relevante es el de los refugiados, asilados y desplazados. En 1984 se promulgó la Ley reguladora del derecho de asilo y de la condición de refugiado;

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un refugiado, según la definición de la Convección de las Naciones Unidas de 1951, es «aquella persona que a causa de fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad u opinión política, se encuentra fuera del país de su nacionalidad y no puede o no quiere acogerse a la protección de ese país, o que, por carecer de nacionalidad y estar fuera del país donde antes tenía su residencia habitual, no puede o no quiere regresar a él». España no se ve especialmente presionada por este problema, pues mantiene un número de refugiados que supone la mitad de los que existen en Francia, Bélgica o el Reino Unido. Las peticiones de refugio y asilo provienen, sobre todo, de países de la Europa del Este (Rumania, Bosnia), Asia, África (Senegal, Guinea Ecuatorial) y América Latina (Perú, Cuba, Ecuador, Colombia).  Inmigrantes ilegales. Se define como inmigrante ilegal a todo extranjero que no tienen en regla su situación de residencia en España. Legalmente, no pueden trabajar, residir o recibir prestaciones sociales. El número de extranjeros en situación irregular es difícil de precisar. Para legalizar su situación y saber su número, se han realizado programas de regularización desde que se aprobó la Ley de Extranjería en 1985. Este colectivo está compuesto por personas jóvenes, de sexo mayoritariamente masculino, que se emplean en trabajos como la agricultura, la construcción, el servicio doméstico, la hostelería y la venta ambulante. Proceden de países como Marruecos, Argentina, Perú y Senegal, y se asientan en Madrid y Barcelona, principalmente. La pobreza, la carencia de vivienda, la falta de educación y de formación, y la marginación son algunas de las características que definen a este colectivo.

Tema 10: Evolución de la ciudad española: morfología y estructura urbanas. EVOLUCIÓN DE LA CIUDAD ESPAÑOLA La ciudad preindustrial Gran parte de las ciudades más importantes del país presentan un largo pasado histórico; cada época ha dejado su impronta, más o menos perdurable, en la configuración de la ciudad, de tal manera que la imagen actual está determinada por las sucesivas adecuaciones de la ciudad a cada momento histórico. a) Tras la etapa preurbana, las primeras ciudades de la Península son de la época de la colonización fenicia, púnica y griega (siglo VIII a. C.). Estos pueblos de comerciantes fundaron una serie de nuevas poblaciones a lo largo del litoral mediterráneo entre las cuales destaca Cádiz, la primera ciudad de Occidente. b) La época romana representó un avance en la consolidación de la urbanización en la Península. Los romanos utilizaron la ciudad como vehículo de romanización, por ello, al mismo tiempo que favorecieron su difusión, crearon un modelo 37

propio. Su legado se concretó en el surgimiento de nuevas ciudades o colonias romanas: unas sobre poblaciones preexistentes, como por ejemplo Corduba (Córdoba), Tarraco (Tarragona), Cartago Nova (Cartagena, Murcia), Emporion (Ampurias, Girona), Barcino (Barcelona) o Carteira (Cartaya, Huelva; otras creadas entonces, como Itálica (Sevilla), Caesar Augusta (Zaragoza), Valentia (Valencia) o Emerita Augusta (Mérida, Badajoz). Aportación romana fue la implantación de un plano o trazado urbano de carácter geométrico configurado a partir de dos ejes que se cortaban perpendicularmente- el cardo máximo, de orientación este-oeste; en su interior, el espacio urbano se ordenaba en torno a un lugar central donde se localizaban los edificios públicos: el foro, el templo, el pretorio, etc. Este tipo de plano se puede contemplar todavía hoy en Itálica y en Caesar Augusta. c) Tras la caída del imperio romano, la urbanización peninsular que sufrió un retroceso en la época medieval como consecuencia de la invasión de los pueblos bárbaros. Solo a partir del siglo X se asiste a un resurgimiento de las ciudades propiciado por la apertura del camino de Santiago y a la intensificación del proceso de Reconquista y de repoblación. Estas circunstancias dieron lugar a la creación de nuevas ciudades (Segovia, Ávila, Salamanca, Soria, Palencia, etc.) cuya fundación obedeció a razones militares (defensa de los territorios conquistados) o a motivos comerciales. Entonces habitaban la Península dos pueblos con religiones, culturas y modos de vida diferentes, lo que se traducirá en dos modelos de ciudad, la cristiana y la musulmana. a) La población de la ciudad cristiana vivía de la ganadería y de la agricultura de secano, y la actividad industrial y mercantil era muy escasa. Las ciudades desempeñaban una función militar y estratégica, de ahí que el paisaje urbano se caracterizara por pequeños recintos amurallados cuyas calle solían ser estrechas y estar bordeadas con pórticos y soportales. En el centro se situaba la aplaza y en ella se levantaba la iglesia, utilizada también como lugar para el mercado. Las ciudades se componían de collaciones o parroquias cuya advocación daba nombre a los barrios. Las ciudades que surgen en esta época responden a tres tipos de planos: el radioconcéntrico, el plano en cuadrícula y el plano irregular. b) Gran parte de las ciudades musulmanas se fundaron sobre poblados anteriores. Solían emplazarse en lugares estratégicos por su carácter defensivo (Loja, Antequera, Lorca, Niebla, Toledo) o al lado de ríos y barrancos, que podían servir de defensa natural, aunque otras ciudades se situaron en lugares llanos, caso de Valencia, Sevilla, Córdoba o Écija El paisaje de la ciudad islámica se caracterizaba por un conjunto apretado de edificios rodeados y protegidos por una muralla que la separaba radicalmente del exterior. Lo más representativo de la ciudad islámica es su plano, en el que destacaban unas cuantas calles transversales o radiales de trazado sinuoso que enlazaban con las entradas o puertas de la ciudad; las calles eran angostas, quebradas y torcidas; también eran frecuentes los callejones ciegos o sin salida, llamados adarves. c) El Renacimiento y la Ilustración significaron etapas de prosperidad, traducidas en

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un aumento demográfico y en una intensificación del proceso de urbanización. Este creciente urbanización derivó en una mejora de las infraestructuras urbanas (puentes) y en una remodelación de la trama viaria, de modo que los antiguos trazados islámicos se sometieron a una mayor regularización. Como elementos significativos de la morfología urbana de esta época destacan la introducción de la plaza mayor y la creación de fortificaciones (murallas, ciudadelas). Tras el paréntesis que represento el siglo XVII debido a la crisis económica, durante el XVIII la ciudad experimentó una nueva etapa de florecimiento. Los cambios producidos en la ciudad reflejaban las nuevas ideas impuestas por el reformismo ilustrado y el nuevo poder político. Se llevan a cabo importantes reformas urbanas que hacen mejorar las condiciones estéticas e higiénico-sanitarias y se introduce la estética urbana mediante la creación de puertas monumentales (Puerta de Alcalá, en Madrid), avenidas o bulevares, puentes e infraestructuras urbanísticas como el alumbrado y el saneamiento. En definitiva, se produce un revalorización del espacio público que culmina con la creación de plazas mayores (Salamanca). La ciudad industrial Las reformas urbanas iniciadas en el siglo XVIII continuarán en el XIX, siglo en el que aumenta significativamente la urbanización como consecuencia del desarrollo de obras públicas, de la modernización de la administración territorial –motivada por la creación de las provincias-, de la desamortización, de la creación de infraestructuras viarias (ferrocarril y carreteras), de la ejecución de obras de saneamiento urbano y de un desarrollo industrial que se concentró en el País Vasco (industria siderometalúrgica), Cataluña (industria textil), Asturias y Málaga. Para adaptarse a las nuevas circunstancias, las ciudades pusieron en marcha una serie de operaciones de crecimiento y remodelación de su espacio interior que se concretaron en los planes de alineaciones y reforma interior y en los de ensanche. a) Los proyectos de reforma interior perseguían aliviar la presión social, mejoras las condiciones de vida de la población y los servicios urbanos. Se manifestaron en la construcción de cementerios, mataderos públicos y viviendas, acometidas de aguas, saneamiento, pavimentación de calles, etc. Pero lo que verdaderamente caracteriza este tipo de proyectos es la remodelación de la trama viaria o “haussmanización”, que supuso la apertura de nuevas calles o la alineación de las ya existentes con el fin de adaptarlas a las nuevas necesidades circulatorias. Ejemplos sobresalientes de proyectos de reforma interior fueron la apertura de grandes vías en ciudades como >Madrid, Granada, Barcelona, Salamanca y Murcia. b) Los planes de ensanche son una de las aportaciones más interesantes del urbanismo español de esta época. Los ensanches consistían en la yuxtaposición de un nuevo conjunto urbano coherente, planeado de una sola vez y unido a la ciudad consolidada, pero con una morfología y estructuras propias. Con su creación se pretendía facilitar la construcción de viviendas, el crecimiento de la ciudad y el aumento de las rentas del suelo urbano. El nuevo tejido urbano incorporado a la ciudad se caracterizó por su morfología de calles perfectamente alineadas de trazado ortogonal que dibujaban manzanas de grandes 39

proporciones en las que se levantaban edificios dispuestos en torno a un gran pario central,. Destinados a acoger la vivienda burguesa, los ensanches eran zonas de una calidad medioambiental muy alta, por lo que terminaron favoreciendo la segregación social en la ciudad. Entre las experiencias más importantes que se llevaron a cabo destacan los planes de ensanche de Madrid (Plan de José María de Castro), de Barcelona (Plan de Ildefonso Cerdá, aprobado en 1860), de Valencia y de San Sebastián (Plan de Ensanche de Cortázar, en 1864). El siglo XX. Los cambios en el paisaje urbano. Durante este siglo la ciudad española acontecerá una dinámica sin precedentes. El intenso proceso de urbanización que se desencadena ya a causar profundos cambios en el paisaje urbano, en la organización de de la ciudad y en las condiciones medioambientales urbanas. Los hitos más significativos del urbanismo de este período se pueden sintetizar en los siguientes: a) Fomento de la construcción de viviendas: La necesidad de viviendas en las ciudades era un problema que se arrastraba desde la etapa anterior y que se agudizó en el siglo XX, particularmente cuando las corrientes migratorias campo-ciudad se hicieron más intensas. Con el fin de aliviar la situación, el Estado promulgó leyes en diferentes momentos para fomentar la construcción de viviendas sociales; así, a principios de siglo se reglamentan las primeras subvenciones para la construcción de viviendas (Ley de Casas Baratas, 1911). La labor más intensa se desarrolló en las dos décadas que siguieron a la Guerra Civil, época en que el déficit de viviendas se había incrementado a raíz de las destrucciones provocadas por la guerra, del aumento de la inmigración a las ciudades y de la paralización de la construcción. El Estado emprendió un amplio Plan de Reconstrucción Nacional creando organismos especiales para fomentar la construcción de viviendas: Dirección General d Regiones Devastadas, Obra Sindical del Hogar, Instituto Nacional de la Vivienda, etc.; al mismo tiempo, se regularon ayudas y subvenciones para la construcción de viviendas sociales. Muchas ciudades crecerán también de manera irregular con la creación de suburbios en las áreas periféricas destinados a albergar las oleadas de población obrera que no dejaban de acudir a la ciudad; eran barriadas de autoconstrucción, carentes de los más elementales servicios. b) Maduración de la legislación urbanística y extensión de la planificación urbana: Otra característica del urbanismo de esta época será la obligación de introducir la planificación para el control del crecimiento urbano, lo que conlleva la aplicación del “zoning” o distribución de usos y funciones en espacios separados dentro de la ciudad, y al desarrollo del planeamiento regional concebido como el instrumento que debería dar respuesta a las necesidades de crecimiento y ordenación del espacio urbano. La obligación de introducir la planificación urbana en el desarrollo de las ciudades encuentra su respaldo legal en la Ley del Suelo de 1956. A partir de entonces, el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) y sus planes derivados se convierten en instrumentos que deben dirigir el crecimiento de las ciudades.

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c)

Desarrollo de las nuevas formas de crecimiento:

En la primera mitad del siglo se experimentan dos nuevas experiencias urbanísticas: las ciudades jardín y la ciudad lineal.  Ciudades jardín se encuentran en muchas ciudades españolas (Vitoria, Málaga, Almería…). Tienen su origen en las ideas del inglés Ebenezer Howard, cuyo objetivo era acercar la naturaleza a la ciudad; por eso, la características de estas viviendas es la presencia de un huerto o jardín. Su idea se traduce en la creación de nuevas ciudades próximas a la gran urbe. El proyecto de ciudad lineal está inspirado en unas ideas similares. Fue ideado por el español Arturo Soria y tuvo una enorme proyección internacional por cuanto suponía introducir un nuevo modelo para el carecimiento de las ciudades. Proponía el carecimiento urbano en torno a las principales vías de comunicación entre ciudades, procurando mantener la relación entre el medio urbano y el medio natural.

Pero las formas más extendidas de crecimiento urbano de la época fueron los polígonos residenciales situados en zonas próximas a la ciudad consolidada y los proyectos de nuevas parcelaciones en suelo rústico, ubicados en las periferias o extrarradios urbanos. Lo más característico de estas nuevas formas será el bloque exento con una elevada densidad residencial, un tipo de vivienda de escasas dimensiones y calidades constructivas en unas zonas urbanas carentes de equipamientos sociales. El desarrollo de estas nuevas formas urbanas terminará borrando los límites entre el espacio urbano y el rural, al absorber las grandes ciudades a los municipios rurales próximos. Se inicia así el fenómeno de la metropolización en ciudades como Madrid, Barcelona y Bilbao. PROCESOS EN LA CIUDAD ESPAÑOLA ACTUAL Avances en la legislación urbanística El nuevo marco político, social y económico surgido en España tras la instauración del régimen democrático exigirá una renovación de la legislación de control y gestión del desarrollo urbano. La Ley del Suelo de 1956 será sustituida por la Ley del Suelo de 1976; el nuevo texto pretendía conseguir un crecimiento de las ciudades más ajustado a las necesidades reales, implicando a todos los agentes sociales y económicos en el proceso y flexibilizando los criterios de ordenación urbanística. Cambios en el paisaje urbano El paisaje urbano sufrió también modificaciones importantes, que afectaron al casco antiguo y a los ensanches. Los cascos antiguos o centros históricos de las ciudades españolas se caracterizan por una cierta irregularidad, por calles estrechas de trazado sinuoso y por la escasez de espacios abiertos. Para revitalizarlos se han practicado dos tipos de operaciones urbanísticas: las de renovación y las de rehabilitación  Las operaciones de renovación fueron importantes, sobre todo, durante la década de los 60 del siglo XX y significaron la sustitución total de la antigua

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edificación, lo que representó un grave atentado contra el patrimonio arquitectónico de muchas ciudades y conllevó, además, la expulsión de la antigua población residente y el cambio del adicional uso residencial por el terciario o de servicios.  Las operaciones de rehabilitación urbana son propias de los años 80 e intentan combatir y paliar las consecuencias de las operaciones de renovación. Por ello, respetan y se adecuan a las tipologías del entorno y procuran conservar el elemento social y funcional, aunque esto no siempre se consiga.

Estas operaciones de renovación y rehabilitación han afectado también a los ensanches. Desarrollo de las periferias urbanas Es el resultado del deseo de las familias con ingresos medios o altos de buscar espacios residenciales con una mejor calidad ambiental y de la necesidad de otras muchas familias de conseguir una vivienda de precio más asequible. Partiendo de una demanda diversificada, en las periferias urbanas se desarrollan viviendas unifamiliares o conjuntos residenciales de pisos. Junto al desarrollo de la función residencial, las periferias urbanas conocen la implantación de nuevos usos como centros y áreas comerciales, zonas de equipamientos públicos (parques periurbanos) y centros industriales (parques tecnológicos y polígonos industriales). El desarrollo de esta área trasciende incluso los propios límites de la ciudad principal, extendiéndose hacia los municipios limítrofes, que se transforman en nuevos centros urbanos; éstos, junto con la ciudad central, constituyen una nueva realidad territorial, conocida como aglomeración urbana. En Andalucía se conciben como centros urbanos las ocho capitales de provincia.

Tema 11: El sistema interurbano: la red urbana o sistema de ciudades en España. Sistema de ciudades en la España industrial Los cimientos del actual sistema urbano español se encuentran en la época romana, pero es a mediados del siglo XX, coincidiendo con los efectos de industrialización, cuando se consolida. A partir de entonces pierde importancia el sistema urbano regional de la época preindustrial, aparece el provincial y se fortalece el sistema urbano estatal. En la consolidación de este último influyó de manera decisiva la creación de carreteras nacionales y el desarrollo de las vías de ferrocarril. Además, el desarrollo industrial, localizado fundamentalmente en el País Vasco y Cataluña, y el desarrollo de Madrid como capital del Estado determinan que el sistema de ciudades este basado en dos grandes centros urbanos, Madrid y Barcelona. Otras ciudades aumentan su importancia son Bilbao, Valencia, Murcia, Zaragoza y, en general, las capitales de provincia, que se convierten en centros rectores del sistema urbano de ámbito provincial. Las características del proceso de industrialización y urbanización de estos años

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conlleva la aparición de fuertes desequilibrios territoriales; para corregirlos se diseñaron los Planes y Polos de Desarrollo a partir de los años 1960, que contribuyeron al desarrollo de algunas ciudades y a equilibrar la red urbana. Los más destacados fueron los de Victoria, Pamplona, Burgos, Zaragoza, Logroño, Valladolid, A Coruña, Vigo, Sevilla, Huelva, Granada y Córdoba. Sistema de ciudades en la España postindustrial. La etapa postindustrial empezó a manifestarse en España en los últimos años de la década de 1970 y se caracteriza por la desindustrialización de la población activa, la reindustrialización tecnológica, la terciarización social y económica, una mayor especialización en servicios avanzados, el descenso en el ritmo de crecimiento de la población urbana y el aumento de la movilidad personal de la información. Estas nuevas circunstancias obligaron a buscar el sostenimiento de la dinámica urbana en otros factores, dando lugar a la creación de parques o polígonos tecnológicos donde se concentran industrias de alta tecnología; destacan los de Barcelona, Madrid, Málaga, Sevilla, Valencia, País Vasco, etc. Otro fenómeno que conviene destacar es la terciarización de las ciudades, con el consiguiente desarrollo de las actividades ligadas al sector terciario superior y de apoyo a la producción: innovación tecnológica, informatización, comunicación, comercialización, etc. La desindustrialización y terciarización provocaron cambios significativos en el sistema de ciudades. La desindustrialización motivó el estancamiento y la crisis de las ciudades más industrializadas en la etapa anterior (País Vasco, Cantabria, Asturias), la terciarización consolidó los ejes litorales urbanos y ayudó al sostenimiento de los centros provinciales. El resultado fue una nueva estructura del territorio, caracterizada por la inserción plena de las ciudades españolas en la red europea y por la configuración de un espacio más complejo, más descentralizado y con nuevos centros de difusión, que contrasta con la simplicidad de la estructura urbana de la etapa industrial. La forma territorial que sintetiza todo este proceso es el fenómeno de la metropolización. Ejes de desarrollo urbano En la actualidad, el sistema de ciudades tiende a articularse, formando lo que se conoce como ejes de desarrollo. Un eje de desarrollo se produce cuando las ciudades se articulan en torno a un conjunto de infraestructuras de transportes terrestres, fundamentalmente carreteras, a las que se une la concentración de actividades y de población. Los ejes que conforman el sistema urbano español son los siguientes: 1) Eje mediterráneo o levantino. Se extiende de Girona a Murcia; es uno de los que tiene mayor potencial de desarrollo. Está plenamente consolidado desde el punto de vista de la red urbana, su nivel de urbanización es muy elevado y presenta

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una estructura económica muy diversificada: industrial, terciaria, agrícola, etc. 2) Eje del Ebro. Discurre desde Bilbao hasta Tarragona y, aunque ofrece un gran potencial, tiene algunos vacíos demográficos en las provincias de Huesca, Zaragoza y Lleida. 3) Eje cantábrico. Se desarrolla desde el País Vasco a Galicia. Presenta algunas discontinuidades y está marcado por las relaciones en sentido norte-sur; es el espacio más debilitado porque, además del declive minero-industrial, carece de recursos sustitutivos. Su alto nivel de urbanización. Heredero de las etapas anteriores, convive con un declive urbano, un débil crecimiento económico y una red urbana estancada y poco integrada en las redes vecinas. 4) Eje atlántico gallego. Concentra la mayor parte del sector productivo gallego y forma parte de un eje de mayor envergadura que se prolonga hacia Oporto (Portugal). 5) Madrid. Su situación central dentro del sistema de infraestructuras le confiere una posición de conexión entre varios ejes. Tiene un gran peso dentro del sistema económico español, aunque sufre problemas de congestión; por ello, está extendiendo su área de influencia a las provincias limítrofes. 6) Eje litoral andaluz. El litoral andaluz constituye un gran corredor de gran importancia turística y es, además la continuación natural del eje mediterráneo y enclave de conexión con África. 7) Eje transversal andaluz. Se articula en torno a la Autovía del 92 y pretende el desarrollo de las ciudades situadas en el llamado surco intrabético y la conexión del territorio andaluz con el Levante. 8) Eje Madrid-Andalucía. Además de presentar problemas orográficos, hay grandes zonas con potenciales demográficos muy bajos a su paso por Castilla-La Mancha y parte de Andalucía; sin embargo, los ámbitos más meridionales del eje, como la zona de Sevilla y el área de Jerez de la Frontera y Cádiz, tienen un fuerte crecimiento demográfico. 9) Eje oeste. Ruta de la Plata. Se extiende desde Huelva y Sevilla hasta el Principado de Asturias; mantiene en todo el interior tasas demográficas bajas, aunque comprende dos focos de alto potencial. Jerarquía de la red urbana Las ciudades se organizan de forma jerárquica sobre el territorio, pues no todas tienen la misma importancia ni desempeñan las mismas actividades económicas o funciones. La primacía de una ciudad sobre otra puede medirse por diferentes criterios; se suele utilizar como medida el volumen de población, que indica la capacidad de atracción de 44

un núcleo urbano y la importancia de las funciones que desempeña. En definitiva, nos informa sobre el nivel de centralidad urbana. En el sistema urbano español se diferencias los siguientes niveles: 1) Metrópolis nacionales. Forman el primer nivel jerárquico; en él se encuentran Madrid y Barcelona, aglomeraciones que superan los tres millones de habitantes. Ejercen su influencia sobre todo el territorio nacional y se relacionan con otras metrópolis internacionales. La dimensión funcional básica de las metrópolis nacionales es la de ser sedes de servicios altamente especializados. 2) Metrópolis nacionales de primer orden. Este nivel lo integran ciudades como Valencia, Sevilla, Bilbao y Zaragoza. Su población oscila entre 500.000 y 1.500.000 habitantes y su influencia se extiende fundamentalmente al ámbito regional, pero estas metrópolis mantienen lazos intensos con las nacionales. Como en el caso anterior, destacan por ser sedes de servicios especializados. 3) Metrópolis regionales de segundo orden. En este nivel se encuentran ciudades como Murcia, Alicante, Granada, Santander, etc. Con una población comprendida entre los 200.000 y los 500.000 habitantes, conjugan el ser centros de servicios especializados con otras funciones del sector secundario y terciario menos especializadas. Su ámbito de influencia es menor. 4) Ciudades medianas. Engloba capitales de provincia y ciudades que conocen un dinamismo económico: Segovia, Burgos, Castellón, Avilés o Algeciras. Son centros comerciales y de ámbito provincial. Tema 12: Elementos y estructura de la actividad agraria en España. Propiedad, explotación y régimen de tenencia de la tierra son elementos básicos de la estructura agraria. Su influencia en la conformación del paisaje es manifiesta, al tiempo que claro exponente de la ocupación y del uso del espacio por la sociedad. La propiedad de la tierra. La propiedad, consiste en el derecho a gozar, disponer libremente y aprovechar la tierra sin más limitaciones que las contenidas en las leyes. La propiedad dominante en España es la propiedad privada, que acusa una notable dualidad: un número muy elevado de pequeños propietarios que posee poca tierra y, en el otro extremo, un reducido número de grandes propietarios que concentra mucha tierra. Así, los dueños de menos de cinco hectáreas, que representan más de la mitad de los propietarios que existen en España, sólo poseen la décima parte del territorio, mientras que los que tienen más de 100 hectáreas, sin llegar a representar una centésima parte, concentran la mitad de la superficie. A este problema estructural se añade la extraordinaria fragmentación de la tierra en 45

multitud de parcelas, que es un inconveniente para la explotación. Geográficamente existen diferencias en cuanto al tipo de propiedad. La propiedad pequeña y muy atomizada es dominante en la mitad septentrional, en el Levante y en la franja mediterránea; las grandes fincas tienen, en cambio, una mayor implantación en el sur, particularmente en Extremadura, Castilla-La Mancha y Andalucía occidental. Estas circunstancias tienen sus antecedentes en los procesos históricos de ocupación del territorio y en su evolución posterior. Históricamente existieron tres tipos de propiedad bien diferenciados: colectiva, estamental y particular. La propiedad colectiva era aquella cuya titularidad correspondía a las villas y a los municipios. Estaba integrada por las tierras pertenecientes a la colectividad, que se dividían en lotes o suertes para el aprovechamiento individual (bienes comunales), o se arrendaban a particulares a cambio de una cantidad de dinero para atender las necesidades de la villa (bienes de propios). La superficie perteneciente a la Iglesia y a la nobleza constituía la propiedad estamental. La mayor parte de las tierras pertenecientes a la nobleza integraban los señoríos, cuya integridad territorial estuvo protegida durante siglos por la institución del mayorazgo. Los bienes de la Iglesia procedían de compras y de donaciones de los fieles. Los titulares de ambos tipos de propiedad no tenían capacidad de enajenar o vender, razón por la cual se decía que estos bienes estaban en manos muertas. En consecuencia, unos y otros se encontraban apartados del mercado de la tierra y de la partición hereditaria, lo que redundaba en la escasez de tierra para los particulares y en su encarecimiento. Ilustrados y reformistas clamaron contra esta situación y, finalmente, en el siglo XIX se le puso fin mediante los procesos desamortizadores. La desamortización afectó a los bienes propiedad del clero y de los municipios; la primera fue llevada a cabo por Mendizábal en 1836 y supuso la incautación de numerosas fincas pertenecientes al clero y su venta a particulares. La desamortización civil tuvo lugar más tarde, a partir de 1855, y se llevó a efecto al aplicar la Ley de Madoz, la cual dio origen a la privatización de la tierra que formaba el patrimonio comunal de los municipios españoles. La influencia de estas medidas en la estructura agraria fue muy grande, pues supuso el trasiego de una cantidad ingente de tierra de propiedad colectiva a manos de particulares. En contra de lo que se pretendía, vino a reforzar la gran propiedad, pues, por lo general, los compradores ya tenían la condición de propietarios. Asimismo, la desamortización civil privó a los municipios de un amplísimo patrimonio, a base de sustento de los más humildes. En lo que a los bienes de la nobleza se refiere, la abolición del mayorazgo y la supresión del régimen señorial permitieron que, en adelante, los bienes de la nobleza se rigiesen por las leyes sucesorias normales y entraran en un proceso de fragmentación por herencia, aunque preservando su condición de latifundios. 46

El resultado de estos procesos fue una concentración notable de la propiedad y, como quiera que los vecinos habían perdido sus tierras públicas y que a finales del siglo XIX la población iba en aumento, la proletarización del campesinado se incrementó al haber más personas y menos tierras que labrar. La desigualdad en la distribución de la tierra o la carencia e ella estuvieron en la base de la conflictividad social y de las demandas de reforma agraria, que se materializaron en la Segunda República, aunque sus efectos quedaron anulados tras la Guerra Civil. La explotación agraria. La noción de explotación agraria hace referencia a las condiciones técnicas y La explotación agraria guarda relación con la propiedad y, como sucede con ésta, también se caracteriza por la dicotomía existente entre las pequeñas explotaciones o minifundios y las grandes explotaciones o latifundios, de tanta implantación en el sur y en el suroeste peninsular. Los datos extraídos del último censo agrario nos indican que más de la mitad de las explotaciones agrarias de España son minifundios de extensión inferior a cinco hectáreas, y que las explotaciones de extensión superior a 300 hectáreas, representan tan sólo un 1%, aunque concentran una cantidad considerable de tierra. En España existe hoy día 1.764.000 explotaciones agrarias. En 1962, año del Primer Censo Agrario, había casi tres millones. Desde entonces hasta la fecha, su número ha decrecido en un proceso paralelo al éxodo rural, que ha consistido en la desaparición de parte de las más pequeñas y su incorporación a otras más grandes, razón por la que ha aumentado levemente el tamaño medio de las explotaciones. Tradicionalmente, las explotaciones se han clasificado en minifundios, latifundios o explotaciones de tamaño medio; sin embargo, ello no está del todo justificado, pues las características e importancia de la explotación no dependen tanto de su superficie como de su rentabilidad económica, ya que explotaciones dimensionalmente muy grandes pueden ser improductivas o muy poco rentables y, en cambio, explotaciones de tamaño medio o reducido (regadío, frutales, enarenados, etc.) pueden generar grandes ingresos. Con el fin de resolver este contrasentido y de valorar las explotaciones en términos estrictamente económicos, estas empiezan a considerarse en términos de UDE (Unidad de Cuenta Europea), que es la unidad de cómputo equivalente a 1000 euros de margen o rendimiento bruto estándar. De acuerdo con esta nueva clasificación, comprobamos que las explotaciones españolas, bien por superficie, bien por su menor productividad, tienen un tamaño económico inferior a la media europea y que existen notables diferencias regionales, tal y como se aprecia en los gráficos adjuntos. Regímenes de tenencia de la tierra. En lo que a tenencia de la tierra se refiere, distinguimos entre régimen de explotación directa y régimen de explotación indirecta. 47

El primero consiste en que el titular de la explotación agraria, con independencia de que trabaje físicamente en ella o no, es propietario de la tierra. La explotación indirecta resulta cuando el titular de la explotación y el propietario de la tierra no es la misma persona. En estos casos, el propietario cede la tierra para su explotación en régimen de arrendamiento, aparcería o bajo cualquier otra fórmula. El arrendamiento, es de hecho, un alquiler y se establece mediante el pago de una renta cierta, convenida de antemano, en metálico o en especie, con independencia del resultado de la cosecha. La aparcería es una sociedad a la que el sueño aporta la tierra y el aparcero, el trabajo; los gastos se satisfacen a medias y los beneficios o productos de la cosecha se reparten en la proporción establecida. Como la producción se desconoce en el momento de la firma del contrato, la renta es variable, y propietario y aparcero comparten por igual ganancias en los años buenos y pérdidas, si las hubiera, en los años malos. Estos regímenes de tenencia de la tierra han tenido gran vigencia y significado en el campo español. Hoy se tiende al incremento de la explotación directa, al mantenimiento del arrendamiento y a la drástica reducción de la aparcería, que se agudizó con el éxodo rural. Tema 13: Tipos de paisajes agrarios en España. La diversidad de los componentes naturales, los diferentes usos del suelo y el distinto modo de ordenación del espacio originan dominios y paisajes agrarios específicos. El dominio atlántico La España atlántica se caracteriza por su relieve montañoso y por la existencia de un clima húmedo con temperaturas suaves que favorecen el desarrollo de la vegetación natural. Por ello, la España atlántica es el dominio de los bosques y de los pardos, que son el soporte de unos paisajes agrarios basados en la especialización ganadera y forestal. La producción ganadera aporta la principal contribución a la producción final agraria, aunque el significado de lo agrario en el conjunto de la sociedad y de la economía varía desde un máximo en Galicia hasta un mínimo en el País Vasco. Los paisajes agrarios atlánticos presentan una acusada fragmentación parcelaria con multitud de terrenos de íntimo tamaño. Predomina la pequeña propiedad y los regímenes de explotación directa, y constituye el ámbito de mayor implantación del hábitat disperso, del que forman parte multitud de aldeas y caseríos. Los aprovechamientos agrarios son variados, destacan los dedicados a la alimentación humana (patatas, hortalizas) y animal (maíz), y los forestales. Su verdadera 48

especialización es la ganadería vacuna, desarrollada al amparo de la producción de hierbas y forrajes. La cabaña autóctona se ha mejorado son la introducción de razas extranjeras para incrementar la producción de leche, base de una potente industria. El dominio mediterráneo interior El interior peninsular ofrece gran diversidad paisajística sobre el denominador común de la influencia del clima mediterráneo. Los aprovechamientos agrícolas están dominados por los cultivos de secano, a pesar de que en los últimos lustros, ha ganado mucha extensión el regadío. 1. La cuenca del Duero es asiento de pequeña y mediana propiedad sobre un parcelario muy fragmentando que fue objeto de la concentración en el franquismo. Su orientación tradicional ha sido hacia la explotación cerealista (trigo y cebada) y hacia la ganadería ovina. La superficie de pastos y de barbechos ha disminuido de forma progresiva, lo que ha repercutido en la ganadería, que se ha visto confinada a los espacios de menos aptitud agrícola o ha sido objeto de estabulación. La explotación cerealista ha alcanzado un elevado grado de mecanización, al tiempo que se han extendido cultivos de regadío, como la remolacha, el maíz o la alfalfa. 2. El área castellano-manchega ofrece rasgos como distintivos el aumento del tamaño de las explotaciones agrarias, así como un notable grado de concentración del hábitat. Sobre la amplitud de las llanuras manchegas destacan tres grandes grupos de aprovechamientos : La ganadería ovina, base de la producción lanera y quesera tradicional. La cerealicultura, que está en retroceso ante el avance del girasol. El viñedo, que confiere su fisonomía agraria a La Mancha.

3. El oeste peninsular toma buena parte de sus caracteres agrarios de su pertenecía a la Iberia silícea. Los suelos silíceos son poco fértiles y producen cosechas moderadas, incluso tras un largo período de descanso; por esta razón, se han constituido sobre ellos las explotaciones agrarias dehesa, que integran, bajo un régimen extensivo, los aprovechamientos agrícolas y ganaderos a partir de los beneficios que rinde la encina. Predomina la gran propiedad, herencia de la historia, que ha convertido al oeste peninsular en uno de los grandes enclaves del latifundismo español. En las zonas de los suelos más ricos aparecen los cultivos cerealistas y de plantas industriales. En las extensas áreas convertidas en regadío tras la construcción de los embalses (Plan Badajoz), surgieron numerosos cultivos nuevos, como las hortalizas, el arroz, el tabaco, etc. 4. El valle del Ebro comparte rasgos agrarios con la España interior, aunque ofrece

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unos caracteres especiales, que resultan visibles en una doble gradación de paisajes: en altura, desde las montañas hasta el fondo de la depresión, en longitud, desde el nacimiento del Ebro hasta su desembocadura, de donde resulta una mezcla de influencias y diversidad de paisajes mediterráneos. En la cuenca alta alternan los caracteres propios de la España atlántica húmeda y de la mediterránea seca, coexistiendo espacios agrícolas, ganaderos y forestales. En las áreas de regadío se aprecia un gran aprovechamiento agrícola, con cultivos de huerta para el consumo y para la industria, así como amplias áreas dedicadas a la vid, que producen los afamados vinos de Rioja. La depresión del Ebro y sus laderas estuvieron integradas funcionalmente por la trashumancia ganadera. Hoy son espacios yuxtapuestos, de manera que la montaña es ganadera y la depresión, agrícola. En el sistema extensivo predomina la cebada sobre suelos de calidad mediocre y en el intensivo, los cultivos de regadío, de gran tradición y antigüedad. En cuanto a propiedad, coexisten diversos tamaños. Abundan los cultivos de remolacha, forrajes y hortalizas y, en algunas comarcas, una importante intensificación de frutales y de ganadería. El dominio mediterráneo litoral Tiene como elementos definidores la baja altitud sobre el nivel del mar y un régimen térmico de veranos calurosos e inviernos templados y modelados, aunque siempre con escasas precipitaciones. Es una franja litoral entre el mar y las montañas, y solo se adentra hacia el interior a través de las depresiones del Guadalquivir y del Ebro. Caracterizado en su conjunto por el dinamismo del espacio agrario, por la coexistencia de actividades no agrarias sobre el espacio rural y por el alto grado de intensidad de sus aprovechamientos, ofrece diferencias considerables en toda su longitud.  Cataluña tiene un terrazgo de reducida extensión y sus paisajes agrarios son muy intensivos, especializados y de clara orientación hacia el mercado. En general, ha habido un fuerte retroceso de los cultivos de secano y un notable desarrollo de la ganadería estabulada e industrial, de los cultivos hortofrutícolas y de la vid. El levante acoge un regadío de elevados rendimientos y es el asiento de la huerta tradicional, pieza clave de la ordenación del espacio rural. Junto a las producciones hortícolas, destacan los cítricos, los frutales y el arroz. En estos espacios en continua mutación, se aprecia la competencia del turismo y la industria en disputa por el suelo, de modo que la agricultura está cediendo sus suelos tradicionales para otros usos y desplazándose hacia tierras de peor calidad, pues los gastos de acondicionamiento de las nuevas explotaciones son menores que las plusvalías obtenidas por la venta de las antiguas parcelas como suelo urbanizable.

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En Andalucía, compartiendo rasgos con el litoral mediterráneo, distinguimos los siguientes paisajes orientados en franjas desde Sierra Morena hasta el mar: 1) Cinegético-forestal de las montañas, particularmente en Sierra Morena, que perdió su tradicional utilidad ganadera a partir de los años 60 y quedó configurada como un espacio de cotos al amparo de la repoblación forestal y del régimen del espacio protegido del que goza. 2) Las campiñas béticas son el espacio cerealista por antonomasia. Hoy acogen amplias superficies de girasol y otras plantas industriales. Intensamente humanizadas, son asiento de grandes cortijos, denominación que se refiere tanto a la explotación como al hábitat. 3) El paisaje del olivar conforma una franja continuada sobre todo el subbético, presentándose con caracteres de exclusividad sobre el espacio. 4) Las hoyas y las depresiones interiores son significativos enclaves agrarios entre montañas, espacios de antigua ocupación humana que acogen el regadío y un policultivo muy variado en el que están presentes cultivos tradicionales, como los cereales, y las plantas industriales, como el tabaco y la remolacha. 5) El litoral alberga, desde los cultivos subtropicales hasta los enarenados bajo el gigantesco mar de plástico que se interpone entre el Mediterráneo y las cordilleras

Canarias El archipiélago canario tiene una superficie agraria muy reducida por la naturaleza volcánica de las islas. Apenas alcanza el 20% de la superficie geográfica y se sitúa preferentemente en las zonas bajas, así como en las ladeas, donde, gracias al esfuerzo humano, se han construido terrazas. Muy condicionadas por la falta de agua y favorecidas por el régimen térmico, las islas Canarias desarrollaron una agricultura de exportación basada en el plátano, la patata y el tomate, que acusa la competencia de la producción peninsular y la disputa del suelo por parte de la promoción inmobiliaria y del turismo. Tradicionalmente, la agricultura insular ha coexistido con una notable cabaña de ganado caprino. Tema 14: La actividad pesquera en España. España ha sido y es una de las grandes potencias pesqueras mundiales. Así lo indican el tamaño de la flota (tonelaje y potencia), el volumen de capturas y el valor de la pesca desembarcada.

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En la actualidad, existen unos 18000 buques pesqueros, que capturan cada año 13000000 toneladas de pescado y dan empleo a 74798 tripulantes. En su dimensión económica, la pesca aporta el 0,5% del PIB. Estos datos son indicativos de la importancia de la pesca española, aunque si los comparamos con los de hace un cuarto de siglo, se aprecia un declive de la actividad, consecuencia del agotamiento de los caladeros nacionales, de la nueva situación internacional del mar, del ingreso de España en la UE, etc., todo ello configura un marco bien diferente al que existía en la época dorada de la pesca, que correspondió a los año 1970. Las condiciones del litoral España tiene un amplio perímetro costero cuyo litoral se parte entre mares diferentes. En conjunto, no puede decirse que presente unas condiciones muy favorables para la fauna marina y, por extensión, para la pesca. En correspondencia a la diversidad marina, la naturaleza ofrece una variada fauna piscícola. El océano Atlántico, con las diferencias lógicas entre latitudes tan dispares como el mar Cantábrico o el archipiélago canario, tiene unas aguas de salinidad moderada, unas temperaturas entre los 10 y los 18 ºC en agosto y entre los 11 y los 15 ºC en enero en las costas peninsulares, corrientes marinas que facilitan la distribución del plancton y una oscilación del nivel de las aguas de hasta cuatro metros por efecto de las mareas. Todo ello permite la existencia de una franja costera de varios hectómetros de anchura, alternativamente sumergida y emergida, que facilita el marisqueo sobre la arena de la playa. Asimismo, el litoral atlántico presenta en el noroeste peninsular una articulación que alarga el perímetro costero y favorece la instalación de bateas y cultivos marinos. El mediterráneo es un mar de aguas calientes. Contiene menos fitoplancton que el océano, no tiene mareas que faciliten el vaivén de las aguas sobre la playa y la salinidad se eleva hasta el 38%. La comunicación con el Atlántico es escasa, por lo que el Mediterráneo es, a efectos ecológicos, especial y frágil. Las diferencias marinas y litorales justifican la diversidad de la fauna y su proverbial riqueza, tanto en especies como en calidad; entre ellas, destaca la sardina, la merluza, el atún, el mero, etc. Las diferencias entre uno y otro mar explican también la especialización portuaria y el distinto significado de la pesca en cada una de las regiones costeras. En los últimos años nuestros mares han perdido importancia pesquera debido a la sobreexplotación; los puertos se han convertido en muelles de descarga de especies capturadas en aguas lejanas, al tiempo que los litorales aspiran a recibir los beneficios de la transformación industrial de la pesca y de la distribución comercial. La pesca, una actividad en continuo cambio La pesca en nuestras aguas tiene sus antecedentes en época prehistórica, ya que alcanzó una dimensión comercial en época antigua, cuando numerosas factorías preparaban conservas y salsas de pescado para su exportación a Roma.

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En la Edad media, la pesca continuó teniendo un marcado carácter de subsistencia. En el Cantábrico, no obstante, los vascos capturaban ballenas y desde el siglo XIII los barcos accedieron a Terranova, Islandia, Groenlandia, etc., descubriéndose poco después las posibilidades que ofrecía el bacalao para su consume fresco o curado. Siguiendo la tradición, continuó practicándose durante siglos la pesca de atunes en almadraba, particularmente en la desembocadura del Guadalquivir. A partir del siglo XIX la pesca adquirió una dimensión nueva por efecto de la Revolución Industrial y de la aplicación del vapor a la navegación, lo cual favoreció el comercio y las industrias de transformación pesquera. En el siglo XX, los arrastreros impulsados por maquinaria a vapor se introdujeron en la flota española por Huelva y Cádiz, y se aplicaron desde 1904 a la pesca de bacalao y, unos años más tarde, de caballa. Su empleo incrementó notablemente las capturas en un momento en que el ferrocarril, ya completamente extendido por la geografía española, facilitaba el transporte del pescado y acercaba su consumo al interior. La industria textil y la metalúrgica fabricaron aparejos y artes de pesca a gran escala, permitiendo a los barcos el alejamiento de la costa y una pesca cada vez más eficaz. Tras el paréntesis de la Primera Guerra Mundial, se emplearon en la pesca nuevos arrastreros que, importados de Gran Bretaña y Francia, se incorporaron a nuestra flota. Así, a partir de 1925, se inició la moderna pesca de bacalao en Terranova y, desde Asturias, en Gran Sol. En 1930 faenaban ya 40000 barcos y las capturas rebasaban las 300000 toneladas. La Guerra Civil paralizó la actividad pesquera en nuestro país y, tras ella, la Segunda Guerra Mundial. Al finalizar ambas, la fauna piscícola había vuelta a incrementarse. Este hecho, unido a la gradual incorporación de los motores de combustible líquido, permitió el aumento de las capturas hasta niveles insospechados, que se mantuvieron durante las décadas siguientes, coincidiendo con el desarrollo de nuevas técnicas, que permitían la pesca de arrastre en fondos de hasta 6000 metros de profundidad. Con todo, las transformaciones más espectaculares en la pesca se produjeron, al igual que en la agricultura, en las década de 1960. En 1961, en el contexto del I Plan de Desarrollo Económico, se promulgó una ley que aspiraba a modernizar la flota pesquera y a reestructurar la actividad, que tenía un excesivo componente artesanal y se botaron los dos primeros buques congeladores de la flota española (Lemos y Andrade), que fueron a faenar a Sudamérica y a Sudáfrica, a más de 6000 millas de sus puertos de origen. A partir de este momento, subsistió la pesca de bajura, pero el grueso de las capturas empezó a recaer en una moderna flota congeladora muy bien equipada para la pesca en las aguas del Sahara, Angola, Mozambique y Atlántico noroccidental. Así, en los años 1970, España alcanza su record de capturas de pescado. Pronto comenzaron a plantearse los problemas de una flota sobredimensionada, de unos caladeros sobreexplotados y otros de difícil o imposible acceso por el nuevo Derecho del Mar que comenzaba a surgir.

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El nuevo Derecho del Mar y el ingreso en la UE Desde comienzos de la Edad Moderna estaba aceptado que las aguas adyacentes pertenecían a los estados costeros, pero no se especificaba hasta qué distancia. Existían dos doctrinas: una que consideraba el mar libre y otra que lo consideraba privativo del estado ribereño. Terminada la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dio un paso muy importante para el nacimiento de un nuevo Derecho del Mar y en 1945 declaró la propiedad de los recursos marinos según la extensión de la plataforma continental. Éste es el fundamento para que, en 1952, Perú, Ecuador y Chile declararan aguas jurisdiccionales las comprendidas entra la línea de costa y doscientas millas mar adentro. La decisión no fue bien recibida, particularmente por Estados Unidos, pues la medida, de generalizarse, podía ser un obstáculo para el libre desplazamiento de su armada en los años de la guerra fría; sin embrago, en 1976, Estados Unidos declaró la ampliación a doscientas millas. Este cambio de actitud obedeció al deseo de liderar el proceso negociador en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Derecho del Mar, y se produjo cuando la diplomacia estadounidense se aseguró de que loas zonas de ampliación eran sólo zonas de exclusividad económica. Las declaraciones de ampliación de dominio se generalizaron, lo que significó, que en adelante, el 90% de los recursos pesqueros mundiales quedaban comprendidos en los límites de las zonas privativas de aprovechamiento. Para España las consecuencias fueron inmediatas y muy perjudiciales, al quedar cortado el acceso a los caladeros tradicionales, situados en aguas que, hasta entonces, habían gozado de la condición de internacionales y de libre aprovechamiento pesquero. Como solución, se recurrió a la constitución de empresas mixtas con los países titulares de los recursos y a establecimientos de convenios pesqueros bajos diversas contrapartidas. Una década más tarde, España ingresó en la Europa comunitaria. Ocurrió en un momento especialmente difícil para nuestros intereses pesqueros por la complicada situación pesquera internacional, por la consolidación de las ZEE de las 2000 millas, por los problemas pesqueros en el seno de la Comunidad Europea y por la crisis del sector pesquero español. España conservaba un importante potencial pesquero, pero excesivo para nuestras posibilidades de captura, y su acceso a las pesquerías europeas no era bien visto por los países miembros, pues la capacidad de España equivalía a las dos terceras partes de la flota europea. Por ello, cuando España firmó el tratado de adhesión, se le impusieron unas durísimas condiciones y un periodo de transición de 17 años hasta la plena incorporación, que se produciría en el año 2002. Hasta ese momento, Europa carecía de una política pesquera común, sin duda por la escasa importancia del sector en la economía comunitaria, pero la situación creada en los años 70 y la previsible incorporación de potencias pesqueras como Portugal y España, así como la conveniencia de salvaguardar sus intereses futuros, decidieron su puesta en práctica, que se concretó con la promulgación de los Reglamentos de la Europa Azul en 1983, tres años antes de nuestra incorporación.

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La Política Pesquera Común guarda gran afinidad con la PAC y contienen cuatro puntos básicos: 1. Política de conservación de recursos: con este fin se establecen las Tarifas Anuales de Capturas, base para la asignación de cuotas a los países miembros. 2. Política estructural: orientada a la mejora de las estructuras pesqueras, de la industria transformadora y de los equipamientos portuarios, trata de ajustar la flota a las disponibilidades de pesca. 3. Organización Común de Mercados (OCM): tiene una gran similitud con la agraria y está encaminada a establecer y garantizar rentas equitativas a los pescadores, y precios razonables a los consumidores. 4. Política de acceso a los caladeros exteriores: se realiza mediante acuerdos de diversa naturaleza con terceros países para que los buques de los países comunitarios puedan pescar en sus respectivos caladeros. España promovió numerosas iniciativas y alcanzó importantes logros, particularmente subvenciones que permitieron la construcción de un millar de buques nuevos y la reconversión de más de dos mil, con una inversión cercana a los 1200 millones de euros. Con todo, el logro más importante fue el acortamiento del periodo transitorio, que concluyó en el año 1996, lo cual facilitaba la plena integración en la Europa Azul, el acceso a caladeros europeos antes prohibidos y la negociación con otros países. La pesca hoy. Su desigual significado territorial. El sector pesquero español ha podido sobrevivir a décadas de incertidumbres, conflictos y problemas por lo arraigado de la pesca en las regiones litorales, la importancia social y económica del recurso, etc. 1. La flota ha experimentado una enorme transformación y hoy se halla en la vanguardia de las tecnologías en lo que se refiere a sistemas de navegación, adelantos náuticos, etc. Algunos buques son auténticas factorías; coexiste, no obstante, con una flota tradicional de bajura, cuya actividad resulta cada vez más difícil por su falta de competitividad y por lo esquilmado de nuestros mares. 2. Los lugares de pesca han variado, tanto en naturaleza como en ubicación, pues hoy se pesca en aguas de aprovechamiento económico pertenecientes a otros países y a distancias considerables de los puertos de partida, hasta en los océanos Índico y Pacífico. 3. El volumen de pesca desembarcada ha decrecido, con relación al de hace 25 años, a consecuencia de las limitaciones impuestas a la flota, la reducción de la misma y las cláusulas contenidas en los convenios internacionales. 4. El desarrollo de la investigación en el sector ha permitido la explotación de nuevas especies y pesquerías, la localización de bancos de pesca, nuevos conocimientos de biología marina y la protección de especies, etc. Uno de los

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aspectos a destacar es el desarrollo de la acuicultura, verdadera alternativa de futuro que ya produce una cantidad importante de peces y moluscos. Necesidades del sector pesquero actual: Es necesario proteger nuestros escasos recursos, evitar el consumo de maduros, así como la pesca en zonas biológicamente sensibles, al tiempo que se fomenta el progreso tecnológico para capturar nuevas especies de valor comercial y se trata de mantener el empleo industrial y la cooperación con terceros países. Con estas perspectivas, las regiones pesqueras españolas han variado su significado tradicional, incluso los puerros, entre los que hoy destacan: Bermeo (Vizcaya), Vigo, Huelva, Algeciras (Cádiz), etc. Del mismo modo, ha variado el significado económico y las repercusiones sociales de la actividad pesquera, que gravita hoy sobre el Atlántico en detrimento del Mediterráneo. 1. Galicia conserva su primacía pesquera en España, pues aporta un tercio de las capturas y casi la mitad del empleo pesquero. Ha seguido una evolución paralela a la del resto de España, con una reducción notable de la pesca desembarcada y numerosos conflictos. Participa, junto con la flota cantábrica, de la pesca en aguas adyacentes (sardina, merluza), en los caladeros comunitarios del Atlántico (atún, pez espada) y en aguas muy alejadas (fletán, bacalao, atún), pues dispone de una excelente flota. 2. En Andalucía, la pesca de bajura tiene más importancia social que económica. La flota se aproxima a los 3000 barcos con un fuerte componente artesanal y un marcado carácter de actividad a tiempo parcial. Se pesca en el litoral, en aguas de Marruecos, de Portugal y en caladeros del Atlántico suroriental. En conjunto, ha experimentado una trayectoria descendente por la disminución de las capturas en un mar sobreexplotado y por la dificultad de acceso a aguas ajenas. La provincia con mayor importancia pesquera es Huelva, seguida de Algeciras. 3. El litoral mediterráneo, en el que la pesca de especies como la bacaladilla o el salmonete ha sido muy considerable, se ha llegado a unos niveles mínimos por el agotamiento de las pesquerías. La flota está obsoleta, la pesca es muy tradicional y el Mediterráneo, un mar preocupante por el estado de conservación de sus recursos. 4. La pesca canaria tuvo su edad de oro entre los años 1961 y 1980. su significación pesquera radicó en la explotación del banco sahariano, muy favorecido por la corriente de Canarias. El cambio de coyuntura en el mar le privó de los caladeros tradicionales y convirtió sus puertos en base de operaciones de las flotas del Atlántico suroriental.

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Tema 15: La industria en España: Características generales y distribución territorial. ANTECENTENTES DE LA INDUSTRIALIZACIÓN ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA EN LA EDAD

La industrialización se enmarca en el contexto general de la denominada Revolución Industrial. Con relación a los países europeos más avanzados, la industrialización española fue un proceso discontinuo, marchó con retraso y estuvo muy polarizada en torno a los núcleos iniciales. Los antecedentes de la industrialización. Desde finales del siglo XVIII, ilustrados y reformistas alzaron su voz a favor del desarrollo y de la industrialización del país. España reunía unas condiciones favorables para la implantación de la actividad industrial moderna, pues contaba con una producción artesanal diversa y rica, con las Reales Fábricas, con recursos minerales suficientes para el abastecimiento en cantidad y calidad de la industria nacional, con materias primas minerales y de origen orgánico, etc. Como factores negativos para la instauración de los nuevos sistemas industriales acusaba los problemas de la insuficiencia energética (carbón), la escasez de recursos tecnológicos y humanos, una excesiva mentalidad rural, la ausencia de mercado interior, etc. Con todo, y pese a que la nación vivió avatares tan perjudiciales para la naciente industria como la guerra de la Independencia, la emancipación de las colonias americanas o las guerras carlistas, en la primera mitad del siglo XIX tuvieron lugar algunos hechos importantes para la industrialización, como la construcción de los altos hornos en 1832 en Marbella, Málaga, Barcelona fábricas textiles de Cataluña. Los inicios del despegue industrial. En la segunda mitad del siglo XIX se consolidó en Europa la Revolución Industrial. En España, la industrialización avanzó hasta alcanzar cotas de importancia, pero evidenció un notable retraso con relación a los países europeos y una gran dependencia tecnológica y financiera de los mismos. Junto a la industria siderúrgica y textil, quizá el logro más importante fuese el tendido de una amplia red ferroviaria que en 1865 alcanzaba ya los 4663 Km, aunque en su mayor parte eran ferrocarriles construidos por empresas y capital extranjero e, incluso, con material importado, pues nuestra industria tenía una capacidad de producción muy limitada. La red de ferrocarriles estuvo al servicio de la explotación minera de nuestro subsuelo, también protagonizada por empresas de nacionalidad británica, francesa, belga, etc., que gozaron de las facilidades de acceso a la explotación minera que les confirió la Ley de Bases de la Minería, promulgada en 1868. Como quiera que esta ley permitía las concesiones mineras a perpetuidad-y, además, coincidió en el tiempo con la legislación desamortizadora-, por analogía esta ley se ha calificado como de desamortización del

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subsuelo. Ni que decir tiene que las facilidades comentadas permitieron una explotación intensísima de nuestras minas en beneficio de la industria europea. España, que era el paraíso de los minerales metálicos, se convirtió en país exportador de materias primas minerales, quedando a merced de intereses ajenos y sin capacidad para aprovechar su riqueza mineral en beneficio propio. España era el primer país productor de hierro, que se exportaba en su mayor parte a Gran Bretaña desde el puerto de Bilbao. Los barcos que lo transportaban volvían vacíos, pero lo que pronto aprovecharon el flete de retorno para trasladar hasta el puerto de origen el carbón que precisaba la industria siderúrgica vizcaína. Esta facilidad para el abastecimiento de energía y la proximidad de los yacimientos de hierro hicieron florecer la industria siderúrgica vasca en detrimento de los núcleos siderúrgicos de otros lugares como el Bierzo (León), Málaga o Asturias, que en adelante no pudieron hacer frente a la competencia bilbaína. La industrialización española avanzó bajo el signo del proteccionismo y a un ritmo lento y plagado de discontinuidades. A ello contribuyó el acusado fondo rural del país, el impacto de la desamortización civil, la ausencia de una burguesía emprendedora, la debilidad del mercado interior, etc., así como la incapacidad tecnológica y la situación de España como país periférico respecto a la Europa industrial a la que se exportaban materias primas y de la que se importaba capital de bienes de equipo. La producción industrial española estuvo muy orientada hacia los bienes de consumo y sustentada, en gran mediad, en las industrias siderúrgica, metalúrgica y textil. El mapa industrial comenzó a adquirir unos trazaos nítidos en los que ya se advertía la polarización en torno a Vizcaya, Barcelona y Madrid, y en otros puntos del interior peninsular que desarrollaban una industria de base agraria. El crecimiento industrial hasta la Guerra Civil. Durante el primer tercio del siglo XX, la industria española se afianzó notablemente gracias a la protección arancelaria y se consolidaron sectores industriales como el metalúrgico, el textil o el químico, impulsados por el crecimiento de la demanda y la consolidación del mercado interior. El proceso de industrializadón conoció los efectos positivos de la repatriación de capitales tras la pérdida de las colonias, de una mentalidad más emprendedora y de los beneficios comerciales derivados de la Primera Guerra Mundial. A pesar de que continuó la explotación minera por parte de las empresas europeas, la Primera Guerra Mundial permitió el incremento de las exportaciones agrarias industriales a los países contendientes, lo que repercutió en una capitalización muy provechosa para nuestra industria; la productividad industrial mejoró y se dio un considerable impulso a la construcción de obras públicas durante la dictadura de Primo

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de Rivera, particularmente de carreteras, que resultó fundamental para la conexión de los mercados interiores. En este periodo, las empresas extranjeras abandonaron la explotación de las agotadas minas españolas, y pese a los indudables progresos, la industria española seguía acusando el retraso y la dependencia de Europa. El mapa industrial se consolidó sobre el germen de los focos anteriores, de modo que empezaron a manifestarse los desequilibrios territoriales que alcanzarían su plenitud en las décadas posteriores. La reconstrucción industrial de la posguerra. La Guerra Civil truncó la fase expansiva de la industria española. A su término hubo que afrontar la reconstrucción, la recuperación económica y la puesta en práctica de una política industrial que viniera a resolver las graves carencias del momento, lo cual se abordó en un contexto de autarquía, es decir, de autosuficiencia económica y de aprovechamiento de los En 1941 se creó el Instituto Nacional de Industria (INI), con una fuerte participación de capital estatal en los sectores básicos de la industria (siderurgia, naval, petroquímica). A partir de 1950 la situación fue cambiando y se logró una cierta recuperación en los niveles de renta, mejoró la situación en la posguerra y la economía española encontró cierto alivio a partir de las negociaciones con Estados Unidos y del ingreso en la ONU. Se puso fin al aislamiento y España se integró gradualmente en la economía internacional, al tiempo que la falta de capital fue suplida por las inversiones extranjeras que comenzaron a llegar. La nueva estructura industrial se caracterizó por la dualidad, es decir, por la existencia de un sector dominado por la gran empresa de capital público (Hunosa, Ensidesa, y demás empresas pertenecientes al INI) y orientado a bienes de equipo, y otro sector integrado por la pequeña y mediana empresa de capital privado, dedicado a las industrias de transformación y de bienes de consumo. Desde un punto de vista espacial, la política industrial favoreció la consolidación de algunas regiones industriales en detrimento de otras; así, se polarizó claramente hacia Cataluña, País Vasco y Madrid (41,5% del empleo) en perjuicio de otras que se configuraban como áreas subdesarrolladas, las cuales comenzaban a padecer los efectos negativos de los desequilibrios y del éxodo rural. Pero el modelo industrial acusaba graves deficiencias y se mostraba incapaz de resolver las carencias, de ahí que a partir de 1959 se abordase el desarrollo industrial y económico siguiendo las directrices del denominado Plan de Estabilización. El impulso industrializador años de los 1960. El período entre 1959 y 1975 supuso un crecimiento económico sin precedentes, al que contribuyeron una serie de factores favorables, como la expansión generalizada

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de la economía capitalista, la llegada de capital extranjero, la instalación de grandes empresas multinacionales, etc. Al mismo tiempo, España recibía las divisas que aportaban turistas y emigrantes, con las que hizo frente a la compra de petróleo, a la importación de bienes industriales y a la nivelación de la balanza de pagos. El estado puso en funcionamiento los planes de desarrollo y una política regional basada en los polos de desarrollo y promoción, entre los que destacaron los de Huelva, Córdoba, Granada, Burgos. A pesar de que los planes de desarrollo no dieron los resultados previstos, se consiguieron objetivos muy importantes, el más notorio de los cuales, sin duda, fue que el PIB alcanzó un índice de crecimiento anual en torno al 7%. La industria española mejoró notablemente y alcanzó un alto grado de diversificación en su producción de bienes de equipo, de uso y de consumo, aunque siguió acusando los efectos negativos de la gran dependencia tecnológica, de las importaciones y de una inadecuada estructura empresarial. El desarrollo industrial de los años 1960 se localizó en las regiones que tenían mayor tradición industrial y en sus áreas adyacentes, lo cual agravó los desequilibrios regionales. Se generó una dicotomía entre los tres espacios más industrializados (Cataluña, País Vasco y Madrid), que concentraron casi las tres cuartas partes de las inversiones multinacionales y del empleo recién creado, y, por otra parte, la Meseta, Galicia, Extremadura y Andalucía, que acusaron una pérdida de significación industrial. El modelo industrial de la década de 1960 hizo que aumentaran las diferencias entre regiones ricas y pobres, lo que incidió en los procesos demográficos de emigración y de éxodo rural que vivió la población española y que vinieron a incrementar aún más los propios desequilibrios. Al final del período, la industria española experimento una profunda crisis, al ser tributaria en exceso de sus deficiencias estructurales y de la dependencia energética. El encarecimiento de la energía, causado por la gran subida de los precios del petróleo en 1973, incrementó los costes de producción. Crisis y reestructuración de la industria española. La crisis de la industria que afectó al mundo occidental a partir de 1973 también afectó a España, donde se presentó con cierto retraso. Las causas de dicha crisis en lo que a España se refiere, pueden catalogarse de externas, es decir, ajenas a la industria, e internas, o relacionadas con las características de la misma. Respecto a las causas externas, la primera y principal fue el encarecimiento de los precios del petróleo, cuyas consecuencias fueron gravísimas para España, debido a su dependencia energética y al incremento experimentado por el consumo de petróleo. Igualmente, contribuyeron otros factores, como la mundialización de la economía, el incremento de la competitividad, la emergencia de nuevos países industriales y el

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agotamiento del modelo industrial y del ciclo tecnológico, que dio paso a una nueva fase (la tercera revolución industrial), caracterizada por las nuevas tecnologías y por los nuevos sectores industriales derivados de ella (informática, electrónica, nuevos sistemas de producción, etc.). Entre las causas internas cabe destacar la fragilidad resultante de la dependencia energética y tecnológica, y de las dimensiones inadecuadas de las plantas industriales, el endeudamiento, los desequilibrios entre sus sectores productivos y espaciales, etc. A todo ello hay que añadir el delicado momento en que se hizo patente la crisis: el ocaso del franquismo y el complicado camino que comenzaban a recorrer la sociedad española hacia la transición democrática. La crisis se agravó ante el retraimiento de las inversiones industriales, a la espera de la evolución política, la caída de la productividad y la tardanza en adoptar soluciones. La respuesta a la crisis no podía ser otra que la reestructuración de la industria. Con este fin se adoptaron en 1984 disposiciones en una doble dirección: reconversión de los sectores industriales más afectados por la crisis y reindustrialización, es decir, recomposición del tejido industrial en las zonas donde éste había resultado especialmente dañado. La reconversión industrial se llevó a cabo sobre los sectores maduros de la industria: siderurgia, construcción naval, industria textil, etc. Con ella se pretendía racionalizar la producción industrial adaptando la oferta a la demanda, sanear las finanzas adecuar el tamaño, modernizar la industria, adoptar nuevos sistemas de gestión, etc. En buena medida, la reconversión afectó a las grandes empresas creadas en la etapa desarrollista, cuyo tamaño no era el apropiado para nuestras necesidades y posibilidades de exportación. Una segunda dimensión de la reconversión fue la apuesta por los sectores más dinámicos, por lo que se puso énfasis en las industrias de automoción, en las químicas y en las agroalimentarias, con capacidad para activar otros sectores económicos, y en las actividades de alta tecnología, de gran importancia para el futuro. Los procesos de reconversión industrial resultaron eficaces, aunque no en la medida que se pretendió en un primer momento, pues al llevarlos a la práctica desaparecieron muchos puestos de trabajo a consecuencia de las reducciones de plantilla que exigían los planes de viabilidad. Paralelamente se procedió al desarrollo de los programas de reindustrialización, para lo que se crearon las Zonas de Urgente Reindustrialización (ZUR). Los nuevos planes pretendían recomponer el tejido industrial sobre las bases de la modernización tecnológica y de la implantación de nuevas actividades de futuro. En conjunto, puede decirse que no dieron todos los resultados esperados, pues concentraron la inversión y agravaron los desequilibrios, fosilizando el modelo surgido en el siglo XIX, que fue consolidado en el periodo franquista.

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A partir de 1991 asistimos a una nueva reconversión industrial, impuesta por Europa, y desde mediados de la década de 1990 se asiste a una recuperación económica bien perceptible en todos los sectores.

El nuevo mapa industrial El nuevo mapa industrial de España es reflejo de la trayectoria seguida en las diferentes épocas y en los recientes procesos de ocupación del espacio. En él se advierten, entre otras cosas, las siguientes características: 1) Consolidación de Madrid y Barcelona como centros neurálgicos de la industria Española. Sus respectivas áreas metropolitanas han consolidado una potente y diversificada industria que en los últimos años ha experimentado dos tendencias de signo contrario: por una parte, la crisis y la reconversión de importantes sectores industriales y, por otra, la revitalización de sus tejidos industriales a partir de la instalación de establecimientos dinámicos y de sectores de alta tecnología. 2) Declive de los espacios tradicionales de la industria española, particularmente los situados en la cornisa cantábrica, que se hallan en proceso de mutación y retroceso, a consecuencia de la crisis que afectó a los sectores maduros de su industria (metalurgia, petroquímica, naval), de gran implantación en este espacio geográfico y cuya caída ha tenido repercusiones muy negativas en las pequeñas y medianas empresas relacionadas con ellos. El declive ha afectado a Asturias, a Cantabria y, con especial intensidad, al País Vasco, que poco a poco empieza a recuperar las tasas de crecimiento industrial que había perdido. Asimismo, esta situación ha influido en áreas del interior, tributarias de algunos de los sectores antes mencionados (Puertollano, en Ciudad Real; Ferrol, en A Coruña; la bahía de Cádiz, etc.). 3) Espacios industriales en expansión, entre los que destacamos las áreas periurbanas y los ejes de desarrollo. En numerosas ciudades españolas se han consolidado áreas periurbanas de gran importancia industrial, en las cuales las industrias se ha instalado al amparo de la proximidad a los centros urbanos, la accesibilidad a los mercados y a los centros de distribución, las facilidades de instalación, las dotaciones de suelo industrial, la situación estratégica de las vías de comunicación, etc. Estas instalaciones forman franjas o coronas que concentran industrias diversas y de variado tamaño y que suponen un espacio de transición entre la ciudad y el espacio rural. Los ejes de desarrollo son el resultado de los procesos de difusión espacial de la industria a lo largo de corredores que comunican áreas industrializadas; los más dinámicos son el eje del Ebro y el eje del Mediterráneo. El primero aprovecha los beneficios geográficos de su situación entre el País Vasco y Cataluña, y la 62

accesibilidad a la Meseta desde el valle del Ebro. E l eje Mediterráneo se extiende desde Girona hasta Murcia y acoge una industria muy diversificada que se beneficia del mercado que le proporciona la altas densidades de población en el litoral. Además de estos dos ejes, hay otros interiores, igualmente dinámicos, como el del Henares, que se extiende desde Madrid hacia el norte. En cuanto a los ejes regionales secundarios, son buenos ejemplos los de Ferrol-Vigo, Palencia-Valladolid, del Guadalquivir, etc. A parte de estos ejes, hay que destacar como espacios industriales en expansión numerosos núcleos urbanos de tamaño pequeño o medio que aprovechan los recursos endógenos para su desarrollo industrial. 4) Los espacios de industrialización escasa se corresponden con las zonas interiores de la Península y algunas periféricas. Distinguimos en primer lugar, los espacios que fueron objeto de la industrialización inducida y que dieron lugar a importantes núcleos industriales, como Zaragoza, Valladolid, Burgos y HuelvaCádiz-Sevilla; en segundo lugar destacamos una serie de espacios, como Castilla-La Mancha o Extremadura de manifiesta escasez industrial debido a su baja densidad de población y a la ausencia de tradición industrial. Tema 16: Sectores de la actividad industrial en España. Sectores fundamentales Las actividades industriales se agrupan en torno a sectores que se identifican por el destino final de los bienes producidos o de acuerdo con la naturaleza u origen de las materias primas utilizadas. Según el primer criterio, distinguimos entre industrias de base, de bienes de equipo y de bienes de uso y consumo. Las industrias de base ocupan el primer eslabón en la cadena industrial, pues transforman las materias primas en productos semielaborados que, a su vez, son empleados como materia prima por otras industrias. Un buen ejemplo serían las industrias siderúrgica y petroquímica. Las industrias de bienes de equipo producen bienes de equipo producen bienes, máquinas o herramientas, que son utilizadas por otras industrias en sus proceso fabriles. Las industrias de bienes de uso y consumo transforman materias con distinto grado de elaboración o productos diversos en bienes que son usados o consumidos directamente por la población. Asimismo, los sectores industriales pueden establecerse considerando sus características generales; de este modo, distinguimos entre los sectores industriales tradicionales, los sectores dinámicos y los sectores de vanguardia. a) Entre los sectores tradicionales de la industria española incluimos aquellos que tuvieron una importancia capital en todo el proceso de industrialización contemporánea y que se

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relaciona con los metales. La metalurgia básica, tanto por ser la base de actividades industriales como por su dimensión económica, generación de empleo, conexión de otros sectores económicos, como la minería, etc., constituye uno de los principales sectores de la industria española La industria metalúrgica más destacada del hierro, es decir, la siderurgia, en sus dos modalidades: la siderurgia integral, que obtiene acero en los altos hornos a partir del mineral de hierro, y la no integral, que lo obtiene en hornos eléctricos a partir de la refundición de la chatarra La industria siderúrgica se consolidó en el País Vasco, para luego extenderse al Mediterráneo (Altos Hornos del Mediterráneo) y a Asturias (Ensidesa). Tuvo un gran impulso en las actuaciones llevadas a cabo por el Instituto Nacional de Industria, que construyó grandes acerías, explotadas por empresas públicas. Su sobredimensionamiento con relación a las necesidades españoles fue una de las causas que originaron su crisis, razón por la cual fue necesaria una fuerte reconversión que tuvo importantes repercusiones sociales. La siderurgia no integral, en cambio, responde a una estructura empresarial de menor tamaño y que su ámbito de implantación se extiende también a Navarra, Asturias y Cataluña. Muy relacionada con la industria siderúrgica está la transformados metálicos, que fabrica una gama de productos que abarca desde la ferretería hasta la maquinaria; va asociada a la pequeña y mediana empresa y tiene una mayor dispersión espacial, aunque se localiza preferentemente en los tres hogares clásicos de la industria española: País Vasco, Cataluña y Madrid. Mucho más reciente en la cronología industrial es la fabricación de electrodomésticos, que, por la naturaleza de los componentes que utiliza, tienen una clara filiación con las industrias metalúrgicas. Ha alcanzado una significación extraordinaria por su condición de abastecedora de bienes de uso a los hogares modernos. Su expansión fue paralela a las transformaciones experimentadas por la sociedad en los años 60, a la adopción de nuevas fuentes de energía para uso doméstico (gas butano, gas propano, gas natural) y a la generalización de la industria del frío. En principio, fue una industria muy atomizada en empresas de tamaño medio, aunque después sería reestructurada mediante procesos de concentración industrial. La construcción naval es otro de los sectores más importantes de nuestra industria tradicional. Es heredera de la vieja carpintería de rivera y, aunque los buques siguen construyéndose en las instalaciones denominadas astilleros, el material utilizado en la construcción es el acero, que ha permitido el aumento de tonelaje. Por iniciativa del INI se construyeron grandes astilleros en enclaves significativos del litoral (Ferrol, Cádiz). Su estructura empresarial era la de grandes empresas públicas (Astano, Empresa Nacional Bazán) especializadas en la construcción de buques petroleros y graneros, y con los cuales España ocupó un lugar de privilegio en la lista de países constructores. Además de los grandes astilleros, existen empresas de menor tamaño dedicadas a la

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construcción de barcos de pesca o de recreo. La crisis del petróleo afectó a la industria de construcción naval; por un lado, se evidenciaron las deficiencias estructurales de nuestros astilleros, por otro, el encarecimiento del crudo obligó a transportarlo en barcos de tonelaje medio. A partir de 1990 descendió la construcción de barcos y el sector concluyó una dura reconversión industrial, que generó desempleo y cuyos efectos sociales trataron de paliarse con incentivos y concesión de zonas de urgente reindustrialización (bahía de Cádiz). Los sectores de la industria textil, del cuero y del calzado son, igualmente muy importantes en el tejido industrial español. La industria textil catalana constituyó uno de los pilares de la industrialización, aunque con el correr de los tiempos experimentó cambios profundos, unos relacionados con la sustitución de las fibras orgánicas (lana, lino, algodón) por fibras de origen químico, y otros relacionados con la reestructuración de las empresas, que han aumentado de tamaño al concentrarse multitud de pequeñas fábricas en unidades de producción más competitivas. La industria de la confección es una rama derivada de la industria textil que ha surgido a medida que la población demanda confecciones en lugar de tejidos. Está formada por un enjambre de pequeñas industrias que, al igual que la industria del calzado, se encuentra muy dispersa, aunque se extiende, sobre todo por las regiones mediterráneas. b) Otros sectores industriales, como los de automoción, químico y agroalimentario, presentan un mayor dinamismo, que procede de su condición de abastecedores de bienes y productos absolutamente imprescindibles en el funcionamiento de la propia sociedad industrial. Por lo general, son actividades con un alto componente tecnológico, tributarias de grandes inversiones y capital multinacional, y de grandes instalaciones fabriles. El sector del automóvil se desarrolló en España en la década de 1960, siendo, a su vez, uno de los impulsores del crecimiento económico. Prosperó bajo la protección estatal y al amparo de las inversiones realizadas por grandes marcas multinacionales y por el INI. Constituye un sector de gran influencia en la economía, por sus efectos inductores y por su capacidad de activar las numerosas empresas de las que recibe componentes. España cuenta con importantes plantas de fabricación de automóviles distribuida por toda la geografía nacional (Madrid, Barcelona, etc) y es uno de los sectores exportadores de nuestra economía. La industria automovilística sufrió los efectos de la reconversión, que estuvo muy centrada en el saneamiento técnico y financiero, el cual fue posible con el concurso de inversiones extranjeras y estatales. El sector químico se articula en torno a la industria petroquímica y a la industria química de transformación. La primera constituye la química de base, que se lleva a cabo en grandes complejos industriales, por lo general asociados a las refinerías de petróleo (Huelva, Algeciras, Cartagena, etc.) Es tributaria de grandes capitales, por lo común extranjeros.

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La industria química de transformación obtiene productos diversos, como pinturas, fertilizantes, etc., que se elaboran en establecimientos fabriles de mucho menor tamaño. Estos tienen un alto grado de dispersión espacial, aunque su localización preferente coincida con las regiones más industrializadas del país: País Vasco, litoral catalán y en el área metropolitana de Madrid. El sector agroalimentario ha irrumpido con fuerza en las sociedades modernas. Consiste en un proceso de transformación de los productos agrarios impuesto por la disociación entre zonas productoras y consumidoras. Es un sector que se caracteriza por la diversidad en cuanto a la naturaleza de los productos, los procesos de transformación, la estructura empresarial, la distribución geográfica de las fábricas, etc. En general, predominan las fabricas pequeñas y medianas que coinciden en su mayoría con las áreas de regadío, aunque también se han establecido grandes empresas multinacionales, cuya presencia podría ser muy importante en ramas como la de los derivados lácteos, la del aceite, la del azúcar, etc. c) A la vanguardia de la industria y con una clara proyección de futuro se hallan los sectores de tecnología punta, que aportan descubrimientos, nuevos materiales, sistemas y medios para la mejora de la producción industrial. A partir de estos elementos, se habla de una nueva revolución industrial. Su importancia radica en la inusitada importancia que ha alcanzado la tecnología en el mundo contemporáneo, donde el valor de los bienes industriales no radica tanto en el de sus componentes materiales como en el de sus componentes tecnológicos. Se trata de un sector que integra las distintas ramas de la electrónica y su desarrollo ha sido impulsado por la Administración, pues es completamente imprescindible para en los restantes sectores industriales. Política industrial Tras el ingreso de España en la Unión Europea, la política industrial española sigue las directrices que emanan de la Unión, y las integra en sus propias iniciativas y en las que presentan las comunidades autónomas. Sus objetivos generales están encaminados a resolver los problemas estructurales que presentan las industrias en un mundo en continua mutación y a atenuar o corregir los desequilibrios regionales. La política comunitaria incorpora un conjunto de medidas y de actuaciones que se recogen en el V Programa Marco de la Unión Europea (1998-2002) y entre cuyas líneas de actuación destacan el fomento de la investigación, promoviendo los programas de I+D (investigación y desarrollo), las inversiones en formación de mano de obra y métodos de gestión, etc. Asimismo, se pretende el fomento de la cooperación internacional para el desarrollo de proyectos e iniciativas transnacionales, la innovación y la ayuda a pequeñas y medianas empresas, el surgimiento de centros comunes de investigación, transferencias tecnológicas, etc. Todo ello, en un contexto económico en el que se aspira a la libre competencia como característica de mantenimiento del sistema.

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En España, la política industrial tiene sus antecedentes en las actuaciones llevadas a cabo por el INI, en los Planes de Desarrollo y en la política de A partir de la integración europea se intensificaron las reconversiones para adaptarse a las exigencias comunitarias y comenzaron a percibirse en la industria algunos efectos de la convergencia, tales como el desarme arancelario y la llegada de subvenciones y ayudas para incentivar los sectores o espacios en crisis y las zonas desfavorecidas. La nueva situación ha precisado del desarrollo de programas de ayuda a las Pymes para mejorar la competitividad y ha dado paso a un amplio programa de privatizaciones de empresas estatales. Al mismo tiempo, las comunidades autónomas han puesto en funcionamiento programas para corregir sus propios desequilibrios internos y planes de fomento industrial para favorecer la difusión espacial y propiciar nuevos procesos industriales basados en el desarrollo endógeno. Procesos territoriales La industria española ha tenido una tendencia muy acusada a la concentración en unas áreas y en unos espacios determinados. Este fenómeno de la polarización industrial no ha sido exclusivo de España, sino que fu un modelo bastante generalizado por la influencia que ejercieron en la localización industrial En los inicios de la Revolución Industrial la localización de los establecimientos industriales gozó de cierta dispersión geográfica, pero a medida que se asentó la industrialización, se fueron seleccionando las zonas según sus ventajas comparativas. Se consolidó así un modelo de ocupación industrial del espacio con una clara concentración en el País Vasco, Cataluña y Madrid que, a medida que iban aumentando en tamaño e importancia, atraían nuevas empresas y fábricas que se beneficiaban de la proximidad a otras industrias conexas, de la concentración de la demanda, de la dotación de servicios e infraestructuras, etc. Este modelo alcanzó su plenitud en el decenio de 1965 a 1975. Época en la que se concentró el mayor crecimiento industrial en las áreas metropolitanas más grandes. Contó con los efectos derivados de los planes de desarrollo, que incidieron en mayor grado sobre las grandes multinacionales del sector químico y automovilístico y, en último término, por las medidas adoptadas en la reconversión industrial, que concentraron las inversiones en estos espacios. El modelo anterior comenzó a variar en los años 1980 al surgir una serie de factores negativos (encarecimiento del suelo en las áreas industriales, perjuicios derivados de la saturación e incremento de costes, déficit de infraestructuras, etc.) frente a los cuales se ofrecía como solución la descongestión industrial y la búsqueda de nuevos emplazamientos. A ello contribuiría la mejora generalizada de los sistemas de transporte y comunicaciones, de la accesibilidad a los mercados, y el conjunto de medidas de atracción puestas en práctica de los gobiernos regionales, además de las nuevas posibilidades de localización que empezaban a ofrecer los espacios de industrialización endógena. Todas estas circunstancias han propiciado la aparición de nuevos procesos territoriales entre los cuales el más notable es el de la difusión espacial, a partir de las 67

zonas industriales congestionadas. Por ello, la industria española se articula hoy, en su dimensión espacial, en torno a los centros industriales, que constituyen el soporte de las regiones de mayor y más temprana industrialización, a los enclave en el espacio rural y a los ejes industriales, que enlazan las áreas industriales aprovechando las ventajas de una situación privilegiada. Tema 17: El transporte en España y su papel en el territorio. LOS SISTEMAS DE TRANSPORTE En las sociedades contemporáneas, sobre todo en las más desarrolladas, como es el caso de España, los transportes tienen una importancia capital. Constituyen un sistema que permite el desplazamiento de personas, bienes y mercancías, cuyos elementos son los medios o vehículos de transporte, las infraestructuras, y los bienes y productos transportados. Las infraestructuras para el transporte (carreteras, autopistas, vías férreas, puertos, aeropuertos, etc.) componen redes extendidas sobre el territorio e interconectadas entre sí, que ponen en comunicación distintos puntos y regiones. Tienen una gran influencia sobre el territorio, ya que son expresivas de las relaciones entre distintos ámbitos funcionales o económicos, y constituyen un capítulo fundamental en la ordenación del territorio y en las políticas de corrección de los desequilibrios regionales. Los medios de transporte han evolucionado mucho. Hasta hace poco más de un siglo sus formas tradicionales eran la navegación marítima vela y el transporte terrestre en carruajes o caballerías. El siglo XIX conoció el desarrollo del ferrocarril, tan ligado a los progresos de la modernización de los transportes marítimos y, a partir de mediados de siglo, la generalización del transporte aéreo. Todo ello ha constituido una auténtica revolución en las sociedades actuales, que no ha consistido sólo en el incremento de la capacidad de carga o en la velocidad de desplazamiento, sino en la aparición de nuevas formas de transporte que permiten el flujo de capitales, ideas, información, etc. En cuanto a los bienes transportados, hay que destacar que la cantidad de mercancías que hoy se mueve no tiene comparación con cualquier otro momento pasado. Asimismo, el transporte de personas ha alcanzado niveles sin precedentes y es un fiel reflejo de la movilidad de los ciudadanos en las sociedades contemporáneas, cuyos desplazamientos diarios y ocasionales están justificados por la disociación entre los lugares de residencia y trabajo, por razones laborales o por motivos de ocio. Características del sistema español de transportes El sistema español de transportes presenta unas características que son, al mismo tiempo, rasgos de arcaísmo y de modernidad, herencia de la historia y logros de la 68

evolución reciente de la sociedad. Entre ellas, destacan las siguientes: a) La acusada influencia del medio natural, que se ejerce fundamentalmente a través del relieve. Así, a la elevada altitud media de nuestras tierras, ha de añadirse una morfología que dificulta el trazado de las vías de comunicación y obliga a la construcción de estructuras que encarecen la ejecución y dificultan la realización (puentes, viaductos, túneles). b) El trazado radial que tiene como centro Madrid es muy perceptible en las redes de carreteras y en la red ferroviaria. El transporte aéreo responde también a un modelo radial por la importancia que tiene la capital de España como origen y destino de los vuelos nacionales e internacionales. c) Los desequilibrios territoriales entre regiones, que se manifiestan, tanto por la densidad de redes viarias e infraestructuras como en la calidad de las propias instalaciones y vías de comunicación. En este sentido, la tendencia es que las regiones con mayor grado de desarrollo tengan mejores comunicaciones, lo cual es, a su vez, un factor de desequilibrio. d) Las deficiencias en la comunicación interregional, consecuencia de factores físicos, de la disposición radial de las redes de comunicaciones y de las desigualdades regionales, sin que la descentralización administrativa resultante de la implantación del Estados de las Autonomías haya resuelto la situación e) El marcado desequilibrio hacia el transporte por carretera, que acusa los efectos de la sobrecarga en el transporte de personas y de mercancías. La red de carreteras y las características del transporte. En la actualidad, los transportes por carretera son los de mayor importancia, al tiempo que la red de calzadas ejerce gran influencia en la articulación del territorio. Esta red de carreteras tiene su origen en la multitud de caminos formados a través de los siglos. Las calzadas romanas –principal soporte de la ordenación del territorio en su tiempo- y las redes trazadas por musulmanes y cristianos durante la Edad Media son antecedentes destacados; sin embargo, fue en el siglo XVIII cuando las carreteras españolas cobraron un gran impulso y se logró una red de ámbito nacional, pues en esta época se acometió la construcción de la red de estructura radial que unía el centro – Madrid-con los principales puertos del litoral. El plan se desarrolló durante los siglos XVII y XIX, y es la base del actual mapa de carreteras. En el primer tercio del siglo XX 1926 se impulsó el Plan de Firmes Especiales, que pretendía una mejora general de la red viaria para adaptarlas a las nuevas condiciones del transporte y a los nuevos vehículos automóviles. Hacia los años 1960, la red española de carreteras presentaba grandes carencias y resultaba insuficiente para las necesidades del momento, caracterizado por el auge de los vehículos a motor.

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Para adaptarse a la nueva realidad socioeconómica y entendiendo que las infraestructuras eran un factor imprescindible para el pretendido desarrollo, se acometió el Plan REDIA (Red de Itinerarios asfálticos, 1967-1971), que incluyó entre sus objetivos a ampliación del ancho de calzada, la mejora de la pavimentación y de la señalización, la corrección de trazados y la dotación de arcenes en las principales rutas españolas. Las actuaciones se centraron en los seis grandes ejes que forman el soporte del modelo radial (Nacionales I a VI), con lo que éste quedó definitivamente consolidado. En el mismo año 1967 se aprobó el Plan de Autopistas, que proyectaba un ambicioso sistemas de autopistas de peaje que no llegó a concluirse. En cierto modo, su objetivos fueron cubiertos a partir de los años 1980 con un proyecto de autovías a partir del desdoblamiento de calzada de las principales carreteras nacionales y que, una vez concluido, constituiría el soporte básico de comunicación y de la red viaria. Esta solución no resolvió todas las necesidades, de ahí la intención de completarlo con el Plan de Infraestructuras (1993-2007). Éste pretende asegurar las conexiones internacionales con Francia y Portugal, completar la red de alta intensidad de tráfico, descongestionar las vías radiales y favorecer la comunicación interregional mediante la construcción de autovías radiales y periféricas que atenúen los efectos negativos del plan radiocéntrico heredado de tiempos pasados. La red española de carreteras alcanza 163557 Km, de los que 8241 Km son autovías y vías de doble calzada y 2202, autopistas de peaje. El conjunto de carreteras es gestionado por el Estado, por las comunidades autónomas y por las diputaciones provinciales o cabildos. La red básica del Estado depende de la Administración central y tiene 24105 Km, lo que asegura la comunicación interregional. La red autonómica es la más extensa, está compuesta por más de 70000 Km de calzada y en ella se integran las carreteras de ámbito regional, cuya gestión está transferida a las comunidades autónomas. Por último destacan las redes de ámbito local y comarcal, administradas por cabildos, diputaciones, etc. En conjunto, la red de carreteras presenta grandes diferencias regionales en cuanto a densidad, naturaleza de las vías y calidad de las mismas y, aunque la densidad puede ser una adecuación a las características geográficas menor densidad en las zonas de montaña y espacios de hábitat concentrado que en las zonas de valle o de hábitat disperso), en eso, las comunidades más desarrolladas tienen mejores infraestructuras, lo cual es un factor adicional de de desarrollo. El transporte por carretera ha experimentado un crecimiento vertiginoso y paralelo al incremento del parque de vehículos y de la movilidad espacial de la sociedad española. Con centra el 90% del transporte de viajeros y más del 70% de mercancías, consecuencia del modelo originado con el desarrollismo, que consagró al automóvil como medio de transporte de personas y mercancías en detrimento del tren.

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Los ferrocarriles. Pasado y presente El ferrocarril y la locomotora a vapor supusieron una gran innovación en materia de transporte y comunicaciones. Tras diversos proyectos que no llegaron a realizarse, los primeros trayectos que se abrieron al tráfico en la Península fueron el de Barcelona a Mataró, en 1848, y el de Madrid a Aranjuez, en 1851. Desde el principio, fueron muchas las solicitudes que hicieron diversas compañías extranjeras para construir y explotar líneas ferroviarias; la mayoría de ellas eran proyectadas para servir a intereses mineros que también estaban en manos de capital extranjero. En 1855 se promulgó una ley que regulaba las concesiones y permitía la importación de materia ferroviario, y que la industria siderúrgica española no podía producirlo. Pronto contó España con una excelente red ferroviaria que revolucionó el transporte y contribuyó a romper la incomunicación entre regiones y comarcas. Con relación a Europa, los ferrocarriles españoles presentaban la diferencia del ancho de vía. Los demás países europeos utilizaban una separación entre raíles de 1.435 mm, que se consideró insuficiente en España por los desniveles del terreno y el trazado sinuoso, obligado por el relieve; con el fin de proporcionar una mayor estabilidad a los trenes, se adoptó en 1844 la anchura de vía de seis pies castellanos, equivalentes a 1.672 mm. La medida, en la que también debieron influir razones estratégicas, ha supuesto el aislamiento ferroviario de España con respecto al resto de Europa hasta fechas recientes; el problema se ha resuelto mediante la instalación de intercambiadores de ejes en las estaciones fronterizas con Francia. A comienzos del siglo XX la red ferroviaria tenía una longitud de 10.864 Km, a los que habría que añadir otros 1972 Km de ferrocarriles secundarios de vía estrecha. En su mayor parte, las líneas pertenecían a compañías extranjeras, entre las que destacaban Ferrocarriles del Norte, titular de 3672 Km, M.Z.A. (Madrid-Zaragoza-Alicante), concesionaria de 3650 Km, y Ferrocarriles Andaluces, que explotaba 1072 Km por el sur de España. En 1939, al término de la Guerra Civil española, la red ferroviaria estaba muy deteriorada, necesitaba cuantiosas inversiones y su explotación era deficitaria, por ello las compañías no tenían mucho interés en mantener las concesiones de las que eran titulares. En 1941 pasó al Estado, decisión que propició la creación de RENFE. El ferrocarril ha sido el principal medio de transporte e personas y mercancías hasta comienzos de los años 1960, fecha en la que fue relegado a segundo término ante el auge del transporte por carretera. La red de ferrocarriles españoles, al igual que la de carreteras, tiene una disposición radial con centro en Madrid y tres importantes nudos de dispersión del tráfico- Venta de Baños (Palencia), Alcázar de San Juan (Ciudad Real) y Zaragoza. La longitud de la red es de 12.700 Km de ferrocarril de vía convencional, gestionados por RENFE, y unos 2.000 de vía estrecha. Desde 1992 el trazado ferroviario se completa con los trenes de

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alta velocidad (AVE) de Madrid a Sevilla. Tema 18: El turismo en España. El turismo de masas. España como destino turístico España es una de las principales potencias turísticas del mundo, tanto por el número de visitantes que recibe como por los ingresos que reporta esta actividad. La consolidación de España como destino turístico data de los años 1960, aunque cuenta con unos antecedentes dignos de mención en los viajeros ilustrados y los románticos que nos visitaron. Desde el siglo XVIII, pero especialmente a lo largo del siglo XIX, son numerosos los viajeros que recorren España, entre ellos naturalistas y escritores. Unos y otros quedaron impresionados por la diversidad que ofrece la naturaleza de España, por el exotismo de unos paisajes que le recuerdan a África, por la pervivencia de las herencias árabe y oriental, por las ciudades y los monumentos, por los tipos y las costumbres populares, por el bandolerismo, por las corridas de toros, etc. La difusión de sus conocimientos y de sus experiencias en escritos y guías de viaje contribuyó a forjar una imagen de España plagada de escenas tópicas, pero que ha alimentado la curiosidad y el interés de los extranjeros por España y la percepción de ésta como destino turístico singular. A la gestación definitiva de España como potencia turística han contribuido causas externas e internas. Entre las causas externas habría que citar la evolución de la sociedad europea tras la Segunda Guerra Mundial. Concluida la reconstrucción posbélica, Europa alcanzó en estado de bonanza económica y de bienestar social sustentado en un alto nivel de vida, amplia cobertura social, reducción de la jornada laboral, vacaciones remuneradas, etc. Pronto crecieron las demandas de ocio, entre las que ocupó un lugar preferente el turismo, que ahora podía disfrutarse masivamente gracias a la generalización del automóvil y a la popularización de los viajes en avión. Como factores propios o internos de España hemos de destacar su situación geográfica, su conocimiento y valoración por parte de las sociedades extranjeras y las excelentes condiciones de su oferta turística: amplio litoral, climatología favorable variedad paisajística, rico patrimonio cultural, etc., y todo ello a buenos precios, como correspondía a un país con cierto atraso respecto a los países de procedencia de los turistas. Evolución del turismo en España Los inicios del turismo moderno se sitúan en los años 50 del siglo XX. Puede señalarse 1959 como año de despegue, coincidiendo con un significativo momento en la planificación económica de España, que entendió el turismo como un importante factor

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de desarrollo. En 1960 el número de visitantes superó los 6 millones, abriéndose en este momento una etapa de crecimiento continuo que duró hasta 1973. En este período se pusieron las bases del modelo turístico español de masas, el cual requirió la construcción de apartamentos y hoteles, y que dio lugar a la precipitada urbanización de los litorales, muchas veces regida por la especulación y carente de planificación. El ritmo expansivo quedó interrumpido en 1973, año de una recesión, motivada por el incremento de los precios del petróleo, la crisis económica, el ocaso del franquismo y los balbuceos de la transición democrática. A partir de 1976 se inició una nueva fase de crecimiento sostenido, que duró hasta 1989, y cuya principal característica –junto al aumento de turistas extranjeros- fue la incorporación de los españoles al turismo de playa. Tras una nueva recesión a comienzos de los años 1990, se ha abierto una nueva fase en la que se han superado los 70 millones de visitantes, cifra que incluye a los viajeros en tránsito y a los turistas propiamente dichos, que ascienden a más de 45 millones. Si comparamos el gráfico sobre la evolución de los turistas y de los ingresos aportados desde 1960, distinguimos tres períodos: a) Hasta comienzos de los años 70, aumenta más rápidamente el número de turistas que de ingresos, lo que quiere decir que se trataba de un turismo con bajo poder adquisitivo. b) Desde los inicios de los 70 hasta mediados de los 80, turistas e ingresos crecen paralelamente prueba del buen adquisitivo. c) Desde 1985, los ingresos crecen a un ritmo muy superior al de visitantes, lo que evidencia el encarecimiento del turismo español desde nuestro ingreso en la Unión Europea. A pesar de ello, el turismo español aporta al país menos ingresos que otras potencias turísticas de rango similar, como demuestra el hecho de que España, aunque ocupe el segundo lugar mundial por número de turistas, se sitúa en cuarto lugar por la cantidad de ingresos. Caracteres del modelo turístico español El modelo turístico que se ha consolidado en España tiene como principales caracteres la procedencia internacional de los visitantes, su condición de turismo de masas y la demanda concreta de sol y playa. Los países emisores de turistas a España son, principalmente los integrantes de la Unión Europea. Destaca Alemania y Reino Unido, de donde procede casi la mitad de los turistas que nos visitan anualmente, y les siguen Francia, Benelux, Italia y los países

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escandinavos. También es importante la corriente turística procedente de Estados Unidos y de Japón, y comienzan a emerger algunos países del Este (Rusia, Polonia, República Checa). En general se trata de un turismo cuyo calendario de vacaciones está condicionado por la temporada de playa y por las fechas de las vacaciones escolares y laborales, que coinciden con el verano, de ahí la acusadísima estacionalidad del turismo, que se manifiesta en la saturación de los sectores de transporte y hostelería en los meses de julio y agosto. Poco a poco, el turismo nacional se ha ido incorporando a este modelo, de manera que muchas playas registran una concurrencia equilibrada entre extranjeros y españoles. Asimismo, va aumentando el turismo de jubilados, nacionales y extranjeros, que alternan su estancia en la costa con su residencia habitual. Aprovechan su disponibilidad de tiempo para adaptarse a las mejores ofertas y contribuyen a la ocupación hotelera en temporada baja, tan beneficiosa para la actividad del sector y para la estabilidad del empleo. Estas circunstancias, unidas a la tendencia cada vez más manifiesta de repartir el tiempo de vacaciones en distintos períodos (primavera, verano, Navidad) y elegir diferentes modalidades de turismo, ha contribuido a fijar nuevos destinos turísticos y atenuar la estacionalidad de la demanda, que, sin embargo, todavía sigue siendo muy acusada. De acuerdo con los caracteres de esta demanda, España dispone de una extraordinaria infraestructura turística, que es su principal apuesta frente a posibles competidores. Ésta se materializa en la existencia de más de 10.000 hoteles y hostales, que ofrecen más de 1.100.00 plazas otros establecimientos. Su distribución geográfica por comunidades autónomas es desigual, existiendo una especial concentración en los espacios insulares y litorales. Significado del turismo en España El turismo en España tiene un significado extraordinario, siendo, a su vez, uno de los principales factores de la terciarización experimentada por la economía y por la sociedad española. Su primer significado es de naturaleza económica, pues, hoy, el turismo supone, aproximadamente, el 11% del PIB y genera unos ingresos brutos de 24.000 millones de euros, lo que permite compensar el déficit de la balanza comercial. Su importancia económica no se ciñe al momento presente, sino que el turismo ha estado muy ligado al desarrollo económico de los años 1960, pues las aportaciones de divisas por parte de turistas y emigrantes permitieron financiar las importaciones. Las elevadas cifras de turistas y la concentración de la demanda en los litorales han exigido la dotación de infraestructuras, que culminaron en la urbanización de amplios espacios costeros, donde se han desarrollado multitud de ciudades y conurbaciones.

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El desarrollo urbano y la actividad económica procedente del turismo han dotado a los espacios turísticos de un extraordinario dinamismo, que los ha convertido en un lugar de atracción demográfica y económica, razón por la cual se ha acentuado la contraposición interior-litoral. El fenómeno turístico, asimismo, ha contribuido a la redistribución de rentas y ha desempeñado un papel muy importante en la evolución de la sociedad española. El turismo fue elemento de intercambio cultural, de acercamiento a otros pueblos y mentalidades, de conocimiento de otras sociedades y una ventana abierta al mundo que favoreció nuestra incorporación a las sociedades occidentales; pero también ha tenido grandes costes ambientales, que se manifiestan en la agresión a los litorales y a los ecosistemas, en la falta de planificación y en la avidez especulativa de personas empresas y municipios. Problemas y perspectivas de futuro El turismo español empieza a acusar los problemas derivados de un modelo caduco, en el que van dejando huella los efectos de la masificación, de la estacionalidad, de la concentración en el litoral, etc. Desde el punto de vista de la oferta, empieza hacer necesaria la renovación de las instalaciones, la dotación de infraestructuras y de servicios adaptados a las nuevas demandas, la puesta en práctica de políticas que lleven a la ordenación del sector, además de otro conjunto de medidas encaminadas a mantener la relación calidad-precio de los servicios prestados, procurando la independencia de los grandes tour operadores extranjeros que controlan nuestro turismo y se lucran con él. Se hace inevitable una apuesta por la calidad, que contrarreste la oferta de otros países de nuestro entorno mediterráneo, algunos de los cuales (países de los norte de África, antigua Yugoslavia, por ejemplo) nos han llegado a emerger como potencias turísticas por razones ajenas al sector. Asimismo, se impone ampliar la oferta turística, tanto en lo que se refiere a actividades como espacios, para atenuar la concentración estival, captar nuevos turistas y mercados, así como dotar a nuestro turismo de una dimensión cultural acorde con nuestro rico patrimonio. Entre la multitud de ofertas posibles, una buena opción es la del turismo rural y de naturaleza, para la cual España cuenta con una red de espacios protegidos que es un componente extraordinario de paisajes y de biodiversidad. Su utilización como recurso turístico es compatible con la conservación de la naturaleza y fundamento del desarrollo endógeno de las zonas más desfavorecidas del interior.

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ÍNDICE

Tema 1: La singularidad geográfica de España. Tema 2: Caracteres generales del relieve español. Tema 3: Los grandes conjuntos morfoestructurales de la Península Ibérica, Islas Baleares e Islas Canarias. Tema 4: El clima de España. Elementos y factores. Tema 5: Los dominios climáticos en España: matices regionales. Tema 6: Los ríos de España. Tema 7: La vegetación de España. Tema 8: Evolución de la población en España en el siglo XX. Tema 9: Los movimientos migratorios en España y sus repercusiones territoriales. Tema 10: La evolución de la ciudad en España: morfología y estructura urbanas. Tema 11: El sistema interurbano: la red urbana o sistemas de ciudades en España. Tema 12: Elementos y estructura de la actividad agraria en España. Tema 13: Tipos de paisajes agrarios en España. Tema 14: La actividad pesquera en España. Tema 15: La industria en España. Características generales y distribución territorial. Tema 16: Sectores de la actividad industrial en España. Tema 17: El transporte en España y su papel en el territorio. Tema 18: El turismo en España.

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