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ADIOSALASARMAS

Heraclio Bonilla*
I
A propósito del libro de Jorge C. Castañeda, La Utopía Desarmada. Intrigas. dile-
mas. y promesas de la izqyierda en América Latina (México: Joaquín Mostiz/Planeta, 1993,
567 págs.)
Ernest Hemingway nos dejó en su célebre novela A DIOS A LAS ARMAS el testi-
monio de su frustración de la Primera Gruena.
Alguna décadas más tarde, la desaparición de la Unión Soviética, la caída del muro
del Berlín, las crisis sucesivas de los países del así llamado <.socialismo realmente existen-
te>, el colapso de los populismos y de la izquierda institucional en la América Latina han
inspirado también la producción de muchos libros ya sea para celebrar, lamentar, o predecir
el futuro de esa izquierda en el Hemisferio. Muy pocos, sin embargo, buscan saber el por qué
de ese desastre, del mismo modo que tampoco van más allá del impacto de esa crisis sobre las
organizaciones de la izquierda para evaluar su significado en el seno de las clases populares.
Uno de los libros que sorprende por su alcance y por la ambición de sus propuestas para una
transformación radical de esa izquierda es el que acaba de publicar Jorge G. Castañeda bajo
el título La Utopía desarmada, cuya primera edición fue casi simultáneamente editada en
inglés y en castellano a fines del año pasado. Pese a su orgullosa reivindicación de ser profe-
sor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de
México, Castañeda es un conocido y prolífico columnista del diario Los Angeles Times y de
la revista Newsweek International. al mismo tiempo que el libro está claramente orientado
hacia una parte del público norteamericano. No de otro modo pueden entenderse el tono de
aventura y de intriga que el autor otorga a las viñetas de nueve de los catorce capítulos del
libro, y dónde con sarcaslno y suspenso se nanan las desventuras de algunas de las conocidas
figuras de la izquierda revolucionaria latinoamericana.
Más allá del estilo; sin embargo, el libro constituye una impresionante requisitoria
en contra del desempeño de la izquierda latinoamericana desde el triunfo de la revolución
cubana hasta la trágicanoche del25 de Febrero de 1990, cuando los Sandinistas, en un proce-
so sin precedentes , fueron echados del gobierno por el pueblo, incluso si éste actuó, como
reconoce Castañeda, por coacción y por chantaje. Las razones de ese desastre reiterado va-
rían en función de la coyuntura política. Fn el inicio, ellas van desde el carácter
<congenitamente ajeno>> del marxismo en América Latina, expresada en la nacionalidad ex-
tranjera de quienes fundaron los principales Partidos Comunistas (p. 33), hasta el desempeñ<r
sui-generis de esos Partidos: marginal donde triunfan las revoluciones como en Cuba y Nica-
ragua, pero relevante en aquellas que fracasan como en Brasil en 196l-1964 y en 1970-1973.
La frustración continúa con el crisol cubano y aquellos movimientos inspirados directamentc
en su ejemplo. Cuba no hizo la revolución en América Latina, y más bien fracasó de manera
lamentablemente siempre que trató de forzar las cosas, es el balance que Castañeda establecc
de esa primera experiencia (p. 106).
Defender la política interna y externa de Cuba, cuyos resultados en curso estan a la
vista de todos, es una tarea que desafía la imaginación más fértil. En ese sentido el libro dc
* Doctoren Antropologíae Historia; Profesorde laFacultad l,atinoamericana de
Ciencias Sociales ( FLACSO ), sede Ecuador Nuevr Srrrssts l5?
Castañeda es también la traducción amarga irónica de una decepción. Con todo la evalua-
ción sobre Cuba y su impacto no es completa ni enteramente justa. Porque, por una parte
omite mencionar el carácter bizantino de la izquierda latinoamericana que justamente entie-
rra la victoria de la Siena Maestra, mientras que también ignora que sin Cuba, y pese a todos
sus effores, la izquierda y el continente no ubieran podido contener la arrogancia del Impe-
rio.
Las décadas de los 70 y los 80 configuran la segunda ola de la revolución, iniciada
por el desplazamiento de la insurrección del cono sur hacia Nicaragua, El Salvador, Guate-
mala, Jamaica y Granada enCentroamérica y el Caribe, y hacia el Perú, con Sendero Lumi-
noso y Colombia, con el M-19. Sus victorias iniciales fueron el resultado de eficientes coa-
liciones que establecieron los restos de los grupos armados y los Partidos Comunistas con la
Iglesia y las clases medias, en el interior y con las incipientes social-democracias, en el
frente externo. Pero estas victorias fueron también pasajeras y dieron paso a sangrientos .

conflictos, en un contexto de acechanza tanto interna como externa. Y en el caso de Sendero


Luminoso y el M-19, movimientos que representan claras rupturas con la presedente tradi-
ción castrense, su porvenir, en el caso del M-19, está atado a la posibilidad de una profunda
transformación del sistema político colombiano, mientras que Sendero Luminoso, y con
prescindencia del desenlace que puedan tener sus acciones, quedará registrado, en eljuicio
de Castañeda, como un componente capital de la izquierda latinoamericana tanto por sus
innovaciones como por sus arcaismos.
Pero tampoco el reformismo latinoamericano, representado por las variadas versio-
nes nativas de la social-democracia, alcanzí a tener una mejor suerte y asegurar un porvenir
más firme. Está encerrado dice Castañeda, en tensiones irreconciliables que configuran una
<cuadratura del círculo>>. No cuenta, a diferencia de la social-democracia europea' con una
sólida base obrera, en circunstancias en que su ideología no puede seguir siendo la misma,
puesto que a su izquierda está el vacío producido por la supresión de un poderoso movimien-
to comunista. Sus nuevas bases, además, constituídas por clases medias y masas urbanas y
rurales empobrecidas, formulan una agenda de reivindicaciones que supera la prudencia
ideológica de sus líderes. Las únicas posibilidades potenciales,en esta perspectiva, radican
en el pT de José Ignacio da Silva, <<Lula>>, y en el Partido de la Revolución Democrática de
Cuauhtémoc C¡írdenas, porque el Partido Socialista Chileno y el MAS venezolano, configu-
ran la contradicción del reformismo. Tienden a poseer una base reformista pero sin una
ideología equivalente, o tienen el discurso pero no el electorado. Pese a todo, en la evalua-
ción final de Castañeda, la Izquierda Reformista Latinoamericana encierra más posibilida-
des que los otros sectores de la izquierda, como consecuencia del surgimiento de un entorno
mas propicio, y que es a su vez el resultado de la transformación significativa de las estruc-
turas ¿emográficas, sociales y económicas de la región. Pero, al mismo tiempo corre el ries-
gg de desplazarse hacia la derecha y terminar perdiendo sus raíces, como consecuencia
para¿ógica de la cancelación de aquellas mismas premisas que inicialmente atrajeron a sus
l'il¿¡s a sus militantes.
lln el marco de este contexto , la desaparición de la URSS terminó por crear entre
l¡s lnilitantes de izquierda una sensación generalizada de derrota, por la conexión que esta-
hlccieron c<ln el socialismo existente. La idea misma de revolución, afirma Castañeda, y que

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fuera crucial para el pensamiento radical latinoamericano, <perdió significado> (p. 285).
Este juicio tan categórico difícilmente puede ser unánimemente suscrito, a menos que se
piense que el sistema imperante en la antigua Unión Soviética y las posibilidades por ella
impulsadas en su pcriferia, puedan conciliarse teórica y éticamente con el socialismo. Por el
contrario, evidencias más que suficientes existen para argumentar con fundamento que esa
crisis canceló la gruesa hipoteca que pesaba sobre el movimiento obrero y popular en su
conjunto.
No todo, sin embargo, parece tan sobrio. Castañeda reconoce, en efecto, que el
derrumbe del socialismo realmente existente permitió que la izquierda contrara un <<consue-
lo>, consiste en la eliminación de los tres handicapl que arrastró por mas de tres décadas: el
soviético-cubano, el democrático, y el anti-norteamericano. Dicho de otra menera, la iz-
quierda no puede ser atacada ahora bajo la coartada de ser una cabecera de playa prara la
expanción soviética, de representar una amenaza a los intereses norteamericanos, y de pro-
mover valores autoritarios. Aún más. Su libro abiertamente proclama la posibilidad de
sobrevivencia de la izquierda debido a la convergencia de tres procesos: los efectos negati-
vos, a corto y mediano plazo, de las política neo-liberales, la caida brutal de los niveles de
vida (con 240 millones de pobres a fines de los ochentas), y un amplio contexto de democra-
tización.
Pero esa oportunidad depende de la emergencia de una nueva izquierda, la cual es
pensada como racional y moderna y que debe surgir como resultado de la cancelación de su
pasado y de profundas transformaciones en su estructura y en su conducta política. Sólo
así,dice Castañeda, la izquierda puede triunfar y tener la oportunidad de demostrar que sabe
gobernar. O puede manifestarse como irreparable incompetente y obsoleta (p. 315). Toda la
segunda mitad del libro está, por lo mismo, destinada a refleccionar sobre las premisas de esa
renovación, con argumentos que convinan la utopía, en el sentido preciso que Engels otorga-
rá a esta palabra, el sentido común, y una dosis no menor de ingenuidad, por ceer que la
cxperiencia global latinoamericana puede ser homologada a la de México que Castañeda
conoce tan bien. No por eso esaspáginas deben dejar de ser leídas y pensadas con seriedad, y
el resultado de esa lectura constituye la parte final de este comentario.

n
LOS DILEMAS DE LA IZQUIERDA
En la primera parte de su libro La Utopía Desarmada, Jorge Castañeda concluía que
A mcnos que la izquierda latinoamericana haya renunciado a su mandato ético de defensa de
lór pobres, el escenario contemporáneo caracterizado por el empeoramiento brutal de los
nlvcles de vida de sus mayorías, los efectos negativos de las medidas de ajuste promovidas
por las políticas neo-liberales, y un contexto político signif,rcativo de democratización, le
hrf nda nuevas oportunidades de sobrevivir (El Comercio,29 de Mayo de 1994). A condi-
elón, sin embargo, de que arregle cuentas con su pasado y, por consiguiente, de que se trans-
fnrme.
El programa de cambio que Castañeda propone significa una revisión tan completa
de aquella agenda que en el pasado movilizó conciencias y voluntades, al punto que es legí-
tlmo preguntarse si en adelante una formación política que asuma las propuestas de Castañeda

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podría todavía con legitimidad reivindicar su pertenencia a las filas de la izquierda. Ahora,
bajo el signo del realismo y en oposición al voluntarismo del pasado, se le propone una agen-
da que de ser implementada alteraría demanera significativa el cuadro político del continente.
Para comenzar, un reconocimiento necesario. Cuando Castañeda proclamó que la
izquierda debe <democratizar la democracio>, aludiendo a la necesidad de que enfrente el
problema de la democracia interna tanto en la toma de sus decisiones como en la elección de
sus cuadros, en realidad esta correctamente apuntando a uno de los conocidos vicios en su
práctica política. La reunión ad-hoc de un conjunto de notables, casi siempre con ocasión de
la proximidad de las elecciones, para luego ir al asalto de las masas bajo el ropaje de la
izquierda, y terminar abandonándolas a su propia suerte, ha sido en efecto uno de sus rasgos
típicos de su comporcamiento, y cuya consecuencia es su creciente divorcio de las clases
populares, y la profunda desconfianza que éstas expresan frente a estos funcionarios de la
política y a los partidos que reclaman liderar.
Son más discutibles, en cambio, las otras propuestas de cambio de su agenda. La
izquierda latinoamericana hizo siempre suya la bandera del nacionalismo, pero no solamente
porque identificara normativamente al pUCbla con la nación, como escribe Castañeda. Sino
porque identificó con precisión de que parte de los problemas del continente derivan de sus
relaciones asimétricas con el sistema internacional, de la expoliación de sus recursos por
parte del capital extranjero, y de la subordinación de sus Estados a un conjunto de exigencias
no nacionales. Que esa izquierda exagerara esas reivindicaciones, al extremo de sostener
irrazonablemente que todos los problemas de la región eran causados por el sistema interna-
cional, soslayando el examen de los obstáculos internos al crecimiento de las economías, en
modo alguno invalida la justeza de su reclamo por el establecimiento de un nuevo orden
internacional.
Pero Castañeda se pregunta si ese nacionalismo del pasado era necesario y desea-
ble, y si el nacionalismo del futuro debe ser el mismo o diferente. Una de las críticas fre-
cuentes al neo-liberalismo en curso se refiere al desmantelamiento y reducción del Estado, a
la privatización de las empresas pútüicas, bajo el argumento de que los recursos estratégicos
de una sociedad deben estar bajo el control del Estado. Este tipo de crítica olvida, sin embar-
go, de que la administración de esas empresas públicas fue casi siempre ineficiente, y que
más bien sirvieron para alojar a una inmensa y corrupta burocracia parasitaria que accedió a
esos puestos como recompensa prebendaria a su filiación política con el eventual inquilino
del Palacio de Gobierno. Bajo esas premisas, poco importa en verdad que el capitalismo de
Estado de paso ahora al capitalismo privado, incluso si este es cada vez más internacional.
Pero esta distinción necesaria en modo alguno convalida el brutal remate de los principales
activos de estos países. Esa privatización a ultranza esciertamente indispensable como ex-
presión de una política tendiente a la globalización completa de la economía, pero no lo es
cn función de los intereses de sus mayorías nacionales. Es de muy poco consuelo, frente a
las consecuencias de la política en curso, las conjeturas de Castañeda sobre la incomprensión
histórica de la izquierda latinoamericana sobre como se construyó la nación y saber que su
élite intelectual no pertenece a los excluidos sino a los que excluyen.
Castañeda invoca a Kisinger para sostener que los cambios genuinamente autóctonos
no son incompatibles con la armonía internacional de las Américas, porque ya no existen ni

Nuevr Sr¡¿rEsrs l(l)


la Unión Soviética niiffi"..u f.ía que en el pasado las hacían amenazantcs. Tal vcz- Pcro ól
mismo reconoce que la lucha contra el narcotráfico y la contención de los inmigrantcs ilcga-
les, independientemente de sus propios fines, son también coartadas para la intervcnci<'¡n clc
los Estados Unidos, sobre todo en aquellos contextos en el que se da la combinaciírn cntrc
narcotráfico y subversión. No es menos intrigante su propuesta de un nacionalisnlo
longitudinal, que no separe a los Estados Unidos de los países del Hemisferio sino que atra-
viese a todos, y que se dirija contra políticas específicas que el gobierno de los Estados
Unidos pone en práctica más que en contra de los Estados Unidos. Que se sepa la oposición
a los Estados Unidos, como conjunto, no ha sido frecuente por lo poco razonable de la pro-
puesta, aunque no siempre se supo calibrar bien la naturaleza y los alcances de las tensioncs
internas que alberga el sistema norteamericano. Tomando como evidencia la existencia den-
tro de los Estados Unidos de corrientes favorables hacia laAmérica Latina y de una creciente
insatisfacción frente a las políticas tradicionales, sugiere también la necesidad de que la
izquierda establezca coaliciones eficientes con esos grupos. Pero, otra vez, una cosa distinta
es reconocer que el respaldo por parte de laAdministración americana a los derechos huma-
nos y a la democracia, como principios éticos, tiene en efecto profundas consecuencias polí-
ticas en la región, y otra muy distinta es pensar que el cambio pueda ser agenciado desde
fuera, y que se pueda contar con la neutralidad del Imperio cuando intereses más vitales
empiecen a ser tocados.
Que la izquierda latinoamericana debe consecuentemente enarbolar la bandera de
la integración nacional, es un pedido que nadie sensatamente puede recusar. Desde Bolívar
hasta nuestros días, después de todo, ese ha sido el sueño más acariciado, al mismo tiempo
que el más difícil de ser realizado como consecuencia de la profunda fragmentación de los
intereses nacionales. No es ciertamente una coincidencia que frente a la languidez de los
acuerdos y pactos regionales, los más viables y regionales. Alan García, el ex-presidente
peruano, cuando reclamaba el apoyo de sus pares a su demanda legítima de reconocer el
pago de la deuda externa en un monto que no afecte el desempeño de la economía peruana,
no tardó mucho en descubrir que su soledad no era muy distinta que la evocada por García
Márquez en su inmortal novela.
La exigencia de Castañeda'para que la izquierda democratice la democracia no se
restringe a que transforme sus propias prácticas políticas de.grupo, sino que debe expresarse
cn una clara adhesión de Ia izquierda a los principios democráticos dentro del conjunto de la
lociedad. El propio Castañeda reconoce, sin embargo, que esa adhesión en el pasado no la
imió de una dura represión cuando el funcionamiento de la democracia alcanzaba sus
ites. Yesesa,justamente, laleccióndelaexperienciachilenaconSalvadorAllende. Una
lásenseñanzas del libro de Mancur Olson The Rise and Decline of Nations (1982), en este
, es que una sociedad democrática tiene más éxito en conseguir encuadrar institu-
iones que puedan promover consensos sobre la necesidad de innovación, pleno empleo,
ización, y crecimiento económico con disfibución. Por lo mismo, y si son esos los
esperables de una genuina democracia, debe ser teórica y prácticamente bienvenl-
la inclusión de la izquierda. Pero si se quiere ir más allá de la férmula, debe también
sobre otras dos dimensiones v sobre las cuales elanálisis de Castañeda es de
consternante parquedad. Es indispensable, en efecto, promover también, y sobre t<xlo,

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U A¿#¿iati#ción de la sociedád y iepensar el papel de lu, fu"#Fftradas dentro ¿" uil
contexto dcmocrático de la sociedad en su conjunto.
Finalmente, Castañeda en relación a las políticas económicas en curso afirma que
<negarse a jugar en el mismo teffeno, no importa cuán disputado esté, equivale a condenarse
a la marginalidad>. Aquí Ia alusión directa es al papel que debe asignarse al mercado dentro
de un programa de crecimiento con equidad. No le falta razón en señalar los desastres eco-
nómicos asociados a la implementación de programas de planificación y centralización au-
toritarias, y son ciertamente muy sugerentes sus reflexiones sobre los espacios abiertos por
las experiencias de funcionamiento de mercados regulados como en Europa Occidental y en
el Japón. Sin embargo, para que esa experiencia sea reproducible en la América Latina, se
requiere, también, repensar el problema del Estado y democratizarlo. Porque, en contraste
con el proceso en curso de los países de la antigua órbita socialista, en América Latina se
conoce muy bien las profundas distorsiones provocadas por la expansión y el funcionamien-
to del mercado. tanto doméstico como internacional.

* dBRgcHOS DE PUBLIcAcIoN REsERVADoS coNFoRME


r A LEY N9 I37I4 POR LA ASOCIACION CULTURAL ICHMA
NUEVA SINTESIS , Revista de Humanidades.
Primera Edición 1994 .1000 Ejernplares
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