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El Diccionario

por Jorge M. Barberi

Javito es un chico muy curioso, el típico niño que pone en jaque a sus maestras; ya había dejado
casi catatónicas a sus dos primeras profesoras y ahora era el turno de Claudia, la señorita de tercer
grado.
Se había comportado normalmente los primeros meses y Claudia ya comenzaba a desconfiar de
las advertencias de sus compañeras y a bajar cada vez la guardia. Fue alrededor de junio cuando, al
terminar primero la prueba como era su costumbre esperando un muy posible “excelente felicitado”,
descubrió en el escritorio de la seño un librito regordete con muchas letras en la tapa. Él, que se
había vuelto muy sagaz, intuyó que era un libro que contenía letras y no realizó cuestionamiento
alguno al respecto. Su amigo Jabotas terminó un poco después y salieron juntos a jugar al patio
Al volver a clase después de la prueba volvieron a sentarse todos en sus lugares y Claudia, ya
dispuesta a continuar con la clase debió detenerse por una pregunta de Evango: “Seño, ¿qué es ese
libro que tenés sobre la mesa?”. La maestra tomó entonces el librito y, mostrándoselo a los alumnos
le respondió que era un diccionario y, antes de que el niño pudiera volver a cuestionarla ella
comenzó a explicarles qué es lo que es un diccionario.
-Este librito en su interior, como en su tapa, tiene muchas letras- y miró entonces a Javito tal vez
intuyendo su pensamiento. -Pero no solo tiene letras, también tiene palabras, y las palabras están
ordenadas según las letras: las que comienzan con A detrás de la A, las que empiezan con B detrás
de la B, y así hasta la Z. ¿comprenden?
-Sí- respondieron los niños al unísono.
-¿Y saben para qué sirve?- les preguntó Claudia -¿Alguien sabe?
-¿Para buscar palabras?- dijo Javito al ver que nadie respondía.
-Sí, para buscar palabras- concluyó la maestra -Si nos encontramos con una palabra que no
conocemos o si no sabemos cómo se escribe la buscamos en un diccionario.
La clase continuó luego como de costumbre y los niños volvieron a sus casas. Cuando Javito
llegó a la suya se encontró con Alexa, su tía, que estaba cuidando a su primito, el Meco, mientras
aprovechaba para estudiar. Dió justo la casualidad que estaba usando un diccionario y de pronto lo
descubrió al Meco jugueteando con el preciado libro.
-¡No!- dijo con desesperación -¡Es importante!- y le sacó el libro al niño.
Este se quedó callado como analizando la reacción de su madre y al cabo comenzó. -¿Por qué?
-Porque es valioso- -¿Por qué?- -Porque lo necesito para estudiar- -¿Por qué?- -Porque hay
palabras que no conozco; porque nadie sabe todas las palabras; porque nuestra inteligencia es
limitada; porque nacimos así; porque Dios lo quiso; porque lo consideró valioso.
-¿la inteligencia?- preguntó el niñito. -No, las palabras- contestó su madre y sin querer queriendo
había llegado a “el eterno retorno de las mismas cosas”. Javito comenzó pues a reírse a carcajadas
mientras su tía se agarraba la cabeza, asediada por las mismas preguntas.
Había abandonado la sala y avanzó hacia su habitación. Dejó allí la mochila con los útiles y el
guardapolvo y diose una vuelta por el baño.
Alguien tocaba a la puerta. Él se apresuró a atender pero no había nadie en el crepúsculo oscuro
y frío. Fue entonces, cuando volvía que divisó en la biblioteca de su padre un librote con palabras
bordadas con letras áureas, finas pero a la vez nítidas. Sonó el teléfono pero él ni se preocupó;
atendió su tía, habían cortado.
Sacó el libro de su lugar, acarició el terciopelo verde y lo abrió al azar. Estaba en la letra D,
entre DIB y DID y a mitad de página encontró:
Diccionario (del lat. dictum decir) sust. m. Véase este libro.
De pronto las luces se apagaron y Javito escuchó un chirrido a su lado. A la luz de Earendel, la
estrella vespertina, una sombra se agazapaba a su lado.