C a p ít u lo

XI

E L V O TO — E L D E B E R E L E C T O R A L
L A S F U N C IO N E S E L E C T IV A S

l f l ¿ E l uso del derecho del voto atañe a la con­
ciencia ?
En la medida en que la constitución del Estado
otorgue el derecho de voto como medio de partici­
par en la conducción de los negocios públicos, los
ciudadanos, por estar' obligados como hemos visto a
ocuparse del bien público, deben considerar el uso
de ese derecho como un caso de conciencia.
Están obligados pues: 1) a usar los derechos
de voto que les otorga la constitución; 2) a usar de
ellos para el bien común O ) .
29 ¿E n qué se funda esta obligación de con­
ciencia?
1)
En la justicia social. Es un deber de derecho
natural para el ciudadano, el aplicarse en impedir
el mal y el procurar el bien de la sociedad, dentro
de las funciones que le lian sido asignadas por la
constitución. Habiéndonos acordado la ley el dere(1 ) Carta del Card, Rampollo*, en nombre de León X I I I al A rzo­
bispo de Bogotá} V II, 190 ; Pío X, II fermo, n , 99.

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cho de sufragio para que demos legisladores al Es­
tado, dirigentes a la Municipalidad, etc., si nos abs­
tenemos, no hacemos el bien a que estamos obliga­
dos; facilitamos el mal. Y si usamos el derecho de
voto para servir intereses- privados, intereses per­
sonales o intereses de grupo o de partido, en detri­
mento del bien común, faltamos de la misma manera
a nuestros deberes hacia la sociedad.
Esto tiende indirectamente a causar con mucha
frecuencia graves perjuicios a las fam ilias y a las
personas que tienen necesidad de una prudente ad­
ministración municipal y general.
2 ) E n la fe y la religión. Como nosotros pedi­
mos en el Padre N uestro “ Venga a nos tu reino” , es
nuestro deber de hombres, de bautizados y de con­
firmados — sobre todo en tiempos en que la fe pe­
lig r a — el no dejar nada por hacer, dentro de las
funciones que nos corresponden, para impedir aque­
llo que sería perjudicial para el bien de las almas,
a la acción espiritual de la Iglesia y procurar, por
el contrario, las condiciones que tornarán más fácil
el ejercicio de su misión. Los católicos, no votando o
votando por candidatos hostiles a la religión o que
desconocen la necesidad de su rol en la sociedad,
faltan a sus deberes con respecto a Dios, a la Iglesia
y al alma de su prójim o ( x). (V er. cap. III, preg. 3 ).
3) E n la caridad. La abstención es un motivo
de escándalo. Si tú te crees con derecho a abstenerte,
tu vecino pensará lo mismo. P o r el contrario, la pre­
sencia de un solo hombre puede arrastrar a otros que
se hallaban tentados de no cumplir su deber. “ Lo
(1 ) León X III, Immortale Dei,

II,

47, 49.

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harán lo mismo sin m í” , es siempre jn razonamiento
lastimoso, opuesto al espíritu de ayuda fia tern a l y
de colaboración. P or otra parte, el uso de la boleta
de voto en beneficio de intereses privados, en detri­
mento del bien común es, evidentemente, al mismo
tiempo que contrario a la justicia social, contrario
también él, al amor de Dios, de nuestra patria y de
nuestros conciudadanos.
3V ¿Puede la abstención llegar a ser una falta
grave?
L a gravedad de la falta de aquel que no vota
varía de acuerdo a la seriedad de los intereses que
se ventilan. A menudo una elección pone en juego
intereses de gran importancia para la Iglesia y para
el Estado; la abstención es entonces una cosa grave.
Es particularmente grave en los momentos de gran
dificultad para la Iglesia y para el país; y cuando
la elección es ásperamente disputada entre aquellos
que servirán verdaderamente el bien público y aque­
llos que lo comprometerán. “ En efecto, aquellos que
se esfuerzan en destruir la religión y la sociedad
buscan, ante todo, apoderarse de la dirección de
los negocios públicos y hacerse elegir como legisla­
dores” ( x).
49 ¿Hay razones que puedan excusar la absten­
ción?
Fuera del impedimento físico, por ejemplo, por
una enfermedad grave, existen impedimentos mora­
(1 ) P. X, In ter CatHolicos, II, 1G0.

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les, cuando alguien no pudiese ir a votar sin que
ello atrajera sobre sí y sobre los suyos serios per­
juicios; por ejemplo, cuando graves asuntos mate­
riales u obligaciones morales lo llamen a otra parte.
Pero es necesario que la gravedad del motivo
sea proporcionada a la gravedad de los intereses en
juego en el escrutinio. Si es evidente que el voto a
em itir sería de poca influencia, porque el resultado
del escrutinio no fuera, por así decirlo, dudoso, una
causa relativamente poco importante podrá excusar­
lo ; jamás tampoco deberá ser fútil, a causa de la
obligación de caridad, de que hemos hablado, de no
dar el escándalo de la indiferencia; por otra parte,
si muchos, con ligereza se abstuvieran, el escrutinio
muy a menudo, de casi asegurado, pronto se haría
dudoso. Si el resultado parece incierto es necesaria
una causa realmente grave para dejar de votar, por­
que todo particular se halla obligado a hacer sacri­
ficios aún penosos, para procurar el bien de la Ig le ­
sia y de la sociedad. En ciertos casos, en los que
los intereses religiosos y morales más graves se en­
cuentran en juego y en que la elección es disputada
por algunos votos, se hallaría difícilmente una excu­
sa valedera.
5? ¿E l elector se halla obligado a examinar qué
uso hará el elegido del poder que su voto tiende a¡
co n fe rirle?
Como el elegido puede usar bien o mal del man­
dato electivo que le ha sido confiado, el elector al
votar debe prever, tanto como le sea posible, el uso
que el elegido hará de su poder.

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“ El principal esfuerzo de los católicos en esta
materia será el de enviar, ya sea a las municipali­
dades, ya sea al cuerpo legislativo, hombres que,
dadas las particularidades de cada elección y las
circunstancias da tiempo y de lugar, parezcan velar
m ejor por los intereses de la religión y de la patria
en la administración de los asuntos públicos” O ).
El voto es una función pública en la que no se
deben dejar dominar consideraciones de amistad per­
sonal o de agradecimiento privado, sino en la que
hay que colocar por encimr, de todo la clara inquie­
tud del verdadero bien común.
6’ ¿Cuál es un buen candidato?
1) Es aquel que poásf^ia competencia y la ca­
pacidad para llenar la función que le será confiada.
L a competencia exige el conocimiento de los proble­
mas sociales que se exponen al estudio de la asamblea
de la que el elegido form ará parte; o si este conoci­
miento actual falta, la capacidad y la voluntad de
adquirirlo.
2 ) Es un candidato honesto, el que permite
creer prudentemente, que cumplirá la función que
le es confiada conforme a las leyes de la religión y
a las exigencias del bien común. El elegido debe
hallarse dispuesto a no votar sino aquellas medidas
en que sean respetados los derechos superiores de
Dios, de Jesucristo, Rey y Redentor del mundo y de
la Iglesia establecida por Nuestro Señor entre las
naciones, y por sobre ellas, para santificarlas (de­
(1 ) P. X, In ter catholicos, II, 152.

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recho de ser reconocida, derecho de ejercer su ma­
gisterio de verdad y de enseñanza, su ministerio de
santificación, su culto público, su gobierno je rá r­
quico, derecho de poseer) ; medidas en las que tam­
bién se respetarán los derechos im prescriptibles de
la conciencia religiosa (libertad de practicar indivi­
dualmente o en común la religión, de instruirse en
ella y de instruir a los demás, a los niños en particu­
la r ). L a honestidad exige aún que el elegido tenga la
voluntad de defender o de realizar las otras condicio­
nes esenciales a la vida y a la prosperidad del país y
que son: la fam ilia con su indisolubilidad y su uni­
dad, con su libertad de instruir y de hacer instruir
sus hijos en conformidad con sus principios religio­
sos; la propiedad con los derechos del capital y del
trabajo, con las obligaciones de justicia social y de
caridad; la autoridad con el carácter de misión di­
vina que impone sus justos mandatos a la obedien­
cia de los subordinados y con su función de guardia­
na y de promotora del verdadero bien común.
Estas condiciones bastan para señalar las obli­
gaciones que se imponen al buen candidato y los
artículos que deben tener el prim er lugar en su prc
grama.
Un candidato es malo cuando es incapaz de lle­
nar la función que ambiciona, o en la medida que
suprime alguno o el conjunto de los principios re­
cordados más arriba.
7'' ¿Según qué reglas
candidatos ?

hay que elegir

entre los

1) Cuando un excelente candidato tiene verda-

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deras probabilidades de triunfar, hí.y evidentemente
que votar por él. Pero, si su fracaso fuera moral­
mente cierto, habría que tratar de hacerle renunciar
a su candidatura; esta, dividiendo los sufragios, no
daría más resultado' que el de asegurar el triunfo
del peor candidato.
2 ) V otar por un candidato menos malo, no es
cooperar a un mal, es procurar un bien.
3 ) Entre dos malos candidatos, no habrá que
abstenerse, a no ser que ambos sean detestables.
Esta igualdad absoluta no se verifica nunca, pues sin
hablar de las diferentes aptitudes personales de los
candidatos, la mayoría de las veceá, uno de entre
ellos, procurará obtener el anovjQ de los hombres de
bien, y esa será la ocasión descocar el mayor partido
posible del concurso que nos hemos visto obligados
a prestarle.
4) Cuando nos encontramos frente a un can­
didato malo que se presenta solo, que triunfará
forzosamente, contra el cual no podemos nada, hay
lugar a abstenerse ( x).
89 ¿Cómo observar las reglas de la m oral en el
caso del escrutinio p o r lista?
En las elecciones con escrutinio de lista, al de­
ber personal del candidato de reunir las condiciones
de competencia y honestidad, se agrega el de aso­
ciarse a hombres en los cuales se den las mismas
cualidades.

( 1 ) D i r e c t iv a s
F r a n c ia , 1932.

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la

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Los agrupamientos de candidatos están regidos
por el principio del mayor bien posible a realizar
para el país. Cuando no podemos alcanzar el ideal,
debemos aproximarnos lo más posible a él; bajo pre­
texto de buscar lo m ejor no debemos encastillarnos
en combinaciones irrealizables e impedir, entonces,
combinaciones menos satisfactorias pero realizables.
P or otra parte, si es posible hacer triunfar una
lista completa de candidatos que representen los prin­
cipios enunciados más arriba, se la deberá componer.
Si no es posible, se deberá incluir en la lista el nú­
mero de candidatos, lo menos alejados posible del
ideal cristiano, que sea necesario para asegurar el
triunfo.
Pero los candidatos, al aliarse a otros más o
menos malos, deberán evitar dos cosas: el escán­
dalo y la cooperación; el escándalo, que podría arras­
trar a otros candidatos o electores al error social
y político; la cooperación que tornaría al buen can­
didato en cómplice de los malos propósitos de sus
aliados. Para eso es necesario obtener de los malos
candidatos, o la adhesión a los puntos más urgen­
tes del buen programa, o por lo mpnos la promesa
seria de no combatir los artículos esenciales, o sino,
y esto sería la concesión suprema, si después de los
esfuerzos más constantes no se llegaran a realizar
estos fines, no asociar los nombres más que para
una buena acción determinada. Y distinguir muy
claramente, desolidarizar, en una palabra, los pro­
gramas de cada uno, de tal manera que el buen
candidato pueda, la frente alta y sin compromiso,

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form ar parte de esta agrupación híbrida y cumplir
con toda libertad su mandato.
En cuanto al elector, debe votar por la m ejor
lista o por la menos mala, es decir, por aquella que
contiene la mayor cantidad de candidatos buenos o, si
no los hay, de los que sacrifiquen :.nenos elementos
esenciales para la vida del país.
99 ¿Están los católicos obligados a unirse, en el
terreno electoral para defender su fe y las exigen­
cias prim ordiales del bien cortmn ?
N o obstante que los católicos puedan, en el ejer­
cicio de su derecho electoral, preocuparse en hacer
triunfar de una manera justa las concepciones po­
líticas que ellos estimen pf^jggj-'m ente mejores, es
absolutamente necesario evitar que el espíritu de
partido prime sobre la consideración del bien de la
religión y de las exigencias fundamentales del bien
comtin. Las divisiones de los católicos en las elec­
ciones constituyen un mal gravísimo. Ellas han sido
a menudo la causa de crueles vejaciones y persecu­
ciones a la Iglesia; ellas, así mismo, pueden resultar
muy perjudiciales al bien del orden en el país. En
cualquier caso en que la elección es disputada de
tal manera que ponga en juego los intereses de la
religión y los más graves intereses del país, existe
pues, la obligación de elegir un candidato capaz de
reunir alrededor de sí la mayoría de los católicos y
de los demás ciudadanos de buena voluntad y de ha­
cer callar toda ambición privada, toda rivalidad de
partido O ). (V e r el cap. siguiente).
(1 ) P. X, In ter catholicos, nj 150.

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109 ¿Ü n ciudadano puede estar obligado a pre­
sentar o dejar presentar su candidatura?
“ No querer tomar parte alguna en los asuntos
públicos sería tan reprensible como el no aportar
a la común utilidad ni cuidados ni concurso. En
particular, los católicos, en virtud de la misma doc­
trina que profesan, están obligados a cumplir este
deber con toda integridad y conciencia. Si se abstie­
nen, tomarán las riendas del gobierno aquellos cu­
yas opiniones no ofrecen, ciertamente, ninguna es­
peranza de salvación” O ). (V e r cap. I I I ) .
En ciertos casos, en el consenso general, un
hombre es el único indicado para defender útilmen­
te, en una circunscripción electoral, los derechos de
la religión y el bien del país. Es para él un deber de
justicia social, de religión y de caridad aceptar la
candidatura; este deber se impone, aún al precio de
sacrificios personales, sobre todo en el caso en que
los intereses de la religión y de la sociedad se hallen
gravemente comprometidos.
11* ¿Cuáles son los deberes de los elegidos?
Deben procurar el bien común en la form a en
que les corresponda dentro de la función para la
que han sido elegidos. Toda función pública, en efec­
to, tiene por ley suprema el verdadero bien común.
No hay pues que hacer prim ar los compromisos de
partido o las promesas que hayan sido hechas sin
prever lo que exigiría el bien real del país, sobre
lo que uno reconoce ser, una vez en funciones, el
(1 ) L. X III, Im iiiort., ii, 47. 49.'

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bien público. Las promesas de un candidato honesto
no pueden interpretarse sino dejando a salvo “ el bien
común que el deberá defender siendo elegido” ; por ser
ésta la prim era regla del mandato ambicionado.
Un católico elegido para una función pública “ de­
be recordar, ante todo, que ha de ser en cualquier
circunstancia y ha de mostrarse verdaderamente ca­
tólico, asumiendo y ejerciendo los cargos públicos con
la firm e y constante resolución de promover, tanto
como él pueda hacerlo, el oien social y económico de
la patria y particularmente del pueblo, siguiendo los
principios de la civilización netamente cristiana, y
ha de defender al mismo tiempo los; intereses supre­
mos de la Iglesia, que son los de la religión y los de
la justicia” C1).

(1 ) P. X, II fcrm o, u, 99.

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