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El Federalismo En la Constitución y en la realidad – Conferencia de Carlos A.

Sánchez
Sañudo 16/5/1983

El Federalismo en la
Constitución y en la
Realidad

Conferencia pronunciada en la Escuela de Educación Económica y Filosofía de la Libertar por el


Contraalmirante (RE) Carlos A. Sánchez Sañudo el 16 de mayo de 1983.-

Carlos A. Sánchez Sañudo

Escuela de Educación Económica y Filosofía de la Libertad

Hipólito Yrigoyen 710 – Buenos Aires. Argentina.

Editorial Miradas

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El Federalismo En la Constitución y en la realidad – Conferencia de Carlos A. Sánchez
Sañudo 16/5/1983

Escuela de Educación Económica y Filosofía de la Libertad: Asociación sin fines de Lucro con personería
jurídica otorgada por la I.G.P.J. por resolución Nº 4663, cuyo propósito es contribuir al estudio y difusión
de la economía de mercado y al esclarecimiento de la Filosofía de la Libertad.

Comisión Directiva

Presidente: Carlos A. Sánchez Sañudo.

Vicepresidente: Saturnino Huici.

Secretario: Pablo Klimann.

Prosecretario: Susana D. M. de Dellepiana.

Tesorero: Guillermo Polledo.

Protesorero: Norberto L. Carca

Vocales Titulares:

Carlos Contarelli

Eduardo Álvarez

Ponciano Vinanco

Luís María Rellán

Rodolfo J. W. Vinello

Edgardo García

Mercedes Posse

José María Dáneo

Vocales Suplentes:

Elba B. de Quiroga

Ing. Alcides Ruiz

Revisores de cuentas:

Jorge M. Bottazzi

José Barral Courtis

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El Federalismo En la Constitución y en la realidad – Conferencia de Carlos A. Sánchez
Sañudo 16/5/1983

El Federalismo en la Constitución y en la Realidad

Conferencia pronunciada en la Escuela


de Educación Económica y Filosofía de
la Libertar por el Contraalmirante (RE)
Carlos A. Sánchez Sañudo el 16 de
mayo de 1983.-

La Crisis del federalismo argentino no es una faceta de la crisis de todo el orden social
de la Constitución; es una consecuencia inevitable de haber invertido, puesto patas para
arriba su orden jurídico-económico, debido a una concepción política equivocada que
cree que la sociedad debe ser manejada desde arriba, desde el poder y no funciona desde
abajo, desde el ciudadano y sus derechos personales. Error que vemos a diario repetir en
la televisión, aunque con los ropajes más diversos. La confusión semántica alimenta la
confusión en las ideas y ésta dificulta detectar las causas de los efectos que deseamos
hacer desaparecer; es decir, no se puede –simultáneamente- aceptar las causas y
rechazar los efectos de éstas.

Creo que una forma de abordar el tema es recordando que en el siglo XVIII, para
terminar con las arbitrariedades del absolutismo monárquico, nace el
Constitucionalismo liberal propugnando la limitación del poder, pues como dijo más
tarde Benjamín Constant: “No es el origen sino la limitación del podre, lo que le impide
a éste ser arbitrario”. Y para lograr ese límite se recurrió a tres métodos o expedientes:
la división de poderes (el equilibrio entre ellos, el sistema de pesos y contrapesos), el
federalismo (la dispersión del poder) y, sobre todo, los derechos individuales. En
verdad, creo que los dos primeros son los que equilibran o dispersan el poder, pero los
que trazan el límite, el radio del círculo de protección, son los derechos y garantías
individuales, preservando la libertad personal contra cualquier voluntad arbitraria, ya
fuera de uno, de varios o de todos. Los otros dos, no deben perder de vista este
propósito fundamental, que es también el de nuestra Constitución.

Pero veamos el federalismo, que es nuestro tema y que analizaremos desde distintos
aspectos. Comenzaremos por el Institucional.

Aspecto Institucional:

Para ello recordemos un trabajo de Einaudi, sobre la Constitución Norteamericana, pero


que me parece muy útil para trazar un paralelo con nuestro caso.

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Sañudo 16/5/1983

En un magnífico artículo de 1944 tendiente a construir no la fracasada “Sociedad de


Naciones”, sino los “Estados Unidos de Europa” recuerda Einaudi que los Estados
Unidos de América vivieron bajo dos Constituciones: la de 1776, con la que corrió en
seguida el peligro de disolverse, y la de 1787 con la que se transformó en un gigante. La
primera fue en verdad una confederación de los 13 Estados, conservando cada uno su
independencia, su soberanía, su libertad y todo su poder; no era más que un acuerdo
entre gobiernos independientes, que delegaban en el General Washington sólo la
dirección de las Relaciones Exteriores y sobre todo, la guerra exterior; mientras que en
1787 se constituye la Federación, que es un acto de soberanía del pueblo todo, que crea
un nuevo Estado dándole una Constitución que abarca a todos sus habitantes; los
antiguos estados se mantienen en una esfera más restringida. La Confederación de 1776
era una “sociedad de Naciones”, la de 1787 constituye una Nación. Lo mismo ocurrió a
nosotros en 1853. Antes de esta fecha éramos un conglomerado de provincias, con
organizaciones tribales, dependientes de los caprichos de cada caudillo que delegaron en
Rosas, las relaciones exteriores y la dirección de la guerra; no había Constitución (1). En
1853 surge una Nación, con gobierno central con poderes diseminados es decir:
limitados por el federalismo; y para todos los gobiernos, tanto central como
provinciales, la división de poderes en cada uno de ellos; también, sin excepción, los
derechos y garantías individuales como limitación del poder, fuera central o local.

En la confederación puesto que es todavía una liga de Estados “Soberanos” se pone a


los estados los unos junto a los otros, agudiza las fricciones entre ellos, las multiplica,
proclama la voluntad de los unos de no querer adaptarse a la voluntad de los otros, y por
ello crecen las oportunidades de guerra (la verdad es que eso es lo que ocurrió en
Estados Unidos hasta 1787, entre nosotros hasta 1853 y en Europa luego de 1918, como
decía Einaudi).

La Federación:

Mientras que en la Federación los organismos superiores, parlamento y gobierno, no


pueden ser elegidos por los estados soberanos individuales, sino por los ciudadanos de
la federación toda. Los Estados quedan soberanos en todas las cuestiones no delegadas
expresamente en la federación, pero dentro de los límites de ésta no hay barreras
aduaneras, hay una ciudadanía única y –la cooperación- los intercambios en bienes y
servicios entre personas son plenamente libres (derechos civiles).

Bien, nuestra Constitución de 1853 estableció precisamente la abolición de las barreras


aduaneras en sus artículos 9, 10, 11 y 12, constituyendo su artículo 14 (2) y los restantes
de la parte pétrea (3), los límites, no a uno, sino a los tres poderes, al establecer las
libertades civiles que son la savia indispensable para que la Nación sea, no una promesa
sino una realidad. Y esos límites, repito, son para todos los gobiernos, tanto para el
central como para los provinciales, pues de poco serviría el federalismo, si los derechos
de los gobernados fueran conculcados por el gobierno local en lugar del nacional (ver
artículos 5º y 8º de la Constitución) (4).
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El Federalismo de 1853

En suma, la Federación de la divisa punzó, antes de Caseros, era en realidad una


Confederación, donde los derechos personales (5) brillaban por su ausencia; luego de
1853, se constitucionaliza el Federalismo –igual vocablo pero de distinta esencia- que,
al garantizar los derechos de todos los habitantes (no sólo de los ciudadanos) organiza la
sociedad nacional y provincial, ambas, desde abajo, desde el habitante y sus derechos
personales, ya no más desde arriba, desde el poder y los funcionarios que lo representan,
sean provinciales o nacionales. Ese fue el gran cambio, con el mismo nombre de
federalismo, pero que insertó a éste en otro contexto opuesto, en el de la concepción y
filosofía de la libertad; surgió así un trípode, cuyas patas son el orden jurídico, el
económico y el político, que sustentan la filosofía de la libertad y la moral, de las
cuales, a su vez, dimanan. El federalismo de 1853 es el verdadero, el que coadyuva a
una causa superior: la limitación del poder para que el ciudadano tenga garantía en sus
derechos y la sociedad defesa legal contra el autoritarismo, que es el que abre el camino
al totalitarismo.

Aspecto Económico:

Como señala Ludwing von Mises resulta una incongruencia de quienes proclaman la
necesidad del federalismo y al mismo tiempo adhieren al estatismo e intervencionismo
económico –para efectuar la tan mentada “redistribución” supuestamente “solidaria”-
porque están prometiendo una evidente imposibilidad, construyendo una nueva
frustración.

Pues, aunque se declame el federalismo, el dirigismo económico debe ser central y


consecuentemente en detrimento de la autarquía provincial. Y ello, es debido a que la
Argentina, toda, constituye una unidad económica, con un sistema monetario uniforme,
con libre movilidad de bienes, de capitales y de personas entre las provincias (la prueba
está en que la mayoría de nosotros desconoce dónde está con precisión cada límite
interprovincial; y es porque no lo necesita), (artículos 5º, 8º y 9º de la Constitución
Nacional). En un país así organizado según el artículo 1º (6) los que consideran que el
Estado debe intervenir en la economía, deben hacerlo necesariamente a través del
gobierno central, pues si cada provincia tuviera libertad para controlar la economía
según su propio criterio, se desintegraría la Nación en su unidad como mercado (y en el
orden jurídico que este requiere), esto es, se volvería a la etapa anterior a 1853, en que
existían barreras aduaneras y autonomía monetaria provinciales. Es que está implícito
en la naturaleza del dirigismo económico, moverse hacia la centralización extrema, pues
un control trae a otro control, como lo hemos padecido y padecemos.

Resulta evidente que las autonomías provinciales garantizadas por la Constitución, sólo
pueden ser una realidad, bajo un sistema de libertad económica o economía de mercado.

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Al votar por el control gubernamental de la economía, los electores lo hacen


implícitamente –aunque tal vez sin saberlo- por una mayor centralización y consecuente
delegación de los poderes provinciales. En tal caso –como hoy nos ocurre- el
federalismo es meramente declamatorio. Es ésta una nueva comprobación de que el
orden jurídico contrario a la arbitrariedad, no funciona con cualquier sistema económico
como muchos equivocadamente creen. Aquel orden jurídico sólo puede coexistir con la
economía también en libertad. Muchos juristas se han perdido en esa confusión
económica y viceversa. Así la economía ha ignorado al derecho, y la política a ambos.
El caos ha sido y es así inevitable.

El poder Omnímodo

Porque quienes hicieron nuestra Constitución jamás soñaron con un sistema de gobierno
bajo el cual las autoridades tuvieran que fijar los precios del pan, de la fruta, de los
salarios, de las divisas, del interés, etc. actualizándolos permanentemente. Ellos
comprendieron claramente –como Alberdi lo enseñó reiteradamente, casi con
desesperación- que el control estatal de la economía es incompatible con cualquier
forma de gobierno republicano y menos aún democrático. Pues si al poder político se
agrega el económico, estamos ante el poder omnímodo que es la negación del
federalismo, de los derechos e incluso de la democracia; solo el liberalismo, que es la
doctrina de la limitación del poder, puede poner coto a tales extravíos. Bien decía Karl
Popper que “aquellos que consideran que es la emoción y no la razón la que debe
gobernar a los pueblos, le abren las puertas a los que gobiernan con la fuerza.” No es
casual –dice Mises- que los países socialistas estén gobernados de manera totalitaria. En
un sistema dirigista –que aunque se diga “democrático” es autoritario- los parlamentos
no puedan ser otra cosa que asambleas de “hombres-si”, sigue Mises. Y ello ocurre no
porque sus integrantes carezcan de condiciones personales, sino porque las
innumerables tareas de control minucioso, de precios, de intereses, etc., características
de las llamadas planificaciones, desborda los límites de la capacidad, del tiempo y de la
información requerida imposible de obtener para examinar detenidamente tales
cuestiones. No les queda otra opción que confiar en el “proyecto” y votar en bloque su
aprobación, o delegar en la administración pública crecientes facultades de control y
decisión, que han originado el progresivo autoritarismo, creador de la incertidumbre
paralizante.

Así arbitrariedad no es ya producto de la mayoría ni de sus representantes, sino de la


burocracia, que es más entusiasta sostenedora de los ilimitados poderes que ellos
ejercitarán en la “llamada democracia ilimitada”, como dice Hayek en su monumental
obra, con sus consertaciones y planificaciones “indicativas” o “democráticas”,
imposibles de realizar.

El Aspecto Político
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El origen de este descalabro se debe a la concepción política equivocada según la cual la


sociedad debe ser manejada desde arriba, desde el poder, es decir, todo lo contrario a la
esencia de nuestra Constitución de 1853.

El Dr. Julio Cueto Rúa en un artículo en “La prensa” del 29-9-1979 señaló el grave
problema que implica el centralismo de los Partidos políticos nacionales, en particular
del radicalismo y del peronismo, que minimizaron la política provincial y contribuyeron
a la excesiva concentración de poderes en el gobierno de la nación, operados
unitariamente desde la Capital de la República.

La verdad es que para 1910 los grupos patricios provinciales que habían logrado la
organización del país, consolidado la unión nacional y puesto en marcha el progreso
acelerado que mostró en el Centenario de Mayo una Nación pujante y de una capacidad
creadora admirable, esos grupos de los cuales surgieron Roca, Avellaneda, etc., fueron
reemplazados por una fuerza social de ascendencia inmigratoria que encontró en el
radicalismo de Alem a Yrigoyen una forma de canalizar sus ansias e inquietudes,
pensando –sin advertirlo- más en el corto plazo que en el largo plazo. Yo diría que se
comenzó a pensar más en hombres que en los principios y doctrinas, en la fuerza del
grupo antes que en los derechos de la persona; en una palabra, en la falsa interpretación
de las instituciones, anteponiendo la política al orden social, es decir, politizando tanto
la economía como el derecho, con lo cual no queda progresivamente ni la una ni la otra.
La Unión Cívica Radical surgió como una fuerza de definidos propósitos de alcance
nacional; no levantó banderas autonomistas. En sus comienzos hizo de la Capital
Federal el epicentro de sus actividades y el eje de toda una concepción política dirigida
a provocar el cambio profundo de la distribución y el goce del poder político mediante
su concentración en manos de la Nación (poder central). En su primer gobierno el
Presidente Yrigoyen avasalló en pocos meses la casi totalidad de las autonomías
provinciales; creo que intervino 20 veces a 14 provincias, con lo que obviamente se
pasaron a cumplir las directivas impartidas desde el comando nacional partidario
instalado en la Capital Federal.

Los gobernadores, que en el último tercio del siglo pasado habían tenido influencia en el
juego de la política y en la designación de presidente, perdieron su influencia. En las
provincias prevaleció la voz del dirigente partidario amigo del Presidente, -bien ubicado
en la Capital Federal,- antes que el dirigente local. El amigo de don Hipólito no tardó en
llegar a la presidencia del comité del partido provincial, contando, en los hechos con
tanto o más poder que el gobernador. Por último, el comité nacional llegó a dominar los
comités provinciales y consecuentemente todo el proceso de selección de los candidatos
a gobernador y demás autoridades provinciales.

La organización de la Unión Cívica Radical se superpuso, en cierta medida, a la


organización federal de gobierno; pero fue su concepción política del manejo de la
sociedad desde el poder (estatismo e intervencionismo económico, planificación y
justicia social) lo que terminó por constituir un aparato de poder despreocupado de las
potestades autónomas de las provincias, y de las verdaderas libertades civiles.
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La Centralización Peronista – El Sindicalismo Autoritario

En 1943 del autoritarismo pasamos al totalitarismo, que ignoró definitivamente las


autonomías provinciales, quedando del federalismo solo en nombre. La organización
política nacional se completó con el sindicalismo verticalista, provocándose el
“vaciamiento” de las autonomías provinciales.

Desde la Capital Federal se regulaba el más mínimo detalle de la vida partidaria en el


interior: los candidatos a intendente, a concejales, a consejeros escolares; las provincias
estuvieron condenadas a una actitud pasiva; esperar órdenes del “Comando nacional”.
Además, simultáneamente se produjo una singular mezcla de partido y gobierno, siendo
difícil percibir donde terminaba uno y empezaba el otro. Todo dependía de la autoridad
central. Así –vía un centralismo económico que destruyó el orden jurídico- se aniquiló
políticamente el federalismo argentino, lo cual se reflejó en el macrocefalismo porteño.

Pero lo peor es que en esta falsa democracia ilimitada –alabada hoy prácticamente por
todos- al no haber límites, no hay forma concreta para los partidos democráticos de
filtrar a los totalitarios, camuflados de autoritarios solidaristas, ni tampoco dentro de
éstos de cómo defender las autoridades provincianas frente a la voluntad del aparato
sindical piramidal, que es una organización grupal (7) antitética con la personal de
nuestra Constitución.. El tiempo nos impide profundizar este importante tema.

Las empresas del Estado y el Federalismo.

Y por último, no lo menos importante. Uno se los instrumentos para concentrar el poder
político y económico en detrimento de las provincias, son las empresas estatales
nacionales. Porque cada empresa nacional exhibe un poder económico financiero,
potencial y técnico que empalidece la posición y la función de las provincias en que
opera. Un ejemplo muy ilustrativo: el presupuesto de YPF en 1979 (8) era el equivalente
al de 20 provincias argentinas, con excepción de cuatro, Córdoba, Mendoza, Santa Fé y
Buenos Aires. Evidentemente, la magnitud de sus recursos financieros, tienen la
significación de una presencia políticamente predominante, excepcional en cada
provincia (9).

Las autoridades federales y provinciales quedan aisladas de este esquema funcional de


las empresas nacionales. Los planes de acción de éstas se definen en Buenos Aires, en
estrecho contacto con los ministros nacionales de economía, de energía, de
comunicaciones, de transporte y del banco Central. La única influencia que pueden
tener las autoridades provinciales sobre esas empresas son sólo a través de los vínculos
personales que le abran las puertas de los despachos ministeriales o de las direcciones
de las empresas estatales. Se ha soslayado la intervención de las provincias, en las
decisiones técnicas y en las económicas. Se ha perdido así el equilibrio político, o la

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distribución de ese poder que tiene por objeto precisamente el federalismo de la


Constitución.

En esta última década la producción insuficiente e ineficiente de bienes y servicios de


máxima complementariedad de las empresas del Estado, ha contribuido a encarecer la
producción. Los déficits de dichas empresas han impulsado la inflación, incrementado
la deuda externa y elevado la tasa de intereses, en lo interno. Tales dificultades
económicas provocadas por el poder central han aumentado la dependencia de las
provincias de aquel poder, hasta llegar al caos actual.

Con la estatización de los servicios públicos, la nacionalización de los recursos


naturales (10) y la constitución de empresas con dineros públicos se logró la
centralización del poder político y económico y, lamentablemente, con el apoyo
entusiasta de los representantes provinciales en el Senado y en la Cámara de Diputados,
de quienes cabía aguardar una celosa defensa de los fueros de las provincias que los
había designado. La ideología superó a la autonomía regional. Es ésta una causa
adicional en pro de la privatización (11). Ante la megalomanía política, la única defensa
del federalismo está en el límite jurídico-económico de nuestra Constitución liberal,
según la interpretaron sus redactores, no sus tergiversadores.

El federalismo está enfermo, en coma, y jamás saldrá de ella mientras se mantenga el


enfoque político e inconstitucional “redistribucionista”, el pretender manejar la sociedad
desde el poder. Porque como decía Alberdi “Nos han organizado no la libertad, sino sus
trabas”. Por eso, agregamos, estamos trabados, atascados, aplastados por un Estado
megalómano y súper dimensionado, imposible de manejar por cualquier gobierno, civil
o militar, electo o de facto. La consecuencia inevitable es la de recoger tres amargos
frutos: disminuir el nivel de vida de todos, aumentar las desigualdades (que se declama
reducir) y restringir la libertad. Y esto es la antítesis de nuestra Constitución,
Republicana, representativa y Federal.

********************

Y como comenzamos esta conferencia afirmando que la crisis del Federalismo es una
faceta de la crisis de todo el orden social de la Constitución, puede resultar útil
referirnos muy brevemente a “Nuestras crisis reiteradas y sus soluciones”

Nuestras crisis reiteradas y sus soluciones

En estos tiempos de confusión realimentada que vivimos, un grupo de jóvenes me


solicitó que escribiera en dos páginas las causas de nuestras veintiséis reiteradas; el
intento fue el que se transcribe a continuación:

Consideramos que hay leyes de tres tipos:

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Causas políticas

A partir de 1916, contemporáneamente con la ley Sáenz Peña (y no necesariamente por


ella) se cambió la interpretación de las instituciones políticas, subordinándose la
primacía de “los derechos y garantías” a la “voluntad de la mayoría”. Ello significó
invertir la concepción de que la sociedad se organiza desde abajo por los derechos
mencionados (con sus consecuencias jurídicas y económicas) por lo que debe ser
manejada desde el poder y lo funcionarios que lo representan. Son dos concepciones
opuestas del orden social, que importan dos estilos, niveles y calidades de vida
diferentes; en el segundo caso (la democracia ilimitada, del número, social, etcétera),
dicho estilo en realidad puede ser cualquiera, el que establece el gobierno de turno. De
ahí la inestabilidad social y, en consecuencia, política e institucional) es decir el péndulo
que hemos vivido.

De carácter jurídico

En las últimas décadas distintas causas han contribuido a debilitar la defensa que el
orden jurídico significaba ante la arbitrariedad, ya sea de uno, de muchos o de todos, en
particular del poder, que ha sido el problema de siempre. Algunas escuelas de
jurisprudencia ha contribuido a ello: el concepto de la justicia social, oponiéndose al
tradicional de justicia; el concepto de derechos sociales, llenando, diluyendo o anulando
a los individuales; el positivismo legal que interpreta que “la ley no depende de la
justicia, sino que determina lo que es justo”. Y esto y otros supuestamente modernos
conceptos han contribuido a que, en las últimas décadas, con el argumento del estado de
“necesidad” y la de ampliación del concepto “de poder de policía”, se han ido abriendo
fisuras, cuando no boquetes, en la muralla defensiva contra la arbitrariedad (que es la
“licencia” que necesita la democracia ilimitada para sacrificar derechos personales en
aras de privilegios grupales para la recolección de votos). El poder de decisión pasó así
progresivamente de los gobernados a los gobernantes, los derechos se transformaron en
meras concesiones, y terminamos en un Estado redistribuidos (justicia social o
redistributiva) y súper dimensionado, que ha aplastado al país.

El concepto de sufragio también se ha modificado: de construir un derecho para elegir


funcionarios que nos garanticen los derechos de cada uno, abajo, en la sociedad, se ha
transformado en el “instrumento” para elegir representantes de los grupos para que les
acuerden privilegio, arriba en el poder y a través del poder, a costa de la sociedad. La
representatividad ha cambiado así también de motivación y objeto, no siendo ya éste el
contribuir al bienestar general, sino al sectorial o grupal, transformando las aspiraciones
legítimas de las personas, en irreconciliables de los grupos.

La economía

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Esa tergiversación política y luego jurídica mencionada ha abierto las puertas a la


“politización de la economía”, esto es, a la sustitución por decisiones políticas
arbitrarias, del orden social imparcial e impersonal del mercado institucionalizado, esto
es, moneda sana, precios libres e intercambios voluntarios, es decir, sin
intervencionismo ni estatismo. Porque tal intervencionismo debilita las garantías,
dificulta el progreso, facilita y vigoriza la inmoralidad y es, en suma, un suicidio
político; de ahí la discontinuidad e inestabilidad política, originada por el desorden
social y la frustración ciudadana.

El orden moral

Las tres deformaciones precedentemente señaladas impiden la vigencia de un orden


moral. Pues la crisis de este orden ha sido, si no originada, por lo menos sensiblemente
agravada por el premio a la inmoralidad que entrañan las tres casusas anteriores. Porque
el “anti-sistema” en que vivimos, antijurídico, antieconómico, e inmoral, “libera de la
responsabilidad” y crea la inseguridad y desconfianza que impide la colaboración
voluntaria, desintegrando la sociedad, por lo que muchos –o la mayoría- tratan de lograr
a expensas de los demás, canonjías (12) y prebendas para sí. Y en esta lucha no triunfa el
que mejor sirve a la sociedad sino el que tenga más astucia para sonsacar favores o más
influencia para imponer sus intereses. El intervencionismo es, pues, el caído cultivo
donde se perfeccionan las imperfecciones humanas, primero de gobernantes y luego de
gobernados; es la matriz de la corrupción. Este es el resultado de haber entronizado la
filosofía grupal, en reemplazo de la individual que preside nuestra Constitución. Por eso
también afirmamos que hoy la economía ignora al derecho, y la política a ambos; el
resultado es el tembladeral en que estamos divididos, empobrecidos y confundidos.

La Constitución

El caos anterior ha sido “institucionalizado” mediante la más diversas interpretaciones


de la Constitución, por todos declamada y por ninguna respetada. Y con este sutil
procedimiento –de exigirla a todos, pero con distintas interpretaciones- han logrado que
la gente se acostumbre a creer que sirve para cualquier cosa, lo que equivale a que no
sirva para nada, que en el fondo es lo que se pretende, para eludir los precisos límites
que ella impone. Así surgieron los intersticios y la ·inflación y devaluación” de la ley
legal, pero ilegítima, que construyó la actual descomunal dimensión del Estado. Esto,
además, es volver al gobierno de los hombres, no de la ley.

Si durante la organización Nacional necesitamos la Constitución según la interpretaron


sus redactores para salir de la miseria del atraso y alcanzar el progreso y la unión
nacional, hoy la necesitamos por las mismas causas, pero, además, porque el país no
puede volver de ninguna manera a 1973.

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Corremos hoy el riesgo de reconocer dos procesos simultáneos –en el supuesto caso que
se intente y con el tremendo esfuerzo que ello requerirá- contemporáneo con otro
proceso “pacífico”, que debido al “sistema” vigente (democracia social o ilimitada),
inexorablemente nos retornara al punto de partida. Porque la República Liberal –que es
la que ordena nuestra Constitución- no puede prosperar con las reglas de juego de la
demagogia social, del número, ilimitada o del “doping”, en la que la falta de límite
otorga enormes ventaja al que más miente, engaña, exacerba pasiones, sentimientos y
resentimientos que luego hacen imposible la vida civilizada. Los partidos políticos bien
intencionados legalizarán con su presencia su sistema ilegítimo; es más, contribuirán a
construir el tablado para que se represente, no la zarzuela de la libertad, sino la danza
macabra del populismo, antesala del totalitarismo.

Por eso la República está desintegrada y descreída. Lo grave es que parecería que esta
tristísima experiencia no hubiera dejado ninguna enseñanza. La que hoy se propone para
1984 –como lo previó Orwell (13)- es la misma “leucemia” política que nos ha postrado,
esto es, la “democracia ilimitada” (13) que, al pretender manejar la sociedad desde
arriba, destruye necesariamente el orden social de la libertad que hoy requiere una
sociedad moderna industrial y tecnológica, con poblaciones en constante aumento y
expectativa creciente. Esta es la causa de la inestabilidad política y el péndulo que en
vano se intenta conjurar mediante una concertación y acuerdo, que incluso puede
significar a los gobernantes electos, la garantía de una futura impunidad. Debemos
entender definitivamente que la “única concentración” indispensable es la “correcta
interpretación” de nuestra sabia Constitución según la establecieron sus redactores hoy
por casi todos invocada y simultáneamente ignorada, que es la mejor forma de denigrar
un sistema sin aplicarlo. Y esa correcta interpretación es el “gran acuerdo jurídico-
económico” indispensable hoy para poder llegar a las elecciones, y realizadas estas,
lograr la ansiada estabilidad política o institucional.

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Notas:

(1) Se refiere al momento en que Juan Manuel de Rosas gobernaba la Provincia de Buenos Aires. Hubo
dos constituciones anteriores a la de 1853; las unitarias de 1816 y 1826 que por su carácter unitario (poder
centralizado) no tuvieron éxito. Sobre todo la primera de 1816 que no fue siquiera aplicada. La de 1826
dio la presidencia de Rivadavia. (Nota del transcriptor).

(2) Artículo 9 Constitución Nacional: “En todo el territorio de la Nación no habrá más aduanas que las
nacionales, en las cuales regirán las tarifas que sancione el Congreso.” Art. 10- “En el interior de la
República es libre de derechos la circulación de los efectos de producción o fabricación nacional, así
como la de los géneros y mercancías de todas clases, despachadas en las aduanas exteriores.” Art. 11-

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El Federalismo En la Constitución y en la realidad – Conferencia de Carlos A. Sánchez
Sañudo 16/5/1983

“Los artículos de producción o fabricación nacional o extranjera, así como los ganados de toda especie,
que pasen por territorio de una provincia a otra, serán libres de los derechos llamados de tránsito, siéndolo
también los carruajes, buques o bestias en que se transporten; y ningún otro derecho podrá imponérseles
en adelante, cualquiera que sea su denominación, por el hecho de transitar el territorio.” Art. 12- “Los
buques destinados de una provincia a otra, no serán obligados a entrar, anclar y pagar derechos por causa
de tránsito; sin que en ningún caso puedan concederse preferencias a un puerto respecto de otro, por
medio de leyes o reglamentos de comercio.” (Nota del transcriptor).

(3) Parte pétrea, esto es aquellos artículos que no pueden ser eliminados, suprimidos, modificados; en no
pueden ser “tocados” en un reforma constitucional. Son las declaraciones, Derechos y Garantías
establecidos en la primera parte de la Constitución Nacional. (Nota del transcriptor).

(4) Art. 5: “Cada provincia dictará para sí una Constitución bajo el sistema representativo republicano, de
acuerdo con los principios, declaraciones y garantías de la Constitución Nacional; y que asegure su
administración de justicia, su régimen municipal, y la educación primaria. Bajo de estas condiciones, el
Gobierno federal, garante a cada provincia el goce y ejercicio de sus instituciones.” Art. 8: “Los
ciudadanos de cada provincia gozan de todos los derechos, privilegios e inmunidades inherentes al título
de ciudadano en las demás. La extradición de los criminales es de obligación recíproca entre todas las
provincias”. (Nota del transcriptor).

(5) Derechos personales hoy conocidos también como “Derechos Humanos”. (Nota del transcriptor).

(6) Art. 1: “La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal,
según la establece la presente Constitución”. (Nota del transcriptor).

(7) La organización sindical Argentina es de corte fascista. (Nota del transcriptor).

(8) Y.P.F. “Yacimientos Petrolíferos Fiscales”. Empresa estatal que fue privatizada hacia la década de
1990. No confundir con YPF ni con Repsol-YPF que son sociedades posteriores al hecho que en la
conferencia se menciona. (Nota del transcriptor).

(9) En el momento en que se dicto esta conferencia (16/5/1983) Aún no se había provincializado el
Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur (Actual Provincia de Tierra
del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur) que sucederá recién en 1991. Tampoco era Ciudad
Autónoma la Ciudad de Buenos Aires como lo es hoy además de Capital Federal hasta que se traslade a
otra. (Nota del transcriptor).

(10) El reconocimiento expreso que le dio la reforma constitucional de 1994 sobre la propiedad de los
recursos naturales a las provincias que los posean es un adelanto para evitar ese avasallamiento al
federalismo ya que son las provincias las dueñas de los recursos naturales que dentro de sus territorios se
encuentren. (Nota del transcriptor).

(11) Proceso este que en gran medida se dio en la década de 1990 con la privatización y concesión de
dichas empresas. Pero que hoy desgraciadamente se pretende retroceder con casos como el de
Aerolíneas Argentinas (que ya presenta pérdidas millonarias diarias) o la empresa de servicios de agua y
cloacas: Aysa. (Nota del transcriptor).

(12) Canonjías: femenino. Coloquial. Empleo de poco trabajo y bastante provecho. (Nota del
transcriptor).

(13) En el libro de su autoría: 1984. (Nota del transcriptor).

(13) “Democracia Ilimitada”: En el sentido de no aceptar los límites que establece la Constitución
Nacional. Los frenos y contrapesos entre los poderes del Estado, las limitaciones de la injerencia del

13
El Federalismo En la Constitución y en la realidad – Conferencia de Carlos A. Sánchez
Sañudo 16/5/1983

Gobierno / Estado en el ámbito particular; el estatismo dirigista, el avasallamiento del poder central sobre
el provincial, etc. (Nota del transcriptor).

“Asegurar la libertar una vez por todas es la misma utopía


que perseguían los alquimistas: comer una sola vez para
siempre. Si la libertad y el orden no se defienden todos los
días un poco, por la naturaleza de las cosas se vivirá de
ayunos y atracones, de despotismos y revueltas”.
Agustín Álvarez.

Impreso en la Argentina

Editorial Miradas

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